Boletín de la Academia Nacional de Historia

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DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

BOLETÍN

Volumen LXXXVIII N° 181
2009

AÑO DEL BICENTENARIO

BOLETÍN de la A.N.H.
Vol LXXXVIII N° 181 ISSN N° 1390-079X © Academia Nacional de Historia del Ecuador Diseño e impresión PPL Impresores 2529762 Quito flandazurippl@andinanet.net agosto 2009 Esta edición es auspiciada por el Ministerio de Educación

ÍNDICE GENERAL
EN EL BICENTENARIO • Escritura de los hombres de Agosto Hernán Rodríguez Castelo • El Diez de Agosto de 1809. Actitud de las autoridades cuencanas Juan Cordero Íñiguez • Envío de los comisionados Montúfar y Villavicencio al Virreynato de Nueva Granada y José Cos al de Perú Enrique Muñoz Larrea • Dos fechas y un mismo Bicentenario Fausto Palacios Gavilánez ARTÍCULOS Y ENSAYOS • El dominio del mar: Un factor olvidado en nuestra historia republicana Octavio Latorre • Una ilustre familia en América: Los Urquinaona Gregorio César de Larrea DISCURSOS ACADÉMICOS • Bienvenida a Alicia Albornoz Bueno Fray Agustín Moreno Proaño • Símbolo, Mito y metáfora Alicia Albornoz Editorial 11 7

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• Bienvenida a Javier Gómezjurado Jorge Núñez Sánchez • Los hijos expósitos y naturales en la Real Audiencia de Quito Javier Gómezjurado Zevallos • Bienvenida a Vladimir Serrano Manuel de Guzmán Polanco • El imaginario en la historia de Quito: Sentido de las leyendas y tradiciones Vladimir Serrano Pérez

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• Bienvenida a Klever Antonio Bravo Jorge Núñez Sánchez • Los siete combates del ejército quiteño en nombre de la Independencia: 1809–1812 Klever Antonio Bravo

RECENSIONES • Eugenio Espejo, Precursor de la independencia Hernán Rodríguez Castelo • Obras Completas de Eugenio Espejo Carlos Freile • Eugenio Espejo (Chuzhig) Carlos Freile VIDA ACADÉMICA • Congreso extraordinario de las Academias Iberoamericanas de Historia • Homenaje a J. Roberto Páez Fray Agustón Moreno Proaño • Homenaje a Carlos Manuel Larrea P. Julian Bravo Santillán S.I. • Presentación de la Historia de la ANH Juan Cordero Íñiguez • Presentación del libro “Quito luz de América” Benjamín Rosales

• Bienvenida a María Luisa Laviana Jorge Núñez Sánchez • Reformismo borbónico y control fiscal: Las cajas reales de Guayaquil en el siglo XVIII María Luisa Lavianos Cueto

373 378 405 403 410 412 415 419 424 449 458 434

Individuos de número de la ANH a julio de 2009 Miembros corresppondientes de la ANH a julio de 2009 Miembros electos para correspondientes Miembros honorarios Miembros extranjeros electos como correspondientes Miembros de provincias

465 471 476 477 477 480

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l bicentenario de la revolución quiteña del 10 de Agosto de 1809, que estableció la primera Junta Soberana en América, y llegó, en una segunda instancia, a elecciones de legisladores, votación de la primera Constitución de la que desde 1830 sería la República del Ecuador y defensa con ejército propio de la joven República de Quito frente a la agresión de las tropas virreinales, ha sido motivo de justa ufanía para todos los ecuatorianos.

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La Academia Nacional de Historia se ha involucrado de modo especial en tan magna recordación. Se ha sentido responsable, de destacar, ante la patria y ante toda América, la magnitud del acontecimiento. Tales recordatorios son tarea propia de los historiadores. Muy temprano, su órgano, el Boletín, dedicó su primera sección al inminente Bicentenario, y en su número 179, del segundo semestre de 2007, publicó un trabajo inusitadamente largo para dibujar una panorámica amplia y rigurosa de esa historia que el Ecuador se aprestaba a revivir y solemnizar: “La gloriosa y trágica historia de la independencia de Quito 1808-1813”. Ese texto ha sido utilizado por instituciones y personas a cuyo cargo estaba la programación de la celebración bicentenaria.

También, con la debida anticipación, la Academia convocó a un concurso internacional, que incentivase a historiadores de la patria, de países hermanos de América y de otros ámbitos a reflexionar sobre el importante tema que el concurso proponía: “Trascendencia internacional del gobierno quiteño autónomo del 10 de agosto de 1809”. En el presente número de nuestro Boletín publicamos una vez más las bases de ese concurso, cuyo plazo de entrega de los trabajos se vence el 3 de noviembre del presente año.

Y la Academia, por gestión de su director, el Dr. Manuel Guzmán Polanco, en el Congreso de La Asociación de Academias Iberoamericanas de la Historia, celebrado en Lisboa, en 2006, consiguió el alto honor -y la grave responsabilidad- de organi7

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zar en Quito, el 2009, un Congreso Extraordinario de la Asociación. Tal Congreso, organizado por nuestra Academia, se reunió en nuestra ciudad del 16 al 19 de junio, con la presencia de delegados de dieciocho Academias hermanas, que trajeron importantes ponencias que iluminaron la misma revolución de Quito y el horizonte americano en que ella se dio. Las tareas de aquella magna cita de historiadores iberoamericanos culminarán, como es de rigor, con la publicación de las Memorias, que recogerán todas las ponencias, algunas de tanta extensión que en la sesiones solo pudieron resumirse para el estrecho límite de 20 minutos fijado para su exposición, antes de breve ronda de preguntas. Al presente Boletín llegarán noticias y ecos de tan importante evento, que fue el primer acto académico de trascendencia internacional del nutrido programa de celebraciones del Bicentenario.

El académico Juan Cordero Iñiguez publicó la obra Cuenca y el 10 de agosto de 1809, iluminando con minucioso estudio la recopilación de documentos cuencanos sobre el movimiento de Quito enviado por las
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Y en cuanto al número presente del Boletín, que aparecerá en torno a la misma fecha bicentenaria, no ha podido ofrecer textos de todos aquellos académicos que están empeñados en iluminar esos altos y heroicos sucesos, en casos acudiendo a archivos y exhumando documentación importantísima, en buena parte, porque varios de ellos han presentado ya sus hallazgos, o están por hacerlo, en libros. De todos modos dos de esos historiadores que han dedicado al bicentenario sendos libros ofrecen en este número del Boletín largos ensayos sobre Agosto.

Tuvo la Academia otro proyecto para estas celebraciones. Sin duda, el más importante y monumental: publicar, en los tomos que fuesen necesarios, todos los documentos relativos a la gesta de Agosto. Habría sido el más sólido y alto homenaje a esos quiteños que escribieron las páginas más gloriosas de nuestra historia. Pero la Academia Nacional de Historia se mueve en condiciones de extrema estrechez económica, que hacían imposible realizar tan vasta tarea, y el Estado nunca entendió la importancia y trascendencia de tan ambicioso proyecto y no mostró la menor voluntad de aportar los fondos que harían posible su realización. El Ecuador queda en deuda con su historia, con sus próceres, con este cimiento primero de su identidad.

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Y el académico Hernán Rodríguez Castelo, cuyo estudio Lírica de la Revolución quiteña de 1809-1812. La revolución quiteña de agosto de 1809 y el martirio de agosto de 1810 en los poemas de esos días publicará el FON SAL, entrega en este número del Boletín largo y denso estudio de la escritura de los mayores escritores de la Revolución de Agosto. Historiador de la literatura ecuatoriana ilumina la historia del movimiento quiteño desde ese documento de privilegiada inmediatez que son los escritos de los próceres Rodríguez de Quiroga, Morales, Miguel Antonio Rodríguez y José Riofrío. Los dos textos son largos, pero cabe repetir lo que se dijera en el número 179 del Boletín para dar razón de un texto de la extensión del ya mencionado “La gloriosa y trágica historia de la independencia de Quito 1808-1812”. Aquello que sentara Mejía, en las Cortes de Cádiz, para justificar discurso tan largo como importante: “Hablando de cosas grandes es necesario hablar con grandeza”.

autoridades de Cuenca al Virrey del Perú y por este a la Corona, y localizados por Cordero en el Archivo de Indias. Esa investigación es la que nutre su artículo de nuestro Boletín.

Pero la Academia Nacional de Historia del Ecuador no se halla requerida solo por el bicentenario de la independencia. Celebra su propio centenario. Porque el 24 de julio de 1909 se fundó la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, que años más tarde se convertiría en la Academia Nacional de Historia. En el Palacio Arzobispal y bajo la guía del sabio arzobispo de Quito, el historiador Federico González Suárez, instalaron solemnemente la Sociedad Jacinto Jijón y Caamaño, Cristóbal Gangotena Jijón, Alfredo Flores Caamaño, Carlos Manuel Larrea, Luis Felipe Borja (hijo) y Aníbal Viteri Lafronte. Poco después se adhirieron al acto fundacional dos historiadores a quienes aquella sesión los tomó fuera de la ciudad, Juan León Mera Iturralde y José Gabriel Navarro. A la historia de estos cien años de la Academia Nacional de Historia se ha dedicado un libro. Encargado de hacerlo el académico Franklin Barriga López ha cumplido la ardua tarea con competencia y brillantez. Precisamente al cerrar el Congreso Extraordinario de la Asociación de

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Academias Iberoamericanas de la Historia, en ese espléndido edificio que constituye ilustre monumento a la Revolución de Agosto que es el “Centro Bicentenario”, en lo que fuera el Hospital Militar, se presentó el libro Historia de la Academia Nacional de Historia 1909-2009. Llegan al Boletín ecos de esa presentación y el estudio de Juan Cordero Iñiguez que abre las puertas a obra que constituye importante aporte a la historia misma del último siglo de vida ecuatoriana. A esos jóvenes apasionados por el quehacer histórico y ya notables historiadores, su maestro, el ilustre autor de la Historia General de la República del Ecuador, pocos días antes de la constitución de la Sociedad de Estudios Históricos Americanos, futura Academia Nacional de Historia, les había confiado y animado:

Trazó el camino el sabio historiador. La Academia Nacional de Historia lo ha recorrido en cien años. Confiamos en que al voltear estos primeros cien años de fecunda existencia, la verdad le siga dando vida.

Cuando di principio a mi labor histórica estaba solo, aislado: ahora, cuando para mí se aproxima ya el ocaso de mi vida, no estoy solo, no me encuentro aislado. Mi palabra ha caído en tierra fecunda, mi trabajo no ha sido estéril… Vuestra labor comienza: no he hecho más que trazaros el camino… Mañana vuestros trabajos dejarán eclipsado mi nombre, y de ello no me duelo… ¿por qué habría de dolerme?... antes, me alegro, porque con vuestros trabajos progresarán los estudios históricos, y con ellos habrá luz, y con la luz se conocerá mejor la verdad. Trabajad con tesón, con empeño, con constancia: no os desalentéis por la dificultades, no os acobardéis ante los obstáculos…; venced las dificultades, arrollad los obstáculos… Como la verdad es el alma de la historia, buscad la verdad, investigad la verdad y, cuando la encontrareis, narradla con valor… La Historia tiene una majestad augusta: la lisonja la envilece, la mentira la afrenta, solo la verdad le da vida.

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EN EL BICENTENARIO

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LA ESCRITURA DE LOS HOMBRES DE AGOSTO
Por Hernán Rodríguez Castelo Pedro Moncayo, al final del comentario que hiciera al recientemente aparecido Ensayo sobre la historia de la literatura ecuatoriana de Pablo Herrera -en 18601- anunciaba que el acucioso archivero y fundador de la historia de la literatura ecuatoriana iba, en una segunda parte, a tratar de los tiempos de la revolución de la independencia y los primeros triunfos de la gloriosa Colombia, y escribía: Los paladines de 1809 van a ser juzgados por sus propios hechos y por los preciosos monumentos que nos han dejado de su patriotismo e inteligencia.

Y anunciaba así esa tarea crítica, a la que él se proponía sumarse:

Herrera nunca nos dio esa nueva parte del Ensayo. Y, que sepamos, nadie hasta ahora emprendió la tarea con el rigor y la amplitud que entusiasmaban a Moncayo. A hacerlo nos invita el bicentenario de la gesta de Agosto que nos aprestamos a celebrar. Por lo que especta al marco histórico en que se escribieron estos textos, lo hemos presentado en nuestro ensayo “La gloriosa y
1 El libro de Herrera apareció en 1860; no en 1861, como aparece en el folleto de Pedro Monayo (Véase nota siguiente). 2 Ensayo sobre la historia de la literatura ecuatoriana por Pablo Herrera, Quito, 1861, Juicio crítico por Pedro Moncayo, Valparaíso, Imprenta Librería del Mercurio, 1861, reproducido en Museo Histórico, N. 51, Quito, abril-junio de 1971. La cita en esta edición, p. 65.

Veremos a los mártires de 1810 aparecer en el teatro histórico de su patria como políticos audaces, como literatos distinguidos, como oradores populares y republicanos y últimamente como víctimas heróicas del despotismo español.2

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trágica historia de la independencia de Quito, 1808-1813”, publicado en el número 179 de este mismo Boletín de la Academia Nacional de Historia (Segundo semester de 20078). Cauces nuevos de la literatura ecuatoriana en el período de alzamientos y guerras de independencia fueron prosa política, historia, oratoria civil y el género epistolar. Por los tres fluyó lo mejor de la producción de intelectuales y hombres de letras del período -si descontamos, claro, los poemas grandes de Olmedo. En esa oratoria que corría por cauces abiertos por las convulsiones bélicas y políticas de la hora que vivía Europa -con distantes aunque sensibles repercusiones en América-, la figura cumbre fue Mejía. Tuvo la fortuna de subir a tribuna de excepción: la más importante asamblea hispanoamericana del tiempo, las Cortes de Cádiz. Y aun mayor privilegio fue que en tan alta asamblea se tratasen asuntos de candente actualidad para el mundo hispánico y de vital importancia para el americano. Mejía se aprovechó de esa tribuna abierta a dos mundos y abordó muchos de esos graves asuntos con una elocuencia que deslumbró y lo convirtió -a él, que había ocupado escaño como suplente- en cabeza del partido americano y una de las dos más altas voces del sector liberal progresista. Pero Mejía ni era isla ni era excepción -aunque haya sido, por supuesto, cumbre- entre las gentes quiteñas de letras de esa hora: había recibido parecida formación retórica -que venía, aunque sin todo el empecinamiento y brillantez del período jesuítico, desde muy atrás- y había crecido inmerso en ese clima de avidez por leer, saber y agotar facultades, que arrancaba de Espejo.Y así, mientras Mejía brillaba en las Cortes, en su Quito natal, en una hora de audaz decisión política transformadora, otros quiteños -nacidos en la ciudad o avecindados en ella- debían acudir a sus poderes de la palabra en la tribuna, el alegato, la proclama, la carta. Es lo que en este ensayo abordaremos, siquiera en sus figuras de mayor talla intelectual, de las que, acaso por ello mismo, más noticias y, sobre todo, textos se nos han conservado. MANUEL RODRÍGUEZ DE QUIROGA

Piezas fundamentales, históricas todas ellas, literarias unas pocas, son los alegatos que en defensa propia escribieron los próceres de los años 1808 y 1809. Escritos en prisión, los de 1810 en durísimas condiciones
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de aislamiento y penuria, nunca pudieron decirse ante un tribunal, pero fueron concebidos para pronunciarse allí. Son, por su espíritu, empaque y matriz, oratoria; pero los más brillantes y ricos de ideas tienen, también, de penetrantes ensayos. De esas piezas, son dos sin duda las de más altas calidades como oratoria y como prosa ensayística: las dos que escribió con el destino dicho -una en 1809; otra en 1810- uno de los dos más conspicuos ideólogos de esos movimientos libertarios, Manuel Rodríguez de Quiroga. Por la mencionada panorámica histórica sabemos la importancia que tuvo el plan autonómico fraguado en los últimos meses de 1808 y aprobado para su ejecución en la navidad de ese mismo año, y que solo fracasó por la temprana delación que de él hicieron a las autoridades españolas frailes mercedarios. Denunciado el plan y, acaso, algún documento comprometedor que Salinas había confiado a uno de esos frailes -en febrero de 1809-, Morales, Rodríguez de Quiroga, el Marqués de Selva Alegre, el doctor Riofrío -cura de Píntag-, Nicolás Peña y, por supuesto, el capitán Salinas fueron arrestados y recluidos en el convento de La Marced, entre el jueves 2 de marzo y el domingo 53. La acusación revestía la mayor gravedad: reos de Estado, crimen que se castigaba con pena de muerte. Con los prisioneros incomunicados, se instauró un proceso secreto y se usaron para arrancarles confesiones y eventuales delaciones torvas prácticas de la Inquisición.4 Entonces los próceres escribieron sus alegatos de defensa. Es conocido como todo el legajo procesal le fue arrebatado al secretario Pedro Muñoz, cuando lo llevaba a palacio, con lo cual “los planes del gobierno se encontraron trastornados”. Creyóse que todos esos papeles se habían perdido o, por comprometedores, se los había hecho desaparecer. Pero al menos un alegato no corrió esa suerte: el de Rodríguez de Quiroga. Y era pieza capital ese estupendo discurso que, en el subsuelo de la defensa jurídica, daba sus fundamentos al movimiento autonómico quiteño -y americano. “Esos papeles llegaron a manos de Quiroga -ha referido
3 Para estas fechas, cf. “Alegato de Quiroga”, Memorias de la Academia Ecuatoriana correspondiente de la Real Española, Quito, 1922, nota del editor, Nicolás Clemente Ponce, p. 67 4 Así Stevenson, cronista que estuvo muy cerca de los hechos.

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Stevenson, testigo privilegiado de estos sucesos- y propagó su contenido entre las personas que él juzgaba más apropiadas para confiarlos”.5 Cumplió, pues, el alegato aquel -y cabe pensar que también otros- función de alto y urgente mensaje político. Y, vistas su importancia y sus estupendas calidades, se guardó y trasmitió a la posteridad, y por varios conductos ha llegado hasta nosotros6. En la panorámica histórica dicha hemos analizado ya lo que ese discurso tenía de filosofía del movimiento abortado entonces y que se realizaría el 10 de agosto de ese mismo 1809. Ahora nos toca leerlo como pieza literaria representativa de un tiempo y una circunstancias. LA VIDA A Manuel Rodríguez de Quiroga, Pedro Fermín Cevallos lo presentó como “hijo de Cuzco”; Stevenson lo hizo “oriundo de Arequipa”. Y en el documento 6, “Relación de los principios y progresos de la revolución de Quito”, del T. II. de la Historia del Ecuador de Roberto Andrade, se lee “Manuel Rodríguez de Quiroga, de Charcas”7. Y el acucioso -y riguroso- genealólogo Fernando Jurado Noboa, al establecer que nació en Chuquisaca, coincide con esa fuente, pues Charcas y Chuquisaca son dos nombres de la misma ciudad8. Nació el 18 de diciembre de 1771. En su primer Alegato, el prócer escribió: “Esta misma persona que en la rebelión de Túpac Amaro fue alistada en las milicias y sirvió al Rey, cuando apenas podía sostener la espada con la mano”9 El alzamiento del caudillo cusqueño se realizó de noviembre de 1780 a mayo de 1781. Sin la menor exageración, un niño de diez años apenas habrá podido sostener uno de esos pesasdos espadones. Su padre, el Dr. José Benito Rodríguez de Quiroga, español, fis5 William Bennet Stevenson, Narración histórica y descriptiva de veinte años de residencia en Sudamérica, traducción de Jorge Gómez R., Quito, Ediciones Abya-Yala, 1994, p. 493 6 De la versión que manejamos, el conducto fue, según su editor, así: “En el archivo del muy distinguido ciudadano Sr. Dr. Dn. Manuel Angulo, había existido una copia antigua, que es la que se halla ahora en nuestro poder, por habérnosla cedido, hace cosa de un año, el Sr. Dn. Agustín Angulo, hijo del Sr. Dr. Dn. Manuel”, Nicolás Clemente Ponce, en art. cit. , p. 70 7 Roberto Andrade, Historia del Ecuador,T. II, Guayaquil, editores Reed & Reed, s.a., p. 433. Citaremos Andrade, Documentos. 8 Fernando Jurado Noboa, “Datos genealógicos del Prócer Doctor Manuel Rodríguez de Quiroga y Cuenca”, Museo Histórico, Quito, N. 48 (agosto-septiembre 1970), p. 101. 9 Memorias, ob.cit., p. 95

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cal de la Real Audiencia de Charcas, llegó a Quito, con el mismo cargo de fiscal. “Soy hijo legítimo de un Fiscal de esta Real Audiencia” escribiría Rodríguez de Quiroga en su Alegato. Así que a sus 12 años el pequeño Manuel se convirtió en quiteño.En Quito completaría sus estudios, se graduaría y comenzaría a ejercer la abogacía y se casaría, -en 1798, con Baltasara Flor de la Bastida y Coello-; por la independencia de Quito lucharía y perdería la vida, mártir en los asesinatos del 2 de agosto de 1810, en los calabozos del Real de Lima. Obtuvo una beca para estudiar en el colegio de San Fernando, regentado por los frailes dominicos, y se graduó de bachiller en Derecho, el 1 de mayo de 1794. En esos años formativos fue decisiva su relación con Juan de Dios Morales. De él hizo alto elogio en su primer Alegato: en mis estudios previos al ingreso del foro, me instruye en las nociones de la jurispruidencia práctica y me conduce por la mano hasta el templo inmortal de la justicia, para sostener allí los preciosos derechos de mis conciudadanos. El es mi maestro de este derecho universal. de estas relaciones generales de los hombres y este vínculo sagrado de la sociedad, de esta ley, finalmente que el gran Cicerón llama la razón recta conforme a la naturaleza, difundida en todos, constante y sempiterna10

En el estudio de Morales hace una pasantía de diciembre de 1793 a diciembre de 1797. A comienzos de ese diciembre de 1797, el maestro presentó elogioso informe de quien, más que discípulo, se había convertido ya en compañero da inquietudes sociales y políticas -“para sostener los preciosos derechos de mis conciudadanos”-:

Por esto y porque la habilidad del referido Dr. es notoria, no menos que conocido su bello talento, a que acompaña una honrada conducta, le juzgo digno de ser admitido en uso y ejercicio de la abogacía a que aspira, con más razón, cuanto el Soberano, atendiendo sin duda a sus tareas literarias y distinguidas circunstancias, tiene mandado a

10 Ibid., p. 71.

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El 13 de diciembre rindió su examen, ante Ramón Ibarguren y el famoso Dr. Juan José Boniche, y cinco días más tarde se incorporó de abogado, cumplido el requisito de actuación en una causa criminal. Presentando sus servicios y méritos Rodríguez de Quiroga, en su segundo Alegato, ponderó “Que a pesar de mi orfandad y destitución en este País, después de la muerte de mi padre, he merecido por mi conducta y tareas literarias, ser en edad muy juvenil, Secretario Catedrático de Derecho, y Vice-Rector de esta Real y Pública Universidad”. Secretario de la Universidad fue en 1801. Colegas en el oficio de abogados y compañeros en la Universidad, la relación de Rodríguez de Quiroga con su maestro, el Dr. Morales, se estrecha. Pero mucho más porque los dos comienzan a madurar la idea de un Quito autónomo. Son los dos quienes eligen las piezas que representan los colegiales de San Fernando en el acto de bienvenida al conde Ruiz de Castilla, nuevo Presidente de la Real Audiencia de Quito. Ya hemos destacado la intención subvesiva que presidió la elección de esas obras teatrales, “todas ellas tendientes a inculcar en su diseño y argumento un espíritu de libertad, un amor a la libertad y los principios del republicanismo”, como lo vio Stevenson, perspicaz espectador.12 Con esta oportunidad, el secretario del Conde comprendió que Morales y Rodríguez de Quiroga eran los mayores animadores y guías del movimiento que podía sentirse maduraba en los grupos dirigentes quiteños. Y el viajero dedicó pasaje de su crónica a caracterizar a los dos personajes. Del segundo hizo esta pintura dura, de tintas obscuras, acaso cargadas: Quiroga era de una disposición intranquila y ambiciosa, apresurado e impertérrito en sus empresas,y muy intransigente; incapaz de cultivar el control en alguna de sus formas, pero abierto a la convicción cuando el medio era la persuación. Tuvo éxito como abogado, siendo locuaz y elocuente, pero incluso entonces su temperamento apresurado le metía en dificultades; en repetidas ocasiones recibió reprimendas

la Suprema Cámara de Indias, le consulte en las vacantes que ocurran de plazas togadas en las Reales Audiencias de América.11

11 En art. cit. en la nota anterior, pp. 102-103. 12 Narración histórica, ob. cit., p. 489.

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Para ese 1806 este abogado exitoso y elocuente, de ideas progresistas, vehemente y poco medido cuando de defender causas justas se trataba, se hallaba reemplazando a Antonio Ante en el cargo de abogado defensor de pobres, y, a más de la secretaría de la Universidad –de la que se hizo cargo, como se ha dicho, en 1801–, sostenía la cátedra de Derecho. Al tiempo de su proceso era vicerrector del alto centro de estudios. Y crecía una fama que asustaba y encolerizaba a conservadores y monárquicos a ultranza. En oficio del oidor Fuertes al virrey Abascal, se lo presentaba como “fanático innovador, aun en materia de Religión, el que habiendo compuesto cierta obra en años anteriores, fue prohibida por el Santo Tribunal de la Inquisición”. Su participación en el primer grito de independencia, el 10 de agosto, y la constitución de la Junta, como uno de los ideólogos y cabezas de la revolución, ha quedado consignada en el ensayo panorámico, y volverá a mostrársenos en los discursos que en aquellos heroicos y apasionantes días pronunció y en los textos que o escribió o colaboró en su escritura. En ese mismo oficio de Fuertes a Abascal se lo presentaba como el principal organizador de la reunión del 9 en la casa de Manuela Cañizares, a la que el oidor tacha de “la pública concubina del expresado Quiroga”. Después fue la larga y durísima prisión. Con él y con Morales las amargadas y vengativas autoridades se ensañaron.
13 Stevenson, Narración, ob. cit., pp.490-491

del tribunal, y al final no solo fue multado sino incluso despedido del ejercicio de su profesión. En una ocasión cuando se le impuso una multa, Quiroga declaró que de ninguna manera la pagaría ya que el tribunal no tenía la competencia para imponerla,y que el regente y los oidores habían tomado posesión de sus cargos yendo en contra de la ley y que seguían teniéndolos en contra de la justicia; probó sus declaraciones citando casos, citando leyes y mencionando las regulaciones del tribunal. Necesariamente esto condujo a que los miembros del tribunal lo odiaran y que acabaran expulsándole. Quiroga era el constante compañero de Morales y al igual que él confiaba que a la llegada del Conde Ruiz,una apelación a Su Excelencia en calidad de Presidente de la Real Audiencia le restituiría al ejercicio de su profesión; pero un informe del Regente Bustillas evitó que sus esperanzas se cumplieran, lo cual lo condujo a la desesperación.13

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La historia de los últimos meses de su inquieta, brillante y trágica existencia está consignada en su segundo alegato y en la carta que dirigió al obispo Cuero y Caicedo cuando sintió que las maquinaciones contra los presos iban cobrando forma. Y, últimamente, he llegado a probar que desde la prisión escribió un hermoso poema en octavas,en el que daba forma lírica ceñida y penetrante a ideas claves de sus alegatos. El poema, que obviamente circuló anónimo, fue recogido y publicad o por Juan León Mera en Cantares del pueblo ecuatoriano 14. En un libro que aparecerá para este bicentenario muestro cómo se me impuso atribuirlo a Rodríguez de Quiroga15.Es una pena que de él no se nos hayan conservado otras piezas procesales y discursos. Era un brillante intelectual. En esa segunda Defensa nos dio noticia de que su rica biblioteca le había sido embargada. Fue el 10 de enero, cuando fue reducido a prisión, quedando su familia en el abandono y la miseria. En los textos escritos en prisión -y ya veremos en qué penosas condiciones el segundo- nos dejó claro documento de su altura de pensamiento y poderes de escritor. Y, por supuesto, de esa formidable capacidad dialéctica para argumentar y probar que le granjeó la fama de gran abogado. EL PRIMER ALEGATO Dos veces, como hemos adelantado, se defendió Rodríguez de Quiroga, con sendos discursos que son dos piezas magistrales de oratoria forense. El primero fue presentado en marzo de 1809. Es el que estaba entre los papeles que le fueron sustraídos al secretario de la causa, terminaron en manos de Rodríguez de Quiroga y este les dio la difusión que para sus propósitos políticos pedían. “Los papeles llegaron a manos de Quiroga, y él sacó de ellos las conclusiones que mejor se acomodaban a sus fines, y propagó su contenido entre las personas que él juzgaba más apropiadas para confiarlos”, consignó en su crónica Stevenson.16 El de Rodríguez de Quiroga era un caso ejemplar de publicista. Esta primera pieza, de principio a fin, discurre por estupendos párrafos de lo que pudiéramos llamar astucia forense. Dominaba su
14 1a. ed. Quito, Imprenta de la Universoidad Central, 1892, pp. 420-421. 15 Lírica de la Revolución quiteña de 1809-1812. La revoluciónquiteña de agosto de 1809 y el martirio de agosto de 1810 en los poemas de esos día, publicación del FONSAL. 16 Stevenson, Narración, ob. cit., p. 493.

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autor -lo sentimos- esa parte central de la Retórica que es la argumentatio, y cuanto precedía a ella, preparándole el terreno más favorable. Comienza por la captatio benevolentiae nada menos que del fiscal:

Sin presentarlo expresamente como tal, ha echado por delante fortísimo argumento: aun el fiscal, que por oficio debe “perseguir los crímenes donde los hay”, lo ha vindicado. Y entonces, ¿a qué su alegato? Lo presenta como una concesión de su parte a lo que expresa en magnífica pluralidad: atemperarme a las costumbres, conformarme a los ritos forenses, guardar el orden y solemnidad de los juicios. Y refuerza sus encomios al fiscal -al que califica de “Magistrado ilustre”, contraponiendo a su humanismo esa vigorosa definición del oficio fiscal: “ministerio de hierro”, “semejante al sacerdocio del fiero paganismo”, su desempeño “es derramar sangre y degollar víctimas”. Anuncia que examinará la causa bajo dos aspectos. El primero, general y común; el segundo, particular. Y, al presentar el primero, otra vez lo que hemos calificado como “astucia”: lo muestra tan general que condenarlo equivaldría a condenar ciudades: El primero, que toca y pertenece, bajo la consideración de crimen de Estado, traición y lesa majestad, subversivo del orden y autoridades

Gracias a sus distinguidas luces y a la humanidad de sus sentimientos que no le dejan arrastrar de la bárbara preocupación de que el oficio fiscal es un ministerio de hierro, cuyo desempeño, semejante al sacerdocio del fiero paganismo, es derramar sangre y degollar víctimas. Esta satisfacción y confianza de ver mi vindicación en la boca del mismo que está encargado de perseguir los crímenes donde los hay, unida al conocimiento de ser juzgado por un Magistrado ilustre, que, imagen viva de la ley y tan imparcial como ella, decide sin prevención, sin interés y sin pasiones, debía tenerme tranquilo en el silencio, esperando el desate de esta farsa, donde la malignidad y la ignorancia hacen, como es costumbre, el papel de opresores de la inocencia que persiguen. Pero como es preciso atemperarme a las costumbres, conformarme a los ritos forenses y guardar el orden y solemnidad de los juicios, haré gustoso el sacrificio de mi ineptitud a la necesidad del orden sustancial del proceso (72)17

17 Citamos por las Memorias de la Academia, ya citadas. Con el número de la página.

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El lugar sugiere una lectura profunda fascinante -seguramente lo sugirió ya a las gentes quiteñas-: la calificación del proyecto -así fuera por la parte acusadora- de “insurrección”, y una “inteligencia” para realizarlo con la ciudad, provincia y aun Lima y Santafé. Lo negará, como era natural, esta defensa; pero la cosa -¡y era grande!- se ha dicho. Y en ello insistiría: del asesor Manzanos -su acusador- dirá “que no dudó echar este negro e infame borrón sobre toda la América”. Anuncia que destruirá los dos aspectos de la acusación y lo hace con juego metafórico de alusión bíblica:

constituidas, no sólo a los presos y sindicados en este famoso proceso, sino también a toda la ciudad y provincia, y aún a las ilustres y fidelísimas capitales de Lima y Santafé, con quienes se supone una secreta y criminal inteligencia para realizar el premeditado proyecto de insurrección que se nos imputa (72).

Y lo que quedará de ese “coloso” al final de su argumentación lo dice con fórmula también de resonancias bíblicas: esta ruidosa evolución de malignidad, odio personal o ruda torpeza, quedará reducida a humo, ceniza y lodo...

Destruiré úno y ótro, sin perjuicio de no presumir mucho de mis fuerzas; porque, para derribar un coloso de ignorancia, basta una pequeña piedra de razón y buen sentido (72)

Nueva “astucia” y segundas intenciones al definir la acusación: el fraile Polo, teniendo como informante al fraile Torresano delata un plan de nuevo gobierno, o por mejor decir, un proyecto de las medidas que debían tomarse para asegurar la libertad e independencia de este Reino, en el futuro e hipotético caso de que la Francia sojuzgue la Metrópoli,y no quede ninguno que legítimamemte suceda al trono del S. D. Fernando VII (73)

Podía este abogado de sí mismo deshacer la acusación por afirmarse ella en un solo testigo; pero, dice, “yo haría una traición a la justicia de tan noble causa, si hechase (sic) mano de tan débiles y mise22

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rables subterfugios, dando apariencia de razón a la iniquidad y la calumnia que ha perseguido a los figurados delincuentes”. Este brillante publicista no quiere perder esta magnífica ocasión de propagar sus ideas con este discurso que corre en dos niveles, incitando a leerlo en el subterráneo. Sí -reconoce-; Torresano -el fraile delator- está en lo justo: había un plan. Pero, ¿cuál era? Y entonces la defensa se vuelve altiva proclamación de un derecho:

Los pueblos “reasumen” el derecho. Nada era ingenuo en el alegato.Detrás de esa palabra clave estaba toda una concepción de la fuente primera del poder. Quien reasume, tenía ese derecho. Y son los pueblos. Es decir, el pueblo. Lo que no se dice -en el estado de cosas de América eran terrenos escabrosos- es cómo se establecieron esos “vínculos” y “obligaciones”,que, al faltar el monarca, cesarían. Pero este pensador libérrimo no dejaría intacta tan decisiva cuestión y, siempre amparado en la hipotética presencia del monarca y el casi conocido ya imperio de Napoleón en la península, juega con que el crimen de los acusados era “de leso Napoleón”, y presenta una España en plena rebelión contra el invasor. Y de contexto tan confuso se alza a lo que para él es esencial: “Para fundar la legitimidad y justicia de este plan o proyecto, que es la materia sobre que recae este proyecto perseguido, subamos al origen de las cosas, y busquemos la solución de este problema político en los principios mismos del Derecho Público”. Y arremete con tres decisivas cuestiones, a las que la coyuntura histórica -la revolución Francesa y las guerras napoleónicas, que trastornaron el orden establecido en occidente- había conferido nueva actualidad y exigido replanteos radicales. Veamos, dice

el alma que inspira a este plan y a este prospecto, es este sentimiento general, o este voto conforme de toda la América: constancia y fidelidad hasta el último extremo con el Sr. Dn. Fernando VII; y si por desgracia falta éste y no hay sucesor legítimo, independencia de la América, cualquiera que sea su gobierno. ¿A quién se ofende, pues, en esto? A nadie; porque en semejante caso cesaron los vínculos y cesaron las obligaciones, y los pueblos, como dice el Dr.Ceballos, reasumen entonces el derecho de escoger la mejor forma de gobierno que les acomode (74).

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¿Era un acusado defendiéndose o un acatado maestro dictando cátedra? Era, en todo caso, el hábil dialéctico, dando a su argumentación formulación precisa y vigorosa. Así la que brilla en este soberbio período oratorio:

lo primero, cómo se adquiere el sumo imperio y se gana justo título a la dominación: segundo, cómo se puede trasmitir o enajenar éste, y cómo cesa y acaba: tercero, si hay derecho y justicia para resistir al tirano invasor, que se introduce en un Reino contra el consentimiento de los pueblos, y defender estos su religión, sus propiedades y sus leyes (75)

Son cuatro condicionales en miembros de variada y rica construcción, densos de contenido: cuatro condicionales que exigen la respuesta negativa, con lo cual ha de negarse la doble conclusión, sobre el supuesto delito y el proceso que lo ha perseguido.
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Si el derecho de la fuerza y de las armas del conquistador autorizan su pretensión y ambiciosas empresas al trono de España y de las Indias: si las abdicaciones y repetidas renuncias de la corona le han dado un justo título para obligar a la obediencia pasiva y hacer suyo el imperio, trasmitiéndose legítimamente como un dominio por su naturaleza enajenable: si las colonias están tan íntimamente ligadas a la Metrópoli y tan estrechamente unidas a ella, que, ocupada ésta por las armas enemigas y sojuzgada por el tirano opresor de la Europa, no tengan arbitrio a separarse de la Península, a conservarse intactas para su dueño y Señor legítimo, sino a reconocer ciegamente la dominación extranjera y obedecer las leyes del vencedor, arrastrando las cademas de la esclavitu d y la opresión, si, finalmente, no tiene libertad ni derecho la América a meditar los arbitrios que tiene conducentes y oportunos a emanciparse de la fiera servidumbre que la amenaza con un yugo opresor y tiránico, ni a tomar las armas contra el tirano que aspira a mandarla; entonces el plan que se ha perseguido es desde luégo criminal, subversivo, revolucionario y por todos los aspectos delicuente, y este proceso, que lo ha perseguido, es justo, bien meditado y conforme a las leyes, porque se ha dirigido a descubrir y castigar al autor y cómplices de una conjuración contra la Autoridad Suprema, legítimamente constituida (76)

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Y otra vez late un sentido subterráneo, que incita a una lectura en profundidad. Por debajo de lo que en la superficie se prueba tan convincentemente, se pone en duda que las colonias estén “tan íntimamente ligadas a la Metrópoli y tan estrechamente unidas a ella” y no tengan “arbitrio a separarse de la Península”, y “si, finalmente, no tiene libertad ni derecho la América a meditar los arbitrios que tiene conducentes y oportunos a emanciparse de la fiera servidumbre que la amenaza con un yugo opresor y tiránico”. En la superficie, todo aquello se sostiene frente a una España dominada por Napoleón y a un yugo napoleónico; pero arbitrio, libertad y derecho frente a un yugo “opresor y tiránico” se han dicho, aunque, por supuesto, sin dar lugar a reproche alguno de la autoridad hispánica y las protestas de sujeción al “dueño y Señor legítimo”. Sabemos que toda la revolución quiteña se hizo encubierta debajo de esas protestas de fidelidad al Rey. Con casos que muestran la amplitud de su visión de cuanto acontecía en Europa, se extiende el orador en probar -¿hacía falta tal prueba?- que Napoleón no tenía derecho a gobernar España. Pero el expositor dirigía sus baterías hacia otro frente: si Napoleón dominaba España, su ocupación y adquisición del reino no se extendía a América. América no era España. España no era un dominio que el Rey pudiera enajenar. Y este altivo americano hace hermosa pintura de una España que no era dominio absoluto del monarca, que, dice, “nada ha tenido que desear del celebrado gobierno de la Gran Bretaña”. Presentaba los ideales de los hombres libres de América como algo que pertenecía a la esencia de la monarquía española. ¡Con qué habilidad y fuerza lo hace!: El Rey con los ricos homes y los diputados de los pueblos ha dictado las leyes, ha impuesto los subsidios y ha provisto a todo lo que concierne a los intereses del Estado y a la salud pública. Jefe y soberano de una Nación libre y generosa, no ha sido su voluntad la regla de la conducta política en el orden y gobierno de la Monarquía. Sujeto por las leyes fundamentales del Reino a los consejos, a los nobles o grandes y a las cortes que representaban los derechos de los pueblos, ha sido una constitución sabia, reglada y prudente que nada ha tenido que desear del celebrado gobierno de la Gran Bretaña, donde de diverso modo es repartida la autoridad suprema en el rey, en el orden de los nobles y en el pueblo o sus representantes.

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Y entonces, el ciudadano preterido por favoritismos de curiales y acosado por funcionarios que abusaban de un poder que malentendían, los cuelga en la picota, aunque en representantes más altos –y distantes– de semejante desorden:

Y rematará esta exaltación de la vocación de libertad y dignidad del pueblo español -que, en lo profundo, era incitación a los pueblos americanos a apropiarse de tal herencia- de modo estupendo:

Que los abusos de la administración ministerial y favorita hayan inusitado las cortes y sofocado el influjo de los consejos y deprimido a los grandes y beneméritos, como se queja la nación en sus papeles públicos y lo dice la soberana junta, atribuyendo las presentes desgracias del Estado al poder arbitrario con que ha sido regido, no por eso se ha extinguido ni variado esencialmente su forma constitucional. Los accidentes no mudan la naturaleza de las cosas..

De esta naturaleza del reino de España concluye que no se lo podía abdicar en favor de un extranjero sin el consentimientos de los estados generales en sus cortes. Lo prueba apoyándose en Heinecio, Grocio y Puffendorf, sin perdonar ni citas en latín. El estilo se aproxima al minucioso y pesado de las discusiones escolásticas, sin caer en él ni alargarse en la discusión hasta dar en lo que buscaba probar: “Es pues visto y demostrado que por cualquier lado que se mire, esta abdicación y renuncia es insubsistente, nula y resistida por el Derecho Público y las leyes fundamentales del reino; de consiguiente decae, y se destruye el título con que quiso el tirano prevenir la usurpación y sus ideas ambiciosas” (81)
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Pero nada da una idea más relevante y decidida de la libertad del pueblo español, de su gobierno funcionario, encargado a la suprema persona del monarca, que esta solemne y augusta ceremonia con que antiguamente eran instalados sus reyes. En la coronación de los de Aragón, el Justicia Mayor, semejante en su autoridad y funciones a los éforas de Esparta, presentándole una espada en señal del imperio mero y mixto que se le defería y en el acto de rendirle a nombre del pueblo la obediencia y vasallaje, le dirigía las siguientes palabras: “Nos, que valemos tanto como Vos, os hacemos nuestro Rey y Señor con tal que nos guardéis nuestros fueros y libertades y si non no (79)

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¿Y qué de todo esto para el caso americano, que era al que por encima de todo miraba este ideólogo de un nuevo orden de cosas? “Resta investigar -dice- si estos mismos principios se extienden y comprenden a la América, o si por el contrario la suerte de la Metrópoli arrastre a las colonias”. Para resolver el caso, le parece que bastaba “reflexionar que unidas las Indias a la corona de León y Castilla entraron en el goce de sus mismos fueros, exenciones y prerrogativas”. Y aporta cita de Solórzano en la Política Indiana que, una vez más, nos incita a lectura profunda: “Los mismos indios se allanaron voluntariamente en querer tener y reconocer por reyes y dueños soberanos y absolutos suyos a los de España, y de ello hicieron repetidos genuinados y jurídicos autos en varios tiempos, y en esa voluntad han perseverado y perseverarán constantes”. Lo que se ha dado entre la Metrópoli y la colonia es un pacto, “de protección, amparo y defensa”. Faltando el poder darle la Metrópoli esa defensa, “cesa la obligación de la parte y, de consiguiente, puede consultar por sí a su seguridad”. La conclusión para el caso presente no podía ser más radical: “Aquí se ve de manifiesto que, ocupada la España por los enemigos, cesa la dependencia de la América, porque roto el vínculo de clientela, cesan las relaciones recíprocas, mudada la forma, la constitución y la casa reinante en la Metrópoli, que es el lazo político que mantiene unidos y ligados ambos reinos” (82) Atacará después “ad hominem”: ¿Qué se quería, que se acatase el yugo del usurpador Napoleón? “Esto se quiso, sin duda, cuando se proclama crimen de Estado, alta traición y lesa majestad o designio premeditado de no reconocer al usurpador y hacer frente a sus ambiciosas ideas” (84). Y amplificará argumento tan fuerte de su defensa. Y lo reforzará: resistir al invasor y luchar por la independencia fue exhortación del propio Rey. Recuerda lo dicho a los asturianos y después a todos sus pueblos: “Recomiendo a toda mi nación que se esfuerce en sostener los derechos de su religión y su independencia contra el enemigo común”. En alarde retórico -que encubría sutil sofismareclamaría: ¿Por qué no se ha extendido la pesquisa contra el mismo Rey que así exhortaba a sostener la independencia contra el enemigo? Un adversario podía haber opuesto objeciones a una argumentación que se extendía fogosa y fuerte en probar algo que no venía al caso quiteño. Porque, ¿estaba la conquista napoleónica a las puertas? ¿La resistencia oficial española en América había sido vencida?
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Pero el abogado de ese plan -que, dice, le han achacado a Salinas-, sin atender a objeción alguna posible, va a las conclusiones de su argumentación, que la resumen, punto tras punto, hasta seis, con nueva fuerza. Y tras ese vigoroso remate de la argumentación general, desliza dos pasajes de rica enjundia política, cuya lectura profunda nos pone ante lo más revolucionario de plan y defensa: Si la América y nosotros con ella hemos pensado en la independencia, en el caso no esperado de que los franceses ocupen la España y falte nuestro amado Rey, para conservar estos dominios a quien pertenezca... (88)

En el corazón de estos dos lugares con tanto poder de resonancia estaban formulaciones como para fundar un nuevo orden de cosas en América : ese “hemos pensado en la independencia” –con la palabra sacramental– y el otro, el derecho de todo ciudadano “de conformarse al voto general de la nación que escogiese la forma de gobierno que mejor le acomode”. Desciende luego Rodríguez de Quiroga de su alta cátedra al estrado de abogado para reclamar por la forma ignominiosa como ha sido llevado a prisión y defenderse de las acusaciones puntuales que se le han hecho. Se lo ha apresado sin más que cierta delación y un dudoso testimonio. Y al rechazar a esos testigos, este habilísimo retórico relaciona su caso con el de Jesús acusado falsamente. Magistral la superposición de planos, con resonancias religiosas: Si licet in parvis exemplis grandibus uti18, diré que, aunque indigno, miserable y vil pecador,tuve la suerte de imitar a mi Divino Salvador y Maestro en el mismo género de acusaciones que tuvo:

Que si los pueblos resisten, no tiene arbitrio Bonaparte para reinar en ellos, pues ningún ciudadano ha renunciado el derecho que tiene de conformarse al voto general de la nación que escogiese la forma de gobierno que mejor le acomode... (89)

18 “Si es lícito usar para cosas pequeñas grandes ejemplos”

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Se le ha acusado de haber expresado opinión contraria a la contribución que se pedía para la Junta española; deshacer el cargo le dará ocasión a nuevo pronunciamiento rico de resonancias profundas. Según el delator, ha dicho que no debía darse el donativo hasta saber qué clase de Junta era la que lo exigía. Protesta entonces, altivo: ¡Y qué! ¿hay delito en esto? ¿Es un crimen tener un prudente recelo de que en el estado confuso, desordenado y anárquico en que se hallaba la Península, no fuese la indicada junta un congreso sospechoso, furtivo y desautorizado de representación legítima? (97)

invenimus hunc hominem, subvertentem populum et prohibentem tributa dari Caesari19. Tal fue la acusación de Cristo Señor Nuestro, tal ha sido la mía; y no es de extrañar que, siendo yo católico, cristiano por la gracia de Dios y de la Madre Iglesia, sufriese una ignominiosa prisión, en el mismo tiempo en que se celebraban los augustos misterios de la Pasión y muerte de nuestro Redentor (92).

Y volvía, de una u otra manera, a la idea de la autonomía. Quito debía pensar en que podía llegar el caso de “defender los puertos, proveerlos de tropas y armas, y consultar los demás arbitrios de fortificación y seguridad en la costa y en el país interno”, urgencias a las mal podría atender un tesoro real agotado. Excusa “entrar en la demostración de los demás vicios y absurdos que presenta a cada página el proceso”, dice y se remite a Morales, que lo ha hecho ya “con la última precisión y puntualidad”. Sin embargo, resume breve y vigorosamente cuanto ha aducido para deshacer los cargos. Cerró su pieza Rodríguez de Quitoga con párrafo sereno, en que la ermoción corría subterraéna y la sencillez apenas velaba la grandeza: Cuando yo he visto dilacerado el honor de cinco americanos de lustre, de nacimiento y de circunstancias públicas; sindicada la lealtad de mi patria,.difamada la conducta de sus vecinos,en una injuriosa sospecha de todos ellos; y en nuestras personas procesadas y presas trascendi-

19 “Encontramos a este hombre soliviantando al pueblo y prohibiendo dar los tributos al César”

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Y allí se interrumpe el precioso documento, sin completar la apasionada exhortación final. El lector está en poder de espíritu, tono y aliento para sentir cómo se la completaría. La exhortación es de ancho aliento: a los pueblos de Europa y a los conciudadanos de América. Y este estar siempre pensando en los hombres de América ha sido otro de los leitmotivos del discurso. Otro resquicio hacia esa lectura en profundidad a que una y otra vez nos ha incitado este texto rico, complejo, sutil. Al concluir la lectura de este primer alegato sentimos que estamos ante un despliegue de talento, erudición, dominio retórico y rigor y fuerza de la prosa de uno de los grandes del Agosto -de los Agostosquiteño. Hemos escuchado al catedrático de Derecho, al abogado elocuente y hábil y, sobre todo, al americano apasionado por esas concepciones políticas que engendrarían las nuevas patrias, independientes, soberanas, en que el pueblo recobraría el poder y lo ejercería como señor de esta América. Las acusaciones que pesaban sobre el autor del alegato y el clima de delaciones, sospechas y enfermiza atención a cuanto pudiera incriminarlo, le ha obligado a velar lo más radical de su proyecto político –sobre todo so capa de rendida fidelidad al Monarca–. Y no ha sido lo menos admirable de esta soberbia pieza procesal que, sin dar pie a que se confirmen los cargos, no ha cedido un punto de la alta dignidad de sus planteos.
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da la ignominiosa nota a todo el continente de América, no puedo menos que lamentar la triste suerte que nos separa del Trono o de la Junta Suprema que lo sostiene. ¿Quién sería capaz de creer que la resolución constante y valerosa de no sujetarnos a la cruel dominación de un enemigo, fuese el delito que nos ha causado prisiones, vergüenzas, ultrajes, juicios ignominiosos y el tratamiento de reos de Estado con que nos llama el primer Magistrado de la Sala. ¡Que el proveer las desgracias y tristes acontecimientos que de ordinario se siguen a la funesta victoria que prostituye sus favores al más injusto y al que menos la merece, haya sido la culpa que nos ha granjeado el nombre y el tratamiento de traidores! ¡Qué! ¿el ser racionales, el ser hombres, el ser vasallos de Fernando VII y conocer nuestros derechos para sostener y defenderlos cuando llegare el caso, es un crimen execrable, es un delito de alta traición, es una ofensa del Estado y una violación de los pactos sociales? ¡Pueblos de la Europa, conciudadanos de América, convasallos del mismo Soberano... (99-100)

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“El mismo 10 (10 de agosto de 1809) –hemos escrito en aquella panorámica histórica– la Junta emitió larga y razonada exposición de sus motivaciones”. Ese Manifiesto de la Junta tuvo, suerte de respuesta o de eco, algo más tarde, otro, un “Manifiesto al pueblo de Quito”. Los dos, nacidos del mismo espíritu, exponen las mismas ideas fundamentales y fueron una temprana muestra de comunicación institucional de los revolucionarios”. Refiriéndose a una “proclama” –“en cuanto a la Proclama, que impresa obra en los Autos”, escribió Rodríguez de Quiroga en su defensa de junio de 181020–, se le atribuyó en el proceso a nuestro autor, y él no negó su autoría. La defendió. Así: Todo su contexto se reduce a una exhortación vigorosa a todos los pueblos de la América contra la dominación y las empresas ambiciosas y seductivas del pérfido usurpador del trono de nuestros Reyes. A reanimarlos a una común resistencia contra su odioso despotismo, a sostener, finalmente, los sagrados intereses de la Religión, del Rey y de la cara Patria.21

LA ‘PROCLAMA” O MANIFIESTO DEL 10 DE AGOSTO DE 1809

Esta llamada en el proceso “Proclama” fue el “Manifiesto al pueblo de Quito”22, y el pasaje del Proceso nos prueba la autoría de Rodríguez de Quiroga de ese texto. En breve exordio, que adelantaba las líneas de la argumentación, dio razón del porqué del Manifiesto: Cuando un pueblo sea el que fuese, muda el orden de un gobierno establecido por largo tiempo; cuando las imperiosas circunstancias le han forzado a asegurar los sagrados intereses de su Religión, de su

20 Andrade, Documentos, p. 619. 21 Ibid., pp. 619-620. 22 Nota publicada por Roberto Andrade y Luis Felipe Borja (hijo), en el Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, T. II (marzo-junio 1919), pp. 429-430. Y en la lista de documentos del Archivo particular del historiador colombiano Dn. José Manuel Restrepo, se presenta así el Documento N. 12: “Proclama. -Esta y la anterior se atribuyen a don Manuel Rodríguez de Quiroga, según nota puesta en el oficio”. La anterior es una que circuló el 9 de agosto de 1809 con el titulo “Concordia res parve crescunt discordia maxime dilabuntu”. (Así en Andrade; seguramente con malas lecturas del manuscrito latino: “parve” por “parva”; “dilabuntu” por “dilabuntur”).

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El hábil abogado, en su defensa, solo destacó la mitad de las ideas y emoción del Manifiesto: el rechazo a Napoleón y el elogio de la “heroica resistencia del pueblo español”, ese pueblo que “despertó al fin de su letargo, se armó para defender sus imprescindibles derechos, y ha resistido al Tirano con una energía, con una constancia, con un tesón digno de mejor suerte”. Pero hubo otra línea de exposición y argumentación, fuerte, apasionada: la reivindicación de lo americano, representado por el criollo -en las categorías del tribuno no entraba el mestizo y se siente algún menosprecio del pueblo-. Quito no ha tenido -concede- “de qué quejarse, ni de sus soberanos, ni de sus leyes”, pero sí de los españoles que lo mandaban -ese que califica de “despotismo subalterno más ignominioso”24-. Esta es la idea madre para justificar el alzamiento: es en favor de la religión, y no es en contra del Rey; es contra la administración española en América. Quito -se queja, en briosa pluralidad-:

Príncipe, y de su Patria, conviene a su dignidad, manifestar al pueblo sus motivos y la justicia de su causa.23

Fue altiva y fuerte exaltación de la mayoría de edad del criollo -que, como lo he destacado en mi Literatura en la Audiencia de Quito. Siglo XVIII, en ese siglo cobró conciencia de ser él, y no el “chapetón”, el señor de esta tierra.
23 Roberto Andrade incluyó el texto en el tomo de documentos ya citado. 24 Manifiesto , Andrade, Documentos, p. 857. 25 Viene a la memoria aquello del resentimiento que señalara Stevenson. 26 Manifiesto, pp. 856-857.

ha sido mirado por los españoles que únicamente lo mandaban, como una nación recién conquistada, olvidando que sus vecinos son, también, por la mayor parte, descendientes de esos mismos españoles, que afuerza de sus trabajos y de su sangre, aseguraron esta parte del mundo a los Monarcas españoles; han sido mirados con desprecio, tratados con ignorancia; ofensa la más amarga a la dignidad del hombre25; han visto todos sus empleos en sus manos; la palabra criollo en sus labios, ha sido la del insulto y del escarnio, y para elevar al Trono sus quejas, han tenido que dar vuelta a la mitad del globo, y de esta inmensa dificultad, han abusado siempre sus opresores.26

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Pintó luego el autor lo acontecido en España -en eso, como lo sabemos, apoyaron los patriotas quiteños su alzamiento-. Lo hace con brochazos fuertes, con fuerza que estriba en el léxico: La Nación Española, devastada, oprimida, humillada, y rendida al fin por un indigno favorito, vió arrebatar de entre sus brazos a un joven Monarca, sus esperanzas y sus delicias, por un Soberano que, después de haber asolado la Europa, preparaba, en secreto, cadenas a su huésped, a su aliado, a su amigo, a una Nación fiel y valerosa, y a la América entera. Despertó al fin de su letargo, se armó para defender sus imprescindibles derechos, y ha resistido al Tirano con una energía, con una constancia, con un tesón digno de mejor suerte; mas no siempre corresponden los sucesos a la justicia de la causa, y el vicio muchas veces triunfa de la virtud.27

Nada de inocente en esta presentación del dramático pasaje de la historia española. Ese “despertó al fin de su letargo, se armó para defender sus imprescindibles derechos” resonaría en el caso quiteño –como lo presentaba el tribuno-. Y algo más, denso de segundas intenciones: la resistencia del pueblo español al Tirano no ha tenido éxito. Ello daba fundamento a que América se decidiese a actuar, que es lo que ha hecho Quito. Ante la situación de España, Quito “deseaba derramar su sangre” por la Madre Patria. Y entonces -reclama- se encarceló a cinco de sus más nobles y leales hijos, llamando “delito de Estado el pensamiento de no sujetarse nunca a Napoleón”. Contrapone a esa actitud generosa y heroica del pueblo quiteño la postura del Regente y un oidor y presenta como prueba última y más grave de esa lenidad sospechosa el que no se hubieran permitido rogativas por la libertad de Fernando VII, “sino que se hacían corridas de toros”. Y concluye: Con estos antecedentes y con otros que se omiten, ¿qué pueblo, por estúpido que fuese, no habría temido por su próxima esclavitud, y el ser vendido, cargado de cadenas al atroz enemigo de su Religión, de su Príncipe y de su Patria,y de todo lo más sagrado que el hombre28 tiene, sobre la tierra.

27 Ibid. p. 857.

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Y entonces se presentó el alzamiento en términos que no daban pie para sustos ni rechazos de todo ese gran sector de la sociedad que no estaba aún como para pensamientos transformadores más radicales:

Y cerró el Manifiesto con hermosa imprecación a los hombres de buena voluntad del mundo -pensaba, lo sabemos, en hombres de otros países americanos que alentaban las mismas ideas libertarias-:

Resolviose, al fin, a asegurarlo todo, mudó en un instante la forma de su gobierno, con sólo la prisión de 9 individuos con el mayor orden, con el mayor silencio, y respetando las vidas, y los intereses de sus propios enemigos. Juró por su Rey y Señor a Fernando 7o; conservar pura la Religión de sus padres, defender y procurar la felicidad de la Patria, y derramar toda su sangre por tan dignos y sagrados motivos.

En cuanto al primer Manifiesto, el Manifiesto al público29, ¿fue también escrito de Rodríguez de Quiroga? Al menos en su totalidad, no. De haberlo sido, también se habría incluido entre los cargos en el proceso. Las ideas más altivas del rechazo al gobierno español en América eran sin duda las de Morales y Rodríguez de Quiroga. Esa denuncia del desprecio criminal de los derechos sacrosantos que nos ha concedido lanaturaleza,

Hombres buenos e imparciales, de cualquier nación que seáis, juzgadnos, no os tememos ni debemos temeros.

y la de que

no se nos ha tenido por hombres, sino por bestias de carga destinados a soportar el yugo que se nos quería imponer,

28 En la transcripción del documento que hace Andrade, en lugar de “hombre” está “nombre”, en evidente mala lectura del manuscrito. 29 Que publicó J.D. Monsalve, en Antonio de Villavicencio (El Protomártir), Bogotá, Imprenta Nacional, 1920, pp.328-330. Celiano Monge, en su artículo sobre el Dr. Morales -que repasaremos en la parte dedicada al prócer- lo presentó como muestra de su pensamiento. Lauros, obra cit. en nota 40, pp. 15-16.

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y eso, tantas veces repetido por Rodríguez de Quiroga, de la “famosa causa de Estado seguida contra personas de notorio lustre y fidelidad al Rey a toda prueba”. Opresión y desaires que sufrían los criollos, tenidos como españoles de segunda clase, era idea fuerza de Rodríguez de Quiroga -se lo ha visto en el Manifiesto cuya autoría defendió-. Pero, claro, no era idea solo de él. La revolución de Quito estuvo encabezada por criollos decididos a hacer valer sus derechos. En el Manifiesto primero, esta idea se expuso con una fuerza que nos hace pensar en Rodríguez de Quiroga: Los mismos españoles europeos, sin provocación antecedente, han alterado la paz, y a cara descubierta se han ostentado en esta capital enemigos mortales de los criollos; con que la conducta de éstos para asegurar su honor, su libertad y su vida, ha sido dictada por la misma naturaleza, que prescribe imperiosamente al hombre la conservación de sus preciosos derechos.

Lo que este primer Manifiesto debía justificar era el derecho de Quito a formar “interinamente” Junta Suprema de Gobierno. La argumentación jurídica se confió sin duda a los dos grandes juristas de la Junta, Morales y Rodríguez de Quiroga. En lo literario, el primer Manifiesto no aporta nuevos rasgos para la valoración de Rodríguez de Quiroga, el hábil y fuerte escritor de las Defensas y el discurso de 16 de agosto. EL DISCURSO DEL 16 DE AGOSTO

En el Cabildo abierto del 16 de agosto de 1809, celebrado con la mayor solemnidad en la sala capitular de San Agustín, Rodríguez de Quiroga, designado en esa misma solemnidad ministro de Gracia y Justicia de la Junta, dijo un breve discurso -otros oradores de nota fueron el Marqués de Selva Alegre y Juan Larrea30-. Su autor lo minimizó, por obvias razones, en su Defensa: “Contraje mi pequeño discurso a requerir la
30 “Arenga pronunciada por el Marqués de Selva Alegre, Presidente de la Suprema Junta Gubernativa establecida en Quito, en la instalación que se celebró el día 16 de Agosto”, Gaceta Municipal, XXIII: 94 (10 noviembre 1939), pp. 134-136. Lamentablemente, se incluyó en esta “Arenga” el discurso de Rodríguez de Quiroga.

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anuencia o contradicción de todos los cuerpos políticos e innumerables gentes que asistieron, para que, bajo la salvaguardia de las Leyes y con plena libertad, expusiese cualquiera su sentimiento, de palabra o por escrito, contradiciendo, exhortando o desvaneciendo los fundamentos de la nueva constitución y su forma”31. Pero el discurso, en su brevedad, fue mucho más que eso y respondió a lo que la hora vibrante, entusiasta, para algunos temerosa o perpleja, que ciudad vivía reclamaba. El discurso fue vibrante exaltación de lo obrado por Quito y llamado a la unión de los pueblos de América, a los que se dirige la invocación: “Pueblos de América” (867).32 La gesta quiteña se presenta -era un leitmotivo de Rodríguez de Quiroga trasmitido al movimiento- como empresa en favor de la religión y el Rey: La Sacrosanta Ley de Jesucristo, y el imperio de Fernando Séptimo, perseguido y desterrado de la Península, han fijado su augusta mansión en Quito (867).

Y se sostiene la nota religiosa -sabido es cuánto pesaba lo religioso en la mayor parte de la sociedad quiteña-: esa ley y ese imperio bajo el Ecuador han erigido un baluarte inexpugnable, contra las infernales empresas de la opresión y la herejía.33

Pero de allí pasa al tercer componente de la trilogía que para el revolucionario presidía la acción trransformadora de Quito: la patria. El paso es sin transición ni explicación, como algo que se derivaba naturalmente de la “ley de Jesucristo y el imperio de Fernando Séptimo”: En este dichoso suelo, donde en dulce unión, hay confraternidad, tienen ya su trono la Paz y la Justicia.

31 En la Defensa de Rodríguez de Quiroga, Andade,Documentos, p 618. 32 El discurso en la obra cit. en la nota anterior. Ponemos entre paréntesis la página. 33 Los acusadores del revolucionario quiteño no tomarían en serio que el alzamiento hubiese sido para defender una religión que estaba amenazada por la herejía; tampoco la Iglesia quiteña se ofrece convencida de ello (Véase en la panorámica “La gloriosa y trágica historia de la independencia de Quito”, Boletín de la Academia Nacional de Historia, N. 179, Segundo semestre 2007) cuál fue la postura del Obispo). ¿Rodríguez de Quiroga lo pensaba realmente? Sea de ello lo que fuere, para él movilizar en favor de la revolución el sentimiento religioso era fundamental para lograr el apoyo de la masa fanatizada.

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Se ha dado el paso de la defensa utópica, ideal, del lejano Rey depuesto, a valores por los que ha luchado la ciudad: paz y justicia.Y vuelve a los motivos ideales aquellos, pero completa ya la trilogía: no resuenan más que los tiernos y sagrados nombre de Dios, el Rey y la Patria.

Y entonces se hace el llamado que dijera Rodríguez de Quiroga en su Defensa para que cualquiera de los asistentes expusiese, si lo tuviese, objeción o sentimiento alguno contrario a lo obrado en Quito. Pero, ¡cómo lo hace!: Quién será tan vil y tan infame que no exhale el último aliento de su vida, derrame toda la sangre que corre en sus venas, y muera cubierto de gloria por tan preciosos inestimables objetos? Si hay alguno, levante la voz, y la execración general será su castigo (867)

Un crítico contradictor desnudaría debajo de esta manera de invitar a exponer alguna objeción contra el movimiento especioso sofisma y lo atacaría con elemental distinción. Pero la brillantez de la forma y el brío apasionado de la requisitoria oratoria –cuya clave formal es el léxico fuerte– no dejaban lugar al razonamiento lógico frío. Pinta luego la situación actual de Quito –con muy discreta contraposición a un estado anterior–. Los únicos signos de esa contraposición son un “antes” y un “ya”:

“El sabio gobierno que le represente”: sin la menor duda, el nuevo gobierno quiteño, que reemplaza ese “antes” de lágrimas, aflicción y dolores, y concentra “ya” “la felicidad pública”. Y en este tramo, nada del “Deus ex machina” que era para los revolucionarios quiteños el fantasma de Napoleón. La transformación, con el arribo al nuevo estado, se deriva de Dios y el Rey -dos ideas fundamentales, intocables, de la ideología colonial-:

En este fértil clima, en esta tierra regada antes de lágrimas y sembrada de aflicción y dolores, se halla ya concentrada la felicidad pública. Dios en su Santa Iglesia, y el Rey en el sabio Gobierno, que le represente; son los solos dueños que exigen nuestro debido homenaje y respeto (868).

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Y vuelve a aparecer el fantasma del tirano de Europa -que llega como pantalla para encubrir lo que se estaba diciendo del paso de un gobierno a otro gobierno-:

El primero manda que nos amemos como hermanos, y el segundo anhela para hacernos felices en la sociedad en que vivimos. Lo seremos, paisanos nuestros; pues la equidad y la justicia, preside nuestros consejos (868).

(Curioso y menos feliz el régimen. Debió ser “con que nos amenazaba”). Napoleón era, en este cuadro, amenaza. Lo que se ha hecho desaparecer era algo real, opresor: Desapareció el despotismo, y ha bajado de los cielos a ocupar su lugar, la justicia

Lejos ya los temores de un yugo opresor, que nos amenazaba el sanguinario Tirano de la Europa.

A esta formulación de síntesis -de resonancias religiosas-, introducida por “en una palabra”, ha hecho preceder un breve desarrollo en extremo significativo. Ha ponderado el nuevo estado así: El orden reina, se ha precavido el riesgo, y se han echado por el voto uniforme del Pueblo, los inmovibles fundamentos de la seguridad pública

Y se ha destacado especialmente que las leyes han reasumido su imperio y se han acabado los abusos de “poder arbitrario” -que era, para el revolucionario, lo visceral de la tranformación: Las leyes reasumen su antiguo imperio; la razón afianza su dignidad y su poder irresistible; y los augustos derechos del hombre, ya no quedan expuestos al consejo de las pasiones, ni al imperioso mandato del poder arbitrario. Entonces sí concluye con ese lapidario “Desapareció el despo-

tismo”.
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Y, tras esta presentación del nuevo orden, que significa la derrota del despotismo y la arbitrariedad y el triunfo de la equidad y la justicia, el discurso se remansa en breve pintura, de trazos luminosos, de la vida del ciudadano bajo el nuevo gobierno:

Y, haciendo pie en la emoción que este poético lugar ha agitado en su auditorio, vuelve a lo que era el fin de su discurso, con incisiva interrogación retórica: Y otra vez aparece, en violento claroscuro, el fantasma europeo cohonestador de lo que Quito ha hecho para cambiar el gobierno: quién será capaz de censurar sus providencias y caminos?

A la sombra de los laureles de la paz, tranquilo el ciudadano, dormirá en los brazos del Gobierno, que vela por su conservación civil y política. Al despertarse, alabará la luz que le alumbra, y bendecirá la Providencia, que le da de comer aquel día, cuando fueron tántos los que pasó en la necesidad y la miseria. Tales son las bendiciones y felicidades de un Gobierno racional (869).

Otro contraste: con ese cuadro patético la breve pluralidad: “Tranquilo y sosegado” aplicada a Quito, pero seguida del fuerte “insulta y desprecia su poder usurpado”. Y se extrema la amenaza que para estas tierras entrañaría Napoleón con original reto:

Que el enemigo devastador de la Europa, cubra de sangre sus injustas conquistas; que llene de cadáveres y destrozos humanos, los campos del antiguo mundo; que lleve la muerte y las furias, delante de sus legiones infernales, para saciar su ambición y extender los términos del odioso imperio que ha establecido

Fundado en tan astuto planteo de la cuestión –irrebatible: ¿quién podría negarse a resistir a la tiranía napoleónica?–, hace el lla-

Que pase los mares, si fuese capaz de tanto: aquí le espera un pueblo lleno de religión, de valor y de energía. Quién será capaz de resistir a estas armas?

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mado a los pueblos de América para que se unan en esta cruzada “por Dios, por el Rey y por la Patria”: Pueblos del Continente Americano: favoreced nuestros santos designios; reunid vuestros esfuerzos, al espíritu que nos inspira y nos inflama. Seamos unos: seamos felices y dichosos, y conspiremos, unánimemente, al individuo objeto de morir por Dios, por el Rey y por la Patria (269-270)

Y “conspiremos unánimemente”. Allí estaba la fórmula sacramental cifrada; la palabra clave: “conspirar”. Agazapada detrás de todo ese cuadro de lealtades –a lo universal, la religión (que maldita la amenaza que padecía), y lo lejano (un Rey que ya no reinaba)–, que no eran sino escenografía oratoria, la palabrita cargada de connotaciones libertarias. De “vertebral exposición, modelo de la literatura política del nuevo mundo”, calificó el discurso Carlos de la Torre Reyes34.Y eso era: expresión de lúcida pasión política para exaltar las aspiraciones americanas hacia gobiernos justos, libres del despotismo de las autoridades españolas en América y con participación en igualdad de derechos y oportunidades de un pueblo que había crecido y se sentía en mayoría de edad como para asumir sus destinos. Lo otro, lo del lejano Rey –amado, compadecido, acatado– y lo de la amenaza de los ejércitos napoleónicos –presentados como propagadores de la impiedad e irreligión– eran recursos para hacer aceptable tan nuevo y revolucionario estado de cosas a una sociedad en su inmensa mayor parte tradicionalista, con una cosmovisión barroca presidida por Dios en el cielo y por el Rey, su representante, en la tierra. Fue alarde de habilidad del orador proclamr patria, libertad de opresión, justicia y gobierno racional en un discurso para todos aceptable y para todos emocionante y exaltante. Estupenda pieza este discurso, fue el nervio de esa solemne sesión y gravitó decisivamente en que se consagrase el alzamiento del 10 y se rubricase el acta “más solemne que en nuestros días se ha visto y la suscribieron gustosos todos los concurrentes, autorizándola los
34 Carlos de la Torre Reyes, La Revolución de Quito del 10 de agosto de 1809, sus vicisitudes y su significación en el proceso general de la emancipación hispanoamericana , Quito, Editorial del Ministerio de Educación, 1961, p. 241.

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Escribanos de Cámara y Gobierno, públicos y Reales de esta Capital, quedando desde este punto firme la constitución gubernativa e instalada la Suprema de Quito con aplauso y regocijo completo de más de 60.000 hombres que según las últimas numeraciones había en esta ciudad”, según la relación del escribano Atanasio Olea.35 SEGUNDO DISCURSO DE DEFENSA Su segundo discurso de defensa lo fechó el Dr. Rodríguez de Quiroga el 13 de junio de 1810 y lo presentó al día siguiente. Se lo trabajó en contestación al fiscal por otra acusación, muy diferente, como era diferente lo que acontecía en la ciudad después del 10 de agosto de 1809: “Por la creación de la Junta de esta ciudad el diez de Agosto, con lo demás ocurrido en ella”. Y el tono del alegato trasluce esa circunstancia tan distinta a la que rodeó su anterior discurso. Se abre por exordio solemne en que, protestando que habría renunciado a defenderse “si solo atendiese al triste estado y las funestas circunstancias” que le rodeaban, se dirige, como a destinatarios que alguna vez habrían de ver “este ruidoso y grave proceso”, al Rey o alguien que le suceda, la Suprema Junta, “todas las naciones de Europa, este vasto continente, los hombres sensatos y la imparcial posteridad” (574).36 Y anuncia su discurso de defensa como “una angustiada vindicación, tal como lo permite mi infeliz y desvalida suerte, para dejar en ella un eterno monumento de mi inocencia en una causa que creí de buena fe, ser justa, santa y legítima en su fondo, en su establecimiento y en sus fines”. Presenta luego las circunstancias en que ha escrito esa defensa, y es aquella una pintura dramática, de gran efecto por la selección de rasgos del lúgubre y doloroso cuadro: Protesto que no podré desempeñar cumplidamente tan delicada empresa, porque rodeado de angustias, de aflicción y miseria, encerrado en un calabozo el espacio de cinco meses, destituido de todo humano auxilio, sin más comunicación que la de unas infelices mujeres de mi familia y las amargas lágrimas de mis tiernas hijas, privado de luces, pues hasta mis pocos libros me han sido embargados y quitados... (575)

35 Museo Histórico, n. 6, 1950. 36 Recogió la Defensa en su tomo de documentos Roberto Andrade. Citamos la página.

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Y denuncia algo de especial gravedad para los fines de un alegato de defensa: Añádase a todo esto, que en este torcido laberinto, camino a ciegas y sin hilo, porque negándosenos los Autos, y la vista de ellos, ignoro los fundamentos del cargo y la defensa.

Haciendo pie en tan aberrante manera de llevar un proceso, la defensa se torna ataque contra la parte acusadora: “todo va por rumores vagos e indeterminados” denuncia, y sienta que en la acusación fiscal, la única que se la permitido leer, no “se encuentra el más pequeño adminículo en que se apoya el cargo de alta traición que se me acusa”. (Y otra vez damos, en escritor tan competente, con otro caso vacilante de régimen. Debió haber sido “de que se me acusa”. En español se acusa a alguien de algo). Y cierra su estupendo exordio con protesta en que brillan relámpagos de altivez:

Pasa entonces a la proposición; es decir, lo que demostrará. Son dos puntos, de los cuales el importante es el primero. Mostrará
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Abandonado, pues, a mí solo, y entregado a la merced y a la ventura, procedo a mi defensa con la sencillez y moderación que se previene; pero no por eso sacrificaré mi honor y mi vida, ni seré un cobarde proditor de mis derechos. Ni creo que esta sea la intención de V. E. que siendo rectificado, imparcial, justo, nunca podrá llevar a mal, que un hombre hable la verdad en su defensa, que no omita los hechos que le justifican. que no sufoque sus reflexiones convenientes; y que, finalmente, en un negocio tan árduo, donde median y corren tormenta los preciosos derechos de la fama, del honor, la vida, las propiedades, debo producirme ajeno de toda procacidad y contumelia; con la generosa libertad que conceden las leyes del Reino, como un ciudadano del Gobierno Español como un hombre vasallo de Fernando Séptimo, muy diverso de un infame eunuco de serrallo y de un miserable esclavo de la Puerta, donde es un crimen pensar, hablar y representar sus derechos esenciales y legítimos(576).

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Hay aquí dos partes, y la primera es la clave, la que presentará el hecho mismo; es decir, el establecimiento de la Junta Soberana del 10 de agosto. Pero, la segunda, si esto no convencía al juez, concediendo que “fuese un verdadero delito, una manifiesta infracción de las Leyes, y una subversión dolosa del Estado”, no ha sido su autor. Su participación se redujo a tener un empleo en la nueva Constitución y “haber sido arrebatado por este impetuoso torrente de la opinión, en que, sin excepción de personas, fuimos envueltos, la ciudad con todo su vecindario y sus Provincias anexas”. Vale la pena releerlo: lo de agosto –se dice– no fue cosa de un tal o cual individuo, sino de la ciudad toda, en “impetuoso torrente de opinión”. Este texto, lo sentimos una y otra vez, exige una lectura de especial complejidad: una de superficie que nos muestra a un acusado de crimen de alta traición y, por ello, en riesgo de la vida; y otra de profundidad, que pesque allí lo necesariamente encubierto, en que un hombre que creyó en la justicia y necesidad de esa transformación la presenta justa y grande –siempre sin dar lugar a que esos curiales, por más que su suspicacia los tornase alertas a cualquier pista de sentido, pudiesen asir alguno de esos sentidos viscerales del revolucionario para sacarlos como cargo o prueba. En virtud de este requerimiento esencial de una doble lectura, resultaría más que iluso simplemente bobo quien por esa confesión de que la participación del prócer se redujo a “tener un empleo” pretendiese negarle su papel de ideólogo y una de las cabezas de la revolución. Comienza la argumentación por la primera parte. Primer argumento: “el juramento prescrito y ordenado por la Junta”, que es, dice, “la base de la Constitución, que se llama criminal” y “es al mismo tiempo el criterio de la verdad que se descubre a todas luces”. Prueba que haber calificado “de inicuo y sacrílego” tal juramento de fidelidad a la Religión y al Rey, de adhesión a los principios de la Suprema Junta Central y de voluntad de “hacer todo bien posible a la Nación y a la Patria” es blasfemo.
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que el hecho que se me acusa y acrimina fue justo, santo y legítimo en su fondo, en su establecimiento y en sus fines, o que por lo menos, lo tuve y lo consideré tal a mi modo de entender (576-577).

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“Dígaseme –increpa victorioso– en qué discordia o varía el mencionado juramento del que ordenó la Junta Suprema Nacional”, y concluye, aplastante: En una palabra, queda demostrado que la Junta de Quito, no corrompió ni mudó un ápice el punto central y político de nuestra general reunión; esto es, la misma Religión, el mismo Rey y la misma Patria. El juramento que los contiene, y es un hecho constante, público, solemne y positivo, es su más decidida prueba, contra la cual no valen ni pueden valer inútiles declaraciones,varias y arbitrarias sospechas, inferencias voluntarias, por no llamarlas calumniosas, ni, finalmente, glosas e interpretaciones del pensamiento y del corazón humano, porque todo es humo, que se disipa a la faz de la sacrosanta verdad,y a la convicción irresistible de un hecho que, de un golpe, derriba todas esas malignas conjeturas. Más claro: nosotros probamos la fidelidad con un juramento público y solemne; el Fiscal prueba su acusación con simples inferencias y juicios voluntarios, confesando él mismo, que el interior del hombre es impenetrable, y por consiguiente no es fácil distinguir sus intenciones. Califique la Justicia o cualquiera hombre sensato, la prueba,y decida cuál de ellas pesa más en la balanza imparcial de la razón o de las Leyes(580-581)

Y, sin perturbar la contundencia de la argumentación, dándole, más bien, nueva fuerza, la calidad de la escritura: esas glosas e interpretaciones son “humo que se disipa a la faz de la sacrosanta verdad”. Y está el exacto y eficaz manejo retórico al servicio de la prueba: la contraposición, en velado isocolon, del “nosotros probamos la fidelidad” “el fiscal prueba su acusación”. Da un paso más, y este le parece “muy delicado” y necesitado de una “discusión más prolija”: la legalidad del establecimiento de la Junta quiteña. El argumento es que pudo pensarse “extinguida la Junta, o próxima a su ruina”. Con hábil dialéctica pinta esas noticias que de las cosas de España llegaban acá, contradictorias, primero, y después, temibles. Hasta imponer el “justo recelo” de que la Junta, en Sevilla, “podía ser oprimida y sojuzgada, como consiguió Murat, oprimir y cautivar a su arbitrio los respectivos Consejos de Estado de Castilla y de Indias, cediendo a la dura ley de la fuerza y la violencia”, y cómo
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pudo temerse que la noticia del desastre final la diese el tirano con las armas en la mano. “He aquí –concluye– las causas políticas, ninguna de las cuales, es imposible, siniestra o dolosa, pues nacen del estado mórbido y convulso de la Monarquía”: creyendo acéfala la Nación, o bien en un peligro próximo, hace Quito lo que hicieron las Provincias de la Península, con honor y sobrada justicia; esto es, crear, al ejemplo de la Metrópoli, una Junta depositaria de la Autoridad Suprema (583-584).

Y la Junta –argumenta Rodríguez de Quiroga– se consideró interina, “en tanto su Majestad es restituido al trono”. Pero algo más, y en esto insiste especialmente el abogado de la Junta quiteña:

La sugerida lectura profunda se queda en la oración clave: la Junta quiteña juró adherirse a los principios de la Central española. No sujetarse a su autoridad. Pero hay un patrón en este proceder del pensador: da, en formulaciones tajantes, los contenidos claves del mensaje, y luego los condiciona o acomoda a las circunstancias: si la Junta española existe, “se le reconoce por el único Cuerpo representante de la soberanía y se le jura entera subordinación y dependencia, como de hecho se practicó poco después por bando público”. Pero, aun en esta concesión, hay que leer en profundidad: la Junta española es “el único cuerpo representante de la soberanía”. Y a ese soberano cuerpo quiso enviar Quito diputados que diesen cuenta de lo acaecido. Todo esto implicaba nuevas relaciones de poder y dependencia. Y se vuelve al fiscal. Y rebate que el caso presente esté contemplado entre los catorce de la Ley de Partida -que ha citado el fiscal-, ni en ley alguna o en el Código Español o Indiano. Porque la circunstancia es única: no hay Rey. Y esgrime su argumento más fuerte: no son criminales las Juntas de España, “que reasumieron el poder supremo”,

jura adherir a los principios de la Junta Central. Non omnes capunt verbum istud. No todos comprenden la fuerza y valor de esta palabra, que sólo ella salva la conducta de Quito,vindica su procedimiento de la nota de criminalidad que se nos acusa, y desata este problema político que ha escandalizado a tantos (584).

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“¿Cuál es la diferencia para que se gradúe de criminosa la de Quito, siguiendo la misma norma, ejemplo, fines, objeto y modo?”37 Sabiéndolo argumento principalísimo, el orador lo amplifica aportando nuevas razones para la defensa –superficie– y nuevos principios de libertad -nivel profundo-:

Era una circunstancia la que, para esa Junta española, justificaba que tomase el poder supremo y declarase que en la Junta resdía la autoridad. Es decir, que no había tal relación esencial y natural entre el poder supremo y el Rey. Concepción de la fuente del poder tan decisiva –y radical– no era cosa de las gentes quiteñas; pero este gallardo -y habilísimo- pensador la pone como uno de los firmes cimientos de su defensa de lo obrado por Quito –no, al menos en esta parte del alegato, por él. Refuerza Rodríguez de Quiroga esta parte de su argumentación, la más contundente, la que, si el proceso se resolviese con apego a la razón y la justicia, sería decisivo, con un parecer cuya importancia destaca: un Magistrado Supremo, un Miembro del Cuerpo Nacional Soberano, un respetable Ministro del señor Diputado, representante del Perú,el Excmo. señor Silva,en su Proclama publicada por bando, donde excusa el procedimiento que ahora se condena, y en términos formales declara, que fue un exceso de lealtad, porque difícilmente guardan medio las grandes pasiones y las grandes virtudes

La Junta de Asturias dice que, amagados de caer en el yugo del opresor, tomaban el poder supremo; y declarando residir en la Junta la autoridad, se pone en estado de defensa; ¿pues qué otra cosa ha hecho esta noble y leal ciudad, contemplándose al borde de un precipicio, creyéndose ya sin el patrocinio de su Metrópoli, en un estado anárquico y expuesta a ser la presa de cualquier invasor? (588)

37 Solo el contexto salva ese gerundio. En rigor sintáctico ese “siguiendo” modificaría a “se gradúe”, y obviamente no es así: la que ha seguido la misma norma, fines objeto y modo es la Junta quiteña. Este sentido debía construirse con la oración de relativo: “que ha seguido”. Como pronto lo mostrarían los más ilustres gramáticos americanos,y en Ecuador, Pedro Fermín Cevallos en el Breve catáologo de errores,el gerundio era el elemento oracional que más daba que hacer en el español de América.

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Acaso por su empaque y formulación jurídica no se atienda debidamente a la fuerza retórica de la pluralidad: Supremo, del Cuerpo Nacional Soberano, respetable Ministro, Proclama, publicada por bando, en términos formales.Todo eso da su peso a la declaración nada menos que de “exceso de lealtad”. Y reafirma la importancia de este estupendo testimonio no pedido por los acusados con la interrogación retórica: ¿Qué motivo tenía este grande Magistrado de lisonjear nuestros delitos y paliar una traición con tan decorosas expresiones, constituyéndose cómplice por la aprobación o abono de una conducta delincuente? Esto no puede presumirse sin una manifiesta injuria a tan ilustre personaje. (589)

Con argumento de tanto peso en sus manos, el abogado acorrala al fiscal. Entre la declaración de ese personaje y la del fiscal, que “condena y acusa el hecho como crimen de alta traición”, “declare cualquier hombre, aunque sea un rústico, ¿cuál de los dos pesa más, cuál merece más crédito, cuál de los dos testimonios debe influir más en la justicia?” Pero hay más. Tiene el acusado otro testimonio, cuya importancia también destaca con pluralidad casi solemne: “en la misma Corte de Sevilla”, “a la faz del Supremo Gobierno”, “allí donde se examinan las cosas a la luz de la justicia, de la imparcialidad y de la crítica”, “al pie del mismo trono de la Nación”, El Espectador Sevillano, papel público que corre “con expresa aprobación del Gobierno”, en su número de 12 de enero de 1810, inserta una Proclama “hecha en Quito, por uno de los Miembros de la Junta que anda fugitivo y contra quien se ha pedido la pena capital”. ¿Qué ha afirmado proclama a la que esa publicación española confería especial valor? “Que este país permanece fiel a su Soberano, el Señor Don Fernando Séptimo, no obstante que se cree haya depuesto al señor Presidente y algunos Ministros de su Audiencia y establecido en su lugar una Junta Provincial”. Más allá del uso que se hace de este argumento en favor de la causa, importa leer lo que corría subterranéamente. Apuntaba esa declaración a lo visceral de la postura autonomista quiteña: fidelidad al Rey –real o mera fachada: en la circunstancia que se vivía, daba lo mismo–, pero liberación del yugo de los administradores hispanos –que
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eran, importa atender a ello, designados por la Corona y sus órganos–. Y eso es lo que en Sevilla, “a la faz del Supremo Gobierno”, no se ha visto como contrario a la fidelidad al soberano. Y algo más corría por debajo del manejo legal del testimonio: lo obrado por Quito –nada menos que deposición del Presidente y Ministros de la Audiencia y establecimiento de una Junta– era noticia y caso seguramente de discusión en España y acaso más allá. Lo cual implicaba que el fallo que en el proceso instaurado se diese tendría resonancias hasta en España. Esto es algo que aparecería luego en la superficie del texto. Ha llegado una vez más el orador al cauce central de toda su argumentación: la fidelidad al Rey –que la Junta nunca dejó de proclamar-. Concluye en él con la especial fuerza que da en este punto la extrema simplicidad: Pruébesenos que depuestos aquellos Magistrados, juramos y reconocimos a Bonaparte o a otro extraño Dueño y entonces será probado el delito de alta traición: pero hoc opus hic labor. Nótese lo segundo, que tampoco el establecimiento de la Junta nos constituye traidores, pues no obstante permanece fiel este pueblo a su único y legítimo Soberano (591)

Llegado a este punto, y, como quien puede presumir tosudez rencorosa de parte de sus acusadores y hasta de los jueces, advierte lo grave que sería que, ya impuesta y cumplida alguna pena, llegase una “providencia y resolución favorable” de España –”como es de esperarse –añade– de su justicia, de su profunda penetración y de sus conocimientos sublimes”–, donde se manejaban documentos como los que él ha citado. Lo que Rodríguez de Quiroga temía de la justicia local lo dice con su característica fuerza léxica: “¿Cómo volver atrás después que hubiésemos sufrido alguna pena grave, atroz e irremediable?”. El lector que llega a este lugar ya sabido lo que aconteció en agosto de ese mismo año siente en esos tres tremendos epítetos un lúgubre dejo anticipatorio. Pero hay aun más para reforzar este movimiento central de la argumentación. Llama a deponer al Rey mismo: Añádase a todo lo expuesto, que en aquellas circunstancias se creyó llegado el caso de usar de la facultad que concede a sus Vasallos nues-

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tro caro y desgraciado monarca. Recomiendo, dice, en una carta fechada en Bayona, a todos mis pueblos se esfuercen en sostener los derechos de su independencia y Religión contra el enemigo común. Habla de todos sus pueblos, sin predilección de climas ni Provincias, autoriza a sus vasallos y los exhorta a la defensa.¿Qué más se necesitaba que este soberano precepto de nuestro único señor y dueño? (592) lación: Concluye este nuevo movimiento con esta enérgica recapitu-

Y siguiendo la táctica recomendada por la Retórica, ha dejado para el final el argumento más fuerte, que constituye espléndida invención de este brillante abogado. Es tan importante este desarrollo final de su argumentación que se impone la cita in extenso, sin más glosa que renovar la advertencia de la doble lectura a que el texto incita; en superficie, la defensa del movimiento quiteño con argumentos y razones que se impusiesen a los prevenidos jueces; en profundidad, la exaltación de valores de libertad y rebeldía contra la opresión. Escribe, pues, Rodríguez de Quiroga: Pero quién creyera, que el sabio Alfonso décimo, este inmortal Legislador de las Partidas, hubiere prevenido el caso, y expresamente ordenado lo que se ha hecho en Quito? Pues léanse las leyes 7ª y 8ª del Tit. 2o Part. 2 y acábese de convencer y confundir la malignidad de nuestros enemigos. Borrémoslas del Código (como se expresa en sentido contrario un entusiasta ignorante) o confesemos el imperio de la verdad y la justicia de la causa. “Apoderarse debe el pueblo por fuerza, de la tierra, quando non lo pudiesen facer por maestría e por arte” dice la citada Ley 7ª y concluye con estas enérgicas expresiones improbando una conducta apática y contraria a este noble entusias-

Véase la proclama de Valencia, el Manifiesto imparcial de Madrid, la de los sevillanos y otros muchos,y se vendrá en pleno conocimiento de que habiendo practicado Quito lo que le han recomendado el Rey y la Madre Patria, en esta situación se ve angustiada y sus hijos difamados y metidos en prisiones porque creeyeron que ya era tiempo de poner en obra sus superiores exhortos (593).

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Concluye entonces que quedaba demostrado que “los fines no han sido otros que los de la conservación y defensa de estos mismos objetos, que sostienen con tanto honor los dignos y constantes españoles” (595). Da un giro a su defensa y de la defensa de la causa quiteña, “justa, santa y legítima”, pasa a que él la tuvo por tal. Por esa fe él habría muerto, antes que comprometer su lealtad. Y anticipa, duro, la postura vergonzante de “cuantos alegan el miedo para disculparse de haber desertado de sus obligaciones esenciales”. Maneja el argumento -por si su defensa de la causa misma de Quito no hubiese convencido- de que, si se engañó, su error de entendimiento no es imputable. Y se explaya en mostrar que errantes no pecant. Y él ha hecho cuanto estuvo de su parte para vencer el error. “El grave suceso del día de San Lorenzo –dice–, fue deferido al examen y consulta de una Junta General de toda la ciudad celebrada en la Sala Capitular del Convento de San Agustín”. Y da peso al argumento con
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mo que se nos acrimina y condena: “E sin la pena que Dios les daría, non sería pequeña la que de los enemigos les vendría quando les faciesen perder la tierra a daño e deshonra de sí. E tal pueblo, como éste non debe ser llamado amigo de su tierra, más enemigo mortal, como aquel que lo suyo quiere para sus enemigos, e ser vencido antes que vencedor, e quiere ser siervo antes que libre”. La 8ª se explica y concluye con igual fuego, hablando de un pueblo cauteloso y prevenido, en las críticas circunstancias de ser amagado, como lo estábamos y estamos nosotros. “Onde el pueblo que de esta guisa estuviere apercebido e guisado, cumplir la palabra que Nuestro Señor Jesucristo dijo en el Evangelio, quando el ome fuerte, e bien armado guarda su casa, en paz está todo lo que tiene. E los que así lo ficieren podrán cumplidamente guardarlealtad a su Señor e serán tenidos por de buen seso e temerles han sus enemigos, e serán apoderados de su tierra e mostrarse han por amigos de ella. E los que esto no ficiesen caerían en todo lo contrario desto, de que recibirían daño, e grande pesar, e grande verguenza”. Si pensaría el señor Rey Don Alfonso, que había de llegar el caso en que los que cumpliesen religiosamente sus soberanas disposiciones en las citadas Leyes, lejos de ser tenidos por de buen seso, recibirían daño, e gran pesar, e gran verguenza. Tal es nuestra infeliz y desgraciada suerte (593-594).

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larga enumeración de cuanta autoridad civil y eclesiástica, cabildos, tribunales, comunidades, universidad y su claustro de profesores, cuerpo de abogados y más estuvieron allí presentes. “¿Y este Congreso de tantos hombres de honor, distinción y probidad, podrá llamarse una junta tumultuaria de una vil canalla?” (599). Y ya tenemos nuevamente al hombre de Agosto exaltando la actuación de toda la ciudad -esa es la lectura profunda- aunque ponga esa actuación unánime como justificación de lo que, en el paso adelante de su defensa, presenta como error -si lo fuese- no culpable -lectura de superficie-. Y hay algo más que corre subterráneo: el apenas velado orgullo de su discurso en aquella solemne ocasión -el discurso que ya hemos leído-, que se le confió -no lo dice claramente: no podía decirlo, si estaba manejando el argumento de un error no culpable- como a ideólogo y conductor de esa revolución: Pues en este solemne y autorizado Congreso, que presidió el Rey nuestro Señor, en la representación de su Real Busto con la correspondiente Guardia de Honor, se leyó esa que se llama constitución tumultuaria, se expuso a la crítica y al juicio general la Acta y el nombramiento de los funcionarios públicos, se sujetó a la censura libre de cualesquiera la nueva constitución con toda su forma, objeto y destino, bajo la salvaguardia de las Leyes, para que la impugnasen de palabra o por escrito. Yo mismo, encargado y mandado por el que ejercía entonces la autoridad superior, expuse los fundamentos, los motivos y los fines; requerí a todos y exigí el juicio univeral, como consta de la certificación que presento: Provoqué la contradicción, o una legal resistencia, suspendiendo al efecto el discurso, y esperando en silencio alguna voz, que se animase a contradecir un hecho que se supone notoriamente inícuo. Consulté, no con uno, ni con diez o ciento, sino con todo un pueblo ilustrado, y con hombres públicos llenos de edad, de experiencia y de luces; con toda una Sínodo Diocesana a presencia de su Pastor legítimo (600)

Y, concluye el episodio, presentado como narración oratoria de estupenda fuerza, con la duplicación anafórica de “todos” y la pluralidad creciente: “Todos lo sancionaron, todos lo aprobaron y protestaron derramar su sangre”. No lo dice, pero la pregunta late insistente: ¿Puede condenarse a todo un pueblo? “Fuenteovejuna, señor”.
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Y amplifica vigorosamente el hecho de que esa aprobación unánime: fue a los seis días del “día de la novedad” –“sobrado tiempo para la meditación, para un examen detenido y circuspecto”–, con concurso completo y numeroso, y “no hubo un solo voto discrepante, que influyese duda, desconfianza o recelo”. Y lo rematará con interrogaciones retóricas que son con apenas velada forma el argumento ad hominem: ¿Hizo algo el fiscal? ¿Lo hizo algún otro superior? “Nadie abrió los labios ni hizo cosa alguna sino para aprobar, consentir y ratificar”. Y retuerce el argumento, con la forma de otra tremenda interrogación: “¿Por qué he cargado hierros cuatro meses y todavía estoy preso, y mis consultores, mis aprobadores autorizados y respetables, están libres sin responsabilidad ni daño?” Y, concluido el primer punto, demostrado –dice– cumplidamente “que la causa fue justa, santa y legítima en su fondo, en su establecimiento y en sus fines”, y, por si no bastase, con la salvedad establecida: “o que por lo menos la creí y la consideré tal”, pasa a lo segundo: que, aunque se cierre los ojos a la razón y justicia de lo expuesto, “no hay para graduarme en ninguna de las cuatro clases (de delito) que establece el Abogado Fiscal, y muchísimo menos en la primera, como autor de la revolución” (604). Su argumento fuerte será que no estuvo en la reunión en casa de Ascázubi en que se formó el plan y aprobó el Acta. Ya establecida la Junta, su actuación –dice– se redujo al pequeño discurso, mandado por el Marqués de Selva Alegre, para requerir la anuencia o contradicción de todos los cuerpos presentes en la magna asamblea del 16. Y estaba la Proclama “que impresa obra en los Autos”. Rodríguez de Quiroga la reconoce por suya, pero invita a leerla -“parece que no há menester más vindicación que su simple lectura”- y la presenta como “una exhortación vigorosa a todos los pueblos de la América contra la dominación y las empresas ambiciosas y seductivas del pérfido usurpador del trono de nuestros Reyes”. Hemos leído ya con algún detenimiento el “Manifiesto”, que es lo que en el proceso se llama “Proclama”, y sabemos que en su superficie –único estrato de sentido al que los acusadores llegaban, y es la “simple lectura” que dice Rodríguez de Quiroga– daba como para que, defendiéndose, su autor protestase que en ella “ni asomo hay de delito” (620). También el Acta que se extendió con motivo de haber sido el conde Ruiz de Castilla elegido Presidente de la Suprema Junta por
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renuncia del Marqués de Selva Alegre se había incluido como una de las acusaciones. El abogado de sí mismo la deshace probando que “en el fondo” no fue obra suya. Y fue “antes de extenderse acordada y tratada con el mismo Doctor Aréchaga, Abogado Fiscal de la presente causa” (622). Lo que hizo, reconoce, fue continuarla “por indisposición del Doctor Morales que lo hacía”, ateniéndose a instrucciones y borradores de “casi todos los individuos de la Junta”. El texto ha pasado de ser el alegato altivo, rico de altas resonancias e incitante de lecturas profundas donde hallamos lo que Rodríguez de Quiroga pensaba del ejemplar y decisivo pronunciamiento de Quito en agosto, a negación de cargos circunstanciales, no por minúsculos y obscuros menos comprometedores. Todo se mueve ya en una superficie turbia, equívoca, y lo único que hay en el fondo –¡y cuántos lectores nunca atendieron a ese fondo!– es que ya no estamos ante un desnudamiento de la verdad de los sucesos, sino ante un hábil ejercicio de negarlos en cuanto tuvieran de incriminatorios y destacar aspectos que pudieran servir para exculpar, justificar o atenuar al menos los cargos que pesaban sobre el reo. Así esa exposición, que sin atender a este fondo resulta extraña, en que, con lujo de testigos, como el Marqués de Solanda, habla de su “docilidad a la reposición de las cosas desde los primeros días después de la revolución” –¡Y saltó la poderosa palabra!–, y se atribuye haber logrado que “el pueblo atumultuado” rerconociese a Juan José Guerrero –empecinado realista– como Presidente. “¿Y ésta es –pregunta– la conducta de un insurgente, que va de acuerdo con el pueblo, y es móvil de sus designios?” (625) Y en este mismo plan aporta otro hecho que estima “de no menor importancia” para su defensa: “consta que yo extendí, de mi puño y letra, el bando que se publicó al día siguiente en que se declaraba la subordinación absoluta a la Suprema Junta Central”. Como para concluir: “Si no tuviese descargos, éste sólo indemnizaba mi conducta” (627). El historiador a secas hace a un lado al historiador de la literatura y registra, entre intrigado y perplejo, hechos obscuros que el acusado saca a luz como pruebas de descargo. Y las afirma con la solemnidad propia de un alegato de defensa: Si se hubiesen examinado el Dr. Castelo y Dña. Antonia Alvarez, a

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Y, decidido a hacer estas revelaciones –que no podía ocultásele quedarían para la historia de Agosto–, tras denunciar la sórdida actuación del fiscal, afirma que “no todos saben el modo y forma con que se acabó la Junta y volvió el antiguo Gobierno y V. E. al mando”, y, al mostrar eso que no todos saben, vuelve la altivez inicial a ennoblecer el texto: Fuera del Distrito de Quito, se creerá fácilmente que, vencidos, conquistados y sojuzgados por las armas, se restituyen las cosas a su primitivo estado, a esfuerzos del valor y del poder de las tropas auxiliares. Que nuestra rebeldía, nuestra obstinación y pertinacia ha dado lugar a este tratamiento, negándonos a la subordinación y a la dependencia en términos racionales. No, Señor Excelentísimo; no fue así, como lo sabe V.E. y lo debe saber todo el mundo para nuestra completa vindicación. La Junta fue disuelta y V. E. repuesto por nosotros mismos para conservar la tranquilidad pública, cortar divisiones, reprimir partidos de la ambición y sofocar en su origen una guerra sangrienta y civil (637)

quienes cito particularmente como testigos instrumentales, sobre el contenido de las preguntas quinta y sexta, habrían resultado muchas cosas de importancia, entre ellas, que el Dr. Aréchaga me buscaba y conferenciaba continuamente en secreto conmigo, en la misma casa de Dña. Manuela Cañizares, donde tratábamos sobre la reposición de V. E. y otros particulares desde los días inmediatos al Diez de Agosto (629).

Pero no se queda ahí tan importante aclaración histórica sobre el final de la revolución de Agosto. Se hallaba ya tranquila la ciudad y aún se mantenían a pocas leguas los contrarrevolucionarios con las armas en la mano, con intenciones hostiles y meditando atacar la ciudad y deponer a V. E. (637)

Meditaban deponer al Conde Ruiz de Castilla. Ninguna historia, que yo sepa, registró cosa tan importante. Y era de tanta magnitud, que el revolucionario quiteño aportó pruebas: “como lo acreditan las cartas interceptadas, en que buscaban los Jefes del partido la confe54

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deración de otras Provincias, y se trajeron a manos de V. E. que me manifestó el mismo Abogado Fiscal”. Vuelto a la altivez de los momentos más altos del alegato, Rodríguez de Quiroga reclama al cobarde y pusilánime Conde: Juró V. E. y prometió por otro capítulo “que a nadie se inferiría daño, ni el más pequeño perjuicio en su persona, en su honor ni en sus bienes, en razón de todo lo sucedido” “y que se diese cuenta de este estado a la Suprema Junta Central”. Prescindo de los demás artículos, de cuyo cumplimiento no me intereso, pero sí reclamo altamente éste que me toca y pido su cumplimiento por la fe del tratado” (639).

El fiscal ha sostenido que el viejo Conde hizo tal promesa forzado por miedo y coaccionado.El defensor de su causa lo rebate, y hábil rearguye ad hominem: “Lo peor es que por desnudarnos de un derecho adquirido, desnuda el Abogado Fiscal a V. E. del recomendable mérito de una noble constancia, valor y firmeza, que manifestó antes en circunstancias más peligrosas. Por quitarnos un substancial apoyo de defensa, quiere reputen a V. E. un Magistrado débil, flexible y que cede a la impresión del miedo, sacrificando los deberes de su alta reputación y dignidad, no siendo así, sino muy lo contrario” (641). Y en la fe debida a estos pactos se extiende larga y eruditamente. No lo ha hecho, protesta, como asiéndose a una “sola ancla en falta de defensa”, sino “porque conduce al esclarecimiento de la verdad y la causa”. Y remata su magistral discurso con el recurso a la más alta voluntad, en tres deprecaciones de tono sereno: Dios quisiera que mis torpes groseras expresiones hagan la impresión debida en el ánimo de mis jueces.Dios quiera que de ellas resalte la verdad y mi inocencia y que al fin triunfen de la deshecha tormenta q´ he sufrido con paz, constancia y ánimo tranquilo. Dios quiera, finalmente, que el imperio sacrosanto de la Ley, de la razón y de la imparcialidad, pronuncie un juicio que salve los preciosos derechos de mi honor, de mi vida y de mi libertad (648)

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LA CARTA DESDE LA PRISION

Y hay un último texto que completa la fisonomía de Rodríguez de Quiroga, el escritor de los hombres de Agosto: la carta que, desde el calabozo en que, cargado de grillos y cadenas, sintiendo la vida de los presos amenazada por una orden inicua, dirige al obispo Cuero y Caicedo, el 7 de julio, día en que la soldadesca, ante la amenaza de un motín, se había puesto sobre las armas. ¡Qué libertad de espiritu y cuánta altivez brillan en ese conmovedor escrito! ¿Qué es esto Señor Ilustrísimo? Tan poco pesa la vida de los hombres y tan poco interesa la salud espiritual de las almas?¿Así se dan ór denes para cometer asesinatos y sacrificar víctimas?¿Dónde estamos Señor? ¿o que se ha hecho V. S. I. que no interesa su autoridad celestial o su respetable mediación, para contener que no perezcan sus ovejas sin los auxilios de la Iglesia, y sin los consuelos de la Religión? (471-472)38

El texto nos pone ante la prosa ceñida, fuerte, de Rodríguez de Quiroga, al servicio de la libertad de espíritu que lució aun en las penosas condiciones de opresión, acoso y humillación que soportaban los próceres de Agosto en los calabozos del Real de Lima. La suya de esta carta parece palabra poseída por espíritu adivinatorio, que trasmite con impresionante patetismo: “De hoy en adelante, si soy víctima sacrificada con violencia...” Y brilla, una vez más el dialéctico.¡Qué rigor para argumentar y qué fuerza para exponer los argumentos! Pero en esta carta no se extienden los razonamientos: la cosa era tan simplemente criminal y tan poco necesitada de argumentaciones y pruebas. Basantes, “a voz en cuello”, ha dicho que “a la menor novedad” se acabase con los presos, y el abogado así condenado comenta: ¡Cosa inaudita! decreto fulminante, que no se encuentra ni en la

38 El texto está en el volumen de documentos ya citado de Roberto Andrade, como documento No. 31, con el título “Clamor del Dr. Rodríguez de Quiroga al Obispo”, pp. 469-473. Por esa edición citamos la página. También se reprodujo en Manuel María Borrero, La Revolución quiteña 1809-1812, Quito, Editorial Espejo, 1962, pp.230-232.

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Las consecuencias de orden tan bárbara se dicen con acumulación de rasgos que intensifican el texto dramáticamente:

pragmática de 17 de Abril de 1774, ni en las leyes del Reyno, ni en ningún Código el más bárbaro del mundo;

(Escribía a un Obispo, y de allí esa insistencia en el aspecto religioso de la atrocidad que denunciaba). Y aquí viene el lugar citado párrafos arriba, que se abre con las tremendas interrogaciones aquellas de “¿Qué es esto, Señor Iltmo? ¿Tan poco pesa la vida de los hombres y tan poco interesa la salud espiritual de las almas?” Remata el dinámico pasaje con invocación vehemente al Obispo, que asume la forma de solemne emplazamiento: Ah! Medítelo V. S. I. y tiemble ante la presencia suprema del Señor, por unas consecuencias tan irreparables, tan terribles, tan funestas, tan eternas.

de lo que se sigue que por cualquiera borrachera, por cualquiera novedad exterior, en que no tenemos la menor parte ni culpa los pobres desvalidos e inermes presos, estamos vendidos y expuestos a ser asesinados, como perros, sin forma judicial, sin sentencia, y lo peor de todo, sin los socorros espirituales que la madre Iglesia suministra a sus hijos, del mismo modo que si viviésemos entre Mahometanos, entre infieles, entre ateístas franceses, donde se ve con tanto desprecio la religión, que enviar hombres al otro mundo (y quiera Dios que no fuese a los infiernos) es lo mismo que una partida de juego o una frívola diversión

“Tiemble”: el vocablo cobra toda su fuerza. Y a “consecuencias”, palabra más bien neutra, se la intensifica con la pluralidad de epítetos que la califican hasta el tremendo “eternas”. Y suaviza esta dureza -sin perder intensidad- con un trazo que tiene la poesía de la imagen bíblica:

De hoy en adelante, si soy víctima sacrificada con violencia; si V. S. I. no clama, no amonesta, no silba como pastor por el riesgo inmi57

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pero solo para volver a poner en primer plano la denuncia y emplazar al Obispo ante el más alto tribunal:

nente que corren sus ovejas cautivas, por las pérdidas de su salud eterna,

A esta cúspide de alta pasión y estupenda fuerza expresiva sigue un último movimiento para la última y suprema razón de su pedido al Obispo. Comienza con una negación y una concesión retóricas -en esa concesión recoge grandes capítulos de su alegato de defensa, y añade alguno nuevo-: No, no solicito la odiosa abominable vida, que tanto codician mis enemigos. Muera yo desde luego; de nada sirvan mis defensores, de nada aprovechen las leyes, de nada conduzcan las órdenes superiores del Consejo de Regencia, que se esperan; que el mismo juicio pendiente se atropelle; que finalmente se ultraje y se veje...

en fuerza de un asesinato violento, que ordenó hoy día el Capitán Bassantes, yo, por mi parte y a nombre de todos los demás, constituyo responsable ante el augusto tremendo Tribunal de Dios vivo, a V. S. I. a que desde ahora para entonces lo cito y emplazo (471-472)

y entonces la contraposición a esas negaciones y concesiones, con la adversativa fuerte, en oración a la que su extrema concisión añade fuerza: y amplifica eso del alma: ¡Pero mi alma!

Formula entonces su petición al Obispo, con nueva pluralidad intensificadora: que se sirva pasar oficio al Presidente
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¡Ilmo. Señor, mi alma, esta alma, que no costó a V. S. I. ni a nadie su sangre, sino al Hijo de Dios Eterno, mi alma ha de perderse al simple y bárbaro decreto de D. Fernando Bassantes u otro oficial que lo repita?(472-473)

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y remata su impresionante y conmovedora carta de pedido con un último velado emplazamiento que vuelve a la imagen bíblica del pastor y sus ovejas:

a fin de que su religioso ánimo prohíba este escándalo de la razón, este ultraje de las leyes y este desprecio de los preceptos de la Iglesia,

El 2 de agosto todos estos lúgubres presagios se cumplieron y Rodríguez de Quiroga, al igual que otros ilustres quiteños apresados por la misma causa, fueron brutalmente asesinados en prisión. Lo que autores y cómplices de tan abominable crimen pretendieron fue apagar espíritus libres y altivos y silenciar palabras tan poderosas y sabias como la del brillante abogado. EL POEMA DESDE LA PRISIÓN

sobre que está constituido V. S. I. un vigilante custodio que ha de dar cuenta de una sola oveja confiada a su cuidado(473)

Creíamos que nada más había escrito Rodríguez de Quiroga desde la prisión, pero una lectura atenta, con ejercicio de crítica interna, nos prueba que un poema recogido por Juan León Mera al final de su recopilación Cantares del pueblo ecuatoriano no pudo ser obra sino del ilustre prócer, el mayor escritor de todos los sumidos en los calabozos del Real De Lima, “tus vasallos cargados de prisiones”, que dice el poema. Las mismas razones de su alegato de defensa adquieren la forma de hermosos endecasílabos y heptasílabos en las siete octavas del poema que, por obvias razones, circuló anónimo. “Si tu causa fue justa, santa y buena” dice el endecasílabo y el alegato habló de causa “justa, santa y legítima”. Y en la cuarta octava se formuló, con la cincelada concisión del verso, el argumento mayor del alegato: Mas ¡ay! qué diferencia En esta Presidencia! Sentimiento tan noble y esquisito En España es virtud, crimen en Quito39

39 El poema en Cantares del pueblo ecuatoriano, pp. 420-421.

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Y se insistió en ese razonamiento clave:

Y el poema anunció esa muerte que el prócer sentía inminente. ¡Pero de què modo tan alto lo dijo!: El magnífico poema nos entregó una nueva faceta del hombre de letras que fue Manuel Rodríguez de Quiroga: el lírico, en momentos especialmente altos o intensos de su existencia. JUAN DE DIOS MORALES La muerte es triunfo que de gloria llena.

Mas ¿quién creyera ¡oh Cielo! Que tan noble desvelo Por crimen se repute, por delito Socorrer a la madre en tal conflito.

Morales es, entre los próceres de Agosto, la cabeza principal, el nervio más sensible y la pasión más decidida. Es quien convence a otros quiteños de que la hora del alzamiento ha llegado, quien los empuja al gesto que tantos consideraban pematuro y excesivamente arriesgado y quien, cuando todo parecía venirse abajo, permanecía erguido, impertérrito. Hombre austero y de pasiones profundas y recatadas hacia el exterior, fue parco en sus pronunciamientos. Pero, como vamos a verlo, fue escritor que sabía exponer sus ideas con rigor y fuerza. Y con ello aportó mucho a la revolución quiteña. LA VIDA Y OBRA REVOLUCIONARIA Juan de Dios Morales fue bautizado en la iglesia parroquial de Río Negro, departamento de Antioquia, en abril de 1767 –Celiano Monge dio como fecha de nacimiento y bautizo el 13 de ese mes40-. Era hijo del Ayudante Mayor de Milicias Dn. Juan de Dios Morales Silva y de Dña Juana de Estrada, los dos acaudalados.
40 Celiano Monge, “D. Juan de Dios Morales Leonín. (Datos biográficos sacados de los archivos de Quito)”, Lauros, Ambato, Editorial Pío XII, 1977, p.3.

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Se lo envió a Santafé para que estudiase Jurisprudencia, con miras a un futuro nombramiento de abogado de la Real Audiencia. Se graduó de abogado a fines de 1789, “con grandes elogios del claustro de San Bartolomé”.41 El rector del colegio, D. Manuel Andrade, en un informe escribió: “Siempre fue mirado en Santa Fe como hombre ilustre por su nacimiento y distinguido por sus luces”.42 Ejercía su profesión en Bogotá cuando, designado Presidente y Comandante General de la Provincia de Quito Juan Antonio Mon y Velarde, le propuso que lo acompañase como secretario. Apenas hecho cargo de la magistratura,el 29 de abril de 1790, el Presidente le nombró Oficial Mayor de la Secretaría de la Superintendencia. Alternó con esas funciones y las de administrador de la Real Fábrica de Pólvora de Latacunga el completar su formación en Derecho, y solicitó de la Real Audiencia la incorporación a la Academia de Abogados. Tras el examen previo, rendido en septiembre de 1791, los doctores Pedro Quiñones Cienfuegos, Agustín Valdivieso y Juan José Boniche, de la Real Universidad de Santo Tomás, lo declararon canónicamente aprobado. El 1 de octubre se incorporó al foro tras lucida disertación sobre causas que le habían sido señaladas de antemano. Promovido Mon y Velarde al Consejo de Indias antes de cumplir un año en el gobierno quiteño, su muerte en Cádiz, de camino a Madrid, frustró las posibilidades de viajar a la metrópoli de su joven secretario. Morales fue nombrado defensor de Pobres y Reos, y cumplió estas funciones con celo y alta sensibilidad social. En 1795 sustituyó, por unos meses, al agente fiscal de lo criminal. Lo hizo con especial brillantez, que afirmaba su prestigio como abogado. En 1795 se posesionó de Presidente de la Audiencia de Quito Luis Muñoz de Guzmán. Morales fue secretario de la Superintendencia. Cuando, al año siguiente, por Real Orden se estableció que la Superintendencia recayese en el Virrey y quedase en Quito una subdelegación de la Real Hacienda, a Morales le correspondía ser secretario de ella. Pero el Oidor decano lo postergó y prefirió a un sobrino.43 Y de
41 Sergio Elías Ortiz, “Hoja de servicios del prócer Juan de Dios Morales”, Boletín de la Academia Nacional de Historia, 51: 112 (julio- diciembre 1968), p. 268 42 Monge, Lauros, ob. cit., p. 5 43 Lo denunció el propio Morales. “Informe sobre el terremoto de 1797”, Boletín del Archivo Nacional de Historia, N. 102 (julio-diciembre de 1963), p. 257.

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nada sirvió el reclamo que el perjudicado hizo al Presidente. Cuando se hizo cargo de la presidencia el Barón de Carondelet, fue nombrado secretario interino. Tras dos años de ese interinazgo, sin esperanzas del debido nombramiento, se retiró a ejercer su profesión de abogado. La altivez de Morales resultaba insufrible a autoridades hechas a un mandar despótico y sin sujeción a leyes y procedimientos. Pero el modo apasionado con que cumplía sus deberes cívicos hizo que, al ocurrir, en 1797, el terremoto que redujo a ruinas Riobamba, Ambato, Latacunga y sus comarcas, se le encomendase llevar víveres recogidos en Quito a esas ciudades que carecían de todo. Cumplió el encargo sin perdonarse fatiga y aun “a costa de su peculio”, como lo reconocería Carondelet. Y su actividad se extendió, más allá del reparto de esas provisiones, a impedir la alteración de precios de productos de primera necesidad o su ocultamiento, a cuidar las propiedades de la Corona -la pólvora de Latacunga- y hasta a habilitar puentes. Con ello exacerbó celos de funcionarios rutinarios. De Ambato informó Morales: “El Corregidor me suspendió la comisión suponiendo que me entrometía en su jurisdicción cuando le pedía auxilio para construir puentes, que el vecindario apetecía con ancia”.44 Con todo, Muñoz de Guzmán, en auto aprobatorio, reconocería: “Aunque el Dr. Morales se ha extralimitado en el cumplimiento de su comisión, con todo sus procedimientos han redundado en bien del público”.45 Con el ejercicio de su profesión Morales alternaba la docencia universitaria. En 1802, el presidente Carondelet, al comprobar en una visita lo rutinario de la enseñanza en el Colegio de San Fernando, encargó a intelectuales prestigiosos nuevos planes de estudios. El de Derecho fue confiado al Dr. Morales; a Quijano, otro importante intelectual y escritor quiteño, se le encomendó el Plan de Filosofía. Como maestro estableció especiales relaciones con el joven aprendiz de abogado Manuel Rodríguez de Quiroga. Hemos visto ya los elogiosos términos en que Rodríguez de Quiroga se refirió, en su primer alegato, a lo que por él hizo el docto maestro. “Me instruye recordaba- en las nociones de la jurisprudencia práctica y me conduce por la mano hasta el templo inmortal de la justicia, para sostener allí los preciosos derechos de mis conciudadanos”. Y esta fue discreta man44 Ibid., p. 256. 45 Monge, Lauros, ob. cit., pp. 9-10.

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era de proclamar todas las inquietudes y, acaso, proyectos políticos en que Morales le inició. Cuanto aparece en la hoja de vida del prócer, en su informe de lo actuado cuando los terremotos del 97 y más noticias públicas es la superficie –brillante, por supuesto– de esta existencia, en esa hora del vivir quiteño que podía parecer sumida en la calma chicha de los días coloniales. Pero había lo profundo, que distaba de ser, como ese vivir colonial, detenido y rutinario: fermentaba el descontento, maduraban las ideas sembradas por Espejo –con quien Morales tuvo tanta relación– e iban cobrando forma planes audaces de transformación política. En todo ello, la cabeza más lúcida, la voluntad más decidida y el espíritu más inquieto era Morales. En 1807 hallamos al inquieto catedrático y funcionario perseguido, buscando refugio en la hacienda de Rocafuerte, en Naranjito, provincia del Guayas. Sobre este pasaje que ciertas fuentes han obscurecido, nada más vivo y de primera mano que el recuerdo que a esos sucesos dedicó el guayaquileño en su XI carta a la Nación. Estamos en 1807, año en que Rocafuerte vuelve a Guayaquil de su inquieto e iluminador vagabundeo europeo. El 10 de agosto ha muerto en Quito el ilustrado Presidente de la Audiencia, Barón de Carodelet. Cuenta Rocafuerte:

El Barón murió en Quito,y su muerte suscitó una singular competencia de mando entre la Audiencia y el Coronel Nieto, que se hallaba allí de tránsito para el Perú, a donde iba a desempeñar la Intendencia de Puno. El Coronel Nieto pretendía que a él le correspondía el mando de la Presidencia, por ser el militar más antiguo y de mayor graduación: la Audiencia le disputaba este derecho; las opiniones se dividieron entre los letrados; el Dr. Morales, Secretario de la Presidencia y amigo del ilustre Barón de Carondelet, se declaró en favor de la Audiencia; mas prevalecieron al fin las intrigas del Coronel Nieto, y él se encargó de la Presidencia. En ese tiempo, la viuda del Barón de Carondelet fue a Guayaquil con su familia y la acompañó el Dr. Morales. El primer uso que el coronel Nieto hizo de su disputado poder, fue descargar los tiros de su venganza contra su opositor Morales, mandarle arrestar en Guayaquil, y enseguida enviarle preso a Quito. Sabido esto por la Baronesa, a quien yo visitaba todos los días, me
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46 Vicente Rocafuerte, A la Nación, Quito, Tipografía de la Escuela de Artes y Oficios, 1908, pp. 236-237. Importa tener presente que esta fue una edición junta de todas las cartas a la nación que el gran tribuno dirigía a su país desde Lima. La carta XI se escribió en 1844; es decir, cuando muchas personas que habían participado en los sucesos evocados y podían conocerlos por variadas fuentes aún vivían. Lo referido sobre esta persecución y refugio junto a él del abogado quiteño nunca fue rectificado por nadie. Y concuerda con las fuentes más seguras. 47 Monge, Lauros, p. 10. 48 Que Morales repetía siempre esta frase lo trasmitió Pedro Moncayo. “El 10 de agosto y el ciudadano Vicente Rocafuerte”, Santiago, Imprenta de la Libertad, 1868. Reproducido en Museo Histórico, XVI, N. 48 (agosto-septiembre 1970), p. 10.

Celiano Monge, con documentación de archivos quiteños –que no menciona–, da una versión muy distinta del viaje de Morales a Guayaquil. “En esos días sucedió cierta aventura, cuyo velo no nos es dable descorrer, y el Dr. Morales fue enjuiciado, siguiéndose la causa de una manera reservada. Concluidos los autos se los remitió al Virrey Amar, quien ordenó la separación del Dr. Morales de Quito y su arraigo en Guayaquil”.47 ‘ Sea cual haya sido la razón de la salida del Dr. Morales de Quito a Guayaquil, ello es que fue a refugiarse en la hacienda de Rocafuerte. Y ya tenemos a esos dos grandes americanos enfrascados en largas conversaciones. En ellas el tema más importante, urgente y apasionante era la independencia de América. “Morales y yo discutimos largamente la cuestión de la Independencia de la América” –contaría Rocafuerte. Se pasó sin duda revista a cuanto se maquinaba en sociedades secretas de España y Europa, en cuyas reuniones había estado Rocafuerte, y cuanto acá, en América, maduraba. Al plan de Rocafuerte de un pronunciamiento simultáneo en varios focos de América –al menos en Bogotá, Caracas y Lima–, Morales oponía su impaciencia: “Prendamos la primera chispa –decía–, que después ella sola se extenderá por todo el continente”.48 El 1 de agosto de 1808 entró como nuevo Presidente de la Audiencia de Quito don Manuel Urries, conde Ruiz de Castilla. Morales se había acercado hasta Latacunga –sin autorización de Nieto– y solicitó aproximarse a Quito. Fue a Píntag. Su cura párroco, el Dr. José Riofrío, era uno de los comprometidos con la causa de la libertad. Reunidos los dos madurarían esas ideas y planes.

mandó llamar, para suplicarme ocultase a Morales en la hacienda del Naranjito, y lo pusiera a cubierto de la tiránica persecución del intruso Presidente.46

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Desde Pintag, comunicó al Conde Ruiz de Castilla resolución favorable a su causa, emitida por el Virrey de Santafé. Podía regresar a su ciudad, y defenderse de cuantos aborrecían su altivez y temían sus ideas avanzadas. “No se me ha procesado –proclamaba– por mala versación en el manejo de mi empleo, ni por crimen en que se interese la vindicta pública, porque de lo contrario el procedimiento habría sido muy distinto del que se ha observado. A qué propósito, pues, un juicio escondido en la apariencia, un proceso misterioso, al mismo tiempo que se divulga sordamente la difamación de personas de honor?” 49 Regresó a Quito por el valle de los Chillos, deteniéndose en la rica casa de hacienda del Marqués de Selva Alegre, para nuevas largas conversaciones sobre esa independencia que se había convertido en obsesionante y apasionante centro y norte de su existencia. En octubre de ese 1808 se abre otro resquicio hacia la labor de zapa que hacía el ideólogo de la futura revolución quiteña: la representación de cuatro obras dramáticas por los colegiales de San Fernando, para homenajear al flamante Presidente. Ya hemos destacado la intención subversiva que presidió la selección de esas piezas. William Bennet Stevenson, que había llegado como secretario del Conde y asistía a los sucesos con la atención de quien preparaba su Narración histórica y descriptiva de veinte años de residencia en Sudamérica, estuvo en aquellas funciones y dio esta noticia: Las piezas elegidas fueron Cato, Andromacha, Zoraida y Araucana, todas ellas tendientes a inculcar en su diseño y argumento un espíritu de libertad, un amor a la libertad, y los principios del republicanismo.50

El espíritu que alentaba detrás de esas al parecer inocentes y festivas celebraciones no se le ocultó al perspicaz inglés; sí, según testimonio del mismo Stevenson, al estólido y anciano Conde y a su superficial corte de áulicos. Stevenson se interesó por quienes estuviesen detrás de esa selección de las piezas. “Después de la representación de las piezas, me fui conociendo poco a poco con las personas que las habían escogido el Dr. Quiroga y Don Manuel Morales”. Y creyó haber llegado a cono49 Monge, Lauros, ob. cit., pp. 11-12. 50 Stevenson, Narración, ob. cit., p. 489.

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cer a los dos personajes que estarían en el centro de la altiva, heroica y trágica historia de los dos años siguientes. Y por el papel privilegiado que les tocaría cumplir en la epopeya y tragedia quiteña, se sintió obligado a presentarlos en su crónica. De Morales escribió: Morales poseía un espíritu férreo; había recibido una educación liberal y había tenido el cargo de secretario muchos años, habiendo obtenido un conocimiento de los asuntos del gobierno y una comprensión de las intrigas que proliferaban en la corte española.51

Sugestivo contrastar esta imagen del ideólogo de la inminente revolución con la que nos diera Pedro Fermín Cevallos:

A partir de la noche de Navidad de 1808, la historia personal de Morales se confunde con la historia de la revolución quiteña, de la que era el ideólogo y principal animador. Fracasados los planes acordados la noche de Navidad en 1808 en la casa de hacienda del Marqués de Selva Alegre, uno de los reducidos a prisión y encarcelados fue Morales. Como lo hemos referido ya, sustraídos los papeles, el proceso quedó en el aire y los acusados fueron liberados. Y comenzó la historia de Agosto de 1809. En la reunión preparatoria del 7 de agosto, convocada por Morales, este leyó el Acta de instalación de la Junta. Y en la decisiva noche del 9, en el departamento de Manuela Cañizares, en apasionado discurso desplegó ante
51 Ibid., p. 490. Stevenson presentó a Morales como resentido con el Barón de Carondelet, considerando que le había tratado injustamente y privado de cargo a que tenía derecho. Esto no se compadece con el testimonio citado de Rocafuerte. 52 Pedro Fermín Cevallos, Resumen de la historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, T. III, cap. I, IV, Biblioteca de Autores Ecuatorianos de “Clásicos Ariel”, N. 79, p. 47.

Era un letrado de nombradía que, sirviendo de Secretario del gobierno con el Presidente Carondelet, había sido, después de los días de éste, privado de su destino por el coronel Nieto. Tenía talento distinguido, bastante instrucción, conocimientos más cabales en materias de gobierno y de política, firmeza de carácter y valor acreditado: era, sin duda, el más a propósito para encaminar la revolución a buen término y dejarla victoriosa.52

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quienes iban a dar el grito el sentido y trascendencia del pronunciamiento que iba a convertir a Quito en adelantada de la gran empresa de la independencia americana. Instalada la Junta, fue designado Ministro de Negocios Políticos y Guerra. En el cabildo ampliado del 16, leyó las Actas y presentó las acciones de la noche del 9 y mañana del 10 de agosto. Acabaría al frente de la Junta -con Rodríguez de Quiroga y el apoyo de Salinas- cuando los otros miembros salieron de la ciudad, rechazados por el pueblo que dudaba de su lealtad a la causa revolucionaria. Y fue el espíritu indomable, impertérrito, cuando la revolución fue acosada y sofocada. Desde una prisión ensañada e inicua, su alegato de defensa sería la última página de su altiva e intransigente historia de libertad, escrita por sí mismo. Esa historia se sellaría con sangre cuando los inicuos asesinatos del 2 de agosto de 1810. El examen de cadáveres, en la Sala Capitular de San Agustín, estableció: “El Dr. Juan de Dios Morales, con varias (heridas) en la cabeza, causadas de bala, y una en el pecho, con arma blanca”.53 EL ESCRITOR También Morales cuenta entre los hombres de Agosto que son escritores y oradores. Es un magnífico escritor cuando quiere serlo, que no es siempre –al revés de Rodríguez de Quiroga, publicista nato–. En su apretada –y en pasajes bronca– defensa en la causa seguida a los hombres de la Junta quiteña, al tocar la muerte -que es lo que denuncia quieren y procuran sus enemigos, puestos a jueces-, escribe: Morir para mí, como sentía un filósofo, no es otra cosa que una acción de la vida, y quizá la más fácil; la vida, una llama al viento, que un soplo apaga.54

“La vida, una llama al viento, que un soplo apaga”: formulación de especial fuerza por su extrema simplicidad –aparente simplicidad: el ritmo es exacto– de un leitmotivo de la lírica barroca, que en
53 Andrade, Documentos, p. 476. 54 “Defensa de Morales”, Andrade, Documentos, p. 494.

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la poesía quiteña tuvo penetrantes expresiones en su mayor poeta barroco, Juan Bautista Aguirre. Lo que sigue en ese lugar es, en cambio, vigoroso en la idea y la forma argumentativa:

El texto está traspasado por estupenda altivez, y trazuma desprecio hacia esa acusación, no fiscal, sino “que llaman fiscal”, a la que no reconoce más jurisdicción “que la que el derecho le conceda” –que probará es nula–. Siendo tal la competencia fiscal para juzgarlo, si se defiende lo hace porque quiere “trasmitir a la posteridad la sinrazón del procedimiento” y la justicia de la causa quiteña. La extremada concisión, que traduce el rigor de un pensamiento exacto y de absoluta coherencia, obliga a la glosa a caer en el texto mismo. Cómo tratará las razones de la acusación fiscal, lo dice a continuación, en un lugar en que la primera mitad cabe aplicarla a su propio manejo de lenguaje y retórica: Seré lacónico, separaré la paja, recogeré los granos, y luego los arrojaré al fuego, porque todos están podridos e inútiles.

Tan frágil y miserable existencia, no merece la pena de incomodarse; pero non solum nobis nati sumus. Me debo a la República, y juzgándola interesada en mi vindicación, de modo que estoy obligado a hacerla, pues entonces hago la suya, entro en contestar la acusacion que llaman Fiscal, sin que por esto atribuya a V. E. más jurisdicción que la que el derecho le conceda, y únicamente se entienda que quiero trasmitir a la posteridad la sinrazón del procedimiento y la justicia de nuestra conducta.

“Seré lacónico, separaré la paja, recogeré los granos”: eso caracterizaba su estilo. Del griego LAKOONIKOS, que era espartano, la palabra sería redescubierta en el XIX –porque era de uso antiguo: la usó ya Góngora–, y resulta en extremo sugestivo este uso temprano del prócer quiteño. Significaba austeridad en el empleo del lenguaje: hacerlo breve, conciso, compendioso; puro grano, nada de paja, que diría con su imagen simple y fuerte el Dr. Morales. Y así discurrió su refutación del fiscal Aréchaga, deshaciendo su escrito párrafo a párrafo.
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Ha escrito Aréchaga en su primer párrafo que la revolución del 10 de Agosto “fue un atentado inaudito y criminal”. Y Morales -que en este pasaje muestra cuanto calaba en cada palabra, en su denotación y connotación- deshace los dos calificativos acusatorios. ¿Inaudito?, lo “no oído”. Eso argüía sordera: no ha habido cosa más ruidosa, sonada y por consiguiente oída,que la revolución de los pueblos de España, sus Juntas Provinciales,con reasumición de la soberanía, y éstas subordinadas luego a la Suprema; de suerte que la Nación ha venido a componerse de Estados federativos. Con que ésta es sordera (494-495)55

En cuando a lo de “criminal”, lo deshace por otro camino, no menos certero:

De la refutación, ceñida, contundente, de cada párrafo de Arechaga, va concluyendo que ha caído en prevaricato, en incoherencia, en calumnia. Al llegar al párrafo duodécimo, da con una cuestión fundamental para su filosofía política: Aquí entra la cuestión de si el pueblo puede o nó reasumir el Poder Soberano. Resuelve negativamente, quedando escandalizado se haya sostenido lo contrario; y hace esta pregunta, con refererencia al que lo afirma, que soy yo

Y eso, sin duda, que por alguno otro sentido que no sea el oído, le ha sido impresa en el cerebro esta idea; pues en otros lugares de su Vista que iré recorriendo de paso, da por efectiva, justa y buena aquella revolución, y siendo bajo los mismos principios y con los mismos objetos la de Quito, es visto que se contradice, llamando a ésta criminal (495).

Morales no transige, no disimula su participación en los sucesos, ni, menos, la niega. Se ufana: eso brilla en ese solemne “que soy yo”. Y es lo que la acusación -y toda la cohorte de espíritus serviles de la que el fiscal se hacía portavoz- tenían por más escandaloso. El autor
55 Citamos por el documento recogido por Andrade, ob. cit., la página.

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de esa proposición clave en el asunto no se defiende de haberla sostenido; insiste en ella y la prueba, no sin antes hacer ostensible su desprecio por la ciencia jurídica del acusador: ¡Válganos Dios, y que este jurisconsulto sea nuestro acusador y el que pide nuestras cabezas! Pues voy a responderle que tiene tanta fuerza la tal sofistería, como que el mismo Aréchaga conviene en ello. ¿No dice que es legítima la Junta Central? Luego debe confesar necesariamente que la existencia del Supremo Poder estaba en la voz de éstos, no obstante de susbsistir Fernando VII y su dinastía, o da en tierra con la legitimidad de la Junta que defiende y con su vista (500501)

Sin dar en la forma esquemática del lógico, detrás de esta implacable argumentación está la retorsio –ese volver contra el adversario lo dicho o sostenido por él mismo– y el bicornuto –el empujar al adversario a la disyuntiva, y cerrarle las dos salidas–.Y todavía le arguirá de contradecirse una vez más. En el párrafo décimo quinto, el fiscal ha concluido -infiriendo por conjetura, dice Morales- “que aunque se imploraron los nombres sagrados de Religión, Rey y Patria, fue pretexto especioso para destruir los mismos objetos, engrandecerse y vengarse”. Para el cómo lo haya hecho, el defensor tiene un pasaje duro, de gran fuerza:

Ha puesto el defensor a este acusador a ultranza en la turba de esos “bárbaros criminalistas”. Y en párrafo en que la pasión corre subterránea y la superficie se ofrece serena y grave rechaza ese que en la vista fiscal se ha presentado como el cargo mayor:
56 “En los casos más atroces es lícito transgredir el derecho y no obedecer el orden”

dispara sin lástimas una tropa de injurias,y pide en los siguientes, decapitaciones, presidios, confiscaciones y la destrucción total del Reyno; pero que todo se haga sin oír a los acusados, sin guardar formalidad alguna, siguiendo el axioma de bronce in atrocisimis licitum est jura transgredi et ordo et ordinem non servare56, de Farinacio y otros bárbaros criminalistas, a quienes hacen la apología que se merecen, los jurisconsultos filósofos (502-503).

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Transcrito así el texto parecen darse anacolutos. Siéntese en él una expresión oral de fuerte patetismo. El primer grupo es sin duda admirativo: “¡Haber hecho... al efecto!” El segundo es simplemente afirmativo: “Juran todo esto delante del Señor, en espíritu y en verdad”. Corte y el tercer grupo, otra vez, es independiente y de sentido admirativo. Y finalmente el grupo conclusivo. No hay anacolutos. Trátase de un párrafo nervioso, apasionado. Sin lugar al orden sintáctico, que requiere y trazuma holgura constructiva. En este paso de la vista la actuación fiscal ha sido especialmente lamentable. Ello motiva la admonición severa, en que se escucha al maestro universitario frente al alumno al que por superficial e impreparado ha debido reprobar: Quando el Dr. Aréchaga tome en las manos los libros que tratan de la Jurisprudencia natural, de los derechos de las gentes constituidas en sociedad, lea las leyes del Reyno, a la luz de sus principios y repare su vista en la calma de las pasiones, se cae sin remedio redondamente muerto, si tiene sentimiento.

Haber hecho la ciudad de Quito una Junta Suprema Gubernativa interina, para conservar el Reyno a su legítimo dueño, la Religión en su vigor y los derechos de la Patria ilesos, con facultad incontestable al efecto; juran todo esto delante del Señor, en espíritu y en verdad, y ponérsele al Dr. Aréchaga en la cabeza, sin prueba ni fundamento alguno, que se llevaría talvez la intención contraria; hé aquí el crimen de alta traición y el gran mérito que resulta del proceso, para pedir destrozo de vidas, honor y haciendas, con el furor más cáustico (503)

Y cierra el aplastante pasaje con un recurso al que Morales suele recurrir, según su estilo, austeramente, pero con especial poder de iluminación y afirmación: la cita: Un sabio portugués dice que se adoran las sombras, mientras no viene la luz (503).

Los pasajes de sus escritos de defensa -que son varios- de ceñida argumentación avanzan aplastantes en su lógica, con razones sucesivas, apretadas, con citas contundentes. La prosa cobra naturaleza
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instrumental. No hay lugar a la retórica, porque el jurisconsulto no siente la menor necesidad de ella, ni se da oportunidad para emplearla. El se sabe maestro de derecho y autoridad. A Ruiz de Castilla lo trata como a quien no domina la materia y busca asesorarse, pero mal:

Hay pasión en el pasaje –orgullo, sobre todo, y altivez–; pero subterránea. En otros lugares, la prosa cobra brío y ritmo. La fuerza no está ya solo en la exposición del argumento, sino en la forma. Ocurren pluralidades, formas conminatorias:

Los jurisconsultos que le aconsejan a V. E., no le aconsejan bien.Yo en el particular, por el ultraje público que se me ha irrogado, no me quejo de V. E. porque no es profesor de derecho, sino de éstos que, por vejarme eindisponerme con el público, le han hecho caer en un escollo horrible, cual es negar, sin querer, la legitimidad de la Junta Central de España, considerada libre e independiente, al mismo tiempo que intentaban sostenerla en el estado que yo la concibo (512).

Y hay, aunque sutiles, otras calidades en la prosa del docto y magistral jurista. En un escrito presentado en diciembre de ese 1809, su estilo, ceñido siempre a lo esencial, se enriquece con toques de plasticidad y vida, para una de las mejores pinturas de los sucesos de Agosto -con todas esas calidades apuntando a probar la legitimidad de lo hecho por Quito-:
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yo no seduje a nadie, ni lo corrompí, ni lo forcé, ni lo engañé. Ni lo podía hacer con toda una Ciudad, con todo un reino, sin tener la fuerza de un ángel o la astucia de Satanás. Entró en ella gustosa y libremente toda especie de gentes. Examínese, si se quiere, toda la tropa que estaba sobre pie,y estoy seguro que no habrá soldado que diga le hablé antes del 10 de Agosto una sola palabra. Hágase lo mismo con los habitantes de los barrios que dieron sus poderes, y digan si fuí a sus casas o les hice alguna insinuación, o si busqué a los Diputados de éstos. Todos dirán que nó; con que sólo respondo de haber unido mi sufragio a la voluntad general del pueblo y dictado según ella, el Acta (505-506).

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Y así sigue el pasaje, exultante, ufano, de alto elogio al espíritu del 10 de Agosto y al nuevo gobierno. Al pasar, en el mismo documento, a los hechos sucedidos en la Península, la relación ceñida de los sucesos luce la exactitud de su información de las cosas españolas del turbulento período, y, a la vez, la habilidad para extraer de tales acontecimientos las razones que amparaban lo obrado por Quito. Cuando el presidente intruso –el príncipe Murat– “disparaba órdenes de fuego y sangre”, La ciudad de Oviedo fue la primera que se las echó a pasear, negándole la obediencia a S. A. I., y declarando, por el mismo hecho, anárquico el Estado, cuyo ejemplo siguieron todas las Provincias y Reynos, formando con el más incontestable derecho sus Juntas, a despecho de sus gobernadores, que intentaron, algunos hasta la muerte, como el de Cádiz y el de Málaga, mantener su autoridad bajo el mismo fundamento que V. E. alega hoy, para sostenerse en unos empleos que ya no eran suyos, y tocaba dar a los pueblos, que habían reasumido legítimamente por la anarquía, el poder soberano, según lo declaró la de Asturias (518-519)

Esa constitución, saludada con tiros de cañón y repiques de campanas y publicada militarmente, tuvo el sufragio general del pueblo, acreditado con músicas, luminarias, vivas y aclamaciones que resonaban en todas partes,y manifestaban el júbilo que poseía los corazones de los ciudadanos (517)

A Juan de Dios Morales, gran jurista y catedrático pestigioso, le correspondió la redacción de los textos más rigurosos de la Revolución. Y los escribió con contundente rigor, pero también con la fuerza de su prosa, que radicaba, al tratarse de escritos así, en la desnudez retórica, que se convertía en significante de solidez y verdad. Así el Manifiesto: Una Nación se halla en estado de anarquía cuando le falta cabeza soberana legítima que tenga el ejercicio del sumo imperio. El Sr. D. Fernando VII no puede, por nuestra desgracia, regir su monarquía. La Junta Central se extinguió políticamente, luego la América está anárquica; estando anárquica no hay autoridades constituidas, está

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Pero la lectura de otros escritos suyos -los vinculados con la Revolución, que son los que se nos han conservado- nos ha mostrado que, sin traicionar su intransigente procura del grano, desechando la paja, sabía, llegada la oportunidad, entregar ese grano de modo artístico. Un arte que jamás sacrificó el rigor, pero lo intensificó con fuerza y hasta con recatada y sutil belleza. MIGUEL ANTONIO RODRÍGUEZ

en su estado natural, y estando en estado natural, es libre para darse el Gobierno que le parezca conveniente y análogo a las circunstancias,como lo declararon y lo han hecho los españoles, fundados en el Derecho General de Gentes. ¿Ha hecho el pueblo de Quito otra cosa? claro está que nó: luego erigiendo su Junta, ha usado del Derecho que le conceden la naturaleza y las leyes fundamentales de la sociedad.57

El doctor Miguel Antonio Rodríguez nació en Quito. “Hacia 1777”, según Pablo Herrera.58 A falta de su partida de bautizo, Keeding dedujo el año 1773, porque Miguel Antonio fue el primogénito del escribano D. Joaquín Rodríguez, vecino de la parroquia de San Marcos, y la hermana que le seguía fue bautizada el 3 de junio de 1774. Razonablemente confirma esta suposición en el hecho de que Rodríguez accedió al grado de maestro de filosofía el 12 de abril de 178859, año en que debió haber cumplido quince. Se comenzaban esos estudios a los doce años, y duraban tres.60 En 1792, estudiante de Leyes que ha aprobado los cinco exámenes previos al título, solicita se le confieran los grados de bachiller, licenciado y doctor “gratis, y libre de las propinas y contribuciones
57 En Monge, Lauros, ob.cit., pp. 15-16. 58 Pablo Herrera, Antología de prosistas ecuatorianos,Quito, Imprenta del Gobierno, 1896, p. 63 59 Ese día, en la Capilla del Colegio Seminario de San Luis, fue examinado de nueve cuestiones, tres de Lógica, tres de Física y tres de Etica, “y salió canónicamente aprobado”.El documento al final de artículo citado en la nota siguiente. 60 Ekkehard Keeding, “El Catedrático Revolucionario de la Universidad Colonial de Quito, Dr. Miguel Antonio Rodríguez”, Boletín de la Academia Nacional de Historia, vol. LVII, n. 122 (julio-diciembre de 1973), pp. 162-163.

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acostumbradas, en virtud de la Real Cédula y Ley de Castilla que confieren esta gracia a los estudiantes pobres”.61 “Convencida la pobreza de sus padres” y que “su suficiencia es tan notoria”, se le concede la gracia pedida. El 24 de octubre de 1794, elegido de una terna presentada por el claustro de profesores, prestó juramento y entró en posesión de la cátedra de Filosofía de la Real Universidad, ante el rector, marqués de Villa-Orellana, conciliarios y catedráticos62. Un Acta dada en Quito el 5 de marzo de 1800 -suscrita por el Dr. Joaquín Miguel de Araujo, rector de la Universidad, y el Dr. Manuel Rodríguez de Quiroga, secretario- ilumina especialmente el período formativo y primeros años de docencia del personaje: habiendo entrado al examen secreto para el Grado de Licenciado y Doctor en Sagrada Teología el Doctor en los Derechos, D. Miguel Antonio Rodríguez, Cathedrático de Filosofía, atentas sus calidades y circunstancias, su notoria literatura, sus conocimientos en todos los ramos de la Teología, conducta y demás prendas, de que ha dado en este claustro pruebas nada equívocas; tanto en sus estudios particulares, como en la enseñanza de la juventud en la Cáthedra de Filosofía, que en dos ocasiones ha desempeñado con tanto acierto y general aplauso, ha venido este Claustro, compuesto de los precitados SS. en aclamarlo públicamente y generalmente, dándole de este modo un testimonio de su confianza, y un premio tan justamente debido á sus afanes y tareas literarias, coronándolas de este modo en ambas carreras de los Derechos y la Teología; con lo que concluyeron el acto, y lo firmaron.63

De ese temprano magisterio de Filosofía a que alude el Acta, ha escrito Keeding que, “como albacea de Espejo, públicamente enseñaba desde el segundo año de su primer curso de filosofía desde 1794 hasta 1797 en la Universidad de Quito el sistema copernicano y la física moderna según Isaac Newton”.64
61 Ibid., p. 165. 62 Ibid. 63 En Monge, Lauros, ob. cit., p. 115. 64 Ekkehart Keeding, “Las Ciencias Naturales en la Antigua Audiencia de Quito: El Sistema Copernicano y Las Leyes Newtonianas”, Boletín de la Academia Nacional de Historia, vol. 52, n. 122 (junio-diciembre 1973), p. 60.

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Frutos de esa enseñanza avanzada fueron trabajos académicos como una Tesis de Pedro Quiñones y Florez, difundida ese 1797 y editada el mismo año: These philosophicae sive Philosophia Universa eclecticorum methodo elucidata, publicisque Thesibus exposita ... Praeside D.D. Michaele Antonio Rodriguez ejusdem Seminariii Pro-Rectore, atque publico in Regia Univeritate Philosophiae professore, die 30 junii, Ann. Dom. MDCCXCVII.65 Ese mismo año 1797, el 26 de agosto, el Dr. Rodríguez se presentó a oposiciones para la cátedra de Filosofía de la Universidad de Santo Tomás y obtuvo mayoría de votos. “En este segundo curso de Filosofía Rodríguez incluyó la anatomía, otra innovación de la Universidad” -según Keeding. Todo esto prueba, por un lado, la reconocida competencia de Miguel Antonio Rodríguez, y, por otro, su espíritu innovador, abierto a las nuevas ideas, una de las cuales reclamaba separar el filosofar escolástico de las ciencias naturales y su método experimental, independizando las búsquedas científicas de las especulativas y a menudo gratuitas disquisiciones teológicas. Sabido es que, desde los días de los jesuitas de “San Gregorio” el P. Hospital y el P. Juan Bautista Aguirre ilustres precursores de estas inquietudes- el campo donde se libraron las más duras batallas para conquistar esa independencia fue el sistema del universo. Rodríguez, como lo anunciaban aquellas tesis defendidas en público por un alumno suyo e impresas, fue filósofo ecléctico y, como lo prueba su vasta inquietud científica, que iba de Newton y Copérnico a la anatomía, enciclopédico. Resulta sugestivo advertir que, en esta tarea de abrir horizontes a la enseñanza universitaria de la Filosofía en Quito, Rodríguez mantuvo estrecha relación con Mejía, de quien fue condiscípulo y amigo íntimo. Y Mejía, tan exigente para juzgar los talentos y méritos de los quiteños de su tiempo, hizo de él alto elogio, como una de las “firmes columnas” del Templo de Minerva. En una breve serie de exaltación de los más altos valores quiteños le dedicó este cuarteto:
65 Cf. Alexandre A, M. Stols, Historia de la imprenta en el Ecuador, 1755-1830, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1953, p. 204. (“Tesis filosóficas o toda la Filosofía, desarrollada según el método ecléctico, expuesta en Tesis públicas. Preside DD. Miguel Antonio Rodríguez pro-rector del mismo Seminario y profesor de Filosofía en la Universidad Real”).

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Era ya, para este 1800 –acaso un poco antes– en que esto se escribía, el orador famoso, que conjugaba el profetismo de Moisés con la elocuencia y habilidad retórica de Marco Tulio Cicerón, pero también el hombre de leyes y jurisprudencia. Todo un poema dedicaría también Mejía a decir cuanto admiraba a Rodríguez. De “crítica justa” dice: Ella es que anima mi abatido aliento, (no adulaciones ni sutil malicia) a que tus glorias, eloqüente amigo!, diga sonoro. ¿Mas qué demencia se apodera loca del rudo pecho, de la legua muda? Cante tu elogio, quien hacerlo pueda digno del hombre.67

¿Ves a Rodríguez con Moisés y Tulio? Con Justiniano, y el inglés famoso? Verlo has en breve, otra copia vuelto de un Verulamio.66

La admiración era, se ve, sobre todo, al orador elocuente. Pero al orador rico de ideas, porque Mejía despreciaba la oratoria vacía. Quien no era un auténtico intelectual no le merecía respeto y, peor, admiración. Y Rodríguez era intelectual y filósofo. Quedan testimonios de la honda huella que su magisterio filosófico dejó en ilustres alumnos. Cuando Luis Fernando Vivero -publicó, en París, en 1827, el voluminoso volumen de Lecciones de política según los principios del sistema popular representativo adoptado por las naciones americanas, le hizo preceder de esta dedicatoria: A la memoria de Miguel Antonio Rodríguez, natural de Quito, sacerdote virtuoso, ilustrado y celoso director de la juventud, modelo de

66 Travesuras Poeticas: Primer Ensayo de D. Josè Mexia del Valle y Lequerica, Quito, año de 1800, libro manuscrito, que se conserva en la Biblioteca Nacional de España, p. 109. 67 Ibid. pp. 114-115, poema titulado “Al D. D. Miguel Rodriguez, que al ir a predicar un Sermón,dixo al Poeta,hubiese misericordia de èl”.

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Más de treinta años habían pasado de cuando Vivero fue discípulo del joven profesor de Filosofía, y el recuerdo agradecido, y admirado, estaba fresco. Doctor en Jurisprudencia, el inquieto intelectual siguió estudios de Teología. Se doctoró por aclamación, como lo prueba el Acta ya citada, y, por oposición, accedió a la cátedra teológica, especialmente prestigiosa en el Quito del tiempo. En esas oposiciones “hizo gala de erudición y elocuencia”.69 Auténtico filósofo, Miguel Antonio Rodíguez se interesó por ese hecho clave de la historia moderna que fue la Revolución Francesa. Tradujo y comentó los Derechos del Hombre. Núñez de Arce, en su informe de acusación a los hombres de Agosto, escribió: “Hizo pública una obra titulada Derechos del hombre extractada de las máximas de Voltaire, Rousseau, Montesquieu y semejantes”.70 Intelectual de avanzada, tan atento a las transformaciones de la sociedad en esa hora decisiva para la historia de Occidente que inauguró la Revolución Francesa, jugó papel importante en la revolución de agosto de 1809. Solano, que tanto admiró a Rodríguez, escribió: “Si sus servicios fueron valiosos el primer año, en el siguiente no se dio tregua a ayudar a Montúfar en la instalación de la segunda Junta”71. En la hora de la primera proclamación de libertad su postura fue, favorable sin duda al pronunciamiento, pero crítica. En la oración fúnebre por los sacrificados el 2 de agosto de 1810 -que leeremos con la atención que esa magistral pieza merece-, dijo que estaba especialmente recomendado para celebrar “el heroísmo de sus acciones” por ser “el mismo magistrado que notó en vida de ellos la falta de previsión en sus medidas”.
68 Curiosamente la única mención que de Miguel Antonio Rodríguez hace Isaac J. Barrera en su Historia de la literatura ecuatoriana, siglo XIX es esta dedicatoria -en el breve apéndice que dedica a Vivero-. Allí lo llama “ilustre patriota quiteño”. Pero nada más. Ningún espacio en una historia de la literatura ecuatoriana del siglo XIX, de 595 páginas. Quito, Editorial Ecuatoriana, 1950, p. 570. 69 Monge, Lauros, ob. cit., p. 113. 70 Ramón Núñez de Arce, Los hombres de Agosto, Quito, Litografía e Imprenta Romero, 1940, y en Boletín de la Academia Nacional de Historia, vol. 20, n. 56 (julio-diciembre 1940), pp. 275. 71 En Manuel de Jesús Andrade, Próceres de la Independencia. Indice alfabético de sus nombres, con algunos bocetos biograficos , Quito, agosto 10 de 1909, Tipografía y Encuadernación de la Escuela de Artes y Oficios, p. 342.

patriotismo, víctima de la crueldad española, dedica estas páginas su amante discípulo.68

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Tras la matanza de los cabecillas de la revolución quiteña en los calabozos del Real de Lima y ante la amenazadora reacción del pueblo de Quito y los alrededores, el Conde Ruiz de Castilla convocó, el 4, dos días después del nefando crimen, a Cabildo abierto. Allí, concluidos los dos breves discursos iniciales, avanzó a la tribuna Miguel Antonio Rodríguez, el respetado catedrático de Filosofía y Teología –“altamente respetado por su sabiduría”, testimonió Stevenson– y elocuente orador. Y no se limitó a breve intervención de circunstancia. Dijo discurso largo, de una hora. Hermoso en su elogio del carácter de los quiteños, justo en su análisis de las causas de la revolución y emocionado y dolido al presentar el sangriento final de la gesta quiteña. “Concluyó –escribiría Stevenson, que nos trasmitió la noticia de ese Cabildo, al que asistió, en calidad de secretario del Conde– repitiendo lo que había dicho su prelado, y añadió que el pueblo de Quito ya no podía estar seguro de sus vidas y de sus propiedades a menos que esos individuos que últimamente han envilecido su nombre de pacificadores sean removidos de esta ciudad”.72 El final de la magnífica oración lo reprodujo textualmente el inglés: Yo aludo a los oficiales y a las tropas; ellos han cobrado la vida de más de trescientos seres humanos inocentes, tan fieles cristianos y leales súbditos como ninguno; y si no se hubieran detenido en la matanza, pronto habrían convertido esta provincia, una de las más ubérrimas de la Corona Española, en un desierto; y al execrar su memoria, los futuros viajeros habrían exclamado “aquí yació una vez Quito”.73

Y cuando Quito, al cumplirse un año de la masacre, celebró solemnes exequias por los caídos el 2 de agosto de 1810, el Dr. Rodríguez fue el elegido para pronunciar el sermón fúnebre. En esa pieza magistral, como es natural, nos detendremos. En diciembre de 1810, siendo catedrático de prima de Teología en la Universidad, recibió del Marqués de Selva Alegre el encargo de establecer, en unión del rector de la Universidad, Manuel José Flores, la imprenta. Pero el mayor servicio que el filósofo y jurista hizo a la revolución quiteña fue darle su proyecto de Constitución.
72 Stevenson, Narración, ob. cit. p. 506 73 Ibid.

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Instituida la segunda Junta, el Congreso Constituyente, que debía dotar a Quito de su Carta política, se instaló el 4 de diciembre de 1811, y comenzó a laborar el 11, en el palacio presidencial, bajo la dirección del obispo Cuero y Caicedo. Aprobada un Acta, se decretó la independencia del Reino de Quito. Entre quienes firmaron la trascendental declaración estuvo el Dr. Miguel Antonio Rodríguez, como representante del barrio quiteño de San Blas. Para la Constitución del reino independiente se presentaron tres proyectos. Uno era de Rodríguez. Y fue el que se impuso. Núñez de Arce, en su ensañado informe, escribió: “Presentó al Congreso las Constituciones del estado republicano de Quito las que fueron adoptadas, publicadas y juradas”. “Prevaleció entre los tres proyectos el de Rodríguez -ha escrito Tobar Donoso-, sin duda por su mayor acopio de doctrina política y, a la par, por su sentido realista. Corto, discreto, atinado, manifiesta sin lugar a duda que Rodríguez había madurado su plan durante largo tiempo, quizá con la conversación de Espejo, y en todo caso con el estudio paciente de la ideas de su época”74, y el historiador y constitucionalista la vio como “Síntesis sagrada de las ideas de nuestros próceres”. Y lo fue, desde la proclamación de ese alto principio: “El fin de toda asociación política es la conservación de los sagrados derechos del hombre”. El pensamiernto y prosa de Rodríguez brillan en ese “Pacto solemne de sociedad y unión entre las provincias que forman el Estado de Quito”, primera Constitución del Ecuador, y en él nos detendremos en la parte de análisis de su escritura. En el período de esta segunda Junta, asesinados ya los principales ideólogos y conductores del 10 de agosto de 1809, quedaba Miguel Antonio Rodríguez como el intelectual de mayor peso de la República. Su ascendiente sobre los hombres de la Junta testimonia un hecho notable recogido por Jijón y Caamaño. En el cabildo abierto que se celebró para declarar la guerra a Tacón, el 4 de julio, Rodríguez dijo a Montúfar que hasta cuándo estaba en la simpleza del reconocimiento de la Regencia y que ya era tiempo de sustituir el título de Comisario Regio por el de Comandante de las fuerzas de Quito.75 Y ese parecer se impuso y dio su forma definitiva a la revolución quiteña. Núñez del
74 Julio Tobar Donoso, Orígenes constitucionales de la República del Ecuador, Quito, Universidad Central, 1938, pp. 4-5 75 Jacinto Jijón y Caamaño, Quito y la independencia de América, Quito, Universidad Central, 1922, p. 49

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Arce, atento a cuanta noticia pudiera agravar la condición de los acusados por los hechos revolucionarios, terminó el párrafo que dedica a nuestro personaje así:

Cuando Montes, a las puertas de Quito, le intimó groseramente su rendición, Rodríguez fue –en noticia trasmitida por Solano– quien dictó la nota de contestación al español, en que, entre otras cosas no menos altivas, decía que el Gobierno de Quito no podía reconocer una misión que emanaba de los mercaderes de Cádiz. Vencedor Montes, averiguó quien fue el autor de nota tan irritante y “le juró odio eterno”. El día en que el español entró en Quito, según el mismo Rodríguez lo contó, fugó con todos los quiteños comprometidos con la causa. Se retiró al campo. Sabía que había perdido la capellanía del Carmen y la cátedra de prima de Teología. De su retiro lo sacó el 4 de marzo por la noche una escolta y fue llevado a la Cárcel de la Corona. Pasados algunos días el Asesor le tomó declaración y le trasmitió un pedido de Montes de un Memorial justificativo de su actuación en los hechos de Agosto para ponerlo en libertad. Trabajaba en ello cuando, el 2 de abril, a la medianoche, fue llevado engrillado a Machachi, de allí a Guayaquil y embarcado para Panamá, en unión de Manuel José Caicedo, su antiguo condiscípulo, colega universitario y entrañable amigo. De allí se los enviaría, desterrados, a Manila, en las Filipinas. Rodríguez y Caicedo, juristas y letrados, escriben altiva protesta contra lo arbitrario de su detención y proceso. El rigor en la argumentación, apoyada en exacto conocimiento de la legislación vigente, es buena muestra de la competencia de esos dos brillantes intelectuales, doctores en Leyes y jurisconsultos de autoridad reconocida en Quito. Véase esa argumentación ceñida, de lógica aplastante: Los Presidentes, Virreyes y Capitanes Generales están inhibidos del conocimiento de toda materia de justicia, por decretos de las Cortes, según lo expresa el Excmo. Sr. Dn. Benito Pérez (Virrey de Santa Fe)

En suma fue tan insolente, y atrevido que a nuestro Soberano Don Fernando 7° lo trataba públicamente con el epíteto triscón del hijo de la María Luisa.

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Cruel ironía y casi flagrante burla argumentar con tal lujo de ciencia jurídica ante zafios autócratas como Montes y camarilla. Pero quedaría para la posteridad, para vergüenza de esos mal llamados “pacificadores”, el haber probado sus crasas violaciones del derecho y la justicia como lo hizo el estupendo alegato. Y nos quedarían textos así como prueba de la sólida contextura intelectual de los hombres de Agosto, a la vez que de sus poderes de escritores. Denuncia y reclamo son firmes y urgentes. El artículo 300 establecía que “dentro de veinte y cuatro horas se manifestará al tratado como Reo la causa de su prisión, y el nombre de su acusador si lo hubiese”. Frente a tan sabio resguardo de los derechos humanos, Rodríguez denunciaba: “El que menos de nosotros lleva cinco meses y medio de prisión y a ninguno de nosotros se le ha manifestado hasta ahora la causa y el nombre del Acusador”. Pero, ¿no se trataba de circunstancias extraordinarias, en las cuales estos procedimientos podían obviarse? Responde el abogado a esta salvedad: En el art. 308 se dispone que: Si en circunstancias extraordinarias la seguridad del Estado exigiese en toda la monarquía o parte de ella la suspensión de alguna de las formalidades prescritas en este capítulo (es el Tercero) para el arresto de los delincuentes, podrán las Cortes decretarlas por un tiempo determinado. Sólo las Cortes, dice la Cons-

en el suyo de 21 de Mayo que corre original en el expediente que hemos promovido.Si el señor Montes no ha promovido causa por las novedades de Quito que no lo sabemos, está terminante la Ley de Castilla que dispone conozcan de las de esta naturaleza los Alcaldes ordinarios privativamente, o por mejor decir hay una particular providencia de las mismas Cortes, para que de las disidencias de América conozcan las Rs. Audiencias,sin duda para evitar las violencias que a pesar de una providencia tan justa se han visto executadas por el Sr. Presidente de Quito. Luego éste (aun prescindiendo de nuestro especial fuero que nos conserva la Constitución por el Art. 249) no ha tenido autoridad ni facultad alguna para procesarnos. Luego todas las providencias son exabruptas y atentadas.76

76 Proceso de la Revolución de Quito de 1809, Archivo del Museo Histórico Municipal de Quito, t. III. Cit. Carlos de la Torre, La revolución de Quito, ob. cit., pp. 684-685.

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Terminaba su escrito el Dr. Rodríguez exigiendo, en virtud de las pruebas presentadas y razones exhibidas, se declarase nulo lo actuado por Montes y se les pusiese en libertad –a él, al Provisor Caicedo y al Dr. Juan Alarcón, cura de Quero– o se les concediese la ciudad y sus arrabales por cárcel de la que juraban no salir. La ciudad era Panamá, donde Rodríguez había terminado su alegato, que había continuado trabajando en la penosa travesía y luego en Panamá, en dos meses de prisión en el convento de San José. Los tres sacerdotes quiteños lo presentaron el 4 de agosto. Todo fue inútil, y se cumplió la orden de destierro. Caycedo y Rodríguez llegaron a Manila en la corbeta de guerra Fidelidad el 24 de diciembre de 1814. El Dr. Rodríguez fue destinado al Convento de Recoletos. Allí debía observar estrecho retiro. El prior guardaba las llaves en su celda. Y, para evitar el contagio revolucionario, no se le permitía el trato con otros religiosos. El Rey, temeroso de ese contagio, ordenó, en marzo de 1817, que no se enviase a Filipinas insurgentes de la importancia de los quiteños Rodríguez y Caycedo, a la vez que pedía originales de las causas que se les había seguido para resolver la solicitud que, a nombre de Rodríguez y de sí propio, había presentado Caycedo. En Manila, el docto y elocuente quiteño se granjeó fama de predicador. Se conservaron para la posteridad los sermones que dijo en la catedral de Manila el 15 y 30 de agosto de 1821.77 Fueron, seguramente, su despedida. Porque en julio de 1822 se le había permitido volver a la patria, liberada ya en la batalla de Pichincha. Parece que se detuvo largamente en Guayaquil. “Cuando regresaba a su patria murió en Guayaquil envenenado, según se dijo generalmente”, escribió Herrera. Y Solano: “Aquel ilustre patriota, después que las tropas españolas evacuaron la plaza de Quito, regresó a su patria y murió en Guayaquil”.
77 Luis Felipe Borja los tuvo: Luis Felipe Borja (hijo), “Los escritos de un Prócer”, Boletín de la Sociedad de Estudios Históricos, Quito, año I, n. 2 (agosto-septiembre 1918), pp. 112-117.

titución, pueden suspender algunas de las formalidades prescritas en circunstancias extraordinarias y por un tiempo determinado; y el señor Montes ha podido atropellarlas todas sin que peligre la República

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Con todo, en 1825 lo hallamos pronunciando una oración en la catedral de Quito. ¿Por qué envolvió tanto silencio el final de una vida tan ilustre y de méritos -de todo orden- tan notorios para Quito? Rodríguez fue escritor leído y admirado. “Yo leía con avidez sus escritos”, escribió Solano, al tiempo que confesaba haber extraviado los que tenía en su poder, al salir de Quito. Luis Felipe Borja sospechaba que esos escritos eran los que habían ido a dar a sus manos. Si eran los mismos, tratábase de “catorce cuadernillos manuscritos, en los que hay trece sermones completos, uno inconcluso y fragmentos de poesías”.78 El poeta parece haber producido versos en una doble vertiente: la culta y la popular, la culta, de últimas resonancias, crepusculares, de gongorismo; la popular, más bien devota. Crítico muy poco confiable, incapaz de reaccionar contra la manía antigongorista que lastró la crítica ecuatoriana desde JuanLeón Mera, este fue el juicio de Borja sobre la poesía de Miguel Antonio Rodríguez: Por lo general los versos se resienten del mal gusto de la época, en la que el conceptismo y los rezagos del gongorismo afeaban a los mejores ingenios.Sin embargo, hay composiciones místicas en las que resplandece cierta unción suave que no puede menos de conmover gratamente y que revela los piadosos sentimientos del autor79 EL ESCRITOR

Transcribe Borja “por ser inédita y acaso la mejor, unas lamentaciones que se han de cantar al fin de las palabras”, para después de las siete que se predican los Viernes Santo, más la introducción. Son cuartetas octosilábicas de rima asonantada en impares, sencillas, de intenso sentimiento religioso y de invitación a compunción y conversión: Hombres alebes, bolved los ojos de la atención, y ved vuestra ceguedad a las luzes de ese horror.

78 Ibid., p. 112. 79 Ibid., p. 114.

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Se impone completar la imagen de Rodríguez poeta con un largo poema escrito y puesto a circular cuando aún estaba fresca la sangre de los crímenes del 2 de agosto de 1810. En el libro del que hemos dado aquí mismo noticia, al estudiar muy en detalle ese poema, titulado Cántico lúgubre en que se lamenta el estado de desolación de la ciudad de Quito, en el día jueves 2 de agosto de 1810, a la una y media de la tarde, culminamos ese estudio con las razones que nos imponen tal adjudicación. Cuartetas de ese largo poema, que se mueve entre patética elegía y vigorosa denuncia, se inscribieron en torno al catafalco que presidió las exequias por los asesinados ese día, en las que la oración fúnebre la pronunció Miguel Antonio Rodríguez. Pero Rodríguez es, ante todo, prosista y orador. Dos facetas que no son sino caras de lo mismo: muchos de esos sermones o discursos -del sermón solo tenían tribuna y escenario: púlpitos e iglesiaseran brillantes ensayos. El prócer de Agosto fue uno de esos intelectuales y prosistas que elevaron el sermón a las altas calidades del ensayo. A tono con la novedad de los tiempos, ensayo filosófico y político, y no solo religioso y teológico. Ensayo de generosas concepciones filosóficas fue sin duda el sermón predicado en la catedral de Quito, en 1825. De este empaque: ¿Qué es el hombre? En la inmensa cadena de los seres, aquel simbólico anhelo, que tocando con su alma en los Cielos, y con su cuerpo en la tierra, une al mundo visible con el invisible, y al tiempo con la eternidad ¡Oh, hombre! ¡Solo eres un sueño rápido y doloroso! ¡No existes más que para ser desgraciado! Nada eres sino por la tristeza de tu alma, y eterna melancolía de tu pensamiento!80

Siéntese en este segundo texto que por Quito comenzaban a soplar vientos románticos. Esas brisas aún tenues que solo agitan a los espíritus más sensibles. Este orador filósofo, teólogo, jurista, espíritu alerta a las novedades del mundo exterior, lucía, cuando hacía uso de la palabra,
80 Ibid., p. 113.

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apasionada altivez. Lo hemos visto hablando a nombre de la ciudad martirizada frente a sus verdugos, para denunciarlos, acusarlos y exigir reparaciones. Es una pena que de ese discurso –largo, de un hora– solo se nos hayan conservado noticias y un breve fragmento porque la circunstancia fue única en los anales de la historia de la lucha de América por su independencia, y el personaje tenía la talla que esa circunstancia requería. Quien dijo ese discurso, que fue, a la vez, treno dolorido por los héroes asesinados dos días antes y apasionada exaltación de la ciudad heroica, requisitoria dura contra criminales y cómplices y vibrante protesta destinada a resonar por todo el conmovido mundo americano, fue el orador elegido para pronunciar la oración fúnebre por los próceres asesinados, al cumplirse un año de la masacre, el 2 de agosto de 1811. LA ORACION FUNEBRE DEL 2 DE AGOSTO DE 1811 Sube al púlpito el orador acatado en ciudad que siempre fue tan exigente con sus predicadores, a pesar de su juventud -tenía apenas treinta y ocho años-. “En el esplendor dorado de la iglesia de los jesuitas, la ciudad rebelde se presenta en agrupaciones del antiguo orden: la nobleza alejada de la plebe y, cada cual en su sitio, las órdenes y el clero, las universidades, los dos cabildos, los miembros de la Junta, y, en fin, el obispo. La decoración del cenotafio corintio había sido confiada al pintor indio Miguel Samaniego; coronando los cartuchos en latín, la ciudad, una mujer joven y bella sostenida por sus compañeras, Caracas y Santa Fe, lloraba los cuerpos decapitados de sus heroicos hijos”.81 Los recuerdos, vivos y avivados por las cuartetas del Cántico lúgubre reproducidas, contribuían al clima de luto: recordábase como el 7 de mayo del año anterior, 70 quiteños connotados habían sido reducidos a prisión y procesados, violando solemnes promesas, y el 2 de agosto los más ilustres de esos presos habían sido asesinados a sangre fría por la soldadesca extraña a la ciudad; había seguido una salvaje represión, en la mayor parte de ciudadanos igorantes de lo que pasaba
81 Marie-Danielle Demélas, La Invención Política. Bolivia, Ecuador, Perú en el siglo XIX, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2003 (1a. ed. París, 1992), p.200. Citando un documento del Archivo del Banco Central del Ecuador, Fondo Jijón y Caamaño.

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e indefensos, con 200 o 300 muertes. Aún podían escucharse lamentos y verse correr la sangre por calles y barrios. Muchos quiteños miembros de familias respetables debieron andar prófugos por meses. En tal aire tenso vibra la voz del orador. Cumpliendo el ritual del sermón sacro, se comienza por una cita bíblica en latín. Se ha elegido un texto del profeta Isaías de acordes trágicos: Vos filiae Sion intermorientis expendentisque manus Suas: vae mihi, quia defecit anima mea propter interfectis, Este es el clamor de la desconsolada y casi moribunda Jerusalén: Ay de mí! El espíritu desfallece al acordarme de mis hijos que murieron.

que el orador traduce muy libre y muy hermosamente:

Y el exordio, directo, de tenso dramatismo, que no necesita ponderar, porque bastaba describir, aplica las palabras proféticas a Quito:

Magistral el recurso: se convertía el hecho que iba a recordarse en algo sacro. Y eficaz, como concepto y como ritmo, la cuádruple pluralidad en paralelo -sustantivo y oración de relativo- con que culmina este primer desarrollo: calamidades, catástrofes, dolores, penas. E insiste en la idea clave. Vuelto a su auditorio le excita:
82 Pablo Herrera recogió este sermón en su Antología de prosistas ecuatorianos, ob. cit. en nota 57. Por esa transcripción citamos, la página.

No podemos contemplar la melancólica pintura que hace Jeremías de la triste situación de Judea, de la devastación de sus pueblos, del exterminio de sus habitantes, de su opresión y de las acervas angustias de Jerusalén, sin llenarnos de admiración al ver en ella a un mismo tiempo el vaticinio de las desgracias de Palestina, y la historia circunstanciada de las calamidades que hoy padece la patria, de las catástrofes que hemos presenciado, de los dolores que sentimos, de las penas que lloramos (64)82

¿no veis cuánta es la correspondencia entre los espantosos rasgos de

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“Estamos amenazados cada día con el mismo azote”: esto era valiente oratoria política. Era denuncia y protesta. Y en denuncia y protesta insiste, con brío profético, con expresión fuerte: No es, pues, la antigua corte de Melquisedec, la que mira burlado su reposo, y alterada con la invasión de naciones extranjeras la paz y tranquilidad de sus habitantes; no es la hermosa hija de Sión, desfigurada y macilenta, desgreñados afrentosamente sus cabellos, anegados sus ojos en lágrimas, sus manos levantadas al cielo y su corazón palpitante entre las angustias de la muerte la que llora sus infortunios y desgracias. No, hermanos míos, Quito, vuestra amada patria, es la que desfallece de dolor en este día al recordar la pérdida de sus hijos y la que levanta su voz para buscar quien la consuele. Voz penetrante que resonará hasta los confines de la tierra, y llenará de asombro al mundo al contemplar tanta iniquidad. Voz lastimera que penetrará de dolor las almas sensibles, y que algún día llenará de amargura los corazones que ahora se niegan a ser humanos y compasivos. Voz, en fin, de piedad y de religión, que dirige al cielo sus clamores por la libertad y alivio de sus más queridos hijos, y cuyo eco lúgubre me veo precisado a reproducir en este lugar santo (64-65).

aquel cuadro profético y la realidad de nuestros padecimientos? No hay otra diferencia sino que el pueblo prevaricador y endurecido ya no existe como nación, y nosotros vivimos en la aflixión, nuestro dolor es continuo, está fresca la sangre que nuestras heridas vierten y estamos amenazados cada día con el mismo azote.

Otro alarde de habilidad: pinta un triple cuadro de desolación, dolor y angustia: primero la antigua corte de Melquisedec y la hija de Sión. Después Quito. Pero todo se aplica a Quito. El treno dolorido resulta, pues, triple, y triple la pintura de la inquidad que ha herido a la ciudad. Y después, para rematar el estupendo párrafo, la repetición anafórica de “voz”, en la que cada miembro está grávido de idea: el primero alude a lo inicuo de los asesinatos de Quito, cuyo horror se había extendido por países hermanos de América y, como sugiere el orador, aun más allá; el segundo anuncia el remordimiento, aunque tardío, de quienes inspiraron o socaparon semejante crueldad, y el tercero reclama libertad y alivio para los más queridos hijos de la martirizada ciudad.
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Ese discurso, cuando tantas cosas estaban aún pendientes y la proclamación quiteña se seguía con tanta atención –y tan variada y tan contradictoria– en España y América (piénsese en las Cortes de Cádiz), resultaba complejísimo. El orador destaca esa complejidad. Lo hace con especial sinceridad y fuerza, al borde de una denuncia que ilumina la historia de esos días: Pero quiteños, ¿será posible que la desgracia haya de perseguir a los infelices aun más allá del sepulcro, y que haya de ser yo (con esto he dicho todo) no el que pronuncie sino el que desfigure su elogio fúnebre, y el que oscurezca en vez de ilustrar su memoria? ¿Será por ventura porque lo grande del asunto, lo complicado de las circunstancias, lo original del suceso hayan sido capaces de acobardar la elocuencia animosa de tantos oradores distinguidos que ilustran nuestro clero y honran a nuestra patria

¡Cuanto para leer en estas severas líneas! Lo que se esperaba del predicador en esa ocasión era que oscureciese la memoria de las víctimas del 2 de agosto. Eso esperaban sin duda las autoridades españolas, el sector más reaccionario de la sociedad y toda laya de monárquicos a ultranza, para quienes los victimados en agosto eran poco menos que delincuentes, que se habían hecho merecedores a la pena capital; pero estaban las gentes quiteñas que habían saludado el nuevo orden de cosas y para quienes los asesinados eran héroes. La complejidad del asunto se ha ofrecido tal que ha acobardado “la elocuencia animosa de tantos oradores distinguidos”. Y Rodríguez asume la responsabilidad: el “Y que haya de ser yo” resulta protesta de no velado orgullo y confesión de altivez. Y de frente, sin reticencia alguna, afronta el reto. Esos oradores se han acobardado. Se pregunta:

Para las autoridades y los monárquicos los muertos eran pecadores. Se pone el orador en la posición más adversa a esas víctimas -en una tácita concesión- y se pregunta:

¿Será acaso porque la oratoria sagrada se desdeñe de coronar con sus aplausos a los héroes que la Iglesia no ha canonizado todavía, o porque la religión no ensalce las virtudes que se encuentren en el pecador?(65)

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Estupenda profesión de humanismo. Así fuesen delincuentes, son hombres. Lo que sigue pone ese humanismo en términos religiosos. Y se vuelve a Dios con un “¡Ah Dios mío!” y le dice: Tú lo sabes que si ellos fueron pecadores, sujetos al error y a la ilusión como todos, también supieron consagrar las acciones más brillantes de su vida, en beneficio de sus semejantes y no dudaron sellar con su muerte el amor que profesaban a su patria.

¿Y qué? ¿Estos difuntos serían tan delincuentes que dejasen por eso de ser hombres, hermanos nuestros, hijos de un mismo padre. redimidos con la misma sangre y unidos por los dulces vínculos de la religión, de la caridad y la fe?

Pudieron haber sido pecadores –buena parte del auditorio lo estimaba así–. Sigue la concesión. Pero entonces, en ese mismo lugar hace ese bellísimo elogio de su entrega a sus semejantes y su patriotismo, del que dieron la prueba suprema. La idea maestra es: dejemos a Dios el juicio, si hay algo que juzgar. A los hermanos de los muertos –los quiteños– queda resaltar “el honor incomparable que les resulta de su muerte”. Y termina así el habilísimo e intenso exordio: Sí, su mérito y su fama formen el elogio que la verdad y la justicia consagran a la dulce y eterna memoria de los ilustres defensores de Quito, sacrificados a la violencia por la causa de su religión, de su rey y de su patria: elogio tanto más recomendable cuanto el mismo magistrado que notó en vida de ellos la falta de previsión de sus medidas, es quien celebra el heroísmo de sus acciones, hoy que ellos han muerto y de quienes nada tiene que temer ni que esperar (66)

No es un incondicional de sus acciones quien habla de “la dulce y eterna memoria de los ilustres defensores de Quito”, y el elogio que hará de su mérito y fama será el que consagran “la verdad y la justicia”. Y viene una primera parte –de dos– de habilísima argumentación y sostenido aliento. A la luz de una historia latina –que ha leído como mensaje para la realidad de su tierra y hora– y con manejo admi90

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rable de lugares de la escritura –que llegan como pintura viva de la situación quiteña– repasa desde las causas últimas de la rebelión quiteña hasta las razones de su pronunciamiento de Agosto. Intencionadamente presenta las virtudes del pueblo romano “en los días de su prosperidad y de su gloria”: Entonces la salud de los ciudadanos, la seguridad del Estado, la gloria y el poder de la República ocupaban el pensamiento, el espíritu y el corazón de todos; entonces unidos con los lazos del interés común, sólo reputaban felices a los que hacían más grandes sacrificios por sus hermanos (66)

Pero pasaron aquellos días –sigue– y “la fuerza ocupó el lugar de la razón; el pueblo romano perdió su libertad”. La elocuencia debió emplearse entonces en “persuadir al hombre desnaturalizado que no es delito ser virtuoso”. Pasa a Quito. “Abismada en el caos de la desgracia en que ha estado sepultada la América, ha ignorado el lenguaje del interés por la felicidad común, porque aún no ha rayado en su horizonte el crepúsculo de la esperanza”. Dura crítica de la dominación española, y, corriendo subterránea, la idea en que asienta su exaltación de los próceres del 2 de agosto: ellos sí entendieron “el lenguaje del interés de la felicidad común” -hayan o no acertado en la manera de buscar esa felicidad. Y hermosísima la imagen del rayar de la esperanza como crepúsculo -crepúsculo matutino- en el horizonte de América. Destaca luego la situación privilegiada de Quito, sus riquezas y el talento de sus hijos que “original en su grandeza, sublime en sus ideas, capaz de todo y nacido para todo, ilustrado con las ciencias y ayudado de una educación noble, religiosa y metódica, podría, á su tiempo, honrar la patria...” Nítidos ecos del Discurso del Precursor y sentimiento arraigado en toda una generación de quiteños. Hay un sugestivo poema de Mejía en que se halla una galería de quiteños como los que pinta Rodríguez. Y en ese poema, Rodríguez es una de esas figuras. Contrapone esta vocación de grandeza con una situación que califica de “decadente”. Hay pueblos a los que “les han bastado pocos años para llegar a ser potencia respetables”. “Y a ti –le dice a Quito– la duración de casi tres siglos solo ha servido para que cada día se disminuyan tus riquezas, se debiliten tus fuerzas y se obscurezca tu grandeza!”. ¡Qué fuerte y duro juicio de los tres siglos de dominación
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española, de los que se quería salir y pasar a otro estado! Y dirige su acusación al gobierno: “¿De qué ha servido la aptitud de los naturales para todo, si todo les ha sido prohibido, si las virtudes y los vicios se han pesado en una misma balanza?” Tan extremas acusaciones llegaban a justificar las acciones radicales emprendidas por Quito. De allí que se extienda en nuevo párrafo durísimo:

Siendo tan dura la denuncia, tan obscura la pintura de la administración colonial, y muy de acuerdo con la postura de movimiento independentista, separa la acción –lejana– de los Reyes con lo que ocurría por acá, donde “Quito ha padecido en tres siglos lo que no puede decirse ni explicarse en un día”. Y todo lo sufría Quito “con la más alegre serenidad, con la más pronta obediencia, o digámoslo mejor, con la insensibilidad más espantosa”. Y da entonces un nuevo paso hacia lo sucedido en la Junta del año 9: si esta ha sido la suerte de Quito “bajo el imperio suave, paternal y justiciero de los Reyes católicos”, ¿qué podía esperarse de la crisis “más procelosa que han visto los siglos”? “Eclipsada la autoridad”, “cautivo y desterrado el justo, el deseado, el inocente Fernando”, con “un enemigo feroz y cada día más arrogante y más soberbio en sus conquistas” amenzando avasallar el universo para “una paz general”, “la América se halla sin Rey y su Gobierno”. Estaba dando su forma más fuerte –y acaso la más rigurosa– a lo que era la base de la defensa que de su gesto habían hecho los quiteños acusados de crimen de Estado.
83 Maldonado es el sabio y emprendedor Pedro Vicente, y Jijón aquel a quien tan alto elogio por industrial visionario dedicara Espejo en su Discurso. En lo femenino, Herrera seguramente Catalina de Jesús Herrera -a quien dedicamos largo capítulo en nuestra Literatura en la Audiencia de Quito. Siglo XVIII: “La autobiografía: Catalina de Jesús Herrera, figura grande de la prosa”, pp. 701-755-. ¿Y Uriarte? En el poema de Mejía a que hemos aludido, la galería de quiteños ilustres comienza por Maldonado y sigue con Jijón.

¡Qué importa que de tiempo en tiempo algunos de tus hijos como astros luminosos hayan brillado en tu hemisferio, que las Uriartes y Herreras, que los Maldonados y Jijones, a costa de inmensas sumas y de indecibles trabajos hubiesen querido fecundar el árbol de tu felicidad, si muros de bronce se han interpuesto a sus designios y sus benéficas influencias no han podido descender hasta nosotros? (68)83

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Así las cosas, España se arma, “y la América duerme tranquila al borde de un precipicio”. Y entonces presenta a los quiteños como los que se alzan para defender a la patria y los llama “héroes de la libertad americana”:

Y entre esos argumentos centrados en la defensa del Rey, ha deslizado esta fórmula de tanta fuerza en su expresión sencilla y de tan profundas consecuencias: “el bien y la felicidad de sus conciudadanos es un derecho preferente”. Hábil dialéctico, ha afirmado los fundamentos de la defensa de la actuación de los quiteños de la primera Junta, como para concluir “de aquí que inflamados sus corazones con el celo de la ley y el amor de la patria, meditan una resolución tan justa como necesaria”. Y, en el momento más alto de esa exaltación, dice los propósitos de los próceres quiteños con textos de la escritura. Da a esas acciones –que, recordémoslo, sellaron con una muerte que esta argumentación va aproximando al martirio– resonancias proféticas: Así se decían recíprocamente los últimos restauradores de la gloria de Israel: Nuestra patria peligra, el estrago amenaza, y entre las ruinas de nuestra libertad han de quedar también sepultados nuestros altares. Alentemos el abatimiento de nuestro pueblo: Erigamus dejectionem populi nostri. Preparémonos a la defensa de nuestros hermanos y de nuestros hijos, pugnemus pro populo nostro, y es menester84, derramemos también nuestra sangre para que no sean profanados nuestros templos, pugnemus pro populo nostro et sanctis nostris (70)

Los héroes de la libertad americana (vosotros sabéis bien por quienes hablo, y no expresaré sus nombres inmortales, porque el dolor de pronunciarlos no extinga en mí el poco aliento que respiro). Vuestros ilustres compatriotas, digo, saben que es una obligación indispensable del vasallo defender la causa de su Rey, asegurar las tierras de su dominación y tomar todas las medidas que conduzcan a estorbar oportunamente cualquier invasión enemiga; saben que el bien y la felicidad de sus conciudadanos es un derecho preferente...

84 Parecería más normal la condicional: “y si es menester”. En caso de que lo transcrito por Herrera sea la lectura correcta, estaríamos en que el orador atribuye a los revolucionarios quiteños del año 9 el anuncio de su martirio.

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Y, dicha la acción de esos heroicos quiteños en términos de las luchas de los “restauradores de la gloria de Israel”, puede dirigirse a los acusadores, salir al paso de todos esos procesos que se habían iniciado ya y otros que seguirían: ¡Ah! vosotras, suposiciones arbitrarias, imputaciones odiosas, interpretaciones malignas, inventadas para manchar el honor de los quiteños y la sinceridad de sus intenciones, vosotras digo, desapareceréis en el día claro de los juicios del Señor.

Pero estaban los ejércitos represores. ¡Qué formidable el apasionado párrafo en que enjuicia a esos generales, a los que identifica con los que oprimían al pueblo de Dios, los generales de Antioco!: Mas entre tanto, hermanos míos, es preciso confesar que nuestros compatriotas se engañaron, y se engañaron lastimosamente. Ellos creyeron que no tenían más enemigos que los de su Dios y de su nación; que la causa de todos era una misma y que el detestable Bonaparte era el único contra quien todos deberían levantar el grito y prepararse a la defensa. No advirtieron que los generales de Antioco estaban apostados por todas partes para oprimir al pueblo que quería conservar su libertad y sus derechos, ni pensaron que, como en otro tiempo, era necesario combatir contra tantos pueblos incircuncisos y derribar primero los muros de la encaprichada Jericó para entrar en la posesión pacífica de la tierra que Dios había prometido a nuestros padres (70)

El siguiente párrafo es complejo y sólo puede entenderse a la luz de los sucesos que interpreta y enjuicia -esos había narrado el Provisor Caycedo en su Viaje imaginario, y que los oyentes los habían vivido y seguían viviendo en la charla de sobremesa y la tertulia, el chisme medroso y el imaginativo o tendencioso rumor-. ¡Cuánta cosa dice entre líneas, para que la entendiese quien debiera! Como la alusión, rápida y casi velada, al “peso de los males que ellos mismos se han acarreado por la discordia”. Y presenta la muerte de los mártires de 1810 como sacrificio asumido por la “salud pública”. Lo hace empleando una de las figuras más dramáticas, la que los griegos llamaron dialogismo, que consistía en convocar a un diálogo ficticio a
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muertos –forma extrema de la prosopopeya–. Se vuelve a los muertos de Agosto y les dice:

¿Qué meditáis, pues, genios sublimes? Mirad que peligra vuestra vida si entregáis las armas, que vuestro honor está comprometido y vuestra deferencia a los clamores de la patria ha de ser confundida con la cobardía y el despecho! No importa, respondéis: desde los primeros pasos de nuestra empresa, la vida fue el menor de los sacrificios que ofrecimos por la felicidad de este pueblo mal aconsejado. Felices nosotros si podemos ahogar con nuestra sangre a los monstruos del error, de la preocupación y de la envidia! dichosos seremos si sobre nuestras ruinas se levantare el magnífico templo de la salud pública! (71) Y la respuesta:

Y remata esta consagración heroica de esas muertes con algo de estupenda altivez, que deja sentada la bravura de las gentes quiteñas: Sí, señores, estos fueron sus sentimientos, y si no lo hubiesen sido, vosotros sabéis que las tropas auxiliares de Lima nunca hubieran pisado nuestro suelo, y ya comprenderéis lo que hubiera sido de ellas en el mismo lugar de su último campamento.

Es decir, si Quito, con esos próceres a la cabeza, se proponía resitir habría aniquilado a las tropas limeñas. Y al dialéctico que ha repasado la historia con interpretación que afirmaba la grandeza de los sacrificados de Agosto, sucede el orador. Pasa a un presente dramático, de acordes fuertes, rico, una vez más, de resonancias bíblicas:

Se oye en Jerusalén el rumor pavoroso de que una guarnición feroz viene de tierras lejanas y que ya empieza a sentirse en la ciudad el ronco bramido de su voz Quito es Jerusalén. Se ha vuelto a la interpretación profética de

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la trágica historia. Y, al estilo de la oratoria sacra, refuerza la condición de cita bíblica del pasaje con el texto latino: ecce auditum est in Jerusalen custodes venire de terra longinqua et dare super civitatem Juda vocen suam. El lugar no ha sido sino traducido, pero ¡qué poderosa la traducción del gran escritor quiteño! La gente común buscó asilo en bosques y montañas –el texto bíblico lo dice: ingressi sunt ardua et ascenderunt rupes–. Pero los que más debían temer esperaron “con semblante sereno las amenazas y el aspecto horroroso de la muerte”. Y el orador les da otra vez la palabra, esta vez como el testigo de ella: Así nuestros ilustres compatriotas, dijeron, como los religiosos de Israel, muramos con el seguro testimonio de nuestra conciencia, y que no se manche la sinceridad de nuestros procedimientos, moriamur omnes in simplicitate nostra. Los cielos y la tierra serán testigos de nuestra inocencia, de la injusticia de nuestros perseguidores (72)

Y entonces esta primera parte del discurso llega a su clímax con párrafo largo, denso de ideas y alto de pasiones, de sostenido aliento y ritmo entrecortado, intensificado por interrogaciones y admiraciones. Se abre por tres oraciones interrogativas: ¿Qué más puede esperar la patria del amor de sus hijos? ¿Serán dignos de la estimación de Quito, estos sacrificios? ¿No habrán hecho todavía lo bastante para merecer alguna gratitud de sus conciudadanos?

Estas interrogaciones nos hacen mirar al auditorio y a la ciudad misma. Había, se ve, quienes no apreciaban lo bastante el sacrificio de los próceres. A ellos se dirigen estas apasionadas preguntas, y lo que guía la respuesta: Ah! por ellos y por su felicidad emprendieron sus trabajos; por ellos y por su consuelo volvieron sobre sus pasos; por ellos y para su beneficio consagraron los mejores días de su vida; y por ellos y para su tranquilidad aceptaron gustosos la muerte (72)

El anafórico “por ellos” es la clave retórica del pasaje, y ese

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“por ellos” se complementa con los otros sintagmas introducidos por “por” y “para”. Recoge la palabra dura –“muerte”– y por ella sigue:

Pero, podía objetársele al orador, pues hubo proceso, hubo ley. A la posible objeción ataca con juicio durísimo de ese proceso que sabía viciado de raíz:

¿La muerte? ¿Pues qué? ¿Deberán morir los que sólo han querido conservar la vida, la libertad y los bienes de sus conciudadanos? ¿Hay autoridad sobre la tierra para quitar la vida a los hombres cuando no hay ley que los condene?

En esas primeras dos afirmaciones tremendas y las tres exclamaciones, el jurisconculto admirado en Quito ha dado su juicio severo sobre todas las anomalías y flagrantes violaciones de la justicia cometidas en esos procesos. Se vuelve a leyes, juramento –el que Ruiz de Castilla violó– e inocencia, para solemne invocación que extiende de ese pasado ya irreparable al futuro temeroso: Yo os invoco en favor de estos desgraciados y de tantos como van a ser envueltos sin causa en el furioso torbellino de la proscripción y el anatema

Ay! El proceso de su juicio comenzó por la sentencia y era preciso que el éxito de la causa correspondiese a sus principios. Ellos han sido publicados a voz de pregón, como reos de estado. Oh santas leyes! ¿dónde estáis?¡Oh religión sagrada del juramento! ¡Oh sacrosantos derechos de la inocencia!

Pero, se duele, “yo os invoco inútilmente!” Ya la fama, el honor y la mejor vida han perecido. Y lo que faltaba se consumaría el 2 de agosto: “no resta ya sino que su cuerpo sea despedazado”. Y al quedar –él y su seguramente conmovido auditorio– ante ese 2 de agosto, emoción y pasión suben al punto más alto, en el que lo sitúa audaz apóstrofe al día aquel que se prolonga, dándole una como personificación sombría:
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Se remansa un tanto ese grito de dolor y se termina con párrafo grave, solemne, que invita a la audiencia a conclusiones de lo expuesto y de esa página cruenta: Que la memoria de ese lastimoso espectáculo sirva para recordar lo que vuestros ilustres compatriotas hicieron por vosotros y lo que ellos padecieron por su patria y que, por último, si el mérito que contrajeron con sus acciones, es y debe ser el motivo de vuestra gratitud, el honor y la gloria que les resulten de su muerte sea los fundamentos de vuestro consuelo (73)

Oh día 2 de Agosto! (si es que mereces ser nombrado), día de confusión y de espanto. Día más horroroso que el día 2 de Mayo de Madrid y muy semejante al sangriento 2 de Setiembre de la Francia. ¡Día infausto! una noche eterna te borre del número de los días y de la memoria de los hombres! Tu nombre no se señale jamás con piedra blanca en los pacíficos anales de de horror en que un medroso silencio y la sangre vertida por todas partes dieron a entender que había habido una hecatombe horrenda, que habían perecido todos(72)

Así concluye la primera parte del elogio funerario. Esa primera parte fue política –historia iluminada desde alto mirador político–. Y tuvo su clímax en la evocación solida, justiciera, apasionada del 2 de agosto del año anterior. La segunda es religiosa lo religioso de la primera, vivo, intenso, era político: la empresa quiteña se presentó como defensa de la religión amenazada por el impío Napoleón-. No puede apreciársela y casi ni entendérsela sino en el entramado del tiempo, de religiosidad católica tan viva. En último término, para esa weltanschauung había un hecho tremendo: los sacrificados del Real de Lima murieron sin haber tenido acceso a confesión ni sacramentos de muerte, y, peor, los masacrados, de modo impensado, en plazas y calles quiteñas. ¿Qué de esos muertos para el más alla? El predicador -porque el intelectual ilustrado, el político, el filósofo de la historia, ha debido asumir el papel de predicador católico- recuerda la doctrina del purgatorio, y por supuesto se remonta a la providencia amorosa de Dios y su misericordia. Y luego, levanta el tono de la pieza y se dirige a calabozos y grillos y, más allá, a la Reina de los santos:
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Y en esta hora de exaltar virtudes cristianas de los muertos, presenta como alta virtud el amor a la patria: Sí, quiteños, amar a la patria es virtud; servirla, obligación; y defenderla a costa de la vida y de la sangre, heroismo de la caridad cristiana, de la caridad que perfecciona a las demás virtudes y que constituye la suma de la moral de Jesucristo y la caracteriza (75-76)

Hablad, vosotros, sombríos y funestos calabozos, testigos de su contrición, de sus clamores a Dios y de sus lágrimas; hablad duros y pesados grillos, hablad, cadenas opresoras,instrumentos de su dolor y de su pena, y testigos de su paciencia y conformidad. Pero más bien, hablad santos del cielo, depositarios de sus oraciones y de sus súplicas, y vos, Reina de los santos, dulcísima María, dignaos hablar también, pues en tu protección y patrocinio tenían asegurada, no tanto su libertad, cuanto la esperanza cierta de hacer feliz una muerte que por momentos esperaban, y entonces no nos quedará motivos de dudar que sus almas, si no logran la dicha de descanzar en la Patria celestial, son verdaderamente felices y su muerte gloriosa (75)

Y algo más, que el orador destaca: murieron por el Rey. y por Dios -y una vez más el lugar nos pone ante esa cosmovisión que dominaba la ideología del tiempo y con la que el orador debía contar, la aceptase o cuestionase-: Morir por la patria es morir por defender los derechos del soberanos que la gobierna y a quien pertenece, es morir por Dios, cuyo culto santo la felicita y la distingue, y es morir porque vivan todos sujetos a un mismo rey y adoren a un mismo Dios (75)

Y puesta su argumentación en este camino, exalta la memoria de los sacrificados como “mártires de la religión”. El sermón ha cobrado tono de panegírico y una y otra vez se exalta esas muertes por el Rey, la religión, la nación española. Pero, sobre todo, y es lo que más siente el orador, murieron por Quito, por liberarla de opresión: Murieron en fin, amada patria mía, por aliviar tus penas, suavizar tu opresión y procurar tu felicidad (77)

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Vistas así esas muertes, invita a templar el dolor. Dedica dos párrafos finales, más serenos, a grave admonición: a los habitantes de la ciudad para que hagan justicia a la verdad, sujeten la lengua y propendan a la paz por medio de la unión. La admonición se torna duro emplazamiento: Los que no queréis vivir como racionales, sabed que nadie os precisa a tomar partido por la verdad, ni alistaros bajo los estandartes de la justicia. Sois libres y podéis tomar vuestro camino a la diestra o a la siniestra, pero sin perjudicar a nadie como Abraham; retiraos, si queréis de esta pecadora ciudad, como el inocente Loth, pero sin incendiarla ni inflamar a sus habitantes; pues disfrutar las ventajas y las comodidades y no desempeñar las obligaciones que ella impone, es una monstruosidad detestable (78)

Estupendo lugar: es, ni más ni menos, una convocatoria a comprometerse con la causa quiteña: a “tomar partido por la verdad”, a alistarse bajo los estandartes de la justicia. Los que no lo hacen, no quieren vivir bajo el imperio de la razón, y deben salir de una ciudad que ha profesado el partido de la verdad, la justicia, la razón. Aun más severa la admonición final a sacerdotes y religiosos. Que recuerden que Dios no se complace en la perdición de los hombres, “que la dependencia y fidelidad al Monarca, no es un ídolo profano a quien se debe honrar con sacrificios de carne humana”, que toda potestad viene de Dios pero “para la felicidad de los mismos sobre quienes se ha concedido”. “Acordaos –les conmina– que vuestro ministerio es el de curar las heridas como el samaritano, y no el de exasperarlas, el de unir y consolidar lo roto, no el de romper y despedazar lo que unido pacíficamente debería hacer la mayor gloria de vuestro sacerdocio y el consuelo de vuestro apostolado”. Para el emocionado párrafo final se vuelve a las víctimas del funesto agosto: Y vosotros, mártires de la patria, descansad ya en el lugar tranquilo del reposo que piadosamente creemos os ha tocado en suerte, superiores a las injurias del tiempo, a los arbitrios del odio y a los tiros de la maledicencia. Nosotros no olvidaremos jamás vuestros servicios, y vuestro nombre será siempre respetable hasta las generaciones fu-

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Bellísima y conmovedora la pieza con que Quito, por boca de uno de sus letrados más ilustres, recordó los hechos luctuosos del 2 de agosto del año anterior, y honró a los sacrificados entonces. Y densa de ideas. Análisis profundo de lo acontencido a la luz de la historia de los siglos pasados y los convulsos tiempos inmediatamente anteriores y presentes, y alegato, con el rigor del jurista que Rodríguez era, en favor de aquellos a quienes el realismo fanático tenía por criminales, subversivos y reos de Estado. Y subterráneamente –con corriente profunda que hemos visto emerger a la superficie en formulaciones estupendas– profesión de fe en la causa por la que los mártires de Agosto sucumbieron, que era la de los americanos que soñaban con la liberación de sus patrias, causa que ha presentado como la de la verdad, la justicia y la razón. Y todo esto –tan hondo y rico como nos lo ha mostrado nuestra lectura del texto– realizado en la plenitud de la prosa del gran escritor que Miguel Angel Rodríguez fue. JOSÉ RIOFRÍO

turas. La posteridad más justificada tal vez y mejor instruida que la edad presente, recomendará vuestro mérito a los que nacieren, y vuestra muerte será el objeto de la emulación de todas las almas nobles que aspiren a cubrirse de gloria. Entre tanto, nosotros regaremos con nuestras lágrimas vuestro sepulcro, dejando gravado sobre él, para nuestro consuelo, el elogio que tributó la santa Escritura al inmortal Eleazar: dedit se ut liberaret populum suum ut acquireret sibi nomen aeternum. Ellos se entregaron a la muerte, por defender y libertar la patria, y han adquirido nombre eterno (79)

LA VIDA Y LA OBRA EN LA VIDA

José Riofrío nació en Quito, en 1764. Fue bautizado el 31 de marzo.85 La partida bautismal, firmada por el cura de San Sebastián, es la del hijo de Dn. Joseph Cáceres y de Dña. Victoria de Ocaña. Pero en la misma hoja de la partida se ha escrito, al pie: “Pertenece al Maestro Dn. José Riofrío natural de esta ciudad, pretendiente a las Ordenes Menores”.
85 Transcriben esa partida bautismal Elicio Vilatuña, Píntag historia y desarrollo, Quito, Consejo Provincial de Pichincha, 1987, p. 44, y Rex Tipton Sosa Freire, Miscelánea histórica de Píntag, Quito, Abya Yala, 1996, p. 255.

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Él mismo rescató de esos años juveniles sumidos en la oscuridad una página dramática. La exhibió, como prueba de haber sido un vasallo fiel “que no ha perdido ocasión de acreditar su amor y lealtad al Soberano, a costa de dinero y riesgo de la vida”, en el alegato con que se defendió de la acusación fiscal, que pedía pena de muerte, por su participación en los hechos de Agosto. El suceso lo sitúa en 1780, es decir, cuando tenía apenas 16 años: En aquella espantosa insurrección, acaecida el año de 80 en la Provincia de los Pastos, en q´ se cometió sacrílego atentado de asesinar sobre el altar mayor de la Iglesia de Túquerres, al Corregidor Don Francisco Clavijo y su hermano Don Atanasio; en aquel conflicto en que, irritados los ánimos de más de cuatro mil indios, no reparaban en lo más sagrado, violando los templos, reduciendo a cenizas las reales fábricas, incendiando casas de Estancos y de particulares, intimando ya a los pueblos de este Gobierno, para que hicieran otro tanto, bajo de los más serios apercibimientos, en aquella ocasión, vuelvo a repetir, fui yo quien contuve a los insurgentes en la raya de esta jurisdicción, gastando mi dinero en la manutención de indios y blancos, que se congregaron en el pueblo de Tulcán, para la defensa, movidos de mis insinuaciones y ruegos.86

Riofrío, al aducir hecho tan notable, siente la necesidad de documentarlo, y lo hace con tres documentos añadidos a su alegato -que lamentablemente no han llegado hasta nosotros-. Será la actuación del prócer en la Revolución quiteña de 1809 a 1812 lo que nos pruebe que en lo aquí narrado no había la menor hipérbole. De un lugar de esta historia se desprende que la familia de Riofrío era pudiente: “gastando mi dinero en la manutención de indios y blancos”. Y un pasaje de una carta escrita en 1809 -en plenas guerras de la revolución quiteña- lo confirmaría: “yo, que no me he criado con menos opulencia”.87 El 6 de enero de 1787 fue ordenado sacerdote, a título de Mainas, y el 4 de febrero de ese mismo año se le despacharon licencias para predicar y confesar el tiempo que estuviese en esa misión oriental.
86 Andrade, Historia, Documentos, p. 898. 87 Carta a Morales, desde Guaca, el 20 de octubre de 1809. Andrade, Documentos,.p. 839. Para el contexto y detalles de esta carta, ver las páginas siguientes.

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Apenas llegado a su destino, se le dio el título de secretario de la visita, por el Vicario general, y cumplió tal tarea en dos visitas generales que le dieron oportunidad de recorrer la vasta provincia. Destinado al pueblo de la Barranca se entregó con celo a su trabajo apostólico y, entre otras empresas, le levantó a esa misión “una muy buena iglesia”. Su ejemplar trabajo le valió ser nombrado vice-superior de la provincia, y su puesto en terna, ante el obispo de Quito Blas Sobrino y Minayo, para superior de toda la misión. En 1796 lo hallamos como coadjutor en el pueblo de Cusubamba, y un año más tarde, también de coadjutor, en la parroquia quiteña de San Roque. Ese mismo 1797 está de cura Excusador de Cumbayá, de donde pasó como cura propio a Mayasquer, al norte de Tulcán. Permaneció allí cinco años y ganó, por concurso, el curato de Píntag, destino que confirmó, con fecha 30 de diciembre de 1802, el Presidente de la Audiencia Barón de Carondelet. Como cura de esa parroquia, remontada desde el valle de los Chillos hacia los páramos montañosos del Oriente, vivió, desde sus comienzos, los acontecimientos de Agosto. Riofrío fue uno de los asistentes a la histórica cena de navidad de 1808, en la casa de hacienda de los Chillos “El Obraje” del Marqués de Selva Alegre, en que se aprobó el “Plan hipotético” de Salinas para el caso de que España fuese dominada por los franceses y Napoleón decidiese invadir América. Los asistentes a esa cena, que era –y como tal sería objeto de interrogatorios y acusación fiscal– auténtica conjura, fueron, como lo sabemos, a más del anfitrión, el cura de Píntag, Dr. José Riofrío; el capitán Juan Salinas; los letrados y abogados Juan de Dios Morales y Manuel Rodríguez de Quiroga; Dn. Juan Pablo Arenas; Dn. Nicolás de la Peña; Dn. Francisco Xavier Ascázubi; Dn. Antonio Ante y el hermano del Márqués, Dn. Pedro Montúfar. Es decir, la más ilustre galería de los próceres del 10 de agosto de 1809, el primer núcleo de quienes ese próximo 10 de agosto establecerían la Junta Suprema de gobierno, independiente de las autoridades españolas en América y solo sujeta –con sujeción tan vaga como teórica– al Rey –por entonces sin reino y prisionero de Napoleón. Vendría el 10 de agosto de 1809, y Riofrío jugaría papel impor103

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tante en él, en especial por su estrecha relación con el ideólogo del movimiento, Morales. Morales -ha referido en su Historia Roberto Andrade-, de regreso del confinio, ya visto, pasó por Latacunga, buscando aproximarse a Quito, y fue a dar en Píntag, a la casa cural de Riofrío. Sabemos que Morales era el más lúcido y apasionado de los revolucionarios quiteños de esa hora; así que la revolución habrá sido el tema principal de las largas veladas con Riofrío, estando como estaba Morales impaciente por dar el golpe. Sabemos que lo fue en sus conversaciones y discusiones con Rocafuerte, en la hacienda del prócer guayaquileño. Y la relación con el Marqués de Selva Alegre, que era feligrés de Riofrío, parece haber sido frecuente y estrecha. Ya hemos visto, en varios lugares, desde la panorámica del Boletín 179, cómo por bando fueron reducidos a prisión, entre el 2 y el 6 de marzo de 1809, en el convento de la Merced, Salinas, el Marqués de Selva Alegre, Morales, Rodríguez de Quiroga, el cura de Sangolquí y el Dr. Riofrío. Y, si el proceso se frustró, fue por el hecho aquel curioso de la sustracción de los legajos cuando eran llevados por el secretario a palacio. Esta conspiración fue el verdadero “principio de la Revolución quiteña”, como dijo Nicolás Clemente Ponce, y ese plan pesquizado era “idéntico al de agosto”, en palabras de Jacinto Jijón y Caamaño. Prisión y proceso no hicieron más que avivar el espíritu revolucionario de los conjurados y extenderlo entra las gentes quiteñas, y así se llegó al 10 de agosto. El Dr. Riofrío, en su alegato de defensa declararía que el 9 de agosto había estado en su curato de Píntag, “a distancia de más de cinco leguas de esta capital, ignorando absolutamente las disposiciones de semejante novedad”. Pero en el mismo alegato reconoció haber llegado a Quito ese mismo día 9, aunque lo hubiese hecho a pedido expreso del Marqués de Selva Alegre, para tratar de “embarazar la revolución que se prevenía, según se lo había comunicado cierto sujeto”.88 Podemos, a través del alegato, reconstruir los movimientos de Riofrío esos decisivos días 9 y 10 de agosto. El de Selva Alegre lo llama el 9 a su hacienda; le ruega que suba a Quito. “Para venirme a esta ciudad, fue necesario que el Marqués me rogase, con todo encarecimiento, se hincase de rodillas, y aún llorase”.
88 Andrade, Documentos, p. 885.

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Sube, pues, Riofrío a Quito, como enviado del Marqués de Selva Alegre –en quien Morales había pensado para que presidiese la Junta que se iba a crear–. Y el 10 vuelve a la hacienda del Marqués. ¿Llevaba la misión de convencer y mover al medroso aristócrata para que aceptase la designación? Es lo más probable. Y seguramente llevaba la nota en que se comunicaba al Marqués la creación de la “Suprema Junta Gubernativa, representante de nuestro augusto soberano el Señor Don Fernando Séptimo, nombrando a Vuestra Alteza Serenísima Presidente de ella”, porque para posesionarse de esa presidencia llegó a Quito al anochecer de ese día 10.89 Riofrío había llegado algo antes, a las 5 de la tarde. ¿Qué papel jugó persona tan estimada por Morales y hombre de confianza del de Selva Alegre en esos primeros momentos de fervor revolucionario, en que el movimiento buscaba encauzarse y afirmarse? Lo que haya sido se ocultó a quienes llevaban adelante la acusación para condenar a muerte al revolucionario, y así quedó oculto también para nosotros. Pero muy pronto la Junta requirió los servicios de Riofrío, conociendo, como conocía Morales, el espíritu del sacerdote y su pasión por cumplir con exactitud las tareas que se le confiaban. Se le encomendó, básicamente, sostener la campaña del norte. Las cartas que dirige a Morales muestran la pasión con que impulsaba la causa de la patria y la grandeza de su espíritu superior, intransigente con molicies y cobardías, que reprochaba con altivez en esos revolucionarios que procedían como damas y no como soldados en guerra por una noble causa: Si no se hubiese compuesto la Falange de Oficiales delicados que no pueden dormir sino en catre; que no pueden salir al aire sin temor de un resfrío; que no pueden comer más que pucheros exquisitos, y manejarse, últimamente como damas y no como hombres, no haría tantos gastos el Estado, haríamos temblar las Provincias y no seríamos sediciosos... La situación en que nos hallamos me irrita y los efectos justificarán la razón que tengo para insinuarme con dureza, contra los egoístas, y propensos a su adorno.90

89 Borrero, sin citar fuente, lo afirma: “Al amanecer del 10 de Agosto de 1809, el cura Riofrío llegó a la hacienda de “El Obraje” de Chillo donde se hallaba el Marqués, portando el siguiente oficio...” (Que es el del nombramiento). Borrero, La Revolución quiteña, ob. cit., p. 51. 90 Carta de 15 de septiembre de 1809, en Andrade, Documentos, pp. 811-812.

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Quinientos hombres habían llegado a Tulcán a sus órdenes, recogiendo voluntarios en Otavalo, Ibarra, Caranqui, Puntal y Tusa. No tenían armas y escaseaba la comida: “No hay una papa aunque se diese un doblón; no hay pan, cebolla, ni grano alguno” –como escribía a Morales el doctor Riofrío–. Y los auxilios de Ascázubi no llegaban. Escribe entonces Riofrío a Morales, impaciente y temeroso de que todo ese fervor se tornara desmoralización:

Escribía aquello el 18 de septiembre. Pero llegaron los pertrechos y su siguiente carta reboza optimismo: el Capitán–Comandante Angulo no se ha atrevido a cruzar el Guáitara “no obstante de estar asegurado que nos hallábamos sin armas”. Ahora podían rendir Barbacoas. Y exalta la fidelidad de sus gentes. Y no descuida el propagar los motivos patrióticos de la revolución: Han venido muy oportunamente, el testimonio de aquella orden de la Junta Central y la elocuente Proclama, que es un manifiesto de los justos motivos q´ tuvo mi Patria para mudar de gobierno; he mandado sacar unos tantos ejemplares para repartirlos. Lo leí aquí públicamente, y los más rústicos entendieron al instante.92

A causa dela dilación del Teniente–Coronel, que parece ha hecho capricho de no venir, sino con el último fusil, se va intimidando esta gente, y bastará que deserte uno, para que todos hagan lo mismo, y no faltaba otra cosa para que nos conquisten los pastusos, que lo pueden hacer el rato que les dé la gana. Me lleno de indignación cuando veo el poco honor con que se manejan sujetos de conocidas obligaciones. Ahora insisto en que venga el pertrecho, aunque el Teniente-Coronel quede logrando del buen temperamento de Ibarra.91

No es solo el estratega lúcido, sino el estadista. Al tiempo que cuidaba de todos los detalles para dominar el campo, atendía al gobierno:

91 Carta de 18 de septiembre, Ibid. p. 818. 92 Carta de 22 de septiembre, Ibid. p. 820.

Mañana cantaré la misa de Gracias, precedido el Juramento, y se publicará el Bando de las gracias que ha discurrido conceder el Excelentísimo Señor Don Manuel Zambrano.Una de ellas será extinguir

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No era el militar, y si se veía obligado a asumir esas funciones, era ante la falta de energía y liderazgo de los militares de oficio de los revolucionarios. Cumplida su tarea pide ser relevado de la misión bélica:

el ramo de aguardientes, que no producía utilidad alguna al Erario, porque el célebre Gobernador del Puno, lo puso en tal pie, que no redundase más provecho que a los de Santa Cruz, como proveedores del caldo en le medida y precio que les pareció.93

Pero su espíritu recio, intransigente con cobardías, leal a toda prueba, era indispensable en el difícil frente norte. Y sus cartas dan cuenta apretada, enérgica, de otro problema en ese frente: informes que se remitían a la Junta de Quito saltándose por encima de Zambrano, y hasta informes falsos: Para que se haga un informe falso, no es necesario que su autor sea panonario95 o intrigante; pues basta que sea cobarde. Un hombre de espíritu timorato, se espanta con su propia sombra, y dando crédito al más infundado rumor, cuenta con su ruina y la de sus aliados, llena su imaginación de tristezas, y es capaz de contagiar al ejército más valeroso con ideas melancólicas.96

Puesta la guarnición necesaria en los puntos correspondientes, ya no tengo yo que hacer, pues al Excelentísimo Señor Zambrano, le asisten las prerrogativas que constituyen un excelente General y Gobernador Político. Su talento, su prudencia y su amabilidad, inmortalizarán su nombre en esta Provincia;en esta virtud, espero de Vuestra Excelencia, se digne retirarme a vuelta de correo.94

El gran escritor que Riofrío es da expresión fuerte a su penetrante análisis psicológico de la cobardía y el miedo contagiantes y desmoralizadores, mediante el instrumento obscuro del rumor. Lo denuncia en un capitán Lanchazo, a quien bastó el rumor de que “el Go93 Carta que no lleva sino esta fecha: “30 de 1809”, Ibid. p. 823. 94 Ibid. p. 824. 95 Sic.en Andrade. ¿Acaso lectura equivocada de algo que en el manuscrito pudo ser “pasionario”? 96 Carta sin fecha. Documentos, p. 827.

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bernador de Popayán venía personalmente contra nosotros, seguido de un poderosos ejército”, “para quedar cual muerto”. Y, para desvirtuar ante la Junta quiteña estos miedos irracionales, el escritor acude a divertido juego de ironía e hipérbole:

No pudieron sosegar su ánimo, las muchas reflexiones que le hice, y marchó sin despedirse de mí, a pedir a esa Corte un auxilio de ocho a diez mil hombres, con todo tren de artillería de Bonaparte, y creo que ni aún así, se tendría por seguro, hasta que la Suprema Junta nos ponga sobre las armas a todos los habitantes del Reino, de uno y otro sexo, y lo guardemos en medio.97 Para rematar el juego gracioso con la dura fórmula lapidaria:

Y no es que Riofrío fuese un iluso. Su carta prosigue mostrando las razones que le asisten para no temer: del otro lado estaba la cobardía de Angulo. Y, para no temer una invasión, bastaba con poner “nuestra batería en los tres puntos que corresponde”. “Solo para Lanchazo –se ríe– no hay resguardo seguro, aunque se pongan los cañones en las puertas del Virrey y de Tacón”. Pero hay algo que sí hace falta -escribe-: que venga un oficial “de prudencia, juicio, instrucción (por si ocurre contestar algún oficio) y amabilidad, para que trate a la tropa con honor y no la deserte con violencias y tiranías”. Y otra vez se alza al juicio de valor universal, fruto de su atenta observación. Para él -hombre de lecturas y hondas meditaciones- esta guerra a la que le han arrojado los trascendentales y dramáticos sucesos de Agosto ha sido verdadero laboratorio para enriquecer su inteligencia del ser humano: Esta expedición, me ha dado a conocer que el valor y la suavidad de genio, son los constitutivos de un buen oficial, y que jamás se debe echar mano de hombre cobarde, soberbio, de mal natural y de complexión delicada .98

Esta clase de hombres, no debía existir en la superficie de la tierra, sino en lo más escondido de su seno.

97 Ibid. 98 Ibid., p. 830.

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Son tan importantes su juicios de valor que se siente obligado a dar cuenta de cómo ha llegado a su formulación: Pero se me puede preguntar, qué ocasiones se han proporcionado para hacer concepto del mérito de estos oficiales?

Admirable su respuesta, tan alejada del lugar común de la bravuconada como de cualquier lirismo imaginativo:

La siguiente carta da cuenta de “las esperanzas de ver rendidas las ciudades de Pasto y Barbacoas, sin que se derrame sangre”, y anuncia medidas más de gobierno sabio que de guerra: que, ante el reclamo de las mujeres de esta provincia, se les devuelvan sus hombres y que se les remitan sus sueldos. Para ese pago, si no hubiesen fondos, echará mano de las haciendas de quienes los reclutaron a la fuerza. Y otra vez aparece el estadista: rendidas esas ciudades, se pondrá en ejecución un plan formado “con personas inteligentes”. Y se atenderá a la vialidad. Así un informe desde Cumbal, el 13 de octubre de ese 1809. Pero solo cinco días más tarde, el 20 de octubre, en carta datada en Guaca, informa acerca de “los fatales efectos de una expedición mal dirigida”. En comienzo duro denuncia tres causas del fracaso, comenzando por lo humano -en que tanto énfasis ponía-: Un jefe agrio como el Teniente-Coronel, es capaz de ahuyentar la tropa más empeñada, y de perjudicarse a sí mismo. El Señor Zambrano, que mandaba en Jefe, no tiene conocimientos militares y así es que siempre insistí en que viniese un General de pericia,y oficiales de valor para coronar el triunfo. Todo se ha despreciado, porque la facilidad con que entregué la Provincia de Pasto, hizo creer a todos, que

Respondo que en lo risueño de su semblante, en la alegría que han manifestado en medio de algunas incomodidas que hemos padecido, y últimamente, en dos noches que fue preciso presentarse en Túquerres a un combate, por haberse supuesto asalto intempestivo del Ejército contrario.99

99 Ibid.

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Pero pasa al relato de los hechos, apretado, con tono de objetividad y rigor. Hubo una traición y una derrota. Parcial, pero que bastó para que Zambrano dispusiese la fuga. Y en esta parte Riofrío se detiene en la narración de un suceso lamentable de que fue, más que actor, víctima:

era juego de muchachos, y que para ganarla, ni aún se había necesitado de tropa, o dediligencias políticas.100

Este relato resulta nota característica del género.epistolar. Estos textos a Morales, a más de informes del frente norte al Ministro de Negocios Extranjeros y de la Guerra, eran cartas al amigo. Y esta carta patética sigue con el informe de la cobardía de quienes se negaron a ir en auxilio de los del Guáitara.Un subteniente Chiriboga “se ofreció a comandar solo, la guarnición de Tulcán”. “No se le admitió la oferta, y se le dio orden de que se retirasen todos a donde pudiesen”. Su comentario toma una forma quiteñísima: la ponderación burlesca:

yo no pude quedarme solo, y me vi en la precisión de seguirlos en un caballo muy malo, de q´provino caerme en un río, perder gorro y sombrero, zafando la vida, por el comedimiento de algunos soldados; pero, sinembargo,me hallo muy estropeado, porque el caballo se revolcó de tal modo sobre mí, que no sólo me molió las costillas, sino que por poco, no me deja ahogado.101

Quedáronse con Riofrío esos dos gallardos subtenientes. Los otros oficiales, a la cabeza de sus desmoralizadas tropas, “corrieron como si Tacón nos colgase en un suplicio”. Y Zambrano no paró hasta Cayambe... Y frente a esta fuga precipitada denunciada por el valiente
100 Ibid, p 834 101 Ibid., p. 835. 102 Ibid., p. 836.

¿Qué tal General en Jefe?... ¿Qué hombres de tanto espíritu? caminaron o volaron para Quito, y bajé a Tulcán con los Sub-Tenientes Don Manuel Chiriboga y Don Manuel Ceballos. ¡Qué vergüenza tuve entrando al pueblo con esta ignominia!102

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cura, un autor contemporáneo ha hecho una denuncia tremenda, que los hechos imponen como creíble: Ni qué iba a detenerse ni procurar una reacción de su ejército cuando estaba también en el complot de la reposición del Gobierno realista .103

Y, a mayor abundancia, Borrero lo prueba con una carta de Zambrano a Xavier Montúfar. El doctor Riofrío se reducía a dar cuenta, directa y sobria, de los lamentables hechos. Su carta se torna en este punto crónica vibrante de una resistencia heroica sostenida por clases y tropa, sin importarles la cobardía de los altos oficiales, hasta rematar con otra de esas espléndidas sentencias que resumen el mundo de valores de este gran hombre. Este el emocionante texto: Atacaron a Guáitara innumerables mulatos, reclutados en Patia, y todo el distrito de Popayán, pero se sabe que nuestra artillería ha muerto como quinientos zambos, hasta ayer tarde; el estruendo de más tiros se ha apercibido hasta el día en toda la Provincia, luego no ha cesado el combate, y tenemos esperanza del triunfo, que todo se merecerá el sargento Hernández, de artillería, natural de Ibarra,que según oí por los desertores que pasan, es el único que maneja los cañones. Bien que en la batalla, no pueden pasar de cincuenta hombres, según mis cálculos, pues han desertado muchos por los malos tratamientos del Teniente Coronel y del ayudante Dn. Ramón Alarcón. Vea V. Excelencia cómo pierden una expedición,oficiales mal acondicionados y cuántos se necesitan de aquéllos que estuvieren adornados de las prerrogativas repetidas en mis oficios. Si como rogó Chiriboga, se hubiese ocurrido en Tulcán, la fuerza de varios puntos para auxiliar a Guáitara, estaríamos ya triunfantes; pero cada uno manda como piensa o según el tamaño de su corazón.104

La campaña no está perdida -cabe leer en esta importantísima carta-, pero para ganarla hacen falta acciones de enorme seriedad:
103 Borrero, La Revolución quiteña, ob. cit., pp. 82-83. 104 Carta de 20 de octubre, cit., pp. 836-837.

Hablemos claro: Aquí debe venir el Sr. Dn. Juan Salinas, o V. E. con

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Y termina dando indicaciones sobre cómo debe conducirse ese ejéricito de auxilio. Y entonces, otra vez, el prosista acude a la pintura irónica, esta vez teñida de amargura: Los oficiales, se proporcionarán en sus casas la caballería, y otra bestia para su corto bagaje, en que no se deben contar: baúles, catres, cocineras, mucho chocolate, cajas de dulces, toldos y demás cosas que lleva un monarca a un sitio real. Y acude a una referencia personal no exenta de orgullo:

cuatrocientos o quinientos fusileros disciplinados, trayéndose las piezas de artillería, que fuesen necesarias.

El final de la vida del gran hombre fue –lo sabemos– trágico. Cuando, repuesto en la presidencia, Ruiz de Castilla violó la palabra comprometida y comenzó feroz persecución a los hombres de Agosto, él fue uno de los encarcelados. Pedida contra él pena de muerte, como reo de Estado, dirigió un alegato de defensa que fechó el 11 de junio de 1810. El 2 de agosto fue asesinado en los calabozos de Real de Lima junto a los otros revolucionarios presos. Entre los cadáveres llevados a la iglesia de San Francisco y sus dos capillas estaba “el del Dr. D. José Riofrío, cura de la parroquia de Píntag, de un balazo y herida de bayoneta”.106 El severo historiador de la Revolución de Agosto Manuel María Borrero escribió este párrafo con aire de monumento funerario: Lástima y muy grande, pérdida irreparable e insustituible fue para la nación quiteña el alevoso asesinato del Doctor José Luis Riofrío, héroe del 10 de Agosto de 1809 y mártir del 2 de Agosto de 1810, porque en él, si tuvimos un Miguel Hidalgo, habríamos tenido también, de sub-

Caminen como yo, que no me he criado con menos opulencia q´ todos ellos, y lograremos el fin de una expedición feliz.105

105 Ibid., p. 839. 106 Lista de cadáveres levantada por el regidor Juan José Guerrero y Mateo, Andrade, Documentos, p. 479.

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EL ESCRITOR

sistir, un José María Morelos que nos hubiera dado más tarde independencia y patria libre y organizada desde el principio sin hacernos caer en las redes de la grancolombianidad que tan fatales fueron para el Ecuador.107

Las cartas de Riofrío, que hemos leído situándolas en el contexto histórico de su acción en esos trepidantes días en que Quito debió defender en dos frentes su Revolución, ilustran de modo ejemplar cuanto en otra parte de la historia literaria del período hemos dicho sobre el género epístolar como una de las grandes novedades de la literatura quiteña al salir de la noche colonial a la aurora de la independencia. La irrupción del acontecer histórico en la quieta vida colonial abrió para la carta insospechados espacios. La carta desbordó estupendamente el ámbito de lo doméstico e íntimo y la función de la pura noticia particular, históricamente intrascendente, para asumir misiones que le iban a dotar de importancia e interés especialísimos: la carta se convierte en crónica histórica, en alegato político, en reflexión filosófica. No quedó en ellas espacio para lo banal o inocuo. Y fue tanto el peso de ideas y sentimientos nuevos que hubo en las más decisivas cartas del tiempo de la Revolución, que muchas de ellas fueron incorporadas a los procesos como piezas incriminatorias. Fue el caso de las cartas de Riofrío que hemos leído, y a ello debemos que se nos hayan conservado. Incluidas en el proceso que se siguió a los revolucionarios de Agosto, fueron a dar al archivo particular del historiador colombiano José Manuel Restrepo, de donde las copió Julio Andrade para hacerlas llegar al historiador Roberto Andrade, quien las publicó en el precioso tomo de documentos de Agosto tantas veces citado en este ensayo. Al hilo de estas cartas hemos dado ya con un magnífico escritor que, sin romper los límites que le marcaba el género de cartainforme, lucía sus poderes de prosista para dar fuerza y vida a sus relatos, observaciones y comentarios. Escribe cartas, no crónicas, ni, peor, ensayos –aunque haya en ellas destellos de prosa ensayística sobre la guerra y lo que ella revela
107 Borrero, La Revolución quiteña, Ob.cit., p. 88.

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de la naturaleza humana–. Cuando introduce una carta con duros juicios de valor (“un jefe agrio como el Teniente–Coronel, es capaz de ahuyentar la tropa más empeñada”), se siente obligado a justificarse: Sin sentir, ha corrido la pluma en este preámbulo; pues mi intento sólo fue de referir el hecho, y exponer mi dictamen en cuanto a los medios de que nos debemos valer para contrarrestar a tiempo la fuerza del enemigo.108

El escritor ducho rompe cualquier frialdad del puro informe o el empaque de algún pasaje de crítica con toques de sabrosa expresividad: Que tal Teniente-Coronel que se quiere jugar en negocio tan crítico, como si estuviera en la casa de gallos.109

Y ya hemos destacado su uso de la ironía para denunciar cobardías y pusilanimidades. Debía ser irónico en su charla y escritos y, acaso, sermones el Dr. Riofrío. Solo que en ciertas actuaciones debiera templar su ironía o hacerla amable. Porque ella podía ser cáustica. En una carta -que no era escrito destinado a publicidad- dice de los hacendados pastusos: Los pastusos, que estiman más sus vacas que sus hijos, y aun las propias vidas.110

La última carta de las incorporadas al proceso tiene el aire de crónica sencilla, casi severa, de una acción heroica presidida por un fatum trágico –los hilos de ese fatum eran manejados por titiriteros enredados en sórdida traición, pero esto en ese momento el noble Riofrío ni lo sospechaba–. Y, en medio de ese clima sombrío, la nota graciosa -propia de la carta-, que cuaja en fórmulas sabrosas del habla popular:

las gentes de Tulcán, me rogaron saliese lo más pronto, porque Santa

108 Andrade, Documentos, p. 834. 109 Ibid., p. 826. 110 Ibid., p. 833.

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Contrastan con estos toques de humor -que van de lo irónico al humor blanco- los pasajes en que la prosa se endurece o se adensa hasta cuajar en fórmulas lapidarias: un hombre de espíritu timorato se espanta con su propia sombra112 cada uno manda como piensa o según el tamaño de su corazón.113

Cruz y Tacón, no han tenido mal antojo, deseando mi cabeza, con preferencia a todas.111

Y, generalmente, a más de ser castiza, su habla esta condimentada por sabrosas espresiones populares. De donde sus cartas son de gratísima lectura. ¡Estupendo cronista bélico o comentarista político habría sido, de haber tenido por tribuna un periódico, el Dr. Riofrío! EL ALEGATO El 11 de junio de 1810, como se ha dicho ya, desde la prisión dirige el Dr. Riofrío su alegato de defensa, “contestando a la Acusación Fiscal, en la que se pide contra mí, pena del último suplicio”. Y esto, que define la naturaleza de ese texto, nos prescribe la lectura que de él debemos hacer: al menos en toda la extensión de su superficie es el escrito que en su defensa hace, ante la autoridad española, un acusado del peor de los delitos, que se sabe en riesgo de la pena capital, como reo de Estado, con toda la ignominia que en el tiempo ello acarreaba. Difícilmente habrá la posibilidad de leerlo en profundidad, porque no era texto pensado como para salir hacia otras audiencias. En suma, no hallaremos en él el auténtico pensar y sentir del revolucionario a quien hemos conocido por el recuento de la vida y por sus escritos en plena revolución, sino lo que el hábil abogado podía aducir para deshacer una acusación que el fiscal daba por irrebatible. Sabe Riofrío que las leyes serán retorcidas en su contra según el pensar de autoridades y parte acusatoria. De modo sutil lo dice al anunciar que no fundará su alegato en interpretaciones legales:
111 Ibid., p. 837. 112 Ibid., p. 827. 113 Ibid., p. 837.

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Entonces, ¿en que fundará su defensa? “Deduciré mi inocencia de hechos constantes, comprobados con Documentos auténticos e irrefragables”. Y esto –completa el anuncio– lo hará reduciéndose a tres capítulos. El primero se refiere a su participación en el golpe del 10 de agosto de 1809. Guárdase Riofrío de dar juicio alguno de valor sobre el hecho mismo y sus motivaciones. Y se aferra –según lo anunciado– a hechos. A hechos en su “versión oficial”: no estuvo en la reunión preparatoria del golpe, el 9. Pero no podía negar que más tarde participó en la Revolución. Para ello tiene también una salida. Lo dice así en su prosa exacta y fuerte:

Digo: que me presento a la imparcial vista de V. E., injustamente infamado; y, para mí vindicación no necesitaré acogerme al sagrado asilo del Santuario de las Leyes, porque admitiendo éstas sus interpretaciones y glosas, pocas veces se logra que una excepción fundada en ellas, sea generalmente bien recibida por todos (880-881)114

Que la haya embarazado o no, no es cosa que Riofrío esclarezca. Se atrinchera en la afirmación desnuda de especificaciones de que no concurrió “como faccionario, sino con el santo fin de ver si podía impedir la revolución”. Que es lo que, cumpliendo el pedido de Selva Alegre, habrá conversado con Morales, llegado a Quito, algunas horas antes de que hiciera su demorada entrada el medroso y atribulado Marqués. Para llegar a sentencia hace falta probar la culpa del presunto delincuente. Pone este principio fundamental del derecho como cimiento sólido de su defensa, que consistirá en demostrar que no se le
114 El alegatoen el citado tomo de documentos de Andrade. Ponemos la página junto a cada texto citado. 115 Pg. 881

Demostraré, en el primero, que el día 9 de Agosto, cuya noche fatal sucedió la revolución, estuve en mi Curato de Píntag, a distancia de más de cinco leguas de esta capital, ignorando absolutamente las disposiciones de semejante novedad; que si me hallé en ella, fue por haberme enviado el Marqués de Selva Alegre, para que viese modo de embarazarla.115

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ha probado el delito. Así la apretada e irrebatible argumentación del intelectual:

Sobre el segundo afirma: “nadie me acusa en el proceso”, y eso que han declarado 99 acusados, bajo juramento. Concluye con su prosa fuerte:

Para proceder a la vindicación, se necesita, primero, descubrir qué culpa es la que he cometido, para que recaiga sobre ella tan cruel acusación. El delito resulta, o de la confesión del Reo, o del mérito del Proceso. De ninguno de estos dos modos, soy delincuente

Y vuelve a acumular hechos sólidos de descargo. Ahora los careos que dice haber tenido con Morales, Rodríguez de Quiroga e Ignacio Ortiz. Véase cómo refiere el tenido con Rodríguez de Quiroga. Cabe sentir en esa referencia una sutil burla -la que seguramente se dio también en el careo mismo-:

¿Pues, dónde encontramos (Excemo. Sor.) mi delito? En los Autos mentales que me habrán seguido los enemigos, empeñados en mi descrédito; en las voces vagas que han esparcido ellos mismos por calles y plazas, pero, semejantes sumarios, no están adoptados en nuestras venerables Leyes, ni aún creo lo estarán en los Códigos de las naciones bárbaras; porque, de lo contrario, apenas habría ciudadanos de honor que tengan segura su vida, no habiendo cosa más fácil que ser públicamente infamado por enemigos de tan mala fe, que viven olvidados de la eternidad (882-883).

Había un personaje, que era la cabeza más visible de la Revolución, con quien Riofrío había tenido relaciones muy especiales y largas conversaciones. A esas relaciones dedica breve pasaje, cuya nobleza luce más si se atiende a las sórdidas circunstancias en que fue escrito:

Con Quiroga se redujo el careo, a que yo expusiera lo que le hubiese oído hablar en aquel día o su noche. Respondí, que no le oí más que rezar una Salve, delante de una imagen de Sn. Juan, implorando el auxilio de la Madre de Dios, para que tuviese buen éxito el proyecto, en caso de que fuese justo, y no se purificó ningún otro punto (883)

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Con la habilidad de un competente abogado Riofrío ha probado que, si participó en reuniones como la de la casa de Ascázubi o el departamento de Manuel Cañizares, el día 9, lo hizo para cumplir un encargo del Marqués de Selva Alegre, que estaba aterrorizado por la Revolución, y que sus actos del 10 se redujeron a evitar la prisión o sacar de ella a algunos personajes. “A mí no se me ve –ha escrito– sino fatigado en la libertad de cuantos pude: luego no fui revolucionario, porque de serlo, obraría contra mis propios principios...” Pero estaba otro capítulo de acusación: su actuación en favor de la revolución en la capaña del norte. Riofrío sabía que las cartas que hemos leído formaban parte de los argumentos del fiscal (De la carta de 19 o 20 de octubre diría: “me la hizo reconocer el Señor Ministro Asesor al tiempo de la confesión”). Ese era el segundo capítulo anunciado en la proposición de su pieza: “En el segundo, haré ver que nada más conforme al mejor servicio del Rey, que la comisión que me dió la Junta para la Provincia de Pasto”. Entra en materia, afirmando nada menos que esto: “Haré unas suposiciones ineluctables, y de ellas, resultará naturalmente, no sólo un fundado descargo, sino el mérito que me labré en el servicio del Rey”. Véase qué brillante fue el abogado y el prosista al presentar la primera “suposición”: Cuando se me comisionó, ya la Junta estaba reconocida por legítima, bajo la Sagrada Religión del juramento, que prestaron sobre las Aras todos los Cuerpos Eclesiásticos, políticos, y Militares, contándose

Insensiblemente, ha corrido la pluma hasta encontrar la causa de mis padecimientos. La íntima amistad que he tenido con dicho Morales, ha sido todo mi delito: (que no está comprendido en los catorce casos de la Ley), pero veo q´no se reputa por tal, ni en la Legislación Divina ni en los Códigos Civiles, la amistad que profesa un hombre con otro de honor, conducta y buena fe, cuyas recomendables prerrogativas, que conocí en él, arrastraron mi corazón para amarle con la fineza que es constante y notoria a todos. Sus enemigos se han cargado sobre mí, para llenarme de calumnias, constituyéndome cómplice en la revolución; pero los hechos comprobados en que fundo mi defensa, no los podrá borrar el odio de los que hubiesen conspirado a mi deshonra (891).

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La lectura en profundidad de este lugar del alegato es clara y fuerte: toda la ciudad estuvo por el movimiento. Y, si las instituciones que estaban llamadas a decidir se habían pronunciado por ese nuevo gobierno, ¿qué derecho había para imponer a la ciudad, por la fuerza, el que había rechazado? Pero se le podía replicar con lo del miedo: no se pronunciaron en contra por miedo al pueblo enardecido. También la posible réplica la maneja Riofrío con brillantez, hasta culminar en una estupenda retorsio: sin que tengan que excepcionarse, haber aprobado y jurado por miedo; lo primero, porque procedieron con plena libertad, a fundar su aprobación en el comicio que se hizo en San Agustín, y aún más, libres asitieron a prestar su juramento al siguiente día; lo segundo, porque si la Junta fue delincuente y sediciosa, debieron oponerse a ella, aún a costa de su sangre, cumpliendo con el juramento que tenían hecho al incorporarse en el Claustro; y, lo tercero, porque si el miedo que se alega, por algunos, es excepción legal, la debe ser para todos, y en especial para mí, que se me mandó por fuerza, como se ve en aquella cláusula, de que siga yo con la expedición sin excusa ni pretexto alguno... (893)

también la Real y pública Universidad, a quien principalmente toca defender las Regalías, lo mismo que al Tribunal de la fe, los puntos de Dogma (893).

En cuanto a las acciones mismas, el sacerdote tiene un fuerte argumento en su favor: él no era militar:

Y una vez más, en texto que buscaba descargarlo de las acusaciones de revolucionario, un alto encomio de la revolución: él fue a Tulcán y Pasto “a dar a entender a esas gentes los santos objetos de la constitución”. Pero reconoce el peso de su opinión ante la Junta. Fue para aportar humanidad y justicia a esas operaciones, en las que ha dicho no
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debe rodar el cargo contra los q´ tenían el mando militar y no contra mí, que sólo fui a dar a entender a esas gentes, los santos objetos de la constitución, a impedir hostilidades y toda efusión de sangre (894)

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se hallará “otra cosa que la fidelidad de la Junta al Soberano, la sumisión a la Suprema Central”. De capítulo de oficio que obra en Autos, dice:

Este era el nuevo espíritu que infundían al gobierno quiteño los revolucionarios de mayor sensibilidad social y claro sentido de justicia. Y, siguiendo una vieja táctica retórica, Riofrío ha dejado para el final el argumento más fuerte de este segundo capítulo de su defensa. Lo llama “la excepción más concluyente” y lo expone con aplastante lógica. Resumiendo su apretada prosa: en Funes, donde hubo refriega con los pastusos, los artilleros que hicieron fuego fueron Antonio Donoso, comandante del destacamento, el europeo José Ipinza y Narciso Espinavete, “criado de V.E.”. Pero de ellos, Donoso “ni aun conoce los umbrales de este Cuartel” y los otros dos salieron libres “sin que siquiera suenen sus nombres en la Vista Fiscal”. Lllegados a este punto, se impone escuchar al brillante abogado que muestra haber sido este cura de Píntag: Si acierto a descubrir este misterio, quedo seguro en que el Abogado Fiscal, confesará con la buena fe propia de su oficio, que se excedió acriminándome en cuanto a la comisión que me dio la Junta.Digo pues así: Los tres autores expresados del combate ¿cometieron delito o no? Si lo primero, le hace poco honor al Abogado Fiscal,haber hecho las acusaciones, no según los crímenes, sino según los nombres y apellidos de aquéllos que no le agradaban. Si lo segundo, ¿cómo puedo ser delincuente, no habiendo tenido más que una confusa noticia del hecho, después de que los autores se reputan inocentes? (896)

En el precitado capítulo, representé a la Junta, los perjuicios que sentirían los hacendados. si en la compra de ganados para el sustento de la tropa, se pagasen los precios que había tasado el colector de víveres. Se conformó la Junta con lo representado por mí, y habiendo seguido siempre el sistema de que a nadie se perjudicase, nunca perdí de vista lo que pagaban por carnes, quesos, etc. y que a ningún indio o mestizo, se le ocupase sin el premio correspondiente (894-895)

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Ha debido citar como artilleros de aquella acción a personajes que combatieron de su lado. Detiénese en exculparlos: “ya sea porque no hicieron más que defenderse de un ataque intempestivo, como fue el que sufrieron, o porque obraron de buena fe, bien persuadidos de que debían hacerlo así, en servicio del Rey y de la Patria”. La lógica de la defensa propia sigue subterránea: si ni ellos fueron culpables, peor él. Y llega a disculparse de haber traído en su argumento a esos personajes, aprovechándose de la oportunidad para elogiarlos: Siento íntimamente haber hecho este reparo, nombrando a tres sujetos que, según mi concepto, procedieron a sus gestiones, penetrados de los sentimientos más gloriosos, por la Religión, Rey y Patria, especialmente Don José Ipinza, que es uno de los europeos que conozco, adornado de excelentes cualidades de sencillez,honor, buen juicio y fidelidad al Monarca (897)

Y, una vez más, en el fondo, la exaltación de la revolución quiteña: aquellos militares lucharon por ella “penetrados de los sentimientos más gloriosos”. Y le restaba “el tercer capítulo que propuse en el exordio”, que era mostrar sus “sentimientos de amor y fidelidad a mi soberano”. Lo introduce mostrando, documentadamente, un hermoso gesto de desinterés: no admitió ni un octavo de los quinientos pesos que fijó la Junta para cada comisionado, para los gastos de viaje, “y aun suplí mi dinero para varios gastos”. “Luego –concluye–, aún en esto di a conocer que no fui conducido por algún fin particular, sino sólo por el deseo de honrarme en el servicio del Rey y de la Patria”. Y prueba una vez más haber sido buen servidor del Rey con el caso aquel de la insurrección de Pasto que hemos referido en la parte biográfica. Para concluir ¿Y será razón, Excmo. Sr., que a un vasallo tan fiel, que no ha perdido ocasión de acreditar su amor y lealtad al Soberano, a costa de su dinero y riesgo de la vida, se le quiera infamar con la negra nota de traidor, pidiendo contra él la pena de muerte? (898)

Era un alegato de defensa: debía probar su inocencia ante los cargos de revolucionario de Agosto, él que lo había sido. Todos los hombre de Agosto estaban unidos –se aprecia por múltiples indicios–

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en esta conjura para defenderse del cargo de revolucionarios, para el que las autoridades locales depuestas, resentidas y vengativas, reclamaban la pena de muerte. No era cosa de dejarse llevar como ovejas al matadero. En su defensa el Dr. Riofrío negó hechos que documentadamente podía negar, reclamando siempre que solo con hechos probados se le podía condenar. Y no perdió oportunidad para exaltar los valores de la Revolución quiteña. En escrito de abogado de sí mismo, amenazado por la pena capital, lució el rigor de su pensamiento y la brillantez de su prosa, a la vez que en una corriente subterránea, que varias veces hemos visto emerger a la superficie, afirmaba lo justo del establecimiento de la Junta quiteña. Su alegato fue la suprema manifestación de la nobleza de su espíritu y de un ejemplar humanismo. Todo eso iba a perder Quito por el alevoso asesinato del prócer. CODA

Otros textos escribieron, sin duda, otros hombres de Agosto. Escondidos o destruidos cuando la sañuda persecución que siguió a la primera Junta podía haberlos usado para probar contra sus autores el cargo de reos de Estado, no se nos han conservado. Y el brillante alegato de Francisco Rodríguez de Soto y Mariano Guillermo de Valdivieso, escrito en su calidad de diputados a Cortes, elegidos por las provincias de Quito el 26 de agosto de 1814, y fechado en Madrid, en 1820, aunque hunde sus raíces en la Revolución quiteña de Agosto y la ilumina desde algún otro ángulo, nos saca fuera de la dramática inmediatez de la prosa de los próceres que escribieron desde el vórtice de esos sucesos, en su hora más trágica. Así que con ellos nos quedamos en este ensayo que, en vísperas del bicentenario de la gesta, nos devuelve sus altivas, nobles y heroicas personalidades hurgando en lo más propio y hondo del ser humano que es su palabra, proyección de privilegiada inmediatez de su pensamiento y su pasión. Alangasí, en el Valle de los Chillos, julio de 2009

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EL DIEZ DE AGOSTO DE 1809 ACTITUD DE LAS AUTORIDADES CUENCANAS Homenaje a Quito desde la ciudad de Cuenca

PhD. Juan Cordero Iñiguez, Cronista de la ciudad. Subdirector de la Academia Nacional de Historia INTRODUCCIÓN Diciembre de 1808 En los últimos días de diciembre de 1808 se reunieron en el valle de los Chillos algunos quiteños con el objeto de tomar una resolución de trascendencia: a falta de una autoridad legítima en España, por la invasión de Napoleón Bonaparte, se debía asumir el poder y empezar a demostrar que los españoles americanos eran capaces de autogobernarse y de iniciar nuevos sistemas políticos con autonomía, sin dejar de reconocer la autoridad legítima de Fernando VII, preso en Bayona, por disposición del árbitro de Europa en ese entonces. Sin lugar a dudas, estas reuniones hechas con disimulo, son los antecedentes más inmediatos para el desarrollo de los acontecimientos iniciados efectivamente el 10 de agosto de 1809. Por los documentos que hemos podido consultar, sabemos que uno de los complotados, conversó discretamente con un fraile mercedario, quien lo denunció, para que se iniciara una investigación judicial, a cargo de fiscales y jueces de la Audiencia, que terminó en un sobreseimiento por falta de pruebas. Por la presión ideológica del obispo Andrés Quintián Ponte y Andrade, bien coordinada con el poder político de Melchor Aymerich, gobernador de Cuenca, la ciudad se pronunció abiertamente por liderar la oposición a la Junta Revolucionaria de Quito y desde el 16 de agosto, fecha de arribo de la primera comunicación oficial de los cambios ocurridos en Quito, comenzó la preparación de la resistencia y de un ejército que debía ir al norte a sofocar a los alzados.
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De todo el proceso se hizo una recopilación de documentos que fueron ordenados en un gran memorial que se envió al virrey del Perú, quien a su vez lo remitió a la Corona. Tuvimos la oportunidad de localizarlo en la sección Audiencia de Lima, legajo N° 803, lo hemos transcrito y su publicación la ha hecho, en excelente edición la Universidad Alfredo Pérez Guerrero asociada con la editorial Santillana, iniciando así la celebración del bicentenario del Diez de Agosto de 1809. La transcripción de ese grupo de documentos reunidos por el Cabildo de Cuenca entre los años 1809 y 1810, por sí solos, sin mayores comentarios, es un claro homenaje a Quito, ciudad que inició e impulsó la liberación política de nuestro país, por el patriotismo y el empuje de sus ciudadanos, sin contar con el apoyo de otras regiones de la patria que oficialmente más bien se opusieron franca y tenazmente, encabezadas por las autoridades de Cuenca, Guayaquil y Popayán.1 El primer paso dado por Quito hacia el autogobierno y en un corto tiempo dirigido ya a la independencia, impulsó no sólo la difícil conquista de la libertad de nuestra patria, sino que lo fue también de otras en el mundo hispanoamericano. Fue una lucha valiente y heroica y su conmemoración debe enorgullecer a todos los ecuatorianos, que con mejor conocimiento de la historia, llegaremos a ratificar que la frase concebida por el patriota chileno Camilo Henríquez, testigo de los hechos ocurridos en este proceso es merecida, pues Quito fue y es Luz de América. Con el establecimiento de la Junta Suprema, organizada y planificada desde diciembre de 1808 y ejecutada entre el nueve y diez de agosto de 1809, se dio un paso fundamental: demostrar que los españoles americanos estaban en capacidad de sustituir en el gobierno a los españoles europeos o peninsulares, quienes se sentían hasta entonces con derecho divino y humano para estar al frente de los más altos cargos públicos. La Junta de Quito, en una coordinación armónica entre algunos vecinos y estantes de la urbe, que no tenían representaciones políticas o burocráticas, optó por deponer a las autoridades de la Real Audiencia, con el derecho que les asistía a falta de autoridad legítima en España. Y en esto está lo esencial y lo nuevo, frente a los tímidos
1 Los documentos son copias certificadas por los notarios y algunos se conocerán por primera vez, pues el libro de cabildos de los años 1809 y 1810 está extraviado por lo menos desde 1920, año en el que lo pudo consultar Octavio Cordero Palacios, quien cita fragmentos de algunas de las actas. La publicación que estamos haciendo, llena un período importantísimo que va de agosto de 1809 hasta enero de 1810.

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enfrentamientos sólo entre autoridades de origen peninsular, como ocurrió en los movimientos de Chuquisaca y La Paz, unos meses antes. De la lectura de los documentos que transcribimos para la obra que hemos titulado Cuenca y el Diez de Agosto de 1809, se pueden sacar algunas importantes conclusiones. El movimiento revolucionario fue organizado por criollos de Quito y de otros lugares de América que residían en nuestra capital; que su iniciativa fue novedosa por ser un movimiento plantificado al margen de las autoridades, inclusive municipales, como rezaba el antiguo derecho; que en el análisis jurídico, teológico y político renació la teoría de que el pueblo debía retomar el poder a falta de una autoridad legítima, hasta llegar, en la mente de algunos de los más avanzados, a rechazar claramente el derecho divino de los reyes; que hubo incertidumbre en cuanto a la forma de gobierno, pues pesaba una tradición de trescientos años a favor de la monarquía, por lo que aún se levantó la bandera del respeto y sujeción a Fernando VII quien la ostentaba, aunque con indignidad, en aquellos torrentosos años de la iniciación del siglo XIX; que fue una revolución de trascendencia continental, de lo que estaban conscientes las autoridades españolas, por lo que quisieron liquidarla violentamente; que fue una revolución que transformó un sistema de gobierno, pues devino en otros de orientación constitucional y republicana; y, en fin, que se la hizo con el sacrificio de muchas vidas, terriblemente destruidas por los cadalsos, las balas y las bayonetas de tropas llegadas de los virreinatos vecinos y cuyo punto de partida es la masacre del dos de agosto de 1810. Es, por lo tanto, un homenaje a todos los héroes del largo proceso que iniciado el 10 de agosto de 1809 sólo culminó para nuestra patria el 24 de mayo de 1822. También lo es para los pocos ciudadanos que simpatizaron o se vincularon en Cuenca con los anhelos de la Junta Suprema de Quito, que sufrieron persecuciones y sentencias de muerte por sus ideales políticos. Varios son de otras regiones como el cubano Francisco (García) Calderón, funcionario de la reales cajas y padre de Abdón, nuestro héroe del Pichincha. Sus bienes fueron confiscados, dejando en la mayor pobreza a su familia. Logró la libertad cuando llegó el comisionado regio Carlos Montúfar, volvió a unirse al movimiento revolucionario
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UNOS POCOS PATRIOTAS EN CUENCA

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hasta que fue derrotado y condenado a muerte en diciembre de 1812. Su esposa Manuela Garaicoa y sus hijos se trasladaron a vivir en Guayaquil, desde 18132; el quiteño Blas Santos, conductor del correo de la capital; José González, de profesión platero, natural de Ibarra, vecino de Quito y transeúnte en Cuenca, sospechoso por sólo el hecho de provenir de la capital; el quiteño Juan Antonio Terán, residente en Cuenca, acusado de haber escrito una carta al marqués de Selva Alegre en la que opinó que era mejor ser gobernados por patricios criollos que por europeos y por comunicar a la Junta de Quito lo que ocurría en Cuenca; el payanés Joaquín Tobar, interventor de correos de Cuenca, por poseer unos versos en contra de los criollos y otros de contestación, con críticas y burlas a los chapetones; también se le acusó por emitir expresiones seductoras, por aprobar lo ocurrido en Quito y por tener entre sus papeles una carta de Quiroga. Enfermó, se contagió de tercianas, y en agonía se le trasladó al hospital donde murió. El bogotano Vicente Melo, avecindado en Quito, portador de una carta, interceptada por los espías de Melchor Aymerich, donde constaban algunos planes para incorporar a Cuenca en la revolución quiteña de 1809, incluyendo la captura del gobernador. Hay que añadir en esta lista a los veinticuatro soldados que llegaron a Cuenca, con el sargento Mariano Pozo, quien estuvo vinculado con los preparativos del 10 de Agosto de 1809 y que vino para renovar a quienes habían cumplido su período de vigilancia en nuestra ciudad. Por la obsesión del gobernador Melchor Aymerich y de su inspirador, el obispo Andrés Quintián Ponte, todo quiteño se convirtió en sospechoso de traición. Con su influencia consiguieron que el Cabido cuencano aprobara una resolución relacionada con el embargo y la confiscación de los bienes de todos ellos, sin perjuicio de los respectivos juicios que se les pudiera seguir. De entre los pocos cuencanos simpatizantes del movimiento libertario de 1809 sobresale uno de gran nombradía en esa fecha, don Fernando Salazar y Piedra, quien ocasionalmente firmaba también como Francisco Guerrero Salazar y Piedra, alcalde de primer voto, que se opuso
2 En el archivo histórico municipal que reposa en el Museo Remigio Crespo Toral hay un libro de las sesiones de las Juntas Administrativas que cubre los años de 1806 a 1851. Una antigua numeración lo signó con el N. 56. Allí constan los razonamientos de Francisco Calderón para oponerse a la entrega del dinero solicitado por Melchor Aymerich en agosto de 1809. Su adhesión a la causa libertaria le llevó al martirio, pues fue fusilado el 4 de diciembre de 1812 en Ibarra.

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con Francisco Calderón, a entregar una suma solicitada por el gobernador, por decisión de una Junta auxiliar del Cabildo, para cubrir lo primeros gastos en la organización de la defensa del tradicionalismo contra los revolucionarios de Quito. Tenía sesenta y un años de edad cuando fue apresado y procesado, junto con Calderón y otros sospechosos. Cuando su hermana Rosa intervino en el proceso, se le hizo saber que debía guardar perpetuo silencio o de lo contrario se tomarían en su contra otras providencias que afectarían sus bienes, su seguridad y su vida. Los presos fueron remitidos a Guayaquil, donde les esperaba el apasionado realista Bartolomé Cucalón, gobernador de esa ciudad, para exhibirlos en público como traidores, luego encarcelarlos y vejarlos. De la lectura de los documentos transcritos y de otros relacionados con estos años iniciales de luchas heroicas, se pueden extraer otros nombres de personas que estuvieron por el cambio en esta hora difícil para la patria. He aquí algunos: Joaquín Vallejo; quien después de dos meses de estar preso sin que se le tome una sola declaración, pidió su libertad; Miguel Fernández de Córdova, oficial de las cajas reales, por haber participado en la redacción de los oficios enviados por Francisco Calderón, así como por haber dicho, por declaración de testigos, que estaba bien quitarles el mando a los chapetones y por haber redactado un diario con el registro de los acontecimientos que, según su criterio, lo hacía siguiendo una tradición establecida desde tiempos atrás, como los viejos cronistas; Juan José Aguilar, portador de una comunicación dirigida a Luis Cobos, con el nombramiento de corregidor del Cañar, quien logró salir con una fianza; Antonio Moreno, por haber comentado en Paute que en Quito pagaban a los soldados un peso diario y que aquí sólo dos reales; Teodoro Ordóñez Pesántez, porque en Pucará había dado la noticia de lo ocurrido en Quito; Manuel Rivadeneira, por conducir comunicaciones de funcionarios de Cuenca dirigidas a la Junta. Sus privadas libertades y en algunos casos sus vidas, fueron semillas que prosperaron pocos años después y que dieron sus frutos el Tres de Noviembre de 1820. A los nombres citamos anteriormente añadimos los de otros simpatizantes del movimiento libertario de Quito. Uno es el Pablo Tames, quien en una conversación había aprobado a la Junta de Quito; otro es Guillermo Valdivieso, este por haber dirigido unas comunicaciones a Cuenca y Loja sobre la Junta de Quito. Se le embargaron sus bienes, incluyendo una recua de 500 mulas chúcaras. El regidor y fiel eje127

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cutor de Loja José Maldonado fue comisionado por las autoridades de su ciudad para que desembarguen las mulas, algunas de las cuales pertenecían al comerciante guayaquileño Carlos Lagomarsino y otras a Francisco Calderón. Por una reclamación insistente de Pío Valdivieso, se logró que se levante el secuestro, previa una fianza. El gobernador y el Cabildo cuencano organizaron procesos de juzgamiento contra los que habían mostrado alguna simpatía por el movimiento quiteño iniciado del 10 de agosto de 1809. Eran sospechosos todos los que habían mantenido alguna correspondencia con las nuevas autoridades de Quito, los que de cualquier manera, aunque sea con una expresión, se habían interesado por la revolución. El primer paso fue el embargo, la confiscación y el remate de sus bienes. Después se integró un tribunal compuesto por Juan López Tormaleo, teniente asesor de gobierno; por el regidor José Neira y Vélez; por Carlos Célleri, fiel ejecutor. Algunos se excusaron por tener otros compromisos, y fueron sustituidos por José María Vázquez de Noboa y por Luis José de Andrade y Hermida. Cuando hubo recusaciones actuaron el licenciado Miguel Gil Malo, el doctor Salvador Pedrosa y el doctor Juan Agustín Carrión. Los ocho más complicados, según el criterio de las autoridades cuencanas fueron enviados a Guayaquil, otros al Callao y unos pocos se quedaron en Cuenca para ser juzgados por el mencionado tribunal. En todos los lugares se les trató inhumanamente, con cepos, grillos, sin camas, sin proporcionarles por lo menos una camisa y con poca comida. El conductor de los presos con destino a Guayaquil fue Pablo Ylario Chica, quien se comportó inhumanamente, pues los llevó maniatados, con grillos en los pies, mal protegidos del frío del Cajas y con todo tipo de injurias y amenazas. Comenta el historiador Víctor Manuel Albornoz: “Aymerich no tiene el valor de castigar con propia mano a los que juzga culpables. Los envía para que lo haga un energúmeno, prevalido de su cargo de gobernador del Guayas, don Bartolomé Cucalón, nacido para verdugo antes que para mandatario…”3
3 Albornoz, Víctor Manuel, “Movimiento cultural de Cuenca durante la época de la colonia. La revolución de 1809”, en Revista Tres de Noviembre N° 37, Cuenca, enero, 1939, p. 60.

ENJUICIAMIENTOS DE LOS SOSPECHOSOS

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Cuando recuperó el poder el conde Ruiz de Castilla, solicitó que los presos enviados al Callao sean devueltos a su jurisdicción. Se les enceró en las cárceles de Quito y muchos de ellos murieron el 2 de agosto de 1810. Los abogados defensores, con mucho temor, sólo pudieron acusar a los miembros del tribunal de parcializaciones, apasionamiento y prevención o alegaron la existencia de errores en los sumarios judiciales. BREVES COMENTARIOS SOBRE LOS DOCUMENTOS LOCALIZADOS Y TRANSCRITOS

La serie de documentos signados en el Archivo General de Indias como Lima 803 fue preparada por las autoridades de la ciudad de Cuenca a fines de 1809 y a principios de 1810, según las certificaciones de los escribanos y tuvo como objetivo claro la obtención de mercedes a favor de la ciudad, entre las que estaba recibir la designación de Fidelísima, que debía concederlas Fernando VII o quienes le reemplazaban legalmente, mientras permanecía en cautiverio bajo las órdenes de Napoleón Bonaparte. Los documentos son copias certificadas de los originales que se archivaban en la ciudad y que algunos historiadores los han podido revisar, entre otros, Alberto Muñoz Vernaza, quien los utilizó parcialmente para la publicación de su obra Memorias sobre la Revolución de Quito4, dentro de la cual hay comentarios y ocasionalmente transcripciones de fragmentos, así como otros documentos que no están en esta recopilación preparada para los efectos antes indicados. También fueron revisados y estudiados parcialmente por Octavio Cordero Palacios y por Víctor Manuel Albornoz, aunque es él quien informa que el libro de actas de los años 1809 y 1810 ya no se encuentran en el Archivo Histórico del Municipio de Cuenca. Nuestra principal aportación está en la versión paleográfica de una copia obtenida en el Archivo General de Indias durante un programa de recuperación de documentos, iniciado por el Banco Central del Ecuador en 1979 y continuado por varios años, cuyo resultado fue la
4 Muñoz Vernaza, Alberto, Memorias sobre la Revolución de Quito, La Unión Literaria, publicada por entregas desde 1909 hasta 1911. También la publicó la Universidad de Cuenca en 1966 en su Revista Anales y en una separata.

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microfilmación de miles de páginas seleccionadas por un equipo que inicialmente estuvo presidido por el doctor José Rumazo González e integrado por el doctor Ricardo Muñoz Chávez, por Hernán Malo González y por el autor de esta publicación, quien tenía la calidad de secretario y tesorero del proyecto. En Sevilla se logró la participación del excelente historiador doctor Javier Ortiz de la Tabla, quien tomó la dirección del equipo, una vez organizado y puesto en funcionamiento, cuando debimos regresar al Ecuador, transcurridos dos meses. Dentro del grupo estuvo Montserrat Fernández Martínez, quien fue la que localizó el legajo, no en la sección que habíamos estudiado íntegramente, la de la Audiencia de Quito, sino de la de Lima. Ella nos proporcionó una copia al tomar conciencia de que era de sumo interés para los ecuatorianos y en particular para los cuencanos, varios de los cuales habíamos iniciado el proyecto que lo bautizamos con el nombre del gran historiador José Rumazo González. Los primeros documentos evocan una historia de honores y servicios prestados por Cuenca a la Corona. Quienes organizaron el legajo partieron de la concesión de un estandarte, por parte del Virrey Andrés Hurtado de Mendoza, que estuvo destinado a complementar otros dados anteriormente por el mismo: un escudo, encabezado por el lema Primero Dios y después Vos, así como la facultad de llamarse Muy Noble y Muy Leal ciudad de Cuenca, emitidos a fines del mismo año de su fundación. El que encabeza esta serie dice: “El Excelentísimo señor Virrey en virtud de los reales poderes de que está designado y en uso de sus facultades concede licencia para que la ciudad de Cuenca pueda tener un estandarte y en él pintadas las armas de ella para el ennoblecimiento y honra de la dicha ciudad y sus vecinos en premio de sus servicios y lealtad. Los Reyes a 28 de marzo de 1558.” Después se han copiado varios documentos sobre la participación de Cuenca en la defensa de Guayaquil, amenazada en algunos casos e invadida en otros por piratas y corsarios. También hay uno sobre la protección del sector oriental, acosado constantemente por los llamados jíbaros, indígenas a quienes no pudieron someterlos en el proceso de conquista. Dicen textualmente: 1.- En el año y siglo pasado de 1687 con motivo de haber sorprendido el inglés la ciudad de Guayaquil, acuerda el corregidor de esta de Cuenca, con sus vecinos para auxiliar y defender los legítimos derechos, la patria y a dicha ciudad de Guayaquil.

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En esta articulo, hemos dado prioridad a la información sobre los documentos relacionados con la conmemoración del bicentenario de la revolución del Diez de Agosto de 1809, acontecimiento fundamental en nuestra historia. Es una contribución para su estudio, debate y profundización, pues se trata de la primera transformación política dinamizada por quiteños, cuyos logros se consiguieron con heroísmo. Los documentos, como primeras fuentes de información, hablan por sí solos de todo lo que ocurrió en Quito desde el 10 de agosto de 1809 hasta la finalización de ese año, así como de sus inmediatas repercusiones en lo que pronto sería la República del Ecuador. El equipo que se organizó para la transcripción estuvo presidido por el autor de esta obra, contó con la colaboración de Paola y Felipe Cáceres Ochoa y tuvo una revisión final del experto paleógrafo Lcdo. Julio Delgado. LISTA DE LOS DOCUMENTOS RELACIONADOS CON EL DIEZ DE AGOSTO DE 1809

2.- Conviene lo obrado en el año, y siglo pasado de 1687 en esta ciudad de Cuenca, colectando toda clase de armas, y alistándose en Tropas revolucionarias para auxiliar la Provincia de Guayaquil que fue sorprendida por el enemigo inglés. 3.- Acredita que la ciudad de Cuenca ha socorrido a la de Guayaquil con gente, armas, pólvora y bastimento en las ocasiones de invasión del enemigo a costa de los vecinos de dicha ciudad de Cuenca. 4.- El corregidor de la ciudad de Cuenca con acuerdo del Cabildo, y previo Consejo de Guerra le da los auxilios que solicitan el Gobernador de las Provincias de Quito, y Macas contra los indios Jíbaros que amenazaban. 5.- El Cabildo de la ciudad de Cuenca acuerda provenir y proviene Tropas armadas, y el vecindario hace erogaciones para auxiliar a la de Guayaquil contra el enemigo Inglés en los años de 1740 y 1741.

El expediente enviado por Cuenca consta de quince piezas o grupos, cada uno con su respectivo título y número. Del primero hemos hecho ya una relación. Para este artículo son pertinentes las piezas que van desde el número 2 hasta el 15, pues están relacionados con los acontecimientos ocurridos en torno al 10 de Agosto de 1809. Los títulos rezan así:
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Pieza N° 2 El Ilustre Cabildo en asocio de los cuerpos políticos de Cuenca, celebra actas consecutivas para contener la Rebelión de Quito en la novedad de haberse creado una nueva Junta Suprema de Gobierno a pretexto de haberse extinguido la Central de España e Indias, y en efecto se consigue la recuperación del legítimo gobierno hasta fines del mes de Noviembre de 1809. Constan los siguientes documentos: Actas del Cabildo de Cuenca del 16 y del 17 de agosto, del 9, 14, 21 y 28 de noviembre; del 4, 12 y 28 de diciembre.

Los documentos de esta serie comienzan el 16 de agosto de 1809 cuando el Cabildo conoce los sucesos del día diez. Según las normas jurídicas de la época, a falta de autoridad, era el cabildo municipal el que debía asumir las responsabilidades de la subrogación, pero desde la iniciación del conflicto sus integrantes se sintieron limitados e impotentes para llevar la grave responsabilidad de tomar decisiones sobre tan delicada situación y por ello, las dos autoridades mayores de la ciudad, Andrés Quintián Ponte y Melchor Aymerich, obispo y gobernador, ambas nacidas en España, involucraron a numerosos y destacados vecinos para lograr su objetivo, el que Cuenca no apoye a la Junta de Quito y que lidere la resistencia en el territorio de la Real Audiencia. Es probable que el gobernador Melchor Aymerich ya conociera el contenido del oficio de Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, presidente de la Junta Revolucionaria, porque tenía control de las comunicaciones a través de los responsables del correo y de numerosos espías que estaban a su servicio. Es posible que por ello quisiera comprometer a la mayor parte del vecindario a favor de su posición realista a ultranza, apoyada e impulsada plenamente por el obispo, Andrés Quintián Ponte y Andrade. Como el objetivo de la recopilación de documentos era mostrar los méritos de la ciudad de Cuenca en defensa de la política tradicional y en contra de la revolucionaria de Quito, se incorporaron en este grupo de documentos las informaciones de las últimas acciones tomadas en torno a la formación de cuerpos militares que estaban dispuestos a actuar contra los quiteños. Por supuesto se incluyeron los agradecimientos y las recomendaciones de las autoridades superiores del Nue132

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vo Mundo para las del Viejo, a favor de Cuenca. No se dejó de hacer constar los méritos del gobernador Aymerich en toda esta lucha antirrevolucionaria. UNA ANOTACIÓN MARGINAL: EL ENCABEZADO DE LAS ACTAS

Queremos hacer notar que en este lapso las actas del Cabildo encabezan con la insistencia en la lealtad de Cuenca a las autoridades de la Corona y por ello se dice, por ejemplo En la muy noble y muy leal ciudad de Santa Ana de Cuenca (08 de noviembre de 1809) o En la muy noble y siempre leal ciudad de Santa Ana de la Nueva Cuenca (4 de diciembre de 1809) o en esta noble y siempre fidelísima ciudad de Cuenca (10 de octubre) o En la muy noble ciudad de Santa Ana de Cuenca del Perú (28 de septiembre de 1809). Hay incluso un encabezado con un error cometido por el escribano público Ignacio Pazmiño, pues se dice En esta muy noble y muy leal ciudad de la Concepción de Cuenca del Perú. (26 de agosto), pues esa advocación de la Virgen María corresponde a la ciudad de Loja. Por último, hay una simplificada que dice solamente Santa Ana de la Nueva Cuenca en el Perú.

Están tres oficios del Presidente de la Junta Suprema de Quito dirigidos al Cabildo de Cuenca el mismo día 10 de agosto; un oficio del marqués de Selva Alegre al obispo de Cuenca Andrés Quintián Ponte y Andrade fechado el 12 de agosto; tres oficios del mismo marqués a Melchor Aymerich, fechados el 12, el 14 y el 21 de agosto; un oficio de Juan Larrea a Sebastián José López Ruiz del 21de agosto; tres de Vicente Peña Herrera: uno a Manuel del Pozo y Pino, del 22 de agosto, otro a administrador de correos, escrito en la misma fecha y, un tercero al Ayuntamiento de Cuenca del 23 de agosto; un oficio de Manuel
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Pieza N° 3 El Marqués de Selva Alegre, y los Individuos vocales de la Junta Revolucionaria, remiten avisos de la nueva planta de Gobierno, dirigen Cédulas, y Reales Ordenes, sobre provisión de nuevos Magistrados, y extinción del Ramo de Tabacos, y precio doble del papel Sellado, cabezón de Haciendas, y otros particulares, con que se comprueba la rebelión contra los Soberanos Derechos.

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Rodríguez Quiroga al administrador de correos, con fecha 22 de agosto; un oficio de Fermín Recalde de Alausí al administrador de correos de Cuenca, escrito el 24 de agosto; una copia de la real orden extinguiendo el ramo de tabaco, fechada el 12 de agosto (de esta hubo varias copias porque llegaron a diversas personas); un oficio de Juan Larrea a Atanasio Olea de 17 de agosto; un auto de obedecimiento suscrito en Alausí el 21 de agosto; copia de un pasaporte dado por Ramón Puyol y Ximénez, administrador de correo de Riobamba a José Espinosa, dado el 19 de agosto; una razón del día y hora que llegó el conductor a Cañar, del 21de agosto; una carta de Mariano Guillermo Valdivieso a Manuel Chica del 16 de agosto; una carta de Xavier Montúfar desde Riobamba a Manuel Chica, con fecha 19 de agosto; el título de gobernador de Cuenca a favor de José Neyra, de 16 de agosto; un oficio del marqués de Selva Alegre para José Neyra de 17 de agosto; una carta de José Ignacio Checa a José Neyra de 17 de agosto; una carta de Juan Salinas sobre los soldados que mudarán el destacamento de 17 de agosto; varias propuestas de nombramientos de abanderados de las nuevas milicias de 14 de agosto; una carta de José Sánchez de Orellana a su primo, de 15 de agosto; el título de asesor del gobernador a favor de Pablo Ylario Chica, de 16 de agosto; una carta de José Ignacio Checa a Pablo Ylario Chica de 17 de agosto; la Arenga del marqués de Selva Alegre de 16 de agosto. (Esta ha sido transcrita varias veces, pues llegaron a diversos destinatarios); una carta de Guillermo Valdivieso a su hermano Pío y otra del mismo dirigida a José Maldonado, ambas del 17 de agosto; una carta de José Ignacio Checa a Francisco García Calderón de 17 de agosto; una carta de José Sánchez de Orellana al obispo Andrés Quintián, de 17 de agosto; un pasaporte concedido por Juan de Dios Morales a Vicente Melo, de 17 de agosto; un oficio del marqués de Selva Alegre al gobernador de Cuenca, de 17 de agosto; una carta desde Biblián de Pedro López de Argudo al Cabildo sobre retención de la correspondencia portada por Vicente Melo, de 25 de agosto; una copia de un acta del Cabildo de Quito enviada al Cabildo de Cuenca el 23 de agosto; la resolución del Cabildo de Cuenca sobre el obedecimiento sólo a la Junta Suprema que reside en Sevilla, del 27 de agosto; una copia de la carta del marqués de Selva Alegre al obispo de Cuenca, de 21 de agosto; la contestación del obispo de Cuenca al marqués de Selva Alegre dada el 28 de agosto; un auto de los senadores de la sala del crimen sobre juicios verbales para agilitar los trámi134

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tes, dado el 26 de agosto; copia del nombramiento de Vicente Argudo como juez pedáneo de Chunchi de 28 de septiembre; un pasaporte para José María Palacios, dado por Juan Pío Montúfar el 18 de septiembre; una copia del oficio del administrador de correos de Cuenca al de Quito de 14 de septiembre; una respuesta dada al anterior oficio de 22 de septiembre; un oficio del conde Ruiz de Castilla sobre José Ignacio Checa dado el 12 de septiembre; dos oficios de Felipe Fuertes Amar, uno a su tío el virrey Antonio Amar y otro a Melchor Aymerich de 17 de agosto y de 18 de septiembre, respectivamente; un oficio de José Ignacio Checa al Cabildo de Cuenca. 07 de diciembre; y, un oficio de Antonio de la Peña a Manuel Rada, de 1 de octubre. Como se puede deducir de la enumeración, este grupo de documentos está integrado por las comunicaciones oficiales de parte de la Junta Suprema de Quito dirigidas al Cabildo cuencano, incluyendo la lista de nuevas autoridades, sus tratamientos, remuneraciones, etc. También se han incorporado otros, de carácter privado e incluso anónimos, que muestran otras facetas de análisis del pensamiento de varias personas de diversa jerarquía social sobre los acontecimientos del Diez de Agosto. Las arengas de Juan Pío Montúfar, varias veces transcritas, así como las de Rodríguez Quiroga y los comentarios que se hacen incluyen aspectos doctrinarios, temas políticos y hasta reflexiones filosóficas y teológicas que dan testimonio de las corrientes en vigencia en aquella época. Particularmente son dignos de un profundo análisis los comentarios del obispo Andrés Quintián Ponte. Se copian varias veces algunos documentos emitidos por la Junta, como por ejemplo el relacionado con la extinción del ramo de tabacos y las reformas sobre el cabezón y el papel sellado, o los interceptados por el servicio de espionaje, como el nombramiento de gobernador de Cuenca para José Neyra, quien lo rechazó y se puso a trabajar intensamente con las autoridades de la ciudad para demostrar su lealtad y suprimir cualquier sospecha que se tenga de él. Igual cosa pasó con las comunicaciones enviadas a Pablo Ylario Chica, quien debía sustituir al asesor Juan López Tormaleo. También se incluye el pasaporte dado por Juan de Dios Morales a favor de Vicente Melo, a quien se le apresó y enjuició. Además, se han transcrito comunicaciones particulares como la de José Sánchez de Orellana sobre la conformación de la Junta, la
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información de los hechos del diez y días subsiguientes con detalles minuciosos y la formación de una Falange militar. La arenga de Juan Pío Montúfar destinada a Francisco Calderón vuelve a transcribirse así como cartas privadas del marqués. Dentro de esta documentación está la resolución oficial del Cabildo de Cuenca, emitida el 27 de agosto de 1809, de no obedecer a otra Junta que no sea la que reside en Sevilla. Este es el documento que recoge oficialmente el pronunciamiento de Cuenca, pues hasta entonces, había ciertas cavilaciones y dudas. Un oficio dirigido por Juan Pío Montúfar al obispo Andrés Quintián es objeto de una larga respuesta, llena de datos históricos de las resoluciones que se habían tomado en España sobre las diversas juntas, así como algunas reflexiones y consejos, surgidos aparentemente de la humildad de un pastor y que conducían a pedir que deponga su actitud y que se vuelva a la situación anterior al Diez de Agosto. Predice que lo que se ha hecho causará graves daños y que no le gustaría ser testigo de ellos, concluyendo que él se ofrecía como víctima propiciatoria para aplacar la ira divina. Consta en este grupo de documentos el establecimiento de los juicios verbales para acelerar la administración de justicia, tema sobre el que se habían quejado permanentemente los vecinos. Es amplia la documentación sobre José Ignacio Checa, gobernador de Jaén de Bracamoros, que estuvo en Cuenca cuando ocurrieron los sucesos del Diez de Agosto, con los que estuvo vinculado; sin embargo, cambió de bando, dirigió una parte del ejército contrarrevolucionario y a pesar de ello se le retuvo hasta diciembre, mes en el que le dejaron pasar a su destino, después de comprobar reiteradamente su lealtad. Por ser particularmente interesante, transcribimos la primera acta de esta serie de documentos. /P. 125/ En la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santa Ana de Cuenca a los diez y seis de agosto de mil ochocientos y nueve. Los Señores Coronel de los Reales ejércitos, Don Melchor de Aymerich, Gobernador Político y Militar de esta ciudad; Don Fernando Guerrero y Salazar, Alcalde Ordinario de primer Voto; Don José María Noboa, Alcalde Ordinario de Segundo Voto; y, Doctor Don Joaquín Salazar, Abogado de la Real

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Audiencia y otros, de este Muy Ilustre Cabildo, sin asistencia de los demás Señores por ausencia según la razón dada por el Escribano de este dicho Cabildo expresando, que aunque Don Ignacio Dávila Regidor Decano estaba en esta Ciudad y casa de su morada se había retirado a la Quinta de su propiedad distante de ella, etc. Hallándose juntos y congregados en esta Sala a las doce horas de su día a efecto de abrir un Pliego que acaba de llegar con nema para este Muy Ilustre Cabildo, franqueado con Sello de la Administración de Correos de Quito al parecer, y despachado, según un rótulo que se halla en el mismo nema, por el Presidente de la Suprema Junta; acordaron los Señores /126/ que por la total falta de los Señores Regidores ausentes en el campo se convocase para efecto de abrir dicho Pliego a los Sujetos más expertos de esta Ciudad, como son: el Prebendado Doctor Don Tomás Borrero, Doctor José María de Landa, Secretario del Ilustrísimo Señor Obispo, Don Antonio Soler, Tesorero Oficial Real, Don Antonio García y Trilles, Administrador de Correos, Don Juan Rivera, Contador del Real Ramo de Alcabalas, Don José Herze, y el Doctor Don Nicolás Mosquera, y que los relacionados ratifiquen antes de todo el Juramento debido de fidelidad al Soberano, Don Fernando Séptimo y en su Real nombre a la Suprema y Real Junta Central que gobierna el Reino, de amor a la Patria, y de guardar secreto en todo lo que se tratare y acordare, con lo cual se concluyó este acuerdo, y lo firmaron los Señores por ante mí de que doy fe. Melchor Aymerich.– Fernando de Salazar y Piedra.– Lcdo. José María Vásquez de Noboa.– Dr. Joaquín de Salazar.– Antonio José Villavicencio y Andrade, Escribano Público de Cabildo y Real Hacienda; inmediatamente comparecieron los Señores electos y previa licencia del Ilustrísimo Señor Obispo Diocesano por lo que hace a los Doctores Don Tomás Borrero, y Doctor Don José María Landa y Ramírez, inteligenciados del acuerdo que antecede rectificaron el juramento en /127/ toda forma de Derecho a presencia de los Señores Gobernador, y Alcaldes Ordinarios con arreglo a los particulares contenidos en dicho acuerdo expresando que así lo juraban: en su consecuencia, se abrió el referido Pliego que visto se encontró que contenía un oficio dirigido de dicha Ciudad de Quito a los diez de Agosto presente, firmado al parecer por el Señor Marqués de Selva Alegre, comunicando que el Pueblo de dicha ciudad temeroso de ser entregado a la Dominación Francesa se ha congregado, y declarado haber cesado legítimamente los Magistrados en las
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funciones que tenía la Junta Central, y que en su consecuencia había creado otra igual Suprema Junta interina con el tratamiento de Majestad para que gobierne en nombre del señor Don Fernando Séptimo (que Dios guarde) mientras su Majestad recupera la península o viene a imperar en América, eligiendo de Presidente de ella, a el referido señor Marqués de Selva Alegre, con tratamiento de Alteza Serenísima: y que lo participaba a este dicho Muy Ilustre Cabildo para su inteligencia y a fin de que elija y nombre representante de este cuerpo con el Sueldo de dos mil pesos anuales, según la disposición Soberana del Pueblo: en este estado se hizo presente /128/ y concurrió el Señor Regidor Decano Don Ignacio Dávila y con su acuerdo dijeron: que por cuanto la materia a que se contrae el citado oficio exige una madura consideración para resolver lo conveniente sobre ella, acordaron que en primer lugar se pase oficio a el Señor Gobernador, Subdelegado de esta Ciudad a fin de que en Junta de Real Hacienda disponga la extracción del Dinero para el Sueldo de cien hombres que el mismo Señor Gobernador deberá poner inmediatamente sobre las Armas para la defensa en los casos que ocurran en obsequio en los derechos del Nuestro Augusto Monarca el Señor Don Fernando Séptimo, de la Patria, y la Religión por el tiempo que se conceptúe conveniente: en segundo, que pasen dos Comisionados a la ciudades de Guayaquil y Loja, llevando consigo testimonio del relacionado oficio del Señor Marqués de Selva Alegre, y un exhorto en forma para que los Jefes y Cabildos de una y otra ciudad se sirvan remitir a esta en calidad de auxilio cien hombres, y los más que se proporcione con las correspondientes Armas, mediante a convenir así para el mejor servicio del Rey Nuestro Señor, de la Patria, y de la Religión: prevenidos los comisionados de reflexionar las circunstancias /129/ en cada lugar y según ella, entregar los pliegos que conduzcan atendiendo siempre el servicio de Nuestro Soberano y de la Patria: que para los gastos necesarios de conducción de los expresados Comisionados se extraigan trescientos pesos del caudal de propios, bajo el libramiento, partida y libro respectivo, y se entreguen los cien pesos al que debe pasar a Loja, y los doscientos al destinado para Guayaquil, con la calidad de que se les reintegrará del mismo caudal los mayores costos que impendan: que dichos comisionados lo sean los doctores: Don José María Landa, y don Joaquín de Salazar y Lozano, el primero para la ciudad de Loja, y el segundo para la de Guayaquil, dándoseles por el Gobierno los despachos, y órdenes conducentes para que los Tenientes y Mandones de los
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Pueblos del tránsito auxilien con cuanto convenga a la pronta expedición: advertidos los citados comisionados de guardar toda reserva acerca de los objetos de sus destinos hasta el arribo a los expresados lugares, que así mismo se pase otro despacho, y testimonio del ya referido oficio al Excelentísimo Señor Virrey de Lima, a efecto de que su Excelencia se sirva auxiliar a esta Provincia en obsequio de los derechos de la Nación, con doscientos hombres de tropa, junto /130/ con los resguardos y pertrechos debidos: que se dé cuenta a la Junta Suprema Central que gobierna en nombre de su Majestad, nuestro suspirado Señor Don Fernando Séptimo, y al Excelentísimo Señor Virrey de este Reino para que inteligenciados de lo precedido se sirvan dictar las Providencias convenientes que se dan en el buen servicio del Rey, la Patria y la Religión: reservándose proveer acerca de lo principal del oficio del memorado Señor Marqués de Selva Alegre para la siguiente Junta que deberá celebrarse el día diez y ocho del que rige. Con lo cual se concluyó esta Acta que las firmaron los Señores que la componen de que doy fe. Y de que así mismo acordaron los dichos Señores que su Señoría el Señor Gobernador que preside esta Junta, tome y dicte, todas y cualesquiera providencias que juzgase ser más conveniente al mejor servicio del Rey y de la Patria, y últimamente que el mismo Señor Gobernador despache las órdenes necesarias para que todos los Señores Regidores que se hallan ausentes se dirijan a esta Ciudad, sin excusa ni pretexto alguno, y bajo la multa de cincuenta pesos aplicados a disposición de esta Junta, en el día que recibieren dichas órdenes. Melchor Aymerich.– Fernando de Salazar y Piedra.– Licenciado José María Vásquez /131/ de Novoa.– Ignacio de Dávila y Astudillo.– Antonio Soler.– Tomás Borrero.– Doctor José María de Landa y Ramírez.– Antonio García.– Doctor Joaquín de Salazar.– José de Herze.- Juan de Rivera.– Nicolás Mosquera.– Ante mí José Villavicencio y Andrade Escribano Público de Cabildo y Real Hacienda. Pieza N° 4 Varios Individuos residentes en la Ciudad de Quito, remiten papeles seductivos al nuevo sistema creado el día Diez de Agosto, y se reservan de orden del Ilustre Ayuntamiento, para evitar la propagación en la de Cuenca.
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Constan los siguientes documentos: Carta de Francisco Xavier Salazar al gobernador de Cuenca. 22/Ago/1809; Carta de Antonio Tejada al gobernador de Cuenca. 22/Ago/1809; Copia de la arenga del marqués de Selva Alegre. 22/Ago/1809; Copia de la arenga de Manuel Rodríguez Quiroga. 22/Ago/1809; Carta de Vicente Viteri al Obispo de Cuenca. 22/Ago/1809; Carta de Antonio Erdoiza a Antonio García. 23 /Ago/1809; Carta de Rudesindo Toral a Mariano Crespo. 22/Ago/ 1809; Carta de Juan de Dios Morales a Antonio García. 23 /Ago/1809; Carta de Antonio Tejada a Tomás Borrero. 22/Ago/1809; Carta de Cristóbal Gómez a Tomás Borrero. 22/Ago/1809; Carta de José Paz Albornoz a Fausto Sodupe. 22/Ago/1809; Carta de Luis María Torres a Mariano Pozo. 22/Ago /1809; Copia de la Arenga de marqués de Selva Alegre. s.f. (Una copia más); Copia de la Arenga de Manuel de Rodríguez de Quiroga. s.f. (Una copia más); Manifiesto del Pueblo de Quito. Defensa de la Junta Suprema. (Sin fecha); Empleados de la Junta. Detalle. 22/Ago/1809; Carta de Luis María a su padre. 22/Ago /1809; Arenga de Manuel Rodríguez de Quiroga. (Una copia más, sin fecha); Arenga de Juan Pío Montufar. s.f. (Una copia más, sin fecha); Carta de Antonio Mateo Venegas a Santiago Lozano. 22/Ago/1809; Cuartetas dobles contra los Quiteños. s.f.; Maldición de Cuenca. s.f.; Carta a Manuel Arízaga. s.f.; Carta de Mariano Salazar a Manuel Arízaga. s.f.; Carta anónima a Mauricio Salazar. 22 de /Sep/1809; Carta a Joaquín Salazar y Lozano. s.f.; Carta a Joaquín Salazar y Lozano del Asesor de Rentas y Correos. 07/Sep/1809; Carta anónima a Inicia Álvarez. 22/Sep/1809; Otra carta anónima a la misma. 22/Sep/1809; Otra carta anónima a la misma. s.f. Es de sumo interés este conjunto de documentos sobre las recriminaciones de cuencanos y quiteños en torno a su participación en la revolución o en la contrarrevolución, partiendo de los versos escritos bajo la denominación de Maldición de Cuenca y los comentarios que se hacen en cartas particulares. Revelan los antagonismos regionales que existían desde entonces y que aparecían en décimas, como las famosas del padre Juan Bautista Aguirre o en estas menos famosas, pero muy duras e insultantes.

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¿Quién es el Perro halagüeño? Quiteño ¿Que aunque muerde hace que lame? Infame ¿Por esencia engañador? Traidor ¡Para afuera adulador! Mastín retrato del diablo ¿no me entiendes? Contigo hablo Quiteño, infame, traidor ¿Quién es el sabio en despeño? Quiteño ¿Que discurre poco a poco? Loco ¿Y al fin pare con garabato? Insensato Vuelve ente un corto rato Mira que estás delirante Y os muestras sabio ignorante Quiteño loco insensato ¿Quien es el Monarca en sueño? Quiteño ¿Puesto en solio cual Luzbel? Infiel ¿Audaz, vil y presuntuoso? Orgulloso Tu fin será lastimoso otro que de Satanás: Napoleón, y algo más Quiteño, infiel, orgulloso ¿Quién está en pérfido empeño? Quiteño Negando obediencia al Rey Sin ley ¿Rebuznando en ronca voz? Sin Dios

Cuartetas dobles contra los Quiteños

Con qué tizne tan atroz has marcado tu Nación pregonando irreligión Quiteño, sin ley, sin Dios. ¿Quién es de lo ajeno dueño? Quiteño ¿Que de uñas toca arrebato? Gato ¿Por Quiteña institución? ladrón sape, sape picarón trapacista conocido pues eres, serás y has sido Quiteño, Gato, Ladrón Maldito seas tirano si insistes en tu osadía Y sigues con rebeldía contra nuestro Soberano: Dios te deje de su mano, mil rayos despida el cielo, la tierra se abra a celo, los fieles su ira descarguen, y los demonios te carguen, al Infierno sin consuelo. Morlacos la Religión grita a voces en el día Deponed la cobardía, y mirad por la oración: tratad pues en la ocasión que aquí se esta meditando id vuestros bienes guardando y tened en el lugar sólo en vuestro meditar Religión, Patria, y Fernando. Tomad las Armas en mano y a esa Quito fementida
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(Maldición de Cuenca.) 277 Quito infiel, traidor fatal Se confirmó tu osadía centro de la obscenidad perdió el velo tu maldad depósito de maldad y viene a ser Ciudad esencia del mismo mal: corte de Bellaquería: ¿quién te hizo Junta Central? ya plantó la picardía ¿quién te dio tanto poder? su trono con altivez ¿para que vengas a ser Quito de corte te ves, corte central despotismo? Pero corte de traidores no hay duda tu fanatismo ya verán tus Protectores en la nada se ha de ver. de su fortuna el revés. La contestación es, igualmente, muy subida de tono:

enseñadle que es debida la obediencia al Soberano: Con un furor inhumano desolad esa esperanza

de la quítense mudanza, y muy pronto en la ocasión vea su fin la presunción de Don Juan de Sancho Panza

(Dice el interesado que el que escribió es el presbítero Don Pedro Roa.)

Recibí tu carta, y con ella las cuartetas que me pones, linda, alhaja, como tuya, y así dile al que las hizo, que si esta ciudad tan ridícula no le hubiera dado curia a ese de Cuenca, no supiera la Burra silvestre ni aún rebuznar, como ahora rebuzna, ni supiera moverse como ahora da coces contra su Maestra. Con razón dijo David y quizá hablando con los Morlacos: No lite fieri Sicut Equus et mulos, quibus non est intelectus. Pero ya es preciso dispensar la bestialidad voraz con que ese maldiciente hiere a quién le quiso hacer racional; y así decimos con nuestro maestro, y Redentor: Pater demite illis: non enim seicunt quid faciunt. Y te digo que si tú no fueras de la misma raza no me hubieras enviado semejante Papel con tan crasa e insultante imprudencia, el que te lo vuelvo para que lo metas en el trasero del mulón que lo hizo, y no me escribas más.

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UNA NOTA SOBRE EL ESPIONAJE

Pieza N° 5. El Ilustrísimo. Señor Obispo Doctor Don Andrés Quintián, y Venerable Cabildo a consecuencia de lo pedido por el Ilustre Ayuntamiento acuerdan dar por vía de préstamo todos los caudales de su pertenencia para el costo de los gastos de la defensa de los Derechos Sagrados de la Religión, Rey, y Patria contra el nuevo sistema revolucionario de Quito. Constan los siguientes documentos: Acta del Cabildo Eclesiástico de Cuenca. 22/Ago/1809; Oficio del Cabildo Eclesiástico al Ayuntamiento de Cuenca.22/Ago/1809; Acta del Cabildo Eclesiástico de Cuenca. 23/Ago/1809; Oficio de Andrés Quintián a Melchor Aymerich. 24/ Ago/1809; Acta del Cabildo Eclesiástico sobre el Juramento de fideli-

Hubo espionaje a fines del siglo XVIII y a comienzos del XIX, sobre todo de la correspondencia. En Cuenca se incentivó más durante el proceso independentista, con el impulso dado por el gobernador Melchor Aymerich. Los patriotas se valían de viajeros de confianza para enviar los documentos reservados, pero había en los caminos personas que revisaban minuciosamente las cargas y si pasaban un primer registro había otro, más detallado, como ocurrió con una documentación enviada por medio del comerciante quiteño Manuel Rivadeneira, detenida en el Hato de la Virgen, cerca del Nudo del Azuay. En un registro inicial no se encontró nada, pero en un segundo se descubrió un entripado donde estaban varias cartas enviadas al Presidente de la Junta Suprema por el alcalde Fernando Salazar y Piedra, por el contador real Francisco Calderón y por Juan Antonio Terán. También por el lado contrario se practicaba el contraespionaje, cuando se descuidaban las autoridades, se capturaban también las comunicaciones. Esto pasó, por ejemplo, cuando el joven quiteño Antonio de la Peña, interceptó una carta de Pedro Calixto, quien traicionando a la Junta Suprema, se dirigía a Melchor Aymerich para que atacara a los patriotas. La mayor parte de los procesos seguidos contra los simpatizantes del movimiento libertario del Diez de Agosto, tuvieron como pruebas las cartas capturadas por este sistema.

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dad de las comunidades religiosas. 12/Sep/1809; Oficio del Obispo de Cuenca al Tesorero de diezmos. 26/Oct/1809. Estos documentos prueban la activa participación del obispo Quintián Ponte y Andrade en la lucha contra la Junta Suprema de Quito. Aquí pone a órdenes de las autoridades civiles los caudales que le correspondían a la Iglesia y da a conocer la renovación del juramento de las diversas comunidades, de lealtad al Rey y a su junta de Sevilla, desconociendo la de Quito. Fue alta la suma que se entregó en calidad de préstamo, que nunca fue repuesta, aunque una parte de ella estaba prevista para la instalación del Seminario, aprobado desde 1803 y que debía tener un edificio adecuado. El monto ascendió a 49.956 pesos.5 Pieza N° 6 El señor Gobernador de Guayaquil, a consecuencia de los avisos del Ilustre Cabildo de Cuenca se allana a la coligación de la defensa de la justa causa contra el sistema de Quito, e incluye los papeles públicos de odio, y abominación contra la Junta revolucionaria.

Están los siguientes documentos: Copia del exhorto del Gobernador de Guayaquil al marqués de Selva Alegre. 24/Ago/1809; Proclama de Bartolomé Cucalón a los Guayaquileños. 24/Ago/1809; Oficio de Bartolomé Cucalón al Ayuntamiento de Cuenca sobre auxilios militares. 27/Sep/1809; Oficio de Bartolomé Cucalón al Ayuntamiento de Cuenca sobre el arribo de los cabos y soldados apresados. 02/Sep/1809; Copia del segundo exhorto del Gobernador de Guayaquil. 04/Sep/1809; Oficio sobre la causa seguida contra Jacinto Bejarano. 13/Sep/1809; Oficio de Bartolomé Cucalón a los guarandeños. 13/Oct/1809; y, Carta oficio del Gobernador de Guayaquil al de Cuenca sobre asuntos militares. 19/Oct/1809. Este grupo de documentos muestran claramente que Guayaquil, con su gobernador a la cabeza, estuvo totalmente opuesto a la Junta de Quito y que se preparó, conjuntamente con Cuenca, para enfrentarse bélicamente, ofreciendo resistencia, bloqueando el comercio y
5 El total de dinero que salió de las cajas reales de Cuenca para atender las solicitudes del gobernador Melchor Aymerich en su afán de luchar contra la Revolución Quiteña fue de 94.213 pesos, pues a los prestados por el Seminario hay que añadir los tomados de la masa común de la real hacienda, los correspondientes a depósitos particulares y a la caja de consolidación.

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preparando el ejército que marcharía sobre Quito. Bartolomé Cucalón tenía mayor jerarquía que Melchor Aymerich y había recibido ciertas facultades que le daban más poder, lo que incomodaba al gobernador de Cuenca, quien quería atacar a toda costa y con solo sus fuerzas, para someter a la Junta de Quito, mientras el gobernador de Guayaquil mantenía ciertas indecisiones, en espera de los refuerzos pedidos, lo que después fue censurado por las autoridades españolas. También Cuenca había pedido refuerzos al virreinato del Perú, para este mismo fin. Pieza N° 7 Los Vecinos y moradores de la Ciudad de Cuenca manifiestan voluntariamente valeroso entusiasmo en defensa de los sagrados derechos de la Religión, del Rey, y de la Patria con abominación a la supuesta Junta erigida en Quito el día diez de Agosto de mil ochocientos nueve, y en el acaecido de la noche del veinte y cuatro del mismo mes y año.

Constan los siguientes: Certificado de la falsa alarma difundida en Cuenca el 24 de agosto. 26/Ago/1809; Certificado de la falsa alarma difundida en Cuenca el 24 de agosto. 26/Ago/1809. (Otro documento); Certificado de la falsa alarma difundida en Cuenca el 24 de agosto. 29/Ago/1809; Certificado de la falsa alarma difundida en Cuenca el 24 de agosto. 27/Ago/1809; Certificado de la falsa alarma difundida en Cuenca el 24 de agosto. 28/Ago/1809; Oficio de los Diputados de Azogues. 25/Ago/1809; Junta de guerra realizada en Cañar. 08/Sep/1809. El 24 de agosto corrió la noticia de que las tropas de la Junta Suprema de Quito estaban por invadir Cuenca y someterla a la fuerza. Se desconocía al que propagó el rumor, pero toda la ciudad se movilizó desde la nueve y media de la noche al llamado de la generala (parece que se trata de un gran tambor) y de las campanas de todas las iglesias. Hombres, mujeres, niños, ancianos, curas, religiosos, indios e indias, campesinos, vecinos blancos, mestizos, y personas provenientes del Valle, el Ejido y Baños acudieron con todo tipo de armas, con palos y con piedras sacadas de las calles empedradas. Todos querían luchar y vencer, demostrando total lealtad a las autoridades españolas. Los informes coinciden en que hubo mucho fervor, que el obispo inicialmente huyó fuera de la ciudad y que cuando se vio que era falsa la noticia, fue traído y llevado a su palacio episcopal.
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Este tumulto se puede comparar al que ocurrió en 1739 contra el médico Juan Seniergues de la misión geodésica. También volvió a repetirse en la defensa de la ciudad en 1896 cuando fue tomada por las tropas de Eloy Alfaro. Todos estos actos populares iban en contra de los que atentaban contra la ciudad o la religión católica, agredida por extraños. Azogues se unió a esta actitud de los cuencanos. Insertamos una de estas informaciones hechas con todas las formalidades y con el mismo fin de congraciarse con las autoridades españolas.

Yo el Escribano Público de los del número de este Gobierno e Intendencia de la Real Renta de Correos, y de bienes de difuntos: certifico en virtud de mandato Superior a todos los Señores y demás personas que la presente vieron, ser cierto y constarme ocularmente, que la noche del veinte y cuatro del presente, hallándome en mi Casa a cosa de las nueve golpearon la puerta de calle, avisando a gritos que había invasión en la Ciudad, de parte de la Gente de Quito con cuya novedad, y la de haberse prevenido por acto promulgado de orden de su Señoría el Señor Gobernador Intendente, de que cuando hubiese necesidad, y se toque la generala, concurriesen todos a la Plaza mayor, lo verifiqué porque inmediatamente no sólo se tocó la generala, sino también se hizo aviso por medio de las campanas de las Iglesias; y cuando llegué al sitio Señalado quedé asombrado de ver innumerables Gentes, que de todos, los Barrios concurrieron sin excepción de Sexo, ni edades; armados del modo posible con Lanzas, Espadas, Palos y Piedras, con que acudían especialmente las mujeres, llegando a tal término el empeño de estos Vecinos que hasta los eclesiásticos con hábitos talares se presentaron con Espada en mano, y adonde se percibía el más leve rumor, se precipitaban con un coraje /328/ de modo y espíritu militar, que parecían Fieras enardecidas desesperados si de no tener objeto en quien desfogar el entusiasmo y furor de que se hallaban poseídos, aclamando progresivamente con vivas, la dominación de nuestro Augusto y Católico Monarca el Señor Don Fernando Séptimo, y la Junta Suprema Central de España que a su nombre gobierna como también aclamaban, y ratificaban la Subordinación a su Señoría Ilustrísima el Señor Doctor Don Andrés Quintián Ponte y Andrade y de su Señoría el Señor Gobernador Intendente que con heroico denuedo expuso su respetable Persona, siguiendo su ejemplo

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Constan los siguientes: Oficio del virrey del Perú José Abascal al Gobernador de Cuenca. 09/Sep/1809; Decreto del Cabildo de Cuenca de contestación al Virrey de Lima. 26/Sep/1809; Copia del oficio del Virrey de Lima al Gobernador de Guayaquil. 09/Sep/1809; Copia del oficio del Virrey de Lima al Gobernador de Guayaquil. 22/Sep/1809; Oficio del Virrey de Lima sobre sucesos en España y exhorto a los quiteños. 17/Sep/1809; Oficio de José Abascal al Cabildo de Cuenca.
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Pieza N° 8 El Excelentísimo Señor Virrey de Lima aprueba los procedimientos del Gobierno y Cabildo de Cuenca en tiempo de la revolución de Quito, y ofrece auxiliar y proteger. Cuaderno N° 1.

los demás Señores Jueces, Regidores, Subalternos, Capitanes, la nobleza, etc., a todo trance a la frente de este noble y Leal Pueblo: bien que luego se serenó la conmoción popular porque algunos oficiales en caballerías discurrieron las entradas de la Ciudad, y no hallaron enemigo alguno, y hasta ahora ignoro que principio hubiese tenido la novedad del avance de los enemigos; y aunque no hubo acción alguna de Guerra, pero ha sido loable este movimiento, por haber dado este Pueblo una completa prueba de su Lealtad, valor y Subordinación, con que han quedado los Superiores complacidos, perfectamente /329/ satisfechos, de que si llegase el caso rendirán estos nobles vecinos el último aliento de su vida, y la más mínima gota de su Sangre, en defensa de la Religión, de la Patria y del Rey nuestro Señor. Igualmente me causó asombro el haber visto al día siguiente las Partidas de Piedras que quedaron en las calles: también he oído por de cierto que del Pueblo de San Juan del Valle, que está inmediato, a esta se condujeron como doscientos hombres de Caballería por haber oído los toques de Campanas y Vocerías lo mismo se me ha asegurado hicieron todos los habitantes del Ejido; y sigue la recluta de Compañías Militares con el mismo ardor, empeño y noble entusiasmo: de suerte que los propios Padres están consignando a sus hijos al Servicio de Su Majestad para que sigan la gloriosa Carrera de las Armas. Y para que conste lo firmo en esta muy noble, y muy Leal Ciudad de la Concepción de Cuenca del Perú en veinte y seis días del mes de Agosto de mil ochocientos y nueve años. Ignacio Pazmiño Escribano Público.

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22/Sep/1809; Auto de la Sala Capitular de Cuenca de agradecimiento al Virrey de Lima. 09/Oct/1809; Auto de Juan López Tormaleo sobre la acogida del Virrey de Lima y un exhorto a los quiteños. 10/Oct/1809; Oficio del Cabildo de Cuenca al Cabildo de Quito. 13/Oct/1809; Oficio del Cabildo de Cuenca al Obispo de Quito. 13/Oct/1809; Oficio del Cabildo de Cuenca al marqués de Selva Alegre. 13/Oct/1809; Oficio de Cuenca a los Prelados Regulares 13/Oct/1809; Oficio de Cuenca a las Preladas de los Monasterios. 13/Oct/1809; Oficio del Cabildo de Cuenca a los Corregidores, jefes y Tropas de Riobamba, Guaranda, Ambato y La Tacunga; Proclama y oficio del Virrey del Perú al de Quito y su Provincia. 23/Oct./1809; Oficios de José Abascal al Cabildo de Cuenca de 23/Oct/1809 y del 07/Nov/1809; Oficio del Prior del Convento de Santo Domingo al Cabildo de Cuenca. 22/Dic/1809; Oficio del Prior de los Mercedarios al Cabildo de Cuenca. 22/Dic/1809. La compilación de estos documentos va a lo esencial del interés del cabildo cuencano, demostrar fehacientemente su apego a las autoridades españolas encabezadas por el virrey del Perú, al que han pedido protección e incluso su participación en la resolución de los juicios que se ventilaban tradicionalmente en la Audiencia de Quito o que iban en apelación a Nueva Granada, lugar muy distante para Cuenca, ciudad que por muchas razones estaba muy ligada con las del norte del Perú e incluso con Lima. Todos los documentos y más esta serie, era a juicio de las autoridades de Cuenca, una prueba más para poder obtener gracias y favores para la ciudad, como recompensa de su lealtad. Una buena parte de la filosofía política de la época, así como de la doctrina cristiana vigente, que formaba parte de la mentalidad de quienes veían como peligrosa, incluso para la religión católica, la actitud de la Junta Suprema de Quito instalada el Diez de Agosto, está en la comunicación dirigida por los religiosos mercedarios al cabildo cuencano. La transcribimos a continuación:

Muy Ilustre Cabildo, Justicia, y Regimiento. Ha recibido en el presente día este Convento el respetable oficio de Usía, con fecha del trece del pasado octubre, acompañado de la juiciosa y elocuente Proclama del Excelentísimo Señor Virrey del Perú, despachada en Lima a diez y siete de Septiembre del año que corre. La respuesta que debemos tanto a esta, como a aquel nos obliga a tratar

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por separado de una y otra pieza, y comenzando por la celosa y vehemente exhortación del Ilustre Ayuntamiento a esta Comunidad Religiosa, nos es preciso decir, que celebramos de todo Corazón la lealtad, y amor al Rey con que se ha distinguido de un modo ciertamente glorioso la fiel Ciudad de Cuenca en la Crítica ocasión, en que /387/ trató de seducir su buena fe la malicia detestable de los pocos traidores que tiranizaron a Quito. El Venerable y Apostólico Obispo de esa Diócesis, el excelente y Justo Gobernador de su Provincia, el generoso Cuerpo de Nobles, y los Individuos todos del Estado llano, serán objeto incesante de las admiraciones y elogios de la posteridad desapasionada que ha de mirar con respeto las heroicas pruebas de fidelidad, de brío y de prudencia con que han disputado respectivamente por la Corona del honor, todos los habitadores de Cuenca y sus Dignísimas Cabezas. Esto es innegable; pero lo es así mismo, que la Recolección, y Colegio de Misiones de los Religiosos Mercedarios de esta Provincia, mostró siempre y más que nunca en las infelices circunstancias de la revolución de la Gavilla miserable de Insurgentes que se había formado, crecido, y conservado hasta hoy en la observancia exactísima de los siguientes principios. Primero que la fidelidad, y obediencia a los Monarcas son de derecho Natural, y Divino, según consta de las Santas Escrituras, pero especialmente de las del nuevo Testamento, en que el Ejemplo asombroso, y la Doctrina expresa de Jesucristo y sus Apóstoles, por motivos de religión, y conciencia, precisan a todo Cristiano, a dar al César lo que es del César, y a reconocer en las supremas Potestades a los Lugar Tenientes del Dios que los establece en la Tierra inmediatamente por sí mismo, y no por medio de /388/ la quimérica autoridad del Pueblo. Segundo que la Iglesia Católica, desde su origen se alimentó siempre en la ciencia de estas verdades, por más que quieran obscurecerlas los Sediciosos Calvinistas, y demás Herejes: Tercero: que el orden de la Merced, sobre las obligaciones propias de los verdaderos fieles, y de los Vasallos de honor tiene las particulares de deber su existencia, su aumento, su lustre a los Reyes de España, empezando desde Don Jaime el Conquistador, y Santo REY Don Fernando, hasta acabar en el justo, en el amable, en el deseado Fernando Séptimo, por quien se ha hecho, se harán incesantes votos al Señor en esta pobre Casa. Infiera Usía si guiados de tales máximas los Frailes de ella, habrán omitido en lo más leve el cumplimiento de los deberes a que se sujetan. Tenemos, gracias
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al Cielo, la dicha de haber sido los únicos que descubrieron, y denunciaron en tiempo oportuno la conjuración, aunque con la desgracia de haberse pedido por el Ministerio Fiscal, pena arbitraria contra tan fieles Delatores, y estar expuestos a la persecución común de Reos opulentos, y defendidos con sus recomendables conexiones el Prelado del Convento, en pago de su lealtad, y eficacia, por impedir el contagio. Tales disposiciones obraron el efecto de que verificado ya el alzamiento, y cuando extorcia firmas de aprobación suya el doloso Escribano Atanasio Olea, sirviéndose para tan perverso fin de las dos /389/ fuerzas de seducción y coacción, no se atrevió su insolencia a exigir alguna de los Recoletos Mercedarios, no obstante que había oprimido a Religiosos Venerables de otras casas, con todos los motivos de terror que inspiraba la tiranía. Tenemos pues por especial protección, y gracia escogida de Dios la honra de no haber aprobado, consentido, o disimulado con política falsa los horrores de la traición. En su virtud nos ha de permitir la dignación de ese leal, ilustre, y generoso Cabildo, la sentida queja de exhortarnos a desistir de la tenacidad en un delito de que nos hallamos tan lejos, como la fiel ciudad de Cuenca, siendo notorio, que así el Comendador, como todos y cada uno de los Individuos de esta comunidad humilde, estábamos resueltos a ser víctimas de la Gavilla sediciosa antes que contribuir a su felonía execrable. Por lo respectivo a la estimable Proclama del Excelentísimo Señor Virrey, aseguramos con la ingenuidad correspondiente a nuestro Carácter, y Estado, que aunque habíamos tenido la complacencia de leerla en Copia simple, más a de dos meses, cada vez que vemos cualquier producción de ese movilísimo, y heroico Jefe, nos llenamos de nuevo regocijo. Aquel Señor con sus activas, y sabias providencias, ha salvado a Quito, y le mira este REINO como su Ángel Tutelar. La carta que escribió /390/ al Marqués de Selva Alegre, con fecha de nueve de Octubre, comprendida en solos cuatro Artículos los medios más bien pensados de mostrar una penitencia honrosa los Insurgentes, si hubiesen sabido aprovechar avisos tan oportunos; pero su obstinación, y locura, malograron la ocasión más bella de manifestarse reducidos con tiempo a las obligaciones del Cristianismo. La exhortación del mismo Señor Excelentísimo a los Quiteños, en común, su fecha veinte y tres del enunciado Octubre, es obra digna de la inmortalidad. La dictó sin duda por particular inspiración del Cielo, porque si se hubiera escrito a presencia de los sucesos, y en el Teatro de nuestras
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desgracias, no habría podido hallarse más conforme a la verdad de los acaecimientos. Quiera Dios prosperar, como se lo pedimos, a un Jefe a quien mira la fiel, oprimida y desgraciada Quito, como a su libertador, siendo constante que hasta el veinte y cuatro de Noviembre, en que la sagacidad, y prudentísima del Señor Comandante don Manuel de Arredondo, destacó desde su último Acampamento, el Bizarro Cuerpo de Soldados que se apoderaron del Cuartel ocupando hasta entonces por la Canalla que formaron con el ridículo nombre de Falange, los sediciosos, eran estos dueños todavía de las armas del Rey, y árbitros de las vidas de innumerables Inocentes, a quienes oprimían, pero no engañaban. Habría sido más pronto el remedio de /391/ tantos males, si permitida, como era tan justo la entrada a esta Capital de las Tropas de Cuenca, no se hubiese malogrado un auxilio que deberá permanecer en la gratitud de Quito, hasta la posteridad más remota. Créanlo así las fieles, y valerosas Provincias de Cuenca, y Loja, persuadiéndose a que en la pobre, y desvalida Comunidad de Recoletos de la Merced tienen tantos Admiradores, como Individuos. Dios guarde a Usía en la mayor felicidad muchos años. Recolección de San José de Quito, y Diciembre Veinte y dos de mil ochocientos nueve. Muy Ilustre Cabildo, Justicia y Regimiento. Presentado fray Manuel González Comendador. A ruego de nuestro Reverendo Padre Maestro Fray Pedro Garcés de Aguilar, Padre de Provincia, por hallarse ciego, y por mí. Presentado Fray Manuel de Silva, Lector Jubilado.- Fray Ramón Araujo, Vicario del Convento.- Presentado Fray Mariano Bravo Borja, Catedrático de Nona.- Fray Casto Riva de Neira, Predicador del Convento.- Fray Joaquín Guerrero, Maestro de Novicios, y Predicador del Convento.- Fray Andrés Polo, Lector de Artes.- Fray Antonio Peñafiel.- Lector Fray Tomás Losada, maestro de estudiantes.- Fray Xavier Merino.- Fray Rafael Jaramillo.- Fray José Barboza.- Fray Rafael Castro.- Fray Gabriel Araujo.- Fray Victorino Luna.- Fray Antonio Heredia.- /392/Fray Gaspar Aragonés Procurador del Convento.- Fray José Antonio Enríquez. Señores del Ilustre Ayuntamiento, de la Muy Noble, y leal Ciudad de Cuenca del Perú.

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Pieza N° 8 El Excelentísimo Señor Virrey de Santa Fe aprueba los procedimientos del Gobierno, Cabildo y vecindario de Cuenca en tiempo de la revolución de Quito. Y ofrece auxiliar y sostener a los leales Vasallos, y recompensar, y resarcir oportunamente los esfuerzos que se empleen en la justa conservación del estado legal y real, tranquilidad y bien público que de ellos dependen.

Cuaderno N° 2. Constan en esta pieza los siguientes documentos: Oficio de Antonio Amar Virrey de Nueva Granada al Gobernador de Cuenca. 09/Nov/1809; Oficio de Melchor Aymerich al Virrey de Nueva Granada. 14/Feb/1810; Oficio del Virrey de Nueva Granada a Melchor Aymerich. 21/Sep/1809; Oficio del Virrey de Nueva Granada a Melchor Aymerich. 28/Sep/1809; Auto del Cabildo de Cuenca sobre la aprobación de sus actos. 15/Feb/1810. Tienen similitud con los anteriores, sólo con la diferencia de reunir las comunicaciones relacionadas con el virreinato de Santa Fe o Nueva Granada, que también respaldó y aprobó las acciones tomadas por Cuenca frente a la Junta Suprema de Quito. Pieza N° 9 El Señor Corregidor de Loxa se Compromete a la reunión con el Gobierno de Cuenca para defender los Soberanos Derechos y resistir al nuevo sistema de Quito. Constan los documentos siguientes: Oficio del Corregidor de Loja Tomás Ruiz Gómez de Quevedo al Cabildo de Cuenca. 21/Ago/1809; otro oficio del Corregidor de Loja Tomás Ruiz Gómez de Quevedo al Cabildo de Cuenca. 21/Ago/1809; Oficio de José María Landa y Ramírez, enviado desde Loja al Cabildo de Cuenca. 21/Ago/1809; Oficio del Cabildo de Loja al Cabildo de Cuenca. 01/Sep/1809; Oficio de José Maldonado al Corregidor de Loja. 02/Sep/1809; Oficio del Corregidor de Loja a Ángelo Palacios 04/Sep/1809; Acta del Cabildo de Loja sobre el apoyo a Cuenca y envío de refuerzos militares. 04/Sep/1809; Decreto del Cabildo de Cuenca sobre el apoyo de Loja. 16/Sep/1809. Cuenca lideró desde el 16 de agosto la contrarrevolución y una
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de las acciones tomadas de inmediato fue enviar delegados a Loja, Piura y Lima, por una parte, y a Guayaquil por otra, para controlar los territorios de la Audiencia y obtener los auxilios necesarios para ir a Quito a derrocar a los alzados. Este grupo de documentos prueban la eficacia del delegado, José María Landa y Ramírez,6 que obtuvo de Loja el apoyo necesario, aunque como ciudad alejada del centro político, sólo desde el año 1800 estaba tratando, con muchas dificultades, de organizar las milicias y otros sistemas de defensa. La cuota de colaboración militar de la ciudad y de Saraguro no pudo cumplirse por la falta de entrenamiento, de experiencia militar y de gente dispuesta a tomar las armas.

Pieza N° 10 El Comisionado del Ilustre Cabildo Doctor Don José María Landa, que arribó a la capital de Lima acredita los efectos de su Comisión en solicitud de auxilios, y coligación para la defensa de los Soberanos derechos, en todo el continente del Perú, y la Cuenta que de pronto dio a Su Majestad desde dicho Lima acerca de la novedad causada por la ciudad de Quito con la creación de la nueva Junta Suprema de Gobierno.

Están los documentos que se anotan: No. 1 copia. Relación desde Piura de las gestiones cumplidas por José María Landa. 28/Ago /1809; No. 2 copia. Comunicación de José María Landa Y Ramírez a José Fernando de Abascal. 28/Ago/1809; No. 3 copia. Oficio de José María Landa a Manuel Salazar. 28/Ago/1809; No.4 copia. Oficio de Melchor Aymerich a José María Landa. 19/Sep/1809; Oficio de Salvador Murgueytio y Pedro Calisto a Melchor Aymerich. 13/Sep/1809; Oficio del Cabildo de Cuenca a Salvador Murgueytio y Pedro Calisto. 18/Sep/1809; Oficios desde Lima de José María Landa al Gobernador de Cuenca. 08/Oct./1809; otro No.5 de José María Landa al Gobernador de Cuenca. 10/Oct/1809; Oficio de José María Landa al Cabildo de Cuenca. 05/Ene/1810; Oficio sobre el fluido de vacunas de José María Landa al Cabildo de Cuenca. 05/Ene/1810. Esta serie de documentos complementa la anterior, pues se refiere al mismo comisionado que con toda diligencia cumplió con su
6 José María Landa y Ramírez, de origen argentino, fue realista pero no a ultranza, de manera que cuando se conquistó la libertad, se mantuvo en nuestra ciudad y sirvió a los intereses democráticos.

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cometido y desde Lima envió informaciones a la Corona sobre la fidelidad de Cuenca.

Pieza N° 11 El Doctor Don Diego Fernández de Córdova, Comisionado del Ilustre Ayuntamiento, acredita los efectos de su comisión en Guayaquil acerca de los auxilios pedidos de Armas y Soldados para la defensa del Rey, y la Patria, contra el nuevo sistema de Quito. El Capitán Don Manuel Pozo y el Doctor Don José María Landa y Ramírez, iguales comisionados, hacen lo mismo. Están los siguientes documentos: Oficio de Diego Fernández al Cabildo de Cuenca sobre gestiones de Guayaquil. 23/Ago/1809; Oficio de Manuel Pozo y Pino al Cabildo de Cuenca sobre entrega de presos a Guayaquil. 31/Ago/1809; Oficio desde Naranjal de Manuel del Pozo y Pino al Cabildo de Cuenca sobre compra de cacao y arroz. 06/Sep/ 1809; Informe de José María Landa al Cabildo de Cuenca sobre sus gestiones (nueva copia) 28/Ago/1809; dos oficios de José María Landa y Ramírez al Cabildo de Cuenca, uno del 30/Ago/1809 y otro del 18/Sep/1809; Oficio del Cabildo de Cuenca sobre una felicitación a José de Silva y Olave. 09/Oct/1809. El delegado para hacer gestiones en Guayaquil fue Diego Fernández de Córdova, quien cumplió su cometido, con menos eficacia que Landa y Ramírez. Como se aislaba totalmente al nuevo gobierno de Quito, todo el territorio quedaba también en esas mismas condiciones y por ello se tomaron providencias para que haya en Cuenca, por lo menos arroz y chocolate. Creemos que se sale de la sistematización la inclusión desordenada de documentos generados por Landa y Ramírez. Pieza N° 12 Dos Diputados de la ciudad de Quito en tiempo de la revolución arriban hasta las fronteras de la Gobernación de Cuenca, y solicitan hacer alianza asegurando que el nuevo sistema no era contra las leyes fundamentales del Reino; y el Ilustre Cabildo se deniega, dándoles el rostro que dicho nuevo sistema era una manifiesta rebelión.
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Lista de los documentos: Oficio de Salvador Murgueytio y Pedro Calisto Muñoz al Ayuntamiento de Cuenca. 13/Sep/1809; Copia del oficio que pasaron los diputados de la Suprema Junta de Quito al obispo de Cuenca. 13/Sep/1809; Contestación del obispo a los diputados Murgueytio y Calisto. 19/Sep/1809; Carta con noticias de lo ocurrido en Chuquisaca y La Paz. 19/Sep/1809; Demostración de los procedimientos de Quito dada por Juan de Dios Morales a los armados contra ella. 22/Sep/1809; Carta oficio a Murgueytio y Calisto sobre Pablo Yilario Chica, deudor de las cajas reales. 27/Sep/1809; Manifiesto a los quiteños emitido por Melchor Aymerich (sin fecha); Carta anónima al gobernador Melchor Aymerich, sobre un manifiesto; Oficio de Fernando Vélez Ramírez y otros vecinos de Alausí dirigida al gobernador de Cuenca. 22/Sep/1809; Oficio de Salvador Murgueytio al Ayuntamiento de Cuenca. 23/Sep/1809; Contestación del Ayuntamiento de Cuenca a Salvador Murgueytio. 29/Sep/1809; Oficio de Salvador Murgueytio al Cabildo de Cuenca. 02/0ct/1809; Exhorto del Cabildo de Cuenca al Cabildo de Quito. 28/Sep/1809. Los comisionados Salvador Murgueytio y Pedro Calisto (o Calixto) salieron desde Quito con instrucciones para dialogar con las autoridades de Cuenca, especialmente con el obispo, líder de la oposición. Traían comisiones claras y ocultas. Las primeras tenían como objeto lograr el apoyo de las autoridades de Cuenca; las segundas eran un poco oscuras, pues Pedro Calisto quería comprometer a Melchor Aymerich para que se movilice a Quito y asuma la presidencia de la Audiencia, mientras él aspiraba a la gobernación de Cuenca. Murgueytio tenía instrucciones escritas y verbales del marqués de Selva Alegre, pero traía también cartas credenciales del conde Ruiz de Castilla, destinadas al obispo y al gobernador de Cuenca. El marqués de Selva Alegre y el conde Ruiz de Castilla estaban ya en conversaciones para llegar a arreglos, con su reposición en la presidencia del segundo. El 13 de septiembre, desde Riobamba, escribieron a las autoridades de Cuenca pidiendo pasaportes y que se les reciba para exponer personalmente los anhelos de la Junta Suprema de Quito. El gobernador, el obispo y el Cabildo respondieron que expongan por escrito lo que querían decirlo personalmente, pero que no se desplacen más al sur, porque no podían garantizar el respeto a sus vidas por el enardecimiento de las gentes en todos los lugares por donde debían cruzar.
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Mientras insistía Murgueytio en la conveniencia de la unión de Cuenca con Quito, el otro comisionado, Pedro Calisto se dirigía a Melchor Aymerich, pidiéndole que ataque a los patriotas con sus tropas. Los dos fueron detenidos por la contrarrevolución.

Pieza N° 13 Contiene la coligación de las villas de Ambato, Tacunga, Riobamba y Alausí, para la defensa de la Justa Causa, promovida por la Gobernación de Cuenca.

Lista de los documentos: Razón dada por Manuel Ramírez sobre asuntos de guerra. (Sin fecha); Oficio dirigido a Juan López Tormaleo desde Cañar por Melchor Aymerich. 07/Oct/1809; Razón que da José Pontón y Alejandro Muñoz de Riobamba sobre adhesiones y asuntos bélicos. 07/Oct/1809; Carta privada de Agustín Bustamante a Félix Mariano Costa. 13/Oct/1809; Copia de un consejo de guerra realizado en Alausí. 12/Oct/1809; Copia de la indagatoria hecha por petición de Antonio de la Peña a Pedro Calisto y Luis Saa y otros por sospechosos. 12/Oct/1809; Comunicación de Vicente Argudo desde Chunchi dirigida al Cabildo de Cuenca. 10/Oct/1809; Oficio del Cabildo de Riobamba dirigido a Melchor Aymerich. 10/Oct/1809; Carta de Pedro Calisto al obispo de Cuenca. 13/Oct/1809; Carta de Luis Saa al obispo de Cuenca. 13/Oct/1809; Carta de Antonio de la Peña al obispo de Cuenca. 13/Oct/1809; Oficio del Cabildo de Riobamba dirigido al de Cuenca. 14/Oct/1809; Oficio del Cabildo de Riobamba dirigido al de Cuenca. 21/Oct/1809; Protesta del Cabildo de Riobamba. 05/Sep /1809; Acta del Cabildo de Riobamba. 05/Sep/1809; Renuncia hecha de su corregimiento por Xavier Montúfar. 08/Oct/1809; Acta del Cabildo de Riobamba. 09/Oct/1809; Oficio del Cabildo de Riobamba al de Cuenca. 24/Oct/1809; Oficio del Corregimiento de Ambato al de Cuenca. 23/Oct/1809; Oficio del Corregidor de Ambato Miguel Vello al Cabildo de Cuenca. 23/Oct/1809. Recogen estos documentos los avances de las tropas, los preparativos para el enfrentamiento, las adhesiones de los diversos pueblos y ciudades en el avance hacia el norte, pudiéndose apreciar el aislamiento en el quedaba Quito, pues todos se pronunciaban en contra de la Junta Suprema y se adherían al gobernador Aymerich que sumaba a sus fuerzas reunidas en Cuenca, las que se iban incorporando hasta La
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Tacunga. Todas estas circunstancias sumadas a otras condujeron a un arreglo entre el marqués de Selva Alegre Juan Pío Montúfar y el conde Ruiz de Castilla, con lo que se impidió el enfrentamiento militar y la llegada a Quito de Melchor Aymerich, que a más de tener la intención de castigar a fuego y sangre a los revolucionarios, quería aprovechar de la oportunidad para asumir la presidencia de la Audiencia. Pieza N° 14 El Señor Gobernador Interino de Jaén de Bracamoros solicita instrucción de lo que debe obrar para conservar ilesos los Reales Derechos de la Corona con motivo del nuevo sistema de Quito que llegó a publicarse en aquel Departamento.

Constan sólo dos documentos que son oficios enviados desde Jaén por Joaquín del Barco al gobernador de Cuenca, el uno el 19/Sep/1809; y, el otro de 15/Nov/1809.

Pieza N° 15 El Señor Gobernador de Cuenca comunica a el Ilustre Cabildo los efectos de la expedición practicada en los pueblos revolucionarios de la Provincia de Quito. Constan los siguientes: cuatro oficios del Cabildo de Riobamba al gobernador Melchor Aymerich: dos del 24/Oct/1809; uno del 28/Oct /1809 y otro del 05/Nov/1809; Carta particular de Nicolás Calisto. 25/Oct/1809; Carta particular desde Ambato de José María Arteta a su tío. 25/Oct/1809; Carta de Pedro Calisto Muñoz al gobernador Aymerich. 26/Oct/1809; Carta desde Riobamba de Francisco Xavier de Manzanos al gobernador Aymerich. 28/Oct/1809; dos cartas desde Riobamba de Pedro Calisto al gobernador Aymerich del 01/Nov/1809 y del 05/Nov/1809; Oficio del virrey José Abascal a Juan Pío Montúfar. 09/Oct/1809; Oficio del conde Ruiz de Castilla a Melchor Aymerich. 11/Nov/1809; Contestación desde Ambato de Melchor Aymerich al conde Ruiz de Castilla. 12/Nov/1809; Edicto del virrey de Santa Fe Antonio Amar y Borbón. 06/Oct/1809; Oficio del conde Ruiz de Castilla dirigido al Cabildo de Cuenca. 22/Dic/1809. Esta última serie de documentos cierra la información de lo ocurrido en este breve e intenso lapso de cuatro meses, todo desde el

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punto de vista de su principal protagonista, el gobernador Melchor Aymerich, quien tuvo que licenciar a las tropas y dejar sólo a una pequeña guarnición para el cuidado de la ciudad. La recopilación de toda esta amplia documentación quedó cerrada a comienzos de 1810 pues las últimas certificaciones que se han incorporado en este expediente están fechadas el 15 de febrero y el 26 de febrero de ese año. Quito encendió la luz de la libertad, luchó con la esperanza de recibir el apoyo de todos los sectores de la Real Audiencia, pero sus intenciones se vieron frustradas por los intereses de los realistas españoles que usaron la fuerza física y espiritual que pudieron manejar los gobernadores de origen español, en particular el asignado para dirigir Cuenca, el cruel y apasionado Melchor Aymerich y su obispo, también español, Andrés Quintián Ponte y Andrade, que enclavado en la tradición, comprometió con un renovado juramento, las conciencias de sus feligreses y que incluso entregó sus recursos económicos personales y los de la Iglesia para apoyar una causa que terminó por derrumbarse, por injusta y arcaica. Cuenca fue oficialmente realista en aquellos tiempos, con unos pocos ciudadanos que temerosos simpatizaron con los patriotas quiteños, pero pronto se transformó en una ciudad libertaria, que inmoló muchas vidas en el proceso revolucionario. Lo inició el Tres de Noviembre de 1820, triunfó temporalmente pero no pudo defender su independencia y fue necesario unirse al gran mariscal Antonio José de Sucre, que liberó definitivamente nuestra ciudad el 21 de febrero de 1822. Para rematar heroicamente este crítico proceso entregó en holocausto en la batalla del Pichincha, a uno de sus hijos, el joven Abdón Calderón Garaicoa, que dio a Quito su libertad definitiva y para concluir con todo el proceso libertario de la región andina, tuvo al frente de los ejércitos integrados por muchos cuencanos a José Domingo La Mar, héroe en la última de las grandes batallas, la de Ayacucho, en 1824. El proceso continuó. Se cometió el mayor de los crímenes contra el pueblo quiteño y sus líderes revolucionarios el 2 de agosto de 1810. Llegó Carlos Montúfar, se aprobó la Constitución Quiteña en
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QUITO ENCENDIÓ LA LUZ DE LA LIBERTAD

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1812 y al finalizar este año se cerró una primera etapa de nuestras luchas por la liberación política, al caer derrotados los patriotas cerca de Ibarra y ser fusilados los cabecillas, a comienzos de diciembre, entre los que estaba Francisco García Calderón, quien había sembrado el amor a la libertad en el corazón de su hijo Abdón.

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CRONOLOGIA DE LOS SUCESOS REGISTRADOS EN LOS DOCUMENTOS EMITIDOS EN 1809 Y EN 1810 Y EN OTROS CORRELACIONADOS 1809

01 de agosto. Salió de Quito con dirección a Cuenca el sargento Mariano Pozo con veinticuatro soldados para relevar a los veteranos. Estuvo confabulado con Juan de Salinas, pues ya no debía obedecer al gobernador Aymerich sino que debía actuar de acuerdo con José Neira y Manuel Chica, que según los planes, debían sustituir a las autoridades. 10 de agosto. Establecimiento de la Junta Suprema de Quito. —————— Envío de la primera comunicación suscrita por Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre. 11 de agosto. Primera reunión de las nuevas autoridades para tomar posesión de sus cargos. 12 de agosto. Comunicación del marqués de Selva Alegre al obispo Andrés Quintián sobre el nombramiento de Juan Larrea en el despacho de Hacienda; de Juan de Dios Morales, como ministro de guerra y superintendente de correos. —————— Copia de la real orden extinguiendo el ramo de tabaco, con la autorización para que libremente se pueda cultivar y vender, pagando sólo la alcabala. También se notifica sobre la extinción del cabezón que se cobraba a las tierras, por ser perjudicial a la agricultura. 13 de agosto. Primera misa solemne oficiada por el obispo Cuero y Caicedo. 14 de agosto. Comunicación de Juan de Dios Morales en la que informa que los obispos de Quito han sido integrados como individuos natos de la Junta Suprema. También se da a conocer otros nombramientos. ——————Nombramiento para abanderado de la Falange de Fer160

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26 de enero. La Junta Suprema de Sevilla declara que “los españoles americanos eran en todo iguales a los españoles peninsulares.”

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nando VII a Mariano Pozo, el primero de una terna. Igual nombramiento se da a José Hidalgo. —————— Suscripción de un documento secretísimo por iniciativa del obispo Cuero y Caicedo y con participación del clero. Se lo guardó en un monasterio de religiosas de clausura. 15 de agosto. Información de José Sánchez de Orellana sobre la conformación de la Junta Suprema de Gobierno, sus miembros, sus títulos, la conformación de tres batallones con el nombre de Falange y cómo se ejecutó el asalto del 10 de Agosto. Se hace referencia a los distanciamientos entre los españoles europeos y los españoles americanos. 16 de agosto. Reunión del Cabildo cuencano para conocer la comunicación enviada por la Junta Suprema. Asistieron Melchor Aymerich, Fernando de Salazar y Piedra, José María Vázquez de Noboa y Joaquín Salazar. Resolvieron invitar y que se incorporen a las sesiones los sujetos más experimentados de la ciudad: Tomás Borrero, José María Landa y Ramírez, Antonio Soler, Antonio García Trelles, Juan Rivera, José Herze y Nicolás Mosquera. Se les tomó el juramento de rigor y procedieron a abrir el oficio. La comunicación hace referencia a la creación de la Junta Suprema de Quito, con el tratamiento de Majestad, para gobernar a nombre de Fernando VII, por la toma de España por parte de los franceses, encabezados por el temido Napoleón Bonaparte y su hermano José. Su presidente Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, tendría el tratamiento de Alteza Serenísima. Se pidió que elija y nombre representante del Cabildo ante la Junta, con el sueldo de 2.000 pesos. Se informa también sobre los otros nombramientos. Actuaba como Secretario de gracia y justicia: Manuel Rodríguez de Quiroga. El Cabildo acordó: 1°, que el gobernador autorice en Junta de real hacienda la extracción del dinero necesario para pagar a cien hombres que armados defiendan los derechos del Rey; 2°, que vayan dos comisionados a Guayaquil y a Loja con la carta del marqués de Selva Alegre, con los criterios de Cuenca y con la petición de auxilios. El destinado a Guayaquil recibiría 300 pesos y el que iría a Loja 100, tomados de los fondos de propios; 3°, que se mande un despacho al virrey de Lima para que auxilie con 200 hombres de tropa; 4°, que se informe a la Junta Suprema Central que gobierna en España;
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5°, que se informe al virrey de Santa Fe; 6°, que el gobernador tome todas las medidas que creyere convenientes para impedir el avance de la revolución quiteña; 7°, que se les obligue a todos los regidores para que asistan a las sesiones, so pena de una multa de 50 pesos7; 8°, que habrá sesiones continuas para seguir resolviendo lo más conveniente en estas críticas situaciones. ——————Mientras esto sucedía en Cuenca, en Quito hubo una sesión solemne con la presencia de todas las autoridades civiles y eclesiásticas y con la firma de un documento en la Sala Capitular de San Agustín y en la que pronunció una elocuente arenga el marqués de Selva Alegre, Juan Pío Montúfar. Dentro de los documentos transcritos se ha copiado varias veces esta arenga, con el objeto de involucrar a quienes la recibían. Por ejemplo, una fue dirigida a Francisco Calderón, el 17 de agosto. ——————Mariano Guillermo de Valdivieso envió cartas a nombre de la Junta Suprema, dirigidas a Manuel Chica, con varios nombramientos, siendo el principal el otorgado a José Neyra como gobernador e intendente, en sustitución de Melchor Aymerich. Otra estuvo dirigida a Pablo Ylario Chica, nombrado asesor del gobierno, en sustitución deJuan LópezTormaleo. También hubo cartas para Francisco Calderón y para personas de Loja. Todas fueron retenidas por el gobernador. 17 de agosto. Se celebra en Quito una misa pontifical con asistencia del clero y de las comunidades religiosas. ——————Oficio reservado del marqués de Selva Alegre a José Neyra sobre su nombramiento de gobernador de Cuenca y la prudencia del caso para su actuación. ——————Carta de José Ignacio Checa, gobernador de Jaén a Pablo Ylario Chica comunicándole sobre su nombramiento de auditor de la provincia de Cuenca. (La entrega de esta carta fue motivo de la detención del gobernador de Jaén hasta fines del año, pues sólo en diciembre se le deja pasar a su destino.). El mismo Checa envía otra carta sobre la organización de tropa que sirva a la guarnición de Cuenca. ——————Carta privada con datos de interés sobre la Revolución de Quito. Se expresa el anhelo de la adhesión de Cuenca y Guayaquil.
7 Era costumbre reiterada la inasistencia de los regidores a las sesiones, pues sólo lo hacían cuando se trataba de temas de su interés personal. En el siglo XVIII hubo numerosas amonestaciones y amenaza de multas.

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——————Carta de Mariano Guillermo de Valdivieso sobre unas mulas que después fueron decomisadas. ——————Comunicación de José Sánchez de Orellana al obispo Andrés Quintián sobre la Junta y la arenga de Juan Pío Montúfar. ——————Pasaporte concedido a Vicente Melo por Juan de Dios Morales. (Melo fue detenido y procesado) ——————Nueva sesión del Cabildo. Se decide la autorización de egresos para afrontar los gastos en la organización de la defensa de los intereses de la Corona. Asisten: Juan López Tormaleo, Ignacio de Dávila y Astudillo, José Seminario y Saldivar, Tomás Borrero, Eugenio de Arteaga, Mariano Isidro Crespo, José Chica y Astudillo, Pedro de Rivera, Luis José de Andrade, Vicente de Arriaga, Carlos Casamayor. Certifica José Villavicencio y Andrade, escribano. ——————Fueron desarmados, apresados y conducidos a Cuenca los soldados que llegaron de Quito, con Mariano Pozo y con Vicente Melo. ——————Propuesta de ternas para abanderados, con recomendación del primero para los nombramientos. 18 de agosto. Cuenca ya tenía, por las acciones de Aymerich, 71 soldados armados para hacer la contrarrevolución. ——————Salieron los dos comisionados del Cabildo de Cuenca. José María Landa y Ramírez, para Loja y el Perú, para informar y asegurar en Loja el apoyo contra los quiteños y conseguir en Lima hombres y armas e informar desde allí a la Junta española sobre la actitud de Cuenca. Diego Fernández de Córdova partió para Guayaquil, para coordinar con B. Cucalón la defensa de Cuenca, que podía ser invadida por los quiteños, según se afirmaba. 19 de agosto. El cabildo de Cuenca envía un nuevo oficio al Cabildo de Quito pidiendo información sobre los sucesos últimos. ——————Carta del corregidor de Riobamba Xavier Montúfar (Hijo de Juan Pío, marqués de Selva Alegre) a Manuel Chica, con un contenido reservado. 20 de agosto. Emisión de un bando por orden de Aymerich para que al toque de la generala todas las personas de 18 a 50 años se presenten con armas y caballos para la defensa de la ciudad. ——————En este mismo sentido se oficia a los tenientes, gobernadores y alcaldes de indios de toda la jurisdicción. ——————Oficio dirigido por Vicente Peñaherrera al administrador de correos de Cuenca sobre la continuación en su cargo.
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——————El alcalde de primer voto Fernando Salazar y Piedra envía una carta al marqués de Selva Alegre, en la que aceptaba la creación de la Junta Suprema de Quito y denunciaba el despotismo de las autoridades locales. Este documento fue interceptado por los espías de Aymerich. ——————En Quito se celebra una solemne misa de acción de gracias con la concurrencia de todas las autoridades civiles y eclesiásticas. 21 de agosto. Juan Larrea, en relación con la real hacienda, pide al gobernador de Cuenca que le informe sobre todo lo que se haga en este ramo. ——————J. M. Landa, que había salido de Cuenca el 18 informa sobre sus gestiones positivas en Loja y ese mismo día parte para Piura. ——————El corregidor de Loja Gómez Ruiz de Quevedo informa que prestará todos los auxilios necesarios y que ha reunido 60 milicianos, una arroba de pólvora y unas pocas armas para remitirlas a Cuenca. ——————Ofrece Loja reunir 100 milicianos y pide al regidor José Maldonado que reúna en Saraguro hasta 200 hombres de apoyo. ——————Copia de la carta del marqués de Selva Alegre al obispo de Cuenca en la que se le comunica que está integrado a la Junta Suprema. 22 de agosto. Sesión del cabildo eclesiástico para conocer un oficio del cabildo civil para que se nombre un representante ante la Junta de apoyo. Es elegido por unanimidad Tomás Borrero. ——————Sesión ampliada del Cabildo, con los sujetos más expertos de la ciudad. Los miembros del Cabildo en esa fecha eran: Melchor Aymerich, gobernador; Juan López Tormaleo, abogado y teniente asesor; Fernando de Salazar y Piedra, alcalde de primer voto; José María Vázquez de Noboa, alcalde de segundo voto; Joaquín de Salazar, abogado de la Real Audiencia y asesor del Cabildo; Ignacio Dávila y Astudillo, regidor decano que estuvo en el campo y que se integró en plena sesión; José Neyra y Vélez, regidor subdecano; Eugenio Arteaga, regidor alguacil mayor; Carlos Célleri, regidor fiel ejecutor; José Seminario Saldivar, regidor sencillo. Concurrentes invitados: Aguilar, Juan. Abogado quiteño. Andrade y Hermida, Luis.
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Arce, Juan Ignacio. Arcelus, Francisco Xavier. Capitán de milicias. Argudo, Ignacio. Argudo, Pedro. Arteaga, Vicente. Administrador de tabacos. Barbosa, Juan. Cura del Sígsig. Borrero, Tomás. Prebendado racionero de la catedral. De Nueva Granada. Recibió la autorización del Obispo para participar en la sesión. Casamayor, Carlos. Abogado. Crespo, Domingo. Crespo, Mariano Isidro. Cura rector de la catedral. Crespo, Joaquín. Crespo y Serrano, Ignacio. Chica, Francisco. Chica, José. Subdelegado de bienes de difuntos. Dávila, Francisco. Dávila, Juan. Dávila, Manuel. García, Antonio. Representante de los gremios. García Trelles, Antonio. Administrador de correos. Español. Herze, José. Vecino de honor. Lozano, Santiago. Representante de los comerciantes. Malo, Miguel Gil. (Padre de Benigno Malo) Moscoso, Francisco Ángel. Mosquera, Nicolás. Abogado quiteño. Ordóñez, Paulino. Representante de los comerciantes. Polo, Baltasar. Polo, Gaspar. Cura de Paute. Pozo y Pino, Manuel. Administrador de tributos. Ramírez, Ramón. Ramírez, Tomás. Rivera, José. Contador de alcabalas. Rivera, Pedro. Rodríguez y Villagómez, Manuel Pío. Ruilova, José Vicente. Serrano, Santiago. Teniente de milicias urbanas. Soler, Antonio. Tesorero. Español. Torres y Vega, Ignacio. Villavicencio y Andrade, José. Escribano de cabildo.
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El sacerdote José María Landa y Ramírez, Secretario del obispo, natural de Río de la Plata, estuvo de acuerdo con todo, pero no participó en esta sesión por haber salido en comisión especial. Igual cosa ocurrió con Diego Fernández de Córdova. Con otros nombres incorporados después fueron en total 31 los comprometidos. Todos ratificaron el juramento solemne hecho anteriormente, de fidelidad a Fernando VII y a la Junta Central residente en Sevilla. Se obligaron también a guardar en secreto las resoluciones que se tomaren. Quien juró en primer lugar fue el obispo Andrés Quintián Ponte, lo hizo de rodillas, frente a un Crucifijo y a los Evangelios y dijo “Juro a Dios y a Jesucristo crucificado, sobre ellos, que ratifico el juramento solemne practicado en la santa iglesia catedral, de obedecer al Rey nuestro señor don Fernando VII y en su real nombre a la Junta Central que gobierna en España y estos dominios, en defensa de los derechos de la Corona y autoridad de dicha Suprema Junta, la Religión y la Patria, hasta derramar, si fuere necesario, la última gota de sangre; jurando así mismo no obedecer a la Junta creada por el pueblo de Quito, con el falso supuesto de haberse extinguido la verdadera central que gobierna por nuestro católico soberano don Fernando VII. Si así lo hiciere, Dios me guarde, y de lo contrario me demande en mal. Amén.”8 Con este juramento se comprometieron, en la línea trazada por el gobernador y el obispo, los más notables ciudadanos de Cuenca, respetuosos de la religión y de la palabra de honor empeñada ante Dios y en su fuero interno. ——————Oficio dirigido a Manuel del Pozo y Pino, administrador de tributos sobre el nombramiento de Vicente Peñaherrera como administrador principal de correos. Otro oficio se refiere a que la administración de justicia está expedita. ——————El alcalde de primer voto, Fernando de Salazar y Piedra, envió una comunicación oponiéndose a la entrega de dinero para la defensa, por cuanto se había resuelto en un órgano que no tenía facultades para ello, como era una Junta auxiliar del Cabildo, donde había unos vocales sin derecho a voz y voto. Una comunicación con iguales observaciones la redactó Francisco Calderón, con otras destinadas a la Junta de Quito, pero fueron interceptadas. ——————Carta de Francisco Xavier Salazar a Melchor Aymerich ofreciéndole la fiscalía de la sala del crimen. Otra de Antonio Tejada
8 Tomado de: Muñoz Vernaza, Alberto, Memorias de la Revolución de Quito, op. Cit.

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comunicándole que ha sido nombrado ministro en la sala de lo civil. ——————Llegan dos copias de las arengas de Juan Pío Montúfar y de Manuel Rodríguez de Quiroga, ministro de gracia y justicia. Estas copias fueron enviadas desde Quito por varias ocasiones y con diversos destinatarios. ——————Carta de Vicente Viteri al obispo de Cuenca sobre asuntos privados pero también con un informe de lo ocurrido en Quito el 10, el 16 y el 20 de agosto. Comenta que el conde Ruiz de Castilla está libre y con sueldo en la hacienda de Iñaquito. También comenta que el doctor Ignacio Torres, abogado en algunas causas de las iglesias de Cuenca y Quito había abandonado la ciudad con destino a Popayán. ——————Carta enviada desde Quito por Rudesindo Toral a Mariano Crespo, comentando y razonando favorablemente sobre lo ocurrido el 10 de Agosto. ——————Cartas de Antonio Tejada y de Cristóbal Gómez al deán Tomás Borrero, el primero poniéndose a sus órdenes y el segundo comentando un asunto judicial de la Iglesia de Cuenca. Otra fue enviada por José Paz Albornoz al procurador del cabildo eclesiástico sobre el abandono de Quito del abogado de la causa Ignacio Torres. ——————En varias comunicaciones se elogia la revolución quiteña y a Juan de Salinas, se hacen referencias históricas y se critica a los españoles peninsulares. También se comenta sobre los festejos, la alegría del pueblo quiteño y se detallan los nombres, los cargos y los títulos de las nuevas autoridades políticas y judiciales. ——————Al parecer, en esta fecha, se envían las cuartetas dobles contra los quiteños que intervinieron en la revolución del Diez de Agosto. Son extremadamente groseras y no tienen la gracia de las Décimas a Guayaquil y Quito del padre Juan Bautista Aguirre. Se hace constar que se las atribuye a Pedro Roa. En la carta enviada a Manuel Arizaga se reprocha, con insultos, a los morlacos y se concluye devolviéndola para que la meta “en el trasero del mulón que la hizo.” 23 de agosto. Diego Fernández de Córdova informa de sus gestiones en Guayaquil. Dice que se ha hecho un consejo de guerra para apoyar a Cuenca. ——————El cabildo eclesiástico presidido por el obispo, resuelve entregar para la defensa la cantidad de 50.000 pesos que estaban destinados al colegio Seminario. También se destinan todos los fondos pro167

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venientes de diversos rubros y que pertenecen a la Iglesia. (Como empréstito). Se autoriza que se emitan los correspondientes libramientos. ——————Copia de la carta de Antonio Erdoiza enviada desde Ambato a Antonio García. Comenta lo sucedido en Quito, los cargos y títulos de los revolucionaros y enumera a los participantes, con sus empleos. ——————Manuel Pozo y Pino condujo hacia Guayaquil a Mariano Pozo y a los soldados apresados, pagando los gastos de su cuenta, con oferta de reposición. Portó también una solicitud de ayuda dirigida al gobernador Cucalón. ——————Carta de Juan de Dios Morales a Antonio García sobre la conveniencia de la adhesión de Cuenca a la Junta. ——————Acta del Cabildo de Quito que en sesión extraordinaria convocada por petición del marqués de Selva Alegre, conoce el oficio enviado por el Cabildo de Cuenca que solicita información sobre lo ocurrido el 10 de Agosto. Se resuelve dar a conocer los sucesos. 24 de agosto. Llega el oficio sobre la rebaja de precio del papel sellado a su taza antigua. ——————Oficio de entrega de los caudales de la Iglesia en préstamo para combatir “el horrible atentado del pueblo de Quito” ——————Personas desconocidas difundieron la noticia de una toma nocturna de Cuenca por parte de los revolucionarios quiteños. Se tocó la generala. Acudieron hombres y mujeres de toda condición social, desde niños hasta personas mayores, con las armas que tenían en sus casas, desde cuchillos hasta palos, para auxiliar a los pocos soldados que debían defender a la ciudad. También llegaron personas de San Juan del Valle, de San Joaquín y de otros lugares cercanos. Desempedraron las calles y acumularon las piedras en la plaza mayor y en la de San Francisco. Se encerró en su palacio el gobernador Aymerich y sólo salió cuando se confirmó que era una falsa alarma. Huyó el obispo fuera de la ciudad y regresó al día siguiente. De inmediato se le ampliaron las facultades otorgadas al gobernador, quien podía suspender en el ejercicio de su empleo a cualquier funcionario sospechoso, incluso por no haber salido de su casa a defender a la ciudad, o que difundiera las novedades de Quito o las resoluciones del Cabildo y su Junta especial de apoyo. En definitiva, se estableció el terror y el pánico en la ciudad, la que se mantuvo en ascuas por varios meses. De todo ello se hicieron varias informaciones sumarias con testimonios de José de Neyra y Vélez, Baltasar Polo, Antonio Thello de la Chica, Senón de San Martín, Carlos Balladares y de otras autoridades milita168

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res y civiles, así como de personas particulares. Todas constan en la transcripción de los documentos. En una de las declaraciones se dice “ha sido muy aplaudida la preparación generosa de este vecindario, y con ella ha dado un claro y fiel testimonio de su lealtad, valor y subordinación, la que se debe escribir en láminas de oro o bronce para que se sepa en los sucesivos siglos las recomendaciones de esta ciudad, de cuyos vecinos que quedado los superiores muy satisfechos y gloriados porque han prometido concluir con sus vidas en defensa de la Religión, del Rey nuestro señor (que Dios guarde) y de la Patria.” 9 ——————Se envía una copia de una comunicación de Bartolomé Cucalón, gobernador de Guayaquil, dirigida al marqués de Selva Alegre, condenando drásticamente su actitud. ——————Proclama del gobernador de Guayaquil a su pueblo sobre la formación de la Junta de Quito y de dos Senados, criticando duramente a los quiteños y aplaudiendo a los guayaquileños que se han opuesto. “Nada necesitáis de Quito cuando éste no puede sobrevivir sin vuestros auxilios”.10 Comenta que ha mandado auxilios para Cuenca. 25 de agosto. Los diputados Ignacio Valladares, Antonio y Juan Francisco Carrasco informan que en Azogues corrió la noticia de la llegada de Juan Melo con tropas a tomarse la ciudad. Dicen: “nos alentó ver tanto número de hombres que cubrían la plaza: indios con hondas, moharras y palos se cruzaban por las calles; mujeres de edad, niñas, blancas e indias, convocarse unas a otras y con las armas que su industria les dictaba…” 11 y más adelante añaden que “los indios, sin influjo de nadie, sino de su motivo se han juramentado a rendir sus vidas por defensa de su Rey, de su Patria…” 12 Las autoridades agradecieron de inmediato a los azogueños por su fidelidad. ——————El cabildo cuencano recibe un oficio de Pedro Argudo, natural de Biblián, en el que comunica la captura de Vicente Melo y con él de una carta de José Sánchez de Orellana dirigida al obispo Quintián Ponte sobre el establecimiento de la Junta Suprema; un pasaporte para Melo, autorizado por Juan de Dios Morales; un ejemplar de la arenga
9 Consta entre las informaciones sumarias hechas ante notario con motivo de la falsa alarma del 24 de agosto de 1809. Colección de documentos transcritos en este volumen. 10 Colección de documentos transcritos para la obra Cuenca y el Diez de Agosto, del autor de este artículo. 11 Colección de documentos transcritos para la obra Cuenca y el Diez de Agosto, del autor de este artículo. 12 Colección de documentos transcritos para la obra Cuenca y el Diez de Agosto, del autor de este artículo.

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del marqués de Selva Alegre y una copia sobre las reformas económicas relacionadas con los tabacos, el cabezón y el papel sellado. El obispo comentó que esa comunicación dirigida a él “la miraba con el desprecio y abominación que exige el caso, como no dimanada de autoridad legítima.” 13 26 de agosto. El nuevo gobierno establece para delitos menores el juicio verbal. (En los documentos se puede encontrar insistentemente que una de las mayores quejas contra el gobierno de los españoles europeos era su parcialidad y la lentitud en los trámites) ——————Nombramiento del nuevo corregidor de Ibarra a favor de Domingo de Gangotena, dado por la Junta Suprema, a nombre de Fernando VII. 27 de agosto. Cuenca comunica oficialmente que no obedecerá a la Junta Suprema de Quito sino sólo a la Suprema Junta que reside en Sevilla. 28 de agosto. Llegan tres cartas rezagadas, emitidas por el virrey de Santa Fe, una relacionada con el Manifiesto de España a Europa sobre la guerra contra Napoleón Bonaparte; otra con la confiscación de los bienes de quienes habían apoyado en España a los bonapartistas; y, una tercera sobre el paso de emisarios franceses hacia América. ——————El obispo Andrés Quintián contesta la carta del marqués de Selva Alegre y le dice que ha jurado sostener y defender sólo a su legítimo soberano. Cuando supo el apresamiento de Fernando VII en Bayona había jurado reconocer a la Junta integrada en España, por lo que no podía obedecer a otra. Añade que esa Junta española había resuelto suprimir las juntas supremas creadas allá y sólo llamarlas Juntas Superiores de provincias. Opina que Quito debía seguir este camino. Juzga que lo que han hecho causará infortunios e infinitos males y que presiente que será el triste espectador de las mayores desgracias. Se ofrece como víctima propiciatoria para aplacar la ira divina. Le aconseja que corrija ya lo que él considera como erróneo, le recuerda su origen distinguido y emparentado con las más notables familias de España y Quito y le pide que proceda así, por amor a la patria, a la religión y al rey – añadiendo que así lo supone. Termina pidiendo a Dios que le dé las divinas luces en abundancia. ——————Diez días después de haber salido de Cuenca, desde Piura José María Landa y Ramírez informa al Cabildo de sus gestiones.
13 Colección de documentos transcritos para la obra Cuenca y el Diez de Agosto, del autor de este artículo.

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Dice haber enviado información precisa al virrey del Perú y solicitudes de auxilio con numerosas armas y gente y, sobre todo, que ponga a Cuenca bajo su protección. Dice textualmente: “Cuenca hasta aquí no solamente ha sido dependiente, sino también quasi esclava de Quito…”.14 En otra pieza con documentos se vuelve a copiar el informe enviado desde Piura. ——————Landa da a conocer el sentido de la comunicación dirigida desde Piura al virrey Abascal, con detalles sobre el levantamiento de Quito, así como de otra dirigida al intendente Manuel Salazar sobre el mismo asunto. 30 de agosto. Los presos enviados desde Cuenca fueron exhibidos como traidores en las calles de Guayaquil. 31 de agosto. Manuel Pozo y Pino informa haber entregado al gobernador de Guayaquil los 24 hombres que llevó presos. Informa también sobre los auxilios pedidos a esa ciudad. ——————José María Landa emite un nuevo informe desde Piura. Estuvo destinado a los preparativos del ejército que defendería a Cuenca y que iría a Quito a someter a los revolucionarios. Todo lo impulsaba Melchor Aymerich, quien se consideraba el gran pacificador y tenía la aspiración de llegar a ser presidente de la Real Audiencia. Le secundaba plenamente el obispo Andrés Quintián Ponte. Entre otras acciones se cumplieron las siguientes: - Se mandó a confeccionar 500 lanzas. - Se autorizó al vecindario la fabricación de lanzas y otras armas similares. - Se uniformó a los soldados, lo que no era costumbre hasta esa época, pues antes cada uno lo hacía por su cuenta. - Andrés Quintián Ponte y Andrade, voluntariamente cubrió los gastos de los uniformes y destinó fondos del seminario, de la catedral, de obras pías y de propios para cubrir otros gastos. Llegó incluso a exonerar el pago de dos años de tributos a quienes se presentaren como voluntarios para integrar el ejército. - El lego mercedario José Valero predicaba apasionadamente a favor de la guerra contra los quiteños.
14 Colección de documentos transcritos para la obra Cuenca y el Diez de Agosto, del autor de este artículo.

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- Se dispuso que Paulino Ordóñez confeccionara seis piezas de artillería. (Sólo logró hacer cuatro). - José María Vázquez de Noboa ofreció alistar una compañía de infantería para apoyar a los realistas. - Antonio García Trelles hizo el mismo ofrecimiento, pero de una compañía de caballería. - El presbítero Manuel Arias Pacheco ofreció servir al ejército como capellán. - Ignacio Arias, también presbítero, se presentó como un segundo capellán. - El médico quiteño José Moreno se ofreció participar como cirujano y soldado. - Manuel Rada solicitó ser el alférez real, es decir, el portador de la bandera. - Ignacio Argudo de Cojitambo informó que había reunido 500 hombres y para entrenarlos fueron enviados seis soldados experimentados, con fusiles, pólvora y con 500 pesos de ayuda. - José Baltasar Vélez Ramírez ofreció organizar una compañía de alabarderos para cuidar los caminos de Machángara y Chiquintad. - Tomás Torres Arrendondo ofreció levantar otra compañía militar. No se le aceptó porque hubo algunas dudas sobre su comportamiento. - Antonio de La Rea comunicó su lealtad al Rey y solicitó algún empleo. - Dionisio Heredia ofreció armas y gente a su costa y pidió una designación militar. - Andrés y Juan Sánchez pusieron a disposición del gobernador a 69 jóvenes a quienes enseñaban gramática. Se les pidió que estén listos al toque de la generala. - Azogues formó una compañía dirigida por Francisco Dávila y se informó que quedaban a la espera 200 personas más, de las cuales sólo fueron alistadas 100, al mando de Ignacio Valladares, nombrado como teniente. - Oña y Nabón debían solicitar la colaboración de voluntarios y atender a las tropas que llegarían de Loja. - El corregidor de Loja Tomás Ruiz Gómez de Quevedo informó que del Perú llegaban 300 fusiles. Fuera de lo anotado, la cronología de estos y de otros acontecimientos es la que sigue:

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01 de septiembre. El comandante Pablo Riofrío y su ayudante José Maldonado informan sobre las dificultades para cumplir con lo ofrecido desde Loja porque las milicias sólo se habían organizado parcialmente desde 1800 y no tenían entrenamiento ni disciplina, porque muchos oyendo la convocatoria se han ausentado de la ciudad y porque no hay suficientes personas para reunirlas en Saraguro. 02 de septiembre. El gobernador de Guayaquil puso a disposición de Cuenca, por solicitud del comisionado Diego Fernández de Córdova, a varios oficiales con sus armas y vestuarios. Después dispuso también el envío de dos cañones, cuatro artilleros y armas y como la ciudad estuvo ya aislada por los controles de sus salidas y entradas, contrató también la provisión de doscientas cargas de cacao, bebida que en aquellos tiempos era de uso cotidiano, como ocurre ahora con el café, así como el envío de cien arrobas de arroz. Cucalón solicitó, a su vez, 400 ó 500 jóvenes para tomar las armas en defensa de Guayaquil, alegando que había pocos jóvenes en su provincia. Cuenca se aprestó a colaborar, incluyendo el alistamiento de los presos que no merecían pena aflictiva. ——————B. Cucalón informó oficialmente que el capitán Manuel del Pozo y Pino le entregó 4 cabos y 20 soldados del cuerpo de veteranos para ser enviados presos al Callao. 04 de septiembre. Los presos fueron enviados al Callao donde se los encerró en el fuerte de San Felipe. ——————B. Cucalón envió un segundo oficio de exhorto a Juan Pío Montúfar criticando los motivos alegados para hacer la revolución y que es una extravagancia decir que se lucha contra los franceses. Los quiteños han gozado de seguridad por trescientos años –afirma-. ——————El Cabildo lojano resuelve oficialmente apoyar a Cuenca y resistir todo intento de unión con Quito, criticando severamente a la Junta Suprema. 05 de septiembre. En Riobamba se reúnen en secreto, sin que los sepa el corregidor Xavier Montúfar, los alcaldes Fernando Dávalos González y Fernando de Velasco y Unda; los regidores Mariano Dávalos y Martín Chiriboga y otros, acompañados del procurador, para oponerse al gobierno de Quito y en contra del corregidor de esa ciudad. Conocedores de la actitud de los gobernadores de Cuenca y Guayaquil, les envían copias de esta acta y les impulsan a seguir adelante hasta vencer a la Junta Suprema.
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06 de septiembre. Se informa desde Naranjal la compra y el envío de cacao y arroz para Cuenca. 07 de septiembre. Llega la comunicación del comandante Villavicencio a través de Juan José Aguilar, sobre el nombramiento de corregidor de Cañar a favor de Luis Cobos. Tanto el portador como el beneficiario fueron apresados y procesados.15 ——————La Junta Suprema envía oficios a los cabildos de Popayán, Cuenca y Guayaquil sobre los nombramientos de comisionados de paz. ——————En una carta a Joaquín Salazar se comenta sobre los comisionados de paz Pedro Calisto y Salvador Murgueytio. ——————Cartas a Mauricio Salazar, prebendado de la catedral, con noticias sobre las tropas distribuidas en diversos lugares, inclusive con participación de los indios de Riobamba, quienes tendrían 5 000 flechas y harían rodar galgas de los cerros y montañas contra los revolucionarios. 08 de septiembre. Melchor Aymerich hizo una junta de guerra en Cañar para preparar el avance hacia el norte, con estrategias de mandar avanzadas y espionajes. Asistieron Manuel Rada, Manuel Chica y Astudillo, Francisco Chica y Astudillo, Miguel de la Piedra, José Vega y Veintemilla, Bernardo Rodal, Juan Benítez y Carrión, Vicente Gascón, Juan Ángel Cabrera y Rico, Jorge Mariño y Piedra y Miguel Vélez Ramírez. 09 de septiembre. El virrey de Lima José Abascal envía un oficio informando que ha dado a Guayaquil instrucciones sobre la defensa de esa ciudad y de la de Cuenca, felicitando al mismo tiempo, por la lealtad de unos y otros. Comenta sobre el conocimiento de lo ocurrido por un informe de un comisionado de Cuenca (José María Landa y Ramírez) y da razones para considerar que la Junta de Quito ha actuado erróneamente y con ánimo revolucionario. El cabildo de Cuenca aprovechó la recepción de esta comunicación para insistir en el envío de armas y de soldados. En la documentación se ha copiado íntegramente el oficio. 11 de septiembre. Convocatoria a Cortes a reunirse en España a partir del 1 de mayo de 1810. 12 de septiembre. Orden del obispo para que los prelados y autoridades de las comunidades de Santo Domingo, San Francisco, San Agustín, la Merced y Betlemitas, renueven su juramento de fidelidad a la
15 Cabe señalar que la Junta Suprema de Quito, con este nombramiento, elevó la categoría de Cañar a corregimiento, pues antes era sólo una tenencia.

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Junta residente en Sevilla y no a la de Quito, y que lo hagan también todos los miembros de sus comunidades. 13 de septiembre. Desde Riobamba los comisionados Salvador Murgueytio y Pedro Calisto escriben a Melchor Aymerich dando a conocer que viajan a nombre de la Junta Suprema para informar sobre los sucesos de Quito. ——————Los comisionados envían otro oficio desde Riobamba dirigido al obispo Andrés Quintián. ——————Se añade un documento a la causa seguida contra Jacinto Bejarano. También se comenta sobre la Junta y dice Cucalón estar preparado para la defensa de Guayaquil y que ha pedido tropas al virrey del Perú. 14 de septiembre. El gobernador de Cuenca manda refuerzos al Cañar con los capitanes José María Vázquez de Noboa y Joaquín Crespo. ——————Copia de un oficio remitido en contestación de otro, sobre la retención del correo del Perú. 15 de septiembre. El comisionado de Biblián Ignacio Argudo informa que se había detenido al padre Julián Zeas por haberse negado a ser registrado. El obispo tuvo que intervenir para que se lo soltara, previo un nuevo juramento sobre su lealtad. 16 de septiembre. Las autoridades de Cuenca responden a los comisionados pidiéndoles que expongan por escrito sus planteamientos pero que no se desplacen más acá de Alausí. ——————Cuenca agradece a Loja por su apoyo y por los auxilios ofrecidos. ——————Una nueva carta de José María Landa y Ramírez, emitida desde Piura, daba razón de sus gestiones para logar apoyo del virrey del Perú. 17 de septiembre. El virrey de Lima envía una proclama dirigida a los quiteños para que desistan de la revolución, pero con la amenaza de hacer la guerra, con todas sus consecuencias e informando que sus tropas son más numerosas y experimentadas. Ofrece interceder ante el virrey de Santa Fe para que no tome represalias. ——————Oficio dirigido desde Anaquito (Iñaquito) por el conde Ruiz de Castilla sobre José Ignacio Checa, gobernador de Jaén, presente en Cuenca el 10 de Agosto, señalando que no ha tenido participación en el movimiento revolucionario de Quito y con fecha 18 se recomienda entregarle el pasaporte.
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——————Juan Pío Montúfar concede un pasaporte a José María Palacios, vecino de Loja. ——————Resolución de José Abascal sobre las apelaciones en los juicios de justicia y gobierno que deben hacerse ante él y los tribunales de Lima hasta que termine el problema con Quito. 18 de septiembre. José María Landa emite otro informe al Cabildo desde Lima. También comenta que José Silva y Olave ha sido elegido diputado de la Junta Suprema de Sevilla. 19 de septiembre. El obispo Andrés Quintián contesta en una larga misiva a los comisionados Murgueytio y Calisto. Hace largas reflexiones y dice que no puede garantizar la seguridad de ellos por el ardor del pueblo y que incluso han sido detenidos los sacerdotes Julián Cea y Felis Costa por lo que ha tenido que intervenir él para librarlos. ——————El gobernador provisional de Bracamoros Joaquín Barco, comunica que había tomado todas las providencias en el caso de que sea cierto el levantamiento de Quito. El Cabildo de Cuenca recibió el oficio el 14 de octubre y contestó de inmediato, dándole las gracias. ——————Oficio de Melchor Aymerich a Landa y Ramírez, insistiendo en la protección que se debe recibir desde Lima. 20 de septiembre. Nombramiento de Vicente Argudo como juez pedáneo de Chunchi, en la provincia de Alausí. 21 de septiembre. El virrey de Santa Fe Antonio Amar felicita a Cuenca por su actuación a favor de la “justa causa”. Da a Melchor Aymerich el nombramiento de comandante general de las armas y jefe de la gente de guerra en las provincias de Cuenca, Loja y Jaén de Bracamoros. Al virrey del Perú le ha informado sobre sus disposiciones. Las comunicaciones con Santa Fe se harán por el mar y de allí a Popayán, que se ha mantenido fiel. ——————Se conoce, por documentos capturados por espías, sobre los nombramiento del doctor Salvador Murgueytio como senador de la sala del crimen y como comisionado para parlamentar con el cabildo y las autoridades de Cuenca, conjuntamente con Pedro Calisto, regidor del cabildo de Quito. Vienen con instrucciones de conciliar la paz con Cuenca, pero también con otras intenciones. 22 de septiembre. En un nuevo oficio dirigido por el virrey de Lima José Abascal al gobernador de Guayaquil le expone sus estrategias de guerra: bloquear por todo lado a Quito, para que no le llegue ni un grano de sal. Las tropas deben vigilar los puertos e incluso la vía a
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Mainas. Además, le ordena apoyar a Cuenca en todo lo que pida. Insiste también en la continuación de la búsqueda de los arreglos por la vía pacífica. ——————En otro oficio el virrey de Lima da órdenes sobre los preparativos para la guerra, pero insiste en los arreglos pacíficos. Se ordena también que se obtenga de Loja todo apoyo y que se coordinen las acciones con el gobernador de Guayaquil. Este oficio se leyó en la sesión del Cabildo del 9 de octubre y se resolvió darle las gracias por todo el apoyo brindado a Cuenca. ——————Juan de Dios Morales, creyendo que Murgueytio ya había llegado a Cuenca, en una carta le trata de senador, cargo que en esa época estaba asociado a la administración de justicia. Esto despierta sospechas entre las autoridades de Cuenca. Su comunicación es un largo alegato sobre los procedimientos de la Junta Suprema con argumentos jurídicos, históricos y circunstanciales. Juzga que se debía retirar del poder a los negligentes que se habían hecho odiosos al pueblo. Lo planificado y ejecutado se ha hecho con meditación y no es obra de intrigas o de locas ambiciones. Dice que querer que nada se haga es querer que América se entregue a Bonaparte. Manifiesta que se ven tristes síntomas de destrucción de la patria y querer que Quito no actúe es inadecuado. No hemos faltado a nuestras obligaciones –dice–. Las autoridades de España ya están recibiendo órdenes de Bonaparte, como el cierre de los puertos de América a los ingleses. “Es crasa ignorancia pensar que no tienen los pueblos de América los mismos derechos que tuvieron los de España para crear Juntas…pensáis erróneamente que ni puede, ni debe, ni es capaz de mandar el americano”. El americano no es un negro del África que nació sólo para arrastrarse y obedecer con temor y temblor…”.16 Por último, a las autoridades españolas de Cuenca les invita a no encender la guerra civil. Pide que no entre en las conversaciones Pablo Ylario Chica, primer motor de los enredos de Cuenca por ser gran deudor de las cajas reales. Al parecer, como una sobre carta le informa brevemente sobre los sucesos de Chuquisaca y La Paz, donde Santa ha renunciado y el obispo de Charcas de ha fugado. (Estos hechos ocurrieron en mayo y junio de 1809, es decir, pocos meses antes que en Quito y tuvieron otros rasgos que les dan menos trascendencia que al movimiento revolucionario quiteño)
16 Colección de documentos transcritos para la obra Cuenca y el Diez de Agosto, del autor de este artículo.

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El cabildo de Cuenca ha incorporado junto a esta documentación un Manifiesto a los Quiteños, escrito de acuerdo con el pensamiento de Andrés Quintián Ponte donde junto al relato completo de lo ocurrido antes del diez de agosto, en ese día y en posteriores están reflexiones sobre la política y el papel que debió cumplir el Cabildo de Quito, si se creía que faltaban las autoridades. También se revisan los sucesos de España y se hacen elucubraciones como la de pensar que para sostener la Revolución echarán mano hasta de las alhajas y reliquias religiosas. Se les invita a declinar el poder ante el Cabildo. ——————Se da una respuesta más sobre la retención de oficios de la correspondencia oficial y particular. Se vuelve a criticar la mala administración de justicia y se justifican los cambios ocurridos, con la remoción de las autoridades, sin perjudicarles en nada. Se elogia a los integrantes de la Junta y se enumera a todos los comprometidos con los cambios, tanto seglares como eclesiásticos. Y comenta que se los ha criticado por ser quiteños y no asturianos. ——————En cartas dirigidas a Joaquín Salazar, abogado de la Real Audiencia en Cuenca, así como en otras anónimas, se comenta sobre la preparación de las fuerzas militares. Es como una guerra de noticias para atemorizarse unos a otros. ——————Cartas de un tal José Lorenzo dirigida desde Quito a Ignacia Álvarez. Al parecer es de un pretendiente que ha recibido de ella críticas por la revolución quiteña y que las responde con insultos contra los cuencanos que se han unido para afrontar hasta con las armas a los quiteños. Usa términos tales como bestias, borricos e idiotas. (Como se sabía que la correspondencia era interceptada por las autoridades de Cuenca, estas cartas, quizá con nombres supuestos, están dentro de la guerra de noticias que se propalaban desde uno y otro bando) ——————En un oficio dirigido al gobernador Aymerich, un desconocido de Quito se atribuye la redacción de la larga Proclama a los quiteños y pide que se la reproduzca para su difusión. ——————Oficio dirigido a Aymerich sobre los delegados Murgueytio y Calisto, escrito por los párrocos y doctrineros Fernando Vélez Ramírez, Mariano Ángelo de Ormaza y José María Plaza de los Reyes, pidiendo que atienda sus exposiciones. 23 de septiembre. Murgueytio insistió por medio de otra comunicación para que se les reciba. El Cabildo contestó que se había resuelto no obedecer sino a la Junta de Sevilla.
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25 de septiembre. Llegó otro oficio del marqués de Selva Alegre dirigido a Salvador Murgueytio y a Pedro Calisto y Muñoz dándoles más instrucciones para tratar sobre la Junta y sus objetivos con las autoridades de Cuenca. Otras instrucciones, más radicales, fueron dadas por Juan de Dios Morales sobre el mismo tema. 26 de septiembre. Recepción de una comunicación del virrey del Perú, con un agradecimiento al Cabildo por su actuación y con la oferta de informar a las autoridades de la Península sobre la lealtad de Cuenca. Informaba también de las disposiciones dadas al gobernador de Guayaquil para auxiliar a nuestra ciudad, en todo lo que le pida y, además anunciaba el envío de 500 fusiles y más armas y la indicación de que se ataque antes de que entren las aguas y de que se sigan difundiendo las noticias que pueden contagiar a toda la provincia. Le expresa a Aymerich que debe someterse a las resoluciones del gobernador de Guayaquil, pues así lo ha querido el conde Ruiz de Castilla y le pide que no haya rivalidades entre los dos. ——————Como consecuencia de este oficio el Cabildo ordenó que se saquen copias de todas las resoluciones y quizá aquí esté el origen de la presente compilación que publicaremos. 28 de septiembre. El Cabildo de Cuenca rechaza al comisionado Murgueytio por no haber acreditado sus credenciales, pero sobre todo por estar en total discrepancia con su misión. 29 de septiembre. Oficio de Salvador Murgueytio dirigido al Ayuntamiento de Cuenca insistiendo en sus sanas intenciones. Mes de octubre En este mes se dan las movilizaciones desde Cuenca para someter a Quito por las armas, pero también se ordena la desmovilización, con la correspondiente decepción de Aymerich. La Junta se ha visto en la necesidad de llegar a arreglos con el conde Ruiz de Castilla, por haberse quedado prácticamente aislada y sin alternativas por las amenazas bélicas desde Santa Fe, Lima, Cuenca y Guayaquil. 01 de octubre. Se recibe la carta de Antonio de la Peña a Manuel Rada, alférez de Cuenca en Cañar, enviada por medio de Vicente Olmedo. 02 de octubre. Nueva carta de Murgueytio, emitida desde Alausí, insistiendo el la conveniencia de la Alianza de Cuenca con Quito.

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03 de octubre. Melchor de Aymerich va a Cañar a inspeccionar las tropas de avanzada. 04 de octubre. En Riobamba se captura, con intervención violenta de Antonio de la Peña a Luis Saa, Pedro Calisto, José Bosmediano y José Pérez, a quienes se les consideraba como traidores y espías, por unas cartas que estuvieron en poder de ellos. 05 de octubre. Se retuvieron dos pasaportes emitidos por la Junta de Quito a favor de Manuel Ramírez, cura de Loja y de José María Palacios, vecino de esa ciudad. Se los detuvo para interrogarlos, pero se los soltó, pues el primero era partidario de la contrarrevolución. También se retuvo una comunicación del Marqués de Selva Alegre dirigida a Vicente Argudo, con el nombramiento de teniente de Chunchi. ——————Aymerich pasa revista de las armas que poseen. Señala que son adictos a su causa algunos funcionarios distribuidos desde Cañar hasta Tacunga: el doctor Ante, José Pontón, Pedro Calisto, Felipe Santos, Fernando Dávalos, el doctor Velozo, el cura de la villa de Riobamba, Jorge Ricaurte, entre otros y considera que el pueblo bajo de Quito también está en contra de la Junta. Informa también que un correo llevado por un indio no contuvo sino papeles en blanco por lo que dedujeron que los revolucionarios los habían interceptado. ——————Aymerich comunica que José Antonio Pontón, Alejandro Muñoz y el cura José Reyes, todos de Alausí, ofrecieron apoyar a la expedición guerrera contra los quiteños y que se les había recibido el juramento de lealtad. Al día siguiente llegaron otros vecinos de Alausí, entre los que estaban los presbíteros Fernando Vélez y Mariano Costa y Lucas Urbano, José Orozco y los hermanos Joaquín, Casimiro y Juan Antonio Cobos, con la novedad de la actuación del capitán Antonio de la Peña, a favor de los quiteños. 07 de octubre. Melchor de Aymerich informa también de la detención del botánico lojano Vicente Olmedo, quien reveló ser agente de los realistas y que tenía en su poder oficios de los virreyes de Lima y Santa Fe dirigidos al gobernador Cucalón y al obispo Andrés Quintián Ponte. También tenía documentos de varios regidores de Riobamba en contra de la revolución de Quito, que la habían apoyado sólo por el despotismo del corregidor de esa ciudad Xavier Montúfar, hijo del marqués de Selva Alegre y que pedían auxilio a Cuenca. A pesar de esas muestras se le exigió a Olmedo fianza para dejarle ir a su destino.
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——————Se da razón de todos los preparativos bélicos de uno y otro bando, gracias a los apoyos de laicos y religiosos y las pesquisas o espías, incluyendo a delatores como Pedro Calisto, quien a través de su hijo informaba sobre las estrategias de los revolucionarios. Se hace referencia a la necesidad de liberarse del yugo afrancesado de Xavier Montúfar, corregidor de Riobamba y de su padre el marqués de Selva Alegre. 08 de octubre. José M. Landa informa al Cabildo desde Lima, sobre sus gestiones de apoyo y lo hace por medio de varios oficios. ——————El corregidor de Riobamba Xavier Montúfar renuncia a su cargo por presión del pueblo y con ánimo de facilitar los arreglos con la Junta Suprema, dispuesta a que retorne a la presidencia Francisco Urries, conde Ruiz de Castilla. 09 de octubre. El Cabildo de Riobamba acepta la renuncia de Xavier Montúfar y comunica a los gobernadores de Guayaquil y Cuenca que el camino está expedito para que lleguen con sus tropas. ——————El Cabildo de Riobamba envía un oficio al de Cuenca ofreciendo todo apoyo a las tropas que lleguen y uniéndose para vencer a las de Quito, pues hasta Tambillo estaba ya con ellos. ——————Se acata la resolución de que los asuntos judiciales de Cuenca, que debían ser conocidos por la Audiencia de Quito, sean resueltos por la Audiencia de Lima, mientras dure la Junta Suprema. ——————El virrey de Lima José Abascal escribe al marqués de Selva Alegre pidiéndole que deponga su actitud y ofreciendo interponer sus buenos oficios para que el virrey de Santa Fe mire con piedad a los que se han dejado seducir. 10 de octubre. Auto de Juan López Tormaleo, gobernador encargado, sobre la fidelidad de la ciudad y sobre la aceptación de Lima para admitir y poner a Cuenca bajo su protección en asuntos de gobierno y justicia. Se ordena que se conozca por bando. ——————El Cabildo de Cuenca conoce una carta del teniente de Chunchi Vicente Argudo, quien reflexiona sobre la inutilidad de una guerra entre cristianos y la conveniencia de llegar a acuerdos de paz. ——————Pedro Calisto expresa al Cabildo de Riobamba la conveniencia de que se suspendan las hostilidades pues es innecesaria una guerra civil. ——————El Cabildo de Riobamba informa al de Cuenca que ha renunciado el corregidor Xavier Montúfar y que esperan en esa ciudad con ansias los auxilios de Cuenca.
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12 de octubre. En Alausí y con testimonio del escribano del lugar, se reúne un consejo de guerra donde declaran Pedro Calisto y Miguel Lunavictoria que han aparentado estar con los revolucionarios pero que en realidad estuvieron en su contra y que ya no piensan los miembros de la Junta sino en llegar a arreglos, dejando sus posiciones. ——————El Cabildo de Cuenca exhorta a los miembros de la Junta Suprema que depongan su actitud para que las cosas vuelvan al estado en que estaban antes del Diez de Agosto. 13 de octubre. Se conoce en el Cabildo de Cuenca que el virrey ha enviado una proclama en la que ha hecho constar que ha tomado a su cargo provisionalmente el cuidado y protección de la ciudad. Se da a conocer que también ha amenazado llevar una sangrienta guerra hasta la liquidación de los revolucionarios, a la ciudad de Quito. El Cabildo informa por un oficio al obispo de la mencionada proclama, para que como cabeza del cuerpo eclesiástico proceda de la mejor manera ante su grey, con las armas que maneja la Iglesia. El Ayuntamiento de Cuenca envía una comunicación al marqués de Selva Alegre con la proclama del virrey de Lima sobre la administración de Cuenca bajo su mando temporal y sobre la declaración de la ciudad de una sangrienta guerra a la de Quito, según los juramentos hechos ante los Evangelios. Si se volviesen las cosas a la situación anterior al Diez de Agosto, se impulsará la hermandad entre Quito y Cuenca. ——————Los guarandeños se ponen a las órdenes de B. Cucalón para combatir a los quiteños. ——————Nuevos oficios son enviados a los prelados regulares y a las preladas de los monasterios, con términos similares, para cortar “el cáncer que amenaza la ruina de sus conventos, templos y altares.” Se les incita a utilizar los medios religiosos para lograr el desistimiento de los insurrectos de Quito, fundamentalmente con oraciones, ayunos y mortificaciones. ——————Oficio dirigido por el Cabildo de Cuenca a los corregidores, jefes y tropas de Riobamba, Guaranda, Ambato y Tacunga, requiriendo todo el apoyo necesario para las tropas organizadas en Cuenca y exhortando el desistimiento de cualquier apoyo a los quiteños. ——————En una carta particular de Agustín Bustamante se da a conocer que el corregidor de Riobamba Xavier Montúfar había renunciado y huido. Se informa sobre el bribón de Peña (Antonio de la) y
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sobre la prisión encubierta de Pedro Calisto, Luis Saa, José Bosmediano. Invita a Aymerich a avanzar triunfante hasta Quito, pues las tropas se han replegado. ——————Se toman declaraciones a Luis Saa y Pedro Calisto, detenidos por acusación de traición. Estos escriben al obispo de Cuenca sobre su inocencia e informan sobre las estrategias a seguir para vencer a las tropas revolucionarias. Calisto dice que ha convencido ya de su proceder a Antonio de la Peña, quien también le escribe una misiva. 14 de octubre. El Cabildo y la Junta de apoyo resuelven esperar las órdenes del gobernador de Guayaquil, pues por disposición del virrey tenían que actuar conjuntamente para auxiliar a Riobamba y acometer a Quito. Aymerich tuvo que respetar esta disposición, aunque se sentía perjudicado pues él tenía mayor antigüedad. Se consoló con el nombramiento dada por el virrey de Santa Fe como comandante en jefe de las tropas de Cuenca, Loja y Jaén de Bracamoros. ——————Juan Pío Montúfar deja la presidencia de la Junta, siendo sustituido por el conde de Selva Florida, Juan José Guerrero. Esto facilitó un entendimiento con las anteriores autoridades. ——————Se dan a conocer varias actas de sesiones del Cabildo de Riobamba y una Protesta del mismo, con una relación de los hechos desde que fueron comunicados del ascenso de la Junta Suprema y que obedecieron inicialmente por temor y en contra de su deliberada voluntad para poder defender sus vidas, siendo estos actos nulos por muchas razones jurídicas. Lo firmaron ante el notario Baltasar de Paredes todos sus miembros: Fernando Velasco, Mariano Dávalos, Jorge Luis de Ricaurte, Martín Chiriboga y León, Juan Bernardo de León, Ramón Puyol y Ximénez, Antonio Paredes, Diego Donoso y Chiriboga, Antonio Venegas, Ciro de Vida y Torres. El Cabildo de Riobamba expone su parecer sobre la revolución al Cabildo de Cuenca, informa sobre la recuperación de Guaranda y Ambato y de su disposición de apoyar el avance hacia Quito para someter a la Junta. Una comunicación similar fue enviada al gobernador Aymerich. 15 de octubre. Resolución del gobernador de Guayaquil sobre la expedición hacia Quito. Debían esperarse órdenes expresas del virrey. ——————Pedro Calixto y el capitán Peña, reconciliados, se unen para hacer la contrarrevolución a los quiteños. Asociados a Luis de Saa pidieron a Aymerich que asuma el mando de las tropas de Alausí y Riobamba.
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——————Oficio del gobernador de Guayaquil al de Cuenca sobre los preparativos para la guerra, pero que aún había que seguir intentando la persuasión y que se debía esperar órdenes expresas de Lima. Informó también que había realizado varias juntas de guerra y que había recibido de Juan Pío Montúfar oficios sobre el retiro de las tropas de uno y otro bando para poder parlamentar. Dice que el punto de encuentro de las tropas de Cuenca y Guayaquil sería en Riobamba y que le informará el día exacto de su salida. 16 de octubre. Entre las tropas enviadas por el virrey de Santa Fe y soldados quiteños se dio un enfrentamiento en Fúnez, con pérdida de los patriotas. 20 de octubre. Desplazamiento de Aymerich hacia Riobamba. 21 de octubre. Se recibió en el Cabildo de Cuenca un nuevo oficio dirigido desde Riobamba exponiendo los motivos que tenían Alausí, Ambato y Latacunga para oponerse a la Junta de Quito. Con esto se veía como se iba debilitando el poder de la Junta y se abría el camino para una reconciliación con el viejo presidente conde Ruiz de Castilla. 23 de octubre. El corregidor de Ambato Ignacio Arteta y el de Latacunga Miguel Bello, se ponen a las órdenes de Aymerich para apoyarle con sus tropas, reiterando su lealtad a la Corona. ——————El virrey de Lima José Abascal contestó un oficio del Ayuntamiento de Cuenca y se ratificó en elevar al Rey un informe sobre los méritos de la ciudad en la defensa de los intereses reales, agradeciendo nuevamente por los servicios prestados. También en otra comunicación hizo referencia al decomiso o captura de papeles sediciosos distribuidos por los seguidores de la Junta Suprema. ——————Proclama del virrey de Lima dirigida a los vecinos quiteños en contra de la Junta Suprema, solicitándoles no apoyarlos y amenazando con una guerra de exterminio en caso de insistir en la revolución. ——————El corregimiento de Ambato envía una comunicación similar. Sólo esperan al gobernador Aymerich para invadir a Quito, poniéndola en estado de rendición o muerte. ——————José Abascal ordena desde Lima que se remitan a Guayaquil las causas iniciadas contra los reos para que allí se las substancie y que los reos sean custodiados debidamente. 24 de octubre. El conde Ruiz de Castilla es repuesto a su antiguo cargo de presidente de la Real Audiencia de Quito. ——————El Cabildo de Riobamba se dirige al Cabildo de Cuenca y
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al gobernador Melchor Aymerich para informar que están preparados para recibir las tropas que han pasado por Cañar, a las que pueden dar alojamiento y alimentación. 25 de octubre. Nicolás Calisto, hijo de Pedro Calisto hace referencia a los arreglos con el conde Ruiz de Castilla sólo por temor a las tropas que llegaban del sur y desde Popayán, pues siguen en sus cargos Salinas y Morales, quienes esperarán su oportunidad para reemprender las acciones contra la Corona. Da también otros informes sobre el apresamiento de Xavier Ascasubi y de otros asuntos relacionados con lo que ocurría en esos momentos. ——————Desde Ambato se insiste en el envío de refuerzos y que hay que actuar rápidamente. 26 de octubre. Se ordena depositar 18.500 pesos correspondientes al obispo José Cuero y Caicedo, para gastos militares, según disposición del cabildo eclesiástico de Cuenca. ——————Pedro Calisto escribe a Melchor Aymerich criticando los arreglos y urgiéndole a seguir avanzando para lograr el rendimiento de los miembros de la Junta y para capturar a los tres principales cabecillas de la Revolución. 28 de octubre. Oficio de Antonio Amar, virrey de Santa Fe, acusando recibo de copias de resoluciones tomadas por el Cabildo de Cuenca desde el 16 de agosto. Las da por aprobadas. El Cabildo ordenó la promulgación por bando. ——————Oficio del Cabildo de Riobamba a Aymerich urgiéndole que avance lo más pronto posible y que no espere la coordinación con el gobernador de Guayaquil por la urgencia del caso. ——————El Cabildo de Riobamba, por un oficio enviado por el conde Ruiz de Castilla, pide que se suspendan los avances de las tropas, aunque sus miembros creen que se le ha hecho coacción y opinan que sí deben avanzar. 01 de noviembre. Oficio desde Riobamba dirigido por Pedro Calisto a Melchor Aymerich pidiéndole que avance para unir sus fuerzas a las de la región Norte, las que lleguen de Guayaquil y las del virreinato de Santa Fe para sorprender a los quiteños a dos fuegos. Comunica que se ha informado que las tropas no saldrán de Latacunga por órdenes superiores, pero insiste en que hay que liquidar a los rebeldes.
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03 de noviembre. Aymerich solicita al Cabildo de Cuenca el envío de 16 000 pesos. Se toman 12 000 de las cajas reales y 4 000 del ramo de consolidación. 05 de noviembre. Pedro Calisto insiste en elogiar y expresar su afecto a Melchor Aymerich y comenta que son falsas e hipócritas las actitudes de los revolucionarios que han llegado a los arreglos con el conde Ruiz de Castilla y que sus armas y hombres son inmensamente superiores, pues a más de todas las que se habían reunido, por fin saldrán de Guayaquil las que se ofrecieron y otras llegarán de Panamá, Guatemala y Acapulco ya que se ha formado una idea muy abultada del alzamiento de Quito. (Pedro Calisto se había presentado como mensajero de la Junta, pero realmente actuó siempre en su contra. Fue apresado y golpeado en Riobamba y quizá por ello guardó el más profundo resentimiento y el ánimo de vengarse por todo lo que le había ocurrido.) 06 de noviembre. Se informa a Melchor Aymerich que los comisionados del conde Ruiz de Castilla han hecho regresar a las tropas y que no hay dinero para su mantenimiento. 09 de noviembre. Se conoce en el Cabildo de Cuenca un oficio del virrey de Lima, fechado el 23 de octubre, acusando recibo de los documentos enviados para demostrar la lealtad de la ciudad y ofreciendo informar de todo ello a la Corona. También hace referencia a la sustentación de la causa seguida contra los presos que se hallan en Guayaquil. Asistieron: Juan López Tormaleo, Ignacio de Dávila y Astudillo, José Seminario y Saldivar, Tomás Borrero, Antonio Soler, Eugenio de Arteaga, Juan de Rivera, Francisco Javier de Arcelus, Vicente de Arriaga, Manuel del Pozo y Pino, Luis José de Andrade, José Chica y Astudillo, Mariano Isidro Crespo, Carlos Casamayor. Cerifica José Villavicencio y Andrade. ——————Sale un despacho del presidente Ruiz de Castilla, llevado por el regidor Rafael Maldonado, en el que se pide a Aymerich el retiro de las tropas de los puestos de avanzada y se le dice expresamente que ya no era necesario su auxilio, porque era suficiente el que llegaba desde Lima. ——————Conoce el Cabildo de Cuenca una comunicación del virrey de Santa Fe Antonio Amar, aprobando la actitud de Cuenca en todo el proceso revolucionario. Se dispone que no se acate a las nuevas autoridades. 10 de noviembre. El ejército de Aymerich llega a Ambato con 1 800 soldados.
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11 de noviembre. El conde Ruiz de Castilla se dirige enérgicamente a Melchor Aymerich para que retire inmediatamente las tropas, haciéndole responsable de lo que pueda ocurrir si insiste en avanzar. 12 de noviembre. Melchor Aymerich contesta al conde Ruiz de Castilla que él actuaba por disposición del virrey de Lima, bajo cuya dependencia se puso a la ciudad de Cuenca cuando se cortaron lo nexos con el virreinato de Santa Fe. 13 de noviembre. Aymerich envía varios oficios sobre la mala fe de los revolucionarios quiteños. También dice que sus procedimientos estaban acordes con las instrucciones del virrey de Lima, quien había pedido que se repongan las cosas al estado en que estaban el 9 de agosto y que veía que no era así. También manda una copia del oficio cursado por el conde Ruiz de Castilla, pidiéndole que regrese con sus tropas. 14 de noviembre. El Cabildo de Cuenca manifiesta al conde Ruiz de Castilla que permita que Aymerich estacione sus tropas en Machachi u otro lugar de su agrado, al que debería concurrir el presidente para manifestar que estaba actuando con plena libertad y no influido por los insurgentes. Se conoce un escrito de Manuela Garaicoa, esposa de Francisco Calderón, para que se sustancie pronto la causa seguida en su contra. Se le contesta que acuda ante el gobernador de Guayaquil, quien está conociendo la causa. 21 de noviembre. Se conocen los oficios enviados días antes por Aymerich. Se contesta que aún dudaban de los revolucionarios porque seguían gobernando los reos más escandalosos de Quito: Juan de Salinas, en las armas y Juan de Dios Morales en la secretaría. Se conocen dos escritos presentados por Fernando Valdivieso sobre el embargo que se hizo de mulas pertenecientes a Guillermo Valdivieso y sobre la conclusión de la causa contra José Félix Valdivieso, sobre las sospechas que tuvieron de su conexión con los insurrectos de Quito. Se resuelve que pasen los autos al asesor. 28 de noviembre. Sesión del Cabildo para conocer los oficios del conde Ruiz de Castilla, sobre su reposición en el cargo de presidente. Se ratificó en su pedido e informó que había aceptado algunas condiciones racionales sujetas a la aprobación del virrey de Santa Fe. Agradeció e informó que les agradece por los servicios prestidos y que informará a la Corona para que otorgue mercedes a Cuenca. Que se haga misa y te deum por los triunfos de España y sus aliados contra los franceses. Que continúe normalmente el correo.
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El Cabildo expresa también que se extrañaba por no dársele el tratamiento de Usía obtenido legítimamente desde su fundación. 28 de noviembre. Empieza el retiro de Aymerich y su retorno a Cuenca. 01 de diciembre. Los alabarderos debían dejar sus alabardas en la sala de armas. Cuenca quedaría protegida sólo por las compañías de Saraguro y Oña. Los soldados debían conservar sus uniformes y relucirlos sólo en las fiestas solemnes. 04 de diciembre. Sesión del Cabildo cuencano. Se informa que ya ha terminado la reconquista y que los soldados deben ser tratados con gratitud, que han devuelto las armas y se les dejado con los uniformes, “como joya la más preciosa.” Que se les reciba con arcos triunfales a su retorno, presididos por Aymerich. Se levanta el arraigo dictaminado contra José Félix Valdivieso por no haberle encontrado en complicidad con los revolucionarios de Quito, con lo cual se le permitió pasar a su destino. ——————En Quito se inicia la persecución a quienes integraron la Junta Suprema y el nuevo gobierno, faltando así a su palabra el conde Ruiz de Castilla. 07 de diciembre. Después de varios meses se tramita favorablemente el despacho del pasaporte del gobernador de Jaén José Ignacio Checa. 12 de diciembre. El gobernador Aymerich preside la sesión del Cabildo. Informa que ha licenciado las tropas, reservándose sólo 35 personas para custodiar la sala de armas, la cárcel y el cobro de tributos, que se habían suspendido por orden del gobierno. Se hace referencia a que se había utilizado a los indios en varios servicios relacionados con la llamada reconquista. Se solicitará al virrey de Lima para que Cuenca tenga una compañía de 75 hombres. Se resuelve que se reinicie el servicio de correos. Ignacio Checa pide que se le certifique su lealtad. Se hace una nueva referencia al juicio criminal seguido contra Francisco Calderón, que se estaba tramitando en Guayaquil. Se resuelve que las próximas sesiones del Cabildo sean sólo con sus miembros natos. Pedro León Coronel expuso que como proveedor de las tropas recibió 4 000 pesos y que todos los gastos los asumía, por lo que devol188

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vía íntegramente esa suma, solicitando también la correspondiente certificación. José Ignacio Valencia, vecino de Buga, pide certificación de su lealtad y de su donación de 100 pesos para uniformes. —————— Se remiten más documentos para añadir al juicio contra Francisco Calderón. 22 de diciembre. Oficio del prior de la comunidad de dominicanos acusando recibo de la proclama del virrey de Lima y ofrecimientos para contribuir a la paz y a la obediencia de las autoridades. —————— Contestación dada por la comunidad de mercedarios a la recepción de un oficio del Cabildo de Cuenca y la proclama del virrey. Se felicita a Cuenca por su actitud, destacando el papel del gobernador y del obispo. Esta contestación incluyó asuntos doctrinarios. Se dijo, por ejemplo, que “la fidelidad y obediencia a los monarcas son de derecho natural y divino, según consta de las santas Escrituras.”17 Se dijo que es quimérica la autoridad del pueblo. Más adelante se incluyó la información de que fueron los que denunciaron las reuniones sediciosas realizadas en diciembre de 1808 y que por falta de pruebas se les dejó libres a los implicados. Terminan criticando la formación de la Falange, un cuerpo de ejército de la Junta Suprema. 28 de diciembre. Sesión del Cabildo. Se conoce un oficio del presidente de Quito con las debidas gracias por la felicitación enviada por su retorno. Se conocen los oficios de fray Julián Naranjo, provincial de los dominicos y de los mercedarios, sobre sus lealtades y repudio a los insurrectos de Quito. Se conoce que se había elegido a Antonio de Narváez como diputado por el Nuevo Reino de Granada para asistir a las Cortes de España. Por oficio del gobernador se resuelve enviar a Quito los expedientes contra los reos de la “escandalosa revolución”, guardando una copia legalizada. El cura de Paute Gaspar Polo pide certificación de su conducta. Manuel Rada, alférez real, informa sobre la carta del quiteño Antonio de la Peña en que previene de los peligros de algunos valerosos quiteños frente a los revolucionarios. (Este joven estuvo primero unido a los rebeldes, luego a los realistas y después de que se sospecha17 Colección de documentos transcritos en este volumen.

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ra de su conducta, fue apresado y murió el 2 de agosto de 1810 en la cárcel de Quito.) 30 de diciembre. Se envía copia de la carta de Antonio de la Peña, recibida el primero de octubre, para que se incorpore a un proceso legal. 05 de enero. J. M. Landa y Ramírez informa al Cabildo de Cuenca sobre el envío desde Lima de documentos a la Corona, dando a conocer la lealtad de la ciudad. ——————El Cabildo de Cuenca trata sobre el fluido de vacuna traído por Landa y Ramírez, así como su cuidado y aplicación por medio de los facultativos. 15 de enero. La Junta Suprema establecida en Sevilla, luego en Cádiz se refugió en la Isla de León. 07 de febrero. El conde Ruiz de Castilla solicita que los presos que estaban en El Callao sean remitidos a Quito. 07 de marzo. Salen de España los comisionados regios Carlos Montúfar y Antonio Villavicencio, el primero para Quito y el segundo para Bogotá. 24 de marzo. En el Cabildo se lee el oficio del virrey de Santa Fe por el que pide expresamente al gobernador que dé las gracias a la Junta de Cuenca y a su vecindario por su lealtad y apoyo a la causa real. 04 de abril. El ministro de gracia y justicia da a conocer un real decreto por el cual se daba el tratamiento de Excelencia a los cabildos de Cuenca, Guayaquil, Panamá, Popayán y Loja, por su valor, lealtad y patriotismo. Se les llamaría Señorías, de palabra y por escrito, a cada uno de sus miembros. A Aymerich se le ascendía a brigadier de los ejércitos. 02 de agosto. Asesinato de los patriotas presos en Quito. De esto no se comenta oficialmente en Cuenca. 09 de septiembre. Arribo a Quito del comisionado regio Carlos Montúfar, nombrado por la Junta Central de Gobierno de España. 19 de septiembre. Instalación de la Junta Superior de Gobierno organizada por el comisionado regio Carlos Montúfar. Se integra el obispo de Quito, nacido en Cali, José Cuero y Caicedo. 20 de septiembre. Reunión en la Universidad de la Junta Superior de Gobierno con los representantes de los diversos estamentos. Preside el conde Ruiz de Castilla y como vicepresidentes actúan Calos Montúfar y José Cuero y Caicedo.
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22 de septiembre. Llega una comunicación a Cuenca sobre el arribo del comisionado regio Carlos Montúfar. Hay alarma entre las autoridades, y más del gobernador y del obispo. 06 de octubre. Se conoce oficialmente en una sesión del Cabildo la llegada de Carlos Montúfar. Los criterios fueron dispares, pues el alcalde de primer voto Manuel Pío Rodríguez y Villagómez y los regidores Eugenio Arteaga, Carlos Célleri, Ignacio Dávila, José Neyra y José Seminario decidieron exigirle la presentación de las credenciales y remitirlas al virrey del Perú para recibir su criterio en torno al reconocimiento de su autoridad y en otros relacionados con el envío de delegados ante la Junta Superior constituida en Quito, en reemplazo de la Junta Suprema. Los regidores de minoría opinaron que se le dé la enhorabuena y que envíe las credenciales respectivas. 10 de octubre. Entre las acciones más importantes tomadas por la Junta Superior de Gobierno está la separación de Quito del virreinato de Nueva Granada y el nombramiento de José Mejía Lequerica como representante a las Cortes de Cádiz, sin intervención de Bogotá. Febrero. Carlos Montúfar es detenido en Paredones del Cañar por tropas procedentes de Cuenca. 14 de marzo. Por real orden aprobó la Regencia de España el estatuto de la Junta de Gobierno de Quito. Joaquín Molina y Zuleta, nombrado como presidente de la Audiencia de Quito es desconocido por la Junta Superior y se refugia en Cuenca, para ejercer su cargo, donde permanece hasta 1816. 04 de abril. El Consejo de Regencia reforma provisionalmente el estatuto de la Junta Suprema de Quito, quedando de presidente Joaquín Molina y Zuleta y como vicepresidentes Carlos Montúfar y José Cuero y Caicedo. Todo esto hasta que las Cortes determinen el sistema de gobierno de las provincias de la nación española. 29 de junio. Las tropas dirigidas por Carlos Montúfar vencieron a las dirigidas por Miguel Tacón, gobernador de Popayán en Guaspud. 1812 14 de febrero. Se organiza el primer gobierno republicano del Estado
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de Quito, con los nombramientos de las tres funciones: ejecutivo, con el triunvirato del marqués de Selva Alegre, el canónigo Calisto Miranda y el marqués de Miraflores; el legislativo y el judicial. La minoría montufarista protestó y fue a reunirse en Latacunga. 15 de febrero. Se aprueba la Constitución que creaba el Estado de Quito. La minoría desconoció lo obrado y la mayoría quedó disuelta. Se autollamó Junta Revolucionaria. 01 de abril. Del Perú se dirigió a Cuenca el ejército de Toribio Montes con 2 000 soldados. La Junta Revolucionaria no pudo actuar por la presión realista dirigida por Toribio Montes, nombrado presidente de la Audiencia, a quien le acompañaban Juan Sámano y Melchor Aymerich. 31 de agosto. Desastre total de los patriotas en Mochapata y Yanayacu. 03 de noviembre. Pedro Calisto Muñoz, el mayor realista que actuó traidoramente cuando fue a parlamentar con el Cabildo de Cuenca, fue apresado en Quito y fusilado conjuntamente con su hijo Nicolás. 07 de noviembre. Toribio Montes atacó a Quito por tres frentes y al día siguiente entró en la ciudad casi desierta y con la mayor indiferencia de los pocos que se habían quedado allí. Le acompañaron milicianos cuencanos que continuaban siendo realistas desde 1809. 15 y 16 de noviembre. Las tropas de los patriotas se reunieron en Ibarra con las que tenían el coronel Francisco Calderón. Sámano les seguía con una fuerza mayor. Las condiciones para un arreglo fueron humillantes para los patriotas. 01 de diciembre. En Yaguarcocha Sánano atacó a los patriotas y los venció. Capturó a algunos. Le acompañaban algunos milicianos procedentes de Cuenca. 04 de diciembre. En un juicio sumario se condenó a Francisco Calderón, junto con otros y se ejecutó su fusilamiento de inmediato. Tenía 47 años.

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CALDERÓN, FRANCISCO 1765 (Pinar del Río, Cuba)–1812 (Ibarra) Fue conocido también como Francisco García Calderón. Cubano de nacimiento, trabajó en rentas, llegando a ser contador de las cajas reales de Cuenca, hacia el año 1779. Casado con Manuela Garaicoa y suegro de Vicente Rocafuerte.

AYMERICH, MELCHOR DE. Español, apodado Cara calzón que ejerció la gobernación política y militar de Cuenca en el largo lapso de 1803 a 1819, es decir, dentro del primer proceso libertario de nuestro país. En su carrera militar llegó al grado de mariscal de campo. Ambicioso, quiso a toda costa llegar a Quito con el ejército formado en Cuenca, con auxilios de Loja, Saraguro, y de las provincias que recorrió hasta llegar a Ambato, con la intención de castigar a los quiteños que formaron la Junta Suprema de Gobierno el 10 de agosto de 1809, como lo hizo con aquellos que simpatizaron con este movimiento en nuestra ciudad. Su aspiración, conocida por muy pocos, fue la de sustituir al conde Ruiz de Castilla, viejo y débil, por ello emprendió el viaje acompañado de su esposa y de sus hijos. De ello se informó el presidente, que se puso rápidamente de acuerdo con los miembros de la Junta Suprema, para reasumir el poder, haciéndoles algunas concesiones. Una vez seguro le ordenó a Aymerich que se detenga y no entre en Quito y poco después le obligó a regresar a Cuenca, donde esperó una nueva oportunidad que le llegó en 1819 y en 1822, asumiendo la última presidencia de la Audiencia debiendo enfrentarse a las tropas de Antonio José de Sucre en la batalla del Pichincha el 24 de mayo de 1822 y firmar de inmediato la rendición definitiva de los españoles. En su administración ocurrió el traslado de la Audiencia a la ciudad de Cuenca. Luchó contra los primeros insurgentes, apresó a las tropas de relevo, a Francisco García Calderón y a cualquier sospechoso para enjuiciarlo, decomisar sus bienes y enviarles a Guayaquil o al Callao. Fue excesivamente duro en reprimir cualquier intento de liberación y a su lado estuvo apoyándolo plenamente, inspirándole y financiando algunos gastos el obispo Andrés Quintián Ponte. Los dos dirigieron la política y la ideología cuencanas durante los primeros años del siglo XIX.

PERSONAJES MÁS RELEVANTES DENTRO DE LOS DOCUMENTOS (SIEMPRE RELACIONADOS CON CUENCA)

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LANDA Y RAMÍREZ, JOSÉ MARÍA. 1768 (Buenos Aires)–1848. Agustino. Abogado, canónigo, permaneció en Chile por algún tiempo. Fue sacerdote y secretario del obispo Andrés Quintián. En 1809 fue delegado por el Cabildo de Cuenca para que viajara a Loja y el Perú, con el objeto de conseguir apoyo para enfrentar a los revolucionarios quiteños. Empleó en ir venir alrededor de cuatro meses y fue felicitado por sus acciones pues consiguió lo que se propuso. Desde Lima informó al Rey sobre la lealtad de Cuenca. De todos sus cuantiosos gastos sólo recibió 1.000 pesos de devolución, renunciando gustoso a lo demás. De sus fondos propios compró fluido vacuno en Lima en 1809 y entregó a los médicos cuencanos con instrucciones sobre su uso. En general, se decía y era verdad, que tenía la virtud de la generosidad. Costeó de su peculio la enseñanza, con una buena maestra, hasta de doscientas niñas, incluyendo la dotación de material didáctico. Como canónigo se encargó del Obispado, hasta que ascendió a la titularidad en 1813. Fue el primer rector efectivo del Seminario Conciliar.
18 En El Ecuador en cien años de Independencia. Obra poligráfica. Quito, 1930. Volumen I, p. 79

Compartió los ideales del 10 de agosto de 1809 con otros cuencanos como Joaquín Tobar, que era contador interventor de correos y Fernando Salazar, alcalde ordinario de Cuenca. Descubiertos y enjuiciados por el cabildo fueron apresados y llevados a Guayaquil y sus bienes confiscados y rematados. Liberado, dirigió un combate en Verdeloma, donde triunfó y otro en San Antonio de Caranqui, cerca de Ibarra, que lo perdió frente a Juan de Sámano. Fue apresado. El 2 de diciembre de 1812 el fiscal le acusó de ser comandante en jefe del ejército insurgente que acometió contra el ejército real y el presidente Montes dispuso su ejecución, así como de otros patriotas vencidos y apresados. Una comunicación de Juan López Tormaleo dice así: “Es cierto que por comisión del cabildo ampliado o junta que se formó en esta ciudad de Cuenca el año pasado de 1809, con motivo de la novedad promovida por los de Quito, seguí en unión del fiel ejecutor don Carlos Célleri proceso al referido don Francisco Calderón hasta el estado de que habiéndose tomado su confesión, se le remitió con otros al puerto de Guayaquil y sus bienes se vendieron en esta ciudad en pública subasta…18”

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En 1822 presidió una visita oficial de los miembros de la Iglesia a Simón Bolívar que se hallaba en Cuenca y mantuvo un diálogo cordial en el que se recordó que los argentinos son muy orgullosos. Después de unos días le obsequió una mula bien enjaezada que le había gustado al Libertador. De realista pasó a ser un ciudadano republicano y el 1830 estuvo entre los siete representantes de Cuenca ante la Asamblea Constituyente de Riobamba. En 1846 fue elegido senador.

PONTE ANDRADE, ANDRÉS QUINTIÁN. 02/02/1807 (La Coruña) – 1813 (Cuenca). Cuarto obispo de Cuenca, nombrado por Pío VII y ratificado por el rey Carlos IV. Se consagró en Lima e inició sus labores en Cuenca el 7 de noviembre de 1807. Contó con buenos colaboradores, entre los que estaba José María Landa y Ramírez, quien llegó a ser su sucesor. Fue extremadamente realista y se manifestó siempre opuesto a las ideas libertarias que ya se expresaron claramente en Quito el 10 de agosto de 1809. Consideraba al rey como una autoridad de derecho divino y exigía la fidelidad por medio de reiterados juramentos públi-

LÓPEZ TORMALEO, JUAN. Gobernador interino entre los períodos de Antonio Vallejo. También lo fue posteriormente, habiendo sustituido por un lapso a Melchor Aymerich, cuando este llevó las tropas que había reunido para liquidar el movimiento revolucionario del Diez de Agosto. Cuando no lo sustituía actuaba como asesor del gobernador, pues tenía una larga experiencia jurídica. Para justificar varias disposiciones administrativas dictadas el 22 de octubre de 1792, expuso que: “sin embargo de haberse repetidas veces tirado a arreglar el despacho público para la mejor expedición de los negocios, y en beneficio de la causa común por varias providencias de este gobierno, y de estar el actual, de su parte, sacrificado en servicio del público casi todas las horas del día con las regulares de la noche, ha llegado a experimentar con indecible dolor de su corazón, los infinitos abusos que en desacato de dichas providencias, en perjuicio de la causa pública, se están cometiendo a cada paso por los dependientes de esta plaza, con grave detrimento de la autoridad de este gobierno y honor de su propia persona, y aún de la misma causa pública.19”

19 Archivo Nacional de Historia, Sección del Azuay, doc. 98885. Citado por Lucas Achig en su discurso de incorporación a la Academia de la Historia.

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cos. Rechazó el nombramiento de miembro de la Junta Suprema y apoyó a Aymerich hasta con sus dineros y con fondos de la Iglesia, el Seminario, de la catedral y otros, inclusive exonerando pagos con la condición de luchar contra los rebeldes quiteños y quienes los apoyasen. El 23 de agosto de 1809 huyó de Cuenca cuando circuló la noticia de una posible toma de la ciudad por las tropas quiteñas e igualmente huyó cuando creyó que llegaría a Cuenca Carlos Montúfar, tomando la vía de Naranjal hacia Guayaquil donde murió en junio de 1813. En una carta escrita el 29 de septiembre de 1810 a Miguel Pey, vicepresidente de la Junta de Santa Fe, comentó claramente que los movimientos que se registraron hasta entonces siempre serán insurrecciones con “un manifiesto deseo por la independencia”. Y añadió que “si fuera capaz de aconsejar a los que concibo caminan tan errados, o ellos admitieran mis consejos, les dijera y aún les rogara por las amorosas entrañas de Jesucristo, que inmediatamente entren en razón, que deshicieran su Junta escandalosa; que restablezcan el legítimo gobierno y que pidieran un indulto general al Supremo Consejo de Regencia a imitación de Caracas.” En una respuesta larga dice, Miguel Pey: “Los americanos, señor obispo de Cuenca, son unos hombres tan libres, como los españoles europeos y pueden y deben establecer un gobierno, siempre que así lo pidan las necesidades, como ya lo han exigido imperiosamente en la desgraciada situación en que se halla la Península.” SALAZAR, FERNANDO. Acostumbraba también firmar como Fernando Guerrero y Salazar. Alcalde de primer voto en 1809. Se opuso a la entrega e fondos de las cajas reales para combatir la revolución del Diez de Agosto, a pesar de las exigencias del gobernador Melchor Aymerich. Consideró que no era legal la resolución porque la habían tomado en una sesión con la participación de muchas personas que no tenían derecho a voz y voto. Se expresó también a favor de la Junta Suprema de Quito y opinó que era mejor ser gobernados por criollos que por chapetones. Fue apresado y enviado a Guayaquil para la iniciación de un juicio y cuando se le trasladaba a Quito para la continuación de la causa murió en el trayecto. Tenía sesenta y dos años. SALAZAR LOZANO, JOAQUÍN. Prócer quiteño que residió en Cuenca desde 1803. Como abogado, en 1807 fue nombrado asesor jurí196

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VÁZQUEZ DE NOBOA, JOSÉ MARÍA. Nació en Concepción (Chile). Estudió leyes. Llegó como abogado a la Audiencia de Quito. En 1809 fue alcalde de segundo voto en el cabildo cuencano y participó en la toma de decisiones en contra del movimiento revolucionario del Diez de Agosto. Retornó a Quito para actuar como fiscal en el procesamiento de los patriotas. Retornó a Cuenca integrado a la Audiencia trasladada a nuestra ciudad y colaboró con el presidente Joaquín Molina y Zuleta, como su secretario. Después fue nuevamente alcalde de segundo voto, regidor, asesor del cabildo y síndico municipal. En 1819 contrajo matrimonio en Cuenca con Teresa Ramírez Gordillo. Se sabe de un hijo, con el largo nombre de José María Vicente Francisco, quien llegó a ser también alcalde y regidor. Como vecino patricio al servicio de la Corona española se mantuvo hasta pasarse a ser el impulsor jurídico de la liberación política de Cuenca, el 3 de noviembre. Durante el proceso libertario de 1820 fue Presidente de la Junta Suprema de Gobierno, Senado de Justicia, Excelentísimo cabildo y demás corporaciones del Distrito. Tuvo un fugaz ascenso militar, con la designación de General del Ejército Libertador de las cadenas. Fue mentor, impulsor y director del Consejo de la Sanción que el 15 de
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dico del cabildo cuencano, dentro del que redactó en 1808 un documento de lealtad a Fernando VII, después de conocidos los problemas que tuvo frente a Napoleón Bonaparte. En 1809 recibió el encargo del Concejo Municipal para que solicitara auxilios en Guayaquil y así oponerse mejor al levantamiento quiteño del 10 de agosto. Se negó a hacerlo por lo que se le persiguió y se le confinó en Quingeo, de donde huyó. En 1820 fue uno de los impulsores del levantamiento del 3 de noviembre y fue quien le pidió que renuncie al gobernador Antonio Díaz Cruzado. Por los abogados de Cuenca intervino en el Consejo de la Sanción que aprobó la Constitución de Cuenca. Con la pérdida de los patriotas en Verdeloma el 20 de diciembre de 1820 huyó a Guayaquil y en Cuenca fueron decomisados sus bienes. En el puerto principal fue ministro de la Corte de Apelaciones y en 1830 fue nombrado por la Asamblea Constituyente ministro juez de la Corte de Apelaciones del Azuay, de la que fue presidente por varias ocasiones. Cumplió otros cargos más en nuestra ciudad, en la que se radicó definitivamente.

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noviembre aprobó la Constitución o Plan de Gobierno de la República de Cuenca. Fue nombrado Jefe político y militar de la provincia libre de Cuenca. Después de la derrota de los patriotas el 20 de diciembre de 1820 en Verdeloma se fue a vivir en Guayaquil y, acompañado de su hermano Ramón, pasó a Lima, donde residía su hijo. Allí reconcedieron la condecoración Orden del Sol. Se integró a las filas de José de San Martín y desempeñó algunos cargos como vocal del tribunal de seguridad pública y coronel mayor de la plaza. Después de que José de San Martín abandonara el Perú se unió a José de la Riva Agüero, Torre Tagle, Manuel Pérez Tudela, Manuel Anaya, Toribio Dávalos, José de la Torre Ugalde, Ramón Herrera, entre otros, quienes se enfrentaron con Simón Bolívar, fueron derrotados y apresados, cayendo también Vázquez de Noboa. Todos fueron condenados a muerte, pero hubo algunos indultos y no se conoce a ciencia cierta qué pasó con Vázquez de Noboa. El Señor Negocios, como se lo apodaba, según Alberto Muñoz Vernaza, retornó a su país y sus restos mortales están en la catedral de Concepción. Antonio Lloret cree que no hubo una investigación seria y que fue ligera la supresión de su nombre de una de las calles de Cuenca. Dice: “El papel que le correspondió asumir a Vázquez de Noboa fue de tanta importancia en el 3 de noviembre que sin su actuación no habría sido posible la culminación del movimiento político militar que encabezó y tal fue de importante su rol patriótico que llegó a fundar la República de Cuenca, cuya Constitución fue el primero en sancionarla y rubricarla.” 20

20 Antonio Lloret Bastidas, cronista vitalicio de cuenca opinaba que fue precipitada la decisión de borrar de la nomenclatura de las calles de Cuenca el nombre de este singular personaje que fue realista, luego patriota y tuvo unos oscuros años finales, aún no bien estudiados.

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ENVÍO DE LOS COMISIONADOS D. CARLOS MONTÚFAR Y LARREA Y D. ANTONIO VILLAVICENCIO Y VERÁSTEGUI AL VIRREINATO DE NUEVA GRANADA Y D. JOSÉ COS E IRRIBERI AL VIRREINATO DEL PERÚ, POR PARTE DEL CONSEJO DE REGENCIA DE ESPAÑA1 Enrique Muñoz Larrea En mayo de 1808 los reyes Carlos IV y Fernando VII abdicaron el trono de España a favor del emperador Napoleón, concediéndole a su vez a su hermano José el título de Rey de España, acto que fue ratificado por las Cortes españolas convocadas al efecto en Bayona, con el juramento de lealtad al nuevo rey así como a la Constitución preparada por el Corso. Legalmente José I Bonaparte era el nuevo rey de España, pero no para el épico pueblo español que tenía gravado en su corazón el sentido de honor y de nación por encima de la falacia de sus reyes que no supieron corresponder a sus nobles sentimientos, y se levantó en armas para rechazar al “rey intruso”; Fernando VII sin merecer, se convirtió en símbolo de la resistencia nacional tanto para españoles como para los americanos. El Cabildo de Cuenca recibe el 18 de julio de 1808 dos oficios que contienen: el Real decreto proveído en Aranjuez el 18 de marzo, por el que abdica el Rey la corona en su hijo y heredero, el Príncipe de Asturias, mandando en consecuencia sea reconocido como Rey; y el segundo, que indica la exoneración de los cargos que ostentaba D. Manuel Godoy como generalísimo y almirante. Para octubre de 1810 se conoce la noticia en Cuenca que el Rey Fernando VII se hallaba “afligido por la nación francesa” (preso) y que España estaba gobernada por la Suprema Junta, en cuyo auxilio la iglesia, cabildo, gremios y toda la población contribuyeron bajo lista: el gobernador da 50 pesos y el resto del consejo 100 pesos; a los tres meses de este donativo se inicia otro, el Cabildo destina de la partida de propios un préstamo de 3.000 pesos para el mismo fin. El Cabildo resolvió
1 Enrique Muñoz Larrea. Teniente general D. Melchor Aymerich y Villajuana, último presidente de Quito.

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que el día 4 de noviembre se celebre en la Catedral una misa de acción de gracias con motivo de la proclamación de Fernando VII como Rey y Señor de España e Indias y para el día siguiente la jura solemne “con aplauso público”. En la mañana del día 5 don Manuel de Rada y Egüez, alférez Real se dirige a la Catedral a retirar el Pendón Real, sale acompañado del gobernador, obispo, cabildo en pleno, religiosos, gremios y ciudadanos principales, se encamina al estrado que había sido levantado en el centro de la plaza mayor, alrededor del cual se había congregado el pueblo de Cuenca. El macero del Cabildo voceó: “¡Silencio!, Oíd, Oíd, Oíd, entonces el alférez Real tremolando el estandarte real con voz potente proclamó: Castilla, Castilla, Castilla, por el Rey Nuestro Señor, que Dios guarde, don Fernando séptimo”. Todos los presentes entusiasmados dieron vivas y ovaciones al proclamado rey; terminado este acto, el Cabildo ofreció al pueblo algunas viandas y refrescos. No se hicieron como en otras ocasiones mayores festejos, debido a la prisión que sufría el rey, por lo menos, así lo creía el pueblo. LAS AUTORIDADES EN EL ESTADO ESPAÑOL POR LA AUSENCIA DE FERNANDO VII

Al producirse la renuncia obligada del rey Fernando VII y el nombramiento de José I Napoleón, el pueblo español no lo reconoció, y en todas las provincias se formaron Juntas subordinadas a la de Aranjuez que asumió el control del Reino. Cuando se origina el levantamiento de Madrid el 2 de agosto de 1808 y hay una terrible represión francesa contra la población, todo el estamento gubernamental emigra hacia el sur, desaparece la Junta de Aranjuez y se crea la Suprema Junta de Sevilla que se atribuyó el título de “majestad” y creó cinco ministerios: Estado, Justicia, Guerra, Marina y Hacienda para que administre al país; se consideraba heredera natural del gobierno. Ante el desprestigio de esta Junta se ve precisada a renunciar y se crea el 1 de febrero de 1810 una Junta de Regencia que subsiste hasta 22 de febrero de 1812, en este corto periodo de dos años, se formaron 8 Juntas de Regencia. De 1812 a mayo de 1814, que toma posesión del trono Fernando VII y hay cuatro Regentes. Al tiempo de crearse la Regencia se formó la Junta Superior de Cádiz, compuesta por comerciantes e importantes funcionarios, que
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manejaban los impuestos establecidos en Cádiz y los caudales que llegaban de América, por lo cual, esta tenía una gran influencia sobre la Regencia ya que dictaba los términos del intercambio y el comercio americano. Es manifiesta la inestabilidad política en este corto período de la historia de España, ha sido regida por doce gobiernos, y han cambiado a cncuenta ministros; no se como pudo subsistir como nación. La Suprema Junta Central dirigió a los españoles de América la famosa proclama escrita por el Ilustrado poeta Manuel José Quintana “No sois los mismos que antes, encorvados bajo el yugo, mirados con indiferencia, vejados por la codicia, destruidos por la ignorancia….. Vuestros destinos ya no dependen de los ministros, ni de los virreyes, ni de los gobernadores; está en vuestras manos”.2 ¡Esto es lo que trataron de hacer nuestros Próceres y lo pagaron con su vida! El 26 de junio de 1808 se embarca en Cádiz don Juan José de Sanllorente comisionado de la Junta de Sevilla ante el virrey de Nueva Granada don Antonio Amar y Borbón portador de un real despacho; arribó a Cartagena el 9 de agosto y a Bogotá el 2 de septiembre. Con estos datos podemos calcular, que si no había ningún inconveniente en el trayecto, se podía viajar de la Península a Cartagena en un mes y medio y hasta Bogotá en 66 días. Dicho despacho facultaba al virrey de Santa Fe que nombre una persona de confianza para que informe de viva voz a los presidentes, gobernadores, comandantes generales, cabildos ayuntamientos etc., que la Junta Suprema despacha a nombre de su Majestad don Fernando Séptimo, por “la introducción en España del Emperador de los franceses y su lugarteniente el general Joaquín Murat duque de Berg”. El virrey nombró el 9 de septiembre de 1808 al capitán de Granaderos don Rafael Vicente de Bourman como Comisionado para la Audiencia de Quito que llega casi dos meses después. El Presidente Ruiz de Castilla convoca a todas la entidades civiles, eclesiásticas, nobleza etc. el 9 de diciembre de 1808 para que oigan al Comisionado el contenido de la Real Cédula y luego de oír misa presten juramento al rey don Fernando VII “.3 No hay constancia que dicho
2 Manuel José Quintana y Lorenzo (Madrid; 11 de abril de 1772 - 11 de marzo de 1857), poeta español de la Ilustración y una de las figuras más importantes en la etapa de transición al Romanticismo. 3 ANH. Audiencia de Quito 1808. Libro # 448. Doc. 10339.

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Comisionado se haya trasladado a otro lugar de la Audiencia, sin embargo, si hay en la que el Presidente comunicó al Cabildo Cuencano la indicada Real Cédula, quienes avocaron conocimiento en la sesión de 7 de diciembre de 1808, sobre “cuyo particular proveyeron en su obedecimiento”.4 Año y medio duró esta Junta Central y ante el embate de las fuerzas francesas a Sevilla se replegaron a Cádiz y reconociendo que había expirado su mandato se formó un Consejo de Regencia compuesto por Castaños, Escaño, Lardizábal, obispo de Orense y Saavedra. He pensado muchas veces el porqué del nombramiento de Carlos Montúfar y Larrea como Comisionado del Consejo de Regencia de España, si bien era un distinguido y valeroso militar, a mi parecer no tenía el peso de los años, ni la experiencia necesaria para arreglar, dentro de una perspectiva de imparcialidad, el grave problema en que estaba inmersa la Presidencia de Quito, y que las facultades de la Comisión que le otorgaron, no fueron suficientes amplias ni precisas, como así lo dictaminó el Real Acuerdo de la Audiencia de Lima, cuando Montúfar comunica al Virrey del Perú que ha sido nombrado comisionado Regio, le indica que dicha misión solamente “se reduce su encargo al sólo fin de inspeccionar y dar cuenta a S.M. de las quejas de los pueblos y abusos que en su perjuicio notase, para proceder a su pronto remedio por la Soberanía”. Creo que Montúfar al tener conocimiento que su padre había sido encausado por sedición en 18095, hizo todo lo posible para que el general Castaños, que acababa de ser nombrado presidente de la primera Regencia le nombrara su enviado, como manifiesta a su hermana Rosa, en carta que le envía el 10 mayo de 1810 desde Cartagena: “nuestro amigo, mi protector y casi padre, el General Castaños, 6 hermano de
4 Libro de Cabildos de Cuenca 1806-1810. Banco Central del Ecuador. pág. 385. 5 En una carta que su padre le envía desde Quito el 6 de abril de 1809, le da cuenta que ha sido encausado por conspiración, este delito está condenado de acuerdo a la legislación española a graves penas, incluso con la muerte. 6 Compañero de Humbodt en el viaje de regreso a Alemania llega a España a mediados de 1803. Ingresó en la Escuela Noble de Cadetes, habiendo salido de subteniente a servir en algún regimiento destinado en Madrid. En la guerra de la Independencia de España por méritos en acciones, en poco tiempo alcanzó diversos ascensos dentro del arma de caballería, fue Ayudante de Campo del héroe de la batalla de Bailén el teniente general don Francisco Javier Castaños y Aragoni, acción que se llevó a cabo el 19 de julio de 1808 y para el año de 1810, ya era teniente coronel de Caballería del batallón de Húsares.

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nuestra Baronesa, es el Presidente de la Regencia. Miguel Lardizábal, primo de padre y mío por dos partes, con quien he vivido un año y que nos tratamos de tú y como hermanos, es el Representante de las Américas y el que despacha todo lo concerniente a esto. Infiere ahora si podremos sufrir más y si llegará día que se arrepientan en Quito de cómo nos han tratado. Lo sé todo, y no deseo sino llegar para que empecemos a vivir.” 7 En el mes de febrero de 1810 fueron designados comisionados ante Santa Fe y Quito los quiteños: el teniente de navío y Segundo Ayudante Secretario de la Dirección General de la Armada, el Conde del Real Agrado, don Antonio de Villavicencio y Verástegui, su primo el teniente coronel de húsares don Carlos Montúfar y Larrea y D. José Cos e Irriberi al virreinato del Perú Parten de Cádiz en la Goleta de la Real Armada Española “Carmen”, pasan por La Guaira dejando el correo y se enteran del golpe Insurgente de Caracas, y arriban a Cartagena el 9 de marzo de 1810. En su quimérica misión, desde que pisan tierra americana, se les presentaron una serie de dificultades por acontecimientos que están fuera de su control, les traerá pesadumbre y terminarán trágicamente. Fue una historia llena de incomprensiones por parte de las autoridades coloniales que se sentían inseguras y se resistían aceptar a los comisionados; o bien, porque no sabían el alcance de su misión, que en el caso de la Presidencia de Quito era la de “informar a la monarquía el estado en que se hallaba esta región, aclarar ideas equivocadas y falsas noticias y ofreciendo a nombre de la Regencia que serán oídas sus quejas y remediadas en justicia, ofreciendo un olvido absoluto de todo lo pasado”; o porque, las versiones interesadas en uno u otro sentido que se propagaron rápidamente en el territorio del virreinato distorsionaron la significación de la misma. La coincidencia de los pronunciamientos libertarios en Cartagena y Santa Fe (el 19 de junio y 20 de julio respectivamente) con la llegada de los Comisionados a esas ciudades, hicieron que la Regencia, que ya había cambiado de titulares, les imputen a sus representantes tales acontecimientos, les cancelan su comisión y les ordenan regresar a España. Como dice Gonzalo Zaldumbide
7 Esta carta no llegó a su destinataria doña Rosa Muntúfar y Larrea, fue interceptada por el gobierno de Ruiz de Castilla y su áulico Tomás de Arrechaga, que temían la venida de Montúfar. La presntó como prueba en un escrito que envía a la Regencia desde Cádiz el 11 de julio de 1811, luego de salir huyendo de Quito.

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“ambos fueron denostados por los realistas como traidores a España,” y mirados como sospechosos por los nuevos gobiernos establecidos en Quito y Bogotá, como se quejaba Villavicencio. Antonio de Villavicencio, hizo cuanto pudo para ser fiel a su comisión y ser, junto a Montufar, leales a las dos Españas; pero, como el mismo lo dice en comunicación enviada a la Regencia desde Santa Fe de Bogotá el 11 de febrero de 1811 –nótese que se comienza a poner el nombre de Bogotá– “No he tenido otro objeto en mis tareas que el mejor desempeño de la comisión que se dignó S. M. confiarme en la Isla de León, el mes de Febrero del mismo año, y la felicidad de mi Patria, ya dispuesta en aquella fecha a la transformación o reforma de gobierno, que después hemos vista realizada.” 8 La fuerza de las circunstancias, en las que no tuvieron nada que ver los comisionados, les obligaron por su propio entendimiento tomar uno u otro partido. Tal es el caso de Montúfar que después de los crímenes del 2 de agosto de 1810, optó en conciencia, en preferir sus sentimientos hacia su terruño quiteño; y en el caso de Villavicencio, los acontecimientos consumados con los que se topó como fueron, la declaratoria de independencia en Cartagena, la destitución del virrey Amar y Borbón y la creación de una Junta de Gobierno independiente de España y al poco interés que demostraba hacia él la Segunda Regencia a las múltiples comunicaciones que por más de un año les envió dando cuenta de la situación del virreinato y a las medidas que aconsejaba tomar para no perder ese territorio. Fue suspendido de su comisión y se le ordenó regresar a España. Ante tales circunstancias no le quedó otro camino que quedarse en su patria. Al peruano Irriberi Abascal no le hicieron ni caso. Cuando llegó a Quito el Comisionado don Carlos Montúfar habían pasado tres gobiernos y varios gabinetes.9 Las repetidas comunicaciones que envió para que le amplíen los poderes de su comisión llegaron a saco roto. Los problemas de América eran de menor importancia frente a los que arrostraban los peninsulares; lo que más les interesaba es que las colonias sigan enviando dinero para poder afrontar los gastos ocasionados por la guerra que libraban contra las tropas invasoras; se calcula que durante los años de 1808 a 1814, México envió
8 Archivo Alvaro de Bazán. Secc. Oficiales de Guerra. Leg. n.o 620/ R 82. 9 El nombramiento de Comisionado Real le otorgó el general don Francisco Javier Castaños que a la sazón era ministro de Estado, puesto en el que estuvo pocos meses.

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24´000.000 de pesos, Perú 16´000.000 y el resto de las Colonias 10´000.000 de pesos. Montúfar informa al virrey del Perú don José Fernando Abascal y Souza marqués de la Concordia y a los gobernadores de Cuenca y Guayaquil sobre el propósito de su misión y la creación de una nueva Junta de Gobierno. Abascal consiguió un Real Acuerdo de la Audiencia de Lima que desconocía su autoridad, y le decía: “aún en el supuesto que fuera tal Comisionado no se podían extender demasiado las facultades concedidas al extremo de dictar leyes y crear Juntas que turban la paz y tranquilidad de estos pueblos,.... que se abstuviera de dirigir oficios al gobernador de Guayaquil por estar agregado al Perú... y que hallándose próximo a ir a Guayaquil el señor Molina nombrado nuevo Presidente de Quito, para todo lo que ocurra se dirigiera a el...” 10 El gobernador de Cuenca don Melchor Aymerich le dice que tampoco lo reconoce por estar esa ciudad bajo la protección del virreinato peruano. Otro tanto le responde el Cabildo de Guayaquil En estos caso, se hacía presente la vieja costumbre de la burocracia española en América de asumir por si y ante si decisiones que no les correspondían.

10 José Gabriel Navarro. La Revolución de Quito del 10 de agosto de 1809. Quito 1962. Pag. 229

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10 DE AGOSTO DE 1809: QUITO 27 DE AGOSTO DE 1809:AMBATO DOS FECHAS I UN MISMO BICENTENARIO Fausto Palacios Gavilánez ANTECEDENTES

Relación e interpretación de los hechos históricos La libertad de los pueblos no constituye un suceso aislado, sin influencias ni consecuencias, en oíros pueblos i lugares, a través del tiempo i del espacio. La Historia de la humanidad es fiel testimonio de este planteamiento, llámenselos hechos históricos i sociales Revolución Francesa, o socialista, o cristiana, o la Reforma, movimientos de independencia de pueblos i de naciones que han proclamado la Libertad, la Justicia, la Razón en mérito a la solidaridad i lucha por aquellos ideales fraternos, de los unos pueblos para con los otros. De tal manera han ejercido influencia los sucesos sociales, políticos, históricos, de unos i otros pueblos, a través de la historia de la humanidad, que no es aventurado afirmar que los hechos consecuentes, de unos sobre otros, constituyen fundamentales factores para el triunfo de los grandes i supremos ideales de la Justicia, de la Libertad, de la igualdad, de la Fraternidad. La interrelación entre unos hechos i otros, constituye poderoso factor dialéctico para el hecho histórico posterior. Los hechos históricos no son mágicos: tienen una causa, i un efecto, i su repercusión no se concreta a la simple circunscripción geográfica : trasciende los límites territoriales. LOS MOVIMIENTOS PRECEDENTES DE LOS ESTANCOS I DE LAS ALCABALAS

En nuestro país, i en América, realizáronse diversos movimientos revolucionarios, como los llamados de los Estancos, de las Alcabalas, entre otros. Desde ahí iban a flamear banderas de libertad.
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Estos extraordinarios movimientos rebeldes, i sociales, de fijación de los derechos de los pueblos. tuvieron marcada repercusión en el futuro de nuestros países, para los hechos libertarios posteriores. De tal manera que estos sucesos no constituyen hechos aislados en el tiempo. Todo lo contrario: tienen relación de causa a efecto, los unos con los otros, como el 10 de Agosto de 1809, de Quito, i 27 de Agosto de 1809, de Ambato. Todos estos hechos -Alcabalas, Estancos- etc. Tuvieron repercusión en América, i jamás, jamás tan sólo en una determinada Í única circunscripción. La Declaración de los Derechos del Hombre tuvo fundamental influencia, en el pensamiento americano. Sus principios humanísticos conmovieron e! espíritu de Eugenio Espejo, de Nariño. Los principios libertarios flameaban desde un continente a otro, sobre mares i montañas. I llegaron a América. I llegaron a nuestra patria. Se encendieron antorchas de insurgencia. Ambato no permaneció ajeno a los movimientos de las Alcabalas y de los Estancos, verdaderos movimientos populares que ocurrieron con motivo del establecimiento del estanco de aguardientes i del impuesto de las alcabalas. En enero de 1780 –del 10 al 13– la “plebe”, los pueblos de esta región, desde Quisapincha hasta Píllaro, Baños, Pelileo, alzaron su grito de rebelión, con churos i bocinas. Fueron días de franca rebelión de los pueblos de Ambato i de la provincia. De ahí que se ha dicho que “la protesta de los pueblos de Tungurahua tuvo los visos de franca insurrección“. La realización de todos estos hechos influyó poderosamente en los grandes sucesos que habrían de producirse en años posteriores. Luis Alberto Sánchez, en la “Historia General de América”, sostiene: “aunque ningún hecho histórico puede ser localizado con exactitud entre dos fechas precisas, conviene dar éstas aproximadamente, para mayor claridad. Diremos, pues, que la Revolución abarca el lapso entre 1770 i 1824 “. Añade: “En este periodo fermenta la fijación criolla, de tipo separatista i político; que desemboca en la guerra emancipadora, con la confirmación i proclamación de la Independencia de las Américas “. Con lo expuesto, doctrinaria i documentalmente, nos permite situar al 27 de agosto de 1809 (de Ambato), entre los “movimientos separatistas i políticos, que desembocan en la guerra emancipadora, con la proclamación de la Independencia de las Américas “.
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Que se entienda bien: El 27 de agosto de 1809, de Ambato, no constituye un simple i aislado movimiento de ciudad. El 27 de Agosto de 1809 es la adhesión vibrante i combativa a un movimiento de independencia de América. Por consiguiente, el 27 de agosto de 1809, constituye fecha heroica i procerosa de la independencia de la Patria, i de América No, no se traía solamente de una ciudad. Esta exposición de antecedentes confirma el planteamiento inicial. En consecuencia, el gran movimiento emancipador del 27 de agosto de 1809, no fue un movimiento aislado en el tiempo. Todo lo contrario: mantiene unidad i relación de tiempo entre el 10 de Agosto de 1809 de Quito, i el 27 de Agosto de 1809 de Ambato. Esta relación i concordancia se observa con otros movimientos independentistas de América i, de igual manera, con los otros movimientos de América, por, i para su emancipación. El 10 de Agosto, definitivamente, le consagra a Quito como Luz de América. Un ambateño intervino como actor del 10 de Agosto de 1809: Mariano Castillo. Además, este prócer estuvo en la matanza del 2 de Agosto de 1810. Escapó heroica i prodigiosamente. Los patriotas de Quito, próceres del 10 de agosto, comunicaron a Ambato sobre su movimiento independentista. I Ambato, el 27 de agosto, a escasos 17 días de aquel pronunciamiento libertario, se adhirió. Téngase en cuenta que otras ciudades se negaron a hacerlo. Estos movimientos, estas proclamas tuvieron franco espíritu de independencia. Jorge Salvador Lara, en defensa del Marqués de Selva Alegre, expresa que en estos movimientos había matices “hasta de los que pensaban en una República absolutamente libre i soberana”. Isaías Toro Ruiz, cronista oficial de Ambato, expresa que la reacción en Ambato fue de tal efervescencia, “que obligó al cura Araujo i al corregidor Arteta a abandonar el lugar“. El corregidor de Riobamba fue mui elocuente, al expresar que “Los ambateños fueron los que ocuparon Riobamba en el número de 300 al momento que se instaló la Segunda Junta (la de Quito, con Montúfar, en septiembre de 1810) para impedir que esta Villa hiciese su
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deber como en el 18 de octubre (la contrarrevolución del año anterior). El notable historiador C. de Gangotena i Jijón, afirma: “EL 27 de agosto de 1809 , todas las corporaciones de la villa, i los vecinos más notables, firmaron la adhesión a la causa de América”. Léase bien. Escúchese bien. El notable historiador de Gangotena i Jijón se refiere concretamente a una fecha i a unos hechos: al 27 de Agosto de 1809, Primer Grito de Independencia de Ambato, Grito i proclama de adhesión al Grito del 10 de Agosto de 1809, de los patriotas libertarios de Quito,- esto es, 27 de Agosto de 1809, Grito de adhesión a la Causa de América. El cronista Isaías Toro Ruiz , añade : “El acta del 27 de agosto tiene su mérito al punto de que reforzaba los actos de la Junta Suprema, i a los ojos de los distantes enemigos de Guayaquil, Cuenca, Pasto, tenía la ciudad de Quito SU RESPALDO“. El acta del 27 de agosto de 1809 es absolutamente clara: “En la villa de San Juan de Ambato, en 27 de Agosto de mil ochocientos nueve, hallándose en la Iglesia Matriz todos los cuerpos y restantes vecinos que se nominan en el auto que lo mueve… dijeron: que se conformaban con los principios que se habían adoptado en la Muy Noble i Muy leal Ciudad i Corte de Quito...”.

Esta ponencia se completa con el homenaje al gran historiador Celiano Monge, indiscutible investigador i descubridor del Primer Grito de Independencia de Ambato, del 27 de Agosto de 1809. Sépase que el I. Municipio de Ambato, en sesión de 20 de agosto de 1920, celebró de manera apoteósica el 27 de Agosto en conmemoración i homenaje a la fecha en que Ambato elevó su Primer Grito de Independencia, i se resolvió declarar”Fiesta provincial el 27 de agosto” Cuenca le rindió homenaje a Celiano Monge por el descubrimiento i entrega de su primera Constitución. Celiano Monge es cofundador del diario El Comercio, fundador de la Biblioteca Municipal de Ambato. Perteneció a varias Academias: Real Academia de la Lengua, Academia Ecuatoriana de la Lengua, Academia de Historia de Madrid, de Ecuador, de Caracas. Celiano Monge fue reconocido a nivel nacional por su invalorable aporte a la cultura, al periodismo, a la causa de la libertad.
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A su muerte, los más destacados intelectuales i periodistas del país le rindieron homenaje. Con mi homenaje a Celiano Monge, continúo con la relación de Ambato, i el 27 de Agosto. Ambato no solamente se adhirió e hizo causa propia, con el grito libertario del 10 de agosto de 1809, de Quilo, sino que estuvo presente en todo momento i lugar, con el contingente de sus habitantes, para la lucha por la independencia de la patria i de América. De ahí que el cura patriota Juan de Alarcón le bautizara a Ambato, en altar levantado entre dos cañones libertarios: “¡AMBATO, LUZ DE PATRIA¡ La lucha continuaba para Ambato. De ahí al ambateño i octogenario Joaquín Hervas: el 2 de septiembre de 1812, gritó en la plaza de Mocha, frente a las tropas de Montes: “¡ VIVA LA PATRIA, ABAJO EL REY ¡” I cayó abaleado, sobre su propia sangre ofrendada por la libertad de la Patria. Así se luchó desde Ambato, antes i después del 10 de agosto, del 27 de agosto, por la Patria ecuatoriana, por la patria americana, desde cuya merindad se levantaron barricadas, con barro de la heredad ambateña. Por consiguiente: 10 de AGOSTO DE 1809, 27 DE AGOSTO DE 1809, constituyen dos fechas, un mismo grito i un mismo destino: ¡La Independencia de la Patria, movimientos pecursores de la Libertad de América! I un mismo suceso apodíctico y sagrado: El Bicentenario de la Independencia de la patria i de América: 10 de Agosto i 27 de Agosto de 1809. ¡Con este espíritu deben celebrarse las dos magnas efemérides de la Patria, i de América, i un mismo Bicentenario. Concluyo, con las palabras de José A. Ceniceros: “Si hemos peleado por la Libertad, la Libertad es nuestro derecho”

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EL DOMINIO DEL MAR: UN FACTOR OLVIDADO EN NUESTRA HISTORIA REPUBLICANA Octavio Latorre T. La mentalidad terrestre que ha dominado a América Latina desde antes de la Independencia, rara vez ha tomado en cuenta el factor marítimo en la formación de las nacionalidades y de igual forma sucede cuando se estudia nuestra historia. Los hechos o victorias de tierra firme se consideran las determinantes, pero en la mayoría de los casos, se calla o se menciona muy ligeramente el aspecto marítimo, aunque haya sido en algunos casos, igualmente esencial, como vamos a ver. El olvido del factor marítimo en nuestra historia es tanto más contradictorio cuando que el Ecuador ha tenido la tradición marítima posiblemente la más antigua y gloriosa de América. Basta recordar la tradición de los “Balseros de la Mar del Sur”, concretamente la de los Manteños y Huancavilcas que recorrieron las rutas del Pacífico desde México a Chile y de los Astilleros de Guayaquil los más importantes del imperio español del Pacífico, en los tres siglos coloniales. Al comenzar las luchas de la Independencia, los Astilleros de Guayaquil, pese a que habían decaído mucho, seguían siendo importantes. Como un ejemplo se puede ver la Relación de Moraleda y Montero, sobre la construcción de la corbeta “Alavesa” en 1806 1y los servicios que prestaron los Astilleros durante las luchas de la Independencia. El factor marítimo en la Independencia Aunque el principal teatro de la guerra fue la tierra firme, no se puede excluir los servicios y acciones marítimas que en ciertos momentos fueron decisivas. Los Astilleros estuvieron en constante uso desde el 9 de octubre de 1820 para atender a los buques en campaña, para reparar y care-

1 José Moraleda: y Montero: Travesía entre Lima, Guayaquil y Panamá de orden de su Majestad. Construcción de la Corbeta “Alavesa”. 1806. Archivo Naval, Madrid. Ms. 216

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nar a los de la escuadra chilena del almirante Cochrane, el transporte de tropas, etc. Es difícil imaginar una campaña en las costas de Colombia, Perú y Chile sin el respaldo de los astilleros de Guayaquil. No sin razón el historiador Torrente dice lo que significó para el Virrey de Lima, la noticia de la Revolución de Guayaquil: La pérdida de tan importante plaza en la que se hallaba el único importante arsenal de la Mar del Sur, fueron golpes de los más duros para las brillantes esperanzas del General Pezuela. El Virrey del Perú creyó que la causa del Perú y de España estaba perdida al no disponer de la base de Guayaquil. Veamos el papel que jugaron. l.- Los servicios de los barcos mercantesfueron importantes, sobre todo en el traslado de tropas, armamento y abastecimientos desde Colombia a Guayaquil. La resistencia de la fortaleza realista de Pasto obligaba a trasladar casi todo por mar, desde los puertos de Panamá y Buenaventura hacia Guayaquil. El mismo General Sucre llegó a Guayaquil por mar. Mucho más importante fue el traslado de 8 000 soldados, armamento y abastecimientos desde Colombia al Perú para la Campaña de Bolívar (1924–1926). Guayaquil era la base intermedia donde se detenían los barcos para reabastecerse y dejar a los soldados enfermos. El territorio de la Audiencia y sobre todo la provincia de Guayaquil estaban agotadas por la campaña de Sucre que terminó en Pichincha y no había tenido tiempo para recobrarse económicamente. Por lo mismo, la nueva campaña suponía innumerables gastos y sacrificios para la región entera (Guayas, Manabí, Los Ríos, El Oro y aun las provincias de Chimborazo y Cuenca). El Archivo de la Gobernación de Guayaquil (Biblioteca Municipal) están llenos de documentos que muestran la angustia de las autoridades que no encontraban ya medios para hacer frente a tantas naves que llegaban en malas condiciones y requerían urgentes reparaciones. Una solución era enviar a batallones a buscar alimentos en las haciendas o pueblos cercanos, mientras las naves esperaban en el puerto para continuar el viaje al Perú. La importancia de la escuadra naval O´Higgins, el padre de la patria chilena dijo en forma terminante: “Cien victorias como ésta (Maipú) no nos servirán de mucho si no dominamos el mar”. Los chilenos lo tomaron como la hoja de ruta

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para toda su historia hasta el presente: el dominio del mar que en ciertos momentos fue decisivo. La conclusión del Consejo de Estado de España (1823) era que la Corona estaba perdiendo su imperio por el descuido de sus escuadras y la debilidad en el dominio del mar. El dominio de la mentalidad terrestre, como dijimos al comienzo, ha hecho olvidar la importancia del dominio del mar en la lucha por la libertad. Veamos algunos ejemplos: Los historiadores que tratan sobre la Campaña de Bolívar por la Independencia del Perú (1824–1826) concluyen con las dos grandes victorias de Junín y Ayacucho. En realidad ni fue el final ni fueron los únicos factores de la victoria. La fortaleza del Callao permaneció, pese a las victorias de Bolívar y Sucre, en manos del General Rodil hasta enero de 1826 y hubiera podido complicarse toda la situación para los patriotas, si las escuadras recién llegadas de España hubieran tenido una base como Guayaquil y por otro lado, si no hubieran tenido la constante amenaza de la Escuadra Unida de Colombia y Chile. La Escuadra Unida impidió la llegada de la escuadra española en auxilio del Callao. El Capitán José Villegas que comandaba a los buques enviados desde España, no bien llegado al Perú con los refuerzos, abandonó las aguas del Pacífico y se dirigió a Filipinas, al darse cuenta de la inutilidad de los esfuerzos, ya que las fuerzas españolas no disponían de una base naval para sostener la escuadra y conseguir provisiones. En cambio, si no hubiera existido la fuerza naval de los patriotas, los españoles hubieran unido fuerzas en el Callao y hubieran puesto en peligro la libertad o postergado por algunos años la independencia. El factor marítimo fue pues, una fuerza esencial que permitió asegurar la libertad de América. Sin este dominio del mar, las dos victorias de Junín y Ayacucho pudieron convertirse en dos victorias más, entre las mil batallas de Bolívar. La lección de Tarqui Según la mayoría de los textos de Historia, la guerra con el Perú terminó en el triunfo de Tarqui, sin mencionar la resistencia posterior del Perú en Guayaquil, conocida como la Campaña de Buijo. Se lo presenta, a lo más, como un apéndice incómodo que alargó innecesariamente la guerra.

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La pérdida de una gran oportunidad: Ecuador un potencia naval La Fragata Colombia, que llegó a Guayaquil cuatro meses antes de la desintegración de Colombia, estaba armada de 74 cañones. Era, así, muy superior a todas las naves del Pacífico Oriental, Chile, Perú y Colombia. El Departamento del Sur. Quito, se convirtió en ese momento, en una pequeña potencia naval que hubiera podido exigir al Perú el cumplimiento de los convenios de Guayaquil. Perú, Bolivia y Chile miraban con recelo la posición ecuatoriana y más de una vez el Ecuador recibió halagadoras propuestas para la compra de la nave.
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La realidad fue más dura y penosa. Colombia había reducido la fuerza naval y convertido al apostadero de Guayaquil en una estación semiabandonada, donde fueron desapareciendo las naves que habían sobrevivido a la Campaña de Bolívar en el Sur. Al declararse la guerra con el Perú, las mismas guarniciones de Guayaquil, incluidas las tripulaciones de los buques, fueron llevadas a Cuenca para reforzar las unidades que debían enfrentarse al ejército de La Mar. El Jefe militar de Guayaquil, Almirante Juan Illingworth, dada la escasa guarnición de que disponía para defender la plaza, no tuvo otra alternativa que rendir la ciudad a la escuadra peruana que se estableció y dominó los accesos al puerto. Al llegar a la costa los batallones triunfantes de Tarqui, solo pudieron mantenerse a las orillas del río Guayas por varios meses, incapaces de hacer nada contra la escuadra peruana que dominaba el Golfo. Ante tal situación, Bolívar ordenó a Bogotá el envío de las dos gigantescas fragatas, Colombia y Cundinamarca para obligar al Perú a cumplir con el Convenio de Girón, pero las autoridades colombianas postergaron el zarpe por varios meses, usando todos los fútiles pretextos. Ante las exigencias de Bolívar, únicamente zarpó de Puerto Cabello la Fragata Colombia, pero como debía dar la vuelta por el Estrecho de Magallanes, arribó a Guayaquil en enero de 1830 cuando Perú se había ya retirado de Guayaquil, por problemas internos. La campaña de Buijo agotó los presupuestos, paciencia y salud de Bolívar, mientras el Perú aprovechó para dar largas, ganar tiempo y neutralizar los efectos de Tarqui. La más dura consecuencia fue la postergación de la firma del Tratado de Guayaquil que significó para el Ecuador, a la larga, la pérdida del Amazonas.

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El canto del cisne de una tradición marítima El despertar de las actividades marítimas prosiguió por más de una década con muestras de que la tradición del mar no había muerto. Dos hechos, aunque aislados, lo ilustran: la invención del submarino por Rodríguez de La Bandera en 1837 y la construcción del primer vapor, el Guayas en 1842. Dos muestras de que la tradición del mar y el genio marítimo de Guayaquil se resistían a morir. Rodríguez de la Bandera tenía la genialidad del inventor y aunque el submarino fue el que más llamó la atención, su mente estaba siempre buscando nuevos caminos. El submarino, aunque muy llamativo, no tenía futuro; era un invento muy novedoso y hasta genial, pero demasiado caro y de poco uso en nuestro medio. Quedó sin embargo, como un símbolo de la capacidad de buscar nuevos caminos. Fue una lástima que los gobiernos no se dieran cuenta del genio del inventor y de las posibilidades de orientarle a otros campos. La construcción del Vapor Guayas fue otra idea muy valiosa de un grupo de empresarios guayaquileños que veía posibilidades en el nuevo sistema del vapor para la navegación comercial. Era un sistema que iba a cambiar la navegación mundial de la propulsión a la vela a la propulsión a vapor. Los veleros quedarían pronto como simples recuerdos. La propulsión del viento era muy lenta y sobre todo muy irregular, pues dependía de los caprichos de la naturaleza, por lo que las marinas del mundo acogieron el nuevo sistema con entusiasmo. Los empresarios guayaquileños, encabezados por Vicente Ro-

La Fragata era también una carga, pues exigía un alto costo de mantenimiento y pago a la tripulación. Era una nave que podía desarticular las finanzas o ayudar a una nueva época marinera. ¿Qué actitud mantuvo el Ecuador? Los astilleros se revitalizaron por la necesidad de carenar la fragata. Muchos oficiales extranjeros se integraron a la vida nacional, entre ellos hay que recordar a Tomás Carlos Wright, al Teniente Lawson, que fue el brazo derecho de Villamil en Galápagos, y otros. Desgraciadamente, la mentalidad terrestre que dominaba en la nación, vio solamente en la Fragata una pesada carga o el instrumento de apoyo a la Revolución de los Chihuahuas. La Fragata que hubiera podido convertir al Ecuador en una pequeña potencia, no fue de mucho provecho y desapareció sin pena ni gloria.

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cafuerte, no querían quedarse atrás y reunieron fondos para la construcción del primer vapor; el primero no solo en Guayaquil sino en toda América Meridional. Lastimosamente los esfuerzos no eran suficientes por la falta de fondos, por lo que Rocafuerte acudió al gobierno central para un traspaso del proyecto al Estado. La influencia del ex presidente surtió efecto y el vapor Guayas fue terminado con los aportes del gobierno. Era otro sueño demasiado temprano, pues los servicios no compensaban los gastos a un vapor que requería nueva tecnología para evitar los ingentes gastos de funcionamiento y reparaciones. Un ejemplo fue el único viaje del Vapor Guayas a Galápagos a órdenes de José Villamil para buscar guano en las islas en 1854. Según cuenta José Villamil, más tiempo gastaba la tripulación en recoger combustible (leña) para las calderas que en navegar. Estos dos íconos: el submarino de Rodríguez de la Bandera y el Vapor Guayas, fueron el canto del cisne de una época que moría, pues sin una política de gobierno, pocos comerciantes podían arriesgar sus capitales. La mentalidad terrestre dominaría con pequeñas excepciones, por el largo espacio de 100 años. “Los Cien años de soledad” se podrían llamar la época de 1840 a 1940, en que el mar volvió a ser el mundo misterioso y considerado casi inútil para la nación. La política marítima en los cien años de soledad del mar Los esfuerzos por volver a revivir la tradición marinera fueron casi siempre inútiles. Varios presidentes (entre ellos dos antiguos marinos, Urbina y Robles), abrieron nuevamente la Escuela Naval para formar marinos, pero lo hicieron sin mucho entusiasmo y las escuelas murieron o languidecieron luego de uno o dos años de existencia. El empuje marinero había muerto.“Esta flor ya no retoña, tiene muerto el corazón” se pudo decir. La ocupación de Guayaquil en 1859 se considera un detalle histórico sin mayor importancia. En realidad fue una manifestación de nuestra debilidad completa en el flanco marítimo. La Flota Peruana del Presidente Castilla ocupó Guayaquil sin la menor resistencia y se mantuvo hasta el triunfo del ejército del Triunvirato (García Moreno, Jerónimo Carrión y Pacífico Chiriboga), dirigido por el general Juan José Flores en 1860.

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Los gobiernos de Eloy Alfaro y el mar Es difícil juzgar la actitud de Eloy Alfaro frente a la Marina y frente a las actividades marítimas. La Marina fue la mayor opositora a los intentos revolucionarios, derrotó al Viejo Luchador y hundió al Alahuela en el combate de Jaramijó, el 6 de diciembre de 1884. ¿Mantuvo Don Eloy algún resentimiento contra la Marina?. Es difícil saberlo, pero tampoco mostró ningún interés por la Marina y por el mundo marítimo. Las únicas acciones en que mostró cierto interés fueron dos: la una muy modesta, la compra de un casco para convertirlo en pontón, para depósito de carbón para los buques en 1899. La segunda, la fundación de la Escuela Naval de 1911, sugerida, según se dice, por su

El Presidente García Moreno, en un típico sueño de grandes obras, intentó promover la escuela naval y los astilleros de Guayaquil. Pidió el asesoramiento de la Escuela Naval de Anápolis, Estados Unidos, pero los presupuestos eran tan grandes que superaban nuestras posibilidades. Hizo un llamado en 1869 a los comerciantes y hombres poderosos de Guayaquil para reactivar los astilleros, dándoles beneficios exclusivos por 50 años. Casi nadie respondió. Curiosamente los regímenes del Partido Progresista (18841895) fueron los más “marítimos” de esta época de desolación. José María Plácido Caamaño impulsó a la Marina proveyéndoles de dos “fuertes” unidades, el Cotopaxi (luego llamado el Calderón) y la Cañonera Tungurahua, para combatir a las Montoneras de Alfaro y reemplazar a las dos unidades (Huacho y Santa Lucía). La Santa Lucía había sido tan efectiva, que hundió al Alahuela y detuvo la revolución liberal hasta 1895. El Presidente Luis Cordero creó la Escuela Naval en 1892 como un homenaje al Cuarto Centenario de Descubrimiento de América. De ella salieron algunos marinos de primera clase que se sacrificaron en la Guerra de Concha o de Esmeraldas (1913–1916). La Escuela desapareció con la Revolución Liberal de 1895. La marina mercante renació en este tiempo por las iniciativas privadas como la Empresa Indaburu, Aspiazu y otras, para aprovechar el comercio del cacao. Eran empresas fluviales pero eran muestras de las inquietudes en un mundo que renacían influenciadas por los cambios en toda América, particularmente por el proyecto francés de abrir un canal a través de Centro América.

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hijo el Coronel Olmedo Alfaro luego del peligro de guerra con el Perú en 1910.2 Olmedo Alfaro le hizo ver, se dice, que una guerra con el Perú no tenía sentido, mientras todo el flanco marítimo estuviera abierto e indefenso. La política marítima de Alfaro, sin embargo, no se diferencia de otros gobiernos del siglo de soledad que hemos mencionado, hasta podría calificarse como inferior. Dos testimonios ilustran esta política de espaldas al mar, la del Capitán Chileno Rubén Morales que dirigió la Misión Naval Chilena de 1906 a 1912 y la de su propio hijo Olmedo Alfaro. El Capitán de Navío Rubén Morales decía así en su comunicación de renuncia: “Señor General: La necesidad de cumplir con los requisitos reglamentarios de la Armada de mi Patria y la convicción que me tengo formada de la esterilidad de mi labor y de mis esfuerzos, mientras el País y el Gobierno no se resuelvan a hacer un sacrificio por su Marina de Guerra, me obligan a solicitar mi desahucio de mi servicio para el 1º de diciembre próximo de conformidad con el aviso de tres meses que el contrato establece. Dios y Libertad. F) Rubén Morales.

El Coronel Olmedo Alfaro, hijo de Don Eloy, al hablar en 1930 de los peligros de Galápagos se expresa así: “El abandono en que se encuentran las Islas Galápagos obedece, principalmente a nuestra desidia por incrementar en la vida nacional el interés por las cosas del mar. Basta ver nuestro presupuesto de ochocientos mil sucres para la Marina contra nueve millones para las fuerzas militares de tierra. Esta proporción viene agravándose día a día. Pocos de nuestros ciudadanos nos creerán que hace medio siglo nuestras fuerzas e iniciativas navales eran mucho mayores que las de hoy. Un pequeño transporte de trescientas toneladas y una muy honrosa ancianidad; con un par de remolcadores es lo que pomposamente llamamos hoy “Armada Nacional”. (Así se califica el conjunto de fuerzas marítimas de una potencia).

2 Ver el artículo del autor: ¿Guardó Eloy Alfaro algún resentimiento contra la Marina Ecuatoriana?.

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Con una gran sinceridad, Olmedo Alfaro incluye a su propio padre en el abandono de las actividades del mar y del cuidado de Galápagos.

Esto no va enderezado como recriminación a las autoridades que actualmente ejercen jurisdicción, el mal data de mucho tiempo atrás, pero sí parece llegado el momento de que estas examinen la situación y que dentro de un presupuesto de 60 000 000 de sucres con que cuenta el país, encuentren los recursos necesarios para la reconquista de las Islas de Galápagos, como lo hizo hace muchos lustros el General Villamil con elementos limitados”. 3

La Marina en la guerra de Esmeraldas La muerte trágica de los Alfaro prendió la guerra civil de Esmeraldas, una provincia alejada y tradicionalmente abandonada. La única vía de acceso era por mar. Era pues la hora de la Marina, pero ella no disponía sino de dos unidades aceptables: el Cotopaxi y el caza torpedero Bolívar, además de unos pequeños transportes. El gobierno de Plaza tuvo que comprar algunas unidades, entre ellas el transporte “Constitución” de 5 000 toneladas y contratar marinos extranjeros. Las tareas de la Marina eran agotadoras: transporte de tropas, aprovisionamiento de armamento y víveres, vigilancia de costas, bombardeo de costas, auxilio a los batallones en retirada, etc. La actuación del ejército en la Guerra de Esmeraldas, dejó muchas dudas de su capacidad para enfrentar a guerrilleros improvisados pero formidablemente motivados, los soldados negros del Coronel Concha. Las emboscadas del Guabo, Río Verde y la Propicia en que murieron varios centenares de soldados, mostraban el extremo trágico de una guerra civil. Los barcos de la Marina tenían que acercarse a las costas o internarse en el río Esmeraldas, para recuperar a los restos de los batallones en retirada. Cuando terminó la guerra, la situación de la nación era de casi bancarrota y el gobierno tuvo que apelar a todo medio desesperado. Las primeras víctimas fueron los buques de la Marina: unos fueron vendidos (transporte Constitución), otros abandonados por falta de fondos para reparaciones (Casa Torpedero Bolívar). Solo quedó el
3 Olmedo Alfaro: Las Islas Galápagos y su situación actual. Guayaquil, 1930.

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Cotopaxi (Calderón), pues el motovelero “Patria”, encalló en la Josefina, al sur de Guayaquil en 1917. La mayor parte de los oficiales de línea e ingenieros que habían mantenido a la pequeña escuadra en buenas condiciones durante los tres años de guerra, fueron también licenciados.

La desolación de la Marina y del mar hasta 1945 Los casos “asombrosos” citados no distan mucho de la realidad marítima de las décadas recientes. La Marina Nacional, desde 1840 no tenía personalidad propia; era una rama auxiliar del Ejército con presupuestos que no llegaban al 10% del mismo. La Comandancia de la Marina era ocupada generalmente por un coronel del Ejército. Resulta extraño leer en todo este tiempo, las comunicaciones al “Señor Coronel, Comandante General de Marina”.
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La extrema miopía de nuestra política con respecto al mar Es increíble la ceguedad a que pudieron llegar algunos políticos de este tiempo sobre la defensa marítima. Es cierto que mantener una Marina en buenas condiciones es costoso, pero lo que asombra es la ignorancia y falta de conciencia de la necesidad de defender nuestra frontera y recursos marítimos. En el Congreso de 1906 un grupo de diputados presentó un proyecto para levantar fondos para revitalizar a la Marina de Guerra. Fue rechazado, pero las razones usadas para hacerlo nos pueden dejar más sorprendidos: “Comprar buques es muy caro y ahora no hay peligro de guerra, pero si lo hubiera, se puede contratar buques y tripulaciones”. ¿Silencio o risa? Esto sucedía cuatro años antes del final del Arbitraje del Rey de España y el peligro inminente de guerra, como indicamos antes. En el Congreso de 1931 se presentó un proyecto de decreto para liquidar la Marina por muy costosa e innecesaria!. Felizmente fue rechazado, pero tampoco se hizo nada por la Marina ni por la actividad marítima. Solo falta añadir un caso más. En 1939 el Ministro de Defensa, Galo Plaza Lasso clausuraba la Escuela Naval recién abierta (1936) porque la Marina era innecesaria y un lujo que el Ecuador no podía darse. Esto sucedía cuando todos sabían que el Perú preparaba sus fuerzas armadas para invadir al Ecuador.

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Clamores de protesta y de esperanza. 1928-1934 La década de 1920 fue de amargos clamores de varios oficiales de Marina ante la situación de la Institución y de las actividades del mar, aunque en algunos casos se jugaban su carrera. Citemos algunos testimonios: 1.- El Teniente de Navío, Antonio Alomía Guerra regresaba en 1922 luego de graduarse con honores en Chile. Recordaba: “En este lapso (1914–1924) poco o nada había cambiado. El Presidente Tamayo logró ordenar la reconstrucción del “Cotopaxi” para el servicio de nuestras costas. En 1923 se organizó un curso de 10 meses para cadetes de Marina…”. 2.- El brillante ingeniero naval, Pedro Briones, al regresar en 1917 de una especialización en Londres, se encontró con que no había cargo para él, pues casi todas las unidades habían sido vendidas o da-

Las funciones normales de la Marina eran cuidar de faros y boyas, luchar contra el contrabando, visitar de vez en cuando a las islas Galápagos, llevar el correo a Babahoyo y servir de transporte de tropas del Ejército a las provincias alejadas, como Manabí y Esmeraldas. La función esencial de la defensa era más teórica que real, dada la debilidad de sus unidades (ninguna de guerra), lo que vuelve más admirable el enfrentamiento del Calderón con el destructor peruano Villar en 1941. No existía Escuela Naval ni de Grumetes. Las capitanías de puerto eran ocupadas indistintamente por oficiales retirados del Ejército o de la Marina, y muchas veces por civiles. La realidad marítima de las costas del Ecuador en los cien años de soledad (1840–1940) no podía ser más triste, y se vuelve más increíble al ver a toda América que volvía al mar, sobre todo las naciones del Pacífico, luego de la apertura del Canal de Panamá. El Ecuador, como describe Olmedo Alfaro en 1930, no disponía de un solo puerto verdadero que dispusiera de muelles, facilidades de desembarco, almacenes, servicios, etc. Las líneas navieras internacionales que hacían el servicio de cabotaje desde Panamá o hacia la misma, dejaban a pasajeros y carga en la isla Puná desde donde eran trasladados en botes y barcazas a la ciudad de Guayaquil. Lo mismo sucedía y aun peor, en los otros puertos de Manta, Esmeraldas, Puerto Bolívar. Esta situación llevó a un bochorno nacional cuando en 1928, el recién electo Presidente Hoovert en visita oficial al Ecuador, éste no tenía una nave digna para trasladarle de Puná a Guayaquil

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Una nueva esperanza. Manuel Alomía. 1934 La falta de Escuela Naval obligaba a conseguir becas en Institutos de países amigos para la formación de los pocos marinos que necesitaba la Armada. Desde 1913 en que se cerró la Escuela Naval, solo se dio un curso de diez meses en 1923, como se dijo. En 1928 fueron
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El desaliento de la Marina llegó a tanto que en 1928, dentro del proyecto de rearme de la Fuerza Naval, solo pudo enviar una propuesta: la compra de un transporte para atender a las tropas del Ejército cuando éste lo requiriera (¡!). También había voces de esperanza. Una de ellas fue la del “Sr. Coronel (luego General) Luis Telmo Paz y Miño, Comandante General de Marina (¡) que ante la urgencia de impulsar todo lo relacionado al mar, comenzando por la Fuerza Naval, escribía: “El agua creará la Marina de Guerra, pues la Marina de Guerra tanto o más que el Ejército, es el medio de imponer nuestros derechos, o hay que renunciar a ellos”.

das de baja, como dijimos antes. En 1925 escribía con amargura: “En tanto vemos a otros oficiales están envejeciendo y que siguen siempre confiados y esperando que algún día será un hecho la creación de una Marina para la defensa de nuestras costas o por lo menos, para que sirva de respeto, para que oigan siquiera que podemos defendernos si nos atacan, así como podemos decir que nos podríamos defender en tierra” 3.- La Revolución de 1925 dio esperanzas de reorganización de la nación y de preocuparse del mar y de su defensa. Los altos oficiales de Marina fueron consultados sobre un plan de revitalización de la misma. Era la ocasión que buscaban y lo hicieron en valentía. Luego de analizar la trayectoria de la Armada y de la Marina Mercante y proponer proyectos tras proyectos que eran rechazados, uno tras otro, terminaban: La disyuntiva debe ser la siguiente: El Ecuador necesita o no necesita de la Marina de Guerra. Si lo primero, creemos tener derecho para esperar en el futuro…Si lo segundo, es mejor borrarla de una plumada, en vez de que subsista como está ahora, es decir sin material y teniendo la cabeza metida dentro del ejército… En todos los Países la Marina de Guerra es una institución organizada y progresista y que sabe mejor todavía que la nuestra no tiene ni Estatutos ni Reglamentos, que son la base de toda organización…

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enviados a Chile seis becarios quienes, luego de superar las dificultades de estudios, regresaron a la Patria en 1935. Nadie sospechaba que de este grupo iba a salir la esperanza. El más brillante era Manuel Alomía que ganó la primera antigüedad en la Escuela Naval de Valparaíso. La primera impresión al regresar, como él mismo confesaba, era para desalentar a cualquiera: unos pocos oficiales y dos pequeños buquecitos para una tarea de defender nuestras costas y Galápagos que era invadido por los atuneros de California. ¿Cómo defender con tan débiles medios? Parecía que los gobiernos esperaban que los marinos tuvieran el lema de “Luchar con honor y…morir”. En las travesías en los mares del sur en el buque escuela de Chile, había jurado luchar por una Armada nueva. El 28 de septiembre de 1934 daba una conferencia ante las autoridades de Gobierno, Fuerzas Armadas e invitados especiales sobre: LA IMPORTANCIA DE LA MARINA EN LA VIDA NACIONAL”. Manuel Alomía no lucía más que el uniforme de teniente de marina, un uniforme poco conocido en Quito, pero su argumentación sacudió a todos y muchos se comprometieron a respaldar los principios expuestos por el conferencista. Entre ellos estaba el Ministro de Relaciones Exteriores, Manuel Sotomayor y Luna que convenció a los dos gobiernos de entonces a respaldar la fundación de una Escuela Naval. Efectivamente, pese a los cambios de gobierno, la Escuela Naval se abrió el 14 de enero de 1936. Era el comienzo de una renovación que nacía de una doctrina profunda y realizable. Los principios expuestos por Alomía no han perdido actualidad, más bien pueden sugerir nuevas rutas. Examinemos algunos puntos centrales: La razón de la existencia de la Marina es la defensa de nuestras costas y de Galápagos; pero hay que entenderse de la defensa integral: defensa de la agresión y protección de sus recursos. La Armada no es solamente una fuerza de guerra, sino propulsora y protectora de sus riquezas como la pesca del archipiélago de Galápagos. Aporta datos alarmantes sobre la invasión de atuneros de California mientras el Ecuador no recibía nada. No hay defensa sin desarrollo como no hay desarrollo sin defensa. La Marina no se improvisa. “Nunca pretendamos la guerra, pero no la descuidemos; sería terrible y bochornoso declinar ante un enemigo por no tener medios para defendernos”. Necesidad de la formación profesional del personal de Marina. “Es importantísimo que su organización sea verdaderamente modelo, que el
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Final de los cien años de abandono La Nación toma conciencia de su vocación marinera La Marina que había sido reducida, como ya se dijo, a rama auxiliar del ejército por tantos años, recobró su personalidad en agosto de 1944, por Decreto del Presidente Velasco Ibarra. Desde entonces ha mostrado una gran vitalidad que le ha convertido en la institución más dinámica de la nación. Pese a los exiguos presupuestos (apenas la quin228

entrenamiento y capacidad de la tripulaciones sea completo y perfecto y como consecuencia de todo, el comando sea superior…” La Escuela Naval, aunque tuvo que enfrentar en un comienzo dificultades (cambió de lugar cuatro veces y la supresión ordenada por el Ministro Galo Plaza, como queda dicho antes) formó dos grupos de oficiales que lucharon en el combate de Jambelí y luego impulsaron la Marina en los próximos veinte años. La guerra de 1941 fue una amarga experiencia para la nación, pero pudo ser la ocasión de aprender de los errores del pasado. La frontera marítima seguía abandonada y las pocas unidades hacían lo imposible para resguardarla y apoyar a las fuerzas de tierra que combatían en la provincia de El Oro. El enfrentamiento con el destructor peruano era una contienda muy desigual, pero el Calderón supo enfrentar con coraje y pundonor. Los días siguientes al combate, siguieron los marinos jugándose la vida al salir al Golfo, costa de Naranjal, para auxiliar a los refugiados de la Provincia de El Oro. Bien pudo decir el Coronel Urrutia, director General del Ejército: “Nuestra diminuta Armada Naval, integrada por dos cañoneros y unos cuantos “avisos” (sólo tenía uno); esta fuerza eternamente pospuesta en la distribución presupuestaria, se superó más allá de sus proporciones físicas y con altos factores morales, cumplió abnegada y heroicamente su deber”. El ejemplo de esta actuación tuvo repercusión en la nación entera. El Gobierno volvió a abrir la Escuela Naval (Nov. de 1941) al que acudieron muchos jóvenes, algunos de ellos movidos por el heroico ejemplo del Cañonero Calderón. El Almirante Carlos Monteverde decía a unos pocos meses de su muerte: “Para mí, el fruto más grande del combate de Jambelí fue que nos hizo pensar. Hizo pensar a la nación de la necesidad de volver al mar; hizo pensar a la Armada que de ella dependía casi todo y que si le daban oportunidad de ser útil, debía aprovecharla”.

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ta parte del de FF.AA. y un tercio de lo que recibe el ejército), ha ido creciendo en número y en diversidad de actividades, hasta encargarse de dos tercera partes del patrimonio nacional, es decir, un millón doscientas mil kilómetros cuadrados, que incluyen todos los puertos, costas, ríos, la zona marítima continental y alrededor de Galápagos, ampliada a 200 millas. Dispone de una escuadra de buques suficientes y capaces para una defensa eficaz con oficiales y tripulaciones bien formadas. El campo del desarrollo se ha ampliado y que contrasta con el abandono de los 60 años anteriores. De la situación en que se esperaba que supieran apenas sostener los débiles buques “armados en guerra”, es decir buques de carga armados con algunos cañones, ha pasado a servir a la patria en los campos más diversos. El gran principio que guió a la Marina a participar en tantos frentes fue el siguiente: el desarrollo era una necesidad impostergable y en él todos debían participar por el bien de la patria. La Marina podía extender sus servicios a los campos de desarrollo sin dejar sus campos específicos y así lo hicieron.. Veamos estos diversos campos. 1.- Desarrollo portuario: en 1930 no disponía de ningún puerto y los puertos son esenciales para el desarrollo y la defensa de la nación. El primero, el puerto de Guayaquil fue estudiado y diseñado por el Cap. De Navío Luis Eloy Jarrín (1945). Actualmente la nación dispone de cuatro puertos grandes, tres de ellos iniciados por la Marina, luego de la Revolución de 1972. 2.-Desarrollo de la navegación: En los cien años de soledad, solo se esperaba que los marinos supieran navegar en los pequeños barcos, sin alejarse de nuestras costas. La Marina moderna extendió su labor de navegación para ampliar la capacidad de defensa y otros proyectos para impulsar el comercio por nuestras costas, por los mares de Galápagos y los mares del mundo. Dos empresas representan este campo de desarrollo: TRANSNAVE (Transportes Navales Ecuatorianos) y FLOPEC (Flota Petrolera Ecuatoriana). El lema de esta última lo describió el Almirante Sergio Vazquez P. en su fundación (1973): “Petróleo Ecuatoriano, en buques ecuatorianos, con tripulaciones ecuatorianos hacia los mares del mundo”. 3.- Astilleros Navales: De las antiguas mecánicas, necesarias para reparar y carenar a los Buques veteranos, la Marina lanzó un am229

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bicioso proyecto de construcción naval en los Astilleros Navales, que ayudaría a mantener operativos a nuestras unidades de defensa, pero ampliarían sus servicios a la nación. En los primeros 30 años, Astinave (Astilleros Navales Ecuatorianos) había construido, reparado o carenado cerca de 2 000 naves de todo tipo, la mayor parte de la empresa privada. 4.- Investigación oceanográfica: El humilde servicio de pronóstico de mareas, unido al de faros y boyas, se transformó en 1970 en el Servicio Hidrográfico y tres años después en el Instituto Oceanográfico de la Armada, para alta investigación del mar, con múltiples departamentos para los estudios de biología del mar, la cartografía marítima, las ayudas a la navegación, estudio de las variaciones del mar, representación internacional de la prevención de maremotos (tsunamis), estudios del Fenómeno del Niño, señal horaria, Planetario, el Programa Antártico, etc. Vigilancia marítima contra la contaminación, lucha contra el contrabando, tráfico de drogas, tráfico de ilegales. Servicio de dragas. Un sueño que los promotores originales no creían posible. 5.- Formación de la conciencia marítima: Programas educativos a nivel nacional para concienciar a la nación sobre los valores del mar y de nuestros ríos es una labor callada pero, al mismo tiempo, gigantesca. Gracias a esta nueva conciencia, el Ecuador nunca volverá al descuido y olvido del mar como en los cien años de Soledad y sabrá cuidar sus recursos fluviales, marítimos y oceánicos.. Una lección de la historia El Almirante Carlos Monteverde hacía la siguiente reflexión, poco antes de su muerte: “Las grandes naciones marítimas de la historia (Grecia, Holanda, Inglaterra…), primero desarrollaron sus intereses marítimos y para protegerlos, crearon la marina de guerra; en el Ecuador, la Marina ha tenido que hacer todo”. Otro Almirante, Raúl Jaramillo completaba: “La joven Marina ha probado en apenas cuarenta años que el mar no es obstáculo sino camino.”

Mirada hacia el futuro El gran navegante ítalo–español Alejandro Malaspina (1790) decía que se necesitaban cinco años para formar un buen ejército; pero se necesitaba un siglo para formar un pueblo marinero. La Marina
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ecuatoriana no ha llegado al punto ideal, pero se ha acercado. Más aún, va recogiendo fuerzas para otros proyectos de gran envergadura para el máximo aprovechamiento de nuestro mar y sobre todo del Océano Pacífico, el Océano del siglo XXI. El Ecuador Marítimo ha vuelto a la ruta que dejaron trazada los primeros navegantes manteños y los navegantes de los veleros construidos en los Astilleros de Guayaquil. Ya es difícil creer que Ecuador vuelva a olvidar esa ruta que se interna más y más en los mares del mundo. El Almirante Mahan abrió la mente de los políticos norteamericanos cuando les hizo ver que la grandeza de la nación se basaba en el Poder Naval y en las Bases estratégicas en el mundo. Ecuador no es imperialista, pero tiene su base avanzada en el Océano del siglo XXI, en Galápagos. La Marina está ya diseñando un plan oceanográfico de grandes proporciones para participar, como nación, en la conquista del Océano del siglo XXI.

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UNA ILUSTRE FAMILIA EN AMÉRICA: LOS URQUINAONA

Gregorio César De Larrea

A Lorena, Lorenita, la churitos, a quien conocí en mis años universitarios Con el objeto de celebrar el bicentenario del movimiento independentista quiteño, del 10 de Agosto de 1809, hemos estudiado a la familia Urquinaona, de origen vasco-español, cuyos eminentes actos se dieron en América, más bien para el bando realista, en la actual Colombia, Ecuador y Venezuela. Para ello hemos contado con fuentes documentales y bibliográficas provenientes de estos tres países y de España. Investigamos en el Archivo General de la Nación, de Bogotá, Colombia; en el Archivo Nacional de Historia, de Quito, Ecuador; en el Archivo Municipal de Historia, de Quito; Archivo Parroquial de El Sagrario, de Quito; en la Biblioteca Luis Ángel Arango, de Bogotá; en la de la Academia Colombiana de Historia. Algún dato procede también, del Boletín de la Academia Venezolana de Historia; otros, los debemos a nuestro amigo, el Genealogista colombiano, Doctor Juan Francisco Mantilla; al Doctor Santiago Díaz Piedrahita, Director de la Academia Colombiana de Historia; al Sociólogo ecuatoriano Doctor Xavier Gomezjurado; y a otras tantas bibliotecas y libros nacionales y extranjeros. El desglose de las fuentes se lo verá a lo largo del artículo en las citas generalmente entre paréntesis. Quito, 10 de Octubre de 2008

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LOS URQUINAONA Según Jaime de Kerexeta, y Francisco de Abrisqueta, en su obra: Vascos en Colombia, Bogotá, Ed. Oveja Negra, 1985, tomo 1, 2° parte (Dato proporcionado por Xavier Gomejurado), proviene de Muxika Olaeta (Araniona). Urquinaona, etimológicamente significa: Abedulal o lugar del Abedul pequeño. De: Urquina: urqui = abedul, na = sitio de, ona = sitio de. “ona” = Luis Mitxelena le da el significado de: bueno. Le han localizado 2 casas solariegas: En Bilbao, 1659, y en Azpeitia, 1659 y 1772. Según Cadenas y Vicent, el escudo de armas de Urquinaona es: en plata, una encina de sinople, frutada de gules, con 2 lobos alzados a su tronco. Otro escudo, según el mismo autor es: en azur, un árbol de sinople con un lobo pasante a su tronco. La familia Urquinaona, que nos ocupa y que se radicó en Colombia, era natural de la Villa de Azpeitia, en Vizcaya, país Vasco, España. Ignacio de Urquinaona Iriarte y Manuela de Balanzátegui, o Balzátegui, naturales de Vizcaya, fueron padres de don Francisco Ignacio de Urquinaona de Balanzátegui, natural de España, quien pasó a Colombia y casó el 28 de Diciembre de 1771 en Santa Fe de Bogatá, con doña Juana María Antonia Pardo y Vásquez. Ella, doña Juana María Antonia Pardo y Vásquez nació el 26 de Diciembre de 1754 en la misma Bogotá (Datos tomados de los Colegiales del San Bartolomé, N° 1923, pg. 774, y enviados por el Genealogista Dr. Juan Francisco Mantilla González, Bogotá, Colombia). Era hija de Francisco Fernández Pardo e Inés Vásquez y Molina. Don Francisco Ignacio de Urquinaona, español, era Contador Ordenador del Tribunal y Real Audencia de Cuentas de Bogotá. En 1776, don Francisco Ignacio de Urquinaona, Administrador de Aguardientes de Honda, pide licencia para pasar a la Capital con su mujer, por razones de salud. (Archivo General de la Nación, Bogotá, Colombia. Ver CD room. Base de datos de Varios Fondos). Del mismo Archivo General de la Nación, de Bogotá, hemos extraído los siguientes datos: En 1783, don Francisco Ignacio de Urquinaona, Administrador
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de la Salina de Zipaquirá, se queja contra Carlos de Burgos, Corregidor, por falta a sus deberes oficiales, respecto a la Administración de la Salina. La Salina de Zipaquirá se encuentra muy cerca de Bogotá. En 1783, el mismo Urquinaona, Administrador de las Salinas de Zipaquirá, reclama contra Joaquín Lasso de la Vega, arrendador de ellas, por turnos en el beneficio de las hornadas de sal. En 1784, Urquinaona demanda a José Joaquín Lasso de la Vega, asentista de las Salinas de Zipaquirá, por inversión de caudales en construcción de hornos. En 1784, Urquinaona solicita el aumento de su asignación. En 1786, el mismo don Francisco Ignacio de Urquinaona, Administrador de las Salinas de Zipaquirá, presenta reclamo por el sumario que instruye José Merchante de Contreras, como Juez Conservador de los Hospicios, a quienes defraudaron la participación de estos establecimientos en la venta de salinas. En 1786, Urquinaona envía su petición sobre nombramiento de Contador de las Salinas de Zipaquirá. En 1786, Urquinaona solicita la baja de precio de la sal vigua. [SIC] En 1794, don Francisco Ignacio de Urquinaona, Contador ordenador del Tribunal de Cuentas de Santa Fe de Bogotá, presenta su relación de servicios. Del mismo Archivo General de la Nación, de Bogotá, Colombia, “Real Hacienda”, Cartas (Sección Colonia), tomamos los siguientes datos: Madrid, 1790: Existe una Real Orden, dirigida por Valdez al Virrey de Santa Fe, por la que se dispone dar posesión de sus cargos como Contador Mayor a Manuel de Revilla, Oficial Real de estas Cajas, y los de Contadores Ordenadores a don Francisco de Urquinaona, Administrador de las Salinas de Zipaquirá, y don Juan de Learreamendi, Oficial primero de Aduana de Bogotá, cargos otorgados por su Majestad según decreto de 20 de Marzo de 1789. En Quito, en 1798, don Francisco Ignacio de Urquinaona, Contador Mayor en comisión, comunica a don Pedro Mendinueta, Virrey de Nueva Granada, haber hecho saber a Pedro Calisto su separación y cese de la comisión de glosar cuentas atrasadas de este Tribunal. En 1800 encontramos un expediente de las diligencias promovidas por don Francisco Ignacio de Urquinaona, Contador Mayor de
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Quito, sobre las cuentas que anualmente debió presentar el Guarda Almacén de Pertrechos y Municiones de Guerra, a los Oficiales Reales de Guayaquil, los cuales se echaron de menos en el reconocimiento que hizo el tribunal mayor de Quito, de las cuentas de esas Reales Cajas, desde la primera que se presentó, correspondiente al año 1777. En Quito, 1803, don Francisco Ignacio de Urquinaona, Contador Mayor en comisión, informa al Virrey haberse enterado del informe del Presidente al Rey y Vuestra Excelencia, sobre sus procedimientos al haber sobornado al Excelentísimo de Real Hacienda, Ignacio de Lossa, para que diese una certificación falsa acerca de la concordancia entre estados, tanteos y cuentas de Real hacienda de 1801, y que su hijo don Pedro de Urquinaona perjuró inducido por él, cuando declaró que por encargo de él había trabajado en varios asuntos de esta Contaduría. En Aranjuez, 1807, existe una Real orden dirigida por el Señor Soler al Virrey de Santa Fe, por la cual declara Su Majestad infundada la inconformidad expresada por el Contador Mayor de este Tribunal de Cuentas, Manuel de Revilla, al negarse a rubricar la libreta de servicios de don Francisco Ignacio de Urquinaona, aprobando, en consecuencia, el Rey, la providencia del Virrey. En el Archivo General de la Nación, de Bogotá, Cundinamarca, Sección: Colonia, Fondo: Milicias y Marina, 1794, No. de orden: 074, Legajo: 145, Folios: 532-535, dice que don Francisco Ignacio de Urquinaona era Contador ordenador del Tribunal de Cuentas de Bogotá. Solicitaba una plaza de Contador Mayor en América. A principios del siglo XIX arribó a América la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna contra la viruela en Ultramar. Tal fue así que, en Quito, el 3 de Agosto de 1805, don Francisco Ignacio de Urquinaona, Contador Mayor del Tribunal de Cuentas de la Real Audiencia de Quito, presidía la Junta Filantrópica de Quito, entidad que promovió la vacunación de los pobladores (Archivo Municipal de Historia, Quito, Sociedad Filantrópica Municipal, 1805-1830, f.3). Ya antes, el 16 de Septiembre de 1804, don Francisco Ignacio de Urquinaona se desempeñaba como Contador Mayor del Tribunal de Cuentas de Quito, cargo con rango equivalente a Ministro, la máxima autoridad en manejo monetario de la Real Audiencia, y fue en esa fecha padrino de bautizo de doña María Josefa Mercedes, hija legítima de don Mariano de Larrea, chozabuelo de quien escribe estas letras, y de doña Josefa del Arco y Veloz. Para entonces, don Mariano de Larrea era
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el Segundo oficial y Comisario de Guías de la Real Administración de Alcabalas de Quito. El bautizo se realizó en la parroquia El Sagrario, de nuestra Capital. Más tarde, en 1813, don Mariano de Larrea fue ascendido a Administrador de Alcabalas de Riobamba, cargo que desempeñó hasta 1822 cuando se sellara nuestra independencia respecto de España. En 1816, don Mariano de Larrea ganaba 500 pesos anuales como Administrador de Alcabalas de Riobamba y solicitaba aumento de sueldo. La solicitud, la firmaba Mariano José de Echanique y añadía que Larrea se desempeñaba extraordinariamente bien en su cargo. Pedía se incremente su sueldo en 100 pesos anuales. (Archivo General de La Nación, Bogotá, Cundinamarca, Sección/Fondo: Archivo Anexo. Solicitudes. No. de orden: 016, legajo: 6, folios: 257-270) Don Mariano de Larrea era propietario de una casa grande, terreno y batán en la parroquia de Zámbiza de Quito. En Riobamba, el 28 de Noviembre de 1787, Mariano de Larrea es testigo del codicilo otorgado por don Miguel Antonio García Gómez (Riobamba, Protocolos, en Archivo Histórico de la Casa de la Cultura de Riobamba). Los Larrea provenían de Chambo, cerca de Riobamba, donde el General y Doctor don José Manuel de Larrea y León se hallaba confinado el 11 de septiembre de 1764, a 16 leguas de Chimbo de donde era Corregidor. Larrea se quejaba al Virrey de Nueva Granada, de su confinamiento, en dicha fecha. El Oidor don Juan Navarro, enemigo de don José Manuel de Larrea y León, había solicitado su confinamiento a ese lugar. La hoja de servicios de don José Manuel de Larrea y la queja reposan en el Archivo General de La nación, Bogotá, Colonia, Residencias, Ecuador, 1764. No. de orden:100. Legajo: 65. Folios: 550552. Don José Manuel de Larrea y León era sobrino del gran fraile misionero franciscano, R.P. Fray Fernando de Jesús Larrea y Dávalos, autor de la obra: “Modelo Práctico para el Ejercicio de las siete palabras que habló nuestro Redentor en la Cruz”. En Quito, el 29 de Agosto de 1808, don Francisco Ignacio de Urquinaona presenta relación sobre el estado del Real Hospicio de Quito, donde tomó cuentas: el mencionado don Francisco, por comisión del presidente Interino, don Diego Nieto, tomó cuentas rezagadas del Real Hospicio hasta el año 1807. Dice haber encontrado bien alimentados a los pobres, pues “comen tres veces al día”, y que están vestidos suficientemente. Se les aplica catecismo, aplican los sacramentos y se les socorre en todo. No faltan materiales pero expresa que “estas
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gentes son haraganes”, el edificio está en parte maltratado, se carece de caudal para emprender obra de consideración. El pequeño fondo de 1471 pesos que había en la Real Caja, por fin de año, era necesario conservar para el caso de una escasez de víveres u otra necesidad semejante. Recomienda, para prevenir alguna malversación por parte de los subalternos, prevenir al Administrador del Real Hospicio, don Juan de Larrea y Villavicencio, que al menos cada dos días presencie y examine por sí mismo como se custodia y distribuye lo que compra (Archivo nacional de Historia, Quito, Presidencia de Quito, caja 1808-1809, documento 10511). Don Juan de Larrea y Villavicencio es recordado por el sabio Barón Alejandro von Humboldt como viajero por España, Francia, Inglaterra e Italia y como “el hombre más sabio, el más amable que nosotros hemos encontrado en América” (Keeding, Ekkehart, Surge la Nación, Ed. Banco Central del Ecuador, Quito, 2005, p.439). Larrea fue Ministro de Hacienda de la Junta Independentista de Quito el 10 de Agosto de 1809. Anotemos que el 1 de Enero de 1787 era Administrador del Real Hospicio y Lazareto de Quito don Joaquín Tinajero y Larrea. En Enero de 1790 lo era don Francisco de Borja y Larráspuru (Archivo Nacional de Historia, Quito, Real Hacienda, caja 25, 1786-1790). Don Francisco Ignacio de Urquinaona residía en Quito cuando se dieron los movimientos idependentistas de 1809. En tal ocasión fue “realista” según el conocido informe de don Ramón Núñez del Arco. En mayo de 1813 ya estaba ausente de Quito. En 1809 era Visitador de la Casa de Moneda de Popayán e informa sobre la necesidad de reconstruirla y de la renovación de maquinaria (Archivo General de la Nación, Bogotá, Ver CD room. Base de datos de Varios Fondos). Para el 19 de junio de 1810 encontramos a don Francisco Ignacio de Urquinaona en Popayán (Archivo Nacional de Historia, presidencia de Quito, 1809, vol.3, f.54v.), pues había sido nombrado Visitador de la Casa de la Moneda. Durante las guerras independentistas encontramos al Gobernador de Popayán don Miguel Tacón y Rosique, más tarde Duque de la Unión de Cuba, Marqués de la Unión de Cuba y de Bayamo, Grande de España, despachando para Pasto todos los caudales públicos que había en Popayán, los cuales condujo Urquinaona, consistentes en 200.000 pesos de dicha casa y 400.000 pesos que había en la Tesorería de Hacienda del situado que de Quito se había enviado a Cartagena.
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Es importante recordar que uno de los testigos del matrimonio del protomártir de la Revolución Independentista de Colombia, don Antonio de Villavicencio hijo del Conde del Real Agrado, con doña Gabriela Barriga y Brito, el 9 de Mayo de 1812, en Colombia, fue don Francisco de Urquinaona. Nosotros desconocemos si se trata de don Francisco Ignacio de Urquinaona o de su hijo don Francisco de Urquinaona y Pardo. Don Francisco Iganacio de Urquinaona y su esposa doña María Antonia Pardo y Vásquez tuviera varios hijos. Conocemos los siguientes: Don Pedro de Urquinaona y Pardo Don Pedro Juan Nepomuceno de Urquinaona y Pardo nació en Santa Fe de Honda y fue bautizado el 29 de octubre de 1775, de 15 días de nacido. Presentó informaciones el 19 de enero de 1796 entre los colegiales del San Bartolomé (Dato gentileza del Genealogista colombiano Dr. Juan Francisco Mantilla González) Don Pedro de Urquinaona y Pardo ya residía en Quito en 1799 (Libro de Claustro y ordenanzas de la Universidad de Santo Tómas de Aquino, en Archivo de la Secretaría de la Universidad Central, Quito; en: Zúñiga, Neptalí, Vicente León, Quito 1943, pg.118). Se recibió de Abogado el 22 de noviembre de 1802 (Archivo Nacional de Historia, Quito, Incorporación de Abogados, 1802, caja No.4, 1800-1809, tomo 12). Urquinanona había estado en Guayaquil practicando jurisprudencia desde noviembre de 1800 hasta febrero de 1801, y desde julio de 1801 hasta diciembre de 1801. Lo hizo en el Estudio Jurídico de don José María Luziando y Murillo, Teniente de Gobernador y Asesor General y auditor de Guerra de Guayaquil. Urquinaona se gradúo de Bachiller en la Universidad Pública de Quito. Practicó también en el Estudio Jurídico del Dr. don Francisco Xavier de Salazar. En este expediente se dice que es natural de Santa Fe de Bogotá y residente en Quito. Presentó documentos de limpieza y legitimidad de nacimiento. Practicó Jurisprudencia más de los 4 años necesarios para recibirse de Abogado. En Quito existe un expediente reguido por el Dr. don Pedro de Urquinaona y Pardo por quejas contra el Dr. Juan Ruiz de Santo Domingo, profesor de la Universidad y ex Rector de ella (Archivo nacio239

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nal de Historia, Quito, Gobierno, caja 55, exp.14, 16 de octubre de 1799). Urquinaona había sustituído al Dr. don Melchor Rivadeneira, por su enfermedad, desde septiembre de 1799, en la cátedra de Prima de Cánones, en la Universidad Pública, en Quito. El ex Rector, predecesor, Dr. Juan Ruiz de Santo Domingo, limitó este nombramiento a los dos últimos meses lectivos. El Bachiller don Juan de Velasco y otros declararon que Urquinaona cumplió, con celo, con su asistencia y obligaciones los dos meses lectivos. Al Rector Dr. Juan Ruiz de Santo Domingo le sucedió en el rectorado el Dr. Joaquín de Anda. Don Pedro de Urquinaona y Pardo era Doctor en ambos Derechos. Cuando el sabio Barón Alejandro von Humboldt pasó por Quito ascendió por segunda vez al cráter del volcán Pichincha el 26 de mayo de 1802, en compañía de don Pedro de Urquinaona, don Vicente Aguirre, don Juan José Matheu y Herrera y don José Javier de Ascázubi, personajes más tarde ligados al proceso independentista del Ecuador. Don Pedro de Urquinaona fue Prosecretario de la Universidad en Quito, a partir de 1803, y el 1 de marzo de 1817 escribía desde Cádiz a Humboldt recordándole su estadía en Quito en compañía de don Juan de Larrea y Villavicencio y otros personajes (Keeding, Uckehart: Surge La Nación, Banco Central del Ecuador, Quito, 2005, p.546 y 566568). Don Pedro de Urquinaona fue alto empleado de los Virreyes Ezpeleta y Mendinueta. Educado en España. Hidalgo. En España también desempeñó altos cargos y fue enviado a pacificar la Nueva Granada en la Revolución Independentista, en 1812, como Comisionado Regio, en reemplazo del Protomártir don Antonio de Villavicencio, pero renunció al saber de las atrocidades de los españoles en Venezuela. Según Jaime García Maffla en la “Gran Enciclopedia de Colombia”, es autor de uno de los más logrados sonetos colombianos y de la legua española: “A Jesús Crucificado”, aunque también se ha dicho que su autor es el poeta portugués Manuel de Nóbrega. José Miguel Rivas Sacconi dice que Urquinaona lo tradujo en 1808 (Biblioteca Luis angel Arango, Bogotá). Falleció en 1834. En el Boletín de la Academia Nacional de Historia de Venezuela, se escribió el artículo: “Un Americano al servicio de España: don Pedro de Urquinaona y Pardo”, Caracas, 1959.
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En 1806, don Pedro de Urquinaona reclama por los derechos de aduana que le exigieron en Santa Marta, de mercancía llevada de Cuba, con destino a Maracaibo, en asocio con Esteban Balanqué, Maestre de la Goleta llamada Rosalía. (Archivo General de la Nación, Bogotá, Ver: CD room. Base de Datos Varios Fondos. N° 27). Don Pedro de Urquinaona había prestado declaraciones de vita et moribus en Madrid, para el ingreso de don Joaquín Montúfar y Larrea, IV Marqués de Selva Alegre, como Caballero Pensionista de Carlos III, en 1815. Prestó declaración en el mismo expediente, el guayaquileño don José Joaquín de Olmedo, Diputado a las Cortes de Cádiz en 1812. El mencionado don Joaquín Montúfar y Larrea era hijo de don Juan Pío Montúfar y Larrea, lider del movimiento revolucionario de Quito del 10 de agosto de 1809. Don Pedro de Urquinaona y Pardo, Comisionado de la Regencia Española para la Pacificación del Nuevo Reino de Granada, escribió las “Memorias de Urquinaona”, uno de cuyos ejemplares se conserva en la Biblioteca de la Academia Colombiana de Historia, libro publicado en Madrid, Editorial América, 1917. La primera edición se realizó en Madrid, en 1820, en la Imprenta Nueva, calle de la Concepción N° 9, con el título original de: “Relación documentada del origen y progreso del trastorno de las provincias de Venezuela, hasta la exoneración del Capitán General don Domingo Monteverde, hecha en el mes de Diciembre de 1813 por la guarnición de la plaza de Puerto Cabello. Escribióla don Pedro Urquinaona y Pardo, etc., etc., etc.”. En el prólogo de la edición de 1917 dice que Urquinaona era Oficial de la Secretaría de Estado y del Despacho de la Gobernación de Ultramar, y Secretario del Rey con ejercicio de decretos. De estas tareas de alta burocracia lo sacó la Regencia Española en 1812 y, por orden del 25 de diciembre, se le nombró Comisionado para la pacificación del Nuevo Reino de Granada. Desembarcó en Venezuela donde permaneció bastante tiempo como para enterarse con riqueza de pormenores del movimiento y carácter de la revolución de Venezuela del 19 de abril de 1810, cuando los ciudadanos de Caracas depusieran al Capitán General Vicente Emparán. Don Francisco de Urquinaona y Pardo Don Francisco de Urquinaona y Pardo nació el 13 de diciembre de 1787
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en Santa Fe de Bogotá. Presentó informaciones de Colegial del San Bartolomé el 15 de marzo de 1803 (N° 1923, pg. 774). Recibió tonsura clerical y 4 menores órdenes en Popayán, los día 27 y 29 de enero de 1809. Era Bachiller, Colegial del Real Mayor y Seminario de San Bartolomé. Probó legitimidad, confirmación, vida, costumbres, conducta y tenía la edad cumplida. Estaba domiciliado en el Arzobispado de Santa Fe. Esto ocurrió en Santa Fe de Bogotá, el 6 de diciembre de 1808. (Archivo General de la Nación, Colombia, Arquidiócesis de Popayán, “Archivo Histórico”, microfilm, rollo 327, legajo 6142-6152). Según datos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, de Bogotá, fue poeta de ocasión y feliz improvisador. Cantó a los próceres. Ocupó altos cargos públicos y, a pesar de ser bolivariano, fue preso por Bolívar. Con Santander fundó la Logia Masónica N° 1, de Bogotá. Su poesía la publicó “La Guirnalda” de José Joaquín Ortiz. Fue preceptor del célebre Literato e Historiador José Manuel Groot y Urquinaona, su sobrino. Un don Francisco de Urquinaona, junto con don Pedro Groot, fue procesado en Colombia, luego de las asonadas y luchas pro independentistas de su país. Desconocemos si se trata de nuestro biografiado o de su padre don Francisco Ignacio de Urquinaona. Don Francisco de Urquinaona, junto con Antonio Nariño, Antonio Ricaurte y Primo Groot fueron negociantes y exportaron quina naranjada en 1803 y 1808. (Dato cortesía del Dr. Xavier Gomezjurado, Quito, Ecuador). Existe una carta del sabio colombiano Francisco José de Caldas, a Benedicto Domínguez y Francisco Urquinaona, de 28 de Abril de 1812, en la que Caldas hace una descripción de la ruta Santa Fe-Tunja y la acertada observación de que la espaciosa explanada correspondiente a la Sabana de Bogotá fue en el pasado el fondo de un lago en el que los cerros de Suba, Tibitó Grande, Tibitó Chico y demás montecillos existentes no fueron otra cosa que islotes. (Díaz Piedrahita, Santiago: Nueva Aproximación a Francisco José de Caldas, Academia Colombiana de Historia, Bogotá, 1997, pg.181). En 1825 existe un oficio de don Francisco Urquinaona, vecino de Bogotá, solicitando plazo para el pago de dineros al Ministro del Tesoro Público. (Archivo General de la nación, Colombia, CD Room. Bases de Datos de Varios Fondos).
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Don Andrés de Urquinaona

Don Andrés de Urquinaona, comerciante español, es mecionado en la Historia Eclesiástica y Civil de Nueva Granada, tomo II, pg.302, por José Manuel Groot. En 1797, don José Andrés de Urquinaona, apoderado del Convento de San Francisco, de Honda, hace representación sobre cantidad de pesos que tenía en depósito el Tesorero de Diezmos y que pertenecen al Convento en razón de un censo que reconoció don José Joaquín de la Granja (Archivo General de la Nación, Colombia. Ver: CD-room. Base de datos Varios Fondos). Don Andrés de Urquinaona fue miembro de la “Junta de Secuestros” que “se encargó de dejar en la miseria a los huérfanos y viudas de los condenados a muerte en 1816” en Bogotá, “y en la indigencia a los que merecían ir al destierro a las filas de las tropas del Rey”. La “Junta de Secuestros” tenía por miembros, entre otros, al Gobernador Casano, Martín Urdaneta y Tomás Tenorio. Este tribunal tenía como secretario a Vicente Rojas y funcionó en la “Casa de la Botánica”, al oriente del Observatorio, donde murió el sabio Mutis, casa que hoy existe en Bogotá reconstruida en el siglo XIX. (Dato cortesía del Sociólogo Xavier Gomezjurado, Quito). Don José Andrés de Urquinaona, Vocal de la “Junta de Secuestros”, fue comisionado por ella para secuestrar los nuevos libros de propiedad del sabio colombiano Francisco José de Caldas, en Bogotá el 18 de Junio de 1816, para luego rematarlos. Urquinaona los secuestró en donde se encontraban: el Palacio Virreinal, donde a la sazón se halaba aposentado el General Pablo Morillo, más tarde Conde de Cartagena y Marqués de La Puerta (Díaz Piedrahita, Santiago, Director de la Academia Colombiana de Historia en 2008: Nueva Aproximación a Francisco José de Caldas, Academia Colombiana de Historia, Bogotá, 1997, pg.256. Este libro nos lo obsequió en Santa Fe de Bogotá el mencionado Dr. Santiago Díaz Piedrahita, a quien agradecemos). Doña Francisca de Urquinaona y Pardo En la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, Colombia, se dice que perteneció a familia de comerciantes y funcionarios reales. Fue alumna del Colegio La Esperanza. Casó con Primo Groot de Var243

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gas Machuca. Tuvo como hijo a José Manuel Francisco Antonio del Pilar Groot Urquinaona, nacido el 25 de Diciembre de 1800 en Bogotá, bautizado el 28 de Diciembre de 1800 en la Catedral. En 1826, doña Francisca de Urquinaona y Pardo seguía autos sobre tierras en Bogotá (Archivo General de la Nación, Colombia. Ver: CD room. Base de Datos de Varios Fondos). Su hijo, don José Manuel Groot y Urquinaona, fue pintor, escritor, historiador, educador, periodista. Falleció en Bogotá el 3 de Mayo de 1878. Los Groot eran de origen holandés, radicados en España desde varias generaciones atrás. Don José Manuel Groot y Urquinanona, según la Enciclopedia Espasa, recibió esmerada educación y colaboró con periódicos desde muy joven. Biografiado por Miguel Antonio Caro, él opina que quizá se trate del escritor público más fecundo de Colombia. Su obra principal es la Historia Eclesiástica y Civil de la Nueva Granada (Bogotá, 1869), que describe la Historia de Colombia, desde la conquista española hasta la disolución de la Gran Colombia. Don Manuel de Urquinaona y Añes Don Manuel de la Concepción de Urquinaona y Añes perteneció a otra familia Urquinaona, distinta de la anterior. Nació el 23 de Diciembre de 1784 en Maracaibo. Presentó informaciones de Colegial del San Bartolomé el 15 de Marzo de 1803 (N° 1922. Pg.773). Fueron sus padres: Francisco de Urquinaona Díaz, nacido el 29 de Marzo de 1755 en Cádiz, España. Vecino de Maracaibo. Fue Padre de Menores, Síndico Procurador General, Alcalde Ordinario y Alcalde de la Santa Hermandad, en dicha ciudad. Y, Juana Tomasa Añes y Arrios, vecina de Maracaibo. Casaron el 25 de Mayo de 1778 en la misma Maracaibo. Abuelos paternos: Francisco Urquinaona Quirezaeta y Manuela Díaz Delfín. Casaron el 20 de Junio de 1738. Abuelos maternos: Diego Añes Franco, natural y vecino de Maracaibo, Teniente de Milicias, y Andrea Arrios, natural y vecina de Maracaibo. Bisabuelos paterno-paternos: Francisco Urquinaona y Antonia Quirezaeta.

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Bisabuelos paterno–maternos: Diego Félix Días y Juana Delfín. (Datos enviados por el Genealogista colombiano Dr. Juan Francisco Mantilla, Bogotá). Apenas encontramos en el Archivo General de La Nación, de Colombia (CDroom. Base de Datos Varios Fondos), que en 1818, don Manuel Urquinaona era Escribiente de la Secretaría de Cámara del Virreinato de Nueva Granada y solicitaba se le confiera un empleo que corresponda a su antigüedad y méritos, solicitud fechada en Bogotá.

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DISCURSOS ACADÉMICOS

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BIENVENIDA A ALICIA ALBORNOZ BUENO COMO MIEMBRO CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA Fray Agustín Moreno Proaño Son ya más de veinte años que tuve la suerte y el privilegio de conocer a Alicia Albornoz Bueno. Ella estaba entusiasmada ante el descubrimiento de una extraordinaria figura de la historia de América, el franciscano flamenco Fray Pedro de Gante, el cuarto centenario de cuya muerte fue celebrado en 1972 en todo el mundo, pero de manera singular en México, que le considera como el padre espiritual de la gran nación azteca y el mayor de sus benefactores. Quedé asombrado de sus exhaustivos conocimientos sobre la vida y la obra de Fray Pedro. Estaba, sobre todo, ilusionadísima en descubrir y transcribir una de las joyas bibliográficas más raras y valiosas en la historia de la cultura: “el Catecismo en figura” del eximio lego franciscano, compuesto para la evangelización de los indios aztecas, entre 1524–1526. Para esa labor dificilísima, doña Alicia tenía la suficiente preparación académica, la colaboración de historiadores y lingüistas y una tenacidad admirable, basada en una convicción interior, que bien puede expresarse con la paráfrasis de un bello verso de Juana de Ibarburú, cuando dijo que “un ancho amor por la cultura en la sangre nos viene”. Una primera versión de la vida y del Catecismo de Fray Pedro de Gante fue publicada en 1989 en Quito. A los méritos literarios e investigativos se unen la genuina admiración por el personaje y los aportes que él hizo en el nacimiento del nuevo México a partir de la conquista española. Luego doña Alicia volcó sus talentos a la interpretación lo más precisa posible, de la imagen de nuestra Señora de Guadalupe, aparecida al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, imagen que constituye el eje del alma religiosa de los mexicanos. Para la canonización de Juan Diego por el Papa Juan Pablo II, se hicieron prolijos estudios documentales, con el rigor acostumbrado en los tribunales vaticanos. Todo eso unido a numerosas pruebas científicas, suministran unas con249

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vicciones irrefutables sobre la muy singular protección de la Santísima Virgen María sobre México y sus hijos. Doña Alicia Albornoz Bueno domina este tema y ha escrito sobre él, páginas vibrantes de ternura y convicción. Para la incorporación en nuestra Academia Nacional de Historia, ha escogido un tema muy novedoso relativo a los orígenes lejanos de nuestra nacionalidad y a los primitivos habitantes de nuestro suelo patrio, El discurso es una genuina filosofía de la Historia, que, al mismo tiempo que destaca las particularidades de nuestro modo de ser, no olvida lo que es parte de nuestra pertenencia a una única especie humana. Cada siglo que avanza, la Historia va utilizando más los aportes de la Etnografía de la Antropología, de la Arqueología, de la Lingüística, de las migraciones de la incesante caravana humana y de su imparable movilidad. Las ideas y constataciones que Doña Alicia nos entrega dará pie a fecundos diálogos que enriquecerán el ayer y el hoy ecuatorianos. Tangencialmente estimularán investigaciones sobre los posibles orígenes de los primeros pobladores de la sierra, costa y oriente y removerá viejas creencias sin mayor sustento evidencial. En el año centenario de su fundación, os da la bienvenida a su seno, la Academia Nacional y de Historia y está segura de que vuestra presencia y vuestros escritos le llenarán de gloria y de prestigio. ¡Bienvenida, Señora!. Quito, 13 de Noviembre de 2008

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SÍMBOLO, MITO Y METÁFORA TRANSMISORES COMUNICANTES EN LA HISTORIA TUPO, TOLA Y MINGA ELEMENTOS SACROS DE LA CULTURA ANDINA

Alicia Albornoz Bueno Nuestra misión, de hecho nuestro principal deber es (…) buscar lo que hemos perdido, una orientación en nuestro mundo y la dirección que debemos seguir. El problema del significado de la historia es el problema del significado del hombre, el problema del significado de la vida humana.” “En el centro se encuentra el germen del hombre inmortal”.
Erwin Rousselle Erich Kahler

La Historia permite diversas lecturas e interpretaciones. Con el manejo de la Simbología, esta visión se enriquece. Símbolo, metáfora y mito abren otras perspectivas para el estudio de esta disciplina. Como expresiones analógicas, el símbolo y la metáfora permiten la entrada en otros planos del lenguaje y estratos de la realidad; coadyuvan a trascender lo material para alcanzar el ámbito espiritual. Conciernen al hombre y lo llevan al terreno de lo trascendente, de los valores, de lo primordial en la existencia. De la misma manera, la Historia de las Religiones ofrece pautas importantes para esclarecer hechos históricos; conforma la crónica del hombre y de su esencia espiritual, que se vincula al sentido de la vida. Indaga en las raíces de un pueblo, de una cultura, y del propio ser. Llega a la historia del espíritu humano y a la unidad universal del
* Discurso de incorporación a la Academia Nacional de Historia como Miembro Correspondiente. 13 de noviembre de 2008. Sede de la ANH, Quito.

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hombre y de las culturas: a la esencia de la condición humana; al sentido profundo de las cosas y a la dignidad del hombre. La Historia de las Religiones esclarece el desarrollo espiritual de los pueblos. El estudio de la Historia de las Religiones implica el conocimiento de la Historia Universal,1 puesto que existe “una unidad en la historia de la mente humana” 2 y la historia espiritual. La unidad fundamental del fenómeno religioso con el individuo es un hecho histórico. El dato del acontecimiento histórico per se, poco significa si no se refiere al hombre y su cultura. Es esencial la conciencia histórica. Pero la visión de la Historia debe revisarse y tal vez re escribirse. Hay quienes consideran que el término “Historia” se aplica a la narración de los acontecimientos humanos y su recopilación, más que a los hechos mismos. En cambio, Erich Kahler afirma que la “historia ha de entenderse como el acontecimiento mismo, no como la descripción o investigación de él” 3. En la definición de J. H. Robinson, la Historia redime todo lo que sabemos acerca del hombre: lo que ha hecho, pensado, expresado o sentido. Y todo lo relativo a la conciencia humana. Tiene también su fase social y psicológica. El símbolo está hondamente vinculado a la Psicología, de allí su relación con la Historia. Puesto que el hombre es el objetivo de la Historia, el terreno de la Simbología o el estudio del significado de los símbolos –tan ligado al interior anímico del hombre y a su aspecto espiritual- cobran especial relevancia. Bajo esta perspectiva, la disciplina adquiere nueva importancia. Su visión tendrá que ver con la vida del individuo y no sólo de su comunidad; con la Religión y la moralidad; con lo que permanece más allá de los hechos transitorios y la división cronológica de períodos. El historiador Robinson predijo que la Historia se nutriría de los descubrimientos de antropólogos, psicólogos, sociólogos y economistas, para conocer mejor los orígenes y la existencia de la humanidad. Se concibe como Historia los relatos escritos acerca de una cultura.4 Pero esto no debe corresponder únicamente a lo que se plasma a través de alfabetos, ya que existen otras formas de expresión, como los
1 Mircea Eliade, Historia de las Ideas Religiosas, p. xvi. 2 Idem. 3 Erich Kahler, ¿Qué es Historia?, p. 14. 4 Idem.

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símbolos o los jeroglíficos.5 El lenguaje de éstos, propios de las antiguas culturas, está profundamente relacionado con la Simbología. Existen también imágenes hermenéuticas, secretas, plenas de contenidos, que rescatan la sabiduría original. M. Maier destaca que son ideogramas que se dirigen a los sentidos; contienen el lenguaje de sabiduría transmitido por una élite de generación en generación. No obstante lo reducido en número de los elementos expresivos en estas figuras, su contenido significante es amplio. Preservan desde épocas remotas los conocimientos sacros del mundo. El Tupo andino, por ejemplo, representa el misterio de la vida. Es un discurso sin palabras, como afirma Roob6 de las imágenes hermenéuticas. Un estudio de muchos temas en síntesis máxima. Comprendidos los símbolos y los mitos, la visión de las tradiciones y de los hechos históricos se modifica, y los antiguos ritos adquieren coherencia y significado. El mundo es regenerado por los ritos; y no sólo la vida de un pueblo sino la existencia del ser humano en el planeta; y el planeta mismo. El Cosmos se regenera y la vida continúa. Señala Heinrich Zimmer que el destino del hombre ha sido depositado en símbolos y arquetipos7, razón suficiente para considerarlos como básicos en el estudio de la Historia. Mucho podría revelarse acerca de los pueblos y culturas indígenas de América analizando el lenguaje y los significados de los nombres locales, que reflejan el entorno histórico y cultural con mayor precisión. La nomenclatura es también reveladora por sus imágenes metafóricas que exponen el ámbito psicológico de sus pobladores.

DOS FORMAS DE PENSAMIENTO En el enfrentamiento entre Europa y “el Nuevo Mundo” convergen dos formas de pensamiento: el analítico, de origen griego, y el analógico propio de las culturas orientales y de algunas etnias de América.8

5 En cuanto al nombre de “jeroglífico”, el egipcio Horapollo en el siglo V d.c. escribió un tratado acerca de la escritura secreta; esta obra se llama Hierogliphica y trata acerca de esta escritura. Se les ha llamado así mismo jeroglíficos a las figuras expresivas de lenguaje provenientes del mundo americano. 6 Alexander Roob, op. cit. 7 Heinrich Zimmer, artículo “The Significance of Tantric Yoga”, en Spiritual Disciplines, Princeton University Press 8 El pensamiento chino concibe la correlación de las cosas como un factor de orden.

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Al estudiar las culturas indígenas americanas es prudente considerar el pensamiento analógico y por lo tanto el símbolo y el mito como elementos esclarecedores, puesto que determinan el ámbito psicológico de una cultura. Es también necesario conocer las culturas orientales como antecesoras de algunas etnias de América.9 1. El Árbol Existen símbolos universales o arquetipos. El árbol, como metáfora, manifiesta la verticalidad del ser humano y la posibilidad de trascender. Conector de tierra y cielo, es imagen del individuo. Surge el Árbol Cósmico como refiguración no sólo del hombre sino del Universo y su Totalidad; expresa la posibilidad de la vida renovante. A través de lo dual en el árbol, el hombre llega al concepto de la Unidad y del “centro”. Tres mil años a. C. existía ya el concepto del Árbol Cósmico, sostén del Cosmos, punto y eje fijo de lo no cambiante y estable.10 Se vincula a la vida, al eje cósmico, al Paraíso. II. LOS SÍMBOLOS SACROS

2. El Laberinto En la Historia de los pueblos ciertas figuras claves son reveladoras de lo anímico. El Laberinto, por ejemplo, denota la vida como búsqueda de un “centro”, lugar de la luz, el origen y la verticalidad; implica una protección y un núcleo donde el espacio claro se abre al cielo. Es imagen de las pruebas que vive el ser humano en busca de su propio centro, donde se encuentra lo verdaderamente importante de la vida. El concepto e imagen del centro tiene importancia especial en la Simbología. Lo externo lo resguarda. El núcleo se identifica con la toma de conciencia, y el arribo a la luz del entendimiento, la inteligencia y el Conocimiento. El centro del laberinto precisa lo solar. 3. El Sol El laberinto se relaciona a la figura del Tupo, elemento simbólico del sol en la culturas andinas. En muchos pueblos antiguos, el sol, como centro, es imagen de la divinidad. El astro se figura en la Simbo-

9 Joseph Campbell, Oriental Mythology, The Masks of God, p. 47 10 Árbol, fuente, isla, serpiente, montaña, se identifican en los antiguos pueblos y coinciden en este lenguaje relacionado al tesoro de la Vida.

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5. Mandala Jung se percató de la presencia de figuras circulares utilizadas en la India como representativas del Universo: los “mandalas”, y percibió su correlación con lo anímico del hombre; estos círculos concéntricos son también imágenes propias de las antiguas culturas de América. A esta forma pertenece la figura hermenéutica del Tupo. Desde la era Paleolítica se tiene noticias de mandalas en diferentes latitudes.

4. Dualidad y figración del Universo El hombre, al percatarse de la dualidad ligada a los Orígenes, concibió la pareja primordial, cielo y tierra, el matrimonio sacro, que aparece en representaciones distintas de múltiples culturas. La dualidad se expresa con imágenes que revelan conceptos provenientes de la remota antigüedad de Mesopotamia y se encuentran en todos los pueblos, en especial en los orientales. En China se determina como el yin (femenino) y el yang (masculino), cuya conjunción conforma la Totalidad. La conjunción de la dualidad resume la Unidad. Mientras existe esta Totalidad, perdura la vida. El retorno a la Unidad conlleva la toma de conciencia de la unidad esencial del Universo, y de la unidad anímica del hombre; y del ser humano con el Universo y sus creaturas. Al tomar conciencia de lo circundante, el individuo se percata de la similitud entre su vida y la Naturaleza; se percibe profundamente ligado al mundo que lo circunda. El Misterio del Universo se le revela con imágenes que devienen sagradas; la figura representativa simultáneamente refiere el universo externo como el particular. Lo cósmico y el hombre se identifican. La coincidencia de los opuestos constituye la vida; el ser humano se encuentra en medio de estas oposiciones. La comprensión de este Misterio constituye una Revelación en que se percibe la continuidad de la existencia. La Vida y el Cosmos están condicionados por la dualidad cuya conjunción conforma la Unidad del Universo, así como la íntima unidad del hombre; l. La dualidad da lugar a la disyuntiva y a la lucha interna anímica (de donde nace la creación artística). Estos conceptos y figuras forman parte del Conocimiento Sacro.

logía como un círculo o una piedra sacra, como entre los Incas,11 y como aparece en el tupo circular.

11 El sol se representa en muchas culturas por un ave local que con su vuelo conjuga tierra y cielo La imagen expresa la elevación y lo espiritual del vuelo solar.

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Manifiestan la dualidad figuras geométricas como el círculo, para exteriorizar lo espiritual, y el cuadrado para figurar lo terrenal o cuaternario, con los cuatro puntos del espacio. En conjunto, también conforman un “mandala”, representación del Universo y la Totalidad. A este grupo pertenece la tola, el montículo con la plataforma cuadrada en la cúspide. Tupo y tola coinciden en un mismo lenguaje. 1. Bastón de mando Una serie de objetos se tornan sacros y representativos del Orden Universal. El bastón de mando, imagen del Árbol Cósmico, denota la autoridad y el orden. Une cielo y tierra, expresa la armonía12, la continuidad de la existencia. Constituye el eje de estabilidad, imagen del axis mundi que sostiene al Universo y que hace posible la vida del lugar. En su sentido de árbol, el báculo significa transmutación. Resume la verticalidad esencial. Es la vara, de varah en sánscrito, el rayo – también símbolo unificador de cielo y tierra. III. OBJETOS SACROS DE LA CULTURA ANDINA

2. El tupo El tupo como mandala, imagen solar y representación del Universo, cobra especial relevancia. Puesto que no existe la o en quechua, el vocablo original es tupu.13 Desde los cronistas más antiguos pasó inadvertido su hondo significado religioso. En el siglo XVI, en su Crónica del Perú, Cieza de León, como otros, lo denomina “palabra quechua que designa un largo alfiler que se usa para sujetar las ropas.” 14 Unos sujetan la pachalina. Otros, redondos, tienen el alfiler en el anverso y se usan sobre la faja que sostiene el anaco o falda. Se observan también tupus duales, que se usan como par y recalcan la dualidad.15 Figura de círculos concéntricos, el Tupo es un mandala que marca un centro, y se caracteriza por el largo alfiler que lo sostiene. Pero el Tupo además tiene otros contenidos, que a través de la Lingüística, la Simbología y la Historia de las Religiones se pueden esclarecer.
12 Es la vara, de “varah” del sánscrito, el rayo, también símbolo que une cielo y tierra. 13 Ulloa en 1738 “registró las voces tupu y tupo, considerando esta última corrupción de la primera.” Según el Diccionario de Folklore, pp. 95, 96. 14 Pedro Cieza de León en la Crónica del Perú, p. 192. 15 Stevenson en 1808 los designa como “dos grandes alfileres”. Idem.

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La palabra Tupu en quechua significa “medida”; es figuración de la “mesura”, el justo medio, el centro. Revela la conjunción de los opuestos, de cielo y tierra. En esencia denota el equilibrio, la armonía. Al traducir el vocablo como medida, se entiende porqué, además de los tupos redondos, con el centro marcado por una piedra (“preciosa”) de color, existen tupos en forma de cucharas. La “cuchara” es la “medida”. Y se relaciona a aquello que nutre.16 Los círculos externos del mandala representan lo periférico y temporal.17 El centro expresa lo trascendente. La imagen se vincula al símbolo del laberinto. Entre otras cosas, denota el camino del hombre hacia el centro de luz; el paso de lo temporal a lo eterno. Es un mandala de antiguo origen tibetano. La piedra central refleja lo permanente; el “centro” corresponde a la montaña sacra de los inicios de la Creación, de acuerdo a diversas tradiciones. Según Platón, la figura del centro con los círculos concéntricos (como la imagen del Tupo), era el antiguo símbolo de la Atlántida. Vistas a la luz, las perforaciones en el Tupo metálico representan las estrellas. La forma circular es imagen del cielo: evoca el sol y la luna. Desde la antigua China los círculos concéntricos figuraban los cielos. Sin comienzo ni fin, el círculo es la forma perfecta; símbolo sacro, concierne al dominio espiritual. Sol, luna y estrellas conforman el Tupo: el sol se expresa en lo circular y en las diversas circunferencias que encierran el centro; la luna, en los círculos concéntricos, y en las figuras de hojas cinceladas sobre éstos: la vegetación se rige por la luna. Como elemento vegetal refiere también la tierra y la fecundidad: la vida. a) Mandala y Tupo Al igual que el claro del Laberinto, el Tupo expresa el centro liberador de la unidad o totalidad integrada; y el triunfo sobre la dualidad y lo material, el centro; ejemplifica lo espiritual y trascendente. En la imagen, lo múltiple conduce a lo Uno. En el centro se conjugan muerte y vida (renovación), trascendencia e Iniciación. El Tupo manifiesta un lenguaje complementario (sol y luna) de
16 En esto existe una relación al ombligo nutriente que refiere el centro del Tupo. 17 Como dato curioso, imagen similar utiliza Santa Teresa en Las Moradas como representación del camino hacia la perfección.

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b) Tupo y laberinto Imagen del laberinto, el Tupo participa de su simbolismo. Como en el claro del laberinto, en la piedra central del Tupo se encuentra el centro vinculado a la luz y la conciencia-conocimiento. Expresa Behaeghel que el laberinto es la madre Tierra a la que el individuo retorna para volver a nacer. El mismo significado tiene el Tupo. Los pasos referidos en el laberinto, y en las circunferencias, manifiestan las escalas en el Conocimiento hacia la Luz.20 Es un símbolo Iniciático. Muerte y resurrección se conjugan en el Laberinto, en el mandala y en el Tupo, como también en el Bastón de mando, con su memoria de árbol, de raíces y tierra, anunciando un re-nacimiento, una Iniciación. Son éstas figuras de umbral. El centro del Tupo marca el lugar del equilibrio de las fuerzas contrarias denota la armonía; expresa el lugar de la justicia y la virtud. Lo cambiante corresponde a lo que pertenece a la circunferencia externa, que expresa la rotación (movimiento de la rueda, la “rota”), frente a lo fijo del punto central que corresponde a lo inamovible y permanente, reflejado en el centro del Tupo, así como en el alfiler con su función de eje cósmico y sostén del Universo. El alfiler, por analogía, se vincula al rayo solar que determina la energía vital. Lo temporal externo se manifiesta por la circunferencia exterior que refiere lo mundano; el centro, marcado con la piedra determina lo Eterno. Este punto se presenta en distintas tradiciones como el sol, que a su vez es un símbolo. Revela el centro del mundo, el Principio divino.21 No puede existir la circunferencia, lo externo, sin el cen-

triunfo sobre la dualidad y búsqueda de la unidad en el hombre18. Proviene este símbolo de la filosofía tántrica del cuarto siglo de nuestra era, que influyó en la India y en la China budista, y alcanzó el Japón, pero cuyas raíces datan del siglo primero d.C.19

18 De manera similar que la imagen del águila y la serpiente. Ambos son símbolos de concentración de los poderes divinos. 19 Como el mandala o los pequeños bonsáis que refieren el Universo, el Tupo constituye un auxiliar en la meditación de lo auténticamente importante en la existencia. 20 En el individuo se concentra la decisión de permanecer en las tinieblas o de pasar a la luminosidad de la Iniciación. “Somos el laberinto”, como dice Behaeghel, y de una cierta manera decidimos entre el camino del exterior de sombras y tinieblas o el centro de luz. 21 Idem. p. 64

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tro. Todo emana de allí: “el punto es el emblema del Principio, el círculo lo es del Mundo”; “los círculos concéntricos representan los diferentes estados o grados de la existencia manifestada”.22 Lugar del sol, centro, centro del Mundo, coinciden en el punto medio del Tupo. El centro es también imagen de la ciudad primordial,23 del Paraíso. Anota Guénon24 que existe en el ser humano una aspiración de retorno al centro creador, al motor o semilla de la Vida.25 De allí emana la fuerza vital. Se identifica también con la tierra propia como lugar de origen y sitio de estabilidad. El Tupo es un símbolo solar, pero su significado es más vasto y profundo. Nada existe sin el Principio Supremo. El Tupo no sólo expresa la rueda de la vida sino la rueda de la Luz, de la Justicia y el Orden, del equilibrio, de la paz, porque en el centro se concilian los contrarios. Denota el lugar sagrado por excelencia. Resume la armonía, el poder y la energía vital. Representación del hombre y su dualidad, el Tupo expresa lo cósmico y lo anímico. c) Espejos mandálicos En China, imágenes idénticas a las de los tupos andinos se encuentran cinceladas detrás de espejos de mano de remota antigüedad. En la Simbología, el espejo expresa la conciencia. Mandala, Tupo y espejo determinan el autoconocimiento, la conciencia, el encuentro individual, como sucede con el símbolo del Laberinto. Y si “especulamos” (palabra latina origen del vocablo “espejo”) el porqué del símbolo mandálico detrás de los espejos chinos, lo relacionamos con los ritos de Iniciación donde eran utilizados. Se conectan a la investigación, al conocimiento y a las sociedades secretas.26 Instrumentos de la Iluminación, símbolos de Sabiduría, de la mente creativa, expresan la revelación de la identidad; símbolos solares y a la vez lunares, al igual que el mandala o Tupo, reflejan la luz. En la China taoista servían de protección. Los espejos eran sagrados; se relacionan al alma y al autoconocimiento, como el Tupo. En los espejos de mano, también asume expresión simbólica la presencia de anverso y reverso, conjunción que refle22 René Guénon, Symboles de la Science Sacrée, p. 63 23 Idem. 24 Idem., Guenon, op. cit. 25 Mircea Eliade ahonda el tema en su libro Imagen y Símbolo. 26 Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, Diccionario de Símbolos

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e) Luna: Medida El Tupo, como “medida” se identifica con la luna, “el instrumento de medida universal”.30 “La luna mide, pero también unifica sus “fuerzas”.31 Se vincula a la mujer, a la fertilidad y la Iniciación. La conjunción de sol y luna determina la Unidad; refieren los dos ritmos astrales, los dos centros de energía sacrocósmica. Desde antiguas épocas, el círculo (imagen de la perfección, sin inicio ni fin) encierra la región sacra. La piedra consigna el lugar de lo sacro. El Tupo como mandala tiene carácter protector del individuo. Es un amuleto que determina una defensa en quien lo porta mientras solidariza a su dueño con el Cosmos. Manifiesta lo histórico y determina la condición psíquica de la persona que lo lleva. Tiene ante todo una función estabilizadora, unificadora; es imagen de armonía. En el Tupo la existencia humana se refleja en dos planos paralelos: el de lo terrenal, del devenir, referido en los círculos concéntricos;
27 Gregorio de Niza apud. M. M. Davy, L´Arbre p. 71, cita: “El hombre porta en sí la humanidad, contiene también el cosmos.” 28 Barry Fell, Saga América. 29 Heine Geldern y Evans Meggers apud. W. Marschall INFLUENCIAS ASIÁTICAS en las culturas de la América Antigua, p. 71. 30 Mircea Eliade, Tratado de Historia de las Religiones, p. 150. 31 Idem. , p. 151

d) Tupo, árbol. laberinto Como expresión de un “centro” que determina la “Vida” y refiere el punto de los Orígenes, la simbología del Tupo coincide con la del Árbol, la del Laberinto y de los mandalas orientales. Manifiesta la unidad de los opuestos; revela el haber trascendido de la dualidad a lo Uno.

ja la dualidad en el hombre y el Universo. La figura del Tupo mandala (al igual que el espejo), refiere el autoconocimiento como prioridad y condición del encuentro individual; viene a ser “el reflejo de la verdad”.27 Importantes migraciones de China al Ecuador se llevaron a cabo principalmente durante la dinastía Han.28 Ya desde el siglo X a. C. existen evidencias de la influencia china en América: Geldern y Meyers sostienen que las influencias “asiáticas más antiguas, se tienen que datar al principio del tercer milenio antes de nuestra era”.29

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g) Tupo, ombligo, centro y piedra El Tupo es un símbolo de continuidad y renovación de la vida,33 relacionado al ombligo nutriente y cósmico, el omphalos, referente del inicio de la existencia y el Paraíso. Como imagen de centro revela la posibilidad de conocimiento no sólo del lugar sino del individuo. Como mandala, lleva a la meditación y al hallazgo del centro, propio del sitio de una fundación, y de carácter existencial y ontológico. En el centro del Tupo se encuentra la piedra, que en la Simbología expresa el lugar en que se supera la dualidad y se llega a la Unidad. De allí lo sacro de una fundación.
32 “El círculo, la esfera, lo redondo, son aspectos del yo, sin principio ni fin, es la perfección primordial, sin antes ni después, sin tiempo”. 33 Hermanado al Jeroglífico del águila y la serpiente por su significado

f) Tupo y círculo La forma circular del Tupo corresponde tanto a los orígenes como al final; se asocia al espíritu y refiere los inicios de la vida de un pueblo; pero también es la forma desvinculada del tiempo32 que determina un grado espiritual evolucionado. En la Psicología expresa la culminación del proceso de logro de la Individuación y corresponde en una cultura a la etapa del desarrollo del yo superior. Tiene que ver con la identidad y la conciencia superior del ser humano. El Tupo, además de representación solar, es imagen lunar con su característica de innovación, fertilidad y vida. Al conjugar sol y luna, identifica la Totalidad y la Perfección. En los dos elementos astrales se encuentra la expresión luminosa, y en ésta se concentra el Conocimiento y la Sabiduría, el Renacimiento y el Despertar. Asociado a la luz está el consciente, y la posibilidad de recuperar la conciencia de la propia identidad. Como “medida” el Tupo se vincula a la posibilidad de orientación material y espiritual; es una especie de brújula que refiere siempre la mesura y el lugar del centro y otorga su amparo. La posibilidad de orientación hace libre al hombre; por ella se vuelve dueño de conocer dónde se encuentra, como punto referencial, y así poder ir y venir y reconocer los lugares o retornar a un sitio. La conciencia es el saberse en un lugar.

y el de lo eterno, lo permanente en el centro. En esta imagen destaca la importancia de los valores espirituales en las antiguas culturas.

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La forma redonda de la piedra era venerada entre los Incas como representativa del sol, de la divinidad. Con su solidez determina lo inamovible, la trascendencia. Expresa el centro. De allí que represente una fundación.34 Al igual que el mandala, el Tupo invita a quien lo posee a centrarse en las cosas importantes de la vida. Insta a la moderación del justo medio; allí radican los valores; denota el centro psíquico de la personalidad y el logro de la Individuación35. Concentra la Totalidad externa e interna, la circunstancia y lo anímico. Conjugadas estas formas, determina el Paraíso, concepto propio de distintas civilizaciones. h) El largo alfiler Visto con un criterio analógico, el largo alfiler del Tupo simboliza el eje o axis mundi que revela el sol en su punto más alto, el cenit, aspecto clave que define la continuidad del camino solar, la permanencia de la vida. Denota el astro en movimiento, alusivo al sol vertical propio de estas latitudes; este sol equinoccial no produce sombra por sus rayos verticales, hecho importante en la religión solar. En los Tupos circulares, como algunos de aquellos que tienen forma de cuchara, es importante el alfiler que actúa como eje cósmico que expresa el Orden del Universo y el anímico. La misma función tiene el mango de la cuchara: es el sostén. Es elemento simbólico sacro por su vinculación al eje vertical del rayo solar, mismo que une tierra y cielo conformando la Totalidad y expresa la energía vital. Portan el Tupo las mujeres36 porque éstas se relacionan con la medida de la tierra, la agricultura, la semilla, la matriz, a su vez relacionada con la luna y los ciclos de la Naturaleza. La mujer, como la tierra, es portadora de vida. Y ésta se rige por el sol, la luna y los cielos que el Tupo representa. La destrucción por parte de los españoles de los elementos “idolátricos” de la antigua religión andina, soslayó el importante elemento simbólico del Tupo solar como depositario y contenedor de carácter religioso autóctono, y su hondo valor significante pasó inadvertido en virtud de su aspecto decorativo. De allí que no fuera extirpado su uso.

34 Muchas culturas cuentan con una piedra sacra como símbolo. 35 “Proceso de individuación” es término utilizado por C. Jung inicialmente y luego por otros como E. Neumann, en El Origen de la Conciencia. 36 En la Provincia de Cotopaxi, en Cuenca, en Loja entre los Saraguros.

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j) Tupo y Pichincha Sinónimo del “Tupo” es el vocablo “Pichincha”: en el gran baile del Chimborazo “las mujeres lucían grandes tupus, conocidos también por Pichinchas.” 40 El Pichincha o Pechinche, conformado por las dos elevaciones, el Rucu y el Guagua, el viejo y el niño, condensa también las etapas de la vida y su continuidad, tiene un carácter mágico y mítico, vinculado a la vida; expresa la Totalidad que permite la existencia. La conexión entre el Tupo y el Pichincha es la dualidad, presente en la montaña de las dos cumbres y en la conjunción cielo-tierra que infiere el Tupo, dualidad que constituye su sacralidad. La montaña dual resume la Unión de lo diverso, que denota el trascender lo múltiple en aras de lo Uno, concepto que refiere también el Tupo. El Pichincha, como el Tupo y la danza sacra, determinan el paso de lo múltiple a lo Uno, como la circunambulación en la búsqueda del centro en las danzas sacras al sol. IV. ORIGEN DE QUITO: LOS CARAS O CARANQUIS En remotas épocas, navegantes orientales llegaron de ultramar por el Pacífico a Manabí en las costas del Ecuador. Algunas fuentes dan como antigüedad el siglo V a. C. Pero otros asignan fechas muy anteriores. Se llamaron a sí mismos caras o caranquis. De la Bahía de Caraquez avan37 Mircea Eliade, Sources Orientales, artículo “La naissance du monde”, pp. 474-475 38 J. Chevalier y A. Gheerbrant, Diccionario de Símbolos, p. 633 39 Idem., p. 654 40 Piedad y Alfredo Costales, Los Señores Naturales de la Tierra, Seros, Quito, p. 17

i) Tupo e Iniciación Puesto que como mandala el Tupo evoca la Creación y el Cosmos, (como lo señala Eliade con relación a estas figuras simbólicas),37 desde una visión religiosa universal el Tupo es sagrado; anuncia un renacimiento, un nuevo inicio. Refiere el punto sacro de los Orígenes de la Vida. Es el ombligo nutriente. Religa cielo y tierra. Es la pauta del equilibrio que debe caracterizar toda vida humana siguiendo la armonía del Cosmos como ejemplo. De allí que denote mesura, “medida”. Como símbolo de Iniciación representa la superación individual. Desde el antiguo Tibet refleja la Vida en sus dos aspectos: material y espiritual. Es símbolo cósmico de la divinidad,38 e imagen guía que centra al hombre. Representa la ascensión espiritual.39

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a) Las tolas o tulas Las tolas eran construcciones de montículos “de variado uso y formas” (…) “piramidales, con una y hasta dos rampas de acceso”.43 Algunas de estas “rampas” se observan en las pirámides de Cochasquí, también tolas o adoratorios piramidales y muy probablemente representaciones del ámbito estelar44. Las rampas son seguramente representaciones de ejes cósmicos, por ser la tola imagen solar. Estos ejes sostienen el sol. Cumplen la misma función del alfiler del tupo. Refieren el eje cósmico de estabilidad. Determinan el sol vertical,45 y el camino, (como el camino solar). Al enterrar al cadáver en la tola-montaña, se le aseguraba la “vida eterna”, ya que la montaña es imagen que contiene y representa el axis mundi o conector de cielo y tierra, unión que asegura la continuidad del orden del Universo, que expresa la vida. La montaña refiere la caverna, imagen simbólica vinculada a la matriz y los Orígenes.46 Las montañas se relacionan al sol y su aspecto de muerte-vida y renovación. El sol, como el fallecido, también se esconde bajo la tierra para renacer. Muerte y vida se unen en la tola o Tula. Quitumbe, el cabecilla de los caras conquistó Quito. En su honor la ciudad lleva su nombre, como es propio de otras culturas en la Historia de las Religiones.47
41 ¿Existirá relación entre este vocablo y el antiguo nombre del Japón, Supango? 42 Jorge Salvador Lara, Quito en la Prehistoria 1972, Pontificia Universidad Católica deEcuador 43 Jorge Salvador Lara, op .cit., p. 18 44 Al igual que Teotihuacán en México. Como es arriba es abajo enunció Hermes Trismegistos. 45 Cochasquí era el antiguo centro sacro equinoccial. 46 La olla de barro, de tierra, es también imagen de la montaña-cueva y de la matriz. 47 En la nota de Enrique Urbano y Pierre Duviols en Fábulas y Mitos de los Incas, p. 100 “quito en aymará es tórtola.”

zaron a la península de Santa Elena, entonces llamada Sumpa41. “Migran después al norte, hasta La Tolita, ascienden a la sierra y se expanden por el altiplano andino ecuatorial”.42 A la lengua de los caras el Padre Velasco denomina lengua “quito” y advierte en ella la falta de distinción entre la letra “o” y la u”, al igual que sucede en el quechua. En su camino fundan “Jama Cuaque, Cojimíes, Atacamez y La Tolita. Eran adoradores del Sol. (Abundan las imágenes solares de oro en La Tolita). Por donde pasaban construían sus tolas. El término utilizado tanto en el quechua como en la lengua caranqui sería “Tula”, vocablo sacro antiguo de suma importancia en muchas culturas.

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Aquí los caranquis encontraron como tola natural, el cerro del Panecillo, y construyeron la del Itchimbía y la de San Juan, el templo a la luna. Una antigua tola de los caranquis conserva aún su nombre en el barrio de La Tola en Quito. Quitumbe envió a sus exploradores a poblar el Cuzco y Charcas. Según la tradición, su hijo Guayanay es “el origen de la dinastía Inca del Cuzco” 48 (…) “a través de su nieto Manco Cápac”. Los caranquis o caras, según los mitos, eran así considerados como origen de los Incas.49 Y Quito, la ciudad madre del Cuzco. Se menciona abundantemente el carácter “santo” de la ciudad de Quito,50 debido en parte a los rayos solares verticales, de suma importancia en la religión solar. Existen constancias de que los aborígenes religiosos iban hacia el norte desde el Perú en busca de la región de los rayos verticales del sol así como de las tierras de donde provenían los ancestros. Garcilaso de la Vega anota que los Incas conocían que en la zona de la línea equinoccial los rayos del sol eran perpendiculares y no hacían sombra, expresión clara del sol en el cenit, sitio supremo del astro, ubicado en el punto más alto de su recorrido. Determina este sitio como la casa del sol por excelencia. Quito “era el ombligo del Reyno”.51 Muchas ciudades se han considerado a sí mismas centro y ombligo. China era el “Reino del Centro” y coordinaba el Universo. Se encontraba en el punto en que se unen los pares opuestos. El mismo concepto se advierte en Roma, y en México52, y lo expresa también el Tupo andino y el Pichincha dual. La importancia de la imagen de centro de una fundación es universal: corresponde al ombligo nutriente del mundo, sitio de donde emana la vida.

b) Fundación incaica de Quito Los caras, caranquis o quitos fueron conquistados por los Incas en el siglo XV, pocos años antes de la llegada de los españoles. Según señala R. Guénon, una fundación sigue ciertas reglas que derivan de la ciencia sacra.
48 Jorge Salvador Lara, Quito en la Prehistoria, Revista de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, 1972, p. 15 49 Jorge Salvador Lara, op. cit., p. 21 50 Jorge Salvador Lara, op cit., p. 32 51 Idem. p. 34 52 La partícula “xic” determina el ombligo, equivalente al centro.

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Tupac Yupanqui el Inca, según la Crónica de Montesinos53, al conquistar Quito conservó el antiguo nombre al fundarse por segunda vez y “dividió la ciudad al modo ritual de los incas, en dos barrios, Huanansuyo y Urinsuyo” (…) “puso nombres a los cerros de la redonda de la ciudad: al cerro del Oriente, llamó Anac-huasqui y al del poniente, Huanacauri; al del medio Yavirac, y al del septentrión, Cayminga”. La división original de la ciudad en dos es común según la Historia de las Religiones: el hecho evoca la dualidad inicial. Reprodujo el Inca los nombres sagrados del Cuzco. Tomó posesión de la tierra y determinó las direcciones del espacio. Este rito era una especie de bendición del lugar al evocar los puntos del espacio en los nombres de los montículos. Rememoraba la ciudad sagrada de origen, el Cuzco. Pero el rito evoca la Primera Creación. La ciudad se inicia con la forma de la cruz.

c) El Yavira La antigua tola “natural” de los caranquis recibió del Inca el nombre de “Yavira” en quechua y en memoria del cerro del mismo nombre en el Cuzco: El Yavira era una guaca. Allí se armaban caballeros del Inca. “Esta guaca Yauira heran dos alcones de piedra puestos en un altar en lo alto del cerro.”54 Guaca significa santuario. La presencia de las dos aves recalcaba la dualidad. El halcón es ave de cacería vinculada al guerrero. En el ave se conjuga lo material y lo espiritual. En el Yauira, a media legua del Cuzco, el Ynca entregaba orejas de oro y mantas coloradas con unas borlas azules a los recién armados caballeros.55 En la simbología de los colores, el rojo expresa el día y el azul, la noche. La dualidad que expresa la fuerza de las dos energías. Yavira es “manadero de agua” o lugar del manantial.56 Era lugar de culto de Viracocha. Esto se explica desde la Simbología por la asociación entre el Conocimiento y el sol en el cenit, el sol del Mediodía, y la vinculación con el dios civilizador. En el lado sureste del Yavirac de de Quito se ubicaba el manantial. En la Simbología éste representa el elixir de la Vida y manifiesta los inicios, los Orígenes. A su vez, las aguas del manantial se relacionan al
53 Fernando Montesinos, Crónica de 1650, Memorias antiguas historiales y políticas del Perú”, Librería e Imprenta Gil, Lima Perú, apud por Salvador Lara, Jorge, Quito en la Prehistoria. 54 C. de Molina, Relación de las Fábulas y Ritos de los Incas, p. 106 55 Idem. 56 En la cultura local, la chicha es la bebida proveniente del maíz. En chino el “chi” expresa la energía vital.

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eje o axis mundi como sostén de la existencia, y a las fundaciones y centros sacros. El Yavirac era sitio del Templo del Sol, el Intihuasi, la “Casa del sol” de los Incas. Bañarse en el agua del Yavirac era de carácter ritual,57 era el sitio del Agua de la Vida, lugar del ombligo cósmico, el montículo, imagen de la unión de cielo y tierra, del Templo del Sol, lugar inicial de una fundación marcada por el templo ubicado en el “Mediodía” o centro, como sucede en otras culturas. La Creación se llevó a cabo en la cumbre de la montaña sacra. El Paraíso era el ombligo de la tierra; allí comienza la vida, con el agua. Es el sitio de la unión tierra y cielo; del vértice, del ombligo, del eje cósmico estabilizador. El lugar de lo inamovible y permanente. El punto de donde brota, como un manantial, la vida. De allí su relación a las bebidas sacras, vinculadas a su vez con las plantas y la savia del Árbol de la Vida. Se vincula con el “chi”, la energía vital china.58 En la antigua mítica y Simbología y según la Historia de las Religiones, el lugar inicial del manantial se asociaba a la Fuente de la Eterna Juventud, tema reiterativo y propio de diversas latitudes. El agua denota el nutriente vital y el semen de los orígenes. Determina la purificación y la sanación. En la Historia de las Religiones, el manantial en la montaña es imagen vinculada a la vida y al Paraíso Terrenal. En el Cuzco, el Yavira, sitio sacro donde se consagraban los guerreros;59 marcaba el “centro sacro” que revela el lugar de la “tierra santa” ubicado en el sitio de la fuente. En la Historia de las Religiones éste centro determina el lugar de los defensores del tesoro, de lo sacro. De allí la conexión con los guerreros. En el centro se concentran “los guardianes del tesoro”. La “Tierra Santa es el centro del círculo en el sentido cosmogónico”.60 Es el lugar de la inmortalidad. La montaña, la cueva, el manantial, son símbolos de centro.61 De igual manera la piedra y el templo inicial. d) Tola y tula En el interior de la cueva se juntan muerte y nacimiento.62 La tola hace función de la cueva, la montaña, la pirámide, el astro, el cen57 Jorge Salvador Lara, op. cit. p. 32 58 Es posible que de aquí provenga el vocablo quechua Chicha 59 Pedro Cieza de León, op. cit. 60 R. Guénon, op. cit., p. 85 61 R. Guénon, op. cit., p. 197 62 R. Guénon, op. cit. p. 194

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tro espiritual: “La tierra santa se correlaciona con el centro espiritual.” Y con una fundación. La cueva refiere la interiorización, la maternidad y la matriz; la montaña expresa la elevación a la luz. El centro determina un eje. La cueva montaña es imagen del paso de las tinieblas a la luz por el eje cósmico. Revela la superación espiritual, al igual que el tupo que refleja la montaña. La cumbre de la tola del Yavirac era cuadrada y de piedra63, con cubierta piramidal y con su puerta dirigida al Oriente para recibir al Sol del amanecer reflejado sobre la imagen de oro del dios solar que allí era adorado. Como tola, el Yavira constaba así del cerro y la plataforma. Según la Simbología, la conjunción del cerro, (lo redondo), y el cuadrado (la plataforma) conforma el mandala perfecto, representativo de la unión de cielo y tierra. En la Simbología, la conjunción denota el Paraíso64 como lugar de la Totalidad. “Desde allí se observaban los dos solsticios” 65. Pero más que observatorio sería adoratorio del sol. Rodeaban la plazuela doce columnas de piedra que representaban, para algunos, los doce meses del año. Es más probable que hayan figurado las doce horas de sol del día.66 El montículo del Yavirac era expresión solar que determina el Orden del Cosmos y la Vida. El Tupo es una representación de la tola que expresa la caverna cósmica y los cielos, y denota la Creación, el Conocimiento, la conciencia y el renacimiento. Al igual que en el Tupo, en la tola del Yavirac se conjugaban el sol–fuego (monte y el altar del sol) y el agua (manantial), vinculada a la luna. La Totalidad. Según la Simbología y la Historia de las Religiones, en un mandala, y en el tupo como tal, también se expresan las aguas en los círculos externos; y en el centro, la tierra santa. La piedra denota la isla de la salvación. La tola del Yavira era el núcleo nutriente y salvador de la vida del lugar.
63 Garcilazo de la Vega, op. cit. 64 R. Guénon, op. cit., p. 88 65 Garcilazo de la Vega, op. cit. 66 Pueden haber sido restos de un antiguo laberinto, por la simbología del sitio que se asocia a este elemento y cuya presencia se advierte en otras culturas.

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e) La Tula Sacra: Escala, balanza, medida, ying–yang El auténtico vocablo cara para la tola era tula. La traducción del sánscrito del vocablo Tula es balanza. Desde la más remota antigüedad de la Tradición Sacra, el término Tula era sagrado. Designaba el asiento de los poderes espirituales, el origen de la Tradición”,67 y lugar de “las revoluciones del sol”.68 La escala o balanza se relaciona al yin y al yang, luz y sombra, la mesura. La “Tula”, la “escala” o balanza, a su vez es sinónimo de la Tierra Santa de los inicios que refiere el Paraíso. La “Tula” se relaciona al tular, tiene que ver con las fundaciones, tanto por las plantas acuáticas del tule que expresan la vida, como por la dualidad, referida en la balanza que denota la armonía, el equilibrio esencial para una fundación. Y por su vínculo con el Paraíso. Tula y tupo se correlacionan. El Tupo es la medida. Una persona equilibrada es mesurada. La mesura, la medida, es importante factor en el comportamiento humano. El equilibrio que denota la balanza indica el retorno a la unidad frente a la dualidad; expresa la perfección, la posibilidad de la vida, la paz.69 (También la dualidad de la montaña se expresa en la balanza y sus dos platillos.) De allí el vínculo del término tupo con el montículo sacro, la tola, sitio del encuentro de vida y muerte, referente de los Orígenes. La “Tula”aparece relacionada a las fundaciones en muchas latitudes desde la India; se encuentra en todo el continente americano y en Europa. Los antiguos griegos se consideraban originarios de la Tula. En México aparece antepuesto al nombre del lugar de una fundación.70 Determina una forma de “Creación” alusiva al Paraíso terrenal mítico,
67 R. Guénon, op. cit. p. 94 68 Idem. 69 Jean Chevalier, y Alain Gheerbrant, Diccionario de Símbolos, pp. 831-832 70

La tola semeja la figura del tupo, cuyo centro-piedra correspondería a la cima que infiere lo más preciado y trascendente de la vida. Su forma redonda sería ya motivo sacro vinculado al sol. En la Simbología, la piedra, representativa del monte, tiene referencia solar. La presencia divina aseguraría la vida, la permanencia o duración del lugar. El Yavirac como tola y como centro era sitio de conjunción muerte-vida. Sitio de Renovación y trascendencia.

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f) Tupo y tula Como el Laberinto, el Tupo expresa el camino al lugar del centro, de la luz y el Principio. La “Tierra santa es el centro del mundo en el sentido cosmogónico”.72 La Tula, desde 2,000 años a. C., era considerada el lugar de Origen y Paraíso. El centro es el lugar del sol, la luz. El centro espiritual rige el orden del Universo. La imagen solar del Tupo conjuga el dominio de lo celestial y cósmico. La tola se liga así a los orígenes y por lo tanto al Paraíso. Reúne cielo y tierra. Como la montaña y la cueva, denota el centro espiritual. Quito, con el Yavirac, deviene un centro espiritual. La Tula, al igual que el tupo expresa el centro y el equilibrio del justo medio. Tula, tierra santa y Paraíso son sinónimos. Expresan nacimiento e Iniciación. La antigua Tula mítica se relacionaba con la región polar, por ser ésta la zona propia del axis mundi, sostén del Universo, el lugar del centro de la Tierra. Su ubicación en el extremo norte era indeterminada. Simbolizaba los “límites temporales de la Tierra”.73 “La Tula se vincula a la región polar equivalente al centro.” 74 Porque simboliza los límites temporales de la tierra, denota la conjunción tierra y cielo, materia y espíritu. Desde la antigua China la Tula se relacionaba a los cielos, específicamente a la constelación de la Osa Mayor y Menor, equivalentes a la balanza, y por lo tanto al justo medio, a la medida, al centro. De allí el vínculo entre la Tula, la escala o balanza, con el tema del equilibrio,
71 J. Chevalier, y A. Gheerbrant, Dictionary of Symbols, p. 535 72 R. Guénon, op. cit., p. 85 73 J. Chevalier y A. Gheerbrant, op. cit., p. 1001 74 Idem.

propio de diversas tradiciones y que se vincula a la montaña donde se llevó a cabo la Creación Original. La Tula de los inicios, se relacionaba a la montaña sacra y al Paraíso Terrenal, que el sitio de una fundación emula. El concepto se plasma en el Tupo, que denota la montaña sacra, la Totalidad y el Paraíso. Ya desde el segundo milenio a. C. el tema de la Tula aparece ligado al Paraíso,71 y a la tierra santa en la mítica griega, rememorada como la tierra de la felicidad; y a la “isla de los Benditos”, del Origen y el Paraíso, de la vida.

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y el tupo. Esto a su vez relacionaba a la Tula con la justicia, la mesura, el gobierno, la vida y las fundaciones. De allí, de la Tula, provienen los demás centros sacros que expresan la búsqueda de la estabilidad. Y las imágenes como el Tupo, la “medida”, que también lo revela. Históricamente, la figura del Tupo era la imagen hermenéutica representativa de la Tula. La Tula denota el equilibrio del centro, del justo medio. La montaña, la cueva, son imágenes del centro sacro. Y del mismo modo el Tupo y la tola lo determinan. La tola, como la Tula, son imágenes que expresan el arribo al equilibrio del centro, a la mediación entre el círculo y el cuadrado, a la Sabiduría. El Tupo como medida y la Tula, como balanza, se correlacionan en un mismo lenguaje de significados. Como mandalas se relacionan con el justo medio y con la balanza, que en muchas culturas representa la justicia, la moderación y el equilibrio “indicador del retorno a la unidad”. En la Kabbalah la balanza se relaciona a los inicios, a la perfección” 75. Estos temas son propios de las fundaciones y se expresan también en el Tupo manifestación de lo sagrado, continente de ser y de poder, con un vasto contenido espiritual. Contiene el lenguaje atemporal y cósmico de la Totalidad y de los Orígenes, de la Armonía. Expresa la relación de tierra y cielo, imagen que asegura el orden y la continuidad; su significado trasciende el tiempo y el espacio, las barreras de los países; se centra en aquello que no cambia en la Historia. La vinculación de la medida a la luna es también importante.76 Denota la fertilidad de la tierra, la fecundidad de la vida. Tula (tola) y Tupo tienen vinculación por su significado. La Tula se asociaba a la antigua Sabiduría y a la Alquimia; a la correspondencia entre el Universo material y espiritual, a la conjunción cielo y tierra. En el equilibrio marcado en esta conjunción y en la escala se expresa la Sabiduría. g) Laberinto y “Medida” El tupo, imagen solar, astral y celeste, como “medida” refiere los ritos de orientación. Eliade relaciona los mitos cosmogónicos a las

75 Jean Chevalier, y Alain Gheerbrant, op. cit., pp. 831 - 832 76 “los cambios de la luna hicieron posible medir por primera vez períodos de tiempo que superasen el que podía calcularse por el sol.” Anne Baring y Jules Cashford, El Mito de la Diosa, Fondo de Cultura Económica/ Siruela, México, 2005

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orientaciones,77 esenciales y básicas para la vida del hombre en la tierra; y en una fundación, como el primer aspecto que permite la construcción, la cual se inicia por ubicar el lugar para la colocación de la piedra fundacional, el núcleo de la vida permanente del lugar. Las primeras formas relacionadas a las fundaciones son el cuadrado o el círculo como imágenes del Universo.78 Fungen como elementos básicos para que el hombre pueda orientarse y corresponden no sólo a lo externo del lugar sino a lo interno anímico del ser humano. Estas formas conjugadas determinan el Paraíso Terrenal, y la continuidad de la vida. La construcción inicial en una fundación se presenta como microcosmos del macrocosmos Universo; pero a su vez el hecho constituye un acto inicial de hallazgo de la conciencia en el individuo: determina el autohallazgo. La “Tula” estaba hondamente relacionada a la figura del Tupo, como mandala, y a su vez representación de la montaña sacra de los inicios de la Creación, al igual que la montaña en la Simbología sagrada. La tola y el Tupo expresan un mismo lenguaje de permanencia de la Vida y de logro del centro espiritual representado por lo solar. El Tupo es imagen de la tola (y de la antigua Tula). Los dos símbolos contienen un mismo significado de dualidad y centro, muy probablemente del mismo origen remoto. Si el montículo o tola es observado desde arriba, su forma corresponde a la del Tupo; la piedra equivaldría a la cima de la montaña, a la que representa. En un mandala, o en el Tupo, como en la tola, es importante su centro que se relaciona al eje o axis representativo del sostén del Orden, de la armonía que permite la vida. En el Tupo, como mandala, se encuentra la referencia a los cuatro elementos: agua, tierra, aire y fuego. El Yavirac, como tola era expresión del “centro”, de la semilla inicial, del ombligo nutriente de donde emana la vida, del punto de conexión entre cielo y tierra. Del eje cósmico. h) Pichincha, tola y Tupo También el Pichincha se vincula en su simbología sacra a la dualidad y al significado del Yavirac como tola y al del Tupo. Expresan un lenguaje idóneo.
77 Mircea Eliade, La naissance, p. 475 ff., apud. Kees W. Bolle, The Freedom of Man in Myth 78 Kees W. Bolle, op. cit., p. 34

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Desde que el Yavirac inca fuera la tola o tula de los Caras, ya era la montaña sagrada relacionada al Sol. La asociación de la montaña y el sol se encuentra en el eje o axis mundi que expresa, que a su vez se relaciona a los rayos solares. Uno y otros refieren la permanencia de la vida, su continuidad. El Tupo, Laberinto y la tola, representan el peregrinaje del individuo al centro, a lo Uno. Puntualizan el paso de la realidad externa a la espiritual y anímica; de la materia temporal a lo metafísico y trascendente. De lo efímero a lo duradero, al terreno de los valores. Revelan el hallazgo de lo permanente; destaca como lo importante el centro inamovible.

i) Tula y fundaciones Desde la remota antigüedad de la India, la Tula estaba vinculada a las fundaciones. En la antigüedad latina la “última Tula” (Thule) marcaba los límites del mundo en el norte. Era la tierra del ámbar,79 lugar de origen de la Tradición, lugar de las leyes del secreto del Universo y de las llaves del Ordenamiento, tierra de los hyperbóreos. j) Tradición sacra: Minga y Ming Tang En las tradiciones autóctonas se conservan antiguas simbologías. Entre ellas la “minga”, término que bien puede tener vínculo ancestral con el “Ming Tang” (luz–salón o Palacio) chino, el Templo del Emperador y los ritos vinculados a la Creación. En el Ecuador la minga determina el trabajo colectivo de colaboración, no remunerado, ya sea agrícola para la siembra o cosecha o el trabajo de edificación, una forma de Creación, “para fines de beneficio social”.80 Las palabras se vuelven reveladoras. “Ming” en chino no sólo determina la luz sino también la “substancia pura o esencia de la Vida”81, la fuerza vital. Representación del “ming”, de la luz y la elevación, era la figura de la unión de sol y luna,82 como lo determina la imagen del
79 Enrique Cazenave, Enciclopedie des Symboles, p. 677 80 Moreno Mora piensa que la palabra es de origen cakchiquel. No es improbable que el caranqui y el cakchiquel (variante del maya del sur de México) tengan un mismo origen anterior, o relación con el chino. En otras áreas de Chiapas a la minga se le denomina Tequio (vocablo nahua que determina el centro). Este refiere la Creación. 81 Heinrich Zimmer, artículo “The Significance of Tantric Yoga” en Spiritual Disciplines, p.27 82 Idem., p. 26

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Tupo. La unión del yin y el yang resume las dos fuerzas cósmicas, la masculina celeste y la femenina o terrena83 “cuya correlación renueva el mundo continuamente”. La representación del ming era la unión de sol y luna, (imagen del tupo) equivalente al yin-yang, la totalidad, que expresa el Tao o camino.84. El yin y el yang resume la pareja cósmica, “cuya correlación renueva el mundo continuamente”.85 El sol se relaciona con el pensamiento racional y la luna con el intuitivo y con el centro cósmico de la fecundidad. En conjunto, conforman la vida. Esta imagen expresa así mismo la personalidad íntegrada del individuo. La sentencia: “Cultiva tu propia personalidad, entonces habrá orden en el Cosmos es de antigua procedencia china.86 Existe en el hombre una búsqueda de perfección que para los chinos se resumía en el “ming”, la luz Suprema, el camino de luz.87 Es el equivalente a la conjunción del yin y yang, que corresponde al Tao, el camino, el secreto de la Sabiduría. De aquí la importancia del Tupo, como síntesis armónica de la dualidad, del camino en la vida; y de la armonía del equilibrio. El Tupo conjuga las fuerzas vitales. Ming tang (Luz-Palacio) se le llamaba al salón o Palacio de los discursos de los sabios, siendo la Luz imagen de la Sabiduría y de la Creación. El ming es el asiento de la fuerza vital que en el hombre se ubica en el ombligo,88 (como centro) y corresponde a la conjunción de yin- yang. El aspecto luminoso del ming se relaciona al alma,89 a la inteligencia y a la intuición, (sol y luna); a la Sabiduría, al Conocimiento y a la Creación. k) Orientación y Geometría sacra De una equivalencia o similitud, percibida en los elementos, nace el símbolo. Existe un significado en las orientaciones. El espacio, el territorio, devienen sacros. El paisaje, la arquitectura, gozan de un

83 Idem., p. 27 84 Idem., p. 27 85 Idem. 86 Erwin Rousselle, cita el Libro de Mencio, VIII, B, 32 cf. Legge, The Chinese Classics, vol. II, London 1861 87 Heinrich Zimmer, artículo “The Significance of Tantric Yoga”, en Spiritual Disciplines, Princeton University Press 88 Erwin Rousselle, artículo: “Spiritual Guidance in contemporary Taoism”, en Spiritual Disciplines, p.65 89 Max Puler, “The Experience of Light”, artículo en Spiritual Disciplines, p. 145

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l) Montaña sagrada, altura, ascensión y centro El simbolismo de lo sagrado celeste, la altura, la ascensión y el centro, están presentes en el lenguaje de mitos y rituales divinos desde la más remota antigüedad. Por su proximidad a lo celeste, la montaña es sacra; refiere lo trascendente en la altura y la verticalidad como eje y punto de encuentro entre cielo y tierra; tiene un carácter religioso. El centro expresa el eje o axis mundi, pleno de lo sacro. El concepto de la unión cielo y tierra por medio de la montaña, data desde Mesopotamia.92 Eliade remonta el concepto del eje cósmico a las culturas del Ártico, anteriores a la civilización agrícola. Es denominador común entre los símbolos del bastón de mando, el Tupo, el centro cósmico, la montaña y la tola y la antigua Tula. El sentido de orientación no sólo se refiere a lo externo sino a lo anímico. Todo adquiere un significado en otro plano del lenguaje simbólico. Los elementos de la Naturaleza son significantes. La montaña tiene su importancia simbólica, como la cueva, o la piedra, considerada sacra por sus características de permanencia o por provenir originalmente del espacio; o del fondo de la tierra. La cueva refiere el centro, y este alude a los muertos y expresa el anhelo de continuidad de la vida. Representa la certeza de la presencia y protección del ancestro. El monte sacro se vincula a la mitad de la tierra. Los terrenos de la altura son regiones sacras, consagradas. Refieren el centro o la tierra santa, los lugares no alcanzados por el diluvio. En el Pichincha se salvaron los hombres del diluvio según la mítica local. La altura contiene
90 En México esta imagen expresa el “nahui ollin”, “cuatro movimiento” del sol. 91 Mircea Eliade, Tratado de Historia de las Religiones, p. 19 92 Mircea Eliade, idem., p. 112

lenguaje, de una geometría sagrada: hay un sentido en el punto, en el círculo, en el cuadrado, en la línea horizontal; en la vertical, en la “x” representativa del cruce de caminos, del centro y los espacios abiertos de los puntos cardinales.90 Los números son sacros; el cuatro determina el inicio y la totalidad: refiere el Universo. Las orientaciones son básicas en la creación del nuevo sitio de una fundación. Las ciudades crecen a partir de un punto, de un centro, de un núcleo desde donde se expande la vida, como en la Creación inicial, hacia los cuatro puntos del espacio. Toda fundación emula la primera Creación.91

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la fuerza sagrada y determina la trascendencia. La montaña y la ascensión también se vinculan a la Iniciación. Los lugares tienen su simbología relacionada al paisaje. A Quito, le rodean las montañas, y lo ampara la montaña dual. Contiene lo sacro del centro, marcado por la tola del Yavirac, el ombligo cósmico que determina la posibilidad de arribar a la “tierra pura”, y denota lo permanente y duradero de las culturas y del hombre. Determina el lugar de la consagración y la Iniciación. La altura, la ascensión, expresa una ruptura de nivel, un paso al “más allá”, un rebasamiento del espacio profano”.93 La trascendencia se figura por un paso, una subida, una ascensión.94 Cuenta Quito con los aspectos sacros de la antigua Tradición del mundo: el centro, el ombligo cósmico, la montaña dual (Pichincha). El Tupo como elemento figurativo del Primer Principio y del mundo revela el sitio de la Vida misma. El bastón de mando, la tola y el centro del Tupo figuran el eje cósmico de estabilidad. La minga evoca el equilibrio, la luz, la Sabiduría. La mitología nos introduce en la Historia. Quito es en especial mítico, deviene en mágico por su ubicación, seguramente no fortuita, en el “centro”, próximo a la línea equinoccial. Las ciudades dirigidas a los cuatro puntos del espacio son una copia del Universo. Con la presencia de los montes simbólicos de los cuatro puntos del espacio y el centro, y los nombres quechuas que lo determinan, Quito resumía la Totalidad del Universo. En la presencia del montículo tola del sol en conjunto con la de la luna, se conjugaba la dualidad, y resumían la Totalidad del Universo. El antiguo trazo de la ciudad con los montes representativos de los adoratorios del sol y el de la luna, expresan el mismo contenido del Tupo. Este bien podría representar la ciudad de Quito. El Tupo es imagen que refiere un sitio de fundación que como tal deviene en “centro”. No es improbable que la palabra Quito, que proviene de Quitumbe el cabecilla fundador, (como sucede en la Historia de las Religiones, vocablo en lengua quitu de los caras, tenga como sus orígenes el ideograma japonés Kyoto, que significa centro.95 Interesantes datos vinculan la costa ecuatoriana con Japón.
93 Mircea Eliade, Tratado de Historia de las Religiones, p. 114 94 Idem. 95 En un paralelismo, la lengua azteca nahua el quiote es la vara o eje que surge del centro del maguey, del cuenco u ombligo. Es tal vez de la misma procedencia.

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Estudiosos de distintas disciplinas han señalado el origen asiático de los antiguos ecuatorianos, como los estudios de Jorge Salvador lo confirman.96 Wilfredo Loor ha incursionado en el tema. El Dr. Ramiro Molina Cedeño en su Discurso de Incorporación a la Academia de Historia del Ecuador mencionó las teorías del científico japonés Tehehiki Furuta (aparecidas en el diario El Universo de Guayaquil en febrero 2007) acerca de los orígenes de los manabitas: “originario del sur de Japón de la actual área de Kagoshima y Ariak” (…) “llevados por la corriente kuroshio hasta América”, quienes hace 6300 años arribaron al Cantón Jama “que en japonés quiere decir “Entrada a la playa grande”. “Manabí”, afirma que significa en japonés “tierra del sol verdadero”.97 Se han especificado fechas para los remotos arribos de los orientales al Ecuador: éstas varían: “los análisis de carbono catorce señalan a la cultura de los caras con una cronología de 500 años antes de Cristo”.98 m) Antigüedad de Quito Pero Quito es mucho más antiguo. El Dr. Jorge Salvador Lara cita la conclusión de Olaf Hola “podemos sin duda decir hoy que el sitio geográfico donde está la ciudad de Quito ha sido poblado desde un tiempo tan lejano como el 3 000 a 6 000 a.C., o sea un total de 8,000 años, edad muy respetable para la capital del Ecuador”.99

n) La tradición sacra El conocimiento de los mitos y de los símbolos enriquece y rescata las culturas, la Historia. En todas las latitudes existe un simbolismo religioso. Las tradiciones resguardan lo sacro. Existe un lenguaje de símbolos que unifica a las culturas. Revelan lo espiritual. Y: “La cultura es una creación del espíritu”.100 Se le llama Tradición (sacra) a los conocimientos sagrados heredados, conceptos acerca de la vida, del Cosmos y del hombre, que coinciden en distintas latitudes; lenguajes como el del Tupo andino, que expresan la esencia misma de la vida.
96 Jorge Salvador Lara, op. cit. 97 Idem., Boletín de la Academia Nacional de Historia, artículo “Manabí, su historia, su nombre”, p. 177 98 Julio Viteri Gamboa, artículo, “El antiguo Reino de Quito y los Caras”, Ministerio de Educación, Quito, Junio 1969, p. 10 99 Claude Henri Rocquet, cita a Mircea Eliade. 100 Claude Henri Rocquet, cita a Mircea Eliade, Laberinto, p. 83

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Los símbolos del mandala, el Tupo, el Bastón de Mando, la tola, la Tula, la Minga son reminiscencias que condensan la antigua Tradición y Sabiduría. Las raíces del lenguaje simbólico datan de hace 3 500 años, y provienen de Mesopotamia en las montañas del Norte del Golfo Pérsico, donde se inicia la civilización. El lenguaje inicial de la cultura es el mítico, de donde surgen los arquetipos101 y en éstos se plasman “vestigios de la más antigua sabiduría”.102 La ley, la organización social, parten del centro, - tanto la vida organizada como la espiritual. El centro es el sitio de toda potencialidad. El sentido de centro o de medio (medida, mesura) denota lo divino. De allí que la zona de la mitad de la tierra es sacra. El Tupo en la Simbología expresa la divinidad. Los símbolos ordenan el Caos y refieren el mundo interior de la psique. En el símbolo se conjugan consciente e inconsciente, pensamiento e intuición; materia y espíritu. La Tradición se hereda de los ancestros y se rige por la enseñanza secreta que conserva el conocimiento sacro. Se crean las culturas. Se plasman las representaciones de las creencias o del mundo en figuras simbólicas significantes, productos de una experiencia existencial y sagrada del mundo, expresiones del individuo frente al cuestionamiento de la vida, la muerte y el hombre; concepciones profundas de una cultura, de las cuales puede abrevar la Historia. Son la búsqueda del misterio de la resurrección. Se conjugan en estas representaciones la concepción del Universo y de la existencia humana. Denotan la posición del espíritu en el mundo, derivan de la experiencia de lo sacro. o) Laberinto e Iniciación Los símbolos que refieren un “centro”, un equilibrio, una armonía, se vinculan al tiempo mítico. Expresan la conjunción de la dualidad inicial, que constituye la Unidad. Determinan lo anímico. Revelan los Orígenes, la Creación. Expresan la personalidad realizada.

p) Símbolos del equilibrio Imagen con significado similar al del Tupo es el emblema in101 Tom Chetwynd, Diccionario de Símbolos, p. 25 102 Idem.

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caico del gobernante: las dos serpientes aladas que se enfrentan. Conjugan cielo y tierra en las dos energías, que determinan no sólo la fuerza sino la mesura propia del buen gobierno. Es el mismo lenguaje del Tupo. Reúnen los dos poderes, el material y el espiritual. De modo similar, entre los chinos el símbolo del Emperador era el de los dos dragones enfrentados, actualmente símbolo nacional. Dragón y serpiente se corresponden en la Simbología. La misma ciudad constituía una síntesis del Universo, con la presencia del sol y la luna; el Todo cósmico. Las ciudades dirigidas a los cuatro puntos del espacio son una copia del Universo. En la tola y el Tupo existen como lenguaje las formas geométricas, expresiones de la Simbología universal, arquetipos símbolos del hombre. Se vinculan al lenguaje sabio de la Tradición que se remonta a civilizaciones lejanas y que aparece en distintas latitudes y épocas. Las formas simbólicas del tupo y de la tola son manifestaciones de un anhelo común de vida trascendente, de permanencia de la existencia. Es similar el simbolismo del Bastón de mando. Resumen la Sabiduría del hombre de todos los tiempos, se remontan a mucho antes de los Incas y de los Caras o Caranquis, portadores de estos antiquísimos conceptos e imágenes y formas de lenguaje hermenéutico, síntesis de lo sacro. Joseph Campbell refiere que las artes y las ideas nacidas en Mesopotamia, en el templo de Sumer pasaron a Egipto c. 2800 a.C. Luego a Creta y al Indus en el 2600 a.C. y a China hacia el 1600 a.C. “Y a América dentro de los siguientes mil años”. El retorno al centro, a la tierra propia, trae la renovación de la energía vital. Es el sitio de los antepasados, del origen nutriente de la vida. El Tupo, la Tula y la tola, el Yavirac, expresan la región sacra, la tierra propia, el lugar del centro, resguardado, protegido por las circunferencias. Estos símbolos portan el espacio sagrado como recordatorio del camino a la Luz; solidarizan al hombre con el Cosmos. Conjugan la historia y lo psíquico; y los dos tiempos, el profano y el sacro de la eternidad, marcado por la piedra central que ejemplifica el eje, que marca lo inmutable y duradero, aquello de donde emana la vida y lo que sostiene la existencia. Tiene el Tupo una función unificadora de lo disperso. Ejemplifica lo vital y trascendente. Es imagen de la vida que se regenera. El Tiempo se regenera.
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El Tupo como ombligo, representa también el Árbol Cósmico que ejemplifica el Orden del Universo. Al igual que el árbol, determina la Iniciación, el paso de lo profano a lo sacro, de las tinieblas a la luz, de lo mútiple a lo Uno, de lo intrascendente a lo trascendente. El Árbol de la Vida se vincula al Paraíso, el lugar del agua, y del centro. Y desde China y la India el Árbol de la Vida- (de igual manera que la Tola, la Minga y el Tupo,) se relacionaba al centro, al eje y la Luz, al sol y la Creación.

q) Salida del Laberinto “Penetrar en un laberinto y volver a salir de él, tal es el rito iniciático por excelencia”.103 Equivale al retorno a la tierra propia, al centro del Universo, que se ubica no en un lugar externo sino en nosotros mismos. La salida del Laberinto implica el haber llegado al centro luminoso vinculado al sol; punto de arribo a la inmortalidad; corresponde al hallazgo de una vida nueva, de una visión diferente de la existencia y del Universo; revela la recuperación de la Unidad primera; el retorno al centro luminoso; el hallazgo del sentido de las cosas, del hombre y su Historia. En la Simbología, el sol, el centro, la cueva, se vinculan al corazón, que en la Historia de las Religiones está vinculado al sitio del manantial de la vida y del inicio de una población como ombligo nutriente, al templo y la montaña sacra de los inicios. El corazón del cabecilla o sacrificado asegura la continuidad de la vida del lugar. Por su expresa voluntad Huayna Cápac dejó instrucciones de depositar su corazón en el Yavirac cuando su cuerpo fuera llevado al Cuzco. Seguramente sabiendo que éste era el centro nutriente de la vida, conocería que su corazón aseguraría la permanencia del lugar, gestaría la vida, su durabilidad, su continuidad. Los símbolos analizados revelan una cultura avanzada, un pueblo inteligente, espiritual. Expresan una filosofía de vida que busca la armonía. El Tupo se presenta como emblema de todo lo positivo y de la fuerza de la Unidad, de la importancia del centro, de la relevancia de la Vida y de la existencia armónica. Recuperar el significado del Tupo autóctono y universal será

103 Mircea Eliade, Tratado de Historia de las Religiones, p. 342

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recuperar el espacio sagrado, lo duradero y eterno frente a lo transitorio e inicuo; será arribar a la sacralidad subyacente del Cosmos. ¿Cual es entonces la procedencia inicial del Tupo? Indudablemente, el Tupo es de origen y procedencia oriental y específicamente china. Pero, ¿lo trajeron a Quito los Incas o fue llevado de norte a sur desde las costas del Ecuador? Esto queda por resolverse. Es imagen de conceptos presentes en la tola desde antes que llegaran los Incas a nuestro territorio. Al igual que el montículo de la Tola, el Tupo alude a la montaña cósmica, el Paraíso, el centro y al eje de estabilidad. Más que “descubrimientos” culturales, estos son re encuentros con nuestras antiguas raíces, no sólo en el Ecuador sino en latitudes remotas. Determinan el hallazgo en lo local de lo universal. La vida cósmica y la existencia humana se conjugan. El secreto del Universo vuelve a develarse, mientras la condición humana se despliega. Se percibe la unidad entre las culturas, entre la condición cósmica y la del ser humano. Se llega entonces al destino propio y al quehacer cósmico. Nuestro mundo desacralizado se torna sacro nuevamente. Nos encontramos.

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BIENVENIDA AL DR. JAVIER GOMEZJURADO ZEVALLOS COMO MIEMBRO CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Jorge Núñez Sánchez

Un acto de incorporación académica tiene siempre un grato sabor, tanto porque implica la culminación de una etapa de esfuerzo intelectual del recipiendario, que es reconocida públicamente por sus colegas, cuanto porque marca la presencia de simiente nueva en el fértil surco de la cultura académica, lo que constituye una promesa de reverdecimiento del tronco longevo. Inspirado en estos pensamientos, he querido hurgar un poco en la historia del academicismo hispanoamericano, para brindar a ustedes un poco de agua prístina de aquellas vertientes. Como es conocido, el término castellano Academia viene del latín academia, y éste a su vez del griego akademeia. En su sentido original recuerda a la institución fundada por Platón en la Grecia clásica, inspirada en el nombre de un héroe mitológico, Akademos o Hekademos. La Academia platónica estaba integrada por un olivar para trabajar, un parque para pasear y un gimnasio para ejercitarse y ahí se enseñaba a los jóvenes griegos matemáticas, filosofía y ciencias naturales. Siguiendo el ejemplo griego, en la Europa Moderna se instituyeron academias político–culturales bajo el influjo de las ideas de la Ilustración. La primera de ellas fue la Academia Francesa, fundada en 1634 por iniciativa del Cardenal Richelieu y reconocida oficialmente al año siguiente por el rey Luis XIII. Surgió como una academia literaria destinada a vigilar el uso correcto de la lengua francesa, que se creía había llegado a la culminación de su desarrollo. Se compuso originalmente de 34 miembros, llamados “Los Inmortales”, tanto por su lema institucional (“A la inmortalidad”) cuanto por el hecho de que sus miembros tenían carácter vitalicio. Ese número fue aumentado a 40 en 1639. Un siglo y medio más tarde, la Convención revolucionaria de 1793 disolvió la Academia Francesa y las demás academias reales, pero la nueva República Francesa, comprendiendo la necesidad que la nación tenía de la creación y la reflexión académicas, reorganizó a estas
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instituciones e integró con ellas el nuevo Instituto de Francia, creado dos años más tarde. Cabe precisar que el primer Diccionario de la Lengua Francesa fue publicado por la Academia en 1694, despertando la envidia de las demás naciones europeas, que buscaron emular su acción. Surgió así la Real Academia Española, institución cultural fundada en 1713 por un grupo de ilustrados que lideraba don Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena y duque de Escalona, quienes buscaron constituirla para trabajar en ella al servicio del idioma nacional. Al año siguiente, el rey Felipe V aprobó su constitución y la colocó bajo su “amparo y Real Protección”. Una veintena de años más tarde empezó a gestarse la Real Academia de la Historia, que nació como una tertulia literaria de aficionados a esta ciencia. En 1735, los contertulios consiguieron que el rey Felipe V autorizara y protegiera oficialmente sus trabajos intelectuales, lo que se hizo mediante Real Cédula de 17 de junio de 1738. Ese decreto real reconoció a la Real Academia de la Historia y la tomó bajo la Real Protección … para estudio de la Historia y la formación de un Diccionario Histórico–Crítico universal de España, y la consideración no menor de las grandes utilidades que producirá esta vasta obra en beneficio común, aclarando la importante verdad de lo sucesos, desterrando las fábulas introducidas por la ignorancia, o por la malicia, y conduciendo al conocimiento de muchas cosas, que obscureció la antigüedad, o tiene sepultadas el descuido…

LAS ACADEMIAS EN NUESTRO PAíS

Siguiendo el influjo de la Ilustración europea, la Ilustración americana buscó también crear sus propias academias, para tener espacios adecuados a la reflexión filosófica, histórica, literaria y científica. Y a nuestro país le corresponde el honor de haber organizado la primera academia ilustrada del continente americano, cual fue la “Academia Pichinchense”, fundada en Quito al comenzar la segunda mitad del siglo XVIII. Tarea ardua es la de establecer el año exacto de su establecimiento, que según Dionisio Alcedo se habría producido en 1763, aunque Pedro Fermín Cevallos afirmó que esta sociedad cultural habría nacido
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“hacia el año de 1762” y opiniones actuales la sitúan en 1756 e inclusive antes. Lo cierto e irrefutable es que existió, que funcionó por varios años en la segunda mitad del siglo XVIII y que se extinguió tras la expulsión de los jesuitas, que fueran sus animadores. Nuestro ilustre colega el doctor Jorge Salvador Lara, Director Honorario de esta Academia y actual Director de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, ha buscado reconstruir la nómina de los posibles miembros de la Academia Pichinchense y ha incluido en ella al quiteño Juan Romualdo Navarro, que fuera oidor de esta Audiencia Real y tuviera un papel protagónico en la “Revolución de los barrios de Quito”, ocurrida en 1765. Y esto me da pie para manifestar que basta leer el erudito estudio escrito por Navarro Monteserrín, titulado “Idea del Reyno de Quito”, redactado entre 1761 y 1764, para formarse un criterio aproximado del nivel intelectual que debió tener aquella academia. Redactado con un estilo elegante y entusiasta, este libro fue el primero en describir íntegramente la geografía y la demografía quiteñas, detallando de modo sorprendente la toponimia y los recursos de cada región, las misiones religiosas asentadas en ellas y hasta las empresas extractivas emprendidas en cada lugar, lo que revelaba un amplísimo conocimiento del país. Pero lo más sorprendente de su libro era la serie de proyectos que su autor recomendaba al rey de España, para el fomento y progreso del país quiteño, y un gran capítulo de “Providencias de Buen Gobierno que pide la provincia de Quito a beneficio de la Real Hacienda y de los Indios y reflexiones jurídicas sobre cada una de ellas.” En síntesis, esta obra prueba a plenitud varias cosas: una, que los quiteños tenían hacia 1760 un conocimiento cabal de las realidades y potencialidades de su país; dos, que estaban, por tanto, en capacidad de autogobernarse; y, tres, que la Academia Pichinchense fue no sólo una tertulia intelectual sino, sobre todo, un centro de reflexión política sobre los problemas del país quiteño y un espacio para el florecimiento de la inicial conciencia patriótica. Tras la temprana extinción de la Academia Pichinchense, surgieron en Quito nuevas academias del pensamiento ilustrado. Durante su destierro en Bogotá, el sabio mestizo Eugenio Espejo concibió la idea de organizar en Quito una fraternidad patriótica, destinada a promover las nuevas ideas y a motivar a los criollos quiteños acerca de las posibilidades de progreso de su país. Ese fue el origen de su “Discurso a la Escuela de la Concordia”, publicado en Bogotá, en 1789, con financia286

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miento de su amigo Juan Pío Montúfar y Larrea, que fuera el antecedente de la instalación de esa academia privada, ocurrida hacia 1790 o 1791. A decir de Jorge Carrera Andrade, esa organización “llegaría a contar con veintidós miembros y veintiséis socios correspondientes y formaría, en 1789, el núcleo de la Sociedad Económica de Amigos del País. Naturalmente, el sagaz y activo conde (Gijón) fue el primer Presidente de la revolucionaria “Escuela...”, taller, logia y almáciga de los futuros próceres y mártires de la emancipación de la colonia”.1 El doctor Espejo, padre espiritual de esa organización, pero de escasos recursos económicos y de modesta extracción social, fue designado Secretario de la entidad, en la que el conde Gijón demostró a la élite quiteña la viabilidad de sus proyectos de desarrollo económico y social, en razón de la riqueza del país y de la laboriosidad y talento práctico de sus pobladores, que entre los siglos XVI y XVII habían levantado una formidable industria manufacturera, que era el asombro de toda la América española. Gijón contribuyó de manera importante al proceso de auto reconocimiento y autovaloración de la élite criolla, a la que aportó una conciencia económica sobre su país, pero sus ideas alarmaron a la Inquisición limeña, que en enero de 1789 lo enjuició por el delito de “proposiciones e irreverencias”.2 Mas el esfuerzo de esos académicos no quedó ahí. Siguiendo el modelo de las sociedades patrióticas europeas, ellos buscaron constituir una organización pública para promover sus ideas de progreso social. Nació así la “Sociedad Patriótica de Amigos del País” de Quito, que juntó a patricios quiteños y altos funcionarios coloniales; fue su Presidente al mismo que lo era de la Audiencia, el general Luis Muñoz de Guzmán, su Vicepresidente el progresista obispo José Pérez Calama y su Secretario el sabio doctor Espejo, quien quedó también encargado de la redacción y publicación del primer periódico quiteño, llamado “Primicias de la Cultura de Quito”. Para la “Sociedad Patriótica de Amigos del País” fue fundamental el aporte del obispo de Quito, don José Pérez Calama, quien fuera desde antes socio correspondiente de la Sociedad Bascongada y fundador de la “Sociedad de Amigos del País” de Michoacán, en México, en 1784. Este personaje actuó como director de la nueva academia
1 Jorge Carrera Andrade: “La tierra siempre verde”, Ed. Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1977, p. 254. 2 El proceso contra Gijón en: Archivo Histórico Nacional, Madrid, Fondo Inquisición, legajo 1649.

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quiteña y se encargó de la Reforma del Plan de Estudios de la Real y Pública Universidad de Santo Tomás. Aportó con su biblioteca personal a los estudios ilustrados, creó una cátedra de entrada libre en la Real Universidad, que se denominó “Política personal y gubernativa y economía pública” (1791) y se empeñó en promover proyectos prácticos para el desarrollo del país, tales como la reapertura y puesta en uso del camino a la costa de Esmeraldas. En general, al interior de la “Sociedad Patriótica de Amigos del País”, la élite local tuvo ocasión de debatir abiertamente los problemas de la nación quiteña. Por su parte, el órgano de ésta, “Primicias de la Cultura de Quito”, se convirtió, gracias a su editor y redactor, Eugenio Espejo, en un vehículo de difusión del matinal pensamiento criollo. Así, nuestro Precursor escribió en el Nº 1 de ese periódico: “No puede llamarse adulta en la literatura, ni menos sabia a una nación, mientras con universalidad no atienda ni abrace sus verdaderos intereses; no conozca y admita los medios de encontrar la verdad; no examine y adopte los caminos de llegar a su grandeza; no mire, en fin, con celo, y se entregue apasionadamente, al incremento y felicidad de sí misma, esto es del Estado y la sociedad”.3

La extinción temprana de la “Sociedad Patriótica de Amigos del País” de Quito, por falta de la real aprobación para sus estatutos, fue seguida de la prisión y muerte del revolucionario doctor Espejo y del enjuiciamiento de Gijón por la Inquisición limeña, lo que provocó la fuga de éste hacia Europa por las selvas del Amazonas y finalmente su muerte en la ruta de tránsito. LAS ACADEMIAS REPUBLICANAS

Con el advenimiento de la república, surgieron en el actual Ecuador nuevos proyectos tendientes a organizar sociedades de corte académico, que sirvieran como espacios de reflexión sobre los nuevos retos y problemas que enfrentaba la nación independiente. Una de las primeras iniciativas en este sentido la tuvo el general Antonio José de Sucre, en su calidad de Intendente del Distrito Sur de Colombia. Consciente
3 “Primicias de la Cultura de Quito”, Nº 1.

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de que en el país quiteño se había aletargado el espíritu público, Sucre promovió la formación de una academia llamada “Sociedad Económica”, a la cual confió la formación de planes para el desarrollo del país. Posteriormente, ante las reiteradas quejas de Quito frente a la política librecambista del gobierno del Vicepresidente Santander, que estaba arruinando la agricultura quiteña y lo que quedaba de su antigua industria manufacturera, el Libertador Simón Bolívar escogió a algunos miembros de esta academia para integrar con ellos las Juntas de Beneficencia de los Departamentos del Sur, “compuestas de los vecinos más distinguidos por sus talentos, representación y patriotismo” y a ellas les encargó la tarea de “meditar y proponer al Gobierno Supremo los arbitrios más adecuados para promover la felicidad, o por lo menos remediar los males que sufrían los departamentos meridionales de la República”.4 La Junta de Beneficencia del Ecuador estaba presidida por el Jefe Superior del Sur e integrada por los influyentes quiteños doctor José Fernández Salvador, coronel Vicente Aguirre y don José Modesto Larrea; a falta del presidente titular, debía actuar como tal el doctor José Fernández Salvador. Tras tres meses de trabajo, la Junta concluyó su detallado informe acerca de los problemas del país y sus posibles soluciones, mismo que fue remitido a Bogotá por el Jefe Superior del Sur, el 5 de enero de 1827. El amplio memorial quiteño comenzaba por hacer un recuento histórico del origen de las manufacturas quiteñas, de su florecimiento mercantil y finalmente de los problemas que se habían ido acumulando en las últimas décadas en contra de éstas, provocando su decadencia y la ruina de general de la región; a continuación pasaba a formular una serie de precisas recomendaciones para solucionar los problemas de la economía quiteña, entre las cuales constaban las siguientes: que los licores y artículos de un lujo refinado se recargasen de fuertes derechos de importación, y que se prohibiese introducir por los puertos de la república, desde Guayaquil hasta el Istmo, y en las provincias de Antioquia y del departamento del Cauca, las manufacturas extranjeras que pudieran ser reemplazadas por los artefactos de Quito. Poco después, tras regresar a Quito, el mariscal Sucre se integró a la Sociedad Económica, que seguía funcionando como una academia de carácter privado, y ahí expuso inicialmente sus ideas sobre protección industrial y fomento de la economía nacional, que luego comu4 Restrepo, “Historia de la Revolución de Colombia”, Ed. Bedout, Medellín, 1969, t. V, P. 307.

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nicó oficialmente al gobierno de Bogotá, mostrándose así como un sólido pensador y asumiendo el liderazgo en la defensa de los intereses nacionales, frente a la penetración económica británica y norteamericana en los países recién emancipados de España. Esa búsqueda de crear centros de reflexión académica acerca de los asuntos nacionales no salió únicamente de los círculos del poder republicano. También floreció en la sociedad civil quiteña, donde pensadores republicanos (tanto hijos de las familias tradicionales como de la emergente clase media urbana) buscaron espacios para expresar sus ideas en beneficio de la república y promovieron la formación de círculos de pensamiento, que luego dieron lugar a nuevas academias, denominadas “Sociedades Democráticas”. Uno de esos círculos fue organizado por el padre Clavijo, un progresista fraile mercedario, quien, poco después de la batalla de Pichincha, hizo circular una publicación a favor de la liberación de los indios. “El estilo vivo y picante llamó la atención de todos los hombres pensadores. Era un cargo directo contra los libertadores de la América, que no hacían la menor cosa en desagravio de esa raza tan paciente, sufrida y desgraciada.”5 Más tarde, este fraile nucleó a su alrededor a un grupo de jóvenes discípulos que se interesaban por el destino de su país. “Era un sacerdote ilustrado, filantrópico y amante de la justicia. Escritor culto y ameno, buen orador, y, como profesor de Humanidades, abrió la senda de la filosofía moderna. Sus discípulos lo idolatraban…”6. Mas las gentes del poder lo veían con malos ojos y el general Flores se refería a ese círculo republicano que el fraile había formado, con el mote de “Los demagogos del doctor Clavijo”. Posteriormente, esos mismos jóvenes ingresaron a la Universidad Central, se empeñaron en el estudio del Derecho Público y formaron una tertulia patriótica que se reunía en casa de uno de ellos, José Miguel Murgueitio, quien abrió su buena biblioteca al uso de sus compañeros. Según dejara constancia uno de sus miembros, La primera reunión tuvo lugar en casa del general Matheu, con más de sesenta personas, todas llenas de entusiasmo y patriotismo. Se nombró de Presidente al general (José María) Sáenz y de Secretario a José Miguel Murgueitio. De entre las personas notables que forma-

5 Pedro Moncayo, “El Ecuador de 1825 a 1875”, Ed. Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1979, 2º tomo, p. 11 6 Id.

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Finalmente, los miembros de ese grupo buscaron el consejo y dirección del coronel Francisco Hall, un viejo héroe de la independencia, irlandés de origen, que vivía retirado en una de las colinas de la ciudad y acogía en su casa a los jóvenes ecuatorianos que se interesaban por el destino de su país y de las demás repúblicas hispanoamericanas. Hall había sido discípulo del filósofo liberal inglés Jeremías Bentham y las gentes de su tiempo lo consideraban un verdadero filósofo. Nació, así, la primera de las “Sociedades Democráticas” del Ecuador decimonónico, llamada precisamente “Sociedad Democrática del Quiteño Libre”, nombre que remarcaba la intención liberadora de esta organización. Pero la nueva entidad no se limitó a estudiar los libros de los filósofos liberales y a debatir en privado sobre el destino de la nación. Creyó indispensable contar con un órgano público, para manifestar a toda la sociedad sus ideas sociales y planteamientos políticos. Ese órgano fue el periódico “El Quiteño Libre”, que tuvo como su redactor al coronel Hall y como editor responsable a Pedro Moncayo. No vamos a hacer aquí la historia política de esa sociedad, que se enfrentó valientemente al régimen floreano y se extinguió ahogada en sangre. Pero dejamos constancia de su original carácter académico, que la llevó luego a compromisos concretos con la realidad de su tiempo. Nuevas “Sociedades Democráticas” surgieron en las décadas posteriores, con un espíritu académico similar a esa primera, es decir, en búsqueda de desarrollar y difundir los conocimientos filosóficos, científicos y artísticos, pero también con ánimo de conquistar una amplia y genuina vida democrática, que terminara con las lacras sociales heredadas de la colonia. La Revolución Marcista, al exaltar un espíritu patriótico y de autoafirmación nacional, abrió espacios para que floreciera una primavera de libertad. Los sectores más avanzados de la sociedad ecuatoriana, en particular la juventud, encontraron en ella la oportunidad para expresar abiertamente sus ideas de progreso y renovación social y para lanzarse a la búsqueda de una auténtica cultura nacional. Por su parte, el nuevo régimen, de corte liberal y nacionalista, contribuyó a afianzar
7 Id., p. 113.

ban dicha sociedad, a más de las enumeradas, citaremos a los señores Sáenz, Ontaneda, Barrera, Los Ascázubis, Zaldumbide y otros muchos que sería prolijo enumerar. 7

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esa búsqueda de nuevos rumbos sociales y culturales con la implantación de la instrucción primaria gratuita, por la Convención Nacional de 1853, en busca de crear las bases para una nueva y ampliada ciudadanía, que fuera el sostén de la soberanía popular y la independencia nacional. Una cuestión poco visible, pero de la mayor significación, fue por entonces el trastrocamiento de los personajes simbólicos de la historia y la historiografía, como efecto inmediato e inevitable de las guerras y revoluciones, que, con su huracán de violencia, impactaron profundamente en la conciencia colectiva de los pueblos y recrearon el imaginario colectivo. En el caso de la prolongada y sangrienta guerra de independencia, ella produjo numerosos héroes y mártires, que, como necesaria consecuencia ideológica, vinieron a sustituir a los santos coloniales en el renovado altar patriótico. Complementariamente, esto produjo otras formas de innovación cultural y una de ellas fue la relativamente pronta reorientación de la percepción histórica y de los estudios sobre el pasado, con lo cual surgió una novedosa crónica político–militar, que prácticamente desterró a la crónica religiosa y a las historias de las vidas de los santos. Ahí se originó también el “arte heroico”, que simbolizó en los héroes y mártires de la independencia a los arquetipos del ser nacional y la vida republicana, del mismo modo que las imágenes de los santos habían simbolizado el modelo de vida de la época colonial. Así, el arte encontró nuevos motivos de inspiración, nuevos poderes tutelares y nueva clientela artística alrededor de las entidades y autoridades republicanas. Eso permitió que el arte y los artistas pudieran liberarse progresivamente de la tutela eclesiástica y ensayar la búsqueda de una ideología más abierta y propicia a su creación intelectual. Más tarde, ese fenómeno se expresó públicamente con la constitución de la Escuela Democrática de Arte “Miguel de Santiago”, el 31 de enero de 1852 y con 92 socios, todos ellos artesanos y artistas, cultores de la pintura, la escultura y la música. Aunque la finalidad explícita de la nueva entidad era mejorar la formación técnico–académica de sus miembros, en realidad su acción apuntaba a combatir el viejo espíritu colonial superviviente y apuntalar el emergente espíritu republicano. Por eso, su pénsum de estudios abarcaba cuestiones tan aparentemente desconectadas como “cultivar el arte del dibujo, la Constitución de la República y los principales elementos de Derecho Público”.
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Por la misma época, se constituyeron también en Quito otras dos Sociedades Democráticas: la “Sociedad de Ilustración” y la “Sociedad Hipocrática”. La primera estaba conformada por jóvenes intelectuales de diversa especialidad, estudiantes universitarios y gentes letradas, y su objeto era promover la educación general del pueblo y en especial la educación política de los ciudadanos, pues consideraba que la ignorancia era la base de la inacción y el fanatismo. Su Presidente, Juan Francisco Gómez de la Torre, proclamaba:

A su vez, la Sociedad Hipocrática estaba integrada por médicos, estudiantes de medicina y auxiliares, y tenía por finalidad desarrollar la ciencia médica y utilizarla al servicio de los más necesitados. Como afirmara su Presidente, doctor Rafael Barahona:

Aunque los retrógrados maldigan y se irriten, los jóvenes de la Sociedad de Ilustración mantendremos en continuo movimiento el pensamiento regenerador. No nos intimidaremos porque se nos diga que al indicar una reforma abrimos un volcán a nuestros pies... Para el combate no se necesita más que de valor, y para el triunfo, la justicia de la causa que se defiende. Nunca aplazaremos los momentos favorables que se presenten para luchar con(tra) todos aquellos que quieran su elevación destruyendo los derechos del pueblo…8

La Sociedad Hipocrática trabaja por emancipar a la Medicina de esa vieja rutina en que ha gemido, y por encarrilarla por el sendero de los descubrimientos. Procurará demostrar que un método universal, además de ser quimérico, es extravagante y exótico, y que el clima, los alimentos, las costumbres, etc, constituyen el sistema higiénico de un país. Y para conseguir los resultados a que se dirijan nuestros esfuerzos, aguardamos de los sentimientos filantrópicos del gobierno, que… se empeñe en fomentar la salubridad pública, como el bien más positivo de la doliente humanidad…9 Naturalmente, la emergencia de estas sociedades, en las que

8 “Discursos pronunciados por los miembros de la Sociedad de Ilustración, de la Escuela Democrática de Miguel de Santiago y de la Sociedad Hipocrática en el día seis de marzo del presente año de 1853, en el local de sesiones de la Sociedad de Ilustración”, Quito, 1853, Imprenta del Gobierno. 9 “Discursos…”, cit., p 9.

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bullía el pensamiento liberal y se manifestaban los primeros atisbos de socialismo utópico, inquietó grandemente a las entidades del viejo régimen, que las combatieron acusándolas de ser clubes revolucionarios empeñados en la disolución social. Finalmente, las “Sociedades Democráticas” fueron afectadas profundamente por la crisis política y la guerra civil de 1859–1860, de la que emergió triunfante el caudillo aristocrático Gabriel García Moreno. Luego, la nueva situación política terminó por privarlas de libertad de acción y llevarlas a su extinción. LAS PRIMERAS ACADEMIAS NACIONALES La Academia Ecuatoriana de la Lengua nació como un grupo de académicos, expertos en el uso de la lengua española en Ecuador. Fue establecida en Quito, el 15 de octubre de 1874, apenas tres años después que la Academia Colombiana, que es la decana de su tipo en América. Y ahora hablemos de nuestra Academia, que nació en 1909 con el nombre de “Sociedad de Estudios Históricos Americanos” por inspiración y gestión del sabio historiador y notable patriota monseñor Federico González Suárez, que fuera obispo de Ibarra y arzobispo de Quito. Esa Sociedad congregó a toda la brillante intelectualidad capitalina de su tiempo y entre sus socios fundadores figuraron algunos jóvenes discípulos de González Suárez y otros destacados hijos de la aristocracia terrateniente: Luis Felipe Borja, Alfredo Flores Caamaño, Cristóbal de Gangotena y Jijón, Jacinto Jijón y Caamaño, Carlos Manuel Larrea, Aníbal Viteri Lafronte, Juan León Mera y José Gabriel Navarro. La fundación de esta Sociedad tuvo como motivación explícita la promoción de los estudios históricos bajo las concepciones científicas del positivismo, en razón de que hasta entonces había prevalecido una “historia de opiniones”, que respondía a la lucha ideológica liberal–conservadora más que a una rigurosa investigación de las fuentes primarias. El positivismo histórico surgió, pues, como una alternativa científica, cuya acción se orientaba a construir un saber histórico a partir de la exhaustiva investigación de las fuentes documentales. También podemos hacer una lectura histórico–ideológica del nacimiento de esa sociedad académica, pues resulta obvio que el bloque histórico conservador, acosado y vencido por los liberales en el campo político–militar, buscó refugio en el ámbito de la ciencia y la cul294

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tura, quizá con la esperanza de sentar las bases para un futuro rescate de su antigua influencia cultural. Pero debemos reconocer también que esta agrupación mostró desde sus inicios una apertura hacia otros sectores intelectuales, de diversa matriz ideológica. Así se explica que desde sus inicios ella haya tenido en sus filas a un liberal como Luis Felipe Borja Pérez y que, en 1915, ella haya invitado a participar en sus trabajos al historiador radical y maestro laico Celiano Monge y al moderado Isaac J. Barrera, con lo cual la entidad fue adquiriendo un cierto perfil ecuménico. Dos años más tarde, en diciembre de 1917, moría González Suárez y asumía la dirección de la Sociedad don Jacinto Jijón y Caamaño, que se convirtió desde entonces en su Director y también en su mecenas, pues la entidad funcionaba en su casa y su peculio personal financiaba el Boletín de la entidad, que inició su publicación en 1918, por lo que hoy mismo es la más antigua revista científica ecuatoriana. Y dos años más tarde, en 1920, la sociedad fue reconocida por el Congreso Nacional como una entidad privada con finalidad social y pública, y por mandato de la ley fue cambiado su nombre original por el de “Academia Nacional de Historia”. Estas remembranzas resultan útiles para entender en toda su magnitud el acto de esta tarde, en el que se incorpora a la Academia Nacional de Historia un nuevo miembro correspondiente, que es el doctor Javier Gomezjurado Zevallos. En verdad, nuestro recipiendario no es neófito en estos asuntos, pues desde hace algunos años ha sido académico de la historia en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, donde ostenta la categoría de Miembro de Número de la Sección Académica de Historia y Geografía. Lo que es más: nuestro colega viene respaldado por una sólida formación académica, que incluye estudios de sociología, historia y gestión ambiental, un doctorado en Sociología y Ciencias Políticas y varios cursos de postgrado. También respalda su presencia entre nosostros su amplia labor historiográfica, que abarca varios libros como autor, otros como editor y otros más como coautor, amén de numerosos ensayos y artículos científicos, publicados en revistas especializadas del país y el extranjero, y de muchas ponencias presentadas a congresos de historiadores. Su inicial aproximación a la historia se dio, como en muchos casos, a través de los estudios genealógicos, campo en el que ha descollado con muy sonados logros, entre los que cito: “El historiador Fer295

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nando Zevallos Ross”. Guayaquil, 1994. “El artista Enrique Gomezjurado Flores y su descendencia”. Quito, 1994. “Los Gomezjurado en Ecuador y Colombia” (volumen completo). Quito, 1995. “El Árbol Genealógico”. Quito, 1996. “Historia y desarrollo de la Genealogía en el Ecuador”. Quito, 1997. “Biografía y Genealogía del Gral. Guillermo Rodríguez Lara”. Quito, 1997. “Relación histórica del apellido Assures y su derivación en el de Henestroza, en Colombia”. Bogotá, 1998. “Genealogía de una línea de los Mendoza de Manabí”. Quito, 2007. Sin embargo, Javier ha entendido que la Genealogía es una disciplina auxiliar de la Historia y que para ser un historiador acabado es indispensable incursionar en otras disciplinas, como la biografía, y fundamentalmente en los nuevos campos de la historia social, que se vinculan con las estructuras socio económicas, las formaciones étnicas, la vida cotidiana y la historia de las mentalidades. Es así que su labor historiográfica se ha ampliado a nuevas temáticas, que revelan su afán de investigación y esclarecimiento del pasado. Cito en este campo a los siguientes trabajos: “Matrimonios Indígenas en Latacunga entre 1689 y 1720”. Quito, 1996. “Matrimonios blanco mestizos en Latacunga”. Quito, 1996. “Un aporte inédito para la historia social de Popayán”. Bogotá, 1997. “Chapacoto en la época garciana”. Quito, 1998. “Comercio de Esclavos en Ibarra entre 1670 y 1681”. Quito, 1999. “Los estamentos sociales en Ibarra Colonial”. Ibarra, 1999. “La historia en torno al Volcán Pichincha”. Quito, 1999. “El Centro Histórico de Quito como espacio de reproducción económica y sociocultural”. Quito, 2000. “El pensamiento periodístico de Juan Benigno Vela”. Quito, 2000. “Pleitos sobre cacicazgos en Quero”. Quito, 2001. “El pensamiento periodístico de Celiano Monge Navarrete”. Quito, 2002. “Sangolquí Profundo”. Quito, 2003. Quito, 2004. “Pleitos sobre cacicazgos en Otavalo en el siglo XVIII”. Quito, 2004. Ahora, como discurso de ingreso a esta Academia, Gomezjurado ha escogido un tema a la vez sugerente y difícil, cual es el de los niños expósitos y naturales en la Real Audiencia de Quito. Sugerente, porque nos ayuda a entender las mentalidades de la época, construidas sobre el prejuicio y la hipocresía social, y difícil, porque su tratamiento implica desentrañar problemas humanos de alta sensibilidad, que atañen a la ética social y a la moral privada. Precisamente por ello, nuestro recipiendario ha puesto particular interés en manejarse con absoluto rigor académico, esbozando previamente los conceptos y valoraciones teóricas que sustentan su traba296

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jo y documentando minuciosamente cada caso analizado. Esto muestra su seriedad profesional y marca un ejemplo en la forma en que deben tratarse asuntos históricos que conciernen o afectan a cosas o gentes del presente. Tal es tratamiento dado, entre otros, al caso de los hijos ilegítimos habidos entre el I Marqués de Selva Alegre, don Juan Pío Montúfar y Frasso, y la quiteña doña Rosa Larrea y Santa Coloma, asunto manejado con gran secreto por las autoridades civiles y eclesiásticas de la época, habida cuenta de la alcurnia de ambos padres y de la condición de Presidente de Quito que ostentaba el marqués. Pues bien, Javier Gomezjurado ha venido a continuar el develamiento de esta situación, que iniciara Neptalí Zúñiga con su libro “Juan Pío Montúfar, Primer Presidente de la América Libre” (Quito, 1944) y que seguramente va a ser continuado en el futuro, puesto que se acerca el bicentenario de nuestras primeras luchas de independencia, en las que tuvo papel protagónico central el II Marqués de Selva Alegre, conocido entre nosotros como Juan Pío Montúfar y Larrea, y por otros historiadores, como el norteamericano Eric Beerman, con el nombre de Juan María Torcuato de Montúfar y Larrea, todo ello por causa de su irregular nacimiento y su aparentemente doble inscripción de bautizo, una vez (secretamente) antes del matrimonio de sus padres y, otra vez, después de este hecho, ocurrido recién en 1761. De paso, esto viene a revisar la genealogía de la familia Montúfar elaborada por Cristóbal de Gangotena y Jijón, y publicada en 1919 en el Boletín de la Sociedad de Estudios Históricos Americanos –luego Academia Nacional de Historia–, volumen III, Nos. 7 y 8. Pero así es y debe ser la Historia, ciencia donde los nuevos conocimientos e informaciones superan y revisan a los anteriores, sin que ello vaya en desmedro de nadie, pero sí en beneficio de la verdad. Por todo lo expuesto, me place grandemente dar la bienvenida a la Academia Nacional de Historia al presigioso historiador y admirado amigo Javier Gomezjurado Zevallos, en la seguridad de que su presencia entre nosotros animará nuestros trabajos y contribuirá a un saludable intercambio de opiniones intelectuales. Gracias.

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LOS HIJOS EXPÓSITOS Y NATURALES EN LA REAL AUDIENCIA DE QUITO* Javier Gomezjurado Zevallos Preliminares

Hablar del tema de los niños expósitos y naturales durante la Real Audiencia no es fácil, pues a pesar de que en el Archivo Nacional de Quito, existe un Fondo destinado para los expedientes sobre el tema en la época colonial, no todas las fuentes son explícitas en la mayoría de los casos, y buena parte de la información queda jurídicamente inconclusa. Sin embargo, y para este trabajo, hemos realizado una detallada indagación de cada uno de los expedientes de cuatro de las ocho cajas que en este archivo reposan, con el objeto de tener un mejor acercamiento de la situación de los hijos ilegítimos. En dichos documentos constan las solicitudes para legitimación o reconocimiento de hijos, reclamaciones de herencias y amparos para hijos expósitos y naturales remitidos desde el Tribunal de la Audiencia a las partes interesadas, curadores o albaceas testamentarios, de ser el caso. Desde sus inicios, la sociedad colonial abordó el tema de la ilegitimidad como un asunto de exclusión social y de bastardía; así la legislación de la época consideraba que la legitimidad de los hijos habidos dentro del matrimonio se presumía siempre, de tal manera que la condición de ilegítimo –sea el hijo habido fuera del matrimonio o de uniones informales- era sinónimo de prejuicios e inferioridad. Estos fueron tratados en muchas ocasiones con el mayor vilipendio, y fueron calificados como bastardos, espurios, incestuosos o adulterinos, aunque no siempre hayan tenido esta condición.1
* Discurso de incorporación a la Academia Nacional de Historia como Miembro Correspondinte. 27 de noviembre de 2008. Sede de la ANH. Quito. 1 En determinados casos, y para otras administraciones coloniales diferentes al del actual Ecuador –en particular Nueva España-, muchos ilegítimos vivieron al margen del derecho, pues no tuvieron la legitimación civil, razón por la cual estaban libres de cargas y tributos. Para el actual Ecuador no hemos hallado nada al respecto. Cfr. Cayetano Reyes. “Expósitos e hidalgos, la polarización social de la Nueva España”. En Boletín del Archivo General de la Nación. México, 1980.

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La legislación española clasificaba en varias clases a los hijos ilegítimos de acuerdo a lo dispuesto en las Siete Partidas y las Leyes de Toro2, siendo los principales los hijos naturales y los espurios. Los hijos naturales eran los más respetables, ya que venían de la unión de padre y madre solteros, que no tenían ninguna prohibición para legalizar su unión con el matrimonio, inclusive sin necesidad de dispensa. En este caso, solo era suficiente que el padre reconociese a su hijo, para que éste fuese inscrito como tal. Todo los demás hijos ilegítimos eran considerados espurios, pues habían nacido de relaciones prohibidas, es decir, de padre o madre que no podían casarse libremente. Entres los espurios estaban: los incestuosos, o hijos de familiares dentro de los grados de consanguinidad en que estaba prohibido el matrimonio; los sacrílegos, nacidos de clérigos ordenados, monjas o frailes que hubiesen profesado; los bastardos, que provenían de las relaciones de concubinato; los adulterinos, hijos de una mujer casada y de su amante; los nefarios, que eran hijos procreados por descendientes con ascendientes; y los manceros, es decir los hijos de mujeres públicas3. Desde la edad antigua la exposición de los hijos no deseados era una clara práctica, y la mayoría de ellos fallecían sin dejar rastro alguno. En la mitología y cosmogonía griega el fenómeno del abandono de los niños en los bosques era una costumbre practicada también por los dioses del Parnaso, así de esta forma, se consideraba que todos los vicios y debilidades del género humano aparecían justificados de algún modo en los dioses griegos. Mientras tanto en Roma, el poder del paterfamilias no tenía límites en el Derecho romano; sólo él era “sui juris”; y el resto de la familia dependía de él. Era padre, señor, sacerdote, juez y educador de toda la familia, en el sentido amplio del término; y el derecho a exponer al hijo recién nacido (lux exponendi) facultaba al padre a abandonarlo con cualquier pretexto. En estos casos los niños eran depositados ante la columna lactaria, o en los estercoleros públicos, donde podían ser recogidos por cualquiera o morían de frío, de
2 Las Siete Partidas es un cuerpo normativo redactado en Castilla, durante el reinado de Alfonso X “el Sabio” (1252-1284), con el objeto de conseguir una cierta uniformidad jurídica del Reino. Su nombre original era Libro de las Leyes, y hacia el siglo XIV recibió su actual denominación, por las secciones en que se encuentra dividida. Por otro lado, las “Leyes de Toro” son el resultado de la actividad legislativa de los Reyes Católicos, fijada tras la muerte de la Reina Isabel con ocasión de las Cortes de Toro de 1505, en un conjunto de 83 leyes promulgadas el 7 de marzo de ese mismo año por la Reina Juana I de Castilla (Juana la Loca). 3 Jenny Londoño. Entre la sumisión y la resistencia – Las mujeres en la Real Audiencia de Quito. Edic. Abya Yala. Quito, 1997.

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hambre o eran devorados por animales. Era el destino de gran número de niñas y de los bastardos. En los primeros siglos de la Edad Media y bien entrado el Renacimiento, las leyes y los libros penitenciales dieron testimonio de los esfuerzos y las tentativas por impedir el abandono o exposición de niños. Las puertas de las iglesias y hospitales, los campos y las calles de las florecientes ciudades fueron testigos de este mal categorizado como endémico. Algunas criaturas eran recogidas por personas consideradas “de buen corazón”, otras perecían de hambre o enfermedades y otras tantas eran recogidas por personas sin escrúpulos. Los primeros hospicios surgieron en el siglo X en las ciudades italianas y en el siglo XIII esta solución se había extendido por las más prósperas ciudades europeas4. Las crisis económicas, la disminución de las fuentes de riqueza, la escasez y encarecimiento de víveres y las fuertes oscilaciones de los precios en el siglo XVI en Europa, provocaron gran malestar en la población, dando lugar a frecuentes levantamientos y desórdenes públicos. La deficiente alimentación dio lugar a una fuerte mortalidad y al abandono masivo de niños en las calles e iglesias de las grandes ciudades5. La exposición social o el abandono de un niño es producto de las formas de conciencia social de la época, donde pesa el temor a la crítica y a la censura pública hacia los padres del menor, por un lado, así como a la vergüenza que dichos progenitores debían pasar frente a grupos sociales hipócritas y a un clero y una iglesia cristiana condenatorias. En América colonial fue muy común la costumbre de procrear hijos fuera del matrimonio por la licenciosa vida que llevaban muchos de sus pobladores. En virtud de cualquiera de las condiciones en que un niño era concebido, por las circunstancias y prejuicios sociales de aquel entonces terminaba por convertirse en expósito, que en estricto sentido jurídico era definido como: “... aquel recién nacido que, por indeseado en el núcleo materno (aún más lo sería por el padre, que no puede o no quiere hacerse cargo de él, si es que sabe de su existencia) es abandonado en algún lugar para que sea acristianado y criado por la caridad de algún benefactor o institución que se haga cargo de él…” 6.
4 Al respecto se puede revisar: Marina Quintero. “Infancia, Vínculo parental y Educación”. En Revista Psicoespacios. Nº 2. Institución Universitaria de Envigado. Colombia, 2007. 5 Cfr. Buenaventura Delgado. Historia de la infancia. Edic. Ariel. Barcelona, 1998. 6 Bartolomé García Jiménez. “Demografía Rural Andaluza: Rute en el Antiguo Régimen”. En Estudios Cordobeses. Publicaciones de la Excma. Diputación Provincial, Córdoba, 1987.

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Esa etiqueta de indeseado o ilegítimo se convertirá en un elemento fundamental en la vida futura de estos niños, más aún en un grupo societal donde el honor y buen nombre se convertía en factor primordial de la cotidianidad. Pero asimismo, para la madre, el honor propio y de su familia se vería menoscabado por un embarazo indebido, optando por ocultar luego su estado y exponiendo al producto de su relación ilícita ante parientes, amigos ó simplemente ante ciudadanos con mayor poder económico. El honor en ambos casos se vinculaba al concepto de “pureza de sangre que representaba la historia de una buena familia, avalada por generaciones de matrimonios santificados y nacimientos de hijos legítimos” 7. La ilegitimidad, constituye un hecho que se encuentra en los orígenes de la formación de la sociedad colonial, pues la conquista significó la apropiación de las mujeres indígenas por parte de los españoles y la conformación de una sociedad en la cual las ‘uniones’ eran predominantemente consensuales. La ‘notoria desigualdad’ de las parejas, como lo manifiesta Bernard Lavallé, fue no sólo un motivo válido para la nulidad del matrimonio, sino, también, para concebir hijos ilegítimos y expuestos al abandono, pues si bien no había reparos para establecer relaciones consensuales entre parejas disímiles, no se tenía la misma actitud para formalizar dichas uniones8. Es bien sabido que los padres solían oponerse a los matrimonios si consideraban que la pareja elegida era inadecuada por tener diferente raza, economía o status, por lo que la mujer podía ser abandonada por el marido y los hijos quedar en situación precaria.9 Por otro lado, el honor fue considerado como un atributo de valor impuesto sobre la base de principios morales y éticos que se buscó establecer en las formas de vida cotidianas, en donde se evitaba la ‘mezcla de razas’, que bajo conceptos morales cristianos consolidó el matrimonio entre pares iguales.
7 Al respecto véase: Ann Twinam. “Honor, sexualidad e ilegitimidad en la Hispanoamérica Colonial”. En Asunción Lavrin (coord.), Sexualidad y matrimonio en la América hispánica. Siglos XVI-XVIII. Editorial Grijalbo. México, D. F., 1991. 8 Cfr. Bernard Lavallé. “El argumento de la notoria desigualdad en la relación de pareja (Lima y Quito, siglos XVII y XVIII)”. En Scarlett O’Phelan, et al. (coords.). Familia y vida cotidiana en América Latina. Siglos XVIII-XX. Instituto Riva-Agüero. Lima, 2003. 9 Carlota Casalino. “De los expósitos protegidos a los expósitos desprotegidos. La transición de la administración colonial al Estado republicano del Perú y sus efectos en grupos vulnerables”. En Scarlett O`Phelan y Margarita Zegarra (editoras). Mujeres, familia y sociedad en la historia de América Latina, siglos XVIII-XXI. CENDOC- PUCP–Instituto Riva-Agüero. Instituto Francés de Estudios Andinos. Lima, 2006.

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Con los elementos anotados, desde inicios de la conquista se conciben hijos considerados ilegítimos, pero fue durante la Colonia que se abandonan muchos más niños por las causas apuntadas, a las puertas de las casas de familias generalmente conocidas por los progenitores de aquellos expósitos. Dichos niños ‘recogidos’ llegaron en muchas ocasiones a tener similares derechos que los hijos legítimos de sus benefactores, derechos que además se sustentaron en los principios de la legislación española, que en un principio concedió a los expósitos, a diferencia de los bastardos, un estatuto equivalente a la limpieza de sangre que les permitía gozar de los privilegios de que hubieran podido ser privados por el origen de sus padres o la naturaleza de la unión de que procedían10. Las primeras disposiciones legales que llegaron a las colonias españolas sobre los expósitos surgen de forma muy tardía de las reformas borbónicas finales. Sin embargo, esto no significa que hasta ese momento los expósitos en su condición de indeseados, comenzaran a ser un problema social y una preocupación. En la Real Cédula del 5 de enero de 1794 se establece la legitimidad civil de los expósitos, y se manifiesta: “En consecuencia de todo, ordeno y mando, por el presente mi Real Decreto (el cual se ha de insertar en los cuerpos de las leyes, de España e Indias) que todos los expósitos de ambos sexos existentes, y futuros así los que hayan sido expuesto en la Inclusas, o casas de caridad, como las que lo hayan sido, o fueren en cualquier otro paraje, y no tengan padres conocidos, sean tenidos por legitimados, por mi Real autoridad, y por legítimos para todos los efectos civiles generalmente y sin excepción, no obstante que en alguna o algunas Reales disposiciones se hallan exceptuado algunos casos, ó excluido de la legitimación civil para algunos efectos... Todos los expósitos actuales y futuros, quedan y han de quedar mientras no consten sus verdaderos padres en la clase de hombres buenos del estado llano general, gozando los propios honores y llevando las cargas sin diferencia de los demás vasallos honrados de la misma clase”11

10 Cfr. Bernard Lavallé. Amor y opresión en los andes coloniales. Instituto de Estudios PeruanosIFEA-URP. Lima, 1999. 11 Archivo Nacional. Quito. Cedularios 1794. (Se ha modificado la ortografía para mejor comprensión [n.a.]). Ver también Hijos Expósitos y Naturales, 1794.

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Creemos que esta Cédula Real se dicta porque muchos de los expósitos pertenecían a familias honorables, lo que se corrobora cuando a continuación del mismo documento se anota que los expósitos también tienen derecho a dotes matrimoniales y a ingresar a ciertas instituciones como colegios, siempre y cuando esas instituciones no establezcan lo contrario. Así se establece que: “Cumplida la edad en que otros niños son admitidos en los colegios de pobres, convictorios, casas de huérfanos, y demás de misericordia, también han de ser recibidos los expósitos sin diferencia alguna, y han de entrar á optar en las dotes, y consignaciones dejadas, y que se dejaren para casar jóvenes de uno, y otro sexo, o para otros destinos fundados en favor de los pobres huérfanos, siempre que las constituciones de los tales colegios, ó fundaciones piadosas, no pidan literalmente que sus individuos sean hijos legítimos habidos, y procreados, en legítimo, y verdadero matrimonio...” 12

Finalmente la Cédula Real estipulaba que los niños expósitos no podrán ser calumniados ni castigados con penas que sean de vergüenza pública, concluyendo que:

Para 1794, año de expedición de esta Cédula, ya era un poco tarde el intentar restituir el buen nombre de los niños expósitos, puesto que durante toda la Colonia se había denigrado su persona y difamado su origen. Poco ha de durar tal disposición, ya que veinticinco años más
12 Ibídem. 13 Ibídem.

...castiguen como injuria y ofensa a cualquier persona que intitulare y llamare a expósito alguno con los nombres de borde, ilegítimo, bastardo, espurio incestuoso ó adulterino, y que además de hacerle retractar judicialmente de esta injuria, le impongan la multa pecuniaria que fuere proporcionada a las circunstancias dándole la ordinaria aplicación. Finalmente mando que en lo sucesivo no se impongan a los expósitos las penas de vergüenza pública, ni la de azotes, ni la de horca, sino a aquellas que en iguales delitos se impondrían á personas privilegiadas, incluyendo el ultimo suplicio (como se ha practicado con los expósitos de la Inclusa de Madrid) pues pudiendo suceder que el expósito castigado sea de familia ilustre. 13

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tarde vendrían los procesos independentistas. Respecto a la última frase de la Cédula Real antes citada, nos deja la posibilidad abierta de que era de entendido en el medio social que muchos de los expósitos fueron hijos de conocidos ciudadanos y por lo tanto de prestigiosas y acomodadas familias. Esa ilegitimidad y la condición de expuesto o de simple naturalidad fueron tratadas en la época colonial de manera oprobiosa y ambivalente de acuerdo a los documentos del Archivo Nacional de Quito. Detrás de las expresiones expósito, hijo de padres desconocidos, ó hijo natural se escondían intereses diversos, a tal punto que se elevaron varios expedientes legales, muchos de los cuales estuvieron vinculados a la posesión de bienes materiales y de los cuales analizaremos algunos de ellos. El primer expediente que encontramos está fechado en Ibarra el 8 de octubre de 1647, por medio del cual se genera un pleito entre Pablo y Lorenzo Carballo contra los bienes de Pedro Carballo, apodado el Viejo. Pablo resultó ser hijo natural de don Pedro, quien lo tuvo de soltero con una mujer llamada Angelina. Sin embargo su medio hermano no lo reconoce, llegando a decir que la madre de Pablo fue una mujer pública.14 Imaginemos lo que pudo haber pasado con tremenda acusación, sin embargo desconocemos cual fue el resultado final del litigio, por más testigos que de parte y parte se presentaran. Esta es la primera muestra, por la cual un individuo que seguramente siempre fue conocido como hijo de Pedro el Viejo, fue desconocido por su hermano por cuestiones de pesos, cuando Pablo solicitó el quinto de los bienes de su difunto padre. Un descendiente del conquistador Diego de Sandoval Caso similar encontramos el 9 de noviembre de 1649 en el expediente de Miguel de Sandoval, en contra de su padre, el encomendero Juan de Sandoval y Silva, este último bisnieto del capitán y conquistador Diego de Sandoval y La Mota. Miguel dice que fue producto de los amoríos del encomendero y la latacungueña Ana de Rojas y Cueva, cuando ambos eran solteros. Fue criado en casa de su padre desde los tres me14 Archivo Nacional. Hijos Expósitos y Naturales. Caja 1.

El primer caso de expósitos en el Archivo Nacional

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ses y luego aprendió a leer y escribir en el Seminario de San Luis. Cuando Miguel llegó a los 19 años fue abandonado por su padre, y es cuando decide ponerle una demanda donde reclama 3000 patacones para su sustento. El encomendero llegó a decir que no es su hijo y que solamente lo mantuvo porque su suegra Leonor de Zorrilla lo llevó a su casa. La cosa se complicó cuando la propia madre de Miguel, la señora Rojas, declara que no es hijo del encomendero; sin embargo parece que lo hace por hallarse furiosa por el “mal casamiento” de su hijo Miguel. Lastimosamente ahí termina este expediente y se desconoce si Miguelito disfrutó de las rentas de su padre y de sus acaudalados antepasados.15 En todo caso, la genealogía de nuestro personaje es así: Gonzalo Rodríguez de Sampedro, n. Toledo por 1400, armado caballero en 1431 por Juan II de Castilla Juan Rodríguez de Sampedro, n. por 1425

Gonzalo Sandoval y Sampedro, n. Santa Olalla-España por 1480 c.c. Inés de La Mota Cap. Diego de Sandoval y La Mota, n. Santa Olalla por 150516 c. 1545 c. Catalina Calderón de Robles, n. España por 1510 Juana [Catalina] Calderón y Sandoval, n. por 1546 c.c. Juan de Londoño y Montenegro Diego de Sandoval y Londoño, n. por 1570 c.c. Catalina de Silva Juan Sandoval y Silva17, n. por 1605 f.f.c. Ana de Rojas y Cueva Miguel de Sandoval, n. 1628

Contador Hernán Dianez de Sampedro, n. Toledo por 1450

15 Ibídem. Caja 1. 16 Cfr. Fernando Jurado. Las Coyas y Pallas del Tahuantinsuyo. Edic. Xerox. Quito, 1982. 17 Javier Ortiz de la Tabla. Los Encomenderos de Quito (1534-1660). Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla. Sevilla, 1993.

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En los dos casos anteriores no se llegan a conocer el resultado de los pleitos judiciales, es decir, si los litigantes consiguen obtener rentas de sus probables padres naturales. Al no continuarse con el juicio planteado, pues no existe documentación adicional, creemos con seguridad que se llegó a un acuerdo entre las partes, lo que por un lado probaría que en efecto los demandantes podrían ser hijos de los demandados, y por otro que consiguieran algo de las rentas reclamadas. Sin embargo, en algunos casos, sí existe sentencia frente a la demanda, así lo observamos a través de un expediente de agosto de 1705, donde Gertrudis Sánchez de Salas, vecina de Ambato, reclama sus derechos frente a doña Ana Rodríguez de Naranjo. El caso es que doña Gertrudis declara ser nieta de Lorenzo Sánchez de Salas, quien se había casado por primera vez con Isabel Ormena y tuvieron entre varios hijos a María Sánchez de Salas, madre a su vez de Gertrudis. Don Lorenzo casó por segunda vez con Ana Rodríguez Naranjo, de modo que la demandada resultaba ser la abuelastra de Gertrudis. El pleito dura dos años, y en agosto de 1707 se niega el pedido de doña Gertrudis. No sabemos si en la decisión influyó el hecho de que sus tíos Cristóbal y Juan Sánchez hayan sido desterrados a Chile, luego de haber sido acusados de asesinato.18 Los reclamos en la época colonial efectuados por expósitos, giraban generalmente en torno al reclamo de pensiones o el quinto de los bienes que por ley les tocaba. Al conocer cuáles eran sus verdaderos padres y saber que poseían ó habían poseído mientras vivían ciertos bienes materiales, sus hijos naturales que cuando niños habían sido expuestos para tapar el pecado de sus padres, y que de adultos pasaban penurias o eran pobres, recurrían a los tribunales de la Audiencia para exigir de sus progenitores o de los parientes que les quedaba, alguna renta económica para subsistir. No siempre tenían suerte, pues ó no alcanzaban a probar su condición de naturalidad, ó bien la parte demandada hábilmente negaba tal parentesco en defensa de su patrimonio, valiéndose para los alegatos de prestigiosos abogados de la época, como lo fuera un lejano pariente mío Gerónimo Gomezjurado. Los Orbe de Ibarra En otros casos, el expediente sirvió únicamente para probar a posterio18 Archivo Nacional. Hijos Expósitos y Naturales. Caja 1.

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ri, quienes eran los verdaderos padres del expósito, de manera que a futuro no tenga problemas de herencia ó socialmente se conozca su auténtico origen, pues al momento de haber nacido dicho niño y por los prejuicios y habladurías de la época, fueron expuestos. Este fue el caso, en 1728, de Gabriel Manuel de los Reyes, hijo de Lucas de los Reyes y Lucía Martínez de Orbe, vecinos de Ibarra, quienes contrajeron matrimonio luego de haber nacido el niño. Los Orbe eran una de las familias fundadoras de Ibarra, y el pionero y tronco de este clan fue el vasco Juan Martínez de Orbe e Íztegui, nacido por 1560 en el caserío de Berrio, cerca del pueblo de Elorrio en España. Pasó a Indias y se estableció en Caranqui, donde casó por 1594 con doña Paula de Soto e Ibacache, mestiza nativa de la zona, cuyo origen fuera ocultado por algunos prejuiciados historiadores que destruyeron parcialmente el testamento de Isabel Ibacache cacica del pueblo de Santiago y madre de doña Paula de Soto19, con el objeto de tapar el origen indígena de muchas familias ibarreñas. Para no afrontar la vergüenza social y retomando el caso del niño Gabriel Manuel de los Reyes, la tía materna de éste y su marido lo llevaron al Convento de San Agustín y lo hicieron bautizar en calidad de expósito el 23 de mayo de 1715, quince días después de nacido. Es sólo a través de este expediente de agosto de 1728, que se conocería el verdadero origen del niño Gabriel Manuel de los Reyes20. Veamos su genealogía: Martín de Orbe c.c. María Íztegui

Alférez Francisco Martínez de Orbe y Soto, n. Caranqui 1602 c.c. María Magdalena de Ledesma, n. Ibarra por 1607 (hija de Cristóbal García de Ledesma)
19 Archivo Banco Central de Ibarra. Protocolos, 1635-1640. 20 Archivo Nacional. Hijos Expósitos y Naturales. Caja 2.

Cap. Juan Martínez de Orbe, n. Elorrio por 1560 c.c. Paula de Soto e Ibacache (hija del español Alonso Miguez de Soto y de la cacica indígena Isabel Ibacache)

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Jerónimo Martínez de Orbe y Ledesma, n. Ibarra por 1630 c.c. Francisca de Ribera, n. Ibarra por 1655 Lucía Martínez de Orbe, n. por 1680 formó familia y luego casó con Lucas de los Reyes (hijo de Domingo de los Reyes, n. Galicia y de Agustina Sánchez Miño, n. Quito) Gabriel Manuel de los Reyes, b. 23-05-1715

Este reconocimiento se lo hizo además para mantener el “buen nombre” de la familia; de esta manera se aseguraba su estatus socio-económico, el manejo del poder sobre todo a nivel del Cabildo, y para evitar el desmembramiento de las propiedades en muchas manos. Así, pocos son los casos de ilegitimidades que se conocen en este grupo familiar durante el siglo 17 y principios del 18, siendo importante, además del estudiado, el de Agustín Martínez de Orbe, n. en Ibarra por 1665 y quien en 1698 solicitó la quinta parte de los bienes de su difunto padre Mateo Martínez de Orbe y Medina, que antes de haber sido clérigo lo tuvo con la indígena de Caranqui Manuela de Lara.21 La mujer que negó a su hija Otro caso interesante es el de María Rosa Espinosa de los Monteros, quien en enero de 1738 pide a la Audiencia que se le reconozca como hija legítima del Alférez Juan Esteban Espinosa de los Monteros y de doña Felipa Peláez de Ibarra22.

21 Archivo Banco Central de Ibarra. Protocolos, 1698. 22 El alférez Juan Esteban Espinosa de los Monteros, n. en Jerez de la Frontera en España. Fue hijo legítimo de Antonio Montero de Espinosa y de doña Juana Téllez de Igan. Pasó a Quito por 1675, donde casó cuatro años más tarde con Felipa Peláez de Ibarra, n. en Cuenca e hija natural de Fernando Peláez y de doña Antonia de Ibarra. Fueron vecinos de San Marcos donde tuvieron casa. 23 Cfr. Archivo San Marcos, Quito. Bautizos, 1687.

En el expediente, su madre niega que María Rosa sea su hija legítima, y que a pesar de existir una partida de bautizo23 donde se menciona la legitimidad de María Rosa, su madre insiste que ésta en realidad es

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expósita. Inclusive el Alférez Espinosa de los Monteros en su testamento24 no cita a esta hija, nombrando sólo a Juan Matías, María Juana y María Nicolasa como los legítimos hijos con la señora Peláez. María Rosa entonces acusa a su madre de tener diabólicos influjos y de estar senil, para negarla como hija. El asunto se aclara cuando Luis de la Puente, testigo de setenta años en 1738, precisa que el alférez y doña Felipa mantuvieron amistad ilícita por varios años, pues el alférez había sido casado en España con doña Catalina de Rojas, y que luego de muerta, el alférez pudo legalizar su situación con su nueva mujer, siendo por lo tanto María Rosa su hija legítima. Es más, la propia nuera de la señora Peláez, Josefa de los Arcos Príncipe Quintero, también declara que María Rosa sí es hija legítima de ambos, y que no es la primera vez que la señora Peláez niega a un hijo, pues años antes también había negado a Juan Matías, de lo que se arrepintió pidiendo perdón a su hijo. A pesar de que la señora Peláez hiciera testamento en febrero de 1738, es decir un mes después del reclamo de su hija, y en el cual refiere que aquella es expósita, las autoridades de la Audiencia terminan por declarar a María Rosa como hija legítima del alférez Espinosa de los Monteros y la señora Peláez, aunque el documento final penosamente no contiene las firmas de responsabilidad respectivas.25 Un caso muy interesante donde se aprecia la influencia y el poder económico de una familia es el de Juan Asensio de la Riva, quien en Cuenca en septiembre de 1743, declara ser hijo natural del segundo marqués de Solanda Pedro Sánchez de Orellana y de la mestiza Leonor de Saldaña (ésta a su vez hija de la indígena Ana López). El caso es que Juan Asensio, vecino de Cuenca y nacido allí en 1707, venía apellidándose “De la Riva y Sánchez de Orellana” ó también era conocido en el lugar como Don Juan de Orellana, habiendo tomado el apellido “De la Riva” porque había sido expuesto en casa del Cap. don Juan de la Riva. Así lo declararon varios testigos en el expediente de aquel entonces.
24 Archivo Nacional. Protocolos, 1685. 25 Archivo Nacional. Hijos Expósitos y Naturales. Caja 2.

El caso del hijo del marqués

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Cuando el marqués conoció la pretensión de Juan Asensio debió haber montado en iras, y en su declaración niega ser el padre de Juan, que para aquel entonces ya tenía 37 años. El marqués puntualizó que tuvo “comercio” una o dos veces con la señora Saldaña y que esta no fue doncella sino mujer corriente26. Es decir, encima de haber negado su paternidad ofendió vilmente a la mujer que le había dado una o dos noches de placer. Cabe recordar que don Pedro, nacido en Loja en 1680, por influencia de su padre fue electo Alcalde Ordinario de su ciudad natal en 1699, es decir a los 19 años de edad, a pesar de que las leyes de la época establecían tener 25 años para ejercer cargos públicos. En 1702 fue nombrado Familiar y Alguacil Mayor del Santo Oficio, en 1707 Alcalde Ordinario de Cuenca y en 1708 Corregidor de Latacunga27. Por aquel entonces Pedro Sánchez de Orellana, que todavía no era marqués pues su padre todavía viviría hasta 1731, debió haber tenido la feliz noticia que la Saldaña había dado a luz a su primer hijo. Esta es su genealogía: Álvaro Sánchez, n. en Perales de Tajuña 1569, minero de Zaruma de 1595 a 1607, c.c. María Daza Nieto Antonio Sánchez Daza, n. Loja 1600 c.c. Ana Goyas, n. Zaruma 1605

Cap. Clemente Sánchez de Orellana y Goyas, n. Zaruma 1626 c. 1648 c. Jacinta Ramírez de Arellano y Román Antonio Sánchez de Orellana, n. Zaruma 1651 1er. Marqués de Solanda, c. 2º c. Elvira de Góngora e Inurrigarro, n. España28 Pedro Javier Sánchez de Orellana, n. Loja 1680, 2do. Marqués de Solanda, tuvo con la mestiza Leonor de Saldaña a

26 Ibídem. 27 Fernando Jurado. “El destino del oro de Zaruma”. En Zaruma: Cuatro siglos de peregrinaje histórico 1560-1992. Edic. SAG. Quito, 1992. 28 Ibídem.

Juan Asensio de la Riva Sánchez de Orellana, n. 1707

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Don Pedro se casó en 1714 con Francisca de Rada Alvarado y Ortiz y en 1735 fundó Mayorazgo por 110 mil pesos. Para 1743, fecha del litigio con su hijo Juan Asensio, utilizó todo el arsenal de amistades para negarlo como tal. Así declararon en favor del marqués, el teniente Nicolás Montero, el Dr. Francisco Barzallo, Don Gabriel Nieto de Rivera, Don Pedro Fernández de Córdova y otros “prestantes” cuencanos que decían no saber nada del tal Juan Asensio. No podía faltar la parentela del marqués, así su primo el Presbítero y Comisario de la Santa Inquisición José Sánchez de Orellana llegó a manifestar que “… [a Juan Asensio] nunca lo trató como hijo natural del marqués, sino como pariente, y que por complacer su pretensión [la de Juan Asensio]… lo lisonjeaba llamándolo así”. Otro familiar del marqués, el también Presbítero Domingo Sánchez de Orellana llegó a decir -sabiendo que no podía mentir-, “…que el mismo Juan Asensio le había expresado que era hijo del marqués y que por ello lo había tratado de pariente”. Era más que evidente la paternidad del marqués. En el afán de demorar la sentencia o de convencer a Juan Asensio de descartar sus pretensiones, las autoridades de la Audiencia volvieron a llamar a todos los testigos del marqués para que ratifiquen sus declaraciones. Al final, el 10 de junio de 1744, la Audiencia se pronuncia en favor del marqués, “quien ha probado no ser padre de Juan Asensio”, prohibiendo al hijo de la señora Saldaña usar los apelativos de Sánchez de Orellana. Poderoso caballero es don dinero. Las relaciones prematrimoniales, como en el caso anterior; la consensualidad –estable o esporádica-, entendida como la voluntad de la pareja para vivir unida; la bigamia y poligamia; el adulterio; y los romances clandestinos entre religiosos y laicos fueron componentes significativos de la vida cotidiana de la sociedad colonial29 que, como prácticas sexuales habituales no solamente exclusiva de un estamento socio-económico, trajeron como consecuencia niños ilegítimos, que en la mayoría de los casos eran abandonados, siendo este un mal menor frente al infanticidio, pues al desamparar un niño existía la posibilidad de salvarle la vida a través del cuidado que le ofrecerían ciertas fami29 Al respecto Cfr. María Emma Mannarelli. Pecados públicos. La ilegitimidad en Lima en el siglo XVII. Ediciones Flora Tristán. Lima, 1993.

El destino de los abandonados

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lias que los acogían y los criaban; de ahí que la condición de expósito implicara la sospecha de ser hijo legítimo en ciertos casos. Sin embargo, no todos los niños abandonados eran expuestos a las puertas de las residencias de familias que generalmente tenían holgura económica, dado que la categoría de expósito estaba reservada para los niños blancos, más aún a raíz de la Cédula Real de 1794. Otros niños –que podían o no tener la calidad de blancos- fueron expuestos a las puertas de los conventos. Este fue el caso de Joaquín, un niño que en 1752 fuera abandonado a las puertas del Monasterio de las Conceptas de Quito. Allí, las monjas Juana de San Cayetano y María Josefa de San Gerónimo lo criaron hasta cuando el niño tuvo siete años. Frente a la imposibilidad de seguir con él, lo entregaron a Don Francisco Bernardo de Mena, hermano de la monja Josefa para que lo cuide, cosa que no sucedió, a pesar de que el señor Mena recibió un par de esclavos, joyas y otros bienes para los gastos y atención del niño Joaquín.30 Caso parecido es el de María de Grijalva, nacida en Ibarra por 1732 e hija natural de doña María de Grijalva y Recalde. La niña fue expuesta a las puertas de la casa del Presbítero Pedro de Santa Cruz, donde fue criada por una cocinera mulata de nombre Petrona. Cuando la madre se casa hacia 1735 con don Ignacio Páez de Trastamara, dice que la niña no es de ella y que sólo le ha dado caridad. Al parecer quiso evitar problemas con su marido al ocultar el verdadero origen de su hija. Por el expediente de 30 de junio de 1774 se sabe que doña María de Grijalva y Recalde también fue madre de otra niña llamada Antonia Grijalva31, n. en la hacienda de Buenaventura en Ibarra por 1730 y criada por su tía María Recalde. En 1742 doña Antonia fue nombrada por su madre como heredera de la hacienda de Pueblo Viejo y de dos esclavos; casó por 1750 con el quiteño Manuel José de Sosa y Márquez y es antepasada de connotados e ilustres quiteños. El caso de Manuela de Anda y Suasti Este expediente de 14 de agosto de 1782 no menciona casos de niños expuestos, sino del proceso de Manuela de Anda, hija natural del Gral. Pedro Pérez de Anda y de Melchora Suasti, quien reclama el quinto de los bienes de su difunto padre.
30 Archivo Nacional. Hijos Expósitos y Naturales. Caja 2. 31 Ibídem.

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El Gral. Pérez de Anda había nacido en la villa de Ormijana en España y fue nombrado Corregidor de Latacunga en 1742, cargo que ocupó por cinco años. En esa ciudad casó en 1752 con María Sáenz de Viteri y Loma, con quien procreó cinco hijos. Testó el 8 de noviembre de 1781 y falleció dos semanas después. Había declarado ser dueño de una estancia en Isinlibí en San Felipe y de la hacienda Andagualo, donde tenía cuatro manadas de ovejas y algunas cabezas de ganado32. A raíz de la demanda que presentara su hija natural, la viuda del general niega que Manuela sea hija de su difunto esposo, aún a pesar de la declaración de esta última que dice que sí tenía conocimiento del hecho y que inclusive le mandaba cartas a su hijastra. Frente a ello, la señora Viteri arremete contra Manuela y contra la madre de ésta, doña Melchora, de quien llega a decir que es mujer de vida licenciosa, que anda de fandango en fandango bebiendo aguardiente y que había tenido relaciones sexuales con el difunto Marqués de Lises, así como con el cirujano inglés Diego de Cox, con Antonio del Pino y con don Manuel Moncayo. La viuda únicamente está dispuesta a darle 100 pesos, quizá por la duda de que en efecto sea hija de Pedro Pérez de Anda y por eximirse algún cargo de conciencia. Lo más seguro fue que en efecto era hija natural de general, pero sus deudos no querían compartir sus bienes heredados con alguien aparentemente extraña. Las autoridades de la Audiencia sentenciaron a entregar 300 pesos a la hija natural, pero aún seis años más tarde, los Anda no le habían entregado ni un centavo.33 La genealogía de Manuela de Anda y Suasti es como sigue: Martín Pérez de Anda, n. Ormijana-España por 1640 c.c. Casilda Ramírez de Salazar

Gral. Pedro Pérez de Anda Salazar y Corcuera, n. por 1705, m. 1781 f.f.c. Melchora Suasti
32 Alfonso Anda Aguirre. “Los Anda”. En Revista Ceniga. No. 9. Quito, 1991. 33 Archivo Nacional. Hijos Expósitos y Naturales. Caja 3.

Vicente Pérez de Anda y Salazar, n. por 1670 y m. 1733 c.c. María Díaz de Corcuera, n. por 1680 y m. 1736

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La calidad de expósito ligada a la infancia en el esquema social de la época colonial, suponía el nivel más ínfimo, por el escaso significado del niño expuesto en su seno familiar adoptivo, ya sea por la tacha que representa su presumible filiación ilegítima, la falta de identidad social y desvinculación del núcleo familiar de origen, así como el estado de miseria que acompañará al individuo durante todo su desarrollo34. La exposición no se limita únicamente a una condición de marginación social y de desprestigio personal desde la infancia, sino que enfrenta un maltrato legal que fuera atenuado sólo a fines del siglo XVIII, cuando por iniciativa de Carlos IV y a través de la Cédula Real de 1794, los expósitos son reconocidos como legítimos a todos los efectos civiles y abolidas todas las penas y agravios que les son aplicados, como analizáramos anteriormente. Así como la condición de expósito socialmente generaba exclusión, degradación y bochorno, el ser considerado hijo ilegítimo era motivo de deshonra y descrédito, sobre todo a nivel de familias de élite, lo que inevitablemente provocaba una serie de escándalos de los cuales se hablaba por años. Y sobre esto se fundamenta el expediente de 26 de noviembre de 179335, en el que Pedro Montúfar y Larrea defiende el honor de su difunto padre el primer Marqués de Selva Alegre Juan Pío Montúfar y Frasso, cuando fuera “difamado” por don Simón Sáenz de Vergara, al manifestar que el marqués había convivido con doña Rosa Larrea y Santa Coloma, siendo por lo tanto sus hijos ilegítimos habidos fuera de matrimonio. El origen de la rivalidad entre Sáenz y Montúfar surgió unos nueve años antes, cuando el inquieto Simón Sáenz en su ambición de obtener dinero y poder, se había cruzado con los intereses del poderoso bando de los Montúfares, a causa de haberse hecho asignar el transporte del “situado” en 1784 y de haberse hecho nombrar, por influjo del vanidoso presidente de la Audiencia Luis Antonio Muñoz, alcalde ordinario y regidor perpetuo. Como resultado de ello, sus enemigos lo enjuiciaron, azuzaron en su contra una protesta popular y finalmente
34 Al respecto Cfr. María Gema Cava López. “Pobreza y marginación infantil: expósitos en la Alta-Extremadura moderna”. En Coloquios Históricos de Extremadura. España, 1997. 35 Archivo Nacional. Hijos Expósitos y Naturales. Caja 3.

Los marqueses de Selva Alegre en escena

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lo denunciaron ante el virrey por vivir amancebado en Quito con doña Joaquina Aizpuru, teniendo como mujer en Popayán a doña Juana María del Campo.36 Siendo así, enemigo de los Montúfares, un buen día el tenorio de Sáenz injurió públicamente al difunto marqués y ex Presidente de la Audiencia de Quito que en efecto había convivido y formado familia con la señora Larrea desde 1757. El matrimonio de estos últimos no se había efectuado por no contar con el permiso real que necesitaban los funcionarios de las Audiencias en América para el efecto; legitimando su unión de hecho en enero de 1761, es decir después de cuatro años de vivir juntos37. Las partidas de bautizo y matrimonio de los Montúfares se hicieron públicas, todo mundo comentó el hecho por lo menos hasta 1795, cuando una Cédula Real, en la que se menciona que Sáenz y Pedro Montúfar se habían dicho de todo, termina pidiendo que los litigantes se reconcilien y no se vuelvan a injuriar. Así terminó este lío en defensa del honor de la legitimidad del matrimonio. Vale mencionar que don Pedro Montúfar terminó dejando sucesión ilegítima en Pujilí, Sigchos y Angamarca, lugares donde tenía propiedades; y don Simón Sáenz de Vergara, de los amoríos con Joaquina Aizpuru, nacería Manuela Sáenz, la Libertadora del Libertador. Uno de los casos sobre naturalidad es la del gran patriota, político, científico y poeta José Mejía Lequerica, bautizado en Quito el 24 de mayo de 1775. Esa condición de ilegitimidad le generó una serie de dificultades, sin embargo su talento se impuso a tal factor. Debemos anotar que dicha circunstancia de ser “hijo natural” era común en la época; pues los hijos sacrílegos, espurios y naturales, fueron en gran número en la época colonial, que se acercaban a la cuarta parte de la población de América38. Por otro lado, Quito era considerada como una “ciudad alegre”, y así fue vista por Jorge Juan y Antonio de Ulloa cuando, acomLa naturalidad de José Mejía Lequerica

36 Jorge Núñez Sánchez. Historias del País de Quito. Edit. Eskeletra. 1ª Edic. Quito, 1999. 37 Al respecto véase lo que el realista y ferviente defensor de los intereses de la Corona española Pedro Pérez Muñoz menciona en sus “Cartas”. En Fernando Hidalgo-Nistri, comp. Compendio de la rebelión de la América – Cartas de Pedro Pérez Muñoz. Edic. Abya Yala, 1998. 38 Cfr. María Antonieta Vásquez Hahn. “El tiempo quiteño de José Mejía Lequerica”. En Jorge Núñez, et. al. Mejía, portavoz de América. Edic. Fonsal. Quito, 2008.

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pañando a la Misión Geodésica Francesa, “…descubrieron [en Quito] la existencia de una recoleta ciudad andina que por las noches se transformaba en una especie de Sodoma o Gomorra… El vicio más generalizado en la sociedad quiteña era el concubinaje, al punto que se había convertido en hábito social que era practicado por las gentes de todos los estamentos, razas y condiciones”. Las mujeres quiteñas de aquella época eran poco interesadas por el matrimonio, aunque muy proclives a establecer relaciones de amor libre, siempre que el potencial amante les garantizase una relación estable y duradera39. El 6 de noviembre de 1797, doña María y don José Mejía Lequerica, solicitan a la Audiencia que se les declare como hijos naturales del Dr. José Mejía del Valle y de Joaquina Lequerica, con el objeto de heredar las dos partes de herencia que las Leyes del Reino les concedían. Uno de los testigos fue Mariano Mejía del Valle, tío de José Mejía, quien llegó a declarar que no sabía si su hermano había casado con Joaquina.40 Aunque no tenían impedimento legal para haber contraído matrimonio, es posible que la pareja se hubiera casado en secreto y ocultarlo, con el objeto de no pagar la multa que le correspondía al Dr. Mejía del Valle por ser doctor en Teología, cuyo monto hubiese ascendido a dos mil pesos. Asimismo otra razón importante para reservar la condición de casados radicaba en el hecho de evitar el pago adicional de seis mil seiscientos pesos, para que la señora Lequerica pudiese continuar en la tutela de sus otros dos hijos habidos en su primer matrimonio41 con su difunto pariente y ex esposo don Antonio Zerrajería y Berrutieta, que había muerto en 177242. El Dr. Mejía del Valle en verdad nunca se preocupó por sus hijos naturales, al punto que los dejó con su madre para irse a la Costa, donde fue nombrado Gobernador de Yaguachi en 1780 y Auditor de Guerra del Gobierno de Guayaquil en 1790. Al haber quedado en Quito la señora Lequerica, sola y con sus hijos, y en el afán de proteger a sus hijos legítimos de primer matrimonio, dejó el cuidado de sus hijos naturales en manos de Rosa Moreto tía abuela de los chicos, y luego con la familia del Dr. Mejía del Valle. Años después volvió el padre de
39 Jorge Núñez Sánchez. Historias… op. cit. 40 Archivo Nacional. Hijos Expósitos y Naturales. Caja 4. 41 Vásquez, op. cit. 42 Fernando Jurado. “El linaje de José Mejía Lequerica y su verdadera casa natal”. En Museo Histórico. Nº 57. Quito, 1980.

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Mejía a Quito y murió en Pomasqui en octubre de 1797, sin haber hecho testamento, razón por la que sus hijos naturales reclamaron parte de la herencia que su padre había dejado. A pesar de haber logrado en diciembre de 1797 por parte de las autoridades de la Audiencia el reconocimiento como hijos naturales del Dr. Mejía del Valle, no lograron obtener nada de la herencia y los pocos bienes pasaron a poder de sus tíos paternos. El 26 de septiembre de 1805, don Juan Ante y Valencia solicita a la Audiencia que se le califique su idoneidad y se le declare hábil y capaz de obtener y desempeñar debidamente el oficio concejil, como lo es el de Regidor ordinario. Don Juan Ante había sido de niño expuesto a las puertas del Dr. Pedro de Ante y Valencia, vecino de Quito, quien lo adoptó por hijo, lo crió y educó. Lo habría llevado a casa del Dr. Ante un sacerdote, con una considerable suma de dinero, como prueba de que provenía de padres respetados e ilustres. Esta última condición era requisito indispensable para ejercer cargos públicos, mencionándolo en el expediente, así como también el hecho de haber recibido una gran educación por parte de su padre adoptivo, aduciendo que, de acuerdo a la Cédula Real de 2 de septiembre de 1784, solamente se requiere legitimidad de nacimiento para los oficios de judicatura y no para los regimientos ordinarios, para los cuales solo basta la limpieza de sangre y conducta honrada. Como alegato para lo solicitado se sustenta además en lo dispuesto en la Cédula Real de 1794, que en su parte pertinente, estudiada en páginas anteriores, declara expresamente que todos los expósitos de ambos sexos, existentes y futuros, que hayan sido expuestos en casas de caridad o en cualquier otro lugar y que no tengan padres conocidos, sean tenidos por legítimos para todos los efectos civiles sin excepción. Sin embargo, el fiscal de la Audiencia Andrés José de Iriarte, considera que a pesar de que Ante sea hombre bueno y del estado llano general, no debe optar por el cargo de Regidor, en razón de lo dispuesto en las Leyes 7ª y 8ª de Indias, que considera que para dicho cargo, sobre todo en ciudades grandes o capitales de provincia, deberá ser
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ocupado por vecinos ilustres o de primera distinción; exhortando a las autoridades a negar la petición de Ante, por ser sujeto de clase inferior. Sin embargo, las autoridades de la Audiencia deciden reconocerle la condición prevista en la Cédula Real de 1794, dejando abierta las puertas para ser Regidor.43 Juan Ante llegó a ser notable prócer de la Independencia de 1809, asistió la noche del 9 de agosto a la famosa reunión en la casa parroquial de El Sagrario, donde tenía sus habitaciones Manuela Cañizares y suscribió el acta de independencia como delegado del barrio de La Catedral. Fue nombrado Capitán de la Falange de Fernando VII y a pesar de haber estado a punto de ser apresado en 1810, trajo varios jóvenes desde Machachi con el objeto de liberar a sus compatriotas presos en el Cuartel de la Audiencia. Formó familia con las señoras Ramona Rodríguez, Francisca Salas y Josefa Nicolalde. Casó luego el 26 de septiembre de 1820 con doña Antonia Velasco y Cobo, y murió el 26 de julio de 1828, dejando una extensísima sucesión. Su viuda, la señora Velasco, en 1829 contrajo segundo matrimonio con Francisco Antonio Rebolledo Valencia, conociéndose por la dispensa previa para este enlace, que la madre del prócer había sido Lorenza Valencia y Hurtado del Águila, y por lo tanto primo hermano del segundo marido de su esposa, y sobrino segundo de su padre adoptivo44.

La actitud manifestada por el Estado en la época colonial frente al expósito se caracterizó en todo momento por la relativa indiferencia e insensibilidad mostrada hacia las difíciles circunstancias de este colectivo, aún a pesar de la tardía Cédula Real de 1794, que duraría poco más de dos décadas, pues la independencia se venía encima. La atención del poder político de la Audiencia de Quito frente a la realidad de los expuestos aparece seriamente reducida y sin mayores implicaciones en la misión de poner en práctica, salvo contados casos, lo dispuesto por Carlos IV a fines del siglo XVIII; de modo que
43 Archivo Nacional. Hijos Expósitos y Naturales. Caja 4. 44 Fernando Jurado. Los descendientes de Benalcázar en la formación social ecuatoriana. Tomo 8. Edit. Artes Gráficas. Quito, 1990.

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existe indiferencia por parte de las autoridades coloniales hacia los expósitos de los estamentos medios, llegando inclusive a bloquearse las legítimas aspiraciones de quienes habrían de ascender socialmente. Este es el caso de don José Manuel de Salazar y Astorga, quiteño expuesto primeramente a las puertas de la monja San Francisco Narcisa de Acevedo, y por segunda vez a Francisco Vicente Salazar. De acuerdo al expediente de 29 de julio de 1809, se menciona que don José Manuel, el expósito que vivirá un verdadero vía crucis, había sido bautizado en la Catedral el 9 de junio de 1787 y estudió Filosofía y Leyes en el Colegio San Fernando. En conocimiento de lo proclamado en la Cédula Real de 1794, y al iniciarse el proceso solicitó a la Audiencia se le considere como expósito, con seguridad para ser tenido como legítimo y con iguales derechos a éstos al momento de incorporarse como abogado. En efecto, siete años más tarde, en enero de 1816, solicita se le incorpore como tal, sin embargo el Tribunal Superior universitario dilata tal pedido, hasta que en julio del mismo año Salazar vuelve a pedir al Tribunal se le acepte rendir examen previa la obtención del soñado título. Salazar no es aceptado para el examen, y seguramente por alguna afirmación que lo vinculaba a los hechos de la revolución de 1809, requiere la presencia de varios testigos que informen que él no tuvo nada que ver con “la desastrosa revolución de aquellos años y que siempre ha mostrado fidelidad al rey”. Con certeza, por habérsele vinculado a los hechos de aquel entonces, y frente al nuevo pedido de 1817 para rendir el ineludible examen, la Universidad lo vuelve a negar. El pleito para conseguir su ansiado objetivo llega hasta 1822, teniendo inclusive en noviembre de ese año que escribir al Libertador para que disponga se analice su caso. Tres años después, el 21 de noviembre de 1825 y luego de haber padecido tantas negativas, pudo recién incorporarse como abogado45, a pesar de constar en los archivos que se había graduado en 181646. Debieron pasar diez años de ruegos y pedidos para hacerse justicia. Consideraciones finales El análisis de los datos extraídos de los libros del Archivo Nacional
45 Archivo Nacional. Hijos Expósitos y Naturales. Caja 4. 46 Nómina de Abogados Graduados en la Universidad Central. S/e. Quito, 1950.

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relacionados a hijos expósitos y naturales nos muestran una aparente moderación de las cifras de abandono y naturalidad, que no corresponden a la realidad en la Audiencia de Quito, puesto que dichos expedientes refieren únicamente a las solicitudes de amparo de aquella condición, para la obtención de quintas partes de herencias y legados, rentas, o aplicabilidad de igualdad de derechos de los ilegítimos frente a los hijos legítimos, aunque esto último después de promulgada la Cédula Real de 1794. Para una mejor comprensión de la realidad es necesario además tener como fuentes primarias los registros de bautizos de las diferentes parroquias de la ciudad de Quito y de otras ciudades de la Audiencia que nos muestran un número mucho mayor de ilegítimos. Al respecto y a manera de ejemplo podemos citar los niños bautizados en la Catedral de Quito entre 1801 y 1810, donde la ilegitimidad corresponde a un 16% de 389 niños bautizados en esta década y sólo en esta iglesia, es decir 63 niños ilegítimos, de los cuales más de la mitad fueron expósitos47. Imaginemos el número en toda la Audiencia. Los casos analizados, en su mayoría, corresponden a hijos de estamentos socio-económicos medios o medios altos, razón por la cual el fundamento del reclamo del peticionario en el expediente es la obtención de rentas económicas de sus casi seguros padres. Las razones para el abandono de estos niños fundamentalmente radican en la necesidad de ocultamiento de la paternidad por razones variadas, y en ocasiones tuvieron la suerte de ser acogidos por familias pudientes o prestantes sacerdotes. Este fue el caso de Mariano Joaquín Lemos, nacido en 1764 y quien fue expuesto a las puertas de la casa del Dr. Francisco García de Lemos, cura de Cuenca, donde recibió una de las mejores educaciones y luego de haber sido justificada su condición de expósito por las autoridades de la Audiencia en 179348, ocupó importantes cargos como Defensor y Protector de Indios, Oficial Mayor de la Administración de Aguardientes de Cuenca, Oficial de las Cajas de la Real Contraloría en Quito y Oficial de la Administración de Correos. Pero por otro lado, los casos que no estaban vinculados al reclamo de herencia de sus padres, nos permiten sospechar que las razones para deshacerse de un hijo fueron por situaciones de miseria, sobre todo en familias de blancos pobres y de mestizos, cuya situación económica no
47 Cfr. Jorge Moreno Egas. Vecinos de la Catedral de Quito bautizados entre 1801 y 1831. Offset Ecuador. Quito, 1984. 48 Archivo Nacional. Hijos Expósitos y Naturales. Caja 3.

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garantizaba la alimentación y crianza de sus hijos, viéndose en la necesidad de abandonarlos a las puertas de familias con cierta solvencia monetaria. Por otra parte, los niños expósitos parecen haber sido, en su mayoría, de raza blanca o blanca mestiza, pues parece muy dudoso que las mujeres indígenas hubieran repudiado un hijo, por las características de su propia cosmovisión, puesto que dada la estrategia de supervivencia indígena, las manos para el trabajo agrícola son fundamentales. Asimismo concordamos con la historiadora Jenny Londoño, al considerar que es bastante improbable que mujeres indígenas o negras hubiesen expuesto a sus hijos en las casas de las familias blancas, pues por el consecuente repudio que tradicionalmente existió a grupos étnicamente diferentes, no hubiesen aceptado la crianza de un niño de aquellas, salvo en calidad de sirviente o esclavo49. Si esto último ocurría, el expósito era inscrito generalmente solo con el nombre de pila e indicando a quién pertenecía; la inclusión del apellido en algunos casos, más aún si la madre era esclava de la casa que acogía al niño, podía generar sospechas acerca de la paternidad del niño. Desde otro enfoque y debido a la generalizada actitud de rechazo social frente al expósito recién nacido en la Real Audiencia de Quito, se intentó atenuar su situación a través de otorgar su crianza y cuidado en conventos y monasterios, cuando no eran acunados en casas particulares. El Estado intentó generar una respuesta institucional a este crítico problema por medio de la creación de “casas de protección” para estos desamparados, cuya realidad se singulariza por el desequilibrio en la instauración de estos centros que, por su mala distribución, la inercia en el funcionamiento de las mismas y el escaso interés por ofrecer un apoyo más amplio, terminó por convertirlas en ineficientes, claro está, en los territorios donde existían dichas casas de amparo. El interés dedicado a este problema aparece pues en mayor medida relacionado con responsabilidades secundarias pero dotadas de mayor relieve, tales como las obligaciones de alimentación y vestuario para con el expósito, cuyos costos eran asumidos por los conventos que recogían a los abandonados ó por dichos centros de amparo, de donde los niños solían escapar por el maltrato recibido y por hallarse
49 Londoño, op. cit.

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en lugares remotos, generando un grupo de niños y jóvenes que fácilmente podrían dedicarse a la delincuencia. La tarea de crianza y atención de los menores, puestos al cuidado de amas, es decir a cargo de mujeres pobres que alimentaban a los niños a cambio de un salario por espacio de siete años, fue un remedio momentáneo que surge de la Cédula Real de 1794, pues pasado este tiempo los menores quedaban a su suerte, terminando como vagabundos, viviendo de la caridad o dedicándose al hurto para subsistir. Finalmente, la consideración y el trato social brindado al menor expósito es el reflejo del comportamiento de las autoridades institucionales en la Colonia, cuyos discursos configuraron un sistema de valores para la comunidad de élite frente a este grupo social desprotegido. La actitud adoptada hacia el abandonado no se limita únicamente a las muestras de rechazo, sino que encierra conductas de maltrato al que fueron sometidos muchos niños desamparados, así como a la explotación con características de servidumbre en expósitos mestizos de origen humilde y a una permanente despreocupación y apatía de varios grupos sociales frente a este grupo indefenso, sumado esto a la ausencia de reales y efectivas iniciativas estatales para el mantenimiento de casas de asistencias y protección para expósitos, prácticamente inexistentes en la Audiencia de Quito. La tardía Cédula Real de 1794 sirvió únicamente para proteger a aquellos expósitos blancos cuyo origen generalmente era conocido en círculos familiares, pero no ayudó a mejorar la condición socioeconómica de los mestizos coloniales, cuya categoría los estigmatizó toda su vida.

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BIENVENIDA AL DOCTOR VLADIMIR SERRANO PEREZ COMO MIEMBRO CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA DEL ECUADOR

Manuel de Guzmán Polanco

La historia estuvo limitada, por mucho tiempo, al relato de los grandes sucesos y a la presentación consecuente de las virtudes, los vicios y deficiencias de los dirigentes de los pueblos, fueran éstos guías de las ideas en la comunidad o rectores de la vida de los hombres, por su capacidad organizativa. Sintetizando, lo que haría la historia clásica era presentar los modelos de excelencia o de vituperio. El desarrollo de las ciencias positivas y de los medios de comunicación han permitido en los últimos siglos, el desarrollo de la historia en apoyo de las nuevas actividades o inquietudes del ser humano, más bien en los trajines de la vida diaria, como la atención a la naturaleza y su influencia en la vida del hombre, o la atención a las reacciones del ser humano frente a sus congéneres y al medio en que actúan. Esto es lo que en términos generales llamamos la Ecología, las Ciencias Naturales y las relativas a la conducta como las psicológicas. En otras palabras, la historia actual está, se registra, más en el entramado social, aclarándolo, ampliándolo, asumiendo en parte la dirección de la comunidad. Ya no es solamente el recuento del pasado sino además el índice del presente y por lo mismo, la luz del porvenir. Para tal responsabilidad requiere de individuos de la más clara formación y dotados de cualidades intelectuales y morales de altura, solvencia y responsabilidad muy definida, pues al fin o al cabo, su labor es de dirección, de guía segura, sin alarde ni encomio, pero sí de entrega. El cronista ha pasado a ser el analista y a consejero de la sociedad a que pertenece. Desde el altozano de su responsabilidad observa, registra, ayuda a distinguir y decidir. Al examinar la Hoja de Vida de Vladimir Serrano Pérez, se encuentran los variados y múltiples pasos que le han llevado al altiplano de la cultura. Sus principios morales son definidos y sus conocimientos básicos de las Ciencias Sociales le ubican en el medio jurídico-social en el que ahora ya no sólo es un estudiante
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de los postulados y doctrinas de los grandes maestros, sino también de las realidades del mundo propio, inmediato, en el que vive y para el que vive. De las generalidades a la especialización. Antena móvil que recorre el horizonte variado y sorpresivo del mundo actual, en el que los prototipos se multiplican y reclaman soluciones para las nuevas realidades y la afirmación de las antiguas que dieron la entraña y el colorido a este ente tradicional y mestizo que llamamos Nación. Vladimir Serrano maneja la Historia en la gama que señala el mito y la leyenda hasta la cruda realidad que nos conmueve. Una buena indicación de lo que ha hecho, de lo que piensa y de lo que sugiere, es la lista de las principales publicaciones por él logradas. Saltando sobre el amplísimo catálogo se puede leer una impresionante variedad de temas como: Ecuador Multinacional, Sociología y Cultura; Derecho, Ecología y Sociedad; Hacia la formulación de un Derecho Ecológico; Psicopedagogía del Desarrollo; En busca de un diálogo entre la conciencia occidental y la aborigen; Panorama del Derecho indígena ecuatoriano; Análisis del Derecho Indígena desde el realismo jurídico en comunidades indígenas del Ecuador; La psicología jungiana en América Latina.- Se refiere al Científico de la totalidad Carl Gustav Yung. Y por ahí va hasta el análisis de las últimas causas con su libro en el que habla de la Teología de la Ecología. Una teología para la conservación de la creación en América. Y de golpe nos sorprende con “La consecuencias sociales de la Revolución Juliana”, es decir disquisiciones sobre la vida política y social del Ecuador. Apenas he tocado una muestra de sus inquietudes culturales. Porque no solo piensa y escribe sino que ha sido un gran realizador así en instituciones públicas como en privadas. Por lo que, en materia de historia, es amplísimo su recorrido. Desde la perspectiva general para estudiantes secundarios hasta los procedimientos, las investigaciones, las tajantes realidades explicadas a los universitarios. Como también las amenas relaciones históricas de sus programas de Televisión, Radio y Prensa escrita. Un estudio sobre la psicología de la sociedad quiteña y unos cuantos episodios ya introducidos en la historia de la misma, es lo que Vladimir Serrano Pérez nos presenta en esta tarde como tema de su incorporación a la Academia Nacional de Historia, que lleva el título “El imaginario en la historia de Quito–Sentido de las leyendas y tradiciones”.
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Para nosotros la “Historia del Reino de Quito en la América Meridional” escrita por el Presbítero Don Juan de Velasco, nativo del mismo Reino en 1789, es la obra primera y fundamental que encuadra lo que fue y lo que vino a ser la República del Ecuador. Tres tomos en los que describe la Historia: Natural, la Historia Antigua y la Historia Moderna, respectivamente, de esta parcela que entonces formaba parte del Imperio Español, el más grande de entonces. La publicación que se hizo en la primera mitad del siglo XIX en Quito, despertó inmediatamente los comentarios adversos, de carácter político y hasta ideológico en varias partes de América, sobre todo de los vecinos, y en el propio Ecuador. Qué es eso de “Reino de Quito”, dijeron, qué es eso de territorio amazónico, o marítimo o cordillerano. Sólo son inventos del jesuita amargado por su extrañamiento en Faenza y la destrucción de la monumental obra de esos misioneros a los que les quitó bienes, hogar y poder, el ilustrado, más bien dicho, resentido Rey Carlos III. Ese riobambeño no es sino un inventor de cuentos, basado en falsedades tradicionales o fraguadas por él mismo. Pero la crítica amargada tuvo que callarse ante otras opiniones lo cual ayudó a admirar la verdadera historia. Y sigue el denuesto aún en nuestros días. Cierto que es ya muy tenue la enquina contra el admirable patriota y su país. Recordemos que la discusión copó la actividad de uno de los más calificados y preparados historiadores nuestros, uno de los alumnos de Federico González Suárez y uno de los fundadores de nuestra Academia, el gran quiteño Jacinto Jijón y Caamaño. Los primeros números del Boletín de la Academia, que él dirigía y financiaba, están ocupados en una radical oposición de Don Jacinto al sistema de historia verbal que, transmitida por tradición de generaciones, luego aparecieron impresas, dando la impresión de que eran verdades creadas por Velasco. Es que como las parcialidades o nacionalidades indígenas no tenían escritura, no existían documentos originarios de la historia de esos pueblos. Es más, como lo dijo en su discurso de ingreso a la Academia el gran científico Dr. Eduardo Estrella, el Padre Velasco “lo que quiso es reconstruir la historia de un pueblo, sobre la base de sus tradiciones, este fue su objetivo, tal como lo declara abiertamente” (Boletín de la ANH año 1997, páginas 303 a 318). Años después, con la experiencia de los años, el señor Jijón cambió su drástica opinión personal y contribuyó a rescatar el valor histórico de la obra de Juan de Velasco.
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Prácticamente no hay historia de país alguno que no tenga una parte imaginaria. Al acaso preguntamos, cuál es la base fundamental de la historia del gran pueblo germano cuando trata de los Nibelungos. O del real orígen de nuestros Incas. Oigamos al propio Juan de Velasco en su artículo sobre la “Segunda época del Reyno de Quito, conquistado por Caran Shyri. La nación extranjera, llamada Cara por su principal cabeza Caran, el cual se intitulaba Schyri o Señor de todos, fue siempre insubsistente, hasta no establecerse en el Reyno de Quito. De dónde, por qué motivo, o con qué circunstancia hubiera pasado por mar a la costa americana, lo tengo dicho según las conjeturas más bien fundadas, en el libro 4, capítulo 5 de la Historia Natural” (Página 88 del Tomo II de la Historia del Reino de Quito de Juan de Velasco. Edición Casa de la Cultura Ecuatoriana 1996—Quito). Los grandes historiadores que vinieron después del Padre Velasco, como González Suárez, Pedro Fermín Cevallos, Luis Robalino Dávila, Alfredo Pareja Diez Canseco, Jorge Luna Yépez, Jorge Salvador Lara, tuvieron que partir del imaginario prehistórico y atenerse a otras normas de la ciencia histórica para poder construir el edificio de la nacionalidad con los componentes de los hechos cumplidos. Una escena similar vino a ser igual para todos los países jóvenes con antecedentes milenarios, como los hispanoamericanos. El mito hizo su papel y seguirá haciéndolo, como componente de la historia verificable. El historiador Serrano ha elegido para su estudio ciertas leyendas quiteñas que ilustran la tendencia del imaginario histórico quiteño; en que la “psique colectiva” una de ellas el caso de Eloy Alfaro hecho histórico que ha llegado a ser transformado, quizás finalmente, en el mito polìtico que se puede ver en pinturas, estatuas, restos corporales, frases grabadas, armas y edificios públicos de dimensiones y estructuras revolucionarias, en lo que se llama Montecristi. Otro hecho, que conmovió la sensibilidad hasta de Simón Bolívar, fue la presencia heroica del “héroe niño” Abdón Calderón Garaicoa, en la batalla de Pichincha; figura magnífica de la entrega total de la juventud en las duras horas de lucha por la independencia, para defender el hecho egregio del Diez de Agosto. Las caídas, las heridas, las proclamas, la bandera y la espada, acumuladas por los relatos patrióticos de muchos crearon un relato, ésto es un mito, que tiene sus manifestaciones en estatuas, monumentos, instantes dramáticos y gloriosos. Nos lleva el Dr. Serrano a la identificación de las personalidades e instituciones mundiales que han estudiado e institucionalizado la
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figura del Mito como parte de la historia de la humanidad. Entre los muchos nombres o descripciones señalaremos tres de los que él forma parte: el Instituto Latinoamericano de Ciencias Sociales ILADES, el Centro Superior de Sabiduría Ancestral Jatun Yachay Huasi y la Fundación Carl Gustav Yung. Lo que puede explicarnos en parte la novedad y profundidad de su obra denominada “Historia de los Movimientos Sociales”. Con suficiente claridad el doctor Serrano califica a las Leyendas como descripciones “que tienen que ver con héroes o seres humanos comunes, que viven episodios extraordinarios”. Un muy buen ejemplo es del “Cristo de la Agonía” narrado por el gran peruano Ricardo Palma que vivió exiliado durante unos años en Ecuador. Creo que todos hemos oído de aquel óleo de Miguel de Santiago que era la imagen de uno de sus alumnos al que colgó en la cruz y lo mató logrando la imagen de la angustia infinita del martirio y la muerte. Otra leyenda famosa estudiada por Serrano es la de Cantuña, el indio que entregó su alma al diablo por cumplir una promesa de trabajo y dotar de belleza al antepecho de la Iglesia de San Francisco en Quito. De historietas populares como éstas, Vladimir Serrano extrae sabiamente sus conclusiones para descubrir los derroteros de la cultura popular de la época y otras superiores deducciones que forman ya parte de la sociología ecuatoriana. El doctor Serrano hace un buen recuento de los ecuatorianos que han rellenado con sus Tradiciones la historia nacional y empieza por Don Cristóbal de Gangotena y Jijón, uno de los fundadores de nuestra Academia, que alegró a dos generaciones con su sabrosa obra “Al margen de la historia” y que continúa alegrándonos con sus cuentos de pícaros frailes y caballeros de antaño. Eso era hacen 100 años. Pero ya en 1898 un colombiano, residente en Quito, había escrito la primera de 50 tradiciones históricas del ambiente bolivariano que se publicó primero en “El Diario” de Montevideo el 23 de julio de 1899 y luego en el muy valioso repertorio quiteño “La ilustración ecuatoriana”, el 1º. de febrero de 1910, importante Revista en la que había ya escrito desde sus primeros números, en 1909, varias otras tradiciones. El autor se llamaba Rafael María de Guzmán España, mi abuelo, del que Vladimir no se ocupa, para que yo hablara de él y con mucho gusto, pues su labor metódica fue amplia y le llevó a cubrir el espacio consabido en El Comercio de Quito hasta julio de 1929, el
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mismo día en que murió. La primera de sus Leyendas se tituló “Con cuchara” regocijante aventura doméstica entre Barbacoas y Quito del General Maza, uno de los más duros militares del ejército libertador. El 22 de julio de 1929, al medio día estuve a visitar a mi abuelo en su lecho de dolor; tomándome la mano me preguntó si había salido en El Comercio de ese día su Leyenda quiteña. “Qué fue del muerto y de su amada, qué se hicieron”. Le dije que ahí estaba para enseñársela. “Gracias hijito, Dios te bendiga” me dijo ya tembloroso. Dos horas más tarde falleció. Don Rafael pertenecía a esa generación numerosa de ciudadanos que cuando Ecuador se independizó de la Gran Colombia en 1830 tuvieron que cambiar de nacionalidad. En su caso, su hermano mayor, Ramón, era ecuatoriano y Rafael colombiano. El resto de la familia así mismo repartida entre Ibarra, Pasto y Popayán. Ramón fue luego y por años, el representante diplomático permanente del Ecuador en el Perú, con el cargo de Cónsul General, recomendado especialmente por Vicente Rocafuerte, hasta que murió cerca de Lima, mientras cumplía funciones de inspección de los bienes ecuatorianos en todo el norte del actual Perú y de los territorios que se hallaban en discusión con el Ecuador en todo lo que era el amplio y rico territorio de Jaén. Rafael de Guzmán vino con grados doctorales en las Universidades de Popayán y Bogotá y en Quito obtuvo el título de Abogado de los Tribunales del Ecuador y Doctor en Jurisprudencia en la Universidad Central. Casado con la quiteña Dolores Echerri Salvador, mi abuela, tuvo una hija llamada Rosario que casó con el sociólogo Jesús Vaquero Dávila y Manuel, mi padre, que casó con la que fue mi adorada madre, María Esther Polanco Landázuri. Rafael María pasó pues la mayor parte de su vida en el Ecuador, en donde como Abogado fue especializado en Derecho y sobre todo en leyes militares. En el Poder Judicial fue Alcalde y Fiscal. Empresario de transportes y agricultor. Escritor y especialmente tradicionalista, durante más de 30 años. En 1992 el Municipio de Quito publicó el Primer Tomo de sus “Leyendas Históricas” y el Segundo lo publicó en 1998 la Sociedad de Amigos de la Genealogía. Nuestro historiador Alfrede Pareja y Diez Canseco que hizo una encomiástica introducción al primer tomo, recordó que este “casi olvidado tradicionalista, había escrito con certero dominio de la lengua tan hermosas historias tradicionales”. Muy encomiados fueron en su época y ya vemos que después, también, esas variadas tradicio328

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nes referidas al ámbito bolivariano, en su mayoría al Ecuador, pero descuidadas después porque procedían de alguien que no nació ecuatoriano y debía catalogarse como producción extranjera, como lo anotó con acierto el Académico ecuatoriano alto especialista en materia cultural Dr. Hernán Rodríguez Castelo. Bienvenido pues, doctor Vladimir Serrano Pérez al seno de la Academia Nacional de Historia. Entra Ud. con su inconmensurable bagaje de conocimientos y producción histórica, que enriquece y aprecia esta Corporación. Su influencia en el desarrollo de las labores de esta centenaria institución será decisiva para que trajinemos con paso firme y por nuevos derroteros al servicio de los intereses íntimos y definitivos de la nacionalidad ecuatoriana. La elección hecha por ti para que te presente académicamente, me enorgullece querido amigo Vladimir y me da la satisfacción de haber contribuido en esta forma a enriquecer de veras a nuestra gloriosa institución, en donde has dado el primer paso siendo desde este instante Miembro Correspondiente, como lo acreditan este Diploma y la Medalla en que luce la figura del gran Federico González Suárez y que me place poner en tus manos y en tu pecho. Quito, Abril 30 de 2009

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EL IMAGINARIO EN LA HISTORIA DE QUITO: SENTIDO DE LAS LEYENDAS Y TRADICIONES* Vladimir Serrano Pérez Introducción

“Esta colección de leyendas de pícaros, frailes y caballeros de antaño, que te ofrezco, lector, no tiene otra pretensión que la de divertirte un rato. Son cuentos tradicionales de tu tierra, están escritos al margen de la historia”. De esta manera introdujo Cristóbal de Gangotena y Jijón su libro de leyendas quiteñas en época, en que los estudios históricos, habían adquirido gran rigor científico y que por lo mismo hechos y documentos eran mirados con gran objetividad, puesto que la excelente institución que nos acoge, había sido fundada con catorce años de anterioridad. “Al margen de la historia”, por lo mismo definía un universo de libertad imaginativa que no se proponía llegar con acierto a los acontecimientos verificables sino permitir que la facultad imaginativa o fabuladora del psiquismo humano, como la denominó el filósofo vitalista francés Henri Bergson, pudiera desarrollarse a plenitud, al mismo tiempo que la realidad, es decir los hechos objetivos, demostrables a través de una metodología y de fuentes fidedignas, constituyeran las bases para escribir la historia propiamente dicha. La separación entre el mito y la historia, como formas de establecer el origen de los seres humanos y su cultura, se produjo en el siglo VI anterior a la era cristiana, cuando según Jean Gebser, una nueva forma de conocimiento apareció en diversos pueblos de la antigüedad, que este autor denomina la conciencia mental; la que se caracteriza por poseer la percepción de las tres dimensiones y la capacidad reflexiva que le permitió al hombre como especie diferenciarse claramente de su entorno. Entonces fue Tucídides en Grecia dijo que, para ver claro los acontecimientos pasados y los venideros se observaran
* Discurso de incorporación a la Academia Nacional de Historia del Ecuador, como Miembro Correspondiente. Abril 30 de 2009. Sede de la ANH. Quito.

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sus similitudes y analogías. Esto pensaba Tucídides, cuando Heródoto, al historiar las guerras médicas, únicamente las relató, creyendo que las mismas todavía estaban determinadas por los dioses, manteniéndose el padre de la historia aún en la mentalidad mítica, porque no se debe olvidar que la palabra mito, significa precisamente relato. Muchos siglos debieron pasar, para que la historia adquiriera auténticos métodos racionales de investigación, lo que solo ocurrió, cuando se estructuró el paradigma científico racionalista-reductivo que aún orienta las ciencias de nuestros días y cuyos mentores fueron Nicolás Copérnico, René Descartes e Isaac Newton, quienes trazaron los caminos para la posterior llegada de la Ilustración y sobre todo del Positivismo que marcaría las investigaciones históricas modernas, las que por principio excluyen especulaciones que no sean demostrables. Con esto adquiere mucho sentido aquello de “al margen de la historia”. Pero ese margen, más bien ha constituido un paralelismo, ya que por efecto de compensación psico-cultural a la reducción del racionalismo, con más rapidez ha llegado, el mito, la leyenda y la anécdota al genérico de las personas, que los escritos históricos. Si bien hay que tomar en cuenta también al hecho de que solamente en los últimos dos siglos la escritura se ha extendido de manera masiva y por lo tanto los libros u otros medios de comunicación, influyen determinantemente en las masas. La función fabuladora de la psique colectiva ha sido verificable modernamente con la llamada psicología del rumor, la que demuestra la alteración que puede sufrir un relato verbal, cuando es trasmitido de persona a persona en secreto, es decir sin que pueda ser escuchado por terceros. Para demostrar esta hipótesis se puede realizar este experimento hasta con cinco personas, hablándole al oído a la primera y haciendo que ésta continúe el procedimiento, con la segunda y así sucesivamente hasta llegar a la quinta, cuando el último recibe el mensaje hasta él ha llegado con gran alteración del contenido original. Fenómeno que también ocurre en la transmisión de las tradiciones de relato, aunque no en el caso de los ritos, donde la repetición genera hábito y por lo mismo, suelen ser bastante cercanos a lo original, auque no se hallen obviamente escritos. Las mencionadas actitudes míticas que conllevan alteración del sentido histórico de realidad, son verificables en nuestro propio país. Así acontecimientos ocurridos hace ciento noventa y siete años el
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uno y ciento ochenta y siete años el otro, como fueron los casos de las muertes heroicas de Jorge Landáburo y Abdón Calderón, son evidencias de esas alteraciones pues se observa la sincretización de los dos acontecimientos, es decir que se han juntado elementos de las dos versiones, conllevando el surgimiento de una tercera. Jorge Landáburo, de lo que se sabe sobre la vida de él, fue un personaje, que actuó en el período de la Revolución de Quito e intentó la toma del cuartel Real de Lima o de los Pardos el 2 de agosto de 1810, fracasando en el intento; volviéndosele a encontrar en diciembre de 1812, según versión de Manuel María Borrero, sosteniendo la bandera patriota en la batalla de Yaguarcocha, en momentos en que la suerte de las armas estaba echada y vencían las tropas de Juan de Sámano. Entonces Landáburo en gesto heroico y cubierto con la bandera, se lanza contra los realistas, los cuales le reciben con puñales, muriendo en el acto. Abdón Calderón, hijo de Francisco Calderón, fusilado por Sámano en 1812, se alistó en las huestes del general Antonio José de Sucre, combatió en Yaguachi y se encontró en la batalla del Pichincha en la tercera compañía del batallón también denominado Yaguachi. Según destacan algunos historiadores, al inicio de la batalla, fue herido en su brazo derecho, lo que le obligó a tomar la espada con la mano izquierda; como recibió otro balazo, la espada fue recogida por un sargento y colocada en su vaina en la cintura de Calderón; quien con imperturbable serenidad y el brazo fracturado colgado de un pañuelo al cuello, continuó avanzando más y más enardecido a la cabeza de su compañía, hasta recibir una tercera herida en la pierna izquierda en los precisos momentos en que la batalla cambió de escenario al Panecillo. Su entusiasmo continuó y una cuarta bala lo arrojó a tierra, fracturándole el hueso de la pierna derecha. Lo que demuestra que las heridas se produjeron, pero que nunca cargó una bandera e incluso la espada por circunstancias físicas, una vez inutilizados los brazos, nunca más salió de su vaina. Al parecer los dos acontecimientos se unieron; gracias a la función fabuladora, o mítica de la psique colectiva. Observándose en todo caso que como la acción guerrera triunfal se dio en Pichincha y que por el contrario Yaguarcocha fue el escenario de la derrota los dos hechos se fusionaron en favor de Calderón, a tal extremo que muchas pinturas con propósitos cívicos, presentan al así llamado “héroe niño” portando una bandera; lo cual a pesar de no haber sido cierto, infundió en niños
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y adultos de varias generaciones de ecuatorianos, una particular veneración a la heroicidad de Calderón, que según las versiones más extremas de este mito, una vez inutilizadas sus cuatro extremidades aún llevó la bandera en la boca. Con el ejemplo propuesto se concluye el como la historia se puede convertir en mito, siendo necesario intentar la comprensión de existencia de este fenómeno en época en que el racionalismo aparentemente lo había eliminado surgiendo algunas respuestas a los interrogantes, que parten de las necesidades que los colectivos tienen de adaptarse a nuevas circunstancias vitales, así como también de la emergencia de expresar una nueva identidad, siendo entonces que habrían surgido estos relatos, con el fin de dar raíces heroicas a las nuevas entidades nacionales. Lo cual si bien tiene un alto grado de positividad, igualmente puede desatar emociones destructivas de xenofobia o peligrosas inflaciones etnocéntricas. En ese mismo contexto se pudo comprobar que en la política del siglo XX y aún en la de nuestros días, no ha cesado el culto por los difuntos. El 15 de noviembre del 2007 el gobierno que rige en la actualidad al país, efectuó rituales cívicos en homenaje a Eloy Alfaro a quien se le considera uno de sus inspiradores ideológicos. Parte de sus cenizas fueron trasladadas desde Guayaquil a Montecristi, cumpliendo su voluntad de reposar en ambos lugares. Sin embargo la coyuntura de inaugurar una Asamblea Constituyente con una clara determinación doctrinaria, llevó a realizar una exaltación mítica del personaje, con lo cual se borra su dimensión humana de virtudes y defectos, que se expresaron durante sus gobiernos y se lo consagra como el héroe salvador, que además vuelve simbólicamente desde más allá de la muerte, para presidir una nueva transformación política. Por cierto que bajo las mismas o más altas condiciones de culto mítico, se ha tratado a la figura del libertador Simón Bolívar, atribuyendo traición y criminalidad a sus detractores, mientras que en él solo se exaltan sus grandes cualidades. Si esto ha ocurrido en Hispanoamérica en Europa ha sido una constante a lo largo de los tiempos. El profesor de Historia de la Cultura de la Universidad Humboldt de Berlín Olaf B. Rader, en su libro “Tumba y Poder” (Rader, 2006), demuestra con varios casos esta asociación de la muerte, la mitología y la política, en los que se encuentra desde monarquías absolutas hasta la Unión Soviética, en cuanto a la exaltación de sus jefes de Estado y el deseo de eternizarlos a través de
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la momificación. Cuando murió Lenin el 21 de enero de 1924, en su homenaje, no solo que se cambió la denominación de la antigua ciudad de Petrogrado a Leningrado, sino que todo un síndrome de deificación se manifestó. La vida privada de Lenin se convirtió en un asunto de Estado. Las biografías de carácter hagiográfico (término utilizado para referirse a la vida de los santos en la iglesia cristiana), difundieron fábulas y leyendas; Lenin como campesino u obrero, como amigo de los niños y de los animales, siempre actuando por el bienestar de las personas. Surgieron las fotografías de Lenin colocadas en las fachadas de los edificios públicos. Un retrato vivo hecho de plantas decoró un parque de Moscú. El cerebro del revolucionario fue extraído del cadáver y dividido en treinta mil preparados. Un equipo de científicos se pasó décadas buscando la sustancia de un genio en las partículas cerebrales colocadas en plaquitas de cristal. La orden oficial decía como justificación que el cerebro de Lenin evidenciaba ya un estadio superior de la evolución humana. Rader insiste que la hora de la muerte del hombre Lenin fue pues, al mismo tiempo la hora del nacimiento del dios Lenin. Con todo esto se esperaba que el cuerpo momificado del fundador del Estado Soviético, ejerciera un efecto parecido al culto de los santos en el cristianismo. Stalin dijo: “que Lenin era un lider de tipo superior, un águila de las montañas….de nuestro partido”, a pesar de que Lenin había advertido sobre la peligrosidad de Stalin en su testamento político. Una vez consumada la perestroika, el culto a la personalidad acabó, poniendo en apuros al gobierno de la República Federativa de Rusia, que debía financiar, el caro mantenimiento de la momia de Lenin. Se podría decir que ha sido característica de los gobiernos totalitarios, la exaltación mítica, a pesar de que los marxistas profesaban un ultra racionalismo; y si el fenómeno se manifestó así en ellos, mucho más agudo, se lo encontró en el régimen nazi. Los SS con sus cascos de hierro evocaban a los caballeros teutones y cuando murió el mariscal Paul von Hindenburg, presidente de la republica del Weimar, Hitler, ordenó míticas ceremonias para el vencedor de Tannenberg. Los funerales fueron nocturnos, organizados por Joseph Goebbels, el talento propagandístico nazi, parte del espectáculo estaba destinado a trasladar las acciones heroicas de Hindenburg a Hitler y este en su discurso dijo: “Difunto general entra ahora en el Walhalla”, que era el antiguo reino de los muertos y el lugar de residencia de los guerreros caídos en la mitología germánica. El mausoleo construido para Hindeburg en
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Tanneberg, fue majestuoso, aunque terminó siendo destruido por las propias tropas alemanas en retirada. Como se podrá observar la fuerza misteriosa de la muerte, constituye todavía otro de los acicates, para que el pensamiento mítico vuelva a expresarse. Pero todavía más asombro causa el saber que Hitler, una vez que entró en Viena el 10 de mayo de 1938, apenas le fue posible, se dirigió a la Hobfurg (palacio imperial), hasta el recinto donde se guarda la Santa Lanza, es decir el venablo que según relatan tanto los evangelios como la tradición fue clavado en el costado de Cristo, por Longinos y que por lo mismo se habría constituido en el eje del mundo (axis mundi) y que quien lo tuviera controlaría al planeta. Hitler lo creía a pie juntillas, por tanto hizo trasladar la lanza hasta Baviera donde se construyó un bunker inexpugnable bajo dos kilómetros de profundidad, hasta cuando los americanos dominaron el sur de Alemania, penetraron al escondite y tuvieron la reliquia en su poder por unas horas, devolviéndola luego a su lugar de origen. La creencia en los poderes de la Santa Lanza se encuentra en la leyenda de Parzival de Wolfram von Eschenbach, escrita en el siglo XIII. Con lo cual se vuelve a ratificar que las ideologías no están exentas del mito, el que se expresa a pesar del revestimiento de racionalidad que un proyecto pueda contener y todavía más cuando los movimientos políticos se presentan con la fuerza emocional del nacionalismo, el etnocentrismo o la reivindicación social. Los hechos históricos mencionados, en los que se ha descrito la indudable vigencia del mito, producido por esta facultad humana que es la imaginación; finalmente no podía ser menospreciada por la ciencia y si bien las corrientes científicas oficiales la han visto desde un ámbito reductivo; personalidades que anduvieron a caballo entre el pensamiento científico lineal, lógico y reflexivo y la imaginación creadora, como los casos de Gastón Bachelard y Henri Corbin, así como de los varios participantes de las reuniones del grupo Eranos en Ascona Suiza, entre 1933 y 1988 han estructurado una concepción para este fenómeno, denominándolo imaginario. Que comprende el estudio de las imágenes, símbolos y mitos impresos en todo tipo de soportes de expresión como por ejemplo el lenguaje verbal, la imagen pictórica, fílmica e incluso musical.
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El imaginario pues remite al mundo simbólico de la creatividad humana el cual es anterior a la razón y también post-racional, puesto que incluye desde las pinturas rupestres en las grutas prehistóricas hasta las películas fantásticas de nuestros días, pasando por las religiones y las ideologías políticas. Con lo cual se demuestra que la producción de símbolos es una necesidad del psiquismo y que por lo tanto estudiar el imaginario es investigar el sentido de la existencia del hombre en la tierra. La comprensión del imaginario, hace tomar conciencia de la unicidad del fenómeno humano, el hombre como especie evidentemente, no es el mismo en todas las latitudes, sus diferencias se hallan en el orden cultural y se han determinado también por las condiciones ecológicas; sin embargo todos tienen actitud para el pensamiento simbólico, lo que determina que no existan unas sociedades superiores en relación a otras, puesto que la manifestación imaginativa es rica en todas las latitudes y por lo mismo cualquier forma de discriminación no tiene ningún asidero. Dos notables científicos: el psiquiatra Carl Gustav Jung (1875 1961) y el historiador de las religiones Mircea Eliade (1907- 1986), llegaron por separado a la concepción de arquetipo (que proviene del griego arje, inicio, fundamento y tipo huella, es decir arquetipo significa huella de origen), describiéndolo, como imágenes arcaicas, que se mantienen en el psiquismo humano y que son la causa, para la creación de mitos, leyendas, literatura e incluso de la propia ciencia, expresándose tanto en las actitudes creativas como en las destructivas. En ese sentido la base del imaginario estaría conectada con los arquetipos, los que pueden ser detectados, por los llamados motivos o modelos arquetípicos, esto es temas que se repiten en los mitos, historias y leyendas, aunque los escenarios y personajes sean distintos. La biología, así como otras ciencias de la vida y de la cultura, que se han fundamentado en sus paradigmas reductivos, pensaron que la dinámica vital, se encontraba relacionada únicamente con los instintos, impulsos interiores y compulsivos, que obligan a un determinado tipo de comportamiento, destinado a proteger la vida. Los arquetipos manteniendo las mismas finalidades instintivas, tendrían en cambio la presencia permanente de una imagen, por si misma y no como un puro producto de un deseo. Siendo así se infiere que las construcciones efectuadas por la imaginación, ya sean de naturaleza normal o incluso pa336

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tológica, tendrían una base arquetipal, la cual sería la matriz de la cultura. Por lo tanto la forja de mitos o leyendas a su vez, es la forma primordial en que se expresa la cultura. A un mayor imaginario se poseerá una cultura más rica. En los últimos cincuenta años la urgente necesidad de emprender de manera sistemática el estudio de la imaginación y sus diversas formas, llevó a Gilbert Durand, a fundar el Centro de Investigación sobre lo Imaginario en 1966. Durand perteneció a la resistencia francesa en la ocupación nazi y estuvo en contacto, con las otras corrientes del pensamiento contemporáneo, que habían encontrado que el paradigma mecanicista reductivo era insuficiente para enfrentar la enorme tarea de conocer al ser humano en su totalidad. Por lo mismo intentó sacudir la rutina de las universidades francesas, aportando nuevos enfoques, que aparecerían a partir de ampliar la visión característica del positivismo, precisamente a través de la imaginación, a la cual se le asignó la tarea de llevar adelante una síntesis de saberes, posibilitando el aparecimiento de un nuevo espíritu antropológico. Para lo cual propuso el estudio de las estructuras y el funcionamiento de lo imaginario, teniendo como antecedente los trabajos de Sigmund Freud, Carl Gustav Jung, Ernest Cassirer, Gastón Bachelard, Mircea Eliade, Georges Dumézil, Claude Lévi-Strauss y Max Weber. Desde entonces se han producido múltiples investigaciones y publicaciones en esta línea, que permiten emprender lo que el propio Durand llamó el mitoanánlisis, es decir la comprensión racional amplificatoria del mito, con lo cual se abre una nueva puerta para la propia historia Con estas bases es posible adentrarse en la comprensión del imaginario en la historia de Quito, para lo cual como resulta obvio que nuestra materia prima será las leyendas y tradiciones. Los europeos para fines del siglo XV, estaban orientados por una conciencia mental racional, en cambio, que los indígenas mantenían formas del conocimiento mágico mítico, lo que fue una de las causas para su sometimiento. Sin embargo de lo dicho, una vez fuera de su ámbito, los españoles al encontrarse en un mundo exótico, revivieron muchos de los mitos antiguos de la cultura occidental, como el del paraíso perdido o la fuente de la eterna juventud, a lo cual agregaron
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la búsqueda del dorado que impulsó tantas aventuras trágicas. El contacto con informantes, permitió a los cronistas, enterarse de historias pasadas, las que por supuesto se hallaban impregnadas de mitos y formas culturales, para cuya comprensión no se encontraban preparados y por lo mismo forjaron desde un principio los sincretismos, y esto especialmente los misioneros deseosos de que fuera admitida la nueva religión que ellos traían. En lo que se refiere a Quito sus mitos, pasaron igualmente por el cernidero de la civilización occidental y por lo mismo fueron sometidos a diversas interpretaciones, que permitieran a la mentalidad hispana tener un acercamiento de la mitología local. Monseñor Silvio Luis Haro y después de él otros autores entre los que habría que mencionar a Alfredo Costales y Piedad Peñaherrera, han recogido algunos de estos mitos. En el caso de Silvio Luis Haro, su libro publicado en 1980, titulado “Los mitos y cultos del Reino de Quito”, expone las diversas narraciones mitológicas que recogieron los cronistas de la conquista e historiadores posteriores, como el padre Juan de Velasco y Federico González Suárez. Constituyéndose esto, desde la perspectiva del presente trabajo los primeros intentos de acercamiento al imaginario indígena. Observándose de paso la enorme dificultad que involucró la diferenciación del mito de hechos históricos demostrables, lo que dará con el tiempo lugar a la gran controversia suscitada por la historia del padre Juan de Velasco, a quien el país le debe mucho puesto que más allá, de los obvios cuestionamientos que se pueden hacer a su obra, su labor fue la demostración de la conciencia de identidad nacional que surgía en los criollos del siglo XVIII. Pero volviendo a nuestra tarea específica de investigar en las leyendas quiteñas, podemos formular la hipótesis de que los mitos tienen que ver con la etapa previa a la llegada de los hispanos y que las leyendas, en cambio aparecen bajo su dominación. Pues aunque con riesgo de inexactitud, los mitos narran sobre las existencias de los dioses, las leyendas tienen más bien que ver con héroes, o con seres humanos comunes, que viven episodios extraordinarios. Tanto los mitos como las leyendas, durante el siglo de la Ilustración, no fueron objeto de mayor interés de la literatura, o la filosofía, que prefirieron las especulaciones racionalistas; en cambio con la llegada del Romanticismo, que puso gran énfasis en el sentimiento y la imaginación, la literatura se decantó por un retorno y valoración de las cre338

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aciones colectivas, dedicándose algunos literatos a la recolección de cuentos y leyendas. Así cabe recordar que Víctor Hugo llamó a una de sus poesías épicas “La leyenda de los siglos”, en la que narra algunos de los hechos históricos precisamente con énfasis en lo heroico, continuando la tradición medieval, donde surgieron, múltiples narraciones sobre todo alrededor de la vida de los santos que alcanzaron su cumbre en la “Leyenda de Oro” de Giacomo de Vorágine. Igualmente en España, se hizo ver un romanticismo que apreció también las leyendas, como fue el caso de Gustavo Adolfo Bécquer, que recogió narraciones que corrieron por los siglos, algunas incluso desde la Edad Media y que exhiben motivos mito-poéticos algunos de los cuales tuvieron su origen con la Edad Media y que se refieren a promesas hechas en relación a la vida de ultratumba, mujeres fascinantes que pierden a los hombres y hasta las supuestas maldades de los judíos que sacrificaban a niños cristianos, dando con esto modelos, para las leyendas que aparecieron posteriormente en Hispanoamérica. Producida la Independencia al Ecuador también llegaría el Romanticismo y tuvo excelentes representantes como Juan León Mera y Juan Montalvo. El primero entre muchísimas otras obras recogió los “Cantares del pueblo ecuatoriano”, magnífico libro, pues constituye la expresión del alma mestiza, donde se han combinado como bien dijo Issac J. Barrera, “el alma del aborigen y el aliento del conquistador”, dando lugar a que las diversas emociones y sentimientos se expresen en un lenguaje popular, pues como bien expresaba el propio Mera el pueblo es poeta, pero si se pregunta quien pulsa la lira no se podrá contestar, con lo cual se entiende el rescate que el autor hizo de la entraña popular, haciendo honor de esta manera a su tendencia romántica. Igualmente Juan Montalvo no dejó de manifestar en sus obras el amor a la naturaleza y el paisaje, que igualmente caracterizaron a la tendencia romántica. El peruano Ricardo Palma (1833-1919), comprometió también su espíritu creativo con las tradiciones peruanas, por cierto igualmente, dentro del espíritu del Romanticismo, aunque lo suyo podría también llamarse una historia poetizada, la que al igual que “Los cantares del pueblo ecuatoriano” de Juan León Mera, contiene dichos comunes y peruanismos. Comenzó a publicarlas en diversos periódicos y las convirtió en serie en 1872, para luego fundirlas en lo que serían sus tres tomos de tradiciones peruanas, entre las que incluyó una en relación a
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Quito, “El Cristo de la agonía”, referente al notable pintor Miguel de Santiago y la muerte a propósito de uno de sus jóvenes discípulos, con el objeto de captar en la forma más realista la expresión de agonía, lo que obviamente se convirtió en un crimen y en una terrible paradoja en que una obra pía tuviera semejante origen. Ricardo Palma apreció de manera especial al Ecuador, porque como perseguido político vivió un destierro en Guayaquil, en donde fue fraternalmente recibido. Sus tradiciones se convirtieron en un referente importante en nuestro país y muchas de ellas se fundieron de nuevo en la gran corriente del imaginario popular, apareciendo en nuevas recopilaciones. Cristóbal de Gangotena y Jijón, naturalmente conoció a Palma y con la de él y otras inspiraciones habría dado lugar a su “Al margen de la Historia”. Pero aparte de estos importantísimos autores es interesante recordar que el cultivo literario, llevó a algunos quiteños a recoger leyendas y tradiciones y a escribirlas. Ese fue el sorprendente caso de ese gran experto en economía que fue Luis Napoleón Dillon quien en agosto de 1898 publicó algunas tradiciones quiteñas y entre ellas “el candelerazo de San Agustín”, al igual que Quintiliano Sánchez Rendón, quien también se dio la tarea de recoger leyendas de nuestra ciudad entre las que se cuenta la del “Padre Almeida”, igualmente Manuel de J.Calle, escribió sus “Leyendas del tiempo heroico”. Afortunadamente a lo largo del siglo XX, aparecieron más libros sobre las tradiciones quiteñas, escritos por, Luciano Andrade Marín, Laura Pérez de Oleas Zambrano, Guillermo Noboa, las hermanas Barrera, Alfredo Fuentes Roldán, Edgar Freire Rubio y otros autores, que han seguido divulgando las tradiciones originales y han insertado algunas otras que tienen que ver con personajes históricos. En este último caso es indispensable, tener muy en cuenta, las tendencias de rumor, que fueron mencionadas al principio de esta exposición y que necesariamente, pueden ser un componente de las leyendas. Para lo cual debe confrontarse con los documentos históricos y si no darle ese carácter de paralelo, que no por serlo, deja de reflejar, lo que ocurría en la mentalidad colectiva del tiempo en que se forjaron los relatos. Tal el caso por ejemplo de la tradición recogida por Laura Pérez de Oleas Zambrano “El crimen pasional de Faustino Rayo”, que algunos han considerado como histórico, el hecho ahí descrito de relaciones amorosas entre el presidente Gabriel García Moreno y Mercedes Carpio, la esposa de su asesino Faustino Rayo, lo que obviamente debió formar
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parte del rumor de ese tiempo, pero al no existir una completa verificación histórica queda en este singular marco de lo tradicional. En este sentido el mitoanálisis, estructurado por Gilbert Durand, puede ayudar, para comprender los sentidos ocultos de las leyendas y tradiciones, pero sin caer en lo reductivo, sino tratando de entender como reiteradamente se ha dicho, la coyuntura psicocultural e histórica, de cuando la leyenda fue forjada. Si analizamos los contenidos de las leyendas quiteñas, hasta hoy publicadas, podemos encontrar que algunas de ellas, forman parte de la historia en general, pero han sido extraídas para destacar, momentos particulares de las vidas de los personajes o sus hechos heroicos y que pueden denominarse como las leyendas históricas. En cambio hay otras que hacen referencia a acontecimientos misteriosos, cuando no terroríficos, en las que hay un desarrollo mucho mayor de la imaginación y que podrían llamarse leyendas fantásticas, otras hacen referencia al origen de los monumentos quiteños, como iglesias y capillas, que tienen un carácter predominantemente católico y que se emparentan con las del medievo europeo, y unas cuartas en relación a hechos criminales, que han salido de la investigación de los respectivos archivos. Para experimentar la forma en que funciona el mitoanálisis en las leyendas quiteñas hemos escogido la de “Cantuña” o “la tradición de San Francisco”, por reflejar, el momento de confrontación entre las dos culturas la hispana y la aborigen, lo cual no tuvo únicamente que ver con las diferencias tecnológicas como se ha señalado con anterioridad reiteradamente, sino con dos distintos estados de conciencia. Si bien los incas y aztecas, consolidaron un régimen patriarcal, el mismo se encontraba todavía circunscrito a lo mágico-mítico y por lo tanto, no se conocían las tres dimensiones de la perspectiva sino solamente dos. Los indígenas resultaban absolutamente inocentes, en relación a la astucia de los europeos, los que claramente diferenciaban los fenómenos de la naturaleza de sus creencias religiosas, los animales de los seres humanos y en general traían la ciencia, que ya tenía cierto desarrollo en la Europa del siglo XVI. Aparte de la resistencia guerrera, algunos de los indios americanos por fuerza de las circunstancias, se despertaron a la nueva consciencia, pasando de inocentes a suspicaces y aprendiendo con facilidad de sus dominadores, el uso del engaño y la astucia, como armas. Como otra de las funciones de los mitos y las leyendas, que en
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definitiva son sueños colectivos de los pueblos, es el de anticipar los saltos de conciencia, en el caso quiteño es precisamente “Cantuña” la leyenda, que permite inferir los procesos de la psique colectiva para enfrentar una nueva situación y por ende la necesidad de emular a los conquistadores. En este sentido en Cantuña encontramos los atisbos de la picardía, en algunos de los indígenas que en el siglo XVI tuvieron una rápida adaptación a la conciencia mental de las tres dimensiones. Aparte de esto la nueva religión, es sincretizada con los antiguos cultos, como fue el caso de la Virgen Guadalupe en Méjico, la que se asimiló a la antigua diosa Tonantzin. La leyenda de Cantuña o de San Francisco que ha continuación relatamos, otro de los tradicionalistas Luis Aníbal Sánchez dedicó uno de sus varios textos a Ricardo Palma, el que dice lo siguiente:

“Lentos corrían los tiempos monótonos del coloniaje. Un indiano llamado Cantuña, impulsado quizás por la sed de oro o el ansia de grandeza, acometió la singular locura de firmar solemne compromiso para construir el atrio grandioso. Expiraba ya el plazo; y la obra estaba a la mitad. Con el esfuerzo humano era imposible acabar la fábrica en el tiempo sobrante aún. Loco de dolor, jadeante, consumido por la fiebre y por los temores, Cantuña se debatía en su estancia: faltaban diez y ocho horas para vencerse el término. Los sueños de dicha, de grandeza que alimentara el pobre indiano se iban abajo ante la realidad terrible. Pronto debería estar sumido en las tinieblas de una cárcel; con el sarcasmo de las gentes encima. El orgullo innato en el indio lo devoraba. Moría la tarde lujuriosa en un crepúsculo de fuego. Las campanas de las escasas iglesias llamaban con sonoridad a la oración de la tarde; flotaba un aroma campesino y puro. Desiertas iban quedando las callejuelas tortuosas y sin empedrar. La poca gente se dirigía al templo, o, presurosa a encerrarse en el hogar. Cantuña veía danzar en rededor de la estancia sumida en penumbra formas extrañas y diabólicas. Jadeante, ansioso, el mísero recorría a largos pasos la habitación. No le valían ni los rezos ni las súplicas al cielo. Creyó distinguir una voz misteriosa que le exhortaba a implorar remedio a Dios: y así lo hizo. Conforme iban saliendo de su boca las palabras de la oración, un bálsamo inefable de consuelo parecía

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descender sobre él. Acabada la plegaria, Cantuña se dirige a San Francisco. Secreta esperanza le dice que el señor ha atendido su ruego, mandando que la obra concluyera. Por un ángulo de la plaza, envuelto en amplia capa, apareció Cantuña. Sus ojos creyeron vislumbrar obreros divinos que daban la última mano al atrio gigantesco. Palpitó su corazón de gozo; y la oración de gracia brotó ferviente de su pecho. Y vio luz, mucha luz....Pero la visión alegre se esfuma ya....la regresión a la realidad fue rápida... ¡se había engañado...La ira salió de su corazón y la blasfemia vibró por el espacio... ¿Pero, qué era aquello? ¿Otra vez se engañaba? de entre los hacinamientos de piedra salió un personaje misterioso, envuelto en manto rojo. Su rostro estaba negro, sudoroso; sonrisa enigmática se dibujaba en la enorme boca. Calzaba botas retorcidas y también rojas: poco a poco, el fantasma se acercaba al estupefacto indígena. ¡Cantuña! le dijo, “se cual es tu dolor; se que mañana serás desgraciado y maldito; pero yo puedo consolarte en tu aflicción, antes de que asome el alba el atrio estará concluido; tú, en cambio, firmarás hoy este contrato; soy Luzbel; y quiero tu alma”. “¿Aceptas?” Dijo el demonio El indio no vacilo: ¡Acepto. Pero si al rayar el alba, antes de que se extinga el sonido de la última campana de la Ave María, no está concluido el atrio, si falta una piedra de colocar, una sola, óyelo bien, el contrato será nulo! ¡ Hecho. Firma el documento! contestó el Demonio. ...Y poco después, azorado y maldito, volvía el triste Cantuña a su vivienda. Lágrimas abundantes corrían por el rostro bronceado del indiano. Ferviente imploró al cielo perdón para su culpa y remedio para su alma...y al día siguiente, cuando empezaba a romper el alba, Cantuña se dirigió presuroso a San Francisco. La obra estaba al concluirse; millones de diablillos rojos cruzaban como lenguas de fuego, por el espacio atareados en la construcción del atrio, que majestuoso se alzaba...Y el alma, la pobre alma del indígena, estaba ya perdida. Una oración, la última, llena de fe y de penitencia, salió de sus labios. Luzbel reía. Pero el día asomaba. Un pálido color violeta empezó a cubrir el firmamento; tornaban a cantar los gallos; el sol se desperezaba atrás del Itchimbia. El indio, afligido contemplaba el espectáculo, el atrio esta343

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Lo primero que habría que anotar es que en Cantuña se pueden encontrar motivos arquetípicos de carácter universal de los cuales vamos a identificar dos: el del pacto y el del embaucador o pícaro. En el primero, el pacto se realiza con el diablo, a la manera del doctor Fausto germánico. La decisión de involucrarse con tan peligroso personaje, surge de una situación de gran emergencia, en que le va la vida del pactante y que pone en riesgo su propia alma. En la Europa medieval, se crearon leyendas similares a la de nuestro Cantuña. Tal el caso de San Virila de Leyre, titulada “El puente del diablo”, una de las tradiciones del camino de Santiago y que relata, la enorme habilidad que el santo tenía para detener el tiempo, con lo cual podía someter al propio demonio. Su texto es el siguiente: “Cerca de Leyre, el camino de Santiago cruza el río Iratí, salvando un impresionante desfiladero, gracias a un puentecillo llamado la foz de Lumbier - en honor a su contructor- también conocido como el puente del Diablo. Dice la leyenda que hacia el siglo X, existía en su orilla derecha una fuente de aguas curativas. Cierta doncella fue a buscar el precioso líquido para sanar a su señora de una grave enfermedad, pero la tormenta había arrastrado la barca con la que se cruzaba. La doncella se encomendó entonces a los dioses célticos y se le apareció un diablo, quien se comprometió a construirle un puente antes del siguiente amanecer. A cambio, la joven debía entregar su alma. Cuando regresó a casa y contó a su señora lo sucedido, esta le rezó a San Virila para que intercediera por su bondadosa pero atolondrada sirvienta. El santo se le apareció luego en sueños y le dijo como debía

ba al acabar de concluirse. Luzbel reía. Lentas, graves y consoladoras sonaron las cuatro campanadas, heraldos de la aurora - ¡Victoria! rugió Luzbel - ¡Victoria! exclamó el criollo. Falta una piedra, en efecto; un bloque, uno solo, faltaba uno. El alma de Cantuña habíase salvado...Satanás, maldiciendo, se hundió en los infiernos con sus secuaces. El alma del atristado indiano estaba libre; y, como evocación prodigiosa, el atrio alzábase solemne a las miradas de los creyentes quiteños.

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De los dos textos se desprende, el motivo mito-arquetípico del pacto con el diablo, a fin de construir una obra física indispensable. Los pactantes se libran del dominio luciferino, gracias a que no se ha colocado la última piedra al momento de cumplir con lo prometido. Las interpretaciones míticas y psicológicas son múltiples sobre el hecho de entenderse con las fuerzas obscuras, para conseguir un bien. En el caso de Cantuña, si ciertamente se percibe la quiteñización del tema, por la figura del indígena, de todas formas, comparte con la leyenda española el hecho de la confrontación cristiana con el paganismo actuante en la España del siglo X y la América del XVI. Huelga decir que los misioneros identificaban a los dioses paganos con el diablo. Siguiendo el motivo del pacto, se le va a encontrar en otros relatos del mismo tinte religioso, en los cuales algunos monjes deseosos de ayudar a niños o menesterosos, con la realización de obras físicas de gran dimensión, se vieron en el caso de pactar igualmente con el diablo, siendo en último momento el burlador burlado. También Herman Hesse en sus “leyendas medievales”, vuelve a tratar el tema, teniendo como personaje a un monje, que en vez de permitir que un niño cruce por un puente, lo cual hubiera significado según el pacto que su alma se la llevaba el diablo, echó un cerdo, gritando al estupefacto diablo ¡ahí tienes tu primera alma! En lo que se refiere al arquetipo del pícaro, también es posible identificarlo, porque en ese Cantuña del siglo XVI, ya no se encuentran las características mágico míticas, comunes a los indios de entonces, sino reflexiones y pretensiones típicas de los hispanos, que denotan un
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actuar. Mientras, el diablo y su cuadrilla estuvieron toda la noche acarreando piedras, labrándolas y tendiéndolas sobre el río. Faltaba colocar la última cuando se presentó la doncella y recriminó al diablo por no haber cumplido el trato. Este le hizo ver que todavía no había salido el Sol. Entonces se apareció San Virila y a una señal suya el Sol avanzó en el cielo, iluminando la foz de Lumbier. El diablo arrojó la piedra al río y desapareció entre vapores de azufre, la joven pudo cruzar, llenó su cántaro y, con dicha agua, sanó a su señora. Ambas, abandonaron el culto a los viejos dioses para venerar solo a Jesús y María que, por intercesión de San Virila, les ayudaron”. La leyenda, como se puede ver, asocia a este santo con el control del tiempo”.

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ego más desarrollado. Esta circunstancia es demostrable históricamente, porque las elites nativas, rápidamente se hispanizaron, pudiendo mencionarse el caso de don Mateo Yupanqui, tío de Atahualpa, que en los albores de Quito incluso prestaba apoyo a los españoles pobres. Si atendemos a la versión que sobre el protagonista de la leyenda forjó el padre Juan de Velasco, al parecer Cantuña, era hijo de un cacique y contaba con una fortuna de origen desconocido con la cual favoreció al capitán Hernán Suárez, su amo quien a su vez facilitó fondos a los franciscanos para la construcción de su magno templo. A pesar de esta versión de Velasco conviene recordar, que es el Cantuña registrado documentalmente es un Francisco que vivió a fines del siglo XVI y comienzos del XVII, el que habría donado dinero a los franciscanos para sus construcciones. Volviendo al arquetipo del pícaro, es importante detenerse en el diablo en el nuevo papel cultural que los misioneros asignaron le asignaron, apenas puso su pezuña en América. Así siguiendo a la psicología profunda y al mitoanálisis, una de las imágenes arquetipicas del diablo sería el dios Pan de los griegos, quien dio origen al gran miedo conocido como pánico. En este sentido el temor a esta imagen, se habría convertido en pieza clave, para conseguir las conversiones y la rectificación de las conductas promiscuas y perversas que caracterizaban a los indígenas según la moral de los conquistadores. Sin embargo, los indios tuvieron mucha habilidad para reasignar roles a las imágenes que la nueva religión traía, en las procesiones y actos religiosos. Crearon un diablo que tenía el perfil del pícaro. Aparecía con una máscara roja con cuernos y llevaba en su mano un látigo, con el que fustigaba constantemente a los presentes. Así, junto al miedo que la figura generaba, también producía el despertar de la adormilada masa, obligándola quizá a tomar consciencia de su realidad. Por otra parte, no pasa desapercibido, como se refirió con anterioridad el carácter fáustico de esta leyenda, por el hecho mismo del pacto. La tarea es ingente, construir el atrio, el antepecho de la iglesia, lo que en ese tiempo demandaba de grandes esfuerzos humanos y decenas de años; por cierto la labor de un mago. Faltaban únicamente dieciocho horas para que se cumpliera el plazo establecido y entonces hace su presencia el señor infernal. Cantuña se había jactado de su poder para realizar la obra, y eso recuerda al padre de la molinera en el cuento de los hermanos
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Grimm, Rumpelstiltskin; quien en público sostuvo que su hija era capaz de convertir la paja en oro, siendo compelido por el rey a que demostrara tan fabulosa habilidad, y habiéndose visto la pobre mujer en tal apuro que no le quedó más que aceptar un pacto de nuevo con el demoníaco Rumpelstiltskin, quien a cambio le exigió que le entregue el primer niño que naciera de su matrimonio con el rey. Cantuña y la molinera están poseídos por lo prometéico, solos no lo pueden hacer, y es tan monumental la obra que tienen que acudir a lo transpersonal y cada uno se juega en ello lo más importante de su vida, en el indio su alma, en la muchacha su hijo; y al final los dos burlan a la fuerza demoníaca, el primero por el incumplimiento del pacto y la segunda por el descubrimiento del nombre, que había sido dicho en un bosque y alcanzado a oír por un paje de la reina, mientras el duende Rumpelstiltskin, se jactaba de un triunfo anticipado En el caso de Cantuña asombra lo históricamente temprano de los motivos arquetípicos que incluyen claros elementos de la alquimia, a saber: la construcción del atrio, la obra y que es precisamente la ausencia de una piedra, lo que salva al nativo del cumplimiento de su palabra. Muy probablemente entre los primeros frailes que arribaron al actual territorio ecuatoriano había conocedores de estos antiguos mitos y quizás aún de la propia alquimia; no olvidemos que el siglo de la conquista es el XVI, cuando todavía los trabajos alquímicos tenían reconocimiento oficial de ciencia. El emperador Rodolfo II reinaba desde Praga ilusionado en la fabricación de oro por parte de sus alquimistas, habiendo prestado especial atención a Agripa von Nettesheim y John Dee. De esta manera, entonces la mitología alquimista se trasladó a América y comenzó a actuar en la construcción de las propias iglesias. Por cierto esta afirmación no excluye la existencia de motivos alquimistas en las propias mitologías indígenas tal como se ha empeñado en demostrar el distinguido autor mexicano, de tendencia junguiana, Manuel Aceves. En Cantuña al igual que en el Fausto de Goethe, Dios y el Diablo se entienden a final de cuentas. Pero en la leyenda quiteña encontramos una paradoja: para el diablo es tan importante conseguir un alma, que no le preocupa colaborar en la edificación de una iglesia, por una parte, y por otra, un fiel cristiano vende su alma al diablo con el mismo propósito. El analista de psicología Luigi Soja, comentaba con acierto al
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visitar el museo del Banco Central del Ecuador, que los pintores prácticamente habían reelaborado el dogma cristiano. Como que nuevos apócrifos salidos del alma popular quiteña, se reflejaran en las devotas pinturas. La creencia original queda atrás y la fantasía galopa adelante, generando hasta cierto punto un cristianismo propio. Así en Cantuña no parecería ningún pecado el servirse del diablo y luego burlarlo para conseguir un santo propósito. Por cierto, prosigue la extrañeza cuando recordamos la leyenda del “Cristo de la Agonía” de Miguel de Santiago, citada con anterioridad, la que cuenta que el célebre pintor del siglo XVII para conseguir imprimir en su lienzo el paroxismo de la agonía de Cristo, clavó una lanza en el corazón de uno de sus discípulos, quien pendía de una cruz, a manera de modelo. Supuestamente las autoridades habrían perdonado tan nefasto crimen por la belleza de la obra, con lo cual nos encontraríamos otra vez con las peculiaridades de lo sagrado. Es entendible que el pícaro o embaucador, una de las caras del dios griego Hermes, se convirtiera en intermediario entre el mundo matriarcal de los indígenas y el adusto régimen de los españoles bajo un Carlos V, un Felipe II y la mano de hierro de la Inquisición. El pícaro en América, ya no está actuando de bufón en las cortes, sino en la cotidianidad. Comprendiéndose mejor el papel de los diablos uma –cabeza en quichua– en las festividades campesinas y porqué el indígena para acceder al mundo patriarcal dominante, de inocente y huérfano, tenía que convertirse en pícaro, siendo su modelo Cantuña. La etnóloga Laura Levi Makarius, al enfrentar el análisis del mana (energía transpersonal para los pueblos oceánicos) y de lo sagrado en las religiones primitivas, observó que en la violación de los tabúes, cobraban importante papel el trickster (que en inglés significa pícaro) y los clowns (payasos), características que acompañan a los diablos uma. Por otro lado es importante observar la obvia naturaleza sombría que lo español fue cobrando en las diferentes castas coloniales, productos del constante mestizaje racial; por lo tanto la imaginería diabólica en estas aparece con rasgos hispanos. De esta manera, el santo limeño Martín de Porres cuando visionaba al satánico personaje, lo veía con figura de conquistador español. No está por demás recordar así mismo, que los excesos de las huestes peninsulares con los indígenas, a través de la tortura y el genocidio, que fueron recogidos y denunciados por Fray Bartolomé de las Casas y en el siglo XX psicopato348

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logizados por el psiquiatra venezolano Francisco Herrera Luque, permiten entender cualquier satanización de los conquistadores. En la región andina en los primeros tiempos de la dominación hispana, se tenía pavor y admiración por Juan de Salinas y Loyola conocido con el nombre del demonio de Macas, quien con sus respectivos cambios, recuerda al conde Drácula por su sed de sangre. Para concluir, se puede decir que la leyenda de Cantuña, constituye una importante raíz para el desarrollo de la interculturalidad, que es la gran tarea que deben enfrentar las actuales generaciones en el Ecuador. Que por lo mismo los relatos que han surgido a lo largo de la historia quiteña, son verdaderos tesoros, para el conocimiento del Quito profundo, recordándonos que nuestra ciudad tiene alma. Quito, 30 de abril del 2009 Bibliografía
Alarcón Rafael, Virila de Leyre: El santo que viajó en el tiempo, Revista Año Cero, Editorial América Ibérica. Año 12. N.131

Durand Gilbert, La imaginación simbólica, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1971. Makarius Laura, Le sacré et la violation des interdis. París, citada por Juliem Riess, París, Lo sagrado en la Historia de la Humanidad. Encuentro, 1989. Rader Olaf B, Tumba y poder, El culto político a los muertos desde Alejandro Magno hasta Lenin, Madrid, Ediciones Siruela, 2006. Varios Autores, Leyendas Ecuatorianas, 1972

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BIENVENIDA A KLEVER BRAVO COMO MIEMBRO CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Jorge Núñez Sánchez

Junto con buscar testimonios del pasado, una de las tareas fundamentales del historiador es el estudio y uso de las palabras. Ellas son la materia prima de su labor diaria y le sirven para hacer explícitas sus ideas, describir o estudiar un suceso, reconstruir un escenario histórico o un panorama social, formular una hipótesis o plantear una teoría. En su trabajo con las palabras, el historiador deambula entre el pasado y el presente: recupera con tino y analiza con delicadeza unas palabras aparentemente muertas, escritas en unos papeles antiguos, a veces ya carcomidos por el tiempo o destruidos por la desidia de los hombres, y las siente con emoción, goza con las bromas o picardías de las gentes del pasado, se indigna ante las infamias del ayer, sufre con los dolores de los pobres y desvalidos de otrora, y finalmente busca revivir, reconstruir, retrotraer esos hechos al presente, para informar a las gentes de hogaño sobre las ideas y acciones de las gentes de antaño. Así, buscando responder a los interrogantes de los vivos, da actualidad a palabras de gentes ya extintas, que escribiera algún desconocido y a veces anónimo escribiente, palabras dichas con unos modos y dejos del pasado, pero en cuya letra muerta pervive silenciosamente una vida que se niega a morir, una vida que, a veces sin habérselo propuesto, logra eternidad por medio de la escritura; una vida extinta que tiene todavía la fuerza de conmovernos, se sacudirnos, de indignarnos o de convocarnos a la acción. En estos mismos días, la conmemoración del Bicentenario de la Revolución Quiteña de 1809 ha impulsado todo un frenesí de búsqueda de aquellas palabras del ayer. Por serio afán investigativo o también por moda y novelería intelectual, muchas gentes se han dedicado a la tarea de rebuscar papeles desconocidos y releer los ya conocidos, en busca de respuestas a los nuevos interrogantes que cada generación tiene sobre su historia. Cualquiera sea la motivación que lo impulsa, se trata de un esfuerzo positivo y prometedor, que nos ayuda a superar, como nación, la cansina reiteración de las viejas opiniones, aprecia350

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ciones y conceptos, y a ensayar nuevas miradas y renovadas formas de comprensión de nuestro pasado. Y ya puestos en este andarivel de la historia, podemos aproximarnos a la comprensión de esos hechos de agosto de 1809, poblados de tantos claroscuros y contradicciones internas, que no solo provocaron efectos inmediatos, tales como el rápido colapso de la Junta Soberana de Quito, sino que también han dado lugar a unos apasionados debates contemporáneos, alguno de ellos tan curioso como el mío, que hace más de treinta años llevo debatiendo con mi otro yo sobre los verdaderos alcances del Diez de Agosto. Capturar y destituir a las autoridades coloniales, formar un gobierno autónomo enteramente criollo, organizar un ejército propio para defender sus intereses políticos, eran ciertamente acciones de una notable agresividad, propias de rebeldes contra el poder real y de insurgentes contra el dominio colonial. Así, lo entendieron las autoridades españolas de los virreinatos próximos y así lo entendieron, sobre todo, los mismos rebeldes de Quito, que se prepararon desde el primer momento para la guerra, sabiendo que su reconocimiento a la soberanía de Fernando VII, aconsejado según parece por fray Camilo Henríquez, no lograba ocultar su reto anticolonial ni iba a protegerlos de las represalias políticas, judiciales y militares del poder español. Y las represalias llegaron, en efecto, y aún antes de lo que se esperaba. Primero vino la sorda resistencia de los cabildos de las ciudades próximas, que reveló a los rebeldes quiteños que la clase criolla, en su conjunto, no estaba preparada para la emancipación, como ellos suponían, y que las provincias resistían la centralidad de Quito. Luego vino la acción opositora de los sectores realistas, abierta unas veces y soterrada otras, que minó la misma unidad de los criollos capitalinos y facilitó la represión que venía de los virreinatos próximos. Y finalmente se hizo presente el poder represivo del sistema colonial, que buscó aplastar prontamente, a sangre y fuego, esa rebelión anticolonial iniciada en Quito, para lo cual marcharon hacia esta ciudad tropas organizadas en Lima, Guayaquil, Panamá y Bogotá. Ese fue el marco político en el que se desarrollaron las primeras campañas militares de nuestra independencia, que fueron dos: la de 1809 y la de 1810–1812. Y es en ese contexto que debemos entender esas primeras acciones militares de nuestro proceso de independencia, que generalmente han sido tratadas como un relato literario y
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sin detenerse a valorar su significación política, su propia dimensión militar y su trascendencia social. En lo político, los análisis se han limitado a analizar las declaraciones formales de los protagonistas, palabras que, como se sabe, no siempre revelan los planes ocultos o el pensamiento profundo de los personajes; peor aún, se analiza su pensamiento por lo que dijeron o declararon luego de la derrota, cuando se hallaban enjuiciados y en trance de perder la vida, ignorando que las palabras y declaraciones dichas en un juicio responden al deseo de defenderse o de atenuar la condena, y no al de reivindicar sus acciones pasadas. En lo militar y social, se ha soslayado el análisis de la estructura social, lo cual nos permitiría entender mejor el origen de esos combatientes del bando patriota, identificar las ideas que los impulsaban al combate y comprender la dimensión de su arrojo, que en general suplió su falta de entrenamiento y equipamiento militar. Y eso mismo configura de mejor modo el carácter anticolonial de esa guerra, en la que peleaban, por el bando patriota, tropas con más o menos formación y experiencia previa, provenientes de los cuerpos de milicias y los cuerpos de tropa fija asentados en Quito, junto a civiles armados para defender una causa política, que comenzó buscando el autogobierno pero terminó luchando por la emancipación nacional. El carácter poco profesional de buena parte de esas fuerzas patrióticas se patentiza, en nuestro caso, en las cartas que el cura de Píntag, don José Riofrío, designado Comisario de Guerra por la Junta Soberana de Quito, dirigió a su jefe, el Ministro Juan de Dios Morales, desde las provincias quiteñas del norte, durante la primera campaña de Pasto. En una de ellas, fechada en Tulcán, el 15 de septiembre de 1809, manifestaba: Una expedición mal conducida y la total falta de armas, ha puesto en un manifiesto riesgo a más de quinientos hombres, que están acuartelados, y a todo este fiel vecindario. Con una compañía de las que han venido de auxilio a Pasto y a la Provincia, habría sobrado refuerzo para atacarnos a su satisfacción y sacrificarnos a todos si quisiesen. Ni de la tropa que viene atrás, ni del Teniente Coronel, ni de los pertrechos, tenemos aquí la menor noticia. … Si quisiésemos esperar que el Teniente Coronel llegué aquí dentro de uno o dos meses, preservándose de los soles, de las aguas, de los vientos y del rigor del clima, que exige vivir todo el día en la cama, es asunto perdido, pues los de Pasto no duermen y se encarnizan por momentos.

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Deseamos que estos razonamientos previos nos ayuden a entender y valorar mejor el trabajo que hoy nos presentará el Maestro Kléver Antonio Bravo, joven y talentoso historiador a la vez que militar profesional, quién se ha empeñado en estudiar con rigor lo referente a los principales combates de la primera campaña de independencia de Quito. Este es, precisamente, el tema de su discurso de incorporación, que sin duda nos ilustrará sobre aquellas acciones militares y nos permitirá valorar de mejor modo el esfuerzo humano de nuestros próceres. Kléver Bravo nació en Tixán, Provincia del Chimborazo, el 29 de julio de 1964. Ingresó al Colegio Militar Eloy Alfaro en 1979 y se graduó como oficial de Artillería en 1985. En el año de 1999 alcanzó el grado de Mayor. Hombre con vocación de cultura y gran ansia de conocimientos, para entonces ya había obtenido una Maestría en Relaciones Internacionales en la Universidad San Francisco de Quito, un Diploma Superior en Comunicación en la Universidad Andina Simón Bolívar y se hallaba cursando un Diplomado Superior en Comunicación Social en la Universidad Técnica Particular de Loja. También había cursado estudios de Derechos Humanos en Suecia y Sudáfrica, y había sido representante de las FF. AA. ecuatorianas a varias Conferencias Iberoamericanas de Editores Militares. También era ya merito353

Permítame Vuestra Excelencia explicarme con la claridad que acostumbro y que se necesita en un asunto de la mayor importancia. Si no se hubiese compuesto la Falange de oficiales delicados, que no pueden dormir sino en catre; que no pueden salir al aire sin el temor de un resfrío; que no pueden comer sino pucheros exquisitos, y manejarse, últimamente, como damas y no como hombres, no haría tantos gastos el Estado, haríamos temblar a las Provincias y no seríamos (calificados como) sediciosos. En fin, ya se cometió el yerro, y espero … que en adelante se atienda al mérito de vasallos útiles y no a la (ambición) de hombres inservibles, y por tanto perjudiciales. … El uniforme para las tropas es muy esencial, pues más respeto son diez soldados vestidos que cien desnudos … Insta demasiado que a vuelta de este correo se remita al Teniente Coronel (con) el dinero que se considere suficiente para el pago de tropas… Por lo que toca a los gastos de mi persona, no pensionaré en un maravedí al Estado, pues no busco más gloria que la de distinguirme entre los patriotas. …”

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rio su trabajo en el campo de la investigación histórica, pues tenía escritos tres libros de la especialidad, dos de ellos sobre historia militar, y un tercero sobre la historia de la corrupción en el Ecuador, cuyo título evoca otro del inolvidable historiador británico Eric J. Hobsbawm: “Bandidos”. Fue en esa circunstancia que él ingresó a la Sección Académica de Historia y Geografía de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, en ceremonia cumplida el martes 2 de marzo de 2004. Me tocó en suerte darle el discurso de bienvenida, en el que expresé: Kléver Bravo ha llegado al campo de la historia sin otro título que su afán de comprender el pasado, de bucear en los archivos y repositorios documentales en busca de explicaciones para los problemas de hoy, de ayudar a su país a reencontrar el rumbo hacia un futuro digno y promisorio, para dejar atrás esta sombría hora crepuscular de nuestra historia nacional. Es, pues, un historiador autodidacta, uno más en esa honrosa lista intelectual que presiden el inolvidable maestro Alfredo Pareja Diezcanseco y el respetado maestro Oswaldo Albornoz Peralta, académicos de la CCE.

Algún tiempo después, un grupo de académicos de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, integrado por Kléver Bravo, Javier Gomezjurado, Jenny Londoño y el que habla, hicimos un inolvidable periplo por Colombia, invitados por entidades culturales de ese país. Así, participamos en un Simposio Colombo–Ecuatoriano de Historia en la Universidad del Meta, en la caliente ciudad oriental de Villavicencio, que lleva el nombre de otro olvidado prócer quiteño de la independencia; luego en otro evento similar, organizado por la Fundación Universitaria de Boyacá, en la colonial y andina Tunja; en una reunión académica y social convocada por la Academia Hispanoamericana de Ciencias y Letras, en Bogotá, y finalmente en una reunión ordinaria de la Academia Colombiana de Historia, en la misma ciudad. Lo más grato fue que pudimos visitar los principales escenarios de la guerra de independencia en la Nueva Granada, tales como los llanos orientales donde se formó el ejército libertador; el pantano de Vargas, en el valle andino de Paipa, donde la caballería española sucumbió ante el empuje de los llaneros y donde hoy se levanta el formidable monumento a “Los lanceros de Rondón”, obra máxima del maestro Rodrigo Arenas Betancur,
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y el puente de Boyacá, donde fueron destrozadas las tropas del virrey Sámano por las fuerzas de la libertad, y donde existe otro impresionante conjunto monumental. Hallo que todo eso contribuyó a que nuestro amigo Kléver tomara finalmente la determinación de retirarse del Ejército para dedicarse a estudios de postgrado en Historia, que los ha desarrollado en los últimos años en la Universidad Pablo de Olavide, en Sevilla, donde ha obtenido el título de Maestro en Historia y ha sido calificado como Candidato a Doctor en Historia. Gracias a esa decisión, que sin duda fue dura para nuestro colega, el Ejército perdió un brillante y pundonoroso oficial, pero el mundo académico ecuatoriano ganó un historiador profesional, que sin duda contribuirá a elevar el nivel de los estudios de historia militar en nuestro país. Este es, pues, el perfil humano e intelectual de nuestro nuevo académico, al que extiendo la cordial bienvenida en nombre de la Academia Nacional de Historia y doy mi sincero parabién de amigo. Quito, a 2 de abril de 2009.

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LOS SIETE COMBATES DEL EJÉRCITO QUITEÑO EN NOMBRE DE LA INDEPENDENCIA, 1809-1812 Kléver Antonio Bravo A pesar de que se nos avecina una celebración del Bicentenario del Primer Grito de Independencia, un tanto discreta y con bajo perfil; lo que viene a continuación es una síntesis de las campañas militares del Ejército quiteño que, con el paso de los años, reflejan el poco reconocimiento de aquellas acciones de armas, tomando en cuenta que esa tropa llegó a ser la verdadera fuerza que supo mantener con firmeza y coraje los anhelos de la Junta Suprema de Gobierno en lo referente a la independencia política de la antigua Real Audiencia frente al coloniaje español. Si bien, aquellas campañas que fueron protagonizadas inicialmente con oficiales y tropa de la Falange quiteña y que finalizaron con la matanza y persecución de sus líderes que persistieron en el tema de la Independencia; pues todo este proceso, tanto como sus actores, no fue nada improvisado. El papel de los militares patriotas y la configuración del Ejército quiteño obedece a la organización de milicias y tropa regular aparecidas en siglos anteriores, especialmente ésta última, llamada también tropa veterana, cuyos orígenes se remontan al año de 1755, tiempo en el que fue creada la Compañía de Guardia del Presidente, a cargo de don Juan Pío Montúfar y Frasso, marqués de Selva Alegre y presidente de la Audiencia, con el propósito de disponer de un cuerpo armado que garantice su seguridad y que pueda repeler los alzamientos populares.1 Al emprender esta interesante labor de narración y análisis de los siete principales combates protagonizados por los patriotas frente a las tropas realistas, entre los años 1809 y 1812; grato es reconocer su valor y decisión en el campo de batalla, pero así mismo, ingrato es recordar los conflictos políticos que dividieron y que además frustraron
* Discurso de incorporación a la Academia Nacional de Historia como Miembro Correspondiente. 2 de abril de 2009. Sede de la ANH, Quito. 1 La Compañía estaba integrada por un capitán, un teniente, dos sargentos, dos cabos, un tambor y 25 soldados. Fue creada mediante Real Decreto del 8 de febrero de 1755. Archivo General de Indias, AGI, Quito, legajo 573, f. 207

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el éxito en las últimas operaciones militares. Aquí sus pormenores, entornos y actores: Ante la negativa de adhesión al movimiento emancipador del 10 de Agosto, de parte de las principales ciudades del Norte, Sur y Occidente de la Real Audiencia; la Junta Suprema desplegó una expedición militar hacia la provincia de Pasto, en vista de que sus habitantes –exhortados por el teniente coronel de Infantería Miguel Tacón, gobernador de Popayán y el doctor Tomás Santacruz, presidente del cabildo de Pasto– rechazaron de plano las comunicaciones de adhesión enviadas por los directivos de la mencionada Junta. Aunque era visible el apego de los pastusos a la Corona a través de la “defensa de su territorio”, la causa de sus autoridades era diferente. Su interés por la defensa territorial no era otra cosa que la defensa de sus bienes y su estabilidad en el poder. Esta era la realidad ante la cual don Ignacio Ortiz, secretario de la expedición quiteña, manifestaba que los pastusos no defendían la causa del Rey sino los derechos del doctor Santacruz. Con el rechazo a la propuesta de la Junta, el cabildo de Pasto procedió a embargar los caudales de los quiteños que reposaban en las Cajas Reales de Popayán, suspendió el correo oficial de Quito y detuvo a don Pedro Montúfar que se encontraba en Popayán junto a sus tres ayudantes, entre ellos don Joaquín Gómez de la Torre.2 Con esto, la guerra entre Pasto y Quito estaba declarada, pero antes de que inicien las operaciones militares, la Junta, a través del general Manuel Zambrano, comandante de la tropa quiteña, planteó al cabildo de la “fiel ciudad de San Juan de Pasto” una tregua y un encuentro para llevar la situación de forma pacífica y así buscar la unión fraternal para el bienestar de las provincias. El cabildo consultó a Tacón y éste reiteró su rechazo a la tregua y al diálogo, dando paso al enfrentamiento entre quiteños y pastusos: un encuentro bélico que ante la historia sería el primer combate por la independencia en la nueva Hispanoamérica.3
2 Gerardo León Guerrero Vinueza, Pasto en la Guerra de Independencia 1809-1824, Bogotá, 1994, p. 22 3 Extracto del oficio de la Sala Capitular de Quito al ayuntamiento de Pasto, septiembre de 1809, Archivo Nacional de Madrid, sección Consejos, legajo 21679, en Gerardo Guerrero, “¿Por qué vinieron los quiteños?, dos invasiones al distrito de Pasto 1809 – 1811”, Primer encuentro colombo-ecuatoriano sobre raíces históricas, Memorias, Pasto, 24-28 de mayo de 1987, p. 108, 111

1.- CAMPAÑA CONTRA PASTO

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La tropa pastusa se dividió en destacamentos a fin de cubrir con algunos puntos críticos del río Guáitara. A la cabeza de esta tropa estaban los capitanes Tomás Santacruz, Ramón Zambrano Santacruz, Miguel Nieto Polo, Francisco María Santacruz y Gregorio Angulo. A la cabeza de la primera compañía estaban el capitán Nicolás Quiñones, un teniente y un subteniente. En la segunda compañía: el capitán Agustín Estupiñán, un teniente y un subteniente.4 Este ejército de Pasto se preparó para enfrentarse a nuestro ejército comandado por el general Manuel Zambrano, teniente coronel Francisco Xavier Ascázubi, el doctor Ignacio Ortiz de Cevallos y 18 oficiales, quienes lideraban una fuerza de 553 hombres.5 Rumbo a Tulcán se integraron una compañía de milicias de Otavalo y dos compañías de milicias enviadas por el corregidor de Ibarra, don Domingo Gangotena. Toda esta fuerza se constituía en la Vanguardia del Norte, al mando del sargento mayor Javier Zambrano y el ayudante mayor José Vinueza, quienes llegaron hasta Tulcán, en espera de ser reforzados por el grueso del personal, armamento y demás pertrechos que salieron de Quito a finales de agosto, al mando del teniente coronel Ascázubi. A su arribo a Tulcán el día 23 de septiembre, el teniente coronel Ascázubi y el joven general Manuel Zambrano tomaron el mando de toda la fuerza integrada por los 18 oficiales y 553 soldados. El día 28, luego de una marcha táctica en la cual lograron someter a los pueblos de Cumbal y Guachucal, establecieron el cuartel general en Túquerres y de allí emprender la operación ofensiva hacia Pasto. Inicialmente los patriotas invadieron Ipiales, Sapuyes, Castigo y el Guabo y luego bloquearon los caminos que conducían a Barbacoas. Por su parte, el ejército pastuso organizó una contraofensiva, dividiendo su fuerza en destacamentos ubicados en varios puntos de acceso, entre estos la tarabita de Funes, lugar donde se dio el primer combate que duró cerca de una hora. Fue el 16 de octubre de 1809, día en el que el ejército patriota fue derrotado luego de un ataque envolvente ejecutado por todas las compañías del ejército contrario. Como resultado de este fracaso, cayeron prisioneros dos capitanes, un teniente, dos subtenientes, 99 soldados y seis mujeres.6 La derrota empezó cuando el grueso del oponente pastuso
4 Gerardo León Guerrero Vinueza, op. cit., p. 25 5 Alfredo Ponce Rivadeneira, Quito 1809-1812, imprenta Juan Bravo, Madrid, 1960, p. 39 6 Guerrero, op. cit., p. 174

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atravesó el paso de Funes. Al anunciarse la derrota, las tropas revolucionarias terminaron en desbanda; sin embargo, dos días más tarde, lograron reunirse e iniciar otras escaramuzas que lamentablemente no fueron exitosas, más bien cayeron prisioneros: el teniente Miguel Carrasco, un sargento y 13 soldados; aparte de que fueron tomados cuatro cañones y demás pertrechos de guerra.7 Estos combates en la frontera norte dejaron en la historia la figura de dos ejércitos que pelearon con toda la valentía y decisión: unos por la fidelidad al Rey y los otros por el ideal de la Independencia. Luego de la masacre del 2 de Agosto, los proyectos revolucionarios de Carlos Montúfar vinieron a opacar los intereses políticos de los gobernadores de Cuenca y Guayaquil, lo que motivó a otra declaración de guerra en contra de la segunda Junta recién instalada. Pero esta vez las cosas eran diferentes, la tropa quiteña tenía mejor organización y estaba al mando de un oficial que sabía de su oficio. En esos momentos de tensión y desconcierto, llegó a Guayaquil el 7 de noviembre de 1810 el nuevo presidente de la Real Audiencia de Quito, brigadier Joaquín Molina. Había sido nombrado por el Consejo de Regencia de España y vino desde Lima acompañado de una veintena de soldados del Real de Lima, 13 artilleros, 200 fusiles y dos piezas de Artillería de campaña.8 Con su puesto de mando instalado en Guayaquil, Molina mantenía una estrecha correspondencia con el gobernador de Cuenca: entre líneas insistía que se tome las debidas providencias a fin de que se envíe a Alausí un buen número de soldados al mando de los mejores oficiales y de allí tomarse Riobamba y Ambato. Para esto, dispuso al gobernador Aymerich que se aliste por lo menor a 1.800 hombres, “sin detenerse en los gastos que origine” y así, dejar a los quiteños “sin comercio ni comunicación, encerrados en los estrechos límites de su jurisdicción…”.9 Luego de haberse confirmado la guerra entre la Junta y Molina;
7 Informes de los capitanes pastusos Ramón Zambrano y Antonio Rodríguez, de fecha 18 de octubre de 1809, Archivo Nacional de Madrid, legajo 21674, en Guerrero, op. cit., p. 29 8 Archivo Nacional del Ecuador, ANE, Fondo Especial, caja 190, Vol. 2, documento 10.675, Guayaquil, 8 de noviembre de1810 9 Archivo Histórico del Banco Central del Ecuador, AHBCE, Fondo General, Vol. 00006, f. 6. Carta del presidente Molina al virrey Abascal, 6 de diciembre de 1810. Encabezaba el documento con el titular “Cuenca del Perú”.

2.- LA EXPEDICIÓN MILITAR A GUARANDA Y CUENCA

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Montúfar, con un número aproximado de 2.620 hombres y 16 cañones, emprendió la marcha hacia Guaranda para atacar por los tres puntos predeterminados: La Ensillada, Guanujo y San Miguel,10 El ataque sorpresa de los patriotas se dio el 31 de diciembre de 1810 frente a los 900 hombres que conformaban las tropas realistas que se encontraban al mando del coronel Manuel Arredondo.11 Apenas se dio una escaramuza entre las vanguardias conformadas por soldados de caballería de los dos bandos, las tropas realistas abandonaron el campo de batalla tras sufrir una inesperada derrota. Con esta victoria, los patriotas se lanzaron a la persecución, pero debido a las torrenciales lluvias retornaron al puesto de mando con un número reducido de prisioneros.12 Pasada la victoria en Guaranda, el Ejército patriota marchaba hacia el Sur con todo el espíritu de lucha, con una logística completa y con una moral cada vez en ascenso. En esta condición de vencedor, don Carlos Montúfar escribió una carta al cabildo de Cuenca proponiendo un ambiente de paz y a la vez, recordando que Quito había sido invadida dos años antes por sus provincias limítrofes y por soldados extranjeros que protagonizaron la masacre del 2 de Agosto, en tal razón, Quito debía recuperar sus derechos de Capital tomando el camino de las armas como último recurso. Lamentablemente en Cuenca había criterios divididos, por lo que se dejó que la situación avance por la misma vía de las armas.13 Así, los patriotas llegaron a Paredones, y con una ligera operación ofensiva en la madrugada del 17 de febrero de 1811, lograron una segunda victoria con apenas 500 hombres que se enfrentaron a la vanguardia realista. En esta acción de armas se capturó a 51 soldados, a quienes se les dejó en libertad viendo que Aymerich y sus 2.000 soldados tocaban la retirada hacia Cañar en una fuga desesperada.14 Con el fracaso en Paredones, las tropas realistas replegaron hacia Cañar, donde llegaron el 18 de febrero a las tres de la madrugada, habiendo sido reforzadas con gente de Gualaceo y Paute al mando
10 AHBCE, Fondo General, Vol. 00005, f. 147. 11 ANE, Fondo Especial, caja 190, Vol. 2, documento 10.675, cuaderno segundo 12 Carta de Molina a la Regencia, AGI, 126-3-10, en Jacinto Jijón y Caamaño, “Influencia de Quito…” p. 72. 13 Montúfar al cabildo de Cuenca, Puyal, febrero de 1811, AGI, 126-3-10, en Jacinto Jijón y Caamaño, “Influencia de Quito en la emancipación del continente americano”, Boletín ANH, Vol. VIII, Quito, 1924, p. 72. 14 AHBCE, Fondo General, Vol. 00005, f. 40. Cartas del provisor don Manuel José Caicedo al doctor Joaquín Arrieta, 6 de marzo de 1811.

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de don Ignacio Balladares, teniente gobernador de Chuquipata, del capitán del Ejército realista don Francisco Villarreal y del capitán de infantería Santiago Serrano. Pese a esta derrota de la fuerza realista, la logística aumentaba su volumen gracias a la ayuda de diversas partes: la entrega de víveres de las monjas Carmelitas y la vecindad de Azoguez, los donativos económicos y la fabricación de lanzas desde la vecindad de Loja.15 Con esto, Molina ordenó al jefe militar de Cuenca que, a pedido de Ruiz de Castilla, se realice el intercambio de prisioneros “hombre por hombre”, los quiteños detenidos en Cuenca y los limeños en Quito16 y que las tropas restantes de Paredones replieguen a Verdeloma.17 Después del triunfo en Paredones, el próximo objetivo debió ser la toma de Cuenca, pues esta conquista aseguraba el proyecto emancipador de la Junta; empero a pesar de que Montúfar tenía todas las de ganar en el ataque a esa ciudad, no atacó. ¿Y por qué no atacó? El mismo Carlos Montúfar decía que desertaron los milicianos por la intensidad de las lluvias, que desaparecieron los indios de Riobamba con las bestias que llevaban los bagajes y pertrechos militares y que también había escasez de víveres.18 La campaña del Sur terminó con una victoria incompleta. Las tropas adoptaron una retirada “prudente” y marcharon hacia Quito, ciudad a la que arribaron el 1 de abril de 1811, con los laureles en alto y con una victoria no definida. Tras haberse iniciado la campaña emancipadora en Santa Fe de Bogotá, el gobernador de Popayán, don Miguel Tacón, declaró su desacuerdo a la nueva “Confederación de las ciudades del Valle del Cauca”, nacida en febrero de 1811, bajo la presidencia del doctor Joaquín Caicedo y Cuero, sobrino del Ilmo. Cuero y Caicedo. Esta divergencia de Tacón no fue más que una declaración de guerra para la nueva Confederación, de modo que con la difusión del sentimiento religioso y la fidelidad al Rey, logró reunir a la caballería de Pasto y los soldados del valle
15 Ibíd., caja 192, Vol. 467, documento 10.841, exp. 12 y 80 16 Ibíd., exp. 89 17 Ibíd., caja 190, Vol. 2, documento 10.675, cuaderno segundo, 1811. 18 Revista Ejército Nacional, No. 36, tomo 33-36, 1927

3.- TRIUNFO EN PASTO

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del Patía y así dar guerra a los “Patriotas de Cali” que, en número de 900 hombres, marcharon hacia Popayán para enfrentarse en la famosa batalla intestina de Palacé, el 28 de marzo, con una sonada victoria de los caleños y la fuga inmediata de Tacón.19 Derrotado y perseguido, el gobernador Tacón se atrincheró en Pasto y de allí envió a su emisario, don Antonio Mendizábal, para solicitar una entrevista con el coronel Carlos Montúfar, a fin de alcanzar una mediación entre las dos regiones. Esta petición fue sometida a la Junta Superior de Quito, la misma que no dio paso a tal entrevista por la intriga y desconfianza que irradiaba dicho gobernador.20 Por esta razón, el 3 de mayo fue desplazado hacia Tulcán el teniente coronel Pedro Montúfar al mando de una fuerza de 300 hombres, precisamente con la misión de cubrir la frontera septentrional,21 a sabiendas de que ya estaba en marcha una acción combinada entre las fuerzas de la Confederación del Cauca por el Norte y el ejército quiteño que marchaba en su segunda expedición ofensiva por el Sur. Esta vez nuestros patriotas marcharon con las siguientes misiones: desalojar a las fuerzas de Tacón que habían invadido Tumaco, proteger a los habitantes de Pasto que sufrían hostilidad y violencia de su propio cabildo y que por lo mismo solicitaban agregarse a la Real Audiencia de Quito; y, finalmente, recuperar el tesoro perteneciente a las cajas quiteñas.22 Al cruzar el río Carchi, el 29 de junio de 1811, los patriotas habían aumentado sus filas con 200 hombres enviados desde Quito. Frente a este avance, Tacón destacó parte de su tropa en Carlosama, lugar donde tomaron prisioneros a varios soldados de la vanguardia de Montúfar.23 Luego de varios días de combates, los pastusos, al mando de los tenientes coroneles José María Villota y José Uriguen, cedieron terreno para que se dé combate cuerpo a cuerpo, dando un resultado favorable para los patriotas quienes se tomaron la loma de Cuas19 Guerrero, “¿Por qué vinieron los quiteños?...” p. 111. Se conoce que en su fuga, Tacón olvidó salvar a su esposa y sus dos hijos que permanecían en Popayán. Lo que no olvidó sacar fue el oro de las Cajas Reales. 20 Manuel María Borrero, op. cit. pp. 309, 310. El rechazo de tal entrevista quedó sentada en actas de la Junta del 4 de junio de 1811 21 Pedro Fermín Cevallos, Resumen de la Historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, segunda edición, tomo III, Imprenta de la Nación, Guayaquil, 1886, p. 106 22 Guerrero, op. cit., pp. 48-51 23 M. M. Borrero, op. cit., p. 314. Recordemos que Tacón ya tuvo su papel represivo en el 2 de Agosto, por ser ultrarrealista y por haberse amparado en sus vínculos familiares con Manuel Godoy, recordado éste por su “poder tras el trono” en la época de Carlos IV

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pud. Con este triunfo parcial a favor de los quiteños, Tacón decidió tomar el mando de sus huestes y ubicarse en Sapuyes, lugar donde fue atacado y obligado a replegar, pues ya tenía conocimiento de que las fuerzas revolucionarias del Norte estaban en camino y que los patriotas quiteños preparaban una mayor ofensiva por el Sur. Luego de varios días, el ejército de Montúfar sentó su cuartel general en Túquerres con el fin de iniciar su ofensiva final contra Pasto. Con un ejército de aproximadamente 2.000 hombres, los quiteños se organizaron en tres divisiones: la primera, al mando del teniente coronel Pedro Montúfar; la segunda, al mando del teniente coronel Feliciano Checa; y la tercera, al mando del capitán Luis Arboleda.24 Con este contingente, los patriotas se trabaron en un feroz combate con los pastusos, liderados por los comandantes Corral y Taques. Luego de cuatro días de reñida lucha se logró desalojar a un fragmento de la fuerza enemiga que hostigaba desde Funes.25 Merecido es recordar que el 22 de septiembre de 1811, los quiteños cantaban una merecida victoria en las afueras de Pasto. Aquí vale la pena mencionar la maniobra inteligente de Checa, con lo cual se pudo salvar el paso del río Guáitara y los 40 soldados del Regimiento de Artillería que lograron tomarse el puesto de mando enemigo. Al entrar a Pasto, los vencedores la encontraron desierta, su gente y autoridades habían huido a los campos por el temor de posibles represalias, cosa que no sucedió, más bien los patriotas promulgaron un bando exhortando la tranquilidad y la prohibición de los excesos por parte de la tropa victoriosa.26 Después de las tres campañas en mención, el movimiento independentista empezaba a sufrir los efectos de la desunión, dividiéndose en dos grupos claramente definidos: los sanchistas y los montufaristas. El primero estaba encabezado por el marqués Jacinto Sánchez de Villaorellana y sostenido por el teniente coronel Francisco Calderón, 4.- LA SEGUNDA EXPEDICIÓN A CUENCA

24 Luis Felipe Borja (hijo), “Méritos y servicios del coronel Feliciano Checa”, Boletín No. 5 de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, Quito, marzo–abril de 1919, p. 223 25 Los patriotas que vencieron en Guapuscal podían “traer un parche pequeño con un rotulito bordado que diga Guáitara”, Acta de la Junta del 5 de noviembre de 1811. Jacinto Jijón y Caamaño, “La influencia de Quito…” p. 76 26 Guerrero, “¿Por qué vinieron los quiteños?”, p. 114

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tenía una posición radical en cuanto a la independencia total de España basándose en el proyecto de un gobierno republicano. El segundo grupo, liderado por el marqués de Selva Alegre y respaldado por su hijo, el coronel Carlos Montúfar, aceptaba la independencia de España pero manteniendo el sistema monárquico y su fidelidad a Fernando VII.27 La división también salpicó al resto de autoridades, de modo que la balanza inclinaba su apoyo en base a la pasión o interés hacia tal o cual facción, fermentando así la unidad y propósitos que inicialmente proclamaba la Revolución quiteña.28 En diciembre de 1811 se estableció la convocatoria para que se instale el Congreso, el mismo que inició sus actividades el 1 de enero de 1812 y al mes y medio de funcionamiento, resurgieron las diferencias políticas entre los dos bandos en mención, por lo que ocho diputados sanchistas abandonaron su representación y se desplazaron a Latacunga y desde allí ordenaron la incorporación de Francisco Calderón para que tome el mando de las tropas y emprenda otra expedición al Sur, para atender a la “defensa de la patria”29 ante la amenaza de Molina, que pretendía invadir Quito con todas las milicias de la zona de Cuenca reforzadas con soldados y pertrechos de Guayaquil. Al haberse declarado la guerra a Cuenca, el 27 de diciembre de 1811,30 las tropas revolucionarias salieron de Quito el 1 de abril de 1812, con una fuerza aproximada de 1.500 hombres al mando de don Francisco Calderón. Le seguían en el mando los siguientes oficiales: el teniente coronel Feliciano Checa y otro del mismo rango de apellido Terán, un sargento mayor y ocho capitanes. Este ejército aumentó sus filas con la incorporación de 600 hombres de Latacunga y Ambato y con otros de Riobamba y Guaranda, llegando a completar entre sus filas un total aproximado de 3 000 combatientes. Al tercer día de instalados en Paredones, llegó de Quito don Mauricio Echenique con dinero para cancelar el sueldo de las tropas y, por lo que se conoce de la narración histórica de Pedro Fermín Cevallos, venía también a entorpecer la operación ofensiva comandada por
27 Carlos Landázuri, “La Independencia, un proceso continental”, en Manuel de Historia del Ecuador, Universidad Andina Simón Bolívar y Corporación Editora Nacional, Tomo I, Quito, 2008, p. 108 28 M. M. Borrero, op. cit., p. 117 29 José María Le Gohuir, Historia de la República del Ecuador, colección Grupo Aymesa, Vol. 2, Quito, p. 205 30 Jacinto Jijón y Caamaño, “Influencia de Quito…”, p. 78

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Calderón. Con el pretexto de los sueldos, había entablado conversaciones esquivas con los montufaristas dirigidos por el teniente coronel Terán. Con síntomas de conspiración, se encerraron en un Consejo de Guerra para decidir si continuaban con la ofensiva o emprendían la retirada.31 Empero, los pleitos entre los dos bandos acallaron por un momento debido a que el enemigo –que se encontraba en Azóguez– ubicó a su vanguardia en la cima del cerro más próximo a Verdeloma, situado al Oeste de Biblián. Con esta posición, los realistas tomaron cierta ventaja que obligó a los patriotas a iniciar el combate. Era el 24 de junio de 1812, cuando la vanguardia de Aguilar enfrentó a la infantería enemiga. El combate de primera línea se daba de igual a igual, hasta que Calderón ordenó la intervención de la caballería en refuerzo a las compañías de Aguilar. En eso el comandante de las fuerzas realistas, teniente coronel Antonio María del Valle, oficial del Real de Lima, también dispuso la entrada en acción de su caballería en apoyo a su infantería que estaba debilitada, dándose un encuentro entre los soldados de a caballo que, de un inicio, se enfrentaban con pistola y luego con sable. Luego del choque de las caballerías, el combate terminaba con el repliegue de las tropas realistas que eran perseguidas por los soldados quiteños, alcanzando así una modesta victoria para éstos y un saldo de 100 hombres entre muertos y heridos de los dos ejércitos.32 Pasado el momento del triunfo, las rencillas entre Calderón y los oficiales montufaristas volvió a su tono más alto debido a que fueron tildados por aquel de “cobardes y traidores”. Este pleito condujo a la retirada de las tropas hacia el Norte, dejando inconclusa la misión de tomarse Cuenca y así, garantizar los planes de la Junta. Con el relato de este acontecimiento, se podría decir que se perdió una vez más la oportunidad de ingresar victoriosos en Cuenca y consolidar el nuevo Estado, debido a la división partidista. El 21 de junio de 1812, día en el que llegó a Guayaquil el general realista Toribio Montes, la mayoría de los pueblos de Cuenca y la Costa se proyectaron a una campaña masiva en contra de los insurgentes quiteños. Para el efecto, el nuevo presidente de la Real Audiencia destacó al
31 Cevallos, op. cit., pp. 126, 127 32 Alfonso María Borrero, Cuenca en Pichincha, imprenta de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo del Azuay, tomo I, Cuenca, 1972, p. 14

5.- CAMPAÑA EN SAN MIGUEL Y MOCHA

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coronel Juan Sámano a que se haga cargo de las tropas cuencanas y así, convertir a todas las huestes morlacas en una fuerza de carácter ofensivo. De igual manera, Montes tomó la ruta de Guaranda, en dirección a Quito, para cumplir con la misma consigna, pero con el membrete de “pacificador”. Ante los dos avances simultáneos, el Ejército patriota, que se encontraba concentrado en Riobamba al mando del teniente coronel Feliciano Checa, debió atender al mismo tiempo dos frentes de batalla: uno que venía de Guayaquil y el otro de Cuenca. El primer combate de esta campaña se dio en San Miguel, población cercana a Guaranda. Allí, la vanguardia realista, comandada por el teniente coronel Alejandro Eagar y organizada por 500 hombres, entre infantes y dragones apoyados por cuatro cañones,33 se enfrentó a una fuerza que sobrepasaba los 400 patriotas al mando del teniente coronel Antonio Ante. Era el 25 de julio, día en el que la tropa quiteña se lanzó al ataque, causando 100 bajas, de las cuales perecieron 35 hombres, incluyendo el mismo teniente coronel Eagar que murió al tercer día del enfrentamiento y el segundo jefe, don Juan Manuel Fromista que cayó herido. No se llegó a prolongar este éxito patriota porque se agotó la munición. Esta carencia logística obligó a replegar a sus cuarteles provisionales en Guaranda.34 Al llegar a Cuenca, el coronel Sámano llegaría a organizar una fuerza de 2 100 hombres distribuidos en 18 compañías de infantería y tres escuadrones de caballería. Con este contingente emprendió la marcha hacia el Norte a finales de julio, específicamente hacia la zona de San Andrés, población ubicada a un par de leguas al norte de Riobamba35 y lugar donde se reunieron los dos comandantes realistas, cuya tropa ascendía a un número de 2 675 combatientes, destacándose de entre ellos 1 860 milicianos cuencanos, 418 milicianos guayaquileños y 397 limeños entre pardos, milicianos y veteranos.36 Toda esta tropa habría recibido de parte del gobernador de Guayaquil, don Vasco Pascual, 59 cajones que contenían 50 000 cartuchos de fusil, los cuales serían trasladados por el cabo Juan Martínez y ocho soldados.37 En este sector destacó el arrojo y valentía el capitán Ramón
33 ANE, Fondo Especial, caja 193, Vol. 469, documento 10.922, exp. 67. 34 Cevallos, op. cit., pp. 137-139. 35 Agustín Salazar, Recuerdos de la Revolución Quiteña, Quito, 1910, p. 54. 36 Cevallos, op. cit., p. 139. En referencia al oficio de Montes al virrey de Santa Fe, del 6 de abril de 1813. 37 ANE, Fondo Especial, caja 193, Vol. 469, documento 10.922, exp. 174.

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Chiriboga38; quien, al mando de 40 soldados de caballería, emprendió una misión de reconocimiento en los páramos de Pazguazo. Allí combatió con otro escuadrón de caballería enemigo al mando del teniente coronel Jiménez. El resultado de esta acción de armas entre caballerías resultó favorable a Chiriboga y sus soldados. Un tipo de confrontación que se volvió a repetir al día siguiente con similares resultados favorables a los patriotas.39 Estos dos efímeros triunfos de la caballería patriota no lograron impedir el avance de las fuerzas de Montes, lo que obligó a las tropas de Checa a un repliegue forzado a Mocha para adoptar una posición defensiva en la quebrada más cercana al pueblo. Al decir de nuestro Ejército, estaba constituido por 2 938 hombres. Momentos antes del combate, los dos ejércitos estaban separados con distancias mínimas, por lo que daba a suponer que tenían contacto visual. Con esta situación, el primer cañonazo lo dio el capitán patriota Carlos Larrea y nada menos que a la tienda de campaña del general Montes, que acampaba con sus tropas en la finca de Mochapata. Como resultado del tiro directo del cañón, murió uno de los sirvientes del Presidente.40 Iniciadas las hostilidades, el 3 de septiembre de 1812, Montes envió al grueso de su tropa a la conquista de Mocha. Se dio un combate de apenas media hora en un punto cercano al pueblo denominado la Piedra. Pese a que los oficiales patriotas Sevilla, Bahamonde y Lana defendieron con todo el coraje este punto a ellos asignado; más pudo la experiencia, la logística y el estruendo de los cañones de Montes para que hayan entrado sin el menor peligro a la plaza de Mocha, al tiempo en que indios, soldados y curas del Ejército patriota replegaban hacia el Norte. A raíz de la derrota en Mocha, el comandante Checa renunció a la jefatura de las tropas revolucionarias y don Antonio Ante no llegó a asumir el comando de dicha tropa. Con este vacío de mando, fue llamado 6.- COMBATE EN EL PANECILLO

38 Alfredo Costales Samaniego, Dolores Costales Peñaherrera, Insurgentes y Realistas, la revolución y la contrarrevolución quiteñas, 1809–1822, Biblioteca del Bicentenario de la Independencia, Fonsal, editorial Trama, Quito, 2008, pp. 58 – 63. 39 Élmer Carvajal, Riobamba: personajes ilustres de la colonia, Editorial Pedagógica Freire, Riobamba, 1999, p. 122 40 Cevallos, op. cit., p. 142

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41 ANE, Fondo Especial, caja 194, Vol. 471, exp. 16. Oficio del capitán Francisco José de Vivero a Montes, escrito en Pujilí con fecha 11 de septiembre de 1812 42 Cevallos, op. cit., pp. 151-153. El oficio de Montes fue despachado el 6 de noviembre de 1812 a las ocho de la mañana. 43 Luciano Andrade Marín, La Batalla del Panecillo, 7 de noviembre de 1812, imprenta Municipal, Quito, 1954, p. 20

de forma urgente el coronel Carlos Montúfar a fin de que retome el co mando de las fuerzas patriotas que se encontraban haciendo operaciones de defensa móvil entre las provincias de Tungurahua y León. Al tiempo en que los patriotas preparaban su trinchera, Montes avanzaba con sus tropas hacia Latacunga bajo el hostigamiento de patrullas móviles. Al respecto, el capitán Vivero daba parte por escrito que su reparto realista fue víctima de incendios y saqueos en Latacunga, Tanicuchí y Pujilí, por parte de los insurgentes e indígenas del sector.41 Una vez instalado su campamento en las inmediaciones de El Calzado, Montes envió un oficio a las autoridades quiteñas, exhortando, a la rendición en un plazo de tres horas; de lo contrario, estarían en peligro las vidas, bienes y haciendas de los quiteños. Carlos Montúfar no tardó en responder a tal oficio dando un plazo de dos horas para que las fuerzas realistas sean quienes abandonen estas tierras en nombre del Rey, la religión católica y el Ejército al cual dirigía. Con este tipo de amenazas de parte y parte, los dos ejércitos continuaron en el camino de las armas.42 Con el propósito de rechazar el avance de las tropas realistas, Montúfar adoptó una especie de defensa en posición, ubicando a sus tropas en tres frentes: el primero en la entrada de San Sebastián, el segundo en la Magdalena y el tercero en la cima del Panecillo, este último, reforzado con cinco cañones. Montes, tras conocer las posiciones de los patriotas, procedió a organizar la marcha ofensiva destacando a una división por el río Machángara, al mando del coronel Sámano; la segunda división por el arco de la Magdalena, a órdenes del capitán ingeniero Miguel Atero y la tercera en la reserva.43 En vista de que las dos divisiones estaban desgastadas, Montes colocó una batería de cuatro cañones para apoyar el avance de la vanguardia, llegando a la cima para trabarse en combate cercano con la tropa quiteña que se encontraba en la cima del Panecillo, la misma que estaba compuesta por milicianos y jóvenes que lucharon con todo el brío y audacia para defender este punto estratégico, pero ante el incesante fuego enemigo, la munición de los patriotas se agotó, debiendo reple-

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gar de forma urgente a la ciudad para reorganizarse, dejando el cerro en manos de las tropas realistas. Este combate dejó como saldo 47 muertos y decenas de heridos del lado patriota; mientras que del lado realista fueron 15 muertos y 71 heridos, incluidos seis oficiales.44 El 8 de noviembre, Montes hacía su entrada triunfal en una ciudad, haciendo del convento de San Francisco su área de vivac, su campamento. De inmediato despachó 520 soldados de infantería y 80 de caballería, con la misión de perseguir a los insurgentes que partieron hacia Ibarra. 7.- SAN ANTONIO, EPÍLOGO DE LA REVOLUCIÓN Luego de varias jornadas de marcha forzada, los patriotas quiteños llegaron a Otavalo. En ese trayecto se reorganizó una fuerza de aproximadamente 600 combatientes, reuniéndose en Ibarra, el 16 de noviembre, con otros 600, al mando del coronel Francisco Calderón. Inesperadamente renació la discordia entre los jefes sanchistas y montufaristas por la disputa del comando del ejército y porque cada bando quería tomar la decisión que más le convenía: los que estaban con el coronel Carlos Montúfar querían un armisticio con Montes, mientras dure su gobierno; en tanto que los del grupo de Calderón estaban empecinados en continuar por el camino de la guerra.45 Los pleitos no daban tregua, hasta cuando llegó por casualidad a manos de los líderes quiteños una comunicación de Montes, dirigida a Sámano, en la cual disponía la captura de los comandantes patriotas y su correspondiente sentencia a la pena de muerte junto con el cobro de 500 000 pesos en un plazo no mayor a las 24 horas.46 El contenido de aquella comunicación, más la noticia de que Sámano y sus soldados ya estaban en Atuntaqui, exaltaron a los jefes patriotas a una reflexión que llevó a dejar de lado las diferencias y luchar por un ideal común. En tanto el jefe realista, al ver que los insurgentes ya no estaban dispersos, más bien estaban organizados y dispuestos a pelear por el triunfo, agitó la bandera blanca, consiguiendo un diálogo con Montúfar. Una vez aceptado el armisticio entre las dos fuerzas, Sámano hizo lo suyo: en pretexto de dar el rancho y descanso
44 Ibíd., p. 22. Oficio del general Montes al virrey del Perú, de fecha 11 de noviembre de 1812 45 M. M. Borrero, op. cit., p. 373 46 Ibíd., p. 374

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a su tropa, la condujo a San Antonio de Ibarra y desde allí empezó a fortalecerse armando su artillería y recibiendo de Montes un refuerzo de 380 hombres al mando del teniente coronel Antonio Párames, con la consigna de aprehender a los patriotas Calderón, De la Peña, Caicedo, Rodríguez, Villaorellana, Gullón, Chiriboga, Mancheno, Vásconez y Correa. Al ser detectados ciertos movimientos extraños al Acuerdo, el cura párroco de San Antonio dio aviso inmediato a Montúfar sobre esta novedad. Al principio este aviso fue subestimado por cuanto el jefe realista supo vender con certeza su perfidia, pero como el aviso fue reiterado, la cúpula quiteña decidió enfrentar el asunto por el método de las armas, dividiendo el ejército de 620 soldados en cuatro columnas encabezadas por Montúfar, Calderón, Gullón y Pólit, para enfrentarse al enemigo que se encontraba atrincherado en el pueblo con un contingente similar. La primera escaramuza se dio el 27 de noviembre de 1812, destacándose los oficiales patriotas Chiriboga, Gullón, Núñez y Moscoso, quienes al mando de un escuadrón de caballería, se apoderaron de los cañones que habían sido instalados por los realistas en las calles principales de San Antonio. Las fuerzas quiteñas acometieron con tal bravura que Sámano replegó a la iglesia, haciendo de ésta su posición defensiva y una fábrica improvisada de cartuchos elaborados con los misales y otros libros religiosos. Llegada la noche, las dos fuerzas adversarias decidieron cesar el fuego; los patriotas eran los más próximos a la victoria, no así los realistas, cuyos jefes habían hablado de una rendición al amanecer del 28 de noviembre, luego de ver a los insurgentes como una tropa disciplinada y bien organizada. En esa misma noche, los soldados realistas, que habían consumido toda su munición, realizaron un contraataque con bayoneta calada y arma blanca, logrando abrir una brecha sobre el ejército patriota que les tenía sitiados. En eso, la tropa de Sámano recibió los refuerzos con lo que pudo perseguir a los patriotas que rompieron filas y tomaron el camino hacia Ibarra.47 Viéndose sin enemigos en ningún frente, el jefe realista emprendió la persecución hacia la villa de Ibarra, logrando apoderarse de armas y pertrechos que habían abandonado los patriotas. Gran parte de los patriotas lograron escapar: unos fueron a
47 J. Jijón y Caamaño, “Influencia de Quito…”, p. 84

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ocultarse en sus haciendas, otros se dispersaron por el camino de Malbucho, sendero que conducía al Pacífico; empero Calderón y otros soldados perseveraron en la lucha y tomaron el camino hacia el Norte, pensando en unirse a los patriotas del Cauca. Dieron la cara al enemigo, a sabiendas de que disparaban sus últimos cartuchos y que tarde o temprano serían vencidos. Hasta que cayeron prisioneros en Yahuarcocha.48 El 1 de diciembre, era el día en que el último reducto insurgente peleaba con denuedo, agotando sus últimas energías en el combate. Allí pasó a la historia el valiente capitán Landaburu, oficial que había recibido 13 puñaladas por no dejarse arrebatar el pendón insurgente. En esos mismos instantes, Calderón fue tomado prisionero por un soldado de apellido Guerrilla, oriundo de Cañar.49 La misma suerte corrieron los oficiales Manuel de Aguilar y Marcos Gullón, algunos soldados y siete indígenas de Otavalo.50 Todos estos fueron condenados a muerte en Ibarra el 4 de diciembre, luego de un juicio y sumario verbal ordenado por Sámano. CONSIDERACIONES FINALES Con el mismo entusiasmo con el que se formó la Junta Suprema de Gobierno, igual se formó el Ejército quiteño, de cuyas campañas descritas en páginas anteriores, vale decir que los siete combates tuvieron sus finales de gloria y derrota. Guaranda, Paredones, Pasto y San Miguel, fueron los escenarios de triunfo para los patriotas, pero no todos éstos disfrutaron del éxito. Recordemos que luego de Paredones, la retirada fue discreta debido a la deserción de los indígenas que servían como elemento de apoyo logístico y transporte de abastecimiento y munición, y sin estos elementos, ningún ejército está en capacidad de combatir, mas todavía percibir el triunfo. En cuanto a las derrotas en Pasto, Mocha, Panecillo y San Antonio de Ibarra, fueron el resultado de la falta de armamento y munición, como fue el caso del Panecillo, y una mejor organización para el combate, como fue el caso de Pasto. Empero lo más crítico se vio en Verdeloma y San Antonio, escenarios de guerra donde las rencillas en48 Cevallos, op. cit., p. 170. 49 Rafael Villacís, “10 de Agosto, 2 de Agosto”, Revista , No. 5, Quito, 1922, p. 396. 50 ANE, serie Indígenas, caja 161, exp.17.

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tre sanchistas y montufaristas, lograron dividir a las filas patriotas, opacando el verdadero sentido de la campaña. De los soldados patriotas no faltó coraje, intrepidez y entrega a la causa independentista. Lucharon sin reposo. Por más señas, persistieron durante tres años hasta agotar sus últimos esfuerzos. El grave problema fue la discordia política lo que condujo al fracaso. Con la derrota en San Antonio de Ibarra y el fusilamiento de los principales líderes patriotas, el tiempo de lucha del Ejército quiteño se acabó. Lo que no se acabó fue la gran aspiración de conseguir la libertad y la autonomía de la Corona española. En Quito se fraguó el proyecto de Independencia el 10 de Agosto de 1809 y en Quito se consolidó la Independencia el 24 de Mayo de 1822. Debió pasar más de una década de combates y batallas para entender que sin el papel de las armas y de los ejércitos, la Independencia apenas sería un proyecto a largo plazo.

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BIENVENIDA A LA DOCTORA MARÍA LUISA LAVIANA COMO MIEMBRO CORRESPONDINTE EXTRANJERO DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Jorge Núñez Sánchez

A nombre de la Academia Nacional de Historia, me es muy grato dar la bienvenida a nuestra institución a la ilustre historiadora hispanoamericana doctora María Luisa Laviana Cuetos, quien ha sido designada por la Junta General de nuestra institución como Miembro Correspondiente Extranjero de ella y el día de hoy dará su discurso de ingreso a la entidad. Me he referido a la doctora Laviana presentándola como hispanoamericana y no como española, porque creo que ello se ajusta más adecuadamente a la verdad de su vida y de su acción intelectual, que han estado orientadas preferentemente al estudio de la historia hispanoamericana, tanto en el período colonial, cuando se plantaron las semillas de nuestra vigorosa cultura común, como en el periodo republicano, donde los desencuentros de la emancipación cedieron lugar al reconocimiento mutuo y la activa colaboración entre España e Hispanoamérica. Esa vocación americanista de María Luisa Laviana ha tenido un sentido amplio, pues se ha expresado en variados estudios sobre la América española, sobre Guayaquil y su gobernación, sobre el mundo andino y sobre Mesoamérica y el Caribe. En medio de ese amplio horizonte de su actividad intelectual, dos temas han destacado por la persistencia de su búsqueda y la generosa floración de resultados: la ciudad y provincia de Guayaquil, analizados como un ejemplo particular de desarrollo económico y social, y la figura de José Martí, vista como el eje constitutivo de la cubanía, esto es, de la personalidad nacional y la cultura cubanas. No deja de ser curiosa la circunstancia de que Cuba y Guayaquil hayan sido los dos temas más atractivos para esta hermeneuta de la ciencia histórica. Y ello me lleva a recordar que un gran filólogo cubano, Juan José Arrom, ha escrito que, en el ámbito de su conocimiento, el Caribe termina en Guayaquil, esto es, que nuestro puerto consti373

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tuye la frontera sur de la cultura caribe, que tiene como su centro más notorio y reconocido a la isla de Cuba. Volvamos a María Luisa y su obra ecuatorianista, que es hoy el centro de nuestra atención institucional. Esta admirada amiga nuestra, ha dedicado a Guayaquil y su región quizá la mayor parte de sus encomiables afanes intelectuales, enriqueciendo la historiografía ecuatoriana contemporánea con un formidable y novedoso aporte de libros, ensayos y artículos que es difícil mensurar con precisión, dadas su riqueza y variedad. En todo caso, podemos afirmar que nuestra recipiendaria nos ha regalado a los ecuatorianos tres grandes libros de su autoría, varios libros en coautoría, veintitrés artículos científicos y numerosas comunicaciones y ponencias a congresos efectuados en todo el mundo, con lo cual los temas históricos de nuestro país han adquirido dimensión y difusión universal. Si la importancia cuantitativa de su obra revela la constancia de su vocación ecuatorianista, no es menor la evaluación cualitativa que podemos hacer de ella, dada la seriedad profesional, el alto nivel académico y la honestidad intelectual con que han sido hechos esos diversos estudios de la doctora Laviana. Hallo importante analizar también la temática estudiada por nuestra recipiendaria con relación a Guayaquil. Superando con largueza las preocupaciones recurrentes de nuestros historiadores, centradas en la historia política o la genealogía de las grandes familias, ella he enfocado su atención hacia el centro medular en la vida de una ciudad–puerto: su economía, lo que incluye sus recursos naturales, su proceso de desarrollo interno y vinculación al mercado exterior, sus finanzas y recursos monetarios y otros temas de esta laya. De este modo, nos ha regalado una visión esencial, realista y concreta de la estructura económica, que nos ayuda entender mejor la vida social del puerto y sus relaciones con las demás regiones y poderes del mundo colonial. Otro aspecto que ha concitado su atención es el referido a la evolución urbana de Guayaquil, que se inició como un pequeño pueblo, azotado por los desbordamientos de las aguas invernales, y, tras sucesivos reasentamientos, se plantó en su actual locación y progresó hasta convertirse en una vigorosa ciudad, que actuaba –y actúa– como motor económico de su región y del país todo. En este punto, cabe relievar también sus estudios sobre las “Ordenanzas Municipales de Guayaquil, de 1590” y sobre la “Descripción de Guayaquil de Francisco
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Requena”, documentos fundamentales para la historia porteña, que Laviana encontró en los archivos españoles y dio a la luz pública, enriqueciendo con ello el acervo documental de la historia guayaquileña y ecuatoriana. Pero Laviana no se ha limitado al estudio de la economía guayaquileña y la historia urbana del puerto, sino que ha ido más allá, buscando conocer el fondo y trasfondo de las cosas; de este modo, ha investigado en detalle la vida de las gentes del común en los pueblos de la península de Santa Elena, desde la producción de sal hasta sus prácticas medicinales, rituales de brujería y cultura religiosa, vistos como asuntos diabólicos por la autoridad eclesiástica, que acusaba la existencia de una resistencia indígena a la cristianización impuesta por los conquistadores. También ha estudiado el papel de los inmigrantes de aquel tiempo en el desarrollo de Guayaquil, como en su artículo sobre el malagueño Miguel de Olmedo o sus referencias al comandante Bernardo Roca, mostrándonos que en el Guayaquil colonial existía una sociedad abierta, que brindaba oportunidades a los inmigrantes y aun a gentes surgidas de los estratos inferiores de la sociedad, pero que se habían destacado por su esfuerzo e inteligencia. Y a todo esto cabría agregar sus estudios sobre la producción y comercio del aguardiente, sobre el cultivo y estanco del tabaco, sobre la maestranza del astillero de Guayaquil, sobre la explotación y comercio de la madera, y sobre la situación político administrativa de Guayaquil, envuelta en una larga disputa entre Quito y Lima por el control de este floreciente puerto. Además de haber investigado y escrito tanto sobre nuestro país, la doctora Laviana ha dictado varios cursos y numerosas conferencias en el Ecuador, y ha participado en reuniones y talleres de trabajo, con lo cual ha roto ese aislamiento que regularmente marca la labor de los ecuatorianistas extranjeros y nos impide acceder directamente al conocimiento de sus opiniones, teorías y conceptos científicos. Así, en agosto de 1996, actuó como profesora invitada en la Universidad Estatal de Bolívar (Guaranda), donde impartió los cursos de especialización: "La sociedad colonial hispanoamericana" y "La costa ecuatoriana en el siglo XVIII", a profesores y alumnos de la Universidad. A continuación dictó un ciclo de conferencias en la Universidad Católica Santiago de Guayaquil y en la Escuela Superior Politécnica del Litoral, todo ello dentro del Programa Intercampus de Cooperación Universitaria entre España y América Latina.
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Tres años después, en febrero de 1999, vino a Guayaquil para el lanzamiento de su libro Estudios sobre el Guayaquil colonial, editado por el Archivo Histórico del Guayas, y en la ocasión dictó varias conferencias en entidades culturales guayaquileñas. Cosa parecida sucedió en noviembre de 2000, cuando dictó varias conferencias y participó en mesas redondas en Quito, Cuenca y Guayaquil. Durante esa nueva estancia, fue profesora invitada del Seminario-Taller “Revisión crítica y actualización metodológica de la historia del Ecuador y de la historia regional de Guayaquil” y “Proceso histórico de configuración de la región costeña: de las sociedades precolombinas a nuestros días”, organizado por el Archivo Histórico del Guayas en asocio con el Ministerio de Educación y Cultura, y destinado a Profesores de Educación Básica y Bachillerato en Estudios Sociales. Entre 2003 y 2004 participó como asesora en los encuentros y trabajos preparatorios de la Exposición “Vientos de Ría”, sobre la historia regional del Guayaquil colonial, que se inauguró en agosto de 2006, en el Museo Nahim Isaías de Guayaquil. También deben mencionarse sus numerosos cursos y conferencias en varias universidades e instituciones culturales de nuestro país. Fueron dictados, en Guayaquil, en la Universidad Católica, la Escuela Superior Politécnica del Litoral, el Archivo Histórico del Guayas, el Instituto de Historia Marítima, los auditorios del Banco del Progreso, de la Cámara de Comercio, de la Librería Científica y del Club de La Unión, A su vez, en Quito, fueron dictados en la PUCE, la FLACSO, la Universidad Andina Simón Bolívar, la Universidad San Francisco, el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural y otras instituciones. Pero su labor cultural se ha extendido también a otras provincias, tales como Azuay, Bolívar y Esmeraldas. En esta última participó, en agosto de 2005, en la Reunión de Expertos del “Centro Internacional de Esmeraldas para la Diversidad Cultural Afro-Indoamericana y el Desarrollo Humano”, donde fue elegida miembro de su Comité Asesor Internacional, así como Coordinadora del Proyecto Piloto “La Ruta del Cacao”, presentado y aprobado en dicha Reunión y patrocinado por la Oficina Nacional de la UNESCO. Una evaluación objetiva de este notable y sostenido esfuerzo intelectual nos muestra cuan fuerte es el vínculo que la doctora Laviana tiene con Guayaquil y el Ecuador, un vínculo hecho de interés científico, pero también de vivencias humanas y de afecto por el país y sus
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gentes. Por suerte, el Ecuador y Guayaquil han sabido corresponder, en la medida de sus posibilidades, al esfuerzo y afecto de María Luisa Laviana, reconociendo de varios modos su valía intelectual y sus esfuerzos en beneficio de nuestro país. Ahora es nuestra Academia Nacional de Historia la que ha tomado la posta en esta grata actividad, designando a la doctora María Luisa Laviana como su Miembro Correspondiente Extranjero, en reconocimiento a sus méritos científicos y a sus notables aportes de historiadora ecuatorianista. Estamos conscientes de que esta designación hace justicia a una constante y sabia tarea intelectual, desarrollada en la frialdad de los archivos y el silencio de los gabinetes, pero sabemos también que nos honramos al vincular oficialmente a la doctora Laviana a nuestro círculo académico y a nuestras labores institucionales. En lo particular, me llena de orgullo que la Academia me haya designado para dar esta bienvenida oficial a esta inteligente y generosa amiga, asturiana de origen, sevillana de formación y americana de corazón, en la que se juntan todas las cualidades de la belleza física y espiritual y con quien nos unen antiguos lazos de afecto personal y de colaboración intelectual. Bienvenida, admirada profesora y querida amiga, a la Academia Nacional de Historia del Ecuador. Guayaquil, a 22 de octubre de 2008.

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REFORMISMO BORBÓNICO Y CONTROL FISCAL: LAS CAJAS REALES DE GUAYAQUIL EN EL SIGLO XVIII*
Escuela de Estudios Hispano-Americanos, CSIC Sevilla, España

María Luisa Laviana Cuetos

AGRADECIMIENTOS: Al Dr. Manuel de Guzmán Polanco, director de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, y en su persona a todo el directorio y miembros de número de la institución, por aprobar mi nombramiento como académica correspondiente. Al Dr. Benjamín Rosales Valenzuela, director del Centro Provincial Correspondiente del Guayas de la Academia Nacional de Historia, y a todos los miembros de su equipo directivo, que propusieron mi nombre a esta institución. Al Dr. Eduardo Estrada Guzmán, secretario del Centro Provincial Correspondiente del Guayas que ha cuidado con gran eficacia todo lo relativo a la organización de este acto. Al Dr. Jorge Núñez Sánchez, académico de número y tesorero de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, quien a su ya extraordinaria serie de bondades conmigo acaba de añadir su discurso de bienvenida y presentación de mi persona. A la ilustre Municipalidad de Guayaquil, por facilitar el espléndido Salón de la Ciudad para realizar esta ceremonia, y por su intermedio, a la ciudad de Guayaquil, que siento y quiero como propia. A todos los aquí presentes, por acompañarme en este acto tan emotivo, y en particular a aquellos de ustedes que, siendo mis amigos, siento como la representación de mi familia ecuatoriana, compensando así en alguna medida la ausencia –física, que no en espíritu– de mi familia española. Muchas gracias.
* Discurso de Incorporación de la Dra. María Luisa Laviana Cuetos como Miembro Correspondiente Extranjero de la Academia Nacional de Historia del Ecuador, durante el acto realizado en el Salón de la Ciudad de la Ilustre Municipalidad de Guayaquil, el miércoles 22 de octubre de 2008.

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En el siglo XVIII la gobernación de Guayaquil era un territorio de unos 50.000 Km2 que comprendía toda la costa central y meridional de la Audiencia de Quito, lo que hoy son 5 provincias: Guayas, Santa Elena, Manabí, Los Ríos y El Oro, es decir, toda la costa ecuatoriana actual a excepción de Esmeraldas. La provincia estaba dividida en distritos –llamados partidos o tenientazgos–, que a comienzos del XVIII eran 7 y a fines de ese siglo eran 13, además de la propia capital.1 La ciudad de Santiago de Guayaquil, en el estuario del Guayas, tenía unos 5 000 habitantes hacia 1740, y casi 14 000 en 1805; mientras que el conjunto de la provincia pasa de 20 000 a 61 400 habitantes en el mismo período. Grosso modo, podemos decir que esta población estaba formada por un 13 ó 14 % de blancos o españoles, un 30 % de indios, un 50 % de mulatos y mestizos (“libres de varios colores”, como dicen los censos de la época), y un 6 % de esclavos. Estas cifras de población apuntan a un período de crecimiento. Y en efecto, el siglo XVIII es una época de especial interés para Guayaquil, que durante más de dos siglos (desde su definitivo emplazamiento a orillas del Guayas en 1547) había desempeñado un papel siempre importante, sí, pero también subsidiario en el contexto regional, dada su función de intermediaria, como “puerto y puerta de Quito”. Sólo a partir del último tercio del XVIII es cuando esa ciudad– puerto inicia el despegue que en pocas décadas la convertirá en la ciudad sin duda más importante rica y poblada de la república del Ecuador. Los estudios que ya he realizado sobre la demografía, economía y otros aspectos del Guayaquil colonial, demuestran que el auge de la ciudad y de su amplio hinterland no se originó en su actividad portuaria para la Sierra, sino en el constante crecimiento económico derivado de la explotación y comercialización de sus propios recursos, y más concretamente de la producción y exportación de cacao. Es sabido que la política colonial española en el último cuarto del siglo XVIII favoreció la prosperidad de muchas zonas americanas de las llamadas “periféricas”, entre las que se encuentra la provincia de
1 Tanto el mapa como los datos sobre Guayaquil que se ofrecen a continuación están tomados de mi obra: Guayaquil en el siglo XVIII. Recursos naturales y desarrollo económico, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, CSIC, 1987. [2ª edición: Guayaquil, Archivo Histórico del Guayas, 2002; 3ª ed.: Guayaquil, ESPOL, 2003].

INTRODUCCIÓN

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Guayaquil, pues la liberalización comercial le permitió orientar plenamente su economía hacia el mercado externo mediante la ampliación del comercio agroexportador y la consolidación del monocultivo. Con el libre comercio por el Pacífico decretado en 1774, Guayaquil obtiene –después de casi dos siglos de prohibiciones– la posibilidad de exportar su más prometedor recurso a su mejor mercado, es decir, el comercio del cacao con México. Paralelamente, también Guayaquil se beneficia de la reducción de impuestos y derechos aduaneros al cacao, que en 1776 se rebajan a la mitad. Sólo un dato a modo de ejemplo: si hacia 1770 sus exportaciones de cacao se cifraban en unas 30 ó 40.000 cargas de 81 libras al año -nivel que, con las lógicas fluctuaciones venía siendo el máximo alcanzado desde hacía más de un siglo-, ya en 1799 son casi 100.000 (99.600) las cargas de cacao que Guayaquil exporta cada año hacia la Vieja y la Nueva España. A fines del XVIII es cuando comenzó la prosperidad de Guayaquil basada en el cacao, y fue en esa época cuando la provincia empezó a ocupar el puesto que durante siglo y medio tendrá en el sistema económico internacional: ser la principal productora y exportadora de cacao en el mundo hasta bien entrado el siglo XX. Este es, pues, el territorio sobre el que se centra mi trabajo, cuyo contexto general es el del reformismo borbónico aplicado a la Real Hacienda indiana. Un tema muy importante, pues no cabe duda de que el estudio de la fiscalidad colonial es esencial para entender la propia estructura del imperio español, del que se ha dicho que “fue más imperio que nunca” en el siglo XVIII, cuando se produjo lo que se ha dado en llamar la “segunda conquista de América”, que fue, sobre todo una conquista administrativa y fiscal. En el aspecto fiscal, el programa reformista borbónico en América pretendió esencialmente aumentar la productividad económica para revertir los beneficios en lograr la prosperidad de la metrópoli. Por tanto, requisito previo indispensable era reconstruir la máquina del estado y controlar la administración colonial, para lo cual uno de los instrumentos claves era una burocracia profesional, y dentro de ella se pone un especial interés en el reforzamiento y la modernización de la burocracia fiscal, que permitiría recaudar directamente los impuestos y los nuevos monopolios estatales, todo lo cual se esperaba que conduciría a un espectacular incremento de los ingresos fiscales. El manejo y control de las finanzas del imperio español impli380

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caba llevar un minucioso registro escrito de todas las operaciones efectuadas, y gracias a ello la historia colonial latinoamericana tiene en la documentación fiscal unas fuentes extraordinariamente ricas de contenido, además de muy homogéneas, abundantes y disponibles en largas series cronológicas para casi toda la América española, incluida la antigua provincia de Guayaquil. La importancia de la documentación fiscal como fuente histórica ha sido ya convenientemente subrayada en numerosas ocasiones desde mediados del pasado siglo, manteniéndose vivo su interés hasta la actualidad, a pesar de que son también unas fuentes extraordinariamente áridas y poco atractivas, cuyo estudio es una tarea en gran medida tediosa que requiere no pocas dosis de paciencia y perseverancia. A esa tarea estoy dedicada, de modo intermitente y discontinuo pero también recurrente, desde hace muchos años, desde que inicié mi investigación para la tesis doctoral sobre Guayaquil en el siglo XVIII y me sentí también seducida por la documentación fiscal. Algunos frutos de esa tarea ya han visto la luz en forma de artículos o ponencias en congresos, como son los temas relativos a la organización de las Cajas, los impuestos sobre el comercio, la creación de los estancos de tabaco y aguardiente, o los problemas metodológicos que plantea el análisis de la documentación hacendística;2 y espero que pronto esté publicado mi estudio completo de la fiscalidad guayaquileña durante el siglo XVIII, con particular atención a la segunda mitad de la centuria debido a la mayor disponibilidad de fuentes cuantitativas.3 El pre2 Dichos trabajos son: “Organización y funcionamiento de las Cajas Reales de Guayaquil en la segunda mitad del siglo XVIII”, Anuario de Estudios Americanos, vol. XXXVII, Sevilla, 1980, pp. 313-349. - “Comercio y Fisco: Los ‘Productos de la Aduana’ de Guayaquil, 1757-1804”, en: Europa e Iberoamérica: Cinco siglos de intercambios. Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos (AHILA), Sevilla, 1992, vol. II, pp. 599-615. - “El estanco del tabaco en Guayaquil”, Temas Americanistas, nº 5, Sevilla, 1985, pp. 21-32.- “La renta del tabaco en el Guayaquil colonial”, Revista Ecuatoriana de Historia Económica, Banco Central del Ecuador, nº 9, Quito, primer semestre de 1994, pp. 13-136.- “La creación del estanco del aguardiente en Guayaquil, 1778”, en: El vino de Jerez (y otras bebidas espirituosas) en la historia de España y América, Jerez, 2004, pp. 365-376.- “Problemas metodológicos en el estudio de la Real Hacienda: Ingreso bruto e ingreso neto en las Cajas de Guayaquil (1757-1804)”, en: Jorge Núñez Sánchez (ed.): Historia Económica de América Latina, Quito, 1992, pp. 3-20. 3 Para el siglo XVIII, y de forma ininterrumpida, sólo disponemos de las cuentas fiscales de Guayaquil correspondientes al período 1757-1804 y a ese período se referirán los datos numéricos; pero en aspectos de tipo más cualitativo, el trabajo sí ofrece abundante información relativa a todo el siglo XVIII. Cuentas de Real Hacienda de las Cajas de Guayaquil, 1757-1804. Archivo General de Indias de Sevilla [en adelante AGI], Contaduría 1777 y Quito 469-477.

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sente texto es en realidad una síntesis o un adelanto de ese estudio, que se distribuye en tres partes bien diferenciadas (organización o administración, ingresos y gastos) y que al trazar una especie de historia financiera provincial resulta muy elocuente para configurar una época, a la vez que contribuye a explicarnos el sistema colonial. LA ADMINISTRACIÓN HACENDÍSTICA En materia de organización cabe recordar que la administración fiscal se organizó con una burocracia específica, que fue la primera en aparecer en Indias, pues en cada expedición descubridora y conquistadora ya iba algún representante de la Corona para proteger sus intereses y en especial el quinto real. Después, en las principales ciudades se establecieron oficinas de Hacienda denominadas Cajas Reales, con funcionarios llamados oficiales reales, que inicialmente eran tres pero acabaron siendo sólo dos, contador y tesorero. Y además de en las capitales administrativas, muchas Cajas se sitúan en importantes centros mineros y otras en los principales puertos, como es el caso de las Cajas de Guayaquil, establecidas hacia 1570 con el único objeto inicial de recaudar los derechos aduaneros y controlar las cargas de los navíos. Aspectos importantes en cualquier análisis sobre la fiscalidad colonial son los relativos a los sistemas de contabilidad empleados y las formas de fiscalización de los funcionarios de Hacienda, ya sea mediante la presentación (“rendición” según la terminología de la época) de cuentas ante los organismos superiores, ya sea por las visitas de inspección realizadas a las diferentes oficinas del Fisco. El sistema de contabilidad era el llamado método de partida sencilla, que divide las cuentas en dos secciones, cargo y data, ingresos y gastos respectivamente. Y del cotejo de uno y otro al examinar la cuenta puede resultar un alcance contra los oficiales reales. Todo acompañado de los documentos comprobantes. Pero el orden en la contabilidad guayaquileña no era, desde luego, muy bueno, y por ello son frecuentes las advertencias que hacen los tribunales supervisores (primero el Tribunal de Cuentas de Santa Fe, y a partir de 1776 el de Quito). Este problema, general a la mayor parte de las contadurías, se intenta subsanar mediante la introducción en 1784 del sistema de partida doble, reemplazándose cargo y data por debe y haber, pero no tardarán en surgir las críticas al nuevo método de contabilidad, al que se achacaba su proce382

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dencia comercial,4 aunque en realidad los ataques no se dirigían al método en sí, sino a la incapacidad de los funcionarios fiscales para asimilarlo. De todas formas, la real orden de 25 de octubre de 1787 dispondrá volver a la situación anterior. En Guayaquil se hicieron por el método de partida doble las cuentas de los años 1786 y 1787, que precisamente son las más confusas de todo el período. Pero lo más llamativo es la falta de control práctico de la actuación de los funcionarios fiscales de Guayaquil, pues las revisiones de las cuentas hechas por los tribunales respectivos no constituyen en la mayoría de los casos un control eficaz, ya que los oficiales reales suelen hacer caso omiso de las observaciones del Tribunal, y éste carece normalmente de medios efectivos para hacerse obedecer. Hay, sin embargo, un procedimiento que se mostró más positivo a la hora de fiscalizar la actuación de los funcionarios de Hacienda: las visitas. En este sentido, son de una importancia excepcional las dos visitas realizadas a las Cajas Reales de Guayaquil en el siglo XVIII, ambas en la 2ª mitad de la centuria. La primera de ellas, llevada a cabo por Juan Martín de Sarratea y Goyeneche en los años 1756 y 1757, tiene importantes medidas organizadoras y fiscales, entre ellas el descubierto hallado en la revisión de las cuentas de varios años anteriores, que ascendió a 101 637 pesos, de ellos casi 30 000 contra los propios oficiales reales de esos años, muchos ya fallecidos, resultando como único responsable el tesorero José Ventura Domínguez Laínez, contra quien se inicia un largo y complicado proceso. Pero además del descubierto hallado, la visita tiene también como consecuencia el establecimiento de un nuevo impuesto para sufragar la obra de la Casa de Aduana, una vieja petición de Guayaquil, cuyo cabildo y oficiales reales están reclamando su construcción desde 1736. El edificio (que será tanto Aduana como Contaduría) se construirá entre 1758 y 1762 con un costo total de 74 000 pesos adelantados por la Hacienda, que después se resarcirá, y con creces, de la inversión mediante el impuesto de medio real por cada carga tanto a la entrada como a la salida del puerto, que producirá en total 127 000 pesos en el período estudiado.

4 Se afirmaba, por ejemplo, que pretender que “los tesoreros y oficiales reales de América usen del Debe y Haber, y que sus cuentas vengan a España tan confusas como las de los comerciantes, que sólo ellos las entienden o los que han sido tenedores de libros en sus casas, es, a la verdad, el único medio que se ha podido buscar para introducir en la América un nuevo desorden y confusión”. Manuel Gregorio Fernández al ministro Antonio Valdés, Madrid, 20 de agosto de 1787. AGI, Indiferente General, 1712.

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La gestión de Sarratea fue muy beneficiosa desde el punto de vista fiscal pues, además de los alcances descubiertos, solucionó el problema de la aduana de Guayaquil y proporcionó a la Real hacienda una nueva fuente de ingresos. Aún más importante es la visita de José García de León y Pizarro en 1778, que tiene un matiz distinto pues se encuadra en la inspección general de las Cajas indianas ordenada por Carlos III con el objeto primordial de aumentar la producción de las rentas reales mejorando su administración. La visita de las Cajas del virreinato de Nueva Granada se encomienda a Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres, pero se segrega de su actuación el distrito de la Audiencia de Quito, que se encomienda a García de León, nombrado también presidente de la Audiencia. Los seis meses de estancia en Guayaquil del visitador significarán una profunda modificación de la Hacienda pública en la provincia. García de León pone en administración directa las principales rentas (almojarifazgos, alcabalas, impuesto de aduana, sisa, pulperías y comisos) y crea nuevas fuentes de ingreso al establecer los estancos del aguardiente, tabaco, pólvora y naipes. El aumento de productividad que se observa en todas estas rentas son buena muestra del éxito fiscal de esta visita, que marca un antes y un después en la evolución y organización hacendística de la provincia. Pero las estrictas reglas adoptadas para el cobro de la alcabala y el establecimiento de los estancos encontrarán una fuerte oposición en varios frentes. Así, los vecinos se resisten a acatar las medidas limitando el corte de madera;5 hay también protestas de Iglesia porque García de León pretende que, de acuerdo con el concordato de 1737, los eclesiásticos paguen alcabala de determinadas propiedades o actividades por los intentos de hacerle pagar alcabala;6 y lo más interesante, el intento de sublevación contra los impuestos protagonizado en 1780 por varias decenas de personas capitaneadas por Esteban Zúñiga, que será capturado y ejecutado.7
5 Véase mi artículo “Los intentos de controlar la explotación forestal en Guayaquil: Pugna entre el cabildo y el gobierno colonial”, en: Peset, José Luis (coord.): Ciencia, vida y espacio en Iberoamérica, Madrid, CSIC, 1989, tomo II, pp. 397-413. Reproducido en: Revista del Instituto de Historia Marítima. Armada del Ecuador, año XVIII, nº 33, Guayaquil, diciembre 2003, pp. 29-49. 6 El conflicto será resuelto por el Consejo de Indias, que anula la actuación del visitador en este punto y confirma la exención de alcabalas para el estado eclesiástico. Real decreto de 8 de marzo de 1780. AGI, Quito, 570. 7 En 1980 publiqué la solicitud de indulto fechada en los “montes de Guayaquil” el 21 de febrero de 1781 y firmada por varios fugitivos implicados en ese intento de sublevación. (Cfr.: “Organización y funcionamiento de las Cajas Reales”, cit., pp. 347-349).

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LOS INGRESOS FISCALES EN GUAYAQUIL En los estudios de Hacienda es tradicional la separación de su contenido en dos grandes sectores: ingresos y gastos o, en terminología de la época, “cargo” y “data”. En este esquema, el análisis de las fuentes de ingreso, auténtica base de la organización fiscal, plantea varios problemas de tipo metodológico, comenzando por su propia clasificación, que podría hacerse distinguiendo entre ingresos ordinarios y extraordinarios, según sea su periodicidad. Aquí seguiremos la clasificación que consta en las cuentas estudiadas, que distinguen entre ingresos propios y comunes de Real Hacienda, ingresos o ramos particulares (por tener un destino “particular” o específico), e ingresos ajenos, que como indica su nombre no pertenecen realmente al Fisco. Esto último está aludiendo a otro problema planteado en el estudio global de los caudales recaudados por la Hacienda: la localización de los verdaderos ingresos y los que no lo son. Por ello, el paso previo ineludible en el análisis será depurar las cifras para separar del ingreso bruto dado por los oficiales reales en sus cuentas, aquellas cantidades que ya sea por su procedencia o por su destino no corresponden realmente al producto de la Hacienda., como son: los ramos ajenos (préstamos, depósitos, etc.), el dinero que quedó en Caja al cierre de la cuenta del año anterior (el “caudal residuo”) y las deudas a favor de la Real Hacienda, de las que los oficiales reales, por una parte, se hacen cargo incluyéndolas en la suma total y, por otra, se datan por ser dinero que realmente no han recibido. Son deudas que en Guayaquil llegan a alcanzar cifras muy elevadas y se originan en unos casos por el retraso en el pago de impuestos o del producto de rentas arrendadas, y en otros por la demora en la devolución de cantidades adelantadas por el fisco. Así pues, el dinero existente en Caja como sobrante del año anterior, las deudas no cobradas y los ramos ajenos, constituyen la importante partida de la cantidad que hay que deducir del ingreso bruto para obtener el producto efectivo anual de la Real Hacienda. Las cifras totales son estas:
AÑOS INGRESO BRUTO CANTIDAD DEDUCIDA INGRESO NETO

1757-1804

10.402.664 p. 2 r. 15 m.

5.282.136 p. 1 r. 12 1/2 m.

5.120.528 p. 1 r. 2 1/2 m.

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Obsérvese que la cantidad deducida supone más de la mitad del ingreso bruto, y que el ingreso neto total en el período asciende a 5.120.528 pesos. La nota predominante es la tendencia ascendente fuertemente acusada, que en cifras absolutas va de los casi 58 500 pesos del principio a más de 193 000 del año 1804: el ingreso se ha triplicado con creces en esos años (230 % de incremento). Durante las dos primeras décadas estudiadas los valores se mantiene en niveles bastante bajos, y se produce a continuación un salto brusco que significa una verdadera aceleración del ritmo de crecimiento. La razón del pobre aumento del producto fiscal durante los primeros 20 años es que en esa época la casi totalidad de las rentas que lo integran están en arrendamiento: los remates se celebran por cinco años, por una cantidad fija anual, y la mayoría de las veces el arrendador suele renovar su contrato por la misma cantidad o incluso por una cantidad inferior, de manera que las rentas rinden lo mismo durante muchos años. En 1778 el visitador García de León establece el sistema de administración directa de las principales rentas, así como los estancos del aguardiente, tabaco, naipes y pólvora. Estas reformas en el sistema hacendístico y el simultáneo aumento del tráfico mercantil a raíz del reglamento de libre comercio, son la causa fundamental del primer salto importante que se produce en los ingresos de las Cajas guayaquileñas a partir de 1778. Pero siendo la Real Hacienda un reflejo de la evolución económica, es evidente que no son sólo estas medidas racionalizadoras de la administración fiscal y liberalizadoras del comercio las únicas que determinan la marcha del Erario, de ahí que aunque tales medidas provocan un rápido aumento de los ingresos fiscales guayaquileños, no pueden por sí solas garantizar la continuidad del auge, que debe también sustentarse en un crecimiento económico general. Por ello, la notable disminución de los ingresos públicos a fines de la década de 1780, tiene unas causas puramente económicas: una serie de años de malas cosechas de tabaco y caña de azúcar, y sobre todo una alarmante disminución del precio y la exportación del cacao,8 explican ese retroceso dada su inmediata repercusión sobre algunas de las más importantes rentas fiscales del momento. La desaparición de estos problemas coyunturales motiva la recuperación de los ingresos. Algunos
8 Temas que he estudiado ampliamente en mi obra Guayaquil en el siglo XVIII, cit., pp. 170-209.

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problemas de menor importancia se deben fundamentalmente a la disminución del comercio transatlántico a raíz del nuevo período bélico inaugurado en 1796, cuyos efectos serán pronto paliados por el extraordinario auge del comercio intercolonial. Los primeros años del siglo XIX representan las cotas más elevadas de la curva de ingresos de las Cajas de Guayaquil. Pero para una comprensión global de la evolución de los ingresos de Real Hacienda es preciso estudiar los distintos elementos que forman ese conjunto, es decir, las rentas reales. Por orden de importancia y según la clasificación que consta en las propias cuentas, son: Ramos propios y comunes de Real Hacienda [25]: almojarifazgos de entrada y salida, alcabalas, aguardientes, tributos, aduana de entrada y salida, novenos de diezmos, bodegas, pulperías, sisa, papel sellado, oficios vendibles y renunciables, medias anatas seculares, inválidos, minas de brea y copé, montes de Bulubulu, bulas de Cruzada, pólvora, impuesto del aguardiente de uva, vacantes menores, comisos, juego de gallos, avería, alquileres de tiendas, azufre y quinto del oro y plata labrada. Aparte de las rentas guayaquileñas, en ocasiones hay también ingresos de dinero enviado por otras Cajas para sufragar sus propios gastos –generalmente de tipo militar– en la provincia. Ramos particulares [10]: estanco de tabacos, alcances de visita, naipes, subsidio eclesiástico, donación para la guerra, capitales impuestos a censo, alcances de cuentas, espolios, asignaciones de empleados y mesadas eclesiásticas; incluyéndose también en este apartado los llamados “depósitos particulares”. Ramos ajenos [8], cuyo producto no hemos contabilizado en el ingreso neto dado precisamente su carácter “ajeno”, pero que también deben ser tenidos en cuenta ya que se trataba de dinero manejado por los oficiales reales. En Guayaquil tales ramos eran los siguientes: temporalidades, penas de cámara, montepío militar, montepío ministerial, Hospital de San Lázaro, cuartas partes de comisos, seminario conciliar y gastos de justicia, además de cantidades entregadas “en depósito”. El importe total de los ingresos correspondientes a ramos ajenos en el período 1757–1804 ascendió a 228 587 pesos 3 reales 17 maravedís, aunque las cantidades “ajenas” ingresadas en Caja fueron muy superiores debido a los depósitos ajenos, que en todo el período ascendieron a 452 663 pesos.9 La importancia de tales depósitos radica primordial-

9 Una de las partidas más importantes incluidas en los depósitos ajenos era el producto del impuesto de dos reales en cada carga de cacao exportado por Guayaquil, contribución crea-

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mente en que en ocasiones y pese a su carácter “ajeno”, actuaron como verdaderos “bancos de crédito” para la Real Hacienda pues los oficiales reales se sirvieron a veces de estos caudales depositados para afrontar ciertos gastos inminentes. Pero en sentido estricto, esto es en los ramos denominados propios y particulares de Real Hacienda, el capítulo “cargo” o “haber” de las Cajas de Guayaquil está formado por 35 diferentes rubros de ingresos, una parte de los cuales es simple rutina administrativa. Pero algunas rentas sí ofrecen interés como fuentes de alimentación de la Caja Real, y podemos agruparlas en tres bloques: a) los impuestos sobre el comercio; b) las rentas estancadas; y c) los tributos indígenas. Los impuestos sobre el comercio son los que las cuentas guayaquileñas recogen bajo el epígrafe de “Productos de la Real Aduana”, que incluyen (en orden de importancia) los almojarifazgos, alcabalas, impuesto de aduana, pulperías, sisa y comisos. En conjunto estos impuestos suponen un ingreso total de 2 287 281 pesos, que representan casi el 45 % (44,66) del total ingreso neto. Sin embargo, no fue esta la única aportación del comercio guayaquileño al Fisco en esta época, pues las cuentas de Hacienda recogen otros ingresos procedentes más o menos directamente de las operaciones mercantiles, como son: el impuesto sobre el aguardiente de uva traído del Perú, o el arrendamiento de las Bodegas o aduanas fluviales interiores (Babahoyo, Bola o Naranjal, y Yaguachi), además de los beneficios obtenidos del comercio realizado por el propio Estado que monopoliza la venta (y en ciertos casos la producción) de artículos como el tabaco, aguardiente, pólvora, papel sellado y naipes. Sin duda en el caso de Guayaquil es muy evidente que es el comercio el que sostiene al Estado. Vistas individualmente, las principales fuentes de ingreso de la Real Hacienda en Guayaquil en el siglo XVIII son, por orden de importancia: almojarifazgos, alcabalas, aguardientes, tabacos y tributos. Estas cinco rentas constituyen el 63,34 % del total ingreso neto en el período estudiado (y por eso son las únicas que analizaremos aquí con algún detalle) Todas las demás fuentes de ingreso de las Cajas de Guayaquil son de escasa importancia relativa: una treintena de rentas diferentes, constituyen apenas el 19,29 % del total. El 17,37 % restante del inda en 1789 con destino a las obras de la catedral de Cuenca, que se recauda entre 1790 y 1802, con un producto total de 146.474 pesos. Certificación de los oficiales reales de Guayaquil, 10 de enero de 1810. AGI, Quito, 596, fol. 733.

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greso fiscal corresponde a ingresos sin especificar, a depósitos particulares y a envíos de dinero por parte de otras Cajas.

1. Almojarifazgos Durante toda la época colonial la principal fuente de ingresos de la Corona española en Guayaquil fue el producto de los almojarifazgos, esto es: el impuesto que se establece a base de un tanto por ciento sobre el valor de las mercancías importadas y exportadas, almojarifazgo de entrada y salida, respectivamente. A mediados del XVIII, las tasas de almojarifazgos vigentes en Guayaquil son 5 % de entrada y 2,5 % de salida. A partir de 1778, con el “libre comercio”, estas tasas se multiplican: el almojarifazgo de entrada se cobrará al 3, al 5 y al 7 % según la procedencia de las mercancías, y el de salida al 3 % si son géneros europeos, y 2,5 % de los frutos del país (o, como indican las cuentas, “de efectos de esta provincia e interiores de la Sierra”), con la excepción del cacao que paga exactamente la mitad (1,25 %) según se concedió a Guayaquil por real orden del 5 de julio de 1776, que establecía que “para fomentar el cultivo y comercio del cacao de Guayaquil se ha servido S. M. declarar la rebaja de los [derechos] que hasta ahora ha contribuido este fruto, debiéndose entender esta gracia a su salida de Guayaquil y a su importación en cualesquiera otros puertos de ambas Américas”.10 La reducción e incluso exención (en el caso del cacao enviado directamente a España, que a fines del XVIII era unas 60 000 cargas anuales) de derechos aduaneros concedida al cacao guayaquileño repercutirá, naturalmente, en el aumento de la exportación de ese producto básico de la economía de la provincia, pero desde el punto de vista fiscal tendrá también dos efectos importantes: en primer lugar, los almojarifazgos de salida se mantendrán en unos niveles bastante bajos que no responden al volumen de las exportaciones guayaquileñas; y en segundo lugar, al no afectar dicha reducción a las alcabalas, esta renta irá adquiriendo cada vez más importancia relativa. En cifras absolutas, el producto de los almojarifazgos se quintuplica como promedio, incrementándose los de entrada en casi un 500 % (496) y los de salida un 226 %. Pero recordemos que estos datos sólo se pueden considerar como índice del comercio exterior guayaqui10 Real orden al gobernador y oficiales reales de Guayaquil. Madrid, 5 de julio de 1776. AGI, Quito 365.

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leño en el caso de las importaciones, pues el incremento del volumen de las exportaciones de la provincia no se refleja en un paralelo aumento de los ingresos aduaneros debido a la reducción de las tasas sobre el cacao. Su evolución, sin embargo, es muy irregular, con grandes fluctuaciones debidas sobre todo a la política borbónica de la segunda mitad del siglo XVIII y a los sucesivos períodos bélicos, que perjudican enormemente al comercio transatlántico. Pese a ello, el papel de los almojarifazgos como fuentes de ingreso de las Cajas de Guayaquil es extraordinario. Producen un total de 1 131 097 pesos entre 1757 y 1804, y de ellos dos terceras partes (829 846 pesos) corresponden al de entrada y un tercio (301 250 pesos) al de salida. Sin duda alguna, es la renta reina de la organización hacendística guayaquileña, representando por sí sola el 22,08 % del total ingreso neto de las Cajas.

2. Alcabalas Las alcabalas, o impuesto sobre las transacciones mercantiles, constituyen un ramo de gran importancia en cualquier contaduría, y pese a ello en Guayaquil están en arrendamiento durante casi toda la época colonial, constituyendo uno de los más claros ejemplos de los efectos negativos de este sistema, pues su producto es casi ridículo en relación con el volumen de transacciones que se realizaban en la ciudad y su provincia. Así, entre 1729 y 1750 la recaudación de las alcabalas, efectuada por el cabildo en calidad de arrendatario, oscilaba entre 1 275 y 1 400 pesos al año, subiendo paulatinamente desde mediados del siglo XVIII. Pero a partir de 1778 se establece el sistema de administración directa por cuenta de la Real Hacienda, y los efectos del nuevo sistema son inmediatos: si en 1778 las alcabalas estaban arrendadas en 13 000 pesos (que era la cantidad máxima alcanzada hasta la fecha), ya en 1779 produjeron más de 30 000 pesos. A partir de 1778 tenemos una información muy detallada sobre las alcabalas, pues las cuentas del administrador de la Aduana especifican las distintas clases de alcabalas (la del cacao, la de efectos ultramarinos de América y Europa, la de efectos y ropas de la tierra, de las maderas, del tabaco en rama y mieles, la “alcabala del viento” sobre comestibles y menudencias, la de la carne muerta, etc.), la mayoría de las cuales se cobra a razón del 3 % sobre el valor de la venta. El producto total de las alcabalas en las Cajas Reales entre 1757
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y 1804 fue de 860.891 pesos, que representan casi el 17 % del total ingreso neto. En cifras absolutas y relativas, las alcabalas ocupan el segundo lugar en orden de importancia en todo el período, inmediatamente detrás de los almojarifazgos. El incremento experimentado por esta renta es espectacular, pues entre 1757 y 1804 se multiplica por 14 (pasa de 3 500 a 50 000 pesos, respectivamente). Sin duda, la evolución de las alcabalas es un claro ejemplo de las ventajas fiscales del sistema de administración directa sobre el de arrendamiento.

3. Estanco del aguardiente La implantación del estanco del aguardiente es uno de los objetivos específicos de la visita de José García de León y Pizarro, quien se empeña en establecerlo a pesar de la resistencia que encuentra por parte de los comerciantes guayaquileños, interesados en el comercio del aguardiente de uva peruano. Superadas las dificultades iniciales, en agosto de 1778 ya queda establecido y funcionando el estanco del aguardiente de caña y la fábrica de San José establecida en la ciudad de Guayaquil. Las cuentas nos informan con detalle sobre los tipos de licores obtenidos a partir de la caña de azúcar (aguardiente blanco, anisete, mistela y ron), los precios, etc., pero me limitaré ahora a señalar que en los 25 años comprendidos entre 1780 (año en que el estanco del aguardiente efectúa su primer ingreso en Cajas Reales) y 1804, su producto ascendió a casi medio millón de pesos (488 205 p. exactamente), que representa el 9,53 % del total ingreso neto en el período 1757-1804. En general, tras unos años de crisis a fines de la década de 1780 debido a la pérdida de las cosechas de caña, el estanco del aguardiente muestra un crecimiento continuado y progresivo, de manera que ya en 1799 se ha convertido en el principal ingreso de las Cajas guayaquileñas En cifras absolutas, el producto de esta renta se quintuplica entre 1780 y 1804, y a pesar de figurar sólo en 25 años ocupa cuantitativamente el tercer lugar entre las rentas de la provincia en el casi medio siglo estudiado. Una buena administración de la renta, un ventajoso precio de compra de las mieles a los productores y unos bajos precios de venta al público para lograr un mayor consumo, son los tres componentes básicos del éxito del estanco del aguardiente en Guayaquil. Nada de esto se dará en el estanco del tabaco, también establecido por el visitador García de León y cuya evolución será exactamente la contraria.
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4. Estanco del tabaco Casi lo primero que el visitador hace a su llegada a Guayaquil es ocuparse de establecer el estanco del tabaco, que logra en apenas 20 días, recogiendo todas las existencias de tabaco en rama y en polvo, cigarros y cigarrillos que había en la ciudad. El administrador nombrado por García de León –que será el único durante todo el período– fue Francisco Ventura de Garaicoa, y el estanco tendrá un número de funcionarios y empleados que oscilará entre 90 y 100 personas, aunque casi dos terceras partes del importe total de los sueldos correspondían a sólo dos personas, el administrador y el contador, quedando una tercera parte para los sueldos de todos los demás empleados fijos. En cuanto a los trabajadores de la fábrica de tabaco, no tenían asignado ningún sueldo, pagándoseles en función del trabajo realizado, y según se desprende de las cuentas no parece que estos operarios pudieran obtener más de dos reales diarios y la comida, jornal bastante bajo en relación a lo que ganaban en esos mismos años otros trabajadores no cualificados en Guayaquil, y que sin duda se debía a la disponibilidad de mano de obra gratuita para la fábrica, es decir, los presidiarios, pues se hizo algo bastante común la condena a trabajar en ella.11 Este procedimiento de obtención de mano de obra redundará finalmente en perjuicio de la renta, pues en 1791 se asegura que en la fábrica de tabaco de Guayaquil se había establecido “una especie de presidio para hombres y mujeres, ha venido ejerciéndose esta manufactura por gentes tan indignas y malvadas que en pena de sus delitos se destinaban a esta fatiga, por lo que ha mirado el común de las gentes con aversión los cigarros de la fábrica, dando de mano el vicio más bien que chupar de unas tan inmundas y de gentes tan perversas que introducen en ellos mil suciedades”, y por el ello el presidente de la Audiencia proponía que se cerrase la fábrica y que la renta se limitara a vender el tabaco en rama, con lo cual además de ahorrarse sueldos y simplificarse las cuentas, “las gentes se llenarán de gozo con la abolición de tal establecimiento y muchos volverían a su antigua costumbre
11 Por ejemplo, en 1783 se condena a Vicente Galarza “al servicio de dos años, a ración y sin sueldo, en la Real Administración de tabacos” de Guayaquil, “por atrevido, inobediente a la justicia, habitualmente entregado a juegos prohibidos, amancebado y reo de otras culpas”. Archivo Nacional de Historia, Quito, Tierras, 1782/2. Sobre el estanco del tabaco, véase mi artículo: “La renta del tabaco en el Guayaquil colonial”, Revista Ecuatoriana de Historia Económica, Banco Central del Ecuador, nº 9, Quito, primer semestre de 1994, pp. 13136.

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solo por la satisfacción de comprar el tabaco en rama y hacer los cigarros a su gusto. He sido siempre del sentir que en ciertas cosas se debe complacer al público, aunque el erario no logre todas las utilidades que pudiera, pues al fin con más o menos lentitud vienen a este término”.12 En realidad, la política de ahorro que preconizaba el presidente de la Audiencia de Quito se relaciona con la ya en esos años evidente decadencia del estanco, tras su éxito fulgurante en los primeros años de funcionamiento. El estanco del tabaco aportó a la Corona española un beneficio líquido de casi 400 000 pesos (396.057) ingresados en Cajas Reales, que representan el 7,72 % del total ingreso neto (gráfico 2), muy por debajo de las expectativas generadas Una de las claves del fracaso del estanco del tabaco en Guayaquil estaba en los elevados gastos de administración y funcionamiento: las cuentas del estanco muestran que sólo se llegaban a ingresar en las Cajas Reales el 32 % del producto total, pues el 68 % había que gastarlo en sueldos y compra de tabaco a los cosecheros, siendo por cierto mucho más elevada la partida correspondiente a gastos de administración y sueldos. Por otro lado, y al contrario de lo ocurrido tras el establecimiento del estanco del aguardiente, el del tabaco no supuso un importante aumento del precio de la materia prima sino la institucionalización de los precios vigentes desde bastantes años atrás, y además no eran raras las arbitrariedades en la tasación de las distintas clases y calidades de tabaco. El estanco sí fue muy estricto en cumplir la tarifa de precios de venta del tabaco, tanto el contratado con el estanco de Lima por el tabaco en rama enviado como los precios de venta al público en la provincia de Guayaquil, que fueron muy elevados, lo cual fue retrayendo el consumo y a la larga determinará el cierre de la propia fábrica. Desde fines del XVIII ya la función del estanco se reducía a comprar y vender tabaco en rama dentro de la gobernación y a suministrárselo a Quito y Lima. De todo lo expuesto se deduce que en el caso de la renta del tabaco en Guayaquil no se cumplió una de las condiciones básicas para el éxito de un estanco: precios remunerativos para estimular a los productores y precios que además debían estar garantizados. Los cultiva12 Mon y Velarde al virrey, Quito, 18 de enero de 1791. AGI, Quito, 379.

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dores de tabaco de Guayaquil contaron con un comprador seguro para su producto, pero los bajos precios y las arbitrariedades en la valoración de la cosecha no podían dar lugar al pretendido aumento de la producción. Falló también el estanco en vender el tabaco elaborado a precios razonables, y la pretensión de aumentar el margen de utilidades a costa de cosecheros y consumidores no ocasionó más que la decadencia progresiva de la renta, acompañada de la generalización del contrabando y el cultivo ilícito.

5. Tributos El ramo de los tributos reales ocupa el quinto lugar entre las rentas de la Real Hacienda en Guayaquil, y presenta una evolución bastante homogénea y equilibrada a lo largo de todo el período estudiado. El pago del tributo, que según la ley debía hacerse cada cuatro meses (cada “tercio”), se efectuaba en realidad por semestres, aunque se mantiene la denominación de “tercios”, el de San Juan y el de Navidad. En las cuentas de la administración se establecen distintas “clases” de indios (los de la “gruesa” y los de la Real Corona, indios forasteros, indios colorados) y diferentes tasas impositivas, oscilando el tributo entre los tres y los diez pesos al año. Hasta mediados del siglo XVIII era el corregidor de Guayaquil el encargado de cobrar los tributos, y en 1757 el visitador Sarratea ordena que sean los oficiales reales de la ciudad los que se ocupen de esa recaudación. Pero a petición de los propios oficiales reales, desde 1764 se encomienda de nuevo al gobernador de Guayaquil (entretanto, en 1763 la provincia, antiguo corregimiento, había sido erigida en gobierno militar), y eran los tenientes de gobernador los encargados de la recaudación en sus correspondientes partidos abonándoseles dos reales por cada tributario y tercio. Por fin, en 1785 se establecerá la recaudación de los tributos por administración directa de cuenta de la Real Hacienda: de inmediato se pasa de un ingreso medio de unos 7 000 pesos anuales a unos 12 000 pesos, y se mantiene estable en los niveles de doce a trece mil pesos anuales hasta el año 1800, cuando se produce un nuevo cambio de niveles, pasándose a un ingreso medio de quince mil pesos al año. El producto total de los tributos asciende a 366 543 pesos (7,15 % del ingreso neto), bien entendido que esta es la cantidad que entró en
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ANÁLISIS DEL GASTO FISCAL Casi tan importante como el estudio del ingreso o cargo, es el del gasto o data, pues si consideramos que los gastos fiscales no son más que la expresión del coste de los servicios públicos procurados por la Hacienda, su análisis deberá mostrar los objetivos de esa Hacienda, o con otras palabras: los objetivos del poder político, del Estado. Para obtener el monto de los gastos realmente efectuados hay que deducir de la data total señalada en las cuentas las mismas partidas que deducíamos del ingreso bruto: caudal existente en Caja (que en este caso queda como residuo para la cuenta siguiente), deudas no cobradas y pagos hechos con cargo a los ramos ajenos. En ocasiones hay que deducir además otras partidas consignadas en las cuentas como gastos y que en realidad sólo corresponden a operaciones contables internas para reintegrar cantidades suplidas de unos ramos a otros. Tales detalles sólo se pueden detectar mediante un análisis minucioso de las cuentas, comprobándose así la improcedencia o irrealidad de los datos que proporcionaría un estudio basado sólo en los sumarios generales de cargo y data. Las cifras globales relativas a la data son las siguientes:
1757-1804 AÑOS 10.389.042 p. 7 r. 26 m. DATA TOTAL CANTIDAD DEDUCIDA 5.466.166 p. 6 r. 15 m. 4.922.876 p. 1 r. 11 m. GASTO REAL

las Cajas una vez pagados los gastos de administración, etc., pues el producto real de ésta como de otras rentas fue mayor. En cierta medida, la positiva evolución de los tributos se puede atribuir al aumento de tributarios, que entre 1756 y 1801 pasan de 1 190 a 2 726, debido tanto a la propia recuperación demográfica indígena, como a las mejoras en el sistema de recaudación y a la inclusión de indios forasteros entre los contribuyentes de la provincia. Sin embargo, mientras el número de tributarios se duplica, la recaudación de los tributos se quintuplica en el mismo período, lo cual de nuevo nos remite a las mejoras administrativas introducidas.

Como se ve, al igual que ocurría con los ingresos, una vez descontadas esas partidas resulta que el gasto real de las Cajas de Guayaquil en el período 1757–1804 alcanzó un monto cercano a los cinco mi395

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llones de pesos (4 922 876), cuya distribución anual consta en el cuadro 1 y se ha reflejado en el gráfico 1. Tanto las tablas numéricas como el gráfico expresan el absoluto paralelismo entre la evolución de los ingresos y la de los gastos fiscales, aunque contrastando esas cifras resulta a favor de las Cajas guayaquileñas la cantidad e 197 652 pesos que corresponde al dinero que quedaba en la Caja al iniciarse el año 1805. Tanto las tablas numéricas como el gráfico 1 expresan el absoluto paralelismo entre la evolución de los ingresos y la de los gastos fiscales, y al final del período estudiado, los gastos reales –igual que el ingreso neto– se han triplicado. Pese a ese paralelismo, y pese a que la curva de los gastos se suele mover en niveles algo inferiores a la de los ingresos, hay sin embargo algunos años en que se gasta mucho más de lo que se recauda y es necesario utilizar el caudal existente como residuo o recurrir a dinero depositado, quedando así la llamada “masa común de Real Hacienda” en descubierto y obligada a reintegrar a su lugar tales cantidades. ¿Y en qué consisten las partidas del gasto público? Son de tres tipos: a) gastos de la administración en general, subdivididos en ordinarios y extraordinarios; b) gastos militares; y c) remisiones de caudal sobrante a Quito.

1. Gastos de administración La principal partida de los gastos ordinarios de la administración es la designada como “sueldos políticos y de hacienda” (gobernador, oficiales reales, empleados de la Contaduría), que en total ascendieron a 342 409 pesos (de ellos casi la mitad corresponde al sueldo del gobernador), que significan casi el 7 % de los gastos reales del período. Además de una serie de gastos fijos (alquileres, correos, y lo que hoy diríamos “material fungible”), hay otra partida de relativa importancia en los gastos generales, como es la de las obras públicas costeadas directamente por las Cajas, ya sea por completo (como e edificio de la Aduana, la nueva Casa Real y Contaduría, la fábrica de aguardiente), o participando en obras sufragadas por el cabildo (la cárcel, el muelle, reparaciones en la calzada, etc.). En el capítulo obras civiles la Real Hacienda guayaquileña invierte 271.329 pesos, que suponen el 5,6 % de los gastos totales. Cabe mencionar también la existencia de diversas partidas de gastos extraordinarios, como los generados por la expulsión de los
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jesuitas en 1767 (que cuesta a las Cajas de guayaquileñas más de 36 000 pesos), el proyecto de establecimiento del astillero real en Guayaquil (con un costo de casi diez mil pesos entre 1768 y 1771), los gastos de la expedición botánica de Tafalla (casi 17 000 pesos entre 1799 y 1803), y otros. 2. Gastos militares El 37 % del gasto fiscal de Guayaquil entre 1757 y 1804 corresponde a gastos militares, que ascienden a 1 821 057 pesos, de ellos algo más de la mitad dedicados a sueldos: el 54 %, ó 996 315 pesos (tres veces más que los sueldos civiles, y la proporción aumentaría si consideramos que el gobernador de Guayaquil –cuyo sueldo era el más elevado de los salarios civiles- debía ser militar de profesión). El resto corresponde a obras de fortificación y defensa (muy pocas en este período, aunque sí se hicieron muchos proyectos y estudios de la defensa de la ciudad, cuyos gastos fueron sufragados por las Cajas), compra de armas, transporte de tropas y gastos extraordinarios. Las cifras revelan que a mediados del XVIII los gastos militares eran prácticamente inexistentes por la total ausencia de tropas en la ciudad, superando apenas los dos mil pesos anuales, mientras que en 1804 son más de cien mil pesos. El exagerado aumento de los gastos militares es más que evidente, revelando que fue a fines del XVIII cuando Guayaquil se convirtió realmente en una plaz amilitar y se reconoció su valor estratégico. Todo ello se puede ver con claridad en el gráfico 3, donde la evolución de los gastos militares presenta una bien definida tendencia al aumento incluso en épocas de paz. No obstante, de acuerdo con la coyuntura de cada momento, la curva relativa a los gastos militares presenta tres hitos fundamentales: el año 1766, el comienzo de la década de los 80 y el tránsito del XVIII al XIX. Tres grandes crestas que corresponden a tres situaciones concretas: la primera en 1766, por la expedición pacificadora de Quito con motivo del motín del aguardiente o de los estancos que había estallado el año anterior y costó más de 86 000 pesos a las Cajas de Guayaquil; las otras dos grandes subidas (años 1779–83, y de 1796 en adelante) se deben a la dotación de tropas permanentes y el envío a Guayaquil de destacamentos militares de Quito, Lima e incluso Santa Fe para proteger el puerto en ocasión de las guerras que España mantiene con Inglaterra en esos años.

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3. Remesas de numerario a Quito Llegamos al fin al punto quizás más importante en un estudio sobre la Hacienda pública: el relativo a los beneficios, o lo que es lo mismo, los excedentes fiscales, que en el caso de las Cajas guayaquileñas debían ser remitidos a Quito. Con frecuencia estas remesas son denominadas “situado”, nombre que en el caso de Guayaquil sólo puede aceptarse en sentido amplio, por tratarse de un dinero enviado “por vía de situación”, es decir, a través de un rematador o situadista. Igualmente, estos envíos significaban una forma de comercio intercolonial, pues la mayoría de las veces lo que en realidad llevaba el situadista eran mercancías con las que negociaba en el lugar de destino y que, además del importe que debía entregar en las Cajas Reales, le proporcionaban un superávit que a su vez servía para adquirir nuevas mercancías. Pero en un sentido estricto, la documentación fiscal guayaquileña demuestra que no existe el pretendido “situado de 50 000 pesos” que supuestamente las Cajas de Guayaquil enviaban cada año a Cartagena, según en ocasiones ha recogido la historiografía ecuatoriana.13 El origen de la creencia en tal situado parece estar en una carta enviada a Godoy por el gobernador de Guayaquil en 1802 y cuyas líneas finales dicen: Todo cuanto tengo el honor de exponer a V. E. en este oficio es esencial; su más pronto logro asegura al Rey una provincia que después

El gráfico refleja también una fuerte subida en los años 1770–71, por el costo de la carena de la fragata de guerra La Liebre, y la manutención y hospitalidades de su tripulación. Y en 1777–78 se acusa el gasto representado por la expedición miliatr al río Marañón, organizada en 1777 por orden del presidente de la Audiencia y suspendida cuando llega la noticia del acuerdo entre las cortes de Madrid y Lisboa (Tratado de San Ildefonso, 1º octubre 1777), cuando ya ha supuesto para las Cajas guayaquileñas un gasto de unos 45 000 pesos.

13 Véase, por ejemplo: Castillo, Abel Romeo: Los gobernadores de Guayaquil del siglo XVIII. (Notas para la historia de la ciudad durante los años de 1763 a 1803), Madrid 1931 [2ª ed., Guayaquil 1978], pp. 339-340.- León Borja, Dora y Adam Szaszdi: “El problema jurisdiccional de Guayaquil antes de la independencia”, Cuadernos de Historia y Arqueología, Guayaquil 1971, t. 21, núm. 38, pp. 13-146; especialmente p. 50.

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Pero no era así, pues sobre las Cajas de Guayaquil no existía “situado” alguno en beneficio de Cartagena ni de ningún otro lugar, sino solo la obligación –general para todas las provincias indianas– de remitir a las Cajas principales del distrito –en este caso, las de Quito– el producto líquido de las rentas fiscales, es decir, los beneficios de la Hacienda o el “caudal sobrante”, así como el producto de los llamados ramos particulares y ajenos que estuvieran catalogados como “remisibles a España” (como era el caso de los estancos de tabaco y naipes, donativos, temporalidades, etc.). Por supuesto que el dinero enviado por Guayaquil podía, si las autoridades así lo disponían, utilizarse para los respectivos situados que tanto Quito como Santa Fe sí debían enviar anualmente a Cartagena,15 o bien pasaba a incorporarse a las remesas de numerario del virreinato de Nueva Granada a España. En cifras absolutas las remesas ascendieron en el período estudiado a 1 865 727 pesos 6 reales 27 maravedís, de los cuales hay que descontar 102 553 pesos 1 r. 33 m. que corresponden a ramos ajenos, resultando un envío efectivo de 1 763 174 pesos 4 reales 28 maravedís, que en el conjunto del gasto representan el 35,81 %. Lo más significativo es que casi todo ese dinero se envía en el último cuarto del siglo XVIII, pues las remesas hechas entre 1757 y 1773 apenas habían ascendido a 141 000 pesos, en los que se incluyen los más de 41 000 pesos correspondientes a los alcances de la visita de Sarratea. Era notoria una correspondencia inversa entre gastos militares y remesas de numerario a Quito: si uno de los conceptos aumenta, el

de proveer con sus productos a todas sus necesidades, y pagar sus empleados, envía todos los años a Cartagena cincuenta mil pesos para incorporarse al situado que de este reino debe pasar a España, o absorberse en las atenciones de aquella importante plaza.14

14 El gobernador Juan Urbina al Príncipe de la Paz, Guayaquil, 14 de marzo de 1802. Archivo General de Indias [en adelante AGI], Quito 262. 15 Sobre el situado de Quito sabemos que en 1672 su monto se había fijado en 30.375 pesos anuales, cantidad que permaneció invariable hasta 1788, aunque los envíos realizados fueron en ocasiones muy superiores, nunca alcanzaron el medio millón de pesos. Jara, Álvaro: “El financiamiento de la defensa en Cartagena de Indias: los excedentes de las Cajas de Bogotá y de Quito, 1761-1802”, Historia, nº 8, 1994, pp. 117-182.- Serrano Álvarez, José Manuel: Fortificaciones y tropas. El gasto militar en Tierra Firme, 1700-1788, , Sevilla 2004, pp. 211-213.

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otro disminuye, y viceversa. La distribución porcentual de las diferentes partidas de la data global de las Cajas de Guayaquil, muestran los gastos militares y las remesas a Quito nada menos que el 73 % del total. Esta es la más expresiva síntesis de cuál es la utilización que hace el Estado del dinero que produce la provincia. En definitiva, los envíos de dinero de las Cajas guayaquileñas a las de Quito no son sino la expresión concreta de los beneficios líquidos obtenidos por la metrópoli en su cada vez más próspera colonia de Guayaquil, unos beneficios cifrados en más de la tercera parte (exactamente el 34,43 %) de los ingresos totales del Fisco en la provincia.

CONCLUSIÓN El hecho más evidente derivado de este estudio es el incremento experimentado por la Real Hacienda en Guayaquil, cuyos ingresos se triplican de 1757 a 1804. Y en este caso -como en tantos otros pero quizás con más nitidez que en muchos- la evolución de la Hacienda pública es paralela al desarrollo económico general de la provincia, pudiéndose hablar de una relación de causa-efecto pues la prosperidad de Guayaquil (que sabemos fue en gran medida favorecida por el fin de las discriminatorias restricciones al tráfico del cacao, producto que además en estos mismos años obtuvo importantes rebajas de impuestos) beneficiaba también directamente, o en primer lugar, a la Corona española, que incrementó sus ingresos fiscales de tal modo que pudo sufragar todos los gastos del cada vez más complejo aparato burocrático y militar de la provincia, pudo acometer cierto número de obras públicas en la ciudad y obtener además un beneficio líquido de casi dos millones de pesos en la segunda mitad del siglo XVIII. Esa cifra, que refleja las remesas de numerario a Quito, es la cuantificación o expresión numérica de la rentabilidad de Guayaquil en el conjunto del imperio español. De manera que es en el último cuarto del siglo XVIII cuando por primera vez esta provincia constituye una significativa fuente de riqueza para la metrópoli. O dicho con otras palabras: en Guayaquil el programa reformista borbónico fue todo un éxito. La llamada “revolución administrativa” logró acabar con algunos abusos, modernizar la administración y aumentar los ingresos fiscales, es decir el Estado logró exactamente lo que pretendía: hacer más productivas a las colonias. En este sentido, y trascendiendo ya el caso concreto de Guaya400

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quil, creo que la contabilidad fiscal de las diferentes partes del imperio español nos ayuda a conocer la realidad colonial pues no sólo nos permite establecer los mecanismos propios de la recaudación fiscal, sino que también nos acerca al conocimiento interno del Estado y a la posibilidad de comprobar el grado de cumplimiento de sus objetivos. Nos ayuda, así, a entender mejor la propia política del Estado, que en este caso era un Estado colonial pero que dejó profundas huellas en los Estados nacionales de las repúblicas latinoamericanas. Huellas también en el aspecto fiscal, pues sabemos que durante gran parte del siglo XIX en casi todos los países de América Latina el sistema fiscal era en lo básico el sistema colonial original. Este me parece un importante tema de reflexión, porque en definitiva lo que el estudio de las Cajas Reales muestra no es sólo economía: es también organización, es funcionamiento del propio Estado.

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RECENSIONES

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Carlos E. Freile G. EUGENIO ESPEJO, PRECURSOR DE LA INDEPENDENCIA (DOCUMENTOS 1794-1797) Quito, FONSAL, 2009 Cuando Espejo es aún manoseado por seudomitificadores, que dicen lo que quieren, según sus ideales, anacrónicos para el personaje, y urden una figura a su antojo, teniéndoles sin cuidado llegar a la roca viva de lo que Eugenio Espejo realmente fue, pensó e hizo, este libro, a más de aportar materiales especialmente sólidos para llegar al auténtico Espejo, se constituye en recio y noble paradigma de cómo se puede rastrear una existencia en el pasado sin apenas pisar fuera de espacios firmes y seguros. El libro anuncia haberse fijado para su ejemplar tarea un límite a quo : 1794. Y los documentos reproducidos en la parte más voluminosa de la obra -páginas 111 a 395- arrancan de ese año, del “Expediente en que se hallan las Ordenes Superiores expedidas con motivo de los Pasquines fijados en esta ciudad” (las tan traídas y llevadas banderitas coloradas, con el Liveri sto Filicitatem et Gloriam consecunto al un lado y Salva Cruce al otro, según ese documento). Pero el largo “Estudio introductorio” de Carlos Freile arranca, aun documentalmente, de bastante atrás. Así dos textos del diferendo judicial que enfrentó al doctor Espejo, médico en ejercicio de su profesión, con el cura, Dr. Sancho de Escobar, cliente que había contratado sus servicios para atender a un familiar que finalmente habría muerto, querella de 1782. Y el autor se ve obligado a volver atrás en la vida de Espejo, al famoso caso del Golilla, sobre el que arrojan luz documentos posteriores, incorporados a la obra. Y sobre la acusación aquella aporta un documento inédito, el “Informe del Fiscal de Santa Fe” que muestra, en el enrevesado y torpe estilo y lenguaje leguleyesco del tiempo, que en esa acusación la inocencia del doctor Espejo era cosa juzgada. Con todo, varios de los documentos traídos por el paciente investigador nos
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inducen a pensar que el asunto no puede resolverse entre el negroEspejo autor de la sátira aquella- y el blanco -Espejo nada tuvo que ver con tal pasquín-, sino por retorcidos recovecos de grises.Y este es uno de los grandes méritos del libro y que lo torna fascinante, con la fascinación propia de los más intrincados casos judiciales y las novelas policíacas: incita a hurgar en los documentos, a contrastar declaraciones a veces contradictorias, a desechar lo que se ofrece intencionado y hasta perverso, para dar con lo que en realidad sucedió. O aproximarse, al menos, a ello. Que es la fascinación de la historia. Muy otra era la acusación de difamación puesta por doña María Chiriboga, por los cuadros, tremendos como imputación moral, estupendos como literatura de humor e inestimables como muestra de lo más alto del tan socorrido ejercicio pasquinero del tiempo, de las Cartas Riobambenses. Un documento fechado el 15 de octubre de 1795 declara que la causa había fenecido “por el término fatal de la Ley”. Hay gente que cree que citar mucho es inelegante -y cierto autor de esa generación tarda para citar, para justificar su inopia de citas, llamaba a los escritos abundantes de ellas, “casas de citas”-. Y otros piensan que el recurso frecuente al documento embaraza la narración histórica. El presente libro muestra todo lo vivo, y en casos dramático, que puede ser el documento, frío, desnudo, por el poder que tiene de situarnos en ese presente en el que lector e historiador quieren instalarse saliendo de su propio presente. Y resulta que en ese presente salta a escena, como actor principalísimo, el hermano de Eugenio Espejo, el presbítero Juan Pablo. La lectura correcta hecha por Freile Granizo concluye que la declaración de la Navarrete, antigua moza del cura, ya desechada y por ello amargada -que se entrega en el Documento 4- (que no es la declaración completa, advierte el autor, sino un compendio), no acusa a Eugenio Espejo sino a su antiguo amante, el cura Juan Pablo. (El haber atribuido tal acusación a Eugenio Espejo le parece, con sobra de razón, a Freile “equivocación incomprensible”). Y lo que la Navarrete pone en labios de Juan Pablo Espejo implica tantas facetas de su pensamiento libertario que el autor se ha sentido obligado a organizarlo por temas: la libertad, criollos y chapetones, el mal y buen gobierno, la religión, planes concretos, asuntos personales. A párrafo seguido va el resumen del Provisor Fiscal eclesiástico (Documento 16), que comienza nada menos que con esto:
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Y otro documento (el 7º), un escrito del abogado defensor del encarcelado Eugenio Espejo, nos confirma, a más de mostrarnos las inhumanas condiciones de esa prisión, que hacían pensar al público que “había cometido el orrendo crimen de adherir a los funestos principios que han sumergido en la mayor confusión el floridísimo Reyno de Francia”, que el dicho de aquella mujer “liviana, deshonesta, destituido de apoyo y substancia” no se dirigía contra su defendido. Por ello fue puesto en libertad. Pero solo para al día siguiente, el 28 de marzo de ese 1795, haber sido de nuevo encarcelado. Y es que, como ilustra con datos significativos el autor, se temía, más que cualquier peste, el contagio francés y se prohibía celosamente hasta estampas. Y por otro lado, como ha sido lugar común entre los biógrafos de Espejo, y varios lugares de los documentos de este libro lo confirman. Eugenio Espejo arrastraba muy mala fama. En cierta declaración del Marqués de Maenza leemos: “Que es cierto que el citado Dr. Espejo había sido siempre reputado por Autor de muchos papeles satíricos y de Libelos infamatorios”. Pero el peso mayor o mayor carga documental de la obra está en los alegatos de Manuela, la hermana del doctor Espejo, en el juicio contra don Luis Muñoz de Guzmán, Presidente de la Real Audiencia que ordenó el proceso que acarreó tantos males a Eugenio Espejo y precipitó su muerte. Documento largo y fundamental es el primer alegato, pero no menos lo es la réplica de Manuela Espejo a lo esgrimido por el abogado de Muñoz de Guzmán para exculparlo. Esta réplica ilumina con luz cruda el proceso contra su hermano: El primero, si huvo mérito para proceder contra mi hermano, con tanto estrépito por la denuncia; por qué no conluyó esta causa conforme a Derecho, condenando al Reo de Estado definitivamente? El segundo, si no huvo mérito por qué no lo absolvió, y no que mandó agregar Prosesos auxiliares ya olvidados y y retuvo a mi hermano en la p risión más rigurosa.

En primer lugar expuso que la Nación francesa procedía justamente en pretender la livertad, y era conforme a la Ley de Dios y a la razón natural.

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No hay lugar a duda: no se halló nada como para condenar a Eugenio Espejo por Reo de Estado –es decir, insurgente, revolucionario, sedicioso-, y al hallar cosa que lo inculpase se removieron casos antiguos que, como lo asienta Manuel Espejo eran cosa juzgada y estaban archivados –las Cartas Riobambenses, la Golilla-. Y, una vez más, recuerda “que la libertad que se dio a mi hermano fue porque se le halló inocente en la causa de la denuncia de su hermano”. Y, como de varios modos se había pretendido ensuciar la memoria del doctor Espejo y negarle sus méritos, y no poco de ello recogía el escrito del defensor de Muñoz, Manuela recuerda el modo como juzgó don Francisco Gil, Cirujano del Real Sitio y Monasterio de San Lorenzo, lo que se había hecho en Quito en torno a su Disertación FísicoMédica sobre la preservación de las viruelas. Escribió que el Magistrado y Cabildo de aquella Ciudad dio el encargo de que diese su parecer sobre lo que sentía acerca del proyecto de este disertación al Dr. Dn. Francisco Santacruz y Espejo, hombre versado en todo género de literatura y verdaderamente sabio” (Manuela, podemos sentirla orgullosa al hacerlo, subraya ese alto elogio de Espejo). Y tan importante le pareció al cirujano real el aporte del médico quiteño que lo incluyó como apéndice de su disertación. Y Manuela concluye: “Que se lea con atención esta producción de la pluma de mi hermano y se conocerá el fondo de sus conocimientos en la Medicina, en la Física, en la Chímica, en la Política y en otras Ciencias, sin cuya posesión perfecta no pudo escribirse una Obra tan acabada y tan útil; y se juzgará si fue un Curandero infeliz, graduado por ensalmo, como se le honra en el escrito contrario”. Y nuevamente subraya Manuela, esta vez seguramente con resentido capricho, eso del “curandero infeliz”. En fin, que hay mucho, importante, interesantísimo, que leer y hurgar lo mismo en el juego de documentos, algunos inéditos, que en el penetrante estudio introductorio de Carlos Freile . A tono con la importancia dada al documento, para ir pisando en piedras firmes en la reconstrucción histórica de personajes, hechos, situaciones y ese juego especular de documentos que en casos reflejan hechos desde ángulos diversos, el estilo del historiador Freile es serio, medido, apegado a lo que el documento permite. Por eso suena a estridente salida de tono un comentario como este -en el más riguroso estilo y tono de los mitificadores y retóricos (en el mal uso del noble arte de la Retórica)-: “Allí habrán estado los sempiternos sepultureros del
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Precursor: los Rengifo, los Carriedo, los Solano, los Barreto, los Vallejo” (P. 65). El recurso retórico con tufo a antigualla de ese falso plural resulta muy poco histórico, así como la generalizadora y sumaria condena de personajes tan distintos, en sí y en su relación con Espejo. Menos mal que tan infeliz pasaje resulta una excepción o salida de tono. Y algo más: el autor no maneja el tan útil punto y coma (¿Ha cedido a la aberración ánglica?), y ello causa tropiezo en la lectura de algunos lugares. Hernán Rodríguez Castelo

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Eugenio de Santa Cruz y Espejo: “OBRAS COMPLETAS”, 4 v., Edición de Phipip L. Astuto, Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Núcleo de Chimborazo y Matriz Quito, Quito, 2008. Siempre será de provecho la publicación de las obras de los constructores de la nacionalidad ecuatoriana, entre los cuales sin lugar a dudas se halla Eugenio Espejo. En el caso del Precursor la utilidad crece pues desde la primera edición de sus obras, iniciada por Federico González Suárez en 1912 y culminada por Jacinto Jijón y Homero Viteri en 1923, han pasado cerca de cien años. Es cierto que algunas de sus obras se han reeditado varias veces, sobre todo las “Primicias de la Cultura de Quito” y “Reflexiones acerca de las viruelas”, aunque no siempre ha habido la preocupación por parte de lo editores de cotejar los diversos manuscritos coetáneos, de haberlos, o de enriquecer la edición con notas acordes a la evolución de la ciencias históricas con sus aportes al conocimiento del tiempo de Espejo y de su persona misma. Representan una luminosa excepción las ediciones de las obras señaladas debidas a la labor minuciosa de Samuel Guerra y Eduardo Estrella, respectivamente. A ellos deben unirse Aurelio Espinosa Pólit S.J. y Hernán Rodríguez Castelo, el primero por la edición de “El Nuevo Luciano de Quito” y el segundo por los prólogos a las obras de Espejo en la meritísima colección “Clásicos Ariel”. El mismo Astuto publicó una edición de las que llama “Obras pedagógicas” con un buen trabajo crítico. La Casa de la Cultura y los herederos de Astuto han dado oportunidad a los estudiosos y al gran público de leer el corpus espejiano de manera fácil, sin necesidad de recurrir a diversas ediciones, pues las de González Suárez y Jijón – Viteri son una rareza bibliográfica, sobre todo el último volumen. Sin embargo se impone una mirada crítica a la edición que reseño. En primer lugar se constata una falencia notable: no constan to410

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das las obras de Espejo. La ausencia más notable es la de las “Reflexiones acerca de las Viruelas”, que solo se puede atribuir a un despiste secretarial o administrativo, debido tal vez a la urgencia de editar los volúmenes, pues se trata de una obra muy conocida y estudiada. Otras ausencias, no justificables pero más entendibles, son las de dos sermones, el “Moral”, publicado por Carlos Paladines, y el “de Dolores”, publicado por un servidor. Faltan también tres “Representaciones” al Rey, dadas a conocer por Jorge Villalba SJ. en su obra acerca de las prisiones de Espejo. Las obras completas de Espejo quedan así incompletas. Es de desear que la aparición del V tomo, no solo incluya las “Reflexiones” sino también los mencionados sermones, poco conocidos pero fundamentales para conocer el pensamiento cabal del Precursor. También habría sido un adelanto para la historiografía ecuatoriana el que se enriqueciera la nueva edición de las obras de Espejo con notas aclaratorias a los textos, como sí se hace con “El Nuevo Luciano”, “La Ciencias Blancardina” y “Marco Porcio Catón”. Una grave laguna en nuestros estudios consiste en la publicación de obras ya conocidas pero sin notas tendientes a ayudar al lector a ponerlas en su justo ambiente y a entender las palabras, giros. Conceptos, instituciones, etc., que ya no le son familiares. Por otra parte, para la edición de la crucial obra conocida como “Defensa de los Curas de Riobamba” se pudo dejar de lado la versión llena de errores publicada por Jijón y Viteri en 1923 y recurrir al texto auténtico editado por un servidor en 1997 gracias al apoyo del Dr. Jorge Salvador Lara, Director del Archivo Metropolitano de Historia, y enriquecida con nutridas notas en las cuales también colaboró Carlos Paladines. Cabe señalar que esta edición pasó desapercibida para los historiadores ecuatorianos. La publicación de las obras completas de Espejo constituye un positivo aporte a la cultura nacional, sobre todo en la coyuntura del Bicentenario de la Primera Junta Soberana, cuyos promotores recibieron del Precursor las primeras inquietudes acerca de la libertad. Sin embargo pudo haberse mejorado por las razones señaladas. Carlos Freile
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Manuel Ygnacio Monteros Valdivieso: “EUGENIO ESPEJO (CHÚZHIG) EL SABIO INDIO MÉDICO ECUATORIANO”, 2 v., Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Quito, 2008. El lector de esta voluminosa obra debe tener en cuenta que su autor falleció en 1970, vale decir cerca de diez años antes de que en el Ecuador se renovasen los estudios sobre Espejo gracias a un grupo de profesores de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, por consiguiente no pudo contar con los aportes críticos más actuales. La principal fortaleza del libro es el tratamiento de los temas médicos, tanto referidos a las obras mismas del sabio quiteño, de manera especial en el tema de las enfermedades, tanto a su propia persona, no solo en cuanto a su salud corporal, sino a sus tendencias psíquicas. En estos aspectos el autor demuestra una erudición que se puede catalogar de admirable, poco común en nuestro medio, tan dado a la superficialidad y a los escarceos de aficionados, aunque con poses de especialistas, de varios de los intelectuales dados a escribir de omni re scibili et de quibusdam aliis. Tal vez por haber sido concluida en 1962 la obra de Monteros adolece de una modalidad frecuente en los escritos de historia de hace más de medio siglo: la ausencia de referencias exactas a las fuentes de donde toma datos o textos específicos, de tal manera que al lector acucioso le cuesta cotejar la cita con el original. A lo largo y ancho del libro el autor se muestra de manera franca como militante de izquierdas y esa postura previa le lleva en ocasiones a leer a Espejo sin contextualizar: para la comprensión del polígrafo quiteños no solo se requiere respetar sus más íntimas convicciones, fue católico toda su vida, sino colocar sus diferentes afirmaciones dentro de su obra total, pero al mismo tiempo es imprescindible aquilatar con exactitud cuánto de lo que decía estaba vinculado a un determinado acontecimiento o a un proceso contemporáneo. Cito, como ejemplo, la perspectiva con que Monteros analiza ciertas expresiones de Espejo sobre los indígenas en la
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“Defensa de los Curas de Riobamba”, como si se tratara de expresión de una renuncia a su propio origen y de un desprecio a los naturales de estas tierras. Cabe recordar que vista en conjunto esa obra ya ha sido definida como una “defensa de los indios de América”. Pero también señalar que la indianidad de Espejo es una certeza que se desmenuza frente a nuevos análisis y nuevas fuentes. La obra de Monteros se lee con placer y fácilmente, pues su estilo es ameno, directo y combativo, además se nota que conocía el tema hasta donde se alcanzaba hace medio siglo, pero es de lamentar que no se publicara justamente entonces. Carlos Freile

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EL CONGRESO EXTRAORDINARIO DE LA ASOCIACION DE ACADEMIAS IBEROAMERICANAS DE LA HISTORIA. Junio 16 al 19 de 2009

La Asociación de las Academias Iberoamericanas de la Historia se reúne cada dos años en diverso país para estudiar temas de la historia Americana o mundial. El Congreso de Lisboa de 2006 decidió por unanimidad, a petición del representante del Ecuador y Director de nuestra Academia, Dr. Manuel de Guzmán Polanco, celebrar un Congreso Extraordinario en 2009, como un homenaje a la Revolución de Quito y Bicentenario del Diez de Agosto de 1809. Era, pues, un compromiso nacional e histórico para la nación y para la Academia Nacional de Historia, el celebrarlo dignamente, pese a las crisis económicas, de todos conocidas. El Bicentenario de la Independencia debía contar con la presencia, pero sobre todo, con los estudios de los mejores historiadores de Ibero América. Todo fue posible, gracias al respaldo del Gobierno Nacional a través del Misterio de Cultura, del Ilustre Municipio de Quito, del Consejo Provincial de Pichincha y a varias instituciones privadas, como agencias de viajes y sobre todo, la Universidad Simón Bolívar. La respuesta de las Academias Iberoamericanas de la Historia fue notable, pues 19 representantes se hicieron presentes con ponencias de indudable valor. Para el desarrollo del Congreso, se escogió todo lo que formara el ambiente del Bicentenario del Primer Gobierno Autónomo de Quito. La Inauguración del Congreso Extraordinario No podía encontrar otro sitio mejor que la Sala Capitular de San Agustín, donde se reunieron los patriotas hace doscientos años; es a la vez un símbolo de la Independencia y una maravillosa muestra de la cultura artística de Quito. En esta Inauguración y ante un selecto público, el Ilustre Municipio de Quito, por intermedio de su Alcalde Metropolitano dio la bienvenida, declaró HUESPEDES ILUSTRES a los académicos visitantes y

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condecoró al pabellón de la Academia Nacional de Historia por sus cien años de existencia. Las intervenciones del Director de la Academia y Presidente del Congreso Extraordinario, Dr. Manuel de Guzmán Polanco, la del Delegado del Presidente de la República, del Ministro de Cultura y del Prefecto Provincial, fueron el inicio de los tres días de intercambio de estudios y diálogo sobre la Independencia de América. Respondió a nombre de todos los delegados de las Academias y como recién condecorado, el Dr. Sergio Mantínez de Chile.

Las Ponencias Las sesiones del Congreso tuvieron lugar en el Paraninfo de la Universidad Simón Bolívar, cedido gentilmente para el efecto, por el Rector y Académico, Dr. Enrique Ayala Mora. Las ponencias cubrían muchos aspectos relacionados con la independencia de América, desde la crisis de la monarquía y la fidelidad a Fernando VII (República Dominicana, Guatemala, Ecuador), la ideología y aspectos jurídicos de los movimientos libertarios (Costa Rica, Ecuador, Brasil, Paraguay), hasta temas indígenas en la Independencia (Perú, Bolivia, El Salvador), las mujeres en el Primer Grito (Ecuador), etc. Las ponencias de los académicos ecuatorianos tocaban temas muy directos del movimiento libertario. Cabe resaltar algunos que serán de consulta en las próximas discusiones del Bicentenario: “Eugenio Espejo, ideólogo de la Independencia” del Dr. Plutarco Naranjo; “Cuenca y el Diez de Agosto de 1809” del Dr. Juan Cordero I.; “Guayaquil y el Diez de Agosto de 1809” del Dr. Benjamín Rosales; “El Fidelismo como camino a la Independencia” de Dr. Jorge Núñez y “Aporte teórico de la Revolución de Quito de 1809 a la Independencia de América” del Lic. Hernán Rodríguez. Las dos últimas ponencias mencionadas, fueron dictadas en el Centro del Bicentenario, en la sesión previa a la clausura del Congreso,
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Homenaje y ofrenda floral a los Héroes del Diez de Agosto Todos los delegados y académicos nos reunimos, a continuación, en la Plaza de la Independencia para un homenaje y ofrenda floral a los Héroes del Diez de Agosto, para visitar luego el teatro donde fueron sacrificados los patriotas el Dos de Agosto de 1810.

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Eventos Especiales Como es tradicional en los encuentros culturales, ciertos eventos sociales ayudan a estrechar la cálida amistad de los representantes de las naciones y academias y mostrar nuestra cultura: Las visitas a Quito colonial renovado, las iglesias, los museos, Quito de noche, etc. Para muchos fue un verdadero descubrimiento del Quito Colonial y de la cultura ecuatoriana. Encuentro y almuerzo en la Sede de la Academia, en un ambiente de alegría, música y recuerdos. Una velada en el restaurant “Teatrum” (Teatro Sucre) ofrecida por el Consejo Provincial de Pichincha, en un ambiente de gran cordialidad. Para las damas visitantes, una visita a los campos de flores de Cayambe; fue para todas, un descubrimiento de las bellezas de la Provincia de Pichincha. Presentación del libro ”Cien Años de la Academia Nacional de Historia del Ecuador”, recopilado por el Dr. Leonardo Barriga.

Viernes 19. Un tour a la mitad del mundo No podían los académicos perderse una visita a la Línea Ecuatorial y poner los pies en los dos hemisferios. El almuerzo ofrecido por el Consejo Provincial en la Mitad del Mundo reveló la amistad y cordialidad que se había fomentado en los tres últimos días. Una nota general era el romper las barreras de los pueblos y vivir una historia común. Hay más factores que nos unen que los que nos separan. Hasta vernos, el próximo año, en Buenos Aires

Jueves 18. La Clausura Tuvo lugar en el Centro del Bicentenario, un lugar apropiado para conocer aspectos sociales, históricos y culturales de la realidad ecuatoriana. Fue una clausura brillante y un compendio de ideas y amigables experiencias de todas las Academias de Ibero América que continuarán en el próximo encuentro de Buenos Aires y en el futuro.

lo que dejó un agradable colofón sobre el tema central del Congreso y trataban de aclarar aspectos difíciles del Diez de Agosto.

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Agradecimientos El Congreso Extraordinario de las Academias Iberoamericanas no hubiera tenido el éxito conseguido sin la colaboración de las instituciones de gobierno y de las privadas. Para todos, un agradecimiento sincero. Al Gobierno Central a través del Ministerio de Cultura. A la Alcaldía de Quito y al Consejo Provincial de Pichincha A la Universidad Simón Bolívar, a su rector que puso a la disposición de los visitantes las habitaciones, el Paraninfo, las salas de reuniones, la colaboración del personal, etc. A las empresas de viaje que facilitaron viajes, traslado y visitas. A nuestros Académicos por el trabajo voluntario y sugerencias para el evento.

En Síntesis: El Congreso Extraordinario de las Academias Iberoamericanas fue un éxito en todo sentido, gracias al trabajo de colaboración de todos que permitió superar las dificultades iniciales causadas por la crisis económica nacional. Fue una muestra de que la Academia Nacional de Historia al cabo de CIEN AÑOS de servicio, sigue tan vigorosa como la fundó Mons. Federico González Suarez en 1909. Fue, sobre todo, la consagración de las inteligentes tareas de su Director, Dr. Manuel de Guzmán Polanco.

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POR LAS ACADEMIAS*

Gustavo Pérez Ramírez

La celebración del primer centenario de la fundación de la Academia Nacional de Historia de Ecuador, no ha tenido en los Medios la acogida que da a otros logros. Sin embargo, ésta rescata y reafirma de ofici procesos sociales en los que se fundamenta la identidad de la sociedad, que contribuye al orgullo de ser ecuatoriano. La Academia celebró la efeméride convocando el Congreso Extraordinario de la Asociación de Academias Iberoamericanas de la Historia, que se inauguró solemnemente en la Sala Capitular de San Agustín, cuna de la Independencia. En el Congreso representantes de 18 Academias, incluyendo la Real de España, intercambiaron con los anfitriones valiosas informaciones históricas, para un mejor conocimiento de los procesos de independencia en América Latina y el Caribe. Culminó con dos conferencias de Antología, la del Lic. Hernán Rodríguez sobre el Aporte teórico de la Revolución de 1809 y la del Dr. Jorge Núñez, sobre Fidelismo como camino a la Independencia, que reafirman la misión investigadora del historiógrafo para repensar la Historia y eludir la Antihistoria. Con motivo de estas celebraciones, la Academia rescató para el país en microfilme la valiosa documentación de la época independista, que por razones históricas se hallaba en el Archivo Histórico Restrepo en Bogotá. Como corolario proponemos que los Medios establezcan en sus programas un espacio “Por las Academias”, donde, como en otras latitudes, le hagan campo, entre las noticias de deporte, farándula, crónica roja y reinados de belleza, a las que se generan en las Academias, sea de Historia, Educación, Medicina, Lengua, y otras Asociaciones de Arte y Cultura, como el Grupo América. Los Medios pueden ayudar a que Ecuador, pequeño en territorio, sea grande en Cultura, como lo propuso Benjamín Carrión.

* Artículo publicado en el diario “La Hora” de Quito

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HOMENAJE A J. ROBERTO PAEZ ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA

Fray Agustín Moreno Proaño*

En este año doblemente jubilar por cumplirse el bicentenario del primer movimiento emancipador de los territorios americanos de su dependencia española, ocurrido el Diez de Agosto de 1809 en Quito, y que fue la clarinada inicial para que se derrumbase el imperio y naciesen a la libertad las jóvenes repúblicas iberoamericanas; y por cumplirse también los primeros cien años de fecundísima labor de la Academia Nacional de Historia, fundada por el eximio Arzobispo de Quito, Monseñor Federico González Suárez, el 24 de julio de 1909, con el modesto nombre de “Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos”, su ilustre Director actual, Doctor Manuel de Guzmán Polanco
* Discurso pronunciado en el develamiento del retrato de Roberto Páez en la sede de la ANH, el 7 de noviembre de 2008.

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ha elaborado una serie de eventos de gran trascendencia, como la inauguración de esta sede propia de la Academia, la convocatoria a un Concurso Histórico Internacional que valore el significado de la gesta épica del 10 de Agosto de 1809 en el concierto de las hermanas naciones indo-hispánicas, y con justiciero espíritu, el ir colocando en este decoroso solar los retratos de todos aquellos beneméritos ciudadanos que la honraron con sus trabajos, enriquecieron la bibliografía patria, investigaron sus más trascendentales momentos pasados y señalaron, con voz firme y pluma elegante, el destino que nos corresponde en el futuro. El día de hoy se devela en este académico recinto el retrato del Licenciado J. Roberto Páez, miembro de Número y que, durante varios períodos, fuera Subdirector de la Academia y ornamento espiritual de la misma, cuando los Directores titulares se encontraban fuera del país, cumpliendo misiones diplomáticas y de servicio al Ecuador. En cierta ocasión, el inmenso Remigio Crespo Toral se quejaba de que “pecan de olvido las naciones al no tener siempre presentes los nombres y las hazañas de sus mejores hijos, con lo que el alma de los pueblos queda empobrecida”. Algo de esto ha ocurrido con la figura de J. Roberto Páez, caballero cristiano a carta cabal, sapientísimo bibliófilo, enamorado de Quito y de sus glorias, sagaz investigador de su historia, ponderado periodista y noble amigo de todos los buscadores de la verdad. José Roberto Páez nació en Quito el 18 de febrero de 1893. Hijo del General Ulpiano Páez Egüez y de doña Eloisa Flor Pozo, de notables familias de la ciudad que, por entonces, tendría hasta unos 40 000 habitantes y no más. Por no fatigaros, no me detengo en ciertas consideraciones genealógicas que son simpáticas de contar, pero es lo cierto que los Páez se ufanaban de que su apellido completo era Páez de Trastamara, y los Flor, por supuesto, estaban emparentados con el célebre don Vicente López de la Flor, tronco de las más esclarecidas familias quiteñas. Un año antes, o sea, en 1892, no solo que se conmemoraron los cuatro siglos del Descubrimiento de América, con un esplendor inusitado, en toda Europa e Ibero América, sino que, en el Ecuador acababa de asumir la presidencia de la República un insigne varón cuencano, el Dr. Luís Cordero, poeta altísimo y coronado, y gran propulsor de la cultura en todos sus aspectos. El propició la publicación de la copiosa Antología de Escritores Ecuatorianos y el libro sobre los Cantares del
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Pueblo Ecuatoriano con los que la Academia Ecuatoriana de la Lengua celebró el cuatricentenario. En ese mismo año publicó en Leipzig el Dr. Teodoro Wolf, su invalorable Geografía y Geología del Ecuador y por añadidura, el presbítero Federico González Suárez, editó el cuarto Tomo de su Historia General de la República del Ecuador. El filósofo español Don José Ortega y Gasset dice que, al recordar el pasado, nunca nos debemos olvidar del “hombre y su circunstancia”, porque son las circunstancias las que nos moldean para toda nuestra existencia. José Roberto Páez tuvo la suerte y el privilegio de recibir la educación primaria y el dominio del idioma francés de labios de su propia madre. Lo mismo ocurrió con otro destacado compatriota, el Dr. José María Velasco Ibarra. Páez cursó con lucimiento sus estudios secundarios en el Colegio San Gabriel graduándose de Bachiller en 1910. E inmediatamente ingresó a la Universidad Central a estudiar jurisprudencia, de donde egresó con el título de Licenciado en 1918. En el entretanto, Mons. González Suárez había ya fundado la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos el 24 de julio de 1909, con un pequeño pero selecto grupo de jóvenes que apenas bordeaban los veinte años de edad. Arrastrado por un ímpetu interior, José Roberto era incansable en la lectura y en la adquisición de libros para su Biblioteca, que llegó a ser una de las más completas y ricas de Quito. En 1921 empieza a publicar semblanzas históricas, artículos de doctrina y crítica política y social, investigaciones de primer orden en archivos y datos desconocidos que los encontraba en viejos documentos y que eran leídos con avidez por el público. Para entonces J. Roberto Páez ya tenía la irrenunciable convicción de que “todo juicio sobre el pasado ha de apoyarse en el análisis de las piezas auténticas en que se recogieron los afanes y anhelos de cuantos se esforzaron por legarnos una Patria cada vez más próspera y mejor”. La publicación de ciertos hechos de la vida privada de dos sacerdotes, religiosos de la Orden de Santo Domingo de Guzmán, en el Tomo cuarto de la Historia del Dr. Federico González Suárez, (aún no había sido electo Obispo de Ibarra; lo fue en 1895), conmocionó profundamente a la sociedad ecuatoriana, casi unánimemente católica en ese tiempo (1892) y de manera especial a la Comunidad dominicana del país. Muchos negaban los hechos y otros se escandalizaban. Dolido el Provincial de la Orden de Predicadores en el Ecuador, el Padre Enrique Vacas Galindo, solicitó y obtuvo el apoyo
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económico del General don Eloy Alfaro, ya Primer Magistrado de la Patria, para viajar a Sevilla, España para investigar en el riquísimo Archivo de Indias, qué había de verdad sobre los hechos relatados en la Historia de González Suárez. El ilustre historiador había vivido en España con este objetivo algo más de un año, patrocinado por el Arzobispo José Ignacio Ordóñez, quien incluso le regaló su pluma de oro para que escribiese la Historia General del Ecuador. Pero resulta que el Archivo de Indias de Sevilla y el de Simancas, el de la Real Academia de Historia de Madrid, son tan fabulosamente grandes que ni la vida entera, no digo de uno, sino de docena de investigadores, sería suficiente para agotar un solo tema. Vacas Galindo trabajó allí cerca de cuarenta años, ayudado por los paleógrafos oficiales del Archivo y logró traer a Quito ciento ochenta enormes tomos de documentos desconocidos para que algún día se escriba la verdadera Historia de la Patria en el período hispánico, que es el decisivo de nuestra formación como Pueblo con personalidad y características inconfundibles. A ese tesoro invalorable añadió Vacas Galindo diez y ocho gruesos tomos de documentos copiados en Roma en la curia general de los Dominicos, en el convento de Santa Sabina, donde fue Prior por varios años, siendo incluído su nombre en la terna para Maestro del Sacro Palacio, cargo reservado a la Orden de Predicadores y que culmina siempre con el Capelo Cardenalicio. De sus pacienciosas investigaciones publicó el Padre Vacas Galindo tres formidables tomos sobre los derechos territoriales del Ecuador en su secular litigio con su vecino del Sur, documentos irrefragables que, a su vez, utilizó el insignísimo Dr. Honorato Vásquez en el robusto alegato que presentó ante Su Majestad el Rey don Alfonso XIII de Borbón, que debía dar el Laudo Arbitral sobre la materia. Volviendo al caso de los Padres Gamero y García el relato resultó verdadero, pero lo que no dijo el sabio historiador González Suárez es que los escandalosos se arrepintieron, hicieron severas penitencias y murieron como santos. ¿Acaso en la Biblia no está el prolijo relato de la caída del Rey David pero también el de su conversión?. Sin perder el cariño, el respeto y la admiración para González Suárez, el Lcdo. J. Roberto Páez y muchos otros creyeron conveniente y necesario reexaminar y completar la visión histórica del eximio patriota, compatriota y prelado. Dos preclaros sacerdotes dominicos del convento dominico de Quito, Fray Ceslao María Moreno y Fray Alfonso Antonino Jerves fundaron la Revista “La Corona de María”, con el
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objeto de publicar documentos sobre la historia religiosa del Ecuador. Más tarde fundaron otra Revista “El Oriente Dominicano” con idéntico propósito. El Padre Jerves se aplicó a dominar la Paleografía y a enseñarla a los aficionados a la Historia. Discípulos del Padre Jerves en esa ciencia y arte, fueron José Roberto Páez, Jacinto Jijón y Caamaño, Carlos Manuel Larrea Ribadeneira, Jorge Garcés Garcés (quien por añadidura dominaba el idioma latino) los hermanos José y Alfonso Rumazo González, Rafael Euclides Silva, Juan de Dios Navas, Carlos Vivanco y Homero Viteri Lafronte, entre otros. Todos ellos fueron ilustres Miembros de Número de esta Academia Nacional de Historia. Allá por el año 1928 gobernaba Italia el Dictador Benito Musolini y acababa de solucionar las diferencias con la Iglesia Católica por el Tratado de Letrán firmado entre él, como Jefe de Estado y el Cardenal Pietro Gasparri, que estuvo en el Ecuador con el afán de limar dificultades con el régimen Liberal Radical de Eloy Alfaro. Para congraciarse con las naciones latinoamericanas Musolini envió una lucida Misión de artistas e intelectuales, presidida por el pintor Giuglio Arístide Sartorio que era el favorito del régimen fascista. El recorrido empezó por Río de Janeiro, capital del Brasil, continuó por Buenos Aires, La Paz, Santiago de Chile, Lima hasta llegar a Quito. Aquí fue recibida la embajada con los debidos honores y con la clásica cordialidad de sus vecinos. José Roberto Páez y Luis Alfonso Ortiz Bilbao se encargaron de mostrarles los monumentos religiosos de la ciudad hispánica. El asombro de los visitantes no tuvo límites así como las expresiones de admiración por los tesoros artísticos que encontraron a cada paso. Sartorio enviaba semanalmente sus reportajes para que fuesen publicados en una prestigiosa Revista de Artes italiana. Con genuino entusiasmo llegó a decir que Quito era la Florencia de América y que nada semejante había visto en los países hermanos, y auguraba para Quito en el futuro el que se convertiría en el centro más activo de producción artística de todo el Nuevo Mundo como lo fuera en el Renacimiento la época de los Médicis. La emoción subió de punto entre todos los quiteños y, si bien Pablo Herrera, José Gabriel Navarro, Cristóbal de Gangotena y Jijón, Alfredo Flores y Caamaño, entre otros, estaban empeñados en estudiar los orígenes y los frutos del arte Quiteño y su valor universal, la mayoría de la gente parecía estar adormecida ante tanto derroche de belleza. En esta materia hemos avanzado bastante. Habiendo sido nombrado Secretario del Ilustre Municipio de
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Quito, por el Presidente del Cabildo, don Enrique Gangotena Jijón, al fallecer otro distinguido funcionario que fue don Julio Prado, padre del ex-canciller Julio Prado Vallejo, el Lcdo. José Roberto Páez, vio la oportunidad de realizar sus sueños. Se acercaba el centenario del asesinato del Antonio José de Sucre. Meses más tarde era Presidente del Cabildo Quiteño don Carlos Freile Larrea. Había que honrar la memoria del Gran Mariscal de Ayacucho que tanto amó al naciente Ecuador. Se escogió en la Iglesia Catedral la más decorosa capilla para que allí descansen los restos del Abel Americano. El genial pintor don Víctor Mideros decoró las paredes con el relato vívido de las batallas de Sucre: Quito, Junín, Ayacucho y su inicuo martirio. Luego vino el centenario de la muerte del Libertador Simón Bolívar. J. Roberto Páez se esmeró en los planes para levantar en su honor el monumento más bello de todo el continente y aún diría que de todo el mundo, al fundador de cinco naciones. Cúpole inaugurarlo a la vibrante oratoria de José María Velasco Ibarra, en diciembre de 1934. La obra cumbre de J. Roberto Páez estuvo reservada para las conmemoraciones cuatro veces centenarias de la fundación de la villa de San Francisco de Quito. Ocupaba entonces la presidencia del Municipio de Quito, don Jacinto Jijón y Caamaño. El famoso Libro Verde que guardaba el acta de fundación original y las actas del Cabildo quiteño hasta 1561 fue transcrito y publicado en cuatro tomos bellamente editados por José Rumazo González, bajo la amorosa vigilancia de José Roberto Páez, quien puso sendos y esclarecedores prólogos a cada volumen y que fueron lanzados en la solemnísima sesión del 28 de agosto de 1934, día en el que el Congreso Nacional se unió a los festejos de la ciudad capital con un decreto en el que se ordenaba levantar en Quito un monumento a su fundador el Mariscal don Diego de Almagro, con fondos del Estado. Parece mentira que han trascurrido setenta y cuatro años desde ese Decreto y aún no se cumple, y más grave todavía la inmensa mayoría de personas cree que el fundador de Quito es Sebastián de Benalcázar y que la fecha es el 6 de Diciembre. Ese gesto gloriosísimo de la publicación del Acta de Fundación y de las Actas de las primeras sesiones del Cabildo del Quito Hispánico no fue más que el principio de una estupenda labor editorial que asombró a los medios cultos de América y Europa. Nadie se había atrevido a esa empresa. Luego le invitaron Lima en 1935, Buenos Aires en 1940,
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Caracas en 1958 luego se editaron los oficios y cartas del Rey al Cabildo de Quito, las Cédulas Reales a la Audiencia de Quito, las Actas de Fundación y primeros Cabildos de Ibarra, de Cuenca, el famoso Libro Rojo de la fundación de Ambato, los orígenes del obispado de Quito, el relato de Fray Gaspar de Carvajal del descubrimiento del Río de las Amazonas, las Primicias de la Cultura de Quito y otras maravillas que ya deben llegar a unos setenta tomos, fruto de la acuciosidad de José Roberto Páez que venía desempeñándose de Director de las Publicaciones del Archivo Municipal de Quito. Al Sr. Páez le sucedió en el cargo Jorge Garcés Garcés, a él Hugo Moncayo Veloz, a él Luis Alfonso Ortiz Bilbao y hoy Jorge Salvador Lara, todos Miembros de Número de esta Academia y Cronistas Vitalicios de la ciudad. Este aporte científico al patrimonio cultural de la estirpe Hispanoamérica mereció y merece aún hoy los más calurosos elogios de notabilidades como el jurisconsulto e internacionalista español Don Fernando de los Ríos, del Director de la Biblioteca del Congreso de Washington, D.C., Lewis Hanke, del archivistólogo Lino Gómez Canedo, etc. Y todos esos elogios redundan naturalmente en José Roberto Páez, su incansable realizador. Para terminar citaré lo que el insigne poeta colombiano y maestro Don Guillermo Valencia escribió con emoción: “Las publicaciones del Archivo Municipal de Quito son labor benedictina con que se nos está entregando las fuentes únicas y auténticas de nuestra común historia piadosamente restituidas de los viejos Archivos y corregidas con un seguro y amplio criterio de investigación. Esos documentos ya en forma accesible para todos han venido a confirmar, a aclarar, o a invalidar pasos de nuestros orígenes y los años oscuros de la Conquista y de sus hombres, y a establecer bases ciertas para la interpretación de la época colonial”. “En los últimos tiempos ha sido lectura favorita la de los inapreciables volúmenes, magnífica ofrenda del Cabildo muy ilustre de Quito a la América hispana. Como presente de gran Señor, la edición misma es magnifica y digna de quien le ofrece. Nuestro Cabildo bogotano está empeñado en labor análoga, de más fácil realización porque alude a fuentes claras y muy cercanas a nosotros, en que la paleografía poco ha tenido que fatigarse para revelar la letra y el sentido de los documentos. Por este aspecto, la obra de Quito es magistral y de un mérito prócer”. Hasta aquí Guillermo Valencia (1938). Con qué delicadeza de espíritu sugirió al Cabildo capitalino José Roberto Páez el que se rindiese un tributo de gratitud imperecedera a Fray Jodoco Rique, piedra angular de nuestra nación, colocando su
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estatua tallada por el genio de Luis Mideros, en el preciso sitio donde el humilde franciscano flamenco, plantó el primer el primer trigo que se cultivó en Sudamérica, y en la base del monumento esta preciosa dedicatoria: “La ciudad de Quito a Fray Jodoco Ricke - 1534 ” Y en una lápida de mármol este conmovedor reconocimiento: “Las escuelas municipales en nombre del niño quiteño al apóstol de la cultura, sembrador de campos vírgenes e inteligencias nacientes, en el cuarto centenario de la Fundación de Quito.- Liceo Fernández Madrid, Escuela Espejo, Escuela Sucre.- Diciembre de 1934”. Otro de los grandes logros de José Roberto Páez en 1934, al cumplirse el cuarto centenario de la fundación de la ciudad de San Francisco de Quito fue el haber persuadido al altísimo poeta cuencano Remigio Romero y Cordero para que escribiese una Epopeya que glorificara los orígenes y la trayectoria de Quito. Remigio Romero y Cordero acababa de ser coronado en la cima del Panecillo, como la máxima voz lírica del país en emotiva ceremonia por representantes de todas las provincias, vestidas de ñustas, que le colocaron en las sienes el laurel imperecedero. Remigio escribió la “Quiteida”, una especie de Ilíada o Eneída americana que exaltó a la cumbre las proesas de la capital ecuatoriana. Ni México, ni Bogotá, ni Caracas, ni Lima, ni Santiago, ni Buenos Aires, ni Río de Janeiro, han tenido hasta hoy esta honra. Pero, así somos descuidados, el Fonsal ha hecho maravillas, pero aún no reedita La Quiteida de Remigio Romero y Cordero para que esté en los labios de todos los niños, jóvenes y adultos. Una de las especialidades de José Roberto Páez fue indudablemente la relativa a la venida de los Académicos Franceses que vinieron a la Audiencia de Quito en el siglo XVIII a medir el arco del meridiano, precedidos por Mr. de la Condamine. Don Roberto tomó justamente este tema para el discurso de incorporación como Miembro de Número. El texto está publicado en el Boletín de la Academia. Para el segundo centenario de este hecho trascendental en la historia patria, Francia tuvo la gentileza de mandar otra misión científica de alto nivel, precedida por el General Perríer, y que incluía entre otras notabilidades, al famosísimo sabio Dr. Paul Rivet, que se encariñó tanto con el Ecuador que se casó con una dama cuencana, que tanto le ayudó en París a realizar el sueño del Museo del Hombre, una titulación que honra a la especie humana toda. Decir la fraternidad que existió en Quito entre todos esos sabios de la Misión Francesa y la impresionante gama de conocimientos de José Roberto Páez, lo dejo a vuestra discreción.
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Al acercarse el primer centenario del nacimiento de Monseñor Federico González Suárez en 1944, sus discípulos que eran legión, decidieron agradecerle los ingentes servicios prestados al Ecuador y eternizar su memoria en el bronce. Encargaron al escultor italiano Luigí Casadío la construcción del monumento y a Luis Mideros el de cuatro figuras simbólicas de la Patria, la Iglesia, la Historia, y la Ciencia, que debían ser colocadas en las cuatro esquinas, como a las plantas del inmortal arzobispo. Los académicos discutían donde colocarlo, José Roberto Páez académico de número desde 1936, mantenía una discreta reserva. Al fin el Municipio decidió que se le pusiera en la mitad de la Plaza de San Francisco. Y así se hizo. Pero años más tarde, especialistas en urbanismo dijeron que era un absurdo que un monumento estuviera delante de otro opacando su grandiosidad y así González Suárez fue retirado volviendo la plaza franciscana a su prístino esplendor y a ser el clásico sitio de las manifestaciones políticas sobre todo y el termómetro nunca desmentido del apoyo popular. Parece que jamás se repetirán las enfervorecidas muchedumbres que aclamaban la febril oratoria de José María Velasco Ibarra. Nos quedan eso sí, las clásicas biografías de González Suárez, por Nicolás Jiménez, por el Padre José Maria Vargas, igualmente académicos, por el Dr. Leonidas Batallas y por el Canónigo Bueno. Y ahora mismo tiene la Academia Nacional de Historia seis miembros numerarios que se precian de llevar en sus venas sangre del mismo Prelado e Historiador máximo de nuestra Patria. González Suárez fue hombre de su tiempo y en nada menguan su gloria, los trabajos exhaustivos que se han publicado después de él, como la biografía de Don Antonio de Morga, Presidente de la Real Audiencia de Quito, escrita por el Doctor Phelan, o la de don Miguel de Ibarra de nuestro dilecto colega Dr. Jorge Villalba Freire. Además, en esa época no se conocían las colecciones de documentos inéditos para la Historia de Nicaragua recopilados por el Doctor Vega Bolaños, (18 gruesos tomos) o la de idéntico nombre para la Historia de Colombia del Dr. Juan Friede, (otros 18 tomos) y las indispensables obras de los peruanos Raúl Porras Barrenachea, Guillermo Lohmann Villena, o la del chileno Mario Góngora . Cuando González Suárez fundó la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, luego Academia de Historia desde 1920, reunía generalmente a sus jóvenes discípulos en el Palacio Arzobispal. Muerto en 1917, sin bien Monseñor Manuel María Polit Laso era tam432

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bién un varón cultísimo y fue miembro de número de la Academia no pudo continuar con la tradición de las reuniones semanales. El alumno predilecto Jacinto Jijón y Caamaño asumió esa responsabilidad como Director y juntaba a sus compañeros, primero en su casa de la calle Sucre y luego en la Circasiana. Julio Tobar Donoso obtuvo del Presidente Carlos Alberto Arroyo del Río la donación de una sede propia en la calle Mejía frente al Convento de la Merced, las reuniones semanales los días sábados eran ejemplares. Parecía un pequeño senado de sabios. Isaac J. Barrera, Ángel Isaac Chiriboga, Celiano Monge, Luis A. León, Hugo Moncayo, Jorge Garcés, Luis Robalino Dávila, Neptali Zúñiga, Carlos de la Torre Reyes, Cristóbal de Gangotena y Jijón, y los nuevos valores. José Roberto Páez brillaba entre ellos como un sol, síntesis de sabiduría y modestia. José Roberto Páez tuvo una larga vida, casi noventa y un años. Y fue fecundísimo en muchos aspectos. Entró en la paz del señor el 7 de noviembre de 1983. Y quiero refrendar lo que en sus funerales, dijo Monseñor Juan Ignacio Larrea Holguín, también eximio prelado y jurisconsulto, ya fallecido. “J. Roberto Páez fue un gran amigo, un hombre que desbordaba hacia otras personas afines por el amor a la ciencia, los tesoros de sus conocimientos, y los elevados sentimientos de su alma: un científico paciente, constante, abnegado para la investigación, un servidor honestísimo de la Patria y un católico ejemplar. Todo esto con la mayor naturalidad y sencillez. No era hombre de exageraciones. Su conversación amenísima y llena de buen humos hacía cortas las horas junto a él”. Por supuesto que me quedan muchas cosas que decir sobre su vida, su acción y sus escritos. Pero afirmo paladinamente que su retrato honra a la Academia Nacional de Historia y nos recordará cómo se debe ser. En el corredor de entrada a la vieja mansión de la Real Academia de la Historia en el centro histórico de Madrid como que nos sale a recibir el gran retrato de don Marcelino Menéndez y Pelayo que fuere Secretario Perpetuo de la sabia institución. Aquí será el espíritu de José Roberto Páez desde su inagotable bondad reflejada en la tranquilidad de su semblante.

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HOMENAJE A CARLOS MANUEL LARREA, HISTORIADOR, DIPLOMÁTICO, CANCILLER, COFUNDADOR Y DIRECTOR DE LA ACADEMIA NACIONAL DE HISTORIA.

P. Julián Bravo Santillán S. I.*

En la revista del Pacífico de Santiago de Chile, correspondiente a los meses de marzo–abril de 1929, números 2–3, al revisar datos sobre la personalidad de Don Carlos Manuel Larrea, nos encontramos con un interesante reportaje del que quisiera empezar tomando algunos datos que pergeñan la figura y personalidad de nuestro personaje en la interesante etapa de su juventud, cuando ejercía las funciones de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario del Ecuador en la República de Chile.
* Discurso pronunciado en el develamiento del retrato de Carlos Manuel Larrea en la sede de la ANH.

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Con tales rasgos y tal perfil inicial, sin duda que tenemos ya introducido y configurado el ambiente de la sesión solemne para la que nos ha convocado hoy la Academia Nacional de Historia, para dedicar el sitial de honor en la magna galería de directores a la efigie del diplomático de vasta cultura, preparado y decidido por el servicio exterior más exigente, en representación condigna, con su acendrado civismo y amor a la patria. Fue designado Secretario de la Legación de su país en Washington. Pronto sería representante del Ecuador en República Argentina y en Chile, donde los respectivos gobiernos y la sociedad de Buenos Aires y Santiago pudieron apreciar desde el primer momento, el aquilatado metal de que estaba forjado y, en consecuencia, el privilegiado sitial que se conquistara intelectual y socialmente el diplomático Carlos Manuel Larrea. La primera pregunta de la entrevista se refería acerca de sus estudios de historia y arqueología. Efectivamente, contestó: Toda mi juventud la eché en eso. Fue mi iniciador en la historia y en la arqueología el Obispo González Suárez, de grata memoria, uno de los más grandes historiadores y arqueólogos de mi país. Yo venero su memoria y me inclino ante su talento… Como simple sacerdote y contando con escasos recursos de fortuna se trasladó a España para allá proseguir en la búsqueda de documentos en que estaba empeñado para la realización de su obra formidable y magnífica… él me inició en los estudios arqueológicos. Era mi compañero Jacinto Jijón y Caamaño con quien hice todos mis cursos de estudio.

Es un hombre joven, empieza describiéndole y presentándole físicamente el corresponsal de la revista, delgado, de movimientos ágiles, una cabeza inteligente en que los ojos tienen mirada penetrante y serena. Habla para regalo del oído con una voz suavemente timbrada. El gesto que subraya la frase es elocuente y la frase por su cultura vastísima, posee espontaneidad, interés y elegancia. Hombre de estudio que dedicó toda su juventud a las investigaciones históricas y arqueológicas, realizando obra de indiscutible valor, por el prestigio de sus obras sobre las materias en que se especializara; (fue designado) miembro correspondiente de la Real Academia de Historia de Madrid.

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Discípulo aventajado de González Suárez, compañero y amigo de Jacinto Jijón y Caamaño, Carlos Manuel Larrea figura entre el grupo fundador de la “Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, más adelante “Academia Nacional de Historia”. La historia como que, por una especie de natural impulso, suscita y conduce a la investigación de los orígenes, de lo más remoto y ancestral, no es de extrañar que maestros y discípulos centraran sus estudios de inicio en la arqueología, es decir, en la ciencia que estudia la antigüedad por los artefactos, monumentos, objetos y restos de aquellas épocas pretéritas. Dentro del desarrollo del diálogo de Don Carlos Manuel Larrea con su entrevistador, se llegó a la afirmación de que el Ecuador era un campo privilegiado para esta clase de estudios, por su situación geográfica ecuatorial, que le convertía en una especie de encrucijada de las diversas civilizaciones provenientes de los cuatro puntos cardinales, originarios de Europa, África, Australia y Polinesia, Asia, Melanesia. Más tarde dedicó un estudio a las posibles influencias asiáticas en las culturas prehistóricas ecuatorianas.

En esta proyección de la investigación arqueológica, Don Carlos Manuel Larrea se interesó vivamente por la cuestión de la antigüedad del hombre en América y en el Ecuador. En 1960 en el Boletín de informaciones científicas nacionales, N° 92, correspondiente a abril-agosto de 1960 publicó un denso artícu436

Así en nuestras provincias norteñas de la costa se pueden encontrar los más claros vestigios del África, y de la civilización Maya y del Caribe, en la parte sur del Asia, en la región interandina está patente la influencia de la civilización Inca; en el oriente la de Laoa Santa del Amazonas. Sin descartarse asentamientos humanos de aborígenes. Las excavaciones que se hacen, dan los más demostrativos resultados sacando a la luz piezas de alfarería, tejidos, y los interesantísimos monumentos funerarios, especies de pirámides con rampas semejantes a las que existen en México. Y de todos los estudios que se vienen realizando últimamente a base de estos descubrimientos se ha llegado a la conclusión de que la civilización, que tuviera su apogeo en Bolivia no está proyectada desde el altiplano hacia nuestra patria sino que tuvo en ésta sus comienzos.

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lo bajo el título: Datos acerca de la antigüedad del hombre en el Ecuador: “Entre los problemas de la Prehistoria sudamericana, todavía no resueltos del todo, escribe, están el de los orígenes de la población de la parte meridional del Continente y el de la antigüedad del hombre en estas tierras, en las que la Historia propiamente dicha no comienza sino en los primeros años del siglo XVI”. El desarrollo de los estudios arqueológicos ha permitido hallar relaciones de varias culturas sudamericanas con otras de Centro y Norte América, comprobado en algunos casos por el método de la radioactividad del carbono 14. Exploraciones recientes en la costa ecuatoriana han dado a conocer la existencia de cerámica correspondiente al período formativo, contemporáneo al neolítico del viejo mundo y al tiempo que en México y el Perú empiezan a cultivar el maíz y la yuca. Hecho un estudio y un análisis comparativo del desarrollo de la investigación arqueológica entre la América septentrional y meridional, señala la especial dificultad para establecer una cronología siquiera relativa de las culturas sudamericanas, especialmente respecto a la antigüedad del hombre. Si en América septentrional, explica, donde los hallazgos de los restos humanos han sido más numerosos y las investigaciones al respecto han sido más extensas, y se conoce mejor la formación estratigráfica y los períodos a que corresponde cada nivel geológico, aún no se ha llegado a conclusiones definitivas, menos ha podido fijarse la antigüedad de las primeras migraciones, en Sudamérica donde inmensos territorios permanecen aún inexplorados, y donde todavía hay mucho que estudiar en el campo de la geología y de la paleontología sudamericana. La hipótesis del hombre aborigen del Continente americano, la considera descartada científicamente, aunque cada vez aparecen pruebas de mayor antigüedad de la presencia del hombre en el nuevo mundo. De conformidad con los restos humanos encontrados o productos de su industria, podría deducirse la presencia del hombre en América septentrional al final de la última glaciación, unos ocho o diez mil años a. de C. (principios del mesolítico europeo. Respecto a la América meridional se da como determinada la cronología de la cultura de Guañaque I en el Perú, hacia 1 200 y 1250 a.
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de C. (Edad de bronce del viejo mundo). La Valdivia en la costa ecuatoriana se mantendrá a 2000 o 2400 años. En la región de Magallanes (sur de Chile) se han descubierto vestigios de asentamientos humanos, hacia 7.000 a. de C. En el Ecuador, en 1923, Mr. G. H H Tate descubrió el cráneo de Punín que estudiado por los antropólogos doctores Louis Sullivan y Milo Hellman, se considera como el más antiguo encontrado hasta ahora en el Ecuador. Por la conformación geológica del lugar en que fuera encontrado ha sido clasificado como del período pleistoceno. Un maxilar humano bastante fosilizado encontrado a orillas del río S. Pedro en Chillo y una tibia hallada a gran profundidad en Cotocollao parecen remontarse a la cuarta glaciación… Los cráneos descubiertos en Pantacalo por el Doctor Paul Rivet a orillas del río Jubones en la Provincia de El Oro, del tipo de los descubiertos por el Doctor P. W. Lund en Lagoa Santa (Brasil), figuran entre los restos humanos más antiguos en la América del Sur. Extensa es la bibliografía de Don Carlos Manuel Larrea sobre arqueología ecuatoriana que, demuestra a una, el interés y la seriedad de sus investigaciones. Títulos como “Introducción al estudio de la arqueología ecuatoriana”; “La cultura incásica del Ecuador (notas históricas y cronológicas)”; “El misterio de las llamadas sillas de piedra de Manabí”; y estudios más amplios como “Prehistoria de la región andina del Ecuador” y “Notas de prehistoria e historia ecuatoriana” confirman su aserto en la introducción de esta última obra, que quizás lo más notable en los últimos tiempos ha sido el interés por estudiar los múltiples problemas de la prehistoria americana y en particular para investigar las cuestiones científicas relacionadas con la Arqueología, Etnografía, y la Lingüística del pueblo ecuatoriano. Cuatro largos años pasó en Europa, preferentemente en España, visitando archivos, especialmente el Archivo de Indias, donde se halla reunida toda la documentación referente a América. Con el mismo propósito se trasladó a París y Londres. Fruto de sus búsquedas bibliográficas y documentales fue su valiosa colección de la Bibliografía Científica del Ecuador que se editara en 1952, en Madrid, por Ediciones de Cultura Hispánica; en 1953 por la Casa de la Cultura Ecuatoriana (cinco tomos), y en 1968, por la Corporación de Estudios y Publicaciones, en 3 ediciones la sección correspondiente a antropolo438

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gía, etnografía, arqueología, prehistoria y lingüística. Fue también el inicio de su selecta y nutrida biblioteca con no pocos libros y documentos originales y únicos, apreciados tesoros del patrimonio cultural ecuatoriano. Su vasta cultura y brillante carrera de hombre público, iniciado en el servicio exterior y diplomático poco tiempo le quedaba para sus trabajos de investigación. Hacia los años 1934 y 1935 la situación política del Ecuador revestía caracteres de especial vidriosidad y delicadeza, y fue designado Canciller de la República. El 18 de diciembre 1935, el Encargado del Mando Supremo de la República expidió un decreto por el que, “Según la opinión de la Academia de Abogados de Quito”, declaró que desde que entró en vigencia la Constitución política de 1906–1907, las comunidades religiosas, las Iglesias, y, en consecuencia las curias, perdieron el carácter de instituciones de derecho público; y que para adquirir la calidad de personas jurídicas de derecho privado, necesitarían cumplir con lo preceptuado en el art. 537 del Código Civil”. (Julio Tobar Donoso, La Legislación liberal y la Iglesia Católica en el Ecuador, p. 409). Dicho decreto, comenta el Doctor Julio Tobar Donoso, era eminentemente ilógico y lesivo de la dignidad de la Iglesia. Ilógico, porque del desconocimiento del carácter de entidad de derecho público no se sigue la desaparición del antiquísimo predicado de Persona ya que este había precedido y con mucho a aquel. Lesivo de la dignidad de la Iglesia, porque pretendía rebajar a la sociedad espiritual, perfecta y soberana, reconocida como institución de Derecho de Gentes, a una sociedad que tiene cabal autonomía jurídica en virtud de su propia esencia, a la categoría de cualquier entidad de Derecho Civil que recibe su esencia del fiat del Estado. El decreto 121 habría pretendido demostrar que a la Iglesia le asistía la condición de persona solamente porque la ley ecuatoriana le reconoció como institución de Derecho Público, siendo así que la Personalidad de la Iglesia ha sido afirmada sin contradicción desde el siglo IV, desde la paz decretada por Constantino. No solo la organización jurídica de las diócesis, sino las de las Iglesias parroquiales y las instituciones monacales, se derivaron del statu episcopal con sus iglesias y patrimonio no sujeto a la autoridad del Obispo. En cuanto a América, la facultad de poseer bienes y de administrar libremente el patrimonio eclesiástico fue firmísima y la Silla
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Apostólica más bien tendió a que el Poder Espiritual limitase sus derechos, a fin de no despertar indebidas susceptibilidades. Pío VI otorgó amplias facultades, por Bula de 13 de agosto de 1799, a los Obispos americanos para enajenar, conforme a prudencia, los bienes de las instituciones pías (Raccolta, p. 559). El decreto No. 121, como era de preverse, tornó álgidas las tensiones ya existentes entre la Iglesia y la revolución liberal de 1895 que se había propuesto trastocar la índole y la fisonomía histórica del país. El 15 de febrero de 1936, los señores Arzobispo de Quito y Obispos de Riobamba y Cuenca, dirigieron al Señor Encargado del mando supremo un manifiesto en el que exponían la condición de la Iglesia de sociedad perfecta, persona de iure, derivada de su misma naturaleza, superior por el número de sus miembros, por su organización cabal y jerárquica, por la riqueza de sus medios espirituales, al más poderoso de los Estados; por lo tanto “En derecho y en ciencia social la Iglesia Católica reúne las condiciones necesarias para ser reconocida como persona jurídica y como persona soberana, puesto que es independiente de otro poder. Es esta una verdad objetiva que no puede ser negada por el Estado.” (Luis Le Fur, profesor de la Universidad de París). La exposición del Emmo. Señor Arzobispo y Excmos. Señores Obispos concluía: La Iglesia y el Estado son dos sociedades diferentes y en su orden soberanas: soberanos e independientes de todo poder humano son los derechos con que plugo a su divino Fundador enriquecer a la Iglesia: soberano el derecho de enseñar la verdad a toda criatura, soberano el derecho de velar por la integridad de la fe y pureza de costumbres; soberano el derecho de administrar los Sacramentos y de ordenar el culto divino; soberano el derecho de proveer a la dignidad, al orden, al reclutamiento, a la perpetuidad de su jerarquía, soberano el derecho de poseer y tener un patrimonio, condición esencial de su independencia y fuente perenne de sus obras; todos estos derechos se los ha conferido Cristo en persona sin acudir para nada a los poderes de la tierra y solo apelando a su omnipotencia soberana: “todo poder se me ha dado en los cielos y en la tierra, id y enseñad a toda criatura.

El Señor Encargado del Mando Supremo con fecha 17 de febrero contestó que el gobierno no abrigaba sentimiento de hostilidad algu440

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na contra la Iglesia Católica ni contra Iglesia alguna; pero insistió en que las instituciones dependientes de aquella, por no haber cumplido con los requisitos legales, carecen de personalidad, aunque están en situación de adquirirla cuando a bien tuvieren y añadía: “Lo que sí no puedo dejar pasar sin protesta, es la doctrina sentada por su Señorías Ilustrísimas, de que la Iglesia Católica es soberana. La Iglesia, cualquier Iglesia, en lo que se refiere a todos los asuntos de carácter temporal está subordinada al poder civil. No hay Estado en el mundo que pueda concebir, menos tolerar la existencia de otro Poder soberano dentro del mismo Estado. El Estado Ecuatoriano es soberano y el único soberano dentro de su jurisdicción territorial…” El Doctor Julio Tobar Donoso acotaba a la afirmación del Señor Encargado del Mando Supremo, que adolecía de desconocimiento de la verdadera naturaleza de la soberanía: y olvido de la doble jurisdicción de la Iglesia. El Señor Encargado partía del viejo concepto rousseauniano o liberal de la soberanía identificado y confundido con la expresión de voluntad de la masa, concepto según el cual ésta, tenía que ser necesariamente uno, indivisible e inalienable y, por ende en un mismo territorio no cabía sino un soberano, sin considerar que la noción de soberanía ha cambiado sustancialmente: es solo la facultad de decidir en última instancia y sin ulterior recurso; y tanto la Iglesia como el Estado poseen ese poder decisorio dentro de órbita privativa. (cf. La Legislación Liberal y la Iglesia Católica en el Ecuador, por Julio Tobar Donoso, p. 415 y 416) Si cada sociedad perfecta se mantiene en su ámbito, la coexistencia de soberanía dentro de un mismo territorio es fácil y llana. Si por el contrario una de las dos interviene en la jurisdicción de la otra la concordia se vuelve imposible. Nadie discute al Estado plena soberanía en las cosas simplemente temporales; así como nadie puede desconocer a la Iglesia jurisdicción plena sobre las cosas sobrenaturales y espirituales. La situación de relaciones de la Iglesia con el Estado ecuatoriano se había tornado tan grave que fue necesario iniciar negociaciones eficaces en orden a conseguir un avenimiento que salvando los sagrados intereses de la Iglesia, permitiera al Poder civil salir decorosamente del callejón tortuoso en que se había introducido. Llegar al reconocimiento de las personas eclesiásticas y garantizar su actividad jurídica. Y fue aquí en la solución de este intrincado problema de dere441

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cho internacional y de relaciones de Iglesia y Estado donde hubo de descollar la sapiencia jurídica de dos hombres destacados en la Fe y en el amor a la Patria: el Canciller de la República, Don Carlos Manuel Larrea y el Doctor Julio Tobar Donoso, quienes tras arduos, sapientes y delicados esfuerzos de orden jurídico y diplomático lograron la suscripción del convenio del Modus Vivendi entre el Excmo. Legado Apostólico, Mons. Fernando Cento y el Canciller Don Carlos Manuel Larrea, en representación del Estado ecuatoriano. Convenio que finalmente resolviera de manera definitiva las relaciones de la Iglesia en el Ecuador, con el Estado, rotas y mantenidas en tenaz guerra y persecución religiosa por 42 años. El historiador: No es posible cerrar esta mal pergeñada semblanza sin hacer referencia somera a la evidentemente acusada connotación de Historiador que aureolara la prestante personalidad del cofundador y ex director de la Academia Nacional de Historia, Don Carlos Manuel Larrea. “La Historia no se improvisa, escribió en 1961, en su estudio, sin duda de los más autorizados que se han escrito acerca de uno de los últimos Presidentes de la Real Audiencia de Quito, Don Dionisio de Alsedo y Herrera, personaje que evidentemente contribuyó a hacer conciencia de nacionalidad y a preparar la independencia americana y particularmente de la Audiencia de Quito. “Para la exposición fiel y ordenada de los hechos verdaderos y memorables que han influido en los destinos de un pueblo, es preciso no solo recopilar documentos, investigar la concatenación de los sucesos, el desenvolvimiento de los mismos, los antecedentes y consecuencias de cada hecho notable; es necesario, además, el medio en el que se han desarrollado los acontecimientos y conocer moralmente a los principales actores que han jugado importante papel en el drama histórico de la nación y cuyas vidas forman parte de la vida misma del Estado.” Este proceso de acuciosa investigación, de rigor científico, estrictamente crítico y valorativo de los acontecimientos y personajes destinados a jugar importante papel en el drama histórico de los pueblos, es lo que no ha podido menos de constatarse en la nutrida obra histórica del ex Director de la Academia Nacional de Historia, Don Carlos Manuel Larrea. Junto a la personalidad y ejecutorias de Don Dionisio de Alsedo y Herrera se destaca, bajo su sapiente pluma, la figura señera del “Baron de Carondelet, XXIX Presidente de la Real Audiencia de Quito,
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el reconstructor de la ciudad de Riobamba destruida por el terremoto de 1797 y de la Catedral de Quito que sufriera también graves daños a efectos del mismo nefasto suceso. Su aquilatada responsabilidad de funcionario lo mismo que le hacía escribir: “digo que conviene para que Dios y el Rey estén bien servidos cumplir cada uno con su conciencia y obligación”… le impelía a atender con solicitud a las emergencias públicas y de previsión social, a promover las obras públicas y la seguridad para Quito, interesándose por el camino a la costa por Malbucho y a Guayaquil, fomentando la agricultura y la minería, velando por la instrucción pública, que por entonces sufriera no pequeño decaimiento. “El Presidente Carondelet, anota Don Carlos Manuel Larrea, dándose tiempo en medio de sus múltiples y variadas atenciones trató de conocer a fondo el estado de la enseñanza en las escuelas; en las que había mucha deficiencia”… Quiso sobre todo darse cuenta de la marcha de la Universidad y pidió informes, estudió antecedentes de la vida universitaria, de los estatutos vigentes y solicitó sugerencias para su perfeccionamiento. El ilustrísimo Señor Obispo Mons. José Cuero y Caicedo cooperaba con los afanes del Presidente de la Audiencia por impulsar la educación pública. Entre los más notables catedráticos de la Universidad reorganizada por el Presidente Carondelet figuraban los doctores Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez Quiroga, Juan Pablo de Arenas, profesores de Derecho que en 1808 se dieron cita en la Hacienda del Marqués de Selva Alegre, Don Juan Pío Montúfar y Larrea, donde se planteó la emancipación de Quito, y quienes un año más tarde fueron miembros de la Junta Soberana que el 10 de Agosto de 1809 proclamó efectivamente la independencia. “Los graves acontecimientos que se desarrollaban en España, escribe Don Carlos Manuel Larrea, las intrigas cortesanas, las guerras internacionales a las que había sido arrastrada la nación, en parte por desacertados pasos de su gobierno y también por la conmoción reinante en toda Europa, obligaron al gobiern