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Tema 1.

La crisis del Antiguo Régimen y la Revolución Liberal, 1790-1840

1. Fases del crecimiento y condicionamientos internacionales


2. Tiempos revueltos, 1790-1808
2.1. Estancamiento económico y crisis agrarias
2.2. El endeudamiento de la monarquía
2.3. La inestabilidad del comercio colonial
3. Las consecuencias de la Guerra de la Independencia
4. Las instituciones económicas liberales
4.1. Privatización y desamortización de tierras municipales
4.2. La desamortización eclesiástica
4.3. La abolición del régimen señorial
4.4. La supresión de los mayorazgos y los diezmos
4.5. La libertad de comercio e industria
5. La hacienda, entre la expulsión del ejército francés y el final de la primera guerra
carlista
6. La economía española entre 1815 y 1840. Crecimiento y crisis sectoriales
6.1. Un fuerte impulso roturador
6.2. Luces y sombras en las manufacturas
6.3. La formación del mercado nacional y el comercio exterior
6.4. Moneda y banca
7. Un balance del periodo 1815-1840

Resumen realizado a partir de:

Llopis Agelán, E. (2002): “La crisis del Antiguo Régimen y la Revolución Liberal (1790-1840)”,
Comín, F; Hernández, M y Llopis, E, eds, Historia económica de España. Siglos X-XX, Barcelona,
Crítica, pp. 165-202.

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1. Fases del periodo y condicionamientos internacionales

Los años de 1790 a 1840, conocidos como el periodo de transición del Antiguo Régimen al
Sistema Liberal, se caracterizaron por una fuerte inestabilidad política y económica, si bien
pueden definirse dos fases muy distintas:

- La primera (1790-1813) se caracterizó por la tendencia al estancamiento, por las crisis


agrarias y por el agudo movimiento de los precios.
- La segunda (1814-1840) registró un notable crecimiento del PIB, aunque convulso y
distribuido sectorial y regionalmente de un modo bastante desigual, y una severa
deflación. Aún en la actualidad, esta etapa sigue siendo “décadas olvidadas” por el
escaso conocimiento de las mismas.

En este largo periodo, los acontecimientos internacionales condicionaron, sobremanera, la


dinámica y la evolución económica, también política y social. Tales acontecimientos fueron:

- La Revolución Francesa desencadenó fuertes tensiones políticas que desembocaron en


guerras, prácticamente ininterrumpidas, hasta la definitiva derrota de Napoleón.
España se vio inmersa en los diferentes conflictos bélicos, ya fuera contra Francia, ya
contra Inglaterra, que originaron problemas en las finanzas, crisis en el comercio y
declive político.
- La invasión francesa provocó el desmoronamiento del Estado del Antiguo Régimen y
propició que los liberales alcanzasen el poder, iniciándose importantes reformas
económicas “desde abajo”.
- La industrialización de Gran Bretaña y su difusión a otros países del occidente europeo
repercutieron en la producción y en el consumo de productos industriales. Dicha
repercusión se mostró a través de:
o Aumento del contrabando de productos industriales, especialmente
algodoneros.
o Esfuerzo industrializador de algunos sectores productivos, en este caso de la
industria algodonera catalana.
o Incremento de las exportaciones de materias primas, sobre todo de minerales
(plomo) y productos agropecuarios.

También, en estos años, los problemas internos influyeron fuertemente en la dinámica


económica y social. Problemas que bien pueden resumirse en el declive absolutista y en el
insuficiente poder de los liberales, hasta el punto de que la transición del régimen absoluto al
liberal duró más de tres décadas.

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2. Tiempos revueltos, 1790-1808

2.1. Estancamiento económico y crisis agrarias

Hacia 1790, la economía española había llegado prácticamente a un techo productivo, cuya
superación era difícil sin acometer reformas institucionales de cierta entidad.

- La agricultura se hallaba casi bloqueada por el debilitamiento de las economías


campesinas, debido principalmente a la escalada de la renta de los labrantíos, a la
estrechez de los mercados de la tierra y a las fuertes restricciones impuestas por el
frente antirroturador a la extensión de los cultivos en terrenos concejiles. Esto es, por
la falta y escasez de tierra para labrar y sembrar.
- Las manufacturas y los servicios se vieron afectados negativamente por el
estancamiento agrario. Esto es, el agro condicionaba fuertemente la trayectoria del
resto de los sectores de la economía española.

En aquel entonces, el descenso de la renta de la tierra no bastó para detener el


deterioro de las economías campesinas (en los años finales del siglo XVIII y primeros
del XIX), que se vieron afectadas por la mayor frecuencia relativa de malas cosechas,
produciéndose agudas escaseces de alimentos y fuertes subidas de precios de los
cereales, básicos en la dieta alimenticia de la población.

- Entre 1794 y 1815, la población española permaneció estancada o disminuyó,


ligeramente, por la caída de la natalidad y el incremento de la mortalidad,
especialmente la catastrófica, muy relacionada con las crisis de subsistencias y la
extensión de pandemias. Así, la crisis de 1803-1805 fue particularmente intensa y
grave.

Con todo, en estos años, los niveles medios de producción agraria no registraron una brusca
contracción, aunque la inestabilidad y el estancamiento económico sí agudizaron el malestar
social y la lucha por la tierra.

2.2. El endeudamiento de la monarquía

El incremento de los gastos y el deterioro de los ingresos generaron una situación de


endeudamiento de la monarquía, cada vez más frágil e inestable desde el punto de vista
político.

- El incremento de los gastos fue, a decir de muchos, el principal causante de las


elevadas deudas de la hacienda real. Entre 1793 y 1808, España estuvo casi
permanentemente en guerra con Francia (1793-95) o con Gran Bretaña (1796-1802 y
1804-1808). Estos conflictos contribuyeron al deterioro económico y provocaron un
fuerte desequilibrio de las finanzas de la monarquía. Los costes inmediatos de las
guerras fueron elevados (unos 5.000 millones de reales), recurriéndose a múltiple
formas para su financiación: incrementos de remesas de indias, desamortización de

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1798, prestamos del exterior y, sobre todo, emisión de vales reales (deuda pública).
Esta aumentó de 2 a 7,5 mil millones de reales. Esto es, llegó a cuadruplicarse entre
1788 y 1808. Las dificultades para hacer frente a tanta deuda pública ocasionaron una
depreciación de la misma, próxima al 50 por ciento. Co el objetivo de garantizar el
valor de la referida deuda, se creó una Caja de Amortización, que fracasó, pues destinó
más dinero al déficit u obligaciones del Estado que a amortizar vales reales. En
definitiva, los gastos de la hacienda real, originados principalmente por las guerras,
crearon un fuerte endeudamiento de la monarquía, que no pudo ser compensado por
los ingresos.
- Los ingresos no fueron suficientes. En este caso, la hacienda de la monarquía hispánica
estaba integrada por la de la metrópoli y por la de las colonias.
o En la metrópoli, el sistema fiscal dio claras muestras de su insuficiencia y de su
elevado grado de rigidez: los nuevos tributos, las reformas de los ya existentes
y los recargos generaron más malestar que recursos. En términos reales, los
ingresos fiscales por habitante disminuyeron durante el reinado de Carlos IV
(1788-1808).

o Las remesas de Indias, por el contrario, tendieron a aumentar en términos


absolutos y relativos. Ello fue fruto del crecimiento económico de las colonias,
del establecimiento de nuevas figuras tributarias y de la mayor capacidad
recaudadora. La participación de las colonias, sobre todo de Nueva España, en
los ingresos totales de la Hacienda Real no dejó de crecer en este periodo. En
porcentajes fue:
1792-96 25
1802-04 40
1808-11 50

Con todo, la hacienda tenía enormes dificultades para financiar el gasto público. Prácticamente
agotada la capacidad para colocar deuda en el interior, el gobierno recurrió a la captación de
recursos de distintas instituciones públicas y privadas (pósitos, propios de los Concejos, Iglesia,
agrupaciones de comerciantes, etc.) y a la búsqueda de dinero en el exterior. Asimismo, la
desamortización de 1798 no sirvió para restablecer el crédito público.

2.3. La inestabilidad del comercio colonial

Las guerras, especialmente las mantenidas con Inglaterra, perturbaron el comercio exterior,
sobre todo los tráficos con América, cuyas exportaciones y reexportaciones se redujeron en un
73,9 y 92,6 respectivamente entre 1784-96 y 1797-1801. También se contrajeron las
importaciones, aunque en menor medida. En los años de paz (1801-04), tuvo lugar una
importante recuperación, aunque no se alcanzaron niveles anteriores, mucho menos en las
reexportaciones. De esta manera, podemos señalar:

- Inglaterra consiguió impedir casi por completo el flujo comercial entre España y sus
colonias.

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- El monopolio comercial de España con sus colonias registró una fuerte erosión, pues
España abrió sus aduanas a tráficos de otras procedencias.
- Los aspectos anteriores revelan el declive económico y político de España en América.

El hundimiento de los tráficos con las Indias tuvo un efecto contractivo sobre la economía de
algunas ciudades portuarias, principalmente Cádiz, (también Málaga, Sevilla, Barcelona,
Coruña, Santander) y sobre los sectores que colocaban una parte apreciable de su producción
en los mercados americanos (vinícola, oleícola, aguardientes, papel, siderúrgico, textil). El
autor se detiene en los dos últimos sectores, relacionados con el País Vasco y Cataluña:

- En el caso de las ferrerías vascas, el hundimiento del comercio colonial sí afectó a su


declive, en el que actuaron otras causas como la carestía del carbón vegetal, la
creciente competencia de la producción foránea, la reducción de aranceles (1782) y el
descenso de la demanda estatal.
- En Cataluña, la crisis del comercio colonial obligó a la industria textil a centrarse en el
mercado interior, generando problemas a otros sectores productivos.

El comercio con Europa no fue tan negativo, registrándose épocas de importante avances. Con
todo, el déficit de la balanza de mercancías aumentó considerablemente desde 1797, haciendo
creíble un deterioro de la balanza de pagos, que (tal vez) exigió exportaciones netas de plata
ya antes de 1808.

En síntesis, el estancamiento, las violentas crisis agrarias, la inestabilidad política, el alza de los
precios, el fuerte incremento de la deuda y la crisis del comercio colonial caracterizaron la
evolución de la economía española durante el reinado de Carlos IV (1788-1808).

Ante esta situación, la Monarquía Absoluta promulgó diversas disposiciones que provocaron
tensiones en el seno de los propios grupos dominantes. Esto es, tales disposiciones empezaron
a minar los cimientos de la sociedad del Antiguo Régimen:

- Primeras medidas desamortizadoras


- Incautaciones de diezmos
- Establecimiento de nuevas exacciones
- Autorización para enajenar los patrimonios de mayorazgos y vínculos

En 1808, el crecimiento económico se hallaba prácticamente bloqueado, los grupos


dominantes no conservaban la cohesión de antaño y la conflictividad social había alcanzado
una considerable magnitud.

3. Las consecuencias de la Guerra de la Independencia

Tanto para España como para sus colonias, la Guerra de la Independencia tuvo importantes
consecuencias en los ámbitos económico, hacendístico, político y social.

- En el ámbito político, los primeros gobiernos liberales y la propia Constitución de Cádiz


fueron resultados, al menos en buena medida, del proceso histórico abierto por la
invasión francesa y la consiguiente guerra. En la América hispana, el vacío de poder

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propició fuertes convulsiones políticas, que acabaron desembocando en los
levantamientos independentistas.
- En el terreno social, las libertades, que muchos españoles disfrutaron durante el
conflicto, modificaron las mentalidades y las actitudes de amplios sectores de la
población. En el sector agrario, los campesinos, aprovechando el hundimiento del
Estado Absolutista cuestionaron y subvirtieron la vieja organización económica y social
del Antiguo Régimen.
o La defraudación en el pago del diezmo se incrementó y se generalizó
o Las ordenanzas locales dejaron de ser respetadas y se ocuparon y roturaron
grandes extensiones de terrenos concejiles.
o Los privilegios mesteños fueron abiertamente transgredidos.
o Se produjeron repartos y ventas de tierras concejiles, al tiempo que se
legalizaron muchas usurpaciones.

Todo supuso una notable alteración en los usos de los recursos agrarios, sobre todo de
los concejiles, y en el reparto del producto agrario.

- La Guerra de la Independencia originó un fuerte deterioro de las finanzas del Estado.


En 1815, la deuda superaba los 12.000 millones de reales, cifra que era alrededor de
veinte veces superior a los ingresos ordinarios anuales de la Monarquía. Los
acreedores tenían pocas esperanzas de cobrar, mientras que los que habían sufrido
requisas no tenían título acreditativo alguno.
Los intentos de reforma tributaria, con principios hacendísticos modernos, de las
Cortes de Cádiz fracasaron de manera rotunda.
- La Guerra afectó negativamente a los distintos sectores productivos.
o El sector agrario se vio afectado por las destrucciones, los robos, las
perturbaciones en los flujos comerciales y por la elevada incertidumbre.
Además, las cosechas de 1811 y 1812 fueron bastante cortas, ocasionando
crisis de subsistencias y elevada mortalidad. Las cabañas ganaderas,
especialmente las trashumantes, fueron objeto de frecuentes robos y
confiscaciones.
o Asimismo, los niveles de actividad en las manufacturas y en los servicios se
redujeron globalmente durante los años del conflicto bélico.
o La balanza de mercancías tuvo un elevado déficit medio durante el conflicto,
que se saldó con exportaciones de metales preciosos (oro y plata).

En definitiva, la economía española obtuvo, como era previsible, unos resultados negativos
entre 1808 y 1814. Con todo, la herencia de esta guerra, de este periodo, presenta luces y
sombras:

- El cambio político favoreció la roturación (ocupación) de tierras concejiles, abriendo


una nueva fase de crecimiento agrícola (las luces).
- La pérdida de las colonias continentales (sublevaciones y guerras independentistas) y
el fuerte endeudamiento del Estado condicionaron la evolución de la economía
española durante la primera mitad del siglo XIX (las sombras).

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4. Las instituciones económicas liberales

La Revolución Liberal conllevaba la construcción de un nuevo Estado (liberal), que sustituyera a


la Monarquía Absoluta del Antiguo Régimen, y la liberalización de los mercados de bienes y
servicios y el de factores de producción con el objetivo de facilitar el libre desenvolvimiento de
una economía de mercado. En el caso de España:

- La construcción del Estado Liberal constituyó un proceso prolongado que se inició


durante la Guerra de la Independencia y que cuajó definitivamente en el transcurso de
la primera Guerra Carlista (1833-1840). La parte fundamental del cambio institucional
se llevó a cabo entre 1836 y 1840, aunque medidas posteriores terminaron
completándolo.
- El funcionamiento de una economía de mercado exige la liberalización de los
mercados de bienes y servicios y el de factores de producción, principalmente del
mercado de la tierra a través del la Revolución Agraria Liberal, que estableció nuevos
derechos de propiedad privada sobre la tierra y facilitó el trasvase de un gran volumen
de fincas rusticas de la Iglesia, del Estado, de los municipios, de las ordenes militares y
de otras instituciones a manos de particulares. En definitiva, la formación de la
propiedad privada de la tierra a cuyo proceso contribuyeron las desamortizaciones, la
abolición del régimen señorial, la desvinculación de patrimonios y otros procesos
como la supresión de servidumbres colectivas, la liberalización de contratos agrarios,
la derogación de privilegios mesteños y la facultad de cercamientos.

4.1. Privatización y desamortización de tierras municipales

Antes de la desamortización civil de Madoz de 1855 se privatizó una parte considerable de los
patrimonios territoriales concejiles, proceso denominado “desamortización silenciosa”. Según
Germán Rueda, de los 19,9 millones de hectáreas desamortizadas entre 1798 y 1924, 6,8
millones lo fueron a través de repartos, ocupaciones ilegales y ventas a censo. A su vez, de
esos 6,8 millones, un porcentaje muy elevado estuvo integrado por fincas municipales que se
desamortizaron entre 1808 y 1855.

Los hitos de esta “desamortización silenciosa” fueron:

- Durante la Guerra de la Independencia, casi siempre al margen del decreto de 4 de


enero de 1813 (Cortes de Cádiz), la privatización de tierras municipales fue
consecuencia casi siempre de las ocupaciones y roturaciones incontroladas de fincas y
de los repartos o ventas promovidos por ayuntamientos, juntas provinciales y
diputaciones.
- En las dos Restauraciones Absolutistas de 1814-1820 y 1823-1830, el proceso
privatizador de tierras públicas se ralentizó, pero no se paralizó completamente.
- Con todo, tras la Guerra de la Independencia, entre 1814 y 1835, la actividad
legislativa en materia de desamortización municipal fue intensa y otorgó un amplio
margen de maniobra a los ayuntamientos para promover ventas o repartimientos de
tierras concejiles. En este caso, la posición conservadora de las oligarquías locales se

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enfrentó a la presión campesina y a las propias necesidades financieras de los
Concejos.

4.2. La desamortización eclesiástica.

José Bonaparte (1808-1812), las Cortes de Cádiz (1812-1814) y las Cortes del Trienio (1820-
1823) decretaron la supresión y/o la reforma de las Órdenes Religiosas, aplicando al crédito
público los bienes de los monasterios y conventos suprimidos. Sin embargo, las restauraciones
de 1814 y 1823 comportaron la derogación de las medidas y la devolución de los bienes
desamortizados, siendo, en consecuencia, mínima la desamortización eclesiástica hasta 1836.

La desamortización eclesiástica comenzó en 1836. En ese año, Mendizábal, tras haber


suprimido la mayor parte de conventos y monasterios, ordenó la desamortización de los
patrimonios del clero regular y, unos años más tarde Espartero hizo lo propio con los del clero
secular (1841).

De 1836 a 1844 se enajenó un 60 por ciento de las tierras eclesiásticas, reduciendo el volumen
de la deuda, pero aportando cantidades relativamente modestas de numerario al erario
público.

La desamortización se llevó a cabo para financiar la guerra carlista, pero al mismo tiempo fue
un instrumento útil para incrementar y consolidar el grupo de propietarios de tierra y realizar
la reforma de la Iglesia.

En muchos casos, los compradores de tierras adquirieron el derecho a percibir una renta, pues,
en diversas regiones, los contratos de carácter enfitéutico (censos y foros) estaban muy
extendidos. La consiguiente propiedad compartida tendió a ser reducida, facilitando el acceso
a la propiedad a los foreros o censatarios. Con todo, en algunas regiones, como Galicia y
Cataluña, la propiedad compartida se mantuvo en elevados porcentajes.

4.3. La abolición del Régimen Señorial

En un primer momento, las Cortes de Cádiz incorporaron a la nación los señoríos


jurisdiccionales, lo que unificó la condición jurídica de los españoles y les colocó bajo la
autoridad exclusiva del Estado. Otra cosa era solventar los derechos señoriales sobre la tierra.
Aquí existían situaciones muy diversas. La abolición del Régimen Señorial se llevó a cabo por la
Ley de 26 de agosto de 1837, que obligaba a los señores a presentar los títulos cuando se
estuviesen dirimiendo sus derechos en lugares en los que hubiesen ejercido jurisdicción. La ley
facultaba a los señores a legalizar sus derechos probatorios en juicios instructivos en los que
los pueblos no podían intervenir y en los que se otorgó validez a los fallos de los tribunales del
Antiguo Régimen. Con todo, en algunas regiones como Aragón y Valencia, el conflicto acerca
de los derechos señoriales sobre la tierra no se dilucidó mayoritariamente a favor de las casas
nobiliarias, lo que sí ocurrió en otras tantas regiones de España.

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4.4. La supresión de los mayorazgos y de los diezmos

El 30 de agosto de 1836 se suprimieron todos los mayorazgos, tierras vinculadas. La


desvinculación permitió que una notable porción de la propiedad territorial nobiliaria pudiera
ser objeto de transacción.

En 1840, la Reforma Agraria Liberal (RAL) aún no se había completado, pero el régimen agrario
había registrado notables modificaciones:

- Privatización de millones de hectáreas de tierra


- Puesta en marcha de la desamortización eclesiástica
- Conversión de derechos señoriales en propiedad privada
- Supresión de vínculos y mayorazgos
- Pleno uso y disfrute de la tierra

Acompañado todo ello por la reducción del diezmo (la mitad) durante el Trienio Liberal y su
completa supresión en 1841.

5. La hacienda entre la expulsión del ejército francés y el final de la guerra carlista

En 1839, al finalizar la guerra carlista, el legado hacendístico recibido por los gobiernos
liberales cabe calificarlo de desastroso: la deuda y las cargas financieras del Estado seguían
siendo elevadas, la monarquía española se había ganado una pésima reputación en los
mercados financieros internacionales y el sistema fiscal resultaba trasnochado y claramente
insuficiente para atender las funciones mínimas del llamado “Estado guardián”: la defensa, el
orden interno, la representación exterior, la justicia, las infraestructuras económicas, etc.

El legado hacendístico se había ido conformando en sucesivas fases del periodo 1814-1839:

- Tras la Guerra de la Independencia y el inicio de la Restauración Absolutista, la


situación de la hacienda era crítica: déficit gigantesco, práctica desaparición de las
remesas de Indias y clara insuficiencia del sistema tributario absolutista. La deuda
reconocida se había casi duplicado y las fuentes de ingresos eran cada vez menores.
De esta manera, la reforma tributaria y la reducción de la deuda constituyeron
preocupaciones fundamentales de políticos y economistas desde 1814 hasta 1840.
- En la primera Restauración Absolutista (1814-1820), las dificultades hacendísticas
llevaron a proponer cambios en la fiscalidad sin cuestionar los privilegios de la Iglesia y
de la nobleza, objetivos ambos (reforma y mantenimiento de privilegios)
incompatibles. Con todo,
o En 1817, Martín de Garay propuso un sistema mixto de contribuciones (directa
en el campo e indirecta en la ciudad) en el que se recortaban drásticamente
los privilegios fiscales del clero y de la nobleza. Garay tuvo que dimitir, aún
antes de iniciarse la aplicación de su reforma, si bien empezaron a
confeccionarse los primeros cuadernos generales de la riqueza.
- En 1820, lo liberales renunciaron a la reforma fiscal, aunque su plan hacendístico se
basó en los empréstitos exteriores y en la desamortización. El plan fiscal de Cangas

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Argüelles, sin apenas aplicación, hacía hincapié en la contribución directa y en los
consumos (impuestos indirectos), esto es, en la aplicación de un sistema mixto de
contribuciones.
Entre 1820 y 1823, el total de débitos suscritos por los gobiernos liberales se elevó a
2.724 millones de reales, de los que 2.613 correspondieron a préstamos extranjeros.
- En 1823, la segunda restauración absolutista abolió todas las innovaciones fiscales del
Trienio y de periodos anteriores. La recuperación de la antigua fiscalidad agravó la
situación hacendística del Estado. El margen de actuación era reducido, de manera que
López Ballesteros recortó al máximo el gasto público ante la insuficiencia de los
ingresos y la dificultad del préstamo exterior, por el repudio parcial del mismo.
- Tras la muerte de Fernando VI (1833), los liberales no pudieron realizar la reforma del
sistema tributario, acuciados por los gastos de la guerra carlista y el arreglo de la
deuda. Tal vez por ello, Mendizábal recurrió a la desamortización eclesiástica y a unas
operaciones de conversión de la deuda para reducirla, todo lo cual aminoró la deuda
reconocida por el Estado de 10.644 millones de reales en 1834 a 5.691 en 1840.

6. La economía española entre 1815 y 1840: crecimiento y crisis sectoriales.

El periodo de 1815 a 1840 ha sido valorado de un modo negativo por muchos historiadores
económicos:

- Carreras (1988) habló de una etapa desastrosa y de separación con respecto a Europa,
refiriéndose a los años de 1790 a 1830.
- Tortella (1999) escribió que, de 1800 a 1840, hubo contracción económica.
- Pérez Picazo (1996) señaló que la economía española tuvo un débil crecimiento
económico hasta 1840.
- Llopis (2002), el autor al que seguimos, aporta una imagen algo más optimista, pues
entre 1815 y 1840, el PIB creció a una tasa algo superior al 1 por ciento, aunque
también se registraron graves crisis sectoriales, la productividad del trabajo no se
elevó de manera significativa y la renta por habitante se retrasó frente a la de las
naciones de la Europa Occidental.

Siguiendo a Llopis, el crecimiento económico del periodo de 1815 a 1840 tuvo un carácter
marcadamente agrícola, sobre todo cerealista.

6.1. Un fuerte impulso roturador

Todo hace pensar que, en estos años, se produjo un avance cuantitativo de los cultivos de
cereales, ocupando muchas nuevas tierras. Fue un crecimiento extensivo, cuyos indicios, ante
la falta de cifras, son:

- Fuerte crecimiento demográfico, especialmente intenso entre 1815 y 1840. Los


cálculos hablan de un 0,75 por ciento anual, impulsado por el avance de la natalidad y
una menor diferencia entre el interior y la periferia.

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- Aumento notable de la superficie cultivada, en torno a un 50 por ciento, y aún más,
sobre todo, en la mitad meridional.
- Estancamiento de la renta de la tierra, posible por el fuerte aumento de las
disponibilidades de terrenos de labor.
- Prohibición de importaciones de cereales y harinas (1820) y pleno abastecimiento del
mercado interior
- Aumento de tributos y mayor comercialización.
- Formación del mercado nacional, primera fase, gracias a un tráfico más regular e
intenso de granos entre las regiones, desde las excedentarias a las que más
necesitaban.

En definitiva, amplia disponibilidad de tierras e incremento de la demanda estimulada por el


rápido crecimiento demográfico, por la prohibición de importar cereales y legumbres y por la
fuerte protección a los granos nacionales en el mercado cubano. Bien puede hablarse de un
crecimiento extensivo, con escasos o nulos incrementos de las productividades, de la tierra y
del trabajo, razón última de la visión negativa y del atraso comparativo con Europa.

Las bajas productividades estuvieron relacionadas con factores medioambientales no


favorables y deficitarios: suelos malos con falta de nutrientes y agua. Además, la inestabilidad
política e institucional, el hundimiento del comercio colonial y el lento crecimiento de la
demanda europea no favorecieron mayores inversiones y modificación alguna de la estructura
de los cultivos. El autor escribe: “las condiciones medioambientales, tecnológicas, mercantiles
y sociales favorecieron que, en la mayor parte de España, el crecimiento agrario se basase
fundamentalmente en la extensión de las labores, sin que la estructura de los cultivos, los
rendimientos de la tierra y del trabajo registrasen variaciones significativas. Es más, una
prolongada deflación obstaculizó el avance de actividades agrícolas de carácter mercantil. Fue
el caso de los productores de vinos, aguardientes y otros artículos especializados de la
agricultura mediterránea que atravesaron dificultades en este periodo.

Paralelamente, se produjo una reestructuración de la cabaña ganadera, con retroceso de


ovejas y cabras y auge de la especie mular, en consonancia con la agricolización, que corrió
paralela con el declive del vacuno como animal de tracción.

En síntesis, el sector agrario, a partir de 1815, tuvo un considerable crecimiento basado en el


uso de bastante más tierra, que seguía siendo un factor relativamente abundante en buena
parte del país. En cambio, por razones institucionales, políticas y mercantiles, no se dieron
condiciones favorables, hasta los años treinta, para que en las zonas mediterráneas se
sustituyese la cerealicultura por cultivos arbustivos o arbóreos de mayores rendimientos y
para desarrollar una agricultura intensiva mediante la ampliación de los regadíos. El modelo de
crecimiento agrario de estos años, si bien temporalmente permitió incrementar las
disponibilidades de recursos por activo, no conllevó un alza apreciable de la productividad del
trabajo a medio y largo plazo, ya que la fuerte expansión demográfica acabó reduciendo la
dotación de labrantíos y pastizales por ocupado a unos niveles muy similares a los de partida.
El uso de bastante más tierra sí posibilitó incrementar considerablemente el número de
habitantes y, por tanto, de consumidores, lo que constituyó un estímulo para la expansión de
ciertas industrias y servicios.

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6.2. Luces y sombras en las manufacturas

El balance industrial de las primeras décadas del siglo XIX no fue satisfactorio, si bien el
crecimiento de la producción manufacturera pudo ser parecido al de la agricultura. Por aquel
entonces, España estuvo alelada de la moderna industria, salvo en contadas regiones y
sectores. La inestabilidad política e institucional, el contrabando, la mala dotación de recursos
hídricos y, sobre todo, la falta de carbón mineral dificultaron el desarrollo fabril, frenado
también por las carencias de mano de obra, técnicos y capitales.

- El escaso aprovechamiento del subsuelo español, rico en plomo, hierro, cobre y


mercurio. La ley de Minas de 1825 otorgó a la Corona el dominio eminente sobre
todos los recursos del subsuelo, reservó a la hacienda la explotación de los
yacimientos más ricos y no facilitó a los particulares la obtención de concesiones con
suficientes garantías y por periodos prolongados de tiempo. Un marco legal
desincentivador. Pese a ello, la minería del plomo del sureste peninsular tuvo un
relativo éxito, aunque sin capacidad de arrastre industrial.
- Los resultados obtenidos por los diferentes tipos de actividades transformadoras
fueron muy dispares.
o El cierre de las Reales Fábricas redujeron el sector secundario en algunas
regiones como Castilla La Mancha.
o En las manufacturas tradicionales se produjeron trayectorias diversas, de
regresión ( en la pañería y lencería) o de impulso (textil algodonero)
o Las industrias modernas quedaron circunscritas a unos pocos subsectores
manufactureros: el algodonero, el lanero, siderúrgico y el harinero.
El sector harinero tuvo un rápido crecimiento en la meseta norte
consecuencia del desarrollo triguero y la reserva del mercado
nacional.
El textil catalán, algodonero y lanero, tuvo una importante
modernización.
• El sector textil algodonero nació muy vinculado al comercio
colonial y con una estructura mixta: pintado y acabado de
lienzos extranjeros y la propia fabricación de tejidos
algodoneros. El fin de las colonias potenció la orientación al
mercado nacional de la producción algodonera catalana.
Después de la Guerra de la Independencia y pese a las
crecientes dificultades, se produjo una intensificación de la vía
modernizadora: mecanización de la hilatura, más adelante
movida con vapor (1833, Bonaplata). Hacia 1840, el
prohibicionismo, los progresos en la formación del mercado
nacional y los cambios técnicos y organizativos permitieron el
avance de la industria algodonera catalana.
• Paralelamente, también creció la industria lanera, tanto en el
Vallés (Tarrasa y Sabadell) como en otros lugares (Alcoy o
Antequera), al tiempo que reducían actividad otros centros
productores como Segovia.

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En el sector metal mecánico cabe destacar el inicio de la moderna
siderurgia española, localizada en Andalucía, Málaga y Sevilla.

En resumen, el periodo de 1815 a 1840 vino marcado en el terreno industrial por cierto
crecimiento de la demanda interna, por unos altos niveles de contrabando, por unos balances
manufactureros bastante dispares a escala sectorial y territorial, por los inicios de la
mecanización y el establecimiento de las bases del sistema fabril en el textil algodonero
catalán, por una orientación casi exclusiva de las actividades manufactureras hacia el mercado
nacional, por el declive de las industrias tradicionales obligadas a competir con los productos
de las modernas fabricas españolas y extranjeras y por el mismo desarrollo de la
metalmecánica.

6.3. La formación del mercado nacional y el comercio exterior

A partir de los años veinte del siglo XIX, los flujos interregionales de mercancías aumentaron y
con ellos se fue configurando el mercado nacional. El autor señala varios factores como
elementos impulsores de este proceso: crecimiento de la producción y del consumo, avance
del proceso de especialización regional, establecimiento de una política prohibicionista,
liberalización de tráficos internos y por la disminución del coste transporte terrestre en
algunos itinerarios. También por el avance del cabotaje.

Con todo, las inversiones en infraestructuras terrestres fueron muy reducidas en la España del
primer tercio del siglo XIX. La red caminera se amplió en kms:

1800-1814 2.070
1815-1834 830
1835-1854 4.770
1800-1854 7.670

El comercio exterior

Entre 1815 y 1840, la evolución del comercio exterior estuvo marcada por la pérdida de las
colonias americanas y por incremento de los intercambios con los países de la Europa
Occidental.

- El descenso del comercio colonial originado por la pérdida de aquellos territorios y el


tardío reconocimiento de los nuevos estados. Algunos resultados fueron:
o Disminución de los intercambios, sobre todo de las exportaciones,
desapareciendo el superávit comercial después de 1814.
o Repercusión negativa en algunos territorios o zonas portuarias, como Cádiz, no
tanto en otros territorios, como Cataluña. En conjunto, según Leandro Prados,
menos de 7 por ciento de la renta nacional

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- La pérdida de las colonias constituyó un contratiempo, pero no una catástrofe para la
economía española. Algunos hechos fueron:
o El grado de apertura de la economía española disminuyó apreciablemente en
el primer cuarto del siglo XIX.
o La pérdida de las colonias también tuvo un fuerte impacto sobre la balanza de
servicios y transferencias.
o Por el contrario, en tales años, avanzó el comercio con Europa, muy
relacionado con el proceso de industrialización, el aumento de la renta per
cápita y la progresiva liberalización de los intercambios en muchos países
industrializados europeos.

En definitiva, la pérdida de las colonias generó un importante déficit en la balanza de pagos,


originó una reducción del grado de apertura de nuestra economía y desencadenó una
profunda reestructuración de los intercambios con el exterior. A comienzos de los años
cuarenta, Europa concentraba más del 75 por ciento de nuestro comercio exterior
(exportaciones e importaciones).

6.4. Moneda y banca.

Años de escasez de numerario. Los billetes emitidos por el Banco de San Carlos y por el de San
Fernando tenían una importancia (cuantitativa) mínima, por lo que el volumen de numerario
dependía de las disponibilidades de metales preciosos, que tendieron a reducirse por el
continuado déficit de la balanza de pagos y por una política monetaria que infravaloraba la
moneda de plata española frente a otras moneda portuguesas y francesas.

Escaso desarrollo bancario, debido a la débil demanda de servicios financieros. El Banco de San
Carlos tuvo una larga agonía. En 1829, se fundó el Banco de San Fernando, tras llegarse a un
acuerdo entre el Estado y los accionistas del Banco de San Carlos. El nuevo banco, el de San
Fernando, emitió billetes, descontó letras, pero su finalidad primordial consistió en financiar a
corto plazo al Tesoro.

7. Un balance del periodo 1815-1840.

En resumen, entre 1815 y 1840, pese a la inestabilidad política e institucional, la pérdida de las
colonias, la profunda crisis financiera del Estado y la deflación, la economía española creció,
probablemente, a una tasa algo superior al 1 por ciento. Teniendo en cuenta la dotación de
recursos y las restricciones tecnológicas existentes entonces, nuestro país, en teoría, tenía,
cuando menos, tres vías fundamentales de crecimiento económico:

- Proseguir el proceso de colonización del territorio


- Especializarse en la oleicultura, la viticultura, las frutas y las hortalizas, cultivos en los
que las agriculturas mediterráneas tenían ventajas comparativas
- Explotar bastante intensamente la riqueza minera.

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En realidad, la expansión económica, al menos hasta 1830, se basó exclusivamente en la
incorporación de más tierra y más mano de obra a las actividades agrarias. Este crecimiento
extensivo pudo conllevar inicialmente una ligera elevación de la productividad del trabajo, ya
que la cantidad de recursos agrarios por activo es probable que aumentase algo como
consecuencia de las modificaciones registradas en los aprovechamientos de las tierras
concejiles a raíz de los cambios políticos y sociales que tuvieron lugar durante la Guerra de la
Independencia; sin embargo, el notable crecimiento del número de familias rurales determinó
que el volumen de labrantíos y pastizales por activo retornase pronto a una situación similar a
la de comienzos de siglo. De modo que la mera colonización del territorio no podía conducir, a
medio plazo, a un aumento sustancial de la productividad del trabajo en la agricultura y de la
renta rural por habitante, pero sí de la población y del número de consumidores. Por su parte,
la especialización en los cultivos arbustivos y arbóreos típicamente mediterráneos se veía
limitada por el insuficiente crecimiento de la demanda, tanto de la interna como de la externa.
Desde finales de los veinte, la recuperación de las exportaciones y el crecimiento del comercio
interregional permitieron una mayor especialización agraria. No obstante, esta vía de
crecimiento no pudo cobrar autentico empuje hasta que no se avivó el ritmo de desarrollo del
mercado interno y, sobre todo, no alcanzó mayor vigor la demanda europea de productos
españoles. Y todo ello no acontecería hasta después de 1840. En cuanto a la minería, su
desarrollo dependía del concurso de técnicos, empresarios y capitales foráneos y,
principalmente, de las necesidades de plomo, hierro, cobre y cinc de los países de la Europa
Occidental.

Por los que respecta a las posibilidades de desarrollo industrial, la pobre dotación de recursos
hídricos y carboníferos, el retraso tecnológico, los bajos niveles del PIB por habitante y por
kilometro cuadrado, la pérdida de las colonias y la relativa carestía del transporte limitaron la
expansión de las actividades manufacturaras, sobre todo de las metalúrgicas y de las de
transformación de productos metálicos, e indujeron a las empresas a orientarse casi
exclusivamente hacia el mercado español. Pese a las restricciones, Cataluña logró, durante los
veinte y los treinta, sentar las bases de su industrialización.

En definitiva, el crecimiento económico, especialmente hasta 1830, tuvo un carácter muy


tradicional: se basó, ante todo, en el uso de más tierra y de más fuerza de trabajo. Ahora bien,
el ritmo de expansión de las labores agrícolas y la tasa de crecimiento de la población fueron
netamente superiores a las que tuvieron lugar en otras fases históricas anteriores e incluso
posteriores. Como la expansión productiva de después de la Guerra de la Independencia tuvo
un carácter tan tradicional y las posibilidades colonizadoras eran relativamente amplias en el
interior, es probable que el diferencial de crecimiento entre la periferia y aquél fuese, de 1815
a 1840, inferior a los registrados en el siglo XVIII y después de 1840.

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