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Un siglo de movimientos sociales, nuevas teorías y viejos

desencuentros

Hablando de la evolución del hombre, la sociedad y, algunas veces, las


mujeres
Muchos autores como Auguste Comte han asumido la inmutabilidad de
la naturaleza femenina y su condición ahistórica expresada por los
ilustrados misóginos. Autoras como J.M. Lehmman se preguntarán por
el ostracismo (aislamiento que sufre una persona motivado por
cuestiones políticas) académico que sufrían aquellos filósofos pre-
feministas del siglo XIX. Es decir, nadie ignora la cuestión feminista, y
autores como Schopenhauer o Kierkegaard consideraban útil escribir un
párrafo o dos sobre lo absurdo de la cuestión feminista.
Emile Durkheim señala la diferencia entre lo social y no social marcado
por el sexo (determinismo biológico). A esto se le dota de un lenguaje
científico con una base empírica y positivista, y así, los principales
argumentos serán la capacidad reproductora de la mujer y su
consecuente instinto maternal. John Stuart Mill criticará al
determinismo biológico: “hemos sustituido la apoteosis de la Razón por
la del Instinto; y llamamos instinto a todo lo que hay en nosotros para lo
que no podemos encontrar una base racional. Esta idolatría es
infinitamente más degradante de la otra”.
Charles Darwin aplicará su teoría a la evolución de la humanidad para
explicar con argumentos científicos la desigualdad entre sexos. Fue
asimilado y secundado por muchos analistas sociales dando como origen
el Darwinismo social. Señalarán que la situación de las mujeres de su
época era la conclusión de la evolución y que había llevado al hombre del
estado de salvajismo a la civilización, así pues, era la mejor posición de
la que ellas podían gozar. Algunos darwinistas se unirán a los eugenistas,
esto afectará a la capacidad reproductora e identidad sexual de la mujer,
así como al racismo.
Johann Jakob Bachofen: el matriarcado se marchitó con el victorioso
desarrollo del patriarcado, momento en que los varones descubrieron su
contribución biológica a la reproducción. Pero las críticas al
evolucionismo no solo se dieron desde la antropología y filosofía,
Friedrich Engels habla de la transición natural al matrimonio monógamo
estricto, la propiedad privada y la herencia, que al beneficiar al
paterfamilias suponían el derrocamiento del derecho materno. Era pues
el hombre quien llevaba las riendas de la familia y la mujer se convirtió
en una mera servidora. Su espíritu de entrega es una de las causas que
las hicieron perder el poder, así pues, este altruismo moral permitió a los
hombres establecer el patriarcado y más tarde, con el capitalismo, ambos
sistemas de dominación.
En la sociedad socialista el matrimonio monógamo no desaparece en
función de los cambios sociales, sino que las relaciones serán iguales,
recíprocas y afectivas porque se entenderá que la mujer ya no está sujeta
al varón. La familia patriarcal dejará de ser la unidad económica de la
sociedad pasando a ser el cuidado de los hijos una responsabilidad social.
Friedrich sigue las interpretaciones sobre del patriarcado de Morgan y
Bachofen. En cambio, las especificaciones de género no son tratadas
desde perspectivas vindicativas, y siguiendo a Karl Marx, la
transformación de las estructuras económicas capitalistas serán
condiciones necesarias y suficientes para conseguir la igualdad de los
sexos.
Sin embargo, Alicia Millares piensa que esto se aleja de la realidad:
“Engels no contempla que la apropiación de las mujeres fue previa a la
aparición de la propiedad y de la familia monogámica; en formas
familiares primitivas el trato sexual correspondía por entero a los
varones, y el intercambio de mujeres fue quizá la primera forma de
comercio”

La igualdad entre los sexos, una cuestión que también atañe a los
derechos individuales de las mujeres
Entre los defensores de las posturas sobre los derechos de la mujer como
individuos se encuentran John Stuart Mill y Harriet Taylor Mill, quienes
aducían que la libertad, la individualidad y la felicidad permitirían al ser
humanos desarrollar su personalidad y sus capacidades. Esta facultad
se consumaría con la desaparición de las legislaciones. “Ya no quedan
esclavos sino amas de casa! – John Stuart Mill
También cuestionarán la posición romántica de la mujer y la
irracionalidad del pensamiento femenino advirtiendo que el quehacer
intelectual es propio del ser humano y nada tiene que ver con la fisiología
se los sexos. Los argumentos de este autor le llevarán a hacer una crítica
al determinismo biológico de manera magistral. Utilizando tres
argumentos: retórico, empírico y universalización del concepto
naturaleza humana desmontará el discurso misógino decimonónico en
sus dos variantes, el de la inferioridad y el de la excelencia (De Miguel,
A). Lo retórico lo empleará para cuestionar la naturaleza igual, pero
complementaria de los sexos, señalando que el ser humano no puede
tener conocimiento de lo absoluto pudiendo solo discernir entre los
fenómenos y lo relativo.
La única manera de valorar la existencia de la naturaleza específica para
cada sexo es haciendo filosofía:
1. ¿Qué es la naturaleza? Lo que se desarrolla espontáneamente. Así
pues, ¿por qué se educa a las mujeres con valores femeninos, para
llevar a cabo papeles de madre si se supone que estos son
inherentes a su naturaleza? Tal vez hay algo en ellas que por
naturaleza se opone a estos papeles ya que toda sociedad ha estado
fundada para inculcarles esta supuesta naturaleza. Concluye que
todo es fruto de la educación y la cultura.
2. Argumentos empíricos. Buscará ejemplos de lo que hacen las
mujeres en la vida real y en qué grado contradice la ideología
dominante.
3. Universalización del concepto naturaleza humana desde una
perspectiva filosófica. O bien los hombres y las mujeres son dos
especias distintas o compartimos una naturaleza común.
Se concluye diciendo que la única forma de ser libre es la capacidad para
decidir por uno mismo teniendo siempre en cuenta que ninguna
capacidad es innata. El problema con las mujeres es que siempre se le
han tutelado con relación a esa naturaleza infantil. La regeneración moral
del género humano no comenzará hasta que la más fundamental de las
relaciones sociales se someta a las reglas de una justicia igualitaria.
Asimismo, la familia patriarcal es el origen de la desigualdad y la escuela
desde donde se aprende sobre la diferencia e inferioridad del género
femenino (se complementa con el argumento que deslegitima el amor
romántico). La dignidad por parte del esposo (será un ser justo y actuará
de buena fe) es una presunción incoherente en una sociedad
fundamentada en la desigualdad y que niega la evidencia de que su
fundamento está en la supremacía masculina. También defienden que el
divorcio es un derecho individual y que la igualdad entre los géneros
evitará que el divorcio se utilice frívolamente.
Ambos harán una dura crítica al prejuicio denunciando la tiranía de la
costumbre, los cambios que proponen en las relaciones entre los géneros
conllevan el respeto al individuo y la noción del matrimonio debe dar paso
a una institución que permitirá a la mujer elegir libremente su condición
de casada o soltera.
De Miguel expone que la crítica sobre la construcción de la masculinidad
de estos dos filósofos es rigurosa y contundente. La condición de ser
superior potencia la tiranía y el despotismo entre géneros y dentro de
cada uno pues la mujer no solo querrá dominar al hombre, sino que
oprimirá a las mujeres que estén por debajo de ella. Sin embargo, la
educación por igual eliminará toda esta clase de formas de poder
residiendo en el mérito el único título legítimo. También defiende que un
gobierno libre y justo se sustenta en un pueblo libre y justo mientras se
mantenga la subordinación legal de un sexo a otro. Puesto que por mucho
que las instituciones políticas puedan hacer mucho por transformar el
carácter humano su influencia no es superior a la de la familia.
La situación de las mujeres en la época de Stuart Mill, dice De Miguel, es
similar a la del gobierno del buen déspota donde los ciudadanos al no
poder aplicarse a la vida política perderían todo interés por la misma.