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EL LUGAR DE LA CELEBRACION EUCARÍSTICA.

1. INTRODUCCION

“El culto ‘en espíritu y en verdad’ (Jn 4,24) de la Nueva Alianza no está ligado a un
lugar exclusivo. Toda la tierra es santa y ha sido confiada a los hijos de los
hombres. Cuando los fieles se reúnen en un mismo lugar, lo fundamental es que
ellos son las ‘piedras vivas’, reunidas para la ‘la edificación de un edificio
espiritual’ (1P 2, 4-5). El Cuerpo de Cristo resucitado es el templo espiritual de
donde brota la fuente de agua viva. Incorporados a Cristo por el Espíritu Santo,
‘somos el templo de Dios vivo” (2Co 6,16) (CEC 1179).

Este texto del Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que nuestro culto
cristiano esencialmente es un culto en “espíritu y en verdad” donde lo más
importante son las personas “piedras vivas”. El verdadero templo de los
cristianos es Cristo resucitado. Los bautizados incorporados a Cristo por obra del
Espíritu Santo, “son el templo de Dios vivo”.

Aunque la liturgia tiene a Cristo como templo único y verdadero, necesita de un


lugar para que se reúna la asamblea que celebra el Misterio Pascual.

Los cristianos para su “culto en espíritu y en verdad”, tienen desde la época


primitiva, unos lugares destinados a la celebración. En esto, ellos ciertamente
reciben la influencia judía, pero como sucedió con otras instituciones litúrgicas,
(Alianza, sacerdocio, sacrificio), experimentaron una transformación profunda
en el cristianismo.

2. DATOS DE LA HISTORIA

2.1. LOS PRIMEROS CRISTIANOS.

Los apóstoles, continuaron frecuentando el templo de Jerusalén y al mismo


tiempo se reunían en sus casas para la “fracción del pan” (cf.Hech 2,46).
Seguramente que escogían las casas más adecuadas, a veces con salas amplias y
con varios niveles o con azotea. En ellas encontramos reunidos a los apóstoles en
espera de la venida del Espíritu Santo; allí también se retiraba Pedro a orar (cf.
Hech 10,9); y también Pablo, en una casa, celebró en Troade los divinos misterios
(cf. Hech 20,7).

En este sentido es muy significativo que el lugar para la celebración no se llame


templo, sino iglesia (ekklesía), la misma palabra que el Nuevo Testamento usa
para designar a las comunidades locales de los fieles (cf Rom 16,5, etc.) Las
“iglesias” son los lugares donde se reúne la “Iglesia” para celebrar el Misterio
pascual de Jesucristo a través de las acciones sacramentales, especialmente de la
Eucaristía.

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Algunas de esas “casas” son recordadas en los Hechos de los Apóstoles y en las
cartas paulinas: en Jerusalén, la de María, madre de Marcos (cf. Hech 12,12); en
Éfeso, la de Tirano (cf. Hech 19,9); en Corinto, la de Tito (cf. Hech 18,7); en
Colosas, la de Filemón (cf. Flm 2); en Laodicea, la de Ninfa (cf. Col 4,15); en Roma,
la de Aquila y Priscila sobre el Aventino (cf. Rom 16,3-5).

Con el crecimiento de la comunidad cristiana, las casas que servían para la


celebración de la Eucaristía dominical y para otras reuniones, debieron ser
habilitadas para los servicios del culto. Como los paganos denominaban “templo”
al lugar de su culto, los cristianos rechazaron ese término y adoptaron el de
“ecclesia”.

Los descubrimientos hechos en DOURA EUROPOS, sobre el Eufrates, atestiguan


la existencia en al año 232 de una “domus ecclesiae” (casa-iglesia), con salas
distintas para la celebración de la Palabra, de la Eucaristía y para el bautismo.
Estas salas tienen decoraciones de escenas bíblicas del Antiguo y Nuevo
Testamento.

2.2. LA BASILICA LATINA.

Después de la paz constantiniana (313) en todas las provincias del Imperio se


construyeron edificios dedicados al culto cristiano, que se llaman “basílicas”. Con
tal nombre los romanos designaban una gran aula o un noble edificio público o
privado; en los siglos IV y V se llaman basílicas a los lugares del culto cristiano.

En este tiempo limitándonos a Roma, se construyeron las basílicas del Salvador


(San Juan de Letrán), la de San Pedro en el Vaticano, la de San Pablo en la vía
Ostiense, la de Santa María la Mayor, las de Santa Inés, Santa Sabina, San
Lorenzo y otras.

Las basílicas fueron construidas según un modelo bastante uniforme, el cual


comprendía tres elementos principales: el atrio, las naves y el santuario.

El atrio era un patio cuadrangular a cielo descubierto, rodeado


generalmente de un pórtico de columnas, con una fuente en medio, que servía
para las abluciones simbólicas.

Las naves constituían la basílica propiamente dicha. Era un vasto espacio


rectangular, cerca de dos veces más largo que ancho con varias naves separadas
con filas de columnas. La nave central era más elevada y en medio de ella había
un lugar para los cantores y dos pequeños ambones.

El santuario estaba algo elevado, en la extremidad de la nave central, que


terminaba en un ábside semicircular, al fondo del cual estaba la cátedra episcopal
y alrededor había bancos de piedra para los presbíteros. Delante de la cátedra y
debajo del arco del ábside se levantaba el altar, que era el centro espiritual del
edificio, formado por una simple mesa de piedra protegida por un ciborio sobre
cuatro columnas.
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Tal era, en sus líneas generales, la disposición interna de la basílica
latina. De ordinario, los fieles no ocupaban la nave central, sino solamente las
dos laterales: a la derecha los hombres; a la izquierda, las mujeres,
convergiendo ambos hacia el altar, donde el pontífice, de cara a ellos, celebraba,
junto con los presbíteros, el santo sacrificio. El atrio con sus pórticos estaba
reservado a los catecúmenos y para aquellas otras personas a las que no estaba
permitido asistir a los santos misterios.

Exteriormente las basílicas no mostraban nada de extraordinario, pero


en el interior tenía rica decoración. La antigua iconografía basilical, era, en
efecto, eminentemente bíblica. Además de pasajes del Antiguo y Nuevo
Testamento, aparecen también las figuras del pavo real, símbolo de la
inmortalidad, el Cordero divino erguido sobre la roca, del que salen cuatro ríos
(evangelios), mientras a derecha e izquierda están alineadas doce ovejas. Va
desapareciendo el símbolo antes muy común del pez, sustituido por el
monograma de Cristo y de la cruz con piedras preciosas, como símbolo de
triunfo.

También en las basílicas, a Cristo ya no se le representa como antes, solemne y


con majestad. Se le representa algunas veces sentado, con el libro de la ley en
la mano, rodeado de los apóstoles y al fondo la Jerusalén celestial. Encima
campea la cruz.

El ábside en algunas ocasiones, miraba hacia el oriente, de suerte que el


pueblo orando estuviera mirando en esa dirección. En Roma parece que no se
tuvo en cuenta este simbolismo y el ábside miraba hacia el occidente, de
manera que el altar y el celebrante estaban vueltos hacia los fieles. Más tarde
por razones que no se conocen bien, se introdujo la costumbre de celebrar con
las espaldas hacia el pueblo.

Las iglesias cristianas, desde los tiempos primitivos, no son solamente una sala
amplia y única, sino que tienen lugares diferenciados para las diversas
necesidades de la comunidad, especialmente para las celebraciones litúrgicas.

San Justino (+ 165) al hablar de las celebraciones, ya distingue entre el “sitio


donde hay agua”, en el que celebra el bautismo y el “lugar donde están
reunidos los que se llaman hermanos”, y dice que después de la ablución
bautismal, es conducido el recién bautizado a fin de participar, en la sala
común, de la oración y de la Eucaristía.

Los edificios comportaban diversas salas para las necesidades de la


comunidad: catequesis, ritos catecumenales, bautismo, y sobre todo para la
Eucaristía.

2.3. EDAD MEDIA

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Históricamente se pasa de las antiguas basílicas a las iglesias románicas y más
tarde a las góticas. Hay que recordar que por esta época el pueblo ya no
entiende el latín que es la lengua de la liturgia, y se va perdiendo toda
participación de la comunidad, y la celebración de los sacramentos se vuelve
asunto de los clérigos, y es fundamentalmente un espectáculo. Esto influyó
para que el lugar de la celebración dejara de ser “domus ecclesiae” -casa donde
se reúne la comunidad- para convertirse en “templo”, monumento elevado para
la gloria de Dios.

Esos bellos templos románicos y góticos se construyeron como monumentos a


Dios, pero no para favorecer la participación de los fieles en la liturgia. Por eso
esos hermosos monumentos, verdaderas joyas de arte, no se pueden tomar
como modelos para construir hoy nuestras “iglesias”, que deben ser lugares que
faciliten la reunión de la comunidad, y que favorezcan la activa y consciente
participación de los fieles.

No vamos aquí a continuar con una “historia de arte” en lo que se refiere a los
lugares de la celebración. Solamente recordemos que los grandes monumentos
del arte románico, del gótico, del barroco, del renacimiento etc., fueron
inspirados por la fe de los pueblos que utilizaron los elementos y recursos de
sus tiempos, pero sin tener como finalidad la activa, plena y consciente
participación de la comunidad, y que de hecho más bien la dificultan y
favorecen la piedad individual.

2.4. LA REFORMA LITURGIA

La Constitución sobre la sagrada liturgia del Concilio Vaticano II, optó


claramente por subrayar el carácter sacramental o simbólico de las
celebraciones litúrgicas, que deben ser expresivas del Misterio cristiano. Esta
doctrina se había olvidado en las celebraciones, en las que solamente había
preocupación por su validez. Al insistir el Concilio en el carácter simbólico de la
liturgia, se recuperó el valor de los signos y de los símbolos en la celebración.

El 26 de septiembre de 1964, se publicó un documento litúrgico (Inter


oecumenici) que cambió lo que podríamos llamar la “fachada externa” de la
celebración: en efecto, a partir del 7 de marzo de 1965, el que preside la
celebración, en lugar de permanecer siempre junto al altar, empieza a ocupar la
sede presidencial durante la liturgia de la Palabra; se empieza a normalizar la
celebración de “cara al pueblo”, lo que hace que el altar se separe de la pared y
de los retablos, y comience a tener de nuevo la forma de mesa; se restablece el
ambón, como lugar de la proclamación de la palabra y la sede como lugar de la
presidencia; de esta manera el altar , la sede y el ambón forman los
elementos más importantes del presbiterio, que serán no sólo funcionales
sino también simbólicos.

Rápidamente en todas partes, los templos y los presbiterios se reforman para


adecuarlos a la entonces llamada “nueva liturgia”. Con frecuencia se hicieron
arreglos provisionales. Hace 47 años que se dieron los primeros pasos con
soluciones de emergencia, muchas de las cuales se quedaron como definitivas,
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y con ello se ha caído de nuevo en las deficiencias que la reforma litúrgica quiso
subsanar.

Hoy tenemos un lugar que responde más o menos a las nuevas rúbricas y
costumbres (o rutinas) de la gente: un altar colocado, sea como sea, de cara al
pueblo; una silla que se denomina presidencial; un atril al que se llama ambón.

Se ha cumplido más o menos, materialmente con lo mandado, pero esos


cambios no expresan con la fuerza que debieran la finalidad para la cual fueron
modificados.

“Porque hay que reconocer que si un altar de espaldas al pueblo no expresaba


bien la reunión de los fieles en torno al Señor, tampoco la significa un altar de
cara al pueblo, pero colocado de tal forma que la asamblea, queda alejada de
él. Tampoco expresa bien el papel del ministro, cuya función es congregar en
nombre del Señor al pueblo de Dios, una sede alejada y en la que el ministro,
signo de la presencia del Señor, apenas es visible, por lo menos cuando está
sentado. Ni sugiere la importancia capital de la Palabra, un simple atril o
facistol, que se quita y se pone. En estos casos aunque haya un cumplimiento
material de las rúbricas, no hay una expresión sacramental del contenido de la
celebración cristiana” (P. Farnés).

3. FINALIDAD DEL LUGAR DE LA CELEBRACION

Lo primero que hay que tener en cuenta para acertar en la disposición del lugar
de la celebración, es tener bien claro su finalidad. Hay que tener muy en cuenta
lo prescrito por el Concilio Vaticano II:

“Al edificar los templos, procúrese con diligencia que sean aptos para la
celebración de las acciones litúrgicas y para conseguir la participación activa de
los fieles” (SC 124).

Esa misma finalidad de las iglesias cristianas, la ordena la Ordenación


General del Misal Romano:

“Las iglesias, por consiguiente, y los demás sitios sean aptos para la realización
de la acción sagrada y para que se obtenga una activa participación de los
fieles” (No. 253).

El lugar de la celebración no es en primer lugar, ni un monumento artístico, ni


un templo en que Dios habita, ni un lugar donde se veneran imágenes o donde
se custodian objetos sagrados, ni un espacio dedicado a la oración personal. Es
lógico que el lugar de la celebración pueda también servir para estas
finalidades; pero hay que reconocer que se trata de aspectos secundarios. La
iglesia cristiana es, ante todo, el lugar destinado a la reunión de los cristianos
para que celebren los sacramentos, especialmente la Eucaristía, y puedan
realizar las demás acciones sagradas propias de los bautizados.

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Algunas iglesias se construyen hoy sin tener en cuenta la finalidad pedida por
el Concilio, de que propicien la activa y consciente participación de los fieles. No
se facilita por ejemplo el que la asamblea esté cerca del altar, que escuche bien,
que pueda ver y seguir con comodidad lo que los diversos ministros de la
celebración hacen.

Una mejor comprensión de la teología de la Eucaristía, ha influido


positivamente en la mejor adecuación del lugar de la celebración eucarística.

Antes de la renovación conciliar, la Eucaristía se veía casi exclusivamente como


renovación del sacrificio de la cruz y considerada de esta manera, se
privilegiaba el “altar-ara” y la presencia de un gran crucifijo que dominaba todo
el presbiterio.

Uno de los documentos más completos del magisterio sobre la Eucaristía, la


Instrucción Eucharisticum mysterium, publicada bajo el pontificado de Pablo
VI en 1967, presenta una visión teológica de la misa o Cena del Señor, como
sacrificio, como memorial y como banquete. (cf. No.3,a).

Hoy gracias al abundante magisterio teológico y litúrgico sobre la Eucaristía,


debemos considerar las múltiples facetas de ella, subrayando especialmente su
aspecto de banquete, de convite pascual, de Cena del Señor, sin olvidar que es
también verdadero sacrificio.

Con este enfoque se le dará toda la importancia al pan y el vino colocados sobre
una mesa festiva, símbolos en los que se hace realmente presente el sacrificio
pascual de la muerte y resurrección del Señor.

Confrontar pensamiento de Juan Pablo II y Benedicto XVI acerca de la


Eucaristía y la visión de Aparecida.

4. AMBIENTACIÓN GENERAL DEL LUGAR DE LA CELEBRACIÓN

“La celebración litúrgica está fuertemente condicionada por el marco en el que


se desarrolla. El lugar que ocupamos, el espacio donde nos movemos, forma
parte de nosotros mismos como expresión de nuestra corporeidad. Entre el
lugar y las personas que lo ocupan se produce una especie de simbiosis. El ser
humano siente la necesidad de proyectarse sobre el entorno que le rodea sus
pensamientos y su manera de sentir y de vivir.

El lugar de la celebración debe favorecer el que se cumpla la finalidad de la


liturgia, que quiere de una parte dar gloria a Dios, y de otra comunicar por
medios de los signos sacramentales la salvación a los fieles.

La Ordenación General del Misal Romano (Nos 279-280) indica tres cualidades
que deben tenerse muy presente para lograr realmente un lugar apto para la
celebración: noble sencillez, autenticidad y comodidad.

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El Concilio nos pide buscar “más una noble belleza que la mera suntuosidad”
(SC 124). Quien dice “noble sencillez” excluye todo elemento de mal gusto. La
belleza y el arte llevan a Dios. No puede confundirse la sencillez con el
desorden o el mal gusto. Sobriedad y sencillez de acuerdo con el espíritu
evangélico y el gusto moderno que en la arquitectura, en la decoración, en el
mobiliario y en el vestido, buscan más una adecuada funcionalidad que la
complicada suntuosidad de otras épocas

Autenticidad, es decir, que los materiales que componen o adornan los lugares
de la celebración y los objetos litúrgicos sean realmente lo que aparecen de
manera que no haya imitaciones: maderas pintadas de mármol, flores de papel,
velas eléctricas.

“La Iglesia promovió con especial interés que los objetos sagrados sirviesen al
esplendor del culto con dignidad y belleza, aceptando los cambios de materia,
forma y ornato que el progreso de la técnica introdujo con el correr del
tiempo”(SC 122).

Comodidad para que la gente se sienta a gusto cuando ora como lo


recomendaba santa Teresa. Si no se tiene un mínimo de comodidad se crea un
clima de desasosiego que dificulta la participación en la celebración.

Además de estas tres cualidades se debe tener en cuenta también:

La actualidad y apertura al arte de nuestro tiempo y de todos los pueblos y


regiones (cf. SC 123). Que todos los elementos hablen al hombre de hoy, sin
falsos modernismos que buscan solamente la última moda, y sin arqueologismo
que pretende canonizar todo lo antiguo. Este criterio ha de conjugarse con el
respeto y la conservación del patrimonio artístico.

Creatividad o huida, en cuanto sea posible, de la producción en serie de


imágenes y objetos litúrgicos. El trabajo de los artistas es una imitación de la
acción de Dios y una contribución a la educación de los fieles (cf. SC 127).

Elegancia, especialmente en los vestidos litúrgicos. Evitando caer en el vano


estetismo y en la afectación, no menos que en la rigidez y complicación de la
indumentaria de otras épocas; los vestidos litúrgicos deben tener un toque de
distinción, elegancia y virilidad.

Limpieza interna y externa del lugar de la celebración y esmero en todos los


elementos y objetos litúrgicos.

5. USO CORRECTO DEL LUGAR DE LA CELEBRACIÓN

El P. Farnés nos alerta que no basta con tener bien dispuestos los elementos de
la celebración, sino que es necesario también el buen uso del mismo. Hay
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diversas maneras incorrectas de servirse de los distintos lugares de la
celebración. Por ejemplo, hay sacerdotes que quieren hacerlo todo en el altar,
que no usan la sede o el ambón, cuando debieran hacerlo. Otros usan de una
manera anárquica los lugares celebrativos. Los usan como les parece más
cómodo, sin tener en cuenta su funcionalidad y menos la significación de cada
uno de los elementos, empobreciendo el mismo sentido de la celebración.

Cambiar los elementos materiales resulta más fácil que transformar las
mentalidades. Cuesta mucho asimilar el sentido de la celebración como
asamblea reunida en torno a Cristo presente en el ministro, o hacer
comprender que la Eucaristía es, al mismo tiempo, sacrificio sacramental y
banquete fraterno. El cambio de ritos y de los elementos externos es necesario,
pero de ninguna manera es suficiente para captar el verdadero sentido de la
celebración litúrgica.

Por otra parte las costumbres preconciliar influyen aún en la práctica


actual. En una época en que el pueblo vivía al margen de la liturgia, sobre todo
a causa del latín, y del desconocimiento del valor de la liturgia, parecía que en
el altar, sin que el pueblo entendiera, el sacerdote daba culto a Dios, y que
desde el púlpito, en cambio, se hacía lo que el pueblo entendía: sermones,
devociones y hasta regaños.

Hoy para algunos el ambón sigue siendo una especie de púlpito desde donde se
dicen todas las cosas al pueblo, agregando ahora la Palabra de Dios. Por eso
se usa el ambón para todo: se lee la Palabra, pero también desde allí se dan los
avisos, se hacen las moniciones, se dirige el canto y se rezan las oraciones y
devociones del pueblo. Este abuso inadmisible desde el punto de vista de la
liturgia pastoral, no tiene en cuenta además, que el Concilio pide que se
signifique por medio de lugares diferentes la estructura actual de la Eucaristía,
que debe tener una mesa de la Palabra (cf. SC 51) y otra mesa de la Eucaristía.

Por lo que respecta a la sede, la herencia de los usos preconciliares es


evidente. Se la sigue considerando un “banco” para sentarse durante las
lecturas. Estamos muy lejos de recuperar la sede como lugar de la presidencia.
Por eso no es extraño que se la ponga lejos del pueblo, donde casi no es
perceptible o se quite terminada la celebración

EL ALTAR

1. DATOS DE LA HISTORIA

1. En la época primitiva el altar fue simplemente una mesa; basta recordar


la última cena de Jesús con sus apóstoles o las descripciones de la
Eucaristía en las comunidades de esta época. También hay representaciones
pictóricas que atestiguan que la “fracción del pan” se hacía alrededor de una

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mesa. Pero la mesa del Señor, pronto dejó de ser una mesa cualquiera, para
convertirse en una mesa funcional, simbólica, solemne y festiva.

En los templos paganos y también entre los judíos existía el altar como “ara”,
para los sacrificios y esto corresponde a la concepción cultual de las religiones.
Los cristianos se apartan de esta concepción y ven el altar como “mesa en la
casa” y esto es algo propio y exclusivo del cristianismo.

2. Después del edicto de Milán (313), el ambiente en que se desarrolla la vida


toma nuevos aires. En Roma y en las grandes ciudades, el paganismo, con sus
templos y altares-aras, van muriendo progresivamente y ya no hay
inconveniente en que la mesa de la Cena del Señor empiece a tomar la forma
externa de altar. Así, se va pasando, de la antigua mesa del Señor, al altar
propiamente dicho, construido casi siempre de piedra.

Entre otras motivaciones de este cambio, habría que citar la construcción de


las grandes basílicas y el hecho de que no pocas aras paganas fueron
convertidas en altares cristianos. Hubo también motivaciones simbólicas, como
la de considerar al altar de piedra, como signo de Cristo, piedra angular de la
Iglesia. Además el deseo de subrayar la unión de los mártires al sacrificio de
Cristo, hizo que la mesa se construyera de piedra y como parte del sepulcro del
mártir.

El altar continúa siendo fundamentalmente una mesa festiva, pero pasa a ser
fijo y de piedra, y muchas veces edificado sobre el sepulcro de un mártir. En
cuanto a sus medidas, los altares son todavía pequeños (no pasan casi nunca
de un metro), cuadrados y destinados exclusivamente a sostener los elementos
eucarísticos: el pan y el vino.

3. En los siglos IX-XI por varias circunstancias, entre otras la decadencia


litúrgica, comienza a desdibujarse la verdadera naturaleza del altar. Deja de ser
mesa (de madera o de piedra), de carácter funcional y simbólico para celebrar la
Cena del Señor, y se va convirtiendo en peana donde se exponen a la
veneración de los fieles diversos objetos de piedad. Se colocan sobre el altar el
evangeliario, los vasos que contienen la reserva eucarística, las reliquias de los
santos o incluso las urnas con sus cuerpos enteros. Más tarde aparecen los
retablos y las imágenes colocadas sobre la “mesa”.

4. En el siglo XVI, cuando el altar ya está unido al retablo y le sirve de


soporte, era apenas lógico que también el sagrario y más tarde el expositorio se
pusieran sobre el altar; en la línea de hacer del altar un “mostrador” donde se
pone todo, se le agregan varias gradas en la parte posterior, para que sean más
visibles los objetos expuestos: candeleros, reliquias, imágenes...

5. A comienzos del siglo XX, gracias al MOVIMIENTO LITURGICO, en


algunas iglesias, el altar tuvo algunas modificaciones: se quitan las gradas
posteriores de encima de la mesa, se separa un poco de la pared en la cual
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estaba adosado, se le da forma de sepulcro, de ara o mesa y se procura que
haya una cruz grande y visible. Igualmente que la piedra quedara visible al
pueblo. Con esta restauración el altar deja de ser peana y empieza a ser el ara
del sacrificio cristiano. Fue un avance dejar de considerar la Eucaristía como
un simple acto de devoción y considerarla como el ofrecimiento del verdadero
sacrificio cristiano.

Pero la Eucaristía, la Cena del Señor, no es un sacrificio al estilo de los


que se ofrecían en Jerusalén o en los templos paganos, ni el altar por tanto, es
un ara semejante a las de las religiones. Y en esto estriba la limitación de la
reforma del altar iniciada en esta época. El sacrificio de Cristo no se hace por
medio de la inmolación de una víctima sobre el altar, sino a través de aquellos
símbolos que el Señor entregó a su Iglesia, para que ella celebrara su Pascua.
Por eso la presentación del altar sólo como ara, aunque representó en su
tiempo un avance con respecto a verlo como soporte de objetos santos, no es
con todo una presentación totalmente fiel y completa.

El altar hay que verlo sobre todo como la mesa del Señor en la que, más que
inmolarse una víctima, se hace presente bajo signos sacramentales la muerte y
la resurrección del Señor, mientras se espera su gloriosa venida. El Señor
resucitado se hace presente sacramentalmente para darse como comida a sus
amigos que celebran la Eucaristía.

6. El Concilio Vaticano II, completará la restauración del altar empezada por


el Movimiento Litúrgico, superando no sólo la concepción del altar como peana
de objetos santos, sino también el altar como ara de sacrificio con inmolación
de víctimas.

Hoy cuando tenemos más claridad con respecto a la teología de la Eucaristía,


considerándola no sólo como sacrificio, sino también como banquete pascual y
convivio fraternal, el altar cristiano tiene que tener la doble significación de
ara y mesa; pero hay que dar la primacía al carácter de “mesa del Señor”, no de
ara o piedra sacrificial. Esto es lo que nos pide el misal de Paulo VI, basándose
en la teología actual de la Eucaristía.

El Concilio fue muy sobrio al hablar del lugar de la celebración litúrgica,


dejando el asunto a las comisiones posconciliares. A menos de un año de
promulgada la Constitución sobre la sagrada liturgia, se determina que como
norma habitual, el altar se construya para que se pueda celebrar de cara al
pueblo. Luego se publican dos grandes documentos que tratan a fondo sobre el
altar, tanto en su vertiente doctrinal como en determinaciones prácticas: el
misal (1969) y el Pontifical (1977).

En estos dos libros, por primera vez, se explicita que el altar, además de
ara, es también mesa del Señor. El Pontifical aclara que el carácter de ara del
altar cristiano es solamente análogo, pues el sacrificio que en él se celebra es
peculiar, pues se trata más de una acción sacramental que de una ofrenda con
inmolación de víctima.

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De las prescripciones sobre el altar unas son esenciales y obligatorias,
otras son recomendaciones.

2. CARACTERÍSTICAS

Podemos decir que en cuanto a características que debe tener el altar cristiano,
unas son esenciales y otras secundarias.

2.1. ESENCIALES

Por ser esenciales son obligatorias y por lo tanto no pueden faltar a ningún
altar cristiano, y además deben aparecer como sobresalientes en relación con
las características secundarias.

2.1.1. EL ALTAR DEBE SER UNA MESA.

Esta es una característica esencial. En la disciplina anterior se exigía siempre


una piedra sagrada que se consagraba; sólo ella era propiamente el altar. Ahora
en cambio cuando una comunidad inaugura un altar de madera o de otra
materia, de hecho inaugura la “mesa del Señor”, y por eso se bendice para
resaltar su importancia.

“El altar en que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos
sacramentales, es, además, la mesa del Señor, para participar en la cual es
convocado en la misa el pueblo de Dios: es también el centro de la acción de
gracias que se realiza en la Eucaristía”(OGMR 259).

2.1.2. EL ALTAR DEBE ESTAR SEPARADO DE LA PARED PARA CELEBRAR


DE CARA AL PUEBLO Y DEBE SER EL CENTRO DE ATENCIÓN.

“ Como norma general, ha de haber en la iglesia un altar fijo y dedicado, que se


ha de construir separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente
y la celebración se pueda hacer de cara al pueblo. Ocupe el lugar que sea de
verdad el centro hacia el que espontáneamente converja la atención de toda la
asamblea de los fieles”(OGMR. 262)

Cuando el altar se consideraba sólo como ara, y la Eucaristía sólo como


sacrificio ofrecido a Dios, la única preocupación era que el sacerdote ofreciera
la víctima, en un movimiento ascendente hacia el Señor; hoy, habiendo
profundizado la naturaleza sacramental y significativa de la Eucaristía, se ve la
necesidad de que el altar sea un signo elocuente también para la asamblea. Por
eso se manda colocar la mesa de cara al pueblo y que sea visible a la
comunidad.

El centro de la piedad cristiana en los templos, no son las imágenes, ni las


devociones, sino la acción de Cristo que en la celebración del sacramento de la
Eucaristía, llega a su culminación. Por encima de todo, aún de la proclamación
de la Palabra y del sagrario, el altar debe ocupar el centro de atención de los

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fieles. Este centro no es necesariamente un centro geométrico del templo o del
presbiterio, sino el centro sicológico de las miradas de todos.

2.1.3.EL ALTAR DEBE SER ÚNICO Y DEDICADO SÓLO A DIOS

“Por su misma naturaleza, el altar se dedica sólo a Dios, puesto que solamente a
Él se ofrece el sacrificio eucarístico”.(Ceremonial de los obispos No.921).

Cuando el altar se había convertido en peana y soporte de retablos, reliquias o


imágenes, se podía explicar la pluralidad de altares. Pero si el altar es sólo la
mesa eucarística, para la celebración de Cena del Señor, el altar debe ser único
como una sola es la Eucaristía. El altar por su naturaleza está dedicado a la
celebración de la Eucaristía, y no para honrar a los santos. “A ningún mártir
levantamos altares, sino sólo al Dios de los mártires” (San Agustín).

2.1.3. EN EL ALTAR NO DEBE HABER IMÁGENES NI RELIQUIAS

“En las nuevas iglesias no se coloquen encima del altar cuadros o imágenes de
los santos. Tampoco se colocarán sobre el altar, reliquias de santos, cuando se
expongan a la veneración de los fieles” (Ceremonial de los obispos No.921)
.
Toda la dignidad del altar le viene de ser la mesa del Señor, nos recuerda el
Pontifical. Por eso los cuerpos de los mártires no honran el altar, sino que este
dignifica el sepulcro de los mártires. Por ello, de ahora en adelante, ni las
reliquias se incrustarán sobre la mesa, ni mucho menos se expondrán sobre la
mesa los relicarios o imágenes.

2.2. CARACTERÍSTICAS SECUNDARIAS, o recomendaciones que deben


ayudar a resaltar la verdadera naturaleza del altar.

La celebración de la EUCARISTIA es el rito máximo y único necesario para


dedicar un altar, sin embargo siguiendo la tradición, antes de celebrar la
Eucaristía sobre un altar nuevo, es muy significativo dedicarlo al Señor por
medio de una oración peculiar y pedir su bendición.

Es también costumbre tradicional que el altar sea de piedra, para


expresar mejor que el banquete de la Eucaristía es también sacrificio, y con ello
se expresa también que el altar es símbolo de Cristo, piedra angular. No
obstante, la actual legislación de la Iglesia, permite incluso para el altar
consagrado, que sea de otras materias nobles.

3. DISPOSICIÓN Y COLOCACIÓN

La naturaleza del altar cristiano es la de ser “ara y mesa”, y hemos subrayado


que el carácter de mesa tiene mucho más relieve y debe considerarse como el
aspecto fundamental. Todo altar nuevo o reformado, de iglesias o capillas debe
ante todo aparecer muy visiblemente como la mesa de la familia cristiana,
donde ésta celebra la Cena del Señor.

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Que el altar no aparezca como un mostrador, ni como una peana o
soporte, sino como la mesa de la Cena pascual del Señor, destinada
fundamentalmente a la colocación simbólica del pan y del vino eucarístico.

No debe ser demasiado grande. El altar no es el lugar de los concelebrantes,


sino el lugar donde se colocan festiva y significativamente el pan y el vino de la
Eucaristía, y estos elementos son los mismos y ocupan el mismo espacio en las
celebraciones ordinarias como en las concelebraciones.

La mesa del altar en las iglesias pequeñas debe estar, cercana a la


comunidad. No debe aparecer como el lugar donde el celebrante actúa, sino
como la mesa donde Cristo, presente en su ministro, preside a la asamblea
congregada en torno a él. No se debe separar la “mesa-altar”, de los fieles, ni
por medio de rejas, ni comulgatorios, ni gradas innecesarias, que elevando la
mesa, la distancian de los fieles.

En iglesias mayores la elevación del altar se hace necesaria para facilitar


la visibilidad de la celebración.

Hay que evitar el colocar el altar en el fondo de un gran presbiterio; tampoco


hay que dejar grandes vacíos entre el altar y los primeros fieles. En algunas
iglesias se ha dejado el antiguo “altar-peana” (soporte del retablo y el sagrario)
y se ha colocado otro de cara al pueblo. A veces en el antiguo altar se dejan
también los manteles. Resulta que en el mismo presbiterio tenemos dos altares
visibles...; esta anomalía además de ser un atentado contra la estética, es un
anti-signo que desdibuja al altar como mesa única de la comunidad cristiana.

4. REALCE DEL ALTAR

El mejor adorno del altar debe ser el altar mismo, porque está confeccionado de
materiales nobles y porque es funcional y simbólico. Cuando lo necesite, al
altar hay que darle realce, ya que él es el centro de todo el edificio cristiano, es
el lugar donde culmina la más importante de las celebraciones. Este realce se le
puede dar por ejemplo, con una alfombra festiva, una tarima de material más
noble que el resto del pavimento, etc.

Es inadmisible que el altar sea cualquier mueble insignificante, que se


quita y pone, que sirve para guardar cosas en su interior (equipo de sonido,
libros etc.), que sirve de soporte para imágenes, reliquias o el sagrario. Tampoco
durante la celebración se debe poner sobre él, libros, vinajeras, lavabo, etc.,
para eso está la credencia.

5. USO CORRECTO DEL ALTAR

Siendo la “mesa del Señor”, el altar debe servir solamente para la celebración
eucarística en sentido estricto, sin incluir por lo tanto ninguna parte de la
13
liturgia de la Palabra. Recordemos que el presidente de la celebración cuando
llega venera el altar, pero nunca se queda junto a él, sino que va a la sede. Y
solamente va al altar en el momento de preparar los dones eucarísticos.

La oración después de la comunión, a diferencia de la oración colecta


que debe decirse desde la sede, forma parte de la liturgia de la misa, pues es la
oración conclusiva del banquete eucarístico; por ello los liturgistas aconsejan
que se recite en la misma mesa donde se ha celebrado el convite.

6. EL ALTAR DURANTE LA CELEBRACION EUCARÍSTICA

El altar debe concebirse como la mesa en torno a la cual se reúne la familia


eclesial presidida por el mismo Cristo, representado por el obispo o el
presbítero, que repite aquellas mismas acciones que hizo el Señor. La
comunidad es la familia que invitada al festín pascual, participa alrededor del
altar.

“Si la celebración eucarística debe ser el centro culminante de todas las


celebraciones cristianas, es importe que la mesa del Señor, durante la
celebración eucarística, presente un aspecto distinto que en las otras
horas del día”(Farnés).

Solamente en el momento de la Eucaristía el altar debe presentar el aspecto de


una mesa preparada para el convite, por esto sólo para la celebración de la
Eucaristía debe cubrirse el altar por lo menos con un mantel. En los
orígenes el mantel sólo se colocaba para la celebración eucarística. Por otra
parte, casi hasta el momento actual, en muchos lugares, pasada la celebración
se cubrían los manteles con un paño y así aparecían menos visibles.

“La restauración litúrgica de nuestros días ha insinuado por lo menos el


uso limitado de los manteles al momento de la celebración eucarística;
tanto el pontifical como, sobre todo, el misal aluden a esta práctica que,
progresivamente, debería irse convirtiendo en habitual”. (Farnés)

Cuando el altar tiene forma de ara o de sarcófago, es conveniente para la


celebración de la Eucaristía, cubrirlo con un mantel amplio y visible que
cuelgue por todos los lados y así recupere la apariencia de mesa que le es
propia.

“Prácticamente, pues, en el momento de la celebración eucarística


debe colocarse un gran mantel, festivo, a la manera de los que se colocan
en los convites. Pero terminada la celebración de la eucaristía, este mantel
debería retirarse siempre”(Farnés).

Para la celebración eucarística, en el altar, además del mantel, que es ya un


primer elemento simbólico (simboliza el banquete pascual y escatológico), se
colocan otros elementos, de los cuales unos son simbólicos, otros festivos, y
otros funcionales.

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LOS OBJETOS SIMBÓLICOS ocupan el primer lugar y son los que
deben cuidarse con más esmero y que hay que destacar. Estos objetos no sólo
deben estar sobre el altar sino que es necesario destacar su presencia. Estos
elementos, además del mantel, son EL PAN Y EL VINO, que deben aparecer
como el centro del banquete, deben ser bien visibles, de manera que se capte
que la misma mesa está en relación con ellos. Por eso el cáliz debe ser bien
visible, de buen tamaño y el recipiente del pan debe ser no una simple patena
“invisible”, sino un recipiente apto para el pan (no conviene tampoco seguir
usando los copones que se confunden con el cáliz).

Todo esto implica un cambio de mentalidad, para usar pan ázimo en vez de
hostias, o por lo menos usar hostias grandes que faciliten el rito la fracción del
pan. No hay que colocar un pan (hostia) para el celebrante en la patena y en
otro recipiente lo que corresponde a los fieles. Todos forman una sola familia y
todos participan del mismo pan y esto se debe manifestar a través de un
recipiente grande común que contiene el pan para todos los participantes,
como lo recomienda el misal de Paulo VI.

LOS OBJETOS FESTIVOS son las luces y las flores. Las velas no se consideran
como funcionales, sino como expresión de una celebración festiva, para dar
más realce al mismo altar y al pan y al vino que se colocan sobre él. Las flores
y las luces sirven para adornar la mesa del altar, pero no deben opacar lo
principal que son los signos eucarísticos del pan y del vino.

LOS OBJETOS FUNCIONALES sirven para la realización de las acciones


litúrgicas. Entre ellos están el misal, las vinajeras, el lavabo, los corporales y la
credencia. Estos objetos no simbolizan nada y deben usarse en cuanto facilitan
la celebración. Respecto a ellos se debe buscar lo más práctico y lo menos
visible.

El misal es una ayuda para el que preside y muy distinto del leccionario que es
un objeto simbólico, conviene que quede lo más disimulado posible sobre la
mesa y que nunca vaya a tapar el pan y el vino. (Hay que quitar atriles y
cojines!)

Las vinajeras y el lavabo deben estar en la credencia distante del altar. No se


deben colocar sobre la mesa del altar desde el comienzo. Tampoco deben ser
tan diminutos que dificulten su funcionalidad. Así en cuanto al lavabo debe
servir para lavarse las manos y no para mojarse la punta de los dedos. Y debe
haber una toalla apropiada.

El colocar los corporales al comienzo de la liturgia eucarística, sobre el mantel


festivo, puede ser un gesto expresivo del comienzo del banquete. Los corporales
deben colocarse hacia el centro del altar y dar amplitud para no amontonar en
caso de que haya varios cálices y varios recipientes del pan.

La preparación de la mesa del Señor, para el banquete eucarístico se hace en


dos tiempos. Antes de convocar la asamblea, se dispone ya la mesa festiva con
su mantel, luces y flores, para que los participantes cuando lleguen, se sientan
15
invitados a una fiesta que incluye un banquete. Terminada la liturgia de la
Palabra, se llevan al altar, los signos eucarísticos del pan y el vino. Este signo
es importante, por eso a veces se llevan procesionalmente.

Durante la liturgia de la Palabra, la asamblea mira hacia el ambón, y el altar


está como fondo de una fiesta preparada. Ni el pan ni el vino, y mucho menos
las vinajeras, deben estar ya visibles encima de la mesa. Un monaguillo o fiel
laico debe llevarlos al inicio de la liturgia eucarística. En un caso extremo, sería
preferible que el mismo celebrante, antes de dirigirse al altar, después de la
oración de los fieles, fuera a la credencia a buscarlos.

La credencia no debe estar demasiado visible, ni colocarse cerca de la mesa-


altar, ni recubrirse con manteles como si fuera un segundo altar.

7. EL ALTAR FUERA DE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

Hemos insistido en que el altar en las iglesias cristianas aparece en función de


la celebración de la Eucaristía. Por eso el altar alcanza su más pleno
significado y realce durante la celebración eucarística. Pero fuera de ella
también el altar cristiano tiene su importancia y conserva su carácter de centro
de la vida de la comunidad. El altar fuera de la misa debe cuidarse, pero de tal
manera que no esté como para la celebración del banquete eucarístico.

El altar es siempre la mesa del Señor, el centro de la vida eclesial. Por eso hay
que velar para que la materia, su forma, etc., sean expresivas. Que la mesa del
banquete eucarístico, en sí misma, sea hermosa, sea expresiva, sea signo. Sería
imperdonable que se dejaran siempre los manteles propios de la celebración,
para tapar o disimular los defectos, que desdicen de cualquier mesa familiar.

La mesa del Señor, fuera de la celebración, debe estar sin manteles y se


puede adornar con alguna tela bonita con los colores litúrgicos y quizás en
medio de la mesa o en alguno de sus lados, colocar una bonita planta o un
ligero florero, o un ramo de flores.

Durante la celebración de la LITURGIA DE LAS HORAS, y otras celebraciones


en que el altar no se usará, no habrá manteles, sin embargo si el tiempo
litúrgico lo permite, podría estar adornado con flores y luces, para dar a la
mesa del Señor un carácter festivo. En estas celebraciones, el celebrante que
preside la oración litúrgica, saluda en nombre de la comunidad al altar, con un
ósculo e inciensa la mesa del Señor mientras la comunidad entona el cántico
evangélico.

Cuando se haga la EXPOSICIÓN EUCARÍSTICA, hay que tener en cuenta que


como no se trata de celebrar el banquete eucarístico, es mejor no poner el
mantel que se coloca para la misa sino uno pequeño(un corporal grande), para
colocar sobre él, la custodia o el copón.

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El altar debe lucir más los domingos y en las festividades litúrgicas. En
cuaresma debe subrayarse la sobriedad.

LA SEDE

1. INTRODUCCIÓN

“La sede del sacerdote celebrante debe significar su oficio de presidente de la


asamblea y director de la oración” (OGMR. No. 271).

Cuando se habla de los lugares de la celebración y sus componentes, hay


muchas personas que solamente piensan en el altar. Con la reforma que nos
pide el Concilio tenemos que pensar en otros componentes de la iglesia, entre
los que figura como primero, después del altar, la sede presidencial. La sede no
es solamente un elemento funcional, como una silla más para sentarse, sino
que es también y principalmente un lugar simbólico: desde la sede es el
mismo Cristo quien preside la asamblea en la persona del ministro. La sede
es, un elemento sacramental, un signo de una realidad invisible, y esto tiene
que aparecer externamente.

Si miramos a nuestros templos vemos que se tiene poca conciencia de esta


realidad, por eso muchos presbíteros siguen haciéndolo todo en el altar,
olvidando los otros elementos, o viendo solamente en ellos instrumentos
utilitarios. Prueba de esto es el que después de la celebración se retira del
presbiterio la silla que ha utilizado el presidente. En otras iglesias la sede
presidencial no se distingue de las sillas destinadas a los otros ministros, o se
la coloca en lugares desde no se puede presidir.

Cristo es quien está presente en su Iglesia en la persona del ministro, de


manera que el obispo o el presbítero que presiden la celebración, expresan la
presencia del Señor en la asamblea. Ellos presiden en nombre de Cristo y la
sede es el signo de esa presidencia.

“La sede presidencial debe aparecer clara y simbólicamente como el lugar


desde donde Cristo congrega a su Iglesia, preside su oración y actualiza para
los fieles reunidos el anuncio de la salvación” (P. Farnés).

Por ser un elemento simbólico, la sede presidencial debe tener cierto


realce y aparecer como algo estable en el presbiterio.

2. DATOS DE LA HISTORIA

Debemos recordar que las comunidades cristianas primitivas


contemplaban a Cristo como maestro y doctor y lo representaban sentado en
una cátedra. En algunos casos la cátedra aparece vacía o bien ocupada por una
17
cruz gloriosa que expresaba simbólicamente a Cristo maestro. Muy pronto este
simbolismo de Cristo maestro sentado en la cátedra, se trasladó a los obispos y
presbíteros que en nombre del mismo Cristo presiden la asamblea que celebra.
Es muy significativo el rito de entronizar al obispo recién ordenado, en la propia
cátedra. Igualmente recordemos que la catedral es la iglesia de la cátedra.

Si la antigüedad cristiana vivió y expresó el simbolismo de la sede


presidencial, la Edad Media, en cambio, fue perdiendo esta visión, y así en las
hermosas catedrales va desapareciendo la cátedra (sede presidencial del obispo)
y aparecen los tronos, desde donde los obispos asistían a un lado (no presidían)
a las liturgias oficiadas por sus capellanes. Por esta época los presbíteros
“decían” toda la misa en el altar y se sentaban mientras el coro cantaba el
gloria o el credo. Y así desapareció el simbolismo de la sede presidencial.

“La sede presidencial ha de ser considerada siempre como un


sacramento, como el lugar preparado para el Señor, nunca como la silla de
honor reservada para el ministro”.(P. Farnés).

El Concilio Vaticano II y las disposiciones litúrgicas posteriores de la Iglesia,


restauraron la sede presidencial, como signo sacramental de Cristo que preside
toda celebración litúrgica, a través del ministro ordenado. Todo simbolismo
exige que los signos que lo integran resulten claros en relación con lo que
pretende simbolizar.

3. ALGUNAS CARACTERÍSTICAS

La sede debe ser ÚNICA, pues uno sólo es nuestro Padre, uno nuestro Maestro.
No está bien colocar en el presbiterio varias “sillas-sedes”, así haya, por
ejemplo, varios obispos concelebrando, pues solamente uno tiene el ministerio
de la presidencia. Que la silla presidencial sea única en su género y que
aparezca distinta a todas las demás.

Tampoco está bien colocar sillas “honoríficas” para los ministros, frente a
simples asientos para los fieles; esto podría hacer pensar en cierto clericalismo.

La sede ha de estar ELEVADA para que el presidente de la celebración sea


fácilmente visible, no sólo por los fieles más cercanos sino por los distantes. En
las iglesias modernas logran el objetivo dando al piso una inclinación como en
las salas de espectáculos.

La sede debe colocarse en el sitio más conveniente en el presbiterio para


que pueda cumplir su objetivo. Debe estar en un lugar preeminente DE CARA
AL PUEBLO, pero sin que dé la sensación de dominio (trono) o de excesiva
distancia, que haga difícil la comunicación entre el sacerdote y la asamblea
(cf.OGMR. No. 271)

NO SE DEBE COLOCAR DELANTE DEL ALTAR porque lo tapa y se le


usurpa su carácter de centro de atención de la asamblea. La sede del presbítero
celebrante en la iglesia catedral ha de ser diferente de la cátedra del obispo,
18
pues el obispo por su ordenación episcopal, es “sacramento pleno” de la
presencia del Señor. Si junto a la sede hay que colocar otros asientos para los
ministros, se debe procurar que estén fuera de la tarima o alfombra que ocupa
el que preside.

LA SEDE NO DEBE QUEDAR SEPARADA DE LA ASAMBLEA. Es verdad que


la presidencia pide un signo pero hay que procurar que no aparezca el
presidente como separado de los fieles, ni lejos de la asamblea. Por eso en las
iglesias actuales no resulta expresivo el colocar la sede detrás del altar, a no ser
en capillas pequeñas. La mejor solución para iglesias grandes, es colocar la
sede a un lado del altar, y en el otro el lugar de la Palabra, ambos cerca de la
asamblea.

No conviene poner un atril o facistol frente a la sede pues impide la


visibilidad y le quita dignidad. Que tampoco esté detrás del ambón, pues se
proclamaría la Palabra, de espaldas al presidente. La sede, como el altar, se
puede adornar en las fiestas principales. Se pueden usar paños del color
litúrgico, una alfombra, etc.

Lo fundamental es que la sede presidencial quede destacada y sea


visible, de manera que desde ella se presida realmente a la asamblea, y pueda
ser fácilmente visto y oído el celebrante, mientras sentado hace la homilía.

4. DISPOSICION Y USO CORRECTO DE LA SEDE PRESIDENCIAL

Lo que se ha dicho del altar es válido también para la sede: una cosa es
disponer bien materialmente la sede presidencial, y otra distinta usarla de
manera correcta y expresiva.

“Es preciso recordar el sentido teológico-sacramental de la sede en cuanto signo


de la presencia de Cristo, expresada en lo que podríamos llamar regla de oro del
uso de la sede, la frase evangélica: “donde dos o tres están reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos”(Mt 18,20). Tanto quien se sienta en la
sede como quienes se congregan a su alrededor han de ver en ella el lugar
desde el cual Cristo, a través de su ministro, preside a su Iglesia”(P. Farnés).

El celebrante presidente, al estar en la sede debe ser consciente de que no lo


hace por comodidad o por cumplimiento material de unas rúbricas, sino porque
desde allí en representación de Cristo, congrega a la asamblea. La presencia del
obispo o del presbítero en la sede presidencial, frente a su pueblo, es por sí
misma significativa de que el pueblo no es un público que escucha, sino una
asamblea que participa.

El mal uso que se hace de la sede presidencial, puede ser herencia de las
antiguas costumbres, cuando toda la misa se hacía en el altar. Lo primero que
debemos anotar es que es preciso un cambio de mentalidad en los celebrantes,
teniendo en cuenta que la normativa litúrgica actual no se limita a ser un
conjunto de rúbricas, sino que quieren ser signos que ayudan a expresar mejor
19
el contenido de las celebraciones. En el caso concreto de la sede, se quiere
manifestar la realidad teológica, afirmada por el Concilio Vaticano II, de que la
“misa consta de dos partes: la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística”.
Para hacer evidente, este importante aspecto de la estructura de la celebración
eucarística, durante toda la primera parte se usa la sede y durante la segunda
el altar.

Según las normas vigentes de la celebración, en toda misa con pueblo, el


presidente celebrante, después de venerar el altar, va a la sede y allí permanece
hasta el momento de proclamar el evangelio o hasta después de la oración de
los fieles, si un diácono proclama el evangelio. Si el presbítero celebrante ha
leído el evangelio, vuelve a la sede para la homilía, y permanece allí mientras el
diácono o un acólito instituido prepara la mesa para la Eucaristía. Sólo cuando
la mesa está dispuesta, va por primera vez al altar. Y en el altar permanece
durante toda la liturgia de la Eucaristía.

Tanto para la homilía como para la oración de los fieles, la sede es el lugar
más apropiado y expresivo, pero se permite también el ambón.

La sede es también el lugar del presidente en las demás celebraciones que


traen los nuevos rituales. Siempre que la comunidad se congrega lo hace en
torno al que preside desde la sede. Así se debe hacer en la celebración de la
Liturgia de las Horas, de los sacramentos y sacramentales.

EL LUGAR DE LA PALABRA: EL AMBÓN

1. INTRODUCCIÓN

El altar y la sede son signos llamados a manifestar la identidad más apropiada


de la celebración cristiana. Pero la identidad de nuestras iglesias tiene además,
un tercer elemento cuya importancia puede compararse con los ya
mencionados: el ambón o lugar de la Palabra.

Después del Concilio se ha recuperado y valorado la riqueza de la Palabra de


Dios en la liturgia. Esa realidad debe manifestarse no sólo en el cuidado para
hacer bien las lecturas y tener buenos libros, sino también en la materialidad
del lugar donde esa Palabra de Dios se lee para el pueblo.

En esto ha habido avances pero no en todas partes. En algunos


presbiterios no hay aún, un lugar adecuado y expresivo de la Palabra. A veces
solamente se ha colocado un atril o facistol, como solución provisional que se
volvió definitiva.

20
El nuevo misal de Pablo VI pasando del campo meramente jurídico al
más teológico de la significación de los ritos, estableció claramente que “la
dignidad de la palabra de Dios exige que en las iglesias haya un sitio (locus)
adecuado para la proclamación de la Escritura, hacia el cual con facilidad, se
dirija la atención de los fieles durante la liturgia de la palabra”.(ORGM. 272)

Por su parte el Introducción al leccionario de la misa, pide que el ambón


exprese la dignidad de la Palabra de Dios y “recuerde con claridad a los fieles
que en la misa se les prepara la doble mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo
de Cristo”(No. 32)

Este mismo documento pide que el ambón esté de tal manera dispuesto que
ayude a la audición y atención por parte de los fieles. Para lograrlo se debe
proclamar la Palabra “desde un lugar elevado y fijo, dotado de adecuada
disposición y nobleza”(ILM. No.32). No es elemento solamente funcional sino
simbólico;

2. DATOS DE LA HISTORIA

De la misma manera que la liturgia de la Palabra de nuestras asambleas, se


deriva de la liturgia sinagogal, así también el ambón es herencia recibida de
Israel. “Esdras, el escriba, estaba de pie sobre un estrado de madera levantado
para la ocasión”. “Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo, pues se
estaba más alto que todos, y, al abrirlo, todo el pueblo se puso de pie”. (Neh 8,4-
5)

En los lugares cristianos de la celebración de la antigüedad encontramos ya el


ambón. En las iglesias orientales el ambón juntamente con la sede presidencial,
se sitúa generalmente en medio del edificio. En occidente en cambio tanto el
ambón como la sede se colocan en el presbiterio. Con frecuencia el ambón tiene
gradas. La constante es que sea un lugar elevado y visible a la asamblea, para
que el pueblo capte la palabra de Dios.

Mientras el pueblo entendió las lecturas, las iglesias tuvieron un solo ambón,
alto, majestuoso, para proclamarlas. Cuando el pueblo no comprende la liturgia
y se empobrece el conocimiento de la Palabra de Dios, fueron apareciendo dos
ambones. Uno más elevado para el evangelio, y otro más modesto para las
demás lecturas. El salmo se hacía en las gradas del ambón, por eso se le llamó
“gradual”.

En la última etapa de esta evolución aparece el púlpito, distinto del ambón, por
su forma, su colocación y su finalidad. Ya no es el lugar de la Palabra de Dios,
sino el sitio de los sermones, de las devociones (rosario, novenas, etc.), y se
construye alejado del presbiterio.

HOY EN LA RENOVACIÓN LITÚRGICA se ha recuperado el lugar de la Palabra


de Dios, y el ambón es considerado no como un mueble sino como UN LUGAR
21
reservado a la proclamación de la Palabra. Ese lugar elevado y expresivo debe
recordar al pueblo que cuando se lee en la Iglesia la Escritura es el mismo
Señor el que está hablando a su pueblo. Igualmente irá enseñando
visiblemente que la liturgia cristiana de la Cena del Señor, tiene dos partes
imprescindibles: la Palabra y el Sacramento, y que a estas dos partes
corresponden el lugar de la palabra(ambón) y la mesa-altar.

El ambón es a la vez un elemento funcional y simbólico. Esto se desprende de


su misma naturaleza.

Como elemento funcional debe estar construido de tal forma que sea fácil la
audición de la palabra y la visibilidad del lector. Durante la liturgia de la
palabra el lector debe aparecer como el centro hacia el que converge con
facilidad la asamblea, con el que preside a su cabeza; sería un contrasentido
que mientras la asamblea ve y escucha al lector, el presidente no lo hiciera; por
eso no es aceptable el ambón en el que el lector estuviera dándole la espalda al
que preside.

Como elemento simbólico, hay que procurar que el ambón se destaque como
algo realmente importante. El lugar de la palabra debe aparecer a la comunidad
como expresivo de la dignidad y trascendencia de la palabra de Dios, que nos
habla a través del ministro. Para que sea realmente expresivo y sacramental es
necesario que sea algo bello, iluminado y en cierta manera autónomo, su
importancia debe ser parecida a la del altar. Así los fieles irán captando que el
Señor “está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada
escritura, es Él quien habla” (SC 7).

“La naturaleza misma del ambón que es sacramental o simbólica, parece ya


exigir que, de la misma forma que para significar el carácter de banquete propio
de la eucaristía hay la mesa del Señor como elemento fijo de toda iglesia, así se
dé también un lugar propio que signifique, de manera permanente, que el
Señor está presente hablando a su pueblo congregado”(P. Farnés).

3. CARACTERÍSTICAS

La funcionalidad y sobre todo su simbolismo, exigen que el ambón sea un lugar


destacado, visible. La presencia del altar y del ambón en la iglesia recordará
constantemente a los fieles los ejes en que se fundamenta la liturgia cristiana:
la Palabra y el Sacramento.

Hay que procurar que el ambón no esté ni muy cerca de la sede ni del altar;
el que esté separado ayuda a expresar mejor las diversas maneras de la
presencia del Señor en la asamblea.

Cuando la liturgia pide que el ambón sea un “lugar” nos está diciendo que debe
ser estable, a ser posible fijo. Un mueble que se pone y se quita no expresa
suficientemente la presencia de la Palabra.

22
Debe tener amplitud suficiente, ha de estar bien iluminado y si es necesario
dotado de micrófono para que los fieles puedan oír cómodamente. Puede
adornarse, en los días más solemnes, con un paño precioso o con flores.

Hemos de decir también que aunque en otras épocas hubo una tendencia a
hacer dos ambones, lo mejor es que sea único y así le recomiendan los
últimos documentos de liturgia. Donde haya dos ambones se podría destacar
uno más y dedicarlo para la lectura de la Palabra, y el otro destinarlo para las
moniciones, la oración de los fieles, los avisos, etc.

El simbolismo y la sacramentalidad del ambón piden una estructura bella,


equilibrada, bien iluminada, que se adorne convenientemente especialmente en
los domingos y fiestas. Un velo del color litúrgico puede ser un buen adorno. Un
hermoso candelero con el cirio pascual puede colocarse junto al ambón (no
junto al altar) durante la cincuentena pascual.

3. BUEN USO DEL AMBÓN Y ALGUNOS ABUSOS

“Construir bien el ambón es el paso primero e indispensable; usarlo


correctamente es un segundo aspecto sin el cual los esfuerzos realizados para
tener un lugar adecuado para la Palabra, resultarían inútiles”(P. Farnés).

El ambón por ser el lugar de la proclamación de la Palabra tiene un destino


concreto y propio.

Lo ideal es que desde el ambón solamente se proclamen los textos bíblicos, que
contienen de manera privilegiada la Palabra de Dios y sólo la Palabra de Dios.
Por consiguiente desde el ambón se deben proclamar las lecturas de la
Eucaristía (también el salmo responsorial), las lecturas breves y los salmos que
son proclamados o cantados por un lector.

El misal solamente establece un caso en que se usa el ambón para un texto no


bíblico, se trata del “pregón pascual” en la noche santa de la Pascua.

La homilía se puede hacer desde al ambón pero su lugar apropiado es la sede.


Lo mismo con relación a la oración de los fieles. En estos casos se permite usar
el ambón sobre todo si la sede está muy alejada de la asamblea.

Después de la celebración, puede permanecer el leccionario abierto sobre el


ambón. De la misma manera que no se retira el altar terminada la celebración,
tampoco se deben quitar la sede y el ambón, que de suyo son estables.

En muchas iglesias no es raro ver cómo el ambón se usa para todo. Esta
práctica abusiva no sólo es contraria a las normas de la celebración, sino que
influye negativamente en el aprecio de la Palabra por parte de los fieles.

Muchos de los abusos con respecto al buen uso del ambón (y pasa lo mismo
con respecto a la sede) se deben a que se busca la facilidad y la comodidad,

23
perjudicando así el simbolismo de la Palabra de Dios que está por encima de los
demás formularios litúrgicos.

LUGAR DE LA ASAMBLEA

1. INTRODUCCIÓN

Para que el lugar de la celebración responda a su finalidad, que es siempre


la participación activa, consciente, plana y fructuosa de los fieles, hay que velar
también por elemento muy importante: el lugar de la asamblea celebrante, ya
que la celebración litúrgica se realiza en función de ellos. Se puede decir que
altar, sede y ambón están al servicio de los fieles.

Disponer bien el sitio de los fieles en la práctica no es fácil, sobre todo en las
iglesias antiguas donde no se pensaba en la participación de los fieles. Pero no
obstante las reales dificultades hay que intentar tener un lugar para los fieles
que sea apto para lograr los fines de la celebración litúrgica.

Lo primero que hay que procurar es que EL PUEBLO SE SIENTA REUNIDO


COMO ASAMBLEA CELEBRANTE, que el edificio facilite la reunión.

Hay que tener bien claro que para los cristianos el verdadero templo es la
misma comunidad, de la que el edificio debe ser signo.

El lugar celebrativo no se consideraba como “templo”, como monumento a Dios,


sino como el lugar apto para que la asamblea de los fieles se reúna para
celebrar de forma participativa, la eucaristía y los demás sacramentos
cristianos.

Adaptar los templos antiguos para que cumplan los objetivos de la reforma
litúrgica decretada por el Concilio Vaticano II, es tarea difícil pero necesaria. Es
obvio que de la manera como estén colocados los fieles en la iglesia, depende en
gran parte su auténtica participación.

2. LAS NORMAS LITÚRGICAS ACTUALES.

Siguiendo el espíritu de la liturgia que pide insistentemente la participación de


todos los fieles, hay que favorecer la reunión, la cercanía de los fieles entre sí y
con los ministros celebrantes. Sin embargo la realidad de muchas parroquias
es que los fieles aparecen todavía muy dispersos, distantes, aislados del
ministro que preside la celebración. Una tarea de la catequesis litúrgica es la de
insistir en la teología y simbolismo de la asamblea, como sacramento de la
Iglesia.

El misal de Pablo VI presenta al pueblo no como un público que sigue el


desarrollo de unas ceremonias, sino como el sujeto de la misma celebración.
Por esto el lugar de la asamblea debe estar de tal manera organizado que la
misma ubicación de los fieles, ayude a una participación plena, activa,
consciente y fructuosa.
24
“Para la celebración de la Eucaristía, el pueblo de Dios se congrega generalmente
en la iglesia o, cuando no la hay, en algún lugar honesto que sea digno de tan
gran misterio. Las iglesias, por consiguiente, y los demás sitios sean aptos para
la realización de la acción sagrada y para que se obtenga una activa
participación de los fieles. Además los edificios sagrados y los objetos que
pertenecen al culto divino sean, en verdad, dignos y bellos, signos y símbolos de
las realidades celestiales.” (OGMR. 253).

En este texto se afirma que el pueblo de Dios se congrega para la celebración;


no se trata ya de asistir de manera individual, sino formando una asamblea.
Dice también que el lugar de los fieles debe ser apto para la participación
activa de ellos.

El mismo documento afirma que la iglesia está destinada al servicio de la


asamblea y que los fieles y los cantores ocuparán el lugar que pueda hacer más
fácil su activa participación (cf. OGMR.No.257).

El lugar celebrativo no debe ser en sí mismo un “templo”, sino un edificio para


la asamblea, y además, de alguna manera, debe ser signo y símbolo de las
realidades celestiales.

Para lograr los objetivos de la participación litúrgica hay que empezar por
suprimir toda separación, entre el que preside en nombre del Señor y los que
bajo su presidencia forman la asamblea celebrante. La acomodación de los
fieles depende de la estructura de cada iglesia, procurando acercarlos al altar,
pero que no quede nadie detrás de la mesa-altar.

El haber recuperado la visión del espacio celebrativo como lugar de reunión de


la asamblea , más que como templo o monumento, ha influido para que hoy se
busquen unos lugares celebrativos proporcionados a la asamblea celebrante.

El espacio celebrativo debe favorecer la acogida, debe tener calor humano.


Algunos factores son decisivos, como la comodidad de los asientos y su
disposición; la amplitud, la visibilidad, la iluminación y la acústica de la iglesia,
la ornamentación, etc.

El ambiente es funcional cuando invita a permanecer en el lugar y cuando


permite a todas las personas reunidas seguir una celebración de manera que se
sientan participando. La visibilidad no consiste sólo en que todos puedan ver el
presbiterio, sino sobre todo que todos se sientan cercanos entré sí y con los
ministros.

La iluminación debe resaltar aquello que se debe ver y favorecer la


ambientación apropiada para cada celebración. Durante la primera parte de la
Eucaristía, iluminar bien el lugar de la Palabra, y al empezar la liturgia
eucarística que se destaque bien el altar por la adecuada iluminación.

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Es fundamental, además, que todos puedan oír cómodamente a los ministros.
Lo ideal sería que no hubiera necesidad de amplificar la voz. Cuando es
necesario un sistema de amplificación, se debe estudiar cuidadosamente el
lugar de los micrófonos: altar, ambón, sede, lugar del comentarista, del coro,
etc. Y constatar que el sonido llegue con claridad a los fieles. Donde hay un mal
sonido es imposible la participación. Hay que disimular al máximo los cables y
micrófonos, sobre todo en el altar y no dejarlos sino durante el tiempo en que se
necesitan, sería mejor usar micrófonos sin cable. El micrófono no es un objeto
litúrgico.

EL LUGAR DE LA RESERVA EUCARISTICA

1. ASPECTOS DOCTRINALES.

Empecemos por clarificar que el lugar de la reserva eucarística no es, de por sí,
un lugar celebrativo, sino un lugar de oración personal. Con esto no se quiere
decir que la reserva eucarística esté desligada de la celebración litúrgica de la
Eucaristía (misa), de la que debe ser como una prolongación, sino que el fiel
que ora ante el Santísimo no está participando en una celebración comunitaria,
sino que hace su oración personal.

Según las disposiciones actuales de la Iglesia, la reserva eucarística es


primeramente para el viático y comunión de los enfermos, en segundo lugar
para la oración y adoración personal y excepcionalmente para dar la comunión
fuera de la misa. Esto explica por qué se pide que en el sagrario no haya sino
unas pocas formas consagradas y que no se convierta el sagrario en “depósito”
de pan consagrado(hostias) para repartir en otras misas. Por esto el sagrario,
además de ser hermoso, seguro y simbólico debe ser pequeño.

1. DISPOSICIONES PRÁCTICAS

Es necesario distinguir entre el lugar de la celebración de la Eucaristía y el


lugar de la reserva. Es verdad que en la práctica muchas veces, el mismo lugar
sirve tanto para las celebraciones litúrgicas y para la reserva eucarística. Esto
no es lo ideal. En estos casos hay que tener en cuenta que la oración personal
se subordina a lo principal que es aquí la celebración de la Eucaristía por la
comunidad.

Lo mejor es que haya lugares distintos para la celebración comunitaria de la


Eucaristía, y de la reserva eucarística. Los mismos lugares deben expresar que
se trata en un caso de una acción litúrgica comunitaria, y en otro de una
acción privada de oración. Ya hemos dicho que el lugar de la celebración de la
Eucaristía debe favorecer la participación plena de la asamblea. En cambio al
proyectar el lugar de la reserva se debe buscar un recinto adecuado para la
oración personal, un lugar que invite al recogimiento.

En el lugar de la reserva eucarística, que no es de suyo para celebrar la


Eucaristía, no debe haber altar.
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La legislación actual litúrgica dice: “Se recomienda que el sagrario, en cuanto
sea posible, se coloque en una capilla separada de la nave central del templo”
(Euc Myst.53).

El nuevo ritual dice con más fuerza que el lugar de la reserva debe ser apto
para la adoración y oración privada, lo cual se conseguirá más fácilmente
cuando el sagrario se coloca en una capilla separada de la nave central.

“Por razón del signo está más en armonía con la naturaleza de la celebración
sagrada que, Cristo no esté eucarísticamente presente en el sagrario sobre el
altar en que se celebra la misa; en efecto, la presencia eucarística de Cristo es
fruto de la consagración, y como tal debe aparecer”.(Euc.Myst.55).

El rito de la consagración de las iglesias supone que la eucaristía se reserva


siempre en una capilla distinta del lugar en que se ha celebrado la misa.(Nos.
79-82)

Siendo el lugar de la reserva eucarística un sitio para la oración personal, debe


ser pequeño, y crear un ambiente que respire intimidad. En esta capilla debe
arder una lámpara ojalá de aceite o de cera. Este lugar debe ser
verdaderamente noble y destacado, de fácil acceso.

Hoy ya no está prescrito el llamado conopeo o velo que cubre el sagrario.


En lugar de la reserva eucarística no es oportuno situar la sede penitencial,
sería equiparar la oración personal, con la celebración comunitaria del
sacramento.

Lo más conveniente es que en el lugar de la reserva no haya imágenes de


santos, ni siquiera del Señor, pues donde está la realidad de la presencia y el
sacramento, sobran de por sí las demás representaciones. Si hay algunas
imágenes o pinturas, que no sean centro de atención y objeto de culto, sino
más bien ornamentales y ambientales. Una imagen, por ejemplo, de María en
actitud de plegaria no sólo no distrae, sino que incluso ayuda a centrar la
atención en el sacramento.

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