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Un Lobo Feroz

Y… ahí me encontraba yo, en medio del desdén, caminando por un bosque


solitario, sin rumbo fijo, simplemente divagando por la llanura y la naturaleza del
lugar, tantas flores, tantos árboles, tantos otros animales, que se veían súper
deliciosos, y estaba dispuesto a realizar cualquier cosa para poder probar así sea
un solo bocado, se veían tan exquisitos, tan jugosos, tan apetecibles, que me
entraban ganas de penetrar su carne con mis filosos y enormes colmillos, todo por
tener una cena a gusto. Seguía entrañándome más y más en la maleza, hasta
que, por fin, pude encontrarle salida a aquel bosque tan natural y colorido; estaba
feliz, pero a la vez asustado, estaba en un lugar que no conocía, y yo, siendo un
lobo feroz, audaz y oportunista, sentí temor de encontrarme en aquel lugar, un
tanto desolado, y aunque no del todo abandonado, sentía que no era lo mismo
que cuando me sumergí en aquel extraordinario bosque.
A lo lejos podía ver 3 casas, cada una construida con materiales diferentes,
recuerdo haber escuchado voces, voces de animales pequeños, como si fueran…
¡CERDOS!, sí, eran 3 pequeños cerdos, parecían tener una actitud un poco
arrogante, cada uno estaba convencido de que tenía la razón, al parecer estaban
construyendo un lugar en donde habitar, y vaya que dos de ellos eran un poco
tontos al pensar que las pequeñas chozas construidas con materiales tan débiles
podrían permanecer en pie durante mucho y mucho tiempo. Sin pensarlo por un
instante más, decidí acercarme a toda velocidad, puede que demuestre que
aquellas pequeñas casas eran prácticamente inútiles, y en caso de demostrarlo,
poder terminar el día saboreando una gran presa de cerdo.
Llegué a la primera casa, estaba hecha de paja, al parecer era un cerdito muy
vago, además de mediocre, era conformista, y pensó que una casa tan ligera
podría salvarlo de mí, pero no, así que con todas mis fuerzas, idee un plan para
derribar todas las casas, una por una.
- ¡Soplaré y soplaré, y esta casa derribare! - exclamé yo, pero al tumbarla, el
cerdito (que era pequeño y muy escurridizo) logró escapar y entrar a la casa de su
hermano mayor, y sin dudar, decidí presentarme igualmente en aquella vivienda.
Al llegar, evidencié que, la casa estaba hecha de madera, y pensé “talvez si soplo
con mayor intensidad, también podré derrumbar esta casa, al fin y al cabo, es mi
don, y lo pondré a prueba”. Así que, sin vacilar, continúe en este proceso un poco
inusual de conseguir comida.
- ¡Soplaré y soplaré, y esta casa, de madera “que material más anticuado, de por
Dios, ¿Qué acaso estos cerdos no conocen el cemento?” también derrumbaré! –
soplé tan fuerte que me quedé sin aire, pero pude mandar abajo esta casa sin
problema alguno, pero al parecer, como que la habilidad de ser escurridizos la
heredaron los 3, y por tanto, ambos se me escaparon, y consiguieron un lugar en
la casa de su hermano mayor.
Agotado por haber realizado tanta actividad, decidí darme una última oportunidad,
y ayudándome de mis habilidades, por fin tumbar la última casa y tener una
exquisita cena, ya había atardecido, y tenía el estómago pidiéndome a gritos algo
de comer. Al llegar a la tercera y última casa, me doy cuenta que al menos el
mayor de los hermanos sí piensa, y la construyó de ladrillos, debí imaginar que,
para ellos, no es la primera vez que me veían en aquel lugar, y decidieron tomar
medidas, pero para mí, toda esa planicie era un nuevo lugar por explorar, y juro
que no había ido allí nunca, al menos hasta donde yo sepa. Procedí a lo mismo,
amenacé a los cerdos de muerte, que iba a tumbar su casa, y bla bla bla, estaba
cerca de poder comer, y di un sermón sin sentido esperando que a esos animales
cuadrúpedos les hubiera quedado una lección.
- ¡Soplaré con todas mis fuerzas, e igual que las otras dos casas, ésta también
desplomaré! – no fue mucho el tiempo que me tardé intentando llevar la casa al
suelo, era imposible, pensé que tendría alguna posibilidad, pero no fue así, todos
mis intentos fallidos con un resultado nulo.
Como soy un lobo, tengo el sentido de la vista muy bien agudizado, así que me
percaté de que la casa tenía una gran chimenea, cabía perfectamente en ella , y
tomé el riesgo de entrar a la casa por ahí y tener un festín y de paso, un lugar
donde vivir. Logré divisar una gran chimenea en el techo de la casa, así que me
abalancé hacía ella, me parecía extraño que antes de hacerlo los 3 cerdos se
estuvieran riendo, yo no comprendía que era lo que estaba pasando, ¡Hasta que
sentí que se me quemaba la cola!, esos pequeños me la habían jugado muy bien,
prendieron llamas a la chimenea, y luego me prendí yo, desde ese día no volví a
aparecerme, y espero que los cerdos hayan aprendido algo nuevo.

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