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Adolfo Calero Portocarrero (22 de diciembre de 1931, Managua - Ib.

, 2 de junio de 2012)[1] fue un


hombre de negocios y político nicaragüense que lideró la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN,
que en 1985 se cambió a Resistencia Nicaragüense, RN), en la larga guerra civil contra el gobierno
del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) entre 1980 y 1990. En el liderazgo de la Contra
Calero se responsabilizó de las cuentas bancarias del dinero que se usaba para comprar pertrechos y
armas; testificó ante el Congreso de los Estados Unidos en mayo de 1987 sobre el escándalo Irán-
Contra, pues en los 2 años anteriores el coronel Oliver North y la Agencia Central de Inteligencia
(CIA) le habían vendido armas de forma ilegal -a espaldas del Congreso- al gobierno de Irán durante
la Guerra Irán-Irak (1980-1988) que luchaba contra Irak y el dinero se le entregaba a la Contra.

Calero nació el 22 de diciembre de 1931 en Managua, hijo de una familia de clase media alta; sus
padres fueron el escritor Adolfo Calero Orozco y María Portocarrero Portocarrero. Estudió en los
Estados Unidos en las universidades de Notre Dame y Siracuse, NY. En Managua dirigió la planta de
embotellamiento de Coca-Cola y sacó un doctorado en leyes en la Universidad Centroamericana
(UCA) de la Compañía de Jesús.

Se asoció al Partido Conservador. Desde 1963 se rumoraba era fuente de información de la CIA.
Antes del derrocamiento del gobierno de Anastasio Somoza Debayle en 1979 estuvo brevemente
encarcelado por oponerse a Somoza. Irónicamente su prima era la esposa de Somoza, la primera
dama Hope Portocarrero.

Se casó con María Ernestina Lacayo el 7 de diciembre de 1957. Tuvieron 2 hijos, Miriam (nacida en
1958) y Adolfo (1960-1994). Tenía tres nietos. Es el hermano mayor de Miriam, Marta y Mario.KJPJ
Fernando Silva

Fernando Silva Espinoza (Granada, 1 de febrero de 1927 - Managua, 1 de octubre de 2016)[1] cuyo
nombre completo era Fernando Antonio Silva Espinoza, fue un médico pediatra, poeta, narrador,
cuentista, novelista, ensayista, pintor y lingüista nicaragüense perteneciente a la generación literaria
del 80. Considerado como un escritor prolífico de la lingüística nicaragüense; sus escritos retoman el
carácter cultural en el que creció hasta su juventud en el Río San Juan, donde descubrió su talento
para escribir. Desde el inicio su padre lo apoyó en su autodescubrimiento poético. Falleció el 1 de
octubre de 2016 a los 89 años de edad a causa de neumonía y problemas cardíacos.

Silva Espinoza nació en Granada, el 1 de febrero de 1927.[1] Hijo de Francisco Silva Guerrero y doña
Concepción Espinoza. A los seis años murió su mamá, quedó al cuido de sus tías, en ese momento su
papá trabajaba en el Lago Cocibolca, poco tiempo después, se trasladaría con su padre a Río San
Juan; regresaría a Granada hasta los dieciséis años para estudiar en la universidad en León; luego
estudió en un internado en la ciudad de México y la especialidad en pediatría en París. Contrajo
nupcias con doña Gertrudis Molina Argüello con quien procrearon cuatro hijos uno de ellos poeta
(Fernando Antonio Silva).

Desde 1968 fue miembro de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Se ha


desempeñado como Director del Hospital Infantil La Mascota en Managua, en este mismo hospital
creó el Pabellón de atención de la Liga contra la Leucemia y el Cáncer en el Niño Julio Cortázar
(1986). Fue Diputado en la Asamblea Nacional por el Frente Sandinista (1990-1996) y Magistrado del
Consejo Supremo Electoral (1995-2000).[1] Perteneció a la Cofradía de Escritores y Artistas Católicos
del Taller San Lucas, donde se reveló como poeta y artista plástico
Carlos Martínez

Nació el 12 de octubre de 1924 en Guatemala, donde su padre se encontraba trabajando. Hijo del
matrimonio nicaragüense conformado por Félix Pedro Martínez Leclair y Berta Rivas Novoa, Carlos
Martínez Rivas comenzó a escribir desde muy joven. Con tan solo dieciséis años obtuvo el Premio
Nacional de Poesía.[1] Cursó estudios de bachillerato en Granada en el Colegio Centroamérica de los
sacerdotes jesuitas. Su poema El paraíso recobrado (Cuadernos del Taller San Lucas, 1943) obtuvo
un inmediato reconocimiento y supuso la consagración definitiva del poeta.

Tras terminar el bachillerato, se trasladó a Madrid para cursar estudios de Filosofía y letras. En 1947
publica el sorprendente poema Canto fúnebre a la muerte de Joaquín Pasos, en honor a su amigo y
poeta, muerto a muy joven edad. En 1953 publica en México su obra más importante, La
insurrección solitaria, que es además su último libro publicado.

Trabajó para el servicio diplomático nicaragüense en Roma y Madrid (1964-1971). Residió en París
(1948-1951), en Los Ángeles, California (1954-1964) y San José de Costa Rica (1971-1977). A
principios de febrero de 1977 se trasladó de nuevo a Nicaragua donde dirige por dos años el
suplemento cultural Mosaico, del diario "Novedades". Desde 1977-1983 residió en el INTECNA de
Granada (antiguo Colegio Centroamérica). Luego se estableció definitivamente en Managua
(Altamira D'Este 2a etapa No.8), donde cuidó con celo su decisión de permanecer solitario. En 1984
obtuvo el Premio nacional Rubén Darío, con el libro Infierno de cielo, que no permitió en vida que
fuese publicado.

Tuvo a su cargo una cátedra con su nombre en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua
(1991 y 1993), donde expuso sus trabajos críticos sobre literatura y artes plásticas.

Falleció el 16 de junio de 1998 en el Hospital Bautista de Managua.

Su poesía, de originalidad, sobriedad, consistencia, preciso dominio del idioma, rechazo deliberado a
la impostura del «vasto mundo plástico, supermodelado y vacío», imaginación y belleza sin par en la
literatura nicaragüense, es sólo comparable con la de Rubén Darío o Salomón de la Selva. El sentido
y sensibilidad poética de la obra de Carlos Martínez Rivas ha merecido permanente admiración y
respeto y ha sido objeto de diversos y rigurosos juicios críticos en los que se atribuyen a su
genialidad poética una notable influencia y magisterio en la poesía hispanoamericana y castellana.

En 2007, bajo el título Poesía reunida, se publica su obra poética, compilada, reordenada y anotada
por el poeta Pablo Centeno-Gómez, que incluye su libro inédito Allegro irato.

Su poema Smaragdos Margara fue musicalizado por el artista nicaragüenese Salvador Cardenal
Azarías H. Pallais fue bautizado con el nombre Azarías de Jesús Pallais (León, 3 de noviembre de
1884 - 6 de septiembre de 1954) poeta, sacerdote y humanista nicaragüense. Perteneciente al grupo
del Vanguardismo. En sus escritos figura su tendencia a la Teología de la Liberación. Es formador del
llamado grupo de Los Tres Grandes (Alfonso Cortés, Salomón de la Selva y Azarías. H. Pallais).

Nació en León, 3 de noviembre de 1884. Sus padres era el Doctor Santiago Desiderio Pallais (Hijo de
Henri Pallais, judío francés) y Doña Rafaela Bermúdez Jerez (Sobrina de Máximo Jerez). Cursó su
educación primaria en el Seminario Conciliar de San Ramón en León y los estudios secundarios en el
Instituto Nacional de Occidente.

Fue ordenado Diácono el 25 de diciembre de 1907. El 4 de julio de 1908 recibe su Título como
Licenciado en Derecho Canónico por el Arzobispo de París y el 14 es ordenado sacerdote. Estudio en
la Universidad de Lovaina (Bélgica) quedando encantado con el estilo y vida de la Ciudad de Brujas.
Durante alguno de los viajes del “Príncipe de las Letras Castellanas” (Rubén Darío) se conocieron,
descubriendo Darío el intelecto de Pallais; tras la muerte de Rubén Darío, el sacerdote dio un
memorable discurso en los funerales. Aprendió el griego, latín y el hebreo[2] según datos
recopilados por sus estudiosos.

Entre sus cargos se destacan el de orador del Seminario de León, director del Instituto Nacional de
Occidente y de la Academia Nicaragüense de la Lengua y Párroco de la ciudad de Corinto desde
1938. En León promovió la acción social fundando la Asociación El Agape de Tarsicio, publica la
Revista El Surco.

Durante un viaje a San Salvador se le otorga el doctorado Honoris Causa, es criticado y calificado de
“inconsciente e irresponsable” por su posición ante las situaciones sociales por el Arzobispo Núñez y
Argumeo, Pallais reacciona dedicándole un poema de tal modo de no nombrarle.

En 1953 la Universidad Nacional de Nicaragua había decidido otorgarle el doctorado Honoris Causa,
él se prepara y a última hora la Universidad cambia de decisión y se lo otorgó al Embajador
Norteamericano. Protestan por tal insulto hacia la persona del Padre Pallais, y sus amigos en
desagravio por el suceso, le rindieron homenaje en León, participando en el acto el poeta jesuita
Ángel Martínez Baigorri.[
Compañero de cama

Adolfo Calero Orozco

Pedro Montes estaba de mandador en “El Dulce Nombre”, una hacienda situada cerca de Nandayosi,
por la costa sur. Como en aquel tiempo los caminos eran más largos que ahora, él nunca hacía el
viaje a Managua de un solo tirón, sino que salía de “El Dulce Nombre” con la fresca de la tarde,
prefiriendo las noches de luna para sus viajes. A la caída de la media noche llegaba a “La Plancha”,
una fincucha de café; allí echaba un buen “peloncito” y muy al alba se ponía otra vez en marcha, con
la bestia descansada y él fresco, y lograban entrar a Managua entre nueve y diez. El regreso lo hacía
Pedro en la misma forma, pues “La Plancha” estaba más o menos a la mitad del camino y era de
Fulgencio Roque, un compañero antiguo, tismeño como él, que dormía en un tabanco libre de
puertas y con acceso al corredor de la casita, hasta donde podía subirse sin molestar ni pedir
permiso a nadie con sólo que los perros lo conocieran a uno.

Muchas veces hizo Pedro Montes el viaje aquel y generalmente Fulgencio lo sentía llegar y echaban
su platicadita. A la partida, Pedro tenía siempre buen cuidado de hacerla muy calladita para no
despertar al amigo.

La vez del cuento era en febrero. Ya habían “cortado”, pero todavía hacía un frío que parecían dos.
Pedro llegó a “La Plancha” a la hora de costumbre; la luna ya se había puesto y estaba muy oscuro.
Lo único de particular que había notado Pedro en el camino era que hubo muchas exhalaciones en el
cielo después que se fue la luna y que cuando entró a la finca los perros no le ladraron ni se le
acercaron, como otras veces, para olfatearlo primero y colearle después, sino que más bien dieron
su aulladita, y eso sin acercársele mucho. El desensilló y a tientas, como que conocía muy bien la
casa, dio con el poste picado en escalones que conducía al tabanco. Subió y llamó a media voz:

¡Fulgencio!... ¡Full!... ¿Estás sorneado?

Fulgencio no le contestó. Pedro pensó: “Andará mujereando esta carajo… o tal vez en Managua…”.

Pero mientras se acomodaba, tentando dio con Fulgencio, que estaba acostado, medio envuelto en
su “tigra”…, y dio también con una botella y un vasito, que por cierto hasta por poco los bota. Pedro
murmuró: “Ah…!”, comprendiendo lo que había pasado, y aún pensó en tomarse él mismo un
traguito sueñero, pero estaba cansado y prefirió echarse a dormir. Se envolvió él también en su
chamarra y se estiró tras una ligera persignada; más tarde el frío lo hizo arrimarse un poquito a
Fulgencio, y luego se quedó profundamente dormido.
A los primeros cantos del gallo Pedro se levantó. Pensó otra vez en el trago, pero tampoco lo tomó.
Bajó cuidándose de no hacer ruido, aguó al caballo, se enjuagó él, ensilló y se puso en marcha
pensando en una taza de café negro caliente donde la Chila López, por donde siempre le tocaba
pasar a eso de las seis de la mañana.

No habría andado ni media legua cuando se encontró con un montado y dos hombres a pie; en la
semioscuridad del amanecer no los conoció; pero cuando el montado dijo: “Adiós, amigo”, Pedro
reconoció la voz:

¡Fulgencio! ¡Bandido! ¿Dónde pasastes la noche? ¿Dónde la Chila o dónde la Gregoria?

¿Sos vos? Idiay…!No te conocía!

-Yo, ¿y quién va a ser? Bueno, pero ¿de dónde te la traés? En mis cuentas yo acababa de dejarte en
el tabanco de “La Plancha”…

-De buscar a éstos. Anoche se me murió Luis Ortega…, no tenía ni con quién enterrarlo… Entonces
mejor me vine hasta donde la Chila López a pasar la noche y ahora me traje a éstos para ir haciendo
el hoyo. Más tarde van a venir otros muchachos. ¿Por qué no nos volvemos y te quedás para luego?

-¡Luis Ortega!... Y ¿qué le pasó?

-Una culebra cascabel … Pero a vos, ¿qué te pasa?

-¿Dónde dejaste al muerto? ¡Contéstame!

-Pues en el tabanco…

-¡Chocho! Allí dormí yo…!y creía que eras vos…!Hasta te hablé…!Hasta creí que estabas tragueado!
-¡Bárbaro! ¡Dormiste con un muerto!

Pedro Montes estaba temblando. Sudaba helado. Tuvo una basca seca y un calenturón que casi se
muere.