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Prólogo

Conste que apenas conozco a Antón Dké, creo haber hablado algo con
él en medio del desarrollo del I y II Encuentro de Revolución Integral,
aunque he seguido con mucho interés lo que ha ido publicando en su
Blog, y poco más, pero siempre me pareció una persona con
excelencias, discreto, tímido, muy humano, y cargado de mucha
experiencia de trabajo comunitario en un entorno rural popular. Por esa
razón, cuando Fernando me propuso realizar el prólogo de su libro de
recopilación de artículos publicados en el Blog de Nanín durante el año
2020, año tan controvertido que acaba de finalizar, titulado 2020, hay
andancio, de entrada, me pareció una sorpresa, y luego, un honor
inmerecido.
Pero ya que estamos, haré como el Pisuerga que conoce tan bien,
aprovecharé para, al menos, dejar constancia no tanto de las virtudes de
su texto, porque ello ha de ser una apreciación personal de cada cual en
función de sus propias convicciones, sino destacar la importancia y
significación que tiene su pensamiento en estas circunstancias tan
críticas que estamos viviendo, en la perspectiva de la construcción de
una renovada cosmovisión, donde es apremiante e imprescindible
abordar la ingente tarea de levantar, prácticamente desde las cenizas, la
nueva arquitectura de ideas que sea capaz de concebir un nuevo sujeto
histórico que debe realizar una auténtica revolución, una verdadera
transformación omnímoda de nuestra realidad, primero individual, y
luego social, tomando como objetivo central la destrucción del nefasto
Estado nación y del capitalismo omnipresentes, fuentes de toda maldad,
con sus ideologías liberales, proletaristas o fascistas que en 150 años no
han hecho más que constituirse en versiones de un mismo proceso
histórico: la modernidad, tan erróneamente entendida como idea de
progreso, cuya experiencia histórica está a punto de, prácticamente,
liquidar lo que queda del ser humano y del planeta mismo.
Así pues, la idea general que se deduce de la reflexión de los textos de
A.Dké, va mucho más allá de opiniones más o menos interesantes desde
un punto de vista de la curiosidad intelectual, porque cada artículo es
como una flecha dirigida a alcanzar un solo blanco: la revolución. Son
más de 40 análisis, escuetos, pero muy densos en reflexiones que
abarcan toda la complejidad del pensamiento humano transformador, a
la vez ético y poético, conocimiento racional, filosofía, análisis político,
estrategia, cultura humanista, impugnación de las tesis proletaristas,
etc., todo ello desde una erudición que no atiende al academicismo, sino
al análisis concreto, con iniciativas políticas de muchísimo calado,
como su posición relativa a la lengua o el marco estratégico del Pacto
del Común, la cuestión del Estado nación, etc., todo ello es propio del
atrevimiento de quien se siente vinculado, no a líderes ni a ideologías
del pasado, sino a criterios propios, autoconstruidos, reflexionados por
sí mismo, y cuya única finalidad no consiste en cultivar una vanidad
tonta, sino en lo que pueda ello contribuir a la configuración de una
nueva cosmovisión de la transformación integral de nuestra sociedad.
Conocía sus artículos, en función de su publicación periódica en el Blog
de Nanín, pero ahora, al estudiarlos y reflexionar sobre ellos,
tomándolos en su conjunto, es cuando se puede apreciar la verdadera
dimensión de su valor, son como piezas, todas diferentes, pero que al
final, concluyen en un todo, en una visión coherente que es capaz de
mostrarnos la hebra que les es común, la impugnación de las ideologías
salvíficas del pasado, al tiempo que vislumbrar las claves de las que hay
que ir tirando para la construcción de otra idea del mundo, cuestión ésta
esencial para su transformación.
Si bien es verdad que todos los periodos históricos particularmente
conflictivos son vistos por sus protagonistas más despiertos como
apocalípticos (¿y cuál no lo es?, si en ello reside la historia de la
humanidad), pero sí que existen en este momento, digamos, desde 1989
hasta hoy, la concurrencia de factores netamente de “revolución “, a la
crisis del capitalismo, que ha sido su forma de existir, se añade el hecho
que cada vez más se le agotan las “salidas”, ni las condiciones del
planeta lo permiten, ni el ser humano, cada vez menos humano, es capaz
de oponerse a su autodestrucción. Eso lo sabemos desde hace años, pero
no por ello carece de importancia insistir en que lo esencial no es
reconocer lo evidente, sino de pergeñar una salida, esa es la tarea de
este periodo histórico, y me temo, de un largo futuro: crear las bases de
la nueva cosmovisión que, al menos, intente cambiar -de verdad- el
actual estado de cosas. Es una tarea ingente, de todo un periodo
histórico, en algún momento habrá que empezar a andar. La filosofía
política de la modernidad no se “creó” en dos días, fueron varios cientos
de años, la Ilustración se fundó sobre bases a su vez anteriores que
parecen hoy imperceptibles, pero sin duda fueron las que alumbraron
una nueva era, la modernidad, mediante ese largo proceso histórico que
parte de una fase inicial del liberalismo, entre los siglos XVII y XVIII
(revoluciones en Países Bajos, Inglaterra, Norteamérica y Francia);
luego viene la siguiente fase del desarrollo pleno del Estado nación
(XIX), al tiempo que el surgimiento de las “teorías sociales”, a
mediados del XIX (socialismo utópico, anarquismo y marxismo),
conjuntamente con las guerras coloniales y neocoloniales por el reparto
del mundo; luego, en el siglo XX, con su larga guerra interimperialista,
en etapas, desde 1914-1989, y después, la vigente confrontación USA-
UE/URSS-CHINA. Pero lo esencial de todo ello no es que el mundo
conocido se vaya al traste, que es una posibilidad cada vez más real,
sino la reflexión que ello nos sugiere respecto a lo que podemos hacer
nosotros, los que pretendemos ser revolucionarios conscientes, por
acabar con este estado de cosas. Y es precisamente en ese punto donde
se encuentra el máximo valor de las aportaciones de A.Dké que, en su
conjunto, constituyen razonamientos implícitos y posiciones
filosóficas, históricas y políticas que son muy difíciles de encontrar
reunidas en una sola posición personal.
En primer lugar, está la superación de la cosmovisión del proletarismo.
Tarea ingente, aunque de las cenizas también surge nueva llama. Es
prácticamente imposible encontrar a nadie que haya tenido algún
interés en la práctica revolucionaria de más de 50 años que no tenga un
pasado, con una visión de la historia, de la ideología y de la política que
no pasara necesariamente por alguna modalidad de proletarismo:
marxista, leninista, maoísta, o en cualquiera de las variantes del
anarquismo, y a su vez, todos nacionalistas (españolista o de las
“naciones” sin Estado de la península ibérica). Pero también es cierto
que los que han sido capaces de “sobrevivir” a esta ideología derivada
de la “teoría social” de la modernidad conocen, por experiencia propia,
reflexionada autocríticamente, que tal filosofía política, llevada a la
práctica en las revoluciones de Rusia (1917) y China (1949), por citar
las más emblemáticas, no pueden tomarse como referencias válidas
para analizar la historia y definir una estrategia revolucionaria. Y,
lógicamente, la tarea de revolucionarizar esa visión del mundo no es
nada sencillo, en general se hace de forma parcial, porque el hábito de
“pensar” durante muchos años en términos de un mundo de ideas
superado por la práctica social humana, hace que permanezcan hebras
de la visión del mundo a superar, con lo cual, es muy difícil comprender
el mundo actual (de la realidad material y de la conciencia), es tanto
como pretender estudiar el mundo cuántico con las leyes de Newton.
Antes debemos transformar nuestras propias “leyes” del pensamiento.
Es muy importante esta idea, porque cuando hablamos del concepto
“cosmovisión” nos estamos refiriendo nada menos que al conjunto de
ideas, métodos de pensamiento, lenguaje, conceptos que abarcan todas
las áreas de la reflexión humana, desde la epistemología a la filosofía,
desde la historia a la política, desde la ideología a la cultura. Ya nada
será lo mismo. Implica la superación de la concepción del mundo de la
modernidad, dentro de la cual están todas las ideologías del pasado
(liberales, proletaristas, populistas y fascistas). Sin tener, al menos,
conciencia de ello, es prácticamente imposible alumbrar una nueva
concepción de la revolución. Inevitablemente ello ha de hacerse en las
condiciones más difíciles porque partimos de experiencias y referencias
doctrinales del pasado, teorías, análisis y prácticas que ya no nos sirven
de referencia. Por tanto, nos encontramos un poco a ciegas y habrá que
aprender a “andar sin asideros” como bien decía Hannah Arendt. Sin
embargo, grandes pensadores y revolucionarios de nuestra época
histórica, aún habiendo sostenido en el pasado un sistema de creencias
basado en alguna de las variantes del proletarismo, han sido capaces de
situarse hoy a la vanguardia del pensamiento revolucionario.

En segundo lugar, tenemos el concepto de la autoconstrucción del


sujeto. Sabemos que sin sujeto consciente no puede haber ni revolución
verdadera, ni sostenimiento de un modelo de convivencia social basado
en la democracia directa. Eso es así de claro. Tanto para la lucha
revolucionaria, como para la tarea de construcción de la
convivencialidad social, se requiere como requisito ineludible que, al
menos, la mayoría de los integrantes del pueblo deben ser sujetos
conscientes. No podemos olvidar que Sócrates es condenado a muerte
por los tribunales populares de Atenas, dependientes de una asamblea
democrática. Por tanto, no es suficiente organizarse en asambleas de
democracia directa para que no surja la discriminación y la opresión,
antes y como requisito para que se haga efectivo el cumplimiento del
principio del “gobierno del pueblo” es necesario que los integrantes de
cada comunidad/pueblo con mayor capacidad e intervención política
sean sujetos de calidad, puesto que en las asambleas se debaten
posiciones que generalmente son expresadas por aquella gente con
mayor iniciativa, y la deliberación es al final lo decisivo. Si el pueblo
no tiene criterio, será manipulado en las deliberaciones, y eso nos lleva
a la cuestión de fondo: que la autoconstrucción de un sujeto de calidad
es un requisito esencial para la “nueva revolución” tanto como para la
futura sociedad comunitarista. Esta “idea”, que es muy correcta, no deja
de ser una utopía si no se explican las condiciones en que ello es
posible. Ni las “ideas” caen del cielo, ni existe una inspiración de origen
divino que nos ilumine, ni pueden partir de la influencia de algún
“profeta” que nos enseñe como ser sujetos de calidad. Pretenderlo es
idealismo subjetivo. Resolver esta cuestión, al nivel en que ahora se
puede, requiere un cierto consenso epistemológico: 1) No existen leyes
que rijan la historia ni el pensamiento (critica al historicismo). 2) Nadie
puede afirmar “qué es lo correcto”, pues la verdad es a la vez absoluta,
como relativa, se podrá saber siempre algo más, pero nunca del todo
(critica al dogmatismo). 3) Solamente podemos, en este mundo
imperfecto de los humanos, basarnos en la experiencia evaluada
conforme a criterios (la experiencia como criterio de verdad). 4) La
humanidad ha sobrevivido hasta hoy, como ente colectivo, no como
individuos aislados, siempre se ha dotado de algún tipo de consenso
colectivo, con el uso de reglas o normas asumidas por todos sus
integrantes, al menos, en las fases anteriores a las sociedades
estratificadas socialmente (Paleolítico y Neolítico). 5) Nuestro acervo
cultural que reconocemos como “valioso” nos muestra que solamente
compartiendo una base ética que sirva de referencia puede el sujeto
luego autoconstruirse conforme a valores morales, tomando como
fundamento aquellas reflexiones filosóficas de mayor valor expresadas
por Sócrates, cínicos, estoicos, el cristianismo primitivo y por
experiencias concretas de convivencialidad (como la mostrada por las
comunidades procedentes de la revolución de la Hispania Alto
Medieval). 6) Son valores éticos reconocibles por todos como
principios: el amor al prójimo, la vida en común en franca
convivencialidad, el apoyo mutuo, el servicio desinteresado, la lucha
por la verdad, la honestidad, la generosidad, la justicia equitativa, etc.
Constituyen la base filosófica, y sin estos criterios morales, no es
posible un sujeto de calidad, y por tanto, una organización social de
base democrática, auténtica. Y esos criterios deben estar presentes
desde el momento inicial de todo proceso transformador, en la
preparación de la revolución, como en la vida diaria de la nueva
sociedad.
En tercer lugar tenemos la idea de revolución. Es éste un concepto
moderno del que han abusado todas las élites en pos de la conquista del
poder, desde la misma revolución francesa de 1789 hasta hoy. En
definitiva, “revolución” ha significado para todas las ideologías de la
modernidad un “cambio en el poder”, un proceso en el que, la inmensa
mayoría de las veces, una élite, por medio de la violencia, derroca a los
poseedores de un aparato estatal a superar. Tal era la concepción de
Maquiavelo, que la definía como cambio radical del orden constituido,
diferente a la mera rebelión o a la insurrección. Es esa la “idea” que ha
prevalecido en todas las luchas “revolucionarias” del pasado. Por esa
razón, es un término muy problemático, y por tanto, difícil de
incorporar al llamado proceso de revolución integral. Lo que nos
muestra la experiencia histórica es que todas las estrategias
autoproclamadas de revolucionarias de corte proletarista o nacionalista
han finalizado como experiencias claras de “toma del poder”, mediante
el uso de la violencia contra el pueblo, que es el que ha puesto los
muertos en esa “revolución”, y al que luego, el nuevo Estado oprime,
de igual o peor forma que el anterior sistema de poder, a través del
nuevo Estado. Por esa razón, nos vemos obligados a llamar a nuestro
proyecto revolucionario como “revolución integral”, “auténtica”,
“verdadera”, o directamente excluir la expresión por “transformación
integral”. Lo verdaderamente relevante no es simplemente cambiar la
“cara” del concepto, sino comprender que detrás de la idea de
“revolución”, por muy “auténtica” que esta sea, si su fin es “la toma del
poder”, estaremos repitiendo las nefastas experiencias trágicas pasadas.
Desde el momento en que prevalece esta concepción, la estrategia, la
táctica, toda la política irá orientada hacia ese objetivo, por tanto es
decisivo que este asunto quede muy claro, y ha de impugnarse desde el
primer momento, desde el primer paso serio que vayamos a dar en favor
de la estrategia revolucionaria. No se trata de “tomar el poder” mediante
algún proceso “ideal” de insurrección, y no es porque el Estado esté
más fuerte que nunca (que lo está), y que las posiciones conscientes del
pueblo se encuentran bajo mínimos (que también lo están), es algo más
profundo, significa que debemos ir dando los pasos desde este mismo
momento tendentes hacia la construcción de un nuevo tipo de
convivencia, mediante un proceso dual de acumulación de fuerzas, de
tal modo que, en su momento podamos, cuando las fuerzas del pueblo
se encuentren en equilibrio estratégico a las del Estado, no solamente
disputar el poder al Estado, sino destruirlo y sustituirlo por aquel tipo
de organización de la comunidad basado en criterios como aquellos que
ya se vienen señalando (por ejemplo, con criterios básicos del tipo
“Pacto del Común” que señala A. Dké, y que sirven como táctica para
estos momentos iniciales). Por tanto, toda estrategia que no tome en
consideración el conjunto de la situación, y no parta de una renovada
concepción de la transformación social, está condenada a repetir el
pasado, y a fracasar. Claro que la crisis sistémica pondrá sobre la mesa
situaciones dramáticas de muerte, hambre y pésimas condiciones de
vida del pueblo, y en tales condiciones las masas sin conciencia pueden
entender que hay que golpear “al poder” en sus momentos de crisis. Eso
es un espejismo, porque seguir y apoyar el activismo ciego y
espontaneísta detrás de migajas no puede significar más que llevar esa
agua al molino del reformismo. Eso es una dura lección histórica. Al
contrario, la estrategia de transformación integral ha de entenderse
como un proceso muy complejo que apenas hoy atisbamos a
comprender, pero lo seguro es que no tiene atajos, los milagros no
existen, y quienes sueñan con renovados asaltos a “palacios de
invierno”, solo derivan sus energías fuera de las tareas correctas, tan
duras como ingratas, hacia harinas de otro costal. Lo esencial siempre
ha sido el programa estratégico con el cual la gente orienta su actividad
revolucionaria (no cualquier actividad), no la actividad, en sí misma,
eso es el consabido y añejo culto a las terceras vías espontaneístas tan
características de la extrema izquierda y el nacionalismo radical en la
Transición y que ya sabemos que no conduce a nada serio, por muy
“impresionantes” y “tentadoras” que se vean las grandes
manifestaciones y las broncas con la policía. Ya las hemos visto antes,
y recientemente -por ejemplo, con el procés- y ¿en que ha quedado todo
eso?, en mayor desmovilización y desencanto entre los integrantes del
pueblo. Pasó en la Transición, en el 15M, y volverá a suceder. Lo
importante nunca ha sido la movilización popular en sí misma, las
hemos visto de mil formas y colores, lo realmente transcendente es bajo
qué programa se moviliza el pueblo. La reciente catástrofe de la
“primavera árabe” es otra trágica lección que no se puede olvidar.
Como cuarta, y última cuestión esencial, está la del Estado. No por ser
la última es la menos importante, al final, en el proceso de construir una
estrategia auténticamente revolucionaria, es lo que cuenta en el proceso
de confrontación contra el viejo orden. Tema complejo, realmente, y
que muy pocos llegan a comprender en su verdadera naturaleza. Vamos
solamente a definir sus rasgos esenciales. Hay un primer criterio
estratégico que es básico: conoce a tu enemigo (el Know your enemy
del punk-rap de los 90). Sin ello, directamente, no es posible ninguna
estrategia mínimamente correcta. Lo hemos visto sobradamente en la
Transición española. Todos los proyectos autodenominados
revolucionarios: marxistas, anarquistas o nacionalistas, cayeron por su
misma base, no entendieron nada la cuestión del Estado nación. A. Dké
ha entendido lo esencial de la cuestión. La idea que se tiene del Estado
por parte del proletarismo, en general, es muy “técnica”. Cierto es que
constituye la “organización de la violencia”, como bien decía Engels,
con su aparato militar, sus fuerzas policiales, su parlamentarismo de
opereta, su representación en forma de partidos, todos simuladores de
una verdadera democracia, con sus ministerios y burocracia. Pero eso,
siendo mucho, y muy malo, solo es un aparato de poder, un instrumento.
Lo esencial es determinar quien lo dirige y para qué. Por tanto, lo
principal es entender que el Estado constituye esa jaula de hierro para
el ejercicio del poder de una élite mandante. Si consideramos que la
clave es simplemente la destrucción del Estado, nos pasará por alto que
lo decisivo era el poder y no el Estado en sí, y ello nos oscurecerá la
visión más amplia de considerar que lo realmente importante, la
finalidad última de la revolución, no es la destrucción del Estado, sino
que debemos ir mucho más allá, destruirlo, por supuesto es condición
primera, pero lo realmente decisivo es la creación de una nueva
organización de la sociedad en la forma de comunidades libres y
democráticas. Lo contrario, concentrarse únicamente en “conquistar el
poder”, significa cometer el gran error histórico de la reproducción de
otro sistema de poder por parte de renovadas élites, las que justamente
surgen de la propia lucha revolucionaria (sobre todo, en las
revoluciones proletaristas de Rusia y China). Lenin y Mao no
alcanzaron nunca la condición de buenos revolucionarios, sino de
buenos estrategas. Fueron capaces de destruir el poder del Estado en los
países mas grandes del planeta, y tomar el poder, y luego…a la par,
construir los dos sistemas de poder más horrorosos y opresivos del
planeta.
Dicho ésto, habrá que tener en cuenta qué fue lo que se les pasó de
largo. El Estado moderno surge en un contexto bélico-histórico en que
necesita, para su legitimación, dos instrumentos esenciales: uno, la
ficción democrática, mediante la incorporación de las masas al Estado
en la socialización estatal; y dos, una cobertura ideológica capaz de
justificar el poder en el marco de un territorio concreto, hasta donde
llega su poder militar. Ello se alcanza través de la ideología
nacionalista. Un error básico del proletarismo, y no digamos del
nacionalismo, es no entender que el nacionalismo es una ideología
creada por el Estado para su legitimación de masas y una identidad para
sus fronteras. No existe la cuestión de la democracia formal, del Estado
y de la ideología nacionalista, como conceptos separados: constituyen
las partes integrantes de una misma cosa, el mismo hecho histórico de
nuestra época: el Estado nación moderno capitalista. Por ello, para
definir correctamente al Estado moderno se han de incluir
necesariamente los adjetivos de moderno, democraticista, nacionalista
y capitalista. Si bien, sus características democraticistas y capitalistas
son evidentes para ciertos sectores del proletarismo, sin embargo, no
así su componente nacionalista, por ello es tan decisivo. Para dejarlo
bien claro, no existe ningún Estado que no sea nacionalista (o etnicista
o cívico, da igual). Tanto los Estados nación procedentes de las
primeras revoluciones burguesas liberales (cívicas y patrióticas), igual
que las surgidas con posterioridad (de tipo más “étnico”), y no digamos
las surgidas de procesos de “liberación nacional”, luego devenidas en
neocoloniales. Una estrategia de Transformación Integral en el Estado
nación español que no tenga en cuenta tales criterios está condenada a
fracasar. La libre determinación de pueblos y comunidades es un
principio aplicable a todas las comunidades humanas establecidas en
cualquier territorio concreto, tengan mayor diferenciación cultural o no,
tengan una lengua específica, o formas distintas de expresión del
castellano, en nuestro caso, tanto si están localizados en los territorios
de Euskal Herria, de Catalunya, Galiza, como de Castilla, Extremadura,
Murcia o Andalucía. En la nueva cosmovisión debemos oponer al
concepto engañoso e imaginado de “nación”, el auténtico y real de
comunidad. La comunidad es, en sí misma, no necesita inventarse. Es
la “nación”, como filosofía del Estado, la que destruye a la comunidad.
Esa es una verdad histórica. Por ello, ningún integrante de cada
comunidad es menos “patriota” que cualquier nacionalista respecto de
cada comunidad concreta, sucede justamente lo contrario, sobre todo el
comunitarismo se fundamenta en la defensa y lucha por cultura propia
y objetiva, la de esa comunidad humana estable, con su identidad y
cultura únicas, tan valiosa como cualquier otra, no hay más. Pero
siempre con derecho inalienable, como todas las comunidades, a
decidir, permanente y libremente, su destino, no en un momento
plebiscitario, sino siempre. Pero ello solo será posible en un marco de
transformación integral del orden vigente, lógicamente, y en ello es
esencial desenmascarar los argumentos reaccionarios del nacionalismo,
lo cual implica asumir las consecuencias del análisis histórico más
riguroso: la estrategia de la transformación integral no puede competir
con la ideología nacionalista inventando conceptos que constituyen, en
sí mismos, una falacia. La historia nos muestra machaconamente que
toda reivindicación nacionalista de independencia (aunque se vista de
seda) se delata porque siempre tiene como finalidad última la
constitución de un Estado. Y el Estado es lo que es, salvo que nos traten
de vender alguna mentira nueva del tipo “Estado de todo el pueblo”,
que solo existió en la URSS en su fase de declive, que también sabemos
lo que significó.
Creo que las posiciones de Antón Dké, claramente expuestas en este
trabajo de recopilación de artículos, van en un sentido correcto,
marcando una orientación clara de posiciones estratégicas y tácticas que
se van concretando en una línea.

Enrique Álvarez

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