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La economía del poder: una reevaluación entorno a la hegemonía teotihuacana


en el territorio mesoamericano

Chapter · January 2006

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Natalia Moragas Segura


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ANTROPOLOGÍAS • HISTORIAS • LENGUAJES • SOCIOLOGÍAS

EL PODER COMPARTIDO

y Gerardo Gutiérez Mendoza


ENSAYOS SOBRE LA ARQUEOLOGÍA DE ORGANIZACIONES
POLÍTICAS SEGMENTARIAS Y OLIGÁRQUICAS

Este libro busca definir modelos de estructura política alternativos al mo-

Annick Daneels
delo de gobierno centralizado de Occidente, es decir, un gobierno diri-

(coordinadores)
gido por un único y poderoso gobernante. La investigación fue motivada
por dos factores: el primero es que el modelo de gobierno “monolítico” de
Occidente no corresponde bien con la evidencia arqueológica de México
y Centroamérica relacionada con estructuras políticas; y el segundo, el
hecho de que en años recientes se han propuesto numerosos modelos que
plantean alternativas a aquel Estado monolítico, los cuales reconocen la
importancia política de grupos que están fuera de la jerarquía estatal di-
recta: las entidades de los estados segmentarios, las facciones, los aliados
atraídos por las distintas estrategias de los líderes políticos, que pueden ser
comunitarias o excluyentes, y las relaciones heterárquicas entre distintas
jerarquías.

ENSAYOS SOBRE LA ARQUEOLOGÍA DE ORGANIZACIONES


El libro examina las “poliarquías”, gobiernos donde el poder está seg-
mentado y compartido y donde los distintos sectores se integran por vías
que van más allá de las relaciones de jerarquía. En este texto se critican los
modelos monolíticos aplicados a Mesoamérica, y se proveen estudios de
caso sobre estructuras políticas que no se conforman al modelo unitario,
monolítico. Siete capítilos están basados primordialmente en datos etno-

POLÍTICAS SEGMENTARIAS Y OLIGÁRQUICAS


históricos de Mesoamérica y siete realizan su interpretación a partir de
datos arqueológicos. Estos capítulos señalan que el rechazo del modelo
centralizado de gobierno tiene además implicaciones para la compren-
sión del urbanismo, el parentesco y las estructuras sociales.

EL PODER COMPARTIDO
Annick Daneels y Gerardo Gutiérrez Mendoza
(coordinadores)

EL PODER COMPARTIDO
ENSAYOS SOBRE LA ARQUEOLOGÍA DE ORGANIZACIONES
POLÍTICAS SEGMENTARIAS Y OLIGÁRQUICAS

P U B L I C A C I O N E S D E L A C A S A C H ATA

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El poder compartido

Ensayos sobre la arqueología de organizaciones


políticas segmentarias y oligárquicas

PUBLICACIONES DE LA CASA CHATA


El poder compartido

Ensayos sobre la arqueología de organizaciones


políticas segmentarias y oligárquicas

Annick Daneels y Gerardo Gutiérrez Mendoza

(editores)
Corrección: Herlinda Contreras Maya
Tipografía y formación: Herlinda Contreras Maya
Diseño de portada:
Cuidado de edición: Coordinación de Publicaciones del ciesas

Primera edición: 2012

D. R. © Centro de Investigaciones D. R. © El Colegio de Michoacán, A. C.


  y Estudios Superiores en Antropología Social   Martínez de Navarrete 505
  Juárez 87, Col. Tlalpan, C. P. 14000,   Fraccionamiento Las Fuentes
  México, D. F.   C. P. 59690, Zamora, Michoacán
 difusion@ciesas.edu.mx  www.colmich.edu.mx

ISBN

Impreso y hecho en México


Índice

Introducción.............................................................................................................. 9
Annick Daneels y Gerardo Gutiérrez Mendoza

Capítulo 1. Hacia un modelo general para entender................................................... 27


la estructura político-territorial del Estado nativo mesoamericano (altepetl)
Gerardo Gutiérrez Mendoza

Capítulo 2. El altepetl y la estructura urbana en la Mesoamérica prehispánica............. 69


Kenneth G. Hirth

Capítulo 3.La estructura político-territorial del altepetl de Cholula............................. 99


Michael Lind

Capítulo 4. Linajes y “casas” señoriales de los tolteca chichimeca de Coixtlahuaca ..... 115
en la Mixteca de Oaxaca
Carlos Rincón Mautner

Capítulo 5. Linajes, poder y conflicto: la Sierra Norte de Oaxaca en el siglo xviii....... 173
María de los Ángeles Romero Frizzi

Capítulo 6. Segmentación y acción colectiva: un acercamiento .................................. 205


cultural-comparativo sobre la voz y el poder compartido en los Estados premodernos
Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

Capítulo 7. Estructura político-territorial y organización gubernamental ................... 237


en las formaciones estatales tempranas de China
Walburga Wiesheu

Capítulo 8. Palacios en el Centro de Veracruz: ........................................................... 263


un posible caso de gobierno dual en el periodo Clásico
Annick Daneels

7
Índice

Capítulo 9. La Joyanca, Petén noroeste, Guatemala: .................................................. 285


un caso de segmentación interna y su interpretación política
Eva Lemonnier

Capítulo 10. Las “casas” nobles de los barrios de Teotihuacan: ................................... 313
estructuras excluyentes en un entorno corporativo
Linda Rosa Manzanilla Naim

Capítulo 11. Modelos de organización política compartida ....................................... 333


en el Mediterráneo antiguo: viejos modelos para nuevas ideas
sobre el modelo corporativo en Teotihuacan
Natalia Moragas Segura

Capítulo 12. Los orígenes del microestado en el sur de la Costa del Golfo: ................ 349
el caso de los olmecas durante el periodo Formativo
Olaf Jaime Riverón

Capítulo 13. Sociedades de rango medio en el norte de México: ................................ 365


el caso de la comunidad del Valle de Onavas, Sonora
Emiliano Gallaga Murrieta y Gillian E. Newell
Introducción

Annick Daneels
Instituto de Investigaciones Antropológicas
Universidad Nacional Autónoma de México

Gerardo Gutiérrez Mendoza


Universidad de Colorado, en Boulder

Este libro nace de la preocupación de analizar e interpretar formas de organización


política distintas de aquellas basadas en el modelo de monarquía absoluta con una
burocracia centralizada y jerárquica. En cierta medida la historia, pero con mayor
fuerza la arqueología, han abusado de este modelo para explicar formas de organización
política pretéritas. Así solemos hablar de emperadores, imperios, reyes y reinos indios,
y los equiparamos con un sistema político ideal basado en el modelo de la monarquía
absoluta, en especial aquella surgida en España, Francia e Inglaterra durante el siglo
xvii. En casos más extremos demandamos que las antiguas unidades políticas se com-
porten como un Estado nación moderno, y nos maravillamos de aprender que en la
mayoría de los sistemas políticos antiguos no había ejércitos permanentes, y que sus
límites políticos no estaban bien demarcados con fronteras selladas e inviolables.
Desde hace tiempo sabemos que el tipo de gobierno basado en un soberano “ab-
soluto” no tomó forma en Europa misma sino hasta el siglo xvii. Míticamente se
marca la firma de los tratados de Osnabrück y Münster (Paz de Westfalia), en el año
1648, como el parte aguas entre formas de gobierno poliárquicas o heterárquicas
previas y el establecimiento de un sistema europeo basado en el dominio del monarca
sobre su nobleza, la Iglesia y, por supuesto, por encima de cualquier forma organiza-
tiva popular. No obstante, hemos sido lentos en adaptar nuestras interpretaciones a
esta realidad, pues es difícil romper con conceptos y estructuras que resultan cómodos
y entendibles para nuestros valores actuales. Hemos creado modelos y explicaciones
que nos suenan lógicos y “científicos,” pero que no tienen nada que ver con las estruc-
turas sociales, políticas e ideológicas del pasado.
En el mismo caso europeo, basta con remontarnos un poco en el tiempo para
observar que mucha de la organización política europea de la Edad Media y del Rena-
cimiento se basó en una estructura política que dependía de alianzas de grupos con
esferas de dominio militar o económico, tanto verticales (sistemas de rangos de noble-
za) como horizontales (alianzas o rivalidades matrimoniales, comerciales, diplomáticas
o militares). De igual forma, los territorios de dicha nobleza no eran contiguos y sus

9
10 Annick Daneels y Gerardo Gutiérrez Mendoza

extensiones eran cambiantes y fluidas, dependiendo de su suerte política. Esa estruc-


tura de poder político tuvo que tomar en cuenta el apoyo o el rechazo del poder reli-
gioso representado por Roma, así como, después del siglo xiv, el poder económico de
los mercaderes y “burgueses” de las ciudades que lograban escapar de los señores feu-
dales, obteniendo privilegios que compraban del rey. La amplia información histórica
que existe sobre esos periodos permite entender la complejidad de los engranajes del
poder en las organizaciones estatales preindustriales.
Si el sistema del gobernante absoluto no se aplica a Europa antes del siglo xvii,
¿qué podemos decir acerca de otras regiones del mundo, y en especial de Mesoaméri-
ca? Los modelos predominantes en la investigación antropológica de México y Cen-
troamérica, es decir, la historia cultural, el materialismo histórico y el procesualismo,
derivan de paradigmas positivistas y mecanicistas, en los que se da por válida la relación
simplista de dominio/subordinación-explotación, derivada del modelo conceptual de
la teoría política occidental decimonónica. La historia cultural aprecia las “altas cultu-
ras” y las considera “civilizaciones” cuando están integradas a nivel de Estados gene-
ralmente monárquicos, mientras que el materialismo histórico y el procesualismo,
desde su perspectiva evolucionista, se satisface con comprobar la existencia de clases
dominantes y subordinadas (por ejemplo, Childe, 1950; Piña Chan, 1960: 40, 79).
Más recientemente, muchos investigadores han tomado conciencia de que, más
que ayudar a explicar la organización política de las sociedades nativas con la aplicación
mecánica del modelo absolutista, se oculta la diversidad de prácticas de interacción
política y las particularidades históricas en la resolución de los problemas de organiza-
ción a través de tiempos, espacios y culturas variados. La reevaluación ha llegado de
dos vertientes. Por una parte, las fuentes etnohistóricas y epigráficas han revelado una
gran variedad de sistemas de gobierno y cogobierno que reflejan una gran gama de
formas de interacción entre gobernantes y gobernados, distintas al modelo del gober-
nante autocrático. Por otra parte, desde hace algunos años han surgido modelos alter-
nativos en la interpretación arqueológica, que han encauzado la serie de
investigaciones que continúan hasta la fecha. Entre éstos merecen mención cuatro
trabajos: el Estado segmentario, el faccionalismo, la oposición entre sistemas corpora-
tivos o excluyentes, y la heterarquía.
El primero, propuesto originalmente por Fox (1987), y luego popularizado sobre todo
en el área maya, retoma un modelo etnológico africano, en que el poder se llama
“segmentario” cuando la forma de organización política de los centros subordinados dupli-
ca aquella de la capital, pero en una escala menor lo que otorga un alto grado de autonomía
(Fox et al., 1996; Houston, 1997; Houston y Escobedo Ayala, 1997, criticado por Marcus
y Feinman, 1998; no se confunda con la organización tribal de linajes segmentarios). Aquí,
Introducción 11

El Estado está formado por un territorio central y pequeño rodeado por territorios
periféricos y semiautónomos. El jefe (o rey) mantiene la superioridad ritual sobre el
territorio completo, pero su poder político está limitado a su territorio central […]
los jefes territoriales, como el jefe central, combinan el poder político, militar, judicial
y económico en un solo puesto hereditario. (Fargher y Blanton, en este volumen)

En el nivel arqueológico se deduce la presencia de tal organización mediante trazas


urbanas similares, pero de escalas distintas, y de la evidencia de prácticas rituales aso-
ciadas con los ámbitos de élite, y de una diferenciación clara entre las residencias de
élite y de comuneros (tanto en la calidad de las edificaciones como en el acceso a re-
cursos locales y foráneos). En primera instancia, este modelo se enfoca en la relación
entre élites, más específicamente entre los gobernantes de los distintos segmentos,
resaltando la autonomía económica y administrativa de los gobernantes subordinados,
ligados al centro por alianzas establecidas a título personal, por medio del culto, del
parentesco, del matrimonio o por alianzas defensivas. En estos sistemas, la posibilidad
de escisión es alta: los segmentos subordinados pueden fácilmente cambiar de alianza,
independizarse o incluso erigirse en rivales del centro original. Que un tal sistema
haya existido en Mesoamérica puede explicar el tamaño relativamente pequeño de las
entidades estatales, y los fenómenos de fractura y fragmentación que se han observado
repetidamente durante la caída de los grandes Estados territoriales.
El segundo trabajo, sobre el faccionalismo, sintetizado en un libro editado por
Brumfiel y Fox (1994), también analiza el ejercicio del poder en el ámbito de las élites,
pero en el gobierno central. Dicho trabajo investiga la existencia de grupos rivales que
contienden por el poder político entre cacicazgos y Estados tempranos en el Nuevo
Mundo. Este modelo incluye los conceptos de “agencia” desarrollados por Barth
(1966) y Giddens (1979), al reconocer la importancia de los individuos como actores
sociales. Los actores se manejan en contextos de conflicto y oposición en su propia
clase, cuando compiten por recursos o prerrogativas, y son los verdaderos promotores
del cambio social. Es ésta una posibilidad teórica que no existía en los modelos tradi-
cionales, como en el del materialismo histórico, en el que el conflicto se da entre las
clases (mientras que en ellas opera la solidaridad).
El tercero es el propuesto por Blanton y sus colegas (Blanton et al., 1996; Feinman,
2001), basado en un trabajo previo de Renfrew (1974) sobre los cacicazgos
“individualizantes” o “comunitarios”. Este acercamiento resalta la oposición entre 1) el
“modo de interconexión”, cuya estrategia de acceso al poder, por parte de los gobernantes,
está dirigida hacia la autopromoción (por lo tanto, excluyente o exclusivista), a través del
control de redes de intercambio de materiales suntuosos y sistemas simbólicos, y está ge-
neralmente asociada al concepto “derecho divino a gobernar”, y 2) el “modo corporativo”,
12 Annick Daneels y Gerardo Gutiérrez Mendoza

que se basa en la promoción de la solidaridad grupal, integrando otros miembros de la


comunidad en las tomas de decisión (principalmente económicas). Aquí se usa el término
“Power Sharing”, o compartir el poder, que analiza la medida en que la élite depende de la
aportación de la población para el ejercicio de su gobierno y, como consecuencia, se ana-
liza el potencial de la población de controlar el desempeño del gobernante. Este acerca-
miento es distinto a los anteriores, ya que no analiza las relaciones de poder de la clase
dominante, sino entre la |clase dominante y la población en general.
Finalmente, el concepto “heterarquía” fue introducido en la arqueología mexica-
na por Crumley, quien también analiza casos de poder compartido o contrabalancea-
do (shared or counterpoised power, Crumley, 1995: 3). El concepto “heterarquía” se
maneja en oposición al de “jerarquía” que presupone que los sistemas están organiza-
dos de acuerdo a una estructura coherente con base en una serie de criterios o leyes
particulares. La heterarquía analiza aquellas partes de un sistema (jerarquizado) que se
comportan de acuerdo a leyes o criterios distintos a los de la jerarquía. Investiga cómo
distintos individuos o grupos que actúan por fuera de, o de manera paralela, al sistema
jerárquico en una organización colaboran en su gestión y en su desarrollo diacrónico.
A diferencia de los estudios de faccionalismo, no se restringe a los grupos de élite, sino
que analiza la interacción en el nivel (horizontal) y entre los distintos niveles (vertical
o diagonal). Como es posible observar, la arqueología está reconociendo finalmente la
diversidad y la interacción entre varios componentes de un mismo sistema, incluso
dentro de un subsistema. El retraso en esta línea de investigación, que en la antropo-
logía social ya lleva medio siglo de desarrollo, se debe a problemas metodológicos en
la interpretación del registro arqueológico.
El impacto de estas propuestas alternativas es aún modesto en la investigación
sobre la organización política prehispánica del México antiguo, comparado con los
modelos más jerárquicos. Se puede observar, por ejemplo, en la influyente obra sobre
los Estados arcaicos de Marcus y Feinman (1998), que se publicó de manera más o
menos contemporánea con las anteriores. Si bien estos autores coinciden en la intro-
ducción al respecto de que es importante de promover el uso de categorías émicas, y
reconocen que el uso de modelos occidentales no sirve para explicar una realidad
mesoamericana, su reflexión sobre el gobierno político está dominada por el análisis
del poder del jefe de Estado, tanto en su extensión geográfica sobre los señores subor-
dinados, como en su grado de concentración. Así también, un trabajo de reflexión
reciente sobre las formas de organización política maya (Okoshi et al., 2005 gira en
torno a los conceptos de dominio de territorio por un gobernante, citando, pero sin
profundizar en ellas, figuras históricamente conocidas como el ah kin, o sumo sacer-
dote, que comparte el poder con el rey, o las formas de consejos, como el popol nab, y
los gobiernos confederados conocidos como multepal.
Introducción 13

Esta preocupación nos animó a realizar una convocatoria abierta para discutir las
formas de organización distintas a las de gobernante único. El resultado fue un sim-
posio organizado en el marco de la XXVIII Mesa Redonda de la Sociedad Mexicana
de Antropología: “Pueblos Indígenas: Cultura y Nación”, que tuvo lugar en la ciudad
de México del 6 al 10 de agosto de 2007. Este simposio, organizado por los editores
del presente volumen, en conjunto con Kenneth Hirth, se intituló Gobiernos
Segmentarios y Sistemas Poliárquicos en el Pasado y el Presente: Estudios Compara-
tivos. El tema del simposio buscaba sustentar la existencia de sistemas de gobierno en
el que el poder del gobernante se comparte con varios grupos, de allí el título del
presente volumen, El poder compartido.
En primera instancia se buscaba evidencia arqueológica de gobiernos duales o
múltiples, la existencia de los cuales se conocía a través de las fuentes históricas, como
el tlatoani/cihuacoatl del altiplano central (por ejemplo, León Portilla, 2003: 139;
Blanton y Fargher, en este volumen), el aquiach y tlaquiach de Cholula (Carrasco Pi-
zana, 1971; Lind, en este volumen), el gobierno dual de Coixtlahuaca (Rincón Maut-
ner, en este volumen) y por otra parte el ya citado batab/ah kin de la zona maya (Roys,
1943), o el sistema cuádruple de los quichés (Carmack, 1981). Sin embargo, las con-
tribuciones rebasaron este enfoque hasta abarcar también otras propuestas que evalúan
la participación de individuos en las tomas de decisión de un asentamiento o en una
entidad política. Algunos de los trabajos (Gutiérrez Mendoza, Romero Frizzi, Lind,
Hirth, Rincón Mautner) resaltan la interacción entre los miembros de la élite, como
clase dominante que se reserva el derecho de gobierno basado en una descendencia
dinástica privilegiada por (supuestos) lazos de parentesco con el ancestro fundador o
dios tribal, situaciones ampliamente documentadas en la historia mundial, y conocidas
también en México por las fuentes postclásicas y coloniales, así como por la epigrafía
maya. Otra serie de contribuciones enfocan los niveles de poder, en principio subal-
ternos, que en muchas instancias pueden limitar las atribuciones o incluso rivalizar
con el gobernante. Se incluyen propuestas basadas en el modelo de comunidad (Jaime
Riverón, Gallaga Murrieta y Newell), concepto que se desarrolla como un modelo
teórico que permite entender la interacción entre la unidad habitacional básica, don-
de reside la familia, y el gobierno de un territorio, visto desde el nivel intermedio de
toma de decisión en una sociedad (véanse Canuto y Yaeger, 2000). Este concepto
puede relacionarse a nivel histórico con el calpulli (Gutiérrez Mendoza, Hirth, Lind).
Otra serie de contribuciones (Manzanilla Naim, Lemonnier) se acerca al mismo tema
a partir del concepto “maison” (casa) de Claude Lévi-Strauss, que recientemente ha
conocido una aplicación en la arqueología (Joyce y Gillespie, 2000; Gillespie, 2007).
En este caso, la casa representa una unidad de análisis más pequeña, en el sentido de
que puede haber varias de ellas en una comunidad, pero todavía agrupa mucho más
14 Annick Daneels y Gerardo Gutiérrez Mendoza

que una familia nuclear. El modelo, al igual que el de oikos que está estrechamente
relacionado, deriva de la etnografía y de la historia, y tiene la ventaja de representar
una célula de composición social definida y reconocida, cuyos miembros están ligados
política, social, económica y religiosamente, pero están internamente jerarquizados en
cuanto al grado de parentesco, género, edad, posición y actividad (aparte de familiares,
puede haber empleados, clientes, dependientes, esclavos, etcétera), bajo la autoridad
de un jefe tipo “pater familias”. El reto es establecer los distintos niveles y espacios de
interacción en el registro arqueológico. El principio de la “casa” podría relacionarse
con los modelos segmentarios, en la medida que la autoridad del jefe de la casa refleja
a pequeña escala la autoridad que ejerce el gobernante sobre las casas que conforman
una comunidad, y en última instancia la del “rey” sobre las comunidades de una enti-
dad (si se usa el concepto “segmentario” en el sentido estructural, no en el sentido
económico propuesto en este volumen por Fargher y Blanton).
Aunque contamos con la participación de especialistas de varias regiones del mun-
do, por el carácter del congreso, enfocado mayoritariamente en temas de antropología
mexicana, y por los sesgos provocados a través de las redes académicas en las que están
insertos los mismos organizadores, los participantes fueron principalmente investiga-
dores activos sobre Mesoamérica y el norte de México. A pesar de ello, varios de los
participantes tienen una formación o un interés marcado en estudios transculturales,
con lo que ofrecen un panorama de casos que van desde la China temprana, Grecia y
Roma antigua, o casos históricos europeos, asiáticos y africanos, con el interés adicio-
nal de compararlos directamente con situaciones arqueológicas o históricas nacionales.
Los temas y casos tratados rebasaron el sujeto estricto de poliarquías y se acercaron a
la definición y los mecanismos de interacción entre los niveles jerárquicos, desde la
población dispersa o nucleada hasta el gobernante nominal.
La calidad de las contribuciones llevó a la decisión de reunirlas en una obra im-
presa, como una aportación sobre el tema de la organización política en el México
antiguo, a través del estudio de las fuentes prehispánicas y coloniales, los modelos
comparativos y la arqueología, con el objetivo de obtener un corpus de información
que nos ayude a entender mejor la evidencia arqueológica, que es la única disponible
para mucha regiones y periodos del país. La reunión de estos estudios no pretende
resolver ni explicar la organización política mesoamericana, sino promover la discusión
y la presentación de argumentos que nos acerquen a un mejor entendimiento de las
distintas formas de organización de sistemas estatales premodernos.
Son trece las contribuciones que conforman el presente libro. Cinco de ellas par-
ten de las abundantes fuentes prehispánicas y coloniales del Centro de México y
Oaxaca para entender la organización política en el periodo Postclásico. El estudio de
los linajes, de las formas de fundación de los pueblos, de sucesión y secesión, muestra
Introducción 15

un mundo donde lo rural y lo urbano no son distintos, donde un señorío no debe


representar un territorio continuo, donde las alianzas matrimoniales y militares crean
una sutil jerarquía entre una nobleza que conforma una clase, no solamente distinta
en lo social, sino a veces hasta en lo étnico y lo lingüístico, de una población organi-
zada en comunidades y de cuyo tributo y labor depende.
En los primeros tres capítulos, Gutiérrez Mendoza, Hirth y Lind se concentran
en las fuentes del Centro de México: el valle de México y el valle de Puebla-Tlaxcala.
Cada uno se acerca al concepto del altepetl, su conformación por múltiples calpultin,
y la compleja relación entre macehuales y pipiltin. Abordan también las jerarquías en
los linajes de la aristocracia y el alcance y las limitaciones del poder del tecuhtli y del
tlatoani a través de consejos de nobles, civiles, militares o religiosos. Coinciden en que
la comunidad del calpulli, ya sea nucleada o dispersa, urbana o rural, posee una orga-
nización interna jerarquizada en torno a un recinto administrativo cívico o religioso,
que ha sido considerado el bloque constitutivo de la sociedad mesoamericana del
Postclásico. Es la integración de los componentes básicos en grupos cada vez mayores
lo que crea la compleja organización política que hizo posible la emergencia de grandes
experimentos urbanos y Estados e “imperios” indígenas. Sin embargo, sus contribu-
ciones también ponderan las limitaciones del modelo originalmente propuesto por
Lockhart (1992). En este sentido, Gutiérrez Mendoza realiza una síntesis que intenta
generalizar la organización político-territorial del Postclásico a través de un modelo
gráfico que captura las complejas ligas y pactos de obediencia entre nobles y comune-
ros, basados en la tenencia de la tierra. Resalta la importancia de tomar en cuenta las
propiedades de prebenda de la nobleza menor y los haberes patrimoniales del gober-
nante, con sus servidores y terrazgueros, como entidades distintas de los calpultin. Su
modelo muestra cómo la dispersión de los terrenos de los calpultin y de los pipiltin es
resultado de una estrategia (astucia, según Torquemada), a la vez económica (diversi-
ficar los productos obtenidos) y política, para evitar la escisión de los segmentos que
componen la entidad (usando el término “segmento” en el sentido estructural del
modelo segmentario, como unidades administrativamente similares y económicamente
sustentables). En ese mismo modelo nos muestra cómo los altepeme están dirigidos
por múltiples gobernantes que conforman los pequeños y grandes Estados nativos a
lo largo y ancho de Mesoamérica.
La contribución de Hirth analiza asimismo el concepto altepetl, pero desde el
punto de vista urbano, y comparando el valle de México con el de Puebla-Tlaxcala.
Plantea la necesidad de alejarse del concepto occidental de urbanismo, basado en una
dicotomía entre lo rural y lo urbano, ya que la información etnohistórica indica que
las ciudades del altiplano parecen ser agregados nucleados de población sin claros lími-
tes corporativos o de integridad política. A este tipo de estructura la llama “urbanismo
16 Annick Daneels y Gerardo Gutiérrez Mendoza

segmentario”: los grandes poblados o centros urbanos están subdivididos en múltiples


unidades administrativas semiindependientes, en las que las comunidades o segmentos,
tanto rurales como urbanos, son partes iguales y sin jerarquía del altepetl político mayor.
Argumenta que esta forma de urbanismo segmentario se da en el Postclásico también
en la Mixteca Alta, la Huasteca, la zona maya yucateca y de tierras altas. Por su parte,
Lind presenta un resumen de los abundantes textos históricos acerca de un altepetl
concreto: Cholula, con un gobierno dual asumido por miembros de la dinastía princi-
pal de la ciudad, elegidos por los jefes de linajes subordinados, quienes a su vez se
conformaban como un consejo con un líder electo. Esta rica información histórica
muestra cómo, cuando menos en Cholula, el acceso y el ejercicio del poder están cla-
ramente negociados entre los distintos niveles de administración (de calpulli, de barrio,
de consejo, y de gobernante), y a su vez mediado y condicionado por la pertenencia a
sistemas de parentesco jerarquizados (linajes principales y subordinados).
Los trabajos de Rincón Mautner y Romero Frizzi enfocan casos de la zona norte de
Oaxaca. La contribución de Rincón Mautner presenta un retrato detallado del desarro-
llo histórico del gobierno dual de Coixtlahuaca, a partir de lienzos genealógico cartográ-
ficos coloniales y la arqueología. Señala que la escasez de tierras con potencial de
producir excedentes agrícolas contribuyó tempranamente a una marcada estratificación
social en esa región, por lo que el señorío pudo conformarse mucho más temprano de lo
que hasta ahora se había pensado. Este autor descubre en el lenguaje que describe al ñuu,
la unidad social más pequeña que compone al señorío, significados múltiples que rela-
cionan la tierra, con la gente y sus dioses, lo que refuerza la identidad de la colectividad
con su territorio e historia, lo que sustenta el origen muy antiguo de este sistema de go-
bierno. Describe un sistema segmentario que acomoda las alianzas entre diferentes etnias
y varias casas señoriales, una confederación de altepeme con un gobierno supremo com-
puesto de dos linajes étnicamente y lingüísticamente distintos que compartieron el poder.
Romero Frizzi, a través de dos estudios de caso zapotecas, demuestra, por las dife-
rencias en los mecanismos de legitimación, la jerarquía existente entre los linajes nobles
gobernantes de entidades, al parecer independientes. La autora parte de la lectura de
documentos coloniales, los títulos primordiales, que en la sociedad indígena del siglo
xvi suplen el papel de los mitos de fundación. Así, marca la diferencia significativa
entre el caso de Juquila, en el que el título es expedido y el derecho de los cuatro ante-
pasados es avalado por el propio rey en España, mientras que en el caso de Totolingo,
los mismos privilegios están legitimados por un título firmado por los nobles zapotecas
de Juquila y los españoles de la autoridad religiosa y política oaxaqueña. La estructura
del título, con la migración y la validación mediante el poder de la autoridad divina, es
la misma en ambos casos, y remonta a un esquema prehispánico, pero el prestigio y el
poder implícito de los que avalan el documento marca la jerarquía entre los linajes.
Introducción 17

En su contribución, Fargher y Blanton se acercan a la sociedad azteca del Centro


de México en el Postclásico desde un amplio ejercicio comparativo con sistemas de
organización estatales premodernos en Europa, Asia y África. Su criterio se basa en el
grado de reciprocidad entre gobernador y gobernados, analizando las fuentes de in-
greso, el grado de burocratización, los mecanismos de control sobre el comportamien-
to del gobernante y la implementación de servicios públicos. Muestran que en
situaciones en las que el gobierno obtiene sus ingresos de una forma independiente de
sus gobernados, y puede hacerlo sin su injerencia, entonces el sistema es excluyente
(en los que incluyen los llamados Estados segmentarios); en el caso contrario, será
colectivo, con sistemas eficaces de recolección y redistribución de bienes. Es interesan-
te que su estudio, al ver la relación vertical entre gobernante y población, opone lo
corporativo a lo segmentario, pues considera que el gasto en bienes suntuarios para el
uso exclusivo de una élite de gobierno es una característica propia de un sistema
segmentario, con poca participación de la población. Por lo tanto, consideran que el
poder se comparte en las organizaciones corporativas, y no así en las segmentarias.
Esta aplicación se opone a la mayoría de los otros autores, que usan el modelo
segmentario para analizar el grado de autonomía (o sea, la medida en que el poder se
comparte entre) de las élites que gobiernan segmentos de un Estado frente al gobierno
central, con base en la presencia de módulos estructuralmente similares, aunque a
distintas escalas (Gutiérrez Mendoza, Hirth, Lemonnier, en este volumen). Así, mien-
tras Gutiérrez Mendoza y Hirth pueden argumentar que la sociedad azteca tiene una
estructura segmentaria, Blanton y Fargher consideran que no es un Estado segmentario,
aplicando estrictamente los criterios del modelo original de Southall, particularmente
el criterio de flujo económico. El trabajo es denso, ya que representa un resumen de
su extensa obra recién publicada, Collective Action in the Formation of Pre-Modern
Status (2008), pero, como tal, representa una oportunidad para que los lectores hispa-
nohablantes tengan acceso a su interesante propuesta.
Siete contribuciones se basan en estudios de caso arqueológicos y complementan
su argumentación con la extrapolación de fuentes históricas y con estudios compara-
tivos. El rango espacial y temporal de estas contribuciones es también más amplio que
el de los primeros siete capítulos: contemplan desde Sonora a Chiapas, y desde el pe-
riodo Preclásico olmeca al momento del contacto, pasando por los Estados del periodo
Clásico de Teotihuacan, el Golfo y la zona maya, además hay un trabajo sobre la Edad
de Bronce de China. En los casos de Wiesheu (China) y de Daneels (Centro de
Veracruz) se observa la presencia de construcciones especializadas para la religión y la
administración política como principio de organización central de las ciudades
­tempranas. Mientras que para Daneels la evidencia de dos palacios en torno a la plaza
principal de un sitio del Clásico en el Centro de Veracruz sugiere una separación de
18 Annick Daneels y Gerardo Gutiérrez Mendoza

poderes y la necesidad de su colaboración en el ejercicio de gobierno, o sea, un gobier-


no dual, Wiesheu propone que el monarca chino temprano de las dinastías Xia y Shang
combina las atribuciones políticas y rituales en su propia persona, por la institucionali-
zación del culto dinástico, en el que el monarca difunto es divinizado como ancestro.
Sin embargo, en el caso chino, el poder está repartido en un patrón segmentario, tanto
en el sentido estructural como en el sentido económico, con la sociedad organizada
como una confederación de grupos de descendencia patrilineales, conformados por
clanes y linajes mayores y menores, y un control gubernamental que no se ejerce tanto
sobre un territorio fijo sino más bien sobre los recursos.
En el caso maya de Lemonnier, la presencia de unidades administrativas, estruc-
turalmente y funcionalmente parecidas al palacio principal, refleja un sistema de co-
gobierno de linajes que pueden ser cooperativos o rivales, unidos bajo un rey cuyo
poder es más nominal (patente en la epigrafía) que real, en términos del tamaño de la
dominación y del volumen de su espacio en el asentamiento.
Manzanilla Naim, al analizar el caso del conjunto de Teopancazco en Teotihuacan,
recurre al barrio como unidad constitutiva y política en la organización urbana, desde
la perspectiva de la maison de Lévi-Strauss. Maneja la maison como una entidad inter-
media entre los llamados “conjuntos residenciales”, que albergaban a la población y el
gobierno central. Dirigidas por élites intermedias que buscan, en primera instancia, su
autonomía y enriquecimiento por medio de estrategias excluyentes (de acuerdo al mo-
delo de Blanton et al., 1996), estas casas representarían centros de poder político que
entrarían en competencia con el discurso corporativo promovido por el gobierno cen-
tral para integrar una población multiétnica, provocando un debilitamiento sociopolí-
tico que sería finalmente la causa del colapso de la ciudad. Moragas Segura, analizando
asimismo Teotihuacan, lo hace desde el concepto del oikos, históricamente sustentado
en los griegos y romanos antiguos (y no desde su aplicación económica en Mesopota-
mia, como lo usa Manzanilla Naim). Resalta el aspecto del oikos en cuanto a comunidad
jerarquizada de la casa, que incluye la familia y los dependientes, bajo un “jefe de fami-
lia”, que tiene los derechos absolutos, políticos, religiosos y económicos sobre los miem-
bros. A su vez, la reunión de estos pater familias para la resolución de problemas que
atañen a la comunidad (luego a la ciudad) lleva a la conformación de una élite gober-
nante que, en principio, se maneja como pare pero últimamente se jerarquiza. Los
paralelos históricos marcan cómo la organización por medio de oikoi sienta las bases
para el gobierno de la ciudad y para la reproducción de la sociedad en contextos de
colonización. Si bien coincide con Manzanilla Naim en la importancia del oikos o barrio
en Teotihuacan, como nivel de toma de decisión intermedio en la organización social
de la ciudad, marca la necesidad de analizar más detenidamente la articulación de los
distintos niveles de integración: desde el llamado “conjunto departamental”
Introducción 19

teotihuacano, la manzana de 60 × 60 m que conforma la base de la traza urbana y de la


residencia familiar, al barrio que agrupa varios conjuntos, sede del pater familias en el
modelo, y la relación del barrio con los distritos que se han propuesto de la antigua
metrópolis, cuyos centros serían los llamados “conjuntos del tres templos” (distritos
que, a su vez, en el modelo cuatripartita de Manzanilla Naim, serían parte constitutiva
de los cuadrantes de la ciudad).
A pesar de tratar contextos cronológicamente y espacialmente opuestos: el periodo
Preclásico olmeca y el momento del contacto en Sonora, Jaime Riverón por un lado y
Gallaga Murrieta y Newell por el otro se acercan a las sociedades de que estudian la
complejización incipiente, tomando como punto de partida la comunidad en su ex-
presión arqueológica (a diferencia de Gutiérrez Mendoza, Hirth y Lind, que la derivan
de las fuentes). Jaime Riverón utiliza las relaciones económicas entre comunidades, y
más particularmente las diferencias en las redes de distribución de las industrias líticas
de uso doméstico y suntuario (obsidiana, basalto y jade), para sustentar que la etapa
temprana de la organización olmeca, evidenciada en San Lorenzo, fue un cacicazgo
complejo, mientras que la etapa tardía representada por La Venta ya sería un Estado,
pero de tipo microestado. Gallaga Murrieta y Newell, cuyos trabajos refieren al norte
de México, parten de un contexto considerado histórica y teóricamente de complejidad
baja, o nula, para evidenciar que existió una jerarquización de la sociedad, usando los
datos de tamaño y complejidad de los asentamientos, la distribución preferencial de
bienes suntuarios (en particular la turquesa) y la presencia de sitios de uso ritual.
En conjunto, los autores de las contribuciones tocan varios temas relevantes: la
comunidad, la aristocracia, la organización segmentaria, el microestado. Varios de los
autores tratan el primer tema: el conjunto de corresidentes integrados a través de lazos
consanguíneos, políticos o simbólicos, incluyendo dependientes y servidores, en gran
proporción autosuficiente en su producción, gobernado por un jefe de familia que
forma el enlace con los niveles de gobierno superiores. Este aspecto no ilustra el tema
original de la obra, sobre el cogobierno en los niveles más altos, pero aporta importan-
tes apreciaciones sobre la solidez del tejido social y la naturaleza de la interacción entre
pueblo y líder, más allá de los esquemas dicotómicos de separación de clases y subordi-
nación/explotación tan en boga hasta hace poco. Los nombres varían: el barrio o calpu-
lli (Lind, Gutiérrez Mendoza), la comunidad (Hirth, Jaime Riverón, Gallaga Murrieta
y Newell), el oikos (Manzanilla Naim, Moragas Segura), la maison (Manzanilla Naim,
Lemonnier). Estos conceptos no son sinónimos unos de otros, pero tienen en común
que se acercan al nivel de organización intermedia en una sociedad. Los autores procu-
ran averiguar a través de las fuentes y los vestigios arqueológicos la composición de la
comunidad y su potencial de injerencia en las tomas de decisión en los niveles medio y
alto, en la interacción entre la población y el jefe de la comunidad. Esta comunidad se
20 Annick Daneels y Gerardo Gutiérrez Mendoza

considera el bloque constitutivo de la organización sociopolítica, del que hay que defi-
nir la expresión material en su espacio, tiempo y conformación, y del que hay que
evaluar la naturaleza de su participación en la toma de decisiones políticas. Hirth, en
este aspecto, es el que anticipa concretamente las muchas dificultades a las que se en-
frentará el arqueólogo en campo, a la hora de aproximarse a tal comunidad. Moragas
Segura plantea las interesantes posibilidades que abren los paralelos con el oikos griego
y las familias romanas, con sus propiedades urbanas y rurales no contiguas, su integra-
ción en parientes, clientes, empleados, esclavos, libertos, bajo el control legal y econó-
mico de un pater familias, y a su vez miembro de una gens. Estos modelos ofrecen
asimismo muchos puntos de coincidencia con las descripciones de los calpultin histó-
ricos presentados en esta misma obra.
La aristocracia, o nobleza, palabra que usamos para referirnos tanto a la clase go-
bernante o noble del Postclásico (pilli en oposición a macehual), como a los grupos
definidos como de élite por la arqueología, la iconografía y la epigrafía en los periodos
anteriores, tiene un rol central en la política mesoamericana. La mayoría de las contri-
buciones analizan el papel de sus miembros como gobernantes, como rivales, como
sistema familiar, como aliados de distinto rango, como jefes de comunidad, ya sea a
través de vívidas fuentes escritas o por medio de la evidencia material. El motivo de
reflexión recurrente, a partir de los modelos de faccionalismo, segmentación y hete-
rarquía, es su integración a nivel horizontal (entre pares) y vertical (en su posición
entre su comunidad y su soberano), y su grado de autonomía en el ejercicio del poder.
La organización segmentaria es un tema que ha logrado entrar en los debates
mesoamericanos en un pasado relativamente reciente. Fue introducido en primera
instancia por los mayistas para explicar la organización estatal maya durante el Clásico
y del Postclásico. No obstante, después de los ataques al modelo feudal, este modelo
ha tenido detractores y campeones (véanse, Fox et al., 1996; y Houston, 1997, para
un resumen). Algunos rechazaron rotundamente que se pudiera aplicar al caso maya,
por ser un modelo derivado de organizaciones preestatales (Marcus, 1995). Algunos
autores posmodernos, defendiendo las ventajas del deconstructivismo, recuperaron
del modelo original de los alur de Southall (1956, 1988), basado en la organización
en módulos o entidades estructuralmente y funcionalmente iguales, económicamente
y políticamente autónomos, aliados en torno a uno de los módulos considerado como
principal por razones religiosas. Esta interpretación del modelo se pudo aplicar con
aparente éxito en varios ámbitos: el trópico húmedo (Daneels, 2004; Borstein, 2005;
Laporte Molina, 2001; Lemonnier, en este volumen), el altiplano central (Gutiérrez
Mendoza y Hirth, en este volumen), o las zonas templadas (China: Wiesheu, en este
volumen). Aunque no se trata de casos de cogobierno, en el sentido que se considera
cada entidad dirigida por un jerarca, el Estado segmentario refleja una organización
Introducción 21

bastante horizontal, a nivel de élites, con alianzas entre pares, con una precedencia
consensuada de un individuo, con base en premisas ideológicas. En esta obra, Fargher
y Blanton parten de su teoría de la acción colectiva para evaluar en el Estado segmentario
la relación de poder entre gobierno y población (y no entre las élites, como los autores
precedentes). Así, promueven la aplicación más estricta del modelo del Estado
segmentario, al tomar en cuenta no sólo el aspecto de modularidad estructural, sino
también los criterios del grado de reciprocidad entre gobernado y gobernante (en as-
pectos de ingresos, burocracia, mecanismos de control y servicios públicos). Su estudio
comparativo lleva a la conclusión de que la independencia económica del gobernante
de un Estado segmentario le permite actuar sin injerencia ni obligaciones hacia sus
súbditos, por lo que es un sistema excluyente, en el que el poder no está compartido
con la base (a diferencia de los sistemas corporativos, como la organización de la Triple
Alianza). Así, este volumen pone en la mesa de discusión el uso del término
“segmentario” en el estudio de la organización sociopolítica y del poder compartido.
Por último, el microestado, que en este volumen utilizan Jaime Riverón para acer-
carse a la unidad política olmeca; Daneels, al Clásico del Centro de Veracruz; y Gallaga
Murrieta y Newell, a Paquimé, es un tema que fue introducido en la investigación
mesoamericana por Montmollin (1995), aunque, como aclara Jaime Riverón, tiene una
larga tradición en la investigación en el mundo antiguo, particularmente en su aspecto
de la ciudad Estado (trabajado como una categoría distinta en México —véanse, Ni-
chols y Charlton, 1997; Hansen, 2000, 2002)—. Argumenta que el microestado es un
modelo que ayuda a entender el cambio entre los cacicazgos complejos y los Estados
territoriales. Su propuesta refuerza la de los defensores de los Estados segmentarios,
quienes también consideran que los Estados de tamaño reducido son más típicos y
“normales” en Mesoamérica (entre otros, véanse Laporte Molina, 2001; Daneels, 2004
y Chase, A., Chase D. y Smith, 2010).
Los acercamientos teóricos a la comunidad, a la aristocracia, al Estado segmentario
y el microestado, amplían y enriquecen nuestro entendimiento de la organización po-
lítica de las antiguas sociedades mesoamericanas, y las formas en que el poder se distri-
buye a lo largo (de manera vertical), y a lo ancho (de manera horizontal), entre los
segmentos de la población. El uso de las fuentes ayuda a entender mejor los mecanismos
de interacción que, con base en la pura evidencia material, serían difíciles de interpretar.
A su vez, los datos arqueológicos revelan la profundidad inesperada de ciertos compor-
tamientos y formas de organización que se pensaban eran desarrollos tardíos en la his-
toria de Mesoamérica, como el sistema de gobierno dual. Por otra parte, los enfoques
comparativos con culturas de otro espacio y tiempo nos recuerdan que fenómenos si-
milares (como las colonias o los palacios) pueden tener trayectorias causales muy dis-
tintas, por lo que es importante evaluar alternativas antes de asegurar una interpretación.
22 Annick Daneels y Gerardo Gutiérrez Mendoza

En conjunto, como ya avisamos, este libro propone materia de discusión más que
soluciones. Pero es una recopilación que toca el rango de tipos de organización perte-
necientes al México antiguo, desde la cultura temprana de los olmecas, las grandes
civilizaciones del Clásico de Teotihuacan y de los mayas, y los Estados históricamente
documentados del Postclásico, hasta los grupos supuestamente primitivos del norte
árido. Además, muestra la aplicación de los recientes modelos analíticos, derivados de la
antropología social, desde la perspectiva de la agencia y de las relaciones no sólo jerár-
quicas y verticales, sino también las transversales. Al aplicarse a casos prehispánicos,
marca claramente cómo estos modelos tienen alcances y limitaciones impuestos por
la propia naturaleza de la evidencia arqueológica. Resalta la variabilidad en las formas
de organización políticas registradas u observadas, y recuerda la necesidad de evaluar
alternativas y de ser sensible a diferencias, antes de guardar los casos en los viejos cajo-
nes teóricos. Así, este volumen contribuye a la literatura antropológica, todavía limi-
tada en idioma español, pero cada vez más extensa, que procura entender la
organización política de la Mesoamérica antigua desde su evidencia interna, y no
desde modelos impuestos.

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26 Annick Daneels y Gerardo Gutiérrez Mendoza

FIGURA 1.1
Distribución geográfica

Distribución geográfica de los tres géneros de gobierno y vida de los indios,


de acuerdo con el sistema español de finales del siglo xvi.
Capítulo 1
Hacia un modelo general para entender la estructura político-
territorial del Estado nativo mesoamericano (altepetl)

Gerardo Gutiérrez Mendoza


Universidad de Colorado en Boulder

Las unidades políticas mesoamericanas vistas como


behetrías o Estados gobernados por consejos

Nos narra el jesuita Joseph de Acosta en su Historia natural y moral de las Indias, que
el rey Felipe II ordenó averiguar acerca del origen, ritos y fueros de los indios (De
Acosta, 1976: 304). Con base en dicha averiguación, el mismo De Acosta nos propor-
ciona una síntesis de tres tipos de gobierno y formas de vida que los españoles encon-
traron en América al momento de la conquista, en específico: 1) la monarquía; 2) la
behetría; y 3) el bárbaro.
De acuerdo con esta clasificación, el reino de Moctezuma fue el ejemplo más
claro de un gobierno monárquico, si bien del tipo “tiránico”. De Acosta utiliza tal
término en referencia a los tiranos griegos, los cuales se entronizaban ilegítimamente
sobre formas de gobierno democráticas. De hecho, el autor especula que antes del
surgimiento de dicha “monarquía” azteca, la forma de gobierno predominante de las
Indias Occidentales (América) habían sido las “behetrías”; un tipo de gobierno basado
en el “consejo de muchos”. Finalmente De Acosta asienta que el tercer género de go-
bierno que se encontró entre los indios fue el “bárbaro”, el cual se define como gentes
que viven sin rey, sin asentamientos permanentes y sin leyes.
Los letrados hispanos extendieron este sistema de clasificación al resto de sus do-
minios americanos, en un esfuerzo por simplificar la gran diversidad de formas de
gobierno indígenas que se encontraron a su paso. De Acosta nos proporciona por es-
crito un sencillo mapa mental con la distribución geográfica de los tres sistemas de
gobierno indios a nivel continental (véase la figura 1.1), y a su vez propone una seria-
ción del sistema, tanto en su aspecto temporal como en el evolutivo. En su entendi-
miento, el gobierno bárbaro había sido la forma de vida original de los primeros
habitantes de las Indias Occidentales, y cuyas características todavía se conservaban en
Brasil y Norte América. Para los ojos españoles todos los chichimecas de la Nueva
España tenían dicha clase de gobierno.
Por su parte, en algunas regiones específicas (como el gran círculo del Caribe,
Mesoamérica, las costas de Perú y Chile, y otros puntos aislados de Norteamérica),

27
28 Gerardo Gutiérrez Mendoza

ciertos gobiernos bárbaros habían evolucionado en “behetrías”, con base en la industria


y agencia de algunos hombres principales. En este esquema “evolutivo” propuesto por
De Acosta, sólo dos behetrías: 1) la azteca, en el centro de México; y 2) la inca, en
Cuzco, alcanzaron la forma de gobierno monárquico en una etapa tardía de su desa-
rrollo. Tanto incas como aztecas habrían, entonces, extendido esa forma de gobierno
monárquico a otras regiones adyacentes a través de la guerra y la conquista.
Lo arriba expuesto representa un esfuerzo sintético de los académicos, teólogos y
demás funcionarios hispanos para entender y administrar las poblaciones nativas de
sus territorios coloniales. A pesar de cualquier error conceptual o interpretativo que
nuestras metodologías histórica y antropológica actuales pudieran imputarle a este
modelo de gobiernos indios, debemos reconocer que dicha clasificación se basó en la
observación de cientos de sociedades nativas al momento mismo del primer contacto,
así como en una intensa reflexión de casi un siglo sobre la naturaleza de América y sus
habitantes.1 Por lo tanto, dejando a un lado el estribillo fácil de que los españoles no
entendieron en nada a los indígenas, en este trabajo queremos explorar, ¿cómo era esa
forma de vida basada en el gobierno de muchos, que los españoles decidieron equipa-
rar con la institución castellana medieval de la behetría?
Las behetrías o benefactorías castellanas hacían referencia al derecho que tenían
los habitantes de ciertos pueblos para elegir a sus gobernantes, negociando las condi-
ciones de vasallaje y de servicios entre los súbditos y el señor electo. Había dos tipos
dominantes: 1) las behetrías de mar a mar, que permitían que los electores votaran a
su señor entre candidatos de cualquier procedencia y 2) las behetrías de linaje, las
cuales reducían el universo de candidatos únicamente a los nobles locales.
Para el caso de los sistemas políticos indios, De Acosta no aclara qué tipo de be-
hetría se aplicaba, si la de mar a mar o la de linaje; sin embargo, decide darnos más
detalles de cómo eran las behetrías indias. En primer lugar, De Acosta no pone mucho
énfasis en la característica casi democrática de elegir al señor que tenían las behetrías
peninsulares, y prefiere destacar el hecho que las behetrías americanas se estructuraban
en torno a consejos de gobierno. Explica que en tiempo de paz cada pueblo o congre-
gación se gobernaba por sí y tenía algunos principales a quienes respetaba la gente
común. Dichos principales se reunían de tiempo en tiempo para tratar negocios de
importancia y decidir qué les convenía. En tiempos de guerra, por otro lado, elegían
un capitán de entre los principales, a quien toda la nación o provincia obedecía (De
Acosta, 1976: 305). Por desgracia, De Acosta nos abandona en este punto y no pro-
fundiza en la manera en cómo se estructuraban política y territorialmente las behetrías

1 Tal discusión comenzó a raíz del descubrimiento mismo de las Antillas en 1492, y seguía aún en la
época en que De Acosta publicó su obra en 1590.
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 29

indias, en especial aquellas de la Nueva España. Sigamos, sin embargo, la última pista
que nos proporciona cuando hace mención a que algunos otomíes conservaban dicho
tipo de gobierno a finales del siglo xvi (De Acosta, 1976: 305).
En su monografía global de los otomíes, Pedro Carrasco Pizana rescata varias re-
ferencias que indican que las unidades políticas otomíes y otros grupos asociados es-
taban organizados en parcialidades o segmentos, cada uno de los cuales propor­cionaba
un cogobernante al sistema político (Carrasco Pizana, 1950). El caso más llamativo es
el que describe Zorita acerca de Matlatzinco, donde se asegura que antes de que los
matlatzincas fueran conquistados por los mexicas, contaban con tres señores naturales
organizados en torno a un interesante sistema de jerarquías (Carrasco Pizana, 1950:
107-108; Zorita, 1941: 148-149). Se nos dice que uno de tales señores era considera-
do el mayor, el cual era seguido en importancia por un segundo de menor jerarquía y
por un tercero, con un estatus un poco menor al del segundo señor.
En caso de muerte del primer señor, era reemplazado en su puesto por el segundo
señor y, a su vez, el tercer señor saltaba a la posición dejada por el segundo. La tercera
posición era ocupada por el hijo o el hermano del primer señor fallecido, según quién
tuviera mayor dignidad, y así se perpetuaba el sistema, cuidando que nadie sucediera
inmediatamente al padre o al hermano, sino que debían ir subiendo de grado en gra-
do, y la tercera posición era tomada siempre por aquel que era electo de entre los
miembros más propincuos de la casa de señor muerto. Zorita abunda y explica que
cada uno de esos señores tenía sus pueblos y barrios conocidos, sobre los que ejercían
su jurisdicción, pero que cuando se llevaban a cabo negocios de poca importancia, lo
resolvía el tercer o segundo señor, o bien juntos; y cuando el negocio era de gravedad,
se juntaban los tres señores, y entre los tres determinaban lo que procedía.
Dadas las características de elección del señor, de acuerdo con su linaje, y a que las
decisiones de gobierno trascendentales se tomaban con base en consejos de múltiples
principales, resulta fehaciente por qué los españoles llamaron “behetrías” a tales siste-
mas políticos. Como es obvio que los posibles candidatos a ocupar el cargo de señor
se reservaban únicamente al hijo o al hermano de los gobernantes fallecidos, tales
behetrías serían de linaje. La propuesta de este estudio es que, con variantes particula-
res y regionales, tal sistema político no se restringía al caso otomí, sino que fue el sis-
tema dominante de Mesoamérica, al menos durante el periodo Postclásico, pero con
raíces más profundas que quizá se hayan originado desde el periodo Formativo.
De la misma forma intentaré proporcionar un modelo que trate de capturar los
rasgos esenciales del sistema político mesoamericano y su operación en la esfera terri-
torial. Planteo como supuesto central que el altepetl o Estado nativo, en lengua náhuatl,
debe analizarse como un sistema político basado en el gobierno de muchos segmentos
(poliarquía), y no como una monarquía con tintes absolutistas. Supondré que tales
30 Gerardo Gutiérrez Mendoza

poliarquías se gobernaban a través de consejos políticos formados por al menos dos,


tres, cuatro o más gobernantes, según los segmentos o parcialidades del altepetl o nú-
mero de tlayacatl que compusieran una unidad política mayor.
Los acercamientos postestructuralistas en boga nos obligan a historiar las grandes
abstracciones en las que usualmente hemos basado nuestras reconstrucciones del pa-
sado, al tiempo que la teoría social nos encomienda la búsqueda del actor por encima
de su estructura social. No obstante, contrario a las recomendaciones postestructurales,
aquí pretendo esbozar un “modelo general” de la unidad política mesoamericana. Sin
duda habrá colegas que piensen que este trabajo no es más que un ejercicio tipológico,
estructuralista, con sesgo elitista, con una agenda evolucionista unilineal, y un tanto
desfasado, pues pretende buscar generalizaciones en un campo en el que lo que se
pretende ahora es el entendimiento histórico particular que cada entidad nativa debe-
ría dominar. En efecto, reconozco que este trabajo tendrá un sesgo formalista y que
presentará una generalización destinada a fallar, en especial si se pretende aplicar al
estudio de casos particulares. A pesar de este pronóstico fatal, soy de la opinión que la
abstracción ideal nos auxiliará a observar con mayor claridad la unicidad de los casos
particulares. Propongo la construcción de este modelo general con el objetivo de pro-
porcionar una herramienta heurística en el estudio de los Estados nativos meso­
americanos. Pues, a pesar de todas sus particularidades, es innegable que todos ellos
comparten muchas similitudes. Dejo que cada lector decida qué le interesa más: la
unicidad de cada grupo social que alguna vez habitó Mesoamérica, o bien los puntos
de encuentro y las coincidencias de las estructuras políticas indígenas. Me excuso de
antemano con todos mis colegas por utilizar únicamente los conceptos políticos na-
huas del centro de México. Pido que cada uno de ustedes se encargue de corregir esta
situación, rescatando las categorías nativas regionales y de cada una de las lenguas de
Mesoamérica. Dado que esto es un esfuerzo que supera el conocimiento de un solo
investigador, me veo obligado a acotarme a los conceptos nahuas que han sido ya
bastante discutidos por varias generaciones de investigadores.

Antecedentes en la búsqueda del altepetl

Fue Charles Gibson, en su célebre obra The Aztec Under Spanish Rule (1964), quien
trajo a la mesa de discusión el término “altepetl”, que había permanecido a la vista de
todos en las obras de los cronistas e historiadores coloniales del siglo xvi, sin que nadie
se ocupara de analizarlo. Gibson entiende que el altepetl hace referencia a lo que los
españoles llamaron “pueblo”, el cual era un ente social y territorial compuesto de
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 31

múltiples elementos; básicamente una cabecera que estaba formada por múltiples
barrios, en torno a la cual giraban un número de asentamientos llamados “estancias”
(véase la figura 1.2). La cabecera de este sistema estaba habitada por uno o más señores
principales. Tanto en los barrios como en las estancias vivían algunos pipiltin (nobles
de menor jerarquía), así como macehualtin organizados en calpultin, posiblemente
grupos corporativos organizados en torno a una lista tributaria.
Es de notar que Gibson no clarifica en su modelo ¿qué hay en el espacio intersticio
que separa la cabecera de sus estancias? Dado que Gibson utilizó la palabra “town”
para traducir la palabra española “pueblo,” pienso que, en su modelo, él consideraba
que tanto los barrios como las estancias eran espacios construidos, es decir, asen­
tamientos compactos con presencia de tejido urbano, calles, casas y edificaciones pú-
blicas. Por lo que se puede suponer que en el intersticio se encontraban los campos de
cultivo asignados a los barrios y estancias2. En inglés se entiende que town es un asen-
tamiento urbano más grande que una villa, pero más pequeño que una ciudad. Por
desgracia, dicha traducción introdujo un elemento de confusión, pues ésa no era la
acepción original de la palabra “pueblo” en el siglo xvi, creándose una falsa dicotomía
entre lo rural y lo urbano en su análisis (Gutiérrez Mendoza, 2003; Hirth, en este
volumen). Otro problema de este modelo es haber asentado la idea de que el altepetl
presenta un territorio discontinuo, con entreverado de tierras (véase la figura 1.3).
Inesperadamente esta última premisa ha evolucionado recientemente en modelos
que niegan los valores territoriales indígenas, e intentan explicar la estructura del Es-
tado nativo mesoamericano únicamente con base en un sistema de asociaciones per-
sonales. A lo largo de este trabajo sostendré como falacia teórica y metodológica todo
intento de crear una dicotomía entre los vínculos territoriales y personales de las uni-
dades políticas nativas.
Los resultados obtenidos con la metodología de Gibson proporcionan una prime-
ra escala de análisis en la que se descubre solamente la organización funcional de la
unidad política, es decir, las ligaduras sociales y tributarias entre macehualtin y pipiltin,
y su distribución espacial. En efecto, tales vínculos personales pueden ser discontinuos
en el espacio, pero de ninguna manera hay en este modelo una explicación del porqué
de ese entreverado, ni un tratamiento comprensivo de la estructura político-territorial
del altepetl. Querer entender el altepetl únicamente con base en el mero análisis de
asociaciones personales, Personenverband3 (Slicher, 1989: 125), entre un señor y la
distribución espacial de sus vasallos, equivale a tratar de entender, digamos, por ­ejemplo,

2 Otra opción sería que en el intersticio podría también haber estancias subordinadas a otros caciques..
3 Categorías propuestas para el caso peruano por Bernard Slicher van Bath (1989). Su aplicación en
Mesoamérica se debe a Arij Ouweneel (1990) y a Rik Hoekstra (1990).
32 Gerardo Gutiérrez Mendoza

FIGURA 1.2
Estructura de altepetl, según Gibson

Gibson (1964) había propuesto una estructura de altepetl con base en el modelo de: Cabecera-Sujeto.
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 33

FIGURA 1.3
Distribución de las estancias de los pueblos

Gibson (1994) establece que la distribución de las estancias de los pueblos cabecera estaban
entreveradas. Esto ha creado la idea de que los territorios indígenas eran discontinuos.
34 Gerardo Gutiérrez Mendoza

FIGURA 1.4
Modelo de altepetl modular

Lockhardt (1992) propone su modelo de altepetl como un ente modular.


Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 35

el reino de Aragón a finales del siglo xv, únicamente con base en los juros y heredades
de su rey Fernando. Equivocación de la que ya nos prevenía Torquemada en su Monar-
quía Indiana hace cuatrocientos años, al aconsejarnos que jamás se confundiesen las
propiedades y renteros del rey con el reino y sus súbditos (Torquemada, 1975: 276).
Después de Gibson, un trío de investigadores nos abrieron el camino, para pro-
fundizar en el estudio del altepetl. Me refiero a Bernardo García Martínez (1987),
Pedro Carrasco Pizana (1982 y 1999) y James Lockhart (1992). El primero nos ad-
vierten que el altepetl no es town, es decir, no es el espacio construido, compacto y
urbanizado, sino la unidad política misma, es el Estado indígena (véase también Hir-
th en este volumen). El segundo, junto con sus discípulos nos explican en una gran
cantidad de trabajos seminales los vericuetos de la estratificación social mesoamericana
y la turbulenta relación entre pipiltin y macehualtin. Por su parte, el último autor,
Lockhart, nos obsequia un elegante modelo que intenta capturar tanto la estructura
modular del altepetl como el patrón de tandas o rotación de los tributos y servicios de
trabajo debidos a los señores.
Gráficamente, el modelo modular de Lockhart comienza a partir de un rectángu-
lo que representa el territorio del altepetl, el cual está dividido entre distintos calpultin
(véase la figura 1.4). En cada división del calpulli se establece al menos un asentamien-
to, representado por un cuadrado sólido. Se nota que los asentamientos de los calpul-
tin 1, 4, 5 y 8 están muy cerca uno de otro. Esta vecindad podía reflejar el punto
donde originalmente se dio la fundación del altepetl y la primera repartición de las
tierras entre linajes. Lockhart decide, a propósito, representar esta vecindad para hacer
notar que tal conglomeración de espacios construidos podría ser malinterpretada como
si fuera una ciudad, cuando en realidad son cuatro asentamientos con jurisdicciones
distintas en una aparente conurbación,4 por eso cada uno de ellos fue llamado “barrio”
por los españoles. Los asentamientos en las cuatro divisiones remanentes parecerían
estar aislados de los primeros y por eso fueron considerados estancias o arrabales por
los españoles.
Para la operación del altepetl, en lo referente a cargas tributarias y de servicios al
tecpan (palacio), las ocho divisiones tenían que contribuir equitativamente por medio
de un sistema de número y tanda, es decir, una vez que comienza el calpulli número
uno a dar su tributo y servicio, en un lugar y día específico, lo seguirá el calpulli nú-
mero dos (quizá en el mismo lugar pero en diferente tiempo), posteriormente seguirá
el calpulli tres y así hasta que se cumpla toda una vuelta. Al terminar el calpulli ocho
será de nuevo el turno del calpulli uno, con lo que comenzará de nuevo la tanda y

4 Para aplicaciones del modelo de Lockhart al patrón de asentamientos arqueológico, consúltense Hirth
(2003) y Gutiérrez Mendoza (2003).
36 Gerardo Gutiérrez Mendoza

FIGURA 1.5
Territorio funcional

Territorio funcional: relación entre nodos (asentamientos, personas),


así como ligaduras y vínculos personales.
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 37

rueda. La fortaleza del modelo radica en su sencillez y claridad pero, por desgracia,
también deja sin analizar dos factores relevantes: 1) la creación de vínculos de tierra
entre los tlatoque con sus tlazopipiltin;5 y 2) el entreverado de las parcialidades entre
distintas casas señoriales y otros altepetl.

Un modelo geográfico del altepetl

A partir de este punto, en el que nos han dejado los pioneros del altepetl, nosotros
tenemos que dar origen a una tercera generación de modelos que tengan la posibilidad
de tejer más fino para descubrir, tanto el territorio funcional del altepetl —aquel basa-
do en nodos (asentamientos o personas)— así como las ligaduras —canales por don-
de fluye la información o los vínculos personales que mantienen unido el aparato
económico y político (véase la figura 1.5)—. Al mismo tiempo es necesario descubrir
el territorio estructural del altepetl, que es el que contiene física y espacialmente el
cuerpo social y le permite su reproducción (véase la figura 1.6).
Lo anterior implica la capacidad de representar gráficamente todas las tierras,
montes y aguas del altepetl, junto con su uso de suelo, tenencia de la tierra, usufructo,
rentas y lealtades políticas. Si fuéramos capaces de recrear este tipo de información,
podríamos realmente entender la estructura político-territorial del altepetl, su admi-
nistración, sus juros, heredades y el funcionamiento de las tandas y rueda de trabajo
indígena, tequitl (Rojas Rabiela, 1979), que se debía a los señores.
Aquí lamentamos que no haya sobrevivido ninguno de aquellos fabulosos lienzos
temáticos que describe Torquemada en su Monarquía indiana, los cuales tenían pin-
tado el altepetl, de acuerdo con sus divisiones de tlaxilacalli, cada parcela representada
por un código de colores, según fueran tierras del tlatoani (en rojo muy obscuro) o
asignadas en vínculo a los nobles (en rojo claro) o asignadas en usufructo a los calpul-
tin (en amarillo) (Torquemada, 1975: 545-546). Cualquiera de ellos nos permitiría
avanzar sobre un terreno más firme para entender la repartición del territorio del alte-
petl a través de vínculos entre los tlatoque y los tlazopipiltin, lo cual también ayudaría
a explicar el entreverado de las tierras señoriales.
Para abordar estos problemas y proponer un nuevo modelo, partiremos nueva-
mente de la propuesta modular de Lockhart (véase la figura 1.4), pero con algunas
modificaciones basadas en algunos supuestos geográficos básicos. En primer lugar
vamos a considerar que la figura geométrica que tendería a tomar un altepetl recién

5 Hijos preciosos, nobles nacidos de madres del más alto rango, cihuapipiltin, mujeres destinadas a ser
las esposas de tlatoque y tetecuhtin. (Carrasco Pizana, 1984: 44).
38 Gerardo Gutiérrez Mendoza

FIGURA 1.6
Territorio estructural

Territorio estructural: espacio continente donde se reproduce biológica y socialmente


la unidad política y sus habitantes.
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 39

fundado, en una planicie isotrópica6 y sin competidores políticos, sería un círculo y no


un rectángulo. Supondremos, sin embargo, que ese círculo no tendría límites cerrados,
porque, en teoría, podría seguir creciendo hasta donde los costos de desplazamiento
del centro a la periferia de la unidad política no fueran mayores a los beneficios de
tener que desplazarse a tal periferia. Es por eso que en la figura 1.7 el círculo, que re-
presenta los límites externos del altepetl teórico, está abierto y no cerrado.
Con base en dos particularidades míticas de los relatos de fundación de Meso­
américa,7 proponemos que en el centro del altepetl se localice el templo de la deidad
principal de la unidad política y que, además, los edificios públicos estén orientados
con respecto a un par de ejes cósmicos, cualquiera que éstos hayan sido en distintos
tiempos y regiones de Mesoamérica (véase la figura 1.8). A partir de este centro

FIGURA 1.7 FIGURA 1.8


Morfología teórica del territorio de un altepetl Fundación original del altepetl
en una planicie isotrópica

y ejes primarios se extenderían y distribuirían las primeras cuatro divisiones del altepetl,
cada una con al menos un asentamiento. En cada una de esas parcialidades residirán
los principales linajes gobernantes del altepetl.

6 Una planicie isotrópica es una superficie teórica en la cual el costo de desplazamiento de un cuerpo
en cualquier dirección sólo depende de la distancia en que se desplaza el cuerpo, desde el punto de
partida, sin considerarse más variables. En geografía humana, esto sólo se podría presentar en un
terreno sin relieve, y sin obstáculos, ya sean naturales (como la vegetación o hidrología) o culturales
(como aduanas, murallas u otros elementos construido) (Haggett y Frey, 1977).
7 El relato de fundación más conocido es el mexica, que además puede observarse gráficamente en el
folio 2r del Códice Mendoza (Berdan y Anawalt, 1992: 11).
40 Gerardo Gutiérrez Mendoza

En su modelo, Lockhart supuso que el altepetl estaba segmentado en calpultin; por


nuestra parte vamos a suponer que, una vez que se ha dado la fundación del altepetl, las
primeras parcialidades (en este caso, numeradas 1, 2, 3 y 4) serán consideradas tecaltin,
es decir, casas señoriales; cada una con un tecuhtli, el cual se auxiliará de sus parientes más
cercanos para dirigir cada nuevo tecalli.8 Los parientes genealógicamente más lejanos, así
como los no parientes y otros grupos llegados después de la fundación, serán los prime-
ros macehualtin de nuestro hipotético altepetl.
Los primeros cuatro tetecuhtin elegirían de entre ellos al primer tlatoani del altepetl,
el cual serviría como líder de toda la unidad política, sin perder por esto sus responsa-
bilidades como tecuhtli de su propio tecalli9 (véase la figura 1.9). Después de esta
elección, cada tecuhtli mantendría una gran autonomía en su parcialidad; sin embargo,
tendrían que aportar servicios al tecpan del señor electo, siendo su misión principal
proporcionar guerreros y servir de capitanes en las guerras del altepetl. Además, todos
los tecaltin tendrían que contribuir al mantenimiento de la superestructura política del
tecpan, y al título de tlatoani.
Para cumplir estos requerimientos tributarios se realizaba una primera subdivisión
del espacio que le correspondió en suerte a cada tecalli. Todas las tierras obtenidas de
esta subdivisión se ponían bajo el cuidado de un tecpantlaca (hombre de palacio) y
servían para cubrir todos los gastos del tecpan.10 Los costos de mantener el altepetl

8 “Las casas de estos se llamaban teccalli que quiere decir casa de palacio […] [este] señor tenía dominio
y mando sobre cierta gente anexa aquel teccalli y unos eran de más gente y otros de menos. El provecho
que estos señores tenían era que les daban servicio para su casa y leña y agua repartidos por su orden
y le labraban unas sementeras según era la gente y por esto eran relevados del servicio del señor
supremo y de ir a sus labranzas y no tenían más obligación de acudir a le servir en las guerras porque
entonces ninguno había excusado demás de este provecho el señor supremo les daba sueldo y ración
y asistían continuamente en su casa”. (Zorita, 1963: 334)
9 Figurativamente, considérese que el presidente de México, además de ostentar el título y función de
presidente, fuera a su vez gobernador de alguno de los estados de la República. Para completar la
alegoría, considérese que en tal sistema todos los gobernadores tuvieran algún tipo de parentesco y
que solamente ellos fueran elegibles para el cargo de presidente, y que además tales gobernadores
fueran los únicos electores. Así, el conjunto de gobernadores elegiría entre ellos a un presidente, el
cual estaría en el cargo de forma vitalicia.
10 “Había otra suerte de tierras, que eran de la recámara del señor, que se llamaban los que vivían en ellas,
y las cultivaban, Tecpanpouhqui, o Tecpantlaca, que quiere decir: gente del palacio, y recámara del rey;
y estos tenían obligación a reparar las casas reales, limpiar los jardines, y tener cuenta, con todas las
cosas tocantes a la policía, y limpieza del palacio real; y esta era la gente más estimada, y más arrimada,
y conjunta a las casas del rey, y a quien más respetaba el común; y cuando el señor salía fuera, estos le
acompañaban, y no pagaban ningún género de tributo, si no eran ramilletes, y pájaros de todo género,
con que saludaban al rey; las tierras de estos sucedían de padres a hijos; pero no podían venderlas, ni
disponer de ellas en ninguna manera; y si alguno moría sin heredero, o se iba a otra parte, quedaba su
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 41

FIGURA 1.9
Elección del tlatoani del altepetl

podían ser altos, ya que el tlatoani estaba obligado a agasajar a los pipiltin de alta jerar-
quía, que fungían como cortesanos y administradores, además debía absorber una
parte importante de los gastos de las guerras que el altepetl tenía con otras unidades
políticas. Así, en este modelo hipotético he sustraído de cada uno de los tecalli un
pedazo considerable de tierra destinado para el mantenimiento del tecpan. He supues-
to que los tetecuhtin eligieron como tlatoani al señor del tecalli número 1, por lo que
todas las tierras asignadas al tecpan tienen la etiqueta “1T”, la cual es seguida por un
segundo número (1, 2, 3 y 4) para identificar el tecalli de donde se tomaron las tierras
para el tecpan, por ejemplo: 1T3 representa las tierras que el tecalli número 3 dio al
tecpan que se ubica en lo que originalmente fue el tecalli 1 (véase la figura 1.10).
Ya con este ejercicio tan básico podemos ver que las tierras asignadas al manteni-
miento del título de tlatoani comienzan a tener un patrón disperso, separadas del espa-
cio del tecalli número1. Recordemos que el tecalli número 1 aloja el tecpan, por haber
sido elegido su tecuhtli como tlatoani del altepetl. Las consecuencias de este ú ­ ltimo
punto serán obvias durante la época colonial cuando, alrededor de 1554, algunas de
estas tierras pasarán a formar parte del patrimonio del cacicazgo indio, y por las carac-
terísticas mencionadas arriba van a presentarse como un grupo de predios discontinuos.

casa, y tierras, para que con orden del rey, o el señor, los demás de la parcialidad pudiesen poner otro
en su lugar. Había otras suertes de tierra, que el nombre, y significación de él, decía ser aplicadas al
sustento de las guerras, y las que servían para bizcocho, se llamaban Milchimalli, y las que servían para
grano tostado, con que hacían cierto género de bebida, y servían de lo que las habas, en las guerras en
España, se llamaban Cacalomilpan […]” (Torquemada, 1975: 545-546).
42 Gerardo Gutiérrez Mendoza

FIGURA 1.10
Asignación de las tierras
para el sostenimiento del palacio

Estas tierras estaban controladas por los tecpantlaca.

Ahora bien, ¿cómo se mantenía y organizaba cada tecalli? Como hemos dicho, los
parientes lejanos al tecuhtli podían haber formado los primeros calpultin de cada par-
cialidad; no obstante, es también probable que los tetecuhtin se hayan visto en la ne-
cesidad de atraer más macehualtin para que labrasen la tierra y dieran servicio.11 Hay
que considerar que las afiliaciones de un calpulli hacia un linaje gobernante no se daban
en un vacío espacial y que tampoco la lealtad de los macehualtin se otorgaba a los pi-
piltin sin recibir nada a cambio. Con base en lo que se conoce acerca de la organización
social indígena, es posible sugerir que en Mesoamérica el conjunto de linajes gobenan-

11 “[…] que porque en cada parcialidad por sí hay tierras baldías hechas herbazales donde se pueden
poblar y asentar casas de maceguales, quieren que cada parcialidad en sus mismas tierras e cada
principal pueda poblar e pueble e asiente en las dichas tierras las casas de maceguales que quisiesen e
por bien tuvieren con que no sean de la parcialidad contraria […]” (Martínez, 1984: 114). Martínez
piensa que el término “calpulli” no es más que un sinónimo para referirse a otro tipo de casa señorial
(comunicación personal, enero de 2009). Si Martínez está en lo correcto, entonces dichos calpultin
podrán considerarse una especie de señoríos sin tierra que, por lo tanto, deben subordinarse a un tecalli
que sí tenía derecho a la tierra.
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 43

tes habría sido el que más ejerció el sentido de territorialidad12 e identidad sobre el
espacio del altepetl, adjudicándose el dominio exclusivo de las tierras, montes y aguas.13
Estos linajes otorgarían en usufructo tales recursos (tierras, monte y agua) a los mace-
hualtin, organizados en calpultin, a cambio de tributos y servicios personales.14 Por lo
tanto, si los pipiltin no tuvieran tierra que ofrecer, no podrían retener a los macehual-
tin; y sin macehualtin la tierra no produce riqueza alguna, ni en tributos ni en servicios
personales.15 Entonces, la tierra sin macehualtin que la trabaje, no es gran cosa pero, al
parecer, en el periodo Postclásico había una gran cantidad de calpultin sin tierras va-
gando por el centro y sur de México, por lo que siempre había forma de afiliarlos a una
casa señorial, ofreciéndoles un pedazo de tierra en usufructo.16 La tierra y los recursos
contenidos en el territorio de la unidad política (montes y agua) eran el activo princi-
pal de los señores del altepetl para hacerse de mano de obra. A cambio del usufructo

12 Siguiendo a Sack (1986), considero que la territorialidad es el intento de un individuo, o grupo, de


afectar, influir o controlar gente, elementos y sus relaciones, delimitando y ejerciendo un control sobre
un área geográfica.
13 “Cualquier capitán, o Tecuhtli, que fundaba una Casa Solariega, o Vinculo de Mayorazgo (que es
Teccalli dicho, o Pilcalli por otro nombre) tomaba para la Casa Principal, donde este dicho Mayorazgo
se fundaba, todas aquellas tierras, que le caían en Suerte, o por Repartimiento, con Montes, Fuentes,
Ríos y Lagunas: tomando (como decimos) para la Casa Principal, la mayor, y mejor Suerte, o Pagos
de Tierra, que en su contorno había: y luego las demás que quedaban, se partían por las gentes, que
eran de su servicio y vasallaje (conviene a saber) sus soldados, amigos y parientes […]” (Torquemada,
1975: 277).
14 “La orden general es […] que en todas las tierras donde los vecinos de los pueblos tienen sus labranzas
y heredades, están antiguamente repartidas entre ellos, con cargo de cierto tributo que por ellas dan
al señor […]” Palabras de Hernán Cortés, en Martínez (1984: 97).
15 “[…] la existencia de los tlahtoque-pipiltin […] está condicionada a la existencia de sus macehualli. La
‘riqueza’, el poder y el prestigio de los primeros depende tanto de la cantidad de tierra poseída como
del número de tributarios dependientes. La posesión de la tierra sin terrazgueros que la cultiven carece
de sentido.” (Martínez, 1984:16). La oración final de Martínez puede parafrasearse como: los pipiltin,
sin tierra que ofrecer a los macehualtin, carecen de sentido.
16 Con base en Zorita, Úrsula Dyckerhoff (1990: 41) piensa que en cada altepetl había dos tipos de
asentamientos, o barrios: tipos A y B. El asentamiento tipo A sería lo que tradicionalmente se ha
llamado calpulli, el cual estaba compuesto de macehualtin que poseían su propia tierra de forma
comunal. El asentamiento tipo B estaría compuesto de terrazgueros, es decir, indios que no tenían
tierra propia y que vivían en las tierras de los pipiltin, a los cuales pagaban arrendamiento a través de
servicios personales y otros artículos. Ya hemos mencionado que Hoekstra (1990) cuestiona este
acercamiento tradicional y propone que el calpulli no es otra cosa que una lista de tributarios sin tierras
propias, por lo que no habría una diferencia sólida entre los polémicos “mayeques” de Zorita y el resto
de los macehualtin.
44 Gerardo Gutiérrez Mendoza

de la tierra, los macehualtin organizados en calpultin tenían que acudir a dar servicio
a la casa señorial del tecuhtli y proporcionarle otros artículos a manera de renta.17
Vamos a suponer en nuestro modelo que cada tecuhtli daría tierras en usufructo a
cuatro calpultin. Así, otra porción grande de tierra de cada tecalli vuelve a subdividirse
en cuatro pedazos más, que hemos rotulado con un número (véase la figura 1.11). Por
ejemplo, el número “4” distingue cuál es el tecalli que está otorgando la tierra, la letra
“C” mayúscula identifica que la subdivisión se realizó para albergar un calpulli, y las
letras “a”, “b”, “c” y “d” minúsculas se usan para identificar a cada calpulli dentro de
un tecalli dado. Así, la etiqueta “4Cd” nos indica que estamos hablando del calpulli
“d” que está vinculado con el tecalli número “4”.

FIGURA 1.11
Creación de los vínculos que cada tecalli realiza con sus calpultin, que son grupos sin tierra

Sabemos que los gobernantes nativos practicaban la poliginia y podían tener múl-
tiple esposas y concubinas con las que tenían docenas de hijos. Algunos hijos podían

17 “La más ordinaria contribución que tienen que es dar cada casado una pierna de manta de algodón de
ochenta en ochenta días […] así que cada año da una manta el pechero, allende del servicio y pecho
personal […]” Carta al Emperador del 3 de noviembre de 1532, escrita por Ramírez de Fuenleal,
presidente de la Segunda Audiencia de México, citado en Miguel León Portilla (1969: 32-33).
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 45

ser tlazopilli y otros calpanpilli. Los primeros habidos con mujeres nobles; y los segun-
dos hijos, con concubinas, mujeres tomadas de los calpultin.18 Cada tecuhtli tenía la
obligación de procurar el bienestar de sus tlazopipiltin, así como de ciertos hermanos,
hermanas y tíos. A los parientes de más alta jerarquía se les podía hacer una donación
de tierra en vínculo, la cual podían heredarla sus hijos y tener sus propios terrazgueros.
Con tal vínculo se creaba una “casa noble” que, en términos genéricos, llamaremos
pilcalli, aunque hay otras formas de referirse a ellas.19
En el modelo hipotético supondremos que cada uno de los cuatro tecaltin tendría
que subdividir un segmento importante de su espacio disponible para que, por medio
de vínculos, se crearan cuatro casas de nobles. Al igual que como se hizo con los cal-
pultin, identificaremos cada pilcalli con una etiqueta numérica que revele el tecalli con
el que está vinculado; usaremos la letra “P” para significar que es un vínculo de pilcalli,
y utilizaremos nuevamente un número para diferenciar ese pilcalli de otras casas de
nobles que existan en el mismo tecalli. Por ejemplo, la etiqueta “3P1” hace referencia
al primer pilcalli del tecalli 3 (véase la figura 1.12).

FIGURA 1.12
Creación de los vínculos que cada tecalli realiza con sus pilcaltin

18 Cuando un calpulli se separaba de un altepetl y continuaba su migración en busca de su propia tierra,


estos calpanpilli podrían llegar a ser los forjadores de nuevos linajes nobles (Carrasco Pizana, 1984: 44).
19 Tales como huehuecalli y tequihuacacalli, consúltese Carrasco Pizana (1984: 24).
46 Gerardo Gutiérrez Mendoza

Por supuesto que la elección de considerar únicamente cuatro vínculos de pilcalli


por cada casa señorial es algo completamente arbitrario y que sirve únicamente para
los propósitos de este modelo. Tal elección es, de hecho, simplista, ya que existen re-
ferencias documentales que indican que las subdivisiones eran bastante más numero-
sas y complejas: “[la] casa y mayorazgo que se dice Ayapango tecpan [que está] en la
parte de Ocoteculco […] la cual dicha casa de tecpan que es nuestro mayorazgo tenía
por sujetos otras ocho casas de mayorazgos y estas ocho casas tenían treinta casas de
principales que cada una de ellas era un barrio […]” (Carrasco Pizana, 1982: 24).
Con esta referencia de Ayapango es posible inferir que el pilcalli ocupa el tercer
nivel de control territorial del altepetl, y que por subsecuentes divisiones podría, incluso,
haber casas de mayorazgo, pilcaltin, en un cuarto o quinto nivel de jerarquía con respec-
to al tlatoani principal del altepetl. Una casa de nobles recreaba funciones similares a las
que debía tener el tecalli con respecto al altepetl; es decir que los pipiltin debían lealtad y
servicios específicos al tecuhtli, así como este último tenía la obligación de atenderlos en
su casa señorial. A la muerte del tecuhtli, los pipiltin debían escoger a un sucesor de entre
ellos, y el elegido tenía que ser confirmado por el tlatoani y su consejo de gobierno, este
último formado por el conjunto de tetecuhtin de cada tecalli que formaba el altepetl.
Hasta aquí he intentado recrear la organización de un altepetl hipotético. Pero
tales estructuras político-territoriales no eran estables y estaban sujetas a conflictos
internos que podían llevar a desgarrarlas. ¿Cómo evitar esto? Principalmente, ¿cómo
evitar el riesgo de que un tecuhtli se rebelara en contra del tlatoani y se independizara?
Bueno, al parecer, el entreverado de tierras y dependientes fue la solución que encon-
traron los mesoamericanos para minimizar el peligro de escisión. Este arreglo espacial
es, quizá, lo que más desconcertó a los españoles, quienes manifestaban con cierta
extrañeza que: “las dichas casas e tierras de ellas están entretejidas y entremetidas unas
entre otras y no pueden estar las casas y tierras de cada principal por sí, ni se pueden
señalar las tierras [de cada uno de] ellos […]” (Martínez, 1984: 114).
Por desgracia, dicha peculiaridad del sistema indígena ha causado una gran con-
fusión y discusión en varias generaciones de investigadores. Pienso que este rasgo ca-
racterístico de la estructura político-territorial del altepetl no debe interpretarse como
prueba de falta de territorio ni de territorialidad. Por el contrario, tal fenómeno es la
manifestación más palpable de un intento consciente, por parte de los líderes indios,
en especial los que llevan el título de tlatoani, de mantener la cohesión de la unidad
política. Torquemada entendió la complejidad del arreglo y procuró averiguar cuál era
la explicación indígena del mismo, llegando a la conclusión de que se trataba de un
mecanismo de control político. Así, los nativos del centro de México sostenían que fue
el gobernante Techotlalatzin, descendiente del chichimeca Xolotl, quien diseño el sis-
tema de discontinuidad espacial:
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 47

Y para asegurar su monarquía, uso [Techotlalatzin] de otra, no menos sabia que pru-
dente astucia, y fue, que repartió el suelo de toda la tierra por parcialidades; de tal
manera, que en cada pueblo, conforme la cantidad, y numero de gente que tenia, asi
hacía la reparticion de las gentes; de tal manera que si en un pueblo tepaneca habia
seis mil vecinos, sacaba los dos mil de alli, y pasabalos a otro pueblo metzoteca, o
chichimeca, y de aquel dicho pueblo metzoteca, sacaba aquellos dos mil vecinos, que
habia traído, y los pasaba al pueblo tepaneco, de donde los otros dos mil había sacado
[…] y el señor tepaneco, que lo era de aquel pueblo, donde habian sacado aquellos
dos mil vecinos, aunque no los tenia en el mismo pueblo, donde era señor recono-
cíanlos por suyos en la otra parte donde estaban, y lo mismo hacia el […] metzoteca
[…] de manera que aunque tenian el numero de su gente, señalado, no los tenian
todos en las partes de su señorio, sino mezclados, unos, con otros; porque si se quisie-
sen rebelar los de una familia, no hallasen parcialidades y propicios a los de la otra […]
(Torquemada, 1975: 188)

Es muy probable que ésta sea una explicación mítica de un sistema tradicional
propio de las sociedades mesoamericanas, pero lo relevante aquí es entender la exis-
tencia de tal costumbre y mecanismo. La regla de Techotlalatzin es reminiscente del
sistema de mitma peruano, que también obligaba al reasentamiento forzoso de los
grupos étnicos en regiones distantes para garantizar la lealtad política al Estado Inca.
Aplicaré la regla de Techotlalatzin al pequeño altepetl hipotético que he venido
construyendo. Así, de cada tecalli se tomará el calpulli más cercano al núcleo político,
en el que confluyen los cuatro palacios de cada casa señorial, y se transportará a la
periferia de otro tecalli. En este caso, a la periferia del tecalli vecino inmediato, siguien-
do el sentido contrario a las manecillas del reloj. De la misma forma se tomará el cal-
pulli que estaba en esa posición periférica para llevarlo a la posición de donde se tomó
el primero, que estaba en la zona nuclear del altepetl (véase la figura 1.13).
Se repetirá el mismo ejercicio con los pilcaltin de cada tecalli; para variar, en este
caso iremos en contra de las manecillas del reloj. De esta forma “1P1” (el primer pilca-
lli del tecalli 1) pasó al lugar que ocupaba “2P4” (el cuarto pilcalli del tecalli 2), y vice-
versa, “2P4” tomó el lugar de “1P1”. A su vez, “2P1” (primer pilcalli del tecalli 2) tomó
el lugar de “3P4” (cuarto pilcalli del tecalli 3); y “3P4”, el lugar de “2P1”. Cuando se
termina de dar la vuelta, dos calpultin y dos pilcaltin de cada tecalli han cambiando de
lugar, y ahora se encuentran en el territorio de dos parcialidades distintas a las suyas,
pero continúan conservando la afiliación con su tecuhtli original (véase la figura 1.14).
Pienso que este modelo explica el entreverado de las tierras y terrazgueros dentro
del altepetl, sin tener que recurrir a propuestas que nieguen la existencia de una terri-
torialidad fuerte de las unidades políticas nativas (véase la figura 1.15). Esto nos
48 Gerardo Gutiérrez Mendoza

FIGURA 1.13
Entreverado de tierras asignadas en usufructo a los calpultin,
de acuerdo con la regla de Techotlalatzin

FIGURA 1.14
Entreerado de tierras asignadas en vínculo a los pilcaltin,
de acuerdo con la regla de Techotlalatzin
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 49

­ roporciona un modelo ideal del territorio estructural del altepetl, el cual de ninguna
p
manera estuvo fijo para siempre, pues se sometió a procesos dinámicos relacionados
con: 1) nuevas subdivisiones; 2) llegada de nuevos calpultin; 3) emigración de mace-
hualtin; 4) disolución de vínculos de pilcaltin por la violación de leyes nativas; 5) ex-
tinción de linajes; y 6) traspaso frecuente de las cihuatlalli (tierra de las mujeres) que
se daban en dote durante el casamiento de las tlazocihuapipiltin, que eran las mujeres
de la más alta estirpe, quienes estaban destinadas a casarse con los tlatoque y tetecuhtin
(Carrasco Pizana, 1984: 47).20 Suponemos que si el proceso de traslado de calpultin, e
incluso de pilcaltin, se repetía constantemente cada vez que había una reorganización
política por cambios dinásticos, entonces el entreverado de las tierras se acentuaba más
dentro de los límites del altepetl. Además, en ciertos casos relacionados con conquistas
o matrimonios interdinásticos, tal entreverado podía rebasar los límites propios de la
unidad política hacia otros altepetl.21

FIGURA 1.15
Dispersión espacial de las tierras, terrazgueros, calpultin y pilcaltin del tecalli 3,
dentro de los límites del altepetl, después de aplicarse la regla de Techotlalatzin

20 Para el caso mixteco, consúltese a Ronald Spores (1997).


21 En este último punto no tenemos elementos para saber si tales tierras y macehualtin poseídos en los
territorios de otros altepetl se consideraban como una especie de heredad personal o bien como un
enclave jurisdiccional del tlatoani foráneo. Opinamos, sin embargo, que se encontrará mucha
variabilidad de un caso a otro, que dependen de si tales tierras y macehualtin se hubieran obtenido por
guerra o bien por herencia de parte de la madre (una dote de cihuatlalli).
50 Gerardo Gutiérrez Mendoza

Por desgracia, la documentación histórica con la que contamos rara vez nos revela
el territorio estructural tan nítidamente como se ha graficado en el modelo. Lo más co-
mún es encontrar únicamente referencias a la ubicación de las cabeceras y estancias su-
jetas que, como ya hemos mencionado, indican en general la distribución de los vínculos
personales en el espacio, pero no nos dicen mucho sobre el territorio que los contenía.
Por ejemplo, véase la descripción de Chiautla de la Sal (Puebla), en 1571, la cual sólo nos
indica los vínculos de los barrios que otrora hubieran sido calpultin y pilcaltin con los
asentamientos donde en el pasado habría habido tetecuhtin, y todos éstos con el asenta-
miento donde en la etapa prehispánica se hubiera hallado el tecpan del tlatoani:

Tiene este pueblo de Chiautlan [hace referencia a toda la unidad política, altepetl, y
quizá donde se encontraba el tecpan] diez y seis estancias [quizá antiguos tecaltin] y
estas tienen en sí e incorporadas en sí otras estancias chicas o barrios o caseríos a sí
sujetos [tanto calpultin como pilcaltin], y todas las más tienen iglesias, aunque chicas;
y por chica que sea la estancia, aunque sea de diez casas o vecinos, como las hay, tiene
su iglesia, mandón o principal, justicia y alguacil, y hacen cada una por sí cabeza en
todo. Lleva cada estancia en el proceder el modo y manera de la cabecera para mayor
claridad […] Primera estancia sujeta a Chiautlan se dice Huehuetlan […] está dos
leguas de la cabecera: tiene en sí cuatro barrios […]
Segunda estancia subjecta a Chiauhtlan se dice Patoalan […] está cinco leguas de
la cabecera, tiene en sí y se cuentan con ella dos estancillas […] (García Pimentel,
1904: 110-111).

Si del modelo desarrollado hasta ahora eliminamos los límites entre las tierras asig-
nadas a las casas de nobles y las tierras asignadas a los calpultin, y supiéramos únicamen-
te las afiliaciones que tenía cada asentamiento con su casa señorial, como en el caso de
Chiautla, entonces sólo tendríamos un mapa como el representado en la ­figura 1.16,
que revela el territorio funcional del altepetl, con sus nodos y ligaduras. Cuando anali-
zamos el territorio funcional del modelo, se observa que la distribución entreverada,
interpenetrante, de las parcialidades de los tetecuhtin debió haber generado una dinámi-
ca muy activa entre los distintos sectores del altepetl, ya que los calpultin y el pilcaltin,
trasladados a nuevas posiciones, tenían que seguir viajando para dar tributo y prestar
servicios a su tecalli de origen. Además, cada tecalli tenía que enviar gente para cubrir
los servicios que se le debían al tecpan del tlatoani. Por lo tanto, el número de viajes y
movimientos en el interior del altepetl era muy alto, lo que habría fomentado un mayor
contacto entre todos sus componentes y parcialidades. De acuerdo con su posición es-
pacial relativa dentro del altepetl, algunos asentamientos podrían haberse beneficiado
más que otros de esta situación, por encontrarse en puntos donde convergían más
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 51

c­ aminos, lo que pudo haber motivado el desarrollo de grandes tianquiztli,22 o mercados


nativos en esos puntos y, por lo tanto, haber fomentado también el incremento de ta-
maño e importancia. En un contexto geográfico montañoso, como es el caso del centro
y sur de México, el entreverado de las parcialidades también pudo servir para dar acceso
a distintos pisos ecológicos y sus productos específicos, como serían los bosques de pino-
encino de las partes altas de las montañas; y los terrenos de tierra caliente, en el fondo
de las cañadas, que eran perfectos para el cultivo de árboles frutales y otras plantas va-
liosas, como el algodón y los cacaotales.
En este punto alguien podría preguntarse, ¿por qué el tecuhtli del tecalli 1, que
además es el tlatoani de todo el altepetl, tendría que desplazar también parte de sus
pilcaltin y calpultin fuera de su parcialidad? Una respuesta podría encontrarse en las
ventajas económicas que acabamos de mencionar, especialmente la de aprovechar los
recursos de los pisos ecológicos, y también habría un valor estratégico, pues sus pipiltin
y macehuales distribuidos en las tierras de otros tetecuhtin podrían realizar una labor
de vigilancia, sin mencionar que podrían cumplir con funciones administrativas, re-
lacionadas con el control del sistema tributario y de los servicios personales que todos
debían al tecpan.

FIGURA 1.16
Distribución espacial de los vínculos, de acuerdo a la ubicación de las cabeceras
y de los sujetos, según se recupera de la información histórica

22 “Para haber este tributo y la comida y su vestir, tienen muchos por costumbre que sus mujeres vengan
al tianguis o mercado a vender, y de lo que ella o él allí tratan, ganan; otros traen agua, leña, carbón,
y sirven y mercadean […]” (León Portilla, 1969: 35).
52 Gerardo Gutiérrez Mendoza

FIGURA 1.17
¿Cómo reconstruir las relaciones funciones y estructurales de la unidad política
y sus múltiples segmentos desde la arqueología?

En general, la arqueología ha utilizado modelos gráficos inadecuados, como la teoría del lugar central,
que no toman en cuenta la diversidad de vínculos del Tlatoca Tlatomecayotl.

FIGURA 1.18
Mesoamérica entendida como una red de unidades políticas poliárquicas
de tamaños diversos
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 53

Cuando por razones de mala conservación de la documentación colonial no hu-


biera sobrevivido información sobre los vínculos funcionales que existieron entre los
distintos nodos de una unidad política, entonces nos estaríamos enfrentando a un es-
cenario similar al que se presenta regularmente al arqueólogo que realiza estudios de
patrón de asentamiento. Es decir, que sólo se tendría información, más de las veces
incompleta, sobre la posición y el tamaño de los asentamientos arqueológicos y, a par-
tir de esa información, se intentaría reconstruir los territorios funcionales y estructura-
les (véase la figura 1.17). Tal tarea es harto difícil, y los modelos geográficos que hasta
el momento ha utilizado la arqueología mesoamericana no han sido los más adecuados
para ese objetivo.23 Es posible asegurar que la mayoría de las reconstrucciones hipoté-
ticas de la estructura de las unidades políticas mesoamericanas, y la jerarquía de su
patrón de asentamiento, que hasta el momento se han realizado con tan sólo informa-
ción arqueológica, son deficientes. Lo último, no por las técnicas y métodos de campo,
que pueden ser correctos, sino por la aplicación mecánica de modelos erróneos.
Aunque no es posible asegurar que el mecanismo descrito aquí, con base en el
principio de Techotlalatzin, haya sido utilizado por todos los grupos mesoamericanos
para trasladar segmentos de nobles y comuneros de una parcialidad a otra. Pienso que
nos proporciona una herramienta para contrastar casos particulares y estudiar las des-
viaciones con este modelo ideal. La bondad del modelo nos permite también reinter-
pretar con otra mentalidad la evidencia tanto arqueológica como etnohistórica, sin
estar atados a la idea de un gobernante absoluto.
En este punto sí se da el caso de que Zorita tuviera razón cuando afirmaba que:
“Entre estos naturales había e hay comúnmente (donde no los han desecho) tres seño-
res supremos en cada provincia, y en algunas cuatro […]” (Zorita, 1963: 53). Entonces
sería posible repensar Mesoamérica como una red de unidades políticas poliárquicas
(véase la figura 1.18). Hay que anotar que el modelo presentado aquí no agota todas
las posibles escalas de organización político-territorial que podían presentarse empíri-
camente en Mesoamérica. Está basado en un altepetl sencillo que aún no ha tenido la
habilidad de anexar otros altepeme a su dominio político, ni tampoco ha sido anexado
a otro altepetl mayor. Situación que potenciaría la complejidad del modelo.

Las relaciones de parentesco en la conformación del altepetl

Se podría pensar que el sistema político-territorial presentado arriba tiene ciertas se-
mejanzas con el modelo de linajes segmentarios desarrollado por Evans-Pritchard

23 Para el uso simplista de la teoría de lugar central, véanse Marcus (1976) y Smith (1979).
54 Gerardo Gutiérrez Mendoza

para explicar el sistema político nilótico de los nuer. En el sentido de que dicha socie-
dad nuer estaba compuesta por múltiples segmentos políticos que controlaban terri-
torios específicos, los que se unían y se dividían para defenderse de otros segmentos,
o bien para atacar a sus vecinos dinka (Evans-Pritchard, 1940). De la misma manera,
cada uno de los segmentos menores de la sociedad nuer poseía el aparato político
necesario para gobernarse independientemente de otros segmentos. En tiempos de
conflicto, las uniones de segmentos se realizaban de acuerdo a una compleja serie de
reglas basadas en la relaciones entre los linajes y sus distintas áreas de control territorial.
No obstante, con base en lo que hemos presentado arriba, creemos que todos los seg-
mentos o parcialidades del altepetl mesoamericano estaban más fuertemente consoli-
dados en torno a un tlatoca tlatomecayotl (genealogía de grandes señores) de lo que lo
estuvieron los linajes segmentarios nuer.
La tradición nativa de tomar decisiones políticas de gran envergadura por medio
de un consejo de parientes gobernantes servía para aliviar la tensión política interna
del sistema y reducir la probabilidad de escisiones. De la misma forma, la escasez de
tierras cultivables y la circunscripción social que se vivía en Mesoamérica, al menos en
vísperas de la conquista española, nos hace pensar que las ligaduras de las unidades
políticas con sus espacios político-territoriales fueron mucho mayores de las que se
presentaban entre los grupos nuer, cuya economía estaba basada en la ganadería.
El punto pivote en torno al cual gira el tlatoca tlatomecayotl indígena es la relación
de parentesco estrecha entre el tlatoani electo con sus tetecuhtin, situación que también
se proyecta en las relaciones con otros altepeme. El cementante del altepetl radica en
los lazos matrimoniales entre las familias nobles de cada parcialidad. Carrasco Pizana
analizó este punto, demostrando la gran complejidad que rebasa un análisis dicotómi-
co simplista (endogamia versus exogamia) en los patrones matrimoniales del altepetl y
sus parcialidades. Carrasco Pizana propone seis posibles combinaciones en el tipo de
matrimonios, que dependen de si fueron interdinásticos o intradinásticos, y de si el
tlatoani se enlazó con una cihuapilli de menor, igual o mayor rango que él (Carrasco
Pizana, 1984: 46). Nos parece que de las categorías matrimoniales que analiza Carras-
co Pizana, la hipergamia era de capital importancia en la consolidación de las parcia-
lidades de un altepetl simple. El matrimonio hipergámico se presenta cuando un
gobernante de alto estatus toma como esposa a una mujer de menor jerarquía. Este
tipo de matrimonio es significativo durante el comienzo de una dinastía al momento
de la fundación de un nuevo altepetl. El caso más conocido es el de Tenochtitlan,
cuando Acamapichtli, su primer tlatoani, tomó esposas de todas las familias más im-
portantes de los barrios de Tenochtitlan, de donde se conformó la nobleza mexica-te-
nochca. En la variante hipergámica intradinástica, el hijo producto de este tipo de
enlace sucede la posición de líder, sólo en la parcialidad de donde viene la madre. En
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 55

este caso, los hijos del tlatoani, producto de los enlaces con las hijas de los tetecuhtin
de cada casa señorial, serán tetecuhtin de su propio tecalli.
Una vez que ha comenzado una dinastía, es más probable que se den otro tipo de
casamientos, en especial el hipogámico interdinástico, en el que un tlatoani de menor
jerarquía toma como esposa a una cihuapilli de mayor jerarquía, traída de otro altepetl
específicamente para ese propósito (Carrasco Pizana, 1984: 46). Al hijo de tal matri-
monio le corresponderá la posición de tlatoani en el altepetl del padre. El ejemplo
clásico lo podemos observar en el matrimonio entre Huitzilihuitl, segundo tlatoani
mexica, con Ayahuacihuatl, hija del señor tepaneca Tezozomoc, cuyo producto, Chi-
malpopoca, se convirtió en el tercer tlatoani mexica, pero sin derechos de sucesión
sobre Azcapotzalco. Este tipo de enlaces habría sido común cuando, por conquista o
confederación, un altepetl menor caía bajo la influencia de otro más poderoso. Una
variante importante en los patrones matrimoniales es el hipogámico intradinástico, el
cual genera una sucesión agnaticia, en la que los hermanos o los sobrinos son los úni-
cos sucesores del tlatoani (Carrasco Pizana, 1984: 46). Éste fue el caso de los mexicas
posteriores a Itzcoatl, los cuales restringieron el casamiento de su más alta nobleza
(tlazopipiltin) con dinastías exógenas. En el caso de unidades políticas con una jerar-
quía similar, se podían negociar arreglos matrimoniales estratégicos llamados isogámi-
cos interdinásticos (Carrasco Pizana, 1984: 46), en los que cada casa señorial nego­ciaba
cuáles infantes tendrían derecho a suceder el señorío del padre y cuáles el de la madre.
Quizá los mixtecos podrían haber practicado con cierta frecuencia este tipo de ­enlaces.24

Tipología del altepetl

El modelo presentado aquí tampoco agota todas las posibles variantes de organización
político-territorial que podían presentarse empíricamente en Mesoamérica. En la pri-
mera relación de la Nueva España que el presidente de la Segunda Audiencia de Mé-
xico, Ramírez de Fuenleal, recopiló para la Corona española se mencionan cinco tipos
político-territoriales con base en el tipo de sujeción que un tlatoani tenía sobre su
población (León Portilla, 1969: 31-32). Desglosaré cada uno de estos tipos con base
en dos variables que tienen que ver con el grado de afectación que sufrió la estructura
político-territorial del altepetl durante el proceso de expansión mexica:

24 Véanse las descripciones de enlaces matrimoniales mixtecos en Spores (1984).


56 Gerardo Gutiérrez Mendoza

Tipo 1
(preexpansión mexica o con poca afectación después de la expansión mexica)

[…] un señor tiene el pueblo y cabecera donde reside y tiene su casa, y tiene otros
pueblos que tienen señores sujetos a este señor y le sirven y contribuyen, pero tienen
sus términos distintos del pueblo principal del señor, y hacen sus repartimientos por
sí y tienen oficiales por sí, aunque son sujetos al señor que está en la cabecera. (León
Portilla, 1969: 31-32)
Aquí se está describiendo un altepetl que ha tenido la capacidad de anexar a su estruc-
tura político-territorial, por medios no especificados, otros altepeme menores o iguales
a él. Este modelo corresponde cercanamente a lo que Lockhart llamó “altepetl comple-
jo”, es decir, una especie de confederación forzada, o negociada, con múltiples altepe-
me, en los que cada tlatoani continúa ejerciendo su soberanía de manera autonómica
sobre sus parcialidades pero que, a su vez, reconoce el predominio de un tlatoani y
tecpan específicos, que los aglutina y organiza (Lockhart, 1992: 36-37). El altepetl
complejo se recrea a través de un proceso perpetuo de fusión, en el que los casamientos
interdinásticos y el mecanismo de entreverado de tierras juegan un papel crucial.
“Tlayacatl altepetl” es un término valioso que Lockhart recupera de Chimalpahin
para referirse a cada altepetl miembro de la confederación o altepetl complejo (Loc-
khart, 1992: 37). Se desconoce cuál es el origen de este término, y si era común o no;
lo interesante es que su etimología podría relacionarse con el concepto “primogenitu-
ra”, o algo que guía, que sobresale del resto, que termina en punta, como una nariz
(Siméon, 1997: 585). Quizá este concepto esté reconociendo que cada miembro del
altepetl complejo poseía su propia casa señorial fundada en su propio tlatomecayotl
(linaje de señores). Xochimilco, Amecameca, Cuauhnahuac y otros Estados similares
serían los ejemplos arquetípicos de este tipo de altepetl complejo.

Tipo 2
(preexpansión mexica o con poca afectación después de la expansión mexica)

Hay otra manera de sujetos, que el pueblo principal donde está el señor tiene pueblos
sujetos a sí, y son en términos y repartimientos comunes, y este pueblo o cabecera
tiene algunas cabeceras que tienen así mismo pueblos y sujetos, y reparten sus tributos
entre sí, y estas cabeceras con los pueblos que cada una tiene por sujeto reconocen al
pueblo principal donde el señor está y tiene su casa, y se llama aquélla, cabecera, y las
otras cabeceras con sus pueblos se dicen sujetos. (León Portilla, 1969: 32)
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 57

De primera lectura, esta descripción del altepetl tipo 2 da la impresión de ser muy
parecida a la del altepetl tipo 1; sin embargo, hay algunas diferencias de grado que
permiten inferir que el altepetl tipo 2 representa una entidad política más sencilla y
pequeña de lo que fue una entidad tipo 1. En primer lugar, la cita que describe el alte-
petl tipo 2 dice que tal entidad tiene sus pueblos sujetos en “términos y repartimientos
comunes”, es decir, que todas las tierras y los vínculos están contenidos en el territorio
de un altepetl simple. Por su parte, la cita que hace referencia al altepetl tipo 1; clara-
mente menciona que los términos de los señores sujetos son “distintos del pueblo
principal del señor”, es decir, que es un ente formado por la aglutinación de múltiples
territorios. En segundo lugar se dice que en el altepetl tipo 2 los pueblos y cabeceras
sujetas “reparten sus tributos entre sí”, es decir, que participan en la misma tanda y
rueda de tributación y servicios personales. En contraste se dice que los altepetl tipo 1,
“hacen su repartimiento por sí y tienen sus oficiales por sí”, lo que significa que cada
tlayacatl altepetl está encargado de crear sus propios vínculos y burocracia, lo que, en
la práctica, nos habla de la existencia de múltiples tandas y ruedas de servicios perso-
nales y obligaciones tributarias que corren cada una por su cuenta en los distintos
módulos del altepetl complejo.
El modelo hipotético de altepetl que he desarrollado páginas arriba, en este capí-
tulo, estaría basado precisamente en un altepetl tipo 2, el cual posee algunos vínculos
de tecalli y pilcalli, pero fuertemente atados a un único tecpan por medio del uso co-
mún del territorio y una tanda única de trabajo y tributación. A continuación reescri-
bo la descripción del altepetl tipo 2, pero reemplazo los conceptos españoles del siglo
xvi con la terminología náhuatl que vengo utilizando a lo largo del trabajo, esto con
la finalidad de ligar más la estructura político-territorial del altepetl tipo 2 con el mo-
delo hipotético.

Hay otra manera de unidad política: en el cual el altepetl principal donde está el tlatoa-
ni tiene sujetos a sí pilcaltin [casas de nobles], y éstas están en términos y repartimientos
comunes, y este altepetl tiene algunos teccaltin [casas de señores] que tienen asimismo
pilcaltin y calpultin, que reparten sus tributos entre sí. Y estos teccaltin con sus pilcaltin
y calpultin que cada uno tiene por sujeto reconocen al altepetl principal donde el tlatoa-
ni está y tiene su tecpan, y se llama cabecera [refiriéndose al asiento del tlatoani], y los
otros teccaltin con sus pilcaltin y calpultin se dicen sujetos [vinculados al tecalli que os-
tenta el título de tlatoani del altepetl]. (Compárese con la cita anterior de León Portilla)

Se hablaría aquí de una unidad política que no ha sido conquistada por otra, pero
que tampoco ha conquistado a nadie, ni se ha confederado con otros altepeme. Se
58 Gerardo Gutiérrez Mendoza

e­ ntiende que los tetecuhtin, a pesar de gozar de cierta autonomía cada quien en su teca-
lli, tienen reconocimiento y están obligados con el señor electo del altepetl y su tecpan.

Tipo 3.
(Preexpansión mexica o con poca afectación después de la expansión mexica)

Otra manera de sujetos hay, que la cabecera tiene algunos barrios o estancias cerca de
sí o lejos, y como están derramados o en una parte más ayuntados que en otra, pero
están en un término y los repartimientos son comunes, y algunos los hacen por sí,
según están ayuntados, y tiene un señor y unos mandones y estos se pueden decir
sujetos o lo deben ser […] (León Portilla, 1969: 32)

Éste parece ser el altepetl más sencillo de todos los descritos en el informe de Ramírez
de Fuenleal. Bien podría clasificarse únicamente como un módulo aislado (tecalli o
pilcalli) de un altepetl tipo 2, pero en realidad podría estar describiendo la fundación
reciente de un altepetl sencillo, en el cual no se ha consolidado ninguna parcialidad, ni
otra casa de nobles.
La génesis del altepetl tipo 3 debe buscarse en las fundaciones hechas por grupos
migrantes quienes han logrado reclamar, por algún medio, un pedazo de territorio que
trataran de preservar. Otra posibilidad es la rebelión de un módulo y su separación
temporal o definitiva de un altepetl complejo.

Tipos derivados de la expansión mexica

Tipo A (provincia tributaria mexica)

Hay otra manera de sujeto, y decíanse en tiempo de Moctezuma calpixcazgo, y era


que en una provincia ponía un calpixque, a que decimos mayordomo, para que cobra-
se todos los tributos, y éste residía en el más principal pueblo, y los otros traían allí sus
tributos, y éstos no son sujetos, más de en esto, al pueblo que lo traía, antes eran ca-
beceras y pueblos por sí y tenían sus señores por sí. (León Portilla, 1969: 31)

Este caso responde a la descripción típica de un gran altepetl tipo 1, conquistado por
la Triple Alianza, al que se le impone un recolector de tributos que tiene la función de
modificar el sistema económico del conquistado en favor del dominador. En sentido
estricto, esto sería una dominación hegemónica de parte de la entidad imperial, ya que
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 59

sólo se ve afectado el sistema tributario del dominado sin inmiscuirse en su política


interna. No obstante, el calpixque mexica sí podría intervenir en los asuntos del altepetl
conquistado, en caso de percibir que algún evento local o regional tuviera la capacidad
de afectar el pago del tributo.25 Si bien este caso ayuda a entender la organización de
una súper entidad mesoamericana, como lo fue la Triple Alianza, y su actitud hacia las
unidades políticas sometidas, no nos dice mucho acerca de la estructura político-terri-
torial de los altepeme conquistados, ni de sus propias estrategias geopolíticas en los
niveles local y regional.

Tipo B (con afectación profunda provocada por la expansión mexica)

Hay otra manera de subjeto, y es que ahora ha cincuenta años, lo más o menos, fueron
algunos pueblos sujetos a algún señor o cabecera, y después los mexicanos los ganaron
y repartieron entre sí, y ahora están en libertad, quieren algunos decir que estos son
sujetos porque lo fueron antiguamente. (León Portilla, 1969: 32)

Éste es un caso interesante que muestra cómo la Triple Alianza disolvió algunos alte-
peme complejos para poner a los tlayacatl altepeme constituyentes directamente bajo la
esfera de control imperial. Acción que debilitaría las alianzas y ligas de algunos altepe-
me tipo 1, que hubieran alcanzado gran poder regional y del cual los mexicas temieran
alguna rebelión mayor. Es interesante que Cortés, en la reunión de Coyoacán (circa
1522) con los tlatoque de la cuenca de México, tomó exactamente la misma acción y
liberó a todos los altepeme de las obligaciones que anteriormente tenían con la Triple
Alianza y que, a partir de ese momento, cada pueblo (altepetl) había de ser por sí y
acudir con sus tributos sólo al rey de España y a los conquistadores en su nombre
(Zorita, 1963: 405).

Tipo altepetl imperial

Cabría proponer un tipo más que no está descrito en el informe de Ramírez de Fuen-
leal, que sería el “altepetl imperial”. Este tipo se reservaría para unos cuantos Estados
nativos que lograron dominar una gran cantidad de altepetleme complejos tipo 1 y
que además pudieron mantener esa dominación por más de una década. Para el caso

25 “Cualquier caballero, o cacique que impedía, que los macehuales y vasallos pagasen los tributos, y
ren­tas debidos al rey, moría con la pena del conspirador […] “ (Torquemada, 1975, volumen 32: 386)
60 Gerardo Gutiérrez Mendoza

mesoamericano del siglo xv, únicamente la Triple Alianza y el Estado tarasco clasifi-
carían en este rubro, si bien algunos colegas podrían reclamar que algunas entidades,
como Tlaxcala, Tututepec o el Reino quiché, entre otros parecidos, podrían conside-
rarse también en esta categoría. No obstante, en mi opinión, los tres últimos casos son
simplemente grandes altepeme complejos tipo 1. En este punto se debe advertir que
los observadores españoles del tiempo de la Segunda Audiencia (1531-1535) no esta-
blecen límites cuantitativos para su descripción de los distintos altepeme, y en su lugar
reportan una clasificación cualitativa de ellos. Sería bueno seguir con este proceder y
evitar discusiones fútiles en cuanto a puntos máximos y mínimos para la clasificación
de un altepetl en una u otra categoría.

Competencia geopolítica entre distintos tipos de altepetl

La pregunta obvia en este punto es: ¿cómo era la competencia político-territorial entre
los distintos tipos de altepetl mesoamericanos? Para contestarla comenzaré por suponer
que durante el periodo Postclásico tardío, Mesoamérica fue un mosaico compuesto
por un par de millares de unidades político-territoriales, con una estructura muy si-
milar a la que he modelado anteriormente. Así, a lo largo de todo Mesoamérica habrían
existido Estados nativos parecidos al altepetl, pero con variantes regionales en estruc-
tura, dimensiones y complejidad (Aguirre Beltrán, 1981: 19-66). Antes de la forma-
ción de la Triple Alianza y el Estado tarasco que, como casos excepcionales, lograron
el dominio de varias centenas de unidades políticas complejas (con otros altepeme
simples sujetos a ellas), la mayoría de los altepeme del centro y sur de México habrían
sido de los tipos 1, 2 y 3, de acuerdo con la tipología extraída de Ramírez de Fuenleal
(León Portilla, 1969).
El altepetl tipo 3 parece ser el más simple de todos, y habría sido una unidad po-
lítica tan básica que es probable que la mayoría de tales entidades soberanas hubieran
desaparecido ya del mapa político mesoamericano aun antes de la llegada de los espa-
ñoles. Es posible que los pocos altepeme de este tipo, que todavía hubieran existido en
Mesoamérica a finales del siglo xv, se hubieran localizado en las áreas más remotas y
montañosas del país. Otra posibilidad es que su existencia y permanencia hubiera
estado garantizada por acuerdos diplomáticos entre unidades mayores (altepetl tipo 1
y 2), para que los altepeme tipo 3 sirvieran como zonas de amortiguamiento entre ellas.
A principios del siglo xv, el altepetl tipo 2 sería el más común y es probable que
hubiera sido el predador perfecto de los minúsculos altepeme tipo 3. Además de poseer
una mayor capacidad militar, los altepeme tipo 2 podrían absorber fácilmente los di-
minutos linajes gobernantes pertenecientes al tipo 3 dentro de su red dinástica mayor,
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 61

más estable y mejor organizada. En un entorno político de grandulones en expansión,


más les valía a los pequeños altepeme tipo 3 afiliarse con otra unidad política mayor en
términos favorables, como sería a través de un matrimonio hipogámico interdinástico,26
que arriesgarse a sufrir las consecuencias de una conquista militar, en la que no sólo se
perdería el territorio, sino que también correrían el riesgo de que se los rebajase a
servidumbre. Un altepetl tipo 2 podría tener mejores posibilidades de enfrentarse a
uno del tipo 1 y permanecer independiente. No obstante, hay evidencias de que, a
mediados del siglo xv, los altepeme tipo 1 comenzaron a emerger como Estados domi-
nantes. Tututepec sería un buen ejemplo, pues su exitoso programa de conquista lo
habría llevado a dominar casi toda la costa del Pacífico oaxaqueño (Spores, 1993:
167-174; Joyce et al., 2008), hasta que se encontró con otros vecinos igualmente
agresivos y expansivos: Tehuantepec al oriente, y Tlapa-Tlachinollan al poniente.
Los altepeme tipo 1 habrían anexado otros altepeme, principalmente mediante la
conquista, pero también por alianzas matrimoniales, en especial a través de los enlaces
isogámicos interdinásticos (Carrasco Pizana, 1984: 68), así como enlaces hipergámicos
interdinásticos. En el último tipo de enlace, el tlatoani de un altepetl tipo 1 tomaría
por esposa a una mujer de un altepetl tipo 2 y, aunque el hijo de ambos no sucedería
al gobierno de ninguno de las dos unidades políticas, serviría como punto de partida
para comenzar un patrón hipergámico intradinástico, en el que los nietos de tal ma-
trimonio podían regresar a casarse con una tlazocihuapilli del altepetl de la abuela (el
altepetl tipo 2, de menor jerarquía) y ser nombrado tlatoani. Estas combinaciones
matrimoniales son importantes, ya que promueven la integración entre los altepeme
de una región, además de provocar que ciertos gobernantes, por herencia de su madre,
puedan tener acceso a tierras y tributarios en otras unidades políticas, como ya he
mencionado arriba. Los enlaces dinásticos pueden ser también el pretexto perfecto
para que ciertos altepeme puedan aventurarse en un proceso de expansión; especial-
mente aquellos casos en que se cuestiona una sucesión, pues es probable que un altepetl
tipo 1 tenga mucho interés en promover a sus propios candidatos a la sucesión de un
altepetl tipo 2, con el que se tenga una alianza matrimonial interdinástica. En este
sentido, un altepetl tipo 1 podría presionar, incluso militarmente, para que se eligiera
a un tlazopilli con derechos de sucesión, que se hubiera criado en el tecpan del altepetl
tipo 1, por encima de candidatos locales con menores credenciales.
Un patrón mesoamericano interesante es que, durante una conquista, un tlatoani
agresivo puede absorber todo el espacio político de otro altepetl, con el simple hecho
de que el gobernante derrotado acepte el dominio del vencedor. Lo último puede ser

26 Es decir que el tlatoani menor toma a una esposa de un altepetl de mayor jerarquía, y que un hijo de
ambos sería el sucesor al tlatocayotl (señorío) del padre.
62 Gerardo Gutiérrez Mendoza

motivado, ya sea por una amenaza creíble de invasión por parte de la unidad política
agresiva, o bien por la derrota en batalla del gobernante débil (Zorita, 1963: 355).27
Esto nos indica que con la sujeción del tlatoani principal del altepetl perdedor, todos
los demás tetecuhtin que componían dicho altepetl reconocían obediencia al conquis-
tador, al menos por algún tiempo. Esta característica permitía expansiones meteóricas,
con la consecuente formación de enormes altepeme tipo 1 en vastos contextos regio-
nales. Llevado al contexto geopolítico de toda Mesoamérica, el mismo mecanismo
operó para la formación de un ente tan colosal como lo fue el imperio de la Triple
Alianza (Cortés, 1998: 66).28 No obstante, en este punto es más factible que los alte-
peme tipo 1 hubieran tenido la oportunidad de implementar un proceso de integración
territorial y dinástica más consistente que aquel que alguna vez hubiera podido aplicar
la Triple Alianza. Los altepeme tipo 1, una vez consolidados mediante intercambios
matrimoniales y habiendo logrado los traslados espaciales de sus parcialidades: “podían
mantenerse unidos durante siglos y relacionarse tan profundamente entre sí […] que
después de la conquista ya no se les podía separar” (Lockhart, 1992: 36). Por su parte,
la Triple Alianza, como gran altepetl del tipo imperial, se disolvió fácilmente en el
corto plazo.

Conclusiones

En este trabajo he intentado construir un altepetl ideal a manera de herramienta heu-


rística que nos permita el descubrimiento de las características únicas de los cientos de
Estados nativos independientes que existieron en Mesoamérica al iniciodel siglo xv.
En cierta forma, el modelo general está basado en la conjugación de muchos casos
particulares. Al poner juntas tantas observaciones inductivas y generalizarlas en el
caso de Mesoamérica, se corre el riesgo de crear un altepetl del tipo “Frankenstein”.
Acepto dicho riesgo bajo la condición de que la generalización propuesta nos permita
entender la naturaleza de los Estados nativos mesoamericanos sin tener que recurrir a

27 “[…] conociendo los vencidos su flaqueza muchas veces se sujetaban y se daban por vasallos del señor
que los llevaba de vencida y si el señor no quería darle la obediencia sus mismos vasallos le requerían
que se diese para que él y ellos no perecieren ni les asolasen sus pueblos y sus casas, y si porfiaba a no
se dar pareciendo que era soberbia sus mismos vasallos lo mataban y trataban paces con el otro
señor[…]” (Zorita, 1999: 355)
28 “El señorío de tierras que este Moctezuma tenía no se ha podido alcanzar cuánto era, porque a ninguna
parte, doscientas leguas de un cabo y de otro de aquella su gran ciudad, enviaba sus mensajeros, que
no fuese cumplido su mandato […] Pero de lo que se alcanzó, y yo de él pude comprender, era su
señorío tanto casi como España”. (Cortés, 1998: 66)
Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial
del Estado nativo mesoamericano (altepetl) 63

modelos etnográficos foráneos, o bien a abstracciones basadas en el modelo europeo


del Estado absolutista de los siglos xvii y xviii. Opino que el modelo expuesto aquí
puede explicar mejor que otros la naturaleza del entreverado de las tierras de los seño-
res dentro de los antiguos altepeme, situación que no es clara en trabajos previos y que
ha causado gran confusión entre los académicos de las últimas cuatro décadas. La
fuente de confusión es resultado de la fragmentación de los Estados nativos después
de la conquista española, en principio incitada por los conquistadores mismos para
repartir en encomienda las parcialidades indias, pero después promovida por los indios
de las parcialidades mismas para escapar las cargas tributarias y de servicios debidas a
los pueblos que fueron seleccionados como cabeceras del sistema de república indiana.
Por su parte, en la época prehispánica, la regla de Techotlalatzin nos informa de la
existencia de mecanismos del traslado espacial de las parcialidades dentro de las dis-
tintas casas señoriales (tecalli) del altepetl. Esta situación nos hace recordar el caso de
la mitma en Perú, y es interesante que dicho proceso se mencione en el caso de Meso-
américa, y que de momento nadie haya explorado su funcionamiento de una forma
sistemática. El desplazamiento forzado o negociado de distintas parcialidades de acuer-
do a la regla de Techotlalatzin nos ayuda a comprender la discontinuidad espacial en
la distribución de las tierras señoriales y de los habitantes asociadas a ellas.
Los distintos tipos cualitativos, más que cuantitativos, que he extraído del informe
de la Segunda Audiencia en torno a la naturaleza de los Estados indígenas, nos permi-
ten entender los juegos de alianzas y competencias entre los diferentes altepeme en el
contexto geopolítico de Mesoamérica. Tales tipos deben tomarse con cuidado, y re-
marco que son más cualitativos que cuantitativos. No obstante, en su aplicación ar-
queológica, espero que puedan reemplazar el anticuado y erróneo sistema de “tiers” o
estratos jerarquizados que nos legó la arqueología procesual de la década de 1970
(Flannery, 1976). Por más de cuarenta años, los arqueólogos han generando límites
artificiales entre los asentamientos regionales, con base en el área de superficie, pero
sin preguntarse nunca, o sin resolver el dilema, sobre los vínculos políticos que exis-
tieron entre dichos asentamientos con base en los sistemas nativos mismos. Debemos
entender que el tamaño físico del asentamiento no se correlaciona uno a uno con su
importancia política e ideológica dentro del altepetl.
Admito que este ensayo presenta muchas debilidades que deberán corregirse en
investigaciones posteriores. Primeramente habrá que analizar el papel de los agentes
sociales dentro del sistema de cada altepetl, ya que, por motivos de espacio, aquí he
enfocado más la estructura que a los actores políticos. La ideología del altepetl también
ha quedado relegada en favor de un acercamiento económico formalista. De la misma
forma, el modelo que propongo está sesgado hacia el papel de las élites y no pone
mucha atención en la función de los macehuales, lo que deberá corregirse. Habrá que
64 Gerardo Gutiérrez Mendoza

profundizar más en el papel del los consejos de gobierno en torno de los cuales giraba
la elección del tlatoani, la behetría indígena que nos menciona el padre De Acosta. En
fin, hay mucho por avanzar, pero espero que otros tomen este sendero y ayuden con
la carga. En su defecto, si algunos colegas se horrorizan ante la presencia de mi altepetl
tipo “Frankenstein”, espero que por lo menos me marquen los errores y nos indiquen
a todos un camino mejor pavimentado.

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Capítulo 2
El altepetl y la estructura urbana en la Mesoamérica prehispánica

Kenneth G. Hirth
Pennsylvannia State University

Introducción

Con frecuencia los debates tradicionales sobre el urbanismo antiguo identifican y


definen los centros urbanos en términos de un conjunto específico de criterios cultu-
rales. Estas propuestas tipológicas enfocan una serie de características que incluyen la
presencia de élites letradas (Sjoberg, 1960; Childe, 1943, 1950), la existencia de un
gobierno municipal autónomo (Weber, 1958), o el tamaño de la comunidad y la
densidad de su población (Wirth, 1938). Dichos enfoques reconocen la importancia
de la ciudad en el desarrollo de las instituciones sociales complejas y centran su análi-
sis en la comprensión de la estructura de la comunidad urbana (Fox, R., 1977; Jacobs,
1969, 1985). La propuesta tipológica ha sido aplicada satisfactoriamente en Mesoa-
mérica y ha generado discusiones bastante útiles sobre las formas urbanas prehispánicas
(Andrews, 1975; Hardoy, 1973; Sanders y Santley, 1983; Sanders y Webster, 1988;
Webster y Sanders, 2001). Se reconoce sobre todo, el papel que desempeñan las dife-
rentes fuerzas económicas, políticas y religiosas en la formación de los centros urbanos
y en la variación causada por la estructuración de sus componentes (Fox, R., 1977;
Sanders y Webster, 1988).
Algunos debates recientes sobre el urbanismo mesoamericano plantean que los es-
tudiosos deben cambiar su manera de ver la ciudad: de una perspectiva tipológica a una
perspectiva funcional (Blanton, 1976; Marcus, 1983). Este enfoque sostiene que para
definir un centro urbano, en lugar de usar criterios específicos, como el tamaño de la
población, los investigadores deberían concentrarse en el rango de funciones adminis-
trativas regionales que tienen esas comunidades en su territorio (Chase, D. Chase A. y
Haviland, 1990; Smith, M., 1989). Aunque las definiciones sobre lo que constituye un
centro urbano son imprecisas, esta propuesta tiene la ventaja de mover el enfoque hacia
la región donde se desarrolla la comunidad urbana (Blanton, 1981; Blanton et al., 1981;
Marcus, 1973; Smith, M. 1979). Esta perspectiva más amplia, percibe la aparición de
los centros urbanos como una manifestación del desarrollo de las instituciones que crean
e integran los grandes sistemas socioeconómicos regionales (Blanton, 1981: 392). Lo
importante de este procedimiento es que los centros urbanos son vistos como un deri-
vado de las mayores fuerzas políticas y económicas de la sociedad. La potencialidad de

69
70 Kenneth G. Hirth

esta propuesta reside en el reconocimiento de la simbiosis regional como fundamento


de la economía urbana, además de incorporar los conceptos sobre la jerarquía regional
y la integración de la teoría del lugar central en la discusión (Chorley y Haggett, 1967;
Haggett, Cliff y Frey, 1977; Hoselitz, 1955; Jefferson, 1939; Smith, C., 1976a, 1976b).
Este ensayo examina la naturaleza del urbanismo en la Mesoamérica prehispánica
desde una perspectiva regional. No se discute si los enfoques tipológico o funcional son
más apropiados para tratar el urbanismo, sino que una perspectiva regional permite
una mejor comprensión de la estructura urbana prehispánica en Mesoamérica. Se
plantea que los antiguos centros urbanos eran una derivación secundaria del sistema
político mayor del cual formaban parte. Durante la época de la conquista española la
unidad regional administrativa fundamental en el centro de México fue el altepetl, el
cual recuerda, en cuanto a su forma, a las ciudades Estado regionales del Mundo An-
tiguo (Bray, 1972; Griffeth y Thomas, 1981). Más que formarse como comunidades
integradas y autónomas con distintas identidades, los centros urbanos mesoamericanos
estaban incorporados en extensos sistemas de gobierno y de interacción económica,
mismos que definen a los altepetl. Con frecuencia la tradición americanista de inves-
tigación sobre urbanismo adopta la perspectiva tipológica weberiana, sobre la estruc-
tura urbana, la cual parte de una serie de supuestos sobre la organización, la integridad
y la integración de los lugares urbanos que no se aplican a las ciudades prehispánicas.
Aquí exploro esos problemas, con la esperanza de generar una mejor comprensión de
la naturaleza intrínseca del urbanismo mesoamericano, de la estructura de sus ciudades
y de los sistemas regionales de los que formaban parte los centros urbanos.

La perspectiva occidental weberiana del urbanismo

El interés de los arqueólogos por los grandes lugares urbanos es tan viejo como la
disciplina misma. La razón es simple; las grandes comunidades humanas siempre son
los lugares más influyentes de la sociedad, sea en términos de su poder económico y
político o como lugares de influencia social y religiosa (Childe, 1950). Desde una
perspectiva evolucionista, las comunidades crecieron en los lugares más importantes
de la sociedad, por razones de la riqueza del paisaje y de su valor estratégico como
pasos, o rutas de comercio, o por su significado ideológico o religioso. Las comunida-
des urbanas son importantes desde una perspectiva evolucionista porque en ellas exis-
te la necesidad de formas de gobierno que no están basadas en el parentesco y
constituyen una instancia para la solución de conflictos internos. Las ciudades pro-
porcionan un ambiente en el que con frecuencia tiene lugar el cambio cultural acele-
rado y son justificadamente el foco de la investigación arqueológica.
El altepetl y la estructura urbana en la Mesoamérica prehispánica 71

En la investigación de la estructura urbana los arqueólogos enfrentan una serie de


retos, como son la identificación de las fronteras de un sitio, inferir la estructura urba-
na a través de los restos materiales y hacer comparaciones con otras comunidades de
la región. Los arqueólogos necesitan definir las comunidades en términos concretos y,
en consecuencia, adoptan a menudo una visión weberiana del urbanismo. Max Weber
(1958: 81) percibía las ciudades como comunidades autónomas que eran distintiva-
mente diferentes de otras comunidades regionales. De acuerdo con Weber, las ciudades
eran comunidades limitadas y corporativas. Lo que las hace especiales es su autonomía
política y económica y sus formas propias y distintivas de gobierno interno (Martin-
dale, 1958: 54-55). La visión de Weber sobre las ciudades era tan extrema, que en su
definición de una verdadera ciudad excluía muchas de las antiguas grandes comuni-
dades. Para ese investigador las comunidades urbanas eran el producto final de un
largo proceso de evolución social, de las cuales la ciudad europea era el mejor ejemplo.
El problema que los arqueólogos enfrentan es que la forma en que identificamos las
ciudades exige definir las fronteras espaciales y las fronteras sociales. De esto deriva el
uso y la dependencia que tenemos de los estudios de patrón de asentamiento y las
metodologías de prospección. Con frecuencia, la manera en que identificamos y deli-
mitamos las comunidades nucleadas nos lleva a percibir los centros urbanos como
comunidades autónomas y corporativas, ¡cuando realmente no lo son! (Millon, 1973;
Chang, 1968). En mi opinión, la tendencia a ver las ciudades como comunidades
socialmente limitadas es un problema que permea todos los estudios sobre el urbanis-
mo, tanto en Mesoamérica como fuera de ella (Uzzell, 1979: 335).
Para Weber, las ciudades eran comunidades autónomas internamente organizadas,
en marcado contraste con su territorio rural inmediato de sustentación. La práctica de
caracterizar las ciudades en términos weberianos, de manera consciente o inconscien-
te, es, como ya se ha dicho, un problema muy extendido en los estudios urbanos
americanistas. Paul Wheatley (1972) ha identificado cinco corrientes que comúnmen-
te emplean los antropólogos y sociólogos urbanos para definir la forma urbana y sus
funciones, y todas parten de supuestos weberianos sobre las estructuras autónoma y
corporativa de la ciudad. Por ejemplo, la perspectiva de la ciudad corporativa es un
elemento fundamental de las dicotomías folk/urbano y rural/urbano observadas en los
estudios sobre urbanismo (Redfield, 1947; Redfield y Singer, 1954; Uzzell, 1979).
Este planteamiento es también un componente sobresaliente de la Escuela de Socio-
logía Urbana de Chicago y de su perspectiva sobre el medio ambiente urbano (Park,
1916; Wheatley, 1972; Wirth, 1969). Es, asimismo, un elemento de una serie de
métodos tipológicos y de complejos de rasgos sobre el urbanismo (Childe, 1950;
Weber, 1958; Wheatley, 1972) y aún está implícito en la definición mínima de ciudad
que ofrece Wirth: un “asentamiento de individuos relativamente denso, grande y
72 Kenneth G. Hirth

heterogéneo”­(Wirth, 1938: 8). Claramente está presente en los procedimientos que


visualizan las ciudades como centros de dominio político (Miner, 1967), así como en
los métodos prácticos utilizados para definir los centros urbanos con base en tamaño
de la población o en la integridad administrativa (Wheatley, 1972).
Los arqueólogos mesoamericanistas han pasado mucho tiempo tratando de enten-
der qué factores confluyeron en el desarrollo de comunidades urbanas particulares (Blan-
ton, 1978; Folan, Kintz y Fletcher, 1983; Hirth, 2000; Millon, 1973), y en discutir su
significado evolutivo en las sociedades donde surgieron (Sanders y Santley, 1983; Sanders
y Webster, 1988). Mucho se ha debatido sobre la presencia o ausencia de las comunida-
des urbanas en Mesoamérica, en particular si los mayas tenían o no ciudades (Chase, D.,
Chase, A., y Haviland, 1990; Sanders y Price, 1968). Significativamente se ha pasado
menos tiempo tratando de entender los factores fundamentales que organizaban y es-
tructuraban internamente las ciudades prehispánicas (véase M ­ arcus, 1973). Es común
definir las ciudades de las tierras altas de Mesoamérica en términos de su tamaño y
densidad de población. Ahí las ciudades son comunidades nucleadas claramente delimi-
tadas en términos espaciales y pueden ser identificadas mediante técnicas arqueológicas.
En las tierras bajas mayas el tamaño de la población, la densidad y las delimitaciones
comunitarias son menos claras, y los investigadores prefieren definir las comunidades
urbanas sobre la base de las funciones sociales que tenían en la sociedad (Chase, D.,
Chase, A. y Haviland, 1990). La incompatibilidad de estos enfoques es obvia, y aunque
hacen notar que existen diferencias entre las comunidades “urbanas” de las tierras altas
y las de las tierras bajas, estas discusiones no proporcionan una base para entender si
comparten estructuras de organización comunes.
Joyce Marcus describe con claridad el problema: “intentar definir la ciudad de
manera que satisfaga a los científicos sociales de Occidente, no a los indígenas
mesoamericanos” (1983: 241). Para evitar este problema necesitamos definir las ciu-
dades mesoamericanas en sus propios términos antes de proceder al análisis compara-
tivo de su tamaño y estructura. Una preferencia fundamental en la investigación
mesoamericana ha sido adoptar la perspectiva weberiana sobre la estructura urbana
donde estas comunidades están concebidas como asentamientos, cerrados, corporati-
vos y, a menudo, compactos. No creo que los centros urbanos mesoamericanos sean
comunidades corporativas limitadas y tampoco que estuvieran estructuradas y fueran
comunidades distintas a las otras existentes en las áreas donde se localizan. Esta noción
de comunidad urbana corporativa deriva de nuestra concepción occidental sobre el
paisaje prehispánico mesoamericano.
En la siguiente discusión se explora la posibilidad de que los centros urbanos
mesoamericanos, en particular las ciudades del Altiplano, fueran comunidades más
El altepetl y la estructura urbana en la Mesoamérica prehispánica 73

abiertas, segmentadas y con fronteras indefinidas, que lo que anteriormente se había


pensado. Algunos de los grandes centros urbanos del centro de México no fueron
comunidades autónomas integradas, sino sitios con estructuras de control social in-
terno no muy rígido. Con frecuencia las ciudades de las tierras altas parecen agregados
nucleados de población sin claros límites corporativos o de integridad política. A este
tipo de estructura le doy el nombre de urbanismo segmentario y considero que el reco-
nocimiento de este patrón puede lograr dos cosas: primero acercarnos a la verdadera
comprensión de la estructura intrínseca de las comunidades urbanas mesoamericanas.
Segundo, pone de manifiesto que los centros urbanos del Altiplano y de las tierras
bajas fueron más semejantes en su estructura de lo que anteriormente suponíamos y
acercarnos a la identificación de los elementos comunes de esa estructura. Se examinan
los datos etnohistóricos de diversas fuentes relativas a la estructuración de las ciudades
mesoamericanas en el Altiplano.

El altepetl y las ciudades mesoamericanas: Un punto de vista émico

El punto de vista indígena (émico) sobre las comunidades urbanas en Mesoamérica pa-
rece muy diferente al adoptado por los arqueólogos y otros científicos occidentales. En
el tiempo de la Conquista muchos asentamientos grandes y nucleados tenían una estruc-
tura organizacional integrada pero segmentada. La dicotomía urbano/rural que se acos-
tumbra usar para definir y discutir las relaciones urbanas no existe en la mente de los
indígenas y, al implementarla con el propósito de hacer análisis geográficos o sociopolí-
ticos, simplemente distorsionamos el modelo real de la estructura urbana prehispánica
(Hirth, 2000: 272). Michael Smith (1993, 1994) ha observado que los asentamientos
rurales aztecas eran comunidades socialmente complejas y heterogéneas que no caben
bien en las dicotomías urbano/rural en uso. La información etnohistórica indica que las
comunidades urbanas y rurales eran partes iguales y sin jerarquía del altepetl político
mayor. Las ciudades eran componentes de un altepetl mayor, y no al contrario. El altepetl
fue la principal estructura organizacional y no solamente el territorio inmediato que
sostenía a la comunidad urbana. Como resultado, el tamaño y la estructura de la comu-
nidad urbana era el reflejo de su correspondiente altepetl, y no tenía una estructura o
identidad separada de este gran cuerpo político. Aun cuando esta diferencia puede pare-
cer sutil es importante porque significa que las instituciones organizacionales eran de
ámbito regional, más que enfocadas en la estructura de una comunidad individual.
En el tiempo de la Conquista el altepetl regional era la unidad política fundamen-
tal en el centro de México. En términos básicos representa una familia real y su tierra
74 Kenneth G. Hirth

correspondiente, el territorio y la gente de un gobernante en particular (tlatoani).1 Los


altepetl eran bloques de grandes Estados políticos, como lo fue el de Chalco, que se
componía de un número de altepeme jerarquizados pero separados, también llamados
tlayacatl (Chimalpahin, 1965). Internamente el altepetl se subdividía en un número
de partes constituyentes que iban desde las unidades calpulli y chinamitl socialmente
integradas (Lockhart, 1992: 16), hasta las cuadrillas de tributo organizadas específica-
mente con propósitos de tributo y labor pública (Rojas Rabiela, 1986).
Lo importante aquí es que el altepetl contenía poblaciones urbanas y rurales y,
desde una perspectiva indígena, no se ha podido definir ninguna distinción entre
ambas. El diccionario de 1571 de fray Alonso de Molina (1977) define el altepetl como
un “pueblo o rey”, y al usar esta palabra indica que tanto las poblaciones urbanas como
las rurales se incluían en el mismo. El diccionario de Siméon de 1885 emplea un uso
similar para el término “altepetl”, traduciéndolo como “poblado, ciudad, estado, rey,
soberano”, que Hodge (1984: 17) traduce como “asentamiento, ciudad, estado, rey y
soberano” (Siméon, 1991). En un sentido muy realista, el altepetl representa la unidad
de interés político y administrativo, sin que se establezca una fuerte distinción entre
lo que podríamos clasificar como asentamientos urbanos o rurales al interior del mis-
mo. La evidencia lingüística equipara “ciudad” con la ciudad Estado en su totalidad,
más que como una comunidad grande especial del altepetl. Esta amplia perspectiva
está representada en palabras como “altepeua”, que se traduce como “habitante de un
ciudad, de un país”, y “altepetlalli”, la cual se traduce como la “tierra común” o tierras
comunales de toda la ciudad Estado (De Molina, 1977; Hirth, 2000: 272).
Joyce Marcus (1983) argumenta que se observa el mismo patrón indígena en el
valle de Oaxaca y por toda la península de Yucatán. En Oaxaca el término zapoteco es
“queche”, y se usaba el término mixteco “tayu”, traducido de manera tal que se fusionan
las ideas de gobernante, pueblo, ciudad, palacio y provincia (Marcus, 1983: 207;
Rincón Mautner, en este volumen). La unidad organizacional importante era el terri-
torio controlado por el gobernante, el cual, bajo circunstancias normales, vivía en el
asentamiento más grande de ese territorio. En la Mixteca contemporánea este último
parece quedar en los términos “ñuu” y “nu’u”, el primero representa el medio ambien-
te construido de la comunidad y el último representa las tierras de la comunidad o el
territorio (Chip Gerfen, comunicación personal 2003; Rincón Mautner, en este vo-
lumen). Lo mismo parece ser cierto para los mayas de Yucatán, quienes, aunque tienen
términos para los pueblos grandes y pequeños (“noh cah” y “chan cah”), encontraron,
al parecer, en el término “cacab” la unidad administrativa básica, la cual representa un

1 Rincón Mautner, en este volumen, maneja los mismos conceptos para los mixtecas del Postclásico
(Nota del editor).
El altepetl y la estructura urbana en la Mesoamérica prehispánica 75

municipio que incluía tanto al pueblo principal como la tierra que le pertenecía (Mar-
cus, 1983: 207; Restall, 1997). En la Huaxteca el término “bichou” se usó para ­referirse
al estado territorial o entidad política de un señor (ahjatic), su corte y los asen­tamientos
donde vivía (Gutiérrez Mendoza y Ochoa Salas, 2000, De Tapia Zenteno, 1985).
Parece probable que en toda Mesoamérica no se viera a los centros urbanos como
lugares cualitativamente distintos ni como entidades del paisaje rural, como lo son
para la sociedad occidental (Bookchin, 1992; Gulick, 1969). En vez de eso, las ciuda-
des se vieron, al parecer, como concentraciones de población que residía alrededor de
la casa del gobernante, del contingente político y de las estructuras religiosas del alte-
petl. Las comunidades urbanas no tenían delimitaciones formales y las ciudades pre­
hispánicas podían contener el centro nucleado del sitio y los pueblos externos, las
residencias y los campos de cultivo del altepetl. Es necesario que nos percatemos de
que las ciudades no eran unidades corporativas administrativas en el mismo sentido
en que las pensamos en términos de una jerarquía de sitios arqueológicos. Las delimi-
taciones eran difusas y es necesario un modelo que proporcione la estructura analítica
para conceptuar estas comunidades urbanas prehispánicas.

El modelo altepetl (segmentario) del urbanismo mesoamericano

James Lockhart (1992) argumenta que, aunque hubo muchos grandes asentamientos
nucleados en el centro de México en el tiempo de la Conquista, no existieron ciudades
en el sentido weberiano del término. El concepto de una ciudad como un lugar sepa-
rado y rodeado por las distintas comunidades corporativas de un altepetl mayor del
cual formaban parte, no es compatible con los principios de la organización sociopo-
lítica nahua. De acuerdo con Lockhart, en el altepetl nahua, “cualquier agrupación
urbana central que pudiera existir no tenía que constituir una jurisdicción separada,
sino que podría caer dentro de las áreas de alguno de los calpultin constituyentes.
Cada calpulli estaba separado [...] y no como una ‘ciudad’, para contribuir y beneficiar
las operaciones del altepetl” (Lockhart, 1992: 19). En este modelo, la unidad adminis-
trativa primaria es el altepetl, y sus unidades secundarias constituyentes son los calpul-
tin o las estructuras organizacionales equivalentes. Lo importante aquí es que las
ciudades como agrupamientos nucleados de población son epifenómenos o, a lo más,
unidades organizativas terciarias que resultan de la concentración de calpultin, o uni-
dades de organización equivalentes, alrededor de la residencia del gobernante y del
contingente cívico ceremonial del aparato del altepetl.
76 Kenneth G. Hirth

FIGURA 2.1
Modelo estructural de organización
de los agrupamientos nucleados de población en un altepetl más amplio

La figura 2.1 muestra el modelo estructural acerca de cómo se organizaron los


agrupamientos nucleados de población en un altepetl más amplio. Muestra el altepetl
subdividido espacialmente en ocho unidades de igual tamaño, representadas por las
ocho cajas rectangulares. La población de estos ocho calpultin se distribuía en, al menos,
dos agrupamientos o asentamientos distintos en sus respectivos territorios: un agrupa-
miento de población grande, representado por un triángulo, y un ­agrupamiento de
El altepetl y la estructura urbana en la Mesoamérica prehispánica 77

población pequeño, representado por un círculo. La población adicional pudo distri-


buirse en casas individuales o en pequeños agrupamientos por toda la tierra entre esos
dos asentamientos. Cuatro de estos calpultin (1-4) tienen la mayor parte de su población
concentrada en los asentamientos agrupados cerca del centro de sus territorios. Los
cuatro calpultin restantes (5-8) tienen la mayor parte de su población localizada en
concentraciones agrupadas alrededor del lugar del tlatoani, en el núcleo administrativo
del altepetl. El óvalo que rodea las cuatro grandes agrupaciones de población define los
límites de la población nucleada, y corresponde a lo que los arqueólogos identificarían
como un centro nucleado o ciudad. La figura 2.2 muestra cómo se podría ver este pa-
trón de asentamiento en términos de las residencias individuales.
Lo importante aquí es que se pueden derivar dos conclusiones falsas de una inter-
pretación arqueológica excesiva de los restos espaciales. La primera es que la comuni-
dad nucleada, identificada por los arqueólogos como el centro del altepetl, puede
interpretarse como una entidad urbana administrativa distinta y separada de su pobla-
ción rural adyacente. De manera similar, si la división del asentamiento en cuatro

FIGURA 2.2
Patrón de asentamiento, en términos de las residencias individuales
78 Kenneth G. Hirth

partes representada por los calpultin 5-8 puede detectarse en el agrupamiento central
de población, podría interpretarse de manera incorrecta como la evidencia de un nivel
de barrio para la organización administrativa dentro de la ciudad. Segundo, las dife-
rencias en el tamaño y dispersión de los agrupamientos de población hacen parecer
que el altepetl estaba organizado en una jerarquía administrativa de tres niveles, en vez
de una sola entidad política, con una organización residencial segmentada. Desde una
perspectiva espaciogeográfica, haría que el agrupamiento central de los calpultin 5-8
aparezca como la comunidad de rango superior en una jerarquía administrativa que
no existe. Por supuesto, el cuadro viene a ser todavía más complejo si las unidades
calpultin estaban jerarquizadas en el altepetl, como sugiere Lockhart (1992: 17-18) que
sucedía en muchos casos.
Un problema que los estudiosos enfrentan es desentrañar la naturaleza de la es-
tructura urbana prehispánica con la diversidad de términos y referencias encontradas
en la literatura etnohistórica. Aunque como calpultin se mencionan las ocho divisiones
administrativas del altepetl, que se encuentran en la figura 1.1, en realidad eran deno-
minadas con una variedad de diferentes términos. El altepetl era la unidad administra-
tiva básica dentro del sistema colonial español y con frecuencia se llamaba señorío
(Hodge, 1984: 17, 1994). La jerarquía en los grandes Estados podría denominarse
tlayacatl, tlahtocayo o cabeceras, mientras que las subdivisiones de las comunidades
nucleadas podían llamarse calpultin, barrios o estancias, dependiendo del lenguaje y la
terminología empleada por cada autor. Aun cuando esto es confuso, no debemos su-
poner una jerarquía de relaciones entre estos componentes, donde no existe. Lo im-
portante de la perspectiva indígena nahua es que las unidades organizacionales
primarias y secundarias se estructuraron en el modelo del altepetl y del calpulli, y no
necesariamente bajo las distinciones urbano/rural ni ciudad/villa derivadas de una
interpretación espacial o geográfica de los restos materiales.

La estructura de los centros urbanos del México central

Utilizando el modelo segmentario subsiste la cuestión sobre si hay evidencia del altepetl
o la forma segmentada de urbanismo en el centro de México en el tiempo de la Con-
quista. La respuesta a esta cuestión parece ser afirmativa. Frederic Hicks (1982, 1984),
en su amplio estudio sobre el altepetl de Texcoco, encuentra evidencia de exactamente
este tipo de organización en el valle de México. El altepetl de Texcoco cubría un área
cercana a los ochenta kilómetros cuadrados e incluía más de cien mil personas (Hicks,
1982: 231). A su vez, Texcoco se subdividía en seis grandes calpultin, “parcialidades”
o secciones administrativas (Ixtlilxóchitl, 1975 y 1977, 1: 380, 2: 101), que fueron las
El altepetl y la estructura urbana en la Mesoamérica prehispánica 79

principales unidades administrativas. Las principales agrupaciones de asentamientos


de esos seis calpultin o sectores administrativos se concentraron en un radio de entre
uno y dos kilómetros del sitio principal, mientras que los sitios pequeños de esos cal-
pultin se distribuían a través del terreno circundante (Hicks, 1982: figura 1 y tabla 1).
La organización espacial de esos calpultin da como resultado una zona residencial
fuertemente nucleada alrededor de los palacios reales, mientras que el grueso de la
población habitaba lejos del núcleo administrativo central de Texcoco. Para Hicks
(1982: 232), “la ciudad consistía en su mayor parte de numerosos pequeños agrupa-
mientos de casas, con establecimientos de nobles aquí y allá, distribuidos entre los
campos cultivados”.
Lo que importa aquí, no es lo que representaban los calpultin en cuanto a la es-
tructura interna de Texcoco, porque ésta cambió claramente a través del tiempo. Lo
importante es que las descripciones etnohistóricas de Texcoco se ajustan sólidamente
al modelo segmentario de organización urbana del altepetl propuesto aquí. Sobre todo,
Texcoco no es un ejemplo aislado y solitario de este tipo de estructura. Los españoles
se encontraron con la dificultad práctica de entender los sistemas administrativos in-
dígenas, al intentar convertir los pueblos mayores o “ciudades” en cabeceras de las
poblaciones rurales de los alrededores. Encontraron que las líneas de autoridad indí-
gena, a menudo no seguían la dicotomía urbano/rural implícita en el procedimiento
administrativo español. En cambio, vieron cuán fácil era construir un sistema admi-
nistrativo siguiendo los principios indígenas de organización del altepetl. En este pro-
ceso, con frecuencia subdividieron las grandes ciudades en dos o más unidades
administrativas (altepetl-tlayacatl), cada una con su propio tlatoani. Lo que hicieron
los españoles en respuesta, fue organizar los señoríos de acuerdo con los límites de los
altepetl indígenas.
La subdivisión de los grandes poblados o centros urbanos en múltiples unidades
administrativas semiindependientes es precisamente lo que se espera del modelo alte-
petl del urbanismo. La principal implicación de este tipo de organización es que las
ciudades no representan comunidades internamente integradas y corporativas, como
es característico de las ciudades occidentales medievales y modernas. Que éste es un
fundamento característico de la estructura urbana prehispánica es evidente en la es-
tructura de la capital azteca, la cual se componía de dos ciudades independientes,
Tenochtitlan y Tlatelolco. Aunque esta división dual a menudo se explica en referencia
a las historias de migraciones específicas de los grupos que poblaron la isla (Davies,
1977: 39; Zantwijk, 1985). En realidad, lo que refleja es la independencia y la natu-
raleza segmentada de la estructura urbana donde dos centros altepetl independientes
se localizaban lado a lado en la misma y reducida isla. La misma Tenochtitlan se com-
ponía de cuatro barrios distintos, los cuales, en opinión de Reyes García (1996: 47-48),
80 Kenneth G. Hirth

eran grupos étnicos organizados como cuatro altepeme separados. Otros ejemplos de
este tipo de estructura urbana segmentada en el valle de México se encuentran en los
pueblos de Culhuacan y Cuitlahuac, cada uno con cuatro tlatoani elegidos e indepen-
dientes, y Amecameca, que tuvo cinco tlatoani separados (Bray, 1972: 164).
La ciudad de Cholula, en el vecino valle de Puebla, presenta un cuadro aún más
claro de este patrón de estructura urbana. Los documentos coloniales tempranos in-
dican que la ciudad se subdividía en seis secciones semiindependientes, cabeceras o
estructuras, como el altepetl, cuya autoridad administrativa se extendía sobre las po-
blaciones distribuidas en los asentamientos de todo el territorio inmediato que las
rodeaba (Paso y Troncoso, 1905-1906: 61-62; Simons, 1968, 1969, Lind, en este
volumen). Esas seis secciones se subdividían, a su vez, en 4-9 barrios o calpulli, algunos
de los cuales se localizaron en el paisaje rural circundante del centro nucleado de
Cholula (Simons, 1967, 1969: 143). Kubler (1968) describe la estructura urbana de
Cholula como una liga de seis pueblos separados, agrupados juntos y que compartían
un centro administrativo ritual. El patrón general es, de nuevo, segmentado, más aún
que el de una comunidad urbana integrada. Nadie cuestiona que Cholula fue un
poderoso reino y que tenía como capital un importante e influyente centro urbano
panmesoamericano. Las grandes comunidades, como Cholula, eran importantes ciu-
dades Estado prehispánicas, aunque con frecuencia no eran las comunidades unifica-
das e integradas que los estudiosos occidentales quieren que sean (Hirth, 2000: 274).
Lockhart (1992) considera que la naturaleza segmentada de la estructura adminis-
trativa se extendía más allá de los límites del altepetl individual, hasta abarcar las gran-
des confederaciones y Estados compuestos observados por todo el valle de México, en
el tiempo de la Conquista. Se trata de los mismos principios organizativos de gran
orden. El Estado de Chalco, por ejemplo, se dividía en cuatro grandes tlayacatl, los
cuales se subdividían en una variedad de altepeme individuales (Chimalpahin, 1965).
Cuauhtitlan se organizaba de manera similar y aunque su linaje gobernante fue funda-
do cerca del año 800 d. C. (Hodge, 1984: tabla 4.1), no se construyó un centro formal
altepetl con su complejo templo-palacio sino hasta cerca del año 1300 d. C. (Anales de
Cuauhtitlan, 1945: 32). Fue en ese entonces que se fundó el pueblo de Cuauhtitlan, al
agruparse ocho calpultin en cuatro distritos alrededor del complejo templo-palacio
(Anales de Cuauhtitlan, 1945: 34; Hodge, 1984: 77). Esto ha sido confirmado indirec-
tamente por la evidencia arqueológica de la región en donde la población nucleada no
aparece alrededor de Cuauhtitlan sino hasta después del año 1350 d. C. (Sanders,
Parsons y Santley, 1979: mapas 17 y 18). De la misma manera, Xochimilco se dividía
en tres grandes tlayacatl, cada uno con su propia jurisdicción y tlatoani.
También se menciona la misma estructura segmentada en otras áreas fuera del
Altiplano del centro de México. Las comunidades prehispánicas de la Mixteca Alta se
El altepetl y la estructura urbana en la Mesoamérica prehispánica 81

organizaron de manera muy parecida al altepetl del centro de México. Tenían: 1) un


núcleo central residencial con el palacio del cacique, estructuras cívicas, un lugar de
mercado y la población asociada se organizaba en divisiones de distritos; 2) agrupa-
mientos de población alejados y dispersos; y 3) un recinto ceremonial, a menudo loca-
lizado en una cima, en una cueva o en un manantial (Dahlgren, 1990: 177-180;
Spores, 1967: 91-97). Los datos indican que la comunidad mixteca era una entidad
regional que contenía tierras agrícolas y una población distribuida en asentamientos
nucleados y dispersos (Spores, 1967: figura 2). Se han identificado quince comunidades
con este tipo de estructura, incluyendo las bien conocidas comunidades de Yanhuitlán,
Coixtlahuaca, Nochistlán, Etlatongo y Tilantongo (Spores, 1967: mapa 4, 99).
Esta misma estructura se ha observado en la Huaxteca. Aquí el equivalente regio-
nal al altepetl es llamado el bichou (Gutiérrez Mendoza y Ochoa Salas, 2000). El bichou
contenía la residencia principal del gobernante (ahjatic) y la población se encontraba
dispersa en barrios cuyo centro era la residencia del gobernante y en los asentamientos
localizados por toda el área rural de los alrededores. Lo más interesante es que la mis-
ma palabra (quamchalab) se refiere a las casas agrupadas, tanto en el núcleo del asen-
tamiento como en las áreas rurales alejadas. Los huaxtecos no diferenciaban entre la
población central y los agrupamientos de población rural alejados, y así fueron vistos
como componentes equivalentes e integrales de los bichou regionales (Gutiérrez
Mendoza y Ochoa Salas, 2000: 3; Gutiérrez Mendoza, en este volumen).
Los mayas de Yucatán se organizaron de manera similar. De acuerdo con Restall
(1997: 26), el cah era el equivalente del altepetl nahua. El cah incluía la casa y tierras
de la comunidad, y se refería a los aspectos residenciales y territoriales de la sociedad
(Restall, 1997: 20). El cah territorial contenía múltiples asentamientos, agrupamientos
de casas o barrios (cahob). El antiguo cah de Tihó (Mérida) es un caso característico
que contiene cinco cahob asociados (Restall, 1997: mapa 3.3). No es claro cuántos
cahob se relacionaron con los cinco localizados alrededor del núcleo central de Tihó,
pero es posible que su dominio original abarcara una combinación de grupos de casas
rurales adicionales.
Una estructura regional territorial muy similar se presenta en las tierras altas mayas
del Quiché. Aquí el dominio regional de los quiché está referido con varios términos,
como “nima amak” (segmento mayor), “nimaguil amak” (el más grande de los segmen-
tos) u “onojel amak” (todo junto) (Fox, Cook y Demarest, 1996: 812). Todos los tér-
minos comparten dos características en común. Primero, hay dominios territoriales
compuestos de múltiples amak que representan pequeños segmentos comunitarios.
Segundo, los amak están relacionados unos con otros a través de las estructuras de
parentesco, con deberes y obligaciones bien definidas. La más grande de las comuni-
dades que incluía al señor gobernante (amak tinamit) quedaba rodeaba por los diferentes­
82 Kenneth G. Hirth

amaks rurales (Fox, Cook y Demarest, 1996: 812). Un ejemplo de esta estructura es la
importante ciudad quiché de Utatlán (Carmack, 1981; Fox, J., 1987, 1989).

La estructura territorial del altepetl mesoamericano

Desde esta perspectiva, en la Mesoamérica prehispánica, la entidad primaria geográfi-


ca y organizacional era el altepetl o señorío regional, y no la ciudad. Los tres componen-
tes primarios del altepetl eran el gobernante, la población de sustentación y el territorio
geográfico que lo sustentaba por igual. Lo que importa, en términos conceptuales, es
que no hay separación entre el espacio urbano y el rural. Con mucha frecuencia el al-
tepetl representa a la comunidad como un todo, sin divisiones entre las áreas de asen-
tamiento y las tierras de cultivo que las rodean. Una de las cuestiones que surgen de
esta discusión es cómo se estructuraron los altepeme, y si éstos tenían fronteras blandas
o duras. En todo caso, las estructuras sociales segmentadas del tipo que se discute aquí
serían diversas en la forma en que se estructuraron y organizaron los altepeme.
Un aspecto de particular interés sobre la estructura del altepetl es la fluidez obser-
vada en la manera en que se percibía y manipulaba el espacio comunal y regional. En
términos prácticos, se expresa en la manera en que el altepetl se definía con respecto a
sus fronteras geográficas y territoriales. En su forma más sencilla, el altepetl representa
una entidad política con un territorio regional contiguo y ocupado por una población
sujeta a un señor particular. La naturaleza territorial de estas entidades políticas es
evidente en el centro de México por la frecuente referencia al establecimiento de par-
te de los gobernantes de marcadores en las fronteras (linderos) y su representación en
los mapas y lienzos coloniales (por ejemplo, Yoneda, 1991). Con todo, la estructura
fluida y seccional del altepetl era capaz de acomodarse sin dificultad a la adición o
pérdida de gente y territorios. El resultado fue la creación del altepetl con territorios
regionales continuos o discontinuos.
Menos común, pero particularmente interesantes son las formas discontinuas de
organización espacial observadas en algunas áreas de la Mesoamérica prehispánica. En
lugares del centro de México, el desarrollo de entidades discontinuas era resultado de
historias específicas que agregaron o sustrajeron el área geográfica a las diferentes
­entidades políticas. En el centro de México, la conquista, la expansión, la anexión y la
migración cambiaron la forma y fronteras de muchos de los altepeme. En la Mixteca, las
parcelas individuales se adhirieron a los bienes patrimoniales y prebendas heredadas,
dentro y fuera de las entidades políticas regionales mediante una combinación de matri-
monios, herencias y conquistas (Spores, 1984: 131). En el valle de Teotihuacan se loca-
lizaban tres altepeme bien documentados con soberanía sobre un territorio discontinuo
El altepetl y la estructura urbana en la Mesoamérica prehispánica 83

(Munch, 1976). Lo más instructivo de estos ejemplos es que muestran la variación sobre
la forma en que pudieron organizarse los dominios territoriales discontinuos.
La “Relación Geográfica de Teccisztlán (Tequisistlán) e su Partido” de 1580 propor-
ciona una extensa lista de asentamientos rurales en el valle de Teotihuacan, un mapa
con sus localizaciones y los nombres de las cabeceras a las cuales cada asentamiento
pagaba tributo (Sanders, Evans y Charlton, 2001: mapa 240, tabla 92). El documen-
to se ocupa de los dominios tributarios de los tres importantes altepeme de Teotihuacan,
Acolman y Tepexpan localizados en el valle de Teotihuacan en el tiempo de la Con-
quista. El dominio territorial de Teotihuacan consistía de aproximadamente diecisiete
asentamientos tributarios (Sanders, Evans y Charlton, 2001: tabla 92); salvo tres de
ellos, todos se localizaban en medio de la planicie del valle. La mayor parte del terri-
torio del altepetl de Teotihuacan era una extensión continua de tierra que rodeaba la
comunidad cabecera donde residía el tlatoani (véase la figura 2.3). No obstante, tam-
bién fueron parte del altepetl de Teotihuacan tres comunidades rurales adicionales,
localizadas en la región de Temascalapa fuera del valle principal. En este ejemplo, la
mayor parte del territorio del altepetl de Teotihuacan se definía como un dominio
geo­gráfico continuo, solamente con algunos segmentos reducidos separados del prin-
cipal bloque territorial.
El segundo altepetl importante en esta región era el de Acolman, conocido hoy día
principalmente por el convento del mismo nombre. El dominio territorial de Acolman
consistía de 26 asentamientos tributarios localizados en dos bloques territoriales espa-
cialmente separados, presentados en la figura 2.3. Uno de los grandes bloques se loca-
lizaba en un área irrigada de alta producción sobre la planicie del valle, rodeando el
centro de Acolman. La otra mitad del dominio territorial de Acolman se localizaba en
la región de Temascalapa fuera del valle de Teotihuacan. Estaba separado de las otras
áreas del altepetl por territorios intermedios de los altepeme de Teotihuacan y Tepexpan.
El tercer altepetl importante en esta región fue el de Tepexpan. La organización
espacial de este altepetl es de particular interés, debido a que la mayor parte del terreno
y de las comunidades que lo componían estaban separadas de la cabecera principal
central. La cabecera principal de Tepexpan se localizaba en la planicie aluvial del valle
de Teotihuacan, mientras que la mayoría de sus 13 pueblos tributarios dependientes
y de las tierras que cultivaban, se localizaban fuera del valle de Teotihuacan, sobre las
pendientes del cerro Gordo, en la región de Temascalapa y en la planicie de Xaltocan.
Está claro que buena parte de los dominios tributarios del altepetl estaba desarticulada
y separada de la cabecera central de Tepexpan por las tierras intermedias de Teotihuacan
y Acolman (véase la figura 2.3).
Lo que demuestran estos ejemplos es que aún dentro de una pequeña región, los
altepeme adyacentes pueden variar ampliamente en la manera en que estructuraban y
84 Kenneth G. Hirth

FIGURA 2.3
Parte de los dominios tributarios del altepetl que estaba desarticulada y separada
de la cabecera central de Tepexpan por las tierras intermedias de Teotihuacan y Acolman

organizaban sus dominios territoriales. Es probable que los dominios continuos, como
Teotihuacan, fueran energéticamente eficientes debido a que efectuaron el transporte
de bienes de tributo y desempeñaron trabajos obligatorios en el tecpan fáciles de cum-
plir. Sin embargo, los ejemplos de Acolman y Tepexpan muestran claramente que
ésta no fue la regla general. Aparentemente fueron muy comunes los dominios dis-
continuos, como los anteriores, y no tenían problemas en su administración cuando
El altepetl y la estructura urbana en la Mesoamérica prehispánica 85

estaban separados del altepetl central. Los agricultores que explotaban esas tierras resi-
dían cerca, y sus relaciones tributarias con el Estado y la sociedad no se vieron afectadas
por la distancia que los separaba de la élite que los gobernaba. Las relaciones estructu-
radas por las obligaciones tributarias en el altepetl eran entre el tlatoani y el Estado, por
una parte, y la gran población de comuneros, por la otra. No era importante si la
población se localizaba en el interior de un espacio continuo.
Así, se daba como resultado un sistema flexible de acumulación de tierra que permi-
tía a la élite reunir diversas prebendas y bienes patrimoniales (tecpantlalli, pilcalli), con-
sistentes de tierras y sus trabajadores fijos, dispersos sobre extensas áreas. Así, los aztecas
comúnmente expropiaban la tierra de los grupos que conquistaban (Durán, 1994; Gib-
son, 1971: 390). Las tierras pudieron acumularse mediante el matrimonio, como se
observa en el linaje real de Teotihuacan, que anexó las tierras de Chalco a sus bienes pa-
trimoniales, por medio del matrimonio de la hija de Nezahualcóyotl en 1437 (Munch,
1976; Sanders, Evans y Charlton, 2001: 906). Esta práctica se observaba en muchas áreas
de Mesoamérica hacia el tiempo de la Conquista. Para ejemplificarla, Ronald Spores
(1967: 164-168) reporta una lista de 102 campos que formaron parte de las prebendas
patrimoniales otorgadas al cacicazgo de Yanhuitlán en 1580. De estos campos, 68 se lo-
calizaban en el altepetl original de Yanhuitlán, mientras que los 34 campos restantes se
localizaban en otros cuatro altepeme, en otras partes de la Mixteca Alta.
El concepto de un dominio estatal o territorio es el que se esperaría encontrar en
las sociedades de nivel estatal en Mesoamérica y en otras áreas del mundo antiguo.
Aunque las fronteras del altepetl varían en su forma por todas las tierras altas, se reco-
noce el dominio territorial como elemento formal de la estructura del altepetl. Éste
parece no ser el caso en algunas áreas de las tierras bajas mayas, donde las menores
densidades de población, la maleza densa y la práctica rotacional de cultivo, hacen
difícil definir los territorios específicos en los cuales vivían las poblaciones dependien-
tes. La unidad política primaria entre los mayas de Yucatán era el cacab, o municipio
regional, el cual recuerda en su estructura general al pequeño altepetl de las tierras altas.
Más que intentar establecer fronteras territoriales fijas, el cacab parece definirse en
términos de las relaciones sociales obligatorias que existieron entre los señores y los
sujetos (Okoshi, 1995).
Las fronteras territoriales fueron importantes para definir el altepetl, pero éstas se
subordinaban claramente en importancia a las relaciones sociales que definían el tri-
buto y los servicios obligatorios entre el señor y sus sujetos. Los dominios políticos
regionales, como el altepetl, se estructuraron internamente con respecto a las obliga-
ciones sociales, que llevan a una variedad de formas de organización espacial y territo-
rial. Esta variación se reproduce en las formas de organización de la comunidad. A
menudo, las grandes comunidades eran los elementos nucleares de los grandes
86 Kenneth G. Hirth

­ ominios políticos. Al igual que el altepetl en el que se encuentran, las ciudades y las
d
grandes comunidades, derivaron de las relaciones sociales que definían a la sociedad,
más que ser entidades formales en sí mismas. A continuación se trata la estructura
interna segmentaria de estas comunidades.

Integridad residencial y organización interna de la comunidad

El modelo segmentario de la estructura urbana planteado antes (véanse las figuras 2.1
y 2.2) sugiere que las grandes comunidades urbanas prehispánicas podrían tener fron-
teras fluidas y un nivel relativamente bajo de estructuración corporativa de la comu-
nidad. Los grupos sociales que definen estas comunidades, con frecuencia se han
caracterizado por ser redes de calpultin. Lo que se enfatiza aquí es que esas redes socia-
les, aunque estructuradas, definen el altepetl más que los gobiernos municipales de las
ciudades. Una cuestión que falta resolver es cómo se estructuraron las redes comuni-
tarias y si las grandes comunidades nucleadas, que a menudo llamamos ciudades, tu-
vieron fronteras suaves o duras. Las estructuras sociales segmentadas deberían pro­ducir
diversidad en la manera en que se organizaron y estructuraron las comunidades. En
todo caso, la integración de comunidades corporativas debería tener un orden social
mejor definido y límites espaciales, como aquellas comunidades que justamente deri-
van de la extensa organización altepetl. La integridad residencial proporciona una
manera de evaluar la integración social de las comunidades urbanas. Desde esta pers-
pectiva, las comunidades con fronteras espaciales rigurosamente definidas, con mayor
posibilidad reflejan una integración más estrecha de las entidades sociales, que aquellas
fronteras que son vagas o discontinuas.
En Mesoamérica, la organización comunitaria a menudo se modela en términos
de agregados residenciales, como los distritos o barrios observados en los lugares urba-
nos históricos y contemporáneos. Si bien la terminología puede variar, estas subdivi-
siones con frecuencia son referidas como calpulli o una de sus formas derivadas. Mucho
se ha escrito sobre la composición y estructura del calpulli, y aquí no revisaré esa lite-
ratura (véanse Carrasco Pizana, 1971, 1976a, 1976b; Monzón Estrada, 1949; Reyes
García, 1996; Zorita, 1963,).
El calpulli se caracteriza a menudo al estar integrado por grupos de gente interna-
mente estratificada, que viven juntos, comparten la misma tierra, identidad étnica o
grupal y se comprometen en la colectividad cívica y en la actividad religiosa. Cada
calpulli tiene un pequeño recinto administrativo, el cual podía tener un templo peque-
ño, edificios cívicos, como el telpochcalli, y una residencia de élite (Carrasco Pizana,
1971; Monzón Estrada, 1949).
El altepetl y la estructura urbana en la Mesoamérica prehispánica 87

Aunque se ha debatido ampliamente el tamaño y la forma de esta unidad organi-


zacional (Hicks, 1982; Reyes García, 1996), en general se piensa que el calpulli tenía
una integridad corporativa y que sus miembros residían juntos (Carrasco Pizana,
1971). Mientras que ésta parece ser la regla en el valle de México, no fue el caso de las
comunidades indígenas en la región de Puebla-Tlaxcala. Ahí las formas de organiza-
ción comunitaria parecidas al calpulli son raras o se observan principalmente en los
grupos de origen tolteca chichimeca (Hicks, 1982: 244; Lind, en este volumen). En
esta área, el fundamento de la organización comunitaria no se basaba en las unidades
corporativas residenciales, como el calpulli, sino en las cuadrillas de tributo, organiza-
das administrativamente para producir los bienes y servicios empleados por la élite
estatal. Si bien la gente vivía en agrupaciones residenciales (barrios, caseríos, villas),
cada uno con identidad propia y distintiva y con topónimo distinto, el aparato orga-
nizacional empleado por el Estado para crear una jerarquía administrativa y regional
fue el sistema tequitl de colecta de tributos y servicios personales.
El tributo provenía de la movilización del trabajo de las casas domésticas sobre
una base rotacional, tanto del servicio privado como del servicio público (cuatequitl)
(Carrasco Pizana, 1978). El tributo consistía de servicios domésticos y pagos de bienes
agrícolas y artesanales de parte de los individuos que los producían. El tributo se mo-
vilizaba a través del sistema de cuadrillas, una estructura organizacional implementada
para la colecta del tributo y el trabajo. El sistema de cuadrillas proporcionaba jerarquía
administrativa de tres niveles, bajo la cual se organizaban todos los productores tribu-
tarios. Podía corresponder, o no, con los grupos residenciales. En el último caso,
atravesaba los grupos residenciales y los remplazaba en su capacidad de controlar a la
población, asignar recursos y realizar los mandatos políticos del Estado. Debido a la
importancia del sistema de cuadrillas para la manutención del altepetl, es frecuente que
su estructura se reproduzca más consistentemente y se discuta en las fuentes etno­
históricas del centro de México, como las unidades sociales organizadas con base en la
residencia, la religión o la afiliación étnica (por ejemplo, el calpulli).
El sistema de cuadrillas tuvo tres niveles burocráticos. La estructura administrativa
más pequeña era el grupo de veinte casas; éste fue el centecpantin y representaba un
grupo de veinte personas o casas (De Molina, 1977; Siméon, 1991). La misma estruc-
tura organizacional se observa entre los huaxtecos. Ahí el término “inic” se refiere tanto
al hombre como al número “20” (De Tapia Zenteno, 1985), indicando el fundamental
y omnipresente ordenamiento de la sociedad en grupos de trabajo de veinte hombres.
En el centro de México un supervisor burocrático, conocido como centecpanpix-
qui, estaba a cargo de un grupo de veinte familias y tenía autoridad sobre ellas (Mar-
tínez, 1984; Rojas Rabiela, 1986: 140). El segundo nivel en la jerarquía del sistema de
cuadrillas era el macuillamantli o el grupo de cinco centecpantin. Éste representaba cien
88 Kenneth G. Hirth

tributarios hombres o familias, y un supervisor, llamado macuiltecpanpixqui, coordi-


naba sus actividades tributarias (Katz, 1966: 100; Martínez, 1984: 103). En la cima
del sistema de cuadrillas siempre estaba el calpixque, quien coordinaba las unidades de
cien familias tributarias puestas bajo su cuidado (Rojas Rabiela, 1986: 140-141). En
determinada comunidad, el Estado o las familias de élite podían emplear múltiples
calpixque, dependiendo de su tamaño y la manera como se organizaban las familias
tributarias por trabajo y especialización artesanal (Ixtlilxóchitl, 1975: 1: 380, 393).
El sistema de cuadrillas referente a las comunidades de toda la región de Puebla-
Tlaxcala está bien descrito, incluyendo las grandes ciudades Estado de Tlaxcala, Hue-
jotzingo y Tepeaca. Hay una extensa investigación etnohistórica reciente sobre esta
región (Gibson, 1967; Olivera Bustamante, 1978; Prem, 1974; Sullivan, 1987) y la
investigación reciente acerca de Tepeaca (Martínez, 1984) proporciona un modelo
sobre cómo suministraron las cuadrillas de tributo una estructura para la integración
regional de la población. Esta situación queda establecida de manera apropiada en
1553, por Tomás de León Tozquiuatzin, tlatoani de Oxtoticpac, cuando dice, “prime-
ra cosa que digo, declaro, es aquí en Cuautinchan, en Tecalco, en Tepeyacac, en Teca-
machalco y en Quechollac los calpultin no poseen tierras” (Martínez, 1984: 21). En
esta área de tierra, la fuente fundamental de poder e ingreso no quedaba más en las
manos de la unidad residencial local, el calpulli. En cambio, la tierra fue expropiada y
controlada por los señores de la región. Aún más importante era que la distribución
de tierras y la colecta de sus rentas obligatorias estructuraban las relaciones sociopolí-
ticas al este del valle de Puebla.
De acuerdo con Martínez (1984), el altepetl de Tepeaca estaba subdivido en cuatro
tlahtocayo o familias reales (casas señoriales) localizadas en tres comunidades separadas
(Tepeaca, Acatzingo y Oxtoticpac). El tlahtocayo era una unidad organizacional fun-
damental, consistente de un linaje real con sus correspondientes tierras patrimoniales.
El tlatoani (o tlayllotlac) era la cabeza del tlahtocayo y el que administraba la distribución
de las tierras patrimoniales y la recolección del tributo de las poblaciones comuneras
que las ocupaban. La información disponible indica que en toda el área los comuneros
se organizaron en cuadrillas de tributo, basadas en múltiplos centecpantin (grupos de
20 familias), supervisadas por los centecpanpixqui, macuiltecpanpixqui y calpixque des-
critos anteriormente (Carrasco Pizana, 1963, 1969; Martínez, 1984). Era típico que
las familias tributarias se enlistaran en múltiplos de 20, 40, 60, 80 y 100 familias.
Lo que es particularmente interesante acerca de este sistema, es que no se estruc-
turaba fuertemente sobre las líneas de proximidad residencial. Las listas de tributo de
las familias de élite demuestran que los centecpantin, sobre los cuales la élite se asegu-
raba, se distribuían a través de numerosas comunidades y barrios de las comunidades
(Martínez, 1984: tabla 2). Este patrón no parece ser el de los lugares (comunidades,
El altepetl y la estructura urbana en la Mesoamérica prehispánica 89

barrios) donde se organizaban las cuadrillas de tributo para sustentar a una sola fami-
lia de élite. En cambio, el barrio mismo, o la comunidad, podía subdividirse en cua-
drillas asignadas a diferentes familias de élite en los mismos, o diferentes, tlahtocayo.
El examen de la lista de las tierras patrimoniales en disputa por los dos tlahtocayo de
Tepeaca, encabezados por Luis de Guzmán, y la lista de cuadrillas tributarias de Her-
nando de la Cruz, muestran un total de ochenta barrios y comunidades en Tepeaca y
Acatzingo durante el siglo xvi (Martínez, 1984: tabla 2). Los datos indican que ambas
familias reales tenían tierras y obtenían tributo de las cuadrillas, en muchos de los
mismos barrios. Treinta y tres barrios, al menos 40% de los enlistados, tenían su pro-
pia población dividida en cuadrillas, las que se asignaron a diferentes tlahtocayo. Estas
relaciones se aclaran cuando se examina la muestra total de las 111 comunidades con
tierras en disputa y cómo se distribuían éstas entre las catorce familias de élite de todos
los tlahtocayo. De los barrios o comunidades enlistados, 66, es decir 60%, se dividieron
en cuadrillas de tributos que cruzaban la organización natural de los agrupamientos
residenciales. Las familias adyacentes en los mismos barrios se dividían en cuadrillas
de tributo asignadas a diferentes señores (Martínez, 1984: 106).
En la discusión sobre el urbanismo son importantes algunos elementos de este
sistema. Primero, las cuadrillas de tributo proporcionaron la red primaria administra-
tiva que operaba en la relación de las poblaciones al oriente del valle de Puebla. Se
trata de un sistema formal, organizado con los principios de solidaridad mecánica
(Durkheim, 1933; Robey, 1982: 74-75), que en menor grado sigue, y en un grado
mayor atraviesa la organización más natural y orgánica de los grupos residenciales
(Weber, 1947). Segundo, la élite probablemente usaba este sistema de tributos para
romper y minar la estructura corporativa de los grupos residenciales. En el oriente de
Puebla, las comunidades residenciales no fueron las unidades primarias políticas o
administrativas. Sin embargo, eran agrupamientos de población organizados en blo-
ques tributarios, que sencillamente se reasignaban a las diferentes familias de élite,
mismas que recibían el usufructo del derecho a la tierra. Tercero, el sistema de ­cuadrillas
era altamente flexible y proveía un sistema para relacionar grupos amplios, y espacial­
mente separados, pertenecientes a una jerarquía tributaria. El desarrollo del tlahtocayo
resultó con el tiempo en el desarrollo de sistemas integrados, cuyas partes componen-
tes se distribuyeron ampliamente sobre el espacio, más que concentrarse en áreas
compactas. Esto es importante, porque, como el modelo altepetl segmentario del ur-
banismo, demuestra que en el tiempo de la Conquista fueron los principios ­burocráticos
y no las fronteras comunitarias la base que conformaba las jerarquías administrativas
en el centro de México.
90 Kenneth G. Hirth

El urbanismo y el altepetl: algunas conclusiones preliminares

Aunque estamos lejos de entender las estructura del urbanismo mesoamericano, aho-
ra son claros algunos de sus aspectos. Primero, en Mesoamérica la ciudad no represen-
ta una institución específica y separada. Por el contrario, las ciudades se incrustaron
en y dependieron de una amplia estructura, altepetl, de la que formaban parte. La
tendencia de los arqueólogos a definir la ciudad como una institución social única y
separada, resulta de la adopción y del uso de la corriente weberiana observada en los
estudios americanistas sobre lo urbano. Las comunidades urbanas mesoamericanas
presentan un tipo de organización considerablemente diferente de la perspectiva we-
beriana sobre la estructura urbana. No eran entidades corporativas con sus propias
identidades municipales independientes. Fueron, en cambio, componentes diferentes
de entidades políticas regionales, como el altepetl.
Durante el tiempo de la Conquista, las grandes comunidades no tuvieron una
integridad interna distinta de la región en donde se localizaban. La atomización de las
comunidades, como comunidades corporativas aisladas y cerradas, ocurrió durante el
periodo colonial, como resultado de la destrucción de los dominios políticos indígenas
regionales, de la reubicación de la población mediante la práctica de las congregaciones
y debido a una larga historia de antagonismos y explotación socioeconómica de los
grupos indígenas. La comunidad corporativa cerrada fue producto de la experiencia
colonial, y no representa la manera en que se organizaban las comunidades indígenas.
En la Conquista se observó que las sociedades indígenas se organizaban y operaban
como dominios regionales, que tomaban sus precedentes de cualquier comunidad
particular que pudiera contenerlos.
Ciertamente existieron las comunidades grandes. Sabemos de las mismas por las
descripciones etnohistóricas y porque las hemos identificado arqueológicamente. Ade-
más, la comunidad principal en la cual vivían el tlatoani y la élite era usualmente la
comunidad más grande de la región. En el centro de México esos asentamientos podían
ser llamados altepenayotl, que De Molina (1977) define como “principal ciudad, que
es cabeza de reyno”. Un punto importante es que las ciudades no se situaban aparte de
los reinos en los cuales se encontraban. Las referencias citadas y otras referencias que
he encontrado, ponen énfasis sobre los reinos regionales y no sobre la ciudad.
Las grandes comunidades se organizaron internamente en una serie de segmentos
corporativos conocidos con una variedad de términos (por ejemplo, “barrios”, calpul-
tin, “wards”, etcétera). Estos segmentos también se reproducían fuera de las grandes
comunidades, en los pequeños caseríos y en las poblaciones dispersas en toda el área
rural. Lo que importa para reconocerlos, es que en las grandes comunidades esos seg-
mentos no se organizaban en jerarquías municipales distintas de las rurales. En cambio,
El altepetl y la estructura urbana en la Mesoamérica prehispánica 91

los segmentos urbanos y rurales eran equivalentes en rango y en importancia al altepetl


en el cual se encontraban. Esta estructura segmentaria proporcionaba flexibilidad en
la manera en que podía organizarse el altepetl en el nivel regional. Casi siempre la in-
tegración sociopolítica se centraba en el nivel del altepetl, y no en el nivel de las comu-
nidades urbanas, donde las comunidades urbanas eran un derivado de la integración
política regional.
En la antigua Mesoamérica, la comunidad no se definía en términos del límite de
espacio construido, lo que a menudo los arquitectos refieren como el medio ambiente
construido. Esto crea algunos problemas metodológicos para los arqueólogos, quienes
definen los sitios, precisamente, sobre la base del ámbito construido, expresado por la
arquitectura pública y residencial y por las concentraciones de restos materiales (cerá-
mica, lítica, etcétera) usados por las poblaciones asociadas. Los sitios arqueológicos no
representan a las comunidades prehispánicas, como hace tiempo enfatizó K. C. Chang
(1968). Los estudios sobre el urbanismo prehispánico mesoamericano necesitan asimi-
lar este concepto, porque frecuentemente vemos los grandes sitios y los asentamientos
nucleados como entidades isomorfas, y no como componentes que dependen de gran-
des sistemas integrados. Creo que el entendimiento futuro del urbanismo
mesoamericano dependerá de nuestra habilidad de movernos más allá de las manifes-
taciones arqueológicas de las comunidades urbanas, hacia una comprensión más pre-
cisa de su forma y organización. Esto empieza reconociendo su lugar en los sistemas
regionales donde se encuentran. Espero que este estudio sea en un paso en esa dirección.

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Capítulo 3
La estructura político-territorial del altepetl de Cholula

Michael Lind
Santa Ana Unified School District, jubilado

El primer capítulo presentó un modelo del altepetl, y el segundo disputó la aplicabili-


dad del concepto occidental de “ciudad” en Mesoamérica en favor del concepto indí-
gena de altepetl. Este capítulo presenta un estudio empírico de un altepetl específico,
Cholula. Cholula fue la capital de un altepetl autónomo e independiente del imperio
mexica (De Rojas, 1927: 160; Durán, 1951: I, 239) con unos cincuenta pueblos
dentro de su territorio; también era el centro religioso y de mercado para todos los
altepeme comarcanos. Cholula fue nombrada Tollan Cholollan (De Rojas, 1927: 159),
un título honorífico que compartió solamente con otros tres centros mesoamericanos:
Teotihuacan, Tula, y Tenochtitlan. Los documentos refieren al altepetl de Cholula y
también al hueyaltepetl, “gran o anciano altepetetl,” y tlatocaaltepetl, “altepetl de prime-
ra categoría” (Carrasco Pizana, 1971: 32-33). Es evidente que Cholula era un altepetl
especial en la sociedad mesoamericana.

Fronteras territoriales del altepetl de Cholula

El altepetl de Cholula estuvo rodeado por los altepeme de Tlaxcala, al norte; Tepeaca,
al este; Huaquechula, al sur; y Huejotzingo, al oeste (véase la figura 3.1). El anverso
del Códice de Cholula es un mapa del altepetl de Cholula. Al ser un mapa de las fron-
teras del territorio de Cholula, el anverso del Códice representa un plano ­relativamente
preciso de los cerros, ríos, barrancas, arroyos, y manantiales que sirven como mojone-
ras razonables y más o menos permanentes para delinear las fronteras territoriales de
Cholula. Una serie de glosas en náhuatl están localizadas cerca de elementos topográ-
ficos específicos que delinean la frontera entre Cholula y los atlepeme vecinos (Lind,
1994).
El Códice de Cholula especifica los terrenos cedidos por Cholula para establecer la
ciudad de Puebla en 1531 d. C.

Aquí verán lo que les dimos a los castellanos para que se asienten en Cuetlaxcoapan
Tenexatzinco [Puebla]. Les damos nuestra tierra, la llanura [...] Los señores reciben
para que no estén junto a nosotros. De largo hacia el oriental tal vez tiene una legua

99
100 Michael Lind

y llega sobre el cerro que se llama Tepexochio que era nuestro, el límite nuestro de
Cholula. (González Hermosillo y Reyes García, 2002: 102)

Como el Códice cita los terrenos cedidos por Cholula para establecer la ciudad de
Puebla en 1531 d. C., presenta los linderos que formaban las fronteras de Cholula
como existían poco antes de la conquista. Los linderos, que están muy bien definidos,
muestran que el altepetl de Cholula era casi circular. Midió unos treinta kilómetros de
este a oeste y unos treinta y tres kilómetros de norte a sur. Cholula quedó al centro del
altepetl con unos cincuenta pueblos en sus alrededores (véase la figura 3.1).

FIGURA 3.1
El reino de Cholula y sus pueblos sujetos
La estructura políticoterritorial del altepetl de Cholula 101

El centro de Cholula

En las vísperas de la conquista, el centro de Cholula tenía una población estimada de


más de cuarenta mil personas (De Rojas, 1927: 158). Se dividía en seis cabeceras o
tecpan: Tianguisnáhuac, Texpolco, Mizquitla, Xixitla, Tecama, y Colomochco (véase
la figura 3.2). Carrasco Pizana (1971: 33-35), siguiendo la Suma de visitas, en la que
se usa el término “cabeceras” para estas subdivisiones de la ciudad y las considera de
origen prehispánico. Dice que se suele aplicar el término náhuatl “tecpan” a las cabe-
ceras en el reverso del Códice de Cholula. Pero observa que en el anverso del Códice de

FIGURA 3.2
La ciudad de Cholula, sus cabeceras y sus calpultin
102 Michael Lind

Cholula usan “tecpan” para nombrar varias subdivisiones o “barrios” dentro de una
misma cabecera. Como el significado de tecpan es difícil de precisar en este caso y
como los distritos son divisiones territoriales del centro de Cholula (Carrasco Pizana,
1971: 32-33), se usará en este capítulo el término “cabecera”.
Cada cabecera comprendía varios barrios y el nombre de la cabecera parece venir
de su barrio más importante o más prestigioso (Carrasco Pizana, 1971: 35). La Suma
de visitas (Paso y Troncoso, 1905: I, 61-62) da el número de los barrios, casas, casados,
solteros, y niños en cada cabecera. Según estos datos, Cholula tenía una población de
26 121 personas que vivían en 40 barrios hacia 1548 d. C., o un promedio de 650
personas por barrio. Las cabeceras tenían poblaciones entre 2 192 y 6 202 personas,
pero estos números de población han de sumar solamente la mitad de la población
prehispánica de Cholula (véase arriba la estimación de cuarenta mil personas de Ga-
briel de Rojas) (véase la tabla 3.1).

TABLA 3.1
Suma de visitas, cabeceras de Cholula
Población
Cabecera Barrios Casas Casados Solteros Muchachos
Total
Tequepa
9 1 096 1 370 818 2 088 4 276
(Tianguisnáhuac)

Santiago
7 1 137 2 120 1 141 2 941 6 202
(Mizquitla)

San Joan
7 1 213 1 402 465 1 745 3 612
(Texpolco)

Santa María
5 1 308 1 513 488 2 154 4 155
(Xixitla)

San Pablo
4 714 705 417 1 070 2 192
(Tecama)

San Andrés
8 1 825 2 238 706 2 740 5 684
(Colomochco)
Totales 40 7 293 9 348 4 035 12 738 26 121

Los barrios o calpultin de Cholula

Carrasco Pizana (1971: 34-35), siguiendo la Suma de visitas, usa el nombre “barrio”
para las subdivisiones de una cabecera, pero relata que varios documentos usan el
término “calpul” o “calpulli”. Reyes García (1988: 122) dice que: “En Cuauhtinchan,
La estructura políticoterritorial del altepetl de Cholula 103

siempre que se habla de calpulli, se refieren a un solo grupo étnico, a los tolteca chi-
chimeca que migraron de Cholula.” Reyes García (1988: 113-114) nombra 25 calpul-
tin cholultecas que emigraron de Cholula a Cuauhtinchan y representan calpultin de
todas las cabeceras de Cholula. Parece que los barrios de Cholula eran calpultin.
Reyes García (1988: 122) proporciona datos muy importantes sobre los calpultin
que emigraron de Cholula a Cuauhtinchan: “Los calpolleque estaban estratificados, ya
que reconocen a sus pilli que los gobernaban, pero ‘no les daban nada,’ es decir, no les
tributaban y además el gobernante recibe el nombre de ‘padre’”. Reyes García (1988:
115) identifica a los calpultin como “unidades de parentesco estratificadas que poseían
una cierta extensión de tierra. Seguramente […] los capolleque prestaban servicio para
el jefe de su calpulli, pero no porque fuera el dueño de la tierra, sino porque era el
‘pariente mayor’ con funciones administrativas”.
Según la Suma de visitas, las cabeceras tenían entre cuatro y nueve calpultin con un
total de cuarenta calpultin (véase la figura 3.3).1 El Códice de Cholula (Simmons, 1962,
1967, 1968; González Hermosillo y Reyes García, 2002) sitúa 29 de estos c­ alpultin

FIGURA 3.3
La Gran cuadra de Cholula en la Historia tolteca chichimeca

Modificado por Kirchoff et al. (1976). Facsímil, f.26v-27r, ms. 46-50: 12-13.
1 Al sumar cinco calpultin adicionales del Códice de Cholula que no quedan nombrados en la Suma de
visitas resultan un total de 45 calpultin en Cholula.
104 Michael Lind

con sus nombres escritos en la localidad del centro de Cholula en donde se encontra-
ban y muestra pinturas de edificios q ue representan los templos, tecpan, o iglesias
coloniales en proceso de construcción de 25 de los calpultin (véase la figura 3.2). De
Rojas (1927: 163) relata que cada calpulli tenía su templo. Por lo menos diez de los
edificios pintados en el Códice de Cholula están acompañados por la leyenda “tecpan”.
Parece que cada calpulli tenía su templo (teocalli) y su tecpan en el sentido del palacio
del gobernante (pilli) del calpulli. Cholula está situada en muy buenos terrenos de
cultivo, muchos de riego. Parece que cada calpulli tenía sus terrenos corporativos que
repartían entre sus miembros. Se supone que al centro de los terrenos del calpulli había
un templo y un tecpan donde residía el gobernante o pilli del calpulli. La gente común
del calpulli podría haber vivido en pequeños conjuntos de casas aisladas y dispersas y
adyacentes a sus terrenos de cultivo. Hoy día, este patrón de asentamiento persiste en
la mayoría de los barrios de Cholula (Bonfil Batalla, 1973: 36-37). Por otra parte, los
comuneros podrían haber vivido al centro de sus terrenos en un conjunto residencial
(departamentos) del tipo parcialmente excavado por Messmacher Tcherniavsky (1967:
14-15) en Cholula. Vemos también estos tipos de conjuntos residenciales en Tula
(Healan, 1989: 138-139) y podrían pertenecer a calpultin.
Carrasco Pizana (1971: 64-65) identifica varios calpultin asociados a los mercade-
res. Estos incluyen: Tollan Tianguisnáhuac, Oztoman, Tollan Pochtlan (Tulapustla),
Tollan Tlaquipaque (Tollan Tlacpac) y Escoloco. Todos estos calpultin se encontraban
en la cabecera de Tianguisnáhuac y han de ser calpultin de mercaderes como sus nom-
bres implican (véase la figura 3.2). Como menciona Bonfil Batalla (1973: 37), en el
barrio de San Miguel Tianguisnáhuac “casi no disponen de tierra agrícola,” tal vez por
ser calpultin de mercaderes y no de agricultores. También en la cabecera de Colomoch-
co había un calpulli llamado Yohualtianquizco que debe de ser un calpulli de merca-
deres. Además de de los calpultin de mercaderes, Carrasco Pizana (1971: 65) iden­tifica
el calpulli de Xicotenco en la cabecera de Colomochco como calpulli de artesanos.
Con respecto a los mercaderes, De Rojas (citado en Carrasco Pizana, 1971: 63-
64), dice:

Ay muchas menudencias […] de la tierra que los indios contratan assi en esta ciudad
como llevándolas por toda la tierra con que caminan bien trezientas leguas llevándo-
las […] dellos en indios tamemes porque son los mayores puchtecatli […] que hay en
toda la Nueva España. También las indias son tratantes vendiendo sus mercaderías
assi en este pueblo como en la redonda tres y cuatro leguas dél.
La estructura políticoterritorial del altepetl de Cholula 105

También, De Rojas (citado en Carrasco Pizana, 1971: 64) menciona que: “Man-
tas de algodón para su vestir no se hazen aquí pero traenlas a uenden al tiánguez de
diuersas partes donde se labran i especialmente se gastan las de Campeche”.
Durán (1951: II, 119) dice que en

Chollolan oy en día los naturales de aquella çiudad permanecen en el trato y contrato


de la mercaderia corriendo todos los lugares de la tierra muy apartados y remotos co­
mo es á Cuauhtemallan á Xoconochco a todas esas costas y minas con sus cargaçones
de bujerias de buhuneros como lo hacían antiguamente plega a dios no le hagan
agora confiando en el mesmo ydolo [Quetzalcóatl] que entonces confiauan abogado
de los mercaderes.

Juan Pineda, en su carta al rey sobre Cholula en 1593 d. C. dice que “casi todos
son mercaderes”, y sigue:

andan con sus mercaderías y cosas que tienen vendiéndolas a los indios de los pueblos
de la redonda deste pueblo en los tiánguez, porque un día ay tiánguez en vn pueblo y
el otro día en otro toda la semana por su rrueda y tanda. (Carrasco Pizana, 1970: 180)

Es evidente que los calpultin de Tianguisnáhuac tenían mercaderes que vendían


en el mercado de Cholula y en los mercados de los altepeme comarcanos a Cholula.
También parece que tres de estos calpultin, Tollan Tianguisnáhuac, Tollan Pochtlan y
Tollan Tlaquipaque eran calpultin de los pochteca que trataban el comercio de larga
distancia porque solamente estos calpultin reciben el título honorífico de Tollan en el
Códice de Cholula.

Los pueblos del altepetl de Cholula

Según los documentos, el altepetl de Cholula tenía entre 32 y 52 pueblos dentro de su


territorio (Carrasco Pizana, 1971: 44). “Sin embargo, la mejor lista de pueblos de la
provincia enumera 52” (Carrasco Pizana, 1971: 44). El Códice de Cholula escribe los
nombres de por lo menos 49 pueblos en su lugar geográfico dentro del territorio del
altepetl de Cholula y muestra pinturas de las iglesias u otros edificios de varios de estos
pueblos (González Hermosillo y Reyes García, 2002: 30). Todos estos pueblos queda-
ron bajo el control de una u otra de las seis cabeceras del centro de Cholula.
Carrasco Pizana (1971: 46-47; 48, figura 2) logró identificar a cuáles de las seis
cabeceras pertenecían 35 de los pueblos. De estos 35 pueblos identificados por C ­ arrasco
106 Michael Lind

Pizana como pertenecientes a una u otra de las seis cabeceras de Cholula, la cabecera de
Tianguisnáhuac, cabecera de los mercaderes, tenía el menor número: cuatro. Las otras
cabeceras tenían entre seis y siete pueblos que les correspondían.
No tenemos datos del siglo xvi2 sobre las poblaciones de estos pueblos ni sobre su
organización política o social aparte de que pertenecían a una u otra de las seis cabe-
ceras del centro de Cholula. Sin embargo, parece posible que la situación en el altepetl
de Cholula era semejante a la de su altepetl vecino de Huejotzingo. En los pueblos
sujetos a Huejotzingo entre 85% y 100% de la población estaba constituida por te-
rrasgueros macehuales, y no calpultin, que labraban la tierra para los nobles (Dycker-
hoff y Prem, 1976: 160-161).

La élite política de Cholula

Gabriel de Rojas, corregidor de Cholula en 1581 d. C., relató que dos sumos sacerdo-
tes de Quetzalcóatl, el Tlalchiach y el Aquiach, reinaron en Cholula (De Rojas, 1927:
I, 60). Torquemada (1975: I, 386) declaró que Cholula fue gobernada “por un capitán-
general, elegido por la república con el consejo de seis nobles”. En la Historia tolteca
chic­himeca, hay una pintura del centro administrativo y ceremonial de Cholula, lla-
mado por De Rojas (1927:162) la “Gran Cuadra”, que muestra a estos gobernantes
de Cholula (véase la figura 3.4).
La Gran Cuadra fue un recinto amurallado con tres entradas: al norte, este, y sur.
En la parte superior de la pintura, o lado este de la Gran Cuadra, se ve una serie de
resi­dencias identificadas por sus puertas y muros. En la esquina noreste (en el lado
superior izquierdo), cerca del templo de Quetzalcóatl, están la gran residencia del
Tlalchiach y la más pequeña residencia del Aquiach, los dos sumos sacerdotes de Quet-
zalcóatl. La gran residencia en la esquina sureste (en el lado superior derecho) está
ocupada por un señor con un penacho de plumas de quetzal que ha de ser el “capitán-
general” descrito por Torquemada. En el Códice de Cholula, se titulaba el Chichimecatl
Teuctli (Simmons, 1967: 284-285) o el Tlatoani (González Hermosillo y Reyes García,
2002: 101). A su izquierda hay otras cinco residencias más pequeñas que han de ser
de los otros cinco miembros del consejo.

2 En 1746, Villaseñor (1952: 353-357) citó las poblaciones de 36 de estos pueblos y de estos datos es
posible estimar la población que éstos tuvieran en 1548. Había tres con poblaciones de más de tres
mil personas, ocho con más de dos mil, dieciséis con más de mil personas y nueve con menos de mil
personas, resultando una población total de 56 000 personas en los pueblos sujetos a Cholula
(Barrientos Pérez y Lind, 2008).
La estructura políticoterritorial del altepetl de Cholula 107

En el centro de la parte inferior de la pintura, o lado oeste de la Gran Cuadra, hay


un edificio rectangular llamado el Xiuhcalli o “Casa de Turquesa” (Kirchhoff, Odena
Güemes y Reyes García, 1976: 180).3 En su interior hay un altar con tres tronos al
norte y tres tronos al sur; o sea, seis tronos. El xiuhcalli con sus seis tronos, entonces,
debe de ser la sala de consejo para los seis nobles. Torquemada (1975: I, 386-387)
relata que los sumos sacerdotes siempre asistieron a las juntas del consejo de nobles. El
consejo de nobles, junto con los dos sumos sacerdotes, formó la élite política de Cho­
lula. Es evidente, entonces, que el altepetl de Cholula tenía múltiples gobernantes.

Los sumos sacerdotes

Los indígenas del altiplano central de Mesoamérica consideraron Cholula como su


centro más sagrado. De Rojas escribió de Cholula que “ […] este era metrópoli y ­tenido
en tanta veneración como lo es Roma en la cristiandad y meca en los moros” (De Rojas,
1927: 162). Cholula era el centro sagrado de Quetzalcóatl y el templo de Quetzalcóatl,
en la Gran Cuadra de Cholula, era más alto que el templo mayor de Tenochtitlan (Díaz
del Castillo, 1962: 162-164). Cholula recibió grandes números de peregrinos que reco-
rrían distancias de entre cien y doscientas leguas para asistir a sus grandes ceremonias
religiosas (Torquemada, 1975: I, 385).
Los dos sumos sacerdotes de Quetzalcóatl, el Tlalchiach y el Aquiach, eran del
calpulli de Tianguisnáhuac en el distrito del mismo nombre (De Rojas, 1927: 160).
Tianguisnáhuac era un calpulli de pochteca y Durán (1951: II, 118-119) dice que los
pochteca de Cholula tenían por patrón a Quetzalcóatl. El calpulli de Tianguisnáhuac
se localizaba directamente al norte del templo de Quetzalcóatl, fuera del muro de la
Gran Cuadra (véase la figura 3.2). Solamente nobles del calpulli de Tianguisnáhuac
podían ser sacerdotes de Quetzalcóatl. Al entrar en el sacerdocio, los neófitos “ofrescian
toda su hazienda al templo o la mayor parte della para el sustento de los Religiosos y
auiendo una vez entrado allí no les era Permitido boluer á salir de la Religión” (De
Rojas, 1927: 160).
Los sacerdotes de Quetzalcóatl pasaban por “tres cursos de a cada quatro años”
(De Rojas, 1927: 161). En el primer curso, los neófitos se vestían con capas negras. En
el segundo recibieron capas negras con cenefas rojas; y en el tercero, capas labradas de
negro y colorado. Cumplidos los tres cursos, se vestían con capas negras hasta que

3 Cabe mencionar que este edificio es muy parecido a los edificios de Tizatlán y Ocotelulco en Tlaxcala
pero, dado el gran tamaño de Cholula, seguramente era más grande y más elaborado que los de
Tlaxcala.
108 Michael Lind

llegaban a ser sacerdotes ancianos, con el derecho de vestirse con capas rojas. Al morir
uno de los sumos sacerdotes, el más viejo sacerdote de capa roja llegaba a ser el nuevo
Aquiach o Tlalchiach, y se vestía con una capa púrpura, reservada para los sumos sa-
cerdotes (De Rojas, 1927: 162).
Los sumos sacerdotes dirigían una serie de ceremonias religiosas durante el año.
Cada año había una gran ceremonia dedicada a Chiconaui Quiáhuitl, el dios de la lluvia,
encima de las ruinas de la Gran Pirámide (Tlalchiualtepetl) y asistían muchos peregrinos
de altepeme comarcanos a Cholula (De Rojas 1927: 163). Una serie de ceremonias se
realizaban en el templo de Quetzalcóatl cada veinte días o “mes” (De Rojas 1927: 161).
Los documentos no especifican la naturaleza de estas ceremonias “mensuales”, pero se
supone que eran semejantes a las ceremonias “mensuales” de los mexica.
Aparte de las numerosas ceremonias religiosas, el Tlalchiach y el Aquiach jugaron
un papel muy importante en las relaciones exteriores del altepetl de Cholula. Como
sumos sacerdotes de Quetzalcóatl, el dios que había otorgado el derecho divino a
reinar en la tierra a los reyes humanos, el Tlalchiach y el Aquiach tenían el poder de
confirmar o negar este derecho a reyes foráneos de altepeme comarcanos a Cholula. De
Rojas (1927: 161-162) relata que al heredar sus altepeme, los reyes viajaban a Cholula
para hacer ricas ofrendas al templo de Quetzalcóatl y para pedir al Tlalchiach y Aquiach
que confirmaran su derecho divino de reinar. Había una casilla especial en donde los
dos sumos sacerdotes horadaban la nariz o el labio inferior del rey para ponerle su
adorno, según la costumbre de su altepetl, y así confirmar su derecho divino de reinar.
Al regresar a sus altepeme, los reyes eran acompañados de cinco sacerdotes de Quetzal-
cóatl, mandados por los sumos sacerdotes de Cholula, para verificar su confirmación.
Cada 52 años, la gente de los altepeme que tenían reyes confirmados en Cholula par-
ticipaba en una gran peregrinación a Cholula para entregar ofrendas de plumas, man-
tas, plata, oro, y piedras preciosas al templo de Quetzalcóatl (De Rojas, 1927: 162).
Los dos sumos sacerdotes también eran jueces que resolvían pleitos entre reyes fo-
ráneos. Los reyes de altepeme comarcanos a Cholula mandaban mensajeros con pleitos
para que el Tlalchiach y el Aquiach los resolvieran (De Rojas, 1927: 164). Los dos sumos
sacerdotes eran demasiados viejos para participar en la guerra, por eso, dice De Rojas
(1927: 161), escogían a dos capitanes de entre los sacerdotes de Quetzalcóatl para en-
cabezar su ejército. El Tlalchiach tenía como insignia el jaguar, y el Aquiach, el águila.
Esto recuerda el ejército profesional de los mexica, los caballeros jaguares y águilas.4

4 En el Códice de Cholula hay una pintura de un hombre con una macana y un escudo, y con la
leyenda “El Tlalchiach ganó el altepetl” (González Hermosillo y Reyes García, 2002: 95-96).
Desafortunadamente, no dice el nombre personal del Tlalchiach ni la fecha en que ganó el altepetl,
supuestamente el altepetl de Cholula.
La estructura políticoterritorial del altepetl de Cholula 109

Desafortunadamente, De Rojas no nos proporcionó datos sobre el papel que


desempeñaban el Tlalchiach y el Aquiach en el comercio de Cholula. Como eran del
calpulli de los pochteca, o de los mercaderes de larga distancia, los sumos sacerdotes
deben de haber desempeñado un papel muy importante en el comercio. Se supone
que arreglaban convenios comerciales con los altepeme comarcanos y los altepeme
ubicados lejos de Cholula con que contrataban los pochteca. Seguramente los pochteca
pagaban cierta parte de sus ganancias al templo de Quetzalcóatl.

El consejo de nobles

Es evidente que cada cabecera de Cholula estaba representada en el consejo por un


noble (Carrasco Pizana, 1971: 19, 72-73). Como Torquemada (1975: I, 386) men-
ciona que cada noble era “elegido por la república,” hay que pensar que los pipiltin o
nobles de los calpultin de cada cabecera, en consulta con los ancianos del calpultin, se
ponían de acuerdo en quién iba a representarlos en el consejo. Se supone que escogían
a un líder maduro y diestro. Es probable que la persona escogida no fuera s­ implemente
un pilli, o noble, pero un pilli o un mercader no de linaje noble que había alcanzado
el rango de tecuhtli, el más alto rango de la nobleza.
En una carta mandada por el virrey Mendoza a España el 10 de diciembre de 1537
d. C. se dice:

El que se havia de hacer Tecutl [tecuhtli], primeramente havia de tener buscado har-
ta hacienda que dar á los Papas, i á los otros Principales, i desta manera aunque no
fuese Principal de linage, sino Mercader, se hacia Tecle [tecuhtli]: i esto era en Cholula
solo. (Carrasco Pizana, 1966: 134-135)

Un pilli, o un mercader que quería hacerse tecuhtli, tenía que pasar muchos años
acumulando riqueza con la ayuda de sus parientes, o sea, su calpulli (Carrasco Pizana,
1966: 138). Luego tenía que regalar a los sumos sacerdotes y a los tetecuhtin estableci-
dos mucha de su riqueza y también pagar banquetes para la gente y repartir muchos
bienes. Como dice Carrasco Pizana (1966: 141), para hacerse tecuhtli, “hay siempre
un periodo de abstinencias [ayuno] y servicios en el templo, así como gastos en ban-
quetes y en repartos de bienes”.
En Cholula las ceremonias de investidura de tecuhtli, probablemente eran seme-
jantes a las de los reyes foráneos. Los dos sumos sacerdotes horadaban la nariz al tecu-
htli y le ponían un adorno para confirmar su rango de tecuhtli. El rango de tecuhtli
“requería, junto con la herencia de privilegios, la validación de los mismos mediante
110 Michael Lind

hazañas militares, servicios religiosos y reparto de bienes, combinando así la iniciativa


personal con el principio aristocrático” (Carrasco Pizana, 1966: 141). Según Zorita
(citado en Carrasco Pizana, 1966: 142). “El tecuhtli era señor de un teccalli o casa de
tecuhtli y tenía mando sobre cierta gente anexa a esa casa de quien recibía servicios
para sus sementeras y su casa. El tecuhtli servía en oficios públicos de varia índole”.
Los documentos dan pocos datos sobre los nobles del consejo, pero hay razón
para pensar que todos eran tetecuhtin. Con respecto a Huejotzingo, Dyckerhoff y Prem
(1976: 174) dicen: “La cuestión de las cabeceras está estrechamente relacionada con
la del poder político y económico de los tetecutin”. En cada cabecera regía un tecuhtli
y se supone que en las cabeceras de Cholula también. El tecuhtli tenía terrazgueros
macehuales que labraban sus terrenos en los pueblos sujetos. La cabecera, entonces,
era la casa señorial o tecpan del tecuhtli que la gobernaba.5 Hay que notar: “La regla de
sucesión a un título de tecuhtli no estaba, en la época prehispánica, fijada e­ strictamente
por la herencia; se trataba de elección dentro del linaje, lo cual presentaría oportuni-
dades de ascenso social mediante hazañas y servicios individuales” (Carrasco Pizana,
1966: 145).
Parece probable que los seis nobles que integraban el consejo fueran tetecuhtin
elegidos por los calpultin de las seis cabeceras de Cholula. Las cabeceras eran sus tecpan,
o casas señoriales, que incluían los pueblos sujetos que pertenecían a cada cabecera. Se
supone que estos tetecuhtin escogieron entre sí mismos al tlatoani que encabezaba el
consejo, pero este tlatoani era “uno entre pares”, y no rey omnipotente. Los documen-
tos indican que el tlatoani no siempre procedía de la misma cabecera. En los tiempos
coloniales del siglo xvi, el tlatoani vino del calpulli de Tenanquiáhuac de la cabecera de
Texpolco, según el Códice de Cholula (González Hermosillo y Reyes García, 2002: 101).
Durán (1951: I, 300) dice que Colomoxcatl fue el rey de Cholula cerca de 1480 d. C.
durante el reino del emperador mexica Axayácatl. Parece que este tlatoani procedía del
calpulli de Colomochco en la cabecera del mismo nombre. Esto indica que el tlatoani
de Cholula era elegido por los tecuhtli del consejo y que no fue un puesto hereditario.

Conclusiones

El altepetl de Cholula fue gobernado por múltiples gobernantes. Los dos sumos sacer-
dotes de Quetzalcóatl, el Tlalchiach y el Aquiach, junto con el consejo de seis tetecuhtin,

5 Es posible que los diez calpultin con la leyenda “Tecpan” en el anverso del Códice de Cholula eran
calpultin gobernados por tetecuhtin que no fueron elegidos al consejo de nobles. Estos tetecuhtin
menores podrían haber recibido ciertos terrenos en pueblos sujetos o hasta cierto pueblo sujeto de la
cabecera y así formaban sus casas señoriales menores.
La estructura políticoterritorial del altepetl de Cholula 111

encabezado por un tlatoani, gobernaban el altepetl de Cholula. Este sistema de gobier-


no en la antigua Cholula estuvo muy bien adaptado a su condición única de centro
sagrado y mercado regional y capital de un altepetl local (Lind, 2008: 73). Las relacio-
nes exteriores del altepetl quedaron principalmente en manos de los sumos sacerdotes
que querían mantener el papel de Cholula como un centro religioso y de mercado
regional. La capacidad de los sumos sacerdotes para manejar las relaciones exteriores
fue considerable. Podían autorizar o negar la confirmación del derecho divino de go-
bernar a los reyes foráneos. Eran jueces respetables que resolvían pleitos entre reyes
foráneos. Controlaban también al único ejército profesional sacerdotal del altepetl, los
caballeros jaguares y águilas. Además, como eran del calpulli de pochteca (Tollan Tian-
guisnáhuac), es probable que los sumos sacerdotes trataran convenios con reyes forá-
neos con respecto al comercio de larga distancia. Toda la organización sacerdotal fue
financiada principalmente por fondos foráneos en la forma de “ofrendas” al templo de
Quetzalcóatl, y los peregrinos que asistían a las grandes ceremonias religiosas propor-
cionaron una gran ventaja económica para Cholula.
La política local del altepetl quedó principalmente en manos del tlatoani y del
consejo de tetecuhtin. Cada tecuhtli (incluso el tlatoani) gobernaba una de las seis ca-
beceras formadas por los calpultin y los pueblos sujetos. Aunque los documentos no
especifican el papel de los nobles del consejo, es probable que funcionaran como ad-
ministradores legislativos, judiciales y ejecutivos. Establecieron leyes e impartieron
justicia, recaudaron impuestos y administraron los fondos públicos; planearon los
proyectos públicos y consiguieron los servicios de tequio, y regularon el comercio en
los mercados de Cholula (Lind, 2008: 73). También tenían el poder de juntar y enca-
bezar un ejército ciudadano de sus propias cabeceras (De Rojas, 1927: 163). El sistema
político fue financiado por los impuestos y servicios de tequio de los pueblos sujetos y
posiblemente de los calpultin de Cholula.
Torquemada (1975: I, 386-387) alude a la articulación entre los sumos sacerdotes
y el consejo de tetecuhtin cuando relata que los sumos sacerdotes siempre asistieron a las
juntas del consejo “porque ninguna cosa se emprendía que primero no se tratase por vía
de religión”. Claro está que las decisiones políticas internas podrían tener un impacto
importante en las relaciones exteriores del altepetl y viceversa. Pero existían aspectos
negativos en el sistema de gobernantes múltiples de Cholula también. Como en todos
los sistemas de gobernantes múltiples, había la posibilidad para el desarrollo de facciones
competitivas. Torquemada (1975: II, 133) relata que cuando Cortés llegó a Cholula,

los cholultecas que acudieron a Cortés fueron tres del consejo, a los cuales los otros
tres enjaularon porque aconsejaban el amistad y confederación con los castellanos, y
habiéndose soltado de la jaula con el ayuda de amigos se fueron a Fernando Cortés.
112 Michael Lind

Éste es un ejemplo de cómo una discusión entre facciones de líderes puede llegar
literalmente a un “golpe de Estado” por una facción y crear una crisis política que
debilite el Estado.

Referencias

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Capítulo 4
Linajes y “casas” señoriales de los tolteca chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca

Carlos Rincón Mautner


Colegio de Nevada del Sur en Las Vegas

Introducción

El campo de estudio sobre los sistemas políticos prehispánicos de Oaxaca ha estado


dominado por discusiones en torno a la fundación, desarrollo y expansión militar de
Monte Albán en los Valles Centrales para convertirse en una ciudad Estado sin par,
que ejerció control y tuvo “influencias” sobre diferentes regiones durante el periodo
Clásico (Joyce, 1994; 2000; Marcus y Flannery, 1996: 172-234; Joyce y Winter, 1996:
35-39; Winter, 2004). Una vez ocurrido el colapso de Monte Albán, las discusiones
se tornan a la Mixteca del Postclásico, donde la limitada arqueología se complementa
con datos históricos registrados mediante escritura pictográfica en códices de piel
de venado estucada o lienzos de algodón. En estas fuentes pictográficas dominan las
hazañas del señor 8 Venado “Garra de Ocelote” y las historias de las casas señoriales
cuyos linajes lo consideran su ilustre antepasado (Byland y Pohl, 1994: 117). En el
caso de Monte Albán, son los zapotecos quienes construyen dicha ciudad. En el caso
de la Mixteca, son los mixtecos, a quienes similarmente se les agrupa bajo un gentilicio
y se les atribuye una identidad étnica particular, sin tomar en cuenta las diferentes
lenguas y dialectos “mixtecos” que se hablaban en esa amplia región, o donde convivían
múltiples etnias en un mismo territorio, como fue el caso de Coixtlahuaca.
Aunque los datos sobre la historia antigua y organización política de la mayoría de
los señoríos prehispánicos oaxaqueños se han perdido o se desconocen, Coixtlahuaca,
enclavado en una alta cuenca del sector septentrional de la Mixteca Alta y parte de
la Mixteca Baja (véase la figura 4.1), constituye una formidable excepción, ya que
la historia prehispánica de las comunidades que integraban este gran señorío o huey
altepetl fue asentada pictográficamente sobre numerosos lienzos del siglo xvi, lo que
permite corroborar datos entre ellos y otras fuentes históricas coloniales. Dichas pinturas
constituyen los “Títulos primordiales” e incorporan, entre otras cosas, las memorias de
los linajes y los linderos de las diferentes entidades políticas que conformaban este
antiguo señorío (véase Romero Frizzi, en este volumen). Estas historias cartográficas
registran el desarrollo y transformación de la estructura política a través de un periodo

115
116 Carlos Rincón Mautner

FIGURA 4.1
Mapa de la Cuenca de Coixtlahuaca con sus poblados principales

Coixtlahuaca fue la sede del señorío posclásico del mismo nombre.


Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 117

de más de setecientos años de historia dinástica. Además de representar la sucesión de 32


gobernantes pertenecientes a tres dinastías relacionadas con el linaje principal que llegó
a regir desde la capital de este gran señorío, los lienzos se refieren a las alianzas políticas
verticales y horizontales, en las que destacan los rangos de nobleza de diferentes sitios
y las hazañas militares de sus gobernantes y aliados (Rincón Mautner, 1999: 291-361;
2000). Además de abarcar un periodo relativamente largo de tiempo, el carácter émico
de estos documentos permite un acercamiento a la realidad política de la época colonial
que, amplificados por datos obtenidos de otras fuentes documentales, hacen notorias
las diferentes perspectivas y competencia de intereses entre las oligarquías locales.
Los lienzos cartográficogenealógicos coloniales procedentes de la Cuenca de Coix­
tlahuaca,1 informan que era un señorío sencillo con un solo linaje; se transformó en
señorío complejo con un sistema de gobierno compartido entre dos casas señoriales
que llegaron a regir sobre otras casas reales, algunas de ellas de aún mayor antigüedad y
con una población multiétnica (Rincón Mautner, 1994a; 1994b, 1997, 1999: 27-55,
286-347; 2000).
El sistema de gobierno compartido se estableció en la joven capital provincial
de Coixtlahuaca, en el siglo xii y se mantuvo hasta la conquista y destrucción de los
linajes gobernantes por las huestes de Moctecuhzoma Ilhuicamina en 1461. La historia
registrada en estos documentos contrasta con lo propuesto por Bernal y García Pimentel
(1949) para la edad de esta capital. Con base en los resultados de sus excavaciones en
Ngüiteri, el barrio de élite que estuvo construido frente al pueblo, sobre una colina
que se eleva al poniente, Bernal y García Pimentel (1949) llegó a la conclusión de que
Coixtlahuaca era un asentamiento relativamente reciente, cuya edad no pasaba de
doscientos años antes de la conquista española. Una reinterpretación de los datos de
Bernal, comparados con materiales excavados por Vaillant, me permiten proponer que
el asentamiento data del Postclásico temprano (años 900-1100 d. C., véase la figura 4.2),
lo que concuerda con mi reconstrucción de la cronología del linaje principal formulada
con base en los datos registrados en los códices para la fundación de esta capital y el
establecimiento del linaje en este sitio (Rincón Mautner, 1997, 1999: 319-334, 2000).
Con base en las fuentes históricas conocidas hasta ahora, y en contraste con otras
comunidades de la Mixteca Alta, las diferentes casas señoriales de Coixtlahuaca no
estuvieron emparentadas directamente con el ya mencionado caudillo y conquistador

1 Puesto que los lienzos de Coixtlahuaca presentan diferencias internas con respecto a los códices de la
Mixteca Alta, Baja y Costa, y porque fue el “hábitat de los chochos o popolocas de Puebla”, Alfonso
Caso Andrade (1979: I: 118-136) en su obra publicada póstumamente, trató la región de Coixtlahuaca
en forma separada. Esa obra presenta una síntesis de los trabajos que ese investigador con sus estu­
diantes había realizado sobre todos los códices o lienzos mixtecos conocidos hasta entonces.
118 Carlos Rincón Mautner

FIGURA 4.2
Perfil del Pozo 10 excavado por Bernal (1949: 17, Plano 6)
con la tumba tipo sótano (Tumba 16) al fondo del mismo
Coixtlahuaca, Ngüiteri, Patio C, Pozo 10, con ofrenda 4 y Tumba 16.
Adaptado de Bernal (1949)
Cajete tolteca rojo sobre bayo, ogrenda I, Las Palmas,
Teotihuacan. Postclásico temprano, excavación de
Vaillant (1934). Adaptado de Elson y Mowbray (2005).

Cajete tolteca rojo sobre crema de la ofrenda


mortuoria, Tumba 16, Ngüiteri. Postclásico temprano.
Adaptado de Bernal (1949).

El cajete bicromo, rojo sobre crema sin pulir con decoración de ganchos, del periodo Postclásico tempra-
no de la fase Natividad encontrado como ofrenda en el interior de dicha tumba (Bernal 1949: 69, lámina
12, detalle inferior izquierdo) comparado con un cajete con decoración parecida y coetáneo encontrado
en una ofrenda funeraria excavada por Valliant en Teotihuacan. (Elson y Mowbray 2005: 200, fig. 2a)

conocido como el señor 8 Venado “Garra de Ocelote”, quien vivió en el siglo xii, e hizo su
gesta en la Mixteca al sur de Coixtlahuaca. Los lienzos de Coixtlahuaca2 destacan, además
el origen y filiación tolteca chichimeca de sus señores, relacionándolos con la Cuenca de
México y el Corredor Poblano-Tlaxcalteca de la Cuenca Oriental de Puebla más que con
la Mixteca (Rincón Mautner, 1995b: 58, 1997: 136-137, 1999: 47-48, en prensa c).

2 Puesto que sus lienzos presentan diferencias internas con respecto a los códices de la Mixteca Alta,
Baja y Costa, y porque fue el “hábitat de los chochos o popolocas de Puebla”, Alfonso Caso Andrade
(1979: I: 118-136), en su obra póstuma trató a región de Coixtlahuaca en forma separada. Esa obra
presenta una síntesis de los trabajos que ese investigador había realizado sobre los códices o lienzos
mixtecos, incluyendo los de Coixtlahuaca.
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 119

Los señoríos mixtecos

En el caso del señorío indígena mesoamericano, la antropología ha buscado conocerlo,


comparándolo principalmente con los reinos europeos pero empleando un lenguaje
derivado de la experiencia europea en las Antillas Mayores, lo cual dificulta conocer
su naturaleza fluida y diversa. De esta discusión surgen términos como los siguientes:
“cacique”,3 “cacicazgo”,4 “aldeas Estado”, “ciudades Estado”, “reyes” y “reinos, “reinos
cacicazgos” (“kingdom-cacicazgos”), etcétera. Al proyectar la organización sociopolítica
a los vestigios de antiguos asentamientos surge una polémica similar en torno al grado
de desarrollo urbano alcanzado por las culturas mesoamericanas, llegando a cuestionar
si éstas tuvieron verdaderas ciudades (Hirth, en este volumen).
Uno de los problemas del sistema de nomenclatura predominante consiste en
que el término “cacique” fue adoptado y difundido por los españoles del siglo xvi para
referirse a los gobernantes indígenas de Mesoamérica, entre otros. Posteriormente los
antropólogos adoptaron el mismo término al definir las etapas evolutivas del desarrollo
cultural y de la organización del sistema político de los cacicazgos antillanos, los de
Centroamérica y los del norte de Sudamérica, empleándolos para definir el término/
concepto “chiefdom” (Earle 1987). Éste, según Carneiro (1998: 20-21), es “una unidad
política autónoma conformada por un número de aldeas bajo el control permanente
de un cacique principal cuyas raíces están en la guerra y el liderazgo militar”. Quizás
por estar conscientes de su estatus como súbditos de un rey emperador, los españoles
del siglo xvi sistemáticamente devaluaron el estatus de los gobernadores indígenas, no
llamándolos reyes, ni siquiera “reyezuelos”5. Sólo a Moctecuhzoma llamaron emperador,
mientras que a los gobernantes se les llamaba “señores naturales” o “caciques”.
Las comunidades de la Mixteca de los periodos Clásico y Postclásico fueron alta­
mente estratificadas. En general, se caracterizaban por tener extensiones territoriales

3 “Cacique […] señor de vasallos o el superior en la provincia o pueblo de los indios y aunque en muchas
de las Indias tienen otros nombres, según sus idiomas, los españoles los llaman a todos caciques que
parece lo tomaron de las Islas de Barlovento, que fueron las primeras que se conquistaron. Es voz
mexicana que significa señor. Latín: Dinastya apud indous, qui di vaulgo Cacique audit. Recop. de Ind.,
lib. 6, título 7, l. 12. Cacique. Por semejanza, se entiende el primero de un pueblo o república que
tiene más mando y poder, y quiere por su soberbia hacerse temer y obedecer de todos los inferiores.
Latín: primarius o imperiosus civis”. (Diccionario de Autoridades, 1984: tomo III, 38)
4 “Cacicazgo - la dignidad de cacique o señor entre los indios: y también se toman por el territorio y
dominio que posee el cacique”. Latín: Dyinastíya. Recopilación de Leyes de Indias, lib. 6, título 7, l.
4. (Diccionario de Autoridades, 1984: tomo III, 38)
5 Reyezuelo de “régulo […] el dominante o señor de algún pequeño estado. Regulus” [latín]. (Diccionario
de Autoridades,1984: tomo III, 551)
120 Carlos Rincón Mautner

pequeñas y por estar gobernados por una pareja real, cuyas propiedades les habían sido
heredadas por sus respectivos padres, incluyendo el palacio o casa real que ocupaban.
Estas parejas estaban conformadas por miembros de la nobleza en la que, por lo menos,
una de las partes era oriunda de una comunidad externa (Spores, 1974). La herencia
en estos señoríos mixtecos prehispánicos fue bilateral, por lo menos en tiempos
anteriores a la conquista mexica. Además de recibir en herencia, tanto del padre como
de la madre, el patrón hereditario incluía casos de poliginia (que ocurría con cierta
frecuencia), particularmente cuando algún señor victorioso en una campaña guerrera
se desposaba con la viuda del señor vencido. En raras ocasiones, como en el caso de
que no hubiese hijos, en que se dejaba en herencia a los sobrinos. También en el caso
de una abdicación podía tomar el señorío un hermano. Si el heredero era niño, se
podría nombrar a un regente, usualmente un hermano de los padres quien quedaría
encargado del gobierno hasta que el futuro señor o señora alcanzara la mayoría de edad.
Entre los señores de la Mixteca hubo una preocupación meticulosa por docu­
mentar su ascendencia, ligando a los antepasados de su linaje, tanto con un sitio
sagrado primordial de donde nació o surgió el fundador en forma mágica (de la
tierra, de los árboles, etc.), así como por vincularlo con un ilustre antepasado, como
el señor 8 Venado “Garra de Ocelote”, o, como fue el caso de Coixtlahuaca, por
relacionarlo con la casa real tolteca. Según los lienzos, el fundador del linaje de
Coixtlahuaca emergió de las aguas del “Río de los Tules,” parándose sobre una joya
de piedra verde, con lo que en forma visual y metafórica establece el vínculo con los
tolteca (Tollan, “Lugar de Tules”) y, a su vez, los nombró xoxouhqui, que significa
“verde, precioso o estimado”, en referencia al linaje y a la etnia (xoxo, conocidos como
“chocho”). Además, cuatro de los lienzos de Coixtlahuaca presentan la impresionante
declaración de que su linaje principal compartía antepasados con las casas reales de
Culhuacan, Cholula y Tenochtitlan, las cuales también tuvieron antepasados toltecas
a través de la descendencia de la pareja conformada por el señor y señora 12 Pedernal.
Más sorprendente aún es la alianza entre nobles de alto rango tolteca y guerreros
chichimecas, que da origen al segundo linaje que gobernaría desde Coixtlahuaca,
compartiendo el poder y brindándole estabilidad al sistema sociopolítico durante casi
trescientos años hasta la conquista del señorío por los mexica-tenochca.
En vista del esfuerzo de la nobleza de la Mixteca Alta y de la Mixteca Baja
en documentar la descendencia de un antepasado común y el esmero con que se
registraban pictográficamente las historias de sus linajes, no me es claro el significado de
la observación que hace Spores (1984: 70), y citada por Chance (2004: 13), de que los
mixtecos no tuvieron “linajes formales”. Chance (2004: 11) propone que los cacicazgos
mixtecos se apegan mejor al modelo de “casas nobles” con propiedades que al de linajes.
Como evidencia de ello menciona los códices y “la atención considerable dedicada a
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 121

trazar el origen de los antepasados reales, y las genealogías y casamientos de las dinastías
gobernantes de varios señoríos”. Yo prefiero el término “casa señorial”, por ser castizo
y estar relacionado con el lenguaje que describe al señor6 o hidalgo7 exento de pecho8
y al que se le rendía tributo, lo que se apega mejor al tema en dis­cusión. Los plebeyos
o villanos no se ocupaban de linajes, es más, el término ni les atañe. Al contrario de
lo que arguye Chance (2004: 10) sobre la palabra “linaje” (del francés lignage), cuya
connotación medieval está ligada a la propiedad, considero que el retrato que nos ofrecen
los códices sobre la época prehispánica anterior a la conquista española, es precisamente
la preocupación acerca de la sucesión de la hacienda9 inalie­nable10 del señorío,11 y de los
privilegios de que gozaban los señores naturales, lo que los impulsaba a registrar el linaje12
asociado con una casa señorial. Los señores de Coixtlahuaca buscaron autopromoverse,
acrecentando sus haciendas, preservando su estatus mediante el control de los recursos
y el acceso a información privilegiada, modelando el ejemplo de su posición y autoridad
en su comportamiento, haciendo uso del temor e intimidación cuando se considerara
necesario o promoviendo la solidaridad grupal. Aunque los señores realizaban rituales
secretos destinados a consultar a los antepasados y deidades, sacrificando y ofrendando
animales y humanos, a la vez dirigían y participaban en rituales de intensificación
en los que la comunidad entera participaba. Al acudir, su sola presencia daba mayor
significado a la ocasión, pues era la oportunidad para que la población se identificara
con su gobernante. Al estar presente la colectividad con su señor, unidos en un mismo

6 “Señor: […] el dueño de alguna cosa, el que tiene dominio y propiedad en ella, […] el que posee
estados y lugares con dominio y jurisdicción en ellos. Señorear: […] disponer de las cosas como si
fuera dueño de ellas”. (Diccionario de Autoridades, 1984: tomo III, 89)
7 “Hidalgo: la persona noble que viene de casa y solar conocido y como tal está exento de los pechos y
derechos que pagan los villanos”. [Exento de tributo]. (Diccionario de Autoridades, 1984: tomo II,
150)
8 “Pecho: el tributo que se paga al rey o señor territorial por razón de los bienes o haciendas”, “Pechar:
pagar el pecho o contribuir la pecha o pechotributo”. [Pechar quiere decir tributar] (Diccionario de
Autoridades, 1984: tomo III, 176)
9 “Hacienda. Las heredades del campo y tierras de labor en que se trabaja para que fructifiquen […], l:
Los bienes, posesiones y riquezas que uno tiene, […] arreglos de negocio que se trata entre algunas
personas”. (Diccionario de Autoridades, 1984: tomo II, 120)
10 “Inajenable: Lo que no se puede enajenar absoluta o respectivamente. Inalienable: lo mismo que
inajenable. Úsase más frecuentemente en lo jurídico. [ejemplo] Y las fortalezas, aldeas, términos e
jurisdicciones de su natura fuesen inalienables”. (Diccionario de Autoridades, 1984: tomo II, 235)
11 “Señorío: dominio o mando sobre alguna cosa como propia o sujeta. […] El territorio perteneciente
al señor, y de que es dueño”. (Diccionario de Autoridades 1984: tomo III, 89)
12 “Linaje: la descendencia de cualquier familia. Díjose así del nombre línea, porque las sucesiones van
descendiendo de padres a hijos y nietos, como por una línea recta. Del Latín Genus, Series, Stirps”.
(Diccionario de Autoridades, 1984: tomo II, 410)
122 Carlos Rincón Mautner

propósito, se garantizaba, entre otras cosas, que se obtuviera el desenlace o solución


deseada y que, al observarse los usos y costumbres, se mantuviera el orden.
Al considerar que la casa del gobernante, tecpan o añine, era ocupada no tan sólo
por los miembros de la familia real, sino también por los sirvientes permanentes y los
de turno diario o semanal, se puede apreciar que la casa señorial no es sólo un edificio
sino además una experiencia para la comunidad entera. De este modo se eleva la morada
de los caciques de la Mixteca al asiento de poder, en el que se incorporan actividades
productivas, rituales, políticas, y generativas o procreadores de orden, de futuros
gobernantes, de nexos de toda índole. Así adquiere un simbolismo sociocósmico sin
par en el asentamiento y en la comunidad. En este sentido, la casa señorial mixteca se
aproxima a lo que Lévi-Strauss llamó “sociedades casa” (Gillespie, 2000a), en las que se
construye ritualmente el lugar del asentamiento y con ello se articula el palacio con los
demás hogares de la comunidad para crear cohesión de grupo (Gillespie, 2000b, véase
Manzanilla Naim, Lemonnier, en este volumen). Como presentaré más adelante, en
Coixtlahuaca se formularon alianzas que terminaron por convertirse en un cogobierno
de linajes cooperativo, con funciones aparentemente complementarias.

El ñuu y los vínculos de reciprocidad

Tanto los códices como las etnografías nos informan sobre la manera en que los espacios
naturales se fueron transformando en lugares a los que, por medio de procesos históricos
y culturales, se les adscriben calificaciones y múltiples sentidos (Rincón Mautner, 1997:
129-130). La tierra, la gente que la puebla, trabaja y defiende, así como los antepasados
y deidades “dueñas” y protectoras, que alientan a los labradores y que permiten la
realización del cultivo y la cosecha, constituyen la fuente del sustento y bienestar humano.
Estos tres elementos, tierra, gente, y deidades, íntimamente ligados desde tiempo
inmemorial son la realidad de los pueblos13 de la Mixteca y de muchas otras regiones.
Aparecen registrados en las historias sagradas prehispánicas y en los lienzos coloniales
que constituyen las memorias pictóricas de las antiguas posesiones de los caciques. La
naturaleza sagrada y el fuerte arraigo de la unión de estos conceptos han sobrevivido hasta
nuestros días y se manifiestan en las etnografías contemporáneas (Barabas, 2003a, 2003b;
López García, 2002: 198-203; Monaghan, 1995). Ello ayuda a entender la cosmovisión de
los habitantes de la Mixteca y a la interpretación de los antiguos códices y lienzos coloniales.

13 Las palabras “pueblo” o “comunidad” en el idioma nguiwa o chocho es “xade”, los cuales están
conformados por barrios llamados sindhi (Rincón Mautner, 1994b: 4; 1999: 390-392). En el idioma
ñudzahui o mixteco, al pueblo se le dice ñuu.
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 123

Los vínculos estrechos entre tierra, gente y dioses fungen aún como principios
organizadores de la comunidad y constituyen la base conceptual e ideológica del señorío
en la Mixteca. Puesto que el lenguaje define, refleja y transmite la realidad, encuentro
estos elementos resumidos en el vocablo “ñuu” de la lengua mixteca o ñudzahui. Entre
las fuentes documentales alfabéticas del siglo xvi en lengua ñudzahui, que fue mejor
documentada que el chocho, o nguiwa, que se hablaba también en Coixtlahuaca,
encontramos los siguientes términos, que considero etimológicamente relacionados y
derivados del vocablo raíz “ñuu”, el cual fue empleado para referirse a: 1) la tierra - ñuhu;
2) sitio de origen, lugar o patria - ñuundi, 3) barrio o pueblo - ñuu, tayu, tayutoniñe, yuvui
tayu, yucunduta ñuu toniñe (De Alvarado, 1593: 175); 4) asiento de pueblo - sacaañuu
(28); 5) cabecera de pueblo - dzini ñuu, ñuu nine (40); 6) dios - ñuhu, ñuhu toniñe (81);
7) gente -tay ñuu, tayndahi, ñandahi (115); y 8) el fuego ñu’u, que por extensión significa
“hogar” y es el motivo del porqué hacer fuego se encuentra representado con frecuencia
en los códices prehispánicos y coloniales como parte del ritual fundacional para poblar
un sitio. Por su parte, los dioses del fuego y de la lluvia guardan una estrecha relación
con la tierra porque habitan el inframundo localizado en su interior.
Un término parecido a “ñuu”, que connota ideas similares de comunidad y
sustento, es “calpulli”, que constituye junto con otros calpultin (plural de calpulli),
el componente social del altepetl, difrasismo náhuatl, que significa “cerro de agua”
(Rincón Mautner, 1997: 129-130, n. 2; 1999: 88; véase también en este volumen los
ensayos de Gutiérrez Mendoza, Hirth y Lind). Aunque los calpultin que conformaban
un altepetl, podían corresponder a etnias distintas; eran una colectividad organizada
compuesta de familias emparentadas entre sí que compartían un mismo origen, un
mismo dios protector o patrono, y un mismo oficio (Fernández Christlieb y Urquijo
Torres, 2006: 146-147). El espacio físico que ocupaban, generaba una experiencia
similar para la colectividad, por lo que la organización social indígena siempre estuvo
entretejida con el territorio de donde provenía el sustento, donde estaban enterrados sus
antepasados y el templo dedicado al dios protector del grupo, en el cual se conservaban
sus reliquias en un envoltorio sagrado.
Los cerros que dominan el paisaje en gran parte de Mesoamérica y de la Mixteca
en particular, sirven como puntos de referencia, de culto y de observaciones rituales
para los pobladores de las comarcas en que se encuentran. Como fuentes de agua y
sustento, y divisaderos, los cerros eran considerados sagrados por la colectividad, e
incluso como “mayores”, dada su antigüedad, y como dioses, por lo que connotan
el mismo sentido sagrado del vocablo “ñuu”. Es hacia los cerros que se dirigen los
sacerdotes para la toma de posesión del territorio en donde se va a establecer cada ñuu,
calpulli o barrio (véanse las figuras 4.3A y 4.3B). Los señores dispusieron que sobre sus
cimas se hicieran fuegos para que se divisaran desde lejos. Estas hogueras servían para
124 Carlos Rincón Mautner

FIGURA 4.3A
Desde las cimas de los montes,
las deidades y “dueños” de la tierra vigilan los ñuu y los yuhuitayu

Representación del paisaje cultural de la Mixteca, páginas 9 y 10 del Códice Vindobonensis Mexicanus.
(Adaptación, con permiso, de la reproducción facsimilar de la casa editorial
Akademische Druck -u.Verlagsanstalt, Graz.)

llamar la atención de los moradores circunvecinos y que se unieran en las intenciones


propiciatorias de las ceremonias dedicadas a las deidades, especialmente al dios de la
Lluvia (véase la figura 4.3C) y, de requerirse, la protección y defensa de los pobladores,
para que de entre éstos acudieran los guerreros. El Rollo Selden incorpora pasajes de
los mitos cosmogónicos o historia sagrada con la fundación de un ñuu en la porción
septentrional de la Cuenca de Coixtlahuaca. Desde la cueva primordial en donde
descendió Quetzalcóatl en tiempos remotos, cuatro sacerdotes se dirigen hacia la cima
del “Cerro de las Serpientes Entrelazadas” o Coatepec (Rincón Mautner, 1997; 1999:
302-305, fig. 72; 2007b). Ellos cargan el fardo mortuorio o envoltorio sagrado de
Quetzalcóatl, a quien entronizarán en su cumbre (véase la figura 4.3B). Dicho cerro fue
considerado por los habitantes del señorío el sitio donde Quetzalcóatl y Tezcatlipoca,
transformados en enormes sierpes, amarraron a la diosa de la Tierra sobre el agua en el
momento de la creación del mundo. Aquí se dio inicio al sacrificio humano como parte
del convenio de reciprocidad, necesario para mantener a la madre tierra y asegurar la
continuidad de la vida (Rincón Mautner, 2005a: 123, 135, 139, fig. 6.15; 2007b, en
prensa b). Desde esta cima se llevarían posteriormente hasta Coixtlahuaca, los fardos
mortuorios de estas deidades para fundar allá la sede del gran señorío.
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 125

FIGURA 4.3B
Cuatro sacerdotes emergen del Cañón del Ndaxagua cargando el envoltorio o nuhu que
contiene las reliquias de Ehecatl-Quetzalcoatl hacia Ndaga (Coatepec) hoy conocido como
Torrecillas, Municipio de Tepelmeme, ex distrito de Coixtlahuaca, Oaxaca

Detalle del Rollo Selden. (Dibujo de Carlos Rincón Mautner.)

El tlatocayotl o yuhuitayu y las bases del poder

Durante el periodo Postclásico, en las regiones donde se hablaba el náhuatl, al señorío


prehispánico se le llamó tlatocayotl,14 el cual estuvo fundamentado sobre los mismos
principios organizadores de la trilogía de elementos interrelacionados que definían al
ñuu: tierra, gente y dioses (véase Hirth, en este volumen). Encuentro que este concepto
no sólo define la reciprocidad entre dioses y humanos en las tradiciones cosmogénicas,
sino que también alude al servicio comunitario, incluyendo las tandas alternadas
de labores de coatequitl o tequio (llamado tniño en ñudzahui) y los oficios de cargo
(Monaghan, 1995; Rincón Mautner, 2005a: 122-124; 2007b, Terraciano, 2001: 28).
Los nobles gobernantes (yya en ñudzahui), quienes constituían el ápice de la
estruc­tura comunitaria e imponían el orden en la comunidad, se dedicaban a mantener
el equilibrio entre el mundo visible e invisible, y en preservar la integridad de los
com­ponentes de esta unión trinitaria de elementos. No solamente actuaban como
inter­mediarios entre los pobladores, los dioses y las fuerzas de la naturaleza, sino
también hacían sacrificios de toda índole, incluyendo el autosangrado, la consulta a los

14 Palabra náhuatl derivada del verbo “tlahtoa”, que se refiere al señor, “quien habla” o da órdenes, la
sede desde donde regía un tlatoani, o gobernante.
126 Carlos Rincón Mautner

FIGURA 4.3C
El cerro de Mitzmitoco con el santuario dedicado al dios de la lluvia domina los sitios llama-
dos Tlachixtlavaca y Pinoyalco Ihuitla en el Lienzo de Ihuitlan

Los antepasados fundadores de la segunda dinastía, el señor 9 Lagarto, su hijo 11 Lagartija e hija, junto a
sus cónyuges, estuvieron asentados cerca de este lugar y de ahí fueron a gobernar primero en Tequixtepec
y Tulancingo. El hijo de 11 Lagartija, señor 12 Lagartija fue a conquistar y gobernar el yuhuitayu de Coixt-
lahuaca, representado por el topograma de una serpiente estirada que alude al “llano de culebras”. A su
vez, 8 Viento, hijo de este último, fue el primer señor del linaje principal nacido en Coixtlahuaca, y
aparece representado sentado frente a su esposa, la señora 4 Caña, sobre un trono y estera forrados con
piel de ocelote. Debajo de la estera y sobre la culebra, al interior de una tumba tipo sótano, como las que
se encuentran en toda la zona, están representados dos ñuhus o fardos mortuorios que contienen las re-
liquias de 9 Viento (Ehecatl-Quetzalcoatl) y 1 Lagartija. (Fotografía de Carlos Rincón Mautner, con permi-
so del Museo de Brooklyn.)

antepasados y la presentación de ofrendas dignas para obtener resultados favorables a


sus reinos y súbditos (tierra y gente), así como para las deidades patronas. “En todas las
naciones del mundo es muy usado como propio de su obligación, llamar padre al señor
que debía defender, sustentar y amparar a sus hijos” (De Burgoa, 1989: 370). La unión
de la pareja real mediante el matrimonio unía a dos yuhuitayu y a un gran número de
ñuu, acrecentando en forma considerable el patrimonio o hacienda real, ya que, tanto
el señor como la señora, quienes debían ser de la misma clase y condición, tenían sus
tierras y gentes que las trabajaban, y como era tradición y costumbre ampliamente
difundida, exigían que se les rindiera tributo a ellos, a sus antepasados deificados y a
los dioses del ñuu.
A la pareja regente se la representaba pintada sobre su estera de palma tejida o
“petate”, la que es empleada como cama, tanto por la realeza como por la gente común.
Esta convención empleada en la escritura logográfica de los documentos pictográficos
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 127

representa el difrasismo yuhui tayu o tayu a solas, términos empleados con relativa
frecuencia en la documentación colonial para referirse al señorío (Rincón Mautner,
1994b: 5-6; Terraciano, 1994: 342, n. 17; 2001: 103-104, 158, fig. 6.7). Yuhui (yuvui,
según De Alvarado, 1593: 207) significa “estera”. Tayu, (sic tayutehe), significa “asiento
de espaldar” (De Alvarado, 1593: 28), aunque también significa “par” (De Alvarado,
1593: 161). Además, una de las acepciones para referirse a los desposados, quienes
constituyen el núcleo del hogar es: tay nicuvuitayu (De Alvarado, 1593: 146). En
los códices de Coixtlahuaca se acostumbraba representar los asientos reales forrados
con piel de ocelote (véase la figura 4.3C). Incluso a los señores de menor rango que
gobernaban las estancias sujetas, también se los representaba sentados sobre una estera
(Rincón Mautner, 1999: 391-392). El término “yuhuitayu” tiene connotaciones que
incluyen el asiento o sede del señorío, el vínculo real entre la pareja gobernante y sus
respectivos reinos y la perpetuación del linaje o descendencia al procrear a un sucesor.
En el caso del mencionado Rollo Selden digo “ñuu” en vez de “yuhuitayu” porque
es el fardo de Ehecatl-Quetzalcóatl el que toma posesión y porque la pareja fundadora
de señores no está representada. Aun así, considero que la entronización del fardo
sobre la cima de Coatepec, seguramente duplica lo que pudo haber sido la ceremonia
de entronización y toma de posesión de los señores a lo largo de una amplia área
que abarcaba gran parte de Mesoamérica. Dos tronos recuperados en Tula tienen
esculpidas dos cabezas de serpiente,15 las que miran en sentidos opuestos, en forma
muy parecida a las representaciones de las serpientes sobre la cima del cerro sagrado
de la Creación, en los códices de Coixtlahuaca. En el caso específico de Coixtlahuaca,
Coatepec parece haber llegado a fungir como centro organizador y foco ritual de 16
yuhuitayu representados por las parejas que asientan el linaje en diferentes lugares
(Rincón Mautner, 2007b, en prensa b).
Los linajes mantenían la posesión de las casas reales, o palacios, llamadas aniñe en
mixteco, y tecpan o tecalli16 en náhuatl. Por lo general, los palacios eran construcciones
de piedra cuya construcción y manutención requería de su esfuerzo comunitario. Allí
residía el cacique con su esposa. Los palacios se distinguen de otros edificios por una
decoración arquitectónica singular de almenas sobre el tejado y, en algunos casos, por
tener un friso de discos cuyo origen es prehispánico. Los frisos de discos decoran las

15 Jiménez García (1998: 477-478, figs. 44 y 45) considera que las cabezas que decoran estos tronos
guardan cierto parecido con los cipactli, que “muestran cabezas de felinos con ojos emplumados y
lengua bífida de serpiente, y los describe (fig. 186) como representaciones con atributos de felino-
pájaro-serpiente (Jiménez García, 1998: fig. 186).
16 Licate (1981: 14) equipara los linajes con la palabra “tecalli” (casas de piedra) las que, según nos
informa dicho investigador, funcionaban como corporaciones políticas y económicas locales.
128 Carlos Rincón Mautner

FIGURA 4.4
La calca del Lienzo de Coixtlahuaca III o Códice Meixueiro de mediados del siglo xvi

Es una representación cartográfica del señorío de Coixtlahuaca que registra eventos históricos pertinentes
al señorío. Se desconoce el paradero del original. Los nueve caminos, identificados por las líneas parale-
las con huellas de pie, tienen su origen en el centro del mapa donde se encuentra el topograma de Coixt-
lahuaca, representado como una culebra estirada sobre la cual hay dos casas reales. Este documento
registra una versión abreviada de la sucesión dinástica que antecede el establecimiento de lo que en el
siglo xii se convertiría en la sede de un gobierno compartido.
Sobre el topograma se pueden observar a los señores asociados a dos casas reales quienes conquista-
ron territorios y obtuvieron tributarios, expandiendo la base económica del señorío. Estos señores se iden-
tifican por la convención pictórica que distingue a los conquistadores, pues se les representó sosteniendo
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 129

un proyectil con punta de flecha que apunta hacia abajo. Los dos últimos señores en la parte superior del
grupo de cuatro asociados a la casa real de la izquierda, son los que gobernaron después de conquistado
el reino por los mexica. Se han identificado con texto los ríos Hondo-Calapa y Salado y los topogramas
correspondientes a los sitios conquistados y las sedes de las casas reales menores que constituyeron este
gran señorío antes la llegada de los españoles. También aparecen registrados en la parte superior, un colec-
tor de tributos mexica en 1503, así como las visitas realizadas en 1540, 1542, 1552 y1567 por el alcalde o
corregidor montado a caballo y con vara de justicia, encargado de las diligencias para el deslinde de las
tierras de las estancias pertenecientes a Tequixtepec de las de Coixtlahuaca. (Calca realizada y publicada
por Gates (1931). (Fotografía cortesía de la Biblioteca de la Universidad de Princeton, Nueva Jersey.)

casas reales representadas en la calca conocida como el Lienzo de Coixtlahuaca III (Gates,
1931: Lienzo Meixueiro, véase la figura 4.4). Éste ilustra el gran señorío de Coixtlahuaca
como un espacio definido por cerros dibujados sobre un lindero alusivo a la piel del
ocelote o la de una serpiente constrictora. La Casa de la Cacica en Teposcolula (véanse
las figuras 4.5A y 4.5B), construida durante el tercer cuarto del siglo xvi, presenta en
la parte superior del frente del edificio un friso con discos decorativos, el que Kiracofe
(1995: 47, 50) propone que tuvo una función heráldica que transmitía información
esotérica a quienes conocían el sistema simbólico de la élite. Aunque en un nivel más
básico, también identificaba el edificio como el de más alto estatus, pues era la sede de
la autoridad políticorreligiosa (Terraciano 2001: 160).
Del sitio de Ngüiteri en Coixtlahuaca proviene un disco de piedra volcánica roja
que pudo haber sido uno de los elementos que decoraba el palacio que ahí se encontraba
(véase la figura 4.5C). Considero que el sentido de esta decoración era la de advertir que
ahí residía lo más precioso que tenía la comunidad, la residencia del linaje y morada de
los yya, por lo que interpreto estos discos como referencia a los chalchihuites, indicadores
de preciosidad y por extensión a las cuentas de piedra verde que portaban los nobles,
­las que ensartadas como collar aludían metafóricamente al linaje. En particular considero
que este tipo de decoración arquitectónica fue para el uso privativo de los señores y era
empleada exclusivamente en la decoración de sus palacios, por lo que es improbable
encontrarlo en otros contextos, como propone Pérez Rodríguez (2006: 16).

La antigüedad del señorío indígena en la Mixteca Alta

Todo parece indicar que el señorío en la Mixteca Alta fue una institución indígena
de gran antigüedad, que contaba con suficiente flexibilidad para acomodar patrones
de sucesión diferentes a la forma acostumbrada, que era por línea recta, y que quizás
130 Carlos Rincón Mautner

FIGURA 4.5A
La Casa de la Cacica de mediados del siglo XVI en Teposcolula (1991) después de su restauración

(Fotografía de Carlos Rincón Mautner.)

FIGURA 4.5B
La Casa de la Cacica de mediados del siglo XVI en Teposcolula (2005) después de su restauración.

(Fotografía de Carlos Rincón Mautner.)


Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 131

FIGURA 4.5C
Disco de piedra volcánica

El señor Gustavo Salazar, vecino de Coixtlahuaca sostiene el disco de piedra volcánica encontrado por
él, circa 1990, y que posiblemente formó parte del friso de la casa real que se estuvo localizada en el
sector de Ngüiteri. (Fotografía de Carlos Rincón Mautner.)

presentaba mayor diversidad estructural de la que se ha reconocido hasta ahora.


Debido a que están bien documentados en las fuentes históricas, se habla con certeza
de señoríos, como si éstos hubiesen tenido su origen durante el periodo Postclásico
tardío, que abarca los años 1250-1520 d. C. Pero los códices del Postclásico tardío y
los lienzos coloniales registran las primeras dinastías y eventos históricos a partir de
mediados del siglo ix (Byland y Pohl, 1994; Rabin, 2003; Rincón Mautner, 1997;
1999: 311-319, figs. 76-80; 2000; 2005: 22, 56; Smith, 1983a: 213). Que estos
documentos pictográficos no registren los linajes que gobernaron los señoríos del
periodo Clásico, sugiere que entre las dos etapas ocurrió una posible ruptura en el
orden sociopolítico y durante la cual propongo que hubo una devolución de sitios
urbanos mayores a aldeas.
132 Carlos Rincón Mautner

Los individuos que demostraban habilidad para crear cohesión entre el ñuu, o
poblado, y que exhibían otras destrezas, como liderar la defensa o resolver la escasez
temporal de alimentos, conformaron la emergente clase gobernante. Ellos se irían
apropiando de las tierras más productivas o de sus productos, a cambio de prebendas
o promesas que garantizaban algún tipo de beneficio, generalmente relacionado con el
sustento de la población, incluyendo la invocación de dioses y antepasados, mediante
sacrificios y rituales propiciatorios. Aún así, con la muerte de estos individuos, se
presentaba el desafío de la sucesión y la costosa lucha por el poder. De ahí la importancia
de documentar la descendencia del linaje.
Aunque son escasos los sitios arqueológicos excavados en la Mixteca Alta, y puesto
que los diferentes periodos están representados en forma muy desigual, la evidencia
de que se dispone actualmente apoya lo propuesto por Price (1977) acerca de que las
innovaciones tecnológicas y estructurales (formas de organización-administración)
surgen al mismo tiempo en y entre las regiones. La evidencia arqueológica y lingüística
sugiere que los señoríos en la Mixteca, al igual que en otras regiones, tuvieron sus
orígenes durante la transformación de las aldeas en centros urbanos en el Formativo
terminal, circa al año 300 a. C., cuando se acentuó la estratificación social y se
diferenciaron las lenguas. Estos emergentes centros urbanos, conformados por espacios
y edificios públicos, así como por residencias de alto estatus, constituyeron la sede
política y administrativa de los primeros Estados de la Mixteca. Podemos suponer que
la extensión territorial de esos señoríos tempranos fue pequeña.17
En esos primeros asentamientos nucleados encontramos, no sólo vestigios arqui­
tectónicos, incluyendo residencias de alto status, sino también bienes materiales y
formas de enterramiento en tumbas elaboradas que apuntan a una estratificación social
que podría interpretarse como diagnóstica del señorío. No insinúo con esto que los
señoríos de las diferentes etapas hayan sido idénticos, pero sí que el patrón general de
sucesión lineal y de conquistas de tierras y tributarios está presente desde el inicio de la
vida urbana.
A partir del año 400 d. C. se difundió ampliamente un sistema de notación que
registra nombres de los días del calendario sagrado. Estos “días” parecen aludir a
personajes de la élite, a quienes identifico como posibles gobernantes. Hay evidencia
de objetos “personalizados” sobre los que se halla grabado un glifo calendario, que

17 Una posible forma de demarcación territorial de los antiguos señoríos son las pinturas rupestres en
sitios altamente visibles a distancia en los que se observan impresiones estarcidas de manos. Conozco
un antiguo sitio con pinturas rupestres sobre un acantilado que marca una de las mojoneras del lindero
entre los pueblos de Ixcatlan y Tepelmeme. Se trata del Paso del Mono, que presenta pictogramas que
datan de la época del Clásico temprano.
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 133

supongo podría referirse al nombre de su dueño, con toda probabilidad un miembro


de la nobleza y hasta de un mismo gobernante. Entre los materiales que apoyan mi
interpretación están las lápidas con inscripciones calendarias de la Tumba núm. 1 de
Yucuñudahui,18 las que probablemente se refieren a los personajes ahí enterrados (véase
la figura 4.6A). En el Colosal Ndaxagua hay conjuntos de pictogramas que sugieren
que fueron pintados para conmemorar a nobles gobernantes, pero, tal vez porque
son más antiguos o porque pertenecían a linajes cuyas historias no sobrevivieron a las
conquistas realizadas por señores advenedizos a quienes les habría interesado que se
olvidaran las sucesiones anteriores a su arribo, sus nombres no coinciden con los de los
gobernantes registrados en los códices y lienzos para el Postclásico (Rincón Mautner,
2005b: 20-22, fig. 21,). Entre éstos está representado un personaje sedente que señala
el camino a través del túnel (véase la figura 4.6B). Viste una capa con manchas que
semejan las del jaguar y porta un besote en la mandíbula. Otras representaciones
presentes en el Puente Colosal que parecen ligadas al oficio de gobernante y a la
sucesión dinástica incluyen un ajuar constituido por fardos o envoltorios mortuorios
(¿sagrados?) de algún antepasado, glifos calendarios y un lanza dardos. Procedente del
sitio de Las Flores, al norte de Tepelmeme en la Cuenca de Coixtlahuaca, se encontró
un “caracol caballo” (Pleuroploca gigantea) como parte de la ofrenda de una tumba.
Esta especie de molusco llegó a la Mixteca a través de las rutas de intercambio con
la costa del Golfo de México. La concha del caracol fue modificada para hacer una
trompeta. Presenta la inscripción calendaria 7A “nudo”, lo que sugiere perteneció a
algún personaje de alto estatus, posiblemente a un gobernante con ese nombre.

Sustento y reciprocidad

Las bases económicas de los primeros señoríos y de los que vendrían posteriormente
en el Postclásico tardío han estado supeditadas a la capacidad o potencial desigual que
han tenido y siguen teniendo las tierras de la Mixteca Alta para producir excedentes
agrícolas. El factor más crítico para el cultivo en esta región templada subhúmeda es el
agua. Por ello los campos de cultivo están restringidos a las áreas más húmedas, siendo
los más productivos los que se encuentran en los drenajes naturales. Con su régimen
de lluvias, concentrado entre junio y octubre, el ciclo agrícola en las montañas de la
Mixteca Alta podía extenderse mediante: 1) la selección de semillas de variedades

18 Este sitio está localizado a unos veinte kilómetros al sur de Coixtlahuaca. La tumba ha producido tres
fechas distintas, reportadas en Drennan (1983: tabla A.1) y calibradas por quien escribe: muestra
C-426 cal EC: 358 ± 196; I-3259 cal EC: 405 ± 119; I-2680 cal EC: 625 ± 95.
134 Carlos Rincón Mautner

FIGURA 4.6A
Evidencia de señoríos tempranos en la Mixteca Alta correspondientes al Clásico (años 400-800 EC) en
que aparecen nombres de personajes pintados sobre la lápida de la Tumba I Yucuñudahui,
actualmente en Coyotepec, Oaxaca.

(Fotografía de Carlos Rincón Mautner, con retoque.)

que fueran resistentes a la sequía, al granizo y a las heladas; 2) la creación de campos


de cultivo en los drenajes naturales; 3) la construcción de presas, y 4) la creación y
extensión de redes de canales de riego. Las terrazas revestidas de piedra, que perduran
sobre las laderas de numerosos cerros, constituyen la evidencia más fehaciente de la
implementación de técnicas para conservar el agua y los suelos (véanse las figura 4.7A,
4.7B, 4.7C y 4.7D).
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 135

FIGURA 4.6B
Evidencia de señoríos tempranos en la Mixteca Alta, Posclásico temprano (900-1150)

Se distingue el perfil de un señor sedente pintado sobre la pared norte del Puente Colosal,
Panel o Conjunto # 1. El bezote y la capa de piel de ocelote son indicadores de su alto estatus.
(Fotografía de Carlos Rincón Mautner, con retoque.)

Propongo que fueron los terrenos más húmedos los que primero se incorporaron
al patrimonio o hacienda del señorío, pues para la Mixteca, con el patrón de lluvias
descrito anteriormente, únicamente las tierras de regadío y las “tierras de jugo”
(conocidas también como de “humedad residual”) podían producir en forma susten­
table año con año y generar excedentes. La producción de excedentes de maíz acentuó
la estratificación social y, junto con el tributo de la colectividad, daban al señor poder
136 Carlos Rincón Mautner

FIGURA 4.7A FIGURA 4.7A


Antiguas terrazas de cultivo en las estribaciones Antiguas terrazas de cultivo en las estribaciones
septentrionales expuestas a los vientos húmedos septentrionales expuestas a los vientos húmedos
de barlovento en el Cerro Verde de barlovento en el Cerro Cumbre Alta

(Fotografía de Carlos Rincón Mautner.) (Fotografía de Carlos Rincón Mautner.)

FIGURA 4.7C FIGURA 4.7C


Terrenos de humedad para el cultivo del maíz Terrenos de humedad para el cultivo del maíz
cajete en el valle del Río Culebra al sur de cajete en los drenajes naturales del valle del Río
Coixtlahuaca Poblano, Cuenca de Coixtlahuaca, sector norte de
la Mixteca Alta de Oaxaca, México

(Fotografía de Carlos Rincón Mautner.) (Fotografía de Carlos Rincón Mautner.)


Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 137

administrativo para distribuir dicho recurso, indispensable para el sustento de los ñuu
y entre los miembros de la colectividad que más leales fueran y estuvieran dispuestos
a trabajar en favor del patrimonio e intereses del señorío. Es muy probable que la
tran­sición de aldea a centro urbano haya requerido la incorporación y consolidación
de un territorio cada vez mayor para producir el abasto suficiente para mantener un
asentamiento nucleado en crecimiento, y que esa necesidad, a su vez, haya reforzado la
estructura política de una sociedad estratificada, en la que era necesario implementar
un sistema de regulación para que surgiese el cacicazgo, proto Estado o el pequeño
Estado, fundado alrededor de una casa señorial.
El sistema de terrazas en las barrancas y a lo largo de las bases de los cerros
estuvieron íntimamente relacionados con el cultivo de la variedad de maíz conocida
como “maíz cajete” (Lind, 1979: 4; Rincón Mautner, 1999: 238-49). El cultivo de los
campos formados por terrazas de contorno sobre las laderas de los cerros, expuestas a
los vientos alisios, siempre ha sido más riesgoso, aun cuando el ciclo de crecimiento
en éstos es más corto; en general, esos campos son menos productivos y la cosecha se
ve especialmente reducida o se pierde en los años de sequía.
Al parecer, en forma simultánea surgen los sitios urbanos y los campos de cultivo
dentro de las barrancas, detrás de pretiles de piedra, y a lo largo del pie de monte donde
se acumula humedad, en los que se cultivaba y aún se cultiva el maíz tipo “cajete”
(Rincón Mautner, 1999: 245-248; en prensa a). Baso mi hipótesis en las observaciones
de las barrancas alrededor de Coixtlahuaca, donde se encuentran enterrados vestigios de
terrazas de cultivo de humedad residual, y en las fechas de radiocarbono obtenidas a
partir del carbón difuso incorporado en los sedimentos que constituían el relleno de
estos campos de cultivo19 y de los residuos de ácido húmico que éstos contienen (Rincón
Mautner 1999: 678-686, fig. 117, tabla 11; en prensa a). Estos vestigios corresponden
a dos épocas distintas: la fase Ramos del Formativo tardío y arriba de estos los de la fase
Nativitas del Postclásico temprano.
Para Monte Negro, unos de los pocos sitios urbanos tempranos (fase Ramos)
explorados, Balkansky, Pérez Rodríguez y Kowalewski (2004: 44-47, figs. 8 y 9) han
propuesto una tesis parecida, que relaciona el urbanismo con el cultivo en terrazas,
aunque no considero plausible la aseveración de que los campos de cultivo que se
observan actualmente son coetáneos con el asentamiento, pues las superficies de cultivo

19 Otra fecha obtenida del carbón presente en el relleno de una terraza de cultivo sobre el río Tejupan,
número Beta-241101, con dos sigmas de varianza (95% probabilidad), aportó el siguiente rango
calibrado: 400-210 años a. C.
138 Carlos Rincón Mautner

contemporáneas con el sitio yacen enterradas y estos investigadores20 no realizaron


excavaciones en las terrazas para determinar sus asociaciones y, aparentemente, tam­
poco obtuvieron muestras para fecharlas por radiocarbono.
Durante el Postclásico, la evidencia arqueológica presenta un patrón de casas de
alto estatus, próximas o asociadas a los campos de cultivo más productivos formados
por terrazas en los drenajes naturales (Lind, 1979: 39-40; Pérez Rodríguez, 2006), lo
que apoya mi propuesta de que la base de subsistencia y el poder político sobre el que
se fundamentaba el señorío era el sistema de cultivo de maíz cajete en los terrenos de
humedad con pretiles. Difiero en la interpretación que Pérez Rodríguez hace de las
casas que excavó en Nicayuhu, San Juan Teposcolula, próximas al mencionado tipo de
terrazas, las que según ella indican que pertenecieron a la clase común de labradores
llamados colectivamente ñandahi. Estas casas construidas con ndequí (bloques cortados
por seis lados del duripán calcáreo del suelo) presentaban pisos estucados de color rojo,
y dimensiones comparables con las casas de nobles excavadas en Chachoapan por
Lind (1979: 41-42, figs. 28 y 31). Además Lind (1979: 71) presenta el argumento
de que las casas más costosas, por las labores que requerían, eran precisamente las
construidas con ndequí. Sin haber excavado los basureros asociados a estas casas, Pérez
Rodríguez comparó los restos cerámicos y líticos encontrados dentro de las casas por
ella excavadas, con los resultados de las excavaciones de los basureros asociados a las
casas excavadas por Lind (1979) en Chachoapan y Yucuita. La forma de conocer la
economía y estatus de una casa es a través de la basura que se produjo mientras estuvo
ocupada, por lo que sería interesante y necesario excavar los basureros asociados a estas
antiguas casas para aclarar este punto.
Otra línea de evidencia que apoya el desarrollo temprano del señorío en la Mixteca la
constituye la cultura material, ofrendas de objetos, así como representaciones de rituales,
incluyendo el sacrificio de sangre y ofrendas quemadas propiciatorias que realizaban
los señores para lograr cosechas favorables. El sacrificio de sangre estuvo relacionado,
entre otras cosas, con el mantenimiento de la fertilidad, sustento y equilibrio del ñuu.
López Austin (1980: I: 372) menciona cómo “la muerte violenta (entiéndase como
acompañada por derramamiento de sangre) hacía participe a los dioses de la energía

20 Tampoco comparto el planteamiento de que el cultivo con este tipo de terrazas tiene “miles de años”,
ya que contradice la hipótesis propuesta por Spores (1969: 563-564) y secundada por Kirkby (1972:
36) de un epiciclo de erosión ocurrido a finales de la fase Las Flores y la adaptación reciente (últimos
mil años), con el objeto de aprovechar la erosión de suelos generada por el aumento de la población
del Postclásico (Rincón Mautner 1999: 630-633; en prensa a). Además de tomar en cuenta el clima,
mi planteamiento incluye el calendario de cultivo actual de maíz cajete y los terrenos de humedad
residual, que es como se designa a los campos con pretiles en barrancas y en los valles a lo largo del pie
de monte.
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 139

vital de la que se suponían ávidos y necesitados”, y que con la sangre de los sacrificados
se compraba a los dioses el bienestar del pueblo y hasta la potencia bélica.
La costumbre de sacrificar mediante el derramamiento de sangre es muy antigua,
especialmente la sangre de un hombre joven viril.21 En las sociedades mesoamericanas
los hombres eran los encargados de la siembra. Su trabajo con la coa, horadando la
tierra y depositando la semilla, imitaba la lluvia, así como su función procreativa o
regenerativa en el acto sexual al que contribuye con su semen. Esa función se manifiesta
en los rituales agrícolas que aún se practican y que se practicaban en la antigüedad.
Sobre las paredes del acceso occidental de la cueva-túnel del Puente Colosal, localizado
al norte de la Cuenca de Coixtlahuaca, fue pintado un enorme texto en el que está
representada una ofrenda quemada a una deidad con los atributos del dios de la lluvia.
Cerca del umbral, en el mismo sector del túnel, aparece dibujado un hombre de ta­
maño natural, cuyos brazos están atados detrás de él (véanse la figura 4.8A, Rincón
Mautner, 1995b; 2005a; 2005b). Su desnudez y la fluidez del trazo son parecidas a las
de las lápidas inscritas en bajo relieve con representaciones de personajes masculinos,
jóvenes, desnudos y muertos, conocidos como “los danzantes de Monte Albán” (véanse
las figuras 4.8B y 4.8C). El individuo representado sangra de varios puntos del cuerpo,
y está eyaculando o sangrando hacia el interior de la cueva, lo que alude al acto sexual
y a su eventual y total enfriamiento cuando muriese sacrificado (Rincón Mautner,
1995b; 2005a; 2005b).
Se supone que desde tiempos muy antiguos el sacrificio humano lo acostumbraban
realizar los gobernantes con su séquito de sacerdotes para propiciar el favor de las
deidades, especialmente el del dios de la lluvia que aparece representado en varias
instancias dentro de esta cueva. Eran usualmente los señores los que determinaban
quién vivía y quién moría.
Los “danzantes” datan de las dos primeras etapas de Monte Albán y algunas de
las figuras parecen representar las pieles desolladas y, en algunos casos, los cuerpos
mutilados de personajes nobles retratados, quizá, para registrar el éxito de la expan­sión
y consolidación del poder de Monte Albán22 sobre las comunidades del valle de Oa­
xaca. Entre los “danzantes” llaman la atención las figuras emasculadas, seguramente
go­ber­nantes de la emergente clase noble, y me parece lógico asumir que se trata de

21 Por ejemplo, en los Valles Centrales de Oaxaca este tipo de sacrificio está representado en la aldea
temprana de San José Mogote.
22 Monte Albán ha sido caracterizado como un señorío supremo que da la pauta de lo que fue el poder
político expansionista por coerción e intimidación, lo que, entre otras cosas, le permitió construir una
capital de enorme tamaño. En su espacio urbano, y en asociación a ciertos edificios tempranos, hay
más de trescientos “danzantes”.
140 Carlos Rincón Mautner

FIGURA 4.8A
Representación de un cautivo sacrificado

Puente Colosal Ndaxagua. (Fotografía y dibujo de Carlos Rincón Mautner.)

FIGURA 4.8B
Danzantes emasculados, Monte Albán

Adaptado de Scott (1978), con permiso. (Fotografía de Scott y dibujos de Agustín Villagra.)
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 141

FIGURA 4.8B
Danzantes emasculados, Monte Albán

Adaptado de Scott (1978), con permiso. (Fotografía de Scott y dibujos de Agustín Villagra.)

los infortunados jefes de aldeas circunvecinas a Monte Albán que pagaron con sus
vidas para que esa ciudad incorporara como propios los terrenos y los habitantes de
los valles aledaños a ella. Capturándolos, quitándoles sus ropajes e insignias de poder
para exhibirlos desnudos y subyugados públicamente, sacrificándolos y derramando
su sangre se creía que se aseguraba el sustento, a la vez que se eliminaba la competencia.
Pero además se promovía la cohesión entre los pobladores de esta ciudad, y con ello
el gobernante afianzaba su poder ante su comunidad y las comunidades vecinas.
Llevo esta idea un poco más allá, proponiendo que los jefes fueron emasculados
para ilustrar que han perdido su potencia y que su descendencia no primaría como
gobernante de los sitios conquistados, sino que serían remplazados por miembros
de la nobleza de Monte Albán, leales al gobernante de esta ciudad y a su familia,
a quienes se les rendiría tributo en especie y en servicio. Las tierras de esos nobles
sacrificados estarían igualmente a la disposición de los nuevos amos y señores, y de
los pobladores sujetos a pagarles tributo.

La expansión del patrimonio señorial

Además del papel de administrador, el gobernante adquirió el papel de árbitro sobre


la distribución de tierras, para organizar y asegurar el sustento y la distribución o
almacenamiento de excedentes de alimentos (Spores, 1984: 74-75). Una fuente de la
época colonial, referente a la fundación de Tilantongo, menciona la importancia de
los campos de cultivo en terrazas y su distribución entre la población:
142 Carlos Rincón Mautner

Y todos los montes y barrancas están hoy señalados de camellones de arriba abajo,
como escalones guarnecidos de piedra, que eran las medidas que daban los señores
a los soldados y plebeyos, para las siembras de sus semillas, conforme la familia de
cada uno y duran hasta hoy seguidos los camellones. (De Burgoa, 1989: 275)

La escasez de tierras con alto potencial de productividad, donde se cultivaba el maíz


cajete, acentuaría la diferencia de clases en aquellas instancias, cuando la población había
aumentado considerablemente, como ocurrió durante el Postclásico tardío. Esto debe
de haber requerido no sólo de que los señores se armasen para hacer cumplir sus órdenes
y preservar el orden, sino que además los motivó a realizar campañas de conquista de
nuevas áreas para incrementar los bienes patrimoniales vinculados al seño­río y obligar
a los pueblos sujetos a rendirles tributo (Rincón Mautner, 1999: 195-196, 239-249).
Durante el Postclásico, la práctica de la guerra fue posiblemente una actividad tan
importante como lo fue la agricultura, pues, entre otras cosas, era la forma de intimidar
y subyugar a las comunidades y hacer cumplir las obligaciones de tributo. Los códices
distinguen a los señores por sus actos de valor en las campañas de guerra, por sus con­
quistas, y por la captura y eventual sacrificio del señor de algún señorío adversario o
de los nobles quienes constituían el cuerpo de oficiales militares o pertenecían al li­
naje primario del yuhuitayu conquistado, o estaban emparentados con él. Según nos
informan las fuentes del periodo Postclásico tardío, que es el mejor documentado, el
sacrificio de señores era la forma de elevar el estatus del señor vencedor. De requerirlo
el señor, cada macehual dejaba sus labores y se transformaba en soldado. La guerra entre
comunidades era la costumbre y los vecinos eran enemigos tradicionales. Por lo menos
ése es el retrato presente en los códices y en las llamadas “Relaciones geográficas” del siglo
xvi. Según nos dice De Burgoa (1989: 370), hay toda una iconografía relacionada con
la guerra, pues “en los escudos de sus armas pintan a un capitán armado, de penacho
de plumas, rodela, arco y saetas en las manos […]”.
Aunque generalmente se cree que los mismos grupos étnicos han habitado sus
terri­torios desde tiempo inmemorial, hay numerosas instancias en que los ñuu o
calpultin emigraban o se adscribían a otro señor gobernante. Es claro que una forma
de cambiar el balance de poder regional resultaría cuando un señor invitaba o admitía
el asentamiento de grupos ajenos al señorío, con el propósito de aumentar el número
de la colectividad (guerreros, macehuales y tributarios). Ello obligaba de facto a que
otros señores lo emularan, si éstos no querían quedar en desventaja. He podido inferir
que algunos gobernantes de la Cuenca de Coixtlahuaca recurrieron al proceso de
repoblación, con gente de fuera y que ciertos ñuu estuvieron poblados por guerreros
de filiación chichimeca cuyo servicio incluyó defender las fronteras del reino, mantener
el orden y hacer cumplir las exigencias tributarias (Rincón Mautner, 1999: 88).
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 143

No se puede hablar de conquistas de territorio23 a solas, sin tomar en cuenta a la


gente que lo habitaba y que lo defendía ante un agresor. Siguiendo la antigua tradición
mesoamericana, para ser efectiva una conquista, implícitamente debía incluir no sólo
las tierras útiles y productivas, sino además contar con quien las trabajase y rindiese
tributo al conquistador y a sus dioses dentro del orden antiguo de reciprocidad. Ade­
más vemos en los códices y lienzos registros de campañas de guerra que los señores la
realizaban con el propósito de expandir su base patrimonial constituida por tierras y
tributarios. En las conquistas distantes, como las realizadas por los mexica en ésta y otras
regiones, el territorio e incluso la cantidad de tributarios importaban menos, pues sólo
buscaban extraer tributo.

El orden cósmico y la sucesión del señorío

Hasta ahora he buscado sentar las bases del señorío sobre el terreno, refiriéndome a la
producción de subsistencia y a confirmar la presencia de los señores en los materiales.
A continuación abordo otros temas que relacionan la dimensión sociocultural de la
cosmovisión que practicaban y supervisaban los señores. Para abordar estos temas
relacionados con el orden social y su anclaje en el orden natural, me apoyo en las
pinturas procedentes de la Cuenca de Coixtlahuaca, elaboradas por comisión de los
gobernantes de los diferentes yuhuitayu en el siglo xvi.
Los códices presentan una realidad basada en el pensamiento mítico, en el cual,
como nos dice Ibarra García (1995: 71), “el origen del orden social participa del origen
absoluto, de la fuerza que dio vida al mundo”, y a lo que yo agregaría, “orden al mundo”.
Según Ibarra García (1995: 71), el pensamiento mítico “tiende a hacer converger todos

23 Clark (1994), en sus comentarios sobre el trabajo que presenté acerca de la expansión del señorío de
Coixtlahuaca (Rincón Mautner, 1994a) durante el simposio sobre poder en Oaxaca prehispánica
planteaba como crítica que la conquista territorial no era el objetivo de las campañas de conquista,
sino más bien era el reclutamiento de tributarios. Las representaciones de las conquistas en los códices
de Coixtlahuaca ilustran cómo, cuándo y quién amplió el patrimonio del señorío. Una vez conquistado
un ñuu o yuhuitayu, sus habitantes quedaban sujetos y tenían que tributarle al nuevo señor. Durante
el Postclásico tardío, la mayoría de la gente carecía de tierra propia, trabajaba las de los señores y, a su
vez, dependían de que les dieran parte de la cosecha de los terrenos trabajados para su sustento. Aun
después de ocurridas las primeras pandemias, de los 3 300 tributarios correspondientes a cuatro de los
siete tecaltin de Cuauhtinchan, Reyes García (1988: 122) calculó que 57.5% era macehualtin sin tierras
propias que “por el derecho a cultivarlas están sujetas a servidumbre”. La búsqueda de complementariedad
ecológica también parece haber motivado a los señores a conquistar territorios con diferentes
condiciones de humedad y localizados a diferentes alturas con mayor diversidad de productos, en un
esfuerzo por integrar verticalmente aun hasta los pueblos más pequeños (Monaghan, 1994).
144 Carlos Rincón Mautner

los orígenes en uno solo”. Para quitarle la connotación de fantasía curiosa a la palabra
“mito”, prefiero decir que es una realidad basada en la historia sagrada indígena. Los
caciques, en su afán de demostrar conocimiento sobre su historia y poner el énfasis en
el orden existente, desde la antigüedad más remota sobre las posesiones y forma de vida
basada en los principios de reciprocidad con la tierra, con los dioses y entre los señores y
sus macehuales mediante el tributo, comisionaron a especialistas en la historia de los ñuu
a que plasmaran visualmente estas relaciones. Por ello vemos simultáneamente en los
códices el origen primordial relacionado con la creación de la tierra, de los chichimecas
que emergen del “Lugar de las Siete Cuevas”, y de los toltecas cuyo lugar de origen es el
“río de los Tules”, un lugar escenificado con connotación sagrada. Los gobernantes y los
linajes de los que provienen constituyen una prolongación de la fuerza creadora que da
vida al mundo, parte manifiesta de la divinidad creadora cosmogénica, y por ello estaban
revestidos de un aura sagrada que exigía máxima reverencia, situación que en la región
de Coixtlahuaca perduró hasta principios del siglo xix.
En cuanto a la sucesión, una de las fuentes menciona el papel protagónico que
Tilantongo desempeñaba en la sucesión de los cacicazgos de la Mixteca (De Burgoa,
1989: 371), así como Cholula lo haría más tarde, durante el Postclásico tardío, para un
gran número de señoríos, incluyendo, como propondré a continuación, los de la provincia
de Coixtlahuaca. Mientras que en Tilantongo24 era un grupo de cuatro sacerdotes, los
que seguramente representaban las direcciones cardinales; en Cholula el orden cósmico
de cielo y tierra estaba representado por los dos sacerdotes supremos, el Aquiach (señor de
lo alto) y el Tlaquiach (señor de lo bajo).
Puesto que la sucesión era un evento delicado que podía traer consecuencias ne­
fastas si no se resolvía eficazmente, se estableció en Cholula la forma de confirmar en
sus cargos a los señores (De Rojas, 1985:130-131; Lind, en este volumen). Recibiendo
en herencia el reino o señorío, el pretendiente al trono se trasladaba a Cholula para
ofrecer a la imagen de Quetzalcóatl diferentes objetos de valor. Una vez que se le
confirmaba en su cargo, los dos sumos sacerdotes del templo lo señalaban en forma
pública y notoria con la perforación de las orejas, del septo nasal o del labio inferior,
según la costumbre en el señorío de donde viniera y adonde iría a gobernar. Después,
acompañado de una comitiva formada por cinco delegados de estos sacerdotes, el
nuevo rey regresaba a la sede de su señorío.

24 Tilantongo, en tiempos de la conquista, también abarcaba una gran extensión que incluía parte del
valle de Nochixtlan hasta Teozacoalco hacia el sur, y a Teposcolula por el occidente (Rodríguez, 1984:
232). Ese señorío era gobernado por un señor y cuatro sacerdotes regidores, uno de los cuales
determinaba las cosas de la guerra y lo que debían hacer (Rodríguez, 1984: 233).
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 145

De una tumba saqueada en Aztatla proviene un punzón o perforador en el que se


ensambló un mango hecho del fémur de un lince, con una punta del fémur de un ave
rapaz, posiblemente un águila (véase la figura 4.9A). Este punzón fue uno de los objetos
rituales de los señores de Aztatla, y es virtualmente idéntico al instrumento descrito en
la Relación de Cholula (De Rojas, 1985: 130-131) que los sumos sacerdotes empleaban
para horadar el septo nasal de los señores durante la ceremonia de confirmación como
gobernante. Ese instrumento sagrado era hecho de los huesos de ocelote y de águila
que, a su vez, reflejan el orden cósmico y social que esos sacerdotes representaban.25
La decoración esgrafiada del perforador tiene mucho parecido a un caracol cortado,
como los que forman los cuerpos de las serpientes de la pirámide de las Serpientes
Emplumadas en Xochicalco, que data de la época epiclásica y son alusivas a Ehecatl-
Quetzalcóatl.

FIGURA 4.9A
El punzón de uno de los señores de Aztatla del Postclásico

Se encuentra en la colección Promuseo Comunitario del pueblo de San Miguel Aztatla, Oaxaca.
(Fotografía de Carlos Rincón Mautner.)

25 Un par de insignias que tienen una connotación similar, es decir están relacionadas con el poder de
“lo alto y lo bajo” aparecen representados como bastones del águila y del ocelote en el Códice Bodley
32-I. La sacerdotisa que personifica a 9 Hierba le presenta estos elementos al señor 4 Viento junto con
un atuendo de gobernante-sacerdote.
146 Carlos Rincón Mautner

El perforador confirma que durante el periodo Postclásico en Coixtlahuaca se


seguía la tradición de horadar el septo nasal para nombrar al señor gobernante o
tlatoani (del náhuatl, “el que habla”) y que Aztatla, localizado en el norte de la Cuenca
de Coixtlahuaca, fue sede de un antiguo señorío, pues es así como se representa en
los códices (véase la figura 4.1). Además, su casa real estuvo emparentada con la casa
real de Tecamachalco en la Cuenca Oriental de Puebla, según nos informa el códice
de ese poblado.
Pocos gobernantes representados en los códices presentan perforaciones en el septo
nasal para introducir un ornamento llamado yacaxihuitl, y otros con la diadema de
tlatoani llamada xiuhuitzoli. Uno de los ejemplos proviene del Lienzo de Coixtlahuaca
I (Seler II), el cual registra cuando el señor 2 Flor, de la primera dinastía y del linaje
principal, cuya ascendencia era tolteca, recibe su yacaxihuitl (véanse las figuras 4.9B y
4.9C). El año es 8 Conejo, día 7 Pedernal, que correspondería al año 838 o 890 EC,
y es posiblemente la primera fecha histórica registrada en los códices de Coixtlahuaca
(Rincón Mautner, 2000: 39, tabla 2). Este señor 2 Flor estuvo interactuando con
diferentes yuhuitayu mixtecos, localizados en la Cuenca de Yanhuitlan-Nochixtlan,
casando a sus hijas con las casas reales de esa zona (Caso Andrade, 1979, I: 131).

FIGURA 4.9B
El señor 2 Flor y su ornamento nasal de jade o turquesa y el perforador del septo nasal
adornado con plumas verdes según el Lienzo Coixtlahuaca I (Seler II)

(Dibujo de Carlos Rincón Mautner con base en fotografías tomadas él. Cortesía del Museo Etnológico,
Museos del Estado en Berlin / Ethnologisches Museum, Staatliche Museen zu Berlin.)
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 147

FIGURA 4.9C
El señor 2 Flor en el Lienzo de Tlapiltepec

(Dibujo de Carlos Rincón Mautner con base en fotografías tomadas él.


Cortesía del Museo Real de Ontario, Toronto)

La representación de los personajes fundadores o cabezas de los linajes de Coix­


tlahuaca refleja el mismo orden cósmico descrito para Cholula, así como las órdenes
militares de caballeros águila y ocelote. El mencionado señor 7 Agua-Águila aparece
vestido como ave rapaz y representaba al cielo y al día, mientras que su contraparte,
fundador del linaje secundario, fue un señor 3 Ocelote y, aunque no presenta el traje
de ocelote, sólo por su nombre hace alusión a la tierra y a la noche (véase la figura
4.9D). Además, como presentaré a continuación, quien estableció el segundo linaje en
Coixtlahuaca fue un señor advenedizo llamado 4 Ocelote, quien está representado con
un traje alusivo a este animal en varios de los códices (véase las figuras 4.10A, 4.10B,
4.10C y 4.10D, Rincón Mautner, 1999: 332-337; 2000: 39-40, tabla 4; 2002; 2007a).

La consolidación del gran señorío de Coixtlahuaca

El periodo Postclásico tardío ha sido caracterizado como un periodo de “balcanización”.


El término, aplicado originalmente al centro de México (Dumond y Müller, 1972)
y posteriormente a Oaxaca (Marcus y Flannery, 1983: 217-226), describe el frac­
cionamiento político y establecimiento de numerosos Estados hostiles el uno con el
otro en una misma región. Por su parte, Michael Smith (2003: 37) sugiere que fue el
desarrollo de instituciones comerciales fuertes y autónomas las que previnieron que se
desarrollaran Estados centralizados poderosos antes de que surgiera la Triple Alianza.
Por ello es interesante que las historias pintadas de Coixtlahuaca presenten evidencia
contraria, pues, además de haberse convertido en un centro comercial de renombre
durante el Postclásico tardío, Coixtlahuaca había conquistado, sometido y obligado a
148 Carlos Rincón Mautner

FIGURA 4.9D
La representación de los fundadores de los linajes y las dos casas señoriales principales
con simbolismo de águila (día) y ocelote (noche).

A la derecha el señor 7 Agua con el casco de águila sobre el Cerro del Águila y el señor 3 Ocelote
de Mitepec (lugar del Cerro de Proyectiles o Cañas) en el Lienzo Coixtlahuaca I (Seler II).
(Dibujo de Carlos Rincón Mautner con base en fotografías tomadas él. Cortesía del Museo Etnológico,
Museos del Estado en Berlin / Ethnologisches Museum, Staatliche Museen zu Berlin.)

numerosos vecinos a rendirle tributos a sus casas reales y, en algunos casos, sin necesidad
de recurrir a la guerra había integrado a otros yuhuitayu y ñuu en una organización
sociopolítica jerárquica sobre la que tuvieron dominio estas casas. Podríamos referirnos
a la organización que presentaba Coixtlahuaca en el siglo xv como la de un reino
confederado y uno de los mayores Estados indígenas del sur de Mesoamérica. Alcanzó
a tener una extensión territorial de aproximadamente tres mil ochocientos kilómetros
cuadrados y contaba con una población de cerca de veinte mil personas (Rincón Maut­
ner, 1999: 384; 2000). Su gran número de asentamientos y complejidad política estabna
reflejados en la jerarquía de centros urbanos semiindependientes, pero sujetos cada
uno con un gobernante hereditario, formando “subcabeceras” (Cook y Borah, 1968:
12; Gerhard, 1986: 292, 297). Entre estas subcabeceras destacan Aztatla-Mitepec,
Tepelmeme y su barrio Tonalá, así como Tequixtepec, Tulancingo-Ihuitlan, Tlalpitepec,
Texupan, Tamazulapan y Huautla (sic Cuautla, véanse las figuras 4.1 y 4.3).
El enclave donde estuvo el señorío postclásico de Coixtlahuaca es un alta y amplia
cuenca, a aproximadamente dos mil metros sobre el nivel medio del mar, que mide
unos cincuenta kilómetros de largo por el eje norte-sur, y cuarenta kilómetros en su
eje este-oeste. La cuenca está circundada de cerros cuyas elevaciones varían entre 2 600
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 149

FIGURA 4.10A
Las antiguas casas señoriales del cerro del águila y del cerro de los proyectiles o cañas

Dan origen a dos linajes, tolteca y chichimeca, que llegarían a gobernar en Coixtlahuaca en el siglo xi.
Las flechas señalan al guerrero y señor Ocelotzin o 4 Ocelote del linaje secundario de Coixtlahuaca,
quien participó en campañas de conquista por diez años seguidos, durante los cuales sacrificó a seis
señores, según el Lienzo de Tlalpitepec (Museo Real de Ontario, Canadá). También está señalado
Atonaltzin o 6 Agua, último señor del linaje tolteca.
(Detalle adaptado por Carlos Rincón Mautner, con permiso, del dibujo elaborado por Johnson (1992).)
150 Carlos Rincón Mautner

FIGURA 4.10B
El señor 4 Ocelote, su esposa 7 Viento y el escudo en que está representada una huella de pie
que hace alusión al tianguis, y las insignias de poder: una garra de ocelote y colas de coyote y ocelote

(Fotografía de Carlos Rincón Mautner, con permiso del Museo Real de Ontario, Toronto.)

y 2 800 metros, y por profundos abismos que definen los cañones de los ríos Hondo-
Calapilla y Juquila-Salado. Los fondos de estos cañones presentan acotamientos entre
1 000 y 800 metros, y lo accidentado del terreno dificultaba el acceso y brindaba cierta
protección a la región.
Este señorío postclásico tardío es conocido por sus nombres Coixtlahuaca (náhuatl),
Nguinche (chocho-popoloca) y Yodzocoo (mixteco), todos los cuales se refieren al “llano
de culebras”, un núcleo urbano con dos asentamientos principales a lado y lado del
río Culebra, localizado en el sur de la Cuenca de Coixtlahuaca, donde se encuentra el
poblado de San Juan Bautista Coixtlahuaca (Rincón Mautner, 1999: 394-402). En los
tres códices de esta cabecera, el señorío está representado por un espacio cerrado por la
piel de un ocelote o una culebra, en cuyo centro está el topónimo —una gran culebra
estirada muy ornamentada (véase la figura 4.4)—. Sobre la culebra están representados
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 151

FIGURA 4.10C
Dos caminos con huellas de pie señalan el lugar de procedencia de Ocelotzin y de los guerreros
chichimecas desde el Cerro de la Bola o Comal en Llamas (Tigaltoga)

Ocelotzin es señor del “pequeño lugar del tianguis” (Tianquiztongo) en Coixtlahuaca representado
sobre un petate, encima del glifo de Coixtlahuaca, como una serpiente enrroscada dentro de la cual
hay unas huellas de pie. Otro camino se dirige hacia arriba y junto con el proyectil representa su
conquista de Ocotlan, según el Lienzo de Otla. (Dibujo de Carlos Rincón Mautner.)

dos cerros, y sobre cada uno de ellos está pintado un linaje conformado por soberanos. La
casa real y los gobernantes relacionados con la cabeza de la serpiente representada en los
lienzos Coixtlahuaca I (Seler II) y Coixtlahuaca II (Ixtlan), y la casa más elaborada sobre
la cola en el Coixtlahuaca III (Meixueiro) corresponden al sitio de Ngüiteri, mientras
que los opuestos a ellos corresponderían al asentamiento sobre la banda oriental del río
Culebra, en las laderas del Cuxaga o “cerro del espino tendido”, al cual se escogería des­
pués de la conquista española para construir el pueblo al estilo español (Rincón Mautner,
1999: 189). Es muy probable que fuese en ese asentamiento del margen oriental donde
se realizaba el mercado, tradición que se conserva hasta la fecha con un mercado semanal.
En la época colonial, la casa real del gobernante estaba construida en el poblado oriental,
en Ngüiteri; el asentamiento occidental fue abandonado después de la congregación de
sus habitantes.
152 Carlos Rincón Mautner

FIGURA 4.10D
La conquista de Cuauhtla (sic Huautla)

13 Conejo, 13 Conejo (año 1090 o 1142)

Otro Cerro del Águila que se encuentra al oriente de Coixtlahuaca, según el Códice Coixtlahuaca III
(Meixueiro). (Dibujo de Carlos Rincón Mautner, basado en una foto de la calca sobre papel, cortesía de
la Biblioteca Latinoamericana de la Universidad de Tulane.)
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 153

He propuesto que desde esta capital o sede del señorío, que carece de fortificaciones,
los señores de Coixtlahuaca buscaron extender su territorio patrimonial para incluir
zonas más húmedas con posibilidades de riego que, además, complementaran ecoló­
gicamente sus tierras de humedad con las de secano, y las tierras altas con medias y
bajas (Rincón Mautner, 1999: 335-344; 2000). Durante los siglos xiv y xv, los señores
de Coixtlahuaca se posesionaron de los valles aledaños de Tamazulapan-Tejupan y de
la mencionada distante huerta de Juquila.
Los lienzos o códices de Coixtlahuaca representan a varios yuhuitayu cuya jerarquía
se medía por la antigüedad de los asentamientos y del linaje o por el parentesco esta­ble­
cido con las casas reales que gobernaban otros ñuu. Con el paso del tiempo los diferentes
yuhuitayu con sus respectivos ñuu fueron integrados dentro del gran señorío Postclásico o
“reinado” como se le conoce localmente, con sede en Coixtlahuaca donde se establecería
un doble yuhuitayu. La meta de las guerras y matrimonios realizadas por miembros de
los linajes de Coixtlahuaca aparentemente fue la de lograr la integración política de
varios tlatocayotl o yuhuitayu vecinos para incrementar las posesiones reales y consolidar
el territorio de un gran señorío bajo la administración de dos linajes supremos.
Según estas fuentes pictóricas, la integración de las diferentes unidades político-
territoriales que constituyeron el señorío de Coixtlahuaca y la extensión del patrimonio
de sus casas reales se realizó principalmente a través de: 1) matrimonios entre prín­
cipes nobles con ascendencia tolteca y las casas reales de Tequixtepec, Tulancingo
y Coixtlahuaca; 2) alianzas con yuhuitayu como Tepelmeme,26 Aztatla e Ihuitlan;
3) campañas de conquista seguidas por matrimonios (Nativitas, Huautla, Otla,
Texupan y Tlalpitepec y una estancia de Tequixtepec); o 4) campañas de conquista
exclusivamente, como Juquila y posiblemente Tamazulapan. Entre las campañas de
conquista seguidas por matrimonios sobresalen las alianzas con guerreros mercenarios
chichimecas que hablaban náhuatl, popoloca o posiblemente también otomí (Rincón
Mautner, 1995b: 58, 1997: 136-137, 1999: 47-48, 324-327, fig. 82).
Además de representar asuntos internos que involucraban a los ñuu y yuhuitayu de
la Cuenca, o lugares a lo largo de sus fronteras, los códices de Coixtlahuaca registran

26 El pequeño lienzo llamado Tequixtepec II, por encontrarse actualmente en la localidad de San Miguel
Tequixtepec, registra, entre otras cosas, un antiguo linaje que el Lienzo de Coixtlahuaca I (Seler II)
representa asociado al cerro Escalera arriba del Puente Colosal y al sur de la huerta de Juquila (Rincón
Mautner, 1999: 305-309, figs. 74 y 75; 2005b: 61, fig. 72, en prensa b). Propongo que se le llame al
Tequixtepec II el “Lienzo de los Señores de Tepelmeme” o Códice Tepelmeme III pues su contenido
se refiere a la dinastía del Cerro Escalera que gobernó en el sector de la Cuenca de Coixtlahuaca antes
de que se obligara a los habitantes a congregarse en el sitio donde se fundaría el pueblo de Santo
Domingo Tepelmeme. El Códice Tepelmeme I es el Rollo Selden, el Tepelmeme II es el llamado Fragmento
Gómez de Orozco (Rincón Mautner, en prensa b).
154 Carlos Rincón Mautner

interacciones con gobernantes de diferentes grupos étnicos de otras regiones, ocurridas


en los siglos ix, xii y xv.
Las emigraciones de señores y la convivencia de diferentes etnias en un mismo
señorío parece haber sido un patrón bastante común, así que los señoríos no parecen
haber sido tan exclusivos en cuanto a la composición étnica ni de la élite ni del común.
Por el contrario, los señores buscaban la forma de incentivar y acomodar grupos o
etnias diversas, o incluso linajes entre los habitantes de una región.
Los lienzos cartográficos de Coixtlahuaca registran a los miembros del linaje
principal como descendientes de los toltecas, y emparentados con la realeza de Cul­
huacan, y otros sitios, conocidos como lugares donde se establecieron algunos toltecas
después de la caída de Tula (Rincón Mautner, 1997; 1999: 50-54, 311).27 La llegada de
la primera dinastía tolteca conformada por el señor 7 Agua a la Cuenca de Coixtlahuaca
(véasen las figuras 4.9 D y 4.9 E) pudo haber estado relacionada con el abandono de
Tula Chico y con el desplazamiento de su población entre los años 800 y 850, debido
a eventos políticorreligiosos importantes (Mastache Flores, Cobean y Healan, 2002:
302-304). Su descendiente, el mencionado señor 2 Flor estuvo activo en la región
alrededor de ese tiempo.
Al finalizar la primera dinastía se estableció un vínculo duradero entre la zona
de Coixtlahuaca y la Cuenca Oriental de Puebla con el arribo del señor 13 Lluvia y
su séquito, en una migración desde Coixtlahuaca para ocupar el trono en Oztotipac.
Quienes los recibieron les ofrecieron mujeres chimalpanecas y tierras (Licate, 1981:
9; Martínez, 1984: 34; Rincón Mautner, 1999: 314-319). Reyes García (1998: 67)
comenta sobre la compleja situación étnica y política que imperaba en la Cuenca
Oriental de Puebla con la llegada de los chichimecas en el año de 1174, y de los mixteca-
popoloca en 1182, especialmente porque los últimos tenían nexos comerciales con
Tlatelolco y no con Cholula. Martínez (1984: 31-32) describe el arribo y participación
de mercenarios traídos o recibidos como aliados por los chichimecas de Cuauhtinchan,
lo que coincide con el inicio de conflictos internos y empresas de conquista “en beneficio
propio”. Según dicho investigador, lo característico del tipo de alianzas descritas en
las crónicas es que implican obligaciones recíprocas. “Los grupos que reciben aliados
tienen la obligación de proporcionarles tierras y, a menudo, mujeres; los aliados, a
cambio, se comprometen a prestar servicios militares y a aportar cierto tipo de tributo

27 En mi reconstrucción de la cronología con base en los códices (Rincón Mautner, 2000), señalo el
hecho de que existen aparentes anacronismos en el registro, pues el origen del linaje principal y
parentesco con las casas reales de Tula Xicocotitla y Tenochtitlan antecede la fundación de esas ciudades
(véase Caso Andrade, 1979: I, 124). También menciono que esos documentos registran el arribo de
dos dinastías toltecas, una temprana y otra tardía.
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 155

como reconocimiento a los señores” (Martínez, 1984: 31). Pero, al parecer, también
hubo interés en atraer reyes y señores de otras partes, como ocurrió en Coixtlahuaca
con la llegada de los miembros de la familia del señor 9 Lagarto, con quienes empieza
la segunda dinastía, y posteriormente con el establecimiento de un segundo linaje en
la Cuenca, primero en Tequixtepec y posteriormente en Coixtlahuaca.
El patriarca de esta familia fue el señor 9 Lagarto, quien junto con tres hijos, llegó a la
Cuenca aproximadamente entre los años 1024 y 1076 d. C. (véase la figura 4.3C). Cabe
notar que su arribo coincide con el abandono y la diáspora de la realeza que antecede
el incendio intencional de los edificios que constituían el recinto ceremonial de Tula
Grande, que se supone ocurrío circa 1150 (Mastache Flores, Cobean y Healan, 2002:
89). En una primera instancia, los dos hermanos varones 3 Lagartija y 11 Lagartija,
por haberse casado ambos en segundas nupcias con princesas locales, compartieron
el gobierno del ñuu de Tequixtepec y se sucedieron el uno al otro. Su hermana se casó
con un miembro de la nobleza de Tulancingo y se fue a vivir a Tulancingo, la nueva
Tula al occidente de Coixtlahuaca, en el año 12 Pedernal, que correspondería al año
1130. El caso de los dos hermanos varones en Tequixtepec es la primera instancia que
encuentro para la Mixteca de un gobierno compartido, ya que dos reyes aparecen
sentados conjuntamente, representados magníficamente ataviados sobre las espaldas de
dos jaguares junto con su respectivo par de esposas. Ésta es además la primera instancia
registrada de poliginia entre las casas reales de la Cuenca. Cabe recalcar que sólo uno
de ellos lleva el xihuitzoli, lo que sugiere que 3 Lagartija tuvo una función de autoridad
diferente a la de su hermano, quien lleva un tocado alusivo a un palacio. Además, los
dos se suceden en el trono, el uno al otro, y aparecen juntos en una ceremonia en el sur
de la Cuenca, cerca del Cerro Verde de Nativitas (Rincón Mautner, 2000: 33, fig. 1).
La sucesión continuó con el hijo del señor 11 Lagartija llamado 12 Lagartija,
quien, como su padre, también contrajo matrimonio en segundas nupcias con una
princesa llamada 3 Ocelote (segunda instancia de poliginia28). Según la reconstrucción
cronológica tentativa que he propuesto, este evento caería entre los años 1083 y 1164 y
seguramente representa el desenlace de una campaña guerrera (Rincón Mautner, 1997:
139; 1999: 319-331, fig. 79; 2000: 37), pues al señor 12 Lagartija se lo representó con
un proyectil apuntando hacia el suelo, lo que indica que fue conquistador (Rincón
Mautner, 1999: 84, 340).
El establecimiento del doble yuhuitayu en Coixtlahuaca ocurrió como resultado de
un aparente acuerdo entre los señores 12 Lagartija, 11 Flor, de Mitepec, y posiblemente

28 He encontrado una tercera instancia de poliginia representada en el Lienzo de Tlapiltepec, cuando el


señor 3 Flor de Coixtlahuaca, casado con 11 Agua, se casa posteriormente con 9 Perro, de Texupan.
(Rincón Mautner, 1999: figs. 84 y 85b).
156 Carlos Rincón Mautner

12 Agua, de Cuthá (Zapotitlan). La secuencia de eventos empieza con una reunión


liderada por 12 Lagartija, quien acompañado de los señores de los diferentes yuhuitayu
de la Cuenca, forma una alianza con guerreros chichimecas venidos del norte (Rincón
Mautner, 1997: 139, fig. 6; 1999: 324-327, fig. 82; 2000: 31, fig. 3). Según el Lienzo de
Coixtlahuaca I, en la guerra que prosiguió al encuentro entre estos señores participaron
además de 12 Lagartija, su hijo 1 Viento y un guerrero chichimeca llamado 2 Lagarto,
quien también aparece representado en el Lienzo de Otla (Rincón Mautner 2007a:
fig. 7; véase también, Caso Andrade 1979: II, 114). Esa guerra estuvo dirigida hacia
el suroriente de la Cuenca, probablemente contra Chicahuaxtepec (sic Chicahua) y
El Sotol, representados como un río-fortaleza almenada en cuyo centro hay un cerro
coronado por una flor de sotol y su base está adornada por un elemento que se asemeja
a una cinta ondulada según los lienzos Coixtlahuaca I (Seler II), Coixtlahuaca II (Ixtlan)
y III (Meixueiro, vease la Fig 4.4 inferior derecha).

El señor 4 Ocelote “Garra de Ocelote” y los chichimecas

Una generación después de la llegada y entronización del señor 12 Lagartija, en Coix­


tlahuaca y, al parecer como resultado de su alianza con el señor 11 Flor, de Mitepec,
y los chichimecas, se estableció un segundo linaje en este yuhuitayu. Es evidente que,
entre otras cosas, había surgido una nueva realidad política que exigía se acomodase a
los aliados recién llegados. Indudablemente, una forma de acomodar a los guerreros
chichimecas, quienes constituían una facción poderosa y potencialmente adversaria,
era reconociéndo su participación en someter a los ñuu y yuhuitayu vecinos a lo largo de
una amplia área al sur y oriente de la Cuenca de Coixtlahuaca. Con ese reconocimiento
se los incorporaba en la sociedad local, se eliminaban las diferencias y reclamos, y se
lograba dar estabilidad al sistema de gobierno y a la administración del patrimonio
real que se había acrecentado con las conquistas. El reconocimiento consistía, entre
otras cosas, en darles nombres29 del calendario, elevar su estatus al de señores, y en
ofrecerles esposas y tierras.
Quien se sentó en el segundo trono fue un guerrero llamado 4 Ocelote (véanse las
figuras 4.10A-D, Parmenter, 1993: 67-73; Rincón Mautner, 1999: 332-337, fig. 84;
2000: 39-40, tabla 4). Éste, venido de Tigaltoga, un lugar localizado al parecer fuera
de la Cuenca de Coixtlahuaca en el año de 1065, realizó un extraordinario número de

29 La Historia tolteca chichimeca (1989) describe cómo se “civiliza” a los chichimecas, dándoles nombres
como el primer paso que culmina cuando éstos eventualmente emergen de Chicomoztoc para aliarse
con los toltecas.
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 157

conquistas entre 1082 y 1096, sacrificando a los gobernantes de los sitios conquistados
a lo largo de la frontera oriental y meridional del señorío. Con esas conquistas definió
el territorio patrimonial del segundo linaje, en los límites con Cuauhtla (sic Huautla),
Apoala, Chicahua y Chachoapan (véanse las figuras 4.1, 4.10C y D). Es muy probable
que el señor 4 Ocelote haya sido30 contemporáneo del legendario señor 8 Venado
(1063-1115)31 y de la némesis de este último, el señor 4 Viento, con quienes participó
en campañas de conquista.
Según la información contenida en el Lienzo o Códice de Otla, el señor 4 Ocelote
estuvo vinculado con una facción de guerreros chichimecas, a quienes se les otorgaron
tierras al occidente de Coixtlahuaca. Dichos guerreros se asentaron en cinco ñuu, o
barrios, dispersos en los alrededores de lo que hoy es el poblado de San Jerónimo Otla,
representados por el topograma, un palacio y el señor y su esposa sobre un petate. El
códice de ese poblado, a su vez, registró al señor 4 Ocelote sentado frente a su esposa,
sobre un camino, y el topónimo de Coixtlahuaca representado como una serpiente
cascabel enroscada sobre la cual se aprecian huellas de pie. La presencia de huellas de
pie encerradas dentro de un objeto circular, en este caso la serpiente del topónimo, y
en el Lienzo de Tlalpitepec dentro del escudo adornado por colas de ocelote y coyote de
este señor guerrero, es la adaptación local de la convención empleada para representar
al tianquiztli, o mercado, (véanse las figuras 4.10C y D). Esta representación asocia al
señor 4 Ocelote y, por extensión, a su linaje, con el mercado de Coixtlahuaca y sugiere
que quizás tuvo alguna función en él.
En el estudio preliminar del Lienzo de Otla comenté que 4 Ocelote se encontraba
desarmado, en contraste con los demás señores, quienes portan arcos y flechas (lo que
los identifica como chichimecas) y macanas, y quienes además están identificados por
sus nombres calendarios u onomásticos al lado de glosas alfabéticas con sus nombres de
señor en náhuatl con la terminación o sufijo -tzin (Rincón Mautner, 2007a). Pero en
realidad, 4 Ocelote aparece desarmado porque ha lanzado su proyectil contra el pa­lacio
del “Cerro de la Espiral de Sangre”, lo que interpreto como la incorporación de ese
yuhuitayu como pieza central de su propiedad patrimonial (véase la figura 4.10C). Un
camino con huellas de pies humanos se dirige hacia el sur, donde se encuentra el topó­
nimo del “Cerro que Sangra”, representado por el glifo de montaña y una espiral roja.
He identificado ese cerro como Yucundacua (Cerro Manchado), el nombre ñudzahui
de Ocotlán (Rincón Mautner, 1999: 334, n. 94).

30 Digo “posiblemente”, pues en el corpus de códices prehispánicos se lo representa sin su esposa, señora 7
Viento, y no como gobernante de un yuhuitayu. Si ella estuviese representada junto con él, eso ayudaría
a corroborar que se trata del mismo personaje registrado en los códices coloniales de Coixtlahuaca.
31 Una de las dos series de fechas propuestas por Rabin (2003: 103, 111) para la vida del señor 8 Venado.
158 Carlos Rincón Mautner

El poder compartido en el doble yuhuitayu de Coixtlahuaca


y la posible función de sus casas señoriales

Al estudiar los sistemas políticos mesoamericanos en que operaba la poliginia, me­


diante la cual se elegía al sucesor, bajo una organización dual del gobierno local con
los típicos sistemas de parentesco y herencia bilaterales, Van Zantwijk (1994: 103)
concluye que todo eso naturalmente contribuye al faccionalismo. Esa organización
dual implicaba que en cada nivel de cierta importancia en que hubiese dos gobernantes
ocupando posiciones iguales en la jerarquía de gobierno, cada uno tendría funciones
diferentes. Ese investigador ha propuesto que las ciudades Estado mesoamericanas
fueron multiétnicas y que estuvieron gobernadas por un sistema dual de facciones o
bandos, en que uno se ocupada de los asuntos internos, y otro, de los externos.
La convivencia de chochos, mixtecos y chichimecas nahuas en Coixtlahuaca
cla­ra­mente apoya esa propuesta, como también lo hace la confluencia de cultos a
deidades que gozaban de amplia aceptación entre esos grupos (la diosa de la tierra/
agua, el dios de la lluvia Dzahui/Tlaloc, Ehecatl-Quetzalcóatl, Camaxtli-Tezcatlipoca).
Una complejidad étnica similar a la de Coixtlahuaca existía sobre una amplia región,
incluyendo la Cuenca Oriental del hoy estado de Puebla (Rincón Mautner, en prensa
c). Es probable que otras ciudades de las que se ha reportado un gobierno compartido
entre dos yuhuitayu, con dos linajes, como lo fue Tepeaca (Martínez, 1984: 43) en la
región de Tecamachalco-Quecholac con la que Coixtlahuaca tuvo nexos históricos,
hayan buscado dividir sus funciones para atender situaciones internas y externas
parecidas a las que propondré a continuación para Coixtlahuaca.
Como entidad multiétnica con un mercado reconocido, a los gobernantes de
Coixtlahuaca les habría interesado mantener y promover relaciones con los pueblos
popolocas y nahuas localizados al norte, con los mixtecos localizados al sur y con
quienes, según los códices, habían estado interactuando desde los tiempos de la primera
dinastía (Rincón Mautner, 1997, 1999: 190-193, 309-344). Aparentemente el nivel
de integración política y de consolidación económica alcanzado por Coixtlahuaca
fue superior a la de muchos otros yuhuitayu de la Mixteca. Aunque por su doble
yuhuitayu, el señorío de Coixtlahuaca parece representar una anomalía con respecto
al resto de la Mixteca. Otros datos presentes en los códices de la Cuenca sugieren que
algunos yuhuitayu sujetos a la cabecera estuvieron organizados como “diadas”, es decir
“apareados”; aunque con los datos que aportan los códices resulta difícil identificar
las funciones que pudieron haber tenido cada unas de las partes constituyentes. He
propuesto que Tulancingo-Ihuitlan tuvieron un arreglo especial constituyendo una
“diada” con posibles funciones diferentes: una políticorreligiosa y otra guerrera (Rincón
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 159

Mautner, 1994b: 15-16). Otros posibles yuhuitayu “diadas” en la Cuenca fueron:


Tepelmeme-Tonalá y Aztatla-Mitepec, cuyos linajes pudieron haber tenido arreglos
similares a los de Coixtlahuaca, aunque estuviesen subordinados a dicha cabecera.
Con un gobierno conformado por dos linajes, la dualidad y tensión presente en
Tula (Mastache Flores, Cobean y Healan, 2002: 104-105, 304) pudo haber estado
replicada también en Coixtlahuaca. Pero, ¿qué evidencia nos proporcionan los códices
sobre el sistema político y las posibles funciones de las casas reales? Aparentemente
no hay ninguna que indique que se recurría a realizar matrimonios entre miembros
de los dos linajes, estrategia empleada frecuentemente para reducir tensiones entre
facciones. Las funciones de los gobernantes del linaje principal, probablemente
estuvieron avocadas a mantener el orden interno, a mediar en la repartición de tierras y
tributos, y quizás a promover relaciones con los pueblos popolocas y nahuas localizados
al norte de la Cuenca. Una diferencia notable entre el registro del linaje principal y el
secundario es el gran número de señores del linaje primario que están representados
como conquistadores, empleando la convención pictórica de representarlos con pro­
yectiles que apuntan hacia abajo (Rincón Mautner, 1997, 1999). Otra diferencia es
que a los señores del linaje secundario no se les registran instancias de poliginia. El único
gobernante del linaje secundario de quien se registran conquistas de ñuu y yuhuitayu,
es al señor 4 Ocelote, quien, en una alianza con otros chichimecas, amplió el territorio
de señorío de Coixtlahuaca hacia el sur y el suroriente.
Las líneas que parten del señor 4 Ocelote hacia el sur y el suroriente del señorío de
Coixtlahuaca en el Lienzo de Coixtlahuaca I (Seler II), y su posible presencia en el corpus
de códices prehispánicos, me hacen suponer que entre las funciones que tuvo a su cargo
estuvo la de brindar apoyo militar y logístico a otros señores de la Mixteca, como al
señor 8 Venado “Garra de Ocelote”, y a promover contactos políticos y comerciales
con señoríos de la Mixteca Alta y de la costa del Pacífico, como Tututepec (Joyce et
al., 2004: 285-286). Junto al señor 1 Viento, del linaje principal de Coixtlahuaca,
el señor 4 Ocelote también participó en campañas militares en una amplia zona de
Puebla. Como extensión de su actividad bélica, el linaje secundario pudo haber tenido
la función de recabar el tributo de los pueblos sujetos, de gestar el comercio con otras
regiones, de salvaguardar las mercancías y a quienes las portaban, y preservar las
redes de intercambio. La asociación del señor 4 Ocelote, del linaje secundario con el
topograma del escudo de piedra de Coixtlahuaca, y con la convención pictográfica
de huellas de pie en círculo, que simboliza al tianquiztli, o mercado, permite suponer
que este señor y los descendientes de su linaje tuvieron una importante función en el
mercado de Coixtlahuaca, la cual pudo haber sido mantener el orden y recoger el pago
cobrado a los vendedores en esa plaza.
160 Carlos Rincón Mautner

El final del señorío compartido de Coixtlahuaca

El mercado de Coixtlahuaca fue uno de los principales de Mesoamérica durante el


Postclásico tardío, atrayendo eventualmente la atención de los mexica. En el primer
asalto contra éstos, Coixtlahuaca salió victorioso. No todas las fuentes coinciden en que
Coixtlahuaca logró aliarse con Tlaxcala y Huejotzingo contra los mexica y sus aliados
mixtecos de Tlaxiaco (Rincón Mautner, 1999: 352). Fue en un segundo intento, en
el año 1461, que el ejército mexica conquistó el señorío, capturando y dando muerte,
tanto al señor 6 Lluvia o Atonaltzin, como a su vástago del linaje principal, y al señor
6 Mono del linaje secundario, cuya función aparente fueron los asuntos militares y
comerciales (Rincón Mautner, 1997: 144, figs. 7 y 9, tabla 2; 1999: 344-361, figs. 84
y 88; 2000: 28, fig. 1). Tan sólo en una fuente local, el Lienzo de Ihuitlan, encuentro
referencia a la campaña militar y conquista de Coixtlahuaca por los mexica, y a la
des­trucción del linaje principal. El ejército mexica está representado por un guerrero
que porta un escudo y cuyas huellas de pie se dirigen hacía el señor 6 Agua, conocido
como Atonaltzin, y su esposa (véase la figura 4.11). Considerada la conquista más im­
portante realizada durante el reinado del huey tlatoani Moctecuhzoma Ilhuicamina, la
campaña victoriosa que sometió a Coixtlahuaca la ejecutó su hijo Iquehuacatzin, quien
fuera tlacatecatl, o comandante militar. Aunque el lienzo no presenta un nombre que
identifique a este guerrero, propongo que se trata de Iquehuacatzin.
Una vez muertos los gobernantes de las casas señoriales de Coixtlahuaca, los mexica-
tenochca sometieron al señorío y a los pueblos de buena parte de la Mixteca y de La
Cañada de Cuicatlan a pagarle tributo, estableciendo una guarnición para recoger dicho
tributo en esa capital. El Códice Mendoza (1984) y la Matrícula de tributos (1980) nos
presentan listas de los productos que debían entregarse en Coixtlahuaca para cumplir el
pago exigido por los calpixque, o recolectores de tributo mexica. Según las fuentes, sólo
después de conquistada Coixtlahuaca, comenzó a fluir la riqueza hacia Tenochtitlan.
Según las informaciones que nos aportan los códices, con la destrucción de los
señores terminó el gobierno compartido entre sus dos casas reales. Es decir, se sim­
plificó el sistema de gobierno, sustituyéndose el sistema de dos linajes por uno solo. El
emperador mexica intentó desposarse con la señora de Atonaltzin sin poder consumar
el matrimonio (Rincón Mautner, 1999: 358). Las fuentes mencionan que como go­
ber­nante de Coixtlahuaca los mexica impusieron a un rey leal a ellos. Un señor 5
Zopilote aparece representado sobre el linaje secundario, lo que hace suponer que el
yuhuitayu continuó siendo gobernado por la descendencia de ese señor, o del que lo
sustituyó, después de una sublevación (Rincón Mautner, 1999: fig. 84). Esos reyes que
se sentaron en el trono de Coixtlahuaca después de la conquista azteca constituyen la
tercera dinastía, cuando el señorío volvió a ser gobernado por un solo linaje. Aunque
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 161

las fuentes no nos dicen nada al respecto, especulo como plausible que los reyes im­
puestos por los mexica hubieran recibido en pago el patrimonio relacionado con el
linaje principal, aumentado, quizás, con los bienes que habían pertenecido al linaje
secundario, aunque también es posible que éstos se hubieran distribuido entre los
nobles locales para conseguir su lealtad. Siguiendo la tradición referida en estas y otras
fuentes, es probable que los reyes impuestos por los mexica se hubieran casado con
princesas locales y que el patrimonio real se hubiese mantenido vinculado al linaje de
los gobernantes de la tercera dinastía.
Ante todo, considero que la conquista de Coixtlahuaca por los mexica-tenochca
se debió a un plan estratégico que consistía, en parte, en eliminar la competencia y
apoderarse de sus redes de intercambio, pues Coixtlahuaca, localizada entre las tierras
altas de la Mixteca y el Valle de Tehuacan, se había convertido en sede de un importante
mercado y uno de los protagonistas en la creación y producción de objetos suntuarios
del estilo llamado Mixteca-Puebla. Aunque es difícil establecer qué tan poderoso o
estable fue como Estado el señorío de Coixtlahuaca, o si la conquista mexica se realizó
para explotar divisiones internas que prevalecían entre las diferentes etnias y casas reales
que lo constituyeron, podemos tomar en consideración otros hechos documentados.
La “revolución del palacio”, relacionada con la sucesión real que siguió a la muerte
de Moctecuhzoma Ilhuicamina, nos brinda información adicional sobre la riqueza del
señorío de Coixtlahuaca y el efecto que su conquista tuvo sobre la casa real tenochca
(Van Zantwijk, 1994:107-108). Iquehuacatzin era quien estaba en excelente posición
para suceder en el trono a su padre. Pero con la elección de su hermana como regente
y el nombramiento de Axayacatl, su sobrino, como nuevo emperador, Iquehuacatzin
quedó excluido del gobierno. Quizás con el afán de vengarse y recuperar lo que había
ganado en la guerra, junto con su hermano, Machimaleh, Iquehuacatzin se apropió
del tributo de la provincia de Coixtlahuaca. Ello suscitó una intriga palaciega en la
que sus tías, hermanas de Moctecuhzoma, posiblemente con el afán de aliarse con la
regente, lograron retomar posesión del tributo e hicieron público el crimen, por lo cual
los hermanos perdieron sus títulos de nobles y su honor (Van Zantwijk, 1994:108).
Quizás porque representaba una amenaza para el tlatoani, poco antes de que estallara
la guerra civil entre Axayacatl y Moquihuix, Iquehuacatzin fue asesinado por los te­
nochcas (Anales de Tlatelolco, 1948: 59).
Después de la conquista española, el señorío (territorio y habitantes) de Coix­
tlahuaca quedó dividido en encomiendas diferentes. Tequixtepec y Tamazulapan
fueron separados, formando cada uno una encomienda. Tulancingo quedó dentro
de la composición de Tamazulapan. Por su parte Texupan, uno de los yuhuitayu
conquistados por Coixtlahuaca, fue declarado a nombre de la Corona y fue a ésta a
quien rindieron tributo.
162 Carlos Rincón Mautner

En cuanto al tianquiztli de Coixtlahuaca y la guarnición establecida por los aztecas


para recaudar el tributo, éstos fueron perdiendo importancia con el reacomodo de las
jurisdicciones en la época colonial. La preferencia de ciertos poblados como sedes de
gobierno y de rutas comerciales para el transporte de mercancías con recuas de mulas
y carretas, y el colapso poblacional, desplazó a Coixtlahuaca como sede del mercado
principal de la Mixteca septentrional que intercambiaba con La Cañada de Cuicatlan
y el Valle de Tehuacan. Hacia finales del siglo xvi y principios del xvii los mercados
secundarios de Yanhuitlan y Teposcolula surgirían como plazas más importantes que
Coixtlahuaca (Romero Frizzi, 1990: 102, n. 59, 108).

Conclusiones

En este trabajo he propuesto que los señoríos indígenas de la época prehispánica


son más antiguos de lo que generalmente se piensa y estuvieron basados en una
realidad constituida por tres elementos: tierra, gente y antepasados-deidades. Estos
elementos daban cabida para que los señores gobernantes se ocuparan de mantener el
equilibrio entre ellos, lo que servía para legitimar su posición, posesión y mandato. La
organización política de algunos señoríos, como Coixtlahuaca, llegó a ser compleja. A
través de las representaciones de los linajes asociados a casas señoriales, de los señores
y sus conquistas en los códices, o lienzos, es posible reconocer que varios yuhuitayu
estuvieron integrados (¿confederados?) bajo un sólo gobierno compartido entre dos
casas señoriales en Coixtlahuaca.
El antecedente de un gobierno compartido en la Cuenca de Coixtlahuaca posible­
mente ocurrió primero en Tequixtepec, entre dos hermanos varones: 3 Lagartija y
11 Lagartija en el siglo xii. Quizás porque en la Cuenca habitaban miembros de di­
ferentes etnias, o por la naturaleza de los procesos históricos, sus nexos y parentescos
con grupos fuera de la Cuenca, y la visión de sus gobernantes, o por las diferentes
con­diciones y limitaciones ambientales, Coixtlahuaca se avocó a aprovechar opor­
tunidades comerciales, desarrollando un mercado sin par. Mi hipótesis es que el
linaje secundario de Coixtlahuaca, además de apoyar al linaje principal en asuntos de
guerra, se encargaba de hacer cumplir las obligaciones tributarias de las comunidades
sujetas por Coixtlahuaca, de promover el comercio y de proteger el flujo de bienes
que llegaban para intercambio en el mercado. Además atendía las relaciones con
los señoríos de la Mixteca, localizados al sur, al oriente y al occidente de la Cuenca,
mientras que el linaje principal se ocupaba de las relaciones con los señoríos de la zona
nahua-popoloca localizada al norte, con la que tenía nexos históricos. La conquista
mexica selló la suerte de las dos casas señoriales de Coixtlahuaca y con ello se perdieron
Linajes y casas señoriales de los tolteca-chichimeca
de Coixtlahuaca en la Mixteca de Oaxaca 163

muchos detalles sobre la mecánica de funcionamiento de este doble señorío que había
perdurado por trescientos años. De ese sistema de gobierno compartido quedan
algunas informaciones recogidas en los códices y lienzos, y es posible encontrar una
que otra breve referencia sobre señoríos en los que aparentemente existieron formas
de gobierno similares al descrito para Coixtlahuaca.

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Capítulo 5
Linajes, poder y conflicto: la Sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii

María de los Ángeles Romero Frizzi


inah-Oaxaca

La región y las ideas

Al norte del valle de Oaxaca, como inmensos gigantes se levantan las montañas de la
sierra. Es la tierra de los zapotecos. Más al norte, donde la sierra desciende hacia el
Golfo de México, ahí habitan los chinantecos; y hacia el este, los mixes.1 A finales del
siglo xviii, la población de la sierra, muy numerosa por cierto, era casi totalmente in-
dígena, salvo por un reducido grupo de españoles. En 1792 vivían en la sierra 58 280
indígenas zapotecos, mixes y chinantecos. En la famosa villa española de San Ildefonso
de la Villa Alta, sede del alcalde mayor, habitaban 30 hombres y 8 mujeres (agn, His-
toria, 523: 31).
El propósito de este trabajo es acercarnos a la estructura política de las comunida-
des serranas. ¿Eran estas zonas rurales y distantes diferentes en su organización a las
áreas centrales de la Nueva España, o qué rasgos compartían? El segundo propósito
que me guía es entender los nexos entre estas estructuras políticas y el poder español.
Para dar respuesta a estas preguntas trato de entender el pasado desde la mirada nativa.
Intento explicar la forma como los indígenas concibieron el poder colonial y
descubrir las sutiles redes del poder y sus herramientas más profundas, aquellas que se
insertaban en la mente de la gente, en su vida y en su organización social.
Al final de este trabajo, a través del análisis de un caso, deseo comprender el papel
que el conflicto desempeñó en la organización social y política de los poblados de la
sierra. Aunque se trata tan sólo de un caso ubicado en la sierra, los múltiples documen-
tos sobre pleitos por tierras existentes entre las mismas comunidades indígenas de di-
ferentes regiones de la Nueva España nos están indicando que el conflicto tuvo un papel
central en la reconfiguración de la estructura política de la sociedad indígena en los siglos
xvii y xviii.
La sierra era, y es, para quien no está acostumbrado a sus laderas inclinadas, una
tierra difícil. Es el escenario donde se desenvuelve esta historia y sus gentes son los
actores principales en este relato. El sistema colonial con sus representantes, los alcaldes

1 Durante la época colonial esta región de la sierra formó la alcaldía mayor de la Villa Alta. A partir de
1786 fue la subdelegación del mismo nombre.

173
174 María de los Ángeles Romero Frizzi

mayores, los intérpretes, los escribanos, los procuradores y los oidores de la Real Au-
diencia son actores secundarios en la trama de la historia. Decir esto parece una afir-
mación trivial y deseo aclarar su propósito. Al colocar a los españoles en el fondo del
escenario, ellos y sus instituciones dejarán de ser el motor de la historia. El énfasis
que­dará puesto en las razones de los indígenas y en las decisiones que ellos tomaron.
Muchos son los trabajos que hemos escrito para estudiar las herramientas del
poder colonial y su impacto en la organización social y política mesoamericana. Por
ejemplo, los estudios realizados sobre las congregaciones y las composiciones de tierras,
sobre el establecimiento de los cabildos y la demarcación de las tierras. Trabajos, como
el de René García Castro (1999) sobre la provincia matlatzinca, el de James Lockhart
(1992) acerca de los nahuas, y otros no tan recientes, como el de Bernardo García
Martínez (1987) que estudia la sierra de Puebla, han logrado penetrar más allá de la
apariencia de fuerza omnipotente del régimen colonial e indagar sobre las negociacio-
nes que se establecieron entre ese poder y los actores indígenas. También han tratado
de entender los intereses y el punto de vista nativo. En el presente trabajo deseo avan-
zar un poco más en este camino. Es un intento por entender las interrelaciones entre
la organización social indígena, su estructura política, su ideología y el poder español.

Los documentos: nuestra mirada al pasado

Los documentos escritos, frutos de antiguos litigios que tuvieron lugar en los tiempos
coloniales, son la principal fuente que tenemos para reconstruir la historia. Permiten
asomarnos al pasado, pero a la vez nos impiden observarlo con nitidez. La información
que nos ofrecen está fragmentada, en cientos de expedientes, y presenta problemas de
interpretación. Penetrar en la vida y la organización de los zapotecos o de los mixes
constituye un reto para el historiador.
La región, aun hoy, conserva una fuerte identidad indígena. La mayoría de su
población es bilingüe y su cultura se forjó en el pasado prehispánico y en el intercam-
bio que comenzó en 1521. A partir de esa fecha simbólica comenzó un complicado
proceso de dominio que se construyó con la fuerza, la negociación, la adaptación y la
resistencia; también en la interpretación y en el uso del poder español por parte de los
indígenas. Existió la angustia y el miedo ante lo desconocido, pero también el gusto
por lo nuevo. Complejos procesos dieron origen a lo que ahora, con todas sus v­ ariantes,
llamamos la sociedad indígena y su cultura.
Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 175

Hoy, en la sierra, alrededor de 75% de su gente habla el idioma de sus antepasados.


En la región zapoteca de Villa Alta este porcentaje es aún mayor.2 Es importante re-
flexionar sobre esta situación, pues si actualmente la sierra conserva una forma de
organización y una cultura indígena, en el pasado colonial debieron de existir con más
fuerza, más cercanas a su matriz prehispánica. Cuando uno visita las comunidades de
la sierra es imposible no sentir las diferencias culturales, las distintas prioridades ante
la vida, las formas de pensar y la intensidad de la vida política. Es difícil no ­preguntarse:
¿Cuál sería el pensamiento de los zapotecos en los años coloniales? ¿Cómo vieron ellos,
desde su tradición y sus ideas, el poder colonial y sus agentes?
En los siglos xvi y xvii, muy poca gente en la sierra hablaba español, menos podían
escribirlo o leerlo. En la segunda mitad del siglo xviii, en los documentos se aprecia que
un mayor número de personas podían hablar el español (Tanck de Estrada, 2000).3 Sin
embargo, la mayoría de la gente sólo hablaba su idioma materno, el que era común en
su región. A pesar de eso, la inmensa mayoría de los documentos que hemos empleado
para entender la vida indígena y los procesos de cambio que los afectaron están escritos
en castellano. El problema no es menor, pues existen innumerables conceptos de la
vida de aquellas personas que no tienen un equivalente exacto en nuestra cultura. Pense­
mos tan sólo en términos como “hermano” o “abuelo”.4 Peor aún, en conceptos más abs­
tractos y difíciles de explicar como “justicia”, “historia” y “poder”.5 Éstos y otros más
eran entendidos en forma diferente por un campesino zapoteco que por el alcalde m ­ ayor
o sus ayudantes y son diferentes para nosotros. Por supuesto que es posible entenderlos
y acercarnos a ellos, pero es necesario un proceso de traducción e interpretación.
Para nuestra fortuna han sobrevivido numerosos documentos escritos en idiomas
indígenas y son muchos los estudiosos que han visto su importancia para la ­comprensión

2 Datos tomados de inegi, 2005. Población de 5 años y más por distrito y condición de habla de lengua
indígena, estado de Oaxaca. El porcentaje de población hablante de lengua indígena por distrito es:
Ixtlán, 63%; Choapan, 68%; Mixes, 81% y Villa Alta, 88.7%.
3 A partir de la segunda mitad del siglo xviii existen escuelas en la región, puede verse Chance, 1978:
entradas números 186, 775, 1234, 1267, 1710, 1747 y 1755.
4 Actualmente los integrantes de una comunidad zapoteca se nombran entre sí “hermanos”. El término
claramente hace referencia a una situación histórica en la cual la gente de un pueblo se consideraba
real o simbólicamente descendiente de un antepasado común (De la Fuente Chicosein, 1965: 24;
1977: 166). El término “abuelo” hace referencia a los antepasados del grupo, en los documentos
coloniales zapotecos se escribe xotao.
5 Fray Juan de Córdova, el dominico que escribió [1578] un Vocavulario en lengua çapoteca, hace
referencia a este problema cuando dice: “y su lenguaje y vocablos [de los zapotecos] no convenir en
sus significados con los nuestros”. Véase Córdova, 1987:12. Esta reflexión se basa en la obra de Emilio
Lledó Iñigo (1996).
176 María de los Ángeles Romero Frizzi

de la historia desde la visión nativa.6 Existen escritos en zapoteco y en náhuatl sobre la


región de nuestro interés, realizados por los escribanos de los cabildos indígenas. Hay
que decir que los mixes, cuando escribieron, prefirieron hacerlo en náhuatl; su idioma
escrito sólo se conservó en los nombres de los parajes de su tierra.
A pesar de los problemas que estos documentos ofrecen para su estudio, como es
la dificultad en la lectura de idiomas tonales escritos con grafías del alfabeto y la com-
prensión de ideas diferentes a las nuestras, son la principal herramienta que tenemos
para acercarnos a algunas de las preocupaciones más profundas de aquellas personas.
No es casualidad que la inmensa mayoría de los textos en idiomas indígenas sean
testamentos que se refieren a derechos de posesión de la tierra, un aspecto central para
los pueblos zapotecos y mesoamericanos. Otros documentos importantes son los lla-
mados títulos primordiales, referidos a la fundación de los pueblos, el establecimiento
de su autoridad y el derecho del grupo a su tierra. Ambos géneros documentales nos
están indicando con fuerza las preocupaciones centrales de aquellas gentes. Nos están
hablando también de importantes rasgos de su organización social y política.

La Sierra Norte de Oaxaca: los pueblos y su gente

Si cruzamos información proveniente de estudios lingüísticos contemporáneos con


datos provenientes de las fuentes históricas, podemos acercarnos un poco más a la
complejidad de la sierra. Decir que la sierra está habitada por zapotecos, mixes y chi-
nantecos es una simplificación; en cada una de estas lenguas existen variantes lingüís-
ticas.7 La región oeste de la sierra está habitada por los zapotecos de Ixtlán. Las altas
cumbres de las montañas, de la actualmente llamada sierra de Juárez, con cimas supe-
riores a los tres mil metros, separan a esos zapotecos de los llamados zapotecos caxonos,
ubicados en las laderas del río Caxonos. Poco más al norte, también en ambas laderas
de ese río, habitan los zapotecos del Rincón (también llamados zapotecos netzichos),
y al norte, donde la sierra desciende en altura y aumenta en humedad, viven los
­chinantecos. Al este queda la zona de Choapan, hogar de los zapotecos bixanos, y, por
último, aún más al este, entramos a la región de los mixes.

6 Entre otros muchos autores, podemos citar a Lockhart (1992), Wood (2003), Terraciano (2001),
Romero Frizzi y Vásquez Vásquez (2003), Oudijk (2000) y Oudijk y Romero Frizzi (2003).
7 En este caso, entiendo por “lengua” un conjunto de variantes o normas de habla locales, genéticamente
vinculadas entre sí (tomado de Haughen, 1972, citado en Díaz Couder, 1997). Las variantes del
zapoteco habladas en la sierra son constantemente mencionadas en los documentos históricos. En las
lenguas mixe y chinanteca los lingüistas también establecen variantes regionales, pero no se mencionan
en los documentos históricos.
Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 177

La primera información de carácter regional que tenemos sobre la organización


social de los pueblos de la sierra proviene de mediados del siglo xvi. Fue reunida gracias
al interés de la Corona por conocer el número de tributarios y los recursos de cada
región. Es impresionante, en muchos casos, por el detalle que los enviados de la Co-
rona lograron obtener, pensando en la dificultad que debieron de tener para comuni-
carse con las personas de los pueblos y para recorrer la sierra. En ocasiones tengo la
impresión de que los españoles, en éste como en otros casos, fueron auxiliados por las
autoridades indígenas. Esta fuente, conocida ahora con el nombre de Suma de visitas
de pueblos (Paso y Troncoso, 1905), ha sido utilizada por los historiadores en numero-
sas ocasiones. Muchas veces se ha usado para calcular el total de la población y se han
dejado de lado otros datos.
La Suma nos proporciona valiosa información sobre la organización social de los
pueblos serranos, por ejemplo, el número de jefes de familia, el número de hijos,
aunque también nos deja con muchas dudas sobre la estructura política interna de los
poblados o cómo se denominaron en zapoteco: queche o yetze.8 En unos casos, como
es el de Ixtlán (zapoteco), sabemos que tenía tres estancias sujetas y la Suma nos da el
total de familias (420 tributarios), pero ignoramos cuántas de ellas vivían en la cabe-
cera y cuántas en las estancias. A pesar de esto, lo que la Suma indica con mayor cer-
teza es que los pueblos estaban organizados de distintas formas. La mayoría de las
veces un yetze era sólo eso. Un asentamiento formado por un conjunto de casas agru-
padas en torno a su templo, sin estancias sujetas (véase la tabla 5.1). Estos poblados,
por lo general eran pequeños. De veinticinco pueblos zapotecos estudiados, la mitad
estaba formada por un promedio de 170 casas. En ellas, por lo general, habitaba una
familia: un matrimonio con sus hijos, y en ocasiones compartían el techo con un hijo
joven recién casado.9 La otra mitad de los pueblos zapotecos era más pequeña: tenía
entre 60 y 17 casas.10 En otras ocasiones, los pueblos parecían ser sólo pequeños grupos
familiares dispersos entre las montañas. Por ejemplo, Tlazoltepec estaba integrado por
seis estancias y, a juzgar por lo que se escribió, ninguna de ellas tenía autoridad sobre
las otras. Claramente lo dijeron: cada una tributaba de por sí. Esta situación era más
común en la región mixe (véase la tabla 5.2).

8 Fray Juan de Córdova (1987) en su Vocavulario tiene la entrada; Pueblo Quèche, fol. 332 v. El término
yetze aparece en documentos del área de los zapotecos netzichos.
9 Observación basada en trabajo de campo en la sierra zapoteca.
10 Para tratar de convertir los datos de la Suma en algo más familiar y entender la vida en la sierra,
considero que en cada casa vivía una familia nuclear, en ocasiones con una pareja de un hijo casado.
Se trata de una aproximación y es necesario un estudio demográfico cuidadoso.
178 María de los Ángeles Romero Frizzi

TABLA 5.1
Población de la sierra.A Pueblos zapotecos,B cerca de 1550

Número
Pueblo1 Barrios Población
de casas2
1 800 hombres casados
Choapan3 Tiene 2 barrios 1 500
3 000 muchachos3

362 casas
471 casados
Yzquintepec 362
130 solteros
637 niños

340 casados
Comaltepec 283
500 muchachos

300 hombres
Malinaltepec Poblado en 5 barrios con sus mujeres 230
y 306 muchachos

220 casas
240 casados
Guazcomaltepec 220
100 solteros
370 muchachos

165 casas
195 casados
Yagavila Son 2 barrios 165
96 solteros
280 muchachos

150 casas
148 casados
Tiltepeque 150
27 solteros
207 muchachos

En todo hay
130 casas
Yagayo Son 3 Barrios 180 casados 130
65 solteros
251 muchachos (Continúa)

A Fuente: Suma de visitas de pueblos de la Nueva España (Paso y Troncoso, 1905).


B En la identificación de los poblados fue de invaluable importancia el libro de John Chance (1989).
1 En el cuadro se dejó el nombre del poblado tal como aparece en la Suma.
2 Cuando la Suma da el número de casas se anotó en la columna “Población”. En unos casos no
proporciona el número y se realizó un cálculo basado en el promedio de casados por casas.
3 La Suma indica en unos pueblos que los muchachos son de 13 años de edad para abajo.
Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 179

TABLA 5.1
Población de la sierra. Pueblos zapotecos,B cerca de 1550
A

(Continuación)
Número
Pueblo Barrios Población
de casas
129 casas
125 casados
Tabaa 56 solteros 129
51 solteras
235 muchachos

150 casados
Cacalotepec 125
160 muchachos

150 casados
Zultepeque 20 solteros 125
110 muchachos

120 casas
Lachichina 148 casados
120
24 solteros
180 muchachos

140 casados
Galopa 66 solteros 116
263 muchachos

105 casas
100 casados
Totolinga 40 solteros 105
30 solteras
130 muchachos

64 casas
62 casados
Tehuilotepec4 64
89 indios e indias solteros
200 muchachos

62 casas
68 casados (Continúa)
Yaxila 62
31 solteros
140 muchachos

A Fuente: Suma de visitas de pueblos de la Nueva España (Paso y Troncoso, 1905).


B En la identificación de los poblados fue de invaluable importancia el libro de John Chance (1989).
4 John Chance lo identifica con San Francisco Cajonos, p. 48.
180 María de los Ángeles Romero Frizzi

TABLA 5.1
Población de la sierra.A Pueblos zapotecos,B cerca de 1550
(Continuación)
Número
Pueblo Barrios Población
de casas
54 casas
59 casados
Tequepançacualco 54
45 solteros
80 muchachos
53 casas
54 casados
Yauago 5 53
32 solteros
90 muchachos.

En todas las estancias


306 casas
Sococho 6 6 Estancias 340 casados 51
115 solteros
570 niños

40 casas
53 tributarios
Camotlán 40
69 mujeres
63 muchachos

35 casas
40 casados
Temazcalapa 35
35 muchachos
Eran 50 casas.

El Tagui y 67 casas
33
La Zagaya 128 muchachos
Zapotequilla 32 casas
32
estancia, anda con 43 casados
Choapan 108 muchachos
30 casas
40 casados
Lazagaya 30
12 solteros
50 muchachos

Todos los pueblezuelos


tienen:
Tagui 5 Pueblezuelos 89 casas 17
116 casados
125 muchachos.
A Fuente: Suma de visitas de pueblos de la Nueva España (Paso y Troncoso, 1905).
B En la identificación de los poblados fue de invaluable importancia el libro de John Chance (1989).
5 Posiblemente se trata de Yagallo, pueblo zapoteco netzicho.
6 Tal vez Zoogocho.
Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 181

TABLA 5.2
Población de la sierra.A Pueblos mixes,B cerca de 1550
Estancias Información Número
Pueblo sobre tipo Población total de casas
de asentamiento en cada estancia

Este pueblo tiene 160


hombres, por la tasación
Tlapalcatepec Se ha huido la gente se ha huido la gente, 123, aprox.
se presume habrá 400
hombres.1

106 casas
Tonaguía 131 hombres 106
231 muchachos

106 casas
Totontepeque 3 Barrios 145 casados 106
212 muchachos

En todo hay
113 casas
Yacastla 2 Estancias 56
125 hombre
155 muchachos

43 casas
Xareta 60 hombres 43
64 muchachos

42 casas
Yacoche 42
49 muchachos

En todo hay
190 casas
Yscocan 5 Estancias 38
300 hombres
402 muchachos

38 casas
Maltepeque 2 60 casados 38
68 muchachos

36 casas y
Que sin causa se
Gueytepeque 56 casados, 36
despueblan.
62 muchachos (Continúa)

A Fuente: Suma de visitas de pueblos de la Nueva España (Paso y Troncoso, 1905.


B En la identificación de los poblados fue de invaluable importancia el libro de John Chance (1989).
1 Suma, p. 279.
2 Fuente: Suma de visitas de pueblos de la Nueva España (Paso y Troncoso, 1905).
182 María de los Ángeles Romero Frizzi

TABLA 5.2
Población de la sierra. A Pueblos mixes,B cerca de 1550
(Continuación)

Estancias Número
Pueblo Información sobre Población total de casas
tipo de asentamiento en cada estancia

36 casas
Huitepeque 56 casados 36
62 muchachos

70 casas
Vichinaguia
73 casados 35
y Atote
78 muchachos

Una estancia, en ella y


en la cabecera hay 70
Xilotepec
macehuales. 70 macehuales 35, aprox.
Santiago
Se ha despoblado la
gente.

350 casados en todas las


Están repartidos en 11 estancias y más de
Ocotepeque 31
estancias. 500 personas de todas
edades

30 casas
36 hombres en la cabecera.
En algunas casas
Tonagayotepeque Que se ha ido gente. 30
derramadas cerca:
54 casas
54 casados

25 casas
Mixitlan 25 hombres 25
32 muchachos

25 casas de tributo
34 indios
Tupetongo 25
42 indias
58 muchachos (Continúa)

A Fuente: Suma de visitas de pueblos de la Nueva España (Paso y Troncoso, 1905.


B En la identificación de los poblados fue de invaluable importancia el libro de John Chance (1989).
1 Suma, p. 279.
2 Fuente: Suma de visitas de pueblos de la Nueva España (Paso y Troncoso, 1905).
Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 183

TABLA 5.2
Población de la sierra.A Pueblos mixes,B cerca de 1550
(Continuación)

Estancias Información Número


Pueblo sobre tipo de Población total de casas
asentamiento en cada estancia

Entre todos tienen


Tiene 8 principales
195 casas
Tlahuitoltepec que no son sujetos 24
228 casados
unos de otros.
220 muchachos

Está repartido en 6 138 casas de tributo


Tlazoltepeque estancias y cada una 173 casados 23
tributa de por sí. 276 muchachos

40 casas
Está poblado en 2
Metepeque 62 tributarios 20
estancias.
95 muchachos

20 casas
Suchitepeque 27 hombres 20
16 niños

17 estancias. 327 casas y más


Ayacastla
Cada estancia 609 muchachos 19
tributa de por sí.

40 casas
Chichicastepec Con estancias 70 casados
¿?
73 muchachos

El que visitó este


Xilotepec pueblo no halló gente
San Pedro ni quiso parecer
ningún indio.

A Fuente: Suma de visitas de pueblos de la Nueva España (Paso y Troncoso, 1905.


B En la identificación de los poblados fue de invaluable importancia el libro de John Chance (1989).
184 María de los Ángeles Romero Frizzi

Tlahuitoltepec tenía ocho principales y no eran sujetos unos de los otros. La po-
blación de Ocotepec estaba dispersa en once estancias, cada una con tan sólo treinta y
cinco casas. La autoridad en estos pequeños caseríos de la sierra debieron de ser los
abuelos, los más ancianos del grupo. Los españoles les llamaron “principales”. La
­ex­cepción a esta situación fue el señorío zapoteco de Choapan, ubicado en la tierra
caliente, donde las montañas descienden hacia la planicie costera. Tenía 1 500 casas.
Poco nos dicen estas cifras sin una comparación. Si pensamos en los complejos
altepeme del valle de Puebla, la situación era muy diferente. Resalta entonces el ­reducido
tamaño de los pueblos de la sierra. Por ejemplo: Tecamachalco tenía cerca de ca­torce
mil tributarios. Tepeaca más de 9 800, con una complicada organización que agrupa-
ba varios poblados con una jerarquía bien definida. Cholula, el antiguo centro sagrado
mesoamericano, contaba con nueve cabeceras, cada una con sus estancias y barrios.
En total tenía poco más de nueve mil familias.11
Para mediados del siglo xviii, cuando los complejos altepeme de Puebla y otras
regiones se habían fragmentado en las unidades que los habían formado, y las hacien-
das prosperaban en las tierras llanas, la sierra seguía siendo una zona de numerosos y
pequeños pueblos indígenas. A finales del siglo xviii, en 1793, en la subdelegación de la
Villa Alta existían 110 pueblos y, en promedio, cada uno de ellos tenía alrededor de
quinientas personas, contando a todos: abuelos, padres, jóvenes y niños. Tal vez unas
cien o ciento veinticinco familias.12
La relativa ausencia de población española, más su lejanía con respecto a los centros
rectores de la economía novohispana, permitieron que los pueblos serranos pudieran
desarrollar su vida con mayor independencia que las regiones cercanas a la presencia
hispana. Esto no quiere decir que no estuvieran relacionados con la economía colonial
o la europea. Lo estuvieron a través del comercio de mantas y de grana (­Chance, 1989:
103-117). Las ideas y la influencia de la cultura española también entraron a la sierra
a través de los frailes, los curas, los comerciantes y los mismos indígenas que iban a la
ciudad de Oaxaca o de México. Pero la gente de los pueblos tenía más tiempo y espacio
para reflexionar, conforme a sus ideas, sobre la influencia que llegaba de fuera. A pesar
de eso, las leyes y el poder español marcaron la vida de la sierra profundamente. Sólo
que el poder español penetró a través de cauces más complejos de los que podemos

11 Los datos en este trabajo provienen de la Suma de visitas, véase Paso y Troncoso (1905). Para mayor
información sobre Cholula, véase Michael Lind, en este volumen. También el capítulo de Kenneth
Hirth sobre el altepetl y la estructura urbana, en este volumen.
12 La Suma de visitas proporciona información por casas y familias, que es muy útil para entender la
organización social. La fuente de 1793 proporciona ya totales de población. El dato de 1793 no
incluye todas las subdelegaciones. El mismo intendente informó que muchos subdelegados no habían
enviado información (agn, Historia, 523).
Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 185

suponer. Lo hizo a través de la misma vida política de los pueblos: a través de sus cons-
tantes conflictos y rivalidades. Para entender esa situación es necesario dejar el enfoque
regional y recurrir a un enfoque microhistórico. Lo he dividido en dos momentos. En
el primero estudio los títulos primordiales de dos ­comunidades zapotecas: Juquila y
Totolinga.13 En el análisis de esos documentos trato de descubrir las ideas zapotecas
relativas al poder y al prestigio, y en particular a la forma como los nobles indígenas
pudieron entender el poder español. Considero que estos conceptos son centrales en
la organización social y política de los pueblos y en su dinámica de conflicto y poder.14
En un segundo momento estudio las relaciones que existieron entre dos comuni-
dades mixes: Tonaguía y Tepitongo. En este caso trato de observar los conceptos de
“poder” y “prestigio” en acción. Trato de comprender su desempeño en la segmentación
de los linajes.

Los pueblos serranos: una mirada a su interior

Una primera mirada a los pueblos serranos nos enfrenta, como he descrito, a decenas
de pequeñas comunidades; nada parece indicar relaciones de prestigio y jerarquías
entre ellas,15 como las que claramente sabemos que existieron en otras regiones y que
los españoles describieron con los términos de “cabecera” y “sujetos”. Fue sólo después
de un cuidadoso repaso a los expedientes que conservan parte de la historia de esos
pueblos que empecé a descubrir una compleja red de relaciones de prestigio y poder
en su interior y entre ellos.
Entre tantas y tantas fojas escritas en aquellos lejanos días por los escribanos de la
Real Audiencia y los amanuenses del alcalde mayor es difícil encontrar un documento
que describa en detalle la vida interna de un pueblo y sus ideas: para conocerlas tuve
que recurrir a los documentos escritos por los mismos escribanos indígenas, en parti-
cular los llamados títulos primordiales. Los títulos son documentos anónimos; nadie
colocó su firma en ellos. No lo hicieron porque eran textos sagrados con un carácter
comunal. Son de difícil lectura porque encierran ideas centrales del pensamiento
mesoamericano. No es por azar que han ofrecido tantos dolores de cabeza a los histo-
riadores. La dificultad que tenemos para entenderlos nace del hecho de que fueron
fruto de una cultura diferente a la occidental. A pesar de que el término “cultura” es el

13 En zapoteco, Juquila se nombraba Yetzegoa y Totolinga Yacuini.


14 El presente escrito forma parte de una investigación mayor, referida al estudio de los conflictos por
tierras entre las comunidades indígenas de los estados de Oaxaca y Puebla durante el siglo xviii.
15 John Chance, en su estudio de la sierra, realizó la misma observación (1989: 13).
186 María de los Ángeles Romero Frizzi

favorito de los antropólogos, no es fácil desmenuzarlo en sus componentes. “Cultura”


es un concepto huidizo y de difícil aprehensión, y casi de imposible definición (Gimé-
nez, 2005: vol. 1). Es fácil hablar de diferencias culturales cuando nos referimos a la
­cultura material de un pueblo o incluso cuando describimos sus ritos, pero la ­diferencia
más importante entre dos culturas radica en su forma de pensar, en las distintas formas
que cada sociedad tiene para construir sus interpretaciones de la realidad. Como Emi-
lio Lledó Íñigo (1996) escribió: lo importante es descubrir las conexiones que susten-
tan “lo real”. Descubrir el sentido que cada pueblo da a la realidad.
La dificultad para entender los títulos radica en que nos asomamos a ellos desde
nuestro pensamiento, y fueron fruto de otro pensamiento. Por otro lado, los títulos
son resultado también de la constante adaptación de la sociedad indígena a su entorno,
ya sea colonial o nacional, de los intereses y visión del mundo de las personas y los
grupos que estuvieron envueltos en su creación. Los títulos incluyen también las in-
terpretaciones que los indígenas realizaron de todos los hechos que vivieron a partir
de 1521, el año simbólico de la conquista. En un primer acercamiento a los títulos no
entendemos casi nada, la comprensión se va logrando a través de la comparación con
otros textos indígenas, particularmente prehispánicos o coloniales tempranos, y la cer-
canía con la cultura indígena contemporánea. Conforme entendemos la cultura in­dí­
gena a través del tiempo, vamos paulatinamente comprendiendo el significado y la
importancia de los títulos.16
Es importante afirmar que los títulos no nacieron en la Colonia, a pesar de que una
y otra vez se ha dicho que aparecieron como resultado de la presión ejercida por el go-
bierno colonial, a raíz de las composiciones de tierras. Los títulos localizados sobre la
sierra zapoteca no están asociados con las composiciones de tierras, simplemente porque
no había haciendas en estas tierras tan escarpadas. Los títulos aparecen en otros contextos,
por lo general a raíz de la lucha entre dos pueblos por tierras. Otros títulos se encuentran
en los archivos de los pueblos, y no siempre hay evidencia de que hayan sido enviados a
la Real Audiencia; más bien parecen estar involucrados en asuntos de la vida interna de
su comunidad. Los títulos son la expresión colonial de ideas centrales en el pensamiento
antiguo prehispánico: la fundación de un pueblo, el establecimiento de su autoridad y la
demarcación de su tierra entre cada uno de los linajes que integran un yetze.

16 La Memoria de Juquila está publicada en texto completo y con traducción, en Romero Frizzi (2003:
393-450). La complejidad del documento me ha llevado a realizar varios trabajos sobre él. Cada vez
que lo leo descubro nuevas ideas y nuevas relaciones entre las ideas zapotecas y los eventos históricos.
Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 187

Poder y prestigio entre los pueblos: los títulos de Juquila y Totolinga:


1521-1700

En un mundo en el que los seres humanos vivían en interacción constante con las
fuerzas divinas, en el que las explicaciones de los humanos cruzaban muy a menudo por
el terreno de lo sagrado, los títulos no podían escapar de esa visión del mundo. Eran
sagrados, de un modo semejante a como es el Torah para los judíos y el Corán en el
islam. Muchos son los temas que se pueden estudiar a través de un análisis minucioso
de un título o a través de la comparación entre ellos. En este trabajo he seleccionado
sólo dos temas: la organización interna de un pueblo y las referencias a los principios de
prestigio que ordenaban las relaciones de un pueblo y entre los pueblos.
Si queremos conocer qué era un pueblo, tenemos que mirar su interior. Acercarnos
a las relaciones entre sus gentes: ¿Cómo se organizaban? ¿Qué los unía? Para lograrlo
me apoyaré en dos documentos que fueron escritos por los mismos zapotecos. Se
trata de dos títulos primordiales: La Memoria de Juquila y La Memoria de Totolinga,17
ambos localizados en la región de los Zapotecos del Rincón. Las he seleccionado por
dos razones. La primera: ambas memorias fueron escritas en un estilo literario antiguo
y conservan una estructura semejante a la del códice mixteco prehispánico: el Códice
Vindobonensis.18 Por eso considero que son buenas representantes de las ideas meso­
americanas en su adaptación temprana a los tiempos coloniales. La segunda razón: de
los títulos estudiados hasta ahora en Oaxaca, sólo éstos proporcionan información
detallada sobre las relaciones de prestigio entre dos pueblos. Pero sobre todo nos
­ayu­dan a comprender la forma en que el poder político y el prestigio eran entendidos
por los zapotecos.
Las memorias de Juquila y Totolinga parecen haber sido escritas en una época
colonial temprana.19 Posiblemente antes de mediados del siglo xvii. Es también p ­ osible
que fueran escritas en época más tardía —poco antes de 1700, cuando fueron i­ ncluidas
en un litigio por tierras contra una comunidad cercana— pero en un estilo tradicional.
La Memoria de Juquila consta de cuatro fojas escritas en zapoteco por ambos lados.
Sus páginas contienen aquello que era importante en su organización social y en su
estructura política.
La Memoria de Juquila gira en torno a cuatro zapotecos. Sus nombres: Rehenela,
Nalao, Beoxila-Bilasehe y Biginixila (véase el cuadro 5.1). Eran los antepasados de

17 La Memoria de Juquila y La Memoria de Totolinga se encuentran en agn (Tierras, 335: 5).


18 La comparación entre La Memoria de Juquila y el Códice Vindobonensis fue realizada para el coloquio
sobre escritura, organizado en 2005, por el doctor Maarten Jansen (Romero Frizzi, 2008).
19 Al igual que otros títulos, lleva la fecha de 1521 (agn, Tierras, 335: 5).
188 María de los Ángeles Romero Frizzi

Juquila, en zapoteco les nombraron xotao. Son los protagonistas de la historia. Los
otros actores importantes eran españoles: el fraile Bartolomé de Olmedo, el alcalde
mayor don Juan de Salinas, don Francisco de Saavedra, posiblemente un conquistador
o encomendero de la sierra y una mujer, doña Catalina de Medina, tal vez su esposa.
El relato comienza con la presentación de los cuatro antepasados. Veamos el texto za­
poteco en una traducción contemporánea.

Memoria probanza
hago yo antepasado de los naturales de Juquila
Yo me llamo Rijhinelam
y también Nalao
y también goque, Beehoxila-Bilaseehe
y también Biginixila
Aquí somos cuatro nosotros
fuimos antepasados de la gente Juquila. (agn, Tierras, 335: 5) (Véase el texto original
en zapoteco en el cuadro 5.1.)

CUADRO 5.1
La memoria de Juquila (Yetzegoa)
La presentación de los antepasados

Texto original en zapoteco Traducción al español

Memoria probança Memoria probanza


ronia neda, xotao bene Yetzegoa hago yo antepasado de los
naturales de Juquila
neda leya rehenela yo me llamo Rehenela
lani Nalao también Nalao
lani goque boxila bilasehe también goque Beehosila Bilasehe
lani biginixila también Biginixila
ni naca tapa neto aquí somos cuatro nosotros
bitzao neto xotao bene Ytzegoa fuimos antepasados de la gente
de Juquila

Fragmento tomado de agn (Tierras, 335: 5) [1521].

Un evento central en el relato de Juquila es el viaje que sus antepasados realizan a


España, a esa tierra extraña, no incluida, hasta ese momento, en su mapa mental (véa-
se el cuadro 5.2). Los antepasados van a España a pedir misericordia al Gran Señor
Rey. Le piden un cuidador de dios (un padre ministro), un alcalde mayor que traiga
el libro de las ordenanzas reales y la cédula real del Señor Rey. Después, los antepasados
o los abuelos, como actualmente los nombran en los pueblos, regresan de España,
Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 189

CUADRO 5.2
La memoria de Juquila (Yetzegoa)
Los antepasados de Juquila van a España

Texto original en zapoteco Traducción al español

bichina neto espania y llegamos a España


bidonaba neto lao goquedao pedimos ante el gran señor rey
A Rey niga espania bionaba aquí en España
neto misaricordia lao goque dao rey pedimos misericordia ente el gran
cati ni goca señor rey de esta manera fue

benee to gopa bedao lee dio un cuidador de Dios llamado


pra bartolome de olmedo fray Bartolomé de Olmedo
tzela bene to Alcalde mayor le y dio un alcalde mayor llamado don Juan
don Juan de salina de Salinas persona que trajo libro
bene noa libra ordenasa real ordenanza Real persona que pondrá
bene gose li cati renabeçe derecho cuando se necesite

cdl Real que goguedao rey de gobierne cédula real del gran señor Rey
de la majestad del gobierno de la majestad
lani to gopa dedao noe yela rizoba nisa con un cuidador de Dios trajo el poner
txela cati ni goca agua [el bautismo) y de esa manera fue
gosa neto espania salimos nosotros de España

Fragmento tomado de agn (Tierras, 335: 5) [1521].

pasan por La Alameda en la ciudad de México, después por Puebla de los Ángeles,
Oaxaca y finalmente suben a sus montañas. En el relato sigue una larga migración
interrumpida por varias ceremonias religiosas, entre otras, la fundación de la Villa
Alta de San Ildefonso (el centro español en la sierra y sede de la alcaldía mayor) y el
bautismo de los antepasados. El relato culmina con la fundación de Juquila: con la
construcción de su templo. Los antepasados toman sus varas de mando, reciben los
títulos del cabildo: un gobernador, un alcalde y dos regidores. Y al final cada uno de
ellos marca la tierra que será de su linaje (Romero Frizzi, 2003: 409).
Los cuatro antepasados eran los fundadores del pueblo antiguo de Juquila. En el
relato, cada uno de ellos representa a su linaje: a los hombres que descienden de ellos,
con sus familias. Estos linajes no debieron de ser muy numerosos. Sabemos que Juqui-
la, en 1742, tenía cien familias (Villaseñor y Sánchez, [1748] 1952), de modo que
cada linaje debió de tener alrededor de veinticinco familias. Pero no importaba el ta-
maño, ni la cercanía que debió de existir entre ellos, pues seguramente estaban empa-
rentados; el prestigio del que gozaba cada linaje no era igual. Los antepasados no tenían
la misma jerarquía. Una complicada red de poder y prestigio los rodeaba. Biguinixila
era el antepasado de más prestigio: fue el primero en bautizarse. En términos zapotecos,
190 María de los Ángeles Romero Frizzi

CUADRO 5.3
La memoria de Juquila (Yetzegoa).
Bautismo de sus antepasados

Texto original en zapoteco Traducción al español

1er. Bautismo de Biginixila: 1er. Bautismo de Biginixila:

qetoanisa neda xotao bene Yetzegoa me pusieron agua a mi antepasado


de la gente de Juquila

neda [bi]ginixila yo Biguinixila


cati bidilaniça cuando me usieron agua
goxia don melchor martin recibí nombre don Melchor Martín
goca xoci bedaohua don prancisco fue padre ante Dios don Francisco
sabedra txela cati ni goca Saabedra y también de esta manera fue

2do. Bautismo de Beoxila Bilasehe: 2do. Bautismo de Beoxila Bilasehe:



bidilaniza goque beoxila bilasehe [fue] regada el agua señor Beoxila
Bilasehe
xotao bene Yetzego antepasado gente Yetzegoa
goxia Juan roshe recibió Juan Rosehe
goca xina deaohua dona catalina fue hijo ante dios [ahijado de]
de medina doña Catalina de Medina
lani cat ni goca y así fue

3er. Bautismo de Rehenela: 3er. Bautismo de Rehenela:



bibilanisa neda rehenela fue regada agua [sobre mí] yo Rehenela
xoao bena Ytzegoa antepasado gente de Yetzegoa
goxia melchor perece recibí Melchor Pérez
lani ca[ti] ni goca y de esa manera fue

4to. Bautismo de Nalao: 4to. Bautismo de Nalao

bidilanisa neda nalao fue regada agua [sobre mí] Nalao


xotao bene Yetzegoa antepasado de la gente de Juquila
goxia Juan nalao recibí Juan Nalao
tzela cati ni goca y también de esta manera fue
bidila[...]toniça neto goyeag espania nos regaron agua
tzela cati ni goca nosotros que fuimos a España
y de esta manera fue

Fragmento tomado de agn (Tierras, 335: 5) [1521].


Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 191

fue el primero en recibir un baño ceremonial en el Cerro Sagrado de los Zapotecos


(véase el cuadro 5.3). Fue el primero en cambiar su nombre zapoteco por uno cristiano.
En adelante llevaría el nombre de don Melchor Martín.20 Dada su importancia, fue el
primer gobernador de Juquila. Sin embargo, Biguinixila no llevaba el título de Señor
o Goqui.21 Éste le pertenecía a Beoxila-Bilasehe. Y Beoxila fue el segundo en bautizarse.

CUADRO 5.4
La memoria de Totolinga (Yacuini)
La presentación de los antepasados

Texto original en zapoteco Traducción al español

Niga ronia memoria probança Aquí hago memoria [y]


queneto guiyona neto to neto probanza de nosotros tres nosotros
lele laa uno [de] nosotros llamado Laa
too neto le bilachina uno [de] nosotros se llama Bilachina
to neto le binopa uno [de] nosotros se llamaBinopa
ni naca tzonaa díaneto éstos son [los] tres linajes nuestros
Fragmento tomado de agn (Tierras, 335: 5) [1521].

Comparemos ahora estos detalles de la historia de Juquila con lo escrito en La


Memoria de Totolinga. Varias diferencias aparecen. La Memoria de Totolinga es más
breve, y sus antepasados sólo son tres: Laa, Bilachina y Binopa (véase el cuadro 5.4).
Ninguno de ellos porta el título de Goqui. La diferencia más importante radica en que
ellos no fueron a España a pedir al rey una cédula real. No fueron por el padre minis-
tro, tampoco por el alcalde mayor. Sólo fueron a la ciudad de Oaxaca —Loola en za-
poteco—; fueron por la ley de Dios (véase el cuadro 5.5). 22

Fuimos a esperar cuando vino la ley de Dios en Oaxaca


llegó primero el padre ministro quien nos bautizó se llama fray Bartholomé de ­Olmedo
y vino Juntamente con Alcalde mayor Don [Juan] de Salina
y también vinieron Juntos con la Generación de los españoles
y se llamaba Don Fra[ncisco] De sabedra de polito
y también vinieron Juntos [con] el antepasado de los naturales de Juquila. (agn,
­Tierras, 335: 5) (Véase el texto zapoteco en el cuadro 5.5.)

20 Es importante mencionar acá que el cambio de nombre previo a un acontecimiento político relevante
no era una innovación española (ellos lo creían así, por supuesto), sino una costumbre antigua, como
lo muestra el estudio realizado por Anders, Jansen y Pérez Jiménez (1992) sobre el Códice Vindobonensis.
21 Coqui o Goque significa “señor de casta” (o linaje) (Córdova, 1987: 377).
22 Memoria de Totolinga o Yacuini, en agn (Tierras, 335: 5).
192 María de los Ángeles Romero Frizzi

CUADRO 5.5
La memoria de Totolinga (Yacuini)
Los antepasados de Yacuini a Lolaa (Oaxaca)

Texto original en zapoteco Traducción al español

yagyleçaneto catí bída xítitza dios lolaa Fuimos a esperar cuando vino [la]
palabra de Dios en Oaxaca

bíchina ça beri gioabedai bene llegó acá primero el cuidador de Dios


beroaníça neto lee pra bartolome persona [que] bautizó [a] nosotros se
llama de olmedo Fray Bartolomé de Olmedo

bida lenie Alcalde moyor Dun [...] vino también [el] alcade mayor
de salina don [Juan] de Salinas

leni tzagae betao bene castila También se juntó Dios [¿], persona [de]
Castilla

le prancisco [sa]bedra de polido y se llamaba don Fra[ncisco] de Saavedra


de Pulido

lani tzague xotao bene Yetzegoa y se juntó [el] antepasado [de la] gente
[de] Juquila

Fragmento tomado de agn (Tierras, 335: 5) [1521].

En Loola recibieron al padre ministro, al alcalde mayor, a Francisco de Saavedra


y a los antepasados de Juquila y de otras comunidades importantes en la sierra, como
Talea, Yatoni y Yoxobi, todas Zapotecos del Rincón. Es muy probable que la secuencia
en cómo estas autoridades fueron nombradas en la memoria esté indicando su jerar-
quía. Primero el fraile, como la autoridad sagrada por excelencia, después el alcalde
mayor, luego el encomendero y al final las autoridades indígenas.
Veamos ahora cómo registraron los zapotecos en sus títulos las diferencias de pres-
tigio entre Juquila y Totolinga. En los documentos escritos por los españoles no he
encontrado información que mencione que Totolinga estuviera sujeto a Juquila, aunque
sabemos que estaban emparentados porque en 1650, a raíz de una epidemia, Totolinga
se había despoblado y sus tierras quedaron baldías. Los sobrevivientes, tres o cuatro
caciques con unas familias, regresaron a radicar a Juquila, donde fueron aceptados.
Entonces dijeron, los aceptamos: por ser nuestros abuelos, como consta, de nuestros
instrumentos viejos (agn, Tierras, 335: 5, p. 19).23

23 Es importante aclarar que cuando dicen “nuestros abuelos”, no se refieren al hecho de que sean padres
de sus padres. Los zapotecos usan el término “abuelo” para referirse a los antepasados.
Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 193

A pesar de esta relación de parentesco, los títulos de ambos pueblos sugieren que
entre ellos existían diferencias sutiles, pero importantes, de prestigio y poder. La dife-
rencia central entre ambos radica en que Juquila había ido a España por el poder y los
de Totolinga sólo fueron a Oaxaca por la Ley de Dios. Después de recibir el poder de
España, los de Juquila regresaron a sus montañas para iniciar la larga migración que
culminaría con la fundación de su pueblo y la demarcación de sus tierras.
Conviene que nos detengamos para reflexionar en estas gradaciones de poder. Si
pensamos en los vínculos con el poder superior, tal como eran entendidos en la época
anterior a la conquista (se encuentran pintados en el Códice Vindobonensis), y los com-
paramos con los de la época colonial (se encuentran descritos en las memorias) las
diferencias saltan a la vista, así como las semejanzas.
El Códice Vindobonensis, mixteco prehispánico, inicia su relato en el cielo, con el
ordenamiento del cosmos (Anders, Jansen y Pérez Jiménez, 1992: 81-83). Después de
relatar hechos maravillosos, tiene lugar el nacimiento del Señor 9 Viento de un peder-
nal. En la siguiente lámina (lámina 48), vemos a 9 Viento en el cielo; ahí recibe de los
abuelos, los atavíos y los elementos que van simbolizar su poder: la indumentaria de
Quetzalcóatl, el vestido ceremonial, la flecha y el lanza dardos, la máscara del dios del
viento, y cuatro templos, además de la indumentaria preciosa, como los brazaletes de
plumones, los ornamentos de caracol y otros (Anders, Jansen y Pérez Jiménez, 1992:
89-94). Es difícil no pensar en el poder de 9 Viento como un poder sagrado. Estaba
investido con el poder de Quetzalcóatl, y con el poder del dios del viento, con ellos
desciende a la tierra.
El códice pinta con sus imágenes la relación entre 9 Viento y el linaje de Tilanton-
go, el que habría de fundar los reinos y tomar posesión de las tierras de la Mixteca
(Anders, Jansen y Pérez Jiménez, 1992).
Si establecemos un paralelo entre esta lámina y los primeros párrafos de las me-
morias, aparece una gradación de poder. Los señores de Tilantongo recibieron el poder
y el derecho a tomar posesión de la tierra de 9 Viento. Los de Juquila los recibieron del
rey de España, y no regresaron a su tierra con ornamentos de plumas negras, ni con
atavíos de Quetzalcóatl; lo hicieron con el fraile, el alcalde mayor y la cédula real. Por
último, Totolinga, el pueblo de menor rango, no fue al cielo, ni a España, sólo a
Oaxaca, donde recibió, de las autoridades españolas y de los abuelos de Juquila, el
derecho a fundar su pueblo.
Existen, tanto en el códice mixteco como en las memorias, referencias a otras cere-
monias que ilustran la gradación en las autoridades. Se trata de la ceremonia del bau-
tismo. En primer lugar hay que decir que, a diferencia de lo que los españoles pudieron
haber pensado, esa ceremonia no era nueva. En la antigüedad, en la historia sagrada,
cuando los reinos se fundaron, los antepasados, antes de tomar posesión de sus tierras,
194 María de los Ángeles Romero Frizzi

adoptaron un sobrenombre. El Códice Vindobonensis nos muestra cómo el Señor


­Sagrado 9 Viento dio nuevos nombres y títulos a los nobles mixtecos. Unos ejemplos:

El Señor 4 Serpiente, Boca de Sacrificio y de Serpiente recibió el sobrenombre Ser-


piente de Fuego que carga el Sol.
El Señor 7 Viento Águila recibió el sobrenombre Águila Fuego
La Señora 8 Venado, Pájaro que Cae recibió el sobrenombre de Quechquemitl Decorado.
Y así los demás nobles (láminas 30-27). (Anders, Jansen y Pérez Jiménez, 1992: 132)24

Podemos pensar en 9 Viento como el padrino de esos nobles de Tilantongo. En


tiempos coloniales, cuando los abuelos de Juquila se bautizaron, tuvieron por padrino
a un español y a su esposa, tal vez era el encomendero de la región (véase el cuadro 5.3).

Yo Biginixila
cuando fui bautizado [regado con agua]
recibí nombre Melchor Martín
fue [mi] padre ante dios [padrino] don Francisco Sabedra
y de esta manera fue.

Goque Beoxila bilasehe


recibió [el] nombre [de] Juan Rosehe
fue hijo ante dios [ahijado] de doña Catalina de Medina (agn, Tierras, 335: 5) (Para
el texto en zapoteco, véase el cuadro 5.3.)

Los otros dos antepasados de Juquila también recibieron sus sobrenombres, pero
no se menciona a sus padrinos. Cuando los abuelos de Totolinga se bautizaron, el
padrino de Laa fue un español: Francisco de Linar. El de Bilachina (el segundo ante-
pasado) debió de ser un zapoteco, pues tiene un nombre calendárico: Pedro Sánchez
Yalaa.25 Y el padrino del tercer abuelo de Totolinga fue Juan Nalao, uno de los antepa-
sados de Juquila (véase el cuadro 6).
Nos encontramos, una vez más, frente a una gradación de prestigio. En la antigüe­
dad prehispánica el padrino había sido 9 Viento. En los tiempos coloniales, los padri-
nos del pueblo más importante eran todos españoles. Los padrinos de los abuelos del
pueblo de menor rango fueron españoles y zapotecos.
Veamos el texto del bautismo, traducido al español:

24 Basado en la interpretación de Maarten Jansen.


25 Véase José Alcina Franch (1993: 263).
Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 195

[Fray Bartolomé de Olmedo comenzó] a bautizarnos


yo me llamo Laa su antepasado [de los] naturales de Totolinga
me bautizaron y n[ombre ...] y fue mi padrino Don francisco de Linar
también yo Bilachinaa su antepasado de los naturales de Totolinga
aquí me bautizaron y me llamo Juan Hernández y
fue mi padrino Don Pedro Sánches Yalaa
yo soy otro Pinopaa su antepasado de los naturales de Totolinga
me bautizaron y me llamo Pedro Pinopaa
y fue mi padrino Don Juan Nalao
aquí nos juntamos todos tres de nosotros
sus antepasados de los naturales de Totolinga
fuimos bautizados aquí en la villa [Villa Alta] (agn, Tierras, 335: 5) (Véase el cuadro 5.6.)

Las diferencias nos parecen sutiles, pero debieron de ser centrales para los ­zapotecos
y los demás indígenas. Implicaban, en primer lugar, un ajuste de la visión del mundo
indígena frente el poder español. En segundo término, una gradación de prestigio y
poder que iba del español a los líderes de los linajes y los pueblos, desde el más grande
y prestigioso hasta el más pequeño.

Un conflicto en la región mixe: relaciones de prestigio y poder

La relación de rango y jerarquías entre los pueblos y entre los linajes que formaban un
pueblo era un rasgo mesoamericano. Era propio de la región náhuatl, la región que ha
sido estudiada por John Lockhart (1992: 18-23). Existía esta relación en las grandes
cabeceras, como Cholula, y existía en la sierra, tanto en la región zapoteca como entre
los mixes. Estas relaciones de prestigio eran muy importantes para los pueblos. El
énfasis que hoy día las personas ponen en la construcción, reparación y adorno de su
templo forma parte de esos ideales. La rivalidad entre los pueblos era, y es, profunda
y marcaba la vida política de la sierra con tanta intensidad y complejidad como pueden
ser los pleitos por recursos y poder entre las grandes naciones del presente siglo.
Varios documentos de la sierra dan testimonio de la forma como los pueblos de
más poder sometían a los de menor rango. Estos últimos tenían que acudir a la ­cabecera
a construir las casas del cura y dar servicios para el templo.26 Esta desigualdad de poder
constantemente sumergía a los pueblos en luchas regionales, que existieron en el ­pasado

26 Un ejemplo es la relación de poder establecida entre el poblado de Teotalzingo (chinanteco) y sus


sujetos. Les seguía cobrando tributo en 1763 (agn, Tierras, 282: 4).
196 María de los Ángeles Romero Frizzi

CUADRO 5.6
La memoria de Totlinga (Yacuini)
Bautismo de sus antepasados

Texto original en zapoteco Traducción al español

[Fray Bartolomé de Olmedo] [Fray Bartolomé de Olmedo]


tzela ni gosolao rroaniçaneto y comenzó [a] bautizarnos

1er. Bautismo de Laa 1er. Bautismo de Laa

neda laa xotao bene Yacuini yo Laa antepasado [de la]gente de


Yacuini
ridilaniça riia pedro martin me regó agua, tomo [el nombre]
goca xoci beoha don pfrncisco de linaria Pedro Martín
fue mi padre ante Dios [padrino]
don Fransico de Linaria

2do. Bautismo de Bilachina: 2do. Bautismo de Bilachina:



lani eto neda bilachina xotao bene y otro yo, Bilachina, antepasado
Yacuini [de la] gente [de] Yacuini
ridilaniça ricia Juan ernades me regó agua tomo Juan Hernández
goca xoci bedahe don Pedro sanche Yala fue padre ante Dios [padrino] don Pedro
Sánchez Yala

3er. Bautismo de Binopa: 3er. Bautismo de Binopa:



lani eto neda binopa xotao be[ne] y otro, yo Binopa, antepasado gente [de]
Yacuini Yacuini
ridilaniça riia pedro binopa me regó agua tomo Pedro Binopa
goca xoci bedoha Don Juan Nalao fue mi padre ante Dios [padrino] don
Juan Nalao
ni beonaneto xotao bene yaexo yacuini aquí beona nosotros antepasados [de la]
bidilanetoniça lalaneto ni didilaniça lachi gente [de] Yaexo Yacuini nos bautizamos,
hH[i]ci nos nombramos, nos bautizaron

Fragmento tomado de agn (Tierras, 335: 5) [1521].

prehispánico y continuaron en los siglos coloniales, a través de largas y costosas con-


frontaciones legales por tierras, y continúan en el presente.
Veamos un caso antiguo, comenzó en 1588, en la región mixe. A finales del mes
de febrero, el alcalde mayor de la Villa Alta comisionó a su lugarteniente, un hombre
nombrado Daniel de Alcántara, para que fuera a la zona de Totontepec a resolver un
problema entre dos pueblos. Alcántara montó en su caballo y salió a cumplir con su
encargo.27 Tonaguía y Tepitongo tenían pleito entre sí por tierras y mojoneras. En el

27 Conflicto entre Tepitongo y Tonaguía: 1588-710 (ahjva, Civil, caja 1, exp. 2).
Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 197

expediente se registró que ambos pueblos pretendían derecho a todas las tierras. Pero
uno de los testigos declaró que las tierras eran comunes a los dos, que las labraban y
beneficiaban entre ambos desde hacía más de treinta años (ahjva, Civil, caja 1, exp. 2,
f. 1v). Esta declaración nos da la clave para entender las razones del conflicto y su
evolución. Aunque el documento da la impresión de que se trataba de dos pueblos
independientes, de dos yetze, en realidad debieron de formar dos segmentos de una
sola unidad política; por razones que el documento no aclara, posiblemente cuestiones
de prestigio y poder entre ellos, estos dos segmentos deciden fraccionarse y ahora sí
luchar para formar dos yetze independientes.
Cuando Alcántara llegó a los pueblos, sus autoridades le pidieron que señalara las
tierras que en adelante serían de cada uno de los pueblos. Aquel día, Alcántara debió
de haber estado lejos de imaginar la importancia que su actuación tendría en la historia
de ambos pueblos y la complejidad de lo solicitado. Las autoridades mixes, valiéndose
de dos intérpretes, uno que hablaba español y traducía a la lengua mexicana y otro que
traducía de este idioma al mixe, le pidieron que señalara las tierras de cada uno.
En la lectura de los expedientes generados en casos como éste, comienza uno a
adentrarse en problemas que se traslapan y las dudas que surgen son innumerables.
¿Por qué razón los mixes de Tonaguía y Tepitongo solicitaron a la autoridad española,
ubicada a varias leguas de distancia, que viniera a dividirles la tierra? ¿Por qué no rea-
lizaron un acuerdo entre ellos? Para tratar de ofrecer una respuesta es necesario ­recordar
ahora las ideas que los zapotecos de Juquila y Totolinga expusieron en sus memorias y
que resumí líneas arriba.
Los mixes de estos pueblos querían demarcar sus tierras porqu, hasta ese momen-
to, habían estado unidos. Los de Tepitongo querían independizarse para fundar un
pueblo nuevo. Un nuevo asentamiento en el que ellos tuvieran un poder independien-
te de Tonaguía. Supongo esto porque, más adelante, en el expediente, los testigos de-
clararon que cuando Daniel de Alcántara había ido a marcarles la tierra, aquel acto
había constituido la fundación de su pueblo. Por esta razón no parece descabellado
tratar de establecer un paralelo entre las memorias de las que hemos hablado, que eran
títulos de fundación y la separación de estos pueblos mixes. Lo que Alcántara había
venido a hacer recuerda además la demarcación de tierras que realizaron los antepasados
de Juquila y Totolinga. Y así como Juquila había ido a España por los símbolos de au-
toridad, y Totolinga a Oaxaca, los mixes buscaban este reconocimiento de su máxima
autoridad. Ellos fueron por el alcalde mayor, sólo que éste envió a su lugarteniente.
Pero la historia no termina ahí. Cuando Alcántara se vio ante la difícil tarea de
dividir una tierra organizada en numerosos parajes, cada uno con su nombre en mixe
y cada uno subdividido en parajes más pequeños, tuvo la sensatez de pedir información,
bajo juramento, a las autoridades del pueblo vecino de Amatepec. Ellos ratificaron que
198 María de los Ángeles Romero Frizzi

los dos pueblos, Totolinga y Tepitongo, no habían conocido términos ni mojoneras,


salvo en unos pedazos que eran claramente de Tepitongo. El teniente, con muy poca
idea de lo que estaba haciendo, mandó que las tierras se “amoxonaran” (ahjva, Civil,
caja 1, exp. 2, ff. 1v- 2). Esto es, que se pusieran mojones entre las que serían de un
pueblo y las del otro.
Empezó a marcarlas: saliendo de una quebradilla que está arriba de Tepitongo
hasta la cuchilla de otro cerro, que en lengua indígena se llama choxton. Y así siguió por
cerros y quebradas. Los parajes que habían sembrado entre los dos pueblos se partieron
por mitad. Todo parecía marchar bien. En el documento hasta parece existir un inten-
to de imparcialidad, pues a ambos pueblos les dio tierra buena y tierra mala (ahjva,
Civil, caja 1, exp. 2, f. 2). Durante todo el acto se hallaron presentes las autoridades de
los pueblos mixes cercanos y vecinos, y se establecieron penas severas para quien infrin-
giera el acuerdo: si era macehual pagaría 6 pesos y recibiría 100 azotes; y si era autoridad,
sería desterrada (ahjva, Civil, caja 1, exp. 2, f. 2). Al final se dijo que todo se había
hecho de conformidad con los dos pueblos. Pasados unos días, el teniente mandó a
unos mixes, acompañados de sus autoridades, para que pusieran las mojoneras.
El conflicto y la ceremonia de separación de los linajes debieron de concluir ahí,
pero no fue así. Poco a poco penetramos en la complejidad de la sierra. Lo que sólo
parecía un pedazo de tierra, era una extensión enorme. Iba desde la vera del río grande
hasta lo último del cerro. Y las tierras en cuestión se ubicaban en las faldas de los cerros.
Además, las amenazas y penas no se cumplieron en éste, ni en otros muchos pleitos,
pues no pasó mucho tiempo, tan sólo tres años, cuando el problema volvió a estallar.
En noviembre de 1591, las autoridades de Tonaguía dijeron a dos naturales de Tepi-
tongo que se salieran de sus tierras o que pagaran tributo. Un indio de Tepitongo
acusó a los de Tonaguía de entrar a su casa y robar una piedra de moler. Los de Tona-
guía siguieron insistiendo en que dos mixes, Baltasar López y Juan Francisco, se salie-
ran de donde tenían hechas sus casas o que tributaran. Baltasar reconoció que esas
tierras eran de Tonaguía y que él se había retirado dejando sus casas, que en terrenos
de Tonaguía sólo había dejado un hato de cabras.
La dificultad continuó. Treinta y nueve años más tarde, en 1630, los de Tonaguía
acusaron a los de Tepitongo de perturbarlos, pasándose de sus límites. En 1638, 1670
y 1693 el problema se prolongaba como una rivalidad sin fin entre los dos pueblos. Y
se vuelve a tener datos en 1710 (ahjva, Civil caja 1, exp. 2, f. 22).
Es a lo largo del expediente que aparecen algunos indicios que nos sirven de base
para entender las causas del problema, aunque éstas no se aclaran nunca del todo, tal
vez porque queremos encontrar un sentido lógico a los problemas, y pienso que na-
cieron sólo de las rivalidades entre los dos segmentos y el deseo de perjudicarse el uno
al otro. Era una lucha por poder y se expresaba en los tribunales.
Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 199

En 1694, en una de tantas confrontaciones por los pedazos de tierra, los dos al-
caldes, el regidor y el alguacil mayor de Tepitongo dijeron unas palabras que resultan
claves para entender la lógica indígena. Ellos dijeron: “Nunca hemos tenido más títu-
los que las señales y mojoneras que se nos hizo cuando la Fundación de dicho nuestro
pueblo y división de términos” (ahjva, Civil, caja 1, exp. 2 f. 22).
Aquel día, cuando Daniel de Alcántara fue comisionado por el alcalde mayor
para cumplir con la tarea, fue entendido por las gentes de Tepitongo como el inicio de
su fundación. Tepitongo dejaba de ser un linaje de menor rango, para definir sus tierras
y su identidad, lucha que habría de prolongarse por lo menos hasta 1710.
En estos conflictos estamos, a menudo, tentados de adjudicar la complicación y
dimensión del problema a la corrupción de los alcaldes mayores y sus tenientes; y, en
efecto, cometieron actos corruptos. En otros momentos pensamos que los problemas se
debieron al desconocimiento que las autoridades hispanas tenían respecto del sistema de
tenencia indígena: a la complicada forma como ellos nombraban y marcaban su tierra.28
Y sin duda este factor influyó mucho, pero no debemos olvidar que en las demarcaciones
y en la colocación de mojoneras estuvieron presentes autoridades indígenas.29
Debió de ser anterior a la llega­da de los españoles la separación de pueblos, la
segmentación de los linajes. En aquellos tiempos, los señores de gran poder evitaban
la constante fragmentación por medio de alianzas matrimoniales y políticas, usaron la
fuerza e incluso la guerra. En alguna forma tenían que controlar y evitar la constante
separación de los linajes, si deseaban conservar su poder y controlar a la gente: su tri-
buto y mano de obra.
La organización política de raíz mesoamericana no desapareció con la conquista.
Pero el viejo proceso de segmentación se multiplicó hasta extremos increíbles.30
­Podemos echar la culpa de los interminables conflictos entre pueblos a la autoridad
española, mas no todo se debió a ella, porque, al menos en el caso de Tepitongo y
Tonaguía, en la separación de los linajes y en la demarcación de sus tierras estuvieron
presentes las autoridades indígenas de los dos pueblos y ellas dijeron que estaban de
acuerdo. Si el problema volvió a surgir una y otra vez, a lo largo de doscientos años,

28 En 1745, a raíz de un pleito por tierras entre Tomaltepeque y sus vecinos (pueblos del valle de Oaxaca),
el oidor de la Audiencia dijo que existía mucho problema para comprender el problema de las tierras,
debido a la diversidad de nombres. Cada paraje tenía un nombre y en ocasiones el mismo paraje era
nombrado por un pueblo de un modo y por el vecino de otro (agn, Tierras, 2384: 4v).
29 En el pleito entre Tepitongo y Tonaguía, desde el principio, estuvieron presentes las autoridades mixes
de los pueblos de Amatepeque y Totontepec (ahjva, Civil, caja 1, exp. 2, f. 52v. 1588-1710).
30 Esta afirmación está basada en un estudio actualmente en proceso sobre los conflictos por tierras entre
pueblos indígenas. La afirmación se sostiene en el hecho de que la mayoría de los documentos del
ramo de Tierras del agn se refiere a problemas por tierras entre comunidades indígenas. Investigación
en curso realizada por Beatriz Cruz López y Gubidxa Guerrero, enah, Etnohistoria.
200 María de los Ángeles Romero Frizzi

fue debido a que el pueblo nuevo y de menor rango deseaba fortalecer su identidad,
al tiempo que debilitaba a su enemigo, al pueblo del que se había desprendido. La
identidad de los pueblos se formó en esta constante confrontación.
En 1710 los de Tepitongo dijeron: “Desde inmemorial tiempo hemos estado en
pacífica posesión […] siendo los de Tonaguía nuestros enemigos y contrarios en orden
de litigar las tierras de nuestro pueblo” (ahjva, Civil, caja 1, exp. 2, f. 52v. 1588-1710).

Reflexiones finales

En este recorrido por la sierra zapoteca y mixe he tratado de mostrar la diversidad que
existió en el territorio de la antigua Mesoamérica durante los años coloniales.
Diversidad en el tamaño de sus asentamientos y en las formas de organización
so­cial. La vida en la sierra debió de ser sencilla, en términos económicos, no así su
actividad política y su pensamiento.
He tratado de conocer y entender las ideas de aquellos zapotecos y mixes a través
del análisis de sus escritos, en el estudio de sus títulos primordiales. Los títulos son
para nosotros, quienes no somos indígenas, textos de muy difícil comprensión. De
hecho, cada vez que los leo, descubro en ellos nuevas relaciones entre las ideas i­ ndígenas
y su organización, entre ellas y el establecimiento y desarrollo del poder colonial. Para
los indígenas, los títulos fueron unos de sus documentos más importantes. En ellos
registraron su visión del mundo y la forma como entendieron y explicaron el gran
cambio que se inició en 1521.
Los títulos explican por qué los indígenas reconocieron a los conquistadores como
un nuevo poder, y aún más que esto: por qué aceptaron y recurrieron constantemente
a los juzgados novohispanos. Los títulos, utilizados como herramienta heurística, nos
permiten entender los documentos judiciales coloniales desde la mirada indígena. Nos
muestran la forma como las ideas y los hechos se interrelacionan e influyen ­mutuamente.
Son las ideas puestas en acción, las ideas presentes en la vida política de la sierra, en la
constante separación y fragmentación de los linajes. De esa segmentación tan sólo
expuse un caso —Tepitongo y Tonaguía— tratando de entender desde mi punto de
vista las razones indígenas, pero si pensamos en los numerosos conflictos por tierras
que existieron en Oaxaca, y en otras áreas de la antigua mesoamérica, la fragmen­tación
de los reinos indígenas fue un acontecimiento siempre presente, parte medular de la
vida política indígena y de la construcción del poder colonial.
Linajes, poder y conflicto: la sierra Norte de Oaxaca: siglo xviii 201

Abreviaturas

agn Archivo General de la Nación, México


ahjva Archivo Histórico Judicial de Oaxaca. Villa Alta. Ciudad de Oaxaca.

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2006 Los indios, el sacerdocio y la Universidad en Nueva España, siglos xvi-xviii, México,
Universidad Nacional Autónoma de México-Centro de Estudios sobre la Univer-
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Capítulo 6
Segmentación y acción colectiva:
un acercamiento cultural-comparativo sobre la voz
y el poder compartido en los Estados premodernos

Lane F. Fargher
Centro de Investigación y de Estudios Avanzados
Instituto Politécnico Nacional-Unidad Mérida

Richard E. Blanton
Universidad de Purdue

Introducción

En los últimos cincuenta años, la teoría antropológica sobre los Estados premodernos
ha sido dominada por los conceptos del marxismo-neoevolucionismo, los cuales han
enfocado nuestra disciplina en la teoría de la centralización y el dominio de la élite. Es
una teoría de la opresión. Sin embargo, en la década pasada se desarrolló una crecien-
te insatisfacción con respecto a este marco de estudio, por parte de investigadores in-
teresados en los orígenes y desarrollo de los Estados.
Como consecuencia, se inició el desarrollo de modelos teóricos alternativos que
fueron marginalizados e ignorados por los practicantes de las teorías marxistas-neoevo-
lucionistas. En este capítulo combinamos dos puntos de vista alternativos que han
tenido un éxito empírico, tanto dentro como fuera de la antropología: el Estado seg­
mentario y la teoría de acción colectiva. Utilizamos estas teorías para investigar el
impacto de la centralización y de la descentralización en los sistemas políticos comple-
jos en los que el poder se encuentra compartido. En primer lugar presentamos los
antecedentes de ambos puntos de vista y posteriormente examinaremos el impacto del
poder compartido en un marco intercultural. Nuestra conclusión del estudio intercul-
tural es que los Estados segmentarios o descentralizados se oponen en mayor medida
al poder compartido (power sharing [Blanton et al., 1996]) o a la construcción de es-
trategias de Estado colectivo. Por “poder compartido” nos referimos a la distribución
de poder “[...] a través de diferentes grupos y sectores de la sociedad de una manera
que limita las estrategias [...]” patrón-cliente o una estructura heterárquica (Blanton
et al., 1996: 2).

205
206 Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

Teoría de acción colectiva

Las sociedades complejas que comparten el poder serán consideras iguales a los Estados
colectivos. Un sistema de gobierno colectivo se basa en la cooperación entre los jefes y
otros miembros de la comunidad política (los contribuyentes) (Blanton y Fargher,
2008; Levi, 1988; Lichbach, 1994, 1995; Olson, 1965) (véase la figura 6.1).

FIGURA 6.1

Bienes públicos

Control del rector Bienes públicos

Fuentes de ingresos internos o mezclados

Pero la construcción de esta forma de poder compartido, o estructura colectiva,


depende de la habilidad del Estado de monitorear y controlar las acciones individuales
que tienen efectos nocivos para el sistema. Estos controles incluyen límites sobre las
acciones del jefe (por ejemplo, comportamiento autocrático, consumo de productos
de lujo) y reducción de la inconformidad del contribuyente (por ejemplo, evasión de
impuestos y corvée). Tales controles se desarrollan a través de la negociación entre los
jefes y contribuyentes (Bates y Lien 1985: 53; Levi 1988: 11-12, 52-68). La fuerza de
negociación de cada parte depende de los recursos que cada uno posea (Levi, 1988).
Los contribuyentes pueden exigir bienes públicos y derechos al jefe cuando el Estado
requiere de su dinero, de su mano de obra o de sus bienes, tales como rentas públicas
(que llamaremos “ingresos internos”). Cuando los jefes dependen de otros recursos (que
llamaremos “ingresos externos” o ingresos provenientes de fuentes, como el patrimonio
personal, monopolio de intercambio internacional o monopolio de las minas), y no
dependen de los contribuyentes, se puede esperar que no exista negociación y entonces
los jefes tendrán una posición de mayor peso sobre los contribuyentes. Pero, aun así,
en casos de ingresos externos, los jefes todavía se enfrentan a problemas de acción co-
lectiva. Ellos deben proveer un mínimo de servicios administrativos y lograr un mínimo
de conformidad en los contribuyentes, de modo que se permita al Estado funcionar
(Levi, 1988). Ningún Estado tiene ingresos puramente internos o externos, siempre
hay una mezcla de tipos de ingresos, es el énfasis de esta mezcla la que determina el
nivel de desarrollo de colectividad que tiene la construcción del Estado.
Segmentación y acción colectiva: un acercamiento cultural-comparativo sobre la voz
y el poder compartido en los Estados premodernos 207

Contribuyentes racionales

Los contribuyentes racionales continuamente evalúan los beneficios y costos, de con-


formidad y con el grado en el cual los jefes y sus agentes están manteniendo sus nego-
ciaciones (Bates, 1983: 41; Levi, 1988: 43; Lichbach, 1996: 166; Ross, 1988). Los
contribuyentes insatisfechos eligen no pagar rentas públicas, amenazan con migrar o
migran. Siendo así, ¿por qué los contribuyentes ceden y se conforman? Algunos inves-
tigadores suponen que el factor más importante es la coerción (Haas, 1982; Olson,
1965); sin embargo, en los grandes Estados premodernos y modernos, la coerción a
gran escala puede ser muy costosa y tiene el potencial de fomentar y promover el des-
orden social (Lichbach, 1996; North, 1981). También Olson (1965) propuso el uso
de “incentivos selectivos” (pagos o premios hechos directamente a los individuos) para
obtener su conformidad. El Estado también puede promover un código moral o legal
que exija conformidad (Hardin, 1982: 90), sin embargo, estos códigos probarían ser
ineficaces sin un método de castigo, en caso de no cumplir con el pago de impuestos,
lo cual a su vez implica el desarrollo de estructuras administrativas de alto costo que
puedan penetrar en los niveles básicos de la sociedad. Otros investigadores (Levi, 1988)
han propuesto que los Estados pueden anticipar la conformidad como respuesta a la
distribución de bienes públicos. Los bienes públicos son bienes y servicios que sumi-
nistra el Estado a los miembros de la sociedad, y el uso de éstos por una persona no
limita su uso por otra (Hirschman, 1970: 101). El grado en el cual la distribución es
igual entre sectores sociales y geográficos afecta la cantidad de contribuyentes que
pagan por los bienes (Taylor, M., 1982: 40).
Aun así, afectados por la coerción, por los códigos morales y por los bienes públi-
cos, algunas personas racionales (los oportunistas y abusivos) eligen no realizar los pagos
de impuestos y se benefician gratuitamente de los bienes públicos (Lichbach, 1996:
32). Estas acciones representan un problema en los Estados colectivos, porque estos
individuos no pagan sus impuestos. Los Estados deben construir aparatos institucio-
nales costosos que puedan monitorear los pagos de los contribuyentes e identificar y
castigar a los oportunistas y abusivos. Si esto falla, otros contribuyentes que saben que
el Estado no puede castigar a estos individuos también eligirán llevar a cabo estas ac-
ciones (Levi, 1988: 198-204; Lichbach, 1996: 5, passim). Un Estado dedicado a mo-
nitorear la conformidad y dar castigos justos y públicos a los oportunistas y abusivos
manda el mensaje de que está dedicado a la iniciativa colectiva. Por consiguiente, sis-
temas de recolección (de rentas públicas) centralizados y burocráticos son elementos
importantes para la formación de un Estado colectivo. Por el contrario, los sistemas
de recolección de rentas públicas que carecen de monitoreo y que licitan y concesionan
la recolección de impuestos, van en contra de la construcción de un Estado colectivo.
208 Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

Jefes racionales

Hasta ahora presentamos a las altas autoridades políticas como los jefes. Pero aquí se
dividirán en dos grupos: “rectores” (las personas que instituyen políticas gubernamen-
tales) y “agentes” (los oficiales que tienen la responsabilidad de la administración diaria
del gobierno). La principal preocupación de los rectores es recolectar ingresos y utilizar-
los para el beneficio de sus constituyentes y para alcanzar sus objetivos ­personales (Cam-
mack, 1992: 413; Levi, 1988: cap. 2). Los rectores intentan lograr niveles de ingresos
admisibles mientras mantienen sus negocios particulares con dinero de los contribuyen-
tes, asimismo desarrollan instituciones de gobierno (reglas, procedimiento de conformi-
dad, normas morales y éticas) con estructuras administrativas admisibles (Levi, 1988).
Los rectores de los Estados colectivos necesitan la conformidad casi voluntaria
(Levi, 1988) para obtener los niveles más altos de ingresos con el costo más bajo, ya
que la coerción, los incentivos selectivos y el monitoreo son costosos. Las cuatro estra-
tegias que los rectores usarían para obtener la conformidad incluyen la distribución de
bienes públicos, el control de agentes, las organizaciones semiautónomas (organiza-
ciones no gubernamentales colectivas supervisadas por el gobierno) y la promoción de
confianza y credibilidad (Levi, 1988: 2; North, 1981: 201-202) (véase la figura 6.1).

Bienes públicos

La distribución de bienes públicos es un indicador importante de la acción colectiva


porque refleja el grado en el cual los rectores negociaron con los contribuyentes la re-
colección de impuestos (Blanton y Fargher, 2008). Los bienes públicos también son
un ejemplo tangible del compromiso del Estado con la iniciativa colectiva. Finalmen-
te, los rectores distribuyen bienes públicos para cultivar reciprocidad de los contribu-
yentes y conformidad casi voluntaria para el pago de rentas públicas (Levi, 1988).
Para el estudio de los Estados premodernos nos enfocamos en cuatro bienes públicos:
la participación del Estado en el control del agua y la distribución del agua potable, la
seguridad pública, la infraestructura de transporte y la redistribución de alimento.

Control de agentes

Para construir un Estado colectivo, los rectores deben controlar el comportamiento


racional y promover el comportamiento ético de sus agentes (agency problem), para
evitar abuso de poder, corrupción y maltrato hacia los contribuyentes (Levi, 1988: 26;
Segmentación y acción colectiva: un acercamiento cultural-comparativo sobre la voz
y el poder compartido en los Estados premodernos 209

Lichbach, 1996: 162-71). Los rectores crean e instauran una constitución fiscal para
controlar la acción independiente, que incluye un sistema burocrático para la recolec-
ción de impuestos y la distribución de bienes públicos con los códigos morales y éticos
que cultivan el compromiso del objetivo colectivo del Estado. El proceso de burocra-
tización supone algunos elementos que incluyen: el reclutamiento abierto y c­ ompetido
a través de los sectores sociales, corta permanencia en los puestos, frecuente monitoreo
y evaluación de oficiales y la compensación en salario (Lichbach, 1996: 167). Los rec­
tores tienen más control sobre los agentes a sueldo, que sobre aquellos que compran
el derecho de recolectar impuestos o que reciben una prebenda que fácilmente recae
como derecho hereditario (Weber, 1978: 963-964).

Confianza y credibilidad

Un Estado colectivo debe ir más allá de la coerción, la reciprocidad y el monitoreo de


los contribuyentes racionales; debe cultivar su confianza. Para motivar la conformidad
de los contribuyentes, los rectores deben proveer la información que pruebe en qué se
están utilizando las aportaciones de los contribuyentes para cumplir las negociaciones
particulares (Levi, 1988: 60-62). Si los rectores parecen beneficiarse de los pagos de
los contribuyentes (por ejemplo, construyendo casas lujosas, consumiendo en exceso
joyería, ropa y otros bienes lujosos), los contribuyentes no pagarán las rentas públicas
o llegarán a migrar. Los rectores fomentan la idea de conformidad con los objetivos
colectivos y de responsabilidad de sus acciones a través de la moral (Levi, 1988: 60-62).
Un aspecto importante de este tipo de sistema colectivo es la construcción de un sis-
tema de voz que permita a los contribuyentes registrar con eficacia sus quejas y apelar
las decisiones sobre las actividades del Estado y sus agentes.
Los Estados colectivos también deben desarrollar los códigos morales que conlle-
ven al comportamiento ético de los rectores. Ellos tienen que declarar sus obligaciones
contractuales con los contribuyentes (Levi, 1988). Estos códigos necesitan estructuras
institucionales que puedan detectar y castigar a los rectores que los violen. Estos siste-
mas funcionan cuando los rectores aceptan los límites de su poder personal, en sus
acciones y en su consumo material (Blanton, 1998: 156-62), pero ellos poseen mucho
“poder infraestructural” (Mann, 1986) como jefes de la burocracia legal-racional. Otro
aspecto importante de estos códigos es el sistema de comunicación (comunicación
reflexiva) que provee a los contribuyentes información sobre los rectores y el segui-
miento de los códigos (Blanton, 1998). Ejemplos de la comunicación reflexiva inclu-
yen la participación en rituales importantes, apariciones públicas, participación en
consejos, entre otros. Los rectores que limiten por voluntad su consumo lujoso y el
210 Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

consumo lujoso de sus agentes demuestran su dedicación a la iniciativa colectiva (au-


toabnegación) (Levi, 1988: 56; Lichbach, 1996: 171; Popkin, 1988).

Organización segmentaria

Para establecer las características de Estados segmentarios y contrastarlas con los procesos
colectivos, empezaremos con un resumen de la excelente descripción hecha por Southall
(1988; también véanse Southall, 1956 y Stein, 1995). Él define un Estado segmentario
como, “as one in which the spheres of ritual suzerainty and political sovereignty do not
coincide” (Southall, 1988: 52). El Estado está formado por un territorio central y peque-
ño, rodeado por territorios periféricos y semiautónomos. El jefe (o rey) mantiene la
superioridad ritual sobre el territorio completo, pero su poder político está limitado a su
territorio central. Cada territorio periférico tiene derecho a su propia defensa y cada
jefe periférico tiene la responsabilidad de la administración, la justicia, y de los ritos
menores dentro su territorio. El jefe central cobra ingresos únicamente dentro de su
territorio central y recolecta un pequeño tributo de las periferias, aunque no puede re-
colectar rentas públicas de los territorios periféricos. Los jefes periféricos recolectan los
ingresos de sus territorios. La relación entre el jefe central y los jefes periféricos se man-
tiene a través de intercambios de regalos (incentivos selectivos) que unen a los jefes peri-
féricos al territorio central. El jefe central tiene que pedir el apoyo de los jefes periféricos
leales para castigar a los jefes rebeldes o conflictivos. El castigo supone la invasión y el
saqueo del territorio del jefe desleal. La estructura política de cada territorio periférico
es una pequeña copia del territorio central. Dentro de cada territorio el poder está enfo-
cado en los individuos (como un sistema excluyente [Blanton 1998; Blanton et al.,
1996]). El papel de los jefes territoriales, como el jefe central, combinan el poder políti-
co, militar, judicial y económico en un solo puesto hereditario. La distribución de los
cargos politicos entre los departamentos y sus puestos, como sucede en los sistemas
burocráticos, no se lleva a cabo. Por lo tanto, el poder no está compartido porque los
jefes son todopoderosos dentro de sus territorios, y las relaciones entre jefes y sus rela-
ciones con otros miembros de la sociedad están basadas en relaciones patrón-cliente.

Una perspectiva intercultural o transcultural


de la segmentación y la acción colectiva

Evaluaremos el impacto de la segmentación sobre la acción colectiva entre las socieda-


des que forman la muestra, utilizando las cuatro variables complejas que desarrollamos
Segmentación y acción colectiva: un acercamiento cultural-comparativo sobre la voz
y el poder compartido en los Estados premodernos 211

a través de nuestro estudio de la acción colectiva: el proceso de burocratización, el


abasto de bienes públicos, las fuentes de ingresos y el control de rectores (Blanton y
Fargher, 2008). Teniendo como base la teoría de acción colectiva y los patrones
o­rganizacionales según Southall (1988), los Estados que no son colectivos demostrarán
las características de la segmentación. Los Estados organizados de esta forma no buro-
cratizan, no ofrecen bienes públicos, tienen poco control sobre los rectores y dependen
de las fuentes externas para sus ingresos. En los siguientes casos describiremos algunos
estados “segmentarios” de África, India, sureste asiático y Europa (véase la figura 6.2).

FIGURA 6.2

Europa: Inglaterra en la época de Eduardo III

Nos centraremos en el periodo comprendido entre 1327-1336 d. C. en Inglaterra,


durante la juventud y los primeros años de reinado de Eduardo III (véase la figura 6.3).
Durante de este periodo la estructura política del reinado inglés era muy excluyente
(según Blanton, 1998 y Blanton et al., 1996). El rey era el gobierno. Él fue supremo,
esencial e indispensable (Wilkinson, 1940: 162, 163). Cuando un rey era fuerte, como
Eduardo III, dominaba su Parlamento y su Consejo (Brooke, 1961; Waugh, 1991).
212 Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

El Parlamento y la nobleza estaban subordinados al rey (Wilkinson, 1940: 162). El


rey utilizó las relaciones patrón-clientes, el consumo suntuario y la manipulación de
bienes prestigiosos (incentivos selectivos) para dominar la nobleza (Holmes, 1962: 68;
Morris, 1940: 8-9). También era el señor feudal más poderoso del reino y controlaba
la Iglesia por medio del control de designaciones religiosas y del jefe de la Iglesia in-
glesa (Morris, 1940: 10; Wilkinson, 1940: 197; Waugh, 1991).

FIGURA 6.3
Segmentación y acción colectiva: un acercamiento cultural-comparativo sobre la voz
y el poder compartido en los Estados premodernos 213

El proceso de burocratización
A pesar de la apariencia de mucho poder, el control de Eduardo era limitado: a las pro-
piedades y a las haciendas reales (las cuales administró el gobierno central), los casos
judiciales civiles mayores y criminales y a las actividades militares (Holmes, 1962: 13;
Waugh, 1991). El gobierno central consistía en la Cancillería y el Ministerio de Hacien-
da (Cam, 1950: 143-183; Haven Putnam, 1950: 185-217; Holmes, 1962: 59-88; Mo-
rris, 1940: 3-81; Waugh, 1991: 5, 153-169; Wilkinson, 1940: 162-206). Los oficiales
de la Cancillería incluían al canciller y a los escribanos especiales que manejaban las
órdenes de los casos que implicaban al rey. El Ministerio de Hacienda manejaba la fi-
nanza del gobierno. Sus oficiales incluían al tesorero, a los escribanos, los alguaciles y los
recaudadores temporales de impuestos. Pocos individuos en los niveles más altos del
gobierno eran oficiales profesionales. Las personas en los niveles bajos eran la nobleza
local elegidas por el rey. El sistema era corrupto. Los oficiales eran libres y nadie contro-
laba sus acciones, utilizaban sus plazas para ajustar las cuentas pendientes, para abusar
de los contribuyentes o para enriquecerse (Cam, 1950: 165; Morris, 1947: 58; Waugh,
1991: 153,159; Wilkinson, 1940: 202-203). Algunos de los agentes ya eran criminales
cuando fueron elegidos para sus plazas y otros habían estado en la cárcel antes de ocupar
sus puestos (Morris, 1940: 41; Plucknett, 1940: 103; Strayer, 1947: 15).
El sistema para la recolección de impuestos tenía unos elementos de la venta del
derecho a recolectar impuestos y otros del sistema burocrático. El rey designaba a los
nobles locales para registrar y recolectar los impuestos (Johnson, 1947: 203; Strayer,
1947: 12, 36; Waugh, 1991: 157). Este tipo de sistema obstaculiza la voz y la acción
colectiva y no permite monitorear la conformidad de los contribuyentes ni la acción
de los recaudadores (Strayer 1947: 4; Waugh 1991: 159). Sin sorpresa, la recolección
de rentas públicas durante el siglo xiv temprano fue, en general, mala. La evasión de
impuestos y la malversación de fondos antes de llegar a la tesorería real eran endémicas
(Plucknett, 1940: 103; Waugh, 1991: 181, 209).
El gobierno de Eduardo también ofreció la pretensión de la diligencia judicial pero,
cuando profundizamos en el tema, encontramos que era una falacia. Existieron varias
Cortes de diferentes escalas sociales, las cuales fueron la Corte del subcondado (hun-
dred), la Corte del condado y el tribunal del rey (Cam, 1950: 180; Morris, 1940: 60,
1947: 53, 55; Neilson, 1940: 259-285). Pero éstas no estaban vinculadas a una petición
jerárquica clara. Cada Corte tenía sus limitaciones y, en casos generales, no podían
apelar a los niveles más altos (Swanson, 1999: 81-82; Waugh, 1991: 156, 173). En raras
ocasiones, por orden especial, un caso se movía de una Corte a otra, pero esto costaba
mucho y normalmente no tenía éxito. Además, estas Cortes eran corruptas, daban
tratamiento preferencial a la nobleza sobre los contribuyentes y no había una igualdad
bajo la ley (Brooke, 1961: 222-223; Morris, 1940: 6; Waugh, 1991: 167). Por ejemplo,
214 Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

las Cortes de leyes comunales no tenían un código legal escrito, lo cual permitía mani-
pular fácilmente el resultado de los casos (Platt, 1982: 93). Finalmente, la mayoría de
la población dependía jurídicamente de sus señores feudales y no tenía recursos para las
Cortes reales (Hilton, 1992: 21; Neilson, 1940: 271; Waugh, 1991: 154, 155).
La administración rural bajo Eduardo estaba a cargo de la jerarquía feudal. Los
jefes semiautónomos controlaban los territorios hereditarios y tenían la jurisdicción
sobre sus inquilinos (Holmes, 1962: 13). Ellos administraban sus territorios como el
rey administraba el suyo, con subjefes, cancilleres, tesoreros, alguaciles, etcétera (Hol-
mes, 1962: 67-68; Johnstone, 1940: 251, 289; Platt, 1982: 90-107). Así, repetían a
menor escala el sistema del territorio real. Eran libres de administrar sus territorios y
comportarse como querían dentro de sus territorios. Sólo la pena de muerte estaba
re­ser­vada para ser impuesta por el rey. El jefe era la autoridad máxima ante los
­cam­pesinos y siervos que vivían en su territorio (Waugh, 1991: 154). Sólo los casos
criminales graves, como asesinatos o casos civiles importantes (que afectaban a la no-
bleza), se manejaban en las Cortes reales.
Las personas tenían el derecho de mandar una petición de demanda o queja al rey
(Baldwin, 1940: 153; Morris, 1940: 7); así, éste proveería un mecanismo para la voz,
pero el proceso era difícil y costaba mucho, por lo tanto, sólo las peticiones de los nobles
llegaban al rey (Baldwin, 1940: 146, 153; Hallam, 1988: 847; Wilkinson, 1940: 202-
203). Si una petición llegaba al rey, éste nunca tomaba acciones sobre ella, excepto en
casos muy especiales; y peticiones en contra de las decisiones del rey, jamás ganaron.

Ingresos
Las fuentes de ingresos de Eduardo fueron externas en su mayoría. Muchos de sus
ingresos provenían directamente de sus feudos, haciendas y pueblos. También recolec-
taba los ingresos de la operación normal del gobierno, como multas, propiedad de los
sellos y acuñación de monedas. Asimismo era dueño de todas las minas de oro y plata
y cobraba cuotas a la gente que trabajaba en sus minas, o bien, enviaba a trabajar a su
gente en sus minas. Estos recursos proveían a la Corona de £18,000 por año (Strayer,
1947: 4; Waugh, 1991: 178). Los impuestos sobre el intercambio internacional pro-
porcionaban otras £13,000 por año normal (Strayer, 1947: 5; Waugh, 1991: 179). La
corona obtuvo un impuesto de la Iglesia, equivalente a £18,900, cuatro veces durante
todo el periodo (Lunt, 1947; Strayer, 1947: 5; Waugh, 1991: 184). Durante este pe-
riodo había poca separación entre el gobierno central y el rey. El rey tenía el control
directo de la mayoría de los ingresos. En el caso del impuesto de la Iglesia, el rey podía
desviar el dinero a su cofre personal antes de que lo registrara el estado. Así también el
rey tomó £200,000 en crédito durante los primeros años de su reinado (Strayer, 1947:
3; Waugh, 1991: 183). La mayoría de los ingresos fueron transformados en ­propiedades
Segmentación y acción colectiva: un acercamiento cultural-comparativo sobre la voz
y el poder compartido en los Estados premodernos 215

personales y Eduardo los utilizó para mantener su excesivo consumo en lujos (Morris,
1940; Lunt, 1947). Por otro lado, el rey sólo podía recolectar las rentas públicas, equi-
valentes a £37,430, como ingreso interno cuatro veces durante todo el periodo (­Strayer,
1947: 5; Waugh, 1991: 181). Pero la mala infraestructura de recolección de impuestos
resultó en mucha evasión y malversación de fondos.

Bienes públicos
El Estado inglés no proveía bienes públicos como intercambio por conformidad en
pago de las rentas públicas. Caminos, puentes y drenajes de agricultura fueron construi­
dos y mantenidos por los particulares, las comunidades y la Iglesia. Cuando un e­ lemen­to
arquitectónico se caía, el alguacil local llamaba a un jurado para determinar quién tenía
la responsabilidad de mantenerlo, y dictaba que la persona o el grupo debía realizar su
reposición sin recursos públicos ni corvée; se multaba a la persona o al grupo responsable
si no cumplía con la sentencia (Flower, 1915; 1923). El Estado designó responsables del
manteamiento de canales de cultivo a personas que tenían terreno frente a los canales,
pero no les proveyó recursos públicos ni corvée.
El Estado debía proveer seguridad pública, pero el gobierno de Eduardo no lo
pudo cumplir (Brooke, 1961: 222-223; Haven Putnam, 1950; Platt, 1982: 93;
Waugh, 1991: 158). En los primeros años del siglo xiv las quejas de anarquía fueron
tan comunes que el Estado intentó mediar. Primero aumentó el poder de los alguaci-
les para investigar delitos (Morris, 1947: 53), pero los alguaciles fueron elegidos entre
la nobleza local y usaron sus plazas para beneficio personal o para consumar sus propias
vendettas (Platt, 1982: 23; Plucknett, 1940: 103; Waugh, 1991: 159, 167). Ante tal
situación el Estado designó guardianes de paz (peacekeepers), pero les quitó sus poderes
rápidamente (Haven Putnam, 1950: 188; Platt, 1982: 92; Waugh, 1991: 165). Creó
consejos especiales de investigación pero los disolvió (Haven Putnam, 1950: 188;
Platt, 1982:,93; Waugh, 1991: 165). Los cambios continuos de política en la preven-
ción de delitos originaron caos y crearon peores condiciones (Platt, 1982: 93).

Control del rector


Un rey medieval era libre de comportarse como quería dentro de su territorio real.
Fuera de su territorio, el poder del rey fue sólo limitado por la competencia política y
no había una estructura constitucional que restringiera su poder ni un sistema insti-
tucional que lo obligara a obedecer esos límites. Sólo los magnates fueron capaces de
limitar los poderes del rey. En 1215 los poderosos magnates forzaron al débil rey a
firmar la Magna Carta Libertatum, que protegía los derechos de la nobleza y limitaba
el poder real (Brooke, 1961). Sin embargo, los reyes poderosos, como Eduardo I y
216 Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

Eduardo III, dominaron a la nobleza e ignoraron los límites impuestos a su poder


(Brooke, 1961). Desde la conquista normanda hasta el final de la época medieval, el
campo político en Inglaterra estaba plagado de batallas entre los magnates y el rey por
la dominación política (Brooke, 1961; Waugh, 1991). No había una estructura
­cons­titucional para compartir el poder, de modo que la competencia fue muy violen-
ta, con ejecuciones, exilios y guerra entre el ejército del rey y el de algunos magnates.
Mientras tanto los contribuyentes fueron ignorados por la nobleza y no tenían voz.

India: Pudukkottai

El siguiente resumen del Estado se toma de Dirks (1987). El periodo en cuestión es el


siglo xviii tardío, justo antes de la incorporación de Pudukkottai al imperio de la India
Británica (véase la figura 6.4). Por su apoyo militar en la conquista de la India por
Inglaterra, el Estado Pudukkottai quedó como principado libre de tributo, y su estruc-
tura de ingresos quedó intacta durante el siglo xix. Los rectores de Pudukkottai eran
Tondaiman, quienes descendieron de la subcasta Kallar, que realizaron servicios en los
Estados de Cola (900-1100 d. C.) y Vijayanagara (1300-1565 d. C.) (Dirks, 1987:
156-159, 220).

El proceso de burocratización
La mayoría de los puestos fueron ocupados por atribución (por herencia) (Dirks, 1987:
117-28, 171-92, 230-9), otros fueron designados por el rey, pero éstos no fueron
posiciones burocráticas. Todos los puestos políticos importantes de los niveles más
altos fueron unidos con concesiones de tierras libres de impuestos. Los altos oficiales
(jagirdar reales) se escogían de entre algunos de los parientes colaterales del rey. Los
puestos secundarios fueron ocupados por cervaikarar (nobleza militar); los que nor-
malmente eran afines al rey. La administración rural se organizó mediante designación
de un territorio periférico y sus ingresos (una prebenda) al cervaikarar (Dirks, 1987:
124, 126-127). Un cervaikarar tenía el derecho de “títulos, puestos, y honores” del
control de los grupos de gente y del servicio del jefe (Dirks, 1987:126-127). También
tenían el poder de designar a los oficiales bajos de su territorio, los cuales mediaban
entre ellos y los jefes del pueblo. Este puesto y su concesión de tierras (la prebenda)
fueron, en general, indivisibles. Los poderes militar, administrativo y financiero (re-
colección de impuestos) se concentraban en un sólo puesto. Casi 30% de las conce-
siones de tierras se dieron al cervaikarar (Dirks, 1987: 117 y Appendix). En el nivel
local, los jefes de pueblo eran de las castas locales dominantes (Dirks, 1987: 426);
Segmentación y acción colectiva: un acercamiento cultural-comparativo sobre la voz
y el poder compartido en los Estados premodernos 217

FIGURA 6.4

también ganaron concesiones de tierra del rajá. El rajá controló la concesión de tierra
y los títulos asociados, por eso él tenía el poder de remover al jefe de su cargo, pero
casi nunca lo hacía porque el jefe ganaba el poder y respeto de la población local.
Pudukkottai no tuvo un sistema burocrático para la recolección de rentas públicas. El
Estado dependía de los jefes locales para recolectar los impuestos y para representar al
Estado en las cosas locales.
Este sistema tenía poca infraestructura que permitiera escuchar las quejas y suge-
rencias de los contribuyentes y actuar acorde a las mismas. Las asambleas de subcasta
y pueblo existieron, pero no está claro cómo hacían para canalizar las quejas a los
oficiales del Estado (Dirks, 1987: 211, 231). También había un durbar (consejo
­abierto) real, pero no está claro cómo funcionaba (Dirks, 1987: 212).
218 Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

Ingresos
El Estado controló la mayoría de la tierra para el cultivo, de las cuales casi 70% se
daba como concesiones libres de impuestos a los oficiales, templos, beneficencias y
brahmanes (Dirks, 1987: 117 y Appendix). El restante 30% fue aprovechado por el
Estado o distribuido mediante contratos con los parceleros. El Estado también reco-
lectaba algunos impuestos sobre los mercados locales y otras transacciones comerciales
(Dirks, 1987: 117, 312). Las rentas agrícolas, junto con los mercados, constituían una
proporción importante de los ingresos. El Estado, al parecer, también usó algo de
corvée para cultivar la tierra del gobierno y proveía los servicios personales a los oficia-
les. El rajá también tuvo casi mil quinientos criados personales a su servicio, dentro y
fuera del palacio (Dirks 1987: 190).

Bienes públicos
En general, el Estado no mantuvo una infraestructura de transporte ni proveía agua a
la población. Dirks (1987) no menciona nada acerca de que el Estado invirtiera sus
ingresos o corvée en la construcción o en el manteamiento de los caminos y los puentes.
La construcción y el mantenimiento de los tanques y los sistemas de canales de irriga-
ción para la agricultura fueron organizados por las comunidades locales sin la partici-
pación del Estado. El Estado no hizo mucho para reducir la violencia ni los delitos en
la periferia, ya que mandó a los cervaikarar, con poder militar, a vigilar las regiones
(Dirks, 1987: 117). Pero el jefe de pueblo estaba encargado de capturar y castigar a los
criminales dentro su pueblo (Dirks, 1987: 281). Finalmente, el Estado proveía un
poco de alimento para la redistribución (Dirks, 1987: 166, 280). Primero, el rajá daba
concesiones de tierra a los templos y a las casas de acopio que distribuían comida a la
población. Por su parte, los cervaikarar poderosos tenían bodegas de cereal que usaban
para reducir las hambrunas durante las crisis. Mantuvieron casi mil personas por día,
la mayoría estaba a su servicio. El alcance de la redistribución fue limitado. En tiempos
de sequía, la gente abandonaba las áreas secas para irse a zonas que tenían tanques de
irrigación llenos. Durante las hambrunas, la gente se moría por miles y los cuerpos se
acumulaban en los caminos debido a la desesperación por escapar de la crisis (Dirks,
1987: 113).

Control de rector
El Estado Pudukkottai no tenía los controles institucionales sobre el comportamiento
del rey. El consejo del rey estuvo subordinado a él. La mayoría de los oficiales altos y
medios eran sus parientes y, en la jerarquia social, estaban debajo de él (Dirks, 1987).
Segmentación y acción colectiva: un acercamiento cultural-comparativo sobre la voz
y el poder compartido en los Estados premodernos 219

El Estado no tenía los instrumentos de control del rajá sobre los recursos materiales e
ideológicos. Vivía como ninguna otra persona de su sociedad, tenía el palacio más
grande y lujoso, que estaba ubicado en el centro de la capital; era adorado como un
dios vivo (Dirks, 1987: 167). El festival de Dasara se enfocaba ena procesiones y de-
vociones al rajá (Dirks, 1987: 167). Para cultivar su poder, el rajá mantenía a los
brahmanes de su reino para hacerlos sus clientes (Dirks, 1987: 130, 165). También él
estaba libre de un código moral que limitara su poder. No había ninguna estructura
institucional que pudiera hacer público su comportamiento.

FIGURA 6.4

Sureste asiático: Aceh

El periodo enfocado de Aceh es el siglo xix tardío (véase la figura 6.5). La formación
de los Estados en Sumatra del norte ocurrió en el siglo xvi, por lo general, bajo la in-
fluencia del islam (Reid, 1975). Entre 1520 y 1524, el sultán Ali Mughayat Syah
conquistó la costa norte y fundó Aceh (Reid, 1975). Aceh fue fundado al principio
220 Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

como un gobierno de puerto (port polity). Pero la reducción del intercambio durante
el siglo xvii forzó la intensificación local del cultivo de arroz, lo cual aumentó las ten-
siones entre los constructores del Estado y los mercaderes. Este cambio fomentó el
desarrollo rural y trajo cambios en el sistema político. El capital nacional perdió poder
y los subestados rurales aumentaron su poder.

El proceso de burocratización
Aceh no era burocrático, y tenía un sistema dominado por la atribución (Hurgronje, 1906:
88). El Estado se dividió en distritos relativamentes autónomos. Los jefes de los tres dis-
tritos más poderosos (las tres “esquinas” de Aceh Besar) se llamaban panglimas (Hurgron-
je, 1906: 272, 287; Reid, 1975). Los jefes de los otros distritos se llamaban ulèëbalang
(Hurgronje, 1906: 272, 287; Reid, 1975). El poder de los jefes de distrito era igual al
poder del sultán; así, el sultán no era más que el jefe del distrito central o capital (Hur-
gronje, 1906). Era tan débil, que su vida estaba en manos de los panglimas y los ulèëbalang.
Según Hurgronje (1906: 88), los ulèëbalang no reconocían una autoridad más
alta y heredaban sus posiciones. El sultán no tomaba parte en la ascensión de los
ulèëbalang ni designaba ni confirmaba a la persona en su posición por cartas patentes
(Hurgronje, 1906: 88). Los ulèëbalang parecían aumentar su poder atrayendo a los
vagabundos y criminales a su servicio, a cambio de tierra u otros incentivos selectivos
(Hurgronje, 1906: 176). Bajo el ulèëbalang, los jefes de gampong heredaban sus posi-
ciones, pero el primer jefe de cada linaje era designado por el ulèëbalang (Hurgronje,
1906: 64). El ulèëbalang y sus partidarios registraban y recolectaban impuestos dentro
de su territorio (Hurgronje, 1906: 116-117). Los ingresos recolectados quedaban en
el territorio local y no se enviaban al sultán.

Ingresos
Durante el periodo enfocado, Aceh no tenía una política uniforme de ingresos. La
mayoría de los ingresos del sultán eran de fuentes externas (Hurgronje, 1906: 126-
127). Los ingresos del sultán provenían del control de la renta del puerto de Banda
Aceh y de los gobiernos más pequeños que había conquistado durante un periodo
anterior y que continuaban pagando algo de tributo. La tarifa de los artículos impor-
tados era de 5% para los importadores extranjeros, y de 2.5% para los importadores
nativos (Hurgronje, 1906: 117). Durante los periodos anteriores, el rector tenía cierto
control de la tierra ubicada frente al río, que era cultivada por sus sirvientes, posterior-
mente toda la tierra fue usurpada por los ulèëbalang (Hurgronje, 1906: 120-122, 286).
Los ulèëbalang recolectaban impuestos de los mercados, con una tasa variable entre los
Segmentación y acción colectiva: un acercamiento cultural-comparativo sobre la voz
y el poder compartido en los Estados premodernos 221

distritos. Ellos tenían corvée e impuestos de las ventas de campos de arroz (Hurgronje,
1906: 116-118). También poseían mucha tierra para cultivo (Hurgronje, 1906: 286)
y recolectaban cuotas de los barcos que pasaban por los ríos (Hurgronje, 1906: 117).
Todos los ingresos que ellos recolectaban se destinaron para usarse dentro del distrito
y parece que no existió un sistema centralizado de ingresos.

Bienes públicos
El Estado no ofrecía ningún bien público (Hurgronje, 1906). No había construcción
ni mantemiento de caminos ni puentes (Hurgronje, 1906: 163). La mayoría de la
agricultura era de temporal; el Estado no invirtió en sistemas de irrigación ni de agua
potable (Hurgronje, 1906). La construcción y el mantenimiento de los tanques de
agua se organizaban por los gamponges. Los acehenses no tenían policía ni una infraes-
tructura judicial (Hurgronje, 1906: 77-79, 84). Los delitos contra un miembro de un
gampong, cometido por un miembro de otro gampong, llevaron a conflictos sangrien-
tos. El gampong atacado organizaba a sus miembros para lanzarse contra el gampong
agresor. Si un gampong de un ulèëbalang, o uno de sus clientes era atacado, él partici-
paría en el ataque de represalia. De esta manera, el Estado ayudaba a intensificar la
enemistad heredera y la violencia dentro sus fronteras. Finalmente, no había evidencia
de que el Estado hubiera participado en la redistribución de alimento.

Control del rector


Aceh no tenía los controles institucionales sobre el comportamiento de los sultanes
(Hurgronje, 1906). El sultán era libre de límites morales y económicos. No existió una
estructura institucional que hiciera público su comportamiento. El islam ofrecía algu-
nos límites sobre el control de los recursos ideológicos, porque el sultán no tomaba
parte en las actividades religiosas y no tenía control sobre los oficiales religiosos.
Pero la competencia política reducía considerablemente su poder, que estaba a
merced de los jefes poderosos (Hurgronje, 1906). Ellos lo podían quitar cuando qui-
sieran y a veces cambiaban la dinastía completa (Hurgronje, 1906: 132, 138). Pero
estas actividades no fueron conducidas bajo un sistema legal que monitoreara el com-
portamiento de los rectores y dividiera el poder por estrategias colectivas. Estas activi-
dades fueron resultado del poder bruto de un sistema muy segmentario, en el cual los
jefes de los distritos dominaron el sistema político en lugar del rey.
222 Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

Sureste asiático: Bali

Resumiremos la historia y el periodo estudiado por Schoenfelder (2000) y Geertz


(1980). El periodo se enfoca en el gobierno de Mengwi reactivado (1823-1871) (véa-
se la figura 6.6). Mengwi es la Corte semiautónoma mejor descrita de este periodo.
Bali fue la última área en el archipiélago de Indonesia donde aún quedaba el sistema
cultural hindú. Después de la invasión y el control de Java, entre 1284 y 1343, se
fundó en Klungkung un Estado unido e independiente (Negara). Pero a mediados del
siglo xvii el Estado fragmentó los gobiernos semiautónomos y quedó como segmentario
hasta la conquista holandesa en 1906. Klungkung fue la capital simbólica, junto con
otros centros poderosos en Badung, Karengasem, Tabanan, Mengwi, Bangli, Lombok,
Gianyar, Jembrana y Bulèlèng.

FIGURA 6.6
Segmentación y acción colectiva: un acercamiento cultural-comparativo sobre la voz
y el poder compartido en los Estados premodernos 223

El proceso de burocratización
El territorio central fue organizado por una jerarquía sencilla de oficiales (mekel y sedahan
[recolector de impuestos]) que el rector controlaba (Schulte Nordholt, 1996: 120-122,
145-147), pero el poder de los rectores no se extendió fuera del territorio central (Schul-
te Nordholt, 1996: 120-122, 145-147). En el caso de Mengwi, el centro era circundado
por cuatro territorios periféricos poderosos e independientes que fueron gobernados por
los manca agung (grandes señores). Fuera de los cuatro territorios mayores había varios
territorios autónomos más pequeños y menos poderosos, y cada uno tenía su puri (jefe
de territorio). Cada una de las periferias tenía su propia jerarquía: los puri, mekel y seda-
han. El rector no tenía control sobre la designación de los jefes periféricos.

Ingresos
Las fuentes de ingresos más importantes fueron las externas. El puri y el rector poseían
campos especiales donde recolectaban las rentas de los inquilinos (Schulte Nordholt,
1996: 129-130). La renta de esos campos era recolectada por el sedahan, y los jefes
periféricos se quedaban con todos los ingresos de su territorio para su uso personal y
no mandaban ingresos al rector (Schulte Nordholt, 1996: 129-130). El rector y algu-
nos jefes tenían ingresos por los impuestos de los puertos y por el intercambio inter-
nacional (el trafico de opio) (Schulte Nordholt, 1996: 38-39, 97-99, 126). Había un
impuesto por cosechar arroz, que era recolectado por las sociedades de irrigación y por
los templos; el Estado no recibía ningún beneficio de este impuesto (Geertz, 1980;
Schulte Nordholt, 1996).

Bienes públicos
El Estado no construyó ni mantuvo caminos ni puentes (Geertz, 1980: 48). Las aldeas
estaban encargadas de su construcción y mantenimiento sin el apoyo del Estado. En-
contramos que el Estado no participaba en la construcción ni en el mantenimiento
del sistema complejo de irrigación (Geertz, 1980; Schulte Nordholt, 1996). El subak
(sociedad local de irrigación) y el templo manejaban su construcción y su manteni-
miento. Además, el subak desarrollaba un sistema complejo de acción colectiva para
estimular la participación de los productores de arroz en el sistema cooperativo de
irrigación. Fuera del territorio central, el Estado hacía poco para controlar la violencia,
y en el centro, no invertía mucho para mantener la paz (Schulte Nordholt, 1996: 40-
41, 133). Hay poca evidencia de que el Estado proveyera el alimento diario a la gente
por medio de la redistribución. Pero el Estado construía templos e invertía en benefi-
cio de la sociedad en general (Schulte Nordholt, 1996: 133).
224 Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

Control del rector


Hay poca evidencia del control sobre el rector. Los rectores eran adorados como dioses
vivos y monopolizaban los recursos ideológicos (Geertz, 1980: 105,124). El puri real
de Mengwi era el palacio más elaborado y grande en el reino de Mengwi (Schulte
Nordholt, 1996: 81). Bali no tenía una estructura institucional para monitorear o
castigar al rector por un comportamiento desviado de la norma esperada o constitu-
cional. Pero, como otros Estados segmentarios, el poder de los rectores fue limitado al
territorio central y los jefes autónomos y poderosos pudieron atacar a los rectores (el
rey) (Schulte Nordholt, 1996: 145-147).

África: Tio

El periodo al que nos referimos se ubica en el siglo xix, 1899 (Vansina, 1973) (véase
la figura 6.7). El reinado de Tio fue fundado casi en 1507. Durante su historia tem-
prana, la actividad económica más importante era el intercambio de esclavos, que
disminuyó en el siglo xix y fue suplantado por el de marfil. Durante su historia, Tio
fue descentralizado y el rey tenía poco poder. Los jefes poderosos peleaban para con-
firmar su poder dentro el Estado.

FIGURA 6.7
Segmentación y acción colectiva: un acercamiento cultural-comparativo sobre la voz
y el poder compartido en los Estados premodernos 225

El proceso de burocratización
La atribución y las batallas eran importantes en la designación de los oficiales (Vansi-
na 1973: 322-337). El rey era asistido por tres oficiales mayores que trabajaban dentro
el territorio central (Vansina, 1973). Fuera de éste, los jefes poderosos competían por
el poder. La mayoría heredaba su posición de su padre o hermano mayor, pero algunos
reclamaban el control de un distrito por la fuerza y luego buscaban la certificación del
rey (Vansina 1973: 322-337). Bajo el mando de esos jefes estaban los terratenientes,
que eran jefes de subdistritos y normalmente vivían en el pueblo más grande de su
subdistrito (Vansina, 1973: 322). De nuevo, su posición era heredada pero su poder
era limitado. El nivel más bajo era el jefe de pueblo, que heredaba su posición (Vansi-
na, 1973: 75), normalmente fungía como cabeza de una familia extensa y daba su
nombre al pueblo. Los terratenientes recolectaban los impuestos y el tributo (Vansina,
1973: 397-399) y tenían derecho a la mitad de los ingresos antes de mandarlos al jefe
local, y los jefes locales tomaban su parte antes de enviarle el resto al rey.

Ingresos
Tio era dominado por fuentes externas de ingresos. El rey obtenía algunos ingresos,
como el tributo que se recolectaba una vez por año en especie (Vansina, 1973: 397-
399). La mayoría de los ingresos del rey y de los jefes provenía de su control y de los
impuestos sobre el intercambio internacional (los esclavos y el marfil, especialmente)
(Vansina, 1973: 261-262, 294, 300-301, 310, 336, 434-435, 460-461). El rey man-
daba a los oficiales a “La Piscina” (el mercado internacional) para recolectar el impues-
to del mercado. También había cuotas sobre los bienes que atravesaban el reino por
tierra. El rey y sus jefes tenían un monopolio parcial sobre el intercambio de los escla-
vos y el marfil. Tenían preferencia en los mercados y usaban a sus agentes y mozos
para mover sus bienes a los mercados que estaban ubicados fuera del Estado.

Bienes públicos
El Estado no ofreció bienes públicos para fomentar la conformidad en la recolección
de tributo. Tampoco invertía mucho en el transporte o la irrigación (Vansina, 1973:
5-7, 391, 483). La violencia y los feudos eran comunes dentro del territorio del Esta-
do (Vansina, 1973: 259, 315, 317, 335, 339). Los pueblos asaltaban otros pueblos,
los jefes asaltaban otros jefes. La mayoría de los conflictos se resolvían violentamente,
sin la participación del sistema político. Los grandes jefes reforzaban sus sitios y casas
para protegerse de los ataques. Los jefes y el rey controlaban la violencia dentro de sus
pueblos y la gente vivía cerca de un jefe para tener algo de protección contra los ataques
226 Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

externos (Vansina, 1973: 336). Finalmente, el Estado no participó en la redistribución


de alimento. Hay evidencia de que los jefes daban a algunas personas comida diaria
pero el número de unidades domésticas y personas beneficiadas no queda claro (Van-
sina, 1973: 335).

Control del rector


El sistema político de Tio no limitó el control de los recursos materiales e ideológicos
del rey. El rector recibía su poder de un espíritu machista y poderoso que legitimaba
completamente su gobierno (Vansina, 1973: 374). El rey trabajaba con un Consejo,
pero los miembros no tenían poder alguno sobre las decisiones del rey (Vansina, 1973:
321). El rey estaba libre de un código moral y actuaba como quería, la única limitación
era que su poder no aplicaba fuera del territorio real, como en todos los otros Estados
segmentarios (Vansina, 1973: 259, 315, 317, 332, 335, 339).

Discusión

Lo que intentamos mostrar con estos breves ejemplos es que los Estados que tienen las
características segmentarias son Estados no colectivos. El modelo de acción colectiva
propone una relación entre los ingresos internos (o mezclados), los bienes públicos, la
burocratización y el control del rector (véase la figura 6.1). En general nuestros datos
(Blanton y Fargher, 2008) indican que existe una relación fuerte entre estas complejas
variables (véase la tabla 6.1). Con respecto a todos los casos en nuestro estudio, aqué-
llos cuya organización mostraba rasgos segmentarios mostraron menor colectividad
(véase la tabla 6.2). Lo más importante con respecto a la segmentación es la fuerte
relación entre el proceso de burocratización y el control del rector. Esto significa que,
por lo general, los Estados segmentarios no tienen estrategias de poder compartido (o
poder colectivo, heterárquico y orientado a grupos). En otras palabras, estos Estados
son muy excluyentes (Blanton, 1998; Blanton et al., 1996) y las características seg­
mentarias se desarrollan en una arena política competitiva, jerárquica e individualista.
Además, esta competencia toma una forma violenta y fomenta con mucha frecuencia
la guerra dentro de las fronteras del Estado (guerra civil). Los rectores tienen la ten-
dencia a invertir sus ingresos en el consumo conspicuo, en los incentivos selectivos
para reclutar clientes (muchas veces clientes militares) y para mantener sus altas posi-
ciones. No invierten en los bienes públicos ni aceptan límites sobre su poder para fo-
mentar la conformidad en la recolección de los impuestos. La dependencia en las
relaciones personales y los incentivos selectivos tiene un impacto fuerte en el sistema
Segmentación y acción colectiva: un acercamiento cultural-comparativo sobre la voz
y el poder compartido en los Estados premodernos 227

político. En consecuencia, el área de control de un jefe es pequeña y en estos Estados


se desarrollan muchos distritos semiautónomos. Podemos contrastar estos casos con
los sistemas más colectivos (los casos que tienen una calificación más alta de acción
colectiva en la tabla 6.2), que tienen estructuras institucionales que fomentan el poder
compartido (el proceso de burocratización, el control del rector y los bienes públicos).

Viejo Mundo

En el Viejo Mundo se desarrollaron dos formas de acción colectiva y control del rector.
En Europa mediterránea y Mesopotamia, después del tercer milenio a. C., los rectores
construían un sistema que estaba enfocado en un consejo gobernante (Astin, 1989;
Hansen, 1999; Lane, 1973; Norwich, 1982; Potter, 1987; Taylor, L., 1966; Van de
Mieroop, 1997), que manejaba las posiciones en todos los niveles de la administración
y en la cúspide del gobierno. El poder estaba divido horizontalmente entre muchas
personas que gobernaron por consenso, con fuertes códigos morales y legales que
controlaban sus actividades. En Asia, a través de muchos siglos, el desarrollo de China
culminó en una burocracia basada en un sistema de mérito y una ideología igualitaria
con las dinastías Sung (o Song) y Ming (Creel, 1964; 1970; Elvin, 1973; Ho, 1962;
Hsu, 1999; Hucker, 1998).

México Central

En el altiplano central, los rectores desarrollaban un sistema que mezcló el gobierno


de consejo con la burocracia como parte de sus estrategias colectivas. En la Triple
Alianza, el sistema político estuvo divido entre una sección legislativa y una sección
judicial-administrativa-militar. El poder supremo permanecía en un consejo de go-
bierno (tlatocan) que incluía miembros de diferentes sectores sociales. Las decisiones
eran tomadas por consenso y los miembros podían hablar libremente y ninguna per-
sona (por ejemplo, huey tlatoani) podía dominar el Consejo.
El tlatocan (consejo imperial) gobernaba la Triple Alianza. El tlatocan interno in-
cluía: tres tlatoque imperiales, un cihuacoatl y cuatro primeros ministros (por lo menos
uno de ellos no era un miembro de la nobleza hereditaria) (Durán, 1994; Van Zantwi-
jk, 1985: 111-112, 117). El tlatocan externo constaba de los miembros del consejo
interno, más los altos oficiales imperiales y los jefes de los calpultin (Durán, 1994: 208,
209, 253; Van Zantwijk, 1985: 117-19; Offner, 1983 para el caso de Texcoco). El
tlatocan hacía política gubernamental, decidía casos militares y diplomáticos y tenía el
228 Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

poder de castigar, denunciar o ejecutar a los altos oficiales, como el huey tlatoani, por
corrupción o por fallar a sus obligaciones. Había un consejo del cihuacoatl de quince
miembros, un consejo de Acolhuacan y otros consejos en los niveles bajos (Davies,
1987: 117; Offner, 1983: 56-57, 60, 83, 155, 157, 161; Van Zantwijk, 1985: 120,
121, 122). La presencia de plebeyos (los contribuyentes) en los consejos de Acolhuacan
está bien documentada (Offner, 1983).
Debajo de los consejos, las responsabilidades administrativas se dividían entre los
oficiales, a fin de limitar el grado en el cual una persona podía consolidar su poder. Un
patrón común de los mexicas era la división de la administración externa e interna
entre dos departamentos. El jefe de la administración externa (tlatoani o tlacochcalcatl)
estaba encargado de las relaciones interalteptl, tales como las operaciones militares y
la diplomacia (Lockhart, 1992; Van Zantwijk, 1985). El jefe de la administración
interna (cihuacoatl) supervisaba los sistemas judiciales y administrativos (Lockhart,
1992; Van Zantwijk, 1985). Las confederaciones aztecas subdividieron estas respon-
sabilidades, el huey tlatoani de Tenochtitlan era el jefe externo supremo y el tlatoani de
Texcoco era el cihuacoatl supremo (Fargher y Blanton 2007). El tlatoani de Tacuba
compartió el poder con el huey tlatoani, como su suplente, y estaba encargado de las
responsiblidades especiales de diplomacia. El cihuacoatl de Tenochtitlan compartió el
poder con el tlatoani de Texcoco, como su suplente, y estaba encargado de la adminis-
tración y de lo judicial del territorio Tenochca-Tepaneca.
La estructura burocrática de los aztecas incluía la selección abierta y competitiva
a través de los sectores sociales (Davies, 1987: 114, 115; Durán, 1971: 137-138; Hir-
th, 2000: 254, 260; Offner, 1983: 111-112; Van Zantwijk, 1985: 123, 216, 275-276).
La nobleza no tenía una garantía de selección. Los oficiales eran remunerados con los
appenages (el terreno prestado por el Estado para pagar su sueldo), que eran reasumidos
por el Estado cuando terminaban las plazas (Hicks, 1978; Offner, 1983: 132, 136;
Van Zantwijk, 1985: 284; Zorita, 1994: 124-125). En la administración azteca los
oficiales ocupaban cargos de bajo nivel por uno o dos años (Van Zantwijk, 1985: 91).
Los aztecas preparaban oficiales para su cargo en escuelas especiales (calmecac) (Offner,
1983: 111-112; Van Zantwijk, 1985: 110, 114, 144). El Estado podía monitorear,
investigar y castigar a los oficiales corruptos (Davies, 1987: 118; Offner, 1983: 155,
242, 251; Zorita, 1994: 128). Hay evidencia de que la especialización y la jerarquía
de los puestos de bajo nivel incluían a los policías (topile), jueces, jueces de apelación,
varios niveles de recolectores de impuestos y corvée e investigadores de impuestos
(Davies, 1987: 114; Lockhart, 1992: 41-43, Offner, 1983: 111-112; Van Zantwijk,
1985: 216, 275-276). Las altas plazas tenían grados, y a veces incluían una mezcla de
responsabilidades (Davies, 1987; Van Zantwijk, 1985).
Segmentación y acción colectiva: un acercamiento cultural-comparativo sobre la voz
y el poder compartido en los Estados premodernos 229

Los agentes eran monitoreados, los oficiales meritorios eran ascendidos y los ofi-
ciales corruptos eran destituidos o castigados. El sistema también incorporó una jerar-
quía precisa de apelación en la que los contribuyentes podían demandar a los oficiales
y en la que se trataba a las personas como iguales, sin tener en cuenta su estatus social
(por ejemplo, macehualli contra pilli) (Davies, 1987: 119; Offner, 1983; Van Zantwi-
jk, 1985: 280; Zorita, 1994: 126). Los rectores etaban subordinados a los consejos
gobernantes y debían cumplir sus acuerdos.
En este Estado del altiplano se enfatizaron la burocratización, el gobierno colec-
tivo y los bienes públicos porque los constructores del Estado querían recolectar in-
gresos internos. La construcción de los consejos y la burocratización proveyeron una
estructura institucional en la que la voz de los contribuyentes era analizada y ­encausada,
y lo cual conducía a una distribución del poder entre muchas personas de diferentes
sectores sociales.

Conclusión

Concluimos que los sistemas colectivos, como la Triple Alianza, dividen el poder mu­
cho más que los sistemas segmentarios. La integración, el proceso de burocratización
y el gobierno de consejo son aspectos importantes del poder compartido y no son
importantes para los Estados segmentarios. Estos sistemas tienden a tener menos vio-
lencia y conflicto abierto entre sus fronteras que los sistemas segmentarios (pero esto
no significa que la intriga política y los asesinatos nunca ocurrieran). Contrariamente,
la naturaleza individualizante de las organizaciones segmentarias (excluyentes [­Blanton,
1998; Blanton et al., 1996]), que enfoca las fuentes de poder en las personas, actúa
como un excelente impedimento del poder compartido.

Agradecimientos

Nos gustaría agredecer a National Science Foundation (Grant 0809643-BCS) y Pur-


due University por su apoyo económico y logístico para el proyecto de acción colecti-
va en los Estados premodernos. También agredacemos a las doctoras Flor Arcega
Cabrera, Susana Pérez Medina y Verenice Y. Heredia Espinoza por su apoyo en la re-
dacción del capítulo en español. Sin embargo, cualquier error u omisión es responsa-
bilidad exclusiva de los autores.
230 Lane F. Fargher y Richard E. Blanton

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Capítulo 7
Estructura político-territorial y organización gubernamental
en las formaciones estatales tempranas de China

Walburga Wiesheu
Escuela Nacional de Antropología e Historia

Lo que necesitamos hacer es comenzar con comparaciones más manejables,


con un grado considerable de concreción histórica, sensibles a las variaciones
en funciones o procesos comparables y a cómo las totalidades difieren.
En esta etapa necesitamos moldes teóricos frágiles, hechos de arcilla blanda,
más que de acero duro, los cuales se adaptan a la variedad de la evidencia
y se rompen cuando no encajan.
Susanne H. Rudolph (1987: 738)

Introducción

A partir de la crítica posprocesual a las tipologías neoevolucionistas, las etapas de or-


ganizaciones sociopolíticas complejas como la del Estado han sido consideradas cate-
gorías analíticas demasiado amplias y generales. Al mismo tiempo, la mayoría de sus
rasgos definitorios, formulados principalmente con base en el Estado nación moderno
que surgiera en Occidente, tales como son los referidos a la existencia de un monopo-
lio de fuerza detrás de un aparato estatal represivo, una estructura burocrática racio-
nalizada, un aparato legal formal, una soberanía territorial como sustitución de la
base del parentesco, así como una rígida estratificación social del tipo clasista, han sido
difíciles de documentar en los casos empíricos de las primeras formaciones estatales
que se configuraron en las civilizaciones antiguas del Viejo y del Nuevo Mundo.
El que se haya cuestionado, sobre todo, la existencia de una jerarquía monolítica
en varias secuencias regionales en que surgieron sociedades complejas del tipo estatal,
ha conllevado a que, frente a las visiones unitarias de Estados fuertes con un alto grado
de centralización política y económica, actualmente estén gozando de gran populari-
dad las formulaciones de modelos de entidades políticas débiles referidas a las del tipo
segmentario, teatral y galáctico. Con respecto a éstos se han destacado aspectos, como
el predominio de una soberanía ritual junto con una estructura gubernamental des-
centralizada que opera sobre una débil base territorial y en la que persiste la importan-
cia de los vínculos de parentesco. En la misma tónica se ha llamado la atención sobre
aquellas configuraciones sociopolíticas en que existen esquemas de organización

237
238 Walburga Wiesheu

heterárquicos,1 o en las que la toma de decisiones muestra elementos democráticos con


ciertos tintes igualitarios, tal como sería el caso de los sistemas de ciudades-Estado, en
tanto tipo estatal inspirado en las polis griegas e inferido también para la civilización
sumeria en Mesopotamia, donde al lado de los monarcas, como gobernantes supremos,
existieron otros órganos, como las asambleas ciudadanas y los consejos de ancianos.
Entre las aproximaciones más flexibles que se han impuesto en el estudio de los
Estados tempranos, también se ha hecho hincapié en que sus variedades organizativas
responden a la existencia de relaciones de poder fluctuantes y contingentes, en cuyo
marco los actores involucrados emplearon diferentes estrategias para tener acceso o
mantenerse en el poder, propósito para el cual éstos además tendían a recurrir a diferen-
tes fuentes de poder. En tal paisaje político, más bien dinámico, heterogéneo y compe-
titivo, los actores centrales se toparon asimismo con límites en sus intentos de extender
el dominio sobre las esferas sociales distintivas; así es cómo se configuraron diversos
arreglos institucionales que también incluyen esquemas de un poder compartido, lo que
sería el caso de formas corporativas u oligárquicas de gobierno que Fargher y Blanton
(véanse en este volumen) contraponen a una organización del tipo segmentario.
En general cabe apuntar que los esfuerzos encaminados a delinear la variabilidad
de las configuraciones organizativas del Estado tradicional y premoderno han genera-
do una proliferación de clasificaciones con rubros estatales diferentes, establecidos a
partir de casos arqueológicos, etnohistóricos o etnográficos de diversas partes del mun-
do y planteados éstos, la mayoría de las veces, como constructos dicotómicos, de la
misma manera que con frecuencia han sido aplicados de modo mecánico a otras ins-
tancias, abusando, por demás, del método comparativo, ya que tales estudios intercul-
turales no siempre se han realizado sobre la base de etapas homotaxiales. Aun así,
partimos de que las diversas categorías propuestas para dar cuenta de la diversidad
estatal en casos particulares no forzosamente deben de ser vistas como tipos mutua-
mente excluyentes, ya que se podría considerar que su formulación obedece a criterios
variados (véase el cuadro 7.1), tal como lo habíamos planteado, por ejemplo, en rela-
ción con el Estado que se configuró en Teotihuacan durante el Clásico mesoamericano
(Wiesheu y Castañeda Leaños, 2005; Wiesheu, 2010b), y este mismo tipo de ejercicios
se podría hacer también para otras áreas en el mundo.

1 Tales arreglos se observan cuando: “[…] los elementos no son jerarquizados o cuando poseen el
potencial de volverse jerárquicos en una serie de maneras diferentes” (Crumley, 1995: 3 en Stein,
1998). Cabe señalar que tal noción de heterarquía en realidad no se opone o niega la idea de jerarquía,
pero parte de que las jerarquías sociales no son fijas, sino que dependen de situaciones específicas y se
pueden reconfigurar de manera dinámica en maneras diferentes (Seibert, 2008).
Estructura político-territorial y organización gubernamental
en las formaciones estatales tempranas de China 239

CUADRO 7.1

Variable Tipo de Estado Autores

Forma de gobierno Estado teocrático, militarista,


democrático, monárquico
oligárquico, etcétera.
Contexto de formación Primario / secundario Morton Fried
Prístino Barbara Price
Arcaico Walburga Wiesheu
Joyce Marcus
Desarrollo del aparato estatal Estado temprano Henri Clacssen et al.
embrionario
típico
maduro
Integración territorial Ciudades-Estado Thomas Charlton
Territorial (regional) Deborah Nicholson
o Estado-pueblos Bruce G. Trigger
Charles Maisels
Grado de centralización Estado despótico (MPA) Karl Marx
o unitario / segmentario Wittofogel
Estado galáctico Aidan Souithall
Estado Teatral John Fox
Stanley J. Tambiah
Clifford Geertz
Tamaño o escala territorial Microestado (segmentario) Olivier de Montollin
Mesoestado (ciudad-Estado)
Macroestado (territorial)
Grado de demarcación Estado hegemónico Ross Hassig
de fronteras Estado territorial
Estrategias de control político Imperio hegemónico Katharina K. Schreiber
Imperio territorial
Estrategias de comportamiento Estado corporativo Richard E. Blanton
Político-económico Estado con estrategias de redes Gary Feinman
Stepehn Kowalewski
P. Peregrine
Linda Rosa Manzanilla Naim
Etnocategorías Hesp o nomos (Egipto) John Murra
Altepetl (azteca) Joyce Marcus
Cuchabalob (maya)
Polis (Grecia)
Curacazgos (Perú)

China, hasta hace poco, se encontraba prácticamente ausente en los estudios de


comparación intercultural de las formaciones estatales y urbanas constituidas en las
civilizaciones tempranas, lo que se debe principalmente al difícil acceso que tienen los
240 Walburga Wiesheu

investigadores occidentales a la información arqueológica producida en ese país y


publicada en su mayoría en idioma chino. Sin embargo, a partir de la abertura gene-
rada en el ámbito de la investigación arqueológica en China desde la década de 1990,
misma que incidió en la realización de proyectos de colaboración con instituciones
extranjeras y la en que sobresalen aquellos consistentes en estudios regionales del pa-
trón de asentamiento,2 han salido a la luz una mayor cantidad de publicaciones en
inglés; a ello cabe agregar que cada vez más arqueólogos chinos están emprendiendo
estudios de posgrado en otros países, mediante los cuales se han familiarizado con las
perspectivas teóricas y metodológicas en boga en la arqueología mundial, y que, por
su parte, varias instituciones chinas están haciendo un gran esfuerzo por difundir en
el extranjero los resultados, tanto de investigaciones importantes como de recientes
descubrimientos claves.
No obstante, en lo concerniente al carácter de los primeros Estados en China, han
resultado poco satisfactorias las aplicaciones de categorías teóricas derivadas de la pro-
liferación de tipologías estatales propuestas por diversos autores para documentar la
variación de sus configuraciones en las civilizaciones antiguas. Destaca en este contex-
to que modelos, incluso opuestos, como los de tipos de Estados fuertes y de Estados
débiles, han sido usados para categorizar la organización política, principalmente de
las dinastías de Shang (de los siglos xvi al xi a. C.) y de Zhou (del siglo xi al año 221
a. C.). Es así como la formación estatal, ya bastante desarrollada del periodo Shang,
calificada en ocasiones de anómala (véase Price, 1995), ha sido clasificada al mismo
tiempo como del tipo de una ciudad-Estado (por ejemplo, Yates, 1997), Estado seg
­mentario (Southall, 1993 en Keightley, 1999; Southall, 1999; Keightley, 2000),
­Estado patrimonial y teocrático (Wheatley, 1971) o galáctico (Yates, 1997; Rudolph,
1987), así como de Estado territorial (Trigger, 1995) o Estado-pueblo (village-state)
(Maisels, 1990).3 Cabe agregar aquí que, más allá de tales aproximaciones tipológicas

2 En cuyo contexto, métodos y técnicas de recorridos sistemáticos de superficie ensayados en Meso­


américa y Mesopotamia fueron llevados a China; véase, para un panorama general de tales estudios
del patrón de asentamiento a nivel regional junto con sus resultados más sobresalientes, a Liu y Chen
(2001).
3 A diferencia de tales clasificaciones hechas por autores occidentales, siguiendo esquemas del evolu­
cionismo clásico de Morgan, Marx y Engels, los historiadores y arqueólogos chinos han tendido a
delinear el Estado configurado en la China antigua como una confederación tribal o “democracia
militar” (bangguo), un Estado esclavista, o también de un Estado arcaico (guguo) (Instituto de Arqueo­
logía y Centro de Investigaciones sobre Civilizaciones Antiguas, Academia de Ciencias Sociales de
China. 2003), al tiempo que han desechado el que hayan existido ciudades-Estados al estilo de las
polis griegas, o de un Estado unitario y despótico, en los términos de un modo de producción asiático;
otros, por su parte, al retomar denominaciones que figuran en las fuentes históricas tempranas, han
hablado de un Estado regional (fangguo), o han propuesto una evolución desde un Estado confederado
Estructura político-territorial y organización gubernamental
en las formaciones estatales tempranas de China 241

con respecto a las caracterizaciones de los Estados tempranos en China, en recientes


apreciaciones críticas de tales perspectivas, consideradas ahora funcionalistas, acorde
a tendencias actuales en el estudio de sociedades complejas tempranas al nivel de la
arqueología mundial, se empieza a visualizar un paisaje político mucho más dinámico
configurado por redes materiales y discursivas que constituyen diferentes esferas de la
autoridad, en particular en lo que representa la organización estatal secundaria de la
dinastía Shang (véase Campbell, 2007).

La organización sociopolítica Shang:


¿Estado secundario del tipo segmentario?

La discusión sobre la naturaleza de la organización estatal de Shang que, de acuerdo


con las fuentes históricas tradicionales conservadas aproximadamente desde el siglo vi
a. C., constituyó la segunda dinastía de China desde el periodo denominado en los
mismos textos antiguos como el de las “Tres Dinastías” (San Dai),4 y el cual coincide
con la Edad del Bronce, gira principalmente en torno de su estructura político-terri-
torial. En efecto, categorías analíticas, incluso opuestas, como las de una ciudad-­Estado
o de un Estado territorial resultan poco adecuadas en su caracterización, mismas que,
tal como señalan Liu y Chen (2006), se basan en su mayoría en los documentos escri-
tos posteriores así como en información arqueológica obsoleta obtenida antes de los
años ochenta del siglo pasado. También coincido con estos autores cuando plantean
que, entre los modelos empleados, el Estado Shang se apega más al de un tipo seg­
mentario,5 sobre todo en lo que concierne a su etapa tardía (circa 1250-1046 a. C.),

en la etapa predinástica (bangguo), a un Estado monárquico (wangguo) en las primeras tres dinastías,
y de allí a un Estado imperial (diguo) (véanse Liu Qingzhu, 2005; Wang Wei, 2006;) conformado éste
último a partir de la unificación lograda en el siglo III a.C. por el primer Emperador en la dinastía
Qin y con una elaboración notable de su estructura política y administrativa a partir del Imperio Han.
Viene al caso hacer hincapié en que es a partir de Qin y Han que podemos hablar de la existencia de
un monopolio de fuerza, de códigos legales formales y del desarrollo de una estructura burocrática en
los términos señalados por Max Weber.
4 Estas tres dinastías son las de Xia, Shang y Zhou, que abarcan de los siglos xxi al xi a. C.; en realidad
la Edad del Bronce sólo se extiende hasta Zhou occidental (1046-771 a. C), ya que en Zhou oriental
se introduce el hierro.
5 Definido éste por Aidan Southall (1999: 31) como un tipo de Estado en que “[...] las esferas de la
supremacía ritual y de la soberanía política no coinciden. La primera se extiende ampliamente hacia
una periferia flexible y cambiante. La última está confinada al dominio central, al núcleo”. Tal sobe­
ranía ritual, que junto con una configuración socio-territorial, a modo de círculos de un poder
menguante, es compartida por un Estado segmentario con otras entidades políticas descentralizadas,
242 Walburga Wiesheu

en la que la ciudad de Anyang fungió como su última capital y en la que, al parecer, se


contrajo bastante el territorio dominado por los monarcas Shang en su calidad de
gober­nantes supremos. En este contexto, y aunado a la persistente importancia de las
relaciones de parentesco,6 la base territorial del Estado Shang era débil. Su control
directo debe de haberse restringido al dominio real dentro del “núcleo Shang” en el
curso medio del río Amarillo, mientras que la influencia cultural de su civilización,
patente en la amplia distribución regional de los bronces, llegó mucho más allá de su
área central. De allí cabe asumir que los sitios culturalmente Shang no forzosamente
lo eran en términos políticos (Keightley, 1999). No se pueden delinear sus fronteras,
que probablemente eran bastante fluidas y dependían del éxito logrado en alianzas
estratégicas.
De los datos arqueológicos y las inscripciones sobre huesos oraculares que forman
parte del archivo real de la corte Shang en su última etapa, se ha inferido que más allá
del territorio gobernado directamente de una “zona interior” (neifu), y quizás también
de diversas dependencias referidas a una “zona exterior” (waifu), se encontraban las
áreas de entidades regionales que acaso habían logrado hacerse independientes7 junto
con aquellas agrupaciones encabezadas por jefes leales a los soberanos Shang, y alrede-
dor de estas unidades se ubicaban, a su vez, las zonas de pueblos enemigos considera-
dos bárbaros por los Shang, y de quienes éstos procuraban víctimas para sus prácticas
masivas de sacrificios humanos (véase la figura 7.1).
El destacado sinólogo David Keightley (1979-1980: 33 en Yoffee, 2005: 98) había
comparado tal paisaje político regional con un queso suizo que está “[...] lleno con

como las teatrales y galácticas, sugeridas con base en los reinos tradicionales del sureste de Asia, en
palabras de Rudolph (1987: 740), designa “[...] actividades culturales, símbolos, y procesos que no
obstante la ausencia de mecanismos instrumentales crean un dominio, un reino. La soberanía ritual
tiene aspectos ceremoniales, estéticos y arquitectónicos, así como elementos fundados históricamente
y perpetuados mediante la genealogía”.
6 Es sintomático aquí el que, dada la importancia de los grupos de parentesco en la China antigua,
etnólogos como Elman Service, en su estudio comparativo ya clásico del origen del Estado y la civi­
lización, hayan dudado de la existencia de una organización de carácter estatal; al respecto, autores
como Keightley (l983 en Yoffee, 2005) han hecho hincapié en que el linaje incluso constituía la fuente
de la autoridad real, tanto para el gobierno como para la religión, y, de hecho, se puede señalar que la
estructura familiar y de parentesco de las dinastías Shang y Zhou, en combinación con el culto a los
antepasados, se convirtieron en la base de la estructura social de la China tradicional (véase Yates,
1997; Yoffee, 2005).
7 El que algunas entidades hayan logrado su independencia se puede deducir del hallazgo en recientes
fechas de tumbas de cuatro rampas (a manera de imitación de las tumbas reales en la capital dinástica
de Anyang), en otros centros locales, junto con el de huesos oraculares “no reales” (Instituto de
Arqueo­logía de la Academia de Ciencias Sociales, 2003).
Estructura político-territorial y organización gubernamental
en las formaciones estatales tempranas de China 243

FIGURA 7.1

hoyos no-Shang y no tanto como un tofu firmemente Shang”. Según Keightley (1999),
algunos líderes locales quizás eran parientes de linajes que se habían segmentado y que
adoraban a los ancestros más lejanos de sus linajes principales anteriores. Es en la mis-
ma dinastía que la veneración de los antepasados se convirtió en un culto plenamente
institucionalizado. Como parte de una estrategia política e ideológica vital para el Es-
tado Shang, solamente determinados miembros del sector real, y pertenecientes éstos
al linaje principal de descendencia, podían tener acceso al rango de ancestros, lo que
ocurrió en ocasión de fiestas funerarias extravagantes (por ejemplo, Nelson, 2003;
Wiesheu, 2008a). Se podría decir que los ancestros, conmemorados mediante sus
244 Walburga Wiesheu

nombres de templo póstumos en una serie de rituales regulares (Keightley, 1999), se


convirtieron en los espíritus protectores del Estado Shang (Wang Wei, 2006), a grado
tal, que incluso la misma estabilidad dinástica pudo haber dependido del poder de los
ancestros divinizados en el seno de un culto monopolizado por la misma Corte real, y
en el que tradicionalmente no interviene ningún sacerdocio. Tal combinación de poder
político con el religioso en la persona de los dinastas de la China antigua, no solamen-
te se manifiesta en las prácticas mánticas plasmadas en las inscripciones sobre “huesos
oraculares”,8 sino también en la existencia de los templos de los antepasados dentro de
los complejos de edificios, en realidad poco monumentales, que integran las tempranas
ciudades-palacio, mismas que en las capitales estatales por lo general constituían recin-
tos demarcados por murallas interiores.9
Pero de los nombres de templo que figuran en el calendario litúrgico, relacionado
con el culto a los antepasados de miembros de la Corte real, en lo tocante al periodo
de Shang tardío, también es posible inferir que existían dos grupos rituales, políticos
o de parentesco que pudieran haber constituido facciones diferentes, o como años atrás
había planteado K. C. Chang (1980), la sucesión real se alternaba entre dos linajes
principales; además destaca que ésta no siempre se daba en forma directa de padre a
hijo, sino que hubo varias instancias de sucesiones laterales, probablemente por parte
de hermanos o de individuos de otros linajes.10 Es solamente a finales del periodo
Shang que la sucesión dinástica muestra un patrón más regular.

8 Para finales de Shang, sus reyes habían asumido el control de la comunicación con sus ancestros
divinizados u otras entidades sobrenaturales, invocados éstos en los actos adivinatorios registrados
sobre omóplatos de animales y caparazones de tortuga en que ellos figuraban ahora como “Yo, el
Único”, de modo que actuaban como intérpretes únicos de los designios señalados en dichos huesos
oraculares. Como había señalado Keightley (1995: 74 en Wiesheu, 2003: 273): “[...] el poder mántico,
el poder político, y el parentesco estaban inextricablemente ligados dentro de la institución dinástica”.
9 Aun cuando cabe señalar que existe aquí un debate en torno a la función de los edificios palaciegos
de la China antigua, ya que arquitectónicamente no existe mucha diferencia entre una construcción
palaciega y la de un templo; en opinión de arqueólogos como Liu Qingzhu (1998 y 2000), las
ciudades-palacio tempranas deberían de ser consideradas más bien como complejos de “palacios-
templos” (gongmiao), en los que se combinaban funciones políticas y religiosas, y es apenas en el
periodo del Imperio Han que los templos quedarían ubicados afuera de los recintos amurallados
interiores. En Anyang, por ejemplo, en el complejo central se detectaron en algunos edificios vestigios
de actividades rituales asociadas, probablemente, al culto de los antepasados. Para más detalles
relacionados con este culto, véase Wiesheu (2008a).
10 Del tipo de nombres, incluso se podría sospechar que algunos reyes Shang provenían de grupos étnicos
diferentes (Keightley, 1999). Es de resaltar asimismo que son, por lo menos veintitrés, los nombres
de reyes Shang que figuran en las inscripciones sobre los huesos oraculares desenterrados en Anyang,
del total de los treinta soberanos atribuidos a esa dinastía en los textos históricos posteriores,
pudiéndose así corroborar su historicidad.
Estructura político-territorial y organización gubernamental
en las formaciones estatales tempranas de China 245

Este tipo de sucesiones, junto con el hecho de que los reyes Shang encabezaban una
confederación de grupos de descendencia patrilineales conformados por clanes y linajes
mayores y menores (Keightley, 1999), podrían haber constituido elementos comparti-
dos por el conjunto de las entidades estatales tempranas de la Edad del Bronce. Además
de que en éstas no existía una tradición democrática, como se ha establecido, por ejem-
plo, para las polis griegas, en el sistema patriarcal chino la afiliación a tales grupos de
parentesco que tendían hacia la segmentación, estaba ligada a su estructura territorial,
para así conformar la base residencial de las comunidades locales (Wang Wei, 2006).
Al mismo tiempo, los monarcas Shang, quienes detentaban el poder político,
militar y religioso, encabezan un aparato gubernamental ya bastante diversificado y
especializado en sus funciones, pero sin que se pueda hablar aún de una estructura
burocrática establecida (véase la nota 3 de este capítulo). Asimismo, el reducido desa-
rrollo de las actividades comerciales contrasta con la gran preocupación del Estado
Shang por la producción agrícola, reflejada en las mismas inscripciones oraculares en
que las cosechas, así como los fenómenos climáticos, eran importantes tópicos de las
operaciones adivinatorias en que se invocaba, más que nada, a los espíritus ancestrales,
y de las cuales se desprende que el propio rey ordenaba a las “masas” (probablemente
campesinas) “reclamar tierras” en territorios ajenos, quizás como parte de una política
explícita de colonización, con el fin de aumentar la producción agrícola o de incorpo-
rar más territorios bajo el control Shang. De allí que, tal como se ha sugerido para las
entidades políticas débiles del este y sureste de Asia en general, que el control guber-
namental no se ejercía tanto sobre un territorio fijo, sino sobre los recursos humanos,
mismos que dentro de tal marco de un Estado más bien descentralizado, deben de
haber respondido a cierto patrón de movilidad (Rudolph, 1987).11
Otra expresión de un posible alto grado de movilidad de ciertos sectores de la
población consiste en el frecuente cambio de las capitales dinásticas, junto con la
existencia, en ocasiones, de un sistema de dobles capitales, característica que compar-
ten el conjunto de las formaciones estatales de la China antigua. En este contexto

11 Al respecto consideramos pertinentes las reflexiones de Olivier de Montmollin (1998) cuando en su


análisis de los Estados segmentarios mayas del Clásico mesoamericano se pregunta acerca del impacto
que pudieron haber tenido las fluctuaciones en las relaciones de poder sobre la población asentada en
los centros urbanos y rurales y, en este sentido, vienen al caso sus observaciones sobre los problemas
metodológicos que enfrentamos en los estudios de los patrones de asentamiento regionales, cuando
tratamos de enlazar las dinámicas de la historia política dinástica con los palimpsestos de los restos
habitacionales. Junto con este autor, nos podemos preguntar entonces: “¿Qué sucede a los campesinos
en el baile de las dinastías?” (De Montmollin, 1998: 64). Habría entonces que evaluar qué tanto
influyen los vaivenes dinásticos sobre dónde debe radicar la gente o qué sectores de la población se
mueven cuando se traslada una Corte real.
246 Walburga Wiesheu

r­ esulta, por ejemplo, que a los soberanos reales de Shang se atribuyen al menos cinco
o seis cambios de capitales, habiendo sido la de Anyang el centro de operaciones de
sus últimos monarcas, en tanto que sitios amurallados, como los sacados a la luz por
los arqueólogos en Yanshi y Zhengzhou, pudieran haber servido de capitales simultá-
neas en el periodo de Shang temprano, pero cuyas funciones distintivas aún no se han
podido discernir.12 Y para Shang medio tendríamos ciudades-capitales, como las de
Xiaoshuangqiao y de Huanbei, ésta última apenas descubierta en 1999 como resulta-
do de un trabajo de prospección sistemático realizado al norte del asentamiento de
Anyang de Shang tardío (véase la figura 7.2).
No es mi intención aquí ahondar en la delineación de la naturaleza de la organiza-
ción estatal secundaria existente en Shang tardío y su posible estructura político-terri-
torial segmentaria, o a la luz de la evidencia fáctica disponible actualmente, de
incursionar en una evaluación más puntual con respecto a la serie de categorías estatales
empleadas en su caracterización, puesto que en lo que resta quisiera abordar también
brevemente la que pudo haber constituido la organización estatal más t­ emprana de
China, la conformada por la dinastía de los Xia, que antecede a la de los Shang.13

Inferencias sobre la naturaleza del Estado


en el periodo de la dinastía Xia

De acuerdo con fuentes escritas, como los Anales de Bambú, una crónica del siglo iii a.
C., y de los “Anales de Xia” contenidos en los Registros históricos (Shiji) de Sima Qian,
quien en el periodo del Imperio Han asentó el modelo de historias dinásticas de China,
la dinastía Xia comprendió diecisiete reyes que habrían reinado durante casi cinco cen-
turias, ubicadas aproximadamente entre los siglos xxi y xvi a. C. El reciente proyecto
estatal, realizado con el objetivo de afinar la cronología de las tres primeras dinastías,
ubica el inicio exacto de Xia en el año de 2070 a. C. Su fundación es atribuida al

12 Estos dos sitios con murallas internas y externas, ubicados en la provincia de Henan, forman parte de
la cultura arqueológica de Erligang del periodo de Shang temprano (circa 1600-1400 a. C.). Hay
quienes suponen que uno de estos dos sitios de gran tamaño pudo haber servido de centro ritual,
mientras que el segundo tuvo quizás más bien una función estratégica (Instituto de Arqueología de la
Academia de Ciencias Sociales, 2003).
13 Así, mientras que en los términos de su contexto de formación, la organización política Shang
representa un Estado secundario, el de Xia puede ser considerado un Estado primario o arcaico,
gestado sobre la base de condiciones endógenas y caracterizado por una estrecha relación entre la esfera
política y religiosa; no existe aún un monopolio de fuerza y su aparato gubernamental se encuentra
en una etapa incipiente de la diferenciación y especialización funcional (Wiesheu, 1996, 2002).
Estructura político-territorial y organización gubernamental
en las formaciones estatales tempranas de China 247

FIGURA 7.2

­ ersonaje, aún semilegendario, Yu “El Grande”, quien al pasar el trono a su hijo Qi in-
p
troduce el principio de la sucesión hereditaria al poder real y elimina de este modo el de
la abdicación voluntaria, seguida presuntamente en la etapa predinástica en que habían
destacado una serie de “héroes culturales” y “sabios gobernantes” conocidos como los
“Cinco Emperadores”, siendo Yu de Xia el último de esos líderes prominentes, ubicados
vagamente en el tercer milenio a. C. Yu trasciende en la historiografía tradicional de
China, no solamente como el fundador de su primera dinastía, sino también como un
importante constructor de ciudades y como una especie de “héroe hidráulico”, ya que
logró la hazaña de controlar unas inundaciones desastrosas al pasarse trece años cavando
diques a través de las montañas y así desviar las aguas dejadas por un terrible diluvio.
El acto mismo de la fundación de la primera dinastía de China quedaría simbolizado
en la fundición de nueve trípodes (ding) de bronce, que de ahí en adelante ­representarían
la autoridad real. No obstante, de los mismos documentos de épocas posteriores se p­ uede
248 Walburga Wiesheu

deducir la existencia de luchas fraternales en el linaje real, además de al menos un caso de


usurpación del trono,14 junto con tres sucesiones laterales, de modo que el mando dinás-
tico no estaba asegurado, lo que a su vez podría implicar que el poder central estaba poco
consolidado. Quizás es la misma inestabilidad dinástica lo que llevó a que durante el
reinado de Xia, la ciudad-capital haya sido trasladada por lo menos unas siete u ocho
veces (véase el cuadro 7.2), de modo que los reyes sucesivos pudieron haber intentado
crear su propio centro de poder al mover la capital estatal a otro lugar.
Han sido, sobre todo, autores occidentales los que habían cuestionado, o que si-
guen dudando, de lo que dicen las fuentes escritas posteriores sobre la dinastía Xia. En
cambio, la mayoría de los arqueólogos chinos están convencidos de su historicidad y
creen que los restos relacionados con la llamada cultura erlitou (1900-1600 a. C.)
corresponden a los vestigios materiales de dicha dinastía.15 Esa cultura arqueológica
distintiva fue identificada y definida desde finales de 1950, cuando un equipo de ar-
queólogos chinos salió en búsqueda de las “Ruinas de Xia”, tarea qguiada por las
anotaciones de los textos antiguos acerca del territorio del reino de Xia y de las ubica-
ciones geográficas de sus sedes reales, que probablemente constituían sus ciudades-
capitales. Mientras tanto, dicha cultura erlitou, que inaugura la Edad del Bronce en el
norte de China, cuenta con unos trescientos sitios distribuidos en el sur de la provin-
cia de Shanxi, pero sobre todo en la porción occidental y central de la de Henan, es
decir, justamente en el área considerada tradicionalmente como la cuna de la civiliza-
ción china (véase la figura 7.3).
Cabe señalar que, aun cuando cada vez más arqueólogos chinos están convencidos
de que algunas o el conjunto de las cuatro fases en que fue dividida la cultura erlitou en
efecto corresponden a los restos materiales de Xia, sigue un amplio debate en particular
relacionado con la identificación de sitios arqueológicos específicos con las supuestas
ciudades-capitales de esta primera monarquía hereditaria de China. En cuanto a su sitio
representativo, el de Erlitou en la llanura de Luoyang en la parte occidental de la pro-
vincia de Henan, se piensa, por lo general, que éste sólo debe haber representado una

14 Según Wang Shougong et al. (2005), se trata de una usurpación atribuida a Houyi, líder que encabezó
una confederación tribal proveniente de la zona oriental de China.
15 Haciendo referencia a esta persistente polémica en torno a la identificación histórica de Erlitou así como
a otros sitios y culturas de finales del Neolítico y de la Edad del Bronce temprana, con figuras y entidades
políticas mencionadas en las fuentes escritas de periodos posteriores, la arqueóloga Li Liu (2009) advierte
contra el empleo de documentos antiguos como guía idónea para tales interpretaciones arqueológicas,
en vista de la orientación historiográfica que ha marcado la práctica arqueológica en China.
Estructura político-territorial y organización gubernamental
en las formaciones estatales tempranas de China 249

CUADRO 7.3
Cuadro de la genealogía de los soberanos Xia y sus posibles ciudades-capitales,
según la versión tradicional de los Anales de Bambú

Reyes Xia Lugares de residencia / Capital

Yu Yangcheng
Qi
Tai Kang Zhenxun
Zhong Kangzhenxun
Xiang Shangjiu
[Usurpación: Hou Yi]
Shao Kang Shangjiu È Yuan
Zhu Yuan È Lao Qiu
Fen
Mang
Xie
Bu Jiang
Jiong
Ken Xihe
Kong Jia Xihe
Fa
Gui Ó Jie Zhenxun
Tang (Dinastía Shang) Bo
Modificado, según Wiesheu, 1992.

capital tardía de la dinastía Xia, y que dicho sitio habría funcionado como la sede de la
Corte real anotada en las fuentes históricas bajo el nombre de Zhenxun.16

16 Se ha planteado que pudo haber sido la capital Xia desde los reyes Taikeng o Xiaokeng (por ejemplo,
Instituto de Arqueología de la Academia de Ciencias Sociales, 2003), pero esta afirmación resulta
problemática puesto que de ser así hubiera sido más bien una capital de Xia temprano, en tanto que
en los restos arqueológicos de este sitio se puede trazar claramente una evolución hacia Shang, de
modo que la fase 4 de Erlitou, que refleja el decline de esta cultura, ya debe de haber correspondido
al período de Shang temprano.
250 Walburga Wiesheu

FIGURA 7.3

En este sitio, de un tamaño de más de trescientas hectáreas,17 hasta hace poco los
palacios 1 y 2, detectados en los años setenta del siglo pasado en su zona central, con-
taban como los más tempranos de este tipo de construcciones gubernamentales de
China, y es apenas en 2003 cuando en unos detallados trabajos de prospección, reali-
zados por el Equipo de Erlitou del Instituto de Arqueología (2004) se descubrieron
las murallas que acotan lo que puede considerarse una auténtica ciudad-palacio, al
interior de la que, y alineados a lo largo de un eje norte-sur, están segregados varios
edificios palaciegos y seguramente también los templos dedicados a la veneración de
los ancestros de individuos importantes.
De acuerdo con la información actual, así como con base en sus propios trabajos
arqueológicos, en publicaciones recientes, investigadores como Liu y Chen (2003,
2006) señalan la cultura erlitou como la primera instancia de un Estado centralizado
en China. Más concretamente, describen la organización estatal de esta etapa tardía
de Xia como un Estado territorial con su extenso dominio logrado por la fuerza m ­ ilitar

17 Y con una población estimada entre 18 000 y 30 000 (Liu y Chen, 2003) o incluso entre 38,000 y
50,000 habitantes (Liu, comunicación personal a Yoffee, 2005).
Estructura político-territorial y organización gubernamental
en las formaciones estatales tempranas de China 251

e integrado por una jerarquía regional plasmada en cuatro niveles del patrón de asenta­
miento. Sostienen, además, que en los términos de las modalidades del c­ omportamiento
político-económico planteadas por Blanton et al. (1996), a partir de casos meso­
americanos, Erlitou tendió hacia el seguimiento de una estrategia de red con énfasis
en la jerarquía social, el estatus individual, el intercambio a larga distancia de bienes
de élite junto con la acumulación de riqueza y la manipulación o imposición de un
control central sobre la producción de artículos críticos, tratándose acaso de una es-
trategia de liderazgo gestada más por “[...] decisiones deliberadas de actores políticos
que por un proceso evolutivo impersonal” (Liu y Chen, 2006: 168); éstas habrían sido
motivadas por el acceso a recursos estratégicos, como la sal y las materias primas nece-
sarias para la fundición de los bronces empleados como armas, bienes de prestigio, y,
sobre todo, como parafernalia ritual en el culto a los antepasados, en que se usaron
tipos particulares de vasijas de factura aún bastante tosca. Para los mismos autores fue
la necesidad de conseguir tales recursos vitales para el Estado Xia la que impulsó su
expansión política y territorial, la cual implicó un desplazamiento forzado de la pobla-
ción dirigido por un aparato gubernamental con un poder centralizado y en el que
mediante un sistema tributario la periferia habría logrado abastecer al centro con di-
chos recursos. Pienso, sin embargo, que esta descripción de las principales caracterís-
ticas de la organización estatal de Xia tardío corresponde más bien a las de un Estado
expansionista del tipo imperial.
Aparte, si bien cabe suponer que objetos como el bronce y la turquesa, y posible-
mente también el jade estaban sujetos a una producción centralizada por parte de los
artesanos especializados que deben de haber trabajado para la Corte real, ya que un
taller de la fundición del bronce se detectó al sureste del complejo palaciego central,
mientras que un taller de turquesa se localizó cerca de un edificio al sur del mismo, tal
como señalan los mismos autores mencionados, los yacimientos de los recursos no
agrícolas para la elaboración de objetos de diversos materiales, e incluso la sal, se en-
contraban disponibles enun radio de 20 a 200 km de la capital (véase la figura 7.4); de
allí que, y al contrario de lo que ellos sostienen, estos materiales probablemente no
provenían de una red de intercambio a larga distancia, aunque con la excepción de las
conchas cauri y quizás también de la turquesa.
Asimismo, y no obstante la importancia que en la sociedad de Erlitou ya debe de
haber tenido la veneración de los antepasados, en cuyo seno únicamente determinados
difuntos llegaron a ser objeto de atención cúltica, los restos arqueológicos no permiten
inferir la existencia de un culto en vida a la persona de los reyes, tan visibles éstos, por
ejemplo, en la civilización maya del periodo Clásico mesoamericano. Es más, si no
supiéramos por las posteriores fuentes escritas de la existencia de dinastías de reyes en
252 Walburga Wiesheu

FIGURA 7.4

lo que respecta a las formaciones estatales tempranas de China, estaríamos hablando,


al igual que con respecto a Teotihuacan, de una “cultura sin rostro”.18
Entre los vestigios materiales no se encuentran retratos de los soberanos de las
primeras dinastías de China, aunque, por otra parte, tampoco podríamos hablar de una
estructura gubernamental corporativa, ya que no contamos con ningún indicio acerca
de esquemas de un poder compartido entre diferentes sectores o gobernantes. Empe-
ro, es posible que haya existido un consejo de ancianos (Keightley, 1999). Y es apenas
que para la ciudad de Anyang del periodo de Shang tardío se han identificado tumbas
reales, concentradas éstas en la necrópolis de Xibeigang, localizada al noroeste del
núcleo central del complejo de los templos y palacios, mientras que los cementerios
de los clanes y linajes de los demás sectores de la población se ubicaban en diferentes

18 E igual que para Teotihuacan, en el caso de Xia hasta ahora no se ha identificado claramente un sistema
de escritura, aunque se cree que debe de haber existido, aplicado quizás sobre materiales perecederos,
y no como ocurre a partir de Shang tardío, sobre los huesos oraculares ya mencionados.
Estructura político-territorial y organización gubernamental
en las formaciones estatales tempranas de China 253

partes de este asentamiento que fungió como la última capital de la segunda dinastía
de China.19
Pero en Erlitou, hasta la fecha, no se han encontrado zonas específicas que pudie-
ran haber conformado cementerios especializados, ni tumbas de grandes dimensiones
que pudieran ser calificadas de entierros reales (Xu Hong et al., 2004). Con todo, los
más de cuatrocientos entierros detectados en fosas dispersas entre las unidades domés-
ticas permiten inferir la existencia de una sociedad altamente estratificada, ya que al
lado de aquéllos con ofrendas funerarias, compuestas de bienes de lujo, hay los que no
fueron provistos de objetos o que se califican de “anormales”, dado que se trata de es­
que­letos mutilados, quizás de cautivos de guerra o de personas sacrificadas en deter-
minadas ceremonias. Sólo un entierro, desafortunadamente saqueado, se ha conside-
rado importante por su ubicación al norte de la sala del palacio 2, pero, al parecer, se
trata de un entierro secundario, posiblemente de una persona que se convirtió en una
destacada figura ancestral que fue venerada en ese lugar (véase la figura 7.5).20
Por otra parte, es de destacar que en una excavación, llevada a cabo en el año 2003,
de unos entierros clasificados en la categoría mediana, se hallaron en una fosa funera-
ria, en un patio debajo de los cimientos del Palacio 2, los restos de un individuo mas-
culino de entre 30 y 35 años, de seguro perteneciente al sector de élite. Su ajuar estaba
compuesto de objetos de bronce, jade, laca, cerámica blanca, conchas cauri y una
cam­pana de bronce. Cabe hacer mención especial de un objeto hecho de unas dos mil
piezas de turquesa, colocadas sobre su esqueleto, ya que éste tiene la forma de un dra-
gón con un cuerpo que semeja las escamas de un pez y con una cola serpenteante, a la
vez que su nariz y ojos están configurados mediante piezas de jade (Equipo de Erlitou,
2005b) (véase la figura 7.6).
Entre los nuevos descubrimientos importantes relacionados con la cultura erlitou,
y que podrían contribuir a esclarecer aspectos de su estructura político-territorial, fi-
gura el sitio amurallado y con foso de Dashigu, localizado en la parte este de la ­provincia
Henan, con respecto al que se cree que pudo haber sido la capital de un Estado local
o haber servido de segunda capital del Estado de Xia, a la vez pudo haber sidoun lugar
de avanzada, estratégico en su frontera oriental (Administración Estatal del Patrimonio
Cultural, 2004).

19 Así, por ejemplo, el cementerio de Limintun estuvo dividido en diez zonas, que a su vez se agrupan
por tener de tres a cinco entierros de las unidades de parentesco más pequeñas, y destaca que incluso
al interior de éstas se muestran diferencias en las posiciones sociales (Instituto de Arqueología de la
Academia de Ciencias Sociales, 2003).
20 Cabe, no obstante, la posibilidad, tal como apuntan Liu y Chen (2003), de que el cementerio o las
zonas de los cementerios se ubicaban al norte del sitio de Erlitou, donde actualmente se encuentra el
cauce el río Luo, que en tiempos antiguos fluía al sur de ese asentamiento (Equipo de Erlitou, 2005a).
254 Walburga Wiesheu

FIGURA 7.5

FIGURA 7.6
Estructura político-territorial y organización gubernamental
en las formaciones estatales tempranas de China 255

Por su parte, hay que apuntar que varias de las ciudades-capitales anteriores al
periodo de Xia temprano deben buscarse en el contexto de algunos centros regionales
de la variante local de cultura longshan del Neolítico terminal (circa 2600 a 2000 a. C.),
y la cual, a través de una fase de transición, evolucionó directamente hacia la cultura
erlitou de la Edad del Bronce (Wiesheu, 2007, 2008a). Entre estos centros destaca el
de Wangchenggang, nombre local que significa “Montículo de la Ciudad Real”, como
toponímico acaso transmitido de generación en generación y que podría indicar que,
en efecto, se trató de una sede real. Este sitio está constituido por dos recintos amura-
llados en su parte noreste, que deben de haber conformado sus ciudades-palacio inte-
riores en diferentes momentos del sitio, así como por un perímetro amurallado exterior,
apenas verificado en unas exploraciones realizadas en 2004 (Administración Estatal
del Patrimonio Cultural, 2005). El hecho de que este sitio fuera afectado severamente
por inundaciones, justamente lo ha relacionado con Yu, presunto fundador de la di-
nastía Xia y figura épica que, como ya se mencionó, logró la gesta de haber controlado
unas catastróficas inundaciones, haciendo sospechar incluso que pudiera existir un
trasfondo histórico del relato de un diluvio universal narrado en las fuentes escritas
posteriores. Además, el que en sitios amurallados, como el de Guzhengzhai, descubier-
to en el año 1999, se haya constatado la existencia de un edificio palaciego (Li Q­ uanfa
et al., 2005), lo hace otro posible candidato de haber constituido una de las varias
ciudades-capitales de la etapa temprana de Xia.21

Consideraciones finales

Las organizaciones estatales tempranas de la China antigua estaban encabezadas por


dinastías de reyes, quienes eran los gobernantes supremos, y los cuales reinaron a través
del poder político y militar, pero quienes, al monopolizar la comunicación con las
entidades sobrenaturales y en particular con sus ancestros muertos, recurrieron asimis-
mo a la religión como una importante fuente del poder ideológico, a la vez que deben
de haber logrado cierto grado del control económico sobre la producción agrícola, así
como sobre la producción de bienes artesanales destinados al consumo conspicuo por

21 Véase Wiesheu (1992, 2006) para más detalles acerca de la figura semilegendaria de Yu y del debate
acerca de la historicidad de Xia y sus ciudades-capitales. Ilustraciones de estos sitios y de los restos de
los edificios palaciegos detectados en dichos asentamientos amurallados del Neolítico terminal,
pueden encontrarse en Wiesheu (2008b). Otro sitio amurallado de esta etapa preXia, en que los
arqueólogos han identificado una termprana estructura palaciega, es el de Taosi, de la variante cultural
longshan del mismo nombre, ubicado en la provincia de Shanxi, pudiéndose tratar aquí de un centro
político de un Estado local aparte y que antecedió en unos quinientos años al de Erlitou de Xia tardío.
256 Walburga Wiesheu

parte de la élite gobernante, asentada principalmente en sus diversas ciudades-­capitales


en las que la Corte real quedó segregada espacialmente dentro de los recintos amu­
rallados en el interior de una especie de ciudades-palacio. En estos complejos se res­
guardaban los edificios palaciegos y los templos dedicados al culto a los antepasados,
que juntos componían la arquitectura de dominio en el núcleo de las ciudades antiguas
de la etapa preimperial de China.
No sabemos si los frecuentes cambios de capital en sus primeras formaciones es-
tatales, que deben de haber surgido desde finales del periodo neolítico, involucraron
movimientos voluntarios o traslados forzados de la población, pero los gobernantes de
Estados arcaicos, como el de Xia, probablemente no contaban aún con la suficiente
concentración del poder secular como para obligar a la gente a reubicar sus lugares de
residencia. De la misma manera, aún no se puede precisar si los factores responsables
de dichos traslados responden a motivos como el de hacer frente al peligro de inunda-
ciones; si éstos se deben a situaciones momentáneas de inestabilidad dinástica junto
con luchas faccionales ocurridas entre el linaje real por la sucesión al trono; a que se
hayan agotado las fuentes locales de materias primas claves para la fundición de los
metales, llevando ello a la búsqueda de nuevos yacimientos (Chang, 1980); a que al
seguir principios geománticos, éstos estaban inspirados en el deseo de asegurar locali-
zaciones más favorables en que diversos elementos naturales se encontraran en equili-
brio, y determinadas éstas mediante decretos oraculares (Chang, 1976 en Price, 1995);
si se deben a consideraciones de estrategia militar (Liu y Chen, 2006); o, por último,
si se trata más que nada de decisiones deliberadas por parte de determinados actores
del sector real, impulsados por su aspiración individual a crear una sede propia del
poder (Price, 1995).
Lo que por lo pronto sí se puede visualizar es que la génesis del Estado en China
junto con la imposición de la autoridad dinástica en la transición a la Edad del Bron-
ce se dio en un contexto en que los liderazgos secular y militar se vieron reforzados
gracias a que personajes como Yu de Xia, introductor de la sucesión hereditaria al
trono, según la tradición conservada, y que en efecto pudiera tener un trasfondo
­histórico real, mediante la hábil regulación de las aguas consigue resolver una crisis
desatada por desastrosas inundaciones, además de salir victorioso en los conflictos
inter­grupales que para finales del Neolítico se volvieron endémicos; ello como conse-
cuencia de variaciones climáticas a una escala global que, alrededor de 2000 a. C.,
provocaron desbordamientos y cambios en los cursos de los ríos, como el del propio
río Amarillo, además de transgresiones marítimas debidas a la elevación del nivel del
mar en la costa oriental (Liu y Chen, 2003; Wang Wei, 2005, Wiesheu, 2010a), lo que
a su vez desencadenó movimientos masivos de grupos provenientes de áreas del sur y
del este, que se desplazaron hacia la región de la llanura central del curso medio de
Estructura político-territorial y organización gubernamental
en las formaciones estatales tempranas de China 257

dicho río, donde surgieron sus primeras dinastías, dando lugar asimismo a un desa-
rrollo cíclico de ascensos y caídas de dinastías que, pese a las diversas etapas de unifi-
cación y fragmentación del país, gobernaron China a lo largo de casi cuatro mil años.
Para no caer en debates estériles ocasionados por aplicaciones rígidas y mecánicas
de los rubros estatales distintivos propuestos a escala de la arqueología mundial, no
todos éstos, como apuntáramos arriba, deben ser vistos como tipos de Estados exclu-
yentes. No podemos seguir considerando diversas configuraciones sociopolíticas del
pasado como casos anómalos cuando nuestros esquemas analíticos resultan poco ade-
cuados o cuando las categorías formuladas a partir de instancias empíricas de otras
partes del mundo —cuestionadas por su parte ante los datos disponibles actualmen-
te— no encajan muy bien con los casos particulares que estamos investigando.
En nuestros intentos de delinear la organización gubernamental y la estructura
político-territorial de los Estados tempranos necesitamos partir de aproximaciones más
flexibles, vertidas en moldes elásticos que, además de los arreglos institucionales for-
males, nos permitan detectar las inestabilidades inherentes en constelaciones fluctuan-
tes de un poder negociado por los diversos actores sociales. A este respecto tenemos
que identificar no solamente las acciones centrípetas detrás de las estrategias centrali-
zadoras promovidas por las instituciones rectoras, sino rastrear también las fuerzas
centrífugas desplegadas por los diferentes sectores que integran una sociedad tan com-
pleja como es un agregado estatal y urbano. Y tal como nos enseña la experiencia
china ilustrada aquí, a la par de reconstruir la historia política efectiva, materializada
por excelencia en las ciudades-capitales, es imperante evaluar el impacto, tanto de las
decisiones gubernamentales como de las contingencias generadas por factores natura-
les, sobre la movilidad de diversos sectores de la sociedad e incluso de los mismos
centros de poder, como fenómenos que originan significativos reacomodos de la po-
blación a nivel regional. Habrá que pensar en diseñar metodologías más finas para
detectar tales dinámicas coyunturales en los paisajes sociopolítico local y regional, y
lograr así una mejor caracterización de las frágiles configuraciones estatales tempranas
que se desarrollaron en las civilizaciones antiguas; pero quizás el mayor reto que en-
frentamos en los estudios interculturales del conjunto de las formaciones estatales
tradicionales y premodernas es desarmar los moldes conceptuales elaborados con base
en la experiencia occidental del Estado nación moderno.
258 Walburga Wiesheu

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Capítulo 8
Palacios en el Centro de Veracruz:
un posible caso de gobierno dual en el periodo Clásico

Annick Daneels
Instituto de Investigaciones Antropológicas
Universidad Nacional Autónoma de México

Introducción

En estos momentos de posmodernismo, muchas de las preconcepciones occidentales


inherentes a los paradigmas antropológicos están siendo reconsideradas. Uno de ellos
atañe a la figura del jefe de Estado único como forma “normal” de gobierno en el mun-
do “civilizado” moderno, entre monarquías (parlamentarias o no), repúblicas y dictadu-
ras militares. Basada en esta presunción, gran parte de la tarea del antropólogo ha estado
dedicada a la búsqueda del gobernante en las sociedades antiguas, y la definición de sus
poderes, como indicador de la complejidad alcanzada en tal región y en tal momento.
En el caso del México antiguo, los españoles, a su llegada, al parecer no tuvieron
problemas en identificar a los gobernantes, asociándolos a su conquista e integrándolos
rápidamente al sistema colonial. Sin embargo, la información obtenida luego, princi-
palmente por los frailes misioneros, refleja que los gobernantes percibidos por los
conquistadores fueron los jefes militares, habiendo (cuando menos en los casos azteca
y maya yucatecos) jefes religiosos y consejos de nobles con los que compartían su poder.
Pero esta situación tampoco creaba problemas teóricos ante la evidencia histórica de
situaciones parecidas en el Viejo Mundo, con los casos históricos conocidos de jefes
religiosos como el pontifex maximus romano o la existencia de un árbitro espiritual en
el Papa católico. La intervención de tales figuras en decisiones políticas siempre se tomó
como un hecho aceptado. La separación de poderes promocionada posteriormente en
la Revolución francesa representa el esfuerzo de formalizar legalmente la interacción
entre el Ejecutivo, el Judicial y el Legislativo, por un lado, y la jerarquía religiosa por el
otro (reconociendo implícitamente su fuerza, al buscar impedir su injerencia en asun-
tos políticos). En este desarrollo histórico permanece la aceptación de una figura única
que, como jefe de Estado, asume la responsabilidad del gobierno.
La búsqueda del gobernante parece obvia en los casos posclásicos, gracias a las
fuentes españolas que identifican las figuras de poder. Si bien muchos casos indican la
existencia de sistema de gobierno por consejo, o por sistemas rotativos de cargos, el
procedimiento español fue generalmente exigir la figura de un principal como

263
264 Annick Daneels

i­nterlocutor político (varios de estos sistemas son discutidos en el presente volumen),


opacando la diversidad de organizaciones de gobierno. En los casos del Clásico y del
Preclásico, la situación se vuelve más difícil, ya que se deben inferir las formas de go-
bierno a partir de las evidencias materiales. En el caso de los maya del Clásico, la epi-
grafía ha hecho mucho para enriquecer la información arqueológica sobre la presencia
de gobernantes hereditarios de linajes nobles, organizados en una jerarquía política
(ahau vs. sahal, véanse Houston y Stuart, 1996). En el caso de Teotihuacan, la ausen-
cia de figuras obvias en el registro arqueológico e iconográfico sigue estando sujeta a
discusión (Manzanilla Naim, en este volumen).
En el caso del Centro de Veracruz, la investigación apenas arranca. Esta región
alcanza durante el periodo Clásico un notable apogeo representado por la distribución
de su complejo ritual ligado a juego de pelota, con la parafernalia de yugo/hacha/
palma y los estilos de volutas entrelazadas, que funcionó como una religión de Estado.
Un estudio de patrón de asentamiento ha propuesto la existencia de un sistema estatal,
con entidades de tamaño pequeño (Daneels, 2002). Ahora, excavaciones extensivas de
dos plataformas monumentales en un sitio principal permiten interpretarlas como
unidades palaciegas, con funciones administrativas, residenciales y rituales (Daneels
2005c). Sin embargo, el tipo de ofrendas constructivas asociadas a cada edificio difie-
re, lo que sugiere que tuvieron una distinta advocación. Como son construcciones
contemporáneas, localizadas en torno a la misma plaza principal del sitio, se abre la
posibilidad de un gobierno dual, cuyos dirigentes tenían atribuciones distintas, polí-
ticas y religiosas, de forma paralela a lo observado en sistemas del Postclásico, tanto en
el altiplano como en la zona maya.
Este trabajo representa la interpretación preliminar de dos edificios cuya excava-
ción sigue en curso. Presenta información detallada sobre la evidencia arqueológica
hallada, ya que, en ausencia de datos históricos y epigráficos, es la única que permite
sustentar la interpretación de las plataformas como unidades palaciegas de función
distinta y, por lo tanto, justifica su integración a una discusión sobre la organización
política de una sociedad del periodo Clásico. El trabajo comparativo y teórico está, a
estas alturas, sumamente escueto por lo mismo que se trata de una investigación en
curso, que aún requiere de varios años de análisis de material. Nos limitamos a enun-
ciar varias hipótesis de trabajo, indicando cuáles parecen las más viables a partir de la
evidencia disponible de momento. Sin embargo, nos pareció importante participar en
el presente volumen con la presentación de estos datos, para en un futuro seguir in-
cluyendo el Centro de Veracruz en las discusiones.
Palacios en el Centro de Veracruz:
un posible caso de gobierno dual en el periodo Clásico 265

Antecedentes

Estudios sobre la organización sociopolítica de las entidades del Clásico en Veracruz


han sido muy pocos. Hay, comparativamente, más reflexiones en torno a la organiza-
ción de los olmecas y su posible desarrollo como el primer Estado mesoamericano (Coe
y Diehl, 1980; Cyphers, 1997; Flannery y Marcus, 2000; Symonds, Cyphers y Luna­
gómez, 2002; Jaime Riverón, en este volumen), o de los grupos intrusivos nahuas
postclásicos conformados como calpulli bajo el sistema del altepetl (Brüggemann,
1991; García Márquez, 2005; Maldonado Vite, 2005). Los que opinaron al respecto,
consideraron que las del Clásico en el Centro de Veracruz fueron sociedades esencial-
mente protoestatales. Sanders (1953, 1971) estima que una agricultura basada en la
roza y quema no permite alcanzar el umbral de concentración demográfica mínima
requerida para la emergencia de urbes y, por ende, de verdaderos sistemas estatales.
Brüggemann (1995, 2001), por su lado, considera que los sitios del Clásico carecen
de la articulación urbana con espacios diferenciados de gestión, consumo, intercambio
y producción (siguiendo el modelo de Castells Oliván, 1976), por lo que quedan en
el esquema de “centro ceremonial”. Stark (1999), por último, propone con cautela la
posibilidad de un sistema estatal con urbanización incipiente, cuando menos para la
cuenca baja del río Blanco (véase la figura 8.1).
Una imagen mucho más compleja de organización sociopolítica surge a partir de
nuestra investigación sobre el patrón de asentamiento en un área de 1 200 km2 de la
cuenca baja del Cotaxtla, iniciada en 1981 (Daneels, 2002, 2005a). Para el periodo
Clásico se puede definir la existencia de cuatro niveles en la jerarquía de asentamiento,
reflejando una formación estatal, a pesar del tamaño muy pequeño de las entidades, por
lo que caen en la categoría de microestados (como definidos por De Montmollin, 1989a,
1989b, 1995). Además, precedencias históricas y variaciones ecológicas llevan al desa-
rrollo de dos sistemas: una organización centralizada se mantiene en los territorios más
antiguos a lo largo de las terrazas aluviales, mientras que una organización segmentaria
se establece en las entidades de nueva creación en los lomeríos; ambos sistemas compar-
ten los mismos arreglos arquitectónicos, cultura material, redes de intercambio y reli-
gión, comprobando que se trata de dos sistemas políticos que coexisten en una misma
unidad cultural (y no de grupos distintos, aunque contemporáneos). Usamos aquí el
término “segmentario” en el sentido estructural, con base en la existencia de centros
subordinados, cuya configuración y atribuciones duplican a escala menor las de la capi-
tal (al igual que Gutiérrez Mendoza, Hirth y Lemonnier en este volumen). Si se aplica-
ra el criterio del flujo económico (como lo hacen Blanton y Fargher en este volumen),
se observan en el área, tanto estrategias corporativas como excluyentes en ambos tipos
de microestados, pero este tema rebasa el propósito de la presente contribución.
266 Annick Daneels

FIGURA 8.1
Palacios en el Centro de Veracruz:
un posible caso de gobierno dual en el periodo Clásico 267

Las plataformas monumentales como unidades palaciegas

El análisis arquitectónico del patrón de asentamiento había indicado la existencia de


plataformas monumentales desde el inicio de la construcción monumental, fechada
entre el Preclásico superior y el Protoclásico, asociada a los arreglos de amplias plazas
abiertas, circundadas por edificios de tamaño similar. Si bien se había propuesto que
tales construcciones eran palacios, por su similitud con las acrópolis mayas (Stark,
1999), la falta aparente de diferenciación social en los arreglos arquitectónicos y los
contextos residenciales y funerarios de estos periodos tempranos había llevado a sugerir
que tales grandes basamentos habían empezado su función como edificios comunitarios
de tipo “casa grande” (Daneels, 2005b). Sin embargo, excavaciones extensivas realizadas
en dos plataformas monumentales en el sitio de La Joya, en la confluencia de los ríos
Jamapa y Cotaxtla, sugieren que éstas fueron unidades palaciegas desde sus etapas ini-
ciales. Además, su permanencia en ambos lados de la plaza principal del sitio, a lo largo
del primer milenio de nuestra era, nos obligó a reflexionar sobre la razón de existir de
dos palacios en una misma capital, tema que nos lleva al objeto de este trabajo: la posi-
bilidad de un caso de gobierno dual durante el periodo Clásico en el Centro de Veracruz.

La arquitectura de La Joya, Veracruz

Desde 2004 se están realizando excavaciones en el sitio de La Joya, municipio de Me-


dellín, Veracruz, a escasos 14 km al sur del puerto de Veracruz. El objetivo es averiguar
la cronología y la función de los edificios monumentales de tierra apisonada, pirámides
y plataformas, que conforman los arreglos principales de los centros de la planicie alu­
vial, a lo largo del primer milenio de nuestra era, pero al respecto de los cuales se ­carecía
de información de excavaciones extensivas. A pesar de que algunos sondeos y rescates
habían indicado la existencia de una arquitectura de tierra elaborada en el Centro de
Veracruz (Drucker, 1943; Torres Guzmán, 1972; Jiménez Pérez y Bracamontes Cruz,
2000; Guerrero Andrade, 2003), seguía el prejuicio de que en un ámbito de trópico
húmedo la construcción de tierra cruda no permitía un trabajo muy sofisticado, pre-
concepción que resultó completamente errónea. Se seleccionó el sitio de La Joya por
tener evidencia de una ocupación continua durante el periodo considerado, además
de presentar, tanto los arreglos arquitectónicos tempranos como tardíos de la región,
con base en un plano de 1937 (Escalona Ramos, 1937). Además el sitio tiene la par-
ticularidad de estar destruido en 95% por la extracción de tierra para hacer ladrillo,
factor que justificó la realización de excavaciones extensivas en los vestigios restantes,
en un primer momento sin reconstrucción o restauración.
268 Annick Daneels

FIGURA 8.2

El plano de 1937 indica la existencia de tres plataformas monumentales, delimi-


tando un amplio espacio rectangular que, de acuerdo a los patrones arquitectónicos
definidos por el patrón de asentamiento, sería el conjunto más temprano. Al oeste, la
pirámide domina una plaza hacia el sur, delimitada por plataformas y una cancha de
pelota, en un arreglo típico del periodo Clásico, que hemos llamado “Plano Estándar”
(véase la figura 8.2). El conjunto está circundado por tres aljibes que separan los edifi-
cios principales de la zona habitacional, cuyo tamaño y profundidad coincide con el
volumen constructivo. Actualmente, sólo quedan partes pequeñas de la pirámide y de
dos plataformas. La Pirámide tiene una subestructura de cuatro escalinatas con alfardas,
Palacios en el Centro de Veracruz:
un posible caso de gobierno dual en el periodo Clásico 269

cuyo momento de erección es posterior al Preclásico superior (periodo de un horno de


cocina y un basurero asociados al paleosuelo bajo la pirámide) y cuyo uso duró hasta
finales del Clásico temprano o principios del Clásico Medio (hacia 300 d. C.). De la
etapa constructiva final, sólo quedan algunos rellenos, que sin embargo permiten fe-
charlos en el Clásico tardío; su altura era mayor a veinticinco mentros, o sea, seis metros
más altos que la pirámide de los Nichos de Tajín.
La Plataforma Norte midió 124 × 84 m y con más de 13 m de altura en su última
etapa constructiva, cuyovolumen se calcula en más de 55 000 m3. Sólo se conserva un
área irregular del sector SE, donde el registro de los cortes de los ladrilleros indicó la
existencia de cuando menos seis etapas constructivas (la cumbre ya no estaba conserva-
da cuando se inició el proyecto de arquitectura), iniciando en el Preclásico superior y
terminando en el Clásico tardío. La Plataforma Este, en su etapa final, estaba constitui-
da por un cuerpo principal, casi cuadrado (129 × 115 m, con 10.5 m de altura), que
posee dos salientes, al sur y al noreste, con un volumen de aproximadamente 118 000
m3. Actualmente sólo queda la saliente noreste de la misma, así como una pequeña
parte adjunta del basamento principal. Aquí también el registro de los cortes de los la-
drilleros indicó una secuencia de cinco o seis etapas constructivas, iniciando al final de
Clásico temprano (contemporáneo con la subestructura de la pirámide) y con las últimas
dos (o tres) etapas fechadas en el transcurso del Clásico tardío. Hubo una tercera plata-
forma en el noreste de la plaza, más pequeña, de 106 × 50 m, con un edificio piramidal
de 36 × 30 m en su mitad sur; esto es, hacia la plaza. Sin embargo, ésta quedó comple-
tamente excavada antes de 1988, y sólo queda su contorno en el plano de 1937.
Todos los edificios tienen una orientación similar, que perdura con variaciones
le­ves a través del tiempo, entre 5 y 8 grados al este del norte (magnético), lo que por
la declinación magnética de aproximadamente 6 grados los coloca casi al puro norte
astronómico.

La Plataforma Norte

La primera etapa constructiva de la Plataforma Norte fecha del Preclásico superior


(400-100 a. C.) y se continúa usando hasta el Clásico temprano (abandono entre 200-
300 d. C.).1 La ocupación de la segunda etapa constructiva parece terminar hacia 400

1 Beta 218432: 380-160 +/- 40 a. C. para entierro en paleosuelo bajo la primera etapa; Beta 218438:
370-100 +/- 40 a. C. para ofrenda de construcción; Beta 218439: 50 a.C.-250 d. C. +/- 60 y Beta
218440 10-250 +/- 60 d. C. para contextos de abandono de primera etapa. Nota: todas las fechas
270 Annick Daneels

FIGURA 8.3

d. C., a más tardar.2 Esta etapa es, hasta la fecha, la mejor explorada debido a la forma
de avance de la extracción de los ladrilleros, que la dejó casi en la superficie. Se tiene
el acceso principal desde el nivel de plaza al sur y cinco edificios, cuya variedad en
con­figuración y función conforman nuestro argumento principal en la interpretación
de estas plataformas como unidades palaciegas (véase la figura 8.3).
El basamento principal desplanta sobre el paleosuelo, y se eleva a una altura gene-
ral y pareja de 1.90 m, accesible por una escalinata de seis peldaños. Esta altura excede

citadas en este capítulo están calibradas a 2s. En el relleno que cubre esta etapa hay cerámica Bayo
Fino de los Tuxtlas y Anaranjado Delgado de Teotihuacan.
2 Beta 218443: 230-410 +/- 40 última renovación de piso en la sala de audiencia, Beta 218450: 130-
350 +/- 40 asociado a la delgada capa de ceniza cristalina (¿volcánica?) del momento de abandono de
cuarto de servicio.
Palacios en el Centro de Veracruz:
un posible caso de gobierno dual en el periodo Clásico 271

la de una persona adulta parada en la plaza, marcando tajantemente una separación


arquitectónica con el espacio público. El lado sur de la plataforma está formado por lo
que llamamos el edificio de acceso, que es un basamento alargado de 90 cm de altura,
accesible por una escalinata de cuatro peldaños. Sobre el basamento hay una serie de
cuartos con puerta hacia la plaza, que flanquean una amplia entrada de 3 m de ancho,
adornada con pilastras circulares en el vano sur.3 El piso del amplio espacio de acceso
tiene áreas circulares de quemado que sugieren la presencia de braseros distribuidos de
manera simétrica a lo largo de los muros. Inferimos que la función de este basamento
era doble: los cuartos abiertos hacia la plaza sugieren espacios administrativos de aten-
ción al público, ya que son visibles y accesibles desde la plaza, mientras que el acceso,
majestuoso por su anchura y decoración con pilastras, tiene un neto aspecto de control,
ya que su profundidad y el humo de los braseros impiden una perspectiva abierta hacia
el interior. Este efecto está reforzado por el hecho de que el primer edificio visible des-
de esta entrada presenta al observador su muro lateral ciego, tapando la visual.
Este primer edificio en el interior del recinto es un basamento rectangular (9 × 7 m),
de la misma altura que el basamento de acceso, con una escalinata de dos altos pelda-
ños ligeramente asimétricos.4 En el centro del basamento se yergue un edificio delimi-
tado por un muro perimetral, con la entrada hacia el este de 2 m de ancho. El espacio
interior se divide en dos de manera longitudinal: la mitad oeste está sobreelevada y
tiene tres cuartos que probablemente fueron techados. El cuarto central es mucho más
ancho que los laterales y es accesible por una escalinata de dos peldaños del mismo
ancho que el vano. La mitad este, probablemente nunca fue techada; una banca cons-
truida circunda el espacio, permitiendo que se sentaran entre 12 y 18 personas. El
piso de este patio tuvo varios elementos de interés: en el centro sur se halló un brasero
hundido a ras de piso, frente a la escalinata del cuarto principal hubo dos círculos de
quemado, que vuelven a sugerir la presencia de braseros, y en el ángulo noreste hubo
una depresión perfectamente hemisférica y cuidadosamente repellada, que interpre-
tamos como un espejo de agua. La función de este edificio parece claramente jerarqui-
zada: el centro del cuarto central está enmarcado por las visuales creadas por el ancho
de la escalinata exterior y de los vanos, mientras que el desnivel (de 1.30 m, con res-
pecto al nivel exterior) obliga una persona, presentándose ante el basamento, a levan-
tar la mirada hacia una persona (aun sentada) en este cuarto. Ya aceptado en el patio
un visitante, tendría todavía una posición subordinada con respecto a una persona en

3 Por su posición con respecto a la traza final del edificio, es posible que sea la entrada este, en una serie
de tres accesos a lo largo de la fachada sur
4 Fue observación del doctor Bernd Fähmel (unam-iia) que esta asimetría pudiera relacionarse con
conceptos similares al feng shui chino, ajustando la orientación de la entrada a un espacio de acuerdo
a alineaciones energéticas o astronómicas consideradas favorables.
272 Annick Daneels

el cuarto. La presencia de las bancas en este patio sugiere una función: en parte de
antesala y en parte de sala de reunión para un grupo limitado de personas, que tendrían
que asolearse en el día (a diferencia del que ocupara el cuarto). Por esta razón llamamos
este edificio la “sala de audiencia”. La presencia del brasero a ras de piso en el sur (para
una luz discreta y humo para ahuyentar a los mosquitos) y la del espejo de agua en el
norte sugiere que el patio, además, se ocupó durante las noches para la observación de
las estrellas.
Un tercer edificio, que habría quedado céntrico en la parte sur de la plataforma,
fue solamente identificado por su ángulo sureste, pero se intentó reconstruir con base
en el principio de simetría. Su fachada este, la principal por tener el acceso original,
una escalinata de cuatro peldaños, tuvo cuando menos 17 m de ancho. El edificio
consiste en un muro perimetral, dejando un andador de casi un metro, igual que en
la sala de audiencia, con pilastras de remate y columnas circulares en la entrada, de más
de 4 m de ancho. Frente a la pilastra sur, hacia la escalinata, se halló un área quemada,
sugerente de la presencia de un brasero. Al oeste de la entrada se halló la esquina de un
cuarto que, a diferencia de la sala de audiencia, está al mismo nivel que el basamento.
Por la similitud con las unidades residenciales de la plataforma este, cuya entrada tiene
dos pilastras, suponemos que este edificio fue una unidad de habitación. El acceso a
ese recinto fue modificado varias veces, con ampliaciones asociadas a escalinatas, alter-
nativamente al sur y al este, hasta que una gran escalinata uniera este basamento con
la sala de audiencia, permitiendo el acceso a un nivel sobreelevado de la plataforma.
Un cuarto edificio se encuentra más al este, y consiste en un basamento de 90 cm
de altura. El edificio es de doble crujía, más angosta la frontal que la posterior, y con
entradas al este y al oeste. El cuarto frontal tiene varias áreas circulares de quemado
cerca de los vanos, sugiriendo braseros. Por ser en la primera etapa constructiva un
basamento escalonado, inferimos que este edificio pudo haber sido un templo, y que
conservó esta función en la segunda etapa, aunque no halláramos objetos de culto.
Todos los edificios hasta ahora descritos tuvieron huellas de pintura roja (hematita),
cuando menos en la segunda etapa.
Una última construcción es un pequeño cuarto construido todavía más al norte
(hacia el bajo que delimita la plataforma y el conjunto de edificios monumentales por
el lado septentrional). Con un espacio interior de apenas 2 × 3.5 m, una puerta angos-
ta al este, tiene dos bancas en forma de “L”, con la meridional de un tamaño adecuado
para cama y las demás para asiento. En una esquina se hallaron un metate y fragmen-
tos de una gran vasija de almacenamiento. Considerando estos hallazgos, este cuarto
parece haber sido una habitación para la servidumbre.
La diversidad en la forma de los cinco edificios identificados sobre la Plataforma
Norte en su segunda etapa constructiva, y la función que de ella se deriva, justifica, a
Palacios en el Centro de Veracruz:
un posible caso de gobierno dual en el periodo Clásico 273

nuestro parecer, la interpretación palaciega: edificio de acceso restringido, con cuartos


para la administración pública, un edificio de audiencia y reunión, con posible uso de
observatorio astronómico, un edificio residencial de élite, un templo, y un cuarto de
servicios: una combinación de usos administrativos, residenciales y rituales normal-
mente asociados con unidades palaciegas.
Ya desde la primera etapa constructiva se comprueba la presencia de una variedad
de construcciones con funciones diferentes, que formalmente y espacialmente antici-
pan las de la segunda etapa: el basamento de acceso existe en la misma forma que
ten­drá en la segunda etapa; no hay subestructura bajo la sala de audiencia, pero inme-
diatamente debajo de la unidad residencial grande hay un basamento alto y con una
escalinata de cinco peldaños en su fachada este; asimismo se encontró evidencia de
otros dos edificios más al norte, de los cuales uno tiene muros y columnas de adobe.
Por lo tanto, consideramos admisible considerar también su interpretación como cons-
trucción palaciega.
La fecha de construcción de esta etapa, derivada de muestras de carbono 14, ob-
tenidas del la ofrenda dedicatoria de la esquina noroeste del primer cuerpo del basa-
mento escalonado, la ubica en el Preclásico superior. Esto revierte la hipótesis original
que suponía que las plataformas monumentales iniciaban como casas comunales,
antes de transformarse en unidades palaciegas en el Clásico.
De las demás etapas constructivas, los registros de los perfiles de los cortes de la-
drilleros, muestran evidencia de cuartos y de basamentos escalonados, lo que sugiere
una continuidad en la diversidad de edificios y, por lo tanto, de la función palaciega.

La Plataforma Este

La información obtenida de la Plataforma Este proviene principalmente de la saliente


noreste, que estaba aún intacta cuando se inició el proyecto. El registro de los perfiles
de corte de los ladrilleros ya había indicado la presencia en cada etapa constructiva de
una combinación de edificios: basamentos bajos con cuartos, basamentos escalonados,
basamentos pequeños (¿altares?), similares a los de la Plataforma Norte. La saliente
noreste resultó tener una secuencia de construcciones completas, en ángulo recto con
aquellas del cuerpo principal, por lo que formó un cierre de la plaza antigua en su es-
quina sureste desde su primera hasta su tercera etapa constructiva, interrumpiéndose
su ocupación en la cuarta etapa. Hasta el momento se han excavado las estructuras
pertenecientes a la tercera etapa constructiva, que indican un cambio de unidad resi-
dencial (etapa IIIA inferior y superior) a basamento escalonado (etapa IIIB a IIID)
(véase la figura 8.4).
274 Annick Daneels

FIGURA 8.4

Las dos unidades residenciales subsecuentes tienen la misma configuración (que


también se observó en otros sitios): encima de un basamento bajo, con andador exte-
rior, se construye una vivienda rectangular de doble crujía; la antesala tiene pilastras
en el acceso principal oeste, hay dos pequeños cuartos laterales al norte, accesibles
desde la antesala, y un cuarto alargado al sur, con acceso independiente por una esca-
linata lateral. En la etapa inferior, la antesala produjo evidencia de vasijas de servicio,
productos “finos” (piezas de inspiración teotihuacana y adornos de piedra verde; dos
de ellos de jadeíta del Motagua), así como concentraciones de posibles proyectiles de
cerbatana, sugiriendo un espacio de vivienda masculina y de élite. El cuarto anexo
noroeste resultó ser almacén de maíz. El cuarto sur en la siguiente etapa tuvo un fogón
hundido en el piso (distinto de las marcas de piso quemado indicativos de braseros),
sugiriendo su uso como cocina. La similitud general entre estas unidades y otras del
área maya, e incluso del altiplano, hace que se interprete como área habitacional bas-
tante viable. Ambas etapas están bien fechadas por radiocarbono entre el siglo iv y el
vi, habiendo sido incendiadas y desmanteladas intencionalmente.5 Cada evento está
asociado con ofrendas de consagración de cajetes con “Dioses Narigudos”.
En la etapa siguiente la función del espacio cambia, ya que se transforma en un
basamento escalonado de tres cuerpos, con la cumbre lisa, accesible por una escalinata

5 Destrucción cuarto inferior: Beta 218448: 380-580 +/-50; destrucción cuarto superior: Beta 203804:
400-570 +/-40.
Palacios en el Centro de Veracruz:
un posible caso de gobierno dual en el periodo Clásico 275

monumental con alfarda en el oeste. En el relleno del cuerpo superior se colocó una
ofrenda compleja, consistente en una gran cazuela de barro con un entierro primario,
asociado a un ajuar suntuario que incluye adornos de jadeíta y un yugo liso completo. El
contexto es semejante a casos mayas, en los que un palacio se sella a la muerte del gober-
nante y se transforma en pirámide conmemorativa (Daneels y Ruvalcaba Sil, en prensa).
La relación entre el entierro de un personaje destacado y un yugo completo es recurren-
te e indica un alto rango (Kurosaki 2006). La saliente noreste de la Plataforma adquiere
mayor relevancia en función del evento de terminación que describiremos adelante.
Las siguientes dos etapas corresponden igualmente a basamentos sin estructura
en su cumbre, aunque por el crecimiento horizontal de la lataforma en general son de
un cuerpo, que sobresalen, respectivamente, 2.20 m y al final sólo 1 m, reflejando
cómo la saliente noreste de la plataforma este va perdiendo prominencia en la confi-
guración arquitectónica del edificio. Sin embargo, ambas etapas tienen ofrendas cons-
tructivas en la escalinata de acceso oeste, incluyendo entierros (¿sacrificiales?) y cajetes
con “Dioses Narigudos”. El último basamento es escenario de un importante evento
de terminación, al final del cual queda recubierto por el relleno de la cuarta etapa, que
lo nivela de manera pareja, sin tener más evidencia de construcciones posteriores, a
pesar de que en el cuerpo principal de la Plataforma hay evidencia de una actividad
constructiva continua, generando 3.5 m más de volumen arquitectónico.
La ofrenda de terminación consistió en el sacrificio de varios individuos: dos sobre
la escalinata principal oeste del basamento, junto con un entierro de perro, mientras
al este, atrás del basamento, se colocaron cuando menos veinticinco entierros primarios
y siete entierros secundarios. Por encima de la cumbre del basamento y de los entierros
en el oeste arrojaron fragmentos de ollas, platos y escudillas hemisféricas (en la icono-
grafía, representadas como recipientes para beber) que aparentan ser los restos de un
festín ceremonial, y más de ochocientos ejemplares de “Dioses Narigudos”, que for-
man una capa densa. La presencia de un gran número de individuos en un sólo mo-
mento de relleno, posiblemente todos masculinos, y hasta donde se pudo identificar,
jóvenes y jóvenes adultos, indica que no se trata de un contexto funerario (o sea, del
entierro de personas fallecidas de causas naturales). El contexto sugiere que fueron
víctimas de sacrificio, aunque no haya evidencia de violencia. El hecho de que el de-
pósito forme parte de un relleno que oblitera cualquier evidencia de construcción
encima de este sector de la plataforma, y el hecho de que permanece sin modificacio-
nes durante 300 años, significa un evento mayor de cierre.
Las ofrendas con figurillas de “Dioses Narigudos” ocurren en la Plataforma Este
desde la primera etapa constructiva, probablemente en el Clásico Temprano 6 y
6 En J’33 Nivel 101-102, en el paleosuelo bajo el piso de la primera etapa, por lo que se fecha entre el
último uso de un horno de cocina en el paleosuelo (Beta 203799: 410-160 +/-70 a.C.) y elementos
276 Annick Daneels

c­ ontinúan hasta la última etapa. Por lo tanto, se pueden considerar esas figurillas una
característica de esta plataforma, que la distingue de la Plataforma Norte.

Argumentos para un gobierno dual

La permanencia de plataformas monumentales a ambos lados de la plaza principal de


la capital de un pequeño Estado independiente por espacio de casi mil años, nos obli-
ga a reflexionar sobre la razón de la existencia de dos palacios en un mismo espacio,
tema que nos lleva a especular sobre la posibilidad de un gobierno dual durante el
periodo Clásico en el sitio.
La evidencia obtenida hasta la fecha indica que la Plataforma Norte fue en el
Preclásico superior un recinto amurallado con posible función palaciega, lo que indica-
ría la presencia de gobernantes en fechas más tempranas, incluso anteriores a la famosa
estela de gobernante de la Mojarra (un sitio a menos de 70 km al sur de La Joya), de
mediados del siglo ii de nuestra era. A partir del Clásico temprano, las Plataformas Nor-
te y Este, ya como basamentos sobreelevados, conforman junto con la Pirámide una gran
plaza que es el centro de un asentamiento principal circundado por amplios bajos arti-
ficiales que lo delimitan y aíslan del área habitacional de la población general. A partir
de este momento, ambas plataformas tendrán una secuencia de cinco a seis etapas cons-
tructivas sobre un periodo de casi mil años, con un crecimiento vertical importante.
La Plataforma Norte proporcionó la mejor evidencia sobre el uso de los distintos
edificios de una etapa, indicando funciones administrativas de nivel bajo (atención al
público) y alto (sala de audiencia/consejo), residenciales, rituales, así como de su ocu-
pación por gente de élite atendida por servidumbre. Cada etapa constructiva en ambas
plataformas repite la misma combinación de edificios, muchas veces en el mismo lugar
que en la etapa anterior, o usando los cuerpos superiores de edificios preexistentes, lo
que sugiere una continuidad en la función de las plataformas durante mil años. La
Plataforma Este, sin embargo, también muestra cómo ciertos edificios pueden pasar
de un uso residencial a un uso (probablemente) ritual, posiblemente como pirámide
conmemorativa (basamento escalonado) de un jefe de linaje, tal vez. El gran depósito
de terminación, asimismo es testimonio de que ciertas áreas de las plataformas pueden
pudieron haber sido intencionalmente selladas en un evento político-ritual.
Si por un lado las Plataformas Norte y Este tienen similitudes estructurales y
funcionales que permite interpretarlas como unidades palaciegas, también presentan

asociados a la primera etapa constructiva (Beta 218441: 40 a.C.-130 d. C. +/- 40, Beta 218442: 130-
400 +/-50 y Beta 203801: 230-410 +/-40. Está a 3 m al sur del arranque de la escalinata de acceso a
la saliente NE de la Plataforma Este.
Palacios en el Centro de Veracruz:
un posible caso de gobierno dual en el periodo Clásico 277

diferencias que parecen ser de orden más bien simbólico. La Plataforma Norte, por
ejemplo, tiene la mayoría de las ofrendas en las esquinas, consistentes de individuos
(¿sacrificados?) y vasijas; pero estas ofrendas no incluyen figurillas; además tiene esca-
linatas sin alfardas, y comúnmente presenta pintura roja en sus paredes. En este aspec-
to, nos parece interesante acotar que en el caso de Palenque, el color rojo está asociado
a ámbitos mundanos, en oposición al azul divino y al amarillo del inframundo, aso-
ciado a templos (Greene, 2001). La Plataforma Este, por su parte, tiene escalinatas con
y sin alfardas, múltiples ofrendas cerámicas de vasijas con figurillas específicas, orien-
tadas a rumbos cardinales e intercardinales, y ocasionalmente individuos, colocados
en su mayoría al frente o en las escalinatas principales. Los temas son los mismos,
ofrendas dedicatorias con vasijas y sacrificios humanos, sin embargo la ubicación y el
contenido de las ofrendas son distintos. La Pirámide, por otra parte, tuvo un patrón
de ofrendas asociadas a las alfardas de la escalera (en la primera etapa) y figurillas de
“Dioses Narigudos” en la última etapa, que se relaciona más con la Plataforma Este
que con la Norte. Además, llegó a dominar un conjunto de plano estándar en su últi-
ma etapa, que la asocia además con el ritual del juego de pelota.
La diferencia más marcada es la omnipresencia de figurillas de “Dioses Narigudos”
en la Plataforma Este, comparada con la Plataforma Norte. Como indicamos en otro
trabajo (Daneels, 2008), tales figurillas son características de la región de la cuenca
baja del Jamapa-Cotaxtla y del San Juan (afluente del río Antigua). En esta área res-
tringida, de unos 7 000 km2, se encuentran por miles. Cuando se conoce su contexto,
éste corresponde a depósitos de ofrenda típicos, con cajetes, y orientados, tanto en
unidades domésticas como en plataformas monumentales y pirámides. Si bien apare-
cen en construcciones principales, su ubicuidad, su manufactura en barro, y sus carac-
terísticas formales estereotipadas desconocidas en el ámbito del arte de élite (en piedra,
pintura mural, o vasijas finas), sugiere que proceden de la esfera de la religión popular
(en oposición a la religión de Estado relacionada al juego de pelota). Los hay en las
unidades habitacionales en torno a La Joya, así como en los centros subordinados
dentro del territorio que este sitio gobernaba. Por eso, la ausencia de “Dioses Narigu-
dos” en la Plataforma Norte es tanto más significativa.
Esta diferencia nos hace inferir que, si bien ambas plataformas monumentales
fueron residencias palaciegas, su advocación fue distinta. La ausencia de simbolismo
específico en la Plataforma Norte, cuando menos hasta donde lo entendemos, sugiere
un ámbito más secular, mientras que la presencia recurrente de piezas de carácter reli-
gioso sugiere para la Plataforma Este una naturaleza más ceremonial.
278 Annick Daneels

Interpretación

Así nos encontramos con dos unidades palaciegas, ubicadas durante mil años a ambos
lados de la plaza mayor de una capital regional. La cuestión que surge es obvia: ¿por
qué dos palacios para un sitio? Dos alternativas principales se presentan: hay dos lina-
jes locales que se alternan en el poder, o hay una separación de poderes entre el secular
y el religioso. Hay paralelos etnográficos, históricos y epigráficos para ambas hipótesis.
En la primera hipótesis, la pregunta sería si la alternancia del poder es regular
(sistema de cargo rotativo) o coyuntural (golpe de Estado). Sabemos por el hecho de
que la secuencia arquitectónica de ambos palacios cubre todo el periodo Clásico
(aproximadamente los primeros mil años de nuestra era) que no se trata del traslado
de un palacio viejo a un palacio nuevo en una sucesión dinástica ininterrumpida (co-
mo por ejemplo, el caso en Francia del cambio del Louvre a Versalles bajo el reinado
de Luis XIV, de la dinastía de los Borbones). Asimismo hay paralelos en el mundo
maya clásico de sitios con varios palacios, construidos por gobernantes sucesivos per-
tenecientes al mismo linaje (Delvendahl, 2010). Así, en el caso de La Joya, se debe
considerar la existencia de dos linajes contemporáneos, potencialmente rivales, en la
medida que aparentan tener un poder equivalente, con sus palacios ubicados frente a
frente en la plaza mayor, con un ancho de fachada similar (de entre 75 y 80 m), aunque
por su tamaño en la última etapa constructiva la Plataforma Este haya sido mayor que
la Plataforma Norte. Hasta el momento no tenemos la información para definir con
precisión la cronología de cada etapa de ambas plataformas (por medio de radiocar-
bono y análisis cerámico); esta información será necesaria para poder evaluar si los
distintos momentos de construcción son 1) simultáneos; 2) si se alternan regularmen-
te; o 3) si se alternan irregularmente. El primer caso reforzaría la propuesta de gobier-
no dual, que desarrollaremos adelante. El segundo sugeriría un caso de gobierno
alterno institucionalizado, de tipo rotativo. Un paralelo etnográficamente interesante
es el caso de los Yoruba en África, donde el gobierno alterna entre dos familias asenta-
das en la capital (Shifferd, 1996), y más cercano es el caso de los matlatzincas del
Postclásico (Gutiérrez Mendoza, en este volumen). El tercer caso sería más indicativo
de ascensos a poder coyunturales, en los que un linaje permanece en el poder durante
un tiempo largo, para ser luego destronado por advenedizos o por un linaje rival (fe-
nómeno reportado epigráficamente en la zona maya, por ejemplo, Tikal o Copán).
Como ha sido mencionado, harán falta análisis detallados de los materiales para lograr
la cronología fina, necesaria para la resolución de esta incógnita.
Para la segunda hipótesis, que supone una separación de poderes entre el secular
y el religioso, tenemos paralelos mesoamericanos históricos durante el Postclásico.
Tanto en el altiplano central como en la zona maya hay indicaciones de que había una
Palacios en el Centro de Veracruz:
un posible caso de gobierno dual en el periodo Clásico 279

separación entre el ámbito secular y el ceremonial, si bien ambos líderes tenían un


poder político. En el caso del altiplano, los aztecas tenían al tlatoani como jefe secular,
mientras que el cihuacoatl era equivalente a un sumo sacerdote (en Cholula, véase Lind,
este volumen, en la Roma antigua es el pontifex maximus, véase Moragas Segura, en
este volumen). Entre los mayas, estas figuras eran representadas, respectivamente, por
el batab y el ah kin, fenómeno registrado por los cronistas al momento del contacto,
pero cuya aparición se ha propuesto, con base en la iconografía durante el Clásico
tardío, específicamente en Copán (véase Viel, 1999). Una explicación de las atribu-
ciones y el asiento del ah kin proviene de un documento colonial del Archivo General
de Indias (México, legajo 307), descrito por Chávez Gómez (2006: 75): el ah kin, “que
es entre ellos el supremo sacerdote” “[…] sería el funcionario y representante sagrado,
que en nombre de Na Chan Yam [el batab o señor administrativo, militar y religioso
del cuchcabal] y de los dioses, atendería las demandas de los gobernados y a su vez
administraría y regiría bajo sus leyes, al solucionar demandas familiares, recaudar tri-
butos y organizar el culto religioso de los antepasados. Estas actividades se realzarían
en la casa que se construiría para tal fin, compitiendo esta edificación en lo civil, con
la casa pública del pueblo donde estaba la autoridad del gobernador indígena […]”
En el caso de La Joya, consideramos de manera preliminar que el modelo del
gobierno dual se ajustaría mejor a la evidencia, por la diferencia entre los materiales
asociados a ambas plataformas. La Plataforma Norte habría sido sede del gobierno
secular, mientras que la Plataforma Este sería el asiento del poder ceremonial de la
religión popular. Esta interpretación aún no resuelve todas las interrogantes, ya que
no hay manera de argumentar que las actividades rituales hayan sido exclusivas de la
Plataforma Este: por un lado, la pPirámide dominaba la plaza asociada a la cancha de
juego de pelota, ámbito de la religión de Estado, y por otro lado la Plataforma Norte
tiene evidencia de basamentos escalonados, cuya función se infiere ritual, aunque
desconozcamos su índole. También habría que recordar que había una tercera plata-
forma monumental, en la orilla de la plaza, en el noreste que, aunque de tamaño
menor, también tenía un edificio piramidal.

Consideraciones finales

Como ha sido indicado en la introducción, éste es un trabajo preliminar basado en


excavaciones en curso. Construye sobre antecedentes que investigan la organización
política en el Clásico en el Centro de Veracruz, mismos que aportan un creciente
cuerpo de evidencia sobre la existencia de sistemas estatales. La contribución de las
plataformas de La Joya sugiere que su emergencia pueda remontar al (final del)
280 Annick Daneels

Preclásico superior o del Protoclásico, a la par con los desarrollos en el altiplano central
(valle de Teotihuacan y Puebla-Tlaxcala) y el área maya de tierras bajas. La existencia
de dos palacios que dominan una capital regional a lo largo de un milenio sugiere
además la posible existencia de un gobierno dual en fechas anteriores a los casos cono-
cidos del Postclásico. Hasta donde sabemos, es la primera vez que se da esta propuesta
para una sociedad del Clásico, a diferencia de los modelos de gobiernos monárquicos
de los mayas y la propuesta de gobierno múltiple de Teotihuacan. Abre, por lo tanto,
una línea de investigación sobre la diversidad de las formas de gobierno mesoamericanas,
y atrae la atención sobre un área en este aspecto hasta la fecha poco estudiada del Mé-
xico antiguo.

Agradecimientos

El Consejo de Arqueología del Instituto Nacional de Antropología e Historia otorgó


los permisos desde 1981 al proyecto “Exploraciones en el Centro de Veracruz”.
La Secretaría de Relaciones Exteriores de México, la cual con el Comisariado
Flamenco para Cooperación de Desarrollo de Bélgica proporcionó la beca de inter-
cambio de 1981-1986 que permitió realizar la primera etapa de la investigación; el
Fondo Nacional para la Investigación Científica de Bélgica dio el apoyo para las inves-
tigaciones en 1981-1984 y 1988-1990.
En la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto de Investigaciones
Antropológicas, donde laboro como investigadora desde 1998, y la Dirección General
de Asuntos del Personal Académico, apoyaron las excavaciones en La Joya, con el
presupuesto otorgado en el marco del papiit al proyecto “Temporalidad y Función de
la Arquitectura de Tierra” IN 305503 (2004-2006, Carlos Navarrete y Annick Da-
neels) y la beca nacional de estancia sabática paspa.
Agradezco a Foundation for the Advancement of Mesoamerican Studies (famsi
Inc., Cristal River, Florida) el presupuesto otorgado al proyecto 07021 “Monumental
Earthen Architecture at La Joya, Veracruz, Mexico” (2007-2008) y a Dumbarton Oaks
por la beca de investigación de 2008.
Versiones abreviadas de este trabajo fueron presentadas en México, D. F.en sep-
tiembre de 2006, en el IX Simposio Román Piña Chan, y en agosto de 2007 en la
XXVIII Mesa Redonda de la Sociedad Mexicana de Antropología.
Palacios en el Centro de Veracruz:
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Viel, René
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ganization at Copán, Honduras”, Latin American Antiquity, núm. 10 (4), pp. 377-
399.
Capítulo 9
La Joyanca, Petén noroeste, Guatemala:
un caso de segmentación interna y su interpretación política

Eva Lemonnier
Universidad de Paris 1

Introducción

En el área maya prehispánica la evocación de sistemas políticos segmentarios y de go­


biernos oligárquicos se refiere más bien a asentamientos del Postclásico tardío. Los
datos etnohistóricos y arqueológicos que describen sitios de esta época, ubicados en
las tierras altas de Guatemala y en el norte del Yucatán, indican que existía una
­or­ganización en “linajes” (Fauvet-Berthelot, 1986: 235), o en “parcialidades” (Hill y
Monaghan, 1987), expresada espacialmente por la división de tales asentamientos en
barrios. En el nivel político se reconstruyen tres tipos de sistemas: en el primero, una
parcialidad era preponderante (Cauinal, Q’um’arkaj); en el segundo, dos parcialidades
compartían el poder (Iximché, quizás Mixco Viejo) (Fauvet-Berthelot, 1986: 227); y
en el tercero, ningún barrio dominaba aparentemente a los demás (Isla Cilvituk, ­Santa
Rita Corozal) (Alexander, 2005; Chase, 1986, 1992). Sea cual fuere el tipo, la presen-
cia de barrios en un mismo asentamiento significaría, ante todo, la existencia de “[…]
un sistema político de alianzas de linajes nobles” (Arnauld, 2001: 392). Sin embargo,
en la mayoría de los casos conocidos, este sistema “aristocrático” u “oligárquico” no
de­jaba de presentar un carácter “monárquico”, lo cual sugiere que su origen quizás
debe de buscarse en la época anterior, como herencia del sistema político clásico más
común, el gobierno de un solo individuo (Arnauld, 2001: 396; Sanders, 1981).
De hecho, acerca de las entidades políticas mayas del Clásico tardío-terminal (de
600 a 900 d. C.) de las Tierras Bajas de Guatemala, con base en datos epigráficos,
iconográficos y arqueológicos, se ha formado durante las últimas décadas un consenso
en favor de un sistema político de tipo monárquico, acompañado de un patrón espa-
cial concéntrico de los asentamientos, derivado de la descripción que Diego de Landa
ofrece para las ciudades del siglo xvi (Tozzer, 1941: 62). Pero Landa también describió
comunidades estructuradas en cuatro sectores. Michael Coe (1965) avanzó alguna
noción cercana al “barrio” para las ciudades clásicas mayas, al intentar transferir la
estructura cuadripartita conocida para los asentamientos postclásicos a asentamientos
clásicos, como Tikal. Sin embargo, excepto en Cobá (Kintz, 1983), la categoría
“barrio”, como división interna de un asentamiento dado, raras veces fue tratada

285
286 Eva Lemonnier

(véase Lemonnier, 2011). Varios estudios postularon una segmentación de los asen­
tamientos mayas clásicos en barrios, pero, por una parte, no dieron lugar a investiga-
ciones amplias de patrones de asentamientos concretos y, por otra parte, sus objetivos
eran ante todo de orden más bien teóricos (Fox et al., 1996; Chase y Chase, 1996;
Robin, 2003; Marcus, 2004). Es quizás útil precisar que no se usan aquí las nociones
de “segmento” y “segmentación” en el sentido que se les dio durante la década de 1990,
referente a las sociedades mayas, es decir, “segmento de linaje” y “segmentación” como
fisión o división al interior del linaje (Fox, 1987, 1989). Aun cuando es probable que
el carácter “segmentario” de un sistema político tenga que ver con patrones culturales
de parentesco, no por eso debemos concebirlo estrictamente modelado por reglas de
parentesco específicas, menos aún las del “linaje”, una categoría ahora controvertida
entre mayistas (véase Gillespie, 2000, 2001; Houston y MacAnany, 2003; sección
espe­cial Ancient Mesoamerica 15(1), 2004).
Si bien no hay duda acerca de la existencia de una autoridad única en las ciudades
mayas del Clásico Tardío, representada por la persona del “gobernante” o, mejor dicho,
del “rey”, figurada en múltiples soportes, como las estelas erectas en los centros políti-
co-religiosos, abundantes datos arqueológicos, iconográficos y epigráficos recientes
sugieren que existió también una élite potente con la cual los reyes habrían comparti-
do o negociado el poder (Webster, Freter y Gonlin, 2000: 178). La epigrafía identifi-
ca una nobleza jerarquizada (véanse Martin y Grube, 2000). La iconografía muestra
que la élite no real o subreal se apropió los símbolos reales al final del Clásico tTardío,
como en Copán, por ejemplo (Webster, Freter y Gonlin, 2000: 56; Webster, 1989).
En el nivel arqueológico, ciertas categorías de edificios presentes en los centros políti-
co-religiosos deberían de aportar datos acerca de las dinámicas políticas en las que
estaban involucradas las élites subreales entre el Clásico tardío y el Clásico terminal
(entre 700 y 850 d. C.): dentro o al lado de palacios residenciales, edificios del tipo
“sede del poder” y del tipo “casa larga” servían para reunir cortesanos, consejeros o
guerreros alrededor del rey, o lejos de él (Michelet y Becquelin, 1995; Arnauld, 2001).
En particular, la evolución morfológica de las casas largas desde el Clásico al Postclásico
tardío podría ser significativa de una transformación del sistema de “la realeza” en un
sistema tardío más bien oligárquico, que pudo haber existido más tempranamente
desde el Clásico tardío en ciertas ciudades de las tierras bajas del norte, como Xca-
lumkín, Xculoc y Sabacché (Arnauld, 2001: 396). Probablemente en más de un caso
la nobleza reivindicó el poder contra tal o cualdinastía; tenía sin duda un peso político
y estaba dividida en facciones.
Así, un sector de las investigaciones mayistas actuales intenta definir una élite
subreal del Clásico, lo que lleva a plantear la cuestión de las estructuras sociales fun-
damentales internas de las supuestas comunidades. Dichas estructuras, reflejadas por
La Joyanca, Petén noroeste, Guatemala:
un caso de segmentación interna y su interpretación política 287

patrones de asentamientos específicos (Fash, 1983; Hendon, 1991), habrían dividido


las ciudades y, en el nivel político, podrían haber debilitado la organización dinástica,
considerando que en el seno de estas élites subreales potentes, o “élites intermedias”
(por ejemplo, entre la dinastía real y el pueblo), bien pudieron haberse reclutado los
jefes de barrio referidos en los textos etnohistóricos.
Los resultados de los trabajos llevados a cabo en La Joyanca (Arnauld, Breuil-
Martínez y Ponciano Alvarado, 2004; Breuil-Martínez, López Aguilar y Saint-Dizier,
2002, Breuil-Martínez et al. 2003), pequeña ciudad de tercer rango ubicada en el
Petén noroccidental, Guatemala, aportan una serie de argumentos interesantes en
favor de una dinámica política que involucra élites subreales. Una vez expuesta la di-
visión en barrios que el análisis espacial de las 635 estructuras visibles en La Joyanca
permite restituir, el presente capítulo intentará discutir el tipo de coexistencia política
que pudieron tener dichos barrios juntos, considerando que uno de ellos era el barrio
propio del rey. Dicho de otro modo, el presente estudio enfoca en el nivel político una
hipotética organización singular de la comunidad entera, dependiente de las interac-
ciones que se daban entre sus barrios, lo que supone cierto grado de autonomía de sus
jefes, en relación con el sistema sociopolítico local.

Organización socioeconómica en barrios

Ubicado a poca distancia de la ciudad-capital clásica de primer rango en la región del


Petén noroccidental, Waka-El Perú (véase la figuraa 9.1), el sitio de La Joyanca, puede
ser considerado de tercer rango (Arnauld, Metailie y Breuil-Martínez, 2004: 40-42).
En el nivel geográfico, la región presenta un sistema hidrográfico y una topografía pe-
culiares, caracterizados por ríos, lagunas y pantanos, alternando con mesetas calcáreas,
de 100 a 300 m de altura. La Joyanca está localizada en una de estas mesetas (véase la
figurea 9.2). Junto con otra ubicada justo al sur, esta meseta conforma una unidad
geográfica de 150 km2 aproximadamente, rodeada por el río San Pedro Mártir y sus
pantanos permanentes (al norte, este y sureste), así como unos pequeños afluentes y la
laguna Tuspán (al oeste y suroeste). Localmente, La Joyanca fue probablemente un
pequeño centro “urbano” en medio de esta unidad, en la que el proyecto ha reconocido
una red de grupos habitacionales dispersos (López Aguilar y Leal Rodas 2001, Breuil-
Martínez, Ponciano Alvarado y Arnauld, 2001, Breuil-Martínez, López Aguilar y Saint-
Dizier, 2002) y llevado a cabo investigaciones paleoambientales (Galop et al., 2004).
En el nivel cronológico, La Joyanca conoció una secuencia de ocupación larga,
desde el Preclásico medio al Clásico terminal (entre 800 a. C. y 1000 d. C.; Forné,
2006a, 2006b). Una única estela conservada, hallada en el grupo residencial más
288 Eva Lemonnier

FIGURA 9.1
Área maya
La Joyanca, Petén noroeste, Guatemala:
un caso de segmentación interna y su interpretación política 289

complejo, nombrado Guacamaya, lleva una inscripción glífica que contiene una fecha
calendárica del Clásico temprano, equivalente a 485 d. C., así como nombres que
indicarían la dominación de una entidad política mayor, Hixwitz, ubicada en la región
sur del río San Pedro, en la cual los sitios El Pajaral y Zapote Bobal habrían desempe-
ñado un papel importante (véanse Breuil-Martínez y Gámez Díaz, 2004; Breuil-Mar-
tínez et al., 2004, 2005; Gámez Díaz, 2005; Forné, 2007; Stuart 2003; Anaya
Hernández, Guentery y Zender, 2003).
Frente a dicha estela, un altar mamposteado, reconstruido varias veces, marca la
localización de unas sepulturas, entre las que una, la sepultura 23, presenta varios in-
dicios del estatuto real del difunto (banqueta de madera, hueso labrado con inscripción
glífica que incluye un glifo emblema, Gámez Díaz, 2003, 2004; Breuil-Martínez, Gá-
mez Díaz y Eberl, en prensa). Este complejo estela-altar-sepultura indica que el grupo
habitacional Guacamaya pudo ser propio de la dinastía real de la pequeña ciudad.

FIGURA 9.2
Microrregión de La Joyanca

Modifificado de Arnauld et al. (2004b: 43).


290 Eva Lemonnier

Figura 9.3
La Joyanca (Petén noroeste, Guatemala, Clásico tardío terminal

G. García y F. Álvarez (1996); P. Morales y M. Soubelet (1999);


E. Lemonnier (2000-2002), E. Barrios y S. López (2003).

Durante el Clásico tardío y el inicio del Clásico terminal, entre 600 y 900 d. C., La
Joyanca alcanzó su auge, cuando se construyó, en la parte sur más antigua del asenta-
miento y a corta distancia de Guacamaya, una plaza de funciones políticas y religiosas
en la tradición arquitectural del Petén central, y al noroeste, norte y este de ésta, una
serie de grupos monumentales dispersos en una zona residencial en plena expansión
(véase la figura 9.3). La dinastía real perduró hasta 850 d. C., cuando colapsó, aparen-
temente, sin provocar el abandono inmediato del asentamiento, que más bien se dio
mediante un proceso lento y progresivo entre 900 y 1050 d. C. (Forné, 2005b).
La Joyanca, Petén noroeste, Guatemala:
un caso de segmentación interna y su interpretación política 291

FIGURA 9.4
Los barrios de la Joyanca, Clásico tardío terminal

Barrios Guacamaya Tepezcuintle Venado Ardilla Saragüate Oropéndula


Patios 23 22 19 18 15 12
Estr. 84 78 74 58 51 47
Barrios Piscote Loro Real Cojolita 4D-40-43 Armadillo
Patios 12 11 9 9 6
Estr. 39 37 54 29 22
Los puntos representan las unidades habitacionales o patios modestos.

Anteriormente a dicho proceso, hacia 850 d. C., 80% de las estructuras estaba
ocupado de manera simultánea de acuerdo con los análisis cronocerámicos (Forné,
2005b, 2006a). Para ese momento de auge demográfico, el estudio del patrón de
asentamiento sugiere que La Joyanca estaba organizada en barrios (Lemonnier, 2009).
El análisis espacial de la zona residencial, cuya superficie se estima en 165 hectáreas,
que fue recorrida y mapeada de forma sistemática (Lemonnier y Michelet, 2004), ha
tomado en consideración cuatro componentes básicos (véase la figura 9.4):
292 Eva Lemonnier

1. Conjuntos monumentales, es decir grupos habitacionales multipatios, dispersos,


incluyendo de uno a dos patios monumentales; abarcan en total 25% de las es-
tructuras de la zona residencial.
2. Conjuntos modestos ubicados entre los conjuntos monumentales, que forman
unidades habitacionales pequeñas distantes entre sí 60 m como máximo; abarcan
75% de las estructuras de la zona residencial.
3. Pantanos estacionales en franjas orientadas norte-sur.
4. “Zonas vacías”, es decir, desprovistas de vestigios visibles, adyacentes a los grupos
monumentales, de una a cinco hectáreas de superficie y de suelos espesos y ricos
en materia orgánica, es decir, tierra cultivable que quizás fue cultivada.

Los componentes 1 y 2 reflejan la jerarquía social interna de la comunidad: los


conjuntos monumentales se diferencian claramente en dimensiones y morfología de
los conjuntos modestos y no existen clases intermedias, lo que sugiere no sólo una
marcada jerarquización social, sino también cierto control por parte de los grupos
superiores sobre la fuerza de trabajo de los grupos inferiores (Lemonnier, 2009: caps.
5 y 7; Arredondo Leiva, 2001, 2002; Breuil-Martínez, Lemonnier y Ponciano Alva-
rado, 2004). La jerarquía social fue sin duda más compleja pero, para las necesidades
del presente estudio, se reduce a dos categorías: superior e inferior, o “elitista” y “mo-
desta”. El estudio de las relaciones espaciales entre los cuatro componentes menciona-
dos (por ejemplo, el análisis de las distancias, Lemonnier, en prensa) demuestra que
están yuxtapuestos en alternancia en la zona residencial entera, en lugar de ­conformarse
con un patrón concéntrico en relación con la plaza principal o con el grupo Guacama­
ya (de estatuto real). Es más, el estudio indica que a cada grupo monumental corres­
ponden espacialmente una serie de conjuntos modestos y una “zona vacía”, que forman
lo que se puede llamar su “contexto local”, claramente circunscrito por pantanos esta-
cionales. Dicho de otro modo, conjuntos monumentales y modestos, zonas vacías y
pantanos constituyen los parámetros que permiten definir divisiones internas en el
asentamiento, las cuales consideramos provisionalmente como “barrios” (véase la fi-
gura 9.4), sin prejuicio del significado social del término (Lemonnier, en prensa).
En el nivel social, nuestra hipótesis de barrios no pretende ir más allá de los tres
postulados siguientes. El primero, ya mencionado, refiere a una jerarquía entre los
componentes sociales locales, tal que los habitantes de los grupos monumentales ha-
brían dominado a los demás. El segundo supone que todas las viviendas clásicas deja-
ron vestigios visibles en superficie, es decir, que toda la sociedad clásica de La Joyanca
tenía acceso a construcciones mamposteadas, siquiera parcialmente. Y el tercero pre-
sume que existía un alto nivel de interacción social entre los componentes vecinos en
un contexto local, incluyendo quizás lazos de parentesco, pero dejando abierta la
La Joyanca, Petén noroeste, Guatemala:
un caso de segmentación interna y su interpretación política 293

cuestión de la endogamia versus exogamia, la cual es clave en la definición etnohistó-


rica de barrios en comunidades mayas (Hill y Monaghan, 1987), pero cuyo examen
rebasa por mucho los límites del presente estudio.
En el nivel económico no existe ningún indicio de actividades especializadas en
los barrios de La Joyanca, al contrario de los de Teotihuacan (Manzanilla Naim, en
este volumen). La base económica es esencialemente agrícola: en las tierras bajas mayas
clásicas se considera que cada unidad habitacional constituye una unidad de produc-
ción agrícola (Wilk y Ashmore, 1988; Dunning, 1992; Robin, 2002). En La Joyanca,
además de la presencia de las parcelas adyacentes a las residencias nobles de cada barrio,
la dispersión regular de las unidades habitacionales modestas (60 m máximo entre
unidades vecinas y un promedio de 0.73 ha/unidad) y la orientación de las estructuras
entre 15 y20°, autorizan a pensar que otros terrenos estaban cultivados dentro de la
ciudad, de manera complementaria a la agricultura que estaba desarrollada afuera, en
las milpas ubicadas en la meseta. Esta hipótesis de factor agrario en el patrón de asen-
tamiento de La Joyanca concuerda con los datos etnográficos que correlacionan
produc­ción agrícola, demografía, dinámica social de agrupamiento y prosperidad eco-
nómica (Wilk, 1985, 1988, 1991). En breve, en el nivel morfológico, en La Joyanca
del Clásico tardío, un “barrio” sería una concentración de grupos habitacionales pe-
queños, pero todos al menos parcialmente mamposteados, estructurada alrededor de
un grupo monumental, o conjunto de categoría social superior, ocupando un espacio
que incluye un “dominio” de tierras cultivables y que aparece delimitado por pantanos
estacionales; cabe subrayar que buena parte de las supuestas tierras cultivables se en-
cuentra en la ribera de dichos pantanos, un factor agrario favorable. En el nivel socio­
económico, un barrio estaría compuesto de un grupo social dominante con súbditos
viviendo en corresidencia (todos los conjuntos residenciales modestos se encuentran
más cerca de un grupo monumental que de cualquier otro). Al tomar en cuenta que
la corresidencia favorece la creación de grupos de trabajo con cierta especialización y
diversificación de las actividades (Wilk, 1985, 1991), se supone que los miembros de
los barrios estaban implicados en actividades colectivas, en particular en el nivel
­agrícola, controladas por el jefe de la familia noble.

Competencia entre grupos sociales dominantes

De acuerdo con los análisis espaciales y demográficos logrados (Lemonnier, 2009: caps.
7 y 8), La Joyanca era una pequeña ciudad de 1.5 km2 de superficie y de unos 1 500
habitantes en su auge, alrededor de 850 d. C. La definición de sus barrios lleva a pro-
poner que haya estado dividida en once entidades, repartidas en la zona residencial,
294 Eva Lemonnier

FIGURA 9.5
Restitución de los patios centrales
de los grupos residenciales monumentales Guacamaya y Venado

Arnauld et al. (2004a: 82,87).

cada una siendo el barrio de una familia noble, distinto (al menos espacialmente) de
los demás, y en particular, del barrio de la familia real. Tal segmentación lleva a plantear
la difícil cuestión de la autonomía política de dichos grupos dominantes en relación
con el sistema político-religioso comunitario. El análisis espacial del asentamiento —
única metodología disponible— indica que se debe descartar el patrón concéntrico, de
tal modo que la plaza principal no fue un factor determinante en la ubicación de los
grupos monumentales, los cuales son distantes de ésta de entre 200 y 1000 m, mientras
que la distancia entre ellos es de 150 a 200 m. Este patrón espacial podría reflejar cier-
to grado de autonomía para cada barrio, en especial para su grupo dominante.
La Joyanca, Petén noroeste, Guatemala:
un caso de segmentación interna y su interpretación política 295

Ahora bien, entre estas once entidades, una era la de la familia real, que vivía en
el grupo monumental Guacamaya (véanse arriba los datos referentes al complejo es-
tela-altar-sepultura). Como los demás grupos elitistas, el rey controlaba un barrio. El
análisis de definición de barrios indica que el que corresponde a Guacamaya era el más
grande de La Joyanca en cantidad de conjuntos modestos y superficie de su “zona
vacía” (o tierras cultivables). El conjunto monumental propiamente dicho presenta el
mayor volumen constructivo, la secuencia de ocupación más larga, así como la mejor
ubicación en relación con el recurso de agua, el acceso a la plaza principal y a las tierras
fértiles del sureste de la meseta. La superioridad de Guacamaya en los niveles residen-
cial y ambiental confirmaría el estatus real de sus habitantes (indicado por el comple-
jo estela-altar-sepultura). Es razonable considerar que éstos pudieron haber ejercido
cierta autoridad sobre la élite que vivía en los demás grupos monumentales.
Sin embargo, al comparar Guacamaya (Breuil-Martínez, Lemonnier y Ponciano
Alvarado, 2004) con otros dos grupos monumentales de La Joyanca, Venado y Tepes-
cuintle, aunque menos excavados (Arredondo Leyva, 2001, 2002), la superioridad del
grupo real no aparece tan marcada (véanse Arnauld, Breuil-Martínez, Ponciano Alva-
rado, 2004: 123-124). En relación con la plaza principal, los tres están casi equidis-
tantes (alrededor de 200 m). Los tres presentan grandes patios, rodeados por los
palacios abovedados más elaborados de la ciudad pero, en cuanto a dimensiones,
morfología, técnicas de construcción y decoración interior, Venado y Tepescuintle
casi superan al palacio real (véase la figura 9.5). La cronología del sitio no permite
afirmar que el palacio real haya sido anterior al palacio de Venado. Pero indica que
estos palacios fueron contemporáneos a la reconstrucción del altar de Guacamaya y a
la construcción del primer edificio abovedado en la plaza principal (Forné, 2005a: 220,
245, 272-273). Por lo tanto, es probable que el conjunto residencial del rey fuera el
primero en estar dotado de palacios abovedados, los cuales fueron imitados por los
demás grupos de la élite local (Breuil-Martínez, López Aguilar y Ponciano Alvarado
2003; Arnauld, Breuil-Martínez, Ponciano Alvarado, 2004: 32-33; Arnauld, Metailie
y Breuil-Martínez, 2004: 52). Aun en lo que refiere a su antigüedad, Venado y Tepes-
cuintle tienen secuencias largas, aunque las conocemos en menor detalle que la de
Guacamaya, por lo limitado de las excavaciones ahí realizadas (Forné, 2005a: 73-96,
585-586, anexos 1 y 2). En breve: los tres grupos monumentales, ubicados a la misma
distancia de la plaza, morfológicamente los más complejos del asentamiento, y suscep-
tibles de haber conocido una historia antes del Clásico tardío, representarían grupos
sociales importantes desde una época temprana, que habrían crecido juntos en el
asen­tamiento. Ahora bien, en el nivel del barrio asociado, es decir, si se toma en cuen-
ta la cantidad de patios y estructuras cercanos, Guacamaya aparece apenas superior a
Tepescuintle y Venado, ya que su barrio abarca 23 patios (84 estructuras), mientras
296 Eva Lemonnier

que los otros dos contienen, respectivamente, 22 patios (78 estructuras) y 19 patios
(74 estructuras; los ocho barrios restantes de La Joyanca abarcan de 18 a 6 patios cada
uno). Nuestro grado de resolución cronológica es obviamente demasiado bajo para
poder afirmar cuál de los tres pudo superar durablemente a los demás. De esta com-
paración entre los tres grupos monumentales y barrios asociados se debe concluir que
el estatus real de los habitantes de Guacamaya y la autoridad que supuestamente éste
les confería sobre los demás grupos sociales de la ciudad, no les permitió lograr un
crecimiento mayor.
En resumen, nuestra modelación espacial y cronológica del asentamiento sugiere
que, desde al menos el Clásico temprano, junto con la dinastía real de Guacamaya,
coexistieron grupos locales potentes, cuyo crecimiento in situ fue suficiente para que
hubieran logrado fundar conjuntos monumentales al inicio del Clásico tardío (Arn-
auld, Metailie y Breuil-Martínez, 2004: 46-48, 52-53; Lemonnier, 2009: 199-201;
Forné, 2005a: cap. 5). Dicho de otro modo, los grupos monumentales no resultarían
de la fisión del linaje real, sino más bien del desarrollo de familias antiguas, asentadas
desde épocas remotas (según el modelo de los “ancestros fundadores”, McAnany,
1995), algunas procedentes, quizás, de las mesetas vecinas (Arnauld, Metailie y Breuil-
Martínez, 2004: 46, 52; Lemonnier y Arnauld, 2008). Estos grupos son demasiado
numerosos y las capacidades de reproducción del grupo Guacamaya fueron probable-
mente insuficientes para generarlos (Arnauld, Metailie y Breuil-Martínez, 2004: 52).
Las investigaciones llevadas a cabo en La Joyanca no se dedicaron a este tema y, a decir
verdad, esta hipótesis de fundación de los grupos monumentales por crecimiento in
situ de grupos sociales locales relativamente autónomos merece un estudio específico
sobre las secuencias de construcción de todos los grupos monumentales, con el fín de
acercarse a sus dinámicas de formación. Sin embargo, además de los argumentos ya
expuestos (distancias al centro y entre grupos monumentales, presencia de subestruc-
turas debajo o al lado de los grupos monumentales más sondeados, factor de atracción
de unidades modestas y de poblaciones rurales, véase adelante), lo que parece impor-
tante en favor de esta hipótesis es que, a partir de 600 d. C., La Joyanca conoció un
desarrollo sin precedente y un crecimiento demográfico aparentemente superior a las
capacidades de los grupos del Clásico temprano, limitados al sur del asentamiento.
Este argumento también vale para los barrios: cada uno no representaría un linaje, al
considerar adicionalmente el contexto de sociedad preindustrial, caracterizada por una
tasa débil de reproducción y una mortalidad infantil elevada; aquí también habría que
fechar una buena proporción de las unidades modestas interna a cada barrio.
Por lo tanto, parece más pertinente comparar los barrios de La Joyanca con “Ca-
sas” nobles o “Maisons” (Lévi-Strauss, 1979; Gillespie, 2000; Watanabe, 2004). La
Casa es un grupo corresidential localizado, jerarquizado de manera interna en torno a
La Joyanca, Petén noroeste, Guatemala:
un caso de segmentación interna y su interpretación política 297

la residencia noble, estable y perenne, cuyos miembros, emparentados o reclutados


(parentela, aliados y clientes), deben perpetuar los bienes inmateriales y materiales de
la Casa. Las modalidades y las estrategias de alianzas son múltiples, pero se comparte
una identidad común, conferida por la familia dominante a través del culto a los an-
tepasados. En realidad, todos los datos y las interpretaciones mobilizados en el marco
del estudio de los barrios de La Joyanca (Lemonnier, 2009), bien se integran al mode-
lo de las sociedades de “Maisons”, lo cual fue aplicado al caso, después de la interpre-
tación de sus datos. Considerar los barrios como Casas nobles permite entender mejor
la organización social de La Joyanca: integra las hipótesis acerca de la formación de los
barrios por el crecimiento in situ de familias antiguas y la “contratación” de población
rural; justifica la dinámica socioeconómica y política que conoció de repente La Jo-
yanca al principio del Clásico tardío —dinámica que reflejaría las estrategias desple-
gadas por estos grupos sociales con fuertes ambiciones—.
Esta hipótesis de Casas nobles no excluye —al contrario— que los habitantes de
Gua­camaya realizaran muchas alianzas fuera del barrio, con los demás grupos
dominan­tes del asentamiento —ya que el patrimonio entre Casas forma parte de sus
estrategias de “contratación” y de reproducción social—. No obstante, se puede argu-
mentar que dos de los grupos monumentales alcanzaron cierta superioridad arquitec-
tónica en relación con el palacio real, sugiriendo que sus capacidades constructivas
eran tan altas como las de Guacamaya (véanse Webster, Freter y Gonlin, 2000: 57-58,
en cuanto al caso de Copán). Efectivamente, la comparación entre los barrios asociados
confirma que Venado y Tepescuintle disponían, probablemente, de recursos en mano
de obra equivalentes o superiores a los de Guacamaya. Todo lleva a pensar que estos
tres grupos conocieron durante el Clásico tardío un desarrollo in situ, en un contexto
de rivalidad entre sí, es decir, con la dinastía real, y también de modo secundario, con
los demás grupos que se iban formando en el asentamiento (Arnauld, Metailie y Breuil-
Martínez, 2004: 52). La competencia entre grupos se daba en dos niveles (conocidos
arqueológicamente): elaboración arquitectónica de la “casa” de la familia dominante
y crecimiento demográfico del barrio, es decir, no sólo de esta misma familia, sino
también del grupo social instalado en corresidencia; por las necesidades de la cons-
trucción y de la subsistencia, debió de existir una correlación fuerte entre las dos
­dinámicas.
De forma independiente a nuestra modelación, la investigación paleoambiental
realizada en la región de La Joyanca llevó a plantear la hipótesis del abandono de la me-
seta sur, alrededor de 550 d. C., con base en la secuencia palinológica obtenida en la la-
guna Tuspán (véanse la figura 9.2; Galop et al., 2004: 59-60, 64). Ya que, en La Joyanca,
la arqueología indica un auge de construcción de grupos monumentales al inicio del
Clásico tardío, hacia 600 d. C., es tentador plantear la hipótesis sobre que la ­población
298 Eva Lemonnier

FIGURA 9.6
La plaza principal y el grupo Guacamaya, La Joyanca
Petén noreste, Guatemala, Clásico tardío terminal.

de dicha meseta sur se hubiera desplazado hacia ese sitio, atraída por los beneficios que
algunas familias poderosas les ofrecían a cambio de su fuerza de trabajo. Dicho de otro
modo, los barrios de La Joyanca se habrían formado parcialmente por atracción de po-
blación rural, o sea, con base en migraciones estimuladas por la élite local de La Joyanca
(Arnauld, Metailie y Breuil-Martínez, 2004: 46; Galop et al., 2004: 64, 70-71; Lemon-
nier y Arnauld, 2008). Los grupos dominantes tenían, probablemente, la autonomía
suficiente para atraer e integrar en su seno gente de rangos inferiores. Por el crecimiento
de sus barrios, no sólo alcanzaron cierta equivalencia con el barrio de la familia real, sino
que además representaban probablemente una amenaza para el poder real. Es lo que
parecen reflejar ciertos rasgos peculiares del gran programa arquitectónico desarrollado
en la plaza principal y de su transformación entre 600 y 850 d. C.

Compartir el poder

Alrededor de 700 d.C., después de la edificación de varios grupos monumentales en la


orilla norte de la plaza principal (Guacamaya, Venado, Tepescuintle, Ardilla, Cojolita)
La Joyanca, Petén noroeste, Guatemala:
un caso de segmentación interna y su interpretación política 299

y mientras que se iban construyendo otros más al norte (Loro Real, quizás Armadillo),
se desarrolló en la plaza un gran proyecto arquitectónico que le confirió el carácter
propiamente político y religioso: dos templos sobre pirámides y un edificio largo (50
m) fueron construidos juntos (véanse Arnauld, Breuil Martínez y Ponciano Alvarado,
2004: cap. 5; Arnauld, 2002). De los dos basamentos piramidales (de 10 a 13 m de
altura) que formaron el eje este-oeste de la plaza, el del oeste cubría un pequeño edifi-
cio anterior de planta laberíntica, con una figura solar de estuco modelado y pintado
en la entrada y una inscripción glífica grabada en la crujía central, incluyendo quizás
el glifo para “entierro” (Arnauld, Breuil-Martínez y Ponciano Alvarado, 2004: 102,
según la lectura de Alfonso Lacadena García-Gallo, en Arnauld, Breuil-Martínez y
Ponciano Alvarado, 2004: 102); encima de este edificio, y debajo del templo posterior,
se acondicionó una cámara funeraria con muros bien hechos, que nunca fue empleada;
en el templo posterior, un soporte monolítico de incensario con una inscripción glífica
esculpida menciona a un personaje de estatus real. Este complejo arquitectónico y sus
asociaciones sugieren que el templo era parte de un programa propiamente dinástico.
Ninguna de las inscripciones glíficas permite relacionar el laberinto y el templo oeste
con el grupo Guacamaya y su estela; pero al menos se observa que el laberinto y su fi-
gura solar abren hacia el este, siendo directamente visibles y accesibles desde el com-
plejo estela-altar-sepultura de Guacamaya, por lo que parece haber sido la única
entrada a la plaza (véase la figura 9.6).
Adosado al muro norte del templo oeste, el edificio largo, orientado norte-sur,
formaba originalmente un gran salón abovedado con una banca central en su interior,
accesible por nueve puertas, y del que se bajaba hacia la plaza por una inmensa escali-
nata de nueve gradas anchas. Esta morfología sugiere que se trata a la vez de un edificio
de tipo “sede del poder político” (por la banca central y, quizás, la cifra nueve, que
suele referir, en los idiomas mayas, a una gran cantidad) y de un salón público (por las
dimensiones, puertas y escalinata): combinaba las funciones de una “sala de trono” con
las de una “sala de reunión” para los personajes de alto rango que se reunían alrededor
del rey (véase Arnauld, 2001). Si tal interpretación es correcta, nuestra propuesta
consiste en relacionar este edificio público peculiar con la morfología de los barrios de
La Joyanca: dicho de otro modo, los personajes que se reunían alrededor del rey eran
posiblemente los jefes de los barrios (a otra escala política y para el sitio postclásico de
Mayapán, T. Proskouriakoff, 1962: 90 formuló una hipótesis análoga en cuanto a
estructuras idénticas). Aunque exista un argumento (mencionado arriba) para relacio-
nar espacialmente los edificios del Clásico tardío de la plaza con el sólo grupo Guaca-
maya, obviamente la amplitud del programa arquitectónico desarrollado involucraba
a todos los barrios de la comunidad. En este sentido, el edificio largo hubiera marcado
la alianza de todos los barrios bajo el poder real.
300 Eva Lemonnier

FIGURA 9.7A
Plan y restituciòn del edificio “sede del poder” polìtico

En un contexto sociopolítico, caracterizado en la ciudad tanto por la solidaridad


entre barrios como por las rivalidades entre sus familias dominantes, el programa ar-
quitectónico entero de la plaza puede ser interpretado como el intento por parte de la
dinastía real de demostrar e imponer su autoridad superior. Ahora bien, la transfor-
mación paulatina del edificio largo y su abandono sugieren que tal intento falló en
buena medida (véanse las figuras 9.7A y 9.7B). Este edificio sufrió una división interior
progresiva en seis cuartos, incluyendo la sala del trono, reducida a un pequeño cuarto
La Joyanca, Petén noroeste, Guatemala:
un caso de segmentación interna y su interpretación política 301

FIGURA 9.7B
Plan y restituciòn del edificio “sede del poder” polìtico

Aranuld et al., (2004a, 98-111)

desprovisto de control visual sobre los demás. Después de un tiempo de ocupación no


superior a un siglo, el edificio fue abandonado (alrededor de 850 d.C.); su banca
central fue desmantelada y, justo al lado, sobre la bóveda colapsada fue depositado un
individuo en posición atípica, cubierto de piedras sin ningún cuidado (sepultura 11);
aunque pueda ser anecdótico, tal “entierro” marca cierto grado de violencia antes y
después de la ruina del edificio público (Arnauld, 2002). La división del gran salón
sugiere que el rey perdió en parte su autoridad, mientras que los jefes de los barrios
consolidaban su capacidad de control en cuartos propios; el contexto de su abandono
señala, probablemente, el colapso del sistema dinástico. A partir de 850 d. C., la plaza
perdió sus funciones políticas y se transformó en espacio residencial, aunque existen
indicios tardíos de actividad sobre los templos y sus basamentos (Forné, 2005a: 210-
211, 217, 279).
El sitio siguió ocupándose de modo significativo por un siglo más (Forné. 2005a:
279-282). El colapso del sistema político dinástico, alrededor de 850 d. C., no impli-
có el abandono inmediato de la ciudad, tampoco rompió la dinámica de expansión
residencial. Más bien, el Clásico terminal se caracteriza en La Joyanca por dos dinámi-
cas simultáneas: 1) se dieron los primeros abandonos mediante un proceso lento, y 2)
algunos conjuntos continuaron con importantes actividades de construcción (por
ejemplo, en los patios este de Ardilla, norte y noreste de Guacamaya; Forné 2005a).
Para este momento no tenemos indicios de cómo fue la nueva situación política. El
grupo residencial Guacamaya siguió ocupándose sin interrupción hasta el abandono
del sitio, y se le añadieron nuevos patios entre 850 y 900 d. C. No se observan cambios
302 Eva Lemonnier

aparentes en el complejo estela-altar-sepultura, donde hallamos bastantes fragmentos


de incensarios del Clásico terminal. Quizás la familia de Guacamaya hubo conservado
su autoridad, al menos en el interior de su barrio. Sería interesante fechar una muestra
estadísticamente representativa de las estructuras de este barrio para evaluar el grado
de vigencia de esta entidad social durante el Clásico terminal. De momento, las exca-
vaciones intensivas realizadas en el pequeño grupo Gavilán demuestran que tuvo su
auge durante el Clásico terminal (Lemonnier, 2009: caps. 5 y 6).

Conclusión

El sitio arqueológico La Joyanca ilustra la formación de una ciudad pequeña que, sin
duda, quiso tener algún papel político en el juego de las ciudades regionales, al menos
a partir de 485 d. C. (fecha que aparece en su única estela; Breuil-Martínez, Ponciano
Alvarado y Arnauld, 2001: 118-119). En un contexto de alianzas locales entre varios
grupos sociales dominantes, pero también de competencia y emulación, el rey de La
Joyanca pudo fomentar el crecimiento de dichos grupos sociales autónomos, ya que
necesitaba tener aliados y fuerza de trabajo en su entorno inmediato. Al respecto, se
han interpretado datos en un sentido similar en Teotihuacan, donde las élites interme-
dias de los barrios pasaron bajo la dominación del poder central a partir de 350 d. C.
por razones de control económico (Manzanilla Naim, en este volumen). Sin embargo,
en La Joyanca (como en Teotihuacan) esta dinámica no pudo mantenerse mucho
tiempo sin provocar, aparentemente, una ruptura, ocurrida hacia 850 d. C. Posible-
mente factores exteriores influyeron también en la crisis, ya que guerras y sequías
marcaron el periodo conformado de 750 a 850 d. C. en el Petén occidental (Arnaul,
Breuil-Martínez, y Ponciano Alvarado, 2004: 115; Demarest, Rice y Rice, 2004; Ga-
lop et al., 2004: 64-65). El sistema de la dinastía real no hubiera durado siquiera
cuatro siglos (entre 500 y 850 d. C.) ya que, a de 750 a 800 d.C., las familias dominan­
tes se consolidaron por el crecimiento de sus barrios, con lo que recobraron a­ uto­nomía
y autoridad.
Los grupos sociales rivales en el seno de la comunidad parecen haber tenido
siempre la oportunidad de desarrollarse, es decir, de crecer demográficamente. En las
sociedades mayas clásicas, caracterizadas por una marcada jerarquía con acceso
diferencial a recursos y también por una tasa de crecimiento demográfico muy
baja, formar alianzas constituía la estrategia primordial para grupos sociales ambicio-
sos. Por medio de varias modalidades (relaciones de parentesco, sistema de obligaciones
recíprocas, títulos y cargos que daban acceso a tributos, trabajo y tierras), las familias
de las élites subreales adquirían la capacidad de movilizar gente y de mantenerla
La Joyanca, Petén noroeste, Guatemala:
un caso de segmentación interna y su interpretación política 303

s­ ubordinada en el marco de grupos de corresidencia. A escala de la ciudad, tales pro-


cesos provocaban la formación de facciones o parcialidades políticas, que amenazaban
el poder real y quizás conducían al colapso, más aún en un asentamiento segmentado
como La Joyanca: “[…] paramount rulers wielded ceremonial and religious autho-
rity, but real political strength lay with a class of competing magnates […]” (Martin
y Grube, 2000: 18).
Lo interesante del caso de La Joyanca es que existen datos arqueológicos para
mostrar que la comunidad o, más bien dicho, el conjunto de las diferentes parcialida-
des clásicas, no despareció de inmediato después del colapso del sistema político de la
dinastía real. Esto sugiere la existencia probable de una fuerte cohesión social, y quizás
política y económica dentro de cada barrio. Como los de Teotihuacan (Manzanilla
Naim, en este volumen), los barrios de La Joyanca tenían un centro, sede del poder a
esa escala (barrio focus; Ashmore, 1988), representado por la residencia noble asociada
a un espacio dedicado al culto de los ancestros, y poseían recursos, al menos tierras y
mano de obra. No hay evidencia de producción artesanal especializada, pero esto no
excluye que el barrio pudo ser la unidad económica más grande, especificamente en el
nivel agrícola (Alexander, 2000). Una de las relaciones entre nobles y comuneros hu-
biera sido fundada en la tenencia de la tierra (Gutiérrez Mendoza, en este volumen),
a nombre, quizás, de una identidad compartida, legitimada por el culto de los antepa-
sados. Entonces, en arqueología, tal vez más vale privilegiar las relaciones económicas
(Moragas Segura, en este volumen) sobre las relaciones familiares entre habitantes de
barrio —aunque queda difícil identificar arqueológicamente el dominio agrícola—.
Sea como sea, la pequeña ciudad de La Joyanca, después de la caída del rey, no fue
abandonada de inmediato y quizás conoció, entonces, durante más o menos un siglo,
un gobierno oligárquico conformado por los jefes de los barrios. Pero de este último
no existe, a la fecha, ningún indicio en la arqueología de La Joyanca, y la hipótesis
requiere una investigación enfocada en esta problemática específica.
Más allá de este aspecto, o sea, del papel de la emulación en las sociedades mayas
clásicas, el estudio llevado a cabo en La Joyanca, al proporcionar criterios de identifi-
cación arqueológicos, contribuye al estudio de los barrios mayas clásicos (Lemonnier,
2011, 2012). Focalizada en el carácter urbano de dichas sociedades —excepción de la
Mesoamérica (patrón de asentamiento disperso versus compacto— Drennan, 1988;
Arnauld, 2008; Arnauld y Michelet, 2004), la arqueología maya ha bloqueado bas-
tante tiempo investigaciones acerca de las “unidades de agrupamiento intermediarias”.
Ahora bien, con base en datos etnohistóricos y etnográficos, hace años que se admite
que grupos sociales pertenecían a varias unidades a la vez, de orden social, económico
o político, desde la familia nuclear hasta la comunidad (Ashmore, 1981; Robin, 2003).
No se pretende que todas las ciudades mayas clásicas hayan sido divididas en barrios.
304 Eva Lemonnier

Hay muy pocos datos disponibles sobre el tema, menos aún estudios detallados. Para-
dójicamente, son bastante numerosos los sitios donde es cuestión de unidades supe-
riores al grupo-patio, incluso unidades calificadas de barrio o reconocidas como tal por
los arqueólogos (véase Lemonnier, 2009: 18). En dichos sitios, como Tikal (Becker,
2003), Copán (Webster, Freter y Gonlin, 2000; Sanders, 1989; Hendon, 1991) o
Chunchucmil (Vlcek, Garza de González y Kurjack, 1978; Hutson, Magnoni y Stan-
ton, 2004), un programa de investigación adaptado permitiría refinar tanto los méto-
dos espaciales y temporales como los conocimientos relacionados con la organización
sociopolítica de las sociedades mayas y sus dinámicas —ya que el estudio de los barrios
participa directamente de los procesos de formación y de desarrollo de las ciudades
mayas y a su urbanización—.

Agradecimientos

En primera instancia, queremos expresar nuestra gratitud al idaeh, que aprobó el


Proyecto Petén Noroeste-La Joyanca (1999-2003), en el marco en el cual se llevó a
cabo el estudio del patrón de asentamiento del sitio. Se agradece a los directores de
este proyecto, C. Arnauld, V. Breuil-Martínez, E. Ponciano Alvarado, E. Arredondo
Leiva y S. López Aguilar, así como a los que lo apoyaron, las compañías Basic y Peren-
co, la señora Gilberte Beaux y el licenciado Rodolfo Sosa de León. También se desea
expresar agradecimientos a todos los miembros del proyecto, en particular a Mélanie
Forné, Véronique Breuil-Martínez, Ernesto Arredondo Leiva, Charlotte Arnauld y
Erick Ponciano Alvarado por haber compartido datos e interpretaciones.

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Capítulo 10
Las “casas” nobles de los barrios de Teotihuacan:
estructuras excluyentes en un entorno corporativo

Linda Rosa Manzanilla Naim


Instituto de Investigaciones Antropológicas unam

Introducción

Teotihuacan representa la construcción multiétnica de un experimento excepcional1.


La confluencia de pueblos diversos que huyeron de las erupciones del sur de la cuenca
de México durante el primer siglo de nuestra era, y que llegaron al valle de Teotihuacan,
ya poblado con aldeas formativas, generó una articulación original sobre la cual se
insertaron otros de la Costa del Golfo y del Occidente de México.
Para organizar contingentes humanos de tantos orígenes, intereses y estrategias,
el grupo que le dio forma a la ciudad ortogonal de tiempos Tlamimilolpa (ca. 200-350
d. C.) quizás consideró que el orden podría ser una manera para organizar a la mano
de obra multiétnica, así como para atraer a grupos de diversas procedencias en los es-
fuerzos de construcción, manufactura y movimiento de bienes. El orden, manifiesto
en la retícula urbana y en los módulos constructivos (Millon, 1973), el colorido de los
murales (De la Fuente, 1995), el esfuerzo por constituirse en el centro del mundo
conocido, donde todas las lenguas eran escuchadas y los diversos tipos de juego de
pelota desplegados, hizo de Teotihuacan una excepción en el Clásico mesoamericano
(Manzanilla Naim, 2006).
La organización corporativa de la vida doméstica en conjuntos multifamiliares
(Manzanilla Naim, 1996) es una de sus características excepcionales; pero quizás tam-
bién lo corporativo llegó hasta los niveles del cogobierno central, en los que sugerimos
la existencia de cuatro cogobernantes (Manzanilla Naim, 2002, 2006), como la vasija
de Las Colinas, publicada por Sigvald Linné (1942: 68), evoca.
Al repensar la estructura política de la ciudad de Teotihuacan, tema por demás
difícil de abordar sin la profusión de textos, representaciones y contextos de la realeza
que abundan en el área maya sobre el mismo tema (Manzanilla Naim, 2002, 2006),
a mi modo de ver, salta a la vista una posible contradicción entre la organización

1 Nota de los editores. La autora alude al término propuesto por Esther Pasztory en su libro Teotihuacan,
an experiment in living (University of Oklahoma Press, Norman, 1997), que resalta el carácter único
de Teotihuacan entre las sociedades del Clásico mesoamericano.

313
314 Linda Rosa Manzanilla Naim

i­ nterna de los barrios y las élites intermedias que los rigen, por un lado, respecto de la
utopía corporativa del cogobierno central.
Abordaremos aquí el tema de cómo concebimos la organización de los barrios en
la ciudad de Teotihuacan, y la posibilidad de que las élites intermedias que los enca-
bezaban estuviesen organizadas como “casas” (Maisons), en el sentido que Lévi-Strauss
(1982) sugirió. Consideramos que los barrios, sede de las élites intermedias (à la Elson
y Covey [2006]), son las unidades sociales intermedias más dinámicas de los sitios
urbanos, y las que pueden dar luz sobre la organización de base, los procesos de trans-
formación y las tensiones finales de los asentamientos multiétnicos complejos.

El concepto de “casa” à la Lévi-Strauss

La maison, como grupo social, es caracterizada por Lévi-Strauss como algo más que
un grupo doméstico: es un grupo corporativo grande, organizado por la residencia
compartida, la subsistencia, los medios de producción, el origen, las acciones rituales
o la esencia metafísica (Gillespie, 2000a: 1). Tiene una propiedad territorial con rique-
za material e intangible que se perpetúa a través de la transmisión de su nombre, sus
bienes y sus títulos a lo largo de una línea real o imaginaria, considerada legítima
mien­tras su continuidad se exprese en el lenguaje del parentesco o la afinidad o ambos
(Lévi Strauss, 1982: 174).
En términos prácticos, una maison puede representar relaciones sociales, econó-
micas, políticas o rituales entre varios individuos que pueden formar una colectividad
temporal o permanente (Gillespie, 2000a: 6), o en términos de Bonte e Izard (1991:
435): la sociedad de “casa” representa la alianza temporal o prolongada entre dos o más
linajes para crear unidades sociales de un nuevo tipo con ventajas para todos. Es una
persona moral autónoma poseedora de derechos y obligaciones.
Según Gillespie (2000a: 2), una de sus estrategias de largo plazo es adquirir, con-
servar o reemplazar recursos que son la base de su estatus y poder. El grupo social no
sólo se representa por la estructura física de la casa, sino también por los objetos que
lo acompañan: reliquias, tumbas, emblemas, máscaras, atavíos, etcétera, y territorios
de caza, pesca y recolección (Gillespie, 2000a: 3; 2000b: 25-26), además de las tradi-
ciones de migración, los relatos de fundación de asentamientos o santuarios ancestra-
les; los nombres o títulos; los oficios en las sociedades secretas; las danzas, cantos y
representaciones rituales (Gillespie, 2000a: 12).
Las ‘casas’ nobles de los barrios de Teotihuacan:
estructuras excluyentes en un entorno corporativoa 315

La economía de oikos en Mesopotamia

Algunos autores, como Susan Pollock (2002: 117 y s.), han llamado la atención sobre la
existencia de economías de oikos en la Mesopotamia del tercer milenio a. C. (véase la f­ igura
10.1) que, según Max Weber, son economías orientadas principalmente hacia la satis-
facción de necesidades, en las que varias unidades domésticas o unidades de producción
son responsables de la manufactura de bienes para su propio uso, almacenamiento de
materias primas o bienes, y manufactura de bienes indispensables para el intercambio.

FIGURA 10.1
El oikos en Mesopotamia, según Pollock (2002)

Para Pollock (2002), en el tercer milenio a. C., la concentración de población en


villas y ciudades llegó a proporciones sin precedentes. La urbanización trajo consigo
la reorganización de la economía, ya que, con menos población rural y mayor pobla-
ción urbana, la extracción del tributo se redujo. La respuesta de las unidades domés-
ticas más grandes y ricas fue emplear una fuerza de trabajo sustancial constituida por
gente no emparentada entre sí para producir la mayor parte de lo que se usaba o
consumía. Además de las unidades domésticas de parientes, que no desaparecieron del
316 Linda Rosa Manzanilla Naim

todo, hay una compleja red de unidades interdependientes económicamente, cuyos


miembros tenían conexiones y obligaciones con más de una unidad doméstica.
Así, varios tipos de “unidades domésticas” o de oikoi son citados por Pollock
(2002: 117): familias extensas en corresidencia, casas señoriales de oficiales públicos,
palacios reales y templos. Los oikoi serían grandes unidades socioeconómicas con una
mano de obra dependiente, personal administrativo, manadas de animales, pasturas,
campos, huertos, almacenes y talleres artesanales (Pollock, 2002: 118). Su personal
incluía agricultores y pastores que vivían parte del año en la ciudad y, a cambio, tenían
medios básicos de subsistencia. El oikos controló crecientemente los medios de pro-
ducción: tierra, herramientas y materias primas (Pollock, 2002: 120).
Los miembros del oikos recibían raciones de comida: cebada, lana y aceite, además de
dotaciones ocasionales de harina, pan, tela, pescado, lácteos, frutas, carne o cerveza. El tama-
ño de las raciones dependía de la edad, el género y el tipo de trabajo (Pollock, 2002: 120).
Según Pollock (2002: 124), para identificar un oikos, arqueológicamente hay que
encontrar la mayoría de los siguientes elementos: una estructura grande o grupo de
estructuras relacionadas, con evidencia de una producción variada de subsistencia,
almacenamiento de materias primas y bienes, participación en el intercambio y siste-
mas de contabilidad.

Los barrios de Teotihuacan

Dada la estructura corporativa de Teotihuacan, es posible que en los centros de barrio


se dieran estructuras tipo oikos, en las que confluyen varios contingentes sociales de di-
verso orden en un centro ritual y administrativo que organiza una mano de obra depen-
diente; añadiríamos que muchas veces, particularmente en la porción sur de Teotihuacan,
es posible que dicha mano de obra especializada podría haber sido de carácter multiét-
nico. Además esta agrupación socioeconómica giraba en torno de una nobleza interme-
dia que administraba y dirigía el barrio; portaba emblemas y atavíos característicos; tenía
tierras y recursos cercanos y lejanos.
Ampliando una propuesta original de Sergio Gómez Chávez, Jullie Gazzola y
Jaime Núñez Hernández (2004; Gómez Chávez, 2000) sobre los elementos que cons-
tituyen los barrios, consideramos ahora que los centros de barrio de Teotihuacan,
como cualquiera unidad intermedia de grandes urbes, tienen un centro físico, y éste
tiene siete componentes:

1. Un componente ritual, es decir, grandes templos y plazas con altares, adonde los
moradores del barrio asisten a las ceremonias.
Las ‘casas’ nobles de los barrios de Teotihuacan:
estructuras excluyentes en un entorno corporativoa 317

2. Un componente administrativo, más difícil de percibir, pero que podría estar


representado posiblemente en el Patio de los Glifos de La Ventilla, donde ocurren
las audiencias de la administración central con los grupos corporativos y de
manufactura.
3. Un componente artesanal muy especializado para hacer frente a las necesidades de
las élites intermedias que rigen los barrios, particularmente para la manufactura
de atavíos y tocados.
4. Un componente residencial de la “casa” noble del barrio.
5. Un espacio abierto anexo que, según Sergio Gómez Chávez y colaboradores
(2004: 175 y s.), estaba destinado al intercambio, a la celebración de festividades
y al juego de pelota.

Añadimos dos elementos más: un componente militar, que representa la guardia


del barrio (Manzanilla Naim, 2009), y una alineación de cocinas para alimentar a los
trabajadores.
En los barrios cercanos al núcleo cívico de la ciudad y a la Calzada de los Muertos,
varios de estos componentes están separados en conjuntos arquitectónicos distintos y
contiguos. En barrios de la periferia, al parecer estaban integrados alrededor de la
plaza principal del barrio, como módulos constructivos anexos, pero sin un muro
perimetral, excepto donde inicia el gran espacio abierto.
En Teopancazco (véase la figura 10.2), un centro de barrio de la periferia sureste
de la ciudad, hemos podido comprobar la existencia de una gran plaza con altar y
tem­plos, más grande que los patios rituales de los conjuntos multifamiliares de
­vi­vienda; algunos indicios de indicadores administrativos, representados por sellos de
estampa, y probablemente por otros objetos de contabilidad de los artesanos, como
“tejos” y “piezas de juego” (Manzanilla Naim, 2010); la presencia de componentes
multiétni­cos para el trabajo artesanal muy especializado de atavíos y tocados y, por
ende, materias primas, productos terminados y animales de la Costa del Golfo; la
existencia de un gran espacio hacia el este, del cual está separado por un gran muro,
inexistente como tal hacia el oeste y norte (según muestra la prospección geofísica
encabezada por Barba Pingarrón) (Manzanilla Naim, 2006); y, por último, indicios
de que a la cabeza de este centro de barrio yacía una “casa” con nobles de la élite inter-
media, quizás originalmente de procedencia foránea.
Teopancazco carece de cocinas dispersas en los diversos sectores del conjunto,
característica que sí vemos en los conjuntos de apartamentos, como Oztoyahualco
15B:N6W3 (Manzanilla Naim, 1993, 1996); sin embargo, cuenta con una alineación
de cocinas y almacenes al norte del mismo, que probablemente alimentaban a los
contingentes de artesanos (Pecci et al., 2010). Hay sectores (como el suroeste) que
318 Linda Rosa Manzanilla Naim

FIGURA 10.2
El centro del barrio de Teopancazco

Manzanilla, Barba, Ortiz y Blancas.

seguramente albergaban a los militares del barrio, y que probablemente fungían como
guardia de las caravanas de acopio de recursos suntuarios. Los centros de barrio tam-
bién tienen evidencias de rituales masivos extraordinarios, como el que apareció en
Teopancazco en el nivel constructivo de finales de la fase Tlamimilolpa y principios de
Xolalpan temprano, y que consiste de más de veinticinco cráneos de individuos, la
mayoría masculinos, cada uno en una vasija con cinabrio y tapado por otra vasija
(Manzanilla Naim, 2006).

1. El primer componente, el ritual (véase la figura 10.3) tiene como indicadores


• la gran plaza de 275 m2;
• un gran templo ubicado al este del patio, cuya fachada está al oeste, con un
recinto de c. 57 m2;
• un altar en la plaza;
Las ‘casas’ nobles de los barrios de Teotihuacan:
estructuras excluyentes en un entorno corporativoa 319

• la traza química del ritual a los cuatro rumbos (Pecci et al., 2010);
• el mural principal de Teopancazco, hallado originalmente por el alfarero
Barrios y que dio pauta para que Leopoldo Batres excavara por primera vez
un conjunto de éstos, en 1884. Este mural fue dibujado por Adela Breton (en
Marquina Barredo, 1922, cap. III, tomo I, láms. 34 y 35) y estudiado también
por Rubén Cabrera Castro (1995: 160). En él destacan dos sacerdotes sem­
bradores que tiran líquidos con semillas, que ahora sabemos son de salvia o
chía, gracias a las identificaciones de Martínez Yrízar y Adriano Morán (2006),
y que se dirigen a un altar, además de otros sacerdotes sembradores y guerreros;
• en los márgenes de la plaza central hay fosas con los desechos de grandes
banquetes comunales, en los que, entre otras cosas, se consumían peces marinos
(identificados por Edmundo Teniente Nivón del ipn [2006] y Bernardo
Rodríguez Galicia de la unam [2010]);
• como señalamos anteriormente, hay rituales extraordinarios, particularmente
las fosas con más de veinticinco individuos, muchos de ellos decapitados, que
son cráneos en vasijas, y muchos con cinabrio.

FIGURA 10.3
El componente ritual de Teopancazco

Manzanilla, Martínez Yrízar, Pecci, Barba y Ortiz.


320 Linda Rosa Manzanilla Naim

2. El segundo componente, el administrativo (véase la figura 10.4), podría estar repre-


sentado por los sellos de estampa, que pudieron ser utilizados por los grupos so-
ciales del barrio para sellar, con pigmentos, bultos y contenedores en los que se
almacenaba la producción especializada del centro del barrio. Aparecen sellos con
flores de cuatro pétalos (posiblemente el glifo emblema de la ciudad, a decir de
López Austin [1989]), símbolos del Dios de las Tormentas (la deidad estatal de
Teotihuacan), el Dios del Fuego, el quincunce, e incluso un mono (que quizás
esté vinculado con los individuos procedentes de la costa del Golfo de México).
Además, están los contenedores que ya mencionamos, y posiblemente un sistema
de contadores, materializados en objetos de cerámica de diversas formas: redondos,
bicónicos, falangiformes, esféricos, que podrían ser cambiados por raciones de
tortillas, agua, tela, etcétera (Manzanilla Naim 2010).
3. El tercer componente, el artesanal especializado, está representado por múltiples
instrumentos de hueso (Padró Irizarri, 2002; Padró Irizarri y Manzanilla Naim,
FIGURA 10.4
El componente administrativo de Teopancazco

Los sellos de estampa. Posibles bultos y contenedores.

2004) (véase la figura 10.5) para unir mantas de algodón procedentes de la costa
del golfo, así como adherirles placas de concha (véase la figura 10.6), cangrejos,
tortugas, y otros elementos marinos, que constituían el elemento de identidad de
este centro de barrio. La presencia de los múltiples instrumentos y materias primas
(sobre todo de origen fáunico) con los cuales se formaban los atavíos y tocados de
los nobles de este barrio constituyen una prueba del grado extremo de especiali-
zación de los artesanos del barrio, los “sastres”, y de la importancia de los símbolos
de identidad del barrio, con elementos iconográficos que no se repiten en otros
barrios de la ciudad. Los códigos simbólicos impresos en los trajes de los nobles
referían al barrio particular de donde procedían, y podían ser identificados i­ ncluso
por los diversos contingentes étnicos de la ciudad.
En Teopancazco, a diferencia de la mayor parte de los conjuntos multiétnicos
de apartamentos, buena parte de los metates están dirigidos a la producción a­ rtesanal,
Las ‘casas’ nobles de los barrios de Teotihuacan:
estructuras excluyentes en un entorno corporativoa 321

FIGURA 10.5
El componente artesanal especializado del barrio de Teopancazco

Glifo de los sastres


Instrumental Padró y Péres Roldán

Instrumental Instrumental

FIGURA 10.6
Componente artesanal de Teopancazco. Materias primas (Continúa)
322 Linda Rosa Manzanilla Naim

FIGURA 10.6
Componente artesanal de Teopancazco. Materias primas (Continuación)

ya que evidencian una mezcla de estuco, pigmento rojo, fibras diversas y lacas, y no
fitolitos de maíz (Manzanilla Naim, Reyes García y Zurita Noguera , 2006).
En general, consideramos que en los centros de barrio de Teotihuacan se hacían
los atavíos y tocados (véase la figura 10.7) que tenían elementos de identidad de las
“casas” nobles de Teotihuacan, y que diferían de un barrio a otro. Este nivel de
manufacturas sería el tercero (véase la figura 10.8) de cuatro escalas de producción
artesanal que propongo para Teotihuacan (Manzanilla Naim et al., 2010).
4. El cuarto componente es el residencial para la “casa” que regía el barrio, y que estaba
ubicado hacia el norte de la plaza, para la época Tlamimilolpa (200-350 d. C.) y po-
siblemente al suroeste, para la época Xolalpan (350-550 d. C.) (véase la figura 10.9).
5. El quinto componente es el espacio abierto que yace al este y que, siguiendo la suge-
rencia de Gómez Chávez, Gazzola y Núñez Hernández (2004), podría estar dedi-
cado al juego de pelota, a albergar a peregrinos que participaban en las festividades
periódicas, y a ciertas actividades de intercambio (véase Manzanilla Naim, 2006).
6. El sexto componente, el militar, aparece referido a las representaciones muralísticas
de guardias armados, con tocados que parecen ser peces disecados, y que yacen a
los lados del mural principal de los sacerdotes sembradores que caminan hacia el
altar. Además, en el mismo sector, tenemos el entierro de un niño acompañado
por figurillas, una de las cuales representa a un militar con sus atavíos que se quitan
y ponen, además de un incensario tipo teatro miniatura con brasero bicónico.
7. El séptimo componente es una alineación de cocinas y almacenes en la periferia
norte del conjunto, disposición anómala para los conjuntos habitacionales.
8. Al parecer hay un octavo componente, ubicado en y cerca de un templo destruido a fines
de Tlamimilolpa, en el sector noreste, relacionado con asuntos de higiene y medicina.
Debemos resaltar, de manera especial, que además de los barrios claramente forá-
neos en la periferia de Teotihuacan, a saber: el barrio Oaxaqueño, el barrio de los
Las ‘casas’ nobles de los barrios de Teotihuacan:
estructuras excluyentes en un entorno corporativoa 323

FIGURA 10.7
Los productos: elaboración de tocados además de atavíos.

FIGURA 10. 8
Propuesta: diferentes escalas de producción artesanal en Teotihuacan
1. Artesanías para hacer frente alas necesidades 3. Artesanías para hacer frente a las necesidades
cotidianas: de las élites intermedias:
Lugares: conjuntos de apartamentos. Lugares: centros de barrio
Tipos: relacionados con la preparación de ali- Tipos: producción de atavíos y tocados.
mentos: extracción de navajillas de obsidiana
para el ritual doméstico y el destazamiento me-
nor; producción eventual de figurillas de molde.

2. Artesanías para hacer frente a las necesidades 4. Artesanías para hacer frente a las necesidades
urbanas: de las élites gobernantes:
Lugares: aldeas circundantes, villorrios y sec- Lugares: palacios, como Xalla, la Ciudadela,
tores periféricos. Complejo Calle de los Muertos, Sector oeste
Tipos: producción de cerámica común, pro- de la Pirámide de la Luna.
cesamiento del estuco,producción de herra- Tipos: incensarios tipo teatro, producción de
mientas de obsidiana (NE de Teotihuacan). placas de mica, adornos de jadeíta, excéntri-
cos y puntas de dardos.
324 Linda Rosa Manzanilla Naim

FIGURA 10.9

­ omerciantes y el pequeño enclave michoacano, los centros de barrio teotihuacanos


C
tienen la presencia de artesanos muy especializados provenientes de otras regiones de
Mesoamérica, convocados por las “casas” nobles teotihuacanas. Estos elementos forá-
neos se pueden detectar:

1. gracias a las proporciones isotópicas dispares de estroncio 87/86 y de isótopos


estables en algunos individuos de Teopancazco (informes técnicos para mi pro­
yecto de Peter Schaaf et al., 2007, y Pedro Morales Puente et al., 2007);
2. la presencia de cerámica foránea que se añade a la profusión de animales, par­
ticularmente los marinos, provenientes de Veracruz, que ya citamos;
3. la diferencia en la práctica mortuoria entre los teotihuacanos y los individuos
foráneos (entierros parciales de los foráneos, versus entierros completos flexio­
nados, sea sedente, sean laterales, de los teotihuacanos, excepto quizás en el caso
de los fundadores del barrio).
4.
Las ‘casas’ nobles de los barrios de Teotihuacan:
estructuras excluyentes en un entorno corporativoa 325

Conclusiones

La “casa” noble que regía Teopancazco quizás tuvo como emblema al pez (véase la fi-
gura 10.10), que aparece representado en el mural de los Animales Mitológicos (véase
De la Fuente, 1995). Ningún otro sitio excavado de Teotihuacan tiene la cantidad y
variedad de restos de peces marinos como Teopancazco: en el sitio hemos detectado
más de doce variedades de peces de las lagunas costeras de Veracruz, entre los cuales
podemos enunciar (gracias a la identificación de Edmundo Teniente [ipn] y Bernardo
Rodríguez Galicia [unam]): al bagre, la mojarra plateada y la común, el jurel, el ronco,
el robalo, el guachinango, la barracuda, el pez loro, el bobo, además de un diente de
tiburón (Edmundo Teniente Nivón, ipn, informe técnico para mi proyecto; Rodríguez
Galicia, 2006, 2007, 2010). Asimismo, hallamos un fragmento de espina tallada de
erizo de mar (Francisco Solís Marín, unam, informe técnico para mi proyecto) y diez
fragmentos de pinzas de cangrejo que habitan en pastizales a lo largo de las zonas cos­
teras, además, de placas de carapachos de varios tipos de tortugas (Kinosternon sp. y
Pseudemys scripta), placas de armadillo y 30 placas subdérmicas de cocodrilo (­Rodríguez
Galicia, 2006, 2010)

FIGURA 10.10
Atributos de la “casa” noble de Teopancazco
326 Linda Rosa Manzanilla Naim

Los peces también podrían haber estado dispuestos en los tocados, como lo sugie-
re el del segundo tipo de sacerdote sembrador de Teopancazco (véase el dibujo de
Adela Breton, en Marquina Barredo, 1922, tomo I, lámina 35; De la Fuente, 1995) y
los de los guerreros (Starr, 1894); este emblema aparece reiteradamente en el mural de
la Agricultura (Marquina Barredo, 1922, tomo I, lámina 33; De la Fuente, 1995).
Los rituales en los que participaban los “sacerdotes del océano” (como Kubler
[1967] los denominó) involucraban el sembrar semillas de chía, cuyo aceite era utili-
zado en el siglo xvi para la elaboración de lacas, según destacan Martínez Yrízar y
Adriano Morán (2006), y pienso que lo mismo sucedió en Teopancazco. Estas lacas
eran utilizadas para decorar cuencos hechos con arcillas locales y hacerlos parecerse a
la cerámica Naranja Laca de Veracruz (Manzanilla Naim, 2006), como la pieza halla-
da en el entierro 105 de tiempos Tlamimilolpa (200-350 d. C.).
La manufactura de mantas de algodón no se hacía en Teotihuacan, sino en Vera­
cruz; sin embargo, en la gran metrópolis fueron elementos cuyo uso estaba destinado
a gente de alto estatus, y cuya iconografía refería directamente a barrios particulares.
Los nobles que regían los barrios de la mitad sur de la ciudad pudieron haber tenido
una relación particular con la Costa del Golfo, y en particular Teopancazco pudo haber
traído mantas finas de algodón en grandes cantidades desde la fase Tlamimilolpa (200-
350 d. C.), hecho que le pudo haber otorgado un poderío económico sin precedentes,
dado el consumo de éstas por la nobleza teotihuacana. En la época Xolalpan (350-550
d .C.), después de magnos rituales de terminación hacia 350 d. C. (decapitación de
varios individuos foráneos; grandes fogones con desmembramiento de figurillas; el
“matar” vasijas policromas y monocromas, además de objetos diversos en una esquina
del patio principal del conjunto), es probable que el Estado teotihuacano haya ejerci-
do un control más directo sobre el barrio de Teopancazco, al intentar evitar que élites
foráneas tuvieran un poderío desmedido en la ciudad.
Planteo la hipótesis de que la fundación del barrio de Teopancazco pudo haber sido
atribuida a la llegada de nobles procedentes de otra región de Mesoamérica, trayendo
consigo mucho de la cultura culinaria, artesanal y ritual del corredor de sitios teotihua-
canos hacia la Costa del Golfo, así como ricas mantas de algodón y recursos suntuarios.
Sin embargo, a la larga (en la época Xolalpan), los nobles teotihuacanos podrían haber
tomado en sus manos la administración del barrio, y asumido los vínculos, los recursos
y la mano de obra foránea para articular relaciones directas con Veracruz, dada la rique-
za y prestigio que se obtenía de la distribución de mantas y atavíos en Teotihuacan. En
todo caso, parece que los vínculos eran directos y estaban más allá de la supervisión del
Estado teotihuacano. Éste pudo ser uno de los elementos que desgajó la estructura
corporativa del Estado teotihuacano desde dentro.
Las ‘casas’ nobles de los barrios de Teotihuacan:
estructuras excluyentes en un entorno corporativoa 327

Las élites intermedias que regían los barrios se comportaron posiblemente como
señores feudales, con sedes, tierras, recursos, mano de obra, emblemas, atavíos, reli-
quias, y probablemente mitos de origen que los hacen semejarse a las “casas” nobles,
según Lévi-Strauss.
Más allá de los barrios, que probablemente eran la unidad básica de la sociedad
teotihuacana (en cuanto a estructura, trabajo, ritual, concentración y redistribución
de bienes), yacían los cuatro posibles sectores de Teotihuacan, preludio de los campan
de Tenochtitlan. Una de las características que parece haber separado Teotihuacan del
resto de Mesoamérica es la posibilidad de un cogobierno (Paulinyi, 1981; Manzanilla
Naim, 2002); es probable que en éste participaran varias de las “casas” nobles de pri-
mera importancia, particularmente los cánidos del suroeste, las serpientes del sureste,
los felinos del noreste y las aves de rapiña y animales voladores del noroeste (véase la
figura 10.11), tomando como base los emblemas de las figuras representadas en la va­
sija de Las Colinas, hallada por Linné (1942: 77); sin embargo, a la larga, la ­estrategia
corporativa de gobierno con la cual Teotihuacan quizás organizó muy eficientemente
a una gran población multiétnica en sus inicios, resultó impracticable para hacer fren-
te a la voracidad económica de las “casas” nobles de los barrios. La contradicción entre
dos formas de organización, una en el nivel de la autoridad central y de la población
en general, y otra, en las sedes de los barrios, no tuvo solución.

FIGURA 10.11
Propuesta: cogobierno de Teotihuacan
328 Linda Rosa Manzanilla Naim

Agradecimientos

Agradezco a mis colaboradores del proyecto “Teotihuacan: élite y gobierno” que diri-
jo, particularmente a: Diana Martínez Yrízar, Cristina Adriano Morán, Emilio Ibarra
Morales, Judith Zurita Noguera, Manuel Reyes García, Raúl Valadez Azúa, Bernardo
Rodríguez Galicia, Gilberto Pérez Roldán, Johanna Padró Irirarri, Liliana Torres San-
ders, Luis Barba Pingarrón, Alessandra Pecci, Agustín Ortiz Butrón, Jorge Blancas
Vázquez , Adrián Velázquez Castro, Belem Zúñiga Arellano, Norma Valentín Maldo-
nado, Gerardo Villanueva García, Ana María Soler Arechalda, Avto Gogichaishvili,
Jaime Urrutia Fucugauchi, Laura Beramendi Orosco, Galia González Hernández,
María Rodríguez Ceja, Peter Schaaf, Becket Lailson Tinoco, Hector Neff, Michael
Glascock, Pedro Morales Puente, Edith Cienfuegos Alvarado, Francisco Otero Truja-
no, José Luis Ruvalcaba Sil, Emiliano Melgar Tisoc, Reyna Solís Ciriaco, Mauro de
Ángeles Guzmán, Claudia López Pérez, Claudia Nicolás Careta, Beatriz Maldonado
Morales, Marcela Zapata Meza, Sandra Riego Ruíz, Miguel Ángel Pérez Baez, Édgar
Rosales de la Rosa, Alejandra Guzmán Tapia Citlali Funes Canizález, Mayra Lazcano
Medina, Édgar Gaytán Ramírez, Leila França, Juan Rodolfo Hernández Montes, Lau-
ra Bernal Gutiérrez, Nidia Ortiz Gutiérrez, Carolina Bucio Pacheco, Julio César Cru-
zalta Narváez, Enah Montserrat Fonseca Ibarra, Gabriela Mejía, Berenice Jiménez
González, Estíbaliz Aguayo Ortiz, Meztli Hernández Grajales, José Carlos de la Fuen-
te León, Fernando Botas Vera, César Fernández Amaro, Rubén Gómez Jaimes, Rafael
Reyes Ojeda, Edmundo Teniente Nivón, Ramiro Román Contreras, Francisco Alon-
so Solís Marín y muchos otros más.
Las excavaciones de Teopancazco fueron posibles gracias al financiamiento del
Conacyt y de la unam, y al permiso federal del inah.

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Capítulo 11
Modelo de organización compartida en el Mediterráneo:
viejos modelos para nuevas ideas
sobre el gobierno corporativo en Teotihuacan

Natalia Moragas Segura


Universidad de Barcelona

Introducción

La organización del poder en el mundo antiguo es una cuestión importante para el


conocimiento del funcionamiento de las relaciones sociales, políticas y económicas de
las sociedades estatales. No es una cuestión de identificar tan sólo la cultura material
de la élite sino de entender cómo se conjugan los grupos en una sociedad compleja y
en qué modo se organizan para gestionar un órgano político mayor que el de su grupo
familiar. En el caso de Mesoamérica, esta cuestión ha resultado de gran relevancia en
los últimos años, por la necesidad de replantearse los modelos interpretativos utilizados
durante el siglo xx basados muchas veces en la relación vertical del poder; es decir, en
las relaciones entre élitesy no élites como motor del cambio y organización social de
las sociedades complejas. En el marco mesoamericano, los avances en la epigrafía
maya nos han mostrado una importante interrelación entre élites que nos hace, cuan-
do menos, suponer que pudieron darse procesos parecidos en otras sociedades, como
la teotihuacana. Otra de las cuestiones a tener en cuenta es que las diversas trayectorias
académicas de los investigadores hacen que los términos utilizados no tengan la misma
connotación Un ejemplo es el uso de los conceptos: “Estado”, “colonia”, “ciudad-Es-
tado”, “Corte” o “rey”, que se han utilizado como referente para algunas culturas,
como la teotihuacana o la maya, pero que tienen contenidos más significativos que
deben revaluarse.
Por invitación de los miembros del simposio “Gobiernos Segmentarios y Sistemas
Poliárquicos en el Pasado y el Presente: Estudios Comparativos”, se propone aquí
analizar y revisar otros modelos del Viejo Mundo, con la voluntad de incorporar nue-
vos aspectos al debate sobre los modelos de gobierno en Mesoamérica, concretamente
para Teotihuacan. La cuestión del modo de gobierno de la metrópolis prehispánica es
una cuestión primordial para comprender la realidad sociopolítica del periodo Clásico
de, si no de toda Mesoamérica, al menos de una parte importante de ella. En otros
trabajos he comentado que se deben analizar con mayor detalle las relaciones interéli-
tes de la ciudad para comprender mejor el funcionamiento de la misma. En busca de

333
334 Natalia Moragas Segura

nuevos modelos, considero que los sistemas de organización sociopolítica de las socie-
dades mediterráneas nos pueden aportar algunas ideas a explorar para Teotihuacan.
De hecho, considero que el modelo de poder compartido no es un sistema extraño a
las sociedades del mundo antiguo y que podría relacionarse, considerando obviamen-
te la especificidad cultural, con el modelo de gobierno corporativo mencionado para
Teotihuacan. En este trabajo se propone la revisión de algunos de los modelos de or-
ganización política compartida en el Mediterráneo antiguo que se presentaron desde
el siglo viii a. C. hasta el cambio de era, en contextos políticos y sociales muy distintos,
y que interactuaron en diferentes momentos de la historia. Nos centraremos en los
procesos de conformación de los modelos compartidos de poder, sobre todo a partir
de las colonizaciones foceas y hasta el final de la República romana, por ser ése un
momento en que el Mediterráneo se conoce en su globalidad.

Algunas consideraciones previas

En arqueología, el estudio de las élites es una cuestión que se ha tratado en casi todos
los continentes en que se ha llevado a cabo investigación de este tipo. En el momento
en que nos encontramos con un acceso diferenciado a determinados recursos por
parte de un sector muy concreto de la sociedad, se crea un registro cultural específico
que nos permite identificar a los grupos de élites. Cuestiones tales, como la accesibili-
dad/inaccesibilidad de un bien por un grupo específico, la calidad del mismo, el que
sea local o foráneo, determinadas asociaciones de la iconografía del poder y otros
muchos más elementos nos dan los referentes para tratar la cuestión de las élites desde
la interpretación de la cultura material. Otro saber se deriva de reconocer el modo en
que estas élites se organizan, tanto enel grupo familiar como fuera del mismo o con
otros grupos de orígenes étnicos distintos, en términos de igualdad o de desigualdad
que conforman el marco de relaciones políticas y económicas de ese grupo en una
espacialidad determinada. Finalmente, otra cuestión derivada, pero de gran importan-
cia, es cómo las élites y su marco de relaciones conformarán el gobierno de una ciudad,
de un Estado o de un imperio. Esa relación parece ser fácil de determinar, pero en al-
gunas culturas arqueológicas nos encontramos con impedimentos para reconocer
cuestiones en torno al modelo de organización política, social y económica de las élites
y, en consecuencia, del gobierno. Es el caso de Teotihuacan, una de las culturas más
impresionantes de la Antigüedad, el que nos muestra una gran complejidad cultural,
evidencias de una organización social altamente jerarquizada y una riqueza y poder
más allá de los límites territoriales, pero que nos sorprende e intriga por la falta reco-
nocible de registros escritos. El que una sociedad, aparentemente ágrafa, fuera capaz
Modelo de organización compartida en el mediterráneo: viejos modelos para nuevas ideas
sobre el gobierno corporativo en Teotihuacan 335

de sostener una ciudad y otros centros asociados por más de seiscientos años no deja
de ser complicado de entender y aún más de explicar. En este ejercicio deseo establecer
algunos parámetros, con base en algunas analogías con culturas mediterráneas, que
pudieran sernos útiles para asumir los retos de la arqueología teotihuacana.

El marco histórico

Muy brevemente vamos a tratar algunas cuestiones muy puntuales para comprender
el espacio territorial del área geográfica del Mediterráneo durante el periodo que nos
ocupa (de 1000 a. C. al año 0). Nos movemos entre los años posteriores al colapso de
las sociedades minoicas y micénicas hasta el final de la República romana, es decir, diez
siglos en los cuales se suceden dinámicas culturales, políticas, económicas y sociales que
conformaran la historia “clásica” de la Antigüedad europea. La globalidad del Medite-
rráneo es una cuestión a considerar, de la misma manera que se habla de Mesoamérica.
Si bien las investigaciones no se han planteado una descripción de las características de
las culturas mediterráneas en la medida que se maneja para Mesoamérica, lo cierto es
que podríamos considerar una serie de características comunes en lo Mediterráneo. La
determinación de una dieta basada en el trigo, la vid y el aceite, el urbanismo hipodá-
mico, un panteón de dioses parecido y posteriormente una economía monetaria, son
cuestiones que englobaron a las diferentes culturas que se desarrollaron en la costa
norte de África y en la ribera sur de Europa. Las colonizaciones arcaicas griegas inter-
conectaron como nunca antes el Mediterráneo oriental con el occidental, pero no será
sino hasta el término de las guerras púnicas que el Mediterráneo se englobará política-
mente bajo un modelo único, marcado por la creciente hegemonía de Roma.

La Grecia arcaica: del oikos a la polis, de la polis a la colonia

Después del rompimiento de la estructura palacial micénica, la sociedad griega va a


sufrir una recomposición total en lo político, económico, social e ideológico. Compa-
rado con las estructuras político económicas anteriores, todo el ámbito de la Grecia
antigua se ruraliza. Una de las cuestiones esenciales para comprender el periodo pos-
terior al colapso de las sociedades palaciales es el surgimiento del concepto oikos, que
hace referencia a los términos de “familia”, “casa” y “propiedad”. El oikos se refiere a la
familia nuclear, en la que la línea patrilineal proporcionaba la legitimidad de la propie-
dad y la herencia, así como el espacio y posición social de los individuos (Finley, 1961:
89, Austin y Vidal-Naquet, 1986: 23). El oikos, como “casa”, se refería al lugar del
336 Natalia Moragas Segura

fuego familiar, lugar de alojamiento, producción de alimentos, lugar donde se cuida a


los hijos, donde se encuentra el telar; como propiedad, el oikos conceptualizaba la
tierra, los muebles, los esclavos y el ganado (Mirón Pérez, 2004). Por lo tanto, tal como
dice Mirón Pérez, los términos “casa”, “familia” y “propiedades” deben conceptualizar-
se con base en los valores que la sociedad griega arcaica consideraba importantes para
su desarrollo cultural, ideológico y social. En definitiva, el oikos va a ser la célula eco-
nómica básica de las sociedades griegas antiguas. El oikos implica, así, la “administra-
ción de la casa”, en el sentido más amplio. Además, los miembros del oikos son todos
aquellos individuos asociados con la familia, la casa y la propiedad, tengan o no relación
consanguínea entre ellos (Austin y Vidal-Naquet, 1986: 51-52). Los contactos con
otros oikoi y con el exterior se van a realizar a través del intercambio, el don y el contra
don, la guerra y las alianzas matrimoniales (Austin y Vidal-Naquet, 1986: 28). El de-
sarrollo del oikos es anterior al fenómeno de la conformación de la polis griega pero no
independiente de ella (Mirón Pérez, 2004: 72).1 La polis no se crea a través del oikos
pero sí se fundamenta parcialmente a través de él, de tal manera que un oikos ordenado
hace funcionar una polis de manera ordenada y mantiene a la paz social.
Bajo el modelo en el que a través del oikos se organiza al individuo, la familia y sus
posesiones, el problema siguiente a solucionar es cómo se resuelven las situaciones que
van más allá de los ámbitos doméstico y familiar. A medida que el colapso micénico va
quedando atrás en el tiempo, los oikoi comienzan a desarrollar espacios comunes para
dirimir cuestiones que afecten a varios de ellos. La “asamblea” (utilizando el término
de forma genérica) va a ocupar este espacio de resolución de conflicto y toma de deci-
siones más allá de las estructuras de parentesco y territoriales de los oikoi. Mientras que
los asuntos privados se dirimían en el oikos, lo que afectaba a varios oikoi lo decidían en
la asamblea los jefes de cada casa (Finley, 1961: 94). La emergencia de un rey o basileus
(capataz) se perfiló en la medida en que se fue dando un proceso de complejidad social
creciente y una mayor interrelación entre las casas (Finley, 1961: 99). Pero cabe men-
cionar que las potestades de este basileus emanaban de un poder no hereditario, sino
otorgado por los otros miembros de las élites. Las relaciones de dependencia entre los

1 “No en vano, la ciudad, la polis, según la definición de Aristóteles, es un conjunto de oikoi, unidos para
el bienestar de las personas (Pol., 1252b17-41, 1253b1-3). Así que la primera incluye al segundo en su
seno. Como muestra de ello, la palabra que designa colonia (apoikia) y sus derivados —el acto de fundar
una colonia recibe el nombre de oikisis—, provienen a su vez de la palabra oikos, pues se trata de
desplazar el germen de un conjunto de casas para formar una nueva ciudad. Por otro lado, la sociedad
se centra ante todo en el oikos. De este modo, pese a las reticencias a entrar en el mundo de lo privado,
éste no funciona de forma independiente de la polis, que acaba legislando aspectos de lo privado, por
ejemplo, la herencia. La ciudad está interesada en la integridad del oikos, pues la misma integridad de
la ciudad, que se regenera física e intelectualmente en su seno, depende de él.” (Mirón Pérez, 2004: 72)
Modelo de organización compartida en el mediterráneo: viejos modelos para nuevas ideas
sobre el gobierno corporativo en Teotihuacan 337

nobles responden a su reconocimiento entre seres iguales que pueden disponer de sus
bienes para realizar alianzas. Este concepto evita, en cierta manera, que la figura del rey
sea considerada superior a los nobles, pues crea relaciones de dependencia y consangui-
nidad que balancearán las relaciones políticas de los nobles (Domínguez Monedero,
2003: 90). De la misma manera, las propias élites establecerán una legislación, propia
de cada polis, para el control del ejercicio del poder de los que ocupaban cargos públicos.
No obstante, parafraseando las palabras de Osborne, no era tanto para evitar abusos o
acciones ilegítimas contra el pueblo, sino para autorregular la distribución de ese poder
entre las élites (Osborne, 1998: 222-224).
De acuerdo con Domínguez Monedero (2003: 90), la polis es la gestión integrada
de un territorio y sobre la población que la habita. Es decir, que la polis es el resultado de
un proceso de coalescencia entre varios oikoi, en el que los intereses particulares de sus
élites se conjuntan en un interés común, más aún cuando voluntariamente las élites
cedieron parte de su soberanía individual en favor de una soberanía colectiva por la
cual un individuo o un grupo selecto de individuos detentaron el poder político y
religioso, pero no el económico. Eso no se dará de manera fácil, ya que la aristocracia
fue anterior a la realeza y, por lo tanto, el rey, Basileus o magistrado principal, sólo es
primo entre pares (Finley, 1961: 101). Hay que tener en cuenta que el surgimiento de
la polis va a derivarse de un movimiento promovido por las élites, es decir, desde la
cúspide de la sociedad (Domínguez Monedero, 2006: 311). No va haber dos polis
exactamente iguales, pero todas responden al mismo patrón general. Todos los habi-
tantes de una polis se identificarán con ella, pero no todos gozarán del derecho de
decidir sobre ella (Domínguez Monedero, 2003: 90-91). Obviamente, las polis irán
generando una serie de edificios y espacios diseñados para el ejercicio público de ese
poder. El agora, o plaza pública, será el espacio del desarrollo de la política para el
mundo griego, así como el forum lo será para el mundo romano. Una de las cuestiones
pertinentes es reconocer los modelos por los cuales las élites se organizan para gobernar
las diferentes poleis. Aunque los ejemplos son variados, podemos establecer algunos
elementos comunes, como la creación de grupos de gobierno oligárquicos muy selec-
tos, marcados por el concepto de “ciudadanía” y por el derecho de ejercer una magis-
tratura de carácter temporal y no hereditaria. Las magistraturas se iban creando a
medida que las necesidades de la polis aumentaban por ir creciendo en tamaño y en
complejidad sociopolítica (Domínguez Monedero, 2003: 93). Tampoco hay que ol-
vidar que la gestión de la polis permitía el control de los tributos.
En la historiografía clásica, Atenas y Esparta van a ser los dos modelos contrapues-
tos de polis, aunque hay que considerar que los conflictos bélicos de estas dos sociedades
van a influir sin duda alguna en la visión retratada por los historiadores griegos.
­Tampoco tenemos un modelo ideal de polis, sino que corresponde a diferentes modelos
338 Natalia Moragas Segura

de integración con el territorio. La cuestión espartana ha dividido a los investigadores,


ya que algunos consideran que no responde al modelo de la polis, mientras que otros
creen que esencialmente Esparta es una polis semejante a la de Atenas. Los que apoyan
la idea de semejanza entre Esparta y Atenas argumentan que las fuentes históricas están
sesgadas debido a las cuestiones políticas relacionadas por el conflicto entre ambas
poleis, pero que los datos arqueológicos en realidad sugieren una evolución parecida.
En Esparta durante el periodo que va de los siglos viii al iii a. C., el modelo se relacio-
na con dos dinastías reinantes que tienen a dos reyes a la cabeza del gobierno. Lo
cierto es que este modelo diárquico se mantiene a lo largo de un gran periodo sin crisis
aparentes, en el que el derecho dinástico no parece ser contestado por los propios es-
partanos. La sucesión es hereditaria, lo que pudiera haber favorecido la continuidad de
este sistema, así como el hecho de que el príncipe heredero podía sustituir al rey en
caso necesario (Carlier, 2005: 24). Sin embargo, el poder de los reyes dista todavía de
ser absoluto y, como en el caso de otras poleis, está controlado por el poder de los éfo-
ros, los magistrados que restringen el poder real a través del veto.2
La expansión de los centros griegos en el Mediterráneo durante la época arcaica es
una cuestión organizada por las élites. La historiografía trad