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ENCUENTRO CON LOS SEMINARISTAS, LOS NOVICIOS Y LAS NOVICIAS

PALABRAS DEL SANTO PADRE FRANCISCO


Sala Pablo VI
Sábado 6 de  julio de 2013

¡Buenas tardes!

Le preguntaba a monseñor Fisichella si entendéis el italiano, y me ha dicho que todos tenéis la


traducción… Estoy algo más tranquilo.

Le agradezco a monseñor Fisichella sus palabras y le agradezco también su trabajo: ha trabajado


mucho para hacer no sólo esto sino todo lo que ha hecho y hará en el Año de la fe. ¡Muchas
gracias! Pero monseñor Fisichella ha dicho una palabra, y yo no sé si es verdad, pero la retomo:
ha dicho que todos vosotros tenéis ganas de dar vuestra vida para siempre a Cristo. Ahora
aplaudís, festejáis, porque es tiempo de bodas… Pero cuando se termina la luna de miel, ¿qué
sucede? He oído a un seminarista, un buen seminarista, que decía que quería servir a Cristo,
pero durante diez años, y luego pensará en comenzar otra vida… ¡Esto es peligroso! Pero oíd
bien: todos nosotros, también nosotros los más ancianos, también nosotros, estamos bajo la
presión de esta cultura de lo provisional; y esto es peligroso, porque uno no se juega la vida una
vez para siempre. Me caso hasta que dure el amor; me hago monja, pero por un «tiempito»…,
«un poco de tiempo», y después veré; me hago seminarista para hacerme sacerdote, pero no sé
cómo terminará la historia. ¡Esto no va con Jesús! No os reprocho a vosotros, reprocho esta
cultura de lo provisional, que nos golpea a todos, porque no nos hace bien, porque una elección
definitiva hoy es muy difícil. En mis tiempos era más fácil, porque la cultura favorecía una
elección definitiva, sea para la vida matrimonial, sea para la vida consagrada o la vida sacerdotal.
Pero en esta época no es fácil una elección definitiva. Somos víctimas de esta cultura de lo
provisional. Querría que pensarais en esto: ¿cómo puedo liberarme de esta cultura de lo
provisional? Debemos aprender a cerrar la puerta de nuestra celda interior, desde dentro. Una
vez un sacerdote, un buen sacerdote, que no se sentía un buen sacerdote porque era humilde,
se sentía pecador y rezaba mucho a la Virgen, y le decía esto a la Virgen —lo diré en español
porque era una bella poesía—. Le decía a la Virgen que jamás, jamás se alejaría de Jesús, y
decía: «Esta tarde, Señora, la promesa es sincera. Por las dudas, no olvide dejar la llave afuera».
Pero esto se dice pensando siempre en el amor a la Virgen, se lo dice a la Virgen. Pero cuando
uno deja siempre la llave afuera, por lo que podría suceder… No está bien. ¡Debemos aprender a
cerrar la puerta por dentro! Y si no estoy segura, si no estoy seguro, pienso, me tomo mi tiempo,
y cuando me siento seguro, en Jesús, se entiende, porque sin Jesús nadie está seguro, cuando
me siento seguro, cierro la puerta. ¿Habéis comprendido esto? ¿Qué es la cultura de lo
provisional?

Cuando he entrado, he visto lo que había escrito. Quería deciros una palabra, y la palabra era
alegría. Siempre, donde están los consagrados, los seminaristas, las religiosas y los religiosos, los
jóvenes, hay alegría, siempre hay alegría. Es la alegría de la lozanía, es la alegría de seguir a
Cristo; la alegría que nos da el Espíritu Santo, no la alegría del mundo. ¡Hay alegría! Pero,
¿dónde nace la alegría? Nace… Pero, ¿el sábado por la noche volveré a casa e iré a bailar con
mis antiguos compañeros? ¿De esto nace la alegría? ¿De un seminarista, por ejemplo? ¿No? ¿O
sí?

Algunos dirán: la alegría nace de las cosas que se tienen, y entonces he aquí la búsqueda del
último modelo de smartphone, el scooter más veloz, el coche que llama la atención… Pero yo os
digo, en verdad, que a mí me hace mal cuando veo a un sacerdote o a una religiosa en un auto
último modelo: ¡no se puede! ¡No se puede! Pensáis esto: pero entonces, Padre, ¿debemos ir en
bicicleta? ¡Es buena la bicicleta! Monseñor Alfred va en bicicleta: él va en bicicleta. Creo que el
auto es necesario cuando hay mucho trabajo y para trasladarse… ¡pero usad uno más humilde! Y
si te gusta el más bueno, ¡piensa en cuántos niños se mueren de hambre! Solamente esto. La
alegría no nace, no viene de las cosas que se tienen. Otros dicen que viene de las experiencias
más extremas, para sentir la emoción de las sensaciones más fuertes: a la juventud le gusta
caminar en el borde del precipicio, ¡le gusta de verdad! Otros, incluso, del vestido más a la
moda, de la diversión en los locales más en boga, pero con esto no digo que la religiosas vayan a
esos lugares, lo digo de los jóvenes en general. Otros, incluso, del éxito con las muchachas o los
muchachos, quizás pasando de una a otra o de uno a otro. Esta es la inseguridad del amor, que
no es seguro: es el amor «a prueba». Y podríamos continuar… También vosotros os halláis en
contacto con esta realidad que no podéis ignorar.

Sabemos que todo esto puede satisfacer algún deseo, crear alguna emoción, pero al final es una
alegría que permanece en la superficie, no baja a lo íntimo, no es una alegría íntima: es la
euforia de un momento que no hace verdaderamente feliz. La alegría no es la euforia de un
momento: ¡es otra cosa!

La verdadera alegría no viene de las cosas, del tener, ¡no! Nace del encuentro, de la relación con
los demás, nace de sentirse aceptado, comprendido, amado, y de aceptar, comprender y amar; y
esto no por el interés de un momento, sino porque el otro, la otra, es una persona. La alegría
nace de la gratuidad de un encuentro. Es escuchar: «Tú eres importante para mí», no
necesariamente con palabras. Esto es hermoso… Y es precisamente esto lo que Dios nos hace
comprender. Al llamaros, Dios os dice: «Tú eres importante para mí, te quiero, cuento contigo».
Jesús, a cada uno de nosotros, nos dice esto. De ahí nace la alegría. La alegría del momento en
que Jesús me ha mirado. Comprender y sentir esto es el secreto de nuestra alegría. Sentirse
amado por Dios, sentir que para él no somos números, sino personas; y sentir que es él quien
nos llama. Convertirse en sacerdote, en religioso o religiosa no es ante todo una elección
nuestra. No me fío del seminarista o de la novicia que dice: «He elegido este camino». ¡No me
gusta esto! No está bien. Más bien es la respuesta a una llamada y a una llamada de amor.
Siento algo dentro que me inquieta, y yo respondo sí. En la oración, el Señor nos hace sentir este
amor, pero también a través de numerosos signos que podemos leer en nuestra vida, a través de
numerosas personas que pone en nuestro camino. Y la alegría del encuentro con él y de su
llamada lleva a no cerrarse, sino a abrirse; lleva al servicio en la Iglesia. Santo Tomás
decía bonum est diffusivum sui —no es un latín muy difícil—, el bien se difunde. Y también la
alegría se difunde. No tengáis miedo de mostrar la alegría de haber respondido a la llamada del
Señor, a su elección de amor, y de testimoniar su Evangelio en el servicio a la Iglesia. Y la
alegría, la verdad, es contagiosa; contagia… hace ir adelante. En cambio, cuando te encuentras
con un seminarista muy serio, muy triste, o con una novicia así, piensas: ¡hay algo aquí que no
está bien! Falta la alegría del Señor, la alegría que te lleva al servicio, la alegría del encuentro
con Jesús, que te lleva al encuentro con los otros para anunciar a Jesús. ¡Falta esto! No hay
santidad en la tristeza, ¡no hay! Santa Teresa —hay tantos españoles aquí que la conocen bien—
decía: «Un santo triste es un triste santo». Es poca cosa… Cuando te encuentras con un
seminarista, un sacerdote, una religiosa, una novicia con cara larga, triste, que parece que sobre
su vida han arrojado una manta muy mojada, una de esas pesadas… que te tira al suelo… ¡Algo
está mal! Pero por favor: ¡nunca más religiosas y sacerdotes con «cara avinagrada», ¡nunca más!
La alegría que viene de Jesús. Pensad en esto: cuando a un sacerdote —digo sacerdote, pero
también un seminarista—, cuando a un sacerdote, a una religiosa, le falta la alegría, es triste;
podéis pensar: «Pero es un problema psiquiátrico». No, es verdad: puede ser, puede ser, esto sí.
Sucede: algunos, pobres, enferman… Puede ser. Pero, en general, no es un problema
psiquiátrico. ¿Es un problema de insatisfacción? Sí. Pero, ¿dónde está el centro de esta falta de
alegría? Es un problema de celibato. Os lo explico. Vosotros, seminaristas, religiosas, consagráis
vuestro amor a Jesús, un amor grande; el corazón es para Jesús, y esto nos lleva a hacer el voto
de castidad, el voto de celibato. Pero el voto de castidad y el voto de celibato no terminan en el
momento del voto, van adelante… Un camino que madura, madura, madura hacia la paternidad
pastoral, hacia la maternidad pastoral, y cuando un sacerdote no es padre de su comunidad,
cuando una religiosa no es madre de todos aquellos con los que trabaja, se vuelve triste. Este es
el problema. Por eso os digo: la raíz de la tristeza en la vida pastoral está precisamente en la
falta de paternidad y maternidad, que viene de vivir mal esta consagración, que, en cambio, nos
debe llevar a la fecundidad. No se puede pensar en un sacerdote o en una religiosa que no sean
fecundos: ¡esto no es católico! ¡Esto no es católico! Esta es la belleza de la consagración: es la
alegría, la alegría…

No quisiera hacer avergonzar a esta santa religiosa [ se dirige a una religiosa anciana en la
primera fila], que estaba delante de la valla, pobrecita, y estaba propiamente sofocada, pero
tenía una cara feliz. Me ha hecho bien mirar su cara, hermana. Quizás usted tenga muchos años
de vida consagrada, pero usted tiene ojos hermosos, usted sonreía, usted no se quejaba de esta
presión… Cuando encontráis ejemplos como este, muchos, muchas religiosas, muchos sacerdotes
que son felices, es porque son fecundos, dan vida, vida, vida… Esta vida la dan porque la
encuentran en Jesús. En la alegría de Jesús. Alegría, ninguna tristeza, fecundidad pastoral.

Para ser testigos felices del Evangelio es necesario ser auténticos, coherentes. Y esta es otra
palabra que quiero deciros: autenticidad. Jesús reprendía mucho a los hipócritas: hipócritas, los
que piensan por debajo, los que tienen —para decirlo claramente— dos caras. Hablar de
autenticidad a los jóvenes no cuesta, porque los jóvenes —todos— tienen este deseo de ser
auténticos, de ser coherentes. Y a todos vosotros os fastidia encontraros con sacerdotes o
religiosas que no son auténticos.

Esta es una responsabilidad, ante todo, de los adultos, de los formadores. Es vuestra,
formadores, que estáis aquí: dar un ejemplo de coherencia a los más jóvenes. ¿Queremos
jóvenes coherentes? ¡Seamos nosotros coherentes! De lo contrario, el Señor nos dirá lo que
decía de los fariseos al pueblo de Dios: «Haced lo que digan, pero no lo que hacen». Coherencia
y autenticidad.

Pero también vosotros, por vuestra parte, tratad de seguir este camino. Digo siempre lo que
afirmaba san Francisco de Asís: Cristo nos ha enviado a anunciar el Evangelio también con la
palabra. La frase es así: «Anunciad el Evangelio siempre. Y, si fuera necesario, con las palabras».
¿Qué quiere decir esto? Anunciar el Evangelio con la autenticidad de vida, con la coherencia de
vida. Pero en este mundo en el que las riquezas hacen tanto mal, es necesario que nosotros,
sacerdotes, religiosas, todos nosotros, seamos coherentes con nuestra pobreza. Pero cuando te
das cuenta de que el interés prioritario de una institución educativa o parroquial, o cualquier
otra, es el dinero, esto no hace bien. ¡Esto no hace bien! Es una incoherencia. Debemos ser
coherentes, auténticos. Por este camino hacemos lo que dice san Francisco: predicamos el
Evangelio con el ejemplo, después con las palabras. Pero, antes que nada, es en nuestra vida
donde los otros deben leer el Evangelio. También aquí sin temor, con nuestros defectos que
tratamos de corregir, con nuestros límites que el Señor conoce, pero también con nuestra
generosidad al dejar que él actúe en nosotros. Los defectos, los límites y —añado algo más— los
pecados… Querría saber una cosa: aquí, en el aula, ¿hay alguien que no es pecador? ¡Alce la
mano! ¡Alce la mano! Nadie. Nadie. Desde aquí hasta el fondo… ¡todos! Pero, ¿cómo llevo mi
pecado, mis pecados? Quiero aconsejaros esto: sed transparentes con el confesor. Siempre.
Decid todo, no tengáis miedo. «Padre, he pecado». Pensad en la samaritana, que para tratar de
decir a sus conciudadanos que había encontrado al Mesías, dijo: «Me ha dicho todo lo que hice»,
y todos conocían la vida de esa mujer. Decir siempre la verdad al confesor. Esta transparencia
nos hará bien, porque nos hace humildes, a todos. «Pero padre, he persistido en esto, he hecho
esto, he odiado»…, cualquier cosa. Decir la verdad, sin esconder, sin medias palabras, porque
estás hablando con Jesús en la persona del confesor. Y Jesús sabe la verdad. Solamente Él te
perdona siempre. Pero el Señor quiere solamente que tú le digas lo que Él ya sabe.
¡Transparencia! Es triste cuando uno se encuentra con un seminarista, con una religiosa, que hoy
se confiesa con éste para limpiar la mancha; y mañana con otro, con otro y con otro:
una peregrinatio a los confesores para esconder su verdad. ¡Transparencia! Es Jesús quien te
está escuchando. Tened siempre esta transparencia ante Jesús en el confesor. Pero ésta es una
gracia. Padre, he pecado, he hecho esto, esto y esto… letra por letra. Y el Señor te abraza, te
besa. Ve, y ya no peques. ¿Y si vuelves? Otra vez. Lo digo por experiencia. Me he encontrado
con muchas personas consagradas que caen en esta trampa hipócrita de la falta de
transparencia. «He hecho esto», con humildad. Como el publicano, que estaba en el fondo del
templo: «He hecho esto, he hecho esto…». Y el Señor te tapa la boca: es Él quien te la tapa.
Pero no lo hagas tú. ¿Habéis comprendido? Del propio pecado, sobreabunda la gracia. Abrid la
puerta a la gracia, con esta transparencia.

Los santos y los maestros de la vida espiritual nos dicen que para ayudar a hacer crecer la
autenticidad en nuestra vida es muy útil, más aún, es indispensable, la práctica diaria del examen
de conciencia. ¿Qué sucede en mi alma? Así, abierto, con el Señor y después con el confesor,
con el padre espiritual. Es muy importante esto.

¿Hasta qué hora, monseñor Fisichella, tenemos tiempo?

[Monseñor Fisichella: si usted habla así, estaremos aquí hasta mañana, absolutamente ]

Pero él dice hasta mañana… Que os traiga un sándwich y una Coca Cola a cada uno, si es hasta
mañana, por lo menos…

La coherencia es fundamental, para que nuestro testimonio sea creíble. Pero no basta; también
se necesita preparación cultural, preparación intelectual, lo remarco, para dar razón de la fe y de
la esperanza. El contexto en el que vivimos pide continuamente este «dar razón», y es algo
bueno, porque nos ayuda a no dar nada por descontado. Hoy no podemos dar nada por
descontado. Esta civilización, esta cultura… no podemos. Pero, ciertamente, es también arduo,
requiere buena formación, equilibrada, que una todas las dimensiones de la vida, la humana, la
espiritual, la dimensión intelectual con la pastoral. En la formación vuestra hay cuatro pilares
fundamentales: formación espiritual, o sea, la vida espiritual; la vida intelectual, este estudiar
para «dar razón»; la vida apostólica, comenzar a ir a anunciar el Evangelio; y, cuarto, la vida
comunitaria. Cuatro. Y para esta última es necesario que la formación se realice en la
comunidad, en el noviciado, en el priorato, en los seminarios… Pienso siempre esto: es mejor el
peor seminario que ningún seminario. ¿Por qué? Porque es necesaria esta vida comunitaria.
Recordad los cuatro pilares: vida espiritual, vida intelectual, vida apostólica y vida comunitaria.
Estos cuatro. En estos cuatro debéis edificar vuestra vocación.

Y querría destacar la importancia, en esta vida comunitaria, de las relaciones de amistad y de


fraternidad, que son parte integrante de esta formación. Llegamos a otro problema. ¿Por qué
digo esto: relaciones de amistad y de fraternidad? Muchas veces me he encontrado con
comunidades, con seminaristas, con religiosos, o con comunidades diocesanas donde las
jaculatorias más comunes son las murmuraciones. ¡Es terrible! Se despellejan unos a otros… Y
este es nuestro mundo clerical, religioso… Disculpadme, pero es común: celos, envidias, hablar
mal del otro. No sólo hablar mal de los superiores, ¡esto es clásico! Pero quiero deciros que es
muy común, muy común. También yo caí en esto. Muchas veces lo hice. Y me avergüenzo. Me
avergüenzo de esto. No está bien hacerlo: ir a murmurar. «Has oído… Has oído…». Pero es un
infierno esa comunidad. Esto no está bien. Y por eso es importante la relación de amistad y de
fraternidad. Los amigos son pocos. La Biblia dice esto: los amigos, uno, dos… Pero la fraternidad,
entre todos. Si tengo algo con una hermana o con un hermano, se lo digo en la cara, o se lo digo
a aquel o a aquella que puede ayudar, pero no lo digo a otros para «ensuciarlo». Y las
murmuraciones son terribles. Detrás de las murmuraciones, debajo de las murmuraciones hay
envidias, celos, ambiciones. Pensad en esto. Una vez oí hablar de una persona que, después de
los ejercicios espirituales, una persona consagrada, una religiosa… ¡Esto es bueno! Esta religiosa
había prometido al Señor no hablar nunca mal de otra religiosa. Este es un hermoso, un hermoso
camino a la santidad. No hablar mal de los otros. «Pero padre, hay problemas…». Díselos al
superior, díselos a la superiora, díselos al obispo, que puede remediar. No se los digas a quien no
puede ayudar. Esto es importante: ¡fraternidad! Pero dime, ¿hablarías mal de tu mamá, de tu
papá, de tus hermanos? Jamás. ¿Y por qué lo haces en la vida consagrada, en el seminario, en la
vida presbiteral? Solamente esto: pensad, pensad. ¡Fraternidad! Este amor fraterno.

Pero hay dos extremos; en este aspecto de la amistad y de la fraternidad, hay dos extremos:
tanto el aislamiento como la disipación. Una amistad y una fraternidad que me ayuden a no caer
ni en el aislamiento ni en la disipación. Cultivad las amistades, son un bien precioso; pero deben
educaros no en la cerrazón, sino en la salida de vosotros mismos. Un sacerdote, un religioso, una
religiosa jamás pueden ser una isla, sino una persona siempre dispuesta al encuentro. Las
amistades, además, se enriquecen con los diversos carismas de vuestras familias religiosas. Es
una gran riqueza. Pensemos en las hermosas amistades de muchos santos.

Creo que debo cortar un poco, porque vuestra paciencia es grande.

[Seminaristas: «¡Noooo!»]

Querría deciros: salid de vosotros mismos para anunciar el Evangelio, pero, para hacerlo, debéis
salir de vosotros mismos para encontrar a Jesús. Hay dos salidas: una hacia el encuentro con
Jesús, hacia la trascendencia; la otra, hacia los demás para anunciar a Jesús. Estas dos van
juntas. Si haces solamente una, no está bien. Pienso en la madre Teresa de Calcuta. Era audaz
esta religiosa… No tenía miedo a nada, iba por las calles… Pero esta mujer tampoco tenía miedo
de arrodillarse, dos horas, ante el Señor. No tengáis miedo de salir de vosotros mismos en la
oración y en la acción pastoral. Sed valientes para rezar y para ir a anunciar el Evangelio.

Querría una Iglesia misionera, no tan tranquila. Una hermosa Iglesia que va adelante. En estos
días han venido muchos misioneros y misioneras a la misa de la mañana, aquí, en Santa Marta, y
cuando me saludaban, me decían: «Pero yo soy una religiosa anciana; hace cuarenta años que
estoy en el Chad, que estoy acá, que estoy allá…». ¡Qué hermoso! Pero, ¿tú entiendes que esta
religiosa ha pasado estos años así, porque nunca ha dejado de encontrar a Jesús en la oración?
Salir de sí mismos hacia la trascendencia, hacia Jesús en la oración, hacia la trascendencia, hacia
los demás en el apostolado, en el trabajo. Dad una contribución para una Iglesia así, fiel al
camino que Jesús quiere. No aprendáis de nosotros, que ya no somos tan jóvenes; no aprendáis
de nosotros el deporte que nosotros, los viejos, tenemos a menudo: ¡el deporte de la queja! No
aprendáis de nosotros el culto de la «diosa queja». Es una diosa… siempre quejosa. Al contrario,
sed positivos, cultivad la vida espiritual y, al mismo tiempo, id, sed capaces de encontraros con
las personas, especialmente con las más despreciadas y desfavorecidas. No tengáis miedo de
salir e ir contra la corriente. Sed contemplativos y misioneros. Tened siempre a la Virgen con
vosotros en vuestra casa, como la tenía el apóstol Juan. Que ella siempre os acompañe y proteja.
Y rezad también por mí, porque también yo necesito oraciones, porque soy un pobre pecador,
pero vamos adelante.

Muchas gracias, no veremos de nuevo mañana. Y adelante, con alegría, con coherencia, siempre
con la valentía de decir la verdad, la valentía de salir de sí mismo para encontrar a Jesús en la
oración y salir de sí mismo para encontrar a los otros y darles el Evangelio. Con fecundidad
pastoral. Por favor, nos seáis «solteras» y «solteros». ¡Adelante!

Ahora, decía monseñor Fisichella, que ayer rezasteis el Credo, cada uno en su propia lengua.
Pero somos todos hermanos, tenemos un mismo Padre. Ahora, cada uno en su propia lengua,
rece el Padrenuestro. Recemos el Padrenuestro.
Y también tenemos una Madre. En nuestra propia lengua, recemos el Avemaría.

PEREGRINACIÓN A TIERRA SANTA CON OCASIÓN DEL 50 ANIVERSARIO  


DEL ENCUENTRO EN JERUSALÉN ENTRE EL PAPA PABLO VI Y EL PATRIARCA
ATENÁGORAS
(24-26 DE MAYO DE 2014)

ENCUENTRO CON SACERDOTES, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS Y SEMINARISTAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO


Iglesia de Getsemaní, Jerusalén
Lunes 26 de mayo de 2014

“Salió… al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos” ( Lc 22,39).

Cuando llegó la hora señalada por Dios para salvar a la humanidad de la esclavitud del pecado,
Jesús se retiró aquí, a Getsemaní, a los pies del monte de los Olivos. Nos encontramos en este
lugar santo, santificado por la oración de Jesús, por su angustia, por su sudor de sangre;
santificado sobre todo por su “sí” a la voluntad de amor del Padre. Sentimos casi temor de
acercarnos a los sentimientos que Jesús experimentó en aquella hora; entramos de puntillas en
aquel espacio interior donde se decidió el drama del mundo.

En aquella hora, Jesús sintió la necesidad de rezar y de tener junto a sí a sus discípulos, a sus
amigos, que lo habían seguido y habían compartido más de cerca su misión. Pero aquí, en
Getsemaní, el seguimiento se hace difícil e incierto; se hace sentir la duda, el cansancio y el
terror. En el frenético desarrollo de la pasión de Jesús, los discípulos tomarán diversas actitudes
en relación a su Maestro: actitudes de acercamiento, de alejamiento, de incertidumbre.

Nos hará bien a todos nosotros, obispos, sacerdotes, personas consagradas, seminaristas,
preguntarnos en este lugar: ¿quién soy yo ante mi Señor que sufre?

¿Soy de los que, invitados por Jesús a velar con él, se duermen y, en lugar de rezar, tratan de
evadirse cerrando los ojos a la realidad?

¿O me identifico con aquellos que huyeron por miedo, abandonando al Maestro en la hora más
trágica de su vida terrena?

¿Descubro en mí la doblez, la falsedad de aquel que lo vendió por treinta monedas, que,
habiendo sido llamado amigo, traicionó a Jesús?

¿Me identifico con los que fueron débiles y lo negaron, como Pedro? Poco antes, había prometido
a Jesús que lo seguiría hasta la muerte (cf. Lc 22,33); después, acorralado y presa del pánico,
jura que no lo conoce.

¿Me parezco a aquellos que ya estaban organizando su vida sin Él, como los dos discípulos de
Emaús, necios y torpes de corazón para creer en las palabras de los profetas (cf. Lc 24,25)?

O bien, gracias a Dios, ¿me encuentro entre aquellos que fueron fieles hasta el final, como la
Virgen María y el apóstol Juan? Cuando sobre el Gólgota todo se hace oscuridad y toda
esperanza parece apagarse, sólo el amor es más fuerte que la muerte. El amor de la Madre y del
discípulo amado los lleva a permanecer a los pies de la cruz, para compartir hasta el final el dolor
de Jesús.

¿Me identifico con aquellos que han imitado a su Maestro hasta el martirio, dando testimonio de
hasta qué punto Él lo era todo para ellos, la fuerza incomparable de su misión y el horizonte
último de su vida?

La amistad de Jesús con nosotros, su fidelidad y su misericordia son el don inestimable que nos
anima a continuar con confianza en el seguimiento a pesar de nuestras caídas, nuestros errores,
incluso nuestras traiciones.

Pero esta bondad del Señor no nos exime de la vigilancia frente al tentador, al pecado, al mal y a
la traición que pueden atravesar también la vida sacerdotal y religiosa. Todos estamos expuestos
al pecado, al mal, a la traición. Advertimos la desproporción entre la grandeza de la llamada de
Jesús y nuestra pequeñez, entre la sublimidad de la misión y nuestra fragilidad humana. Pero el
Señor, en su gran bondad y en su infinita misericordia, nos toma siempre de la mano, para que
no perezcamos en el mar de la aflicción. Él está siempre a nuestro lado, no nos deja nunca solos.
Por tanto, no nos dejemos vencer por el miedo y la desesperanza, sino que con entusiasmo y
confianza vayamos adelante en nuestro camino y en nuestra misión.

Ustedes, queridos hermanos y hermanas, están llamados a seguir al Señor con alegría en esta
Tierra bendita. Es un don y también es una responsabilidad. Su presencia aquí es muy
importante; toda la Iglesia se lo agradece y los apoya con la oración. Desde este lugar santo,
deseo dirigir un afectuoso saludo a todos los cristianos de Jerusalén: quisiera asegurarles que los
recuerdo con afecto y que rezo por ellos, conociendo bien la dificultad de su vida en la ciudad.
Los animo a ser testigos valientes de la pasión del Señor, pero también de su Resurrección, con
alegría y esperanza.

Imitemos a la Virgen María y a san Juan, y permanezcamos junto a las muchas cruces en las que
Jesús está todavía crucificado. Éste es el camino en el que el Redentor nos llama a seguirlo. ¡No
hay otro, es éste!

“El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí estará mi servidor” ( Jn 12,26).

 
DIÁLOGO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CON LOS ESTUDIANTES DE LOS COLEGIOS PONTIFICIOS 
Y RESIDENCIAS SACERDOTALES DE ROMA
Aula Pablo VI
Lunes 12 de mayo de 2014

Buenos días, y os agradezco mucho esta presencia. Doy las gracias al cardenal Stella por sus
palabras, y pido disculpas por el retraso. Sí, porque están los obispos mexicanos en visita  ad
limina... y cuando uno está con los mexicanos, se está muy bien, tan bien, que el tiempo pasa y
uno no se da cuenta.

A los 146 de vosotros que sois de los países de Oriente Medio, también algunos de vosotros de
Ucrania, quiero deciros que os estoy muy cercano en este momento de sufrimiento: de verdad,
muy cercano, y en la oración. En la Iglesia se sufre mucho; la Iglesia sufre mucho, y la Iglesia
que sufre es también la Iglesia perseguida en algunas partes, y os estoy cercano. Gracias. Y
ahora quisiera que... había preguntas, yo las he visto, pero si queréis cambiarlas o hacerlas un
poco más espontáneas, no hay problema, con toda libertad.

Buenos días Santo Padre. Me llamo Daniel, vengo de los Estados Unidos, soy diácono y soy del
Colegio Norteamericano. Nosotros venimos a Roma sobre todo para una formación académica y
para respetar este compromiso. ¿Cómo hacer para no descuidar una formación sacerdotal
integral, tanto a nivel personal como comunitario? Gracias.

Gracias por la pregunta. Es verdad: vuestro objetivo principal, aquí, es la formación académica:
graduarse en esto, en aquello... Pero existe el peligro del academicismo. Sí, los obispos os envían
aquí para que tengáis un grado académico, pero también para regresar a la diócesis; y en la
diócesis debéis trabajar en el presbiterio, como presbíteros, presbíteros con  doctorado. Y si uno
cae en este peligro del academicismo, regresa no el padre, sino el «doctor». Y esto es peligroso.
Hay cuatro pilares en la formación sacerdotal: esto lo he dicho muchas veces, quizás vosotros lo
habéis escuchado. Cuatro pilares: la formación espiritual, la formación académica, la formación
comunitaria y la formación apostólica. Es verdad que aquí, en Roma, se enfatiza —porque para
esto fuisteis enviados— la formación intelectual; pero los otros pilares se deben cultivar, y los
cuatro interactúan entre sí, y yo no entendería a un sacerdote que viene a hacer una
especialización aquí, a Roma, y que no tenga una vida comunitaria, esto no funciona; o que no
cuide la vida espiritual —la misa cotidiana, la oración cotidiana, la lectio divina, la oración
personal con el Señor— o la vida apostólica: el fin de semana hacer algo, cambiar un poco de
aire, pero también aire apostólico, hacer algo allí... Es verdad que el estudio es una dimensión
apostólica; pero es importante que también los otros tres pilares sean atendidos. El purismo
académico no hace bien, no hace bien. Y por esto me ha gustado tu pregunta, porque me ha
dado la oportunidad de deciros estas cosas. El Señor os ha llamado a ser sacerdotes, a ser
presbíteros: esta es la regla fundamental. Y hay otra cosa que quisiera subrayar: si sólo se ve la
parte académica, está el peligro de caer en las ideologías, y esto hace enfermar. Hace enfermar
también la concepción de Iglesia. Para comprender a la Iglesia es necesario entenderla por el
estudio pero también por la oración, la vida comunitaria y la vida apostólica. Cuando caemos en
una ideología, y vamos por ese camino, tendremos una hermenéutica no cristiana, una
hermenéutica de la Iglesia ideológica. Y esto hace mal, esta es una enfermedad. La
hermenéutica de la Iglesia debe ser la hermenéutica que la Iglesia misma nos ofrece, que la
Iglesia misma nos da. Comprender a la Iglesia con ojos de cristiano; entender a la Iglesia con
mente de cristiano; entender a la Iglesia con corazón de cristiano; entender a la Iglesia desde la
actividad cristiana. De lo contrario, la Iglesia no se entiende, o se entiende mal. Por esto es
importante destacar, sí, el trabajo académico porque para esto fuisteis enviados; pero no
descuidar los otros tres pilares: la vida espiritual, la vida comunitaria y la vida apostólica. No sé si
esto responde a tu pregunta... Gracias.

Buenos días, Santo Padre. Soy Tomás, de China. Soy un seminarista del Colegio Urbano. A
veces, vivir en comunidad no es fácil: ¿qué nos aconseja partiendo incluso de su experiencia,
para hacer de nuestra comunidad un lugar de crecimiento humano y espiritual y de ejercicio de
caridad sacerdotal?

Una vez, un viejo obispo de América Latina decía: «Es mucho mejor el peor seminario que el no-
seminario». Si uno se prepara al sacerdocio solo, sin comunidad, esto hace mal. La vida del
seminario, o sea, la vida comunitaria, es muy importante. Es muy importante porque existe la
fraternidad entre los hermanos, que caminan hacia el sacerdocio; pero también existen los
problemas, las luchas: luchas de poder, luchas de ideas, incluso luchas ocultas; y vienen los
vicios capitales: la envidia, los celos... Y vienen también las cosas buenas: las amistades, el
intercambio de ideas, y esto es lo importante de la vida comunitaria. La vida comunitaria no es el
paraíso, es el purgatorio al menos —no, no es eso... [ríen]— ¡pero no es el paraíso! Un santo de
los jesuitas decía que la mayor penitencia, para él, era la vida comunitaria. Es verdad, ¿no? Por
ello creo que debemos seguir adelante, en la vida comunitaria. Pero, ¿cómo? Hay cuatro o cinco
cosas que nos ayudarán mucho. Nunca, nunca hablar mal de los demás. Si tengo algo contra
otro, o que no estoy de acuerdo: ¡en la cara! Pero nosotros clérigos tenemos la tentación de no
hablar en la cara, de ser demasiados diplomáticos, ese lenguaje clerical... Pero, nos hace mal,
¡nos hace mal! Recuerdo una vez, hace 22 años: había sido apenas nombrado obispo, y tenía
como secretario en esa vicaría —Buenos Aires está dividida en cuatro vicarías—, en esa vicaría
tenía como secretario a un sacerdote joven, recién ordenado. Y yo, en los primeros meses, hice
algo, y tomé una decisión un poco diplomática —demasiado diplomática—, con las consecuencias
que vienen de esas decisiones que no se toman en el Señor, ¿no? Y al final, le dije: «Pero mira
qué problema este, no sé cómo arreglarlo...». Y él me miró en la cara —¡un joven!— y me dijo:
«Porque ha hecho mal. Usted no ha tomado una decisión paterna», y me dijo tres o cuatro cosas
de esas fuertes. Muy respetuoso, pero me las dijo. Y luego, cuando se marchó, pensé: «A este
no lo alejaré nunca del cargo de secretario: ¡este es un verdadero hermano!». En cambio, los
que te dicen las cosas bonitas delante y luego por detrás no tan bonitas... Esto es importante...
Las habladurías son la peste de una comunidad; se habla en la cara, siempre. Y si no tienes el
valor de hablar en la cara, habla al superior o al director, y él te ayudará. ¡Pero no ir por las
habitaciones de los compañeros a hablar mal! Se dice que criticar es cosa de mujeres, pero
también de hombres, incluso nuestra. ¡Nosotros criticamos bastante! Y esto destruye a la
comunidad. También, otra cosa es oír, escuchar las diversas opiniones y discutir las opiniones,
pero bien, buscando la verdad, buscando la unidad: esto ayuda a la comunidad: mi padre
espiritual una vez —yo era estudiante de filosofía, él era un filósofo, un metafísico, pero era un
buen padre espiritual—, fui a él y salió el problema de que estaba enfadado con uno: «Pero,
contra este, porque esto, esto, esto...»; le dije al padre espiritual todo lo que tenía dentro. Y él
me hizo sólo una pregunta: «Dime, ¿tú has orado por él?». Nada más. Y yo le dije: «No». Y él
permaneció callado. «Hemos terminado», me dijo. Rezar, rezar por todos los miembros de la
comunidad, pero rezar principalmente por esos con los que tengo problemas o por esos que no
quiero, porque no querer a una persona algunas veces es algo natural, instintivo. Rezar, y el
Señor hará lo demás, pero rezar siempre. La oración comunitaria. Estas dos cosas —no quisiera
hablar mucho—, pero os aseguro que si hacéis estas dos cosas, la comunidad va adelante, se
puede vivir bien, se puede discutir bien, se puede rezar bien juntos. Dos cosas pequeñas: no
hablar mal de los demás y rezar por aquellos con quienes tengo problemas. Puedo decir más,
pero creo que esto es suficiente.

Buenos días Santo Padre.

Buenos días.
Me llamo Charbel, soy un seminarista de Líbano y me estoy formando en el Colegio «Sedes
Sapientiae». Antes de hacerle la pregunta quiero agradecerle su cercanía a nuestro pueblo en
Líbano y a todo Oriente Medio. Mi pregunta es ésta: el año pasado, usted dejó su tierra y su
patria. ¿Qué nos recomienda para aprovechar mejor nuestra llegada y estancia en Roma?

Pero, es diferente... Vuestra llegada a Roma, respecto al traslado de la diócesis que me han
hecho a mí, es un poco diferente, pero está bien... Recuerdo la primera vez que dejé [mi tierra]
para venir a estudiar aquí... Primero está la novedad, es la novedad de las cosas, y debemos ser
pacientes con nosotros mismos. Los primeros tiempos es como un tiempo de noviazgo: todo es
hermoso, ah, las novedades, las cosas...; pero esto no se debe reprochar, ¡es así! A todos
sucede esto, a todos sucede que las cosas sean así. Y luego, volviendo a uno de los pilares, ante
todo la integración en la vida de comunidad y en la vida de estudio, directamente. Vine para
esto, a hacer esto. Y después, buscar un trabajo para el fin de semana, un trabajo apostólico, es
importante. No permanecer cerrados y no estar dispersos. Pero los primeros tiempos es el
período de las novedades: «Quisiera hacer esto, ir a ese museo, o esta película, o esto,
aquello...». Pero adelante, no os preocupéis, es normal que esto suceda. Pero luego, proceder
con determinación. ¿Qué vine a hacer? Estudiar. ¡Estudia en serio! Y aprovechar las muchas
oportunidades que nos da esta permanencia. La novedad de la universalidad: conocer gente de
tantos sitios diversos, de tantos países diversos, de tantas culturas diversas; la oportunidad del
diálogo entre vosotros: «Pero ¿cómo es esto en tu patria? Y, ¿cómo es aquello? Y en la mía
es...». Este intercambio hace mucho bien, mucho bien. Creo que sencillamente no diría más.
Pero no espantarse por esa alegría de las novedades: es la alegría del primer noviazgo, antes de
que comiencen los problemas. Y adelante. Después, actuar con determinación.

Buenos días, Santo Padre. Soy Daniel Ortiz, y soy mexicano. Aquí en Roma vivo en el colegio
«Maria Mater Ecclesiae». Su Santidad, en la fidelidad a nuestra vocación necesitamos un
constante discernimiento, vigilancia y disciplina personal. Usted ¿cómo hizo, cuando fue
seminarista, cuando fue sacerdote, cuando fue obispo y ahora que es Pontífice? ¿Y qué nos
aconseja al respecto? Gracias.

Gracias. Tú has dicho la palabra vigilancia. Esta es una actitud cristiana: la vigilancia. La


vigilancia sobre uno mismo: ¿qué ocurre en mi corazón? Porque donde está mi corazón está mi
tesoro. ¿Qué ocurre ahí? Dicen los padres orientales que se debe conocer bien si mi corazón está
turbado o si mi corazón está tranquilo. Primera pregunta: vigilancia de tu corazón: ¿está en
turbulencia? Si está en turbulencia, no se puede ver qué hay dentro. Como el mar, ¿no? No se
ven los peces cuando el mar está así... El primer consejo, cuando el corazón está en turbulencia,
es el consejo de los padres rusos: ir bajo el manto de la Santa Madre de Dios. Recordaos que la
primera antífona latina es precisamente esta: en los momentos de turbulencia, buscar refugio
bajo el manto de la Santa Madre de Dios. Es la antífona « Sub tuum praesidium confugimus,
Sancta Dei Genitrix»: es la primera antífona latina de la Virgen. Es curioso, ¿no? Vigilar. ¿Hay
turbulencia? Ante todo ir allí, y allí esperar a que haya un poco de calma: con la oración, con la
confianza en la Virgen... Alguno me dirá: «Pero, padre, en este tiempo de tanta modernidad
buena, de la psiquiatría, de la psicología, en estos momentos de turbulencia creo que sería mejor
ir al psiquiatra para que me ayude...». No descarto esto, pero ante todo ir a la Madre: porque un
sacerdote que se olvida de la Madre, y sobre todo en los momentos de turbulencia, le falta algo.
Es un sacerdote huérfano: ¡se ha olvidado de su mamá! Y en los momentos difíciles, es cuando
el niño va con la mamá, siempre. Y nosotros somos niños en la vida espiritual, ¡esto no olvidarlo
nunca! Vigilar cómo está mi corazón. Tiempo de turbulencia, ir a buscar refugio bajo el manto de
la Santa Madre de Dios. Así dicen los monjes rusos, y en verdad es así. Después, ¿qué hago?
Busco entender lo que sucede, pero siempre con paz. Entender con paz. Luego, vuelve la paz y
puedo hacer la discussio conscientiae. Cuando estoy en paz, no hay turbulencia: «¿Qué ocurrió
hoy en mi corazón?». Y esto es vigilar. Vigilar no es ir a la sala de tortura, ¡no! Es mirar el
corazón. Debemos ser dueños de nuestro corazón. ¿Qué siente mi corazón, qué busca? ¿Qué me
ha hecho feliz hoy y qué no me ha hecho feliz? No terminar la jornada sin hacer esto. Una
pregunta que yo hacía, como obispo, a los sacerdotes es: «Dime, ¿cómo vas a la cama?». Y ellos
no entendían. «¿Pero qué quiere decir?». «Sí, ¿cómo terminas la jornada?». «Oh, destruido,
padre, porque hay mucho trabajo, la parroquia, tanto... Luego ceno un poco, como algo y me
voy a la cama, miro la tv y me distiendo un poco...». «¿Y no pasas antes por el sagrario?». Hay
cosas que nos hacen ver dónde está nuestro corazón. Nunca, nunca —y esta es la vigilancia—,
nunca terminar la jornada sin ir un poco allí, ante el Señor; mirar y preguntar: «¿Qué sucedió en
mi corazón?». En momentos tristes, en momentos felices: ¿cómo era esa tristeza?, ¿cómo era
esa alegría? Esta es la vigilancia. Vigilar también las depresiones y los entusiasmos. «Hoy me
siento decaído, no sé qué sucede». Vigilar: ¿por qué estoy decaído? ¿Deberías tal vez ir a alguien
que te ayude?... Esto es vigilancia. «Oh, ¡estoy alegre!». Pero ¿por qué hoy estoy alegre? ¿Qué
sucedió en mi corazón? Esto no es una introspección estéril, no, no. Esto es conocer el estado de
mi corazón, mi vida, cómo camino en la senda del Señor. Porque, si no hay vigilancia, el corazón
va a cualquier lado; y la imaginación viene detrás: «ve, ve...»; y luego se puede acabar mal. Me
gusta la pregunta sobre la vigilancia. No son cosas antiguas, no son cosas superadas. Son
cosas humanas, y como todas las cosas humanas son eternas. Las llevaremos siempre con
nosotros. Vigilar el corazón era precisamente la sabiduría de los primeros monjes cristianos,
enseñaban esto, a vigilar el corazón.

¿Puedo hacer un paréntesis? ¿Por qué he hablado de la Virgen? Os aconsejaré esto que dije
antes, buscar refugio... Una hermosa relación con la Virgen; la relación con la Virgen nos ayuda a
tener una hermosa relación con la Iglesia: las dos son Madres... Vosotros conocéis el hermoso
pasaje de san Isaac, el abad de la estrella: lo que se puede decir de María se puede decir de la
Iglesia y también de nuestra alma. Las tres son femeninas, las tres son Madres, las tres dan vida.
La relación con la Virgen es una relación de hijo... Vigilad sobre esto: si no se tiene una buena
relación con la Virgen, hay algo de huérfano en mi corazón. Yo recuerdo, una vez, hace 30 años,
estaba en el Norte de Europa: tenía que ir allí por la educación de la Universidad de Córdoba, en
la que yo era en ese momento vicecanciller. Y me invitó una familia de católicos practicantes; un
país demasiado secularizado era ese. Y en la cena había muchos niños, eran católicos
practicantes, los dos profesores universitarios, los dos también catequistas. A un cierto punto,
hablando de Jesucristo —¡entusiasmados de Jesucristo!, hablo de hace 30 años— dijeron: «Sí,
gracias a Dios hemos superado la etapa de la Virgen...». ¿Y cómo es esto?, dije. «Sí, porque
hemos conocido a Jesucristo, y no tenemos más necesidad de ella». Yo quedé un poco dolido, no
entendí bien. Y hablamos un poco de esto. Y esto ¡no es madurez! No es madurez. Olvidar a la
madre es una cosa fea... Y, para decirlo de otra manera: si tú no quieres a la Virgen como
Madre, ¡seguro que la tendrás como suegra! Y esto no es bueno. Gracias.

¡Viva Jesús, viva María! Gracias, Santo Padre, por tus palabras sobre la Virgen. Me llamo don
Ignacio y vengo de Manila, Filipinas. Estoy realizando mi doctorado en mariología en la Pontificia
Facultad Teológica «Marianum», y resido en el Pontificio Colegio Filipino. Santo Padre, mi
pregunta es: la Iglesia tiene necesidad de pastores capaces de guiar, gobernar, comunicar como
nos exige el mundo de hoy. ¿Cómo se aprende y se ejerce el liderazgo en la vida sacerdotal,
asumiendo el modelo de Cristo que se abajó asumiendo la cruz, la muerte de cruz, y asumiendo
la condición de siervo hasta la muerte de cruz? Gracias.

¡Pero tu obispo es un gran comunicador!

Es el cardenal Tagle...

El liderazgo... este es el centro de la pregunta... Hay un solo camino —luego hablaré de los
pastores— pero para el liderazgo hay un solo camino: el servicio. No hay otro. Si tú tienes
muchas cualidades —comunicar, etc.— pero no eres un servidor, tu liderazgocaerá, no sirve, no
es capaz de convocar. Solamente el servicio: estar al servicio... Recuerdo a un padre espiritual
muy bueno, la gente iba a él, tanto que algunas veces no podía rezar todo el breviario. Y por la
noche, iba al Señor y le decía: «Señor, mira, no he hecho tu voluntad, ¡pero tampoco la mía! ¡He
hecho la voluntad de los demás!». Así, los dos —el Señor y él— se consolaban. El servicio es
hacer, muchas veces, la voluntad de los demás. Un sacerdote que trabajaba en un barrio muy
humilde —¡muy humilde!—, una villa miseria, una favela, dijo: «Yo necesitaría cerrar las
ventanas, las puertas, todas, porque a un cierto punto es mucho, mucho, lo que me vienen a
pedir: esta cosa espiritual, esta cosa material, que al final quisiera cerrar todo. Pero esto no es
del Señor», decía. Es verdad: cuando no existe el servicio, tú no puedes guiar a un pueblo. El
servicio del pastor. El pastor debe estar siempre a disposición de su pueblo. El pastor debe
ayudar al pueblo a crecer, a caminar. Ayer, en la lectura me llamó la atención que en el
Evangelio se decía el verbo « sacar»: el pastor saca a las ovejas para que vayan a buscar la
hierba. Me llamó la atención: las hace salir, ¡las hace salir con fuerza! El original tiene un cierto
tono de esto: hace salir, pero con fuerza. Es como expulsar: «ve, ¡ve!». El pastor que hace
crecer a su pueblo y que va siempre con su pueblo. Algunas veces, el pastor debe ir delante,
para indicar el camino; otras veces, en medio, para conocer qué sucede; muchas veces, detrás,
para ayudar a los últimos y también para seguir el olfato de las ovejas que saben dónde está la
hierba buena. El pastor... San Agustín, retomando a Ezequiel, dice que debe estar al servicio de
las ovejas y destaca dos peligros: el pastor que explota a las ovejas para comer, para
enriquecerse, por intereses económicos, material, y el pastor que explota a las ovejas para
vestirse bien. La carne y la lana. Dice san Agustín. Leed ese bello sermón De pastoribus. Es
necesario leerlo y releerlo. Sí, son los dos pecados de los pastores: el dinero, que llegan a ser
ricos y hacen las cosas por dinero —pastores especuladores—; y la vanidad, son los pastores que
se creen en un nivel superior al de su pueblo, indiferentes... pensemos, los pastores-príncipes. El
pastor-especulador y el pastor-príncipe. Estas son las dos tentaciones que san Agustín,
retomando el pasaje de Ezequiel, menciona en su sermón. Es verdad, un pastor que se busca a
sí mismo, ya sea por el camino del dinero, ya sea por el camino de la vanidad, no es un servidor,
no tiene un verdadero liderazgo. La humildad debe ser el arma del pastor: humilde, siempre al
servicio. Debe buscar el servicio. Y no es fácil ser humilde, no, ¡no es fácil! Dicen los monjes del
desierto que la vanidad es como la cebolla. Cuando tomas una cebolla y comienzas a deshojar, y
te sientes vanidoso y comienzas a deshojar la vanidad. Sigues y sigues, y otra capa, y otra, y
otra, y otra... al final, llegas a... nada. «Ah, gracias a Dios, he deshojado la cebolla, he deshojado
la vanidad». Haz así, y ¡tienes el olor de la cebolla! Así dicen los padres del desierto. La vanidad
es así. Una vez escuché a un jesuita, bueno, un buen hombre, pero era muy vanidoso, muy
vanidoso… Y todos nosotros le decíamos: «¡Tú eres vanidoso!», pero era tan bueno que le
perdonábamos todo. Y se fue a hacer los ejercicios espirituales, y cuando regresó nos dijo, a
nosotros, en la comunidad: «¡Qué hermosos ejercicios! He hecho ocho días de cielo, y he
encontrado que era muy vanidoso. Pero gracias a Dios, ¡he vencido todas las pasiones!». La
vanidad es así. Es tan difícil quitar la vanidad de un sacerdote. Pero el pueblo de Dios te perdona
muchas cosas: te perdona si has tenido una caída, afectiva, te lo perdona. Te perdona si has
tenido un caída con un poco de vino, te lo perdona. Pero no te perdona si eres un pastor
apegado al dinero, si eres un pastor vanidoso que no trata bien a la gente. Porque el vanidoso no
trata bien a la gente. Dinero, vanidad y orgullo. Los tres escalones que nos llevan a todos los
pecados. El pueblo de Dios entiende nuestras debilidades, y las perdona; pero estas dos, ¡no las
perdona! El apego al dinero no lo perdona en el pastor. Y no tratarles bien a ellos, no lo
perdonan. Es curioso, ¿no? Estos dos defectos, debemos luchar para no tenerlos. Luego,
el liderazgo debe ir con el servicio, pero con un amor personal a la gente. De un párroco, una vez
oí esto: «Este hombre conocía el nombre de toda la gente de su barrio, ¡incluso el nombre de los
perros!». Es hermoso. Era cercano, conocía a cada uno, sabía la historia de todas las familias,
sabía todo. Y ayudaba. Era muy cercano... Cercanía, servicio, humildad, pobreza y sacrificio.
Recuerdo a los antiguos párrocos de Buenos Aires, cuando no existía el celular, la secretaría
telefónica, dormían con el teléfono al lado. Nadie moría sin los Sacramentos. Les llamaban a
cualquier hora, se levantaban e iban. Servicio, servicio. Y como obispo, sufría cuando llamaba a
una parroquia y me respondía la secretaría telefónica... ¡Así no hay liderazgo! ¿Cómo puedes
conducir un pueblo si no lo escuchas, si no estás al servicio? Estas son las cosas que me surgen
así, un poco... no en orden, pero para responder a tu pregunta...
Buenos días, Santo Padre.

Buenos días.

Me llamo don Sèrge, vengo de Camerún. Mi formación se lleva a cabo en el Colegio San Pablo Apóstol. He
aquí la pregunta: cuando volvamos a nuestras diócesis y comunidades, seremos llamados a nuevas
responsabilidades ministeriales y a nuevas tareas formativas. ¿Cómo podemos hacer convivir de modo
equilibrado todas las dimensiones de la vida ministerial: la oración, los compromisos y las tareas
formativas sin descuidar ninguna de ellas? Gracias.

Hay una cuestión a la que no he respondido: se fue tal vez —¡el inconsciente deshonesto!— y quiero unirla
a esta. Me preguntaban: «¿Cómo hace usted, como Papa, estas cosas?». También la tuya... Yo responderé
a la tuya, contando, con toda sencillez, qué hago para no descuidar las cosas. La oración. Yo, por la
mañana, trato de rezar laudes y también hacer un poco de oración, la lectio divina, con el Señor. Cuando
me levanto. Primero leo los «cifrados», y luego hago esto. Y después, celebro la misa. Luego, comienza el
trabajo: el trabajo que un día es de una manera, otro día de otra manera... trato de hacerlo con orden. A
mediodía como, luego un poco de siesta; después de la siesta, a las tres —disculpadme— rezo Vísperas, a
las tres... Si no se rezan a esa hora, ya no se rezarán. Sí, y también la lectura, el Oficio de lectura del día
siguiente. Luego el trabajo de la tarde, las cosas que debo hacer... Más tarde, hago un rato de adoración y
rezo el rosario; cena, y se acaba. Este es el esquema. Pero algunas veces no se puede hacer todo, porque
me dejo llevar por exigencias no prudentes: demasiado trabajo, o creer que si no hago esto hoy, no lo
hago mañana... cae la adoración, cae la siesta, cae esto... Y también aquí la vigilancia: vosotros volveréis a
la diócesis y os sucederá esto que me pasa a mí: es normal. El trabajo, la oración, un poco de espacio para
descansar, salir de casa, caminar un poco, todo esto es importante... pero debéis ajustarlo con la vigilancia
y también con los consejos... Lo ideal es terminar el día cansados: esto es lo ideal. No tener necesidad de
tomar pastillas: acabar cansado. Pero con un buen cansancio, no con un cansancio imprudente, porque
eso hace mal a la salud y a la larga se paga caro. Miro la cara de Sandro, que ríe y dice: «Pero usted no
hace esto». Es verdad. Esto es lo ideal, pero no siempre lo hago, porque también yo soy pecador, y no
siempre soy tan ordenado. Pero esto debes hacer...

¡Buenos días Santo Padre! Soy Fernando Rodríguez, un sacerdote recién ordenado de México. Recibí la
ordenación hace un mes y vivo en el Colegio mexicano. Santo Padre, usted nos ha recordado que la Iglesia
necesita una nueva evangelización. En efecto, en la Evangelii gaudium, usted se detuvo en la preparación
de la predicación, en la homilía y en el anuncio como forma de un diálogo apasionado entre un pastor y su
pueblo. ¿Podría volver sobre este tema de la nueva evangelización? Y también, Santidad, nos preguntamos
cómo debería ser un sacerdote para la nueva evangelización. ¿Cuál o cuáles deberían ser sus rasgos
característicos? Gracias.

Cuando san Juan Pablo II habló sobre la nueva evangelización —yo creía que era la primera vez, pero
luego me dijeron que no era la primera vez—, fue en Santo Domingo en 1992. Y él dijo que debe ser
nueva en la metodología, en el ardor, en el celo apostólico, y la tercera no la recuerdo... ¿Quién la
recuerda? ¡La expresión! Buscar una expresión que se adapte a la unicidad de los tiempos. Y, para mí, en
el Documento de Aparecida está muy claro. Este Documento de Aparecida desarrolla bien esto. Para mí la
evangelización requiere salir de sí mismo; requiere la dimensión del trascendente: el trascendente en la
adoración de Dios, en la contemplación, y el trascendente hacia los hermanos, hacia la gente. ¡Salir de,
salir de! Para mí esto es como el núcleo de la evangelización. Y salir significa llegar a, es decir cercanía. Si
tú no sales de ti mismo, jamás tendrás cercanía. Cercanía. Ser cercano a la gente, ser cercano a todos, a
todos aquellos a quienes debemos ser cercanos. Toda la gente. Salir. Cercanía. No se puede evangelizar
sin cercanía. Cercanía, pero cordial; cercanía de amor, incluso cercanía física; ser cercano-a. Y tú has
relacionado la homilía allí. El problema de las homilías aburridas —por decirlo así—, el problema de las
homilías aburridas es que no hay cercanía. Precisamente en la homilía se mide la cercanía del pastor con
su pueblo. Si tú hablas en la homilía, pensemos en 20, 25 ó 30, 40 minutos —esto no es una fantasía,
¡esto sucede!—, y hablas de cosas abstractas, de verdades de la fe, tú no haces una homilía, das clases.
Es otra cosa. Tú no eres cercano a la gente. Por esto es importante la homilía: para medir, para conocer
bien la cercanía del sacerdote. Creo que en general nuestras homilías no son buenas, no son precisamente
del género literario homilético: son conferencias, o son lecciones, o son reflexiones. Pero la homilía —y
esto preguntadlo a los profesores de teología—, la homilía en la misa, la Palabra es Dios fuerte, es un
sacramental. Para Lutero era casi un sacramento: era ex opere operato, la Palabra predicada; para otros
es sólo ex opere operantis. Pero creo que está en el centro, un poco de ambas. La teología de la homilía es
un poco casi un sacramental. Es distinto del decir palabras sobre un tema. Es otra cosa. Supone oración,
supone estudio, supone conocer a las personas a las cuales tú hablarás, supone cercanía. Acerca de la
homilía, para ir bien en la evangelización, debemos ir bastante adelante, estamos con cierto retraso. Es
uno de los puntos de la conversión que la Iglesia necesita hoy: adecuar bien las homilías, para que la
gente comprenda. Y, luego, después de ocho minutos, la atención desaparece. Una homilía de más de
ocho minutos, diez minutos no es bueno. Debe ser breve, debe ser fuerte. Os aconsejo dos libros, de mis
tiempos, pero son buenos, para este aspecto de la homilía, porque os ayudarán mucho. Primero, «La
teología de la predicación», de Hugo Rahner. No de Karl, de Hugo. Se puede leer bien Hugo, Karl es difícil
de leer. Esta es una joya: «Teología de la predicación». Y el otro es el del padre Domenico Grasso, que nos
introduce en lo que es la homilía. Creo que tiene el mismo título: «Teología de la predicación». Os ayudará
bastante esto. La cercanía, la homilía… Hay otra cosa que quiero decir… Salir, cercanía, la homilía como
medida de cómo soy cercano al pueblo de Dios. Y otra categoría que me gusta usar es la de las periferias.
Cuando uno sale no debe ir sólo hasta la mitad de un camino, sino llegar al final. Algunos dicen que se
debe comenzar la evangelización desde los más lejanos, como hacía el Señor. Esto es lo que se me ocurre
decir acerca de tu pregunta. Pero esto de la homilía es verdad: para mí es uno de los problemas que la
Iglesia debe estudiar y convertirse. Las homilías, las homilías: no se trata de dar clases, no son
conferencias, son otra cosa. A mí me gusta cuando los sacerdotes se reúnen dos horas para preparar la
homilía del próximo domingo, porque se da un clima de oración, de estudio, de intercambio de opiniones.
Esto es bueno, hace bien. Prepararla con otro, esto funciona muy bien.

¡Alabado sea Jesucristo! Me llamo Voicek, vivo en el Pontificio Colegio Polaco y estudio teología moral.
Santo Padre, el ministerio presbiteral al servicio de nuestro pueblo siguiendo el ejemplo de Cristo y de su
misión, ¿qué nos recomienda para permanecer dispuestos y alegres en el servicio del pueblo de Dios?
¿Qué cualidades humanas nos aconseja y nos recomienda cultivar para ser imagen del Buen Pastor y vivir
lo que usted ha llamado «la mística del encuentro»?

He hablado de algunas cosas que se deben hacer en la oración, principalmente. Pero tomo tu última
palabra para hablar de una cosa, que se ha de sumar a todas las que he dicho, que se han dicho y que
conducen precisamente a tu pregunta. «La mística del encuentro», has dicho. El encuentro. La capacidad
de encontrarse. La capacidad de escuchar, de escuchar a las demás personas. La capacidad de buscar
juntos el camino, el método, muchas cosas. Este encuentro. Y significa también no asustarse, no asustarse
de las cosas. El buen pastor no debe asustarse. Tal vez tiene temor dentro, pero no se asusta jamás. Sabe
que el Señor le ayuda. El encuentro con las personas por las que tú debes tener atención pastoral; el
encuentro con tu obispo. Es importante el encuentro con el obispo. Es importante también que el obispo
deje espacio para el encuentro. Es importante… porque, sí, algunas veces se escucha: «¿Has dicho esto a
tu obispo? Sí, he pedido audiencia, pero hace cuatro meses que he pedido audiencia. ¡Estoy esperando!».
Esto no es bueno, no. Ir al encuentro del obispo y que el obispo se deje encontrar. El diálogo. Pero sobre
todo quisiera hablar de una cosa: el encuentro entre los sacerdotes, entre vosotros. La amistad sacerdotal:
esto es un tesoro, un tesoro que se debe cultivar entre vosotros. La amistad sacerdotal. No todos pueden
ser amigos íntimos. Pero qué hermosa es una amistad sacerdotal. Cuando los sacerdotes, como dos
hermanos, tres hermanos, cuatro hermanos se conocen, hablan de sus problemas, de sus alegrías, de sus
expectativas, tantas cosas… Amistad sacerdotal. Buscad esto, es importante. Ser amigos. Creo que esto
ayuda mucho a vivir la vida sacerdotal, a vivir la vida espiritual, la vida apostólica, la vida comunitaria y
también la vida intelectual: la amistad sacerdotal. Si me encontrase a un sacerdote que me dice: «Yo
jamás he tenido un amigo», pensaría que este sacerdote no ha tenido una de las alegrías más hermosas
de la vida sacerdotal, la amistad sacerdotal. Es lo que os deseo a vosotros. Os deseo que seáis amigos de
quienes el Señor te pone delante para la amistad. Deseo esto en la vida. La amistad sacerdotal es una
fuerza de perseverancia, de alegría apostólica, de valentía, también de sentido del humor. Es hermoso,
hermosísimo. Esto es lo que pienso.

Os agradezco la paciencia. Y ahora podemos dirigirnos a la Virgen, pedir la bendición…

Regina caeli…
VIAJE APOSTÓLICO
DE SU SANTIDAD FRANCISCO A TIRANA (ALBANIA)

CELEBRACIÓN DE LAS VÍSPERAS CON SACERDOTES, RELIGIOSAS, 


RELIGIOSOS, SEMINARISTAS Y MOVIMIENTOS LAICALES

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO


Catedral de Tirana
Domingo 21 de septiembre de 2014

Queridos hermanos y hermanas:

Había preparado unas palabras para decirles, y se las entregaré al Arzobispo para que se las
haga llegar. La traducción ya está hecha. Se puede hacer llegar.

Pero ahora, quisiera decirles otra cosa… Hemos escuchado en la Lectura: «Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo; él nos
consuela en todas nuestras luchas, para poder nosotros consolar a los que están en toda
tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios» (2 Cor 1,3-4). Es
el texto sobre el que la Iglesia nos invita a reflexionar en la Vísperas de hoy. En estos dos últimos
meses, me he preparado para esta visita leyendo la historia de la persecución en Albania. Y para
mí ha sido una sorpresa: no sabía que su pueblo había sufrido tanto. Después, hoy, en el camino
del aeropuerto a la plaza, todas esas fotografías de los mártires: se nota que este pueblo guarda
aún memoria de sus mártires, que tanto sufrieron. Un pueblo de mártires… Y hoy al principio de
esta celebración, he tocado a dos. Lo que les puedo decir es lo que ellos han dicho con su vida,
con sus palabras sencillas… Contaban las cosas con una sencillez… pero con mucho dolor. Y
nosotros les podemos preguntar: “¿Cómo han conseguido sobrevivir a tanta tribulación?”. Y nos
dirán lo que hemos oído en este pasaje de la Segunda Carta a los Corintios: “Dios es Padre
misericordioso y Dios de toda consolación. Él nos ha consolado”. Nos lo han dicho con esa
sencillez. Han sufrido demasiado. Han sufrido físicamente, psíquicamente y también esa angustia
de la incertidumbre: si los iban a fusilar o no, y así vivían, con esa angustia. Y el Señor los
consolaba… Pienso en Pedro, en la cárcel, encadenado, con las cadenas; toda la Iglesia pedía por
él. Y el Señor consoló a Pedro. Y a los mártires, y a estos dos que hemos escuchado hoy, el
Señor los consoló porque había gente en la Iglesia, el pueblo de Dios –las viejecitas santas y
buenas, tantas religiosas de clausura…– que rezaban por ellos. Y éste es el misterio de la Iglesia:
cuando la Iglesia pide al Señor que consuele a su pueblo; y el Señor consuela humildemente,
incluso a escondidas. Consuela en la intimidad del corazón y consuela con la fortaleza. Ellos –
estoy seguro– no se enorgullecen de lo que han vivido, porque saben que ha sido el Señor quien
los ha sostenido. Pero nos dicen algo. Nos dicen que para nosotros, que hemos sido llamados por
el Señor a seguirlo de cerca, la única consolación viene de Él. Ay de nosotros si buscamos otro
consuelo. Ay de los sacerdotes, de los religiosos, de las religiosas, de las novicias, de los
consagrados cuando buscan consuelo lejos del Señor. No quiero “fustigarlos”, hoy, no quiero
convertirme en “verdugo”, pero tengan la certeza de que si buscan consuelo en otra parte no
serán felices. Más aún: no podrás consolar a nadie porque tu corazón no se ha abierto al
consuelo del Señor. Y acabarás, como dice el gran Elías al pueblo de Israel, “cojeando de dos
piernas”. “Bendito sea Dios Padre, Dios de todo consuelo; él nos consuela en todas nuestras
luchas, para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo
con que nosotros somos consolados por Dios”. Es lo que han hecho estos dos hoy.
Humildemente, sin pretensiones, sin orgullo, haciéndonos un servicio: consolarnos. Nos dicen
también: “Somos pecadores, pero el Señor ha estado con nosotros. Éste es el camino. No se
desanimen”. Perdonen si les pongo hoy de ejemplo, pero todos debemos ser ejemplo para los
demás. Vayamos a casa pensando: hoy hemos tocado a los mártires.
Discurso entregado:

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegro de poder tener este encuentro con ustedes en su querida tierra; doy gracias al Señor y
les agradezco a todos su acogida. Así les puedo expresar mejor mi apoyo a su tarea
evangelizadora.

Cuando su país salió de la dictadura, las comunidades eclesiales se pusieron en marcha de nuevo
y reorganizaron la acción pastoral, afrontando con esperanza el futuro. Quiero expresar
especialmente mi reconocimiento a aquellos pastores que pagaron un alto precio por su fidelidad
a Cristo y por su decisión de permanecer unidos al Sucesor de Pedro. Fueron valientes ante las
dificultades y las pruebas. Todavía se encuentran entre nosotros sacerdotes y religiosos que
sufrieron cárcel y persecución, como la hermana y el hermano que han compartido su propia
experiencia. Los abrazo conmovido y alabo a Dios por su fiel testimonio, que estimula a toda la
Iglesia a seguir anunciando el Evangelio con alegría.

A partir de esta experiencia, la Iglesia en Albania puede crecer en espíritu misionero y en entrega
apostólica. Conozco y valoro cómo se oponen decididamente a las nuevas formas de “dictadura”
que amenazan con esclavizar a los individuos y a las comunidades. Si el régimen ateo intentaba
acabar con la fe, estas dictaduras, de forma más encubierta, pueden hacer desaparecer la
caridad. Me refiero al individualismo, a la rivalidad y a los enfrentamientos exacerbados: es una
mentalidad mundana que puede contagiar también a la comunidad cristiana. No se desanimen
ante estas dificultades, no tengan miedo de mantenerse en el camino del Señor. Él está siempre
a su lado y los asiste con su gracia para que se apoyen unos a otros, para que sean
comprensivos y misericordiosos y acepten a cada uno como es, para que cultiven la comunión
fraterna.

La evangelización es más eficaz cuando cuenta con iniciativas compartidas y con una sincera
colaboración entre las diversas realidades eclesiales y entre los misioneros y el clero local: esto
requiere determinación para no cejar en la búsqueda de formas de trabajo común y de ayuda
recíproca en los campos de la catequesis, de la educación católica, así como en la promoción
humana y en la caridad. En estos ámbitos, es valiosa también la aportación de los movimientos
eclesiales, dispuestos a planificar y trabajar en comunión con sus Pastores y entre ellos. Es lo
que veo aquí: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, una Iglesia que quiere caminar en
fraternidad y en unidad.

Cuando el amor a Cristo está por encima de todo, incluso de las legítimas exigencias particulares,
entonces es posible salir de uno mismo, de nuestras “minucias” personales y grupales, y salir al
encuentro de Jesús en los hermanos; sus llagas son todavía visibles hoy en el cuerpo de tantos
hombres y mujeres que tienen hambre y sed, que son humillados, que están en la cárcel o en los
hospitales. Y precisamente tocando y sanando con ternura esas llegas, es posible vivir en
profundidad el Evangelio y adorar a Dios vivo en medio de nosotros.

¡Son muchos los problemas que se presentan cada día! Todos ellos los estimulan a lanzarse con
pasión a una generosa actividad apostólica. Sin embargo, sabemos que nosotros solos no
podemos hacer nada: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”
(Sal 127,1). Esta certeza nos invita a dar cada día el espacio debido al Señor, a dedicarle tiempo,
a abrirle el corazón, para que actúe en nuestra vida y en nuestra misión. Lo que el Señor
promete a la oración confiada y perseverante supera cuanto podamos imaginar (cf. Lc 11,11-12):
además de lo que pedimos, nos da también el Espíritu Santo. La dimensión contemplativa es así
indispensable en medio de los compromisos más urgentes e importantes. Cuanto más nos llama
la misión a ir a las periferias existenciales, más siente nuestro corazón la íntima necesidad de
estar unido al de Cristo, lleno de misericordia y de amor.

Y teniendo en cuenta que aún se necesitan más sacerdotes y consagrados, el Señor les repite
también hoy a ustedes: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al
Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» ( Mt 9,37-38). No podemos olvidar que esta
oración está precedida por una mirada: la mirada de Jesús que ve la abundancia de la cosecha.
¿Tenemos también nosotros esta mirada? ¿Sabemos reconocer la abundancia de los frutos que la
gracia de Dios ha hecho crecer y la labor que hay que hacer en el campo del Señor? De esta
mirada de fe sobre el campo de Dios, nace la oración, la petición cotidiana e insistente al Señor
por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Ustedes, queridos seminaristas, y ustedes, queridos
postulantes y novicios, son fruto de esta oración del pueblo de Dios, que siempre precede y
acompaña su respuesta personal. La Iglesia de Albania tiene necesidad de su entusiasmo y de su
generosidad. El tiempo que hoy dedican a una sólida formación espiritual, teológica, comunitaria
y pastoral, dará fruto oportuno en su futuro servicio al pueblo de Dios. La gente, más que
maestros, busca testigos: testigos humildes de la misericordia y de la ternura de Dios; sacerdotes
y religiosos configurados con Cristo Buen Pastor, capaces de comunicar a todos la caridad de
Cristo.

En este sentido, junto a ustedes y a todo el pueblo de Albania, quiero dar gracias a Dios por
tantos misioneros y misioneras, cuya acción ha sido determinante para que la Iglesia resurja en
Albania y todavía hoy sigue teniendo gran relevancia. Ellos han contribuido notablemente a
consolidar el patrimonio espiritual que obispos, sacerdotes, personas consagradas y laicos
albaneses conservaron en medio de durísimas pruebas y tribulaciones. Pensemos en el gran
trabajo hecho por los institutos religiosos para el relanzamiento de la educación católica: este
trabajo merece reconocimiento y apoyo.

Queridos hermanos y hermanas, no se desanimen ante las dificultades; siguiendo las huellas de
sus antepasados, den testimonio de Cristo con perseverancia, caminando “juntos con Dios, hacia
la esperanza que no defrauda”. En este camino, siéntanse siempre acompañados y sostenidos
por el afecto de toda la Iglesia. Les agradezco de corazón este encuentro y encomiendo a cada
uno de ustedes y a sus comunidades, sus proyectos y esperanzas a la Santa Madre de Dios. Los
bendigo afectuosamente y les pido, por favor, que recen por mí.

 
VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE FRANCISCO 
A SRI LANKA Y FILIPINAS
(12-19 DE ENERO DE 2015)
ENCUENTRO CON SACERDOTES, RELIGIOSAS, RELIGIOSOS, SEMINARISTAS 
Y FAMILIAS DE LOS SUPERVIVIENTES DEL TIFÓN
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Catedral de la Transfiguración del Señor, Palo 
Sábado 17 de enero de 2015

Queridos hermanos y hermanas:

Os saludo con gran afecto en el Señor. Me alegro de que podamos encontrarnos en esta catedral
de la Transfiguración del Señor. Esta casa de oración, como tantas otras, ha sido reparada
gracias a la notable generosidad de muchas personas. Se alza como un signo elocuente del
inmenso esfuerzo de reconstrucción que vosotros y vuestros vecinos habéis llevado a cabo tras la
devastación causada por el tifón Yolanda. También nos recuerda a todos nosotros que, a pesar
de los desastres y el sufrimiento, nuestro Dios actúa constantemente, haciendo nuevas todas las
cosas.

Muchos de vosotros habéis sufrido enormemente, no sólo por la destrucción causada por el tifón,
sino por la pérdida de familiares y amigos. Hoy encomendamos a la misericordia de Dios a todos
los que han muerto, e invocamos su consuelo y paz para todos los que aún lloran. Tengamos
presente de una manera particular a cuantos el dolor les hace difícil ver el camino a seguir. Al
mismo tiempo, demos gracias al Señor por todos los que, en estos meses, se han esforzado por
retirar los escombros, visitar a los enfermos y moribundos, consolar a los afligidos y enterrar a
los muertos. Su bondad, y la generosa ayuda que provenía de tantas personas en todo el mundo,
son una señal cierta de que Dios nunca nos abandona.

De una manera especial, me gustaría agradecer a los numerosos sacerdotes y religiosos que
respondieron con desbordante generosidad a las necesidades urgentes de los habitantes de las
zonas más afectadas. Con vuestra presencia y caridad, habéis dado testimonio de la belleza y la
verdad del Evangelio. Habéis hecho presente a la Iglesia como una fuente de esperanza,
salvación y misericordia. Junto con muchos de vuestros vecinos, habéis demostrado también la
profunda fe y la fortaleza del pueblo filipino. Los numerosos testimonios de bondad y abnegación
que se produjeron en esos días oscuros han de ser recordados y transmitidos a las generaciones
futuras.

Hace unos momentos, he bendecido el nuevo Centro para los pobres, que se erige como un
nuevo signo de la atención y preocupación de la Iglesia por nuestros hermanos y hermanas
necesitados. Son muchos, y el Señor los ama a todos. Hoy, desde este lugar que ha conocido un
sufrimiento y una necesidad humana tan profundos, pido que se haga mucho más por los
pobres. Por encima de todo, pido que en todo el país se trate a los pobres de manera justa, que
se respete su dignidad, que las medidas políticas y económicas sean equitativas e inclusivas, que
se desarrollen oportunidades de trabajo y educación, y que se eliminen los obstáculos para la
prestación de servicios sociales. El trato que demos a los pobres será el criterio con el que
seremos juzgados (cf. Mt 25,40. 45). Os pido a todos vosotros, y a cuantos son responsables de
la marcha de la sociedad, que renovéis vuestro compromiso a favor de la justicia social y la
promoción de los pobres, tanto aquí como en toda Filipinas.

Por último, me gustaría dirigir unas palabras de sincero agradecimiento a los jóvenes aquí
presentes, y entre ellos a los seminaristas y jóvenes religiosos. Muchos de vosotros habéis
mostrado una generosidad heroica en los momentos posteriores al tifón. Espero que siempre
tengáis presente que la verdadera felicidad viene como consecuencia de ayudar a los demás,
entregándose a ellos con abnegación, misericordia y compasión. De esta manera, seréis una
fuerza poderosa para la renovación de la sociedad, no sólo en la reconstrucción de los edificios,
sino más importante aún, en la edificación del reino de Dios, en la santidad, la justicia y la paz en
vuestra tierra.

Queridos sacerdotes y religiosos, queridas familias y amigos. En esta catedral de la


Transfiguración del Señor, pidamos que nuestras vidas sigan siendo sustentadas y transfiguradas
por el poder de su resurrección. Os encomiendo a todos a la protección amorosa de María, Madre
de la Iglesia. Que ella obtenga para vosotros, y para todo el amado pueblo de estas tierras,
abundantes bendiciones de consuelo, alegría y paz en el Señor. Que Dios os bendiga.
VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A SARAJEVO (BOSNIA Y HERZEGOVINA)

ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES, RELIGIOSAS, RELIGIOSOS Y SEMINARISTAS EN


LA CATEDRAL

DISCURSO DEL SANTO PADRE


Sábado 6 de junio de 2015

Tenía preparado un discurso para vosotros, pero después de escuchar el testimonio de este
sacerdote, de este Religioso, de esta Religiosa, siento la necesidad de hablaros de manera
espontánea.

Ellos nos han contado vida, nos han contado experiencias, nos han contado muchas cosas feas y
hermosas. Le doy el discurso –que es bonito– al Cardenal Arzobispo.

Los testimonios hablaban por sí mismos. ¡Y esta es la memoria de vuestro pueblo! Un pueblo que
olvida su memoria no tiene futuro. Esta es la memoria de vuestros padres y madres en la fe:
aquí sólo han hablado tres personas, pero detrás de ellas hay tantos y tantas que han sufrido las
mismas cosas.

Queridas hermanas, queridos hermanos, no tenéis ningún derecho a olvidar vuestra historia. No
para vengaros, sino para hacer la paz. No para mirar [estos testimonios] como una cosa extraña,
sino para amar como ellos han amado. En vuestra sangre, en vuestra vocación, está la vocación,
está la sangre de estos tres mártires. Y está la sangre y está la vocación de tantas religiosas,
tantos sacerdotes, tantos seminaristas. El autor de la Carta a los Hebreos nos dice: Por favor, no
os olvidéis de vuestros antepasados, que os han transmitido la fe. Estos [señala a los testigos] os
han transmitido la fe; estos os han transmitido cómo se vive la fe. El mismo Pablo nos dice: "No
os olvidéis de Jesucristo", el primer Mártir. Y estos han seguido las huellas de Jesús.

Retomar la memoria para hacer la paz. Algunas palabras se me han quedado grabadas en el
corazón. Una, repetida: "perdón". Un hombre, una mujer que se consagra al servicio del Señor y
no sabe perdonar, no sirve. Perdonar a un amigo que te ha dicho una mala palabra, con el que
habías discutido, o a una religiosa que tiene celos de ti, no es tan difícil. Pero perdonar al que te
golpea, a quien te tortura, a quien te pisotea, a quien te amenaza con un fusil para matarte, eso
es difícil. Y ellos lo han hecho, y predican que se haga.

Otra palabra que se me ha grabado es la de los 120 días del campo de concentración. Cuántas
veces el espíritu del mundo nos hace olvidar estos antepasados nuestros, el sufrimiento de
nuestros antepasados. Esos días están contados, y no por días, sino por minutos, porque cada
minuto, cada hora es una tortura. Vivir todos juntos, sucios, sin comida, sin agua, con calor o
con frío, ¡y esto durante tanto tiempo! Y nosotros, que nos quejamos cuando nos duele un
diente, o queremos tener la televisión en nuestra habitación con tantas comodidades, y que
hablamos de la superiora o del superior cuando la comida no es muy buena ... No olvidéis, por
favor, los testimonios de vuestros antepasados. Pensad en lo mucho que han sufrido estas
personas; pensad en esos seis litros de sangre que ha recibido el padre –el primero que ha
hablado– para sobrevivir. Y llevad una vida digna de la cruz de Jesucristo.

Religiosas, sacerdotes, obispos, seminaristas mundanos, son una caricatura, no sirven. No tienen
la memoria de los mártires. Han perdido la memoria de Jesucristo crucificado, nuestra única
gloria.
Otra cosa que me viene a la mente es aquel miliciano que dio una pera a la religiosa; y aquella
mujer musulmana que ahora vive en Estados Unidos, que dio de comer... Todos somos
hermanos. Incluso aquel hombre cruel pensó... No sé lo que pensó, pero sintió el Espíritu Santo
en su corazón y tal vez pensó en su madre y dijo: "Toma esta pera y no digas nada". Y aquella
mujer musulmana fue más allá de las diferencias religiosas: amaba. Creía en Dios e hizo el bien.

Buscad el bien de todos. Todos tienen la posibilidad, la semilla del bien. Todos somos hijos de
Dios.

Dichosos vosotros que tenéis tan cerca estos testimonios: por favor, no los olvidéis. Que vuestra
vida crezca con este recuerdo. Pienso en aquel sacerdote, cuyo papá murió cuando él era un
niño, después murió la mamá, después su hermana, y quedó solo... Pero él era el fruto de un
amor, de un amor matrimonial. Pensad en aquella religiosa mártir: también ella era hija de una
familia. Y pensad también en el franciscano, con dos hermanas franciscanas; y me viene a la
mente lo que ha dicho el Cardenal Arzobispo: ¿qué pasa con el jardín de la vida, es decir la
familia? Algo malo, sucede: que no florece. Rezad por las familias, para que florezcan con
muchos hijos y haya también muchas vocaciones.

Y, por último, quisiera deciros que ésta ha sido una historia de crueldad. También hoy, en esta
guerra mundial vemos tantas, tantas, tantas crueldades. Haced siempre lo contrario de la
crueldad: tened actitudes de ternura, de fraternidad, de perdón. Y llevad la Cruz de Jesucristo. La
Iglesia, la santa Madre Iglesia, os quiere así: pequeños, pequeños mártires, delante de estos
pequeños mártires, pequeños testigos de la Cruz de Jesús.

Que el Señor os bendiga. Y, por favor, rezad por mí. Gracias.

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo afectuosamente a todos vosotros, así como a vuestros hermanos y hermanas enfermos y ancianos
que no pueden estar aquí, pero están con nosotros espiritualmente. Doy las gracias al Cardenal Puljić por
sus palabras, como también a Sor Ljubica, al Reverendo Zvonimir y Fray Jozo por sus testimonios.
Agradezco a todos el servicio que hacéis al Evangelio y a la Iglesia. He venido a vuestra tierra como
peregrino de paz y de diálogo, para confirmar y animar a los hermanos en la fe, y en particular a vosotros,
llamados a trabajar “a tiempo completo” en la viña del Señor. Él nos dice: «Yo estoy con vosotros todos los
días, hasta el final de los tiempos» ( Mt 28,21). Esta es la certeza que infunde consuelo y esperanza,
especialmente en los momentos difíciles para el ministerio. Pienso en los sufrimientos y en las pruebas
pasadas y presentes de vuestras comunidades cristianas. Incluso viviendo en esas situaciones, vosotros no
os habéis rendido, habéis resistido, esforzándoos por afrontar las dificultades personales, sociales y
pastorales con incansable espíritu de servicio. El Señor os lo recompense.

Imagino que la situación numéricamente minoritaria de la Iglesia Católica en vuestra tierra, así como los
fracasos del ministerio, en ocasiones os hacen sentir como los discípulos de Jesús cuando, habiendo
bregado toda la noche, no habían pescado nada (cf. Lc  5,5). Pero es precisamente en estos momentos, si
nos fiamos del Señor, cuando experimentamos el poder de su Palabra, la fuerza de su Espíritu, que
renueva en nosotros la confianza y la esperanza. La fecundidad de nuestro servicio depende sobre todo de
la fe; la fe en el amor de Cristo, del cual nada podrá separarnos, como afirma el apóstol Pablo, que de
pruebas entendía (cf. Rm 8,35-39). Y también la fraternidad nos sostiene y nos anima; la fraternidad entre
sacerdotes, entre religiosos, entre laicos consagrados, entre seminaristas; la fraternidad entre todos
nosotros, a quienes el Señor ha llamado a dejarlo todo para seguirlo, nos da alegría y consuelo, y hace
más eficaz nuestro trabajo. Nosotros somos testimonio de fraternidad.

«Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño» ( Hch  20,28). Esta exhortación de san Pablo –narrada en
los Hechos de los Apóstoles– nos recuerda que, si queremos ayudar los demás a ser santos, debemos
cuidar de nosotros mismos, es decir, de nuestra santificación. Y, de la misma manera, la dedicación al
pueblo fiel de Dios, la inmersión en su vida y sobre todo la cercanía a los pobres y a los pequeños nos
hace crecer en la configuración con Cristo. El cuidado del propio camino personal y la caridad pastoral
hacia los demás van siempre juntas y se enriquecen mutuamente. No van nunca por separado.

¿Qué significa para un sacerdote y para una persona consagrada, hoy, aquí en Bosnia y Herzegovina,
servir al rebaño de Dios? Pienso que significa realizar la pastoral de la esperanza, cuidando las ovejas que
están en el redil, pero también yendo, saliendo en la búsqueda de cuantos esperan la Buena Noticia y no
saben hallar o reencontrar solos el camino que conduce a Jesús. Encontrar a la gente allí donde vive,
incluso aquella parte del rebaño que está fuera del redil, lejos, en ocasiones sin conocer aún a Jesucristo.
Cuidar la formación de los católicos en la fe y en la vida cristiana. Animar los fieles laicos a ser
protagonistas de la misión evangelizadora de la Iglesia. Por tanto, os exhorto a formar comunidades
católicas abiertas y “en salida”, capaces de acogida y de encuentro, y que den testimonio con valentía del
Evangelio.

El sacerdote, el consagrado está llamado a vivir las inquietudes y las esperanzas de su gente; a actuar en
los contextos concretos de su tiempo, con frecuencia caracterizado por tensión, discordia, desconfianza,
precariedad y pobreza. Ante las situaciones más dolorosas, pidamos a Dios un corazón que sepa
conmoverse, capacidad de empatía; no hay mejor testimonio que estar cerca de las necesidades materiales
y espirituales de los demás. Es nuestra tarea como obispos, sacerdotes y religiosos hacer sentir a las
personas la cercanía de Dios, su mano que conforta y sana; acercarse a las heridas y a las lágrimas de
nuestro pueblo; no nos cansemos de abrir el corazón y de tender la mano a cuantos nos piden ayuda y a
cuantos, quizás por pudor, no la piden, pero tienen gran necesidad. A este respecto, deseo expresar mi
reconocimiento a las religiosas, por todo lo que hacen con generosidad y sobre todo por su presencia fiel y
solícita.

Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, os animo a proseguir con alegría vuestro servicio pastoral,
cuya fecundidad viene de la fe y la gracia, pero también del testimonio de una vida humilde y despegada
de los intereses del mundo. No caigáis, por favor, en la tentación de formar una especie de elite  cerrada
en sí misma. El generoso y transparente testimonio sacerdotal y religioso constituyen un ejemplo y un
estímulo para los seminaristas y para cuantos el Señor llama a servirlo. Estando al lado de los jóvenes,
invitándolos a compartir experiencias de servicio y de oración, los ayudáis a descubrir el amor de Cristo y a
abrirse a la llamada del Señor. Que los fieles laicos puedan ver en vosotros aquel amor fiel y generoso que
Cristo ha dejado como testamento a sus discípulos.

Y una palabra en particular para vosotros, queridos seminaristas. Entre los bellos testimonios de
consagrados de vuestra tierra, recordamos al siervo de Dios Petar Barbarić. Él une Herzegovina, donde
nace, con Bosnia, donde emite su profesión, y une también a todo el clero, tanto diocesano como religioso.
Este joven candidato al sacerdocio, con su vida virtuosa, sea para todos un gran ejemplo.

La Virgen María está siempre con nosotros, como madre atenta. Ella es la primera discípula del Señor y
ejemplo de vida dedicada a Él y a los hermanos. Cuando nos encontramos en una dificultad o ante una
situación que nos hace sentir impotentes, nos dirigimos a Ella con confianza de hijos. Y Ella siempre nos
dice –como en las bodas de Caná– : «Haced lo que Él os diga» ( Jn 2,5). Nos enseña a escuchar a Jesús y
a seguir su Palabra, pero con fe. Este es su secreto, que como madre nos quiere transmitir: la fe, aquella
fe genuina, de la que basta una migaja para mover montañas.

Con este confiado abandono, podemos servir al Señor con alegría y ser por dondequiera sembradores de
esperanza. Os aseguro mi recuerdo en la oración y bendigo de corazón a todos vosotros y a vuestras
comunidades. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí.

 
VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE FRANCISCO 
A ECUADOR, BOLIVIA Y PARAGUAY 
(5-13 DE JULIO DE 2015)

CELEBRACIÓN DE LAS VÍSPERAS CON OBISPOS, SACERDOTES, DIÁCONOS,


RELIGIOSOS, RELIGIOSAS, 
SEMINARISTAS Y MOVIMIENTOS CATÓLICOS

MEDITACIÓN DEL SANTO PADRE


Catedral Metropolitana de Asunción
Sábado 11 de julio de 2015

Qué lindo es rezar todos juntos las Vísperas. ¿Cómo no soñar con una Iglesia que refleje y repita
la armonía de las voces y del canto en la vida cotidiana? Y lo hacemos en esta Catedral, que
tantas veces ha tenido que comenzar de nuevo; esta catedral es signo de la Iglesia y de cada
uno de nosotros: a veces las tempestades de afuera y de adentro nos obligan a tirar lo
construido y empezar de nuevo, pero siempre con la esperanza puesta en Dios Y, si miramos
este edificio, sin duda no los ha defraudado a los paraguayos. Porque Dios nunca defrauda Y por
eso le alabamos agradecidos.

La oración litúrgica, su estructura y modo pausado, quiere expresar a la Iglesia toda, esposa de
Cristo, que intenta configurarse con su Señor. Cada uno de nosotros en nuestra oración
queremos ir pareciéndonos más a Jesús.

La oración hace emerger aquello que vamos viviendo o deberíamos vivir en la vida cotidiana, al
menos la oración que no quiere ser alienante o solo preciosista. La oración nos da impulso para
poner en acción o revisarnos en aquello que rezábamos en los salmos: somos nosotros las
manos de Dios «que alza de la basura al pobre» ( Sal 112,7); y somos nosotros los que
trabajamos para que la tristeza de la esterilidad se convierta en la alegría del campo fértil.
Nosotros que cantamos que «vale mucho a los ojos del señor la vida de los fieles», somos los
que luchamos, peleamos, defendemos la valía de toda vida humana, desde la concepción hasta
que los años son muchos y las fuerzas pocas. La oración es reflejo del amor que sentimos por
Dios, por los otros, por el mundo creado; el mandamiento del amor es la mejor configuración con
Jesús del discípulo misionero. Estar apegados a Jesús da profundidad a la vocación cristiana, que
interesada en el «hacer» de Jesús –que es mucho más que actividades– busca asemejarse a Él
en todo lo realizado. La belleza de la comunidad eclesial nace de la adhesión de cada uno de sus
miembros a la persona de Jesús, formando un «conjunto vocacional» en la riqueza de la
diversidad armónica.

Las antífonas de los cánticos evangélicos de este fin de semana nos recuerdan el envío de Jesús
a los doce. Siempre es bueno crecer en esa conciencia de trabajo apostólico en comunión. Es
hermoso verlos colaborando pastoralmente, siempre desde la naturaleza y función eclesial de
cada una de las vocaciones y carismas. Quiero exhortarlos a todos ustedes, sacerdotes, religiosos
y religiosas, laicos y seminaristas, obispos, a comprometerse en esta colaboración eclesial,
especialmente en torno a los planes de pastoral de las diócesis y la misión continental,
cooperando con toda su disponibilidad al bien común. Si la división entre nosotros provoca
esterilidad, (cf. Evangelii gaudium, 98-101), no cabe duda de que de la comunión y la armonía
nacen la fecundidad, porque son profundamente consonantes con el Espíritu Santo.

Todos tenemos limitaciones, ninguno puede reproducir en su totalidad a Jesucristo, y si bien


cada vocación se configura principalmente con algunos rasgos de la vida y la obra de Jesús, hay
algunos comunes e irrenunciables. Recién hemos alabado al Señor porque «no hizo alarde de su
categoría de Dios» (Flp 2,6) y esa es una característica de toda vocación cristiana, «no hizo
alarde de su categoría de Dios». El llamado por Dios no se pavonea, no anda tras
reconocimientos ni aplausos pasatistas, no siente que subió de categoría ni trata a los demás
como si estuviera en un peldaño más alto.

La supremacía de Cristo es claramente descrita en la liturgia de la Carta a los Hebreos; nosotros


acabamos de leer casi el final de esa carta: «Hacernos perfectos como el gran pastor de las
ovejas» (Hb 13,20). Y esto supone asumir que todo consagrado se configura con Aquel que en
su vida terrena, «entre ruegos y súplicas, con poderoso clamor y lágrimas», alcanzó la perfección
cuando aprendió, sufriendo, qué significaba obedecer; y eso también es parte del llamado.

Terminemos de rezar nuestras vísperas; el campanario de esta Catedral fue rehecho varias
veces; el sonido de las campanas antecede y acompaña en muchas oportunidades nuestra
oración litúrgica: hechos de nuevo por Dios cada vez que rezamos, firmes como un campanario,
gozosos de predicar las maravillas de Dios, compartamos el Magnificat y lo dejemos al Señor
hacer –que Él haga–, a través de nuestra vida consagrada, grandes cosas en el Paraguay.

 
VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE FRANCISCO 
A ECUADOR, BOLIVIA Y PARAGUAY 
(5-13 DE JULIO DE 2015)

ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS Y SEMINARISTAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE


Coliseo del colegio Don Bosco, Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)
Jueves 9 de julio de 2015

Queridos hermanos y hermanas, buenas tardes

Estoy contento con este encuentro con ustedes para compartir la alegría que llena el corazón y la
vida entera de los discípulos misioneros de Jesús. Así lo han manifestado las palabras de saludo
de Mons. Roberto Bordi, y los testimonios del Padre Miguel, de la hermana Gabriela y del
seminarista Damián. Muchas gracias por compartir la propia experiencia vocacional.

Y en el relato del Evangelio de Marcos hemos escuchado también la experiencia de otro discípulo
Bartimeo, que se unió al grupo de los seguidores de Jesús. Fue un discípulo de última hora. Era
el último viaje, que el Señor hacía de Jericó a Jerusalén, adonde iba a ser entregado. Ciego y
mendigo, Bartimeo estaba al borde del camino –¡más exclusión imposible!–, marginado, y
cuando se enteró del paso de Jesús, comenzó a gritar, se hizo sentir, como esa buena hermanita
que con la batería se hacía sentir y decía: “Aquí estoy”. Te felicito, tocás bien.

En torno a Jesús iban los apóstoles, los discípulos, las mujeres que lo seguían habitualmente, con
quienes recorrió durante su vida los caminos de Palestina para anunciar el Reino de Dios y una
gran muchedumbre. Si traducimos esto forzando el lenguaje, en torno a Jesús iban los obispos,
los curas, las monjas, los seminaristas, los laicos comprometidos, todos los que lo seguían,
escuchando a Jesús, y el pueblo fiel de Dios.

Dos realidades aparecen con fuerza, se nos imponen. Por un lado, el grito, el grito del mendigo
y, por otro, las distintas reacciones de los discípulos. Pensemos las distintas reacciones de los
obispos, los curas, las monjas, los seminaristas a los gritos que vamos sintiendo o no sintiendo.
Parece como que el evangelista nos quisiera mostrar cuál es el tipo de eco que encuentra el grito
de Bartimeo en la vida de la gente, en la vida de los seguidores de Jesús; cómo reaccionan
frente al dolor de aquél que está al borde del camino, que nadie le hace caso –no más le dan
una limosna– de aquel que está sentado sobre su dolor, que no entra en ese círculo que está
siguiendo al Señor.

Son tres las respuestas frente a los gritos del ciego, y hoy también estas tres respuestas tienen
actualidad. Podríamos decirlo con las palabras del propio Evangelio: “pasar”, “calláte”, “ánimo,
levantáte”.

1. “Pasar”. Pasar de largo, y algunos porque ya no escuchan. Estaban con Jesús, miraban a
Jesús, querían oír a Jesús. No escuchaban. Pasar es el eco de la indiferencia, de pasar al lado de
los problemas y que éstos no nos toquen. No es mi problema. No los escuchamos, no los
reconocemos. Sordera. Es la tentación de naturalizar el dolor, de acostumbrarse a la injusticia. Y
sí, hay gente así: Yo estoy acá con Dios, con mi vida consagrada, elegido por Jesús para el
ministerio y, sí, es natural que haya enfermos, que haya pobres, que haya gente que sufre,
entonces ya es tan natural que no me llama la atención un grito, un pedido de auxilio.
Acostumbrarse. Y nos decimos: Es normal, siempre fue así, mientras a mí no me toque, –pero
eso entre paréntesis–. Es el eco que nace en un corazón blindado, en un corazón cerrado, que ha
perdido la capacidad de asombro y, por lo tanto, la posibilidad de cambio. ¿Cuántos seguidores
de Jesús corremos este peligro de perder nuestra capacidad de asombro, incluso con el Señor?
Ese estupor del primer encuentro como que se va degradando, y eso le puede pasar a
cualquiera, le pasó al primer Papa: “¿Adónde vamos a ir Señor si tú tienes palabras de vida
eterna?”. Y después lo traicionan, lo niega, el estupor se le degradó. Es todo un proceso de
acostumbramiento. Corazón blindado. Se trata de un corazón que se ha acostumbrado a pasar
sin dejarse tocar, una existencia que, pasando de aquí para allá, no logra enraizarse en la vida de
su pueblo simplemente porque está en esa elite que sigue al Señor.

Podríamos llamarlo, la espiritualidad del zapping. Pasa y pasa, pasa y pasa, pero nada queda.
Son quienes van atrás de la última novedad, del último bestseller pero no logran tener contacto,
no logran relacionarse, no logran involucrarse incluso con el Señor al que están siguiendo,
porque la sordera avanza.

Ustedes me podrán decir: «Pero esa gente estaba siguiendo al Maestro estaba atenta a las
palabras del Maestro. Lo estaba escuchando a él». Creo que eso es de lo más desafiante de la
espiritualidad cristiana, como el evangelista Juan nos lo recuerda: ¿Cómo puede amar a Dios, a
quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? ( 1 Jn 4, 20b). Ellos creían que
escuchaban al Maestro, pero también traducían, y las palabras del Maestro pasaban por el
alambique de su corazón blindado. Dividir esta unidad –entre escuchar a Dios y escuchar al
hermano– es una de las grandes tentaciones que nos acompañan a lo largo de todo el camino de
los que seguimos a Jesús. Y tenemos que ser conscientes de esto. De la misma forma que
escuchamos a nuestro Padre es como escuchamos al Pueblo fiel de Dios. Si no lo hacemos con
los mismos oídos, con la misma capacidad de escuchar, con el mismo corazón, algo se quebró.

Pasar sin escuchar el dolor de nuestra gente, sin enraizarnos en sus vidas, en su tierra, es como
escuchar la Palabra de Dios sin dejar que eche raíces en nuestro interior y sea fecunda. Una
planta, una historia sin raíces es una vida seca.

2. Segunda palabra: “Calláte”. Es la segunda actitud frente al grito de Bartimeo. “Calláte, no


molestes, no disturbes, que estamos haciendo oración comunitaria, que estamos en una
espiritualidad de profunda elevación. No molestes, no disturbes”. A diferencia de la actitud
anterior, ésta escucha ésta reconoce, toma contacto con el grito del otro. Sabe que está y
reacciona de una forma muy simple, reprendiendo. Son los obispos, los curas, los monjes, los
Papas del dedo así [el dedo en señal amenazadora]. En Argentina decimos de las maestras del
dedo así: “Ésta es como la maestra del tiempo de Yrigoyen, que estudiaban la disciplina muy
dura”. Y pobre Pueblo fiel de Dios, cuántas veces es retado, por el mal humor o por la situación
personal de un seguidor o de una seguidora de Jesús. Es la actitud de quienes, frente al Pueblo
de Dios, lo están continuamente reprendiendo, rezongando, mandándolo callar. Dale una caricia,
por favor, escuchálo, decíle que Jesús lo quiere. “No, eso no se puede hacer”. “Señora, saque al
chico de la iglesia que está llorando y yo estoy predicando”. Como si el llanto de un chico no
fuera una sublime predicación.

Es el drama de la conciencia aislada, de aquellos discípulos y discípulas que piensan que la vida
de Jesús es sólo para los que se creen aptos. En el fondo hay un profundo desprecio al santo
Pueblo fiel de Dios: “Este ciego qué tiene que meterse, que se quede ahí”. Parecería lícito que
encuentren espacio solamente los “autorizados”, una “casta de diferentes”, que poco a poco se
separa, se diferencia de su Pueblo. Han hecho de la identidad una cuestión de superioridad. Esa
identidad que es pertenencia se hace superior, ya no son pastores sino capataces: “Yo llegué
hasta acá, ponéte en tu sitio”. Escuchan pero no oyen, ven pero no miran. Me permito un
anécdota que viví hace como… año 75, en tu diócesis, en tu arquidiócesis. Yo le había hecho una
promesa al Señor del Milagro de ir todos los años a Salta en peregrinación para El Milagro si
mandaba 40 novicios. Mandó 41. Bueno, después de una concelebración - porque ahí es como
en todo gran santuario, misa tras misa, confesiones y no parás, yo salía hablando con un cura
que me acompañaba, que estaba conmigo, había venido conmigo, y se acerca una señora, ya a
la salida, con unos santitos, una señora muy sencilla, no sé, sería de Salta o habrá venido de no
sé dónde, que a veces tardan días en llegar a la capital para la fiesta de El Milagro: “Padre, me lo
bendice” –le dice al cura que me acompañaba–. “Señora usted estuvo en misa”. “Sí, padrecito”.
“Bueno, ahí la bendición de Dios, la presencia de Dios bendice todo, todo, las…” “Sí, padrecito,
sí, padrecito..”. “Y después la bendición final bendice todo”. “Sí, padrecito, sí, padrecito”. En ese
momento sale otro cura amigo de este, pero que no se habían visto. Entonces: “¡Oh!, vos acá”.
Se da la vuelta y la señora que no sé cómo se llamaba –digamos la señora ‘sí, padrecito’– me
mira y me dice: “Padre, me lo bendice usted”. Los que siempre le ponen barreras al Pueblo de
Dios, lo separan. Escuchan pero no oyen, le echan un sermón, ven pero no miran. La necesidad
de diferenciarse les ha bloqueado el corazón. La necesidad, consciente o inconsciente, de
decirse: “Yo no soy como él, no soy como ellos”, los ha apartado no sólo del grito de su gente, ni
de su llanto, sino especialmente de los motivos de la alegría. Reír con los que ríen, llorar con los
que lloran, he ahí, parte del misterio del corazón sacerdotal y del corazón consagrado. A veces
hay castas que nosotros con esta actitud vamos haciendo y nos separamos. En Ecuador, me
permití decirle a los curas que, por favor –también estaban las monjas–, que, por favor, pidieran
todos los días la gracia de la memoria de no olvidarse de dónde te sacaron. Te sacaron de detrás
del rebaño. No te olvides nunca, no te la creas, no niegues tus raíces, no niegues esa cultura que
aprendiste de tu gente porque ahora tenés una cultura más sofisticada, más importante. Hay
sacerdotes que les da vergüenza hablar su lengua originaria y entonces se olvidan de su
quechua, de su aymara, de su guaraní: “Porque no, no, ahora hablo en fino”. La gracia de no
perder la memoria del Pueblo fiel. Y es una gracia. El libro del Deuteronomio, cuántas veces Dios
le dice a su Pueblo: “No te olvides, no te olvides, no te olvides”. Y Pablo, a su discípulo
predilecto, que él mismo consagró obispo, Timoteo, le dice: “Y acordáte de tu madre y de tu
abuela”.

3. La tercera palabra: “Ánimo, levantáte”. Y este es el tercer eco. Un eco que no nace
directamente del grito de Bartimeo, sino de la reacción de la gente que mira cómo Jesús actuó
ante el clamor del ciego mendicante. Es decir, aquellos que no le daban lugar al reclamo de él,
no le daban paso, o alguno que lo hacía callar… Claro, cuando ve que Jesús reacciona así,
cambia: “Levantáte, te llama”.

Es un grito que se transforma en Palabra, en invitación, en cambio, en propuestas de novedad


frente a nuestras formas de reaccionar ante el santo Pueblo fiel de Dios.

A diferencia de los otros, que pasaban, el Evangelio dice que Jesús se detuvo y preguntó: ¿Qué
pasa? ¿Quién toca la batería?”. Se detiene frente al clamor de una persona. Sale del anonimato
de la muchedumbre para identificarlo y de esa forma se compromete con él. Se enraíza en su
vida. Y lejos de mandarlo callar, le pregunta: Decíme, “qué puedo hacer por vos”. No necesita
diferenciarse, no necesita separarse, no le echa un sermón, no lo clasifica y le pregunta si está
autorizado o no para hablar. Tan solo le pregunta, lo identifica queriendo ser parte de la vida de
ese hombre, queriendo asumir su misma suerte. Así le restituye paulatinamente la dignidad que
tenía perdida, al borde del camino y ciego. Lo incluye. Y lejos de verlo desde fuera, se anima a
identificarse con los problemas y así manifestar la fuerza transformadora de la misericordia. No
existe una compasión, una compasión, no una lástima, –no existe una compasión que no se
detenga. Si no te detenés, no padecés con, no tenés la divina compasión. No existe una
compasión que no escuche. No existe una compasión que no se solidarice con el otro. La
compasión no es zapping, no es silenciar el dolor, por el contrario, es la lógica propia del amor, el
padecer con. Es la lógica que no se centra en el miedo sino en la libertad que nace de amar y
pone el bien del otro por sobre todas las cosas. Es la lógica que nace de no tener miedo de
acercarse al dolor de nuestra gente. Aunque muchas veces no sea más que para estar a su lado
y hacer de ese momento una oportunidad de oración.
Y esta es la lógica del discipulado, esto es lo que hace el Espíritu Santo con nosotros y en
nosotros. De esto somos testigos. Un día Jesús nos vio al borde del camino, sentados sobre
nuestros dolores, sobre nuestras miserias, sobre nuestras indiferencias. Cada uno conoce su
historia antigua. No acalló nuestros gritos, por el contrario se detuvo, se acercó y nos preguntó
qué podía hacer por nosotros. Y gracias a tantos testigos que nos dijeron “ánimo, levantáte”,
paulatinamente fuimos tocando ese amor misericordioso, ese amor transformador, que nos
permitió ver la luz. No somos testigos de una ideología, no somos testigos de una receta, o de
una manera de hacer teología. No somos testigos de eso. Somos testigos del amor sanador y
misericordioso de Jesús. Somos testigos de su actuar en la vida de nuestras comunidades.

Y esta es la pedagogía del Maestro, esta es la pedagogía de Dios con su Pueblo. Pasar de la
indiferencia del zapping al «ánimo, levántate, el Maestro te llama» ( Mc 10,49). No porque
seamos especiales, no porque seamos mejores, no porque seamos los funcionarios de Dios, sino
tan solo porque somos testigos agradecidos de la misericordia que nos transforma. Y, cuando se
vive así, hay gozo y alegría, y podemos adherirnos al testimonio de la hermana, que en su vida
hizo suyo el consejo de San Agustín: “Canta y camina”. Esa alegría que viene del testigo de la
misericordia que transforma.

No estamos solos en este camino. Nos ayudamos con el ejemplo y la oración los unos a los otros.
Tenemos a nuestro alrededor una nube de testigos (cf. Hb 12,1). Recordemos a la beata Nazaria
Ignacia de Santa Teresa de Jesús, que dedicó su vida al anuncio del Reino de Dios en la atención
a los ancianos, con la «olla del pobre» para quienes no tenían qué comer, abriendo asilos para
niños huérfanos, hospitales para heridos de la guerra, e incluso creando un sindicato femenino
para la promoción de la mujer. Recordemos también a la venerable Virginia Blanco Tardío,
entregada totalmente a la evangelización y al cuidado de las personas pobres y enfermas. Ellas y
tantos otros anónimos, del montón, de los que seguimos a Jesús, son estímulo para nuestro
camino. ¡Esa nube de testigos! Vayamos adelante con la ayuda de Dios y colaboración de todos.
El Señor se vale de nosotros para que su luz llegue a todos los rincones de la tierra. Y adelante,
canta y camina. Y, mientras cantan y caminan, por favor, recen por mí, que lo necesito. Gracias.

 
VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE FRANCISCO 
A ECUADOR, BOLIVIA Y PARAGUAY 
(5-13 DE JULIO DE 2015)

ENCUENTRO CON EL CLERO, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS Y SEMINARISTAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE


Santuario nacional mariano de El Quinche, Quito
Miércoles 8 de julio de 2015

Buenos días, hermanos y hermanas.

En estos dos días, 48 horas, que tuve contacto con ustedes, noté que había algo raro –perdón–,
algo raro en el pueblo ecuatoriano. En todos los lugares donde voy, siempre el recibimiento es
alegre, contento, cordial, religioso, piadoso, en todos lados. Pero acá había en la piedad, en el
modo, por ejemplo, en pedir la bendición desde el más viejo hasta la ‘wawa’,  que lo primero que
aprendé es hacer así. Había algo distinto, yo también tuve la tentación, como el obispo de
Sucumbíos, de preguntar: ¿Cuál es la receta de este pueblo? ¿Cuál es? Y me daba vuelta en la
cabeza y rezaba; le pregunté a Jesús varias veces en la oración: ¿Qué tiene este pueblo de
distinto? Y esta mañana, orando, se me impuso aquella consagración al Sagrado Corazón.

Pienso que se lo debo decir como un mensaje de Jesús: Todo esto de riqueza que tienen
ustedes, de riqueza espiritual, de piedad, de profundidad, viene de haber tenido la valentía –
porque fueron momentos muy difíciles–, la valentía de consagrar la nación al Corazón de Cristo,
ese Corazón divino y humano que nos quiere tanto. Y yo los noto un poco con eso: divinos y
humanos. Seguro que son pecadores, yo también pero… pero el Señor perdona todo y…
¡Custodien eso! Y después, pocos años después, la consagración al Corazón de María. No
olviden: esa consagración es un hito en la historia del pueblo de Ecuador y de esa consagración
siento como que les viene esa gracia que tienen ustedes, esa piedad, esa cosa que los hace
distintos.

Hoy tengo que hablarles a los sacerdotes, a los seminaristas, las religiosas, a los religiosos y
decirles algo. Tengo un discurso preparado, pero no tengo ganas de leer. Así que se lo doy al
Presidente de la Conferencia de Religiosos para que lo haga público después.

Y pensaba en la Virgen, pensaba en María. Dos palabras de María –acá me está fallando la
memoria pero no sé si dijo alguna otra, ¿eh?–: «Hágase en mí». Bueno sí, pidió explicaciones de
por qué la elegían a ella, al ángel. Pero dice: “Hágase en mí”. Y otra palabra: “Hagan lo que Él
les diga”. María no protagonizó nada. Discipuleó toda su vida. La primera discípula de su Hijo. Y
tenía conciencia de que todo lo que ella había traído era pura gratuidad de Dios. Conciencia de
gratuidad. Por eso, “hágase”, “hagan”, que se manifieste la gratuidad de Dios. Religiosas,
religiosos, sacerdotes, seminaristas, todos los días vuelvan, hagan ese camino de retorno hacia la
gratuidad con que Dios los eligió. Ustedes no pagaron entrada para entrar al seminario, para
entrar a la vida religiosa. No se lo merecieron. Si algún religioso, sacerdote o seminarista o
monja que hay aquí cree que se lo mereció, que levante la mano. Todo gratuito. Y toda la vida
de un religioso, de una religiosa, de un sacerdote y de un seminarista que va por ese camino –y
bueno, ya que estamos, digamos: y de los obispos– tiene que ir por este camino de la gratuidad,
volver todos los días: “Señor, hoy hice esto, me salió bien esto, tuve esta dificultad, todo esto
pero… todo viene de Vos, todo es gratis”. Esa gratuidad. Somos objeto de gratuidad de Dios. Si
olvidamos esto, lentamente, nos vamos haciendo importantes. “Y mirá vos, a este… qué obras
que está haciendo y…” o “Mirá vos a este lo hicieron obispo de tal… qué importante, a este lo
hicieron monseñor, o a este…”. Y ahí lentamente nos vamos apartando de esto que es la base,
de lo que María nunca se apartó: la gratuidad de Dios. Un consejo de hermano: todos los días, a
la noche quizás es lo mejor, antes de irse a dormir, una mirada a Jesús y decirle: “Todo me lo
diste gratis”, y volverse a situar. Entonces cuando me cambian de destino o cuando hay una
dificultad, no pataleo, porque todo es gratis, no merezco nada. Eso hizo María.

San Juan Pablo II, en la Redemptoris Mater… que les recomiendo que la lean. Sí, agárrenla,
léanla. Es verdad, el Papa San Juan Pablo II tenía un estilo de pensamiento circular, profesor,
pero era un hombre de Dios; entonces hay que leerla varias veces para sacarle todo el jugo que
tiene. Y dice que quizás María –no recuerdo bien la frase; estoy citando, pero quiero citar el
hecho– en el momento de la cruz de su fidelidad hubiera tenido ganas de decir: “¡Y éste me
dijeron que iba salvar Israel! ¡Me engañaron!”. No lo dijo. Ni se permitió… pensarlo, porque era
la mujer que sabía que todo lo había recibido gratuitamente. Consejo de hermano y de padre:
todas las noches resitúense en la gratuidad. Y digan: “Hágase, gracias porque todo me lo diste
Vos”.

Una segunda cosa que les quisiera decir es que cuiden la salud, pero sobre todo cuiden de no
caer en una enfermedad, una enfermedad que es media peligrosa para… o del todo peligrosa
para los que el Señor nos llamó gratuitamente a seguirlo o a servirlo. No caigan en el  alzheimer
espiritual, no pierdan la memoria, sobre todo la memoria de dónde me sacaron. La escena esa
del profeta Samuel cuando es enviado a ungir al rey de Israel: va a Belén, a la casa de un señor
que se llama Jesé, que tiene 7 u 8 hijos –no sé–, y Dios le dice que entre esos hijos va estar el
rey. Y, claro, los ve y dice: “Debe ser este, porque el mayor era alto, grande, apuesto, parecía
valiente… Y Dios le dice: “No, no es ese”. La mirada de Dios es distinta a la de los hombres. Y así
los hace pasar a todos los hijos y Dios le dice:  “No, no es”. Se encuentra con que no sabe qué
hacer el profeta; entonces le pregunta al padre: “Che, ¿no tenés otro?”. Y le dice: “Sí, está el
más chico ahí cuidando las cabras o las ovejas”. “Mandálo llamar”, y viene el mocosito, que
tendría 17, 18 años –no sé–, y Dios le dice: “Ese es”. Lo sacaron de detrás del rebaño. Y otro
profeta cuando Dios le dice que haga ciertas cosas como profeta: “Pero yo quién soy si a mí me
sacaron de detrás del rebaño”. No se olviden de dónde los sacaron. No renieguen las raíces.

San Pablo se ve que intuía este peligro de perder la memoria  y a su hijo más querido, el obispo
Timoteo, a quien él ordenó, le da consejos pastorales, pero hay uno que toca el corazón: “No te
olvides de la fe que tenía tu abuela y tu madre”, es decir: “No te olvides de dónde te sacaron, no
te olvides de tus raíces, no te sientas promovido”. La gratuidad es una gracia que no puede
convivir con la promoción y, cuando un sacerdote, un seminarista, un religioso, una religiosa
entra en carrera –no digo mal, en carrera humana–, empieza a enfermarse de alzheimer
espiritual y empieza a perder la memoria de dónde me sacaron.

Dos principios para ustedes sacerdotes, consagrados y consagradas: todos los días renueven el
sentimiento de que todo es gratis, el sentimiento de gratuidad de la elección de cada uno de
ustedes, –ninguno la merecimos–, y pidan la gracia de no perder la memoria, de no sentirse más
importante. Es muy triste cuando uno ve a un sacerdote o a un consagrado, una consagrada,
que en su casa hablaba el dialecto o hablaba otra lengua, una de esas nobles lenguas antiguas
que tienen los pueblos –Ecuador cuántas tiene–, y es muy triste cuando se olvidan de la lengua,
es muy triste cuando no la quieren hablar. Eso significa que se olvidaron de dónde los sacaron.
No se olviden de eso, pidan esa gracia de la memoria, y esos son los dos principios que quisiera
marcar.

Y esos dos principios, si los viven –pero todos los días, es un trabajo de todos los días, todas las
noches recordar esos dos principios y pedir la gracia–, esos dos principios, si los viven, les van a
dar en la vida, los van a hacer vivir con dos actitudes.
Primero, el servicio. Dios me eligió, me sacó ¿para qué? Para servir. Y el servicio que me es
peculiar a mí. No, que tengo mi tiempo, que tengo mis cosas, que tengo esto, que no, que ya
cierro el despacho, que esto, que si tendría que ir a bendecir las casas pero… no, estoy cansado
o… hoy pasan una telenovela linda por televisión y entonces –para las monjitas–, y entonces:
Servicio, servir, servir, y no hacer otra cosa, y servir cuando estamos cansados y servir cuando la
gente nos harta.

Me decía un viejo cura, que fue toda su vida profesor en colegios y universidad, enseñaba
literatura, letras, un genio… Cuando se jubiló le pidió al provincial que lo mandara a un barrio
pobre, a un barrio… de esos barrios que se forman de gente que viene, que emigran buscando
trabajo, gente muy sencilla. Y este religioso una vez por semana iba a su comunidad y hablaba;
era muy inteligente. Y la comunidad era una comunidad de facultad de teología; hablaba con los
otros curas de teología al mismo nivel, pero un día le dice a uno: “Ustedes que son… ¿Quién da
el tratado de Iglesia aquí? El profesor levanta la mano: “yo”. “Te faltan dos tesis”. “¿Cuáles?”. “El
santo Pueblo fiel de Dios es esencialmente olímpico, o sea, hace lo que quiere,
y ontológicamente hartante”. Y eso tiene mucha sabiduría, porque quien va por el camino del
servir tiene que dejarse hartar sin perder la paciencia, porque está al servicio, ningún momento
le pertenece, ningún momento le pertenece. Estoy para servir, servir en lo que debo hacer, servir
delante del sagrario, pidiendo por mi pueblo, pidiendo por mi trabajo, por la gente que Dios me
ha encomendado.

Servicio, mezclálo con lo de gratuidad y entonces… aquello de Jesús: “Lo que recibiste gratis dalo
gratis”. Por favor, por favor, no cobren la gracia; por favor, que nuestra pastoral sea gratuita. Y
es tan feo cuando uno va perdiendo este sentido de gratuidad y se transforma en… Sí, hace
cosas buenas, pero ha perdido eso.

Y lo segundo, la segunda actitud que se ve en un consagrado, una consagrada, un sacerdote que


vive esta gratuidad y esta memoria –estos dos principios que dije al principio, gratuidad y
memoria– es el gozo y la alegría. Y es un regalo de Jesús, ese, y es un regalo que Él da, que Él
nos da si se lo pedimos y si no nos olvidamos de esas dos columnas de nuestra vida sacerdotal o
religiosa, que son el sentido de gratuidad, renovado todos los días, y no perder la memoria de
dónde nos sacaron.

Yo les deseo esto. Sí, Padre, usted nos habló que quizás la receta de nuestro pueblo era… somos
así por lo del Sagrado Corazón. Sí, es verdad eso, pero yo les propongo otra receta que está en
la misma línea, en la misma del Corazón de Jesús: sentido de gratuidad. Él se hizo nada, se
abajó, se humilló, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Pura gratuidad. Y sentido de
la memoria… y hacemos memoria de las maravillas que hizo el Señor en nuestra vida.

Que el Señor les conceda esta gracia a todos, nos la conceda a todos los que estamos aquí, y
que siga –iba a decir premiando–, siga bendiciendo a este pueblo ecuatoriano a quienes ustedes
tienen que servir y son llamados a servir, lo siga bendiciendo con esa peculiaridad tan especial
que yo noté desde el principio al llegar acá. Que Jesús los bendiga y la Virgen los cuide.

***

Recemos todos juntos al Padre, que nos dio todo gratuitamente,  que nos mantiene la memoria
de Jesús con nosotros. [Padre nuestro…] Los bendiga Dios Todopoderoso, el Padre y el Hijo y el
Espíritu Santo. Y, por favor, por favor, les pido que recen por mí, porque yo también siento
muchas veces la tentación de olvidarme de la gratuidad con la que Dios me eligió y de olvidarme
de dónde me sacaron. Pidan por mí.

 
 Discurso preparado por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Traigo a los pies de Nuestra Señora de Quinche lo vivido en estos días de mi visita; quiero dejar en su
corazón a los ancianos y enfermos con los que he compartido un momento en la casa de las Hermanas de
la Caridad, y también todos los otros encuentros que he tenido con anterioridad. Los dejo en el corazón de
María, pero también los deposito en el corazón de ustedes: sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas,
para que llamados a trabajar en la viña del Señor, sean custodios de todo lo que este pueblo de Ecuador
vive, llora y se alegra.

Doy gracias a Mons. Lazzari, al Padre Mina y a la hermana Sandoval por sus palabras, que me dan pie para
compartir con todos ustedes algunas cosas en la común solicitud por el Pueblo de Dios.

En el Evangelio, el Señor nos invita a aceptar la misión sin poner condiciones. Es un mensaje importante
que no conviene olvidar, y que en este Santuario dedicado a la Virgen de la Presentación resuena con un
acento especial. María es ejemplo de discípula para nosotros que, como ella, hemos recibido una vocación.
Su respuesta confiada: «Hágase en mí según tu Palabra», nos recuerda sus palabras en las bodas de
Caná: «Hagan todo lo que él les diga» (Jn 2,5). Su ejemplo es una invitación a servir como ella.

En la Presentación de la Virgen podemos encontrar algunas sugerencias para nuestro propio llamado. La
Virgen Niña fue un regalo de Dios para sus padres y para todo el pueblo, que esperaba la liberación. Es un
hecho que se repite frecuentemente en la Escritura: Dios responde al clamor de su pueblo, enviando un
niño, débil, destinado a traer la salvación y, que al mismo tiempo, restaura la esperanza de unos padres
ancianos. La palabra de Dios nos dice que en la historia de Israel, los jueces, los profetas, los reyes son un
regalo del Señor para hacer llegar su ternura y su misericordia a su pueblo. Son signo de la gratuidad de
Dios: es Él quien los ha elegido, escogido y destinado. Esto nos aleja de la autoreferencialidad, nos hace
comprender que ya no nos pertenecemos, que nuestra vocación nos pide alejarnos de todo egoísmo, de
toda búsqueda de lucro material o compensación afectiva, como nos ha dicho el Evangelio. No somos
mercenarios, sino servidores; no hemos venido a ser servidos, sino a servir y lo hacemos en el pleno
desprendimiento, sin bastón y sin morral.        

Algunas tradiciones sobre la advocación de Nuestra Señora de Quinche nos dice que Diego de Robles
confeccionó la imagen por encargo de los indígenas Lumbicí. Diego no lo hacía por piedad, lo hacía por un
beneficio económico. Como no pudieron pagarle, la llevó a Oyacachi y la cambió por tablas de cedro. Pero
Diego se negó al pedido de ese pueblo para que le hiciera también un altar a la imagen, hasta que,
cayéndose del caballo, se encontró en peligro y sintió la protección de la Virgen. Volvió al pueblo e hizo el
pie de la imagen. También todos nosotros hemos hecho experiencia de un Dios que nos sale al cruce, que
en nuestra realidad de caídos, derrumbados, nos llama. ¡Que la vanagloria y la mundanidad no nos hagan
olvidar de dónde Dios nos ha rescatado!,  ¡que María de Quinche nos haga bajar de los lugares de
ambiciones, intereses egoístas, cuidados excesivos de nosotros mismos!

La «autoridad» que los apóstoles reciben de Jesús no es para su propio beneficio: nuestros dones son para
renovar y edificar la Iglesia. No se nieguen a compartir, no se resistan a dar, no se encierren en la
comodidad, sean manantiales que desbordan y refrescan, especialmente a los oprimidos por el pecado, la
desilusión, el rencor (cf. Evangelii gaudium 272).

El segundo trazo que me evoca la Presentación de la Virgen es la perseverancia. En la sugestiva


iconografía mariana de esta fiesta, la Virgen niña se aleja de sus padres subiendo las escaleras del Templo.
María no mira atrás y, en una clara referencia a la admonición evangélica, marcha decidida hacia delante.
Nosotros, como los discípulos en el Evangelio, también nos ponemos en camino para llevar a cada pueblo y
lugar la buena noticia de Jesús. Perseverancia en la misión implica no andar cambiando de casa en casa,
buscando donde nos traten mejor, donde haya más medios y comodidades. Supone unir nuestra suerte
con la de Jesús hasta el final. Algunos relatos de las apariciones de la Virgen de Quinche nos dicen que
una “señora con un niño en brazos” visitó varias tardes seguidas a los indígenas de Oyacachi cuando éstos
se refugiaban del acoso de los osos. Varias veces fue María al encuentro de sus hijos; ellos no le creían,
desconfiaban de esta señora, pero les admiró su perseverancia de volver cada tarde al caer el sol.
Perseverar aunque nos rechacen, aunque se haga la noche y crezcan el desconcierto y los peligros.
Perseverar en este esfuerzo sabiendo que no estamos solos, que es el Pueblo Santo de Dios que camina.

De algún modo, en la imagen de la Virgen niña subiendo al Templo, podemos ver a la Iglesia que
acompaña al discípulo misionero. Junto a ella están sus padres, que le han transmitido la memoria de la fe
y ahora generosamente la ofrecen al Señor para que pueda seguir su camino; está su comunidad
representada en el «séquito de vírgenes», «sus compañeras», con las lámparas encendidas
(cf. Sal 44,15) y, en las que los Padres de la Iglesia, ven una profecía de todos los que, imitando
a María, buscan con sinceridad ser amigos de Dios, y están los sacerdotes que la esperan para
recibirla y que nos recuerdan que en la Iglesia los pastores tienen la responsabilidad de acoger
con ternura y ayudar a discernir cada espíritu y cada llamado.

Caminemos juntos, sosteniéndonos unos a otros y pidamos con humildad el don de la perseverancia en su
servicio.

Nuestra Señora del Quinche fue ocasión de encuentro, de comunión, para este lugar que desde tiempos
del incario se había constituido en un asentamiento multiétnico. ¡Qué lindo es cuando la iglesia persevera
en su esfuerzo por ser casa y escuela de comunión, cuando generamos esto que me gusta llamar la cultura
del encuentro!

La imagen de la Presentación nos dice que una vez bendecida por los sacerdotes, la Virgen niña se sentó
en las gradas del altar y bailó sobre sus pies. Pienso en la alegría que se expresa en las imágenes del
banquete de las bodas, de los amigos del novio, de la esposa adornada con sus joyas. Es la alegría de
quien ha descubierto un tesoro y lo ha dejado todo por conseguirlo. Encontrar al Señor, vivir en su casa,
participar de su intimidad, compromete a anunciar el Reino y llevar la salvación a todos. Atravesar los
umbrales del Templo exige convertirnos como María en templos del Señor y ponernos en camino para
llevarlo a los hermanos. La Virgen, como primera discípula misionera, después del anuncio del Ángel, partió
sin demora a un pueblo de Judá para compartir este inmenso gozo, el mismo que hizo saltar a san Juan
Bautista en el seno de su madre. Quien escucha su voz «salta de gozo» y se convierte a su vez en
pregonero de su alegría. La alegría de evangelizar mueve a la Iglesia, la hace salir, como a María.

Si bien son múltiples las razones que se argumentan para el traslado del santuario desde Oyacachi a este
lugar, me quedo con una: «aquí es y ha sido más accesible, más fácil para estar cerca de todos». Así lo
entendió el Arzobispo de Quito, Fray Luis López de Solís, cuando mandó edificar un Santuario capaz de
convocar y acoger a todos. Una iglesia en salida es una iglesia que se acerca, que se allana para no estar
distante, que sale de su comodidad y se atreve a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del
evangelio (cf. Evangelii gaudium 20).

Volveremos ahora a nuestras tareas, interpelados por el Santo Pueblo que nos ha sido confiado. Entre
ellas, no olvidemos cuidar, animar y educar la devoción popular que palpamos en este santuario y tan
extendida en muchos países latinoamericanos. El pueblo fiel ha sabido expresar la fe con su propio
lenguaje, manifestar sus más hondos sentimientos de dolor, duda, gozo, fracaso, agradecimiento con
diversas formas de piedad: procesiones, velas, flores, cantos que se convierten en una bella expresión de
confianza en el Señor y de amor a su Madre, que es también la nuestra.

En Quinche, la historia de los hombres y la historia de Dios confluyen en la historia de una mujer, María. Y
en una casa, nuestra casa, la hermana madre tierra. Las tradiciones de esta advocación evocan a los
cedros, los osos, la hendidura en la piedra que fuera aquí la primera casa de la Madre de Dios. Nos hablan
en el ayer de pájaros que rodearon el lugar, y en el hoy de flores que engalanan los alrededores. Los
orígenes de esta devoción nos llevan a tiempos donde era más sencilla «la serena armonía con la
creación... contemplar al Creador que vive entre nosotros y en lo que nos rodea y cuya presencia no hace
falta fabricar» (Laudato si’225) y que se nos devela en el mundo creado, en su Hijo amado, en la Eucaristía
que permite a los cristianos sentirse miembros vivos de la Iglesia y participar activamente en su misión
(cf. Aparecida, 264), en Nuestra Señora del Quinche, que acompañó desde aquí los albores del primer
anuncio de la fe a los pueblos indígenas. A ella encomendemos nuestra vocación; que ella nos haga regalo
para nuestro pueblo, que ella nos dé la perseverancia en la entrega y la alegría de salir a llevar el
Evangelio de su hijo Jesús –unidos a nuestros pastores– hasta los confines, hasta las periferias de nuestro
querido Ecuador.

VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE FRANCISCO 


A KENIA, UGANDA Y REPÚBLICA CENTROAFRICANA
(25-30 DE NOVIEMBRE DE 2015)

ENCUENTRO CON SACERDOTES, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS Y SEMINARISTAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE


Catedral de Kampala (Uganda)
Sábado 28 de noviembre de 2015

(En italiano) Yo dejaré al Obispo encargado de la vida consagrada el  mensaje que he escrito
para ustedes para que sea publicado.

(En inglés)  Pido disculpas por hablar en mi lengua materna pero yo no sé hablar inglés.

Tres cosas les quiero decir. Primero de todo, en el libro del Deuteronomio, Moisés recuerda a su
pueblo: «No olviden» Y lo repite durante el libro varias veces: «No olvidar» No olvidar todo lo
que Dios hizo por el pueblo. Lo primero que les quiero decir a ustedes es que tengan, pidan la
gracia de la memoria. Como les dije a los jóvenes: «Por la sangre de los católicos ugandeses está
mezclada la sangre de los mártires». No pierdan la memoria de esta semilla, para que, así, sigan
creciendo. El principal enemigo de la memoria es el olvido, pero no es el más peligroso. El
enemigo más peligroso de la memoria es acostumbrarse a heredar los bienes de los mayores. La
Iglesia en Uganda no puede acostumbrarse nunca al recuerdo lejano de estos mártires. Mártir
significa testigo. La Iglesia, en Uganda, para ser fiel a esa memoria tiene que seguir siendo
testigo, no tienen que vivir de renta. Las glorias pasadas fueron el principio, pero ustedes tienen
que hacer las glorias futuras. Y ese es el encargo que les da la Iglesia a ustedes: Sean testigos
como fueron testigos los mártires que dieron la vida por el Evangelio.

Para ser testigos – segunda palabra que les quiero decir – es necesaria la fidelidad. Fidelidad a la
memoria, fidelidad a la propia vocación, fidelidad al celo apostólico. Fidelidad significa seguir el
camino de la santidad. Fidelidad significa hacer lo que hicieron los testigos anteriores: ser
misioneros. Quizás acá, en Uganda, hay diócesis que tienen mucho sacerdotes y diócesis que
tienen pocos. Fidelidad significa ofrecerse al obispo para irse a otra diócesis que necesita
misioneros. Y esto no es fácil. Fidelidad significa perseverancia en la vocación. Y acá quiero
agradecer de una manera especial el ejemplo de fidelidad que me dieron las hermanas de la
Casa de la Misericordia: fidelidad a los pobres, a los enfermos, a los más necesitados, porque
Cristo está allí. Uganda fue regada con sangre de mártires, de testigos. Hoy es necesario seguir
regándola y, para eso, nuevos desafíos, nuevos testimonios, nuevas misiones, sino van a perder
la gran riqueza que tienen y «la perla de África» terminará guardada en un museo, porque el
demonio ataca así, de a poquito. Y estoy hablando no sólo para los sacerdotes, también para los
religiosos. Lo de los sacerdotes lo quise decir de una manera especial respecto al problema de
la misionariedad:  que las diócesis con mucho clero se ofrezcan a las de menos clero, entonces
Uganda va a seguir siendo misionera.

Memoria que significa fidelidad; y fidelidad que solamente es posible con la oración. Si un
religioso, una religiosa, un sacerdote deja de rezar o reza poco, porque dice que tienen mucho
trabajo, ya empezó a perder la memoria y ya empezó a perder la fidelidad. Oración que significa
también humillación. La humillación de ir con regularidad al confesor a decir los propios pecados.
No se puede renguear de las dos piernas. Los religiosos, las religiosas y los sacerdotes no
podemos llevar doble vida. Si sos pecador, si sos pecadora, pedí perdón, pero no mantengas
escondido lo que Dios no quiere, no mantengas escondida la falta de fidelidad, no encierres en el
armario, la memoria.

Memoria, nuevos desafíos, fidelidad a la memoria y oración. La oración siempre empieza con
reconocerse pecador. Con esas tres columnas, «la perla del África» seguirá siendo perla y no sólo
una palabra del diccionario. Que los mártires que dieron fuerza a esta Iglesia los ayuden a seguir
adelante en la memoria, en la fidelidad y en la oración. Y, por favor, les pido que no se olviden
de rezar por mí. [en inglés]  Muchas gracias.

Ahora los invito a rezar todos juntos un Ave María a la Virgen

[Oración del Ave Maria y la bendición apostólica en inglés]

Texto del discurso preparado por el Santo Padre

Queridos hermanos sacerdotes,

Queridos religiosos y seminaristas:

Me alegro de estar con ustedes, y les agradezco su afectuosa bienvenida. Agradezco de modo
particular a los que han hablado y dado testimonio de las esperanzas y preocupaciones de todos
ustedes y, sobre todo, de la alegría que les anima en su servicio al pueblo de Dios en Uganda.

Me complace además que nuestro encuentro tenga lugar en la víspera del primer domingo de
Adviento, un tiempo que nos invita a mirar hacia un nuevo comienzo. Durante este Adviento nos
preparamos también para cruzar el umbral del Año Jubilar extraordinario de la Misericordia, que
he proclamado para toda la Iglesia.

Ante la proximidad del Jubileo de la Misericordia, quisiera plantearles dos preguntas. La primera:
¿Quiénes son ustedes como presbíteros, o futuros presbíteros, y como personas consagradas ? En
un cierto sentido, la respuesta es fácil: ustedes son ciertamente hombres y mujeres cuyas vidas
se han forjado en un «encuentro personal con Jesucristo» ( Evangelii  gaudium, 3). Jesús ha
tocado sus corazones, los ha llamado por sus nombres, y les ha pedido que lo sigan con un
corazón íntegro para servir a su pueblo santo.

La Iglesia en Uganda, en su breve pero venerable historia, ha sido bendecida con numerosos
testigos –fieles laicos, catequistas, sacerdotes y religiosos– que dejaron todo por amor a Jesús:
casa, familia y, en el caso de los mártires, su misma vida. En la vida de ustedes, tanto en su
ministerio sacerdotal como en su consagración religiosa, están llamados a continuar este gran
legado, sobre todo mediante actos sencillos y humildes de servicio. Jesús desea servirse de
ustedes para tocar los corazones de otras personas: Quiere servirse de sus bocas para proclamar
su palabra de salvación, de sus brazos para abrazar a los pobres que Él ama, de sus manos para
construir comunidades de auténticos discípulos misioneros. Ojalá que nunca nos olvidemos de
que nuestro «sí» a Jesús es un «sí» a su pueblo. Nuestras puertas, las puertas de nuestras
iglesias, pero sobre todo las puertas de nuestros corazones, han de estar constantemente
abiertas al pueblo de Dios, a nuestro pueblo. Porque es esto lo que somos.

Una segunda pregunta que quisiera hacerles esta tarde es: ¿ Qué más están llamados a hacer
para vivir su vocación específica ? Porque siempre hay algo más que podemos hacer, otra milla
que recorrer en nuestro camino.
El pueblo de Dios, más aún, todos los pueblos, anhelan una vida nueva, el perdón y la paz.
Lamentablemente hay en el mundo muchas situaciones que nos preocupan y que requieren de
nuestra oración, a partir de la realidad más cercanas. Ruego ante todo por el querido pueblo de
Burundi, para que el Señor suscite en las autoridades y en toda la sociedad sentimientos y
propósitos de diálogo y de colaboración, de reconciliación y de paz. Si nuestra misión es
acompañar a quien sufre, entonces, de la misma manera que la luz pasa a través de las vidrieras
de esta Catedral, hemos de dejar que la fuerza sanadora de Dios pase a través de nosotros. En
primer lugar, tenemos que dejar que las olas de su misericordia nos alcancen, nos purifiquen y
nos restauren, para que podamos llevar esa misericordia a los demás, especialmente a los que se
encuentran en tantas periferias geográficas y existenciales.

Sabemos bien lo difícil que es todo esto. Es mucho lo que queda por hacer. Al mismo tiempo, la
vida moderna con sus evasiones puede llegar a ofuscar nuestras conciencias, a disipar nuestro
celo, e incluso a llevarnos a esa «mundanidad espiritual» que corroe los cimientos de la vida
cristiana. La tarea de conversión –esa conversión que es el corazón del Evangelio (cf. Mc 1,15)–
hay que llevarla a cabo todos los días, luchando por reconocer y superar esos hábitos y modos
de pensar que alimentan la pereza espiritual. Necesitamos examinar nuestras conciencias, tanto
individual como comunitariamente.

Como ya he señalado, estamos entrando en el tiempo de Adviento, que es el tiempo de un nuevo


comienzo. En la Iglesia nos gusta afirmar que África es el continente de la esperanza, y no faltan
motivos para ello. La Iglesia en estas tierras ha sido bendecida con una abundante cosecha de
vocaciones religiosas. Esta tarde quisiera dirigir una palabra de ánimo a los jóvenes seminaristas
y religiosos aquí presentes. El llamado del Señor es una fuente de alegría y una invitación a
servir. Jesús nos dice que «de lo que rebosa el corazón habla la boca» ( Lc 6,45). Que el fuego
del Espíritu Santo purifique sus corazones, para que sean testigos alegres y convencidos de la
esperanza que da el Evangelio. Ustedes tienen una hermosísima palabra que anunciar. Ojalá la
anuncien siempre, sobre todo con la integridad y la convicción que brota de sus vidas.

Queridos hermanos y hermanas, mi visita en Uganda es breve, y hoy ha sido una jornada larga.
Sin embargo, considero el encuentro de esta tarde como la coronación de este día bellísimo, en
el que me he podido acercar como peregrino al Santuario de los Mártires Ugandeses, en
Namugongo, y me he encontrado con muchísimos jóvenes que son el futuro de la Nación y de la
Iglesia. Ciertamente me iré de África con una esperanza grande en la cosecha de gracia que Dios
está preparando en medio de ustedes. Les pido a cada uno que recen pidiendo una efusión
abundante de celo apostólico, una perseverancia gozosa en el llamado que han recibido y, sobre
todo, el don de un corazón puro, siempre abierto a las necesidades de todos nuestros hermanos
y hermanas. De este modo, la Iglesia en Uganda se mostrará verdaderamente digna de su
gloriosa herencia y podrá afrontar los desafíos del futuro con firme esperanza en las promesas de
Cristo. Los tendré muy presentes en mi oración, y les pido que recen por mí.
VIAJE APOSTÓLICO DEL SANTO PADRE FRANCISCO 
A KENIA, UGANDA Y REPÚBLICA CENTROAFRICANA
(25-30 DE NOVIEMBRE DE 2015)

ENCUENTRO CON EL CLERO, LOS RELIGIOSOS Y LOS SEMINARISTAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE


Campo de deportes de la St Mary’s School, Nairobi (Kenia)
Jueves 26 de noviembre de 2015

V. Tumisufu Yesu Kristu! (Alabado sea Jesucristo)

R. Milele na Milele. Amina (Ahora y siempre. Amén)

[Palabras en inglés]

Muchas gracias por su presencia. Me gustaría mucho hablarles en inglés, pero mi inglés es pobre.
He tomado algunas notas y quisiera decirles muchas cosas, a cada uno de ustedes, pero me da
miedo hablar y preferiría hacerlo en mi lengua madre. Mons. Miles hará la traducción. Gracias por
su comprensión.

[Palabras en español]

Cuando se leía la Carta de san Pablo me tocó: «Estoy firmemente convencido de que aquel que
comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús» ( Flp 1,6).

El Señor nos ha elegido, y Él comenzó su obra el día que nos miró en el bautismo, y el día que
nos miró después, cuando nos dijo «si tenés ganas vení conmigo». Y, bueno, ahí nos metimos en
fila y empezamos el camino; pero el camino lo empezó Él, no nosotros. En el Evangelio leemos
de uno curado que quiso seguir el camino y Jesús le dijo: «No». En el seguimiento de Jesucristo,
sea en el sacerdocio, sea en la vida consagrada, se entra por la puerta; la puerta es Cristo; Él
llama, Él empieza, Él va haciendo el trabajo. Hay algunos que quieren entrar por la ventana. No
sirve eso. Por favor, si alguno ve que un compañero o una compañera entró por la ventana,
abrácelo y explíquele que mejor que se vaya, y que sirva a Dios en otro lado, porque nunca va a
llegar a término una obra que no empezó Jesús por la puerta.

Y esto nos tiene que llevar a una conciencia de elegidos: «Yo fui mirado, yo fui elegido». Me
impresiona el comienzo del capítulo 16 de Ezequiel: Eras hijo de extranjeros, estabas recién
nacido y tirado. Yo pasé, te limpié y te llevé conmigo (cf. vv. 6-9). Ese es el camino, esa es la
obra que el Señor comenzó cuando los miró. Hay algunos que no saben para qué Dios los llama,
pero sienten que Dios los llamó. Vayan tranquilos, Él les hará comprender para qué los llamó.
Hay otros que quieren seguir al Señor, pero con interés, por interés. Acordémonos de la mamá
de Santiago y Juan: «Señor te quiero pedir que cuando partas la torta le des la parte más grande
a mis dos hijos. Uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Da la tentación de seguir a Jesús por
ambición: ambición de dinero, ambición de poder. Todos podemos decir: «Cuando yo empecé a
seguir a Jesús ni se me ocurrió eso». Pero a otro se le ocurrió y, poco a poco, te lo sembró en el
corazón como una cizaña. En la vida del seguimiento de Jesús no hay lugar ni para la propia
ambición, ni para las riquezas, ni para ser una persona importante en el mundo. A Jesús se lo
sigue hasta el último paso de su vida terrena: la cruz. Después, Él se encarga de resucitarte,
pero, hasta ahí, andá vos. Y esto se lo digo en serio, porque la Iglesia no es una empresa, no es
una ONG, la Iglesia es un misterio, es el misterio de la mirada de Jesús sobre cada uno, que le
dice: «Vení». Queda claro, el que llama es Jesús. Se entra por la puerta, no por la ventana, y se
sigue el camino de Jesús.

Evidentemente, Jesús cuando nos elige no nos canoniza, seguimos siendo los mismos pecadores.
Yo les pediría, por favor, si hay acá algún sacerdote o alguna religiosa, o algún religioso que no
se sienta pecador, que levante la mano. Todos somos pecadores, yo el primero, después
ustedes. Pero nos lleva adelante la ternura y el amor de Jesús. «Aquel que empezó la buena obra
en ustedes la continuará y la completará hasta el día de Jesucristo». Eso nos lleva adelante, el
amor de Jesús. ¿Ustedes se acuerdan, en el Evangelio, cuándo lloró el apóstol Santiago? ¿Se
acuerda alguno, o no? ¿Y cuándo lloró el apóstol Juan? ¿Y cuándo lloró algún otro apóstol? Uno
sólo nos dice el Evangelio que lloró, el que se dio cuenta que era pecador, tan pecador era que
había traicionado a su Señor, y cuando se dio cuenta de eso, lloró. Después, Jesús lo hizo Papa.
¿Quién entiende a Jesús? Un misterio. Nunca dejen de llorar. Cuando a un sacerdote, a un
religioso o religiosa, se le secan las lágrimas algo no funciona. Llorar por la propia infidelidad,
llorar por el dolor del mundo, llorar por la gente que está descartada, por los viejitos
abandonados, por los niños asesinados, por las cosas que no entendemos; llorar cuando nos
preguntan, «¿por qué?». Ninguno de nosotros tiene todos los «porqué», todas las respuestas a
los «porqué». Hay un autor ruso que se preguntaba por qué sufren los niños. Y cada vez que yo
saludo a un niño con cáncer, con tumor, con una enfermedad rara – como se llaman ahora –
pregunto: «¿Por qué sufre este niño?». Y yo no tengo respuesta para esto, solamente miro a
Jesús en la cruz. Hay situaciones en la vida que solamente nos llevan a llorar mirando a Jesús en
la cruz y esa es la única respuesta para ciertas injusticias, para ciertos dolores, para ciertas
situaciones de la vida. San Pablo le decía a sus discípulos: «Acordáte de Jesucristo, acordáte de
Jesucristo crucificado». Cuando un consagrado, una consagrada, un sacerdote, se olvida de
Cristo crucificado, ¡pobrecito!, cayó en un pecado muy feo, un pecado que le da asco a Dios, que
lo hace vomitar a Dios, el pecado de la tibieza. Queridos sacerdotes, hermanas y hermanos,
cuiden de no caer en el pecado de la tibieza.

Y, ¿qué otra cosa les puedo decir que les pueda dar un mensaje de mi corazón a ustedes? Que
nunca se alejen de Jesús. Esto quiere decir que nunca dejen de orar. «Padre, pero a veces es tan
aburrido orar, uno se cansa, se duerme». Dormíte delante del Señor. Es una manera de rezar,
pero quedáte ahí, delante del Señor, rezá, no dejes la oración. Si un consagrado deja la oración,
el alma se seca, como esos higos ya secos, son feos, tienen una apariencia fea. El alma de una
religiosa, de un religioso, de un sacerdote que no reza, es un alma fea. Perdón, pero es así. Les
dejo esta pregunta: «¿Yo le quito tiempo al sueño, a la radio, a la televisión, a las revistas, para
rezar, o prefiero lo otro?». Ponerse delante de Aquel que empezó la obra y que la está
terminando en cada uno de ustedes. La oración...

Y una última cosa que les quisiera decir, antes de decirles otra. Es que todo el que se dejó elegir
por Jesús es para servir, para servir al pueblo de Dios, para servir a los más pobres, a los más
descartados, a los más humildes, para servir a los niños y a los ancianos, para servir también a la
gente que no es consciente de la soberbia y del pecado que lleva dentro, para servir a Jesús.
Dejarse elegir por Jesús es dejarse elegir para servir, no para hacerse servir. Hace un año, más o
menos, hubo un encuentro de sacerdotes –las monjas se salvan– y, durante esos ejercicios
espirituales, cada día había un turno de sacerdotes que tenían que servir a la mesa, algunos de
ellos se quejaron: «No. Nosotros tenemos que ser servidos, nosotros pagamos, podemos pagar
para que nos sirvan». Por favor, no diga eso en la Iglesia. Servir, no «servirse de».

Bueno, esto es lo que les quería decir, que sentí todo de golpe cuando escuché esta frase de san
Pablo, confiado en que «Aquel que empezó la buena obra en ustedes la continuará, y la
completará, hasta el día de Jesucristo». Me decía un cardenal mayor, un año más que yo, que
cuando él va al cementerio donde ve misioneros, misioneras, sacerdotes, religiosos, religiosas
que han dado su vida, él se pregunta: «¿Y por qué a estos no los canonizan mañana, porque
pasaron su vida sirviendo?». Y a mí me emociona cuando saludo después de una misa a un
sacerdote, una religiosa, que me dice: «Hace 30, 40 años que estoy en este hospital de niños
autistas, o que estoy en las misiones del Amazonas o que estoy en tal lugar o en tal otro». Me
toca el alma. Esta mujer o este hombre entendió que seguir a Jesús es servir a los demás y no
servirse de los demás.

Bueno, les agradezco mucho. Pero, «qué Papa maleducado que es éste», ¿no? Nos dio consejos,
nos dio palos, y no nos dice gracias. Yo les quiero decir, lo último que les quiero decir, «la frutilla
de la torta». Quiero darles gracias a ustedes. Gracias por animarse a seguir a Jesús. Gracias por
cada vez que se sienten pecadores. Gracias por cada caricia de ternura que dan a quien lo
necesita. Gracias por todas las veces que ayudaron a morir en paz a tanta gente. Gracias por
quemar la vida en la esperanza. Gracias por dejarse ayudar y corregir, y perdonar todos los días.
Y les pido, al darles gracias, que no se olviden de rezar por mí, porque yo lo necesito. Muchas
gracias.

Palabras al final del encuentro

Les agradezco el buen rato que pasamos juntos, pero yo tengo que salir por esta puerta, porque
están los niños enfermos de cáncer y quisiera verlos a ellos y darles una caricia. A ustedes les
agradezco mucho, y ustedes, los seminaristas –que no los nombré pero están incluidos en todo
lo que dije–, y, si alguno no se anima por este camino, da tiempo, busque otro trabajo, cásese y
haga una buena familia. Gracias.

 
VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA FRANCISCO 
A GEORGIA Y AZERBAIYÁN
(30 DE SEPTIEMBRE - 2 DE OCTUBRE DE 2016)

ENCUENTRO CON SACERDOTES, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS, SEMINARISTAS Y


AGENTES DE PASTORAL

DISCURSO DEL SANTO PADRE


Iglesia de la Asunción - Tiflis
Sábado 1 de octubre de 2016

Buenas tardes

Gracias, querido hermano, gracias.

Ahora hablaré para todos, mezclando las diversas preguntas.

Cuando tú [el sacerdote que presentó el testimonio] has hablado, al final me ha venido a la mente —y él
[Mons. Minassian] es testigo— un episodio ocurrido al final de la misa en Gyumri [en Armenia]. Terminada
la misa, he invitado a subir al «papamóvil» a Su Excelencia y también al Obispo de la Iglesia Apostólica
Armenia de la misma ciudad. Éramos tres obispos: el Obispo de Roma, el Obispo católico de Gyumri y el
Obispo Armenio Apostólico. Los tres: es una bonita «macedonia». Hemos dado una vuelta y después nos
bajamos. Y cuando yo iba a montar en el coche, una viejecita me hizo un signo para que me acercara.
¿Cuántos años tenía? ¿Ochenta? No era viejecita... Parecía tener más, ochenta o más... Yo sentí en el
corazón el deseo de acercarme a saludarla, porque estaba detrás de las vallas. Era una mujer humilde,
muy humilde. Me ha saludado con amor... Tenía un diente de oro, como se usaba en otros tiempos... Y me
dijo: «Yo soy armenia, pero vivo en Georgia. Y he venido desde Georgia». Había viajado seis u ocho horas
en autobús para estar con el Papa. Después, al día siguiente, cuando íbamos no sé dónde —dos horas o
más— la encontré allí. La dije: «Pero señora, ha venido desde Georgia... Tantas horas de viaje. Y después
dos horas más, al día siguiente para encontrarme...» —«¡Eh, sí!. Es la fe», me dijo. Tú has hablado de
ser firmes en la fe. Ser firmes en la fe es el testimonio que me ha dado esta mujer. Creía que Jesucristo,
Hijo de Dios, ha dejado a Pedro en la tierra, y ella quería ver a Pedro.

Firmes en la fe significa capacidad de recibir de los otros la fe, conservarla y transmitirla. Tú has dicho,
hablando de este ser firmes en la fe: «Mantener viva la memoria del pasado, la historia nacional, y tener la
valentía de soñar un futuro luminoso». Firmes en la fe significa no olvidar lo que hemos aprendido, más
aún, hacerlo crecer y darlo a nuestros hijos. Por eso en Cracovia he dado como misión especial a los
jóvenes el hablar con los abuelos. Son los abuelos los que nos han transmitido la fe. Y vosotros, que
trabajáis con los jóvenes, debéis enseñarles a escuchar a los abuelos, a hablar con ellos, para recibir el
agua fresca de la fe, elaborarla en el presente, hacerla crecer —no esconderla en un cajón, no—,
elaborarla, hacerla crecer y transmitirla a nuestro hijos.

El apóstol Pablo, hablando a su discípulo predilecto, Timoteo, le decía en la Segunda Carta que conservara
firme la fe que había recibido de su madre y de su abuela. Este es el camino que nosotros debemos seguir,
y esto nos hará madurar mucho. Recibir la herencia, hacerla germinar y darla . Una fe sin las raíces de la
madre y la abuela no crece. Y una fe que se me ha dado, y que yo no doy a los otros, a los más pequeños,
a mis «hijos», tampoco crece.

Así pues, para resumir: para ser firmes en la fe hay que tener memoria del pasado, valentía en el presente
y esperanza en el futuro. Esto por lo que se refiere al ser firmes en la fe. Y no olvidarse de aquella señora
georgiana que fue capaz de ir en autobús —6 o 7 horas— a Armenia, a la ciudad de Gyumri, donde él
[Mons. Minassian] es obispo, y al día siguiente ir a ver al Papa otra vez en Yerevan. No olvidar esa imagen.
Es una mujer armenia, pero de Georgia. Y las mujeres georgianas tienen fama, una gran fama, de ser
mujeres de fe, fuertes, que llevan adelante la Iglesia.
Y tú, Kote [seminarista], has dicho una vez a tu mamá: «Yo quiero hacer lo que hace ese señor [el
sacerdote que celebra la misa]». Y al final de tu intervención has dicho: «Estoy orgulloso de ser católico y
de hacerme sacerdote católico georgiano». Es todo un itinerario... No has dicho lo que dijo tu mamá...
¿Qué te dijo ante aquellas palabras tuyas: «Yo quiero hacer lo que hace ese señor» [responde: «Era
pequeño, y mi mamá me dijo “está bien, haz lo que él hace”... pero era pequeño»]. Una vez más, la
mamá, la mujer georgiana fuerte. Aquella mujer «perdía» un hijo, pero alababa a Dios. Lo ha acompañado
en su camino. Y eso que la mamá de Kote perdía también la oportunidad de ser suegra... Esto es el
comienzo de una vocación; ahí está siempre la madre, la abuela... Pero tú has dicho la palabra
clave: memoria. Conservar la memoria de la primera llamada. Custodiar aquel momento como tú guardas
ese recuerdo: «Yo quiero hacer lo que hace ese señor». Porque esto no es una fábula que te ha venido a
la cabeza: ha sido el Espíritu Santo quien te ha tocado. Y guardar esto en la memoria es custodiar la gracia
del Espíritu Santo. Hablo a todos los sacerdotes y religiosas.  

Todos nosotros tenemos —o tendremos— momentos oscuros en nuestra vida. También nosotros, los
consagrados. Cuando parece que las cosas no marchan bien, cuando hay dificultades de convivencia en la
comunidad, en la diócesis... En esos momentos, lo que se debe hacer es pararse, hacer memoria. Memoria
del momento en el que he sido tocado o tocada por el Espíritu Santo. Como él ha dicho, del momento en
que dijo: «Mamá, yo quiero hacer lo que hace ese señor»: el momento en que el Espíritu Santo nos toca.
La perseverancia en la vocación radica en la memoria de aquella caricia que el Señor nos ha hecho y con la
que nos ha dicho: «Ven, vente conmigo». Esto es lo que yo os aconsejo a todos vosotros, consagrados: no
os volváis atrás cuando hay dificultades. Y si queréis mirar atrás, que sea a la memoria de aquel momento.
El único. Así la fe permanece firme, la vocación permanece firme. Con nuestras debilidades, con nuestros
pecados; todos somos pecadores y todos tenemos necesidad de confesarnos, pero la misericordia y el
amor de Jesús son más grandes que nuestros pecados.

Ahora quisiera hablar de dos cosas que habéis dicho... Pero [antes] dime: ¿Es tanto el frío que hace en
Kazajistán en invierno? ¿Sí?... Sigue igualmente adelante.

Y ahora, Irina. Hemos hablado con el sacerdote, con los religiosos, con los consagrados, de la fe firme.
Pero ¿cómo es la fe en el matrimonio ? El matrimonio es lo más bello que Dios ha creado. La Biblia nos dice
que Dios ha creado el hombre y la mujer, los ha creado a su imagen (cf.  Gn 1,27). Es decir, el hombre y la
mujer que se hacen una sola carne son imagen de Dios. He comprendido, Irina, cuando explicabas las
dificultades que tantas veces surgen en el matrimonio: las incomprensiones, las tentaciones... «¡Bah!,
resolvamos esto por la vía del divorcio, y así yo me busco a otro y él se busca a otra, y comenzamos de
nuevo. Irina, ¿tú sabes quién paga los costes del divorcio? Dos personas, pagan. ¿Quién paga?

[Irina: los dos]

¿Los dos? Y otros más. Paga Dios, porque cuando se divide «una sola carne» se ensucia la imagen de
Dios. Y pagan los niños, los hijos. Vosotros no sabéis, queridos hermanos y hermanas, no sabéis cuanto
sufren los niños, los hijos pequeños, cuando ven las disputas y la separación de los padres. Se debe hacer
de todo para salvar el matrimonio. Pero ¿es normal que se discuta en el matrimonio? Sí, es normal.
Sucede. A veces «vuelan los platos». Pero si el amor es verdadero, entonces se hace enseguida la paz. Yo
aconsejo a los esposos: discutid todo que queráis, pero no terminéis la jornada sin hacer las paces.
¿Sabéis por qué? Porque la «guerra fría» del día siguiente es peligrosísima. Cuántos matrimonios se salvan
si tienen el valor al final del día, no de hacer un discurso, sino una caricia, y la paz está hecha. Pero es
verdad que hay situaciones más complejas, cuando el diablo se entromete y pone ante el hombre una
mujer que le parece más bella que la suya, o cuando presenta a una mujer un hombre que le parece mejor
que el suyo. Pedid ayuda inmediatamente. Cuando viene esta tentación, pedid ayuda enseguida.

Esto es lo que tú [Irina] decías sobre eso de ayudar a las parejas. Y, ¿cómo se ayuda a las parejas? Se
ayudan con la acogida, la cercanía, el acompañamiento, el discernimiento y la integración en el cuerpo de
la Iglesia. Acoger, acompañar, discernir e integrar. En la comunidad católica se debe ayudar a salvar los
matrimonios. Hay tres palabras: son palabras de oro en la vida del matrimonio. Yo preguntaría a una
pareja: «¿Os queréis de verdad?». —«Sí», dirán. «Y, cuando alguno hace una cosa por el otro, ¿sabéis
decir gracias?». «Y si uno de los dos hace una diablura, ¿sabéis pedir escusa?». «Y si queréis llevar a cabo
un plan, como pasar un día en el campo o cualquier otra cosa, ¿sabéis pedir la opinión del otro?». Tres
palabras: «¿Qué te parece? ¿Puedo?»; «gracias», «escusa». Si en la pareja se usan estas palabras:
«Escusa, me he equivocado»; «¿Puedo hacer esto?»; «Gracias por la comida que me has preparado».
«¿Puedo?», «gracias», «perdona»: si se usan estas tres palabras, el matrimonio irá bien. Es una ayuda.

Tú, Irina, has mencionado un gran enemigo de matrimonio hoy en día: la teoría del  gender. Hoy hay una
guerra mundial para destruir el matrimonio. Hoy existen colonizaciones ideológicas que destruyen, pero no
con las armas, sino con las ideas. Por lo tanto, es preciso defenderse de las colonizaciones ideológicas.

Ante los problemas, hay que hacer las paces lo antes posible, antes de que termine la jornada, y no olvidar
las tres palabras: permiso, gracias, perdóname.

Tú, Kakha, has hablado de una Iglesia abierta, que no se encierre en sí misma, que sea una Iglesia para
todos, una Iglesia madre: la mamá es así. Hay dos mujeres que Jesús ha queridos para todos nosotros: su
madre y su esposa. Ambas se asemejan. La madre es la madre de Jesús, y él nos la ha dejado como
madre nuestra. La Iglesia es la esposa de Jesús, y también ella es nuestra madre. Con la madre Iglesia y la
madre María se puede ir adelante seguros. Y aquí encontramos una vez más a la mujer. Parece que el
Señor tiene una preferencia por llevar adelante la fe en las mujeres. María, la Santa Madre de Dios; la
Iglesia, la Santa Esposa de Dios —aunque pecadora en nosotros, sus hijos— y la abuela y la mamá que
nos han transmitido la fe.

Y será María, será la Iglesia, será la abuela, será la mamá quienes defenderán la fe. Vuestros antiguos
monjes decían así, escúchenlo con atención: «Cuando hay turbulencias espirituales, es preciso refugiarse
bajo el manto de la Santa Madre de Dios». María es el modelo de la Iglesia, es el modelo de la mujer, sí,
porque la Iglesia es mujer y María es mujer.

Ahora una última cosa... ¿Quién lo ha dicho? Precisamente Kote, otra vez más: el problema del
ecumenismo. Nunca litigar. Dejemos que los teólogos estudien los temas abstractos de la teología. Pero,
¿qué debo hacer con un amigo, un vecino, una persona ortodoxa? Ser abierto, ser amigo. ¿Acaso me debo
esforzar en convertirlo? Hay un pecado gordo contra el ecumenismo: el proselitismo. Nunca se debe hacer
proselitismo con los ortodoxos. Son hermanos y hermanas nuestros, discípulos de Jesucristo. Por
circunstancias históricas muy complejas, hemos llegado a ser así. Ellos, como nosotros, creemos en el
Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo; creemos en la Santa Madre de Dios. ¿Qué debo hacer? No
condenar, no, no puedo. Amistad, caminar juntos, rezar unos por otros. Rezar y hacer obras de caridad
juntos, cuando es posible. Esto es el ecumenismo. Pero nunca condenar un hermano o una hermana,
nunca dejar de saludarla porque es ortodoxa.

Quisiera terminar todavía con el pobre Kote. «Santo Padre —decías al final—, estoy orgulloso de ser
católico y de hacerme sacerdote católico georgiano». A ti y a todos vosotros, católicos georgianos, os pido
por favor que nos defendáis de la mundanidad. Jesús nos ha hablado con tanta energía contra la
mundanidad; en el discurso de la Última Cena ha pedido al Padre: «Padre, defiéndelos [a los discípulos] de
la mundanidad. Defiéndelos del mundo». Pidamos esta gracia todos juntos: que el Señor nos libre de la
mundanidad; que nos haga hombres y mujeres de Iglesia, firmes en la fe que hemos recibido de la abuela
y la mamá; firmes en la fe que está segura bajo la protección del manto de la Santa Madre de Dios.

Y, así como estamos, sin movernos, recemos a la Santa Madre de Dios el Ave María.

[Rezo del Ave María]

Ahora os impartiré la bendición. Y os pido, por favor, que recéis por mí

[Bendición]

Rezad por mí.


DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES EN UN CURSO SOBRE EL PROCESO
MATRIMONIAL
Sala Clementina
Sábado 25 de febrero de 2017

Queridos hermanos:

Estoy feliz de encontraros al final del curso de formación para los párrocos, promovido por la
Rota Romana, sobre el nuevo proceso matrimonial. Doy gracias al decano y al pro decano por su
compromiso a favor de estos cursos formativos. Cuanto ha sido discutido y promovido en el
Sínodo de los Obispos sobre el tema “Matrimonio y familia”, ha sido implementado e integrado
de forma orgánica en la exhortación apostólica Amoris laetitia y traducido en oportunas normas
jurídicas contenidas en dos procedimientos específicos: el motu proprio Mitis Iudex y el motu
proprio Misericors Jesus. Es bueno que vosotros párrocos, a través de estas iniciativas de
estudio, podáis profundizar tal material, porque sois sobre todo vosotros los que lo aplicáis
concretamente en el contacto cotidiano con las familias.

En la mayor parte de los casos sois los primeros interlocutores de los jóvenes que desean formar
una nueva familia y casarse por el sacramento del matrimonio. Y también se dirigen a vosotros
esos cónyuges que, a causa de serios problemas en su relación, se encuentran en crisis,
necesitan reavivar la fe y redescubrir la gracia del sacramento; y en ciertos casos piden
indicaciones para iniciar un proceso de nulidad. Nadie mejor que vosotros conoce y está en
contacto con la realidad del tejido social en el territorio, experimentando la complejidad variada:
uniones celebradas en Cristo, uniones de hecho, uniones civiles, uniones fracasadas, familias y
jóvenes felices e infelices. De cada persona y de cada situación vosotros estáis llamados a ser
compañeros de viaje para testimoniar y sostener.

En primer lugar que sea vuestro primor testimoniar la gracia del sacramento del matrimonio y el
bien primordial de la familia, célula vital de la Iglesia y de la sociedad, mediante la proclamación
de que el matrimonio entre un hombre y una mujer es un signo de la unión esponsal entre Cristo
y la Iglesia. Tal testimonio lo realizáis concretamente cuando preparáis a los novios al
matrimonio, haciéndoles conscientes del significado profundo del paso que van a realizar, y
cuando acompañáis con cercanía a las parejas jóvenes, ayudándolas a vivir en las luces y en las
sombras, en los momentos de alegría y en los de cansancio, la fuerza divina y la belleza de su
matrimonio. Pero yo me pregunto cuántos de estos jóvenes que vienen a los cursos
prematrimoniales entienden qué significa “matrimonio”, el signo de la unión de Cristo y de la
Iglesia. “Sí, sí” —dicen que sí, pero ¿entienden esto?— ¿Tienen fe en esto? Estoy convencido de
que se necesita un verdadero catecumenado para el sacramento del matrimonio, y no hacer la
preparación con dos o tres reuniones y después ir adelante.

No dejéis de recordar siempre a los esposos cristianos que en el sacramento del matrimonio
Dios, por así decir, se refleja en ellos, imprimiendo su imagen y el carácter indeleble de su amor.
El matrimonio, de hecho, es icono de Dios, creado para nosotros por Él, que es comunión
perfecta de las tres Personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Que el amor de Dios Uno y
Trino y el amor entre Cristo y la Iglesia su esposa sean el centro de la catequesis y de la
evangelización matrimonial: que a través de encuentros personales o comunitarios, programados
o espontáneos, no os canséis de demostrar a todos, especialmente a los esposos, este “misterio
grande” (cf. Efesios 5, 32).

Mientras ofrecéis este testimonio, sea vuestra tarea también sostener a los que se han dado
cuenta del hecho de que la unión no es un verdadero matrimonio sacramental y quieren salir de
esta situación. En esta delicada y necesaria obra hacedlo de tal forma que vuestros fieles os
reconozcan no tanto como expertos de actos burocráticos o de normas jurídicas, sino como
hermanos que se ponen en una actitud de escucha y de comprensión.

Al mismo tiempo, haceros cercanos, con el estilo propio del Evangelio, en el encuentro y en la
acogida de esos jóvenes que prefieren vivir juntos sin casarse. Estos, en el plano espiritual y
moral, están entre los pobres y los pequeños, hacia los cuales la Iglesia, tras las huellas de su
Maestro y Señor, quiere ser madre que no abandona sino que se acerca y cuida. También estas
personas son amadas por el corazón de Cristo. Tened hacia ellos una mirada de ternura y de
compasión. Este cuidado de los últimos, precisamente porque emana del Evangelio, es parte
esencial de vuestra obra de promoción y defensa del sacramento del matrimonio. La parroquia
es, de hecho, lugar por antonomasia de la salus animarum. Así enseñaba el beato Pablo VI: «La
parroquia […] es la presencia de Cristo en la plenitud de su función salvadora […] es la casa del
Evangelio, la casa de la verdad, la escuela de Nuestro Señor» ( Discurso en la parroquia de la
Gran Madre de Dios en Roma, 8 de marzo de 1964: Enseñanzas II [1964], 1077).

Queridos hermanos, hablando recientemente a la Rota Romana aconsejé realizar un verdadero


catecumenado de los futuros esposos, que incluya todas las etapas del camino sacramental: los
tiempos de la preparación al matrimonio, de su celebración y de los años inmediatamente
sucesivos. A vosotros párrocos, indispensables colaboradores de los obispos, se os confía
especialmente tal catecumenado. Os animo a realizarlo a pesar de las dificultades que podáis
encontrar. Y creo que la dificultad más grande sea pensar o vivir el matrimonio como un hecho
social —“nosotros debemos hacer este hecho social”— y no como un verdadero sacramento, que
requiere una preparación larga, larga.

Os doy las gracias por vuestro compromiso a favor del anuncio del Evangelio de la familia. El
Espíritu Santo os ayude a ser ministros de paz y de consolación en medio del santo pueblo fiel de
Dios, especialmente hacia las personas más frágiles y necesitadas de vuestra cuidado pastoral.
Mientras os pido que recéis por mí, de corazón os bendigo a cada uno de vosotros y vuestras
comunidades parroquiales. Gracias.

 
VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA FRANCISCO A EGIPTO
(28-29 DE ABRIL DE 2017)

ENCUENTRO DE ORACIÓN CON EL CLERO, LOS RELIGIOSOS, LAS RELIGIOSAS Y LOS


SEMINARISTAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE


Seminario Patriarcal de Maadi, El Cairo
Sábado 29 de abril de 2017

Beatitudes, 
queridos hermanos y hermanas:

Al Salamò Alaikum! (La paz esté con vosotros).

«Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. Cristo ha vencido para siempre la muerte.
Gocemos y alegrémonos en él».

Me siento muy feliz de estar con vosotros en este lugar donde se forman los sacerdotes, y que simboliza el corazón de
la Iglesia Católica en Egipto. Con alegría saludo en vosotros, sacerdotes, consagrados y consagradas de la pequeña
grey católica de Egipto, a la «levadura» que Dios prepara para esta bendita Tierra, para que, junto con nuestros
hermanos ortodoxos, crezca en ella su Reino (cf. Mt 13,13).

Deseo, en primer lugar, daros las gracias por vuestro testimonio y por todo el bien que hacéis cada día, trabajando en
medio de numerosos retos y, a menudo, con pocos consuelos. Deseo también animaros. No tengáis miedo al peso de
cada día, al peso de las circunstancias difíciles por las que algunos de vosotros tenéis que atravesar. Nosotros
veneramos la Santa Cruz, que es signo e instrumento de nuestra salvación. Quien huye de la Cruz, escapa de la
resurrección. «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino » (Lc 12,32).

Se trata, por tanto, de creer, de dar testimonio de la verdad, de sembrar y cultivar sin esperar ver la cosecha. De
hecho, nosotros cosechamos los frutos que han sembrado muchos otros hermanos, consagrados y no consagrados,
que han trabajado generosamente en la viña del Señor. Vuestra historia está llena de ellos.

En medio de tantos motivos para desanimarse, de numerosos profetas de destrucción y de condena, de tantas voces
negativas y desesperadas, sed una fuerza positiva, sed la luz y la sal de esta sociedad, la locomotora que empuja el
tren hacia adelante, llevándolo hacia la meta, sed sembradores de esperanza, constructores de puentes y artífices de
diálogo y de concordia.

Todo esto será posible si la persona consagrada no cede a las tentaciones que encuentra cada día en su camino. Me
gustaría destacar algunas significativas. Vosotros conocéis estas tentaciones, porque ya los primeros monjes de Egipto
las describieron muy bien.

1- La tentación de dejarse arrastrar y no guiar. El Buen Pastor tiene el deber de guiar a su grey (cf. Jn 10,3-4),
de conducirla hacia verdes prados y a las fuentes de agua (cf. Sal 23). No puede dejarse arrastrar por la desilusión y el
pesimismo: «Pero, ¿qué puedo hacer yo?». Está siempre lleno de iniciativas y creatividad, como una fuente que sigue
brotando incluso cuando está seca. Sabe dar siempre una caricia de consuelo, aun cuando su corazón está roto. Saber
ser padre cuando los hijos lo tratan con gratitud, pero sobre todo cuando no son agradecidos (cf.  Lc 15,11-32).
Nuestra fidelidad al Señor no puede depender nunca de la gratitud humana: «Tu Padre, que ve en lo secreto, te
recompensará» (Mt 6,4.6.18).

2- La tentación de quejarse continuamente. Es fácil culpar siempre a los demás: por las carencias de los
superiores, las condiciones eclesiásticas o sociales, por las pocas posibilidades. Sin embargo, el consagrado es aquel
que con la unción del Espíritu Santo transforma cada obstáculo en una oportunidad, y no cada dificultad en una
excusa. Quien anda siempre quejándose en realidad no quiere trabajar. Por eso el Señor, dirigiéndose a los pastores,
dice: «fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes » (Hb 12,12; cf. Is 35,3).

3- La tentación de la murmuración y de la envidia. Y esta es fea. El peligro es grave cuando el consagrado, en


lugar de ayudar a los pequeños a crecer y de regocijarse con el éxito de sus hermanos y hermanas, se deja dominar
por la envidia y se convierte en uno que hiere a los demás con la murmuración. Cuando, en lugar de esforzarse en
crecer, se pone a destruir a los que están creciendo, y cuando en lugar de seguir los buenos ejemplos, los juzga y les
quita su valor. La envidia es un cáncer que destruye en poco tiempo cualquier organismo: «Un reino dividido
internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir » (Mc 3,24-25). De hecho ―no lo olvidéis―,
«por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sb 2,24). Y la murmuración es el instrumento y el arma.

4- La tentación de compararse con los demás. La riqueza se encuentra en la diversidad y en la unicidad de cada
uno de nosotros. Compararnos con los que están mejor nos lleva con frecuencia a caer en el resentimiento,
compararnos con los que están peor, nos lleva, a menudo, a caer en la soberbia y en la pereza. Quien tiende siempre
a compararse con los demás termina paralizado. Aprendamos de los santos Pedro y Pablo a vivir la diversidad de
caracteres, carismas y opiniones en la escucha y docilidad al Espíritu Santo.

5- La tentación del «faraonismo» ―¡estamos en Egipto!―, es decir, de endurecer el corazón y cerrarlo al Señor y


a los demás. Es la tentación de sentirse por encima de los demás y de someterlos por vanagloria, de tener la
presunción de dejarse servir en lugar de servir. Es una tentación común que aparece desde el comienzo entre los
discípulos, los cuales —dice el Evangelio— «por el camino habían discutido quién era el más importante» ( Mc 9,34). El
antídoto a este veneno es: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» ( Mc 9,35).

6- La tentación del individualismo. Como dice el conocido dicho egipcio: «Después de mí, el diluvio». Es la
tentación de los egoístas que por el camino pierden la meta y, en vez de pensar en los demás, piensan sólo en sí
mismos, sin experimentar ningún tipo de vergüenza, más bien al contrario, se justifican. La Iglesia es la comunidad de
los fieles, el cuerpo de Cristo, donde la salvación de un miembro está vinculada a la santidad de todos (cf.  1Co 12,12-
27; Lumen gentium, 7). El individualista es, en cambio, motivo de escándalo y de conflicto.

7- La tentación del caminar sin rumbo y sin meta. El consagrado pierde su identidad y acaba por no ser «ni
carne ni pescado». Vive con el corazón dividido entre Dios y la mundanidad. Olvida su primer amor (cf. Ap 2,4). En
realidad, el consagrado, si no tiene una clara y sólida identidad, camina sin rumbo y, en lugar de guiar a los demás, los
dispersa. Vuestra identidad como hijos de la Iglesia es la de ser coptos —es decir, arraigados en vuestras nobles y
antiguas raíces— y ser católicos —es decir, parte de la Iglesia una y universal—: como un árbol que cuanto más
enraizado está en la tierra, más alto crece hacia el cielo.

Queridos consagrados, hacer frente a estas tentaciones no es fácil, pero es posible si estamos injertados en Jesús:
«Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así
tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» ( Jn 15,4). Cuanto más enraizados estemos en Cristo, más vivos y
fecundos seremos. Así el consagrado conservará la maravilla, la pasión del primer encuentro, la atracción y la gratitud
en su vida con Dios y en su misión. La calidad de nuestra consagración depende de cómo sea nuestra vida espiritual.

Egipto ha contribuido a enriquecer a la Iglesia con el inestimable tesoro de la vida monástica. Os exhorto, por tanto, a
sacar provecho del ejemplo de san Pablo el eremita, de san Antonio Abad, de los santos Padres del desierto y de los
numerosos monjes que con su vida y ejemplo han abierto las puertas del cielo a muchos hermanos y hermanas; de
este modo, también vosotros seréis sal y luz, es decir, motivo de salvación para vosotros mismos y para todos los
demás, creyentes y no creyentes y, especialmente, para los últimos, los necesitados, los abandonados y los
descartados.

Que la Sagrada Familia os proteja y os bendiga a todos, a vuestro País y a todos sus habitantes. Desde el fondo de mi
corazón deseo a cada uno de vosotros lo mejor, y a través de vosotros saludo a los fieles que Dios ha confiado a
vuestro cuidado. Que el Señor os conceda los frutos de su Espíritu Santo: «Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad,
bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Ga 5,22-23).

Os tendré siempre presentes en mi corazón y en mis oraciones. Ánimo y adelante, guiados por el Espíritu Santo. «Este
es el día en que actúo el Señor, sea nuestra alegría». Y por favor, no olvidéis de rezar por mí.

 
VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD FRANCISCO A CHILE Y PERÚ
(15-22 DE ENERO DE 2018)

ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS/AS, CONSAGRADOS/AS Y SEMINARISTAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE


Catedral de Santiago
Martes, 16 de enero 2018

Queridos hermanos y hermanas, buenas tardes:

Me alegra poder compartir este encuentro con ustedes. Me gustó la manera con la que el Card.
Ezzati los iba presentando: aquí están, aquí están … las consagradas, los consagrados, los
presbíteros, los diáconos permanentes, los seminaristas, aquí están. Me vino a la memoria el día
de nuestra ordenación o consagración cuando, después de la presentación, decíamos: «Aquí
estoy, Señor, para hacer tu voluntad». En este encuentro queremos decirle al Señor: «aquí
estamos» para renovar nuestro sí. Queremos renovar juntos la respuesta al llamado que un día
inquietó nuestro corazón.

Y para ello, creo que nos puede ayudar partir del pasaje del Evangelio que escuchamos y
compartir tres momentos de Pedro y de la primera comunidad: Pedro/la comunidad abatida,
Pedro/la comunidad misericordiada, y Pedro/la comunidad transfigurada. Juego con este binomio
Pedro-comunidad ya que la vivencia de los apóstoles siempre tiene este doble aspecto, uno
personal y uno comunitario. Van de la mano, no los podemos separar. Somos, sí, llamados
individualmente pero siempre a ser parte de un grupo más grande. No existe el selfie vocacional,
no existe. La vocación exige que la foto te la saque otro, y ¡qué le vamos a hacer! Así son las
cosas.

1. Pedro abatido, la comunidad abatida

Siempre me gustó el estilo de los Evangelios de no decorar ni endulzar los acontecimientos, ni de


pintarlos bonitos. Nos presentan la vida como viene y no como tendría que ser. El Evangelio no
tiene miedo de mostrarnos los momentos difíciles, y hasta conflictivos, que pasaron los
discípulos.

Recompongamos la escena. Habían matado a Jesús; algunas mujeres decían que estaba vivo
(cf. Lc 24,22-24). Si bien habían visto a Jesús Resucitado, el acontecimiento es tan fuerte que los
discípulos necesitarían tiempo para comprender. Lucas dice: “Era tal la alegría que no podían
creer”. Necesitarían tiempo para comprender lo que había sucedido. Comprensión que les llegará
en Pentecostés, con el envío del Espíritu Santo. La irrupción del Resucitado llevará tiempo para
calar el corazón de los suyos.

Los discípulos vuelven a su tierra. Van a hacer lo que sabían hacer: pescar. No estaban todos,
sólo algunos. ¿Divididos, fragmentados? No lo sabemos. Lo que nos dice la Escritura es que los
que estaban no pescaron nada. Tienen las redes vacías.

Pero había otro vacío que pesaba inconscientemente sobre ellos: el desconcierto y la turbación
por la muerte de su Maestro. Ya no está, fue crucificado. Pero no sólo Él estaba crucificado, sino
ellos también, ya que la muerte de Jesús puso en evidencia un torbellino de conflictos en el
corazón de sus amigos. Pedro lo negó, Judas lo traicionó, los demás huyeron y se escondieron.
Solo un puñado de mujeres y el discípulo amado se quedaron. El resto, se marchó. En cuestión
de días todo se vino abajo. Son las horas del desconcierto y la turbación en la vida del discípulo .
En los momentos «en los que la polvareda de las persecuciones, tribulaciones, dudas, etc., es
levantada por acontecimientos culturales e históricos, no es fácil atinar con el camino a seguir.
Existen varias tentaciones propias de ese tiempo: discutir ideas, no darle la debida atención al
asunto, fijarse demasiado en los perseguidores… y creo que la peor de todas las tentaciones es
quedarse rumiando la desolación»[1]. Sí, quedarse rumiando la desolación. Y esto es lo que le
pasó a los discípulos.

Como nos decía el Card. Ezzati, «la vida presbiteral y consagrada en Chile ha atravesado y
atraviesa horas difíciles de turbulencias y desafíos no indiferentes. Junto a la fidelidad de la
inmensa mayoría, ha crecido también la cizaña del mal y su secuela de escándalo y deserción».

Momento de turbulencias. Conozco el dolor que han significado los casos de abusos ocurridos a
menores de edad y sigo con atención cuanto hacen para superar ese grave y doloroso mal. Dolor
por el daño y sufrimiento de las víctimas y sus familias, que han visto traicionada la confianza
que habían puesto en los ministros de la Iglesia. Dolor por el sufrimiento de las comunidades
eclesiales, y dolor también por ustedes, hermanos, que además del desgaste por la entrega han
vivido el daño que provoca la sospecha y el cuestionamiento, que en algunos o muchos pudo
haber introducido la duda, el miedo y la desconfianza. Sé que a veces han sufrido insultos en el
metro o caminando por la calle; que ir «vestido de cura» en muchos lados se está «pagando
caro». Por eso los invito a que pidamos a Dios nos dé la lucidez de llamar a la realidad por su
nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él nos está
diciendo y no rumiar la desolación.

Me gustaría añadir además otro aspecto importante. Nuestras sociedades están cambiando. El
Chile de hoy es muy distinto al que conocí en tiempos de mi juventud, cuando me formaba.
Están naciendo nuevas y diversas formas culturales que no se ajustan a los márgenes conocidos.
Y tenemos que reconocer que, muchas veces, no sabemos cómo insertarnos en estas nuevas
circunstancias. A menudo soñamos con las «cebollas de Egipto» y nos olvidamos que la tierra
prometida está delante, no atrás. Que la promesa es de ayer, pero para mañana. Y entonces
podemos caer en la tentación de recluirnos y aislarnos para defender nuestros planteos que
terminan siendo no más que buenos monólogos. Podemos tener la tentación de pensar que todo
está mal, y en lugar de profesar una «buena nueva», lo único que profesamos es apatía y
desilusión. Así cerramos los ojos ante los desafíos pastorales creyendo que el Espíritu no tendría
nada que decir. Así nos olvidamos que el Evangelio es un camino de conversión, pero no sólo de
«los otros», sino también de nosotros.

Nos guste o no, estamos invitados a enfrentar la realidad así como se presenta. La realidad
personal, comunitaria y social. Las redes —dicen los discípulos— están vacías, y podemos
comprender los sentimientos que esto genera. Vuelven a casa sin grandes aventuras que contar,
vuelven a casa con las manos vacías, vuelven a casa abatidos.

¿Qué quedó de esos discípulos fuertes, animados, airosos, que se sentían elegidos y que habían
dejado todo para seguir a Jesús? (cf. Mc 1,16-20); ¿qué quedó de esos discípulos seguros de sí,
que irían a prisión y hasta darían la vida por su Maestro (cf. Lc22,33), que para defenderlo
querían mandar fuego sobre la tierra (cf. Lc 9,54), por el que desenvainarían la espada y darían
batalla? (cf. Lc 22,49-51); ¿qué quedó del Pedro que increpaba a su Maestro acerca de cómo
tendría que llevar adelante su vida y su programa redentor? La desolación (cf. Mc 8,31-33).

2. Pedro misericordiado, la comunidad misericordiada

Es la hora de la verdad en la vida de la primera comunidad. Es la hora en la que Pedro se


confrontó con parte de sí mismo. Con la parte de su verdad que muchas veces no quería ver.
Hizo experiencia de su limitación, de su fragilidad, de su ser pecador. Pedro el temperamental, el
jefe impulsivo y salvador, con una buena dosis de autosuficiencia y exceso de confianza en sí
mismo y en sus posibilidades, tuvo que someterse a su debilidad y a pecado. Él era tan pecador
como los otros, era tan necesitado como los otros, era tan frágil como los otros. Pedro falló a
quien juró cuidar. Hora crucial en la vida de Pedro.

Como discípulos, como Iglesia, nos puede pasar lo mismo: hay momentos en los que nos
confrontamos no con nuestras glorias, sino con nuestra debilidad. Horas cruciales en la vida de
los discípulos, pero en esa hora es también donde nace el apóstol. Dejemos que el texto nos
lleve de la mano.

«Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»
(Jn 21,15).

Después de comer, Jesús invita a Pedro a dar un paseo y la única palabra es una pregunta, una
pregunta de amor: ¿Me amas? Jesús no va al reproche ni a la condena. Lo único que quiere
hacer es salvar a Pedro. Lo quiere salvar del peligro de quedarse encerrado en su pecado, de que
quede «masticando» la desolación fruto de su limitación; salvarlo del peligro de claudicar, por
sus limitaciones, de todo lo bueno que había vivido con Jesús. Jesús lo quiere salvar del encierro
y del aislamiento. Lo quiere salvar de esa actitud destructiva que es victimizarse o, al contrario,
caer en un «da todo lo mismo» y que al final termina aguando cualquier compromiso en el más
perjudicial relativismo. Quiere liberarlo de tomar a quien se le opone como si fuese un enemigo,
o no aceptar con serenidad las contradicciones o las críticas. Quiere liberarlo de la tristeza y
especialmente del mal humor. Con esa pregunta, Jesús invita a Pedro a que escuche su corazón
y aprenda a discernir. Ya que «no era de Dios defender la verdad a costa de la caridad, ni la
caridad a costa de la verdad, ni el equilibrio a costa de ambas, tiene que discernir, Jesús quiere
evitar que Pedro se vuelva un veraz destructor o un caritativo mentiroso o un perplejo
paralizado»[2], como nos puede pasar en estas situaciones.

Jesús interrogó a Pedro sobre su amor e insistió en él hasta que este pudo darle una respuesta
realista: «Sí, Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» ( Jn 21,17). Así Jesús lo confirma
en la misión. Así lo vuelve definitivamente su apóstol.

¿Qué es lo que fortalece a Pedro como apóstol? ¿Qué nos mantiene a nosotros apóstoles? Una
sola cosa: «Fuimos tratados con misericordia». «Fuimos tratados con misericordia»( 1 Tm 1,12-
16). «En medio de nuestros pecados, límites, miserias; en medio de nuestras múltiples caídas,
Jesucristo nos vio, se acercó, nos dio su mano y nos trató con misericordia. Cada uno de
nosotros podría hacer memoria, repasando todas las veces que el Señor lo vio, lo miró, se acercó
y lo trató con misericordia»[3]. Los invito a que lo hagan. No estamos aquí porque seamos
mejores que otros. No somos superhéroes que, desde la altura, bajan a encontrarse con los
«mortales». Más bien somos enviados con la conciencia de ser hombres y mujeres perdonados. Y
esa es la fuente de nuestra alegría. Somos consagrados, pastores al estilo de Jesús herido,
muerto y resucitado. El consagrado –y cuando digo consagrados digo todos los que están aquí–
es quien encuentra en sus heridas los signos de la Resurrección. Es quien puede ver en las
heridas del mundo la fuerza de la Resurrección. Es quien, al estilo de Jesús, no va a encontrar a
sus hermanos con el reproche y la condena.

Jesucristo no se presenta a los suyos sin llagas; precisamente desde sus llagas es donde Tomás
puede confesar la fe. Estamos invitados a no disimular o esconder nuestras llagas. Una Iglesia
con llagas es capaz de comprender las llagas del mundo de hoy y hacerlas suyas, sufrirlas,
acompañarlas y buscar sanarlas. Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree
perfecta, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas y tiene nombre: Jesucristo.
La conciencia de tener llagas nos libera; sí, nos libera de volvernos autorreferenciales, de
creernos superiores. Nos libera de esa tendencia «prometeica de quienes en el fondo sólo
confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas
o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado»[4].

En Jesús, nuestras llagas son resucitadas. Nos hacen solidarios; nos ayudan a derribar los muros
que nos encierran en una actitud elitista para estimularnos a tender puentes e ir a encontrarnos
con tantos sedientos del mismo amor misericordioso que sólo Cristo nos puede brindar.
«¡Cuántas veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados,
propios de generales derrotados! Así negamos nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser
historia de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de
constancia en el trabajo que cansa, porque todo trabajo es sudor de nuestra frente»[5]. Veo con
cierta preocupación que existen comunidades que viven arrastradas más por la desesperación de
estar en cartelera, por ocupar espacios, por aparecer y mostrarse, que por remangarse y salir a
tocar la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel.

Qué cuestionadora reflexión la de ese santo chileno que advertía: «Serán, pues, métodos falsos
todos lo que sean impuestos por uniformidad; todos los que pretendan dirigirnos a Dios
haciéndonos olvidar de nuestros hermanos; todos los que nos hagan cerrar los ojos sobre el
universo, en lugar de enseñarnos a abrirlos para elevar todo al Creador de todo ser; todos los
que nos hagan egoístas y nos replieguen sobre nosotros mismos»[6].

El Pueblo de Dios no espera ni necesita de nosotros superhéroes, espera pastores, hombres y


mujeres consagrados, que sepan de compasión, que sepan tender una mano, que sepan
detenerse ante el caído y, al igual que Jesús, ayuden a salir de ese círculo de «masticar» la
desolación que envenena el alma.

3. Pedro transfigurado, la comunidad transfigurada

Jesús invita a Pedro a discernir y así comienzan a cobrar fuerza muchos acontecimientos de la
vida de Pedro, como el gesto profético del lavatorio de los pies. Pedro, el que se resistía a
dejarse lavar los pies, comenzaba a comprender que la verdadera grandeza pasa por hacerse
pequeño y servidor[7].

¡Que pedagogía la de nuestro Señor! Del gesto profético de Jesús a la Iglesia profética que,
lavada de su pecado, no tiene miedo de salir a servir a una humanidad herida.

Pedro experimentó en su carne la herida no sólo del pecado, sino de sus propios límites y
flaquezas. Pero descubrió en Jesús que sus heridas pueden ser camino de Resurrección. Conocer
a Pedro abatido para conocer al Pedro transfigurado es la invitación a pasar de ser una Iglesia de
abatidos desolados a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado. Una
Iglesia capaz de ponerse al servicio de su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en
el desalojado, en el desnudo, en el enfermo… (cf. Mt 25,35). Un servicio que no se identifica con
asistencialismo o paternalismo, sino con conversión de corazón. El problema no está en darle de
comer al pobre, o vestir al desnudo, o acompañar al enfermo, sino en considerar que el pobre, el
desnudo, el enfermo, el preso, el desalojado tienen la dignidad para sentarse en nuestras mesas,
de sentirse «en casa» entre nosotros, de sentirse familia. Ese es el signo de que el Reino de los
Cielos está entre nosotros. Es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado,
misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación.

Renovar la profecía es renovar nuestro compromiso de no esperar un mundo ideal, una


comunidad ideal, un discípulo ideal para vivir o para evangelizar, sino crear las condiciones para
que cada persona abatida pueda encontrarse con Jesús. No se aman las situaciones ni las
comunidades ideales, se aman las personas.

El reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites, lejos de alejarnos de nuestro


Señor nos permite volver a Jesús sabiendo que «Él siempre puede, con su novedad, renovar
nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la
propuesta cristiana nunca envejece… Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la
frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de
expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo
actual»[8]. Qué bien nos hace a todos dejar que Jesús nos renueve el corazón.

Cuando comenzaba este encuentro, les decía que veníamos a renovar nuestro sí, con ganas, con
pasión. Queremos renovar nuestro sí, pero realista, porque está apoyado en la mirada de Jesús.
Los invito a que cuando vuelvan a casa armen en su corazón una especie de testamento
espiritual, al estilo del Cardenal Raúl Silva Henríquez. Esa hermosa oración que comienza
diciendo:

«La Iglesia que yo amo es la Santa Iglesia de todos los días… la tuya, la mía, la Santa Iglesia de
todos los días... Jesucristo, el Evangelio, el pan, la eucaristía, el Cuerpo de Cristo humilde cada
día. Con rostros de pobres y rostros de hombres y mujeres que cantaban, que luchaban, que
sufrían. La Santa Iglesia de todos los días».

Te pregunto: ¿Cómo es la Iglesia que tú amas? ¿Amas a esta Iglesia herida que encuentra vida
en las llagas de Jesús?

Gracias por este encuentro, gracias por la oportunidad de renovar el «sí» con ustedes. Que la
Virgen del Carmen los cubra con su manto.

Y por favor, no se olviden de rezar por mí.

[1] Jorge Mario Bergoglio, Las cartas de la tribulación, 9, ed. Diego de Torres, Buenos Aires
(1987).

[2] Cf. ibíd.

[3] Videomensaje al CELAM  en ocasión del Jubileo extraordinario de la Misericordia en el


Continente americano (27 agosto 2016).

[4] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 94.

[5] Ibíd., 96.

[6] San Alberto Hurtado, Discurso a jóvenes de la Acción Católica  (1943).

[7] «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos»
(Mc 9,35).

[8] Exhort. ap. . Evangelii gaudium, 11.


VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD FRANCISCO A CHILE Y PERÚ
(15-22 DE ENERO DE 2018)

ENCUENTRO CON SACERDOTES, RELIGIOSOS/AS Y SEMINARISTAS DE LAS 


CIRCUNSCRIPCIONES ECLESIÁSTICAS DEL NORTE DE PERÚ

DISCURSO DEL SANTO PADRE


Colegio Seminario San Carlos y San Marcelo (Trujillo)
Sábado, 20 de enero de 2018

Queridos hermanos y hermanas:

¡Buenas tardes!

[gran aplauso] Como es costumbre que el aplauso viene al final, quiere decir que ya terminé, así
que me voy. [gritan: ¡No!]

Agradezco las palabras que Mons. José Antonio Eguren Anselmi, Arzobispo de Piura, me ha
dirigido en nombre de todos los que están aquí.

Encontrarme con ustedes, conocerlos, escucharlos y manifestar el amor por el Señor y la misión
que nos regaló es importante. ¡Sé que hicieron un gran esfuerzo para estar acá, gracias!

Nos recibe este Colegio Seminario, uno de los primeros fundados en América Latina para la
formación de tantas generaciones de evangelizadores. Estar aquí y con ustedes es sentir que
estamos en una de esas «cunas» que gestaron a tantos misioneros. Y no olvido que esta tierra
vio morir, misionando —no sentado detrás de un escritorio—, a santo Toribio de Mogrovejo,
patrono del episcopado latinoamericano. Y todo esto nos lleva a mirar hacia nuestras raíces, a lo
que nos sostiene a lo largo del tiempo, nos sostiene a lo largo de la historia para crecer hacia
arriba y dar fruto. Las raíces. Sin raíces no hay flores, no hay frutos. Decía un poeta que “todo lo
que el árbol tiene de florido le viene de lo que tiene de soterrado”, las raíces. Nuestras
vocaciones tendrán siempre esa doble dimensión: raíces en la tierra y corazón en el cielo. No se
olviden esto. Cuando falta alguna de estas dos, algo comienza a andar mal y nuestra vida poco a
poco se marchita (cf. Lc 13,6-9), como un árbol que no tiene raíces, marchita. Y les digo que da
mucha pena ver algún obispo, algún cura, alguna monja, “marchito”. Y mucha más pena me da
cuando veo seminaristas marchitos. Esto es muy serio. La Iglesia es buena, la Iglesia es madre y
si ustedes ven que no pueden, por favor, hablen antes de tiempo, antes de que sea tarde, antes
que se den cuenta que no tienen raíces ya y que se están marchitando; todavía ahí hay tiempo
para salvar, porque Jesús vino para eso, a salvar, y si nos llamó es para salvar.

Me gusta subrayar que nuestra fe, nuestra vocación es memoriosa, esa dimensión
deuteronómica de la vida. Memoriosa porque sabe reconocer que ni la vida, ni la fe, ni la Iglesia
comenzó con el nacimiento de ninguno de nosotros: la memoria mira al pasado para encontrar la
savia que ha irrigado durante siglos el corazón de los discípulos, y así reconoce el paso de Dios
por la vida de su pueblo. Memoria de la promesa que hizo a nuestros padres y que, cuando sigue
viva en medio nuestro, es causa de nuestra alegría y nos hace cantar: «el Señor ha estado
grande con nosotros, y estamos alegres» (Sal 125,3).

Me gustaría compartir con ustedes algunas virtudes, o algunas dimensiones, si quieren, de


este ser memoriosos. Cuando yo digo “quiero que un obispo, un cura, una monja, un seminarista
sea memorioso”, ¿qué quiero decir?. Y es lo que me gustaría compartir ahora.
1. Una dimensión es la alegre conciencia de sí. No hay que ser un inconsciente de sí mismo, no.
Saber qué es lo que le está pasando, pero alegre conciencia de sí.

El Evangelio que hemos escuchado (cf. Gv 1,35-42) lo leemos habitualmente en clave vocacional


y así nos detenemos en el encuentro de los discípulos con Jesús. Pero me gustaría, antes, mirar
a Juan el Bautista. Él estaba con dos de sus discípulos y al ver pasar a Jesús les dice: «Ese es el
Cordero de Dios» (Jn 1,36); al oír esto ¿qué pasó? dejaron a Juan y se fueron con el otro (cf. v.
37). Es algo sorprendente, habían estado con Juan, sabían que era un hombre bueno, más aún,
el mayor de los nacidos de mujer, como Jesús lo define (cf. Mt  11,11), pero él no era el que
tenía que venir. También Juan esperaba a otro más grande que él. Juan tenía claro que no era el
Mesías sino simplemente quien lo anunciaba. Juan era el hombre memorioso de la promesa y de
su propia historia. Era famoso, tenía fama, todos venían a hacerse bautizar por él, lo escuchaban
con respeto. La gente creía que era el Mesías, pero él era memorioso de su propia historia y no
se dejó engañar por el incienso de la vanidad.

Juan manifiesta la conciencia del discípulo que sabe que no es ni será nunca el Mesías, sino sólo
un invitado a señalar el paso del Señor por la vida de su gente. A mí me impresiona cómo Dios
permita que esto llegue hasta las últimas consecuencias: muere degollado en un calabozo, así de
sencillo. Nosotros consagrados no estamos llamados a suplantar al Señor, ni con nuestras obras,
ni con nuestras misiones, ni con el sinfín de actividades que tenemos para hacer. Yo cuando digo
consagrados involucro a todos: obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, religiosos y
religiosas y seminaristas. Simplemente se nos pide trabajar con el Señor, codo a codo, pero sin
olvidarnos nunca de que no ocupamos su lugar. Y esto no nos hace «aflojar» en la tarea
evangelizadora, por el contrario, nos empuja, nos exige trabajar recordando que somos
discípulos del único Maestro. El discípulo sabe que secunda y siempre secundará al Maestro. Y
esa es la fuente de nuestra alegría, la alegre conciencia de sí mismo.

¡Nos hace bien saber que no somos el Mesías! Nos libra de creernos demasiado importantes,
demasiado ocupados —es típica de algunas regiones escuchar: «No, a esa parroquia no vayas
porque el padre siempre está muy ocupado»—. Juan el Bautista sabía que su misión era señalar
el camino, iniciar procesos, abrir espacios, anunciar que Otro era el portador del Espíritu de Dios.
Ser memoriosos nos libra de la tentación de los mesianismos, de creerme yo el Mesías.

Esta tentación se combate de muchos modos, pero también con la risa. De un religioso a quien
yo quise mucho —era jesuita, un jesuita holandés que murió el año pasado— se decía que tenía
tal sentido del humor que era capaz de reírse de todo lo que pasaba, de sí mismo y hasta de su
propia sombra. Conciencia alegre. Aprender a reírse de uno mismo nos da la capacidad espiritual
de estar delante del Señor con los propios límites, errores y pecados, pero también aciertos, y
con la alegría de saber que Él está a nuestro lado. Un lindo test espiritual es preguntarnos por la
capacidad que tenemos de reírnos de nosotros mismos. De los demás es fácil reírse ¿no es
cierto?, sacarle el cuero, reírse pero de nosotros mismos no es fácil. La risa nos salva del
neopelagianismo «autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus
propias fuerzas y, se sienten superiores a otros»[1]. Reíte. Rían en comunidad y no de la
comunidad o de los otros. Cuidémonos de esa gente tan pero tan importante que, en la vida, se
han olvidado de sonreir. “Sí, padre, pero usted no tiene un remedio, algo para…”  Mira tengo dos
“pastillas” que ayudan mucho: una, hablá con Jesús, con la Virgen, la oración, rezá y pedí la
gracia de la alegría, de la alegría sobre la situación real; la segunda pastilla la podés hacer varias
veces por día si la necesitás, sino una sola basta, miráte al espejo, miráte al espejo: “Y ¿ese soy
yo?, ¿esa soy yo? Ja ja ja….”. Y eso te hace reír. Y esto no es narcisismo, al contrario, es lo
contrario, el espejo, acá, sirve como cura.

Primero era entonces la alegre, la alegre conciencia de sí.


2. Lo segundo es la hora del llamado, hacernos cargo de la hora del llamado.

Juan el Evangelista recoge en su Evangelio incluso hasta la hora de aquel momento que cambió
su vida. Sí, cuando el Señor a una persona le hace crecer la conciencia de que es un llamado…,
se acuerda cuándo empezó todo esto: «Eran las cuatro de la tarde» (v. 39). El encuentro con
Jesús cambia la vida, establece un antes y un después. Hace bien recordar siempre esa hora, ese
día clave para cada uno de nosotros en el que nos dimos cuenta, en serio, de que “esto que yo
sentía” no eran ganas o atracciones sino que el Señor esperaba algo más. Y acá uno se puede
acordar: ese día me di cuenta.  La memoria de esa hora en la que fuimos tocados por su mirada.

Las veces que nos olvidamos de esta hora, nos olvidamos de nuestros orígenes, de nuestras
raíces; y al perder estas coordenadas fundamentales dejamos de lado lo más valioso que un
consagrado puede tener: la mirada del Señor: “No padre, yo lo miro al Señor en el sagrario”—
Está bien, eso está bien pero sentáte un rato y dejáte mirar y recordá las veces que te miró y te
está mirando. Dejáte mirar por él. Es de lo más valioso que un consagrado tiene: la mirada del
Señor. Quizá no estás contento con ese lugar donde te encontró el Señor, quizá no se adecua a
una situación ideal que te «hubiese gustado más». Pero fue ahí donde te encontró y te curó las
heridas, ahí. Cada uno de nosotros conoce el dónde y el cuándo: quizás un tiempo de situaciones
complejas, sí; con situaciones dolorosas, sí; pero ahí te encontró el Dios de la Vida para hacerte
testigo de su Vida, para hacerte parte de su misión y ser, con Él, ser caricia de Dios para tantos.
Nos hace bien recordar que nuestras vocaciones son una llamada de amor para amar, para
servir. No para sacar tajada para nosotros mismos. ¡Si el Señor se enamoró de ustedes y los
eligió, no fue por ser más numerosos que los demás, pues son el pueblo más pequeño, sino por
amor! (cf. Dt 7,7-8). Así le dice el Deuteronomio al pueblo de Israel. No te la creas, no sos el
pueblo más importante, sos de lo peorcito, pero se enamoró de ese, y bueno, qué quieren, tiene
mal gusto el Señor, pero se enamoró de ese... Amor de entrañas, amor de misericordia que
mueve nuestras entrañas para ir a servir a otros al estilo de Jesucristo. No al estilo de los
fariseos, de los saduceos, de los doctores de la ley, de los zelotes, no, no, esos buscaban su
gloria.

Quisiera detenerme en un aspecto que considero importante. Muchos, a la hora de ingresar al


seminario o a la casa de formación, o noviciados fuimos formados con la fe de nuestras familias y
vecinos. Ahí, aprendimos a rezar, de la mamá, de la abuela, de la tía… y después fue la
catequista la que nos preparó… Y así fue como dimos nuestros primeros pasos, apoyados no
pocas veces en las manifestaciones de piedad y espiritualidad popular, que en Perú han
adquirido las más exquisitas formas y arraigo en el pueblo fiel y sencillo. Vuestro pueblo ha
demostrado un enorme cariño a Jesucristo, a la Virgen, a sus santos y beatos en tantas
devociones que no me animo a nombrarlas por miedo a dejar alguna de lado. En esos santuarios,
«muchos peregrinos toman decisiones que marcan sus vidas. Esas paredes contienen muchas
historias de conversión, de perdón y de dones recibidos, que millones podrían contar»[2].
Inclusive muchas de vuestras vocaciones pueden estar grabadas en esas paredes. Los exhorto,
por favor, a no olvidar, y mucho menos despreciar, la fe fiel y sencilla de vuestro pueblo. Sepan
acoger, acompañar y estimular el encuentro con el Señor. No se vuelvan profesionales de lo
sagrado olvidándose de su pueblo, de donde los sacó el Señor, de detrás del rebaño —como dice
el Señor a su elegido [David] en la Biblia—. No pierdan la memoria y el respeto por quien les
enseñó a rezar.

A mí me ha pasado que —en reuniones con maestros y maestras de novicias o rectores de


seminarios, padres espirituales de seminario— sale la pregunta: “¿Cómo le enseñamos a rezar a
los que entran?”. Entonces, les dan algunos manuales para aprender a meditar —a mí me lo
dieron cuando entré—:  “o esto haga acá”, o “aquello no”, o “primero tenés que hacer esto”,
“después este otro tal paso”… Y en general, los hombres y mujeres más sensatos que tienen
este cargo de maestros de novicios o de padres espirituales o rectores de seminarios optan:
“Seguí rezando como te enseñaron en casa”. Y después, poco a poco, los van haciendo avanzar
en otro tipo de oración. Pero, “seguí rezando como te enseñó tu madre, como te enseñó tu
abuela”, que por otro lado es el consejo que San Pablo le da a Timoteo: “La fe de tu madre y de
tu abuela, esa es la que tenés vos, seguí por estas”. No desprecien la oración casera porque es la
más fuerte. Recordar la hora del llamado, hacer memoria alegre del paso de Jesucristo por
nuestra vida, nos ayudará a decir esa hermosa oración de san Francisco Solano, gran predicador
y amigo de los pobres, «Mi buen Jesús, mi Redentor y mi amigo. ¿Qué tengo yo que tú no me
hayas dado? ¿Qué sé yo que tú no me hayas enseñado?».

De esta forma, el religioso, sacerdote, consagrada, consagrado, seminarista es una persona


memoriosa, alegre y agradecida: trinomio para configurar y tener como «armas» frente a todo
«disfraz» vocacional. La conciencia agradecida agranda el corazón y nos estimula al servicio. Sin
agradecimiento podemos ser buenos ejecutores de lo sagrado, pero nos faltará la unción del
Espíritu para volvernos servidores de nuestros hermanos, especialmente de los más pobres. El
Pueblo de Dios tiene olfato y sabe distinguir entre el funcionario de lo sagrado y el servidor
agradecido. Sabe reconocer entre el memorioso y el olvidadizo. El Pueblo de Dios es aguantador,
pero reconoce a quien lo sirve y lo cura con el óleo de la alegría y de la gratitud. En eso déjense
aconsejar por el Pueblo de Dios. A veces en las parroquias sucede que cuando el cura se desvía
un poquito y se olvida de su pueblo —estoy hablando de historias reales, ¿no?— cuántas veces la
vieja de la sacristía —como la llaman, “la vieja de la sacristía”— le dice: “Padrecito, cuánto hace
que no va a ver a su mamá. Vaya, vaya a ver a su mamá que nosotros por una semana nos
arreglamos con el Rosario”.

3. Tercer, la alegría contagiosa. La alegría es contagiosa cuando es verdadera. Andrés era uno de
los discípulos de Juan el Bautista que había seguido a Jesús ese día. Después de haber estado
con Él y haber visto dónde vivía, volvió a casa de su hermano Simón Pedro y le dijo: «Hemos
encontrado al Mesías» (Jn 1,41). Ahí no más fue contagiado. Esta es la noticia más grande que
podía darle, y lo condujo a Jesús. La fe en Jesús se contagia. Y si hay un cura, un obispo, una
monja, un seminarista, un consagrado que no contagia es un aséptico, es de laboratorio, que
salga y se ensucie las manos un poquito y ahí va a empezar a contagiar el amor de Jesús. La fe
en Jesús se contagia, no puede confinarse ni encerrarse; y aquí se encuentra la fecundidad del
testimonio: los discípulos recién llamados atraen a su vez a otros mediante su testimonio de fe,
del mismo modo que en el pasaje evangélico Jesús nos llama por medio de otros. La misión
brota espontánea del encuentro con Cristo. Andrés comienza su apostolado por los más
cercanos, por su hermano Simón, casi como algo natural, irradiando alegría. Esta es la mejor
señal de que hemos «descubierto» al Mesías. La alegría contagiosa es una constante en el
corazón de los apóstoles, y la vemos en la fuerza con que Andrés confía a su hermano: «¡Lo
hemos encontrado!». Pues «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que
se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza,
del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[3]. Y ésta es
contagiosa.

Esta alegría nos abre a los demás, es alegría no para guardarla, sino para transmitirla. En el
mundo fragmentado que nos toca vivir, que nos empuja a aislarnos, somos desafiados a ser
artífices y profetas de comunidad. Ustedes saben, nadie se salva solo. Y en esto me gustaría ser
claro. La fragmentación o el aislamiento no es algo que se da «fuera» como si solamente fuese
un problema del «mundo». Hermanos, las divisiones, guerras, aislamientos los vivimos también
dentro de nuestras comunidades, dentro de nuestros presbiterios, dentro de nuestras
Conferencias episcopales ¡y cuánto mal nos hacen! Jesús nos envía a ser portadores de
comunión, de unidad, pero tantas veces parece que lo hacemos desunidos y, lo que es peor,
muchas veces poniéndonos zancadillas unos a otros, ¿o me equivoco? [responden: ¡No!].
Agachemos la cabeza y cada cual ponga dentro del propio sayo lo que le toca. Se nos pide ser
artífices de comunión y de unidad; que no es lo mismo que pensar todos igual, hacer todos lo
mismo. Significa valorar los aportes, las diferencias, el regalo de los carismas dentro de la Iglesia
sabiendo que cada uno, desde su cualidad, aporta lo propio pero necesita de los demás. Sólo el
Señor tiene la plenitud de los dones, sólo Él es el Mesías. Y quiso repartir sus dones de tal forma
que todos podamos dar lo nuestro enriqueciéndonos con lo de los demás. Hay que cuidarse de la
tentación del «hijo único» que quiere todo para sí, porque no tiene con quién compartir.
Malcriado el muchacho. A aquellos que tengan que ocupar misiones en el servicio de la autoridad
les pido, por favor, no se vuelvan autorreferenciales; traten de cuidar a sus hermanos, procuren
que estén bien; porque el bien se contagia. No caigamos en la trampa de una autoridad que se
vuelva autoritarismo por olvidarse que, ante todo, es una misión de servicio. Los que tienen esa
misión de ser autoridad piénsenlo mucho, en los ejércitos hay bastantes sargentos no hace falta
que se nos metan en nuestra comunidad.

Quisiera antes de terminar: ser memorioso y las raíces. Considero importante que en nuestras
comunidades, en nuestros presbiterios se mantenga viva la memoria y se dé el diálogo entre los
más jóvenes y los más ancianos. Los más ancianos son memoriosos y nos dan la memoria.
Tenemos que ir a recibirla, no los dejemos solos. Ellos [los ancianos], por ahí, no quieren hablar,
alguno se siente un poquito abandonado… Hagámoslo hablar, sobre todo los jóvenes. Los que
están en cargos de formación de los jóvenes, mándelos hablar con los curas viejos, con las
monjas viejas, con los obispos viejos —dicen que las monjas no envejecen porque son eternas—
mándelos a hablar. Los ancianos necesitan que les vuelvan a brillar los ojos y que vean que en la
Iglesia, en el presbiterio, en la Conferencia episcopal, en el convento, hay jóvenes que llevan
adelante el cuerpo de la Iglesia. Que los oigan hablar, que les pregunten los jóvenes a ellos, y a
ellos ahí les van a empezar a brillar los ojos y van a empezar a soñar. Hagan soñar   a los viejos.
La profecía de Joel, 3,1. Hagan soñar a los viejos. Y si los jóvenes hacen soñar a los viejos les
aseguro que los viejos harán profetizar a los jóvenes.

Ir a las raíces. Yo quisiera en esto —ya estoy terminando— citar un Santo Padre, pero no se me
ocurre ninguno, pero voy a citar a un Nuncio apostólico. Me decía él, hablando de esto, un
antiguo refrán africano que aprendió cuando él estuvo allí —porque los Nuncios apostólicos
primero pasan por África y ahí aprenden muchas cosas— , y el refrán era: “Los jóvenes caminan
rápido —y lo tienen que hacer— pero son los viejos los que conocen el camino”. ¿Está bien?

Queridos hermanos, nuevamente gracias y que esta memoria deuteronómica nos haga más
alegres y agradecidos para ser servidores de unidad en medio de nuestro pueblo. Déjense mirar
por el Señor, vayan a buscar al Señor, ahí, en la memoria. Mírense al espejo de vez en cuando. Y
que el Señor los bendiga, que la Virgen Santa los cuide. Y de vez en cuando —como dicen en el
campo— échenme un rezo. Gracias.
 

[1] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 94.

[2] Cf. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de


Aparecida (29 junio 2007), 260.

[3] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 1.

 
VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA FRANCISCO 
A LITUANIA, LETONIA Y ESTONIA 
[22-25 DE SEPTIEMBRE DE 2018]

ENCUENTRO CON SACERDOTES, RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS, 


CONSAGRADOS Y CONSAGRADAS, SEMINARISTAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE


Catedral d Kaunas (Lituania)
Domingo, 23 de septiembre de 2018

Queridos hermanos y hermanas: buenas tardes.

Antes que nada, me gustaría manifestar una sensación que tengo. Mirándoos, veo muchos
mártires detrás de vosotros. Mártires anónimos, en el sentido de que ni siquiera sabemos dónde
fueron enterrados. También alguno entre vosotros: saludé a uno que sabía lo que era la cárcel.
Me acuerdo de una palabra para comenzar: no lo olvidéis, tened memoria . Vosotros sois hijos de
mártires, esta es vuestra fuerza. Y que el espíritu del mundo no venga a deciros algo diferente de
lo que vivieron vuestros antepasados. Recordad a vuestros mártires y tomad ejemplo de ellos: no
tenían miedo. Hablando con los obispos, vuestros obispos, decían hoy: “¿Cómo podemos hacer
para presentar la causa de beatificación de tantos, de los que no tenemos documentos, pero
sabemos que son mártires?”. Es un consuelo; es hermoso escuchar esto: la preocupación por
aquellos que nos han dado testimonio. Ellos son santos.

El obispo [Linas Vodopjanovas, O.F.M., responsable para la vida consagrada] habló sin matices
—los franciscanos hablan así—: “Hoy, en muchos sentidos, nuestra fe se pone a prueba”, dijo. Él
no pensó en la persecución de los dictadores, no. “Después de responder a la llamada de la
vocación, con frecuencia no sentimos más alegría en la oración o en la vida comunitaria”.

El espíritu de la secularización, del aburrimiento por todo lo que tiene relación con la comunidad
es la tentación de la segunda generación. Nuestros padres lucharon, sufrieron, estuvieron en la
cárcel y, quizás, nosotros no tenemos la fuerza para seguir adelante. Tened esto en cuenta.

La Carta a los Hebreos exhorta: “Recordad aquellos días primeros. No olvides a tus antepasados”
(cf. 10,32-39). Esta es la exhortación que os dirijo al inicio.

Toda la visita a vuestro país ha estado enmarcada en una expresión: “Cristo Jesús, nuestra
esperanza”. Ya casi al finalizar este día, nos encontramos con un texto del apóstol Pablo que nos
invita a esperar con constancia. Y esta invitación la hace habiéndonos anunciado el sueño de
Dios para todo ser humano, es más, para toda la creación: que «Dios dispone todas las cosas
para el bien de quienes lo aman» ( Rm 8,28); “endereza” todas las cosas, sería la traducción
literal.

Hoy querría compartir con vosotros algunos rasgos de esa esperanza; rasgos que nosotros —
sacerdotes, seminaristas, consagrados y consagradas— estamos invitados a vivir.

En primer lugar, antes de invitarnos a la esperanza, Pablo ha repetido tres veces la palabra
“gemir”: gime la creación, gimen los hombres, gime el Espíritu en nosotros (cf. Rm  8,22-23.26).
Se gime desde la esclavitud de la corrupción, desde el anhelo de plenitud. Y hoy nos hará bien
preguntarnos si está presente en nosotros ese gemido, o por el contrario ya nada grita en
nuestra carne, nada anhela al Dios vivo. Como decía vuestro obispo: “No sentimos más la alegría
en la oración, en la vida comunitaria”. El bramido de la cierva sedienta ante la escasez de agua
debería ser el nuestro, en la búsqueda de lo profundo, de lo verdadero, de lo bello de Dios.
Queridos hermanos: ¡No somos “funcionarios de Dios”! Quizás la “sociedad del bienestar” nos
tiene demasiado repletos, llenos de servicios y de bienes, y terminamos “empachados” de todo y
llenos de nada; quizás nos tiene aturdidos o dispersos, pero no plenos. Peor aún: A veces no
tenemos más hambre. Somos nosotros, hombres y mujeres de especial consagración, los que
nunca nos podemos permitir perder ese gemido, esa inquietud del corazón que solo encuentra
descanso en el Señor (cf. S. Agustín, Confesiones,I,1,1). La inquietud del corazón. Ninguna
información inmediata, ninguna comunicación virtual instantánea nos puede privar de los tiempos
concretos, prolongados, para conquistar —de eso se trata, de un esfuerzo sostenido—; para
conquistar un diálogo cotidiano con el Señor por medio de la oración y la adoración. Se trata de
cultivar nuestro deseo de Dios, como escribía san Juan de la Cruz. Decía así: «Procure ser
continuo en la oración, y en medio de los ejercicios corporales no la deje. Sea que coma, beba,
hable con otros, o haga cualquier cosa, siempre ande deseando a Dios y apegando a él su
corazón» (Avisos a un religioso para alcanzar la perfección, 9).

Ese gemido también brota de la contemplación del mundo de los hombres, es un clamor de
plenitud ante las necesidades insatisfechas de nuestros hermanos más pobres, ante la ausencia
de sentido de la vida de los más jóvenes, la soledad de los ancianos, el atropello al mundo
creado. Es un gemido que busca organizarse para incidir en el acontecer de una nación, de una
ciudad; no como presión o ejercicio del poder, sino como servicio. A nosotros nos debe impactar
el clamor de nuestro pueblo, como a Moisés, a quien Dios le reveló el sufrimiento de su pueblo
en el encuentro junto a la zarza ardiente (cf. Ex 3,9). Escuchar la voz de Dios en la oración nos
hace ver, nos hace oír, conocer el dolor de los demás para liberarlos. Pero también nos debe
impactar cuando nuestro pueblo ha dejado de gemir, ha dejado de buscar el agua que sacia la
sed. Es un momento también para discernir qué puede estar anestesiando la voz de nuestra
gente.

El clamor que nos hace buscar a Dios en la oración y adoración es el mismo que nos hace
auscultar el quejido de nuestros hermanos. Ellos “esperan” en nosotros y precisamos, desde un
delicado discernimiento, organizarnos, planificar y ser audaces y creativos en nuestros
apostolados. Que nuestra presencia no esté entregada a la improvisación, sino que responda a
las necesidades del pueblo de Dios y sea así fermento en la masa (cf. Exhort. ap.  Evangelii
gaudium, 33).

Pero el apóstol también habla de constancia; constancia en el sufrimiento, constancia para


perseverar en el bien. Esto supone estar centrados en Dios, permanecer firmemente arraigados
en él, ser fieles a su amor.

Vosotros, los de mayor edad —cómo no mencionar a Mons. Sigitas Tamkevicius— sabéis
testimoniar esta constancia en el sufrir, ese “esperar contra toda esperanza” (cf. Rm 4,18). La
violencia ejercida sobre vosotros por defender la libertad civil y religiosa, la violencia de la
difamación, la cárcel y la deportación no pudieron vencer vuestra fe en Jesucristo, Señor de la
historia. Por eso, tenéis mucho que decirnos y enseñarnos, y también mucho que proponer, sin
necesidad de juzgar la aparente debilidad de los más jóvenes. Y vosotros, los más jóvenes,
cuando ante pequeñas frustraciones que os desalientan tendéis a encerraros en vosotros
mismos, a recurrir a estilos y diversiones que no están acordes con vuestra consagración, buscad
vuestras raíces y mirad el camino recorrido por los mayores. Veo que hay jóvenes aquí. Repito,
porque hay jóvenes. Y vosotros, los más jóvenes, cuando ante las pequeñas frustraciones que os
desalientan tendéis a cerraros en vosotros mismos, a recurrir a comportamientos y evasiones que
no son coherentes con vuestra consagración, buscad vuestras raíces y mirad el camino recorrido
por los mayores. Es mejor que toméis otro camino que vivir en la mediocridad. Esto para
jóvenes. Todavía estáis a tiempo, y la puerta está abierta. Son precisamente las tribulaciones las
que perfilan los rasgos distintivos de la esperanza cristiana, porque cuando es solo una
esperanza humana podemos frustrarnos y aplastarnos en el fracaso. No sucede lo mismo con la
esperanza cristiana, ella sale más nítida, más aquilatada tras pasar por el crisol de las
tribulaciones.

Es cierto que estos son otros tiempos y vivimos en otras estructuras, pero también es cierto que
esos consejos son mejor asimilados cuando los que han vivido esas experiencias duras no se
encierran, sino que las comparten aprovechando los momentos comunes. Sus relatos no están
llenos de añoranzas de tiempos pasados presentados como mejores, ni de acusaciones solapadas
ante los que tienen estructuras afectivas más frágiles. La reserva de constancia de una
comunidad discipular es eficaz cuando sabe integrar —como aquel escriba— lo nuevo y lo viejo
(cf. Mt 13,52), cuando es consciente de que la historia vivida es raíz para que el árbol pueda
florecer.

Por último, mirar a Cristo Jesús como nuestra esperanza significa identificarnos con él, participar
comunitariamente de su suerte. Para el apóstol Pablo, la salvación esperada no se limita a un
aspecto negativo —liberación de una tribulación interna o externa, temporal o escatológica— sino
que el énfasis está puesto en algo altamente positivo: la participación en la vida gloriosa de
Cristo (cf. 1 Ts 5,9-10), la participación en su Reino glorioso (cf. 2 Tm 4,18), la redención del
cuerpo (cf. Rm 8,23-24). Entonces, se trata de entrever el misterio del proyecto único e
irrepetible que Dios tiene para cada uno, para cada uno. Porque no hay nadie que nos conozca ni
nos haya conocido con tanta profundidad como Dios, por eso él nos destina a algo que parece
imposible, apuesta sin posibilidad a equivocarse a que reproduzcamos la imagen de su Hijo. Él ha
puesto sus expectativas en nosotros, y nosotros esperamos en él.

Nosotros, un “nosotros” que integra, pero también supera y excede el “yo”; el Señor nos llama,
nos justifica y nos glorifica juntos, tan juntos que incluye a toda la creación. Muchas veces
hemos puesto tanto énfasis en la responsabilidad personal que lo comunitario pasó a ser un telón
de fondo, solo un ornamento. Pero el Espíritu Santo nos reúne, reconcilia nuestras diferencias y
genera nuevos dinamismos para impulsar la misión de la Iglesia (cf. Exhort. ap.   Evangelii
gaudium, 131; 235).

Este templo en el que nos reunimos, está dedicado a San Pedro y San Pablo. Ambos apóstoles
fueron conscientes del tesoro que se les había dado; ambos, en momentos y en circunstancias
diferentes, fueron invitados a «ir mar adentro» ( Lc 5,4). En la barca de la Iglesia estamos todos,
intentando siempre clamar a Dios, ser constantes en medio de las tribulaciones y tener a Cristo
Jesús como el objeto de nuestra esperanza. Y esta barca reconoce en el centro de su misión el
anuncio de esa gloria esperada, que es la presencia de Dios en medio de su pueblo, en Cristo
Resucitado, y que un día, anhelado por toda la creación, se manifestará en los hijos de Dios. Este
es el desafío que nos urge: el mandato a evangelizar. Es la razón de ser de nuestra esperanza y
de nuestra alegría.

Cuantas veces encontramos sacerdotes, consagrados y consagradas, tristes. La tristeza


espiritual es una enfermedad. Triste porque no saben... Triste porque no encuentran el amor,
porque no están enamorados: enamorados del Señor. Dejaron atrás una vida de matrimonio, de
familia, y querían seguir al Señor. Pero ahora parece que están cansados... Y la tristeza va
calando. Por favor, cuando os sintáis tristes, deteneos. Y buscad un sacerdote sabio, una monja
sabia. No son sabios porque tienen un título universitario, no, no por eso. Sabio o sabia porque
han sido capaces de avanzar en el amor. Id y pedid consejo. Cuando inicia esa tristeza, podemos
profetizar que si no se cura a tiempo, os hará “solterones” y “solteronas”, hombres y mujeres
que no son fecundos. ¡Tened miedo a esta tristeza! El diablo siembra.
Y hoy ese mar, en el que “se adentrarán”, serán “los escenarios y los desafíos siempre
nuevos”  de esta Iglesia en salida.   Es necesario volver a preguntarnos: ¿qué nos pide el Señor?
¿Cuáles son las periferias que más necesitan de nuestra presencia para llevarles la luz del
Evangelio? (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20).

Si no, si no tenéis la alegría de la vocación, ¿quién podrá creer que Cristo Jesús es nuestra
esperanza? Solo nuestro ejemplo de vida dará razón de nuestra esperanza en él.

Hay algo más que tiene relación con la tristeza: confundir la vocación con una empresa, con una
empresa de trabajo. “Yo me dedico a esto, trabajo en esto, tengo entusiasmo con esto... y estoy
feliz porque tengo esto”. Pero mañana, viene un obispo, otro o el mismo, o viene otro superior,
superiora, y te dice: “No, deja esto y ve a otra parte”. Es el momento de la derrota. ¿Por qué?
Porque, en ese momento, caerás en la cuenta de que has tomado un camino equivocado. Te
darás cuenta de que el Señor, que te ha llamado a amar, está desilusionado contigo, porque has
preferido hacer negocios. Al principio os dije que la vida de los que siguen a Jesús no es la vida
de un funcionario o funcionaria: es la vida del amor del Señor y del celo apostólico por la gente.
Haré una caricatura: ¿Qué hace un sacerdote funcionario? Él tiene su tiempo, su oficina, abre la
oficina a una hora, hace su trabajo, cierra la oficina... Y la gente está afuera. Él no se acerca a la
gente. Queridos hermanos y hermanas: Si no queréis ser funcionarios, os diré una
palabra: cercanía. Proximidad, cercanía. Cercanía al Sagrario, cara a cara con el Señor. Y
cercanía a las personas. “Pero, padre, la gente no viene...”. ¡Id a buscarla! “Pero, los jóvenes hoy
no vienen...”. Inventa algo: el oratorio, para seguirlos, para ayudarlos. Cercanía a las personas y
cercanía con el Señor en el Sagrario. El Señor os quiere pastores del pueblo, y no clérigos del
estado. Después diré algo a las hermanas, pero después…

Cercanía significa misericordia. En esta tierra donde Jesús se reveló a sí mismo como Jesús
misericordioso, un sacerdote tiene que ser misericordioso. Sobre todo en el confesionario.
Pensad en cómo Jesús daría la bienvenida a esta persona [que se confiesa]. ¡A ese pobre
hombre, ya lo ha golpeado bastante la vida! Hazle sentir el abrazo del Padre que perdona. Si no
puedes darle la absolución, por ejemplo, dale el consuelo de hermano, de padre. Anímalo a
seguir adelante. Convéncelo de que Dios perdona todo. Pero esto con la calidez de un padre.
¡Nunca eches a nadie del confesionario! Nunca eches a nadie. “Mira, no puedes... Ahora no
puedo, pero Dios te ama, reza, vuelve y hablaremos...”. Así, cercanía. Esto es ser padre ¿No te
importa ese pecador que lo echas así? No estoy hablando de vosotros, porque no os conozco.
Hablo de otras realidades. Y misericordia. El confesionario no es el estudio de un psiquiatra. El
confesionario no es para hurgar en los corazones de las personas.

Y por esto, queridos sacerdotes, la cercanía para vosotros también significa tener entrañas de
misericordia. Y las entrañas de misericordia, ¿sabéis dónde se adquieren? Allí, en el Sagrario.

Y ustedes, queridas hermanas: Muchas veces vemos hermanas que son buenas —todas las
monjas son buenas—, pero hablan, chismorrean... Preguntadle a la que está en el primer puesto
en el otro lado —la penúltima—, si en la cárcel tenía tiempo para comentarios mientras cosía
guantes. Preguntadle. Por favor, ¡sed madres! Sed madres, porque son un ícono de la Iglesia y
de la Virgen. Y que cada persona que os vea pueda ver a la Madre Iglesia y a la Madre María. No
olvidéis esto. Y la Madre Iglesia no es una “solterona”. La Madre Iglesia no chismorrea: ama,
sirve, hace crecer. Vuestra cercanía es ser madre: un ícono de la Iglesia y un ícono de la Virgen.

Cercanía al Sagrario y a la oración. Esa sed del alma de la que hablé, y con los demás. Servicio
sacerdotal y vida consagrada no de funcionarios, sino de padres y madres de misericordia. Y si
hacéis así, cuando seáis ancianos, tendréis una sonrisa hermosa y ojos brillantes. Porque tendréis
el alma llena de ternura, de mansedumbre, de misericordia, de amor, de paternidad y
maternidad.
Y rezad por este pobre obispo. Gracias.

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO


A LOS PARTICIPANTES EN EL PRIMER ENCUENTRO INTERNACIONAL 
DE RECTORES Y COLABORADORES DE SANTUARIOS
Sala Regia
Jueves, 29 de noviembre de 2018

Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

Esperaba este momento que me permite conocer a muchos representantes de los innumerables
santuarios esparcidos en todas las regiones del mundo. ¡Cuánto necesitamos los santuarios en el
camino diario de la Iglesia! Son el lugar donde se reúne con más agrado nuestro pueblo para
expresar su fe con toda simplicidad y de acuerdo con las diversas tradiciones que ha aprendido
desde la infancia. En muchos sentidos, nuestros santuarios son insustituibles porque mantienen
viva la piedad popular, enriqueciéndola con una formación catequética que sostiene y refuerza la
fe alimentando al mismo tiempo el testimonio de caridad. Esto es muy importante: mantener viva
la piedad popular y no olvidar esa joya que es el número 48 de la Evangelii nuntiandi, donde
San Pablo VI cambió el nombre “religiosidad popular” en “piedad popular”. Es una joya. Esa es la
inspiración de la piedad popular que, como dijo una vez un obispo italiano, “es el sistema
inmunitario de la Iglesia”. Nos salva de muchas cosas.

Agradezco al arzobispo Rino Fisichella las palabras con las que ha introducido nuestro encuentro
y que me ofrecen la oportunidad de algunas consideraciones.

Pienso, en primer lugar, en la importancia de la acogida reservada a los peregrinos. Sabemos


que cada vez más a menudo nuestros santuarios son la meta no de grupos organizados, sino de
peregrinos solos o de grupitos autónomos que se ponen en camino para llegar a estos lugares
sagrados. Es triste cuando sucede que, a su llegada, no haya nadie que les dé una palabra de
bienvenida y los reciba como peregrinos que han realizado un viaje, a menudo largo, para llegar
al santuario. ¡Y es peor todavía cuando encuentran la puerta cerrada! No puede ser que se
preste más atención a las necesidades materiales y financieras, olvidando que la realidad más
importante son los peregrinos. Son ellos los que cuentan. El pan viene después, pero antes ellos.
Con cada uno debemos asegurarnos de que se sienta “como en casa”, como un familiar muy
esperado que finalmente ha llegado.

También debemos considerar que muchas personas visitan el santuario porque pertenece a la
tradición local; a veces porque sus obras de arte son una atracción; o porque se encuentra en un
entorno natural de gran belleza y encanto. Estas personas, cuando son bienvenidas, son más
disponibles a abrir sus corazones y a dejar que los plasme la gracia. Un clima de amistad es una
semilla fecunda que nuestros santuarios pueden arrojar al terreno de los peregrinos, haciéndoles
redescubrir esa confianza en la Iglesia que a veces puede haberse visto decepcionada a causa de
una indiferencia de la que han sido objeto.

El santuario es ante todo –segunda cosa– un lugar de   oración. La mayoría de nuestros


santuarios están dedicados a la piedad mariana. Aquí, la Virgen María abre de par en par los
brazos de su amor maternal para escuchar la súplica de cada uno y concederla. Los sentimientos
que cada peregrino siente en lo más profundo del corazón son aquellos que encuentra también
en la Madre de Dios. Aquí, ella sonríe dando consuelo. Aquí derramas lágrimas con los que lloran.
Aquí presenta a cada uno al Hijo de Dios sostenido firmemente en sus brazos como el bien más
preciado que toda madre posee. Aquí María se hace compañera de camino de cada persona que
levanta los ojos pidiendo una gracia, convencida de que se le concederá. La Virgen responde a
todos con la intensidad de su mirada, que los artistas han sabido pintar, a menudo guiados a su
vez desde lo alto en la contemplación.

A propósito de oración en los santuarios, quisiera subrayar dos requisitos. En primer lugar,
alentar la oración de la Iglesia que con la celebración de los sacramentos hace la salvación
presente y eficaz. Esto permite que cualquier persona presente en el Santuario se sienta parte de
una comunidad más grande que desde todas las partes de la tierra profesa la única fe,
testimonia el mismo amor y vive la misma esperanza. Muchos santuarios han surgido
precisamente por la petición de oraciones de la Virgen María al vidente, para que la Iglesia no
olvide nunca las palabras del Señor Jesús de rezar sin interrupción (cf. Lc 18, 1) y de permanecer
siempre vigilantes a la espera de su regreso (cf. Mc 14, 28).

Además, los santuarios están llamados a alimentar la oración del peregrino individual en el


silencio de su corazón. Con las palabras del corazón, con el silencio, con las fórmulas aprendidas
de memoria cuando era un niño, con sus gestos de piedad..., cada uno debe ser ayudado a
expresar su oración personal. Muchos van al santuario porque necesitan recibir una gracia, y
luego regresan para dar gracias por haberla obtenido, a menudo por haber recibido fuerza y paz
en la prueba. Esta oración hace que los santuarios sean lugares fecundos, para que la piedad del
pueblo sea siempre alimentada y crezca en el conocimiento del amor de Dios.

Nadie en nuestros santuarios tendría que sentirse como un extraño, especialmente cuando llega
allí bajo el peso de su propio pecado. Y aquí me gustaría hacer la última consideración: el
santuario es un lugar privilegiado para experimentar la misericordia  que no conoce fronteras.
Esta es una de las razones que me empujaron a querer que también en los santuarios hubiera
una “Puerta de la misericordia” durante el jubileo extraordinario. En efecto, cuando la
misericordia se vive, se convierte en una forma de evangelización real, porque transforma a los
que reciben la misericordia en testigos de misericordia. En primer lugar, el sacramento de la
Reconciliación, que tan a menudo se celebra en los santuarios, necesita sacerdotes bien
formados, misericordiosos, capaces de hacer que se saboree el verdadero encuentro con el Señor
que perdona. Espero que, sobre todo en los santuarios, nunca falte la figura del “Misionero de la
Misericordia” –si no la hay en algún santuario que la pida al dicasterio– como un fiel testimonio
del amor del Padre que tiende a todos sus brazos y sale al encuentro feliz de haber reencontrado
a los que se habían ido (cf. Lc 15, 11-32). Las obras de misericordia, por último, piden ser
vividas de una manera particular en nuestros santuarios, porque en ellos la generosidad y la
caridad se realizan de manera natural y espontánea como actos de obediencia y de amor al
Señor Jesús y a la Virgen María.

Queridos hermanos y hermanas, pido a la Madre de Dios que os sostenga y acompañe en esta
gran responsabilidad pastoral que se os ha confiado. Os bendigo y rezo por vosotros. Y vosotros,
también, por favor, no os olvidéis de rezar y de hacer que se rece por mí en vuestros santuarios.

Y, antes de terminar, me gustaría hablar de una experiencia, una experiencia de un hermano y


también mía. El santuario es un lugar, por así decirlo, del encuentro no solo con el peregrino, con
Dios, sino también el encuentro de nosotros pastores con nuestro pueblo. La liturgia del 2 de
febrero nos dice que el Señor va al santuario para encontrarse con su pueblo, para salir al
encuentro de su pueblo, entender al pueblo de Dios, sin prejuicios; el pueblo dotado de ese
“olfato” de la fe, de esa infallibilitas in credendo de la que habla el n. 12 de la Lumen gentium.
Este encuentro es fundamental. Si el pastor que está en el santuario no logra encontrarse con el
pueblo de Dios, es mejor que el obispo le dé otra misión, porque no es adecuado para eso; y él
sufrirá tanto y hará sufrir al pueblo. Recuerdo –y ahora vengo a la anécdota– a un profesor de
Literatura, un hombre genial. Toda su vida fue jesuita; toda su vida fue profesor de Literatura de
alto nivel. Después se jubiló y le pidió al Provincial: “Me jubilo, pero me gustaría hacer algo
pastoral en un barrio pobre, tener contacto con el pueblo, con la gente...”. Y el Provincial le
confía un barrio de gente muy devota, que iba a los santuarios, que tenía este espíritu, pero muy
pobre, más o menos un barrio de chabolas. Y tenía que ir una vez a la semana a la comunidad
de la Facultad de Teología, donde era rector. Pasaba todo el día con nosotros, en fraternidad, y
luego volvía. Así mantenía la vida en comunidad. Y como era genial, un día me dijo: “Tienes que
decirle al profesor de eclesiología que le faltan dos tesis” – “¿Por qué?” –“Sí, dos tesis que debe
enseñar” –“¿Y cuáles son?” –“La primera: el santo pueblo fiel de Dios es ontológicamente
olímpico, es decir, hace lo que quiere; y la segunda: es metafísicamente tedioso, es decir,
aburre”. Había entendido en los encuentros cómo y por qué cansa el pueblo de Dios. Si estás en
contacto con el pueblo de Dios, te cansarás. ¡Un trabajador pastoral que no se cansa me deja
muy perplejo! Y con respecto al hecho de que es “olímpico”, es decir, hace lo que quiere,
recuerdo cuando era maestro de novicios: Iba todos los años, –como Provincial también con los
novicios–, al Santuario de Salta, en el norte de Argentina, a las fiestas de Señor del Milagro. Al
salir de la misa –yo confesaba durante la misa–, había mucha gente, y una señora del pueblo se
acercó a otro sacerdote con algunas estampitas: “¿Padre, me las bendice?”, y ese sacerdote, un
teólogo muy inteligente, le dice: “Pero, señora, ¿ha estado en misa?” –“Sí”. –“¿Y Usted sabe que
en la misa hay el sacrificio del Calvario, está presente Jesucristo?” –“Sí, padrecito, sí”. –“Y ¿sabe
que todas estas cosas están más que bendecidas?” –“ Sí, padrecito”. –“¿Y sabe que con la
bendición final se bendice todo? ” –“ Sí, padrecito”. Y en ese momento, salió otro sacerdote y la
señora dijo: “Padre, ¿me las bendice?” Y él las tocó y las bendijo. Ella consiguió lo que quería:
que las tocase. El sentido religioso del tacto. La gente toca las imágenes, “toca a Dios”.

¡Gracias por lo que hacéis! Y ahora os doy la bendición.

Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede , 29 de noviembre de 2018.