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VI-.

EL REAVIVAMIENTO ESPIRITUAL Y PROSPERIDAD DEL PUEBLO DE DIOS

(I Samuel 2.12- I Reyes 11)

1. Comienza a amanecer: Samuel (I S 2.12 - cap. 7)

Ya se nos han presentado ambos aspectos del período de los jueces: el mal que prevalecía en esos
días, y el bien que seguía sobreviviendo y mostrándose en las vidas de algunos. Las cosas se pusieron
cada vez peor en Israel, hasta que Dios intervino. Como antes, vemos que interviene suscitando gente
piadosa que le sirva y le sea fiel, a través de la cual va cambiando la dirección del pueblo.
En las vidas de los dos hijos de Elí vemos una vez más la personificación de lo peor que había en
Israel. Estos dos hijos de Elí no conocían al Señor. Eran así un producto de su época (2.12). En este
libro se nos presenta un ejemplo de su maldad. Evidentemente, estos sacerdotes no solo descuidaban
sus deberes para con Dios sino que hasta codiciaban para sí las ofrendas que a él se ofrecían. Al
parecer, no tenían conciencia y forzaban a la gente a entregarles a ellos sus ofrendas en lugar de en la
forma prescrita por la Ley de Moisés (v. 15; cf. Lv 3.3-5,16). Pero su pecado no pasó desapercibido a
los ojos de Dios (v. 17).
Samuel, al contrario, ministraba en la presencia del Señor (v. 18). Vemos aquí indicios de que algo se
prepara. Dios había puesto sus ojos en Samuel para destinarlo a una obra grande y llena de fe (v. 21).
El sacerdote Elí no era inocente de todo lo que hacían sus hijos.
Conocía su pecado, no solo en cuanto a los sacrificios sino también en la maldad de acostarse con
mujeres que velaban en el tabernáculo (v.22). Propiamente no había nada incorrecto en que las muje-
res estuvieran ahí. La Ley de Moisés disponía que hubiera mujeres que sirvieran en el tabernáculo
(Ex 38.8). Pero lo que sucedía entre los hijos de Elí y esas mujeres era un verdadero ultraje. Parece
que se trataba de un acto realizado en imitación de las prácticas religiosas de los cananeos. Sabemos,
por evidencias arqueológicas, que la consumación de orgías sexuales como las aquí descritas formaba
parte del culto religioso cananeo.
Aunque Elí sabía los pecados de sus hijos, solo se los reprochaba de palabra, y evidentemente no
hacía esfuerzo alguno para disciplinarlos (vv. 22ss). El versículo 25 parece querer hacer notar que los
hijos de Elí eran culpables del imperdonable pecado de rehusar arrepentirse ante Dios. No hay perdón
ni escape para un pecador así. Y este era su pecado. La frase «Jehová había resuelto hacerlos morir»
significa simplemente que Dios había escogido no intervenir con su gracia para salvarlos. Ellos se
habían endurecido en sus corazones y no querían arrepentirse, tal como el faraón había hecho en
Egipto en los días de Moisés.
Una vez más, vemos el fuerte contraste entre Samuel y los dos sacerdotes (v. 26). La gracia de Dios
estaba obrando en Samuel y preparándolo para que fuera el medio para tocar al corazón de Israel.
El Señor le hizo una advertencia a Elí, quien evidentemente era culpable de aprovecharse de los
pecados de sus hijos aunque los había reprendido (v. 29). El solemne «por tanto» del versículo 30 es
la introducción al pronunciamiento del juicio de Dios contra él y su casa. El sacerdocio de Elí,
descendiente de Aarón, había fracasado. Elí y sus hijos serían quitados de su oficio por medio de la
muerte (v. 34).
En el versículo 35 hallamos la promesa hecha por Dios de que habría un sacerdocio mejor que el de
Elí y Aarón. Esta promesa puede ser aplicada inmediatamente al surgimiento de Samuel para tomar
su lugar. Pero tiene un significado mucho mayor. Samuel no haría sino señalar hacia el sacerdote
mayor de todos, el definitivo. Dios no construyó un sacerdocio a partir de Samuel. El sacerdocio de
Aarón había fracasado. Por tanto, en última instancia el Señor estaba señalando y prometiendo que
sería establecido un sacerdocio mayor, que no fracasaría. El escritor de Hebreos dice en 7.11ss que el
gran sacerdocio pertenece a Jesucristo, el sacerdote perfecto que habría de ofrecer el sacrificio
perfecto, esto es, a sí mismo, por nuestros pecados.
En el fondo de la condición pecadora de los hijos de Elí y de su propio fracaso en el sacerdocio
tenemos el tema continuo del crecimiento y el despertar espiritual de Samuel, que estaba destinado a
ser el guía que sacaría a Israel del pantano en que estaba atrapado (3.1). El estado espiritual de la
situación se nos describe nuevamente en la aseveración hecha en el versículo 1 de que la Palabra de
Dios escaseaba en aquellos días. Dios no se estaba revelando, y la revelación que ya había hecho no
estaba siendo circulada entre el pueblo. Pocos la conocían o se interesaban en ella.
Pero Dios no cejó en su empeño. La lámpara de Dios a la que se refiere el versículo 3 representa la
verdad y la luz de Dios (2 S 21.17; 22.29; 1 R 11.36; 15.4, Sal 119.105). La idea es que la gracia de
Dios seguía adelante en estos tiempos a pesar de los pecados del hombre. Se nos dan evidencias de
esta continuidad de la gracia en este capítulo, cuando Samuel es llamado por Dios y levantado para
que sea profeta del Señor (3.19-4.1).
Puesto que la confianza de Israel ya no estaba puesta en el Señor en aquellos días, él lo humilló con
la derrota a manos de sus enemigos, los filisteos, como lo hacía en tiempos de los jueces (4.1-2).
El pueblo tenía puesta su confianza, no en Dios, sino en el arca, corno el medio que tenían para
manipular a Dios. Sentían que tenían a su Dios en una caja, y que podían obligarlo a ayudarles con
solo llevar consigo el arca a la batalla (vv. 3-5). Más tarde Israel pondría su confianza en el templo,
creyendo equivocadamente que Dios no dejaría que Jerusalén cayera en manos de sus enemigos
porque allí estaba el templo. En ambos casos quedo probado que los israelitas, en su necedad, estaban
equivocados.
En estas circunstancias, el arca fue capturada, los hijos de Elí asesinados, y el ejército derrotado.
Todo Israel se llenó de pesar (v. 21).
Es interesante ver cómo Dios, que entregó el arca en manos de los filisteos, no les permitió sin
embargo jactarse, o suponer que sus dioses eran más grandes que el Dios de Israel. El solo castigó a
los filisteos y los abatió (caps. 5, 6). Ni a los mismos israelitas les permitía el Señor que trataran el
arca descuidadamente, o con poco respeto (6.19-21). Hasta David tendría que aprender esta lección
más tarde (2 S 6.1-11).
Por fin el pueblo de Dios había sido humillado hasta el punto de tener que ir a lamentarse ante el
Señor. Dios había preparado a su hombre para esa hora, y cuando los corazones del pueblo estaban
contritos ante él (7.2), el hombre del momento, preparado por él, Samuel, se adelantó a mostrarle al
pueblo cómo volver a la amistad con Dios.
Samuel le describió a Israel el camino de regreso en tres pasos. La descripción del arrepentimiento
que se da aquí (vv. 3,4) es una guía excelente para todos, ya sean los individuos o las iglesias, si
tienen un corazón quebrantado y un anhelo de regresar a Dios.
Primeramente, las condiciones del arrepentimiento deben ser correctas. Debe nacer del corazón, esto
es, de un corazón quebrantado y contrito. Si esto es así, el primer paso consiste en dejar de hacer el
mal que se estaba haciendo. Todo arrepentimiento verdadero debe manifestarse en obras dignas de
arrepentimiento, en el cese de nuestras malas acciones. No podemos esperar ser restaurados en la
amistad correcta con Dios si seguimos de cabeza en los mismos pecados que la rompieron. Debemos
confesar que somos pecadores y que hemos pecado contra Dios, y estar adoloridos por haberlo hecho.
El segundo paso es positivo: Israel tenía que dirigir su corazón al Señor para servirle solo a él. No era
suficiente que dejara de hacer el mal; tenía que buscar lo que era bueno y justo ante los ojos de Dios.
Más tarde Elías llamaría al pueblo a dejar de estar vacilando entre el Señor y Baal, y a servir solo al
Señor (1 R 18.21), tal como Jesús les advertiría posteriormente a sus discípulos, que no se puede
servir a dos señores (Mt 6.24; cf. Mt 4.10 y Dt 6.13).
El tercer paso en el regreso de Israel era asunto de Dios. Cuando ellos hubieran hecho todas estas
cosas desde su corazón, entonces el Señor los liberaría de sus enemigos, los filisteos.
Lo que vino después de que Samuel les había enseñado el camino para regresar a Dios fue que el
pueblo lo obedeció fielmente, y lo primero que hizo fue apartarse de los dioses falsos (v. 4). Después,
confesaron sus pecados, y se volvieron a consagrar al Señor (VV. 5-8). Finalmente, el Señor les
correspondió, dándoles la victoria sobre los filisteos (vv. 9-11).

La piedra erigida en Ebenezer, en memoria de lo que Dios hizo en aquel día, era similar a la piedra de
Gilgal, erigida cuando Israel cruzó el Jordán; ambas eran recordatorios visibles de la ayuda divina. El
nombre Ebenezer significa «piedra de ayuda», y podríamos decir que señalaba el camino que habían
seguido las bendiciones de Dios sobre Israel hasta ese momento.
Después de esto Samuel fue juez de Israel por varios años. Fue el último de los jueces, y sin duda el
mayor de ellos. Es de suponer que, al mismo tiempo que hacía sus recorridos anuales juzgando al
pueblo y enfrentándose a sus problemas espirituales, también sin duda, le enseñaba la ley de Moisés
para que mejorara su condición espiritual.

2. La elección de un rey: Saúl (I S 8-15)

En los primeros versículos del capítulo 8 leernos que los hijos de Samuel eran pecadores, como lo
habían sido los de Elí. Sin embargo, notamos una gran diferencia. Cuando las Escrituras mencionan a
los hijos de Elí, echa gran parte de la culpa de estos pecados al fracaso de Elí como padre.
Posteriormente, se diría lo mismo de David. Sus hijos eran en gran parte un reflejo de sus fallos. Pero
en el caso de Samuel, no se le culpa de nada. En realidad, Samuel es una de las poquísimas
personalidades de las Escrituras sobre las cuales no se dice nada crítico o negativo. Esto no quiere
decir que Samuel no tenía pecados, pero es un alto tributo que se le rinde.

Los pecados de los hijos de Samuel han de contemplarse como propios de ellos al no andar por el
camino señalado por su padre, que él personalmente con fidelidad se lo había enseñado (v. 3). Esto
nos permite ver que en ocasiones los padres podrán hacer todo lo que deben y sin embargo sus hijos
no querrán obedecer. No siempre se ha de culpar a los padres por los fallos de los hijos.
La reacción del pueblo que recoge la primera parte del capítulo 8 nos trae a la mente las palabras de
Moisés en Deuteronomio 17.14, 15. Israel había sido advertido de que algún día pediría un rey, y
ahora acaba de suceder. Con seguridad, la nación, la nación exclusiva de Dios, estaba dispuesta a
vender su progenitura con tal de ser como las demás naciones. Samuel estaba descorazonado, pero
Dios le demostró que no había sido fallo personal suyo. Después de todo, no era a Samuel a quien
rechazaban como rey, sino a Dios (vv. 6,7). Sin embargo, el Señor le hizo ver que él controlaba la
situación (v. 9). El Señor era aún el rey (Ex 15.18).
La descripción de las desgracias futuras con el rey que deseaban, presenta marcado contraste con las
bendiciones pronunciadas por el mismo Dios sobre su pueblo en el pasado. El Señor les había dado
hijos, hijas, campos, viñedos y olivares. Pero el rey les quitaría todas esas cosas (vv. 11 ss.). Al final
habrían perdido, no solo todo lo que Dios les había dado sino también su amistad con él (v. 18).
Ellos querían tener un rey que los juzgara y que fuera delante de ellos y peleara por ellos (v. 20).
Dios había hecho todas esas cosas por ellos y nunca los había abandonado, pero al final sus reyes los
abandonarían, como sucedió en verdad con el último rey de Judá antes de la caída de Jerusalén.
Lo predicho por Samuel en aquel día sucedió tal como él lo había advertido. En esencia, lo que el
pueblo decía era: «No queremos caminar por fe ante un rey invisible sino por vista ante un rey
visible».

Dios permitió que un rey gobernara a Israel, pero se ve claramente que él seguía dominando la
situación. La forma en la que el joven Saúl entró en contacto con Samuel en este preciso momento,
debido a que su padre había perdido sus asnas, demuestra que era Dios quien se iba a encargar de
seleccionar el rey de Israel. La afirmación hecha en 9.2 de que no había otro más hermoso que él en
Israel, indica que Dios los guió para que escogieran el mejor de todos los hombres para esa tarea. El
hecho de que este mejor candidato fracasara subraya simplemente la verdad de que el mejor de los
hombres no basta para guiar al pueblo de Dios. Solo hay uno que puede guiar de verdad al pueblo de
Dios y este es el Señor mismo.

Es interesante observar cómo Dios parece evitar el uso del término «rey» cuando habla de Saúl. Se le
llama príncipe, pero no rey. La terminología que encontramos en 9.16 es una reminiscencia del
período de los jueces, como si Dios lo mirara más como un Juez que como un rey.
La humildad de Saúl la elogia al principio, presentándolo como similar al mismo Moisés (v. 21). Al
ser ungido como rey (cap. 10), se le dan tres señales de su nuevo llamado. Son dignas de tenerse en
cuenta ya que parecen tener relación con la forma general en que Dios aparta para una misión
especial en su reino, incluso a los ministros del evangelio hoy en día. Notemos que la primera señal
lo releva de su responsabilidad anterior. Las asnas son encontradas, y por tanto, no tiene que
preocuparse ya más de ese problema (10.2). En segundo lugar, han de ser satisfechas sus necesidades
físicas. Recordemos que no tema nada (9.7). Ahora se le da alimento (v. 3). Finalmente, el Espíritu
Santo vendría sobre él, haciéndolo capaz de servir al Señor y hacer su voluntad (v. 6). Todo esto
significaría que Dios estaba con él (v. 7; cf. Ex 3.12 y Jos 1.9). Es así como el siervo de Dios llamado
a un ministerio especial en el reino de Dios, es relevado de sus obligaciones y tareas anteriores,
recibe promesa de que recibirá lo que necesita para vivir, y se le dotará con cuantos dones del
Espíritu Santo lo hagan capaz de realizar la labor a la que ha sido llamado.
El mandato de 10.8 parece haber sido una costumbre que debería ser seguida por Saúl antes de
comenzar algún nuevo proyecto para Dios. Por medio de esta costumbre, Saúl recordaría siempre que
su éxito dependía de la bendición y la orientación de Dios. Su cumplimiento les recordaría, tanto a él
como al pueblo, que Dios seguía siendo rey.
Cuando Samuel hizo el anuncio de que Saúl sería su nuevo rey, les recordó cuidadosamente que el
solo hecho de pedir un rey había Sido un pecado (v. 19). A continuación señaló que el escogido había
sido seleccionado por Dios (v. 24). La mayoría apoyó la selección hecha por el Señor (vv. 24,27).

De nuevo señalamos que el Señor, acomodándose a la solicitud que había hecho el pueblo de un rey,
lo orientó para que escogiera el mejor hombre disponible para el cargo. El que este fallara no quiere
decir que Dios no supiera escoger, sino manifiesta que ningún hombre es bastante en sí mismo para
ser el rey del pueblo de Dios, ni aun el mejor de todos los hombres
En el capítulo 11 vemos el primer acto de Saúl en su condición de rey. En esta circunstancia se da
bien a conocer. Cuando terminó la batalla y logró rescatar a los habitantes de Jabes de Galaad de
manos de su enemigo, se convirtió en el héroe de Israel, y al parecer, había ya logrado unir a todo
Israel tras sí. Su sabiduría al no buscar venganza sobre los que se le habían opuesto lo hace también
digno de elogio (vv. 12,13).
El discurso de despedida de Samuel que leemos en el capítulo 12 es muy conmovedor. La integridad
de este hombre es obvia; nadie puede echarle en cara nada (v. 4). Después de un recuento de la
historia de Israel como pueblo de Dios, Samuel hace una exhortación final (vv. 14,15). Según
podemos ver, tiene estrecha relación con el pacto que Dios había hecho con Israel prometiendo
bendecirlo en la tierra mientras fuera obediente.

Por primera vez el pueblo de Israel reconoció el pecado que había cometido pidiendo un rey (v. 19).
Quizá se arrepintieron cuando contemplaron la muerte de Samuel y se dieron cuenta de que Saúl era
un pobre sustituto para aquel hombre de Dios. Sin embargo, Samuel trató de consolarlos (vv. 20ss).
Samuel delinea en este momento la fórmula para continuar siendo bendecidos. Han de ser fieles a
Dios, y serán sostenidos por las oraciones de él. En este momento Israel tenía mucho a su favor.
Es triste llegar al capítulo 13 y darse cuenta de que, después de lodo, este joven Saúl, tan prometedor,
tenía pies de arcilla. La caída de Saúl comenzó con ocasión de otra batalla con los filisteos. Se fue
poniendo impaciente mientras esperaba que Samuel llegara a ofrecer los sacrificios de acuerdo con la
fórmula señalada en 10.8. Por lo tanto, al ver que el pueblo comenzaba a dispersarse, ofreció el
sacrificio él mismo. Con este hecho dejaba ver una pavorosa falta de profundidad espiritual.
Cuando Samuel le hizo ver su pecado trató de buscar excusas. Se le hacía difícil reconocer su pecado,
porque era un error.

La acusación de Samuel en el versículo 13, «locamente has hecho», requiere un comentario. El loco
en la Biblia es el que vive y actúa como si no hubiera Dios. Puede que sea muy respetable a los ojos
de los hombres, e incluso muy admirado. El mundo no lo llamaría loco, pero aquel cuyas actividades
y cuya vida van en contra de Dios, y que vive como si no tuviera nada de que darle cuenta, es un loco
a los ojos de Dios; un necio.
A partir de este momento vemos a Saúl declinar rápidamente.
Ya David, el nuevo escogido de Dios para rey, está en el horizonte. Aquí se le identifica solamente
como «un varón conforme a su corazón [al de Dios] » (13.14). Pero ya ha sido escogido por Dios,
aunque aún sea desconocido de los hombres.
En el siguiente capítulo, el 14, vemos cómo Saúl comienza a desmoronarse ante el pueblo. Sus tontas
exigencias con respecto a que los combatientes no comieran hasta que la batalla estuviera ganada
aquel día, hirieron al ejército y cercenaron la victoria (v. 24). Este hecho no era propio de un jefe
militar prudente.
Sin embargo, Saúl continuó llevando a Israel a la victoria, a pesar de sus debilidades, y las Escrituras
continúan elogiando sus cualidades militares (v. 48).
En el asunto de Agag, rey de los amalecitas, tenemos un segundo ejemplo de la depravación
espiritual de Saúl (cap. 15). Dios había ordenado de manera específica que se destruyera a los
amalecitas y todo lo que poseían, como lo había hecho con Jericó en los días de Josué. El acto de
desobediencia de Saúl (vv. 8,9) fue ocasión de un segundo encuentro entre él y Samuel.
Las palabras «me pesa haber puesto por rey a Saúl», dichas por Dios (v. 11), turban a algunos. No
quieren decir que Dios cambie de idea o se equivoque, como lo hacemos los hombres. Esta
interpretación es rechazada en el mismo capítulo (v. 29). Lo que hacen es expresar el fracaso total de
Saúl con respecto a la voluntad de Dios, como si Dios hubiera cometido un error. Lo que se está
diciendo en realidad es que no hay hombre, ni aun el mejor, que sea suficientemente bueno para
gobernar al pueblo de Dios.
En el segundo encuentro Saúl vuelve a declararse inocente, mientras Samuel le señala sus actos de
desobediencia (vv. 13,14). La insistencia de Saúl en que sus intenciones habían sido buenos y su
esfuerzo en echarle la culpa al pueblo para quitársela él, no hizo desistir a Samuel (vv. 20-21).
En los versículos 22 y 23 se nos hace penetrar en el propósito de Dios al instituir el sistema
sacrificial. Se ve claramente que nunca se pretendió que fuese un sustituto para la obediencia a la Ley
de Dios. Como ya indicamos al tratar sobre el sistema sacrificial en Levítico, el propósito de los
sacrificios era llevar al pueblo a darse cuenta de su pecado y ser una expresión de la necesidad que
teman de que Dios los ayudara. Para Saúl el sacrificio aparecía claramente como un sustituto a la
obediencia, esto es, «puesto que no cumplí estrictamente la ley de Dios, aquí están estos animales
estupendos para ser sacrificados a fin de pacificar a Dios».

El contraste entre la actitud defensiva que toma Saúl en este momento y el reconocimiento que hace
David de su propio pecado cuando, algún tiempo después, se lo hace ver el profeta de Dios, es de
gran importancia. David expuso en el salmo 51 su propio dolor de corazón por causa de su pecado, y
demostró haber comprendido rectamente el sentido del sistema sacrificial, esto es, llevar al pecador a
tener un corazón quebrantado y contrito (Sa151.16, 17).
Hasta la misma admisión oral de su culpa por parte de Saúl da la impresión de no ser genuina. Lo que
parece estar diciendo es algo así como: «Está bien, está bien, cometí el pecado, pero sigamos adelante
con el culto» (vv. 24,25). .
La tragedia del fracaso de Saúl no es más que un augurio del fracaso posterior de Israel. De Isaías
1.11 ss. y de muchos otros pasajes de los profetas podemos deducir que Israel como un todo no fue
capaz de captar el verdadero sentido del sistema de sacrificios, y su culto no era aceptable a Dios. En
sus corazones llenos de orgullo llegaban ante Dios con los sacrificios, pero sin humildad.
La tragedia de Saúl es, por tanto, la tragedia de Israel. El pueblo había deseado un rey como los de las
demás naciones, un hombre, un brazo de carne. Pero este no fue capaz de salir airoso a los ojos de
Dios, e intentó hacer prevalecer la causa de sus ventajas personales por sobre de la obediencia, con la
consecuencia de grandes pérdidas, tanto para él como para el pueblo.
En medio de todo esto Samuel fue ejemplar. Herido personalmente al ser rechazado el Dios para el
cual él había querido vivir, continuó sin embargo orando por ellos y nunca los abandonó. Incluso
después de la segunda caída de Saúl, Samuel buscó la manera de encauzar las cosas lo mejor posible,
por el bien de Israel y para la gloria de su Señor (v. 31).

3. El surgimiento de David (I S 16-31)

En estos capítulos se nos muestra cómo Dios escogió a David para que ocupara el lugar de Saúl como
rey. Recordemos que David ya ha sido descrito por el Señor como «un varón conforme a su corazón»
(13.14, cf. Hch 13.22). En este momento, Dios había rechazado llanamente a Saúl, y había
establecido a su escogido como rey (16.1).

Veamos cómo el Señor todavía trata con las familias, poniendo el énfasis nuevamente en el lugar de
la familia y la responsabilidad de los padres en el reino de Dios (v. 1). El escogido es designado
como «el hijo de Isaí» hasta el versículo 12. El Señor designa al nuevo escogido como rey, sin dejar
lugar a dudas (v. 1).

Se nos da aquí una importante lección sobre la diferencia entre la manera humana de escoger y la
divina. El hombre mira la apariencia externa, como lo hicieron los admiradores de Saúl, a quien
hallaran digno de elogio. Pero Dios mira el corazón, esto es, lo que es un hombre realmente, debajo
de su apariencia externa (v. 7).

Se nos dice que el Espíritu Santo vino aquel día para permanecer en David, a diferencia de la forma
en que venía y se iba con respecto a Saúl (v. 13). David habría de tener el Espíritu Santo en gran
medida, ya que era el escogido por Dios para guiar a su pueblo, y habría de ser una figura del Cristo
que habría de venir de su descendencia,
La mención que se hace del mal espíritu que estaba en Saúl (v. 14) no tiene por qué turbamos si
recordamos que la palabra «mal» tiene dos sentidos en las Escrituras. Puede significar «mal moral»,
que nunca es asociado con Dios, o puede significar el juicio de Dios sobre los hombres pecadores, y
este siempre viene de él. En este ultimo sentido hemos de entender aquí que el espíritu enviado por
Dios a Saúl, era un espíritu de juicio.
Por supuesto que no fue una coincidencia que hubiera a mano alguien que recomendara a David
como un consumado tocador de arpa que podía sosegar a Saúl (v. 18). Dios buscó la manera de que
su siervo comenzara a ser entrenado en los asuntos del reino y en la guerra, tal y como había hecho
antes preparando a. Moisés en la corte del faraón. Tampoco fue ninguna coincidencia que David
encontrara favor, tal como lo había encontrado José en la corte del faraón mucho antes. El Dios
soberano es el que está siempre al frente de las cosas, y todo lo obra para su propia gloria y para el
bien de aquellos que confían en él.

La narración del desafío entre David con Goliat, en el capítulo 17 es bien conocida. Debemos llamar
la atención sobre el hecho de 'que cuando se le dio oportunidad a David de pelear con Goliat, puso su
confianza no en sí mismo sino en el Señor. Esta seguridad no la había ganado súbitamente, sino a
través de todos los años en que había ido viendo la protección de Dios sobre su vida (vv. 34- 37). No
solo expresó su fe con palabras sino también con hechos, dándole al Señor toda la gloria por la
victoria de ese día (vv. 45-47).
El triunfo de David en aquel día trajo consigo dos consecuencias: su estrecha amistad con Jonatán
(18.2, 3) y los celos infinitos de Saúl (v. 9). De nuevo Saúl se mostraba tal cual era al decidir que
destruiría a este hombre, a quien vio como una amenaza para su trono (vv. 11,17). Sin embargo, a
pesar de sus esfuerzos, era evidente que el Señor estaba con David y lo hacía prosperar. De esta
forma se hace evidente aquí la enemistad entre los hijos de Dios y los de Satanás (v. 29).

Los capítulos 19 a 26 nos hablan de la persecución sin tregua que organizó Saúl contra David. La
intercesión de Jonatán a favor de David fue de poco provecho (19.1-10). Cuando David se vio
forzado a huir de Saúl, Jonatán y él se separaron con lágrimas. La conmovedora escena descrita en
20.14ss quizá apunte a sucesos que vendrán más tarde. No podemos pasar por alto el hecho de que la
tribu de Benjamín sobrevivió en la historia posterior solo porque vino a refugiarse en la de Judá. Y
más tarde aun, un descendiente de Saúl, también llamado Saúl (Saulo), se entregaría al servicio del
mayor de los hijos de David, Jesucristo (Hch cap. 9).
Hay mucho que decir a favor de Jonatán, por su humildad y mansedumbre y por su deseo de
glorificar a Dios y hacer su voluntad, aunque fuera al precio de su propia gloria y poder. Es en verdad
una de las personalidades nobles de las Escrituras.
Cuando David escapa de manos de Saúl, su esposa Mical parece estar a su favor, pero sus palabras
dejan entrever la falta de amor por David que tenía ya en este momento (vv. 13-17). Saúl no tuvo
éxito al tratar de capturar a David, porque era contra la voluntad de Dios (v. 20).

En una segunda huida que se registra en los capítulos 21 al 24, David fugitivo pone en peligro a los
sacerdotes en Nob. Más tarde se echaría la culpa por la muerte de Ahimelec (22.22). No podemos
saber cómo habría este reaccionado con respecto a David de haber sabido que estaba huyendo de
Saúl Pensando que estaba en una misión por encargo de Saúl, le dio el pan sagrado y la espada de
Goliat, Esto, desde el punto de vista de Saúl, significaba ayudar y apoyar al enemigo.
El hecho de que David pusiera a salvo a sus padres confiándolos al rey de Moab nos recuerda que su
bisabuela Rut era una moabita (Rut 4.17).

La muerte de Ahimelec, como ya hemos indicado, es un resultado de la mentira de David (22.11 ss.).
Puede que la invitación que le hizo a Abiatar, hijo de Ahimelec, para que se aliara con él no le
gustara del todo a este. Veremos más tarde que en la época posterior a la muerte de David, Abiatar se
une a la revolución contra Salomón, el hijo que David había escogido para rey (1 R 1.7).
En los lugares de En-gadí (cap.24) y Zif (cap. 26), David demostró su confianza en el Señor no
matando a Saúl cuando lo tuvo entre sus manos. Saúl nunca pudo comprender esto, y nunca respetó
al ungido del Señor, como David había hecho, aunque ya por este tiempo, el título de «ungido del
Señor» era más adecuado para David que para Saúl.
Del capítulo 27 al 31 tenemos los últimos días de Saúl, que serán también los últimos de la
persecución contra David. Por ese entonces Samuel ya había muerto (25.1). Saúl estaba ya en las
últimas, pero David no se sentía seguro aún (27.1).
En su desesperación, cuando los enemigos filisteos comenzaron a cercarlo, Saúl intentó una vez más
pedirle consejo a Samuel, que ya estaba muerto (28.1 ss.). La razón de su desesperado intento por
comunicarse con Samuel ya muerto a través de una médium era sin duda que toda comunicación con
el Señor había sido cortada (v. 6).
No hay duda de que la mujer se sorprendió tanto como Saúl cuando Samuel se apareció de veras y le
habló a Saúl (v. 12). No debemos suponer por esto que las Escrituras dan fe a la hechicería.
Dios permitió que Samuel apareciera porque estaba de acuerdo con sus propósitos el hablarle una vez
más a Saúl a través de Samuel sobre su juicio. Así como había permitido que los magos de Egipto
convirtieran bastones en serpientes, ahora también permitía que esta hechicera invocara a Samuel, no
porque ella tuviera poder en sí misma para hacerlo, sino para enseñarle, tanto a ella como a Saúl, una
lección.
La muerte de Saúl en la batalla se narra en el último capítulo de 1 Samuel. Las discrepancias entre el
relato de su muerte de 1 Samuel 31 y la narración dada por el amalecita en 2 Samuel, capítulo 1, se
explican por el deseo de este de obtener una recompensa por haber dado muerte al enemigo de David.
Su mentira le acarreó la muerte.
Al hacer un estimado del reinado de Saúl, sacamos en conclusión que la tragedia de su vida es que
aunque era el mejor de los hombres, humanamente hablando, para la tarea de ser rey del pueblo todo
su reinado demuestra que el mejor de los hombres simplemente resulta insuficiente para guiar al
pueblo de Dios. Solo Dios mismo es el rey verdadero. Solo él es capaz. Por eso es que finalmente
Dios mismo tendría que venir a través de la línea de David el caudillo que supo reconocer sus
limitaciones y confiar en el Señor. La grandeza de David no se nota en su superioridad a Saúl,
humanamente hablando, sino en su corazón humilde y contrito, que reconocía que la verdadera
grandeza sabe yacer en humildad ante el Señor, en total dependencia de él. David comprendió
siempre que el rey era Dios, y no él.

4. El reinado de David (II S 1-24)

David fue informado con respecto a la derrota y muerte de Saúl por un amalecita anónimo, quien se
adjudicó el haberlo matado, quizá esperando alguna recompensa. Cualquiera que fuese su
motivación, su narración es diferente al relato bíblico de la muerte de Saúl que aparece en 1 Samuel
31 (2 S 1.10). Al parecer, esperaba alguna recompensa por su acción, pero en vez de ello, fue enviado
a matar por David, quien fue fiel a Saúl hasta su muerte (vv. 14-16).

Los sentimientos del propio David se expresan hermosamente en el canto que escribió y que recogen
los versículos 19 al 27. Puede que nos preguntemos cómo es que David pudo decir de Saúl que había
sido «amado y querido en la vida» (v. 23). En realidad, une a Saúl y a Jonatán aquí, y quizá vea a
Saúl a través del amor que tenía por Jonatán. Esto también quiere decir algo con respecto al propio
David. No hay evidencia de que hubiera jamás animosidad de parte de David con respecto a Saúl,
aunque este lo persiguió muchos años. David parecía comprender por qué Saúl estaba celoso y
airado, y su única reacción era una increíble paciencia. Quizá antes de los días de hostilidad, había
tenido algunas experiencias agradables con respecto a Saúl.

David fue muy cuidadoso, procurando ser guiado por el Señor en cada paso de la toma del poder real
en Israel (2.1). Tan pronto como fue hecho rey de Judá, actuó como rey, recompensando a los que
habían sido fieles al rey anterior (v. 4).
Cuando Abner, el capitán del ejército de Saúl, trató de nombrar rey a un hijo sobreviviente de Saúl,
David no vio su acto como una traición, ya que el problema de quién debía gobernar aún no había
sido resuelto. Mostró gran paciencia hacia los que seguían leales a Saúl, lo que nos demuestra su
mansedumbre y su voluntad de que fuera Dios quien afirmara su trono, como había prometido.
En el capítulo 2 se menciona por primera vez a Joab, el sobrino de David (cf. 1 Cr 2.16). En este
momento, o antes, surge como el jefe de los hombres de David y muestra su habilidad haciendo huir
a Abner (v. 17). Al mismo tiempo dejó ver su inclinación pecaminosa y su hostilidad hacia Abner,
quien había matado en batalla leal a su hermano (vv. 18-32).
Por mucho tiempo Abner fue el campeón de la causa de Isboset el hijo de Saúl (3.1). El nombre
mismo de Is-boset es interesante. Durante su vida, al parecer, había sido llamado Es-baal (cf. 1 Cr
8.33 y 9.39), lo que significa literalmente «hombre del Señor» usando un nombre semítico común
para señor: baal. Más tarde sin embargo, en la época de Oseas, el nombre de Baal había llegado a
estar tan asociado con el dios fenicio de la fertilidad, que Dios no permitiría que se le llamara por ese
nombre nunca más (ver Os 2.16 y cf. 1 R 18.21ss). Por tanto, en tiempos posteriores se hizo
costumbre, dondequiera que apareciera el nombre Baal entre los nombres hebreos, cambiar el Baal en
Boset, que significa «vergüenza». Is-boset, pues, significa «hombre de vergüenza», que así de
vergonzoso era el nombre de Baal. Si, como pretenden algunos fue Elías quien escribió esta parte de
la Palabra de Dios en 2 Samuel es comprensible que él, el gran oponente del culto a Baal, no tuviera
ningún deseo de usar el nombre verdadero de Es-baal
Mientras David esperaba en Hebrón el momento de ocupar el trono de todo Israel le nacieron seis
hijos, tres de los cuales le traerán grandes penas posteriormente: Amnón, Absalón, y Adonías.
Cuando el poder de Abner aumentó, Is-boset lo acusó de tomar su concubina (v. 7). Esto equivalía a
acusarlo de traición, como ya hemos visto en un incidente anterior. Debido a esta acusación fuera
verdadera o falsa, Is-boset tuvo que pagar caro, porque Abner decidió pasarse a David.

David, que por días ganaba superioridad sobre la casa de Saúl, exigió lo que podría considerarse
como algo ínfimo: que regresara con el su esposa, la hija de Saúl que se había casado de nuevo con
otro hombre (l S 25.44). La escena de despedida entre Mical y su segundo esposo, es triste, pero
debemos recordar que el contrato matrimonial había sido violado cuando ella se casó con este segun-
do hombre. David estaba totalmente en su derecho al hacerla regresar, pero al parecer, ambos nunca
volvieron a vivir juntos con felicidad (6.16).

El acuerdo entre Abner y David y la subsiguiente paz que planeaban quedaron frustrados por el
asesinato de Abner por Joab. Quizá fuera parcialmente una venganza, puesto que Abner había
matado a su hermano en la batalla, tragedia en verdad, pero que ciertamente no fue culpa de Abner
(2.19-23). Pero seguramente Joab temió también que Abner, que era mucho más del agrado de David,
fuera puesto sobre él. De nuevo demostró David sus sentimientos al alabar a Abner y condenar a Joab
(3.31-34). David nunca perdonó a Joab, pero tampoco lo castigó. El porqué no aparece claramente.
La negligencia de David en cuanto a disciplina era una de sus grandes fallas, como lo mostrará su
vida posterior.

En este momento, el pueblo de Israel viene a David y se le somete (5.1ss). A partir de entonces,
durante varios años, David fue de triunfo en triunfo (cap. 5-10). Durante este tiempo, trajo el Arca de
la casa de Abinadab, donde había estado por muchos años, desde la época de Samuel (1 S 7.1). El
juicio sobre Uza que disgustó a David había sido dispuesto, como todos los juicios de Dios, para
gloria suya y para humillar ante él a los hombres. Hasta el mismo David con todo su séquito ha de
respetar la Ley de Dios y estarle sujeto. Ningún hombre estaba sobre la Ley, ni tan siquiera David, ni
Moisés, el dador mismo de la Ley, como pudimos ver anteriormente (Ex 4.24-26).
David planeaba traer el Arca a Jerusalén, la ciudad que había tomado (vv. 6-9), y construir un lugar
permanente para adorar a Dios (cap. 7).

El Señor se complacía en su deseo de construirle una casa, pero como respuesta a ello le da una
promesa que lo deja anonadado. Habla de la simiente de David que ha de venir (v. 12) y el reino que
ha de ser establecido (v. 13) y la casa de Dios que él construiría (v. 13). En cierta forma, el Señor
estaba hablando de Salomón, a través del cual continuaría el reino que había comenzado con David.
Pero en última instancia, el Señor hablaba del mayor entre los hijos de David, y el reino mucho más
grandioso que él establecería, y la casa mucho mayor de su propio cuerpo que Jesucristo ofrecería
algún día por el pueblo de Dios y por su salvación. Al final, el reino de David sería afianzado para
siempre, no en Salomón sino en Jesucristo (v. 16).
David quedó anonadado de asombro ante la gracia de Dios y la decisión de que todo fuera hecho para
que Dios fuera glorificado (vv. 20ss). Sin embargo, a este mismo David se le recordaría su propia
fragilidad y su continua necesidad de depender de Dios, para no volverse demasiado orgulloso y
lleno de confianza en sí mismo.

En el capítulo 11 comienza uno de los episodios más tristes de las Escrituras. El escritor indica que el
mismo David abrió la puerta a los problemas, al no hacer lo que los reyes deben hacer: ir a la guerra
para dirigir sus tropas. En lugar de ello, envió a Joab, que él sabía que era un hombre poco valioso.
En sus horas de pereza vio a una mujer bañándose. Era hermosa. No había pecado en su tentación,
pero cuando supo que era casada, debió haberla apartado de su mente. Al contrario, dejó que su
codicia controlara la situación y la mandó a buscar para unirse sexualmente con ella. Después de
haber satisfecho su lujuria, la envió a su casa (11.4).
Pero ella quedó encinta, y esto significaba que habría problemas. Para encubrir su pecado, trató de
que su esposo val viera a la casa y se acostara con ella, para engañarlo haciéndole pensar que su
embarazo se debía a él. Pero el esposo demostró estar más deseoso de cumplir con su deber que
David con el suyo. Le molestaba en la conciencia disfrutar de su esposa mientras sus compañeros
estaban luchando en los campos.
David lo intentó de nuevo, tratando de embriagar a Urías, pero sin resultados. Al final, tuvo que hacer
que fuera muerto a manos del enemigo con el fin de cubrir su propio pecado. Joab, que era un pícaro,
ha de haber saboreado el encargo de hacer que Urías fuera muerto, y quizá supiera el pecado de
David. Antes que cargar con la culpa por haber cometido dos pecados terribles, David prefería hasta
sacrificar las vidas de varios soldados a fin de llevar a cabo sus malvados deseos (v. 17).
David tomó a la viuda de Urías como esposa, y aunque es posible que pensara que con esto había
terminado todo, el Señor no lo había olvidado (v. 27).
La manera en que Natán se dirige a David es un ejemplo clásico del profeta como siervo de Dios,
dispuesto a reprender aun a los reyes cuando fuere necesario. Así como Samuel se había enfrentado
en varias ocasiones a Saúl, ahora Natán, el profeta del Señor, se enfrenta a David y le hace ver su
pecado.
En esta circunstancia se prueba la verdadera integridad de David, no en el hecho de que había pecado
sino en que ahora, al ser puesto frente a su pecado, demostraría qué clase de persona era en realidad
como Saúl había revelado tener un corazón descreído al negar su pecado, o como Caín se dio a
conocer manifestando ira contra Dios y asesinando a su hermano Abel.

Aquí se revela la grandeza de David, pues manifiesta que era en verdad un hombre según el corazón
de Dios. Su sencilla confesión fue: «Pequé contra Jehová» (12.13). Y con la misma sencillez se le
aseguró: «También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás» (v. 13). Esta sencilla confesión de su
pecado era sincera sin duda, puesto que el Señor que escudriña los corazones pudo darle seguridad
tan rápidamente a través de Natán, de que su pecado habla sido perdonado. David habló estas
palabras desde lo más profundo de su corazón, y demostró tener un corazón humillado y contrito ante
Dios. Esto será siempre lo que el Señor desea de sus siervos.
Vemos una revelación más completa del corazón de David en el salmo 51, que parece haber sido una
confesión más completa y una oración de David con motivo de su pecado con respecto a Betsabé y a
Urías el heteo. Aunque veremos este salmo y otros en una sección posterior, es importante señalar
aquí unas cuantas cosas con respecto a él.
Primeramente, David se acerca al Señor con la seguridad de que él es en verdad el que ha revelado
ser en su Palabra escrita. Habla de la misericordia de Dios y de su bondad llena de amor, recordando
sin duda aquella revelación de Dios que había sido dada en el Sinaí (SaI 51.1; cf. Ex 34.6, 7). Él
también sabe que Dios no pasará por alto el pecado, a través de esa misma revelación en Éxodo 34
por ello le pide también a Dios que le sea lavado (Sal 51.2).
David sabía también que su pecado era en primer lugar contra Dios (51.4). Era verdad que había
pecado contra Urías y Betsabé y en realidad, contra todo el ejército de Israel pero en primer lugar
habla pecado contra el Señor. Todo pecado es en primer lugar es contra el Señor, y por tanto no se
puede tratar con él sin antes haberlo confesado al Señor.
David conocía el privilegio de los hijos de Dios de confesarle a él sus pecados. También sabía que no
podía cubrir su pecado o desconocerlo sino solamente traerlo a la luz (Sal 32.3-5).

Sentía la pérdida del gozo de su salvación, no la pérdida de la, salvación en sí misma. Aún seguía
siendo hijo de Dios (51.12) y aun añoraba poder hacer de nuevo lo que los hijos de Dios deben hacer,
es decir, traer a otros al servicio de Dios (v. 13).

En los versículos 16 y 17 David llega al centro de su confesión.


No es voluntad de Dios que él simplemente le ofrezca sacrificios para apaciguarlo, como había
pensado Saúl. Él comprende que el verdadero propósito de los sacrificios es llevar al pecador a tener
un corazón contrito y quebrantado. Este es el estado real de David y es por eso por lo que Dios se
complacía en él.
Todos los hijos de Dios deben entender esto. Dios quiere que nosotros nos sintamos con respecto al
pecado como él se siente. Dios no nos ha quitado la posibilidad de pecar en este mundo; lo que él
quiere es que cuando pequemos tengamos el corazón quebrantado. Nos quiere contritos ante él. Dios,
como había visto la madre de Samuel, exalta al humilde y abate al soberbio (l S 2.5-10).

A partir de este momento, las tragedias se van sucediendo en la vida de David, muchas de las cuales
se originan en su propio hogar. En esto hay otra indicación importante. El perdón del pecado no
equivale a que seamos liberados de las consecuencias del pecado en esta vida. Cuando a David se le
aseguró que con respecto a su posición ante el Señor había sido perdonado, al mismo tiempo se le
advirtió que las tristes consecuencias de aquel pecado afectarían al resto de su vida (12.10-12).
Muchos creyentes no comprenden esto, pero es importante que lo hagamos. Yo puedo mentirle a
alguien y arrepentirme después, por lo que soy perdonado, pero las consecuencias de esa mentira no
se borran. Por causa de haber yo mentido, quizá se le ha hecho mal a alguien, quizá se le ha negado a
alguien lo que le pertenecía, quizá haya sido herida la reputación de alguien. Y eso no puede
deshacerse. Puede que me ponga a conducir descuidadamente y pase el límite de velocidad y mate a
un niño. Dios me perdonará si soy creyente y le confieso mi pecado, pero el niño ya está muerto, y
los corazones de sus padres destrozados. Quizá tenga que ir a la cárcel y mi propia familia tenga que
sufrir por mi descuido. No se puede escapar de estas consecuencias. El perdón y la liberación de las
consecuencias que trae el pecado en este mundo no son la misma cosa.

La diferencia entre Saúl y David está no en que el uno pecara y el otro no, ni en que el uno tuviera
una vida trágica después de su pecado y el otro no. Ambas vidas estuvieron llenas de tragedias
después de sus pecados. La diferencia está en que el uno no tenía el corazón quebrantado ni obtuvo
perdón, y por tanto carecía de la amistad de Dios para sostenerse, mientras que el otro tuvo todas
estas cosas, y en realidad creció espiritualmente en medio de sus tragedias.

Las tragedias de la vida de David se reflejan en sus propios hijos. Primero murió el hijo nacido de su
unión ilegítima. No fue el niño, sino David, quien fue castigado (12.23). ¿Por qué eran necesarias
esta y las tragedias que la seguirían? Porque David había despreciado la Palabra del Señor en su
pecado, y por tanto había despreciado al mismo Señor (vv. 9,10). Esto traía gran deshonra sobre el
Señor en quien confiaba David. Si no hubiera habido malas consecuencias, el mundo se habría
sentido justificado en su pecado. Hemos visto en forma similar cómo el acto de impaciencia con res-
pecto a Dios que tuvo Moisés le acarreó horrendas consecuencias. No se le permitió guiar al pueblo
en su entrada a la tierra prometida, a pesar de lo bien que lo había hecho hasta el momento. El Señor
no está dispuesto a excusar a nadie, ni a sus siervos más fieles, y no les permitirá que desprecien su
Palabra, ni por un minuto.

El capítulo 13 narra la violación de la hija de David por su hijo Amnón. Aquí queda reflejada la
fealdad del acto de David cuando toma a la esposa de Urías para satisfacer su propio apetito lujurio-
so. El capítulo también habla de la venganza de Absalón, hijo de David, quien asesina a Amnón por
haber violado a su hermana. Aquí está reflejado el asesinato de Urías urdido por David. La pérdida de
Absalón cuando este huye de David le recuerda también la pérdida del hijo que le había nacido de
Betsabé.
Los actos de traición de Absalón contra su padre David a que hacen referencia los capítulos del 15 al
18 reflejan también el acto traicionero realizado por David contra una de las familias de Israel la de
Urías. La conspiración de Absalón nos trae también algunas de las escenas más hermosas de la vida
de David, a pesar de toda su tragedia.
Vemos en la huida de David las grandes manifestaciones de amorque le hacen sus verdaderos amigos
(15.21). También podemos ver a David consciente de que todas estas cosas están en las manos de
Dios y que su parte era buscar la ayuda de Dios y soportar todo el castigo que fuera necesario. Sabe
honrar a Dios durante su prueba (15.26; 16.10-12). Confía en el Señor y su confianza no es en vano.
Todo estaba realmente en las manos de Dios, que inclinó los propósitos de los hombres para que
sirvieran a sus propios fines y a su propia voluntad (17.14).
Vemos también el amor que David tenía aún por su hijo rebelde. No en balde tenía un corazón según
el corazón de Dios (18.5). Joab, el pariente impetuoso, orgulloso, y vano de David, no pudo
comprender un corazón así y mató cruelmente a Absalón, sin consideración alguna hacia los
sentimientos de su padre incluso su consejo, aunque quizá fuera sabio en esta ocasión, tenía un
propósito cruel y malvado. Su intención no era consolar a David sino herirlo (19.1-6).
Los problemas de David no terminaron aquí. El capítulo 20 habla de otra rebelión en Israel,
acaudillada por Seba, de la tribu de Saúl. Esta rebelión no tenía ningún propósito en particular, y fue
sofocada rápidamente, aunque sirvió para poner en evidencia nuevamente la maldad de Joab, quien
asesina al nuevo escogido de David para capitán de su ejército, a Amasa (vv. 4-10). Tal como antes
había hecho con Abner, que era una amenaza para su posición ahora asesina a Amasa. El fallo de
David de no haber disciplinado a este hombre desde mucho antes lo sigue persiguiendo.
El resto de la vida de David se narra rápidamente en la Palabra de Dios. Los capítulos 22 y 23
recogen algunos de los salmos de David en alabanza a Dios. En el capítulo 22 narra él cómo Dios lo
ha librado de todos aquellos que buscaban su vida. Alaba a Dios como su libertador (v. 1 ss.) y a la
Palabra de Dios como probada y segura (31). Al final se ve reflejado en la simiente prometida, y mira
sin duda al Mesías que habría de venir de su descendencia (v. 51, cf. 1.1).

En el capítulo 23 David declara con toda claridad que lo que él ha escrito proviene del Espíritu Santo
de Dios (vv. 1,2). Reflexiona sobre la promesa hecha por Dios a él y a su descendencia, el pacto
eterno, como le llama aquí (cf. 7.9ss). Tan claramente como lo expresa el salmista en el Salmo 1,
David ve aquí claramente que solo hay dos clases de personas en el mundo, los rectos y los mal-
vados, los de Dios y los que están contra Dios, los salvados y los perdidos, los pecadores perdonados
y los pecadores sin arrepentimiento (vv. 5-7).
En los últimos capítulos de 2 Samuel se nos habla de un nuevo pecado de David que trajo la tristeza
tanto para él como para Israel. El pecado de David, como todo pecado, comenzó en su orgullo. Se
deleitó contando la población que estaba bajo su dominio. Al hacerlo, estaba demostrando tener
orgullo y vanidad (24.3.9). Tan pronto como lo había hecho, fue condenado (24.10) y tuvo que ver de
nuevo las consecuencias de su pecado. De nuevo vemos a David buscar las misericordias de Dios
como solución (24.14). Para ser totalmente justos con David, da la impresión de que no se hallaba
solo del todo en este pecado. El pueblo entero había provocado al Señor, como se nos dice en 24.1, y
por tanto, el pueblo entero tendría que soportar el castigo. Una vez más se manifiesta el gran corazón
de David, semejante al propio corazón de Dios. De nuevo se le ve más preocupado por el pueblo que
por sí mismo (v. 17).
El lugar que David compró para colocar el altar es llamado Moriah en 2 Crónicas 3.1, y es de suponer
que fuera el mismo lugar en el que Abraham había preparado en una ocasión, mucho tiempo antes, el
altar en que iba a ofrecer a su propio hijo Isaac (ver Gn 22).

Así llegamos al final del mandato activo de David. Hay otras vidas entretejidas con la vida de David.
Los dos libros de Samuel nos dan muchos estudios interesantes de personajes y de sus contrastes.
Encontramos primeramente las personalidades contrastantes de Elí y Samuel. EH era un fracaso a los
ojos de Dios porque estaba dispuesto a vivir en pecado junto a sus hijos y contemporizar con su
maldad, aunque conocía la verdad. Era débil con su propia casa.
Samuel era un modelo ante los ojos de Dios, por su integridad y su entrega total al Señor. Siempre
supo verse a sí mismo como siervo de Dios y no como halagador de hombres.
También está el contraste entre Saúl y David. Saúl prometía mucho al principio, pero su corazón se
hallaba lejos de Dios. No era un hombre espiritual, sino que vivía de conveniencias. La vanagloria
llenó su vida y acabó siendo su ruina. David también se presentó al principio como una gran
esperanza para Israel. Complació a Dios porque tenía un corazón recto ante sus ojos. Ciertamente
pecó, como lo había hecho Saúl, y sus pecados no fueron ligeros, pero supo cómo enfrentarse al
pecado, algo que Saúl no aprendió nunca y es aquí donde radica la grandeza de David.
Aun en medio del sufrimiento por las terribles consecuencias de sus pecados, siguió creciendo
espiritualmente a pesar de su dolor.
Finalmente, encontramos también contraste entre Jonatán y Joab. Joab fue un fracaso porque en su
papel subordinado buscó complacerse a sí mismo y no al Señor. Mientras servía a David estaba
siempre preocupándose más de sí mismo que de David, y al final demostró que no le era fiel en lo
absoluto. Jonatán también tuvo un papel subordinado. Aunque era príncipe de Israel, se humilló
porque quería agradar a Señor. Al final fue exaltado grandemente, y hoy en día brilla como una de las
personalidades más nobles de todo el Antiguo Testamento.

5. El reinado de Salomón (I R 1-11)

Los capítulos iniciales de 1 Reyes nos dan la transición del reinado de David al de Salomón, el
escogido por David para que fuera su sucesor.
Ni aun en sus últimos días sobre la tierra le sería posible a David conocer la paz. Cuando se hallaba
ya cercano a la muerte: Adonías uno de sus hijos, quiso asegurarse el trono (1.5). Aquí encontramos
un comentario sumamente interesante sobre la poca disciplina que había tenido David con sus
propios hijos. El nunca lo había llamado a cuentas por las cosas que hacía mal (v. 6), por lo que en
cierto sentido, este acto de rebelión de parte de Adonías reflejaba una vez más el punto débil de su
padre.
Esta vez, dos que siempre habían estado antes de parte de David aparecen ahora en contra: Joab y el
sacerdote Abiatar.
Los que estaban con David estaban preocupados por el giro de las cosas y le avisaron del peligro a
Betsabé, la madre de Salomón, el escogido por David para ser su sucesor. El Simei que se menciona
aquí de parte de David puede muy bien haber sido el mismo que en una ocasión lo había maldecido
(cf. 2 S 16.5ss y 19.18-21).
Cuando David recibió la noticia de lo que estaba sucediendo reunió apresuradamente a todos aquellos
en quienes podía confiar; e hizo que Salomón fuera ungido rey en un lugar lo suficientemente
cercano a los seguidores de Adonías, como para que estos pudieran oír la celebración de la
coronación del nuevo rey y supieran que su causa era desesperada (vv. 41-43)
Adonías fue abandonado rápidamente y suplicó misericordia a Salomón. Este se comportó con una
sorprendente clemencia para con su medio hermano (vv. 52,53).
Las instrucciones dadas por David a Salomón antes de morir nos hacen recordar las últimas palabras
de Jacob y de otros patriarcas de la antigüedad (2.1-4). En estas instrucciones menciona
específicamente la Ley de Moisés como el fundamento de una vida fiel para el rey y para todo su
pueblo. Tienen bastante parecido con las palabras habladas por Dios a Josué después de la muerte de
Moisés (Jos 1).
David continúa dándole instrucciones con respecto a muchos que habían pecado durante su reinado y
no habían sido disciplinados. Menciona en primer lugar a Joab (2.5) y todo el mal que ha hecho.
También menciona a Simei, que lo había maldecido (v. 8), y reclama la muerte de ambos hombres
(vv. 6,9).
De cierta manera, es triste ver una amargura así en el corazón de David al final de su vida. Pero
David era justo y sabía que Dios no pasaría por alto el pecado, y que seguramente castigaría al que no
disciplinara cuando Dios llama a disciplina. En pocas palabras, David no quería que Salomón sufriera
porque él no había sabido castigar a aquellos dos hombres por sus pecados contra el ungido del
Señor. También estaba preocupado porque se recompensara a los que habían honrado al ungido del
Señor.
Los comienzos del reinado de Salomón están escritos en 1 Reyes capitulo 2, versículo 12. Los
primeros actos del nuevo rey fueron para llevar a cabo los deseos de su padre al morir. El primer
problema surgió en el reino cuando Adonías puso en evidencia que no había aprendido nada de su
reciente derrota. En su corazón estaba aún resentido por el hecho de que Salomón fuera el rey y no él,
y no parecía haberse dado cuenta que su hermano había sido muy indulgente con él (v. 15).
Al pedir a Abisag, la última mujer que se había acostado con David (v. 17), estaba haciendo más que
pedir una esposa. Estaba cometiendo una traición. Como ya hemos notado antes, acostarse con una
concubina de su padre equivalía a reclamar su herencia para sí. Esta es la forma en que lo interpretó
Salomón y por eso ordenó que Adonías fuera eliminado (2.22-25).
Aunque Abiatar había favorecido a Adonías, Salomón fue también muy indulgente con él. Se hace
aquí relación entre su deposición del oficio de sacerdote y la maldición lanzada sobre la casa de Elí
por el Señor mucho antes (v.27; cf. 1 S 2.27-36).
Ahora vio Joab que su hora había llegado y lo contemplamos corriendo como un cobarde (v. 28).
Pero Salomón estaba decidido y el juicio por tanto tiempo pospuesto sobre Joab cayó por fin sobre
este hombre despiadado que, aunque ostensiblemente se mantenía del lado correcto, no era digno de
David ni de sus verdaderos amigos. Todo el que no es de corazón un verdadero hijo de Dios y sin
embargo se las arregla para aparecer como tal le hace un inmenso daño al buen nombre del Señor y
de su pueblo. Dios siempre ha odiado a los hipócritas (Jos 7.25; Hch5.1-11).
Ahora quedaba solamente Simei. El delicado trato que recibía de Salomón se debía probablemente al
hecho de que se había puesto de su lado durante su controversia con Adonías (vv. 36-38). Sin
embargo, el hecho de que había maldecido a David, el ungido del Señor, seguía disgustando al Señor.
Simei al cabo olvidó la advertencia de no salir de Jerusalén y forzó a Salomón a castigarlo, Salomón
lo pone como el juicio del Señor, y hace matar a Simei. Las palabras dichas a Abraham tanto tiempo
atrás seguían siendo verdaderas: aquellos que maldijeran la verdadera simiente de Abraham, serían
malditos (Gn 12.3).
El capítulo 3 comienza la extraña descripción del carácter tan complejo que tenía Salomón. Los
contrastes que presenta signen siendo uno de los grandes misterios de las Escrituras. Por una parte,
aparecía como uno de los más devotos y piadosos de los hombres. Por otra, demostró ser al final uno
de los más reprobables de entre el pueblo de Israel.
Creo que la mejor manera de ver la complejidad de Salomón es seguir cada uno de sus tres rasgos
salientes desde el capítulo 3 hasta el 11. Empezaremos con sus méritos, seguiremos con su debilidad
(sus excesos), y finalmente consideraremos sus pecados.

1) Sus méritos. El principal de los méritos de Salomón es su amor de Dios (3.3). Veremos enfriarse
este amor antes del final, pero aquí las Escrituras enseñan llanamente que, al menos por un tiempo,
amó de verás al Señor.
Otro rasgo encomiable de Salomón lo vemos en su humildad (v. 7) y en su agudo sentido de la
responsabilidad (v. 9).
El capítulo 3 continúa hablando de su gran sabiduría, maravillosa y digna de elogio (v. 28). Tuvo
también otros grandes talentos y dones que lo hacen sobresalir por encima de todos los que pasaron
antes y después de él en Jerusalén (4.32). Acumuló una gran cantidad de conocimientos durante su
vida y maravillaba a todos los que lo conocían (vv.33, 34).
En su oración en el momento de la dedicación del Templo tenemos una de las más hermosas
oraciones que hayan sido recogidas en el mundo (8.22ss). Ciertamente, era un hombre de profundos
sentimientos religiosos. Es una oración que muestra un gran amor por Dios y por los demás hombres.
Se anticipa a las pruebas que habrían de sobrevenir a Israel más tarde y le pide a Dios que le dé
segundad de que él velará por el pueblo a través de sus dificultades. Incluso se anticipa al tiempo en
que serán llevados cautivos (v. 46ss).
La reina de Saba, entre otros, no pudo hacer otra cosa que alabar a Salomón (10.1ss). De seguro que
este hombre triunfaría. Y sin embargo, en medio de estos rasgos dignos de elogio, surge un
importante fallo en su carácter.

2) Su debilidad (excesos). Usamos el término «excesivo» para describir lo que parece haber sido una
debilidad continua de este hombre que era Salomón.
Vemos esta naturaleza excesiva y exagerada en el hasta en su adoración. Cuando rendía culto a Dios
no podía sentirse satisfecho con un simple ofrecimiento de sacrificios, sino que ofrecía un millar
sobre el altar (v. 4). Quizás no llegó a comprender todo el significado del sistema sacrificial como lo
había hecho su padre David (Sal ,40.6; 51.16, 17).
Los excesos de Salomón también se evidencian en su manera de vivir. Estos excesos se describen en
4.22-26. Al parecer, no era capaz de hacer nada en forma sencilla, sino que le gustaba vivir rodeado
siempre de grandeza y vanidad.
Vemos así que cuando construye la casa del Señor incurre en exageraciones mucho más allá de lo
que el Señor deseaba. Lo sobrecargó todo de oro, incluso el piso (6.21, 22, 30). Parece haber pensado
que la gloria del Templo estaba en proporción a la cantidad de oro que hubiera en él. Vale la pena
mencionar que más tarde el Señor hablaría desdorosamente del templo que Salomón había construido
y consideraría mucho mayor la gloria del templo construido después de la cautividad, que era mucho
menos pretencioso (Hag 2.7, 8).
La obsesión de Salomón con el oro continúa revelando su vanidad cuando hace hasta escudos de oro
(10.17), objetos sumamente inútiles, y llega hasta cubrir la hermosura del marfil con oro (v. 18).
Creo muy posible que en estos marcados excesos está la clave de la depauperación espiritual de
Salomón. No hay duda de que se fue depravando espiritualmente, a pesar de todos los méritos ya
mencionados.

3) Sus pecados. Los pecados de Salomón están a la vista, y lo triste es que no hay la más mínima
evidencia de que se arrepintiera de ellos. Primero, se casó con una extranjera que no era creyente, y
hasta utilizó su matrimonio para hacer una alianza con un poder pagano (3.1).
Otro pecado de Salomón, conectado con su naturaleza ambiciosa, fue que decretó una leva en Israel,
convirtiendo así a los israelitas en esclavos (5.13). Esto más tarde precipitó la rebelión que causó la
división del reino en la época de su hijo.
Su orgullo y amor de sí mismo no se pueden pasar por alto cuando leernos que dedicó más tiempo a
su propio palacio y lo construyó mayor que la Casa del Señor (ver 6.2, 38; 7.1, 2). Tardó siete años
construyendo el Templo y trece construyendo su palacio. El Templo del Señor tenía un tamaño
equivalente más o menos a la mitad del de su palacio.
Debemos decir que el corazón de Salomón no era recto ante Dios como lo había sido el de David.
Sus pecados y excesos nos llevan al capítulo 11, en el que lo vemos descrito como un reprobado. Su
exceso de esposas y concubinas, muchas de ellas extranjeras, lo llevó a la idolatría, como le había
advertido el Señor (11.1-4). Al final, su epitafio es igual al de los reyes malvados que vienen después
de él: “E hizo Salomón lo malo ante los ojos de Jehová» (11.6).
El pasaje de Deuteronomio 17.14-17 casi parece un catálogo de los fallos de Salomón. Es interesante
que Dios haya mencionado tanto tiempo antes a través de Moisés exactamente las mismas cosas que
significarían la ruina del reino de Israel, y también lo cierta que la profecía de Samuel demostró ser al
final (1 S 8.10-17).

Es importante notar que el Nuevo Testamento no aparece impresionado de manera especial con la
gloria de Salomón. Se lo menciona raramente en él, y no en una forma muy halagüeña (Mt 6.29).
Salomón en toda su gloria no se podía comparar a una simple flor del campo. Esto parece que la
mayoría de su gloria no le venía de Dios, sino que era la vanagloria de los hombres,

Buscamos con interés qué lección nos deja la vida de Salomón, y una cosa notamos. Salomón vivió
una vida sin pruebas para su fe. Su vida fue demasiado fácil, demasiado libre de durezas y pruebas, y
presenta un fuerte contraste con la de su padre y otros hombres de Dios como Abraham, Jacob, José,
Moisés, y Samuel. Estos hombres crecían en la fe a medida que se iban enfrentando con una prueba
tras otra. Salomón no conoció nada de esto. Por tanto aprendemos de aquí la lección de que en esta
vida es importante que nuestra fe sea probada. Así lo enseña también el Nuevo Testamento (Jn 16.33;
1 P 1.6-9; Heb 12.4-11).

El resto de la vida de Salomón habla de cómo Dios estaba disgustado con él y del subsiguiente
castigo que cayó sobre él y su reino (vv. 9-13). El principal castigo fue la división del reino. Pero
Dios también le suscitó enemigos que lo hostigaran por el resto de sus días (vv. 14ss). Algunos de
estos enemigos les causarían después muchos problemas a sus sucesores (11.26).
El ofrecimiento que Dios hizo a Jeroboam a través del profeta Ahías de darle diez tribus (vv. 37-39),
era ciertamente una oferta legítima que Dios habría de cumplir. Sin embargo, lamentablemente
Jeroboam no tomó en serio las condiciones y la responsabilidad de asumir el mando sobre tan gran
parte del pueblo de Dios y dio por ello comienzo a la rápida decadencia del reino del norte.

Salomón pasó sus últimos años luchando contra enemigos y temiendo a sus competidores, y así
terminó su vida, no gloriosamente sino sin gloria alguna (vv. 40ss). No somos nosotros quienes
hemos de hacer juicios sobre el destino eterno del alma de Salomón. No puedo olvidar las palabras
dichas en los primeros tiempos de su vida sobre su amor al Señor. Es difícil ver cómo esto podía ser
verdad todavía en los últimos días de su vida, pero de nuevo repito que no somos nosotros quienes
debemos juzgar sobre el destino eterno de Salomón. Este asunto está exclusivamente en manos de
Dios.