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Luis Felipe Noé

Antiestética .

EDICIONES DE LA FLOR
1988, Buenos Aires, Argentina.
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Prólogo a la reincidencia

En 1965, teniendo yo treinta y dos años, entre dos estadías en Nueva York, publico en
Buenos Aires mi libro Antiestética gracias a la increíble generosidad de espíritu
(naturalmente reflejada en el desprendiniento económico) de Frans Van Riel, responsable de
la galería de arte más tradicional -en el sentido de la cultura, no del gusto estético- de ésta, mi
ciudad. Así un "marchand" de cuadros, sin pretender pasar a la actividad editorial me ofreció
por "amor al arte" la publicación de este libro.
Han pasado 23 años y constato que no sólo éste no está olvidado, sino que se lo suele buscar
y figura en la bibliografía de muchas cátedras. Y lo que es para mí más importante, la gente
joven aún se interesa identificándose en muchos conceptos. O sea que más allá de sus
propuestas teóricas, naturalmente discutibles (por comenzar, por mí mismo) creo que su
mérito mayor es que no traba posibilidades con pretendidos dogmas, sino que lucha contra
ellos y está por una apertura creativa -lo que nunca pasará de moda porque siempre será
necesaria-. En síntesis: dan ganas. Pero no se encuentra desde hace muchos años. Esto me
invita a la reedición. Pero, dado su carácter polémico, podría decir que esto me lleva a
cometer el mismo delito, a reincidir.
Y como creo que representa mi espíritu de una época he decidido no traicionarlo con
correcciones, modificaciones o ampliaciones. Se edita de nuevo tal como fue publicado en
su origen, hasta en su apariencia exterior. No quiere decir ello que no haya modificado en
absoluto mis puntos de vista allí expuestos. En todo caso, si los he modificado ello no
significa que no continúe en la evolución natural de un pensamiento. Las ideas han seguido
por su camino. Cambiar de pensamiento, por el contrario, es saltar de ruta. Pensar lo mismo
no significa inmovilizar las ideas sino respetar el origen del cual se confiesan su
consecuencia seguir pensándolas. Y la Antiestética constituye la primera formulación de ese
caminar. Aquí corresponde la ahora muletilla pero siempre veraz sentencia de "caminante no
hay camino, se hace camino al andar". Pero, a veces, los caminos se bifurcan justamente al
andar y para encontrar la verdadera ruta es necesario desandar un trecho. Así, a fines de los
años '60 escribí un libio, El arte entre la tecnología y la rebelión, que si bien fue un esfuerzo
de interpretación de la crisis de esos años en el aspecto social del arte, por algo (tal vez, por
eso de que "hay que desensillar hasta que aclare"), lo dejé sin publicar. Es justamente en esa
época que también más cuestioné la Antiestética por su énfasis en el artista. Enfasis que
ahora no creo necesario, convencido justamente, desde ese entonces, como Miró, que "un día
no habrá más pintores sino hombres que pintan". Pero tampoco pongo en cuestionamiento lo
que la palabra "artista" significa. Por ello quiero que se entienda una mera referencia a
aquellos que se permiten desarrollar algunos mecanismos desalienantes a través del acto
creativo, lo que los lleva a ser aprendices de t)rujo, ésos a los que me refiero en este libro.
En síntesis, yo me reconozco en toda la Antiestética, me reconozco no por ejercicio de la
memoria sino como imagen presente. Pero no volvería a escribirla, fundamentalmente
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porque tei'90 la conciencia de que ya está escrita. La prueba es que estoy dispuesto a la
reedición.
Lo que uno ha pensado no lo vuelve a pensar pero ello no quiere decir que no lo reformule.
Lo pensado, pensado está. Y seguirá el que lo pensó pensando otras cosas. Algunas de éstas
complementarán los pensamientos anteriores, otras lo cuestionarán, pero en el caro de una
evolución coherente, estos cuestionamientos no son mas que relativizaciones de ciertas
afirmaciones. Sé, por ejemplo, que el énfasis que ponía en la "asunción de¡ caos" no lo
pongo más. En ese momento descubría el tema, ahora ya lo sé y lo tengo integrado, que es
una manera de decir "asumido", aunque el caos, lo que está en gestación, siempre nos
sobrepasa. Pero sigo creyendo que es necesario que se entienda este concepto para no querer
tapar una olla grande con la tapa de una más pequeña que es lo que muchos hacen cuando
hablan de poner orden en el caos.
Pero hay ideas que se convertirán en convicciones y entonces todo el pensamiento que se
gestará después estará nutrido por esa perspectiva. Creo que mi concepción de una "estética
de la antiestético", o sea de una propia de¡ acto creativo que necesariamente polemiza con los
valores establecidos en la medida en que éstos no permitan la enunciación de nuevos, sigue
para mí totalmente vigente a pesar de las concepciones teóricas posmodernistas a la moda.
Curiosamente son las realizaciones de los mejores artistas jóvenes que avalan esta convicción
mía. Pero creo que la teoría que se trata de elaborar detrás de ellos poco tiene que ver con la
actitud de dar la espalda a toda clase de prejuicios, sean en nombre de las viejas academias o
de la vanguardia. Esas teorías, en cambio, tienen la absurda pretensión de hacer síntesis de lo
normativo de las actitudes anteriores, lo que equivale a establecer una nueva academia contra
lo que deviene. Y lo que deviene, en lo que a la pintura se refiere, es la práctica de ella como
lenguaje expresivo más allá de ismos, modas y pretendidas vanguardias o más allá de
normatividad alguna. Pero al emplear aquí la palabra "lenguaje" necesito aclarar que ello no
significa que lo presupongo previamente codificado como lo pretende el espíritu académico,
premoderno, moderno o posmoderno. Todo lenguaje artístico establece los códigos en la
medida que los va enunciando, 'esto es lo propio de ellos. Por esto habrá en un principio una
mala comprensión de los mismos. Esta idea es la aplicación de la estética de la antiestético al
problema del lenguaje, que por no hacerla consciente muchos que comprenden el problema
de la creación niegan la condición de lenguaje a la pintura al suponer que ello implica aceptar
que está codificada. Pero lo que eil0 significa ya es naturaleza de un libro en gestación, La
pintura desnuda. Por el momento me dispongo a la publicación tiempo después de esta
reedición, de un libro que agrupa mis artículos sobre la pintura de lo que va de la Antiestética
hasta ahora. Entre ellos, muchos que se refieren a mi pensamiento actual sobre la pintura. La
diferencia fundamental entre este primer libro y mis escritos actuales reside en el hecho de
que en el primero pongo el acento en la actitud creativa y en los últimos en la pintura como
lenguaje. Pero este pensamiento simplemente es otro hito en el camino iniciado por la
Antiestética.

Julio de 1988.

A algo que siento en gestación aquí y ahora. A mis hijos Paula y Gaspar. A los hijos de mis
amigos pintores. A los hijos de mis amigos. A la generación de ellos. Con toda fe.

Luis Felipe Noé


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Prólogo

Forzosamente me equivoco al escribir este libro. Me equivoco porque hablo de cuestiones


abstractas y colectivas en relación con una labor concreta e individual; me equivoco porque
hablo de una relación de causa a efecto y desconozco el efecto; me equivoco, en definitiva,
porque soy pintor y escribo. Por esto, ante todo, pido una disculpa inicial al lector. Éste es un
libro sobre pintura escrito por un pintor. Y, como se sabe, esto comúnmente no es tolerable.
Un pequeño periodista, un poeta, un profesor de filosofía y hasta un ingeniero agrónomo, y,
sobre todo, cualquier clase de escritor, tienen derecho a hablar de pintura. Un pintor, en
cambio, no. A él le está negada la palabra. ¿Por qué? Por el simple hecho de que se supone
que él se expresa de otro modo. Existen dos fundamentos para ello. El temor común de que
la emoción se contamine de razón, es uno. La incapacidad de la sociedad actual para admitir
que una misma persona desempeñe más de una función, constituye la segunda razón.

Perdónenme, pero yo quiero solamente hablar de mi quehacer no desde el punto de vista del
inmediato hacer, de la técnica, sino en el plano de la conciencia creadora. No hablar de la
pintura desde el punto de vista del resultado, de la contemplación, sino como quehacer, como
búsqueda Permanente, o sea, desde el punto de vista de la creacicón, es mi propósito. En este
sentido creo que mi posición lleva a reinvertir una cantidad de conceptos comunes y, al
mismo tiempo, plantea nuevas posibilidades. Sin embargo, creo que ante todo no se trata de
vagos pensamientos de un pintor, sino de un esfuerzo de ubicación dentro de una
determinada coyuntura histórica.

Arriesgo el equívoco. Pensar es desde ya un equívoco. Sentir las cuestiones que lo rodean a
uno como si le concernieran hasta tal punto que uno se siente depender de esas cuestiones es,
aun, un equívoco mayor. Por esto, éste es un libro insensato y para insensatos. La sensatez
no entenderá ni siquiera de qué se está hablando aquí, ya que no me refiero a lo evidente. No
escribo para sensatos porque me siento víctima del lugar común y me siento víctima no por
lo que a mí concierne -estamos enfermos de individualismo- sino por lo que concierne a la
sociedad humana a la que pertenezco. Y porque me siento víctima del lugar común, y
necesito ver más allá de lo evidente, es que he escrito éste libro. Por ello constituye un
rescate de la perogrullada respecto a la creación. A veces, ir al encuentro de la perogrullada
es una insensatez, porque el lugar común ha deformado la sensatez. Pero, en todo caso no
creo que yerre en vano, dado que no me alojo en cómodas verdades repitiendo aciertos
anteriores relacionados con otro contexto de tiempo y lugar. En el peor de los casos
propongo mi equivocación como anverso de una posibilidad de verdad.

Este no es un libro sobre arte dentro de lo que comúnmente se entiende por tal. Ni tampoco
versa sobre la obra de arte y la contemplación de ésta. No me importan en abstracto los
problemas de visión ni los problemas de cómo se mira un cuadro. Todo pintor que hace caso
a los trabajos sobre estos temas, como a los que antes existían sobre la idea de belleza y sobre
las leyes de la pintura, forzosamente deja de pintar.
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Más bien diría que la contemplación y los espectadores me importan un bledo. La


contemplación es un epifenómeno de la creación. Ésta es la que importa, por lo menos a
quien está atado de por vida a ella y a los problemas que plantea. La creación no es un
reflejo del artista, sino que es un proceso histórico y colectivo que envuelve a éste. Es
necesario entender en cada segundo la evolución del proceso y elaborar una respuesta. Aun
para mí, comúnmente clasificado dentro de la familia de los expresionistas, esto es cierto. Es
necesario estar muy lúcido. El fundamento expresionista alude solamente a un hombre
viviente. Pero este hombre está emplazado en un devenir y, al mismo tiempo, condicionado
por su contexto.

Éste es un libro sobre la pintura como quehacer artístico, en términos generales, y, en


términos particulares, de lugar y tiempo y, por lo tanto, sobre sus proyecciones al futuro. Por
esto, en cierto modo, es una introducción a la pintura, pero no desde el punto de vista de la
contemplación. Por eso mismo, tal vez, sirva a la contemplación. Le da una nueva
perspectiva, una nueva dimensión que la contemplación, por sí misma, desconoce como
desconoce todo aquello que se oculta detrás de la voluntad creadora y que canaliza a ésta en
diferentes manifestaciones.

No se crea que esto es la aplicación de una teoría previa al arte. No, por la simple razón, de
que la voluntad creadora no es en una voluntad firme y clara sino que se manifiesta, ante
todo, en una forma del conocimiento, en una búsqueda. Esta búsqueda se hace a todo nivel,
conscientemente o no, en la vida. No es antes ni después de la obra. Es durante una creación
permanente. Por esto no puedo evitar el pensar. Este pensar no me ubica en fórmulas, sino,
apenas, en un camino dentro de la pintura.

Pero, como bien ha dicho Sartre, toda obra en arte es un hecho social e individual al mismo
tiempo. En cierto modo, la Pintura es una creación colectiva. Por esto, no me basta con
comunicar mi obra. Quiero comunicar mi voluntad de búsqueda, que rebalsa mis
posibilidades individuales de manifestación. Este libro está orientado hacia el quehacer
colectivo.

Su punto de partida es el elemento previo a toda obra: el sujeto que la hace, ése a quien se
llama artista. Por esto, ante todo señalo generalidades sobre el quehacer artístico.

La obra aquí se plantea no como una idea abstracta, la "obra de arte”, ni como el objeto de la
voluntad de¡ artista, sino como una huella en el caminar, como un epifenómeno de la
creación. La voluntad del artista está dirigida a búsquedas que sobrepasan la obra. Ésta
simplemente la testimonia, Ya que ella se plantea dentro del terreno de la imagen.

Como lo importante es el devenir de la creación, respecto al cual el artista es sólo un


instrumento de su historia, más adelante ubico el quehacer artístico en este tiempo y en sus
exigencias. Estas, insensiblemente, me llevan a trazar una ubicación geográfica del artista
(ya que éste, no sólo vive en un tiempo sino, también, en un lugar) y, en consecuencia, a
proponer una respuesta a un problema tabú, el de la nacionalidad del arte. Asimismo, me
conduce de lleno a encarar otro tabú del arte, la unidad. Una pintura de visión quebrada, un
posible hacer colectivo y la posibilidad, por ende, de un nuevo arte orgánico, son sus
consecuencias.
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El título de este libro deriva del convencimiento de que el artista está en una permanente
lucha contra el jugar común y la normatividad (porque le impiden ver más allá de lo evidente
o de lo que la práctica ha hecho ya evidente) y contra la visión estética aceptada como tal. El
artista se encuentra, por lo tanto, en la elaboración de una nueva estética, una estética de la
antiestética. Es mi amigo el pintor Fernando Maza, quien, conociendo estas ideas mías, me
sugirió el título de este libro.

Hoy día el punto central de esta antiestética es el asumir el hecho más elocuente en nuestro
contorno, el caos. Acto que por la existencia del tabú de la unidad de la obra aún no ha
ocurrido.

El problema de la ruptura de la unidad lo considero desde tres ángulos. En la esencia misma


del quehacer artístico, en el proceso de la pintura contemporánea y como quehacer presente y
futuro.

Si la belleza era el antiguo altar de la estética encontramos hoy erigida en su lugar, a lo que
antes se daba por la esencia de la belleza, la unidad de la obra. Por conciencia de quehacer y
no por afán iconoclasta, es contra esta divinidad del arte que va dirigido este libro, porque su
objetivo último es el caos como nuevo fundamento estructural.

Si bien yo soy el único responsable de mis disquisiciones, debo, por honestidad intelectual,
aclarar que numerosos diálogos han contribuido a mi visión de estos problemas. Que mis
respuestas sean mías no significa que los problemas no están implícitos en lo actual y
sentidos por todos aquellos que viven la creación como un quehacer. Más aún, es por medio
de conversaciones a lo largo de varios altos mantenidas con pintores y espectadores, que se
me han hecho conscientes estos problemas.

Debería citar a aquéllos que a través del tiempo han contribuido de una manera u otra a que
me acercara a ellos, pero, como son muchos, prácticamente todos los pintores y críticos
amigos, temo cometer omisiones. Sólo mencionaré a quienes han participado no ya en la
formulación de planteos únicamente, si no, también, de respuestas. En primer término los
demás componentes de mi grupo, Emesto Deira, Rómulo Macció y Jorge de la Vega, con
quienes a diario convivo estas cuestiones. Sin embargo, no los quiero hacer tampoco a ellos
responsables de mis divagaciones. Pero, en muchos aspectos, éstas son también de ellos. En
forma inmediata debo mencionar al grabador uruguayo Luis Camnitzer y al pintor
venezolano Gabriel Morera, con quienes muchos veces conversé en Nueva York, sobre los
problemas que plantea una pintura de visión quebrada.

Con Kenneth Kemble hace tres años, es con quien primero cambié ideas sobre un tema que
por muy distintos motivos nos venía preocupando desde un año antes: las posibles rupturas
de la unidad y oposición de atmósferas.

Finalmente debo mencionar a dos críticos y un escritor a quienes les he oído dar en la clave
de tres tesis de las que me he valido mucho. A ellos sólo se las he oído enunciar. Yo les he
dado mi propio desarrollo y aplicación. Tal vez no es lo que ellos desearían. A Jorge Romero
Brest, la del arte como búsqueda; a Lawrence Alloway, la del caos como estructura,
formulada, en Nueva York, frente a mi obra; y a Federico González Frías, la distinción del
arte en cuanto creación y la del arte en cuanto resultado.
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Una nueva disculpa. Este libro con un título genérico sobre problemas estéticos se reduce al
terreno de la pintura. Es que a través de mi quehacer, la pintura, se realiza mi vinculación
con los problemas de la estética.

Por esto, aclaro, es muy fácil para un versado en teoría estética encontrar mis blancos de
formación. Yo sólo cuento con mi propia experiencia, voluntad de lucidez y amor a la
aventura creadora. Pero ¿es que puede ser una falla hablar del quehacer artístico a través de
la experiencia del quehacer artístico?

Así como alguien de apellido ridículo conoce exactamente las bromas de mal gusto que le
harán los malintencionados, aclaro, nuevamente, a quienes no perdonan la doble actividad,
que aquí, en este libro, no se trata de pintar por escrito, sino, tan sólo, de pensar sobre el
quehacer artístico actual. Yo no soy más teórico que pintor ni más pintor que teórico.
Simplemente trato de buscar con toda lucidez algo que hace a la imagen. Y pienso para no
extraviarme.

Lo escrito es el producto de un profundo análisis de conciencia. Muchas veces se vuelve


contra mí mismo, contra mi obra anterior. En cualquier estrato de mi evolución, como en la
de cualquier otro artista, existe un desnivel entre lo que va tomando conciencia y lo que ya ha
hecho.

Ruego, por lo tanto, al lector, simplemente que lea y piense sobre lo que aquí se habla.
Busco el diálogo. No trate de juzgar al libro o al autor. Hay que terminar con la manía del
juicio. Lo que me importan son los temas que aquí se tratan. Si mis cavilaciones (que
podrían pertenecer al secreto de mis búsquedas) se dirigen al público es por dos razones
principales. Aquí se indaga sobre una situación límite en la creación contemporánea. Se trata
de un enfrentamiento con el vacío para caer en tierra firme. Este libro está escrito desde
adentro mismo del espíritu creador, espíritu que no pertenece ni a mí ni a nadie en particular,
sino que me sobrepasa, como sobrepasa a todo individuo; espíritu que es de una época y de
una sociedad; espíritu que no tiene detentador alguno. Sólo tiene intérpretes.