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BIBLIOTECA DE AUTORES QUINDIANOS

Ensayo
La Biblioteca de Autores Quindianos

Recopilar en una colección bibliográfica el pensamien-


to, la identidad, la cultura y la memoria histórica de nues-
tro departamento a través de la mirada de los escritores
quindianos, es la gran apuesta de este proyecto conjunto
entre la Gobernación del Quindío y la Universidad del
Quindío.
La Biblioteca de Autores Quindianos se constituye en
una manifestación cultural que nos permitirá conservar y,
sobre todo, hacer visible ante la ciudadanía la esencia de
nuestra región.
Difundir y visibilizar la tradición literaria e intelectual
del Quindío es nuestro deber. Queremos que las letras
que narran nuestra vida y reflejan la visión de los poetas,
historiadores, narradores y ensayistas quindianos estén al
alcance de la comunidad del departamento y se conviertan
en referente para la investigación sobre nuestra cultura.
Esta recopilación se hizo pensando en Ustedes, los lec-
tores; esperamos que la disfruten y que sean los principales
promotores de la diversidad literaria del Quindío.

Padre Carlos Eduardo Osorio Buriticá


Gobernador del Quindío

José Fernando Echeverry Murillo


Rector de la Universidad del Quindío
Jaime Lopera

El jardín de tus oídos


Ensayos literarios

BIBLIOTECA DE AUTORES QUINDIANOS


El jardín de tus oídos. Ensayos literarios
© Jaime Lopera

Biblioteca de Autores Quindianos


Secretaría de Cultura, Gobernación del Quindío
Editorial Universidad del Quindío
Armenia

Primera edición
2018

ISBN 978-958-8593-xx-x

Asesoría editorial:
Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana
Universidad del Quindío
Diseño de la cubierta: © Lina María Cocuy
Todos los derechos reservados.
Impresión: Centro de Publicaciones, Universidad del Quindío
Índice

Prólogo: El rumor de una ola


Jhon Isaza 5

I. La reina de la poesía (Devaneos literarios)

El cuento más corto 15


Mujeres lectoras 18
La magdalena de Proust 19
Episodios borgesianos 21
El verso que consagra 27
Las palabras cansadas 29
Describir, solo describir 30
La casa de la poesía 31
Memorias epistolares 34
La guerra desde el abismo 36
Versos versus versos 39
La vieja guardia 41
Testimonio de un forastero 44
Gruesos argumentos 47
La reina de la poesía 49
La crónica es substantivo 52
Escribir versos 55
Riñas literarias 56
Escribir a solas 58
Matar el pasado 59
Condiciones del progreso 60

II. El mundo subterráneo (Ensayo)

El mundo subterráneo 65
El ojo crítico 66
Breve elogio de la crisis 68
Manuscritos y amigos 71
3
El optimista sin escrúpulos 73
Testimonio del germano 75
Alegato de las cosas 76
La muerte sin coartadas 78
La estética del gol 80
Protagonistas de la lectura 81
Vivir el presente 83
El instinto ético 84
De tercos y perseverantes 85

III. Vender el himen (Ficción)

Novela de amor 89
El destornillador de rencores 90
El cuervo 92
Tríptico 93
Charivarias 96
La madame 99
La belleza 100
Siguiendo las metas 102

IV. Una mariposa sobre Nabokov (Escritores)

Sábato 105
Una mariposa sobre Nabokov 106
Mujica Laínez 108
Quino 110
Durrell, cien años (1) 111
Durrell, cien años (2) 114
Durrell, cien años (3) 116
John Banville 118
Kodama 120
Foster Wallace 121
Fernando del Paso 123
Ibarguengoitia 125
Una lección de Pound 127
El centenario de Ian Fleming 128
Habemus papam 130
La caravana del cantante 132
4
Prólogo
El rumor de una ola

En diciembre de 1965 salió al público «¡Arrepiéntete


Arlequín!, dijo el señor Tic-Tac», un cuento del nortea-
mericano Harlan Ellison. La idea es sencilla: un mundo
distópico en el que ya no es el peso o el dólar el inter-
mediario de intercambio entre objetos y vidas, sino el
tiempo. Los ricos tendrían muchos años de vida (mil,
digamos), en tanto que los pobres vivirían, como vi-
vimos, al día. Así, como acá y ahora, un año más de
vida en la cuenta expandible de la eternidad de un
bien nacido, representaría un año menos de una vida
sucia y trágica y azarosa de un pobre, casi un favor.
Hernán Casciari, el impresionante bardo argentino, re-
toma en uno de sus relatos el argumento: se imagina
que un tataranieto suyo viene del futuro a visitarle y
le cuenta, entre otros detallitos, que el valor de cambio
radica en el tiempo. Que ya nadie te roba cosas, por-
que en esa sociedad la gente entendió que su valor es
insignificante comparado con el tiempo. “¿Así que no
hay ladrones?”, pregunta el tatarabuelo. “No, digamos
que no. Pero hay villanos”, responde el tataranieto. Los
villanos, claro, son los que te roban lo más valioso: el
tiempo que encapsula la vida. Los villanos te hacen
perder tiempo: en pleitos innecesarios; en cuitas intras-
cendentes; en amores que no debieron ser nunca amo-
res; diciendo en un párrafo, por ejemplo, lo que cabía
en un silencio. Y aquí está la primera virtud del libro
que el lector tiene entre manos: su precisión. Todos los
textos representan la dosis justa, la cantidad precisa, ni
tan cortos como para quedar a medio camino entre la
idea y el sentido, ni tan extensos como para empezar a
sospechar en Jaime Lopera un villano.
5
Hay dos razones más:
De la literatura se dicen muchas cosas. Se dice que
es el alimento del alma; que Dios, incluso, se revela
por medio de ella; los aborígenes australianos creían,
cuenta Bruce Chatwin, que cuando el mundo no era
mundo, cuando no estaba poblado por nada, salvo una
tribu que los dioses parieron para tal fin, los mismos
dioses dieron a los hombres dos cosas, poesía y mú-
sica, y los hombres de las tribus se dividieron, partió
cada uno en dirección opuesta, hacia nadas distintas,
y llenaron el mundo con ríos, árboles, animales y nu-
bes, y en la medida en que su imaginación les permitía
narrarlo en verso, lo cantaban, lo creaban, para llenarle
a la vez de armonía y belleza. Entre todo lo que de la li-
teratura se dice quizá lo de Chatwin se ajuste más a lo
que aquí sucede porque, dice, en el punto intermedio
entre el lenguaje y la música está el ojo, lo que muchos
llaman el ver. La literatura no es una acumulación de
anécdotas, las anécdotas son una excusa siempre para
mostrar algo que suele esconderse; el escritor, el buen
escritor, sospecha que está viendo algo en los sucesos
que le permite usarlos para otra cosa. Y eso logra Jaime
Lopera con estos relatos: ofrecernos pequeñas dosis de
su capacidad de ver, y las va disgregando en notas,
anécdotas literarias, ensayos y ficciones. En el ensayo
«El mundo subterráneo», por ejemplo, señala la fragi-
lidad con la que nosotros construimos nuestra propia
y privada versión de nosotros mismos, todos habi-
tando en la superficie sostenida por una cantidad de
creencias débiles y perniciosas que vienen de allá, del
mundo subterráneo de nuestras injusticias personales.
O en «La magdalena de Proust», cuenta una anécdota
sencilla de un fragmento que a muchos de nosotros
nos pasaría inadvertido: “el protagonista moja en la
taza de té un bizcocho (llamado madelaine) y su sabor
y aroma despiertan de inmediato todos los recuerdos
en torno de sus desencantos y sus simpatías”, y con
esto nos va diciendo que algunas cosas y palabras fun-
cionan así en nuestro recuerdo, sofocan la creatividad y
6
paralizan la mano, dice, son como un trompetazo en la
caja de resonancia de nuestra cabeza. O en «Sábato»,
una nota breve sobre el escritor que nos hizo temer a
cierta forma de ceguera, nos ayuda a ver que quizá po-
sar nuestra mano sobre el hombro de un desconocido
puede ser un terrible acto de usurpación, un detalle ape-
nas, pero también mantra, muchos mantras, es lo que
nos ofrece este libro.
Y va la tercera de mis razones:
Un amigo gusta de recordarme a cada tanto la
genialidad y universalidad de la tesis de Aristóteles:
aquella idea de que el individuo se revela en sus ges-
tos. Algo que Shakespeare y Borges y tantos otros han
sabido repetir con destreza y belleza: que un hombre
es todos los hombres, que para conocer el universo con
dominar los secretos del fragmento de una roca sería
suficiente, que no debemos seguir la biografía de un
hombre para conocerles, que con un gesto basta, que
en nuestros actos más desleídos, más descuidados,
más nimios, se revela la naturaleza de nuestra alma,
su color. Una metáfora, si se quiere. Y Jaime Lopera ha
sabido también señalar eso. Dedica uno de sus ensa-
yos, «La reina de la poesía», a la metáfora. La metáfora
es la herramienta del poeta para lograr mostrar lo que
no se puede decir, un intento para paliar los límites del
lenguaje, dice: “Los materiales que usa el poeta para
su obra son tan corpóreos como un camino, un lecho,
una lágrima, un piano, la luna, pero tan inmateriales
como el amor, la nostalgia, el recuerdo, o el rumor de
una ola que se estremece bajo el fragor de una noche
olvidada”, y en parte también de eso está hecho este
libro, de excusas, un bestiario de rumores de olas que
el autor ha sabido convertir en metáforas.

Jhon Isaza

7
Hay que estar dispuestos a trabajar sin aplausos.

Hemingway

A lo mejor todo lo que nos ocurre en la vida


no es más que una larga preparación
para abandonarla.

John Banville
Advertencia

Lector improbable:

Estos que parecen unos apuntes son en realidad


un conjunto de reflexiones, comentarios, notas, aforis-
mos surgidos de notas periodísticas, de borradores en
libretas, de algunas ideas destiladas y de mi corres-
pondencia con amigos cordiales. He supuesto que son
unas alas mediante las cuales pueden volar las pala-
bras. En todo caso, momentos, cabos sueltos.
La memoria tejerá lo que sea plausible.
Muchos temas nacieron a vuelapluma, otros fueron
previstos para más amplios ensayos cuando amena-
zaban por terminar en punta; unos más obedecían a
los apremios o percepciones del momento, pero todos
ellos no tienen mayor pretensión que dejar escritas al-
gunas reacciones personales y unas historias que se me
iban apareciendo en el camino. De alguna manera el
localismo fue un acicate para trascender un poco más y
exigirme en lo universal (o por lo menos tal cosa creo).
Como este libro desecha los rigores didácticos pero
no los de la crítica, conservo la esperanza de que se
lea como lo escribí: sin presunciones ecuménicas, sin
planes ordenados, con algunas atenciones al detalle.
Si estos textos obedecen a un patrón no estructurado
es porque fueron eso: opiniones lanzadas al azar hacia
un público ignorado que puede desencantarse con una
sola página, o envolverse con ella en la discontinuidad
que ofrece todo el panorama. Son postigos al aire y al
criterio.

El autor

11
I

La reina de la poesía

Devaneos literarios
El cuento más corto

El debate sobre el cuento más breve está inconclu-


so. La crítica tradicional le dispensa la corona al gua-
temalteco Augusto Monterroso por su relato «El Di-
nosaurio», el más archiconocido de todos los cuentos
cortos. Pero en alguna ocasión leí una nota periodísti-
ca en la cual se reeditaba un encuentro de Borges con
Macedonio Fernández, y allí asoman estas palabras
que decía el argentino con el esbozo de un relato corto:
—“No me acuerdo si nos suicidamos aquella no-
che”, bromeó Borges.
Una espléndida muestra de corto. Con todo, conoz-
co una ficción de solo cuarenta palabras, y no es un
cuento sino un poema de Siv Cedering Fox1, una poe-
tisa sueco - norteamericana cuyas referencias son esca-
sas (la versión de 44 palabras que sigue es del famoso
Jorge Rabassa, traductor de García Márquez).

Duraznos

Hubo una vez en China un concurso para el mejor re-


trato de un durazno. Madam Ling, o tal vez Ch’ing, se
sentó primero sobre un poco de polen amarillo; después,
con mucho cuidado, se volvió a sentar sobre un pedazo
de papel blanco.

No obstante no es suficiente: dicen los historiadores


que hay otro más corto. Cuando Julio César dijo “Veni,

1
Nacida en Suecia (1939), murió en Nueva York. Autora
galardonada por poemarios como Joys of Fantasy: The Book
of Loving Couples; Letters from the island; Mother is, Stein and
Day; y The Blue Horse and Other Night Poems.
15
Jaime Lopera

vidi, vici”2 al regresar de la batalla de Zela, pero presu-


mo que es demasiado arcaico para concursar. Así que,
continuando en la pesquisa, en una sola línea de otro
poeta norteamericano, Mervin Peaks, hallé este verso -
cuento que puede servir de complemento: “Había una
biblioteca y es ceniza”.
Otra novedad mayor es el cuento aún más corto del
mexicano Guillermo Samperio; se titula «Fantasma» y,
obviamente, en su contenido no aparece nada.
Por su parte, mi amigo Mauricio Reyes me ha re-
galado con esta narración de Michel Tournier (Paris,
1924 - 2016), fallecido a sus noventa y un años y, según
sus propias palabras, aburrido de su longevidad. Fi-
lósofo de la Sorbona y candidato al premio Nobel de
literatura, fue autor de grandes novelas como El rey de
los alisos, El urogallo y El vagabundo inmóvil, entre otras.
“De todo lo suyo —dice Mauricio— me fascina un tex-
to brevísimo, precioso, un minicuento que escribió de
cuarenta y ocho palabras, un relato filosófico magní-
fico sobre la existencia humana que transcribo en su
homenaje por lo mucho que dice”:

El niño de los vecinos tiene algunas semanas de existen-


cia. Llora sin parar, durante el día y la noche. En lo más
profundo de las tinieblas, esta pequeña queja frágil me
enternece y tranquiliza. Es la protesta de la nada, a la
que acaban de infligir la existencia.

Insuperable. No obstante, el escritor mexicano Gui-


llermo Sheridan nos abrió una ventana mucho más
entretenida. En una edición de Letras Libres dice3: “en
algún momento Borges calcula una antología porno-
gráfica en la que se incluiría de entrada esta cuarteta:

2
Dicen que él la pronunció tras una victoria militar de
la República Romana, en la que derrotó a Farnaces II, el rey
de Ponto, año 47 a.C. Se traduce como “Vine, vi y vencí”.
3
Sheridan. Revista Letras Libres, México, febrero de 2007.
16
El jardín de tus oídos

La señora de Pérez y sus hijas


comunican al público y al clero
que han abierto un taller de chupar pijas
en la calle Santiago del Estero”.

Es indudable que la dichosa antología erótica suge-


rida por Sheridan, y propuesta en cuartetos, debería
empezar con la estrofa anterior.
Regresando a los cuentos cortos, a una señora que
se ufanaba de ser una buena lectora le preguntaron si
había leído «El Dinosaurio» de Monterroso, y ella con-
testó de inmediato y sin timideces: “Claro, qué belleza
de libro es ese; voy más o menos por la mitad y lo ter-
mino esta semana”.

17
Jaime Lopera

Mujeres lectoras

En Rojo y Negro, la novela de Stendhal, la señora Ré-


nal ha contratado a un preceptor para sus hijos y en el
curso de su historia termina enamorándose de Julián
Sorel, asimilando de él unas ideas literarias que, para
su padre, eran simples ociosidades. A Emma Bovary le
pasó algo igual: había leído muchas novelas, pero su
Charles nunca sería el personaje que ella se había ima-
ginado a partir de las narraciones que le interesaban.
Hace poco alguien asumía a Molly Bloom recosta-
da en su cama y leyendo novelitas picarescas mientras
esperaba que su marido, Leopoldo Bloom, le trajera
de la calle nuevos ejemplares de esa clase de literatura
barata —aunque su explícito narrador irlandés nunca
es claro en decir cuáles eran las de su mayor agrado.
¿Alguien ignora que Ana Karenina tenía muchos li-
bros en su mesa de noche y que Jorge Isaacs también
los compraba y luego observaba a María dándoles una
mirada furtiva en algunos salones? En fin, cualquiera
puede imaginarse a Lou Andreas-Salome leyendo una
carta de Freud, o a Milena embelesada con una nota
manuscrita de Kafka, o a Louise Colet repasando con
devoción unas líneas de Flaubert... Pero ver una foto
de Marilyn Monroe leyendo a Joyce, es el colmo de la
esperanza.

18
El jardín de tus oídos

La magdalena de Proust

La magdalena de Proust es aquel objeto que permi-


te evocar momentos del pasado a partir de un sabor,
un color o un olor que desencadena el recuerdo. En el
libro del escritor francés, A la búsqueda del tiempo perdi-
do4, el protagonista moja en la taza de té un bizcocho
(llamado madelaine) y su sabor y aroma despiertan de
inmediato todos los recuerdos en torno de sus desen-
cantos y sus simpatías.
Igual situación suele ocurrir con las palabras, en
sentido positivo o negativo. Una frase equivocada, un
vocablo fuera de su curso en medio de la elaboración
de un texto literario, sofoca la creatividad y paraliza la
mano. La palabra correcta, la frase correcta, despiertan
por el contrario el recuerdo de una construcción posi-
ble y permiten a su autor proseguir con la probabili-
dad de que su camino venga bien trazado.
Lo peor viene cuando, de repente, como una ráfa-
ga extraviada de viento, comenzamos a pensar que
la literatura no son simples evocaciones o recuerdos,
entre otras cosas, sino una especie mejorada y au-
mentada del narcisismo o, mejor dicho, de la egoa-
dicción. Vale decir que la literatura puede ser otra
cosa. En ese momento, en ese mismo instante en que
el ventarrón me arroja ante tamaño despropósito, se
me tuercen los dedos y una sensación aplazada de

4
Solo Nabokov podía presumir de haber leído las siete
partes de esta novela, publicadas en francés en quince vo-
lúmenes entre 1913 y 1927, equivalentes a 4000 páginas en
inglés, o sea un millón y medio de palabras de este libro
canónico. (V. Nabokov, Curso de Literatura Europea. Barce-
lona: Ediciones B.S.A, Grupo Zeta, 1997; página 303).
19
Jaime Lopera

incompletez inicia su recorrido por mi vida para de-


jarme de nuevo solitario e inerme, sin ganas de se-
guir para no recaer en ese triste pecado de mirarme
en el espejo con esta cara imperfecta que se llena de
arrugas cada año.

20
El jardín de tus oídos

Episodios borgesianos

Por si no lo saben
solo de momentos es la vida.
J. L. Borges

Roberto Wallace, un rotario argentino de Bariloche que


me dijo haber vivido alguna vez en Cali, hizo una variada
e interesante recopilación de anécdotas en torno a Borges
tomando como fuentes el diario La Nación y otras versiones
conocidas en su país. En su correspondencia con Leticia Pa-
rra, otra borgesiana mexicana, ella evocó el feliz epígrafe que
aparece al inicio de esta nota. La breve antología que rese-
ñamos se publica con autorización de Wallace. He dispuesto
notas al pie de página como una breve orientación al lector.

Un joven poeta se acerca a Borges en la calle y le


hace entrega al escritor de su primer libro. Borges
agradece y le pregunta cuál es el título.
—“Con la patria adentro” —responde el joven.
—Pero qué incomodidad, amigo, qué incomodi-
dad…

El escritor argentino Héctor Bianciotti5 recuerda


una de las tantas salidas elegantes de Borges cuando

5
El poeta y escritor Héctor Bianciotti nació en 1930 en
Córdoba, Argentina, pero se naturalizó francés en 1981, y
escribió únicamente en ese idioma los recuerdos de su vida
en la campiña cordobesa. Por su libro El amor no es amado, re-
cibió en Francia el premio al mejor libro extranjero en 1983.
21
Jaime Lopera

le incomodaban los halagos de la gente.


Ocurre en París, en un estudio de televisión.
—¿Usted se da cuenta de que es uno de los grandes
escritores del siglo? —lo interrogan.
—Es que éste —evalúa Borges— ha sido un siglo
muy mediocre.

Una mañana de octubre de 1967, Borges está al


frente de su clase de literatura inglesa. De repente
entra un estudiante y lo interrumpe para anunciar la
muerte del Che Guevara y la inmediata suspensión de
las clases para rendirle un homenaje. Borges contesta
muy calmado que el homenaje seguramente puede
esperar. Pero el clima se pone tenso y el estudiante
insiste:
—Tiene que ser ahora, y usted se va —dice.
Borges no se resigna y alega:
—No me voy nada. Y si usted es tan guapo, venga
a sacarme del escritorio.
En respuesta, el estudiante lo amenaza con cortar la
luz. Y Borges de inmediato replica:
—Ah, gracias. He tomado la precaución de ser cie-
go esperando este momento.

A principios de la década de los setenta, el escritor y


psicoanalista Germán Garcí invita a la Argentina a Da-
niel Sibony6, matemático y psicoanalista francés. Sibony

6
Daniel Sibony, doctor en matemáticas, filósofo y psi-
coanalista de la escuela de Lacan, nació en Marruecos en
1942; de cultura judía y lengua árabe, ha sido un polémico
intérprete del freudismo y, con ese motivo, visitó Buenos
Aires en 1979 invitado por un colega suyo. Pertenece a la
escuela de Los Nuevos Analíticos.
22
El jardín de tus oídos

quiere conocer a Borges. Al encontrarse, el francés le


pregunta en qué idioma desea hablar.
—Hablemos en francés —propone Borges, y justi-
fica:
—Dicen que la lengua francesa es tan perfecta que
no necesita escritores. A la inversa, dicen que el cas-
tellano es una lengua que se desespera de su propia
debilidad y necesita producir cada tanto un Góngora,
un Quevedo, un Cervantes.

Una revista de actualidad deportiva reúne a Borges


con el director técnico de fútbol, César Luis Menotti.
Más tarde, Borges comenta esta entrevista:
—Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se empe-
ña en hablar de fútbol todo el tiempo.

El 10 de marzo de 1978, en la Feria del Libro de


Buenos Aires, Borges se cruza con un escritor al que
quiere y respeta: Manuel Mujica Láinez7. Se abrazan
e inician una conversación que es interrumpida una y
otra vez por los compulsivos cazadores de firmas.
—A veces —se queja Borges delante de su amigo—,
pienso que cuando me muera mis libros más cotizados
serán aquellos que no lleven mi autógrafo.

7
Manuel Mujica Laínez, Manucho, es uno de los más im-
portantes escritores argentinos. Nacido en 1910 y fallecido
en 1984 en Buenos aires, escribió más de veinte libros, en-
tre novelas, ensayos, poemas, crónicas de viaje y poesía. Su
libro Bomarzo fue convertido en una ópera por el músico
Alberto Ginastera. Traducido a más de 15 idiomas, Mujica
recibió el Premio Nacional de Literatura en 1963. Misteriosa
Buenos Aires y El Unicornio son otras obras de este autor. Se
jubiló como columnista y crítico de arte del diario La Nación.
23
Jaime Lopera

En 1975, a los 99 años, muere Leonor Acevedo de


Borges, madre del escritor. En el velorio, una mujer da
el pésame a Borges y comenta:
—Pobre Leonorcita, morirse precisamente antes de
cumplir los 100 años. Si hubiera esperado un poquito
más...
Entonces Borges le dice:
—Veo, señora, que es usted devota del sistema de-
cimal.

Borges firmaba ejemplares en una librería del cen-


tro. Un joven se acerca con su libro Ficciones y le dice:
—Maestro, usted es inmortal.
Borges le contesta:
—Vamos, hombre. No hay por qué ser tan pesimista.

Roma, 1981. Hay una conferencia de prensa en un


hotel de la Vía Veneto. Además de muchos periodis-
tas, están presentes el director de cine Bernardo Berto-
lucci y el escritor Franco María Ricci8. Borges, inspira-
do, destila ingenio, hasta que llega la última pregunta:
—¿A qué atribuye que todavía no le hayan otorga-
do el Premio Nobel de Literatura?
—A la sabiduría sueca, desde luego.

8
Ricci, un aristócrata italiano, fue el mejor editor del
mundo en obras de arte y bibliofilia. Desde 1983, cuando
se inició como editor en Parma, recuperó el antiguo Ma-
nuale Tipográfico de Giambattista Bodoni y desde entonces
es el mentor de los bibliófilos en muchas partes.
24
El jardín de tus oídos

10

En una entrevista, también en Roma, un perio-


dista trataba de poner en aprietos a Jorge Luis Bor-
ges. Como no lo lograba, finalmente probó con algo
que le pareció más provocativo para un escritor
suramericano:
—¿En su país todavía hay caníbales?
—Ya no —contestó Borges—, nos los comimos a
todos.

11

Cuenta Héctor Yánover9 que durante una reunión


de la Sociedad Argentina de Escritores, SADE, sobre
la situación de la literatura argentina, Córdova Iturbu-
ru10, que la presidía, indagó a los gritos:
—¿Y qué vamos a hacer por nuestros jóvenes
poetas?
Desde el fondo de la sala llegó otro grito, éste de
Borges:
—¡Disuadirlos!

9
El poeta y escritor argentino Héctor Yánover es el
prototipo de un librero profesional (como Felipe Ossa en
nuestra Librería Nacional). Nació en 1929 y murió a los
73 años después de haber dejado, en sus Memorias de un
librero, el fruto de sus enormes experiencias y tertulias en
su propia librería con lo más importante de la cultura ar-
gentina por muchos años.
10
Cayetano Córdova Iturburu fue presidente de la
SADE, escritor y famoso crítico de arte, quien con frecuen-
cia interactuaba con Borges en el café Tortoni. En 1967 es-
cribió El Movimiento Martinfierrista, un libro muy discuti-
do por aquella época.
25
Jaime Lopera

12

En la pausa de un acto cultural, el novelista Oscar


Hermes Villordo11 acompañó a Borges al baño, situado
en un primer piso al que se llegaba por una empinada
escalera de madera. Cuando volvían, Villordo advirtió
que Borges descendía los escalones demasiado rápido
y, temiendo lo peor, le preguntó:
—Maestro, ¿no deberíamos ir más despacio?
—Es que no soy yo —aclaró Borges—, es Newton.

13

El poeta Eduardo González Lanuza12, uno de los in-


troductores del ultraísmo en la Argentina y gran ami-
go de Borges, lo sorprende entre Florida y Corrientes,
solo, con su bastón, esperando para poder cruzar.
Lo toca al hombro y le dice:
—Borges, soy González Lanuza.
Él vuelve la cabeza y, después de unos segundos,
contesta:
—Es probable.

11
El “negro” Villordo, nacido en el Chaco en 1928 y
muerto en 1994 de Sida, fue, con Manuel Puig, el padre de
la literatura gay en Argentina. Escritor y periodista, hizo
la primera biografía de Mujica Laínez, y publicó novelas
tales como El Bazar y La Otra Mejilla y un libro de Poemas
de la Calle.
12
De hecho, Eduardo González Lanuza es cofundador,
con Borges, del ultraísmo, ese movimiento que ambos tra-
jeron de España (González nació en Santander, pero vi-
vió en Argentina desde 1909). Su libro de 1949, la Oda a la
Alegría, fue muy aplaudido. También fue fundador de las
revistas Proa y Prisma.
26
El jardín de tus oídos

El verso que consagra

Hablar con los poetas siempre resulta un deleite.


Con un poeta amigo iniciamos un esmerado rastreo
por la tabla de los versos inolvidables. De entrada me
empeciné en afirmarle que los no-poetas, solo en su ca-
lidad de lectores de poesía, nos afanamos siempre por
encontrar una metáfora que justifique el itinerario por
todo el territorio de un libro. Y quise darle un ejemplo.
Una noche tropecé con este verso de Piedad Bonnett:
“tan inocente / como un pequeño lobo en su placenta”.
Me pareció admirable. Otros hallarán en un poemario
una perla diferente, al ritmo de su percepción, lo que
me lleva a pensar que cualquier elección poética tiene
puros toques personales.
Suponemos que cuando a un poeta se lo recuerda
—cuando salta como una ardilla a las circunvalaciones
de la memoria— es porque arroja, porque engendra
una semilla, una sola (un verso, un terceto, una cuar-
teta, aun un epígrafe) que se va con uno por mucho
tiempo o por el resto de la vida y esa composición la
puede recitar cuando lo provoquen.
¿Con eso basta para que el poeta sea inolvidable,
con eso basta? Me temo que sí.
Veamos algunos ejemplos. “Juego mi vida, cambio
mi vida” (León de Greiff); “Teresa, en cuya frente el cie-
lo empieza” (Carranza); “El verde de todos los colores”
(Aurelio Arturo); “El mismo amor que yo le tengo a mis
zapatos viejos” (Luis Carlos López); “Hay días en que
somos...” (Porfirio); “La princesa está triste...” (Rubén
Darío); “Caminante, no hay camino...” (Machado); “Hay
golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!” (Vallejo); “Pue-
do escribir los versos más tristes esta noche” (Neruda)...
y muchos otros de múltiples nacionalidades.
27
Jaime Lopera

Un verso, uno solo, y el poeta pasa a nuestra me-


moria histórica; a la de muchos que, sin meditarlo de-
masiado, encuentran esos versos cuando los necesitan
o cuando requieren evocarlos para su llena y oportuna
satisfacción estética.

28
El jardín de tus oídos

Las palabras cansadas

En un homenaje al escritor argentino Tomas Eloy


Martínez, fallecido en 2010, se encontraba su hijo Eze-
quiel, a quien le preguntaron por las relaciones exis-
tentes entre su padre y otro conocido escritor, Juan
Carlos Gené, en los primeros años que se conocieron
como periodistas.
Ezequiel habla de tales relaciones y abona una son-
risa al auditorio al contar esta anécdota personal:
—Yo había dicho en una entrevista que Juan Carlos
Gené “hablaba despacio”. Entonces mi papá Tomás
Eloy me sugirió que esas cosas podían decirse de una
manera más narrativa.
Y en efecto el viejo me propuso la siguiente redac-
ción:
“Las palabras de Gené le salen cansadas, como des-
perezándose de largos silencios”13.

13
Martínez escribió una famosa novela, Santa Evita
(1995), y ganó numerosos premios como cuentista, ensa-
yista y periodista. Memorabilia GGM, marzo 2010, en ho-
menaje a Tomas Eloy Martínez.
29
Jaime Lopera

Describir, solo describir

Sobre el poema descriptivo: aún ignoro si este tipo


de género pormenorizado (describir un árbol, una
nube, el panorama desde un puente), tiene demasia-
das exigencias, aunque Whitman lo haya hecho con
tan grandes aciertos. Describir un lápiz puede ser tan
posible como reseñar una ola: pero, ¿describir la pena
o los celos de un conocido?
El poema descriptivo ¿no es acaso prioritario en
torno al paisaje? En fin, no sé si ella, la descripción, me
gusta más que la imaginación total, abarcadora de Ro-
jas, Vallejo, Machado, Pessoa, o Arturo, puesta al ser-
vicio de unas metáforas luminosas que le hacen bullir
a uno el corazón.
En alguna parte me pareció que Antonio Machado
discutía de lo mismo: hablaba de un aparato que tenía
un teclado dividido en tres sectores: el positivo, el ne-
gativo y el hipotético14: “sus fonogramas no son letras,
sino palabras”. De este piano - fonógrafo le resultó al
inventor un terceto:

Dicen que el hombre no es hombre


mientras que no oye su nombre
de labios de una mujer. Puede ser.

14
Gabriel Zaid, La Máquina de Cantar (México: Siglo XXI
Editores, 1967). Nadie como Foster Wallace para las des-
cripciones y así quedó inmortalizado por siempre.
30
El jardín de tus oídos

La casa de la poesía

¿Se pusieron de moda las casas? Así, de repente,


algunos escritores han comenzado a hablar de ellas
como “la casa de la poesía”, evocada en los más re-
cientes versos de Cobo Borda; la casa adquirida con
el fruto de un premio ganado por un novelista; y la
propiedad antioqueña llamada La Oculta, de Héctor
Abad, donde se repasa el acontecer nostálgico de tres
hermanos. Estas diversas experiencias ¿no son acaso
una profusión de recuerdos en torno a este sustantivo?
¿Cobran vida las cosas para sacarles su jugo?
¿Sirven las casas de pretexto como albergues de la
añoranza?
Como personaje principal, la casa tiene un antece-
dente magnífico en la prosa de Manuel Mujica Laínez
quien, después de un epígrafe de T. S. Eliot al inicio de
su novela homónima, dice:

Soy vieja, revieja. Tengo sesenta y ocho años. Pronto


voy a morir. Me estoy muriendo ya, me están matando
día a día. Ahora mismo me arrancan los escalones de
mármol, la gloria de los escalones de mármol pulidos,
que antes, al darles encima el sol al través de los crista-
les de la claraboya, se iluminaban como una boca joven
que sonríe15.

Es el relato de una casa de la calle Florida que está


en proceso de demolición. Esa casa vieja es ya un es-
torbo para los ingenieros de planeación y, durante
más de trescientas páginas, ella misma va narrando

15
Manuel Mujica Laínez, La Casa (Buenos Aires: Debol-
sillo, 2008). Primera edición en 1954.
31
Jaime Lopera

las vicisitudes de quienes la habitaron: todos los por-


menores y costumbres, hábitos y comidas, bailes y
chismes que se vivieron en los finales del siglo XIX
y cuyos testigos fueron los capiteles, las efigies, las
reliquias, los retratos y las pinturas que allí estaban.
Los secretos que revela el narrador de esta casa, la
propia casa, son muchos, funestos algunos y otros
atractivos, porque permiten ver el trasfondo de una
época más fácil de describir dentro de la riqueza de
una novela que con las comparaciones de un histo-
riador neutral:

Siento terribles dolores cuando los brutos esos andan


por mis cuartos con sus hierros, golpeando las paredes.
Dolor y vergüenza. Me avergüenzo de que me vean así,
mugrienta, sórdida, de que todo el mundo me vea así des-
de la calle con solo asomarse al vestíbulo donde ya no
hay puerta y a los boquetes abiertos bajo los balcones sin
persianas.

¿Es la casa fundamentalmente un retorno? ¿La vida


útil de una casa equivale a la de las personas que la
disfrutaron por largo tiempo? No sabemos si sea ne-
cesario volver a Freud para encontrar en la casa todos
los vestigios del cuenco materno y derivar de allí las
conductas que se vivieron en ella, pero en este tipo
de interpretaciones hay muchas verdades que con el
tiempo ocupan los párrafos de una novela o los versos
de un soneto idílico.
La imaginación en torno a los personajes de las ca-
sas queda desbordada cuando volvemos el rostro ha-
cia las intrigas de Downton Abbey, un palacio inglés
en una campiña de Yorkshire donde transcurren todas
las afugias palaciegas en las postrimerías de la época
eduardiana y donde se evidencian las desigualdades
aristocráticas con los muchos sirvientes que allí tra-
bajan. Ese enorme palacio es el vitalismo de la épo-
ca; es el reflejo de una sociedad que se explica por el
comportamiento de sus miembros, los de arriba y los
32
El jardín de tus oídos

de abajo, en un momento en la cual éstos últimos em-


pezaban a sentir que llegaban las apelaciones hacia la
lucha de clases para desvanecer la sumisión.
La casa de Manuel Mejía Vallejo es también una
leyenda, la de los Herreros, fundadores de pueblos
como Balandú y Las Dos Palmas, donde se relatan mu-
chas situaciones llenas de incestos, abusos sexuales,
demencias y excomuniones, aparte de los singulares
fantasmas que rondan esas casas en los primeros años
del siglo veinte. Mejía Vallejo al parecer trajo a estas
casas muchos episodios de la saga de la colonización
antioqueña para que allí se reflejaran las tradiciones y
usos de esa época especial, porque pudo advertir que
una casa es un contorno preciso para revivir, dentro
de unos linderos, las expresiones, sentimientos y prác-
ticas de los personajes que la habitaron, y mostrar con
ellos los acontecimientos y contingencias de un deter-
minado período.
Una casa es una demarcación que provee al no-
velista de un territorio confinado para su recreación.
Pero esa condición de finitud puede verse más clara-
mente en el Dublín de Joyce, donde una ciudad toda
y un paréntesis de veinticuatro horas son el formato
preciso para entregar los más novedosos enfoques na-
rrativos del siglo XX. Sin embargo, estimo que hay en
esta experiencia citadina más de hogar (los habitantes
de la casa) que de casa (la estructura de la ciudad) y ese
es el éxito definitivo del irlandés, por los sentimientos
que evoca.

33
Jaime Lopera

Memorias epistolares

Si la Memoria por correspondencia que ha escrito


Emma Reyes para describir su infancia se multiplicara
por el resto de su vida, tendríamos la evidencia de una
novelista que ofrecería nuevas y tal vez mejores luces
sobre la vida y costumbres del altiplano cundiboya-
cense en la primera mitad del siglo XX. En el sencillo
pero lúcido lenguaje de la autora, uno no deja de en-
contrar, por pura simpatía a la imaginación, rastros de
ese realismo mágico que se le ha asignado casi como
un monopolio a García Márquez.
Son veintitrés cartas, desde 1969 a 1997, unas fe-
chadas y otras no, cuyo destinatario es el historiador
Germán Arciniegas. Son las cartas de una escultora
nacida en 1919 quien, cuando vive en París en 1969,
decide que su amigo bogotano puede ser un corres-
ponsal - coartada para empezar a servirse de su pro-
pia memoria y sus pormenores en torno a una etapa
vivencial que puso en ella las bases de su necesidad
de cambio que, como pintora y ahora escritora, quiere
poner al servicio de otros. Aparentemente son cartas
sucesivas pero tienen la fatalidad común de ser las vi-
vencias de una niña menesterosa que poco a poco va
descubriendo el mundo, desde la indigencia hasta la
protección. El marco religioso de escuelas y conventos
donde habitaba la niña ofrece el testimonio de todas
las inequidades y vergüenzas que sufren los pobres
cuando viven bajo el cuidado de ambientes opresores.
Vivir en una sola pieza, por años, es la promiscuidad
en toda su perfección, y nadie mejor que una testigo
presencial nos daría una imagen más cercana y cru-
da de esos hechos que hoy hacen parte de miles de
colombianos.
34
El jardín de tus oídos

Pero las escenas no se rechazan por su realismo,


pues vienen engarzadas en una prosa simple, llena de
alusiones, fácilmente comprensible aun para los que
reclaman acciones antes que metáforas por el pruri-
to de hacer del movimiento una certidumbre de ex-
periencias. Fuera de la descripción simple, en Emma
Reyes hay Humor, porque ella aprende a burlarse de
las desproporciones sin dejar de exhibirlas como una
manera de hacerlas manejables.

35
Jaime Lopera

La guerra desde el abismo

Un misionero sin brazos está colgado de los dientes


en la rama de un árbol y al borde de un precipicio. Él
sabe que no hay nada ni nadie que pueda ayudarlo,
pero está allí desde hace años y solo la fuerza de su vo-
luntad lo mantiene vivo. Otro hombre que lo observa
desde lo alto del abismo le pregunta: “¿qué significa la
llegada del Bodhidharma?”.
El misionero colgante tiene en esos momentos un
problema: si contesta y salva el espíritu del hombre, se
cae al vacío; pero si no responde, el otro podría inmo-
larse desde el despeñadero y se perdería así la salva-
ción de su alma.
En este relato de la sabiduría zen, del patriarca Sian
Ien, se suele ver un intento por ridiculizar la razón, o
formular una prueba para revelar la existencia de los
misterios o dilemas que confunden los razonamientos
de los demás. Pero si una pregunta puede ser hecha,
del mismo modo puede ser contestada. Y se puede
contestar por la vía de la misma filosofía, por medio de
las mismas parábolas zen, o acudiendo al expediente
literario de un relato que exponga las meditaciones de
un novelista en torno de la guerra.
La novela de Orlando Mejía Rivera, Pensamientos
de Guerra16, es precisamente un intento equivalente de
contestar a la pregunta sobre las secuelas de los hechos
y los lenguajes bélicos. Y lo hace mediante dos figu-
ras simbólicas: un profesor caldense de filosofía atra-
pado en estos años por unos secuestradores en algún
lugar del país; y, en forma paralela a esta captura, las

16
Orlando Mejía Rivera, Pensamientos de Guerra (Mani-
zales: Ediciones El Fakir Ilustrado, 2001).
36
El jardín de tus oídos

demostraciones de afecto y de reflexión epistolar que


vivieron dos soldados durante la primera guerra mun-
dial, hacia 1916. Dado que los “límites de mi mundo
son los límites de mi lenguaje”, como lo expresa uno
de los protagonistas, este libro con escenarios análo-
gos es un tributo personal del autor a su filósofo favo-
rito, Wittgenstein, al través de la correspondencia apa-
sionada entre los soldados amantes David y Ludwig
—quien asoma, este último, como una encarnación del
hosco, voluble pero brillante filósofo vienés.
En las páginas de esta que más bien podría llamar-
se una “nouvelle” o novela breve (menos de cien pági-
nas), se anuncia un propósito antibelicista cuyo reflejo
consiste en mostrar la crueldad de nuestra guerra y la
que viven los demás. El caso del secuestro del profe-
sor, tan evidente entre nosotros, le sirve de pretexto a
Mejía Rivera para amplificar el debate de la insensatez
a escala mundial, desde el compromiso asumido por
un filósofo de verdad que vivió aquellos años de con-
flagración a comienzos del siglo veinte, antes de dedi-
carse a enseñar metafísica en Cambridge.
El secuestrado colombiano camina por la selva con
los ojos vendados (aun cuando alcanza a identificar de
lejos un tiro de escopeta y no de rifle, y olisquear unas
orquídeas sabaneras), porque así son las circunstan-
cias en que se encuentra frente a sus captores: tampoco
ellos saben para dónde va la guerra. Como los juegos
del lenguaje “no son privados sino que pertenecen a
la comunidad”, al decir del austríaco, el formato de la
breve novela se expande hasta llenar el mensaje que
pretende: destacar la brutalidad de las guerras cuando
los hombres son llevados a ellas en masa y a ciegas.
Obnubilado por la guerra, Dalton Trumbo, el famo-
so libretista de Espartaco, Éxodo y otros éxitos del cine
en los años cincuenta, también se hizo el propósito de
revelar el conflicto desde los ojos de un comandante
nazi, Grieben, por medio de una confesión en primera
persona cuya fuerza dramática se revela en esa novela
37
Jaime Lopera

inacabada17. Sin embargo, Trumbo se llenó de temores


cuando se percató, en su correspondencia final, que
esa póstuma narración, La Noche del Uro, no alcanzaba
a superar el antibelicismo de su novela, Johnny cogió su
fusil (1939). En ese primer relato del rebelde guionista
(encarcelado por el macartismo en aquellos años te-
nebrosos de Hollywood), su personaje Johnny es tam-
bién un hombre sordomudo, sin piernas y sin brazos,
que reflexiona sobre la manera como ha sido aniquila-
do por una lucha que no es la suya.
Mejía Rivera, médico y escritor, viene del frío pero
no lo es: tiene en su haber varios libros de ensayos, de
poesía y de cuentos. Y así como el manizaleño ya ha
dado muestras de poseer un genuino oficio creativo,
del mismo modo revela su dedicación a las letras im-
pregnándolas con pensamientos propios que, a veces,
fluctúan entre lo ensayístico y lo narrativo. Por ello
sólo una persona con la vasta cultura de Mejía Rivera
pudo avanzar en la búsqueda de un lenguaje (el del fi-
lósofo) que ilustrara realmente el dolor de los hombres
en conflicto.
Aunque su secuestrado muere, el problema de Me-
jía Rivera no está resuelto: en las últimas imágenes del
moribundo hay un enorme gesto de duda y desaliento
que el autor no puede esquivar del todo. Y tiene la ra-
zón: agarrado de los dientes, sobre el abismo del ho-
locausto como los amantes soldados David y Ludwig,
un país como el nuestro no dejará de pensar en la solu-
ción de la paz a cambio de desatenderse de respuestas
mágicas simplemente improcedentes.

17
Dalton Trumbo, La Noche del Uro (Barcelona: Brugue-
ra, Narradores de Hoy, 1980).
38
El jardín de tus oídos

Versos versus versos

Carta a un poeta en agraz

Amigo poeta: solo ahora incursiono en tus sonetos,


que no conocía, y creo que tienen una excelente factu-
ra. Ya lo habíamos hablado juntos al comentar que no
es fácil ese género: en el verso libre la inspiración pue-
de viajar como un arroyo, con pocos obstáculos a la
imaginación; para los sonetos en cambio es necesario
una rienda, la rima, el compás que ella ofrece o quita y
el cuentakilómetros con los dedos que se retuercen de
angustia cuando no hay concordancia.
En el soneto hay un mandato englobado entre los
catorce versos porque el poema está encarcelado en
ellos y necesita morir con un mensaje: ninguna inspi-
ración, por muy rica que sea, puede escaparse de esa
sutil prisión que lo limita. En el verso libre en cambio
la única condición es lograr una metáfora sublime, una
sola, que salve la reputación del poema.
Nunca olvidaré al respecto unos versos de García
Márquez, que conocí hace tiempo, escritos en una es-
trofa de su «Poema desde un Caracol» (1947), que a mi
juicio son tres líneas absolutamente fascinantes:

Cuando era nuestra edad tan frágil que se doblaba bajo


el peso
de los castillos en el aire18.

A veces, cuando se va leyendo de corrido, uno se


tropieza y se enamora de ciertas frases como podría

18
Gabriel García Márquez, «Poema desde un caracol».
Circa 1947. Cfr. Memorabilia GGM.
39
Jaime Lopera

hacerlo con el recuerdo de algunos versos. En mi caso


hallé una vez en Gerald Durrell esta bella oración que
salvó su reputación poética:

Julio se había extinguido como una vela ante el viento


cortante que nos trajo un plomizo cielo de agosto.

En verdad tiene la poesía una muy amplia gama


para serenar el gusto. Cada persona hace su colección,
cada uno la rehace a su tiempo, y la conserva o la deja,
pero de todas maneras siempre será muy personal su
escogencia.

40
El jardín de tus oídos

La vieja guardia

La promoción especial de la novela de Pérez-Rever-


te en una conocida revista me ha causado algunas sor-
presas. En primer lugar, porque la literatura lusoes-
pañola suele ocuparse poco de las melodías del tango
como fuentes de inspiración narrativa (si hacemos ex-
cepción de Lobo Antunes); y en segundo lugar, por-
que la trayectoria de este autor hispano se revela más
por las aventuras de un espadachín como el capitán
Alatriste, héroe que deshace entuertos en el siglo de
oro español —del mismo modo como depositamos la
mirada en las aptitudes de exploración de Sam Spade
cuando nos acercamos a la obra de Hammett.
Y en tercer lugar, por los equívocos: una fotografía
en la portada con Grace Kelly en un hotel de Cannes en
1955, examinando de cerca un collar de perlas, parece
evocar que la trama de la novela de Pérez-Reverte19 es
(1) la historia feliz de un encuentro exclusivo con la
Princesa de Mónaco; (2) una dedicatoria nostálgica y
amorosa del autor a la hermosa Grace en sus años do-
rados; o (3) una coartada publicitaria para combinar
el testimonio de un tango antiguo de compadritos con
la posibilidad de haber sido bailado con la esposa de
Rainiero. Esa hermosa rubia, ahí en la portada, sugiere
pues varias ambigüedades.
El conjunto de la novela creí no entenderlo del todo
al principio: en verdad es difícil saber si es un relato
de la evolución del amor en los años veinte, un docu-
mental sobre la burguesía decadente de entreguerras
en Europa, una fábula detectivesca con el enredo de

19
Arturo Pérez-Reverte, El Tango de la Vieja Guardia (Bo-
gotá: Alfaguara, 2012).
41
Jaime Lopera

un collar robado, o es un romance consumado por va-


rias décadas y culminado bajo el marco de un juego
mundial de ajedrez, en una ribera mediterránea, en el
que interviene un hijo de la protagonista. El ambiente
rocambolesco durante el cual transcurre el libro se lo
puede mirar desde 1928 hasta 1966: es decir, desde los
pasos sincopados de un bailador a bordo de un buque
de turismo, hasta las escenas apuradas de unos “niños
bien” en algún conventillo del arrabal bonaerense o un
boliche de Turdera, y el acto final con los jugadores
rusos y además la KGB.
El nombre de vieja guardia es una invención del au-
tor pues, hasta donde lo sabemos, la música argenti-
na y uruguaya es una suma de varias épocas que van
desde finales del siglo XIX hasta principios de los años
cuarenta, bajo un histórico arco musical que no sue-
le encuadrarse como antiguo o moderno sino como el
único y verdadero mundo del tango y la milonga. No
obstante, el recuerdo reiterado del bailarín en torno al
tango es el pretexto para abordar todas aquellas cir-
cunstancias de un guion que habla de la aventura sen-
timental de Max, un vividor mundano, y Mecha Isun-
za, una hermosa dama de la burguesía española, in-
cluyendo —entre la abundancia de personajes— unos
admirables párrafos donde abundan desplazamientos
del tres por cuatro y limpias sugerencias sensuales que
nacen de la batuta del autor.
Al leer estos momentos amorosos de Pérez-Reverte
no pude menos que recordar a Bioy Casares, cuya es-
critura tiene rasgos similares, por lo menos en la am-
bientación y el manejo de las sutilezas eróticas, como
en el siguiente ejemplo. En «Guirnalda con Amores»20,
Bioy habla de un personaje que ofrece a sus compañe-
ros clases de bailes de tango con corte, en una playa
francesa de los años veinte donde ocurre una escena
inesperada de amor:

20
Adolfo Bioy Casares, Obras Completas. Cuentos I (Bo-
gotá: Editorial Norma, 1997; página 334).
42
El jardín de tus oídos

En algún momento, Bárbara apagó la luz y en otro abrió


las cortinas; en el intervalo de la penumbra enfrenté los
botones del vestido; no los conté, pero afirmo que había
más de veinte. Esos botones impusieron un alto, que me
permitió valorar mi suerte. Después, todo pasó como un
sueño. La moraleja del episodio es que las vírgenes y los
mejores premios de la fortuna se nos dan gratuitamente
y que tal vez para restablecer el equilibrio de la justicia
resbalan como agua entre las manos. Yo flotaba aún, mi-
rando al techo, por íntimas lejanías, cuando Bárbara ha-
bló: —Tengo hambre —dijo—. Vamos a almorzar. Hasta
las dos no abren y yo no me presento, sin raquetas, ante
Clarence y Clark.

¿Está claro? Quizás menos Miller y más ingeniosi-


dad. Así, si bien predominan los párrafos con excelen-
tes descripciones de finuras, lugares y costumbres, no
se aprenderá más del tango de lo que se sabe hasta
ahora. En consecuencia, lo que más me pudo llamar
la atención es que el título de este libro se insinuaba
como una manera de inflar como un globo una peque-
ñita aventura con la Kelly, novelita que se iniciaba con
un seductor baile de tango en un trasatlántico.

43
Jaime Lopera

Testimonio de un forastero

Hace poco, mientras evocaba los cincuenta años


del crimen de mi padre en Calarcá, tropecé con el li-
bro Estado y Subversión en Colombia. La Violencia en el
Quindío, de Carlos Miguel Ortiz, en la excelente edi-
ción realizada por la Biblioteca de Autores Quindia-
nos de la Gobernación del Quindío (en 2011), entidad
que reeditó esa obra como consulta para muchos estu-
diosos nacionales y locales. Al repasar este gran estu-
dio presentí que allí podría hallar algunas respuestas
al episodio vivido por mi familia, porque mi segunda
mirada no era tan desprevenida como antes, por efec-
tos del aniversario.
No creo innecesario decir que solamente el testimo-
nio de un forastero, de un santandereano para mayores
señas, pudo ofrecernos, y al país entero, una investiga-
ción y una validación tan seria sobre las causas de La
Violencia en este departamento. Su trabajo completo
(420 páginas) abarca un espacio que empieza en 1947
y termina en 1966 con miles y miles de muertos. El tra-
bajo de Carlos Miguel Ortiz fue meticuloso, paciente
y crítico hasta llegar a la mayor parte de las fuentes
primarias que le fueron posibles consultar para enten-
der la compraventa ilícita de tierras en las zonas azules
y rojas, para citar solo esta parte conmovedora de su
indagación.
Este es, para nosotros, uno de los puntos centra-
les del libro: de qué manera la más sectaria rivalidad
política de esos años derivó, entre otras cosas, hacia
el negocio de compraventa de tierras a la sombra de
las amenazas políticas y el chantaje económico en la
zona cafetera. Este enfoque me hizo recordar que, en
los orígenes de la colonización antioqueña, las dos
44
El jardín de tus oídos

principales concesiones de la corona española, las de


Aranzazu y Burila, en algún momento se encaminaron
hacia el negocio de tierras y venta de grandes fincas en
aquellos sitios donde estaban llegando los colonos po-
bres (antioqueños, tolimenses, caucanos, cundinamar-
queses) que, alentados por el Estado, esperaban recibir
gratuitamente la adjudicación de predios a cambio de
su cultivo y explotación.
El libro de Paul Oquist (Violencia, Conflicto y Polí-
tica en Colombia. Bogotá: Banco de la República, 1978)
le sirvió de acicate a Ortiz Sarmiento para adelantar
su pesquisa en las regiones del Quindío y el norte del
Valle, elegidas como el conjunto geográfico donde se
podría confirmar una hipótesis de que “los actores
reales de la historia de La Violencia son los grupos so-
ciales”, encarnados en los “hacendados, propietarios,
agregados, peones, guaqueros, mineros, vivanderos,
comerciantes pueblerinos y profesionales”, sin dejar
de mencionar a los fonderos de las veredas que cum-
plieron un papel notorio como financiadores al por
menor de las cosechas cafeteras, y como informantes
o soplones de los sediciosos liberales o conservadores
en cada caso.
A ese respecto, vale una acotación: durante muchos
años Colombia se vio sometida al Frente Nacional
como una reparación que se creía necesaria para pur-
gar los años de esa violencia partidista que instauró a
Tirofijo y sus tinglados. Para la democracia, el Frente
Nacional fue algo semejante a la tortura de un ratón
vivo que se introduce en la boca de las víctimas, de-
jándolo allí hasta que los pobres mueren asfixiados sin
compasión. Nuestra democracia no murió asfixiada,
pero en cambio vimos crecer en esos años otras formas
de cerrar el paso a las aspiraciones de una creciente po-
blación: por ejemplo, se desatendieron los problemas
sociales mientras se decía tener en cuenta a los políti-
cos con la paridad, la alternación y hasta la milimetría.
Una violencia no-partidista se instauró entonces y, al
45
Jaime Lopera

amparo del bipartidismo, fueron floreciendo la guerri-


lla, el narcotráfico, el terrorismo urbano, los grupos de
autodefensa, el sicariato.
Hay mucha tela que cortar en este importante libro
del profesor Ortiz, quien vivió unos años en el Quin-
dío antes de dejarnos ese enorme testimonio que com-
plementa, con creces, los documentos del padre Guz-
mán y Fals Borda sobre la violencia en Colombia. Ali-
mentado por muchas estadísticas, y por observaciones
directas en las Notarías de algunas ciudades cercanas,
a uno le queda el sabor de que los oriundos de esta tie-
rra no supimos, ni todavía sabemos, abordar, como lo
hace este libro, ese fenómeno político y social que nos
cerró por años las puertas al desarrollo y nos subordi-
nó a los intereses políticos del Frente Nacional.
En efecto, pasarán muchos años antes que los quin-
dianos comprendamos, sin asomo de dudas, lo ocu-
rrido en la época de La Violencia. Aún viven algunas
personas que se reconocen víctimas de ese holocausto,
y también protagonistas que han olvidado, delibera-
damente quizás, su participación en aquel período.
El sectarismo político no tiene ya los mismos matices
de entonces porque los partidos políticos carecen de
identidad, ensombrecidos por el clientelismo, “esa es-
tructura de pecado” —como alguna vez lo llamaron en
los pasillos del Vaticano—, que prácticamente le sir-
vió a los gobiernos para mantener bajas las cuotas del
desempleo, aun cuando fuera pagando el precio de la
ineficiencia y la improvisación del Estado.

46
El jardín de tus oídos

Gruesos argumentos

El abordaje a la novelística norteamericana es como


mirar el océano desde un acantilado. Es inmenso el
panorama y desiguales los estados y condados donde
ella se produce. Si uno elige entrar en esa inmensidad
debe saber explícitamente si se queda en California, en
Vermont, o en Arkansas; una vez allí, a defenderse de
la profusión como sea en cada lugar.
No en vano se suele aludir a “la gran novela ame-
ricana”, término que se aplica a identificar toda obra
literaria enderezada en ampliar la cultura de los Es-
tados Unidos en diferentes periodos de su historia.
Las obras de las primeras colonias que llegaron son
sustancialmente diferentes a las de las guerras de In-
dependencia del Imperio Británico, y mucho más si
hablamos de las dos guerras mundiales, del crack fi-
nanciero del 29, de las mafias italianas, del crecimiento
del cine, de la historia del jazz y muchos otros tópi-
cos. Tal vez el cine haya sido más pródigo con estos
temas (El Gran Gastby, Ciudadano Kane, West Side Story,
El Padrino) que la novela de aquellos años. Pero desde
siempre el concepto de identidad se hizo evidente y
necesario en ese país cuya heterogeneidad se revela en
las variadas Constituciones estatales.
Esto viene a colación cuando se me pregunta si
habré leído a Franzen, Gaddis o De Lillo. Estos tres
novelistas son narradores catarata con una obra enor-
me, con libros de más de mil páginas, como pocos en
América Latina. Este primer acercamiento a tan vo-
luminosos relatos es el que amedrenta y de paso es
un retén que dificulta el contacto. Pero cuando uno se
deja atrapar por las escuetas narraciones de Raymond
Carver, de Thomas Pynchon, de Sam Shepard, o aun
47
Jaime Lopera

de los complicados formatos de Foster Wallace, se em-


pieza a entender que con ellos ya se puede iniciar la
travesía por la literatura de ese enorme e inagotable
territorio.

48
El jardín de tus oídos

La reina de la poesía

Lo que más me gusta de ti, querida imaginación,


es que no perdonas.
Breton

Todo poeta habita su propia casa. La ha venido


construyendo por largo tiempo, primero acopiando
materiales sólidos y firmes para los cimientos, como lo
sugiere Harold Bloom; luego diseñando poco a poco y
a su gusto las ventanas, la terraza, la chimenea y sus si-
tios favoritos de esparcimiento y reflexión. En alguna
gaveta se han venido arrumando sus odas, sus sone-
tos, sus himnos, sus décimas, sus borradores y todos
sus otros productos mientras decide su localización
apropiada (desde lejos, un verso aislado y solitario le
hace señas al poeta para que no lo olvide).
Como es natural, algunos poetas hacen su traba-
jo con paciencia y dedicación. Se aburren unos días,
se afanan otros, pero siempre estarán allí, frente a su
cuaderno, vigilando sus sueños. Otros simplemente se
sientan en una mesa de cafetería y por días se empe-
ñan en ir improvisando versos y procurando sacarle
partido al paisaje de un grabado o la longitud de una
breve iluminación. Esbozan aquí, borran allá, y obser-
van las reglas de la perspectiva hasta que se encuen-
tran plenamente satisfechos con su creación: más tar-
de se darán cuenta, por la visión de los demás, si sus
esfuerzos han sido compensados. Al día siguiente no
pocos destruyen sin pesar lo que habían dibujado y se
sientan a esperar otro ramalazo de lucidez.
El verso es el material principal con el cual se levanta
la casa, pero la metáfora es la reina de la poesía. Muchos
versos hacen la casa, pero una buena metáfora acredita
toda la construcción desde los cimientos hasta la azotea.
49
Jaime Lopera

Debo confesar que fue Gonzalo Rojas quien, ya muy


tarde, me dio las mejores pruebas de la metáfora y me
reveló que no es necesario ser demasiado hermético
para adivinar los estremecimientos de la vida. Para
ser justos también hallé muchas reinas - metáforas en
las poesías de Octavio Paz, en las de Pessoa, Machado
y De Greiff, aunque nuestro Juan Manuel Roca no se
queda a la zaga. No obstante es preciso saber que ellas,
las reinas, no le salen a uno al encuentro fácilmente y
más bien se le escabullen a los lectores disipados para
castigarles su desatención. Este es precisamente uno de
los alcances principales de la metáfora: una vez descu-
bierta, y recibida con impacto, se pega a la piel con toda
su belleza encima hasta que una inesperada corona de
armiño muestra desde lejos la calidad de su mención.
Una arquitectura muy conocida de versos y metá-
foras puede construirse con catorce versos, dos cuarte-
tos y dos tercetos, por lo general rimados con cuidado:
esto es un soneto. Pero esta tarea no carece de peligros
hacerla: si a punta de golpes de un martillo se quiere
forzar a que una metáfora se incruste en el cuarteto
de un soneto, toda la edificación puede irse al suelo.
Lo mismo pasa con la rima de aquella palabra que los
lectores adivinarán de antemano: si se piensa que a la
calma debe seguir la palma, el verso se autodestruirá
en pocos segundos. Parafraseando a Gabriel Zaid: “No
me digas que eres un genio de las artes visuales si no
sabes dibujar. O que tus versos rompen todos los es-
quemas, si no eres capaz de escribir un buen soneto”21.
Los materiales que usa el poeta para su obra son
tan corpóreos como un camino, un lecho, una lágri-
ma, un piano, la luna, pero tan inmateriales como el
amor, la nostalgia, el recuerdo, o el rumor de una ola
que se estremece bajo el fragor de una noche olvidada.
Eso de los materiales es complejo: con razón alguien

21
Gabriel Zaid, La Poesía en la Práctica (México: Fondo de
Cultura Económica, Lecturas Mexicanas, 1985).
50
El jardín de tus oídos

se admiraba con las primeras palabras que supuesta-


mente diría el escultor Miguel Ángel enfrente de un
enorme y virgen bloque de mármol: ¿ahora qué sigue?
A la vista de una colección de objetos sensibles
como un paisaje, una hamaca, unas ninfas cantando
en un arroyo, un anciano fumando en un parque, ¿el
poeta debe preguntarse lo mismo?
Unos poetas van construyendo la casa de sus versos
sin importarles las penurias que les dejan poco tiempo
para ser persistentes y productivos mientras atienden
las menesterosas obligaciones de su hogar y cumplen
sus obligaciones con el sindicato; otros alcanzan una
envidiable posición burocrática en los sectores judicia-
les y ello les da más tiempo para recibir la inspiración.
Escribiendo desde una oficina comercial portuguesa
como Pessoa, o arrellanado en una butaca de su oficina
por muchos años como Kafka, la diferencia de lengua-
jes entre uno y otro no será sustancial hasta que algún
crítico encuentre que los toscos enseres de aquella ofi-
cina europea tal vez ofrecían mejor calidad y atractivo
que las comodidades de la otra, y desde ese momento
comienzan las diferencias y los debates ad infinitum so-
bre el entorno que protege o promueve la creatividad.
Pero, aparte de los ambientes de creación, también
existen algunas invenciones prosaicas. Un poeta cual-
quiera empezó a escribir encima del renglón de un
verso conocido de tal manera que coincidieran las pa-
labras del primero con las nuevas palabras o sinóni-
mos que él colocaba arriba, hasta que una sonrisa de
satisfacción lo sacaba del arrobamiento impostor. Per-
feccionó la tarea: ni siquiera se perdía en la sintaxis ni
en la consonancia. Dicen que todavía circulan poemas
suyos como fruto de esa discutible práctica, pero de
alguna manera elude leerlos en sus recitales no vaya a
ser que algún necio le atrape la imitación; ahora los tie-
ne a buen recaudo en un cajón de su escritorio y poco
se preocupa de ellos dada la magnitud de su (falso)
prestigio innovador.

51
Jaime Lopera

La crónica es substantivo

Hace años, en alguno de los párrafos de una novela


que leía, escribí una nota a lápiz que ahora recupero:
la novela es el territorio del adjetivo, la crónica es el reino
del substantivo. De ser cierta esta afirmación, imagine-
mos lo que puede ser la mezcla de tales características
a lo largo de un escrito que combine la espléndida ri-
queza de las metáforas con la serena descripción de
lo nominativo. Por este camino llegamos a la notable
conclusión de que la crónica colombiana se alimenta
de ambas vertientes, como puede leerse en los textos
equivalentes de García Márquez y otros cronistas de
la historia.
La relación entre la crónica y la literatura es una
antigua conversación entre los historiadores latinoa-
mericanos y los cronistas de Indias, quienes recibie-
ron la orden de registrar (cada uno a su manera) los
hechos que luego fueron conformando nuestra iden-
tidad como nación. Esa articulación entre tradición y
pertenencia, no se da exactamente a partir de los suce-
sos desnudos que los frailes, notarios y escribanos de
la Corona nos hicieron conocer, sino también a partir
de leyendas y fábulas que salieron de sus plumas de
ganso.
Cuando los cronistas se hicieron testigos de la his-
toria, sus relatos se difundieron en escenarios de toda
clase. ¿Acaso podemos conocer las peripecias de la
conquista española sin leer a fray Pedro Simón o a Cie-
za de León? ¿Acaso no fueron los escritos de El Carnero
los que nos dieron certeza de los acontecimientos ocu-
rridos en la Colonia, además de su novedoso breviario
de la brujería de entonces? Mucho más adelante, vino
la cinematografía. La literatura y el cine, como decía
52
El jardín de tus oídos

algún escritor francés, son tan diferentes que parecen


gemelos. Eso explica la facilidad con que la literatura
se enganchó con el aparato del señor Lumière y de qué
manera su maridaje se hizo indispensable: cuando las
obras universales de la literatura pudieron ser lleva-
das a la pantalla, un nuevo horizonte se abrió para los
seres humanos que pudieron vivir de cerca las epope-
yas de Tolstoi, los agónicos amores de Stendhal, y las
ocurrencias mágicas de Tolkien y sus adeptos.
Ya iniciado el periodismo con la Gaceta de Santafé y
el cubano Manuel del Socorro Rodríguez, germinaron
a su alrededor los géneros complementarios de la no-
ticia —esa materia prima que por siglos era exclusiva
de las cartas que transportaban los chasquis y los por-
tadores, y el componente principal de los rumores que
circulaban por los callejones del pueblo. Poco a poco
aparecieron también los editores, los columnistas, los
dibujantes, los expertos de la franja policiva, los pro-
motores culturales, los cargaladrillos y los cronistas
que, desde el principio, fueron y han sido los principa-
les animadores del periodismo contemporáneo. Y con
todos ellos vinieron los gestores modernos del perio-
dismo literario, o de los reportajes de no ficción, que
inauguraron Gay Talese y Tom Wolfe desde el siglo
pasado.
Después de las crónicas, con su peculiar forma de
decir las cosas, surgieron los críticos literarios, los crí-
ticos de cine y televisión, los críticos de arte, los de de-
portes, entre otros. Por ejemplo, el novelista Guiller-
mo Cabrera Infante, con su irrespetuosa creatividad,
también le dio por hacer otra modalidad de crónica, la
crónica de cine, y luego, con la misma agilidad que ad-
jetivaba, le procuraba vida a su seudónimo, Caín, para
darles un navajazo crítico a las películas que él mis-
mo había reseñado22. Por alguna extraña paradoja, de

22
Guillermo Cabrera Infante, Cine o Sardina (Madrid:
Santillana, 1997).
53
Jaime Lopera

todos esos tipos de examinadores críticos parece que


se salvaron los cronistas porque no existen críticos de
crónicas —ni siquiera los blogueros de ahora que son
autistas, muchos de los cuales utilizan su página para
agredirse a sí mismos escribiendo chatarra.

54
El jardín de tus oídos

Escribir versos

Los poetas jóvenes, entusiasmados por la ilusión de


un verso repentino que les viene en una cantina o la
descarga emotiva de una metáfora que se les aparece
repentinamente en el baño, a veces se olvidan de que
la poesía también tiene una técnica. Hice un ensayo
con una página Web que mide y señala las característi-
cas de un verso, y encontré sorpresas. Escribí un verso
al azar y el programa me respondió así:

El verso se ha interpretado como: «tengo el dolor». Se


compone de tres palabras, dispuestas en catorce signos
(doce letras y dos espacios). Se reconocen 4 (cuatro) síla-
bas métricas (margen discrecional entre cuatro y cinco,
verso tetrasílabo, simple de arte menor).

[ten] + [go ~ el] : : [do] + [lor].

Detectada una sinalefa, marcada con ~ (dos sílabas que


cuentan como una, susceptible de deshacerse mediante
un hiato). Se omite considerar las posibles aféresis, sín-
copas y los apócopes, tanto prótesis como epéntesis que
hubiere en el verso. Póngase especial cuidado con la orto-
grafía, particularmente en lo relativo a poner cada tilde
en su lugar correcto, puesto que cometer cualquier tipo
de error en este punto puede llevar al programa a la inco-
rrecta evaluación de la métrica del verso.

¿Así que es fácil escribir poesía?

55
Jaime Lopera

Riñas literarias

Se habla mucho acerca del famoso incidente de


una trompada que le propinó Vargas Llosa a García
Márquez por un asunto que ambos decidieron, cada
uno por su lado, ocultar del todo. Pero las riñas de los
escritores famosos no han parado ahí: mucho antes,
el famoso filósofo Maurice Merleau-Ponty escribió su
libro Humanismo y Terror (1947) donde hablaba de la
violencia de los procesos de Moscú y las purgas estali-
nistas de fines de la década de 1930, las cuales explica-
ba como un medio de eliminar la violencia capitalista.
Por aquella época Merleau-Ponty describe el desarro-
llo de los procesos contra los “enemigos” de Stalin y
admite que la violencia de Estado debía ser legítima
como una manera de defender el gobierno revolucio-
nario de la Unión Soviética. Esta tesis no le agradó
nada a Albert Camus a tal punto que, en un encuen-
tro ocasional durante una cena, Camus se acercó muy
educadamente a Merleau-Ponty y sin previo aviso le
propinó una trompada en la nariz. No es necesario
adivinar lo que pasó luego.
Por aquella misma época se conoció también una
escena que algunos presenciaron con el nombre de
“el atizador de Wittgenstein”, y cuyos protagonistas
fueron este famoso filósofo austríaco y su paisano, el
también filósofo Karl Popper. Cuentan que el incidente
transcurrió durante una sesión de exposiciones acadé-
micas en la universidad de Cambridge durante la cual
Wittgenstein se incomodó con algunas palabras en la
presentación de Popper; para manifestar su desacuer-
do en público empezó a atizar el fuego de una chime-
nea del salón hasta que Popper debió decirle con irri-
tación que dejara la varilla de las brasas donde estaba.
56
El jardín de tus oídos

Ante lo cual Wittgenstein, igual de enojado, agitó el


instrumento por lo alto en forma amenazante mientras
abandonaba vociferando la sala donde se encontraban.
Alguien explicó esa conducta diciendo que tal vez, sin
proponérselo, el pensador olvidó uno de sus precep-
tos: “Lo que se deja expresar, debe ser dicho de forma
clara; sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar”.

57
Jaime Lopera

Escribir a solas

García Márquez solía decir que el mejor sitio para


escribir era una casa de putas, donde todas las maña-
nas se disfrutaba de un enorme silencio y por la noche
todo era una fiesta. A William Faulkner, en cambio, le
venía la inspiración trabajando como fogonero en una
mina de carbón y, mientras paleaba carbón, miraba de
reojo —entre el estrépito de los vagones, los destellos
de las lámparas y el polvo suspendido en los socavo-
nes— los cuadernos empolvados donde estaba traba-
jando una narración.

58
El jardín de tus oídos

Matar el pasado

Cuenta John Banville que cierto emperador de la


antigua China decidió prohibir el uso del tiempo futu-
ro en todo su reino afirmando que, como iba a morir,
no habría porvenir alguno en su territorio.
Años después otro monarca de la misma línea hizo
lo contrario: censuró el uso de los recuerdos en el ha-
bla popular. De este modo, casi inadvertidamente, el
pasado poco a poco dejó de existir, solo el presente
cubrió todos los confines de la tierra y esta decisión le
dio a la felicidad una cobertura total que los humanos
nunca habían sospechado.
Simplemente que los individuos terminaron igua-
lados con los animales, que no tienen sino un presente
imperecedero al alcance de sus ojos en el pasto que se
les renueva todos los días.

59
Jaime Lopera

Condiciones del progreso

Cierto día que iba apurado hacia el baño en mi casa,


agarré al azar el primer libro de un anaquel cercano
pues sospechaba que la visita se prorrogaría dada la
intemperancia del día anterior. Al abrirlo y ojear unas
líneas, descubrí que en ese libro estaba la razón de mis
inquietudes en torno a muchas cosas conocidas y ex-
perimentadas de mi vida.
Cuando lo leí, por allá en el año de 1976, mi percep-
ción del mundo y el universo sufrieron un cambio que
poco a poco se fue integrando a las condiciones parti-
culares de mi conducta frente a las personas y las co-
sas. Fue un largo proceso de decantación que no vino
a mí en aquellos años —zambullido en parte en las pe-
ligrosas condescendencias de la política y la burocra-
cia— sino poco a poco cuando se afinó mi perspectiva
hacia los demás. En una palabra, no olvidaré nunca a
Feyerabend cuando dijo que la duda es una de las con-
diciones necesarias para el progreso: “no hay una sola
regla, por plausible que sea, ni por firmemente basada
en la epistemología que venga, que no sea infringida
en una ocasión u otra”23.
Hablar por aquel entonces de que el anarquismo
podría ser una filosofía política muy atractiva, era una
provocación —sobre todo si alguien pudiera confun-
dirlo con un movimiento activo y subversivo como el
de Bakunin y Proudhon, y aun el prudente de Thoreau.
Cuando Feyerabend argumentaba sobre los “raciona-
listas amaestrados” que suelen obedecer a la imagen
mental de sus amos, aclaraba que ellos terminaban de

23
Paul K. Feyerabend, Contra el Método (Barcelona: Edi-
torial Ariel, 1975; página 15).
60
El jardín de tus oídos

conformistas con los “estándares de argumentación


que han aprendido” por efectos de la sumisión. Cuan-
do este filósofo vienes (1924 - 1994), recalcaba que
las reglas, por aconsejables que fueran, reclaman no
seguirlas sino adoptar las opuestas, en ese momento
mi apertura hacia la lectura crítica se hizo manifiesta.
Desde entonces mi dicho de que “soy un optimista con
paracaídas” se me hizo evidente.
Por aquella misma época conocí a Lauchlin Currie,
un economista norteamericano que había participado
en las primeras etapas del New Deal de Roosevelt y,
por este motivo, había sido acusado de rojo por los pe-
rros del macartismo, y prácticamente desplazado en
su país, terminó viviendo en Colombia como asesor
del gobierno de Misael Pastrana (fue el creador del
Upac) y consultor de organismos internacionales. Lo
conocí en el Grupo Integración, donde nos enseñaba
economía a un conjunto de amigos que, con el tiempo,
todos ocuparon altas posiciones ejecutivas en varios
gobiernos. Su método socrático de preguntar y dejar la
respuesta a cargo del alumno, era un notorio desafío a
la inteligencia y una pedagogía que hizo parte en ade-
lante de todos nuestros estudios y escritos. No dudo
que Feyerabend hubiese estimado en alto los progre-
sos que alcanzamos con las indagaciones de Currie.

61
II

El mundo subterráneo

Ensayo
El mundo subterráneo

Muchas veces se pregunta a las personas por su


definición de sí mismas. Por supuesto que es bastante
difícil responder a esa pregunta: en primer lugar por-
que toda autodefinición es un peligro. Cualquier apre-
ciación que uno tenga sobre los que parecen ser sus
atributos o sus debilidades tiene la particularidad de
ser subjetiva, nacida en ese mundo subterráneo de la
inconsciencia donde viven los miedos y los destinos.
Luego viene lo peor: porque las apreciaciones ajenas
también están tiznadas de percepciones desiguales, de
prejuicios y de recelos.
En ese caleidoscopio de valoraciones no hay po-
sibilidades de acierto y siempre quedará una cortina
de grises que en definitiva no dejarán ver la verdad.
Si alguien asegura que es una persona muy familiar,
un pariente maltratado dirá que no es así; si alguno se
declara amigo de sus amigos, otro estará desbarajus-
tando esta afirmación con el ejemplo de una descorte-
sía; si alguien expresa su tolerancia ante las diferencias
de los demás, en alguna parte existirá un adjetivo que
la niegue; y lo peor ocurrirá con la inconformidad, la
curiosidad o con el humor, expresiones netamente in-
dulgentes.
En fin, puedo decir que soy un cinéfilo voraz, o un
fanático de la bienhechora matancera, y eso no agrega
mucho de mí aparte de confesar un rol tan inofensivo
como decir que soy coleccionista de orugas. Siempre
alguien lo entenderá diferente. No en vano los clási-
cos españoles se curaron en salud cuando crearon este
famoso dicho, “está brava mi vecina porque se robó
mi gallina”, para responder a quienes nos juzgan sin
oírnos en juicio.

65
Jaime Lopera

El ojo crítico

A un amigo que presiente estar en los umbrales de


la crítica literaria le he recomendado lo siguiente: si
quieres acceder al artículo «Cinco ideas fijas sobre la
crítica literaria»24 empiezas a quedar liberado de saber
cómo se practica esta disciplina y cuáles son las forma-
lidades más significativas que este ejercicio tiene.
Es difícil dicho género: la crítica literaria es una
mezcla de caricias y de golpes. El carácter subjetivo de
la crítica literaria y también de las reseñas camina por
el filo de la navaja en tanto que el comentarista trate
de ser indulgente, aun sin perder de vista a un futuro
lector que tal vez espera unos picotazos más agudos
y determinantes para su no-lectura. En cambio, si la
admiración o cercanía con el autor son rotundas, las
palabras de una reseña o de una crítica se adivinarán
como amelladas o superfluas, casi impostoras, desan-
geladas como suele decirse ahora.
Si el crítico avizora algunas carencias en la per-
cepción personal que tiene del reseñado, es probable
que el cuchillo se hunda en los párrafos de la obra
bajo escrutinio como en un trozo de mantequilla. Si
lo emotivo domina, y el crítico además posee pocos
escrúpulos, acabar con el autor se hará dominante en
su discurso hasta el grado de autocomplacencia que
más le sirva. Es probable que el reseñador pueda ser
más benévolo.
Sospecho que la tendencia actual parece orientarse
hacia lo benigno. Aparecer como un ogro que devora
los libros (literalmente) no es de buen recibo en ciertos

24
Jorge Téllez. Revista Letras Libres, México, número 181,
enero 2014.
66
El jardín de tus oídos

ambientes donde el estrecho círculo social es intole-


rante a las detracciones. Sería bueno ahondar en estas
afirmaciones pero sin aspirar a hallar un justo medio
que, en estos casos, se escurre entre los dedos.
Finalmente, cuando el novicio decida que quiere
hacer un curso rápido de perfeccionismo y que anhela
detallar su texto con altísimos ingredientes literarios y
poderosa imaginación, basta con sumergirse del todo,
y por largo tiempo, en el Curso de Literatura Europea de
Nabokov, o en algunos de los textos de Steiner25. Y si
por alguna razón quiere afilar su prosa de una manera
irónica y transparente, lo remitiríamos al finado Ale-
jandro Rossi, cuya huella mexicana aún persiste entre
todos los manuales de los distraídos26. Puede intentar-
lo, nada pierde.

25
George Steiner, Pasión Intacta (Bogotá: Ediciones Si-
ruela, Grupo Editorial Norma, 1996); V. Nabokov, Curso
de Literatura Europea (Barcelona: Ediciones B.S.A, Grupo
Zeta, 1997; página 303).
26
Alejandro Rossi, Manual del Distraído (Barcelona: Ran-
dom House Mondadori, 2007).
67
Jaime Lopera

Breve elogio de la crisis

Las crisis y las dificultades son dos hermanas que


se pasean por la vida cotidiana con más frecuencia de
la que se les espera. Pero tienen un grado de valora-
ción diferente: la dificultad es un género menor, como
lo que va de la ópera clásica a la zarzuela. Por contras-
te, la Crisis debería escribirse en mayúscula porque
alude a cambios mayores y dramáticos en las perso-
nas, en los grupos, en los países. La dificultad puede
ser vista como un episodio frecuente y pasajero que,
grave o no, se transpone en poco tiempo; esto se expli-
ca porque los seres humanos afrontamos dificultades
en forma permanente, en la vida diaria, en el trabajo,
en la familia, pero solo de vez en cuando se manifiesta
en nuestro horizonte vital una de esas Crisis que ame-
nazan con echar abajo muchas de las seguridades que
hemos conquistado.
Varias afirmaciones de Zuleta27, en su célebre ensayo,
continúan siendo relevantes y aclaratorias: “En lugar
de desear una relación humana inquietante, compleja
y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y
nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras
y sin peligros, un nido de amor, y por lo tanto, en últi-
ma instancia un retorno al huevo”. Y añade: “En vez
de desear una sociedad en la que sea realizable y nece-
sario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras
posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una
monstruosa sala-cuna de abundancia pasivamente re-
cibida”. Cuando hablamos de la cultura del confort, es
claro que nos referimos a la misma aspiración.

27
Estanislao Zuleta, Elogio de la Dificultad y otros ensayos
(Bogotá: Ariel, 2015).
68
El jardín de tus oídos

Desconocer o renunciar a la dificultad es por consi-


guiente una demostración facilista de que esquivamos
el mundo en que vivimos, que damos vueltas y elegi-
mos atajos para evitar los problemas y que nos sen-
timos cómodamente satisfechos cuando alcanzamos
una frágil meta de una paz aparente, mediante enga-
ños a la verdad. A menudo la felicidad se confunde
con la estratagema vital de renunciar a los problemas,
de barrerlos debajo del tapete, de desviar la mirada
antes de sentirnos atrapados por una realidad que nos
impide ser felices.
En otros términos, las crisis están compuestas por
una suma de dificultades, por unas dificultades cons-
tantemente acumuladas. Como es bien sabido, los pro-
blemas a veces aparecen en manada, como un enjam-
bre enmarañado y volátil que a menudo no deja perci-
bir las verdaderas causas del inconveniente principal.
Dado que los problemas nunca vienen en fila, y más
bien poseen la tendencia a agolparse, le corresponde
al analista de ellos desagregar de aquel enjambre de
problemas aquel o aquellos que, por ser prioritarios,
favorezcan el orden preciso para analizarlos y hallar el
camino de una o varias soluciones.
Una perspectiva equivalente entre dificultades y
Crisis —similar a la diferencia entre sucesos y aconte-
cimientos— la leí cuando Antanas Mockus evocaba el
contraste entre la indignación y el odio. “Con el odio,
decía, no hay más remedio que acabar con el otro... Si
a mí me odian, eso no me educa, sino que respondo
simétricamente al odio con más odio”28. Por lo tanto,
concluía en un reportaje, “es más pedagógica la indig-
nación que el odio”. La diferencia de intensidad es tan
evidente, en ambos casos, que la mejor enseñanza po-
sible es probablemente esta: es mejor tener una pila de
iracundos que una multitud de abominados.

28
A. Mockus, El Tiempo, 24 de marzo de 2009.
69
Jaime Lopera

En el camino que conduce desde las dificultades a


las Crisis, hemos visto que estas últimas son más es-
timulantes para suscitar la imaginación de las solu-
ciones. Las Crisis forjan la inspiración y la inventiva.
Ante situaciones personales, sociales, económicas o
políticas muy espinosas, el pensamiento creativo es
mucho más proactivo y, así por decirlo, más rentable.
Fue Albert Einstein el notable impulsor de esta pers-
pectiva cuando señalaba que “la creatividad nace de la
angustia como el día nace de la noche oscura”, porque
en medio de ella nacen los descubrimientos y las gran-
des estrategias.
De esta manera podemos llegar a una reflexión
esencial: sin Crisis no hay desafíos, ni salidas, ni so-
luciones: “callar la Crisis, decía el físico, es exaltar el
conformismo”. Y de paso exaltar la rutina, la incompe-
tencia y la ausencia de méritos. Cuando las personas
bajan la guardia y se acomodan a la vida fácil, cuando
eligen la comodidad como pauta de vida y desechan
la posibilidad de luchar por nuevos horizontes, la vida
pierde sentido y las sociedades se consumen en su
propia ineptitud.

70
El jardín de tus oídos

Manuscritos y amigos

Un amigo está decidiendo si valdría la pena la pu-


blicación de unos diarios de viaje que ha venido crean-
do por varios años acerca de Buenos Aires, Tokio y
Miami, entre otras ciudades. Algunos familiares, que
ya los conocen, le dicen que suenan demasiado “eru-
ditos”, casi clasistas por lo intrincados y complejos.
Otros lo animan de una diferente manera: el peligro
de dar a conocer de antemano los manuscritos propios
es el de hallar amigos confundidos por saber si el autor
espera elogios de ellos, o si mejor sería quedarse en
silencio mientras pasa el tiempo.
Las percepciones de los lectores amigables sufren
del mismo mal de los lectores corrientes: sus ojos
son prismas que leen en cada párrafo los sentimien-
tos del día, los rencores aplazados, las imágenes más
conocidas, las apreciaciones que se niegan a revelar
su identidad. Por ello mismo los lectores privados de
nuestros escritos, para salirse de apuros, eligen la vía
del menor esfuerzo, que consiste en recomendar la
publicación.
El mayor desafío comienza allí y consiste en el ries-
go de salir en busca de una editorial: cuando el manus-
crito propio sale del territorio de su autor, se enfrenta
a las decisiones de los editores que quieren tener de
él una perspectiva mejor y más comercial. Duran-
te la recepción del manuscrito existe por adelantado
un compromiso de inversión económica que el edi-
tor hace, determinación (racional) que es paralela a la
sensación de invalidez (emocional) que tiene el autor
cuando su apreciada obra se traspasa a manos extra-
ñas. Sin embargo, el dichoso momento en que ambos
objetivos coincidan —el deseo de verse en una repisa
71
Jaime Lopera

del librero y la esperanza de resarcir el gasto— suele


aparecer como un relámpago bajo el cual el autor se
descubre en definitiva realizado y con su autoestima
enteramente consumada.

72
El jardín de tus oídos

El optimista sin escrúpulos

En la perspectiva de Roger Scruton29 la esperanza


no puede separarse de la realidad porque terminaría
alimentada de engaños. Se trata de un enfoque dife-
rente sobre las expectativas. Vale la pena repetir sus
argumentos: el tema de su obra es reconocido como el
optimista sin escrúpulos, vale decir, alude a aquellas per-
sonas que tienen sus expectativas tan desbocadas que
incurren en errores de razonamiento por cuenta de se-
mejante ligereza. Es el caso de muchos utopistas para
quienes todos los problemas humanos poseen una
solución, y por lo tanto algún día serán posibles unos
cambios mayores en la sociedad, los cuales permitirán
una sociedad perfecta, carente ya de problemas.
En alguna parte de su obra Scruton señala que
un ejemplo del optimismo sin escrúpulos, uno entre
muchos, fue el caso de Lenin y sus bolcheviques: su
único escenario de un futuro perfecto era irrefutable
y gracias a esa actitud era necesario destruir todas
las amenazas o los dispositivos que podrían haber
corregido los errores. No deberían, no podrían existir
defectos ni censores a la utopía. En ese sentido los
críticos son, para el optimista sin escrúpulos, el mal
personificado: son los enemigos de la humanidad y
ni siquiera se debiera hablar con ellos. La historia
perfeccionó estas circunstancias con la circulación de
los fundamentalismos.
Muy por el contrario, señala el autor, el realista
acepta al mundo imperfecto y reconoce la contribución
de todos hacia un mejor escenario que con precisión

29
Roger Scruton, The Uses of Pessimism (New York: Atlantic
Books Ltd., 2014).
73
Jaime Lopera

pueda irse logrando. Todavía más: la mente realista


entiende que cualquier escenario ideal se enfrenta a
muchos obstáculos, a situaciones que debe superar
y contra las que debe luchar con ciertas limitaciones,
como que todos los recursos no son ilimitados.
El análisis de Scruton resulta inigualable para exa-
minar programas de gobierno y plataformas electora-
les que, una vez despojadas de su retórica, permiten
descubrir falsedades como los planes y propuestas
cimentadas en escenarios ideales que se ofrecen sin
sentir vergüenza, sin sentir reservas al omitir las li-
mitaciones de recursos y sus efectos colaterales. Uno
de esos errores es la creencia de que todo puede ser
planeado y dirigido desde un centro de poder estatal
desde el cual se emiten las reglas e instrucciones que
todos deben seguir.
Los optimistas exagerados rehúsan pensar en nada
que pueda alterar sus expectativas de un mejor es-
cenario como una certeza absoluta; la posibilidad de
fallas, de errores, de imprevistos y, en general, de un
mal contexto, es inconcebible para ellos. Y por exage-
rados, los optimistas de este tipo terminan creyendo
que la sociedad funciona así: lo que uno gana el otro lo
pierde, los beneficios y los costos suman cero.
El presente artificio argumentativo permite con-
cluir que la injusticia es demostrada por la desigual-
dad: la mera existencia de personas con mucha rique-
za es prueba de desigualdad y, por tanto, de injusticia.
El beneficio de uno siempre causa el daño del otro:
esto ha sido aplicado con frecuencia en las relaciones
internacionales para explicar la existencia de naciones
pobres. Por supuesto que la solución a ese problema,
percibido así, es tan obvia como insostenible: trasladar
recursos a los países pobres, o sea adoptar medidas
redistributivas, no solo es una utopía en estas épocas
de globalización sino que también sería una política
destinada a disfrazar el control de los países por la vía
de un presunto paternalismo en las donaciones.

74
El jardín de tus oídos

Testimonio del germano

Muchos viajeros extranjeros visitaron esta zona


del eje cafetero, unos en calidad de científicos (como
Humboldt) y otros que aparentaban ser dibujantes o
pintores, pero a menudo en realidad eran espías di-
plomáticos de sus países para informar lo que estaba
ocurriendo en la América meridional. Del grupo de
viajeros, muchos ingleses llegaron a las minas de Mar-
mato y allí asentaron sus reales por muchísimos años.
En palabras del viajero alemán Schenck, que visi-
tó estas tierras en la segunda mitad del siglo XIX, “el
territorio colonizado por los antioqueños en el Estado
del Cauca comprende el municipio del Quindío, en la
orilla derecha del río Cauca, con excepción del Distrito
de Cartago”. En ese entonces, añade, este último Dis-
trito tenía “aproximadamente 16.000 habitantes, en
tanto que en el Distrito de Pereira únicamente tenía
633 almas”. Esto lo escribía el viajero en 1870.
Más adelante Schenck agrega un comentario extraño:
“existió un convenio secreto entre los godos rebeldes del
Cauca y el gobierno conservador de Recaredo Villa en
Antioquia según el cual éste último recibiría como re-
compensa, por su ayuda a derrocar el gobierno del Cau-
ca, todo el territorio del norte del río La Vieja, y una gran
parte del territorio del Atrato”. Esta insólita declaración
pone de presente la aguda división partidista que se in-
sinuaba desde entonces, sobre todo para frenar el avance
de los radicales caucanos30. Parece válido pensar que esta
afirmación debe explorarse más cuidadosamente.

30
Friederich von Schenck, Viajes por Antioquia en el año
1880 (Bogotá: Archivo de la Economía Nacional, Banco de
la República, 1953).
75
Jaime Lopera

Alegato de las cosas

A la altura de mis años he visto que las cosas tienen


un valor relativo para quien las posee y las disfruta.
Nada nuevo, nada novedoso, casi perogrullesco para
mejores señas. Solo quiero decir que mi afecto por las
cosas es monótono porque ellas son instrumentales:
sirven en los momentos en los cuales se las utiliza y
luego puede disponerse de ellas una vez cumplida su
misión dentro de nuestras necesidades. Las cosas se
olvidan pronto; ni siquiera quedan vigentes sus con-
tornos, sus frondosidades, sus colores o la más visible
chispa que las distinguía.
No obstante, hay gente que le ofrece a las cosas un
mayor significado en sus vidas, mucho más allá de lo
habitual. Las cosas son su manera de relacionarse, de
escapar a la soledad, de encontrar otras maneras de
comunicarse. Por ejemplo, dar un regalo pretende cau-
tivar una sonrisa, un agradecimiento. El vínculo es ins-
trumental porque, en este caso, las cosas se usan para
hacer amigos o amantes. No hay nada malo en ello,
salvo la diferente percepción que cada uno tiene de un
mismo contexto.
Acepto a los coleccionistas por su devoción y per-
sistencia. No me admiran demasiado los coleccionistas
masculinos de los autos porque su actitud hacia ellos
más bien parece derivarse de sus anhelos de poder.
Pero aquí se acabó mi aceptación. Me pregunto sobre
ciertas cosas que me rodean ahora: ¿quién cuidará mis
libros? ¿Quién se ocupará de las larvas, del polvo en
los lomos, de las portadas desgastadas, de la implaca-
ble humedad en aquellos tomos sobre los anaqueles?
Los libros me han dado tantas satisfacciones que me
76
El jardín de tus oídos

dolerá verlos en las fauces de las polillas o en los re-


voltijos de los buhoneros. Claro, ellos eran mi forma
de comunicación con el mundo y quizás se quedarán
en él.

77
Jaime Lopera

La muerte sin coartadas

La fotografía de un soldado cargando en sus brazos


a un compañero que acaba de ser abatido en un des-
campado, evoca la crueldad de la guerra pero también
la imposibilidad de la vida. Lo coloca en el suelo mien-
tras llegan los enfermeros y el médico del batallón y
por unos instantes el soldado se detiene a ver el rostro
pálido de su amigo. Un pensamiento casual le frota su
cabeza como un rezago de antiguas o nuevas reflexio-
nes: ¿en qué momento esta persona se transformó en
cosa? Mira hacia el cadáver con paciencia, recuerda un
par de detalles que los unieron durante la refriega y
deja escapar, sin limpiarse, unas lágrimas que se pier-
den en sus botas llenas de barro.
Con el tiempo los forenses suelen pasar de largo
frente a las camillas en el depósito de cadáveres. El
soldado herido, el enfermo terminal, el feto de una
parturienta, una prostituta acuchillada por su gigo-
ló, el anciano atropellado por una moto y más allá un
desechable que ha fallecido por un exceso de drogas
en su cuerpo mugriento y enmarañado. Son cosas: un
cadáver es una masa blanda de carne y líquidos que no
responde a un pinchazo. Ahí, sobre la camilla metálica
y fría, cualquier sensación es negada por la muerte que
transforma esa cosa en una inmovilidad absoluta. El
aliento se ha escapado.
Un cadáver fragmentado es peor: ¿cómo pensar
que ese muñón sanguinolento que vemos allí alguna
vez fue el inventor de un gesto que conmovió el co-
razón de una chica hasta alcanzar el paraíso en una
noche de goces y esperanzas? ¿Cómo decir que un
segmento carbonizado de una pierna ya no conduce a
ninguna parte y que sus pasos se han perdido aun en
78
El jardín de tus oídos

la memoria de quienes la vieron transitar sin destino?


¿Cómo decir que este pedazo de carne nos hizo reír
cientos de veces y suplir con su palabra el dolor ajeno?
La evocación gardeliana es inevitable.

79
Jaime Lopera

La estética del gol

Frente a un cuadro de Obregón o de Cézanne, una


persona puede sentir una emoción estética tan viva
que de inmediato le pasa toda su admiración al pintor
que acaba de conocer. ¿Acaso no será esta la misma
magnitud de emoción que produce un gol en miles de
espectadores?
Porque el gol es también una emoción estética: la
belleza inmóvil de un cuadro es similar a la belleza
dinámica de una “chilena”. La gente no grita viendo
una pintura, pero ruge con una “rabona” bien ejecuta-
da. Para millones de personas el futbol es un deporte
con el cual se tienen periódicos estremecimientos de
perfección.
De igual manera pasa cuando un tenista se sacude
con un revés bien ubicado, un golfista con un putt bien
plantado, un beisbolista con un jonrón, o un ajedrecis-
ta con un mate pastor al campeón del torneo. Desde
este punto de vista el futbol es un juego artístico que,
por la cantidad de seguidores que tiene, se convierte
entonces en un arte popular. No se saturan las galerías
de arte, pero las multitudes llenan los estadios. El fut-
bol es incluyente, las artes plásticas no lo son. Solo así
me explico la enorme solidaridad popular del mundo
con la lesión de un jugador importante. El calcio es así.

80
El jardín de tus oídos

Protagonistas de la lectura

El oficio de leer una página tiene varios actores:


primero el autor, quien vive su propio drama mien-
tras decide darla a la luz en tanto que realiza la última
corrección del manuscrito y conviene consigo mismo
que ya puede renunciar a las timideces o las culpabi-
lidades y entregarse desnudo ante la opinión sin más
aspavientos. Hundido en un mar de incertidumbres,
el autor responsable padece los dolores del parto en
especial cuando de primogénitos se trata. Los cínicos
lo hacen más fácil: no hay preocupaciones de sintaxis
ni de contenido, las dolencias morales son inexistentes
y el apetito de exhibición es el que predomina.
Cuando el editor es el actor que se enfrenta a la
página, sus padecimientos son diferentes: ellos, los
editores, viven un dualismo muy escueto que consis-
te en que solamente portan dos llaves en su carpeta:
una con el sí y otra con el no. Su verdadera odisea co-
mienza cuando los velos de la duda comercial rodean
al editor atenazándolo con insomnios, justificaciones y
pérdidas del apetito. Hasta el último momento estará
espantando los mosquitos de esa inseguridad lucrati-
va, medio paranoico y elusivo a las miradas que parez-
can un enjuiciamiento. En algunas ocasiones tendrá la
compensación de alzar el cuello, mirar con orgullo y
sonreír con soltura cuando una obra ha traspasado los
límites del éxito. Beberá los jugos del best seller del mo-
mento pero siempre quedará en deuda con los desve-
los anteriores o los que siguen.
El oficio de leer una página culmina en el lector fi-
nal. A este quizás le importará más el autor y menos
el editor mientras se sumerge en el sortilegio del li-
bro. Si es un lector transversal, de aquellos que leen
81
Jaime Lopera

oblicuamente, sus clases de lectura rápida desde luego


que lo van a desplazar con mayor velocidad hasta ese
inevitable momento en que decide (al principio del li-
bro, en el medio o casi al final) abandonar el ejemplar
por aburrido o complejo. Si en cambio es un perfeccio-
nista precavido que va saltando línea por línea minu-
ciosamente, dicho lector puede ser tan constante como
para terminar la obra o irritarse pronto al tropezar con
una insalvable incongruencia o con una errata ingenua;
ahí se detiene, hace un mohín de fastidio y arroja el li-
bro a una silla con una volea que denota su frustración
o su desgano.
Todas estas situaciones prefiguran que el mundo
de la lectura es inasible a los ojos de sus actores, pues
el contrato de expectativas entre ellos nunca podrá ser
culminado a derechas y siempre seguirán estos tres
animadores protagonizando la misma obra, una y mu-
chas veces, como una obra teatral que se estrena cada
noche.

82
El jardín de tus oídos

Vivir el presente

El que quiera vivir como los animales que viva solo


en el presente.
Nos está dado a los humanos, de manera inevita-
ble, que el pasado se desplace con uno a todas partes
como un fardo del cual se extraen poco a poco las ex-
periencias necesarias para vivir y sobrevivir. Pero al
mismo tiempo también se nos revela, bien pensado,
un horizonte de futuros posibles que se pueden intuir
en las cosas cotidianas para tal vez moverlas incluso
antes de una desgracia.
¡Pobres de los insectos que no pueden añorar las
delicias de sus pasados alimentos o los bisontes que
tampoco pueden organizar potreros más apetitosos en
la llanura!

83
Jaime Lopera

El instinto ético

El instinto ético del que suele hablarse reciente-


mente no surge del azar: al parecer se ha construido
con los aportes de otros, los padres en primer lugar, y
se acumula en alguna parte del cerebro hasta que una
disyuntiva (o un pecado) lo hace resucitar. Cuando el
instinto ético despierta, azuzado por un dilema del
espíritu, las condiciones en las que prolifera se deben
examinar a la luz de los beneficios que acarrea.
Una persona, antes de meter la mano en un robo, de
repente se ve asaltada por el fulgor de aquel instinto y
en ese momento su vida queda en una encrucijada: si
prosigue en su maniobra o la abandona. La fuerza de
su conciencia debería ser de tal naturaleza que elegiría
la segunda opción; pero es natural que si elige la pri-
mera opción, es la sociedad en la que vive la que sufre
sus consecuencias.
No obstante su difícil identificación, el instinto éti-
co es entonces un instrumento escaso pero muy útil
para derrotar a los transgresores y superar la falsa y
peligrosa idea de que la corrupción se podía reducir
a sus justas proporciones —como lo dijo un supuesto
profeta político que nunca imaginó el desborde de in-
fracciones que produjo y sigue produciendo su extra-
vagante frase.
Por desgracia, el instinto ético se empieza a degra-
dar cuando se hunde en el escenario en el cual preva-
lecen los efectos de este aforismo anglosajón: what you
permit, you promote.

84
El jardín de tus oídos

De tercos y perseverantes

Nos han dicho que donde pululan los tercos, ellos


son una bendición del cielo porque logran lo que
quieren.
Este pensamiento lo estimamos incorrecto porque
los perseverantes son mejores. Como el terco suele
creerse fuerte e indomable, entonces se cierra a los
demás, subestima a sus consejeros y hará lo posible
para no dar marcha atrás: simplemente asume aires de
despotismo y levanta la barbilla impávidamente. Sin
embargo, cuando ocurren los errores, él siempre en-
contrará al culpable en el otro lado porque su orgullo
no le permite ver la realidad.
Cuando las cosas le salen mal, el terco se deprime
al descubrir la inutilidad de su posición y decide des-
quitarse con otro capricho. El límite de su terquedad
se encuentra en la cantidad de equivocaciones con
las cuales remolca a sus seguidores hasta que ellos se
deciden (felizmente) por la independencia y la cordu-
ra. Pero basta un pequeño triunfo para que el terco se
sienta reforzado en su actitud y, con esa nueva sensa-
ción de poder, reanuda su conducta arrasando con sus
decisiones —no importa cuántas injusticias queden
esparcidas por el camino.
La perseverancia es lenta, pero segura; la terquedad
es rápida, pero improductiva. El perseverante cuenta
con la gente y la involucra, el terco se sirve de la gente
para sus propósitos más egoístas. En esta discordan-
cia radica la diferencia entre trabajar en equipo o vivir
como un llanero solitario.

85
III

Vender el himen

Ficción
Novela de amor

Ella llegó a mi casa muy temprano, cuando apenas


se anunciaba el día. Al abrirle, no pude menos que
asombrarme con esa belleza natural de algunas mu-
jeres que no necesitan el maquillaje y cualquier trapo
les sirve de vestimenta sin reparar en las ficciones de
la moda. La había conocido la noche anterior un poco
más engalanada, pero con el mismo tono amigable y
divertido exhibido a lo largo y lo ancho de una sonrisa
envolvente que, en esa hora, era una auténtica luz ma-
tutina. Lentamente, sin brusquedad alguna y como si
fuera lo más habitual, me saludó en los labios y se en-
caminó hacia la alcoba, se liberó de la blusa, la falda y
el brasier y se metió en mi cama. Desde allí me susurró
algo así como “no merezco un marido como él, sino
un marido como tú”. Nada más dijo, mientras cruzaba
sus piernas sobre las mías y se dormía de una manera
tierna como un bebé consentido.

89
Jaime Lopera

El destornillador de rencores

Gonzalo decidió desmontar de su espíritu sus pre-


juicios y sus antipatías. Lo hizo en razón de una tarea
especial que le habían encomendado en la redacción
del periódico en torno a un entrevistado de malas pul-
gas, pero anunció que tal vez podría hacerlo en bre-
ve. Era un periodista juicioso y obediente, aunque de
fuerte carácter, que se esforzaba en seguir bien las ins-
trucciones que le daban.
Todo comenzó así. Para hacer la primera parte de
su trabajo de desmantelamiento de prejuicios, Gon-
zalo debió utilizar una enorme llave inglesa ajustable,
tipo Budding, porque los tornillos se hallaban bastan-
te apretados a las prevenciones ―como por lo regular
ocurre en todos los seres humanos. Extraer el bloque
donde residían estas suspicacias fue una tarea muy
complicada que le llevó varios días, aunque tenía la
esperanza de reponerlas en igualdad de condiciones
después (no sabía de las sorpresas que le vendrían con
este movimiento porque las piezas agarradas no son
las mismas cuando se manosean; a veces los prejuicios
son peores luego).
Para desmantelar el sistema de las antipatías más
tolerables, aunque fuera provisoriamente, Gonzalo
solo necesitó de un pequeño destornillador de estrella,
de aquellos que se usan para apretar los anteojos de
los miopes en los puestos de los relojeros.
Terminados ambos procedimientos, Gonzalo se
acercó al portón de la residencia donde vivía el in-
aguantable político que había entrevistado y recha-
zado, por fortuna muy cerca de su propia casa, y le
informó sin bajar los ojos que el reportaje al fin sería
publicado sin censura en el diario de la localidad. Su
90
El jardín de tus oídos

catarsis le dio frutos y reputación, y cuando llegó el


momento de la paz en su país, Gonzalo pensó que ya
tenía los procedimientos adecuados.

91
Jaime Lopera

El cuervo

Existe una historia pavorosa sobre un cuervo octo-


genario que presumía de ser un mono gramático y por
ello sentía un enorme deleite picoteando los ojos de
los poetas. Un día pidió que le pintaran con colores
sus plumas negras, de todos los colores posibles para
poder mezclarse con las demás aves y disfrutar de su
compañía.
Así lo hicieron sus amigos: le pintaron plumas
brillantes, coloridas, alegres, imitando sin vergüenza
las de un papagayo real que habitaba por esos lares.
Sin embargo, cuando el negro empezó a interactuar
con las demás aves, ellas pronto descubrieron que era
un impostor al percibir que sus plumas se desteñían
enseguida y que además su pico revelaba presencias
de sangre. Entonces pusieron oídos sordos a sus des-
atinos y lo fueron dejando solo mientras trataban de
recomponer el paraíso que aquel cuervo les estaba
menoscabando.

92
El jardín de tus oídos

Tríptico

Rojo uno

Cuando el color rojo invadió al país, todas las muje-


res desertaron del azul para pasarse a sus filas en ma-
nada con el pretexto de ayudar a la caída del tirano.
Pero el hombre, un enano gruñón y malhablado que
cabalgaba una cebra domesticada, emitió un decreto
perentorio que decía: “a partir de la fecha el color rojo
es un privilegio de las putas”. Paradójicamente desde
entonces nunca hubo una paz tan obsecuente en los
años siguientes y el enano gobernó sin problemas por
el resto de sus días gracias a ese truco moralista.

Blanco dos

—Si hablas del rojo tienes que invocar a Julio Cortá-


zar —me dijo muy circunspecta mi amiga Mariblanca
que seguía de cerca mis composiciones.
—En efecto, le respondí, sin hablar de Julio Cortá-
zar31 es imposible seguir el camino de los colores que
viven.
Ella hizo a un lado la taza de café que tenía enfrente
a medio consumir y especificó sin detenerse:
—Algo más: es preciso mencionar a Ceferino Piriz,
ese personaje cortaziano que descubrió el famoso se-
creto de los Ministerios de los Colores.

31
Julio Cortázar, Rayuela (Buenos Aires: Editorial Suda-
mericana, 1968); Clases de Literatura, Berkeley, 1980 (Bogotá:
Alfaguara, 2013; página 226).
93
Jaime Lopera

—Sí, lo recuerdo —le repliqué sin mayor entusias-


mo para escuchar lo que seguía:
—Verás: el Ministerio del Blanco se ocupaba de las
ovejas, de la nieve, de las nubes albas, de las gallinas
blancas, del nácar, de los albinos y de los lecheros;
del blanco de China que se usa como pigmento en la
paloma blanca de Picasso, de los inodoros y los la-
vamanos; alguien sugería la paloma de la paz pero
otros más extremistas más bien insistían en los ele-
fantes blancos que dan mala reputación. El Ministerio
del Negro se ocupaba de las ovejas azabaches, de la
noche, de Franz Fanon, de Louis Armstrong, de las
cajas negras, de las panteras de ese color, de la tinta
Waterman, de los agujeros cósmicos, de las viudas ne-
gras y en especial de la franja inferior en la bandera
de los angoleños.

Pavesa tres

Al abrir el compás para darme lugar a una respues-


ta, y después de tan conciso y amplio inventario, me
quedó fácil alegarle a mi amiga:
—No creo necesario refrescarte la memoria con ese
mismo personaje que se las ingenió para imaginar un
Ministerio de lo Grande y otro de lo Pequeño que aten-
día de todo lo minúsculo hasta llegar a la más diminu-
ta pavesa de la vida...
Iba a comenzar mi enumeración de lo grande y lo
pequeño cuando mi amiga me hizo un gesto de recri-
minación —que no era un consejo de ayuda pues más
bien me pareció ver que se ponía del lado de los criti-
cones. En aquel momento me dijo:
—Espera. Algún crítico dirá mañana que estos rela-
tos tuyos son imitaciones sufíes, o tal vez una historia
salida de las más antiguas tribus nómades de Croacia;
pero si los críticos fueran indulgentes contigo, única-
mente dirían que es un plagio Masái.
94
El jardín de tus oídos

—Por supuesto: por eso pongo a Cortázar como


respaldo y testigo de esta sugerente novedad. A él me
remito.
Había bajado la tarde y una ligera bruma se alzaba
desde el Sena como el velo feliz de una recién casada.
Entonces salimos juntos a recoger a mi chica, vestida
con un admirable traje rojo que disipaba sus aires de
conspiradora.

95
Jaime Lopera

Charivarias

Un sueño

Lo recibo amablemente porque sus primeros gestos


no parecen amenazantes y, por el contrario, emanan
una confianza que despeja cualquier duda. Quiero
pensar que este sueño llega en un momento apropiado
para identificar con su ayuda las diversas apariciones
que últimamente me tocan con mensajes atribulados
de los que no aparecen en mi escala de valores. En fin,
se instala en mí y veo que me ayuda a poner en or-
den mi vida sin afanarme y dejando amplios márge-
nes para la reflexión. Al aceptarlo como un huésped,
el sueño se queda quieto y me facilita que un rebaño
de ideales haga su presencia para confundir a los pesi-
mistas y suspender a los recelosos.

Los retratos de Tirso

El cuento comienza con un libro abierto en la pá-


gina 34 donde el narrador detalla la repartición de las
fotos de una hermana recién fallecida y todos los por-
menores de esta distribución que Tirso iba haciendo
a sus otros hermanos. La primera comunión del pri-
mer sobrino, las mímicas de hostilidad de la abuela
cuando la estaban fotografiando, la indecente borra-
chera de papá en una Navidad lejana, la pequeña Sara
sorprendida con su novio, el tío Gerardo con cara de
aburrido en un sillón, todo el grupo familiar haciendo
gestos de alegría cuando alguien pronuncia la pala-
bra wiski, la tía cocinera haciendo muecas desde lejos
96
El jardín de tus oídos

para que la tuvieran en cuenta, la perrita consentida


jugando con una pelota, y una foto muy extraña de la
hermana fallecida besuqueándose con el tío Gerardo
cuando todos pensaban que se habían retirado de la
tertulia familiar para hacer la siesta. Al llegar a esta
instantánea, Tirso sonrió con perversidad y solamente
se limitó a decir “sigamos” mientras sacaba un nuevo
retrato de la caja.

La abeja reina

Al aproximarse el final de sus días, la abeja reina


proclamó que el zángano Billy (que se había colado a
sus aposentos reales en un descuido de los guardia-
nes) había sido el mejor de sus pretendientes y el único
macho que había poblado sus días de satisfacciones y
ensueños. Desde entonces Billy se pavonea de seguido
por la colmena y no permite ninguna negativa a sus
pretensiones que, con el tiempo, han confirmado su
porte y su libido.

Vender el himen

Leyendo el diario El Espectador me tropecé hace


tiempo con un texto de Fernando Araujo que, de una
manera intertextual como se acostumbra ahora, sería
una bella narración corta a pesar que su intención era
ilustrar su artículo por otras cosas.

Se cuenta que una chica decidió poner en venta su vir-


ginidad al parecer para poder pagarse sus estudios uni-
versitarios. Como lo hizo por Internet, al día siguiente
su buzón electrónico tenía varias propuestas; descartó
varias y eligió la más llamativa para entrevistarse con
su oferente en una cafetería del centro de la ciudad me-
diante el reconocimiento de una flor amarilla en un lugar
97
Jaime Lopera

visible. Cuando estaba llegando al punto de encuentro,


la chica debió ocultarse detrás de una columna para no
coincidir con su padre, quien venía presuroso a cumplir
la cita portando el hermoso botón amarillo de una rosa en
un ojal de su camisa.

98
El jardín de tus oídos

La madame

Una viceputa luchaba por el poder en la casa de


Madame Vanessa. Como es obvio, la conspiradora an-
helaba heredar el directorio de clientes, el más apre-
ciado activo de su jefa que le había prodigado varias
casas, unas fincas de recreo, joyas de primera, acciones
en una multinacional y una serie de relaciones perso-
nales, sombrías unas y menos indecorosas otras, que le
daban lustre a su negocio. Aunque hizo todo lo posible
por fingir lealtad, Vanessa fue traicionada por un intri-
gante de su misma condición que no le había perdona-
do un gesto lascivo de indiferencia. Y, como le ocurre
a todos los de su calaña, el tipo apareció en un zanjón
húmedo de la autopista, acribillado a balazos al ama-
necer del día de la rebelión.

99
Jaime Lopera

La belleza

Una chica le preguntaba a un consultor de internet:


¿cómo puedo aceptar el hecho de que no soy bonita?
Independientemente de la época en que ocurrió,
de la cultura en la cual le nació esta inquietud, de
la propia familia de la muchacha, o del problema de
saber si esta es una pregunta que un consultor de be-
lleza puede responder por internet, ¿acaso no sería
necesario hallar una explicación a esta duda? De to-
dos modos, el consultor estaba en una encrucijada:
cualquier respuesta, por indulgente que fuera, no se-
ría del agrado de la chica pues ella no pretendía co-
nocer la verdad de su ausencia de belleza sino recibir
algunos paliativos para confirmar que no era tan fea
como suponía. Supongo que quería ejemplos: mira,
le dirían, un gorila es un animal malcarado pero mu-
chos le encuentran una belleza tan sustancial que una
ilustre bióloga se hizo famosa en todo el mundo por
acercarse a un grupo de primates y convivir con ellos
un tiempo; ganó mucho prestigio y dinero con esa
aventura.
Pero la pregunta seguía ahí: ¿puedo aceptarme
como fea? Es posible que un consejo paternalista le
sirviera a la chica y se olvidara del asunto; pero di-
cha aceptación dependía del grado de autoridad que
tuviera el consejero porque, si fuera el maestro que
manoseaba a sus amigas más agraciadas, éste se de-
bería ir para la mierda cuando le ofreciera una contes-
tación. Hecho el descarte, ella quedaba en cero nue-
vamente; continuaba tapiada, nadie le sugería nada.
Pero un día, intempestivamente, el maloso de Pedro
la vio pasar por un pasillo del colegio y sin dudarlo,
y a expensas de sus compinches perniciosos que no le
100
El jardín de tus oídos

perdonaban su proclividad hacia las mujeres, le dijo a


Juliana que tenía unas piernas inigualables. Fue casi
un susurro, casi, pero así se reivindica la moral de las
personas cuando están en el ostracismo.

101
Jaime Lopera

Siguiendo las metas

El maestro que habló de un mundo creado en ocho


días no mencionó que cada uno de esos días fue un lar-
guísimo y lento proceso de creatividad durante el cual
se le dio forma al universo hasta que una criatura libre
y desnuda dio sus primeros pasos en las playas del pa-
raíso. Una muy larga paciencia antecedió la creación
del mundo para que nosotros pudiéramos vivir, aquí y
ahora, los deseos, los dolores y las esperanzas que nos
permiten existir con nuestras emociones más profun-
das o los sentimientos más inolvidables el ineluctable
paso por este mundo.
Si uno eleva la mirada hacia las estrellas, en una
noche azul, limpia y fresca, tiene que asombrarse con
la cantidad de planetas, galaxias y constelaciones que
existen allá donde solo los ojos de la imaginación pue-
den llegar y que parecen cumplir un destino calcula-
do. Pero si uno mira hacia el suelo, y observa las cosas
comunes y corrientes que van pasando en la vida coti-
diana, se puede sorprender con la cantidad de peque-
ños procesos inacabados y de metas sin cumplir que
desfilan por nuestra vida de transeúntes. En el lejano
confín acaso no exista el futuro, pero aquí abajo los se-
res humanos cumplimos la diaria tarea de hacer cosas
que agoten nuestra insatisfacción.
Una es la especulación sobre el universo que se ha
formado lenta y remotamente y la prisa que tienen los
impacientes de que todo termine aquí mismo, sin ol-
vidar que solo a ellos les concierne la fatalidad. Aquí
radica la diferencia: los que tienen visión de helicópte-
ro y los que vagan como un oso hormiguero en torno a
un matorral. En la uña del perfeccionista está su vida
y en el ojo del astrónomo la totalidad.

102
IV

Una mariposa sobre Nabokov

Escritores
Sábato

Lo recuerdo allá, sentado, conversando muy diver-


tido en una mesa cercana de un restaurante de la Feria
del Libro de Buenos Aires un día de abril de 2006. Yo
había leído Sobre Héroes y Tumbas y todavía no alcanza-
ba a digerir su fuerza argumental y ese sabor agridulce
de una prosa medio lúgubre y medio esperanzadora.
Pero verlo allí muy cerca, a Ernesto Sábato, con su boi-
na, sus gafas oscuras y su chaqueta de pana, agarrado
al bastón y dispuesto al diálogo, fue para mí una atrac-
ción irresistible: me llené de valor y fui a saludarlo, a
decirle que era un colombiano que lo apreciaba y que
sabía de muchos connacionales míos que también lo
hacían.
No iba a pedirle un autógrafo sino a decirle que su
prosa me agradaba, que Alexandra era un personaje
que me había confundido por la fibra de sus sensibi-
lidades y, en un descuido, le toqué el hombro como
para ungirme de algo, no sé qué, pero después me di
cuenta que hacerlo fue un gesto terrible de usurpa-
ción. Ese instante quedó reflejado en unas fotos que
he compartido con otros mientras me duele su largo
y paradójico tránsito, como el de todos los mortales.
Posó para la foto pero cuando quiso ver mi rostro, o
hablarme de algo, yo estaba de regreso a mi mesa sor-
prendido de saber que no tenía palabras para disfrutar
de un margen suficiente de comunicación. Debo reco-
nocer que la foto, inmóvil, ajustada al momento y al
clima, no sirve para nada más que esta sutil evocación.

105
Jaime Lopera

Una mariposa sobre Nabokov

Al finalizar el libro de Lila Azam Zanganeth sobre


Nabokov32 poco a poco me fue invadiendo una sensa-
ción de asombro: es increíble ver cómo una persona se
desplaza hacia el interior de otra, la posee, la vive, la
imita hasta en la reconstrucción de su sintaxis y aun
insertando nuevos personajes vivos, desde la huella
de un pie humano en la arena agreste hasta el tenue
aleteo de una mariposa en un bosque de alerces.
No se puede ser más navokoviano que ella, la no-
table y hermosa autora de este libro fiel que retrata
todas las vicisitudes del novelista y las mismas con-
diciones de su alma creativa. Lila es joven y se engar-
zó en el ruso, sin conocerlo, con un afecto impecable.
Dulce encuentro que hubiese vivido el autor con mejor
entusiasmo que el mío, pero no será este el momento
de fundamentar mi aprecio por la calidad literaria del
ruso porque me haría interminable con su obra litera-
ria33. Valga decir, en abono de mi simpatía, que otros
muchos se han ocupado de descifrar esa ola inconteni-
ble de su lenguaje, aunque pocos se hayan aventurado
a contradecirle cuando le dio por examinar a Cervan-
tes con lupa crítica o poner en el ojo del huracán los
siete volúmenes de Proust que muy pocos conocieron
como él.

32
Lila Asam Zanganeth, El Encantador (Barcelona: Duo-
mo Ediciones, 2012).
33
Jaime Lopera, «Reportaje imaginario con Nabokov»,
en Postigos: Asomos y Presencias Literarias (Armenia: Gober-
nación y Universidad del Quindío, Biblioteca de Autores
Quindianos, 2010; página 81).
106
El jardín de tus oídos

Alguien me decía, en beneficio de los garcíamar-


quianos, que su meticulosidad fue tal que dejó a salvo
su obra dado que taponó, calculadamente, cada res-
quicio, cada rincón que pudiera amenazar su estatua.
Y si la vida literaria supone este martirio a la perfec-
ción, es posible que en esa lucha se ahoguen muchos.
La calidad es eso.

107
Jaime Lopera

Mujica Laínez

Algunos amigos lectores me han preguntado por


el escritor argentino Manuel Mujica Laínez a quien he
venido leyendo desde hace varios años. Sus novelas y
cuentos han sido poco divulgados en Colombia pero
su obra es abundante, incluso sus libros de viajes y sus
colecciones de columnas periodísticas.
Cito una sola historia para conocer su estilo. Ma-
nucho, así lo llamaban sus amigos Borges y Victoria
Ocampo, refiere en «El hombrecito del azulejo»34 la
vida de un objeto, de un azulejo de cerámica que ha-
bla, vive y evita la muerte de un niño, Daniel, a quien
Madame La Mort —descarnada y circunspecta— lo es-
pera afuera de la casa sentada en el brocal de un pozo.
Es indescriptible el lenguaje simbólico de un narrador
del siglo XIX en Buenos Aires y los personajes mismos
que se resuelven en este cuento formidable.
No en vano su relato Bomarzo fue luego una ópera
de Ginastera, lo cual habla muy bien de la novela his-
tórica y de su argumentación para el teatro. Con esta
obra, y muchas más, Mujica Laínez ya entró a la litera-
tura latinoamericana, y no propiamente por la puerta
del boom, con la fuerza de un vendaval inatajable. Su
creatividad no sufría por el peso de la erudición, o por
su detalle en los análisis, o por su conciencia de los
ritos, sino por la permanente exploración de sus ojos
que venían del periodismo vigilante.
Cuando viajaba, y lo hizo muchas veces como co-
rresponsal del diario La Nación, donde trabajó todo el
tiempo, reencontraba la tradición hasta en una pequeña

34
Manuel Mujica Laínez, Misteriosa Buenos Aires (Barce-
lona: Editorial Sudamericana, 1988; página 252).
108
El jardín de tus oídos

rutina y la plasmaba en el ambiente de la actualidad.


Bomarzo es eso, pero también Aquí Vivieron (1949), Mis-
teriosa Buenos Aires (1950), La Casa (1954) y El Unicornio
(1965), donde la magia de la Edad Media se presenta en
todo su esplendor.

109
Jaime Lopera

Quino

A J. S. Mastropiero

Hay una crónica, creo que de Bada, sobre una mesa


redonda en torno al humorismo latinoamericano que
incluye a Roberto Fontanarrosa, el famoso humorista
argentino, a Les Luthiers y otros no menos consagra-
dos. Desde luego allí estaba Daniel Samper Pizano,
animando el evento con esa gracia suprema que le dio
la vida para alegrar los corazones de los colombianos.
Pero lo mejor del programa corre a cargo de una chica
que interviene al final, en el diálogo con el público, y
le pregunta ingenuamente a Daniel si hubo alguna vez
una colaboración entre Quino y Fontanarrosa.
La respuesta del colombiano es rotunda: simple-
mente trae el recuerdo de una tira cómica en la que
Boogie el Aceitoso (personaje de Fontanarrosa) mata
a Mafalda (personaje de Quino) de un disparo. En la
siguiente viñeta se lo ve a Boogie soplando el humo
del revólver mientras dice, apoyado en el mostrador
de una cantina del Oeste:
“Sabía demasiado”.

110
El jardín de tus oídos

Durrell, cien años (1)

Conocí por casualidad la primera gran novela de


Lawrence Durrell, Justine, una tarde en la Librería
Gran Colombia en la calle 18 de Bogotá: alguien daba
cuenta de una noticia de ese libro y la voz de quien
la traducía del francés nos contagiaba casi con el mis-
mo entusiasmo del reseñador. No recuerdo si el lector
era Carlos Lemos o Nicolás Suescún, pero desde ese
minuto fue repentino mi acercamiento y trato con la
protagonista y con el escritor. Meses después, al final
de los años sesenta, pude confirmar que aquella prosa
fecunda, salpicada de metáforas exóticas y descripcio-
nes sensuales, habría de ser para mí la primera mues-
tra de un grupo de novelas diferentes que corrobora-
ban una nueva modalidad narrativa.
Según la nota en la librería, parecía asombroso des-
cubrir en aquel entonces que existiese un escritor atre-
vido dispuesto a utilizar, dentro de un relato como él
mismo lo decía, el concepto de espacio en tres dimen-
siones y de tiempo en la otra y afirmar además que esa
idea la podía llevar a todas sus novelas. Mucho más
adelante la intriga prosiguió entre sus lectores con el
detalle de que Durrell hablaba asimismo del amor bajo
las dimensiones einstenianas de tiempo y las ideas
freudianas de la fluidez en la identidad. Eso ya era de-
masiado, demasiado moderno.
Muy pronto habría de conocer los cuatro volúme-
nes de El Cuarteto de Alejandría, editados por Suda-
mericana, y desde entonces pasé muchos días confir-
mando, por la frase subrayada de esa primera lectura,
una admiración literaria que yo mismo ignoraba en
torno a una prosa tan sobresaliente y profusa. Durrell
venía con un enorme bagaje poético y dos novelas
111
Jaime Lopera

experimentales, que dieron paso al famoso Cuaderno


Negro (1937, solo publicado en español por Editorial
Sur en 1962), el cual parecía ser la apertura del camino
hacia sus siguientes novelas y sus libros de viajes más
afortunados. Confieso que, gracias a esta aproxima-
ción a la prosa durreliana, empecé a saborear mejor la
poesía y a descubrir la riqueza verbal anunciada en los
versos de muchos poetas fértiles como Rojas Herazo y
Roca Vidales.
La extensa obra literaria de Lawrence Durrell, naci-
do hace más de cien años en Darjeeling, India, es difícil
de reseñar con el cuidado que se merece. En su cen-
tenario se multiplicaron los homenajes a su memoria,
no solamente en las páginas abiertas en la Web, sino
también en algunas ciudades que lo recuerdan por ha-
ber sido habitadas por el expatriado escritor durante
muchas jornadas de su creación artística. Hablamos de
las islas y ciudades mediterráneas de Córcega, Cefalú,
Chipre, Rodas, Sicilia, y desde luego Avignon y Som-
mières, Francia, donde falleció el autor en noviembre
de 1990.
En contraste con su displicencia con la vieja Albión,
el primer anuncio del centenario de LD ocurrió en el
famoso Goodenough College, ubicado en el Bloom-
sbury londinense; allí, durante una amable velada con
los inevitables té y galletas, el Presidente de la “Socie-
dad Internacional Lawrence Durrell”, James Gifford,
hizo la recordación del nacimiento del autor británico,
el 27 de febrero de 1912, al norte de la India y cerca
del Tíbet, bastante lejos de esa Gran Bretaña que poco
estuvo entre sus intereses y afectos.
La prolífica obra literaria de Durrell como escritor
se extiende desde 1935 hasta 1989, pero las más signi-
ficativas son su tetralogía del Cuarteto de Alejandría, las
dos novelas que componen su serie La Revuelta de Afro-
dita y las cinco siguientes de El Quinteto de Avignon. En
1980 uno de sus editores publicó sus nueve libros de
poemas bajo el nombre de Collected Poems 1931-1974,
112
El jardín de tus oídos

que otro editor utilizó luego para hacer una más abun-
dante antología de ellos en 2006 —siempre bajo la sin-
cera afirmación de T. S. Elliot de que Durrell debería
procurarse más como poeta que como novelista. Sus
cuatro piezas de dramaturgia y sus historias ingenio-
sas sobre la diplomacia británica, componen una pro-
ducción cuya memoria parece detenerse solamente en
el Cuarteto y en sus libros de viajes.

113
Jaime Lopera

Durrell, cien años (2)

Durrell vivió muy poco en Inglaterra. Él decía que


necesitaba Europa casi tanto como Shelley, Keats y
Byron y Joyce y Beckett. Siempre prefirió un autoexi-
lio en el Mediterráneo, aunque en algún momento se
dejó convencer de trabajar para el servicio diplomático
de su país. Los animales que cuidada su hermano y
zoólogo Gerald (un palomo llamado Quasimodo y un
mochuelo al que le decían Ulises), presidieron las ve-
ladas familiares de los Durrell en Corfú (Grecia) cuan-
do toda la familia decidió alejarse de Inglaterra y vivir
juntos en una época iluminada de sus vidas. Allí esta-
ban la madre y sus hijos Larry, Leslie, Margo y Gerry,
el escritor naturalista que, sin opacar a su hermano,
hizo las delicias de sus contemporáneos con su texto
Mi Familia y Otros Animales.
Durrell trabajó un breve tiempo como un funcio-
nario del servicio diplomático inglés no solamente en
Rodas, Belgrado y Egipto (donde conoció a su segun-
da esposa, la alejandrina Eve Cohen, musa de su no-
vela Justine), sino también en Argentina como director
del British Council en Córdoba (1947 - 48), antes de
regresar a Chipre donde se ganaba la vida enseñando
inglés y literatura. Entretanto (Durrell afirmaba que
por lo regular en dos meses mecanografiaba una no-
vela) escribía el primer volumen de su Cuarteto de Ale-
jandría, cuya publicación se hizo entre 1957 y 1960, y
fue la obra que lo lanzó como autor de talla internacio-
nal. Justine, al decir del crítico Javier Aparicio Maydeu,
entre muchísimas opiniones similares, es “una de las
obras imperfectas más perfectas de la narrativa de la
segunda mitad del siglo veinte”.
Su llegada a Suramérica fue ocasional y breve. Ex-
cepto por su correspondencia con Henry Miller por más
114
El jardín de tus oídos

de cuarenta años, son muy pocas las referencias de su


paso por Argentina. En una de sus cartas al novelista
norteamericano, quien a la sazón vivía en Big Sur (Ca-
lifornia), un Durrell recién llegado a Córdoba le confie-
sa al amigo su admiración por un país perfectamente
fantástico, como todo el continente: “uno aquí se siente
animado, irresponsable, como un balón de hidrógeno”.
Luego de unas semanas en ese país austral revela su
decepción, dada la atmósfera peronista que se vivía allí,
cuando comenta: [Buenos Aires es] “climáticamente un
infierno y moralmente el último círculo del infierno”.
Como quiera que toda su obra ha sido conocida
parcialmente después del Cuarteto, existen dos clases
de Durrell: antes y después del Cuarteto de Alejandría.
La obra previa está compuesta principalmente por El
Cuaderno Negro (1937), Cefalú (1938), La Celda de Próspe-
ro (1945); por muchos de sus poemas escasamente tra-
ducidos; La Venus Marina (1945); un drama, Safo (1950);
Limones Amargos en 1953, Águilas Blancas sobre Serbia
y Espirit de Corps en 1957 y Carrusel Siciliano en 1975.
Para entonces ya había terminado en 1942 su matrimo-
nio con Nancy Myers; inicia relaciones con Eva Cohen;
sirve a su país como diplomático durante la Guerra; y
empieza a escribir en Chipre, acompañado de su hija
Sappho, el primer borrador de Justine.
Forzado a abandonar Chipre por causa de la banda
autonomista de la Enosis, se establece en Francia (Pro-
venza, al sudeste de Francia) donde finaliza los tres
restante libros del Cuarteto, a saber, Balthazar (1958),
Mountolive (1959) y Clea (1960); ya casado con su terce-
ra esposa, Claude-Marie, escribe La Rebelión de Afrodita
(Tunc, 1968, y Nunquam, 1970) y durante su cuarto ma-
trimonio con Ghislaine emprende El Quinteto de Avig-
non (Monsieur, 1974; Livia, 1978; Constanza, 1982; Sebas-
tián, 1983, y Quinx, 1985), estos últimos libros como
un intento de revivir el esquema del Cuarteto pero con
una suerte completamente desigual para sus lectores.

115
Jaime Lopera

Durrell, cien años (3)

El suicidio a los 33 años de su hija Sappho Jane,


en 1985, se vio muy oscurecido por el espeso rumor
sobre sus relaciones con ella, de alguna manera suge-
ridas en el diario personal de la chica, situación que
Durrell debió soportar por mucho tiempo. Françoise,
su quinta esposa, atribuyó el escándalo a la albacea
literaria de Sappho con el objeto de promocionarla
ante los editores. Sin embargo, alguno de sus biógra-
fos concluye que la mejor descripción del trato de
Sappho con su padre sería más bien la de un “inces-
to psicológico” dada la inestabilidad emocional y la
ruptura frecuente de las relaciones afectivas con ella
—algunos críticos la identificaban más con el perso-
naje de unas de las novelas finales del escritor inglés,
la bisexual Livia.
En definitiva, de toda la vasta obra literaria de Du-
rrell que hemos señalado fue el Cuarteto la tetralogía
que ganó la aclamación de la crítica. La atmósfera car-
gada de sensualidad y misterio que rodea las andanzas
de Justine y sus amigos en Alejandría, hace que en las
siguientes tres novelas (Balthazar, Mountolive y Clea) sus
personajes vivan el clímax de sus vidas y la exploración
de sus existencia bajo el portal de una ciudad elegida
como una metrópolis de deseos y confidencias. De allí
podría derivarse la metáfora de la perspectiva, definición
con la cual Durrell pretendía mostrar lo prismáticos y
complejos que son los protagonistas de la novela mo-
derna. La conjunción de Alejandría y de Avignon fue
un agregado de sitios y de muchos actores que le die-
ron fuerza a las novelas de este autor, porque dentro de
tales lugares él conjugaba toda las “incoherencias psí-
quicas” que involucran las ciudades sobre el hombre.
116
El jardín de tus oídos

En el marco de tales ambientes de intriga policial y


sexual, las cuatro novelas del Cuarteto revelan aspectos
diversos de la verdad, que Durrell intercambia bajo el
sello de la relatividad espacio - tiempo que decía fas-
cinarle. Darley es uno de sus narradores principales,
al lado de su amante griega, Melissa; Mountolive es
un embajador británico, escoltado por sus asesores,
Pursewarden, la artista Clea, y Justine, la enigmática
esposa del millonario copto Nessim. En esas novelas
hay una rotación de testimonios, con estos y otros per-
sonajes menores, bajo el estilo relampagueante y crea-
tivo de un lenguaje llevado al borde de la poesía aun
en los más sencillos diálogos de la obra.
Aunque sus obras tienen mucho en común, Durrell
nunca pudo repetir comercialmente el éxito del Cuar-
teto y más bien sus escritos de viaje, sus poemas y sus
cuentos humorísticos como Antrobus, lo hacen recor-
dar mejor en sus últimos años. Nominado al Nobel en
1961, el jurado otorgó el premio a Ivo Andric, atribu-
yendo a Durrell “su monomaniática preocupación por
las complicaciones eróticas”.
En alguna ocasión que nos deleitábamos en una
tertulia en torno a los autores favoritos, un amigo re-
clamó: “ojo con Durrell, es complicado y contagioso:
tardé muchos años en deshacerme de muchas frases
pegajosas de Scobie y Pursewarden, quienes encarna-
ban a un Durrell que necesitaba de aquellos personajes
secundarios para muchas sentencias que brotaban casi
como aforismos”. Y tenía razón. Al final de Tunc, alu-
diendo al objeto de sus novelas, Durrell lo explicaba
así por boca de Hippolyta: “Es necesario desgarrar una
membrana de la cual el himen físico es apenas una imi-
tación: me refiero al himen mental. De lo contrario uno
es incapaz de sentir, de comprender, de recibir...”35.

35
Referencias: Cartas Durrell - Miller: 1935-1980 (Barce-
lona: Edhasa, 1992). Jacinto Antón, «El Espíritu de las Is-
las» (El País, Madrid, 25 de agosto de 2012). Javier Aparicio
117
Jaime Lopera

John Banville

¿Ya ves por qué me gusta John Banville? ¿Ya ves


por qué los finales rápidos se cocinan mal en una na-
rración? Banville siempre nos advierte sobre la prisa
pero él sigue prolífico todo el tiempo, cuidando de no
caer en este desliz.
Cuando empecé a escribir un largo relato, Gardel
Blues, señalando las tristezas y nostalgias de la década
del treinta —además con Benny Goodman tocando en
el fondo una melodía inolvidable—, presentí que Ban-
ville estaba a mis espaldas, vigilando que no me des-
viara de la síncopa final del blues (un dos por cuatro
lento, equivalente quizás a la música que sale de los
negros como el mambo, el candombé y los spirituals)
y que no me distrajera comparándolo con las virtudes
del tango, geográficamente tan vecino de los africanos
y del mismo modo tan cercano de los porteños y las
pampas. Los finales acelerados no se deben apresurar
para no perder de vista el horizonte.
Banville ilustra sus novelas con el pensamiento de
que escribe para él y que luego deberá compartirlo.

Maydeu, «Justine, de Lawrence Durrell» (Letras Libres, julio


de 2007). Jorge Fonderbrider, «El Gran Olvidado de la Li-
teratura Inglesa» (Revista de Cultura Ñ, 4 de septiembre de
2012). «Lawrence Durrell, el arte de la ficción» (Paris Review,
número 23, 2012: entrevista con Gene Andrewski & Julian
Mitchell). Anna Lillios, «Lawrence Durrell» (Encuesta Ma-
gill de la Literatura Mundial, volumen 7, Salem Press, Inc.,
1995). «Le colpe di Durrell; Incesto con la figlia» (Corriere de
la Sera, 27 de mayo de 1991). Para la bibliografía completa:
http://www.kirjasto.sci.fi/durrell.htm, www.inventionsofs-
pring.com, http:///lawrence-durrell- bibliography.php
118
El jardín de tus oídos

Es un estilista de la novela inglesa que no desdeña su


origen irlandés e incluso los caprichos de este idioma.
Se equivocan los que intentan acercársele como a sus
compatriotas Joyce y Beckett porque es distinto e in-
comparable. Por ejemplo, con el seudónimo de Ben-
jamin Black le dio vida a un detective sutil y eficiente
(Quirke) que le permite al autor solazarse con la intriga
de un modo más sencillo que con la prosa extraordi-
naria que rezuma en sus otras novelas. Las ráfagas de
su lenguaje se suceden dentro de los hechos con una
rapidez y una facilidad que uno se va rezagando en la
admiración mientras trata de proseguir su lectura.

119
Jaime Lopera

Kodama

María Kodama nos ha sorprendido: después de leer


su libro dedicado a Borges36, aún no sé si quiero más a
ese hombre o mejor prefiera dejarlo en suspenso mien-
tras asimilo a su esposa. El texto se compone de una
serie de conferencias que la pareja del poeta ha venido
ofreciendo en diversos escenarios desde hace tiempo,
en particular después de la creación de la Fundación
que lleva el nombre del escritor en Buenos Aires. Invi-
tada por muchas entidades, ella no ha dejado de viajar
y de exponerse, no tanto con su vida personal cuanto
en sus ideas y conceptos en torno a la obra de Borges.
Mi percepción es ambigua: me ha parecido un libro
confuso, plagado de un sinnúmero de alusiones meta-
físicas que buscan explicar los textos de Borges hasta
el punto en que uno llega a pensar que se lo conoce
menos. En su afán de servirle de intérprete, Kodama
lo revela en demasía y al final pareciera que no lo he-
mos comprendido del todo. Ella no lo dice pero es ob-
vio que lo anuncia: ustedes no lo han entendido, yo sí:
vean lo que quiso decir respecto a la poesía islandesa.
María Kodama no escribe una biografía ni se ofre-
ce para hacerlo: de vez en cuando suelta una referen-
cia personal que la vincula con Borges en un episodio
característico que nadie conoce, o que se conoce por
otras fuentes, pero al cual ella le agrega su condimen-
to personal como cosa exclusiva. Tal vez hubiese sido
preferible sentirla como biógrafa, pero su deliberada
ausencia de este cometido casi es un síntoma de eva-
sión en torno a la vida privada de ese ser que con se-
guridad tampoco conoció demasiado.

36
María Kodama, Homenaje a Borges (Buenos Aires: Pen-
guin Random House Grupo Editorial, 2016).
120
El jardín de tus oídos

Foster Wallace

David Foster Wallace no era, no es un narrador de


fácil lectura. Sin embargo, considero que el libro para
llegar a su estilo, a sus contenidos, a su visión del mun-
do norteamericano y de la época actual, es el de sus
cuentos largos llamado Entrevistas breves con hombres
repulsivos37. Hay una edición de bolsillo, económica y
fácil de encontrar donde aparece el texto «El suicidio
como una especie de regalo», que parece anticipar su
propio cometido antes de cumplir los cincuenta años.
Prosa de plomo que se hace dúctil por las ideas, por
los recursos de estilo, por la innovación. La capacidad
de escribir y producir, en medio de sus tormentosas
crisis de salud, asediado por angustias existenciales
imposibles de remediar con el Nardil, es un rasgo de
su osadía y tal vez una explicación de su muerte pre-
matura. El formato de enormes citas al pie de página,
descubre una nueva dimensión de la novela que acaso
no imaginaba ni Perec.
En alguna parte el escritor y crítico Tom Bisell dijo
de Foster, aludiendo a este libro: “Si admiras la obra
de Wallace, es obvio que has de leer este libro; pero si
no admiras la obra de Wallace es especialmente im-
portante que leas este libro”.
Por cierto que si se toma en serio un proyecto de
leer a Foster, y querer conocerlo mejor, se recomienda
ir a Conversaciones con David Foster Wallace, editado por
Stephen Burn. Pero no se puede olvidar que también
es autor de Hablemos de langostas, La broma infinita y
de El rey pálido. Por tal motivo sugerí antes, a posibles

37
David Foster Wallace, Entrevistas breves con hombres
repulsivos (Barcelona: Random House, Debolsillo, 2001.
121
Jaime Lopera

interesados en el genial narrador, comenzar con Entre-


vistas breves... En este libro de cuentos extensos, Foster
incursiona también en la sudden fiction, pero es preci-
so dedicarle tiempo, tiempo y vida a este autor. De lo
contrario, es mejor dejarlo donde estuvo y donde se
encuentra ahora mismo.

122
El jardín de tus oídos

Fernando del Paso

Un amigo me hace ver la foto de una atractiva ru-


bia, una embajadora, entrando a la Feria del Libro en
Bogotá. Yo estaba detrás de ella en el mismo evento,
porque el novelista Fernando del Paso (Ciudad de Mé-
xico, 1935) me había concedido una cita allí con el ob-
jeto de entrevistarlo para la revista Pluma durante ese
evento ferial al que él venía como invitado principal.
Seguía concertado un almuerzo con Antonio Montaña,
en cuya finca en la sabana siempre se quedaba el mexi-
cano, pero al final otros admiradores y periodistas se
lo llevaron para un estudio de televisión.
Antonio también se me extravió entre los asistentes
y quedé con la frustración de haber perdido la opor-
tunidad de recitarle de memoria a Fernando (cuando
la tenía viva a Mnemosyne) un párrafo de Palinuro, un
párrafo siquiera de aquel libro suyo que conocía des-
de su primera edición. Con Jorge Trejos Jaramillo nos
deleitábamos hablando de las novelas - catarata de Del
Paso que no han tenido émulos en América Latina.
Fernando Del Paso se ha unido a otros escritores
mexicanos premiados por el Cervantes —Octavio Paz,
Carlos Fuentes, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y
Elena Poniatowska—, el máximo galardón en letras
españolas. Como dije, leí primero su Palinuro de Mé-
xico, luego conocimos José Trigo y finalmente su obra
magnífica, Noticias del Imperio, un escrupuloso retrato
de Carlota, la emperatriz de México casada con Maxi-
miliano de Habsburgo, un matrimonio con destino
desgraciado: él acabó fusilado y ella perdió la razón.
Esta ambiciosa novela histórica, de más de mil pá-
ginas en su edición original, retrata con tal minucio-
sidad a los personajes que, como dice algún crítico,
123
Jaime Lopera

“dedica tres cuartillas solo para describir el tono de


los dientes de Maximiliano y otras dos para enumerar
los títulos nobles de Carlota”. Es un viaje sobre los os-
curos pasajes de la historia mexicana y por fuera de los
aires nacionalistas que suelen ser materia prima de los
mexicanos. Al tener noticia de su importante premio
en España me siento orgulloso de haberlo conocido
recién despuntaba en las letras mexicanas y descubrir
que, en sus siguientes novelas, sus lectores van a en-
contrar conmigo la abundancia de una narración que
tiene su parecido al nadador de apnea: no se puede
respirar mientras se baja al fondo y una luz espléndida
lo rodea a uno cuando sale a la superficie, después de
vivir el trance.

124
El jardín de tus oídos

Ibarguengoitia

No sé si es porque nací bajo el signo de Acuario, pero


toda mi vida he tenido problemas con las tuberías.
Jorge Ibarguengoitia,
Recuerdos de hace un cuarto de hora.

Si la ironía es un lenguaje crítico, el lector menos


agudo puede apreciarla: bajo esta perspicacia radica el
ingenio de un autor para reproducirla. No hay duda
de que se requiere talento para hacerlo, por lo mucho
que lo hemos comprobado en los textos borgianos. En
fin, esto para decir que la ausencia prematura de Jorge
Ibarguengoitia privó a los mexicanos, y a los latinoa-
mericanos todos, de un buen cultor de este estilo, de
un novelista del boom y de un cuentista de campanillas
cuyo fino sarcasmo ha sido llevado al cine, al teatro y
reeditado en muchas antologías de su obra.
Para exponerlo mejor, para fundamentar mi asom-
bro de hace años por ese autor cuya agudeza es poco
habitual en otros países de nuestro continente, me
apropio de un párrafo suyo, publicado con ocasión de
un homenaje, que resume toda la parodia y el buen
estilo de este escritor38:

En su despedida de la isla, un alto funcionario le infor-


ma de que se ha puesto el nombre de Emiliano Zapata a
una importante avenida y solicita su ayuda para que los
mexicanos regalen un busto a Cuba:
Le dije que me parecía factible. En México hay tantos bus-
tos de Emiliano Zapata que nadie sabe ni dónde ponerlos.

38
Texto publicado en el diario El País de España, en
octubre 2013.
125
Jaime Lopera

Me pareció muy fácil arreglar que mandaran uno a Cuba.


Quedamos en que yo iba a encargarme del asunto. Él
cerró su portafolio, se puso la gorra y al estrecharme la
mano para despedirse, me dijo:
—Prométame que no se olvidará del busto de Zapata.
—Se lo prometo —le dije.
Y en efecto. No se me ha olvidado. No he hecho nada para
que manden un busto de Zapata a Cuba. Pero no se me
ha olvidado.

Hay que leerlo. Una vasta obra suya comprende


teatro, cuentos, ensayos y novelas, dentro de las cuales
cabe mencionar El Atentado (Premio Casa de las Amé-
ricas, 1963), Los Relámpagos de Agosto, Maten al León, Es-
tas Ruinas que ves, Las Muertas, Dos Crímenes, La Ley de
Herodes y sus Instrucciones para vivir en México. Murió
en 1983 saliendo de Madrid para Bogotá en un avión
de Avianca que lo traía a un congreso de escritores en
la capital.

126
El jardín de tus oídos

Una lección de Pound

Ezra Pound no es un poeta de mis afectos, pero su


poesía alumbra una etapa importante de la literatura
europea. Mis desafectos se componen de su intole-
rancia y de su antisemitismo que, a la par de Céline,
fueron una sombra funesta durante varios años de la
segunda guerra mundial. Pero si bien no todo lo que
hacen o dicen los escritores es satisfactorio, a menudo
se hallan algunos regalos literarios que no es necesario
menospreciar.
Este es uno de ellos: se trata de un mensaje de
Pound a una amiga suya en el cual le ofrece algunas
indicaciones sobre el oficio de escribir. De este texto
se pueden entresacar algunas esencias, en especial por
parte de los jóvenes que se inician en este difícil oficio
de ensartar palabras con sentido. Dice así:

Ciao Cara, aprender a escribir es como aprender a jugar


al tenis. No siempre puedes jugar un partido, tienes que
practicar los golpes... Cuando empiezas a escribir cuesta
llenar una página. A medida que envejeces siempre te
parece que hay muchísimo que escribir. Piensa: la casa
de Venecia no se parece a ninguna otra casa. Venecia
no se parece a ninguna otra ciudad... Después de bajarse
del tren, ¿cómo encuentra el número 252 de la calle Q?
¿Nos describes a nosotros o a Luigino llegando a la es-
tación? ¿Él tiene dinero, nosotros tenemos dinero, cómo
vamos? Un novelista puede necesitar un capítulo entero
para que su protagonista llegue del tren a la puerta de
su casa. Si escribe bien, el capítulo hará posible, incluso
garantizará, que Kit Kat encuentre la casa gracias a él.
Ciao. Piensa muy bien en todo esto antes de intentar
escribir.

127
Jaime Lopera

El centenario de Ian Fleming

Cada vez que el conocido ornitólogo norteameri-


cano James Bond llegaba a un aeropuerto en los años
cincuenta solía verse en aprietos con las autoridades
que lo tomaban por un verdadero agente doble del
M16 británico, o lo ovacionaban como el protagonista
de las obras del novelista inglés Ian Fleming, que vivía
en Jamaica. Pero James era solo un ornitólogo.
Después le iría mejor a ese nombre: cuando se con-
memoró el centenario de nacimiento de Fleming en
Londres, precedido por innumerables eventos sobre
las aventuras de Bond, tales como la exhibición de sus
manuscritos, la emisión de unas estampillas conme-
morativas y de una radionovela en la BBC sobre el Dr.
No, además de un torneo de golf (no podía faltar eso
en la vieja Albión) denominado precisamente el Tor-
neo Goldfinger, ese nombre revivió.
En forma simultánea, los dueños de los derechos
literarios de Fleming autorizaron a un tal Sebastián
Faulks para publicar con su nombre la última novela
de Bond como protagonista, llamada Devil May Care
(La Esencia del Mal), y a la editorial Penguin un libro
sobre Los Diarios de Moneypenny con la rúbrica de Kate
Westbrook. Buenas noticias para los coleccionistas y
aficionados bondianos que tienen su propia página
Web.
Esta fanaticada no es propiamente un estrecho cír-
culo de amigos. Muy al contrario, en enero de 2007
se reunió en Francia el primer Coloquio denominado
«Historias de la Saga Popular de Bond», que convocó a
cientos de sociólogos, antropólogos y especialistas en
ciencias sociales para examinar los efectos de Bond en
la cultura popular de muchos países. Algunos temas
128
El jardín de tus oídos

del Coloquio versaban sobre “la geopolítica de James


Bond”, “el cine de acción y la estética pop”, o “el mito
de la reacción vital”.
Las novelas y cuentos de Ian Fleming han dado para
todo. Pero tienen algunos antecedentes, tales como los
folletines de Kenneth Robeson que provienen de los
años cuarenta, y en especial esos héroes con los cua-
les la Editorial Sopena, de Argentina, bombardeaba
mensualmente la imaginación de los colombianos con
Doc Savage, Billl Barnes, Peter Rice y La Sombra. De igual
forma Bond tiene sus propios sucesores, como la saga
de Indiana Jones en la cual se repiten las innumerables
piruetas a las que nos acostumbraron los directores de
cine Lewis Gilbert, Guy Hamilton o Terence Young.
Solo que la belleza de las chicas Bond, como Pussy Ga-
lore o Halle Berry, nada tiene que envidiarle a la fría
Cate Blanchet.
Con James Bond, Ian Fleming instituyó un canon en
las novelas de espionaje. Fleming, alumno del famoso
colegio Eton, funcionario de la agencia Reuters y asis-
tente del director de la Inteligencia Naval británica don-
de aprendió la naturaleza y pormenores del espionaje,
fue percibido por un editor avisado quien le ofreció las
posibilidades de residir en Jamaica (en su casa llamada
Oracabessa, cerca de la playa) donde, desde su primera
obra de 1953, Casino Royale, Ian se dedicó a escribir las
veinte novelas que le dieron riqueza y fama mundiales.
Fleming murió de un ataque el corazón en 1964.
Muy cerca de la cama, en su escritorio personal, aún
estaba su libro favorito, Aves de las Indias Occidentales,
que le había regalado su amigo, un ornitólogo nortea-
mericano llamado James Bond, quien justamente le
dio su nombre al personaje. Lo último que sabemos es
que tampoco alcanzó a percatarse que la Nasa había
bautizado un asteroide con el nombre de “9007 James
Bond”, en honor al escritor que le había dado vida al
agente del martini doble con gin, vodka y no revuelto.

129
Jaime Lopera

Habemus papam

Nanni Moretti, un director de cine italiano, estre-


nó hace unos años un filme de anticipación que causó
en su tiempo furtivas protestas en el Vaticano, ese tipo
de condenas que no suelen salir a la luz pública pero
se difunden por todos los pasillos del pequeño estado
con sorprendente velocidad. Fuera de Cannes, el filme
Habemus Papam ha tenido poca fortuna en otros países.
Pero, con esas reprobaciones silenciosas, cientos de es-
pectadores concurrieron al estreno en su país.
La película, We Have a Pope (2011), es la historia de
la elección de un nuevo Papa luego de los funerales
verdaderos de Juan Pablo II. El personaje es el carde-
nal Melville quien sufre un ataque de pánico cuando
observa que tiene que salir al balcón tras su elección
por parte del conclave de cardenales. El elegido, este
cardenal Melville interpretado por el actor italiano Mi-
chael Piccoli, se rehúsa a aceptar el cargo porque con-
sidera que no es la persona adecuada ni para el puesto
ni para el momento. Sin embargo esta situación tiene
que ser mantenida en secreto para no alterar los pro-
tocolos de la Santa Sede y las normas pontificias que
los resguardan.
Mientras cunde el temor y la perplejidad dentro
del conclave de cardenales encargados de la elec-
ción, el nominado se escapa de paseo por las calles
de Roma, vestido de paisano, tropezando con situa-
ciones disímiles y divertidas que el realizador italiano
detalla con gracia. Como Melville es muy aficionado
al teatro, la cámara lo persigue mientras asiste a unas
funciones, donde se divierte y comparte con sus veci-
nos de palco las actuaciones de los actores en escena.
Entre tanto el conclave decide congelar la elección, y
130
El jardín de tus oídos

resuelve contratar a un famoso psicólogo (el mismo


director de la película hace este papel, en compañía
de la agraciada Margherita Buy), quien convoca al no-
minado para conocer a fondo las verdaderas causas
de su desprecio al cargo.
Esta parte, que le da forma a la comedia es, como lo
dijo Moretti, una propuesta para conocer las razones
de un sentimiento de inadecuación del personaje que
aparentemente puede ser autodestructivo. Porque el
cardenal Melville no solamente no puede creer en su
nombramiento, sino que sufre de una crisis nerviosa
mientras una multitud expectante y ansiosa espera la
salida del Papa al ventanal de la Plaza de San Pedro.
Miedo escénico, se diría ahora. En cierto modo, y aun-
que no lo reconozca explícitamente, este tipo de pa-
rodias de Moretti son similares a las de Buñuel, como
aquella escena donde se muestran los rostros de unos
cardenales rezando piadosamente para no ser elegidos.
La película, filmada en varios palacios y calles de
Roma, fue seleccionada para ser presentada en el Fes-
tival de Cannes del 2011. Nanni Moretti es un director,
actor, productor y cinematográfico italiano nacido en
la provincia de Bolzano, quien ha dedicado su vida al
cine y al waterpolo, su gran predilección. Su biografía
como realizador ha fluctuado entre el cine en clave de
humor, y los filmes con implicaciones políticas, como
los que hizo en 2002, y años más tarde, criticando el
ascenso de Berlusconi. Ganador de varios premios en
Cannes, desde 1994, Moretti ha suscitado numerosas
polémicas en torno a sus críticas fílmicas a los pro-
yectos políticos de la derecha y la izquierda italianas.
Como director artístico del Festival de Cine de Turín
abrió las puertas a la crítica social con la aceptación de
documentales basados en las realidades políticas de su
país.

131
Jaime Lopera

La caravana del cantante

Hablar de una persona que no se conoce es el peor


de los suplicios a que cualquiera puede someterse39.
El riesgo de una equivocación es grande y hace falta
más que intuición para dar en el blanco. Por fortuna,
como en las religiones, la fe anticipada en esa persona
acude a tu auxilio y, con la solidez que ella otorga, se
salvan hasta las apariencias. No siempre se tendrá la
buena suerte de acertar en las alusiones que se hagan
de esa vida desconocida pero, si procuran ser ecuáni-
mes, poco importa si ellas al fin de cuentas arriban al
buen destino que son sus oídos y su estima. Espero
que en este caso sea así.
Me tomaría más tiempo para justificar este com-
promiso explicando que no conocí las largas barbas
de Tolstoi en persona, pero tampoco al meticuloso de
Proust o al viejo dipsómano de Faulkner y muchos
más. Pero ellos dejaron huellas de su paso por las le-
tras y, siguiendo ese sendero con cuidado, se puede
uno ir tras sus palabras como una oveja que no aban-
dona a su pastor. Miremos esta otra exageración, la
de adelantar juicios sobre un autor mirando solo uno
de sus trabajos: es difícil acceder a todas las obras de
Vladimir Nabokov pero con Pálido Fuego40 se tienen
los materiales suficientes para saber si su trabajo, el
suyo apreciado lector, cabe en el cesto de la basura o

39
Presentación del escritor F. Cruz Kronfly durante la 8°
versión del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales,
realizado en Calarcá entre el 2 y el 5 de septiembre de 2015.
40
V. Nabokov, Pálido Fuego (Buenos Aires: Editorial Su-
ramericana, 1974. Traducción de Aurora Bernárdez, pri-
mera esposa de Julio Cortázar).
132
El jardín de tus oídos

los convertimos en una estatua, de esas donde es más


abundante el guano de las palomas que los visitantes
que la miran. Esta es una de las ventajas de la litera-
tura: que permite estos seguimientos paso a paso a
sabiendas de que el ojo es particular y específico; mu-
chos lectores pueden ver lo que se les antoja, lo cual
deviene al fin y al cabo en favor del mismo autor que
va mostrando (tal vez sin proponérselo) los dientes
limpios de su propia versatilidad.
Para decirlo de entrada, el hecho extraliterario de
que Fernando Cruz Kronfly sea de Guadalajara de
Buga nos permite manosearlo con la idea de que so-
mos medio parientes: por mucho tiempo los quindia-
nos también fuimos confinados bajo el protectorado
del Estado del Cauca y, como Buga, su ciudad seño-
ra, de igual forma acosados por la tribu de los pijaos
que bajaban la cordillera desde los llanos tolimenses
a buscar comida, mujeres blancas, alhajas de los con-
quistadores y los doblones de oro que ocultaban los
recaudadores del Rey para financiar sus peculados y
sus correrías.
Ir detrás de las palabras, indiqué antes, es otra forma
de decir que tengo de La Caravana de Gardel, leído con
avidez y esperanza, varias sensaciones inacabadas que
comprenden por supuesto diferentes percepciones. La
primera de ellas consiste en reconocer la audacia de
Fernando al elegir solo un fragmento tan especial (la
caravana de una ciudad a otra en el mismo país) de esa
vida que hoy, a la altura de sus más de ochenta años
de muerto, aún despierta polémicas y admiraciones
con la misma profusión de los inmortales. Como del
accidente se habla poco en esta novela, para escamo-
tear el dolor que ello significa, el viaje desde Medellín
por los caminos difíciles y los riscos de esa carretera
hacia Buenaventura es presentado bajo la secuencia de
un narrador afligido pero muy leal a la tarea que le
habían encomendado y que realiza excepcionalmente.
Si se tratara de elegir otros pormenores, ¿no hubiese
133
Jaime Lopera

sido mejor, para alegría de los tangueros, hablar de


las diversas escenas, reales y ficticias, que vivieron los
amigos de la troupe gardeliana durante las filmaciones
en Nueva York con la bella acosadora Mona Maris y
todas las vicisitudes que arrojaron sobre Gardel las lu-
ces de la fama en un cine que apenas despuntaba?
En esta novela del bugueño, los camioneros que
llevan el catafalco de Gardel a su encuentro con un
buque argentino que los esperaba en la Costa Pacífi-
ca, hablan entre ellos de la pelotera derivada de las
denuncias en el Congreso sobre la corrupción del Go-
bierno gaucho de entonces, corrupción que ese mismo
gobierno trataba de camuflar tendiendo una cortina de
humo en torno al asesinato del diputado Bordahere en
1935 e inventando para el efecto una ruidosa campaña
mediática organizada en favor de la repatriación del
Cantor desde Colombia, cuando habían pasado ya (in-
sólito hecho) cerca de seis meses reposando sus restos
en Medellín.
¿Acaso no podría ser excitante novelar este mismo
episodio político para denunciar la siempre descom-
posición de la clase política cuya burocracia, aquí y
allá, se enredó inoficiosamente con el regreso a casa?
Pero Fernando Cruz eligió el camino de la repatriación
quizás para que no nos olvidáramos de la tragedia y
que la aureola del mito tuviese como iniciación un fi-
nal nada feliz. El éxito en la preferencia de este argu-
mento, y su transformación en una película reciente,
avala la decisión del autor y confirma la enorme popu-
laridad de El Zorzal, aquí y en muchos países.
La Caravana de Gardel es uno de aquellos episo-
dios que ameritan una novela de largo alcance —tan
largo como los atletas de una maratón que no se fa-
tigan, como este servidor, escribiendo solo para cien
metros planos. Pero habría una abundante colección
adicional de eventos para ir edificando el mosaico lite-
rario de esa vida. Por ejemplo, ocuparse de esa triple
identidad de Gardel (francesa, argentina o uruguaya),
134
El jardín de tus oídos

cada una de cuyas nacionalidades tiene tantos adver-


sarios como seguidores, dado que son fuentes de un
amplio relato que podría abarcar todas aquellas tipi-
ficaciones propias de la construcción de una leyenda.
Lo que intentaron hacer las novelas de Almudena
Grandes (Malena), Federico Andahazi (Errante en la
sombra), Antonio Lobo Antunes (La muerte de Carlos
Gardel) y Arturo Pérez-Reverte (El tango de la Guardia
Vieja), entre otros, fueron esfuerzos a mi juicio secun-
darios —sin vitalismo, sin afectos en las cantinas de
los pueblos colombianos, como se presenta en La Cara-
vana de Gardel— para atender marginalmente la magia
del tango y procurar una historia sencillamente evo-
cadora.
Cabe destacar, por original en el manejo de las le-
tras musicales, el curioso centón que escribiera Jorge
Trejos con su novela Es la historia de un amor..., que
consistió en utilizar centenares de versos de milongas,
tangos y boleros para hacer una novela de 480 pági-
nas bajo el formato de unas emotivas cartas cruzadas
entre dos amantes; solo le faltó mostrar en la portada
el magnífico rostro de Monica Vitti en su película El
tango de los celos (1981) para completar semejante nos-
talgia musical y romántica.
Todas estas disquisiciones a la deriva se alargaron
pero no son gratuitas: son de alguna manera para pre-
sentar al Fernando Cruz que viene a nosotros precedi-
do de una abundante obra literaria en la cual combina
la novela, el ensayo y la poesía como una locomotora
que transporta su talento a muchas partes. En las ges-
tas literarias de los vallecaucanos ya sobresale Cruz
Kronfly como uno de los más reconocidos autores de
la región, cuya trascendencia nacional llena de orgullo
a sus conciudadanos y le ofrece sus alamares a la lite-
ratura del occidente colombiano.

135
Este libro se terminó de imprimir en los talleres
del Centro de Publicaciones de la Universidad
del Quindío (Armenia, Colombia), en
diciembre de 2018, cerca de cuarenta años
después de que Vladimir Nabokov escribiera
«L’envoi», un ensayito en el que dice a sus
lectores: “El trabajo con vosotros ha sido una
agradable asociación entre la fuente de mi voz
y el jardín de vuestros oídos: unos abiertos,
otros cerrados, muchos muy receptivos, unos
pocos meramente ornamentales, pero todos ellos
humanos y divinos”.