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UBOOT

Aquel submarino estaba destinado a ser el orgullo de la marina


alemana.
La guerra estaba prácticamente perdida. Únicamente con armas tan
poderosas como este sumergible se podía revertir el curso de los
acontecimientos.
Tanto el montaje, como las pruebas de armamento, se llevaron a cabo
en el más absoluto de los secretos. El enemigo no debía sospechar lo
que se le venía encima y cuando se dieran cuenta ya sería demasiado
tarde para ellos.
La marina proyectaba construirlo a gran escala, pero antes de tomar
una decisión tan trascendental, que gastaría muchos recursos que ya
comenzaban a escasear, era necesario probar la viabilidad del
proyecto. Para ello construyeron un prototipo y se le encomendó una
misión. Se eligió cuidadosamente a la tripulación, comenzando por el
capitán, un marino de probada valía, que había salido victorioso de
todas las misiones en las que había participado. Los diez marineros y
los tres oficiales que componían la tripulación también habían sido
examinados con lupa por la policía secreta.
Eligieron la cantidad mínima de hombres para poder tripular el
sumergible, partiendo de la base que cuantos menos fueran, menos
probabilidades habría de una filtración. Un solo desliz de alguno de
ellos cuando regresaran al puerto y toda la operación se iría al traste.
Cargaron víveres y combustible y salieron del hangar donde lo
habían construido. Lo hicieron de noche y sumergidos, para evitar
que los espías que abundaban por la zona pudieran informar de su
marcha, y sobre todo de las extrañas protuberancias con que habían
dotado al submarino.
Navegaron sumergidos durante dos días, hasta que se adentraron en
alta mar y estuvieron seguros de que no había enemigos por las
proximidades, entonces emergieron y renovaron el aire viciado del
interior.
Mientras los vigías miraban con sus prismáticos para evitar que
ningún avión los sorprendiera, el capitán reunió a sus tres oficiales
para explicarles cual era esa misión tan secreta.
—Como ya sabéis, estamos navegando en un prototipo del que la
patria espera mucho. Los ojos de nuestros superiores, incluidos los
del Fuhrer, están puestos en nosotros. Si tenemos éxito, y alcanzamos

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nuestro objetivo, se construirá a gran escala.
Extrajo un sobre con el consabido “Alto secreto” escrito, y tras rasgar
el borde, sacó un documento.
Lo leyó y entonces informó a sus hombres:
—Vamos a atacar una ciudad.
Sus palabras produjeron gran extrañeza.
—Querrá decir que vamos a atacar el puerto de una ciudad…—
afirmó el segundo oficial
Al igual que el capitán era de Hamburgo y por ese motivo se sentían
más unidos.
—No, me ratifico en lo dicho. Vamos a atacar el centro urbano de
una ciudad.
La confirmación del capitán produjo un cierto nerviosismo entre los
oficiales. Uno de ellos se levantó y tras extender el brazo haciendo el
típico saludo nazi, exclamó:
—¡Es para mí un honor morir por mi país y por el Fuhrer!
—Déjese de fanatismos, Heinrich. Nadie va a morir en esta misión.
El aludido se sentó, decepcionado.
—¡Pues entonces no entiendo nada! Somos catorce hombres en este
submarino. Si hacemos un ataque suicida deberemos participar al
menos la mitad, teniendo en cuenta que los demás serán el mínimo
imprescindible para llevar con dificultades la nave de vuelta a la
patria. No creo que siete hombres tengan la menor posibilidad de
regresar con vida—concluyó el oficial.
—Insisto en que nadie va a morir lejos de este submarino. El ataque
lo llevaremos a cabo con una de las armas secretas que han inventado
nuestros científicos. Los llaman misiles, y son unos artefactos
parecidos a los cohetes que están destruyendo Londres.
Nuevas miradas de sorpresa entre los oficiales.
—No entiendo qué interés pueda tener el alto mando en atacar una
ciudad que ya hemos bombardeado antes, por muy modernos que
sean esos misiles—comentó el oficial de máquinas hablando por
primera vez. Desde pequeño le había gustado la mecánica. No había
encontrado mejor oportunidad de demostrar su valía que
enrolándose en la marina, aunque era la antítesis del fanático oficial
nazi, al que detestaba profundamente.
—No vamos a atacar ninguna ciudad de las que ya hemos atacado

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con nuestros aviones. El objetivo es una ciudad en la que sus
habitantes viven muy felices y son ajenos a la guerra que está
destruyendo medio mundo. Ven como sus bombarderos crean la
muerte y la destrucción en nuestras ciudades, pero ellos no sufren
ningún daño. Pronto cambiarán las cosas—se interrumpió para darle
más énfasis a sus siguientes palabras—. Nuestro destino es New
York.
¡Ohhhhhh...!
El grito de sorpresa resonó en la sala cuando los oficiales escucharon
el nombre de la famosa ciudad norteamericana, ya que ese ataque
parecía imposible de llevar a cabo.
—Si tenemos éxito en nuestra misión daremos un golpe de mano
muy importante. Pondremos a prueba la frágil moral de los
americanos, un pueblo que siempre acude en defensa de sus aliados
europeos, pero que nunca ha sufrido un ataque en su territorio.
Atacándolos conseguiremos subir la moral de nuestros hombres para
que resistan en los campos de batalla hasta que estén listas las nuevas
armas que nos prometió el Fuhrer. Están ensayando con explosivos
de mayor capacidad destructiva. Precisamente estos nuevos misiles
están equipados con ellos.
—¿Cómo funcionan esos misiles?
—Ya os he dicho que su funcionamiento es similar a las V-2 con las
que estamos atacando Londres. La única diferencia es que nuestros
científicos han conseguido montarlos en un espacio tan reducido,
obteniendo el mismo resultado que si los lanzaran desde una rampa
exterior.
—¿Cuándo atacaremos a los malditos americanos? —preguntó el
fanático.
—¡No tan rápido! Primero tenemos que probar su eficacia. Ese es el
motivo por el que nos hemos adentrado en alta mar. He elegido una
ruta habitualmente transitada por los convoyes aliados. Probaremos
nuestros misiles contra los cargueros enemigos y si dan buen
resultado atacaremos la ciudad. Mientras tanto os ruego la máxima
discreción. No habléis con la tripulación hasta que hayamos
efectuado el primer ataque y estemos seguros de la eficacia de esos
misiles.
—¿Acaso teme qué algún espía pueda informar al enemigo de

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nuestro secreto?
El jefe de máquinas sonreía con cinismo, consciente de que no había
forma de enviar esa información.
—Únicamente espero que nadie se haga demasiadas ilusiones, antes
de saber si esos misiles funcionan o no. Y ahora todos a sus puestos.
La reunión terminó.
La vida en el submarino continuó con normalidad.

El capitán y su segundo se reunían todas las tardes en el camarote del


primero y tomaban café. Recordaban los tiempos en que la guerra
aún no había estallado y ambos eran felices en la bonita ciudad del
norte de Alemania.
—¿Crees qué tendremos éxito en nuestra misión?
—Quién sabe. Los aliados han mejorado mucho en la tecnología para
detectar nuestros submarinos.
Vio que su amigo tenía mala cara y preguntó:
—¿Qué te preocupa, Kurt?
—Tengo un mal presentimiento. Creo que moriremos todos aquí
dentro.
—¡Estupendo —exclamó soliviantado—. Me encanta tu optimismo…
—No me hagas caso. A veces me deprimo con facilidad, sobre todo
cuando vamos a entrar en combate.
Esas pesimistas palabras fueron premonitorias. No habían acabado
de tomar el café cuando sonó la alarma de zafarrancho de combate.
Los dos oficiales acudieron al puente, y una vez allí el encargado del
radar les informó:
—Tres contactos a estribor.
—¿Distancia?
—Todavía están muy lejos.
—¿Distancia? —repitió el capitán con impaciencia.
—Diez mil metros.
—Emergemos—ordenó.
Ninguno de los marineros presentes en el puente de mando entendía
la orden de su capitán; todo lo contrario que sucedía con los dos
oficiales que habían estado en la reunión: ellos sonreían, conscientes
de que esa era la oportunidad que aguardaba su capitán para probar
las nuevas armas.

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Normalmente los torpedos se lanzaban desde quinientos o
seiscientos metros, para luego sumergirse más profundamente, e
intentar esquivar las cargas de profundidad de los destructores.
—Preparad los misiles.
—Quiere decir los torpedos, ¿verdad señor? —preguntó el marinero
encargado de armar los interruptores que activaban los tubos
lanzatorpedos.
—Este submarino, además de torpedos, lleva misiles.
Explicó rápidamente en qué consistía el armamento de la nave.
—Se disparan igual que si se tratara de un torpedo convencional.
Introduce las coordenadas de los buques enemigos y activa el
mecanismo de lanzamiento.
El marinero accionó los interruptores que abrían las compuertas…
—¡Fuego!
El submarino vibró cuando tres mortíferos misiles salieron de las
plataformas instaladas en el corazón del monstruo mecánico y se
dirigieron en busca de los barcos enemigos.
Tres grandes explosiones confirmaron que los misiles habían
acertado en los blancos.
Era un éxito sin precedentes.
Todos los presentes en el puente lanzaron vítores y felicitaron al
capitán.
—¡Y ahora a por New York! —gritó Heinrich, sin poder contener la
euforia.
El capitán lo fulminó con la mirada, al ver que la exclamación del
oficial hacía enmudecer a los marineros
—Ya que nuestro querido teniente ha hablado más de la cuenta, debo
de confirmaros que el destino de esta nave es la capital de Los
Estados Unidos De América. Vamos a atacar la ciudad de los
rascacielos. Tenemos orden de destruir el edificio más grande de la
ciudad y la famosa Estatua de la Libertad.
Los jóvenes marineros se miraron unos a otros, incapaces de asimilar
lo que su capitán les decía, pero cuando el segundo hizo un gesto
afirmativo y sonrió, prorrumpieron en gritos de alegría.
Tanto alboroto les impidió oír la voz que llamaba insistentemente por
el interfono. La euforia disminuyó y entonces se escuchó el sonido
metálico de una voz aterrorizada.

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—¡Silencio! —ordenó el capitán que fue el primero en escucharla.
—¡Capitán! —gritó nuevamente la voz de un hombre que parecía a
punto de perder los nervios.
—Al habla el capitán, ¿qué ocurre?
—Señor, le llamo desde la sala de torpedos. Ha ocurrido un
accidente. Un hombre ha muerto. Le ruego acuda lo antes posible.
El crepitar de la radio cesó de repente, dejando a todo el mundo
helado, a pesar de que la temperatura en el interior del submarino
rondaba los cuarenta grados.
El capitán notaba en su espalda la mirada de su amigo, pero no quiso
darse la vuelta y enfrentarse a ella. Bastantes problemas tenían como
para preocuparse de augurios pesimistas.
Los tres oficiales, capitán incluido, presentes en el puente partieron
hacia la sala de torpedos, que estaba situada en el frontal de la nave.
Llegaron y se encontraron al marinero que había llamado por el
interfono hecho un manojo de nervios. Un rápido vistazo al muerto
les hizo entender el motivo de su muerte: lo habían asesinado.
—¡Le han aplastado la cabeza con la puerta qué cierra uno de los
tubos de lanzamiento de torpedos! —exclamó Kurt.
No había la menor duda acerca de lo sucedido. El asesino había
aprovechado que el marinero muerto estaba engrasando el
mecanismo que abría y cerraba las compuertas de lanzamiento, para
sorprenderlo y golpear su cabeza con una de esas compuertas
metálicas. El golpe había sido tan brutal que la cabeza estaba a punto
de desprenderse del resto del cuerpo.
—¡Todo el mundo al puente! —gritó el capitán por el interfono.
En menos de cinco minutos los cuatro marineros y el oficial que no
estaban de servicio en el puente de mando durante el lanzamiento de
los misiles se reunieron con el resto de compañeros.
—Lamento informaros que uno de vuestros compañeros ha muerto
asesinado.
Tanto los recién llegados, como los que ya conocían la noticia,
miraron sorprendidos al capitán, incapaces de asimilar tan crudas
palabras.
Y aún se sorprendieron más cuando añadió:
—Uno de vosotros es el asesino—les dijo a los cinco hombres que
estaban en otras partes del submarino cuando se produjo el crimen—

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. Los otros cinco marineros, y los tres oficiales que estábamos en el
puente en el momento de producirse el crimen, somos inocentes por
motivos obvios.
Los cinco acusados no salían de su asombro.
El capitán comenzó con el interrogatorio de los cinco sospechosos.
—¿Dónde estabais cuando se cometió el crimen?
—Nosotros tres estábamos en la sala de máquinas—contestó uno de
los mecánicos, señalando a sus dos compañeros. Al igual que él
mismo, iban llenos de grasa—. Estábamos reparando un compresor
que no funcionaba.
—¿Es eso cierto?
—Sí, capitán—confirmó otro de los mecánicos.
—¿Os habéis separado en algún momento?
—No, señor.
—En ese caso vosotros tres quedáis descartados.
—¿Y vosotros? —en este caso se dirigía al jefe de máquinas y al
marinero que había encontrado el cadáver.
—Yo estaba comprobando los indicadores—respondió este último,
con evidentes muestras de nerviosismo en la voz.
—¿Dentro de la sala de torpedos? —preguntó con desconfianza el
segundo oficial.
—Sí.
—¿Y no viste, ni oíste nada?
—No señor. Cuando llegué a la sala pensé que estaba solo. Fue al
aproximarme al área de lanzamiento cuando vi muerto a mi
compañero.
—¿Comprendes que eso te convierte en el mayor sospechoso de los
cinco?
El acusado no respondió. Parecía haberse quedado mudo ante la
acusación.
Ese silencio fue interpretado como una prueba de culpabilidad.
—Encerradlo hasta que podamos investigar lo ocurrido.
Dos marineros lo acompañaron al almacén y lo encerraron dentro.
—¿Qué ha podido suceder? —le preguntó el capitán a su amigo
cuando todo el mundo regresó cabizbajo a sus puestos. El muerto era
muy querido por todos y nadie entendía por qué lo habían asesinado.
—Ya sabes que en todo barco hay tensiones y rencillas. Catorce

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hombres encerrados en una lata, respirando aire enrarecido,
sufriendo un calor demencial y sin poder desahogar sus instintos
sexuales, pueden acabar convirtiéndose en fieras. Cualquier incidente
los convierte en máquinas de matar.
—Lo sé—respondió pensativo.
—De todas formas, creo que te has precipitado al acusar a ese chico.
La recriminación de su amigo sorprendió al capitán.
—¿Por qué afirmas eso?
—No te lo he contado nunca, pero antes de embarcarme estudiaba
tercero de medicina en la facultad de Hamburgo. Era un mal
estudiante, pero puedo asegurar sin temor a equivocarme que
cuando lo encontramos ese hombre llevaba al menos dos horas
muerto.
—Eso quiere decir…
—Que cualquiera pudo asesinarlo y regresar a su puesto sin que
nadie sospechara de él.
—¡Lo qué nos faltaba! —exclamó preocupado el capitán. Aquella
sugerencia elevaba considerablemente el número de posibles
asesinos—. Te ruego que no lo comentes con el resto de hombres. De
momento mantendremos encerrado al sospechoso para no crear más
nerviosismo entre la tripulación. Si se trata de una rencilla personal
entre el muerto y su asesino la cosa quedará ahí. En caso contrario
que Dios nos ampare…
—Esperemos que sea un caso aislado como bien dices—replicó con
escaso convencimiento.
—¡Capitán!
El interfono sobresaltó a los dos amigos.
—¿Sí? —preguntó después de pulsar el botón correspondiente.
—Señor…
El marinero que lo había llamado parecía incapaz de pronunciar
ninguna palabra.
—¡Hable por Dios! —chilló nervioso, presintiendo que algo grave
había ocurrido.
—Señor… ¡Han asesinado al presunto asesino!
Los dos oficiales se miraron. En sus ojos podía verse todo el horror
de un descubrimiento, no por presentido, menos terrible: un asesino
en serie estaba recorriendo el submarino.

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Sus peores presagios acababan de cumplirse.
—No toque nada. Ahora mismo vamos.
Corrieron hasta el almacén, donde encontraron al autor de la llamada
apoyado en la pared. Parecía a punto de derrumbarse. A sus pies una
bandeja con comida daba a entender que hacía ese marinero allí.
—He venido a traerle la cena al compañero y me lo he encontrado
así... ¡Pero yo no lo he matado! —se apresuró a explicar.
El infeliz no quería correr la misma suerte que su compañero, muerto
por culpa de un error. Lo habían acusado falsamente y al encerrarlo
en un lugar tan solitario, se lo habían puesto en bandeja de plata al
verdadero asesino.
—No se preocupe. Nadie lo va a acusar—contestó abatido el capitán.
En cierta forma se sentía culpable de la muerte de este hombre
inocente, al que había encerrado sin pruebas.
Los dos oficiales entraron en el almacén y se encontraron un
espectáculo dantesco. Lo habían degollado y con la sangre que
bañaba el piso, le habían pintado una cruz gamada en la frente.
—¡Mein Gott! —exclamó el segundo oficial, mientras hacía esfuerzos
por no vomitar.
Salieron nuevamente y cerraron la puerta.
—Busque a otros dos hombres y limpien todo esto—ordenó el
capitán.

Esa noche, un solitario submarino emergió en las tranquilas aguas


del Atlántico. Doce hombres vestidos con el uniforme de gala
rindieron el último homenaje a los compañeros asesinados, antes de
arrojarlos al mar. Los dos cuerpos iban envueltos en la bandera del
Tercer Reich. Nadie hablaba. Se limitaban a mirar como los cadáveres
se hundían en las heladas aguas, mientras la más sombría de las
desconfianzas recorría los espíritus. El asesino estaba entre ellos y
podía tratarse de cualquiera.
Alguien rompió el silencio:
—Elevo una protesta formal para expresar mi disconformidad. El
cerdo que ha asesinado a ese buen marinero alemán no debía de
haber sido envuelto con la gloriosa bandera de la patria.
El capitán miró indignado al fanático, que por lo visto era el único
que no se había percatado de la evidencia.

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—¡Eres un estúpido, Heinrich! —estalló sin poder contenerse—
¿Acaso no te das cuenta de que ese pobre muchacho no es el asesino?
El verdadero criminal sigue en libertad y ha sido el autor de los dos
crímenes.
—¿Entonces por qué lo encerraste en el almacén? Me parece que el
único estúpido eres tú—respondió desafiante.
El capitán se contuvo, ante el duro ataque del oficial. Debían de estar
más unidos que nunca para defenderse del asesino. No obstante,
contestó con acento duro:
—Teniendo en cuenta el estado de nervios en que estamos sumidos
pasaré por alto ese comentario, pero si vuelve a repetirse presentaré
un informe acusándote de insubordinación.
La mirada fiera que le dedicó el fanático oficial no presagiaba nada
bueno.
Regresaron al interior, y tras cambiarse de ropa, el capitán reunió
nuevamente a sus hombres y dijo:
—Tenemos a un asesino despiadado entre nosotros. No sabemos lo
que pretende, aunque está claro que no le importa matar para
conseguir su objetivo.
Por segunda vez en poco tiempo les preguntó dónde estaban esa
tarde.
Exceptuando a tres de ellos que habían pasado la tarde jugando a las
cartas, y por supuesto los cuatro hombres de guardia en el puente,
los demás estaban solos en diferentes partes del submarino en el
momento de producirse el crimen.
—Entre vosotros tres está el asesino—les dijo al oficial y a los dos
marineros restantes.
—¿Y por qué os excluís vosotros del grupo de sospechosos? —
Heinrich, que era el oficial acusado, lo señalaba a él y a Kurt.
—Nosotros no nos hemos separado un solo segundo durante la hora
que ha transcurrido entre el encarcelamiento y el asesinato—
respondió.
—Ya veo…
La insinuación quedó flotando en el aire.
El capitán hizo caso omiso, y el otro atacó por segunda vez.
—Quizás lo hayáis asesinado entre los dos.
—Heinrich…—ya se estaba cansando de la catadura moral de ese

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sujeto.
En cualquier caso, estaban en un callejón sin salida.
—Que todo el mundo extreme las precauciones. Si es posible que
nadie permanezca solo. Procurad estar siempre acompañados.
Los siguientes días trascurrieron tensos. Todo el mundo miraba al
vecino con desconfianza, mientras el submarino continuaba su
marcha en pos de las costas americanas.

Madrugada del octavo día de misión.


—¡Tengo al asesino!
Un grito de triunfo resonó por el submarino.
Marineros y oficiales se reunieron en el camarote de la tripulación.
Un marinero sujetaba a otro que intentaba debatirse.
—¡Suéltame, idiota!
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Kurt.
—Lo he pillado acechando entre las sombras—el autor del grito
señaló a su prisionero.
—¡No he acechado a nadie! —protestó—. Me disponía a acostarme
después de terminar la guardia en el puente, cuando este loco se ha
abalanzado sobre mí y me ha inmovilizado.
—Está bien. Todo el mundo a la cama. Solo ha sido un malenten-
dido.
Los nervios estaban a flor de piel.
El silencio regresó a la nave.
—¡Argggggg…!
Un grito desgarrador sacudió por segunda vez el silencio de la
noche.
—¿Y ahora qué pasa? ¿Es qué no vamos a poder dormir en paz esta
noche? ¿Dónde ha sido? —preguntó el capitán a los hombres que se
iba encontrando por el pasillo.
—Allí.
Uno de los marineros señalaba hacia el corredor que llevaba a los
camarotes de los oficiales.
Por el camino se encontraron con Kurt que venía en dirección
contraria.
—¿Qué pasa, Kurt?
—Es Heinrich. Está tendido en el suelo entre un gran charco de

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sangre—respondió el segundo oficial—. Me lo he encontrado así
cuando he oído el grito y he salido del camarote para ver qué ocurría.
El capitán se agachó. A la escasa luz del corredor vio un reguero de
sangre que venía de los camarotes de los oficiales. Lo siguieron y
comprobaron que en un principio el goteo de sangre era abundante,
para ir menguando poco a poco.
Procurando evitar pisar la sangre llegaron al final del corredor y allí
encontraron el cuerpo tendido. Estaba hecho un ovillo y no se veía
bien quién era.
—¿Estás seguro de qué es Heinrich? —le preguntó a su amigo.
—Del todo.
Un ligero movimiento en una de sus manos les dio a entender que
aún estaba vivo.
¡El nazi podía desenmascarar al asesino!
El capitán se arrodilló a su lado con intención de descifrar lo que
decía su hombre, pero cuando Heinrich intentó hablar, un gran
chorro de sangre salió por su boca. Murió mirando al segundo oficial,
con los ojos desorbitados por el terror.
—Le han asestado varias puñaladas en el tórax—declaró el oficial de
máquinas.
—Ocuparos de él—ordenó el capitán por tercera vez.
Los tres oficiales supervivientes regresaron al pasillo donde habían
visto el rastro de sangre. Lo examinaron detenidamente y llegaron a
la conclusión de que la sangre era del asesino.
—Heinrich se defendió y lo hirió—comentó Kurt.
—Eso parece, pero no vimos ningún arma junto al cuerpo—rebatió
el oficial de máquinas.
—Es posible que esté en la mano que ha quedado debajo del cuerpo.
—Id y comprobadlo—pidió el capitán.
El jefe de máquinas regresó a la escena del crimen y volvió junto a
ellos portando algo en la mano.
—Tenía razón, señor.
Les mostró un puñal.
—Estaba en esa mano. Lo empuñaba firmemente. Me ha costado
mucho quitárselo. La hoja tiene restos de sangre.
El capitán lo cogió y comprobó que era cierto. Era el típico puñal que
únicamente poseen los oficiales. Lo lucen en el traje de gala cuando

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salen a pasear con sus novias. Él mismo tenía uno como ese, aunque
no le había añadido la esvástica como era el caso del fanático. Su hoja
de veinte centímetros lo hacía mortífero, si el que lo manejaba sabía
utilizarlo.
—Tengo una idea. Voy a mi camarote a dejar el arma, mientras
vosotros reunís en el comedor a los supervivientes.
Por desgracia esas reuniones se estaban convirtiendo en algo
demasiado habitual.
—Tenemos motivos fundados para creer que Heinrich ha herido al
asesino antes de acabar con su vida. Por tanto, parece evidente que el
sospechoso tiene una herida reciente en su cuerpo… ¡Desnudaos!
La petición sorprendió a los marineros, pero enseguida compren-
dieron que era una idea excelente. Esta vez iban a atrapar al asesino y
no podría escapar.
Aquel de ellos que mostrara en el cuerpo una herida reciente sería el
asesino.
Se desnudaron sin poner ninguna objeción y entonces los tres
oficiales los examinaron minuciosamente.
¡Nada!
Todos tenían múltiples heridas por arma blanca, procedentes de una
agitada vida en los tugurios que frecuentaban cuando bajaban a
tierra, pero ninguna era reciente.
—Era previsible.
El comentario procedía de uno de los marineros.
—¿Qué era previsible, Sven?
—¿Me permite hablar, capitán?
—Por supuesto.
—Espero que no me malinterprete, pero en este caso creo que los
marineros no somos los principales sospechosos. Si alguien ha
asesinado al teniente ha sido uno de ustedes tres.
—¡Cómo te atreves! —chilló Kurt.
—Deja que siga hablando. Creo que tiene razón. Continúa por favor.
—Gracias capitán. Según han comentado, el oficial ha sido
apuñalado varias veces.
—Así es.
—En ese caso solo otro oficial puede ser el autor del crimen. Los
marineros no tenemos puñales, y dudo mucho que nadie lo haya

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vencido con un pequeño cuchillo de cocina, cuando él portaba un
puñal mucho más largo—argumentó el marinero.
— Es probable...
—Por tanto, y teniendo en cuenta que ustedes son los principales
sospechosos, deberían desnudarse también.
El capitán sopesó las palabras del marinero, y finalmente comentó:
—Es muy sensato lo que dices muchacho, pero como capitán de este
submarino no puedo permitir que mis oficiales se desnuden delante
de la marinería. Os pido que salgáis al corredor y entonces nosotros
tres comprobaremos si es verdad tu teoría.
Los marineros se vistieron y cuando se disponían a abandonar el
comedor ocurrió algo que les puso la carne de gallina: Los altavoces
situados en ese comedor para amenizar las comidas de los marineros
comenzaron a emitir una canción.
Todo el mundo se miró sorprendido, no tanto por la terrible melodía
que sonaba…
—¡La marcha fúnebre de Chopin! —exclamó Kurt.
…como por el hecho de que nadie podía estar en la sala de oficiales
poniendo el disco.
El submarino llevaba un tocadiscos donde colocaban música y
discursos del Fuhrer, que se oían en todos los compartimientos de la
nave.
En aquellos tiempos la tecnología todavía no había conseguido
fabricar aparatos automáticos con temporizadores que pudieran
programar el arranque o la parada de un aparato eléctrico, por tanto,
alguien tenía que estar en esos momentos accionando el brazo del
tocadiscos, y eso era algo imposible porque todos los supervivientes
estaban reunidos en el comedor.
Y además...
—La marcha fúnebre no está incluida en la dotación de los
submarinos, por motivos obvios. El encargado de elegir la música
nunca incluiría algo tan tétrico, teniendo en cuenta que las
tripulaciones pueden morir en cualquier momento—concluyó el
segundo oficial con el rostro crispado.
¿Entonces de dónde había salido ese disco?
Y lo más importante: ¿Quién lo había puesto en el plato?

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—¡Rápido! Todos a la sala de oficiales—ordenó el capitán.
Entraron en tromba en la sala y comprobaron que el disco daba
vueltas, pero no había nadie en la sala.
—Esto lo cambia todo—comentó el capitán.
—En efecto. Nos hemos equivocado al pensar que uno de nosotros
es el asesino… ¡Tenemos un intruso en la nave!
El jefe de máquinas comentó algo que parecía evidente.
—Esa parece la única explicación lógica a todos estos misterios.
Alguien está intentando sabotear la misión. Formad grupos de tres
hombres y registrar el submarino de arriba abajo. No dejéis ningún
rincón sin mirar.
—¿Quién puede ser? —preguntó Kurt cuando todos se fueron.
—No lo sé. Nuestros enemigos son poderosos. Han debido de
enterarse que hemos construido este submarino y ahora intentan
capturarlo con un comando que ha conseguido burlar nuestros
controles de seguridad.
—¿Capturarlo?
—Está claro. Pretende matarnos uno a uno, para luego emerger y
llamar por radio a uno de sus barcos.
Esperaron ansiosos el resultado de la búsqueda, pero cuando los tres
grupos de búsqueda regresaron al cuarto de oficiales, todos
informaron lo mismo:
No hemos encontrado nada.
—¿Estáis seguros? —preguntó incrédulo el capitán.
—Del todo, señor. Hemos peinado el barco de punta a punta
buscando en cualquier hueco, por pequeño que este fuera, donde
pudiera esconderse una persona y no hemos encontrado a nadie.
—¡Pero eso es imposible! —exclamó un no menos incrédulo segundo
oficial—. Habréis dejado algún sitio sin mirar.
—Ya le digo que no. Hemos buscado incluso en los compartimientos
de los torpedos y dentro de los depósitos de combustible por si se
hubiera metido allí usando un traje de buceo. Lo siento señor. En este
submarino no hay nadie más…al menos de este mundo.
Las palabras del hombre que había presentado el informe produjeron
una gran conmoción entre los presentes, ya que los marineros
siempre habían sido supersticiosos por tradición. Daba lo mismo que
fuera una goleta de los tiempos del descubrimiento de América, que

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un moderno acorazado de la Us Navy, todos sus tripulantes tenían
alguna historia que contar acerca de barcos fantasmas, apariciones o
mala suerte si una mujer pisaba su nave.
Los tripulantes de este submarino alemán no iban a ser una
excepción.
Asustados y muy nerviosos regresaron al trabajo.
—¿Qué piensas de todo esto?
En este caso era el capitán el que preguntaba.
—Lo único que puedo decir es que nunca he creído en lo
sobrenatural y ahora no voy a cambiar de opinión. Todo tiene una
explicación lógica. Lo que nos está pasando es el trabajo de una
mente privilegiada…pero humana.
El capitán pensó unos instantes.
—Pero tienes que reconocer que lo del disco es muy extraño. Solo no
se ha puesto, y tú mismo comprobaste que todos los supervivientes
estábamos en ese momento en el comedor.
En este caso Kurt no respondió. Debía reconocer que para eso no
tenía explicación racional.

Esa noche ocurrió otra desgracia. El submarino se vio recorrido por


gritos de pánico y agonía.
¡Sacadnos de aquí!
¡Socorro!
—¡Es en el camarote de los marineros! —gritó alguien.
Los hombres que estaban de guardia corrieron a socorrer a los
compañeros que dormían en esos momentos. Llegaron frente a la
puerta del camarote y comprobaron que estaba cerrada.
—¿Quién la ha cerrado con llave? Esta puerta está siempre abierta.
Nadie lo sabía.
—¡Llamad al capitán! —gritó Kurt. No entendía por qué su amigo
tardaba tanto en reunirse con ellos—Tiene la llave maestra ¡Rápido!
Pero ya era demasiado tarde. Los gritos dejaron de oírse debido a
que los cinco hombres atrapados en ese camarote habían muerto
asfixiados por el vapor caliente que alguien introdujo en su camarote.
En ese momento llegó el capitán.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Nadie respondió. La tensión podía cortarse con un cuchillo.

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—Están todos muertos... ¡Todos muertos! Y nosotros también vamos
a morir.
Uno de los marineros parecía a punto de perder los nervios. Sus
compañeros lo sujetaron y se lo llevaron antes de que pudiera
hacerse daño golpeándose contra los mamparos, al intentar huir de
esa tumba flotante en que se había convertido el submarino.
El capitán se asomó por la pequeña ventana de la puerta y lo que vio
fue una versión terrenal del Infierno de Dante:
Cuerpos retorcidos, ojos saliéndose de las orbitas con el rictus que
pinta la muerte en ellos, uñas destrozadas al intentar inútilmente
huir rasgando esas gruesas planchas metálicas que impedían que el
submarino reventara con la presión del agua…
—Esos pobres desgraciados han tenido una muerte horrible—
comentó, sin dejar de mirar la escena.
Silencio.
—¿Kurt?
—Vuélvase, capitán.
El aludido no pudo por menos que apreciar el sutil cambio en el tono
de voz de su amigo, y el no menos notable cambio en el tratamiento.
Ya no lo tuteaba.
Se dio la vuelta para descubrir que su segundo le apuntaba con una
pistola.
—¿Qué significa esto? —preguntó sorprendido.
—Lo detengo como autor de los crímenes de siete marineros y un
oficial.
—¿Te has vuelto loco, muchacho? —ahora, además de sorprendido,
estaba indignado—¿En qué te basas para hacer una acusación tan
descabellada?
Aunque su amigo lo estaba llamando de usted, él seguía tuteándolo
como siempre.
—Usted tiene la llave maestra. Con ella ha encerrado a esos
desgraciados y luego ha soltado el vapor.
—Lo que dices es absurdo. En primer lugar, yo no puedo ser el autor
del segundo asesinato, puesto que estaba contigo cuando mataron al
hombre encerrado en el almacén, ¿o acaso ya no lo recuerdas? —la
pistola vaciló en la mano de Kurt—. Por otra parte, tienes razón. La
única forma de abrir y cerrar esa puerta es con la llave maestra que

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está en mi camarote, o, mejor dicho, estaba…
—¿Qué quieres decir? —el oficial había perdido todo su aplomo y
volvió a tutearlo.
Bajó la pistola.
—Que alguien la ha robado. El asesino ha entrado en mi camarote
para cogerla. Vamos hacia allí y podrás comprobarlo.
Recorrieron la distancia que los separaba del camarote que ocupaba
como comandante del submarino. Una vez allí, Kurt comprobó que
su amigo tenía razón. La llave maestra no estaba en el armario de
llaves.
—Cuando ha venido un marinero a buscarme y me ha dicho lo que
pasaba he intentado cogerla. Entonces es cuando he visto que no
estaba. La he buscado por el suelo pensando que podía haberse caído
y ese ha sido el motivo de mi tardanza. Te recuerdo que la válvula
que abre y cierra los conductos del vapor está situada en la sala de
máquinas y también se libera con esa llave maestra.
—¡Scheibe!
La cara del oficial era un poema cuando lanzó esa exclamación.
—¿Has tenido otra brillante deducción? —le preguntó el capitán con
un cierto deje irónico.
—Te pido perdón por haber dudado de ti. Hemos estado
completamente ciegos… ¡El asesino es el oficial de máquinas! Él
conoce perfectamente el funcionamiento de esas válvulas y tiene un
puñal con el que ha asesinado a Heinrich. De haberse desnudado lo
habríamos descubierto, pero se las ingenió para hacer funcionar la
música mediante algún mecanismo, justo cuando íbamos a
desenmascararlo.
—Quizás tengas razón. Hay otro hecho que demuestra su
culpabilidad: en el primer asesinato tampoco tenía coartada, pero se
libró cuando me precipité y acusé al marinero que murió asesinado
en el almacén.
—¡Busquemos a ese maldito traidor!
Con el estudiante de medicina en primera posición empuñando la
pistola, recorrieron la distancia que los separaba de la sala de
máquinas.
Al llegar allí comprobaron que el jefe de máquinas tampoco era el
asesino.

19
Estaba muerto.
Esta vez hasta Kurt “el incrédulo “tuvo que aceptar lo inexplicable de
aquella muerte. No la muerte en sí misma, si no como se había
producido. Se vio obligado a sentarse en un peldaño de la escalera,
mientras se decía a sí mismo:
—Estaba convencido de que esta vez atraparíamos al asesino.
— ¿Cómo ha subido hasta ahí? —se preguntó a su vez el capitán.
Y es que en verdad la cosa era inexplicable.
Frank era un berlinés al que le encantaba la buena cerveza alemana y
las salchichas. Por ese motivo sus ciento noventa centímetros se
habían rellenado más de la cuenta. Debía de pesar al menos ciento
veinte kilos.
¿Entonces cómo podía haberlo subido el asesino a un metro del
suelo para colgarlo de un saliente metálico que formaba parte de la
estructura del sumergible?
Lo había colgado como un carnicero colgaría a un cerdo,
atravesándole la mandíbula con la barra metálica que acababa
saliendo por uno de sus ojos. El globo ocular permanecía en la punta
de la barra y desde allí lo controlaba todo como si de un dios
omnipresente se tratara.
Lo sobrenatural del hecho se confirmó cuando intentaron bajarlo
entre los dos.
No pudieron.
—Es imposible que un hombre solo, por muy fuerte que sea, haya
podido subirlo hasta esa altura, para luego incrustarlo tan
profundamente en el saliente—comentó Kurt, comenzando a dudar
de su propia cordura.
—Mira…
El capitán se agachó y recogió un objeto del suelo.
—Es la llave maestra. ¿Cómo habrá llegado hasta aquí?
Más preguntas sin respuestas.
—Creo que tienes razón. En este submarino están ocurriendo
demasiadas cosas inexplicables. Tengo que dar mi brazo a torcer y
aceptar que algún poder sobrenatural está presente entre nosotros.
¿Qué hacemos ahora?
—Lo único que podemos hacer: regresar a la base y confiar en que
no nos encierren en un manicomio.

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—Estoy de acuerdo contigo. Tú mandas, pero yo habría tomado la
misma decisión. A pesar de que estamos a una sola jornada de las
costas americanas, no podemos seguir en estas condiciones. Apenas
quedamos los hombres necesarios para hacer navegar el submarino.
—En realidad únicamente son necesarias dos personas para
manejarlo, pero si surge algún incidente estaremos perdidos. No
quedan mecánicos ni personal de armamento.
La tripulación se había visto reducida a cinco hombres. Dos oficiales
y tres marineros. Por orden del capitán intentaron ir juntos a todos
los sitios para complicarle su tarea al asesino. Los oficiales iban
armados con pistolas y los marineros llevaban machetes.
Todo inútil.
El asesino los atrapaba cuando estaban solos.
El soldado que había sufrido el ataque de nervios apareció ahorcado.
En otro momento lo habrían achacado a un suicidio, pero en este caso
no culparon de su muerte a la depresión que provoca estar tanto
tiempo encerrado y sin respirar aire puro.
Otro de los marineros murió sentado en la taza del wáter, después de
haber recibido dos impactos de bala que atravesaron la puerta. Los
demás corrieron hasta allí al oír las detonaciones, pero como era de
esperar no encontraron al asesino.
El tercer y último marinero murió cuando bebió agua de una botella.
—Lo han envenenado—explicó Kurt cuando mojó ligeramente el
dedo en el agua y la probó.
Solo quedaban con vida los dos amigos.
Y por supuesto el asesino, que ahora iría tras ellos.
—Si nos encerramos en el puente de mando estaremos a salvo.
Haremos acopio de agua y comida y luego bloquearemos la puerta.
Tendremos que hacer nuestras necesidades en un rincón, pero más
vale un poco de mal olor, que morir sentado en la taza del wáter
como ese pobre desgraciado.
Bloquearon la puerta por dentro, de forma que nadie pudiera entrar
en la sala.
Tendrían que pilotar entre los dos el submarino, pero no había
excesivo problema, como ya explicó el capitán. Emergerían de vez en
cuando para renovar el oxígeno, y si tenían suerte y no los
detectaban, podrían llegar sin pasar muchos apuros.

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Trazaron el rumbo y se fueron turnando en el puesto de guardia.
El peor momento era la noche. Mientras uno dormía el otro tenía que
hacer todo el trabajo. Era agotador ocuparse del rumbo y a la vez del
radar, o del sonar dependiendo de si navegaban sumergidos o lo
hacían por la superficie.
Precisamente durante uno de esos turnos de guardia se acaba esta
historia.
Terminado su turno de guardia, el segundo oficial trató de dormir,
pero algo fuera de lo normal le obligó a incorporarse. Lo primero que
escuchó fue una música suave y melancólica invadiendo el puente de
mando.
— ¿Capitán?
No obtuvo respuesta.
Estaba solo.
Cuando vio que la puerta que comunicaba el puente con el resto del
submarino estaba abierta, se sintió invadió por el terror.
¡El asesino ha conseguido entrar y llevarse al capitán!
Estaba pensando en cómo se las habría apañado el asesino para
desbloquear la puerta, cuando vio que alguien venía por el pasillo.
Era un fantasma vestido de manera extraña. Las luces rojas de la
alarma le conferían un aspecto más siniestro, si cabe. No tuvo tiempo
de pararse a pensar el motivo de que estuvieran encendidas esas
luces, ya que el fantasma acababa de entrar en la sala de mando.
Se disponía a vender cara su vida cuando vio el rostro de ese
fantasma.
Respiró aliviado al comprobar de quién se trataba.
—Que susto me has dado. Por un momento pensé que habías
muerto.
—Aún no, muchacho.
Las extrañas palabras del comandante del submarino no pasaron
desapercibidas para Kurt. Su vista se desvió del rostro de su amigo al
extraño uniforme que llevaba. Esa era la causa de haberlo
confundido con un fantasma.
—Ese no es un uniforme alemán…
—Siempre tan perspicaz, Kurt. Lástima que en esta ocasión te hayas
cruzado en el camino de alguien que lo es mucho más que tú.
— ¿A qué te refieres? —preguntó sin acabar de creer lo que se intuía

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en esas palabras.
—A que todo este montaje está demasiado bien hecho y nadie podía
descubrirlo.
— ¿Un montaje?
—¡Por supuesto! Todo crimen bien ejecutado debe tener una
preparación previa, sin la cual acaba siendo un fracaso. Si hablamos
de doce crímenes, la cosa se complica bastante más.
—Pe…pero…—balbuceó incrédulo— ¿Tú eres…?
— ¿El asesino? ¡Por supuesto! No insultes tu gran inteligencia. Si tú
no eres, y únicamente quedamos dos personas vivas a bordo… ¿O es
qué finalmente has acabado creyendo en fantasmas? —concluyó
sonriendo candorosamente.
El oficial comprendió por fin que estaba frente a frente con el
despiadado asesino. Buscó a su alrededor algún objeto con el que
poder defenderse, gesto que no pasó desapercibido por su
compañero.
—No te molestes. En cuanto des un paso te abatiré con la pistola que
llevo en la cartuchera. Y, por otra parte, huir no te servirá de nada.
Este submarino nazi y sus dos supervivientes están condenados. He
manipulado los controles de dirección y profundidad y los he
inutilizado. Estamos cayendo hasta el fondo de una de las fosas más
profundas del océano, aunque desde luego no iremos muy lejos.
Reventaremos antes. Calculo que dentro de diez minutos serviremos
de alimentos para los peces.
Kurt miró los indicadores y comprendió que el asesino tenía razón.
El submarino descendía lenta pero inexorablemente.
150, 151,152…
En cuanto ese indicador marcara los 300 metros, y eso en el mejor de
los casos, los mamparos que formaban la estructura del submarino,
reventarían como consecuencia de la presión del agua.
Se sentó nuevamente aceptando la derrota.
— ¿Por qué? —quiso saber.
—Es una larga historia y solo tenemos nueve minutos. Te bastará
con saber que no soy alemán. Nací en Checoslovaquia. La guerra me
sorprendió en Hamburgo donde mis padres me enviaron a estudiar.
Alemania se anexionó mi país sin disparar un solo tiro y desde
entonces todos nos sentimos alemanes. Me alisté en la marina,

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convencido de que este nuevo orden mundial que promovían los
alemanes era también bueno para mi nación. Evidentemente me
equivoqué. Luché como cualquier alemán y gané honores y medallas.
Todo iba bien hasta que en uno de los permisos regresé a mi país
para ver a mis padres. No los encontré. Los habían deportado a
Auschwitz…
—Espera, espera un momento… ¿Estás diciendo que los mandaron a
un campo de exterminio? Eso no es posible. Allí solo van los…
— ¿judíos?
Algo en la sonrisa cínica del capitán le dio a entender que esa
pregunta era la respuesta. Miró a su comandante y al final estalló en
una fuerte carcajada, que nada tenía de alegre.
— ¡No puedo creer que esos idiotas de la policía militar hayan
puesto en manos de un judío el prototipo de un submarino casi
invencible!
—Yo tampoco…—respondió el capitán devolviéndole la sonrisa.
Los dos hombres sabían que iban a morir, pero aceptaban su destino.
Al segundo oficial ya le daba todo igual. Puestos a morir era lo
mismo que fuera por una carga de profundidad que por culpa de una
traición.
—…por eso voy a devolverles “el favor” haciendo que desaparezca
para siempre. De esa forma no lo construirán a gran escala, porque
pensarán que ha sido un fracaso. Sin esta extraordinaria arma la
guerra estará un poco más perdida para esos bastardos.
— ¿Y ese uniforme?
—Era de mi padre. Fue oficial durante la Primera Guerra Mundial.
Luchaba para defender el imperio austrohúngaro, pero se sentía tan
alemán como el que más y esos malditos nazis se lo han pagado
gaseándolo.
Fue el único momento en que se le vio abatido.
Kurt miró el indicador de profundidad.
203,204…
Ya que iba a morir quería saber cómo se las había ingeniado para
llevar a cabo alguno de esos crímenes tan inexplicables.
—No entiendo cómo pudiste degollar al hombre encerrado en el
almacén… ¡Estuviste junto a mí todo el tiempo!
—Ese fue uno de los golpes de suerte que tuve, ya que me
proporcionó una coartada inmejorable. Yo no lo asesiné.
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Probablemente lo hizo Heinrich para ajusticiar a su manera al que
creía el asesino de un buen marinero alemán.
Kurt recordó que eso fue precisamente lo que dijo el nazi cuando
protestó porque no quería que envolvieran al presunto asesino en la
bandera alemana.
—Ese crimen me allanó mucho el camino. Tú eras el único presente
en el submarino con capacidad para descubrirme. Siempre tendría
esa coartada que me libraría de toda culpabilidad, como sucedió el
día que me apuntaste con la pistola.
—Pero la música que sonó cuando estábamos todos en el comedor…
—Solo un viejo truco adaptado por mí para la ocasión. Cuando el
nazi me hirió con su puñal después de una dura pelea en el
corredor…por cierto esa fue la vez que más cerca estuve del desastre,
pues el muy cerdo se resistió a morir y luchó como un animal herido.
A pesar de la puñalada que le asesté por la espalda, y otras dos de
frente, consiguió herirme en el antebrazo. La herida fue tan profunda
que comencé a perder mucha sangre. Tuve que correr hasta mi
camarote y coserme yo mismo, antes de regresar al escenario del
crimen y aparentar normalidad, cuando en realidad era presa de un
dolor insoportable. La muerte de ese fanático fue la única que llevé a
cabo con placer.
—Cuéntame lo del truco que el tiempo apremia.
Por extraño que parezca en alguien que va a morir en breves
instantes, Kurt sentía la necesidad imperiosa de saber cómo había
conseguido engañarlos
—Cuando nos separamos era consciente de que alguien podía tener
la idea de hacer desnudar a la tripulación, para de esa manera
desenmascarar al asesino; entonces me atraparían y por eso decidí
inventar algo sobre la marcha con intención de echarle la culpa del
crimen a un intruso. Me fui a mi camarote con la excusa de dejar el
puñal de Heinrich, cogí el disco de Chopin y un trozo de vela y corrí
a la sala de oficiales. Una vez allí corté un trozo pequeño, lo encendí
y lo puse debajo del brazo. Al consumirse la vela el brazo bajó y tocó
la superficie del disco dando la sensación de que había alguien
colocándolo. Por suerte, a nadie se le ocurrió fijarse en la mancha de
cera derretida que dejó la vela al consumirse.
— ¿Y cómo pudiste calcular la longitud de la vela para que el disco

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sonara justo cuando lo necesitabas?
—Otro golpe de suerte. Lo hice a ojo. Hubo un momento cuando los
marineros se disponían a salir al corredor, que pensé que me había
pasado de longitud y entonces el disco sonaría demasiado tarde.
Menudo suspiro lancé cuando comenzó a sonar la tétrica marcha
fúnebre… ¡Tenías qué haber visto vuestras caras!
—Yo tenía razón. Todo tiene explicación lógica—comentó un
apesadumbrado Kurt.
—Por supuesto. Me sabe mal que lo hayas descubierto demasiado
tarde.
— ¿Y lo del jefe de máquinas?
—Otro golpe de…
—…suerte, está claro.
—Ya sé que suena raro, pero, ¿cómo se puede acabar con doce
hombres sin qué te atrapen, si no es con mucha suerte? —justificó—.
El jefe de máquinas no subió… ¡Bajó!
— ¿Qué quieres decir?
250 metros.
El submarino crujía como si una garra gigantesca lo estuviera
exprimiendo.
—Cuando subía por la escalera, dispuesto a accionar la válvula que
desviaba el vapor de la caldera al conducto que suministra aire al
dormitorio de los marineros, me sorprendió Frank que en aquel
momento estaba inspeccionando los indicadores de las baterías. En
cuanto me vio sospechó de mí. ¿Qué hacía el capitán en sus
dominios? Nunca iba por allí y ahora llegaba de noche y miraba a un
lado y a otro para comprobar que nadie lo veía. Me siguió y cuando
adivinó mis intenciones quiso detenerme. Forcejeamos en la pasarela,
hasta que trastabilló y cayó al vacío, con tan mala fortuna que su
mandíbula se incrustó en el saliente. El dios de mi pueblo estaba
conmigo. Luego dejé la llave maestra en el suelo para demostrar que
yo no la tenía.
No quedaba nada más que añadir.
— ¿Por qué no me mataste a mí también? —preguntó por fin Kurt.
—No pude hacerlo. Mi intención era matarte a ti el primero, pues
sabía que eras el más peligroso de todos. De hecho, una vez en mi
camarote llegué a coger el alambre con el que pensaba estrangularte,

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pero al final no lo hice. Siempre me has caído bien.
—Pero de todas formas voy a morir…
—Lo sé y lo siento, pero tú morirás como cualquier tripulante de un
submarino y no asesinado como los otros.
Vaya consuelo para alguien que va a morir a los veintidós años.
—Has tenido poca suerte al estar en un mal sitio en el momento
equivocado.
290,291…

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Si algún día pasas por la fosa de Puerto Rico y te animas a bajar hasta
los 8000 metros de profundidad, verás los restos de un submarino
alemán que tiene unas extrañas protuberancias en la parte superior.
Entonces comprenderás que, aunque haya gente que tenga más
cuento que una historia, las historias no siempre son un cuento…

ALMANSA 2012

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