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3.

Patología del hombre caído

3.7 Patología de los sentidos y de las funciones corporales

• El pecado ancestral introduce cambios, produce desviaciones, engendra


enfermedades, no solamente al nivel de las facultades del alma: las funciones
corporales y los sentidos, la manera como el hombre se sirve de los diferentes
órganos de su cuerpo y los modos de su percepción sensible se encuentran también
pervertidos y por eso se enferman.

• Todo el hombre ha sido creado a imagen de Dios, en consecuencia tanto su


cuerpo como su alma tenían por misión realizar la semejanza, tenía por
finalidad ser íntegramente deificado (cf Ireneo de Lyon, Contra las herejías, V,
6; 16, 1; Demostración de la fe apostólica, 11; 32; 97).

• La vida virtuosa, subrayan los Padres, es una vida de la cual el cuerpo


participa. No solamente hay «virtudes corporales» sino que el cuerpo
participa en la mayor parte de las virtudes del alma.

• Algunos carismas del Espíritu — observa s. Gregorio Palamás— «obran por


intermedio del cuerpo». El cuerpo, de manera general, por sus facultades y
sus energías «participa también en la santificación». (Triadas, II, 2, 13;
Homilías, 12).

• Al obrar en colaboración con el alma y bajo su dirección, recibe de ella la


gracia del Espíritu.

• El cuerpo está llamado a ser deificado con el alma. «Del mismo modo
— escribe s. Macario— que Dios ha creado el cielo y la tierra para que
el hombre lo habite, así ha creado el cuerpo y el alma del hombre,
para que sean su propia morada, para que él habite y repose en el
cuerpo como en su propia casa, teniendo por esposa llena de belleza
el alma bien amada». (Homilías, colección II, XLIX, 4).

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• Al subrayar la unidad fundamental del compuesto humano, la unidad del alma y
del cuerpo en la persona humana y su destino común, s. Gregorio de Palamás
escribe: «¿Cuál es la alegría, cuál es el movimiento del cuerpo que no sea una
actividad común al alma y al cuerpo? [...]

• Existen, en efecto, pasiones bienaventuradas, actividades comunes que no


sujetan el Espíritu a la carne, sino que atraen la carne a una dignidad
próxima a la del Espíritu y la obligan también a ella, a volverse hacia lo alto.

• ¿Cuáles son? Son las actividades espirituales que no vienen del cuerpo a la
inteligencia [...] sino que descienden de la inteligencia al cuerpo para
transformarlo en mejor y deificarlo por esas acciones y esas pasiones.

• [...] En los hombres espirituales, la gracia del Espíritu transmitida al


cuerpo por intermedio del alma, le da a él también la experiencia de
las cosas divinas y le permite experimentar la misma pasión del alma
que posee la experiencia divina; esta alma puesto que experimenta la
pasión de las cosas divinas, posee sin duda una parte apasionada,
digna de alabanza y divina [...].

• Cuando ella persigue esta bienaventurada actividad, deifica también el


cuerpo; el cuerpo entonces no se mueve empujado por las pasiones
corporales y materiales, [...] sino que se vuelve sobre sí mismo, rechaza toda
relación con las cosas malas e inspira él mismo su propia deificación y una
deificación inalienable». (Gregorio Palamas, Triadas, II, 12).

• Una de las funciones elementales del cuerpo, es servir de instrumento al alma en su


relación con la creación material: por medio de los sentidos corporales conoce los
seres sensibles y por los órganos del cuerpo puede entrar concretamente en relación
con ellos y obrar sobre ellos.

• La percepción sensible puerta de conocimiento de los seres materiales, es un proceso


a la vez somático y psíquico.

• En su base se encuentra la sensación, modificación física de un sentido al


contacto con el objeto que le corresponde.

• De este modo, es comunicada al alma una información objetiva en cuanto a


las apariencias del objeto.

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• Interviene entonces una segunda operación en la que el dato sensorial es
interpretado por todas las facultades que, en el alma, contribuyen a su
conocimiento.

• En un proceso complejo donde intervienen la inteligencia pero también la


memoria, la imaginación y el deseo, el objeto tal como es presentado por los
sentidos es situado en el espacio y en relación con los otros objetos, pero
también nombrado, definido en cuanto a su naturaleza, su sentido, su
función, su valor.

• Esta interpretación que constituye lo esencial de la percepción sensible, al


tomar como base un dato objetivo, el de la sensación, no se acantona en sí y
no consiste en aportar alguna forma de descripción, sino que la elabora en
función de los valores del sujeto que conoce.

• En definitiva, la percepción procede más de este último que del objeto


mismo.

• Así s. Juan Crisóstomo puede escribir: «Nuestros juicios no se forman según


la naturaleza de las cosas que nos impresionan, sino según el sentimiento del
alma que las ve por los ojos». (Juan Crisóstomo, Catequesis, II, 4).

• La forma de la percepción sensible aparece, en consecuencia, inevitablemente


relativa al estado espiritual del sujeto que percibe, en dependencia del estado
de todas las facultades que intervienen en el proceso de interpretación que
hemos evocado; ella es función especialmente de lo que, de manera general,
conoce, comprende, desea, imagina, recuerda...

• En el estado primero del hombre, todas sus facultades estaban ordenadas hacia Dios:
por ellas Adán percibía en Dios todos los seres de la Creación, reconocía por su
espíritu, en la percepción de cada uno de ellos, sus logoi o razones espirituales.

• Su percepción sensible estaba así subordinada a la contemplación natural


(theoría phisiké).

• De esta manera, él hacía de todas sus facultades que intervenían en la


percepción sensible — y en primer lugar, de todos sus sentidos— un uso
normal, sano, conforme a su finalidad natural, y de ese modo, guardaba pura
su alma, como indica s. Máximo, asignando la misma tarea al hombre
renovado en Cristo.

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• «Guardamos el alma sin mancha para el amor según Dios [...], si enseñamos
a los sentidos a percibir en toda piedad el mundo visible y todas las cosas
que contiene, para que transmitan al alma la grandeza de las razones (logoi)
que están en el corazón de las cosas».

• S. Nicetas de Stéthatos escribe en la misma perspectiva: «Cuando el espíritu


llega a las cosas sobrenaturales, los sentidos permanecen según la naturaleza.

• Se abren a las causas fuera de toda pasión. No buscan sino sus razones (logoi)
y sus naturalezas.

• Disciernen sin error sus energías y sus cualidades. No son afectadas, ni son
llevadas hacia ellas contra la naturaleza». (Máximo el Confesor, Centurias
sobre la teología y la economía, I, 14; Nicetas Stéthatos, Centurias, I, 22).

• En otra parte s. Nicetas Stéthatos enseña que «todas las acciones ramificadas en los
sentidos, la vista, el oído, el gusto, el olfato, el tacto, están movidas según la
naturaleza si buscan lo mejor» (Centurias, Del alma, 31).

• Y los Padres a propósito recuerdan cuál es este uso normal de los sentidos,
conforme a su naturaleza.

• S. Atanasio precisa así que «el cuerpo tiene ojos para ver la creación y
conocer al Creador por el orden armonioso de ésta». (Atanasio de Alejandría,
Discurso contra los paganos, 4).

• S. Juan Crisóstomo dice asimismo: «Los ojos les han sido dados para que,
ante el aspecto de la creación, den gloria al Señor», y también «el ojo está
hecho para celebrar al Creador viendo las criaturas de Dios». (Homilías sobre
los demonios, II, 3; Homilías sobre el Génesis, XXII, 3).

• Y s. Serapión de Thmuis recuerda en la misma perspectiva, las palabras que


el salmista dirige a Dios: «Hacia Ti he elevado mis ojos, hacia Ti que habitas
en el cielo. Como los ojos de los servidores están fijos en las manos de sus
dueños [...], así nuestros ojos están vueltos hacia el Señor nuestro
Dios» (Salmo 122, 1-2).

• Del mismo modo, los oídos han sido creados para que el hombre pueda
«escuchar las divinas palabras y las leyes de Dios» y para que pueda oír a
Dios en todos los sonidos del mundo.

• Y el olfato ha sido concebido para que sienta en todo ser «el buen olor de
Dios» (2 Cor 2, 15); el gusto para que guste en todo alimento «qué bueno es el

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Señor» (Salmo 33, 9) y el tacto para que toque en toda cosa al Verbo de Dios
(Jn. 1, 1).

• En resumen, la finalidad de los sentidos es contribuir a unir con Dios las


criaturas sensibles, en conformidad a la tarea que Dios asignó al hombre
cuando lo creó.

• Así s. Nicetas de Stéthatos escribe: «Dotados de sentidos, debemos percibir


bien las cosas sensibles, por su belleza elevarnos hacia el Creador, devolverle
el conocimiento irreprochable de esas cosas».

• Al utilizar sus sentidos en subordinación a su espíritu, contemplando las


razones espirituales de los seres, Adán tenía de ellos una percepción objetiva,
los conocía en su naturaleza verdadera, discernía sin error sus energías y sus
cualidades — como lo dice s. Nicetas de Stéthatos— . (Centurias, III, 72; I, 22).

• Adán y Eva, antes de su pecado, percibían la realidad de manera idéntica, puesto


que todas sus facultades y todos sus sentidos estaban enteramente acordes al Dios
Uno, y percibían según Él todas las cosas.

• Al igual que los sentidos, todos los órganos del cuerpo del hombre en su estado
paradisíaco se ejercían según su naturaleza y su finalidad verdaderas que es obrar
según Dios y con miras a la deificación.

• Así deben ellos ejercerse en el hombre renovado en Cristo, lo que hace decir
al Apóstol: «Yo los exhorto por la compasión de Dios, a ofrecer sus cuerpos
como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (Rom 12, 1).

• En el ser humano, tal como ha sido querido por Dios, las manos tienen por función
realizar en Dios las acciones necesarias, servir a la voluntad divina, obrar por la
justicia y, en particular, tenderse hacia Él en la oración. (Cf Atanasio de Alejandría,
Discurso contra los paganos, 4; Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, XXII, 3;
Macario de Egipto, Carta a sus hijos, 14; Serapio de Thmuis, Carta a los monjes, X;
Gregorio Palamas, Triadas, II, 2, 20).

• Del mismo modo, los pies tienen por función normal, permitir al hombre ir a
servir a Dios y realizar el bien. (Juan Crisóstomo, Sobre el Génesis, XXII, 3;
Macario de Egipto, Carta a sus hijos, 14; Serapio de Thmuis, Carta a los monjes,
X; Gregorio Palamas, Triadas, II, 2, 20).

• La lengua, en lo que a ella se refiere, tiene por finalidad proferir palabras de


verdad y cantar constantemente la gloria del Creador.

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• Cada órgano corporal obra de manera normal y sana cuando se ejerce en
Dios, se mueve para Dios: el corazón sirviendo de centro a la plegaria y
latiendo para Dios en la oración; los pulmones siguiendo el ritmo de esta...

• En resumen, el cuerpo está espiritualmente sano cuando tiende hacia Dios


por todas sus actividades y se vuelve así templo del Espíritu Santo (1 Cor 6,
19), cuando sus sentidos están en «buen orden», cuando todos sus órganos
son medios para llevar una vida virtuosa, caminos de contemplación e
instrumentos de unión con Dios.

• Por el pecado, ese orden se encuentra trastocado.

• El hombre, al apartarse íntegramente de Dios, desvió de su finalidad natural


y normal sus sentidos y todos sus órganos corporales, para desviarlos contra
la naturaleza hacia el mundo sensible.

• Así pervertidos y extraviados se vuelven enfermos. (Isaac de Nínive,


Discursos ascéticos, 60).

• Tanto en el plano de su cuerpo como de su alma el hombre se encuentra


alienado en una naturaleza caída contraria a su naturaleza fundamental y
verdadera.

• Cuando el Apóstol habla del «hombre viejo», dice s. Macario, «él entiende
por esto el hombre total, que tiene otros ojos además de nuestros ojos, otra
cabeza además de nuestra cabeza, otros oídos además de nuestros oídos,
otras manos además de nuestras manos, otros pies además de nuestros pies.

• Porque el Maligno ha manchado y trastornado a todo el hombre, alma y


cuerpo; y lo ha revestido de un «hombre viejo» [...] que ya no se somete a la
voluntad de Dios [...], de tal modo que el hombre ya no ve como quiere, sino
que ve y oye de manera perversa, sus pies son diligentes para hacer el mal,
sus manos cometen iniquidad y su corazón tiene malos designios». (Macario
de Egipto, Homilías (colección II), II, 2).

• Los sentidos — en lugar de suministrar al espíritu una materia para su


contemplación natural de las criaturas visibles— lo proveen de pretextos
para una multitud de «pensamientos materiales y vanos». (Cf Hesiquio de
Batos, Capítulos sobre la vigilancia, 53).

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• En lugar de estar subordinados a la inteligencia y de contribuir a su elevación hacia
Dios, lo atraen y lo rebajan hacia el mundo sensible considerado en sí mismo, lo
alienan y lo someten a éste, y le cierran así el acceso a las realidades espirituales.

• Es en este sentido que, s. Isaac el Sirio habla de «la enfermedad de las


sensaciones».

• En lugar de servir a Dios y de realizar Su voluntad, los sentidos y los órganos


corporales del hombre caído entran al servicio de sus deseos carnales, le
sirven para cometer el pecado y mantener sus pasiones.

• En primer lugar los utiliza para obtener la voluptuosidad sensible que busca.

• Así, se sirve de sus ojos «de manera perversa» para suministrar a su codicia
objetos sensibles y gozar de ellos por la mirada.

• Utiliza los oídos «de manera perversa» igualmente, al escuchar palabras


malas y gozarse al prestar atención a palabras vanas que divierten su
espíritu. (Macario de Egipto, Homilías, colección II, II, 2).

• El gusto entra al servicio de la pasión de la gastrimargía (gula).

• El olfato es «desviado hacia la variedad de los perfumes eróticos». (Atanasio


de Alejandría, Discurso contra los paganos, 5).

• El tacto sirve de órgano a múltiples pasiones.

• Apartadas de Dios, las facultades cognoscitivas dejan de interpretar según el


Espíritu el dato sensible.

• Ya no perciben en los seres las energías divinas que definen su naturaleza


auténtica, el hombre caído ya no tiene una percepción justa, objetiva, es decir,
conforme a su realidad misma, adecuada a lo que ellas son verdaderamente.

• «Casi todo lo que vemos, no lo vemos tal cual es», constata s. Ambrosio.
(Ambrosio de Milán, La muerte es un bien, 10).

• El hombre percibe los seres en función de sus deseos sensibles, los sitúa y los
ordena, les da sentido y valor en función de sus pasiones.

• De esa manera, la percepción se vuelve subjetiva y variable, en la medida en


que ya no concuerda con la realidad misma de los objetos sobre los cuales

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recae, sino que constituye una proyección de la conciencia caída de cada uno,
y cambia según la forma, la repartición y el grado de sus deseos pasionales.

• El hecho de que, a pesar de esas diferencias, todos los hombres —


considerados grosso modo— perciban por sus sentidos la realidad más o
menos de la misma manera no significa, en absoluto, que su percepción sea
objetiva, sino que manifiesta simplemente el acuerdo de las subjetividades
que comparten una decadencia común, la unicidad fundamental de las
deformaciones sufridas por la facultad perceptiva de los herederos de Adán.

• Asimismo, los órganos del cuerpo, por el pecado, se encuentran desviados de su


finalidad original, de su función normal, y comienzan a obrar patológicamente.

• Al exponer las consecuencias del pecado ancestral, s. Atanasio explica cómo


el alma hace obrar al revés todas las funciones corporales.

• «Así pone en movimiento las manos hacia una finalidad opuesta,


haciéndoles cometer asesinato»; desvía los órganos sexuales «hacia el
adulterio en lugar de la procreación legítima; en cuanto a la lengua, le hace
pronunciar maldiciones, injurias, falsos juramentos en vez de palabras de
bendición»; el alma hace que las manos — insistimos— golpeen y roben a los
hombres, nuestros semejantes; que los pies se desvíen «hacia la agilidad para
derramar la sangre» (Salmo 13, 3), el estómago hacia la ebriedad y saciedad
insatisfecha».

• [El autor de los Proverbios habla también de “manos que derraman


sangre inocente”, Prov 6, 17. Cf Macario de Egipto, Homilías
(colección II), II, 2; “Pies que corren presurosos al mal” Prov 6, 18;].

• S. Juan Crisóstomo escribe en el mismo sentido: «Miremos nuestros


miembros: encontraremos que ellos también son causa de nuestra ruina si no
estamos vigilantes; no por nuestra naturaleza, sino por nuestra negligencia».
(Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Génesis, XXII, 3).

• Al ejercer los sentidos y los órganos corporales contra la naturaleza, obran de


manera insensata, loca. S. Nicetas de Stéthatos habla del «desatino» de los sentidos.

• Y s. Atanasio escribe, subrayando la implicancia del alma en este extravío:


«Si un corredor montado a caballo en el estadio se distrajera de la meta a la
que debe llegar, y se desviara para impulsar simplemente su caballo tanto
como puede — y él puede tanto como quiere— y si ora se lanzara sobre los
espectadores, ora se arrojara a los precipicios, dejándose llevar por la rapidez

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de sus caballos, pensando que al correr así no errará la meta, así (le sucede) al
alma al apartarse de la ruta que conduce a Dios, y al impulsar los miembros
del cuerpo fuera del camino que conviene o más bien dejándose arrastrar ella
misma con ellos». (Nicetas Státhatos, Centurias, I, 6; Atanasio de Alejandría,
Discurso contra los paganos, 5).

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