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8/28/2018 Portal Guaraní - LA IGLESÍA EN EL PARAGUAY COLONIAL - Por MARGARITA DURÁN ESTRAGÓ

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LA IGLESÍA EN EL PARAGUAY COLONIAL

Por MARGARITA DURÁN ESTRAGÓ

LA HISTORIA DEL PARAGUAY - ABC COLOR

FASCÍCULO Nº 8

Asunción – Paraguay

2012

La conquista española se articuló como una empresa al servicio de Dios y su Majestad. Con el propósito de valorar el papel que jugó la
Iglesia Católica en la invasión y conquista de las Indias Occidentales, debemos recordar que después de casi ocho siglos de guerra contra los
moros, España se organizó como Estado mediante la asociación de reinos (Castilla, León, Aragón) y de poderes feudales que tendían a
disgregarse.

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Iglesia de Yabebyry

REGIO PATRONATO INDIANO

La diversidad política, económica y cultural de la realidad española pudo superarse gracias al catolicismo, que se convirtió -al decir de
Rodolfo De Roux- en cemento ideológico de variopinto mosaico. Tan importante era la misión del catolicismo en España que el Estado lo protegió
y lo controló como institución. Donde mejor se notó esa dependencia recíproca es en el llamado "Regio Patronato Indiano"; que ubicó a los reyes
como "patrones" de la Iglesia en las colonias y vicarios del Papa en los asuntos eclesiásticos.

El Patronato Real fue otorgado en virtud de bulas papales, siendo entre ellas la más importante la Universalis Ecclesiae, del 28 de julio de
1508. El Patronato concedía a los reyes de Castilla la potestad de establecer y organizar la Iglesia en las colonias de ultramar. Los reyes
recaudaban y administraban los diezmos eclesiásticos y podían vetar las bulas papales. La Corona tenía potestad para decir qué clérigos habían
de ser nombrados y adónde tenían que ir; cuáles serían los límites de su jurisdicción y cuánto debía pagárseles. También eran proveídas por el
Rey las dignidades y prebendas de los cabildos eclesiásticos, así como la autorización para erigir conventos y monasterios.

El Gobierno del Paraguay, al igual que sus pares en el resto de América, ejercía el vice patronato para la provisión de curatos y para la
vigilancia del cumplimiento de los privilegios reales. Basta recordar -a modo de ejemplo- la demolición del convento de los dominicos durante el
obispado de Bernardino de Cárdenas (en la mitad del siglo XVII) y el de la Recoleta franciscana, por el gobernador Larrazábal, un siglo más tarde.
En ambos casos, por haberse fundado dichas casas religiosas sin la licencia real. También fueron expulsados por las autoridades civiles del
Paraguay el obispo Alonso Guerra en el siglo XVI y el ya citado Bernardino de Cárdenas en el XVII.

Como contrapartida del control estatal en los asuntos de la Iglesia y de la cuota de legitimidad que esa institución reportaba, la Corona
garantizaba a los clérigos medios de subsistencia, seguridad, privilegios y autoridad. Ante la realidad del cisma de la Reforma Protestante, con la
protección estatal la Iglesia Católica salió beneficiada. España se ganó la reputación de "mantillo de los herejes y adalid del catolicismo". Para
aquella época, español y católico eran una redundancia. La Iglesia Católica no estaba en condiciones de llevar la fe a las Indias Occidentales con
recursos propios; de ahí el alivio que sintió cuando la Corona española asumió la actividad "misionera". Los clérigos y religiosos que llegaron a
las Indias vinieron como representantes de la Iglesia y como funcionarios del Estado. La espada ofreció protección y la cruz, legitimación.

ORGANIZACIÓN ECLESIÁSTICA DEL PARAGUAY COLONIAL

La diócesis del Río de la Plata fue instituida a escasos diez años de la fundación del fuerte militar de Asunción, por la bula "Super Speculo
Militantis Ecclesiae" del papa Paulo III, el 1° de julio de 1547. La misma era sufragánea del arzobispado de Lima y tuvo como sede la ciudad de la
Asunción, por haber sido ella centro de la conquista.

El primer obispo electo fue el franciscano fray Juan de los Barrios, quien desde Aranda del Duero, donde se encontraba, erigió la Iglesia
Catedral de Asunción el 10 de enero de 1548. Dicho obispo nunca llegó a su diócesis, mientras preparaba su viaje, dotó a su nueva sede de
Asunción de todas las dignidades y prebendas propias de las catedrales españolas, recurriendo a su imaginación más que a la realidad geográfica
y humana de su próximo destino.

Según el obispo Barrios, la Catedral de Asunción debía contar con un deán, que era la primera dignidad después del obispo, y un
arcediano, encargado de tomar exámenes a los clérigos que iban a ordenarse sacerdotes. Este debía asistir también al obispo en los oficios
pontificales y en sus visitas a las ciudades y pueblos si el prelado se lo encargaba. Un chantre, o maestro de canto, debía ser doctor o perito del
canto llano y enseñar canto en las iglesias. Un magistral, que debía ser por lo menos bachiller, estaba encargado de enseñar gramática al clero.

En el quinto lugar se hallaba el tesorero, encargado de cerrar y abrir el templo, hacer tocar las campanas, cuidar de las lámparas y las
luces, proveer de incienso, pan, vino y otros menesteres. También se estableció la presencia de ocho canónigos, cinco racioneros, además de
acólitos y capellanes que servían al altar según su oficio. Había otros cargos como los de sacristán, organista, mayordomo, notario y perrero, este
último encargado de echar a los perros del templo.

El primer obispo que llegó a ocupar la sede fue fray Pedro Fernández de la Torre, también franciscano, venido en 1556. Durante su obispado
se construyó la primera Catedral, obra iniciada por el gobernador Domingo Martínez de Irala.

CABILDO ECLESIÁSTICO

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Con la Catedral de Asunción, el obispo Barrios instituyó un frondoso Cabildo Eclesiástico, compuesto de treinta miembros entre
dignidades, canonjías y beneficios. Hasta dispuso que hubiera dos reuniones por semana, los días martes y viernes. Las disposiciones del obispo
chocaron con la realidad de la primigenia Iglesia paraguaya, carente de recursos económicos y de clérigos idóneos para tales cargos.

Tuvo que pasar un cuarto de siglo para que pudiera establecerse dicha institución. Se sabe que en 1572 ya estaba constituido el Cabildo o
Coro, aunque incompleto y con prebendas recargadas de tareas. El mismo actuó con interrupciones y dificultades durante toda la época colonial;
sin embargo, de su seno salieron los provisores o gobernadores eclesiásticos -casi todos paraguayos- que suplieron las largas vacancias
episcopales.

Pertenecer a este cuerpo constituía un alto honor para un sacerdote de aquel tiempo, pues en todo el periodo colonial solo dos de ellos -
fray Hernando de Trejo y Sanabria en Tucumán, y un siglo y medio después el doctor Juan González Melgarejo, en Chile- llegaron a la dignidad
episcopal. Por lo muy honrosa que resultaba la incorporación al Cabildo Eclesiástico, sus integrantes se elegían justamente entre los clérigos más
capaces y meritorios.

PACIFICACIÓN Y REDUCCIÓN DE INDÍGENAS

Desde el inicio de la conquista se verificaron levantamientos indígenas, como la conjuración planeada para el jueves Santo de 1539, en la
que los españoles debían ser exterminados. El servicio por amistad convertido en trabajo forzoso, rebeló a los guaranicario, así como también a
los guarambarenses, tebicuaryenses, guairás y otros. Los chamanes o hechiceros incitaban a su pueblo a la rebelión para el regreso a los montes.
Allí donde se implantaba el sistema de encomiendas surgían la rebelión y agitación indígenas, no por el simple hecho de trabajar para el karai o
señor, sino por las exigencias y excesos que cometían los encomenderos contra ellos y sus familias.

Los levantamientos indígenas y los aplacamientos violentos por parte de los españoles cubrían gran parte de la provincia cuando en 1575
llegaron al Paraguay fray Luis Bolaños y Alonso de San Buenaventura, primeros misioneros del Río de la Plata. Su contacto con los guaraní trajo
algo de alivio a la provincia, tan menoscabada y disminuida a causa de los abusos y la ignorancia.

Campanario de la Iglesia de San Francisco Solano de Yabebyry

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CLERO SECULAR

Integraban el clero secular aquellos sacerdotes que no pertenecían a ninguna orden religiosa, no estaban sujetos a regla especial alguna ni
a otra autoridad inmediata que no fuera la del obispo. Los primeros miembros llegaron con la expedición de don Pedro de Mendoza, en 1536.

Cuando la fundación del fuerte de Asunción en 1537, los clérigos que se establecieron en la ocasión fueron: Francisco de Andrada, primer
capellán de Asunción; Juan Gabriel Lezcano, maestro de niños, director del primer coro y autor de una farsa llevada al teatro, y Luis de Miranda de
Villafañe, polemista versificador.

También se destacaron los padres Francisco González Paniagua, Martín González, Diego Martínez y otros que actuaron como capellanes de
los exploradores de las selvas y los grandes ríos, adoctrinaron a los guaraní y elevaron memoriales y cartas al Rey.

Con el tiempo ocuparon el curato de españoles de la Encarnación, el de los naturales de San Blas y la atención espiritual de la población
campesina de los valles y villas de la extensa diócesis del Paraguay. Carlos Penayo de Castro fue el clérigo que mandó construir el templo de la
antigua reducción franciscana de Yaguarón en el siglo XVIII. Al padre Antonio Fernández de Valenzuela se deben la población y el templo que lleva
su apellido en el departamento de La Cordillera. El padre Juan Amancio González y Escobar, cura de Emboscada, fue el fundador de la reducción
de Melodía, en el Chaco.

Es justo destacar que la dirección y enseñanza del Real Colegio Seminario de San Carlos (1783-1823), salvo raras excepciones, estuvieron a
cargo de sacerdotes seculares. En la época independiente sobresalieron, entre otros, el doctor Francisco Javier Bogarín, Manuel Antonio
Corvalán, José Agustín Molas, Manuel Vicente Moreno, Dionisio Riveros, Hermenegildo Roa, Bartolomé Adorno, además de los beneméritos
capellanes de las dos guerras, como el deán Eugenio Bogado, pa'i Ernesto Bogado, pa'i Ernesto Pérez y Egidio Cardozo.

Capilla de Nuestra Señora del Rosario de Lareles

ÓRDENES RELIGIOSAS

Con don Pedro de Mendoza llegaron algunos religiosos Mercedarios y Gerónimos. Recién con la toma de posesión del obispo Pedro
Fernández de la Torre, Mercedarios y Franciscanos se establecieron institucionalmente en Asunción.

LOS MERCEDARIOS

Los Mercedarios contaron con un convento e iglesia de la Merced, los que ya existían a la muerte del gobernador Irala en 1557. También
poseyeron una estancia en Areguá, donde trabajaban cientos de esclavos de su propiedad. En Asunción se dedicaron a la atención espiritual de
los negros, conocidos como "kamba la Mercé". Entre sus principales exponentes se pueden citar al obispo fray Faustino de Casas, fray Miguel de
Vargas Machuca, defensor de la doctrina comunera, y los padres Hilario Gómez y Tadeo de la O., destacados representantes de la orden durante
los congresos nacionales de 1811 y 1813.

LOS GERÓNIMOS

Los religiosos Gerónimos que llegaron al Paraguay fueron fray Luis de Herrezuelo, Alonso de Medina, Isidro de Castro y un tal fray
Cristóbal. En Asunción fundaron el monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, de vida efímera. Esta Orden permaneció poco tiempo en
Asunción debido a que casi todos sus componentes hicieron causa común con Alvar Núñez Cabeza de Vaca y retornaron a España en la nave
"Comuneros" que condujo preso al depuesto adelantado.

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LOS FRANCISCANOS

Estos religiosos fueron los que ejercieron más influencia en la vida política, cultural y religiosa del Paraguay. Llegaron al Río de la Plata en
1538 pero no construyeron convento hasta finales del siglo XVI. Figuras descollantes de esta Orden fueron fray Luis Bolaños, Alonso de San
Buenaventura, Juan Bernardo, guaireño, muerto por su compromiso cristiano; Gabriel de Guzmán, nieto del gobernador Irala; Pascual de
Rivadeneyra y los obispos Martín Ignacio de Loyola, Bernardino de Cárdenas y Pedro García de Panés, por nombrar algunos de los once obispos
franciscanos de la época colonial, Fray Luis Bolaños fue el fundador de las reducciones guaraníticas, creador del guaraní escrito y traductor del
primer catecismo en dicha lengua.

El obispo Loyola reunió el primer sínodo de Asunción de 1603, de donde surgieron los primeros documentos sociales de la Iglesia
paraguaya y se aprobó el catecismo de Bolaños como único y obligatorio para todo el Río de la Plata. También debemos recordar a fray Hernando
de Trejo y Sanabria, fundador de la Universidad de Córdoba; fray Fernando Caballero, profesor de la Universidad de Córdoba y fray Basilio López,
primer obispo paraguayo de la época independiente.

LOS JESUÍTAS

Aunque los primeros Jesuitas llegaron al Paraguay en 1588, recién a comienzos del siglo XVII se establecieron formalmente en Asunción.
En 1607 se erigió la Provincia jesuítica del Paraguay, siendo su primer provincial el padre Diego de Torres Bollo. Emulando la obra misionera de
los franciscanos, los jesuitas comenzaron a estudiar la lengua guaraní de Bolaños, para iniciar más tarde la fundación de reducciones.

En materia de educación, la Orden contó con un colegio en Asunción, que sin duda alguna fue el centro de estudios superiores de mayor
jerarquía en el Paraguay del siglo XVIII. Además de sus reducciones, la Compañía de Jesús poseyó gran cantidad de tierras de labor y estancias,
todas ellas atendidas por esclavos negros de su propiedad.

Entre sus primeros misioneros figuran Tomás Fields, Juan Saloni, Simón Masseta, José Cataldino, Alonso Barzana, Marcial de Lorenzana y
Roque González de Santa Cruz. Sobresalieron como cronistas, entre otros, Antonio Ruiz de Montoya, Nicolás del Techo, Pedro Lozano, José
Guevara y José Sánchez Labrador.

Permanecieron en el Paraguay colonial hasta el año siguiente al decreto de expulsión sancionado en 1767.

Antigua iglesia de La Villarrica del Espíritu Santo

LOS DOMINICOS

La última orden religiosa en llegar al Paraguay fue la de los predicadores, cuyos integrantes son más conocidos como dominicos.
Fundaron en Asunción el convento de Santa Catalina Virgen y Mártir, en 1627. El templo de La Encarnación, el primero levantado en la ciudad, fue
el centro de sus actividades religiosas y culturales por habérsele cedido como convento a fines del siglo XVII.

El rey Carlos III aprobó el breve del papa Clemente XII que concedía a la Orden de Predicadores la facultad de conceder títulos
universitarios a los alumnos de su colegio de Asunción, en 1779. Durante ocho años los dominicos concedieron títulos de bachiller, licenciado y
doctor, hecho que constituyó el origen de la universidad en el Paraguay.

Los dominicos no tuvieron a su cargo doctrinas de indígenas como los franciscanos y jesuitas, pero en su estancia de Tavapy -hoy Roque
González de Santa Cruz- atendían espiritualmente a los esclavos negros de su propiedad y a la población española de la periferia.

Entre sus principales representantes se encuentran algunos obispos como Alonso Guerra y Reginaldo Lizárraga, además de otros
religiosos, entre ellos fray Gabriel Caballero Bazán, Ignacio Orué, Bernardino Enciso y Eduardo Torres, profesor de sagrada teología, todos ellos
miembros de la Sociedad Patriótica Literaria.

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Iglesia de Villarrica

REDUCCIONES FRANCISCANAS

Las primeras misiones del Paraguay se las debemos al franciscano andaluz fray Luis Bolaños. Esa experiencia de vida comunitaria y
cristiana de los indígenas del Paraguay y el Río de la Plata durante más de dos siglos y medio fue iniciada por Bolaños y sus compañeros en 1580.
Los jesuitas la llevaron a su máximo desarrollo en los siglos XVI y XVII.

Si bien es cierto que la presencia franciscana en el Paraguay se inició con la llegada a las costas del Atlántico sur de algunos religiosos
integrantes de la expedición de Alonso Cabrera en 1538, recién en 1575 los franciscanos se establecieron definitivamente en el Paraguay, con el
arribo de Alonso de San Buenaventura y Luis Bolaños. Estos frailes llegaron a Asunción en momentos en que los movimientos de rebelión
indígena cubrían gran parte de la gobernación del Paraguay. Aquella suerte de pacto inicial que los españoles impusieron a los guaraní, ansiosos
estos por poner término a tanta violencia, se vio roto cuando los encomenderos dejaron de tratar como parientes a los indígenas para tenerlos en
adelante como simples piezas de trabajo. Las continuas luchas armadas que se verificaban entre las diversas parcialidades guaraníes y los
españoles, en vez de pacificar a los primeros, los volvían más firmes en sus consignas de "guerra sangrienta a las españoles" y "vuelta a los
montes". La población indígena fue diezmada y su economía decayó notablemente. La situación de violencia no favorecía a los encomenderos que
perdían "piezas" de trabajo, tampoco a los guaraní que veían reducir sus fuerzas para la resistencia y aniquilados sus "tekoha" o pueblos. Ambos
misioneros tomaron contacto con esa realidad y se propusieron pacificar a los indígenas y reducirlos e instalarlos en pueblos. Aunque la
pacificación suponía, por un lado, la defensa de la población indígena, por otro, llevaba a sumar indios a las encomiendas.

En un principio, la labor de Bolaños consistió en adoctrinar a los indígenas, enseñarles ciertas normas de higiene de acuerdo a la cultura
occidental, suprimir la desnudez, evitar la poligamia y la cohabitación en ranchos o casas sin divisoria alguna así como combatir las
supersticiones, la antropofagia y la hechicería, tan opuestas a la doctrina cristiana. De acuerdo con la mentalidad de la época, no se podía pensar
en "cristianizar" al indio sin antes lograr "humanizarlo" mediante el sometimiento a una "vida política y humana".

Bolaños iba conociendo a los indios por sus nombres y palpaba sus miserias y explotaciones. Con dedicación y empeño fue
perfeccionando su guaraní a fin de conocer la cultura y las creencias religiosas de los indígenas. Tradujo al idioma autóctono las oraciones o
"rezos" así como también el catecismo limense. Entretanto, los levantamientos armados engendraban nuevas revueltas en las que -con firmeza-
los chamanes o hechiceros llamaban a su gente a una vuelta a su "teko yma", o modo antiguo de ser.

Uno de los tantos levantamientos ocurridos en los pueblos de "río arriba" llevó a Bolaños y a Alonso de Buenaventura a las provincias del
norte, en las tierras de los indígenas guarambarenses, tobatines e itatines, donde con buen trato y medios persuasivos, lograron aquietar los
ánimos y librar a los nativos de sus "supersticiones, males y abusos que tenían".

Iglesia de San Lorenzo de Altos

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PRIMERAS REDUCCIONES GUARANÍ FRANCISCANAS (1580-1600)

Después de recorrer el Guairá sin escolta de soldados y adentrarse en la región de los tupi antropófagos, Bolaños regresó a Asunción y a
unos 40 kilómetros de esta ciudad fundó la reducción de Altos, en 1580. Allí consiguió reunir a más de 1.300 indígenas, a quienes redujo a pueblo
en una región elevada y boscosa.

Uno de los motivos que llevó a Bolaños a fundar esta reducción fue el perjuicio que causaba a las chacras de los indígenas, el ganado de
los españoles: "Los dichos padres (Bolaños y Alonso) volvieron a esta ciudad a proseguir con la obra que habían dejado de buena doctrina, y
visto que los españoles se iban acercando a los indios a hacer estancias y que ellos estaban divididos por parcialidades, para acudir a las
necesidades que se ofrecían hicieron de un partido de ellos una reducción que llaman de los Altos".

Con esta reducción, Bolaños logró salvar los dos grandes obstáculos con los que tropezaron los clérigos durante los primeros años de
colonización: la dispersión de los indígenas y el desconocimiento de la lengua. Bolaños fue el primero a quien los indios escucharon predicar en
su propio idioma.

Cuando la misión de Altos ya estaba encaminada, Bolaños y su maestro regresaron a las provincias del norte que seguían agitadas y allí
echaron las bases de las misiones de Pitum (Guarambaré), a fines de 1580. En reiteradas ocasiones Bolaños y Alonso volvieron a dicha región
para seguir pacificando y adoctrinando a los guarambarenses.

En la última década del siglo XVI fundaron Atyrá, Tobatí, Perico Guazú, Ybyrapariyara, Terecañy, Pacuyú, Curumiai y otras, cuyos nombres
no aparecen en los documentos. Con estas fundaciones, Bolaños logró pacificar a los indios del norte y mitigar la violencia y muerte de tantos
indígenas.

En contrapartida, los indios reducidos pasaron a trabajar para los españoles.

Entre 1582 y 1585 ambos religiosos recorrieron las ciudades de Villa Real y Villa Rica del Espíritu Santo, y las costas de los ríos Piquyry y
Huibay, habitadas por indios tayoaba tabaxiba cada una de ellas. Allí permanecieron por bastante tiempo, adoctrinando a los nativos y atendiendo
material y espiritualmente a los apestados, tanto españoles como indígenas. En el Guairá se les unieron dos jóvenes: Gabriel de Guzmán y Juan
Bernardo, quienes pidieron ingresar en la orden. Cuando estos vistieron el hábito franciscano en la provincia del Guairá, regresaron con ellos a
Asunción, donde Bolaños se ordenó sacerdote aprovechando la llegada del obispo Alonso Guerra, en 1585.

Bolaños y sus compañeros se dirigieron a la provincia del Caraiba, al suroeste de Asunción, y allí, con ayuda de los novicios guaireños,
lograron pacificar a los indígenas del lugar, quienes desde hacía mucho tiempo vivían rebelados.

Dichos indios, conjuntamente con los parana, constituían una de las parcialidades guaraníes más resistentes de la dominación española.
Bolaños logró trasladar a los Caraiba a unos treinta kilómetros de Asunción, en el pueblo de Itá, donde inició con ellos la reducción del mismo
nombre, en 1585. Con esta fundación, Bolaños y sus compañeros lograron la pacificación de dichos naturales, su sometimiento a la dominación
española y el inicio del adoctrinamiento en la fe cristiana.

Una vez asentada la reducción de Itá y llevado por el afán de cristianizar a los indígenas, Bolaños se dirigió hacia el este, donde vivían los
nativos de Acahay. También estos se hallaban sublevados, aunque no superaban en rebeldía a los de Caraiba. Unos 1.700 indígenas del Acahay
acompañaron a Bolaños y a los novicios guaireños hasta muy cerca de Itá, donde fundó con ellos la reducción de Yaguarón, hacia 1586-1587.

Antes de finalizar el siglo XVI, Bolaños había conseguido frenar la caída demográfica de los indígenas al obtener el "efecto buscado, pero
jamás alcanzado por las armas: la pacificación y la sumisión de los guaraní a los españoles".

Iglesia de Cangó-Boví, pueblo hoy conocido como Gral. José G. Artigas.

Una típica construcción franciscana

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NUEVAS FORMAS DE REDUCCIÓN (1606-1800)

Las primeras misiones guaraníticas tuvieron una modalidad muy particular debido a la escasez de misioneros y la influencia desmedida de
los encomenderos. Ellas no contaron con la presencia permanente de los franciscanos, quienes hacían el papel de misioneros itinerantes
realizando múltiples tareas, como la de doctrinero, asistente social, animador y "educador" de los indios reducidos. Los que residían en las
reducciones eran los pobleros o capataces de los encomenderos, encargados de enseñar a los indígenas el manejo del arado así como el control
de los trabajos de hilado de las mujeres y el cumplimiento por parte de los indígenas del servicio personal debido a sus encomenderos. El peso de
las encomiendas y la ausencia de los frailes en las reducciones tuvieron como resultado el decaimiento de las mismas a fines del siglo XVI.

Con ayuda del gobernador criollo Hernandarias, los franciscanos emprendieron un cambio radical en las reducciones al desplazar de ellas
al encomendero y al poblero, y al lograr del Rey la exención del servicio de encomiendas por diez años. Esta medida se adoptó para las nuevas
fundaciones a fin de dar impulso al nacimiento de un modelo diferente de reducción y adoctrinamiento de los indígenas, cuyo principal
protagonista fue fray Luis Bolaños.

A fines de 1606, Bolaños fundó entre los parana la reducción de Caazapá, con indígenas rebeldes a la dominación española. Lo que no
lograron en más de cuatro décadas las fuerzas de las armas, los frailes lo obtienen en poco tiempo con la persuasión y la sencillez franciscanas.

Hacía más de cuarenta años que los parana se resistían al servicio personal de las encomiendas, dando muerte a todos los que intentaban
acercarse a sus tierras. Con la pacificación y reducción de los indios en Caazapá, y años más tarde en Yuty, otra reducción fundada por Bolaños
en 1611, los franciscanos lograron la estabilidad demográfica de los guaraní, porque si bien es cierto que la población siguió disminuyendo debido
a las pestes y tantas otras causas, por lo menos se la pudo frenar en gran medida. Bolaños sabía que las reducciones jugaban un papel
preponderante en la estabilidad demográfica guaraní; por eso dedicó todos sus afanes en la defensa de la causa indígena.

Así lo declaró Felipe Franco en la información jurídica de 1618: "Y que tiene por cierto este testigo que si los dichos fray Alonso y fray Luis
Bolaños no hubieran comenzado a hacer las reducciones y predicado a los indios para sacarlos de su gentilidad, hasta hoy en día es cosa
infalible... los indios se hubieran menoscabado e ido siempre a menos por las continuas rebeliones y alzamientos que han tenido: Los españoles y
conquistadores los han querido reducir a hierro y fuerza de armas que ha sido causa de muchas muertes".

Hacia 1615, Bolaños dejó las reducciones del Paraguay en manos de sus discípulos y cruzó el Paraná en busca de otros grupos indígenas a
quienes adoctrinar y reducir a pueblos.

Con ayuda de Hernandarias fundó Itatí, a fines de 1615, y Santiago de Baradero, al año siguiente. Desde entonces los franciscanos no
fundaron ninguna otra reducción hasta 1678, cuando Fray Buenaventura de Villasboa reunió a los naturales monteses en la reducción de Itapé, en
tierras donadas por Caazapá. El visitador Parras habla de otra reducción fundada en 1753 y denominada Nuestra Señora del Pilar, situada sobre el
Tebicuary y que al parecer tuvo vida efímera.

REDUCCIONES FRANCISCANAS NO GUARANÍ (1769-1800)

En la segunda mitad del siglo XVIII los franciscanos comenzaron a fundar reducciones con indígenas no guaraníes. Fray Miguel Méndez
Jofré fundó con los mbaya la reducción de Nuestra Señora del Refugio de Eguileghigo, en 1769, y años después las reducciones de los gitana y
los layana, entre 1770 y 1772.

Con los mbocovi, fray Mariano Agüero fundó San Francisco de Remolinos, en 1778, y fray Antonio Bogarín con los toba, las de San Antonio
y Naranjhay, en 1782. Fray Pedro de Bartolomé fundó Tacuatí, en 1788 y en 1792, San Francisco de Asís del Aguaray, en Lima, actual departamento
de San Pedro.

La última reducción franciscana fue la de San Juan Nepomuceno, con indígenas chavarana, en 1798.

Iglesia de Caacupé, inicialmente capilla de Nuestra Señora de la Concepción de Caacupé

EX REDUCCIONES JESUÍTICAS A CARGO DE LOS FRANCISCANOS

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Cuando la expulsión de los jesuitas, varias de las reducciones por ellos fundadas quedaron a cargo de los franciscanos hasta la extinción
de las órdenes religiosas en 1824. Entre ellas se encuentran San Cosme y Damián, Santa Rosa, Itapúa, Jesús, Belén y San Joaquín.

Otras reducciones franciscanas situadas en territorio argentino y uruguayo, dependientes de la provincia Franciscana de Nuestra Señora
de la Asunción, fueron, entre otras: Santa Lucía de Astor, San Miguel de los Calchines, San José de Areco y Santo Domingo Soriano (Uruguay).

ORGANIZACIÓN DEL TRABAJO

El trabajo era obligatorio en las reducciones franciscanas. Todos los indígenas capaces en edad y condiciones debían estar al servicio del
pueblo y en ciertos períodos del año servían a sus encomenderos.

El trabajo de las mujeres consistía en cuidar la casa y los hijos así como entregar -cada fin de semana- el hilado de algodón que les fuera
encomendado. Se ocupaban, asimismo, de traer leña y agua al hogar y ayudar en las chacras en tiempo de siembra y cosecha. Existían dos
sectores comunes: uno particular y otro comunitario. El primero aseguraba la subsistencia de la familia y el tamaño de la tierra estaba en relación
con el número de hijos con que contaba cada familia. La cosecha pertenecía a los indígenas, no así los bueyes y arados, que eran de la
comunidad. También podían tener animales en la casa, como gallinas y cerdos, destinados al consumo familiar. Este sector era casi nulo en los
pueblos sometidos al sistema de encomiendas. Eran las mujeres en este caso quienes duplicaban sus tareas para hacer las veces de los hombres
en las chacras.

El sector comunitario comprendía las tierras destinadas a la agricultura y ganadería, cuya producción se empleaba en el mantenimiento de
la comunidad, los gastos del culto y otros. El trabajo y la producción de los talleres también pertenecían al área comunitaria, además del hilado y
los tejidos, que eran destinados a proveer de vestimenta a la población.

La producción de tabaco, algodón, yerba mate, caña de azúcar y otros rubros ocupaba a gran cantidad de indígenas.

VIDA COTIDIANA EN LAS REDUCCIONES

Aunque con algunas variantes, la vida cotidiana en las reducciones empezaba al romper el alba. Al sonido de los tambores los indígenas
acudían hasta la puerta del doctrinero para cantar el "Bendito" y juntos caminar hacia la iglesia para la misa.

El desayuno comunitario de los niños se servía en el atrio de la iglesia, una vez terminada la doctrina; a continuación realizaban tareas
comunitarias. Por la tarde iban a la escuela de primeras letras los hijos de los caciques, de los cabildantes, de los maestros artesanos y del
sacristán.

A las mujeres capaces, los lunes se les entregaba el algodón que debían hilar; ellas devolvían el hilado los sábados, luego de ser pesado
delante del fiscal del pueblo y del escribano, que llevaba cuenta de lo entregado.

Los hombres trabajaban en el campo, en las estancias, yerbales, tabacales o cañaverales, según la producción a la que se dedicaba el
pueblo.

Los maestros artesanos dirigían los talleres de carpintería, herrería, platería, tejeduría, escultura, pintura, sastrería, entre otros oficios.
Entre las manufacturas se hallaban las olerías, donde los indígenas fabricaban tejas, ladrillos y objetos de losa.

También trabajaban en los hornos de cocer miel y en los trapiches, donde fabricaban mosto.

En los días festivos todos acudían a la iglesia para la misa. Después del acto religioso se dedicaban a la caza, la pesca, a competencias de
tiro al blanco, a juegos a caballo como el de la sortija, danzas rituales y otras manifestaciones recreativas.

Las bodas se realizaban en forma comunitaria y acostumbraban efectuarse a los 14 y 16 años con miras a compensar las pérdidas
demográficas y a preservar la moral y costumbres cristianas.

Iglesia de San Roque de Asunción

CONCLUSIÓN

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Los indígenas aceptaron la sumisión a los doctrineros antes que a los conquistadores porque la encontraron más llevadera, aunque no
ideal, ya que su reducción a pueblo significaba servidumbre y sometimiento a muchas cargas que todavía hoy siguen pesando sobre los pueblos
indígenas.

Con las reducciones franciscanas y luego las jesuíticas acabaron los levantamientos indígenas al deponer estos su actitud hostil frente a
los extranjeros. No obstante, ellos mantuvieron una resistencia pasiva ante la religión y la cultura occidentales impuestas. Necker sostiene que la
ociosidad, la embriaguez, el robo, la dejadez, la fuga, el apego a los valores autóctonos son muestras pasivas de la resistencia indígena. Pero pese
a las fugas, las epidemias y los malos tratos, las reducciones consiguieron estabilizar la población indígena, lo que no fue posible en lugares
donde los religiosos no contaron con dicha organización.

Aun así, las reducciones guaraníticas, ya fueran franciscanas o jesuíticas, a pesar de los grandes valores que podemos encontrar en ellas,
desde el punto de vista del indígena reducido, no fueron otra cosa que un mal menor del sistema colonial.

Antigua Iglesia de Ybycui

REDUCCIONES JESUÍTICAS

A pedido del gobernador Hernandarias, los religiosos de la Compañía de Jesús comenzaron a misionar con los guaraní, poco tiempo
después de la creación de la Provincia Jesuítica del Paraguay, en 1607.

El padre Diego de Torres Bollo, primer provincial del Paraguay, había llegado a Asunción con la idea de fundar reducciones, como ya lo
venían haciendo los franciscanos desde hacía unas tres décadas. Para el efecto envió al Guaira a los padres Simón Masseta y José Cataldino,
quienes habían salido de Asunción en diciembre de 1609, y fundaron las reducciones de San Ignacio Mini y Loreto en 1610, a unas 60 leguas al
este de la ciudad real.

Los padres Marcial de Lorenzana y Francisco de San Martín se ocuparon de San Ignacio Guazú, en 1609. Con la llegada de más misioneros
al Guairá se fueron creando nuevas reducciones y quince años más tarde, ya se contaban con catorce pueblos indígenas, los que contribuyeron a
afirmar la presencia española en aquellas apartadas regiones.

A partir de 1614 comenzaron a hacerse sentir los "bandeirantes" de San Pablo y en 1628 invadieron los pueblos del Guairá, llevando
cautivos a miles de indígenas guaraníes. Los jesuitas abandonaron aquellos pueblos y junto con los nativos comenzaron una larga migración
hacia lugares más protegidos.

Más tarde se hicieron cargo de dos antiguas reducciones del Itatín, emigradas ante la invasión portuguesa. Eran ellas las de Santiago de
Caaguazú y Nuestra Señora de Fe (hoy Santa María). Estas dos reducciones, sumadas a la de San Ignacio Guazú, estuvieron sometidas al servicio
de encomiendas hasta casi finales del siglo XVII por tratarse de pueblos de origen no jesuítico. Ya en su nuevo emplazamiento, los jesuitas
comenzaron a reorganizar sus reducciones.

En 1646 contaban con veinticuatro pueblos ubicados cerca de los ríos Tebicuary, Paraná y Uruguay. Para 1702 aumentaron a veintinueve y
ya contaban con 90.000 indígenas reducidos. Los "bandeirantes" volvieron a invadir las costas del Uruguay y el Rey concedió licencia a los
jesuitas para instruir a los indígenas en el manejo de armas de fuego y formar con ellos un ejército permanente.

El Cabildo de Asunción se opuso a tal medida por considerarla peligrosa para la seguridad de la provincia. Este conflicto duró casi medio
siglo y ocasionó serios roces entre los jesuitas y las autoridades coloniales. Otros motivos de la controversia fueran el ejercicio de vicepatronato
de las autoridades civiles y los privilegios que poseían los jesuitas.

A pesar de hallarse ubicadas las reducciones de la Compañía de Jesús en territorios de la provincia del Paraguay y Buenos Aires, los
jesuitas desarrollaron sus actividades económicas, religiosas y culturales totalmente al margen de las leyes y autoridades de ambas provincias.
Era como tener un Estado dentro de otro.

Ningún gobernador u obispo podía entrar en las reducciones sin permiso expreso del superior de las misiones, licencia que no siempre era
concedida.

El aislamiento fue tal que ni siquiera los indígenas podían pasar de una reducción a otra, salvo cuando debían ir a los yerbales o tripular las
embarcaciones de los padres. "Las misiones -dice Efraím Cardozo- constituyeron un mundo herméticamente cerrado".

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Iglesia de Paraguarí

ESTRUCTURA URBANA DE LOS PUEBLOS JESUÍTICOS

Contrariamente a los franciscanos que casi nada cambiaron en cuanto a la disposición de los pueblos indígenas, las fundaciones de los
jesuitas contaron con planos uniformes que poco o nada tenían que ver con los "tekoha" o "táva" guaraní.

En el centro se hallaba la plaza cuadrangular, con una cruz en cada esquina. A uno de los lados de la plaza se levantaban la iglesia, la casa
de los padres denominada colegio, los talleres y almacenes.

A los costados estaban las casas de indios ordenadas en manzanas simétricas, separadas por calles rectas tiradas a cordel. Todas las
casas eran de igual dimensión y estaban rodeadas de largos corredores o galerías. El Cabildo, el koty guazú o casa de recogidas, la escuela de
primeras letras y otros edificios públicos completaban el cuadro de casas.

ORGANIZACIÓN SOCIAL

La organización familiar era monogámica. Los jesuitas lograron desterrar de sus reducciones la poligamia guaraní. El casamiento era
obligatorio para todos los varones de diecisiete años y las mujeres de quince.

Los matrimonios se celebraban en forma comunitaria, en tandas de hasta 90 parejas. Un banquete costeado por la comunidad seguía a la
bendición de los recién casados. En las reducciones todos vestían iguales, con prendas diseñadas por los jesuitas y confeccionadas con telas del
país. A las mujeres no se les permitía sujetarse el pelo ni tenerlo muy largo; tampoco podían pintarse el rostro según sus antiguas costumbres.
Los cabildantes, caciques y danzarines usaban trajes especiales en los días festivos. Una vez terminada la celebración, estos volvían a vestir sus
ropas de uso diario y sus arriendos de gala se guardaban en los depósitos de la comunidad.

En los actos religiosos los hombres se hallaban separados de las mujeres y cada uno debía ocupar el lugar que le correspondía. La vida de
los indígenas se hallaba sujeta a una estricta disciplina. Dos gruesos volúmenes, el "Araporuaguiyeihaba", contenían todo cuanto los nativos
debían realizar durante el día, y las normas eran las mismas para todas las reducciones jesuíticas.

LA IMPRENTA EN LAS REDUCCIONES

A comienzos del siglo XVIII, el ingenio de algunos padres y la habilidad de los indígenas posibilitaron la creación de una imprenta en las
reducciones jesuíticas. La construyeron los padres Juan Bautista Neumann, Segismundo Asperger y José Serrano, todos europeos. La prensa era
de tipo usual en el siglo XVII, con caracol, plancha y platina sostenedora de las ramas o galaderas, todo de madera proveniente de las selvas
paraguayas. Restos de las mismas se conservan en el Museo del Cabildo de Buenos Aires.

La primera imprenta funcionó en Loreto, en San Javier y por último en Santa María. Se ignora si se trata de la misma imprenta o de otras
diferentes. En cuanto a obras impresas, la primera fue el "Martirologio Romano", impresa en 1700, de la cual no llegó a nuestros días ni un solo
ejemplar. Otros libros publicados fueron "Vida de los Santos", en tres volúmenes, de unas 400 páginas cada uno.

Iglesia de Mbocajaty
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EL COMERCIO MISIONERO

En un principio la economía de las misiones iba dirigida al abastecimiento de los pueblos indígenas. Esto se hacía con los productos de la
tierra y el ganado procreado en las estancias. Ninguna de las dos constituía rubro de exportación; no así los yerbales, que ofrecían un renglón
muy rentable. A pesar de que la constitución de la Compañía de Jesús tenía prohibido a los religiosos dedicarse al comercio, estos fueron
autorizados a mercar con la yerba o hierba de la provincia con el fin de pagar los tributos a la Corona. Los procuradores jesuitas de Buenos Aires
y Santa Fe vendían yerba que era conducida hasta dichos puertos por embarcaciones tripuladas por indígenas de las reducciones jesuíticas.

El remanente de las ventas, una vez pagado el tributo, se utilizaba para la compra de artículos que no producían los pueblos y otros gastos
de la Compañía. Diferentes fines tenían las estancias de las reducciones de indios y las particulares de la Compañía de Jesús. La de Paraguarí
poseía más de 30.000 cabezas de ganado vacuno y cerca de 600 esclavos negros de su propiedad dedicados al cuidado de los animales. Con el
negocio de las reses, la yerba y las rentas de sus extensas tierras, los jesuitas cubrían los gastos del colegio y otras necesidades.

Catedral de Asunción

La obra fue iniciada por el "maestro y sobrestante" Pascual Urdapilleta

y concluida por el maestro Tomás Verges, quien se hizo cargo de la obra en 1844.

ESCUELAS DE PRIMERAS LETRAS

Al igual que en las reducciones franciscanas, también en las jesuíticas las escuelas de primeras letras estaban abiertas a los hijos de
caciques, maestros, artesanos y sacristanes.

La lengua usada era la guaraní, con exclusividad, a pesar de que la Corona había ratificado en 1743 la obligación de la enseñanza de la
lengua castellana. Los jesuitas se resistieron a poner en práctica dicha medida, aduciendo la negativa de los indígenas a estudiar otra que no fuera
la propia. En las escuelas se enseñaba a leer, escribir y contar, mientras que en la doctrina diaria se impartía el catecismo guaraní traducido por
fray Luis Bolaños. Ya en el siglo XVII se incorporó el de Montoya y más tarde el de Yapuguay, aunque en esencia no era otro que el de Bolaños,
aumentando y corregido.

ESCUELA DE MÚSICA

El principal centro musical de las misiones jesuíticas se hallaba en Yapeyú; allí, el padre Sepp no solo enseñaba música, pues también
abrió un taller de instrumentos musicales. Órganos, flautas, violas, laúdes, cornetas, arpas y chirimías se exportaban a las demás reducciones y a
las ciudades españolas del Virreinato.

Cuando el padre Sepp llegó a Yapeyú por el río Uruguay, cuenta él que iba ejecutando junto con sus compañeros varios instrumentos
musicales, y sucedió que "los indios de aquella costa nos oían -dice- y, atraídos por la música, acudían a la ribera y escuchaban complacidos
aquellas armonías".

Además de las escuelas de música, los jesuitas formaban coros hasta de más de cuarenta cantores varones. Las mujeres no interpretaban.
Para suplir la voz femenina se escogían a los niños con las mejores voces. Los pequeños de doce a catorce años eran sopranos, los de catorce a
dieciséis, contraltos; los mayores, tenores y barítonos. Este era también un procedimiento usual en la Europa de la Edad Media. Los coros
actuaban en las fiestas religiosas, durante las visitas de obispos, gobernadores y superiores religiosos.

De entre los músicos se elegía a los danzantes que vestían y bailaban según la usanza española. El padre Xarque expresa que los indígenas
despreciaban "sus indignos modos de danzar antiguo". La cultura occidental cristiana terminó por lograr que los nativos despreciaran sus
tradiciones hasta hacerlos ver como "indignos" sus ritos y costumbres ancestrales.

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Iglesia del Convento de Santo Domingo

EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS

Los colonos del Paraguay y la Orden Jesuítica nunca congeniaron; si no era por el tema de las encomiendas, lo era por el comercio de la
yerba, pues estos no pagaban impuestos y tenían mano de obra casi gratis, lo mismo que el transporte.

Las numerosas y cada vez más crecientes estancias jesuíticas alarmaron a los vecinos de Asunción cuando estos se dieron cuenta de que
sus posesiones llegaban hasta la misma ciudad, bloqueando los caminos. Tanto el Cabildo de Asunción como algunos obispos opusieron
resistencia ante el afán desmedido de poder y riqueza de los jesuitas. Ese conflicto desembocó en la Revolución de los Comuneros (1717-1735).

El Tratado de Permuta de 1750, por el que España cedió a Portugal siete pueblos de indios en reemplazo de la Colonia del Sacramento, trajo
inquietud y rebeldía en los indígenas, y en España los jesuitas fueron acusados de haber promovido el levantamiento.

El marqués de Pombal, jefe del gobierno portugués, difundió panfletos por toda Europa en contra de los jesuitas.

El rey Carlos III, influenciado por el conde de Aranda, decretó el 27 de febrero de 1767 la expulsión de los jesuitas de América.

A la salida de los religiosos, las reducciones de indios quedaron a cargo de misioneros franciscanos, dominicos y mercedarios. Estos
recibieron órdenes de ocuparse única y exclusivamente de la vida espiritual de las mismas, quedando la administración temporal de las
reducciones a cargo de laicos, muchos de ellos ineptos e inescrupulosos y que, en poco tiempo, dilapidaron las haciendas y demás bienes.

Las reducciones jesuíticas situadas en el actual territorio paraguayo fueron pocas. De entre ellas, Trinidad fue atendida por los dominicos,
en tanto que San Cosme y Damián, Santa Rosa, Jesús, Itapúa, Santa María, Belén y San Joaquín quedaron a cargo de los franciscanos, muchas de
ellas hasta poco antes de 1824, año en que el doctor Francia extinguió las comunidades religiosas.

En 1848, don Carlos Antonio López suprimió los pueblos de indios, dejando a estos librados a su suerte. A partir de entonces todas las ex
reducciones se convirtieron en parroquias, a cargo de un cura párroco. La jurisdicción civil de cada pueblo era la misma que la de las parroquias
rurales.

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Iglesia de La Encarnación, Asunción

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Registro: Agosto del 2012

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