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Anthropotes 35 (2019)

Luis F. Ladaria, El Dios vivo y verdadero y La Trinidad,


misterio de comunión

Domingo García Guillén*

Luis Francisco Ladaria Ferrer, sj (Manacor, 1944) es cardenal prefecto


de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Durante más de treinta
años ha enseñado teología dogmática en las Pontificias Universidades
de Comillas (Madrid) y Gregoriana (Roma). En el presente estudio nos
proponemos trazar las líneas fundamentales de su reflexión sobre el Dios
y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Habida cuenta de su extensa y ma-
tizada producción bibliográfica1, hemos optado por otorgar prioridad
dos textos que son fruto de la actividad académica de Ladaria: un manual
teológico que sirve de iniciación a la teología del misterio de Dios2; y
un libro de cuestiones selectas, nacido de un curso de licenciatura en
teología3.
Tratándose de Dios Padre, no resulta muy difícil establecer cuál es la
verdad fundamental que sostiene las demás. Cuando un cristiano llama
a Dios «Padre» quiere decir algo muy distinto a lo que expresan algunas
tradiciones religiosas cuando usan este nombre. El significado principal

* Profesor en el Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II, Sección española (Valencia).
1 Remitimos a la bibliografía que aparece como anexo en M. Aróztegi et al. (ed.), La
unción de la gloria: en el Espíritu, por Cristo, al Padre. Homenaje a Mons. Luis F. Ladaria, sj,
BAC, Madrid 2014, 609-622. Citaremos las obras de Ladaria sin indicación del autor.
2 Cfr. L.F. Ladaria, El Dios vivo y verdadero. El misterio de la Trinidad, Secretariado
Trinitario, Salamanca 20155.
3 Cfr. L.F. Ladaria, La Trinidad, misterio de comunión, Secretariado Trinitario, Salamanca
20133.

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de la paternidad divina no es la que tiene el creador con las criaturas,


ni la que tenemos por gracia porque Dios nos ha adoptado como hijos.
Ni siquiera los textos del Antiguo Testamento en que se dice que Dios
es Padre del Pueblo o de algunos individuos han de servir de referencia
para definir la paternidad divina4. Cuando decimos que Dios es «Padre»
nos estamos refiriendo, ante todo, a la especialísima relación que tiene
con su Hijo, que nosotros hemos conocido en la vida de Jesús de Na-
zaret. Esa relación única e irrepetible del Hijo (y el Espíritu Santo) con
el Padre abre nuestros ojos para descubrir que el cuidado de Dios por
todas sus criaturas lleva la huella del amor paternal: el creador es el Dios
y Padre de Jesús. También se observa una nítida diferencia entre el modo
en que Jesús se dirige a su Padre, y el modo en que nosotros accedemos a
Él: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro» (Jn 20,17).
Pero en esa diferencia radica nuestra filiación divina: somos hijos de Dios
(Padre) en el Hijo por la acción del Espíritu Santo5.
Por tanto, cuando decimos que Dios es «Padre», nuestro primer
pensamiento se dirige a lo que de Él hemos conocido en Jesucristo, a la
especialísima relación que Él tiene con su Hijo. Esta paternidad trinitaria
es el analogatum princeps, el sentido principal de «Padre» que da sentido
a los demás6. Esta radicación trinitaria de la paternidad divina unifica el
discurso de Ladaria sobre Dios Padre. Como afirmaba Tertuliano, en una
cita que gusta mucho a nuestro autor, nadie es tan padre como Dios7.

1.  La revelación de Dios (Padre) en los misterios de la vida de


Jesús

El capítulo tercero del manual teológico de Ladaria propone «una teolo-


gía de los misterios de la vida de Cristo desde el punto de vista de la revelación
del misterio de Dios»8. Hablar de «misterios» y no sólo de «momentos» de

4 Cfr. Ladaria, El Dios vivo, cit., 77. 89-92.


5 Cfr. Ibid., 90.
6 Esta calificación de analogatum princeps en Ibid., 92, 263, 406.
7 «Tam pater nemo, tam pius nemo» Tertuliano, De paenitentia 8 (CCL 1, 335), citado
en Ladaria, El Dios vivo, 406, nota 8. El texto da título a uno de sus artículos: «“Tam
Pater nemo”. Quelques réflexions sur la paternité de Dieu», Transversalités 107 (2008)
95-123.
8 Ladaria, El Dios vivo, cit., 74. Para declaraciones similares, cfr. Ibid., 89, 163.

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la vida de Jesús implica la densidad teológica de cada uno de ellos, que


se revela un aspecto del único misterio de Cristo y de su relación con
el Padre9. En esta relación se define quién es Jesús, cuál es su identidad
más profunda10. Éste es el misterio fundamental que se va desplegando en
cada uno de los misterios particulares. Por eso mismo, antes de abordar
los misterios concretos, Ladaria presenta el misterio fundamental desde
las dos orillas de la relación: Dios como Padre de Jesús, y de Jesús como
Hijo de Dios11.
Dentro de la exposición bíblica de la paternidad de Dios, Ladaria
otorga prioridad al Nuevo Testamento. Ya hemos señalado que la re-
lación del Hijo con el Padre es el analogado principal del nombre de
«Padre» aplicado a Dios. Y es que sólo creyendo en Jesús como el Hijo
de Dios nos abrimos al misterio de Dios Padre, como Ladaria recuerda
varias veces, citando la respuesta de Jesús a Tomás: «Yo soy el camino y la
verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6)12. Esta centralidad
cristológica explica la brevedad del capítulo dedicado al Antiguo Testa-
mento, que tan sólo pretende facilitar algunas categorías necesarias para
entender la revelación de Dios en Jesucristo13. Esta prioridad absoluta del
Nuevo Testamento se observa también en lo que respecta a Dios Padre,
puesto que el Antiguo Testamento lo sitúa como uno más de los nom-
bres de Dios, ni siquiera el más frecuente ni importante. Sin duda, hay
que atribuirlo al temor a que la paternidad se asocie con representaciones
incompatibles con el Dios de la Alianza. El Dios del Antiguo Testamen-
to es, sin duda, el «Padre» del que habla Jesús, aunque las primeras pági-
nas de la revelación hablen de una paternidad que se restringe al pueblo
elegido porque está directamente vinculada con la Alianza del Sinaí. Sólo
excepcionalmente se hablará de Dios como «padre» y de algún individuo
como su «hijo» en el caso de los reyes y de algunos personajes descri-
tos en la literatura sapiencial. A pesar de presentarnos una documenta-
ción veterotestamentaria más que correcta, Ladaria muestra que sólo con

9 Por eso, la exposición bíblica de Ladaria no es meramente histórica o positiva. En los


misterios más significativos (bautismo, muerte y resurrección) se detiene en el modo
en que han sido acogidos a lo largo de la historia de la teología y realiza importantes
consideraciones sistemáticas, cfr. Ladaria, El Dios vivo, cit.,74.
10 Cfr. Ibid., 81.
11 Cfr. Ibid., 76-89.
12 Cfr. Ibid., 20, 48, 73, 76.
13 Cfr. Ibid., 167-180.

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Jesucristo «aparecerá en su plena luz la paternidad de Dios»14. Siguiendo la


conocida tesis de Joachim Jeremias, se hace notar el uso que hace Jesús
del término familiar «abbà», que encontramos en la oración de Jesús en
el huerto (Mc 14,36) y que san Pablo pone en labios del creyente por la
acción del Espíritu Santo (Rom 8,15; Gal 4,6).
Cada uno de los misterios de la vida de Cristo muestra «un crecimiento
y un desarrollo de Jesús en su relación con el Padre»15. Comenzamos por el bau-
tismo. Ladaria incorpora a la reflexión sistemática la primera teología cris-
tiana del bautismo de Cristo como unción de su humanidad en el Espíritu
Santo que su maestro Antonio Orbe había recuperado con su exhaustiva
monografía16. La escena del Jordán aparece como una teofanía trinitaria,
donde las personas divinas actúan según su propiedad específica. El Hijo es
Ungido en su humanidad por el Espíritu Santo. Y es Dios Padre el sujeto
activo de esta unción del Hijo en el Espíritu. Al proclamar a Jesús como su
Hijo, Dios se manifiesta claramente como Padre17.
Otro misterio clave es la cruz. Ladaria dialoga con algunos de los
grandes teólogos de la segunda mitad del siglo XX que han tratado de
leerlo en clave de revelación trinitaria: Jürgen Moltmann, Eberhard Jün-
gel y Hans Urs von Balthasar. De entre las palabras de Jesús en la cruz,
la que más atención recibe por parte de estos autores es «¡Dios mío, Dios
mío! ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34). Rechazando algunas inter-
pretaciones extremas del «abandono», observa Ladaria que esta palabra
expresa la máxima distancia relacional entre el Padre y el Hijo. Por otro
lado, en la obediencia de Jesús al plan de Dios Padre se muestra la unidad
divina en grado sumo. Junto al abandono y la obediencia, Ladaria presta
atención a los textos en que se afirma que el Padre ha «entregado» a su
Hijo (Rom 8,32; Jn 3,16), que hay que leer a la luz de la misión (Ga 4,4-
6): la entrega del Hijo por parte del Padre supone la culminación de su
envío: lo envía a la muerte para que en ella los hombres tengan vida18.

14 Ibid., 80.
15 L.F. Ladaria, Jesucristo, salvación de todos, Madrid 2007, 96.
16 Cfr. A. Orbe, La unción del Verbo (Estudios Valentinianos III), Pontificia Università
Gregoriana, Roma 1961.
17 Cfr. Ladaria, El Dios vivo, 94-111. Para conocer mejor el pensamiento de Ladaria
sobre este misterio, se leerán con provecho los artículos recogidos en Id., Jesús y el
Espíritu: La unción, Monte Carmelo, Burgos 2013 (publicados originalmente entre
1976 y 2006).
18 Cfr. Ladaria, El Dios vivo, 111-132.

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El misterio pascual estaría incompleto sin la luz de la Resurrección19.


El Nuevo Testamento la presenta como una iniciativa del Padre, hasta el
punto de que uno de los títulos más frecuentes de Dios es «el que resucitó
a Jesús de entre los muertos» (Rm 6,4; Ga 1,1; 2Cor 1,3; 11,31; Ef 1,17; Flp
2,11). Ladaria se fija especialmente en la interpretación neotestamentaria
de los salmos mesiánicos: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy» (Sal
2,7) y «Siéntate a mi derecha» (Sal 110,1), que se leen desde una poderosa
intuición de Hilario de Poitiers. El Hijo de Dios Padre, engendrado
eternamente por Él, por la encarnación se convierte en Hijo del hom-
bre, renunciando a su gloria. Con su vuelta al Padre, se hacía necesario
que la humanidad del Hijo fuera glorificada. De este modo, el Padre le
devolvía al Hijo la completa unidad consigo que desde la encarnación
tenía un obstáculo: la carne asumida necesitaba ser glorificada junto al
Padre20. Aquí se comprenden mejor las palabras de Pablo al inicio de su
carta a los Romanos: Jesucristo ha sido «constituido Hijo de Dios en poder
según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los muertos» (Rom 1,4).
La resurrección manifiesta en plenitud la filiación divina de Cristo. Su
humanidad no sólo ha recibido del Padre la gloria sino que se ha con-
vertido en «Espíritu vivificante» (1Cor 15,45), capaz de comunicarnos el
Espíritu de la filiación21.
Esta nueva relación entre Jesús y el Padre que se manifiesta en la
Resurrección abre «la puerta a la comprensión de la Trinidad inmanente (…)
es decir, a su vida divina en el seno del Padre»22. De ella nos ocupamos ahora.

2.  La paternidad trinitaria de Dios

El joven Ladaria se quejaba en el prólogo de su tesis doctoral por una


teología trinitaria que le parecía demasiado abstracta y formal, en la que
no encajaba la original reflexión de Hilario de Poitiers sobre el Espíritu
Santo23. Parece que este carácter formal y abstracto tiene que ver con la
aplicación de un concepto unívoco y abstracto de «persona» a cada uno

19 Cfr. Ibid., 132-138.


20 Cfr. Hilario de Poitiers, Tr. ps 2,27 citado en El Dios vivo, 148; Id., De Trinitate
IX,38 citado en Ladaria, La Trinidad, misterio de comunión, 55-57.
21 Cfr. Ladaria, El Dios vivo, 88.
22 Ibid., 135.
23 Cfr. L.F. Ladaria, El Espíritu Santo en san Hilario de Poitiers, Eapsa, Madrid 1977, 25.

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de los Tres de la Trinidad. Nuestro autor insiste a menudo que en Dios


no existen repeticiones24. Padre, Hijo y Espíritu Santo son personas, pero
cada uno lo es a su modo propio. Su diferencia personal radica precisa-
mente en esa propiedad, en el modo en que cada uno de los tres posee
la única esencia divina. Dios Padre tiene la única divinidad «de manera
fontal, originaria, dándola y nunca recibiéndola, aunque siempre relativamente al
Hijo y al Espíritu Santo»25.
Esta visión ha sido cuestionada por algunas propuestas trinitarias
contemporáneas que desean subrayar la perfecta igualdad y comunión
del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo. Los nombres más representativos
son los de Wolfhart Pannenberg y Gisbert Greshake. Para este último, si
el Padre sólo entregara la divinidad al Hijo y al Espíritu Santo, pero no
la recibiera de ellos, la comunión trinitaria habría fracasado. Se advierte
en estos autores el miedo al subordinacionismo, que les hace prescindir
del rico testimonio bíblico que presenta al Padre enviando al mundo al
Hijo y al Espíritu Santo. En su lugar, han incorporado una visión formal
y estereotipada de las personas divinas, que entregan y reciben por igual
la vida divina. Más que las personas, se pone en el centro la communio
trinitaria26.
En el extremo opuesto se sitúan los autores que hablan del Padre
como «persona absoluta». Puesto que el Hijo y el Espíritu Santo proce-
den del Padre, se afirma que el Padre posee la divinidad antes de comu-
nicarla a los otros. El Padre se constituiría desde sí mismo y tendría la
naturaleza divina previamente a la relación27.
Cada uno de estos extremos acentúa unilateralmente un aspecto de
la verdad: sea el origen, sea la relación. Quienes hablan del Padre como
«persona absoluta» tienen razón al decir que Él es fuente y único prin-
cipio de la divinidad. Se trata de la «monarquía del Padre» de la que
hablaban los padres griegos. Pero olvidan que Dios sólo es Padre porque
existen el Hijo y el Espíritu Santo. Sin ellos, el Padre no sería Padre.
No puede haber monarquía sin relación. Por su parte, los teólogos de

24 Cfr. Ladaria, El Dios vivo, 54, 155, 334, 403, 443; Id., La Trinidad, misterio de comunión,
66-67, 90, 231.
25 Ladaria, El Dios vivo, 404.
26 Cfr. Ibid., 416-424; Ladaria, La Trinidad, misterio de comunión, 147-160.
27 Cfr. Ladaria, El Dios vivo, 414-416; Id., La Trinidad, misterio de comunión, 145-147.
Ladaria cita a Jürgen Moltmann, Yves Congar, Gonzalo Gironés y (con algunos mati-
ces) Walter Kasper.

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la communio han tratado de construir una teología trinitaria relacional,


olvidando que las relaciones divinas, como las personas, son únicas e
irrepetibles. La propiedad del Padre es ser «origen no originado», «prin-
cipio sin principio» de la divinidad. Por abstractas que puedan parecer
estas expresiones, son las más respetuosas con el testimonio del Nuevo
Testamento. A ellas ha llegado la teología y la tradición cristiana a partir
de la misión de Jesús al mundo. A fin de combinar adecuadamente la
condición de origen del Padre con la reciprocidad de la comunión hay
que puntualizar que Dios Padre es «principio relativo», es decir: sólo es
Padre en relación con el Hijo y el Espíritu Santo28.
La teología de Hilario de Poitiers ayuda a Ladaria a encontrar el
equilibrio entre origen paterno y reciprocidad relacional. El pictaviense
subraya la monarquía del Padre, que no ha recibido su ser de otro, a di-
ferencia del Hijo, que es engendrado por el Padre. Hay una «auctoritas»
paterna, según la afirmación de Jn 14,28: «el Padre es mayor que yo». Sin
embargo, Hilario interpreta la paternidad divina desde la descripción
joánica «Dios es amor» (1 Jn 4,16). El que ama sólo puede hacerlo total-
mente, de modo que Dios sólo es Padre perfecto si se entrega del todo,
sin reservarse nada para sí. A su vez, el Hijo es perfecto si lo recibe todo
del Padre, igual a Él en divinidad y eterno como Él. De ahí que Hilario
afirme que «el Hijo lleva al Padre a la perfección»29. El Padre sólo es perfecto
si el Hijo lo es. Asumiendo esta intuición de Hilario comprendemos que
es posible afirmar que el Padre es origen del Hijo sin que éste sea infe-
rior. Si bien el Hijo «no existe más que en la total referencia al Padre, también
este último se halla referido al Hijo y no puede existir sin él»30. Aunque Hilario
no habla de «relación» en este contexto, ha extraído toda la connotación
relacional del nombre de «Padre», que incluye un «Hijo» igual a Él. Los
padres capadocios introducirán el concepto teológico-trinitario de «re-
lación», que después encontrará su desarrollo en Agustín de Hipona y
Tomás de Aquino31.

28 Cfr. Ladaria, El Dios vivo, 425-429.


29 Cfr. Hilario de Poitiers, De Trinitate IX 61 citado en Ladaria, El Dios vivo, 283.
Desde esta intuición de Hilario responde a los teólogos de la communio en su nota «“…
Patrem consummat Filius”. Un aspecto inédito de la teología trinitaria de Hilario de
Poitiers», Gregorianum 81 (2000) 775-788.
30 «“…Patrem consummat Filius”», 776.
31 Cfr. Ladaria, El Dios vivo, 345-354.

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3.  Monarquía del Padre y monoteísmo trinitario

Esta visión relacional de la Trinidad se observa también en el modo en


que Ladaria habla de la unidad divina. Se trata de una unidad «personal»,
la unidad de las tres personas en su relación recíproca. «No hay otra unidad
en Dios que no sea la del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo»32. Buena parte
de la tradición ha hablado de la unidad divina partiendo de la fuente y el
origen que es Dios Padre. Se habla, al respecto de «monarquía» (único
principio) en el Padre. Pero –ya lo hemos subrayado– Dios sólo es Padre
si tiene a su Hijo y al Espíritu Santo. La unidad divina es una unidad de
las personas.
Desde esta primacía de la persona entendida como relación se com-
prende que Ladaria no pueda compartir la propuesta de reelaborar el
viejo tratado De Deo uno desde una teología bíblica del Padre, parti-
cularmente la sugerencia de que el Dios uno se revela en el Antiguo
Testamento y el Dios trino en el Nuevo33. El Dios uno es siempre el
Padre, Hijo y Espíritu Santo. Resulta legítimo admitir una revelación
progresiva de la Trinidad siempre que no se olvide que al manifestarse el
Padre, también se están revelando el Hijo y el Espíritu Santo aunque de
forma oscura o incoativa34.
Ladaria realiza una opción consciente y razonada por otorgar priori-
dad al discurso de la Trinidad divina, dejando para un segundo momen-
to el tratamiento de la unidad en Dios35. Incluso dentro de la Unitas in
Trinitate, nuestro autor no olvida recordar el «primado de lo personal»36.
Ladaria no olvida hablar de la única esencia divina, aunque lo haga de
un modo «personal», privilegiando el lenguaje de las personas divinas y
la relación entre los Tres37. El punto de partida de su exposición sobre
la divina esencia es la definición joánica: «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16).
Dos veces repite que la teología trinitaria podría entenderse como un

32 Ibid., 330.
33 El tratamiento más extenso de la cuestión lo encontramos en Ladaria, La Trinidad,
misterio de comunión, 138-144, donde cita los nombres de Karl Rahner y Walter Kasper.
Podemos encontrarlo también en otros lugares: Id., El Dios vivo, 40, nota 53; 500-502.
34 Se cita a propósito el texto de Gregorio Nacianceno, Oratio 31,26, cfr. Ladaria, El
Dios vivo, 501, nota 5.
35 Cfr. Ladaria, El Dios vivo, 39.
36 Cfr. Ibid., 506-509.
37 Cfr. Ibid., 509-517.

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comentario a esta frase38. La esencia divina (aquella summa res de la que


hablan los concilios medievales) es el amor compartido por los Tres, el
amor que son los Tres. Hemos leído en Hilario que el amor que Dios
es no admite sólo puede darse por completo. Esta perspectiva aparece
con claridad en la teología trinitaria medieval de Ricardo de San Víctor:
cada una de las personas es su propio amor, el único amor divino que
cada persona posee a su modo propio. En esta perspectiva, el Padre sería
personalmente el amor poseído originariamente y comunicado al Hijo
y al Espíritu39.
La esencia divina no es una mera abstracción metafísica, sino amor
compartido por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La confesión
cristiana de Dios es un «monoteísmo concreto»40, donde la unidad di-
vina no se deduce filosóficamente; más bien se aprende a partir de la
revelación histórica del amor de Dios Padre manifestado en Jesucristo
y derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.

4.  Dios, Padre de los hombres

El nombre de «Padre» dirigido a Dios designa –ante todo– la relación


única e irrepetible que tiene con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu
Santo. Sólo en su hondura trinitaria se comprende bien qué significa
que Dios es Padre. Una vez conocemos este «analogado principal» de
la paternidad divina podemos dirigir nuestra atención a nuestra propia
relación con Dios. En la antropología teológica de Ladaria, la «filia-
ción» sirve como categoría de síntesis para exponer «nueva relación
con Dios» que introduce la gracia41. Esta opción está avalada por el
Nuevo Testamento: Pablo habla de «adopción filial» y san Juan de
«nuevo nacimiento».
Al decir «Dios», Ladaria aclara que, aunque la acción divina en el
hombre sea común a las tres personas, cada uno actúa según su propiedad

38 Cfr. Ibid., 27 y 516. El texto es citado a menudo, cfr. Ibid., 84-85; 117, 411, 509.
39 Cfr. Ibid., 358-361.
40 Cfr. Ibid., 515-516, notas 42-43. Esta expresión procede de J.E. von Kühn, y ha sido
difundida por Rahner, Kasper y Pannenberg, entre otros.
41 Cfr. L.F. Ladaria, Teología del pecado original y de la gracia. Antropología teológica especial,
BAC, Madrid 1993, 231-266.

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personal42. Resulta muy expresiva la dinámica trinitaria de Ef 2,18: en el


Espíritu y por medio de Jesús tenemos acceso al Padre. Somos «hijos del
Padre», no «hijos de la Trinidad», porque es sólo Dios Padre quien «por
la obra de su Hijo y del Espíritu, nos hace hijos suyos»43. Sólo Jesús es Hijo
de Dios por naturaleza, mientras nosotros lo somos por gracia, es decir:
por la libre voluntad del Padre que ha decidido agraciarnos en Jesucristo
por el Espíritu Santo. El Unigénito se ha convertido en el «primogénito de
muchos hermanos» (Rom 8,29). La relación de Jesús con su Padre es única
e irrepetible, y define completamente su identidad: Él es el Hijo. De
modo análogo, la acción del Espíritu Santo crea esta nueva identidad en
nosotros: por pura gracia de Dios participamos de esa filiación divina44.
También en su antropología teológica, Ladaria se mantiene pegado
a la historia de la salvación. El término de referencia de nuestra filiación
divina no es la eterna relación del Hijo con el Padre. Recibimos el ser
hijos de Dios por medio de los misterios que Cristo vive en la carne, par-
ticularmente en el misterio de la unción de su humanidad por el Espíritu
Santo. Cuando el Espíritu se derrame sobre nosotros por el bautismo,
llevará el «sello» de la humanidad glorificada de Jesús, y hará de nosotros
«hijos de Dios»45.
La filiación divina es descendente, ya lo hemos subrayado: partimos
de la relación del Hijo con el Padre que hace posible la nueva identidad
de hijos que recibimos por el Espíritu Santo. Pero una vez adquirida esta
filiación, al hombre se le hace posible el ascenso hacia Dios. Sus hijos
están llamados a ver a Dios –como dice San Juan– «tal cual es» (1 Jn 3,2).
Ireneo de Lyon se ha tomado muy en serio esta visión de Dios Padre.
El destino final del hombre es ver a Dios paternaliter, o sea: como el Pa-
dre que es. El hombre está llamado a ir ascendiendo progresivamente
a la contemplación del Padre. Así lo afirma el santo obispo lionés, en
un texto que Ladaria sitúa en el epílogo de su libro: «el Espíritu prepara
al hombre para el Hijo de Dios, el Hijo lo conduce al Padre, el Padre le otorga

42 Sobre la doctrina de las apropiaciones y el modo en que Ladaria la matiza, cfr. Ladaria,
El Dios vivo, 49-50; 367-370; 556-557.
43 Ladaria, Teología del pecado original y de la gracia, 255-256; Id., El Dios vivo, 36, nota
46 y 55-56. Se trata de una perspectiva que Rahner había destacado ya al formular su
Grundaxiom, cfr. Id., La Trinidad, misterio de comunión, 16, nota 17.
44 Cfr. Ladaria, Jesucristo, salvación de todos, 66-70.
45 Cfr. Ladaria, Teología del pecado original, 248-253.

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la incorrupción para la vida eterna, que para cada uno resulta de la visión de
Dios»46. Este ascenso nos muestra que la meta de la obra de salvación
iniciada por el Padre no es otra que la comunión con Él: «para que Dios
sea todo en todos» (1 Cor 15,24-28).

46 Ireneo de Lyon, Adversus Haereses IV 20,5 citado en Ladaria, El Dios vivo, 206 y 587.

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