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Introducción a la II Apología de San Justino

Chapter · January 2014

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Juan Serrano
Universidad Francisco de Vitoria
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GUÍA DE LECTURA – SEGUNDA APOLOGÍA. SAN JUSTINO

1. INTRODUCCIÓN
2. ROMA, s. II d.C.
3. LOS APOLOGISTAS
4. SAN JUSTINO
5. SEGUNDA APOLOGÍA DE SAN JUSTINO
i) INTRODUCCIÓN
ii) TEMAS PRINCIPALES
iii) ACTUALIDAD
iv) ASIMILACIÓN
v) VALORACIÓN CRÍTICA

INTRODUCCIÓN

Nos interesa hacer un recorrido por los Grandes Libros de la historia de la humanidad
no solo porque su lectura eleve nuestro espíritu y nos llene de un gozo que pocas cosas
pueden proporcionarnos como ellos, lo cual sin duda sería un motivo más que
suficiente. Tenemos que preguntarnos qué quieren decirnos, hoy, a nosotros, hombres
que vivieron hace siglos, en un contexto muy diferente al nuestro pero, al mismo
tiempo, muy similar. Si tuviéramos que destacar una característica fundamental de
aquello que conocemos como “clásico” sería precisamente su carácter atemporal, su
capacidad de hablar a los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los
lugares.

La historia del arte, y especialmente la de la literatura, bien puede considerarse


paralelamente a la historia de la filosofía. De antemano, es importante comprender
que el texto que tenemos entre manos es un escrito apologético. Más adelante
intentaremos observar más de cerca de qué se trata en concreto; pero conviene
adelantar que la motivación de Justino es principalmente la defensa del cristianismo
frente a las preguntas y acusaciones del paganismo. No obstante, sería un error
encasillar de antemano el texto, pues dejaríamos en el camino gran parte de su
enorme riqueza.

El texto habla de religión, evidentemente, pero también de política, de Derecho, de


Filosofía y Teología, de Ética y virtudes… De muchas cosas que hoy todavía, tras un
largo recorrido que parece interminable, no hemos llegado a desentrañar en su
totalidad, de cuestiones que, por su carácter en cierto modo “oculto” o misterioso,
dudosamente alcanzaremos nunca a comprender. Por eso nos conviene detenernos
algún tiempo y mirar directamente a Justino, entender sus razones, comprender hasta

1
el fondo su finalidad, analizar qué dice, cómo lo dice y por qué lo dice. Y ver si puede
iluminar algo, aunque sea solo un poco, nuestro camino.

Pero conviene que comencemos desde el principio. Para entender a Justino


correctamente debemos mirar antes al mundo en el que nació y creció. Las
coordenadas en las que se movía, los hombres a los que se dirigía. Y no podemos
desdeñar la tarea de describir someramente el mundo romano, en sus dimensiones
política, social y religiosa.

Después intentaremos un acercamiento, también breve e incompleto, a los


denominados padres apologistas. Hemos querido ahorrar al lector algunas cuestiones
teológicas arduas, pero es inevitable entrar en algunos conceptos esenciales sin los
cuales la comprensión de lo que supusieron para la historia de Occidente sería
imposible.

Como último paso del camino previo a la inmersión en el texto en sí mismo,


esbozaremos brevemente la vida y la obra de San Justino, a fin de situarnos en el
marco adecuado para la lectura de la Segunda Apología.

Solo entonces, después de este necesario trabajo previo, podremos entender la obra
situada correctamente dentro de su contexto. Porque la obra que nos ocupa es fruto
del pensamiento de Justino, responde a una intención concreta, está escrita para los
hombres de su tiempo: no puede ser considerada al margen de todo lo circundante.

ROMA, s. II d.C.

De la República al Imperio

En el 27 a.C. Roma había dejado de ser una República para convertirse en Imperio. El s.
I a.C. es el más convulso de la historia de Roma, que no podía controlar ya todas sus
posesiones mediante las instituciones que durante 500 años la habían conducido a la
conquista de prácticamente todo el Mediterráneo.

Algunos generales romanos, a quienes sus hombres profesaban devoción y lealtad,


eran demasiado poderosos y comenzaron a disputarse el control de todo el Imperio.
Las guerras civiles se sucedían y, por fin, Julio César se alzó victorioso y gobernó en
solitario hasta que un grupo de senadores le asesinó en el año 44 a.C.

Octavio se hizo con el poder tras ser nombrado único heredero por Julio César, en
detrimento de Marco Antonio, al que todos creían el sucesor. El reinado de Octavio dio
la razón a Julio César y demostró ser lo que Roma necesitaba. En el año 27 a.C. el
Senado le concedió el título de Augusto, tras la guerra civil contra Marco Antonio y
Cleopatra el 31 a.C. Su extenso reinado, de más de 40 años, inaugura un nuevo periodo
para Roma, que abandona la forma republicana en un astuto movimiento de Augusto:

2
el Emperador sería solo el primero de los senadores. Roma comenzó de nuevo a
funcionar bien; toda su estructura estaba destinada a gobernar hasta el último rincón
del Imperio, funcionando incluso cuando en el trono se sentaran emperadores menos
capaces.

De hecho, los sucesores inmediatos de Augusto, los conocidos como emperadores


Claudios, fueron conocidos por sus extravagancias: Tiberio (que reinó desde el 14
hasta el 37), Calígula (del 37 al 41) y Nerón (del 54 al 68) son de este periodo; también
Claudio, quien fue emperador desde el 41 al 54 y era tío de Calígula, que sin embargo
fue un emperador sabio y justo. Nerón murió sin herederos, y tras una breve guerra
civil ascendió al trono el general Vespasiano, quien inaugura una nueva dinastía. Le
suceden Tito y, tras su inesperada muerte, Domiciano. Cuando éste fue asesinado, el
Senado eligió a un Emperador de transición: el anciano Nerva, quien adoptó
rápidamente al general más venerado en Roma, Trajano, como heredero y sucesor.

La Edad de Oro: la dinastía de los Antoninos

Con Trajano, que asciende al trono en el año 98 d.C., se inaugura el siglo en el que
Roma alcanza su máximo esplendor. Durante este periodo, el Imperio disfruta de su
mayor expansión territorial, económica y cultural. La seguridad en las rutas, tanto
marítimas como continentales, hizo prosperar enormemente el comercio y con ello el
bienestar económico de todo el Imperio. Como consecuencia, las ciudades se
embellecieron y la vida de los ciudadanos mejoró sustancialmente. Edward Gibbon, el
gran historiador británico, define esta época como “la más feliz de la historia de la
humanidad”1.

La denominada Pax Romana había comenzado, en realidad, bastante antes del ascenso
al poder de Trajano. Pero fue sin duda durante el reinado de los denominados
emperadores Antoninos cuando llega a materializarse completamente. Es cierto que se
refiere principalmente a los territorios interiores del Imperio: en las fronteras, las
legiones romanas siguen las batallas de expansión. Trajano realiza las últimas
conquistas del Imperio: la Dacia, Arabia y Mesopotamia, alcanzando una extensión
vastísima que el Imperio jamás volverá a conocer.

Al ampliar sus fronteras, Roma exportaba su forma de entender la cultura, el idioma, el


gobierno y la religión. Este proceso, denominado romanización, conocía muy pocas
excepciones. El Imperio era uno, las leyes eran prácticamente las mismas en todas las

1
Cf. GIBBON, E, The History of the Decline and Fall of the Roman Empire vol 1 cap. 3, Of the Constitution
of the Roman Empire in the Age of the Antonines. Allí dice: “If a man were called to fix the period in the
history of the world, during which the condition of the human race was most happy and prosperous, he
would, without hesitation, name that which elapsed from the death of Domitian to the accession of
Commodus”, es decir, la etapa de los cinco emperadores buenos, tal como la denominó Maquiavelo.

3
provincias; el modo de pensar, el culto religioso y la forma de entender la vida eran
comunes a todos los ciudadanos2.

Roma y el cristianismo

En torno al año 110, Plinio el Joven, gobernador en Bitinia, dirige una carta3 al
Emperador Trajano en la que le informa de una extravagante e insensata superstición
que se extiende por las ciudades y aldeas de todo el Imperio y que está vaciando los
templos. Sus seguidores se hacen llamar cristianos, y no se diferencian de los demás
hombres ni por sus costumbres ni por su vestimenta: los hay de toda clase, raza y
condición. Pese a ello, muestran una gran conciencia de pueblo; algunos comienzan a
hablar de una “tercera raza”, pero a los cristianos parece no agradarles demasiado esa
denominación.

El misterio de la expansión del cristianismo durante los dos primeros siglos es algo que
siempre ha fascinado a los historiadores. Los propagadores de la nueva doctrina eran a
menudo esclavos, extranjeros, gente poco culta. Sin embargo, existe otra pregunta
más interesante aún, y es la que nos sitúa en el punto de partida para poder
comprender más adelante a los apologistas: ¿por qué el Imperio perseguía a los
cristianos?

La religión en Roma no era un asunto de la conciencia de cada persona. La Pax Romana


se fundaba en una Pax Deorum.4 El romano no participa en el culto de la religión
imperial a título personal: era la ciudad, el Imperio en definitiva, el que daba culto a los
dioses. Se buscaba la salvación de Roma (ciudad, República o Imperio, según el
momento). La religión se había constituido, en definitiva, en la justificación del poder
de Roma. Incluso la apertura religiosa de Roma5 tenía un valor político y diplomático, y
se justificaba como razón de Estado.

2
Comprender adecuadamente lo que supuso la romanización es fundamental para entender el porqué
de la rápida expansión del cristianismo a lo largo de todo el Imperio. En un clima de unidad cultural y
política, el cristianismo encontró una facilidad enorme para extenderse a pasos agigantados, pues la
forma de la predicación no tenía que variar sustancialmente de una región a otra. Sin embargo, el
fenómeno es inexplicable únicamente desde el punto de vista socio-histórico, entre otras razones
porque existía una persecución muy fuerte contra la nueva secta, con penas de cárcel, destierro y
muerte, como tendremos ocasión de comprobar más adelante.
3
Cf. CAYO PLINIO CECILIO SEGUNDO, Epistolarum ad Traianum Imperatorem cum eiusdem Responsis
liber X, 96.
4
Pax Deorum significa Paz de los dioses: Desde la fundación de Roma, los romanos entienden que las
deidades son favorables a Roma. Esto se traduce inmediatamente en una paz militar, social y
económica, un orden impuesto por la divinidad y, sobre todo, una protección eterna. Más adelante
veremos con detalle cómo la impiedad es por eso un delito civil castigado con la pena máxima.
5
Cuando los romanos conquistaban una nueva región, normalmente sus dioses eran agregados al
Panteón romano. A los judíos, por ejemplo, se les permitía conservar su propia religión –a cambio de un
impuesto especial–, principalmente porque no eran proselitistas.

4
En aquel momento, comienzan a aparecer los cristianos, miembros de una secta que
afirma seguir a un tal Jesús de Nazaret, que murió crucificado en Jerusalén siendo
gobernador de Judea Poncio Pilato. El problema, sin embargo, no era doctrinal: no se
trataba de afirmar la resurrección o de participar en “reuniones secretas” donde se
“practicaba el canibalismo”, como se decía entre la gente. Estos cristianos se negaban
a participar en el culto oficial del Imperio: no adoraban a los dioses ni al Emperador,
porque, decían, “no se puede servir a dos señores”6. Eran acusados de ateos y de
atentar contra la Pax Romana: eran considerados enemigos del Imperio.

En el ambiente de la calle, los cristianos estaban envueltos por el misterio. Muchos los
veían como una especie de sociedad secreta. Los intelectuales, sin embargo, no hacían
caso de las habladurías y planteaban la cuestión de un modo racional. La interpelación
más fuerte que reciben los cristianos primitivos es la de Celso, un filósofo del
platonismo medio. Su desprecio absoluto del cristianismo se debe a que no respeta las
leyes patrias, las cuales son la garantía de la paz del Imperio. No dar culto a las
divinidades es una injusticia y una ingratitud que puede provocar su malestar y con ello
la ruina del Imperio. Celso cree que es necesario exterminar el brote del cristianismo,
eliminar de raíz tan impía doctrina, que amenazaba directamente con la destrucción de
la mismísima Roma.

Pero otros muchos intelectuales cuestionan el cristianismo desde una perspectiva


filosófica y teológica. Para intentar dar respuesta a estas disputas y a la hostilidad del
Imperio nace una literatura nueva: la apologética. Sin embargo, debemos renunciar a
considerar la apologética únicamente como un género de defensa: constituye de
alguna manera la expresión del pensamiento cristiano al entrar en contacto con el
mundo pagano grecorromano, ya fuera este encuentro violento o pacífico.

La reacción de los cristianos ante la cultura grecorromana presenta sensibilidades


distintas. Hay, efectivamente, sensibilidades monolíticas, como la del rechazo frontal a
toda manifestación del paganismo, ya fuera religiosa, cultural, política o social. Hay
otras mucho más abiertas. Hay que comprender que muchos conversos provenían del
paganismo y para algunos de ellos adoptar el cristianismo suponía el abandono radical
de toda su vida anterior. Otros, sin embargo, comprendieron pronto que había algunos
aspectos de la cultura pagana grecorromana que eran aceptables y buenos y que, por
lo tanto, había que salvar.

Uno de estos últimos es San Justino, para quien “cuanto de bueno está dicho en todos
ellos [filósofos, poetas e historiadores] nos pertenece a nosotros los cristianos”7. En
general, la mayoría de los cristianos, como manifiesta bellísimamente la Carta a

6
Cf. Mt 6, 24; Lc 16, 13.
7
SAN JUSTINO, Apología II, 13, 4.

5
Diogneto8, son personas como las demás, que se visten y viven según la cultura y las
costumbres del lugar al que pertenecen, tienen la lengua que les corresponde y no una
propia… Es decir, aceptan lo que de bueno y bello hay en el mundo pagano, excepto lo
que es frontalmente incompatible con la fe, como el culto al Emperador o a los dioses
del Panteón grecorromano.

LOS PADRES APOLOGISTAS

Por padres apologistas o apologetas se entiende propiamente a los padres de la Iglesia


que escriben movidos por la necesidad de dar respuesta a las preguntas o ataques de
judíos y paganos contra la fe cristiana9. El término apología proviene del griego y hace
referencia a la posición de defensa militar contra un ataque. Sin embargo, considerar
la apologética exclusivamente desde este carácter de trinchera sería un
reduccionismo. Digamos que la interpelación a la fe sirve de motor para el desarrollo
de la gran teología cristiana10, que no se limita a responder a las acusaciones o a hacer
una defensa de los cristianos perseguidos injustamente, sino que va mucho más allá y
comienza a pensar racionalmente el contenido de la fe para “dar razón de la
esperanza”11.

La literatura apologética engloba muchos escritos de diferentes sensibilidades. Lo


primero es destacar que en ella concluyen fines diversos:

 Apologético; es decir, de defensa. Al cristianismo se le hacen durante estos


siglos acusaciones muy graves: ateísmo, traición al Imperio y al Emperador,

8
Breve tratado apologético, compuesto en forma de carta, que da respuesta a un tal Diogneto y a sus
preguntas acerca de diversas cuestiones sobre la religión de los cristianos. Fue escrita probablemente a
finales del s. II en Atenas y es, para muchos estudiosos, el tratado más bello y mejor redactado de todo
el periodo apologético.
9
Hablando con propiedad, la literatura apologética se refiere a diversos escritos de muy distintas
sensibilidades, no solo cristianos y, dentro del cristianismo, no solo patrísticos. En este punto es posible
citar desde San Pablo hasta el cardenal Newman, que titula su autobiografía Apología pro vita sua. Sin
embargo, no sería faltar a la justicia decir que la gran obra apologética del cristianismo se dio en el s. II
en el contexto de la expansión del cristianismo en el Imperio Romano, por lo que, en adelante, nos
referimos con apologética cristiana o literatura apologética exclusivamente al periodo patrístico.
10
Los primeros concilios ecuménicos de la Iglesia, donde se definen aspectos básicos de la fe cristiana, y
en los que todavía hoy la inmensa mayoría de las diferentes confesiones se asientan, no se hubieran
producido de no ser por las herejías que negaban algún punto tenido como verdadero desde el principio
pero no estructurado y pensado y, por lo tanto, no expuesto con claridad. Frente a los que negaban la
divinidad del Hijo –los arrianos– y los que afirmaban una sola naturaleza en el Verbo –los monofisitas –
se afirma que el Hijo es “de la misma sustancia que el Padre” y que sus dos naturalezas están unidas sin
confusión en una única persona divina. Frente a arrianos y monarquianos se afirma el dogma de la
Trinidad: solo hay un Dios verdadero, pero tres personas distinas; el símbolo Quicumque lo define así:
“el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, y sin embargo no hay tres dioses, sino un
solo Dios”. Es interesante, además, destacar que gran parte del desarrollo filosófico posterior se debe a
la necesidad que esta incipiente teología tenía de aclarar algunos conceptos fundamentales, tomados de
la filosofía pero repensados, con los cuales explicar la fe: persona, naturaleza, substancia, unidad,
esencia, potencia, procesión, etc.
11
Cf. 1 Pe 3, 15

6
disturbios, etc. Los cristianos se defienden de estas acusaciones también
mediante la apologética.
 Evangelizador o misionero. Jesús pide a los Apóstoles que anuncien el Evangelio
a todos los hombres y hagan discípulos de todas las naciones. La literatura
apologética no renuncia a este mandato.
 Aclaración de la doctrina. Frente a los que preguntaban diversas cuestiones
acerca de la fe, los primeros teólogos cristianos, entre ellos los apologetas,
comienzan a responder mostrando un incipiente desarrollo teológico.
 Dimensión especulativo-cultural. El choque entre dos concepciones de la vida
completamente distintas hizo que el cristianismo tuviera que repensarse a sí
mismo a la luz de la cultura grecorromana y repensar también la filosofía y la
cultura paganas, de las que se sirve en múltiples ocasiones.

El paso de la República al Imperio supone una diferencia fundamental en la religión


romana: el culto al Emperador, que encarna la “mediación” entre el pueblo de Roma y
el panteón. De este modo, a partir de la mitad del s. I, se comienzan a venerar las
dimensiones divinas de su autoridad. Pero no se trataba solo de un acto religioso, para
los que existía una cierta tolerancia en el Imperio, sino también profundamente
político. Los cristianos se negaban a rendir este culto, a pesar de ser plenamente
conscientes de que las estructuras políticas forman parte del designio de Dios, por ser
injusto: solo rinden culto al Dios verdadero, manifestado en Jesucristo. Entienden que
ninguna constitución política puede pretender acaparar la plenitud que Dios ha
prometido a la criatura, una plenitud que transciende la propia creación y la historia. El
cristianismo de los primeros siglos se opuso al Imperio solamente cuando éste les
pretendía imponer el modo de su relación con Dios. Estaban reclamando, en realidad,
lo que hoy entendemos como el derecho fundamental a la libertad religiosa.

El resultado inmediato fue la persecución y la acusación de “cristianismo”. Pero ellos


se sabían portadores de un don que les era imposible negar, ya que si lo hicieran,
estarían silenciando y negando lo más grande y bello que habían recibido.

Algunos de ellos escribieron para defender su libertad en un tema tan fundamental: de


aquí surge la apología cristiana. El grito de la libertad religiosa comienza a lanzarlo
insólitamente el cristianismo del s. I12. Autores como Tertuliano testimoniaron con su
propia vida, y no solo por escrito, el derecho esencial y la exigencia de la naturaleza
humana de elegir y asentir libremente a la religión que le es propia. Lactancio, un

12
Propiamente, el derecho fundamental a la libertad religiosa es fruto de la evolución de este
pensamiento de los apologetas y de los cristianos perseguidos de los primeros siglos. Es cierto que han
existido ciertos antecedentes, como por ejemplo en el judaísmo –los macabeos frente a la helenización
de las costumbres hebreas o los que se negaron a aceptar a dioses extranjeros– o en Grecia, pero se
quiere decir con esto que la formulación actual en Occidente es deudor de esta concepción cristiana.

7
apologeta del s. III., dice que lo propio de la religión es el asentimiento y no la
imposición13, en la misma línea que Tertuliano y otros muchos autores de su tiempo.

SAN JUSTINO, MÁRTIR

Justino nació en torno al año 100 en Flavia Neápolis, la antigua Siquem, primera capital
del Reino de Israel, y la actual Nablús, una de las ciudades palestinas más pobladas hoy
en día. Eusebio dice de él que es samaritano, pero probablemente haga referencia
únicamente al territorio y no a la religión14, ya que la familia de Justino es de origen
pagano latino.

La búsqueda de la verdad

Desde su juventud decide dedicarse a la búsqueda de la verdad. Entiende desde el


principio que la filosofía consiste en la búsqueda del ser y de la verdad y que, por
tanto, verdad, felicidad y Dios no se pueden separar. Acude, como haría cualquier
pagano de la Roma imperial, a las escuelas filosóficas de su tiempo. La “moda” en el
Imperio es el estoicismo15 nuevo, también llamado romano, que seguía los pasos de
Séneca y Lactancio. Tras pasar largo tiempo con un maestro estoico, Justino se da
cuenta de que no ha aprendido nada sobre Dios y lo abandona. Se dirige a un
peripatético16 al que también deja tras pedirle éste unos honorarios “para que la
convivencia fuera provechosa”. Una nueva tentativa se produce con un maestro
pitagórico, pero también resulta fallida: el filósofo le pregunta por sus conocimientos
acerca de música, aritmética y geometría. Justino ni conoce esas ciencias ni tiene
tiempo para aprenderlas.

Vuelve a intentarlo, esta vez con un célebre maestro del medio-platonismo, con el que
sí comienza a hacer grandes progresos. El descubrimiento de la filosofía de Platón le
conduce a la búsqueda de la soledad y al alejamiento de los pasos de los hombres.

La verdadera filosofía

13
Cf. LUCIUS CAECILIUS FIRMIANUS LACTANTIUS, Divinae Institutiones IV.
14
Samaría fue una ciudad bíblica, capital del reino de Israel –o Reino del Norte– hasta que fue invadido
por los asirios tras rebelarse las diez tribus del norte contra ellos. Hoy da nombre a una región y a una
forma sectaria de judaísmo, muy presente en los primeros siglos del cristianismo y despreciada por los
judíos. Así, samaritano puede ser sencillamente aquél que geográficamente pertenece a esta región,
bien sea por descendencia o por nacimiento, o el que participa de la religión samaritana. San Justino no
era samaritano de religión, sino de nacimiento: Siquem fue la capital del Reino del Norte hasta que Omrí
la trasladó a Samaría, y Nablús es todavía hoy una ciudad con alta concentración de samaritanos.
15
Los estoicos son propiamente los miembros de la Stoa, una escuela filosófica que seguía la doctrina de
Zenón de Citio. Stoa es la palabra griega mediante la cual se designa, en arquitectura clásica, el pórtico.
Zenón enseñaba desde la Stoa Pecile, una de las stoai atenienses más famosas.
16
Nombre con el que se conocía a los miembros de un círculo filosófico que seguía las enseñanzas de
Aristóteles, y que se debía probablemente a los portales de la escuela del Liceo, fundada por Aristóteles
en el s. IV a.C., denominados Perípatoi.

8
Él mismo narra su conversión al comienzo del Diálogo con el judío Trifón. Allí cuenta
Justino que iba paseando por una playa cuando se encuentra con un misterioso
anciano, con el que comienza a conversar acerca de la filosofía y de la búsqueda de
Dios. Tras ir quebrándose la confianza de Justino en el platonismo por las palabras del
anciano, le pregunta:

—Entonces—volví a replicar—, ¿a quién vamos a tomar por maestro o de donde podemos


sacar provecho, si ni en éstos, como en Platón o en Pitágoras, se halla la verdad?

—Existieron hace mucho tiempo—me contestó el viejo—unos hombres más antiguos que todos
éstos tenidos por filósofos; hombres bienaventurados, justos y amigos de Dios, que hablaron
por inspiración divina; y divinamente inspirados predijeron el porvenir, lo que justamente se
está cumpliendo ahora: son los llamados profetas.
Éstos son los que vieron y anunciaron la verdad a los hombres, sin temer ni adular a nadie, sin
dejarse vencer de la vanagloria; sino, que llenos del Espíritu Santo, sólo dijeron lo que vieron y
oyeron. Sus escritos se conservan todavía y quien los lea y les preste fe, puede sacar el más
grande provecho en las cuestiones de los principios y fin de las cosas y, en general, sobre
aquello que un filósofo debe saber.
No compusieron jamás sus discursos con demostración, ya que fueron testigos fidedignos de la
verdad por encima de toda demostración. Por lo demás, los sucesos pasados y actuales nos
obligan a adherirnos a sus palabras. También por los milagros que hacían es justo creerles, pues
por ellos glorificaban a Dios Hacedor y Padre del Universo, y anunciaban a Cristo Hijo suyo, que
de Él procede. En cambio, los falsos profetas, llenos del espíritu embustero e impuro, no
hicieron ni hacen caso, sino que se atreven a realizar ciertos prodigios para espantar a los
hombres y glorificar a los espíritus del error y a los demonios.
Ante todo, por tu parte, ruega para que se te abran las puertas de la luz, pues estas cosas no
son fáciles de ver y comprender por todos, sino a quien Dios y su Cristo concede
comprenderlas.

Esto dijo y muchas otras cosas que no tengo por qué referir ahora. Se marchó y después de
exhortarme a seguir sus consejos, no le volví a ver jamás. Sin embargo, inmediatamente sentí
que se encendía un fuego en mi alma y se apoderaba de mí el amor a los profetas y a aquellos
hombres que son amigos de Cristo y, reflexionando sobre los razonamientos del anciano, hallé
que ésta sola es la filosofía segura y provechosa.

De este modo, y por estos motivos, yo soy filósofo, y quisiera que todos los hombres, poniendo
el mismo fervor que yo, siguieran las doctrinas del Salvador. Pues hay en ellas un no sé qué de
temible y son capaces de conmover a los que se apartan del recto camino, a la vez que, para
quienes las meditan, se convierten en dulcísimo descanso.

Ahora bien, si tú también te preocupas algo de ti mismo y aspiras a tu salvación y tienes


confianza en Dios, como a hombre que no es ajeno a estas cosas, te es posible alcanzar la
17
felicidad, reconociendo a Cristo e iniciándote en sus misterios.

No es la primera vez que Justino oye hablar acerca de los cristianos. Estando con los
platónicos había escuchado calumnias contra ellos, pero no las creía, porque le
resultaba imposible que aquellos hombres que desafiaban a la muerte y a las torturas
17
SAN JUSTINO, Diálogo con el judío Trifón, en Ruiz Bueno, D. (ed.), Padres apostólicos y apologistas
griegos (S. II), Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2002.

9
se dedicaran a la maldad18. Pero solo se despierta su interés real por ellos tras la
conversación con el anciano: había encontrado en el cristianismo la única filosofía
provechosa. “¡Ahora soy filósofo!”, exclama al encontrar la clave, lo que le permite por
fin entender la profunda relación entre verdad, felicidad y Dios: Cristo, el Logos de Dios
hecho carne, es la verdadera filosofía.

En Roma

Parece ser que viajó bastante, pero se estableció finalmente en Roma, probablemente
tras su conversión al cristianismo, donde fundó el Didascáleo Romano, una escuela de
filosofía cristiana. Vestía el pallium de los filósofos y mantenía discusiones públicas.
Una de sus disputas más acaloradas tuvo lugar con el filósofo cínico Crescencio, quien
al parecer le denuncia a las autoridades romanas acusándole de cristiano. Como
consecuencia, Justino murió mártir en el año 165, siendo Emperador Marco Aurelio y
prefecto de la ciudad de Roma Junio Rústico. Por el interés que tiene el proceso, lo
reproducimos a continuación:

Martirio de los santos mártires Justino, Caritón, Caridad, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano.
En tiempo de los inicuos defensores de la idolatría, publicábanse, por ciudades y lugares, impíos
edictos contra los piadosos cristianos, con el fin de obligarles a sacrificar a los ídolos vanos.
Prendidos, pues, los santos arriba citados, fueron presentados al prefecto de Roma, por
nombre Rústico.
Venidos ante el tribunal, el prefecto Rústico dijo a Justino:
- En primer lugar, cree en los dioses y obedece a los emperadores.
Justino respondió
- Lo irreprochable, y que no admite condenación, es obedecer a los mandatos de nuestro
Salvador Jesucristo.
[…]
El prefecto Rústico dijo:
- Luego, en definitiva, ¿eres cristiano?
Justino respondió:
- Sí, soy cristiano.
[…]
El prefecto Rústico dijo:
- Vengamos ya al asunto propuesto, a la cuestión necesaria y urgente. Poneos, pues, juntos, y
unánimemente sacrificad a los dioses.
Justino dijo:
- Nadie que esté en su cabal juicio se pasa de la piedad a la impiedad.
El prefecto Rústico dijo:
- Si no obedecéis, seréis inexorablemente castigados.
Justino dijo:

18
"Y es así que yo mismo, cuando seguía las doctrinas de Platón, oía las calumnias contra los cristianos;
pero al ver cómo iban intrépidamente a la muerte y a todo lo que se tiene por espantoso, me puse a
reflexionar ser imposible que tales hombres vivieran en la maldad y en el amor a los placeres". SAN
JUSTINO, Apología II, 12, 1.

10
- Nuestro más ardiente deseo es sufrir por amor de nuestro Señor Jesucristo para salvarnos,
pues este sufrimiento se nos convertirá en motivo de salvación y confianza ante el tremendo y
universal tribunal de nuestro Señor y Salvador.
En el mismo sentido hablaron los demás mártires:
- Haz lo que tú quieras; porque nosotros somos cristianos y no sacrificamos a los ídolos.
El prefecto Rústico pronunció la sentencia, diciendo:
«Los que no han querido sacrificar a los dioses ni obedecer al mandato del Emperador, sean,
19
después de azotados, conducidos al suplicio, sufriendo la pena capital, conforme a las leyes».

Como se desprende del acta, es sorprendente observar que la acusación de


cristianismo no halla base en ninguna norma jurídica. Como ejemplo, es ilustradora la
correspondencia entre Plinio el Joven y el Emperador Trajano, a la que hemos hecho
referencia antes. Plinio le comunica al Emperador que ha suspendido la investigación,
debido a que la cantidad de denunciados era enorme y que en los interrogatorios no
encontraba ningún delito, tan solo una “irracional superstición”. De la respuesta de
Trajano se deduce que no existe norma acerca de ellos y que se les castigue si
persisten en el cristianismo, pero no existe ningún delito que se les impute. “Si son
delatados, deben ser castigados”:

Has seguido, Segundo mío, el procedimiento que debiste en el despacho de las causas de los
cristianos que te han sido delatados. Efectivamente, no puede establecerse una norma general,
que haya de tener como una forma fija.

No se los debe buscar.

Si son delatados, y quedan convictos, deben ser castigados; de modo, sin embargo, que quien
negare ser cristiano y lo ponga de manifiesto por obra, es decir, rindiendo culto a nuestros
dioses, por más que ofrezca sospechas por lo pasado, debe alcanzar perdón en gracia a su
arrepentimiento.

Los memoriales, en cambio, que se presenten sin firma, no deben admitirse en ningún género
20
de acusación, pues es cosa de pésimo ejemplo e impropia de nuestro tiempo.

Obras de Justino

De los escritos de Justino solo se nos han conservado dos apologías, el Diálogo con el
judío Trifón, y unos fragmentos en los que reflexiona acerca de la Reusrrección. De él
hablan su discípulo Taciano, San Ireneo de Lyón y Tertuliano, entre otros. Pero el que
más extensión le dedica en la antigüedad es el historiador Eusebio de Cesarea21, quien
le atribuye hasta ocho obras.

La primera Apología es su obra más extensa y elaborada; su planteamiento es riguroso


y ordenado. Está dirigida al Emperador Antonino Pío, a sus hijos y al Senado romano y

19
RUIZ BUENO, D. (ed.), Actas de los mártires, Biblioteca de Autores Cristianos.
20
CAYO PLINIO CECILIO SEGUNDO, Epistolarum ad Traianum Imperatorem cum eiusdem Responsis X, 96.
21
EUSEBIO DE CESAREA, Historia Eclesiástica (IV, 16-18), Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1973,
págs. 311 ss.

11
en ella Justino demuestra la falsedad de las acusaciones que se hacen contra el
cristianismo –pide al Emperador que tenga un juicio propio acerca de ello y no se deje
llevar por lo que decía el vulgo–. Denuncia también la irregularidad en los juicios y
apela al Emperador pidiendo justicia para los acusados de cristianismo. Se escribió en
torno a los años 150-155.

La segunda Apología, de la que hablaremos más largamente, es en cierto modo una


continuación de la anterior. En ella Justino pide al Emperador que publique la carta
que le había dirigido –la primera Apología– y protesta por las barbaridades que se
cometen contra los cristianos.

El Diálogo con el judío Trifón es la más antigua de las apologías contra los judíos. Narra
la disputa que tuvo Justino con Trifón en Éfeso en torno a los años 132-135, aunque el
diálogo como tal fue compuesto después de las apologías, en torno al año 160. En la
primera parte Justino describe su camino espiritual y su encuentro con la verdadera
filosofía. Después presenta la doctrina cristiana y va respondiendo a las preguntas de
Trifón, para acabar afirmando que la Iglesia de Cristo es el nuevo Israel, el nuevo
pueblo elegido de Dios, y que todos los hombres, de todas las naciones, están
llamados a formar parte de ella.

Pensamiento

La amplia formación filosófica de Justino le permite utilizar este conocimiento para


explicar la fe y la doctrina de Cristo. Si bien es cierto que las obras propiamente
teológicas de Justino no han llegado hasta nosotros, nos es posible, por sus otros
escritos y por lo que citan de él otros autores, destacar algunas ideas de su
pensamiento teológico.

El concepto fundamental alrededor del cual gira toda la teología de Justino es el Logos,
que es la persona del Hijo y la Palabra mediante la cual el Padre –el Indecible22– se da a
conocer. Así Justino entiende que el Logos está disperso por toda la creación, y que
todo lo que se ha dicho de verdadero por cualquier hombre se ha dicho según el
Logos. La Creación y la Salvación van a estar indefectiblemente ligadas al Hijo. Este
Logos se ha encarnado en Cristo, quien es la verdadera y definitiva revelación de Dios a
los hombres.

22
Creemos conveniente una aclaración, muy breve, respecto de esta denominación de Dios Padre, ya
que quizá el lector no esté familiarizado con la terminología patrística. Logos significa Palabra. En el
pensamiento de Justino, el Logos podía entenderse en cuanto que inmanente –en la mente del Padre– o
pronunciado –a partir de la manifestación del Hijo, sobre todo desde su Encarnación, pero también
antes–. Sea como fuere, el Padre es el Indecible porque no se puede pronunciar su nombre y al Padre
“nadie lo ha visto jamás, el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1,18; cf.
Jn 6,46; 1 Jn 4,12; Ex 33,18-23): el Logos lo revela y dice al Padre; es así su Palabra, su manifestación.

12
Justino no tiene miedo de tomar elementos de la filosofía pagana –Platón, Aristóteles,
gnosticismo– de los que se sirve sin ningún problema; lo cual no significa que sus
únicas fuentes fueran paganas.

La influencia del pensamiento de Justino va a ser enorme en autores posteriores. Es


uno de los que comienzan un esbozo de reflexión trinitaria con el fin de dar razón de la
divinidad de Jesús. Tanto ante paganos como ante judíos se alzaba como escandalosa
la pretensión de los cristianos. Ante ellos había que dar una explicación.

SEGUNDA APOLOGÍA

Introducción

Como está dicho anteriormente, la Segunda Apología de San Justino bien puede
entenderse como una continuación de la primera. Sin embargo, tiene una motivación
muy concreta:

Lo sucedido últimamente en vuestra ciudad bajo Urbico, ¡oh romanos!, y lo que están haciendo
en todo el Imperio contra razón los gobernadores, me ha forzado a componer el presente
discurso en favor nuestro. […] El hecho es que en todas partes están dispuestos a darnos la
23
muerte .

El caso que expone Justino como justificación del escrito es, en realidad, muy concreto.
Una mujer, al convertirse al cristianismo, le pide a su marido que deje la vida licenciosa
que llevaba. Al negarse éste, la mujer presenta el libelo de repudio y se separa de él. El
hombre, “despechado por haberse divorciado contra su voluntad, la acusa ante los
tribunales diciendo que es cristiana”24. Urbico llama a Ptolomeo, maestro de la mujer
en el cristianismo, y le pregunta tan solo “si era cristiano”. Ptolomeo confiesa y, como
consecuencia, es condenado al suplicio junto a Lucio, que había increpado a Urbico por
castigar de muerte a un hombre “a quien no se le ha probado ser adúltero, ni
fornicador, ni asesino, ni ladrón, ni salteador, ni reo, [...], sino que ha confesado tan
solo llevar el nombre de cristiano”25.

Es, pues, claro, que la motivación principal del escrito es una defensa de los cristianos
a los que injustamente se les condena a la muerte por el mero hecho de llevar ese
nombre. Como hemos visto anteriormente, los apologistas se proponen tres objetivos
fundamentales según Quasten26: defensa, crítica e intento de síntesis superior
cristiana, a los que se puede añadir un cuarto, el intento de armonizar filosofía y fe,
cultura pagana y cristianismo.

23
SAN JUSTINO, Apología II, 1, 1-2.
24
Ib. 2, 7.
25
Ib. 2, 16.
26
QUASTEN, J., Patrología II. La edad de oro de la literatura patrística griega, Biblioteca de Autores
Cristianos, Madrid, 1962.

13
Temas principales

El escrito no tiene una estructura bien definida en cuanto a la exposición de las ideas
se refiere, sino que más bien parece que va y viene hablando de diferentes cuestiones.
En general, podemos decir que los temas que trata están directamente relacionados
con la persecución contra los cristianos, pero las conclusiones que extrae son
universales.

Exigencia de justicia

El problema principal en todo el escrito y el que más directa y evidentemente tiene


que ver con su motivación es la exigencia de justicia propia de todo ser humano.
Recordemos que el hecho que incita a Justino a coger la pluma es la condena injusta de
Ptolomeo y Lucio bajo la única acusación de cristianismo.

Justino y los apologistas –sobre todo Atenágoras27– exigen que no se les condene por
llevar un mero nombre, sino conforme a si se prueban o no los delitos que se les
imputan. Además, decir cristiano significa, en todo caso, decir bueno, entiende Justino.

Pero la pretensión de Justino no es únicamente defender las causas terrenas de los


hombres, sino que pone el cumplimiento de esta exigencia de justicia en otro lugar, sin
desdeñar por eso a los que entre los hombres son legisladores. Existe una Justicia
según la cual las leyes humanas son más o menos justas:

Si la cosa no es como nosotros decimos, o no existe Dios o, si existe, no se cuida para nada de
los hombres, puesto que ni la virtud ni el vicio serían nada ni, como antes dijimos, castigarían
28
los legisladores con justicia a los que traspasan las buenas ordenaciones.

No todas las opiniones ni todas las leyes demuestran ser buenas, sino unas buenas y otras
29
malas

Esto significa una comprensión extraña para nuestra época –donde la ley pretende
abarcar todo el comportamiento humano–, donde se sitúa al hombre en relación con
el supremo legislador. Platón intuyó también esta relación entre la justicia y la Justicia,
que está en relación con el Bien y la Verdad. Si no hay una Justicia eterna, no tiene
sentido la justicia de los hombres: desde Platón hasta Kant pasando por Aristóteles,
San Agustín, Santo Tomás, etc., se ha dicho casi siempre lo mismo. Dostoyevski lo
expresó del siguiente modo: “Si Dios no existe, todo está permitido”30.

27
Filósofo y apologista cristiano del s. II, célebre por sus escritos en defensa de los cristianos en forma
de súplicas dirigidas a Marco Aurelio Antonino y su hijo Lucio Aurelio Cómodo.
28
SAN JUSTINO, Apología II, 9, 1.
29
Ib. 9, 4.
30
DOSTOIEVSKI, FIODOR M., Los hermanos Karamázov, edición de NATALIA UJÁNOVA, Ed.
Cátedra,Barcelona, 5ª edición, 2000, 4ª parte, libro 11, cap. 9, pp. 941-942.

14
¿Qué significa que verdad, bien y justicia van unidos? ¿Estás de acuerdo?
Explica por qué

¿Compartes la opinión de Dostoyevski? ¿Por qué?

Libertad de conciencia

La libertad de conciencia, sobre todo respecto de la religión –porque no estamos


hablando aquí de una mera libertad de movimiento–, es un punto fundamental que los
apologistas entienden profundamente. El Estado no tiene potestad para determinar la
religión de los ciudadanos.

En el Decreto sobre las misiones del Concilio Vaticano II se afirma decididamente que
“el Evangelio fue el fermento de la libertad y del progreso en la historia humana,
incluso temporal” quedando clara una cuestión fundamental: la libertad religiosa era
absolutamente desconocida en el mundo antiguo. Es un “invento” del cristianismo de
los primeros siglos sin el cual probablemente en nuestras democracias occidentales
actuales no cabría ese derecho que hoy consideramos fundamental. Es probable
incluso que no hubiera existido tal cosas como “democracias occidentales”.

Pero el cristianismo incipiente, y la reflexión de Justino, van aún más lejos. No se trata
únicamente de denunciar una injerencia ilegítima en la conciencia personal sino que es
justo al contrario, es decir, no es la conciencia religiosa del hombre la que debe estar al
servicio del Estado, sino que el Estado debe poner los medios necesarios para
garantizar la intimidad y la no violación de la conciencia de los individuos31.

Esta comprensión del supremo valor de lo más íntimo de la conciencia del hombre que
solo puede ser exigida por Dios mismo era manifestada por los mártires. No era una
cuestión de entregarse a la muerte voluntariamente para ganar el cielo como
recompensa. Justino y otros muchos padres dicen claramente que “no nos es lícito el
suicidio”. Sin embargo, frente a los tribunales que les juzgaban, y de los que saldrían
airosos fácilmente si sacrificaban a los dioses –es decir, mediante la realización de un
acto que podría ser considerado como meramente externo– o incluso si simplemente
negaban que eran cristianos –aunque lo siguieran siendo–, ellos afirmaban hasta el
último aliento y la muerte lo que consideraban el fundamento de su existencia, aquello
que, en conciencia, no se puede negar.

Si Justino no habla de una mera libertad de movimiento, ¿de qué habla?

¿Crees que el hombre es libre? ¿Por qué?


31
Sería interesante analizar aquí la posición de algunos de los miembros del nuevo movimiento
teológico denominado Radical Orthodoxy, que ven el Estado como incapaz de garantizar esta libertad de
conciencia. Para más profundidad en este tema, ver CAVANAUGH, W. T., El mito de la violencia religiosa,
Nuevo Inicio, Granada, 2010; MILBANK, J., Theology and social Theory. Beyond secular reason, Blackwell,
Oxford, 1990. También es interesante la obra de René Girard.

15
Vicio y virtud

Y es que la naturaleza de todo lo que tiene principio es ésta: ser capaz de vicio y de virtud, pues
nadie sería digno de alabanza, si no pudiera también volverse a uno de aquellos dos extremos.
Esto mismo demuestran aquellos hombres que en todas partes han legislado y filosofado
32
conforme a la recta razón .

La consecuencia inmediata de la defensa de la libertad es la lucha contra el estoicismo,


para quienes todo ocurre según el destino. Justino, sin embargo, entiende que los
hombres obran bien o pecan según el libre albedrío que Dios les ha concedido y, por lo
tanto, que son capaces de vicio y de virtud.

Verdad y opinión

Justino conoce bien a Platón y admira a Sócrates, quien dice que “a ningún hombre
hay que apreciar por encima de la verdad”33. Ante la injusta acusación del cínico, dice
que “no merece el nombre de filósofo un hombre que, sin saber una palabra sobre
nosotros, nos calumnia públicamente, como si los cristianos fuésemos ateos e impíos,
propalando estas calumnias para congraciarse y dar gusto a la muchedumbre
extraviada”34. De nuevo vuelven a estar de acuerdo la verdad, el bien y la justicia. Dice:

Y los que antes de Cristo intentaron, conforme a las fuerzas humanas, investigar y demostrar
las cosas por razón, fueron llevados a los tribunales como impíos y amigos de novedades. Y el
que más empeño puso en ello, Sócrates, fue acusado de los mismos crímenes que nosotros,
35
pues decían que introducía nuevos demonios y que no reconocía a los que tenía por dioses .

Justino incluso llega a afirmar que Cristo fue en parte conocido por Sócrates, “pues Él
era y es el Verbo que está en todo, y Él fue quien por los profetas predijo lo por venir y
quien, hecho de nuestra naturaleza, por sí mismo nos enseñó estas cosas” 36. La
diferencia, sin embargo, radica en que a Sócrates solamente le creen los filósofos, pero
a Cristo le siguen y le creen no solo los sabios, sino “también artesanos y gentes
absolutamente ignorantes, que han sabido despreciar la opinión, el miedo y la
muerte”37. La verdad de Cristo está por encima de la opinión común y de la mera
sabiduría humana.

Explica qué entiendes por vicio y virtud y compáralo con lo que piensa Justino

Reconoce en el texto algún fragmento donde hable de vicio y virtud y haz un


breve análisis

Actualidad de la obra

32
SAN JUSTINO, Apología II, 6 (7), 6-7.
33
Ib. 8 (9), 6.
34
Ib. 8 (9), 2.
35
Ib. 10, 4-5.
36
Ib. 10, 8.
37
Ib. 10, 8.

16
Dejando de lado las connotaciones quizá más evidentes, como el hecho de que los
cristianos sigan siendo hoy perseguidos –el s. XX es en el que más mártires ha habido–,
podemos centrarnos sin embargo en algunas cuestiones de fondo que siguen
absolutamente vigentes.

El Estado y la conciencia

Si bien lo hemos apuntado antes, cabe profundizar un poco más en la cuestión debido
a la importancia que tiene. El cristianismo ha defendido siempre el valor supremo de la
conciencia humana, que en ningún caso puede ser juzgada o forzada. Sin embargo, es
posible observar problemas en la articulación entre conciencia y ley38. No es nuestra
pretensión ni podemos plantear como meta analizar ningún caso concreto, aunque
ciertamente sería interesante analizar el caso de España39.

En España, actualmente, los dos movimientos objetores más importantes son los
profesionales de la medicina que se ven obligados por el Estado a practicar abortos y,
en muchos menos casos, la eutanasia activa y no quieren realizarlos en conciencia, los
farmacéuticos que se niegan a proporcionar la denominada “píldora del día después”
ya que la consideran potencialmente abortiva; y los padres que no quieren que sus
hijos acudan a las clases de Educación para la Ciudadanía amparándose en el derecho
fundamental de los tutores a educar a sus hijos. El tercer problema es interesante de
estudiar, ya que, según los objetores y los críticos con esta asignatura, el Estado
pretende educar las conciencias de los niños.

La pregunta que se plantea es si, en el fondo, la conciencia del hombre es


absolutamente inviolable. Y la respuesta de San Justino y de los primeros cristianos es
un sí rotundo. Siendo esto algo que han dicho muchos a lo largo de la historia, no solo
cristianos, parece claro que la evolución del concepto de persona a partir de la
reflexión cristiana y de su inmensa dignidad ha ayudado a aclarar este concepto.

¿Qué entiendes por “conciencia”? ¿Qué entiende Justino?

¿Tiene potestad el Estado, o ha de tenerla, para decidir sobre cuestiones de


conciencia? ¿Por qué?

¿Tiene algo que ver la conciencia con la distinción entre fuero interno y fuero
externo? ¿Cómo lo articularías, si es que es posible?

38
Cf. NAVARRO-VALS, R. y MARTÍNEZ-TORRÓN, J., Conflictos entre conciencia y ley. Las objeciones de
conciencia, Estudios Doctrinales, Madrid, 2011. En especial págs. 32-34 y 59-72.
39
El derecho fundamental a la objeción de conciencia está recogido en el Artículo 30 de la Constitución
Española, que se concreta en la Ley 22/1998, de 6 de julio, reguladora de la Objeción de Conciencia y de
la Prestación Social Sustitutoria, que se refiere principalmente al Servicio Militar. Sin embargo, algunas
sentencias del Tribunal Supremo han refrendado este derecho en casos que nada tienen que ver con el
Servicio Militar.

17
Razón y fe

Se trata de otro tema fundamental que sigue estando en boca de casi todos. Justino
entiende claramente el cristianismo como “la verdadera filosofía”, pero, sin embargo,
sabe distinguir muy bien los límites de la razón humana frente a los interrogantes
últimos del hombre: la filosofía no alcanza aquello que se le ha concedido por la fe.

Sin embargo, afirma continuamente que razón y fe no son incompatibles sino más bien
todo lo contrario: los que haciendo uso de la razón buscaban la verdad alcanzaron
cierta parte del Logos de la realidad –que es el mismo Cristo–, y los que conocen la
verdad por la revelación de Cristo entienden con su razón y son capaces de profundizar
en el misterio de la realidad.

Juan Pablo II, en su Carta Encíclica Fides et Ratio, entendía la relación entre la fe y la
razón del mismo modo que la ha entendido la Iglesia desde el principio: se da una
“circularidad” en la que una ayuda a la otra y viceversa. La fe no sería posible sin la
razón del hombre –entre otras cosas porque el asentimiento de la fe ha de ser
conforme a ella–, y la fe permite a la razón superar sus propios límites.

Hoy, en nuestra Universidad occidental, fascinada por lo científico –entendiendo


científico como positivo la mayoría de las veces– el debate está constantemente
planteado: la pregunta sobre Dios no cabe en la ciencia moderna. Primero echaron a
Dios de la filosofía –Kant cifra la imposibilidad de la Metafísica como ciencia entre
otras cosas porque la pregunta por la trascendencia es completamente ajena a la razón
pura40– y ahora no cabe en ningún discurso con una mínima pretensión racional.

Una consecuencia próxima es que se plantea la idoneidad de la presencia de capillas


en la Universidad Pública, no hay sitio para la Teodicea –el discurso racional sobre Dios
y el último escalón de la Metafísica– en los estudios de Filosofía y la Teología no tiene
carácter científico. Sin embargo, en algunos países con una trayectoria universitaria,
podría decirse, más arraigada –ciertamente más que España–, la Teología sigue siendo
parte de los estudios civiles41.

¿Crees necesario el estudio de las Humanidades en la Universidad? ¿Por qué?

¿Estás de acuerdo con la concepción de que fe y razón no son excluyentes,


sino que entre ellas se da una complementariedad? ¿Por qué?

La cuestión de la libertad religiosa

Recogida en la Declaración de los Derechos Humanos, es uno de los derechos


fundamentales de nuestro mundo occidental –no así porciones del mundo oriental,
40
Nótese aquí que la pretensión de Kant era responder a la pregunta acerca del estatuto de la
Metafísica en el “nuevo árbol de la ciencia”.
41
Así ocurre al menos en Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y Estados Unidos, entre otros países.

18
sobre todo el ámbito musulmán– junto a la igualdad y el derecho a la propiedad. Sin
embargo, también en nuestra civilización, se encuentra de total actualidad. Si bien
nadie serio se atreve a negar el derecho a la libertad religiosa, sí que hay quienes
afirman como necesarias algunas restricciones tales como la manifestación pública de
las creencias religiosas o el apoyo estatal a la Iglesia –no solo en temas de
financiación–.

Aquí sería interesante entrar a debatir la cuestión acerca de la aconfesionalidad del


Estado, o en qué consiste realmente la pretendida laicidad. Solo haremos una
puntualización en este tema, ya que ha sido tratado más ampliamente en otros
capítulos: el Estado español es, actualmente, aconfesional; pero queda recogida en la
Constitución una cierta preferencia, por decirlo de alguna manera, por la Iglesia
Católica.

¿Debe haber alguna limitación respecto de la libertad religiosa? ¿Por qué?

Indaga acerca del significado de aconfesionalidad y laicidad

Asimilación de la obra

Señala tres conclusiones que hayas extraído tras la lectura de la Apología

¿Crees que está justificado que Justino escriba al Emperador?

Señala otro tema que consideres actual y explica por qué

Valoración crítica

Escoge dos fragmentos que consideres fundamentales en la obra y valóralos

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