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UNIVERSIDAD TÉCNICA DE MACHALA

Calidad, Pertinencia y Calidez


FACULTAD DE CIENCIAS EMPRESARIALES
CARRERA DE ECONOMÍA

Taller individual N: 4
Nombre: Miguel Quinde
Fecha: 18 – 01 – 2021
Curso: Cuarto “B”
Tema: El pensamiento de Adam Smith y el liberalismo clásico
Adam Smith
Adam Smith, escocés nacido en 1723 y profesor de lógica y moral de la Universidad de
Glasgow, estudió el funcionamiento del mercado y la división del trabajo.
Smith se trasladó a París para entrevistarse con algunos de los filósofos mencionados antes, que
estaban transformando el pensamiento político francés, y allí entró en resonancia con las ideas
de Francois Quesnay, quien se oponía a la reglamentación de tarifas y, en general, a la
intervención del gobierno en el comercio internacional.
El inicio del liberalismo económico está en su lucha contra el sistema económico político
absolutista.

PRIMER CONCEPTO ECONOMICO LIBERAL:


En 1776 apareció en Inglaterra un libro titulado Investigaciones sobre la naturaleza y las causas
de la riqueza de las naciones.
Por esta sola obra su autor ocupa un lugar de primer plano en la Historia de la cultura, porque
ella determina un momento crucial en la trayectoria económica de las naciones. Las
Investigaciones, en efecto, rompían con una tradición doctrinal de varios siglos.

Adam Smith, adoptando una posición adversa a las doctrinas mercantilistas, combatió, como los
fisiócratas, la errónea concepción de que la riqueza de las naciones consistía en la acumulación
de dinero y metales preciosos; pero más audaz y observador que los discípulos de Quesnay,
estableció que la base de la riqueza no se hallaba ni en la agricultura, ni en la industria, ni en el
comercio, sino pura y simplemente en el trabajo individual, el cual, en colaboración con el de los
demás productores, determinaba el acrecentamiento de los productos y de los objetos de cambio.

Todo el proceso económico estaba regulado por una ley «natural, justa y espontánea», que
promovía en el hombre el deseo de procurarse el bienestar, y determinaba, posteriormente, la
división del trabajo, la formación del capital y la fijación del valor de los objetos en el mercado
por la oferta y la demanda.

Como vértice de su doctrina, Smith proclamaba la plena libertad económica, el derecho del


hombre a disponer libremente de su trabajo y la ineptitud del Estado como ente económico.
En definitiva, formulaba un programa mucho más avanzado que el liberalismo político de
la Revolución francesa.
EL PENSAMIENTO DE SMITH E IDEAS:
Se ajustaba a la noción de los enciclopedistas franceses de la existencia de un orden social
inmanente y justo.

Smith creía que, si el gobierno no intervenía en el mercado, la búsqueda individual de los propios
fines económicos beneficiaría al conjunto de la sociedad, como si existiera una mano invisible.

Claro está que el asunto no siempre funciona de tal manera, en particular si tenemos en cuenta la
suciedad y pobreza producidas por la Revolución Industrial.
Sin embargo, y a largo plazo, las ideas de Smith sobre la libertad económica, formuladas en su
libro de 1776 titulado Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones,
tuvieron enorme influjo en el desarrollo de la moderna teoría económica y continúan vigentes
hoy.
Las ideas de Smith propugnaban por un capitalismo de libre mercado, aunque su autor nunca usó
esta expresión.
Otro economista clásico (la economía, como disciplina de estudio, fue establecida por Smith),
que consideraba opresores a los capitalistas, es decir, a los dueños de los medios de producción,
acuñó el término capitalismo.

SU IDEOLOGÍA:
Para el autor escocés, el egoísmo es una característica psicológica del ser humano que tiene que
ser contemplada desde una óptica positiva.
Merced a su egoísmo y al incesante afán de mejorar su situación económica y social, los
hombres tienden a maximizar su bienestar.
Pero, al tiempo que acrecientan con el esfuerzo y el trabajo su riqueza personal, contribuyen al
aumento de la riqueza del país. El egoísmo es así elevado a la categoría de virtud.

La sociedad y el estado deben liberar las iniciativas individuales para que, sin trabas ni
reglamentaciones y gracias a la suma de las energías y los afanes de los hombres, pueda
prosperar el bienestar general y la riqueza de las naciones; todo ello regulado por las leyes
naturales de la vida económica basadas en los principios del libre mercado y de la beneficiosa
competencia.

El análisis de los mecanismos que regulan la actividad económica en todas sus facetas está
contenido en su obra Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, que
representa un grandioso esfuerzo por estudiar en un solo texto todas las cuestiones que abarcan
los modernos tratados de economía política y que, aún hoy en día, constituye un hito en la
historia de las doctrinas económicas.
A. Smith considera el trabajo como la verdadera fuente de riqueza, ya que, sin la intervención de
la actividad humana, las fuerzas naturales no proporcionarían al hombre los elementos para la
satisfacción de las necesidades. La totalidad del trabajo de una nación es lo que crea todos los
bienes y servicios útiles.
El principio de la división del trabajo facilitado por los adelantos técnicos permite, según el autor
escocés, considerables beneficios económicos al multiplicar la productividad de los operarios y
economizar el tiempo empleado en la fabricación de un producto.

Asimismo, provoca la interdependencia entre los factores económicos y favorece, a través del
intercambio, la cooperación productiva de todos ellos.

VALOR DE USO Y VALOR DE CAMBIO: EL TRABAJO EMPLEADO PARA


PRODUCIR UN BIEN DETERMINA SU VALOR. 
Distingue A. Smith entre valor de uso y valor de cambio.
Entiende por valor de uso la utilidad que reporta al individuo un artículo determinado en orden a
la satisfacción de sus necesidades; mientras que el valor de cambio de una mercancía es el
significado que poseen los bienes desde el punto de vista del cambio. Dicho en otras palabras: el
valor de cambio de una mercancía equivale a la cantidad de trabajo que se puede cambiar por
ella.

El mismo Smith proporciona un ejemplo esclarecedor: «Nada hay en el mundo tan útil como el
agua; sin embargo, con el agua podemos adquirir muy pocas cosas; nadie nos dará por ella ni una
pequeñísima parte de un bien que escasea. Por el contrario, si tenemos un brillante, objeto que
escasea y no tiene ningún valor de uso, nos será fácil encontrar quien nos ofrezca gran cantidad
de otros bienes a cambio de él.» «El valor de cualquier mercancía es igual a la cantidad de
trabajo que se puede adquirir a cambio de ella. El trabajo es, por tanto, la medida del valor de
cambio de todas las mercancías.»

Abordó también el tema de los salarios, que vendrán fijados por contrato entre patronos y
obreros, según la ley de la oferta y la demanda; éste es el salario corriente o de mercado que
tenderá a equipararse con el salario natural que corresponde al coste de producción del trabajo
obrero, es decir al mantenimiento del obrero y su familia a nivel de subsistencia. Ello será así
porque, generalmente, la oferta de mano de obra es superior a la demanda de puestos de trabajo.

El estado tiene el deber ineludible de acabar con los antinaturales obstáculos que se oponen al
libre comercio y a la libre iniciativa de los hombres. Cualquier intervención del estado en la vida
económica es rechazable y su papel debe reducirse al mantenimiento orden interno, la defensa de
las fronteras y el financiamiento de obras públicas no lucrativas para la iniciativa privada
(caminos, puertos, etcétera). Estos principios sobre el liberalismo económico fueron los que
mayor resonancia tuvieron en la opinión pública de su época.

Los hombres de negocios y comerciantes de su tiempo recibieron con especial simpatía estas
teorías, que refrendaban teóricamente unas necesidades largamente sentidas por ellos.

A partir de la publicación, en 1776, de la obra más importante de Smith, Investigación sobre la


naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, la Economía política surge como una ciencia
sistemática y coherente. En esta obra, el autor se propone investigar las causas del desarrollo de
las fuerzas productivas del trabajo, así como también la forma en que su producto era distribuido
en la sociedad capitalista.
Entre los principales aportes de Smith podemos mencionar los siguientes:

» Estableció el concepto de la libre competencia como única vía para asegurar el máximo
bienestar de la sociedad
» Definió la importancia de la división del trabajo como causa principal de la creciente
productividad
» Planteó una nueva división de la sociedad en clases
» Desarrolló la teoría del trabajo como fuente del valor de los bienes

LA LEY DE OFERTA Y DE LA DEMANDA:


¿Cómo se determina el precio de mercado? Según Smith, cuando la cantidad de una mercancía
que se lleva al mercado, es decir, la oferta, es insuficiente para suministrar la cantidad requerida
o demandada por todos aquellos que están dispuestos a pagar el valor o precio natural, algunos
de ellos, con tal de no renunciar a la mercancía, estarán dispuestos a pagar más por ella.
Entonces, la competencia que surge entre los compradores hará subir el precio de mercado por
sobre el precio natural.
En cambio, cuando en el mercado la cantidad de una mercancía excede la demanda, entonces no
puede venderse toda esa cantidad entre quienes estarían dispuestos a pagar su valor o precio
natural.

En este caso, la competencia entre los vendedores, según éstos se muestren más o menos
propensos a desprenderse de inmediato de la mercancía, hará bajar el precio de mercado respecto
del precio natural. Ahora bien, cuando la cantidad de una mercancía llevada al mercado es
justamente suficiente para cubrir la demanda, entonces, el precio de mercado coincidirá
exactamente con el precio natural. La oferta coincide con la demanda, y toda la cantidad se
vende a este precio que se denomina precio de equilibrio del mercado.

Por lo tanto, el precio natural es el precio de referencia alrededor del cual fluctuarán los precios
de mercado de todas las mercancías. Esta forma en que actúan la oferta y la demanda, que se
conoce como ley de la oferta y la demanda, regulará el precio de equilibrio del mercado por
arriba o por debajo del precio natural de la mercancía, haciéndolos coincidir en determinados
casos.
 LA ACUMULACIÓN DE CAPITAL:
¿Cuáles son los factores que aceleran el crecimiento de la riqueza de la sociedad y cuáles lo
retrasan? Smith distingue, en principio, entre trabajo productivo y trabajo improductivo: «Existe
una especie de trabajo que añade valor al objeto a que se incorpora, y otra que no produce aquel
efecto». Entonces, el trabajo productivo es aquel que crea valor.

De esta manera, Smith deja bien claro que el fundamento del progreso de la sociedad es la
producción industrial, pues sólo el trabajo del obrero y de los comerciantes e industriales
capitalistas son productivos, todos los demás descansan sobre aquélla.

Por lo tanto, únicamente se puede aumentar el producto anual de un país aumentando la cantidad
de trabajadores productivos o la productividad de los trabajadores. Y esto requiere de un capital
adicional, ya sea para contratar más trabajadores, para comprar las nuevas maquinarias, etcétera.

 PENSAMIENTO DE ADAM SMITH


 Cada individuo intenta encontrar el medio más adecuado para invertir el capital del que
puede disponer. Lo que, sin ningún tipo de duda, se propone todo el mundo, es su propio
interés.
 Generalmente nadie se interesa a priori por promover el interés público. Cuando se elige
la industria doméstica extranjera sólo se piensa en la seguridad personal, y sobre todo se
desea que el producto que se pone a la venta tenga un valor superior a todos los otros.
 Ciertamente, sólo se piensa en los beneficios propios, pero a menudo estos negocios
comportan mejoras sociales que el individuo no había previsto.
 Todo hombre, siempre que no viole las leyes de la justicia, tiene que ser perfectamente
libre para elegir el medio que le parezca mejor para conseguir el ideal de vida que quiere
y sus intereses.
 Los productos que crea tienen que poder salir a competir con los de cualquier otro
individuo del género humano.
 Según el sistema de la libertad de negocio, el soberano sólo tiene tres obligaciones
principales por las cuales se debe preocupar: la primera es la de proteger a la sociedad de
la violencia y de la invasión por parte de otras sociedades independientes; la segunda,
proteger de la injusticia y de la opresión a un miembro de la República ante cualquier
otro que también sea ciudadano, y establecer una justicia exacta entre sus pueblos; y la
tercera, crear y mantener ciertas obras y establecimientos públicos, no para el interés de
un particular, o de unos cuantos, sino que tiene que ser en interés de toda la sociedad; y
aunque las utilidades recompensen sobradamente los gastos del organismo general de la
nación, no llegarían a satisfacer nunca esta recompensa si las hubiera hecho un particular.

Una característica del liberalismo económico es la que indica al Estado que debe «dejar hacer,
dejar pasar» es decir no intervenir. El mayor abanderado de esta idea es Bentharn: «el gobierno
no puede hacer nada más que lo que podría hacer para aumentar el deseo de comer y de beber.
Su intervención es perfectamente inútil.»” y agrega: «Los impuestos no deben tener otro objeto
que su objeto directo: el de producir una renta disminuyendo el gravamen tanto cuanto sea
posible.

Cuando se quiere hacerlos servir como medios indirectos del estímulo o de restricción para tal o
cual especie de industria, el gobierno, como lo hemos visto ya, no consigue más que desviar el
curso natural del comercio y dar la dirección menos ventajosa a los negocios.» ¿Cómo es que
esta libertad económica absoluta puede regular la economía de una Nación? Mediante la ley de la
oferta y la demanda que los liberales clásicos consideran una ley natural, como la que regula el
ciclo de las estaciones o la ley de la gravedad.

Cuando un producto es demandado por la gente en cantidades superiores a las existentes el


precio sube. Al subir algunos compradores se retraen y destinan su dinero a otros productos. Al
ver esos precios más altos, los poseedores del capital invierten en producir esa mercadería que
ahora se ha vuelto muy rentable y por su competencia hacen que el precio baje. De esa manera la
ley de la oferta y la demanda no sólo regula el precio de las mercaderías, sino que reasigna el uso
de los capitales y la mano de obra a aquellos que más demandan los consumidores.

Cuando el Estado interviene fijando el precio de un producto, o colocando impuestos


diferenciales a determinadas mercadería, destruye ese equilibrio natural y determinados
productos sobrarán y otros escasearán. Cada vez que se fijan precios máximos, se produce
desabastecimiento. Las leyes del mercado, basadas en el juego de la oferta y la demanda, son la
mano invisible que rige el mundo económico y a la larga equilibran la producción y el consumo
de los diversos artículos. Toda barrera artificial, incluso entre las naciones, que dificulte las leyes
de mercado, debe ser abolida; se postula el incremento del comercio internacional, principio que
casa perfectamente con las necesidades de las potencias industriales. Para decirlo en términos
más modernos, el Estado se debería limitar a mantener el orden y hacer cumplir los contratos que
las partes firmen libremente.

Todo lo demás debería quedar librado a las leyes de la economía. Cada individuo deberá trabajar
y ahorrar para educar a sus hijos, para enfrentar enfermedades y accidentes, y para mantenerse en
la vejez y la invalidez. Se considera factor imprescindible del desarrollo la acumulación de
capital, al que se exalta como rector y benefactor de la sociedad.

El pensamiento liberal centra su preocupación en la trilogía ganancia, ahorro, capital. El interés


individual y el social coinciden siempre, asegura Adam Smith; más lejos llega Malthus cuando
condena la asistencia a los desvalidos por ser perjudicial para la sociedad; la felicidad general no
sería posible “si el principio motor de la conducta fuera la benevolencia”.
La ideología del liberalismo económico favoreció el proceso de industrialización, la creación de
mercados mundiales, la acumulación de capitales, el surgimiento de empresas gigantescas,
dimensiones todas que se reflejan en la segunda fase de la Revolución Industrial; pero separó la
ética de la economía y se despreocupó de los problemas sociales de la industrialización.

DEL TRABAJO SEGÚN ADAM SMITH


 La división del trabajo, por la que cada individuo se restringe a sí mismo a una rama
particular cíe actividad, puede sola explicar la opulencia superior que tiene lugar en las
sociedades civilizadas, la cual, a pesar de la desigualdad en la propiedad, se extiende
hasta el miembro más bajo de la sociedad.
 El inmenso incremento de la cantidad de trabajo realizado, como consecuencia de la
división del trabajo, se debe a tres circunstancias diferentes.
 Primero al incremento de destreza de cada trabajador particular; segunda, al ahorro de
tiempo que se pierde al pasar de una especie de trabajo a otra; y último de todas a la
invención de numerosas máquinas, que facilitan el trabajo y permiten a un trabajador
hacer el trabajo de muchos.
 Todos se percatarán de cuánto trabajo se abrevia y facilita por la aplicación de
maquinaria adecuada. Por medio del arado, dos hombres, con ayuda de tres caballos,
cultivan más tierra que veinte con pala.
 Fue la división del trabajo la que probablemente dio ocasión a la invención de la mayor
parte de esas máquinas mediante las cuales el trabajo se ve tan facilitado y abreviado.
 Toda la fuerza de la mente está dirigida a un objeto particular, como consecuencia de la
división del trabajo, es más probable que la mente descubra métodos más fáciles para
alcanzar ese objetivo que cuando la atención está dispersa entre una gran variedad de
cosas.
 Esta división del trabajo, de la que resultan tantas ventajas, no es originalmente el efecto
de alguna sabiduría humana que prevea y procure la opulencia general a que da ocasión.
 Es la consecuencia necesaria, aunque muy lenta y gradual, de cierto principio o
propensión de la naturaleza humana, que no tiene en vista tan extensa utilidad.
 Es una propensión común a todos los hombres y que no puede hallarse en ninguna otra
raza de animales, una propensión al trocar, permutar e intercambiar una cosa por otra.

Liberalismo Clásico
“Liberalismo clásico” es el término empleado para designar la ideología que defiende la
propiedad privada, una economía de mercado no intervenida, el estado de derecho, garantías
constitucionales de libertad de religión y prensa, así como la paz internacional basada en el libre
comercio. Hasta alrededor de 1900, esta ideología se conocía simplemente como liberalismo.
Ahora el calificativo habitual de “clásico” es normalmente necesario, al menos en los países
angloparlantes (pero no, por ejemplo, en Francia), porque el liberalismo se ha asociado ahora con
amplias interferencias del estado en la propiedad privada y el mercado en búsqueda de objetivos
igualitarios. Esta versión del liberalismo (si puede llamarse así) a veces se califica de “social” o
(erróneamente) de “moderno” o “nuevo” liberalismo. Aquí usaremos liberalismo para significar
la variedad clásica.

Aunque sus presupuestos fundamentales son universales, el liberalismo debe entenderse en


primer lugar como una doctrina y movimiento que crece en una cultura característica y en
particulares circunstancias históricas. Esa cultura (como reconoció más claramente Lord Acton)
era el Occidente, la Europa que estaba o había estado en comunión con el Obispo de Roma. Su
seno, en otras palabras, fue la sociedad humana particular que experimentó “el milagro europeo”
(en expresión de E. L. Jones). Las circunstancias históricas fueron la confrontación de las
instituciones y valores de libertad heredados de la Edad Media con las pretensiones del estado
absolutista de los siglos XVI y XVII.

A partir de la lucha de los holandeses contra el absolutismo de los Habsburgos españoles, se


siguió una política que manifestaba las vías básicamente liberales: el estado de derecho,
incluyendo especialmente una firme defensa de los derechos de propiedad; tolerancia religiosa de
facto; considerable libertad de expresión y un gobierno central de poderes severamente
limitados. El asombroso éxito del experimento holandés ejerció un “efecto demostrativo en el
pensamiento social europeo y gradualmente en la práctica política. Esto fue aún más cierto en el
posterior ejemplo de Inglaterra. A lo largo de la historia del liberalismo, interactuaron la teoría y
la realidad social, de forma que la teoría se estimulaba y refinaba mediante la observación de la
práctica y los intentos de reforma práctica se realizaban en relación una teoría más adecuada.

En las luchas constitucionales inglesas del siglo XVII, una serie de personas y grupos mostraron
trazos liberales significativos. Sin embargo, un grupo aparece como el primer partido liberal
reconocible en la historia: los Niveladores. Liderados por John Lilburne y Richard Overton, este
movimiento de radicales de clase media reclamaba libertad de comercio, fin de los monopolios
estatales, separación de iglesia y estado, representación popular y límites estrictos incluso a la
autoridad parlamentaria. Su énfasis en la propiedad, empezando con la propiedad del individuo
sobre sí mismo y su hostilidad al poder del estado muestra que la conexión que se hizo entre los
Niveladores y los Cavadores presocia listas fue mera propaganda del enemigo. Aunque
fracasados en su momento, los Niveladores constituyeron el prototipo de un liberalismo radical
de clase media que ha sido desde entonces una característica de las políticas de los pueblos de
habla inglesa. Posteriormente ese mismo siglo, John Locke creó la doctrina de los derechos
natrales a la vida, a la libertad y a la propiedad en la forma en que se transmitirían, a través de los
Whigs Reales del siglo XVIII hasta la generación de la revolución americana.

Estados Unidos se convirtió en el modelo de nación liberal y, después de Inglaterra, en el


ejemplo de liberalismo en el mundo. Durante buena parte del siglo XIX fue en muchos aspectos
una sociedad en la que difícilmente se podía decir que existía el estado, como veían
impresionados los observadores europeos. Las ideas liberales radicales se manifestaban y
aplicaban por grupos como los jeffersonianos, los jacksonianos, abolicionistas y los
antimperialistas de finales del siglo XIX.

Sin embargo, hasta bien entrado el siglo XX, la teoría liberal más significativa continuaba
procediendo de Europa. El siglo XVIII fue particularmente rico en este aspecto. Un lugar común
fue a la obra de los pensadores de la Ilustración Escocesa, particularmente David Hume, Adam
Smith, Adam Ferguson y Dugald Stewart. Desarrollaron un análisis que explicaba “el origen de
estructuras sociales complejas sin la necesidad de proponer la existencia de una inteligencia
directora” (en resumen, de Ronald Hamowy). La teoría escocesa del orden espontáneo fue una
contribución crucial al modelo de una sociedad civil básicamente autogenerada y autorregulada
que requería la acción del estado sólo para defenderse contra la intrusión violenta en la esfera
protegida de los derechos del individuo. Como lo expuso Dugald Steward en su Biographical
Memoir of Adam Smith (1811), “Poco más es necesario para llevar a un estado a su máximo
nivel de opulencia desde el más bajo barbarismo, salvo paz, bajos impuestos y una
administración tolerable de justicia: el resto lo traerá el curso natural de las cosas. La fórmula
fisiócrata, Laissez-faire, laissez-passer, le monde va de lui-même (“el mundo funciona por sí
mismo”) sugiere tanto el programa liberal como la filosofía social en la que se basa. La teoría del
orden espontáneo fue elaborada por pensadores liberales posteriores, principalmente Herbert
Spencer y Carl Menger en el siglo XIX y F.A. Hayek y Michael Polanyi en el XX.

Una discusión entre liberales y seguidores de Burke, y otros conservadores que en asuntos
importantes están cerca del liberalismo, se refiere a esta concepción central del liberalismo.
Mientras que los liberales esperan normalmente que el mercado en su sentido más amplio (la red
de intercambios voluntarios) genere un sistema de instituciones y costumbres que contribuyen a
su continuidad, los conservadores insisten en que el estado debe ofrecer un apoyo indispensable
más allá de la simple protección de la vida, la libertad y la propiedad, incluyendo especialmente
el apoyo del estado a la religión.

Con la llegada de la industrialización, se abrió una gran zona de conflicto entre el liberalismo y
el conservadurismo. Las élites conservadoras y sus portavoces, particularmente en Gran Bretaña,
explotaron a menudo, las circunstancias del primer industrialismo para empañar el blasón liberal
de sus oponentes de clase media e Inconformistas. Desde una perspectiva histórica, está claro
que lo que se conoce como Revolución Industrial fue la forma en que Europa (y América) se
ocuparon de una explosión demográfica de otra forma inabordable. Algunos conservadores se
dedicaron a crear una crítica al orden de mercado, basada en su supuesto materialismo, falta de
alma y anarquía.

A medida que los liberales asociaron al conservadurismo con el militarismo y el imperialismo,


apareció otra fuente de conflicto. Aunque una rama del liberalismo whig no se oponía a las
guerras (en defensa propia) para fines liberales, aunque las guerras de unificación nacional
ofrecían una importante excepción a la regla, en general el liberalismo se asociaba a la causa de
la paz. El tipo ideal de liberalismo antibelicista y antiimperialista lo ofreció la Escuela de
Manchester y sus líderes Richard Cobden y John Bright. Particularmente Cobden desarrolló un
sofisticado análisis de los motivos y maquinaciones de los estados que llevaban a la guerra. La
panacea propuesta por los manchesterianos era el libre comercio internacional. Desarrollando
estas ideas, Frédéric Bastiat propuso una forma especialmente pura de la doctrina liberal que
disfrutó de cierto aprecio en el Continente y, más tarde, en Estados Unidos.

Los defensores del liberalismo no son siempre coherentes. Es el caso cuando se dirigen al estado
para promover sus propios valores. Por ejemplo, en Francia los liberales usaron las escuelas e
institutos de financiación pública para promover el secularismo bajo el Directorio y apoyaron la
legislación antirreligiosa durante la Tercera República, mientras que en la Alemania de Bismarck
encabezaron la Kulturkampf contra la Iglesia Católica. Sin embargo, estos esfuerzos pueden
verse como traiciones a los principios liberales y de hecho fueron evitados por quienes se
reconocen como los más coherentes y doctrinarios en su liberalismo.

La base para una posible reconciliación del liberalismo y el conservadurismo anti estatista
apareció después de la Revolución Francesa y Napoleón. Su mejor exponente fue Benjamin
Constant, que puede ser considerado como la figura representativa del liberalismo maduro. Ante
los nuevos peligros de un poder estatal ilimitado basado en la manipulación de las masas
democráticas, Constant buscó amortiguadores sociales y aliados ideológicos donde pudieran
encontrarse. Religión, fe, localismo y tradiciones voluntarias de un pueblo fueron valorados
como fuentes de fortaleza contra el estado. En la siguiente generación, Alexis de Tocqueville
desarrolló esta postura Constantina, convirtiéndose en el gran analista y opositor al creciente
estado omnipresente y burocrático.

En los países de habla inglesa, la hostilidad de los conservadores anti estatistas se había
exacerbado por un extremo énfasis en el papel de Bentham y los radicales filosóficos. En la
historia del liberalismo Sobre la libertad (1859) de J.S. Mill se desviaba realmente de la línea
central del pensamiento liberal al contraponer al individuo y su libertad no simplemente al estado
sino también a la “sociedad”. Mientras que el liberalismo del primer Wilhelm von Humboldt y
de Constant, por ejemplo, veía a los cuerpos intermedios voluntarios como el resultado natural de
la acción individual y como barreras bienvenidas al agrandamiento del estado, Mill buscaba
separar al individuo de cualquier conexión con la tradición social generada espontáneamente y la
autoridad libremente aceptada, como, por ejemplo, en su afirmación en Sobre la libertad de que
el jesuita es un “esclavo” de su orden.

Es al estado socialista al que el liberalismo clásico se opuesto más vigorosamente. El austro-


estadounidense Ludwig von Mises, por ejemplo, demostró la imposibilidad de una planificación
centralizada racional. Prolífico durante más de cincuenta años, Mises recuperó la filosofía social
liberal después de su eclipse de varias décadas; se convirtió en el reconocido portavoz de la
ideología liberal en el siglo XX. De entre los muchos estudiantes sobre los que Mises ejerció una
influencia remarcable estaba Murray Rothabrd, que unió la teoría económica austriaca a la
doctrina de los derechos naturales para producir una forma de anarquismo individualista o
“anarcocapitalismo”. Al extender el ámbito de la sociedad civil hasta el punto de extinguir el
estado, la postura de Rothbard parece el caso límite del auténtico liberalismo.

A menudo se contrapone el liberalismo clásico con un nuevo liberalismo social, que se supone
que se desarrolla a partir de la variedad clásica alrededor de 1900. Pero el liberalismo social se
desvía esencialmente de su denominación en su raíz teórica en que niega la capacidad
autorregulatoria de la sociedad: se acude al estado para corregir el desequilibrio social en cada
vez más ramificaciones. La alegación de que pretende preservar el fin de la libertad individual,
modificando sólo los medios, es difícilmente justificable para los liberales clásicos y lo mismo
puede decirse de la mayoría de las variedades del socialismo. De hecho, el liberalismo social
puede distinguirse escasamente, teórica y prácticamente, del socialismo revisionista. Además,
puede argumentarse que esta escuela de pensamiento no deriva del liberalismo clásico en el
cambio de siglo, cuando, por ejemplo, se supone que se descubre el supuesto fraude a la libertad
de contrato en el mercado laboral. El liberalismo social existe desarrollado al menos desde el
tiempo de Sismondi y pueden encontrarse elementos de éste (bienestar ismo) incluso en grandes
escritores liberales clásicos como Condorcet y Thomas Paine.

Con el fin del proyecto socialista clásico, los liberales clásicos y los conservadores anti estatistas
pueden estar de acuerdo en que es el liberalismo social contemporáneo el que ahora aparece
como gran adversario de la sociedad civil. La preocupación política de los liberales clásicos es,
necesariamente, compensar la corriente que actualmente lleva al mundo hacia lo que Macaulay
llamaba “el estado devorador de todo”, la pesadilla que perseguía tanto a Burke como a
Constant, Tocqueville y Herbert Spencer. Mientras las viejas peleas se hacen cada vez más
obsoletas, los liberales y conservadores anti estatistas bien pueden descubrir que tienen más en
común de lo que sus antecesores nunca entendieron.
Bibliografía

Honores, A. P. (2015). Los atributos del liberalismo a la Economia. Madrid: Economia en su


historia.
Lala, B. P. (2008). Pensamiento de Adam Smith. Bogota: Economica en el Mundo.
Nuñez, A. Z. (2010). Adam Smith. Ciudad de Mexico: Sus principales pensadores Economicos.
Villanueva, R. A. (2001). Liberalismo Clasico. Buenos Aires: Universidad de Leon.

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