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Para hacer más evidente esta última idea, hay que tener
en cuenta que, en Gómez Dávila, toda palabra que sirva
para nombrar el amor no nos sirve para explicarlo.
Volvemos, en cierta medida, a la cuestión medieval entre
el “nominalismo” y el “realismo”: ¿Acaso las palabras
transmiten a la mente la esencia de los objetos? ¿Será
más bien que ellas son simples títulos que apenas dan
una imagen de lo que puede ser: algo mucho más
grande y lejos del alcance del lenguaje? ¿Lo real,
entonces, no puede ser descrito de manera unívoca? Lo
mismo sucede con el amor: la palabra es apenas un
trazo, una cicatriz de algo que sucedió; no el suceso en
sí, cuya importancia va más allá del tiempo o de
cualquier otra dimensión del conocimiento. El amor es el
recuerdo que aún palpita y sería, igualmente, un trasunto
de Dios: una entidad fuera de cualquier marco
cronológico o espacial, algo cuya magnificencia escapa a
sensibilidades burdas. El amor resulta siendo un
panorama de lo divino que hay en la existencia, de
encontrarnos con lo místico por medio de lo corrientes
que son nuestros desengaños o triunfos. El amor es la
persistencia de la grandeza: “Detrás de todo apelativo se
levanta el mismo apelativo con mayúscula: detrás del
amor el Amor, detrás del encuentro el Encuentro. El
universo se evade de su cautiverio, cuando en la
instancia individual percibimos la esencia.”