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Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Ciencias Sociales

Asignatura: Historia de África Subsahariana


Estudiante: Estefanía León Ortiz
Profesor: Rafael Díaz

Religión, sociedad y economía en Nigeria: tres enfoques desde La flor púrpura de Chimamanda
Adichie

La flor púrpura (Purple hibiscus), la primera novela de la escritora nigeriana Chimamanda Adichie fue
publicada en 2003, a sus 25 años. De inmediato obtuvo un gran recibimiento por parte de la crítica,
traducido en el premio Commonwealth Writer's Prize for Best First Book en el 2005. De por sí estos ya son
hechos que merecen centrar la atención sobre una novela de una escritora mujer, proveniente de la etnia
igbo que publica en uno de los llamados países más corruptos del mundo. ¿Qué tiene de interesante este
texto para generar un impacto favorable tan repentino?

No pretendo hacer un resumen minucioso de la novela, pero sí es oportuno hablar de su argumento con el
propósito de crear una aproximación y una mejor comprensión. La protagonista, una adolescente de quince
años llamada Kambili, cuenta la historia de la desintegración de su familia. Su padre Eugene, un hombre
poderoso y fanático católico, ha ejercido un control opresivo sobre ella, su esposa Beatrice y su hijo mayor
Jaja, a quienes con frecuencia maltrata tanto física como psicológicamente. A pesar de la gran riqueza y los
lujos, el ambiente familiar es hostil. La llegada de Ifeoma, hermana de Eugene y profesora universitaria, y
sus hijos provoca la lenta desintegración del control de Eugene sobre su familia, empezando por Kambili y
Jaja, quienes ven otras realidades de la Nigeria en la dictadura de Sani Abacha, entran en contacto con otros
discursos y prácticas religiosas hasta formarse diferentes concepciones del mundo mismo.

Aquí ya he mencionado tres aspectos que me parecen fundamentales para ver el texto desde una
óptica crítica: la religión, las relaciones sociales y la economía; aspectos que permiten pensar
acerca de otro punto que quiero traer a colación: los estereotipos sobre Nigeria. No trato de
desconocer el lado oscuro de la realidad, si puede denominarse así, de este país africano, sino
cuestionar, desde la novela misma, los imaginarios peyorativos que se puede tener sobre Nigeria.
¿En verdad toda la población es pobre, es ignorante, las mujeres son sumisas al sistema
patriarcal, hay resignación ante la desigualdad y la violencia legalizada contra las personas?

Por tal motivo he decidido ver cómo desde La flor púrpura estos estereotipos negativos se ponen
en crisis sin por ello ignorar la realidad del régimen de terror de Sani Abacha entre 1993 y 1998
en Nigeria, para lo cual los mencionados tres grandes temas sirven como puntos de apoyo y guía.

Religión

Quizá el factor más importante en la novela sea el de la religión, ya que atraviesa cada página y de alguna
manera regula las acciones de los personajes. Hay que tener en cuenta que Adichie vivió en Nsukka, ciudad
al sur de Nigeria que también sirve de escenario para la historia, siendo allí la zona de mayoría cristiana e
igbo en el país. Esta es la razón por la cual la familia de la protagonista sea creyente. Aquí es donde entra a
operar el estereotipo de la familia cristiana y unida, totalmente adaptada a la religión occidental. Inclusive
eurocentrada. Es el estereotipo en el que se rige Eugene, padre de Kambili: la dicotomía entre los cristianos
“favorecidos por Dios” y los no-cristianos “condenados por Dios”. En éste último grupo, tal y como lo dice
la protagonista misma, entran todos los que no sean católicos: “

Pagano, tradicionalista, ¿qué más daba? No era católico y punto, no era un hombre de fe.
Era uno de aquellos por cuya conversión rezábamos, para que no acabaran en el fuego
eterno del infierno”
Teniendo en cuenta también que la novela está ambientada en 1995, se podría caer en el imaginario de que
los cristianos nativos del sur de Nigeria carecen del suficiente sentido común al “creer de verdad” que las
demás manifestaciones religiosas distintas de la católica pertenecen a la única categoría inmutable de
“paganas”, ya que para finales del siglo XX los discursos filosóficos, sociales y políticos luchaban por el
reconocimiento y el diálogo entre pluralidades culturales. Esto es, asimismo, caer en la dinámica sobre la
que Adichie advierte en su famoso discurso titulado El peligro de una sola historia:

La historia única crea estereotipos y el problema con los estereotipos no es que sean falsos sino que son
incompletos. Hacen de una sola historia la única historia.

No es pensar, por tanto, que el Padre de Kambili represente a todos los padres cristianos de Nigeria (de los
cuales, por supuesto, puede haber aquellos que sí lo sean), mucho menos que el cristianismo sea la religión
que forme padres abusadores, sino ver que el personaje es, ante todo, un recurso literario.

Por supuesto Adichie juega con ese estereotipo del cristiano y el no cristiano, pero no lo hace con el fin de
acentuarlo sino para transformarlo. No niega en ningún momento el que existan personas fanáticas, sino que
a ese estereotipo le añade la parte invisibilizada: los cristianos que respetan las creencias de los otros, los
tradicionalistas que hacen lo mismo, el diálogo constante que se produce entre ellos. La idea de Adichie no
es derrocar un estereotipo e implantar otra historia “única y verdadera” de Nigeria, sino cambiar el punto de
vista, ver otras historias con el fin de ampliar la noción sobre este país (cosa que también aplica para el resto
del mundo, incluyendo los países más poderosos). Así pues, opone a la figura fanática del padre la de la
cristiana comprensiva: tía Ifeoma, quien además de practicar sus creencias se preocupa por el bienestar de su
padre tradicionalista. Es dentro de la misma novela que el estereotipo de un padre dominante, claramente
embebido por la cultura patriarcal, como centro alrededor del cual gira el resto de los miembros de la
familia, entra en diálogo, conflictivo eso sí, con la otra propuesta de una mujer cabeza de hogar, profesional
y amorosa La risa siempre estaba presente en casa de Tía Ifeoma; sin importar su procedencia, resonaba en las
paredes, en las estancias contrasta drásticamente con Jaja abandonó el comedor con su plato.
Padre hizo el gesto de levantarse, pero luego se dejó caer en el asiento. Las
mejillas se le descolgaban como a un bulldog ”

Profundizando más en el choque religioso relatado en la novela sobre el cristianismo y el tradicionalismo, se puede traer a
colación la escena en la que Tía Ifeoma muestra a Kambili el rezo matutino de Papa-nnukwu, su abuelo, justo después de
que le Kambili pregunte cómo es que se puede interceder divinamente por lo que ella llama un “pagano”:

–¿Has visto qué bien se encuentra Papa-nnukwu? –me preguntó–. Lleva mucho rato
posando sentado para Amaka. Es un milagro. Nuestra Señora proveerá.
–¿Cómo puede ser que Nuestra Señora interceda por un pagano, tía?

Tía Ifeoma se mantuvo en silencio mientras introducía la pasta espesa en la olla del
caldo. Luego alzó la mirada y dijo que Papa-nnukwu no era pagano sino
tradicionalista, que a veces las cosas distintas eran igual de buenas que las que
resultaban conocidas y que el rito de declaración de inocencia que Papa-nnukwu
practicaba por la mañana, el itunzu, era parecido a cuando nosotros rezábamos el
rosario.
Aquí se puede presentir algo de lo que viene a continuación en la novela y que es el
punto al cual quiero llegar: aquellos paganos, gente no-cristiana que ha sido
satanizada por Eugene y su familia, son tan humanos como ellos mismos (incluso
queda la sensación de que pueden ser más tolerantes y comprensivos). Esto me
lleva a pensar en la construcción de una pluralidad. Adichie no se limita a darle voz
a los “invisibilizados” bajo una pretensión de caridad, sino que los deja hablar por
sí mismos, reivindicándolos desde sus posiciones en vez de verlos a través del
cristal del cristiano redentor. La sorpresa de Kambili ante el rezo de su abuelo no es
el extrañamiento de un extranjero ante algo “exótico”, caso de los exploradores en
África, como lo ejemplifica Adichie a propósito de Jhon Locke (Adichie, 2009),
sino de presenciar el otro discurso que ella no ha podido ver desde su posición pero
que siempre ha estado ahí: la tradición. Para Kambili, viene a ser la apertura de sí
misma a otras voces, pero esto también nos interpela:

–¡Chineke! No he matado a nadie ni he tomado las tierras de nadie. No he cometido adulterio. –Se inclinó de nuevo y dibujó la tercera
línea. El banco crujió–. ¡Chineke! Solo he deseado bien al prójimo y siempre he ayudado a los que no tenían nada con lo poco que mis
manos han podido proporcionarles. –Muy cerca se oyó el canto lastimero e interminable de un gallo–. ¡Chineke! Bendíceme. Haz que
encuentre suficiente comida para llevarme a la boca. Bendice a mi hija, Ifeoma. Dale lo que su familia necesita. –Se removió en el banco.
Seguro que había habido un tiempo en que su ombligo sobresalía erguido del vientre, pero ahora se le descolgaba como una berenjena
pasada–. ¡Chineke! Bendice a mi hijo Eugene. Haz que no se ensombrezca su prosperidad. Líbralo de la maldición que han arrojado
sobre él. –Papa-nnukwu se inclinó una vez más y trazó otra línea. Me sorprendió que rezara por Padre con el mismo fervor que por sí
mismo y por Tía Ifeoma–. ¡Chineke! Bendice a los hijos de mis hijos. Aléjalos del mal y condúcelos al bien. – Papa-nnukwu sonreía. Los
pocos dientes que le quedaban se veían a plena luz de un amarillo oscuro, como granos de maíz. Los huecos de sus encías habían tomado
un matiz pardusco–. ¡Chineke! A aquellos que desean el bien para el prójimo, concédeles el bien. A aquellos que desean al prójimo
sufrimiento, dales sufrimiento.
(…) Aún sonreía [Papa-nnukwu] cuando, en silencio, me di la vuelta y me dirigí al dormitorio. Yo nunca sonreía después de rezar el
rosario. En casa, nadie lo hacía.
El “pró jimo” del itunzu, como se muestra en la novela, abarca a todos los seres humanos sin importar
raza, etnia, religió n, sexo, edad, etc. Es en este sentido que nos interpela, no como lectores, sino como
pró jimos responsables de los otros. Desde luego, va muy concorde con el pensamiento de Adichie en
cuanto a ver otras historias y cuestionar la oficial: los cristianos y no-cristianos, es decir cualquier
persona, que pueden (o no) estar reconociendo la legitimidad de los otros discursos y prá cticas
culturales que han sido opacadas por el dominio occidental es también tener otra historia que
completa el estereotipo, lo deforma ampliá ndolo y poniéndolo en crisis. Este entrecruzamiento de
mundos, mejor sería decir diá logo, visto en la novela propone en ú ltimas la pluralidad, el movimiento
constante, en lugar de implantar un segundo imaginario ahora positivo e igualmente incompleto sobre
la religió n en el sur de Nigeria.

A mi juicio los personajes que mejor ilustran este argumento son Tía Ifeoma y el padre Amadi. De Tía
Ifeoma ya he hablado, de modo que quiero centrarme má s en el padre Amadi para cerrar esta secció n.
A pesar de que la novela está narrada en primera persona, por lo cual la historia está filtrada por los
juicios de la protagonista, es posible entender que el padre Amadi se mueve entre mundos:
comprende y ama al pró jimo sin por ello sacrificar sus creencias propias y su vocació n sacerdotal
cristiana. Evidentemente conoce el discurso y la diná mica del cristianismo, pero contrario a Kambili o
al mismo Eugene, es capaz de abrirse a otras prá cticas que también lo completan, como la misma
cultura africana. Aun má s importante, el padre Amadi logra poner sobre la mesa las fisuras de ese
discurso dominante, de ese estereotipo de buen cristiano en contra del no-cristiano (africano apegado
a sus raíces y cultura) impío, lo que resulta en la ruptura y su consecuente apertura de las nociones de
mundo de Kambili y del lector mismo:

El padre Amadi se puso a cantar. Su voz era má s suave que la del solista de la cinta. Cuando la canció n terminó ,
bajó el volumen y me preguntó :
–¿Te ha gustado el partido?
–Sí.
–Veo a Cristo en el rostro de esos chicos.
Me lo quedé mirando. No era capaz de ver la relació n entre el Cristo de pelo rubio colgado en la cruz bruñ ida de
Santa Inés y las piernas de los chicos llenas de picaduras de insectos.
–Viven en Ugwu Oba. La mayoría han dejado de ir a la escuela porque sus familias no se lo pueden permitir.
Ekwueme… ¿Lo recuerdas? El de la camiseta roja.
Asentí, aunque no lo recordaba. Todas las camisetas me parecían iguales al estar desteñ idas.
–Su padre era chó fer en la universidad, pero hicieron reducció n de personal y Ekwueme tuvo que dejar el instituto
de Nsukka. Ahora es conductor de autobú s y le va muy bien. Esos chicos me inspiran. (p. 192).

Hay muchos otros ejemplos de los cuales es difícil escoger solo unos pocos, pero se encuentran a lo
largo de la novela como una constante puesta en crisis de varios imaginarios a la vez, existentes tanto
en Nigeria como en nuestras formas de ver y entender este país. Pero La flor púrpura no solo
comprende la temá tica religiosa. Ahora podemos pasar a hablar de su contexto histó rico así como de
los estereotipos forjados con relació n a él.
REFERENCIAS:

La flor púrpura

Conferencia

Revista