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PALABRAS PRONUNCIADAS POR EL P.

BENOIT, OP,

CON OCASIÓN DE LA INHUMACIÓN DE LOS RESTOS DEL P. MARIE-JOSEPH


LAGRANGE.

Basílica de San Esteban (Jerusalén), 13 de noviembre de 1967

Esta basílica consagrada al primer mártir cristiano está llena del recuerdo del p.
Lagrange. Él siguió de cerca las excavaciones de la antigua Iglesia del s. V y la edificación de la
nueva iglesia. Dedicó el primero de sus numerosos libros a la historia de San Esteban y de su
santuario. Durante casi 50 años rezó allí, viniendo entre trabajo y trabajo a reposar su alma, a
encender su corazón e iluminar su espíritu junto al Señor que allí reside. Los más veteranos de
entre nosotros se acuerdan de haberlo visto al término de cada mañana, irse a recoger con gran
silencio al pie del tabernáculo y de María.

Su avanzada edad y sus enfermedades lo obligaron a volver a Francia y murió allí, en el


Convento de San Maximino, donde él había tomado el hábito de los Predicadores y vivido sus
primeros años de vida religiosa. Durante casi treinta años él durmió en el pequeño cementerio, a
la sombra de la vieja Basílica otorgada a la Orden por el p. Lacordaire. Sin embargo, sus viejos
compañeros de lucha reposan casi todos en San Esteban: el p. Matieu Lecomte, fundador del
Convento, y los otros padres del primer equipo, luego los discípulos del p. Lagrange, los pp.
Vivent, Savignac, Abel, hasta los humildes hermanos que contribuyeron al establecimiento de
esta casa. Los hijos de la segunda generación lamentan que el p. Lagrange no reposara también
entre ellos, junto a todos esos queridos ancianos del cual supo ser jefe e inspirador.

Cuando las circunstancias se volvieron favorables pudieron finalmente realizar su dedeo.


Con la empeñosa y generosa ayuda del gobierno francés, la exhumación y el traslado se
cumplieron en el mes de abril último. La inhumación en esta Basílica debía hacerse el 5 de junio.
El curso de los acontecimientos ha alterado este designio y nosotros pospusimos la ceremonia
hasta el comienzo del nuevo año escolar. Lo que nos reúne esta mañana, en este grupo íntimo y
familiar de amigos, de discípulos, y de discípulos de discípulos, en presencia del representante
de Francia, que tanto ayudó al p. Lagrange en su obra como encontró siempre un fino y devoto
amante.

Esta inhumación en el centro del coro de Nuestra Basílica quiere ser ante todo un gesto
de piedad filial, un homenaje a la memoria del venerado fundador de la Escuela Bíblica (l’École
Biblique) como un medio de guardar bien vivo su recuerdo.

Sin duda estos pobres huesos no son gran cosa, estas osamentas que han sido halladas
enredadas entre las raíces de un cedro. Sin duda el p. Lagrange es otra cosa y está presente de
una manera bien diferente. Presente junto a Dios, en unión con Cristo, de esto tenemos la plena
seguridad; presente en nuestros corazones que lo aman y lo admiran; presente por sus escritos y
por su obra en tantos espíritus a los que ayudó a ver claro y a custodiar la fe.
Pero nosotros somos seres sensibles y nuestro pensamiento tiene necesidad de apoyos
materiales. La presencia de sus restos mortales bajo una lápida cuya inscripción evoca lo que él
ha sido y ha hecho, mantendrá sin cesar su vivo recuerdo en los jóvenes hermanos que rezarán
en esta Iglesia, en los estudiantes que frecuentarán su escuela, en los visitantes y peregrinos de
San Esteban que asociarán gustosos a la memoria del primer mártir la de otro testigo de la fe.

Pues este vivo recuerdo del p. Lagrange debe ser rico en enseñanzas para sus hijos, y el
cuidado de imitar mejor sus ejemplos es otra de la razones de esta inhumación que volverá más
concreta su presencia entre nosotros.

Yo no puedo intentar aquí un panegírico acorde a sus virtudes. No es ni posible ni


necesario. De hecho, ¿no tenemos ahora entre las manos estos recuerdos que acaban de ser
publicados y que nos revelan de forma tan emocionante los trazos secretos de su alma y de su
vida?

Dejadme solamente evocar rápidamente tres rasgos que me parecen particularmente


destacados, y que yo desearía ver grabados en nuestras memorias como fruto precioso de esta
ceremonia.

Ante todo su celo apostólico. Uno se sorprende al contemplar su vida y al releer sus
recuerdos por esta preocupación que inspira todos sus esfuerzos para servir a Dios trabajando
por la salvación de sus hermanos. Justamente por eso pidió ser admitido al sacerdocio y revestir
la librea de Santo Domingo. No hay nada en él de un diletante ni de un mero sabio ávido de
satisfacer su sed de conocimientos. Si estudia, si enseña, es únicamente al servicio de la Verdad,
según la divisa de su Orden, y de esta Verdad tal cual nos es revelada pro Dios mismo en este
Verbo de la Sagrada Escritura que ha constituido la pasión de toda su vida. Si amó tanto a este
Verbo, y que escribió tanto sobre Él, fue siempre y ante todo para ayudar a los hombres a
escucharlo y a encontrar a Dios. Él buscó y comunicó esta Verdad con una fe tan fuerte y
profunda como inteligente y esclarecida. Es el segundo rasgo que quiero evocar. Todos saben
qué inteligencia desprendida y crítica fue la suya. Bastaba encontrarlo, y aún hoy basta con
leerlo, para apreciarlo inmediatamente. Pero lo que no hay que olvidar, es que esta razón
exigente, deseosa de garantía científica, de rigor en el conocimiento estuvo siempre ligada en Él
a una fe ardiente, fuerte y simple que guiaba todos los pasos de su pensamiento. Si alcanzó
mejor que otros a renovar la exégesis católica por el uso del método histórico sin carcomer las
verdades de la doctrina sino fortificándolas, por el contrario, de todas maneras, es porque jamás
admitió el divorcio fatal de la razón y de la fe. Siempre los esfuerzos de su investigación crítica
estuvieron guiados y protegidos por este abandono al Verbo y al Espíritu, único capaz de
procurar la luz verdadera.

Sólo pudo lograrlo porque fue humilde y obediente. Es el tercer rasgo que quieto
destacar. Yo no pienso solamente en esa humildad ante sus hermanos, ciertamente inferiores,
que volvían su trato tan agradable, ni solamente a esa obediencia respecto de sus superiores que
lo mantenía como un niño dócil entre sus manos. Yo pienso en esa humildad de espíritu y en esa
obediencia anterior que le permitió someterse sincera y plenamente al Magisterio de la Iglesia y
soportar, sin quejarse, tantas falsas sospechas de las que fue objeto su buena fe. Todos conocen
los duros combates que debió sobrellevar. Si logró triunfar de las oposiciones mal fundadas y si
siempre siguió las directivas de la Iglesia sin renunciar en nada a la verdad tal como la veía, antes
bien buscando solamente verla mejor, fue porque más que inteligente y sabio, supo ser siempre
dulce y humilde de corazón.

Estas son las grandes lecciones que nos deja. Estos son los ejemplos que debemos
seguir de todo corazón. Reunidos en la oración alrededor de su tumba, seguros de que él está
todavía entre nosotros y que reza con nosotros, rezaremos con él para que Dios nos conceda a
nosotros, sus modestos discípulos, a todos nuestros hermanos en el campo de la Sagrada
Escritura, a todos los hijos de la Iglesia la gracia de superar como él lo hizo, las crisis de fe, que
se levantan aún hoy, y de trabajar como él honestamente, lúcidamente, valientemente,
humildemente al servicio de la Palabra.

Él dijo de sí mismo poco antes de su muerte: “Soy un hijo de la Iglesia a la cual habría
querido servir”. Querido Padre Lagrange, usted ha servido realmente muy bien a vuestra Madre la
Iglesia, y vuestra Madre la Iglesia lo ha reconocido oficialmente, obtenednos por vuestras
oraciones la gracia de servirla también nosotros, para gloria de Dios Padre en la luz del Hijo y la
virtud del Espíritu Santo. Amén.