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EL PODER DE ATAR Y DESATAR (MT 16, 18-19; 18, 18)

Inspirándonos en el estudio de H. Vorgrimler, podemos reducir a tres las principales interpretaciones del
poder de atar y desatar.

a) La interpretación jurídica

Se manifiesta de dos formas:

⎯ La interpretación relativamente más antigua, según la cual el poder de atar y desatar y el poder de las
llaves son de la misma naturaleza, de manera que el primero determina la naturaleza del segundo. Este
poder, prometido a Pedro y al colegio apostólico, es el poder supremo y universal de jurisdicción en la
Iglesia en orden a la salvación. En este poder universal va incluido el de perdonar o no los pecados que
gravan la conciencia de los hermanos.
⎯ Se ha corregido modernamente mediante el recurso de la filosofía, atendiendo al significado que tenía
en el lenguaje rabínico la expresión “atar y desatar. Tiene un doble sentido: en sentido general, significa
“hablar con autoridad”, esto es, “prohibir o permitir” una cosa o bien “declarar una cosa prohibida o
permitida”; en un sentido más específico, sirve para indicar, por una parte, la acción de “proscribir”, de
“poner margen”, de “excomulgar”, y, por otra, la acción de “levantar la excomunión”. Tomando esto como
base, Mt 16 y 18 significa, en primer lugar, el poder magisterial (palabra divina) y disciplinar (ley), esto
es, el poder de declarar que una doctrina o una práctica determinada es proscrita o aceptada por la Iglesia.
Por ejemplo: excomulgar y readmitir de nuevo a un miembro de la comunidad.

b) La interpretación eclesial o eclesiológica.

Tiene también en cuenta los sentidos rabínicos de la expresión “atar y desatar”, pero intenta especialmente
interpretar Mt 18, 18 encuadrándolo en el contexto inmediato y en el contexto más remoto de la práctica
penitencia de la Iglesia primitiva y de las comunidades judías, como Qumran. En el contexto inmediato se
habla del modo de obrar de la comunidad ante un pecador (corrección fraterna). En este punto nos encontramos
con las palabras con que Jesús les confiere a los apóstoles el encargo de “atar y desatar”. Este sería:

⎯ El poder de excluir oficialmente de la comunión plena con la Iglesia y de readmitir y reconciliar con
ella, una vez cumplidas ciertas condiciones. El pecador queda atado por la Iglesia, en cuanto que queda
separado de la plena participación de la vida de la comunidad y le son impuestas ciertas obligaciones y
sanciones particulares que favorecen su corrección y conversión. El pecador queda desatado cuando
vuelva a ser admitido en la participación plena en la vida social y cultual de la comunidad. Son dos fases
sucesivas del mismo proceso penitencial salvífico.
⎯ El poder de excomulgar y de levantar la excomunión.

c) La interpretación demonológica.

Vorgrimler utiliza una base filológica más amplia y se pone a investigar en el uso rabínico, en toda la
Biblia y en toda la literatura antigua hebrea, griega y latina. Concluye que la expresión es “demonológica”.
La fórmula “atar y desatar” tiene, ante todo, un significado popular primitivo, derivado de la magia, de
“proscribir o ligar con un sortilegio” y “romper el sortilegio”. En el AT, Dios liga a los poderes maléficos o
bien manda o permite que un pecador quede ligado o vinculado por ellos, dispuesto a desatarle o a liberarle
de ese influjo demoníaco una vez arrepentido el pecador. Por tanto, en el NT:

⎯ El poder de atar se debe entender, ante todo, en este sentido: abandonar o entregar al pecador en
manos de Satanás, ponerlo bajo su dominio. El pecador es ya de suyo esclavo de Satanás, pero la entrega
se lo entrega oficial y visiblemente, “atándolo”, esto es, excluyéndolo de la comunidad salvífica y dejando
que Satanás intensifique su dominio sobre él, desde el momento que le falta la protección de la Iglesia.
⎯ El poder de desatar significa “romper los lazos” con que Satanás tiene esclavizado al hombre,
impidiéndole que pueda alcanzar su fin.
SOLIDARIDAD CON LOS PECADORES
Hay diferentes modos de alcanzar el perdón en el Nuevo Testamento:

⎯ El bautismo. El bautismo inserta al hombre en el dinamismo del Misterio pascual y lo hace morir al
pecado y al dominio del pecado. Por tanto, de suyo el cristiano no debería pecar ya más, puesto que
pertenece a un mundo distinto del mundo del pecador. Pero la Iglesia apostólica era plenamente consciente
de la posibilidad y de la existencia del pecado en sus miembros. San Pablo menciona a los falsos apóstoles,
a los falsos hermanos, a cristianos pecadores y no convertidos, y a cristianos que son peores que los
paganos. Esto significa que la Iglesia apostólica se concebía a sí misma como Iglesia de santos e Iglesia
de pecadores.
⎯ La corrección fraterna. Este ejercicio de caridad de realizaba de dos maneras.
o De una forma preventiva: la comunidad, animada por la caridad, ayudaba a cada uno de sus
miembros a vencer al hombre viejo mediante consejos, exhortaciones mutuas, con la oración y
apartando las ocasiones de pecado.
o De una manera curativa: en el caso de pecados especialmente graves, la comunidad ejercía la caridad
excluyendo al pecador de la plena comunión de vida cultual y social con ella.
Esta práctica tiene dos finalidades: evitar la contaminación de toda la comunidad y corregir y salvar a los
pecadores. Las indicaciones para un hermano que ha recibido una ofensa son las siguientes:
✓ “Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele a solas tu ofensa”.
✓ “Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”.
✓ “Si no te escucha, toma todavía contigo a uno o dos para que todo asunto quede zanjado por la palabra
de dos o tres testigos”.
✓ “Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad”.
✓ “Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano”.
⎯ La oración. La Iglesia recurre a la oración como medio ordinario y necesario para obtener de Dios el
perdón de los pecados. La oración de la Iglesia por los pecadores es expresión de la solidaridad de todos
los cristianos frente a la adversidad del pecado, que no afecta solamente al pecador, sino a la santidad y
caridad de toda la comunidad eclesial, y que no puede ser destruido apelando simplemente a la
responsabilidad personal del pecador, sino que requiere la fuerza espiritual de la fe de la Iglesia. Algunos
textos son: “la oración ferviente del justo tiene mucho poder” (St) y “si alguno ve que su hermano comete
un pecado que no es de muerte, pida y le dará vida” (1 Jn). Estas acciones son necesarias para que la Iglesia
se purifique constantemente del pecado de sus miembros, para que se esfuerce en vivir la fraternidad y el
amor, para que avance por el camino de la conversión y de la santidad.

UNCIÓN DE ACEITE EN EL ANTIGUO TESTAMENTO


⎯ Diferentes usos del aceite: en primer lugar, era elemento básico de nutrición, como condimento o para
dar solidez a la harina (viuda de Sarepta en Sidón). Servía también como cosmético: Noemí, la suegra de
Rut, le encarga que se lave y se unja y se vista de sus mejores vestidos para aparecer hermosa ante Booz.
Los salmos mencionan la alegría proveniente de la unción corporal: Dios unge a su rey con aceite de
alegría. Servía asimismo para iluminar y atizar las lámparas, como aparece en la parábola de las vírgenes
prudentes y necias. La unción del aceite era uno de los ritos más destacados del AT. El ungido reunía en
sí la triple unción de rey, profeta y sacerdote, y era considerado el futuro salvador de Israel.
⎯ En la enfermedad: no ungirse con aceite era señal de duelo y de tristeza. Ungirse era el término de la
penitencia. El aceite se empleaba también como medicina. El buen samaritano infunde aceite en las heridas
del que había caído entre ladrones.
⎯ Visita de enfermos: la visita de los enfermos se recomienda en los salmos; los tres amigos de Job van a
visitarlo y a consolarle en su desgracia; Jesús premiará en el último día a los que le hubiesen visitado a él
en ellos enfermos. En la enfermedad se debe juntar la oración.
PENITENCIA ARANCELARIA
a) Origen y desarrollo

Resulta difícil establecer con exactitud el tiempo en que apareció por primera vez el nuevo tipo de
penitencia eclesial sacramental (finales del siglo VI o principios del siglo VII). Al parecer, los cristianos de
las islas del norte de Europa, Gran Bretaña e Irlanda no conocieron el sistema de penitencia pública. Sabemos
que en las abadías empezó a ser habitual un tipo de penitencia privada y reiterable, y quizá este fue el origen
del nuevo tipo de práctica penitencia, incluso en el caso de los pecados más graves. Poco a poco se difundió
en el continente por obra de los monjes irlandeses, como aparece en la vida de san Columbano.

b) Características de la nueva forma de penitencia

⎯ La primera y más importante característica de la nueva forma de penitencia es su reiterabilidad. Si el


cristiano, después de ser absuelto, vuelve a caer en un pecado grave, puede nuevamente presentarse a
recibir le penitencia y la absolución. A partir del siglo VIII se habla de una cierta periodicidad.
⎯ El rito litúrgico penitencial se hace más privado: el pecador se acusa de sus pecados, sin que haya un rito
público de imposición de la ceniza o entrada en el orden de los penitentes.
⎯ El sacerdote impone la penitencia teniendo en cuenta que a cada tipo de pecado corresponde una
determinada penitencia según diversas tarifas o aranceles.
⎯ El penitente hacía generalmente su acusación respondiendo a las preguntas del confesor que tenía en las
manos su libro penitencial.
⎯ El pecador se retiraba después de la tasación, cumplía con los ayunos y volvía de nuevo a su confesor para
recibir la absolución (término que termina por imponerse en lugar de reconciliación).
⎯ Esta absolución se realiza mediante la imposición de manos y con diversas oraciones, pero normalmente
sin la presencia del pueblo, a no ser en ciertas solemnidades como el Jueves Santo.
⎯ La penitencia estaba abierta también a los clérigos.
⎯ El ministro es el sacerdote y no el obispo, al que se le reserva la reconciliación solemne.

c) La disciplina penitencial

Para que cada confesor estuviera en condiciones de asignar penas adecuadas a los pecados de los fieles
que recurrían a su ministerio, se formaron especiales catálogos arancelarios llamados libros penitenciales. Los
más importantes son los penitenciales bretones, los irlandeses, los anglosajones y los continentales. La reforma
carolingia intentó poner un poco de orden para evitar la confusión de los penitentes y de los sacerdotes, pero
no lo consiguió por completo.
La tarifa por cada pecado consistía en mortificaciones más o menos largas (mortificaciones corporales,
rezos de oraciones), ayunos (abstenerse de vino o cerveza, de carne, de alimentos secos), el pago de dinero a
favor de una iglesia o un monasterio, abstenerse de relaciones conyugales durante cierto tiempo y la
peregrinación a las tumbas de los santos.
Los libros también recogían las conmutaciones de las penas más largas mediante otras acciones más
breves, que podían ser más rígidas (una suma de dinero en vez de un año de ayuno), o bien haciendo celebrar
un determinado número de misas o bien haciendo que otra persona cumpliese la penitencia (ricos que pagaban
a los pobres para que hicieran sus penitencias).
Esos abusos irán llevando poco a poco a la desaparición de esta penitencia arancelaria.
ESTRUCTURA DEL SIGNO SACRAMENTAL (SIGLOS XII-XIV)
a) Primeros escolásticos del siglo XII.

El factor que obtiene realmente el perdón divino es el esfuerzo del cristiano pecador por convertirse. La
estructura del signo propio del sacramento de la confesión afirma que dicho signo está constituido por los
actos externos del penitente, por el esfuerzo de conversión que manifiesta al llevar a cabo las obras de
penitencia, por la confesión o acusación de los pecados (obra principal de contrición interna).
La absolución del sacramento es considerada como necesaria, pero no ya como elemento constitutivo del
signo sacramental para el perdón de los pecados, sino que tiene sólo un valor declarativo que comporta anuncio
y declaración oficial por parte de la Iglesia y concesión de remisión de la pena eterna o de una parte de la
temporal.
Dos escuelas en esta época son la de san Anselmo de Laón (incluye al sacramento de la penitencia dentro
de los sacramentos) y la de Abelardo (el estudio del sacramento lo hace desde la ética). Para Abelardo, los
actos del penitente son la contrición, que procede del amor de Dios que perdona y libra del castigo; la
satisfacción, que sirve para expiar los pecados personales; y la confesión, que media entre una y otra.

b) Siglo XIII.

Empezaron a utilizarse las categorías aristotélicas de materia y forma para explicar la estructura de los
signos sacramentales. Según santo Tomás, los actos del penitente, en cuanto manifestación y realización
exterior de la verdadera contrición, influyen real y eficazmente en la obtención del perdón divino y forman
parte esencial del signo sacramental (es la cuasi-materia).
La absolución del sacerdote tiene una eficacia directa en el perdón de los pecados en cuanto ofensa de
Dios. La absolución es parte constitutiva o esencial del signo sacramental de la penitencia (es la forma).
Hay dos momentos de la justificación: el personal (la contrición, hecha perfecta caridad, reconcilia al
pecador con Dios, incluso antes de haberse acercado al sacramento) y el sacramental (la contrición, perfecta,
incluye el deseo del sacramento).

c) Siglo XIV

Duns Scoto sostiene que el signo sacramental de la penitencia está constituido esencialmente por la
absolución sola del sacerdote. Los actos del penitente son para él únicamente la condición, pero no una parte
constitutiva o esencial del signo sacramental.
Enseña la existencia de dos caminos distintos de justificación independientemente entre sí: el camino
extrasacramental, más difícil, que requiere la contrición o dolor perfecto (atrición superior); el camino
sacramental, más fácil, ya que requiere solamente un dolor del pecado mucho más imperfecto, que realiza la
justificación del pecador ex opere operato, esto es, por la eficacia de la absolución.
LITERATURA CRISTIANA DE LOS DOS PRIMEROS SIGLOS
Encontramos un esquema de tres formas escalonadas de acción:

⎯ La llamada a la conversión y a la corrección se hace más urgente cuando surge un serio conflicto en
la comunidad.
o La Carta a Clemente invita a los corintios a aceptar la corrección y pide a aquellos que han ocasionado
una revuelta que se sometan a los presbíteros para la corrección.
o Ignacio de Antioquía en su carta a los filadelfios pide que, una vez arrepentidos, vuelvan a la unidad
de la Iglesia.
⎯ En cuanto a los medios para el perdón de los pecados.
o La Didaché insiste en la necesidad de confesar los pecados y hacer penitencia.
o La Carta a Bernabé aconseja confesar los pecados y no acercarse a la oración con mala conciencia.
⎯ En situaciones graves de peligro de determinados pecadores.
o Ignacio previene a los cristianos y les exhorta a que se aparten de ellos, pues sus mordeduras son
difíciles de curar.
o Policarpo se lamenta de la avaricia del presbítero Valense y desea que Dios le conceda tanto a él como
a su mujer una verdadera penitencia; no son enemigos sino miembros enfermos.

El Pastor tiene como autor a Hermas, un presbítero romano, hermano del papa Pío I. Es este el primer
libro de la literatura cristiana que se propone desarrollar con amplitud el tema de la penitencia eclesiástica. A
través de las revelaciones de una anciana que representa a la Iglesia y de la que Hermas se siente indigno
confidente, el autor de esta extensa obra va dando a conocer lo que considera misterioso secreto respecto a la
realidad de la Iglesia y a la suerte de sus miembros. Destacamos:

⎯ Visión III. La construcción de la torre. Hermas contempla la construcción de una torre (Iglesia) y
describe cómo sus constructores (ángeles, ayudados por hombres) van escogiendo las diversas clases de
piedras: unas perfectamente labradas son extraídas del mar (apóstoles, obispos), otras son cogidas del suelo
de la tierra (nuevos creyentes), otras son desechadas por ser defectuosas (pecadores que tienen que hacer
penitencia) y otras caen rodando hasta un lugar intransitable (falsos creyentes que no abandonaron sus
malas obras). El pastor pregunta a la señora que le confía estos secretos si todas aquellas piedras rechazadas
por no servir a la construcción tendrán ocasión de hacer penitencia. La respuesta es oscura: tienen ocasión,
pero ya no podrán entrar en la edificación de la torre.
⎯ Visión IV. Mandamiento. Hermas es visitado por el pastor o “ángel de la penitencia” y le manifiesta sus
dudas y le ruega que le ayude a salir de su confusión. Pregunta: ¿no hay otra penitencia después del
bautismo? Respuesta: Así es, no hay otra penitencia, pero el Señor, que conoce los corazones de los
hombres, estableció la conversión para ellos, que es irrepetible.
⎯ Conclusiones. Algunos autores contemporáneos a Hermas afirman que no hay más penitencia que la del
bautismo por el que se perdonan los pecados. No es oportuno hablar de “segunda penitencia” a los recién
bautizados o a los que se preparan para recibir el bautismo, puesto que el bautismo significa una renuncia
definitiva al pecado. Existe una penitencia posterior al bautismo, teniendo en cuenta la flaqueza humana.
esta segunda penitencia es la única que se requiere en la Iglesia y no hay lugar a más penitencia.
DOCTRINA DE TRENTO SOBRE LA PENITENCIA
La doctrina de Trento sobre el sacramento de la penitencia podemos dividirla en los siguientes puntos:

⎯ Institución del sacramento (cap. 1-2, cán. 1-3). Se parte de un esquema general sobre los sacramentos,
en el que son prioritarias:
o Las cuestiones relativas al origen o institución del sacramento. En la sesión VII se entiende por
sacramento un rito instituido por Cristo, que significa, contiene y confiere la gracia al que lo recibe,
siempre que este no ponga obstáculo por su parte. Se establece una diferencia entre la penitencia como
virtud antes de la venida de Jesús y la nueva penitencia-sacramento que Cristo instituye para el perdón
de los pecados cometidos después del bautismo.
o Los elementos que lo constituyen a modo de materia y forma.
o Las condiciones requeridas para poder administrarlo y recibirlo.

⎯ Constitución del sacramento (cap. 3, can. 4). Los elementos que forman parte esencial de la realidad del
sacramento son:
o Para los católicos. Coinciden en reconocer la importancia de tres elementos (contrición, confesión y
satisfacción –cuasi materia–) que, unidos a la absolución (forma), constituyen el sacramento, pero
difieren en la forma de intervenir dichos elementos en el efecto final.
o Para los protestantes. Tienden a destacar en la práctica de la confesión el valor de la absolución,
como signo en el que se afianza la fe del creyente.

▪ La contrición. El problema consiste en que la doctrina de Lutero consideraba imposible para el


hombre pecador la contrición perfecta y declaraba hipócrita la contrición imperfecta, por el hecho de
brotar del amor a sí mismo. En cuanto a la opinión de los teólogos católicos:
• Los tomistas sostenían que ningún pecador queda justificado sin el acto de contrición perfecta,
esto es, sin el acto de la virtud infusa de la penitencia “imperado” por la caridad. Por eso el acto
de contrición se da siempre en el mismo momento de la justificación, infundidas por Dios en el
alma. El pecador puede llegar a la justificación antes de la absolución recibida en el sacramento,
mediante un acto de contrición perfecta. pero dicho acto incluye dentro de sí la voluntad
sacramental. La atrición o contrición imperfecta es disposición suficiente para acercarse al
sacramento de la penitencia y ya la atrición incluye siempre cierto amor, al menos inicial, a Dios
(paso de la atrición a la contrición).
• Los escotistas hablan de la existencia de dos caminos para la justificación independientes entre
sí: el camino más difícil de la atrición mayor o contrición perfecta que puede darse fuera del
sacramento de la penitencia, o el camino más fácil de la atrición menor, en el sacramento de la
penitencia. No hace falta pasar de la atrición a contrición para recibir el sacramento.
En la primera parte del capítulo se forma una noción de contrición en general. Comprende dos
aspectos unidos: no es solamente la voluntad de no pecar y de iniciar una nueva vida, sino también
el odio al pecado pasado. Esta contrición se dice que es necesaria para el perdón de los pecados,
incluso en el sacramento de la penitencia. En la segunda parte del capítulo se habla de la contrición
“caridad perfecta”: esa contrición reconcilia al hombre con Dios incluso antes de haber recibido “in
actu” el sacramento, pero no “sin la voluntad de recibir el sacramento”. En la tercera parte del capítulo
se define el valor y la utilidad de la contrición imperfecta o atrición.

▪ La atrición. La atrición de que se habla tiene como motivo ordinario la honestidad moral y el miedo
a la condenación eterna, esto es, el temor. El temor puede ser filial, que en realidad se identifica con
el amor de caridad del hijo al Padre, o servil, cuando está motivado no por la caridad, sino por la
consideración de las penas de pecado. La atrición es un acto bueno y saludable, ya que es un don de
Dios debido a la moción del Espíritu y dispone a impetrar la gracia en el sacramento de la penitencia.
Disponer o preparar fueron acogidas para no excluir que en el sacramento de la penitencia el pecador
se convierte de atrito en contrito, pero sin afirmarlo tampoco. Disponer o preparar a la gracia no es lo
mismo que decir que esta atrición es suficiente para quedar justificado. El concilio, frente a los
protestantes, expone que se trata de un acto puesto por el hombre bajo el impulso del Espíritu, no
inhabitante, sino moviente.
⎯ Necesidad y forma de la confesión de los pecados (cap. 5, cán. 6-8). Los reformadores sostenían que la
confesión católica no era de derecho divino, no era necesaria ni siquiera posible una confesión íntegra de
los pecados y no podía ser objeto de un precepto eclesiástico. Para excluir estas ideas, el concilio enseñó
la institución y necesidad de derecho divino de la confesión íntegra de los pecados mortales, que la
confesión se extiende a todos los pecados mortales, incluso ocultos, así como a las circunstancias que
cambian la especie, y que los pecados mortales que no se recuerden se consideran incluidos “in universum”
y, por tanto, perdonados en la misma confesión. La exigencia de esta integridad es doble: la índole judicial
de la absolución y la opción fundamental por la que uno se convierte en enemigo de Dios se encarna en
actos históricamente bien determinados por circunstancias concretas. Cuando son captadas por la
conciencia del sujeto se produce el retorno a Dios. La petición de perdón a través del sacerdote acompaña
el desapego de aquellos actos y de aquellas circunstancias en las que se había encarnado la actitud de
repulsa de Dios. Los pecados veniales pueden confesarse, pero pueden ser perdonados con otros medios.

⎯ Significado de la absolución. La absolución del sacerdote es verdaderamente eficaz en orden a la remisión


de los pecados; no es un simple ministerio de la proclamación de la remisión ya realizada de los pecados
en virtud de la fe fiducial únicamente. La absolución es una especie de sentencia que sólo los obispos y
sacerdotes han recibido de Cristo. La absolución exige, normalmente, el conocimiento del estado del
pecador mediante la confesión de aquellos pecados “mortales” de los que en conciencia se considera
culpable, e incluye también el poder de imponer una satisfacción, que adquiere todo su valor de su unión
con la muerte de Cristo.

⎯ Valor de las obras satisfactorias (cap. 8-9). En este punto eran tres las proposiciones que expresaban el
pensamiento de los reformadores y por ellas empezó la discusión:
o Negaban que pueda haber una pena después del perdón de las culpas: esto significa despreciar los
méritos de Cristo, como si no fueran suficientes y tuvieran que completarse con los méritos del
hombre.
o La verdadera satisfacción es la fe en Jesucristo y la vida honesta.
o Las penas y las satisfacciones que se han impuesto en el curso de los siglos en la iglesia no tienen un
valor de un verdadero culto a Dios, sino que son tradiciones meramente humanas.
Para excluir estos errores, el concilio define nuevamente que la pena no siempre queda totalmente remitida
por Dios justamente con la culpa. Las penas satisfactorias tienen una doble función: función medicinal y
función vindicativa (pecados pasados). El valor y su eficacia derivan de Cristo crucificado, a quienes se
une el cristiano en sus obras de penitencia; éstas son, por consiguiente, un verdadero acto de culto y no
oscurecen en lo más mínimo la eficacia de los méritos de Jesucristo. En el canon 15, define que el poder
de atar y desatar se le ha dado a la iglesia y a los sacerdotes no sólo para absolver, sino también para ligar
con la imposición de esas penas.
CONSTITUCIÓN “SACRAM UNCTIONEM INFIRMORUM”
Comienza este documento profesando y exponiendo la fe de la Iglesia católica acerca de la unción de los
enfermos: es uno de los siete sacramentos del N.T. instituidos por Cristo, insinuado en Mc 6,13, y promulgado
por Sant 5,14.
Recuerda a continuación que desde antiguo hay testimonios de esta unción en la tradición, sobre todo
litúrgica, de las Iglesias de Oriente y Occidente. Señala en particular la carta de Inocencio I
Los concilios de Florencia, Tridentino y Vaticano II han declarado la doctrina sobre la unción.
⎯ El Florentino describió sus elementos esenciales.
⎯ El Tridentino transcribe Pablo VI al pie de la letra lo que se refiere a la res y efectos del sacramento,
sujetos y ministros del sacramento.
⎯ El Vaticano II reproduce el papa las palabras que se refieren al nombre de “unción de los enfermos”
aplicado a este sacramento, que no es sólo para los que están en el último momento de la vida, sino para
todos los enfermos o ancianos que peligran.

a) Continuidad con Trento

Las palabras de la nueva forma, cambiables por la Iglesia desde el momento que por la historia sabemos
que fueron diferentes según épocas o regiones, son palabras que siguen muy de cerca la doctrina del Tridentino
sobre la res y efectos del sacramento, y, en definitiva, siguen la doctrina y las palabras de Santiago, como las
siguió Trento.
La unción de los enfermos debe de administrarse sobre todo a aquellos que parece están al final de su vida.
Se advierte asimismo al recordar que el ministro propio de la unción de los enfermos es el presbítero.
En una cosa podría decirse que Pablo VI se aparta de un punto disciplinar del Tridentino. Nos referimos a
la no reiterabilidad de la unción durante la misma enfermedad.
Pablo VI autoriza a repetir la unción aun perdurando la misma enfermedad, si el “peligro se hace más
grave”, esto es, si la situación del enfermo se hace más crítica.

b) Las acomodaciones a los tiempos y naciones

⎯ El número de las unciones. El Vaticano II había expresado el deseo de que se adaptara el número de las
unciones según la oportunidad, y las oraciones que las acompañan; de modo que respondiera a la situación
de los enfermos. En una cuestión que es también cambiable, como enseña la historia de los ritos de la
unción, ha querido Pablo VI simplificar el rito para los tiempos de hoy y que se hagan solamente tres
unciones: en la frente y en las manos. Y, aún, para el caso urgente, que baste una sola unción en la frente.
⎯ Aceite de procedencia vegetal. En cambio, por la dificultad de hallar aceite de olivas en algunos países,
se podrá emplear, según convenga, otro aceite, de procedencia vegetal. El aceite de olivas es el que venía
siendo obligatorio y necesario para la unción de los enfermos

c) Conclusiones

La constitución Sacram unctionem de Pablo VI establece nuevos elementos que la teología de los sacramentos
deberá tener presentes en adelante:
⎯ Fijar el rito de la unción, reduciéndolo a la unción de la frente y de las manos.
⎯ Declara ser válido en adelante el uso, según la oportunidad, de aceite bendecido de origen vegetal, pero
no necesariamente de aceite de olivas.
⎯ Establece una nueva “forma” que acompaña a las unciones. Se expresa de una manera integral todos los
efectos del sacramento: la gracia del Espíritu Santo, el perdón de los pecados, la sanación y el alivio o
confortación. Se deja la antigua fórmula, que únicamente expresaba el aspecto penitencial.
⎯ Se aprueba la reiteración de la unción, si el peligro se hace más grave o la situación más crítica, aun dentro
de la misma enfermedad y continuando el mismo peligro.
⎯ Se aprueba el nuevo ritual y son válidas sus indicaciones por encima de otras leyes o costumbres de la
legislación anterior.

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