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EL MOVIMIENTO PENTECOSTAL-CARISMÁTICO:

Evaluación Desde Una Perspectiva Pastoral


Harold Segura Carmona
Al hablar del pentecostalismo y del movimiento carismático neopentecostal nos
referimos a uno de los fenómenos socio-religiosos que más llama la atención en los
últimos 25 años en América Latina, dice el teólogo bautista colombiano y responsable
de Relaciones Eclesiásticas de Visión Mundial, Harold Segura Carmona.
Cali. Julio 17, 2003 (alc) Hace varios meses, me sorprendió escuchar una noticia radial
en la cual se informaba que dos reconocidos escritores latinoamericanos, Jorge Amado
del Brasil -el famoso escritor de “Doña Flor y Sus Dos Maridos”-, y el uruguayo Eduardo
Galeano -el escritor del conocido libro “Las Venas Abiertas de América Latina”-, habían
señalado a las sectas protestantes como la mayor amenaza para la Iglesia Católica
Romana en este continente. La noticia fue una sorpresa, primero, por tratarse de dos
escritores a los que jamás había relacionado con los temas religiosos y, segundo, por
demostrar que el crecimiento exponencial de los evangélicos en Latinoamérica alarma
a muchos y se ha convertido en una noticia con la que todos tienen algo que ver.
La alarma es general, por ejemplo, el belga, Franz Damen, Secretario Ejecutivo de la
Confederación Episcopal Boliviana de la Iglesia Católica, dice que “Según las estadísticas,
en América Latina, cada hora un promedio de 400 católicos pasan a las sectas
protestantes” (1). Por otra parte, David Stoll, un norteamericano aficionado a la
antropología, escribió en 1990 un libro que tituló con una sugestiva pregunta: “¿América
Latina se Vuelve Protestante?”. Stoll presenta estadísticas actualizadas que le permiten
pensar que nuestro continente se está convirtiendo al protestantismo de manera más
rápida que Europa Central en el siglo XVI (2).
Cifras que sorprenden
Observemos algunas cifras. Los dos países hermanos más evangélicos en esta época son
Brasil, en donde los protestantes sostienen ser el 18% de la población, y Chile, en donde
afirman tener hasta un 25%. Para el caso de Brasil, su porcentaje equivale a un total de
veintidós millones de creyentes evangélicos. Desde 1960 los evangélicos han duplicado
su proporción respecto a la población en Chile, Paraguay, Venezuela y en los países
caribeños de Panamá y Haití. Desde ese mismo año de 1960, los evangélicos han
triplicado su proporción con respecto a la población en Argentina, Nicaragua, y en
República Dominicana. En Brasil y Puerto Rico las proporciones se han cuadruplicado.
En Colombia y Ecuador las proporciones son aún mayores, se han sextuplicado; y en el
mayor de los casos, el de Guatemala, se ha septuplicado (3). Con razón indican los
sociólogos de la religión que, este inusitado crecimiento cuenta con todo el potencial
para cambiar nuestro panorama religioso.
Pero detengámonos. Es bastante fácil dejarse llevar por el triunfalismo de esas cifras y
llegar a pensar que este nuevo panorama sólo nos representa victorias. La verdad es
que, también detrás de ese arrollador caudal de números, se esconde una mezcla de
riesgos, peligros o amenazas. Junto a las masas anhelantes de una verdadera fe
evangélica, caminan los movimientos exóticos, el fanatismo irracional, el caudillismo
autoritario, las emociones manipuladas, en fin, una fe promotora de enfermedad que
convierte las expresiones espirituales en excesos que preocupan, y una religiosidad que
convierte el seguimiento radical de Jesús en una simple mercancía de consumo.
Para el desarrollo del tema les propongo que nos acerquemos de manera panorámica al
fenómeno pentecostal-carismático, para desde allí, analizar su impacto sobre la
generalidad de los evangélicos y su posible incidencia sobre la aparición de movimientos
exóticos, y de algunas expresiones espirituales que bien podríamos denominar
extravagantes. Antes debo señalar que los términos “pentecostal-carismático”, para
referirme a la globalidad o generalidad del movimiento. La clasificación o taxonomías de
los pentecostalismos es tarea aún no concluida por los especialistas (*).
La fuerza más influyente
Al hablar del pentecostalismo y del movimiento carismático neopentecostal, nos
estamos refiriendo a uno de los fenómenos socio-religiosos que más llama la atención
en los últimos 25 años en América Latina. Su rápido crecimiento, su entusiasmo
evangelizador, su asimilación de la cultura popular dentro de su liturgia (de manera
especial dentro del pentecostalismo clásico), y su indiscutible dinamismo ministerial,
explican con sobradas razones la importancia de su presencia en el mundo evangélico
de hoy. José Miguez Bonino ha señalado que “... el pentecostalismo es
cuantitativamente la manifestación más significativa y cualitativamente la expresión
más vigorosa del protestantismo latinoamericano” (4)
Cuando nos referimos a esa fuerza pentecostal-carismática, si queremos ser honestos,
no podemos hacerlo como si fuera un pequeño movimiento de esos que llegan,
impactan, confunden y desaparecen con la misma rapidez con la que llegaron. No, en
este caso el cristianismo de corte pentecostal-carismático es mucho más que eso.
Algunos lo catalogan como la fuerza más influyente sobre la cristiandad en los últimos
años y la que mayor sorpresa ha causado por el creciente peso de su presencia numérica.
David Barret, un exmisionero anglicano, es el editor de la Enciclopedia Cristiana Mundial,
obra que se constituye en el trabajo estadístico más completo sobre la situación del
cristianismo en el mundo. Barret estima que la membresía de pentecostales-
carismáticos suma 51 millones, si bien un estudio más amplio llega a la cifra de 59
millones. El conjunto de los pentecostales- carismáticos, incluyendo a los carismáticos
anglicanos, católicos y protestantes, llega fácilmente a los 100 millones de miembros.
Estas cifras no dejan de sorprendernos, sobre todo si tenemos en cuenta que para el
año 1900 no existía una sola iglesia pentecostal en el mundo. En la actualidad, se
constituyen en las iglesias de crecimiento más rápido y explosivo. La realidad estadística
dice entonces que los pentecostales-carismáticos han desplazado a los luteranos, a los
presbiterianos, a los bautistas y a otros grupos denominacionales que en los últimos
años habían ocupado los primeros puestos en las estadísticas eclesiásticas en el mundo.
Esto en cuanto a su impacto numérico.
Pero, además de la fuerza de los números, tenemos que considerar también algo que
en mi concepto es todavía más importante, y es la manera como han logrado penetrar
con su entusiasmo, sus énfasis doctrinales, sus estilos de ministerio, sus inquietudes
espirituales y también con sus excesos, al resto de la cristiandad, tanto en el sector
católico, donde se estima que hay un poco más de 50 millones de carismáticos, como en
las iglesias evangélicas y protestantes en general. En 1979, una reconocida revista
cristiana en los Estados Unidos, encargó a una empresa especializada en encuestas un
estudio acerca de la afiliación religiosa de la población en ese país. Los resultados de esa
encuesta nos interesan mucho para reconocer el impacto pentecostal-carismático en los
sectores tradicionales. Por ejemplo, el 20% de los bautistas declaró ser pentecostal-
carismático; el 1% de los bautistas manifestó haber hablado en lenguas; el 18% de los
metodistas se identificó como carismático, igual hizo el 20% de los luteranos y el 16% de
los presbiterianos. Un común denominador en la encuesta fue la “aceptación de los
dones del Espíritu como legítimos y auténticos para la iglesia de hoy, y una apertura a
las señales y prodigios que caracterizaron a la iglesia primitiva” (5). Aquí en Colombia no
necesitamos leer voluminosas enciclopedias estadísticas para darnos cuenta de que casi
todas las congregaciones, de todas las denominaciones, tienen dentro de sus miembros
a quienes se identifican con el movimiento pentecostal-carismático en mayor o menor
grado.
La pentecostalización del cristianismo
Por todo lo anterior es que ya se ubica al movimiento pentecostal-carismático como una
“tercera fuerza” junto con el catolicismo y el protestantismo tradicional. Para algunos
escritores, como es el caso del presbiteriano Charles S. Sydnor, el movimiento
pentecostal “es un auténtico movimiento de reforma y avivamiento de importancia
histórica, igual a aquellos otros grandes movimientos de los siglos pasados” (6). El Dr.
Pablo Deiros, historiador y profesor del Seminario Teológico Bautista de Buenos Aires,
escribió en 1994 su último libro titulado Latinoamérica en Llamas en el cual presenta a
los carismáticos como el movimiento religioso más impresionante de todos los tiempos.
Deiros dice que “un estudio serio de la vida y práctica de los cristianos alrededor del
mundo, realizado desde una perspectiva histórica, lleva a la conclusión de que en las
últimas décadas se está verificando una creciente pentecostalización del
cristianismo”(7) .
Esa pentecostalización del cristianismo como la llama Deiros, creo que la observamos
todos en nuestro medio. Quizá el reflejo más claro sea la manera como muchas de
nuestras congregaciones evangélicas han incorporado a su vida de fe una serie de
manifestaciones extraordinarias; para ellas, las “señales”, “prodigios” y “milagros” ya no
se entienden como fenómenos excepcionales, sino como acompañamiento necesario
para autenticar la autoridad y el poder del mensaje que predican. Hoy, iglesias de vieja
tradición denominacional, cambian con asombrosa facilidad sus énfasis de fe y sus
expresiones litúrgicas, y se involucran en la práctica de manifestaciones exóticas; entre
éstas se cuentan, la “risa santa” o el “espíritu de gozo”, que consiste en reír a carcajadas
en un culto y no poder resistir ese efecto contagioso de la risa; el ya conocido “caer en
el espíritu”, que consiste en desplomarse ante la oración de un predicador o el canto
alegre de unos coros; y algo más inusitado, los “ruidos de animales”, que consiste en
rugir como un león -el león de Judá según algunas iglesias- o el bramido de toro o de
otro animal salvaje. Hace pocos días escuché acerca de una nueva manifestación: cultos
en los cuales los participantes quedan en estado de embriaguez, no pudiendo sostener
su cuerpo y tambaleándose de un lado a otro como borrachos.
Gran parte de este nuevo movimiento de sucesos extravagantes tuvo origen en 1994 en
Toronto, Canadá, en una iglesia llamada Airport Christian Fellowship, de corte
carismático, pastoreada por John Arnott. Esta congregación cree que Dios la ha escogido
para promover en todo el mundo este tipo de manifestaciones, y a fe que lo está
logrando. Ya son muchos los seguidores de la “bendición de Toronto” que experimentan
no solo la “risa santa”, el “caer en el espíritu” y los “ruidos de animales”, sino también
visiones, contracciones como dolores de parto, anuncios proféticos, llanto, y temblor (8)
Antes era distinto
El Lic. Gerardo de Ávila, conocido pastor, autor y conferencista, escribió en uno de los
últimos fascículos de la Guía Pastoral, que “en los últimos años nos ha tocado ser testigos
de toda una gama de fenómenos en el culto de la iglesia. Recuerdo -dice Ávila- que en
las primeras décadas de mi vida cristiana la iglesia era más constante y estable en lo que
ocurría en el culto. Las congregaciones servían con mayor sobriedad al Señor. La
competencia de quien presentaba lo más espectacular era desconocida. Ahora, grandes
segmentos de la iglesia, han sido invadidos por una especie de teatro religiosos, donde
periódicamente aparece alguien con la última novedad” (9). Estamos, pues, ante una
pentecostalización del cristianismo y el análisis de su efecto no es tarea fácil.
Los analistas opinan
Mientras algunos opinan que esa pentecostalización es lo mejor que ha podido suceder
y la llaman el “segundo pentecostés”, otros, por su lado, luchan con todas sus fuerzas
para desterrarla y la tratan como la peor de las herejías o la más dañina de las influencias
para la sana doctrina. Algunos críticos del pentecostalismo añaden, a los daños
doctrinales, los daños sociales en términos de alienación. Por ejemplo, los primeros
estudios que se hicieron sobre el pentecostalismo en Chile hace ya 30 años,
interpretaban el fenómeno como un movimiento alienante y alienado, que operaba
como dispositivo de “refugio” de grandes masas de la población. Fue Christian Lalive
D’Epiney, quien en su libro “El Refugio de las Masas” (1968), ubicó al naciente
movimiento como uno que estaba al margen de la sociedad y de la política; Lalive y otros
cientistas sociales encontraron en el pentecostalismo una respuesta alienada de las
masas, a la transición de una sociedad mayormente agraria a una parcialmente
industrializada, de una sociedad rural a una urbana.
Bernardo Campos, teólogo peruano, pentecostal, y serio investigador del tema, señala
que Lalive D’Epiney, al igual que otros investigadores como Emilio Willems, Prócoro
Ferreira Camargo y Bryan Wilson, son los proponentes de la hipótesis del
pentecostalismo como “una forma de respuesta a la anomia social producida por el
proceso de migración a que dio lugar la incipiente industrialización y urbanización de la
América Latina dependiente” (10). El mismo Bernardo Campo incluye dentro de las
hipótesis sociológicas sobre el pentecostalismo, cuatro más, a saber: la del
pentecostalismo como religión de las camadas pobres de la sociedad; la del
pentecostalismo como una respuesta a la aflicción y sufrimiento de la sociedad; la del
pentecostalismo como construcción de una subjetividad popular como auto-producción
simbólica, y la cuarta, la del pentecostalismo como una forma de satisfacción religiosa
al trauma de la conquista y colonización españolas y los posteriores colonialismos (11).
De las primeras explicaciones del pentecostalismo a las más recientes, existe una
significativa diferencia. Antes era considerado como una expresión de ausentismo,
alienación y “huelga social”. Hoy, después de 30 años, los mismos especialistas
comprenden que el pentecostalismo es mucho más que lo antes dicho; que él se ha
constituido en una realidad religiosa maciza y polimorfa, en una expresión religiosa
popular de la más diversificada presencia protestante en América Latina (12). José
Miguez Bonino, en su último libro titulado “Rostros del Protestantismo
Latinoamericano” (1995), presenta al pentecostalismo como uno de los cuatro
importantes rostros del protestantismo en Latinoamérica, y opina que, el
pentecostalismo resultó ser por sorpresa, el movimiento que por fin pudo quebrar las
barreras que clausuraban al protestantismo su acceso a las masas populares. Esto en
cuanto al análisis sociológico.
También se encuentran valiosas investigaciones del pentecostalismo desde su aspecto
doctrinal, ético y vivencial. Donald W. Dayton nos ha ofrecido un estudio acerca de las
“Raíces Teológicas del Pentecostalismo” (1991), en el que afirma que es imposible
entender el pentecostalismo latinoamericano sin entender las características de su
origen. Dayton dedica su libro al análisis del pentecostalismo clásico, el que en América
Latina puede ser denominado, según Miguez Bonino y Carmelo Alvarez,
“pentecostalismo criollo”, el que nació en Tópeka, Kansas, en 1901 y que llegó a nuestras
tierras en las primeras décadas del siglo, a través de las grandes cruzadas misioneras de
las iglesias pentecostales de los Estados Unidos.
El autor tiene la virtud de sintetizar en cuatro afirmaciones cristológicas las raíces
teológicas de este primer pentecostalismo: Jesucristo como salvador, bautizador con el
Espíritu Santo, sanador y rey que vendrá otra vez. Es afortunado encontrar estudios
como este y otros, que dejan ver un acercamiento respetuoso y una consideración seria
hacia el movimiento pentecostal-carismático. De las caricaturas cargadas de ironía, se
da paso entonces a las investigaciones concienzudas y de mayor aprecio.
Resulta también interesante, leer las opiniones católicas acerca del pentecostalismo.
Como se dijo anteriormente, la Iglesia Católica Romana cuenta entre sus fieles a miles y
miles de carismáticos o católicos renovados. La revista internacional de teología,
Concilium, en la cual colaboran los teólogos de mayor envergadura a nivel mundial, y
que se publica en más de seis idiomas, dedicó su número del mes de junio de 1996, al
tema “Movimientos Pentecostales: Un Desafío Ecuménico”. La revista abre su editorial
con las siguientes palabras: “Desde hace demasiado tiempo no se atiende en la teología
católica, protestante y ortodoxa al hecho de que los movimientos pentecostales se han
convertido en un poder intelectual y político. Mientras que en las Iglesias tradicionales
disminuye el número de sus miembros, éste va aumentando en las Iglesias
pentecostales, y por cierto en todo el mundo” (13).
El número contiene enjundiosos estudios que conducen a una conclusión sorprendente:
el pentecostalismo lanza un desafío “a todas las Iglesias cristianas establecidas, para que
examinen con espíritu de autocrítica su propia teología, liturgia y pastoral” (14). Otro
hecho llamativo de la revista es que varios de sus artículos fueron encomendados a
reconocidos líderes pentecostales, y el artículo final de síntesis fue encargado a Jürgen
Moltmann, conocido teólogo protestante alemán.

Pros y contras; riquezas y peligros


De manera que, el análisis del movimiento pentecostal-carismático nos debe conducir a
todos a la autocrítica y a la reflexión. Sin duda que todas las Iglesias cristianas
establecidas necesitan oír la voz pentecostal que llama al examen honesto de la manera
tradicional de vivir la fe cristiana. En el seno de muchas de nuestras instituciones
cubiertas ya de costra, se hace necesario poner en el orden del día los grandes temas
destacados hoy por los movimientos pentecostales, a saber, una nueva conciencia de
comunidad, la confianza en un Dios que obra milagros, en la importancia de todos los
dones espirituales para el ministerio de la iglesia, las oraciones espontaneas, y la
experiencia de una vida guiada por el Espíritu de Dios, entre otros.
A continuación, me permito enunciar algunas de las riquezas, así como también, algunos
de los principales riesgos del movimiento. Estas consideraciones no dejan de ser un
mero aporte personal que no pretenden tomar el lugar, obviamente, de conclusiones
finales.
En cuanto a las riquezas, que como decíamos anteriormente, son muchas y cada una
muy valiosa; como pastor, destaco las siguientes:
• Su dinámica evangelizadora y misionera.
• La asimilación de la cultura popular dentro de su liturgia. (De manera específica
dentro del pentecostalismo clásico; no tanto en los sectores llamados
neopentecostales o carismáticos).
• La práctica del sacerdocio universal de todo creyente, que facilita la participación
ministerial de los llamados laicos.
• Su renovado interés por la oración y la lectura devocional de las Escrituras.
• La nueva dimensión de las relaciones intereclesiásticas.
• La recuperación del culto como celebración gloriosa, gozosa y entusiasta.
• Su profundo interés en el Espíritu Santo unido a una piedad centrada en Jesús.
• Su crítica a la formalidad mecánica de muchas de nuestras estructuras
eclesiásticas.
• El lugar de las mujeres dentro de las funciones pastorales y del liderazgo en
general.
Es claro que el pentecostalismo tiene algo que ofrecer; “... algo que hizo vibrar a gente
aletargada por la monotonía y la desesperanza de su existencia” (15). Esa semilla que se
produjo en suelo extranjero, se plantó aquí en nuestras tierras y “las nuevas masas
populares latinoamericanas comprobaron que el sabor de sus frutos correspondían a las
demandas de su paladar” (16), para usar las expresiones poéticas de Miguez Bonino.
Por otra parte, el movimiento pentecostal-carismático, conlleva serios riesgos. Algunos
estudios del fenómeno religiosos en América Latina, como es el ejemplo del teólogo e
historiador suizo Jean Pierre Bastian, se atreven a opinar que el pentecostalismo como
nuevo movimiento religioso no es ninguna renovación interna del protestantismo, sino
“renovación de la religiosidad popular -en el sentido artesanal- y una aculturación de los
protestantismos históricos a las prácticas y valores de la cultura católica popular” (17).
Bastian avanza un poco más y se pregunta con igual atrevimiento, si “en vez de usar el
término “protestantismo” para designarlos, no sería más conveniente el de “nuevos
movimientos religiosos sincréticos”, que se inscriben en una eficacia simbólica de
resistencia o adaptación al modernismo por medio de una religiosidad artesanal
producida por los sectores de las sociedades latinoamericanas” (18). En otras palabras,
ciertos sectores de ese gran y complejo universo pentecostal no deberían ser llamados
protestantes o evangélicos, sino movimientos sincréticos que forman parte de la gran
mutación del campo religioso actual en nuestro continente. Según esta versión, América
Latina no se está volviendo protestante, como diría David Stoll, sino que en nuestro seno
se ha originado un nuevo movimiento religioso, “que se acomoda a la religiosidad
popular y que refuerza los mecanismos tradicionales de control social” (19).
Como podemos observar, hay también quienes se pronuncian con alarma frente al
novedoso movimiento pentecostal-carismático. Permítanme enumerar ahora algunos
de lo que considero riesgos:
• Su actitud acrítica frente al crecimiento numérico de la iglesia y su propuesta de
relación directa entre crecimiento y poder del Espíritu. Si esta actitud persevera,
se seguirá alcanzando multitudes sin conseguir impactar en la sociedad.
• Su fuerte estratificación organizacional y la determinación del poder,
acompañado de manipulación, caudillismo y rigidez.
• El desequilibrio entre su énfasis en los dones y en el poder del Espíritu y la
carencia de reflexión social y ética.
• El discurso doctrinal y teológico ingenuamente fundamentalista.
• Su visión maniquea del mundo. La marcada diferencia entre lo sacro y lo secular,
entre el mundo divino y el mundo satánico, entre la historia de Dios y la historia
del mundo, entre el cielo y la tierra, entre el alma y el cuerpo.
• Su crítica hacia los creyentes no pentecostales y su desprecio a otras formas de
vivir la fe cristiana; en otras palabras, su exclusivismo espiritual.
• El alto nivel de expectativas en un Dios mágico, que provee el milagro, expulsa el
demonio y produce éxtasis inigualables. Esta expectativa contrasta con los
niveles de decepción y culpa cuando el portento no se produce.
• La escasa argumentación teológica y exposición exegética y sistemática de la
Biblia, en la que se privilegia una hermenéutica pneumática, sobre una
gramático-histórica-teológica.
• Su énfasis desproporcionado en algunos temas de la fe, como la demonología, o
la glosolalia, u otro de carácter especial.
• Su misticismo que promueve, muchas veces sin intención, el viejo animismo, el
chamanismo santificado y la proliferación de prácticas exóticas.
El movimiento pentecostal-carismático, al promover la búsqueda de la verdad por
medio de las sensaciones, la imaginación, las visiones personales, la iluminación privada
u otros medios subjetivos, ha contribuido, con o sin intención, a la proliferación de
movimientos exóticos, que alarman con sus prácticas extravagantes. Líderes de las
Iglesias pentecostales de corte clásico, se sorprenden al saber cómo muchos grupos
independientes y diferentes comunidades cristianas han exagerado los énfasis y han
caído lamentablemente en el abuso de la fe pentecostal.
Hace pocos meses, escuché que una de las iglesias nuevas de la ciudad, iba a ser
denunciada ante la fiscalía regional por sus prácticas exóticas. Habían decidido desnudar
a varias damas, con el propósito de aplicarles un masaje con aceite ungido y expulsar de
esa manera los rebeldes demonios. En un país suramericano, hace pocos años, dos o
tres personas fueron ahogadas por un pastor cuando éste intentaba inundar a los
demonios que los poseían.
Del pentecostalismo emotivo, con facilidad se pasó al misticismo atrevido. La guerra
espiritual se está tornando en animismo premoderno, la práctica bíblica del exorcismo
está degenerando en sincretismo místico, el culto emotivo se está convirtiendo en
espacio neurotizante, la práctica de la profecía que anuncia el futuro se está
convirtiendo en vaticinio espiritista, además de fuente de ganancias económicas. El
cuadro no es nada agradable y el desafío se agiganta cada día.
Se ha producido un desequilibrio en el pentecostalismo clásico, “en cuanto asume el
imaginario social popular de un mundo regido por espíritus buenos y malos y propone
una forma de manejar el mundo de los espíritus, restringida a quienes detentan el poder
mágico. De esta manera se desplazan los contenidos evangélicos” (20) En esta nueva
versión del evangelio, por ejemplo, el pecado se convierte en posesión satánica y los
exorcismos ya no usan el poder del Jesús liberador, sino los instrumentos ungidos
designados por el clérigo de turno: llaves bendecidas, aguas ungidas, pañuelos
poderosos, en fin.
Con mucha razón, algunos se preguntan si estas expresiones exóticas de la fe no
pertenecen a una nueva religión, a una manifestación sincrética con trasfondo
afroamericano. Otra vez nos surge la inquietud: ¿qué tiene que ver todo este
espectáculo sensacionalista con la Reforma del siglo XVI? La Sola Escritura, la Sola Gracia,
la Sola Fe, el Solo Cristo, han sido vergonzosamente reemplazados por el solo show, el
mucho animismo, el bastante chamanismo, y el gran caudillismo. El pentecostalismo de
vieja estirpe clásica debe estar alarmado, como alarmados estamos el resto de los
evangélicos de apego reformado.
A manera de conclusión
El crecimiento de los evangélicos en América Latina seguirá su ritmo y continuará
sorprendiendo a propios y ajenos. La transformación en el ámbito religioso es uno de
los fenómenos sociales más relevantes en los últimos 30 años en nuestro continente. El
movimiento pentecostal-carismático es, sin duda, la parte dominante de ese espacio de
religiosidad evangélica. Millones de latinoamericanos se identifican como pentecostales
o carismáticos.
El movimiento pentecostal-carismático es una fuerza significativa dentro del gran
abanico evangélico en América Latina. Su impacto supera la fuerza de sus números; es
decir, son importantes no solo porque sean muchos, sino porque lanzan un válido juicio
sobre la Iglesia establecida, que aparece lánguida y dormida en una época de grandes
cambios. El pentecostalismo ofrece riquezas indiscutibles para la fe cristiana en general,
pero también serios riesgos y peligros.
Todo elemental análisis del fenómeno pentecostal -y éste uno de ellos- debe tener en
cuenta que existen diferencias importantes entre uno y otro sector del movimiento. El
pentecostalismo es multifacético, en él se da un alto grado de diversidad. Unos son los
pentecostales clásicos o criollos, otros los neopentecostales, otros los movimientos
sincréticos de apariencia pentecostal-evangélica. Esas diferencias son de orden
doctrinal, vivencial, pero también social. Sus dinámicas sociales son distintas, como
también lo son sus condiciones y estratificaciones dentro de la sociedad.
Es preocupante observar el acelerado desarrollo de nuevas propuestas religiosas
pseudoevangélicas o pseudoprotestantes. Muchas de estas nuevas versiones de la fe
están tomando arraigo en congregaciones evangélicas de vieja data. Se presenta ahora
una religiosidad cargada de extravagancias, efervescente, caudillista, verbalista, en
resumen, exótica. Surge entonces una pregunta: ¿es ésta una nueva religión con
maquillaje evangélico y apariencia de cristiana, pero que poco tiene que ver con ellas?
Los evangélicos latinoamericanos hemos reaccionado con ingenuo triunfalismo frente al
fantástico crecimiento numérico de nuestras iglesias. Hemos confundido iglesias llenas
de fieles con verdadera religión cristiana y fiel seguimiento de “la fe que una vez ha sido
dada a los santos” (Jd. 3). D. Elton Trueblood dijo que “La gran cuestión, hoy como
siempre, no es si vamos a ser religiosos, sino qué clase de religión será la nuestra”.
Debemos preguntarnos, pues, ¿qué clase de fe es esta que ahora prolifera en América
Latina?
Hay un largo camino por recorrer. El tema no debe quedarse siendo debatido en círculos
reducidos de creyentes que gustan de la reflexión teológica y doctrinal, o entre
académicos de la fe que gustan de este tipo de gimnasia mental. La reflexión y la
preocupación debe ser compartida por todos los creyentes que procuran servir al Señor
y ser fieles a su Reino. ¿Qué hacer? La pregunta es la de cientos de pastores y pastoras
que sirven a lo largo y ancho del continente y para quienes el desafío del
pentecostalismo es más urgente que el análisis de la pentecostalidad.
Mientras que para los cientistas sociales los problemas son los de las taxonomías, las
hipótesis interpretativas, los marcos sociológicos, la ideología, y otros más, para los
pastores, lo que apremia son las preguntas que apuntan hacia la salud de la fe y la
conducción integral de la grey. Otra vez: ¿Qué hacer? La respuesta nos pertenece a
todos, y este modesto ensayo solo ha intentado ser una provocación al diálogo y un
modesto punto de partida.
Harold Segura Carmona
Seminario Teológico Bautista Internacional de Cali
E-mail: sbautist@reymoreno.net.co

NOTAS
1. Boletín Teológico. Fraternidad Teológica Latinoamericana. # 42/43. p.p. 163
2. David Stoll, “¿América Latina se Vuelve Protestante?”, Quito: Abya-Yala, 1990.p. 4
3. Ibid. p.p. 21,22
4. José Miguez Bonino, “Rostros del Pentecostalismo Latinoamericano”, Buenos Aires:
Nueva Creación, 1995. p. 75
5. Newbigin Leslie, “The Household of God”, Londres: S.C.M. Press, 1953. Citado por
Pablo Deiros en “Latinoamérica en Llamas” p. 13
6. Pablo Deiros, “Latinoamérica en Llamas”, Miami: Editorial Caribe, 1994.. p. 9
7. Ibid. p.9
8. Harold Segura C., “Dones Espirituales y Manifestaciones Extraordinarias”, Ponencia,
1997.
9. Gerardo de Ávila, “Guía Pastoral”, Editorial Logoi, Sección :CONTROVERSIA, # 5. 1997.
10. Samuel Palma y Hugo Villela, en Revista “Cristianismo y Sociedad” # 109. 1991. p. 87
11. Bernardo Campos, “De la Reforma Protestante a la Pentecostalidad de la Iglesia”,
CLAI, 1997, p. 76
12. Ibid, pp. 33-47
13. Karl-Josef Kuschel y Jürgen Moltmann, en Revista “Concilium”, # 265. p. 7
14. Ibid.
15. José Miguez Bonino, Op. Cit. p.p. 57-58
16. Ibid. p. 60
17. Jean-Pierre Bastian, “Protestantismo y Cultura en América Latina”, CLAI-CEHILA,
1994. p. 122
18. Ibid. p.p. 123-124
19. Juan Carlos Cevallos, Ponencia “Iglesia y Teología Latinoamericana”, Quito, 1997.
20. José Miguez Bonino, Op. Cit. p. 156
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Algunos lo clasifican así: “Pentecostalismo clásico” y “neopentecostalismo” (A. Gouvea);
otros prefieren: “pentecostalismo criollo”, “nuevas corrientes pentecostales”, y “nuevos
movimientos carismáticos” (J. Míguez B.); también: “pentecostalismo”, “movimiento
carismático” y “neopentecostalismo” o “agencias de cura divina” (A. Mendonca). Ahora
Bernardo Campos: “pentecostalismo de expansión internacional”, “pentecostalismo de
raigambre nacional”, “neopentecostalismo” y “movimientos de cura divina”
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