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● ¿Qué es la sociología?

Podemos comenzar diciendo que la sociología es el estudio


sistemático de la sociedad humana. También podríamos decir que en lo más
profundo de la sociología existe un especial punto de vista que la caracteriza. La
sociología no consiste en recoger datos acerca de un tema social u otro.

La sociología es mucho más que una lista de hechos y cifras. La


sociología es, sobre todo, una toma de conciencia, una manera de pensar y de
entender de una forma crítica los fenómenos sociales. Lleva un tiempo, a veces
incluso años, hacer que esta forma de entender el mundo tome forma. Sin duda,
tiene el potencial de cambiar su vida para siempre.

No obstante, es necesario hacer una sana advertencia: la sociología


puede transformar su vida… y dañarla. En contra de la opinión general, que
defiende que la sociología es simplemente sentido común, ambos entran a menudo
en conflicto. Una vez que la sociología se arraigue en su pensamiento, estará
siempre ahí exigiéndole que «piense socialmente», cuestionando lo obvio y todo
aquello que damos por hecho y convirtiendo lo familiar en desconocido. Esto es
muy enriquecedor, incluso le hará sentirse poderoso, pero puede convertirlo en una
persona muy crítica: dotada de pensamiento crítico.

En esta sección, y a lo largo de todo el libro, nos preguntaremos qué


es lo que distingue esta manera de ver las cosas. En el cuadro siguiente vamos a
mostrar algunas definiciones estándar que pueden resultar de utilidad.

Ver lo general en lo particular

El pequeño trabajo de Peter Berger Invitación a la Sociología (1963) ha animado a


varias generaciones de estudiantes para que adquieran esta perspectiva. En él se
propone que la perspectiva sociológica consiste en ver lo general en lo particular.
Esto quiere decir que los sociólogos deben ser capaces de identificar las pautas de la
vida social observando ejemplos específicos y concretos. En otras palabras, aunque
reconocen que cada individuo es único, los sociólogos afirman que la sociedad actúa
de manera diferente según varias categorías de personas (pongamos por caso, los
niños comparados con los adultos, las mujeres frente a los hombres, los ricos a
diferencia de los pobres). Empezamos a pensar sociológicamente cuando
comenzamos a darnos cuenta de cómo las categorías generales en las que nos ha
tocado vivir definen nuestras experiencias vitales particulares.

En cada uno de los capítulos de este libro ilustraremos el impacto general que ejerce
la sociedad sobre las acciones, los pensamientos y los sentimientos de las personas
en particular. Por ejemplo, las diferencias que distinguen a los niños de los adultos
no solo reflejan su madurez biológica: otorgando un significado a la edad, la
sociedad crea lo que experimentamos como diferentes etapas de la vida. Siguiendo
las pautas sociales relacionadas con la edad, algunas sociedades esperan que los
niños sean «dependientes», que los adultos se comporten de manera «responsable»,
o que los ancianos disminuyan su protagonismo social y se retiren de las actividades
que venían ejerciendo (véase el Capítulo 13).

¿Cómo podemos estar seguros de que es la sociedad y no la biología la que define


estas pautas que relacionamos con cada etapa de la vida de una persona?
Investigando las sociedades del pasado y las sociedades actuales de otros lugares del
mundo, comprobamos que no todas las sociedades definen las etapas de la vida de
un individuo de la misma manera. En capítulos posteriores veremos que los nativos
americanos hopi conceden a sus niños un sorprendente grado de independencia, y
que en Abjazia (en la Federación Rusa) los ancianos son las personas más
respetadas y valoradas socialmente. Un vistazo sociológico a nuestro alrededor nos
revela el poder que ejerce la posición social. En los Capítulos 8 y 9 aportaremos
evidencias que demuestran que la manera en que vivimos (y, a veces, si logramos
sobrevivir o no) tiene mucho que ver con nuestra posición en la jerarquía social.
Observar el mundo sociológicamente también nos hace ser conscientes de la
importancia del género. Como señalaremos en el Capítulo 12, todas las sociedades
otorgan un significado determinado (aunque a menudo diferente) a lo que implica
ser hombre o mujer, asignando a unos y otras diferentes tipos de trabajos y
responsabilidades familiares. Y, a medida que la sociedad cambia, también lo hacen
estos significados. Hoy en día, a comienzos del siglo XXI, lo que hombres y
mujeres pueden esperar de la vida es muy distinto de lo que podían esperar a
principios del siglo XX o a comienzos del XIX. Las personas experimentan sobre sí
mismas el funcionamiento de la sociedad cuando comprueban las ventajas y las
oportunidades asociadas a ser hombre o mujer.

En la Figura 1.1 se sugiere que son muchos los factores que definen nuestras vidas

Figura 1.1

● La sociedad como una prisión

Un punto clave para pensar sociológicamente es la idea básica de que


la sociedad guía las acciones y las decisiones que tomamos en nuestras vidas. En
esta imagen, el ser humano está situado en el centro de numerosas fuerzas sociales.
Reflexione acerca de las fuerzas que han determinado su propia vida, y considere
cómo podría haber sido su vida si hubiera nacido en otro país, en otro periodo de
tiempo, o del sexo opuesto al suyo.

Puede pensar en «los muros de nuestra prisión» —las restricciones de


nuestras vidas— en relación con:

● Las culturas. ● Las divisiones sociales. ● Las economías.

● Las estructuras de poder. ● Las familias.

● Las religiones. ● La ciencia y la tecnología. (Cuestiones expuestas más


adelante en este libro).

Ver lo extraño en lo familiar

Especialmente al principio, utilizar la perspectiva sociológica es equivalente a ver lo


extraño en lo familiar.

Como Peter Berger (1963: 34) afirma en su Invitación a la sociología, «el primer
enunciado de la sociología es este: las cosas no son lo que parecen». Por ejemplo,
observar sociológicamente exige dejar a un lado la idea familiar de que la conducta
humana depende únicamente de lo que las personas deciden hacer, y aceptar en su
lugar la idea un poco extraña al principio de que la sociedad guía nuestros
pensamientos y nuestros actos. Aprender a «ver» de qué manera nos afecta la
sociedad exige cierta práctica. Si le preguntaran por qué eligió una facultad o
universidad determinada, podría dar algunas de las siguientes razones:

● Quería estar cerca de casa. ● Esta universidad tenía el mejor


polideportivo.

● Un grado en derecho en esta universidad asegura un buen trabajo.

● Mi pareja va a esta universidad. ●No me aceptaron en la universidad a la que


quería ir en primer lugar.

Estas respuestas dependen de las circunstancias personales de quien las expresa,


pero, ¿es esta toda la verdad? La perspectiva sociológica aporta implicaciones más
profundas que pueden resultar menos evidentes. Si pensamos sociológicamente
acerca del hecho de recibir una formación universitaria, nos daremos cuenta de que,
en la mayor parte del planeta y para la mayoría de las personas esta opción está,
simplemente, fuera de su alcance. Es más, si hubiéramos vivido hace uno o dos
siglos, la «elección» de ir a la universidad era una opción solo para una
reducidísima elite. Pero, incluso aquí y ahora, un vistazo a los estudiantes de un aula
universitaria sugiere que las fuerzas sociales aún tienen mucho que decir a la hora
de si un individuo decide asistir o no a la universidad. Por lo general, los estudiantes
universitarios son relativamente jóvenes (entre unos 18 y 24 años de edad). ¿Por
qué? Porque en nuestra sociedad se asocia ir a la universidad con esta etapa de la
vida de un individuo. Pero esto no tiene por qué ser así necesariamente, como lo
atestigua el crecimiento del número de «estudiantes maduros». Por otro lado,
realizar estudios universitarios implica asumir ciertos costes económicos, de modo
que los estudiantes suelen pertenecer a familias con ingresos superiores a la media.
Los jóvenes que tienen la suerte de pertenecer a familias que ejercen su actividad
laboral en el sector servicios (clase media) tienen una probabilidad diez veces
mayor de ir a la universidad que aquellos que pertenecen a familias de la clase
obrera. También existen diferencias según la etnia y el género de los estudiantes. De
modo que, en una primera aproximación, la sociología se propone mostrar las
pautas y los procesos por los cuales la sociedad determina aquello que hacemos. La
individualidad en el contexto social A menudo, la perspectiva sociológica desafía el
sentido común poniendo de manifiesto que la conducta humana no es tan
individualista como podríamos pensar. Para la mayoría de nosotros, la vida
cotidiana es el resultado de decisiones individuales. Así nos felicitamos cuando nos
salen bien las cosas y nos echamos la culpa cuando estas no resultan como
esperábamos. Orgullosos de nuestra individualidad, incluso en los peores
momentos, nos resistimos a la idea de que actuamos según pautas sociales. Pero
quizás la demostración más fascinante de cómo las fuerzas sociales afectan a la
conducta humana se encuentre en el estudio del suicidio. ¿Por qué? Porque nada nos
parece más personal que la «decisión» de quitarnos la propia vida. Es por esto que
Emile Durkheim (1858-1917), un pionero de la sociología y al que mencionaremos
en varios capítulos de este libro, eligió el suicidio como tema de investigación. Si
era capaz de demostrar que un acto tan íntimamente personal como el suicidio
estaba determinado sociológicamente, entonces habría establecido argumentos
sólidos para el estudio de la sociología. ¡Y lo hizo! Fue capaz de demostrar que las
fuerzas sociales influyen en el acto aparentemente tan propio o personal como el de
quitarse la vida. Durkheim comenzó estudiando casos de suicidio en su Francia
natal y alrededores. Las estadísticas mostraban claramente que algunas categorías de
personas tenían una probabilidad mayor que otras de suicidarse. Concretamente,
Durkheim encontró que los hombres, los protestantes, los ricos, y los solteros
mostraban una tasa de suicidio más alta que las mujeres, los católicos o judíos, los
pobres y las personas casadas, respectivamente. Durkheim dedujo que estas
diferencias correspondían a diferentes grados de integración social de las personas.
Las tasas de suicidio bajas caracterizaban a categorías de personas con fuertes lazos
sociales, mientras que las tasas de suicidio elevadas correspondían a personas más
individualistas y socialmente solitarias.

Ciertamente, en las sociedades dominadas por los hombres que


estudió Durkheim, estos disfrutaban de más autonomía que las mujeres. Durkheim
llegó a la conclusión de que, independientemente de las ventajas que suponga la
libertad para los hombres, la autonomía implica una integración social menor, lo
cual contribuye a una tasa de suicidios más alta entre los hombres. Lo mismo ocurre
con los protestantes, cuya individualidad les predispone más al suicidio, a diferencia
de los católicos y los judíos, cuyos rituales fortalecen los lazos sociales. Los ricos,
evidentemente, tienen más libertad de acción que los pobres, pero también una tasa
de suicidio más elevada. Finalmente, los solteros, con lazos sociales más débiles que
los casados, también corren un riesgo más elevado de suicidarse.

Un siglo más tarde, el estudio de Durkheim aún sigue siendo tema de


debate. La Tabla 1.1 muestra las tasas de suicidio en el mundo. Así, por ejemplo, en
casi todos los países, los hombres muestran una probabilidad mayor que las mujeres
de suicidarse; excepto en China. Las estadísticas que tenemos del suicidio en China
sugieren un patrón muy diferente del patrón occidental que describió Durkheim.
China, con el 22 por ciento de la población mundial, cuenta con el 40 por ciento de
los suicidios en todo el mundo: una tasa de suicidio asombrosamente alta. Y,
mientras que en el occidente industrializado el suicidio de los hombres supera al de
las mujeres en una proporción de tres o cuatro a uno, en China la tasa de suicidio de
las mujeres supera a la de los hombres. Asimismo, mientras que en Occidente el
suicidio se relaciona con la vida urbana, en China es tres veces más elevado en los
entornos rurales (New Scientist, 22 marzo 1997: 34-37). En consecuencia, y a la
vista de estas estadísticas, los sociólogos están intentando detectar pautas sociales
más amplias, capaces también de explicar la excepcionalidad del suicidio en China.

Las pautas del suicidio no son constantes en todo el mundo. Las cifras
más recientes sugieren que:

●En los últimos ciento cincuenta años, la tasa de suicidio ha aumentado en un 60


por ciento en todo el mundo.

●En 2000, aproximadamente un millón de personas se suicidaron (16 de cada


100.000 o una persona cada 40 segundos).

●El suicidio es una de las tres principales causas de muerte en el intervalo de edad
entre los 15 y los 44 años (en ambos sexos).
●Los intentos de suicidio son hasta 20 veces más frecuentes que los suicidios
consumados.

En Estados Unidos:

●Mueren más personas por suicidio que por homicidio.

●En 1997 hubo 1,5 veces más suicidios que homicidios.

●En total, el suicidio es la octava causa de muerte entre los norteamericanos; la tercera
entre los jóvenes de 15 a 24 años.

●Es cuatro veces más probable que un hombre se suicide a que lo haga una mujer; sin
embargo, es más probable que una mujer intente suicidarse a que lo haga un hombre.

En el Reino Unido:

●El 75 por ciento de los suicidas son hombres.

●El suicidio supone el 18 por ciento de las muertes entre los jóvenes.

●La tasa de suicidios creció significativamente desde 1885 hasta los años noventa. Desde
entonces, ha disminuido aproximadamente un 10 por ciento.

●Durante el año 2004 y en todo el Reino Unido e Irlanda se suicidaron 37 hombres menos
que en el año anterior (4.479 suicidios masculinos se documentaron en 2003). Los suicidios
femeninos crecieron de 1.529 a 1.569. (Fuente: Befrienders International, www.
befrienders.org/ (2007); http://www.samaritans.org/.)

Convendría que analizara estas cifras y considerara qué tendencias sociales se pueden
deducir a partir de ellas, así como los problemas que representa su interpretación. Las tasas
de suicidio ponen de manifiesto pautas sociales generales en las acciones más personales de
los individuos.