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Historia Moderna

de España II
(1665-1808)

Resumen
TEMA I LA CULTURA DEL BARROCO Y LOS INICIOS DE LA CIENCIA
MODERNA EN ESPAÑA

INTRODUCCIÓN

El Barroco es la expresión más característica de la cultura del siglo XVII. No se trata


de una contraposición al Renacimiento, sino que es en realidad la cultura que le
sucede. El Barroco es una cultura de crisis donde el individuo se muestra como un
hombre sombrío que está rodeado por la miseria que el hambre y la peste han creado.
Por este motivo en literatura destaca el Quijote (entre ilusión y realidad); la novela
picaresca (sobre la precariedad de los bienes materiales, necesidad de la astucia y el
desencanto); la poesía (reflexión intimista sobre el fugaz paso de la vida y el sentido
de la caducidad) y el teatro (por su amplio calado social, variada temática y camino
abierto para soñar). El Barroco es crisis pero también paradoja, de ahí su explosión
artística a través de iglesias, palacios, esculturas o pinturas. A veces se alza como un
medio de ocultar aspectos negativos, resaltando, en plan triunfalista, otros detalles
más trascendentes.

El catolicismo hizo del Barroco un arma contra el protestantismo. Para Maravall, el


Barroco es una cultura dirigida, masiva, urbana y muy conservadora (un mensaje
controlado desde el poder político, social y eclesiástico y dirigido a las masas). Al ser
una época tan convulsa, no faltaron voces que pretendían mejorar la vida.

Los inicios de la ciencia moderna en España fueron tardíos y lentos (el dominio
inquisitorial era palpable), así como la tradición frenaron su desarrollo y difusión. La
aparición de tertulias (derivarían en sociedades científicas), el apoyo de mecenas
(Don Juan José de Austria) y la aparición de mentes abiertas dispuestas a avanzar en
la investigación y la experimentación dieron origen a avances en algunos campos.
También influyeron las Academias.

Los novatores surgieron en la medicina, química y biología con grandes avances


gracias a los viajes e intercambios de cartas. En otros campos más controlados por la
Inquisición (Física, Matemáticas o Astronomía) destacó el jesuita José de Zaragoza
(publicó en 1675 la primera obra de Astronomía española moderna). Sin embargo la
mayoría de la población española vivía de espaldas a los avances científicos.

EL CONCEPTO DE BARROCO

El Barroco no es una deformación del Renacimiento, es una cultura con personalidad


propia. Su cronología aproximada abarca desde el último tercio del siglo XVI hasta
las dos primeras décadas del reinado de Carlos II. Se distinguen tres fases:

1. Periodo de formación. Reinado de Felipe III (1598-1621).


2. Periodo de plenitud. Reinado de Felipe IV (1621-1665).

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3. Periodo de decadencia. Primera parte del reinado de Carlos II (dos primeras
décadas).

La aparición de los novatores marcaría la transición entre Barroco e Ilustración.

Todos los Austrias de la época buscaron la defensa del catolicismo y se convirtieron


en herederos del ambiente del Concilio de Trento. Estas circunstancias, a las que se
sumó la mala gestión en la utilización de las riquezas provenientes de América,
produjeron una depresión económica que alcanzó en mayor o menor medida a todos
los estamentos de la sociedad, agudizados en las décadas centrales del siglo, para
iniciar una tendencia a la mejoría a partir de los años 80.

El Barroco suponía una sensibilidad estética contraria al equilibrio y serenidad


renacentista, una visión del mundo fundamentada en una profunda desconfianza hacia
la naturaleza humana y hacia la fragilidad de sus realizaciones. El Barroco es la
respuesta a una época de crisis económica y de alteraciones sociales:

1. Descenso poblacional. La población descendió a lo largo del siglo debido a


las pestes, el hambre, la expulsión de los moriscos o la emigración a
América en contraste con lo que sucedió en otros países de Europa, dejando
a España en situación de inferioridad.
2. La presión fiscal aumentó, las actividades industriales, comerciales y
agrícolas se deterioraron por las cargas fiscales que soportaban las clases
trabajadoras.
3. Manipulación monetaria.
4. Caída de la producción agraria.
5. Alza de los precios.
6. Dependencia industrial.
7. Los fracasos militares necesitaron grandes esfuerzos económicos al
implantarse contribuciones y arbitrios ruinosos. Tras la Paz de Westfalia se
perdió la hegemonía en el mundo y había que admitir una nueva realidad
basada en la urgencia de adecuar las necesidades del país a sus auténticas
posibilidades.

Según Weisbach, la esencia del barroco es la síntesis de lo contrapuesto. En los


territorios hispánicos convivieron, el agotamiento político y económico con una gran
floración cultural y artística, la monarquía autoritaria con los planteamientos
populistas, un desmesurado sentido del honor con la relajación moral y una fe
intensamente vivida con una visión realista y crítica del mundo.

La Literatura, el pensamiento y el arte españoles alcanzaron el momento cumbre de


su historia y su más peculiar personalidad. Esta centuria fue agónica para España,
pero en el arte imperaron la originalidad y la riqueza. Se puede afirmar que la propia
situación de crisis contribuyó al esplendor artístico, porque el barroco nació para
fortalecer y afianzar los poderes tradicionales y actuar sobre la voluntad del hombre,
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conduciéndole por el camino de la fe católica, para que pudiera alcanzar la salvación
eterna, única meta importante de la existencia humana. El arte barroco era lo que
necesitaba una monarquía en declive, que podía realzar con él su prestigio ocultando
su hundimiento. También lo necesitaba la Iglesia para conservar su protagonismo en
lo espiritual y en lo temporal y también lo necesitaba un pueblo con condiciones de
vida cada vez más difíciles, porque el Barroco podía hacerle olvidar las penas con sus
fiestas y sus ricas decoraciones y ayudarle a buscar consuelo en la oración con la que
podría obtener la protección divina para aliviar sus males.

El Barroco nació en Italia, pero encontró en la España del siglo XVII unas
circunstancias políticas, económicas y sociales que facilitaron su aceptación y una
peculiar y enriquecedora interpretación impulsada por la propia situación y
cualidades del país.

BARROCO Y RELIGIÓN

La reforma protestante originó un período de duda y desintegración en el mundo


europeo en los últimos años del S. XVI. Surgieron unos nuevos planteamientos
ideológicos que crearon la necesidad de una renovada cultura que sirviera como
instrumento integrador y, sobre todo, que ofreciera al hombre un fundamento seguro
de su existencia. Una existencia que había sufrido profundos cambios al desaparecer
el concepto renacentista de universo único y armonioso y ser sustituido por un
pluralismo manifestado en el orden religioso, político, económico y filosófico. Por
vez primera la opinión pública despertó interés en las autoridades religiosas y civiles,
que comprometieron a la cultura, especialmente al arte, la defensa de los intereses y
en su propósito de influir en las posibilidades electivas del hombre de esta época. Era
necesario un nuevo arte para expresar y hacer triunfar la renovación contrarreformista
católica y consolidar el poder de las monarquías absolutas, (ambos estamentos fueron
los principales impulsores del nuevo lenguaje artístico). El barroco nació aceptando
la diversidad de pensamientos, actitudes y necesidades expresivas.

La Iglesia de Roma determinó el nacimiento del nuevo arte, (se convertía ahora en un
medio de propaganda al servicio de la causa católica dispuesto en Trento), la Iglesia
deseaba que el artista, con imágenes y pinturas, instruyera al pueblo recordándole los
artículos de la fe y le moviera a la gratitud ante el milagro y beneficios recibidos,
ofreciéndole el ejemplo a seguir y, sobre todo, excitándole a adorar y amar a Dios.

El Barroco como estética de la Contrarreforma frente al protestantismo. Para cumplir


su misión el arte debía poseer fuerza de atracción sobre los sentidos y poder de
penetración en el espíritu, debía ser seductor y didáctico para mostrar el camino de la
salvación, por lo que las imágenes de la Virgen y los santos invadieron retablos y
capillas de las iglesias. En Trento se dispuso que las imágenes instruyeran y
enseñaran el camino a los fieles. Había que conseguir un aspecto cotidiano de las
imágenes y las representaciones para lograr una mayor cercanía a los fieles.

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La claridad y conmoción primero, y el asombro y el deslumbramiento después,
fueron usados en el transcurrir de la centuria para dar respuesta a las exigencias de la
Iglesia Católica con una cuidada escenografía, el uso controlado de la luz y por los
gestos desmedidos.

La explosión de la sensibilidad en el arte religioso derivó en distintas


manifestaciones: aparecieron éxtasis, procesiones, apariciones y revelaciones. A la
vez desde el púlpito aumentó la importancia de los sermones buscando la confianza
en una mejor vida futura ausente de miserias. También la muerte se presentó como
una auténtica liberación.

CARACTERÍSTICAS DE LA CULTURA BARROCA

 El barroco fue una cultura dirigida:

1. Reforzamiento de la autoridad real como solución de todos los problemas,


haciendo de la corte el gran centro político y cultural.
2. La corte fue un lugar de encuentro de escritores, pintores, arquitectos,
músicos, bajo el mecenazgo real.
3. También proliferaron mecenas entre aristócratas, funcionarios o
comerciantes, como símbolo de estatus social.
4. Importancia de la educación: la escuela, las Academias, las tertulias.
5. Las manifestaciones culturales del Barroco estaban muy mediatizadas por la
influencia de gobernantes que concedían subvenciones, influían en el gusto
de los demandantes, prohibían algunas obras o manifestaciones literarias o
artísticas, etc.
6. Era importante el uso de la persuasión para conmover e impresionar al
espectador.
7. Proliferaron las solemnes manifestaciones del poder; las fiestas como arma
política.

 El Barroco fue una cultura masiva:

1. Existencia de una “masa” heterogénea socialmente: diferentes estamentos,


diferentes profesiones, distinta riqueza y variado nivel cultural.
2. Dentro de esta masa se producía, sin embargo el anonimato de los
individuos como unidades yuxtapuestas; el hombre se convertía en
“espectador” igual que el resto de espectadores.
3. Estaba dirigido a las masas: teatro, retablos, fiestas, literatura, fuegos de
artificio, etc.

 El Barroco fue una cultura urbana:

1. Las ciudades eran claros centros de movimientos subversivos que podían


afectar al orden político y social. Abundaban en ella pícaros, vagabundos,
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ladrones, etc. Los estamentos privilegiados (también vivían en las ciudades)
promovían la cultura barroca en defensa de la paz social. La ciudad fue el
escenario fundamental del Barroco: en ella se ubicaban los palacios e
iglesias, se organizaban los fuegos de artificio, se representaban las obras de
teatro, etc.

 El Barroco fue una cultura conservadora:

1. El absolutismo monárquico, en el origen del afán conservador.


2. Adoptaba una actitud conservadora para mantener el orden establecido
frente al aparente desmoronamiento del sistema vigente.
3. La masa más desfavorecida acogía bien los cambios (la tradición bajo
aspectos nuevos).
4. Se vigilaban las “novedades” por considerarlas peligrosas.

La pintura disfrutó de la protección de monarcas y nobles y sus encargos estaban muy


relacionados con el mundo religioso. Los sectores eclesiásticos eran los principales
clientes de pintores y escultores, (los escultores sufrieron más los efectos de la merma
de capacidad económica de este estamento). Monasterios, parroquias, pero, sobre
todo, cofradías de clérigos y seglares fueron los principales impulsores de la
escultura, que careció asimismo del mecenazgo real y privado, lo que no afectó ni a la
calidad y a la creatividad de los artistas. La Corona, la Iglesia y la Nobleza fueron los
principales clientes de los artistas, que apenas trabajaron para la burguesía (poco
desarrollada).

En este panorama económico y social, los artistas, generalmente, disfrutaban de una


modesta posición económica y escaso reconocimiento social, salvo algunas
excepciones (Velázquez). Estaban sometidos al sistema gremial y considerados como
artesanos, arquitectos, escultores y pintores, sobre todo éstos, lucharon por elevar su
condición social, defendiendo el carácter noble y liberal de sus actividades, con el
propósito también de evitar los impuestos.

Fue el siglo de la publicación del Quijote, de Góngora, Quevedo, de Lope de Vega,


de Tirso de Molina y Calderón, de Gregorio Fernández y Martínez Montañés, de
Ribera, Velázquez, Zurbarán, Murillo, Claudio Coello, etc. Todos ellos y muchos
más configuraron el llamado Siglo de Oro español, único por su riqueza creadora y
también porque creció y se desarrolló dando testimonio del sentir de un pueblo, lo
que permitió que el arte poseyera, por primera vez en España, una expresión
primordialmente nacional.

LOS TRATADISTAS DE LA ECONOMÍA: EL ARBITRISMO

El hombre del siglo XVII tenía conciencia de crisis y proponía medios y modos para
superarla. El pensamiento político y económico se mostraba crítico con la situación

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que se vivía porque había un empobrecimiento generalizado y porque terminaba la
hegemonía española en Europa.

El arbitrismo se convirtió en la corriente del pensamiento político-económico de la


España del Seiscientos más representativa.

Los tratadistas denunciaron los principales problemas:

1. El abandono de los sectores productivos.


2. El gusto por el lujo y la ostentación.
3. El aumento de la presión fiscal.
4. El fomento del ocio y el estilo de vida de los nobles.

Se propusieron vías para superar la crisis generalizada:

1. Fomento de la agricultura, la industria y el comercio.


2. Limitación del número de clérigos.
3. Medidas proteccionistas para las materias primas.
4. Contribución de todos los estamentos al fisco.

Algunos de los principales tratadistas fueron: Sancho de Moncada, Pedro Fernández


de Navarrete, Francisco Martínez de la Mata, Miguel Álvarez Osorio y Redin, etc.

LA PUBLICÍSTICA

Surgieron los primeros periodistas:

- Algunos defendieron los intereses de la Monarquía (usados con fines


propagandísticos).
- Hubo otro sector: los críticos.

En el reinado de Carlos II se produjo la primera aparición sistemática del periodismo


español:

- A mediados del siglo XVII se crearon boletines de noticias (sin periodicidad).


- Apareció en 1661 la “Gaceta” a instancias de Don Juan José de Austria.
- En Zaragoza, Sevilla, Valencia y Méjico, surgieron gacetas locales.
- Don Juan José de Austria se valió de la prensa, la propaganda y los pasquines
en sus enfrentamientos con Nithard entre 1665-1669. Contribuyeron a la
creación de un estado de opinión.
• A finales del siglo XVII aparecieron nuevas publicaciones.

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LA CIENCIA MODERNA: LOS “NOVATORES”

Europa vivió en el siglo XVII la “revolución científica” (triunfó el nuevo método


físico-matemático) cuyas formulaciones teóricas fueron (fundamentalmente) de
Descartes, Galileo o Kepler, culminando con Newton y su Teoría de la Gravedad.

El aislamiento de Europa, la crisis social y económica del mundo hispánico y la


decadencia científica respecto a los avances renacentistas fueron fenómenos
relacionados entre sí dentro de lo que suele denominarse como la cultura del Barroco.
En 1625 se clausuró la Academia de Matemáticas, en 1616 se condenó el
heliocentrismo, los grandes focos universitarios de Alcalá, Salamanca, y Valladolid
dejaron de estar en la élite del mundo académico europeo. Leiden, Florencia, París,
Londres, Cambridge fueron las ciudades donde se estaba construyendo el programa
de la Revolución Científica.

Todos los autores aceptan la existencia de una protoilustración en torno a los


novatores. Las últimas décadas del siglo XVII, (desde 1687), comenzó a darse en
España un movimiento tímido pero perceptible de renovación cultural que venía ya
forjándose desde mediados de la centuria. Esta renovación se fraguó especialmente
en Madrid, Sevilla, Valencia o Zaragoza y alrededor de disciplinas científicas
preferentemente centradas en el área experimental, como la Medicina y la Química.
Renovación que enfrentó a defensores de la ciencia antigua con conspicuos avalistas
de la ciencia moderna.

Durante el siglo XVII podemos dividir la ciencia española en tres períodos:

1. Primer tercio del siglo XVII: prolongación de la actividad científica del


siglo XVI.
2. 1640-1680: se introdujeron, de forma aislada, algunos elementos modernos.
3. 1680-1700: se rompió con el saber tradicional, se sentaron las bases de la
ciencia moderna. Surgieron los novatores (el precursor fue Juanini con
Discurso político y físico en 1679, dedicado a Don Juan José de Austria).

Requisitos para el cambio en la segunda mitad del siglo XVII:

1. Cambio de dirección en la política pública iniciada por Don Juan José de


Austria.
2. Interés de Don Juan por los aspectos de la ciencia moderna: observación
astronómica, experimentos químicos, disecciones, etc.
3. Formación de tertulias patrocinadas por mecenas.
4. Creación de sociedades científicas.
5. Establecimiento de lazos intelectuales y culturales con Italia.

Surgieron nuevas instituciones científicas:

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- En 1625 Felipe IV fundó el Colegio Imperial de San Isidro, tutelada por
jesuitas.
- En 1681 se creó el Colegio de San Telmo de Sevilla, antecedente de las
instituciones ilustradas, para la enseñanza del arte de navegar (marina, pilotaje
y la artillería).
- En 1700 se creó en Sevilla la Real Academia de Medicina y Ciencias (es la
primera institución científica española al servicio de las ideas modernas).

Los novatores destacaron en medicina y en química. En las demás ramas


(Matemáticas, Física y Astronomía) no hubo un movimiento porque la teoría
heliocéntrica estaba prohibida, la nueva Física estaba en confrontación con las tesis
aristotélicas (aún dominantes). Existía un predominio del eclecticismo (esquemas
clásicos con modernos).

Los cultivadores de la ciencia española del siglo XVII luchaban aislados. No llegaron
a crear escuela. La mayoría pertenecían al sector clerical.

En Medicina: destacaron el grupo renovador de Zaragoza y el valenciano:

- Se rompió con los esquemas médicos tradicionales.


- Aparecieron nuevos conocimientos como resultado de los viajes con la
correspondencia epistolar y el contacto con la realidad (realización de
autopsias).
- Destacaron: Juan de Cabriada y Crisóstomo Martínez, defensores del criterio
empírico (observación y experimentación).

En Química: aparecieron los seguidores de la iatroquímica (química aplicada a la


curación de enfermedades) iniciada en el siglo XVI con Paracelso:

- Aparecieron nuevos elementos curativos (quina y antimonio).


- La Farmacia se colocó al mismo nivel que la Medicina destacando la farmacia
real, la monástica y la militar. Se crearon colegios de boticarios.

En Matemáticas los avances fueron lentos. Destacaron:

- Juan Cedillo, seguidor y defensor del heliocentrismo.


- José de Zaragoza (al frente de la cátedra de Matemáticas del Colegio Imperial
de Madrid, fue preceptor de Carlos II en Matemáticas).
- Juan Caramuel. Dedicó su obra Arquitectura civil a Don Juan José de Austria.
- Antonio Hugo de Omerique, precursor de la Geometría analítica.

La Astronomía se movió entre la innovación y la lucha frente a las viejas ideas


astronómicas que persistían:

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- Se realizaron expediciones que promovieron estudios cartográficos (mapas,
atlas, etc.).
- Destacó el jesuita José de Zaragoza: publicó la primera obra de Astronomía
moderna en España, además inventó y construyó varios instrumentos
astronómicos.

La sociedad española del Seiscientos: frente a las nuevas corrientes científicas se


pueden distinguir dos grupos:

1. Tradicionalistas moderados que van aceptando las novedades pero sin


darles mucha importancia.
2. Tradicionalistas intransigentes. Formados en el desfasado escolasticismo,
son reacios a la innovación y son fieles a Galeno y a Aristóteles.

La Inquisición frente a la renovación científica (particularmente la astrología) al


prohibir y condenar la teoría heliocéntrica:

- Personal del Santo Oficio impedía, en puertos y fronteras, la llegada de obras


foráneas.
- Se censuraban líneas o se retiraban obra de autores españoles.
- Otros a título particular denunciaban obras ante el Santo Oficio.

Juan Bautista Juanini Milanés españolizado, fue el primer novator. Su Discurso


político y phísico (1674) marcó el inicio de una serie de significativas contribuciones.
En él elaboró el primer estudio moderno de higiene pública al analizar las
condiciones de salubridad del aire de una ciudad (Madrid). Su segunda obra, Nueva
Idea Physica Natural (1685), es un tratado de iatroquímica moderna centrado en la
investigación de los ácidos y alcalinos. Juanini defendió la doctrina del “espíritu
nitro-aéreo”, un antecedente directo del descubrimiento del oxígeno, aplicó la
iatroquímica a la fisiología vegetal e incluso llegó a estudiar y experimentar con el
sistema nervioso, destacando unas famosas Cartas (1691), sin duda, la exposición
más completa de la anatomía, fisiología y patología del sistema nervioso de la Edad
Moderna española.

José Lucas Casalete. El aragonés ejemplifica el movimiento novator en la universidad


de Zaragoza, uno de los centros más activos del periodo. Fue un declarado
antigalenista, lo que le granjeó la repulsa de muchos colegas en la universidad, llegó
a levantar una gran polémica con su crítica de la fluxión humoral, el concepto central
tradicional para explicar el mecanismo de las enfermedades. Mostró gran interés por
la localización de los focos infecciosos.

Crisóstomo Martínez fue el primer español de la investigación microscópica, la


deslumbrante corriente que en Europa estaban comenzando a desarrollar Malpighi,
Hooke y Leeuwenhoek.

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Juan de Cabriada. El valenciano Cabriada fue el abanderado más visible entre los
novatores. Cabriada está unido a uno de los manifiestos más famosos de la ciencia
española, la Carta filosófica-médico-chymica (1687), una proclama del método
experimental en Anatomía y Química, al tiempo que una refutación abierta de la
autoridad de los antiguos y una valiente denuncia del atraso científico español. La
reacción que siguió a la publicación de la Carta fue todo lo violenta que cabía esperar
tanto del anquilosado contexto institucional español como del carácter polemista del
propio escrito.

Juan Caramuel. Polígrafo religioso de origen bohemio y seguidor de Descartes y de


Kircher. Su obra fue extensísima (Teología, Musicología, Historia y Matemáticas);
sus libros fueron una referencia imprescindible para comprender dónde estaba el
cultivo de la ciencia dentro de la cultura del Barroco. Aunque no era un científico, su
interés por la Astronomía le llevó a publicar varias monografías sobre órbitas
planetarias y mecánica celeste, redactadas en un estilo muy moderno y asumiendo
novedades como las de Kepler. El Cursus Mathematicus (1667-1668) resume sus
ideas matemáticas, arquitectónicas y astronómicas, donde destacan las primeras
tablas de logaritmos publicadas por un español.

José de Zaragoza. Fue el gran divulgador de las Matemáticas y la Geometría. Sus


tratados lograron elevar considerablemente el nivel de difusión de la Aritmética, el
Álgebra y las primeras nociones geométricas no euclidianas. Destacan sus
indagaciones astronómicas, debidas en parte a su relación con Mut. Juntos realizaron
observaciones del cometa de 1664 y estudiaron asuntos como el diámetro solar y su
paralaje. Mut llegó a atisbar la trayectoria parabólica del citado cometa, lo que le ha
valido ser mencionado en alguna ocasión como precedente de Newton en este punto.
Zaragoza publicó el resultado de sus observaciones en el prestigioso Journal des
Savants, y construyó él mismo instrumentos de precisión, mostrando así como la
barrera entre ciencia teórica y artes útiles se deshacía en la mente de los modernos.
Su tratado Esphera en común, celeste y terráquea (1675) incorpora nociones de
Copérnico, Tycho Brahe, Galileo, Kepler, Kircher y otros, así como las conclusiones
de sus propias observaciones. En él se anunciaba la Geofísica y se criticaban a partir
del método experimental las viejas ideas aristotélicas acerca de la incorruptibilidad de
los cielos y los orbes cristalinos. Su cautela a la hora de enjuiciar el heliocentrismo
vuelve a señalar la presión de la época para mantener las doctrinas tradicionales.

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TEMA II POLÍTICA INTERIOR DE CARLOS II, ECONOMÍA Y REFORMA
AL FINAL DE LA CENTURIA.

INTRODUCCIÓN

A la muerte de Felipe IV, la regencia pasó a manos de su madre Mariana de Austria,


asesorada por una Junta de Gobierno hasta la mayoría de edad de Carlos II. En la
Junta de Gobierno se encontraban altas personalidades aristócratas, de la Iglesia de la
nobleza.

El nuevo rey era enfermizo, raquítico, retrasado y con ataques de melancolía. Del
testamento había sido excluido su hijo ilegítimo, Don Juan de Austria, lo que produjo
luchas por el poder.

TESTAMENTO DE FELIPE IV, REGENCIA DE MARIANA DE AUSTRIA Y


PREDOMINIO ARISTOCRÁTICO

El testamento del rey contemplaba la creación de la Junta de Gobierno que ayudara a


la reina viuda hasta la mayoría de edad del nuevo rey. El objetivo de ésta era apoyar y
asesorara a la reina y evitar el gobierno de los validos. Estaba compuesta por los
Presidentes del Consejo de Castilla, de Aragón, un miembro del Consejo de Estado,
el arzobispo de Toledo, un inquisidor general y un Grande de España.

Carlos II fue la última víctima de la endogamia (unión o reproducción entre


individuos de ascendencia común; es decir, de una misma familia, linaje o grupo) de
los Austrias. Al fallecer su padre solo tenía cuatro años de edad y era un niño
enfermizo y durante los 39 años de vida tuvo falta de salud y problemas psiquiátricos
que le hacían incapaz de gobernar y de engendrar hijos.

La aristocracia quiso aprovechar la debilidad de la regente, inexperta en estas labores,


y al frente de la misma colocó al hijo ilegítimo del rey Felipe IV, Don Juan José de
Austria, que llevará a cabo levantamientos en busca del poder.

Consolidación del poder aristocrático

La debilidad del Gobierno español, fruto de un largo proceso de abandono había


permitido la decadencia del poder absoluto real y de la autoridad central.

Desde finales del siglo XVII una parcela importante de la autoridad del Estado había
pasado a estar bajo control de las aristocracias regionales y de las oligarquías
municipales y rurales.

El Gobierno estuvo primero en manos de la regente y luego en las de favoritos que


iban siendo colocados y tumbados por la aristocracia.
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Las órdenes y decretos se escribían en nombre del rey, pero raramente eran firmados
por éste.

Este vacío de poder hizo muy poderosa a la aristocracia que solo tenía como rival a la
Iglesia, ya que éste tenía a los confesores reales.

Los cargos, los nombramientos de corte y las mercedes complementaban los ingresos
básicos de la nobleza, que procedían de la tierra, de los señoríos y de los ingresos que
la Corona les había proporcionado. Esto permitía a la aristocracia monopolizar el
poder social.

Las principales ciudades castellanas estaban dominadas por familias aristocráticas.


En muchas de ellas la nobleza ostentaba los cargos municipales; Madrid, Sevilla,
Toledo, Valladolid, etc. que ejercían a través de arrendados o representantes. En
muchas ciudades se realizaba el sistema de “mitad de oficios”, que era una
distribución paritaria de los cargos municipales entre la nobleza y el pueblo, pero que
seguía favoreciendo a los nobles, ya que éstos eran menos.

Se incrementó del número de miembros de la nobleza. Durante el reinado de Carlos II


aumentaron los miembros de la alta nobleza. Esta ascensión sirvió para aumentar la
intolerancia y el exclusivismo de las antiguas familias aristocracias, divididas y
enfrentadas a la vez entre sí. Los nuevos grandes habían comprado al rey su posición.

La reacción aristocrática a la muerte de Olivares supuso una nueva riada de pensiones


y mercedes, que se convirtió en diluvio con Carlos II. Los cargos más buscados eran
los de los virreinatos de Italia e Indias, tan valiosos, que Carlos II los otorgaba al
mejor postor.

LOS VALIDOS: NITHARD Y VALENZUELA

Nithard (1666-1669)

Ayudada por una serie de consejeros oficiales, Mariana de Austria buscó el apoyo
principal en su confesor, Nithard, un jesuita austriaco que la había acompañado a
España cuando ésta se casó con Felipe IV, pero que no tenía experiencia alguna en
política.

Mariana confió en él y le promocionó del confesionario al Consejo de Estado, para


ser después Inquisidor General, miembro de la Junta de Gobierno y finalmente
valido. Pero era un valido diferente a los que habían existido anteriormente:

1. No provenía de la aristocracia.
2. Era muy impopular al ser un jesuita oscuro y extranjero (aunque la reina
consiguió la nacionalidad española para él en 1666).
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3. Tenía dos impedimentos políticos para su promoción; el testamento de
Felipe IV y la oposición del hijo ilegítimo de éste, Don Juan José de
Austria.

Don Juan José de Austria era el segundón de la familia real, ilegitimo del rey, y no
aceptó de buen grado su exclusión de la Junta de Gobierno. Poseía amplia
experiencia militar (Nápoles, Cataluña, Países Bajos, Portugal, etc.). Esperó a la caída
de Nithard y desde entonces (1669) hasta la llegada del nuevo valido, la reina
gobernó con su asesoramiento y el de la Junta de Gobierno.

Valenzuela (1673-1676)

El nuevo valido tenía una nada brillante carrera militar en Italia y llegó a la Corte de
la mano de su matrimonio con una de las damas de la reina, lo que le permitió ser
nombrado caballerizo de la reina. La reina le nombró Caballerizo Mayor y
Superintendente de las obras de palacio, hecho que le permitió acceder a la casa real
sin ninguna oposición.

En 1675 Carlos II alcanzó la mayoría de edad, catorce años, y la Junta de Gobierno


debía de disolverse, pero el rey no era capaz de gobernar solo y se continuó con el
sistema de gobierno anterior.

Los Consejos de Estado y de Castilla sopesaron que el rey debería firmar los
decretos, pero que éstos deberían ser revisados durante un mínimo de dos años más
por la Junta de Gobierno, presidida por la reina.

Don Juan José de Austria fue enviado a Italia.

Valenzuela fue nombrado embajador en Venecia, por poco tiempo, ya que en 1676
regresó a la corte para convertirse en valido de los reyes. Fue el momento cúspide de
su poder ya que se convirtió en primer Ministro y en valido.

En su contra podemos decir que se preocupó más del patronazgo que de la política y
tuvo siempre la oposición de la alta nobleza que veía ultrajada su posición.

LOS PRONUNCIAMIENTOS DE DON JUAN JOSÉ DE AUSTRIA Y SU


ETAPA DE GOBIERNO.

El primer pronunciamiento

Luis XIV busco el aislamiento político de España.

En la preferencia de heredar bienes patrimoniales de los hijos del primer matrimonio,


María Teresa, hija de Felipe IV, sobre los del segundo matrimonio, Carlos II, se

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exigió la devolución mediante esa ley no política. Ése fue el pretexto de Luis XIV
para conquistar Flandes y el inicio de la Guerra de Devolución (1667-68).

Se estableció la Triple Alianza (Suecia, Inglaterra y las Provincias Unidas) que se


opuso a la política de Luis y le obligó a la firma de la Paz de Aquisgrán de 1668.

La guerra trajo importantes derrotas a los españoles, que para recuperar el Franco
Condado en la Paz de Aquisgrán tuvo que ceder plazas flamencas.

Al inicio de la guerra Don Juan José de Austria fue nombrado Comandante en Jefe y
Gobernador de los Países Bajos entregándosele plenos poderes. El Consejo de
Castilla pidió a la reina el valimiento de Don Juan José, pero dentro del propio
Consejo había posturas enfrentadas y no se logró el consenso.

Don Juan José reanudó sus actividades conspiratorias en el año 1668 y la Junta
ordenó su detención, lo que produjo su salida hacia Aragón y Cataluña. Desde
Barcelona orquestó una política propagandística en contra de Nithard y pidió su
destitución. Allí también formó un contingente de tropas y en 1669 se dirigió a
Madrid, negándose a disolver sus fuerzas si no era destituido Nithard. La reina
destituyó a Nithard y le envió fuera del país. Una vez conseguido su propósito, Juan
José presentó un programa de gobierno:

- Reorganización de la Hacienda.
- Alivio a la carga fiscal.
- Justa distribución de mercedes.
- Mejora del Ejército y la justicia.
- Intentar una cuidadosa educación del rey.

Las consecuencias de éste primer pronunciamiento de Don Juan José fueron:

- Destitución y expulsión de Nithard.


- Creación de la Junta de Alivios.
- Fue nombrado Vicario General de Aragón.

El segundo pronunciamiento

La mayor parte de los ministros del rey aceptaron el decreto que ordenaba despachar
con Valenzuela, el nuevo valido, pero otros no lo hicieron y se unieron a la facción de
los descontentos, liderada por Don Juan José.

La nobleza se agrupó y constituyó un fuerte grupo de oposición, y 24 de sus


miembros firmaron un manifiesto en el que se atribuían al valido Valenzuela el
desorden y el descontento del país, y que pretendía encumbrar a Don Juan José. Entre
los firmantes se encontraban miembros de la Iglesia y militares de Aragón y
Cataluña.
15
Valenzuela cogió cuantas posesiones pudo y huyó al Escorial en busca de cobijo.
Carlos II invitó a Don Juan a presentarse ante él para que le ayudase a solucionar la
crisis. En enero de 1677 Don Juan fue a Castilla con 15.000 hombres, entrando en la
capital sin oposición y consiguiendo la destitución y el alejamiento de Valenzuela.

La reina madre fue enviada a Toledo y a Don Juan se le entregó el poder. La revuelta
se convirtió en un auténtico “Golpe de Estado”, el primero en el que se imponía un
gobierno a un rey moderno. Destituyó a los ministros y colocó a sus fieles seguidores,
silenciando a la oposición. Su gobierno comenzó su andadura con éxito desigual:

- En la administración redujo el número de funcionarios y recortó la venta de


oficios.
- En la Hacienda redujo la deuda en un 50% y recortó las mercedes situadas
sobre la Hacienda Real.
- Limitó la jurisdicción eclesiástica.
- Respaldó la entrada en España de la ciencia que se extendía por Europa.
- Creó la Junta General de Comercio (1679).
- En general, las relaciones entre la Corte y la periferia (neoforalismo)
mejoraron.

Su muerte en 1679 dejó un balance desolador:

- Dejó una grave crisis económica en Castilla.


- Pérdida del apoyo de los nobles.
- Desmoralización en el seno del Ejército.
- Pérdida del apoyo de la Iglesia, que tenía menor inmunidad fiscal que la
aristocracia.

LOS NUEVOS GOBERNANTES: MEDINACELI Y OROPESA

Medinaceli (1680-1685)

Los nuevos gobernantes llegaron al poder después de diversas intrigas políticas y no


fueron elegidos por designación real. A la muerte de Don Juan José, el rey nombró al
duque de Medinaceli, que tenía cierta experiencia como presidente del Consejo de
Indias. Al llegar al poder intentó realizar mejoras:

1. Revalorizar el comercio con América, cosa que consiguió, siendo los


últimos años de la centuria los que más beneficios económicos
proporcionaron.
2. Gran parte de esos beneficios se fueron a manos de extranjeros, pero
muchos otros se quedaron en España.
16
3. Contrarrestó la crisis económica con medidas como la reforma monetaria.
4. Además combatió el fraude fiscal mediante la creación en 1682 de la Junta
de Fraudes.

Luis XVI atacó de nuevo los Países Bajos y Cataluña, creando una guerra a pequeña
escala pero que obligó a generar gastos y a la firma de la Paz de Ratisbona de 1684,
por la que España perdió Luxemburgo.

En 1684 Oropesa fue nombrado presidente del Consejo de Castilla y poco a poco fue
desplazando del poder a Medinaceli, que acabó dimitiendo en 1685.

Oropesa (1685-1691)

Diplomático y secretario de Estado para asuntos de Italia, Oropesa prosiguió la labor


reformista de sus antecesores:

1. Completó la reforma monetaria llevada a cabo por Medinaceli en 1680.


2. Creó la Superintendencia de Hacienda, elaborando un informe que serviría
para la preparación de una nueva estructura fiscal.
3. Redujo las contribuciones, reduciendo la presión fiscal sobre el pueblo.
4. Intentó suavizar la burocracia reduciendo el personal de la Administración.
5. Intentó reducir el poder de la Inquisición y frenar el aumento del estamento
eclesiástico.

Inicio una campaña de denuncia de falsas vocaciones en la Iglesia, que tenía sus
beneficios fiscales. Envió una circular a los obispos para restringir la fundación de
nuevas casas religiosas. También criticó la exagerada jurisdicción del tribunal
inquisidor, así como los exagerados privilegios e inmunidades de las que disfrutaba.

Amenazó también a la aristocracia con que pagaran impuestos y a la Iglesia con


reformas, lo que le llevó a enfrentarse con las fuerzas fuertes de la sociedad. Creó la
Junta de Medios, con la finalidad de escuchar propuestas de reforma de cualquier
ámbito.

Tras la muerte de Maria Luisa, la reina, Carlos II se casó con Mariana de Neoburgo,
hermana del emperador Leopoldo y se produjo un enfrentamiento y alejamiento con
Oropesa, que acabó dimitiendo en 1691. Mariana quería llevar el Gobierno junto a su
camarilla de amistades. Pasados dos años, en 1693, Carlos II publicó un decreto en
que se creaba una Junta Superior de Ministros:

Los territorios fueron divididos, y al frente de ellos, se colocarían con el título


Lugarteniente General y Gobernador.

17
España estaba prácticamente sin gobierno.

En 1698 Oropesa volvió al gobierno, pero cayó de nuevo sólo un año después en el
“Motín de los Gatos”, instigado por los franceses, producido por protestas populares
ante la carestía y el hambre. Las peticiones del pueblo eran la rebaja del precio del
pan y la dimisión de Oropesa.

El 1 de noviembre de 1700 murió Carlos II, y al día siguiente, mientras se esperaba la


llegada de un nuevo rey, se creó una Junta de Gobierno.

18
TEMA III LA POLÍTICA EXTERIOR DE CARLOS II. FINAL DE LA CASA
AUSTRIA EN ESPAÑA, GUERRA DE SUCESIÓN

INTRODUCCIÓN

Las ansias de expansión de Luis XIV vieron en la España de Carlos II el escenario


ideal para colmar sus aspiraciones. Tras la Paz de los Pirineos, con el pretexto de que
no había recibido la dote de su matrimonio con María Teresa de Austria emprendió
guerras cuyo objetivo principal era la invasión y ocupación de los territorios
fronterizos con el fin de:

1. Ampliar su territorio.
2. Dar mayor seguridad a su reino.
3. Debilitar a la Monarquía Hispánica.

España presentaba graves problemas desde el punto de vista militar:

1. Escasez de tropas.
2. Falta de armamento y provisiones.
3. Debilidad de la Armada

En consecuencia la Monarquía Hispánica perdía territorios en Italia, Países Bajos y


Cataluña.

La política del monarca francés consistió en ir firmando tratados y acuerdos con los
que iba desgajando territorios fronterizos a los españoles o que habían sido territorios
franceses anteriormente.

A la muerte de Carlos II las potencias europeas no aceptaron su testamento, que


consagraba la hegemonía de Francia, declarándolo ilegal, por lo que estalló la
“Guerra de Sucesión”. Tanto en Europa como en la propia Península se consagraron
dos bloques antagonistas.

LA GUERRA DE DEVOLUCIÓN Y LA PAZ DE AQUISGRÁN

En 1667 Luis XIV inició una campaña de propaganda reivindicando que no había
recibido la dote de su matrimonio con María Teresa de Austria, cuya boda se
concertó en la Paz de los Pirineos. Aprovechando los problemas políticos internos
españoles con la lucha entre Nithard y Don Juan José, Luis XIV se hizo con los
Países Bajos.

Se estableció un bloque europeo (La Triple Alianza) que pidió a los franceses que
resolvieran el contencioso de forma negociada, formada por Suecia, Inglaterra y
Holanda.

19
Luis XIV se alió con Portugal, en guerra con España, y exigió la entrega del Franco
Condado, inaceptable para la Monarquía Hispánica, a la vez que pactaba con el
emperador Leopoldo I de Austria el reparto de los territorios de Carlos II si este
moría sin descendencia, Luis XIV encargó a Conde la invasión del Franco Condado.

El Tratado de Lisboa de 1668 reconocía la independencia de Portugal.

La Paz de Aquisgrán de 1668 permitió a Francia conservar las plazas incorporadas de


Flandes, mientras España recuperaba el Franco Condado.

El nuevo objetivo de Luis XIV era unir las dos coronas, española y francesa.

La única forma de frenar a Francia era la unión con Holanda.

ENTRADA DE ESPAÑA EN LA GUERRA EUROPEA: LA PAZ DE NIMEGA

La invasión de Holanda por Luis XIV provocó la formación de una gran coalición
encabezada por Guillermo III de Orange (estatúder de las Provincias Unidas desde
1672) y apoyada por España, el Imperio, Brandeburgo, el Palatinado y Lorena
(1673), que se mostró incapaz de mantener el empuje de las armas francesas hasta
que Inglaterra se vio obligada, por la opinión pública inglesa, a abandonar a Francia
en sus planes de expansión. Así, Inglaterra firmó una paz por separado con las
Provincias Unidas.

El Tratado de Nimega se firmó el 20 de agosto de 1678 en Nimega (actuales Países


Bajos) entre las Provincias Unidas de los Países Bajos y el Reino de Francia y puso
fin a la guerra con Holanda.

Luis XIV buscaba provecho de una guerra de la que se consideraba vencedor. Se


produjeron una serie de acuerdos como:

1. Francia devolvió a Holanda territorios y le ofreció beneficios comerciales.


2. En el Imperio alemán perdió terrenos a cambio de mantener otros.
3. El emperador se comprometió a no intervenir en el norte de Europa.
4. Suecia recuperó la hegemonía en el Báltico.

Consecuencias de la Paz de Nimega

1. Se iniciaron las conversaciones en 1675 y finalizaron en 1678.


2. De los acuerdos Holanda salió indemne.
3. La posición española queda claramente deteriorada, en beneficio francés.
4. Esta paz supuso un nuevo paso atrás en la hegemonía española y la
decadencia del Imperio Español, así como el declive de Don Juan José de
Austria.
20
De los acuerdos Francia se quedó con Artois, Franco Condado y Flandes, zona
marítima, mantuvo Friburgo y Brisach, que le abrieron el paso a Alemania. Devolvió
a España Gante, Charleroi y otras plazas.

GUERRA CON FRANCIA Y LA PAZ DE RYSWICK

Desde 1679 Luis XIV se lanzó a una política de anexiones (reuniones) mediante
supuestos derechos de la monarquía francesa sobre diversos territorios. Así, entre
1681 a 1683 se ocuparon diferentes plazas españolas en Francia y Países Bajos.

En 1684 se firmó la Tregua de Ratisbona, entre Francia y España, que supuso una
tregua de veinte años entre ambas coronas.

La Liga de Ausgburgo

Ante la situación política europea, se creó la Liga de Ausgburgo en 1686, entre el


emperador, el elector del Palatinado, los príncipes de Renania y Franconia, Suecia y
España. La adhesión de Inglaterra en 1689 hizo que pasara a denominarse “Gran
Alianza”.

Las bases de esta alianza eran el mantenimiento de la situación política aceptada en


las paces de Nimega y Ratisbona.

LA CRISIS SUCESORIA Y LOS REPARTOS DEL IMPERIO ESPAÑOL

El problema de la sucesión a la Corona española dominó la política internacional


europea de los últimos cuarenta años del siglo XVII. El interés de Luis XIV por el
trono español vino dado por su matrimonio con la hija de Felipe IV, María Teresa.

Sin embargo, el tratado y el testamento de Felipe IV explicaban que María Teresa y


sus descendientes quedaban excluidos de la línea sucesoria del trono español.

El nacimiento de Carlos II frenó los afanes del rey francés, aunque con el emperador
Leopoldo I llegó a firmar un acuerdo secreto para repartirse los territorios de la
monarquía española si Carlos II no tenía herederos.

Al emperador le habrían correspondido España, las Indias y las posesiones italianas, a


Luis XIV, el resto de posesiones españolas.

La ausencia de heredero de Carlos II hizo de España el principal objetivo de las


potencias europeas. El orden de sucesión a la Corona ya estaba determinado en el
testamento de Felipe IV en caso de que Carlos no tuviera descendencia.

21
Se excluía de la línea sucesoria a los descendientes de María Teresa por razones de
Estado. Los herederos directos al Trono eran los descendientes de la infanta
Margarita, hija de Felipe IV y Mariana de Austria; o en su defecto, los de la infanta
María, hermana de Felipe IV; por último, los descendientes de Catalina, hija de
Felipe II, casada con el príncipe Carlos Manuel de Saboya.

La actuación de Luis XIV al respecto de la sucesión fueron constantes sobornos en


Madrid y subversiones organizadas por agentes franceses, como el “Motín de los
Gatos” o “Motín de Oropesa” de 1699, con motivo de la carestía y pobreza del
pueblo, incitándolo a la sublevación.

También realizó diferentes pactos:

1. Con Leopoldo I, en 1688, evitando que se uniera Austria a la Triple


Alianza.
2. Con Guillermo III de Inglaterra, 1698, aliándose a Inglaterra y Holanda
para aislar al Emperador.
3. En 1700, antes de conocerse el testamento, para realizar un tratado de
partición.

Sus objetivos eran dividir a sus enemigos, incorporando a Francia territorios


fronterizos a costa de España y reinos que en un pasado habían pertenecido a Francia.

PRETENDIENTES AL TRONO

Francia, por el matrimonio de Luis XIV con la hija de Felipe IV, María Teresa, pero
que el propio rey español en su testamento excluía de la línea sucesoria, además de
contar con la oposición de Europa ante la posibilidad de la creación de una
superpotencia.

Austria, por el matrimonio de Leopoldo con Margarita, hija también de Felipe IV.

El elegido fue José Fernando de Baviera, pero éste falleció en 1699.

Carlos II, ante las presiones, redactó un nuevo testamento en 1700 dejando todos los
dominios a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, quien a su vez debería de renunciar a
sus derechos sobre la Corona francesa.

Ese mismo año murió el último monarca de la Casa Austria en España y hasta la
llegada del nuevo rey se hizo cargo de la situación una Junta de Gobierno y advino el
primer periodo de la Casa Borbón en España.

En febrero de 1701 llegó a Madrid Felipe de Anjou, Felipe V, acompañado de varios


consejeros entre los que destacaba Orry.

22
EUROPA EN GUERRA POR LA HERENCIA ESPAÑOLA: DISTRIBUCIÓN
DE FUERZAS Y OBJETIVOS DE LOS CONTENDIENTES

El reconocimiento pacífico de Felipe V como rey de España hizo que, de momento,


ni Inglaterra ni Holanda pusieran objeciones a la sucesión.

Luis XIV, contradiciendo el testamento de Carlos II, declaró los derechos del Duque
de Anjou a la Corona francesa, además de enviar tropas a ocupar territorios en los
Países Bajos y darles a los comerciantes franceses concesiones económicas en el
comercio con América.

La reacción de las potencias marítimas europeas no se hicieron esperar: Inglaterra,


Holanda y Austria firmaron la Gran Alianza de la Haya en 1702 (un año después se
unió Portugal, arrastrada por los ingleses), declarando la guerra tanto a Francia como
a España.

Los dos bloques:

ALIADOS: Inglaterra, Holanda, Sacro Imperio, Dinamarca, Brandeburgo, y desde


1703, Portugal y Saboya (Objetivo: mantener el equilibrio europeo y colonial).

BORBÓNICOS: Francia, España, Baviera y Suecia.

Las causas de la guerra:

1. Una posible hegemonía francesa que rompería el equilibrio europeo.


2. Luis XIV no cumplió los acuerdos de partición de 1700.
3. Felipe V, por decisión de Luis XIV, mantuvo sus derechos a sucesión al
trono español, violando el testamento de Carlos II.
4. Luis XIV incumplió el Tratado de Ryswick de 1697 tras ocupar plazas en
los Países Bajos controladas por Holanda.

Los reinos hispánicos en diferentes bandos

CASTILLA:

Deprimida por las décadas finales del reinado de Carlos II se decantó por Felipe, con
la ilusión del cambio de dinastía. El sentimiento castellano se inclinó hacia la
sucesión francesa. o El Consejo de Estado, casi por unanimidad, se decantó también
por el francés. El candidato francés también tuvo el apoyo papal.

ARAGÓN:

23
Presentó signos de recuperación económica en los últimos años del reinado de Carlos
II, que juró los fueros de Aragón. Tenía resentimiento por los enfrentamientos
fronterizos con los franceses, por lo que se decantaron por el candidato imperial.

LAS FASES DE LA GUERRA

España se convirtió en el centro de las operaciones.

La armada inglesa tomó Gibraltar (1704) ante la debilidad de la española, y la derrota


de ésta trajo graves consecuencias para el comercio de América. En 1705, una flota
inglesa desembarcó al archiduque Carlos en Barcelona, donde recibió el
reconocimiento de Aragón.

En 1706, Madrid cayó en poder de los aliados y el archiduque fue coronado rey con
el nombre de Carlos III, pero ni Castilla ni la ciudad en general aceptaron dicha
coronación.

Las autoridades locales, y sobre todo los sacerdotes, impulsaron la movilización de


los recursos y de la opinión pública en contra de Carlos. La población se identificó
con el nacimiento de un nuevo heredero, Luis Fernando (futuro Luis I). Ante esta
situación Carlos se retiró a Aragón.

La Batalla de Almansa de 25 abril de 1707 supuso el triunfo de Felipe V sobre el


archiduque Carlos abriendo las puertas del reino de Valencia a los vencedores. Se
recuperaron Valencia y Aragón para los Borbones y se decretó la suspensión de los
fueros regionales.

El archiduque estableció su corte y gobierno en Barcelona donde reinó con


tranquilidad los cuatro años siguientes.

A partir de ese momento la guerra se abrió camino en tres frentes; países Bajos, Italia
y el Atlántico.

Luis XIV retiró su ejército de la Península lo que causó gran indignación en la corte,
España era el único apoyo ahora para Felipe.

Los aliados exigieron la abdicación de Felipe V sin compensación alguna y la entrega


de España, Italia y las Indias al archiduque.

Los últimos años de la guerra (1710-1712)

El ejército aliado contraatacó en Aragón y Felipe se vio obligado a refugiarse en


Castilla y los aliados tomaron de nuevo Madrid.

24
Luis XIV envió de nuevo tropas a la Península y junto a los españoles consiguió ante
los aliados la victoria en la Batalla de Villaviciosa (1710). El archiduque Carlos se
retiró ahora a Barcelona.

La muerte en 1711 del Emperador José I hizo que la cohesión del bando aliado se
debilitase. El archiduque Carlos fue nombrado emperador, con el nombre de Carlos
VI, y en Europa ya no se veía con buenos ojos una unión entre el Imperio y España,
por lo que Ingleses y holandeses reconsideraran su posición y decidieron admitir la
sucesión de los Borbones en la Corona española, siempre y cuando Felipe V
renunciase al trono francés.

En 1712 se produjo la finalización de la Guerra de Sucesión, aunque Cataluña tardó


dos años más en rendirse a los borbónicos en 1714. A la caída de Barcelona se
sucedió la destrucción de sus instituciones, incluidas la “Diputació” y el “Consell de
Cent” (Consejo del Ciento, institución de autogobierno de la ciudad de Barcelona
desde el siglo XIII). El sistema fiscal y la autonomía monetaria desaparecieron
también.

LA PAZ DE UTRECHT: CONSECUENCIAS ECONÓMICAS Y


TERRITORIALES PARA ESPAÑA

Los tratados de paz entre España y sus enemigos se desarrollaron entre 1713 y 1715
en Utrecht, y con el emperador en 1714.

Felipe V fue reconocido como rey de España y de las Indias, pero renunció
definitivamente a sus derechos a la Corona de Francia. Se planteó el problema
sucesorio, en caso de no tener herederos sería el duque de Saboya el que accedería al
trono.

El emperador Carlos VI recibió los Países Bajos españoles y las posesiones españolas
en Italia (Nápoles, Milán, Cerdeña y Toscana).

Inglaterra recibe Gibraltar y Menorca e importantes acuerdos comerciales. Obtuvo el


“asiento de negros” para el comercio de esclavos (Tratado de Asiento, por el que
serían los ingleses los encargados de introducir esclavos negros africanos en
América). También obtuvo el “Navío de permiso”, para comerciar con América, por
el cual una vez al año se permitía a Inglaterra llevar un buque con 500 toneladas de
mercancías para comercializarlas en las Indias.

Portugal recibió Sacramento, importante base para el comercio británico.

25
EL NUEVO ORDEN GEOPOLÍTICO DEL MEDITERRÁNEO Y DEL
OCCIDENTE EUROPEO

1. España conservó el Imperio americano y el territorio peninsular intacto, a


excepción de Gibraltar y Menorca.
2. Perdió los Países Bajos, además del lastre del norte de Europa.
3. Disminuyó la influencia en el Mediterráneo al perder las posesiones
italianas y la isla menorquina.
4. Inglaterra salió fortalecida con importantes ventajas comerciales y
coloniales, además de recibir de Francia varios territorios y ser reconocida
la Casa de Hannover.

26
TEMA IV LA INSTAURACIÓN DE LA NUEVA DINASTÍA: LOS
BORBONES

LA PERSONALIDAD DEL NUEVO MONARCA FELIPE V: DE LOS


FRANCESES A LOS ITALIANOS

No pasó mucho tiempo antes de que los españoles se sintieran decepcionados con su
nuevo rey, Felipe V, que no era mucho mejor que Carlos II y que además tenía la
desventaja de ser francés. La situación mental de Felipe V empeoró con el paso del
tiempo. Devorado por 2 grandes pasiones, el sexo y la religión, pasaba las noches, y
gran parte de los días, en tránsito constante entre su esposa y su confesor. Fue esclavo
de su primera esposa, Mª Luisa de Saboya, pero se convirtió en un niño en manos de
la segunda, Isabel de Farnesio.

A Felipe V le faltaba confianza en sí mismo y de ahí procedía su timidez y su apatía.


Fue educado para no ser rey, y así, cuando accedió al Trono de España quedó bajo la
tutela política de su abuelo, Luis XIV, que esperaba que fuera un dócil instrumento
de la política francesa. Los representantes de Luis XIV en España contribuyeron a
minar la confianza del joven monarca. Tenían un argumento decisivo, la amenaza de
abandonarle.

La otra cara de Felipe V era la enfermedad mental recurrente, que se manifestaba en


melancolía aguda y en un comportamiento anormal y que con frecuencia provocaba
una crisis política.

Su segunda esposa, Isabel de Farnesio era una mujer dominante que dirigió la política
española durante el resto del reinado. Su primer gesto fue despedir a la poderosa
princesa de los Ursinos, que había aprovechado el vacío político dejado a la muerte
de Mª Luisa para monopolizar al rey para ella y aislarle de los cortesanos,
funcionarios y, por supuesto, del pueblo. La caída de la favorita del rey fue seguida
por la de sus protegidos: Jean Orry, Macanaz y Pierre Robinet.

Isabel de Farnesio sustituyó el modelo francés de gobierno por el dominio de los


favoritos. El primero de esos validos fue Julio Alberoni, un eclesiástico que ya había
estado en España y que en realidad había gestionado su matrimonio. Alberoni que
obtuvo el capelo de cardenal, gobernó durante cerca de 5 años la monarquía (1715-
1719) sin ningún título oficial, sin pertenecer a ningún consejo ni ocupar ninguna de
las secretarías. Su gobierno se tradujo en una iniciativa de política exterior para lograr
la revisión del Tratado de Utrecht. A su caída, la monarquía española quedó sin una
cabeza visible de su gobierno. Este vacío de poder fue llenado, aunque no
completamente, por José de Grimaldo, que junto con un grupo de ministros
secundarios hispanizaron el gobierno. El gobierno era estable, pero carecía de
iniciativa y de ideas y la burocracia cayó en un estado de parálisis.

27
REFORMAS EN LA CORONA DE ARAGÓN: LOS DECRETOS DE NUEVA
PLANTA

El siglo XVIII español constituyó, al igual que en el resto de Europa occidental, una
época de expansión y reforzamiento del poder monárquico absolutista. Los resultados
de la Guerra de Sucesión (1701-1714) contribuyeron a acelerar el proceso de
centralización y uniformismo preconizado por la nueva dinastía reinante, según el
modelo de absolutismo desarrollado en Francia por Luis XIV, abuelo de Felipe V de
Borbón. La política puesta en marcha por el nuevo monarca alteró las estructuras
administrativas del Estado, en la línea de lograr el proyecto de unidad nacional
iniciado parcialmente con los Austrias. Este proyecto pasaba por la liquidación de los
particularismos forales que preservaban la semiautonomía de los territorios de la
Corona de Aragón. Los Decretos de Nueva Planta constituyeron el instrumento
jurídico esencial de la reorganización constitucional de los territorios orientales, a los
que dotaron de un nuevo ordenamiento administrativo supeditado a los intereses de la
monarquía. Ello fue resultado de la implantación en dichos territorios del derecho
castellano, más favorable que el aragonés a las pretensiones absolutistas de la
monarquía. En efecto, el derecho foral de los reinos de la Corona de Aragón se
caracterizaba, desde tiempos medievales, por su carácter pactista, que establecía un
consenso de poder entre el rey y los estamentos poderosos del reino, especialmente la
aristocracia y el alto clero.

La legislación contenida en la Nueva Planta cambió radicalmente la estructura del


Estado en un sentido centralista: mediante la supresión brusca de la entidad política
separada de los territorios aragoneses, la antigua Monarquía Hispánica de los
Austrias pasó a convertirse en el Reino de España. Los Decretos impusieron pautas
uniformizadas de gobierno para todo el territorio español, destinadas a eliminar las
tendencias centrífugas de los reinos periféricos a Castilla. Esta imposición de un
nuevo régimen constitucional sólo fue posible gracias a la victoria borbónica sobre la
mayoría de partidarios que, en la Corona de Aragón, apoyaron la candidatura del
archiduque Carlos de Austria al trono de España. Por otra parte, la coyuntura
económica expansiva y el éxito general de la ideología política absolutista facilitaron
la consolidación del nuevo régimen sin rupturas sociales violentas.

La causa inmediata de la promulgación de los Decretos de Nueva Planta fue la


necesidad de mantener el esfuerzo de guerra en unos índices óptimos de eficacia. El
triunfo de la candidatura borbónica al trono español, tanto dentro como fuera de
España, requería el saneamiento de las finanzas del Estado (al borde de la bancarrota
a la muerte de Carlos II), mediante un aumento significativo de los ingresos
ordinarios y una mejora de la gestión de impuestos. Según la doctrina hacendística
del secretario Melchor de Macanaz (quien desempeñó un papel esencial en la Nueva
Planta de Aragón y Valencia), esta política de optimización de recursos pasaba de
manera inevitable por la derogación de los privilegios fiscales y gubernativos de los
territorios de la Corona de Aragón, que debían contribuir en la misma medida que
Castilla al mantenimiento del Estado. Este proyecto fue acompañado de una serie de
28
cambios en el gobierno, encaminados a reforzar la administración regia, agilizar los
mecanismos ejecutivos y consolidar en el poder a los partidarios de la nueva dinastía.
Así, el 10-11-1713 se dictó el Decreto de Nueva Planta de los Consejos, que tendió a
eliminar el sistema polisinodal de la anquilosada administración central de los
Austrias.

Aragón y Valencia

El 15-7-1707 fue promulgado el Decreto por el que se suprimieron los órganos de


gobierno en los que descansaba la autonomía política de los antiguos territorios:
Cortes, Generalitat, Virreinato, Diputación Permanente, Audiencias forales y
Consejos. El Consejo Supremo de Aragón fue abolido, pasando sus asuntos al de
Castilla, dentro del cual se formaría una cámara especial encargada de los negocios
de la Corona de Aragón. El 2 de agosto se creó la Chancillería de Valencia y, el 7 de
septiembre, la de Zaragoza.

Pronto se hizo evidente la imposibilidad de liquidar en bloque el derecho aragonés y


de exportar las instituciones castellanas sin su adaptación previa a la realidad de los
antiguos reinos. El 3-4-1711, Felipe V dictó un nuevo Decreto que instituyó la Real
Audiencia como órgano jurídico supremo para Aragón y Valencia. La Audiencia
estaría compuesta por un regente (para los casos de apelación) y 2 salas (de lo Civil y
de lo Criminal). El Decreto creó asimismo un gobierno provisional encabezado por el
Comandante General, quien presidiría la Audiencia y se encargaría de la gestión
política, económica y gubernativa. El 3 de agosto, un nuevo Decreto restauró el
derecho privado aragonés para las causas civiles, excepto si éstas concernían a la
monarquía. El derecho civil valenciano no fue, en cambio, restablecido. Estas
disposiciones (como ocurriría en los casos de Cataluña y Mallorca) respetaban y
confirmaban la independencia de la jurisdicción eclesiástica.

Para administrar los recursos financieros de los antiguos reinos se creó la


Superintendencia General de Rentas, encargada, en un principio, de imponer en
Valencia y Aragón un sistema tributario equiparable al castellano, así como de la
gestión de los impuestos -sobre todo aduaneros- que anteriormente pertenecían a la
Generalitat y a la Diputación. La Superintendencia se encargaba además del control
sobre los bienes y rentas del Real Patrimonio.

Desde 1707 se realizaron infructuosos intentos de imponer en Aragón y Valencia los


impuestos castellanos, especialmente la alcabala, los cientos y los millones. En 1713,
Melchor de Macanaz puso en marcha una reforma fiscal destinada a la imposición de
un tributo único, de carácter personal, que en teoría debía gravar equitativamente la
riqueza de los contribuyentes. a Este impuesto se llamó "equivalente" en Valencia
(1715) y "única contribución" en Aragón (1714).

Los Decretos de Nueva Planta suprimieron la tradicional organización municipal


aragonesa y valenciana, sustituyéndola por el sistema castellano de los
29
corregimientos y regimientos. Los territorios de Aragón y Valencia fueron divididos
en un nuevo entramado de demarcaciones administrativas que sustituyeron a las
antiguas sobrecullidas y comunidades aragonesas y a las bailías valencianas. Aragón
fue dividido en 12 corregimientos y Valencia en 10. Los corregidores y regidores
eran escogidos de entre los miembros de la nobleza local adictos a la dinastía
borbónica y solían desempeñar su cargo con carácter vitalicio.

Cataluña y Mallorca

La experiencia de la implantación de los Decretos en Aragón y Valencia resultó


decisiva a la hora de instaurar este mismo modelo en Cataluña y Mallorca, una vez
que estos territorios fueron conquistados, en 1714 y 1715, respectivamente. La
victoria borbónica se tradujo también aquí en una total destrucción de las
instituciones tradicionales de gobierno, incluidas las de mayor tradición, como la
Diputación del General o el Consejo de Ciento.

Durante los 2 años siguientes gobernó el territorio una Real Junta Superior de
Gobierno y Justicia, formada por botiflers (partidarios de los Borbones) y presidida
por el secretario José Patiño. La gestación de la Nueva Planta para Cataluña (y,
asimismo, para Mallorca) fue un proceso largo que tuvo en cuenta la realidad política
de estos territorios.

El Consejo de Castilla solicitó a Patiño y al consejero catalán Ametller un informe


previo sobre las medidas que era necesario adoptar para la reforma constitucional del
Principado.

El Decreto del 9-10-1715 seguía básicamente el modelo aplicado en Aragón y


Valencia, pero eliminaba las referencias a la lesa majestad y al derecho de conquista.
La mayor parte de los artículos del Decreto hacían referencia a la organización
administrativa de los tribunales de justicia (es decir, de la Audiencia), y contenían
apenas una fórmula esquemática de gobierno que sería desarrollada posteriormente
mediante nuevas disposiciones, como la Real Cédula de 1718 o la Nueva Planta
municipal.

El 16-1-1716 se promulgó un 2º Decreto que reordenaba por completo el régimen


jurídico y político del Principado. En lo alto de la pirámide de poder se situó el Real
Acuerdo, según la fórmula de diarquía entre la Audiencia y el Capitán General. Éste
se erigía en la principal instancia de poder, reuniendo la representación del monarca y
la máxima autoridad militar como comandante de armas. Al igual que en Aragón, en
caso de conflicto entre la Audiencia y el Capitán General, éste ejercería la
superioridad jerárquica.

La Nueva Planta municipal importó el régimen local de los corregimientos


castellanos, que se superpuso a la antigua red de veguerías. Cataluña se dividió en 12
corregimientos. Pese a que el informe preliminar de Ametller y Patiño aconsejó que
30
no fueran militares quienes ocuparan los corregimientos, en 1718 Felipe V decidió
que el gobierno municipal se reservara a los altos oficiales encargados del mando
militar de las poblaciones importantes, como garantía del mantenimiento del orden
público.

EL GOBIERNO DE LA MONARQUÍA: DEL RÉGIMEN DE CONSEJOS A


LAS SECRETARÍAS DE ESTADO

El objetivo fundamental de la nueva dinastía borbónica era el reforzamiento del poder


del Estado y ello implicaba hacer frente a los competidores del Estado. Podemos
identificar 3 líneas de actuación: una reforma del gobierno, la intervención del Estado
en la economía y un control más estrecho de la Iglesia.

El gobierno de los Austrias por medio de consejos era fundamentalmente un gobierno


por comités, comités dominados por la aristocracia. Era ya evidente la necesidad de
un cambio, pero el advenimiento al trono de Felipe V, las exigencias de la guerra y la
llegada de absolutistas franceses dio un nuevo impulso a la reforma.

La alta burocracia fue marginada y sustituida por ministros y burócratas, más


eficientes y menos numerosos, agentes del absolutismo y de la centralización. La
voluntad del monarca se podía ejercer ya fuera directamente, la vía reservada, o a
través de un secretario de Estado, la vía de Estado. El secretario de Estado se
convirtió en una figura clave de la reconstrucción borbónica del gobierno,
desprendiéndose de los orígenes burocráticos de ese cargo y asumiendo un carácter
más responsable y especializado. La primera fase del desarrollo comenzó en 1705,
cuando la Secretaría fue dividida, y el conjunto abarcaba ahora Estado, Guerra,
Gracia y Justicia, y Marina e Indias, con un inspector general de Hacienda. Después
de nuevos cambios, Hacienda pasó a ser una Secretaría, y en 1721 quedó establecida
la estructura en 5 secretarías que se mantuvo más o menos intacta durante el resto del
siglo.

El cargo de Secretario no era otorgado necesariamente a cada ministro, pues algunos


de los ministros más destacados ocupaban 2 o más secretarías. Por ejemplo, el récord
lo tuvo Patiño que acumuló la secretaría de Marina e Indias (1726), Hacienda (1726),
Guerra (1730) y Estado (1734), siendo la de Justicia la única que no desempeñaba.

A medida que aumentó la importancia de los secretarios, se convirtieron en un centro


tanto de clientelismo como de política. Cada secretario tenía su equipo de
funcionarios, llamados commis o, más frecuentemente covachuelistas, que trabajaban
en las covachas ministeriales, es decir, los sótanos del Palacio Real. Eran burócratas
puros, algunos de ellos simples oficinistas, pero al desarrollarse los ministerios
tuvieron la oportunidad de ascender nuevos escalones en la escala de promoción, de
oficinista a funcionario, embajador e incluso secretario de Estado. Un secretario de
Estado sin gran talento podía llegar muy lejos con un buen equipo ministerial o
fracasar si sus funcionarios carecían de preparación. Inevitablemente, los
31
covachuelistas se politizaron o faccionalizaron, asociados con el partido que apoyaba
a un ministro concreto.

La preferencia real por la vía reservada y la promoción de los secretarios de Estado


significó hasta cierto punto la desaparición de los consejos. Algunos simplemente se
suprimieron por no ser ya necesarios, como los consejos de Aragón, Italia y Flandes.
El Consejo de Estado, la mano derecha de la monarquía de los Austrias y coto
cerrado de la aristocracia, fue ignorado. Otros, como el Consejo de Indias, vieron
recortada su jurisdicción y limitada su influencia al perder la lucha por la supremacía
con el nuevo poder ejecutivo. La única excepción fue el Consejo de Castilla, que
siguió siendo el agente principal del gobierno interno de España, un incipiente
Ministerio del Interior.

A partir 1715, el Consejo de Castilla estaba formado por un presidente o gobernador;


22 ministros; 2 letrados que pasaron a ser 3 en 1771, y 7 notarios. El presidente o
gobernador era nombrado directamente por el rey y durante los Borbones por lo
general era un laico. Estaba presente, con todo el consejo, en la consulta de viernes,
que, como su nombre indica, se celebraba cada viernes, y después permanecía a solas
con el rey, como lo hacían los secretarios de Estado, para dar consejo y recibir
órdenes.

La reforma del gobierno central se complementó con el establecimiento de nuevos


lazos entre el centro y las provincias. El modelo para ello fue el intendente francés,
nombrado por la corona y responsable directamente ante ella. En 1711 se nombraron
los primeros intendentes. La experiencia no constituyó un éxito inmediato. En la
España oriental, en Barcelona, Valencia y Zaragoza, donde no se habían introducido
hasta entonces las instituciones centrales, las intendencias llenaron un vacío, pero en
Castilla fueron consideradas como innecesarias y suprimidas, dándose preferencia a
los corregidores, ya existentes, funcionarios reales ya tradicionales en las grandes
ciudades.

Además, a pesar del intento de los Borbones de racionalizar la administración, los


corregidores sobrevivieron y continuaron ejerciendo una serie de funciones,
desempeñando las mismas actividades que el intendente en divisiones más reducidas
de la provincial.

Los intendentes resultaron ser funcionarios ejemplares y pusieron el máximo de su


parte para que el nuevo sistema pudiera funcionar. Pero suscitaron oposición de
intereses creados en la antigua burocracia. Las acusaciones más graves las vertió el
Consejo de Castilla, pero Felipe V no suprimió inmediatamente los intendentes sino
que introdujo modificaciones importantes en sus funciones. Se vieron privados de sus
poderes judiciales. Pero a pesar de ello los intendentes seguían teniendo enemigos y
el gobierno seguía teniendo dudas. Un decreto de 22-2-1721 abolió la figura de los
intendentes en todas las provincias donde no existían tropas; este decreto fue
acompañado de una reforma de la administración financiera que quitaba a los
32
intendentes todos los poderes financieros concedidos por la ordenanza de 1718. La
consecuencia fue que eran superfluos aquellos intendentes que no tenían obligaciones
fiscales y militares, por lo cual fueron suprimidos.

El Estado borbónico impuso sobre las regiones tanto su poder militar como civil. Se
abolieron los virreyes de la época de los Austrias, excepto en Navarra, y fueron
sustituidos por capitanes generales, que tenían el mando sobre todas las tropas en sus
provincias y que, junto con los intendentes, constituían el eje del nuevo absolutismo.
En cada provincia había un gobernador militar pero sólo las provincias más
importantes contaban con un capitán general. El capitán general tenía jurisdicción
civil y militar, ya que era también presidente de la audiencia. Como tales, los
comandantes militares controlaban la imposición de la ley, hasta tal punto que ni
siquiera el Consejo de Castilla podía revocar sus decisiones a menos que el rey le
autorizara a hacerlo.

El absolutismo borbónico dejaba escaso espacio para las instituciones representativas.


El rey era no sólo el principal ejecutivo sino también el único legislador. Había
determinadas instituciones, el consejo de Castilla y las secretarías de Estado, que
participaban en el proceso legislativo, proponiendo y preparando las leyes para su
sanción real, pero las Cortes no tenían esas funciones.

EL BREVE REINADO DE LUIS I

España comenzó el año 1724 en un estado de gran conmoción. El 10 de enero, Felipe


V abdicó a favor de su hijo Luis. Europa se asombró no menos que España al ver que
el nieto de Luis XIV renunciaba al poder a favor del príncipe de Asturias, de 16 años.
Felipe V explicó su decisión refiriéndose a su desilusión con la vanidad del mundo y
a su agotamiento después de 23 años de guerra, enfermedad y tribulaciones. La
motivación religiosa no era la única explicación que daban los contemporáneos.
También se especulaba sobre sus aspiraciones al trono francés en caso de la muerte
de Luis XV.

Si los argumentos religiosos provocaban escepticismo, la explicación política era un


conjunto de simples conjeturas. Felipe V era un hombre mentalmente enfermo, que le
llevaba a pensar que era incapaz de gobernar correctamente. Al parecer creía que el
joven e inexperto Luis era capaz de gobernar. El 19 de enero, Luis I fue proclamado
rey de España en el Escorial.

La primera reacción en España fue de enorme satisfacción. Ese acto significaría el fin
de la influencia y la tutela francesa, italiana y extranjera en general. Luis I era el ídolo
de la aristocracia y del partido español, su camino hacia el poder. Para el pueblo, era
joven, benigno, totalmente español. La verdad no era tan idílica pero todavía se
ignoraba. Pronto se levantaron sospechas y los espíritus se alertaron cuando se
conocieron las circunstancias políticas de la abdicación. Fue esta una abdicación
espúrea. Felipe asignó a Luis una junta «compuesta de los Ministros y personas, que
33
e juzgado conbenientes señalaros». A su frente se hallaba Luis de Miraval, presidente
del Consejo de Castilla, antiguo diplomático de escaso talento y criatura de Grimaldo,
y Juan Bautista Orendain, otra mediocridad también dependiente de Grimaldo y que
fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores. En cuanto a Grimaldo, permaneció
junto a Felipe en San Ildefonso, como su principal consejero, supervisando estos y
otros nombramientos y controlando el nuevo Gobierno. El rey niño, alto, de tez
blanca y pelo rubio, y amistoso con todo el mundo, no había recibido una buena
educación y sólo estaba preparado para escuchar a los ministros y no para
nombrarlos.

Gobierno a distancia, este era el significado de la abdicación, y el escepticismo


aumentó cuando comenzaron a llegar a Madrid noticias de los «eremitas de San
Ildefonso». La Granja no era un retiro austero sino un magnífico palacio. La oración
y la piedad eran la actividades permanente, pero exigían un ambiente adecuado y un
presupuesto.

Luis I, por supuesto, tenía otras preocupaciones. En enero de 1722 y en interés de la


amistad con Francia había sido unido en matrimonio, cuando tenía 14 años, con Luisa
Isabel de Orleans, 2 años más joven, testaruda y maleducada y cuyas rabietas
adolescentes eran signos, de una mente tristemente perturbada. Desde enero de 1724,
la ocupación de Luis I no fue tanto la de gobernar España como la de controlar a su
caprichosa esposa, que no se comportaba como una reina sino como una adolescente
alborotada, que ignoraba a su marido, jugaba con las doncellas y corría desnuda por
el palacio. Mientras tanto, España era gobernada desde San Ildefonso y administrada
por la burocracia. En el verano de 1724 Luis contrajo la viruela y murió el 31-8-1724
con 17 años y después de haber permanecido en el trono 8 meses.

En el momento de la abdicación se había previsto el acceso al trono de Fernando,


segundo hijo de FelipeV y de Mª Luisa de Saboya, en el caso de que Luis muriera sin
descendencia. Pero la renuencia de Felipe V a renunciar a toda su soberanía durante
el reinado de Luis y la decisión de Isabel de Farnesio de reasumir el poder rodeaban
de incertidumbre la situación. Cuando parecía que Isabel de Farnesio había
convencido a su vacilante esposo de que debían retornar al poder, se encontraron
frente a una oposición unida.

Un sector de opinión consideraba a Felipe V incapaz de gobernar y se oponía a un


nuevo período de dominio de Isabel de Farnesio; los aristócratas y el partido español
consideraban a Fernando, de 11 años, como el heredero legítimo y esperaban
beneficiarse de una larga minoría con una regencia aristocrática.

También se oponía una parte del estamento clerical, pues consideraban que una
promesa solemne era irrevocable, invocando tal vez un argumento religioso para un
objetivo político. El Consejo de Castilla emitió una opinión ambigua. Una junta de
teólogos determinó que en conciencia Felipe no podía recuperar el trono y que debía
formar un gobierno de regencia y un Consejo de Estado. Felipe V, exasperado, se
34
preparó para regresar a San Ildefonso, afirmando que no aceptaría ni la Corona ni la
regencia. En ese momento, Isabel de Farnesio, secundada por el embajador francés,
decidió pasar a la acción; instaron a Felipe a enfrentarse a esos «bribones teólogos» y
convencieron al nuncio papal para que elaborara un razonamiento justificando la
ruptura de un juramento. También se pidió al Consejo de Castilla que reconsiderara
su opinión, concluyendo en esta ocasión que la abdicación ya no era válida porque
Fernando no tenía la edad ni la condición para aceptar el trono. Así, Felipe se dejó
convencer y el 6-11-1724 firmó el decreto por el cual volvía a ocupar el trono.
LA VUELTA AL TRONO DE FELIPE V: LAS REFORMAS DEL EJÉRCITO
Y LA MARINA Y LAS PROPUESTAS SOBRE LA HACIENDA

El retorno de Felipe V significó la derrota del partido español y su identificación


abierta como un partido de oposición. Ahora tenía una política, la falta de legitimidad
del rey, y una figura, el príncipe de Asturias. El joven Fernando se convirtió
inconscientemente en héroe de los aristócratas y en cabeza visible del partido
español, que ahora pasó a autodenominarse partido fernandino. Los vencedores eran
la reina y los franceses, que al rescatar a Felipe V se habían apoderado nuevamente
de él. Se produjo una depuración en la Administración. Consejeros, teólogos,
sacerdotes, todos cuantos se habían opuesto al retorno de Felipe o se negaron a seguir
la línea oficial, fueron despedidos. Así comenzó el segundo reinado de Felipe V. Su
comportamiento, no fue más racional que antes y todavía permitía -la necesitaba- a
Isabel de Farnesio que gobernara. Sin embargo, ésta no era mucho más capaz de
hacerlo que el propio Felipe. Carente de conocimientos y de capacidad de juicio,
también ella necesitaba un mentor político, un favorito. Había una persona que podía
desempeñar ese papel: Johann Wilhelm, barón de Ripperdá, otro aventurero
extranjero (holandés), que llegó a España como diplomático y que consiguió
quedarse gracias a su talento. Ripperdá era un auténtico estafador que presentaba un
rostro aceptable ante el mundo, cambiaba de religión frecuentemente según fueran
sus soberanos y que hizo carrera porque sabía ofrecer soluciones rápidas.

Ripperdá conocía la gran debilidad de Isabel de Farnesio, la obsesión de conseguir


tronos para sus hijos, y jugó con ese factor, apuntando la posibilidad de obtener la
corona imperial para el hijo mayor de Isabel, Carlos. Nada importaba que Austria
fuera un enemigo declarado de España y que ni siquiera hubiera reconocido a Felipe
V y tampoco el hecho de que las potencias europeas serían alertadas por esa unión.
Ripperdá vendió la idea a Isabel de Farnesio y fue enviado a Viena en una misión
confidencial, negociando allí un tratado entre España y el Imperio claramente
desfavorable para España y provocativo para el resto de Europa y en el que, de hecho,
sólo figuraba una vaga promesa de conceder a Carlos la mano de una de las hijas del
emperador.

El tratado de Viena revolucionó a Europa durante los seis años siguientes. Era
especialmente odioso para Gran Bretaña, como lo era Ripperdá. De pronto, toda la
política española comenzó a girar en torno al Imperio austríaco: reinaba el
oportunismo y el principal oportunista estaba dispuesto a reclamar su recompensa.
35
Cuando Ripperdá regresó de Viena, en diciembre de 1725, fue recibido con
embelesamiento por los reyes, que le situaron al frente del Gobierno.

Si el rey y la reina se habían dejado engañar, no ocurría lo mismo con el resto de


España y muy pronto los españoles comenzaron a expresar su ira cuando el
aventurero se dedicó a «quitar o disminuir las pensiones, suprimir la secretaría de
Marina, hacer dar cuenta a los administradores de renta reales y a los que habían
poseído empleos en Indias de la mala administración de sus caudales.

La política de Ripperdá no fue reformista, sino que constituyó un intento desesperado


de incrementar los ingentes subsidios prometidos en el tratado de Viena. Todo el
edificio se hundió cuando se vio con claridad que no podía conseguir el Imperio para
España, que no podía pagar a los austríacos, que era incapaz de evitar la hostilidad
entre Inglaterra y Francia, en definitiva, que no podía cumplir sus falsas promesas. El
14-5-1726, el barón de Ripperdá, que se había convertido en duque y grande de
España, fue destituido de todos sus cargos con una pensión generosa.

Después de los excesos de Ripperdá, el nuevo Gobierno tenía una gran solidez. Los 2
hermanos Patiño recibieron importantes ministerios. Pero la caída de Ripperdá no
había cambiado todo. Los subsidios seguían fluyendo a manos llenas hacia Viena, la
monarquía estaba todavía terriblemente debilitada, la reina no había hecho acto de
contrición y el rey estaba loco.

Después de la caída de Ripperdá comenzó el ascenso político de los secretarios de


Estado. En esta primera etapa predominó la figura de José Patiño, quien contaba en
su haber con el ejercicio de las funciones de Intendente en Cataluña en 1713 y de
intendente general de Marina en 1717. En 1726 fue nombrado secretario de Marina, y
el mismo año recibió el ministerio de Hacienda. En 1730 asumió el cargo de Ministro
de la Guerra, y, por último, en 1733, el Ministerio de Estado. De esta forma
acumulaba todas las secretarías menos la de Justicia.

Patiño realizó una importante labor en 3 ámbitos: fuerzas armadas, política


económica y política exterior.

Como Ministro de Haciendo no llevó a cabo transformaciones radicales, aunque


impulsó la política mercantilista. Se dictaron disposiciones legales que favorecían la
producción textil española y pretendían dificultar las importaciones de tejidos
extranjeros. Asimismo se llevó a cabo en 1726-1728 una importante operación de
reajuste monetario que dio a la moneda española una estabilidad duradera. La
tradicional deuda de los “juros” fue objeto de una drástica remodelación, que redujo
su interés al 3%. Bajo la administración de Patiño se llegó a un acuerdo aduanero con
el señorío de Vizcaya (los estipulados de 1727) y se autorizó la creación de la 1ª
compañía privilegiada por acciones, radicada en S. Sebastián.

36
La defensa del dominio español era una encrucijada en la política de Patiño en la que
se unían su preocupación por promover la riqueza de la monarquía, la necesidad de
disponer de una fuerte flota para defenderla y el mantenimiento de un sistema de
relaciones exteriores.
Con un Ejército y una Marina mejor organizados, sobre todo la segunda, habiendo
mejorado la construcción naval y saneado parcial o superficialmente las finanzas
estatales, Patiño pudo realizar una política prudente y realista. Tuvo en cuenta el
bloque franco-británico y comprendió que era inútil intentar cualquier revisionismo
radical del Tratado de Utrecht.

En 1729 consiguió que las grandes potencias occidentales dieran el visto bueno a la
instauración en Italia del infante don Carlos, a pesar de la oposición del emperador.
La muerte en 1731 del último duque de la dinastía de los Farnesio en Parma permitió
que el infante se trasladara a Italia y tomara posesión de aquel ducado. El relativo
fracaso del Primer Pacto de Familia afectó a Patiño, quien antes de morir en 1736 se
inclinaba por el retorno a una política de neutralidad.

La reina entonces empezó a apoyarse en un nuevo administrador: José del Campillo y


Cossío, asturiano de orígenes modestos. Adquirió experiencia práctica en el comercio
de las Indias. En 1741 recibió la titularidad de una serie de ministerios –Hacienda,
Guerra, Marina e Indias- que le convirtieron en el líder del Gobierno. Sus ideas eran
más radicales que las de Patiño y ya antes de que alcanzar el cargo ministerial se
sabía que sustentaba opiniones independientes y que tenía un conocimiento especial
de los asuntos coloniales y marítimos. No ocultaba sus ideas y su programa para la
regeneración de España peninsular y americana se puede encontrar en 3 obras
importantes: Lo que hay de más y de menos en España (1741), su continuación,
España despierta (1742), y Nuevo sistema de gobierno económico para la América
(1743). En cualquier caso, Campillo no pudo disponer de mucho tiempo ya que murió
el 11-4-1743.

A Campillo le sucedió Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, hombre de la


misma formación burocrática y destinado a permanecer por más tiempo en el
gobierno. Patiño, Campillo y Ensenada eran excelente funcionarios, sin duda. La
obsesión de Farnesio con la política exterior dio al traste con las capacidades de estos
ministros.

El largo reinado llegó a su fin el 9-7-1746. Este reinado tuvo algunos rasgos positivos
y en él un grupo de Ministros comenzaron la tarea de hacer que España fuera más
rica, más fuerte y mejor gobernada.

LAS RELACIONES CON LA IGLESIA: EL CONCORDATO DE 1737

También la Iglesia sentía la fuerza del nuevo Estado borbónico y si bien no se


cuestionaba su autoridad en cuestiones de fe y de moral, tuvo que aportar mayor
cantidad de recursos y tomar postura en el conflicto cada vez más intenso entre la
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Corona y el Papado sobre jurisdicción, rentas y nombramientos. La afirmación de los
derechos de la Corona sobre la Iglesia y la adopción de una clara posición “regalista”
en España contra el Papado se debieron a una serie de factores que hicieron que la
política de Felipe V fuera más allá que la de los Austrias. La Guerra de Sucesión fue
una causa de conflicto: el Papa Clemente XI, presionado por Austria y nada favorable
a los Borbones, reconoció al archiduque como rey de España en 1709, y la respuesta
de Felipe V fue la ruptura de relaciones diplomáticas con Roma y la expulsión del
nuncio. La victoria de Felipe en España demostró al Papado que había cometido un
error de cálculo político y finalmente se restablecieron las relaciones. Pero la tensión
política creció de nuevo en el período de posguerra cuando la agresiva política
italiana de Isabel de Farnesio amenazó los intereses papales.

El regalismo borbónico, expresado por primera vez por Felipe V, adoptó una posición
más avanzada y reclamó autoridad sobre todas las instituciones eclesiásticas de
España, incluida la Inquisición, autoridad basada en precedentes históricos y
derechos legales. Felipe V pretendía que se le reconociera el derecho de nombrar los
cargos eclesiásticos en España, 2/3 partes de los cuales estaban en manos del Papa.
Quería también las rentas de las sedes vacantes y las sumas que cobraban los
tribunales eclesiásticos.

Se pidió a Melchor de Macanaz que redactara un documento sobre los puntos en


discusión entre la Iglesia y el Estado. En sus proposiciones (19-12-1713) adoptó una
posición totalmente regalista, situando el poder real por encima del de la Iglesia en
cuanto a la jurisdicción e insistiendo en que el Soberano tenía poder sobre los asuntos
temporales en su propio reino. Según Macanaz, el Papado no debía tener derecho a
recaudar tributos en España y no debían producirse apelaciones a Roma excepto a
través del gobierno español; los tribunales eclesiásticos tenían que ser privados de su
poder temporal; sólo a la corona le correspondía el derecho de nombrar a los obispos;
el Estado tenía derecho a imponer a la Iglesia tantos impuestos como lo considerara
necesario; las órdenes religiosas tenían que disminuir en número bajo el cardenal
Jiménez. El rey aprobó y protegió a Macanaz contra los ataques de la Inquisición y de
otras fuerzas tradicionales hasta la caída del gobierno de Orry en 1715, cuando perdió
su puesto.

La reacción del clero ante la política del primer Borbón fue ambigua. En general
apoyó la sucesión borbónica, pero adoptó una actitud crítica ante gobiernos concretos
y políticas específicas. El regalismo fue un factor de división. Una gran parte del alto
clero era tan regalista como los servidores seculares de la Corona, pero con
frecuencia el regalismo se asociaba con ataques a los privilegios eclesiásticos,
especialmente contra los fueros a los que tanta importancia concedía el bajo clero. En
cuanto a la posición económica del clero, creían que estaba constantemente
amenazada por medidas tales como el Concordato de 1737, porque la concesión de
recursos financieros al monarca por el Papa sólo podía realizarse a expensas de la
Iglesia y de sus sacerdotes.

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TEMA V LA POLÍTICA EXTERIOR DE FELIPE V

INTRODUCCIÓN

Los primeros y más directos colaboradores de Felipe V fueron franceses, pero tras la
muerte de la reina y la llegada de Isabel de Farnesio, la camarilla francesa abandonó
la corte, llegando los italianos de la mano de Alberoni.

La política exterior se dirigió a Italia, comenzándose a gestar una política en la que la


reina quería colocar a sus hijos en los distintos tronos italianos, pero el fracaso de la
misma, sobre todo debido a los acuerdos de Utrech, hizo que finalizara con la
destitución de Alberoni.

Surgieron los pactos de familia entre los Borbones franceses y españoles enfrentados
a Austria e Inglaterra.

EL DESAFÍO AL SISTEMA DE UTRECHT: ALBERONI Y EL FRACASO


DEL IRREDENTISMO ITALIANO

El Tratado de Utrecht, también conocido como Paz de Utrecht o Tratado de Utrecht-


Rastatt, es, en realidad, un conjunto de tratados firmados por los estados antagonistas
en la Guerra de Sucesión Española entre los años 1713 y 1715 en la ciudad holandesa
de Utrecht y en la alemana de Rastatt.

Irredentismo es la reivindicación del Reino de Italia de todos sus territorios


conquistados por el imperio Austro-húngaro, y por extensión, la de todos los
territorios considerados italianos.

El objetivo prioritario de la política exterior española se centró en la recuperación de


los territorios italianos (y españoles, como Menorca y Gibraltar) que se perdieron tras
la Paz de Utrech.

La figura de Isabel de Farnesio es determinante, pretendiendo conseguir para sus


hijos los tronos de los reinos italianos, al encontrarse éstos desplazados de la línea de
sucesión al trono español por los hijos de Felipe V con María Luisa de Saboya.

En 1717 España tomó Cerdeña e intentó el asalto a Sicilia al año siguiente con el
apoyo de los sicilianos.

Ante esta ofensiva hispana, las potencias europeas reaccionaron en pos de defender
los desfavorable para España acuerdos de Utrech. Se creó así la Cuádruple Alianza
entre Inglaterra, Francia, el Imperio y las Provincias Unidas.

Ante la superioridad de la Alianza, los enfrentamientos surgidos se saldaron casi


todos con derrotas españolas.
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Alberoni buscó el levantamiento de los seguidores de los Estuardo irlandeses e
Inglaterra declaró la guerra a España y una expedición inglesa rindió Vigo y
Pontevedra en 1719.

Por su parte Francia invadió la península por Navarra, Guipúzcoa y Cataluña.

El fracaso acabó con la carrera de Alberoni, destituido, y España no tuvo más


remedio que negociar y unirse a la Alianza. En 1724 el Tratado de Cambrai hacía que
España devolviera Cerdeña y renunciara a la conquista de los antiguos territorios de
la Monarquía Hispánica en Italia, por lo que se recuperó en Europa el Statu Quo de
Utrech.

RIPPERDÁ

Johan Willem Ripperdá, (o en español, Juan Guillermo Ripperdá), octavo Barón de


Ripperdá, y luego Duque de Ripperdá, (Oldehove, Groninga, Países Bajos, 7 de
marzo de 1680 - Tetuán, Marruecos, 5 de noviembre de 1737) fue un famoso
aventurero y diplomático que llegó a Primer Ministro de España en tiempos de Felipe
V.

Según una historia puesta en circulación por él mismo, descendía de una familia
aristocrática, oriunda de España, según se cree, establecida en los Países Bajos
cuando estos formaban parte de los dominios de la Corona de España, sin embargo
parece que la historia era pura invención. Era hijo de Ludolph Luirdt Ripperda tot
Winsum, séptimo barón de Ripperdá, señor de Winseun y gobernador de la fortaleza
de Namur, que había alcanzado el grado de general del ejército holandés. La familia
Ripperda es uno de los linajes más nobles y antiguos de Groninga, originario de
Frisia oriental. Juan Guillermo estudió en el Colegio de los Jesuitas de Colonia, y con
posterioridad ingresó en el Ejército, donde llegó a coronel. A la muerte de sus padres
abjuró del catolicismo y se hizo calvinista para mejorar sus perspectivas en su país.

En 1715 estableció su residencia en Madrid como embajador; su viveza y facilidad


para los idiomas, que le permitían hablar fluidamente el español, le granjearon el
apoyo del Cardenal Giulio Alberoni. Ripperdá se convirtió al catolicismo de nuevo y
se puso al servicio de España. Bajo las órdenes de Alberoni, se encargó de la
dirección de la fábrica de tejidos de Guadalajara, donde realizó una labor digna de
encomio, lo que unido a su don de gentes aumentó su influencia en perjuicio de
Alberoni, quien, temeroso del ascendiente que empezaba a tener, le destituyó de sus
cargos. No tardó en declararse enemigo de Alberoni, a cuya caída contribuyó.

Viudo entonces de su primera esposa, Alida Schellingnov, en 1721 volvió a contraer


matrimonio, en esta ocasión con la dama española doña Francisca Eusebia Jaraba del
Castillo. A la caída de Alberoni, fue nombrado superintendente general de todas las
fábricas de España, siendo considerado en ese momento favorito de la nueva consorte
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real, Isabel de Farnesio. En 1724 retomó su carrera como embajador, aunque en esta
ocasión actuó bajo secreto. Participó en la negociación de los tratados de Viena, que
establecían una alianza entre Felipe V y Carlos VI. Por esta gestión le recompensaron
con un Ducado y el título de Grande de España y poco después le fue conferida la
Secretaría de Estado. El Tratado no era favorable para España y la obligaba a entregar
al emperador una astronómica cantidad de dinero a cambio de imprecisos e
inconcretos compromisos del emperador para ayudar a Felipe V en la recuperación de
Gibraltar y Menorca. Esto, y los enemigos que se había creado, entre los que
destacaban Grimaldo y Patiño, unido a su insostenible situación personal (se le
acusaba de malversación), llevó a Ripperdá a renunciar en mayo de 1726 a todos sus
cargos. El rey dictó una orden de prisión contra él, se refugió en la embajada
británica, de donde fue sacado por la fuerza y trasladado al Alcázar de Segovia
acusado de delito de lesa majestad, lo que nunca llegó a comprobarse.

El 30 de agosto de 1728, con ayuda de una doncella de la alcaidesa de la prisión


llamada Josefa Ramos que se había enamorado del exministro, se fugó y huyó a
Portugal, para después marchar a Inglaterra, donde fue bien recibido por el rey y su
corte. Felipe V, temeroso de que Ripperdá pudiese cometer alguna indiscreción, ya
que había poseído todos los secretos de Estado, forzó con la corte británica su salida
del país. Se trasladó entonces a los Países Bajos, donde por segunda vez abrazó el
calvinismo; decidió partir hacia Marruecos con ayuda de un almirante marroquí
llamado Pérez que descendía de un renegado español y era embajador en La Haya.

Tras un último intento de reconciliación con Felipe V, quien ni siquiera contestó a su


petición, marchó a Marruecos y llegó a Tánger junto a Josefa Ramos en noviembre de
1731. Recibido cariñosamente por el sultán Abdallah II de Marruecos, parece que
Ripperdá no tardó en comenzar a intrigar. Todo ello condujo, al parecer, a que tras un
intento de complot con el bey de Túnez, y algunas deslealtades, Ripperdá perdiera
toda influencia, y acabara sus días en la miseria y olvidado. Se ha afirmado que se
convirtió al Islam y que dirigió un fracasado asedio sobre Ceuta, pero esto no ha sido
probado documentalmente.

PATIÑO Y LOS COMIENZOS DE LA POLÍTICA NACIONAL

Sus abuelos que eran originarios del reino de Galicia se establecieron en Italia a fines
del siglo XVI, donde desempeñaron cargos militares importantes. José Patiño nació
en Milán el día 11 de abril del año 1666. Fueron sus padres Lúcas Patiño de Ibarra,
señor del Castelar, del Consejo secreto de S. M. en aquella ciudad, entonces
perteneciente a la Corona Española e inspector de tropas en el Milanesado o «veedor
de aquel ejército, castillos y artillería», y de Beatriz de Rosales y Facini, hija de los
Condes de Baylate.

Patiño se educó en Milán, entrando en el noviciado de los jesuitas para perfeccionar


sus estudios y pasando después a una de las casas que poseía la Compañía en Roma
sin llegar al sacerdocio, desconociéndose los motivos.
41
Felipe V le concedió una futura plaza «de la primera que vacase» en el Senado de
Milán, no llegando a obtenerla efectivamente a causa de la Guerra de Sucesión.
Estuvo en el Consejo de Órdenes de España, como Capitán de Justicia del Final, cuyo
puesto ocupó hasta que la guarnición española evacuó la plaza y todo aquel Estado.

Caído en desgracia Ripperdá, de nuevo, fue Patiño el que diseñó la política exterior a
conveniencia de la reina Isabel de Farnesio. Se buscaron apoyos para la sucesión de
los dos príncipes de la Toscana y Parma por lo que se firmó en 1729 el Tratado de
Sevilla entre España, Francia e Inglaterra:

1. Francia e Inglaterra apoyarían a España en su lucha contra el emperador


para conseguir estos dos territorios italianos.
2. Se confirmaron las cesiones territoriales y comerciales hechas a Inglaterra y
a Francia anteriores a 1725.

LOS CONFLICTOS ANGLO-HISPANOS. EL PRIMER PACTO DE


FAMILIA Y EL ESTABLECIMIENTO DE LOS BORBONES EN ITALIA

En 1733 se inició la Guerra de Sucesión en Polonia y los candidatos a la sucesión


fueron Augusto II de Sajonia (apoyado por Rusia y Austria) y Estanislao Lesczynski
(suegro de Luis XV) que gozaba del apoyo de Francia.

Así se produjo otro enfrentamiento sucesorio entre Austrias y Borbones. Finalmente,


con el nombre de Augusto III, los Austrias vencieron.

La situación internacional invitaba a una alianza hispano-francesa por lo que 1733 se


firmó el Primer Pacto de Familia en El Escorial, entre Felipe V y Luis XV:

1. Con él se aseguraban las posiciones italianas para el príncipe Carlos (futuro


Carlos III, hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio) permitiéndose a España
intervenir en Italia con la aprobación del Papa Clemente XII, que había
reconocido como rey de Polonia no al vencedor, Augusto, sino al
pretendiente Borbón, Estanislao.
2. Francia ayudaría a España a recuperar Gibraltar.
3. España otorgaba a Francia el status de nación más favorecida en el
comercio.
4. Este pacto permitiría una triple función:

a) Recuperar los territorios perdidos en Utrech.


b) La oportunidad para Isabel de Farnesio de coronar a sus hijos.
c) Conciliar los intereses españoles en el Mediterráneo y en el Atlántico.

Se produjo la toma de Sicilia, con el apoyo de la población local, que odiaba a los
austriacos. Carlos fue nombrado Rey de Nápoles y de Sicilia en 1734 y proclamó un
42
perdón general para todos. También confirmó las antiguas leyes y privilegios. Y
prometió la abolición de todos los tributos impuestos por los austriacos.

LA GUERRA DE LA OREJA Y LA ATLANTIZACIÓN DE LA POLÍTICA


ESPAÑOLA

España pretendía mantener el monopolio territorial y comercial con América,


mientras que los ingleses querían incrementar su actividad comercial con las Indias.
Se produjeron continuos ataques británicos a los intereses españoles ultramarinos,
con lo que los ingleses atacaban barcos españoles y franceses en el Atlántico y
además invadían y conquistaban territorios españoles americanos.

En medio de estas agresiones ultramarinas Inglaterra declaró en 1739 la guerra a


España, la denominada Guerra de la Oreja de Jenkins que duró hasta 1748. Se
desarrolló en territorios del Caribe, pero se vio involucrada en la Guerra de Sucesión
austriaca. El nombre le viene dado porque el pirata Jenkins fue apresado por una nave
española, y su capitán cortó la oreja del pirata diciéndole que le dijera a su rey que si
seguían en esa actitud belicista haría lo mismo con él. Jenkins se presentó en la
Cámara de los Comunes con la oreja en un frasco, y la ofensa determinó la
declaración de guerra.

Para los ingleses fue una guerra colonial y las consecuencias fueron nefastas para
ellos, que sufrieron ante Cartagena de Indias la mayor derrota de su Historia, donde el
Almirante inglés Vernon con gran superioridad de medios, fue barrido por el
almirante español Blas de Lezo, cuyas fuerzas eran la cuarta parte que las del inglés
(40 navíos, de los cuales sólo la mitad estaban operativos, contra más de cien
ingleses, perfectamente pertrechados para la guerra). El Gobierno inglés creyó que
los territorios españoles caerían con facilidad, por lo que incluso acuñó monedas
conmemorativas de “su victoria” antes de la Batalla de Cartagena de Indias.

Durante la contienda, dada la enorme superioridad numérica y de medios que utilizó


Gran Bretaña contra España, resultó decisiva la extraordinaria eficacia de los
servicios de inteligencia españoles, que consiguieron infiltrar agentes en la Corte
londinense y en el cuartel general del Almirante Vernon. El plan general británico, así
como el proyecto táctico de la toma de Cartagena de Indias, fueron conocidos de
antemano por la Corte española y por los mandos virreinales con tiempo suficiente
para reaccionar y adelantarse a los británicos.

La derrota fue tan humillante para Inglaterra que se castigó con pena de muerte
cualquier comentario o escrito referente a cualquier episodio de esta guerra,
especialmente a la decisiva batalla ante la Ciudad de Cartagena de Indias.

LA GUERRA DE SUCESIÓN AUSTRIACA Y EL SEGUNDO PACTO DE


FAMILIA

43
Tras la muerte del emperador Carlos VI se proclamó como reina a su primogénita
María teresa. Varias potencias se opusieron a esta decisión y estalló una guerra en la
que aparecieron dos bloques:

A) Austria, con su heredera, y con el apoyo de Inglaterra.


B) Francia, Prusia y España, que veían su oportunidad de seguir sus
avances en Italia.

En esos momentos España luchaba en dos frentes; en Europa contra Austria por los
territorios italianos, en el Atlántico, contra Inglaterra por el imperio americano. El
potencial español era limitado en un espacio tan amplio por lo que las miradas se
giraron de nuevo a Francia y en 1743 se firmó en Fontainebleau el Segundo Pacto de
Familia, entre Felipe V y Luis XV.

Francia necesitaba la colaboración española en el conflicto austriaco y España apoyo


naval frente a la flota inglesa.

Se pactó instalar a Felipe de Borbón en Milán, Parma y Piacenza para garantizar la


posición del Carlos como rey de las Dos Sicilias. Por su parte Francia apoyaría a
España para recuperar Gibraltar y Menorca.

Se acordó restaurar a los Estuardo en Inglaterra frente a los Hannover.

El fin a la Guerra de Sucesión Austriaca se estableció en el Tratado de Aquisgrán de


1748. Los principales negociadores fueron Inglaterra y Francia, que habían dirigido a
los bandos enfrentados. en este Tratado se estableció:

- Francisco de Lorena, esposo de María Teresa, hija de Carlos VI fue reconocido


como Emperador.
- España respetaría las concesiones comerciales de Utrech para Inglaterra.
- Francia reconoció a Jorge II como rey de Inglaterra, respetando la herencia al
trono de manos de la Casa Hannover.

44
TEMA VI LA SOCIEDAD DEL SIGLO XVIII

INTRODUCCIÓN

Los años del reinado de Carlos II fueron testigos de cómo la sociedad española
comenzaba a superar la recesión de la centuria: el clima mejoró, las tierras
comenzaron a producir con normalidad y las epidemias retrocedieron. La población
había iniciado su recuperación. La población había iniciado se recuperación desde
1660. Durante el siglo XVIII, continuó el crecimiento demográfico (sustancial para
promover el agrícola, manufacturero y comercial). Para las primeras minorías
reformistas ilustradas fue evidente que el individuo era el sujeto de la actividad
económica, y sin él todo lo demás no existiría.

Todos los Tratados y Memoriales sobre la política y el Gobierno de los Príncipes


llevaban muchas décadas afirmando que no podía existir un soberano poderoso si sus
súbditos eran pocos y pobres. Ramón Miguel Palacio en 1778 se hacía eco del
problema e insistía en que la agricultura, el comercio y la industria descansaban sobre
el pueblo, la parte que constituía la fuerza de la nación.

Para mantener el prestigio ante las demás monarquías, el Ejército y la Armada


precisaban más hombres. Para la agricultura y las manufacturas eran necesarios más
brazos. Una mayor población revertía en una mayor riqueza por lo que la institución
monárquica se fortalecería con más impuestos. Una población más numerosa
favorecería el aumento de la demanda en el mercado (y en consecuencia de la
producción). Toda la economía se vería favorecida por el alza demográfica.

De ahí la constante preocupación de la Corona por contar y recontar la población. Por


ello los ilustrados consideraban que había que llegar hasta el último rincón de la
geografía (sólo si se sabía el número de súbditos y su riqueza se podría alcanzar la
eficacia en el Gobierno y una Hacienda fuerte).

El análisis de la población española durante el siglo XVIII plantea problemas, debido


a las diferentes fuentes disponibles. Los datos de la época pre-estadística no nos
ofrecen resultados concluyentes porque todos tienen inconvenientes, como los modos
de elaboración o de la extensión territorial considerada o de la categoría de los datos
reunidos (a veces se recopilan según los individuos y otras veces según las unidades
familiares.

La población de España en el Antiguo Régimen la formaban dos grandes grupos: el


privilegiado y el no-privilegiado. Los privilegiados lo formaban la nobleza y el clero,
el otro grupo (también llamado Estado General o Estado Llano suponía la mayoría de
la población, el 90%), estaba compuesto por todos los que no gozaban de privilegios
jurídicos. Sin embargo su gran número no suponía una presencia en la vida política
de la Monarquía debido a que su presencia en las Cortes (además muy pocas veces

45
convocadas) se reducía a los procuradores enviados por las burguesías de algunas
ciudades.

El Estado General mantenía el “cuerpo nacional” con su trabajo (generaba toda la


producción y era dominante en el mercado al por menor). Los sectores productivos
eran: la agricultura y la ganadería (el más importante), la pesca y la artesanía. Es muy
difícil fijar los límites entre la población rural y la urbana, agrupaciones de menos de
mil vecinos desempeñaban funciones propias de las ciudades (eran centros
eclesiásticos, mercados comarcales y estaban protegidos por murallas).

El mundo rural estaba compuesto por campesinos (agricultores) y los que ejercían
oficios en los pueblos para mantener sus necesidades más imperiosas. La población
urbana (el 10 % del Estado Llano) lo integraban funcionarios, profesionales
(médicos, abogados, escribanos, etc.), comerciantes, artesanos, rentistas y gentes sin
oficio que vivían de jornales ocasionales o de la caridad pública.

En el bloque privilegiado, la nobleza era el grupo social con más peso en la sociedad
española no eran muchos, ni estaban repartidos de manera desigual por el territorio de
la Monarquía. En sus manos descansaba buena parte del patrimonio o la jurisdicción
(por concesión real o compra) de extensos territorios y numerosos vasallos, también
copaban la mayoría de los cargos políticos, diplomáticos, municipales y militares de
importancia. No era un grupo homogéneo: la parte más alta la formaba la nobleza
titulada y en su cúspide estaban los Grandes de España. Debajo se encontraban los
caballeros (de condición nobiliaria intermedia con una desahogada posición
económica) y en la parte baja estaban los simples hidalgos.

El clero gozaba de una serie de privilegios y determinadas rentas patrimoniales. Se


dividía en dos grandes categorías: secular (vivían en contacto con los fieles, o en el
“siglo” y regular (vivían en comunidad bajo una regla). Alrededor se movía una
extensa familia eclesiástica con diversos oficios: sirvientes, sacristanes o empleados
de la Inquisición. Estos eclesiásticos también estaban fuertemente jerarquizados.
Autoridad y jerarquía eran dos principios de gran peso en la Iglesia. En el clero
regular y, sobre todo en el secular, existía una estratificación interna por la cual se
podía escalar mediante unas condiciones prefijadas; en lo más alto del clero regular
estaba el superior o superiora de la comunidad correspondiente; en el secular lo
ocupaba el obispo.

Las tareas de asistencia social y de beneficencia, en el siglo XVIII se hacían por


medio de instituciones vinculadas jurídicamente a la Iglesia. Procedentes de
fundaciones particulares, los hospitales equivalían a instituciones de beneficencia y
sus dedicaciones eran diversas como la curación de enfermos, acogimiento de niños
expósitos y de mujeres o alojamiento de pobres, peregrinos y viajeros de limosna.

46
LOS CENSOS DE POBLACIÓN Y SUS PROBLEMAS

Los principales censos de población fueron los de: Campoflorido, Ensenada, Aranda,
Floridablanca y Godoy. Se conoce la población española del siglo XVIII gracias a los
censos, distintos de los del siglo anterior. La población de Castilla se conoce a través
del Catastro de Ensenada de 1752, 6,5 millones de habitantes. Después llegaron otros
como el de Aranda, por individuos, Floridablanca y Godoy. De ellos el más exacto es
el de Floridablanca, elaborado por provincias. Sin embargo no hay que olvidar que se
hacían por motivos fiscales por lo que se producía la lógica ocultación del número de
vecinos. Donde la fiscalidad no tenía mucho que ver con el número de vecinos las
cifras son más fiables.

También existen razones metodológicas para la falta de exactitud y otros problemas


derivados de causas técnicas porque los censos no abarcaron idénticas demarcaciones
territoriales, ni reunieron a todas las clases sociales. Además los datos no son siempre
consignados del mismo modo: unos lo son por individuos y otros por hogares.

La población de 1752 se estima en 9,4 millones de habitantes suponiendo que la


población de Castilla tuviera los 2/3. A finales de siglo la población era de 11,4
millones de habitantes.

DISTRIBUCIÓN DE LOS HABITANTES: DESEQUILIBRIOS REGIONALES

La densidad no era homogénea para todo el territorio: era importante en la España


cantábrica y atlántica (40-50 h/km²), en el litoral levantino había una densidad media
(20-30) y baja en el norte de Castilla (más de 10) y más baja aún en La Mancha y
Extremadura con menos de 10.

Los censos indican un fuerte crecimiento demográfico a lo largo del siglo XVIII.
Parece que no puede hablarse en España de “revolución demográfica” ni siquiera de
“revolución vital” que tuvieron otros países europeos en torno a 1750. En la zona
noratlántica se dio un crecimiento rápido desde 1650, lento a mediados del XVIII, y
descenso a final de siglo. En el Mediterráneo tras un suave despegue a finales del
siglo XVII, auge a mediados del siglo XVIII y pequeño crecimiento al final del siglo.
En el Sur un aumento moderado y sostenido durante todo el siglo. En el interior el
aumento fue más modesto que en la periferia. La densidad media estaba en torno a
21/23 hab/km2 con fuertes contrastes regionales.

Las causas del crecimiento demográfico se debieron al crecimiento económico, el


matrimonio a temprana edad, la elevada tasa de natalidad, cercana al 42‰, y en
especial a la expansión agrícola: el saldo vegetativo fue positivo (las inmigraciones
fueron escasas y la emigración a América fue pequeña).

47
- En la primera mitad del siglo XVIII las condiciones económicas favorecieron
el incremento de la natalidad, la abundante dieta alimenticia incidió sobre el
descenso de la mortalidad.
- En la segunda mitad del siglo XVIII el ascenso de las rentas y precios tendió a
dificultar menos establecimientos agrícolas, a elevar la edad matrimonial y a
reducir la fecundidad. Para este período el factor decisivo del crecimiento fue
el descenso de la mortalidad, también por la ausencia de guerras interiores,
incremento del aprovisionamiento marítimo a precios regionales.

La mortalidad infantil siguió siendo alta (sólo se redujo la mortalidad catastrófica),


sobre todo en la España interior. Había muchos niños abandonados o expósitos. La
gran enfermedad del siglo XVIII es la viruela (la vacuna es aceptada rápidamente por
la España oficial y culta). El paludismo fue grave en zonas con aguas estancadas
(vinculadas al cultivo del arroz): Valencia, Cataluña y Andalucía se vieron muy
afectadas.

España continuó siendo más rural que urbana, y a finales del siglo XVIII el 56% de la
población activa pertenecía a las clases rurales.

LOS ESTAMENTOS PRIVILEGIADOS: NOBLEZA Y CLERO

Continuó el proceso de concentración de títulos y propiedades. El sistema de


mayorazgo protegía la integridad de los patrimonios, sólo comenzó a ser criticado a
finales de siglo. Las exenciones y privilegios del estamento databan de siglos
anteriores. Durante el siglo XVIII se dictaron disposiciones restrictivas del ingreso en
el Estado noble y siguieron vigentes normas establecidas en siglos anteriores para la
prueba de limpieza de sangre y nobleza. También durante este siglo, los reyes
concedieron títulos nobiliarios a personas que se distinguieron en el Real Servicio
(nobleza de privilegio o ejecutoria). Ello fue causa de oposición de la Vieja Nobleza
(de sangre o notoria) hacia esta pequeña nobleza recompensada por el rey.

La legislación ilustrada no recortó los privilegios nobiliares manteniendo el dominio


de ciertas funciones políticas y sociales, aunque durante la segunda mitad del siglo
comenzaron a perder importancia. Se acentuó la tendencia de residir en la corte y a
desempeñar cargos palatinos, aunque despreciando participar de forma activa y
personal en la dirección política, con excepciones, como la del Conde de Aranda.

Sus fuentes de ingresos procedían básicamente de las tierra, aseguradas por los
mayorazgos y reforzados los señoríos. La jurisdicción señorial se conseguía por
concesión real o mediante compra. El señorío otorgaba 2 ventajas: fuente de ingreso
y base de poder social. En la mayor parte de España la jurisdicción señorial perdió
sus implicaciones políticas en el siglo XVIII y se convirtió en una nueva lucha
económica entre señores y campesinos.

48
Las categorías eran: Grandes de España, nobleza titulada, caballeros (Órdenes
Militares) e hidalgos.

El clero

Existía el clero secular (alto y bajo) y el clero regular (sometidos a las reglas). El
clero regular desde 1491 estaba exento del pago de las alcabalas de los bienes que se
vendieran. Pagaban el subsidio a la Real Hacienda. Las tierras del clero producían la
cuarta parte del producto agrícola y la décima parte de la ganadería. Los eclesiásticos
cultivaban la tierra pero lo normal era que las arrendaran a los colonos. El
atesoramiento de la Iglesia fue evidente. El excedente de los bienes se destinaba a la
construcción de catedrales y a obtener obras de arte. También participaba en la
enseñanza y en la difusión de la cultura.

La enseñanza religiosa con el tiempo terminó teniendo una visión anclada en el


pasado, por ello los jesuitas dieron a la enseñanza un método más racional.

En cuanto al bajo clero los titulares de parroquias urbanas tenían cierto grado de
instrucción no siendo así para todos los curas de aldea.

Las categorías del brazo secular eran: el alto clero formado por arzobispos y obispos,
un clero capitular: dignidades (arcediano, deán, etc.), canónigos, racioneros,
beneficiados y el bajo clero con párrocos, coadjutores, capellanes y clérigos.

LOS ESTAMENTOS NO PRIVILEGIADOS: LA SOCIEDAD RURAL Y LA


URBANA

La sociedad rural

La población rural representaba el 90% del núcleo del Estado llano y el 10% de la
población urbana. El mundo rural estaba controlado en gran medida por señores
jurisdiccionales pero el control de los mismos se había relajado mucho en los últimos
años. La situación del cultivador dependía del tipo de contrato: los mejores eran los
de larga duración (norte de la Península y corona de Aragón). En el Reino de Aragón
era frecuente la enfiteusis: contrato perpetuo o de larga duración en que el propietario
cedía a un arrendatario y a sus descendientes un bien a cambio de una renta fija anual
con la obligación de explotarlo debidamente.

La rabassa morta o cepa muerta era un tipo de contrato muy extendido en Cataluña,
por medio del cual se le cedía a un agricultor una porción de tierra para que cultivara
vides en ella mientras vivieran los dos tercios de las cepas que plantara. A cambio,
debía entregar al propietario una parte de su cosecha anual. La naturaleza jurídica de
este contrato es discutida: mientras que la mayoría lo consideran como un censo
enfitéutico, otros piensan que es una especie de alquiler.

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En Galicia se daba el llamado foro,fórmula de cesión de bienes, generalmente
agrarios, que tiene grandes analogías con el censo enfitéutico. Su área geográfica de
mayor difusión en España ha sido, sobre todo a partir del siglo XVI, Galicia, en
donde desempeñó un papel hegemónico en la regulación de las relaciones sociales
entre titulares de patrimonios territoriales y campesinos. Nacido en los siglos XII y
XIII, el foro, aun escondiendo bajo el mismo nombre realidades históricas diversas,
se ha mantenido en vigor hasta el siglo actual. Un decreto-ley de 1926 reguló su
extinción mediante la redención y, posteriormente, la Compilación de Derecho Foral
de Galicia fijó su término legal en 1973.

Las características del foro derivan del hecho de tratarse de una cesión a largo plazo
(tres generaciones o vidas de reyes) de un bien rústico o urbano, a cambio de la que el
recipiendario debía pagar un canon o renta anual, que solía ser en especie, además de
otras prestaciones variables, entre las que destaca el laudemio (canon dinerario que
percibía el señor del dominio cuando se producía una transmisión de las tierras y
posesiones superficiales dadas a censo perpetuo o enfiteusis.). En el siglo XVIII fue
declarado perpetuo, el grupo beneficiado es la hidalguía intermedia que subrogaba a
verdaderos cultivadores.

En Castilla el arrendamiento de contrato temporal tenía tendencia progresiva a limitar


su duración y aumentar las cláusulas de garantía en favor del propietario.

En Andalucía los arrendamientos son cortos, el sistema era nocivo pues no se hacían
mejoras en las explotaciones.

En el siglo XVIII existen tres gradaciones: campesinado alto, medio y bajo. Aunque
la realidad es más compleja: el censo de 1797 distinguía: propietarios, arrendatarios y
jornaleros.

1. Grandes campesinos: podían almacenar gran parte de la cosecha, poseían


cabezas de ganado y utillaje agrícola. También controlaban a los obreros
agrícolas: mozos, criados de labranza y jornaleros, eran los dueños de
grandes masías catalanas, enfiteutas valencianos, “poderosos” de villas y
pueblos de Andalucía.
2. Campesinado medio: podían resistir una coyuntura económica normal, pero
no en época de crisis sobre todo continuada.
3. Campesinado bajo: eran los pequeños propietarios (Galicia, Cantábrico y
Castilla), arrendatarios (Andalucía), se veían obligados habitualmente a
malvender su cosecha para hacer frente a impuestos, derechos señoriales,
usura. Era frecuente el endeudamiento por los préstamos a través de censos,
interés rebajado durante el siglo XVIII que actuaron como mecanismo de
transmisión de propiedad, ya que al no poder pagar acababan perdiendo la
tierra.
4. Jornaleros. Característicos en la Europa Mediterránea, en el final del siglo
XVIII el número de jornaleros era igual a la suma de propietarios y
50
arrendatarios. La distribución regional era desigual, mínima en el
Cantábrico y máxima en Andalucía.

Artesanos

Agrupados en gremios, corporaciones anuladas en la segunda mitad del siglo XVIII.


La unidad de producción era el taller del maestro artesano. El número de artesanos
superaba al de oficiales. En la elaboración de tejidos y similares trabajaban el 50% de
los trabajadores. En el sector de albañilería y carpintería el 25%.

Burguesía

Grupo social minoritario, se fortaleció a lo largo del siglo XVIII gracias a los
decretos de “Nueva Planta”. Comprendía profesiones liberales: ingenieros,
arquitectos, farmacéuticos que perdieron su condición artesanal original y se
convirtieron en carreras superiores, médicos y abogados. Su base era el comercio al
por mayor. En las grandes ciudades se distinguían dos tipos sociales: el lonjista o
mercader al por mayor y el tendero o comerciante al por menor.

Había un número importante de comerciantes extranjeros en el siglo XVIII: Italianos,


franceses, ingleses e irlandeses. La mayor concentración se registraba en la zona
marítima de Sevilla y Cádiz, atraídos por el comercio con América, la mayoría eran
franceses e ingleses. Otras zonas eran: Aragón, Cataluña y Valencia. Esta
inmigración estaba limitada a los católicos.

Entre los grupos de marginados estaban los judíos que se dedicaban al préstamo de
dinero, percibían intereses usurarios.

En cuanto a los gitanos, en el siglo XVIII se publicaron duras medidas para evitar el
nomadismo. La Pragmática de 1783 fue un intento de asimilación, evitando el uso de
su lengua, ropa y vida errante. Debían conseguir oficio en menos de 90 días.

En Navarra existían los agotes y en Asturias los vaqueros: eran grupos aislados de
forma de vida peculiar, considerados descendientes de etnia diferente: visigodos
arrianos, moros y judíos.

Grupos dirigentes

Para ocupar puestos altos de la burocracia había que pertenecer a uno de los 3 grupos:
colegial mayor, manteísta (estudiante que no pertenecía a los Colegios) y abogado.

COFRADÍAS, ASISTENCIA SOCIAL Y BENEFICENCIA

Podían ser:
51
1. Cofradías y hermandades gremiales: mutualismo.
2. Montepíos.
3. Hospitales.
4. Casas de Misericordia y Hospicios.

Las cofradías eran numerosas. Los ilustrados las atacaron fuertemente. Campomanes
hizo prohibir en 1770 las que no contaban con aprobación oficial. Se criticaba el
carácter supersticioso y lúdico de la religiosidad popular que apartaba a los artesanos
del trabajo. Sin embargo las asociaciones religiosas se conservaron bajo diferentes
formas. En Madrid se crearon a lo largo del siglo más de 100 nuevas asociaciones
piadosas. Hacia 1800 se contaban en Barcelona cerca de un centenar de asociaciones
bajo distintos nombres: cofradías, congregaciones, hermandades, montepíos. En
Valladolid, el número de asociaciones llegaba a 140.

En Valladolid, una cofradía de ánimas se encargaba de que se celebrasen misas por la


salvación de los pobres que fallecían en el hospital; los fondos de la cofradía se
conseguían mediante limosnas. En la misma ciudad había cofradías encargadas de
celebrar sufragios por las almas de los que muriesen sin confesión y de los
ajusticiados. La asistencia religiosa a estos últimos era asegurada por cofradías en
diversas ciudades españolas.

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TEMA VII UNA ECONOMÍA BAJO EL SIGNO DEL CRECIMIENTO

INTRODUCCIÓN

El lento pero constante incremento de la población a lo largo del siglo XVIII hizo
aumentar la demanda de productos agrícolas. La demanda creciente motivó la
roturación de nuevas tierras, así como la necesidad de aplicar nuevas técnicas para
optimizar el rendimiento. Sin embargo la tierra estaba mal repartida y otro reparto de
la misma hubiera condicionado el resultado final de mejor manera.

El reparto de la tierra estaba determinado por dos factores:

A) La personalidad del titular. Podía ser: individual-colectiva; o libre-


vinculada.
B) Cantidad de tierra que le pertenecía: explotación directa o
explotación indirecta.

La titularidad en la propiedad individual recaía en el individuo por patrimonio. Su


tipología era variada:

Se incluían las propiedades de los títulos, no títulos y de los clérigos o religiosos por
razón de su patrimonio.

La titularidad podía identificarse con un colectivo (o en un individuo por designación


de éste). Eran las propiedades procedentes de Concejos, instituciones eclesiásticas o
seglares (Corona, Órdenes Militares).

Durante el Antiguo Régimen las aspiraciones de los rentistas eran:

1. Asegurar el derecho a la propiedad de la tierra en un tiempo con pocas


garantías jurídicas.
2. Protegerse ante cualquier defecto de gestión que pudiera amenazar la
propiedad.

Normalmente la vinculación (en sentido estricto) se ha relacionado con la nobleza (un


buen ejemplo es el mayorazgo), hay que tener en cuenta también la vinculación, pues
en la medida de sus posibilidades intervinieron todos los grupos sociales. Sin
embargo esta parte es pequeña en comparación con las grandes extensiones colectivas
de los Concejos, Iglesia y Órdenes Militares. Estas tierras colectivas eran el centro de
atención de las quejas por falta de tierras. Estos bienes no eran libres (estaban
separados del mercado) y suponían además la mitad de las extensiones provinciales.
Al no ser adquiribles hacía que una gran masa de propietarios pobres
obligatoriamente tenían que ser arrendatarios y jornaleros a cuenta de otros.

53
El comercio interior de la Península estaba lastrado debido al minifundismo. Los
pequeños comerciantes no podían ahorrar porque los campesinos no demandaban
manufacturas por lo que el comercio se veía frenado. El comercio interregional de
manufacturas quedaba reducido a los artículos de lujo, por lo que el comercio no
podía esperar grandes beneficios. El comercio de granos se convirtió en una de las
actividades más lucrativas (por fluctuaciones en los precios y diferencias de los
mismos entre las regiones). Los preceptores de rentas impedían una comercialización
racional y frenaban el comercio interior (escasez en algunas regiones y en otras
excedentes). El deficitario transporte tampoco ayudó. Las infraestructuras viarias
encarecían enormemente los transportes. Entre la Meseta y el Cantábrico eran lentos,
arriesgados y caros, por la orografía. Los gobiernos intentaron poner remedio y en la
segunda mitad del XVIII se buscó la mejora de las comunicaciones y la construcción
de canales navegables (Canal de Castilla, 1751).

La población dedicada a la manufactura era escasa, ésta además ocupaba una pequeña
arte de su tiempo, el restante se dedicaba a las labores en el campo. En los pueblos
existían oficios que surtían a la población de los productos demandados por ésta. Las
piezas realizadas solían ser de mala calidad.

En las ciudades y villas, la situación era distinta. Aquí sí existían excedentes. Los
oficios se agrupaban en gremios y cofradías. Sin embargo la mayor parte del censo
eran asalariados sin capacidad económica para invertir comprando de materias primas
por lo que muchos maestros de oficios dependían de los mercaderes (era muy común
en el mundo textil), los fabricantes subsistían a expensas de los comerciantes de seda
o lana.

En el siglo XVIII el término fábrica se usó con frecuencia y debe interpretarse como
una forma de concentración artesanal alrededor de un telar, Fábrica (con mayúsculas)
se refiere a las organizaciones productivas (tejidos, tapices, alfombras o vidrio) de
fundación real. Estas Fabricas necesitaban mucho dinero para mantenerse (sus
productos eran exclusivos, caros y de difícil, y lenta, colocación).

Los distintos reyes se esforzaron por convertir a América en un lugar privilegiado


para el comercio peninsular. A finales de siglo el comercio con las colonias
representaba el principal tráfico para la balanza comercial española. Felipe V planteó
la necesidad de actualizar la flota e instituyó las Compañías Privilegiadas de
Comercio, se constituían con capital privado para comerciar privilegiadamente, en
una zona determinada o algún producto concreto (Compañía Guipuzcoana de
Caracas, después llegaron otras). Estas compañías hicieron que el tráfico comercial
con América aumentara. Estas medidas buscaban estimular el comercio colonial para
surtir a las colonias con barcos y productos españoles y aumentar los ingresos de la
Hacienda.

54
RECUPERACIÓN Y CRECIMIENTO ECONÓMICO

Se debieron, entre otros motivos, a mejores condiciones ambientales y al descenso de


la tasa de mortalidad.

Hubo crecimiento motivado por los planes económicos de los Borbones:

- Control institucional de la economía.


- Desarrollo de las manufacturas reales.
- Reajuste de las normas de comercio con las colonias.

LA ESPAÑA RURAL: DISTRIBUCIÓN DE LA RENTA Y PROPIEDAD

La tierra era la principal fuente de riqueza, por ello fue el centro de atención del
reformismo ilustrado.

Había una pugna por el control de la tierra entre los agricultores y los ganaderos.

Se produjo un reparto de la extensión de la tierra:

1. Tierras improductivas por naturaleza.


2. Tierras no cultivadas: pastos, usos comunes: leña, carbón.
3. Tierras cultivadas: secano, regadío.

Se producía una aguda distribución desigual de la renta:

1. Una sociedad de rentistas: nobleza, ambos cleros (regular y secular),


Órdenes militares y otras instituciones.
2. Los grandes arrendatarios no privilegiados.
3. Medianos y pequeños labradores propietarios.
4. No-propietarios arrendatarios y jornaleros.

También una distribución desigual de la propiedad:

1. Los grandes propietarios absentistas: concejos, instituciones varias,


particulares.
2. Los grandes hacendados labradores-señores de ganado.
3. Los medianos labradores propietarios.
4. Los pequeños labradores propietarios y arrendatarios.

MANUFACTURAS Y ARTESANADO: LAS FÁBRICAS REALES Y LOS


GREMIOS

En general, manufacturas producían exclusivamente para la demanda interna. Sus


desventajas eran:
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- Ausencia de técnicas innovadoras.
- Malos instrumentos: herramientas escasas e imperfectas.

Oficios artesanales y gremios:

- Oficios relacionados con las “primeras necesidades”: vivienda, vestido, utillaje


agrícola. En todos los núcleos de población.
- Oficios relacionados con las “segundas necesidades” o de perfeccionamiento
de las “primeras”. En villas de 2000 o más vecinos organizados ya en gremios.
- Oficios relacionados con el gasto de la sociedad de excedentes. En las grandes
villas y ciudades organizados en gremios.

Las Reales Fábricas, de fundación y protección real, estaban financiadas por la


Hacienda Real con exenciones y franquicias fiscales. Se dedicaban a la producción de
artículos de lujo para las clases nobles, trabajando el vidrio, la seda, el paño,
cerámica, tapices, etc. Muchas surgieron en torno a la corte (Madrid) porque es donde
está el gran mercado, algunas elaboraban artículos de lujo para la corte y la
aristocracia: Santa Bárbara (tapices); San Ildefonso (cristal); en el Buen Retiro
porcelana; otras se especializaron en paños para el mercado popular como la lana: la
más importante era la Real Fábrica de Paños de Guadalajara, con sus sucursales en
Brihuega y San Fernando (llegó a emplear a más de 4.000 obreros en sus propios
edificios). El establecimiento obedeció a la necesidad de producir paños de buena
calidad, a mejorar la técnica y a competir con géneros extranjeros; lino en León y San
Ildefonso y seda en Talavera de la Reina.

Técnicamente eran muy avanzadas. Se trajeron artesanos extranjeros especializados


que dispusieron de utillaje muy moderno, realizando productos de gran calidad, sin
embargo sus resultados económicos no fueron muy boyantes. Estos resultados hay
que achacarlos a la mala administración y a razones de índole económico-social. Una
vez más la experiencia demostraba que era inútil pretender crear focos industriales en
zonas que no reunían las condiciones adecuadas. La debilidad del mercado público y
del transporte, perjudicaban aún más las ventas y los mercados (la mayoría de los
productos eran de lujo) por lo que el mercado quedaba reducido a las categorías
pudientes.

Tipos de Reales Fábricas: había manufacturas estatales: iniciativa y titularidad


pública, otras eran de tipo mixto con iniciativa privada, titularidad privada pública,
gestión privada con control estatal y otras eran privadas con iniciativa, titularidad y
gestión privadas pero con unos objetivos condicionados por los privilegios
concedidos.

Organizaciones industriales con algún tipo de intervención real o estatal, podían ser:

1. Participación del Rey en la propiedad de las empresas.


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2. Concesión de privilegios a iniciativas privadas.

COMERCIO Y RED DE TRANSPORTES: LA ESCASA ARTICULACIÓN


DEL MERCADO INTERIOR

Se realizó una red de caminos no para la guerra, sino para el comercio, lo que
representó:

- La necesidad de aumentar la longitud de la red.


- La necesidad de construir carreteras ensanchando las antiguas vías.

También se realizó una larga red para conectar la Meseta interior con el mar. La
superación de los puertos de montaña interiores con el norte supuso la apertura del
camino de Guadarrama y del Alto del León y la apertura de los caminos de Castilla
con el Cantábrico: De Castilla a Bilbao por Pancorbo y la peña de Orduña. De
Castilla a Santander por Reinosa.

En 1791 estaban construidos la mitad de los grandes caminos radiales desde Madrid a
Andalucía, Valencia, Cataluña y Galicia, Asturias, Murcia y Extremadura.

Los obstáculos de los caminos repercutían en el excesivo coste de los transportes y


encarecían los precios de los productos (cereales, vino, aceite, frutas).

LA APERTURA DEL MERCADO ESPAÑOL CON AMÉRICA

El comercio español con América estaba organizado como un monopolio. Desde


1717 se estableció en Cádiz la Casa de Contratación y el Consulado. En las primeras
décadas, dicho monopolio comercial se vio alterado por la influencia política de
Francia.

Este monopolio era frecuentemente quebrantado por los barcos extranjeros. Ante esto
el Ministro Patiño dirigió su política en varios frentes:

1. Persecución del contrabando.


2. Fortalecimiento de la Marina de Guerra.
3. Protección del comercio y manufacturas españolas: se crearon las
Compañías Comerciales.

Por su parte, la política del ministro Campillo fue:

1. Perfeccionamiento de las comunicaciones trasatlánticas.


2. Modificaciones en el sistema fiscal.
3. Fortalecimiento de las Compañías Comerciales.
4. Las reformas administrativas.

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LAS COMPAÑÍAS COMERCIALES

Observamos una gran multiplicación de las Compañías Comerciales, entre las que
podemos destacar: La REAL COMPAÑÍA GUIPUZCOANA DE CARACAS (1728)
con sede en Guipúzcoa monopolizó el comercio de Venezuela, comercializó cacao y
otros productos coloniales; la REAL COMPAÑÍA DE BARCELONA, su ámbito
comercial fue Santo Domingo, Puerto Rico y la Costa de Honduras.

Ninguna de ellas supuso un gran crecimiento económico. Su aparición no significó la


abolición del monopolio comercial sino la existencia de mayor número de
monopolistas, así como el auge de los puertos de Bilbao, Barcelona, San Sebastián

Las de mayor éxito: la REAL COMPAÑÍA GUIPUZCOANA DE CARACAS, la


REAL COMPAÑÍA DE SAN CRISTÓBAL DE LA HABANA, la REAL
COMPAÑÍA DE BARCELONA, la REAL COMPAÑÍA DE SAN FERNANDO DE
SEVILLA y otras.

La Guerra de la Oreja de Jenkins (1739) con Gran Bretaña trajo como consecuencia
un cambio en el tradicional sistema de flotas anuales, apareció uno nuevo con navíos
aislados autorizados por la Corona (navíos de registro). Los navíos de registro
permitieron organizar un servicio más rápido y frecuente que con las flotas,
incrementar el tráfico, revitalizar el comercio americano y obtener mayores ingresos
para la Corona.

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TEMA VIII INICIOS DEL ABSOLUTISMO ILUSTRADO: EL REINADO DE
FERNANDO VI

SEMBLANZA DE FERNANDO VI

En los años 1746-1748 España vio acceder al trono un nuevo rey y conoció también
un Gobierno nuevo y una política nueva, beneficios inesperados recibidos con alivio
por la población. Finalmente, tenían un monarca nacional, nacido en España y
rodeado de españoles, un gobernante que prefería el país a la dinastía, la neutralidad a
la guerra. Llevó dos años librarse de Francia e Italia y Aquisgrán no fue una gran
victoria. El poder marítimo estaba todavía en disputa y Gibraltar seguía en manos de
los británicos. El nuevo régimen aceptó que los intereses de España no residían en los
campos de batalla europeos sino en el Atlántico y aún más allá. Los españoles se
sentían felices ante la idea de que había terminado una época y estaban preparados
para iniciar otra nueva.

Fernando VI, el 4º hijo, y único superviviente, del primer matrimonio de Felipe V era
un monarca lleno de buenas intenciones pero decidido a que otros las realizaran. La
nueva coyuntura de paz, reforma y buena fortuna puso a su disposición sumas de
dinero con las que ningún otro monarca había podido contar hasta entonces. Una
parte de ese dinero la dedicó a satisfacer una serie de necesidades, otra a financiar las
diversiones reales. Practicó la caridad de forma impulsiva. Pero no fue capaz de
inspirar a sus Ministros ni de aportar liderazgo y unidad. En cualquier caso, estaba
escasamente preparado para gobernar, pues su suspicaz madrastra, Isabel de Farnesio,
le había mantenido al margen de los asuntos públicos y ahora su solícita esposa,
Bárbara de Braganza, y sus ministros mantenían su mente ajena a los asuntos
públicos. Sus intereses personales se centraban más en el juego que en la política.

Al rey le gustaba excesivamente su esposa lo que otorgaba a la reina una influencia


extraordinaria sobre su marido. Bárbara de Braganza era corpulenta y físicamente
nada atractiva, su cultura, su sensibilidad y su manera de ser enamoraron al entonces
Príncipe de Asturias, y pronto sería muy querida por la corte y por el pueblo. Una vez
que abandonó la esperanza de dar a Fernando un heredero y de asegurar la sucesión,
pasaba buena parte del tiempo en un estado de nervios, por el temor de morir y el
miedo a la destitución si moría el rey. Pero Isabel Farnesio aunque tenía poder sobre
su marido y se preocupaba de los intereses portugueses, no utilizó su posición para
distorsionar la política española. Apoyaba enérgicamente la diplomacia de
neutralidad y se unió a su marido en el camino de la paz. Esto era cuanto podía
esperarse de los nuevos monarcas y era suficiente para otorgar al gobierno español su
mejor oportunidad desde 1700, libre de aventuras extranjeras y de extravagancias.

MINISTROS PARA UNA POLÍTICA NUEVA: ENSENADA Y CARVAJAL

La nueva Administración, al igual que la nueva monarquía, era «nacional» en su


composición y en su carácter. Estaba encabezada por Cenón de Somodevilla, un
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hombre capaz y seguro de sí mismo que hacía gala de elegancia y de un lujoso estilo
de vida, tal vez para compensar sus modestos orígenes. Se había formado en la
escuela de Patiño especializándose en la administración naval. Presente en la
reconquista de Orán en 1732 y en la expedición a Nápoles en 1733, se vio
recompensado por sus servicios con el título de Marqués de La Ensenada en 1736.
Fue promovido al cargo de Secretario del Almirantazgo en 1737 y comenzó a trabajar
en la reconstrucción de la Marina. A la muerte de Campillo (ab. 1743) él era su
seguro sucesor. El 9 de mayo fue nombrado Secretario de Hacienda, Guerra, Marina
e Indias, y se le concedió el título de Secretario de Estado y Superintendente de
Ingresos.

El segundo nombramiento fue el de José de Carvajal y Lancaster, que en diciembre


de 1746 abandonó la rutina de su cargo en el Consejo de Indias para sustituir a
Sebastián de la Cuadra como Secretario de Estado. Además de la responsabilidad de
los asuntos exteriores, acumuló los cargos de Presidente del Consejo de Indias y
Presidente de la Junta de Comercio. Carvajal era hijo de un miembro de la alta
aristocracia. Recomendado por Ensenada, su nombramiento fue apoyado por el duque
de Huéscar, futuro duque de Alba, que tenía sus propias ambiciones políticas, aunque
éstas se expresaban mediante la manipulación de otros personajes más que en la
dirección de los asuntos públicos.

La promoción de Carvajal se vio acompañada por la de su amigo el jesuita padre


Francisco de Rávago, a quien sacó de la oscuridad en 1747 para recomendarlo al rey
como confesor, elección secundada por Ensenada. Rávago no era el hombre más
capaz de su orden, pero de hecho se convirtió en Ministro de los asuntos eclesiásticos
y en el tercer miembro de un triunvirato gobernante, saliendo de la sombra de
Carvajal para adoptar una posición más independiente, por no decir autoritaria.

Para la nueva administración la prioridad eran los intereses españoles, la política, la


paz y la neutralidad. En determinados aspectos sustentaban opiniones diferentes sobre
los métodos. Ensenada invocaba la necesidad de utilizar la fuerza y se mostraba
partidario de Francia como una advertencia a Inglaterra. Carvajal prefería actuar
mediante la diplomacia en un mundo de conflictos internacionales en el que el poder
marítimo de Inglaterra no podía ser ignorado, siendo posible canalizarlo hacia los
intereses españoles si se negociaba un buen acuerdo.

La nueva administración tenía talento y voluntad suficiente para avanzar más allá de
los cambios superficiales introducidos por el gobierno de Felipe V y para embarcarse
en un periodo de 8 años de acción positiva, expresada en reformas en el interior y paz
en el exterior. El nuevo régimen intentó activar el Estado y convertirlo en un
instrumento eficaz de cambio. La intervención del gobierno central en la reforma de
la estructura fiscal, en la movilización de recursos y en la creación de una industria de
armamento y de construcción naval no fue únicamente innovadora en sí misma, sino
que implicó también una serie de cambios en la vida social y económica.

60
Además, lejos de buscar el camino fácil hacia el éxito, el gobierno planificó para la
consecución de una infraestructura más sólida y para conseguir beneficios a largo
plazo. En particular, se mostraba decidido a cerrar la brecha tecnológica que se estaba
abriendo entre el N. de Europa y España. La obtención de información industrial en
Inglaterra y Francia, las subvenciones para viajes y estudios en el extranjero y la
contratación de expertos extranjeros eran factores que demostraban que se intentaba
conseguir capacidades técnicas para aplicarlas en los nuevos proyectos españoles. La
organización de obras públicas como carreteras, puentes y sistema de riego,
delegadas hasta entonces en las autoridades locales, quedó ahora bajo la
responsabilidad del Gobierno Central, dispuesto a utilizar consejeros ingleses y
franceses y a planear proyectos amplios, que superaran el marco de una provincia
individual: tales fueron el Canal de Castilla, la carretera de Guadarrama y el camino
de Reinosa, comenzados todos ellos durante este régimen, aunque recayera sobre
otros la responsabilidad de terminarlos. Estas actividades otorgaron un nuevo papel al
Estado y sentaron precedentes para acciones posteriores. Lo que llevó a los
tradicionalistas a denunciar a Ensenada como un burócrata que malgastaba grandes
sumas del dinero público. En realidad estaban contemplando un gran programa de
modernización de España, ambicioso, rudimentario e incompleto, pero ejemplo
inequívoco para el futuro. El año 1746 fue un año de innovaciones para España, la
línea divisoria entre el conservadurismo y el cambio, entre la rutina y la reforma.

UNA MARINA PARA LA PAZ Y PARA LA GUERRA

La Marina ocupaba el primer lugar en la estrategia de Ensenada y desde las primeras


recomendaciones al rey en 1746 instó su expansión, porque la marina era
fundamental para una potencia con un imperio en ultramar y con aspiraciones de ser
respetada por Francia e Inglaterra.

Ensenada era consciente de los obstáculos que existían para el desarrollo de la


Marina, pues tendía a despertar las suspicacias de las potencias rivales y a provocar
una carrera de armamentos y, además, siempre había otras prioridades económicas.
Las 3 prioridades principales eran el Ejército, la Administración y la Corte,
situándose inmediatamente después la Marina. Esta era la fórmula tradicional y era
expresión de una cierta incoherencia en la argumentación de Ensenada, que había
comenzado situando a la Marina en primer lugar. Al no adoptar una postura radical,
Ensenada parece haber conseguido la flexibilidad y la financiación que necesitaba.

A finales de 1748, Ensenada estaba en una posición perfecta para cumplir su


programa. El 18 de octubre se había firmado la paz de Aquisgrán; ocupaba los cargos
fundamentales del Estado y contaba con el favor de los monarcas. Por encima de
todo, llegaban abundantes recursos de América. Desde esa posición ventajosa
comenzó a realizar su lista de prioridades: la reforma administrativa y financiera, el
comercio de las Indias, la construcción naval, el reforzamiento del ejército y las
relaciones con Roma. El punto de partida fue la reforma fiscal.

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La muerte del protector del marqués de la Ensenada, José Patiño, no frenó la carrera
de éste. Así, en 1737 fue nombrado Secretario del Consejo del Almirantazgo. El 5 de
junio de ese año fue nombrado Intendente de Marina, continuando la obra de Patiño.

El 18 de octubre de 1737 promulgó la famosa Ordenanza del Infante Almirante,


dirigida a los departamentos marítimos, para impulsar la codificación y
generalización de la Matrícula del Mar. El 17 de diciembre de 1737 promulgó la
Nueva Ordenanza de Arsenales y cinco días después el Reglamento de Sueldos. La
erección del Almirantazgo conllevó la creación del Fuero de la Marina.

El enfrentamiento bélico con Inglaterra en el marco de la Pragmática Sanción o de la


Sucesión de Austria, retrasó el programa de reconstrucción de la Armada, que
esperará a la firma de la Paz de Aquisgrán de 1748.

La mayor obra de Ensenada fue su espectacular reorganización de los astilleros y la


construcción de potentes buques de guerra. En 1748 Ensenada redactó sus dos
grandes textos legislativos: La Ordenanza de Montes y Las Ordenanzas Generales de
la Real Armada, éstas en tres volúmenes, el tercero quedó inédito. Tenían como
finalidad el perfeccionamiento de la organización naval española para conseguir el
aumento de las unidades de la Marina de Guerra. Se sumaba a ello la ampliación de la
capacidad productiva de los astilleros con los más modernos sistemas de construcción
naval.

Ensenada aspiraba a incrementar el número de tropas hasta conseguir una fuerza de


100 batallones y 100 escuadrones, excesivamente elevado para un país del tamaño de
España y objetivo que, de hecho, no se consiguió. En cuanto a la estrategia de
defensa en América no hubo síntomas de innovación. Los ingresos americanos
adquirieron prioridad sobre los gastos de defensa. Los héroes de la última guerra
fueron promovidos a la administración militar y pusieron en práctica las ideas del
pasado. La norma siguió siendo un pequeño ejército colonial, con batallones
reducidos fijos y una milicia inexperimentada, reforzada en tiempo de guerra por
tropas españolas, admitiendo la superioridad numérica y no explotando el potencial
del reclutamiento criollo.

Ensenada concentró sus ideas y su energía en la Armada. En 1751, el poder naval


español consistía en 18 barcos de línea y 15 barcos menores. Ensenada afirmaba que
España necesitaba 60 barcos de línea y 65 fragatas y otros barcos. Por supuesto, con
ello no se podía competir todavía con la marina inglesa, pero en una misión defensiva
sería de utilidad en el Atlántico y en América, mientras que en una alianza borbónica
sería positivo para Francia, una amenaza para Inglaterra y por ambas razones valioso
para España. Si esto convertiría al monarca español en «árbitro de la paz y de la
guerra» era otra cuestión.

Ensenada heredó una infraestructura de construcción naval de Patiño, pero que se


había deteriorado por carencia de recursos. Reconstruyó y amplió la capacidad de
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construcción, especialmente en Cádiz, El Ferrol y Cartagena, donde creó 3 arsenales
reales, factor fundamental para una nueva marina. En América se creó un nuevo
astillero en La Habana en 1723, con una importante fuerza laboral, con apoyo
económico desde Méjico y madera de buena calidad procedente del Caribe español,
aunque dependía de los países europeos para el aprovisionamiento de cordajes y
aparejos.

En el astillero del Ferrol se inició la construcción de doce navíos de línea, entre ellos
el famoso “Apostolado”.

España sólo en parte era autosuficiente en madera y pertrechos navales. En los años
1750-1780, el ritmo de construcción naval se intensificó y se ampliaron las presiones
de la demanda de abastecimiento sobre Cantabria y Cataluña, así como sobre
Navarra. Cuando los recursos de esas regiones resultaron insuficientes y se necesitaba
conseguir madera de calidad superior para los mástiles, España, al igual que otras
potencias marítimas, importó madera del Báltico y, en menor medida, explotó sus
posesiones americanas de madera dura. En cuanto a los pertrechos navales, la
Península era autosuficiente en brea y alquitrán y, en cierta medida, en cáñamo.
También la tecnología había que buscarla en el extranjero. España no creó una
arquitectura naval original y tendió a copiar los diseños franceses, cuyos barcos
solían ser grandes y rápidos. En 1750, y a iniciativa de Ensenada, se realizó un
esfuerzo decidido para contratar diseñadores y artesanos ingleses.

El ingeniero Jorge Juan, que había regresado recientemente de Suramérica, fue


enviado a Inglaterra para estudiar la arquitectura naval, reunir información sobre la
industria armamentística inglesa y contratar oficiales y trabajadores para los talleres y
astilleros españoles. Juan pasó casi un año en Inglaterra, en 1749-1750, periodo
durante el cual reunió material para su propio tratado de arquitectura naval, reclutó un
grupo importante de artesanos y constructores y los envió a España de forma más o
menos clandestina, junto con libros, manuales de formación e instrumentos. La mano
de obra española era insuficiente y tenía que ser complementada con trabajadores
agrícolas y vagabundos. Sin embargo, la provisión de mano de obra y la construcción
naval alcanzaron su cenit en el decenio de 1750 y consiguieron mantenerse en ese
nivel hasta 1800. Se discutía la calidad de los productos.

La combinación de especialistas ingleses y mano de obra española produjo resultados


desiguales y hubo encendidas discusiones sobre los méritos de los modelos inglés y
francés. Entretanto, Antonio de Ulloa, colega y colaborador de Jorge Juan, se trasladó
a Francia con el pretexto de estudiar matemáticas, pero, en realidad, para estudiar las
características de los astilleros de Toulon, Lorient, Brest y Rochford, así como los
diferentes aspectos de la arquitectura naval. También visitó centros industriales y
negoció la incorporación de técnicos, artesanos y especialistas a España.

Ensenada dotó a la marina española de 45 barcos de línea y 19 fragatas y seguía


construyendo otros 30 grandes barcos con el material que había acumulado en los
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astilleros. Eso ocurrió en 1754. En 1760, España contaba con 47 barcos de línea, 35
de ellos construidos entre 1749-1756, y 21 fragatas. Así pues, Ensenada consiguió
una sólida base y un buen punto de partida para el poder naval español en el S. XVIII,
mejoró las perspectivas profesionales de los oficiales y reclutó marineros, sin los
cuales no podía desarrollarse la marina.

Sería ya durante el reinado de su sucesor, Carlos III, cuando en los astilleros de La


Habana se construiría el que sería considerado “El Escorial de los Mares”, el
Santísima Trinidad, el buque de guerra a vela más grande jamás botado.

LAS REFORMAS ADMINISTRATIVAS Y FISCALES: LOS INTENDENTES,


EL PROYECTO DE ÚNICA CONTRIBUCIÓN Y SU CATASTRO.

Ensenada esbozó su programa en una serie de informes dirigidos al rey a comienzos


del reinado. En 1746, su postura ante la política exterior era prudente. El objetivo era
apartarse de la guerra, y establecer la paz, pero desde una posición de fuerza, que era
el único argumento que entendía G. Bretaña. Reconocía la dificultad de determinar la
política correcta respecto a Inglaterra en América. La única opción consistía en apelar
a los intereses británicos, que arriesgaban demasiado en la guerra, y negociar un
compromiso sobre el derecho de visita en aguas americanas. En cuanto a Gibraltar,
España debía preservar su aspiración a la soberanía hasta que pudiera conseguirla
definitivamente.

Francia era tanto un problema como un aliado. España tenía que conservar su
amistad, pero sin dependencia y permaneciendo alerta sobre las pretensiones
comerciales y territoriales francesas en las Indias, que habían usurpado sin ningún
tipo de legitimidad.

Nuevos informes surgieron de la incansable mente de Ensenada en 1747, 1748 y


1751, analizando la situación del tesoro real, valorando el gobierno y el poder de
España y aconsejando sobre la política económica, de defensa, sobre la marina y las
Indias. Reservaba sus críticas fundamentales para la estructura de los impuestos y de
las finanzas. Los 2 ingresos principales, del tabaco y las aduanas, se habían visto
reducidos por la mala administración y la corrupción; los millones eran un impuesto
causa fundamental de empobrecimiento, despoblación y decadencia de las
manufacturas. También la alcabala gravaba pesadamente a los contribuyentes, pero
especialmente a los pobres. Esos impuestos debían ser abolidos y sustituidos por un
impuesto único, el catastro, graduado según la capacidad económica y recaudado sin
atender a gracias y favores. Entretanto, eran necesarios una serie de remedios
inmediatos. Había que reducir los costes de la defensa, firmando la paz, pues para
1748 los gastos excederían a los ingresos en 6,7 millones de escudos.

También era necesario realizar ahorros importantes en la Casa Real y en los palacios,
por no mencionar los diferentes Consejos y Ministerios, donde los cargos se
multiplicaban para satisfacer a las clientelas. Ensenada responsabilizaba de ello al
64
clientelismo. Así pues, el objetivo de la reforma fiscal era doble, equidad entre la
población y poder para el Estado. La equidad se conseguiría mediante el impuesto
único y el poder a través de la nueva marina.

El impuesto único fue proyectado para ser aplicado sobre los ingresos, clasificados
según su fuente. Su modernidad residía no en el carácter de que fuera un impuesto
único -de hecho sólo serían abolidas las rentas provinciales, manteniéndose otros
impuestos-, sino en su aplicación a todos los ciudadanos con independencia de su
clase o condición social, que serían gravados según su capacidad económica. Un
impuesto sobre la renta de este tipo, proporcional a la riqueza, constituía una
innovación tanto social como fiscal. Gravar los ingresos en lugar de los productos
básicos de consumo y actuar contra los privilegios y las exenciones suponía desafiar
algunos de los supuestos básicos de la sociedad española.

También la desprivatización de la recaudación eliminaba la figura de los arrendadores


de impuestos y, con ellos, una fuente importante de desorden y corrupción y fue una
medida popular de reforma, beneficiosa tanto para el Estado como para el
contribuyente.

A los decretos sobre el impuesto único y la desprivatización de los ingresos siguió


casi inmediatamente un tercer decreto, dirigido a completar el gran proyecto de
Ensenada de reforma fiscal y administrativa. Fue la Ordenanza de Intendentes (13-
10-1749), que restableció en su totalidad el sistema de intendentes, tras un intervalo
de suspensión parcial. La nueva ordenanza se basaba en la de 1718 y contemplaba
todavía a los intendentes como los agentes regionales de un Estado centralizado, pero
implicaba un compromiso mayor con los intereses de las provincias, una
preocupación mayor por defender los recursos de las ciudades y pueblos bajo su
jurisdicción, desproteger al sector rural y promover el comercio y la industria locales.

La primera tarea de los intendentes era dirigir las operaciones del catastro en cada
provincia y a ellos corresponde en gran parte la responsabilidad y el mérito del éxito
de la investigación, aunque no todos se mostraron dispuestos a colaborar. Una vez
completado el catastro, volvieron a desempeñar sus funciones fiscales normales,
representando al Estado como recaudadores de impuestos y a los intereses del pueblo
en cuanto que contribuyentes.

El catastro y la legislación concomitante de 1749 no agotó la energía de Ensenada


para las innovaciones. En 1751 creó el Giro Real para hacer frente a las transferencias
de fondos públicos y privados fuera de España, para pagar a los acreedores
extranjeros de las casas comerciales españolas, para pagar los costes de las embajadas
españolas y para poder realizar otros desembolsos en el exterior.

El comercio americano era preocupación fundamental para Ensenada. Su poder frente


a los intereses creados era limitado, pero dio un nuevo impulso a la utilización de
navíos de registro con preferencia sobre el sistema de flotas y su política fue la de que
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«dase licencia a todo el que la pide para ir con navíos españoles». Insistió en obtener
beneficios moderados pero seguros sobre los cargamentos de plata de los
comerciantes privados, cargando el 6% por el permiso para extraer metales preciosos.
Esta política se acompañó de una regulación más estricta del comercio y de sanciones
más severas cuando no se registraban los cargamentos de metales preciosos.

La prioridad concedida a los ingresos procedentes de los envíos de metales preciosos


no significó que el Gobierno dedicara menos atención a la administración colonial.
Las exigencias de la guerra habían dado nuevo ímpetu a la venta de cargos en
América durante el decenio 1740-1750 y renovado la penetración de criollos en las
audiencias coloniales, lo que significó el deterioro de su imagen y de su actuación, el
dominio de los grupos locales de intereses y la pérdida del control imperial. En un
intento por restablecer la autoridad la Corona trató de poner fin en 1750 a la venta de
puestos para la audiencia y los de corregidor y comenzó el largo proceso de recuperar
la administración colonial de manos de los intereses locales.

El programa financiero de Ensenada, traducido a cifras de ingresos, abrió nuevas


perspectivas para el Gobierno español. Carvajal afirmaba que en el año 1750 los
ingresos reales experimentaron un incremento anual de 5.117.020 escudos respecto a
los de 1742, la cantidad más elevada hasta entonces, y que a finales de ese mismo
año, el Giro había conseguido 1.831.911 escudos. Planeaba obtener unos ingresos
anuales para el tesoro real de 26.707.649 escudos, sin contar los beneficios del Giro
ni los ingresos procedentes de las Indias, que en ningún caso consideraba como
ingresos ordinarios. Asimismo, anunció que a través de sus reformas, y después de
seis años de paz, los ingresos se incrementarían a 34 millones, 19 de los cuales se
atribuirían al Ejército, 6 millones a la Armada y 9 millones para la corte y el
Gobierno. Los datos indican que los ingresos anuales procedentes de todos los
ingresos ordinarios en tiempos de Fernando VI alcanzaban los 360,5 millones de
reales, frente a 211 millones en 1737. A la muerte de Fernando VI, el tesoro español
no sólo había superado el déficit sino que tenía un excedente de 300 millones de
reales.

CAÍDA DE ENSENADA Y RECUPERACIÓN DEL PARTIDO “CASTIZO O


ESPAÑOL”

La controversia para Paraguay se convirtió en una cuestión importante para la


opinión política en Madrid, polarizando las opiniones entre partidarios y enemigos
del tratado, entre amigos y enemigos de la Sociedad de Jesús, entre Ensenada y sus
críticos. El resultado fue la desestabilización del Gobierno, el aislamiento más
profundo de Carvajal y la asociación todavía más estrecha de Ensenada con Rávago
(general de los jesuitas) y la causa jesuita. Este fue el contexto de la crisis política de
1754.

La muerte de Carvajal, ocurrida el 8-4-1754, situó la crisis en un primer plano. Los


miembros de su facción se integraron en las filas de la oposición a Ensenada. En
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consecuencia, éste se veía enfrentado a 2 grupos de intereses: sus enemigos políticos
y los ingleses. Ambos se aliaron cuando el duque de Huéscar fue provisionalmente
nombrado Secretario de Estado. En ese momento estalló una lucha abierta por el
poder entre las 2 facciones rivales y Huéscar se vio perjudicado. Apoyado por el
embajador inglés, Huéscar y su asociado, el conde de Valparaíso, actuaron con tanta
rapidez que ya el 15 de mayo habían convencido al monarca para que nombrara al
anglófilo Ricardo Wall (de ascendencia irlandesa, y con una carrera militar y
diplomática llena de éxitos para España) como secretario de Estado. Wall era un
vehemente antijesuita y supuestamente antifrancés. Así pues, tenía las ideas
adecuadas que podían conducirle al poder en la coyuntura de 1754.

El 14 de julio, Huéscar y Wall tuvieron una audiencia real y, después de presentar sus
versión de la resistencia de los jesuitas en Paraguay y de la complicidad de Rávago,
se les autorizó a preparar un plan de acción. Este plan se centró en Ensenada: citaron
una orden enviada por el Ministro al gobernador de La Habana para atacar el
establecimiento británico en la bahía de Honduras, arriesgando una guerra en
América. Si el rey deseaba controlar la política, mantener la paz y resistir a Francia,
tenía que cesar a Ensenada, cosa que hizo en la madrugada del 21 de julio. Ensenada
fue situado bajo custodia y enviado a Granada. Se ordenó realizar un inventario de
sus posesiones, que reveló lo que un Ministro destacado podía esperar acumular en
España. Un torrente de insultos, sátira y calumnias le siguieron al exilio, pero los
monarcas no querían recriminaciones y se opusieron a cualquier sugerencia para que
fuera juzgado.

Los procedimientos que Ensenada había adoptado para conseguir lo que consideraba
beneficioso para los intereses españoles se volvieron contra él. Podemos resumirlos
así: 1) informó de las negociaciones secretas que habían rodeado al Tratado de
Madrid al monarca de las Dos Sicilias, el futuro Carlos III, cuya conocida oposición
ayudó entonces a que fracasara el Tratado; 2) por propia iniciativa dio instrucciones
al gobernador de La Habana para que iniciara una acción militar para expulsar de la
bahía de Honduras a los leñadores ingleses; 3) se opuso al partido anglófilo,
integrándose en la facción profrancesa e identificándose con la posición de los
jesuitas en el Paraguay. Ninguna de esas acciones era estúpida ni deshonrosa;
simplemente constituía un aspecto de un conflicto político. Ensenada fue víctima de
una lucha por el poder.

Wall informó a Keene en cuanto se tomó la decisión de activar el golpe. El golpe fue
considerado como un gran triunfo personal de Keene, a quien le fue concedida la
cinta roja de la Orden del Baño por parte de Jorge II y que fue investido con ella por
Fernando VI, a cuyo Ministro había inducido a cesar.

Así pues, Ensenada perdió la lucha por el poder, pero mientras que en 1746 había
conseguido unir a la Administración para llevar adelante un nuevo programa de
reforma, su sucesor no comunicó ese mensaje; su 1ª preocupación era situar a sus
hombres. El equipo de Ensenada fue, pues, desmantelado. Se cesó a la mayor parte de
67
sus hombres de confianza en las secretarías y a otros clientes a los que había
protegido como Jorge Juan y Antonio de Ulloa. La caída del padre Rávago completó
la depuración. Sus amigos refutaron las acusaciones mencionando su política en pro
del interés nacional, especialmente en América. El hecho de que la embajada inglesa
gastara dinero en sobornar a sus funcionarios y desestabilizar su posición
simplemente confirmaba su política beneficiosa para España. También se refirieron a
sus grandes proyectos de obras públicas, el camino de Guadarrama, el camino de
Santander, las seis leguas del canal de Castilla, y los astilleros de El Ferrol y
Cartagena.

La derrota de Ensenada constituyó una victoria para quienes se oponían a la


acumulación de poder por parte de un solo Ministro, al tiempo que ambicionaban
algún cargo. Pero no era puro faccionalismo: estaban en juego importantes cuestiones
políticas, como quedó claramente demostrado por la intervención del embajador
inglés. El proyecto de un impuesto único, ya vacilante, fue totalmente suprimido.
También se olvidó el Giro y se suspendió el intento de hacer del Estado un
participante activo en el mundo de los negocios. En las Indias recibieron un nuevo
impulso los intereses comerciales tradicionales. La abolición de los navíos de
registro, la innovación más importante del decenio de 1740, fue seriamente debatida
y se reavivó la idea de restablecer el sistema de los desacreditados galeones y flotas.
De hecho, se restablecieron las flotas a Nueva España y los monopolistas gozaron de
un verano indio del favor oficial. Finalmente, el programa de construcción naval y su
presupuesto se recortaron y se decidió no construir nuevos barcos.

La actuación del gobierno despertó no poca oposición. Eran muchos los que todavía
contaban en el retorno de Ensenada. El partido ensenadista estaba formado no sólo
por los seguidores del antiguo Ministro sino también por otras facciones e intereses
que se aliaron en un objetivo común. Entre ellos se incluían los colegiales mayores,
los seguidores de Rávago y el numeroso grupo projesuita. El apoyo hacia Ensenada
era evidente en numerosas regiones, instituciones y sectores sociales, también entre la
nobleza y la Iglesia. Existía incluso en ministerios y consejos entre aquellos que
habían sobrevivido a su caída, gracias tal vez a la reacción contra G. Bretaña cuando
se conocieron los detalles del golpe.

El Gobierno y la oposición concentraron su atención en la monarquía, que


súbitamente desfalleció y sumergió a España en una crisis de un año de duración. La
reina murió el 27-8-1758, llorada por algunos, vilipendiada por otros. Tras haber
acumulado en España una fortuna que excedía con mucho sus necesidades, la envió a
Portugal a su hermano y heredero, don Pedro. La muerte de la reina Bárbara afectó al
rey de una forma distinta, acabando con la escasa cordura que aún conservaba,
induciéndole a un estado permanente de duelo e impulsándole a buscar el aislamiento
en el castillo de Villaviciosa de Odón. Sin que el rey estampara su firma en los
documentos, no podía haber autoridad, ni política, ni decretos, ni nombramientos y,
con frecuencia, ni pago de los salarios. No podían ser más evidentes las desventajas
del absolutismo. La maquinaria gubernamental se detuvo y así permaneció hasta que
68
la muerte de Fernando, ocurrida el 10-8-1759 a sus 47 años, la puso en marcha
nuevamente. Podía producirse ya la sucesión y el país dirigió su mirada a Carlos III
para que lo rescatara, en la convicción de que realizaría lo que el padre Isla llamó una
«feliz revolución».

Fernando VI ocupa un lugar especial en la historia de los Borbones españoles. Por


primera vez desde 1700 parecían existir muchas de las condiciones fundamentales
para un cambio: un monarca pacífico, liderazgo ministerial, paz internacional y
prosperidad económica. Una fuerte corriente de reforma corrió por todo el reino,
impulsada por el Estado, inspirada por nuevas ideas y alimentada por unos recursos
cada vez más importantes.

69
TEMA IX LA POLÍTICA EXTERIOR DE FERNANDO VI

LA PAZ DE AQUISGRÁN Y EL FIN DE LAS AVENTURAS MILITARES EN


EL CONTINENTE EUROPEO

El fin a la Guerra de Sucesión Austriaca se estableció en el Tratado de Aquisgrán de


1748. Los principales negociadores fueron Inglaterra y Francia, que habían dirigido a
los bandos enfrentados. Sus principales consecuencias fueron:

1. Francisco de Lorena, esposo de María Teresa, hija de Carlos VI fue


reconocido como Emperador.
2. España respetaría las concesiones comerciales de Utrech para Inglaterra,
frenándose las pretensiones sobre Gibraltar.
3. España restableció el asiento para la Compañía del Mar del Sur, inglesa,
durante cuatro años más.
4. Francia reconoció a Jorge II como rey de Inglaterra, respetando la herencia
al trono de manos de la Casa Hannover.
5. Génova recuperó su independencia.

La guerra supuso el fin del sistema colonial tradicional. En 1740 se suprimieron todas
las flotas y desde entonces, para el avituallamiento en Sudamérica se utilizaron
navíos autorizados por la Corona. Estos “navíos de registro” permitieron organizar un
servicio rápido y frecuente, incrementar el tráfico, revitalizar el comercio americano
y obtener mayores ingresos a la Corona.

Hasta ese momento el comercio americano estaba monopolizado; de Sevilla partían


periódicamente dos flotas. A principios del siglo XVIII, poco a poco, este monopolio
se vio modificado, y el traslado a Cádiz en 1715 de la Casa de Contratación y del
consulado favoreció a esta ciudad en detrimento de los sevillanos.

ESPAÑA ENTRE FRANCIA E INGLATERRA; LA PRETENDIDA


NEUTRALIDAD FERNANDINA

El objetivo básico de la diplomacia de Carvajal fue el acercamiento a Londres para


despegarse de la política de Pactos de Familia de los Borbones. En 1750 Inglaterra y
Francia se encontraban en una situación de guerra fría, preparándose ambos para la
guerra. La Marina española podría decantar la lucha para un lado o para otro, por
ello, cada una de ellas pretendía la neutralidad hispana o un acuerdo de ayuda.

En 1750 el tratado comercial con Inglaterra ponía en sus manos el privilegio de


asiento de negros y el navío de permiso por un nuevo periodo de cuatro años. Así, la
Corona española ratificaba los derechos comerciales ingleses de Utrech. Por otro
lado, los franceses buscaban el acercamiento a Madrid después de su proceder en la
Paz de Aquisgrán.

70
En 1756 se inició la Guerra de los Siete Años (1756-1763), que fueron una serie de
conflictos internacionales para establecer el control sobre Silesia y la supremacía
colonial en el norte de América e Indias. Los beligerantes fueron:

- Reino de Prusia; Reino de Gran Bretaña; Reino de Portugal (desde 1762);


Electorado de Hanóver; Principado de Brunswick-Wolfenbüttel; Landgraviato
de Hesse-Kassel; Confederación iroquesa; Condado de Schaumburg-Lippe.
- Reino de Francia; Archiducado de Austria; Imperio ruso (hasta 1762); Reino
de España (desde 1762); Reino de Suecia (1757-1762); Electorado de Sajonia;
Reino de las Dos Sicilias; Reino de Piamonte-Cerdeña; Imperio mogol (desde
1757).

Francia e Inglaterra entraron en guerra por el dominio colonial. Fernando VI mantuvo


su neutralidad y los franceses a cambio de su alianza le ofrecieron Menorca. Así
mismo, los ingleses ofrecieron Gibraltar. La guerra finalizó con la victoria inglesa y
la consolidación de su Imperio.

EL TRATADO DE MADRID DE 1750 CON PORTUGAL SOBRE LOS


LÍMITES AMERICANOS

Para Carvajal, era vital en el equilibrio europeo un tratado comercial, político y


militar con Portugal. El fundamento del mismo era tratar de establecer los límites
fronterizos de cada monarquía en América. Así, en 1750 se firmó el Tratado de
Límites, entre Carvajal y el vizconde Cerveira. Por él:

1. Portugal renunció definitivamente a Filipinas, consiguió la soberanía a


ambos lados del Amazonas desde Yapurá y sobre una amplia zona en la
orilla derecha del Uruguay. Con este reparto, algunas misiones jesuitas
quedaban bajo su jurisdicción.
2. España retuvo Sacramento, puerta del contrabando del Río de la Plata al
Perú y toda la navegación del Río de la Plata. Además, el control sobre la
zona amazónica entre Yapurá y la desembocadura del Marañón.

LA CONTROVERSIA SOBRE LAS REDUCCIONES DE LOS JESUITAS EN


PARAGUAY

Por el Tratado de Límites de 1750 varias misiones jesuitas entraban dentro de la


nueva jurisdicción portuguesa, en la zona de “Las Reducciones”, entre Paraguay y
Brasil. En esa zona había siete misiones guaraníes de jesuitas. Los misioneros
recibieron orden de abandonarlas y asentar a los guaraníes en territorio español. A los
indios se les permití solo sacar sus pertenencias personales, pasando todos los bienes
inmuebles, como casas, aldeas o tierras, a manos portuguesas.

El general de los jesuitas acató lo ordenado y mandó que se ejecutara la misma, pero
los indios se resistieron ya que rechazaban a los portugueses por su actividad de
71
comercio de esclavos negros en Brasil. Así se produjo el estallido de la Guerra
Guaraní (1754-56), que enfrentó a éstos con españoles y portugueses.

En España se produjo una polarización de opiniones en torno a estos hechos, con el


resultado fue la desestabilización del Gobierno, con una crisis en 1754 y un
aislamiento más profundo de Carvajal.

EL REAL PATRONATO UNIVERSAL Y EL CONCORDATO CON ROMA


DE 1753

El anterior Concordato de 1737 no dejaron satisfechos ni a Roma ni a Madrid. Desde


1743 Ensenada trabajó en un nuevo acuerdo más equilibrado y realista para ambas
partes. Ello, significaba dejar de luchar con Roma por el Patronato Universal,
concesión total del Papa a los reyes en materia religiosa, como nombramientos o
cobro de vacantes.

En Roma y en 1753 se firmó el Concordato, el cual no concedía el Patronato


Universal a España (suprema aspiración de los regalistas españoles), pero daba a
España la provisión de todos los beneficios, excepto 52 que quedaban en manos del
Papa.

La Corona ganó ciertas prerrogativas sobre la Iglesia y aumentó su poder en el


control sobre el episcopado y la mayoría del clero secular.

Con estas prerrogativas el Estado no pagaba el salario pero los nombraba e


indirectamente controlaba el mismo, además de obtener importantes beneficios de las
sedes vacantes.

72
TEMA X LA MONARQUÍA ILUSTRADA DE CARLOS III

EL MONARCA

Hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio fue antes que rey de España, coronado en 1735
como rey de Nápoles y Sicilia. Su labor en Italia, a causa de su honradez, trabajo y
reformas le dieron gran prestigio. Accedió al Trono español ya con cincuenta y tres
años, en 1759. Su ideal de gobierno fue el absolutismo puro y no se dejaba gobernar,
tomando sus propias decisiones sin influencia de sus Ministros.

Su idea era la de hacer de España una gran potencia a través de reformas del Estado,
la defensa del Imperio y el control de los recursos coloniales. Su gobierno puede
dividirse en fases:

1. En un principio, hasta 1766, se decantó por un modelo reformista, de


personas con ideas nuevas, y dispuestas a socavar las estructuras
tradicionales.
2. A partir de esa fecha se convirtió en un político mucho más conservador.
3. A partir de 1773 se convierte en un gobernante pragmático, con cambios
tibios en las estructuras establecidas.

Este cambio de actitud gubernamental se debió a que había pocos personajes que
conjugasen ideas ilustradas con una buena capacidad administrativa. Predominó una
política exterior partidaria de la guerra y que necesitaba estabilidad y dinero para
afrontar sus pretensiones.

En los inicios de su reinado mantuvo a casi todos los ministros de Fernando VI, pero
entraron personajes como Esquilache, a la cabeza, reorganización que puso los
puestos de mayor relevancia en manos de los italianos:

A) Ministro de Hacienda y Guerra: Esquilache hasta 1766. Campomanes


a partir de 1767.
B) Ministro de Estado: Grimaldi hasta 1777. Floridablanca desde 1777.

LA CRISIS DE 1766 Y LA EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS DE ESPAÑA Y


AMÉRICA

Los motines de 1766 se debieron a diversos motivos:

- El fracaso en la Guerra de los Siete Años contra Inglaterra.


- El aumento de los impuestos para el mantenimiento de la guerra. El aumento
de los impuestos decretado por Esquilache tras la guerra de 1762 (de
participación de Portugal en la Guerra de los Siete Años) fue muy mal recibido
al tratarse de un personaje extranjero, suscitando el malestar en el pueblo.
73
- Malas cosechas y subidas de los precios de alimentos de primera necesidad.
- Liberalización del comercio de los cereales.
- La publicación del decreto de Esquilache, que prohibía el uso de los sombreros
redondos y las capas largas.
- La pugna en el poder entre reformistas y conservadores.
- La reacción ante el poder de los extranjeros, con Esquilache a la cabeza.

El 23 de marzo de 1766 miles de personas se dirigieron y saquearon la casa de


Esquilache teniendo éste que refugiarse en el Palacio Real. A la mañana siguiente una
multitud fue a la Puerta del Sol y se enfrenta a la Guardia Valona (Cuerpo de
Infantería reclutado en Valonia, Países Bajos). Exigían la destitución de Esquilache,
la sustitución de la Guardia Valona, la renovación de la norma sobre la vestimenta y
la reducción del precio de los alimentos. Carlos III huyó a Aranjuez junto con
Esquilache y Grimaldi.

Al comprobar la huida, los rebeldes exigieron la vuelta del rey a Madrid y el


otorgamiento de un perdón general. El 26 de marzo, el rey leyó una carta en la que
exponía su voluntad de cumplir con lo prometido y concedido al pueblo. El Gobierno
reaccionó ante los hechos y destituyó a Esquilache, aunque Grimaldi se mantuvo en
su puesto. Ensenada y sus seguidores fueron apartados de la Corte.

Madrid se reorganizó en ocho barrios para un mayor control por parte de las
autoridades.

Detrás de la insurrección pudieron existir diferentes agentes y motivadores, desde los


franceses, la nobleza o Ensenada.

Se estableció una comisión para encontrar a los responsables de los tumultos que fue
dirigida por Aranda y encabezada por Campomanes. Esta comisión dictaminó que los
responsables fueron los jesuitas, y como consecuencia, se dictaminó su expulsión de
España y de las Indias en 1767, además de la confiscación de sus bienes.

El levantamiento popular fue declarado nulo e ilegítimo por el Gobierno y se


revocaron todas las concesiones dadas por el rey, excepto el perdón general,
regresando la corte sin problemas a Madrid.

Los levantamientos se extendieron a otros territorios peninsulares como Zaragoza,


Santander o Cartagena y la crisis de 1766 puso fin a la primera fase de cambio
radical.

La expulsión

Carlos III había heredado una posición dominante sobre la Iglesia gracias al
Concordato de 1753. El clero era muy numeroso y rico, con grandes posesiones en
tierras y rentas, además de tener la posibilidad de recaudar impuestos. Además poseía
74
privilegios judiciales con inmunidad en la jurisdicción civil como el “fuero”, por el
que sólo eran juzgados y sentenciados por tribunales eclesiásticos; o el “canon” que
protegía a los sacerdotes de cualquier acto violento, arresto o tortura.

La promulgación de un decreto por parte de Carlos III recortaba la inmunidad


eclesiástica ya que la consideraba un desafío importante para el absolutismo real,
aunque no pudo eliminarla definitivamente.

El “jansenismo” era un movimiento religioso de origen francés que era partidario de


las ideas de San Agustín. Vivían como ermitaños y eran hostiles a los jesuitas. Los
reformistas fueron acusados de jansenistas; estaban en contra de la injerencia de la
Santa Sede en el poder temporal en España. También eran contrarios a la Inquisición.
Su objetivo era luchar contra la ignorancia y desterrar la superstición.

Campomanes fue el principal reformista tanto regalista como elitista. Buscó la


supresión de autos sacramentales, la flagelación y las peregrinaciones. Se
investigaron las cofradías y se redujo el número de días festivos. Para Campomanes
había que volver al cristianismo más primitivo y poner fin a la idolatría.

Los jesuitas eran odiados por diferentes motivos:

- Eran una organización muy preparada, culta y rica.


- Tenían un voto de especial obediencia al Papa y reputación de ser agentes
papales.
- Eran sospechosos de deslealtad contra la Corona española con las colonias
americanas.
- Eran una organización cuyo cuartel general estaba fuera de España,
incompatible con el absolutismo.

La expulsión tuvo el apoyo de ministros como Campomanes y Moñino. Se


enfrentaron con los jansenistas, los agustinos y los dominicos. Ser jesuita significaba
en esa época pertenecer a un grupo de colegiales y desaprobar los dictámenes
reformistas del Gobierno.

Fueron expulsados de Portugal en 1759, el año que Carlos III accedió al trono
español, acusados de conspiración contra el rey; de Francia en 1762 por malversación
de fondos; de España en 1767 por las revueltas de 1766.

LAS PUGNAS MINISTERIALES: EL TRIUNFO DEL PARTIDO


ARAGONÉS

Tras los tumultos de 1766, se produjo una remodelación del Gobierno reforzándose el
poder real.

Se producía la coexistencia y la lucha de dos facciones políticas:


75
1. El “Partido Aragonés, Castizo o Español” defensor de una monarquía
limitada por los derechos forales y por la clase nobiliaria. Agrupaba a la
aristocracia, eclesiásticos, militares y funcionarios y estaban liderados por
Aranda.
2. El “Partido Golilla” (denominado así porque sus partidarios usaban la
“gola”, alzacuellos característico de cuello blanco, liso y almidonado) y
defendían a la monarquía absoluta; el regalismo; y las reformas ilustradas
radicales. Agrupaba a nobleza hidalga, preparada en la Universidad.

Carlos III se vio obligado a prescindir de su principal Ministro y la administración a


reconocer la resistencia al cambio. En su búsqueda de un nuevo paladín, el rey eligió
al conde de Aranda, convirtiéndole, de hecho, en Ministro del Interior. Aranda era ya
un administrador muy experimentado y que había viajado intensamente, un soldado
familiarizado con la Ilustración, un progresista que no había abandonado los valores
españoles y aristocráticos. Con él, Carlos incorporaba a su Gobierno a un ejecutivo
duro y a un pseudorreformista, un hombre que podía restablecer el orden y la
confianza, dar seguridad y frenar a la aristocracia y conservar una política moderada
de cambio. Pero Aranda se veía como algo más que un acólito de otros políticos.

Aranda fue presidente del Consejo de Castilla durante 7 años, desde 1766 a 1773.
Hacia el final de ese periodo, en mayo de 1772, los fiscales del Consejo,
Campomanes y Moñino, se quejaron ante Carlos III de que el Presidente actuaba
despóticamente, invadiendo su jurisdicción y violando indirectamente los derechos
del Monarca. Así salió a la superficie un conflicto latente entre el llamado Partido
Aragonés, hostil a los conceptos borbónicos y a los funcionarios centralizadores, y
los fiscales del consejo, defensores del dominio de la ley y el poder civil contra los
excesos de Aranda y los militares. Aranda estaba en el centro de uno de esos grupos,
cuyos miembros no todos eran aragoneses, pero que sustentaban las mismas ideas
políticas.

El conflicto entre los golillas y los aragoneses no se reducía a una simple división
entre reformistas y reaccionarios, pues Aranda y su aliado político, Roda, se
adscribían a uno u otro grupo según los temas concretos. En la política clientelista de
este tipo aquellos que dominaban las secretarías más importantes acumulaban mayor
poder y ello situaba a ministros como Grimaldi y Floridablanca, golillas despreciados
por Aranda, por los nobles y los militares, en una posición de preeminencia sobre sus
rivales.

Una vez cesado, Aranda no abandonó la política española y el Partido Aragonés


continuó actuando, agrupado en torno a la cámara del príncipe de Asturias. Carlos
tenía sus propios agravios contra el rey, que le había dado una pobre educación, no le
había confiado asunto alguno y que no le había dejado siguiera la ilusión de hacer
algo positivo. Grimaldi dio nuevos argumentos a la oposición con sus nuevas
dificultades en la política exterior; por lo general, fracasaba al tomar la iniciativa y en
76
1775 su fracaso fue total. Se decidió organizar una gran expedición contra Argel para
castigar a su gobernante, que hostigaba los asentamientos españoles en el Norte de
África. La guerra fue importante para los españoles por razones de orgullo, religión y
seguridad marítima y la magnitud de la catástrofe -murieron más de 1.500 hombres y
el resto consiguió salvarse a duras penas- se consideró como un escándalo y un
desastre nacional. La expedición había sido proyectada fundamentalmente por
Grimaldi y Alejandro O'Reilly, dos extranjeros, que hicieron revivir los sentimientos
patrióticos y que llevaron a la población de Madrid al borde de la violencia.

El Partido Aragonés, con la ayuda y la complicidad del príncipe de Asturias, siguió


presionando al asediado Ministro, que se vio obligado a intentar una nueva táctica.
Convenció al rey para que permitiera al príncipe asistir a las reuniones nocturnas de
trabajo, al menos cuando se discutieran temas de política exterior. Pero no iba a ser
fácil detener al príncipe, que expuso sus ideas -o las del Partido Aragonés- en una
serie de inspiradas intervenciones en las reuniones del gabinete, siendo sólo refrenado
por el propio rey.

Floridablanca tendió a concentrar el poder y a rodearse de seguidores. Tenía sus


propios clientes en otros ministerios y ello le permitió ampliar su esfera de influencia.
Llegó incluso a introducir a su hermano en la administración como gobernador del
Consejo de Indias. La movilidad ascendente era tanto una táctica como un mérito y
Floridablanca utilizó este sistema, excluyendo a la problemática aristocracia. Otra de
sus tácticas fue la de eliminar la influencia del Consejo de Estado, que representaba
intereses tradicionales, reforzando en su lugar la autoridad del Consejo de Ministros
que él presidía. El Partido Aragonés era un grupo de intereses en la oposición, con un
concepto diferente del Gobierno y una base social distinta y enfrentada. Todavía tenía
contacto con el príncipe de Asturias, y éste con Aranda.

LOS CAMBIOS EN LA ADMINISTRACIÓN INTERNA Y EN LOS


GOBIERNOS LOCALES

Carlos III continuó con la política de absolutismo y centralización, con la existencia


de unas solas Cortes en representación de todo el Estado. Las características de su
gobierno eran; centralización y uniformidad.

El Consejo de Castilla era un departamento especializado en asuntos internos y era el


eje de la acción del Gobierno. Las figuras claves eran los “fiscales”, funcionarios de
la Corona que aconsejaban sobre legislación y preparaban informes y proyectos de
ley que serían discutidos por el Consejo. Tenían status de Ministros y asistían a las
reuniones de los viernes entre el rey y el Consejo.

A los Secretarios de Estado, se les llamaba Ministros, fueron la figura clave del
gobierno de Carlos III, estableciéndose cinco ministerios:

- Estado (Floridablanca).
77
- Guerra.
- Marina.
- Hacienda.
- Justicia.

Se suprimió el de las Indias. La concentración de poder fue acompañada de una


mayor coordinación. Floridablanca promovió las reuniones más asiduamente.

Se creó la Junta Suprema de Estado en 1787 que se reuniría una vez por semana en el
despacho del Secretario, Ministro, de Estado.

Los Gobiernos Locales

Carlos III dio un nuevo impulso a las “Intendencias” que tendrían a partir de ahora un
mayor contacto con el Gobierno Central. Así, en las provincias, los “intendentes” (la
mayoría de ellos pertenecían a los sectores medios e inferiores de la aristocracia) eran
los responsables:

a) de la administración general y la economía de cada una de ellas.


b) del reclutamiento obligatorio militar.
c) del abastecimiento militar.
d) su contacto con el Gobierno Central se estrechaba con un aumento de
la correspondencia y la multiplicación de los informes.
e) eran los ojos y oídos en materia de seguridad civil y orden público.
f) cobraban los impuestos.
g) promovían las obras públicas, el comercio y la agricultura

Los ingresos de las ciudades eran considerables, por lo que no podían quedar fuera
del control del Gobierno y desde 1760, con la Contaduría General de Propios y
Arbitrios, dependiente del Consejo de Estado, los controlaba.

La mayoría de los municipios estaban controlados por la nobleza local, que había
comprado los cargos municipales.

En 1766 Campomanes incluyó la figura del “representante del pueblo” en los


municipios, pero en la práctica no tuvieron importancia alguna ya que eran muy
débiles y casi siempre buscaban el beneficio propio.

En las ciudades de cierta entidad aparecieron dos nuevos personajes:

- El “Procurador Síndico Personero”, representante popular en las reuniones del


Ayuntamiento.
- El “Diputado del Común”, que controlaba los abastecimientos de la ciudad, así
como sus pósitos (almacenes de cereal que se entregaba a las familias
necesitadas) y los mercados públicos.
78
LA REFORMA DEL EJÉRCITO Y DE LA MARINA

El Ejército

La derrota en la Guerra de los Siete Años ante Inglaterra dejó en evidencia la


necesidad de reformar el Ejército tomando el modelo prusiano.

Carlos III tenía inclinación por la guerra, el desarrollo de las Fuerzas Armadas así
como el incremento del presupuesto en Defensa dan una idea del carácter militar del
régimen. El rey envió grupos de oficiales a estudiar el sistema militar prusiano.
O´Reilly se ocupó de enseñar la táctica prusiana el ejército español.

Con Carlos III aparecieron las “Reales Ordenanzas del Ejército”, con:

A) La reorganización de la Infantería, la Caballería, la Artillería y el Cuerpo de


Ingenieros, siguiendo el método prusiano.
B) Se crearon las Academias Militares de Ávila, y Segovia.
C) Se produjo un incremento en la producción y en la calidad de la fabricación
de armamento pesado en Santander, Sevilla y Barcelona.

Los intendentes daban dinero a las tropas para la compra de provisiones, pero el
Ejército no tenía sus propios sistemas de aprovisionamiento y dependía del transporte
y la comida de la compra sobre el propio terreno.

Otro problema existente era el “reclutamiento de tropas”, pues el servicio militar era
muy impopular y el Gobierno prefería tropas voluntarias y extranjeras. En esos años
el ejército contaba con ocho regimientos de extranjeros y otras tropas suizas.

En 1770 se adjudicó una cuota de reclutas, de entre 17 y 30 años, forzosos entre los
hombres solteros por cada provincia y mediante sorteo, para servir durante ocho años.
El resultado de esa cuota fue un fracaso ya que se producían casamientos en masa, así
como huidas o sobornos a los magistrados encargados de los sorteos. Al final sólo
pobres y menos favorecidos acabaron yendo a filas en la Infantería. El peso de esa
cuota lo acarreaba Castilla, Andalucía y el noroeste peninsular.

A partir de 1766 se abandonó el sistema y el Gobierno se vio obligado a volver a


depender de voluntarios y extranjeros. Respecto a los mandos, el cuerpo de oficiales
estaba dividido por razón de clase social. Sobraban generales. Los oficiales
superiores eran de la alta nobleza, solo los nobles podían ser oficiales cadetes. Pero
existía déficit de oficiales subalternos. Los hidalgos y plebeyos ocupaban las escalas
inferiores.

La Marina

79
Carlos III había heredado una marina relativamente fuerte, diseñada por Ensenada,
siguiendo el modelo de la marina inglesa. Entre 1770-78 los astilleros trabajaron sin
descanso en la construcción de navíos de línea y fragatas, al igual que los astilleros de
La Habana. La madera de los mástiles se traía del norte de Europa y Rusia.

Se intento dar solución a los problemas:

1. Planificando la Marina.
2. Reclutando a nuevo personal.
3. Organizando la construcción de navíos.

La preparación de sus oficiales era deficiente y muchas de las derrotas que la Armada
Española tuvo no fueron por la calidad del material, o su cantidad, sino por la
incapacidad de éstos.

Es a partir de 1796 cuando empezó el declive, la Marina alcanzó su máxima amplitud


y mínima actividad en la guerra con Francia de 1793-1795, Guerra del Rosellón o de
los Pirineos. Se decidió entonces mantener la Marina en los puertos con efecto
disuasorio a posibles ataques.

LA OBRA DE CAMPOMANES

Ilustrado y reformista, Campomanes creía en la razón y en sus resultados. Sus ideas


económicas estaban orientadas al libre comercio y a las fuerzas del mercado. Desde
el punto de vista político era enemigo de los privilegiados y del absolutismo.

Sus escritos tenían una fuerte dimensión histórica, creía que la Historia tenía un valor
práctico y buscaba en el pasado elementos que pudieran justificar la acción del
presente. Sus escritos fueron el principal elemento de la política económica de Carlos
III. Fue:

- Nombrado fiscal del Consejo de Estado en 1762.


- Escribió acerca del comercio con América.
- Defendió que el fomento de la economía debía de basarse en el mundo rural.
- Defendió la libertad de comercio de los cereales, aboliendo tasas y
estableciendo el comercio de granos.
- Hizo propuestas para corregir el mal reparto de la tierra.
- Realizó un expediente sobre los males de la agricultura y elaboró una lista con
las posibles soluciones.
- Elaboró un proyecto para la repoblación de tierras de realengo abandonadas en
el norte de Andalucía, a cuyo frente y para su supervisión colocó a Olavide.
- Estimuló las manufacturas artesanales, fomentando la artesanía popular.
- Fue nombrado Presidente del Consejo de Estado en 1783.

80
LAS “NUEVAS POBLACIONES” DE OLAVIDE

Protegido de Aranda y Campomanes, Olavide era Intendente de Sevilla y supervisor


de la colonización de las tierras al norte de Sierra Morena.

En 1767 Campomanes elaboró un proyecto, costeado en parte por los jesuitas, para la
colonización de las tierras desérticas de Sierra Morena. Se trataba de crear colonias
en las regiones deshabitadas de tierras de realengo y su función era demostrar que los
problemas agrarios tenían solución si se aplicaba un programa ilustrado que no se
viera obstaculizado por las trabas del pasado y libre de latifundios, mayorazgos y
manos muertas.

La repoblación se llevó a cabo con comunidades de emigrantes alemanes y flamencos


católicos, llevando la agricultura y la industria a una región hasta entonces estéril y
llena de bandoleros.

Cada colono recibía:

a) 33 hectáreas de tierras.
b) Casa.
c) Aperos de labranza.
d) Ganado diverso.
e) Exenciones fiscales.

Se establecieron dos poblaciones principales, La Carolina y La Luisiana.

Los objetivos principales fueron:

- Abrir un paso entre Madrid y Sevilla.


- Acabar con el fuerte bandolerismo existente en esa zona.
- Resolver los problemas económico-sociales de la zona.
- Ser un modelo a extender luego a otras partes del territorio.

81
TEMA XI LA POLÍTICA EXTERIOR DE CARLOS III

LA RUPTURA DE LA NEUTRALIDAD FERNANDINA Y EL TERCER


PACTO DE FAMILIA

En 1756 al inicio de la Guerra de los Siete Años Inglaterra apresaba barcos españoles
con mercancías francesas; los corsarios ingleses entraban en aguas jurisdiccionales de
España y Gibraltar continuaba siendo británica.

Además en 1758 surgió de nuevo el conflicto de la pesca del bacalao en Terranova,


porque Inglaterra, negaba el derecho a la pesca a vascos, bretones y portugueses en
virtud de haber conseguido su soberanía en el Tratado de Utrech de 1715.

En plena guerra, 1760, también se produjo la toma de Montreal por parte de los
ingleses, lo que puso en serio peligro las posesiones coloniales francesas americanas.

La suma de estos hechos y la afinidad del monarca con Francia hicieron que Carlos
III aparcase su neutralidad y se acercase a los franceses.

Se firmó en 1761 el Tercer Pacto de Familia entre España y Francia y se produjo la


intervención española en la guerra colonial franco-inglesa.

Pero Carlos III cometió tres importantes errores:

1. Entró en guerra en el peor momento, cuando la balanza se inclinaba hacia el


lado inglés.
2. Subestimó el poderío de guerra británico.
3. Se vio involucrado en un conflicto colonial sin contar con los recursos
adecuados.

LA PAZ DE PARÍS

Se produjeron una serie de derrotas y Manila y La Habana cayeron en manos


inglesas, y el intento de conquistar Portugal para presionar a los ingleses también
fracasó. España se vio abocada a la firma de la Paz de París de 1763, que ponía fin a
la Guerra de los Siete Años, dictándose:

1. La tolerancia en Honduras a los leñadores ingleses del palo de Campeche.


2. La renuncia a la pesca en Terranova.
3. La devolución de Sacramento a Portugal.
4. La cesión a Inglaterra de todos los territorios al este del Mississippi y la
Florida.
5. Inglaterra devolvió a España La Habana y Manila.
6. Francia entregó a España La Luisiana.

82
EL APOYO ESPAÑOL A LA REBELIÓN DE LAS COLONIAS BRITÁNICAS
DE AMÉRICA

La rebelión de las colonias inglesas de 1775 puso fin al peligro que Inglaterra suponía
en su expansión colonial al sur y dio a España la posibilidad de recuperar territorios
perdidos.

España aprovechó el aislamiento de Portugal para ocupar la Isla de Santa Catalina y


capturar la colonia de Sacramento.

España apoyó a los corsarios americanos y se firmó un acuerdo secreto con Francia
en 1779 por el que los franceses aseguraban a los españoles si entraban en la
contienda la devolución de Menorca, Gibraltar, Florida y Belice.

Se buscó la invasión de Inglaterra, se recuperó Menorca en 1782 y se intentó, pero no


se consiguió, la recuperación de Gibraltar.

EL PRECIO DE LA GUERRA CONTRA GRAN BRETAÑA EN AMÉRICA Y


EN EL MEDITERRÁNEO

El balance de la Guerra anglo-española en América fue muy perjudicial para España:

1. Se produjo hambruna en la población por la escasez de alimentos y la


subida de los precios.
2. Las exportaciones españolas se vieron afectadas.
3. Se produjo una grave sangría de los recursos económicos para costear la
guerra.
4. Además continuaban los ingleses en Gibraltar, la Costa de los Mosquitos
(Honduras/Nicaragua) y la desigualdad comercial.
5. Lo único positivo que trajo la paz fueron unos años de relativa prosperidad.

La costosa política exterior de Carlos III obstaculizó el programa de reformas


internas, pues el dinero fue destinado a la guerra y no a productos agrarios,
manufactureros o de fomento del bienestar.

La Corona siguió buscando el apoyo de la nobleza y del clero, al que respetó sus
privilegios heredados o adquiridos.

Carlos III dejó a su muerte en 1788 a su sucesor, su hijo Carlos IV, un sistema
impositivo sin reformar y una Hacienda endeudada. Además los últimos años de su
reinado trajeron malas cosechas con hambre, epidemias y muertes, lo que obligó al
gobierno a hacer grandes desembolsos en el extranjero para la compra de cereales.

LA PAZ DE VERSALLES

83
En 1783 se firmó la Paz de Versalles, por la cual:

1. España recuperó Florida y Menorca, pero devolvió a Inglaterra las Bahamas


y concedió a los ingleses algunos derechos en Honduras.
2. Esta paz supuso la confirmación del poderío español en el colonialismo
americano y significó el momento culminante de su poderío económico y
territorial al otro lado del Atlántico.
3. Pero aun así, Inglaterra mantuvo su poder naval, lo que suponía un peligro
para las colonias españolas.

84
TEMA XII CULTURA E ILUSTRACIÓN

INTRODUCCIÓN

Se suele denominar Ilustración al movimiento intelectual que vivió Europa en el siglo


XVIII. Los ilustrados entroncaron con la tradición del humanismo cristiano del siglo
XVI tanto en espíritu como en conocimiento y difusión de sus obras. El pensamiento
del siglo XVIII se suele definir por su carácter científico y crítico. El intelectual
ilustrado rechazaba el conocimiento que no pudiera ser comprobado, y fundamentaba
su saber en la experimentación.

La obra de los ilustrados tenía carácter polifacético, verdaderamente enciclopédico en


el sentido más usual del término. El intelectual ilustrado pasaba con gran facilidad de
la Botánica a la Geografía, de ésta a la Economía, al Derecho, a la Historia, etc.
Muchos de ellos podrían se definidos certeramente como ensayistas. Sorprende
pensar que algunos compaginaran su labor intelectual con una densa carrera política
(Campomanes, Jovellanos, etc.).

La tendencia mayoritaria del siglo favoreció los conocimientos de tipo científico y


técnico que pudieran ser empleados en la mejora de la producción Industrial y
agrícola. Las ciencias útiles fueron exaltadas con la misma pasión con que se
criticaban los conocimientos teóricos de tipo escolástico.

LA PRIMERA ILUSTRACIÓN: FEIJÓO Y EL CÍRCULO DE VALENCIA

Tras la Guerra de Sucesión y el advenimiento del primer Borbón se inició una etapa
nueva en la cultura hispana que bien puede calificarse de Primera Ilustración. Se
trataba del lento despertar de un movimiento que todavía debía madurar y
desarrollarse, pero que ya llevaba en su germen los fundamentos esenciales del
futuro.

Es la época en la que empiezan a surgir los primeros escritos mercantilistas, como los
de Uztáriz, con el objeto de conocer la realidad económica del país y de aplicar
nuevas soluciones. Es la etapa en la que Macanaz porfía por asegurar el regalismo
como arma para la regeneración de la monarquía, trazando para ello un primer
programa globalizador. Es el momento en que ve la luz uno de los periódicos más
importantes del siglo, como fue el Diario de los Literatos de España. Y, sobre todo,
es la hora en la que empiezan a despuntar 2 de los principales intelectuales de la
Ilustración española, que llenaron buena parte de la vida intelectual de la primera
mitad de la centuria: Feijóo y Mayans.

Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) nació en la orensana población de Casdemiro


en el seno de una acomodada familia noble, y durante la mayor parte de su vida
residió en Oviedo, donde ocupó varias cátedras y vivió una vida de retiro en el
monasterio de S. Vicente. Pensador de enlace ubicado entre los novatores y los
85
primeros ilustrados, Feijóo es un personaje de transición que tendrá una importancia
vital en la gestación y maduración de la Ilustración española. La variada gama de
aspectos abordados, la agudeza con la que trataba los distintos asuntos y el carácter
divulgativo y didáctico de la obra de Feijóo, han convertido sus escritos en punto de
obligado interés por parte de los historiadores.

Su principal obra, el Teatro Crítíco Universal (1726-1739), así como las Cartas
eruditas (1742-1760), que le sirvieron de complemento, se vendieron por millares y
se agotaron con prontitud: se calcula que más de 400 mil volúmenes pasaron a manos
de los españoles a lo largo del siglo. Su lenguaje ameno y accesible, sin erudiciones
innecesarias, le permitió romper las barreras de las minorías. Campomanes y el
impresor madrileño Joaquín Ibarra prepararon finalmente una edición en 33
volúmenes de los escritos feijonianos, mostrando con ello la influencia que Feijóo
tuvo en la Ilustración, más allá de su muerte.

Los 8 volúmenes del Teatro y los 5 de las Cartas parten del presupuesto de la
postración de España, vivamente sentida. Feijóo fue uno de los ilustrados que más
contribuyó a afianzar la idea del vacío intelectual anterior a sus días. Su programa se
cifra, además de llamar la atención sobre tal postración, en el anhelo de redimirla. Lo
hace a su estilo, con lenguaje inhabitual en los escritores, con temas siempre de
actualidad, y hablando de todo en los 280 escritos que integran su obra: de economía,
de convencionalismos sociales, de política (era un pacifista convencido y
desmitificador de héroes bélicos), de la necesidad científica, contrastante con el
ensimismamiento anterior, en sus ensayos sobre medicina, sobre física, ciencias
naturales, astronomía.

El padre Feijóo se inspiraba fundamentalmente en fuentes de fuera, de manera


especial francesas, pero también inglesas; siempre recurre con admiración a los
oráculos de los ilustrados Bacon, Locke y Newton.

Entre los intelectuales del siglo dedicados a las humanidades, resalta con luz propia la
figura de Gregorio Mayáns y Siscar (1699-1781), personaje de suma importancia
del que no es exagerado afirmar que fue pieza clave en la recuperación cultural de la
España de los años centrales de la centuria. Nacido en Oliva, Mayáns fue profesor de
Derecho en la Universidad de Valencia, donde destacó como un pensador de
indudable talla y de variadas inquietudes dentro de una tónica general muy ligada al
humanismo europeo y más concretamente al erasmismo.

Entre sus preferencias se encontraba la revisión de la historiografía basada en datos


inventados o en supercherías que no se sostenían ante la más leve actitud crítica.
Mayáns vino a significar la postura más audaz y decidida entre los que decidieron
afilar sus plumas contra los falsos historiadores al estilo de Francisco Manuel de la
Huerta y Vega, quien en 1738 publicaba su libro España primitiva basado en un
cronicón fingido por José de Pellicer. De la mano de Mayáns son escritos tan
significativos como Orígenes de la lengua española (1737), Vida de Miguel de
86
Cervantes Saavedra (1737), Vida de Fray Luis de León (1761) o su influyente
Retórica (1757).

Es de destacar igualmente, como muestra del valor que tenía en esta Primera
Ilustración la búsqueda del pasado histórico, el esfuerzo erudito y documental del
padre agustino Enrique Flórez (1702-1773) al redactar 29 volúmenes de su España
Sagrada. Mientras que en los temas seculares se mantuvo relativamente crítico y
heurístico, en los eclesiásticos la actitud complaciente con la «leyenda rosa» clerical
fue moneda corriente en sus textos.

También es digna de mención la actividad del primer periodista español, Mariano


Francisco Nipho, así como la publicación en 1758 de la gran obra del padre José
Francisco Isla (1703-1781), con su Historia del famoso predicador fray Gerundio de
Campazas, alias Zotes, cuyo primer tomo apareció en 1758, en tiempo de Fernando
VI. Tanto éste como el segundo, aparecido 10 años más tarde, no tardarían en ser
prohibidos por la Inquisición. El tema era ciertamente escabroso para la época. Fray
Gerundio tenía por objeto satirizar a los clérigos que utilizaban una oratoria sagrada
hueca y despegada del interés supremo de la salvación de las almas, una retórica que
en realidad era la muestra de una falsa piedad. La oposición de algunos ilustrados se
explica, no por el objeto de esta especial pedagogía, sino por el género y el estilo
lúdicos empleados, incompatibles con la seriedad y dignidad del objeto. Ahora bien,
y aunque no se lograse inmediatamente lo que se perseguía, el Fray Gerundio fue
mucho más eficaz que todos los tratados de los otros ilustrados.

VEHÍCULOS DE PENETRACIÓN Y MANIFESTACIONES DE LAS IDEAS


ILUSTRADAS

Los ilustrados concedieron una gran importancia a la educación y a la difusión de la


cultura. La educación era vista como un instrumento fundamental de reforma. Era
preciso que llegaran al pueblo los conocimientos y el sentido de una cultura utilitaria
y en cierto modo dirigida. Pero las vías de educación eran muchas, muy diversas y no
siempre actuaban en el mismo sentido.

Libros y periódicos

El libro es un elemento básico de un movimiento intelectual. En 1757 había unas 180


librerías repartidas entre 40 ciudades. Algunos impresores desarrollaron una
importante actividad intelectual como Antonio Bordázar en Valencia, en la segunda
mitad del siglo. Madrid, Valencia y Barcelona fueron por este orden las capitales
tipográficas de la España ilustrada. Los ilustrados se dedicaron a reeditar clásicos del
Renacimiento español, como Luis Vives, fray Luis de León, Nebrija, etc. Su esfuerzo
bibliográfico fue notable. Algunos publicaron grandes obras con un elevado número
de volúmenes, como el Viaje de Antonio Ponz, etc.

87
Se ha estudiado especialmente la lucha de los intelectuales con la censura,
representada por la Inquisición, por el consejo de Castilla, y por la jurisdicción
especial del Juez de Imprentas. Fue una lucha desigual. La censura no logró impedir
la circulación de una literatura clandestina ni de libros prohibidos. Al principio la
censura inquisitorial condenaba obras con divergencias religiosas de tipo jansenista.
más adelante fueron los grandes títulos de la Ilustración europea, fundamentalmente
franceses, pero también italianos. Estuvieron prohibidos unos 500 títulos franceses
que incluían todos los grandes autores del siglo XVIII. Pero los lectores disponían de
muchos modos de burlar la censura, entre ellos las traducciones en las que no se
indicaba el nombre del autor.

Las librerías y las bibliotecas eran los principales centros de difusión del libro.
Acerca de las primeras sabemos que a mediados del siglo no rebasaban para toda
España el número de las 200 (para 1757 se han cifrado exactamente en 181), lo que
indica claramente la precaria situación de la lectura en España pese a la mejora que se
experimentó durante el siglo. La difusión era escasa y los autores se veían obligados a
convertirse en sus principales agentes de promoción. La aparición esporádica de
catálogos, con preferencia a finales del siglo, permite adivinar una cierta mejora.

En cuanto a las bibliotecas, no parece que pueda presentarse un panorama mejor, a


pesar de que el aumento del nivel de vida y de la alfabetización permitió un cierto
avance durante la centuria. Las bibliotecas públicas eran escasas. La institución más
representativa era la Biblioteca Real, creada por Felipe V en 1712 con fondos
procedentes de la denominada Librería de la Reina Madre y con los más de 6 mil
volúmenes traídos desde Francia por el propio monarca. Comandada por un director
general, que debía ser el confesor del monarca, y más efectivamente por el
bibliotecario mayor, la institución tenía un corto número de funcionarios y estaba
abierta al público 6 horas en los días laborables con prohibición expresa de que
entraran las mujeres.

Además, existían otras bibliotecas de carácter semipúblico, como eran las que
poseían las diversas universidades y academias, las de los seminarios episcopales y
los conventos o las de instituciones como los Reales Estudios de San Isidro, a la que
se agregó la biblioteca de los jesuitas madrileños tras su expulsión, o el Real Colegio
de Cirugía de Barcelona.

Al margen de los intelectuales, los consumidores más habituales de libros eran un


sector de la elite nobiliaria y eclesiástica y una parte de los altos funcionarios.

El desarrollo de la prensa fue un fenómeno característico del siglo XVIII. Cierto es


que de 781 publicaciones registradas, más de la mitad respondía al género de los
pronósticos dirigidos a una demanda sin grandes preocupaciones intelectuales. Cierto
es también que la prensa española del siglo XVIII tuvo escaso respaldo social. El
público lector era limitado. Pero reviste interés el hecho de encontrarnos ante unos

88
periódicos de opinión más que de información; en algunos casos eran verdaderas
revistas intelectuales.

Carácter oficial o semioficial tuvo el Diario de los literatos de España que se publicó
de 1737 a 1741. Distinto carácter y mucha mayor duración tuvo el Mercurio histórico
y político que comenzó a publicarse en 1738. El periodismo recibió un fuerte impulso
gracias a la labor de Mariano José de Nifo. De 1762 a 1767 se publicó El Pensador,
la primera revista de crítica social (aún moderada). Una fuerte expansión de la prensa
se registró en el decenio de los 80, sobre todo con El Censor (1781), dirigido por Luis
Cañuelo, de fuerte matiz crítico, lo que le valió problemas con la Inquisición. La
prensa periódica no se limitaba a Madrid, como prueban el Diario Pinciano de
Valladolid (1787), el Diario de Valencia (1790) y el Diario de Barcelona (1792).
Como consecuencia de la Revolución Francesa, de 1791 a 1792 fueron prohibidas
todas las publicaciones periodísticas que no estuvieran controladas por el Gobierno.
Aunque se revocó la prohibición, la censura inquisitorial y estatal siempre estuvieron
atentas.

A fines de siglo aparecieron 2 publicaciones muy significativas de prensa económica


especializada: el Correo mercantil de España y sus Indias (1795) y el Semanario de
Agricultura y Artes dirigido a los párrocos (1797), destinado a la difusión de
conocimientos agronómicos.

Financieramente, la mayoría de los periódicos, especialmente los privados, fueron


ciertamente débiles. Los costes de impresión y difusión, la escasez de compradores
fijos, las oscilaciones políticas que endurecían la censura oficial e inquisitorial, no
actuaban en favor de la consolidación de una prensa estable. Por eso los proyectos
fueron a menudo muy efímeros y por eso la prensa que más perduró fue la de
titularidad estatal o la que se alineaba claramente con el oficialismo gubernamental.

La “otra enseñanza” y formación

Los nuevos campos de la ciencia, los nuevos métodos, hicieron posible la otra
enseñanza y formación: la técnica, la profesional, con independencia de los gremios.
En este sentido, el siglo XVIII fue coherente con su obsesión por lo útil. El que las
refiramos sólo catalogalmente no debe mermar la trascendencia de iniciativas e
instituciones que ofrecían, aunque a veces con cierta timidez, la formación práctica
que no se podía recibir en la Universidad.

De acuerdo con las necesidades de la Armada, del comercio marítimo, es decir, con
las precisiones del Estado, se privilegió la Náutica. Éste fue el sentido del pionero
Colegio de San Telmo sevillano, creado antes del siglo XVIII y convertido luego
(1786) en Escuela Oficial de Náutica para la formación de pilotos. Ya en 1717
funcionaba en Cádiz la Compañía de Guardias Marinas (luego trasladada a San
Fernando). Su carácter elitista se compensó con la apertura de Escuelas similares en
los astilleros de Cartagena y de El Ferrol con Carlos III. Consulados y Juntas de
89
Comercio estimularon Escuelas de Náutica en Bilbao, Barcelona, Málaga, Santander,
Coruña, Alicante y Mallorca entre 1740 y 1802. La mejor organizada, la más
ilustrada, debida a los desvelos de Jovellanos, fue, sin embargo, la del Instituto de
Gijón, que compartió la orientación marinera natural con la sección de mineralogía,
tan adecuada a su entorno.

El equivalente a Escuelas de Comercio fue atendido igualmente por la Junta de


Comercio y consulados portuarios en Málaga y Sevilla (1786), Barcelona (1787),
Santander (1790), Bilbao y Cádiz (ya en el siglo XIX). Se dio importancia -y en ello
insistían los Discursos de Campomanes y todos los proyectistas- al diseño industrial,
al dibujo textil (Barcelona, Valencia), a la Arquitectura, a los idiomas, a algunas
enseñanzas más especializadas aún.

Las Sociedades Económicas se preocuparon de establecer enseñanzas especiales, por


ejemplo la de sordomudos -con tradición castellana- en Madrid (1805); y las fábricas
intentaron formar a sus aprendices, con ciertas resonancias gremiales todavía (como
la de Guadalajara).

El Seminario de Nobles de Madrid, fundado por Felipe V para ser conducido por los
jesuitas, y que tras la expulsión de la Compañía se transformó y secularizó con sus
métodos y programas. El Seminario era el más moderno de los de su clase, con
enseñanzas de español, francés, geografía, historia natural, danza, esgrima y otras que
se consideraban indispensables para los jóvenes de noble cuna.

Carlos III quiso mantener su alto nivel y acentuar el carácter de preparatorio a la


carrera militar; lo dotó ampliamente y lo puso bajo la dirección de Jorge Juan. Algo
parecido ocurría en el Seminario de Vergara, usufructuario por la Sociedad
Vascongada en el edificio abandonado por los jesuitas expulsos. El Colegio Imperial,
transformado en Estudios Reales de San Isidro, también fue objeto de la real
protección. Con arreglo al Plan de 1770 se cursarían en él latín, griego, hebreo y
árabe. Las Humanidades comprendían también cátedras de Poesía y Retórica, y el
cuadro de las ciencias, enteramente al día, incluía Física y Matemáticas. Figuraban
también en el cuadro académico el Derecho Natural y de Gentes.

Para la organización del Ejército, la Escuela-Academia de Artillería en Segovia contó


con personajes de excepción a su frente o como profesores. La Caballería se
preparaba en Ocaña, la Infantería en Puerto de Santa María, y los Ingenieros en
Alcalá.

LAS ACADEMIAS

Ante la atonía de las universidades, la Ilustración se desarrolló en toda Europa a


través de otras instituciones, por ejemplo, las Academias, originadas muchas veces en
tertulias aristocráticas e intelectuales. Existía la tradición de las academias
renacentistas y el modelo más próximo del academicismo francés del siglo XVII.
90
Durante el siglo XVIII la Corona va a animar y patrocinar diversas iniciativas
culturales de importancia. Un primer instrumento de intervención fueron las Reales
Academias. Procedente Felipe V de la nación que, juntamente con Inglaterra, estaba
marcando las pautas de la cultura europea del momento, va a proteger a la Real
Academia Española de la Lengua, que, creada en 1713, desde 1739 elaborará un
Diccionario de Autoridades. En 1731 surgirá la de Medicina y en 1738 la de Historia,
que realizó a lo largo del siglo una meritoria labor de recogida documental y de
salvaguarda del patrimonio histórico. En todos los casos el proceso fue similar.
Empezaron siendo academias privadas y acabaron consiguiendo el respaldo oficial.
Asimismo, es de destacar la fundación de la Academia de Bellas Artes de San
Fernando (1744), destinada a elaborar los cánones de la creación artística.

La ubicación de estas Reales Academias en Madrid era un símbolo de la misión que


debían desempeñar en orden a normalizar y disciplinar las manifestaciones culturales
de acuerdo con los criterios reinantes en la Corte. Pero también surgirán, auspiciadas
por las elites locales, academias provinciales que emularán las de Madrid, como la de
la Purísima, en Valladolid (1779), dedicada a las Bellas Artes.

Se dispuso una ley (23-10-1777) con la que no podría hacerse ninguna obra ni
monumento público sin previa aprobación de los proyectos por la Academia de San
Fernando, la cual rechazó sistemáticamente los que no se ajustaran a las normas
clásicas. El área de aplicación de la ley no se circunscribía a las obras arquitectónicas;
se extendía también a los retablos, que en adelante sólo podrían fabricarse de sobria
factura, de piedra, de mármol o de madera imitando mármol si los recursos con que
se contaba no eran suficientes, y en los que debían observarse rigurosamente las
reglas de los órdenes clásicos, casi siempre coronados con el inevitable frontón.

En el haber del intervencionismo estatal en el dominio artístico hay que inscribir


también 2 medidas legislativas de indudable trascendencia: la libertad de ejercicio,
sin trabas gremiales, en favor de los profesionales de la Arquitectura, Escultura,
Pintura y Grabado, una aspiración por la que venían luchando desde hacía siglos, y la
vigilancia de las órdenes impartidas para evitar la exportación de obras de arte,
medida dirigida sobre todo contra los marchantes ingleses, que aprovechaban el
interés que despertaban las obras de los pintores españoles, especialmente de Murillo.

Otro aspecto destacable en la política cultural del reinado de Carlos III fue la atención
prestada a los archivos públicos. Es verdad que no se les consideraba como fuentes de
investigación histórica, sino como archivos administrativos, pero sin esas medidas de
reorganización grandes tesoros documentales hubieran desaparecido. La realización
más positiva fue la creación del Archivo General de Indias (1787), instalado con
verdadera magnificencia en el edificio construido por el Consulado de Sevilla. Junto
a esta medida cabe señalar la reorganización de los archivos de Simancas, Cámara de
Comptos de Navarra, Corona de Aragón y el de la Orden de Santiago en Uclés.

91
LAS CIENCIAS EXPERIMENTALES Y LAS EXPEDICIONES
CIENTÍFICAS

De espaldas a la investigación y a la demanda social, la Universidad siguió siendo


imprescindible, pero anticuada. Los Borbones se encararon desde el principio con el
problema del desfase de España respecto de una Europa cada vez más tecnificada y
consiguieron logros sustanciales, progresos brutalmente detenidos por los sucesos de
1808 y las guerras civiles posteriores, que de nuevo agrandaron el foso entre España
y los países más avanzados. Tras los primeros pasos que se dieron en tiempo de
Felipe V llegó con Fernando VI la plena Ilustración, la creación de centros
especializados, el envío de jóvenes becarios al extranjero, la búsqueda de técnicos
más allá de nuestras fronteras. En este punto el reinado de Carlos III no fue sino una
continuación de la actividad ya emprendida por su antecesor, y a su vez fue el
prólogo del florecimiento experimentado bajo Carlos IV. En este punto al menos hay
que rehabilitar a Godoy por su constante patrocinio a los científicos.

Aunque siempre en sectores minoritarios, al lógico se va imponiendo el lenguaje


matemático como soporte e índice de una nueva mentalidad científica y pedagógica.
El cálculo infinitesimal es utensilio manejado por Jorge Juan e introducido en
Academias de matemáticas, sobre todo para ingenieros y artilleros, antes incluso de
mediar el siglo. Luego se hará accesible en manuales de aritmética, geografía y
álgebra.

Desde los novatores, la ciencia más atendida (y ello es comprensible) resultó ser la
medicina. También en iniciativas múltiples operaron las precisiones militares. Hemos
aludido ya a la trascendencia de la Regia Sociedad de Medicina (y otras Ciencias) de
Sevilla en los albores del siglo. La iatroquímica fue superada por otros sistemas más
de acuerdo con la observación directa, por la atención a enfermedades carenciales. Al
final del siglo (1795), el Colegio de Médicos obligaría a la colegialización. A cambiar
hábitos demasiado arraigados contribuyeron los avances de la medicina preventiva,
con las polémicas sobre la inoculación al principio, con la aceptación de la vacuna
antivariólica al final.

Entre las especialidades médicas fueron atendidas con predilección la Cirugía y la


Farmacia. “Algibristas” y boticarios pueden formarse más rigurosamente gracias a la
superación de monopolios gremiales y a la aparición de Colegios de Cirugía: el de
Cádiz para la Armada (1748), los posteriores de Barcelona (1764), Madrid (1787),
etc., con variedad de enseñanzas. La Farmacia, tras las consabidas dificultades
gremiales, logró Colegio en Madrid (1732) y en Barcelona y Zaragoza en tiempos de
Carlos III. El Laboratorio de Química creado en Madrid (1787) completaba las
posibilidades docentes del Real Jardín. La Real Botica desempeñó un papel directivo
y ejemplar al que debieron mirar los farmacéuticos, las boticas militares, las de
monasterios, las de centros de asistencia social.

92
Los veterinarios españoles contaban con una importante tradición que se remontaba a
la Edad Media y tenían desde el Renacimiento una organización profesional
controlada por el Protoalbeiterato. La primera institución docente de carácter
moderno, la Escuela de Veterinaria de Madrid, fue fundada en 1792.

El Real Jardín Botánico de Madrid, emigrante hasta situarse, con Carlos III, en su
lugar definitivo (1781). Profesor de este centro de experimentación fue José Quer,
autor de la primera Flora española, tradicionalista, en 6 volúmenes. Durante estas 3
décadas el Jardín Botánico de Madrid fue una de las instituciones de mayor
importancia dentro del panorama mundial de la disciplina. Su aportación más
destacada fue la de promover y centralizar las grandes expediciones botánicas
españolas de la época, encabezadas, en general, por naturalistas que habían estudiado
en la escuela que funcionaba en el Jardín.

Las primeras expediciones habían sido organizadas en el reinado de Felipe V. Así, en


colaboración con el gobierno francés se llevó a cabo entre 1753 y 1756 una 1ª
expedición dirigida por La Condomine y en la que participaron Jorge Juan y Antonio
Ulloa. Tenía la finalidad político-astronómica de medir el arco del meridiano en Perú.

A mediados de la centuria los gobernantes españoles entablaron relación con Linneo,


quien envió en 1751 a su discípulo Pehr Loefling. Después de residir 3 años en la
corte, Loefling fue encargado de dirigir una expedición botánica a Venezuela, que
interrumpió su temprana muerte en Cumaná (1756), enviándose entonces los
materiales procedentes de la misma al Jardín Botánico, fundado el año anterior.

Pero sería en los reinados de Carlos III y Carlos IV cuando se llevarían a cabo las
expediciones más fecundas. La expedición a “los Reynos de Perú y Chile”, se
organizó en 1777 bajo la dirección del burgalés Hipólito Ruiz y del extremeño José
Antonio Pavón, ambos discípulos de Gómez Ortega. Durante 10 años recogió una
enorme cantidad de material que, entre otras cosas, significó para la botánica
descriptiva la incorporación de 141 géneros nuevos y de más de medio millar de
especies hasta entonces desconocidas. Fueron dadas a conocer por Ruiz y Pavón en 5
volúmenes de su Flora peruviana et chilensis (1794-1802) y en una serie de
publicaciones monográficas.

Es de destacar asimismo la obra zoológica del aragonés Félix de Azara, quien


permaneció en el Río de la Plata y el Paraguay desde 1781 hasta 1801, enviado
oficialmente para realizar trabajos cartográficos. Además de ello, Azara se dedicó al
estudio de las aves y los mamíferos de la zona: más de 2 centenares de especies
actualmente admitidas se basan en sus observaciones, ejerciendo una notable
influencia sobre Darwin.

93
LA REFORMA UNIVERSITARIA

Los sistemas oficiales de enseñanza presentaban muchas deficiencias. Las escuelas de


primeras letras eran mediocres. Las universidades encarnaban el pensamiento
tradicional escolástico que rechazaba los progresos científicos del siglo XVII. La
Ilustración nació al margen e incluso contra el sistema universitario, aunque sea
posible registrar adhesiones individuales o progresos parciales.

El latín se estudiaba a fondo, pero muy pocos estudiaban el griego, y menos aún el
hebreo. El conocimiento de las lenguas vivas formaba parte de la instrucción de los
príncipes y de algunos caballeros y burgueses cultos, pero no de los planes de
estudios. Tampoco la enseñanza de la Historia y la Geografía; de estas disciplinas los
curiosos adquirían nociones a través de lecturas personales.

La carencia más grave era la de las ciencias de la Naturaleza. Dentro del carácter
libresco que tenía toda la enseñanza, los médicos tenían mayores oportunidades de
contacto directo con las realidades materiales por sus estudios de Anatomía, de
Botánica y nociones muy elementales de una ciencia todavía en formación: la
Química. La Física formaba parte de la Filosofía Natural y se basaba en los conceptos
aristotélicos, totalmente superados por el avance de la Física experimental. En cuanto
a las Matemáticas, a las que Salamanca dedicó en un tiempo alguna atención, en vez
de prosperar había degenerado como asignatura académica.

El pensamiento gubernamental de una reforma universitaria se concretó en la


entrevista que Carlos III concedió el 15-10-1766 a D. Gregorio Mayáns y Siscar, con
el encargo de formular un Plan de estudios universitarios que redactó y envió a
Madrid en 1767. Mayáns se había hecho la ilusión de que su plan sería adoptado con
carácter general, pero no fue así; Carlos III y sus consejeros quisieron recibir mayores
asesoramientos antes de acometer una reforma de tanta trascendencia y que tantas
resistencias había de suscitar. Se pidieron más informes y planes a las Universidades;
conocemos las respuestas algunas, divergentes en cuanto a la naturaleza de los males
y sus remedios. La reforma tuvo 3 focos principales: Salamanca, Sevilla y Valencia.
L

A pesar de la timidez de la reforma de 1771, la renovación de las universidades se


incrementó a fines de siglo. Progresivamente se incorporaron nuevos campos de
estudio, nuevas obras. La farmacia y la cirugía alcanzaron un nivel igual al
universitario. La Riqueza de las naciones de Adam Smith fue admitida en el plan de
estudios de 1807, que también potenció las cátedras de historia natural, química y
física experimental.

LAS SOCIEDADES ECONÓMICAS DE AMIGOS DEL PAÍS

Junto con la prensa periódica, las Sociedades Económicas de Amigos del País fueron
uno de los más peculiares “conductos de la Ilustración”, a través del cual se
94
difundieron las nuevas ideas de reforma económica en el plano provincial y local. En
el origen de estas nuevas instituciones confluye la acción de 3 factores:

1. El Estado estaba interesado en disponer de un instrumento adecuado para


hacer penetrar en el entramado de la sociedad provincial y local las
directrices emanadas del poder.
2. Las minorías ilustradas de las provincias, necesitaban del respaldo del
poder para salir de su aislamiento y convertirse en una fuerza
verdaderamente expansiva.
3. La aparición de las Sociedades Económicas con la evolución de la
coyuntura económica

Aunque en España tuvieran un especial desarrollo, la idea no fue netamente


hispánica. En diversos países de Europa, asociaciones de personas notables dedicadas
a promover los intereses nacionales, con especial dedicación a la agricultura, eran ya
una realidad desde hacía tiempo en ciudades como Dublín, Berna, París o Zurich.
Pero lo propio del caso español fue el apoyo que estas iniciativas recibieron del
Gobierno, su decidida puesta al servicio del proyecto reformista español y la enorme
proliferación de las mismas.

En 1765, a propuesta de don Javier María de Munibe, conde de Peñaflorida, el


gobierno autorizaba la constitución de la Sociedad Vascongada de Amigos del País a
través de una carta del marqués de Grimaldi. La actividad de los “caballeritos de
Azcoitia”, con su Seminario en Vergara tras la expulsión de los jesuitas, fue
realmente sorprendente si se juzga por sus memorias publicadas y por sus esfuerzos
en mejorar la agricultura y la ganadería, la industria vasca, por introducir avances
tecnológicos, por la educación y la enseñanza útil, por su biblioteca, por la presencia
de “profesores” extranjeros de prestigio y por los discursos (algunos de talante
liberal) en ella pronunciados. En los años sucesivos las noticias apuntan a que
únicamente Baeza y Tudela habían intentado seguir el ejemplo.

Sin embargo, las Sociedades Económicas de Amigos del País, como movimiento
homogéneo y colectivo, surgieron a partir de 1774, cuando Campomanes publicó sus
2 obras más divulgadas: Industria popular y Educación popular de los artesanos.
Campomanes deseaba la regeneración de la economía española a partir de un modelo
de crecimiento preferentemente rural.

En 1774 quedaba autorizada la Sociedad de Amigos del País de Baeza y un año


después la de Madrid, sociedad esta última a la que se dio un evidente valor
simbólico vigilando detenidamente el contenido de sus estatutos. A partir de ese
momento, decenas de sociedades empezaron a proliferar en un rápido proceso de
creación que durará todo el siglo, pero que tendrá su fase culminante en los años
finales de 80. En total, casi 80 fueron aprobadas antes de 1808, muchas no pasaron de
su creación, aunque otras muchas tuvieron una trayectoria notable. El proceso de

95
creación continuó tras la Guerra de la Independencia, aunque el contexto no fue ya el
mismo.

Pese a los matices diferenciales que pudieron darse -el fuerte dinamismo de las
Sociedades Vascongada y Matritense, sus medios económicos y la importante
personalidad de sus participantes no fueron lo habitual en el resto de España, si
exceptuamos las de Zaragoza, Valencia, Sevilla, Segovia o Mallorca-, es posible
bosquejar un cuadro general de las actividades que realizaron los Amigos del País y
de la trascendencia de sus acciones en la sociedad española del último cuarto de siglo.
En todas o casi todas se trató de los medios para conocer y aumentar la población,
que era uno de los fines primeros de su creación. En cuanto a la agricultura y
ganadería, se dedicaron prolijas memorias a toda suerte de mejoras técnicas, a la
divulgación de métodos e instrumentos de trabajo y a loar la nueva agricultura; pero
también se habló de modificar las formas de tenencia, propiedad y explotación de la
tierra, como cuando la Madrileña abordó el Informe sobre la Ley Agraria de
Jovellanos, con tantas sugerencias acerca de las manos muertas y de cambios
sustantivos. Igualmente se trató de la industria, de sus dificultades y posibilidades;
gracias a informaciones llegadas de fuera se conocieron avances tecnológicos de no
fácil aplicación; en varias saltó la cuestión gremial y se cuestionaron formas de
producción que se consideraban en trance de arcaísmo. Al lado de estas atenciones,
algunas Sociedades dedicaron tiempo y dinero a realizar labores de infraestructura,
como carreteras, puertos, acueductos y canales o incluso a poner en funcionamiento
algunas industrias a título experimental.

Pero el progreso no podía conseguirse sin acudir a una segunda labor: la educación.
Así, las sociedades crearon 4 tipos de enseñanzas: escuelas de primeras letras
(cuestiones elementales y prácticas de los oficios textiles como hilar en el torno y
tejer en telares); centros de formación profesional artesanal (para aumentar la
producción formando más adecuadamente a la mano de obra), y cátedras de diversas
ciencias (en particular las ciencias experimentales, como la química, las matemáticas
o la botánica; pero también la economía política, la nueva ciencia utilitaria por
excelencia).

Otra de las obsesiones ilustradas que se reproduce en las Sociedades fue la de la


política social dirigida al aprovechamiento de las “clases estériles”, de los mendigos y
los vagos. Se trató de relacionar la mengua de la mendicidad con la recuperación de
la industria: había que reeducar para el trabajo a las masas de desocupados.

LA APARICIÓN DEL PENSAMIENTO REACCIONARIO

La reacción de 1791 -parecida a la de 1559- fue un episodio efímero, pero revelador y


bien explotado por quienes estaban convencidos de las nefastas consecuencias de la
«moderna filosofía» de la Ilustración, que, desde sus balbuceos, tuvo que debatirse
con el otro frente, agresivo, y que, por definirlo de alguna manera, puede llamarse
antiilustración. Integrada ésta por sectores sociales aristocráticos que, reflexiva e
96
institivamente, perciben la amenaza al régimen señorial, al sistema de valores que lo
sustenta, los formuladores serían clérigos clarividentes ante el proceso secularizador
que intenta disolver la ordenación sacralizada de la sociedad y el sustentáculo
ideológico de su predominio. Los antiilustrados, por tanto, incorporan un discurso
capaz de enfrentarse con el de los ilustrados.

Al igual que éstos, disponen de medios e instrumentos de acción para afianzar y


generalizar su universo mental: centros tradicionales como la Universidad, los
Colegios Mayores hasta su extinción; cartas pastorales obligatoriamente leídas en las
iglesias, como lo eran los edictos y anatemas de la Inquisición; prensa periódica y
libros apologéticos.

El Padre Zeballos pudo ofrecer ya en 1775 el manual voluminoso de la Falsa


Filosofía. Estas y otras refutaciones prestaron materiales e ideas con virtualidades
multiplicadoras a través del medio más resonante y del que los ilustrados laicos
carecieron: el púlpito. En no pocas ocasiones, la sátira, clandestina y violenta, se
convertiría en mediadora entre reacción y opinión popular.

Porque Aristóteles -la escolástica-, en efecto, se convirtió en el soporte ideológico del


universo mental dominante y amenazado. El Padre Vicente Calatayud acusó a Piquer
de utilizar autores extranjeros, es decir, herejes. El Conde de Peñaflorida recurrió a la
ironía para ridiculizar a quienes ven en Newton, Descartes, Leibniz, Galileo. Por
1766, sátiras jesuíticas presentan una España toda ella jansenista. A las Sociedades
Económicas de Amigos del País se las transfigura en «madre y norma del error y
libertad», como decía de la zaragozana en sus sermones el Padre Diego José de Cádiz
y circulaba en los coplones distribuidos por la ciudad.

97
TEMA XIII EL REINADO DE CARLOS IV

LA FIGURA DE CARLOS IV

En 1788 moría el Borbón de más prestigio del siglo XVIII, Carlos III. Carlos IV su
hijo, casado con María Luisa de Parma, deseaba continuar la política de su antecesor:
mantuvo como Primer Ministro a Floridablanca, pero los acontecimiento le
rebasaron. Carlos IV heredó poder y 2 objetivos de su padre: la modernización y el
engrandecimiento de España, con las dificultades añadidas de la penetración de las
ideas revolucionarias y la invasión de los ejércitos franceses. La moderada
prosperidad experimentada a mediados de la centuria se había acabado y el país
conoció la peor serie de crisis de subsistencia de su Historia.

En el centro del Antiguo Régimen se encontraba la monarquía absoluta, el


absolutismo necesitaba un monarca y éste un Primer Ministro con credibilidad en el
interior y en el exterior. Carlos IV apenas aportó a la monarquía un sentido del deber,
la reina era la dominante y el valido desfasado y anticuado. Convocó Cortes, las
cuales reconocieron a Fernando, príncipe de Asturias y rechazaron la ley sálica de
sucesión de Felipe V, fueron clausuradas sin tener en cuenta las propuestas de
cambios agrarios.

En 1789 estalló la Revolución Francesa, Carlos IV no puede ser neutral, en política


exterior oscilaba a favor o en contra de Francia y lo mismo sucedía con Inglaterra.
Ese mismo año las Cortes derogaron la Ley Sálica promulgada por Felipe V,
restableciéndose la Pragmática Sanción que hacía posible la sucesión femenina al
Trono. En 1790 Floridablanca emprende una campaña contra la propaganda
revolucionaria y pese a ello al año siguiente se difundieron clandestinamente
ejemplares de la Constitución francesa.

En febrero de 1792 Aranda sustituyó a Floridablanca y logró su encarcelamiento.


Persona indecisa propugnó la política de coexistencia con la República Francesa
recién creada. En noviembre del mismo año Manuel Godoy y Álvarez de Faria,
sustituyó a Aranda. Godoy intentó liberar a Luis XVI y una vez asesinado éste,
decretó la expulsión de los súbditos franceses residentes en España. La Convención
francesa declaró la guerra a España y se puso fin al Tercer Pacto de Familia.
Comenzó a partir de este momento de la alianza hispano británica.

En cuanto a la figura de Carlos IV, para unos era un hombre de natural pacífico y de
índole benigna, generosa, afable no le inclinaban a ejercer la inhumanidad por reglas
y por principios. Pero frente a esta visión tópica hay multitud de ejemplos de lo
contrario, como cuando visitó Barcelona para las bodas reales de 1802, en que mostró
un gran interés por visitar las instalaciones militares y acudió a Figueras para conocer
personalmente los motivos y circunstancias de su rendición durante la guerra con
Francia de 1793-1795 y la historiografía más reciente le concede un papel activo en
la dirección de la política exterior española.
98
Cierto es que, aficionado a la música de Bocherini y a la pintura de Goya, había
heredado de sus antecesores la adoración por las actividades campestres, sobre todo
la caza y la equitación, se sentía muy inclinado por las actividades manuales y estaba
imbuido por un concepto familiar de la monarquía, sintiéndose defensor nato de la
dinastía borbónica y, en especial, protector de sus ramas italianas.

Su esposa, María Luisa de Parma, era una gran aficionada al lujo y a las joyas. Fue
objeto de una cruel campaña de desprestigio, auspiciada por los enemigos de Godoy
y continuada por la historiografía posterior. Su actividad política no fue desdeñable y
los informes diplomáticos que los enviaban señalaban con frecuencia a María Luisa
como la inspiradora de la acción política española. Tenía una imaginación feliz, un
entendimiento despejado, un talento sublime, una política profunda, una comprensión
vasta, un manejo y destreza en los negocios arduos y complicados, y un genio nacido
para el trono con no menores disposiciones que otras reinas gobernantes.

LA RECEPCIÓN DE UNA PROBLEMÁTICA HERENCIA

Carlos IV comenzó su reinado manteniendo la política y los ministros que había


heredado. Conservó a Floridablanca en su puesto de 1er. secretario de Estado y su
gobierno parecía dispuesto a revitalizar la política de los reformadores anteriores. Las
Cortes se reunieron bajo la presidencia de Campomanes en septiembre de 1789 con
una agenda de mayor contenido que la de las anteriores Cortes borbónicas. Después
de reconocer a Fernando, príncipe de Asturias, como heredero del trono, se pidió a
los 74 procuradores que rechazaran la ley sálica de sucesión introducida por Felipe V
y que excluía a las mujeres del Trono, petición inspirada por la preocupación hacia
las tradiciones españolas, y que los procuradores aceptaron sin discusión.

Las propuestas para impedir la acumulación de propiedades vinculadas y la creación


de nuevos mayorazgos y de poner fin al abandono de las tierras de cultivo
ocasionaron más discusión y algunas diferencias de opinión, pero si estas reformas
fueron recibidas sin entusiasmo, tampoco encontraron oposición.

Estas propuestas eran un ejercicio de legislación real, no parlamentaria, y emanaban


del rey, por consejo de Floridablanca. Los tiempos no eran propicios para las
asambleas. La historia reciente de los Estados Generales en Francia era un precedente
inquietante para cualquier monarca. Transcurridas algunas semanas, las Cortes
españolas fueron clausuradas y no se tomó iniciativa ninguna respecto a las
propuestas de cambios agrarios.

Este fue el primer golpe a la continuidad política y al programa de Floridablanca. El


segundo se asestó en la política exterior. En 1790, una disputa territorial sobre la
bahía de Nootka, en la costa del Pacífico de Norteamérica, situó a España y G.
Bretaña al borde de la guerra, pero Floridablanca prefirió negociar con el enemigo
tradicional antes que invocar el apoyo de la Francia revolucionaria.
99
EL IMPACTO DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y LOS MINISTERIOS
DE FLORIDABLANCA Y ARANDA

Floridablanca puso al servicio de Carlos IV, las mismas cualidades de que había
hecho gala con Carlos III, eficacia, seriedad y dominio de la situación. Fue acusado
de despotismo ministerial por sus enemigos que se agrupaban en torno al conde de
Aranda, cesado recientemente de su puesto de embajador de Francia, y que expresaba
la hostilidad de los aristócratas y militares hacia los golillas y burócratas.

El estallido de la Revolución Francesa horrorizó a Floridablanca y condicionó toda su


política. Floridablanca era un servidor del absolutismo, siempre había sido un
conservador más que un reformador radical, convencido partidario del orden y del
progreso, y su reacción ante la Revolución francesa fue la lógica de un Ministro
español. Floridablanca decidió que era necesario preservar a España del contagio
revolucionario a toda costa y se apresuró a tomar las medidas necesarias para
mantener a los españoles apartados de los sangrientos acontecimientos franceses. Se
multiplicaron los decretos, muchos de ellos repetidos, en el intento de tapar cualquier
posible rendija: en octubre de 1789 incremento el número de tropas en la frontera
pirenaica; a través de una rígida censura de prensa intentó suprimir las noticias
llegadas de Francia y la entrada de los periódicos franceses y otras publicaciones
relativas a la Revolución.

El 6-8-1790, el gobierno prohibió la entrada en España y la exportación a América de


libros en cuya cubierta figurara la palabra «libertad», así como todos los productos
que contuvieran ilustraciones de disturbios en Francia. Cuando la literatura
revolucionaria continuó entrando en España en 1791, Floridablanca movilizó a la
Inquisición más directamente a su servicio y sus funcionarios fueron estacionados en
los puestos aduaneros para revisar todo el material procedente de Francia. Reforzó el
cordón de tropas en la frontera y en el interior destinó equipos de espías para
descubrir conversaciones subversivas, especialmente entre las clases elevadas. El 24-
2-1791, un edicto real ordenó la suspensión de todas las publicaciones privadas
españolas y sólo se permitió que siguiera publicándose la prensa oficial, con sus
noticias rígidamente censuradas.

El objetivo de esa campaña era preservar a España de la subversión. Pero el peligro


era imaginario. Es cierto que las noticias procedentes de Francia coincidieron con el
gran descontento en España, cuando el país se vio enfrentado a una grave crisis
económica en 1789, consecuencia de la mala cosecha de 1788. La escasez de grano y
el elevado precio del pan provocaron motines en numerosas ciudades de Castilla la
Vieja y en otras regiones en los primeros meses de 1789, mientras Galicia era
escenario de violentas protestas contra los impuestos en el invierno de 1790-1791. La
agitación fue lo suficientemente grave como para impulsar al Gobierno a intervenir
en el mercado de cereales para prevenir cualquier relación entre la inquietud

100
económica y política y para incrementar la soldada de los miembros de la guardia
real. Pero se trataba de los tradicionales motines del pan sin contenido ideológico.

Sin embargo, para Carlos IV la Revolución Francesa era una amenaza tanto para los
Borbones como para España. Su principal preocupación era salvar el Trono de su
primo Luis XVI y, luego, salvar su vida. Ésta fue una de las razones por las que
mantuvo en el gobierno a Floridablanca, confiando en su experiencia como
diplomático y en su conocido apoyo a la alianza tradicional entre España y Francia.
Pero Floridablanca adoptó una actitud de dureza hacia Francia, no sólo clausurando la
frontera sino también adoptando una posición sobre los acontecimientos políticos
ocurridos en el país vecino. No tardó en ser evidente que la política de Floridablanca
ponía en peligro a la monarquía francesa. Por tanto, había que modificar esa política
y para subrayar el cambio se nombró a un nuevo Ministro. Floridablanca fue cesado
el 28-2-1792 por su intransigencia respecto a Francia. Especialmente, la negativa de
España a reconocer la validez del juramento de Luis XVI de la constitución francesa
se consideró que ponía en peligro a la familia real francesa.

Carlos IV sacrificó, pues, a su Ministro por las relaciones exteriores. En un principio


se permitió a Floridablanca que se retirara a su nativa Murcia, pero el 11 de julio
entraron tropas en su casa de Hellín y le escoltaron a la fortaleza de Pamplona, donde
estuvo confinado hasta abril de 1794 para ser investigado por abuso de poder y
malversación de fondos. Esto fue obra de su viejo enemigo, Aranda, en el que todavía
estaba vivo el resentimiento de más de 20 años, mientras que debió la libertad a
Godoy.

Floridablanca fue sustituido como Primer Secretario de Estado por Aranda, otro
experto en asuntos franceses. El nuevo Ministro se lanzó a la tarea de modificar la
política de su antecesor. La Junta de Estado fue abolida, siendo su lugar ocupado por
el Consejo de Estado. Era esta una institución tradicional presidida por el Rey y en la
que no sólo estaban presentes ministros sino también representantes de las clases
privilegiadas, pero pocos asuntos de importancia eran sometidos al consejo. Aranda
también suavizó la actitud oficial de España ante la Revolución francesa y moderó las
estrictas leyes de prensa con que el Gobierno había intentado protegerse. Argumentó
que la hostilidad con respecto a Francia era contraproducente, que carecía de toda
sanción militar y que privaba a España de influencia diplomática contra Gran
Bretaña. Pero no consiguió ver cumplido su principal objetivo de salvar a la
monarquía francesa y su actitud indulgente hacia la Revolución Francesa irritó a los
monarcas españoles, especialmente porque no consiguió nada a cambio. La posición
de Aranda era, pues, precaria. La reina y Godoy monopolizaron los nombramientos
en el Gobierno y marginaron cada vez más al Ministro. Pronto se demostró que los
apaciguadores nada podían hacer para detener el curso de los acontecimientos en
Francia. El derrocamiento de Luis XVI y el apresamiento de la familia real francesa
en agosto de 1792, junto con las victorias militares de la nueva república y su política
de expansión revolucionaria, indujeron a España a cerrar filas una vez más y al

101
monarca a intentar otro camino. Cesó a Aranda el 15 de noviembre y liquidó, así, la
política y a los políticos de Carlos III, en favor de un nuevo régimen.

Aranda fue sustituido por Manuel Godoy, de quien pronto se empezó a decir que
debía únicamente al favor de la reina su rápido acceso al poder. Pero en su
nombramiento había algo más que una intriga palaciega. El punto de vista de los
británicos era que los monarcas habían preparado durante largo tiempo a Godoy y
que el fracaso de la pacificación en un momento en que la contrarrevolución cobraba
fuerza les dio la oportunidad de nombrarlo.

EL ASCENSO DEL VALIDO GODOY

Godoy escribió, o dictó, sus Memorias en su exilio en París, 40 años después de


ocurridos esos acontecimientos, en parte para la Historia y en parte como
justificación. La versión que da en ellas de su ascenso al poder, aunque en
contradicción con alguno de los hechos, no es totalmente falsa. Según esa versión, los
monarcas eligieron a Godoy por su misma insignificancia, para poner en práctica su
propia política, sin restricciones, a través de él.

Los acontecimientos, y no una relación amorosa, determinaron el ascenso de Godoy.


Los acontecimientos habían dado origen a un mundo nuevo que exigía una nueva
política y una nueva persona, que no estuviera identificada con el pasado. En
especial, Godoy pudo iniciar una nueva política respecto a Francia: después de 60
años de pactos de familia condujo a España a la guerra con su tradicional aliado, en
respuesta al deseo nacional, cosa que Floridablanca y Aranda no podrían haber hecho
sin desautorizar su anterior política.

Godoy nació en Badajoz el 12-5-1767 en el seno de una familia de la nobleza


provincial no excesivamente acomodada. Su condición nobiliaria le facilitó el ingreso
en la Guardia Real y, a su vez, esto le permitió llamar la atención de la Familia Real
en septiembre de 1788, cuando fue arrojado de su caballo mientras realizaba una
labor de escolta en San Ildefonso. María Luisa contempló el accidente desde su
carruaje y se sintió impresionada inmediatamente por el joven de 21 años. Unos días
más tarde fue introducido en sus habitaciones, y lo presentó a su marido y, sin ningún
otro argumento le inició en su sorprendente carrera. Sus nuevos amigos, ahora
monarcas desde diciembre de 1788, le introdujeron en la vida de la corte y de la
política, le aseguraron una promoción acelerada en la Guardia Real, le colmaron de
honores, títulos y riqueza, le admitieron en el Consejo de Estado y le nombraron
Primer Secretario de Estado en 1792 cuando sólo tenía 25 años. Los embajadores
extranjeros observaron que daba la talla en las negociaciones negándose a discutir
todo aquello que no figurara en la agenda que había preparado. Por lo demás, Godoy
impresionaba por su buen carácter y su ausencia de malicia.

Godoy no contaba con una base de poder. Fue afortunado en el sentido de que su
iniciación al Gobierno y su política de guerra con Francia coincidieron con un rebrote
102
del nacionalismo español y se benefició de la popularidad entre el clero y la
población. Era también foco de atención y de esperanza por parte de un grupo de
jóvenes intelectuales, Forner, Moratín, Meléndez Valdés, como posible partidario de
la Ilustración. El favor de que gozaba en la Familia Real y su influencia llenó su
camarilla de «pretendientes» y le proporcionó una clientela cambiante, formada en
gran parte por mujeres.

Godoy no era un español modélico y a los ojos de la mayor parte de los españoles no
era tampoco un estadista modélico. Si la reina fue su amante en los años posteriores a
1788, esa relación sólo duró hasta el matrimonio de Godoy en 1797 y fue seguido de
una estrecha amistad: Godoy permaneció con ella durante su exilio, estaba presente
en su lecho de muerte en Roma, y ella le nombró su único heredero. Junto con el rey
creían que Godoy era un genio político, el salvador de España y su última esperanza.
Sus cartas a Godoy durante más de 10 años revelan los pensamientos no de un
amante sino de 2 monarcas abrumados por la situación política que recurren a su
Ministro para que les permita superar la confusión reinante.

Godoy sustentaba ideas políticas conservadoras, haciendo gala de una deferencia


ocasional hacia el absolutismo reformado. Sin embargo, tanto en sus ideas políticas
como en la mayor parte de sus opiniones, Godoy mostraba una gran capacidad para la
imitación. Godoy fue objeto de la crítica del estamento eclesiástico conservador y fue
acusado ante la Inquisición de ateísmo e inmoralidad. Pero sea cual fuere su
comportamiento, sus creencias eran lo bastante ortodoxas y estaban libres, además,
del regalismo extremo característico de los Borbones. No era furibundamente
antipapal, aunque sólo fuera porque deseaba conseguir la cooperación económica del
Papa y, a pesar de la oposición del monarca, influyó en 1797 para que se permitiera el
regreso de los ex-jesuitas a su país y a sus familias. La oposición eclesiástica a Godoy
se explica frecuentemente como consecuencia de su política fiscal y su aparente
simpatía hacia la libertad de pensamiento.

La búsqueda de dinero dominó la política americana de Godoy. Fue lo bastante sagaz


como para detectar las deficiencias de la política de Carlos III y de Gálvez y para
comprender que su principal equivocación consistía en intentar detener el reloj de la
Historia y privar a los americanos de los beneficios ya conseguidos. Su política
colonial fue sólo una extorsión fiscal cada vez más elevada.

Godoy para mitigar la inferioridad intrínseca de la posición española a partir de 1796


y rehacer el equilibrio frente a Francia, dirigió su mirada a la reforma, o al menos al
reformismo de compromiso heredado de Carlos III, inspirado en un principio por lo
que Blanco White llamó «vagos deseos de hacer el bien».

Comenzó con la política económica. En enero de 1793 se promulgaron diversas


medidas legislativas para reducir el monopolio de los gremios en la industria de la
seda y permitir otras formas de organización del trabajo. A estas medidas siguieron
otras destinadas a acabar con los gremios. También la agricultura ocupó la atención
103
del Gobierno. Un decreto del 24-5-1793, que hacía referencia al edicto de 1770 que
instaba la distribución de tierras concejiles a los campesinos, ordenó que las tierras
municipales de la provincia Extremadura fueran divididas por los ayuntamientos y
distribuidas a los campesinos para que pudieran cercarlas y cultivarlas como
quisieran. En el plazo de 10 años podían conseguir la posesión de la tierra a
cambio de una pequeña renta.

Un decreto de 20-12-1796 ponía fin a la regulación de los precios sobre todos los
paños y otras manufacturas producidas en el Reino. Los precios dependerían del
mercado y el Estado sólo intervendría para castigar el fraude.

El Gobierno tomó también diversas medidas para ampliar los trabajos de las
Sociedades Económicas y para utilizar a los párrocos rurales para difundir los más
modernos adelantos sobre la agricultura y la manufactura, tal como durante mucho
tiempo habían defendido los ministros de Carlos III. El Semanario de agricultura y
artes dirigido a los párrocos, apareció el 5-1-1797 y se publicó sin interrupción hasta
la invasión francesa de 1808.

Jovellanos pudo llevar adelante su proyecto más preciado, la creación del Real
Instituto Asturiano de Gijón en 1792, un instituto especializado en Matemáticas,
Navegación y Mineralogía, gracias a la protección y simpatía de Godoy. Y fue Godoy
quien hizo posible, en 1795, la publicación de la obra más importante de Jovellanos,
el Informe de la Ley Agraria.

Finalmente, el programa de reformas de Godoy estaba viciado por su propia


venalidad. Incluso para los niveles de la época, su régimen destacaba por el
nepotismo y su familia era el primer beneficiario de su posición. Godoy creó un
número mucho más elevado de oficiales de alto rango de los que necesitaba el
Ejército, simplemente para ejercer el clientelismo, impulsando de esa forma el
despilfarro y la incompetencia que era su obligación eliminar.

En la Iglesia promocionó a numerosos eclesiásticos de su región de Extremadura con


la intención de crear obispos clientes que pudieran contrarrestar la acción del clero
que le era hostil. Los principales problemas a los que tenía que enfrentarse eran la
falta de una base de apoyo y la existencia de una oposición.

Godoy remodeló el Gobierno a finales de 1797. Decidió una vez más intentar
conseguir el apoyo político de los reformistas y reforzó su Administración con
figuras destacadas del reinado de Carlos III marginadas por Floridablanca. En
noviembre Cabarrús fue nombrado embajador en Francia y, siguiendo su consejo,
Godoy reclamó a Jovellanos desde Asturias para nombrarle Secretario de Gracia y
Justicia, con jurisdicción sobre los asuntos eclesiásticos. Jovellanos aceptó el
nombramiento con recelo, considerando que una «privanza» de ese tipo era un
anacronismo. También por recomendación de Cabarrús se integró en el Gobierno a
un joven pie funcionario con reputación de experto en las finanzas del Estado,
104
Francisco de Saavedra, que fue nombrado secretario de Hacienda. Finalmente, Godoy
situó en el primer plano, inmediatamente por debajo de él, y como responsable del
ministerio de Asuntos Exteriores a Mariano Luis de Urquijo, traductor de Voltaire y
al que Aranda había protegido de la Inquisición en 1792. No había existido un
gabinete más «ilustrado» en España.

Godoy dimitió 4 meses más tarde, el 28 de marzo de 1798, supuestamente por


decisión suya, y Saavedra fue nombrado Primer Secretario para sustituirle,
conservando también el Ministerio de Hacienda. Pero la causa inmediata de la salida
de Godoy del Gobierno, como en los cambios anteriores de Primer Ministro
decididos por Carlos IV, fue la presión de Francia. El Directorio sospechaba que su
cliente empezaba a dar marcha atrás en la alianza y veía con particular desagrado sus
intrigas con los realistas y emigrados franceses. Por ello presionó para que fueran
cesados Cabarrús y Godoy, cuyo cese indicó el terror que inspiraba Francia en la
corte española más que la pérdida del favor real por parte del valido.

Los tradicionalistas volcaron su ira contra los reformistas en el propio seno de la


Iglesia. Durante todo el decenio de 1790 hubo una serie de incidentes entre la Iglesia
y el Estado, invocando los liberales principios regalistas y defendiendo los
conservadores las instituciones y privilegios de la Iglesia tradicional. El conflicto
cobró fuerza renovada durante el interregno liberal de 1797-1800, cuando Urquijo no
desaprovechó la oportunidad de provocar al clero y de presentar resistencia al
Papado. Finalmente, Godoy se puso del lado de la tradición y la bula fue publicada en
1801, lo que se consideró una gran victoria contra el jansenismo por la mayor parte
de la Iglesia española y como un retroceso para la causa radical.

La primera víctima de la reacción conservadora fue Jovellanos. Fue cesado el 24-8-


1798 y regresó a Asturias, siendo sustituido en el Ministerio de Gracia y Justicia por
Caballero, destacado conservador y clerical. Al mismo tiempo, Saavedra dimitió
como consecuencia de su mala salud, aunque en su dimisión influyó también el
fracaso financiero, y Urquijo ascendió al cargo de Primer Secretario de Estado,
iniciando una rivalidad política con Caballero que reflejaba la que existía entre
papistas y regalistas, entre conservadores y progresistas. Urquijo, fracasado, también
dimitió.

Los monarcas dirigieron nuevamente su mirada a Godoy. Durante los años que había
permanecido apartado del poder su posición política se había modificado. Su política
de reformas no había conseguido conquistar las posturas centristas y el protagonismo
excesivo del liberalismo en 1797-1800 había polarizado las posiciones. En lo
sucesivo, Godoy adoptó una postura más prudente. Retornó no como Ministro, sino
como Jefe del Gobierno con poderes extraordinarios, por debajo de los monarcas pero
sobre todos los ministros. Fue nombrado no sólo para poner fin a 2 años de
desgobierno sino también para realizar una tarea militar.

105
De la misma forma que había sido cesado para complacer a Francia, una de sus
primeras obligaciones al regresar al gobierno era hacer algo por Napoleón. En 1800,
Napoleón comenzó a presionar a España para que le ayudara a subyugar a la aliada de
Gran Bretaña, Portugal. Godoy fue nombrado comandante en jefe y partió hacia el
campo de batalla en mayo de 1801 con 60.000 hombres. Los portugueses capitularon
cuando sólo habían transcurrido 3 semanas de guerra. Godoy fue promovido al rango,
sin precedentes, de generalísimo, y luego al de almirante, con el título de Alteza
Serenísima. Por lo demás, la guerra puso al descubierto la inferioridad militar de
España y ejerció una influencia muy negativa sobre su independencia, su economía y
sus gastos.

El 2º gobierno de Godoy fue una prolongada prueba de fuerza con enemigos internos
y externos. La «neutralidad» española de 1802-1804 fue, de hecho, servilismo hacia
Francia, a la que se le dieron bases, facilidades y traslado de tropas a Portugal. Una
vez que Gran Bretaña renovó la guerra con Francia, en mayo de 1803, se le advirtió
de que los cargamentos de metales preciosos estaban en peligro. Godoy se hallaba
ante un difícil dilema, pero en ningún momento vaciló en su elección, o su temor, de
Francia. Esto permitió a Napoleón explotar la situación y obligar a España a comprar
el derecho a permanecer neutral mediante el pago a Francia de un subsidio de 6
millones de libras mensuales. Para realizar esos pagos, el gobierno español consiguió
un préstamo en Francia al 10%.

Las defensas de la península no habían sido mejoradas desde 1793, el comercio


colonial se hallaba bajo la amenaza de Gran Bretaña y Francia se apoderaba de los
envíos de metales preciosos. Napoleón no deseaba cambiar un útil tributario por un
problemático aliado. Por su parte, G. Bretaña estaba dispuesta a forzar la mano y
España había perdido la posibilidad de decidir su propio destino. El 12-12-1804
España declaró la guerra a Gran Bretaña, firmó una alianza con Francia el 4-1-1805 y
10 meses después sufrió el desastre de Trafalgar.

LOS PROBLEMAS DE HACIENDA Y SU INTENTO DE SOLUCIÓN:


DEUDA PÚBLICA, VALES REALES Y DESAMORTIZACIÓN DE LOS
BIENES ECLESIÁSTICOS

La estructura impositiva del Antiguo Régimen estaba diseñado para un Estado ideal,
sin problemas internos y con paz en el exterior. Pero las tres guerras sucesivas,
Francia (1793) e Inglaterra (1796-1802) y (1804-1808) dejaron las arcas reales
exhaustas.

El Gobierno en vez de reorganizar la estructura impositiva, se dedicó a la emisión de


títulos de deuda pública, “Vales Reales”, desde 1794. Estos vales reales fueron
creados por Carlos III con valor de papel moneda para paliar el grave déficit de la
Hacienda pública tras la entrada de España en la Guerra de Independencia
Americana. Las emisiones masivas de éstos provocaron su propia depreciación.

106
La circulación de los mismos necesitaba de la existencia de fondos en Hacienda; para
pagar los intereses a los compradores y para hacer frente a los reintegros de las
cantidades invertidas.

La primera emisión de estos vales supuso el 10% de los “propios y arbitrios” de todos
los ayuntamientos. Las sucesivas emisiones se hicieron con respaldo de bienes
eclesiásticos. Pese a estas medidas no se pudo reducir la deuda pública que seguía
creciendo en 1798.

Godoy buscó nuevas fórmulas de ingresos, pero no quería cargar a los contribuyentes
por lo que comenzó con los “bienes muebles”:

1. Gravó las rentas de los ayuntamientos.


2. Pidió cantidades extraordinarias a la Iglesia.
3. Logró de Roma la derogación de los privilegios de ciertos individuos,
órdenes militares y clero secular de no pagar diezmos.
4. Suprimió también el abono de tercias reales que gozaban ciertas casas
nobiliarias.

Godoy anunció la subasta de bienes inmuebles colectivos, concejiles, eclesiásticos o


amparados por las leyes eclesiásticas. Se pusieron en venta:

1. Las casas de los propios y arbitrios que daban renta de todos los
ayuntamientos.
2. Los bienes inmuebles de las seis Universidades Mayores.
3. Los bienes inmuebles de los jesuitas que todavía quedaban sin propietario
tras su expulsión en 1767.
4. Los bienes inmuebles de Hospitales, Hospicios o Casas de Misericordia.

Además, el Papa concedió a Carlos IV la potestad de enajenar y subastar la séptima


parte de las tierras de todas las iglesias, monasterios, conventos y Órdenes Militares.

107
TEMA IX LA POLÍTICA EXTERIOR DE CARLOS IV

LA GUERRA DE DEFENSA CON LA CONVENCIÓN FRANCESA Y LA PAZ


DE BASILEA

El frustrado intento diplomático de Godoy por salvar la vida de los reyes franceses
fue mal visto por la Convención (la Convención Francesa era la institución principal
de la Primera República Francesa). Los monarcas fueron asesinados en enero de 1793
y la Convención declaró la guerra a España en ese mismo año. Los franceses
invadieron territorio español entrando por los Pirineos.

El ataque tuvo inicialmente una importante oposición popular y llovieron donativos


de todas las partes de España para financiar la defensa. El clero español predicó esta
guerra como una cruzada en defensa de los fueros, las tradiciones, la religión y la
monarquía. La respuesta popular catalana fue la más destacada. El Gobierno Central
se resistió a armar a los habitantes civiles y no envió armas ni tropas a Cataluña en
1793, el año siguiente se crearon comités de defensa en Barcelona.

En 1795 financiaron un ejército de 25.000 hombres adicionales.

Los franceses intentaron ganarse a los catalanes fomentando su resentimiento hacia


Castilla, sin embrago, la guerra avivó el odio a los franceses. En las Provincias
Vascas, la resistente fue tenaz en Vizcaya y Álava, pero en Guipúzcoa, mientras el
pueblo se oponía a los invasores, los miembros de la diputación (ilustrados)
intentaron la negociación con los franceses. Navarra también decidió defender su
territorio.

Desarrollo de la guerra

Los inicios fueron victoriosos para los españoles, se invadió el Rosellón en 1793,
pero la falta de objetivos políticos o territoriales hicieron que esas incursiones fueran
simples actos simbólicos. Sin embargo, las campañas de 1794 y 1795 fueron nefastas
para España:

1. Se produjo desmoralización y descontento del pueblo.


2. El enemigo francés llegó hasta San Sebastián en 1794 a través de
Fuenterrabía.
3. Los franceses ocuparon Gerona y parte de Cataluña.
4. En 1795 el avance francés llegó hasta Miranda de Ebro y Navarra.

La magnitud de la derrota, el lastimoso estado de la Hacienda pública (en la ruina) y


el creciente descontento popular, apareciendo sentimientos nacionalistas tanto vascos
como catalanes, hicieron que fuera necesaria la búsqueda de la paz. En esta paz
también estaban interesados los franceses, que tenían abiertos varios frentes.
108
Así, se firmó el 22 de junio de 1795 la Paz de Basilea. Godoy la justificó debido a las
dificultades económicas, la carencia de tropas y la falta de dinero. Por ella:

a) España recuperaba todos los territorios peninsulares.


b) Se cedía a Francia parte de la isla de Santo Domingo.
c) Se puede considerar como muy honrosa y ventajosa para España
vistas las circunstancias;

Godoy recibió el título de “Príncipe de la Paz”, por parte de los reyes españoles.

DE ENEMIGOS A LA ALIANZA CON FRANCIA: LOS PACTOS DE SAN


ILDEFONSO

De los acuerdos de la Paz de Basilea se derivaron los pactos que al año siguiente
firmaron los dos países. Es así como se firmó el Tratado de San Ildefonso (1796):

a) Fue una alianza defensiva ofensiva contra Inglaterra.


b) Por estos Pactos, a requerimiento de cualquiera de las partes, la otra
la socorrería en el plazo de tres meses entregándole 18.000 infantes,
6.000 jinetes y una flota de 15 navíos de línea y 6 fragatas.
c) El mantenimiento de estas tropas correría a cargo del país al que
pertenecieran.
d) El pacto era extraordinariamente interesante para Francia que
contaría así con una flota española para dominar el Mediterráneo,
expulsar a los ingleses de Portugal y defender las Antillas.

Esta firma ocasionó dos hechos:

1. La revuelta de las primeras oposiciones a Godoy en la corte.


2. La guerra con Inglaterra en 1796.

Cuatro años después se firmó el Tratado de San Ildefonso (1800), por el cual:

a) Se establecía un intercambio entre los países, Francia cedió a España la


Toscana, mientras España cedió Parma.
b) Después de la toma de posesión, al mes, España entregaría a Francia 6
navíos de línea con 74 cañones cada uno.
c) Después de seis meses, también entregaría la Luisiana, española desde la
Paz de París de 1763.

109
LAS GUERRAS HISPANO-FRANCESAS CONTRA INGLATERRA Y EL
DESASTRE DE TRAFALGAR

En 1796 España declaró la guerra a Inglaterra, lo que tuvo consecuencias


catastróficas.

El bloqueo británico de Cádiz cortó las comunicaciones con las Indias, perturbó el
comercio, y retrasó las llegadas de causales americanos.

Se produjo la derrota de cabo de San Vicente y se perdieron Trinidad y Menorca.

Los efectos económicos fueron desastrosos:

1. Crisis en la economía catalana, la más aguda del siglo XVIII.


2. Paralización de las manufacturas.
3. Falta de alimentos.
4. Imposibilidad de importar grano.
5. Comercio marítimo interrumpido.

En 1800 Napoleón obligó a España a forzar el sometimiento de Portugal para lograr


el cierre de los puertos portugueses al comercio inglés. Godoy invadió Portugal con
60.000 hombres en 1801 y tres semanas más tardes capitularon los lusos, poniendo
fin a la Guerra de las Naranjas (1801).

Por el Tratado de Badajoz (1801) Portugal aceptó cerrar sus puertos a los barcos
ingleses, cedió Olivenza a España y un territorio en la Guayana a Francia, y además
se comprometió a un tratado comercial y al pago de indemnizaciones.

Por esta “victoria” Godoy es promovido al rango de Generalísimo y de Almirante con


el título de Alteza Serenísima.

En 1802 se firmó la Paz de Amiens entre España, Francia e Inglaterra, por la cual
España cedía Trinidad a Inglaterra y Portugal recuperaba Olivenza.

Se reanudó la guerra franco-inglesa en 1803 y Napoleón reclamó la ayuda de España


en base al Tratado de San Ildefonso, sin embargo Godoy apostó por la neutralidad y
tuvo que pagar una indemnización.

En 1804 de cuatro fragatas cargadas de oro español, tres fueron apresadas por los
ingleses y la cuarta se hundió. Finalmente España declaró la guerra a Inglaterra.

Napoleón buscó utilizar la capacidad de las flotas hispana y francesa para


desembarcar 160.000 hombres en territorio inglés.

110
En 1805 las flotas inglesa y franco-española se encontraban enfrente de Cádiz, en
Trafalgar, sufriendo una terrible derrota a manos del Almirante Nelson, a pesar de la
gran inferioridad numérica británica. La mala preparación de los franco-españoles y
la mediocridad de Villeneuve, almirante francés, junto a la habilidad de Nelson
fueron la causa de su victoria.

Tras Trafalgar, el futuro político de Godoy dependió de la voluntad de Napoleón.

Las consecuencias de la derrota de Trafalgar para España fueron muy severas:

- Sin armada para defender sus territorios americanos, fue el fin de su política
global.
- No pudo acudir a frenar los primeros brotes secesionistas americanos,
instigados por Gran Bretaña.

EL TRATADO DE FONTAINEBLEAU. NAPOLEÓN, GODOY Y EL


FUTURO DE PORTUGAL

Los acontecimientos hicieron que Godoy buscase su propia seguridad fuera de


España, manifestando a Napoleón su intención de obtener la regencia de Portugal,
porque su rey tenía las facultades mentales mermadas y poder así aislar a los lusos de
Inglaterra.

Napoleón hizo un borrador del futuro tratado:

- España y Portugal quedarían unidos en federación.


- Se concedería a Carlos IV el título imperial.
- Portugal quedaría dividida en dos partes:

o La norte para el rey de Etruria, Luis Francisco de Borbón.


o La sur para Godoy.

Finalmente, el 27 de octubre de 1807 se firmó el Tratado de Fontainebleau por


Godoy, Carlos IV y Napoleón. En él Portugal era dividida en tres partes:

- La norte para María Luisa, reina de Etruria, el suyo de Italia iría a manos de
Napoleón.
- El sur para Godoy.
- La parte central, Lisboa, se lo reserva Napoleón para poder intercambiarlo con
provincias del norte del Ebro, y quedarse finalmente sólo con Navarra.

El fin de Napoleón es conquistar Portugal para completar el bloqueo inglés. En un


protocolo se estableció el modo de ocupación de Portugal: Un ejército imperial de
25.000 hombres de infantería y 3.000 de caballería cruzaría España para llegar a
Portugal.
111
TEMA XV EL FINAL DEL ANTIGUO RÉGIMEN Y LOS PRELUDIOS DE
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

AÑOS DE ESCASEZ DE SUBSISTENCIA Y MOTINES

La crisis del Antiguo Régimen fue una crisis total que afectó al conjunto de España y
a todo su pueblo: al Estado y a la Iglesia, al Ejército y a la Marina, a la economía y a
la sociedad, a las zonas del interior y a las regiones y, por último, al imperio de
ultramar. El Gobierno de Carlos IV agravó la crisis pero no la provocó. Las raíces de
la inestabilidad política se hallaban en el pasado borbónico.

El desarrollo del absolutismo y la expansión del Estado centralista bajo Carlos III ya
habían provocado tensiones, suscitando una respuesta hostil no sólo por parte de los
liberales sino también de los tradicionalistas. La tradición estaba representada por los
intereses regionales y aristocráticos, manifestándose los primeros en la resistencia al
reclutamiento forzoso y los segundos en la oposición a los ministros y la burocracia.
Los sectores privilegiados se consideraban ignorados por el Estado absolutista y
denunciaron el despotismo ministerial y la autoridad de un Primer Ministro sobre los
demás como un quebrantamiento de los derechos aristocráticos, ya fuera el ministro
Floridablanca o Godoy y su monarca Carlos III o Carlos IV.

Mientras los tradicionalistas rechazaban el absolutismo por sus innovaciones, los


reformistas manifestaban una desilusión diferente. Habían contemplado cómo el
Estado borbónico abandonaba las reformas de los primeros momentos e iniciaba el
camino inverso. Los problemas que subyacían en el Gobierno borbónico continuaron
en una época de empeoramiento de las condiciones económicas. Se manifestaron 1º
en la adversidad demográfica. Las grandes epidemias de finales del reinado de Carlos
III, en un contexto de malas cosechas, señalaron el fin del crecimiento moderado de
la población del siglo XVIII. El crecimiento era ahora más lento y fue interrumpido
por nuevas epidemias en el Sur de España. En 1800, la fiebre amarilla azotó Cádiz
causando la muerte del 13% de los habitantes; desde allí se extendió a Sevilla, Triana
y Jerez. En 1804, Andalucía se vio afectada por un nuevo azote, el cólera, que asoló a
las poblaciones urbanas y que también tuvo repercusiones en Cartagena y Alicante.
La aliada de las epidemias era la malnutrición.

La España rural estaba dividida entre una oligarquía de grandes propietarios y sus
satélites locales, por una parte, y una masa de campesinos, por otra.

La situación agraria en España se hizo más crítica durante el reinado de Carlos IV y


el abastecimiento de productos alimentarios más difícil como consecuencia de la
inflación provocada por la guerra. El reinado comenzó con un año de escasez de
productos alimentarios como consecuencia de la terrible sequía de 1787 y de la
catastrófica cosecha de 1788. En Barcelona hubo 3 motines de hambre en febrero de
1789 y en Zamora los hambrientos y los desempleados mendigaban por las calles. A
todo lo largo y ancho de las 2 Castillas los alimentos eran escasos y caros; los
112
terratenientes retenían el grano para forzar la elevación de los precios y los
comerciantes vaciaban el campo para alimentar a Madrid. El Gobierno intentó aliviar
la escasez reorganizando los graneros públicos, donde se podían almacenar una parte
de las cosechas de los años de abundancia.

Pero todas las medidas fracasaron frente a la desastrosa cosecha de 1803-1804, que
fue la culminación de una serie de años malos y la expresión última de una economía
en crisis. El Gobierno tomó una serie de iniciativas: intentó estimular a las
autoridades locales, asignar fondos para la ayuda de la población rural pobre, dar
trabajo a los desempleados y destinar dinero de las instituciones de caridad para
comprar semillas para los campesinos pobres. Pero estas iniciativas no aportaron gran
alivio a los millares de víctimas del hambre, la malnutrición y las enfermedades en
Castilla y Andalucía.

La inflación se añadió a los problemas del Antiguo Régimen y ahondó aún más las
divisiones en la sociedad española. En la España rural, la inflación, unida a las
fluctuaciones de las cosechas y a las diferencias existentes en la propiedad de la
tierra, provocó el descenso del nivel de vida de la mayoría de los campesinos en un
momento en que los sectores privilegiados podían protegerse elevando las rentas y
derechos. En las ciudades, los trabajadores industriales salían peor parados que los
maestros artesanos y los propietarios, que podían hacer recaer las subidas de precio
en el consumidor. El incremento de los precios de los productos en casi un 100% en
la segunda mitad del S. XVIII, frente a un incremento de los salarios de menos de un
20%, significó el incremento de los beneficios empresariales, pero empeoró el nivel
de vida.

La caída de los salarios por debajo de los precios permitió que muchos hombres de
negocios, por ejemplo en Cataluña, ahorraran y pudieran invertir. En general, las
rentas eclesiásticas aumentaron al mismo ritmo que los precios, como ocurrió en el
caso de todos aquellos que obtenían la riqueza de la tierra. Menos protección frente a
la inflación tenían los funcionarios del Estado y todos cuantos dependían de un
salario fijo. Pese a todo, no morían de hambre. La carrera administrativa se estaba
profesionalizando.

Diversas zonas sensibles a la opresión en el pasado entraron de nuevo en ebullición,


como ocurrió en Valencia en 1801, debido a las adversidades climáticas, las malas
cosechas y el alza de precios. Las crisis de subsistencia y la depresión industrial se
agravaron como consecuencia las exorbitantes exigencias tributarías del Gobierno y
provocaron el estallido de la violencia en la ciudad en agosto y septiembre de 1801.
La cólera de la población urbana se dirigió hacia el nuevo sistema de reclutamiento
obligatorio para la milicia impuesto por Godoy, mientras que la protesta campesina se
centraba en la carga tradicional de los derechos feudales, en especial en aquellos
derechos pagados en especie. El desempleo y la mendicidad se mezclaron con la
delincuencia y el bandolerismo, mostrando Valencia todos los signos de una sociedad
en crisis.
113
EL COLAPSO INSTITUCIONAL Y HACENDÍSTICO DEL ANTIGUO
RÉGIMEN

La estructura impositiva del Antiguo Régimen estaba diseñada para un Estado ideal,
sin problemas en el interior y en situación de paz en el exterior. El hambre, la peste y
la guerra, cualquier situación de urgencia, agotaban inmediatamente los recursos y se
producía el déficit presupuestario. 3 guerras sucesivas, contra Francia en 1793-1795,
contra Gran Bretaña en 1796-1802 y, de nuevo, en 1804-1808, costaron más de lo
que reportaban los impuestos, por mucho que fueron incrementados y
complementados y, por mucho que lo intentara el Tesoro, nunca conseguía ir a la par
de la inflación. El Gobierno, antes que reorganizar la estructura impositiva y
solucionar el problema de los privilegios fiscales, prefería solucionar los problemas a
través de empréstitos mediante emisiones sucesivas de títulos del Estado, los vales
reales.

Las 2 partidas más importantes del presupuesto eran la corte y la defensa. La Casa
Real continuaba absorbiendo grandes cantidades de dinero que se invertían en
productos suntuarios, en los palacios, el mecenazgo real, las diversiones y los viajes
hacia los sitios reales.

Los gastos de defensa comenzaron a aumentar durante la guerra con Francia de 1793-
1795; entre 1780-1782 y 1794-1795 los gastos militares triplicaron la deuda pública.
En 1797, la situación de la Real Hacienda era crítica: la tensión internacional obligó
al Gobierno a incrementar los presupuestos de defensa, y éstos a su vez dependían del
flujo ininterrumpido del comercio y los ingresos americanos. Los ingresos coloniales
y los impuestos sobre el comercio colonial aportaban al menos el 20% de los ingresos
totales del Tesoro General durante el período de 1784-1805. Sin embargo, la guerra
contra Gran Bretaña hizo peligrar inmediatamente esas fuentes de ingresos, por
cuanto la Marina Británica interrumpió las rutas comerciales coloniales y amenazó
las remesas de metales preciosos. Finalmente se decidió dar la espalda a 3 centurias
de monopolio y en noviembre de 1797 autorizaron la existencia de un comercio
neutral con América, autorización renovada en 1801, y, de nuevo, en 1804. Pero eso
no era suficiente.

A partir de 1799, el gobierno intentó imponer economía en la administración. Al


mismo tiempo, se lanzaron nuevas emisiones de vales y se elevaron los impuestos,
pero con todas esas medidas los ingresos no eran suficientes para hacer frente a los
gastos.

En 1798, decidió recurrir a las propiedades de la Iglesia. La Iglesia española era una
institución rica: sólo sus tierras producían la 4ª parte de las rentas generadas por la
agricultura, mientras que su riqueza total suponía entre 1/6 y 1/7 de los ingresos
totales de Castilla. Mediante un decreto del 19-9-1798 el gobierno ordenó la venta de
«todos los bienes raíces pertenecientes a hospitales, hospicios, casas de misericordia,
114
de reclusión y de expósitos», otras instituciones de caridad y algunas fundaciones
piadosas. Las sumas así obtenidas se invertirían en la redención de los vales reales a
un interés anual del 3%.

Entre 1798 y 1808 se vendieron propiedades por valor de 1.600 millones de reales,
que significaban entre 1/6 y 1/7 parte de las propiedades eclesiásticas. La mayor parte
de esas tierras no fueron adquiridas por pequeños campesinos, sino por individuos
ricos y poderosos, la mayor parte de los cuales ya eran terratenientes. De esta manera,
los responsables políticos acentuaron el desequilibrio de la estructura agraria y
asestaron un duro golpe a la clase que más necesitaba el servicio de asistencia de la
Iglesia.

El Papado se mostró comprensivo ante las exigencias españolas, y en octubre de 1800


Pío VII concedió un 9º extraordinario sobre los diezmos, que reportó al gobierno 31
millones de reales. Por lo demás, el clero español se sentía ultrajado. Calificaron a
Godoy de revolucionario peligroso y condenaron a su Gobierno como extorsionador
que se había apoderado de sus rentas y sus tierras dejándoles en una situación de
indigencia.

Pero lo peor estaba aún por llegar. El 30-8-1800 se publicó un real decreto que
determinaba la creación de la Caja de Consolidación de Vales Reales, y exigía a las
casas religiosas la mitad de las propiedades que les había concedido originalmente la
Corona, o la mitad de las rentas anuales de cada una de ellas. El 15-10-1800, un
nuevo decreto, aún más duro, también esta vez con autorización de Pío VII y
permitiendo muy pocas excepciones, ordenó la venta de propiedades eclesiásticas por
un valor de 6,4 millones de reales anuales que, capitalizados al 3%, supondrían un
valor de venta de 215 millones.

Como la desamortización no reportó las sumas necesarias, el Gobierno recurrió -


inevitablemente- a un nuevo expediente: para hacer frente a los costes de la guerra y
al subsidio a Francia, el noveno y, lo que es más importante, la desamortización se
extendieron a las colonias a partir de diciembre de 1804, permitiendo obtener nuevos
ingresos pero con un gran coste político.

En febrero de 1807, el gobierno de Godoy hizo lo inimaginable y publicó un breve


papal autorizando al monarca de España a vender 1/7 parte de todas las propiedades
eclesiásticas. Al mismo tiempo se decretó la confiscación de los señoríos episcopales
y estaba claro que no había inmunidad alguna ni para los privilegios ni para las
propiedades. Se había iniciado la desamortización y quien la había puesto en marcha
no eran los liberales sino el monarca católico, no por razones ideológicas, sino de
dinero.

LA GENERAL OPOSICIÓN A GODOY Y A CARLOS IV

Varios motivos generaron críticas contra el monarca y su valido:


115
- La irresistible ascensión al poder del joven Godoy (con 25 años del Consejo de
Estado y Primer Secretario de Estado).
- Gracias al favoritismo de los reyes (le otorgaron títulos nobiliarios, grandezas,
honores y riquezas).
- Un poder “trinitario” (Carlos IV, María Luisa y Godoy) y exclusivo para
dirigir la política interior y exterior.

Las medidas antiestamentales adoptadas, suprimían privilegios y provocaron la


enemistad de la nobleza y del clero.

Se consideró que la alianza con Francia, establecida interesadamente por Godoy,


había traído la ruina a España.

La invasión de las tropas francesas fue resultado de los pactos de Godoy con
Napoleón.

SURGIMIENTO DEL PARTIDO FERNANDINO ANGLÓFILO: LA


CONJURA DE EL ESCORIAL Y EL MOTÍN DE ARANJUEZ

Como era de rigor en una monarquía absoluta la oposición política al favorito de los
reyes se agrupó en torno a la figura del heredero de la Corona, el príncipe Fernando,
al cual Godoy mantenía sistemáticamente marginado de los asuntos de estado. El
futuro Fernando VII creció en un ambiente receloso, odiando a Godoy y como
consecuencia a su propia madre. El papel político del príncipe de Asturias quedó
realzado a partir de su matrimonio con su prima hermana, la princesa María Antonia
de Nápoles (1802). La princesa de Asturias se convirtió en una tenaz enemiga de
Godoy, y el “cuarto de los Príncipes” en el centro del partido fernandino o
napolitano. La muerte de la princesa en 1806 no disminuyó la animosidad del
heredero contra Godoy. No debe desecharse la posibilidad de que el favorito intentase
bloquear el derecho de sucesión del príncipe quizá proclamándose regente.

Godoy ya había comenzado a pensar en su futuro. Una de las razones de su


deferencia hacia Napoleón era conseguir un aliado y una seguridad fuera de España.
A lo largo de 1806-1807 comenzó a considerar la posibilidad de obtener un
principado en un Portugal dominado por Francia. La idea encontró expresión en el
Tratado de Fontainebleau (1807) por el rey español y el emperador francés y cuyo
objetivo era asegurar la conquista de Portugal por Francia y España, completando así
el bloqueo continental contra Gran Bretaña. Portugal quedaría dividido en 3 partes,
una de las cuales, el principado del Algarve, sería adjudicada a Godoy.

En 1807, Napoleón no creía ya que Godoy tuviera futuro en España, ni como


Príncipe del Algarve. Por ello, cultivó a la oposición, a los fernandistas, tomando a
Fernando bajo su “protección”. El príncipe de Asturias respondió de forma positiva a
las iniciativas de Napoleón.
116
Mientras las 2 facciones competían por conseguir el favor de Napoleón, acabaron por
convencerle de que ninguna de ellas era digna de confianza y de que sólo la
intervención directa podía servir a sus intereses.

Para impedir el supuesto proyecto de situar a Godoy al frente de un Gobierno de


regencia, la oposición preparó un decreto firmado por Fernando como rey de Castilla,
con la fecha en blanco, que tendría validez a la muerte de Carlos IV. Godoy
descubrió la conspiración, se identificó como víctima y junto con María Luisa lo
reveló todo a Carlos IV como una conspiración contra la vida del rey. El 29 de
octubre el príncipe de Asturias fue detenido en El Escorial y sus documentos
confiscados. Al día siguiente, Carlos IV anunció que su hijo había confesado un
complot para destronarle. El príncipe dio buena muestra de su carácter al delatar a sus
partidarios, pero el proceso de los mismos por el consejo de Castilla fue revelador.
Fueron absueltos con la algaraza del pueblo de Madrid; este hecho mostraba la
impopularidad del ministro y su falta de apoyo entre la alta magistratura.

Entre 1804 y 1808 la política de Napoleón con respecto a España pasó de la


intervención al desmembramiento y al derrocamiento de los Borbones. En marzo de
1808 creía tener 2 opciones y al mismo tiempo que negociaba con los Borbones la
cesión de la orilla izquierda del Ebro, preparaba secretamente su destronamiento. En
España no hacía falta tener una gran perspicacia para ver que los ejércitos franceses
no estaban allí para vigilar la ruta hacía Portugal, sino para ocupar toda la Península.
Godoy también era consciente y por ello, decidió trasladar la corte a Aranjuez como
preludio a su traslado a Andalucía y luego a América. El Gobierno era presa de la
confusión. La mayor parte de los Ministros no estaban de acuerdo con los proyectos
de Godoy; el Consejo de Castilla rechazó sus órdenes y la oposición hizo correr el
rumor de que planeaba secuestrar a la Familia Real para salvar su propio pellejo.

En la noche del 17-3-1808 hubo un motín en Aranjuez protagonizado por una


muchedumbre de soldados, campesinos y trabajadores del palacio. Godoy se
escondió en su casa, para aparecer el 19 de marzo, hambriento y sediento, siendo
detenido y maltratado por la multitud. Era ahora el príncipe Fernando quien tomaba
las decisiones. Perdonó a Godoy y le salvó de los rebeldes, pero fue sometido a un
duro encarcelamiento. En Aranjuez hubo un nuevo motín, solicitando la abdicación
de Carlos IV, quien, abandonado por sus Ministros y cortesanos y en medio de una
fuerte conmoción, abdicó en favor de su hijo y heredero.

Mientras tanto, en Madrid, las casas de Godoy y de su familia y sus amigos fueron
atacadas. La proclamación del nuevo rey restableció el orden, pero no antes de que
Miguel Cayetano Soler, ministro de Hacienda, fuera asesinado. El 23 de marzo, el
general Murat entró en Madrid al frente de las tropas francesas. Al día siguiente,
Fernando VII, el «deseado», hizo su entrada triunfal, creyendo que los franceses
habían llegado para salvarle y apoyarle.

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La revuelta no habría triunfado sin el apoyo del Ejército que Godoy había hecho
llegar a Aranjuez desde Madrid. Los militares se oponían a Godoy y a todo cuanto
representaba y no fue difícil conseguir que las tropas participaran en el golpe. Si
Aranjuez fue un golpe militar, hay que decir que fue un golpe aristocrático. Su base
social era la alta nobleza, decidida a librarse de Godoy y a manipular un Gobierno
alternativo bajo Fernando VII. Finalmente, y superficialmente, la revuelta fue
apoyada por los ilustrados, que desde hacía mucho tiempo habían perdido la
esperanza en Godoy y que nada tenían que perder.

Fernando VII permitió regresar del exilio a Jovellanos, Cabarrús, Urquijo y otros;
revocó una serie de órdenes de Godoy, como la venta de las propiedades
eclesiásticas. Estas medidas iban dirigidas a dar una impresión de reforma.

No hubo vencedores en Aranjuez. Godoy fue afortunado de poder escapar con vida y
pasó el resto de ella en el exilio. Carlos IV y María Luisa abdicaron y fueron
enviados a Francia. Los fernandistas comprendieron que habían cometido un error de
cálculo y que Napoleón había enviado sus tropas no para liberarles de Godoy sino
para quitarles a Fernando. También él fue enviado a Francia y, en Bayona, los
Borbones españoles, en medio de recriminaciones mutuas, fueron obligados a
abdicar, el 10 de mayo, en favor del candidato del emperador, su hermano José
Bonaparte.

Pero tampoco Napoleón resultó vencedor. Al principio, el pueblo español acusaba de


todo a Godoy, pero pronto descubrió que las cosas no eran tan simples y que España
tenía muchos problemas, algunos de ellos propios, otros importados del otro lado de
los Pirineos. El pueblo se levantó contra los franceses, se unió a los británicos y
revitalizó, con mayor confianza, más fuertes intereses y, finalmente, con más éxito, la
alianza de 1793. Estos singulares acontecimientos contenían un nuevo mensaje: la
monarquía no era inviolable, la forma de Gobierno no era inmutable. El futuro
reservaba todavía una dura lucha entre la reacción y la reforma, pero la revuelta de
Aranjuez, pese a todas sus limitaciones, dejó una huella indeleble en la España
borbónica, significando el fin de una era y el comienzo de otra nueva.

Pocos españoles pudieron lamentar que terminara el siglo XVIII y muy pocos
salieron de ese siglo sin algún sufrimiento. Los 15 años transcurridos entre 1793 y
1808 habían sido años de desastre y de desilusión, durante los cuales el Antiguo
Régimen se internó por un camino de autodestrucción acelerado por los conflictos
externos.

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