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David Pujante

Manual
^ .de
retorica'
F.1 Manual tk· Retorn a ck· David Pujante es el más ambicioso pro­
yecto de sistematización retórica qué se ha realizado en los últimos
años dentro del ámbito académico hispano, por el carácter abar-
cador de la totalidad de la problemática de la retórica, tanto histó­
rica como actual, en sus más variadas ramificaciones
El Manual comienza (I Nuestra sociedad ante la retorica) enmar­
cando la antigua ciencia de la persuasión oratoria en el pensamiento
y la sociedad actuales. El capítulo II Retorica e historia aborda la
historia retórica procurando la prefiguración de una posible y toda­
vía inexistente historia comparada de la retórica occidental con otras
culturas que hayan mostrado manifestaciones similares v hac iendo
una breve historia de la retórica en Occidente El capítulo III El
corpus retórico es el más extenso y trata la tota­
lidad del mecanismo retórico así como todas las
cuestiones referentes a la teoría oratoria elabo­
rada por la rhetorica recepta. El capítulo l\ La
actualidad retórica replantea los tradicionales
problemas retóricos a la luz de la interpretación
moderna y muestra las nuevas aportaciones y
los conflictos que se han desencadenado con la
reciente recuperación de la vieja ciencia del dis­
Los manuales de curso.

despliegan de manera
sucinta, rigurosa y
amena el caudal de
conocim ientos más
frecuentados por una
lis profesor de Teoría de la Literatura y
persona culta, de manera
Literatura Comparada en la l diversidad
que perm iten recordar, de Valladolid l'ntre sus libros, cabe des­
asentar, m antener y tacar De lo literario a lo poético en Juan
desarrollar los con o ci­ Ramón Jiménez (1988), Mimesis v siglo
mientos obtenidos o que w ( 1992). I I hijo de la persuasion Quin­
se hallan en nuestro tiliano y el estatuto re­
horizonte cultural. torico (1996 y 1999),
Por su organización y Γη vino generoso (So­ David
estructura, además, bre el nacimiento de la Pujante
son apropiados para estética nietzseheana
1871-1873) Π997) y Belleza mojada. La
consultas parciales,
esentura poética de Francisco Brines
puntuales y rápidas; (próxima public ación) lia realizado tam­
aunque también se han bién traducciones tie Pessoa. von Platen
redactado com o y de algunos poetas alemanes contempo­
posibles lecturas más raneos El último de sus libros de creación
demoradas y com pro­ poética es La isla (Pre-Textos, 2002).
metidas. Cada uno
ha sido elaborado por
reconocid os especialistas,
que se han esforzado,
sin incurrir en excesos
eruditos, por presentar
un panorama actual,
contextualizado y rigu­
roso, que pueda
satisfacer la curiosidad
del profano y la nece­
sidad de contar con
un vadem ecum
del profesional.
David Pujante
Manual
de
retórica
Manual de retórica
CA STA LIA

DIRIGIDA POR
PABLO JAURALDE

P R IM E R O S TÍTULOS D E L A COLECCIÓN

!. David Pujante
MANUAL DE RETÓ RICA

2. P ed ro R u iz P érez
M A N U A L DE ESTUDIOS
LITERARIOS DE
LOS SIGLOS DE ORO
© David Pujante, 2003

© De esta edición. Editorial Castalia, 2003


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umario

I, Nuestra sociedad ante la retórica


(Meditaciones sobre el marco)

1.1. La permanencia de la retórica............................................................ 13


1. 2 . Retórica y pensamiento actual............................................ ................................. 18
1.3. . Retórica, literatura, arte ..................................................................... 24

II. Retórica e historia


11.1. Historia comparada de la retórica..................................................... 33
1 1 .2. Historia de la retórica occidental ..................................................... 36

III, El corpus retórico


IILa. Nombre y definición de retórica....................................................... 71
lll.b . Las operaciones retóricas....................................... ............................ 75
I ll.b x El concepto de inventio. Quaestio, causa, status causae............. 79
Ill.b.i.x. Los géneros de causa (genera causarum)........................ 82
Ill.b.i.i.i. El género epidictico o demostrativo, 84
IlI.h. 1.1.2. El género deliberativo o suasorio, 90
III.b.1.1.3. El género judicial, 92
III.b.1.2. Las partes del discurso.................................................. 93
III.b,i.2.i. El exordio, 95
IIÍ.b.1.2.2. La narratio, 100
III.b.i.2.2.a. Las virtudes narrativas, 102
III.b.i.2.2.b. La narración literaria, m
David Pujante / Manual de retórica

Iíl.b, 1.2.3. Las partes prescindibles del discurso, 119


m.b.1.2.4. La demostración (argumentación), 120
III.b.i.2.4.a. Los lugares comunes discursivos de la proba­
toria, 122
llí.b. 1.2.4.b. La refutación, 179
III.b.í.2.5. La peroración, 181
III.b.2. La dispositio y el estudio de los status................................... 184
III.b.3. La elocutio. La distinción res/verba. Serme omatus.............. 189
III.b.3,1. Eí arte de adecuar ideas y palabras. Las virtudes expre­
sivas................................................................................... 196
III.b.3.i.i. Los tropos, 203
III.b.3.1.2. Las figuras, 235
Iíl.b .3.1.2.1. Figuras de dicción, 237
Figuras por adición {1), 239
Figuras por detracción (2), 252
Figuras por orden (3), 254
III.b.3.1,2.2. Figuras de pensamiento (o de sentencia), 258
Figuras frente a! público (1), 261
Figuras frente al asunto {2), 268
III.b.3.2. La composición............................................................... 288
La construcción oracional. Oración libre, oración correla­
tiva y período, 289
‘ El orden, la unión y la armonía de las palabras, 292
IILb. 3.3. Los estilos (géneros elocutivos) .................................. 300
III.b.4, La memoria............................................................................... 302
III.h.5, La actio o pronuntiatio ......... ............................................... 311

IV. La actualidad retórica


IV.i. La nueva retórica. Nuevo objeto, nuevo m edio................................ 323
IV.2. Algunas apreciaciones actuales al modelo de las operaciones retó­
ricas. El modelo teórico y la realidad de funcionamiento............... 328
IV.2.I. Simultaneidad e interrelación operativa: consecuencias.
Inventio, dispositio y elocutio como operaciones ligadas................ 329
IV.2.2. El orden en las operaciones inventiva y dispositiva.
Orden intuitivo y orden retórico.............................................. . 330
Sumario

IV.2.3. El orden como base constructora dei significado discursivo .. 332


IV .2.4. La operación dispositiva como componente creativo del
discurso: ia dispositio en la r a y e n las verba ........................ 33Ó
TV.3. Historia de la argumentación durante el siglo x x ................ ........... 340
IV.3.1. La nueva retórica de Perelman. Sus límites en cuanto a la
argumentación.......................................................................... 340
ÏV.3.2, Posteriores aportaciones a la teoría de la argumentación,
Habermas. La teoría de la argumentación jurídica............. 342

IV.4. Filología y retórica: Iluminaciones retóricas a la estructura y defi­


nición del discurso en general, y del discurso literario en. particular... 345
IV.4.X. Reformulaciones desde la nueva ciencia lingüística de los
tropos y las figuras retóricas ................................................ 347
IV.4.2. El discurso literario como discurso retórico. Paul de M an.. 352

IV .5. La persuasión publicitaria..................................................................... 358


IV.ó. El discurso político como discurso retórico. Aportaciones desde la
teoría de la comunicación..................................................................... 363
I V.j. Aportación española reciente a los nuevos estudios sobre retórica ,, 382

Bibliografía............................................................... 397

índice alfabético de autores y materias ............... 413


¡Hombres que inútilmente aprendéis tantas cosas!
¿Por qué, ya que son tantas las artes que enseñáis
y tanto lo que en la búsqueda se esfuerza vuestro
ingenio»
hay algo que ni sabéis ni intentáis: conseguir
que adquieran sensatez los que carecen de ella?
Eurípides, Hipólito

Cicerón fue el que hizo ver a los romanos cuánto


es el placer que la elocuencia concilia a lo que es
honesto; que lo justo es invencible si se sabe decir.
Plutarco, Cicerón

W A G N ER.- ¿{...} cómo se puede aspirar a con­


ducir un día el mundo por medio de la persuasión?
F AU STO ,-N o lo conseguiréis sin sentir con
fuerza; sin que la inspiración se desborde de vues­
tra alma; y sin que, por medio de la emoción más
violenta, logréis arrastrar los corazones de cuantos
os escuchan.
Goethe, Fausto

Una verdad es color de ceniza,


Otra verdad es color de planeta;
Adas todas las verdades, desde el suelo hasta el
suelo,
No valen la verdad sin color de verdades.
Cemuda, Dejadme solo
TO

Del orador (De oratore) ............................................ De Orat.


El orador (Orator)...................................................... Orat.
Etymologia................................................................... Etym.
Institución oratoria (de Quintiliano) ................... Inst. orat.
La invención retórica (De inventione)................... De invent.
Patitiones Oratoriae.................................................... Par. Orat.
Poética (de Aristóteles)............................................ Poét,
Primeros Analíticos.................................................. Anal. Pr,
Retórica (de Aristóteles) ........................................ Rhet.
Retórica a Alejandro................................................ Rhet. ad Alex.
Retórica a I Ierenio (Rhetorica ad Herennium) ....... Rhet. ad Heren.
Rhetores Graeci............................................................ Rhet. Graec.
Segundos Analíticos ................................................ Anal. Post.
Sobre el estilo (Demetrio)........................................ Demetr.
Tópicos (de Aristóteles).......................................... Tóp.
Tópicos (de Cicerón)................................................ Tóp.
Nuestra sociedad
ante la retórica
La permanencia
de la
retórica

Aunque haya parecido naufragar durante casi un


siglo, aunque durante ese tiempo haya desaparecido
totalmente de los estudios medios y en su casi totali­
dad de los universitarios (salvando reductos bien cono­
cidos como los estudios de lenguas clásicas o la parcela
del estilo literario para las filologías modernas), en rea­
lidad la retórica ha permanecido presente; latente, pero
presente; imprescindible, aunque ignorada. Porque
continuaba formando parte inevitablemente de los ele­
mentos básicos de la cultura; ocupando su lugar de
siempre (el del discurso persuasivo), aunque no la reco­
nociéramos.
Con respecto al reconocimiento de la retórica,
nuestro problema como hombres contemporáneos ha
sido doble. Por una parte, no identificábamos sus
nuevos rostros (el de los nuevos discursos de la per­
suasión); por otra, habíamos olvidado mirar hacia su
rostro del pasado o, cuando mirábamos, no lo reco­
nocíamos o desdeñosamente ni siquiera reparábamos
en él.
Pero ese rostro del pasado existe y tiende un
puente hacia los rostros retóricos del presente. En mu­
cho de lo que la retórica fue, podemos ver aquello en lo
que se ha convertido hoy con sorprendente nuevo vigor, l3
David Pujante / Manual de retórica

del que se sienten necesitadas las más importantes estructuras del entra­
mado comunicativo de la economía y la política mundiales. No estamos
ante un fenómeno nuevo, sino ante un fenómeno con una gran capacidad
de mutación, una mutación que propician, hoy más, ciertos vientos del
pensamiento (como el relativismo) y de la política (como la democracia).
Pero siempre ha estado ahí la retórica, con sus apariencias de
otros tiempos, como —permítaseme este ejemplo reflexivo— en la bi­
blioteca de El Escorial donde, aunque nadie se percatara, ha seguido,
silenciosamente y sin ser atendida, enseñoreándose, pese a todo, de uno
de los tramos de frescos que allí representan los distintos saberes de la
humanidad. En la biblioteca del monasterio herreriano, en un elocuente
silencio, la retórica siempre ha tenido el lugar que le corresponde entre
la aritmética, la geometría, la música y otros saberes humanos, a la
espera de que los estudiosos, los amantes del buen decir apropiado y
persuasivo —hoy llamados estudiosos de la comunicación: de la infor­
mación, de la propaganda, de la publicidad— , volvieran a mirar al lugar
donde se alza su imagen.
Allí, en los frescos de El Escorial, aparece como fantasma de otra
época, ¿pero reconocible por nosotros, por alguno de sus rasgos perma­
nentes? Allí está como el Hércules gálico que describió Luciano hace
muchos siglos, y cuya descripción de la pintura antigua nos vale para la
escuri álense:
A Heracles los celtas lo llaman Ograio Ese Heracles viejo
arrastra una enorme masa de hombres, atados todos de las orejas.
Sus lazos son finas cadenas de oro y ámbar, artísticas, semejantes
a los más bellos collares. Y , pese a ir conducidos por elementos
tan débiles, no intentan ía huida —que lograrían fácilmente -, ni
siquiera resisten o hacen fuerza con los pies sino que prosi­
guen serenos y contentos, vitoreando a su guía Pero lo que
me resultó más extraño de todo no vacilaré en relatarlo: no te­
niendo el pintor punto al que ligar los extremos de las cadenas,
pues en la diestra llevaba ya la maza y en la izquierda tenía el arco,
perforó la punta de la lengua del dios y representó a todos arras­
trados desde ella, ya que se vuelve sonriendo a sus prisioneros. '

LU CIA N O , Obras, I, Madrid, Gredos, 1981, págs. 96-97.


I. N uestra sociedad ante la retórica

15

Así, al modo de Luciano, han gustado ver durante siglos la imagen


de la retórica muchos de los estudiosos españoles. Así aparece en la
dedicatoria al Conde de Noreña de las Cartas eruditas de Benito Jeróni­
mo Feijoo:
Los antiguos Galos tenían, según Luciano, un concepto de Hér­
cules, muy diverso del que habían comunicado a otras Naciones
los Griegos; porque creían que las grandes hazañas de aquel H é­
roe no se habían debido a la valentía de su brazo, sino a la de su
facundia. Todo el Heroísmo de Hércules, en la sentencia de los
Sabios de aquella Nación, consistía en una discreción consumadí­
sima, con que movía a los hombres a la ejecución de cuanto les
dictaba; pero dictando siempre lo que más convenía.1

Actitud discreta (todo lo contrario a lo que se entiende vulgar­


mente por persona retórica; algo así como un fatuo charlatán), enmar­
cando un hablar conveniente, que movía a la actuación a cuantos escu­
chaban su dictado. Todos ellos elementos fundamentales de la
manifestación retórica (más allá de las vestimentas de época con que
pueda aparecer): la conveniencia ante todo, y puesta en el origen de
todas las demás virtudes expresivas; también el ethos (ese grado de mo­
deración con el que el orador busca conmover a sus auditores3), y por
supuesto la persuasión para que se haga lo que más conviene a cada cual
y al conjunto de la sociedad. Según esta concepción de la elocuencia
heroica en bien de la comunidad, considera Feijoo que el destinatario
de su obra es un hombre cuya facundia consigue
develar monstruos, y tiranos en pasiones, y vicios. La ferocidad
del León Ñemeo, en los Iracundos; la vigilante codicia del Dragón
que guardaba las manzanas de oro, en los Avaros; la mordacidad
del Perro infernal, en los Murmuradores; la inhumanidad de
Antéo, en los poderosos que abusan de sus fuerzas, oprimiendo a
los humildes Los instrumentos con que logra V.S.T. estos
triunfos, son las cadenillas de oro, con que, prendiendo, y atrayen-

2 Benito Jerónimo FE IJO O , Cartas eruditas y curiosas, en la dirección de inter­


net http://www.fU0s0fia.0rg/bjf/bjfr:1pl.httn
3 Angelo M A R C H E SE y Joaquín FO R R A D ELLA S, Diccionario de retórica, crí­
tica y terminología literaria, Barcelona, Ariel, 1989, pág. 154.
David Pujante / Manual de retórica

16

¡
do los corazones, ios desprende, y separa de sus delincuentes
afectos.4

Aparte las particularidades dieciochescas, aparece en el texto de


Feijoo el aspecto universalmente aceptado de la relación de la elo­
cuencia con la utilidad social. Es la verdadera razón de ser de la re­
tórica, más allá de las simplificaciones a que ha sido sometida, durante
siglos, más allá y por encima de su reducción a puro inventarío de
tropos y figuras retóricas. Y bajo este amplio signo de utilidad social
aparece en ia sociedad de hoy, alejada de su simplificado cometido de
apoyo a la preceptiva literaria. Naturalmente la utilidad no sólo tiene
sentido positivo.
Estamos en el mundo de las comunicaciones, de vertiginosas co­
municaciones que convierten el planeta en la llamada aldea global. Con
unos medios técnicos que, día a día, se superan a sí mismos en rapidez
y en eficacia, se nos informa, se nos orienta y se crea un estado de
conciencia colectivo que es la cultura de nuestra época. Como nos dicen
López Eire y Santiago Guervós en una reciente reflexión sobre retórica
y comunicación política,
la comunicación, crea la cultura porque la cultura se refiere a ios
valores ideales que comparten los miembros de un grupo dado, las
normas que acatan, y, por tanto, mediatiza el comportamiento de
la comunidad.?

Y en este mundo de los medios de comunicación, la retórica, que


sigue siendo el poderoso mecanismo de confección del discurso persua­
sivo (bajo cualquier aspecto), la escuela capacitadora y entrenadora de
las virtualidades y mejores características de los mensajes propios de los
distintos medios de comunicación de masas, ha vuelto a ser objeto de
interés, objeto primordial del marketing.
Y a en la Grecia clásica aparece la retórica con esta misma orien­
tación. El propio Platón, en el diálogo Gorgias, reconoce que los plan­
teamientos de sofistas y filósofos responden en realidad a dos modos de

4 Benito Jerónimo FEIJO O , Cartas eruditas y curiosas, cit.


§ ’ Antonio LÓ PE Z EIR E y Javier S A N T IA G O DE G U ER V Ó S, Retórica y co­
municación política, Madrid, Cátedra, 2000, pág. n .
I. N uestra sociedad ante la retórica

'7

vida (uno contemplativo, otro activo), y el del sofista es el activo, el


dedicado a la actuación ciudadana: Hablando ante el pueblo, cultivando la
retórica e interviniendo en los asuntos públicos.6 Donde Platón se muestra
combativo es a la hora de aceptar que en este campo precisamente la
verdad aparece como algo relativizado, establecido en un tiempo y un
espacio; planteamiento al que no se aviene. Dice en Teeteto:
Quieren ias ciudades mantener firmemente que nada de esto [jus­
to, injusto, piadoso o no] es por naturaleza ni posee una realidad
propia; muy al contrario, la opinión de la comunidad se tiene
como verdadera en tanto así lo parezca y durante el tiempo que
lo parezca.7

(l P LA TÓ N , Gorgias, o de la retórica, 499e/joic, en: P LA TÓ N , Obras completas,


Madrid, Aguilar, 1971, pág. 394.
1 PLA TÓ N , Teeteto, o de la ciencia, ιηιάίι-]^α., en: P LA TÓ N , Obras completas, cit.,
pág. 913.
Retórica
pensamiento actual

Este relativismo es otro signo de nuestro tiempo,


otra de las razones por las que la retórica encuentra
buen acomodo en nuestra sociedad; y he ahí el origen
también de la batalla en la que se enzarzaron en la An­
tigüedad los filósofos contra ios sofistas, enfrentamien­
to que acabaría con el triunfo de ios primeros, la elimi­
nación de los segundos y la configuración de la cultura
occidental sobre presupuestos de verdades absolutas, de
discursos poderosos, sobre cuya viciada genealogía pon­
drá (muchos siglos después) el dedo iluminador Frie­
drich Nietzsche para abrir una brecha en el pensamien­
to contemporáneo, que ha llegado a un supuesto fin de
la filosofía (ahora mismo en una nueva reacción vitalí-
zadora, limitando cautamente su campo de acción) y a
unpensiero deboles en eí que se inserta el renovado inte­
rés, desde un nivel ontológico, por la retórica. Aunque
no podemos dejar de decir que la relación entre pensa­
miento débil (ai fin y al cabo filosófico) y retórica es una
relación compleja,9

s Cf. Gianni V A T T IM O y Pier Aldo R O V A T T I, E l pensamiento


débil, Madrid, Cátedra, 1988.
11 Cf. Gianni V A T T IM O , E lfin de la modernidad: nihilismo y herme­
néutica, Barcelona, Gedisa, 1986.
I. N uestra sociedad ante la retórica

Es necesario, pues, resituarnos en la polémica entre filósofos y


sofistas para, desde el primero de sus extremos (el fracaso sofístico),
dibujar el recorrido del arco que culmina en el actual pensamiento
relativista, que ha recuperado la retórica con su más amplia significa­
ción. Ese arco es el arco triunfal de la filosofía en Occidente, origen
a su vez de la mala fama que ha acompañado a los sofistas en la cultura
occidental. Se nos ha dicho que los sofistas enseñaban a defender cual­
quier causa por medio del aprendizaje retórico y que por ello cobraban
sustanciosas sumas de dinero. Dejando al margen que hoy en día todo
el mundo considera de justicia que un profesor cobre por sus leccio­
nes, y sabiendo que tras la crítica platónica se ocultaba el deseo de una
enseñanza elitista, sólo para los elegidos por el maestro, es necesario
atender al problema filosófico que se ocultaba tras el desprestigio de
la enseñanza retórica. Era, como ya hemos adelantado, la cuestión del
relativismo.
Este relativismo, que no tiene nada que ver con el escepticismo,
nace en un importante momento de revolución espiritual para el hom­
bre griego, y los sofistas son la clave. En la segunda mitad del siglo v a.
de C., el movimiento sofístico acaba con los presupuestos de la Grecia
aristocrática, contraponiendo a la vieja kalokagathía nobiliaria un nuevo
ideal de cultura fundamentado en la formación de ciudadanos cons­
cientes, juiciosos y elocuentes. Los nuevos ideales ya no tienen nada
que ver con los ideales caballerescos antiguos y se basan en la nobleza
del intelecto y en su manifestación por medio de la elocuencia. Para
los sofistas lo que cuenta es la creación de una clase intelectual, capaz
de dirigir la política de su ciudad. Su concepción democrática e iguali­
taria del hombre es algo totalmente nuevo. Un espíritu que todavía
hoy podemos comprender porque de alguna manera sigue siendo mo­
derno. Frente a los privilegios de sangre, creen, en la capacidad por
igual de todo hombre para ser educado, para ser virtuoso, para la auto-
observación y para la crítica.K> Así pues, los sofistas aparecen, se mue­
ven y permanecen en el ámbito de la polis (frente a la torre de marfil
del filósofo), un escenario con dos parámetros fundamentales: los valo­
res políticos y el lenguaje. Ambos parámetros constituyen el dominio

10 Cf. Arnold H A U SER, Historia social de la literatura y el arte, I, Madrid, Gua­


rí darrama, 1957, págs. 137-138.
David Pujante / Manual de retórica

de lo relativo" y precisamente a los sofistas les debemos la idea del


relativismo histórico. Ellos son los primeros que reconocen el carácter
condicionado e histórico de las verdades científicas, de las normas éti­
cas y de los dogmas religiosos.
Si volvemos a las palabras del Teeteto platónico, quieren las ciudades
mantenerfirmemente que nada de esto (justo, injusto, piadoso o no] es por natu­
raleza ni posee una realidad propia, vemos en ellas reflejada, aunque rene­
gada, la relatividad de los hábitos y costumbres, la idea de que todas las
leyes de la ciudad deben establecerse por consenso, tomando como base
el postulado democrático de que todo sujeto humano tiene sentido de
la justicia, admitiendo el principio de igualdad entre los sujetos, según
el enunciado protagórico: E l hombre es la medida de todas las cosas.12 Toda
esta actividad sólo es posible con un. instrumento básico que es el len­
guaje, el lenguaje de relación, el lenguaje que permite mostrar a cada
ciudadano ante los otros su sentido de las cosas. Y la constitución de
los modos expresivos del lenguaje de relación social es el objeto de la
retórica.
Pero hay un nivel ontológico del relativismo, al que también nos
hemos referido, y que, como decíamos al comienzo de esta sección, es
otra de las claves de la buena acogida y la reconsideración actual de la
retórica. Segundo nivel de relativismo que, adelantándose a su tiempo
y manifestando proféticamente hacia dónde iba el pensamiento occi­
dental, formula Nietzsche así para el hombre contemporáneo:
M as H eráclito siem pre tendrá razón con su aserto de que ei Ser
es una vana ficción. E l mundo aparencial es el único que existe; el
mundo verdadero es pura invención. '3

Esta posición de Nietzsche a favor de lo aparencial, de lo aparen­


temente plausible, acaba con el imperio milenario de la filosofía sobre
la sofística y sobre la retórica en la historia de Occidente. Porque la

" C £ el prólogo de Jo sé SO LAN A D IJESO al libro Los sofistas. Testimonios y


fragmentos (Barcelona, Círculo de Lectores, 1996). También, respecto a
los textos que nos quedan de los sofistas, cf. A. PIQ UE, Sofistas,. Testi­
monios y fragmentos, Barcelona, Bruguera, 1985.
12 Ibidem, pág. 21.
13 Friedrich N IE T Z SC H E , E l ocaso de los ídolos, en: F. N IE T Z SC H E , Obras
completas, IV , cit., pág. 98.
L N uestra sociedad ante la retórica

principal acusación de los filósofos a los sofistas, desde Platón (Fedro,


267a), ha sido tener lo probable en. más estima que la verdad. Para los
sofistas y sus sucesores,
la verdad es en sí misma un asunto contingente y asume diferen­
tes aspectos a la luz de las diferentes exigencias y convicciones
locales asociadas con ella. «La verdad era individual y pasajera, no
universal y perdurable, porque la verdad para cualquier hombre
era... lo que podía persuadirlo».14

Los filósofos (Sócrates por boca de Platón, Platón mismo y Aris­


tóteles) libraron una batalla contra los sofistas, batalla triunfal que con­
denó la retórica, al consideraría como un medio para seducir las almas,
sin otra finalidad más profunda, ya que su referencia última es la apa­
riencia y no la naturaleza de las cosas (esencialismo), y su objetivo es la
verosimilitud y no la verdad (Fedro 267 a-b). Del empeño de los filósofos
por desacreditar a los sofistas nos quedan los testimonios de los diálo­
gos platónicos, los dos Hipias, Gorgias y Fedro; las palabras del maestro
Sócrates (el demón racionalista que negó la esencia de lo griego según
Nietzsche15), que nos llegan a través de los diálogos platónicos; y los
ecos del espíritu de la Academia platónica en el juvenil Aristóteles, cuya
posterior Retórica (y pese a la evidente evolución histórica de su pensa­
miento al respecto) no puede tampoco considerarse dentro del espíritu
sofista.
Los triunfadores de esta agria polémica fueron los filósofos. Como
sucede con todo lo heterodoxo (y lo heterodoxo fue el pensamiento
sofista), se eliminaron todos sus textos o simplemente se dejó que se
perdieran en los avalares históricos, y se transmitió a Occidente una
visión negativa de su pensamiento y de su actuación, entre cuyos rasgos
estaban el venalismo y el relativismo. La configuración del pensamiento

S '4 Stanley FISH , Práctica sin teoría: retórica y cambio en la vida institucional, Bar-
; ceiona, Destino, 1992, pág. 271. Cf. William K . C. G U T H R IE , The So­
phists, Cambridge, 1971, pág. 193. W. K. C. G U T H R IE , Historia de ία
filosofía griega, 111, Madrid, Gredos, 1988, págs. 57 ss.
?·' 15 Cf. Friedrich N IE T Z S C H E , E l nacimiento de la tragedia, Madrid, Alianza Edi­
torial, 1973, pág. 109. David P U JA N T E , Un vino generoso. (Sobre el naci­
miento de la estética nietzscbeana; 1871-1873), Murcia, Universidad de Mur-
ϊί cia, 1997, págs· 131 ss.
David Pujante / Manual de retórica

occidental no sólo se encuentra en este triunfo filosófico sino en un


importante apoyo: la adopción del cristianismo, que tenia algunos im­
portantes elementos básicos en común con la filosofía platónica y aris­
totélica.
El triunfo del cristianismo en Occidente representó una traduc­
ción del espíritu semita al griego y al latín. A través de la cultura de
estas lenguas se transmitió la religión cristiana a Europa, y a América
posteriormente. La base filosófica de ese buen trasplante se encuentra
en Platón y Aristóteles. N o es ajeno al pensamiento antírretórico de
estos filósofos el buen injerto entre filosofía griega (la parte triunfante
del pensamiento griego) y cristianismo, ambas decisivas en la configu­
ración del pensamiento occidental.
Recordaré unas palabras de alguien nada sospechoso de ser con­
trario a los pueblos semitas, Lawrence de Arabía. El nos dice en un
sucinto pero espléndido análisis el modo de ser de dichos pueblos:
Los semitas no tenían medias tintas en su visión. Eran un pueblo
de colores primarios, o mejor dicho, de blanco y negro, que veían
el mundo siempre con perfiles acusados. Eran un pueblo dogmá­
tico, que desprecia la duda, nuestra moderna corona de espinas.
No comprendían nuestras dificultades metafísicas, nuestras inte­
rrogaciones introspectivas. Conocían solamente la verdad y la
falsedad, ia creencia y la incredulidad, sin nuestra vacilante comi­
tiva de matices más finos. [...] Eran incorregibles hijos de la idea,
débiles y ciegos para el color.

Con una narratio de una brevedad de asombrosa eficacia, dentro


de la mejor escuela retórica, Lawrence nos resume convincentemente
cuál es la visión en blanco y negro de los pueblos del desierto, ciegos
para el color, es decir, para ver los matices del mundo. Unos pueblos
incapaces de comprender las dificultades que entraña el planteamiento
metafísico para el hombre que se ve inevitablemente como medida de
todas las cosas (Protágoras), sin contextos dominantes desde los que
afirmar y juzgar. Esos planteamientos monocromáticos, que han sido los
asimilados durante siglos por nuestra cultura, nada tienen que ver con

9: 16 T. E, L A W R E N C E , Los siete pilares de la sabiduría, Buenos Aires, Sur, 1955,


págs. 32 y 35.
I. N uestra sociedad ante la retórica

el hombre moderno en que se constituye Lawrence en el párrafo citado.


El hombre moderno que todos los hijos del siglo xx, y ya del xxi, somos
inevitablemente por igual. Un hombre con la corona de espinas de la
duda. (Es interesante la imagen. Considera al hombre de este último
siglo un nuevo Cristo, sujeto a una nueva e inevitable pasión). Ese hom­
bre moderno sale de un largo período cultural de signo contrario, el del
conocimiento sin dudas tanto de la verdad como de la falsedad.
Retórica,
literatura,
arte

Mi primera intención en este capítulo ha sido


manifestar la universal implicación de lo retórico en
los campos del discurso público (las distintas moda­
lidades de la comunicación de masas) y cómo hoy se
renueva el saber retórico como utensilio de inestima­
ble calado, tanto para crear como para analizar las ma­
nifestaciones comunicativas de esta sociedad de la co­
municación en la que estamos insertos. Saber de
retórica es útil y enormemente actual Nada de cien­
cia apolillada. De retórica saben (la llamen así o no)
los publicistas, los informadores sociales, los difuso­
res de ideologías, los asesores de imagen de los líde­
res de los distintos partidos políticos. Todos esos ga­
binetes de propaganda, de información de todo tipo,
se someten a un entrenamiento similar al que some­
tían los antiguos rétores griegos y romanos a sus pu­
pilos; y no debe llevarnos a engaño que hoy tenga la
moderna denominación de media trainig. Es un error
identificar discurso retórico con discurso engolado,
decimonónico o con las traducciones que leemos de
Demóstenes o Isócrates. El discurso retórico es el
discurso de la persuasión, en cada época el que co­
rresponda; y aunque la retórica nació en una civiliza-
z4 cíón oral y hoy contamos con una serie de técnicas
I. Muestra sociedad ante la retórica

audiovisuales, de medios de comunicación muy variados, con una


capacidad de comunicación instantánea que varía los procedimientos
y los mensajes, la base viene a ser la misma. El discurso retórico es
el discurso de la persuasión de cada momento.
También me ha interesado poner de manifiesto que la retórica no
sólo reaparece hoy como apoyo importante a los estudios de la comu­
nicación y al análisis del discurso actuales; reaparece con un nuevo sen­
tido ontológico en el momento en que el pensamiento occidental entra
en crisis, y la filosofía reconoce que la clave está en el lenguaje. Cuando
filósofos como Nietzsche, y después Heidegger, se dan cuenta de que
sus deficiencias no son técnicas, o de composición, o de incomprensión,
sino de lenguaje, empieza el viraje que conduce a la retórica. Al fin y al
cabo, los retóricos lo que hacían era construir maneras discursivas de
ver el mundo, interpretar discursivamente los asuntos que les concer­
nían. En la base, el discurso; todo era discurso. En nuestro siglo xx
también todos los ojos se dirigen al lenguaje: Wittgenstein, Austin,
Searle, Morris. Foucault, a quien podemos insertar en el grupo de pen­
sadores del renacimiento nietzscheano en Francia, nos hablará de los
discursos de unas ciencias que hacen al hombre moderno (filología,
economía política y biología), y de otros discursos de otras contracíen-
cias que lo deshacen (psicología, etnología y lingüística). Para Derrida,
que se moverá en principio en el círculo estructuralísta, el lenguaje será
el creador de la realidad, una realidad en perpetuo movimiento. Inasi­
bles ambos. Ya no hay un sistema que permite armonizar ciencia y
realidad. El conocimiento, o la ciencia, es una construcción lingüística
que hace la realidad. Es absurdo pensar en un contenido discursivo
(fondo) ajeno a la expresión (forma). Esa distinción de origen medieval,
que tanto éxito ha tenido durante siglos y especialmente en el mundo
académico, no tiene ningún sentido, porque, como nos dice reciente­
mente Stefano Arduini en su reflexión sobre el lenguaje figurado, el
mundo referendal sólo nos es dado a través de lentes retóricas, como estrellas que
sólo se pueden contemplar por medio de los anteojos. 17
Pero quiero llegar en último lugar y para cerrar el capítulo a algo
que nos interesa muy especialmente a los que nos situamos en el mundo

’7 Stefano A R D U IN I, Prolegómenos a una teoría general de las figuras, Murcia,


Universidad de Murcia, 2000, pág. 100.
David Pujante / Manual de retórica

26

4
de la literatura: las consecuencias que tiene en el ámbito de las artes en
general la manera en que una sociedad valora la retórica y al hombre
retórico. Es fascinante comprender el entrelazamiento de las distintas
actitudes sociales que se han dado respecto a la retórica con todos los
problemas de la cultura de Occidente.
La estrecha unión del pensamiento filosófico de origen griego con
el cristianismo a favor del esencialismo (la prioridad de la sustancia o la
idea frente a la categoría de relación) ha tenido no pocas consecuencias
en todos los terrenos, y también las ha tenido, definitivas, en el terreno
de las artes y la literatura de Occidente. Estas consecuencias de enten­
dimiento de las artes y la literatura se pueden condensar eficazmente en
la metáfora del color (color lingüístico, dinamismo semántico, salida y
entrada permanente, inasibilidad, inestabilidad de lo significado, agua
en cesto, en suma: metáfora. Frente a esta experiencia de un lenguaje
que se escapa por todas partes, el enseñoreamiento intelectual del con­
cepto).
Mientras que toda construcción o entramado artístico se puede
considerar bajo la égida de lo metafórico, en realidad la teoría artística
occidental ha intentado, desde el propio Platón, o desde su maestro
Sócrates, conceptualizar el arte. En el discurso literario podemos
enfrentar los términos metáfora y concepto, siendo la metáfora la clave
de la riqueza cambiante, de la ambigüedad expresiva de lo literario, y
el concepto la base del discurso esencialista, hierático, férreo, invaria­
ble, defínítorío y pretendidamente definitivo de la filosofía y de las
ciencias. El equivalente en pintura de lo metafórico literario será el
color.lS ¿Por qué metáfora y color se han hecho siempre sospechosos
en la tradición occidental? Atendamos, mientras pensamos la respues­
ta, a estas palabras de Ortega y Gasset:
L a razón no es capaz de m anejar las cualidades. U n color no puede
ser pensado, no puede ser definido. T ie n e que ser visto, y si que­
rem os hablar de él tenem os que aten em os a él. D ic h o de otra
m anera: el color es irracional. ít}

a Cf. Jacqueline L IC H T E N S T E IN , La couleur éloquente, Paris, Flammarion,


1 1989 ·
José O R T E G A Y GA SSET, E l tema de nuestro tiempo. Madrid, Revista de
• Occidente, 197Ó, pág, 38.
Ï. N uestra sociedad ante la retórica

Ha sido una pretensión generalizada la de conceptualizar el arte


(como se han conceptualizado todos los discursos de Occidente, desde
que triunfó el demonio socrático). Programa en el que han caído no
pocos artistas y posiblemente sea una de las claves de los múltiples
fracasos del arte contemporáneo. Aunque muchos artistas hayan sucum­
bido al espejismo, de origen filosófico, de querer crear unos conceptos
sólidos que construyan discursos de verdad, pretendidamente inmuta­
bles y permanentes, para una realidad, la nuestra, cambiante por esen­
cia; contra ese disparatado y frustrante intento, la creación construye
un permanente río de metáforas, cuyo sentido se halla precisamente en
la fugacidad de su sentido, en la gracia de su momentánea creación, en
el gozo que implica la propia realización de tales actos.
Nietzsche abrió camino en la confusión que el conceptualismo fi­
losófico inoculó, para muchos siglos, en la teoría artística clásica. La eta­
pa más madura de la reflexión de Nietzsche sobre el arte coincide con su
pensar lo humano como presencia momentánea y fugaz, y él proyecta esta
misma inesencialidad radical sobre el arte, haciéndolo un juego creativo
de imágenes en perenne cambio de significaciones.
Desde el comienzo del desarrollo del pensamiento estético nietzs-
cheano nos encontramos con el enfrentamiento entre concepto y metá­
fora. No es casual el interés mostrado por Nietzsche hacia la retórica.10
Interés que hereda Kenneth Burke.21 La metáfora, como tropo por anto­
nomasia, es el color del discurso literario. Recordemos unas palabras de
Jung que vienen, desde su perspectiva, a plantear el mismo problema:
En nuestros pensamientos conscientes, nos constreñimos a los
límites de las expresiones racionales, expresiones que son mucho
menos coloreadas porque las hemos despojado de la mayoría de
las asociaciones psíquicas.22

En E l nacimiento de la tragedia, las opciones estéticas apolínea y


dionisíaca fraguan (también en esta misma línea) dos entendimientos de

■¡¿ 20 Cf. Friedrich N IE T Z S C H E , Escritos sobre retórica, Madrid, Trotta, 2000.


I 11 Cf. Kenneth B U R K E , A Rhetoric o f Motive, Berkeley, University o f Califor­
nia Press, 1969.
“ Carl G. JU N G , «Acercamiento al inconsciente», en: Carl G . JU N G et al., E l
I hombre y sus símbolos, Barcelona, Paidós, 1995, pág. 43.
David Pujante / Manual de retórica

28

1
lenguaje: uno conceptual y otro metafórico. Lo apolíneo, la salvación en
la apariencia, representa la ingenua aceptación de verdades conceptua­
les fraguadas, por el consenso del hombre, en los inicios de la sociedad.
El lenguaje díonisíaco nos permite, por el contrario, expresar lo que el
vivir es: un constante cambio de manifestaciones, de deslumbres, de
fuegos de artificio aparencial, lo único asequible a nuestros ojos incapa­
ces de penetrar lo que hay más allá.33
En consecuencia, como decía antes, el pensamiento occidental ha
puesto en cuarentena el lenguaje metafórico y ha temido al color, a su
carnalidad. Si durante mucho tiempo ha pervivido el tópico horaciano
ut pictura poesis, no se ha sacado de él sino el aspecto estructuralista,
conceptualizante. Cuando se dice que la poesía es como la pintura en
realidad nos estamos refiriendo por enésima vez a los cinco primeros
versos del Arte poética de Horacio:
Si a una cabeza humana quisiera un pintor juntar
Un cuello equino, y variadas plumas añadir a miembros
De otros distintos animales, siendo así que de manera torpe
un busto de mujer acabara en pez disforme,
Admitidos a observar el espectáculo, ¿contendríais la risa,
amigos?

La creación poética que defiende en su famosa epístola Horacio


se acoge al principio de verosimilitud y a la imitación de la naturaleza,
y por eso no concibe un libro cuyas figuras, como sueños de un enfermo,/ se
conformen vanamente, sin que de pies a cabeza/se reduzcan a una forma (w. 7-
9). Esta concepción del discurso literario está en relación directa con el
discurso retórico. El retórico necesita de una estructura determinada
para su eficacia persuasiva. Y de igual manera el discurso literario ne­
cesita seguir una estructura coherente si no queremos que los lectores
se rían (como único efecto de la labor creativa) de las monstruosidades
que los creadores ponen ante sus ojos. Pero los tiempos han cambiado
y el criterio horaciano se ha quedado estrecho o al menos en entredi­
cho. No entraré en cuestiones de abstracción ni en la problemática del

Ά Zi Cf. David P U JA N T E , Un vino generoso (Sobre el nacimiento de la estética nietzs-


- cbeana: 1871-1873), cit.
1. N uestra sociedad ante la retórica

arte pretendidamente no mimético. En el propio terreno figurativo,


recordaré tan sólo, a modo de ejemplo, la pintura de Marc Chagall E l
tiempo es un río sin orillas, donde un pez con alas (unas alas que parecen
de fuego, como de un ángel justiciero) toca el violín gracias a una mano
humana que sale de su cabeza.
Más allá de los términos en los que se ha interpretado siempre los
versos de Horacio, sí, la poesía es como la pintura, pero en su capacidad
camal de matizar, propia de aquellos que no son ciegos o débiles para
el color. Más aún, la poesía, y toda la creación literaria, y toda la pintura
es como la retórica, pero siempre en ese sentido más amplio, el de su
capacidad ilimitada de colorear, de matizar interpretativamente la vida.
Tal proahijamiento entre artes y retórica, sin embargo, pronto se per­
virtió, convirtiendo Occidente a la retórica en un simple inventario de
tropos y figuras que aplicar a los ornamentados discursos literarios.
Durante siglos hemos venido tropezando en estos escollos del camino
de las artes: en la conceptualization, en la idea de sermo omatus y en
todas sus ideas-satélite.
Retórica
•■
Λ

historia
Historia comparada
de la
retórica

Estamos acostumbrados a que los apartados que


se dedican a los datos históricos de la retórica sean un
sumario más o menos extenso de su historia en Occi­
dente, donde se habla tanto de los movimientos filo­
sóficos relacionados con ella (paralelos o sucesivos)
como de la aplicación (con mayor o menor éxito) en la
práctica política de cada momento histórico, y, tras su
enlace con la poética, de la suerte de los diferentes
conceptos retóricos aplicados a las distintas teorías li­
terarias; todo ello a lo largo de los dos milenios y medio
que Occidente conoce como historia de la retórica.
Sin embargo, si no dudamos en considerar que
los procedimientos persuasivos se fundamentan sobre
universales que trascienden espacio y tiempo (aunque
se manifiesten en cada sociedad con las características
que le son propias), y si somos conscientes de que sólo
partiendo de esta base podemos afrontar la posibilidad
de una teoría general de la retórica, se hace necesario
un estudio comparativo de las distintas manifestacio­
nes retóricas, más allá de su realización occidental.
Sin duda un modo de identificar lo que es uni­
versal frente a lo que es puramente accidental en una
determinada tradición retórica, como la nuestra, sería
utilizando un método de estudio comparativo entre las 33
David Pujante / Manual de retórica

34

distintas tradiciones retóricas que hayan existido en las diferentes cul­


turas del mundo a través de ios tiempos. Se impone como ayuda impres­
cindible, en tal caso, un estudio de historia comparada de la retórica en
la línea iniciada por George A. Kennedy.1 Y ello no sólo para, conseguir
ese conjunto de estructuras y elementos que podrían constituir la teoría
general a la que me he referido, sino porque las reflexiones sobre los
cruces de culturas, sobre sus semejanzas y diferencias nos son muy útiles
también para establecer la comunicación intercultural a la que nos de­
bemos actualmente, es decir, los modos comunicativos que son de va­
lidez tanto para chinos como para europeos o africanos, todos hijos de
muy distintas procedencias culturales que, sin embargo, en la actualidad
están llamadas a cruzarse.
Un estudio de este tipo no está exento de problemas, pues para
muchos estudiosos la retórica es un fenómeno peculiar de la cultura de
Occidente. Plantearse semejante historia comparada de la retórica no
sólo entraña una redefinición más general de retórica, sino que produce
un problema terminológico a la hora de describir estructuras de esa
Retórica General que aparezcan como leyes compositivas de mayor
calado que las ya conocidas y definidas por la retórica occidental, cate­
gorías que sólo aparezcan en esas otras sociedades y queden como ca­
sillas vacías en Occidente.
Para poder afrontar un panorama comparativo como el que pro­
pone Kennedy hay que considerar la retórica como un fenómeno uni"
versal, lo que nos obliga a recomponer nuestra visión y a desechar que
sea solamente un fenómeno peculiar de la cultura occidental. Si la re­
tórica, tal y como la entendemos en. nuestro ámbito, es la que nos viene
de Grecia a través de Platón y Aristóteles, el arte de la persuasión (dejando
aparte los posibles problemas que suscita esta definición), cabe también
considerar, como hace Kennedy, una definición que vaya más allá de su
concepción abstracta como arte para encontrarle un lugar en la natura­
leza. Para Kennedy la retórica no es un concepto en la mente de ora­
dores, auditorios, escritores, críticos y profesores, sino que es una forma
de energía mental y emocional. 2 Los procedimientos retóricos tendrían una

1 George A. K E N N E D Y , Comparative Rhetoric. An Historical anci Cross-Cultural-


introduction, Nueva York-Oxfors, Oxford University Press, 1998,
1 Ibidem, pág. 3.
II. R etórica e historia

15

base natural de comportamiento humano, relacionado con reacciones


emotivas asentadas en el cerebro, cuya fuente probable sea el instinto
humano de autoconservación.
Kennedy divide su estudio en dos importantes partes, la dedicada
a las culturas sin escritura y la dedicada a las antiguas culturas literarias,
dado que la escritura tuvo un importante impacto sobre la composición
y la conceptualización de la retórica.
Es interesante saber cómo son las prácticas retóricas en grupos
sociales que no hacen uso de la escritura. Estos estadios primitivos, que
podemos estudiar en comunidades no literarias supervivientes, entre
culturas orales de África, América ν el Sur del Pacífico, permiten ver las
más primitivas formas de la actuación retórica, las analogías de algunas
de estas formas con la comunicación animal, donde podemos encontrar
las bases naturales de lo retórico. Estudios de este tipo pueden condu­
cirnos a conformar una supuesta reconstrucción de los factores retóri­
cos que existieron en. las primeras etapas del lenguaje humano. Kennedy
se ocupa igualmente de la práctica retórica en las más antiguas culturas
que desarrollaron sistemas de escritura, como Mesopotamia, Egipto,
Palestina, China, India y, finalmente, Grecia y Roma.
Igualmente un estudio de retórica comparada nos permite ver
cómo el episodio capital para Occidente de la confrontación entre
sofistas y filósofos se da en otras culturas, como las de India y China.
En esta última se concreta en la confrontación entre la.sofística Es­
cuela de los Nombres y los seguidores de Confucio, en especial los
escritos de Xunzi.3 No solamente en Occidente se plantea el proble­
ma del conocimiento de la verdad en términos absolutos o relativos.
La crisis metafísica que conduce al triunfo del lenguaje retórico,
metafórico, y la necesidad, por el contrario, de crear lenguajes precisos
para la filosofía y las ciencias son episodios repetidos en los distintos
desarrollos culturales del ser humano.

5 Cf. ibidem, págs. 158-161.


Historia
de la
retórica occidental

Centrándonos ya en la historia de la retórica


occidental, podemos hablar de tres tipos de civiliza­
ción conocidos por Occidente a lo largo de los siglos,
que se han caracterizado por sus respectivos medios
de comunicación, de los que nace en cada caso una
actitud diferente respecto a la retórica.4 La primera de
estas civilizaciones fue la civilización oral de los prime­
ros milenios, que fue reemplazada progresivamente por
la civilización escrita (sobre todo a partir del siglo xm),
relegada a partir del final del siglo xix por una civili­
zación mediática. Hemos tenido, pues, dos revoluciones
mediológicas (difusión de la escritura e invención de
las telecomunicaciones) que si bien no han hecho des­
aparecer los medios de comunicación anteriores han
efectuado importantes cambios al respecto. Si el paso
de la civilización oral a la escrita permitió la comuni­
cación a distancia, y esto fue un logro, eliminó, en
cambio, la proximidad verbal y visual propias de la
comunicación oral. Con la civilización mediática no se
pierden los aspectos de la comunicación a distancia
pero se recuperan los de la civilización oral, ya que

* Cf. Aron K.ÏBÉD I V A R G A , «Universalité et limites de la rhé­


torique», Rhetorica, 18, i, invierno (2000), 1-28.
II. R etórica e historia

37

gracias a la televisión y a los demás medios audiovisuales se instaura,


siempre a distancia, una comunicación inmediata que es a la vez verbal y v i­
sual. 5 En cada uno de estos estadios, la retórica requiere un reajuste y
la historia de dichos reajustes es la historia de la retórica.
En su origen, la retórica consistió en el arte de hacer un discurso
persuasivo según uno de los tres géneros oratorios. Su nacimiento es
muy temprano:
La retórica, en cuanto análisis sistemático del discurso humano
que busca disponer de preceptos útiles para el futuro discurso, es
una de las disciplinas más antiguas del mundo occidental. Mucho
antes del 700 a. de C. los griegos aprendieron a ordenar el discur­
so de un modo tal que pudiera lograr el efecto deseado.6

Por tanto, podemos decir que la oratoria griega es tan antigua


como su literatura,7 Sin embargo, como tal, la retórica parece originarse
(según una tradición que recogen tanto Aristóteles como Cicerón y
Quintiliano) en Siracusa (Sicilia), hacia el año 476 a. de C., y su inventor
sería Córax, cuyo discípulo Tisias la daría a conocer en Grecia. En un
principio la retórica consistiría en un sencillo conjunto de técnicas para
el discurso conducentes a argumentar con verosimilitud. Pero, al pare­
cer, ya desde los comienzos se dio la dualidad de una retórica argumen­
tativa (basada en los hechos) frente a una retórica basada en las emocio­
nes. Y así, de manera simultánea y también en Sicilia, apareció la retórica
psicagógica («conductora de almas»), de origen pitagórico, fundamenta­
da en el encantamiento de la palabra. En esta línea psicagógica se mueve

' Ibidem, pág. 2. Cf. también para ia transformación, de las formas de comuni-
y cación Gérard G E N E T T E , L ’Œuvre de Part, I, París, Seuil, 1994.
0 Jam es J. M U R P H Y , «Orígenes y primer desarrollo de la retórica», en: J. J.
M U R P H Y (ed.), Sinopsis histórica de la retórica clásica, Madrid, Gredos,
1988, pág. 9. Cf. también Alfonso R E Y E S , La- Crítica en la Edad Ateniense,
;í La Antigua Retórica, en: A. R E Y E S , Obras Completas, X I I I , México,
Fondo de Cultura Económica, 1961; Bice M O R T A R A G A R A V E L L I,
Manual de retórica, Madrid, Cátedra, 1988; Jesús G O N Z Á L E Z BE D O ­
YA, Tratado histórico de retórica filosófica, I, Madrid, Nájera, 1990; Jo sé
« Antonio H E R N Á N D E Z G U E R R E R O y M a del Carmen G A R C ÍA
T E JE R A , Historia breve de la retórica, Madrid, Síntesis, 1994.
7 Cf. Antonio LÓ PE Z E IR E , «Sobre los orígenes de la oratoria (I)», Minerva,
g i (1987), 16,
David Pujante / Manual de retórica

38

Gorgias cuando en su Encomio de Elena, uno de ios pocos textos que


tenemos de este sofista, dice:
En efecto, los encantamientos inspirados mediante palabras son
inductores de placer y reductores de dolor. Pues, mezclado con la
opinión del alma, la potencia del encantamiento la hechiza, per­
suade y transforma con su magia. De magia y seducción dos artes
se inventaron', que son errores del alma y engaños de la opinión.
¡Cuántos a cuántos y en cuántas cosas han persuadido y persuaden
componiendo un falso discurso!s

Disculpa, pues, Gorgias a Elena, si es que su abandono de marido


y tierra se ha debido al poder engañoso de la palabra, contra el que,
cuando resulta astutamente ejercido, no hay quien pueda. La considera­
ción del poder mágico de la palabra llega hasta nuestros días. Aparece
en la escena final de Divinas palabras de Valle-Inclán.
El desarrollo de la retórica coincidió con. ei momento más esplen­
doroso del mundo heleno y vino de la mano de los sofistas (término que
significa «portador de la verdad»),
una clase de hombres que actuaban como educadores públicos a
cambio de honorarios. {...] Los sofistas enseñaron todo tipo de
materias, [...] pero lo que tenían en común era que ia mayoría
de sus enseñanzas estaban orientadas hacia fines prácticos, a
producir resultados materiales y, por tanto, era de gran pertinen­
cia para la política. Lo que declaraban enseñar era la arete,
o la vida plena, en la que las dotes naturales de un hombre se
realizaban adecuadamente. {...] Dos de los más famosos sofistas,
Protágoras de Abdera y Gorgias de Leontini, fueron profesores
de política y de retórica. Protágoras era el mayor Fue su
atención a la actividad social lo que cambió 1a atmósfera intelec­
tual de Atenas. Hospedar y sostener sofistas estaba socialmente
de moda y, aunque algunos eran charlatanes, otros eran hombres
de talento original, que tenían algo que decir acerca de la socie­
dad que se había constituido en Atenas.9

s José SO LAN A DUESO (ed.), Los sofistas. Testimonias y fragmentos, cit., pág.
Ií 7-
9 C. M, BO W RA, La Atenas de Pericles, Madrid, Alianza Editorial, 1974, pág.
185,
II. R etórica e historia

39

Un cúmulo de felices circunstancias permitió el desarrollo de la


retórica de la mano de los sofistas: el poder político y el auge económi­
co que representa la Liga de Délos en los años posteriores a las guerras
con Persia (con la progresiva hegemonía ateniense), la aparición en esa
circunstancia de la democracia como sistema político y, finalmente,
como dice Bowra, el que una serie de personajes adinerados de Atenas
invitaran a sus casas a los sofistas y emplearan su dinero en recibir su
aprendizaje. Son tres razones que entrelazadas propiciaron la actuación
triunfal de los sofistas e hicieron ver a los ciudadanos atenienses el
interés y la importancia del aprendizaje retórico. Los sofistas enseñaron
a afrontar los más variados casos ante un jurado en un momento en el
que la administración de tributos de otras ciudades y la venida de ex­
tranjeros a Atenas producían a diario situaciones conflictivas a dirimir
ante los jueces. Por otra parte, sin la democracia no habría tenido razón
de ser el arte retórica. Es fundamental la libertad de palabra para todos
los ciudadanos, la designación por sorteo de los cargos públicos y todos
los demás requisitos de vivir en democracia, para que una serie de ciu­
dadanos se den cuenta de la necesidad de dominar el arte de hablar en
público y reclamen una preparación para el momento en que les corres­
ponda asumir dicha gestión pública. Por último, fue decisiva para el
auge retórico la buena disposición hacia los sofistas por parte de los
atenienses.10
Dada la importancia de los sofistas en la historia de la retórica, es
conveniente que nos detengamos para perfilar su figura, tan deformada
y caricaturizada, tan infravalorada por nuestra tradición, desde Platón a
Hegel, con raíz en la encarnizada polémica de la Antigüedad entre so­
fistas y filósofos. Distinción ya de por sí criticable, pues podemos con­
siderar con toda justicia también filósofos, amantes de la sabiduría, a los
sofistas.11 Con la caricatura histórica de los sofistas se ha reducido a
mínimos su amplio significado social, político y filosófico. A Kcrford le
debemos (y se hace eco Murphy) una distinción en tres grados de sofis-

Cf. el prólogo de Jo sé SO LA N A DUESO al libro Los sofistas. Testimonios y


fragmentos (Barcelona, Círculo de Lectores, 1996). También, respecto a
los textos que nos quedan de los sofistas, cf. A. P IQ U É, Sofistas. Testi­
monios y fragmentos, Barcelona, Bruguera, 1985.
" Cf. G. B. K E R F E R D , The Sophistic Movement, Cambridge, Cambridge Uni-
ii; versity Press, 1981.
David Pujante / Manual de retórica

tas, según el uso que hicieron de! logos (lo que se comunica de palabra:
el pensamiento y su expresión):

PRIMER G RADO Los que utilizan el logos p ara legislar (Solón)


SEGUNDO GRADO Los que io ap lica n a ¡os asuntos p ráctico s (Pericles)
TERCER G RA D O Los maestros de la sabiduría, que lo utilizan p ara
transmitir los saberes en general y en esp ecia! la h a ­
bilidad con el logos (Protagoras, G orgias, Sócrates}

De esta manera, los sofistas retóricos son sólo una parte de un


grupo más extenso: los sofistas todos, que hacen útil el logos. Unos para
legislar, otros para solucionar los asuntos prácticos de la ciudad, y otros
para transmitir el saber o la elocuencia.13
El reto al que se enfrentaron los sofistas en su vertiente de ense­
nantes fue la pregunta: ¿Es posible enseñar a otros lo que ciertos hom­
bres eminentes han llevado ya a la práctica? ¿Se puede enseñar ía sabi­
duría legisladora de Solón, el talento político de Pericles? A ello se
pusieron los diferentes maestros de la Atenas del siglo v, cada uno
centrándose en una parcela de esta amplia gama de objetivos. Sócrates
quiso transmitir la sabiduría a sus alumnos; Gorgias, la elocuencia; Iso­
crates, una combinación de las dos. Y , como nos dice Murphy,
sólo como resultado de los excesos cometidos por algunos maes­
tros de la oratoria, como Protágoras y Gorgias, el término «sofis­
ta» adquirió un significado peyorativo.

Protágoras (481-411 a. de C.) fue el ejemplo por excelencia, para


bien y para mal, del sofista retórico. Su enseñanza de la oratoria se
enmarca en un pensamiento relativista que se resume en la conocidísi­
ma frase E l hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que
son, y de las que no son en cuanto que no son, frase que nos traslada Sexto
Empírico (Contra los matemáticos V II 60 ss.) y también Platón (Teeteto
151e) y Aristóteles (Metafísica 1053331^3) entre otras referencias. Puesto

'* Cf. G. B. K E R F E R D , «The First Greek Sophists», Classical Review, 64 (ι% ο),
3 8-10.
James M. M U R P H Y , «Orígenes y primer desarrollo de la retórica», en: James
M. M U R P H Y (ed.), Sinopsis histórica de la retórica clasica, cit., pág. 17.
II. Retórica e historia

que ningún hombre puede ir más allá de sí mismo eliminando su sub­


jetividad, tan sólo cuenta con su propio punto de vista, y es su derecho
inalienable expresarlo y defenderlo contra otros puntos de vista contra­
rios o distintos. De ahí el interés protagórico por el debate oratorio.
Para Protágoras todos los problemas tienen como mínimo dos aspectos
opuestos. En esta idea se basa la fuerza de la argumentación, en la
técnica de la contradicción o antilogía. Más allá de considerarse una
sutileza argumentativa, la antilogía es el paradigma antitético al dialéc­
tico de Platón, y cualquiera de los dos sirve igualmente para afrontar los
discursos del conocimiento, sin que haya razón objetiva (es decir, razón
que no sea histórica) para que prevalezca el prestigio de uno sobre otro
como método de búsqueda de conocimientos. El propio Platón recono­
ce en el Fedro que las antilogías retóricas son sólo parte de un plantea­
miento más general:
N o son únicam ente los tribunales y la elocuencia p o lítica la esfera
de la controversia, sino que, al parecer, todo lo que se dice es
objeto de un solo arte — si es arte— : de aquel en virtud del cual
uno será capaz de asem ejarlo todo a todo, dentro de lo posible y
ante quienes es posible, y tam bién, cuando otro hace disim ulada­
m ente tales asim ilaciones, de sacarlas a la luz del día. [...] Así
pues, el que se propone engañar a otro sin ser él m ism o engañado
tiene que discernir exactam ente la sem ejanza de la desem ejanza
de las c o s a s,H

El arte de las antilogías es un camino de búsqueda de conoci­


miento por similitud y desemejanza, que nada tiene que ver con los
trucos oratorios. En el fondo de toda búsqueda de este tipo está siem­
pre el deseo personal de disipar el engaño (usemos la antilogía o
usemos la antítesis). Aunque se pretenda el engaño a los otros, carece
de sentido el engaño ante uno mismo. Aunque uno quiera hacer ver
ante terceros semejanzas o desemejanzas falaces, ha tenido que hacer
previamente, para sí mismo, un discernimiento correcto. Todo acto de
persuasión de terceros sobre cualquier asunto viene prefigurado por

,+ P LA T Ó N , Fedro, o de la belleza, 262b, en: P LA T Ó N , Obras completas, cit., pág.


873·
David Pujante / Manual de retórica

42

un acto de autoconvencimiento. Las manipulaciones que hagamos, ios


desvíos interesados de un. discurso al otro, nada tienen que ver con el
arte de la antilogía.
Consideradas así las cosas, podemos hablar de dos paradigmas
antitéticos, dos métodos enfrentados, el de los sofistas (Protágoras,
Gorgias, Isócrates) y el de los filósofos (representado por Sócrafes-Pla ■
tón), ambos a la. búsqueda de la verdad (si bien los límites de la verdad
son distintos para unos y otros). Pese al prestigio filosófico y a la in­
fluencia de Platón en Occidente, su método no es ni mejor ni peor que
el otro. Nos encontramos con dos actitudes, con parcelas de interés
distintos y con opciones distintas de hombres con un mismo deseo de
perfeccionamiento personal y social. A pesar del prestigio que ha tenido
el llamado método socrático, frente al descrédito del de los sofistas, tanto
uno como otro tienen sus debilidades y sus limitaciones. Dice Murphy:
El propio Platón reconoció que el método dialéctico podía con
facilidad ser utilizado por el fácil argumento del argumento mis­
mo y en varios lugares de su obra comenta que a los hombres
razonables se les debería advertir del peligro que corren, al ser
instruidos en tales métodos, de convertirse en individuos abierta­
mente polémicos iertsticos). Desde luego, debería también tenerse
en cuenta que como la dialéctica tiene mucho que ver con las
opiniones, las conclusiones que se derivan de este método no
pueden ser mucho mejores que ias respuestas dadas por los par­
ticipantes. ’’

La diferencia básica entre sofistas y filósofos se encuentra en la


distinta amplitud que conceden al término verdad. Para los sofistas no
hay más verdad que la de un tiempo y un espacio, surgida del campo de
las relaciones humanas, mientras los filósofos se empeñan en el estable­
cimiento de verdades absolutas y, por tanto, permanentes, imperecede­
ras. Así, cuando Aristóteles pisa en el terreno de la metafísica encuentra
en Protágoras y en todos los sofistas sus principales adversarios. Preci­
samente negándose a pisar el terreno de la metafísica, Protágoras se
ganó fama de ateo porque consideraba imposible tratar el tema de los

15 James M. M U R P H Y , «Orígenes y primer desarrollo de la retórica», en: J . M.


M U R PH Y (ed.), Sinopsis histórica de la retórica clásica, cit., pág. 31.
II. R etórica e historia

dioses: Sobre los dioses no puedo saber ni que existen ni que no existen, senten­
cia que recoge Diogenes Laercio (Vidas de filósofos IX 51).
Puesto que el hombre se mueve siempre en el terreno de la
opinión, la manera de avanzar está siempre en el debate entre los
modos enfrentados de ver las cosas. Para que taies debates sean serios,
profundos y útiles se hace necesario una profunda comprensión de la
naturaleza de la controversia. Pero por este camino puede uno llegar
a deslizarse en la consecución de que cualquier punto de vista que nos
interese aparezca como el mejor. Llegar a hacer, por la habilidad
oratoria, que la causa peor aparezca como la mejor, unido al ensober-
becimiento que propicia estar de moda en un momento determinado
y ser agasajados por ia sociedad, son los elementos que configuran la
peor imagen de los sofistas retóricos. Esta imagen es la que ofrece en
su comedia Las nubes Aristófanes, una comedia contra la nueva moda
de enseñanza y que se muestra nostálgica de la enseñanza antigua que
formó a los héroes de Maratón.
E s t r e p s í a d e s .—Dicen
que enseñan dos clases de discursos: uno,
justo (mejor), cualquiera que sea, y otro, injusto (peor); con el
segundo de éstos afirman que pueden ganar hasta las causas más
inicuas.lt'

En realidad los planteamientos de Aristófanes nada tienen que ver


con el enfrentamiento entre sofistas y filósofos, un enfrentamiento que
para Aristófanes (si es que lo llegó a tener en consideración) más bien
debe situarse entre facciones distintas de los mismos sofistas, ya que
para él la personificación máxima del sofista es el propio Sócrates,
Los diferentes maestros de esta época fueron añadiendo aporta­
ciones al conjunto de técnicas de habilidad retórica. Entre ellos se
encuentran Trasímaco, posiblemente el primero en estudiar los tro­
pos; Hipias, que se ocupó de las técnicas memorísticas; Alcimadante,
que se ocupó de la improvisación; Pródico de Ceos, que trató de la
sinonimia. Pero ninguno de ellos tiene que ver con los logógrafos
(Antifonte, Lisias), que se ocupaban de hacer discursos para otros por

,6 A R IST Ó F A N E S, Las nubes, en: A R IST Ó F A N E S, Teatro completo, 1, Madrid,


Hernando, 1984, pág, 232, vv. h 2 -iij.
David Pujante / Manual de retórica

44

dinero.17 Un trabajo que sigue siendo habitual en nuestros días entre


políticos y hombres de empresa.
Los más destacados representantes en la historia de la retórica
antes de que Aristóteles se ocupara de esta materia fueron, tras Protá­
goras, Gorgias de Leontino (485-380 a. de C.), Isócrates (436-338 a. de
C.) y el propio Platón (427-347 a. de C.). Gorgias no fue otra cosa que
retórico, ni enseñó nada más.lS A él le debemos el acercamiento de la
prosa a la poesía, incorporando los valores emocionales como elemento
persuasivo. Por esta razón tuvo muy en cuenta el ritmo (asonancias,
aliteraciones, antítesis, y muy especialmente paralelismos). Dice, en su
conservado Encomio de Elena:
toda poesía la considero y califico corno discurso con medida; a
quien la escucha le invade un estremecimiento Heno de temor,
una compasión bañada en lágrimas y un anhelo nostálgico, y fren­
te a venturas y desgracias de acciones y personas ajenas el alma
sufre un sufrimiento peculiar por mediación de las palabras.I<;

Isócrates fue un hombre longevo, al parecer discípulo del filósofo


Sócrates y también de un discípulo de Gorgias, según cuenta la Vida
anónima de Isócrates que se nos conserva.ÍORepresenta, como funda­
dor de una escuela dedicada a la educación práctica de los estadistas, el
paso de la etapa de los sofistas itinerantes que visitan Atenas durante las
últimas décadas del siglo v a. de C. a la nueva etapa en que ya se crean
escuelas en la ciudad para la educación completa de los atenienses.
Según cuenta su Vida:
Escribió Isócrates discursos solemnes y deliberativos. De los dis­
cursos forenses se alejó con frecuencia debido a que tenía dos
defectos físicos, timidez y voz débil. [...] Ganaba mucho dinero
con su enseñanza aunque nada cobraba a sus conciudadanos como
si Ies reservara este honor y pagara a la patria su educación; a los

17 James M. M U R P H Y , «Orígenes y primer desarrollo de la retórica», en: J. M.


M U R P H Y (ed.), Sinopsis histórica de la retórica clásica, cit., pág. 19.
,s Cf. Werner JA E G E R , Paideia: los ideales de la adtura griega, México, Fondo de
Cultura Fx’onómica, 1962, pág. 2(19.
'l| G O R G IA S, Encomio de Elena, en: José SO LA N A DUESO (ed.), Los sofistas.
Testimonios y fragmentos, cit., págs. 156-157.
Iu Cf. Vida anónima de Isócrates, en: ISOCRATES, Discursos, I, Madrid, Gredos,
i; 1979, pág. 55.
II. Retórica e historia

extranjeros, en cambio, Ies cobraba mil dracmas. {...} Según algu­


nos escuchó las lecciones de Prodico de Ceos y de Gorgias de
Leontinos. {...} Tuvo Isócrates muchos discípulos, Hay que
hablar también del estilo característico de Isócrates. Y a antes
dijimos que imitó a Gorgias en llenar la frase con palabras de
terminación parecida Usa un estilo claro, ético y persuasivo,
pero no preciso ni. grato como el de Lisias. [...} Se dice que tam­
bién escribió un tratado de retórica, que se perdió con el tiempo.
{...] Isócrates vivió cien años según algunos los atenienses le
admiraron por la devoción que tenía a la ciudad, le enterraron con
honor públicamente e hicieron esculpir una sirena de mármol que
colocaron sobre su tumba, mostrando así el talento persuasivo de
Isócrates.21

Se nos conservan sus discursos, género que admiraba tanto que


llegó a decir que eí discurso era un don de los dioses que tenía el poder
de civilizar la vida humana. Es una afirmación de su discurso Contra los
sofistas, donde también ofrece un resumen de cómo se puede llegar a
dominar la ciencia de los procedimientos con los que pronunciamos y
componemos todos ios discursos:
Elegir los procedimientos que convienen a cada asunto, cotnbinar-
los entre sí y ordenarlos convenientemente, y además no errar la
oportunidad, sino esmaltar con habilidad los pensamientos que
van bien a todo el discurso y dar a las palabras una disposición
rítmica y musical, eso requiere mucho cuidado y es tarea de un
espíritu valiente y capaz de tener opinión propia; es necesario que
[...] haya aprendido las figuras retóricas y se haya ejercitado en sus
usos, y que el maestro explique de la manera más precisa posible
y no omita nada ele lo que debe enseñar.12

A este esbozo de las principales operaciones retóricas (elegir, or­


denar, esmaltar), añade Isócrates la importancia de un buen maestro,
según 1.a tradicional trinidad pedagógica de los sofistas: una buena tierra
(buena naturaleza de los alumnos), un campesino competente (buen

21 Ibidem, págs. 56-6Ï.


ISÓ C R A TE S, Contra los sofistas, en: ISÓ C R A TE S, Discursos, I, cit., pág. 1Ó3.
David Pujante / Manual de retórica

46

educador) y una buena simiente (doctrina y preceptos apropiados).23 Es


una época, ía que vive Isócrates, en la que cualquiera se compromete
por dos duros a enseñar retórica. Contra estos individuos que intentan
convencer a losjóvenes de que, si tienen trato con ellos, sabrán lo que se debe hacer
y, por medio de esta ciencia, serán felices, H es contra los sofistas que arreme­
te Isócrates. Desprestigian 1a enseñanza, pues, establecidos como maestros
y dueños de bienes tan importantes, no se avergüenzan de pedir por ellos tres o
cuatro minas. ^ Isócrates pedía diez. El término sofista acaba teniendo
este desprestigiado sentido, prefiriendo los maestros como Isócrates
llamar filosofía a su enseñanza; claro que para él la filosofía tiene el
amplio sentido de todas las ramas de la cultura y de la educación, y no
se reduce a un determinado método de conocimiento como en el caso
de Sócrates y de Platón.
A Isócrates le debemos la popularización de la oración periódica,
que tanta influencia tendría en la oratoria posterior y principalmente en
Cicerón, La razón práctica de este tipo de oración es dar información
varia al auditorio sin desvelar hasta el final el sentido unitario de todos
esos datos, con lo que se crea una expectación propicia en el oyente.
Dice Murphy al respecto: En una oración periódica el suspense se mantiene
mediante el uso de varios miembros oracionales hasta que el significado de la
oración en su conjunto queda completado en el clímax; 2fl lo que Isócrates con­
sigue o bien reteniendo hasta el final el sujeto y el verbo de la frase
principal o bien reteniendo sólo el verbo. Si además se complementa
esta compleja estructutura con una serie de repeticiones de modelos
sonoros similares en las frases intercaladas, se ofrece una eficaz estruc­
tura expresiva de gran popularidad en aquella civilización oral que la
acuñó. Como hemos dicho, su influencia llegó hasta Roma y se hizo
característica principal del estilo ciceroniano.
En cuanto a Platón, sería el tercero de los grandes dentro del perío­
do al que nos estamos refiriendo. Ciertamente no es posible desatender­
lo en la historia de la retórica. Y ello no sólo porque fue el más furibundo

■I 25 Cf. Werner JA E G E R , Paideia: tos ideales de la cultura gi-ieqa, cit., pág. 285.
s 34 ISÓCRATES, Contra los sofistas, en: ISÓCRATES, Discursos, I, cit., págs. 158-
159.
'' Ibidem, pág. 159.
•Á ** Jam es M. M U R P H Y , «Orígenes y primer desarrollo de la retórica», en: J . M.
M U R P H Y (ed.), Sinopsis histórica de la retórica clásica, cit., pág. 24.
IL Retórica e historia

detractor de los sofistas (aprovechando la imagen, más detestable, que ya


hemos visto atacada por el mismo Isócrates) y también porque consiguió
erradicar el relativismo sofístico, fundando, junto con su discípulo Aris­
tóteles, la concepción occidental de filosofía. En realidad Platón, pese a
la visión que tradicionalmente tenemos de él, no se halla tan lejos de otros
sofistas. En. su tiempo, su maestro Sócrates, el principal protagonista de
los diálogos platónicos, era considerado como un sofista más (recordemos
la obra de Aristófanes). Murphy atiende a tres importantes elementos de
los diálogos platónicos en estrecha relación con la retórica: i) el diálogo
socrático (o platónico) tiene evidente relación con la argumentación ora­
toria; 2) los personajes se caracterizan por sus ideas y también por sus
estilos oratorios; 3) el método platónico está basado en el uso de la antí­
tesis, procedimiento claramente retórico. 11 Aunque el método platónico
se impuso históricamente frente al retórico, prestigiándose a costa del
desprestigio del otro, la dialéctica platónica tiene tanto que ver con las
opiniones como el método retórico.
Platón fue desapasionándose con el paso de los años. Si con sus
diálogos Protágoras y Gorgias nos legó su más encarnizada oposición, a la
retórica, señalando lo peor que en ella encuentra (o más bien en quienes
la practican), en el Pedro liega a elogiarla, abriendo camino al interés de
su discípulo Aristóteles. Iis en este diálogo donde considera a la retórica
como parte de un arte mayor que es el de las antilogías. Pero el punto
innegociable (una decisión suya, una opinión de filósofo) es el de la.
verdad. La verdad no es cuestión de opiniones en común. Como dice en
Teeteto: Mas, para nosotros {...} una razón se infiere de otra y, naturalmente, de
una más pequeña habremos de pasar a otra mayor.íS
A Aristóteles (394-322 a. de C.) corresponde el más completo
estudio que sobre la retórica nos ha llegado de la Clasicidad. Como
suele suceder en las obras que tenemos de este filósofo, el texto parece
ser un conjunto de notas para clase que el propio Aristóteles fue revi­
sando y aumentando a lo largo de sus años de docencia. Estas notas
fueron publicadas tras su muerte. Tal y como podemos leerla hoy, la
Retórica es un texto coherente y bien estructurado; aunque no tenemos

Cf. ibidem, págs. 29-30.


* PLATO N , Teeteto, o de ία ciencia, en: PLATÓ N, Obras completas,
í: cit., pág, 913.
David Pujante / Manual de retórica

48

certeza de que su división en partes se deba a Aristóteles y bien puede


ser obra de sus editores. Las habituales remisiones desde unas a otras
partes de la obra, para completar los diferentes asuntos que se van
tratando, la centrifugan y dispersan, haciendo difícil confeccionar un
esquema de su contenido; y así, mientras según el ampliamente acepta­
do criterio de Rhvs Roberts el. libro I parece estar dedicado principal­
mente al orador, el libro II, al oyente, y el III, al discurso; Hill lo
considera incorrecto, asegurando que el libro I contiene todo el sistema
de valores del oyente, y que el II trata del carácter del orador y de las
formas de argumentación dentro del discurso."Ci
Aristóteles es un filósofo, un buscador de verdades absolutas, una
especie de científico, y sin embargo nos lega una de las más importantes
retóricas de la Antigüedad. La pregunta que se impone, viniendo Aris­
tóteles como viene de la escuela platónica (que desacredita la retórica
frente a la filosofía), es la siguiente: ¿pone Aristóteles en pie de igualdad
ciencia (filosofía) y retórica?
En su obra temprana, el diálogo titulado Grilo (hacia 360 a. de C.)
parece ser (pues se ha perdido) que, según el planteamiento platónico,
muestra la preponderancia (y prepotencia discursiva) de la filosofía con
respecto a la retórica.,DResumiendo en palabras de Quintín Racionero:
Lo que [Aristóteles] propondría en el diálogo {Grilo} es que ia
persuasión resultante del acuerdo de opiniones según el juicio
retórico de la sensatez debe ceder el sitio a 1a. persuasión resultan­
te de los discursos verdaderos según los dictados de la dialéctica.3!

La redacción (aunque en distintos tiempos) de la Retórica represen­


ta un paso adelante en la consideración de Aristóteles respecto a la retó­
rica. 33 ¿Cuánto y de qué manera? Desde el comienzo del texto nos mues­
tra la retórica como una antistrofa (un correlato) de la dialéctica:

19 Cf. Forbes I. H ILL , «La Retórica de Aristóteles», en: James M. M U R P H Y


(ed.), Sinopsis histórica de la retórica clásica, cit., págs. 36-37.
,lJ Cf. Antonio T O V A R , Introducción a A R IST Ó T E LE S, Retórica, Madrid, Ins
üituto de Estudios Políticos, 1971, págs. XX. 11 XXl i l .
31 Quintín R A C IO N E R O , Introducción a: A R IST O T E LE S, Retórica, Madrid,
Gredos, 1990, pág. 27.
:: 51 Cf. Werner JA E G E R , Aristóteles. Bases para la historia de su desarrollo intekc-
:f, ttial, México, Fondo de Cultura Económica, 1946, pág, 45S; P. MO-
II. Retórica e historia

La retórica es una antistrofa de la dialéctica, ya que ambas tratan


de aquellas cuestiones que permiten tener conocimientos en cier­
to modo comunes a todos y que no pertenecen a ninguna ciencia
determinada. ”

Para Platón la dialéctica era un método de deducción racional y


también para Aristóteles en su juventud platónica; y en su Cirilo así apa­
rece, estableciendo una jerarquía entre persuasión retórica (producto del
acuerdo de las opiniones) y persuasión resultante de los discursos verda­
deros dictados por la dialéctica. A estas alturas de su pensamiento, me
refiero a los tiempos de realización de la Retórica, ía dialéctica es ya para
él tan sólo una forma no demostrativa de conocimiento, que se puede
codear con la retórica: ambas son antistróficas. Por tanto, el que sitúe ai
comienzo del tratado en el mismo nivel dialéctica y retórica no quiere
decir que considere a la retórica en un nivel equivalente a la filosofía, pues
la dialéctica para Aristóteles es ya pseudo-filosofía. La dialéctica a estas
alturas del desarrollo de su pensamiento es considerada, en un sentido
peyorativo, como un saber de lo aparente tomado como real, un pseudo-
saber. Fue en realidad con el neoplatonismo que resurgió un sentido po­
sitivo de la dialéctica como modo de ascenso a realidades superiores, al
mundo inteligible. Entre los estoicos también fue un modo positivo de
conocimiento.
En Platón: En Aristóteles:
DIALÉCTICA (FILOSOFÍA/ DIALÉCTICA Y RETÓRICA CIEN CIA
CIEN CiA) (A p arien cia de filosofía) (Dem ostración)
¡M étodo de d ed u cció n
racional) DISPUTA
RETÓRICA PROBABILIDAD
(M étodo de persuasión)

R A U X , «Die Entwitkiung des Aristóteles», en: P. M O R A U X (ed.),


Aristoteles in der neueren Forschung, Darmstadt, Wissenschaftliche Buch­
gesellschaft, 1968, págs. 67-94; Antonio LO PE Z E IR E , «Las claves de ta
Retórica aristotélica», Homenaje al Profesor S. Lasso de la Vega, Salamanca,
Universidad de Salamanca, págs. 311-321.
” A R IS T Ó T E L E S, Retórica, cit., 1354a 1-4, pág. 161. (Las referencias a partir de
ahora a la Retórica de Aristóteles, salvo que se indique lo contrario,
corresponderán la de ía traducción de Quintín Racionero para la edito­
rial Gredos).
David Pujante i Manual de retórica

50

Cuando Aristóteles escribe la Retórica no pone su interés en la


conexión entre verdad y discurso, sino que se centra en la comunicabi­
lidad de lo que dice el orador. Por otra parte, el plano de referencia del
discurso no se sitúa en las cosas, sino que pasa a las opiniones (dóxai) o
al sistema comunitario de creencias (pistéis).
No obstante la posición predominante de filósofo que siempre exis­
te en Aristóteles, su aportación a la retórica es fundamental. Se observa
en las diferentes etapas que constituyen su actitud y su pensamiento re­
tóricos. Como ya sabemos, la retórica que tenemos hoy ante nosotros no
es un texto realizado de un tirón, sino que es el resultado de una evolu­
ción larga que comienza su andadura envida de Platón. Podemos comen­
zar por ver el radicalismo ético y el impulso implacable hacia la verdad
que es eco del Gorgias de su maestro, eliminando el pathos: nada compete al
litigante fuera de mostrar que el hecho es o no es así y si aconteció o no aconteció
(Rhet. 1354a 27); y también asistir a la conversión por parte del filósofo de
lo que antes era pura empiria en una verdadera arte, con la organización de
los τόποι o lugares en un sistema en el que actúan precisamente como Είδη, de un
modo que en definitiva proviene del pensamiento platónico que exige que para que
una τέχνη sea tal, necesita manejar είδη .54 Llegando a aceptar la necesidad
del estudio del carácter y las pasiones. Al dedicarse a la retórica, Aristó­
teles puso a su servicio el espíritu siempre riguroso y sistemático que lo
caracterizó, consiguiendo una aportación capital.
No es posible terminar una exposición referida al pensamiento de.
Aristóteles (y muy especialmente a su pensamiento retórico) sin hacer
una reflexión sobre el dogmatismo aristotélico y, en justicia, romper
una lanza por un pensamiento que posiblemente fue mucho más libre
y creador de lo que a lo largo de los siglos se iba a establecer. Para
mostrar la diversidad de la obra aristotélica, y cómo había sido rearti-
culada en tratados cuya estructura original era sólo aparente, dedicó
parte de su vida de estudioso Werner Jaeger.35 Sin duda al dogmatismo
aristotélico propiciado por sus seguidores contribuyó su rigor termino­
lógico, pero como dice Lledó:

34 Cf. Antonio T O V A R , Introducción a A R IS T Ó T E L E S, Retórica, cit., pág. X X -


V III,
Cf. Werner JA E G E R , Aristóteles. Bases para la historia de su desarrollo intelec­
tual, cit.. Cf. también Emilio LLED Ó , «Introducción a las éticas», en:
A R IST O T E LE S, Ética nicomáquea. Ética endemia, Madrid, Gredos, 1985.
Π. R etórica e historia

{...} el ritmo de su lenguaje, la cuidada elaboración de los concep­


tos indicaban la voluntad de no ir más allá de lo que alcanzaba una
mirada, una visión empírica que se planteó, por ejemplo, en los
escritos biológicos, decir lo red., nombrar la naturaleza. Y, sin
embargo, esa misma terminología era el resultado de un contro­
lado proceso de creación, en el que el lenguaje era analizado y
observado con el mismo rigor con el que se analizaban y se nom­
braban los distintos niveles de la physis.Í(1

Como dice Murphy (a cuya sinopsis recurro para el recorrido por


el período que va de Aristóteles a Cicerón),
en los siglos que van desde la muerte de Aristóteles (322 a. de C.)
a la aparición de los primeros grandes tratados romanos hacia el
90 a, de C., los avances más notables en el campo de la retórica
clásica tienen que ver con la codificación y la sistematización.rí

Este trabajo se centralizó en la famosa biblioteca de Alejandría


(Egipto). Es bien conocida la labor crítica y de edición de dicha biblio­
teca. En cuanto a la oratoria, parece ser que sus eruditos (dentro de su
general tendencia clasificatoria del conocimiento clásico allí acumulado)
confeccionaron un canon de los diez oradores griegos más importantes:
Demóstenes, Lisias, Ilipérides, Isócrates, Esquines, Licurgo, Iseo, An-
tifonte, Andócides y Dinarco. Estos eruditos alejandrinos, al parecer,
no produjeron ningún tratado retórico, pero su interés por. resumir,
analizar y editar el legado antiguo permitió a la posteridad conocer el.
tono intelectual del período inmediatamente posterior a Aristóteles. De
esa época (la que va de Aritóteles a Cicerón) nos ha llegado solamente
un árido y mecánico texto retórico, la Retórica a Alejandro, escrita en
Grecia durante el siglo rv a, de C., que fue atribuida a Aristóteles, por-
su dedicatoria, y que posiblemente se deba a Anaximenes de Lámpsaco.
Fue un libro que no influyó apenas en la Antigüedad, pero al que se
atendió durante la Edad Media por creerse de Aristóteles.

s<' Emilio L LE D O , «Introducción a las éticas», en: A R IS T O T E L E S, Etica nico-


maquea. Fótica eudemia, cit., pág. 10.
37 James j . M U R P H Y , «La era de la codificación: Hermágoras y la pseudo
ciceroniana Rhetorica ad Herennium», en: J . M. M U R P H Y (ed.), Sinop-
sis histórica de la retórica clásica, cit., pág. 117.
David Pujante / Manual de retórica

Ninguna otra obra realizada durante los dos siglos que median
entre Aristóteles y Cicerón ha llegado a nosotros, aunque sabemos de
la existencia de algunas por referencias que dan tanto Cicerón como
Quintiliano. Es interesante al respecto recordar a Teofrasto (ca. 370™
ca. 285 a. de C.) que posiblemente fue el primero en establecer:
1) Los tres estilos (sublime, medio y simple).
2) El estudio separado de las figuras de dicción y de pensamiento.
3) La reflexión acerca de la actio o pronuntiatio (Diogenes Laer-
cio, Vida de Filósofos, V 48).

Son conceptos que luego van a tener un importante desarrollo en


la retórica latina y posterior. También su discípulo Demetrio de Palero
(ca. 350-ca. 280 a. de C.) escribió un libro, igualmente perdido, Sobre el
estilo.
Toda la retórica griega, analizada, pulida y codificada durante el
período helenístico, es enseñada en Roma, a partir de la segunda mitad
del siglo π a. de C., por profesores griegos que utilizaban el griego y
el latín. Fue Hermágoras de Temno el más importante retórico de
finales del siglo II. Aunque hemos perdido su obra, ha sido posible
reconstruirla. Desarrolló la doctrina de la stasis (estados de la causa),
influyendo de manera notable en Cicerón y Quintiliano. A Hermágo­
ras le debemos el modelo que después nos transmiten ambos rétores
latinos, el de los cuatro status: de conjetura, definición, cualidad y
objeción.
La más antigua retórica latina que conservamos es la anónima
Rhetorica ad Herennium. Fue escrita hacia el 90 a. de C. y representa el
relevo de la antorcha, de Grecia a Roma. Durante mil quinientos años
fue considerada esta retórica como obra de Cicerón, quizás por su cer­
canía al tono del De inventione. Son destacables en el texto de la Retórica
a Herenio:
1) La división en cinco partes, que será la división canónica en la
enseñanza de la retórica entre los romanos.
2) Que contiene el más antiguo arte de la memoria que se con­
serva.
3) Su estudio detallado de las figuras de dicción y de pensa­
miento.
II. R etórica e historia

4) Que incluye un complejo estudio de la actio o pronuntiatio


(analiza el gesto, la voz, la expresión del rostro).

Su tratamiento de la inventio viene de Hermágoras y está muy


próximo a las ideas que desarrollarán Cicerón y Quintiliano. Este aspec­
to es el que más acerca el texto a Cicerón, y por eso todavía suele
llamarse a su autor Pseudo-Cicerón. Fue una retórica sin ninguna in­
fluencia en el mundo latino, y sólo alcanzó popularidad cuando la reco­
mendó San Jerónimo, ya en el siglo IV de la era cristiana. El libro cuarto,
ei de los tropos y figuras retóricas, también influiría durante el Renaci­
miento.
A Cicerón (nacido el año i o ó a. de C.) le debemos la reconver­
sión del pensamiento retórico heleno en algo vivo y dinámico dentro
del mundo latino. ’8 En su amplia obra literaria destaca el conjunto de
las dedicadas a la reflexión retórica. Como hijo de la clase alta romana
se benefició de una excelente educación, que en aquellos momentos
seguía el sistema de educación helénico y en el que iba incluido el
aprendizaje de las reglas y preceptos retóricos. Aunque no es posible
fijar la fecha con certeza, ya muy joven, en torno a los veinte años,
escribe su primera contribución a la reflexión retórica con De inven­
tione. Luego en su madurez se disculpó de la pomposidad, el didactis-
mo y la rigidez de la escritura de este tratado. Es confuso en la uti­
lización de algunos conceptos, pedante cuando insiste en las
equivocaciones de ciertos predecesores e incapaz de sintetizar los
diversos sistemas.M Cicerón empezó también muy pronto su carrera
de abogado y habiendo defendido a varias víctimas del dictador Sila,
por temor a su represalia, hizo viaje a Grecia —como dice Plutarco—
esparciendo la voz de que lo hacía para procurar la salud (Plutarco, Cicerón
III). En su viaje consigue familiarizarse directamente con las enseñan­
zas de Platón y Aristóteles, lo que quedará evidenciado en sus escritos
posteriores. Un nuevo hito en sus trabajos sobre retórica lo representa
la conclusión, tras mucho esfuerzo y dedicación, del De Oratore, en el
año 55 a. de C., fecha que sabemos por una carta a Atico. Es un tratado

** Cf. Donovan J . O C IIS, «Teoría retórica de Cicerón», en: James J . M U R P H Y


(ed.), Sinopsis histórica de la retórica clásica, cit., pág. 211.
; 59 Cf. Ibidem, pág. 144.
D avid Pujante / Manual de retórica

54

en forma de diálogo. E n este texto aparece la defensa del otadoí como


hombre completo, como un verdadero intelectual, y no solamente
como alguien versado en la preceptiva retórica. Además Cicerón con­
sidera que el orador debe sentir ía pasión que intenta comunicar.
Podríamos decir que para Cicerón la persuasión pasa por el autocon­
vencimiento. Esta coherencia ética se afianzará en el tratado de
Quintiliano.
Aparte la introducción De óptimo genere oratorum (Sobre la clasifica­
ción ideal de los oradores), que lo es a su propia traducción (perdida) de
una serie de discursos de Demóstenes y Esquines, y aparte del diálogo
Brutus, en el que responde a los que le acusan de utilizar el estilo asiá­
tico, la verdadera nueva aportación ciceroniana de peso es eí Orator, de
finales del año 46 a. de C. Ahora el tratado es una carta dirigida a Bruto.
Cicerón, siguiendo su linea de defensa contra los aticistas atacantes,
perfila aquí como ideal un orador que emplea su locuacidad y el ritmo
de su prosa para mover a los auditorios. Cicerón considera, en este
tratado que clarifica más que ninguno sus ideas sobre el estilo, que es
eí estilo precisamente eí principio fundamental de coherencia de todo
discurso.
Aún ofreció a la posteridad Cicerón otras obras sobre retórica al
final de su vida-. De partitione oratoria (Sobre las parles de la oratoria), en el
año 46 a. de C., y los Topica (Tópicos), en el 44 a. de C. Fueron dos
difíciles años los que pasaron entre la aparición de uno y otro tratado.
Si la crisis del año 49 había sido importante, la muerte de César en eí.
44 aumenta el clima de discordia civil. Cicerón se retira de la vida
pública y se dedica por completo a la escritura, escribiendo textos tan
representativos de su madurez como el De amicitia, escrito desde la
conciencia política de que ya es imposible, por los acontecimientos que
entonces se viven, conciliar amistad personal y sentido del Estado, En
el año 43 a. de C. fue asesinado por orden de Marco Antonio, y según
cuenta Plutarco en el capítulo X L V M de su vida, le cortaron la cabeza
y las manos con que había escrito las Filípicas; porque Cicerón intituló Filípicas
las oraciones que escribió contra Antonio.
El poder de la monarquía en el siglo 1 d. de C. invadió las insti­
tuciones que gozaban de autogobierno, dejando sin una razón política
a la disciplina retórica, pero no sin razón social; pues, aunque con la
caída de la República la oratoria romana perdió sus materiales (como nos
II. R etórica e historia

dice Meador4*3), paradójicamente la decadencia de su razón política


coincidió con el hecho de convertirse en la disciplina más importante
de la educación romana, desbordándose sobre las disciplinas adyacentes.
El refinamiento cultural puso entonces de moda la conferencia pública,
apareciendo un nuevo tipo de composición que tenía como tema algo
puramente imaginario. También la práctica de la lectura en voz alta
borró toda frontera entre palabra y libro. La elocuencia impuso sus
categorías a todas las formas de la actividad del espíritu: poesía, historia
e incluso filosofía. Este amplio entendimiento de la retórica como sis­
tema de cultura general ya había sido propiciado por el pensamiento
ciceroniano. A partir de ahora el rétor no tendrá entre sus objetivos el
ingenioso discurso que persuada sobre importantes cuestiones ciudada­
nas, pero su misión se ampliará al proponerse crear personas cultas,
educadas. De ahí que se estableciera que, en los niveles de educación,
el más elevado estuviera bajo el. control de un rbétor. Los otros eran del
control del litterator y del grammaticus.Λ1 Obvio resulta, en consecuencia,
que la retórica, convertida en arte puro, centrara sus intereses en recur­
sos de estilo. De ahí los grandes inventarios de figuras del. discurso,
exclamaciones, apostrofes, etc.
Marco Fabio Quintiliano se alza como el más importante rétor del
siglo l de nuestra era. Había nacido entre los años 30 y 40, en Calagurris
(Calahorra, España). Si bien comenzaría su educación con toda proba­
bilidad en. tan importante centro cultural de la provincia romana, ya
hacia el año 50 su padre lo llevó a Roma. Quintiliano se convirtió en
abogado y profesor. Como profesor gozó de gran fama, llegando a ser
designado por el emperador director de la escuela estatal de oratoria de
Roma. A él, y como resultado de su doble experiencia de abogado en
ejercicio y de enseñante, le debemos la gran enciclopedia del saber
retórico de la Clasicidad, los doce libros de la institutio Oratoria (Insti­
tución Oratoria), Lo que con ella, se propone Quintiliano — según resume
Murphy— es realizar un programa coherente de formación literaria y retórica
sobre una f uerte base moral, con miras a educar una ciudadanía culta y respon­

40 Cf. Prentice A. M EA D O R Jr., «Quintiliano y la Institutio Oratoria», en:


í{ James J . M U R P H Y (ed.), Sinopsis histórica de la retórica clásica, cit., pág.
212,
4‘ Cf, G. M. A. G R U B E , The Greek and Roman Critics, Londres, Methuen &
COULD, 1965.
David Pujante / Manual de retórica

56

sable.42 Esto une fuertemente tres aspectos básicos: lenguaje (texto),


objetivos y procedimientos persuasivos.
El plan de la obra de Quintiliano puede resumirse de la siguiente
manera:
Libro I: Cuanto precede al oficio de orador.
Libro II: Cuestiones relativas a la esencia de la retórica: defini­
ción de la retórica, relación entre arte y naturaleza.
Libros I I I al V IL Desarrollo de las operaciones inventio y dispo­
sitio.
Libros V II I al X I: Desarrollo de las operaciones elocutio, memoria
y actio.
Libro X II: Doctrina del vir bonus. Aspectos retóricos que no cu­
pieron en el desarrollo de los libros anteriores: cualidades morales y
físicas del orador, las funciones del orador, consejos de abogado, estudio
de los estilos oratorios.

Como complemento de este esquema general hay que especificar


la aparición, en pleno desarrollo teórico (cognitio), en el libro X, de un
importante paréntesis dedicado a la vis dicendi (la práctica). Nos dice
Quintiliano que en realidad toda la teoría va encaminada a conseguir 1a
septra facilidad, el hábito que se adquiere mediante el ejercicio. Es la asun­
ción, la asimilación de lo conocido por la teoría. El programa de esta
práctica pasa por: 1) la ejercitación oral, 2) la ejercitación escrita y 3) la
lectura y audición, de los modelos (la imitatio, que incluye lectio y auditio
imitativas). Dentro de la parte dedicada a la lectura imitativa, hace Quin­
tiliano un inventario (que no pretende exhaustivo) de poetas, historiado­
res y filósofos que constituyen el canon imitativo de todo orador; con­
junto que ha adquirido gran fama en los siglos posteriores, pues las
opiniones que allí vierte sobre los distintos autores de Grecia y Roma es
una de las primeras reseñas historiográficas y críticas existentes, aparte el
interés que de por sí tiene que un autor antiguo opine sobre los clásicos.43

42 jam es J. M U R P H Y , La retórica en la Edad Media, Historia de la teoría de la


retórica desde San Agustín hasta el Renacimiento, México, Fondo de Cultura
Económica, 1986, pág. 365.
41 David PU JA N T E , E l hijo de la persuasión, i^ÿintiliano y el estatuto retórico, 21
edición corregida y aumentada, Logroño, Instituto de Estudios Rioja-
nos, 1999, págs. 2Ó0-2Ó4.
II, R etórica e historia

57

Quintiliano es un magnífico recopilador del saber retórico de la


Antigüedad. Si no fuera por su extenso tratado, muchos de los cono­
cimientos que por él se nos transmiten se habrían perdido para siem­
pre. Sin embargo, Quintiliano no es un hombre de pensamiento pro­
pio. Su contribución más original es la doctrina sobre el vir bonus (el
hombre bueno), que aparece en el libro X II y último de su obra.
Responde a una concepción ética que viene posiblemente de Catón,
pero que ya estaba presente en la polémica antisofística de Sócrates.
El primer capítulo del libro X II es famoso por la definición que ahí
aparece del orador como vir bonus dicendi peritus (Inst. orat. X II τ i).
Para Quintiliano no caben, en una definición apropiada de orador,
todos aquellos que siendo expertos en el decir oratorio carezcan de
ética. Su definición es la quintaesencia del sentido primero del oficio
retórico, tal y como se había ido fraguando a lo largo de todo el
tratado: la idea de que la destreza oratoria sólo tiene sentido como
arma para mejorar la sociedad y para conocer mejor las situaciones de
injusticia. Es útil si es bien utilizada.
Cuando Quintiliano escribe su tratado (95 d. de C.) ya es un ana­
cronismo, porque, desde la muerte de Cicerón, en el siglo anterior,
Roma estaba gobernada por la dictadura; la de Antonio primero, y pos­
teriormente la de toda la serie de emperadores que va desde Augusto
hasta la caída del Imperio. La retórica no tenía el sentido político que
pretende darle Quintiliano, porque Roma vivía ya en un clima en el que
la libertad expresiva, imprescindible para el ejercicio retórico, era un
bien escaso. El poder imperial había eliminado la posibilidad de cual­
quier crítica seria. Sin embargo, ya hemos comentado el auge social que
adquirió la retórica al convertirse en imprescindible para la educación
ciudadana. Este período fue conocido como Segunda Sofística. Como
dice Murphy:
Fue éste un período de excesos oratorios en el que el tema a
tratar resultaba menos importante que el interés por otros asun­
tos menos comprometidos, tales como los aspectos externos del
discurso, especialmente los referentes al estilo y a la actuación.44

44 jam es J . M U R P H Y , «El fin del mundo antiguo: La Segunda Sofística y San


Agustín», en: J . J . M U R P H Y (ed.), Sinopsis histórica de ía retórica clásica,
cit., pág. 247.
David Pujante / Manual de retórica

5<?

Si la gran sofística griega se había caracterizado por la elección de


grandes temas de interés general (pues todos los demás aspectos del
discurso se supeditaban al interés primero, que era el de ser útil a la
sociedad), ahora que ya no tienen ningún valor político las manifestacio­
nes retóricas, los temas quedan en segundo lugar, y pasan a primerísimo
plano de interés las cuestiones de estilo, de elegante actuación y de
elocución agradable. De los tres géneros discursivos quedan fuera de
lugar el deliberativo y el judicial, adquiriendo una importancia sorpren­
dente el epidictico. Sobre el desarrollo del género epidictico en esta
época y sus curiosas manifestaciones, me extiendo en el apartado que
dedico a dicho género en el siguiente capítulo del libro.
No puede sorprender que la Segunda Sofística no ofreciera gran­
des innovaciones teóricas. Ni siquiera el gran tratado de Quintiliano es
innovador. Sin embargo, nos encontramos en esta época con una serie
de colecciones de progymnasmata, ejercicios escolares, como los publica­
dos por Hermogenes y Aftonio. Dado el interés por los aspectos expre­
sivos del discurso, es de suponer también la importancia adquirida por
los gramáticos, como es el caso de Donato (sus manuales de gramática
sirvieron en las escuelas casi doce siglos). En esta época de pocas nove­
dades, sin embargo, apareció un libro importantísimo para la historia de
la poética, el De lo sublime del Pseudo-Longino, obra única en su género,
joya del pensamiento tanto retórico como teórico-literario de la Anti-

Murphy resume así las novedades hasta finales del siglo iv:
Debemos (...] admitir que durante el período que va desde Quin­
tiliano hasta finales del siglo iv apareció muy poca doctrina retó­
rica que pudiera calificarse como nueva. El Pseudo-Longino qui­
zás sea una excepción, lo d o consistía en una pura repetición y
fragmentación de las viejas ideas. Un cierto número de tratados
retóricos pertenecientes a los siglos m y iv ha llegado hasta no­
sotros (Charles Halm, ha reunido en un volumen que tituló Rhe­
tores latini minores diversos textos latinos). Uno de estos tratados,
escrito por Victorino, es en realidad un estudio sistemático pro­
visto de comentarios de la retórica ciceroniana, más que una obra
original. Como la práctica de escribir comentarios sobre obras
muy conocidas iba a convertirse en una característica de la cultu­
ra medieval, Victorino llegó a tener cierta influencia posterior en
II. R etórica e historia

59

la exégesis de las Sagradas Escrituras y en los comentarios retóri­


cos que se iban a hacer en Europa en el siglo xn. Los otros textos,
escritos por Aquiía Romano, Fortimaciano, Sulpicio Víctor y
otros, son importantes sólo porque reflejan el modelo de educa­
ción retórica que se daba en los siglos ni y ív. Los primeros es­
critores medievales, tai es el caso de Alcuino, se inspiraron a
veces en estos retóricos clásicos tardíos, de tal manera que, en
cierto sentido, representan el puente que une la retórica clásica
con la medieval.4*

He aquí un cuadro con los autores y ías obras más representativas


de este período:

FORTUNACIANO Ars R h etorico {b asad o en Herm ágoras, aunque


{s. II!, IV o V d. de C .j c o n o ce a Cicerón}
VÍCTORINO (s. IV d. de C .) Explanationum in Rhetoricam M. Tullii C iceronis
libri d u o (principal com entario de Cicerón)
SULPICIO VÍCTOR Institutiones oratoriae {d ice partir de los griegos,
(s. IV o principio deí s. V) tom a en c u e n ta a C iceró n a p esar de no ense­
ñar el latino n a d a sobre el intelecto)
SEVERIANO P ra e c e p ta artis rh eto rica e (principal fuente es
Cicerón)
CA YO JULIO VÍCTOR Ars rh etorica H erm ag orae, C iceronis, Quintiliani,
Aquili, M arcom anni, Tatiani
GRILIO (s. IV d. de C .) C om m en tum in primum C icero nis librum «De
invention e» (sólo existen unos Excerpta)

Según Murphy, a quien le debemos los más importantes estudios


sobre la historia de la retórica medieval, el puente entre la retórica
antigua y ia del Medievo es De doctrina Christiana de San Agustín (termi­
nada en el año 426, cuatro años antes de su muerte). Afronta un impor­
tante reto en un trascendental momento. La Iglesia cristiana iba afian­
zándose. Habían terminado las persecuciones a mediados del siglo
anterior y la estructura en diócesis con obispo propio había dotado a la
Iglesia de una sólida estructura. Se alzaban voces por todas partes con-

45 Ibidem, págs. 254-255.


David Pujante / M anual de retórica

60

tra las tradiciones paganas y entre ellas contra el uso de la retórica en


la educación. En este ambiente contrario a la tradición retórica, por
parte de la mayoría de la comunidad cristiana de nuevo cuño, fue deter­
minante el texto de Agustín de Hipona, pues en él defiende el uso de
la retórica ciceroniana como instrumento de evangelizacíón. Supo ver
en la Biblia los tres estilos diseñados por Cicerón y consiguió que la
Iglesia a partir de entonces tomara como uno de sus autores de referen­
cia al clásico latino. Si sus principios retóricos miran hacia la Antigüe­
dad, los conceptos de que los impregna son parte de la teología cristia­
na, que abre el camino del Medievo. Con Agustín se tiende el puente,
pero también se cierra la puerta; queda clausurado el período clásico,
Agustín (334-430) representa la unión de la tradición retórica clá­
sica con la tradición hermenéutica bíblica. Se aúnan en su persona la
doble tradición hermenéutica bíblica (la de los historicistas antioqueos,
con la de los alegóricos y neoplatónicos alejandrinos)46 y la retórica
ciceroniana, dando carta de ciudadanía a la civilización escrita (en sus­
titución de la civilización oral) y al tipo de retórica que la caracteriza:
el arte que estudia el texto impreso, una retórica que enseña cada vez
menos cómo hay que pronunciar y cada vez más cómo hay que escribir un discur­
so, E l arte de bien decir se transforma en arte de bien escribir. 47 Ahora todos
están más interesados que en el problema de la producción (que era el
fundamental de la retórica oral, antigua) en el problema de la recepción:
en cómo interpretar lo que nos viene dado en el Libro. Hay un despla­
zamiento, pues, de la retórica hacia la hermenéutica, que es el arte de
interpretar los signos escritos. Si dentro de la misma Iglesia no se pier­
de el aspecto oral (en los sermones), ya no está este interés en la base.
Incluso el sermón es una exégesis bíblica.
La civilización escrita perdurará hasta el siglo XX. Primero se ex­
tiende a la teología, como acabamos de ver, dando origen a grandes
debates teológicos tanto en la Edad Media como en la historia moder­
na: la Reforma ν el siglo xvn. Luego, ya en el siglo xx, se extiende a la
crítica literaria: el análisis de los textos literarios.

4<i Cf. Maurizio F E R R A R IS, Historia de la hermenéutica, Madrid, Akal, 2000,


, P % 23-,
47 Aron K IIÆ D I V A R G A , «Universalité et limites de la rhétorique», cit.,
pág. 8.
II. Retórica e historia

Esta rehabilitación de la retórica en los estudios literarios — dice


Kibédi Varga—, habitual desde el estructuralísmo, comienza en
realidad desde el final de los años cuarenta, en Europa con los
trabajos de Ernst Robert Curtius, en los Estados Unidos con el
influyente libro de Sister Miriam Joseph que considera la presen­
cia de la retórica clásica en la obra de Shakespeare.4S

Finalmente se extiende a todos los textos, incluso los científicos.


Es asunto propio de los últimos quince años de estudios retóricos el
considerar que incluso los textos más pretendidamente deshumaniza­
dos, neutros, los textos de las ciencias, también son textos retóricos.
Frente a la diferencia perpetuada por la tradición hermenéutica de
Dilthey, y mantenida por Heidegger, Gadamer y Habermas, entre las
humanidades y las ciencias, hoy se postula por parte de los más radicales
(Alan G. Gross, Hans Blumenberg) la omnipresencia, en los textos cien­
tíficos- de todos los tipos, de la retórica.

CIVILIZACIÓN ORAL Arfe de bien h ab lar Discurso orai


CIVILIZACIÓN Arte de bien escribir Biblia Textos Tocios
ESCRITA Arte de bien leer Literarios los
(interpretación de textos) textos
CiVILIZAOÓN Arte de bien presentar Escritura, cine,
MEDIÁTICA Arte de bien descifrar fotografía, e tc.

La civilización que sustituirá a la de la escritura es la que nos ha


tocado vivir, la de los medios audiovisuales. Pero hagamos el recorrido
necesario hasta llegar a ella.
Hemos hecho referencia en un cuadro sinóptico a los distintos
tratados producidos en el Imperio durante los siglos ni y iv. Hay que
destacar posteriormente la importancia del tratado de Marciano Cape-
lía (siglo v), De nuptiis Philologiae et Mercurii, al que se atribuye la intro-
ducción de las siete artes liberales en la Edad Media, configuradoras del
modelo típico del trivium y el cuadrivium. 49 El libro V es el dedicado a

48 Ihídem, pág. 11.


49 Seguimos en esta parte principalmente ei libro de Jam es J . M U R P H Y , La
retórica en la Edad Media., cit. También José Antonio H E R N Á N D E Z
G U E R R E R O y M a del Carmen G A R C ÍA T E JE R A , Historia breve de la
retórica, cit.
David Pujante / Manual de retórica

62

la retórica, que se reduce a un compendio rutinario, a ia manera de los


tratadistas de siglos anteriores. Durante el siglo vi aparecen una serie de
obras que están destinadas a tener un influjo importante en ía historia
futura de ia retórica. Es el caso del tratado sobre los tópicos de Boecio
(entre ios siglos v y vi). Esta obra, que fue conocida con el título de
Tópica Boetti, tuvo gran importancia para la difusión durante ía Edad
Media del conocimiento lógico y retórico de origen aristotélico y cice­
roniano. Contemporáneo de Boecio, al gramático Prisciano le debemos
una traducción latina de parte de los Progymnasmata (ejercicios) de
Ilermógenes. También suyo es un análisis gramatical de Virgilio que
contribuye aí culto que se establecerá en generaciones posteriores por
el. poeta latino. Un siglo después aparecen las Etimologías de Isidoro de
Sevilla (ca. 570-636). Trata de la retórica en el libro II, siendo las Ins­
titutiones de Casiodoro (secretario de los reyes ostrogodos, que había
vivido a principios del siglo vi) su fuente principal. Otros autores a
considerar serían Beda el Venerable (673-735), Alcuino (ca. 735-804),
Rabano Mauro (776-856).
Toda la tradición preceptiva clásica adaptada para la enseñanza
por estos escritores y profesores deí Medievo se encauza de forma tri­
partita, en tres campos de aplicación, dando origen a tres tipos de
tratados o artes: ars praedicandi (predicación eclesiástica), ars dictaminis
(escritura de cartas, en el ámbito político-administrativo principalmen­
te) y arspoetriae (versificación). Esta especialización de las artes se puede
observar de manera especial entre los siglos XI y x n r .
La retórica, que había ocupado un lugar secundario a lo largo de
la Edad Media, recupera su preponderancia durante los siglos xv, xvi y
X V II. Se convierte en una de las disciplinas fundamentales para ios hu­
manistas y en fundamento de cualquier actividad intelectual (Lorenzo
Valla,50 Elegantiae). Es Italia la cuna de esta recuperación de prestigio,
como lo es del movimiento humanista y su pasión por reencontrar los
textos originales de ios autores clásicos latinos, entre los que se encuen­
tran Cicerón y Quintiliano, El redescubrimiento accidental de la Insti­
tutio de Quintiliano (en el monasterio de San Galo, no en la biblioteca

íl’ Cf. Jorge F E R N A N D E Z LO PE Z , Retórica, humanismo y filología. Quintiliano


y Lorenzo Valla, Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, 1999.
II. R etórica e historia

sino en un calabozo inmundo), permitió mostrar al mundo una copia


completa del. texto perdido durante casi seis siglos.51
Entramos en un período complejo en el que la retórica influye
sobre la enseñanza, sobre la iglesia y sobre la literatura, y en todos esos
ámbitos de manera conflictiva. En la enseñanza no le fue fácil conseguir
la preponderancia, pues los profesores de dialéctica no se dejaron fácil­
mente ganar el terreno, intentando reducir una vez más a la retórica al
lugar secundario que tuvo durante toda la Edad Media. Esta lucha entre
dialéctica y retórica afectó a la formulación teórica de las partes del dis­
curso, propiciando una polémica en relación con qué partes correspon­
dían a cada disciplina. Respecto a la relación entre retórica e iglesia, hay
que hablar de la querella ciceroniana. Entre las reformas propiciadas por
el Concilio de Trento se encontraba el impulso dado a la oratoria sagra­
da. Los tratados que se dedicaron a dicha oratoria abrieron la polémica
entre la imitación del estilo ciceroniano (considerado como propio de
la elocuencia pagana) y la de los Padres de la Iglesia (quienes se ponían
bajo los auspicios de la inspiración divina para todo ejercicio oratorio).
Ein España, por ejemplo, el Examen de ingenios (1575) de Iiuarte de San
Juan ataca la tendencia ciceroniana, poniendo la importancia del teólo­
go por encima de la del orador.53 En cuanto a la relación entre retórica
y literatura, como dice al respecto García Berrio, fue una consecuencia
del conglomerado retórico-poético que ya se había dado en Roma, y en
el Renacimiento asistimos, por tanto, a un simple testimonio de prolongación de
una tendencia añeja. 54
Entre las figuras más representativas de estos siglos, es obligado
mencionar en el siglo xv a Jorge de Trebisonda (también conocido
como Trapezuntius (1395-1472)) y a Rodolfo Agrícola. Y a en el siglo xvi,

Cf. El epílogo al libro de M U R P H Y titulado «Redescubrimiento e implicá­


is clones» (James J. M U R P H Y , La retórica en la Edad Media. Historia de la
teoría de ία retórica desda San Agustín hasta el Renacimiento, cit., págs, 363 ss.).
’■ Cf. jam es J. M U R P E ÍY (ed.), La elocuencia en el Renacimiento. Estudios sobre la
teoría y la práctica de la retórica renacentista, Madrid, Visor, 1999.
Cf. Juan H U A R T E D E SAN JU A N , Examen de ingenios para las ciencias, ed. de
Esteban Torre, Barcelona, Promociones y Publicaciones Universitarias,
1988.
3 54 Antonio G A R C IA B E R R IO , Formación de la Teoría Literaria moderna, I, La
tópica hqraciana en Europa, Madrid, Cupsa, 1:977, P%· 4o - Cf. Alfonso
M A R T ÍN JIM E N E Z , «La literatura en los tratados españoles de retó-
rica del siglo xvi», Rhetorica, X V , 1 (1997), 1-39.
David Pujante i Manual de retórica

64

a Philipp Melanchton (1497-1560), a Erasmo de Rotterdam (1469-1536),


y a Petrus Ramus (o Pierre de la Ramée, t 1572).
Durante el siglo xvi proliféra la publicación de retóricas en len­
guas vernáculas, como son los casos de E l arte retórica (1553)deThomas
Wilson, la Retórica (1558) de Bartolomeo Cavalcanti, o la Retórica en
lengua castellana (1541) de Miguel de Salinas. ”
En el siguiente cuadro sinóptico se encuentran algunas de las obras
más destacadas de la retórica en España durante el siglo x v i:í6

j . L. VIVES De rafíone d icend i (153ój


M. DE SALINAS R etórica en len gu a ca ste lla n a (1541)
F. FUR1Ó CERIOL Institutiones oratoriae ¡ 1554]
B. ARIAS MONTANO Rhetoricorum libri IV (1569)
F. SÁNCHEZ DE LAS BROZAS De ratione d ic e n d i (1553)
«EL BROCENSE»57 Organum d ia lecticu m e t rhetoricum (1579)
L. DE G RA N A D A 58 R h etorica e cc le s ia stic a ( 1576)
D. VALADÉS R hetorica Christiana (1579)

La mayoría de los estudiosos considera que el siglo xvn representa


una decadencia en la retórica. Las retóricas de este siglo son menos
abundantes y menos originales que las de siglos anteriores. En cuanto a
la retórica en la escuela, en manos de los jesuítas en el ámbito católico,
decae su calidad. Paralelamente hay que decir que el interés por los

t5 Cf. Elena CASAS (ed.), La retórica en España, Madrid, Editora Nacional, 1980.
Luis A LB U R Q [JERQ U E, E l arte de hablar en público. Seis retóricas famosas
; del siglo x v i (Nebrija, Salinas, G. Matamoros, Suárez, Segura y Guzmán), M a­
drid, Visor, 1995.
!í’ Cf. A. M A R T Í, La preceptiva retórica española en el Siglo de Oro, Madrid, Gre­
dos, .1972; Luisa LO PE Z G R IG E R A , La retórica en la España del Siglo de
Oro, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1994.
'7 Cf. Luis M E R IN O JE R E Z , La pedagogía en la retórica del Brócense, Cáceres,
Institución Cultural Έ1 Brocense’-Universidad de Extremadura, 1992;
Alfonso M A R T ÍN JIM É N E Z , Retórica y Literatura en el siglo xvi. E l Bró­
cense, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1997.
's Cí. Manuel LO P E Z M U Ñ O Z , Fray Luis de Granada y la Retórica, Almería,
Universidad de Almería, 2000; Alfonso M A R T ÍN JIM E N E Z , «La retó-
? rica clásica al servicio de la predicación: Los seis libros de la Retórica ecle­
siástica de Fray Luis de Granada», en; Isabel PA RA ÍSO (coord.), Retóri­
cas y Poéticas españolas. Siglos x v i-x ix , V alladolid, U niversidad de
Valladolid, 2000, págs. 11-46.
II, R etórica e historia

aspectos elocutivos aumenta durante el siglo xvn, en el que la oratoria


sagrada conoce un brillo especial. Es el momento del triunfo del Barro­
co en Italia y en España, con el que la retórica se Uteraturíza aún más
de lo que lo estaba. Cabría decir igualmente, a la inversa, que la litera­
tura se retoriza. Tanto el escritor como el orador quieren maravillar a
su público. No se conforman con convencerlo. Triunfa un estilo sermo­
nario recargado, denso conceptualmente, y que pervive durante todo el
siglo, a pesar de los numerosos detractores. Podemos decir que nos
encontramos en una nueva etapa asianista, de estilo recargado, que venía
propiciada por la enseñanza jesuítica, con lo que la retórica vuelve a
reducirse a la operación elocutíva. Es el siglo de Giambattista Marino
(1569-1625), cuyo Adonis es una sucesión de metáforas, hipérboles y
antítesis en un tejido verbal preciosista que creará todo un estilo admi­
rado y despreciado pero que produce un cambio importante en la his­
toria de la poesía italiana. El marinismo llega a uno de sus momentos
cumbre con Emanuele Tesauro (1592-1675), autor del Cannochiale aristo­
télico (1654; aumentado en 1670), un tratado retórico de esa corriente.
Como en los otros países, también en España la retórica está en
franca decadencia en el siglo xvn, disminuyendo el número de nuevos
tratados que se publican. De igual manera que encontramos marinismo
y retórica unidos en Italia, hemos de considerar la presencia del concep­
tismo en la retórica española. Uno de los más claros exponentes de la
teoría conceptista, la Agudeza y arte de ingenio de Gracián (1601-1658),
tuvo una influencia considerable en los predicadores del siglo xvn.
Podemos decir que a partir del siglo xvn (podemos tomar como
punto de partida Francia y la publicación del Discurso del método de
Descartes en 1637) se realiza la separación entre discurso científico y
discurso retórico, separación que va a desencadenar en los siglos si­
guientes el total desprestigio de la retórica. La querelle entre tradiciona-
listas y modernos,59 defensores los últimos de la investigación científica,
se va a encarnizar en el siglo siguiente. A pesar de que Vico (1668-1744)
abogara por la unión de la filosofía y la filología en un único método que
vinculara en concomitancia certeza y verdad, palabra e idea, la concilia-

” Cf. Marc FUM AR OLÍ, «Les abeilles et íes araignées», en: Anne-Marie LE-
COQ (ed.), La Querelle des Anciens er des Modernes, x v i f -x v n f siècles, Paris,
¿ Gallimard, 2001, págs. 7-220.
David Pujante / Manual de retórica

66

ción de la elocuencia con el filosofar, regenerando la concepción cice­


roniana de un saber que habla,60 en realidad los vientos van en otro
sentido. Durante el siglo xvni la retórica sigue formando parte de los
píanes de estudio de todas las universidades y escuelas europeas, pero,
cada vez más, se abre el abismo entre los dos tipos de discurso, porque
los retóricos se centran en el estudio de la variedad fenomenológica del
discurso, en la clasificación de los distintos aspectos elocutivos. Frente
a esto se alza con prestigio creciente el discurso de las ideas, del análisis
científico y de la nueva filosofía.
En España también el siglo xvm es polémico, reformador y revi­
sionista. Desde los pulpitos se escucha durante la primera mitad del
siglo una oratoria sagrada vacía, de un barroquismo caricatural que Isla
denuncia en su Fray Gerundio de Campazas. 61 La traducción, al finalizar
el siglo, de la Retórica eclesiástica (1770) de Luis de Granada palia de
alguna manera estos excesos (del interés despertado da muestra que en
1778 ya se hace una quinta impresión). En cuanto a los tratados que se
escriben en este siglo, siguen los caminos de sus predecesores o repiten
los de otros tratadistas de fuera. Quizás quepa distinguir el tono prerro­
mántico de la retórica de Capmany, que por lo demás es tan sólo un
tratado de la elocución retórica. He aquí un cuadro con las retóricas
más representativas del siglo:

i. DE LUZÁN Arfe de hab lar


F. J. ARTIGAS Epítom e d e la E lo cu e n cia e sp a ñ o la
{! 726/50)
G . MAYANS Y SíSCAR Rhetorica (1757)
A. RABÓN Y GUERRERO Retórica ca ste lla n a (1764)
C . HORNERO Elem entos d e R etó rica (1777)
A. DE CAPMANY Filosofía d e la E lo cu e n cia {1777)
M. MADRAMANY Y CALATAYUD Tratado d e ia E lo c u e n c ia (1795)

150 Cf. Jo sé M. S E V IL L A F E R N Á N D E Z , «El filósofo es un decidor. En torno


al decir metafórico y el pensar etimológico de Ortega y Gasset (y su
genealogía viquiana)», en: Jo sé M. S E V IL L A F E R N A N D E Z y Manuel
BA R R IO S CA SA RES (eds.), Metáfora y discurso filosófico, Madrid, Tec-
nos, 2000, pág. 154.
01 Cf. La interesante introducción de José JU R A D O al texto de Jo sé Francisco
de ISLA, Fray Gerundio de Campazas, Madrid, Gredos, 1992.
II. Retórica e historia

6j

El Romanticismo trae consigo el total rechazo de la retórica des­


de su perspectiva del genio creador, que no se sujeta a normas. Al fin
y a la postre, la retórica se había convertido en un conjunto de restric­
ciones normativas, cuyo penoso aprendizaje (ei arte es largo, la vida
breve) iba acompañado de un dogmatismo académico que el nuevo
movimiento romántico dinamita. Nada quedaba a estas alturas del ver­
dadero pensamiento clásico que propugna, como vemos constantemen­
te en la obra de Quintiliano, el equilibrio entre el genio natural y el arte.
Ei Neoclasicismo había representado el último de los períodos de la
intransigencia preceptiva. Con todo, la retórica en el siglo xix aún da
algunos frutos de interés. En Francia, el libro has figuras del discurso
(1821-1827) de Fontanier es considerado todavía por Genette, a finales
del siglo xx, como la culminación de toda la retórica francesa.02
En España se da un complejo panorama de influencias en los di­
ferentes tratados de retórica, que son cauce de distintas doctrinas filo­
sóficas (sensualismo, sentimentalismo, esplritualismo, tradicionalismo,
idealismo, neoescolasticismo, empirismo, pragmatismo).63 En cuanto al
ámbito de la enseñanza, hay una total integración de la retórica en la
literatura. En muchos de los textos para universitarios y bachilleres,
bajo el nombre genérico de literatura se integran 1a retórica y la poética,
algunos principios de estética, y en ocasiones tratados de versificación.
Así (por poner algunos ejemplos) Antonio Gil de Zárate llama Manual
de Literatura a su libro, subtitulándolo Principios generales de Poética y
Retórica (Madrid: Boix, 1844). En realidad, de los tres volúmenes del
libro, el primero es una retórica (entendida como preceptiva de la escri­
tura literaria) y los dos restantes una historia de la literatura hasta el
siglo XX. Narciso Campillo llama a su manual escolar Retórica y Poética,
y lo subtitula Literatura Preceptiva. El libro empieza definiendo el con­
cepto de literatura como el conjunto de las obras literarias producidas en
cualquier lugar y tiempo, las leyes o reglas a que están subordinadas, y las bases

;;; 112 Cf. Gérard G E N E T T E , «La rhétorique des figures», introducción æ Pierre
FO N T A N IE R , I,es figures du discours, París, Flammarion, 1 977, pág· 5.
Cf. Jo sé Antonio H E R N Á N D E Z G U E R R E R O y M 1 Carmen G A R C ÍA
1 T E JE R A , Historia breve de la retórica, cit., págs. 149 ss.; J. A. H E R N Á N -
'■ D E Z G U E R R E R O , «Supuestos epistemológicos de las retóricas y poé­
ticas españolas del siglo xtx», Investigaciones semióticas H I, I (1990), págs.
I 537-Í4 4 -
David Pujante / Manual de retórica

68

filosóficas sobre que tales reglas sefundan.64 El libro es una mezcla de retó­
rica, estética y poética, y es otro de los muchos ejemplos de la confusión
existente entre las disciplinas.
Aunque la retórica permanezca en las universidades y en las escue­
las hasta el siglo xx, el rechazo cultural y social de las preceptivas va en.
aumento, y la retórica acaba considerándose, por todo el mundo, como
sinónimo de artificio, de insinceridad, de vaciedad. Hasta tal agota­
miento había conducido la forma, cada vez más estrecha, de entender
la retórica ía civilización de la escritura. Pero, con el paso reciente (hace
unas décadas) ai mundo las telecomunicaciones, se recupera el viejo
mecanismo retórico. Si la comunicación escrita, que había representado
un importante avance (sobre todo con la invención de la imprenta),
había perpetuado la reducción del mecanismo retórico a una sola ope­
ración; con la radio, y sobre todo con la televisión, vuelven a tener una
función fundamental en el mensaje comunicativo las cinco partes de la
retórica, propias de la época de la civilización oral, en la que la retórica
había nacido. Lo gestual vuelve a formar parte de los mensajes incluso
en la distancia, y también la memorización vuelve a tener importancia
cuando eí hombre se separa de lo escrito. La nueva retórica se convierte,
pues, en un arte de bien presentar, para el emisor, y en un arte de bien
descifrar, para el receptor del mensaje.6í La civilización mediática es una
civilización de masas y sus mensajes atañen a un público más amplio que
el de la civilización escrita, cuyo público era el que sabía escribir. Hoy
un anuncio de Coca-Cola va dirigido por igual a un público americano
y europeo del llamado primer mundo y a un nómada del desierto afri­
cano. El público se considera poder económico y se trata de seducirlo
por todos los medios. El maridaje que vimos entre hermenéutica y re­
tórica en la civilización de la escritura, ahora existe entre semiótica y
retórica. La semiótica es el arte de interpretar todos los signos (no sólo
los escritos) y la retórica será eí arte de interpretar la intención de esos
signos. La interpretación ya no es una actividad exclusivamente lingüís­
tica, sino también visual, dando cabida al cine y a la fotografía.

04 Narciso C A M PILLO Y C O R R E A , Retórica y Poética o Literatura Preceptiva,


Madrid, Hernando, 1881, pág. 9.
M Cf. Aron KIBED Í VA R G A , «Universalité et limites de la rhétorique», cit.,
págs. 14-15.
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Nombre v
definición^
de retórica

La definición de retórica no era algo bien deter­


minado y ajeno a la polémica en la Antigüedad. El
maestro Quintiliano incluye la definición de la retóri­
ca, a modo de ejemplo, entre las discusiones posibles
sobre el estado de definición; lo hace en los casos en
que la denominación tiene consistencia pero ía reali­
dad es dudosa por su cualificación; y lo formula así:
qué es la retórica ¿el poder de persuadir o la ciencia de
hablar bien? (Inst. orat. V il 3 6). Ciertamente no nos
enfrentamos, ai querer definir la retórica, a un caso de
denominación insegura. Todos hablan de la retórica. !
entiendan de la manera que entiendan dicho término,
que se impone incluso en latín, por encima de otras
posibilidades más latinas, como oratoria/oratrix. Hay,
pues, seguridad acerca de la denominación. El proble­
ma es saber io que denomina. ¿Es el poder de persua­
dir o la ciencia de hablar bien?

' Según LÓ PE Z E IR E , en su artículo «La etimología de ρήτωρ y


los orígenes de la retórica» {Faventia, 20/2 (1998), 61-69), la
palabra griega rhétor, de la que deriva rbetari'ké, significa en
origen autor de mía rhétra, teniendo rhétra un doble signifi­
cado: acuerdo verbal, en los dialectos no dorios, y propuesta
de ley o ley en los dorios. 7J
David Pujante / Manual de retórica

J2

Y a se había enfrentado Quintiliano con este problema en el libro


II de su Institución Oratoria resumiendo cuanto con el transcurrir de la
historia de ia retórica se había dejado dicho al respecto. Cuando Quin­
tiliano lleva a cabo su magno tratado enciclopédico, hacía muchos siglos
que ei triunfo filosófico había desautorizado la retórica por su oportu­
nismo y su amoralidad. Por eso Quintiliano dice que para muchos la
retórica tan sólo es una fuerza, una. ciencia o una práctica; llegándose a
poder definir por este camino como la fuerza o el poder de persuadir
(Inst, orat. I l 15 3). Esta definición se remonta a Isócrates, quien -al
parecer la llamó obradora de persuasión. A Gorgias le oímos una defi­
nición parecida en el diálogo platónico de su nombre (Gorgias 452e).
Definición que llega hasta Cicerón, quien considera necesario que todo
orador hable de forma que persuada.
Quintiliano, conociendo adonde había llevado este tipo de defini­
ción y el descrédito que había reportado a la retórica, va argumentando
con minuciosidad extrema sobre las carencias que encuentra en las dis­
tintas definiciones de retórica que han llegado a su conocimiento y que
tienen como base la persuasión. Dado que hay otras cosas que persua­
den (como el dinero, la fama, la hermosura), opina que no podemos
remitir la persuasión en exclusiva a la retórica, pues en tal caso un acto
de soborno sería un acto retórico. Cuando se haga una definición de
retórica desde la persuasión, considera Quintiliano que es necesario que
aparezca como elemento básico de dicha definición la palabra. Si la
retórica es un poder de persuasión, lo es por medio de la palabra. Esto
la diferencia de los otros modos de persuasión con los que no hay que
confundirla. Pero tampoco es suficiente (siempre según el parecer de
Quintiliano) hablar de persuasión por la palabra para definir la retórica,
porque por medio de la palabra persuaden las meretrices, y también los
aduladores y los corruptores, y ninguno de ellos puede considerarse un
orador. Es más, hay ocasiones en que son más persuasivos que los ora­
dores. Por tanto la definición debe enajenarse del éxito persuasivo,
habiendo oradores que no consiguen persuadir con sus discursos y otras
figuras que siendo persuasivas con sus palabras no las podemos llamar
en ningún caso oradores.
Recuerda entonces el rétor de Calahorra la definición de Aristó­
teles, que prescinde del éxito de la persuasión: Retórica es la fuerza de
hallar todo lo que en el discurso puede persuadir (Rbet. I 2). Pero le parece
Π Ι. E l corpus retórico

73

también defectuosa, pues sigue haciendo referencia a la persuasión como


elemento central y además reduce la retórica al hallazgo de los elemen­
tos de inventio. ¿Y las demás operaciones retóricas? ¿Se puede dar una
definición que excluya, por ejemplo, la elocución (estilo)? (Inst. orat. II
15 13)·
En este repaso por la historia de la definición de retórica, nos dice
Quintiliano que otros no la han tenido ni por fuerza, ni por ciencia, ni
por arte; sino por una práctica o empleo del habla (es el caso de Crito­
lao), también por un arte de engañar (Ateneo), y aún otros muchos, ba­
sándose en una parcial lectura del Gorgias platónico, por un cierto saber
práctico para producir encanto y placer (Inst. orat. II 15 23-24).
Tomando como punto de partida la conclusión del Gorgias plató­
nico —Es pues de toda necesidad que el retórico rectamente formado sea un
hombre justo, y que, por ser justo, quiera obrar justamente (Gorgias 460c)— ,
Quintiliano se mueve hacia la retórica verdadera y honrosa. Reaparecerá
en ledro la idea de que esta arte no puede ser perfecta sin el conocimiento de
la justicia (Inst. orat. II 15 29), y también servirá a Quintiliano esta re­
flexión de la madurez platónica para encaminarse hacia su propia defi­
nición de retórica. El quiere formar al orador perfecto, que sobre todo
quiere que sea un hombre bueno (Inst. orat. II 33). Ese hombre bueno
tendrá como meta social de su arte retórica (un arte retórica útil) lo que
han propuesto los que mejor opinión han tenido de la retórica, como
Cicerón, que la considera una parte de la ciencia del Estado, o como
Isócrates, para quien es una filosofía. Con estas bases, Quintiliano ofrece
la definición que le convence:
La definición que convendrá mejor a la esencia de la retórica es
‘la ciencia de bien decir’. Pues tal definición abarca de una vez
todas las virtudes del discurso y también ios fundamentos morales
del orador, puesto que no puede hablar bien sino el hombre bue­
no (Inst. orat. Π 15 34).

Así, para Quintiliano, y para gran parte de la tradición posterior


(no debemos olvidar nunca que, por su momento histórico, Quintiliano
hace balance de la historia de la retórica, desde su eclosión en Grecia
hasta su decadencia en Roma, y representa el cierre de la aportación
retórica de la que hemos llamado civilización oral), la retórica es la
ciencia que permite trabajar y cuidar la facultad de decir, facultad que nos
David Pujante / M anual de retórica

74

distingue de los demás animales. Otros animales tienen cierto tipo de


entendimiento que los faculta para tejer nidos, guardar los alimentos
para el invierno o producir cera y miel, pero como los seres que lo hacen
carecen de lenguaje, se llaman mudos e irracionales (Inst. orat. II i ó ιό). Quin­
tiliano, aunque (como no podía ser de otra manera en su época) distin­
gue razón de lenguaje, sin embargo en estas últimas palabras que he
transcrito manifiesta claramente la relación entre ambas. No se da en la
naturaleza razón sin lenguaje. Saquemos de ello las conclusiones que
consideremos oportunas.
Siguiendo a Cicerón, que llama a la retórica elocuencia por arte {De
invent. I 5 ó), y también a toda una tradición que titula a los tratados
retóricos arte retórica, Quintiliano también la considera arte, arte con­
sistente en acto y no en efecto (en el acto realizado y no en el efecto
obtenido). Puesto que Quintiliano distingue tres tipos de arte (arte teo­
rética, basada en el conocimiento y evaluación de las cosas, como la
astronomía; arte práctica, que consiste en la acción, por ejemplo la dan­
za; y arte poética o creativa, consistente en el efecto), el arte retórica es
un arte práctica.
Esta definición quindiianesca, que pasa por la utilidad social de la
retórica, que se empeña en la justicia y que se muestra como el arte de
potenciar el lenguaje de los humanos, ha sido sustituida durante siglos
por la acepción peyorativa de la palabra retórica como falsedad, vaciedad
o inoperanda. Actualmente, como nos dice López Eire, recuperada la-
dimensión pragmática de una retórica entendida como arte de la palabra social­
mente eficaz y muy útil, ya no tiene sentido mantener por más tiempo la
acepción vulgar y despreciativa.3

Cf. Antonio LÓ PE Z E IR E , La retórica en la publicidad, Madrid, Arco/Libros,


1998, pág. 12.
Las
operaciones
retóricas

Nos enfrentamos a una compleja teoría de cons­


trucción de distintos tipos de discurso público, cuya
totalidad de mecanismos se asienta sobre la división
clásica en cinco operaciones: inventio, dispositio, elocu­
tio, memoria y actio o pronuntiatio. Dicho de manera
muy elemental, el discurso retórico requiere básica­
mente de una operación de hallazgo de las ideas, de
otra que las ordene, de una tercera que las manifieste
lingüísticamente, de una cuarta que salvaguarde del
olvido lo que hasta ese momento se ha construido y
finalmente de una operación que ponga voz y gesto a
todo.
Tradicional mente estas cinco operaciones se di­
viden a su vez en dos bloques: i) el de las operaciones
que confeccionan el texto discursivo: inventio, dispositio
y elocutio, y 2) cl de las operaciones no constituyentes
de texto, pero igualmente necesarias para la culmina­
ción del discurso: memoria y actio, (.'reo que es impor­
tante tener claro que el texto y eí discurso no son lo
mismo. Enriéndase por discurso eí resultado de la inte­
gración del texto discursivo en una manifestación de di­
cho texto por medio de ía voz y los gestos (e incluso
el aspecto personal del orador), todo ello dentro del
marco del fenómeno comunicativo que es el hecho re- 75
David Pujante / Manual de retórica

76

tórkoi). Podríamos definir el discurso, pues, como la suma del texto (me-
morizado) del discurso (Td), más la voz y el gesto de la actuación, más un
gradiente de improvisación textual (gr¡), que es la diferencia entre el
texto preparado y el que realmente ofrecemos a la audiencia.
HECHO RETÓRICO

INVENTIO
DISPOSITIO ; TEXTO DEL DISCURSO (T j
ELOCUTIO :
43- DISCURSO (T,¡ + voz +- gesto + gr¡)
MEMORIA

ACTIO/PRONUNTIATIO (voz + gesto + gr¡}

La distinción que acabamos de establecer entre texto y discurso es


la razón por la que en muchas ocasiones un texto espléndido puede dar
lugar a un fiasco discursivo. Remito a un ejemplo reciente de la política
española que trato en el apartado dedicado a la actio, el que llamo Ejem­
plo Borrell.
De las operaciones creadoras de texto discursivo (es decir, de las
tres primeras operaciones retóricas), la que tenemos en primer lugar, la
inventio», en realidad es una operación primaria, preparatoria, consisten­
te en el encuentro o hallazgo de las ideas {...], en extraer las posibilidades de
desarrollo de las ideas contenidas más o menos ocultamente en la res (excogita-
tío). 4
La dispositio y la elocutio serán las operaciones propiamente cons­
tructoras del texto discursivo, mientras que la invención es la que aporta
los materiales. Consiste la inventio —según otra definición clásica— en
el hallazgo de asuntos verdaderos o verosímiles que hagan probable la causa.5 La
dispositio, como continuadora, será la operación que configure el orden de

3 Cf. lina moderna definición del complejo fenómeno de comunicación orato­


ria, con esta denominación de hecho retórico, en: Tomás A LB A LA D EJO ,
Retórica, Madrid, Síntesis, 19S9, pág. 43-57 y >9; Tomás A LB A LA D EJO ,
«Retórica y oraiidad», Oralia, 2 (1999), 9.
* Heinrich LA U SB ER G , Elementos de retórica literaria, Madrid, Gredos, 1975, §
260, pág. 235. Cf. Rhet. ad Heren. I 2 3; Inst. orat. III 3 1.
’ Rhet. ad Heren. I 2 3.
III. E l corpus retórico

77

las ideas y pensamientos que hemos encontrado gracias a la inventio y \a-e-locu-


tio ia operación que traslada al lenguaje las ideas .halladas en la inventio y
ordenadas por la dispositio. 7
El otro bloque de operaciones retóricas lo constituyen las relacio­
nadas con la puesta en acto del texto que ha sido elaborado por las tres
primeras. Son, en primer lugar, la memoria,* que permite memorizar la
estructura textual-discursiva, con lo que se consigue una manifestación
más ágil, más eficaz, y permite atender a las reacciones del público de
mejor manera. La memorización retórica no puede entenderse nunca
como memorieta (un decir irreflexivo), pues debe ser tan buena que en
todo momento dé el orador la impresión de que está improvisando. Y,
por último, la operación que culmina el proceso es la llamada actio o
pronuntiatio j ’ la que pone gesto y voz convenientes al texto bien memo-
rizado.
Quintiliano, que se decanta por el número de cinco operaciones
retóricas, tiene en cuenta que otros tratadistas han añadido una sexta
operación, el juicio. Y dice que, aunque no la considere una operación
retórica, le parece imposible inventar sin juicio. Si la inventio consiste en
hallar el material discursivo, este hallazgo requiere una criba, pues no
todo lo que se presenta como posible material es aceptable: hay que
evitar los argumentos inconsistentes o que pueden ser de doble filo,
también los estúpidos. Así pues, si inventio es hallazgo, el hallazgo con­
siste tanto en escoger como en saber evitar. Y en todo este proceso el
buen juicio resulta de gran valor.
Otros hablan de una pre operación retórica que es la intellectio,
que hace posible la puesta en marcha del conjunto formado por la inventio, la
dispositio, la elocutio, la memoria y la actio/prommtiatio, entendido como globa-
Udadsistemática.10 Esta especial operación, que incrementa el modelo de

6 Heinrich LA U SB ER G , Manual de retórica literaria, Madrid, Gredos, 1975, 3


vols., § 443. Cf. Inst. orat. ΙΠ 3 i; De invent. I 7 9; Rhet. ad Heren. U I 9
16.
7 Ibidem, § 453. Cf. Rhet. ad Heren. IV 7 10; De invent. I 7 9; Inst. orat. V III
Pro. 6.
s Cf. Inst. orat. X I 2 1-51; De orat. II 85 350-352 y 88 360; De invent. I 7 9; Rhet.
ad Heren. III 16 ss.
’’ Cf. Inst, orat, X I 3 i; Rhet. ad Heren. III 11 19; De invent. I 7 9; De orat. I I I
>'*' 513·
Tomás ALBALADEJO -Franeisco C H IC O R IC O , «La intellectio en la serie
de las operaciones retóricas no constituyentes de discurso», en: T. AL-
David Pujante / M anual de retórica

las cinco operaciones retóricas tradicionales, surge modernamente de ia


lectura de Sulpicio V icto ry Aurelio Agustín, quienes compendiaron en
extensos tratados la tradición retórica“ y prestaron especial interes al
intellegere. Como nos dicen Albaladejo-Chico, las funciones de la intellec­
tio son: comprobar si la causa del discurso es una tesis o una hipótesis,
cuál es su consistencia (status), si su especie es ética o patética, cuál es
su grado de defendibilidad, cuál es la figura del discurso y cuál es su
genus. " Es decir, en virtud de la intellectio sabemos si estamos tratando
una cuestión general (tesis) o estamos más bien ante una cuestión con­
creta (hipótesis). Podemos hacer un discurso sobre el asesinato como
acción reprobable o podemos hacerlo sobre una acusación concreta de
asesinato (un gitano que mata a su hermano). La intellectio también nos
permite saber el estado de la causa, si es dudoso o inexistente; o, si
existe, qué es (definición) y cómo (cualidad). También podemos hablar
de un estado de recusación. La intellectio igualmente nos permite deter­
minar si un discurso tiene como centro la moral (especie ethica o mora-
lis), apela principalmente al sentimiento (especie pathetica) o se basa en
la confrontación pura (iudicialis). También define el grado de defendi­
bilidad de la causa. Igualmente la comprensión de su estructura: un solo
asunto, varios, de manera seguida o alternativa. Y final pero principal­
mente determina el género del discurso.
En realidad la intellectio, más que una nueva operación retórica que
venga a incrementar la irreal secuenciación teórica de la actuación su­
cesiva de las operaciones retóricas, es un concepto que se hacía nece­
sario para el entendimiento de la simultaneidad actuativa de dichas
operaciones retóricas, para manifestar la realidad de su globalidad. Pero

BA LAD EJO , F. C H IC O y E. D E L R ÍO (eds.), Retórica hoy, Teoría/


Crítica, j (1998), 341. Cf. también Francisco C H IC O R IC O , «La intellec­
tio. Notas sobre una sexta operación retórica», Castilla. Estudios de Lite­
ratura, 14 (1989), 47-55; T. A LB A LA D EJO , Retórica, cit., capítulo 4,
“ Cf. Edgard de B R U Y N E , Historia de la estética. La antigüedad griega y romana,
I, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1963, pág. 479, Cf. Sulpicio
V IC T O R , Institutiones oratoriae, en: Charles HALM (ed.), Rhetores Latini
minores, Leipzig, Teubner, 1863 (reimp. Frankfurt: Minerva, 1964), 4., 5-
18, 315; Aurelio A G U ST IN , De rhetorica liber. 1, en: C, H A LM (ed.),
Rhetores Latini minores, cit., 4-9, 137.
11 Cf. Tomás ALBALADEJO -Francisco C H IC O R IC O , «La intellectio en la
serie de las operaciones retóricas no constituyentes de discurso», Teoría/
Crítica, cit., 340-341.
III. El corpus retórico

75»

de esta apreciación, por su modernidad, trataremos en el apartado se­


gundo del capítulo IV.

lli.b .i. El concepto


Quaestio, causa , status causae

Según definición de la Rbetórica ad Herennium, que se perpetuará


en los tratadistas posteriores, la invención es el descubrimiento (excogitatio)
de las cosas verdaderas o verosímiles que hagan probable la causa (Rhet. ad
Heren. I 2). Excogitatio, que es la palabra utilizada por el autor, podemos
traducirla no sólo como encuentro por medio de la reflexión, sino también
como imaginación, como invención, como la facultad de imaginar.
Puesto que el creador del discurso se sitúa ante un punto de
vista determinado (defender a un acusado, considerar inexistente la
causa, considerar al acusado culpable pero con atenuantes a destacar),
su discurso tiene que constituirse sobre la base de una serie de ele­
mentos que convenzan al auditorio, o al juez, o a ambos, de que el
orador se ha sitúatelo en el punto de vista correcto. En su discurso
tendrá que hacer äcopio de elementos que evidencien su postura como
válida. Todos los hechos incontrovertibles que pueda hallar tendrá que
aducirlos, que aportarlos, Y tendrá que mostrar la verosimilitud de lo
que no es objeto de evidencia, por medio de argumentos sólidos,
irrefutables. La inventi» es por tanto una compleja operación retórica
(es la operación retórica a la que más libros dedica Quintiliano, del III
al VI), consistente en todo un método de hallazgo de materiales (los
ajenos al arte retórica y los propios del arte retórica) que prueben la
causa por la que apuesta el orador. Y no sólo consiste en hallar
los materiales pertinentes (es decÍr7~ésos elementos de primer orden
—como testigos, escritos, juicios precedentes— conducentes a la ver­
dad de la causa, y esos otros elementos argumentativos, conducentes
a la verosimilitud) sino que la invención es también un método para
el sabio tratamiento de dichos materiales, con aquel fin persuasivo que
es propio de todo discurso retórico.
Consideradas así las cosas, la inventio se nos muestra como un
mecanismo de investigación en el nebuloso terreno de los hechos. Lejos
David Pujante / Manual de retórica

80

de encontramos con un referente claro del que dar testimonio discur­


sivo (con lo que el discurso retórico se limitaría a oralizar una realidad
bien perfilada), la causa es objeto de juicio precisamente porque resulta
necesario aclarar si realmente existe, qué es y cómo es (lo que veremos
como estados posibles de la causa). Y el discurso retórico se construye
para dilucidar estas posibilidades. Así pues, ePcliscurso retórico es un
camino interpretativo, un modo de aclarar los lugares dudosos de la
realidad humana; y la inventio es la primera de las operaciones retóricas
hacia la interpretación, a través del discurso, de dicha realidad. Una
operación que actúa sobre la res.
La inventio, lejos de la más simple de las posibles interpretacio­
nes de funcionamiento de esta primera operación retórica, no se limi­
ta a la elección de elementos pertinentes en el referente (en la parte
del mundo a que se refiere la causa) para abocarlos en una reorgani­
zación textual en el discurso, pues eso indicaría que el referente tiene
perfil significativo claro y el discurso retórico se reduciría a ser un
testimonio notarial del evidente significado referencial. No es así. La
aventura de construir un discurso es la aventura de interpretar una
parte del mundo.
Quintiliano considera fundamental en el estudio de la inventio
comenzar por hablar de las quaestiones. Las quaestiones son aquello de lo
que tratan los discursos en general (asesinatos, robos, traiciones), es
decir, asuntos generales o tesis (¡théseis); y cualquier causa es una quaestio
concretada, particularizada, hecha objeto de debate (el asesinato de la
mujer del César, el robo de unos cántaros de agua en tiempo de sequía).
Son los casos particulares o hipótesis (hypothesis). Sobre causas, es decir,
sobre cuestiones hechas causa, se hace el discurso.
Las causas se definen por su estado de causa, que, según Quintilia­
no, son tres: de conjetura (el orador se pregunta si existe la causa en
realidad), de definición (el orador se pregunta qué es la causa), de cua­
lidad (el orador se pregunta cómo es). Puede haber discursos para de­
cidir si hay causa (¿hay muerte? o ¿estamos ante el autor de la acción
encausada?), para decidir en qué consiste la causa (¿es asesinato?) y para
decidir las circunstancias, atenuantes o agravantes (íes asesinato en
defensa propia?, ¿cuál fue la intención?). Todavía señala Quintiliano un
cuarto estado, en virtud de la forma procesal (Inst. orat., I l l xo 5). Es el
estado traslativo, cuya denominación proviene de Hermágoras de Tem-
Π Ι. E l corpus retórico

81

nos (¿compete a este juez entender este caso?'5). Pero su validez de


status ha sido impugnada y en ocasiones se incluye en. la qualitas. Μ
.y Igualmente necesario es el negotium o perístasis, es decir el conjun­
to de personas, lugares, tiempos, motivos, medios, incidentes, hechos,
instrumentos, palabras, cosas escritas y no escritas de la causa (Inst. orat.
III 5 17).
Según lo que acabamos de ver (acumulando todo el material que
le puede servir), el orador decide, determina y constituye con su discur­
so si la causa existe, en que consiste y cómo es. Para Quintiliano esta
es la base de las operaciones inventio y dispositio. Lo que indica desde el
comienzo que la construcción del discurso por las distintas operaciones
retóricas es una construcción de significado. La realidad, confusa (por
tanto, objeto de debate), se perfila significativamente gracias a la inter­
pretación discursiva que hace el orador de la causa que es objeto de su
discurso. El orador construirá un discurso persuasivo que será el equi­
valente social de su discurso personal interpretativo de la causa a deba­
te, y en la base de la. construcción significativa de la parte de la realidad
hecha causa, y como garante de que no es una construcción significativa
arbitraria, está la ética personal, tan importante en la tradición oratoria
catoniana y en el propio Quintiliano con su concepción del v ir bonus y
su definición del orador como vir bonus, dicendi peritus (Inst. orat., X II
i 1).
Recordaré unas pertinentes palabras de George Steiner. Para él
hablamos mundos. Así es. Un discurso retórico articula una estructura de
valores, significados, suposiciones. Un discurso, como tantas otras manifes­
taciones lingüísticas, arroja sobre los ricos mares de la totalidad su propia red
particular. Con esta red extrae para sí tesoros, abismos de comprensión, formas de
vida que, de otro ínodo, no podrían hacerse realidad. !í

's Cf. Heinrich L A U SB ER G , Manual de retórica literaria, cit., § 131. Bice M O R ­


T A R A G A R A V E L L I, Manual de retórica, cit., págs. 33-34.
11 Heinrich LA U SBER G , Manual de retórica literaria, cit., § § 131 y 132.
IS George S T E IN E R , Errata, Madrid, Siruela, 1998, pág. 1x8.
David Pujante / M anual de retórica

82

Los géneros de causa


(genera cmsarum)
Cualquier causa, en cualquiera de los estados posibles de la misma
(.contectura, definitio, qualitas o translatio), puede ser objeto de una consi­
deración discursiva laudatorio/vituperativa (podemos alabar una acción
divina o humana, podemos alabar el emplazamiento de una ciudad);
también cualquier causa puede ser objeto de una consideración discur­
siva que delibere sobre su trascendencia futura (podemos considerar la
conveniencia o no de una guerra), y, finalmente, puede ser objeto de
juicio, ya sea favorable o contrario (podemos realizar un discurso defen­
diendo a alguien de una acusación de asesinato). Al hablar de estos tres
modos discursivos me estoy refiriendo a los llamados géneros de causa,
que —como dice Albaladejo— son una de las acuñaciones conceptuales más
importantes con que cuenta el corpus teórico de la Rhetorica recepta.ih
Tal y como se nos dice en el conocido texto de la Retórica de
Aristóteles que acuña la clasificación de los discursos oratorios (Rhet.
Ï358a37-i358b8), en todo discurso hemos de contar con tres elementos
básicos. El emisor o persona que habla es el primero de ellos, y los otros
dos son el asunto sobre el que habla el emisor y la(s) persona(s) a
quien(es) habla de dicho asunto. Aristóteles añade que el fin del discur­
so oratorio se refiere al receptor u oyente, es decir, al tipo de partici­
pación. del mismo. Forzosamente el oyente es o espectador o árbitro, y si árbi­
tro, o bien de cosas sucedidas, o bien de futuras11 (Rhet. 1358^-4). Es, pues,
fijándose en el receptor, y añadiendo luego el parámetro tiempo, como
realiza el filósofo la división en discurso demostrativo, deliberativo y ju d i­
cial·, clasificación que se adoptará a partir de entonces como válida en
los tratados de retórica. La propuesta aristotélica, que atenderemos
pormenorizadamente al estudiar cada género, se puede mostrar así es­
quemáticamente:

“ Tomás A LB A LA D EJO , Retórica, cit., pág. 53.


Según la traducción de Antonio T O V A R (A RISTO TELES, Retórica, cit.,
pág. 18).
III. EI corpus retórico

S3

Típo de participación dei auditorio:


Com o esp e ctad o r.
GENERO
Tiempo aludido: principalm ente presente.
DEMOSTRATIVO
Objeto discursivo: estético-m oral.
Finalidad: conm over sobre io honroso/feo.
Tipo de participación del auditorio:
Com o árbitro.
GENERO
Tiempo aludido: futuro.
DELIBERATIVO
Objeto discursivo: lo que puede su ced er o no.
Finalidad: persuadir sobre lo útil/dañoso.
Tipo de participación del auditorio:
Com o árbitro.
GENERO Tiempo aludido: p asad o .
JUDICIAL Objeto discursivo: a c c ió n co m etid a lle vad a ante
un tribunal.
Finaiidad: persuadir sobre ío justo/injusto.

Siguiendo a Halsall'8 en la ampliación que hace de la tabla que en


su prontuario de la retórica antigua había ofrecido Barthes,19 podemos
aumentar el esquema hasta cinco géneros: además de los tres aristoté­
licos, un cuarto género homilético, la retórica de los sermones, añadido
durante la Edad Media y con gran auge durante el barroco (pensemos
en el mundo de Fray Gerundio de Campazas)·, y en quinta posición el
ensayo erudito, sea literario o no, donde entran los discursos de tesis
doctoral, o los ejercicios de oposición en el ámbito español. El esquema
inicial quedaría ampliado de la siguiente manera:

GENERO DEMOSTRATIVO Tipo de participación del auditorio:


Com o e sp ecta d o r.
Tiempo aludido: principalm ente presente.
Objeto discursivo: estético-m oral.
Finalidad: co n m o ver sobre lo honroso/feo.

,f> Cf. Albert W. H A LSA LL, «La Actualidad de la Retórica», en: T. A LB A LA ­


D EJO , F. C H IC O y E. D E L R ÍO (eds.), Retórica hoy, Teoría/Critica, cit.,
pág. 270.
Cf. Roland BARTH ES, «La retórica antigua. Prontuario», en; R. BA R T H E S,
La aventura semiológica, Barcelona, Paidós, 1990, pág. 141.
David Pujante / Manual de retórica

84

GÉNERO DELIBERATIVO Tipo de participación dei auditorio:


Com o árbitro.
Tiempo aiudido: futuro.
Objeto discursivo: ¡o que puede suceder o no.
Finalidad: persuadir sobre io útil/dañoso.
GÉNERO JUDICIAL Tipo de participación del auditorio:
Com o árbitro.
Tiempo aiudido: p asad o .
Objeto discursivo: a c c ió n co m etid a lle v a d a
ante un tribunal.
Finalidad: persuadir sobre lo justo/injusto.

GÉNERO HOMILÉTiCO Tipo de participación del auditorio:


Com o co n g reg ació n de creyentes.
Tiempo aludido: pasado/presente/futuro.
Objeto discursivo: virtud/vicio.
Finalidad: exho rtar/condenar.
ENSAYO ERUDITO/ Tipo de participación del auditorio:
ARTÍCULOS/ Conjunto de profesores com o árbitros.
TESIS/ Tiempo aiudido: posado/presente/futuro.
EJERC IO O S DE O P O SO Ó N Objeto discursivo: intra e Ínterdisciplinar.
Finalidad: probar la c o m p e te n c ia profesional.

I i ! b J , i . r, .b i s é ti e r o € p i d i c t ic o
o demostrativo

Para. Aristóteles, si los oyentes solamente son espectadores, entes


pasivos, que disfrutan del discurso y cuyo juicio se limita a la habilidad
del orador, es decir, a los aspectos de interés estético-discursivo o al
asentimiento moral sobre una alabanza o un vituperio, nos encontramos
ante un discurso epidictico (demostrativo).
Esta clara unificación aristotélica marca un paso importante para
el género, porque en los comienzos de la oratoria no se concebían como
una unidad los discursos fúnebres, los discursos para las grandes festi­
vidades, ios que se hacían para elogio de personajes míticos o reales, o
aquellos otros para encomiar ciertas ciudades. En la Retórica a Alejandro
(previa a la de Aristóteles), si bien se señalan elementos en común para
todo elogio o vituperio, no se concede al género epidictico el mismo
III . El corpus retórico

8$

rango que a los otros dos, el deliberativo y el judicial.’ 0 Así pues, es


definitiva para el futuro entendimiento de los géneros la clasificación de
Aristóteles. Es demostrativo el que se aplica a la alabanza o vituperio de una
persona determinada, nos dice, ya en Roma, el autor de la Retórica a He-
renio (Rhet. ad Her., I 2). Y Quintiliano: el que contiene la alabanza y la
vituperación (Inst. orat. III 4 12).
Según parecer del propio Quintiliano, fue precisamente Aristóte­
les y luego Tcofrasto quienes habrían separado el género demostrativo
de la parte activa de la elocuencia, considerándolo tan sólo para el
placer del auditorio. Los romanos — siempre según Quintiliano— lo
utilizaron para el ejercicio de ios niños, que se veían obligados por los
rétores a escribir narraciones y opúsculos cuyo objeto era alabar o vitu­
perar a alguien o algo, con la intención de ejercitar el ingenio y formar
el ánimo de los futuros oradores (Inst, orat. II 4 20-22). Por otra parte,
para el rétor Calagurritano este género tiene un claro fin práctico, y no
está tan claramente separado de la actividad política, pues se encuentra
su ejercicio en directa relación con ciertos actos públicos; la defensa de
determinadas actuaciones políticas o actuaciones de políticos, las ora­
ciones fúnebres por prohombres y otras muchas actuaciones de este
tipo que recaen sobre personas que desempeñan cargos públicos.
El género demostrativo, más allá de que tenga o no un fin prác­
tico, requiere como los demás de pruebas, pues hemos de justificar por
qué alabamos un hecho o a una persona; pero lo propio del elogio, nos
dice Quintiliano, es la amplificación y el ornato (Inst, orat. I l l 7 ó). En
cuanto a la materia propia de este género, según la tradición recogida
por el mismo Quintiliano, lo son tanto los dioses como los hombres, e
incluso otros seres animados e inanimados. El gusto romano por el
género demostrativo llevó a hablar y escribir laudatoriamente sobre
asuntos humildes, la llamada adoxografía.2i
Existe una tradición bien desarrollada respecto a los lugares de los
que debe nacer el elogio o el vituperio humano. Veamos el esquema
comparativo que ofrece Jean Cousin respecto a los posibles elementos

Sobre el estatuto del género epidictico en la Retórica a Alejandro, cf. Jo sé


SA N C H E Z SA N Z (ed.), Retórica a Alejandro, Salamanca, Universidad de
Salamanca, 1989, págs, ¡1 ss.
Ci. Jean C O U SIN , Etudes sur ¡¡¡ÿintdien. Contribution a la recherche des sources de
/' Institution Oratoire, Paris, Boivin & Cie Éditeurs, t. I, 1936, pág. 194.
David Pujante / Manual de retórica

86

de alabanza humana que barajan Quintiliano, el autor A d Herennium y


Cicerón:

inst. Orat, Rhet. ad Heren. De invent. De Orat. Par. Orat.


(Iíí.7¡ (111.6.10 ss.) (II.177) (El.43 y 341) (69 y 82)

Elogio referente ai tiempo que ha precedido al nacimiento:

Patria Civitas Patria


Parentes Genus Genus Genus Genus
Maiores Consanguinei Propinqui
Responsa uei
auguria

Elogio referente a (as cualidades del espíritu:

Indoles
Educatio Educatus
Diclplinae
Facta Facta Quid fecerit Quid gesserit
Dicta Eloquentia Quid dixerit
Fortitudo Fortutudo Fortitudo Fortiter
lustitia lustitia iustifia luste
Continenlia Modestia Temperantia Sapienter
C eterae virtutes Prudentia Prudentia Lib eraler
Humaniter
Magnifice
Pie
Grate

Elogio referente a ias cuaiidades del cuerpo

Pulchritudo Dignitas Dignitas Forma i-orma


Robur Uires Uires Uires
Uires Ueiocitas Ueiocllas
Uaietudo Ualetudo Uaietudo

ESogio referente a ias circunstancias externas:

Fortuna Fortuna
Diuitiae Diuitiae Pecunia Pecunia
Potentia Potestas Potentia Opes
Gratia Gioriae Honos
Ill, El corpus retórico

87

Inst. Orat. Rhet, ad Heren, De Invent, De Orat. Par. Orat.


(til. 7} (ill.6.10 ss.) (11.177) (11.43 y 341) (09 y 82)

Elogio referente a la actividad:

Quae solus qui Res genere ipso


fecisse dicetur singulares
Aut primus Nouifate primae
Auf cum paucis Magnitudine
Aut supra spem praestabiles
Aliena pofius Quae suscepta
causa quam sua uidentur a uiris
fotibus sine
emolumento a c
praemio

Elogio después de la muerte:

Mors Mors Mors


Liberi Quales liberos
habeat

Con una clarísima visión práctica, Quintiliano, en la huella de


Aristóteles, considera fundamental el lugar (ubi) donde se vaya a realizar
el discurso de alabanza o vituperio. Debemos saber si la persona a la que
vamos a alabar tiene mala fama en el medio en el que vamos a hacerlo.
Si ya existe un desfavorable juicio previo, es casi imposible confeccionar
un discurso eficaz; y el orador, consciente de ello, tendrá que apurar su
habilidad y echar mano de todos los recursos del arte para hacer mudar
de opinión a sus oyentes.
Si bien cualquier estado de causa puede ser tratado por el género
demostrativo, es evidente que en lo que más está versado es en la cualidad.
Son las cualidades de un héroe, la fortaleza de una ciudad, el lustre
de unos ciudadanos los que conducen principalmente a la realización de
este tipo de discursos.
El discurso epidictico prevaleció, frente los otros dos, cuando el
discurso oratorio en general perdió su sentido político, el que había
tenido tanto en la democracia ateniense como en la república romana.
Pirante Manual de retórica

Desaparecida su relación con el gobierno de la polis, el discurso


reduce su razón de ser a la habilidad que despliega un conferen­
ciante para admirar a su público a la hora de exponer las excelen­
cias de cualquier tema, literario, cultural en general o incluso
nimio (pues se puso de moda la defensa de pequeños asuntos, algo
similar a si hoy construyéramos un discurso defendiendo las exce­
lencias del pañuelo de papel, la excelencia del kleenex). -1

El carácter estético —que, como vimos, diferenciaba a este dis­


curso de los otros dos (y era el aspecto discursivo sobre, el que juzgaba
principalmente el espectador)— es precisamente aquello a lo que, con
el paso del tiempo, se le da una especial preponderancia, justamente
cuando la retórica empieza a ser retórica literaria, cuando ya no puede
proporcionar ningún bien al estado. Aunque todavía durante un período
intermedio lo estético confluía con la función pública a la que se refiere
Quintiliano.
Los encomios eran el tipo de composición adecuada para elogiar al
emperador, al gobernador, a la ciudad de Roma, a la propia ciudad,
es decir, en buena medida la actividad política de la época, por
más que se pudiera pensar que era una actividad dependiente,
limitada, poco honrosa..., se transfirió a este tipo de oratoria. '-’

La proliferación de tratados sobre materia epidictica a partir del


siglo i y durante los siglos il y ni d. de C. indica el éxito de este género,
que se da de forma paralela a la decadencia de los otros dos, más pro-;
totípicamente retóricos, en cuanto más directamente enraizados en bj
actividad política. Como nos recuerda Murphy, en realidad la Institucióm
oratoria de Quintiliano ya era un anacronismo cuando fue escrita, por-j
que la retórica había perdido su sentido fundamental: el ser un instm-j
mentó político de la democracia.
Octavio reinó con el nombre de emperador Augusto durante 44
años, desde el 30 a. de C. al 14 d. de C. Durante los próximos 84

" David P U JA N T E , «El discurso político como discurso retórico. Estado de


cuestión», Teoría/Crítica, 5 (1998), 312.
‘ Introducción de Femado G ASCO a: M E N A N D R O E L RUI OR. Das
dos de retórica epidictica, Madrid, Gredos, 1996, pág. 25.
III. EU corpus retórico

89

años toda una larga lista de emperadores, doce en total, iban a


ejercer el poder omnímodo de Roma, desde Tiberio en el año 14
d. de C. hasta la proclamación de Trajano en el 98. El Senado
romano no iba ya a recobrar su poder. ^

La actuación dictatorial de los emperadores está en relación direc­


ta con la supresión de la libertad de expresión, aire imprescindible a la
retórica para seguir viviendo. A este período se le ha denominado ha­
bitualmente Segunda Sofistica y durante él es cuando el género epidictico
alcanza un gran desarrollo. En esta línea de interés tenemos los hoy
perdidos elogios paradójicos de Dión Crisóstomo: Elogio del mosquito,
Elogio delloro.2,_También en Luciano de Samosata nos encontramos con
elementos del género, como en su Elogio de la mosca. Se propone Luciano
la más difícil de las metas, dentro de la supuesta capacidad que tiene la
sofística para convetir en buena la mala causa, y es, asumiendo un tema
repugnante, realizar no una defensa sino nada menos que un elogio. Sale
con bien por la gracia, el ingenio y la erudición que siempre muestra
este autor. He aquí un breve fragmento:
No trabaja: sin fatiga disfruta de los esfuerzos ajenos y tiene la
mesa puesta en todas partes, pues ias cabras son ordeñadas para
ella, las abejas no trabajan menos para las moscas que para el
hombre, los cocineros condimentan para ella los alimentos, que
prueba incluso antes que los propios reyes; se pasea por las mesas,
participa de sus festines y comparte todos sus goces.26

Destacables son también los panegíricos de Elio Aristides. A él le


debemos el famoso Panatenaico, donde encomia la ciudad de Atenas
haciendo un recorrido por toda la aportación helena: sus dioses, sus
jefes, su historia, sus costumbres. T ambién es suyo el Contra Platón: en
defensa de la retórica.11 Sin duda ésta es la pendiente por la que se deslizó

M jam es M. M U R P ÍIY , «El fin del mundo antiguo: la segunda sofística y San
Agustín», en: J. M. M U R P H Y (ed.), Sinopsis histórica de la retórica clásica,
fi cit.,,pág. 246.
s' Cf. FILO ST R A T Ö , Vidas de los sofistas, Madrid, Gredos, 1982, 487, pág. 76.
“ LU C IA N O , Obras I, ext., pág. 107.
I 17 Cf. Elio A R ÍS T ID E S , Discursos I, Madrid, Gredos, 1987.
David Pujante / Manual de retórica

90

la desnaturalizada retórica camino de lo exclusivamente literario. Preci­


samente es la época en la que aparece una serie de ejercicios escolares
que debemos a Teón, Hermógenes o Aftonio,28 y que luego fueron base
constitutiva de la escritura de muchos literatos. Como nos recuerda
Murphy,
el libro de Aftonio fue vertido al inglés con el título de Founda­
tions ofRhetorike (Fundamentos de Retórica), por Richard Rainol­
de durante la época isabelina y ejerció una gran influencia en
escritores de la talla de Shakespeare.29

■VÜ

Volviendo a las distinciones aristotélicas que configuran su clasi­


ficación de los géneros del discurso retórico, el filósofo nos dice que
cuando el oyente es considerado como árbitro, puede que decida sobre
cosas ya sucedidas, del pasado; o bien sobre cosas futuras. Si el asunto
pertenece al pasado, el oyente es considerado y tratado por el orador como un
juez. Si el asunto pertenece al futuro {...}, el orador considera y trata al oyente
{...] como a miembro de una asamblea popular que toma decisiones políticas,30
Cuando la decisión se refiere a asuntos futuros, que afectan a las
sociedades democráticas en general o a individuos en particular que
integran esas sociedades en las que los discursos de esta índole son
posibles, nos encontramos ante lo que llama Aristóteles discurso delibe­
rativo (también conocido como discurso suasorio). El autor de la Retórica
a Herenio lo definirá así: Se da el deliberativo en los temas sujetos a consejo
y comprende persuasión y disuasión (Rhet. ad Heren., I 2).
Sus temas, según Aristóteles, son los ingresos fiscales, la guerra y
la paz, la defensa del país, las importaciones y exportaciones, las formas

* Cf. TEÓ N , H E R M Ó G E N ES, A FT O N IO , Ejercicios de Retórica, Madrid.


Gredos, mqi.
29 James A4 . M U R P H Y , «El fin dei mundo antiguo: la segunda sofística y San
Agustín», en: J . M. M U R P H Y (ed.), Sinopsis histórica de la retórica clásica.
f; cit., pág. 251.
Heinrich LA U SB ER G , Elementos de retórica literaria, cit., § 60, pág. 107.
I II . El corpus retórico

?!

de gobierno (la legislación); todos ellos asuntos de máxima utilidad para


un estado. Para Quintiliano, sin embargo, y contra quienes restringen el
objeto del género deliberativo a la utilidad, el objeto principal del gé­
nero deliberativo es lo honesto (dignitas). Aunque vienen a coincidir
ambas líneas de pensamiento, pues, como el propio Quintiliano recono­
ce, lo útil siempre coincide con lo honesto (Inst. orat. I I I 8 1).
Nos encontramos ante el género consultivo por excelencia. El
caso modelo, como nos dice Lausberg, es el discurso político pronunciado
ante la asamblea popular, en el que el orador recomienda una acción futura o
la desaconseja.31 La acción futura sobre la que el orador delibera bien
la considera útil para el estado, y entonces la aconseja, bien la considera
inútil, y en tal caso la desaconseja. Dicha acción puede ser: 1) legislar
una ley (con lo que este género entra en apoyo del judicial desde la
perspectiva que le es propia: la utilidad) o bien 2) una acción que ha
de influir de manera decisiva en el curso de la historia de ese estado.
Se puede afrontar de una manera particular o general (como quaestio
finita o infinita). Particular sería la conveniencia de una guerra concre­
ta contra algún enemigo determinado; general, la conveniencia de una
política guerrera, conquistadora con respecto a todos los otros estados
o reinos.
Aunque por su carácter, al género deliberativo le corresponda
principalmente el estado de cualificación, también los otros dos, el de
conjetura y el de definición, tienen cabida en él, como nos dice Quin­
tiliano (Inst. orat., III 8 4). E incluso tiene cabida el status translationis,
que surgiría, según Lausberg,
si el orador fuera interrumpido con la indicación de que no tiene
derecho para dar un consejo en este asunto, o de que la asamblea
en general no tiene el derecho de decidir sobre la acción que se
aconseja.32

Quintiliano diferencia en este género consultivo cuando la consul­


ta es pública y privada, ya que repercute en la estructura del discurso.
Si es privada, no requiere de exordio, dado que quien consulta de ma­
nera personal sobre algo está bien dispuesto a atender. Cuando alguien

Ibidem, § 224, pág. 203.


52 Ibidem, § 237, pág. 211.
David Pujante / Manual de retórica

1)2

pide consejo sobre algo, tampoco hace falta la narración, ya que es


obvio que el consultante sabe sobre lo que consulta (Inst. orat. III 8 6-
i o ). Le parece al rétor Calagurritano fundamental la autoridad moral en

el que aconseja, más que en ningún otro género, porque un consejo gana
sin duda cuando quien lo da es persona digna (Inst. orat. III 8 13). A la
hora de persuadir, Quintiliano considera tres puntos a tener en cuenta:
el objeto de deliberación, las personas que deliberan sobre él y la per­
sona del que aconseja (Inst. orat. III 8 15).
Un elemento importante en los discursos de este género son los
ejemplos: los hechos anteriores de la historia, el prestigio alcanzado por
los consejos de ciertas personas, las empresas similares que acometieron
en el pasado pueden ser de gran ayuda en el género suasorio. Ésta es la
razón por la que Quintiliano dedica un lugar destacado a la prosopopeva
al tratar del género suasorio (Inst. orat. III 8 49).

También en este caso el oyente es considerado árbitro, pero de­


cide sobre cosas sucedidas. E l [género] judicial se basa en la controversia >
comprende procesos criminales o civiles y la defensa (Rhet. ad Heren. I 2). Por
tanto sus tareas (oficios) fundamentales son dos, la acusación y la defen­
sa (Inst. orat. III 9 1:). En consecuencia, y como vimos en la considera­
ción general sobre los géneros, estos discursos se realizan con la finali­
dad de calificar la acción encausada como justa o injusta.
Es el discurso más complejo y el que más atención ha merecido de
los teóricos. Interesa tanto a Quintiliano que, tras hacer la caracteriza­
ción general en el tercer libro de la Institución oratoria, le dedica los
libros IV , V y V I, donde ofrece un tratamiento completo de las partes
y las peculiaridades de los discursos judiciales. Estos discursos están
fuertemente caracterizados por el aspecto dialéctico, pues siempre nos
encontramos con dos discursos similares en los que se defienden puntos
de vista encontrados: la defensa y la acusación dei mismo asunto. Esto
marca de manera muy especial la estructura discursiva del género judi­
cial, ya que los oradores deben tener presente no sólo su particular
posición y argumentar desde su punto de vista, sino que han de const-
Ι ΐΙ . El corpus retórico

93

derar igualmente la perspectiva del contrario y refutarla. Así pues, como


dice Lausberg, la dialéctica se encuentra fuera y dentro, en el enfrenta­
miento de las posturas y en cada uno de los discursos, que prueban su
planteamiento y refutan el del contrario. B
Por el hecho de ser el más complejo y completo de los discursos,
el estudio de su estructura es el que mejor y más pormenorizadamente
se ha llevado a cabo entre los retóricos, y es asimismo la base sobre la
que se estudian las partes del discurso retórico.
Nos dice Quintiliano que las oraciones de este género tienen cin­
co partes imprescindibles: exordio (prohoemium), narración (narratio),
prueba o confirmación (probatio), refutación (refutatio) y epílogo (perora-
tío). Algunos tratadistas añaden a éstas la división (partitio), la proposi­
ción (propositio) y la digresión (excessus) (Inst. orat. I l l 9 i). Son las llama­
das partes prescindibles del discurso.

Como nos dice Perelman, al discurso científico, expositivo-de-


mostrativo, le basta con enunciar la tesis de la que parte y demostrarla
a continuación. Sin embargo, en los discursos que requieren la persua­
sion del público, porque no se construye sobre evidencias sino sobre
interpretaciones, es necesario un tipo de estructuración conducente a
dicho fin. Todo discurso retórico es una estructura textual-pragmática
(como en el caso de la tragedia, que analiza Aristóteles en su Poética,
I449b2i ss.) cuya finalidad es persuadir al auditorio. En ambos casos, en
el discurso retórico y en la- tragedia antigua, nos encontramos con unos
diseños estructurales y funcionales de los textos, dentro de una doctrina
mixta, textual-pragmática. Porque se tiene en cuenta al receptor a la
hora de la constitución de la estructura, y se da una determinada estruc­
tura en función de su efectividad pragmática. En el caso de la tragedia
griega, Aristóteles se encargó de mostramos la relación entre estructura
trágica y catarsis. Resumo la doctrina aristotélica de la tragedia en el
esquema siguiente:

33 Cf. ibidem, §§ 63 γ 140-223, págs. m y 153 ss.


David Pujante / M anual de retórica

94

\ r TEXTO-ESPECTÁCULO... ............ -..................................... ...........................


i ΐ Partes textuales; fáb ula, costum bres, sentencia, dicción
{ j Partes no textuafes: m úsica, e sp e ctá cu lo

Planteam iento nudo --> d esenlace


[anagnorisis
deus ex m achina]

■'ESTRUCTURA DE IN TER ÉS-™ ...........- .....


11
IMPLICACIÓN EM OCIONAL

Tanto las partes textuales (la historia trágica, los personajes, lo


que dicen y cómo lo dicen) como las espectaculares se organizan en
una estructura de interés que tiene como finalidad la implicación
emocional del espectador, su catarsis.34 En el caso de los discursos
retóricos también se impone una manera de construcción en función
de la persuasión por conseguir. El modelo más elaborado por la teoría
retórica antigua, tal y como ya hemos dicho, es el discurso judicial. Es
consenso mayoritario entre autores tanto antiguos como medievales
considerar cuatro (cinco) partes imprescindibles: exordio, narración,
argumentación (probatoria y refutación) y peroración. Entre las partes
prescindibles, como ya hemos señalado, coloca Quintiliano la digre­
sión, la proposición y la enumeración. Partes que se podrían a su vez
integrar en la narración. Ofrezco a continuación el esquema de Mor­
tara Garavelli35, que me parece especialmente interesante para aclarar
la terminología griega o latina con la que el estudiante puede encon­
trarse en cualquier momento:

34 Cf. A R IST Ó T E L E S, Poética, Madrid, Gredos, 1974, págs. 1,45 ss. Cf. Antonio
G A R C ÍA B E R R IO y Teresa H E R N Á N D E Z FE R N Á N D E Z,' La Poéti­
ca: Tradición y Modernidad, Madrid, Síntesis, 1988, apartado 3.Î.
31 Bice M O R T A R Á G A R A V E L L I, Manual de retórica, cit., pág. 69.
III. E l corpus retórico

95

1. proóimion 1. exordium/prooemium/princîpium 1. exordio/proemlo


2. (diégosisj 2. narratio 2. narración/exposición
2a. parékbasls 2a. digressio/egressus 2a. digresión
2b. prothesis 2b. proposiiio/expositio 2b. proposición
2c. partitio/enumeratio 2c. partición
3. pistis 3. Argumentatio 3. argumentación
3a. kataskeué 3a. confirmatio/probafio 3a. confirmación/prueba
3b. anaskeué 3b. refutafio/confutaiio/reprehensio 3b. confutación
4. epílogos 4. Epiiogus/peroratio/concfusio 4. Epííogo/peroración/
conclusion

... Hl exordio

El exordio inicia el discurso retórico. Equivale a principium, en


latín y a προοίμχον en griego. Siguiendo a Quintiliano, podemos decir
que mientras la palabra latina vale para significar principio en general, la
griega tiene un significado más específico: da a entender con bastante
claridad que es la entrada del asunto que vamos a tratar.
El exordio tiene como objetivo conseguir la atención, la docili­
dad y la benevolencia de quienes escuchan. Cuando se comienza una
intervención ante un auditorio, para que el discurso se desarrolle en
condiciones óptimas, es imprescindible, ante todo, que el auditorio
atienda (sin la atención, difícilmente puede seguirse lo demás). En
segundo lugar es necesario que los presentes permanezcan atentos
durante todo el desarrollo del discurso (de nada vale una atención
momentánea); a esa permanencia en ía atención es a lo que los tra­
tadistas clásicos llaman docilidad. En tercer lugar el exordio tiene que
conseguir la benevolencia del público. De nada vale al orador tener un
público atento, permanentemente atento (dócil), si se encuentra mal­
dispuesto. Se puede estar muy atento a un discurso que se intenta
desmontar. Una actitud así no conviene a la intención retórica, no le
es útil.

Aunque sea más habitual hoy refutación, confutación se utiliza en español desde
la retórica renacentista Retórica en lengua castellana de Miguel de S A L I­
NAS. Cf. Elena CASAS (ed.), La retórica en España, cit., pág. 142.
David Pujante / Manual de retórica

?6

La presencia/ausencia de exordio en un discurso retórico así como


ei tipo de exordio dependen de los géneros discursivos y de la natura­
leza de las causas. En el género deliberativo o suasorio, por ejemplo, que
como hemos visto es el género consultivo por excelencia, si la consulta
es privada, la necesidad del exordio en nula, pues siempre consultamos
sobre algo que nos interesa y estamos bien dispuestos a escuchar lo que
quiera que sea que se nos aconseje. Incluso estaremos dispuestos a hacer
un esfuerzo suplementario en caso de no estar demasiado convencidos
del beneficio de lo que se nos aconseja. Si bien, y es opinión de Quin­
tiliano, no debemos iniciar ningún discurso de forma abrupta.
La naturaleza de las causas tiene mucho que ve.r con el tipo de
exordio que conviene hacer, porque la naturaleza de la causa crea un
grado de tensión que varía en función de la relación que se establece
entre dos factores: el grado de defendibilidad de la causa y la necesidad
de captar la simpatía de los oyentes. Cuanto menos defendible sea una
causa, más carne en el asador habrá que poner a la hora de hacer al
público benevolente, biendispuesto para con nuestra propuesta. Quin­
tiliano recogerá la tradición de la Retórica a Herenio y de Cicerón, tra­
dición en la que se habla de cinco tipos de causa: genus honestum (hon­
roso o noble), genus humile (despreciativo o vulgar), genus dubium vel anceps
(dudoso o ambiguo), genus admirabile / turpe (admirable o paradójico) y
genus obscurum (obscuro).
Cuando tratamos de un asunto honroso la tensión, que se estable-
ce entre grado de defendibilidad y necesidad de captar la simpatía es
mínima, lo que hace casi prescindible el exordio. Por el contrario, en los
casos admirables o paradójicos la tensión es máxima y requieren un tipo
de exordio especial que los tratadistas mencionados denominan insinua­
tio. En las causas vulgares, dudosas y oscuras, la tensión es media y el
exordio requerido no ha de ser especial, es el llamado por los tratadistas
latinos principio, y tiene por finalidad la atención, la docilidad y la be­
nevolencia, aunque varíen las estrategias según su tipo. Si tenemos una
causa de género dudoso constituiremos el principio a partir de la benevolencia.
{...} Si la causa es de género humilde procuraremos conquistar la atención (Rhet.
ad Heren., I, 4).
Captaremos la atención si prometemos hablar de cosas interesan­
tes en general o que interesan especialmente a los que escuchan. Con­
seguiremos ia docilidad si hacemos una exposición breve y no cansamos.
III. El corpus retórico

97

En cuanto a la benevolencia, son cuatro los modos de conseguirla: par­


tiendo de nuestra persona, de nuestros adversarios, de los oyentes y de
los hechos.
Los exordios normales (principio) consiguen con argumentos no
encubiertos oyentes atentos, dóciles y benévolos. El exordio especial,
para casos difíciles, debe hacerse de talforma que veladamente y con disimulo
obtengamos también todas esas cosas (Rhet. ad Heren., I, 7). Para estos casos
difíciles existe un exordio en dos partes, muy elaborado, dada la dificul­
tad que el caso entraña para conciliar las voluntades de los oyentes.
Semejante exordio consta de una introducción o principio y de una
insinuación, insinuación porque ante una causa de género afrentoso o
cuando hay presiones o bien aborrecimiento de quien está en la parte
contraria, no se puede actuar directamente y por medio de la insinua­
ción es como debe conseguir el que habla introducirse en los corazones
de los que lo escuchan. (Inst. orat. IV 1 42).
Es necesario que el orador se muestre modesto en el exordio. Esto
debe notarse en el semblante, en la voz, en lo que dice y en el modo de
decirlo (Inst. orat. IV 1 55). La modestia puede descender hasta la apa­
riencia de torpeza, dado que psicológicamente el que se encuentra tor­
pe y en apuros despierta una natural e inmediata simpatía en quienes lo
están escuchando y viendo. Con intención o sin ella, la modestia teñida
de torpeza, cuando se ha dado, ha producido, incluso en la literatura,
estupendos resultados, como es el caso de los escritos de Teresa de
Jesús.
Es conveniente el uso de un estilo sencillo, para que no se note la
elaboración previa (Inst. orat. IV 1 60). Es fundamental la memoria, pues
un fallo de memoria destroza toda la emotividad, la cercanía al auditorio
que se propone el exordio.
Tipos de exordios (según sus defectos) a los que ser refiere Quin­
tiliano en su. tratado (Inst. orat. IV 1 71) son los siguientes:

Exordios vulgares o usuaies Se a co m o d a n a varios asuntos


Exordios com unes Valen p ara el contrario
Exordios conm utab les Pueden convertirse en arm a del contrario
Exordios separados No cu a d ra n con el asunto
Exordios trasladados No se tom an de ¡a misma c a u sa
David Pujante / Manual de retórica

&

{Ejemplo González-Aznar]
En los discursos realizados por el Presidente del Gobierno, Don
Felipe González, y por el líder de la oposición, Don José María
Aznar, en la primera sesión del Debate sobre El Estado de la Na­
ción de 8 de febrero de 1995, el «caso» del exordio fue la condena
de un asesinato perpetrado por el grupo terrorista vasco ETA; el
de Gregorio Ordóñez, un. miembro del partido mayoritario de la
oposición (PP), ocurrido días antes. Es éste un exordio expuesto
por el Presidente González, con modestia en el semblante, en la
voz y en el modo de mostrar Ía condena: sin tintes exagerados,
aunque con firmeza. Si bien el tipo de exordio, en un principio,
podría ser considerado de los «comunes», no lo es en realidad, ya
que la. propuesta de ganar la lucha al terrorismo se realiza partien­
do del programa socialista. A continuación, el entonces líder de la
oposición, Don José María Aznar, para su inicio de discurso uti­
lizó el mismo motivo, el asesinato de Gregorio Ordóñez.37

Los tipos de exordio que señala Quintiliano, pese a la debilidad o


vicio que caracteriza a cada uno de ellos, no son desechables por prin­
cipio, y muchas veces han sido utilizados por los grandes oradores.
Además se puede hablar también de exordios largos y de exordios con­
tra las reglas. Los defectos por los que Quintiliano caracteriza estos
tipos de exordio no son exclusivos del inicio, sino que son defectos
aplicables a todo el discurso.
Antes de dar por concluido este apartado quisiera hacer dos con­
sideraciones todavía. En primer lugar (y ha de servir lo que ahora diga
para el resto de la preceptiva que se desarrolle a continuación), en la
mente de los más conspicuos rétores no estuvo jamás la idea de estable­
cer unos principios inamovibles para la confección de cada una de las
partes del discurso retórico. Ellos saben que el arte no puede enseñarlo
todo, que tiene sus límites, y que para traspasar esos límites el hombre
sólo cuenta con su naturaleza. Los recursos entonces ya no son los de la
racionalidad constructiva, sino esos otros que vienen de la intuición o
de la sugerencia. Quintiliano nos ofrece al respecto un espléndido ejem-

Cf. David PU JA N T E y Esperanza MORALES, «Discurso político en la ac-


ä tuai democracia española», Discurso (otoño 1996, primavera 1997), 39-75·
III. El corpus retórico

pio para meditar sobre este particular, el del pintor Timates de Citnos
(siglo IV a. de C.):
Teniendo que representar el sacrificio de Ifigenia, había pintado a
Calcante triste, todavía más triste a Ulises, y había dado a Mene­
lao el máximo de aflicción que su arte era capaz de conseguir:
habiendo agotado todos los signos de emoción, y no sabiendo de
qué modo podía dignamente dar expresión al rostro del padre
[Agamenón], le cubrió con un velo la cabeza y dejó a la capacidad
de cada uno la estimación de su dolor (bist. orat. II 13 13).
Los artistas entienden bien este ejemplo. Lo vemos recogido a lo
largo de los tiempos, como en la Elegía a don Pedro de Castro, en la muerte
de su hermano, obra de nuestro poeta del Siglo de Oro Juan de Jáuregui:
Fuerza será que el húmido semblante
un velo cubra a tu querida esposa,
pues no hay estilo a su dolor bastante.

El reconocimiento de los límites de la preceptiva trae consigo la


falta de rigorismo, la ausencia de dogmatismo que, sin embargo, pode­
mos apreciar en momentos posteriores de la historia de Occidente,
momentos pretendidamente clásicos en los que se obligó a un uso feroz
de las conocidas reglas de las tres unidades en el teatro; unidad de
acción, unidad de lugar y unidad de tiempo. Quintiliano, cuya obra es
uno de los pilares para la interpretación del pensamiento clásico en
materia retórica, e incluso poética (por la estrecha relación que se es­
tableció entre ambas disciplinas), jamás da reglas fijas para las partes ni
para la disposición general del discurso. Considera que las reglas varían
con las circunstancias, la ocasión y la necesidad, dado que el fin siempre
es lo apropiado a cada discurso y el interés de la causa particular (Inst.
orat, II 13 8).
La segunda de las consideraciones a las que me he referido para
concluir este apartado tiene que ver con la importancia de los inicios en
general: inicios discursivos, inicios narrativos. Ciertamente, de meter­
nos por el mundo de la literatura, donde se espejan tantos problemas de
la retórica, tendríamos que atender a asuntos tan apasionantes como (lo

■5S Juan de JÁ U R E G U I, Obras 1. Rimas, Madrid, Espasa-Calpe, 1973, pág. 48.


David Pujante / Manual de retórica

100

diré con palabras de Mortara Garavelli) los problemas que plantea a un


autor el hecho de comenzar a componer, los efectos que tienen sobre el lector las
primeras frases de un texto y cómo éstas determinan la continuación de la lectu­
ra. 39 Para un español resulta difícil sustraerse a la consideración del más
representativo de los ejemplos de la literatura en lengua castellana, ei
comienzo del Quijote: En un lugar de la Mancha. Un octosílabo (el verso
más castellano), que a su vez es un eco de un romance del Romancero
general, que por otra parte constituye una fórmula paradigmática del
inicio narrativo de cualquier cuento tradicional, sin que hayamos de
despreciar el guiño de ojo que hace Cervantes a los inicios que son
propios de los relatos caballerescos (la cercana Mancha frente a tanto
nombre fantástico aprendido por los lectores del tiempo cervantino
como cuna de los distintos Palmerines, Felixmartes y Esplandianes. Aun
siendo cierto que La Mancha cervantina es de sospechosa realidad, se
muestra sin duda como un lugar imaginario. Tanto es así que se disculpa
Manguel por no incluirla en su guía de lugares imaginarios40).

Ésta es la segunda de las partes del discurso retórico y sigue al


exordio. En los discursos judiciales, los más complejos, con ia narratio
se declara la cosa sobre la que se va a sentenciar. En general, en todo
discurso, la narración es la exposición de hechos como consideramos
que han ocurrido o como suponemos que han de ocurrir. Es nuestra
mirada al pasado, al futuro o bien instalada en el presente sobre unos
hechos en cuestión. Por ejemplo, cómo vemos la actuación (en tiempo
pasado) de un hombre acusado de homicidio, cómo consideramos que
se desarrollará (tiempo futuro) una guerra contra los turcos, cuál es
nuestra postura ante un héroe o ante un dios sobre los que hacemos una
oración funebre o una alabanza.
La narración sigue una serie de leyes que constituyen importante
venero para los estudiosos de los procedimientos narrativos de la litera-

w Bice M O R T A R A G A R A V E L L I, Manual de retórica, cit., pág. 74.


ÿ 40 Cf. Alberto M A N G U E L y Gianni G U A D A LU PI, Breve guía de lugares ima-
1 ginarios, Madrid, Alianza Editorial, 2000, pág. n.
III. El corpus retórico

ιο ί

tura, y la permanencia de estos recursos a lo largo de los tiempos nos


enfrenta con un tema fundamental en todo ámbito comparativo: la iden­
tificación de lo que es universal y de lo que es distintivo, en nuestro caso,
en la tradición retórica en comparación con otras tradiciones discursivas.
En la tradición doctrinal retórica sobre la narración hay una dife­
rencia terminológica importante: lo que llamaban los griegos próthesis
(exposición), que sería la forma genérica retórica de cualquier exposición
de hechos; y la diégesis (narración), que sería una especie de la genérica
próthesis o exposición, y que identificamos con la propia de la segunda
parte del discurso retórico. Dentro del discurso retórico podemos en­
contrarnos exposiciones especiales en lugares que no son el de ía narra-
tío retórica. Podemos, por ejemplo, hacer un excurso narrativo, contar
algo en un lugar del discurso que nada tiene que ver con la exposición
de la causa, que es accesorio, que nos viene bien como procedimiento
retórico, que es también una exposición de hechos, pero que no es la
narratio.
En esta línea diferenciadora, Cicerón considera que hay tres ti­
pos de narración (narrationum genera): la primera incluye la propia causa
y el estado de la controversia (Cicerón, De invent, i 19). Es una descrip­
ción del estado de la causa. Puede que defendamos en un discurso: 1)
que no está claro si existe homicidio (¿ha matado el encausado a la
víctima?), o bien 2) que hay homicidio pero no asesinato (la ha matado
involuntariamente), o bien 3) que ha habido asesinato pero con ate­
nuantes (un asesinato en un estado de ira, de locura). La narración nos
obliga a exponer todo lo que constituye el fundamento de ía argumen­
tación que seguirá. Exponemos cómo creemos que ha sucedido todo
y luego lo argumentaremos.
La segunda ciase de narración contiene una digresión externa a la causa
y tiene comofinalidad acusar, comparar, divertir de manera acorde con el tema
que se discute o amplificar (Cicerón, De invent. 1 19). Es una narración
dentro de la narración o en cualquier parte del discurso retórico, como
cuando narramos un ejemplo. Consiste en alejarse del sujeto principal
con la intención de hacer una aclaración o simplemente ornamentar
para el agrado del auditorio.
La tercera clase es ajena a las causas civiles; su único objetivo es agradar
pero sirve también como útil ejercicio para adiestrarse en el hablar y en el escribir
(Cicerón, De invent. 1 19). Es ía narración literaria, que corresponde
David Pujante / Manual de retórica

102

principalmente al arte poética pero que es muy útil al arte retórica.


Según se centre dicha narración en los hechos o en las personas tendre­
mos una doble clasificación. Las centradas en la exposición de los he­
chos se dividen en relato legendario o fábula, historia y ficción. La
fábula narra hechos que no son ni verdaderos ni verosímiles. La historia
narra los hechos verdaderos aunque sean inverosímiles, la ficción narra
hechos imaginarios pero verosímiles (hubieran podido ocurrir). Cuando
la narración se centra en las personas, hay que mostrar con los hechos
el lenguaje y el carácter de los personajes, lo que Lausberg llama la
narración personal como novela psicológica (Lausberg, 1975 § 290).
Los genera narrativos a los que acabo de referirme no se conside­
ran como importantes por Quintiliano (inst. orat. IV 2 2-4), aunque en
el libro II de la Institutio oratoria atiende los tres tipos de narración que
podemos llamar literaria o poética: fábula, argumento (o narración fic-
cional) e historia. El estudio de estos tipos de narración poética (poé­
tica en el sentido amplio de narración creativa) dice que se deben dejar
a los gramáticos (Inst. orat. I 9 y II 4 2), es decir, que no son objeto de
consideración por parte de los rétores. En realidad responden a ejerci­
cios escolares similares a los que hoy conocemos como redacciones
(sobre la primavera, sobre la vaca lechera o tantos otros temas de redac­
ción bien conocidos por los escolares). Sirven, como indica Cicerón,
para adiestrar en la escritura (y si se exponen públicamente en la clase,
para adiestrar en el habla). Representan un nivel inferior al uso de la
narratio como parte estructural del texto del discurso retórico, cuya
finalidad es distinta: la persuasión.

111,b , i.. 2 .2 ,a .Las vi r í u d e s o ar r a ti vas

Aunque la narración comparte el fin general del discurso que es


persuadir (se consiga o no), su fin específico es enseñar o instruir (docere)
al oyente sobre el asunto traído a controversia (Inst. orat. IV 2 31), para
lo que se ayudará del delectare (hay que enseñar distrayendo) y del movere
(mientras se informa hay que conmover al juez). Es al docere, es decir, a
la instrucción del caso (que, como hemos dicho, es lo nuclear en la
narración), a lo que sirven las tres virtudes o leyes básicas de la narra­
ción, a saber: la claridad, la brevedad y la verosimilitud.
Ill, El corpus retórico

103

Esta doctrina de las virtudes narrativas, que recoge Quintiliano,


parece remontarse a Isócrates, pero posiblemente sea más antigua;41 lo
que indica que semejantes leyes de la exposición narrativa de la causa
fueron evidentes para los maestros de' retórica desde los albores. Existen
otras virtudes complementarias, que están principalmente al servicio del
delectare y del movere, y que son virtudes ornamentales; pero las básicas
son la claridad, la brevedad y la verosimilitud,
C L A R ID A D .—La narración tiene que ser abierta a la compren­
sión de todos y limpia, clara en suma: la llamada narratio aperta por
Cicerón (De invent, 1 2 28) y aperta adqne dilucida por Quintiliano (Inst.
orat. IV 2 36). Para conseguir en la narración esa apertura hacia todos,
para la comprensión de cuantos oyen, le corresponde poner su granito
de arena a todos y cada uno de los niveles operativos: al inventivo, pues
debe ser una narración con las ideas claras; al dispositivo, puesto que
dichas ideas deben disponerse y encadenarse también con absoluta cla­
ridad; también al nivel elocuüvo, ya que debe ser claro el lenguaje
empleado, con palabras apropiadas, evitando lo rebuscado y extraño; e
incluso atañe esto de la claridad a la operación última, la actuativa, dado
que resulta necesario que la pronunciación sea también clara, nunca
entre dientes o en tono bajo o con la mano ante la boca, por poner
ejemplos evidentes que entorpecerían la claridad en este último peldaño
de la manifestación discursiva.
BR E V E D A D .—En segundo lugar la narración debe ser breve.
Quintiliano, siguiendo la línea de la Rhetorica ad Herennium (Rbet ad
Heren. I 15) y del De oratore (De orat. II 326) de Cicerón, considera que
la narración debe dar comienzo en el lugar que conviene para informar
al juez, y no antes; no debe salirse deí asunto; debe omitir todo lo
superfluo, todo aquello que no interesa para la mejor inteligencia y para
la mayor utilidad de la causa (Jnst. orat. IV 2 40). No es cuestión de ser
breve en cada parte de la narración, sino en su conjunto. Quintiliano
ofrece un estupendo ejemplo para evitar confusiones a este respecto:
«Llegué al puerto, vi el navio, pregunté la tarifa del viaje, nos
pusimos de acuerdo sobre el precio, embarqué, levaron el ancla,
soltaron amarras, partimos». Ninguna de estas particularidades

41 Cf. Jean C O U SIN , Etudes sur ^'uintilien. Contribution a la recherche des sources de
l Institution Oratoire, cit., pág. 232.
David Pujante / Manual de retórica

104

puede expresarse con mayor rapidez, pero basta con decir: «sali­
mos de puerto» (Inst. orat. IV 2 41).

La narración, pues, ha de ser concisa, carente de superfluidades,


pero sin pecar por el lado contrarío, es decir, un cxccso de brevedad que
la hace carecer de algunos elementos necesarios. No hay que decir ni más
ni menos de lo necesario. Si contamos las cosas por encima, recortando
aspectos que son necesarios, nos volvemos oscuros. Si lo superfluo fasti­
dia, omitir lo necesario es peligroso. De cometer uno de los dos defectos
extremos, Quintiliano prefiere la prolijidad (Inst. orat. IV 2 44),
Hay épocas en que se valora de manera especial la brevedad. Su­
cede en nuestro actual mundo,7 frenético en todo νv' también a la hora de
la lectura de novelas o de libros en general. Es, pues, un valor añadido,
presupuesto al interés de una novela de nuestro tiempo, su brevedad. Lo
suelen tener en cuenta las editoriales. Así se impone el relato, el cuento,
frente a la tradición decimonónica de la gran novela. En la Edad Media,
por otras razones, también existió una obsesiva tendencia a la brevedad
en literatura. Como nos dice Curtius:
El empleo tan extendido, y a menudo inadecuado, de la fórmula
de brevedad en la Edad Media tiene diversas razones. El sentido
primitivo de la recomendación se perdió muy pronto, lo mismo
que el de narratio. La idea de que la exposición de un hecho que
había de ser juzgado por los tribunales debía ser concisa se aplicó
contradictoriamente a todos los tipos de discurso y se convirtió
en uirtus dicendi en general. Por su parte, el concepto de narratio
se hizo también extensivo a toda la literatura, incluyendo la poe­
sía y por tanto la epopeya.4~

Se intentó justificar (ya que eran indudablemente perfectos) la


prolijidad ocasional de los modelos clásicos, como Homero y Virgilio,
compaginándola con lo sucinto (era prolijidad necesaria, obligada por
los temas que trataban). Se vio además en esos momentos la brevitas
como precepto bíblico: Lo he escrito brevemente, dice Pablo (Efesios 3 3);
como antes, y al parecer siguiendo la misma preceptiva, había reducido

+ϊ Ernst Robert C U RTIU S, Literatura europea y Edad Media latina, México,


I Fondo de Cultura Económica, 1984, pág. Ó85.
III. El corpus retórico

a lo principal el profeta Daniel su sueño y sus visiones: luego escribió el


sueño, y relató lo principal del asunto (Daniel η i). Como señala Curtius,
adquirió la brevedad en todas las manifestaciones literarias una impor­
tancia que no había tenido en la Antigüedad. Se puede ver en las poé­
ticas latinas de ios siglos xn y xiii. Tienen como tema principal los
antitéticos procedimientos estilísticos de dilatatio y de abbreuiatio. En
Mateo de Vendóme nos encontramos el primer teórico moderno en
relación con la búsqueda de la brevedad (aunque todavía no conozca la
anternativa amplificatío-abbreviatio) y critica los usos antiguos, excesivos,
en cuanto a las metáforas, las figuras retóricas y las digresiones que
frecuentaban los escritores clásicos. Aunque hay quienes quieren ver el
origen de 1a. doctrina sobre la amplificatio y la abbreviatio en Quintiliano,
no es algo claro, pues el amplificare vel minuere de Quintiliano (inst. orat.
V II I 4 i) más bien parece referirse a la exigencia de que el orador
represente las cosas grandes como pequeñas y las pequeñas como gran­
des. Considera Curtius que la única fuente antigua para la doctrina
medieval sobre la brevedad y la amplificación viene de los diálogos de
Platón,1’ cuando Gorgias responde a Sócrates:
Hay respuestas, Sócrates, que requieren largas explicaciones; no
obstante, trataré de responder del modo más conciso posible.
Pues, en verdad, esa es una de las cosas de que me glorío: que
nadie puede decir lo mismo que yo en más breves términos.44

El otro texto es del Pedro, al que también se refiere Curtius, en el


que nos encontramos el amplificare vel minuere de Quintiliano junto a la
doctrina de la amplificatio-abbreviatio. Dice Sócrates, sobre Tisias y
Gorgias:
Tisias y Gorgias, que hacen., por la fuerza de la palabra, que
las cosas pequeñas parezcan grandes y las grandes pequeñas {...} y
que han descubierto el modo de condensar o alargar indefinida­
mente cualquier discurso.45

Ibídemu págs. 682-691.


44 PLATO N , Gorgias, o de la retórica, 449c, en: P LA TO N , Obras completas, cit.,
pág* ·;ν···
4Í .PLATON, Fedro, o de la belleza, 267 b, en: PLATO N , Obras completas, cit.,
pág. 877.
David Pujante / Manuaí de retórica

106

Dicho así, es una crítica a unos procedimientos innecesarios, que


se aplican según el gusto o el interés particular deí orador. Y en esta
misma línea se mueve la crítica de Aristóteles cuando, hablando de la
narración, comenta: se dice, ridiculamente, que la narración debe ser rápida
met. m ió 30).
V E R O SIM IL IT U D .— La tercera de las virtudes narrativas es la
verosimilitud. La necesidad de esta virtud la encontramos, como en el
caso de las anteriores, en la Retórica a Herenio (La narración será verosímil
si la presentamos como exige la costumbre, la opinión y la naturaleza, Rhet. ad
Heren. I 9) y en Cicerón (La narración será verosímil si en ella aparecen las
características habituales de la vida real {...], De invent. I 20 21-29), y, por
supuesto, también se muestra como virtud básica en Quintiliano, quien
una vez más se acoge a la tradición ciceroniana. Los principios que hay
que seguir para conseguir una narración verosímil los desglosa de la
siguiente manera Cicerón en De invent. I 20 21-29:
I. En la narración deben aparecer las características habituales
de ia vida real (-mundo verosímil).
II. Debe haber respeto al rango propio de los personajes (ca­
racteres verosímiles).
III. Una buena explicación de las causas de los acontecimientos.
IV. Se debe indicar que hubo ocasión para cometer los hechos.
V. Se debe mostrar que las circunstancias eran favorables, el
tiempo suficiente y el lugar oportuno para realizar los hechos que
se narran.
VL Los hechos han de ajustarse a la índole de los participan­
tes, a ia opinión pública y a los sentimientos de los oyentes.

Como vemos, entre los principios que ofrece Cicerón se encuen­


tran en primer y segundo lugar un mundo verosímil y unos caracteres
(de los personajes) también verosímiles, Al igual que sucede con la crea­
ción literaria, cuanto se narra en un discurso retórico tiene todo ello
(hechos y personajes) que ser verosímil. El concepto de verosimilitud
está estrechamente ligado en nuestra tradición cultural a la teoría mi­
mé tic a del arte, tal y como se configura en ia Poética de Aristóteles. La
relación básica entre realidad y obra de arte pasa por la verosimilitud,
que es un mecanismo para crear ilusión de realidad. Es un mecanismo
difícil de concretar, ya que no se limita a ser exclusivamente un meca-
I II . EJ corpus retórico

nismo confeetivo textual, sino que se enraíza en ámbitos extratextuales,


contextúales y sociocuiturales.46
Dice Aristóteles en su Poética que lo que diferencia a un historia­
dor de un poeta (un creador en general) es
que uno dice lo que ha. sucedido, y el otro, lo que podría suceder.
Por eso también la poesía es más filosófica y elevada que la his­
toria; pues la poesía dice más bien lo general, y la historia, lo
particular. Es general a qué tipo de hombres les ocurre decir o
hacer tales o cuales cosas verosímil y necesariamente, que es a lo
que tiende la poesía, aunque luego ponga nombres a los persona­
jes; y particular, qué hizo o qué le sucedió a Alcibiades.47

Un historiador se ve obligado a contar todo lo acontecido, por


extraño e inverosímil que sea (a veces suceden cosas en el mundo que,
de no verlas, no las creeríamos). La verdad es la regla por la que medir
al historiador. Pero en un relato de ficción el autor se encuentra más
cortapisado, a no ser que pretenda ofrecernos un relato fantástico,
maraviUesco. La regla por la que lo medimos es la verosimilitud de su
relato. Ha de ser verosímil lo que cuenta, en cuanto a los hechos y en
cuanto a las intervenciones de sus personajes (los caracteres del relato).
En relación con esta idea poética, que en la Antigüedad nos dejó for­
mulada Aristóteles para toda obra literaria, se encuentra el decorum tea­
tral, que exige que los personajes hablen de acuerdo con su rango, y que
así, por ejemplo, el autor nunca haga hablar al rey como si fuera un
pastor y viceversa. Es igualmente evidente para ia oratoria la necesidad
del decoro como la manera apropiada de hablar sobre cada asunto y en
cada ocasión. Sin embargo, ¿ha de ser verosímil también en la narración
de los hechos y en la manifestación de los caracteres? Como la historia,
el discurso oratorio trata sobre lo particular, y no sólo sobre lo particu­
lar que podría suceder en un futuro (discurso suasorio) sino sobre lo ya
acontecido (discurso judicial). Si seguimos la distinción aristotélica, se
encuentra el discurso retórico más cerca de la historia que de la crea­
ción. Con todo debe regirse por el principio de verosimilitud. Un ora­
dor debe mostrar coherencia en la narración de los hechos para que los

* Cf. G. G E N E T T E , Figures I I I, París, Seuil, 1972, pág. 31.


d 47 A R IST O T E L E S, Poética, 1451b 4-11, cit., pág. 158,
David Pujante / Manual de retórica

108

que escuchan crean en su relato, y debe hacer hablar verosímilmente a


las personas implicadas, es decir, poner en su boca palabras que resulten
apropiadas a su manera de ser, a su cultura, a todas sus características.
Porque otro de los principios que da Cicerón como necesario para la
verosimilitud es que los hechos han de ajustarse a la opinión pública.
Cuando el público tiene una opinión hecha de una persona, difícilmente
aceptará una visión radicalmente opuesta sin un razonamiento penoso,
minucioso y muy bien probado por parte del orador. Por eso resulta
siempre más fácil inculpar a un delincuente. Más arriba decíamos que la
construcción de la verosimilitud se enraíza en ámbitos extratextuales,
contextúales y socioculturales. La realidad del contenido de la narración
—nos dice Lausberg glosando al autor de la Retórica a Herenio— .fe le
sugiere al público como una experiencia normal de su vida y en concordancia con
las firmes opiniones que tiene formadas sobre esa experiencia. 48

HISTORIA V erdad
POESÍA Verosimilitud
ORATORíA Verosimilitud

La relación entre historia,7 creación literaria vy oratoria nos vuelve


a situar ante el problema básico que enfrenta a filósofos y sofistas:
verdad frente a verosimilitud. Y nos hace preguntarnos ¿hasta qué pun­
to la verosimilitud poética aristotélica es la verosimilitud retórica? En
cuanto que la historia y el discurso oratorio tratan de lo particular,
deberían coincidir en la verdad. Si no es así, nos vemos obligados a
emparejar discurso oratorio y ficción literaria en su común referencia a
lo verosímil, descalificando con ello el ejercicio retórico (en la línea ya
conocida por todos nosotros: 1a. referencia última de la retórica es la
apariencia y no la naturaleza de las cosas, y su objetivo, la verosimilitud
y no la verdad, Pedro, 26η a-b). Si permanecemos en el ámbito del pen­
samiento aristotélico no hay manera de salir de esta encrucijada. Sólo si
sustituimos lo contingente por lo que parece esencial, la verosimilitud re­
tórica se pone de igual a igual con la verdad filosófica. El problema
una vez más es el enfrentamiento del homo rhetoricus con el homo serio-

4i Heinrich LA U SB ER G , Manual de retórica literaria, cit., § 326, pág. 286.


III. El corpus retórico

109

sus.'19 Este último propugna un. ahí fuera independiente del hombre,
referente inmutable, verdad absoluta; csencialismo contra el que está el
primero, el homo rhetoricus, que no se entrega a ninguna construcción
única del mundo, y su realidad es lo que acepta sinceramente como
realidad. Lo que la verdad es en la dimensión semántica representativa, es la
sinceridad en la dimensión semántica expresiva, dice Martínez Bonati.50
Los retóricos considerarán la verdad como configuración discursiva de
su sincera expresividad. Dice Eish:
Si la verdad más elevada para un hombre cualquiera es lo que él
cree que es esa verdad (Teetelo , 152a), la habilidad que produce esa
creencia y, por consiguiente, establece qué es verdadero en un
tiempo y un lugar determinados, es la habilidad esencial para la
construcción y mantenimiento de una sociedad civilizada. En
ausencia de una verdad revelada, la retórica es esa habilidad, y
cuando los sofistas la enseñaban, enseñaban «la única cosa que
importaba: cómo ocuparse de los asuntos propios y de los asuntos
del estado».51

La verosimilitud retórica tiene una relación estrecha con el carác­


ter constructivo que de la realidad hacemos a través del discurso. Cuan­
do no tenemos otra manera de acercarnos a la verdad sino haciendo una
construcción verosímil de los hechos, el mecanismo de verosimilitud es
clave para establecer nuestra visión de las cosas del mundo y está en
relación directa con nuestra ética. Lo que valida la acción retórica es la
certeza de que la construcción discursiva es constitución de significado.
Un retórico no puede hablar de una manifestación univoca de la reali-

El más reciente acercamiento que conozco entre homo rhetoricus y homo serio-
sus lo constituyen las tesis de Oesterreich, en las que comienza por
definir al hombre como un ser retórico (tesis I) y considera la filosofía
en general como una creación del homo rhetoricus (tesis IX), consideran ­
do que la actual metacrítica retórica a la filosofía está dirigida tanto
;. contra la metafísica clásica como contra su antagonista, ía desconstruc­
ción posmoderna (tesis X): Peter L. O E S T E R R E IC H , «Thesen zum
homo rhetoricus und zur Neugestaltung der Philosophie im 21. Jahrhun­
dert», Rhetorica, 20, 3 (2002), 289-298.
50 Félix M A R T ÍN E Z BO N A T I, La estructura de la obra literaria, Barcelona,
Ariel, 1983, pág. iço.
” Stanley EÍSH, Práctica si» teoría: retórica y cambio en la vida institucional, cit.,
págs- 270-271.
David Pujante / Manual de retórica

lio

dad, previa al discurso, porque lo invalidaría. Un retórico hablará siem­


pre de una interpretación de la realidad, que pasará por los siguientes
presupuestos: tendrá que hacer una previa consulta, de su ánimo para no
decir nada contrario a lo que considera la naturaleza de las cosas, siem­
pre tendrá que hacer preceder la exposición de los hechos por las causas
y motivos de los mismos, y tendrá que llevar a cabo la pintura de los
caracteres (o personas implicadas en los hechos) en armonía con dichos
hechos si queremos que sean creíbles. El elemento básico para que
funcione este gran esfuerzo es la verosimilitud. Para un retórico la ve­
rosimilitud está en función de la utilitas, es un elemento fundamental de
la finalidad pragmática de la narración y, en consecuencia, del discurso
en el que se inserta. Como ya expuse en otro momento, reflexionando
sobre la verosimilitud en la obra de Quintiliano:
Más que una plantilla que permita configurar el contenido discur­
sivo como equivalente de una realidad exterior, parece ser {...] un
conjunto de leyes de coherencia que son las que practican los
hombres cuando interpretan el mundo y las únicas que se pueden
emplear en una narración si se quiere que el oyente la crea.

Tal y como dijimos antes, el concepto de verosimilitud está en


relación con el de mimesis y ello en tanto que toda narración tiene como
finalidad hacer una imagen de mundo y esa imagen tiene que ser coheren­
te. Es algo en lo que podemos todos estar de acuerdo, nos situemos
donde nos situemos, creamos o no en la posibilidad de objetivar la
realidad. Dicha finalidad, la de hacer una imagen de mundo, es compartida
por la literatura y por la oratoria. Literato y orador deben ser fíeles a su
idea de mundo, la idea del que construye un mundo ficticio (poeta) y la
idea del que construye el mejor de los mundos en el que quiere vivir con
sus conciudadanos (orador). En esa fidelidad de visión se inserta la ve­
rosimilitud:
La imitación poética debe ser, como toda imitación, fiel a la idea
de mundo, pues ésta sí es condición necesaria de toda imagen, en
cuanto que es necesariamente imagen de algo, y fiel a la idea de

^ David P U JA N T E , E l hijo de ία persuasión. Quintiliano y el estatuto retórico, cíe.


5 pág. 98.
III . El corpus retórico

III

nuestro mundo, en cuanto que es imagen hecha de nuestra lengua.


Según Aristóteles, debe la poesía ciertamente ser fiel, si bien no
a hechos singulares, sí a la naturaleza general de nuestro mundo.
jT .J El concepto de verosimilitud reside en. esta verdad general o
^simbólica de la imitación.M

Podemos finalmente decir que la verosimilitud narrativa es la vir­


tud por excelencia, pues —como dice Lausberg— la propiedad probabilis
abraza y comprende en sí las propiedades brevis y aperta.í4 La claridad expo­
sitiva es la base de la verosimilitud, y cuanto más verosímil resulte una
narración más fácil será la posterior probatoria discursiva.

La narración literaria entra, como hemos podido comprobar, den­


tro de los diferentes tipos de narración que son considerados en algunos
tratados de retórica. Aunque se vea como un simple ejercicio retórico
este tipo de narración literaria, ya el hecho de la utilidad que tiene para
el futuro orador, para adiestrar al aprendiz de orador, indica la clara
relación que guarda con la parte efectiva del discurso retórico denomi­
nada narratio. La exposición de hechos, sea en un discurso social (epi­
dictico, suasorio o judicial) o en una narración creativa (poética en su
sentido primero), requiere unas técnicas y está regida por unas leyes que
son válidas, en sus aspectos más generales, para toda narración.
En el siglo xx hemos asistido a un intento muy serio por parte de
ios teóricos de la literatura de ofrecer la lógica de los posibles narrativos
(por utilizar un conocido enunciado de Claude Bremond). Los primeros
formalistas rusos (teóricos pertenecientes a 1a. vanguardia rusa de prin­
cipios del siglo xx), aunque dedicados principalmente a la lírica, no
desatendieron la lógica que rige todo relato, es decir, esas exigencias
básicas que toda serie de acontecimientos debe cumplir para ser orde­
nados en forma de relato y constituir algo inteligible. Y Propp, uno de
.os últimos formalistas rusos, se preocupó por determinar los universa-

*·' Félix M A R T IN E Z B O N A T I, La estructura de la obra literaria, cit., página 72,


Heinrich LA U SB ER G , Manual de retórica literaria, cit., § 324, pág. 284.
David Pujante / Manual de retórica

112

les estructurales del particular universo del cuento ruso. Medio siglo
más tarde — tras haber fructificado en Occidente la diáspora formalista
propiciada por las prohibiciones estalinistas— esta labor reflexiva en
torno a los universales del relato se continuaba por parte de los neofor-
malistas, entre cuyas figuras más destacadas estaba Todorov, que procu­
ró crear una gramática del Decameron, y también toda una serie de na-
rratólogos de obligado recuerdo como A. J. Greimas, J. Kristeva o G.
Genette. Como resume Pavel:
La semiótica, estudio general de signos, y la gramática del texto,
estudio general de obras escritas, tuvieron importancia crucial a la
hora de ayudar a los especialistas en literatura a situar sus objetos
de estudio dentro de un ámbito mucho más amplio. Poco a poco
se fue comprendiendo que muchos de los recursos que en un
principio se habían atribuido a una obra concreta o al genio del
autor podían explicarse por medio de patrones estructurales o
poetológicos. ”

Aunque ya al final del período de auge de la narratología, algunos


de sus más destacados componentes (pensemos en Roland Barthes)
comprendieron que la tratadística retórica, que tanto había ofrecido
(por no decir todo) a la poética histórica en los aspectos elocutivos,
también podía ser importante venero de ideas para la comprensión de
las técnicas y de los universales lógicos de la narración.
Ciertamente la retórica había notado ya algo que hoy se hace
evidente a cualquier estudioso de la narración literaria, a saber, que hae­
dos niveles operacionales básicos, el de la expresión y el de la estructura
narrativa. Se correpondían para los tratadistas retóricos con las dos
operaciones retóricas que atañen a la construcción del texto discursivo:
la dispositio y la elocutio. Desde siempre el aspecto elocutivo en literatura
ha sido estudiado como fundamento de lo particular literario, y el len­
guaje literario ha entrado largo tiempo en ese saco que todo lo admite
denominado serm.o ornatus. Cuando la retórica perdió su función políti­
co-social, lo que proliferó fue una serie de tratados sobre los estilos. Los

” Tomas G, PAVEL, «Narraciones literarias», en: Teun A. van D IJK (ed-λ


Discurso y Literatura. Nuevos planteamientos sobre el Análisis de los Géneros
Literarios, Madrid, Visor, 1999, pág. 109.
III . El corpus retórico

ï.13

mecanismos elocutivos de la retórica sirvieron de fundamento teórico al


lenguaje especial de las manifestaciones cultas, como conferencias, in­
cluidas también las manifestaciones literarias. Así pues, en el aspecto
expresivo la narración literaria no ha andado corta de estudios y de
estudiosos. Sin embargo, no ha sido recuperada hasta recientemente esa
parte dispositiva de ia narración que se relaciona inevitablemente con
los estudios de la narratología formalista primero y de la semiología
literaria después. Me refiero a la relación entre el significado y la estruc­
tura de los elementos narrativos. Cuando se entiende un relato o una
novela como un signo complejo (tal y como lo hace la semiótica litera­
ria) y se estudia la integración de sus diferentes niveles estructurales
para constituir significados complejos que no se encuentran en la simple
adición de las unidades constitutivas, es entonces cuando se ve la rela­
ción con la operación dispositiva de la antigua disciplina retórica. Tanto
es así que una base argumentativa común, convertida en discurso lite­
rario, puede dar signos tan distintos como La regenta, Madame Bovary o
E l crimen del padre Amaro.
Una vez más resulta de interés volver la vista a las reflexiones del
pasado (en este caso sobre la narración) para contrastar las posiciones
del presente. La primera doctrina de la diégesis (narración) retórica se
nos conserva en los fragmentos de la Téchné isocrática (Raderm.ach.er,
160-162). Aparece posteriormente en la Retórica a Alejandro (Rhet. a Alej.
36) con la denominación de apaggelía-, en la revisión crítica de la doctrina
isocrática que hizo Aristóteles (Rhet. I I I.16; I4i6bi6 ss.); y en el libro de
Hermógenes Perl beuréseos (Spengel, Rhet. Graec. I I 189-90). Cicerón la
considera tanto en Orator (X X X V 122, 124), como en De Inventione (I 1,
18-21) y en De Oratore (II 19, 326-330). Quintiliano, en su enciclopédica
Institutio Oratoria, ía trata principalmente en IV 2, pero también en
distintos lugares de la obra, como en III 9, 5, donde se encuentra una
caracterización muy exacta de la doctrina aristotélica.
A la doctrina retórica le debemos la distinción entre narración
continua (ephexés, narratio continua) y narración por partes (1katáméros,
narratio partita). Es la primera distinción entre fábula y sujeto (en ter­
minología de los formalistas), es decir, narración de unos hechos crono­
lógicamente contados frente a la narración de un contenido sometido
¿ construcción artística. Dicotomía que se asienta como base de los
estudios narratológicos del siglo XX y que se desarrolla en el ámbito
Dàvid Pujante / Manual de retórica

114

formalista ruso con dos personalidades importantes: Tomasevskij, a


quien, le debemos la tipología de temas y motivos articulatorios del
texto narrativo, y Propp, quien en su morfología del cuento emplea la
categoría de función (la acción de un personaje definida desde el punto
de vista de su significación en el desarrollo de la intriga), definiendo así
la lógica universal del relato en términos de estructura de las funciones
narrativas. La escuela neoformalista siguió utilizando las categorías de
análisis narrativo básicas de la escuela formal rusa, como es el caso del
par fábula-sujeto, que Todorov denomina historia-discurso, y Segre,
fábula-intriga.
Esta moderna aportación de la narratología estaba, pues, de alguna
manera presente en la doctrina retórica de la narración, en esa distinción
entre narración continua y narración por partes. Podemos decir, siguien-
do la reflexión que nos han legado los tratados de retórica, que la organi­
zación no cronológica permite dar una visión particularizada, matizada
de lo acontecido: se ponen en lugar destacado los hechos que más nos
interesan. Pero hay más. Las posibilidades y las utilidades de la distinta
ordenación del material expositivo son muchas. En un discurso epidicti­
co, como dice Aristóteles, se organizan los hechos de los personajes por
grupos de virtudes o de hazañas, lo que no sólo permite poner en un lu­
gar destacado del discurso aquello que más nos interesa, sino que hace
más fácil la memorización y pone las bases para la demostración poste­
rior. El poner en un lugar destacado dentro de la narración de la causa
algo que luego vamos a considerar básico en la demostración, nos pone
más fácil el demostrar después su importancia. Pero además ciertos or­
denamientos narrativos sirven, a la memoria del orador y a la memoria dd
oyente. Esto último no es útil solamente a la ciencia mnemotécníca, tie-i
ne implicaciones narrativas importantes incluso en la narrativa literaria.
En la narración literaria inciden todos estos conocimientos y apre­
ciaciones de la tratadística retórica. La manipulación de los elementaa
del relato conlleva varios niveles de efectividad que ya reconocían loi
retóricos al tratar de la narración en el discurso oratorio. Se ha estudí»
do en teoría literaria muy pormenorizad amen te los mecanismos de U
transformación estética de la fábula. El paso de la fábula al sujeto. P e r·
en tal traslado no sólo hay razones de construcción puramente estética·
Coadyuvan al efecto estético otras circunstancias. La capacidad de r d
cordar los hechos por una especial organización pro-memorística a y u ^
TIL El corpus retórico

115

a que el relato literario produzca una impronta mayor en el lector. Un


procedimiento que fue pensado para un auditorio ajeno a la lectura,
como era el público que escuchaba los discursos retóricos, pesa igual­
mente en la actualidad sobre un público lector. Y así un recurso, apa­
rentemente en principio, puramente memorístico se alia con el efecto
total sobre el lector del relato literario. No podemos olvidar que la
estructura dantesca de La divina comedia tiene mucho que ver con
la mnemotecnia. Muchos textos en verso de la Antigüedad tenían en la
memoria su base rítmica. La interrelación entre estructura estética y
memoria queda de manifiesto en la gnómica, en la fabulística medieval
y en. tantas manifestaciones estéticas donde la enseñanza muestra tam­
bién su carta de naturaleza. Pondré un ejemplo hermosísimo del Libro
de las bestias de Ramón l.lulí (adaptación de Maria Manent):

Erase cierto milano que llevaba en el pico una rata, y un ermitaño


que lo vio volar sobre su refugio pidió al Señor que hiciera caer
aquella rata en su regazo. Prestó Dios oído a la súplica del piadoso
varón, y el milano soltó de pronto al asustado animalejo, que fue
a dar con su cuerpeeito en el regazo del anacoreta. Este pidió
entonces al Señor que convirtiera la rata en una hermosa doncella,
y también esta vez fije atendida su súplica. «Elija mía», le preguntó
el ermitaño: «¿querrás, acaso, por marido al sol?» «¡Oh, no», excla­
mó la doncella, «pues las nubes arrebatan fácilmente su lumbre».
Entonces preguntóle si quería casarse con la luna, a lo que repuso
ella que la luna no da luz por sí misma, pues la toma del sol, «Bella
hija mía», insistió aún el ermitaño: «¿te gustaría, tal vez, la nube
por esposo?» Y la doncella volvió a denegar, alegando que las
nubes son llevadas a su sabor por el viento. Tampoco quiso por
marido al viento, ya que detienen su paso las montañas; y rehusó
igualmente las montañas, pues los ratones las agujerean para la­
brar en ellas sus guaridas. Y al preguntarle el ermitaño si querría
casarse con un hombre, contestó la doncella que tampoco le ape­
tecía, pues el hombre suele dar muerte a las ratas. Por fin rogó al
ermitaño que elevara sus súplicas al Señor para que la trocara de
nuevo en rata y le diera por marido un bello ratón.

La relación entre los distintos elementos ofrecidos como posible


marido a la rata-doncella nos permite la fácil memorización de esta
David Pujante / Manual de retórica

lió

curiosa historia: el sol y la luna, las nubes que tapan el sol, el viento que
arrasta la nube y que es detenido por la montaña, que a su vez es
horadada por la rata, y la rata cazada por el hombre. Podría Llull haber
seleccionado otros elementos para el cuentecillo, pero están los que
están por el encadenamiento que entrañan; y en. la relación que se es­
tablece, y que es sin duda un juego mnemotécnico, radica sin embargo
(y esto es lo misterioso) uno de los elementos clave de la construcción
estética de este delicioso relato.
Es necesario decir además que en la distinción retórica entre
narración continua y por partes se encuentra la base de todo el perspec-
tivismo narrativo, tan considerado por todos los críticos literarios dedi­
cados al estudio de la narrativa en nuestro siglo XX, Y es que el siglo x x
nos ha ofrecido en la novela y en el relato corto el paso del viejo narra­
dor omnisciente decimonónico, al modo de Dickens o de Balzac, para
quienes el mundo de sus criaturas no tenía ningún misterio, a un narra­
dor que —como dice Baquero Goyanes— gusta de acentuar lo que de mis­
terioso, inaprehemibte bay en toda existencia humana.5’6 Es un mundo, el que
refeja este narrador moderno, en el que nada parece seguro. La. ruptura,
el cambio, la sospecha amenazan por todas partes. Se diría que también
en narrativa hemos pasado de una visión aristotélica, de fe en una pers­
pectiva. especialmente válida de conocimiento desde el. que mirar la
sólida, única, inalienable verdad del mundo, a una visión retórica, en la
que el punto de vista de cada cual decide su personal, contrastable,
dispar verdad. Cada uno cuenta la feria según le va en ella, dice el viejo
refrán. El relato moderno se ha caracterizado por situar al lector en una
íncertidumbre de la que es proverbial el de Henrv James Otra vuelta de
tuerca, No sabemos al final si nos encontramos ante una historia de
fantasmas o éstos sólo viven en ia cabeza de la institutriz que nos la
cuenta. Pero lo más representativo técnicamente de la pluralidad, de
perspectivas es el tipo de relato en el que se insertan varios puntos de
vista con la adopción de distintos narradores. Se ofrece así al lector el
contraste entre diversas conciencias, en muchas ocasiones tan distantes
en sus perspectivas que resultan contradictorias. Pero esta movilidad
caracterológica de personajes la encontramos sin necesidad incluso de

w Mariano BAQ UERO G O Y A N E S, Estructuras de la novela actual, Madrid,


Castalia, 1989, pág. 178.
III . El corpus retórico

117

esa múltiple perspectiva técnica, por ejemplo en Marcel Proust, que no


adopta la técnica de ofrecer la palabra a cada personaje pero que con­
sidera a cada uno de ellos como retratos en permanente cambio tempo­
ral, tanto para sí mismos como en la imagen que nos hacemos los demás
de ellos.
Como vemos, v sin necesidad de extendernos más allá de los lími-
tes que el asunto requiere en el ámbito de la retórica, en la narrativa
moderna, la vieja narrativa por partes de la preceptiva oratoria ha lleva­
do a todo un complejo de experiencias y experimentos narrativos en
literatura que llenan libros y libros de teóricos y críticos literarios. Los
narradores modernos, en su. deseo de plasmar una visión descoyuntada
del mundo, han recurrido a todo tipo de intercalamientos, interrupcio­
nes, reordenaciones del material narrativo, jugando con el carácter del
narrador (¿quién habla?: el autor, los personajes, nadie en apariencia),
con la perspectiva que adopta, con la información que tiene, con su
posición respecto a ia historia (el narrador está por encima, a la altura
o por debajo del personaje).
Todo lo que acabo de considerar sin duda ha hecho que nos
imaginemos la narración por partes como la más compleja, pero en su
origen retórico no era así. La narración por partes está reordenada en
la mentalidad retórica hacia su utilidad y por tanto tiene aspecto de más
simple y escueta que la narración continua. La narración continua, por
seguir el orden natural de los hechos, resulta más caótica y colorista:
muestra el desorden propio de lo acontecido. Aristóteles comprende
que los hechos sin ordenar en un sentido discursivo resultan caóticos,
ambiguos, de sentido abierto, difícil de atrapar. Eí discurso es el orde­
namiento significativo de los hechos. Cuando un escritor quiere crear
un discurso abierto, procura precisamente alejarse de un coherente y
único punto de vista. Hemos asistido en nuestro siglo a la negación del
escritor omnisciente, ojo ordenador del mundo, demiurgo que construía
un mundo de verdad único, pero la aceptación .retórica de la multipli­
cidad no ha conducido a realizar un esfuerzo positivo de discursos que
salvaguarden el sentido humano para su tiempo y su lugar.
Durante el siglo xx se ha podido hablar de una era dorada de la
narratología. La metodología utilizada durante este brillante período de
reflexión sobre las estructuras narrativas ha sido la de la lingüística es­
tructural. Ciertamente el estructuralismo lingüístico, que tiene su ori­
David Pujante I Manual de retórica

ιι8

gen en Saussure, se extendió rápidamente a otras disciplinas, como la


antropología, donde dio igualmente valiosos frutos. Desde, la antropolo­
gía y desde la lingüística se iluminó el camino mejor hacia la narración
literaria. Pero una sobreproducción narratológica agotó la vía. Desde
entonces, como dice Pavel,
han tenido lugar dos desarrollos metodológicos en el ámbito de ia
narratología abstracta, de dudoso éxito hasta ahora: la introduc­
ción de técnicas gramaticales formales y los intentos de unir la
semántica de la narración con la lógica de mundos posibles.’7

Mientras que el estructuralismo obtuvo un sobresaliente resultado


en su aplicación a la estructura narrativa, los modelos generativo-trans-
formacionales sólo se han aplicado con carácter experimental. Pese a
todo podemos hablar de algunos modelos inspirados por dicha lingüís­
tica, como los relatos mínimos de G. Prince,íS que son axioma de una
gramática de narraciones generativo-transformacional. Son relatos de base
(conjunto de eventos todavía no narrativos, colocados cronológicamen­
te) sobre los que se generan los relatos simples (el orden cronológico de
los eventos no se corresponde con el orden de las oraciones) y los relatos
complejos (resultado de transformaciones sobre los relatos simples). Res­
ponden a los mismos presupuestos que la gramática oracional: estructu­
ras profundas y estructuras de superficie, producidas estas últimas por
las transformaciones a las que se someten las profundas. Las aportacio­
nes de los discípulos de Chomsky y el paso de la consideración del
componente sintáctico al componente semántico como componente
creativo pasaron a Europa desarrollando importantes gramáticas de la
narración, como las propuestas de Van Dijk y de Petöfi, que tuvieron
un importante eco en España en. las personas de García Berrio y Alba­
ladejo Mayordomo,59

:í 57 Tomas G. P A V EL, «Narraciones literarias», en: Teun A. van D IJK (ed.),


Discurso y Literatara. Nuevos planteamientos sobre el A nálisis de los Generos
Literarios, cit., pág. 121.
s| 58 Cf. G. P R IN C E , A Grammar o f Storie, La Haya, Muton, 1973.
1ΐ! Cf. Janos S. P ET Ö FI y Antonio G A R C Í A B E R R IO , Lingüística del texto y
crítica literaria, Madrid, Comunicación, 1978; A. G A R C ÍA B E R R IO ,
I «Introducción», en: Teun A. van D IJK , Texto y contexto (Semánticay prag-
i mdtica del discurso), Madrid, Cátedra, 1980, págs. 11-18; Tomás A LÉA LA -
I II . Ei corpus retórico

- .... .d lL b x i^ , Las partes prescindibles


del. discurso

Entre los dos pilares del discurso, que son la narración y la argu­
mentación., abre Quintiliano un paréntesis (en los tres últimos capítulos
del libro V I de la Institución oratoria) para hablar de la digresión, la pro­
posición y la división, como partes prescindibles del discurso, que en
ocasiones aparecen entre la narración y su natural sucesión, la confirma­
ción o probatoria de lo que ha sido narrado o declarado.
La digresión es un excurso, el tratamiento de un punto que se sale
del plan natural expositivo, pero que resulta útil a la causa y prepara
para la probatoria que vendrá después. La digresión, por su carácter,
puede aparecer en cualquier otro lugar del discurso; y es una especie de
narración en miniatura. Supongamos que estamos ante un juicio de
malos tratos por una persona que suele beber vino. Si queremos amino­
rar o neutralizar la relación del caso con el vino, podemos hacer un
excurso laudatorio de éste, recordando los aspectos positivos, sus cua­
lidades terapéuticas, la recomendación que hace san Pablo a Timoteo:
Ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu estómago y de tus
frecuentes enfermedades (1 Timoteo, 5 23), o incluso podemos recordar la
relación del vino con la sangre de Cristo y su importancia eucarística.
Todo esto no está en relación directa con la causa, pero puede serle útil.
Otra de las partes prescindibles es la proposición, que designa en
realidad el principio de toda prueba, pero este nombre se ha acabado
especializando para la designación de un resumen breve de la causa. Si
la forma detallada de comunicar la causa recibe, como hemos visto, el
nombre de narración (diégesis en griego), esta otra forma abreviada es la
proposición. Aunque Quintiliano sitúa estas tres partes prescindibles
delante de la argumentación discursiva, también ia proposición, como
dijimos de la digresión, puede aparecer en otros lugares, por ejemplo,

DEJO, Teoría de los mundos posibles y macroestructura narrativa, Alicante,


Universidad de Alicante, 1986; T. A LB A LA D EJO , «La semántica exten­
sional en el análisis del texto narrativo», en; G. R E Y E S (ed,), Teorías
literarias en la actualidad, Madrid, El Arepero, 1989, págs. 185-201; T.
A LB A LA D EJO , Retórica, cit.; T, A LB A LA D EJO , Semántica de la narra­
ción: la ficción realista, Madrid, Taurus, 1992.
David Pujante / Manual de retórica

120

delante de cada prueba en particular. Esta recapitulación general es la


quintaesencia de la cuestión expuesta en la narración. Las proposiciones
pueden ser simples, dobles y múltiples, es decir que comprendan un
solo punto, o dos o varios. Por ejemplo;
Esquines realizó mal su em bajada:
Porque m intió.
Porque no hizo nada de lo ordenado.
Porque retrasó la gestión.
Porque aceptó sobornos.

La tercera de las partes a las que se refiere Quintiliano es la divi­


sión (partitio). Es una especie de enumeración ordenada de todos los
puntos de nuestra causa, bien de los que nosotros consideramos, bien
de los considerados por el adversario, bien de ambos. Quintiliano, de
acuerdo tanto con el autor de A d Herennium como con Cicerón, reco­
noce los peligros de la division. Como en todo esquema, si nos olvida­
mos de algún punto se hace inmediatamente evidente y redunda en
nuestro perjuicio. Puede también parecer al público que el orador tiene
todo muy estudiado y una vez más serle perjudicial este tipo de enume­
ración-resumen.
Tanto la proposición como la división tienen un especial sentido
en la civilización oral en la que nace el discurso retórico. Son remaches
para la memoria del auditorio. Sobre la claridad y la verosimilitud narra­
tiva, ayudada por la brevedad, 1a. proposición quintaesencia lo expuesto
por la narración y lo subraya. Una función similar de destacar los puntos
básicos de lo ya expuesto tiene la división,

! 11 1.2.4, La demostración

Una vez que hemos conseguido un público atento, dócil y benevo­


lente, y una vez que hemos expuesto con claridad, con la brevedad posi­
ble (dependiendo de la complejidad del asunto) y también con verosimi­
litud la causa del discurso, llega el momento de la argumentación. Pues,
tras haber expuesto cómo consideramos que los hechos han acontecido
III. El corpus retórico

121

(alguien ha matado a alguien en unas determinadas condiciones) o han de


acontecer (de ir a una guerra, si gana un determinado partido, pasará una
serie de cosas que adelantamos), es el momento de argumentar el porqué
de esa manera de ver las cosas, de ese modo de mostrar los hechos (orga­
nización de sentido de los hechos). No basta con decir: esto es así. Noso­
tros hemos organizado los hechos, hemos destacado algunos de ellos, en
nuestra narración de la causa, y con ello hemos ido preparando al audito­
rio para ver las cosas desde nuestra perspectiva; pero la base de cualquier
discurso persuasivo se encuentra en la argumentación; con la que hemos
de demostrar que nuestra perspectiva es la mejor.
Estamos en el corazón del discurso. En la argumentación hemos
de aducir todas las pruebas con las que contamos para demostrar nues­
tra posición ante la causa que nos ocupa (es la parte de la argumenta­
ción llamada probatio o también confirmatio) y posteriormente hemos de
refutar las posiciones adversas (es la parte de la confutatio o reprehensio).
Puesto que según la tradición retórica existen tres géneros de
discurso y cada uno de ellos puede hallarse en cualquiera de los tres
estados de causa (de conjetura, de definición y de cualificación), nos
encontramos con nueve tipos de discurso. Estos a su vez tienen algo
particular, concreto en cada ocasión, que los hace únicos. Estamos acos­
tumbrados a oír nombrar ciertos casos judiciales con. el apellido de los
encausados: el caso Kramer contra Kramer. El caso Kramer contra
Kramer puede corresponderse con cualquiera de los tipos posibles de
discurso, pero además tendrá una serie de peculiaridades propias, no
generalizables.
Si tenemos en cuenta lo dicho, y si lo hacemos precisamente res­
pecto a los argumentos, a la hora de afrontar una causa determinada, un
caso al que nos enfrentamos, habremos de considerar una serie de ele­
mentos de la probatoria discursiva que sólo será pertinente para ese
caso concreto; pero existirá una serie de lugares argumentativos que
sean comunes para el tipo de discurso al que pertenece nuestra causa
(discurso jurídico y de conjetura, por ejemplo); y, aún en un grado mayor,
habrá otra serie de lugares comunes que lo sean para todo discurso
retórico. Así Aristóteles considera y distribuye los que son lugares co­
munes de cada uno de los tres géneros oratorios en el libro I de su
Retórica (I 3, 58^4-21 y 59312-26; I 9, 68326-33; también en I I I 17, ijb iq -
i8a5, pasaje más antiguo que el del libro II), y posteriormente trata de
David Pujante / Manual de retórica

122

los lugares absolutamente comunes a todos los discursos en el libro II.


De lo absolutamente particular no cabe que tratemos aquí, pues sólo en
el momento de enfrentarnos con cada caso tiene sentido hacerlo. N i
tampoco lo haremos de lo común a cada género discursivo. Aquí sólo
cabe tratar de los que son lugares absolutamente comunes en la argu­
mentación discursiva.

i ï i , b , i - 2,4 ,a, L o s logares eorm;mes disc urs iv os


Q.t: LA Ofi i I) ΗΧϋΓ; il

Este aspecto de la retórica nos llega sistematizado por Aristóteles,


compartimentable en lo que podemos considerar: a) una. tópica mayor,
h) las pruebas lógicas y c) la tópica menor (Rhet. II 18 ss.; i39ibó ss.).

A. T o p ic s irjuvor

Ciertamente en lo que respecta a los lugares comunes discursivos


podemos hablar primeramente de una tópica rnaior. Sea el discurso del
género que sea, nos es imprescindible atender a una serie común de
aspectos básicos en relación con la argumentación. Son los argumentos
i) acerca de la posibilidad de la causa en cuestión, 2) acerca de los
hechos que la sustentan y finalmente 3) acerca de la magnitud de la
causa.

Tópica mayor I. Lo posible y lo imposible

A la hora de sustentar una argumentación empezaremos por lo


que se refiere a la posibilidad de la causa. Como dice Cicerón, hay que
examinar lo que es posible o imposible, pues toda deliberación concluye en el
momento en que hay imposibilidad reconocida; y quien ha demostrado lo que los
otros no veían, es quien ha visto más allá (De Orat. II 82, 336). Naturalmente
en los comienzos de la reflexión sobre una causa se encuentra, antes que
ninguna otra consideración, 1a posibilidad de que exista como tal causa;
por esa razón los latinos relacionan este tópico de lo posible y lo impo-
III. El corpus retórico

sibie con el status contecturae (estado de conjetura). La pregunta básica


es: «¿existe la causa?». Después, de ser positiva la respuesta, nos podre­
mos dedicar a definirla y a considerar sus peculiaridades. N o sólo atañe
este tópico al estado general de la causa, sino que también puede atañer
a aspectos particulares de la misma. Quiero decir que la causa puede ser
sin que lo sean algunos de los aspectos que se le atribuyen.
Hay niveles de funcionalidad de este tópico. Se puede hablar de
posibilidad en general con más facilidad que hablar de posibilidad en
particular. Como dice Aristóteles, si esposible que acontezca algo virtuoso y
bello, también es posible que acontezca esto mismo en el orden general (Rhet.,
13923x4-15). Pero es más difícil el hecho particular de que exista una
cosa que sea bella, que el hecho general de que exista una cosa. Ante
causas judiciales resulta más clara la aplicación de lo posible (¿ha sido
posible que un marido mate a su mujer?) que ante discursos deliberati­
vos, donde jugamos con futuribles (¿vencerá la armada griega a la per­
sa?). Si es posible lo semejante, también lo que se asemeja a esto. Si es
posible lo difícil, lo es lo fácil. Si algo tiene principio, existe la posibi­
lidad de su fin. Aunque son cuatro las clases de opuestos que considera
Aristóteles (Tóp. II 2): contrarios, contradictorios, opuestos relativos,
opuestos por posesión-privación, no todos tienen interés retórico.
De estas cuatro clases —dice Quintín Racionero—, no obstante,
sólo los ‘contrarios’ y los ‘opuestos relativos’ afectan al uso retó­
rico de la posibilidad (como se constata en el desarrollo del capí­
tulo {de la Retórica aristotélica]), puesto que sólo ellos son sus­
ceptibles de construir argumentos de probabilidad.60

Es el caso de los opuestos comprendidos bajo el mismo género: si


es posible que un hombre goce de buena salud, también lo es que enferme (Rhet.,
i392an); o de los opuestos relativos, como tío/sobrino, doble/mitad: si
existe el sobrino, es muy posible que exista el tío (desde una perspectiva
funcionalista diríamos que se es sobrino en tanto se tiene un tío con el
que se establece la relación tío-sobrino); si con el doble de provisiones
come sobradamente un ejército, es posible que, de ser necesario por
carencia, se pueda alimentar con la mitad.

'£ 60 A R IS T O T E L E S , Retórica, cit., pág. 398, nota 220.


David Pujante / Manual de retórica

Tópica mayor II. Probatoria sobre los hechos

Cuando tenemos que determinarnos ante una causa (por ejemplo,


si alguien es un asesino), la probabilidad de que así sea tiene un puntal
básico en los hechos. Los hechos son lugares de referencia probatoria y
refutatoria que controlan la argumentación, le ponen límites, la dirigen
en un sentido necesario. Si la persona en cuestión tenía la posibilidad
de matar y quería hacerlo, entonces ío ha hecho. Hay ocasiones en que
unos hechos están relacionados inevitablemente con otros: si hay true­
nos hay relámpagos. La necesidad, la verosimilitud y la probabilidad son
la argamasa de unas relaciones entre los hechos que procuran todo un
amplio conjunto de posibles argumentos.
La base de todo discurso oratorio se encuentra en la conexión
entre hechos. Considerado así el asunto, las relaciones que establezca­
mos entre ellos, o entre los hechos y su autor, nos conducirán hacia el
conocimiento de la verdad. Quintiliano tenía muy claro que en esta base
relacional de hechos está el origen de todo discurso retórico y de cual­
quier denominación genérica:
P oco im porta que se adm ita un solo estado de causa o bien nin­
guno. sí todas las causas son de igual condición. Conjetura deriva
de cmiiectus, es decir, un cierto enderezam iento de la razón hacia
la verdad (Inst. orat., I I I ó 30).

Más allá de cualquier división genérica, la realización del discurso


retórico tiene como fundamento la ordenación significativa de los he­
chos, sacarlos a la luz de la interpretación. La ordenación significativa
implica una organización relacional de dichos hechos. Su sentido se va
perfilando conforme el discurso se concreta; conforme los hechos van
ocupando su lugar, como en un rompecabezas, cada pieza en su sitio,
conformando un paisaje sin incoherencias constructivas (inmediatamen­
te una pieza mal puesta en un puzzie queda evidenciada por la no rela­
ción con las de su entorno).
Llay una serie de hechos que sirven directamente a la probatoria sin
necesidad de recurrir al arte (te'chnë). Es lo que llama Quintiliano probato­
ria extrínseca. Son pruebas ajenas a la técnica oratoria y que se sustentan
sobre acontecimientos que muestran su evidencia por sí solos: los juicios
antecedentes (los juicios que ya ha habido sobre cosas semejantes o sobre
III . EI corpus retórico

12 $

la misma causa, junto con las sentencias que se hayan emitido), los rumo­
res y lo que la fama pregona de una determinada persona o de un deter­
minado acontecimiento (entendidos como asentimiento general sobre
algo o, por el contrario, como un simple bulo), los tormentos (como
medio de conocer la verdad, pero también para obligar a mentir), las es­
crituras públicas (llevadas a cabo por personas fidedignas, como un nota-
rio), el juramento, los testigos (sus testimonios) (Jnst. orat. V 1-7). Cierta­
mente los tormentos son uno de los mejores ejemplos de la ambigüedad
en este terreno. Recordemos las palabras de Savonarola cuando se le lle­
vó al tormento, según Ralph Roeder: ¡Oh Dios!, me veo abrumado. Confieso
que negué a Cristo por miedo de la tortura y dije falsedades. Signori Fiorentini,
sed mis testigos: neguépor miedo a l tormento.61
La mayoría de los hechos o de las señales que acompañan a los
hechos (signos) se prestan al tratamiento técnico-discursivo. Se enmar­
can dentro de lo que Quintiliano llama la probatoria intrínseca. Para él las
pruebas aportadas por el arte retórica son los indicios, los argumentos
y los ejemplos (Inst. orat. V 9:1). Coinciden los argumentos (los distintos
tipos) y los ejemplos de Quintiliano con las pruebas lógicas de Aristó­
teles. Hay hechos o signos (señales perceptibles por los sentidos que normal­
mente acompañan a un hecho, a una realidad, a un estado de cosas; Lausberg,
§ 358) que prueban por sí mismos, que son incontrovertibles. Es nece­
sario que la que da a luz se haya unido a un hombre (Inst. orat. V 9 5).
Pero hay otros hechos que más bien son indicios, marcan una posibili­
dad. Si un marido sale de la casa en la que yace su mujer muerta y lleva
ensangrentada la ropa, puede ser indicio de que el marido sea el asesino,
pero no es una necesidad. Quizás al ver a su mujer agonizante se ha
acercado y la ha abrazado por razones afectivas, por lo que se ha man­
chado la ropa; o simplemente, por la conmoción de lo que ha visto, ha
chocado contra una pared y se ha roto la nariz.
En realidad las pruebas de hecho (las necesarias y las no necesarias
o indicios) pueden considerarse casi en el ámbito de la probatoria ex­
trínseca. Muy especialmente las necesarias (las llamadas tecméria por los
griegos). En el caso de los indicios (las anteriores son consideradas in­
dicios también por Quintiliano en realidad), la interpretación que re-

Ralph R O ED ER, E l hombre del Renacimiento, Buenos Aires, Editorial Sud-


«■: americana, 1946, pág. 190.
David Pujante / Manual de retórica

126

quieren se encuentra en el campo de la técnica retórica y además


requieren la ayuda de otros hechos para probar y evitar cualquier mala
interpretación. Recordemos cómo inicia Plutarco su Aristides:
Acerca de su patrimonio corren diferentes opiniones. {...] Deme­
trio Falereo conoció cierta propiedad que se decía de Aristi­
des. [...} Hay además algunos indicios de que su casa era acomoda­
da, de los cuales es uno el haber obtenido por suerte la dignidad de
epónimo, que no se sorteaba sino entre los que eran de las familias
que poseían el mayor censo, a los que llamaban quinientarios.62

Podemos hacer el siguiente esquema:

P Juicios an te c e d e n te s
R Rumores y fam a
O PROBATORIA EXTRÍNSECA Tormentos
B PRUEBAS EXTRA-TÉCNICAS Escrituras públicas
A juram entos
T Testigos
O
Signos necesarios
R
Pruebas de hecho indicios
(signos
no necesarios)
(T
Ejemplos
ó
(por inducción)
(ase ve ració n de
i PROBATORIA INTRÍNSECA
cosas particuiares)
C i PRUEBAS TÉCNICAS
a Máximas
Pruebas lógicas (ase ve ració n de
m cosas universales)
a
y Entimemas
o (por d ed ucció n)
r (a se ve ra ció n de
cosas universales)
(Tópica menor)
X......

ω PLU TARCO , Vidas paralelas, Barcelona, Jo sé Janés, 1945, pág. 141.


I II . El corpus retórico

La probatoria intrínseca siempre se refiere a cosas o personas, a


lugares o circunstancias relacionadas con cosas o personas. Todo esto
queda sistematizado en la tradición retórica.

Tópica mayor III. La magnitud


Otro de los tópicos absolutamente comunes a todo discurso es el de
la amplificación y la disminución. De su importancia hay constancia en
toda ia tradición tratadístíca. Por ejemplo, Luis de Granada, en su Retóri­
ca eclesiástica, estudia por separado la amplificación, que consta ser—dice—
unaparte de la invención>63 y le dedica el libro III; considerando que
por este medio abrimos camino para mover las pasiones, persua­
dir, disuadir, alabar o vituperar: porque para estas tres cosas prin­
cipalmente conduce la razón de amplificar.64

Según sea nuestra perspectiva, según nuestro entendimiento de 1a.


causa, intensificaremos o aminoraremos la importancia de los hechos
implicados. De un herido podemos decir: el muerto (magnificando); o de
alguien que pegó a otro: el que lo tocó (quitando importancia al asunto).
Como viene a resumir Lausberg, la amplificatio es una intensificación pre­
concebida y gradual (en interés de la parte) de los datos naturales mediante los
recursos del arte (Lausberg, § 259).
Cuando queremos vender un producto, cuando queremos que los
espectadores o lectores se sientan especialmente interesados por lo que
les ofrecemos, tenemos que hacer uso de la amplificación. Es un recurso
muy empleado en literatura en virtud del legado retórico. Así plantea
Milton el comienzo de su magno poema E l paraíso perdido:
Sing, Heavenly Muse [...}
I thence
Invoke thy aid to my adventurous song,
That with no middle flight intends to soar
Above thAoniam mount, while it pursues
Thing unattempted yed in prose or rime.65

05 Luis de G R A N A D A, Los seis libros de la rhetórica eclesiástica o de la manera de


predicar, Barcelona, Juan Jolis y Bernardo Pía, 1778, pág, 139.
Ibidem, pág. ï.40.
s’ «Canta, oh Musa celestiai {...] Y o para mi audaz canción tu ayuda invoco,
que aspira a remontar su altivo vuelo sobre el monte Aonio, intentando
David Pujante / Manual de retórica

128

Milton promete, con su poema, atrevimientos inusuales en litera­


tura, algo totalmente nuevo; con lo que crea unas expectativas en el
lector, desde el comienzo, que son fondamentales a la hora de la lectura.
No olvidemos que el horizonte de expectativas (así llamado por Jauss)
propio del lector —es decir, lo que el lector espera del texto que va a
leer— es algo determinante para la consideración estética de la obra. Si.
el autor consigue remontar las expectativas de su público, si es capaz
(bien, anunciándolo, como hace Milton, o bien sin anunciarlo explícita­
mente en. su texto) de hacer reconstruir al público su horizonte de
expectativas, se convertirá en un clásico. Milton, como los viejos orado­
res, es consciente de que el público asume un papel valorativo de los
textos y que su horizonte de expectativas se inserta en una historia de
cambios de val.or. Mil ton, pues, desde el inicio de su obra E l paraíso
perdido se sitúa en su tiempo, propone atrevimientos que lo son para su
tiempo, y se dirige a un público de su tiempo, al .que asombrar con su
propuesta nueva.
Igualmente puede servirnos de reflexión respecto a la. magnitud el
siguiente ejemplo de La Eneida, libro X. Dice Júpiter:
Pero si debajo de estas súplicas se disimula un intento más pro­
fundo y piensas que la guerra toda ha de desaparecer y trocarse,
das pábulo a baldías esperanzas.

Juno le ha pedido que salve a Turno. La magnitud de esta súplica


la sopesa Júpiter: 1) puede que sólo pida que se dilate su inevitablefin,
y eso se lo concede: Llévate en vuelo a Tumo y arráncale a los hados quele
amagan; 2) puede que la súplica esconda una mayor magnitud; salvar a
Turno significa que triunfe; a lo que no está dispuesto Júpiter y así se
lo hace saber a la diosa. La magnitud de la causa del discurso es uno de
los puntos clave y debemos calibrarlo siempre y dejarlo muy de mani­
fiesto, siguiendo la actitud de Júpiter en la epopeya virgiliana. Hay que
jugar con la magnificación o disminución de la trascendencia de las
peticiones de los otros, para dejar en evidencia sus veladas intenciones
0 para resaltar las nuestras.

1 narrar cosas no ensayadas aún en prosa o verso.» (Milton, E l paraíso


·■;■ perdido, I 6 y 12-16).
III. E l corpus retórico

12$

La amplificación atañe a diferentes niveles constructivos del dis-


curso. A l servicia de la amplificatio se hallan res et verba, por tanto, los
medios y recursos de la inventio y de la elocutio (Lausberg, § 259). Hay una
total interrelación que ratifica una vez más la irrenunciable idea de la
construcción significativa compartida entre todos los niveles discursi­
vos. No es sencillamente cuestión de considerar la junción entre signi­
ficado y significante, es necesario comprender que en el signo complejo
del texto discursivo no existe nítida separación entre campo del signi­
ficado y del significante. Los argumentos, por ejemplo, pueden emplear­
se como recursos amplificatorios. Vemos la relación inevitable, el nudo
gordiano que siempre entrañan los aspectos significativos y los aspectos
constructivo-discursivos en todos sus niveles, no sólo el dispositivo sino
también incluido el de los recursos elocutivos.
Quintiliano dice que todo el poder del orador reside en la ampli­
ficación y en la atenuación: in augendo minuendoque consistit (Inst. orat.
V IH 3 89), Tal y como hemos considerado ya, también para el rétor
calagurritano los medios de conseguir la amplificación y la disminución
se encuentran in rebtis et uerbis. De este procedimiento trata por tanto
en su obra en diferentes momentos. En lo que respecta al fondo, a la res,
trata de ello en la. inventio y en la ratio (dispositio), pero igualmente hace
una consideración a fondo en la elocutio (Inst, orat, V III 4 3). Los prin­
cipales modos de amplificación en el ámbito de la elocutio son: 1) por
incremento (incrementum)·. «Ese hombre bueno, ese virtuoso, ese santo»;
2) por comparación (comparatio)·. «Hitler sólo mataba judíos, tú matas a
gentes de todas las religiones distintas a la tuya»; 3) por raciocinación
(ratiocinatio), que es ampliación indirecta por medio de las circunstan­
cias: «era por la noche, y no había nadie»; y, finalmente, 4) por amon­
tonamiento (congeries), que es por acumulación de sinónimos: «bruto,
torpe, primitivo». Son los mismos cuatro géneros que recoge Lausberg
(Lausberg, §§ 401-403).

Un apartado especial requieren las pruebas lógicas. Igual que he­


mos afirmado de otros lugares discursivos, también hay una serie de
pruebas lógicas propias, exclusivas de cada discurso; y, frente a las par-
David Pujante / Manual de retórica

130

ticulares, propias y exclusivas, se encuentran las pruebas por persuasión


que son comunes a todos los discursos por igual. Esas son las que se
constituyen en objeto de atención de un estudio general sobre la argu­
mentación retórica.
Aristóteles distingue dentro de las pruebas lógicas generales, co­
munes a los distintos géneros discursivos, tres tipos: ejemplos, máximas
y entimemas. Con ellos reduce todas las pruebas a la inducción y al
silogismo.

EL EJEM PLO (aseveración de lo particular): Hablemos en primer


lugar del ejemplo —dice Aristóteles— dado que es semejante a la inducción y
la inducción es un principio (Rhet., 1393326-27). El ejemplo, el parádeigma,
inicia un camino -inductivo. Los ejemplos son realizaciones concretas
que nos llevan a los principios generales. De este modo produce la
sensación lo general o universal (to kathóloii). Así pues, el método lógico
que corresponde al ejemplo es Ia. inductio, de la misma manera que el que
corresponde al argumento es la ratiocinatio (Lausberg, § 419).
La consideración del total de los casos particulares nos autoriza a la
generalización. En eso consiste el proceso inductivo. Pero agotar los ca­
sos resulta imposible, por lo que las generalidades se obtienen habitual­
mente de la inclusión de un conjunto amplio de casos (CA.Anal. Pr. II 24).
En retórica, los ejemplos representan claramente una inclusión parcial, sin
embargo no está claro que Aristóteles considere que en tales casos no hay
inducción real o que es inducción incompleta. En realidad con la utiliza­
ción del ejemplo (y según se deduce de su texto en I 2.7, i357b2Ó ss.; y II
20,1393322 ss.) Aristóteles presupone una inducción implícita.
La base de la prueba de credibilidad mediante la inducción —dice
Lausberg— la forma un hecho indubitable que está fuera de la
causa (que es un dubium), relación que se funda en la semejanza.66

Puesto que la semejanza es base de los ejemplos apropiados a la


causa, Quintiliano considera tres grados de semejanza y así habla de
ejemplo propiamente dicho, cuando la similitud entre el ejemplo v
la causa es total; de ejemplo disímil, cuando hay similitud parcial entre la

1,6 Heinrich LA U SB ER G , Manual de retórica literaria, cit., § 419.


III . El corpus retórico

causa y el. ejemplo; y de ejemplo contrario, pues también las cosas contra­
rias pueden valer para ejemplificar (Inst, oral, V n 6-13).
Los ejemplos pueden ser de dos especies: ejemplos de hechos
sucedidos o bien construidos sobre hechos inventados. Cuando referi­
mos un hecho que ha sucedido, nos remitimos a él porque hallamos una
semejanza con lo que de nuevo puede suceder o bien ya ha vuelto a
suceder.
Napoleón pidió permiso para entrar por España camino de la
conquista de Portugal y en realidad se apoderó de España. No
hemos permitido (no hemos de permitir) a Estados Unidos que se
sitúe en España con sus bases para atacar a terceras naciones
porque aprendimos muy bien 3a lección.

Cuando se ponen ejemplos inventados, bien podemos hacer pará­


bolas (παραβολή) o fábulas.

..r

..
j PARÁBOLAS {
i O ! HECHOS INVENTADOS
i FÁBULAS i

Aristóteles llama parábolas a las socráticas y nosotros lo hacemos


con las evangélicas. Como especifica Quintín Racionero (siguiendo a
Eustacio), parábola’ implica comparación con algo con lo que tiene semejanza y
respecto de lo cual expresa una ilustración. 67
Ciertos puestos de categoría en el trabajo universitario no se
deben dar a los que estén más cerca por el hecho simple de estar­
lo, pues eso sería lo mismo que ofrecer un lugar en una carrera
atlética no a los que son capaces de competir sino a los que a la
hora de elegir estuvieran en el campo (un barrendero, un vende-

Quintín R ACIO N ER O en: AR ISTÓ TELES, Retórica, cit., pág. 406, nota
245.
David Pujante / Manual de retórica

132

dor de pipas). Es también como si los marineros de un barco


tuvieran que elegir entre ellos quién sea el capitán, aunque no
exista ninguno entre ellos con. saber suficiente para serlo.

Ei segundo modo de ejemplificar — siguiendo siempre a Aristóte­


les— es utilizando una fábula. El término es complejo a la hora de
definirlo históricamente en el ámbito teórico y crítico-literario, pero es
claro en el contexto en el que Aristóteles lo utiliza en su retórica. Se
refiere a las fábulas de animales, como la del ciervo y el caballo, debida
a Estesícoro de Hímera, y la de Esopo sobre el demagogo:
También Esopo, en una ocasión en que habló públicamente en
Saraos, cuando se estaba juzgando de pena capital a un demagogo,
dijo <lo siguiente>. Una zorra que atravesaba un río, fue arrojada
a un barranco y, como no podía salir, durante mucho tiempo lo
pasó muy mal y además tenía sobre su cuerpo muchas garrapatas.
Acercándose por allí un erizo, al verla, se compadeció de ella y le
preguntó si quería, que le quítase las garrapatas; mas ella no se lo
permitió. Y como <el erízo> le preguntara por qué, dijo: «porque
éstas están ya ahítas de mí y chupan poca sangre, mientras que,
si me quitas éstas, otras vendrán hambrientas y me chuparán lo
que me queda de sangre». Por consiguiente, hombres de Samos,
tampoco a vosotros os perjudicará más este hombre (puesto que
ya es rico) y, en cambio, si lo matáis, otros vendrán pobres que,
robándoos, os harán perder lo que os queda.6fi

La fábula, pues, es la fábula de anímales; a la que se refiere tam­


bién Quintiliano (Inst, orat,, I 9 2). De animales, de animales y humanos,
e incluso sólo de hombres conforme pasan ios siglos (pondré después un
ejemplo de nuestro romanticismo). Existen dos modos de explotar la
fábula: narrándola en forma abreviada, sin dar lugar a que los protago­
nistas hablen, contando el decurso de la acción, mientras que los pensamientos
y discursos de los que en ella intervienen se reproducen en estilo indirecto (Laus­
berg, § 1107), como en la primera parte de la zorra y el erizo de Esopo;
o bien en forma extensa, como en la segunda parte del mismo ejemplo

68 A R IST Ó T E L E S, Retórica, cit., 13931125-139422, pág. 407.


III. El corpus retórico

anterior de Esopo, donde los pensamientos y palabras de los que intervienen


en la fábula se presentan bajo la forma de sermocinatio (Lausberg, § 1107), es
decir, reproduciendo, como si estuviéramos oyéndolos y viéndolos, las
conversaciones, y las reflexiones y pensamientos de los personajes.
Para poder aplicar el contenido alegórico de la fábula a l sentido serio, se le
añade la moraleja (Lausberg, §1109), que contiene, bien de forma implí­
cita, bien explícita, una invitación a reflexionar sobre el comportamien­
to humano. Recordemos la famosísima fábula de Hartzenbusch E l peral:
A un peral una piedra
tiró un muchacho,
y una pera exquisita
soltóle el árbol.
Las almas nobles,
por el mal que les hacen,
vuelven favores.

Nuestra Edad Media gustó mucho de la fábula, que aparece en los


Isopetes medievales, en las colecciones de apólogos traducidos de Orien­
te, como los de Calila e Dimna o el Sendébar, e igualmente en la obra de
los grandes escritores de esa época, como el Arcipreste de Hita (Libro
de Buen Amor) o don Juan Manuel (El conde Lucanor). Se ha seguido
echando mano de la fábula en la literatura moderna, desde las clásicas
poesías de La Fontaine hasta las más recientes modificaciones sobre
fábulas clásicas que nos ofreció en breves prosas el ácido humor de
Ambrose Bierce en su Aesopus Emendatus.
Aunque tanto los ejemplos tomados de hechos sucedidos como
los que se basan en hechos ficticios son admisibles en cualquier género
de discurso, las fábulas —le parece a Aristóteles— son más apropiadas
para los discursos políticos. Para componerlas bien es necesario saber
ver nítidamente la semejanza que se establece entre la causa tratada y
la fábula que creamos; y a ver dicha semejanza con facilidad ayuda sin
duda la disciplina mental (la filosofía). En cuanto a los ejemplos a base
de hechos reales, son más útiles para la deliberación, dado que lo que
está por acontecer suele casi siempre ser similar a lo ya acontecido.
¡Nada hay nuevo bajo el sol! Como dijo un hombre del Renacimiento:
Sólo ca?nbian los rostros de los hombres y los colores externos; siempre se repiten
las mismas cosas y nada nos sucede que antes no haya acontecido a otros.
David Pujante / Manual de retórica

134

Todos los ejemplos — se constituyan sobre hechos verdaderos o


ficticios (parábolas o fábulas)— , tal y como hemos visto, refieren, un
hecho concreto -—cómo responde el peral al maltrato, qué dice la zorra
al erizo— , El caso cjue vendrá a continuación, el de las máximas, se
configura en sentido universal. Dentro de las pruebas del primer tipo,
las construidas sobre casos concretos, según Perelman y Olbrechts-Tyte-
ca, no sólo tenemos los ejemplos, también hay lo que ellos llaman ilustra­
ción y modelo.
Según ellos, el ejemplo fundamenta una regla, mientras que la
ilustración sólo refuerza la adhesión de los oyentes a una regla que ya
es conocida y ha sido admitida por la sociedad. El poder probatorio de
la ilustración es menor y lo que se exige de ella no es tanto su valor
demostrativo como ilustrativo (de ahí su denominación). En virtud de
tal carácter ilustrativo, debe ser vivida, tener la capacidad de impresio­
nar, de atraer la atención. 6ci He aquí un ejemplo que extrae de Russell,
para su manual, Mortara Garavelli:
El histerismo de las masas no es un fenómeno que se manifieste
únicamente en los seres humanos, sino que puede ser observado
en cualquier especie gregaria. Una manada de elefantes, ante la apa­
rición de un aeroplano, fu e presa del terror colectivo. Cada elefante estaba
aterrorizado y comunicaba su terror a los otros, creando así una vasta
multiplicación del pánico. 70

Es interesante traer a colación la relación que establecen Perel-


man-Olbrechts con ciertas estructuras de cuentos de Poe o Villiers de
risle-Adam que, iniciándose con una regla, todo el relato consiste luego
en desarrollar una ilustración de la misma. Algo similar sucede, y muy
habitualmente, en los textos de las Vidas paralelas de Plutarco. Los
contenidos morales allí expuestos suelen, venir ilustrados con aconteci­
mientos históricos relacionados con las vidas de los distintos personajes.
Primero se enuncia el principio moral, la regla, y luego se ilustra. En los
casos de los apólogos medievales o de las fábulas antiguas y modernar
también se juega con el orden de la regla o moraleja. En este entendí-

:■ Ch. P E R E L M A N y L. O LB R EC H T S-TYT EC A , Tratado de la argumentación


La nueva retórica, M adrid, Gredos, 1989, § 79, págs. 546 ss.
B 70 Bice M O R T A R A G A R A V E L L I, Manual de retórica, cit., pág. 86.
III . El corpus retórico

135

miento de la ilustración quizás cabría la parábola cristiana. Podríamos


entender la diferencia aristotélica entre parábola y fábula, a la vista de
la distinción de Perelman, no sólo por la aparición de animales en la
última sino por el distinto orden en el que aparecen la regla y el relato.
En la parábola la regla vendría antes y después la ilustración, y en la
fábula se contaría primero la historia y después vendría la moraleja. Pero
Perelman indica explícitamente que la diferencia entre ejemplo e ilus­
tración no se encuentra en el orden de los términos: el orden del discurso
no es un factor esencial.71 Con todo, los autores mismos comprenden que
la distinción entre ejemplo e ilustración es algo sutil:
Aunque sutil, no se ha de desdeñar el matiz entre ejemplo e ilus­
tración, pues permite comprender no sólo que el caso particular
no siempre sirve para fundar la regla, sino que a veces se enuncia
la regla para sostener casos particulares que parecen que deben
corroborarla.;í

Más allá de cualquier puesta en tela de juicio respecto a la eficacia


que puedan tener estas sutiles divisiones, creo interesante insistir en la
importancia de la reflexión de Perelman a la hora de considerar la es­
tructura de los relatos de Poe o de otros escritores como Hawthorne,
Villíers de Hsle-Adam y muchos más que se conducen en esta línea de
ilustración moral/amoral (decadentismo: Wilde). Con ellos, la ilustra­
ción plutarquesca de alguna máxima ética, de algún principio psicológi­
co, se desgaja del discurso amplio y se convierte en un texto indepen­
diente. Pensemos en Los crímenes de la rue Morgue de Edgard A. Poe.
Durante casi cinco páginas del texto, Poe expone el principio de la
capacidad analítica del hombre, un procedimiento y una sabiduría de
elección de objeto (saber lo que debe ser observado) que conduce a fascinan­
tes resultados. Una facultad que va más allá del ingenio y cuyos resul­
tados son tan asombrosos que se confunden con la intuición. A partir
de ese momento, Poe nos dice (y es el punto de inflexión del texto): E l
relato que sigue a continuación podrá servir en cierto modo al lector para ilus­
trarse en una interpretación de las proposiciones que acabo de anticipar.73 Así

?I Ibidem, pág. 547.


71 Ibidem, pág, 548.
k Edgard A. POE, Narraciones completas, vol. I, Mexico, Aguilar, 1980, pág. 527.
David Pujante / Manual de retórica

I3 6

pues, tenemos un texto narrativo, un cuento de Poe, cuyos elementos


articulatorios son: proposiciones inicíales y relato ilustrativo posterior.
Estamos asistiendo a los inicios de la novela policiaca.
Podríamos, uniendo la tradición aristotélica y la aportación de
Perelman-Olbrechts, hablar de ejemplos ilustrativos, que no son prueba
definitiva, y de ejemplos-prueba, es decir ejemplos que sí constituyen
verdaderas pruebas, como el siguiente que extraigo de Plutarco, referido
a Aristides:
[Aristides] con haber alcanzado que Atenas imperase sobre tantos
pueblos, no por eso dejó de ser pobre [...} y laprueba es lo siguiente.
Caltas el daduco era pariente suyo. Seguíanle sus enemigos causa
capital, y después que hablaron lo que era propio sobre los obje­
tos de la acusación, saliéndose fuera de ella, dirigieron la palabra a
los jueces para tratar de Aristides, deciéndoles: «Ya conocéis a
este hijo de Lisímaco y cuán grande opinión goza entre los grie­
gos; pues ¿cómo pensáis que lo pasará en su casa, cuando veis que
con aquella mala capa se presenta en el tribunal? Porque ¿no es
indispensable que ci que en público tiene que tiritar de frío, en su
casa esté hambriento y falto aun de las cosas más precisas? Pues
Calías, el más rico de ios atenienses, con ser su primo, no hace
caso ninguno abandonándole en la miseria.» [...} Vio Calías
que esta especie había hecho gran impresión sobre los jueces [...]
por lo que pidió se le llamase a Aristides para que testificara ante
los jueces que, habiéndole ofrecido intereses repetidas veces y
rogádole los aceptara, nunca había condescendido. Convino
Aristides en que Calías decía bien y no salió de allí ninguno que
no quisiera más ser pobre como Aristides, que rico como Calías.74

Plutarco considera el ejemplo que da como una prueba definitiva


sobre el ser virtuoso de Aristides: el general que tanto bien había pro­
porcionado a los griegos, vivía en la pobreza. En la causa capital contra
su primo, el rico Calías, los acusadores hacen un excurso referido a
Aristides: Calías no ha socorrido ni a su primo, el gran general. Calías,
viendo el efecto que ha hecho sobre los jueces esta acusación, pide que

74 PLU TA R CO , Vidas paralelas, cit., págs. 158-159.


III. El corpus retórico

137

sea el propio Aristides quien certifique que en muchas ocasiones le ha


ofrecido intereses que el virtuoso general ha rechazado. La directa, ca­
pacidad probatoria de estos ejemplos dista mucho de ser la que tienen
los ejemplos ilustrativos.
Las construcciones de este tipo también las tenemos en los anun­
cios publicitarios televisivos, que en muchas ocasiones están construi­
dos con una regla inicial a la que sigue un ejemplo ilustrativo. En la pu­
blicidad nunca nos encontramos con un ejemplo-prueba, pues se evita dar
la sensación de estar ofreciendo un discurso retórico (quiero decir,
persuasivo). Nunca la utilización de un perfume o de un determinado
champú por parte de los modelos aparece como obligatorio, ineludible,
inevitable, sino que el ejemplo visto en los otros resulte tan sugerente,
tan impresionante, tan vivido, que funcione el deseo de imitarlo.
La regla inicial nos enuncia un modo de comportamiento social
que todos asumimos. Luego aparece una ilustración: si utilizamos un
producto determinado (el que se intenta promocionar) cumpliremos a
la perfección la regla social que todos tenemos asumida. En ocasiones
se refuerza con una coletilla final, una especie de moraleja. Es el caso
del siguiente anuncio publicitario (emitido en televisión en ei mes de
marzo de 2000):
Una mujer de mediana edad (que parece venir acreditada por el
título que aparece al pie de su figura en eí televisor: Evelyne Re-
ygnier, Directora Instituto de Salud) comienza enunciando:
E l secreto de la auténtica salud está en disfrutar cuidándose.
Enunciada la regla, viene la ilustración:
Por eso recomendamos MOUSSE DE YOGHOURT DANONE,
Porque al llevar yoghourt es más sano
Y al ser mousse es más fácil cuidarse.

En ocasiones la elaboración verbal es mínima. Las palabras sugie­


ren toda la trascendencia de las imágenes: interior y exterior de un
coche que se promociona. Se dice: Sentir, disfrutar, compartir. Es el enun­
ciado de la regla. Se asevera: Esto es vida. Y se acaba por decir: CH RYS­
LER V O YA G ER .
Con la consideración del modelo, el tercero de los modos argumen­
tativos por caso particular según Perelman-Olbrechts, entramos en el
ámbito de ios procesos de identificación de ia psicología, de las tenden-
David Pujante / Manual de retórica

&

cías sociológicas de imitación. En la moderna publicidad el caso del


modelo de cine o deportivo es tan eficaz, es tan efectivo como podría
serlo el de Cristo en el ámbito de los Padres de la Iglesia. iNo hace falta
rebuscar mucho, con echar mano de cualquier revista o semanal de
periódico de la fecha en ia que pensemos sobre esto, nos encontraremos
textos similares al siguiente (en esta ocasión va de gafas):
Montura cuadrada, ovalada, redonda, sutil, espesa {...] hay espacio
Ubre para la imaginación, tratando así de imitar a nuestra actriz
o actor preferido. ¿Quién no querría parecerse a Catherine Zeta-
Jones, a Daryl Hannah, a Brad Pitt o a Richard Gere? La gafas
están tan de moda que lo último es ponerse montura con cristales
transparentes... iincluso sin graduación! ¿Defecto que se convierte
en virtud? "

Los modelos nos harán comprar, por un proceso de identificación


fortísimo, un elemento superfluo e incluso desprestigiado en un mundo
de perfección física enfermiza (como es el caso de las gafas). Los mo­
delos que se propone imitar una época, un medio o un hombre ios
caracteriza. Cuando una sociedad imita poetas, oradores, filósofos y
juristas, sin duda no tiene nada que ver con la que imita cantantes,
actores de cine, deportistas y top models. Añadamos [...] que la indiferencia
en cnanto al modelo puede ser considerado un modelo, dicen Perelman-Olhre-
chts. Esto nos indica cómo los modos de argumentación se aplican a las
circunstancias más diversas. ~6
Tal y como considerábamos antes, en la publicidad televisiva nos
encontramos con estructuras argumentativas en las que a una regla sigue
una ilustración. Si nunca encontramos ejemplos-prueba, tampoco hemos
de encontrarnos, salvo en contadas ocasiones, con estructuras entimé-
micas (de las que hablaremos en la tópica menor). La razón es, en ambos
casos, la misma: los anuncios publicitarios evitan cualquier evidencia de
interés persuasivo y, sin embargo, los entimemas son construcciones
silogísticas cuyo carácter deductivo pone demasiado de relieve su fun­
ción, por tanto hay que huir de ellos. A veces las ilustraciones en la

" M el estilo de el mundo, 27-I I-20 0 0 , pág. 28.


Ch. P E R E L M A N y L. O LB R EC H T S-TYT EC A , Tratado de la argumentación.
La nueva retórica, cit., pág. 557.
III. El corpus retórico

publicidad televisiva se muestran de manera paralela a la regla a la que


sirven, lo que es posible por su doble carácter: los mensajes publicitarios
se componen de palabra y de imagen. La palabra enuncia la regla, la
imagen ilustra. Como nos dice López Eire, el mensaje publicitario no se
limita ya al empleo del lenguaje oral o escrito, puede usar otros sistemas de signos
no verbales, con lo que gana en intensidad' rapidez, facilidad comunicativa.77
A esta estructura argumentativa publicitaria con ejemplo ilustrativo
se une otra posibilidad, la del modelo. La ilustración puede protagonizarla
un modelo social. Por ejemplo, no es lo mismo que se atiborre de natillas
D A N O N E un desconocido o que lo hagan distintos deportistas de elite
y de especial éxito social o campeones del mundo como Crivillé, Michel,
Raúl y tantos otros. Con el paso de los años los comedores de natillas
también irán cambiando en relación con las modas a este respecto.
Los modelos pueden ser reales o ficticios. Nadie conoce a la su­
puesta directora de un instituto de salud de no se sabe dónde, llamada
Evelyne Reygnier y que sale en el anuncio de la MOUSSE D E YO -
G H O U R T D A N O N E. Nadie conoce a la experta criadora de perros
W. Misterka-Kuska que aparece en el anuncio de P E D IG R E E con
E O R T IV ÍL , un misterioso producto que al parecer refuerza las defen­
sas naturales de los perros. Nadie sabe quién es Manuel Moreno, inge­
niero agrónomo según indica el subtítulo del anuncio, a quien enseñó su
padre a amar la tierra y a escoger los mejores melocotones, y que da la
nota científica y de calidad al recomendar la SE LE C C IO N D A N O N E
C O N FRU TAS. Sí sabemos, en cambio, quién es Judit Mascó, mamá,
modelo y mamá de nuevo, que puede valerse de la ropa de su primer
retoño para el segundo, porque está impecable; To siempre lavo con
NO RIT. El anuncio tiene un epílogo: Sólo N O RITcuida lo que más quieres.

LA M AX i Al A (aseveración de lo universal): El segundo tipo de


pruebas lógicas son las máximas (proverbios, gnâmë, sententia). Así las
define Aristóteles:
Una máxima es una aseveración; pero no, ciertamente, de cosas
particulares, como, por ejemplo, de qué naturaleza es Ifíerates,
sino en sentido universal·, y tampoco de todas las cosas, como, por

71 Antonio LO PE Z E IR E , La retórica en la publicidad, cit., pág. 38.


David Pujante / Manual de retórica

140

ejem plo, que la recta es contraria a la curva, sino de aquellas [cosas]


precisamente que se refieren a acciones y son susceptibles de elección o re­
chazo en orden a la acción. (Rhet., 1394321-26)

Nos encontramos, pues, con:


a) una aseveración o afirmación general;
b) esta aseveración verifica el parecer del orador respecto al caso
particular que trata en su discurso;
c) ejerce sobre e] auditorio la autoridad de la sabiduría común­
mente aceptada (decreto sancionador, aceptado por la comu­
nidad).

El mecanismo es como hemos expuesto. Elegimos una afirmación


general, por ejemplo: Hierve la olla, vive la amistad, proverbio clásico que
aparece en los epítomes de Zenobio.?fí El orador lo empleará cuando
considere que el interfecto entra dentro del radio de acción (como pro­
tagonista o como sujeto paciente) de quienes traban amistad por interés
y la mantienen mientras sacan beneficio de dicha relación amistosa. Por
ser un proverbio bien conocido y sancionado por la comunidad, los
oyentes lo aceptan sin ningún reparo.
Dado el carácter general de estas afirmaciones, tienen una amplia
aplicación. Por tal razón elpresente es el tiempo de la máxima, de la sentencia,
es decir, de lo que se considera que está en actualidad permanente ~t]. Es funda­
mental la pertinencia en el caso al que se aplica. Y resulta eficacísima
su autoridad por ser una afirmación comúnmente aceptada, tanto por eí
orador como por los oyentes. Al ser expresión de sabiduría común,
conocida, no necesita ser (de)mostrada como los entimemas. Por tanto,
si retomamos el mecanismo de la máxima, ya expuesto, podemos aña­
dirle los rasgos de su eficacia discursiva:
a) una aseveración o afirmación general (A M P LIA M E N T E
APLIC A BLE);

% 78 Proverbio 12 de la. cuarta centuria del epítome de Zeaobio (colección pari­


sina), en: Proverbios griegos, Madrid, Gredos, 1999, pág. 149.
T1' Ch. P E R E L M A N y L. O L B R E C H T S -T Y T E C A , Tratado de la argumentación.
La nueva retórica, cit., pág. 257.
III. El corpus retórico

14 1

b) esta aseveración verifica el parecer del orador respecto al caso


particular que trata en su discurso (PER T IN EN T E);
c) ejerce sobre el auditorio la autoridad de la sabiduría común
(ACEPTADA).

Para Aristóteles las máximas en realidad son una parte de un


entimema: sus conclusiones o sus principios. Pone, para mostrarlo, un
ejemplo de la Medea de Eurípides: Ningún hombre que sea de natural sensa­
to/ debe instruir a sus hijos en demasiada ciencia (w. 294-295). Esta máxima
se convierte en entimema en el momento en el que se le añade la causa
y el porqué (R h e t 1394334-35);
Ningún hoínbre que sea de natural sensato
debe instruir a sus hijos en demasiada ciencia,
pues, amén de ganarse renombre de indolentes,
cosecharán el odio de sus conciudadanos, (w. 294-297)

Esta distinción aristotélica entre sentencia o máxima y entimema


la encontramos ya en la Retórica a Alejandro 14.4.
Podemos considerar que hay cuatro tipos de máximas, según la
tradición aristotélica. Hay máximas con epílogo, porque son paradójicas
o controvertidas y necesitan una explicación; y hay máximas sin epílogo,
pues al no decir nada paradójico ni controvertido no requieren más.
Dentro de las máximas con epílogo las ha.y que son parte de un entime­
ma (por ejemplo: Ningún hombre que sea de natural sensato/ debe instruir a sus
hijos en demasiada ciencia) y las hay que son un entimema en sí (por
ejemplo: Ira inmortal no alimentes, tú que eres mortal). En este segundo
caso, la máxima consiste en decir que no hay que alimentar la ira del
cielo; el añadido tú que eres mortal es el porqué.
Las máximas sin epílogo son las que resultan conocidas de ante­
mano por todos (por ejemplo: Para el hombre lo mejor es la salud) y las que
resultan evidentes (por ejemplo: No es amante el que no ama siempre).
El empleo de máximas no siempre conviene. Si es apropiado a
personas mayores, que muestran con ello su sabiduría, su gran experien­
cia de la vida, puede resultar pedantesco o pretencioso en boca de los
más jóvenes. Sin embargo, un joven que tenga un gran conocimiento del
tema a que se refiere la máxima puede estar en perfecta situación de
utilizarla.
David Pujante / M anual de retórica

142

i .. ¡ MAXIMAS CON EPILOGO PARTE DE UN ENTIMEMA


i M :
. ^ i (por ser p arad ó jicas o controvertidas,
¡ χ ; necesitan exp licació n) ENTiMEMA EN SÍ

M S MAXIMAS SIN EPÍLOGO A LG O CO N O CID O


A ! (no d icen n a d a p arad ó jico o controvertido)
S RESULTA EVIDENTE

La máxima resulta útil porque aproxima al auditorio, ya que lo


pone en contacto con una sabiduría común, popular, de la que todos
participan, auditorio y orador; y eso le gusta al hombre rudo. No en
balde el hombre campesino es muy refranero. Esa sabiduría popular,
aceptada por todos y que se expresa en la máxima, nos permite un
asentimiento general casi inmediato, puesto que el convencimiento vie­
ne dado, no hemos de conseguirlo con nuestro esfuerzo. Darle la vuelta
a una máxima también puede ser útil, pues deja a los auditores asombra­
dos al desmontar una aseveración previamente aceptada y que no ha
sido considerada nunca desde el punto de vista contrario, que la anula
y que es el punto de vista que ofrece en ese momento el orador. Por
ejemplo, ante la máxima no es amante el que no ama siempre, contradecirla
así: no me parece bien el dicho, porque el verdadero amante ama como si fuera
a amar siempre·, con lo que se valora la intención del amante, que es amar
siempre; sin que un posterior desamor invalide su fervor previo, su in­
tensidad anterior en la entrega amorosa.

C, Tópica menor

Una vez considerada la tópica mayor (lo posible y lo imposible, los


hechos, la amplitud y la disminución) y las pruebas lógicas que se esta­
blecen con ejemplos y máximas, ocupémonos — siguiendo el orden de
la propuesta aristotélica— de las pruebas lógicas que se construyen con
los entimemas. A los lugares comunes de los entimemas se les denomina
tópica menor.
III . E l corpus retórico

H3

LUGARES COMUNES DISCURSIVOS (RHEL il 3}


S] Tópica m ayor. Lo posible y lo imposible
Los hechos
La amplitud y la disminución
2) Pruebas ló gicas: Ejemplos: Hechos sucedidos
Hechos inventados: Parábolas
Fábulas
M áxim as
Entimemas
3) Tópica menor: Lugares com unes de los enfim em as

EL P E R F IL D E L E N TIM EM A : Los entimemas que estudia en el


libro II son para Aristóteles tipos de silogismos (los silogismos ya han
sido estudiados como tales previamente por Aristóteles en Rhet. I 2,
135603 ss, y I35ób36-57a3). Un silogismo es, en definición aristotélica, un
argmnento en el cual, establecidas ciertas cosas, resulta necesariamente de ellas,
por ser lo que son, otra cosa distinta de las antes establecidas {Anal. Pr. I 24b
18-23), Definición general aplicable no solamente a la inferencia silogística
sino también a otros tipos de inferencia —si no a la inferencia deductiva en
general— . So Aristóteles ejemplifica siempre, no obstante, por medio de
inferencias de un tipo especial: dos premisas (con dos términos cada
premisa, uno del total de los cuales no aparece en la conclusión) y
conclusión (también con dos términos) inferida de las premisas:
(P n ) Si to d o s los m am ífero s (1) so n m o rtales (2)
(Po) y todos los gatos (í) son mamíferos (2),
(Con.) entonces todos los gatos (1) son mortales (2).

Cada premisa tiene dos términos, como también la conclusión


inferida de las premisas. En total contamos con tres términos distintos
(mamíferos, mortales y gatos), de los cuales uno no aparece en la con­
clusión (mamíferos). Se constituye este silogismo categórico como una
forma condicional: Si {...} y {...], entonces [...}. El antecedente del con­
dicional se compone de las dos premisas (llamadas mayor y menor). El
consecuente es la conclusión. Los tres términos que intervienen se 11a-

s" José FE R R A T E R M O RA, Diccionario de Filosofía, Barcelona, Círculo de


Lectores, 1991, vol. 4, pág. 3033h,
David Pujante / Manual de retórica

144

man: término medio, término mayor y término menor. El término


medio aparece en las dos premisas, pero no en la conclusión (es el caso
de mamíferos). El término menor es el primero de los de la conclusión
(gatos) y el mayor, el segundo (mortales).
La forma silogística, empleada por Aristóteles podríamos esque­
matizarla así:
Si A [es predicado/ es verdadero] de todo B
y B [es predicado/ es verdadero] de todo C,
entonces A [es predicado/ es verdadero/ pertenece a/ inhiere en]
de todo C.

Los entimemas no suelen tener la forma de un silogismo formal,


porque entonces no tendrían, eficacia retórica. De igual manera que
hemos dicho que en el desarrollo de un mensaje publicitario no se
puede exponer un procedimiento deductivo completo, por resultar in­
eficaz en varios frentes (evidenciaría demasiado el deseo de convencer,
resultaría pesado y de difícil comprensión), la eficacia del discurso retó-
rico —al fin y a la postre una manifestación oral— también pasa por la
necesidad de aligerar de la pesadez lógico-formal el producto.
¿Qué son, pues, en realidad los entimemas? Sí el discurso retórico
no lleva con bien las apariciones de silogismos (con sus premisas y sus
conclusiones), si los entimemas no suelen tener la forma de un silogismo
formal, ¿qué son en realidad?
Las tradiciones postaristotélicas han subsumido bajo el nombre de
entimemas especies de enunciados presuntamente a l margen del silogismo.Sl Dio­
nisio de Halicarnaso llama entimema a cualquier enunciado retórico.
Quintiliano comienza diciendo que enthymema se traduce en latín por
commentum y da una definición amplia, al modo ciceroniano, conside­
rándolo como todo lo concebido por el espíritu (Inst. orat. V ίο i), es decir,
todos los conceptos mentales, como Dionisio de Halicarnaso. En se­
gundo lugar dice Quintiliano que también se ha definido el entimema,
en la tradición retórica conocida por él, como una proposición fundamen­
tada en tina razón (bist. orat. V ίο 2). Y, en tercer lugar, lo define como

^ Quintín R A C IO N E R O en: A R IS T O T E L E S , Retórica, cit., pág, 417, nota


280.
III . El corpus retórico

*45

la conclusion de un razonamiento procedente bien de las consecuencias


necesarias bien de los contrarios (Inst. orat. V 10 2).
Si volvemos a Aristóteles, podemos sacar como conclusión del
estudio de todos los ejemplos aristotélicos de entimemas que todos
pueden ser desplegables en forma de silogismo. Todos contienen implí­
citamente sus premisas y su conclusión. Son, pues, silogismos encubier­
tos o disfrazados. Pero los silogismos retóricos (dado por hecho que los
entimemas lo son) son silogismos de un carácter especial. Lo son por su
especial estructura superficial, pero también por otras razones. Los si­
logismos retóricos se diferencian de todos los demás en que han de ser
escogidas sus premisas entre el más restringido campo de las pistéis o
sistema comunitario de creencias. Si los silogismos dialécticos se pueden
construir con cualesquiera premisas probables, los silogismos retóricos se
construyen en el más restringido campo de las proposiciones convincen­
tes: tienen que ser enunciados pertinentes (hypárchonta.) a su finalidad, el
persuadir.
Hablemos de la estructura de los silogismos retóricos. Para que un
enunciado sea un buen silogismo retórico: 1) no debe uno arrancar de
muy lejos para hacer las deducciones, pues el enunciado se hace oscuro;
2) no debe uno seguir todos los pasos, pues entraña hablar demasiado.
Una buena técnica persuasiva es contraria a la oscuridad y a la proliji­
dad. Otros silogismos requieren de esos dos elementos, pero nunca
serán silogismos retóricos, pues se dan de bruces contra el buen uso
retórico. Así, por ejemplo, es mejor un enunciado musical, biensonante,
que atrae al auditorio, que un silogismo de lógica perfecta pero duro de
oír. Y es en este sentido en el que se debe tomar la máxima de ciertos
poetas: los oradores incultos hablan con más arte al pueblo (Rhet., II 22;
1395b 29-30),
En cuanto a las premisas, no deben ser únicamente las necesarias
por lógica sino también las válidas para la mayoría; ya que esa mayoría
aprecia más y tiene más en cuenta lo que conoce y valora que lo que es
lógico (quizás no sean capaces de valorar esto último).
En la base de todas estas consideraciones para construir silogis­
mos retóricos está la pertinencia. Aristóteles comprende perfectamente
que aprehender lo pertinente a un objeto es capacitarnos para llevar a
buen término cuanto se refiere a él. En el terreno particular de la retó­
rica hay que centrarse en los silogismos retóricos, en los silogismos que
David Pujante / Manual de retórica

14 6

son pertinentes a la oratoria. La pertinencia del silogismo retórico en ei


discurso oratorio y la no pertinencia de otros tipos de silogismo es
cuestión de comprensión del medio y de obrar en consecuencia para
obtener los mejores resultados.
LOS LU G A R ES CO M U N ES D E LOS E N TIM EM A S: Y a en los
Tópicos nos ofrece Aristóteles una clasificación de los lugares comunes
(esquemas arguméntales, estructuras vacías a rellenar) de los que se
extraen los silogismos dialécticos y retóricos. Allí nos comenta que,
ante las cuestiones (teoremas), se plantea una serie de problemas (problema
significa literalmente: algo que se arroja ante alguien) que conducen a la
realización a su vez de una serie de razonamientos (silogismos) sobre cada
uno de dichos problemas. Los argumentos (comprobacionesy razonamientos)
surgen de las proposiciones (premisas) en relación. Estas proposiciones (jui­
cios que afirman o niegan) son plausibles, es decir, tienen cierto grado
de credibilidad, y no son necesariamente verdaderas. Son en realidad
proposiciones aceptadas por toda la sociedad o gran parte de ella, o
bien por las cabezas más señeras de la comunidad.
Pongamos un ejemplo. Un problema es una interrogación disyun­
tiva: ¿Es verdad o no que el hombre time alma? El problema ha de ser dis­
cutible, controvertible, de lo contrarío sería ei tiempo gastado en dilu­
cidarlo una pérdida. Ante el problema se ha de asumir uno de los
miembros (bien el hombre tiene alma bien el hombre no tiene alma). He aquí
una proposición (prótasis o thésis). Las premisas en relación constituyen el
razonamiento (syllogismos).
Toda proposición indica bien género (animal, es el hombre), bien
propiedad (algo que le es propio a aquello de lo que tratamos), bien acci­
dente (ser blanco es accidente en el hombre). Respecto a la propiedad nos
encontramos con propiedades que definen (qué es el ser para X: quididad) y
con propiedades que no definen, simplemente son. algo propio de algo o al­
guien (leer y escribir es propio del hombre). Con ello tenemos los cuatro
predicables sobre los que monta Aristóteles en los Tópicos los lugares
comunes de los entimemas: género, definición, propio, accidente.

P R IM E R A C E R C A M IE N T O A LA M O D ER N A R E C U P E R A ­
C IÓ N D E L LU G A R POR PER ELM A N : Perelman, en su moderno tra­
tado de la argumentación, se sitúa más cerca del pensamiento sofista (es
decir, del homo rhetoricus) que lo pueda hacer en su tratado retórico el fi­
III. El corpus retórico

lósofo Aristóteles. La clasificación aristotélica de los tipos de lugares que


pueden servir de premisa a los silogismos dialécticos o retóricos, según Perelman,
está enfunción de lasperspectivas establecidaspor sufilosofía.82Pone Perelman
el dedo en la llaga, porque Aristóteles es un filósofo siempre, tanto cuan­
do se muestra más intransigente con la retórica como cuando la utiliza.
Perelman, situado en otro ámbito, tiene otro propósito: no queremos vin­
cular nuestro punto de vista· a una metafísica particular, por lo tanto, sólo lla­
maremos lugares a laspremisas de carácter general que permiten fundamentar los
valores y lasjerarquías y que Aristóteles estudia entre los lugares del accidente. *3
Según este planteamiento de Perelman, ajeno a la metafísica filosófica
aristotélica, la clasificación que propone en su tratado es como sigue:
L o que nos interesa es el aspecto por el cual todos los auditorios,
cualesquiera que fueren, tienden a tener en cuenta ciertos lugares,
que agruparem os bajo algunos títulos m uy generales: lugares de la
cantidad, 3a cualidad, el orden, lo existen te, la esencia, la persona.
L a clasificación que presentam os se justifica, a nuestro juicio, por
la im portancia, en la práctica argum entativa, de las con sideracio­
nes relativas a estas categ o rías.S'1

Entiende por LU G ARES D E LA C A N T ID A D los lugares comunes


que afirman que algo vale más que otra cosa por razones cuantitativas.Ss La
superioridad de — o al menos el respeto a— lo que está admitido ma-
yoritariamente es un fundamento del mecanismo democrático. El sen­
tido común también está relacionado con la opinión mayoritaria. Cuan­
do decimos que algo es de sentido común estamos considerando el
consenso de la generalidad. En su reflexión sobre este lugar de la can­
tidad, Perelman nos recuerda que el filósofo Platón, que oponía la ver­
dad a la opinión de la mayoría es, sin embargo, con ayuda de un lugar de la
cantidad como valoriza la verdad, haciendo de ella un elemento de acuerdo de
todos los dioses, y que debería suscitar el de todos los hombres. 86

31 Ch. P ER ELM A N y L. O L B R E C H T S -T Y T E C A , Tratado de la argumentación.


La nueva retórica, cit., pág. 146.
®J Ibidem, pág. 146.
H Ibidem, pág. 147.
Sí Ibidem, pág. 148,
Ibidem, págs. 149-150. La referencia a Platón se encuentra en el diálogo
ΰ Pedro, 273 d 1.
David Pujante / Manual de retórica

148

Este lugar de la cantidad es el que encuadra cualquier debate res­


pecto al sufragio universal y a los dirigismos elitistas. Un buen ejemplo
es el libro de Ortega y Gasset La rebelión de las masas.
En esta misma línea, Aristóteles prefiere lo que es más útil en
todas las ocasiones, o en las más de ellas; y Rousseau propugna la supe­
rioridad de una educación generalizadora: generalización de nuestros
puntos de vista, consideración del hombre en abstracto, del hombre en
lo que tiene de común, de generalizahle.
Igualmente entre los lugares de la cantidad considera Perelman la
preferencia dada a lo probable sobre lo improbable, a lo fácil sobre lo difícil, a lo
que corre menos peligro de que se nos escape. {...} Lo que .fe presenta muy a
menudo, lo habitual, lo normal, constituye el objeto de uno de los lugares utiliza­
dos más frecuentemente. *S7
A este mismo lugar atañe la idea de lo normal y el paso a lo
normativo. En su constelación se encuentran la norma de conducta, la
conducta normal, la desconfianza en lo excepcional, su precariedad. Si
en la desconfianza de la excepción basa Descartes una regla de su moral
(de entre varias opiniones [...] elegiría las más moderadas, {...} cualquier exceso
suele ser malo·, Discurso del método, parte II I) ,ss Montaigne había funda­
mentado su pensamiento sobre lo normal no en lo mayoritario habitual
sino en el simple hecho de que algo provenga de la naturaleza. Así, en
su ensayo Sobre un niño monstruoso nos dice:
Los que Llamarnos m onstruos no lo son para D io s, que ve en la in­
m ensidad de su obra la infinitud de las form as que en ella ha com ­
prendido; y es de creer que esta figura que nos asom bra refleje y de­
penda de alguna otra figura del m ism o género desconocido para el
hom bre. D e su infin ita sabiduría nada sale que no sea bueno y co­
mún y ordenado. [...] Llam am os con tra natura aquello que acaece
con tra la costum bre; nada. es sino según ella, sea com o s e a .89

Los LU G A R ES D E LA C U A L ID A D aparecen, según Perelman,


cuando se cuestiona la eficacia del número.90 Cuando la opinión mayoritaria

v" Ibidem , pág. i j i .


C f. ibidem, pág. 153.
s" M ichel de M O N T A IG N E , Ensayos, II, cap. X X X , M adrid, Cátedra, 1993,
P%: 4 6 8 .
Ch. PERELM AN y L. O LB R EC H T S-TYT EC A , Tratado de la argumentación.
La nueva retórica, cit., pág. 153.
III. EÍ corpus retórico

149

no es compartida. Son los lugares de las minorías, que quieren que su


voz se oiga, que quieren un puesto para ellos en la sociedad. Son los
lugares de los reformadores de costumbres, de ideas, de puntos de
vista, de interpretaciones. Es el caso de los reformadores del siglo xvi
que se alzan contra la Iglesia romana. Perelman pone como ejemplo
el caso de Calvino: Opone al número la cualidad de la verdad garantizada
por Dios. 91
Una vez más nos encontramos en un terreno conflictivo, pues los
lugares de ia cualidad pueden y suelen ser transitados por las minorías
arrinconadas, marginadas, maltratadas, que suscitan todo tipo de suspi­
cacias, que se encuentran fuera de la ley (recordemos la magnífica y ya
clásica reflexión que hace Elans Mayer sobre la mujer, el homosexual y
el judío en la cultura occidental1”); pero también suelen ser buenos
lugares de tránsito para los iluminados en el sentido peor de la palabra:
los que se creen en posesión de la verdad contra la masa errada. Si esos
iluminados son doctrinarios, el conflicto está servido.
Nos encontramos con otro problema propio de estos lugares de
la cualidad: la unicidad de cada ser frente a lo susceptible de ser
universal. En el primer lugar de esta bipolaridad se mueven el singular
memorialista Marcel Jouhandeau y los filósofos Gabriel Marcel y
Martin Buber entre otros muchos. El valor de lo único se relaciona
con lo raro y, por tanto, con. lo especialmente apreciado. Su existencia
precaria hace de su pérdida algo irreparable. Con el prestigio de lo
raro se ha jugado en el decadentismo. Recordemos la obra de Rubén
Darío Los raros. El valor de lo único es defendido en el campo de la
teoría de la literatura, dentro de la teoría de los géneros, por Bene­
detto Croce. Este desecha las categorías de acción trágica, acción có­
mica o acción épica, porque son conceptos abstractos y universales
que nada tienen que ver con las impresiones que constituyen realmen­
te el hecho estético. Para Croce las formas lógicas y científicas se
oponen de manera excluyente a las formas estéticas, y las formas
estéticas son únicas e inclasificables.95

■' Ibidem, pág. 154.


Hans M A Y E R , Historia maldita de la literatura, Madrid, 'laurus, 1977.
Cf. Benedetto C R O CE, Estética como ciencia de la expresión y lingüistica general,
Buenos Aíres, Ediciones Nueva Visión, 1973.
David Pujante / Manual de retórica

ip

LOS LU G ARES D EL O RD EN afirman la superioridad de lo ante­


rior sobre lo posterior. 94 Las causas preceden a los efectos. Las leyes o
principios están por encima de los hechos. El problema consiste en
saber cuáles son los principios. Como dice M. Yourcenar, tina ley que
se infringe habitualmente no es una buena ley.
LOS LU G A R ES D E LO E X IS T E N T E 'confirman la superioridad de
lo que existe, de lo que es actual, de lo que es real, sobre lo posible, lo eventual o
lo imposible. 95 Manifiestan la ventaja de lo que existe frente a lo que es
sólo proyecto, al margen de que pueda el proyecto mostrarse como
posibilidad mejor que lo ya existente. Su existencia lo coloca en ventaja
e incluso puede anular o quitarle sentido a la realización del proyecto.
Si dos personas desean hacer un mismo trabajo, por muy interesante
que pueda resultar el que esté por hacer, la culminación del trabajo por
el primero deja en desventaja al segundo. Sin duda no estaba ajeno a
este hecho el disgusto de Cervantes ante Avellaneda.
LOS LU G A R ES D E LA E SE N C IA se relacionan con el hecho de
conceder un valor superior a los individuos en calidad de ser los mejores
representantes de unas características: las mejores encamaciones de una
esencia. Están relacionados estos lugares con la antonomasia. Lo que
encarna mejor un tipo, una esencia, una función, se valoriza por el hecho mis­
mo. 96 Sin duda el emperador más emperador es Carlos V.
Perelman considera LU G A R ES D E R IV A D O S D E L V A LO R D E
LA PERSO N A vinculados a la dignidad, al mérito y a la autonomía. Lo
que hacemos por nuestro propio esfuerzo es más deseable que aquello
que obtenemos con ayuda. Son, pues, los lugares que valoran frente a lo
exterior lo interior. El refrán español «no ofende quien quiere sino quien
puede» está plenamente integrado en este ámbito. Frente a la fuerza
interior nada que venga de fuera tiene poder.

LA E N U M E R A C IÓ N A R IST O T É L IC A D E LOS LU GARES:


La enumeración aristotélica de los tópoi menores de los entimemas re­
tóricos es mucho más amplia y la ofreceré a continuación en una tabla
que reorganiza la larga y caótica enumeración de Aristóteles (capítulo 23

- *♦ Ch. P ER ELM A N y L. O LB R EC H T S-TYT EC A , Tratado de la argumentación.


La nueva retórica, cit., pág. ϊόο.
Ibidem, pág. 161.
Ibidem, pág. 162.
III . El corpus retórico

del libro Π de la Retórica). Dejo fuera los entimemas aparentes del


capítulo 24. Me baso en la ordenación por clases de lugares comunes y
principios de ios que dependen, realizada por Russo y completada por
Racionero. Al final de cada lugar coloco el número de orden con el que
aparece en el texto de la Retórica de Aristóteles. Cuando las referencias
al tópico son varias, en las sucesivas ocasiones sólo aparece el número.
Los demáslibros mencionados en la tabla aparecen sólo con el título,
salvo que,paradistinguirlos de los de Aristóteles, requieran también la
referencia autorial:

TOPO! PRINCIPIO DE CONTRADICCIÓN:


LÓGICO^ Tópico de ¡os contrarios (Cf. Top. II 8, 113b27 ss.; C ¡c., Tóp.
METAFÍSICOS XI 47; Snst. orat. V 10, 77). «El ser sensato es bueno porque
la fa ifa de control sobre uno mismo es perjudicial.» 1/
Biaisosis: C u an d o a c a d a uno d e los contrarios sigue un
bien y un m ai. «Si hablas con justicia te odiarán los hom ­
bres; y sí con injusticia, ios dioses.)) 14/
Razones que aco n se ja n y disuaden: «Si ei castigo v a a ser
menor que ei negocio.» 20/
Exam inar si c a b e algo mejor que lo que se aco n se ja o se
h a c e o se ha hecho ja sabiendas nadie elige el m aij. 25/
Tópico de la semejanza/desem ejanza: ju icio sobre un caso
igual o sem ejante o contrario. Se b asa en ei consenso so­
cial (ya se c o n o ce el otro caso ) o en ei principio d e au to ­
ridad (C ic., Top. XX 78). I i /
Tópico de la artaíogfa: La proporción o an alo g ía es la base
de ia m etáfora (Rhef. Ill 10, l i a i ; Poét. 21). 16/

PRINCIPIO DE CAUSALIDAD;
Tópico de la causalidad: ia m ayoría d e las v e c e s de uno
c o sa se sigue un bien y un m al. (Tóp. il 8, iil 2; C ic ., Tóp. Xli
53; insf. ora f., V 10, 74), uA ia e d u c a c ió n sigue la envidia,
que es un m ai; sin em bargo, el ser sabio es un bien. Por
consiguiente; o no co nviene recibir e d u c a c ió n , p ara no ser
envidiad o; o sí co nviene, p ara ser sabio.» 13/ 14/
La ig uald ad de ios co nsecuentes remite a la Igu aldad de
ios an te ce d e n te s. «Com eten iguoí im piedad los que afir­
m an que ios dioses n a c e n com o los q ue aseguran que
mueren, pues ia c o n se c u e n c ia en am bos casos es que hay
un tiempo en el que no existen dioses.» 17/
David Pujante / Manual de retórica

152

La c a u sa posible es efe ctiv am e n te ia c a u sa reai: «Los dio­


ses c o n c e d e n venturas a ios mortales no por b ene vo le n cia
(quizás c a u sa ap are n te ) sino p ara que las desgracias que
recib an sean más manifiestas». 19/
Exam en de tos contrarios por si encierran alg una co nlrad ic-
ción entre los lugares com unes (¡os tiempos, ias accio n e s,
las palabras) (Rhet,, I3?ób27; C ic ., Tóp. líl Î1 ; SV, 21; Inst.
orat., V 10, 74). «Me Hama buscapleitos, pero no puede
demostrar que h a y a yo p ro vo ca d o ni un solo proceso.» 22/
D e clarar ia c a u sa de! m alentendido (Tóp. M I, 104b 19-20).
Una mujer c a e e n cim a de su hijo y p a re c e que está ha ­
ciend o ei am or con el m u ch a ch o . 23/
La c a u sa y aquello de q ue es c a u sa se dan juntos (C ic.,
Tóp. XIV 58 ss.: Inst, orat., V 10, 80-84). idos escritos fascistas
de un escritor g a n a n la confianza del régim en dictatoriai
para ese escritor.» 24/

PRINCIPIO DE FINALIDAD:
Tópico de ¡a finalidad: 19/ 20/ 25/

APLICACIÓN EMPÍRICA DE LAS CATEGORÍAS DE TIEMPO Y


CANTIDAD:
Tópico del más y el menos (a p licació n en la tó p ica menor
del iugar com ún de la can tid a d ) (C ic., Tóp. Ill 2; De O rat.
II 40, 172; De Snv. I 28, 41; Inst orat., V 10, 86-93). «Si ni
siquiera ios dioses (ios m ás pertinentes) lo sab en lo do,
menos aún ios hombres (menos pertinentes)». «Sin duda
g o ip ea a sus vecinos (lo más pertinente) quien hasta a sus
padres ¡lo menos pertinente) golpea.)) 4/
El tópico dei tiempo (Tóp. li 4 [11 lb24] y 11 [115b 1Ij; Inst
orat., V 10, 42). «Si hubiera puesto com o condición p ara
ap ro b ar el curso saberse todos ios tópoi, los habríais ap ren ­
dido; ah o ra ¿no lo vais a h ace r?» 5/
No siempre se eiige io mismo después y antes (tiempo
oportuno) (C ic., Tóp. XIII 55). «Si exiliados hemos com batido
p ara regresar, una vez vueltos, ¿hem os d e exiiiarnos p ara
no com batir?» 18/

REDUCCIÓN DE ELEMENTOS LÓGiCO-METAFÍSíCOS A IA PRO­


BABILIDAD Y VEROSIMILITUD:
Tópico de io definición (C ic., Tóp. V 26, Vil 32; De Iriv. li 17,
53-56; ¡así. orat, V 10, 36). Ei fundam ento del tópico es ia
III. EI corpus .retórico

153

recip ro cid ad existente entre el algo del que se p re d ica y


la p red icació n . «El noble lo es cu an d o realiza acto s nobles,
pues en ve rd ad ninguna nobleza tenían Harmodio y Haris-
togitón hasta que realizaron un a c to noble.» 7/
Tópico de ia división: análisis o partitio de una cuestión
(íó p . II 2, 109b 13-29; C ic ., Tóp. V 28: XXII 83; De Orat. II 39,
165; Inst. o rat. V W, 55). «Todos los hombres co m eten injus­
ticia por tres razones; a , b y c ; y com o por dos de ellas ha
sido imposible, h a sido por ia tercera.» 9/
Tópico de ía inducción: g e n e ra lizació n por sem ejanza
(Cic., De Orat. II 40, 168; Inst orat. V 10, 73). «A ios que
cu id a n mal de lo aje n o no d eb e confiársele lo propio, por
consiguiente tam p o co su propia salvación.» 10/
Tópico de las partes: la relación entre lo que se p red ica
del todo y de las partes (Tóp. 114, I l l a 33; C ic ., Tóp. V 26-
27; Inst. orat. V 10, 55 ss.). «¿Q ué c la se de movimiento es ei
alm a : éste o este otro?» 12/
Tópico de lo que está admitido que existe. Su fuerza ra d ica
en que se trata de cosas que se sab e que son así, aunque
resulten increíbles (im probabies p ara el razonam iento), «Las
tortas de oliva n ecesitan a c e ite , au n q u e sea increíble que
lo que está h ech o de a c e ite necesite ace ite .» 21/

TÓPOI Tópico de fas flexiones gramaticales (Rhet. I 7, 64b34; C ic .,


GRAMATICALES Tóp. IV 12; Inst. orat., V 10, 85). «Si la justicia es digna de
elogio, tam bién lo son ei justo, lo /usio y ju sta m e n te .» 2/
Tópico de las relaciones recíprocas (Tóp. II 8, 114a 13 ss.;
Cíe., Tóp. XI 49; De Inv. I 30, 47; Inst. orat., V 10, 78). «Si no
es vergonzoso p ara vosotros vend er X, tam p o co lo será
p ara nosotros com prarlo,» 3/
Tópico de! uso recto de términos {Tóp. I 15 [ 106a 40] y 11 3
[110a22]}, Uso a d e c u a d o de términos según el tem a: su
a d e c u a c ió n . 8/
Tópico deí nombre: de ¡o que los nombres significan, de su
etim ología (Tóp. II 6, 112a 32 ss.; C ic ., Tóp. VIII 35 ss.; Inst.
orat. V 10, 30-31), «Las leyes de D racón son propias no de
un hombre sino de un dragón.» 28/
David Pujante / Manual de retórica

*54

TÓPOi Tópico que permite aflorar ias contradiccio nes entre lo que
PSICOLOGÍSTICOS se d ic e explícitam ente y lo que o cultam ente se h a c e . 15/
20/ 22/ 25/
Uso restrictivo deí tópico 1. C u a n d o se va a h a ce r algo
contrario de lo que ya se ha hecho, exam inar am b as cosas
conjuntam en te. «Sí consideráis diosa a le u c ó te a , no le
entonéis trenos; si mujer, no te hagáis sacrificios.» 26/

TOPO! Volver contra ei que lo d ice io que se d ic e co ntra uno


INCOMPLETOS mismo. «¿Tú entonces, por ser X, no entregarías las naves
por dinero, pero yo si, porque soy otro?» 6/ 2ó/
A cu sar o d efend er a partir de ios errores del contrario. A!
p a re c e r todo ei arte de Teodoro en sus dos Artes se redu­
c ía al lugar com ún de ios errores del contrario. 27/

Como ya queda dicho en palabras de Perelman, Aristóteles realizó


su teoría sobre los lugares comunes de los entimemas de acuerdo con las
categorías de su metafísica. En Roma, Cicerón reelaboró la teoría aris­
totélica en términos jurídicos. Como nos resume Mortara Garavelli:
Cicerón simplificó la formulación aristotélica de la materia dialéc­
tica, la reelaboró en términos jurídicos y compuso un prontuario
de sugerencias argumentativas y de consejos teórico-prácticos, una
especie de vademécum para uso de juristas: en conjunto, un estu­
dio acerca de la problemática de la inventio.1,7

LU G A R ES E N C IC E R Ó N : La redacción del pequeño tratado


sobre los tópicos que hizo Cicerón la llevó a cabo en una situación poco
propicia, como a veces se han hecho los grandes libros (recordemos el
famoso caso de Mimesis de Auerbach). Lo escribe Cicerón en el término
de una travesía por mar y sin tener libros a su disposición, con lo que
las referencias a terceros son de memoria. Lo envía a su destinatario
incluso antes de que la travesía termine y con la cabeza perturbada, sin
duda, por los problemas políticos de la Roma de esos momentos. Im ­
posible, pues, que creamos que Cicerón ha traducido o refundido cual­
quier tratado griego previo. Aunque en su memoria estaba el trabajo de
Aristóteles mezclado quizás con otros elementos de origen estoico o

117 Bice M O R T A R A G A R A V E L L I, Manual de retórica, cit., pág. 93.


III. El corpus retórico

l55

epicúreo.98 Enumera Cicerón los lugares rápidamente en el parágrafo π


del texto y luego los desarrolla entre los parágrafos 25 y 78, núcleo del
libro. Diferencia Cicerón los argumentos inherentes al asunto de los argu­
mentos extrínsecos, siendo objeto especial de su interés los primeros, por
ser los que necesitan del arte principalmente. Doy a continuación el
esquema del desarrollo de los lugares en el tratado ciceroniano, con
referencia de los parágrafos correspondientes:
A. Lugares inherentes al asunto (26-71)
i° La definición. Sus géneros (26-35).
a) Definición respecto a lo que existe en la realidad o
sólo en nuestro pensamiento (26-27).
b) Definición por enumeración o por análisis (28).
c) Método a seguir para definir: c.i. Enunciar los ca­
racteres que la cosa a definir presenta en común
con las otras; c.2. llegar después al carácter particu­
lar que no está en ningún otro sitio (29).
d) Precisiones sobre la definición por enumeración o
por análisis (30-34).
2o La etimología (35-37)-
30 Cosas que tienen alguna relación con el punto en litigio
(38-45).
a) Palabras de la misma familia (38-40).
b) Similitud (41-45).
40 Diferencia (46).
5° Contrarios y sus géneros: opuestos (bondad/maldad), pri­
vativos (dignidad/indignidad), antinomias (47-49).
6o Nociones vecinas (circunstancias colaterales al punto en
cuestión) (50-52).
70 Consecuencias, antecedentes y cosas contradictorias (53-
57)·
8o Causas. Diferentes géneros (58-66).
90 Efectos (67).
10o Comparación. Diferentes géneros (68-71).
ii Conclusión sobre los argumentos intrínsecos (71).
°

B. Lugares extrínsecos: ei testimonio y sus variedades (72-78).

‘,s Cf. la «Introduction» de Henri BO R N EC Q U E a: Cicerón, Divisions de Fart


oratoire. Topiques, Paris, Les Belles-Lettres, 1960, pág. 62.
David Pujante / Manual de retórica

ijó

LU G ARES EN Q U IN T ILIA N O : En realidad el conjunto de lu­


gares que pasará a épocas posteriores y que persistirá con más o menos
variaciones es el que debemos a Quintiliano. Aparece en el libro V,
capítulo ίο, a partir del parágrafo 20, el examen de los lugares de donde
se sacan los argumentos. Dice Quintiliano que pueden sacarse argumen­
tos bien de las personas (Inst. orat. V 10:23) b.i.e.n de las cosas (Inst. orat.
V 10:32).
Los argumentos respecto a las personas pueden extraerse de considerar:
el linaje o la familia (genus), la nación (natío), la patria o ciudad de per­
tenencia (patria), el sexo (sexus), la edad (aetas), la. educación y la ense­
ñanza (educatio et disciplina), la forma del cuerpo (habitus corporis), la for­
tuna (fortuna), la condición y estado social, (condicionis etiam distantia), la
índole o carácter (animi natura), los estudios (studia), incluso ei nombre
(etimología) (Inst. orat, V 10 24-30).

Linaje o familia; p arecid o físico y ca ra cte ro íó g ic o fam iliar.


Nación; las costum bres de c a d a etnia.
Patria: hábito adquirido a unas leyes determ inadas ciu d a d a n a s.
Sexo: com portam iento propio d e c a d a sexo.
Edad: com portam iento propio de c a d a e d a d .
Educación y enseñanza: la im portancia del tipo de e d u c a c ió n .
Aspecto físico: influencia en el com portam iento.
Fortuna: distinta a c tu a c ió n de ricos y pobres.
Condición social: la im portancia del status.
índole: el c a rá c te r de c a d a persona.
Estudios o profesiones: Influencia d e la d e d ic a c ió n .

En cuanto a los argumentos respecto a las cosas (Inst. orat, V 10 32),


parte de las siguientes preguntas: ¿por qué se hizo algo?, ¿dónde se
hizo?, ¿cuándo se hizo?, ¿de qué modo se hizo? Y ¿con qué medios se
hizo? Luego nos comenta que los motivos de hacer alguna cosa son: por
conseguir algún bien, opor aumentarle, o por conservarle, opara hacer uso de él,
o por huir algún mal, o vemos libres de él, o por aminorarle, o trocarle por otro
menor (Inst. orat. V 10 33). Esta misma teoría ia expone Cicerón en I 37
y ss. de De inventione, pero de manera más tópica y escolar. Quintiliano
III. El corpus retórico

en realidad recurre a autores griegos para su exposición, que es a la vez


técnica y psicológica.

¿Por qué se hizo algo? Por conseguir un bien.


Por a cre ce n ta rlo .
Por conservarlo.
Por usarlo.
Por evitar algún mal.
Por vernos libres de él.
Por am inorarlo.
Por cam biarlo por otro menor.
¿D ónde se hizo algo?
¿C u á n d o se hizo algo?

¿Có m o se hizo algo?


¿C o n qué medios se hizo algo?

Los argumentos pueden sacarse también de las circunstancias de


lugar (ct loco·, Inst, orat. V ico 37): si el lugar donde algo acontece es
montañoso/llano, marítimo/tierra adentro, sembrado o no, poblado/so­
litario. En literatura estamos acostumbrados a la consideración del
lugar como determinante de ciertos comportamientos humanos. Pen­
semos, por ejemplo, en las novelas del mar de Melville. No entende­
ríamos el comportamiento de los personajes de Billy Budd si no fuera
por ese claustrofóbico ambiente de hombres encerrados en un barco
en alta mar.
También pueden sacarse argumentos del tiempo, en sus dos acepcio­
nes, la general (ahora, entonces, en la época de Alejandro) y la especial
(verano, invierno, por la noche, en tiempo de peste) (Inst. orat. V 10 42).
El calor es igualmente determinante en el comportamiento de importan­
tes personajes literarios. Pensemos en Meursault, en la novela E l extran­
jero de Camus. El personaje, cegado por el sol, pierde el control sobre sí
mismo y hace fuego sobre un árabe. Un caso similar tenemos en Pascual
Duarte de Cela, cuando Pascual, por la influencia del calor, mata a su pe­
rra, El viento y su influencia en el comportamiento anormal de los seres
humanos es otro de los elementos que han sido considerados habitual­
mente en la literatura. Es el caso de Con la muerte al hombro de Castillo
Puche, entre otras peculiaridades climáticas y toponímicas de Yecla,
David Pujante / Manual de retórica

Además de esto, proceden también los argumentos de las circuns­


tancias que antecedieron al hecho concreto sobre el que se trata, de las
circunstancias que le fit eran contemporáneas o de las que sucedieron a la
cosa en cuestión (Inst, orat, V io 45). Se ha de añadir también el modo
(Inst, orat. V 10 52).
También se sacan ios argumentos de la definición de la causa: si
la cosa es (si esto es virtud), qué es (qué cosa es virtud), cómo es (Inst.
orat. V 10 54), Del género, de la especie (Inst. orat. V 10 55-57), de los
caracteres propios y de las diferencias (Inst. orat. V 10 58). En este ámbito
de la definición, todavía dice Quintiliano, siguiendo a Cicerón, que la
división es una gran ayuda a la hora de la definición (Inst. orat, V 10
63).
Se sacan argumentos también de los tres momentos del orden de
los hechos; pues todos tienen comienzo, desarrollo y fin (Inst. orat. V 10
71). E igualmente de las semejanzas y desemejanzas: si el autodominio es vir­
tud, también la abstinencia (Inst orat. V i o 73); del principio de contradic­
ción·. quien es sabio, no es necio (Inst. orat. V ío 74); de los repugnantes o
contradictorios: lo que uno no ha tenido, tampoco lo ha perdido (Inst. orat, V
10 74); de las consecuencias (Inst, orat. V ío 75-76); de las analogías (Inst.
orat. V 10 78); y de un largo etcétera que concluye en el resumen de Inst.
orat. V 10 94:

Por consiguiente, para hacer brevemente un resumen de todo lo


dicho: los argumentos se sacan de las personas, causas, lugares,
tiempo que, como hemos dicho, se divide en categorías —ante­
rior, simultáneo y siguiente—; de posibilidades —entre las que
hemos puesto el instrumento o medios—, del modo y manera, es
decir, cómo sucedió cada cosa, de ia definición, del género, de la
especie, de las diferencias, de las propiedades, de la exclusión, de
la disposición, del principio, del creciente desarrollo, de la culmi­
nación, de la semejanza, de la desemejanza, de lo contrario, de lo
que sigue algo, de lo que es activo, de lo derivado, del resultado,
de la comparación, que se divide en varias especies.99

w Tomo la traducción de Alfonso O R T E G A C A R M O N A (M. F. Q U IN T I­


LIANO, Sobre la formación del orador, t. II, Salamanca, Publicaciones
Universidad Pontificia, 1999).
III . El corpus retórico

Existen otros argumentos nacidos no de hechos confesados sino


de ficciones, de hipótesis. Las fuentes de su desarrollo se corresponden
con todo lo dicho para los hechos verificados (Inst. orat. V 10 95).

P R E C IS IÓ N T E R M IN O L Ó G IC A IM P R E S C IN D IB L E S O ­
BRE EL L U G A R : En realidad, de la exposición de Aristóteles a la de
Quintiliano, pasando por Cicerón, encontramos un importante despla­
zamiento del modo de entender el tópico (o lugar) que no puede pasar­
nos desapercibido, porque nos induciría sin duda a distintas confusio­
nes. Los lugares aristotélicos son, como queda dicho, esquemas
arguméntales, plantillas generales sobre las que construir todos los argu­
mentos ad hoc, todos los argumentos que son propios de un determina­
do discurso. Los esquemas arguméntales tienen, pues, carácter perma­
nente, y los argumentos que se forman con su patronaje, en cambio, no
lo tienen. Un sastre se vale de un patrón para confeccionar un traje a
la medida de una determinada persona, y en cada una de las ocasiones
en que dicha persona desee un nuevo traje, el sastre volverá al mismo
patrón para cortarlo, aunque utilizará una tela distinta; de tal manera
que una determinada tela sólo vale para realizar un traje, pero un patrón
sirve para realizar un indeterminado número de trajes. Algo similar
sucede con los tópicos y los argumentos. Sin embargo, tal y como he­
mos visto en Quintiliano, se habla de lugares de los que salen los argu­
mentos que nada tienen que ver con la inicial concepción aristotélica de
esquema. Para Quintiliano, los lugares son sedes de los argumentos (Inst.
orat. V 10 20). Son los lugares de residencia de los argumentos. Y a no
estamos ante el concepto de plantilla o estructura del argumento, tampoco
ante la concepción más vulgar (que desestima Quintiliano explícitamen­
te) de tema común. La misma expresión quintilianesca, sedes argumento-
rum, estaba ya en Cicerón como argumenti sedem. (Tóp. 8). De la vieja
concepción de patrón o matriz para construir los argumentos, pasamos
a otra concepción igualmente metafórica: la región, el campo donde se
cultivan los argumentos. Si antes comparábamos la elaboración argu­
mentativa sobre la tópica aristotélica con el trabajo del sastre, que
confecciona un traje en concreto sobre un patrón siempre el mismo;
ahora podemos comparar la elaboración de los argumentos en Quinti­
liano con el cultivo de un terreno. Los terrenos de la fertilidad argumen­
tativa son muchos, ellos en sí no son argumentativos, son los que per-
David Pujante / Manual de retórica

160

míten el cultivo de la argumentación. Cada campo será el de un tipo


distinto, determinado, de productos, de argumentos. Recordemos que
Perelman al examinar las bases de la argumentación decía: sólo llamare­
mos lugares a las premisas de carácter general que permiten fundamentar los
valores y las jerarquías,

SEG U N D O A C E R C A M IE N T O A LA M O D ER N A R E C U P E ­
R A C IÓ N DEL LU G A R PO R PE R ELM A N : Perelman, en realidad,
aunque distingue entre las bases generales de la argumentación (los lu­
gares de la cantidad, de la cualidad, del orden, de lo existente, de la
esencia, de la persona) y los esquemas argumentativos, no tiene incon­
veniente en denominar por igual a todos lugares:
Los esquemas que intentamos poner de relieve —y que se pueden
llamar también lugares de la argumentación, porque únicamente
el acuerdo sobre el valor puede justificar su aplicación a casos
particulares— se caracterizan por procedimientos de enlace y de
disociación. 1Q1

Podríamos considerar el planteamiento de Perelman como el ter­


cer nivel de metaforización del término lugar. Si con Aristóteles el lugar
se hacía patrón de los argumentos, si con Cicerón y Quintiliano era una
sede argumentativa, con Perelman los tópicos son los lugares de la coinci­
dencia, puntos de partida de los razonamientos con la aquiescencia de
los oyentes; porque en la base de toda argumentación está el acuerdo.
Tanto el punto de partida de la argumentación como su desarrollo
implican la aprobación del auditorio, nos dice Perelman. Y esa confor­
midad atañe tanto i) al contenido como a 2) los enlaces que se estable­
cen entre los contenidos (sus relaciones), y muy especialmente a 3) la
forma en que nos servimos de esos enlaces. Porque si bien el orador
cuenta con la adhesión de los oyentes, porque todo razonamiento ine­
vitablemente se enmarca en un ámbito de acuerdos sociales —como
tenían muy claro los antiguos sofistas— , el auditorio puede rechazar 1)
que lo que el orador le ofrece como acordado lo sea realmente, puede

IOC Ibidem, pág. 146.


Ch. P E R E L M A N y L. O L B R E C H T S -T Y T E C A , Tratado de la argumenta-
'ii ción. La nuevaretórica, cit.. pág. 299.
T il. El corpus retórico

l6 l

rechazar 2) su modo unilateral de ofrecerlo y puede rechazarlo 3) porque


le parezca un uso tendencioso.102 Hay, pues, acuerdo relativo a las pre­
misas (los contenidos sobre los que basar las argumentaciones), a la elec­
ción y a la presentación.
Nos movemos en un mundo común, en una sociedad construida
en la mira de unos TIPO S D E O BJETO D E A CU ERD O , entre los que
se encuentran los valores y las jerarquías que constituyen dicha sociedad
como tal (frente a cualquier otra de otro lugar o de otro tiempo), y
también se encuentran entre esos tipos de objeto de acuerdo las premisas
de carácter general que permiten fundamentar los valores y las jerarquías, y es
a lo que en principio llama Perelman los lugares. Lugares de la coinci­
dencia social. Una vez considerados los tipos de objeto de acuerdo,
hemos de E L E G IR LOS DATOS P E R T IN E N T E S, elección que entra­
ña interpretación: la selección ya lo es, y más aún la relación que esta­
blezcamos entre dichos datos. Podemos considerar que la configuración
significativa de los datos se corresponde con lo que llamamos en otro
lugar de este mismo manual invención dispositiva: la disposición interpre­
tativa de la res. Finalmente afronta Perelman la P R E SE N T A C IO N DE
LOS DATO S, que se acuerda (en nuestra interpretación integradora de
res y verba con las tres primeras operaciones retóricas) con lo que llama­
mos elocución dispositiva, la parte de la expresión del pensamiento que
más importancia tiene en la construcción de la verdad discursiva.
Al tratar de los esquemas de la argumentación vuelve a tomar
como punto de partida el acuerdo. Son también lugares de acuerdo,
lugares de la coincidencia de los miembros de la sociedad donde se ejecu­
tan. Los esquemas arguméntales responden según Perelman a procedi­
mientos de enlace o de disociación. Esta sería esquemáticamente su
propuesta:

IOi Cf. ibidem, págs. 119-120.


David Pujante / Manual de retórica

162

A p elan a estructuras lógicas:


1. co n trad icció n ,
2. identidad total o p arcial,
3. fransitividad
R e cu rre n a re la c io n e s m a t e ­
m áticas:
Argumentos
1. reiación parte-todo (división,
cuas! lógicos
partición),
E 2. relación menor-m ayor (com-
S p aració n , argum ento por ei sa­
Q crificio),
U 3. relación de fre cu e n cia (pro­
E babilidad)
M
A Se aplican a e n la ce s de su c e ­
S sión (F<r->Cj
PROCEDIMIENTOS
(términos confrontados en el
DE ENLACE
A mismo plano):
R 1. argum ento cau sa l (At1~»At2;
G Argumentos C-^A; A —»EJ.
U basad o s en ¡a 2. argum ento dei despilfarro,
M estructura de io 3. argum ento de ia dirección,
E reai 4. argum ento de la superación.
N Se em plea n en los e n la c es de
T co e xiste n cia (P IA , G JJ, E.LM)
A (unión de realid ad es de nivel
l desigual):
E argum ento de autoridad
S
Argumentos C a so p articular (ejem plo, ilus­
que tienden a tración, modelo)
fun dam entar la Argumentos de an alo g ía (m e­
esfructura de lo táfora)
real

PROCEDIMIENTOS
DE DISOClACiÓN
III . El corpus retórico

jf ííj

PRO CED IM IEN TO S D E EN LA C E *

Los argumentos cuasi lógicos toman su fuerza persuasiva de. su


aproximación a modos de razonamiento incuestionables, es decir, de su
relación más o menos estrecha con las fórmulas lógicas y matemáticas.
Si por medio las formulaciones racionales llegamos al convencimiento, por
medio de estos argumentos de aspecto racional conseguimos la perstrn-
sión (distinción clásica entre un convencimiento permanente y un con­
vencimiento de corta duración; entre un convencimiento real y un con­
vencimiento ilusorio. Kant distinguía entre el convencimiento, que nace
de la prueba o la demostración — que son lógicamente rigurosas— y la
persuasión, que nace del argumento —que no es o no pretende ser
lógicamente riguroso—).
Puesto que la semejanza entre unas formulaciones y otras son la
base del poder persuasivo de estos argumentos retóricos, se hace necesa­
rio que el esquema formal se haga evidente. Mientras que en otras mu­
chas ocasiones hemos considerado imprescindible que los entimemas
perdieran su carácter silogístico, para descargar el discurso de una pesa­
dez inapropiada y contraproducente (la oscuridad y la prolijidad van con­
tra el buen uso retórico, como nos decía Aristóteles); en estos casos, sin
embargo, es imprescindible que la fórmula cuasi lógica quede evidencia­
da, porque por el prestigio de su aspecto racional consigue la persuasión.
Me parecen especialmente destacables los planteamientos referi ­
dos a los argumentos basados en la estructura de lo real. En ningún
momento está interesado Perelman en dar una descripción objetiva de
la realidad. Muy en consonancia con el pensamiento retórico, Perelman
se remite a una realidad fruto de la opinión general;
[...] analizaremos sucesivamente diferentes tipos de argumentos,
clasificados según las estructuras de lo real a las cuales se aplican
y que podemos encontrar en el uso común. Esto equivale a decir
que nos guardamos de cualquier postura ontológica, Lo que nos
interesa aquí no es una descripción objetiva de lo real, sino la
manera en que se presentan las opiniones que conciernen a lo
real; estas últimas, además, las podemos tratar bien como hechos,
bien como verdades, bien como presunciones.r0}

Ibidem, pág. 404.


David Pujante / Manual de retórica

Para Perelman está claro que se mueve en el plano de las opinio­


nes (dóxai) y por tanto en el de las cuestiones prácticas de cualquier
sociedad, constituidas desde el acuerdo de sus miembros. Es el caso de
las leyes, de la realización de juicios, de la decisión de guerras o paces,
y tantas otras cuestiones que hacen mejor o peor vivible un lugar en el
tiempo. Perelman se aleja del planteamiento filósofko, que presume
moverse en el plano real, el de las cosas. Al retórico le interesa el plano
de las opiniones, y sus argumentos son razonamientos a partir de opi­
niones generalmente aceptadas.
Nuestra interpretación del mundo se construye a través de los
enlaces que establecemos entre los dispersos y diversos elementos que
lo constituyen. En este grupo de argumentos basados en la estructura de
lo real, Perelman considera: i) los argumentos que se aplican, a enlaces de
sucesión (unen un fenómeno con su consecuencia o sus causas: F«-»C), y
z) los argumentos que se emplean en los enlaces de coexistencia (asociación
de la persona con sus actos: PJ_A; de un grupo con sus individuos: G_LI;
y en general una esencia con sus manifestaciones: E±M).
Entre los enlaces de sucesión es básico el nexo causal. Permite argu­
mentos de tres tipos: i) los de relación entre acontecimientos sucesivos
(Ati—> At2, un acontecimiento es causa — en un tiempo posterior— de
otro), 2) los argumentos que descubren la existencia de las causas mo-
tivadoras de un acontecimiento (C—>A, una causa desencadena un acon­
tecimiento) y 3) los que muestran el efecto que debe resultar de un
acontecimiento (A—Æ , un acontecimiento provoca un efecto determi­
nado).
Denomina Perelman argumento pragmático aquel que permite apreciar
un acto o un acontecimiento con arreglo a sus consecuencias favorables o desfavo­
rables, u>4 Constituye, si no el único, al menos el esquema fundamental
de los juicios de valor: el alcance de cualquier acontecimiento se mide
por sus efectos.
La conducta de un individuo con miras a lograr un determinado
fin (o bien si los demás lo consideran así) se puede constituir en piedra
angular de una argumentación a su favor o en su contra, haciéndose base
de los juicios de valor moral. Estamos ahora ante la segunda de las
variantes posibles de la relación A ti—> A t2 (a saber, que sea más impor-

104 Ibidem, pág. 409.


Ill, El corpus retórico

i6s

tante el primero o el segundo de los términos de la relación). En este


caso es más importante el segundo término, el segundo acontecimiento
(At2), que es el fin que se busca al poner para ello los medios que
utilizamos y que se corresponden con Ati. Es una situación muy distin­
ta a la de considerar At2 sólo como una consecuencia, como algo que
se deriva, sin buscarlo, sin pretenderlo, de un acontecimiento previo
(Ati). Es la distinción hecho-consecuencia (A ti—> At¿) respecto a medio-fin
(A ti—> At2). En el segundo caso hay una involucración moral clara que
se resume en. la conflictiva doble expresión el fin justifica/no justifica los
medios. Es muy compleja la relación medio-fin, pues a veces el medio
puede convertirse en fin. Recordemos el magnífico ejemplo poético de
Cavafis:
Itaca te ha dado un viaje hermoso.
Sin ella no te habrías puesto en marcha.
Pero no tiene ya más que ofrecerte.
Aunque la encuentres pobre, Itaca de ti no se ha burlado.
Convertido en tan sabio, y con tanta experiencia,
Ya habrás comprendido el significado de las ítacas.K5S

A continuación tiene en cuenta Perelman argumentos que también


se aplican a enlaces de sucesión pero no ponen en primer plano la idea de
causalidad. Es el caso del argumento del despilfarro. Es un argumento idó­
neo contra pusilánimes o personas con tendencia a dejar las cosas a me­
dias. Lo iniciado (primer término de la sucesión) ha conllevado necesa­
riamente un coste. En el caso de los estudios, por ejemplo, las horas
dedicadas a 1.a comprensión de apuntes y libros, y renuncias a diversio­
nes, quizás noches en vela, tensiones de todo tipo y, en el peor de los
casos, hasta habremos pagado en dioptrías y enfermedades de todo tipo.
Tirarlo todo por la borda es convertir los sacrificios afrontados en algo
inútil, un despilfarro que conlleva una sensación de pérdida de tiempo y
de esfuerzos: carencia del segundo término del enlace, inhabilitación de
la relación esperada. E l argumento del despilfarro consiste en decir que, puesto
que ya $e ha comenzado una obra, {...] es preciso proseguirla en la misma direc-

'm C. P, C A V A FIS, Poemas, Barcelona: Seix Barra!, 1994, pág. 70. Traducción
¡l de Ramón IR IG O Y E N ,
David Pujante / Manual de retórica

ι6 6

ción.106 En ocasiones no hemos sido nosotros los que hemos hecho el es­
fuerzo, ha sido la naturaleza o la fortuna: alguien con grandes cualidades
naturales por desarrollar o alguien a quien una serie de acontecimientos
favorables le han allanado el camino no puede despreciar esta base. Re­
cordemos la parábola de los talentos. El señor de los siervos se indigna
ante el siervo que, porque había recibido un solo talento y temía la repre­
salia de su señor sí lo perdía, había cavado y lo había escondido sin po­
nerlo a fructificar. Sin duda el argumento para defender el proceder de
este señor (que era hombre duro, que segaba donde no había sembrado y
recogía donde no había esparcido“ 7) sin duda radica en que las capacida­
des de cada cual no pueden dejar de utilizarse, porque se pierden: un
despilfarro inadmisible. Es obligación del que tiene talento, por poco que
sea, utilizarlo de la manera más rentable que le sea posible. En esta línea
dice Perelman que se encontrará en el argumento del despilfarro un incentivo al
conocimiento, al estudio, a la curiosidad, a la búsqueda. mS
Respecto al argumento de la dirección, considera Perelman que es
una especie de descomposición por etapas de la relación entre el fin y
los medios; pormenorízacíón que nos permite ver los pasos, la evolución
de un proceso que había sido considerado antes de manera global, como
un bloque.
Sea de manera global o por etapas, un proceso que relaciona fin
y medios (como en los casos previamente estudiados) tiene en perspec­
tiva con toda claridad dónde se acaba. En el caso de los argumentos de la
superación —que es el último que estudia Perelman entre los argumentos
basados en la estructura de lo real y que se aplican a enlaces de suce­
sión— , no se entrevé el límite; entrañan un crecimiento continuo: los
argumentos de la superación insisten en la posibilidad de ir siempre más lejos en
un sentido determinado.,υ<ι
Reflexiona Perelman en este marco sobre ciertas figuras retóricas
destinadas a realizar la superación, 110 como es el caso de la hipérbole y de

104 Ch. P ER EL M A N y L. O LB R EC H TS-TYTECA , Tratado de la argumenta,


ción. La nueva retórica, cit., pág. 430.
107 Cf. Mateo 25, 24.
108 Ch. P E R E L M A N y L, O L B R E C H T S -T Y T E C A , Tratado de la argumenta­
ción. La nueva retórica, cit., pág. 432.
:o·’ Ibidem, pág, 443.
110 Ibidem, pág. 447.
II I . EI corpus retórico

i6 j

la litotes. La hipérbole es una manera exagerada de expresarse: consiste


en expresar una idea, sobre algo o sobre alguien, que está más allá de los
límites de la verosimilitud. Al utilizar la hipérbole estamos i) marcando
un camino de apreciación, de valoración sobre ese alguien o algo, y 2)
el fin de la valoración está tan lejos como nos permíta nuestra propia
mente. Si decimos con Quevedo: Erase un naricísimo infinito, la hipérbole,
por una parte, orienta nuestro pensamiento en el exclusivo sentido de
la apreciación del apéndice nasal del personaje en cuestión (desaten­
diendo otros aspectos de su rostro) y, por otra, ese camino abierto hacia
el infinito hiperbólico permite que nuestra valoración del tamaño de esa
nariz vaya en aumento, progresando sin límite, acercándose cuanto
nuestra libertad valorativa permita a ese imposible final (el infinito).
Pero, entre el tamaño normal de una nariz y ese infinito, podemos ir
superando nuestra apreciación de dicho tamaño cuanto nuestras suce­
sivas valoraciones nos permitan sin llegar al rechazo. El papel de la
hipérbole consiste, en palabras del propio Perelman, en dar una referencia
que, en una dirección dada, atraiga al espíritu, para después obligarlo a retroce­
der un poco, hasta el límite de lo que le parece compatible con su idea de lo
humano, de lo posible, de lo verosímil, con todo lo que admite. m
La litotes, tal y como formula sintéticamente Lausberg, es una-
ironía perifrástica por disimulación, en cuanto que un grado superlativo es
transcrito por la negación de lo contrario. Ciertamente cuando decimos
que algo no es pequeño estamos dando a entender que es más bien
grande. Aparte el elemento irónico que comporta una formulación
perifrástica de este tipo, la negación del contrario dispara nuestra
valoración hacia el otro término en un proceso valorativo ascendente,
constantemente en superación, sin límite preciso. Algo no es pequeño,
luego es grande, pero ¿cuán grande? Quizás sea muy grande si la ironía
funciona en grado supremo. En esta característica de la litotes tipo es
sobre la que nos hace reflexionar Perelman en el argumento de la
superación. Así pues, tanto en la hipérbole como en la litotes nos
encontramos obligados a un movimiento del pensamiento personal a
lo largo de una. línea jerárquica de valores en superación ilimitada que
dichas figuras nos marcan.

111 Ibidem, pág. 448.


113 H. LAUSBERG, Elementos de retórica literaria, cit., § 211, pág.112.
David Pujante / Manual de retórica

168

Perelman reflexiona no sólo sobre ese elemento común (la marca


de dirección en una constante valoración superatíva) sino también sobre
las relaciones entre ambas figuras:
Las relaciones entre estas dos figuras son. {...} mucho más comple­
jas —pensamos— de lo que parece comúnmente. Con frecuencia
la hipérbole tendría por función preparar la litotes, pues, sin ella,
se nos podría escapar su intención. Por tanto, esta última no
siempre es —como se afirma— una confesión a media voz,115

En los enlaces de coexistencia los términos confrontados pertenecen


a realidades de nivel desigual, donde no hay necesidad mutua entre los
términos ni exigencia de orden temporal. El primero de estos enlaces,
como ya hemos adelantado en el esquema general, es el de la persona con
sus actos (nos parece —dice Perelman— que elprototipo de esta construcción
teórica .re halla en las relaciones que existen entre la persona y sus actos111)· T anto
la moral como el derecho necesitan que exista una independencia rela­
tiva entre persona y acto, basada en la certeza respecto a la libertad de
la persona. En la línea del pensamiento filosófico existencialista, que
pone su acento precisamente en la libertad humana y al que recurre
Perelman, no se puede considerar 1a. relación de una persona con sus
actos como una simple réplica de la relación entre un objeto y sus
propiedades.” ' El orden temporal (tipo causa efecto, de los enlaces de
sucesión) no es relevante en el enlace de coexistencia. La persona puede
actuar de diferentes maneras con el paso del tiempo, no está determi­
nada a una actuación, siempre la misma. Además existe una interacción
entre actos y persona. Con todo no podemos negar que la idea de
persona introduce siempre un elemento de estabilidad (se es quien se es)
y diversas técnicas lingüísticas contribuyen a dar la impresión de perma­
nencia (tenemos un nombre propio inmutable, se nos designa con cier­
tos rasgos de carácter —que se pretenden indelebles y definidores de
nuestra persona— o bien por la hipóstasis de nuestros sentimientos más
notorios), pese a lo cual, esa estabilidad que nos asemeja a las cosas está

Ch. P E R E L M A N y L. O L B R E C H T S -T Y T E C A , Tratado de la argumentación.


Im nueva retórica, cit., pág. 450.
"4 Ibidem, pág, 451.
I!’ Cf. ibidem, pág. 454.
III. E! corpus retórico

169

en oposición a nuestra libertad, a nuestra capacidad de cambio, de elec­


ción, de mostrarnos con. total espontaneidad. La experiencia de noso­
tros mismos nos inclina a sentir esa variabilidad más como nuestra que
como cosa de los demás, a los que tendemos a encasillar más que a
nosotros mismos, para asegurarnos ía de alguna manera necesaria esta­
bilidad de nuestra opinión sobre lo ajeno, sobre lo otro.
En relación con el enlace entre la persona y sus actos, Perelman
nos habla del argumento de autoridad, el cual utiliza actos o juicios de una
persona o de un grupo de personas como medio de prueba enfavor de una tesis.,th
Aparece ya, como hemos visto, entre los tópicos aristotélicos (el undé­
cimo) y también en Cicerón (Cié., Tóp. X X 78). En las referencias clá­
sicas es el tópico de la semejanza/desemejanza, que permite emitir un
juicio sobre casos de actuaciones semejantes o contrarias a las de per­
sonas célebres (principio de autoridad) por su buena o mala actuacic>n
según el consenso social. Este argumento de autoridad está igualmente
relacionado con. los juicios antecedentes de la probatoria extrínseca de
Quintiliano. Pues vale el argumento de autoridad por igual para todos
los actos de todas las personas, sean dichos actos jurídicos o no, y sean
las personas jueces o no. En el caso de las actuaciones judiciales nos
encontramos con precedentes que configuran la tradición jurídica y que
ejercen una influencia enorme sobre el nuevo juez que se enfrenta a una
demanda sobre la que ya hay asentada jurisprudencia. Es muy difícil
cuando ya existen equivalentes jurídicos previos, cuando hay sentencias
al respecto, que los implicados conserven su total independencia.
Finalmente los procedimientos de enlace constituyen argumentos que
tienden a fundamentar la estructura de lo real, Perelman estudia y ana­
liza en principio los enlaces que fundan lo real recurriendo al caso particular.
Este puede desempeñar — nos dice..- papeles muy diversos: como ejemplo, per­
mitirá una generalización; como ilustración, sostendrá una regularidad ya esta­
blecida; como modelo, incitará a la imitación. "" Y a hemos atendido al ejem­
plo, la ilustración y el modelo al estudiar las pruebas lógicas; ampliando,
con la moderna aportación de Perelman, la clásica distinción aristoté­
lica (dentro de las pruebas lógicas generales, comunes a ios distintos
géneros discursivos) en tres tipos: ejemplos, máximas y entimemas,

"A Ibidem, pág. 470.


"7 Ibidem, pág. 536.
David Pujante / Manual de retórica

EL RA ZO N A M IEN TO POR A N A LO G ÍA E N PER ELM A N


COMO ÚLTIM O PRO CED IM IEN TO D E EN LA C E Y UN EXCURSO
R EFLEX IV O SOBRE LA CO NSTRUCCIÓN D ISC U R SIV A
DE LA R E A LID A D

Posteriormente, y dentro de este mismo tipo de argumento que


tiende a fundamentar la estructura de lo real, Perelman considera el
razonamiento por analogía, La reflexión de Perelman nos obliga a consi­
derar una vez más la relación entre lenguaje y realidad, es decir, el
lenguaje como parte implicada (y no sólo testimonio) en lo que respecta
a la organización significativa de los hechos de una causa. Esto quiere
decir que el discurso, como constructo, ocupa ei espacio que va desde
una realidad cuestionada, inapreciable y desdibujada a la configuración
de uno (el más apropiado) de sus posibles diseños de significado. Quiere
decir que el discurso retórico, un discurso lingüístico en una circunstan­
cia actuativa determinada, construye una interpretación de la realidad.
Y quiere decir también que siempre nos manejamos con verdades dis­
cursivas.
Básico en esta reflexión (puesto que se trata de construir relacio­
nes entre los elementos de una realidad que está por configurar significa­
tivamente) es el estudio de la analogía, así como de la metáfora y de
todas las correspondencias o relaciones que construye la lengua sobre el
conjunto de los hechos. Hay, como hemos visto, quienes consideran que
la realidad adquiere unos determinados perfiles significativos a través de
la lengua. Hay también quienes se esfuerzan (con dolor y también con
goce) en crear con el lenguaje un apéndice al mundo existente, un uni­
verso cerrado y privado, que se evade de la realidad y la sustituye en las
manifestaciones imaginarias del deseo,”8 y donde la analogía (la nueva,
novedosa analogía) está en la base. Pensemos en las correspondencias de
Baudelaire, esa serie de perfumes, colores y sonidos que se responden en
una tenebrosa y profunda unidad que el poeta ofrece en sus versos.119

nS Cf. J. D E PRAD O , «Estudio previo» en: S. M A LLA R M É , Prosas, Madrid,


Alfaguara, 1987, pág. C IV .
119 La Natura es un templo donde vivos pilares/ 'Dejan salir a veces palabras imprecisas/
{...]/ En una tenebrosa y profunda unidad, / Vasta como la noche, como la clari­
dad,/ Se responden perfumes, sonidos y colores, (Ch. B A U D E L A IR E , Las flores
del mal, Barcelona, Círculo de Lectores, 1992, pág. 36. Traducción de
í Manuel N EILA ).
III. Ei corpus retórico

171

¿Verdad poética, revelación lingüística? Cuando Rimbaud hace su sone­


to de las vocales (A negro, E blanco, I rojo, Uverde, O azul110) ¿a qué tipo de
realidad corresponden estas relaciones?
La lengua se muestra como molde de la realidad. Tanto es así que
la parte de la realidad que una lengua determinada no designe no es
percibida por los hablantes de dicha lengua. Recordemos las distintas
tonalidades de blanco o los diferentes tipos del pelo de las reses, que
conforman un mundo de matices necesarios para quienes viven entre
nieves permanentes o entre las más variadas razas de ganados; partes de
la realidad inoperantes, sin embargo, para nosotros. Semejantes lagunas
en determinadas lenguas comienzan a tener graves implicaciones si las
trasladamos, por ejemplo, al ámbito de la moral. ¿Lo que no contempla
la ley no existe? Recordemos las reflexiones de Nietzsche sobre la ge­
nealogía de la moral y las posteriores denuncias que se han hecho sobre
el logocentrismo desde la desconstracción. Hoy la reflexión sobre el
lenguaje difícilmente puede evitar, después de Nietzsche, Wittgenstein,
Foucault o Derrida y Paul de Man, el sentir la estrecha dependencia
lingüística que se contiene en toda concepción de la realidad en una
sociedad. La lengua está en la base de la construcción social y de la
construcción del hombre. Por eso para Foucault el yo se hace añicos.
Porque piensa que no construimos desde nosotros, sino que, por el
contrarío, desde la perfiladura cultural nos hacemos. Esta reflexión so­
bre el discurso humano, sobre el logocentrismo en el que se basan la
filosofía, la moral y todas las construcciones que nos ofrecen el diseño
de la realidad humana, comienza a tambalear dichos principios por el
hecho de nacer de la propia construcción lingüística. Para Foucault,
frente a otras ciencias que configuran al hombre (a partir del siglo xix
son la filología, la economía política y la biología) hay unas contracien­
cias que lo deshacen: el psicoanálisis, la etnología y finalmente la lin­
güística. Derrida nos propone la desconstrucción de la añagaza logocén-
trica. Y la. base de todo esto está de alguna manera ya prefigurado en
la filosofía de Nietzsche, se perfila en el último Heidegger y se maní"
fiesta abiertamente en el discurso literario moderno del descreimiento:
las reflexiones de Mallarmé, la obra narrativa de Kafka, Beckett y Joyce,
Y apuntalando con el psicoanálisis, Freud.

120 A. R IM BA U D , Obra completa, Barcelona, Ediciones 29, 1972, págs. 314-315.


David Pujante / Manual de retórica

IJ 2

El principio de toda analogía está en la lengua. Desde la analogía


lingüística construimos las relaciones del mundo. Nuestra manera de ver
el mundo, de entenderlo se da a través de la lengua, de una o de varias
lenguas. Y sobre las propiedades del lenguaje trata el capítulo 6 del libro
I de Quintiliano donde se dedica un amplio espacio al fenómeno ana ­
lógico. Su trascendencia la vemos realmente cuando comprendemos la
inseparable relación del lenguaje con nuestra interpretación de la reali­
dad. Quintiliano dice que el lenguaje se fundamenta en la razón, la
antigüedad, la autoridad y la costumbre; y en cuanto a sus fundamentos
racionales, la base se encuentra principalmente en la analogía y en oca­
siones en la etimología (Inst. orat. I ó i). Define más adelante la analogía-
En esto consiste, en relacionar un elemento dudoso con otro similar, del que nada
se cuestiona, y probar lo incierto por medio de lo cierto (Inst. orat. I ó 4). Parte
Quintiliano de presuponer en el lenguaje una estructura semejante en
todos sus niveles, lo que le permite deducir de vocablos parecidos ca­
racterísticas similares. Así, comparando terminaciones de nombres si­
milares puede deducir el género; algo similar sucede con las formas
verbales. Pero las lenguas no son tan lógicas y simétricas. El propio
Quintiliano, no exento de ironía, nos habla de los límites de estas com­
paraciones entre vocablos:
No fue en el momento en que los hombres fueron creados cuando
la analogía, caída del cielo, modeló e! lenguaje, sino que fue en­
contrada después de que hablaran, y que se notara en el lenguaje
las respectivas terminaciones de las palabras (Inst, orat., I 6 ιό).

Así pues, la analogía no es una ley del lenguaje sino el producto de


la observación. Hasta aquí llega Quintiliano. Pero éste es el nivel míni­
mo de un mecanismo muy complejo de relaciones entre distintos ele­
mentos; mecanismo que suministra una concepción de lo real; mecanis­
mo que se manifiesta por el lenguaje, en cuanto productor de estructuras
de sentido del mundo. Sí bien existen otras construcciones argumenta­
tivas que tienden a fundamentar la estructura de lo real, el razonamien­
to por analogía es el prototipo de la configuración relational entre los
elementos de una causa, pues del conjunto de relaciones saldrá el dise­
ño, la organización significativa de los hechos.
Precisamente por esta prototipicidad, comienza por considerar
Perelman los recelos que despierta:
I II . El corpus retórico

^73

Nadie ha negado la importancia de la analogía en la conducta de


la inteligencia. Sin embargo, reconocida por todos como un factor
esencial de invención, se la ha tratado con recelo tan pronto como
se la quería convertir en un medio de prueba.111

Aunque Platón, Plotino o Santo Tomás justifiquen su uso argu­


mentativo, la mayoría de los filósofos sólo ven en la analogía una seme­
janza de índole menor, imperfecta, débil, incierta.121 Perelman rechaza esta
distinción infravalorativa de la analogía con respecto a otro cualquier
razonamiento. Le parece que se resalta con la mayor claridadposible el valor
argumentativo de la analogía si se la considera como una similitud, de estructu­
ras, cuya fórmula más general sería: A es a B lo que C es a D , 113 según el
siguiente ejemplo de Aristóteles (Metafísica, a , 993b):
El estado de los ojos de los murciélagos ante la luz del día
C D
es también
el del entendimiento de nuestra alma frente a las cosas más claras por naturaleza.
A B

Llama Perelman tema a.1 conjunto de los términos A. y B, que


contienen la conclusión, y foro al de los términos C y D, que sirven para
sostener el razonamiento. El foro sirve para esclarecer el tema, tema que
generalmente está por valorar, es peor conocido, y requiere para ello de
la analogía. Aunque la analogía-tipo es la de cuatro términos, a veces
queda reducida a tres (B es a A lo que C es a B):
Todas las demás sustancias
„ dependen de Dios
A
como los pensamientos emanan de nuestra sustancia.
C .......... B
Es una analogía de tres términos jerarquizados, pues en la primera
parte B es menos que A, y en la segunda B es más que C. También hay
analogías que responden al esquema: A es a B lo que A es a C.

111 Ch. PER ELM A N y L. O LB R EC H T S-TY T EC A , Tratado de la argumentación.


La nueva retórica, cit., pág. 569.
í2' Ibidem, pág. 5Ö9.
Ibidem, pág, 570.
David Pujante / Manual de retórica

Para que se dé la analogía es necesario que tema y foro pertenezcan


a campos diferentes, pues cuando se cotejan elementos de un mismo
campo en realidad lo que tenemos es un razonamiento por ejemplo o
ilustración. Hay casos discutibles (a veces depende de la predisposición
del oyente considerar que estamos ante campos diversos o ante el mis­
mo campo) y en ocasiones la fluctuación entre las dos formas puede
incluso resultar eficaz. Todo lo que plantea una diferencia de naturaleza, de
orden, tiende a instituir campos separados, n4 dice Perelman. Y se pregunta
si en el interior de una misma disciplina se pueden encontrar analogías
propiamente dichas, como en biología o en derecho.
Las analogías desempeñan un papel importante en la invención y en la argu­
mentación, esencialmente, a causa de los desarrollos y prolongaciones que resultan
favorecidos por e l l a s , El tema así queda insertado en un marco concep­
tual de amplio desarrollo. Como es el caso de la analogía entre electrici­
dad y corriente. La aproximación entre fenómenos eléctricos e hidráulicos ha
dado lugar a desarrollos que precisan, completan, prolongan la analogía prim iti­
va. Ií6 Ahora bien, ¿hasta dónde se puede prolongar una analogía? Dice
Perelman que en los desarrollos de la analogía es donde se separan su papel de
invención y el de prueba. " 7 Desde el plano de la invención, nada perjudica
que se prolongue la analogía cuanto la invención sea capaz de llevar a
término. Otra cosa es cuando nos situamos en el plano de su valor como
prueba, pues en tal caso el desarrollo debe mantenerse dentro de los lími­
tes justos para que no se tambalee la convicción que quiere fortalecer.
Puede suceder que quien prolongue la analogía sea el crítico, para refu­
tarla. Puede ocurrir también que el autor se adelante a esta actuación y
muestre lo que hay de inadecuado en una analogía (similitud por los con­
trarios, Rhet. ad Heren., IV 59). A veces, para rechazar una analogía se tien­
de a enmendarla. En filosofía suele suceder que el pensamiento progrese
desde una analogía a través de sucesivas enmiendas.i2S
Viene a concluir Perelman que la analogía es un medio de argumen­
tación inestable. Ciertamente se instaura entre dos contrarios: quien o

114 Ibidem, pág. 573.


“ 5 Ibklem, pág, 590.
:;i 126 Ibidem, pág. 590.
Ibidem, pág. 590.
j2li Cf. ibidem, págs. 590-94.
119 Ibidem, pág. 601.
III . El corpus retórico

■VS

quienes la consideran como un aspecto del mundo y quien o quienes


niegan que tal aspecto exista. Así pues, se ve o no se ve. Entre los
esfuerzos por superar la analogía, pone Perelman en primer lugar el
establecimiento, entre tema y foro, de una relación de participación. De
este modo se presenta al foro como un símbolo o un mito, y en tal caso
no vemos un aspecto nuevo de la realidad, no hay analogía, sino expli­
cación mítica, simbólica o figurai: no hay relación entre diversos. La
analogía siempre es una creación de una parcela de significado, algo que
no era visible sin su formulación discursiva. SÍ aceptamos un diseño
perfecto significativo de la realidad que es previo al discurso, dejando al
discurso como mero notario, no tiene sentido la analogía. De hecho,
como dice Perelman, de modo general, la superación de la analogía tiende a
presentar a ésta como el resultado de un descubrimiento, observación de lo que
existe, más que como el producto de una creación original de estructuración.

PRO CED IM IEN TO S D E D ISO C IA C IÓ N

Cuantos argumentos hemos considerado hasta aquí respondían a


enlaces argumentativos. Pero también se puede argumentar desde la
negación de la existencia de un enlace entre fenómenos. Para Perelman
la pareja apariencia-realidad es el prototipo de disociación nocional.131 La
disociación, lo mismo que los enlaces, ofrece una visión del mundo,
establece jerarquías entre sus elementos, por medio de unos criterios
que las argumentaciones al respecto se esfuerzan por proporcionar.
Respecto a las disociaciones admitidas en un determinado medio cultu­
ral, los pensadores originales las ponen en tela de juicio, se niegan a
admitirlas o crean otras disociaciones distintas. Sobre todo esto se
construyen los sistemas filosóficos y otras tantas construcciones cultu­
rales. Recogeré el ejemplo del invento por parte de Michelet del con­
cepto de Renacimiento:
En páginas penetrantes, L. Febvre analiza la creación por Miche­
let del concepto de Renacimiento. Michelet sentía la necesidad de
distinguir este período situado antes de la Edad Moderna, pero

'3<J Ibidem, pág. 607.


151 Cf. ibidem, págs. 633-640.
David Pujante / Manual de retórica

ij6

dudaba entre dos concepciones: el Renacimiento como resurrec­


ción: de la Edad Media original o como sustituto de la Edad Media.
En el momento en el que opta definitivamente por la segunda
solución, tacha páginas admirables, redactadas con arreglo a la
primera. En el primer caso, la nueva realidad hubiera determinado
una Edad Media más pura, más auténtica, que la Edad Media
anterior que sólo era su apariencia. En el. segundo caso, la época
anterior constituye la Edad Medía auténtica, que ya no es apa­
riencia de Edad Media, sino de civilización.132

LA A R G U M EN TA C IÓ N RETÓ RICA T E L PRO BLEM A


D EL CONOCIM IENTO

Es imposible cerrar un apartado dedicado a la argumentación re­


tórica sin considerar el gran problema que entraña respecto al problema
del conocimiento. Existe una serie de tipos de razonamiento mediante
los que se intenta probar o refutar una tesis, convenciendo de la verdad
o falsedad de la misma, y esos razonamientos han sido sometidos en la
historia cultural de Occidente a una injusta desigualdad, a una distinta
valoración de fundamentales consecuencias. Para Aristóteles existe ya
esa clara jerarquía de valor que levanta un muro infranqueable entre el
bloque que entraña la ciencia/filosofía y lo que son. la dialéctica y la
retórica. Existen, según él, procedimientos lógicos rigurosos que condu­
cen al convencimiento, y los argumentos dialécticos o retóricos no son
de esa categoría. Los argumentos conducen a la persuasión y esa es su
finalidad, pero no son o no requieren ser tan rigurosos como las demos­
traciones. Esta distinción, de limites imprecisos y peligrosos, que se
basa en que la persuasión es demostrativamente más débil que el con­
vencimiento, atraviesa Occidente desde Aristóteles a Kant, y roza in­
cluso a Perelman. Es un terreno movedizo y tan confuso que ha propi­
ciado muchos discursos supuestamente científicos, supuestamente
irrefutables, en terrenos en los que difícilmente podía ser así (me refiero
a los de la ética, la estética o la religión). Hizo falta que pusiera el dedo

‘3:' Ibidem, pág. 644.


III. Ei corpus retórico

l 77

en la llaga W ittgenstein,133 sin el ruido y la furia de Nietzsche, y que


ambos mostraran camino al pensamiento de finales del siglo xx en el
que se integra la revalorización de la retórica. La antigua jerarquización
que dio a la filosofía y a la ciencia el predominio, y que estigmatizó a
la retórica, era hija de un triunfante discurso de poder basado en una
visión del mundo (la de quienes creen que existe un contenido previo
y sustancial que se manifiesta en formas expresivas), el cual, para impo­
nerse, tuvo que acabar con sus contradictores (quienes ven como indi­
soluble la relación contenido y forma, el momento de la creación del
discurso como el momento creador del sentido del mundo). Como nos
recuerda Fish, el supuesto que hace y hará siempre sospechosa a la
retórica será el supuesto de una realidad independiente cuyos perfiles puede
percibirlos un observador suficientemente clarividente y que puede representarlos
en un medio verbal transparente. m Nadie ha podido en realidad afrontar el
problema del conocimiento sino desde los límites de su humanidad.
Ponerse en un lugar o en otro (cada uno dentro de sus posibilidades) es
una opción pero no una garantía; si. bien hay opciones que implican en
su formulación dogmatismo y exclusión; pierden entonces su interés,
por muy lúcidas que parezcan, por su consecuente carácter destructivo
y anulador de lo distinto.
Es importante considerar, a la luz de lo que vamos diciendo y en
el estudio de los esquemas arguméntales de Perelman, la distinción que
hace entre argumentos cuasi lógicos, argumentos basados en la estruc­
tura de lo real y argumentos que tienden a fundamentar la estructura de
lo real. Los argumentos cuasi lógicos basan su prestigio en la filiación
que el auditorio percibe con los argumentos científicos. Luego en el
auditorio se presupone la distinción propuesta por Aristóteles del blo­
que filosofía/ciencia con respecto a la retórica y a la dialéctica, y se
juega con su eficacia. Por otra parte, Perelman considera una serie de
argumentos basados en la estructura de lo real. Es decir, que en la base
de estos argumentos hay una estructura de lo real asumida por la socie­
dad, o por una parte de la sociedad, en la que se da el discurso retórico.

'3J Cf. Ludwig W IT T G E N S T E IN , Lecciones y conversaciones sobre estética, psicolo­


gía, y creencia religiosa, Barcelona, Paidós, 1992.
'w Stanley FISH , Práctica sin teoría; retórica y cambio en la vida institucional, cit.,
pág. 269,
David Pujante / Manual de retórica

*7<?

Las preguntas que surgen al respecto son varias: ¿esa estructura es una
especie de epistemé, como la concibe Foucáult: unas bases profundas que
definen y delimitan lo que una época puede o no puede pensar? ¿Lo real
se fundamenta en esa epistemé, en una configuración subterránea, un a
priori histórico?155 Es sobre esa estructura de lo real sobre lo que se cons­
truye la argumentación tanto causal como del despilfarro o la dirección
y la superación, así como los argumentos de autoridad. Y aún por otra
parte tenemos que considerar los argumentos que tienden a fundamen­
tar la estructura de lo real, en tales casos no se habla de una estructura
de lo real previa sobre la que fundamentar la argumentación, sino que
se habla de unos argumentos que fundamentan dicha estructura. Esta
parte sería la más cercana a una concepción del discurso retórico como
constructor de la realidad que es resultado de la interpretación. Aquí
Perelman viene a iniciar, aunque sea parcialmente aún, la recomposi­
ción del viejo pensamiento sofista, que muy posteriormente Fish resu­
me de la siguiente manera:
L a respuesta del sofista es afirm ar que el reino de lo probable
-..-de lo que sería en unas condiciones particularm ente dadas y
desde una persp ectiva local— es el único ám bito relevante para la
consideración de los seres hum anos. El argum ento está contenido
en dos pronunciam ientos fam osos atribuidos a Protágoras. El pri­
m ero declara la no disponibilidad (no la irrealidad) de los dioses:
«Acerca de los dioses no puedo decir ni que son ni que no son».
Y el segundo se sigue necesariam ente de la ausencia de una orien­
tación divina: «El hom bre es la m edida de todas las cosas, de las
cosas que son com o m edida de su ser y de las cosas que no son
com o m edida de su no-ser» (citado por Platón en Teeteto, 152a). Lo
que esto quiere decir, com o W .K .C . G u th rie ha señalado, es «que
los sofistas sólo reconocían lo accidental com o opuesto al ser
esencial... lo condicional y relativo com o opuesto a lo exitente
por sí mismo». E sto no significa que Jas categorías de lo verdadero
y lo bueno se abandonen sino que, en con textos diferen tes, esas
categorías tendrán un con ten ido d iferente, y que no existe un

>,s Cf. .Michel FO U CAU LT, Las palabras y las cosas, México, Siglo X X I, 1968
(Barcelona, Planeta, 198)); M. FO U C A U LT , L'arcbéofogie du savoir, París,
Gallimard, 1969; M. FO U CAU LT, III orden del discurso, Barcelona, Tus-
quets, 1987; M. FO U CA U LT, Saber y verdad, Madrid, La Piqueta, 1991.
III. El corpus retórico

con texto dom inante (que sólo estaría ocupado por los dioses no
disponibles) desde cuyo punto de vista se pudieran afirm ar y juz­
gar las d ife re n c ia s.1,ft

La refutación puede considerarse como aquella parte del discurso


de la defensa en la que se refuta al contrario. La refutación puede en­
tenderse de manera aislada (como una parte nueva del discurso) o como
integrada en la argumentación (argufnentatio: probatio y refutatio), es de­
cir, como continuación argumentativa en pro de la perspectiva tomada
por el orador que defiende, centrada en este caso en desarticular las
posibles objeciones del contrario. En realidad el hecho de defender ya
entraña refutar una acusación. La posible asimilación de la refutación a
la probatoria ha hecho que los distintos retóricos no se pongan de
acuerdo respecto a sí es o no es una parte distinta del discurso judicial.
Quintiliano la considera como una parte más, en ciara oposición a Iso­
crates (cuva opinión nos llega a través de Dionisio de Halicarnaso, en
el capítulo 16 de Los oradores antiguos, Lisias) y también en oposición a
Aristóteles (Rhet, 1414b). Quizás la intención de Quintiliano al diferen­
ciar h'asta tal grado la refutación se deba a un principio práctico: es más
difícil defender que acusar. Por tanto, el defensor no debe en ningún
momento desatender este aspecto refutativo, que consolida su difícil
posición frente a quien acusa. En realidad quienes consideran la refuta­
ción como una parte más del discurso judicial se insertan en esta tradi­
ción de empirismo retórico, a la que pertenecen aquellos que conocen
muy bien el trabajo de la abogacía. Es la tradición de Teodoro de Ri­
zando, del autor de la Retórica a Alejandro y de Cicerón, Quienes tienen
experiencia en juicios, como era el caso de Quintiliano, saben que el
acusador tiene suficiente con presentar los cargos y que sean verdad: La
peor parte le corresponde al defensor, que, si no puede negar los hechos
(que sería lo deseable y más efectivo), ha de justificarlos, o excusarlos,
ha de meterse en peticiones de gracia por los perjuicios que pueden

110 Stanley FISH , Práctica sin teoría: retórica y cambio en la vida institucional, e.ü:,,
pág. 270.
venir después a personas relacionadas con el acusado (si se encarcela a
alguien, sus hijos pueden pasar hambre e incluso morir dada la indigen­
cia en que quedan), debe dulcificar las cosas, debe atenuar las respon­
sabilidades, debe ridiculizar las exageraciones del acusador. Todo esto
lo sabe muy bien Quintiliano y hace un panorama muy convincente de
las dificultades de la refutación, resumido en la comparación: es más
difícil defender que acusar, de la misma manera que es más difícil curar
que herir (Inst. orat. V 13 2-3).

Arisfótefes. Retórico ill 13 Quintiliano. Institución oratoria !!í 9 1


!. Exordio 1. Exordio
2. Exposición 2. Narración
3. A rgum entación 3. Confirm ación
4. Epííogo 4. Refutación
5. Peroración

Por el carácter de este tipo de actio (así podemos llamar al curso


total del mutuo juego de acusación y defensa15'), el acusador toma la
iniciativa, es el demandante, y por tanto trae todo preparado de casa.
El defensor, sin embargo, se ve en la necesidad de improvisar, se
encuentra con lo que el demandante presenta. Situados en esta difícil
posición, para Quintiliano hay una serie de elementos básicos a aten­
der a la hora de la refutación. Es necesario saber si los argumentos del
demandante han sido elaborados por él para el presente caso o si los
ha tomado de otros procesos anteriores. Cualquier adaptación quita
valor y poder a la demanda. En el caso de que sean argumentos pro­
pios, es necesario negarlos o justificar su incompetencia. Para negar,
nos encontramos con dos maneras de hacerlo: o bien sostener que no
existe el hecho demandado o bien que no es del modo que el deman­
dante lo presenta. Quintiliano también considera si es conveniente
refutar muchas cosas de golpe, y le parece apropiado hacerlo si resulta
posible destruirlo todo a la vez. En caso contrario, lo mejor es ir
comparando argumento y contraargumento, haciendo ver la superiori­
dad de la refutación. Respecto a los modos de refutar, Quintiliano
considera que, si lo dicho por el demandante es falso, basta con

!r Heinrich LA U SB ER G , Manual de retórica literaria, cit., § 6r, pág. 108.


Ill, El corpus retórico

negarlo; aunque conviene en ocasiones que el orador muestre las


contradicciones internas, o la no pertinencia, respecto a 1a. causa en
cuestión, de ciertas alegaciones: su superfluidad, su inverosimilitud. En
todo lo demás, el procedimiento es similar al método de la confirma­
ción: se conjetura sobre la cosa, sobre si es propia de la causa y sobre
su cualidad (Inst, orat. V 13 7-19).
En la refutación 110 debe jamás presentarse como indiscutible un
argumento que es dudoso. Nunca debe considerarse cosa decidida algo
que es controvertible. Nunca lo que es común, a las dos partes, como
algo propio. Nunca se hará uso de pruebas increíbles, aunque sean ver­
daderas (una vez más el problema de la verosimilitud). Cabe atacar el
lenguaje empleado por el contrincante y hasta su conducta moral. Nun­
ca debe uno objetarse a sí mismo, facilitando camino al adversario. La
seguridad debe estar presente siempre en la exposición del orador, sien­
do tan grande la autoridad de su lenguaje que tiene fuerza de prueba
(Inst. orat. \T 13 30-52). Todos estos consejos de prudencia nunca están
de sobra, por abundantes que sean, para confeccionar la delicada refu­
tatio, dado que la refutación es más difícil que la confirmación; y en el
caso de Quintiliano indican una sabiduría de abogado avezado a la prác­
tica forense.

La peroración es la parte que culmina el discurso, por eso algunos


lo llamaron coronamiento y otros conclusión; también epílogo y enumeración,
entre otros nombres. Consta de dos partes, que reposan sobre dos fina­
lidades distintas: una recapitulación general de los hechos, que sirve para

IJ* Un reciente análisis cíe los aspectos argumentativos y refutatorios de un


discurso político de la Transición española (Adolfo SU A R EZ, 10 de sep­
tiembre de 1976) lo encontramos en: Tomás ALBALA.DEJO , «Argumen­
tación, refutación v construcción de confluencia en la oratoria política
de la Transición», en: José Antonio H E R N Á N D E Z G U E R R E R O , María
del Carmen G A R C ÍA T E JE R A , Isabel M O RA LES LÓ PE Z v Fátima
C O C A R A M IR E Z (eds.), Política y oratoria: El lenguaje de los políticos,
Cádiz, Universidad de Cádiz-Excmo. Ayuntamiento de Cádiz, 2002,
págs. 23-37.
David Pujante / Manual de retórica

182

refrescar la memoria a la hora de concluir el discurso, y la parte que se


dedica a influir en los afectos. Hay otros teóricos que dividen la parte de
los afectos a su vez en dos partes, dando un total de tres:

Rheí. Ad Heren. ]¡ 30 ■ Cicerón. De invent. i 58 98 Quintiano, ínsí, orat. VI ! I

Enumeración Recapitulación Enumeración


Amplificación ndignación influencia en (os afectos
Apelación a la misericordia Compasión

La peroración fundamentada en los hechos, la enumeración, es la


primera parte de la peroración. Como recomienda Quintiliano, no debe
ser abrumadora, pues nos encontramos al final del discurso, cuando el
auditorio se encuentra más cansado, por haber tenido que prestar una
larga atención, y cuando la economía expresiva se hace más preciosa.
Debemos elegir los puntos más significativos y debemos hacer uso de
un lenguaje poderoso: variado, con sentencias y con figuras llamativas.
No sólo estamos llegando al cierre emotivo (estamos poniendo el lazo
al paquete) sino que ya. hemos hecho un desgaste lingüístico que puede
mostrarse ahora: evidenciar que nos hemos quedado sin munición. Sería
un error que al final todo suene a ya oído; que se repitan las sentencias,
los dichos, las figuras.
La enumeración —aunque en ella haya que atender a los impor­
tantes detalles mencionados— es la parte más simple de 1a. peroración.
Fue, además, según noticia de Quintiliano, la única admitida por la mayor
parte de los Aticos y por casi todos losfilósofos que han dejado algo escrito sobre
el arte oratoria (Inst. orat. V I 1 7), Sin duda el Areópago (tribunal superior
de la antigua Atenas) era muy estricto y prohibía recurrir a exordios por
insinuaciones y también recurrir a los sentimientos.139
En cuanto a la peroración fundamentada en las emociones, el autor
A d Herennium dice que existen dos partes: la amplificación y la apelación
a la misericordia. La amplificación (o indignación) es como un trallazo sobre
elpúblico —viene a resumir Lausberg— para conseguir que se indisponga
con la causa contraria.140 Es un procedimiento que se utiliza para conmover

í;; w Cf. Q U IN T ILIEN , Institution oratoire. Livres VI-VII, Paris, Les Belles Let­
tres, 1977, texto establecido por Jean CO U SIN , notas complementarias,
1. 7a, pág. 189.
Heinrich LA U SB ER G , Manual de retórica literaria, cit., § 43S, pág. 3Ó5.
Ill, El corpus retórico

183

a los oyentes por medio de un lugar común (.Rhet, ad Heren, II 30). Este lugar
común se toma de entre diez preceptos:
1. D e las autoridades que se han preocupado p or el asunto.
2. D e l conjunto de seres a quienes atañen los actos encausa-
dos.
3. D e la pregunta: ¿qué pasaría si perdonásem os p or igual a
todos los culpables?
4. De cóm o anim ará ei perdón ot orgado a hacer nuevos crím e­
nes a otros.
5. D e la irrem ediabilidad de la sentencia una vez em itida.
ó. D e la inexcusabili dad de un crim en com etido volun taria­
m ente.
7. De la crueldad del crim en com etido.
8. De la singularidad deí crim en com etido.
9. De la com paración con otras faltas.
10. De las circunstancias que han acom pañado al crim en.

De todos estos principios se puede sacar motivo para conmover a


los oyentes: 1) si es un asunto que ha conmovido y preocupado a los
dioses, a los reyes o a los estados; 2) si tiene un amplio campo de
repercusión; 3) si atendemos al peligro que representa mostrar indife­
rencia ante ios crímenes; 4) si consideramos que perdonando damos
ocasión a la repetición de los actos; 5) si hacemos notorio que de deci­
dirse lo contrario de lo que proponemos, el mal consecuente no tendrá
remedio; 6) si mostramos que el crimen fue intencionado, por lo que no
hay excusa; 7) si ponemos de manifiesto la crueldad del hecho; 8) si
hacemos ver que es un crimen inusitado; 9) si lo engrandecemos por
comparación con otras faltas; j o ) si mostramos los agravantes circuns­
tanciales.
La segunda parte del fundamento en las emociones, la apelación a la
misericordia, consiste, según resume Lausberg, en lograr la simpatía deljuez
(delpúblico) para la propia causa, para lo que recurrimos a la compasión que des­
pierta hacia nuestra causa la injusticia sufrida o la desgracia que nos amenaza, u'
Los modos de conseguir la misericordia del juez (y del público) son los

-í¡ Ibidem, § 439, pág. 36 6.


id P'j-AT.tr M i- - ¿ I de retórica

mismos que en el exordio, aunque ai finalizar el discurso no hay que an­


darse con tantas reservas como al comienzo-, ahora hay que echar el res­
to. Cuando se acusa, el lugar común más habitual es el de las taras del acusa­
do (quién): si es envidioso, sí es colérico, si tiene odio. La forma suprema
de mover los afectos el acusador es considerando el acto cometido como
el mis horroroso del mundo (cuál). Es algo que ya se tiene en cuenta en
la indignación. Podemos ordenar los lugares de la siguiente manera:

C u á i es el delilo Un regicidio
Quién lo com etió Un súbdito envidioso
Con Ira quién C o ntra eí mejor d e ios reyes
Con qué intención C re a r la confusión del reino
En q ué tiem po En las fiestas de ¡a coro nació n
En q ué lugar Junto a¡ trono
De qué m an era Con el cuchillo del propio rey

Citando se defiende, la simpatía del público se consigue principal­


mente mediante los lugares comunes relativos al desamparo del hombre
frente a la fortuna (De invent. [ 5:5 106). Otros modos de conseguir la
piedad vienen de la consideración de las siguientes circunstancias: la
soledad en la que quedan los hijos y los padres, el futuro que aguarda a
quien debe abandonar la ciudad, el destino de sus bienes, la necesidad
de soportar la injuria de sus enemigos personales (Inst. orat. V I τ 1 9).
Son los llamados loci misericordiae, que tuvieron un minucioso desarrollo
por parte de los tratadistas clásicos.

i
de los statm

La dispositio no ha sido objeto de una atención especial. Nos lo


muestra cualquier rápida ojeada por los tratados de retórica clásicos y
modernos. Incluso una enciclopedia de las aportaciones retóricas de
toda la Clasicidad, como es el caso de la Institutio oratoria de Quintilia­
no, dedica a la segunda operación retórica tan sólo un libro (el VII),
I II . E l corpus retórico

185

cuando la inventio ocupa cuatro libros (II I-VI) y la elocutio casi oíros
cuatro (VITI-parte del X I y del X II). Hoy día la importancia de la
dispositio se ha puesto de manifiesto en dos vertientes igualmente inte­
resantes, que es obligado tener en cuenta a la hora de afrontar el estudio
de los planteamientos clásicos respecto a esta segunda operación retó­
rica. Me refiero: 1) a las modernas reflexiones sobre las estructuras
narrativas, que vuelven inevitablemente la vista a las aportaciones retó­
ricas respecto a la disposición de res (organización de temas) y verba
(estructuras narrativas),!|2 y cuyo máximo apogeo lo representó el neo-
formalismo de la segunda mitad del siglo XX, que, agotados en cierta
forma los estudios sobre lírica, constituyó la narratología más reciente;
2) las reflexiones nacidas de la recuperación del pensamiento relativista
(a partir de Nietzsche), que consideran el discurso como construcción
de significado, haciendo de la dispositio, en su doble actuación sobre res
y verba, la clave de todo discurso retórico, dado que sólo la concatena­
ción (en este caso por medio de la construcción de un discurso lingüís­
tico) de nuestras acciones vitales confiere significado y valor a lo real.
Sobre la problemática que actualmente conlleva el tratamiento de
esta operación retórica hablamos en el último capítulo del manual.
Veamos ahora cómo se planteó la retórica clásica el campo de la dispo­
sitio y el camino que quedó abierto para polémicas y nuevas interpreta­
ciones relativas a la importancia que esta segunda operación retórica
tiene dentro del mecanismo constructivo total del discurso retórico.
Nos dice Quintiliano al finalizar el proemio del libro V II, el de­
dicado a la dispositio:
{...} el libro siguiente debe dedicarse por entero a la disposición,
de la que no hubieran salido con bien tan pocos oradores, si exis­
tiera una vía segura aplicable por igual a todas las materias del
discurso. Pero como todos los procesos son y seguirán siendo de
variedad infinita de formas y durante tantos siglos no se ha en­
contrado todavía causa que sea por entero semejante a otra, es
necesario que el orador sea sagaz, esté vigilante, tenga capacidad
para hallar los materiales, muestre sentido crítico y tome consejo
de sí mismo. (Inst. orat. VII Pr. 4)

'4i Cf. José María PO ZU ELO , Del Formalismo a la Neorretórica, Madrid, Taurus,
1988.
David Pujante / Manual de retórica

ι86

Ya desde esta primera reflexión sacamos en consecuencia que


existen unos aspectos de la disposición que enseña el arte, pero que, sola­
mente con ello, no sale adelante, con bien, de su tarea, el orador. Le es
necesario dar con la disposición que le dicta su sagacidad personal, su per­
sonal capacidad para el análisis de cada caso concreto.
Desde el prólogo, Quintiliano da protagonismo absoluto a las
dotes del orador, quien se ha de mover en un terreno complejo, dudoso,
es decir, en la difícilmente abarcable complejidad de la realidad. Ningu­
na causa, a lo largo de los siglos, ha sido semejante por entero a otra,
nos asegura Quintiliano, ha realidad humana que afronta el orador es
angustiosamente así de amplia, así de disímil; difícil de baremar o equi­
parar sus distintos componentes. No existe una vía segura, un camino
marcado, unas matrices que aplicar a todas las materias objeto de dis­
curso. Ante este problemático enfrentamiento entre mundo y hombre
(mundo por desentrañar e intérprete), se abre el camino de la construc­
ción discursiva. Un camino que se inicia con la inventio y se continúa
con la dispositio, ambas operaciones centradas en la capacidad interpre­
tativa del hombre. Quintiliano las sitúa en un mismo proceso. El actor
de tal proceso debe ser un hombre avisado, con sagacidad, entregado
con todos sus sentidos, con toda su inteligencia al desentrañamiento de
la confusa causa. Y esa vigilancia debe mostrarse ya en la búsqueda de
materiales y también en la ordenación de la contrucción significativa de
todos ellos. (En realidad la actuación de ambas operaciones es simultá­
nea, como se señala repetidamente a lo largo de este manual.) Para
semejante construcción Quintiliano remite al propio consejo. No hay
otro camino que el de tomar consejo de uno mismo.
El entrelazado que hay entre las dos primeras operaciones retóri­
cas queda patente en los tratados de retórica, pues el orden de las partes
del discurso viene estudiado en los libros dedicados a la inventio. La
dispositio no sólo se intersecta con la operación inventiva, de igual ma­
nera lo hace con la elocutiva. Como dice Aíbaladejo, no existe corres­
pondencia unívoca entre los componentes del discurso res-verba y las
operaciones inventio-dispositio-elocutio.143 Por tanto, la operación disposi­
tiva atiende por una parte a los elementos del contenido (a las partes del

Mi Cf. Tomás A LB A LA D EJO , Retórica, cit., pág. 46.


III . El corpus retórico

187

discurso y muy especialmente también a la disposicícSn de los argumen­


tos), pero, por otra, al plano de la expresión.
Puesto que esta operación se derrama sobre los ámbitos de la res
y de las verba, que, a su vez, tienen unas operaciones específicas que son
la inventio y la elocutio, se puede entender el vacío que se da en los
tratados retóricos a la hora del estudio de manera aislada de la dispositio.
¿Qué es lo que se estudia como algo propio, exclusivo de la dispositio?
Responder a esta pregunta es muy interesante.
Quintiliano nos dice desde el principio del libro V II, el dedicado
a la dispositio, que si cambian los elementos discursivos los oradores es
por utilidad (utilidad de un mejor entendimiento). Y nos pone un ejem­
plo: el proceso de Ctesifonte. Demóstenes y Esquines siguieron, al
considerarlo discursivamente, una ordenación distinta, pues al uno le es
útil aducir una cosa, al segundo otra distinta'‘,4 (Inst, orat. V II i 3). La más
evidente y superficial interpretación del texto de Quintiliano nos lleva
a considerar los cambios dispositivos como una manera de predisponer
al juez hacia el planteamiento bien de Demóstenes bien de Esquines.
Ciertamente la disposición constituye un apartado de estrategias para
sorprender con lo que se dice (estrategias no ajenas a las de las moder­
nas novelas policiacas o de misterio), o para conseguir la perfecta opor­
tunidad del lugar en relación con lo que se dice (decir algo a destiempo
es un grave error); pero reducir la disposición a esta serie de estrategias
para persuadir al juez es infravalorar el sentido de toda la construcción
discursiva y el alcance de esta operación retórica. El significado de la
utilidad de la dispositio tiene un mayor alcance.
Quintiliano, en el libro de la dispositio, se ocupa, nada más comen­
zar, del gran problema que entraña la correcta formulación de las pregun­
tas con respecto a la causa en cuestión (formular la pregunta apropiada es
el perfecto asedio a un problema). El orador, según él, debe hacer las
preguntas desde distintos principios argumentativos, y, en cada caso, des­
de distintos puntos de. vista, procurando una construcción interpretativa lo
más apropiada. Es una organización de sentido ajustada a verdad, verdad
que es el producto coherente de su examen. N o es una verdad preesta-

M4 Así traduce el texto al que me refiero Alfonso ORTFX tA CA RM O N A . (M.


F. Q U IN T IL IA N O , Sobre la formación del orador, t. III, Salamanca, Pu-
:.· biicaciones Universidad Pontificia, 1999).
David Pujante / Manual de retórica

l88

blecida, sino nacida de este proceso inquisitivo. Por tanto es muy impor­
tante que no se le escape ninguna pregunta importante ni ningún, enfo­
que posible (gracias a la sagacidad y la entrega a la que antes hacíamos
referencia). El orador con mayor entrega y capacidad dará un discurso
más poderoso. Más poderoso quiere decir mejor elaborado, sin vacíos, sin
incoherencias, estableciendo una plenitud que no siempre consigue la
razón, porque entran en juego otros elementos. La razón es más miedosa,
se mueve a pasos contados; sin embargo, en retórica hay que dar saltos,
moviéndose en un mapa lleno de agujeros cuyo tránsito no es capaz de
afrontar la simple razón, confiando soluciones a otros elementos como la
intuición, la equidad, el convencimiento emocional.
La base del discurso retórico es la credibilidad (verosimilitud) y el
orden es la clave:
También el orden en presentar los hechos proporciona o quita
credibilidad: porque es cosa manifiesta que los hechos están
mucho más en armonía o en oposición según se les presente (Inst.
orat. V II 2 56).

Para llegar a construir un discurso en el que la totalidad de los


hechos armonicen, tengan una coherencia interpretativa, hemos de
hacer el pertinente asedio de preguntas, pues el mejor modo de estruc­
turar un caso es formular las preguntas pertinentes en el orden perti­
nente. Quintiliano dedica todo el libro a ofrecer una compleja y amplia
tipología de preguntas que perfilen perfectamente el estado de cada
causa.
Como es imposible abarcar la totalidad de las causas posibles,
Quintiliano trata de categorías generales, los llamados estados de causa
(status). Hay para él tres estados racionales en los que puede encontrarse
una causa: 1) estado de conjetura (¿es?), 2) estado de definición (¿qué es?),
3) estado de cualificación (¿cómo es?).
Podemos acusar al César del asesinato de su mujer, pero ¿ha ha­
bido muerte? (conjetura). Si ha desaparecido, quizás simplemente se ha
marchado. En caso de que haya habido muerte, quizás lo que correspon­
da decidir es si ha habido asesinato, o quizás defensa propia, o si puede
haber sido una muerte accidental (definición). Si la muerte ha sido un
asesinato, habrá que decidir las circunstancias: crueldad, alevosía, noc­
turnidad (cualificación). El asedio de la conjetura nos conduce a la de­
III . El corpus retórico

finición, e igualmente es un paso el que conduce a la cualificación.


Podemos hacer un discurso conjetural que desemboque en la inexisten­
cia de la causa o en ia definición de la causa. Podemos igualmente
construir un discurso definitorio o bien un discurso que partiendo de la
existencia del hecho determine que no es tal hecho como se interpreta
por la acusación. Son tres tipos de discursos, que por los tres géneros
discursivos dan nueve modalidades puras en total.

ESTADOS RACIONALES (Status ration ales)


ESTADO DE CONJETURA ¿Es?
ESTADO DE DEFINICIÓN ¿Q ué es?
ESTADO DE CUALIFICACIÓN ¿C ó m o es?

Hay además una serie de estados legales (status legales). Como acaba­
mos de decir, podemos llegar al estado racional en que se encuentra una
determinada causa a través de toda una red de preguntas que asedian la
situación hasta poner orden clarificador en la oscuridad originaria de los
hechos; pero hemos de contar con las leyes que hay al respecto: hemos
de atender a la posible oposición entre la voluntad que hubo a la hora de
legislar una ley que ataña a nuestra causa y la letra de la ley con la que nos
encontramos; o la existencia en ocasiones de leyes contradictorias sobre
un mismo asunto; igualmente es importante atender a la oscuridad o am­
bigüedad de ciertas leyes, que permite múltiples interpretaciones sobre
el asunto que nos ocupa. Todas estas posibles situaciones, que afectan
igualmente a la causa, son los llamados estados legales. 145

iíi.b.j. L:, dï-mmioii


rts/verèa. Sermo ornatus.
La tercera operación retórica se ocupa de los mecanismos de
confección discursiva referentes a su línea de manifestación textual.

i,K ££_ p jv jd P U JA N T E , E l hijo de la persuasión. Quintiliam y el estatuto retórico,


s cit., págs. 133-147.
David Pujante / Manual de retórica

19 o

Cierra por tanto el proceso de producción del texto. Eloqui es —según


definición de Quintiliano en Institutio oratoria V II I Pr. 15— exteriorizar
(promere), es decir, sacar a luz, por medio de la expresión lingüística, lo
ya concebido por la mente, y hacerlo llegar hasta su fin (perferre): fin
como lugar material, que son los auditores; y fin como finalidad, la
persuasión de dichos auditores. El texto tiene que aparecer como la
mejor visión posible del asunto que nos ocupa, persuadiendo al público
de que es así. Hay que decir con precisión, con exactitud, lo pensado,
y de una manera persuasiva. Continúa diciendo Quintiliano que si no
culminamos este nivel de manifestación, las actividades preliminares del
espíritu son inútiles y similares a una espada encerrada en su vaina. Según,
este equivalente guerrero, la potencialidad de la espada, como la del
discurso, viene a quedar en nada si no se saca de su funda y se utiliza.
Atendida con detalle la definición de Quintiliano, vemos que no
es tan si.mplificado.ra como la tradicional definición que nos ha llegado
de elocutio (el acto de conferir forma lingüística a unas ideas). Esa forma
lingüística no responde a una simple función revestidora, tiene relación
con la precisión y con la exactitud, así como con la persuasión, que a su
vez se consigue racional y emotivamente.
Por otra parte, y atendiendo a otro importante nivel de la defini­
ción que da Quintiliano, es necesario que subrayemos cómo el rétor de
Calahorra sostiene en su definición de elocutio la división entre 1) lo
concebido por la mente (selección y ordenación de ideas hacia una
interpretación comprensiva de los hechos) y 2) su exteriorización, su
manifestación lingüística, a la que está asociada la elocutio, y que si bien
se configura como una especie de revestimiento de lo otro, de lo previo,
de lo ya existente sin palabras, en realidad es más que revestimiento,
porque sin vestido se puede mostrar algo desnudo, pero en este caso esa
vestimenta es forma imprescindible para, que las actividades prelimina­
res del espíritu se manifiesten. En cualquier caso, res y verba aparecen,
como cosas distintas y podemos insertar esta postura quintilianesca en
la tradicional distinción entre forma y contenido; distinción que viene
de la Clasicidad, traspasa la. Edad Media y se afianza, en la enseñanza,
como método muy útil para el análisis de textos. Puesto que la poética
se alimentó durante siglos de las aportaciones retóricas en lo retente a
la doctrina elocutíva, esta distinción fondo/forma ha perdurado vigente
hasta el siglo xx en los estudios de crítica literaria. Pero tal distinción
III. El corpus retórico

es la base, sin embargo, de importantes problemas poéticos que el


mismo siglo xx ha puesto de manifiesto, como el de la definición cuan-
tificadora del lenguaje literario: un plus ornamental con respecto al es­
tándar.
Si la distinción entre contenido y expresión ha sido algo habitual
en el pensamiento crítico y teórico-literario de nuestra tradición, más
difícilmente cuaja en la experiencia de los escritores. Pondré un brillan­
te ejemplo, como propio de la persona a que pertenece. Lo cuenta
André Gide referido a Oscar Wilde:
Una mañana, Wilde me dio a leer un artículo en el que un crítico
bastante obtuso le felicitaba por saber idear helios cuentospara mejor
revestir su pensamiento.
—Se creen — comenzó Wilde— que todos los pensamientos na­
cen desnudos... No comprenden que yo no puedo pensar sino en
cuentos. El escultor no piensa en traducir su pensamiento en
mármol; piensa en mármol, directamente.:4<’

El problema de la dicotomía fondo/forma (agravado por la de


forma/estructura) reviste importancia capital en el pensamiento forma­
lista ruso, en la estilística europea y en el New Criticism147 (es decir, en
los grandes movimientos creadores de 1a. teoría literaria de la primera
mitad del siglo xx) y también en el neoformalismo de las dos décadas
siguientes. El fondo y la forma aparecen para estos movimientos como
el haz y el envés de una hoja, inseparables. Es más, la forma hace al
fondo. Decimos lo que decimos porque lo decimos como lo decimos. No es un
juego de palabras. Muchas veces un grupo de escritores ha afrontado un
mismo asunto y el resultado ha sido absolutamente distinto por el di-
ferente tratamiento fórmal-estructural. La distinción entre fábula y su­
jeto de los formalistas es clave para entender esta problemática. En el

£ 140 André G ID E , Oscar Wilde, Barcelona, Lumen, 1999, págs. 34-35.


'fi H? Cf. Antonio G A R C IA B E R R IO , Significado actual delformalismo ruso, Barce­
lona, Planeta, 1973. Este libro del profesor G A R C ÍA B E R R IO dio a co
nocer en España el pensamiento formalista, de ahí su especial interés y re-
¡í ferencia. Posteriormente se tradujo un libro definitivo, el importante
trabajo del eslavista V. E R L IC H , E l Formalismo ruso, Barcelona, Seix Ba­
rrai, 1974. Cf. también David P U JA N T E , Mimesis y siglo XX, Murcia, Uni-
l¡ versidad de Murcia, 1992, capítulo V il: De la forma artística, págs. 131-162.
David Pujante / Manual de retórica

Iÿ 2

sujeto es inseparable lo que se dice de cómo se dice, y es el cómo lo dice


lo que hace al autor decir lo que dice, crear una obra singular, única,
irrepetible. También la poética de lo imaginario ha considerado las
formas como configuraciones de ciertos fenómenos de la imaginación
psíquica humana. Como nos dice magníficamente Curtius al tratar de la
estrecha relación entre el espíritu y la forma, de la relación entre las
formas poéticas —~o patrones poéticos (pattern)— y las manifestaciones
del espíritu humano que adquieren vida en ellas,
cuando se renuncia también al ritmo, según lo han hecho Walt
Whitman y más tarde los poetas que vienen escribiendo en verso
libre a partir de 1890, hay el peligro de abandonar también el.
espíritu.r+tf

En la tratadística retórica que ha llegado hasta nosotros la distin­


ción entre conceptos y palabras, entre res y verba, es doctrina, habitual.
Con la evolución histórica de la retórica hacia un ejercicio de buena
presentación discursiva, tal y como hemos visto al hablar de la Segunda
Sofística, se dio la alianza entre retórica y poética y pasó a esta última
1a dicotomía que perpetuó durante siglos el concepto de sermo omatus,
de escritura literaria como embellecimiento añadido a lo comunicado.
Sin duda la revisión de los viejos entendimientos de los mecanismos
retóricos y la apreciación de simplificaciones insostenibles perpetuadas
durante siglos de una enseñanza retórica sesgada tienen su raíz en el alto
desarrollo alcanzado por los estudios poéticos del siglo XX. Porque la
pregunta es hoy ¿hasta qué punto las operaciones retóricas han sido
simplificadoramente entendidas por la tradición exegética de los textos
clásicos?
La necesaria reformulación de la operación elocutio no se debe
exclusivamente a cuanto acabamos de decir sino también a que, una vez
más, hemos de definir cada una de las operaciones retóricas en su rela­
ción interdependiente con las anteriores. Así pues, al comienzo de esta
sección, de nuevo nos alcanza la ya muy alargada sombra de la polémica
referente al falso carácter aislado de las tres primeras operaciones retó­

148 Ernst Robert CU RTIO S, Literatura europea y Edad Media latina, cit., pág.

J 559-
III. Ei corpus retórico

ricas. La distinción de García Berrio (cf. el apartado IV .2 de este ma­


nual) entre componente teórico retórico y operación retórica propia­
mente dicha149 nos abre los ojos respecto a la riqueza de la verdadera
actividad interrelacionada de las operaciones retóricas inventio, dispositio
y elocutio con respecto a la pobre simplificación que entraña una consi­
deración aislada y sucesiva de cada uno de esos mecanismos operacio-
nal.es. Opina Albaladejo:
La elocutio es asociada sin problema alguno al componente verba
del discurso. [...} Pero ese componente, como ya hemos visto,
también es vinculado a la operación de dispositio, lo cual implica
una relación próxima entre estas dos operaciones, cuyos límites
prácticos no pueden ser fijados fácilmente, si bien son más claros
que los que separan la dispositio de la. inventio. 150

Que estas operaciones ni en el modelo teórico ni en la realidad


puedan considerarse elementos aislables, tiene unas consecuencias enor­
mes, ya que el replanteamiento del asunto no consiste simplemente en
mantener la vieja fractura entre las distintas operaciones (y la conse­
cuente simplificación del mecanismo retórico) explicitando a continua­
ción, como una coletilla complementaria, que hay interconexiones en el
modelo; pues, de hacerlo así, estaríamos casi en las mismas de siempre.
En realidad atender a la proyección de unas operaciones sobre otras nos
conduce inevitablemente a la redefinición de dichas operaciones, pues­
to que sus campos se amplían, puesto que los elementos sobre los que
actúan son muchos más, puesto que en definitiva su realidad funcional
es otra. Y un modelo teórico vale en tanto no desvirtúa la realidad a la
que se refiere. Esta ampliación del modelo teórico retórico se puede
hacer desde dos perspectivas: 1) bien reinterpretando (si hay en los
textos motivos para ello) la rhetorica recepta a la luz de las reflexiones de
nuestro siglo, que han ampliado el entendimiento de la lingüística y la
poética; 2) bien reconfigurando el viejo modelo retórico,desde nuestra

'4I> Cf. Antonio G A R C IA B E R R IO , «Lingüística, literaridad/poeticidad (Gra-


mática, Pragmática, Texto)», 1616. Anuario de la Sociedad Española de Lite-
fi: ratura General y Comparada, 2 (1979), 156.
0 Tomás A LB A LA D EJO , Retórica, cit., pág. 119. De este asunto ya había tra­
tado Antonio G A R C ÍA B E R R IO en su Formación de la Teoría Literaria
U moderna, 1, cit., págs. 57-58.
David Pujante / Manual de retórica

actual perspectiva, considerando siempre sus límites temporales. Es, en


cualquier caso, pues, una obligación de todo estudioso actual el retorno
a las fuentes retóricas y ver si en ellas se muestra con claridad la idea
de sermo ornatus como simple plus ornamental, constituyente de la pos­
terior definición tradicional de la lengua literaria; o si más bien esa idea
es una construcción debida a posteriores lectores y exégetas que confi­
guraron con el paso de los siglos el ya muchas veces señalado empobre­
cimiento y desgajamiento de la Weltanschauung retórica, en bien de una
formulación académica de artes dictaminis. En mi estudio sobre el texto
de Quintiliano analicé pormenorizadamente este asunto al tratar de los
libros dedicados a la elocutio, observando ciertos desajustes entre la
doctrina explícita y el tratamiento del material:

Como hemos expuesto ya en la descripción pormenorizada de los


libros anteriores de Ja Institutio oratoria (y que nos permite obser­
var que, de forma indivisible, se entrelazan los aspectos de inven­
tio y dispositio), la organización se imbrica en lo organizado de tal
forma que constituyen una indisociable interacción. Al introdu ­
cirnos en el estudio de la elocutio podremos llegar a decir con
pleno derecho que la forma y el contenido resultan inseparables.
Ciertamente, como quedó expuesto en su momento —en el últi­
mo capítulo del libro III, y en ios libros IV, V y V I—, no se
limita Quintiliano a buscar elementos referencíales para construir
su discurso, sino que habla de organización de estos elementos
referencíales. Esta disposición o articulación, además, no respon­
de sólo a necesidades textuales sino que tiene un importante
componente pragmático.
Ejemplos ya tratados como el del símil —que aparece en la moda­
lidad argumentativa de los ejemplos del libro V (V, 11,22) y que
volverá a ser tratado en el terreno elocutivo-ornamental (VIII, 3,
72 y ss.) —; o eJ del entimema —que se emplea para argumentar en
el nivel inventivo (V.14.1) y para ornar en el nivel elocutivo
(VIII.5.9): «Non semper autem ad probationem, adhibetur, sed
aliquando ad ornatum» (VIIL5.10)—; e igualmente la prosopopeya
—que aparece como razonamiento en la refutatio (VI. 1.25) y pos­
teriormente en Ia elocutio como una figura, la fictio personae
(IX.2.31), «una figura altamente patética nacida de la intensifica­
ción de la fantasía creadora» (Lausberg, 1975, ff 826) —; y también
HL El corpus retórico

la anfibología, y el enigma y la metalepsis (VI.3.47-52), junto con el


examen, de tropos (VI.3.66 y ss,), que aparecen en la peroratio·, e
incluso el dífijminado concepto de enárgeia (definido en general
como descripción viva y detallada; Lausberg, 1975, fjf 810-819),
que aparece por vez primera en el nivei, de inventio, al tratar de la
narratio y de la peroratio (IV.2.63; V I.2.32; Iso, 1989: 134), y luego
en el de elocutio, en el ornato (VIII.3.61; Iso, 1989: 135); todos
estos ejemplos, como en su momento dijimos, nos sirven para
comprobar· y confirmar que cumplen funciones complejas, en varios
de tales niveles, y que por tanto esos elementos durante tanto
tiempo considerados como puros mecanismos de ornamentación,
en su manifiesta complejidad, van más allá, poniendo en tela de
juicio el superficial tratamiento ornamental, el supuesto plus que
adorna el discurso y que hace su exclusiva aparición en el nivel
elocutivo. Sin duda el concepto de sermo ornatus, aparentemente
sacado de textos clásicos como el de Quintiliano, ratificado por
estudiosos como Cousin (Cousin, 1:936), Ullmann (Ullmann, 1927)
o Lausberg (Lausberg, 1975), requiere revisión seria.’51

Dejando al margen si en la vieja tratadística se muestra de manera


más o menos implícita la irrealidad de la mera cuantificación, hemos de
destacar el desmoronamiento a lo largo de nuestro siglo xx del viejo
concepto de sermo ornatus, dado que los mecanismos de construcción
discursiva en el nivel elocutivo no responden a puras necesidades orna­
mentales del discurso. Procedamos con un ejemplo: una metáfora no es
un puro hallazgo ornamental, que tan sólo embellece el discurso. Una
metáfora puede ser un elemento ideológico básico del discurso, tan
deBnidor de la forma de pensar de un orador como cualquiera de sus
argumentos. Siguiendo en esta misma línea, se hace necesaria la recon­
sideración de conceptos tan básicos en este apartado como el de tropo
y figura retórica.
El concepto de sermo ornatus fue durante siglos el puntal de la
elocutio y de toda la retórica ya que ésta había quedado reducida a la
tercera operación retórica. Fue por tanto la paite fuerte de todo tratado

David P U JA N T E , E l hijo de la persuasión. Quintiliano y el estatuto retórico, cit.,


é pág5· 162-163.
David Pujante / Manual de retórica

196

retórico el desarrollo del inventario de tropos y figuras retóricas que


viene a continuación.

III i> ,jx


y palabras. expresivas
La elocutio, según Quintiliano, es la operación más necesitada del
arte (Inst. Orat., V II I Pr. 1ó). Durante siglos, como acabamos de decir,
se ha reducido a ella la retórica, entendida como arte de escribir. Pero
Quintiliano nos recuerda la prioridad de las ideas y propone, siguiendo
a Cicerón (De Orat. I 12), una adecuación total entre las ideas y las
palabras, como base esencial de cualquier construcción discursiva (Inst.
orat. V II I Pr. 23-26).
A la hora de hacer un estudio de la elocutio, Quintiliano, como
toda la tradición tratadística, la considera en las palabras sueltas (verba
singula) y en las palabras agrupadas (verba coniunctd). Las palabras sueltas
deben ser correctas (a nosotros nos corresponde decir españolas), claras,
adornadas y acomodadas a su finalidad. Las agrupadas deben ser correc­
tas, bien colocadas y bien figuradas.

PALABRAS SUELTAS Puras (versus barbarismos)


Claras (vs. oscuras: arcaísm os}
A dornadas (vs. ornato inconveniente)
A co m o d ad as a su finalidad
PALABRAS AGRUPADAS C o rrectas (vs. solecismos)
Bien c o lo ca d a s (vs. oscuridad sin táctica)
Bien figuradas (vs. ornato inconveniente)

PU REZA: La primera virtud expresiva es la pureza. Es una virtud


gramatical (pureza lingüística). Si nos referimos a las palabras sueltas,
éstas deben ser lingüísticamente puras. Latinas para los latinos, helenas
para los griegos y así en cada caso. Para la pureza expresiva en cada
lengua (una pureza que va más allá de lo puramente verbal!5Í) hay que
recurrir: 1) a un empleo racional y crítico del lenguaje (ratio), con base

,S1 Cf. Tomás A LB A LA D EJO , Retórica, cit, pág. 126.


III . El corpus retórico

en la etimología y en ta analogía, 2) a la antigüedad de las palabras


(venustas), 3) a la autoridad de los escritores de esa lengua (auctoritas), así
como 4) a la opinión consensuada de los eruditos (consuetudo).1^ Es
difícil el acuerdo entre la pureza y la avalancha de influencias que en las
distintas etapas de la evolución de las lenguas reciben inevitablemente
de otras más prestigiosas o más difundidas, o simplemente por ser len­
guas en contacto. Pensemos en el alto porcentaje de palabras árabes del
castellano, en las adquisiciones que durante el siglo xvm obtuvimos del
francés, y en la inevitable cantidad de anglicismos que últimamente
pueblan nuestra lengua para desesperación de los que se consideran más
puristas y castizos. Algunos de esos neologismos se han hecho ya parte
de nuestra cultura, e incluso construyen nuestra poesía (lo más entraña­
do de una lengua), como en los versos siguientes:
paraísos lejanos de turbulencia y carne, viajes, rock’nd roll, droga...
El periódico, en recuadro pequeño —me señalas— dice que
ha muerto Kerouac. El primer escritor vivo al que quise (cortos
[años)
ha muerto. Sabíamos bien poco: On the road, vagabundos,
{whisky.154

Hay en estos versos varios niveles de anglicismos. Uno que re­


presenta a los términos ingleses totalmente aceptados en nuestra len­
gua, como es el caso de whisky, que ni siquiera viene en cursiva en el
texto, quizás por esa precisa razón. Rock’nd roll sí viene en cursiva,
representaría un segundo nivel, porque es también un término de uso
corriente, aunque en la cultura musical, totalmente asumido con todo
por cualquier lector español. Finalmente hay una referencia culta, el
título del libro de Kerouac, On the road, donde se cumple cierto rasgo
poético de oscuridad buscada, de elitismo poético, e incluso de am­
biente poemático, todo junto. La consideración de todo esto nos lleva
por otro camino, que es el de la licencia poética, el del desvío propio
del lenguaje poético. En tales casos, el lenguaje poético con elementos
de otras lenguas puede tener una finalidad innovadora, transgrediendo

1,3 Cf. jo s e f M A R T IN , Antike Rhetorik. Technik und Methode, Munich, Beck,


1974, P%- -'?·'·
« 1>4 Luis Antonio de V IL L E N A, Asuntos de delirio, Madrid, Visro, 1996, pág. 23.
David Pujante / Manual de retórica

198

la norma de la propiedad expresiva en busca de otra expresividad


mayor, distinta, más moderna quizá. Es el caso de algunos versos de
Mascarada de Pere Gimferrer:
tot injectan.t-se algún g in fiz z
I- }
L a gorra verm ella els blues jeans 155

Algo similar podemos decir de la prosa de Julián Ríos, que en los


años setenta del siglo xx tiene el sabor de las vanguardias de sus co­
mienzos. He aquí una muestra de las muchas que podemos encontrar en
su novela Larva:
E sta noche todos locos de rem ate... I f th at’s a D u tch auction, a
vela y pregón, I ’m a D utchm an. T h e Flyin g D utchm anikin! E l
H oland eseoso H erran te, Ju g u e te de las olas. Q ue se vienen y van.
T e ll it to the m arinettes... U n juram ento y un am or en cada puer­
to. H avenerisch! U n m ar ido en cada p u erto ?Ιΐβ

En las palabras agrupadas la pureza está en oposición a los solecis­


mos, que son. construcciones falsas y confundidas. Es, pues, necesario co­
nocer y seguir las reglas gramaticales de una lengua para conseguir el bien
decir. Por lo que es imprescindible en el orador tener la más alta compe­
tencia lingüística de la lengua en que se expresa; un dominio absoluto de
todos los registros lingüísticos, que le permita no sólo construir oraciones
correctamente sino amplios textos en los que instalar juegos de palabras,
ironías sobre frases hechas y tantos otros recursos que potencian un dis­
curso. Desde el momento en que el hablante se sitúa en un nivel de cono­
cimiento lingüístico inferior al de los auditores, está mermado no sólo en
sus facultades comunicativas sino en la consideración de los oyentes,

C L A R ID A D : La segunda virtud es la claridad (perspicuidad).


Entramos ya en lo que son virtudes retóricas. En las palabras sueltas, la
claridad está en relación directa con la propiedad terminológica. Hemos
de elegir siempre el término más apropiado, que sea aprobado por las

Pere G IM F E R R E R , Mascarada, Barcelona, Edicions 62, 1996, págs, 17 y 18.


¡íí> Julián RÍO S, Larva. Babel de una noche de San Judn, Barcelona, Llibres del
Malí, 1983, pág. 175.
III . El corpus retórico

personas instruidas y que sea entendido por los incultos. Imaginemos


alguien que se encuentra con un amigo cuando va camino de Hacienda
a hacer su declaración anual de la renta y le dice: «Voy a pagar las
alcabalas». Este arcaísmo, referido al antiguo tributo impuesto sobre las
compraventas, sólo tiene sentido si el amigo es un hombre culto y com­
prende la ironía del uso del término. En cualquier otro contexto es
oscuro y por tanto improcedente.
En retórica jamás se pierde de vista la finalidad del discurso. Para
que éste sea eficaz tiene que, ante todo, ser entendido por los destina­
tarios, Y la finalidad de la claridad es hacerse entender. Este plantea­
miento se encuentra a años luz de distancia de los planteamientos poé­
ticos de desautom atízación lingüística con los que nos hemos
encontrado en el ejemplo anterior, sobre todo cuando van hacia lo dis­
tinto dificultoso o incluso oscuro. En este aspecto la retórica y la poesía
viio pueden andar por caminos más distanciados. Tanto es así que, cuan­
do Quintiliano pone ejemplos de confusión expresiva, de interpolacio­
nes, de oscuridad, suele recurrir a ejemplos de Virgilio. Pero no pode­
mos olvidar que también existió toda una rama de la oratoria (opuesta
a la defendida por Aristóteles, Cicerón y Quintiliano) que procedía al
sistemático oscurecimiento del discurso como recurso de dignidad e
índice de superioridad del orador respecto a su público. Eran sus prac­
ticantes amantes de la palabra artística, de las acumulaciones, de los
períodos largos, de las interpolaciones, es decir, lo que entendemos por
un estilo culterano. Casi todos estos recursos responden a vicios contra
la claridad en palabras agrupadas.

O RN ATO (con base en la conveniencia); Antes de decidirnos por


poner en práctica esta, tercera virtud expresiva, la de adornar el discur­
so, y para que no se convierta en realidad en un vicio discursivo, hemos
de atender a la conveniencia de la ornamentación. En la base de todo
adorno está, pues, la reflexión sobre si es conveniente adornar o no, y
sí lo es de ese modo.
Para que la conveniencia, se dé es necesario que tengamos muy
claros los límites del ornamento, cuándo deja de ser una virtud discur­
siva para convertirse en un vicio. Quintiliano hace una relación de los
vicios en las palabras y en los argumentos (o en las cosas a las que se
refieren los argumentos) (Inst. orat. V II I 3 44-57):
David Pujante / Manual de retórica

200

C a co fo n ía (kakém phafonj
La trivialidad {tapeínosis} y su contrario:
la desm esura
Elipsis
Vicios en las palabras Tautología {e p a n á lem p sis)
Uniformidad (hom oeídeia)
Makroiogía
Pleonasmo
Periergía
Kakódseion
La necedad
Vicios en ios argum entos o las
Lo com ún
cosas a que se refieren ios
Lo contrario ja nuestros intereses)
argumentos
Lo superfluo

Es la cacofonía un encuentro malsonante de palabras, por razones


fónicas puramente o porque en función del encuentro se recuerdan
palabras groseras. La trivialidad o la desmesura expresivas consisten en un
desajuste nominal, dando a cosas pequeñas nombres que sobrepasan su
medida o a la inversa. Sólo es justificable para producir risa. No pode­
mos llamar bribonzuelo a un asesino ni asesino a un hombre de vida ligera,
pues en un caso nos quedamos cortos y en el otro nos pasamos. La. elipsis
es la omisión de un elemento necesario en una frase. La tautología es una
repetición, por torpeza, de palabra o locución. La uniformidad es la falta,
de variedad en la formulación de pensamientos o en la colocación de
palabras. La macrología es un empleo de más palabras de las necesarias.
El pleonasmo consiste en la redundancia de palabras (el famoso baja para
abajo). La periergía consiste en poner celo superfluo. Ocuparse en cuidar
aspectos de la oración que son totalmente innecesarios. Se opone al
verdadero cuidado de la expresión. El cacocelon consiste en la búsqueda
malsana de originalidad. Cada vez que el deseo de ornato nos conduzca
a realizar uno de estos vicios, debemos desistir de hacerlo.

LOS N IV E L E S D E L O RN ATO : Podemos hablar de tres niveles


de aplicación del ornato en el discurso: t) virtudes que contribuyen al
ornato en general, 2) ornato en palabras aisladas (tropos) y 3) ornato en
agrupamientos de palabras (figuras).
Dentro de las virtudes que contribuyen al ornato en general hemos
de tener en cuenta no sólo la ornamentación textual, es decir el nivel elo-
Ill, El corpus retórico

201

cutivo. Las palabras que oímos están siempre en estrecha relación con el
temple de la persona que las dice, con su honbomja, con su finura moral.
Su estilo expresivo es algo que va más allá de su exclusivo estilo elocuti­
vo. Es por tanto natural que, en lo que respecta a estas virtudes generales
de ornamentación a las que nos estamos refiriendo, su dominio se extien­
da a las restantes operaciones. Son virtudes que conectan los distintos
niveles operacionales. Porque de lo que está lleno el corazón habla la
boca, y porque no se puede distinguir netamente entre comportamiento
personal y discurso personal. Cuánto menos si nos situamos en la pers­
pectiva de Quintiliano, para quien no hay buen orador sin un hombre
bueno detrás del arte discursiva. Es este inevitable entrelazamiento entre
estilo personal y estilo elocutivo la razón por la que incluye Albaladejo la
urbanitas (finura en los pensamientos, en la manera de comportarnos, lo
que hoy vemos en una persona que consideramos con estilo), unida a la
venustas, entre las virtudes de la elocutio. Nos dice:
Se trata, pues, de cualidades generales que están perfectamente
establecidas en el ámbito de la elocutio, en el que atañen de ma­
nera primordial al estilo con el fin de que, de acuerdo con el
principio de lo aptum, la construcción referencial de inventio y la
organización macroestrucfural de dispositio puedan tener una
manifestación microestructural adecuada en el nivel de elocutio.
Por todo ello es conveniente, a mi juicio, agrupar la elegancia de
estilo con las demás cualidades de la elocutio. "7

Quintiliano nos habla de una serie de virtudes que contribuyen al


ornato en general y que son principalmente las siguientes:
Evidencia (descripción viva y detallada)
Los símiles (sirven de argumento por ejemplo, pero también como
elemento ornamental)
Brevedad perfecta (concisión expresiva)
Enfasis (decir más de lo que las palabras solas expresan)
Naturalidad (natural elegancia)
Amplificación (por incremento, por comparación, por raciocina­
ción, por acumulación) y disminución
Las sentencias (entimemas empleados por adorno)

If? Tomás A LB A LA D EJO , Retórica, est., págs. 126-127,


David Pujante i Manual de retórica

202

Son aspectos ornamentales de carácter general, que caracterizan


un texto como lleno de viveza expresiva, como lleno de símiles, como
conciso y de expresión ajustada, como elegante, como amplificado o
bien como sentencioso. Pero no son estas virtudes las que más espacio
han ocupado en la tratadística retórica, al menos en lo que se refiere a
• su aspecto de ornamento. (La tradición interpretativa de la retórica
antigua ha centrado por el contrario su interés en el tratamiento del
ornato i) tanto en lo que atañe a las palabras individuales como 2) en lo
referente a los grupos o combinaciones de palabras. Es de esta división
de la que surge la distinción entre tropos y figuras retóricas. ^

D IST IN C IÓ N E N T R E TRO PO S Y FIG U RAS: Quintiliano ma­


nifiesta en su tratado que muchos autores confunden los tropos con las
figuras. Ciertamente tienen elementos en común y es por eso que se
han llegado a confundir. Se emplean po^ igual para añadir fuerza a los
__discursos y también les aportan gracia. (1La distinción para él se encuen­
tra en que el tropo entraña una mutatio (traslación) de significación que
no se da en la figura. Define así, contrastivamente, el tropo y la figura)
(definiciones en las que se fundamenta a partir de Quintiliano todo
entendimiento de los tropos y de las figuras):
El tropo es, pues, el traslado de una expresión de su significación
natural y principal a otra, con la finalidad de adornar la oración,
o según la definición de la mayoría de los gramáticos, es una
dicción trasladada de un lugar donde la expresión tiene su sentido
propio a otro donde no lo tiene; por el contrario, la figura, como
su nombre indica, consiste en dar al lenguaje una forma apartada
de la expresión común y más natural (Inst. oral. IX 1 4).

El tropo, pues, se manifiesta como la sustitución de una palabra


(o expresión) por otra en el hilo sintagmático del discurso. Puedo decir
simplemente: «los blancos dientes de mi amada», pero también puedo
sustituir dientes por perlas, diciendo: «las blancas perlas de mi amada».
El traslado de perlas, desde su significación primera y propia a otra con
la finalidad de adornar el texto, es un tropo. Por el contrario, la figura
no es algo tan puntual. Consiste en la totalidad de la forma de una
sentencia o pensamiento, quiero decir, en un cambio razonable, bien en
el sentido o bien en las palabras, con respecto al modo más sencillo o
I II . El corpus retórico

203

más habitual de decir las cosas. Dicho todavía más brevemente, es una
manera de hablar apartada del modo común y espontáneo. Por ejemplo,
puede anunciamos el hombre del tiempo cualquiera de estos días: «Este
fin de semana habrá lluvia en todo el territorio peninsular». Pero puede
también dar una especial expresividad a sus palabras: «Durante este fin
de semana habrá lluvia y más lluvia». Ante esta duplicación expresiva
nos encontramos con una figura, una figura de dicción.
Si bien el tropo tiene una manifestación puntual, como una espe­
cie de pincelada especialmente colorista en el cuadro expresivo general,
su repercusión se extiende a todo el discurso. Esto sucede con todos los
procedimientos conocidos como procedimientos ornamentales, pero
muy especialmente queda de manifiesto en los tropos, y sobre todo en
la metáfora. Aunque el deleite sea el aspecto que todos relacionamos
por tradición con el ornato, estos mecanismos de deleite tienen impor­
tantes consecuencias en los ánimos de los que escuchan, y pasan de
contener un simple plus emotivo a convertirse en importantes soportes
ideológicos, como sucede con las metáforas de ciertos discursos xenó­
fobos o racistas, en los que se habla de ratas refiriéndose a personas de
otro color o de otra religión. Una vez más nos enfrentamos con los
límites del concepto de sermo omatus.

ΐΓ Ο ΐΧ )

Tropo es un cambio {un traslado} mejorador [con virtud] de la significa­


ción propia de unapalabra o de una locución (Inst. orat. V II I 6 1). Los tropos
son mutaciones, traslados significativos, que atañen bien a una palabra
bien a una locución, y que se realizan para su mejora expresiva. Ese me­
joramiento expresivo ha sido interpretado durante siglos como exclusi­
vamente ornamental, lo que es lógico que se piense, pues se define el tro­
po como un procedimiento de ornamentación en el ámbito de la tercera
operación retórica (elocutio). El siglo xx ha acabado, como ya hemos re­
ferido repetidamente, con la distinción entre lengua literario/poética y
lengua estándar por razones de cuantificación ornamental; llegando a la
firme consideración de que la lengua poética es cualitativamente distin­
ta. Ello ha hecho que el viejo concepto de sermo omatus procedente de la
retórica se ponga en tela de juicio. iSirve esta reflexión para la propia
David Pujante / Manual de retórica

204

retórica? Ciertamente sí. A ello hemos de unir la revitalización de la vie­


ja idea de construcción discursiva como construcción de significado.
Estos nuevos planteamientos obligan a reconsiderar antiguas definicio­
nes como la de tropo, y nos hacen replantearnos el alcance de las muta­
ciones tropológlcas ¿para dar virtud nueva al discurso? (cum virtute muta­
tio, dice en latín Q uintiliano)158 ¿En virtud de qué podemos seguir
garantizando hoy, como lo ha hecho la exégesis tradicional, que ese cum
virtute se refiere sólo a lo artístico? ¿Hace referencia sólo a virtud expre­
siva frente a vicio expresivo?!í9 Cualquier cambio en el discurso hemos
de contemplarlo no como un lavado de cara o como un simple arreglo
(maquillaje) para una nueva presentación sino como un cambio cualitati­
vo, un cambio en su designio final. Fueran más o menos conscientes de
ello ios antiguos tratadistas (precisamente para dilucidarlo es necesario
un estudio detenido desde nuestra perspectiva de la rhetorica recepta), el
problema está ahí y se impone. Es inevitable la relación entre procedi­
mientos tropológlcos y contenido (subrayado de ciertos significados, in­
dicación de cuáles son los más importantes aspectos a retener, contribu­
ción así a crear una mentalidad determinada). Dice van Dijk:
La función principal de esas estructuras y estrategias retóricas es
manejar los procesos de comprensión del receptor e indirecta­
mente, en consecuencia, las estructuras de los modelos mentales.
Una opinión negativa específica puede enfatizarse con. una metá­
fora pegadiza de un dominio conceptual negativo (por ejemplo,
describiendo a los miembros del otro grupo en términos de ani­
males {...]).:<>0

En la época de Quintiliano no es asunto decidido (que es lo mis­


mo que decir que no lo había sido en ningún momento del desarrollo
de la retórica) cuáles son los géneros de tropos, sus especies, su número

I>S Cf. para una interpretación actual, de la definición de tropo que ofrece
Quintiliano: David P U JA N T E , E l hijo de la persuasión. Quintiliano y ti
estatuto retórico, cit., págs. 199 y ss.
's<’ D ice Lausberg que el tropus es un «cambio» de la significación, pero un cambio cum
virtute, por tanto no es ya un vitium de improprietas (H. L A U S B E R G , M a­
nual de Retórica literaria, cit., § 552, pág. 58).
Teun A. van D IJK , Ideología. Una aproximación multidisciplinaria, Barcelona,
Gedisa, 1999, pág. 340.
Ill, El corpus retórico

205

o en qué grupo hay que situar a cada uno. A él le debemos un intento


de poner orden en el caos por medio de la división que propone entre:
1) tropos por razón del significado y 2) tropos por adorno de la expre­
sión, por razón de la belleza. Aunque Quintiliano pretendiera poner
coto a las divergencias respecto al número de tropos, éstas han perdu­
rado a lo largo de la historia. En la tradición española, por ejemplo,
Jiménez Patón (1604) considera cuatro tropos, y Correas (ca. 1Ó2Ó), en
cambio, da un inventario de catorce'61.
Para Quintiliano la mutación que da entidad a lo que llamamos
tropo no sólo se da entre palabras que se intercambian una por otra en
el texto, sino que él llama mutación también a la mutación de pensa­
miento y a la de composición. Por ejemplo, en una alegoría hay una
mutación de pensamiento, como cuando dice Herrera:
Q u e b ra n ta ste al crü e l d rag ón , c o rta n d o
Las alas de su cuerpo temerosas,
Y sus brazos terribles no vencidos;

y en un hipérbaton hay mutación de composición, como en el archico-


nocido endecasílabo gongorino:
Un monte era de miembros eminente.

Este amplio modo de considerar las mutaciones tropologicas nos


permite entender su amplio inventario. Quintiliano señala catorce tro­
pos: metáfora, sinécdoque, metonimia, antonomasia, onomatopeya, ca­
tacresis, metalepsis, epíteto, alegoría, enigma, ironía, perífrasis, hipérba­
ton e hipérbole. En realidad podrían reducirse a trece, si consideramos·
el enigma como una variante de la alegoría: la alegoría más oscura.
Comparemos las diferencias con la lista que ofrece en el siglo xx Laus­
berg (las disparidades se señalan en cursiva):

C f. Jo s é A ntonio M A Y O R A L ,, Figuras retóricas, M adrid, Síntesis, 1994, pág.


224.
David Pujante / Manual de retórica

206
ftemm
't
QUINTILIANO LAUSBERG
M etáfora —- i M etáfora [C atacresis]
Sinécdoque Sinécdoque
M etonim ia \ Metonimia
Antonom asia Por significado Antonom asia
O n o m o to p ey a ironía
C atacre sis j Perífrasis
M e to lep sis ~ Hipérbole
Epitefo ........... Enfasis
Alegoría ! Litotes
(fn/gm aj
ironía ■ Por belleza
Perífrasis i
H ipérbaton ■
Hipérbole _______¡

LA M ETA FO R A .—La metáfora es la expresión más característi­


ca de la retórica. Existe un modo racional de expresar el mundo, cuya
piedra angular es el concepto; y existe una forma retórica de expresión,
basada en la metáfora. Estas formas expresivas no son ajenas al proble­
ma del conocimiento, por lo que podemos incluso decir que ía metáfora
es el modo expresivo por excelencia del mecanismo de conocimiento
retórico. Si los filósofos no han solido estar de acuerdo con esta vía
cognoscitiva, es más, la han denigrado, no ha sucedido lo mismo con los
poetas y escritores en general. Decía Borges: Quizás la historia universal
es la historia de unas cuantas metáforas.162 La metáfora está en el origen
mítico de nuestras religiones (el árbol de la ciencia, el árbol de la vida),
e incluso en la base de los más importantes hallazgos científicos. Dar­
win presentó su teoría de la selección natural como una gran prosopo­
peya: una potencia activa y divina. Y se defiende en su Autobiografía
frente a quienes se lo reprochan, recordando que también se habla de
la gravedad newtoniana como reguladora de los movimientos de los
planetas, otra personificación. Contra el socratismo, el platonismo, el
aristotelismo, el cartesianismo, el idealismo hegeliano y el neopositivis-
mo lógico, que relegaron la metáfora a puro ejercicio ornamental, a

,í,! Jo rg e Luis B O R G E S , Otras inquisiciones, en: Obras Completas, vol. 2, Barcelo­


na, Em ecé, 1989, pág. 14.
III. El corpus retórico

ιογ

simple artificio retórico, Nietzsche no sóio deshizo (con su potente


pensamiento y el giro retórico, moderno, que inició) las añagazas del
lenguaje conceptual, sino que llegó a decir que en realidad todos nues­
tros conceptos son metáforas.165 Veamos cómo se ha explicado a lo
largo de los tiempos el importante mecanismo metafórico, qué es crear
una metáfora; explicaciones que, por otra parte, no agotan el fenómeno,
como nos demuestra el permanente flujo de estudios interdisciplinares
sobre el tropo por excelencia.TÍM
Con la metáfora, nos dice en su famosa definición Quintiliano, se
traslada un nombre o un verbo de un lugar donde es empleado con su significado
propio a otro donde o elpropio falta o el trasladado es mejor que el propio (Inst.
orat, V II I ó 5). Según esta definición clásica, podemos decir, siguiendo
a un contemporáneo nuestro, Paul Ricoeur,!H, que:
1) La retórica de la metáfora considera la palabra como unidad
de referencia. Se habla, en la definición, de un nombre o un
verbo.
2) Consiste en un desplazamiento·, un traslado de una palabra des­
de un lugar que ocupa con propiedad a otro que le es impro­
pio.
3) El desplazamiento se realiza con ampliación del sentido de la
palabra. La palabra trasladada tiene un uso codificado que
queda desplazado por el hecho de su desplazamiento a un uso
distinto, a un. significado distinto, aunque relacionado con el
propio.
4) La explicación del fenómeno se basa en una teoría de la susti­
tución.

Posiblemente (muchos siglos antes de esta definición de Quinti­


liano), cuando la primera teoría de la metáfora surge (igual que sucede
con otros mecanismos elocutivos), nace con un planteamiento exclusi­
vamente retórico; es decir, la metáfora es en un primer momento tan

C f. Jo sé M . S E V IL L A y M anuel B A R R IO S , Metáfora y discurso filosófico,


M adrid, Tecnos, 2000.
;·;■ 104 C f. Eduardo de BUSTOS, La metáfora. Ensayos transdhciplinares, M éxico,
Fondo de Cultura Económ ica, 2000.
i6' Paul R IC O EU R , La metáfora v iva , Madrid, Ediciones Cristiandad, 1980,
p á g . II.
David Pujante / Manual de retórica

208

sólo un procedimiento de ornamento discursivo con finalidad persuasi­


va. Pero su pronta relación con el estilo poético complica su conside­
ración meramente exornativa. Lo vemos ya en Gorgias, quien, según
Diodoro, fue el primero en ocuparse de la lexis y quien introduce en el
discurso el estilo figurado, identificándolo con el estilo poético. Como
comenta Arduini en su libro Prolegómenos a una teoría general de lasfiguras·.
Es importante esta identificación entre estilo poético y figurado
porque, remitiéndonos a la concepción que Gorgias tiene de poe­
sía, podemos deducir su idea de la figura, que no es meramente
exornativa y se presenta desde luego como una concepción crea­
tiva de la figura. Las figuras de Gorgias {la metáfora como la
principal] no son un mero ornamento sino que son configu­
raciones que revelan algunas de las estructuras centrales de la
expresividad humana.166

De los antiguos sofistas apenas se nos conservan textos fragmen­


tarios, así que nosotros conocemos en realidad la teoría de la metáfora
desde Aristóteles (gracias a sus textos y a la influencia que han tenido
en Occidente). Su pensamiento sobre la metáfora se inserta en el cruce
de dos disciplinas, que son la retórica y la poética. De ella nos habla
tanto en la Poética (Poét, 1457b 1-3 y 4-10) como en la Retórica (Rbet
1405a 8-10). Pero esta intersección no deja de ser problemática, pues,
como ya hemos manifestado en distintas ocasiones, los fines de una y
otra disciplina son muy distintos; y el propio Quintiliano (el gran resu-
midor del pensamiento greco-latino sobre retórica) deja claro en nume­
rosas ocasiones que, aunque muchas veces la retórica ilustre sus proce­
dimientos con ejemplos literarios, retórica y poética están situadas en
mundos distintos. La finalidad del ornato retórico, como todos los
demás procedimientos discursivos, es la persuasión (dentro de cuyo
ámbito entra el empleo metafórico); mientras que en la literatura (sí
hacemos un planteamiento clásico) hemos de decir que la finalidad es
la mimesis de las acciones humanas. Además en los textos de Aristóteles
sobre la metáfora se puede apreciar una contradicción que consiste en

Stefano A R D U IN I, Prolegómenos a una teoría general-de las figuras, cit., págs.


73*7 4 -
III . EÍ corpus retórico

2 0 Ç)

entenderla como desvío expresivo y a ia vez como expresión típica deí


habla cotidiana.
En uno y otro campo, en el de la poética y en el de ia retórica,
después de Aristóteles y durante siglos, la metáfora se consideró mayo-
otariamente como una realización focalizada y estática. Un desplaza­
miento de una palabra, cuyo funcionamiento es simplemente una susti­
tución que queda culminada en sí misma. Los estudios actuales ponen
de manifiesto la pobreza de esta visión taxonómica y no extraña que
Ricoeur hable de declive de la retórica al analizar este estatismo insoste­
nible, que fracasa cuando intenta explicar la producción de la siffiificación,
cuya desviación a nivel de palabra es sólo un efecto de esa producción.llr; Como
hemos dicho al relacionar ideología y metáfora, la construcción del
discurso entraña un entendimiento de la realidad de referencia, y cual­
quier elemento discursivo, se introduzca en el nivel que se introduzca,
contribuye a configurar ese entendimiento. Ricoeur lo expresa en tér­
minos de una teoría de la tensión significadora, y en concreto, con
respecto a la metáfora, desecha la teoría de la sustitución por semejan­
za, insertando el principio de la semejanza metafórica en la referida
teoría de la tensión:
A sí, ia p ro p ia sem eja n za d eb e en te n d e rse co m o u n a te n sió n e n tre
la id e n tid a d y la d ife re n c ia en la o p e ra c ió n p re d ic a tiv a d e se n c a d e ­
nada p o r ía in n o va ció n sem án tica. [...]
La transición al punto de vista hermenéutica corresponde al cambio
de nivel que conduce de la frase al discurso propiamente dicho
(poema, relato, ensayo, etc.). Surge una nueva problemática rela­
cionada con este nuevo punto de vista: no concierne a la forma de
la metáfora en cuanto figura del discurso focalizada sobre la pa­
labra; ni siquiera sólo al sentido de 1a metáfora en cuanto instau­
ración de una nueva pertinencia semántica, sino a la referencia del
enunciado metafórico en cuanto poder de redescribir la realidad.IíiS

La relectura actual de textos clásicos, llevada a término desde la


problematización moderna del mecanismo metafórico, permite encon­
trar ya esa complejidad en dichos textos clásicos, cuya interpretación

,ai Paul R IC O EU R , La metáfora viva, cit., pág. 12 y cf. 71-95.


"ω Ibidem, pág. 14 y cf. págs. 237-291.
David Pujante / Manual de retórica

210

sesgada o reduccionista es la que ha imperado durante muchos siglos


como supuesta visión del pensamiento clásico. Como observa Arduini
(entre los más recientes intérpretes europeos de los textos antiguos), a
la zaga él mismo de otros intérpretes de nuestro siglo xx ya convertidos
también en clásicos puntos de referencia como son Ricoeur y Eco, la
metáfora en Aristóteles no sólo se entiende como desvío del uso co­
mún, sino también como reorganizadora de nuestras coordenadas cog­
noscitivas: E l mundo se nos presenta distinto porque no se ha añadido sólo
una nueva expresión sino con ella una. parte de realidad dada a través de la
expresión,l6í> Nos hace considerar igualmente Arduini cómo el Cannochia-
le aristotélico de Tesauro construye en el barroco una teoría de la metá­
fora como principio universal de conocimiento. Y que de igual manera
para Vico, la metáfora, como otros tropos y figuras, construye una visión
del mundo y determinan su pensabilidad.
Los lingüistas y filósofos del siglo xx no han permanecido ajenos
al complejo fenómeno metafórico y tenemos reflexiones destacables
venidas de esos ámbitos. No podemos desatender la relación moderna
entre lingüística y poética que ha dado en el siglo xx la figura del
lingüista poetólogo, un estudioso de la poética con un profundo cono­
cimiento lingüístico. En España no podemos olvidar en esta línea de
interés las reflexiones de Antonio García Berrio y de Tomás Aíbaladejo,
Tenemos igualmente importantes figuras del ámbito literario, destaca­
dos poetas, que con ese bagaje de conocimientos lingüísticos han lleva­
do a cabo interesantísimas reflexiones sobre la mecánica figura!. En el
ámbito español no debo dejar de mencionar la obra teórico-crítica de
dos poetas que podemos considerar dentro de la estilística, rama forma­
lista con gran repercusión en nuestras latitudes; me refiero a Dámaso
Alonso y Carlos Bousoño.
Debemos a Ivor Armstrong Richards haber rechazado en ei
siglo xx y por primera vez la idea de metáfora como similitud abrevia­
da. Para él no hay otra manera de expresar el contenido metafórico que

Stefano A R D U IN I, Prolegómenos a una teoría general de lasfiguras, cit., pág. 75.


Cf. También U. ECO , «Metáfora», en; Enciclopedia, Vol. IX , Turin, Ei-
naudi, 1980, págs. 191-236.
,"° Ibidem, pá^s. 79-80,
171 C f. Ivor Arm strong R IC H A R D S , The Philosophy o f Rhetoric, Nueva Y o rk ,
O xford University Press, 1965.
III. El corpus retórico

2 11

el de la utilización de la propia metáfora. No es cuestión de elección


ornamental, de desvío emotivo, es una necesidad expresiva insustitui­
ble. Así que la metáfora es totalmente autónoma y no responde a mu­
taciones de ningún tipo. No permite intercambios expresivos. Richards
distingue una tripartición fondamental para comprender el fenómeno
metafórico; tenor, vehicle y ground. Tenor es el concepto que se expresa
con la metáfora. Vehicle es el término que se emplea (el que vehicula el
concepto o tenor). Y gt'ound es el terreno común entre tenor y vehicle,
que permite el fenómeno. Puedo decir de alguien que es valiente, pero
a veces digo que es un león. Sería un error pensar que nos encontramos
ante un caso de sinonimia, que en la segunda opción estoy ante un caso
similar a la primera, en la que hago valer lo semánticamente común a
tenor y vehicle. Al hacer esta tripartición, Richard quiere poner de ma­
nifiesto la dificultad de identificar entre sí estos tres elementos; quiere
que veamos que la metáfora no es lo que llamamos ground, sino una
tercera cosa, algo nuevo, la interacción entre los pensamientos de dos
cosasdistintas.
Max Black es otro obligado punto de referencia en nuestro recién
acabado siglo x x a la hora de la reflexión sobre la metáfora. Sigue la
línea de Richards, considerando igualmente como algo insustituible la
metáfora (y desechando la teoría del desvío). Entiende que, si la deses­
timamos, no tenemos otro modo de decir la parcela del mundo que ella
designa. Con las metáforas construimos secciones del mundo para las
que no contamos con otros materiales.172
No todo el siglo xx ha marchado por este sendero, sino en gran
parte de manera contraria. Lausberg mismo se muestra como un conser­
vador de la teoría desviacionista. Algunos de los más prestigiosos teó­
ricos de la literatura del siglo de la lingüística y de la poética lingüística
(estrueturalistas principalmente) siguieron situándose con respecto a la
teoría de la metáfora en posiciones interpretativas de lo más clásico, sin
renunciar a la teoría de la desxáación, como es el caso de Tzvetan T o­
dorov, que habla de un sentido propio y de un sentido traspuesto;175 o
como sucede con Gérard Genette, que mantiene la posibilidad expre-

172 Cf. Max BLACK, Modelos y metáforas, Madrid, Tecnos, 1966.


173 Cf. Tzvetan T O D O R O V , «Tropos y figuras», en: Tz. T O D O R O V , Litera­
tura y significación, Barcelona, Planeta, 1971, págs. 205-230.
siva normal frente a la expresión figurada, como simple ornamentación; !~4
y algo similar sucede con Jean Cohen.175
La gramática generativo-transformacional, en claro resumen de
Albaladejo,
h ace p o sib le co n sid e rar la m e tá fo ra co m o co n stru cció n en la que
se alteran las re striccio n es de selecció n y en la que se p rod u ce
an om alía sem án tica. E s n ecesario d istin gu ir, sin em b argo , entre
su b categ o rizació n an óm ala y m etáfo ra , co m o h ace A n to n io G a r­
cía B errio ; la p rim era co n siste en v io lacio n es de in co m p atib ilid a ­
des im p u e stas p o r los rasg o s sem án tico s, m ien tras que la segun da
se b asa en la relació n entre térm in o exp lícito y térm in o im plícito
y en la co n sigu ien te s u s titu c ió n .! '6

La importancia que durante el mismo siglo xx ha adquirido la


filosofía del lenguaje lleva a reflexiones conjuntas de lingüistas y filóso­
fos como es el caso de George La.ko.ff y Mark Johnson. A ellos les
debemos la realización en. los años ochenta, desde una perspectiva cog-
nitivista, de la importante obra Metáforas de la vida cotidiana. ír‘ Partien­
do de la utilización catacrética de las metáforas, es decir, reflexionando
sobre las metáforas lexicalizadas, las convertidas en un uso habitual de
los hablantes (perder el tiempo, atacar posiciones, ir por caminos distin­
tos, etc.), Lakoff v Johnson consideran que incluso esas metáforas, que
siempre han sido tenidas por metáforas muertas, estructuran nuestras
acciones y nuestros pensamientos. Por el hecho de existir esas metáfo­
ras y de que las empleemos habitualmente, se crea en nuestra mente una
serie de relaciones, que entrañan un modo de ver las cosas, de entender

¡ri Gérard G E N E T T E , Figures I I I , cit.


... Q. j ean ÇQj.jgTs^ Estructura del lenguaje poético, Madrid, Gredos, 1977; y
también j. CO H EN , «Teoría de las figuras», en: VV . AA., Investigaciones
:: retóricas II, Barcelona, Ediciones Buenos Aires, 19 S 2 , págs. 1 1 - 4 3 .
Tomás ALBALAD EJO , Retórica, cit., pág. 15 1. Cf. Juan Luis TATO , Semán­
tica de la metáfora, Alicante, Instituto de Estudios Alicantinos, 1975;
Daniel DELAS, «La grammaire generative rencontre la figure», Langa-
S ges, 51 (1978), págs. 6 5 - 1 1 7 ; Antonio G A R C IA BERRIO, La construcción
imaginaria en Cántico de Jorge Guillén, Limoges, Université de Limoges,
1985, págs. 1 1 9 1 3 4 .
l~ George LAK O FF y Mark JO H N SO N , Metáforas dt la vida cotidiana, Madrid,
: Cátedra, 19 9 8.
ΙΠ . E i corpus retórico

21 $

el mundo (destacando ciertas proximidades entre cosas y ocultando


otras), que no existiría, que no se configuraría así de no darse tales
empleos metafóricos.
Mientras que siempre habíamos hecho una distinción clara entre
concepto y metáfora, Lakoff y Johnson afirman que nuestro sistema con­
ceptual ordinario, en términos del cualpensamos y actuamos, esfundamentalmen­
te de naturaleza metafórica.I?íi Una metáfora, como:
u n a d iscu sió n es u n a guerra,

crea todo un sistema de expresiones relacionadas con ios aspectos bé­


licos de la discusión:
ata ca r una p o sic ió n (cuan do argu m en tam os co n tra un a opin ión
determ in ada),
p o stu ra in d efen d ible (cuan do la p o stu ra no puede su ste n ta rse con
b u en o s argu m en to s),
nueva línea de a taq u e (cuan do se b u sc a o tro tip o de argu m en ta­
ción),
v en cer (ser su p erior en la argu m en tación ),
g an ar terren o (d ejar sin argu m en to s al co n tra río o argu m en tar
m ejor en un m o m en to d eterm in ad o )

y muchas más. La sistematicidad que nos permite comprender un aspec­


to de un concepto en términos de otro lleva consigo necesariamente la
ocultación, de otros aspectos del mismo concepto que no resultan rele­
vantes en su aproximación, mutua. Qué diferente habría sido si hubié­
ramos tomado por base de nuestro entendimiento de una discursión las
palabras de Aristóteles en la Etica nicomáquea·. Hagamos de nuestra discu­
sión un comienzo. Dicen los autores:
Al p erm itirn o s co n cen trarn o s en un a sp e c to del c o n c e p to (por
ejem p lo, los a sp e c to s b élico s de una d iscu sió n ), un c o n c e p to m e ­
ta fó ric o p u ed e im p ed ir que n os c o n cen trem o s en o tro s a sp e cto s
del c o n c e p to que son in c o n sisten tes con e sa m etáfora. i7‘’

Ibidem, pág, 39.


179 Ibidem, pág. 46.
David Pujante / Marraal de retórica

214

Así pues, son muchas las presuposiciones que arrastran las metáfo­
ras del lenguaje y los lugares que dejan en sombra. Hablan Lakoff y John­
son de metáforas estructurales cuando un concepto está estructurado meta­
fóricamente en términos de otro, tal y como ya hemos visto. Pero hay
otro tipo de concepto metafórico, el que organiza un sistema global de
conceptos con relación a otro. Entonces tenemos ifnet¿#oras^ofientáüy/h¡
pues la mayoría tienen que ver con la orientación espacial: arribajabajp,
dentro-fuera, delante-detrás, profundo-superficial, central-periférico.íSo
Feliz (arriba)— triste (abajo):
Me levantó el ánimo el verte.
Se me levantó ía moral con la nota.
Quizás esta cerveza me eleve la moral.
Me siento bajo de tono.
Estoy en el pozo.
Se me ca.yó el alma a los pies.

Nos hablan también los autores de ¿metáforas ontológicas:'}


De la misma manera que las experiencias básicas de ia orientación
espacial humana dan lugar a metáforas orientacionales, nuestras
experiencias con objetos físicos (especialmente nuestros propios
cuerpos) proporcionan la base para una variedad extraordinaria­
mente amplia de metáforas ontológicas, es decir, formas de con­
siderar acontecimientos, actividades, emociones, ideas, etc., como,
entidades y sustancias.!Sl

Las cuantificaciones de los sentimientos:


Hay tanto odio en el mundo.
Hay demasiada hostilidad dentro de tí.
La elaboración cultural de la mente como una entidad:
Voy a perder- el control.
Mi cerebro no funciona hoy.
Personificación (el objeto físico se especifica como una persona):
La vida me ha estafado.
La inflación nos ha puesto contra la pared.

150 Ibidem, pág. jo.


151 Ibidem, pág. 64.
III. El corpus retórico

2J J

Volviendo al planteamiento retórico clásico, hemos de considerar


dos aspectos fundamentales del entendimiento de la metáfora: por una
parte, la similitud entre la designación metafórica y lo designado; por
otra, la brevedad que entraña, pues la metáfora es una imagen abreviada,
según la tradición ciceroniana (De orat. III 158) que perpetúa Quintilia­
no (Inst. orat. V III 6 8). Debido a la brevedad, la metáfora se hace más
oscura, pero también más inmediata e incisiva que la comparación. 183
Los retóricos clásicos suelen considerar cuatro tipos de metáforas:
1) S u stitu ció n de c o sa animada p o r c o sa animada. C o m o cu an do
se dice regente p o r auriga (Inst. orat. V I I I 6 9). O bien cu an do
H o m e ro dice de Aquiles que es un león. O cu an d o llam am os
hiena a un hombre malvado, o zorro a un hombre astuto.
2) S u stitu ció n de c o sa inanimada p o r c o sa inanimada. P o r ejem ­
plo , al h ab lar del timón de un b a rco , d e cir la rienda (Inst. orat.
V I I I 6 9). A l decir: el cristal de las aguas, las perlas del rocío,
la nave del estado.
3) S u stitu ció n de co sa inanimada p o r co sa animada. A l d ecir en
una batalla: a im p ulso del acero en p u e sto de los soldados (Inst.
orat. V I I I 6 10). T am b ién : un buen ministro es columna del
estad o , las oleadas de la muchedumbre, el azote del linaje hu~
mano.
4) S u stitu ció n de c o sa animada p or inanimada; co n v irtien d o en
sen sib les, co n activ id ad y se n tim ie n to s, o b je to s in sen sib les
(Inst. orat. V I I I 6 11). A l d ecir corazón p o r centro: el co razó n
de las tin ieblas. T am b ién : el crimen fue su verdugo, el gusano
de la conciencia.

En cuanto a la oportunidad de la creación de metáforas, nos dice


Quintiliano que nunca debe forzarse sí no viene a cuento, y que de
hacer una metáfora nunca debe estar mal confeccionada (metáfora dé­
bil), y en ningún caso puede aparecer como un despropósito, pues re­
sulta totalmente contraproducente y risible. Su uso excesivo cansa y
se convierte en vicio, sobre todo si se repiten metáforas de un mismo
tipo. Tres son los fines por los que se crean metáforas, según el rétor
de Calahorra: 1) para mover los espíritus; 2) para dar relieve a las cosas,

lS~ Heinrich LA U SB ER G . Manual de Retórica literaria, cit., § 558, pág. 62.


D avie P ir¿n :e M ir - a l de retórica

216

para caracterizarías mejor; 3) para que lo que decimos se haga evidente


ante nuestros ojos: hacer imagen de la palabra. Sí ia teoría sobre la
metáfora ha evolucionado mucho en el último siglo, estos consejos
prácticos siguen siendo igualmente válidos desde la época de Quinti­
liano.
Agotar un estudio sobre la metáfora es tan imposible que, por
utilizar un referente que nos io haga comprender, sólo para el período
de 1985-1990, Van Noppen y Hols han rastreado ¡más de 3.500 refe­
rencias! 183 Sin embargo, quiero cerrar este apartado con un cuadro si­
nóptico que resume la historia de las diferentes tendencias metodo­
lógicas que han afrontado en los últimos 50 años ei estudio de la
metáfora:

HISTORIA DE LA METÁFORA (50 OlTÍMOS AÑOS)


)) FASE SEMÁNTICA (Soluciones 1 .Î) O pción sem ántico contextúa! ten-
sem ánticas integradas) sional (Black, 1954 y ]9 ó 2 }:,s') Prolon­
gació n de la tradición postaristotéüca.
1.2) Análisis co m p o nencial de origen
esírucíuralísta (Grupo μ, 1972185) o
generativista ortodoxo: Katz-Fodor
(Bickerton, 19ó9!3-).

1.3) Aproxim ación sem ántieo-lógica


(familiar a los sem anticistas generati-
vistas) (M ack, 1975; van Dijk, 1975;
G uenthner, 1975).’87

Ct. J.-P. van NOPPEN y E. HOLS, Metaphor II. A Classified Bibliography of


Publications from 198$ to 1990, Amsterdam, Benjamins, 1990,
,fi'' Cf. M. BLACK, «Metaphor», Proceedings of the Aristotelian Society, 55, 1954
(Reimpreso en BLACK, 1962); M. BLACK, Models and Metaphors, Itha­
ca, Cornell University Press, 19Ó2.
,K Cf. GRUPO μ, Rhétorique poétique: lejeu des figures dans un poème de P. Eluard,
Università di Urbino, Centro Internazionaíe di Semiótica e di Lingüís­
tica, 1972.
Cf. D. BICK ER TO N , «Prolegomena to Linguistic Theory of Metaphor»,
Foundations of Language, 5;, 1, 1969,
”Sr Cf. F. G U EN TH N ER , «On the Semantics of Metaphor», Poetics, 4, 1975,
págs. 199-218; D. M ACK, «Metaphoring as Speechact: some Happiness
Conditions for implicite Similes and Simple Metaphors», Poetics, 4,1975;
T, V A N DIJK, «Formal Semantics of Metaphorical Discourse», Poetics,
4, págs. 173-198.
III. El corpus retórico

21 J

2) RECUPERACIÓN SINTÁCTICA Los trabajos de Tam ba y Tamine,


iluminados por la tradición de la
G ra m á tica d e la m e tá fo ra de Brooke-
Rose. 'ss
3) ETAPA PRAGMÁTICO- 3.1) Im portancia de lo sem ántico.
SEMÁNTICA
3.2) A bando no de la parte sem ántica
(Sperber-Wílson, 198ó,t5).

LA C A TA C RESIS.—Es la llamada metáfora necesaria. Se hace


necesario el traslado metafórico cuando no existe una expresión propia,
cuando hay un hueco expresivo que llenar. jModernamente esta teoría
fue sustituida por otra que amplía la consideración del fenómeno, la
teoría de la vitalidad de las palabras. Dice Lausberg:

Así, una expresión propia realmente existente puede ser desplaza­


da por una metáfora cuando dicha expresión propia se ha «debi­
litado» por algún motivo (por ejemplo, por la homonimia) o cuan­
do la metáfora desarrolla una fuerza expansiva debida a su
contenido afectivo. La debilidad de la palabra primitiva es la que
explica la sustitución.190

Y a sea por carencia o por debilitamiento, hemos de entender la


catacresis como el fenómeno que conduce a reutilizar significativamen­
te, ^extendiendo su..alcance, ele'mentos con previa existencia en una len­
gua, evitando el esfuerzo de crear nuevas formas. Este empleo extensivo
de material ya existente tiene siempre algo de abusivo (que es el sentido
original de catacresis, a la que los latinos llamaban abusio). Un abuso sin
duda es llamar a la parte de debajo de una mesa el pie, aunque estemos
acostumbrados a ello.
Muchos de los traslados extensivos de la lengua estándar ocurri­
dos en otras épocas son hoy irreconocibles, a no ser que recurramos a

■** Cf. I. TAM BA, Le sensfiguré, París, PUF, 1981;}. T A M IN E, «Métaphore et


syntaxe», Langages, 54, págs. 65-82; C. BROOKE-ROSE, A Grammar of
;:i Metaphor, Londres, Seeker & Warburg, 1970.
Cf. D. SPERBER y D. W ILSO N, Relevance: Communication and Cognition,
Oxford, Basil Blackwell, 1986.
1,0 Heinrich LAUSBERG, Manual de Retórica literaria, cit., § 562, pág. 67.
David Pujante / Manual de retórica

218

la etimología. Como ejemplifica Mortara Garavelli, hoy día, cuando


utilizamos testa como sinónimo de cabeza, desconocemos que en su
origen latino (testa) significaba tapadera de barro y vasija de barro, de ahí,
por extensión infravalorizadora, pasó a significar cabeza.
Y a hemos visto que las supuestas metáforas fosilizadas, neutrali­
zadas, lexicalizadas (tal y como dejan claro en su estudio Lakoff y John­
son) cumpten un importante papel a la hora de conformar nuestra con­
cepción del mundo. Pero han sido las metáforas ocultas desde siempre,
las que han pasado desapercibidas por su uso constante: hoja de papel,
cuerpo del delito, pies de la mesa y tantas otras. Con el paso del tiempo,
estas formas, neutralizadas en su poder metafórico (pues ya no mueven,
ni caracterizan de manera especial la cosa, ni la hace más evidente ante
nuestros ojos), pueden con todo readquirir su vieja fuerza expresiva.
Bastará que se vuelva a señalar su potencial para que carguen pilas,
como en aquel cuento humorístico en el que todas las catacresis mági­
camente se volvían a activar al pronunciarse (hasta el extremo de hacer­
se letales para el protagonista con la fatídica frase «mi cabeza es un
volcán»).
La extensión abusiva de cierto material lingüístico desde un lugar
de la expresión a otro es lo habitual dentro de la misma lengua. Pero
todavía es posible considerar la abusio con materiales de otros códigos
sonoros y visuales. Entramos así en el terreno artístico y muy especial­
mente en el simbolismo y en el expresionismo. Recordemos las relacio­
nes que establece el poeta francés Arthur Rimbaud entre sonidos y colo­
res. E igualmente las relaciones que establece el músico vienés Arnold
Schönberg entre texto, colores tímbricos e iluminación escénica, como
es el caso de su ópera La manofeliz. Un complejo entramado de este tipo
está plagado de extensiones que van a ocupar un lugar en los otros sistemas
expresivos implicados. ,asíjd sentimiento de sordidez se muestra con la
jjparición de una tonalidad verdosa, o la actividad· de un personaje se
manifiesta con e.I color amarillo. Estas extensiones se muestran... necesidad
expresiva y no voluntad ornamental. Podemos decir que en estos casos nos
encontramos ante m.etáforas necesarias para complementar la carencia de

Cf. Bice M ORTARA G A R AV ELLI, Manual de retórica, cit., pág. 167. Cf.
también, para tiestolt(i)esla,Joan CO RO M IN AS, Breve Diccionario etimo­
lógico de la Lengua castellana, Madrid, Gredos, 1973, pág. 567.
I II . El corpus retórico

2 í$

la sola expresividad lingüística. En el ámbito de la expresión artística (in­


cluso sin recurrir a estos casos en los que se entrecruzan distintos siste­
mas comunicativos, simplemente en la expresión poética habitual), nun­
ca tiene sentido la distinción entre metáfora y metáfora necesaria, si
entendemos el lenguaje poético como algo cualitativamente distinto en
virtud del inevitable entretejido de ciertos recursos expresivos.

LA M E T O N IM IA .—También denominada hipálage por Cicerón,


considera éste que consiste en la sustitución de una,palabra con significado
propio por otra que signifique lo mismo gracias a una relación de causalidad
(Orat. 27 93). En el caso de la hipálage o metonimia esa relación de
causalidad responderá la fórmula lógica pars pro parte.192 Existe, pues, una
¿relación de contigüidad Como dice el autor A d Herennium: La metoni­
mia es la figura que de objetos análogos y vecinos saca una expresión por la que
se da a entender la cosa que no se Uama por su propio nombre (Rbet. ad Heren.
IV 32). Lausberg distingue los siguientes tipos de relación entre la pa­
labra empleada metonímicamente y la significación mentada:
1) La relación persona-cosa, en que la persona (inventor, poseedor,
funcionario) está en relación real con ia cosa e inversamente:
í .i) Cuando se menciona el autor por su obra («Cogí el Vir­
gilio que estaba sobre la mesa»),
1.2) Cuando se menciona una divinidad por sus funciones,
en el ámbito mitológico («El proceloso Neptuno», por
decir el mar; también Vulcano por fuego,, Marte por
guerra, Venus por coito).
ï.3) Cuando se dice el propietario por la propiedad («La gran
Rusia [el submarino atómico} se hundió en el océano»).
1.4) Cuando por el instrumento se designa al dueño («No
tan fácilmente fue expulsada de Italia la jabalina transal­
pina*, refiriéndose a los galos; el espada {el torero}; el
violín [el violinista]).
primer
2) La relación continente-contenido, en la que el continente tarn-
biéñ~pue"de estar representado por un. lugar o tiempo y el
contenido tanto puede abarcar personas como cosas:

w Cf. Fernando LAZARO C AR R ETER , Diccionario de términos filológicos,


Madrid, Gredos, 1974, pág. 277.
David Pujante / Manual de retórica

220

2.1) Se sustituye el contenido por el continente («En las ar­


mas Italia [los italianos} no puede ser vencida ni Greda
[los griegos] en los estudios». «Estamos asistiendo a la
muerte del mar [los peces que hay en él}». «Tomaron
unas copas [líquido contenido dentro]». «Siglo [aconteci­
mientos de ese tiempo] feliz». «Ciudad [los habitantes]
de buenas costumbres»)·
2.2) Se sustituye el continente por el contenido («Se quedo
sin plata [riquezas que contienen ese metal]». Me ha traí­
do dos propanitos [dos botellas pequeñas de propano}).
3) La relación causa-consecuencia (según Quintiliano, muy habitual
en poetas y oradores);
3.1) La causa por el efecto («Marte [la guerra] te obligó a
hacer esto»).
3.2) El efecto por la causa («La pálida muerte [las enfermeda­
des] con igual pie huella las chozas de los pobres», verso
de Horacio que se encuentra en Odas, I 4 13).
4) La relación abstracto-concreto·. Cuando se emplean los nombres
de vicios o virtudes para designar a una persona que los posee
(El lujo ha irrumpido en la casa. Ha penetrado la avaricia. La
buena fe ha triunfado, la ha traído la justicia).
5) La relación de símbolo·. «Dejó las armas [símbolo de la guerra]
y tomó la toga [símbolo de la paz en Roma], parte del famoso
verso de Cicerón.: «Cedan la guerra a la toga [símbolo de la
paz] y a la elocuencia el. laurel [símbolo del triunfo]» (Los ofi­
cios, I 22 77).

Pars pro parte

Con la metonimia está estrechamente ligada la metalepsis.

LA SIN EC D O Q U E.—Para Lausberg es una metonimia de relación


cuantitativa entre la palabra empleada y la significación mentada. “'3 Quintilia­
no dice de ella.:

m Heinrich I,A U SBER G , Manual de retórica literaria, cit., § >72, pág. 76.
III. El corpus retórico

221

La sinécdoque puede aportar variedad en el discurso, haciendo


que por una cosa entendamos muchas, el todo por la parte, el
género por la especie, lo que sigue por lo que precede, o también
todas estas cosas al contrario, de manera más libre en los poetas
que en los oradores (Ins. Orat. V III 6 19).

Los latinos la denominaban intellectio, tal y como vemos en Rheto­


rica ad Herennium, IV 33 y en De oratore de Cicerón, I I I 168. Aunque los
teóricos antiguos distinguieron muchos tipos distintos de sinécdoque,
podemos reducirlos todos a los tres que ofrece Lausberg. La relación
cuantitativa se realiza como:

r) Relación pane- todo en ambas .direcciones:


r.i) Se sustituye la parte por el todo («Ostenta sus riquezas
{por su. vestido}». «Resplandecen las picas {el metal de la
pica}»). Es un tipo de sinécdoque poco frecuente.
1.2} Se sustituye el todo por la parte («¿No recuerdas las
flautas nupciales {el matrimonio]?». «Compraron cuaren­
ta cabezas de ganado». Punta por espada, techo por casa,
almas por personas, velas por buques, cinco primaveras
por cinco años).
2) Relación, género-especie en ambas direcciones (materia por la
obra):
2.ï) Se sustituye el género por la especie («El leve leño [bar­
ca]». «El hierro {espada} de la guerra». «Resonaba el bron­
ce {la campana}». Los mortales por los hombres).
2.2) Se sustituye la especie por el género («iNo quememos el
pan {campo de trigo}!». «No sabe ganarse el pan {el sus­
tento}». «El hombre {el hombre y la mujer] es mortal».).
3) Relación, numérica en la que se pone singular por plural y a la
inversa:
3.1) Se sustituye el singular por plural («El romano [los roma­
nos} vencedor en la batalla». Así igualmente el hombre, el
pastor, el rico).
3.2) Se sustituye el plural por singular (Como sucede en el
plural de humildad: «Hemos quedado como buenar per
sonaf [refiriéndose alguien a sí mismo]». «La patria de
los Cicerones y los Virgilios»).
David Pujante / Manual de retórica

222

pars pro tofo/


tofum pro parte

R E L A C IÓ N E N T R E M E T O N IM IA Y SIN ÉCD O Q U E: Consi­


dera Quintiliano que la sinécdoque es vecina de la metonimia (Inst. orat.
V II I 6 23) y ciertamente como una forma de metonimia se suele con­
siderar por los teóricos clásicos. Muchos de nuestros contemporáneos
discuten que haya fundamentos sólidos para su distinción, como es el
caso de Umberto E co.194 Dice Albaladejo: La sinécdoque es un metasemema
estrechamente asociado a la metonimia. Il,í En uno de los más recientes libros
españoles sobre figuras retóricas, ei de José Antonio Mayoral, siguiendo
la línea de reflexión que va de Jakobson a Plett, a la hora de clasificar
los tropos, propone el autor:
En lo que sigue {...] se va a optar por una ordenación en la que,
tomando como punto de referencia ia concepción bipolar de la
Metáfora y la Metonimia (Jakobson: 1956),11,6 se propone una aglu­
tinación de los tropos en dos grandes clases, de acuerdo con dos
operaciones fundamentales de sustitución de unas unidades léxi­
cas por otras: 1) la basada en «relaciones de semejanza»; y 2) la
basada en «relaciones de contigüidad» La primera ciase com­
prenderá los «tropos metafóricos» (ó «tropos por semejanza»), en
tanto que la segunda agrupará los «tropos metonímicos» (o «tro­
pos por contigüidad»). 197

La distinción, pues, entre metonimia y sinécdoque es un particu­


lar de su amplia base común: la relación de contigüidad.

194 Umberto ECO, Semiótica yfilosofía del lenguaje, Barcelona, Lumen, 1990, pág.
S 179·
w> Tomás ALBALADEJO, Retórica, cit., pág, 152.
“K> Ciertamente R. JAK O BSO N no mantiene nada más que la oposición bipo­
lar entre metáfora y metonimia, haciendo entrar las sinécdoques en este
f¡ segundo polo. Cf. Roman JAKO BSO N , «Dos aspectos del lenguaje γ
dos tipos de trastornos afásicos», en: Roman JAKO BSO N , Fundamentos
del lenguaje, Madrid, Ciencia Nueva, 1967, págs. '69-102.
■i I9~ José Antonio M AYO R AL, Figuras retóricas, cit., pág. 227.
III. El corpus retórico

223

Aunque podríamos decir que es un reduccionismo esto de la con­


tigüidad, y que es más amplia (aunque anterior) la visión de Fontanier1“’8
cuando distingue entre relaciones de correlación o correspondencia para la
metonimia (dos objetos, cada uno de los cuales forma un todo absolu­
tamente aparte: se excluyen), y relación de conexión para la sinécdoque
(dos objetos, que forman un todo físico o metafísico: se incluye uno en
el otro), tampoco partiendo de este supuesto la distinción entre sinéc­
doque y metonimia es siempre evidente, pues la exclusión o la inclusión
relaciona! vienen constituidas por nuestras ideas, es decir, dependen de
que consideremos los objetos como pertenecientes a un mismo sistema
o a sistemas distintos,..
Cuando decimos «tomaron unas copas», estamos haciendo una
m etonimia, porque el recipiente y el líquido son elementos en conexión
que ninguno incluye al otro. Cuando decimos «compraron cuarenta
cabezas de ganado», estarnos constituyendo una sinécdoque porque un
elemento estáicomprendiendo al otro (la cabeza forma, parte del cuerpo
_deJajres). Pero este tipo de relaciones son muy lábiles. Los objetos de
la relación son siempre los mismos pero nuestra idea de cómo se rela­
cionan no. Si decimos, por ejemplo, «la ciudad se ha amotinado» se
complica el asunto. ¿Nos encontramos ante una metonimia, o ante una
sinécdoque? Todo depende de la idea que tengamos de ciudad
(ciudad = habitáculo + habitantes; ciudad = habitáculo). Sin duda al decir
«la ciudad se ha amotinado» nos estamos refiriendo a los habitantes, pero
esos habitantes ¿en qué tipo de relación están con los edificios, calles y
demás elementos arquitectónicos donde habitan? Si entendemos la ciu­
dad como el conjunto de habitantes y habitáculos, estaremos ante una
sinécdoque, (el todo por la parte); si, por el contrario, entendemos la
relación entre la una. y los otros como la del contenido (ciudad) y el
continente (habitantes), estaremos ante una metonimia (una parte por la
otra). Vale por igual para ejemplos como «La casa es un desastre» o «La
organización va mal». Como dice Ricoeur:
En. la relación de conexión, la pertenencia de los objetos al mismo
sistema proviene de que ía existencia o la idea de uno se halla
contenida en la existencia o en la idea del otro. m

‘*’s Cf. Pierre FO N TA N IE R , Les figures du diseurs, cit., 1977.


s’ Paul R IC O E U R , La metáfora viva, cit., pág. 87.
David Pujante / Manual de retórica

224

Así pues, incluso siguiendo la distinción de Fontanier, estamos


ante una difícil separación de estos dos tropos.

c iu d a d j h a b it á c u lo _

h a b ita n te s

LA A N T O N O M A SIA .—Consiste —nos dice Lausberg— en poner


un apelativo o una perífrasis en lugar del nombre.200 Por ejemplo, en toda la
Edad Media cuando se decía elfilósofo se sabía que se estaba refiriendo
el apelativo a AristótelesigAristóteles era el filósofo por antonomasia) El
autor de la Retórica a Herenio la denomina pronominatio y la define di­
ciendo: es la figura que designa por medio de cierto apodo extraño lo que no
puede llamarse por su propio nombre (Rhet. ad Ilerenn. IV 31 42). Y pone
como ejemplo: los nietos del Africano por los Gracos. Para Quintiliano
consiste en poner alguna cosa en lugar de un nombre (Inst. orat. V III 6 29);
y dice que es muy común entre los poetas bajo dos formas:
1) Por medio de un epíteto que sustituye al nombre propio. Por
ejemplo, Tídeida o hijo de Tideo por Diomedes.
2) Por medio de la peculiaridad dominante de su personalidad.
Por ejemplo, el impío, el parricida en lugar de los nombres
propios de las personas consideradas así.

Cuando Odiseo, en la rapsodia X de La litada, le dice a Diomedes:


¡Tideida, no me alabes demasiado/, en vez de darle su nombre propio está
nombrándolo por uno tan solo de los muchos rasgos de su personalidad:
ser hijo de Tideo. N o es de extrañar que Fontanier defina la antonoma­
sia como synecdoque d’individu.IO! Y también Lausberg: La antonomasia es
asimismo una especie de sinécdoque, 202

*°° Heinrich LAUSBERG, Manual de retórica literaria, cit., § ç8o, pág- 82.
’°! Cf. Pierre FO N TA N IER , Les figures du diseurs, cil'., págs. 95-97.
203 Heinrich LAUSBERG, Manual de retórica literaria, cit., § 576, pág. 78.
H I. El corpus retórico

LA IR O N ÍA .— La ironía puede considerarse como un tropo o


como una figura de pensamiento. Y a nos hemos referido, al hablar de
la argumentación y siguiendo a Perelman, a ciertas figuras retóricas
destinadas a realizar la superación, como es el caso de la hipérbole y de la
litotes; siendo la litotes, según Lausberg, una ironía perifrástica por disimu­
lación, en cuanto que un grado superlativo es transcrito por la negación de lo
contrario,203 Como tropo, que es el apartado que nos ocupa, la ironía es
la expresión de un asunto mediante unas palabras que significan lo
contrario.204 El oyente, pues, no debe entender literalmente lo que oye
sino figuradamente (según esto último 110 es de extrañar que la tratadís-
tica clásica suela entender la ironía como una subclase de la alegoría). Lo
t[ue .hace comprender que estamos ante una expresión irónica es la
pronuntiatio, es decir, la enunciación. El tono que le damos a lo que
decimos es determinante. Pero hay ocasiones en que la propia natura­
leza del asunto nos muestra la ironía, sin necesidad de otro apoyo. Por
ejemplo, si decimos: «Escogemos para gobernar un estado al primer hijo
del rey, de la misma manera que para gobernar una nave elegimos de
entre Jos jiasajeros el de mejor linaje». No necesitamos un tono especial
que marque la ironía, viene dada por el absurdo de la propia formula­
ción.
La ironía puede nacer de la dialéctica elogio/vituperio. Dice Quin­
tiliano que está permitido desacreditar a uno fingiendo una alabanza (Inst.
orat. V II I ó 55). Uno de los ejemplos más sobresalientes de la historia
de la literatura lo tenemos en el famoso discurso de Antonio ante el
pueblo de Roma con motivo del asesinato de César:
iAmigos romanos, compatriotas, prestadme atención! iVengo a
inhumar a César, no a ensalzarte! ¿El mal que hacen los hombres
perdura sobre su memoria! ¡Frecuentemente el bien queda sepul­
tado con sus huesos! ¡Sea así con César! E l noble Bruto os ha dicho
que César era ambicioso. Si lo fue, era la suya una falta grave, y
gravemente la ha pagado. Con la venia de Bruto y los demás, pues
Bruto es un hombre honrado. como son todos ellos, hombi'es todos honra­
dos, vengo a hablar en eí funeral de César. Era mi amigo, para mí
leal y sincero; pero Bruto dice que era ambicioso. Y Bruto es un

Heinrich LA U SB ER G , Elementos de retórica literaria, cit.', § 20 , pag.112.


■; 104 Cf. Heinrich LA U SB ER G , Manual de retórica literaria, cit., § 582, pág. 85.
David Pujante / Manual de retórica

226

hombre honrado. Infinitos cautivos trajo a Roma, cuyos rescates


llenaron el tesoro público. ¿Parece esto ambición en César? Siem­
pre que los pobres dejaban oír su voz lastimera, César lloraba. ¡La
ambición debería ser de una sustancia más dura! N o obstante,
Bruto dice que era un ambicioso, y Bruto es un hombre honrado.
Todos visteis que en las Lupercales le presenté tres veces una
corona real, y la rechazó tres veces. ¿Era esto ambición? N o obs­
tante, Bruto dice que era ambicioso, y, ciertamente, es un hombre
honrado. ¡No hablo para desaprobar lo que Bruto habló/ ¡Pero estoy
aquí para decir lo que sé! Todos le amasteis alguna vez, y no sin
causa. ¿Qué razón, entonces, os detiene ahora para no llevar luto?
¡Oh raciocinio! Has ido a buscar asilo en los irracionales, pues los
hombres han perdido la razón... ¡Perdonadme un momento! ¡Mi
corazón está ahí, en ese féretro, con César, y he de detenerme
hasta que torne a m í!205

(W . Shakespeare, Julio César, acto III, escena 2)

Quintiliano también habla del sarcasmo, que es una ironía con base
en el modo de expresión más que en el contenido (quizás consistía en
ciertos gestos con la cara, que subrayaban lo que se decía). Habla igual­
mente del asteísmo, que podía ser un modo de autodenigración, de ironía
sobre uno mismo (dice un calvo: «no me tomes más el pelo, que me
queda muy poco»); muy útil para congraciarse al público en ocasiones.
También, habla de la antífrasis, que consiste en enunciar lo contrario de
lo que se piensa (¡Bonita contestación!). Y finalmente habla de la paroimía,
que consiste en usar un proverbio conocido con un matiz distinto (se
dice de una chica involuntariamente embarazada: «cumplió demasiado
bien con lo de amarás a tu prójimo»). El texto de Quintiliano donde trata
estos distintos tipos de ironía está muy corrompido y se hace difícil de
interpretar, pero con similares matices han aparecido estas mismas cla­
ses de ironía en distintos tratadistas clásicos.
La ironía en relación con la persona, tal y como dice Lausberg,
puede dividirse en: 1) ironía contra personas extrañas o 2) autoironía.20t>

fi 2C!í Se utiliza la traducción de Luis A ST R A N A M A R ÍN (William SH AK ES­


PEARE, Obras Completas, tomo III, Madrid, Aguilar, 1982. págs. 134-135.
506 Cf. Heinrich LAUSBERG, Manual de retórica literaria, cit., § 583, págs. 86-
ïï 87.
III. E l corpus retórico

La ironía contra personas extrañas suele conllevar la utilización de expre­


siones que le son propias, una especie de cita de palabras del adversario,
para manifestar su falta de credibilidad. Es el caso del «España va bien»
del presidente Aznar en las múltiples citaciones que van desde los muñe­
cos del guiñol televisivo hasta las distintas columnas periodísticas. Así, en
unos enunciados aparecen ecos de otros enunciados, y se establece un jue­
go dialógico entre el enunciado presente y el enunciado ausente; juego
que se puede realizar igualmente con la palabra propia, llevando en tal
caso a la autoironía («¡Cómo se me pudo ocurrir decir tal y tal cosa! ¡Debí
estar durmiendo!»). Los distintos tipos de ironía pueden entenderse, pues,
como los diferentes modos de referir la palabra propia o de otros, sin nece­
sidad de recurrir a la clásica noción de sentido figurado.i0?
También hay que tener en cuenta la ironía que se relaciona con la
energía discursiva.2oS Esta última es 1.a ironía que sirve para evidenciar
más ante los ojos del espectador lo que decimos y para golpearlo con
nuestras palabras.

LA PE R IFR A SIS.—Explicar con muchas palabras lo que se puede ex­


presar con una o con menos (Inst. orat. V III 6 59). Es dar un rodeo. Es una
manera de hablar que se utiliza para expresar una idea simple por medio de una
circunlocución (Rhet. ad Eieren., IV 32),
Como nos dice el analítico Lausberg,209 hay que distinguir entre:
1) la perífrasis encarecedora, que introduce en el circunloquio el
nombre por el que podría sustituirse toda la perífrasis (por
ejemplo: «La prevención de Escipién rompió la fuerza de Carta-
go», donde podría decirse simplemente: «Escipién venció a
Cartago»; o bien: «las lanzas de los macedonios habrían volado al
otro lado del océano», por «los macedonios habrían, {...]»); y
2) la perífrasis propia, que es una definición. «El primer motor»
por Dios.

Dos son las posibles funciones de una perífrasis: se da por ornato


o se da por necesidad. Si bien el ornato es la razón principal de su

107 Cf, Dan SPERBER y Deirdre W ILSO N , «Les ironies comme mentions»,
il Poétique, 23 Ü97S), págs- 3^9 ‘ 4 12-
“ * Cf, Heinrich LAUSBERG, Manual de retorica literaria, cit., § 583, págs. 86-
87.
20‘! Ibidem, § § 589-591, págs. 89-90.
David Pujante / Manual de retórica

228

utilización, también la necesidad obliga a emplearla; es una necesidad


que consiste en lo socialmente admisible. Se dice públicamente «voy a
hacer mis necesidades», por razones eufemtst icas. La perífrasis por nece­
sidad se utiliza, pues, para evitar lo obsceno, lo sórdido y lo malsonante.
Puesto que entramos en el campo de la sensibilidad de las personas, que
es muy resbaladizo, la necesidad de la perífrasis puede extenderse a
muchas y distintas circunstancias, como el modo de hacer noble un
oficio. Veamos un ejemplo irónico en un diálogo de la película de Lu-
bitsch que se conoce en España con el título E l bazar de las sorpresas (The
Shop around the Comer):

—Bien, doctor, yo diría que es una crisis nerviosa. ¿Usted qué


opina?
■—Verá; por lo que he podido observar a primera vista, es algo más
que una simple depresión. Los síntomas apuntan más bien hacia
una esquizofrenia.
—¿Es eso más caro que una crisis nerviosa?
—Perdone, señor Katona, ¿quiere decirme qué cargo desempeña
usted en Matuschek y Compañía?
—Pues yo diría que soy una especie de relaciones públicas; una -
especie de mediador, entre Matuschek y Compañía y sus clientes,
sobre una bicicleta.
—El chico de los recados, ¿no?
—Doctor, ¿le gusta que le llamen matasanos?
—¡Oh!

Realizamos perífrasis también por miedo (a animales, por ejem­


plo, como sucede en ciertas sociedades que evitan nombrar directamen­
te al lobo o a la serpiente); y por temor o respeto a lo sagrado o a lo
maligno, en relación con la vieja idea de que nombrar es evocar. El
nombre de Dios está en relación directa con la esencia divina, por lo
que no puede ser conocido, Cuando Moisés pregunta por el nombre de
quien le habla desde la zarza ardiente, Dios le contesta con. una perífra­
sis: yo soy el que soy:
Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y
íes digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si
ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé?
Π Ι. El corpus retórico

22 $

Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así


dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros.
(Exodo, 3 13-14)

Muchos héroes ocultan, su nombre mientras realizan su inicia­


ción, mientras no llegan a su madurez personal. Persiles, en el texto
cervantino Los trabajos de Persiles y Sigismunda, es Periandro a lo largo
de su viaje aventurero por las tierras septentrionales, ocultando un
nombre al que sólo tendrá derecho cuando se gane ser quien es, como
sucede con tantos otros antiguos personajes de la progenie de las
novelas bizantinas.
El gusto por la perífrasis ha estado muy arraigado en épocas y
ámbitos de amaneramiento cultural. Pensemos en las conocidas preciosas
ridiculas francesas —kan denostadas por Moliere!— , que sustituían pa­
labras completamente normales por estúpidos circunloquios, por pare-
cerles a ellas y a sus remilgados oídos los términos propios, que en
realidad eran, de noble uso, de baja estofa. Moliere nos ofrece una ex­
celente caricatura de sus costumbres y sobre todo de su lenguaje, con
su abuso pacato de perífrasis y metáforas de buen gusto, en las comedias
tituladas Las preciosas ridiculas y Las mujeres sabias.
Distingue Lausberg tres tipos de perífrasis principales:
• 1) La perífrasis mitológica. Las epopeyas están repletas de estas
perífrasis: «el rey del omnipotente Olimpo» o «el hacedor de
los hombres y de las cosas» [Júpiter]», «la hija de Saturno
0 uno]», son perífrasis empleadas por Virgilio en La Eneida.
2) La perífrasis metonímico-abstractiva. «Viene Ja razón de mi
alegría», dice un padre al ver venir a su hija.
3) La perífrasis metafórica. Cómo no recordar el comienzo
de La vida es sueño y sus perífrasis metafóricas sobre un ca­
ballo:
Hipógrifo violento
que corriste parejas con el viento,
¿dónde rayo sin llama,
pájaro sin matiz, pez sin escama [...}?

:!0 Ibidem, § 595, pág. 92.


David Pujante / Manual de retórica

230

La clasificación de Lausberg nos pone sobre la pista de la dificultad


de hacer netas distinciones en la tipología retórica, mezclándose, como
vemos, metonimia, metáfora y perífrasis. Se debe a que hay una ausencia
de distinción clara entre el procedimiento gramatical sobre el que reposa
la figura o el tropo y el efecto que produce. Y así una perífrasis, cuyo
efecto es designar indirectamente, puede también consistir en una metá­
fora: lazos inmortales por matrimonio es metáfora y perífrasis; laspasiones que
han perdido a Salomón y a tantos otros es sin duda una perífrasis, pero tam­
bién una sinécdoque (especie por género) .Ul Casi siempre que hacemos
una perífrasis sobre una persona estamos destacando una de sus activida­
des y designándola por medio de dicha actividad (metonimia): E l vencedor
de Darío por Alejandro o elpadre de la poesía por Homero.

LA H IPER B O LE .—Es una ponderación desmesurada; una forma


de decir apartándose mucho de la verdad, bien magnificándola bien
disminuyéndola. Quintiliano la deja para el final de su inventario de
tropos porque la considera el adorno más atrevido. Se usa en retórica
para aumentar o disminuir el interés de la causa, y en poesía para con­
seguir una representación afectiva/11 Su empleo, sin embargo, no se
reduce a estos ámbitos ni es tan extraño, por el contrario está instalado
en el lenguaje familiar, y así solemos oír o decir: huye de su sombra, no tiene
donde caerse muerto, es ligero como el viento, es blanco como la nieve, que son
espléndidas hipérboles, aunque el uso nos haya familiarizado con ellas.
Dependiendo de la viveza imaginativa de los hablantes, el uso hiperbó­
lico en el lenguaje conversacional será mayor o menor. Resulta algo
habitual en Andalucía, donde he oído a un ex fumador contar: «Antes
el humo me salía por las suelas de los zapatos»; o al describir un robo en un
cortijo, el casero me decía: «Lían venido con una mano por el cielo y otra
por la tierra y han arramblado con todo».
Afirma Quintiliano que la hipérbole se consigue de muchas mane­
ras (Inst. orat. V II I ó 68-69):
1) diciendo más de lo sucedido (vomitando llenó de trozos de comi­
da no digeridos su seno y a todo el tribunal),

I 1,1 Cf. Joëlle G A R D E S-T A M IN E , La rhétorique, París: Armand Colín, 1996,


págs. 144-145. τ
2LÎ Cf. Heinrich LA U SB ER G , Manual de retórica literaria, cit., § 579, págs. 80-
ÿ 81.
III. E l corpus retórico

23J

2) ponderando por semejanza (se podría creer que iban nadando


arrancadas/ las Cíclades islas-, Eneida, V III 691-692),
3) ponderando por comparación (más veloz que las alas del rayo;
Eneida V 319),
4) con la ayuda de ciertas señales (Ella habría sobrevolado la mies
sin rozar su dorada llanura/ sin herir los tallos y tiernas espigas;
Eneida V II 808-809) o
5) por traslación, es decir por medio de metáfora.

Y finalmente dice Quintiliano que a veces crece una hipérbole


cuando se le añade otra: No fue un tirano, fue un monstruo.
En la hipérbole, como en todo, hay que observar una cierta mesura,
para no caer en el vicio de la afectación ridicula (cacocelid). Esa justa me­
dida es una de las claves para que funcionen los textos de los epitafios:
Aquí yace de Carlos los despojos:
La parte principal volvióse al cielo:
Con ella fue el valor; quedóle al suelo
Miedo en el corazón, llanto en los ojos.
(Luís de León, Epitafio de Carlos V)

Cualquier epitafio cumple con la base de toda hipérbole: una


exageración consistente en engrandecer un objeto, sacándolo de sus
límites naturales. El patetismo de la circunstancia, la opontunidad del
elogio exagerado colaboran. Hay una larga tradición clásica de epitafios:
El hombre que aquí yace, fue un esclavo en la tierra,
Tan grande como Darío es ahora en el misterio.
tAntología Palatina, VII 538)

Tradición recuperada después en ocasiones, como es el caso de


Miguel Angel Buonarroti:
La gracia de Cecchin Bracci, que ha muerto
Y aquí yace, era toda vuestra vida.
Quien no lo vio está en paz, pues no lo pierde:
Pierde la vida quien lo vio y no muere.
cEpitafios, X X X V I )
David Pujante / Manual de retórica

2$2

E L EN FA SIS.—Aparece en el tratado de Quintiliano primera­


mente como una de las virtudes que contribuyen al ornato en general y
lo define entonces como la posibilidad de decir más de lo que las pala­
bras solas expresan (Inst. orat. V II I 3 83); posteriormente lo considera
una figura (Inst. orat. IX 2 64). Las opiniones entre los tratadistas clá­
sicos están divididas, y así Aristides considera el énfasis como virtud
oracional, mientras que Tiberio y Trifón como figura.2'3 También se
considera una figura en Retórica a Herenio IV 53: Es una figura que deja
sospechar más de lo que se expresa en el discurso.
Para Lausberg es un tropo” 4 y una. figura de dicción:
El énfasis como tropo de palabra expresa mediante un contenido
significativo inexacto un contenido desiderativo más exacto. El
énfasis de pensamiento es la expresión indirecta de un contenido
conceptual más exacto mediante la comunicación de un pensa­
miento inexacto y, aparentemente, innocuo.215

Como tropo, define el énfasis como consistente en el empleo de una


palabra de exiguo contenido significativo habitual (y de amplia extensión signi­
ficativa) para designación de un contenido significativo mayor (más preciso) (y
de menor extensión significativa) .216
Hay dos especies de énfasis para Quintiliano (Inst. orat. V I I I 3 83-85):

1) Enfasis que significa (da a entender) más de lo que dice. Quin­


tiliano pone dos ejemplos referidos al episodio del caballo de
Troya, con expresiones que enfatizan, que dan a entender la
magnitud de semejante construcción humana, pero sin expli-
citarlo nunca: el primero de los ejemplos es de Homero, cuan­
do en boca de Menelao dice que los griegos bajaron (por den­
tro) al caballo [Odisea, XI 523]. Con este bajaron da a entender
el aedo sus enormes dimensiones. El otro ejemplo es de Vir­
gilio: descolgáronse por la soga que echaron [Eneida II 2Ó2}.

Cf. Q U IN T IL IE N , Institution oratoire. Livres V l ï ï - I X , Paris: Les Belles


Lettres, 1978, texto establecido por Jean C O U SIN , notas complementa­
rias, pág. 289, nota I I I .83.
;II+ Cf. Heinrich L A U SB ER G , Manual de retórica literaria, cit., § 578, pág. 80.
!IÎ Heinrich L A U SB ER G , Manual de retórica literaria, Cit., § 905, págs. 295-296.
i l'* Ibidem, § 578, pág. 80.
III. El corpus retórico

¿33

2) Énfasis que significa (da a entender) incluso lo que no dice


(consiste en la figura llamada aposiopesis o reticencia). Sucede
cuando dejamos una frase a medías o cuando disimulamos lo
que expresamos. Pone Quintiliano un ejemplo de Cicerón: Si
no hubiese bondad tan grande como la que por ti mismo —¡por ti
mismo, digo!— tienes: sé lo que estoy diciendo... Aquí se da a enten­
der que la bondad de la persona referida tiene poder por
encima de las asechanzas de los hombres que la incitan a la
crueldad. No se habla de tales instigadores, pero queda so­
breentendido.

Nos dice al respecto Mortara Garavelli:

Lo que los antiguos llamaron énfasis se conoce actualmente como


sugestión de significado (o gravidez de significado). hablamos de
sugestión, porque el énfasis, en el uso común, es sinónimo de in­
sistencia, de acentuación innatural, tonal y tímbrica, en el dis­
curso. 2,7

LA LIT O T ES.—Tenida por otros como figura de pensamiento,218


Lausberg sin embargo la considera un tropo que es una combinación peri­
frástica del énfasis y de la ironía. Si la podemos entender como tropo es
precisamente porque una expresión atenuadora sustituye a la que propia­
mente correspondería. En su grado superlativo se expresa por medio de
la negación de lo contrario. Así decimos: «tenía un disgusto no pequeño»,
en vez de «tenía un disgusto muy grande». Como vimos en su momento,
la ironía es la expresión de un asunto mediante unas palabras que sig­
nifican lo contrario, y es parcialmente el caso en el que nos encontra­
mos: es una ironía perifrástica por disimulación, en cuanto que un grado super­
lativo es transcrito por la negación de lo contrario.220 Pero además se da un
matiz enfatizador, que a nadie escapa, cuando hacemos una litotes.
Existe una intención de significación mayor (¿voluntas significativa) cuan-

- 1,7 Bice M O R T A R A G A R A V E L L I, Manual de retórica, cit., págs. 200-201,


nS Cf. Angelo M A R C H E SE y Joaquín F O R R A D E LLA S, Diccionario de retórica,
crítica y terminología literaria, cit., pág. 249.
m Heinrich LAUSBERG·, Manual de retórica literaria, cit., § 586, pág. 87.
i·. Heinrich LA U SBER G , Elementos de retórica literaria, cit., § 211, pág.112.
David Pujante / Manual de retórica

234

do decimos que el disgusto no era pequeño que cuando decimos que el


disgusto era muy grande. Si digo «no ignoro que eres buen estudiante», no
sólo estoy manifestando mi conocimiento (sé) del asunto, sino también
insinúo que debe borrarse toda sospecha, que cualquiera pudiera tener,
de que en realidad existe tal conocimiento por mi parte. Como ya in­
dicamos que observaba Perelman, la negación del contrario dispara
nuestra valoración hacia el otro término en un proceso valorativo ascen­
dente, constantemente en superación, sin. límite preciso. Uno de los
más fascinantes ejemplos que nos llega desde la más remota noche de
los tiempos es la Confesión negativa del Libro de los muertos egipcio (con­
juro CX XV ). El fallecido se dirige a Osiris y su tribunal cuando es
conducido ante ellos y hace una enumeración de pecados especiales que
declara no haber cometido:
Yo no he hecho mal a los hombres,
Yo no empleé la violencia con mis parientes.
Yo no reemplacé la injusticia a la justicia.
Yo no frecuenté a los malos.
Yo no cometí crímenes.
Yo no hice trabajar para mi beneficio con exceso.
Yo no intrigué por ambición.
Yo no di malos tratos a mis servidores.
{...}

Muchas veces una manera apropiada de expresión no resulta, sin


embargo, aceptable (aptum) y viene bien el uso de una litotes. Cuando
un enamorado tantea sus posibilidades, y, sin querer pasarse, dice «tú
bien sabes que no es odio precisamente lo que siento por ti», está comu­
nicando a su amada que la quiere, a la vez que se guarda las espaldas.
Porque en ese momento quizás sería excesivo, inaceptable, expresar
directamente «tú bien sabes que es amor lo que siento por ti»; que en
realidad sería lo apropiado, aunque no lo apto, ya que es una expresión
muy directa, muy comprometida, que puede tirar de espaldas a la per­
sona que la escucha, puede ponerla en guardia, asustarla.
III. El corpus retórico

¿35

..y,· w.-, n i.b .3 .1.2 . Las figuras

Hasta el momento nos hemos encontrado con cambios (mutaciones,


traslaciones) que se dan en palabras aisladas (o en núcleos muy definidos)
para obtener una elocución más efectiva (finalidad que, como hemos
visto, trasciende el mero ornato). Tal es el caso del empleo de sinóni­
mos, también de las impropiedades terminológicas que multiplican el
poder semántico, y, final y principalmente, de las mutaciones tropolo­
gicas:

En p alabras aislad as Ij Sinónimos


(IN VERBIS SINGULÍS)2} Palabras im propias con m ayor poder expresi­
vo: arcaísm os, invenciones
3) Tropos

Es necesario atender también a los cambios que se efectúan en la


línea elocutiva (con la misma finalidad que en las mutaciones singulares)
cuando sin embargo esos cambios atañen a más amplios ámbitos elocu-
tivos. Tales cambios reciben eí nombre de figuras:

En grupos de paiabras FIGURAS:


(IN VERBIS CONIUNCTÍS} 1) Figuras de dicció n :
i . 1} Figuras por ad ició n,
Í.2) Figuras por d e tracció n ,
Î.3) Figuras por orden.
2} Figuras de pensam iento:
2.1} Figuras frente al público,
2.2) Figuras frente ai asunto.

La distinción entre tropos y figuras se halla, pues, en la tradicional


oposición in verbis singiilis^in verbis coniunctís, pero también hemos de
considerar la distinción con respecto al tipo de cambio que representan
los tropos frente al que se da en las figuras: como mutatio en los prime­
ros, mutatio que no se da en las segundas. En las bien diferenciadas
definiciones que da Quintiliano se observa perfectamente esta distin­
ción última: El tropo, díce, es un modo de hablar trasladado de la natural
y primera significación a otra para el adorno de la oración, y la figura es una
configuración oracional apartada del más común y obvio modo de hablar (Inst.
David Pujante / Manual de retórica

236

orat. IX i 4). Ei tropo, pues, es un modo por traslado que no se da en las


configuraciones figúrales.
'Là figura, en el sentido más primitivo de la palabra, es una forma
(como forma es un. cuerpo); en nuestro caso, una forma expresiva, dado
el contexto en el que nos movemos, el de la expresión oral. En el caso
de las figuras contempladas por la tratadística retórica, nos enfrentamos
a una definición más elaborada, la figura de estilo (llamada schema), que
consiste en un cambio razonable, en el sentido o en las palabras, del
modo vulgar o sencillo. Son, pues, estas figuras de estilo de dos tipos:
1) bien constituyen la forma especial de una sentencia·, figuras de dicción, 2)
bien la forma especial de un pensamiento: figuras de pensamiento (remi timos
al esquema anterior). Fue posiblemente Quintiliano el primero en deno­
minarlas figuras, pues en los tratadistas anteriores o no aparece denomi­
nación alguna o está mal establecida (el autor de la Retórica a Herenio las
llama exornationes y Cicerón lo hace de diferentes maneras’2')·
Lausberg es quien mejor ha sistematizado en el siglo xx la apor­
tación de la retórica clásica en lo que respecta a las figuras. Hay que
añadir la clasificación del Grupo μ, que si bien no aporta nada nuevo a
la teoría clásica de las figuras realiza una interesante reorganización de
las mismas con base en presupuestos de la lingüística estructural. Lo
interesante de esta reclasificación es su rigor clasificatorio, alejado de
las desordenadas acumulaciones, carentes de estrictos criterios, que nos
legaron los tratados tradicionales de retórica. El conjunto de figuras y
de tropos recibe, en la Retórica general del Grupo μ, el nombre de me-
tábole$\ y es sistematizado siguiendo la distinción de Hjelmslev entre
forma y sustancia del contenido y de la expresión, así como, por otro
lado, separando la palabra (y las unidades inferiores a ella) de la oración
(y las unidades superiores a la oración). Combinándolas surgen cuatro
tipos de metáboles:

Formas del piano Formas dei plano


Nivel de articulació n
de la expresión del contenido
Palabras y < M etaplasm os M efasem em as

O raciones y > M efataxis Metalogismos

Cf. Jo se f M A R T IN , Antike Rhetorik. Technik und Methode, cit., pág. 271.


III. El corpus retórico

237

Los metaplasmos son figuras de dicción que modifican la conti­


nuidad fónica o gráfica en el ámbito de la palabra y en unidades infe­
riores a ésta. Las metataxis son figuras de la misma índole que las an­
teriores pero cuyo ámbito es la oración o grupos de oraciones. Son
figuras de dicción de carácter sintáctico. Los metasememas son los tro­
pos. Y finalmente los metalogismos son las figuras de pensamiento.
A estos cuatro grupos de metáboles hemos de aplicarles los pro­
cedimientos operacionales de adición, supresión, adición-supresión y
permutación, con lo que llegamos a una compleja clasificación de las
figuras que cambian por completo la vieja denominación, pero que viene
a ser un equivalente a lo que la tradición nos ofrecía.m
Para la descripción de las más importantes figuras seguiremos la
clasificación de Lausberg.

Estas figuras afectan a la expresión lingüística y por tanto tienen


una corporeidad, una figuralidad que es fácil de reconocer. Son verda­
deros schemata. En su concreción elocutiva radica la diferencia de las
figuras de dicción con las figuras de pensamiento. Estas últimas sobre­
pasan el nivel elocutivo y afectan a la concepción de los pensamientos,
por lo que su ficisidad se esfuma.
Si observamos en un plano general la distribución que hace Laus­
berg de las figuras de dicción (algo que nos permite el esquema que se
ofrece en la página siguiente), de inmediato nos damos cuenta de que
éntre ellas se encuentran tanto las figuras estrictamente gramaticales, es
decir, las figuras que consisten en desviaciones morfológicas y sintácti­
cas con respecto a la morfología y a la sintaxis regulares, como las figuras
retóricas, que son también figuras de palabras pero en las que la desvia­
ción gramatical no es la base. Para entender mejor esta distinción po­
demos poner un ejemplo en el que un modo de decir funciona a veces
como figura gramatical (digamos que no siempre un especial modo de
decir funciona retóricamente, puede ser un vicio expresivo) y otras como

Cf. Grupo μ, Retórica general, Barcelona, Paidós, 1987.


figura retórica. Sea el caso de la adiectio. La adiectio es una categoría
modificativa (son cuatro: adiectio, detractio, transmutatio e immutatio-, las
tres primeras para ías figuras, la última para los tropos). Puede ocasionar
unos añadidos gramaticales innecesarios; por ejemplo, repeticiones de
partículas gramaticales de forma superflua, que sólo en casos determi­
nados llegan a funcionar expresivamente, como en el caso de Virgilio en
la Egloga X it con, la partícula repetida nam (ejemplo que da Quintilia­
no). Pero también la adiectio puede ofrecernos ciertas geminaciones
expresivas (como cuando el televisivo cocinero Arguiñano dice de sus
guisos que son ricos, ricos) en las que nos encontramos con una figura
retórica, dado que la base de la figura ya no es una desviación gramati­
cal. Quintiliano distingue las figuras gramáticas de las figuras retóricas
llamando a las primeras modos de hablar y a las segundas, figuras a,como-
dadas para la colocación (Inst. orat. IX 3 2).

FIGURAS DE DICCIÓN:
1) Figuras por adición (per acf/ecfíonem}:
1.1) Repetición de una misma p ala b ra :
1.1.a] Repetición estricta:
1 .1 .a .l] Lugar de repetición en c o n ta c to :
1.1.a . 1,1) Gem inación ! ... XX .../
í.l.a .í .2 ] R eduplicació n (anadiplosis) / .., X/ X ... /
1.1.a . 1.3) Gradación (c o n ca te n a ció n ) / ... X/ X ... Y/
Y ... Z.
1.1.a .2] Repetición com o paréntesis /X ... X/: Redición
1.1.a .3) Repetición intermitente:
1.1.a .3 ,)) inicial /X ... /X ... (anáfora)
1.1.a.3.2) Final ... X/ ... X/ fepífora)
1.1.a.3.3) Com plexio; co m b in ació n d e las dos
anteriores /X ... X/X ... X/
1.1.b} Repetición re la ja d a :
1 .1 .b .l} La reSajacíón a fe c ta al cuerp o fónico:
1.1.b.1.1} Paronomasia {relajación en ia com posición
fonética)
1 .1 .b .l.2} Poliptoton (relajación en la form a flexiva)
1 .1 .b .l.3) Sinonimia ¡relajació n absoluta)
l.î.b .2 ) La re lajació n a fe c ta a la significación:
l.(,b .2 .1 ) Traductio (repetición d e un cu erp o fonéti­
c o igual sólo en a p a rie n cia )
].T.b .2.2j Distinctio
1.1.b.2,3) Reflexio
III. El corpus retórico

239

1.2) Acumulación de grupos o p alab ras distintas:


1.2.a] A cum ulació n coordinante:
1.2.0.1) A cum ulació n en co n ta c to {enumeración)
1.2,a .2) A cum ulació n a d istancia {distribución)
1.2.b) A cum ulación subordinante (epíteto)
1.2.C) Polisíndeton asíndeton
2} Figuras por detracción (per defractíonem):
2.a} D etracció n suspensiva {eüpsis).
2.b) D etracció n p are n té tica (zeugma): A-X/B-V A(X/Y), [X/Y)A, X)A(Y;
siendo A=B o A^B
2 ,b .l) Zeugma no com plejo: Α-Χ/Α-Ύ => A(X/Yj
2.b.2j Zeugma com plejo; A-X/B-Y =s> A{X/Y)
2.b.2.1) Zeugm a sin tá ctica m en te com plejo
2.b.2.2) Zeugm a sem án ticam en te com plejo
2.c) Asíndeton
3) Figuras por orden (per ordinem):
3.a) Anástrofe
3 b) Hipérbaton
3,c) ísocolon

En el esquema de las figuras de dicción que se ofrece arriba, que­


dan destacadas en negrita las tres posibilidades de modificación sobre
las que se constituyen los distintos tipos de figuras (adiectio, detractio y
transmutatio) y también se destacan de la misma manera las figuras a las
que tradicionalmente se dedica mayor atención.

Y a Quintiliano en su tratado considera en primer lugar las figuras


retóricas que se obtienen por repetición (i.i) estricta (i.i.a) o relajada
(x.x.b) de una palabra o de parte de una frase: son las figuras per adiec-
tionem, por lo adicional, por razón de un añadido (Inst. orat. IX 3 28).
Pero también podemos considerar dentro de este fenómeno de lo adi-

Estos paréntesis remiten al esquema general que hemos dado de la totalidad


de las figuras de dicción, y los números y letras se corresponden con el
del orden que allí tienen las distintas figuras. Así el lector del actual
desarrollo textual siempre puede situarse en el lugar correspondiente de
dicho esquema.
David Pujante / Manual de retórica

240

cional como figura — tal y como hace Lausberg— las figuras que surgen
de la acumulación de palabras distintas o de distintos grupos de palabras
(1.2).114

Figuras por adición que se constituyen por repetición (1.1)

La repetición, como dice Fontanier, consiste en emplear varias veces


los mismos términos o el mismo giro, bien por simple ornamentación del discurso,
bien para conseguir lina expresión másfuerte y más enérgica de la pasión. Con
esto Fontanier nos hace recordar desde el principio que no estamos
ante raeros procedimientos poéticos, error en el que nos es fácil caer
quienes pertenecemos a la tradición de la retórica literaria.
Cuando la repetición es estricta (1.1.a), podemos atender —para
hacer subdivisiones que precisen las variantes que se dan dentro de
dicho fenómeno— a que el lugar de repetición sea en contacto (i.i.a.i)
o a que, cuando no hay tal contacto, la repetición se dé como paréntesis
(1.1.a.2) o de manera intermitente (i.í.a.3).
Cuando la repetición es en contacto, en primer lugar podemos
hablar de la figura de este tipo que se consigue doblando palabras o
grupos de palabras, geminándolas, duplicándolas: la geminación (i.i.a.1.1),
también conocida con el término griego epizeusis. Se puede utilizar con
la intención de grabar mejor en el ánimo de los que escuchan el término
repetido. Por ejemplo, en un juicio, si el arma homicida ha sido un
cuchillo, puede decirse: «E l cuchillo, el cuchillo ha esclarecido la verdad».
Se puede atraer la atención sobre un objeto o sobre una situación:
«Auxilio, auxilio, me estoy muriendo; ay Dios mío, Dios mío» grita alguien
que necesita ayuda médica urgente. Puede solicitarse también atención
afectiva o autorreprocharse pasiones indebidas al utilizar este mismo
procedimiento de repetición, como en la geminación que Virgilio pone
en. boca del desdeñado pastor Condón en la Egloga II, v. 69: «¡Ah Co~
ridón, Coridón! ¿Qué locura se ha apoderado de ti?». Poéticamente, pre­
cisamente para manifestar estados pasionales, se ha utilizado mucho:
«Amor, amor, un hábito vestí» (Garcilaso).

Cf. Heinrich LA U SB ER G , Manual de retórica literaria, cit., § 607, pág. 97.


Pierre FO N T A N IE R , Lesfigures du diseurs, cit., pág. 329.
III . E l corpus retórico

241

Cuando se da la repetición geminativa coincidiendo con el final


de un grupo sintáctico o métrico y el principio del siguiente, tenemos
la variedad denominada reduplicación o anadiplosis (i,x.a,i.2): «Oye, no
temas, y a mi ninfa d ilej dile que muero» (Villegas). Como dice Laus­
berg, la reasunción del sonido fin a l del primer grupo al comienzo del segundo
grupo tiene porfin la intensificación expresiva o el completamiento epexegético. 226
En cuanto a la gradación (i.i.a.1.3) podemos decir que es una anadiplosis
progresiva. Sin embargo, como aclaran Marchese-Forradellas, en la ac­
tualidad el término gradación se utiliza para designar una sucesión de pala­
bras o grupos de palabras. 22~ Seguimos aquí, con Lausberg, la concepción
de ia retórica clásica. Un ejemplo de gradación o concatenación, según
dicha concepción clásica, sería el siguiente texto de Cervantes, del ca­
pítulo 16 de la primera parte del Quijote:

Y así como suele decirse: el gato al rato, el rato a la, cuerda, la cuerda
al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el
ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa, que no
se daban punto de reposo.

En cuanto a la repetición como paréntesis, bien sintáctico-semán-


tico o bien métrico (i.i.a.2), se encuentra representada por la figura
denominada redición. Si atendemos a la unidad métrica tenemos ejem­
plos como el de los siguientes versos de Juan Ramón Jiménez:

todas las estrellas, todas


las esquilas, tas estrellas,
todas las estrellas; todas
las campanas; las esencias

Si tenemos en cuenta la unidad sintáctico-semántica, este otro de


Margarita la tornera de Esp ronce da:

Pues usa de cuanto tiene


Y hasta de su nombre usa

™ Heinrich LA U SBERG , Manual de retórica literaria, cit., § 619, pág. 102.


07 Angelo MARCHESE y Joaquín FORRADELLAS, Diccionario de retórica,
crítica y terminología literaria, cit., pág. 190.
Igualmente en este texto de Palabras románticas de Juan Ramón
Jiménez encontramos la redición, entremezclada con la geminación:
En el jardín, bajo una sombra de árbol, hay una mesa·, sobre la mesa,
un vaso con flores-, ante lasflores, flores, en una hoja de álbum.. En el
álbum dice: «María Clotilde Sorolla, otra flor».

La repetición intermitente, a distancia (i.i.a.3), nos sitúa ante una


de las figuras retóricas más conocidas en literatura, la anáfora (í.i.a.3.1).
Así se denomina a la repetición a distancia cuando se da al comienzo de
distintos versos, frases o miembros de frases. Al margen de su valor
poético, su razón de ser elocutivo-retórica es su perfecta manera de
mostrar la insistencia: la insistencia en una pasión amorosa, en una
indignación obsesiva y en tantas otras señales de la porfiadora voluntad
humana. Resulta idónea para sentimientos que no parecen lograr su
plena expresión si no nos agotamos en repetirla una y otra vez,128 como
en este fragmento del acto cuarto del. Horacio de Corneille:
[Roma, el único objeto de mi resentimiento!
i Roma, a la que tu brazo acaba de inmolar a mi amante!
¡Roma, que te ha visto nacer, y a la que adora tu corazón!
\Roma, a la que, en fin, yo odio porque te llena de honores!

En poesía consigue un clima evocativo intenso, como en el si­


guiente poema de Juan Ramón Jiménez:
Hay un halcón entreabierto,
tiene una luz amarilla;
aunque nadie llora, se oye
llorar... La noche está tibia...
La noche está tibia y llena
de flores y de caricias;
el ensueño va volando
como un pájaro en la brisa.
La noche está tibia y triste;
hay una luz amarilla;

"* Cf. Henri M O R IE R , Dictionnaire de Poétique et de Rhétorique, Paris, PUF,


S 1998, págs. 114-115.
III . El corpus retórico

243

y no es una luz de niños,


ni de madres, ni de amigas...
[-}
Hay un balcon entreabierto;
es una luz amarilla...
La noche está tibia y llena
de flores y de caricias.

Desde la primera estrofa se da el motivo de la repetición como


elemento clave del paisaje poemático, y a partir de entonces la insisten­
cia anafórica va espesando su significación hasta cerrarse en el penúlti­
mo verso.
Cuando la repetición se da al final de la unidad sintáctico-semán-
tica o versal, nos encontramos con la epífora (1.i.a.3.2), también llamada
epístrofe. Si reducimos la repetición de este tipo al plano fonético, nos
encontramos con la evidente relación entre epífora y rima. Si referimos
la figura de la epífora a unidades superiores, es equivalente a la anáfora,
y como ella conviene a las formas obsesivas del sentimiento, pero su
posición final le confiere un particular rasgo plañidero, suplicatorio,
pues de alguna manera está en relación directa con la letanía. Lo pode­
mos ver en Las letanías de Satanás de Baudelaire, donde como colofón de
cada dístico se repite el mismo verso:
Oh tú, el más bello y sabio de los Angeles todos,
Dios privado de suerte, privado de alabanzas,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga desdicha/
Príncipe del exilio a quien tanto agraviaron,
Y que, vencido, luego te levantas más fuerte,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga desdicha!
Tú que todo lo sabes, rey de lo subterráneo,
Familiar curandero de congojas humanas,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga desdicha!
C-I229

La complexio (i.í.a.3.3) es la combinación de anáfora y epífora. Se


da, por ejemplo, en el siguiente texto de fray Luis de Granada:

” ” Hacemos uso de la traducción de Manuel NEI.LA (Charles B A U D E L A IR E ,


Las flores del mal, Barcelona, Círculo de Lectores, 1992, pág. 27 j).
David Pujante i Manual de retórica

Todas las cosas tenemos en Cristo y todas ellas nos es Cristo. Si


deseas ser curado de tus llagas, médico es: si ardes con calenturas,
fuente es: si te fatiga la carga de los pecados, justicia es: si tienes
necesidad de ayuda, fortaleza es: si temes la muerte, vida es: si
quieres huir de las tinieblas, luz es: si deseas ir al cielo, camino es.

Cuando la repetición no es estricta, es decir, exactamente igual,


sino que se da una relajación de la igualdad, ésta puede afectar al
cuerpo fónico (i.i.b.r) o a la significación de las palabras (i.i.b.2).230 La
relajación en la igualdad del cuerpo fónico puede referirse a la com­
posición fonética y entonces nos encontramos con la paronomasia
(i.ï.b.i.ï) o annominatio. La podemos encontrar lo mismo en Gracián
(«el aviso haga antes viso de recuerdo de lo que olvidaba») que leyendo
un sobrecito de café una tarde cualquiera en un bar: en aroma, enamora.
Jakobson hizo famoso, al estudiarlo, eí slogan político I like Ike, cuya
eficacia es sin duda de origen paronomástico. En su origen más puro,
la paronomasia era un juego etimológico: se unían dos palabras foné­
ticamente cercanas para inventar una etimología simpática, atractiva,
curiosa. A veces los acercamientos paronomásticos sirven para crear
una ironía sobre la real distancia existente entre los significados de
palabras sólo afines en la fonética. Es el caso de ios siguientes versos
de fray Diego González: «Para orador te faltan más de cien;/ para arador
te sobran más de mil».
El poliptoton (i.i.b.1.2) o polipote se da con la relajación de la forma
fíexiva: diferentes formas verbales (como en los siguientes versos de
Zorrilla: «OJuráis no haberlo jurad,olí -Sí/aro»; «Los que en el mercado
venden! Lo vendido y el valor»; «Mas él, que olvidando todo/ Olvidó su
nombre mesmo»), diferencias de género o de número («lo mucho entre
muchos es poco»). En latín, como en todas las lenguas con casos, esta
figura tiene grandísimas posibilidades. Así que, en Quintiliano, el cam­
bio de caso es el que constituye en exclusiva esta figura, pues cuando se
forma por otros cambios se denomina epdnodo (.Inst. orat. IX. 3 37). El
ejemplo que él da nos vale como estupendo ejemplo: «pater hic tuus?
patrem nunc appellas? patris tui filius es?» (¿Padre tuyo éste? iPadre ahora
lo llamas? ¿De tu padre eres hijo?). Al no existir casos en español, la

130 Cf. Heinrich L A U SB ER G , Manual de Retórica Literaria, cit., § 635 y ss.


III. El corpus retórico

MS

ñ^jra se pierde con el traslado. Puede en alguna ocasiones subsistir el


poliptoton en la traducción, como en el texto bíblico del Eclesiastés I 2,
que en latín es un poliptoton por caso y en español por número:
Vanitas vanitatum, omnia vanitas
j Vanidad de vanidades, todo es vanidad!

Frase bíblica cuyos ecos se recogen en esta otra frase de la sor­


prendente y honda prosa lírica del poema Espacio de Juan Ramón Jim é­
nez: Unidad de unidades es lo uno.
Hay casos de poliptoton creativo, en prosas vanguardistas donde
la lengua se rompe para conseguir una mayor expresividad, como en
Larva de Julián Ríos, cuya siguiente frase es ejemplo de concentración
expresiva por medio del poliptoton: «AnimalÁsrí de un animabgwo» (El
juego se complica al mezclarse animal con maligno)
Cuando la relajación afecta a todo el cuerpo fonético, en realidad
estamos utilizando otra palabra distinta; equivalente a la anterior, pero
distinta. Nos encontramos ante un caso de sinonimia (i,r.b.i.3). Siempre
que empleemos sinónimos o los acumulemos estamos ante un caso de
sinonimia: «Venid, acercaos. Oídme, escuchad».
Puede suceder que, a la contra de lo que hasta ahora hemos visto,
se mantenga en la repetición la igualdad dei cuerpo fonético, pero éste
vaya modificando su significación conforme va reapareciendo en el dis­
curso. Como dice Lausberg, la igualdad del cuerpo fónico aparece en dos
formas: igualdad aparente del cuerpo fónico la tenemos en una especie de traduc­
tio (i.i.b.z.i); igualdad total del cuerpo fónico la tenemos en la distinctio
(i.i.b.2.2) y en la reflexio (i.i.b.2.3).231
La traductio (i.i.b.2.1) consiste, pues, en repetir una misma, forma
fónica, pero esa similitud sólo es aparente, pues esas coincidentes for­
mas tienen significaciones distintas y también tienen procedencias lin­
güísticas distintas, como en los jocosos versos bien conocidos «a quien
otros llaman vino! porque nos vino del cielo». La distinctio (i.i.b.2.2)
consiste en la diferencia figurativa que se establece entre el uso de una
palabra con su significado normal y su repetición con otro significado
enfático, encarecedor: «¡Por más que un hombre sea un enemigo, es un

’-p Ibidem, § 657, pág. 129.


David Pujante / Manual de retórica

246

bombrel» Si al realizar 1.a traductio cumplimos la acción de pasar —como


su nombre latino indica— de un significado a otro de mismos modos de
decir (del sustantivo vino a la tercera persona de pretérito indefinido de
venir), con la distinctio realizamos la acción de distinguir matices signifi­
cativos en la misma palabra. La reflexio (i.i.b.2.3), finalmente, es una
distinctio enforma de diálogo; uno de los interlocutores toma en sentido distinto,,
parcial y enfático, la palabra empleada por el primer interlocutor.232 Pone un
ejemplo Quintiliano (Inst. orat. IX 3 68) en un contexto en el que un
padre se queja de que su hijo desea su muerte para heredarlo y éste, sin
embargo, lo niega: «—No, no espero tu muerte —dice el hijo— . — Oh sí,
espera, espera por mucho tiempo mi muerte — contesta el padre». En
ambos casos el significado (primero, desear; luego, esperar) es habitual,
lo que distingue la reflexio de la ironía, donde también hay a veces este
uso encontrado de significados de una misma palabra, pero con un
contrasentido especial, inhabitual, sorprendente. Estamos asistiendo en
el momento en que escribo este texto a una campaña publicitaria del
cuponazo de la O N C E en todos los medios publicitarios. Una serie de
personas parecidas a famosos de todos los ámbitos (actores, hombres de
empresa, cantantes, reyes) nos dicen desde las vallas publicitarias, desde
la televisión: «Yo no soy Fulano de Tal, soy el doble de Fulano de Tal».
En una secuencia inmediatamente posterior aparecen de nuevo con un
cupón en la mano, y ahora dicen: «Y esto no es un cuponazo, es el doble
de un cuponazo». Podríamos considerar esas dos secuencias como dos
unidades equivalentes a un diálogo. Las dos acepciones de doble con las
que juegan son habituales: alguien que, por su parecido, puede ocupar
el lugar de otra persona y dos veces una cantidad.

Figuras por adición que se constituyen por acumulación (1.2)

Hay un segundo grupo de figuras retóricas de dicción por adición


que se dan mediante la acumulación, mediante el amontonamiento de
palabras que son semánticamente complementarias. La acumulación
puede ser coordinante (1.2.a) y subordinante (i.2.b). En este grupo cabe
colocar la polisíndeton (i.2.c).

1,2 Ibidem, § 633, pág. 132.


III . El corpus retórico

H7

La acumulación coordinante, como dice Lausberg, comiste en la adi­


ción de miembros de oración coordinados semántica y sintácticamente a uno de los
miembros de oración puestos en el acto de h a b la r .lista acumulación coordi­
nante recibe el nombre de congeries, y ya nos hemos referido a ella al ha­
blar de la magnitud, como uno de los procedimientos elocutivos de am­
plificación y disminución. Quintiliano habla de la congeries, sin darle
nombre, como acumulación de palabras que significan lo mismo; pero no
sólo se acumulan palabras —nos dice— , también pensamientos de senti­
do análogo. Llama Quintiliano a la posible mezcla, que también se da, de
palabras de sentidos análogos y opuestos dtallage (Inst. orat. IX 3 45-49).
La acumulación coordinante aparece en contacto (i,2.a.i) y a dis­
tancia (i,2,a.2). Cuando se da la acumulación coordinante en contacto
nos encontramos con la enumeración. Es el caso del siguiente ejemplo
cervantino:
E l sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los
cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu, son grande
parte para que las musas más estériles se muestren fecundas y
ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y contento.

Hay ocasiones en que las enumeraciones se convierten en autén­


ticas descripciones y sólo se distinguen por su estructura dependiente
de uno de los miembros de la oración. Como recetas también funcio­
nan. Pensemos en el famoso soneto de la Aguja de navegar cultos:
Quien quisiere ser Góngora en un día
la jeri (aprenderá) gonza siguiente:
fulgores, arrogar, joven, presiente,
candor, construye, métrica, armonía;
poco, mucho, sí, no, purpuracía,
neutralidad, conculca, erige, mente,
pulsa, ostenta, librar, adolescente,
señas, traslada, pira, frustra, harpía.
Gede, impide, cisuras, petulante,
palestra, liba, meta, argento, altera,
si bien, disuelve, émulo, canoro.
Í-]

ry> Ibidem, § 666, pág. 134.


Si bien se utiliza con eficacia en prosa, la enumeración funciona
muy especialmente en poesía; concentra mucho el sentimiento lírico,
pues donde hay eliminación de verbos parece perderse cualquier resto
de narrat.ivi dad, ίο que va muy bien a la expresión poética que se pre­
tende alejada de la reflexión y de la narración. Encontramos las enume­
raciones más famosas en los poetas más líricos de nuestra historia lite­
raria, desde Juan de la Cruz:
Mi Amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos;
la noche sosegada
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena, que recrea y que enamora;

hasta Gustavo Adolfo Bécquer:


Cendal dotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma.
Rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz.

La acumulación a distancia es la distribución (1.2.a.2). Dice al res­


pecto Helena Beristáin:
También hay una enumeración compleja, en la que se dice algo de
cada uno de los términos enumerados, que se suceden «a distan­
cia». Se llama distribución y es idéntica al tipo de ísocolon llamado
parisosis. ïM

Tenemos un espléndido caso de distribuciones (series de términos


desperdigados, de cada uno de los cuales se va diciendo algo a lo largo

■’H Helena BER ISTAIN , Diccionario de Retórica y Poética, México, Editorial Po-
rrúa, 1992, pág, 175.
III. E l corpus retórico

249

del texto) que acaban en repetición enumerativa. Es el siguiente soneto


de Góngora:
Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido el Sol relumbra en vano,
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente al lüio bello;
mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
de el luciente cristal tu gentil cuello;
goza cuello, cabello, labio j frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilío, clavel, cristal luciente
no solo en plata, o viola trocada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en. polvo, en sombra, en nada.

Nos encontramos aquí con dos series de elementos (señalados en


cursiva y en negrita), primero distribuidos por parte del texto y luego
acumulados, figura reforzada al final del soneto con un espléndido incre­
mentum,: en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
La acumulación subordinante (i.2.h) tiene su manifestación prin­
cipal en el epíteto. E l epíteto —dice Lausberg— es un complemento atri­
butivo (adjetivo, aposición substantiva, aposición perifrástica) de un sustan­
tivo. 235
El epíteto recibe también la denominación de adposítum o se­
quens (Inst. orat. V II I 6 40) y es el primero de los tropos por adorno
que considera Quintiliano, aunque según la tradición retórica no es el
epíteto propiamente un tropo (Rbet. I I I 1406 a 11).2,6 El propio Quin­
tiliano (Inst. orat. V II I 6 43) reconoce que hay autores que no lo con­
sideran tropo,, dado que no entraña mutación, cambio, giro (como ya
sabemos, tropo significa en realidad eso: verto). Tan sólo puede situarlo
Quintiliano entre los tropos por su posibilidad de significación metafó­
rica, por su carácter ornamental y por ser uno de los modos de la an-

íW Heinrich LA U SB ER G , Manual de Retórica Literaria, cit.,' § 676, pág. 141.


136 Cf, Jo se f M A R T IN , Antike Rhetorik. Technik und Methode, cit., pág. 264.
David Pujante Manual de retórica

2$0

tonomasia (el epíteto de un nombre propio se convierte en antonomasia


suprimiendo el nombre propio).
En cuanto al empleo del epíteto en el discurso oratorio, sólo lo
acepta Quintiliano en el orador si produce algún efecto (Inst. orat. V III
6 40). Si no, se tiene por superfluo. Sin duda se refiere a un efecto
emocional, pero no queda claro. ~37 En esta misma línea de pensamiento,
dice Lausberg que un exceso de epítetos hace el estilo ampuloso e hinchado. i3S
En castellano, el epíteto suele anteceder al nombre. Como dicen Mar­
chese y Forradellas,
esto hace que la posición del adjetivo sea estilísticamente muy
significativa en nuestra lengua: un adjetivo antepuesto será enten­
dido por el oyente como si fuera, semánticamente, epíteto (La dulce
boca que a gustar convida, Góngora), y a la inversa, un epíteto se­
mántico pospuesto se analizará como adjetivo necesario (Allíhay
barrancos hondos! de pinos verdes donde el viento canta, Machado).2,9

Veamos cómo el orden esperado se cumple en los dos versos si­


guientes del Soneto X X II de Garcilaso:
y que vuestro mirar ardiente, honesto, (adjetivos, pospuestos)
con clara luz la tempestad serena (epíteto, antepuesto)

Podríamos hablar por último, dentro de las figuras de adición por


acumulación, del polisíndeton (i.2.c). Es una figura que consiste en pro­
veer la frase de una serie de partículas coordinantes inhabituales, o
como dice Lausberg,
es la posición continua de una conjunción copulativa ante los
miembros de la sinonimia y de la acumulación coordinante, y ello
tanto en la sinonimia y acumulación en contacto (de palabras
aisladas) como también en la sinonimia (de oraciones) a distancia
y en la acumulación (de oraciones) a distancia.'40

m Cf. David P U JA N T E , E l hijo de la persuasión. Quintiliano y e! estatuto retórico,


cit., pág. 211.
Heinrich LA U SB ER G , M anual de Retórica Literaria, cit., § 676, pág. 14t.
3W Angelo M A R C H ESE y Joaquín FO R R A D ELLA S. Diccionario de retórica,
crítica y terminología literaria, cit., págs, 136 137. Cf. también el estudio de
Gonzalo SOBE) AN O , E l epíteto en la lírica española, Madrid, Gredos, 195Ó.
J 240 Heinrich LA U SB ER G , M anual de Retórica Literaria, cit., § 686, pág, 146.
I II . El corpus retórico

251

Así sucede en el siguiente ejemplo de Herrera:


Y el santo de Israel abrió su mano
Y los dejó y cayó en despeñadero
El carro y el caballo y caballero.

Valga también este otro ejemplo de (xuzmán de A lfar ache donde


observamos un juego estilístico compensatorio de asíndeton y polisín­
deton:
lo d o lo fabriqué próspero en mi ayuda: que en. cada parte donde
llegara estuviera mí madre que me regalara, la moza que me des­
nudara y trujera la cena a la cama y me atropara la ropa y a la
mañana me diera el almuerzo.

En realidad esta figura no se da exclusivamente con conjunciones


copulativas, como nos ejemplifican Marchese-Forradellas con el verso
de Aleixandre: ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo. 241
Frente al polisíndeton nos encontramos con el asíndeton, figura
que consiste en desproveer la frase de la totalidad de partículas coor­
dinantes. Según Quintiliano, tal despojamiento de junturas da a
los objetos de que se habla un carácter independiente y permite que
se graben mejor en el espíritu del oyente, haciéndolos aparecer, por
otra parte, como más numerosos. Tiene un efecto acumulativo (Jnst.
orat. IX 3 50). Dice Gracián en el Oráculo Manual, 2: Infelicidad de necio
errar vocación en el estado, empleo, región, fam iliaridad. Y en Oráculo
Manual, 6:
No se nace hecho: vase de cada día perficionando en la persona,
en el empleo, hasta llegar al punto del consumado ser, al comple­
mento de prendas, de eminencias: conocerse ha en lo realzado del
gusto, purificado del ingenio, en lo maduro del juicio, en lo defe­
cado de la voluntad.

También en poesía suele darse, como en estos versos de Luis de


León:

3,i Angelo M A R C H ESE y Joaquín FO R R A D ELLA S, Diccionario de retórica,


crítica y terminología literaria, cit., pág. 327.
David Pujante / Manual de retórica

2$2

Llamas, dolores, guerras,


Muertes, asolamientos, fieros males
Entre tus brazos cierras {...]

Agrupa Quintiliano las figuras que tienen su origen en la brevedad


y las llama figurae per detractionem (Inst. orat. IX 3 58-65), Lausberg, con
su muy apreciable sistematización, distingue en estas figuras de la de­
tractio tres variedades: la detracción suspensiva (2.a), la detracción pa-
rentética (z.b) y el asíndeton (2.0).
La detracción suspensiva es la llamada elipsis (2.a), a la que, sin
nombrarla, ya hace referencia Quintiliano en su tratado, considerándola
la primera de las figuras por detracción y que consiste en la supresión
de una palabra cuyo significado se suple contextualmente con el resto
de las palabras que permanecen (Inst. orat. IX 3 58). Como nos dice
Morier, la razón de ser de la elipsis es la sobriedad expresiva, la rapidez,
la densidad del estilo, ganando bien en fuerza bien en elegancia. Y pone
el siguiente ejemplo de Racine: To te amé inconstante, fie l ¿qué no hubiera
hecho? La forma no elidida sería más o menos: «Yo te amé siendo in­
constante, ¿qué no hubiera hecho si hubieras sido fiel?».242
La detracción parentética, que recibe el nombre de zeugma (2,b),
consiste en la omisión de un miembro parcial [B] en una coordinación plurimem-
bre [Λ-Χ/Β-Ύ], de tal suerte que el miembro parcial paralelo que queda dentro
de la coordinación [A ] asume la función del miembro omitido-. A (X/Y).243 Por
ejemplo, dice Gracián en Oráculo Manual, 1:
[...] y más es menester para tratar con un solo hombre en estos
tiempos que con todo un pueblo en los pasados.

tratar (con un solo hombre... / con todo un pueblo...)

O Mateo Alemán en Guzmán de Alfarache l 1 i:

'4!' Cf. Henri M O R IE R , Dictionnaire de Poétique et de Rhétorique, cit., pág. 411.


Heinrich LA U SB ER G , Manual de Retórica Literaria, cit., § 692, Pág. 149.
III . El corpus retórico

253

Muchos veo que lo traen por uso y a ninguno ahorcado por ello.

Muchos) veo (a ninguno...

Como podemos observar, el elemento parentético puede ir al


comienzo, en medio o al final. N o es el orden razón de complejidad
en el zeugma. Sí lo es la no equivalencia exacta entre los términos que
se coordinan mutuamente. Los dos ejemplos que hemos dado son
zeugmas no complejos (2.b.i), pues coincide plenamente el elemento
parentetizador. Consiste simplemente en referir a un solo verbo dife­
rentes expresiones, como dice Quintiliano cuando habla de esta figu-
ra.í+4 En el caso del zeugma complejo (2.b.2) se crea una mayor tensión
expresiva porque al menos uno de los miembros elididos no coincide
plenamente con el miembro parentetizador. Esa no coincidencia pue­
de ser sintáctica (Su tono era grave y sus gestos grandilocuentes: Su
tono era grave y sus gestos era[n] grandilocuentes), lo que nos da el
zeugma sintácticamente complejo (2.h.2.i); o puede ser una no coinci­
dencia semántica (Tendían manos y voces: Tmdíun manos y tendían
{alzaban] voces), con lo que tenemos el zeugma semánticamente com­
plejo (z.b.z.z). Como resume Mortara Garavelli: La lingüística moderna
ha estudiado el zeugma como un gapping, esto es, como un desfase semántico en
un paralelismo sintáctico. 245
El asíndeton (z.c), como ya hemos adelantado al hablar del polisín­
deton, consiste en la omisión de todas las conjunciones. Lausberg dis­
tingue: 1) asíndetos nominales (de palabras aisladas {«Llamas, dolores,
guerras»} y de grupos de palabras {«silencios conmovidos, esperanzas
frustradas, aletear de cuervos»}), 2) asíndetos verbales (de palabras aisla­
das {«acude, corre, vuela»} y de grupos de palabras {«Aclamad a Dios con
alegría toda la tierra, cantad la gloria de su nombre, poned gloría en su
alabanza, decid a Dios: ¡Cuán asombrosas son tus obras!»}).

244 Para las denominaciones y equivalencias en Quintiliano cf. David PUJAN­


TE, E l hijo de la persuasión. Quintiliano y el estatuto retórico, cit., pág. 234.
34’ Bsee M O R T A R A G A R A V E L L I, M anual de Retórica, cit.. pág. 259. Cf. tam­
bién Dan SP E R B E R y Deirdre W ILSO N , R elevan t Communication and
Cognition, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1986, págs. 222 ss.
David Pujante / Manual de retórica

254

Y a Quintiliano hace referencia a un tipo de figura por orden,


aunque él no se detiene a considerarlas (Inst. orat. IX 3 27). Lausberg nos
dice que las figuras por orden
abarcan, en primer lugar, en sentido estricto, las figurae per trans-
mutationem por tanto la anástrofe y el hipérbaton. Además
hay que incluir en las figurae per ordinem los fenómenos cuya pe­
culiaridad característica consiste en el orden de las palabras. 146

Efectivamente tanto la anástrofe como el hipérbaton son figuras


que consisten en cambios de sitio de los elementos discursivos con una
finalidad expresiva mayor. Pero hay otros fenómenos también relacio­
nados con el orden de las palabras, como las repeticiones paralelísticas
de ciertas estructuras, y que no son cambios inhabituales de lugar.
La anástrofe (3.a) o reversión es la inversión del orden normal de dos
palabras inmediatamente sucesivas.247 Quintiliano la situaba dentro de los
tropos para embellecer el discurso y a su vez la consideraba una variante
del hipérbaton: era un hipérbaton que atañía sólo a dos palabras (Inst. orat.
V III ó Ó5).248 Esta misma relación con el hipérbaton, aunque reduciendo
más la definición de la figura, aparece en el Diccionario de términosfilológi­
cos de Lázaro Carreter: Hipérbaton que consiste en posponer la preposición al
sustantivo cuyo caso rige.249 De hecho, los gramáticos latinos distinguían
tres tipos de hipérbaton: tmesis, anástrofe y paréntesis. Si seguimos a Laus­
berg, la anástrofe consiste en la inversión del orden normal de dos pala­
bras cualesquiera, tal y como también la definen Marchese y Forrade-
llas 2Í°. Por ejemplo: excepción hecha, corderos mil. Precisamente por la clase
de palabras a las que la anástrofe afecta, Lausberg habla de anástrofe del
nombre, anástrofe de la preposición y anástrofe del adverbio.251

~4<l Heinrich LA U SB ER G , M anual de Retórica Literaria, cit., § 712, pág. 161.


!4‘ Ibidem, § 713, pág. i 6 l
348 Cf. David P U JA N T E , E l hijo de la persuasión. Quintiliano y el estatuto retórico,
cit., pág. 213.
24fl Fernando LA Z A R O C A R R E T E R , Diccionario de términosfilológicos, cit.. pág.
44.
,5° Angelo M A R C H ESE y Joaquín FO R R A D ELLA S, Diccionario de retórica,
crítica y terminología literaria, cit., pág. 27.
2’’ Heinrich LA U SB ER G , Manual de Retórica Literaria, cit., § 714, pág. 162.
III. El corpus retórico

255

A veces la anástrofe es un curioso elemento estilístico, como su­


cede en Pérez Galdós, en cuyas novelas, expresiones como «en sangre
tintos», contribuyen a ese estilo arcaizante, romántico, que le valió la
chunga denominación de don Benito eí garbancero.
El hipébaton (3-b) consiste — según definición de Lausberg— en la
separación de dos palabras, estrechamente unidas sintácticamente, por el interca-
lamiento de un elemento (que consta de una o varias palabras) que no pertenece
inmediatamente a ese lugar. 2,2 De una manera más sencilla, Quintiliano lo
llamaba el trastorno de las palabras (Inst. orat. V III 6 62). Si todas estas
figuras de orden están al servicio de la composición, es muy evidente en
el caso del hipérbaton, Quintiliano consideraba que viene exigido por la
elegancia de la frase. Cuando el orden gramatical da un resultado áspe­
ro, duro, lánguido e incluso malsonante, conviene recurrir al hipérba­
ton. Pone Quintiliano una hermosa comparación; es necesario posponer
ciertas palabras y adelantar otras, como cuando se construye con pie­
dras sin tallar (Inst. orat. V II I 6 62-63). "53 tales casos, para construir
la pared, necesitamos ir ajustando los tamaños de las distintas piedras
para que quede una fábrica armoniosa, sin huecos; y de igual manera
cumple hacer con las palabras en las frases del discurso. Reflexionando
en esta misma línea de pensamiento, dice Capmany en. su Filosofía de la
Elocuencia (1777):
Esta coordinación de las palabras {...] contribuye no tan sólo a
hermosear un pensamiento, sí también a darle mayor fuerza. Pero
algunas veces de puro buscar la harmonía, se prefiere lo accesorio
a lo principal, trastornando el orden natural de las ideas. Como el.
que dice: La muerte y el terror del numantino, siendo su orden natu­
ral: el terror y la muerte del numantino.»ZM

Si la primera razón de ser del hipébaton en el discurso retórico la


manifiestan claramente las palabras de Quintiliano que acabo de referir,
y la glosa de Capmany, en literatura se convierte en destacado elemento

Ibidem, § 716, pág. 163.


Cf. David P U JA N T E , E l hijo de la persuasión. Quintiliano y el estatuto retórico,
cit., pág. 213.
Antonio de C A P M A N Y , Filosofía de la Elocuencia, Madrid, Sancha, 1777, pág.
43·
de estilo personal o de un movimiento en general, como es el caso del
estilo gongorino y por extensión del culteranismo barroco español; lo
que observamos en ejemplos como el que sigue, de la Fábula de Polifemo
y Galatea·.
De este, pues, formidable de la tierra
bostezo, el melancólico vacío

Este uso culterano del hipérbaton fue ridiculizado por otros escri­
tores del mismo siglo, y nunca mejor modo de ver los excesos de un
perfil que por medio de la caricatura, como en este verso de la Gatoma-
quia de Lope: En una de fregar cayó caldera.
El hipérbaton —en palabras de Lausberg— está a medio camino
entre la tmesis, que corta la palabra en sus elementos, y el paréntesis, que
dilata y extiende el intercalamiento.2Í' Un caso de tmesis sería el verso
de Quevedo: L a jeri (aprenderá) gonza siguiente.
El isocolon (3.0) es la yuxtaposición coordinada de dos o más miem­
bros o incisos, mostrando éstos el mismo orden en sus respectivos ele­
mentos. 256 Los tratadistas pueden ponerse más o menos estrictos en la
igualdad de los miembros (número de palabras: homoeoteleuton, homoeop-
toton, paromoeosis), en su número (suele ser dos e incluso tres miembros),
en su extensión (a! menos dos palabras) y en su incardinación sintáctica
(los miembros pueden ser oraciones completas o integrarse en una ora­
ción medíante un elemento común: Hizo brillar en la. guerra su valor, en la
administración su justicia, en la embajada su prudencia) .157
A veces sin ser estrictos, los escritores suelen tender a estas es­
tructuras yuxtapuestas paralelísticas. He aquí un ejemplo del primer
capítulo de Guzmán de Alfarache:
A el amancebado consumieron el tiempo y la mala mujer; al juga­
dor desengañó el tablajero que a el ladrón reformaron el
miedo y la vergüenza; a el murmurador ía perlesía de que [...]; a
eí soberbio su misma miseria lo desengaña, conociéndose que es
lodo; a eí mentiroso puso freno la mala voz y afrentas que a
el blasfemo corrigieron continuas reprehensiones de

1ÍS Cf. Heinrich LAUSBERG, Manual de Retórica Literaria, cit., § 717, pág. 165.
Cf. ibidem, § 719, pág. 166.
257 Cf. ibidem, §§ 719-754, págs. ißß-iSS.
III. El corpus retórico

257

Dentro de este fenómeno podemos entender la correspondencia


entre dos o más miembros de un conjunto, aunque no estén yuxtapues­
tos, como en los siguientes ejemplos de Lazarillo de Termes:
Para mostrar cuánta virtud sea saber los hombres subir siendo
bajos y dejarse abajar siendo altos cuánto vicio.

Mi trabajosa vida pasada y mí cercana muerte venidera.

Podría suceder que acabaran los distintos miembros del isocolon


en igualdad de sonidos. En tal caso tendríamos el homotdeuton, al que se
refiere y denomina así Quintiliano en Institutio oî'atoria IX 3 77.2,8 Como
cuando dice Caíisto a Melibea:
En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotasse,
y fazer a mi, inmérito, tanta merced que verte alcançasse.

Estas terminaciones suelen generalmente ser desagradables sonso­


netes, como en el ejemplo de Capmany:
El autor no fue pru Aente en no querer que sus faltas enmiende y
defienda el que las siente. 259

Fi homeoptoton es la terminación de miembros consecutivos del


isocolon con las mismas desinencias casuales ijnst. orat. IX 3 78), Lo más
cercano en nuestras lenguas romances (carentes de caso) para entender
este fenómeno sería un ejemplo de similicadencia, como los siguientes
versos de Gil Vicente:
Digas tú, el marinero
Que en las naves vivía,
Si la nave o la vela
o la estrella es tan bella

La paromeosis incluye el homoteleuton y el homeoptoton.


Concluiré esta reflexión sobre los distintos tipos de isocolon con
unos ejemplos modernos. Primero del libro Las cosas del campo de José

K 2l'E Cf. David P U JA N T E , El hijo de la persuasión. Quintiliano y el estatuto oratorio,


g cit., pág. 236.
i w Antonio de C A P M A N Y , Filosofía de la Elocuencia, cit., pág, 33.
David Pujante / Manual de retórica

2$8

Antonio Muñoz Rojas, libro que se encuentra entre los más altos logros
de este siglo en prosa poética española. En un texto como el que sigue
y que suena tan actual, encontramos distintos tipos de isocolon, forma­
dos por dos miembros con igual número de palabras (2 ó 3) en cada
miembro;
¡Oh enorme cuerpo del amante! Por tus barrancos y por tus veras, por
tus graciosos cielos, por tus caminos, ya polvorientos, ya encharca­
dos, por tus rincones ocultos y tus abiertas extensiones,por agostos
y por eneros, te he cabalgado.

Otro ejemplo lo tomo de Papini, de su Elegía por lo que nofue¡ del


temprano libro de relatos, que tanto gustaba a Borges, Lo trágico coti­
diano·.
¡Cuántas son las cosas que yo nunca vi ni veré nunca más, los
sonidos que nunca oí ni oiré nunca más, las suertes que no conocí
ni conoceré nunca más, las pasiones que no experimenté ni expe­
rimentaré nunca más, ios enigmas que no comprendí ni resolveré
nunca más!

Quiero con ello manifestar que, aunque pueda parecer demasiado


artificioso el procedimiento, no es algo que se halle alejado de nuestros
modos expresivos literarios contemporáneos.

O I,b .3.!,2.2. Figuras de pensaoiiciito


(o de sentencia)

Mientras que en las figuras de dicción la forma figurada depende


de la construcción lingüística (nacen y mueren con su formulación lin­
güística), en las de pensamiento no hay asidero en la concreción elocu-
tiva. 200 Nos dice Capmany en su Filosofía de la Elocuencia·.
Las de la segunda especie {figuras de sentencia] [..,} son inaltera­
bles aunque se muden las palabras, porque como quiera que su

160 Cf. Heinrich LA U SB ER G , Manual de Retórica Literaria, cit., § 755, pág. 1S9.
III. El corpus retórico

259

efecto dimane de la naturaleza de los pensamientos, y del aspecto


con que los presenta la imaginación, pertenecen a todos los esti­
los y a todos los idiomas.161

Esta dificultad de reconocerlas por su forma física hace, como nos


dice Mortara Garavelli, que todas las clasificaciones de las figuras de pensa­
miento parezcan heterogéneas y menosfiables que las taxonomías de lasfiguras de
dicción.261 Sin embargo —como manifiesta Gapmany— son figuras des­
apegadas de la fisicidad de cualquier lengua, por lo que resultan de más
fácil traslado en las traducciones. Poetas como Verlaine o como Paul
Celan adhieren la emotividad poética a la física lingüística, de ahí la
gran dificultad de la traducción. Sin embargo otros poetas, como Rilke
o como Cavafis o como Pessoa, aunque cedan gran parte de su expre­
sividad poética a los aspectos de forma externa, construyen otra gran
parte del tejido de su lirismo con lo que aquí, reduciendo, podemos
llamar figuras de pensamiento.
Para Quintiliano —y centrándonos en las razones puramente re­
tóricas por las que aparecen en el discurso estos procedimientos— , las
figuras de pensamiento hacen la prueba más fuerte y enérgica o convin­
cente (Inst. orat. IX 2 6). Las divide en figuras que hacen la prueba, más
enérgica y figuras que acrecientan la emoción:

Figuras que h a c e n la p rueba


Figuras que a c re c ie n ta n la em oción
más enérg ica
Interrogación Exclam ación
Prolepsis Lice n cia
Dubitatio Prosopopeya
C o m u n icació n Apostrofe
Susíenfafio {suspensión) Hipofiposis
Permissio {concesión] Ironía
Aposiopesis
E fop eya
Énfasis

™ Antonio tie C A P M A N Y , Filosofía de la Elocuencia, cit., pág. 159,


Jhl Bice M O R TAR A G A R A V E L L I, M anual de retórica, cit., pág. 268.
=<’3 Cf. David P U JA N T E , E l hijo de la persuasión. Quintiliano y el estatuto retórico,
cit., págs. 221-228.
David Pujante / Manual de retórica

260

Lausberg, en su Manual de Retórica Literaria nos ofrece la siguiente


clasificación-resumen de todas las aportaciones de la tradición retórica:

FÍGURAS DE SENTENCIA:
1} Figuras frente al público:
1.a) Figuras de la alo cu ció n :
l .a .l ] Ö b se c ra n o 2M (súplica)
l,a .2 J Licencia
L a .3) Apostrofe
1.b) Figuras de ¡a pregunta:
l.b .l) interrogación
1,b.2j Subí'ecfio (sujeción)
1.b.3) D ubifafío (duda, deliberación)
1.b.4) C om m unicatio (participació n)
2) Figuras frente al asunto:
2.a) Figuras sem ánticas:
2.a. 1) Finifio (definición)
2.a.2) C onciliatio (conciliación)
2.a.3¡ C orrectio (C orrección)
2.0.4) Antítesis
2,b) Figuras afe ctiva s:
2 ,b .l) Exclam ación
2.b.2¡ Evícfenfia (evid encia)
2.b.3) Serm ocinatio (eto p eya)
2.b.4) Fictio p e rso n a e (prosopopeya)
2.b.5) Expolitio (puiicíón o pulido)
2.b,ó) Similitudo (co m p ara ció n o símil)
2.b.7) Aversio (apartam iento)
2,c) Figuras d ia lé ctica s:
2.C.1) ConciHat/o (asociació n }
2.C.2) P raeparatio (p rep aració n , e sp e cie de an ticip ació n)
2.C.3) C o n cessio (concesión)
2.C.4) Permissio (con cesió n/d ejación )
2,d) Figuras según )as cuatro cate g o rías m odificativas:
2 .d .l) Por ad ició n {interpositio, subnexio, a etio lo g ia , sentent/a]
2.d.2) Por d e tracció n (percusio, praeteritio, re tice n tia )
2.d.3) Por transm utación (hysterologia)
2.d.4) Por inm utación/substitución (allegoria, ironia, em phasis, s y n e c d o ­
c h e , h yperbole)

264 Mantenemos el término latino cuando difiere considerablemente del caste­


llano, cuando es habitual su utilización en retórica, cuando 110 existe
I II . El corpus retórico

Hace, pues, dos grandes apartados: el de las figuras que surgen del
trato con el público (i), es decir, figuras que sirven para acercar al ora-
dor más al público; y el de las figuras que nacen de enfrentarse el orador
con el asunto de su discurso (2), que tienen su centro de gravedad, dice
Lausberg, en la elaboración de la res. H":

Finiras frente al público (1)

Para intensificar el acercamiento al auditorio se emplean dos


medios: la alocución: figuras de la alocución (i,a) y la pregunta: figuras de
la pregunta (i.b).
Que el orador le dirija la palabra al público en ocasiones a lo largo
de su discurso es algo habitual y no entraña figura alguna, pero hay
ocasiones en que el modo en que lo lleva a cabo se desvía tanto de lo
que son modos normales de hacerlo que se consideran figuras: figuras de
alocución (i.a). Es el caso de la obsecratio (x.a.i), pues la intensidad con
que se dirige el orador a sus interpelados, introduciendo una súplica (a
los hombres y en ocasiones a los dioses), produce la figura. Es el caso
que nos encontramos en los siguientes versos de la Eneida (IV 314-315):
Por la mano que uniste con la mía te lo pido,
Pues no me queda ya, pobre de mí, nada más que invocar

La licencia (i.a.2) es definida por el autor de la Retórica a Herenio de


la siguiente manera:
La licencia se presenta cuando ante unas personas a las que debe­
mos respetar o temer decimos algo, en base a nuestro derecho,
que las ofenda un poco o que parezca realmente criticar por algu­
na falta a quienes ellas estiman (Rbet. ad Heren. IV 36)

Ese atrevimiento expresivo, ese uso libre del lenguaje (como lo


llama Quintiliano) es una figura cuando se lleva a cabo por arte. Así nos

a consenso para su equivalencia en español y, sobre todo, cuando puede


confundirse la figura que designa con el uso habitual del término caste­
llano.
{¡i lbí Heinrich L A U SB E R G , Manual de Retórica Literaria, cit., § 780, pág. 203.
dice ei retor Calagurritano, quien no especifica mucho mas sobre esta
figura. Lausberg explícita más la licencia. diciendo que
es un reproche, valiente y basado únicamente en la verdad, diri­
gido al público, provocando su amor propio con peligro incluso de
indisponerlo con la causa patrocinada por el orador. La licen­
tia se introduce en forma tan astuta que la (presunta) verdad pre-
sentada responde de todo en todo a la opinión del público, quien
mediante la forma de la licentia queda fortalecido en su autocon-
formidad y concede su simpatía al orador.

Naturalmente de no ser de esta manera el orador nunca tiraría una


piedra contra su tejado, salvo estas piedras de trayectoria bien medida
por el arte retórica.
El apostrofe (i.a.3) consiste, según Quintiliano, en dejar de dirigir
al juez nuestras palabras para atacar directamente a los adversarios o
para hacer una imploración general (Inst. orat. IX 2 38). Es, pues, un
apartarse del interlocutor habitual, como su origen etimológico griego
indica. Ese apartamiento crea sorpresa. Lo sorprendente de esta figura
está en que de repente hay un cambio (puesto claramente de manifiesto
por el orador) respecto al sector de la audiencia por la que se siente más
interesado. La multiplicidad en el auditorio y su distinta y particular
recepción del discurso retórico ha sido objeto de interés reciente. A
esta siempre existente pluralidad de receptores y, consecuentemente,
de interpretaciones del discurso retórico, la ha denominado Aíbaladejo
Mayordomo con el término de poliacroasis. 267 Sin duda el apostrofe te­
nemos que incluirlo dentro de los muchos procedimientos discursivos
para el manejo de la compleja multiplicidad del auditorio.
Entre las muchas razones que existen para dividir la ilocuciónï6i
— es decir para enfocar el discurso (bien simultáneamente, bien sucesi­
vamente) hacia distintos sectores de público— , el desplazamiento de
audiencia que se da cuando el orador utiliza un apostrofe se debe a la

166 Ibidem, § 7Ó1, pág. 191.


367 C f. Tom ás A L B A L A D E JO M A Y O R D O M O , «Poiyacroasis in Rhetorical
Discurse», The Canadian Journal of Rhetorical Studies, 9 (1998), 155-167.
i: ” ® C f. David P U JA N T E , «El discurso político como discurso retórico», en: T .
R A L B A L A D E JO , F. C H IC O y E. D E L R ÍO (eds.), Retórica hoy, Teoría/
Crítica, cit., 328.
III. El corpus retórico

263

necesaria expresión de un pathos que no puede canalizarse por los cauces


normales de comunicación; y así, invalidado el receptor habitual (juez,
público presente), recurre el orador o al contrincante o incluso a per­
sonas ni siquiera presentes (vivas o hasta muertas), y también a la patria,
y a las leyes, y a las heridas y demás receptores inesperados, inhabituales
y hasta imposibles, con la única intención de dar a entender el grado de
desesperación al que llega el orador en su necesidad de encontrar un
interlocutor válido.
El apostrofe dirigido a seres inanimados es especialmente sor­
prendente (no olvidemos que la sorpresa es una de sus principales ba­
zas): «¡Para, oh sol, yo te saludo!», «iLlorad, cielos, llorad, estrellas!». Sin
embargo, en según qué contextos, puede ser igualmente sorprendente
apostrofamos a nosotros mismos, o a alguien que nos lee. Como nos
indica Lausberg, en la literatura leída, la alocución a l lector, aunque éste per­
tenece al público normal, obra como apostrofe, pues resulta inusitada. 269
Puesto que esa especial situación del orador, que se manifiesta con
el apostrofe (un paso desesperado parparte del orador 2'°), hace que no repare
en las circunstancias, el apostrofe suele dirigirse, como ya adelantábamos
antes, a seres ausentes o incluso muertos. Un ejemplo triste, conmove­
dor, lo tenemos en el prólogo del libro V I de la Institución oratoria de
Quintiliano, cuando llora la muerte de su hijo, el último que le quedaba:
¿Cómo tuve valor para ver yo mismo tus ojos cuando se iban
apagando, oh vana esperanza mía, y cuando tu espíritu desampa­
raba al cuerpo? ¿Cómo pude yo vivir después de haber abrazado
tus miembros fríos y sin vida y después de haber recibido tu úl
timo aliento? {...] ¿Es posible que te haya venido a perder cuando
adoptado por un cónsul, y destinado para ser yerno de un pretor
tío tuyo, fundabas las esperanzas de un padre no menos con las de
tus honores venideros que con las muestras de que aspirabas a la
gloria de la elocuencia ática, trocándose todo esto en daño mío?
(Inst, oral, VI 12-13).

Muchos poemas de distintas épocas —comenta Helena Beristáin— han


adoptado la forma del apostrofe dirigido, por ejemplo, al escenario de la natura-

269 Heinrich LA U SB ER G , Manual'de Retórica Literaria, cit., § 763, pág. 194.


170 Ibidem, § 762, pág. 193.
David Pujante / Manual de retórica

264

leza como un testigo, confidente, aliado o contrario.%11 Ciertamente algunos de


los más bellos ejemplos de nuestra poesía incluyen el apostrofe, como
el soneto de Francisco de la Torre que comienza:
¡Cuántas veces te me has engalanado,
clara y amiga noche!,

para rematar:
Tú, con mil ojos, noche, mis querellas
oye y esconde, pues mi llanto amargo
es fruto inútil que al amor envío.

Antes naturalmente deberíamos haber referido aquellos versos de


Garcilaso que empiezan «Corrientes aguas puras, cristalinas»; y después,
su eco místico: «¡Oh cristalina fuente»; sin olvidar la «Morada de gran­
deza» apostrofada en la Noche serena de Luis de León. Pero quiero rema­
tar con un soneto de Gutierre de Cetina que me es especialmente
querido, todo él apostrofes:
Horas alegres que pasáis volando
porque a vueltas del bien mayor mai sienta;
sabrosa noche que en tan dulce afrenta
el triste despedir me vas mostrando;
importuno reloj que, apresurando
tu curso, mi dolor me representa;
estrellas con quien nunca tuve cuenta,
que mi partida vais acelerando;
gallo que mi pesar has denunciado,
lucero que mi luz va obscureciendo,
y tú, mal sosegada y moza Aurora;
si en vos cabe dolor de mi cuidado,
id poco a poco el paso deteniendo,
si no puede ser más, siquiera un hora.

Distintas variantes del apostrofe son la invocación, la imprecación, ïa


execración. El máximo ejemplo de la invocación para la cultura cristiana

271 Helena B E R IS T Á IN , Diccionario de Retórica y Poética, cit., pág. 72.


III. El corpus retórico

2Ó5

es el Padre nuestro. Cuando nos sentimos arrebatados por la ira, desea­


mos que caiga algún mal o bien sobre los otros (imprecación): «Que le
dé Dios mala vida», «Déle Dios mal galardón», o bien sobre nosotros
mismos (execración), como cuando dice Jo b {Job 3 1-2):
Perezca el día en que yo nací,
Y la noche en que se dijo: Varón es concebido.
Sea aquel día sombrío
Y no cuide de él Dios desde arriba,
Ni claridad sobre él resplandezca

Y por dar un contrapunto a este terrible texto bíblico, recorde­


mos las palabras de Sancho Panza, igualmente execratorias, cuando don
Quijote le dice que por no ser armado caballero no le hizo la pócima
efecto (Don Quijote I 17):
Si eso sabía vuesa merced —replicó Sancho— ¡mal haya yo y toda
mi parentela!, ¿para qué consintió que lo gustase?

Entre las figuras de la pregunta (i.b) hemos de considerar en primer


lugar la interrogación retórica (i.b.i). Según Quintiliano, la pregunta re­
tórica no intenta averiguar nada, sino dar fuerza a lo que se dice (Inst.
orat. IX 2 7~n). Muchos siglos después, con la belleza que siempre
caracteriza a su texto, dirá Antonio de Capmany:
La interrogación de que tratamos, no es una pregunta dirigida a
cierta persona para que fije nuestra indeterminación; sino la que
se dirige a la consideración de los oyentes o lectores, la que habla
a su alma, agita sus pasiones, no para arrancarles la respuesta, sino
el consentimiento o la admiración.171

Valga de ejemplo el siguiente monólogo de Segismundo, del acto


II de La vida es sueño:
¿Yo en palacios suntuosos?
¿Yo entre telas y brocados?
¿Yo cercado de criados

272 Antonio de C A P M A N Y , Filosofía de la Elocuencia, cit., pág. 194..


tan lucidos y briosos?
■iYo despertar de dormir
en lecho tan excelente?
¿Yo en medio de tanta gente
que me sirva de vestir?

La siguiente entre las figuras de la pregunta que considera Laus-


berg es la siibiectio o sujeción (i.b.2), que consiste en
un. diálogo ficticio (por tanto, monológico) incrustado en el dis­
curso, con pregunta y respuesta (las más veces, con varias pregun­
tas y respuestas), c-en el fin de animar el hilo del razonamiento.273

Como dice Quintiliano, io mismo que hay figura en la pregunta,


alguna figura hay también en la respuesta, cuando, por ejemplo, se pre­
gunta sobre un punto y se responde sobre otro, para agravar el delito o
atenuarlo. Pero también a veces puede preguntarse y responderse uno
mismo, o preguntar y responder sin esperar respuesta de fuera (Inst.
orat. IX 2 12-15). Esta figura es muy adecuada para la prueba de la
inducción (Inst. orat. V 113 ).
Un ejemplo de cuando el orador se pregunta y se responde a sí
mismo, lo tenemos en la oración por Celio de Cicerón (ejemplo que da
Capmany):

¿No llamaríamos enemigo de la república al que violase sus leyes?


Tú las quebrantaste. ¿Al que menospreciase la autoridad del Sena­
do? Tú la oprimiste. ¿Al que fomentase las sediciones? Tú las
excitaste.

Podemos seguir con los monólogos de Segismundo para ejempli­


ficar ahora literariamente la subtectio. El tan conocido final del acto II:

¿Qué es la vida?, un frenesí;


¿qué es la vida?, una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;

73 H einrich L A U S B E R G , Manual de Retórica Literaria , cit., § 771, pág. 19S.


III. El corpus retórico

z6y

que toda la vida es sueño,


y los sueños, sueños son.

La dubitatio (i.b.3) consiste en manifestar una duda, una inseguri­


dad que, como dice Quintiliano, da aspecto de veracidad al discurso, ya
que, al fingir que no sabemos cómo empezar o de qué manera terminar,
damos la impresión de estar improvisando y por tanto de ser sinceros
(Inst. orat. IX 2 19). Fontanier estableció una diferencia entre dubitación
y deliberación, considerando la primera como una manifiesta irresolu­
ción, una incertidumbre penosa y cruel del alma. En la dubitación, aca­
ba resumiendo Fontanier, no se ve más que la pasión («¿Qué examinaré
primero? ¿De dónde partiré? ¿Qué auxilio he de pedir? ¿De quiénes
puedo pedirlo?); en la deliberación, la razón aparece de alguna manera37,1
(«¿Qué debo hacer, jueces? Si callo, me confirmaréis reo; si hablo, me
reputaréis mentiroso»).
La communicatio o participación (i.b.4) se diferencia de Ia dubi­
tatio en que lo que pide el orador que le venga de fuera no es la manera
de seguir el discurso sino que pide un consejo. Con palabras de Cap­
many:
Esta figura se comete cuando el orador consulta a sus oyentes,
amigos, contrarios, o jueces sobre lo que debe deliberar, pero
siempre en asuntos arduos e importantes.
Así dice Cicerón contra Verres: «Aquí pido, Jueces, vuestro con­
sejo para que me digáis lo que debo hacer; mas el mismo silencio
que guardáis, me está diciendo, que no será otro vuestro consejo
que el que podría darme la necesidad».275

Quintiliano la consideraba cercana a Ia dubitatio, como también


Lausberg, y la definía como consistente en consultar a los adversarios y
a los jueces (Inst. orat. IX 2 20-21). Contrastando con la muy posterior
definición de Capmany, vemos cómo se amplía a amigos y oyentes en
general ia consulta, como en el siguiente ejemplo de Granada, ejemplo
dentro de la oratoria sagrada, que tanta importancia ha tenido en nues­
tra tradición:

274 C f. Pierre F O N T A N IE R , Les figures du diseurs, cit., págs. 444-447.


275 Antonio de C A P M A N Y , Filosofía de la Elocuencia, cit., pág. ïS i.
David Pujante M a u i -de retórica

268

¿Qué parece que haría aquel rico avariento, que está en el infier­
no, si le diesen licencia para volver a este mundo a enmendar los
yerros pasados?

Dice Quintiliano que a la communicatio puede seguirle la sustentatio


o suspensión, que consiste en dar a entender que vamos a decir algo, pero
callamos y acabar diciendo algo distinto, menos grave que lo que había­
mos dado a entender que diríamos (Inst. orat. IX 2 22). «¿Estáis seguros de
que ha cometido el asesinato? Y o sin duda... no puedo afirmarlo»,

tis íu r a s trente- ¿ú a s u n to (2)

Respecto a las figuras que nacen del asunto, las hay que se centran
en los aspectos significativos de la causa: figuras semánticas (2.a); las hay
que se constituyen en torno a los afectos que despierta dicha causa:
figuras afectivas (2.b); otras se construyen desde la atención a la parcia­
lidad con que se generan los discursos, es decir, atendiendo al punto de
vista personal que el orador tiene sobre la causa, distinto al de su con­
trincante en la tribuna; figuras dialécticas (2,c); y, finalmente, también
hay figuras de pensamiento que se explican por las cuatro categorías
modificativas que, si bien se aplican a los sonidos y a las palabras, se
pueden también aplicar a los pensamientos; estas categorías son, como
conocemos: por adición, por detracción, por orden (las categorías mo­
dificativas de las figuras de dicción) y por mutatio que es la categoría
modificativa de los tropos: todo ello da las figuras según las cuatro catego­
rías modificativas (2.d).
La base de las figuras semánticas (2.a) es la definición (2.a. 1). Consiste
en extraer un argumento del estado de definición para que funcione
como figura. Como dice Granada:
se pone entre las figuras de sentencia: porque conduce no poco,
así para la claridad, que es propia de ella, como para el adorno de
la oración. Ella, pues, es la que abraza breve, y absolutamente las
calidades propias de alguna cosa,176

176 Luis de G R A N A D A , Los seis libros de la rhetorica eclesiástica o de la manera d


3 predicar, cit., pág. 345.
III. El corpus retórico

269

Ciertamente no hay como definir para clarificar; y además, en la


definición, quedan abrazada.s todas las cualidades de lo definido.
La conciliatio (2.a.2) es un tipo de argumentación en el que se
emplea en provecho propio algo dicho por la parte contraria; «Un hom­
bre así está necesitado de misericordia». «Ese hombre es tan digno de
misericordia como de castigo». Es lo que llama Quintiliano una figura
por acercamiento de nociones opuestas (Inst. orat. IX 3 64). La correctio
(2,a.3) consiste en mejorar una expresión: 1) para que se ajuste exacta­
mente lo que se dice, las ideas, a cómo se dice, las palabras (correctio
lingüística); o 2) para que se ajuste lo que se dice, de manera convenien­
te, al entorno social en el que se dice (correctio social). Un ejemplo del
primer tipo de correctio sería: «He dicho pobre, paupérrimo debí decir».
Desestimamos una palabra dicha, para buscar otra más apropiada a la
utilidad de nuestra causa (poner ante los ojos del auditorio el extremo
estado de negligencia del encausado). La correctio social aparece cuando
nos hemos permitido una licencia, o una metáfora atrevida; también en
los neologismos no asimilados: «Fuimos a tomar un hotdog, quiero decir
un perrito caliente, ¡una salchicha, vamos!».
Lugar aparte y más destacado, por su trascendencia literaria, se
merece la antítesis (2.3.4). considera Quintiliano entre los juegos de
palabras contrapuestas. Dice que algunos la llaman contentio (así en Rhet.
ad Heren. IV 15) y los griegos antítheton (Inst. Orat. IX 3 81). Lausberg
distingue antítesis por su extensión sintáctica: 1) entre palabras aisladas,
2) entre grupos de palabras, 3) entre oraciones. Algunas formas especia­
les de realización de la antítesis son: la regressio, la comparatio, Ia commu­
tatio, la distinctio, la subiectio y el oxymoron.777 La regressio consiste en
retomar lo dicho ya, aclarando, apostillando (no hay oposición neta,
sino discrepancia de detalle):
N o s arran can de allí, co n m ig o Ifito y Pelias, Ifito tardo ya
por los años, Pelias premioso el paso a cansa de una herida de Ulises.

(Eneida I I 435-4 3ó ) 278

177 Cf, Heinrich L A U S B E R G , Manual de Retórica Literaria, cit., §§ 787-807,


págs. 210-223.
T om o la traducción de Ja v ie r de E C H A V E -S U S T A E T A ( V IR G IL IO , Enei­
da,, M adrid, Gredos, 1992).
David Pujante / Manual de retórica

270

La commutatio consiste en contraponer pensamientos inversos uti­


lizando mismos radicales con cambio recíproco de su función sintáctica.
La famosa frase: «In pace bellum quaeritas, in bello pacem desideras»,
(en la paz buscas la guerra, en la guerra deseas la paz) que ya emplea el
autor de la Retórica a Herenio (Rhet. ad Heren. IV 15). La distinctio sirve
para aislar nociones similares, como en el ejemplo que da Quintiliano:
«Cuando te denominas sabio por astuto, valeroso por presuntuoso, escrupu­
loso por intransigente» (Inst. orat. IX 3 65). La subiectio ya la hemos estu­
diado entre las figuras de la pregunta, y como diálogo ficticio entre una
parte y su contraria, entraña oposición y de alguna manera antítesis.
Finalmente hemos de atender al oxímoron.
El oxímoron es especialmente utilizado en literatura, sobre todo
en la literatura ascético-mística, y consiste en una especie de antítesis
en la que se colocan en contacto palabras de sentido opuesto que sin
embargo el contexto hace compatibles («¡Oh muerte que das vida!»). A
Roman Jakobson le debemos un muy conocido estudio sobre el oxímo­
ron en la poesía de Pessoa, Los oxímoros dialécticos de Fernando Pessoa. 279
Precisamente Jakobson considera que las pretendidas incoherencias y
contradicciones en los escritos pessoanos reflejan el diálogo interno del
poeta (recordemos lo que acabamos de decir de la subiectio como antí­
tesis). Estudia poemas con el siguiente:
M ito es la n ada qu e es to d o .
E l m ism o so l que ab re el c ic lo
es m ito b rilla n te y m u do —
e l cu e rp o m u e rto de D io s,
v iv o y d esn u d o.
E s te , qu e aqu í llegó a p u erto ,
fu e p o r no h ab er e x istid o .
S in e x is tir nos b astó .
P o r no h a b e r ve n id o , vin o
y nos creó .
A s í c o rre la leyen d a
en tran d o en la realid ad ,

179 Cf. Roman JA K O B S O N , «Los oxímoros dialécticos de Fernando Pessoa»,


en: Roman JA K O B S O N , Ensayos de Poética, México, Fondo de Cultura
% Económica, 1977, págs. 235-260.
Ill, El corpus retórico

2J I

fecundándola transcurre.
Abajo, mitad de nada,
la vida muere.

Respecto a las figuras afectivas (2.b) nos dice Lausberg que


muchas de las figuras nacidas de encararse el orador con el asunto
y, sobre todo, las figuras nacidas de encararse el orador con el
público contienen afectos.280

La primera de este grupo es la exclamación (z.b.x). No podemos


confundirla con la exclamación verdadera, pues la exclamación sólo es
figura si, como dice Quintiliano, es una exclamación ficticia, simulada
y hecha por arte para el acrecentamiento de la emoción del auditorio:
¡Oh tiempos!, ¡oh costumbres! (Inst. orat, IX 2 27). En segundo lugar consi­
dera Lausberg, dentro de este mismo grupo, la evidentia (2.b.z), también
conocida como bipotiposis. La describe Quintiliano consistente en una
pintura de las cosas, hecha con expresiones tan vivas que más parece
que se perciben con los ojos que con los oídos (Inst. orat. IX 2 40).
Aunque Mortara considera equivalente de ia bipotiposis la enárgeia
(Mortara, 1991: 272), hemos visto que en el tratado de Quintiliano
esta última tiene un carácter más general y un significado más
ambiguo. La noción de enárgeia aparece por vez primera en el
nivel de inventio, al tratar de la narratio y de la peroratio (IV.2.63;
Ví.2.32; Iso, 1989: 134) y luego en el de elocutio, en el ornato
(VIII.3.Ó1:; Iso, 1989: 135).
Tampoco resulta equivalente de bipotiposis (como, sin embargo,
pretende Mortara, generalizando; Mortara, 1991: 272) el término
diatiposis (IX.2,41). Quintiliano considera la diattposts una descrip­
ción pictórica, que emplea modestamente la trasposición de tiem­
pos llamada metástasis-, descripción que era habitual en los orado­
res antiguos (IX .2.41). Aunque aquí ia metástasis, según se
desprende del texto de Quintiliano, es una tralatio temporum, el
término ya era conocido para designar la remotio criminis concer­
niente a los estados de causa (Cicerón, De Inventione, 1,15; II, 86;

:So Heinrich LA U SB ER G , Manual de Retórica Literaria, cit., § 80S, pág. 223.


David Pujante / Manual de retórica

2 J2

Π , 91). A q u í Q uintiliano aplicaba la metástasis a la hipotiposis para


definir el nuevo tipo de hipotiposis llam ado diatiposis, en la que se
describe algo que hubiera p odido acon tecer en el pasado o algo
posible en el futuro. E s decir, que frente a la hipotiposis habitual
(que es la descripción de algo real, acontecido, vivam ente descri­
to), se encuentra la diatiposis, d escripción de un lugar im aginario,
según la fórm ula: «Im aginad que veis». L a diatiposis, com o nos dice
Cousin, «fait p artie de la term inologie d ’ Alexandre, I I I , 2 5 ,13 Sp.;
Phoebam m on, I I , 51, 17 Sp.; T ib erio s, I I I , 79, ιό Sp.; Zonaios, I I I ,
163, 30 Sp., m ais c ’est une uirtus orationis» (Q uintilien, 1978, V : 311,
nota IL 4 1).
T o d avía nos dice Q uintiliano respecto a la hipotiposis que algunos
rétores llaman topografía a la d escripción expresiva de un lugar
( I X .2.44). N o se sabe de fuente alguna an terior a Q uintiliano que
utilice tal nom bre (Q uintilien, 1978, V : 3 11, n. I I . 4 4 ).181

La tercera de las figuras de este grupo es la sermocinatio (z.b-3) o


etopeya. Consiste en la imitación teatral que hace el orador (muchas
veces por burla) del carácter de alguien ajeno. Esta imitaciém de alguien,
lo es o bien de su manera de actuar o bien de su manera de hablar. El
carácter imitativo que originariamente se muestra en esta figura se va
perdiendo con el tiempo, convirtiéndose la figura tan sólo en una des*
cripción de las cualidades o vicios morales de las personas, tal y como
evidencia la definición que da Capmany en el siglo xvm:
Es la ethopeya aquella pintura o retrato fiel de una persona con­
siderada en sus acciones, carácter y costum bres;

y Fontanier en ei siglo XIX:


L a etopeya es una d escripción que tiene por ob jeto las costum ­
bres, el carácter, los vicios, las virtudes, los talentos, los defectos,
en fin las buenas o las malas cualidades m orales de un personaje
real o fic tic io .285

3 !ä' David PUJANTE, E l hijo de la persuasión. QÿintÜiano y el estatuto retórico, cit.,


págs. 225-226.
!fc Antonio de C A P M A N Y , Filosofía de la Elocuencia, cit., pág. 216.
Pierre F O N T A N IE R , Les figures du. discours, cit., pág. 427.
III . El corpus retórico

¿ 7J

En cuarto lugar sitúa Lausberg la fictio personae (2.b.4) o prosopope­


ya, figura que, según definición de Lausberg, comiste en presentar cosas
irracionales como personas que hablan y son capaces de comportarse en todo lo
demás como corresponde a personas.284 Si reducimos la prosopopeya a un
ceder la palabra (eliminando los aspectos de comportamiento), hay teó­
ricos que amplían la prosopopeya a los muertos, a seres fantásticos e
incluso a personas vivas ausentes. En resumen, podemos considerar: 1)
prosopopeyas en las que hay personificación de cosas, por el hecho de
cederles la palabra (a los vientos, al mar, a los cielos); y 2) prosopopeyas
en las que no hay personificación, en las que se concede la palabra a
seres, pero que son fantásticos, son colectividades (ciudades, la patria),
están muertos o bien se encuentran ausentes.
Siguiendo a C iceró n en Orator 85, con sidera Q uintiliano más atre­
vidas, entre las figuras que consisten en la ficción , las que son
ficciones de las personas ( I X .2.29); im itación, por parte del ora­
dor, de lo que piensa y siente la persona juzgada, a la que, por
m edio de esta figura, le da voz. L a p rosopopeya perm ite oír al
p rop io encausado, p ercib ir d irectam en te sus sen tim ien tos. El
efecto que produce es muy sim ilar al de la representación teatral,
tiene más fuerza para m over los afectos (plus ad mouendos adfectus
subpersona ualet\ V I . 1.26). A través de esta figura se m uestra p re ­
sente en el m ecanism o retórico la teoría de la catharsis
Y a había defin ido Q uintiliano la p rosopopeya en el. libro I I .... de
m anera previa y ajena al m ecanism o de las operacion es retóri­
cas— , y lo había hecho considerándola sim plem ente com o ejerci­
cio deliberativo que consiste en tom ar ficticiam en te el lugar de la
persona referid a en el discurso, haciéndole hablar (Π .1.10 -11).
V o lvió a aparecer en el ám bito de la inventio, pues cuadra tam bién
el em pleo de prosopopoeiae a la hora de m over las pasiones. A llí se
definen así: id estfictae alienarum personarum orationes, quales litiga­
torum- ore dicit patronus (V I.1.25): razonam ientos (discursos ficti­
cios) puestos en boca de otras personas. R eap arecien do ahora con
tod o derecho com o figura para aum entar los afectos
H ay quienes p or este sistem a hacen hablar a los dioses o sacan de
sus tum bas a los m uertos o incluso hacen hablar a las m ism as

2il,í Heinrich LA U SB ER G , Manual de Retórica Literaria, cit., § 826, pág, 241,


David Pujante / Manual de retórica

274

ciudades; p o r lo que ciertos rétores sólo llam an p rosop op eya a los


casos en los que se finge ser otra person a o decir sus palabras, y
tam bién cuando se trata de conversaciones im aginarías entre se­
res reales (δ ια λ ό γο υ ς en griego o sermocinatio en latín) ( I X .2.31).
Q uintiliano no tiene problem a en asum ir un m ism o nom bre para
la figura, tanto se haga hablar a personas com o a cosas; pues
podem os em plear el recurso de decir; S i mi patria hablara, me diría:
esto y esto otro ( I X .2.32). M uch as veces fingim os las figuras de las
cosas abstractas; Fam a, D eleite, V irtu d , V id a y M uerte hablando
(IX .2 .3 6 ).lSs

La expolitio (expoliciónm) (2.b.5) es la figura afectiva que consiste


en pulir un pensamiento ya expuesto, dándole algún nuevo matiz, crean­
do una variación sobre el mismo pensamiento (variación que nos permi­
te insistir en lo ya dicho) o simplemente repitiendo ia misma idea. Hay
dos clases de expolitio: la repetición del mismo pensamiento («No hay
peligro tan grande que el hombre sabio considere que debe evitar por la salvación
de la patria. Cuando está en juego la perpetua seguridad del estado,
quien esté dotado de buenos principios y será siempre de la opinión
de poner por su patria la vida en peligro por grande que éste sea.»), y también
su elaboración conceptual (Rhet. ad Herenn. IV 42). Esta última expoli­
ción conceptual consiste en la reconsideración y reelaboración de la
idea base. Podríamos así añadir al ejemplo anterior; es condenable el no
defender la patria. 287
La similitudo (z.b.ó) es uno de los medios de la probatoria, pues los
ejemplos se basan en su similitud con la causa a la que sirven, tal y como
vimos en el desarrollo de la argumentación discursiva. Pero también es
figura de ornato. Y a Quintiliano, entre las virtudes que contribuyen a
la exornación en general, considera los símiles como elementos de orna­
mentación que consiguen pasajes más claros (enárgeia), más evidentes (Inst.
Orat. V II I 3 72). Cuanto más distancia hay entre el objeto que se ilustra

íSí David P U JA N T E , El hijo de la persuasión. Quintiliano y el estatuto retórico, cit.,


págs. 224-225.
m Con este término castellano denomina esta figura J . G Ó M E Z H ER M O SI-
LLA en su Arte de hablar en prosa y verso, 2 vols., Madrid, Imprenta Real,
182tí, I 92.
iS" Cf. Lleinrieh L A U SB ER G , Manual de Retórica Literaria, cit., § 831-842, págs.
245-251.
III. E l corpus retórico

275

y la imagen comparativa, más eficacia expresiva; pero sin que sea con­
veniente llegar a una distancia tal que entonces se haga oscuro el símil.
Esta recomendación de Quintiliano se recoge en la tradición retórica,
como muestran las siguientes palabras de una retórica decimonónica, la
de Campillo:
Com paración [o sím il] es la sem ejanza expresada en tre dos térm i­
nos. É sto s no deben ser dem asiado parecidos, ni tan desconfor­
mes que nos cueste fatiga relacionarlos. Si se com paran entre sí
dos gotas de agua, dos hojas de un m ism o árbol, dos m onedas de
igual cuño, la sem ejanza es evidente y forzosa, llega casi a la iden­
tidad y denota poco ingenio en quien la expresa. P o r el contrario,
sí com o térm inos de un sím il pusiéram os una llave y un bosque,
fundados en que am bos tienen guardas, valiéndonos del equívoco
a que tal palabra se presta, propondríam os un verdadero enigm a,
propio sólo de aquellas obras ligeras donde se trata de osten tar la
sutileza del ingenio, pero defectuoso en todo escrito de alguna
im p o rtan cia.lSS

El símil puede anteceder a la cosa o seguirla. En ocasiones va el


símil solo. Cuando la comparación es válida en los dos sentidos, recibe
el nombre de antapodosis (Inst. orat. V III 3 77).2Sl)
Estamos ante una de las figuras más usadas, de gran contribución
a realzar o aclarar un pensamiento. Sí pasamos del uso netamente retó­
rico al ámbito de la literatura, tenemos que decir que es elemento cen­
tral en los textos tanto poéticos como de prosa. De manera muy des­
tacada conforman los símiles el entramado emotivo de las epopeyas
antiguas (Homero, Virgilio) y modernas, como en el caso de La divina
comedia de Dante. Por ejemplo, dicen los versos 22-24 del canto V II del
Infierno·.
C o m o las olas contra C aribd is,
Q ue se estrellan una sobre otra,
A sí aquí el rem olino de los condenados;

Narciso C A M PILLO Y C O R R E A , Retórica y Poética o Literatura Preceptiva,


cit., pág. 110.
Cf. David P U JA N T E , E l hijo de la persuasión, ^uintiliano-y el estatuto retórico,
cit., págs. 189-190.
David Pujante / Manual de retórica

276

o en el canto IX , también del Infierno, los versos 76-81:


C o m o las ranas, frente a su enem iga
L a culebra, por el agua huyen todas
H asta que se refugian en la tierra,
V i a m ás de mil almas condenadas
H uyendo así de uno que pasaba
A pie enjuto la laguna Estigia.

Otros muchos ejemplos nos ofrece la gran epopeya de Milton, E l


paraíso perdido, como éste del libro I, versos 300-303:
A llí hace alto y llam a a sus legiones,
A ngélicas form as que yacen am ortecidas,
T a n espesas com o las hojas de otoño
Q ue cubren los arroyos de V alleum brosa.

Un ejemplo español podemos tomar de la Araucana de Ercilla:


Según el mar las olas tiende y crece,
A sí crece la fiera gente armada;
T ie m b la entorno la tierra y se estrem ece
D e tantos pies batida, y golpeada:
Lleno el aire de estruendo se oscurece
C o n la gran polvareda levantada,
Q ue en ancho rem olino al cielo sube
Cual ciega niebla espesa o parda nube.

Finalmente en esta serie de las figuras afectivas sitúa Lausberg la


aventó o apartamiento (z.b.y). Consiste en un apartamiento bien del
público (concomitando entonces con el apostrofe) bien de la cosa tra­
tada. 290
Las figuras dialécticas""’1 (2.0) están, para el orador, al servicio de
la utilidad de la causa propia. Así, la conciliación (2.C.1) consiste en el
aprovechamiento de alguno de los argumentos del adversario para fa­
vorecer su propia causa. La praeparatio (2.C.2) es una especie de anti-

Cf. Heinrich LA U SB ER G , Manual de Retórica Literaria, cit., § 848, pág. 257.


11,1 Cf. ibidem, §§ 852-857, págs, 258-263.
III. El corpus retórico

cípación o prolepsis (hecha de manera velada o manifiesta) de parte de


los argumentos que luego se van a utilizar (bien por el contrario bien
por el orador que habla), con la intención de ir preparando el ánimo
del público. En literatura esta figura oratoria se suele llamar prolepsis
o anticipación, y se define como consistente en prevenir de antemano
las objeciones que se nos pudieran hacer, como en el siguiente ejem­
plo de Lope de Vega:
D irás que m uchas barcas,
C o n el favor en popa,
Saliendo desdichadas,
V o lviero n venturosas.
N o m ires los ejem plos
D e las que van y tornan;
Que a m uchas ha perdido
La dicha de las otras.

La concessio (2.C.3) o concesión es el reconocimiento de que algunos


argumentos del contrario son verdaderos. Pero como dice Capmany al
definir esta figura:
C o n ced em os aquellas conclusiones, reparos, o respuestas, que
nunca pueden destruir nuestra causa, sí solo contradecirla, para
que de este m odo salga siem pre triu n fa n te.’ 91

Al mismo autor debemos este ejemplo: E l oro, decís vosotros, excita


los talentos; lo concedo: ¿mas cuántos corazones corrompe antes?
Finalmente la permissio (2.C.4) o dejación (podríamos llamarla así,
por distinguirla con un término castellano distinto del empleado para la
figura anterior) consiste en dejar en manos del contrario la decisión
sobre algún punto. Quintiliano la sitúa entre las figuras que hacen la
prueba más enérgica, y dice que se da cuando dejamos a la considera­
ción de los jueces o a la de los contrarios algunas cosas (jnst. orat. IX 2
25). Mientras que en la concesión no dejamos de tener cogidos todos los
cabos, en este caso sí lo hacemos, en la certeza de que lo que dejamos
al albur no puede perjudicar nuestra causa.

7,1 Antonio de C A P M A N Y , Filosofía de la Elocuencia, cit., pág. 202.


David Pujante / Manual de retórica

2 /8

Por último veamos las principales figuras que se constituyen según las
cuatro categorías modificativas193 (z.Ó). Teniendo en cuenta la adición (z.d.i),
nos encontramos con la interpositio o paréntesis, también llamada inciso
(Inst. orat. IX 3 23). Consiste en intercalar un pensamiento extraño.
Igualmente entre estas figuras por adición nos podemos encontrar con
lo que llama Lausberg subnexio, que consiste, con palabras de Quintilia­
no, en añadir a una sola cosa un razonamiento múltiple (Inst. orat. IX 3 9ó),
como en el siguiente ejemplo de Virgilio (Geórgicas I 86-88):
Porque puede que así las tierras recojan fuerzas ocultas
Y jugos nutricios, o bien que a ellas por todo este fuego
Se les quem e lo m alo

La tercera de las figuras por adición que considera Lausberg es la


aetiologia, que define así Isidoro de Sevilla: Sí trata de una etiología cuando
proponemos algo, aduciendo su motivo y su explicación (Etym. II 21 39). Final­
mente, y con una especial representatividad, hemos de hablar de la
sententia. La sentencia se utiliza como prueba y también como ornato.
Nos corresponde aquí hablar de este último aspecto, al que le dedica
Quintiliano todo el capítulo 5 del libro V III de su tratado.
Llam aron los antiguos sententia al sentim iento del ánim o
com ienza p or d ecim os Q uintiliano {...}. Se refiere prim igeniam en­
te este vocablo a los sentim ientos más íntim os y profun dos de
cada persona. Q uintiliano anota otro sinónim o, sensa; de em pleo
raro, aunque clásico: C iceró n en De Oratore C o n el paso del
tiem po, la costum bre ha hecho que llam em os sensus a las con cep ­
ciones del alm a [...} y sententiae a los dichos brillantes, sobre todo
los reducidos a expresiones breves
Aunque en la ép oca de Q uintiliano el térm ino sententia tenga el
uso general que él indica, en su origen equivalía al griego γνδ>μαι
(V ÏILj.3). H abía sido definida la γνϊομοα p or Anaxim andro
T am b ién se encuentra en A ristóteles Q uintiliano tratará de
la sentencia com o figura en I X .3.98, com o ya lo había hecho el
autor de la Rhetorica ad Herennium. El nom bre griego ν el nom bre

Cf. Heinrich LA U SBERG , Manual de Retórica-Literaria, cit., §§ 858-910,


págs. 263-301.
III. El corpus retórico

latino derivan de su parecido con un consejo o una decisión (de­


creto) (V III.5.3).
Las m odalidades de sententia son según Q uintiliano: sentencias
sim ples y sostenidas p o r su prueba racional ( V I I I .5.4). Las hay
tam bién dobles ( V I I I .5,4). H a y autores que han llegado a distin­
guir hasta diez tipos (V III.5.5 ), de los que c ita los cin co siguientes
[...] (V III.5 .5 ): p o r interrogación, com paración, negación., sim ili­
tud, adm iración.
Equ ipara Q uintiliano entimema y sentmtia (V ÍII.5 .10 ). N o siem pre
se em plea para probar, sino a veces para el adorno. E sta reapari­
ción del entim em a (cf. V .14 ) lo transform a en m ecanism o de or­
nato. E s decir, que volvem os a encontrarnos con o tro proced i­
m iento constructivo del discurso cuya m ecánica com pleja actúa
tanto en ia inventio com o en la elocutio. A q u í se tom a el entim em a
com o uno más de los m odos de ornato p o r sentencia. C uando el
entim em a en su función ornam ental (no utilizado argum entativa­
m ente) se p on e al fin al de la n arración , se llam a epifonema
(VIII.5.11).
O tro m odo sentencia! es el noema. Se em plea para expresar lo que
no se dice de form a explícita, sino que se da a entender. E l decir
sin decir. N o se dice y se quiere que se entienda ( V I I I .5.12).
«M erecías ten er la mano entera» se dice a quien fue gladiador,
dando a entender que lo m erecía para poder luchar en la arena
nuevam ente.
H ay otro m odo de sentencia al que llam a Q uintiliano clausula (o
conclusión) (V T IL5.13), N o s dice al respecto que se ha exagerado
el em pleo de frases conclusivas en los discursos, que todos los
oradores de su tiem po quieren, acabar con. cláusulas las oraciones,
Q uintiliano es partidario de conclusiones sin exceso de sentencias
ni juegos de palabras.
A l term inar el capítulo, Q uintiliano vuelve a confirm arse en su
gusto por la moderación., por el punto m edio. N i se opone al uso
de sentencias, com o ciertos rétores, ni es p artidario del uso abu­
sivo, ya que los hay que sólo quieren utilizar frases que hieran los
oídos de los oyentes ( V I I I . 5.25).

m David P U JA N T E , E l hijo de la persuasión, Quintiliam y el estatuto retórico, cit.,


págs. 194-196.
David Pujante / Manual de retórica

280

Si tenemos en cuenta la detracción2^ (2.CL2), nos encontramos con


figuras de pensamiento o sentencia como la percusio. La define Lausberg
como la breve enumeración de objetos, cada uno de los cuales hubiera merecido
un tratamiento más extenso (alque se renuncia).íí)b Se distingue de la evidentia
en que ésta tiene por objeto la descripción minuciosa, enumerativa de
un cuadro estático. La enumeración de la percusio tiene carácter dinámico
(síntesis/detracción rápida del desarrollo de los hechos). Consideremos
el siguiente ejemplo cíe la Retórica a Herenio (Rbet. ad Hern. ÏV 54):
«Tomó Lemnos al pasar, dejó a continuación una guarnición en Tasos,
después destruyó la ciudad de Viminacio, seguidamente, rechazado hacia
el Helesponto, se apoderó al punto de Abidos». Sin duda esta breve
enumeración habría podido dar varias páginas de narración.
La praeteritio o preterición consiste en manifestar que vamos a
omitir ciertas cosas en el desarrollo del discurso (según este principio,
pertenece la figura a las de detracción claramente); pero en realidad lo
que se suele hacer es una detallada enumeración de lo que se dice vamos
a callar, con una sobredosis de atributos que convierte la primera inten­
ción en algo irónico. Así la define y ejemplifica Capmany:
E sta figura es un delicado artificio del orador, p or cuyo m edio
confesando que quiere callar lo que sabe, o que ignora o no quiere
d ecir todo io que pudiera, dice m ucho más de este m odo negati­
vo, que ocupa con m ayor sagacidad la aten ción de los oyentes.
V éase C iceró n con tra V erres, cuando dice: N ada diré de su lujuria,
nada de su insolencia, nada de sus maldades y torpezas; solo hablaré de sus
usuras y concusiones. 21>?

La reticentia o reticencia es la última de las figuras que considera


Lausberg entre las de detracción. Consiste en la omisión de un pensa­
miento, que se da a conocer porque se deja una frase a medias, cortada.
Es denominada por Quintiliano aposiopesis,
Llam ada por C iceró n reticentia (en D e oratore, I I I , 53: 205) y por
Celso obticentia (sólo tenem os la referen cia de Q uintiliano; M a r­

ii Cf. Heinrich LA U SBER G , Manual de Retórica Literaria, cit., §§ 880889,


págs. 274-281.
l¥' Ibidem, § 881, pág. 274.
11,7 Antonio de C A P M A N Y , Filosofía de la Elocuencia, cit., págs. 206-207.
III . El corpus retórico

281

tin, 19 74: 290), así com o algunos o tro s la llam an interruptio


( I X ,2.54). Se utiliza para indicar pasión o cólera: «Y o os juro...
pero O cualquier m anifestación directa apasionada p or par­
te del que hace el discurso: bien inquietud, bien ciertos escrúpu­
los ( I X .2.54). Se puede utilizar tam bién com o transición (IX.2.55),
E ste callarse dando a entender entra dentro de la retórica del
silencio (M ortara, 19 9 1: 291). Pero la aposiopesis no es sólo dar a
entender con el silencio, es propiam ente una interrupción del
discurso, dejando al público en suspenso. P o r esta razón la rela­
ciona Q uintiliano con la digressio*, en caso de considerar esta últi­
ma com o una figura y no com o una parte del discurso ( I X .2.55).2<;íi

La transmutación1ψ> (i.d.^), en las figuras de pensamiento, da sola ­


mente, según Lausberg, la hysterologia (histerología). Consiste en coor­
dinar dos contenidos de manera inversa al que es su discurrir natural,
dice Lausberg. Podemos también definirla como una inversión y tras­
trueque del orden lógico de las ideas. Una especie de hipérbaton semán­
tico. El ejemplo al que siempre se remiten todos los tratadistas es el
verso de Virgilio (Eneida II 353): «¡corramos a la muerte y arrojémonos
en mitad de las armas enemigas!». Como dice Mortara Garavelli:
Las técnicas periodísticas siguen la lógica del hysteron proteron al
redactar las noticias, al colocarlas en la página o al construir los
titulares, cuando lo último en el tiem po (la n oticia de últim a hora,
la evolución más recien te de un suceso, los resultados de con fron ­
taciones políticas y de com peticion es deportivas, etc.) es más
im portante que lo que lo ha determ inado o precedido. E l m ismo
esquem a de pensam iento se encuentra en los relatos que ‘em pie­
zan por el final’ del episodio, usando, com o en el cine, la técnica
del flash-back, ÍO°

-■Entre las figuras de sentencia por inmutación (o sustitución) (2.CÍ.4)


está, según Lausberg, en primer lugar la alegoría. La alegoría es una

** David P U JA N T E , E l hijo de la persuasión. Quintiliano y el estatuto retórico, cit.,


;■> pág.
... Heinrich LA U SB ER G , Manual de Retórica Literaria, cit., §§ 890-892, págs.
281-282.
U ,ao Bice M O R T A R A G A R A V E L L I, Manual de Retórica, cit., pág. 292.
David Pu'ar.re S íir.-L ¿t retórica
282

metáfora continuada, dice Quintiliano {Inst. orat. IX 2 46); por tal razón
aparece en su tratado entre los tropos (la inmutación está en relación
con el tropo), en concreto aparece allí entre los tropos para embellecer
el discurso. Igualmente sucede en otros tratadistas con el paso de los
siglos, para los que inmutación entraña tropo; como, por ejemplo, en
nuestro Capmany, que considera la alegoría como el primero de los
tropos de pensamiento. Atiende él a dos tipos de alegorías, división presen­
te ya en Quintiliano (Inst. orat. V II I ó 47-48): las alegorías puras o
perfectas y las alegorías mixtas. Capmany ofrece una explicación muy
didáctica sobre esta distinción:
La metáfora junta la palabra figurada con el térm ino proprio; así
decim os: elfuego de tus ojos; aquí la voz ojos se roma en su sentido
proprio; a diferencia de la alegoría, donde todas las palabras desde
la p rim era tienen un sentido figurado, o p o r m ejor decir, todos los
térm inos de un discurso alegórico form an desde el p rin cip io un
sentido literal, m as no el que se quiere, ni se debe entender. Pues
éste solam ente se descubre al fin, cuando las ideas accesorias,
descifrando el sentido literal rigoroso, lo aplican oportunam ente
por sem ejanza. Las de esta especie se llam an alegorías puras; para
cuyo ejem plo léase ésta: Veamos esta tierna yedra cuán estrechamente
se abraza con la majestuosa encina; de ella saca su sustancia, y su vida
depende de la de este robusto bienhechor: ¡Grandes de la tierra! vosotros
sois el apoyo de lospobres que os buscan. L a sem ejanza de los G randes
descubre y caracteriza aquí la alegoría.
H ay otra especie de alegoría, llam ada mixta p or estar en tretejida
de voces, unas propias, y otras transferidas, que viene a ser un
com puesto de m etáforas análogas al objeto principal. U n historia­
dor, pintando el estado de la A lem an ia después del atentado de
C rom w ell en Inglaterra, dice: Im Alemania, mezclando el estaño de los
publicistas con el azogue de los herejes, presentaba a la espada de las dis­
cordias civiles un espejo, que detenía el brazo levantado del odio y la
ambición.501

La alegoría debe conservar en su continuación discursiva la ima­


gen de donde saca las primeras expresiones; este consejo nos viene de

w' Amonio de C A P M A N Y , Filosofía de la Elocuencia, cit., 143*145.


Ill, El corpus retórico

Quintiliano, que ya advertía en su tratado del buen cuidado que hemos


de tener en concluir con el mismo tipo de traslado que se inició, pues
los hay que comienzan con una tempestad y terminan, inconsecuente­
mente, con un incendio (Inst. orat. V III 6 50). Para nuestro rétor de
Calahorra no hay mayor belleza en el decir que cuando se encuentra un
estilo en el que se aúnan el símil, la alegoría y la metáfora (Inst. orat.
V II I 6 49).
La alegoría tiene una gran importancia en nuestra cultura. He aquí
unas iluminadoras palabras de Curtius al respecto:
Los griegos no quisieron renunciar ni a Homero ni a la ciencia;
buscaron, por lo tanto un equilibrio, y lo hallaron en la interpre­
tación alegórica de Homero, [.,.] En la tardía Antigüedad, la ale­
goría vuelve a imponerse en los espíritus; el judío helenizante
Filón la aplica por primera vez al Antiguo Testamento, y esta
alegoría judaica de la Biblia dará después lugar a la. alegoría cris­
tiana de los Padres de la Iglesia. El paganismo decadente aplicó
la interpretación alegórica también a Virgilio, como vemos sobre
todo en Macrobio. En la Edad Media la alegoría bíblica vendrá a
confluir con la virgiliana. La alegoría se convierte así en funda­
mento de toda interpretación textual, y esto produce una serie de
fenómenos, que podemos reunir bajo la rúbrica de alegorismo me­
dieval. 501

Vemos que la alegoría está en estrecha relación con la hermenéu­


tica de textos, y muy especialmente con la del texto sagrado. Con el
advenimiento del cristianismo se reavivan los problemas hermenéuticos
en relación con el Antiguo Testamento, que a partir de Cristo se inter­
preta alegóricamente, como justificación de Cristo, como lugar en el
que se encuentran las profecías de su venida y redención. Después se
extenderá el método alegórico al propio Nuevo Testamento. Pero este
principio de la alegoresis no fue compartido por todo el mundo cristia­
no, Las escuelas de Alejandría (con Orígenes a la cabeza) y Pérgano se
alinean, a favor de la alegoresis y los representantes del método históri-
co-gramatical en tomo a la escuela de Antioquía (con Diodoro de Tar-

30! £ rnst C U R TIU S, Literatura europea y Edad Me'dia latina, cit., pág,
292.
David Pujante / Manual de retórica

284

so), con una explicación exclusivamente historicista de la Biblia. 503 En


realidad la alegoría, como expresión metafórica continuada, se manifies­
ta en labase de un modo de explicar el mundo que se enfrenta a la
expresión conceptual. Pero de este problema ya hemos hablado amplia­
mente en otros lugares de este libro.
Al hilo de lo dicho es conveniente atender a las palabras de Laus­
berg cuando diferencia entre alegorías que nacen de la voluntad de los
autores y alegorías que nacen de un entendimiento especial de los tex­
tos. Ciertamente en el caso de la Biblia, Homero o Virgilio, hay alego­
rías creadas conscientemente por los autores, pero también hoy acepta­
mos en esos textos alegorías que son producto de la interpretación que
se ha llevado a cabo sobre ellos. La voluntad interpretativa ha llegado a
establecer en la Biblia sentidos múltiples, como vemos en el caso del
nombre de ciudad Jerusalem:
1) Historia = sentido literal
2) Allegoria = sentido alegórico principal (en la cristología)
3) Tropologia - sentido individual y ascético
4) Anagoge = sentido escatológico304

Junto al significado histórico de Jerusalem como ciudad histórica,


capital del reino de Israel, está el valor de Jerusalem como la iglesia de
Cristo, también la Jerusalem personal de cada cristiano, y finalmente la
Jerusalem celestial, apocalíptica.
Muchos ejemplos de alegoría se pueden sacar de la literatura es­
pañola, pero creo que éste de Luis de León donde se alegoriza la morada
celestial es uno de los más bellos:
Alma región luciente,
prado de bienandanza, que ni al hielo
ni con el rayo ardiente
fallece: fértil suelo,
producidor eterno de consuelo:
De púrpura y de nieve
florida, la cabeza coronado,

,35 Cf. Maurizio F E R R A R IS, Historia de la hermenéutica, cit., págs. 15-23.


301 Cf. Heinrich LA U SB ER G , Manual de Retórica Literaria, cit., § 900, pág. 287-
288.
III. E l corpus retórico

28$

a dukes pastos mueve


sin honda ni cayado,
el Buen Pastor en ti su hato amado.
Él va, y en pos dichosas
le siguen sus ovejas, do las pace
con inmortales rosas,
con flor que siempre nace,
y cuanto más se goza más renace.
Ya dentro a la montaña
del alto bien las guía; ya en la vena
del gozo fiel las baña,
y les da mesa llena,
pastor y pasto él solo y suerte buena.
[...]

La parábola del buen pastor está en la base de este poema y nos


facilita el entendimiento, pues, como dice Gil de Zárate en el siglo xix,
toda alegoría resulta
una especie de enigma, pero enigma agradable cuando la oscuri­
dad no se aumenta de intento, y se ve el objeto al que se alude
como al través de un velo que a lo transparente reúne brillantes
adornos de oro y sedas matizadas.305

Cuando la oscuridad se aumenta de intento (por utilizar la expre­


sión de nuestro retórico decimonónico), efectivamente a la alegoría se
le suele llamar enigma. Quizás uno de los enigmas más famosos de la
Antigüedad sea el que le propuso la esfinge (llamada la cantora por sus
enigmas en verso) a Edipo:
Existe sobre la tierra un ser bípedo y cuadrúpedo, que tiene sólo
una voz y es también trípode. Es el único que cambia su aspecto
de cuantos seres se mueven por tierra, por el aire o en el mar.
Pero, cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad en
sus miembros es mucho más débil.

s°' Antonio G IL D E Z Á R A T E , Manual de Literatura. Principios generales de Poé­


tica y Retórica, Madrid, Ignacio Boix, 1844, pág. 54.
David Pujante / Manual de retórica

286

La solución es el hombre, que anda a gatas siendo bebé, luego es


bípedo a lo largo de su vida y a la vejez se apoya en un bastón.
Relaciona Capmany (uno de sus rasgos prerrománticos) el hablar
por enigmas con la tiranía, pues los tiempos de democracia y libertad
son los tiempos del hablar claro. También une oscuridad a orientalismo,
lo que es un elemento bien conocido desde la tratadística clásica:
P ero com o la elocuencia y los oradores ya han desaparecido de un
país, cuando la verdad n ecesita de salir envuelta en figuras; p or
eso el enigm a siem pre ha reinado entre los orientales, cuyo estilo
alegórico es la prueba más constante de la influencia que el des­
potism o tiene en la expresión de los esclavos. D ícese que un gym -
n osifista indio inventó el juego del ajedrez para advertir a su na­
bab las obligaciones y peligros de su p u e s to ,,o6

La alegoría no admite la multiplicidad de interpretaciones que


suscita el símbolo. La alegoría, por una parte, pone de manifiesto de
inmediato que en su conjunto no puede ser tomada al pie de la letra;
pero por otra, su texto, en cada una de sus palabras consideradas en
detalle, no dice más que lo que afirma.307
La segunda de las figuras por inmutación es la ironía. Y a hemos
tratado de la ironía como tropo. La ironía atenta contra la verdad.
Dos modos hay de acometer el vicio contra la veracidad discursiva,
por exceso (propio de los fanfarrones) y por defecto, haciéndose el
ignorante. Esta tendencia irónica, propia del hombre precavido, tal y
como dice Lausberg fue modelada por Sócrates. Es, pues, un arma de
la dialéctica, y se presenta en dos formas: la dissimulatio (ocultar lo que
se es o se piensa) y la simulatio (fingir lo que no se es o que se piensa
lo que no se piensa). La ironía retórica gravita sobre la simulatio . y:,z
Como figura de sentencia es otro tipo de alegoría, que consiste en
entender lo contrario de lo que dicen las palabras empleadas (Inst. orat.
V III ó 54). Si en la alegoría entendemos comparativamente otra cosa
de lo que se dice, pero en serio; en la ironía nos encontramos con la

300 Antonio de CAPM A N Y , Filosofía de la Elocuencia, cit., pág. 149.


-,07 Cf. Joëlle G A R D E S-T A M IN E , La rhétorique, cit., pág. 138.
■,"íl Heinrich LAUS BER Ci, Manual de Retórica literaria, cit., §§ 902-903, págs.
¡i· 290-293.
Ill, El corpus retórico

iSj

broma de que hemos de entender exactamente lo contrario de Jo que


se nos dice.

: A \ \
\ L \ \
\ ¡ · Objeto de referencia )
\ O \ \

jo! ^ I
i r¡ !
¡ ¡O bjeto co m p arativo <
i i ! i

' r ! Objeto de referencia


: o ;
j N j ^
: ^ ; Lo contrarío
i A ;

El énfasis es la tercera de este grupo de figuras. Dice Lausberg,


comparando tropo y figura:
El énfasis como tropo de palabra expresa mediante un contenido
significativo inexacto un contenido designativo más exacto. El
énfasis de pensamiento es la expresión indirecta de un contenido
conceptual más exacto mediante la comunicación de un pensa­
miento inexacto y, aparentemente, innocuo.109

Si al referirnos a la obra de un historiador decimos Es un hijo que


pinta a su madre, por medio de esta expresión indirecta, incluso aparen­
temente inapropiada (por alejada del lenguaje que es habitual a la hora
de opiniones críticas sobre este tipo de escritos), estamos, sin embargo,
diciendo miícho: que es apasionado en su obra, que no es objetivo, que
lo traiciona su querencia y muchas otras cosas que requerirían líneas y
líneas para expresar lo que, con una frase aparentemente inocua, queda
enfáticamente expresado.

309 Ibídejta, § 905, págs, 295-29(3.


David Pujante / Manual de retórica

288

Todo lo que queda implícito en. la frase anterior, de haberlo dicho


de una manera directa, habría, resultado incluso ofensivo. Al utilizar el
énfasis se evita. Por tanto esta figura se emplea cuando se desea expre­
sar algo, pero no se puede o no se quiere, limitándose el orador a la
alusión, en la que los auditores deberán buscar todo lo demás que hay
oculto, sugerido.
La sinécdoque como figura de pensamiento reproduce -—dice Laus­
berg— un pensamiento por medio del rei signum. [ es decir, por medio de
una señal perceptible por los sentidos que normalmente acompaña a un hecho. 311
Podemos referirnos a la noche con alguno de sus rasgos, como las som­
bras.
Y finalmente cabe hablar también de la hipérbole como figura (tro
po) de pensamiento. Como figura de pensamiento es una intensifica­
ción de la ev id en tia l

i.,a coinoosic
La composición es la parte de la elocución que se ocupa de la
ordenación de los elementos elocutivos, de agruparlos armoniosamente
y de producir una armonía general en los períodos. m Podemos conside­
rar en la composición dos importantes apartados, siguiendo el esplén­
dido resumen de Martin: 1) el aprendizaje de la construcción de las
frases y 2) el aprendizaje del orden de las palabras.314
Cicerón dedicó un especial cuidado a la composición, tanto en la
teoría como en la práctica. En la práctica lo evidencian sus propias
obras, que han pasado a la historia como modelo de estructura (tanto
es así que muchos estudiantes de latín han entendido las posibilidades
estructurales de esta lengua clásica leyendo y traduciendo a Cicerón);

>¡~ Ibidem, § 909, pág. 300.


M Cf. R. U LM A N N , La technique des discours dans Saluste, Tite Live et Tacite: La
matière et la composition, Oslo, Dybwad, 1927; A. SC A G L IO N E , The Clas­
sical Theory ofr Composition, Chapel Hill, University of Cafifornia Press,
1972.
JI4 Cf. jo s e f M A R T IN , Antike Rhetorik, cit., págs. 315-328.
III . El corpus retórico

289

pero también en la teoría destacó, y Quintiliano, reconociéndolo, dice


ser un estricto seguidor de la teoría ciceroniana en cuanto a la compo­
sición, disculpándose incluso por atreverse a tratar después de él esta
parte de la elocución (Inst. Orat. IX 4 1-2).
La composición para Quintiliano es como una serie de correajes
o nervaduras que tensan los pensamientos y los lanzan. La buena com­
posición, por tanto, no sólo sirve para deleitar, sino también para mover
los ánimos (Inst orat. IX 4 9). Dos son las razones que da Quintiliano
para comprender que produzca la composición este efecto: 1) lo que es
disonante los oídos lo rechazan y no lo dejan penetrar al espacio de los
afectos. Se le cierran las puertas. Y 2) además es importante la buena
composición por esa natural atracción que tenemos los humanos hacia
lo musical, hacia los ritmos (Imt. orat. IX 4 10). Así pues, se deduce de
lo dicho, que para Quintiliano las de la composición son estructuras del
movere.

La construcción o racional Oniciori libre,


oración correlativa y período

En el nivel sintáctico de la composición existen tres posibilidades,


según distingue Martin: 1) la composición en la que hay ausencia de
arte, 2) la forma lineal y 3) el período. Se pueden reasumir en dos:

C a re n te d e arte Oratio soluta (oración líbre)


R e g lad a por ei arte Orafio p e rp e tu a (sucesión lineal: conjunto abierto)
Período (ciclo , conjunto cerrado )

La forma libre (oratio soluta), es la propia de la conversación y de


las epístolas (Inst. orat. IX 4 19); es una prosa libre. Hablamos o escri­
bimos con total libertad, con el descuido que es propio de estas mani­
festaciones. A veces ese descuido se convierte en un estilo, incluso un
estilo complejo que se relaciona con aspectos del pensamiento o de la
religiosidad de las personas, como es el caso de la escritura de Teresa
de Jesús.
Las formas regladas por el arte de la composición ofrecen dos
tipos distintos, por una parte la oratio perpetua, la forma correlativa (Rhet.
David Pujante / Manual de retórica

II I 9; 1409a 24), en la que el pensamiento se expresa de manera lineal;


por otra, el periodo, que es definido por Demetrio, recordando a Aris­
tóteles, en estos términos:
Aristóteles define el período del modo siguiente: Período es una
expresión que tiene principio y fin {Rhet. III 9 1409a 35}, realizando
una definición muy bella y apropiada: pues, al usar la palabra pe­
ríodo, indica en seguida que allí ha habido un principio en un
punto y que habrá un final en otro y que uno se apresura hacia un
fin, como los corredores al partir. Pues con la salida de éstos se
muestra al mismo tiempo la meta de la carrera; de ahí que el
nombre de período sea comparado a caminos que son en círculo y
serpentean (Demetr. ir).

Podríamos, por tanto, entender la expresión correlativa (la llama­


da oratio perpetua) como un conjunto de oraciones sucesivas, interco-
nectadas (ligadas por conjunciones), que desarrollan linealmente un
asunto, y que se acaba cuando concluye el asunto del que se habla;
pero no tiene una forma propia, cerrada, bien definida. El período, en
cambio, lo podemos considerar como un grupo bien trabado de ora­
ciones, un conjunto cerrado, con una forma compositiva manifiesta,
singular, destacada.
Según Quintiliano, en la oratio soluta, es decir la composición
libre, al igual que en las composiciones regidas por la técnica, también
se sigue un orden; aunque es un orden menos evidente, pues no hay
hiatos continuos y regulares o tiempos equivalentes en los miembros
de las frases. Pero siempre tiene la composición libre un ritmo propio,
ya que ni conversación ni carta alguna gustan de hiatos causados por
el mal encuentro entre vocales ni de rupturas rítmicas que las hagan
disonantes. En suma, cabe decir de la composición libre que los vín­
culos entre los elementos son más bien flojos pero no inexistentes (Inst.
orat. IX 4 20).
El período se compone, según la tradición retórica, de partes lar­
gas {kóla: miembros o cólones) y cortas Çkómmata: frases).315 Dice Deme­
trio en Sobre el estilo:316

Jj’ Tbídem, pág. 317.


51ΐ D E M ET R IO , Sobre el estilo, Madrid, Gredos, 1979.
III. El corpus retórico

Así como la poesía está dividida en versos, como, por ejemplo,


los versos cortos, los hexámetros y los otros, así también la prosa
está dividida y diferenciada en los llamados miembros (kóla), que,
por así decirlo, conceden reposo al que habla y al tema mismo
(.Demetr. i).

Más adelante denominará /o que es menor que un miembro con el


término frase (kómmd) (Demetr. 9). Y acabará diciendo:
De la unión de tales miembros y frases unos con otros se forman
los períodos (períodoi). Pues el período es la unión de miembros o
frases diestramente puestos en relación con el pensamiento que
ha de ser expresado {Demetr. 10).

Sin embargo, para Aristóteles sólo hay kóla (miembros), pues habla
de: 1) períodos compuestos de varios miembros o 2) períodos simples, de
un solo miembro (.Rhet, I I I 9; 1409b 13). No ha dejado de haber proble­
mas respecto a lo que Aristóteles entiende por período, pues, según
Kennedy, el período en Aristóteles es un conjunto de dos kola. Primmer
ha querido incluso corregir el texto aristotélico y sustituir período por
lexis.317 Tengan o no razón estos estudiosos, en cualquier caso no pode­
mos confundir el período simple con la frase. Un período es una com­
posición, que por simple que sea tiene una serie de cualidades como la
longitud y su redondeamiento final (Demetr, 17). Quizás más fácil de
comprender resulte relacionar los períodos simples y compuestos, como
hace Quintiliano, con la manifestación de un solo pensamiento o varios.
Quintiliano, ya en Roma, considera dos tipos de períodos, uno
con miembros e incisos (contiene varios pensamientos), y otro simple (un
solo pensamiento) (Inst. orat. IX 4 124); por tanto, la misma distinción
de Aristóteles, sólo que en el caso del período compuesto habla Quin­
tiliano de partes largas y cortas entre sus componentes. Según el núme­
ro de miembros, el período puede ser bimembre, trimembre, tetramem-
bre o plurimembre.318

,î? Cf. Quintín R A C IO N E R O en: A R IST Ó T E L E S, Retórica, cit., pág. 525, nota
146.
Cf. Heinrich L A U SB ER G , Manual de Retórica literaria, cit., § 933, págs. 313-
31Í-
David Pujante / Manual de retórica

292

La primera parte del período recibe en la tradición retórica la


denominación de prótasis, es la parte creadora de tensión; la segunda
parte, que se encarga de aflojar dicha tensión, recibe el nombre de
apódosis.

E í orden, la 11111011 v la armonía de las palabras

Junto al conocimiento requerido para la contracción oracional, en


lo que se refiere a la composición también se necesita otro tipo de
saber, éste en relación con el ordenamiento de las palabras. Hay que
tener para ello tres cosas en cuenta: ordo (orden), iunctura (agolpamiento
o unión) y numerus (ritmo o armonía) (Inst. orat. IX 4 22 ss,).
Respecto al orden de las palabras, como dice Martin:
El orden de las palabras tiene tanta importancia, que sin su con­
sideración —a pesar del la correcta construcción del período y del
ritmo— la expresión discursiva no consigue su buena ordenación
y su consumación técnica,,!1)

El orden en las palabras, pues, afecta por igual a todas las oracio­
nes regladas por el arte: tanto a las construcciones en sucesión lineal,
coordinativas, como a las construcciones cerradas, periódicas. Y Quin­
tiliano da una detallada cantidad de consejos respecto a las cualidades
del orden (Inst, orat, IX! 4 23 ss.). Habla del orden en las enumeraciones
y del orden en la construcción oracional (orden gramatical, orden cro­
nológico y la importancia del verbo al final).
Empieza por decir que, a la hora de enumerar, debe tenerse en
cuenta la compensación equilibrada (el ir de más a menos en la energía
de los términos) así como se debe cuidar que en el discurso no se pierda
vigor creciente. Pero también, añade, se puede emplear el orden natu­
ral, que entraña decir primero hombre y después mujer (así en su época,
e incluso todavía), día y noche o bien orto y ocaso. Aunque se puede jugar
con el supuesto orden natural y subvertirlo intencionadamente. En lo
que respecta a la construcción oracional, dice que no siempre conviene

J,e Jo se f M A R T IN , Antike Rhetorik, cit., pág. 320.


I II . E l coipus retórico

seguir el orden gramatical (pues los cambios en dicho orden producen


a veces efectos hermosos), que no es necesario que sigamos el orden
cronológico de los acontecimientos, y que terminar la frase con un
verbo (no olvidemos que estamos en ámbito latino) es lo más conve­
niente si la composición nos lo permite. Así ordena Lausberg el texto
de Quintiliano:

E n u m e ra c ió n L e y d e los m ie m b ro s c r e c ie n t e s
c o o r d in a d a O rd e n n a tu ra !

C o n t r u c c íó n O rd e n g r a m a t ic a l
o r a c io n a l O rd e n c r o n o ló g ic o
V e rb o a l fin al

Al tratar el orden de las palabras resulta necesario considerar la


anfibología, que es una disposición defectuosa de las palabras en la ora­
ción (Inst. oral. IX 4 32). Muchas veces lleva a interpretaciones ambiguas
una mala construcción sintáctica (el odio de los enemigos, he visto comer un
pollo). Dice el diccionario de Marchese-Forradellas:
En el área de la literatura, la anfibología puede depender de las
complejas isotopías que atraviesan el texto poético, de la hiper-
connotación de los signos, de la deseada ambigüedad del sentido,
que quizá puede surgir desde el inconsciente por medio de la
transposición simbólica del lenguaje.3’0

La unión (iunctura), es decir, el asunto de la proximidad inmediata


de las palabras, es el segundo de los elementos a tener en cuenta. Atañe
a cada una de las palabras entre sí y también a los incisos, a los miem­
bros y a los períodos. Al buen orden le sirve de complemento el que
tengamos en cuenta que poner juntas palabras que termina una y co­
mienza la otra con la misma sílaba afea la expresión, que a veces juntar
ciertas letras nos dificulta dicha expresión, que apiñar monosílabos hace
mal efecto (Inst. orat. IX 4 32), En el latín, con la existencia de sílabas
breves y largas, todo este problema de la unión se complicaba aún más,
de lo que los tratados clásicos dejan constancia.

-,2° Angelo M A R C H ESE y Joaquín FO R R A D ELLA S, Diccionario de retórica,


4 crítica y terminología literaria, cit., pág. 27.
David Pujante / Manual de retórica

¿94

Lausberg3“ sistematiza todos los problemas que ofrece una mala


unión en palabras enteras y en partes ele palabras. En palabras enteras
tiene en cuenta el volumen de las palabras y la clase; en partes de
palabras (sílabas y sonidos), los problemas de la sucesión y de la cerca­
nía. Los ofrezco esquematizados:

; EN : VO ; Sucesión d e m onosílabos ■
S I LU i Sucesión d e p a la b ra s d e igual vo lu m en {p e q u e ñ o o g ra n d e) j
; PA '■MEN ; ;

j BRAS I I Sucesión d e p a la b ra s d e la m ism a c ía s e m o rfo ló g ica j


] ¡ C LA !
! EN ¡ SE
¡ TE í i i
i Ra s ! j !

¡E N íSI jCANTIDAD Sucesión d e la m ism a c a n tid a d (breves o largas) j


: i LA ! C O N TA CTO Sucesió n d e sílabas iguales o sem e jan te s
i PAR i B/ C A N ÍA S im iíica d e n c ia ¡silabas ig uales en p a la b ra s próxim as)

! i : í a j NTACTO Estructura á sp e ra (co nso n an tes] i


: DE i SO i Estructura h iu lc a (v o ca le s)
l í Nl í
ï PA ! DOS iC ER C A N ÍA R ep e tición d e la m ism a co n so n a n te
; LA i * En cuentro d e sonidos diíícil d e pronunciar
¡ BRAS j j í

Es necesario apostillar que estas faltas aquí señaladas pueden con­


vertirse en elementos estilísticos con un uso inteligente y apropiado.
Por ejemplo, es habitual la similicadencia en la tradición poética. R e­
cordemos, entre tantos posibles (en su momento recurrimos a Gil V i­
cente), un ejemplo de nuestro poeta dieciochesco Diego Tadeo Gon­
zález:
Te puncen y te sajen,
Te tundan, te golpeen, te martillen,

,2‘ Cf, Heinrich LA U SB ER G , Manual de Retórica literaria, cit., §§ 956-976, págs.


32^6-335,
III. El corpus retórico

2CJ5

Te piquen, te acribillen,
Te dividan, te corten y te rajen
[-.}

Como comenta Mortara Garavelli, las repeticiones de la misma


consonante o de la misma sílaba en el comienzo de palabras contiguas
fueron censuradas como cacofonías por los rétores antiguos. Lo vemos
en Quintiliano y en Marciano Capella. En poesía, sin embargo — sigue
diciendo Mortara—, la repetición de sonidos,justificada por una prudente (por
moderada) búsqueda de efectos musicales, imitativos, etc., se admitía como licen­
cia.321 Estas palabras de Mortara Garavelli nos abren camino hacia los
aspectos de armonía compositiva.
En tercer lugar, tras el orden y la unión, hemos de tener en cuenta
la armonía de las palabras (numerus). Dice Quintiliano:
Toda estructura y toda medida y unión de voces consta de núme­
ros (por números quiero que se entiendan los ritmos), o de metros,
es decir de cierta medida (Inst. orat. IX 4 45).

En los tratados clásicos, por el carácter de las lenguas en las que


se desarrolla la teoría retórica, tiene gran importancia la atención a la
sucesión de sílabas largas y breves. Sea a través de cantidades silábicas
o no, la armonía, el ritmo tiene que ocupar un lugar importante en la
composición oratoria siempre. Es la manifestación retórica de algo
natural, de algo connatural a cualquier manifestación humana oral o
gestuaí. Todo está ritmado en nuestras vidas: los latidos de nuestro
corazón ritman nuestro cuerpo, los ciclos estacionales y astrales marcan
eí ritmo de nuestra vida. Cuando andamos, nuestros pies y nuestros
brazos se mueven rítmicamente. Cuando viajamos, los ruidos del tren
nos sirven para recordar los distintos tipos de pies métricos básicos,
como decía Amado Alonso. Cuando nos paseamos en barco por un lago,
los remos los movemos necesariamente también rítmicamente si quere­
mos avanzar. Incluso hay quien considera que no podemos prescindir
de los ritos porque la recurrencia es la base de nuestra vida. Somo seres
rituales puesto que sin el ritmo estamos perdidos. ¿Y qué decir de la

322 Bice M O R T A R A G A R A V E L L I, Manual de retórica, cit., pág. 315.


David Pujante / Manual de retórica

2Ç)6

música? En cuanto a la poesía, Schiller confesaba que cuando había de


escribir un poema, lo que primero le venía a la mente era un ritmo,
después llegaban las palabras para esa estructura.
FJ numerus es un fenómeno natural e ineludible en cualquier ma­
nifestación elocutiva, como acabamos de decir, pero c.1 ars puede per­
feccionar lo que la naturaleza de por sí ofrece, Y así tenemos un numerus
arbitrario, salvaje, natural (con todo el encanto que esto puede conlle­
var), pero también un numerus sometido a arte. Sometido ¿a qué arte?
Dice Lausberg:
Hay dos artes que se proponen como fin someter a freno y medida
ei discurrir natural y desenfrenado de las sílabas largas y breves: la
ars poética y la ars rhetorica. r~}

En ambas la unidad básica es el llamado pie, conjuntos rítmicos de


sílabas que se combinan según sus distintas variedades; pero los usos de
los pies son muy distintos en estas dos artes y no deben confundirse.
Aunque una vez más tengamos que decir que, también en este punto,
la poética se ha alimentado de la retórica, las formas de la poesía entra­
ñan un desarrollo en Occidente a partir del Renacimiento que se aleja
por completo de los intereses retóricos. Lo que no impide que, junto a
los tratados de retórica, aparezcan habitualmente tratados de versifica­
ción, como complemento o apéndice. Por ejemplo, los estudiantes
españoles de la Universidad de Madrid, durante la primera mitad del
siglo XIX, estudiaban un Curso elemental de Retórica y Poética en un
manual que contenía la Retórica de Blaire, la Poética de Sánchez y como
adición final un tratado de versificación castellana y latina de Alfredo
Adolfo Camus.324
De alguna manera con la aparición del verso libre y de la prosa
poética a finales del siglo x ix y a lo largo de todo el xx (Los Pequeños
poemas en prosa de Baudelaire, Una temporada en el infierno de Rimbaud,

}"· Heinrich LA U SB ER G , Manual de Retórica literaria, cit., § 978, pág. 336.


Cf. Cuno elemental de Retórica y Poética. Retórica de Hugo Blaire. Poética de
Sánchez. Testos aprobados por el Consejo de Instrucción Pública, ordenados, co ­
rregidos y adicionados con un tratado de versificación castellana y latina por D,
Alfredo Adolfo Camus, Madrid, Imprenta de La Publicidad (Rivadeneira),
1847.
III. El corpus retórico

297

Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, Las cosas de! campo de Muñoz Rojas)
vuelve a desdibujarse la neta diferencia entre la distribución estricta,
regular de los pies —propio de la poesía, del ars poetica (el metro y la
estrofa poéticos)— y esa mayor libertad que caracteriza al ars rhetorica,
el. llamado oratorius numerus. Con todo, y como recuerda Lausberg, el
numerus retórico está regido por dos principios: el de la variación y el de
la evitación de la poesía.315 Las repeticiones es tritas de la poesía suelen
producir en la prosa oratoria cacofonías, monotonía y otras muchas
inadecuaciones de composición.
A la diferencia entre la armonía en la oratoria y en la poesía ayuda
la distinción que hace Quintiliano entre ritmos 0numerus) y metros.
Ambos se componen de pies, pero la diferencia radica en que los ritmos
constan de espacios de tiempo y los metros también de orden (Jnst. orat,
IX 4 46). Los ritmos abarcan a los metros y los metros son lo más
rígido. De tal manera que si atendemos al ritmo (tiempo) da igual el
orden en estos pies métricos: u/— o —/u .
También reflexiona Quintiliano sobre la diferencia entre armonía
oratoria y poética refiriéndose a la ubicación. Para él es fundamental
saber cuál es la palabra que cuadra bien en cada lugar. En la oratoria se
complica más que en el verso, porque los períodos son más largos (el
verso se limita a pocas palabras) y porque la unión de palabras en un
discurso tiene que responder a la variedad, para evitar la monotonía y
el desagrado (el verso se mantiene siempre igual a sí mismo) (Inst, orat.
I X 4 60). Así pues, el ritmo oratorio está en toda la oración, es algo que
envuelve a toda la estructura, algo general que va más allá de ritmos y
metros concretos.
Esa globalídad armónica está en relación con el poder mágico de
la palabra, que ya aparece en Gorgias de Leontini. Gorgias aportó a la
tradición ateniense de la oratoria política una nueva técnica que explo­
taba el ritmo griego. Su creencia básica consiste en el encanto de la
palabra. Por medio de ella se calman los miedos, se quitan las penas, se
acrecienta el gozo y se consigue la misericordia. Gorgias es, pues, quien
acerca el. discurso a la poesía, a la poesía en su sentido más primitivo,
el de la expresión oracular; luego, para evitar confusiones, con el paso

■iif Cf. Heinrich LA U SB ER G , Manual de Retórica literaria, cit., § 981, pág. 337.
David Pujante / Manual de retórica

298

del tiempo, será necesario crear las distancias entre retórica y poética
que muestra Quintiliano y a las que ya hemos atendido.
La neta distinción entre manifestación poética y retórica que
vemos en Quintiliano nos es fácil asumirla (a pesar del referido fenóme­
no de la moderna prosa poética), pues para nosotros es culturalmente
obvia la distinción entre prosa y verso. No siempre ha sido así. El ars
dictaminis medieval consideraba la prosa y la poesía como dos formas del
discurso. Esto dio origen a los cuatro tipos de dictamina·, los métricos,
los rítmicos, los prosísticos y los mixtos (prosa rimada). Así pues, podía­
mos encontrarnos textos sometidos a metro, textos sometidos a ritmo
(menos estrictos), textos en prosa sencilla, sin artificios, y finalmente
una especie de prosa común cuyos miembros rimaban al final de cada
uno de ellos.Jí&
Frente a la para nosotros evidente distinción prosa/poesía, el ars
dictaminis medieval, con sus cuatro tipos de estilo, borró los límites
entre poesía y prosa. Es un vaivén propio de la historia de los estilos
literarios. Si Gorgias acerca la prosa del discurso oratorio a la poesía,
diciendo que considera ia poesía como discurso con medida (Encomio de
Helena 8), y por el contrario Quintiliano se empeña en separar oratoria
de poesía, luego, en la Edad Media, vuelven a borrarse las distancias,
para que el Renacimiento establezca, de cara a la modernidad, el género
lírico, propiciando una nueva separación entre prosa y poesía.
Al tratar de la complejidad del discurso medieval, no podemos
dejar de mencionar un fenómeno que planea por encima de todas sus
manifestaciones, es la aliteración como fenómeno que engloba positiva­
mente una serie de efectos compositivos como son el paralelismo o las
rimas internas, y sobre todo el cursus. Han tenido mucha importancia en
la historia del rhetoricus sermo, sobre todo cuando se convirtió en mani­
festación escrita, cuando se trasladó el discurso a la escritura.327 Coin­
cide además la preponderancia de la retórica como instrucción de la
escritura con la evolución poética que llevó a la desaparición del prin-

Cf. Ernst Robert: C U R TIU S, Literatura europea y Edad Media latina, cit.,
págs. 217-224.
·1"7 Cf. en cuanto a ia relación de la retórica con la escritura George A. K E N ­
N E D Y , A New History o f Classical Rhetoric, Princeton, Princeton Univer­
sity Press, 1994, pág. 28; Tomás A E B A LA D Ê JO , «Retórica y oralidad»,
: Oralia, cit., 8,
III. E l corpus retórico

299

cipio cuantitativo y su reemplazo por el acentual, que según Yossler se


debió a un alejamiento fundamental entre el habla y el canto. 328
Λ, partir del siglo ni se introducen en la prosa artística los finales
rítmicos o acentuales de frase (frente a la cláusula cuantitativa de Cice­
rón o Quintiliano). Consiste en una similar distribución de los acentos
al final de los miembros y recibe el nombre de cursus. Dice Lausberg
respecto a la importancia de la atención a los finales:
El final de la oración es el lugar más apropiado para el ritmo, pues
al final de la oración sigue una pausa antes del comienzo de la
nueva oración, pausa que hace perdurar en la memoria acústica
del oyente la resonancia de la oración que acaba.

La división de las palabras y el sitio de los acentos se convierten


en elementos decisivos de las cláusulas, dando origen a los conocidos
cuatro tipos de cursus de la Edad Media: cursus planus·. /(...) áa/ aáa./; cursus
velox: /(...) áaa/aaáa/; cursus tardus: /(,..) áa/ aáaa/; cursus trispondiacus: /(...)
aáa/ aaáa/.
Si el empleo del cursus decayó a partir del siglo vm , cobró nuevo
auge a partir del final del siglo xi. Este uso permaneció hasta en los
humanistas del Renacimiento. Así pues, lo encontramos en la prosa de
Alfonso X (siglo xio) y también en Antonio de Guevara o en Juan de
Valdés. Pero no sólo el uso del cursus llega hasta el siglo xvi, Alberto de
Aguayo hizo una traducción de las prosas de Boecio (Sevilla, 1518) en
versos octosilábicos, que se imprimieron unos a continuación de otros,
como es propio de la tipografía de la prosa. Menos artificiosa es la prosa
con cláusulas rimadas, aunque igualmente nos parece hoy muy alejada
de nuestra concepción de prosa, ya que para nuestro gusto actual está
más cerca de una visión artificiosa de la escritura que de la prosa poé ­
tica.

JíS Karl V O SSLER, Formas poéticas de lospueblos románicos, Buenos Aires, Losa­
da, i960, pág. 32.
Heinrich LA U SB ER G , Manual de Retórica literaria, cit., § 985, pág. 341.
David Pujante / Manuai de retórica

- Lj, Los estilos (géneros


elociitivos)
Nos dice Cicerón en E l orador que son tres los tipos de estilo en los
que, por separado,’ Kan sobresalido los distintos oradores de fama. Lo que
:él propone en su tratado es conseguir un orador que destaque por igstal
en los tres estilos {Orat. 20). Un orador debe hacer en cada ocasión, para
cada causa, el tipo de discurso que le es conveniente a ese lugar y a ese tiem­
po, 7 también a esa causa. El orador debe plegarse a los gustos de los
oyentes, y aún más a su ética. Igualmente el orador se debe, por coheren­
cia, a su ética personal Por otra parte, el discurso en cuanto tal. debe
responder adecuadamente, en su estilo, a la materia de que trata, a la
probatoria, a las caracterizaciones metafóricas, a los ejemplos y tantos
otros aspectos que ya conocemos de la mecánica discursiva.
Atendiendo al panorama expuesto, la teoría de los estilos es una
sistematización de los preceptos del decoro o conveniencia (aptum) dis­
cursiva, que cubren los dos aspectos referidos, que son: 1) la esfera
interna de la obra técnica que es todo discurso y 2) la esfera externa del
hecho social que también entraña cada discurso.
La más antigua representación de los genera elocutionis o genera
dtcendi la encontramos en la Retórica a Herenio (Rhet. ad Heren. IV' 8-11)
en relación con los genera figurae, pero la fuente más recurrida es Cice­
rón, en E l orador y Sobre el orador {Orat. 75-99; De orat. I II 45 177; 52 199;
55 212). En esos tratados aparecen los tres estilos que también toma
Quintiliano, y que son: el género simple (genus subtile), el género inter­
medio (genus medio) y el género noble o vigoroso (genus grande). En el
Medievo esta tripartición permanece con la siguiente denominación de
Isidoro de Sevilla (siglos ví-vn):

Las cosas de exigua trascendencia deben expresarse en un estilo


ligero; con uno grave, las elevadas; las de normal importancia re­
quieren un estilo intermedio. En consecuencia éstos son los tres
tipos de elocuencia: humilde, moderado y grandilocuente (Etym.
II 17 1).

En el milenio anterior a Dante se disloca el antiguo sistema de los


géneros poéticos hasta, como dice Curtius, quedar desfigurado e incompren-
III . El corpus retórico

301

sibíe.30 Pero permanece el esquema tripartito, Dante, en su poética {De


vulgari eloquentia) habla de tres estilos. Tras elegir una materia, nos dice
el gran poeta florentino que el escritor debe
distinguir bien si conviene el estilo trágico, el cóm ico o el elegia­
co. P ara la tragedia em pleam os el estilo sublim e; p ara la com edia,
el estilo inferior; y p ara la elegía, el estilo p rop io de los d eg rad a­
dos.

Los diferentes puntos de partida a la hora de la clasificación (la


forma lingüística para los dos primeros estilos y el tema para el último)
indican la confusión a la que antes nos referíamos. Es algo también
propiamente medieval la relación entre estilos y condición social de los
personajes, lo que igualmente queda de manifiesto en la relación que
hace Dante, en la cita anterior, entre estilo elegiaco y seres desgracia­
dos. Quintiliano fue la fuente de referencia principal durante la Edad
Media de la división en tres estilos y Virgilio sirvió de modelo. La
llamada rota Virgilii tomaba como modelo de cada uno de los estilos las
tres obras del poeta latino: las Bucólicas, las Geórgica y la Eneida,
Cuando Quintiliano trata de los estilos en su libro X II, comienza
por preguntarse cuál es el estilo (el género de elocuencia) que conviene
al orador perfecto. Su respuesta va a ser similar a la de Cicerón; no elige
un estilo concreto, sino que considera que los estilos se deben escoger
según las exigencias de cada causa, Quintiliano considera que no existe
la elocuencia perfecta, como muy posiblemente no exista un modelo
perfecto en ninguna de las artes. Pero es necesario buscar un acuerdo
de las partes al todo, doctrina que vale por igual para todas las artes, y
que se opone a las audacias de los enloquecidos que no buscan el deco­
rum. ™ Al igual que en las demás artes, también en la oratoria hace falta
una doctrina del decoro elocutivo; y las consideraciones sobre pintura

330 Ernst Robert CURTIUS, Literatura europeay Edad Media latina, cit., pág. 513.
D A N T E , De vulgari eloquentia, en: D A N T E , Opere, Bolonia, Zanichelli, 1966,
págs. 1278-1279.
Cf. Antonio G A R C ÍA B E R R IO , Formación de la teoría literaria moderna, 1. La
tópica boraciana en Europa, cit., págs. roo ss.; Bice M O R T A R A G A R A -
VTELEI, Manual de Retórica, cit., pág, 320.
w Cf. David P U JA N T E , E l hijo de la persuasión. Quintiliano'y el estatuto retórico,
cit., pág. 310.
David Pujante / Manual de retórica

$02

y escultura sirven de introducción a Quintiliano para referirse a los


estilos oratorios, que sonLsegún. los denomina en principio: estilo ático
(el estilo ateniense), estilo asiático (el del Asia Menor) y estilo rodio (de
Rodas) (Inst. orat. X II 10 16-18; Orat. 23-25). El estilo aticista lo define
Quintiliano como conciso y sano, puro y pleno. El asiático o asianismo
es un estilo hinchado e inane, inflado y vacío (Inst orat. X II 10 16). El
tercer estilo, el rodio, siempre según Quintiliano, nace de Esquines, que
lo traslada a Rodas con su exilio.
También Quintiliano, como Cicerón, considera que la elección
de un estilo determinado lo marcan ios temas. Así, el género simple
conviene a la narración, y sirve para establecer los hechos y hacer la
probatoria. El género medio recurre a los tropos y a las figuras, se
hace amable por sus digresiones. En cuanto al estilo vehemente sirve
para obligar al juez a ir por donde queramos (Inst. orat. X II 10 59-61).
Consecuentem ente un buen orador empleará todos los estilos,
pero manteniendo siempre el decoro. Hace una lista de vicios y vir­
tudes para terminar su exposición respecto a los géneros de la elocu­
ción:
la palabra del orador será elevada sin excesos, sublim e sin extra­
vagancias, atrevida sin tem eridad, austera sin tristeza, grave sin.
tardor, rica sin lujuria, agradable sin relajación, noble sin énfasis
(Inst. orat. X I I 10 80).

Con la memoria, que es la cuarta de las operaciones retóricas,


entramos en el cómputo de las operaciones no constituyentes de texto
discursivo. Frente a las tres primeras (inventio, dispositio γ elocutio), que
han ocupado siempre la extensión máxima de los tratados de retórica,,
las operaciones memoria y actio o pronuntiatio tienen habitualmente un
discreto segundo lugar en los estudios retóricos.
La memoria representa, en la organización del modelo retórico,
un puente entre las tres operaciones constitutivas dg texto discursivo y
1.a operación actuativa que culmina el discurso (discurso que queda in-
III . El corpus retórico

303

serto en lo que llama Aíbaladejo el hecho retórico334). Pero ¿es la me­


moria un simple puente entre las operaciones constituyentes de texto
discursivo y la actuación discursiva? ¿Es tan sólo un arte práctica que
nos permita memorizar el texto? ¿Algo que nos sirve para tener todos
los elementos discursivos en la cabeza, controlarlos mejor y, a la vez,
aparentar que estamos improvisando; consiguiendo hacer más brillante
la última operación retórica, de la que, por cierto, depende el éxito o el
fracaso de todo el trabajo previo? Hagamos un repaso de la historia de
la memoria como operación retórica e intentemos ir respondiendo a
todas estas preguntas.
La concepción que durante siglos se ha tenido de la memoria
retórica nace de la doctrina desarrollada por Cicerón y Quintiliano. De
esta cuarta operación retórica no tenemos ninguna noticia en la retórica
prearistotélica. Anaximandro habla tan sólo de las tres primeras opera­
ciones (inventio, dispositio y elocutio). Aristóteles añade a la tríada la pro­
nuntiatio (hypókrisis) (Rhet. I l l 1403b 23 y ss.) y su esquema será desarro­
llado por Teofrasto y su escuela.
Según nos cuentan Cicerón (De orat. II Só 352-354) y Quintiliano
(Inst. orat. X I 2 11-13), fundamentación técnica del arte de la memoria
tiene su origen en Simónides de Ceos (ca. 557-ca. 4Ó7 a. de C.). Simó“
nides fue un hombre bien considerado por los antiguos, quienes lo tu­
vieron por sabio e incluso divino (la referencia es platónica). Su impor­
tante obra poética no se nos ha conservado (sólo fragmentos citados por
otros) y la anécdota sobre la que se fundamenta su relación con el arte
de la memoria también tiene mucho que ver con su labor poética.
Cuenta Quintiliano que, habiendo convenido Simónides cierta
suma por escribir un poema para un atleta que había sido coronado
como vencedor, el atleta había rehusado pagarle el total del precio es­
tipulado por haber dedicado Simónides dos terceras partes del poema
a la alabanza de los dióscuros Cástor y Pólux; cosa que, por lo demás,
era muy habitual en este tipo de poema, como podemos comprobar en
las Olímpicas de Píndaro. Skopa, que era el atleta en cuestión, soberbia­
mente, le recomendó que pidiera lo que faltaba a los dioses a los que
había cantado. Y —sigue diciendo Quintiliano— según la tradición, los

3·'·' Cf. Tomás A LB A LA D EJO , Retórica, c í e ,, pág. 43-57 y 59’; Tomás A L B A L A ­


DEJO , «Retórica y oralidad», cit., pág, 9.
David Pujante / Manual de retórica

304

dioses le pagaron bien. Pues cuando todos, incluido Simónides, estaban


en el banquete que celebraba el triunfo atlético que cantaba el poema,
un mensajero vino a la mesa del banquete y le dijo a Simónides que dos
jóvenes lo esperaban fuera para saludarlo. Cuando salió a la puerta no
vio a nadie, pero en ese mismo instante el comedor se hundió sobre los
comensales. Ante sus ojos atónitos vio un amasijo de tierra y carne
humana. Cuando los familiares quisieron enterrar a sus muertos, habían
quedado tan desfigurados que no eran capaces de reconocer los cadáve­
res. Fue entonces cuando Simónides, que se acordaba del orden en el
que estaba sentado a la mesa cada uno de los convidados, pudo ayudar-
los y decir quién era cada cual. Desde semejante proeza de memoria, se
considera a.1 poeta Simónides como el inventor de la mnemotecnia.
Varios elementos de este relato son dignos de comentario. Por una
parte la relación del origen de la mnemotecnia con el culto grecorroma­
no a los muertos;335 por otra, el hecho de la espacialización de la memo­
ria, ,,ft Del segundo de estos aspectos trataremos más adelante detenida­
mente.
Al margen de la anécdota contada y de las relaciones referidas, es
evidente que el arte de la memoria tenía sin duda una importancia
grande en una época en la que no había facilidad para manejar textos
escritos,3:r Sabemos que preocupó el fenómeno de la memoria a las es­
cuelas estoica y epicúrea, llegando el interés hasta los rétores helenísti­
cos; pero la primera vez que se trata sistemáticamente de la memoria
como parte de la retórica, según los textos y las referencias que han
llegado hasta nosotros, es en la Retórica a Herenio, donde se constata la
existencia de esa importante tradición escolar.
En la Rhetorica ad Herennium, aunque se comentan los débitos a la
naturaleza, se habla tan sólo del arte de la memoria, del arte que domina­
ba Simónides, la mnemotecnia. Ese conjunto complejo de conocimien-

Ct. Harald W E IN R IC H , Leteo. Arte y crítica del olvido, Madrid, Siruela, 1999,
pág- 31-
m Cf. Harald W E IN R IC H , «Histoire littéraire et mémoire de la littérature»,
Revue dTIisloire littéraire de la France. Colloque du Centenaire, Paris, A r­
mand Colin, 1995, págs. 65-73.
m Richard V O L K M A N N , Ars memorativa, Viena: Jahrbuch der kunsthistoris­
chen Sammlungen in Wien, 1929; Richard V O L K M A N N . Die Rhetorik
der Griechen und Römer in systematischer Übersicht, Leipzig, Teubner, 1885.
Reimpresión en Olms: Hildesheim, 1987.
III . El corpus retórico

305

tos aprendidos con esfuerzo y paciencia y que permitían al orador


memorizar perfectamente el texto de sus discursos. Algo muy distinto
de 1.a memoria natural, cuyo representante máximo en. la Antigüedad fue
el político y general ateniense Temístocles. Según cuenta Cicerón {De
(trat. I 34 157 y II 74 299 ss.), a Temístocles se le quedaba en la memoria
todo lo que escuchaba o veía. Tanto era así que, cuando un día Simo­
nides se le ofreció como profesor de mnemotecnia, Temístocles le res­
pondió que en lo que estaba interesado era en el arte del olvido. Su
angustia radicaba en que todo lo que entraba en su alma no podía salir
de ella; y su necesidad, frente a la de tantos otros hombres, consistía en
disponer de un arte que le permitiera desahogar la mente, el llamado
arte del olvido, la amnestonía.338
A. la mayoría de los hombres les sucede todo lo contrario del caso
representado por Temístocles y su poderosa memoria natural. Por tanto
necesitan servirse de un. arte que les permita proveerse de una poderosa
memoria artificial, la que se refuerza con cierto entrenamiento y una serie de
preceptos (Rhet. ad Heren. III 16). Es la ratio preceptiva. Gracias a ella brilla
especialmente la. memoria natural. Como dice Quintiliano, aunque la
memoria es un don que nos da la naturaleza, se aumenta ejerciéndola,
como otras muchas cosas. En cuanto a la retórica se refiere, a Quinti­
liano le parece inútil todo el trabajo realizado hasta aquí si la memoria
no lo coordina (fnsl. orat. X I 2). La memoria es pues, con palabras del
autor de la Retórica a Herenio, el guardián de todas las partes de la
retórica {Rhet. ad Heren. I I I ιό). La memoria es el soporte común
—volvemos a Quintiliano— de todo lo trabajado, la que hace que no se
pierda.
Sigue diciendo Quintiliano que la memoria es la intermediaria
entre diferentes momentos de la. elaboración del discurso. No sólo es
útil a la hora de aprender el texto elaborado, sino que ayuda a que los
hallazgos del pensamiento se salvaguarden. Es una archivadora momen­
tánea en el entretanto que va del pensar al decidir lo que se dirá, y de
la decisión al decir propiamente.339 N o aclara Quintiliano qué tipo de
memoria es la que se utiliza en estas actuaciones, pero, en cualquier

,5Ï Cf. Harald W E í'N R IC H , Leteo. Arte y crítica del olvido, cit., pág. 34.
5,0 Cf. David P U JA N T E , E l hijo de la persuasión. Quintiliano y el estatuto retórico,
cit., págs. 279-284.
David Pujante / Manual de retórica

y)6

caso, el desarrollo de la mnemotecnia que aparece en ios tratados de


retórica está principalmente orientado a la memoria artificial, que permi­
te aprender el texto deí discurso una vez elaborado. Esta otra memoria
que funciona durante la construcción del discurso más parece memoria
natural, aunque sin duda potenciada, implementada por el arte, como
debe ser la memoria de todo orador.
La memoria artificial (según la Retórica a Herenio que, como hemos
dicho, es la primera que trata con sistema la memoria como parte de la
retórica) está constituida por lugares (la espacialización de la memoria
que aparecía en la anécdota sobre Simónides) e imágenes. Llama lugares
el autor
a sitios dispuestos por la naturaleza o por la ma.no del hombre, de
dimensiones reducidas, completos y atrayentes, tales que poda­
mos asirlos y abarcarlos fácilmente por medio de la memoria na­
tural: una casa, un espacio entre columnas, un rincón de la sala,
un arco y otras cosas similares (Rhet. ad Heren. ΙΠ ιό).

Como complementa Cicerón, en De oratore II 87 357-360, las


impresiones que se fijan más profundamente en el espíritu son las trans­
mitidas por medio de los sentidos. Si hemos de recordar una serie de
cosas sensibles, lo mejor es servirnos de lugares, emplazamientos bien
conocidos para nosotros, donde ir colocando esas cosas que hemos de
recordar. Estos lugares deben ser múltiples, remarcables, distintos y no
alejados entre sí.
Por ejemplo, si hemos de recordar seríes de objetos, lo más indi­
cado es que los coloquemos en las distintas habitaciones de una casa
que conozcamos bien (quizás nuestra casa actual o la casa de nuestra
infancia, que conocimos muy bien en todos sus rincones y todavía está
bien impresa en nuestra mente). En cada habitación situaremos cada
uno de los objetos de cada una de las seríes en un destacado lugar de
la habitación: junto a una ventana, junto a la puerta, sobre una mesa,
sobre una silla. A la hora de recordados, simplemente tendremos que
mirar esos paisajes memorísticos para decir sin error cada uno en su
serie correspondiente y no olvidando ninguno de ellos.
Esta manera de tener memoria (memoria locorum), aunque es una
técnica, nace de algo natural; pues cuando volvemos a un sitio, con la
recuperación visual de los lugares nos viene a la mente lo que hemos
I II . El corpus retórico

307

vivido en ellos {Inst. orat. X I 2 17). Por esta reflexión Quintiliano se


reafirma en uno de sus pensamientos fundamentales, que el arte se
construye sobre lo natural. Llegar a hacerse con esta técnica, acertar
en ios tipos de lugar