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Collage literario

León Ferrari, el loco dramaturgo bíblico

Un montaje de múltiples textos e imágenes propias conforma La Basílica, un potente


experimento del brillante artista anticlerical.

Montaje de Ferrari incluido en "La Basílica".

Con esa tierna causticidad que le era muy propia, León Ferrari solía bromear diciendo que en
apenas un año y medio lo habían invitado a participar de ocho bienales, recién después de
cuarenta años de carrera. Se refería, claro está, a uno de los efectos de la fulminante fama
local y ecuménica de la cual gozó a partir del reaccionario furor que generó en el arzobispado
su impresionante retrospectiva en la Sala Cronopios del 2004 en el Centro Cultural Recoleta.

Extraño caso el de Ferrari: quién iba a decirle que sería primero la superficial sonoridad del
escándalo, antes que su enorme categoría, el vehículo que lo haría accesible al gran público,
quizás hasta ahí desconcertado por la evasiva maquinaria de sus piezas objetuales, semánticas,
caligráficas. Ese público ahora se mostraba más permeable, ya seducido y en todo caso
entrenado por la explícita frontalidad de un subversivo y bizarro santoral, por la utilería
coreografiada en las ocurrencias con las cuales podía establecerse un contacto directo.

Dentro del expansivo cuerpo de obra de Ferrari sería el collage, y dentro de ese formato los
montajes de textos e imágenes, el mecanismo ideal para reconciliar el mensaje ideológico con
los experimentos con el lenguaje. Además, la disponibilidad democrática y universal que
garantiza el collage, donde cada elemento es sustraído de la lógica sistemática que lo cobija
para librarlo a la coordinada intemperie de un nuevo escenario mixto, lo exhibe como el
procedimiento más afín a la anárquica urgencia del artista.

Y su carácter de práctica impura por excelencia ofrece la adecuada complicidad para la cirugía
de deconstrucción y reformulación crítica que Ferrari ejecuta, mancillando en la blasfemia del
corte, en la saludable promiscuidad de la fusión, la superposición y el contrapunto de las
partes, la intocable –en teoría– sacralidad de ciertos canónicos monumentos institucionales,
discursivos y textuales, entre los que se cuenta de manera predominante, pero no excluyente,
la Biblia.
En la perfecta concisión conceptual del prólogo de Agustin Diez Fischer que acompaña a esta
impecable, y más que oportuna, primera edición en Argentina del collage literario La Basílica,
encarada ahora por Ripio Editora, al cuidado de Silvia Badariotti, se nos recuerda que fue
publicado inicialmente en 1985 por el propio artista a través de su sello editor Exu, impreso en
la ciudad de San Pablo –donde Ferrari y su mujer Alicia Barros Castro habían debido exilarse en
1976– y con una edición de 400 ejemplares numerados.

También allí se detalla que el método utilizado para este libro-collage ya había sido empleado
por primera vez por Ferrari en la década del ’60, cuando apelaba a “la combinación de citas (…)
de la Biblia, de libros de historia, de noticias de la prensa tomadas de revistas o diarios
nacionales o internacionales, de agencias de noticias o de obras de la literatura (…) para
construir un diálogo entre múltiples personajes históricos y ficcionales (...) como un foro de
encuentro entre frases pronunciadas en distintos momentos y lugares”.

Efectivamente, ya en su primer collage literario, Palabras ajenas, de 1967, Ferrari es el


baqueano francotirador que, habiendo rastreado exhaustivamente el territorio de sus
búsquedas, propone una suerte de nueva ágora de proclamas, voces, documentos, citas,
extractos mediáticos y escrituras, no como registro ni testimonio sino como programa. Una
respuesta articulada e implacable –recuerda Diez Fisher– a las “palabras de los protagonistas
de la Civilización Occidental que parecen encontrarse en el centro de las operaciones de la
historia, allí donde se definen las guerras, las condenas o las masacres”.

La cantera de la cual extrae Ferrari sus materiales para La Basílica es análoga a la de Palabras
ajenas y un tanto más acotada, pero igualmente productiva, para un propósito quizás más
ambicioso. El libro arranca con la voz en primera persona del autor anunciando que va a
construir una iglesia “en una plaza de Buenos Aires o en los jardines de Palermo o en el río
frente al puerto como la estatua de la Libertad tendrá la forma y proporciones de la basílica de
San Pedro”.

A medida que avanza la lectura, ese “proyecto de basílica” empieza a perfilarse como
inventario para una futura escenificación de metáforas y alegorías, o bien como fantasiosa
bitácora para una instalación multimediática y performática, como pragmático monólogo de
autoafirmación ritualista y también como señuelo, como operación de camuflaje.

Creemos estar leyendo La Basílica y en rigor hemos entrado sin saberlo en la “arquitectura
imposible” de la basílica en tanto objeto –libro, en las páginas– nave de un templo con
reliquias escamoteadas y trastocadas por León, el iconoclasta terminal; de hecho, la escueta
abstracción geométrica que es rasgo de identidad en las tapas de Ripio parece aludir en esta
edición a la clásica planta en cruz de la arquitectura religiosa.

La primera parte concluye anticipando un espectáculo que tendría lugar en la nave principal o
laterales de la basílica, del cual se proveen especificaciones poéticas, de puesta en escena,
actorales, de escenografía, de vestuario, y que consistirá en “una conversación donde Jesus,
Jehová y otros personajes repitan textualmente versículos de las Sagradas Escrituras y palabras
de otras fuentes”. Lo que sigue será entonces el libreto de esa presunta representación,
compuesto casi exclusivamente por párrafos de la Biblia; Ferrari los adapta, modifica,
desordena o reitera a voluntad , aunque mantiene desde luego el sentido general de todos los
pasajes citados.

Empujado por una intensidad que parece evocar al Artaud de Carta a los poderes, el artista
trabaja el estilo con la voluntad libertaria imprescindible en su objetivo de conspirar contra la
tiranía del canon de origen y quebrar su resistencia, escogiendo cuidadosamente los
parlamentos para la praxis de un posible activismo en clave de teatralidad plebeya, con su
lucidez y sarcasmo habituales e imaginativas alteraciones. Ferrari sutura hábilmente las partes
y borronea los límites entre ellas, de acuerdo a lo que le convenga para la invención de esa
lengua poliédrica que quiere ser letanía, una obsesiva meditación de inclaudicable fisonomía,
solista y coral al mismo tiempo.

Los marcas de referencia a las fuentes se consignan con iniciales en el cuerpo integral del
texto, y se le aclaran al lector en las páginas finales, justamente para no quebrar con
dataciones eventualmente distractivas la marcha torrentosa de este monolítico oratorio. En
cuanto a las imágenes, Ferrari simplifica confiando en la instantánea legibilidad de la que
gozan en el imaginario social, y recurre una vez más a la mera combinación binaria para
generar un signo emblemático de inmediata eficacia metafórica, aprovechando incluso la
retórica de íconos sumamente connotados que reaparecen una y otra vez.

La Basílica es el segundo collage literario de Ferrari, al cual seguiría Exégesis en 1993, y


Conversaciones entre Jesús, Jehova y Hitler, inédito y de próxima publicación por Ripio. Podría
decirse que en ellos, como en el resto de toda su obra más política, el legado candente de
Ferrari persiste en convocarnos al compromiso insurreccional de una nueva subjetividad
estrictamente laica. Quizás nos imaginó como miembros practicantes de una feligresía cuyo
único culto sería el de la conciencia, con las armas linguísticas de una liturgia constructora de
sentido para una conjetural guerra non sancta, la rebelión materialista del espíritu hereje, el
triunfo definitivo del mundo secular.
La Basílica, León Ferrari. Ripio Editora, 247 págs.

Eduardo Stupia. Pintor, es también el autor de Líneas como culebras, pinceles como perros.

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