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Domingo 11 de abril de 2010 

| Publicado en edición impresa


Editorial II

Brecha digital en el ámbito rural


Ante los ambiciosos anuncios del Gobierno, se impone atender a la gran diferencia educativa existente entre
el campo y la ciudad

La accesibilidad y buen uso de las nuevas tecnologías de la información y comunicación definen


en buena medida el nivel de progreso que una sociedad y sus gobernantes pueden imprimirle a un país.
Cuesta imaginar un alto nivel de desarrollo en el mundo moderno sin contemplar estas dos claves.
Miles de niños, jóvenes y adultos que viven en el ámbito rural no han tenido la oportunidad de
aprender los rudimentos básicos sobre este nuevo lenguaje que la modernidad nos brinda y a la vez nos
impone. Ya no se trata de una opción, porque de no incorporarse estos conocimientos en la formación
integral de cada individuo se genera el llamado "analfabetismo digital".
Un estudio realizado por la Red Comunidades Rurales aporta datos provenientes de más de 1000
escuelas rurales de todo el país. Según el informe, el 96 por ciento de los encuestados señaló que no
existen programas de alfabetización digital en su comunidad. Incluso más de la mitad de las escuelas
rurales en la región noroeste no cuentan ni siquiera con una computadora. En el Nordeste, la situación
también es crítica: el 30 por ciento de los establecimientos no tiene y el 42 por ciento sólo posee una.
Datos aportados por especialistas de Unicef y de la UBA basados en fuentes oficiales indican que el
porcentaje de escuelas rurales con conexión a Internet varía entre el 0 y el 7 por ciento.
Ante un cuadro de situación que permanece lamentablemente sin cambios, vuelven a anunciarse
programas oficiales para reducir la brecha digital. Al programa Una Computadora por Alumno, aún no
ejecutado, se le acaba de sumar ahora el programa Conectar Igualdad.com.ar, que proyecta distribuir
tres millones de netbooks entre alumnos de nivel secundario desde ahora hasta 2012.
La concreción de estas iniciativas tan ambiciosas requiere un gran esfuerzo, ya que no sólo se
trata de entregar equipamiento a escuelas urbanas, sino también de efectivizar el servicio universal para
el acceso a las telecomunicaciones, capacitar a los docentes rurales y referentes comunitarios, aportar y
actualizar los materiales didácticos, construir nuevas escuelas, en especial de nivel secundario,
prácticamente inexistentes en el ámbito rural, y reconstruir los cientos de escuelas-rancho de nivel
primario que aún existen o aquellas que se encuentran en estado deplorable. Como señaló un docente
de una escuela rural: "Nos hemos dado cuenta de que a poco de celebrarse el Bicentenario, nosotros
mismos estamos como hace 200 años. Cuando los chicos estudian sobre «aquella época» descubren
que para conservar los alimentos se secaba la carne, igual que nosotros, y que los parajes eran
inhóspitos y los caminos malos, igual que ahora, y que la gente se trasladaba en carreta o a caballo,
igual que nosotros".
La enorme brecha que separa la educación rural de la urbana muestra a las claras el poco valor
que se le da al desarrollo comunitario más allá de donde termina el asfalto. Modificar esta realidad no es
algo imposible, pero son los hechos y las virtudes, no los anuncios y las declamaciones, los que lograrán
un mayor compromiso por parte de la sociedad en su conjunto.
Página 12 / Miércoles 26 de Febrero 2014

La tecnología incomunicante Por Esteban Viu *


La comunicación para el ser humano es algo tan básico como el ejercicio de respirar. Es un proceso
inherente a la formación de una comunidad, nos constituye como sujetos.
El término comunicar aparece a mitad del siglo XIV y su sentido básico es “participar en”, noción que
fue azotada por un torbellino tecnológico. La idea de participación o de poner cosas en común con el correr
del tiempo fue mutando hasta casi confundirse con la noción de “transmisión”. Hoy se interpreta la
comunicación como intercambio de mensajes que se pueda alcanzar a través de las redes sociales, SMS o
chat.
Si bien las nuevas tecnologías permitieron acortar distancias y hasta fueron factores fundamentales en
los sucesos de la historia moderna, como las rebeliones que se desarrollaron en Medio Oriente, en donde los
smartphones y las redes sociales funcionaron como instrumentos para quebrantar la censura informativa y
denunciar a los gobiernos dictatoriales, el amplio abanico de posibilidades que nos brindan los dispositivos
más tecnológicos nos hace creer que, por momentos, estamos sobrecomunicados, cuando en realidad sólo
interactuamos a través de un móvil.
El detrimento en el sentido de la comunicación, que se da sobre todo en los jóvenes que nacieron y se
criaron bajo estos nuevos aparatos de la tecnología, ha llevado a la pérdida de la esencia de una mesa
familiar o una reunión con amigos. Varios de los presentes le ponen más atención al celular, pendientes de
algún mensaje o llamada, que al resto de las personas, perdiendo la noción de que la verdadera
comunicación está frente a sus narices y son ellos los que no la están ejerciendo, siendo esclavos de sus
aparatos. Es la tecnología quien nos dice qué hacer, cómo hacerlo y para qué.
Lo natural, hasta no hace mucho tiempo, era encontrarnos con amigos a celebrar algún
acontecimiento o simplemente dirigirnos a la plaza del barrio a conversar, entre risas y con algún mate de por
medio. En ese lugar y en ese instante es donde se produce la verdadera comunicación, porque ya no
participamos sólo con palabras, también lo hacemos a través de los gestos, las miradas e incluso con
nuestros silencios. En ese instante se produce la unión de las personas, que es otro factor determinante para
la comunicación.
Ahora, sólo esperamos que algún “amigo” le dé me gusta a una publicación en Facebook, como si
fuese un factor determinante para saber que existo. Hacemos todo para conseguir ese pulgar arriba, estamos
obligados a agradar y, lo que es peor, en un mundo virtual.
Este proceso de “pérdida comunicacional” puede encontrar su origen en los años ’50, con la llegada
de la televisión a los hogares. El artefacto, ultranovedoso para la época, y sus contenidos comenzaron a
acaparar cada vez más tiempo de nuestras vidas. Hasta el año 2010, según un estudio realizado en los
Estados Unidos (el país que más horas de TV consume al año), sus habitantes pasaban algo más de seis
horas por día frente al televisor. Suponiendo que se emplean ocho horas para dormir, ocho para trabajar y
ocho para el ocio, sólo aprovechaban dos horas de sus días para el resto de las actividades. Esta cifra ha
comenzado a mermar en el último tiempo, desviándose a los celulares de última generación, que en la
práctica es casi lo mismo.
La creciente demanda de estas tecnologías a un costo accesible para la gran mayoría y el sumiso
acostumbramiento de la sociedad a un régimen capitalista que nos dice cuándo hay que cambiar nuestros
equipos han generado un enorme consumo, en algunos casos excesivo, que influye en la comunicación
interpersonal de manera negativa, haciéndola cada vez más precaria.
La sociedad ha dejado de “participar en” para “transmitir a”, lo que culmina en un enorme grado de
individualismo en las comunidades. Poco a poco parece que dejamos de convivir, para sólo cohabitar en el
mismo espacio.
No existe nada en la vida del hombre que no implique participación; la manera como nos relacionamos
mediante la comunicación determina qué tipo de sociedad tendremos a futuro.
¿Esto implicaría un nuevo modelo de comunicación, que no sea excluyente, o luchar para recuperar el
sentido de la palabra y de la comunicación? Aquí es donde la sociedad tiene que dejar de lado el
individualismo y retomar las acciones conjuntas; un proceso que, sin comunicación verdadera, es imposible
de llevar a la praxis. Debemos recordar que no sólo por leer y escribir nos estamos comunicando.
CLARIN.COM/OPINIÓN

OPINIÓN

El cambio cultural de dejar de fumar


POR PAULA BERTOL DIPUTADA NACIONAL (PRO)
25/11/13

El tabaquismo no es el único factor que condiciona el aire que respiramos. Pero sin dudas es uno de los
principales protagonistas. En el Día internacional del Aire Puro -celebrado el jueves- festejamos el
cambio cultural que hemos logrado los argentinos en los últimos años y les recordamos a todos los
que continúan luchando contra esta mortal adicción que dejar de fumar es posible.

Cuando en el año 2004 decidimos junto al legislador Helio Rebot impulsar una medida que generara
ambientes libres de humo de tabaco en la Ciudad de Buenos Aires, muchos nos dijeron que
estábamos locos.

Sin embargo, en septiembre de 2005 la Legislatura sancionó la Ley 1799 con una amplia mayoría y ocho
años después una encuesta realizada por el Estudio de Opinión sobre el Tabaquismo en la Ciudad de
Buenos Aires indica que el 92,5% está de acuerdo con que existan lugares libres de humo; mientras que
el 53% incluso aprobaría extender la medida a espacios abiertos.

Además de proteger la salud de la población, los ambientes libres de humo de tabaco contribuyen a


que el fumador reduzca el consumo de cigarrillos y tome conciencia de que es posible mantener
intervalos cada vez más largos de abstinencia. Al tiempo que marca un camino a seguir para los más
jóvenes, a quienes muchas veces las tabacaleras buscan incorporar solapadamente como nuevos
clientes.

La llegada de la norma sirvió para pacificar ambientes laborales y también reuniones de amigos y


familiares en las que muchas veces los fumadores no respetaban a los no fumadores. Hoy el 55%
de los porteños invita a las personas que visitan su hogar a fumar al balcón, el patio o la terraza; y el
81,7% no permite que se fume dentro de su auto.

La Ley de la Ciudad sirvió de ejemplo a otras jurisdicciones y en 2011 la Ley Nacional 26687 expandió la
prohibición de realizar cualquier tipo de publicidad de productos elaborados con tabaco a través de los
medios y extendió la cobertura del tratamiento gratuito a toda la Argentina. Las campañas de prevención
porteñas han sido de gran utilidad para que muchas personas dejaran de fumar y agregó advertencias a
los paquetes de cigarrillos con imágenes elocuentes de los daños irreversibles que deja el tabaco en la
salud. En la Argentina mueren cada año alrededor de 40.000 personas como consecuencia de
enfermedades relacionadas con el tabaco, y 6.000 de ellas no fuman. En el mundo más del 40% de
los niños tienen al menos un progenitor que fuma, y las personas que pierden la vida por año por estar
expuestas al humo ajeno son más de 600.000.

Quien logra dejar de fumar contribuye a que sus seres queridos respiren también un aire más
puro. Como dijo alguna vez Sandro a los jóvenes, tras aclarar que tenía “autoridad suficiente” para
hablar sobre el tema: “aléjense de ese veneno”.
PÁGINA 12- SOCIEDAD › OPINION

Aumento del subte, ¿por qué no corresponde?


Por  María Rachid - Diputada de la ciudad de Buenos Aires (FpV).

El servicio de subte es el transporte que menos contamina, que llega más rápido de un punto a otro de la ciudad
y que ayudaría a reducir el tránsito en las calles. Sin embargo, tiene un funcionamiento deficiente y su situación se
agravó desde que pasó a ser responsabilidad exclusiva del Gobierno de la Ciudad. En los últimos tiempos ha expulsado
pasajeros/as con los constantes aumentos de tarifa y el servicio no muestra ningún tipo de mejoras.
El boleto de subte, hasta pasar a manos de la Ciudad, tenía un valor de 1,10 peso. Desde el momento en que el
gobierno porteño se hizo cargo, el primer día de 2013, el valor fue llevado a 2,50. En noviembre del mismo año lo
volvieron a aumentar a 3,50 y con la suba que se puso en marcha el viernes su valor es de 4,50. Esto significa un
incremento del 309 por ciento en sólo dos años.
Este aumento del más del 150 por ciento anual supera con creces el 16 por ciento de incremento en los costos
que reconoce Sbase, o la tasa de inflación anual del 24 por ciento que expresa el mismo Gobierno de la Ciudad en el
cálculo de su presupuesto anual. Para dimensionarlo, podemos decir que en 18 años (1994 a 2012) el subte aumentó un
144 por ciento, menos de la mitad de lo que lo aumentó el Gobierno de la Ciudad en los dos años que lleva a cargo del
servicio. De esto se desprende que los aumentos desmedidos de los dos últimos años no se justifican para mantener el
funcionamiento, ya que exceden el incremento en los costos operativos. Tampoco pueden imputarse para financiar obras
de ampliación, ya que para eso existe el Fondo del Subte, financiado por el impuesto al sello, un porcentaje de los
peajes, un porcentaje de las patentes de autos de alta gama, el 5 por ciento del total del ABL y un aporte particular que
se les cobra a quienes vivan en un radio de 400 metros de las nuevas estaciones.
Un punto aparte merece la empresa Metrovías, a cargo del servicio desde 1994, que continúa recibiendo
subsidios del Estado, a la que se le aumenta el boleto un 309 por ciento en los dos últimos años y no existe una auditoría
real de su estructura de costos y ganancias. Al mismo tiempo, el Grupo Roggio, dueño de Metrovías, es acusado de
disimular ganancias utilizando otras empresas –también de su propiedad– como proveedoras de Metrovías.
Sin dudas este nuevo aumento impactará negativamente en el índice de inflación y seguirá expulsando usuarios
del subte, que pasarán a utilizar colectivos. Se estima que a la fecha la cantidad de pasajeros/as que utiliza el servicio de
subte descendió un 20 por ciento desde que el Gobierno de la Ciudad se hizo cargo. Habrá que ver cómo impacta en
este sentido el nuevo valor.
Por otro lado, las opciones de tarifa social o descuentos por cantidad de viajes no resuelven el problema para
los/as que menos tienen y dejan afuera a muchas personas a las que se les hará imposible viajar en este medio de
transporte. Como ejemplo, el descuento por viajero frecuente (más de 40 viajes mensuales) podrá ser utilizado por un/a
trabajador/a sólo tres meses de este año, ya que son los únicos meses con más de 20 días hábiles. Esto si no se
enferman ningún día en el mes y no faltan nunca al trabajo. Esto muestra que el aumento está pensado para todos y
todas, sin excepción.
Asimismo, la nueva tarifa reduce en aproximadamente un 70 por ciento la capacidad de compra de boletos por
parte de los/as trabajadores/as. Esto es así ya que en el año 2012, antes de que el subte pasara a manos de la Ciudad,
con un salario mínimo se compraban 2614 boletos. Hoy, luego de los aumentos, con un salario mínimo sólo se podrán
comprar 800.
Todo esto en el contexto de un servicio que sigue siendo malo, al que le faltan formaciones, inversión en
mejoramiento de estaciones, entre otras falencias. Sin la ampliación votada por la Legislatura en 2001, sin los 10
kilómetros de subte por año que prometió Macri en su campaña, con pocas estaciones inauguradas, la mayoría de ellas
construidas en gestiones anteriores, y sin renovación de formaciones, salvo las últimas compradas por el gobierno
nacional que fueron incorporadas a la línea A.
Para reducir el impacto de todo este aumento desmedido e injustificado, principalmente hacia los grupos más
vulnerados, presentamos, junto con el diputado Jorge Taiana, un proyecto de tarifa social y boleto estudiantil en la
Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.