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mío, una sombra con una voz profunda que me estrechaba sin tocarme, sin

mirarme, sin quererme, lejana como yo misma. "No insistas", dije. Abrí los ojos.
No había nadie. La nave existía y apenas se movía bajo la luz del sol. Suspiré.
¿Dónde estará mi espejito roto? En esta nave no hay ningún espejo. Es
inútil que lo busque. Miro mi piel; puedo definir el color que tiene. Es un color
extraño que nunca tuve, un color oscuro, entre avellana y chocolate. Me paso la
mano sobre la piel, de nuevo. Yo, que siempre fui tan blanca, me habré por fin
quemado. Miré mis piernas, mis pies, de nuevo; no parecen míos. Me acuerdo de
una mujer, en un cinematógrafo, que tenía este mismo color. No quiero ser
negra, sin embargo traté de serlo por todos los medios; con pomadas, con
tinturas y nunca pude serlo. Ahora, ¿por qué me volví negra? Canté para oír mi
voz. Pensé que tendría que ser de negra, pero no lo era. Mi voz era la de
siempre, más aguda tal vez, más perfecta. Abrí la boca como la abren las negras
y sentí que me volvía negra. Me levanté y lloré como pueden llorar las negras.
Tengo un sueño que no llego a ver, un sueño lleno de personas. Antes no había
nadie; ahora todo el mundo se me acerca y me pregunta cosas. Quiero olvidar
las caras que me ofrecen. Subo por las escaleras. Llego arriba. La nave ha
fondeado frente a una isla. Hay miles de personas que parecen esperarme. ¿Se
agachan o se arrodillan? Dios mío, qué difícil es discernir si están arrodilladas o
paradas. Salgo de la nave, casi desnuda, porque soy negra. Todos me saludan y
mi sombra más que nadie, arrodillada a mis pies. Y comprendo la belleza del
momento y contesto riéndome.
¡Soy reina de la selva! Nunca pensé que esto pudiera suceder. Mi piel es lisa
como la piel de algunas hojas oscuras de árboles, como la piel marrón de la
magnolia cuando se abre y deja ver desfallecida el color gastado de sus pétalos.
Soy perfumada como las flores que se abren sin saber cuánto van a durar. Soy lo
que nadie esperaba, una mujer enamorada, que la vida estrujó entre los dinteles
de la muerte, con un apasionado desgano. La muerte no me busca ni me asusta.
Yo sé que no existe, que no existirá nunca, porque todo renace y se transforma
en otra cosa tan perfecta que nadie podrá reconocerla; ni siquiera en el
renacimiento. Sólo oigo el aplauso de la gente que me aclama. Mi nave se volvió
mariposa.
No contaré mis experiencias en la isla. Cuando volví a la sala de la nave,
todos se precipitaron a saludarme. Yo buscaba mi cara, la expresión de mi cara,
en todos los vidrios. Ahora que no la conocía, ¿en qué se había transformado? En
un cuadro que recordaba de memoria, en un cúmulo de negros que bailaban
bailes inexplicables, cantando entre las rocas para una negra tan negra que era
casi azul, con reflejos violetas, que era yo misma, al fin libre de mí misma.

Okno, el esclavo

Mi miedo, cuando es mío, me intimida. De noche preparo mi terror futuro


de la aurora, apago las luces. Estoy en mi sala de trabajo. La luz de la tarde y la
luz eléctrica de las habitaciones construyen edificios complicados. Todas las
partes de los edificios son diferentes. Hay uno altísimo que parece un calabozo.
Hay otro, en la entrada de un teatro, profunda entrada, que no da ganas de
entrar. Hay lugares más humildes, con otras proporciones, pero infinitos, con
curvas y recovecos en todas partes. Todo esto, todas estas maravillas inventa la
luz, apenas perceptible. Yo alzo la mirada para recobrar mi tranquilidad. El miedo
perturba los sentidos y la perspectiva. Hay una hilera de ventanas hexagonales,
con claridad en el centro. Ningún herraje, ningún picaporte muestra donde se
pueden o se pudieran abrir las ventanas y las puertas. No hay cortinas de

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ninguna especie, ni persianas. Una casa que se prolonga en su edificación
moderna, con antiguos portales, extraños vitrales, marcos de mampostería con
listas de oro en las esquinas, que puedo imaginar. No hay nada que imaginar.
Todo esta ahí, ante los ojos y el oído que escucha.
En el primer piso, un perro grande corre o más bien descansa de sus
correrías. Oigo su respiración anhelante, apenas interrumpida por segundos. Un
perro se repone mejor que un hombre cuando ha corrido. Unos minutos bastan
para descansar. Vuelve a repartir su respiración por los cuartos, recorre un largo
trecho, casi hasta el fondo de la casa, si la casa tiene fondo, y vuelve sobre sus
pasos, jadeante, y apura el ritmo de su respiración. No es un hombre. Yo diría
que el perro podría morir si sigue respirando en esa forma. (Un hombre
también). Sin embargo, sigue devorando el espacio con su respiración. Nadie
quiere a ese perro. ¿Qué trabajos le hacen hacer?. Oigo un ruido de maderas que
se entrechocan y luego algo más duro, que se deposita en el suelo. Una caja, tal
vez; después otra. De nuevo la respiración del perro, que vuelve de la plaza, que
ha corrido y respira sin remisión. Si yo conociera a alguien importante que
ocupara un puesto en la municipalidad, le pediría que prohibiera la tenencia de
animalitos, a menos que fueran feroces, pero a este pobre animal, tan suave,
que ya conozco por sus pasos, ¿cómo puedenhacerlo sufrir?. Lo oigo llevando,
trayendo cosas pesadas, llenas de clavos y de puntas que se le clavan en las
patas, adentro de la piel. ¿Le darán agua?. En ningún momento oigo la voz
plañidera de su lengua sorbiendo el agua y las gotas que caen de la pobre
garganta. Escribiría un concierto de piano y violín para ilustrar el tono ardiente
de la voz que pide agua después de haber corrido; pero ahora, una intermitencia
en los sonidos, un grito desgarrado me hace pensar que el perro desapareció o
murió. Pido a Dios que sea pura imaginación.
El ruido cambió de ritmo. Es un ruido femenino, de trapo de piso que pasa
sobre la madera; apenas se oye.
¿Un ruido de perro puede compararse a un ruido vegetal? A la planta la
conozco. Es una planta lujosa, del primer piso. Por las mañanas la veo porque la
colocan sobre las baldosas del patio, pero no quiere estar al sol. Su manía es el
tiempo. No quiere que la rieguen, no quiere el sol. Yo, en la semioscuridad del
cuarto, adivino las formas que me rodean. Me ha crecido una pata. Respiro como
el perro. Preferiría ser planta.
Tengo puesta una falda. ¿Seré mujer? En mi pelo tengo las hojas de la
planta, con su manía del tiempo. ¿Qué quiere? Casi nada. Mirar el sol, seguir
viviendo. ¿Qué es vivir? ¿Ustedes lo saben? La planta lo sabrá, pero no tiene
idioma ni lengua, ¿cómo lo explicaría? El hombre adquirió una costumbre del
todo inútil. Todo tiene que explicarlo; si es cierto lo que explica, no importa; lo
que importa es que lo comunique y salga, si es posible, en los diarios. Los diarios
sin duda tienen gran influencia sobre el hombre. No hay hombre que no consulte
el diario para saber qué tiempo hará hoy o mañana; está viendo el día, pero eso
no le basta, tiene que leerlo en el diario. Entonces advierte que los informes se
equivocan: si anuncian buen tiempo, empiezan a caer gotas de lluvia; si
anuncian mal tiempo, el sol raja las paredes y se entreabren los zócalos de las
estatuas o la canasta de flores del jardín de aclimatación, y el buen tiempo se
vuelve mal tiempo, como en la vida; siempre lo contrario de lo que esperamos
triunfa sobre lo que no esperábamos, o viceversa. ¿Hay algún motivo para creer
lo que digo? Ningún motivo.
Dios hizo el mundo para dar felicidad. ¿Pero dónde está la felicidad? Dios la
escondió con mucha gracia y sabiduría. Yo sólo puedo alabarlo por las
maravillosas confusiones en que nos deja la mayor parte del tiempo. Nadie
puede simplificar lo que es tan simple. Recorrerán el mundo, en busca de
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anestésicos o de remedios sublunares: todos están a sus pies. "No busquen",
grita alguien, pero nadie escucha. De una equivocación siempre puede surgir una
solución, tal vez extraña pero interesante. El hombre se alarma o se regocija
inmoderadamente, como la planta que no admite el riego porque prefiere estar
bajo la sombra de algún árbol, o el perro que solo se labra una extrema
tranquilidad, porque tiene un solo amo y si pudiera aplaudir aplaudiría, pero
nunca lo pudo hacer, salvo agitar la cola para expresar su alegría. ¿Pero quién
vive de tantas nimiedades?. Yo creo que todo es muy extraño. ¿Habrá otro
mundo tan raro, tan contradictorio?.
Estoy mirando la pata que me ha salido. No sé lo que sucederá cuando se
encienda la verdadera luz y deje de estar en esta semioscuridad, tan llena de
sorpresas, tan rica en invenciones.
"El miedo de mi miedo me da miedo." Esta frase absurda es una frase
memorable, la recordaré: los ladrones presos, los criminales que no han sido
descubiertos, las mujeres que aman a otro hombre, que es el engañado, los
niños en la oscuridad tremenda de la noche o sobre una montaña altísima que
ofrece el suicidio a cualquiera. ¿Sabrán los perros qué es el miedo? Los he visto
temblar, los he oído más bien, y esta vez el perro está temblando, vuelve con su
respiración terrible, de animal salvaje; en lugar de respirar con apasionada
angustia, ahora tiembla. Oigo su temblor apoyado sobre las maderas del piso,
oigo el suspiro impaciente de su esperanza. ¿Qué espera? ¿Nunca he sabido lo
que puede esperar un hombre; cómo podría ahora saber lo que espera un perro?
Un perro que no conozco, que sólo oigo por las tardes, cuando termino mi
trabajo. ¿En qué trabajo, me preguntarán ustedes? Dibujo y escribo. Escribo y
dibujo. A veces un dibujo me obliga a escribir un cuento o un poema, otras veces
un cuento me obliga a dibujar algo, algo que nunca pensé dibujar. A veces dibujo
sin modelo, otras veces escribo un cuento sin gente. Ahora dibujaré un perro. El
perro del piso de arriba de esta casa. ¿Cómo se llama? Okno. Imagino el color de
su pelo: blanco en la frente, su cuerpo casi rosado, con pinceladas grises.
Cuando encienda la luz eléctrica veré si el color del pelo es igual al que describo.
No busco todavía los lápices, ni la carbonilla ni el pastel. Todavía no sé cómo lo
pintaré o si simplemente lo dibujaré en grandes trazos oscuros cómo los
primeros dibujos de mi infancia, cuando la maestra me ponía en una mano la
carbonilla y en la otra la miga de pan para borrar. Muchas veces yo comía la
miga de pan o borraba sin querer lo mejor del dibujo y repasaba con la carbonilla
las líneas más equivocadas, que corregía echando mi cabeza para atrás,
entornando los ojos, gesto que veía hacer a los pintores o a mi maestra.
Me puse de pie, encendí la luz eléctrica. La pata que me había salido estaba
a mis pies, reemplazando uno de mis pies. Sin duda era una pata de perro,
preciosa, con las uñas curvas, el pelo blanco y gris salía de las garras. No me
asombró. El perro respiraba, su pecho se elevaba y bajaba con el movimiento
espasmódico de su ansiedad. Me arrodillé a su lado, lo acaricié, le dije algo en el
oído. Me miró con sumisión. Yo no quería sumisión, quería compañía y cariño. Le
dije: "Quédese quieto". Busqué el lápiz y el papel y comencé a dibujar muy
seriamente. Él me lamió la mano, para traerme suerte. Pero yo no sabía qué
hacer de esa pata inexorable que estaba transformándome en perro. Le dije:
"Transfórmame de nuevo en mujer, como en el momento en que te conocí". Me
miró, pero no dijo nada. Yo comprendía. Entonces me tiré a sus pies y pensé:
"¿Se dará cuenta de que soy un perro?".
Me quedé dormida en el suelo, con la cabeza apoyada sobre las baldosas
del piso, tan profundamente que no sentí que habían puesto la mesa para servir
la comida, y que alguien se asomó a la puerta y preguntó: "¿No hay nadie?". Y
yo: "¿Nosotros somos nadie?". "No creo. Discúlpeme. Creía que sólo el perro
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estaba aquí. ¿Me equivoco?" "No. Qué se va a equivocar. Aquí hay perros y
personas y los perros valen como las personas."
Dije el otro día que, si conociera a alguien que ocupara un puesto
importante en la municipalidad, aconsejaría prohibir la tenencia de animalitos y
otorgaría el permiso de tener animales salvajes. ¿Tengo o no razón? "Claro que
sí", declaró una mujer a quien no conozco.
Acaricié al perro, y cuando lo acaricié sentí que su pelo era suave como el
pasto que me seduce cuando llueve, y salí de mi cuarto corriendo, como si Dios
me hubiera ayudado a ser perro. Yo no era la misma persona. Me cubrí de pelos
y de patas, con uñas afiladas, y mi respiración volvió a vivir con la misma pasión,
y la sentí golpear dentro de mi pecho, con vehemencia. No me despedí de la sala
de trabajo ni de dibujo, ni de nada, salvo de mi libertad absoluta. Es claro que
era un perro. Un perro esclavo de su amo parece enamorado. Cuando está solo
mira por la ventana, pero si la voz que él espera lo llama, de un salto cruza el
abismo inexplicable de la ausencia y perdura.

Anotaciones

El día en que me muera caerán de mis ojos lágrimas y de mi boca palabras.


Nunca se contradicen. ¿No volveré a Italia? ¿No llegaré en góndola a Venecia?
¿No oiré las campanadas de las siete y los acordes de la tarde? Las campanadas
dicen: tal vez las oigas y tal vez llegues a Venecia pronto y tal vez se ilumine el
cielo y tal vez el mundo se transforme abruptamente. ¿En qué? En Venecia. Iré
corriendo por la plaza San Marco, por todas las edades, y no me reconoceré en
ningún espejo, por mucho que me busque, y que me busquen. No seré una niña
de siete años, ni una joven de quince, ni una columna de la iglesia, ni un caballo
de mármol, ni una rosa de estuco, ni una muñeca de 1880, ni un cuadro de
Guirlandaio ni de Rafael, y llegaré al Palazzo Ducale y lloraré; nadie sabe por
qué, ni yo misma. Lloraré oyendo las voces de los gondoleros, tristes en la
noche. No veré los cisnes de mi infancia nadando en un lago de San Isidro o en
la costa del Río de la Plata, rodeado de sauces, ni el precioso bosque de
madreselvas asesinas, que se comen los árboles.
¡La torre del reloj sin fin! No veo la hora. ¿Serán las ocho? Serán las dos
menos veinte? ¿Qué hora será? Toda hora me da miedo, como me da miedo la
hora en que quedó clavada, con sus agujas, la muerte dé Murena. Las ocho en
un reloj que no andaba y no andaría nunca.

And let me look at you as I can look at something else


someone I do not know.

Hace años, en un hotel veneciano, donde dormimos, quise correr las


cortinas al despertar. Puse tanta fuerza para abrirlas, que súbitamente cayó todo
el cortinado, con el sostén altísimo, de hierro. Si hubiese caído sobre mí, me
hubiera asesinado, ¡un peso que nadie puede sostener! Casi muero en Venecia.
La cortina era de terciopelo marrón, con flores protuberantes y por fortuna los
dobleces no traían un cuchillo en la mano.

Let me stay here for ever and ever. Amen. Forgive me, I will
wait for you at nine. It is so late, I can not imagine that you will
be here at nine. Please, come back. I can not wait till nine
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