Está en la página 1de 13

Encontrar la amistad, -el eco profundo que se extiende

desde su percepción, la sustancia que habita detrás del


concepto,- es factible también a través del escrito de un
iniciado, de una gran obra que ilumina el camino de
quien se atreve en este escrito, de la mano de un amigo
de las letras, a llenar de luces la concepción del amor.
Encienda una antorcha y observe los reflejos que habitan
detrás de su definición.”

EL EVANGELIO QUE NOS ESPERA: EL AMOR


SEGÚN NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA

(Nota: el presente texto no pretende ser académico ni


justo. es, simplemente, la expresión de una admiración
arbitraria, paliada por medio de algo semejante a la
“rigurosidad letrada”. igualmente, es el elogio de un estilo
generoso, cristalino y, a la vez, profundo. más que un
ensayo, este escrito es un homenaje. –D. J. G.)

“¡Gloria a Dios, gloria en verdad, pues he aquí a la que


redime a todas las mujeres! ¡He aquí a la primera
humana!”

– Albert Cohen, “Bella del Señor”

“Quiero ofrendarte mi corazón para que en él penetres.


(…) Quiero sumergirme en tu ser: siendo el mundo para
ti demasiado pequeño, serás tú solo para mí más que el
mundo y el cielo.”
-Christian Friedrich Henrici “Picaneder”, Libreto para “La
Pasión según San Mateo” de Johann Sebastian BAch

“Amar al prójimo es sin duda mandamiento, pero el


evangelio es el amor que nos espera.”

-Nicolás Gómez Dávila

La esperanza es una mentira. Eliminar cualquier


proyección o ilusión hacia el futuro nos deja solo con lo
inevitable del presente, con no poder huir de la
responsabilidad, ni siquiera de lo que no depende de
nosotros mismos. Vivir el presente, sin la promesa del
futuro, es casi enfrentarnos a la vida en sí misma. El
presente es entonces la sensación de los objetos o la
convivencia con las demás personas: la vibración de
todo lo que percibimos sin que lo podamos insuflar con
algo de imaginación. El reino de lo urgente desnuda a la
necesidad. No obstante, lo urgente no es la aparición de
las cosas por sí mismas. La necesidad no es el reino del
ser.

Para Nicolás Gómez Dávila –como también lo pudo ser


tanto para Borges como para Arthur Schopenhauer-
el tiempo es una dimensión sensorial por medio de la
cual observamos los cambios en el mundo: antes y
después, nacimiento y decadencia, auge y caída. La
dimensión del tiempo es una puerta por donde debe
pasar todo hecho como dato de un conocimiento cierto.
Empero; el tiempo es todavía un medio, que apenas
señala el pulso de lo que podría ser la “realidad”. El
tiempo, más que una medida común, es una vivencia
íntima.

La obra de Nicolás Gómez Dávila tiene un solo nombre:


“Escolios a un texto implícito”. Todos los textos,
preparatorios y posteriores, son solo puertas o atajos
para entrar a esa catedral sumergida. Una de las
mejores prosas, escritas en lengua castellana, se
fortalece en aforismos de precisión diamantina. Desde
“Textos I” y “Notas”, hasta los “Sucesivos escolios”, el
corpus daviliano, a pesar de su extensión, es
simplemente un solo libro: es el carácter de Don Nicolás
plasmado en letras, gran diatriba monástica, sugerida
por alguien que “nació, creció, leyó y murió”; sin importar
la intemperancia de su convicciones: antimoderno,
católico ferviente al Concilio de Trento, indiferente a su
nacionalidad Colombia –para él: solo un asunto
inquietante, al momento de enseñar el pasaporte-.

Cada frase suya es un destilado de tiempo y de fracaso:


de no poder escribir la gran obra vislumbrada, de ser
siempre responsable ante la paciencia del lector y con la
ciudadanía que otorga la inteligencia, para pertenecer a
la república de las letras. Escribir no sería solamente
afilar la inteligencia y la comprensión, es método para
asir lo que posiblemente sea el sentido que pueda
sostener nuestras vidas: la escritura como construcción
de un propósito individual e imperecedero, ante los
embates de la Fortuna. El oficio de escribir es una forma
de resistencia ante el absurdo de haber nacido y ante el
tedio que nos embarga nuestra propia impotencia.
Escribir es una forma de padecer la realidad,
reconstruyéndola por medio de la ilusión de la palabra.
Esta forma paradójica de vivir el presente (de entregarse
al trazo de la letra para desenredar el misterio del
fracaso) nos arroja al límite de distinguir entre lo que
podemos hacer y de cuánto tiempo contamos para
hacerlo. Seres sometidos al tiempo, maduramos sin
saber con certeza que hacer y hasta donde soportar una
vida cuyo significado es impenetrable. Padecer el tiempo
y estar sometidos a la muerte es la marca de la derrota,
de la mortalidad. “La mayoría de nuestros fracasos se
debe a la propiedad de las series empíricas de no tener
ni fin ni inicio ciertos. El hombre rara vez sabe dónde
puede comenzar y dónde puede concluir.”

Pensar en la ilusión es una ilusión en sí. El lenguaje no


se adapta a lo unívoco de la presencia del mundo, pues
la experiencia humana es lo suficientemente rica como
para hallar demasiadas lecturas a unos cuantos
sucesos. El lenguaje, entonces, se convierte en un
cómputo de posibilidades y vacíos: de un refugio ante la
oscuridad de las acciones y de lo que sucede fuera de
nuestro alcance. Las palabras se vuelven odiosas: no
reflejan con exactitud ni nuestros sentimientos ni lo que
pueda ser el mundo. Toda expresión está contaminada
de la falible subjetividad de quien la emite. ¿Cómo
acercarnos a lo que puede ser la “realidad”, según Don
Nicolás?

Para este hombre, que vivió prácticamente toda su vida


en su biblioteca privada, como rentista de tanto sus
propiedades en Soacha como de su almacén de paños,
casado a los veintitrés años con Emilia Nieto de Gómez
y padre de tres hijos, hay, en primer lugar, dos vías para
el conocimiento prudente: el escepticismo y el
relativismo. Por un lado, el escepticismo como duda
sobre nuestro propio ego, sobre las nociones, recuerdos
y aspiraciones que constituyen nuestras vidas. El
escepticismo es el modo cómo observamos y aceptamos
nuestro pequeño lugar en el mundo. Por otro lado, el
relativismo es el reconocimiento de la existencia de otras
versiones sobre lo que puede ser la vida: otras
costumbres, otras lugares, diferentes aspiraciones que
pueden ser inferiores, superiores o iguales a las
nuestras; pero jamás equivalentes. Relativismo, no como
aceptación indiferente de la diversidad del mundo; sino
como percepción del otro como distinto de mí mismo,
inaprensible según mis normas, insubordinado y, a la
vez, admirable por su peculiaridad.

Con la experiencia doble del escepticismo y el


relativismo, el tiempo adquiere una faceta sensible. El
futuro no es la ilusión lejana de lo que podrá ser; sino la
construcción del misterio que se insinúa ante nosotros.
El otro –sea representado por la compañía de los demás
o en la ignorancia sobre un asunto determinado- no
tendrá importancia si se limita a una conjetura
exclusivamente abstracta. Todo lo importante en
nuestras vidas, como todo lo que pueda ser digno de ser
conocido, debe ser sentido antes que pensado. Lo
sensible llena las palabras y estas, simplemente,
ordenan lo que puede verse como desequilibrado o no
jerarquizado. Sin la sensualidad, el discurso se
derrumba, pues “la sensualidad es la posibilidad
permanente de rescatar al mundo del cautiverio de su
insignificancia.” Por tanto, lo inevitable del presente se
alivia con lo que nos depara el equilibrio entre los goces
y las penas.

El escepticismo y el relativismo, sostenidos por la


primacía de lo empírico, pueden desbordarse en la
excitabilidad o en la embriaguez. La falta de un orden
entorpece la percepción de lo que es el otro: lo que
percibimos se distorsiona al estar enfermos de nuestra
pobre y soberbia manera de tratar de conocer al otro.
Como disciplina que estructure la miríada de
experiencias que nos depara el mundo, la inteligencia
debe erigirse como señora que impone los límites de lo
soportable. Sin embargo, ¿Será suficiente con ella, para
saber detenernos ante las más imprevisibles dichas o
ante las más gratas sorpresas? “Sólo el bien y la belleza
no requieren límites. Nada es demasiado bello o
demasiado bueno”, nos dice Don Nicolás. Tener la
suficiente entereza de poder experimentarlas es poder
contemplar la majestuosidad de una tormenta marina, sin
que perezcamos en ella. Amar la vista y no tanto el
naufragio es saber hasta dónde podemos aguantar, es
conocer nuestras propias limitaciones. Saber nuestros
límites es amarnos a nosotros mismos: “La sabiduría no
consiste en moderarse por horror al exceso, sino por
amor al límite.”

De una disciplina de la inteligencia debe surgir tal


independencia del criterio como para distinguir lo común
de lo sobresaliente, lo ordinario de lo extraordinario. La
autonomía –basada en el amor a nosotros mismos- es la
capacidad de hallar lo noble en medio del maremágnum
que es la vida. El grado de dicha que podemos sentir en
nuestras vidas se va afinando a medida que el fracaso y
el tiempo nos van recordando lo débiles y falibles que
somos. El fracaso es la vía en la que podemos adquirir
un carácter único. Nuestros gustos nos definen y
creemos ver en lo que más nos agrada lo mejor de
nosotros mismos. Posteriormente, y por medio de la
sensualidad reglada, vamos buscando la unión entre el
mundo y nosotros mismos. Conocer es abolir la soledad.

El amor, como unión de lo bello, lo bueno y lo


verdadero, como fuente de toda nobleza y manifestación
del ser, surge de una inteligencia ordenadora de lo
sensual. “Un gran amor es una sensualidad bien
ordenada.” Es desde el amor como llegamos a un
conocimiento cierto, tanto de lo que pueden ser los
demás como de lo que quizás sea la autenticidad de
nuestro comportamiento. Poco a poco, somos nosotros
mismos, al compartir el fracaso con los demás: sean
testigos o compañeros. Amar es la trascendencia del
escepticismo y el relativismo: es su superación. “El amor
es el órgano con que percibimos la inconfundible
individualidad de los seres. Las perfecciones de quien
amamos no son ficciones del amor. Amar es, al
contrario, el privilegio de advertir una perfección invisible
a otros ojos.” El ansia de amar es la búsqueda de la
rectitud del juicio, por medio del error: es arrojarnos a los
brazos de la perplejidad.

La teoría del conocimiento, en Nicolás Gómez Dávila,


resulta siendo una epistemología del y sobre el amor. Sin
embargo, este conocimiento es un despertar: el
inabarcable misterio que es la persona amada es tan
insondable como la vivencia del tiempo. Imposible vivir
más de una vida. Y así como vamos a tientas en la
penumbra de la ignorancia, guiados por el escepticismo
y el relativismo, necesitamos igualmente sabernos dentro
de una tradición, de una lengua, de una inteligencia
colectiva que nos supera. Hemos de reconocer la voz de
las eras, la cual nos da el peso de las enseñanzas, fruto
de los siglos, las cuales se revigorizarán con la
intemperancia de nuestras vidas presentes. No puede
ser el amor algo insípido y superficial, como si fuera la
canción del verano o el libro que es éxito de ventas en el
momento. En el pasado encontramos los cimientos del
amor. Sabernos instruidos por los poetas, filósofos y
novelistas nos dará seguridad, al poder participar en el
cántico de una verdad que no muere: “Las dos alas de la
inteligencia son la erudición y el amor.” Amor sin
erudición es ingenuidad; erudición sin amor es frialdad.

Reconocernos en la tradición es ampliar nuestra


condición como seres temporales. Tener pasado es
saber insertarnos en la historia: la de nuestros
semejantes, la de las ideas o la de las instituciones. Las
ideas y sobre lo que ellas influyen nos ensamblan. Esta
operación no puede ser pasiva, en la medida en que
vamos descubriendo quienes somos realmente: qué es
lo que buscamos, anhelamos o despreciamos.
¿Odiamos a la sociedad y al hombre tal como el
presente nos lo ofrecen? ¿Queremos incendiar el mundo
con nuestra pasión? ¿O acaso queremos dejar un hito
sobre nuestro paso en la tierra? Historia, amor y fracaso
nos enseñaran a como odiar y a superar los códigos de
la tribu. “Amor u odio no son creadores, sino reveladores,
de calidades que nuestra indiferencia opaca.” Pero no
creamos en “astucias de la razón”: zambullámonos en la
incertidumbre, sin que tengamos que apelar a una
cosmovisión omnímoda. Las pasiones han construido y
derrumbado civilizaciones y, como los hombres, son tan
irracionales como mortales. Los imperios, como los
individuos, son más culturas que han organizado sus
pulsiones que negación sistemática de sus temores. En
el conflicto hacia el florecimiento o en la agonía del
colapso, el individuo se refleja, para así hallar su propia
voz, la articulación de su propia existencia: “La sabiduría
más presuntuosa se avergüenza ante el alma ebria de
amor o de odio.” La pasión debe ser educada, durante
muchos años, para que de paso a la comprensión.

En contraste con la senda de la tradición, el presente,


como modernidad en crisis, es el menoscabo de la vida
interior y, por extensión, del amor como fuente de
conocimiento. El amor es rechazado por la brutalidad de
la lujuria y por las más ofensivas y sicalípticas
distracciones. El amor no existe, no se le nombra: es una
palabra demasiado grande como para ser dicha en las
catacumbas donde los esclavos copulan. El amor es la
libertad y la felicidad hechas sabiduría. La sexualidad
dura, en cambio, es el dominio de lo genital, el escape
de la insatisfacción que no sacia tras el abandono,
después de que se ha terminado la unión. El amor por
medio del deseo es el diálogo de los cuerpos. Pero el
sexo que excluye al amor es la posesión de los cuerpos
entre sí, es la escisión entre la vida de la mente y el reino
de lo sensual. Prácticamente, cuando el amor se anula,
el espíritu se degrada: “Erotismo, sensualidad, amor,
cuando no convergen en una misma persona no son
más, aisladamente, que una enfermedad, un vicio, una
bobería.”

Para hacer más evidente esta última idea, hay que tener
en cuenta que, en Gómez Dávila, toda palabra que sirva
para nombrar el amor no nos sirve para explicarlo.
Volvemos, en cierta medida, a la cuestión medieval entre
el “nominalismo” y el “realismo”: ¿Acaso las palabras
transmiten a la mente la esencia de los objetos? ¿Será
más bien que ellas son simples títulos que apenas dan
una imagen de lo que puede ser: algo mucho más
grande y lejos del alcance del lenguaje? ¿Lo real,
entonces, no puede ser descrito de manera unívoca? Lo
mismo sucede con el amor: la palabra es apenas un
trazo, una cicatriz de algo que sucedió; no el suceso en
sí, cuya importancia va más allá del tiempo o de
cualquier otra dimensión del conocimiento. El amor es el
recuerdo que aún palpita y sería, igualmente, un trasunto
de Dios: una entidad fuera de cualquier marco
cronológico o espacial, algo cuya magnificencia escapa a
sensibilidades burdas. El amor resulta siendo un
panorama de lo divino que hay en la existencia, de
encontrarnos con lo místico por medio de lo corrientes
que son nuestros desengaños o triunfos. El amor es la
persistencia de la grandeza: “Detrás de todo apelativo se
levanta el mismo apelativo con mayúscula: detrás del
amor el Amor, detrás del encuentro el Encuentro. El
universo se evade de su cautiverio, cuando en la
instancia individual percibimos la esencia.”

Contrario a este orden celestial del amor en la tierra,


Gómez Dávila encuentra, en la obra del Marqués de
Sade, el fresco de un mundo sin amor, un mundo donde
no hay convivencia de los deseos; sino la violenta
entrada de un gesto repetitivo, que busca anular la dicha
corporal y toda probabilidad de que esta dure. Es la
victoria de la arrogancia del poder, representada –según
el autor de “La filosofía en el Tocador”- por la violación
sodomítica. En Sade, no hay conocimiento del otro, ni
ansia de complacer al amante; sino un choque entre los
cuerpos, totalmente alienados por la soledad del poder:
el soberano poseyendo a sus súbditos, el señor violando
a sus siervas. Sade no ve el mundo entre amantes y
amados; sino entre víctimas y victimarios. La obra del
marqués es la perversión de la idea de Jerarquía: esta
no como respeto de las diferencias, sino como manera
racionalizada para someter al otro al imperativo de mis
ímpetus. En una frase: mi deseo es mi Dios. “La obra de
Sade es la única tentativa coherente de construir un
universo rígidamente vacío de las tres virtudes
teologales –fé, esperanza y caridad-. El universo de
Sade es el universo de la absoluta finitud. (…)”

Si mi deseo es mi dios –y asumiendo que el erotismo


sea, en este caso, el sistema como coarto la felicidad del
otro, con tal de que la sacrifique según mi arbitrio-
terminaré igualando a todo cuerpo que someto a un
mero vehículo de mi desahogo. No habrá nada especial,
ni excelso en el encuentro: solo el hastío se presentará
cada vez que me harte de la compañía de un extraño. La
orgía, como reducción y olvido de las peculiaridades del
deseo y de las personalidades, es la expulsión del
misterio en lo erótico y, por tanto, el exterminio del otro
como algo que pone en duda los límites de mi ser
temporal. El sexo desenfrenado como saturación y
embrutecimiento, como no querer conocer a nadie, solo
manipulación y destrucción, mientras se encuentran
nuevas atracciones, nuevos crímenes para escapar de la
miseria humana y de la imposibilidad de no poder
compartir la naturaleza divina. El hastío del desamor –el
no poder soportar la libertad de los otros, sin que quiera
acabar con ella- es una intuición “satánica”, a contrario
sensu del juicio como presencia de lo místico. El
egoísmo es el exilio, lejos del amor: “La sexualidad pura,
en sus límites extremos, profiere una acusación teológica
y plantea un problema de rivalidad religiosa (…) La
sexualidad es el refugio del hombre desposeído de Dios,
el último recinto donde su desesperación se encara
contra la divinidad que lo abandona.”
Entre la experiencia mística y el vacío satánico se abre el
foso de la modernidad, de la que Sade bien pudo haber
previsto sus aun recónditas atrocidades. Tras la
sanguinaria historia de los últimos cien años, la barbarie
ha sabido como agazaparse en la holgura y en el
espejismo del progreso, disfrazado de consumo. En lo
cotidiano, la prisa de nuestra vida contemporánea ha
desterrado la inquietud por el otro: huimos de nosotros
mismos por medio de un laberinto de pieles. No
requerimos de la artesanía para amar cada vez mejor lo
amado: no queremos arraigamos. Evitamos el exceso de
un idilio que nos duela, prefiriendo drogarnos con el
desenfreno. Para nosotros, los vivos, es mejor
conformarnos con el presente y fluir con él. Al mismo
tiempo, el no tener certeza de quien es el objeto amado -
el que sea una simple proyección de mis carencias o que
la vida de los demás sea una completa mentira- hace
que nuestros anhelos sean infructuosos, marchando
siempre en pos de algo que nunca será hallado. Como
limosna y parodia del amor, queda l’affaire de fin de
semana, el coito y la pornografía. << La desintegración
creciente de la persona se mide comparando la
expresión “aventura amorosa”, que se estilaba en el
XVIII, con la expresión ”experiencia sexual” que usa el
siglo XX.>>

“El amor utiliza el vocabulario del sexo para escribir un


texto ininteligible al sexo solo”, sentencia don
Nicolás. Este aforismo señala cuan gris y desesperante
es el universo carcelario de Sade –y, de paso, cuan
lóbrega y precisa ha sido la antelación sadiana de
nuestro hoy-, ante la aparición de la inquietud por lo
diferente, que implica la experiencia del amor.
El lenguaje sádico, al ser la descripción maquinal de las
posturas orgiásticas y en la formulación del pensamiento
criminal detrás de ellas, despoja a la condición humana
del erotismo como vivencia sublime. Sade pudo concebir
un mundo donde la esperanza como ilusión no existe:
donde el presente se manifiesta con todo su peso e
inmundicia, un mundo material de sangre, semen y
mierda, un mundo que se resigna a perecer. Contrario a
esto, el erotismo es el lenguaje de la ilusión del suceso,
del amor como “parousía” corporal, de anhelar profunda
eternidad, así implique un infinito dolor. Más que el
vocabulario del sexo, es el vocabulario de la oración el
que enuncia el enamoramiento: el querer ver lo santo, lo
ungido, como privilegio de nuestras vidas y que quizás,
como don que casi siempre se da una sola vez en la
vida, eso santo y ungido corresponda a nuestro amor.
La oración amorosa, desde el pensamiento de Gómez
Dávila, es la inquietud por la suerte y la salud por el otro,
así como el gozo y el agradecimiento por compartir esta
vida fugaz, de internar que el amor dure desde
ahora. “Si Dios fuese conclusión de un raciocinio, no
sentiría necesidad de adorarlo. Pero Dios no es sólo la
substancia de lo que espero, sino la substancia de lo que
vivo.”

Dios, como vivencia de lo místico, no se da en el


ascetismo o en la contemplación, sino en el erotismo. A
través de los cuerpos, se descubre el placer: una
recompensa por estar vivos, por ser heridas abiertas en
medio de la nada. La desnudez, como revelación del
ser, no es solamente una mirada intima a la inquietante
presencia de lo amado: es, además, una invitación a
sumergirnos en el corazón salvaje de la vida. El lenguaje
de la oración, ante lo inalcanzable del verbo por medios
estrictamente lingüísticos, se convierte en gemido, en
una plegaria entre la tensión, el desbordamiento y el
orgasmo. Rogamos con la consciencia extasiada, por
estar dentro de otro ser. El erotismo es la inteligencia
hecha carne. Vivir esto es como estar cerca de Dios: “El
amor es esencialmente adhesión del espíritu a otro
cuerpo desnudo. Ante un cuerpo de mujer los mayores
excesos son insuficientes (…) ¡Ah! Perderse en una
espesa selva tenebrosa y carnal. Aspiramos a una
posesión demoníaca, pero solamente hacemos el amor.”
Empero, la prueba máxima está en la persistencia del
verdadero amor, que obvia la enfermedad y la
podredumbre de los cuerpos y que desprecia la mentira
y la confusión de los tiempos. La confianza, en un mundo
de cínicos, se constituye en una iglesia invisible, que
busca durar en esta tierra que se ha convertido en
paraíso. El amor es antitético al mundo moderno, a la
prisa, al olvido de la eternidad. El amor perdura gracias
al sufrimiento, para estar más allá del bien y del mal:
“Repudiemos la recomendación abominable de renunciar
a la amistad y al amor para desterrar el infortunio.
Mezclemos, al contrario, nuestras almas como
trenzamos nuestros cuerpos. Que el ser amado sea la
tierra de nuestras raíces destrozadas. Cada insulto de la
vida sobre una faz amada alimenta al verdadero amor.”

El amor es la máxima pregunta (No una pregunta


pragmática; sino ontológica, una pregunta que busca
desconcertar, más que sugerir alguna respuesta): es el
puro asombro, es el más alto grado la de existencia. Es
querer, sin preguntar más. Amar es vivir: <<La
interrogación sólo enmudece ante el amor. “¿Para qué
amar?”, es la única pregunta imposible. El amor no es
misterio sino lugar donde el misterio se disuelve. El amor
ama la inefabilidad del individuo.>> Pero siempre la
desconfianza, los celos, los miedos estarán agazapados
y nadie puede escapar de manera impune al tiempo que
nos tocó en suerte. Volvemos al inicio: escepticismo y
relativismo nos enseñarán a amar como locos; más no
como tontos. Amar es un salto de fé, es nunca dejar de
aprender. “La pasión más ardiente no engaña, si conoce
la inadecuación de su objeto. El amor no es ciego
cuando ama locamente, sino cuando olvida que aún el
irreemplazable ser amado sólo es una misteriosa
primicia. El amor que no se cree justificado no es
traición, sino propedeútica.”

Más que una cátedra para la convivencia de los


defectos, o un cruzarse de brazos ante la banalidad de la
trama amorosa, Gómez Dávila busca un pensamiento
hecho de vida y error. No hay verdadera ilusión sin que
el fracaso nos golpee, siendo fieles solo a nosotros
mismos y a lo que buscamos, sin ceder a los
requerimientos hipócritas que la sociedad –en nombre
del progreso, la comodidad y la evasión- nos propone.
Nuestro corazón es una fortaleza que busca asentarse
contra todo lo efímero, contra todo afán. “Clérigos y
periodistas han embadurnado de tanto sentimentalismo
el vocablo “amor” que su solo eco hiede. El hombre
moderno no ama, sino se refugia en el amor; no espera,
sino se refugia en la esperanza; no cree, sino se refugia
en un dogma.”

Pero no debemos dejar de ser realistas con nuestro


contexto metafísico. El individualismo, como base del
conocimiento de la modernidad, es el punto de partida de
nuestras percepciones, del que nunca podremos
separarnos. Somos individuos y solo la muerte podrá,
finalmente, disolver nuestra consistencia ficticia llamada
“yo”. Incluso el amor es mortal: amenazado por la
decepción, el abandono y el olvido: “Todo ser yace
disperso en pedazos por su vida y no hay manera de que
nuestro amor lo recoja todo.”

Gómez Dávila no nos libera del riesgo de equivocarnos,


a pesar de nuestra buena voluntad de continuar amando.
Amar es arriesgarnos a encapricharnos con una
ensoñación, aunque puede resultar siendo la fuerza que
muestre lo mejor que somos como seres humanos: el
amor que se basa en la experiencia interior, que busca y
atraviesa el presente y el horror del mundo. “Nada
(sobrepasa) la belleza del amor leal, del amor que no es
lealtad con el amor, sino lealtad del amor mismo.”

Todos los aforismos extraídos fueron seleccionados de


la edición definitiva de los “Escolios a Un texto Implícito”,
publicado por Villegas Editores, en el Año 2006.

Dejamos a un lado cualquier discusión teológica,


relacionada con la política y las ciencias. La filosofía
perenne no debe circunscribirse a ninguna iglesia. No
hay que olvidar que “los credos del hombre separan a los
hijos de Dios.”

También podría gustarte