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10/6/2019 ::: ARGENTINA HISTÓRICA - la historia argentina :::

obras generales

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Héctor B. Petrocelli

2. Situación de la Confederación en 1850

Sumario: Situación de la Confederación en 1850. Pronunciamiento de Urquiza. Pactos con Brasil y


Montevideo. Caída de Rosas.

Hacia 1850 la Confederación Argentina presentaba un halagador


panorama. Políticamente la República estaba pacificada y el Estado central se
hallaba reconstruido, lo que se había logrado con la institución del Encargado de
las Relaciones Exteriores. Todo hacía creer llegada la hora de serenidad anhelada
para perfilar mejor la consuetudo en vigencia de ese «derecho político no escrito
que equivalía a un sistema de leyes constitucionales»305. Asegurada la libertad
nacional, esto es, su soberanía, esto hacía posible incluso mejorar el nivel de
libertades individuales. El regreso a la Confederación de numerosos
emigrados306 que venían a acogerse a la prosperidad, paz interior, orden y honor
restablecidos, de que hablaba San Martín en su carta a Rosas del 6 de mayo de
1850, así lo hacía atisbar.

Desde el punto de vista económico, ya se ha visto que hasta varios enemigos


de Rosas, incluso Alberdi, consideraban que la Confederación estaba próspera,
en coincidencia con San Martín. El levantamiento del bloqueo había significado
la normalización del puerto de Buenos Aires, y con ello una suba considerable del
monto de las importaciones y de las exportaciones, que llegaron,
respectivamente, a cifras récord de 1851: 10.550.000 pesos fuertes y 10.633.525
pesos fuertes 307. Y en consecuencia, las rentas de aduana que habían bajado en
1846, durante el bloqueo, a 6.036.121 pesos papel moneda, se elevaron en 1850,
nada menos que a 57.944.483 de la misma moneda 308. Esto permitía al gobierno
de la Confederación un desahogo financiero notable 309.

El panorama internacional se presentaba también halag�eño. La


Confederación Argentina terminaba de derrotar a las dos primeras potencias del
orbe, obteniendo tratados en los que se admitían todas sus demandas. Hacia
1849, Paraguay se intentaba acercar a Rosas luego de fracasada su alianza con
Corrientes. La caída de Montevideo en manos de Oribe aparecía como inminente,
fruto de la retirada de Francia e Inglaterra en el apoyo al gobierno colorado de
esa ciudad, con lo que el fortalecimiento de la alianza argentino-oriental hacía
presagiar una política de grandeza en la zona de control de la cuenca del Plata; y
¿por qué no?, la posibilidad de un retorno del Uruguay a la Confederación
empírica de Rosas.

Sólo un nubarrón se avizoraba en el horizonte de la República: Brasil.


Insidiosamente nos había venido hostilizando en esos años de la Dictadura, como
siempre, y ahora, a punto de caer Montevideo, se movía para evitarlo, aunque
temerosa de que le llegara la hora de rendir cuentas de tanto golpe bajo y
territorio birlado.

La Corte de Río de Janeiro tenía ocupado el territorio de las Misiones


Orientales. Había facilitado armamento al Paraguay reconociéndole su
independencia; desconoció por intermedio de su ministro en Montevideo,
Cansancao de Sinimbú, el bloqueo argentino a ese puerto; había enviado una
misión diplomática presidida por el vizconde de Abrantes a Londres y París, para
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solicitar derechamente la intervención de esas dos grandes potencias a fin de


lograr el levantamiento del sitio de Montevideo, y en el fondo, el derrocamiento
de Rosas. Ayudó al general Paz en su lucha contra nuestro gobierno, facilitándole
transporte marítimo para concurrir al teatro de las operaciones en la
Mesopotamia.

Ante esta retahíla de actos de hostilidad, que Rosas conoció perfectamente


a través de su servicio de inteligencia, el gobierno de la Confederación,
prudentemente, sólo había presentado enérgicas protestas por intermedio de
nuestro representante en Río de Janeiro, Tomás Guido, pues los diversos
conflictos en que había estado sumergido hasta prácticamente 1850, no le habían
permitido otra conducta. Pero en este año las cosas cambiaron. Desembarazada
de otros problemas, la Confederación tenía posibilidades concretas de zanjar
victoriosamente sus viejas diferencias con Río de Janeiro, apelando a la fuerza si
era necesario. Su situación bélica, por lo menos en tierra, era superior a las
brasileñas: Argentina podía poner en un frente de batalla, si se lo proponía,
50.000 bizarros soldados, fogueados en largas luchas, primero por la
independencia y luego por la consolidación de la unidad y la soberanía
nacionales, es decir, contaba no con meros soldados de escalafón militar, sino
con experimentados guerreros que ya le habían jugado diversas partidas a la
muerte en distintos campos de combate. Pero había algo más, al frente de
aquellas fieras tropas habría de hallarse un personaje extraordinariamente
dotado para el arte de la guerra, el invicto general Justo José de Urquiza,
normalmente vencedor en todos los encuentros de que fue protagonista, y
acompañado de otros jefes del fuste de Manuel Oribe, Lucio Mansilla, ángel
Pacheco, Martiniano Chilavert, etc.

Esta situación la conocían los brasileños. El hábil gestor de la alianza con


Urquiza, Paulino Soarez de Souza, antes de concretarse aquella, en 1851, le
manifestaba a un senador de su país: «Suponga el noble senador... que el
gobierno de Buenos Aires se apoderase de la Banda Oriental; suponga que se
apoderase del Paraguay; la Confederación a pesar del estado de debilidad en que
la juzga el noble senador, puede poner un ejército de 20 a 30 mil hombres; puede
sacar de las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Corrientes y Entre Ríos,
principalmente de ahí, 20 ó 30 mil hombres, y una excelente caballería de Entre
Ríos, como no la hay mejor. Apoderándose también del Paraguay, podía sacar de
allí unos 20.000 soldados, robustos, obedientes, sobrios. Esto en países
acostumbrados a la guerra, que no tienen los hábitos industriales y pacíficos que
nosotros tenemos. Absorbidas las Repúblicas del Uruguay y Paraguay, que
cubren nuestras fronteras, en la Confederación Argentina, quedarían abiertas
nuestras provincias de Mato-Grosso y de Río Grande del Sur... ¿Quedaríamos así
muy seguros? ¿Y quién nos dice que no se nos vendría a exigir entonces la
ejecución de los tratados de 1777... ?»310.

El episodio que desató el proceso que nos llevaría a una nueva guerra con
Brasil, fue originado por las excursiones de estancieros brasileños que extraían
ganado de la Banda Oriental sin pagar los correspondientes derechos, cuando no
arreaban ganado que no les pertenecía. Guido había venido reclamando por estos
delitos sin obtener satisfacción de la cancillería brasileña. El gobierno de Oribe
acude a la acción armada y se producen hechos bélicos entre brasileños y
orientales. En abril de 1850, Rosas comunica a Guido que debía retirarse de Río
de Janeiro si el canciller del imperio, Soarez de Souza, no atendía sus reclamos.
Luego de algunas dilaciones, en septiembre de 1850, Guido se retiró quedando
por tanto rotas las relaciones diplomáticas. Mientras tanto, la cancillería
brasileña firmaba un acuerdo secreto con el gobierno de Montevideo, por el cual
se comprometía a auxiliar financieramente a la plaza sitiada. La guerra era
inminente, sólo detenida por una cláusula del tratado de 1828 entre ambas
naciones, por la cual luego de la ruptura de relaciones, debían pasar seis meses
antes de la iniciación de las hostilidades. En tal crucial momento, Rosas recibió la
adhesión de los gobiernos de todas las provincias confederadas. El de Entre Ríos,
presidido por Urquiza, manifestaba: «En los últimos veinte años han tenido lugar
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en el Río de la Plata acontecimientos de tal naturaleza, que se han producido


complicadas cuestiones cuya solución va a asegurar de una vez por todas los
destinos de la República. Es V.E. quien las ha conducido con elevado tino y bien
acreditada sabiduría. V.E. debe tener la gloria de suscribir su término, sellando
con un acto de inmortal recuerdo su grandiosa misión de salvar la patria»311.

Entre las complicadas cuestiones cuya solución debía asegurar los destinos
de la República, en 1850, fecha de aquella carta, se aludían al arreglo definitivo
de la cuestión con Francia, puesto que con Inglaterra el mismo estaba
finiquitado, y a los serios problemas con Brasil. El mismo Urquiza, ante una
pregunta formulada por la cancillería de ese país, a través de personeros, por si
Río de Janeiro podía contar con la neutralidad del gobernador entrerriano, en
caso de conflicto de la Confederación con Brasil aliado a Francia, contestaba
rotundamente el 20 de abril de 1850 a Antonio Cuyas y Sampere: «...crea Ud. que
me ha sorprendido sobremanera que el gobierno brasileño, como lo asevera,
haya dado orden a su Encargado de Negocios en esta ciudad para averiguar si
podría contar con mi neutralidad. Yo, Capitán General de la Provincia de Entre
Ríos, parte integrante de la Confederación Argentina, General en Jefe de su
Ejército de Operaciones, que viese empeñada a ésta, a su aliada, la República
Oriental, en una guerra en que por este medio se ventilasen cuestiones para ella
de vida o muerte, vitales a su existencia y soberanía y que por consecuencia
atañesen tan inmediatamente a la sección de mando ¿cómo, pues, cree el Brasil,
cómo lo ha imaginado por un momento, que permanecería frío e impasible
espectador a esa contienda en que se jugase nada menos que la suerte de nuestra
nacionalidad o sus sagradas prerrogativas, sin traicionar mi patria, sin romper
los indisolubles compromisos que a ella me unen, y sin borrar con esa
ignominiosa mancha mis antecedentes?»312.

Pronunciamiento de Urquiza

Sin embargo, parece que Urquiza optó por la traición, pues a principios de
1851, no se contenta con mantenerse neutral en la inevitable guerra que se
avecinaba, sino que decide tomar parte en ella aliado a Brasil. ¿Qué llevó al
enterriano a tomar esta actitud que cambiaría completamente el panorama
internacional en la cuenca del Plata? No puede negarse la cuota de ambición
presente en todo conductor político de avanzar hacia las más expectables
posiciones, algo que resulta legítimo cuando lo es por medios correctos. Por otra
parte. Rosas había cumplido su ciclo y daba señales de agotamiento: su gestión
fue extremadamente prolongada. La Confederación quizás reclamaba acelerar el
proceso organizativo, que sin desdeñar el método empírico por el que se había
optado, podría ir abriendo canales de participación que fueran dándole más
cuerpo a la República a la que se tendía.

Lo inadmisible es el precio que pagó Urquiza para alcanzar su


encumbramiento: facilitar a Brasil la victoria en el conflicto planteado con la
Confederación Argentina, con todas sus implicaciones territoriales y estratégicas.
A Urquiza le faltó, entre otras cosas, la cuota de paciencia para saber esperar su
momento, que es condición esencial de todo político de fuste. Producida la
guerra con Brasil, es claro que el entrerriano estaba llamado a comandar nuestro
ejército en la contienda. Si el triunfo lo favorecía, como era previsible, asegurados
los objetivos internacionales de la Confederación en la cuenca del Plata, ¿quién le
hubiera disputado el poder interno a este Julio César conquistador de las Galias,
o a este Napoleón después de la campaña de Italia? Es lo que expresa Irazusta:
«Si Urquiza hubiese tenido más astuta paciencia que la demostrada desde 1846
hasta 1851, y esperado el desenlace de la lucha en que debía ser el generalísimo
vencedor más probable ¿qué no habría podido osar más tarde en el orden
interno? Entonces su prestigio habría sido en todos los partidos, superior al que
le dio la posibilidad de pronunciarse y triunfar en Caseros. Su carrera no habría
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hallado los obstáculos en que tropezó lamentablemente al otro día de su triunfo.


Y su gloria habría sido más pura sin duda, pues si hubiese planteado contra
Rosas el problema constitucional como asunto exclusivamente ulterior, habría
podido sumar el mérito de héroe civil a los de una carrera militar en la misma
trayectoria gloriosa seguida hasta entonces; y no habría necesitado poner su
partido, el federal, a merced del unitario, para integrar lo mejor del uno con lo
mejor del otro, en vez de entregar lo sustancial del suyo, y servir de mero
instrumento del adversario» 313.

En el pronunciamiento de Urquiza hay algo más, vinculado con el orden


económico. A partir de 1845, Urquiza y sus inmensos intereses ganaderos habían
comerciado con la plaza enemiga de Montevideo: introducía productos de la
ganadería de su provincia en ella, que luego se reexportaban a Europa, y se
llevaba en retorno manufacturas de procedencia europea, que luego colocaba en
Buenos Aires a cambio de metálico. Rosas no admitió este tráfico qué significaba
comerciar con una plaza enemiga, brindándole de paso el oxígeno obvio a la
alicaída aduana de Montevideo; cortó este comercio no permitiendo la salida del
metálico de Buenos Aires y prohibiendo el embarque o desembarque en ese
puerto de productos ultramarinos en buques de cabotaje, con lo que obtuvo que
las mercaderías que llegaban a Entre Ríos vía Montevideo no se pudiesen
introducir en Buenos Aires. Además se impuso un gravamen a la entrada de
carnes industrializadas entrerrianas a Buenos Aires, puesto que ellas, en cuya
elaboración se utilizaba mano de obra barata, dado que en esa tarea se utilizaba
hasta la tropa, hacían una competencia ruinosa a Buenos Aires. Urquiza reclamó
directa e indirectamente el levantamiento de estas medidas, pero Rosas hizo
oídos sordos a sus demandas. Quienes han estudiado la vida del entrerriano
saben bien que había amasado una fortuna colosal en tierras, ganados y
participación en las más disímiles empresas 314, por lo que la motivación
económica lo hería profundamente, a pesar de que se haya afirmado alegremente
de él: «...sin que el dinero le atraiga precisamente»314 bis.

Decidido a aliarse a Brasil, el astuto Paulino le impuso a Urquiza un


pronunciamiento público, antes de comprometer la firma del Imperio en la
alianza. Según lo corrientemente expuesto por los autores, el pronunciamiento se
habría producido en la plaza General Ramírez de Concepción del Uruguay el 1 de
mayo de 1851, mediante la lectura de dos decretos de Urquiza: el primero
declarando a Entre Ríos como un estado soberano «en aptitud de entenderse con
los demás gobiernos del mundo», y el segundo sustituyendo la divisa «Mueran
los salvajes unitarios» por la de «Mueran los enemigos de la organización
nacional». Según José María Rosa, el pronunciamiento se hizo público mediante
la noticia de la firma de esos dos decretos, por intermedio del periódico «La
Regeneración» del 13 de mayo, una vez que Urquiza se asegurara que la escuadra
brasileña estaba en Montevideo. De tales decretos, el primero que hemos
mencionado, establecía que Urquiza en su carácter de gobernador de Entre Ríos,
«en uso de las facultades ordinarias y extraordinarias con que ha sido investido
por la H. Sala de Representantes de la Provincia», decidía aceptar la renuncia de
Rosas al cargo de Encargado de las Relaciones exteriores que le habían conferido
las provincias 315. Por tanto, resolvía «reasumir el ejercicio de las facultades
inherentes a su territorial soberanía», delegadas en Rosas en virtud del Pacto
Federal de 1831, quedando Entre Ríos «en aptitud de entenderse directamente
con los demás gobiernos del mundo, hasta tanto que, congregada la Asamblea
nacional de las demás provincias hermanas, fuese definitivamente constituida la
República». En realidad, mencionar el Pacto Federal era un acto al menos de
incoherencia, pues éste prohibía a cualquier provincia, sin anuencia de las
demás, tratar con un poder extranjero, y Urquiza ya lo estaba haciendo con Brasil
y con el gobierno de Montevideo 316. En estricto derecho, lo que hubiera
correspondido, es el logro de la aquiescencia de todas las provincias para la
designación de un nuevo Encargado de las Relaciones Exteriores. De tal manera
que el Pronunciamiento fue un acto violatorio del Pacto Federal.

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Pero no era esto lo más grave. Lo que apesadumbra el corazón es que con
su maniobra Paulino lograba, sin disparar un solo balazo, revertir el panorama
sombrío que se le presentaba al Imperio frente a la contingencia de guerra con la
Confederación. Y así, en vez de un nuevo Ituzaingó, para el que poseíamos tropa
aguerrida y experimentada en medio siglo de luchas, conducida por brillantes
jefes, tuvimos un Caseros logrado por la habilidad diplomática fluminense,
trabajando sobre un hombre apurado, desprevenido, de visión aldeana. Los
cincuenta mil hombres que debían darnos ese nuevo y decisivo Ituzaingó a
lograrse en territorio ocupado por Brasil, pelearon entre sí a escasos kilómetros
de Buenos Aires en los campos de Morón, mientras miles de soldados imperiales
habían ocupado sin obstáculos la Banda Oriental, y desde Colonia vigilaban los
resultados logrados por su ducho servicio exterior.

Pactos con Brasil y Montevideo

El 29 de mayo de ese año 1851, Urquiza, Brasil y el gobierno de


Montevideo, firmaron un tratado cuyo objeto era asegurar la independencia de la
Banda Oriental «haciendo salir del territorio de ésta al general D. Manuel Oribe y
las fuerzas argentinas que manda». Brasil concurriría con su ejército y escuadra a
este efecto. El artículo 15 especificaba que si Rosas reaccionaba bélicamente, la
alianza actual se tomaría en alianza contra la Confederación. Pero Brasil no se
conformaba con ganar una guerra aparentemente perdida y lograr una situación
favorable en la Banda Oriental; por el artículo 17 se establece: «Como
consecuencia natural de ese pacto, y deseoso de no dar pretexto a la mínima
duda acerca del espíritu de cordialidad, buena fe y desinterés que le sirve de base,
los Estados aliados se afianzan mutuamente su respectiva independencia y
soberanía y la integridad de sus territorios sin perjuicio de los derechos
adquiridos». ¿A qué derechos adquiridos se refería esta cláusula? Vicente Sierra,
siguiendo a Vicente G. Quesada aclara: «La intención brasileña fue, sin embargo,
clara; había tratado de justificar su teoría del «utis possidetis» actual, para
adquirir de este modo el dominio de las Misiones Orientales»317. Brasil ponía
fuera de toda discusión sus derechos sobre este precioso territorio, que ocupaba
ilegítimamente, al margen de lo convenido en el Tratado de San Ildefonso de
1777. No era la única concesión que hacía Urquiza; por el artículo siguiente, esto
es, el 18, consentía la libre navegación del Río Paraná a los buques brasileños,
viejo objetivo de nuestros expansionistas vecinos. Por el artículo 23 se convenía
en invitar al gobierno del Paraguay, a entrar en la alianza.

Antes del Pronunciamiento, el 5 de abril de 1851, Urquiza había enviado a


los gobernadores una circular comunicándoles que se ponía al frente de un
movimiento de liberación, y cuya finalidad esencial era organizar la Nación.
Salvo Corrientes, las demás provincias repudiaron con gruesos epítetos el
llamado, lo menos que le enrostraron, fue el carácter de traidor.

Rosas contestó declarando la guerra al Imperio el 18 de agosto, pero el


Encargado de las Relaciones Exteriores se mostró lento en sus reacciones bélicas,
desoyendo por ejemplo el consejo de Oribe que lo instaba a atacar a Entre Ríos
con el ejército que sitiaba a Montevideo, sumado al de Santos Lugares en Buenos
Aires. Evidentemente, el fuerte de Rosas no estaba en sus condiciones como
estratega militar. Permitió que Urquiza invadiera la Banda Oriental y, unido a las
tropas brasileñas, se fuera contra Oribe, mientras la escuadra imperial apoyaba
este operativo.

Oribe quedó encerrado: por el norte por las tropas entrerriano-brasileñas, y


por el sur por los defensores de Montevideo apoyados por la mencionada
escuadra; se vio obligado a capitular. Obtenido con tanta facilidad este primer
éxito. Entre Ríos, Corrientes, Brasil y el Estado Oriental firmaron un nuevo
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tratado de alianza el 21 de noviembre de 1851, esta vez destinado derechamente a


enfrentar a la Confederación Argentina, aunque en apariencia se lo hacía contra
el Dictador.

Este nuevo compromiso confirmaba todas las concesiones hechas por


Urquiza a Brasil, agregándose nuevas. El artículo 1° pretendía dejar aclarado que
la guerra no se emprendía contra la Confederación Argentina, sino con el
objetivo de «libertar al pueblo argentino de la opresión que sufre bajo la
dominación tiránica del gobernador Don Juan Manuel de Rosas», y al mismo
tiempo, para facilitar que nuestra república pudiese «constituirse sólidamente».
Entre Ríos y Corrientes tendrían la iniciativa de la guerra, y Brasil y el Estado
Oriental serian meros auxiliares, fijándose los contingentes militares con que
éstos colaborarían. Brasil también se obligaba a facilitar a Urquiza un préstamo
de 400.000 patacones, a razón de 100.000 mensuales durante cuatro meses. El
artículo 7 especificaba que Urquiza se obligaba a «obtener del gobierno que
suceda al del general Rosas, el reconocimiento de aquel empréstito como deuda
de la Confederación Argentina». Además, «para garantía de su pago con los
intereses estipulados», que eran del 6% anual, Entre Ríos y Corrientes
«hipotecan desde ya las rentas y los terrenos de propiedad pública de los
referidos Estados». Por el artículo 14 se declaraba subsistente la cláusula 17a. del
tratado del 29 de mayo, esto es, lo vinculado con la retención por parte de Brasil
de las Misiones Orientales. Ese mismo artículo 14 preveía que Entre Ríos y
Corrientes se comprometían a obtener del gobierno de la Confederación que se
organizarse, la libre navegación del Paraná y de los demás afluentes del Río de la
Plata para los buques de los estados aliados; si ese futuro gobierno de la
Confederación no admitiera esa libre navegación, Entre Ríos y Corrientes se
comprometían a mantenerla, a pesar de esa oposición. Por el artículo 18 la paz
sería ajustada por los Jefes de todas las fuerzas aliadas, por lo que no se
comprende el carácter de «auxiliares» de Brasil y Uruguay, cuando a Urquiza se
le negaba la facultad de celebrar la paz por sí solo. Un enviado del presidente
paraguayo, Carlos Antonio López, firmó un tratado con Entre Ríos y Corrientes
adhiriéndose a la alianza refrendada el 21 de noviembre; ambas provincias
argentinas se comprometían a reconocer la independencia del Paraguay a cambio
de la ayuda de éste en el derrocamiento de Rosas 318. Es que el mencionado
tratado del 21 de noviembre que comentamos, especificaba en su artículo 20 que
Paraguay sería invitado a entrar en la alianza. Finalmente se determinó, como
era de presumir con tales cláusulas, que el tratado se mantendría secreto.

Caída de Rosas

El 3 de febrero de 1852, en los campos de Caseros, el ejército aliado


derrotaba al de la Confederación, y Rosas tomaría el camino del exilio. No
solamente habíamos perdido la oportunidad de sofrenar a Brasil y reducirlo a su
legítima esfera de influencia diplomática y territorial. No solamente habíamos
perdido la guerra, sino que pagábamos los servicios del Imperio, hechos a la
ambición de Urquiza, perdiendo definitivamente las Misiones Orientales,
reconociéndole la libertad de navegación del río Paraná, necesaria para que esa
nación accediera francamente al Paraguay y al Mato Grosso. Además, de
endeudarnos e hipotecarnos al tesoro brasileño 319, le abríamos al vecino aliado
la puerta de entrada al Estado Oriental, que en momentos de la decisiva batalla
estaba ocupado por gruesos efectivos brasileños, y asumíamos el compromiso de
reconocer la independencia del Paraguay.

Todo esto equivalía a entregar el control de la llave de la cuenca platense y


renunciar por ende a una política internacional de grandeza. Como corolario de
Caseros, en septiembre de ese año, se produciría la ruptura de la unidad
nacional, presentando la Nación el espectáculo de su división en dos estados
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soberanos, esto es, el retroceso a 1820. Asimismo se reanudaba la guerra civil


que había cesado hacia 1850. A esta altura el lector se sentirá quizás confundido,
pues buena parte de la bibliografía sobre el tema considera a Caseros un hito
triunfal de nuestra historia. Con llaneza ya ha contestado esto Ernesto Palacio:
«Si esto era un triunfo, ¡qué habría ocurrido con una derrota!»319 bis.

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