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HISTORIAS DE AMOR

En el autobús

El autobús y el metro son lugares bastante extraños para enamorarse, pero sucede.
En ellos se acumulan cientos y hasta miles de personas y es muy fácil fijarse en
alguien que, en un instante, desaparecerá para siempre.
Ese fue mi caso. Estaba dormitando contra la ventana del autobús cuando esta
preciosa chica se sentó a mi lado. Parecía muy entretenida con su teléfono móvil y
apenas volteó a verme -y estaba seguro que sentía el peso de mi mirada sobre ella-
. Como todo curioso eché una ojeada a su teléfono y ¡Vaya! Era la dibujante que
seguía en todas sus redes sociales, era quien me tenía enamorado a través de su
arte. No pude evitarlo y me presenté, no quería sonar como un loco acosador.
Por suerte, ella fue amable conmigo, me dio una oportunidad y aquí estamos,
cumpliendo ya nuestro primer aniversario de novios.

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Mi historia de amor

Tuve padres muy estrictos, desde la más tierna infancia y especialmente en mi adolescencia, se
encargaron de alejar cualquier posible chico, joven y hombre que pudiera enamorarme. Ya saben,
no todos los padres son perfectos y desequilibrarse y ser controladores es muy sencillo.

Lo cierto es que pude tener un par de novios a escondidas, pero todos huían al descubrir las
dificultades que entrañaba el estar conmigo. Con el tiempo dejé de creer en el amor. ¿No se supone
que por amor lo sacrificas todo? No fue sino hasta la universidad que pude respirar aires de libertad.
Pero el daño estaba hecho.

Los chicos me revoloteaban, me divertí con un algunos durante las fiestas de la facultad e incluso
salí un tiempo con un compañero de mi trabajo de medio tiempo, pero en el fondo sabía que no
estaban dispuestos a sacrificarlo todo por amor. Hasta que un día lo conocí.

Era un joven tímido que visitaba el café donde yo trabajaba con barista. Siempre pedía un poca con
sirope de chocolate y al recibirlo, se escurría hasta el fondo del lugar, donde una mesa solitaria y
pequeña lo esperaba. Por alguna razón, nadie quería sentarse ahí, ni siquiera las parejas. Con el paso
del tiempo empezamos a intercambiar más de diez palabras.

Me intrigaba este chico tan misterioso y retraído, podía decir que incluso me atraía, así que colé mi
número en la factura de su café y esperé su llamada. Un mes después, me llamó. Me confesó que le
había tomado tanto tiempo porque pensaba que era inalcanzable, que había algo en mis ojos, una
barrera que nadie podría derribar, pero se había atrevido y quería una cita conmigo para conocerme
mejor.

Ahora vamos camino al altar.

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Cuento de Aladino y la Lámpara Maravillosa
19/12/2020

Había una vez en el Lejano Oriente un joven ladronzuelo llamado Aladino. Pasaba
el tiempo en la plaza y el mercado de Agrabáh, buscando comida para él y
disfrutando de su propia felicidad. Incluso, compartía lo robado con quienes eran
más necesitados que él.

Soñaba que algún día su suerte cambiaría. A muchos kilómetros, Jafar, Gran Visir
del Sultán de la ciudad de Agrabáh, trataba de acceder a la mágica Cueva de las
Maravillas.

Él sabía que en su interior se encontraba una lámpara de aceite con un genio que
le concedería sus deseos. Pero no podía entrar sin quedar atrapado para siempre.
Entonces, engañó al sultán para quitarle el diamante azul místico, que tenía el poder
para controlar las arenas del tiempo. —¿Quién puede entrar a la Cueva de las
Maravillas? —preguntó al reloj de arena mágico. La arena tomó la forma de Aladino.
Mientras esto ocurría, Jasmín, la hija del sultán, había huido del palacio, pues no
deseaba casarse con algún ostentoso príncipe y su padre no paraba de presionarla
para que cumpliera con su obligación.

La joven habituada al palacio tomó frutas de un puesto y se las dio a unos niños, no
sabía que había que pagar por ella. El mercader furioso llamó a los guardias y
Jasmín corrió pidiendo ayuda. Fue así como Aladino y Jasmín se conocieron, él y
su mono Abu, la ayudaron a subir al tejado, uno de los muchos escondites de
Aladino. Jafar ordenó a los guardias que atraparan a Aladino y estos obedecieron.
Ni siquiera la princesa Jasmín pudo salvarlo. Jafar se disfrazó de viejo prisionero y
engañó a Aladino. Le mostró como escapar y le indicó la dirección de la Cueva de
las Maravillas. Una vez llego a la Cueva, esta se abrió a Aladino y con voz profunda
y tenebrosa dijo: —Solo puedes tomar la lámpara.

Lamentablemente, el mono Abú cedió ante la codicia y tomó una joya gigantesca.
La cueva entonces, decidió castigarlos y empezó a llenarse de lava. Aladino, logró
escapar con ayuda de una alfombra mágica y antes que todo el oro se fundiera y
tomó la lámpara. La cueva se convirtió en un espacio vacío y oscuro. Aladino frotó
la lámpara tratando de limpiarla para poder encenderla. Fue así como apareció el
genio, quien le explicó que tenía tres deseos. Aladino lo engañó para que lo sacara
de ahí sin gastar ningún deseo y al salir le prometió que un deseo sería para liberarlo
de la maldición que lo ataba a la lámpara.

—Conviérteme en un príncipe, quiero que Jasmín se fije en mi—pidió al genio.

Este cumplió su deseo y Aladino desfiló en la ciudad haciéndose pasar por el


príncipe Ali Ababwa, arruinando los planes de Jafar de engañar al Sultán para que
le diera a Jasmín en matrimonio. Jasmín, sin embargo, no quería a un sonso
príncipe, aunque su decisión cambió cuando descubrió que en realidad era Aladino
disfrazado. Jafar ordenó a los guardias que encarcelaran al príncipe y se
deshicieran de él. Así, Aladino terminó atado de pies y manos y fue arrojado al mar
desde un precipicio.

Por suerte, llevaba consigo la lámpara, la frotó como pudo y el genio cumplió el
segundo deseo, salvándole la vida a Aladino. Aladino regresó al palacio y peleó
contra Jafar, quien trataba de engañar al Sultán otra vez para que le entregara a
Jasmín en matrimonio.

Al ver a Aladino, el malvado loro de Jafar, llamado Lago, se las arregló para robar
la lámpara mágica. Muy orgulloso se la entregó a su amo. Jafar la frotó con brío y
le pidió al sorprendido genio que enviara muy lejos a Aladino, a tierras
desconocidas. El triste genio tuvo que obedecer, pues por ley ahora Jafar era su
amo. Aladino terminó perdido en la nieve, pero por suerte, llevaba consigo la
alfombra mágica. Voló en ella hasta llegar de nuevo a las tierras de Agrabáh.

—Conviérteme en un príncipe, quiero que Jasmín se fije en mi—pidió al genio.


Este cumplió su deseo y Aladino desfiló en la ciudad haciéndose pasar por el
príncipe Ali Ababwa, arruinando los planes de Jafar de engañar al Sultán para que
le diera a Jasmín en matrimonio. Jasmín, sin embargo, no quería a un sonso
príncipe, aunque su decisión cambió cuando descubrió que en realidad era Aladino
disfrazado.

Jafar ordenó a los guardias que encarcelaran al príncipe y se deshicieran de él. Así,
Aladino terminó atado de pies y manos y fue arrojado al mar desde un precipicio.
Por suerte, llevaba consigo la lámpara, la frotó como pudo y el genio cumplió el
segundo deseo, salvándole la vida a Aladino.

Aladino regresó al palacio y peleó contra Jafar, quien trataba de engañar al Sultán
otra vez para que le entregara a Jasmín en matrimonio.

Al ver a Aladino, el malvado loro de Jafar, llamado Lago, se las arregló para robar
la lámpara mágica. Muy orgulloso se la entregó a su amo. Jafar la frotó con brío y
le pidió al sorprendido genio que enviara muy lejos a Aladino, a tierras
desconocidas. El triste genio tuvo que obedecer, pues por ley ahora Jafar era su
amo.

Aladino terminó perdido en la nieve, pero por suerte, llevaba consigo la alfombra
mágica. Voló en ella hasta llegar de nuevo a las tierras de Agrabáh.

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La Bella y La Bestia Actualizado

19/12/2020

Érase una vez un apuesto y rico príncipe francés que vivía en un castillo rodeado
de todo lo que pudiera necesitar. A pesar de esto, el príncipe, era un hombre
egoísta, cruel y malcriado, con un corazón tan duro como una piedra.

Una helada noche de invierno y mientras celebraba una fiesta, una anciana mendiga
tocó a las puertas del castillo. Pedía refugio para pasar la noche y estaba dispuesta
a pagarlo con una hermosa rosa. El príncipe, por supuesto, se burló del regalo y la
echó del castillo.

—No os dejéis llevar por las apariencias. La verdadera belleza se encuentra en el


interior—advirtió la anciana.

El príncipe se negó de nuevo e insistió en echarla, momento en el cual, la mendiga


se transformó en una poderosa hechicera.

Poco valieron las disculpas del príncipe, pues ya había demostrado que en su
corazón no existía el amor. Fue hechizado y sentenciado a vivir como una bestia,
mientras que todos sus sirvientes fueron convertidos en objetos domésticos.

La hechicera le entregó la rosa, advirtiéndole que si no aprendía a amar y no


conseguía una mujer que lo amase de vuelta antes que la rosa perdiera su último
pétalo, el hechizo no se rompería y estaría condenado a ser una bestia para
siempre. También le entregó un espejo mágico para que pudiera ver el mundo
exterior.

Con el paso de los años, el príncipe perdió las esperanzas ¡Nadie podía amar a una
bestia! Y observaba con desesperación como la rosa empezaba a morir.

En un pueblo cercano al castillo vivía una joven llamada Bella, era amable, muy
inteligente y amaba los libros, por lo que era juzgada como una chica muy soñadora
y extraña. Pese a esto, tenía un pretendiente, el grosero y presuntuoso cazador
Gastón LeGume. Ella siempre lo rechazaba, pues lo consideraba un terrible patán.

Bella vivía en una linda cabaña junto a su padre Maurice, un inventor considerado
loco por los aldeanos. Un día, Maurice debió partir a una feria de ciencias para
mostrar su nuevo invento. Marchó con su caballo Philipe y decidió tomar un atajo
por el bosque.

En la espesura del bosque se encontró con una terrible manada de lobos. Philipe lo
derribó y huyó hacia el pueblo. Por suerte, Maurice logró escapar escondiéndose
en un castillo tenebroso.

Decidido a pasar la noche en el castillo, se vio sorprendido por un candelabro, un


reloj de mese, una tetera y una taza de té parlantes ¡El reposapiés era un perro! A
pesar de tantas sorpresas, Maurice permaneció en el castillo.

—Debemos ocultarlo del amo—susurró Din Don, el reloj de mesa, con mucho
nerviosismo. Pero sus advertencias cayeron en oídos sordos, sus compañeros
estaban encantados con la visita y le prepararon un banquete.

Tal fue el alboroto que el candelabro Lumière organizó, que la Bestia descubrió al
intruso. Furioso lo arrojó a un calabozo oscuro y muy frío.

En la aldea Gastón no cesaba en sus intentos por conquistar a Bella, pero ella
estaba muy preocupada por su padre. Philipe había regresado sin él, lo que solo
podía significar que algo muy grave le había ocurrido.

Como Bella era muy valiente y amaba mucho a su padre, montó en Philipe y se
marchó a buscarlo al bosque, donde encontró el castillo de la Bestia y se decidió a
explorarlo. Tal vez, se dijo, su padre estaría ahí.

Tras mucho investigar, Bella encontró a Maurice en un calabozo. Él le suplicó que


huyera, ya que la Bestia podía atraparla.

—No le temo a la gran Bestia, padre, te sacaré de aquí—aseguró llena de


convicción.
—¡Entonces ambos os quedareis aquí! —rugió una terrible voz. La Bestia los había
descubierto.

—Por favor, deja ir a mi padre, es un anciano y está enfermo—rogó la joven.

Sorprendido por el valor y la belleza de la joven, la Bestia aceptó el pacto, pues veía
en ella la oportunidad de romper el hechizo. Liberó a Maurice y lo envió en un
carruaje encantado hasta el pueblo, donde fue tomado por loco cuando aseguró que
una Bestia enorme había secuestrado a Bella.

—Puedes ir donde quieras, pero jamás debes entrar al ala oeste del castillo—rugió
la Bestia mientras sacaba a Bella del calabozo para llevarla a una linda habitación.

Pasado un tiempo, la Bestia decidió invitarla a cenar, pero fue rechazada, ya que
Bella lo consideraba un ser muy violento y repugnante. Enfurecida, la Bestia encerró
a Bella, ordenando que no consumiera alimento alguno hasta que cenara con él.
Tarde esa noche, Bella abandonó la habitación, los sirvientes le prepararon una
formidable cena y le enseñaron el castillo.

Debido a su curiosidad, Bella, logró escabullirse hasta el ala oeste, donde se


encontraba la habitación de la Bestia y la rosa roja. Curiosa, trató de tocarla, pero
fue sorprendida por una colérica Bestia. Asustada, Bella huyó del castillo y se
internó en el bosque, donde fue atacada por una manada de feroces lobos.

Cuando ya todo parecía perdido, la Bestia apareció de entre los árboles y empezó
a luchar con los lobos para ahuyentarlos y así salvar a Bella. La Bestia ganó el
combate, pero quedó tan malherido que se desmayó en la nieve.

Conmovida, Bella decidió llevarlo de regreso al castillo, donde curó sus heridas.

Luego de tal incidente, la relación entre ambos cambió, empezaron a compartir


tiempo juntos, cenaban, jugaban en la nieve y leían fantásticas historias. Como un
gesto hacia Bella, la Bestia la llevó a la gran biblioteca del castillo, pues quería verla
feliz. La Bestia se había enamorado y quería que Bella lo amara también.
Con ese objetivo, organizó un baile. Vestidos con sus mejores galas, danzaron
juntos, pero antes que la Bestia pudiera confesar sus sentimientos, Bella reveló que
extrañaba a su padre. La Bestia decidió compartir con ella el espejo mágico. Lo que
Bella vio ahí rompió su corazón. Su padre estaba a punto de morir congelado en el
bosque, pues marchó solo a buscarla.

—Puedes marcharte—dijo la Bestia, no soportaba ver a Bella tan triste—. Lleva el


espejo contigo, así al menos podrás recordarme.

Bella marchó en busca de su padre y la Bestia y sus sirvientes se sintieron


derrotados, pues habían dejado marchar la única oportunidad de romper el hechizo
y a la rosa le quedaban pocos pétalos para marchitar.

Bella y Maurice regresaron al pueblo, donde Gastón había convencido a todos de


que Maurice estaba loco y debía ser llevado a un hospital.

—Pero puedo salvarlo—aseguró Gastón—. Si te casas conmigo, Bella. —¡Jamás


me casaré con un hombre tan repugnante como tú! —aseguró Bella—. Mi padre no
está loco, la Bestia existe—desesperada enseñó el espejo mágico, donde podía
verse a la Bestia llorar de pena.

Los pobladores se aterraron y Gastón sintió celos de la Bestia, pues pudo notar que
Bella la amaba y no a él. Encerró a Bella y a Maurice y reunió a la multitud para
marchar al castillo y matar a la Bestia.

Bella logró escapar y marchar al castillo, donde las cosas iban de mal en peor. La
Bestia, herida de amor, no quería luchar y solo deseaba morir. Gastón estaba a
punto de matarla cuando Bella llegó al lugar.

Solo al verla, la Bestia recuperó sus fuerzas y venció a Gastón, dejándolo medio
muerto en el tejado con la orden de huir y nunca regresar.

Bella y Bestia se reunieron, felices de estar de nuevo juntos, pero Gastón no soportó
tal escena, sacó un puñal de su bota y apuñaló a la Bestia. Los rugidos de la Bestia
desequilibraron a Gastón, provocando que cayera del tejado hacia su perdición.
—Al menos, pude verte una última vez—confesó la Bestia moribunda.

—No me dejes, te amo—sollozó Bella justo en el momento que caía el último pétalo
de la rosa.

Con esto, el hechizo se rompió. La Bestia se convirtió en el apuesto príncipe que


era en el pasado, el castillo recuperó su resplandor y los sirvientes volvieron a ser
humanos.

Bella y la Bestia se casaron y vivieron felices para siempre.

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El mar de cristal, un cuento sobre el mar menor

Raquel Casanova Molina (2019)

Había una vez una princesa que vivía en un reino de cristal.

Claro, como todo el mundo sabe, el cristal además de ser muy bello, es muy frágil
y hay que tratarlo con mucho cuidado porque se rompe con facilidad.

Algunos habitantes del reino habían estado abusando del uso del cristal: todos los
otros reinos querían comprar cristal del reino de cristal porque su luz, que era la luz
del agua y del sol del desierto a la vez, era muy apreciada y valorada en todo el
mundo.

Pero los deshechos de los habitantes del reino y los de sus fábricas de cristal
estaban destruyendo el propio reino.

Pasaron los años y los elegidos por los habitantes del reino de cristal para arreglar
aquellos destrozos siempre repetían que la situación iba a cambiar, lo decían con
muchas bonitas palabras, sobre todo cuando tenían que ser elegidos de nuevo, lo
decían también promulgando leyes que sólo servían para ser leyes que nadie leía y
que ellos mismos escondían en el fondo de sus cajones de las mesas de cristal,
boca abajo, para no verlas y recordar que alguien tenía que cumplirlas.

El mar de cristal aguantó bastante tiempo, hasta que se enteró de que a los
gobernantes de aquel reino les importaba más la tauromaquia que el propio mar.

Se puso enfadado y tan triste que enfermó y dejó de ser transparente.

Se volvió oscuro

Los habitantes del mar de cristal dejaron de serlo para convertirse en estrellas que
cuidaban con su luz de todos los moradores del reino de cristal que lloraban con
pena tanto destrozo.

Cierto día, alarmados por las noticias que llegaban a todo el mundo de que el mar
de cristal se había convertido en el mar de la oscuridad vinieron al reino unos
emisarios de otro reino lejano para ver exactamente qué sucedía en aquel reino de
cristal.

La princesa de nuestro reino de cristal, en el que, por cierto, debo aclarar que todas
las mujeres del reino eran igual de princesas, esa tarde había salido de esta con
otras princesas amigas suyas después de trabajar.

Encontraron las princesas de su agrado a este grupo de emisarios del extranjero y


se pusieron a hablar con ellos, resultando que uno de ellos se quedó prendado de
la princesa.

No queriendo que acabara la tarde, salieron a dar un paseo por el reino de cristal, y
allí, entre la brisa del reino y su luz de atardecer del desierto, la princesa pudo
explicar al emisario con la alegría y la dulzura de los moradores de aquel reino lo
que le había pasado al mar de cristal.

Habitaba en la princesa la luz de una de las estrellas que antes había sido habitante
del mar de cristal y, tras su paseo con el emisario, otra estrella bajó a quedarse con
él.

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