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Modelos estructurales de la membrana: perspectiva histórica

La observación de la membrana plasmática solo es posible gracias a la microscopía electrónica y, hasta 1950, los
primeros pasos que condujeron hacia la concepción de una envoltura celular procedieron de evidencias indirectas,
tales como la diferente composición del exterior y el interior celulares o los fenómenos osmóticos puestos de
manifiesto por Dutrochet (1827).

Los inicios de esta labor de investigación, desprovista aún de medios adecuados, fueron los del trabajo realizado
por Overton en torno a 1890 (fig. 3-1, A). El científico comprobó que, mientras que las sustancias liposolubles
penetraban en la célula con facilidad, las hidrosolubles apenas lo hacían. En 1895, presumió la existencia de una
especie de cubierta celular que, por las propiedades mencionadas, debía poseer naturaleza lipídica. Una década
después, Langmuir estudió los lípidos de membrana como moléculas anfipáticas y propuso una organización en
monocapa (fig. 3-1, B). Extendió en agua una solución de lípidos de membrana y, al evaporarse el disolvente
aromático, observó que en la interfaz aire-agua se formaban espontáneamente monocapas lipídicas.

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FIGURA 3-1 Desarrollo histórico del modelo estructural de las membranas biológicas, donde se incluyen los principales hitos que
condujeron a la concepción actual de la envoltura celular. (Ilustración de: E. Maldonado. Imagen de microscopía electrónica de la unidad de membrana
procedente de: Robertson JD. Membrane structure. J Cell Biol 1981;91[3]:189-204).

En 1925, Gorter y Grendel extrajeron los lípidos de las membranas plasmáticas de un número conocido de
eritrocitos y los extendieron en una monocapa cuya área resultó ser el doble de lo que debían ocupar las membranas
de los glóbulos rojos. Este experimento condujo a la conclusión de que la membrana celular debía ser una bicapa o
doble capa lipídica, compuesta por el solapamiento de dos monocapas como las descritas por Langmuir (v. fig. 3-1, C).

Años después, se descubrieron varias propiedades de la membrana plasmática que, entendida como una bicapa
lipídica pura, no se podían explicar. Entre ellas, cabe destacar dos: 1) una tensión superficial menor de lo esperado, y

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2) una mayor permeabilidad a las moléculas hidrosolubles. Ello apuntó entonces a la necesidad de introducir
componentes proteicos. En 1935, Davson y Danielli propusieron el denominado modelo de sándwich, según el cual la
membrana plasmática estaba formada por una doble capa lipídica cubierta por finas láminas de proteína en
configuración β (v. fig. 3-1, D). Posteriormente se incluyeron en este modelo poros o canales de membrana para
explicar el paso de sustancias.

La biología celular pudo finalmente comprobar la existencia de la membrana plasmática con el microscopio
electrónico, que reveló que se trataba de una estructura trilaminar de unos 10 nm de espesor (v. fig. 3-1, E). Esta se
encontraba dividida en una banda clara central bordeada por otras dos láminas densas y de menor grosor. Robertson
acuñó el concepto de unidad de membrana para designar esta imagen de tres capas de diferente electrodensidad, ya
que se repetía en las micrografías electrónicas de las membranas de todos los tipos celulares (incluidos los sistemas de
endomembranas). Él mismo fue quien hizo corresponder el espacio menos teñido con la bicapa lipídica, y las líneas
electrodensas con las finas capas de proteína, en coincidencia con el modelo propuesto por Davson y Danielli.

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Singer y Nicolson: estructura en mosaico fluido
Frente a su aparente verificación por las conclusiones de Robertson, el modelo de Davson y Danielli empezó a ser
cuestionado a la luz de nuevos datos obtenidos durante la década de los sesenta. Entre los hechos que contradicen las
interpretaciones del modelo de sándwich, cabe destacar dos. Uno es la alta variabilidad del cociente proteína/lípido en
las membranas biológicas (tabla 3-1), que puede oscilar desde 0,23 en la vaina de mielina hasta 3,54 en la membrana
mitocondrial interna. El otro es la presencia de proteínas de membrana globulares, con dominios en hélice α,
imposibles de conciliar con las finas láminas β preconizadas por el modelo de Davson y Danielli.

Tabla 3-1

Contenido en lípidos, proteínas y glúcidos de ejemplos representativos


de las membranas biológicas (expresado como porcentaje en peso)

Tomado de Robertson JD. Membrane Structure. J Cell Biol 1981;91(3):189-204.

A lo anterior se suman nuevos hallazgos de la microscopía electrónica, gracias al desarrollo de la técnica de


criofractura-réplica (fig. 3-2). En este método, primero se congelan las células y, después, el bloque de hielo resultante
se fractura con una cuchilla, de modo que el plano de dehiscencia tiende a coincidir con el espacio que separa las dos
monocapas (v. capítulo 2). Una vez logrado esto, las muestras resultantes pueden metalizarse con platino y
visualizarse al microscopio electrónico. De esta manera, la membrana plasmática fue separada en dos
hemimembranas: una externa o exoplasmática (E), orientada hacia el medio extracelular, y una interna o
protoplasmática (P), en contacto con el citosol. También se observó que la superficie de ambas monocapas presentaba
proteínas globulares de 4-16 nm. Por todo ello, la idea central de una vasta extensión de proteínas en configuración β,
propia del trabajo de Davson y Danielli, fue sustituida en 1972 por la propuesta de Singer y Nicolson, que sigue en
vigor y se aplica a todas las membranas celulares.

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FIGURA 3-2 A. Representación esquemática de la parte interna de una bicapa lipídica sometida a criofractura. Se denomina cara E a
la hemimembrana externa y cara P a la protoplasmática. En la técnica de criofractura, la línea de separación suele coincidir con la parte
interna de la membrana. B. Muestra obtenida por criofractura. Obsérvese que sobre la hemimembrana P se aprecia un mayor número
de partículas (correspondientes a proteínas transmembrana). En su lugar, la cara E presenta las oquedades en las que encajan las
partículas que sobresalen de la monocapa interna. (A, ilustración de: E. Maldonado. B, ©1981 Rockefeller University Press. Originally published in Journal of Cell
Biology.91:189-204.doi:10.1083/jcb.91.3.189s)

La denominación de este modelo de mosaico fluido (fig. 3-3; v. fig. 3-1, F) hace alusión a las dos características de la
membrana celular que Singer y Nicolson pusieron de manifiesto. De una manera fácil de entender, los científicos
describieron la membrana como una bicapa lipídica fluida (en la que las moléculas de lípido pueden desplazarse
libremente) sobre la que quedaban incluidas y cohesionadas de forma variable miles de proteínas a modo de mosaico.
En la misma década, este modelo se reforzó al ponerse de manifiesto que, gracias a la presencia de dominios
transmembrana, las proteínas pueden adoptar configuraciones de longitud suficiente como para atravesar toda la
bicapa lipídica (v. fig. 3-1, G). No obstante, otras proteínas se presentan como unidades globulares discretas unidas a
la bicapa, o a otras proteínas de la membrana, mediante interacciones más débiles (interacciones electrostáticas o
puentes de hidrógeno).

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FIGURA 3-3 Esquema de la membrana según el modelo de mosaico fluido. Singer y Nicolson imaginaron la membrana como una
bicapa lipídica fluida (en la que las moléculas de lípido pueden desplazarse libremente) sobre la que quedaban incluidas y
cohesionadas de forma variable miles de proteínas a modo de mosaico. La fracción glucídica de la membrana (pequeñas cadenas de
oligosacáridos unidos a lípidos y proteínas) se encuentra dirigida hacia el exterior celular. (Ilustración de: E. Maldonado.)

Por lo tanto, el armazón básico de las membranas biológicas está constituido por la bicapa lipídica, mientras que
casi todas sus funciones, dependientes de cada orgánulo y tipo celular, son llevadas a cabo por las proteínas que
actúan como enzimas, transportadores de sustancias, moléculas de adhesión o receptores de señales extracelulares. La
fracción glucídica de la membrana (pequeñas cadenas de oligosacáridos unidos a lípidos y proteínas) se encuentra
dirigida hacia el exterior celular, mientras que, por la cara citosólica, las proteínas del citoesqueleto se anclan a la
membrana de la célula.

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Lípidos de membrana
Bicapa lipídica

Los lípidos de membrana comprenden un grupo heterogéneo de biomoléculas orgánicas formadas básicamente por
carbono, hidrógeno y oxígeno. Una característica esencial de los lípidos de membrana, conocida desde las primeras
investigaciones sobre la estructura de las membranas biológicas, es que son sustancias anfipáticas. Esto quiere decir
que son compuestos dotados de una parte polar e hidrófila (la cabeza) y otra apolar e hidrófoba (una cola de cadenas
hidrocarbonadas). Estas últimas regiones, a diferencia de las hidrófilas, no son capaces de interaccionar con el agua
mediante la formación de puentes de hidrógeno, y ello hace que los lípidos sean insolubles en disolventes polares.

Si se suspenden en agua, los lípidos de membrana, como moléculas anfipáticas que son, se orientan de forma que
las porciones hidrófilas interactúan con el medio que las envuelve, mientras que las partes hidrófobas se ven forzadas
a formar agregados. De esta manera, la reducción de la superficie de la interfaz agua-lípido supone la minimización
de las fuerzas repulsivas. Dependiendo de cuál sea la forma de las moléculas lipídicas, pueden construirse dos tipos
de agregados microscópicos: la micela y la bicapa (fig. 3-4). Las micelas son agrupaciones esféricas en las que los
compuestos anfipáticos orientan sus regiones hidrófobas de forma radial hacia un punto interior central. Los grupos
de cabeza polares quedan en la superficie, en contacto con el medio acuoso. Su formación tiene lugar fácilmente
cuando las unidades lipídicas tienen forma de cuña. Tal es el caso de los ácidos grasos, que tienen una sola cola
hidrocarbonada.

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FIGURA 3-4 Agregados de lípidos. Las moléculas lipídicas con forma de cuña (como los ácidos grasos) se organizan en micelas,
mientras que las que tienen forma cilíndrica (como los fosfolípidos) forman bicapas. (Ilustración de: E. Maldonado.)

La bicapa (o doble capa) es una lámina de dos monocapas de lípidos anfipáticos enfrentadas por las regiones
hidrófobas. En esta ocasión, su formación se encuentra favorecida cuando las moléculas son cilíndricas. Tal es el caso
de los glicerofosfolípidos y los esfingolípidos, lípidos de membrana que, como se verá en su descripción, tienen dos
colas hidrófobas.

La bicapa lipídica presenta dos propiedades fundamentales relacionadas con la minimización de fuerzas repulsivas:
el autosellado y el autoensamblaje. Debido al autosellado, la bicapa es capaz de reparar espontáneamente una
solución de continuidad. Este fenómeno, por lo tanto, asegura la integridad de la membrana y, con ello, la viabilidad
celular. La alteración de esta propiedad de la doble capa lipídica es causa de muerte celular y es la base del
mecanismo de acción de algunos fármacos antiinfecciosos, como las polimixinas y los macrólidos polienos. Además, el
sistema inmunitario, a través de las proteínas del complemento y los linfocitos citotóxicos, destruye a muchos
patógenos construyendo en sus membranas unos poros imposibles de arreglar espontáneamente.

El autoensamblaje, por su parte, supone un paso más en la minimización de las repulsiones entre el agua y los
lípidos de la bicapa. Las porciones hidrófobas de las moléculas de lípido que están en el borde libre de la doble capa

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lipídica están aún en contacto con el agua. Este inconveniente se resuelve si la bicapa se pliega sobre sí misma,
formando espontáneamente un compartimento sellado denominado vesícula (fig. 3-5).

FIGURA 3-5 Autoensamblaje de la bicapa lipídica, que forma una vesícula. Si esta se produce in vitro, entonces recibe el nombre de
liposoma. (Ilustración de: E. Maldonado.)

Si el fenómeno descrito se produce in vitro, las vesículas formadas se denominan liposomas. Se trata de un sistema
artificial de membranas utilizado comúnmente en el estudio de las propiedades de la bicapa lipídica, pero que
también se utiliza para administrar fármacos. La formulación de ciertos agentes terapéuticos en liposomas permite,
en primer lugar, proteger el medicamento de los mecanismos que el organismo tiene para eliminarlo, con lo que se
logra una mayor concentración y/o una prolongación de su vida media. Además, el tratamiento sistémico plantea el
problema de una escasa especificidad tisular, por lo que un fármaco no solo actúa en su tejido diana, sino que también
lo hace en muchos otros órganos sobre los que produce efectos adversos. La posibilidad de emplear liposomas con
ligandos específicos pretende vehiculizar estas sustancias hacia su diana terapéutica, aumentar su efecto beneficioso y
disminuir, a la par, su toxicidad.

Dentro de la membrana plasmática encontramos tres tipos fundamentales de lípidos (fig. 3-6): glicerofosfolípidos,
esfingolípidos y esteroles. Los ácidos grasos son componentes esenciales de los dos primeros grupos.

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FIGURA 3-6 A. Lípidos de membrana: glicerofosfolípidos, esfingolípidos y esteroles. B. Estructura y fórmula de los fosfolípidos más
frecuentes de la membrana plasmática. (Ilustración de: E. Maldonado.)

Ácidos grasos
Los ácidos grasos son ácidos orgánicos con largas cadenas hidrocarbonadas. Los más abundantes en las membranas
biológicas tienen un número par de átomos de carbono que varía entre 12 y 20, siendo los más comunes aquellos que
poseen 16 y 18. Esto se debe a que fuera de este rango no se podría asegurar la estabilidad de la membrana. Este hecho
es el principal condicionante de que el grosor de la bicapa sea de 3-5 nm, en función de la longitud de las cadenas
hidrocarbonadas de los ácidos grasos predominantes.

Otro de los aspectos que caracterizan a algunos de los ácidos grasos presentes en los lípidos de membrana es la
presencia de dobles enlaces o insaturaciones. Todos los ácidos grasos insaturados de las membranas están en
configuración cis, es decir, poseen los grupos –H en el mismo lado de un doble enlace. Esto hace que, a nivel de la
insaturación, la cadena sufra una torsión de unos 120° aproximadamente. Como se verá más adelante, esto supone un
factor decisivo en el estado de fluidez de la membrana. Los ácidos grasos saturados más habituales en los lípidos de
membrana son el ácido palmítico y el esteárico (de 16 y 18 átomos de carbono, respectivamente). Los ácidos grasos
insaturados más frecuentes son los ácidos oleico, linoleico y linolénico (los tres con 18 átomos de carbono y uno, dos
y tres dobles enlaces, respectivamente) y el ácido araquidónico (de 20 átomos de carbono y cuatro dobles enlaces).

Glicerofosfolípidos
Los glicerofosfolípidos, o fosfoglicéridos, son ésteres de glicerol con dos ácidos grasos y un grupo de cabeza polar.
En el caso más sencillo, ese grupo de cabeza está constituido por el ácido fosfórico, y el compuesto resultante se
denomina ácido fosfatídico. En este compuesto, los grupos hidroxilo primero y segundo del glicerol están
esterificados por sendas moléculas de ácido graso, mientras que el tercer grupo hidroxilo se encuentra esterificado por

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ácido fosfórico. El ácido fosfatídico actúa de precursor a partir del cual derivan los restantes glicerofosfolípidos por
unión al grupo fosforilo de un alcohol, que da nombre al complejo (v. fig. 3-6).

Los principales glicerofosfolípidos constituyentes de la membrana son los que contienen los aminoalcoholes colina
(fosfatidilcolina o lecitina), serina (fosfatidilserina) y etanolamina (fosfatidiletanolamina o cefalina). Los que
contienen inositol en distintos estados de fosforilación (fosfatidilinositoles) u otra molécula de glicerol
(fosfatidilglicerol) se hallan en cantidades relativamente pequeñas. En las membranas mitocondrial interna y
bacteriana es posible distinguir también un glicerofosfolípido formado por la unión de dos ácidos fosfatídicos a una
molécula de glicerol, que actúa de puente (difosfatidilglicerol o cardiolipina). Los glicerofosfolípidos son los
constituyentes mayoritarios de las membranas biológicas y, a pH fisiológico, pueden ser neutros (como la cefalina y la
lecitina) o tener carga negativa (como la fosfatidilserina, el fosfatidilinositol y el fosfatidilglicerol).

Esfingolípidos
Los esfingolípidos tienen una estructura análoga a la de los glicerofosfolípidos (un grupo de cabeza polar y dos colas
apolares), pero no contienen glicerol y, en su lugar, están compuestos por esfingosina, un aminoalcohol de cadena
larga. Sus moléculas anfipáticas tienen dos colas hidrófobas, constituidas por una molécula de ácido graso y una
esfingosina unidas por un enlace amida entre el grupo carboxilo del ácido graso y el grupo amino del C-2 de la
esfingosina. Se obtiene así una ceramida, el precursor común de los esfingolípidos. Es posible distinguir dos clases de
esfingolípidos, según el grupo de cabeza polar que se una a la ceramida: esfingomielinas y osoesfingolípidos (v. fig. 3-
6).

Las esfingomielinas contienen como grupos de cabeza polares los aminoalcoholes fosforilados fosfocolina y
fosfoetanolamina. Como tienen fósforo, también pueden clasificarse como fosfolípidos junto a los glicerofosfolípidos.
Se hallan en las membranas plasmáticas de las células animales, siendo especialmente numerosas en la vaina de
mielina que aísla los axones de algunas fibras nerviosas. La vaina de mielina (con un cociente proteína/lípido de 0,23)
se forma por la aposición sucesiva de la membrana de las células de la glía en torno al axón de las neuronas. Como la
mielina se interrumpe de forma segmentaria en los nódulos de Ranvier, promueve una conducción saltatoria del
impulso nervioso, mucho más rápida que la que ocurre en las fibras nerviosas no mielinizadas (v. capítulo 4). La
esclerosis múltiple es una enfermedad de componente autoinmunitario que cursa con desmielinización del sistema
nervioso central. La pérdida de la mielina hace más lenta e, incluso, interrumpe la transmisión del impulso nervioso, y
ello puede generar en los pacientes debilidad, falta de coordinación, problemas de habla y visión, etc.

Los osoesfingolípidos, glucoesfingolípidos o, simplemente, glucolípidos están formados por la unión de la


ceramida con una o varias unidades glucídicas. Así pues, estos lípidos no contienen ácido fosfórico (no pueden
incluirse en el grupo de los fosfolípidos) y su cabeza polar está constituida por un glúcido conectado al grupo –OH

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del C-1 de la ceramida. Los osoesfingolípidos se subdividen, a su vez, en tres grupos: cerebrósidos, globósidos y
gangliósidos.

Los cerebrósidos contienen un monosacárido unido a la ceramida, que puede ser glucosa o galactosa. Los
globósidos presentan grupos de cabeza polares formados por disacáridos u oligosacáridos. Ambos osoesfingolípidos
pertenecen al grupo de los glucolípidos neutros, debido a que no tienen carga a pH fisiológico. Los gangliósidos, en
cambio, contienen grupos de cabeza polares formados por oligosacáridos que poseen una o varias unidades de ácido
siálico (ácido N-acetilneuramínico). Este glúcido les aporta una carga neta negativa a pH fisiológico. Hasta ahora, se
han identificado más de 40 gangliósidos. Son abundantes en la hemimembrana E de las células ganglionares del
sistema nervioso central, pero también se hallan en menor cantidad en las membranas del resto de los tejidos
animales.

Los glucolípidos participan en los procesos de señalización celular, en los que, junto a determinadas glucoproteínas,
suponen puntos de reconocimiento para moléculas extracelulares o células adyacentes. La porción glucídica de
determinados glucolípidos y glucoproteínas define los grupos sanguíneos humanos y desempeña también un papel
esencial durante el desarrollo embrionario, pero además se asocia a determinadas situaciones patológicas. Algunos
osoesfingolípidos son puntos de entrada de ciertos patógenos y toxinas bacterianas. Así, el gangliósido G , presente
M1

en las células de la mucosa intestinal, actúa como receptor para la toxina producida por Vibrio cholerae. Cuando esta
penetra en el enterocito, produce un aumento prolongado de la concentración intracelular de AMPc (v. capítulo 13), lo
cual conduce a la hipersecreción de agua y electrólitos responsable de la diarrea acuosa y profusa que caracteriza al
cólera.

Esteroles
Los esteroles son lípidos de membrana presentes en la mayor parte de las células eucariotas. Pertenecen al grupo de
los esteroides, con entre 27 y 29 átomos de carbono organizados en torno al núcleo de esterano o
ciclopentanoperhidrofenantreno. El más común y relevante de los esteroles en la membrana de las células animales es
el colesterol (fig. 3-7). En este, al núcleo de esterano se unen una cadena lateral alifática en el C-17 y un grupo
hidroxilo en el C-3, que actúa de grupo de cabeza polar (mínimo en comparación con el cuerpo apolar de la molécula,
que resulta casi tan largo como un ácido graso de 16 carbonos). En células eucariotas de plantas y hongos predominan
los esteroles estigmasterol y ergosterol, respectivamente.

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FIGURA 3-7 Estructura esquemática del colesterol, un lípido de naturaleza esteroide habitual en la membrana de las células animales.
(Ilustración de: E. Maldonado.)

Sin embargo, no se han descubierto esteroles en la membrana de las células procariotas, y también están ausentes en
la membrana interna de mitocondrias y cloroplastos, orgánulos semiautónomos que, se piensa, proceden
evolutivamente de organismos procariotas.

Fluidez de la bicapa lipídica


Además de las propiedades de autosellado y autoensamblaje, las bicapas lipídicas tienen otras características que
hacen de ellas una matriz ideal para constituir las membranas celulares. Una de las más importantes, ya señalada en el
modelo de Singer y Nicolson, es su fluidez. La bicapa lipídica es un fluido bidimensional encerrado en la interfaz de
dos medios acuosos, en el que sus moléculas constituyentes se desplazan libremente.

Es posible distinguir cuatro tipos de movimiento distintos de los lípidos de membrana (fig. 3-8): 1) la flexión de las
cadenas hidrocarbonadas; 2) la rotación de los fosfolípidos alrededor de su eje mayor; 3) la difusión lateral, y 4) la
difusión transbicapa, o flip-flop. En las difusiones lateral y transbicapa se produce el intercambio azaroso de posición
entre dos moléculas de lípido. La diferencia entre ambos movimientos es que, mientras que en la difusión lateral las
moléculas de lípido están situadas dentro de la misma hemimembrana, en el flip-flop se produce el traspaso de una
monocapa a otra. A 37 °C, una molécula de lípido individual puede llegar a intercambiar su ubicación con otras
moléculas adyacentes unos 10.000.000 veces/segundo por difusión lateral. En cambio, el movimiento de flip-flop en las

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mismas condiciones experimentales es extremadamente lento, siendo su frecuencia menor de una vez a la semana.
Esto se debe a que la difusión transversa requiere que las cabezas polares de los fosfolípidos abandonen su entorno
acuoso y se trasladen al interior hidrófobo y no polar de la bicapa en su paso hacia la otra hemimembrana, proceso
que no resulta favorable termodinámicamente.

FIGURA 3-8 Tipos de movimientos de las moléculas de fosfolípido en la bicapa. (Ilustración de: E. Maldonado.)

Agentes que influyen en la fluidez de la membrana


Las membranas necesitan permanecer en estado fluido, y los factores que determinan su estructura y flexibilidad son:
la temperatura y su composición lipídica.

• Temperatura. La fluidez de la membrana disminuye a bajas temperaturas y se eleva con la transmisión de energía
térmica, incrementándose la vibración de sus partículas. Una bicapa pasa de un estado cristalino o gel a un estado
líquido en un punto o temperatura de fusión específico (Tm, del inglés temperature of melting). Para que una
membrana desempeñe su función normal, tiene que hallarse en su estado fluido, es decir, a una temperatura
superior a su Tm correspondiente, pero que tampoco exceda los límites fisiológicos. Por debajo o por encima de
dicho rango característico, el habitual movimiento de las moléculas lipídicas y proteicas quedará perturbado.

• Composición lipídica. El otro agente que modifica el estado de fluidez de la membrana es su composición en
lípidos, siendo de especial relevancia: 1) el tipo de ácidos grasos que constituyen los glicerofosfolípidos y
esfingolípidos, y 2) la presencia de esteroles:

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○Tipo de ácidos grasos (fig. 3-9). Dos son las características de los ácidos grasos que resultan especialmente
importantes para regular la fluidez de la membrana: la longitud de la cadena hidrocarbonada y el grado de
insaturación. El valor de la Tm es más bajo (es decir, una membrana resulta más difícil de cristalizar) si las
cadenas hidrocarbonadas de los ácidos grasos de sus lípidos son cortas o tienen dobles enlaces en configuración
cis. Una menor longitud de cadena reduce la tendencia de interacción entre las colas hidrocarbonadas, mientras
que los dobles enlaces cis, como se explicó anteriormente, introducen giros intracatenarios de unos 120° que
dificultan el empaquetamiento que supone el paso al estado de gel.

○Esteroles (fig. 3-10). La membrana de una célula animal contiene cantidades de colesterol tales que pueden llegar
a suponer el 50% del número total de lípidos. Las moléculas de colesterol se orientan en la bicapa lipídica con su
grupo hidroxilo hacia la fase acuosa. En esta posición, el anillo esteroide, plano y rígido, inmoviliza los primeros
grupos -CH - de las cadenas hidrocarbonadas vecinas, provocando que la bicapa lipídica sea más rígida en esta
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región. La presencia de moléculas de colesterol en la membrana de una célula animal presenta un doble efecto.
Por un lado, frena el aumento de fluidez asociado a temperaturas elevadas. Por otro lado, previene la
cristalización derivada de la disminución de la temperatura. Dicho de otro modo, en términos de Tm: el colesterol
ejerce el efecto dual de disminuir la fluidez de la membrana y dificultar su congelación por encima y por debajo
de su punto de fusión, respectivamente.

FIGURA 3-9 Punto de fusión (Tm), según la longitud de la cadena (A) y el grado de insaturación (B) de los ácidos grasos. El valor de
Tm disminuye si las cadenas hidrocarbonadas son cortas y tienen dobles enlaces en configuración cis. Este hecho se entiende
fácilmente con la representación espacial de las moléculas de los fosfolípidos de membrana (a la derecha). Aquellos que tienen grupos
acilo saturados de cadena larga (como los esfingolípidos) encajan bien en la membrana. Por el contrario, aquellos que contienen
ácidos grasos de cadena más corta y, fundamentalmente, dobles enlaces no encajan tan bien en la membrana. Ello se debe a que una
insaturación cis introduce un giro intracatenario que, como se puede observar, dificulta el empaquetamiento. (Ilustración de: E. Maldonado.)

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FIGURA 3-10 Distribución de las moléculas de colesterol en la bicapa lipídica. (Ilustración de: E. Maldonado.)

Además, los esteroles disminuyen la permeabilidad de las membranas, ya que dificultan el paso a su través de
solutos polares. Presumiblemente, rellenan los huecos transitorios que se forman entre las cadenas hidrocarbonadas en
constante movimiento, a través de las cuales podrían difundir pasivamente pequeñas moléculas hidrosolubles. De
hecho, la membrana luminal de las células epiteliales de la porción distal de la nefrona tiene una cantidad de
colesterol tal que es impermeable al agua, y este hecho es clave para el correcto funcionamiento del riñón y el balance
de líquidos corporales.

Alteración de la fluidez de la membrana y mecanismos de compensación


La fluidez de la membrana celular está sometida a varios sistemas de regulación. Las células son capaces de
contrarrestar los efectos de un cambio abrupto de temperatura mediante la variación de la composición lipídica de la
membrana plasmática. Esta capacidad de mantener la fluidez de la membrana relativamente constante comprende
mecanismos muy diversos: desde la alteración en longitud y grado de insaturación de los ácidos grasos de la bicapa
hasta la incorporación de colesterol en el caso de células animales.

Existe una larga lista de enfermedades en las que se han descrito alteraciones en la fluidez de la membrana de
significado incierto. Entre ellas, cabe destacar entidades tan prevalentes o de tanto impacto social como la obesidad, el
alcoholismo, la hipertensión arterial, la diabetes, la enfermedad de Alzheimer y la esquizofrenia.

La alteración de la fluidez de la membrana del eritrocito conlleva cambios perjudiciales en su estructura y función.
La acantocitosis consiste en la presencia de un tipo de eritrocitos anormales, con proyecciones espinosas, conocidos
como acantocitos o células en espuela (fig. 3-11). Este fenotipo eritrocitario surge como consecuencia de una alteración
en la composición lipídica y una disminución en la fluidez de la membrana. Dado que los eritrocitos requieren cierto
grado de flexibilidad para pasar por los capilares, cualquier descenso en la fluidez y elasticidad de su membrana
aumenta su fragilidad y favorece su destrucción (hemólisis). La acantocitosis puede darse en una gran variedad de
situaciones patológicas. Por ejemplo, algunos pacientes con cirrosis hepática presentan acantocitos, cuya membrana
tiene un contenido de colesterol elevado. El aumento de colesterol se traduce en una rigidez excesiva, y la pérdida de
la capacidad de deformación hace que los acantocitos se destruyan prematuramente.

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FIGURA 3-11 A. Frotis de sangre periférica en el que es posible distinguir un acantocito (flecha). B. Detalle de una imagen de
microscopía electrónica de barrido en la que se distinguen dos acantocitos. En ambos casos, es fácil distinguirlos de los eritrocitos
normales por sus características proyecciones espinosas. (Por cortesía de: http://quimicaviva.qb.fcen.uba.ar/Actualizaciones/fotos.htm.)

Las neuroacantocitosis constituyen un grupo raro de enfermedades hereditarias que cursa con acantocitosis junto
con una degeneración progresiva del sistema nervioso. El mecanismo por el que las alteraciones genéticas
identificadas en estos trastornos se manifiestan en clínica no es del todo conocido. No obstante, se piensa que
comparten una fisiopatología común. En dos de estas afecciones, la abetalipoproteinemia y la hipolipoproteinemia,
la alteración del metabolismo de las lipoproteínas produce un incremento en las membranas celulares del cociente
esfingolípidos/glicerofosfolípidos. Este hallazgo podría conducir a una disminución de la fluidez de la membrana
eritrocitaria (y la consiguiente transformación acantocítica) por un mecanismo no dependiente del colesterol, ya que
los esfingolípidos, que poseen grupos acilos largos y saturados, tienen una mayor capacidad de empaquetamiento.
Por su parte, esta alteración de la composición lipídica en las membranas de las neuronas podría explicar las
manifestaciones neurológicas que caracterizan a estas enfermedades.

En algunos casos, la alteración de la composición lipídica se extiende también a las membranas intracelulares, lo
cual también puede afectar a su fluidez y permeabilidad. En los pacientes con hepatocarcinoma, se ha descrito un
incremento en la concentración de colesterol en la membrana mitocondrial externa de las células del tumor. Esta
alteración afecta a la fluidez y permeabilidad de la mitocondria, y eso dificulta la acción de los quimioterápicos que

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inducen apoptosis por vía mitocondrial. La mitocondria es un orgánulo que contiene moléculas promotoras de la
muerte celular programa o apoptosis (v. capítulo 11). No obstante, para que estos factores pongan en marcha los
mecanismos de muerte celular, tienen que formarse poros en su membrana. En este proceso se basa el efecto citotóxico
de algunos fármacos antitumorales. Se piensa que el incremento de los niveles de colesterol, al alterar la fluidez y
permeabilidad de la membrana mitocondrial externa, podría impedir una respuesta adecuada al tratamiento
quimioterápico. De acuerdo con estos resultados, fármacos como las estatinas, que inhiben la síntesis endógena de
colesterol, podrían sensibilizar a las células tumorales frente a los tratamientos de quimioterapia que inducen
apoptosis por vía mitocondrial.

Asimetría de la bicapa lipídica


La asimetría es la otra gran propiedad de la bicapa lipídica: las dos hemimembranas poseen una composición
sustancialmente distinta (fig. 3-12). En la hemimembrana E se encuentran la mayoría de los fosfolípidos que tienen
colina en su grupo de cabeza (fosfatidilcolina y esfingomielina), así como la mayoría de los glucolípidos. Por su parte,
en la hemimembrana P residen las moléculas lipídicas que contienen un grupo amino terminal (cefalina y
fosfatidilserina).

FIGURA 3-12 Distribución asimétrica de los lípidos de la membrana. El símbolo (−) representa la carga neta negativa de la
fosfatidilserina. (Ilustración de: E. Maldonado.)

Es necesario puntualizar que esta desigual distribución no es absoluta. Esto quiere decir, por ejemplo, que la mayor
parte del fosfatidilinositol presente en la membrana se encuentra en la monocapa interna, salvo una pequeña cantidad
localizada en la otra hemimembrana.

La asimetría de la bicapa lipídica se remonta a la síntesis de sus componentes y es necesario mantenerla, ya que un
cambio en la distribución de lípidos tiene notables consecuencias biológicas (fig. 3-13).

140
FIGURA 3-13 Biosíntesis de los componentes lipídicos de la membrana y origen de la asimetría que presenta la bicapa. A la izquierda
se representa el flujo de membrana que tiene lugar entre el retículo endoplasmático (RE) y el aparato de Golgi hasta la superficie
celular. A la derecha se refleja el papel de los translocadores de lípidos en el mantenimiento de dicha asimetría. (Ilustración de: E. Maldonado.)

Los glicerofosfolípidos son sintetizados en la hemimembrana P (en contacto con el citoplasma) del retículo
endoplasmático liso (REL). La distribución equitativa entre las dos monocapas de los lípidos formados se produce por
difusión transversa, pero este proceso es extremadamente lento a temperaturas fisiológicas. Este hecho se resuelve
mediante la catálisis enzimática del movimiento flip-flop, llevada a cabo por una familia de proteínas conocidas como
translocasas. Una translocasa presente tanto en el REL como en la membrana plasmática, denominada escramblasa,
equilibra ambas membranas en pocos minutos mediante la catálisis de la difusión transversal inespecífica de
glicerofosfolípidos. Sin embargo, aún se necesitan más ajustes, como concentrar la fosfatidilserina y la
fosfatidiletanolamina en la hemimembrana P. De esta tarea se encarga la flipasa, otra translocasa que cataliza el
transporte de estos fosfolípidos de la monocapa E a la P en la membrana plasmática.

Por otro lado, los esfingolípidos son sintetizados en la hemimembrana que está en contacto con el lumen del REL y
el aparato de Golgi y, cuando se incorporan en la membrana plasmática, permanecen en dicha monocapa (en contacto,
en este caso, con el medio extracelular). Por lo tanto, no es necesario ningún tipo de translocación.

Los resultados de esta asimetría son varios. En primer lugar, la concentración de la fosfatidilserina en la cara P
ocasiona una marcada diferencia de carga eléctrica entre los dos lados de la bicapa y convierte a la membrana celular
en una especie de condensador eléctrico. Por otro lado, los grupos carbohidrato de los osoesfingolípidos sobresalen de la
superficie de la monocapa externa, donde están vinculados a procesos de reconocimiento celular. Por su parte, las
cefalinas, las fosfatidilserinas y los fosfatidilinositoles son más importantes en la monocapa interna, donde se
encuentran comprometidos en la transducción o transmisión de señales de la membrana plasmática al interior celular
(v. capítulo 13).

En los animales, la localización de la fosfatidilserina determina la viabilidad celular. Cuando una célula entra en
apoptosis, este lípido deja de quedar retenido en la monocapa interna y su exposición al exterior celular es una señal
de aviso para que los macrófagos lleven a cabo la fagocitosis. Esta misma alteración de la asimetría de la membrana es
la que se produce en las plaquetas activadas para que puedan desempeñar su papel en el proceso de la coagulación.

141
La exposición de fosfatidilserina en la monocapa externa es esencial para la activación de la vía terminal de la
coagulación de la sangre. Durante la activación plaquetaria, se piensa que la elevación de la concentración intracelular
de Ca conduce a una mayor activación de la escramblasa frente a la flipasa, de manera que, nuevamente, la
2+

hemimembrana E expone cantidades sobreelevadas de fosfatidilserina. En el síndrome de Scott, un trastorno


hemorrágico heredable, el defecto de la escramblasa se traduce en una deficiente externalización de fosfatidilserina.

142
Balsas lipídicas
Hace unos años se descubrió que, además de la asimetría existente entre las dos monocapas, los lípidos de membrana
ni siquiera se distribuyen de manera homogénea dentro de una misma hoja. Esta afirmación se traduce en la
existencia de unas regiones transitorias, de 50-70 nm de diámetro, conocidas como microdominios o balsas lipídicas
(fig. 3-14), en las que la acumulación de determinados lípidos de membrana retiene proteínas implicadas en la
señalización celular. Las balsas lipídicas se identificaron por primera vez en la hemimembrana E, pero ya se han
detectado también en la monocapa interna.

FIGURA 3-14 Representación de un microdominio o balsa lipídica en la bicapa. GPI, glucosilfosfatidilinositol. (Ilustración de: E. Maldonado.)

Los microdominios situados en la hemimembrana E se caracterizan por el predominio de esfingolípidos y


colesterol. Los esfingolípidos, que contienen normalmente ácidos grasos largos y saturados, pueden forman
agrupaciones compactas y relativamente duraderas mediante fuerzas de Van der Waals. En cambio, los
glicerofosfolípidos, dotados habitualmente de un ácido graso insaturado y otro saturado de menor longitud de
cadena, son incapaces de interaccionar de un modo tan estable y quedan fuera de los microdominios. De esta manera,
los esfingolípidos, asociados al anillo esteroide del colesterol, se empaquetan temporalmente en estos agregados, de
modo que parecen comportarse como una balsa fluida, pero ordenada, que navega a la deriva por un mar lipídico en
desorden.

Asimismo, en estas formaciones quedan «secuestradas» proteínas implicadas en la señalización celular. La clave de
este hecho reside en las desmesuradas ventajas que los microdominios aportan a la hora de asegurar que una célula se
comunique eficazmente con su medio. En muchos procesos de bioseñalización tiene lugar la colisión de proteínas de
membrana, por lo que su presencia en una misma balsa, o en balsas separadas que tiendan a fusionarse, aumenta

143
notablemente la probabilidad de interacción. Los receptores inmunológicos, de neurotransmisión y de los factores de
crecimiento parecen estar localizados principalmente en estos microdominios, así como algunas proteínas implicadas
en el inicio de cascadas de señalización, como receptores de tipo quinasa y proteínas G.

El descubrimiento de tantas intervenciones fisiológicas viene acompañado, como era de esperar, por nuevas
conexiones clínicas. Por ejemplo, se ha visto que el procesamiento patológico de la proteína precursora del amiloide,
implicada en la enfermedad de Alzheimer, podría ocurrir en regiones de la membrana con un alto contenido en
colesterol (como las balsas lipídicas). Además, por la elevada concentración de osoesfingolípidos y glucoproteínas,
también se piensa que las balsas lipídicas podrían servir como sitios de reconocimiento para la entrada de ciertos
patógenos y toxinas bacterianas.

Otro tipo de proteína presente en muchas ocasiones en los microdominios de la hemimembrana P es la caveolina.
Cuando esta proteína reviste internamente la bicapa, promueve la formación de unas vesículas de 50-80 nm de
diámetro denominadas cavéolas (pequeñas cuevas, v. capítulo 5). En el microscopio electrónico, las cavéolas pueden
visualizarse en la membrana de varios tipos celulares como unas invaginaciones con forma de matraz. Las caveolinas
son proteínas de unión al colesterol y se considera que las cavéolas son especializaciones de las balsas lipídicas
caracterizadas por la presencia de caveolina. Se dice que la caveolina es una proteína de andamiaje, que colabora en el
reclutamiento de proteínas de señalización, y ha sido implicada en diversas funciones celulares.

144
El mosaico proteico
Las proteínas, normalmente, suponen un 50% de la masa de la membrana. Si la bicapa lipídica constituye el armazón
básico de la membrana celular, son las proteínas embebidas en la misma las biomoléculas encargadas de conferirle su
funcionalidad. Sin estas, la membrana quedaría reducida a una mera barrera semipermeable de función delimitadora,
la célula estaría a merced de los gradientes electroquímicos y las diferencias funcionales entre un tipo celular y otro
resultarían considerablemente mermadas. La cantidad y el tipo de proteínas de membrana son muy variables, y el
estudio de este perfil en un determinado tipo celular puede aportar información acerca de su papel biológico.

Proteínas de membrana
Una de las propiedades de las proteínas es que poseen un grado de solubilidad muy variable que depende,
fundamentalmente, de la naturaleza polar o apolar de las cadenas laterales de sus aminoácidos. En consecuencia, estas
moléculas ofrecen grandes diferencias de afinidad por el interior hidrófobo de la bicapa lipídica y, por lo tanto,
diferencias en la manera en que se asocian a las membranas biológicas.

El criterio clásico de clasificación de las proteínas de membrana se basa en el tipo de procedimientos empleados
para su aislamiento, así como en el estado de integridad en que queda la membrana tras hacerlo (fig. 3-15). De forma
indirecta, este hecho experimental refleja el grado de interacción proteína-lípido y, por extensión, el modo en que la
proteína se asocia a la membrana. Según dicho criterio, es posible distinguir tres categorías de proteínas de
membrana: integrales, periféricas y ancladas a lípidos.

145
FIGURA 3-15 Criterio clásico de clasificación de las proteínas de membrana. A. Las proteínas intrínsecas pueden ser extraídas con
detergentes, que forman en torno a las mismas unas agrupaciones semejantes a las micelas. B. Las proteínas extrínsecas pueden ser
extraídas con soluciones de baja o alta fuerza iónica o un pH extremo. C. Por poseer propiedades de extracción intermedias entre
estos dos grupos, las proteínas ancladas a lípidos se catalogan aparte. GPI, glucosilfosfatidilinositol. (Ilustración de: E. Maldonado.)

Proteínas integrales o intrínsecas de membrana


Las proteínas integrales de membrana se encuentran íntimamente unidas a la bicapa lipídica. Por lo tanto, son
difíciles de aislar por técnicas estándar de purificación, y para solubilizarlas y extraerlas es necesario utilizar
procedimientos drásticos que destruyan totalmente la estructura de la membrana, como es la aplicación de
detergentes, desnaturalizantes y disolventes orgánicosEste hecho experimental se apoya en la afirmación de que las
proteínas integrales se encuentran embebidas en la membrana plasmática.

Al igual que los lípidos, las proteínas integrales son moléculas anfipáticas. Poseen una o varias porciones
hidrófobas que se sitúan en el interior de la membrana y se asocian a las colas hidrocarbonadas de los fosfolípidos, así
como una o más regiones hidrófilas que se hallan en la interfaz agua-lípido.

Dentro de este grupo de proteínas, unas pocas, denominadas «monotópicas» (fig. 3-16, 4), atraviesan la membrana
parcialmente (y están incrustadas solo en la monocapa interna o la externa). No obstante, la mayoría de ellas son
proteínas transmembrana, que cruzan toda la bicapa. Estas proteínas pueden ser de paso único o múltiple (v. fig. 3-16, 1
y 2), en función de las veces que atraviesen la membrana, y estar constituidas por una o varias cadenas polipeptídicas.

FIGURA 3-16 Proteínas de membrana. 1, proteína integral de paso único con un segmento transmembrana en hélice α; 2, proteína
integral de paso múltiple con varios segmentos transmembrana en hélice α; 3, proteína integral de paso múltiple con varias hebras β
enrolladas (barril β); 4, proteína integral monotópica; 5, proteína anclada a lípido unida por un enlace covalente a un ácido graso de la
bicapa o a un grupo isoprenoide; 6, proteína anclada a lípido unido por un oligosacárido a una molécula de glucosilfosfatidilinositol
(GPI) de la hemimembrana E; y 7, proteína periférica de membrana, unida por fuerzas débiles (electrostáticas o puentes de hidrógeno)
a una proteína integral (o a un lípido de la bicapa). (Ilustración de: E. Maldonado.)

La manera en que una proteína integral se asocia a la bicapa depende de su secuencia de aminoácidos y la
optimización de los puentes de hidrógeno con las moléculas que la rodean (esto es, en el ambiente anfipático de la
membrana). El enlace peptídico es polar, por lo que los grupos -CO- y -NH- de los enlaces peptídicos embebidos en la
membrana (que no pueden interactuar con el medio acuoso) tienden formar puentes de hidrógeno entre sí. El número
de puentes de hidrógeno se maximiza en determinadas conformaciones o motivos estructurales.
146
Un motivo estructural común a muchas proteínas transmembrana son las hélices α de unos 20-30 residuos de
aminoácidos apolares. Estos segmentos o dominios transmembrana, que se asocian firmemente a la bicapa mediante
interacciones hidrófobas (gracias a sus aminoácidos apolares) y se estabilizan mediante puentes de hidrógeno
intracatenarios, anclan las proteínas a la bicapa y permiten que actúen como canales, transportadores o receptores de
membrana.

Otro motivo estructural frecuente es el barril β o barril cerrado, en el que decenas de segmentos transmembrana en
configuración β delimitan un poro o canal que permite un intercambio inespecífico de pequeñas moléculas
hidrosolubles (v. fig. 3-16, 3). Esta organización es la que se observa en las porinas, proteínas abundantes en la
membrana externa de las mitocondrias, los cloroplastos y algunas bacterias. Muchos de los antibacterianos que ejercen
su efecto biológico en el interior celular atraviesan la pared bacteriana por los huecos grandes y no selectivos de sus
porinas. Es más, uno de los mecanismos por los que las bacterias pueden adquirir resistencia a los antibióticos es la
mutación de los genes de las porinas, cuyas nuevas conformaciones dificultan o impiden la entrada del fármaco
antibacteriano.

Proteínas periféricas o extrínsecas de membrana


Las proteínas periféricas de membrana se encuentran débilmente asociadas a la bicapa lipídica, o a las proteínas
integrales. Por lo tanto, pueden extraerse con facilidad mediante procedimientos suaves que rompan dichas fuerzas
sin comprometer la estructura de la membrana, como la exposición a soluciones de muy alta o baja fuerza iónica o de
un pH extremo. A diferencia de las proteínas integrales, las proteínas periféricas no se encuentran embebidas en la
membrana. Más bien, se encuentran adheridas a sus caras externa o interna mediante uniones no covalentes (v. fig. 3-
16, 7). Se localizan sobre todo en la superficie de la hemimembrana P y suelen ser enzimas o proteínas de anclaje de la
membrana al citoesqueleto.

Proteínas de membrana ancladas a lípidos


Es posible distinguir un tercer grupo de proteínas de membrana, las ancladas a lípidos, que, por sus características
intermedias a las dos clases de proteínas de membrana convencionales, son catalogadas aparte. Estas proteínas se
encuentran unidas covalentemente a moléculas de lípido constituyentes de la bicapa. De una forma parecida a las
proteínas intrínsecas, están claramente incluidas en la membrana. Por lo tanto, el tratamiento con agentes suaves de
extracción, válidos para las proteínas extrínsecas, no tiene ningún efecto si no se rompe antes el enlace covalente que
establece la asociación proteína-lípido. Por otro lado, y en consonancia con las proteínas periféricas, el grado de
interacción de estas proteínas con los lípidos es más débil que el de las proteínas integrales con la bicapa, y queda
restringido a una sola hemimembrana, aquella de la que forme parte el lípido.
147
Las proteínas ancladas a lípidos, encontradas tanto en la monocapa interna como en la externa, se asocian a la
membrana celular por medio de varios mecanismos.

Las proteínas localizadas en la hemimembrana P (v. fig. 3-16, 5) se anclan a la bicapa mediante cadenas
hidrocarbonadas de ácidos grasos saturados o grupos isoprenoides. En el primero de los casos, la proteína se traduce
en el citosol y después se une a un ácido graso saturado ya incluido en la bicapa. En el segundo de los casos, la
proteína sufre la adición de un grupo isoprenoide como modificación postraduccional, previa inserción en la bicapa.
Muchas de estas proteínas actúan como enzimas. Tal es el caso de la proteína Ras (codificada por un protooncogén)
cuya mutación puede estar involucrada en la transformación maligna de una célula (v. capítulo 16).

Las proteínas ancladas a lípidos son escasas en la hemimembrana E y se fijan a la bicapa a través de un derivado
glucosilado del fosfatidilinositol: el glucosilfosfatidilinositol (GPI) (v. fig. 3-16, 6). Son traducidas en el retículo
endoplasmático rugoso (RER) en forma de proteínas integrales de paso único y, tras perder su segmento
transmembrana, se unen por un enlace covalente al GPI, sintetizado en la cara luminal del retículo endoplasmático
(cara E). Esto es posible porque, como ya se precisó en el apartado correspondiente a los lípidos de membrana, la
asimetría de la bicapa no es absoluta y el fosfatidilinositol se encuentra mayoritariamente en la monocapa interna,
pero también (tal y como puede comprobarse ahora) en la externa.

Las proteínas de unión a GPI son especialmente frecuentes en las zonas de la membrana implicadas en el tráfico de
sustancias, tales como las balsas lipídicas, donde permanecen agrupadas para desempeñar sus funciones.

La hemoglobinuria paroxística nocturna es una enfermedad poco frecuente en la cual un clon de células
progenitoras hematopoyéticas adquiere la mutación del gen PIGA (phosphatidylinositol glycan anchor biosynthesis, class
A). Este gen está implicado en la síntesis de GPI, de modo que las células sanguíneas que procedan de este clon
aberrante carecerán de proteínas ancladas a GPI en la superficie de su membrana. Se ha detectado la desaparición de
más de 20 proteínas de membrana ancladas a GPI, entre las que se incluyen moléculas de adhesión, enzimas y
receptores implicados en la respuesta inmunitaria y la coagulación sanguínea. Cabe destacar las proteínas DAF (decay
accelerating factor) y MIRL (membrane inhibitor of reactive lysis). Su función es la de proteger a los eritrocitos de la
hemólisis mediada por el sistema del complemento.

Decíamos que las proteínas del complemento eran capaces de destruir patógenos formando poros en su superficie
que bloqueen el autosellado de la membrana. El problema es que, una vez activado, el complemento no distingue
entre las membranas de los patógenos y la de las células sanguíneas. Las proteínas DAF y MIRL impiden que esos
poros se formen en la membrana del eritrocito. Por lo tanto, su déficit favorece que los pacientes presenten crisis
hemolíticas intravasculares secundarias a la activación del complemento, que típicamente se dan durante la noche (el
complemento se activa por la noche porque el pH de la sangre se vuelve más ácido). Por ello, a la mañana siguiente,
estos pacientes presentan crisis o paroxismos de hemoglobinuria (hemoglobina en la orina), que se describe como una
orina teñida del color del refresco de cola. Esta es la manifestación más característica de esta enfermedad (de ahí su

148
nombre), pero no la única ni la más grave. El déficit de otras proteínas ancladas a GPI deriva en anemia, trombosis
venosa, infecciones recurrentes y aparición de neoplasias. La esperanza de vida de los pacientes con hemoglobinuria
paroxística nocturna es inferior al 60% a los 15 años del diagnóstico.

Estudio de la membrana del eritrocito


La membrana plasmática del eritrocito humano es un buen modelo para explicar los distintos grupos de proteínas de
membrana, debido a la abundante información existente. En parte, este hecho se debe a: 1) la facilidad con la que se
pueden obtener muestras de sangre periférica, y 2) lo sencillo que es llegar a preparaciones de membrana purificadas
(conocidas como fantasmas de eritrocito).

En los mamíferos, las células de la línea roja tienen forma de disco bicóncavo de unos 7 μm de diámetro y carecen
de núcleo, mitocondrias y sistema endomembranoso. Esto les permite albergar la mayor cantidad posible de
hemoglobina, pigmento sanguíneo encargado del transporte de oxígeno a los tejidos. Por ello, su membrana
plasmática puede ser purificada sin contaminación con membranas internas. Basta con provocar hemólisis a través de
la exposición a un medio hipotónico y retirar la hemoglobina y otras proteínas citosólicas para obtener estos fantasmas
de eritrocito. Estos fragmentos de membrana se caracterizan por tener unos 10 nm de grosor y una razón
proteína/lípido de 1,14. Se ha descubierto que esta proporción puede extenderse a la mayoría de los tipos celulares,
por lo que se trata de un modelo de estudio que, además de ser fácil de obtener, resulta representativo.

El estudio de las proteínas de la membrana del eritrocito mediante electroforesis (una técnica utilizada para la
separación de proteínas por aplicación de un campo eléctrico; v. capítulo 2) genera un patrón de unas 15 bandas
principales, cada una de las cuales se corresponde con una proteína.

Proteínas integrales de la membrana del eritrocito


La glucoforina (fig. 3-17, A) es una proteína integral de paso único (de 131 aa y 30 kDa). Se orienta en la bicapa de
manera que su extremo hidrófilo carboxi-terminal (C-terminal) se encuentra en la cara citosólica de la membrana,
mientras que el amino-terminal (N-terminal) se halla en la cara extracelular. El segmento externo está muy
glucosilado, con oligosacáridos unidos a oxígeno y nitrógeno que suponen cerca del 60% de la masa total de la
glucoproteína. Los abundantes residuos de ácido siálico le confieren a la superficie celular una gran carga negativa.
Debido a la existencia de estos grupos aniónicos en su superficie, los eritrocitos se repelen, reduciendo de esta forma
la viscosidad de la sangre.

149
FIGURA 3-17 A. Dibujo de la membrana plasmática del eritrocito en el que se representan sus dos proteínas integrales más
abundantes (la glucoforina y la proteína banda 3) asociadas a otras proteínas componentes del citoesqueleto. B. Esquema explicativo
del papel de la proteína banda 3, junto a la anhidrasa carbónica, en el transporte del CO2 procedente de los tejidos periféricos hacia los
pulmones. (Ilustración de: E. Maldonado.)

La proteína banda 3 (v. fig. 3-17, A) es una proteína integral de paso múltiple formada por dos cadenas
polipeptídicas o monómeros (de 929 aa y 100 kDa). En este caso, los dominios N- y C-terminales están orientados
hacia la cara citosólica de la membrana, y su cara externa presenta oligosacáridos unidos a nitrógeno. Esta proteína
lleva a cabo el contratransporte de los iones cloruro y bicarbonato (Cl y HCO ), por lo que también es conocida como
− 3−

intercambiador aniónico (AE, del inglés anion exchanger). Para llevar a cabo esta función, los dímeros de banda 3 se
presentan emparejados en forma de tetrámeros. En los glóbulos rojos, el intercambiador aniónico, junto a la enzima
anhidrasa carbónica, permite maximizar la cantidad de CO que la sangre puede transportar hasta los pulmones. De
2

150
hecho, del total de CO que viaja en sangre, el sistema banda 3-anhidrasa carbónica es responsable de casi un 70% (v.
2

fig. 3-17, B).

Proteínas periféricas de la membrana del eritrocito


Muchas de las proteínas de la membrana eritrocitaria distinguibles en el patrón de bandas generado en la
electroforesis son proteínas periféricas adosadas a la superficie de la hemimembrana P. Interactúan entre sí para
formar una malla o enrejado que recubre la cara citosólica de la bicapa y son las responsables de la estabilidad y las
propiedades viscoelásticas del eritrocito. Entre ellas, cabe destacar la espectrina, la anquirina, la proteína banda 4.1, la
banda 4.2, la aducina, la actina y la tropomiosina.

La más abundante es la espectrina (fig. 3-18, A). Se trata de una proteína fibrilar compuesta por dos tipos distintos
de subunidades, α y β (cada una de aproximadamente 250 kDa). Estas subunidades forman heterodímeros que se
enrollan de forma antiparalela y se disponen formando una doble hélice visible al microscopio electrónico de
transmisión. A su vez, dos de estos dímeros se asocian por sus extremos para formar tetrámeros (αβ) , y son estos los 2

que se organizan como una red (v. fig. 3-18, B). Son las cuerdas de la malla, de una longitud de 200 nm. Su posición se
estabiliza por ambos extremos, donde cinco o seis tetrámeros confluyen en unos complejos supramoleculares
equiparables a los nudos de la red. En estos, las colas de espectrina están unidas entre sí por filamentos cortos de actina
y una molécula de tropomiosina, proteína banda 4.1 y aducina.

FIGURA 3-18 A. Dibujo de la estructura de una molécula de espectrina. Se trata de una proteína heterodimérica, formada por dos
cadenas polipeptídicas (α y β). A la izquierda, se encuentran los residuos fosforilados por los que los dímeros se asocian para formar
tetrámeros. B. Representación del citoesqueleto del eritrocito humano. Está formado por una red de tetrámeros (αβ)2 de espectrina
enlazados por complejos de unión, en los que intervienen algunas proteínas periféricas de la membrana de los eritrocitos. (Ilustración de: E.
Maldonado.)

El resultado es un retículo de citoesqueleto deformable y elástico, que permite a los eritrocitos resistir el estrés
mecánico que supone el paso por los estrechos capilares sanguíneos. Sin embargo, aún queda por anclar el

151
citoesqueleto a la membrana. En este caso, los principales puntos de fijación son las dos proteínas integrales de
membrana estudiadas: la proteína banda 3 y la glucoforina, que se asocian a la espectrina a través de la anquirina y la
proteína banda 4.1, respectivamente. Otras proteínas, como la banda 4.2, que media la unión anquirina-banda 3,
actúan como elementos moduladores. En todas las células eucariotas existe una red de citoesqueleto constituida por
otras proteínas de morfología semejante a las presentes en la membrana del eritrocito, pero cuya disposición y función
no son tan conocidas. De forma general, esta red citosólica recibe el nombre de córtex o corteza celular.

Defectos en las proteínas de la membrana eritrocitaria: membranopatías


congénitas
Las membranopatías congénitas constituyen un grupo de enfermedades genéticas en las que el defecto de alguna de
las proteínas de membrana estudiadas en el eritrocito hace que estos sean más frágiles y se destruyan precozmente. El
resultado es un síndrome anémico del que, por su fisiopatología, se dice que posee características hemolíticas. Las
principales membranopatías congénitas son la esferocitosis y la eliptocitosis hereditarias.

La esferocitosis hereditaria o enfermedad de Minkowski-Chauffard se caracteriza por la presencia de eritrocitos


esféricos o esferocitos (fig. 3-19). Es la membranopatía congénita más frecuente, con una incidencia de 1 caso por cada
2.000 a 10.000 nacimientos. Su patrón de herencia es, generalmente, autosómico dominante. El principal mecanismo
molecular que subyace a la patología es el déficit o alteración de la anquirina, la espectrina α o la espectrina β (35-
65%), seguido de las proteínas banda 3 o banda 4.2 (15-30%). La transformación esferocítica es el resultado de un fallo
en el anclaje del citoesqueleto a la membrana del eritrocito.

152
FIGURA 3-19 A. Frotis de sangre periférica de un paciente con esferocitosis hereditaria en el que es posible distinguir varios
esferocitos (flechas). B. Imagen de microscopía electrónica de barrido que muestra un par de esferocitos (flechas) junto a eritrocitos
normales. (Por cortesía de http://quimicaviva.qb.fcen.uba.ar/Actualizaciones/fotos.htm.)

Los esferocitos no son tan deformables y elásticos como los eritrocitos normales y son más frágiles desde el punto
de vista mecánico y osmótico. En consecuencia, pueden quedar retenidos en la microcirculación del bazo, donde
acaban sufriendo lisis o fagocitosis por los macrófagos esplénicos. De este hecho fisiopatológico se deduce que el bazo
tiene una función fundamental en la aparición de anemia hemolítica en esta enfermedad. Por ese motivo, la
esplenectomía (extirpación del bazo) constituye el tratamiento de elección en las formas graves de la enfermedad.
Este procedimiento quirúrgico consigue una reducción de la hemólisis que provoca la anemia, a pesar de la
persistencia de la morfología esferocítica y la fragilidad de las células.

La eliptocitosis u ovalocitosis hereditaria se caracteriza por la presencia de eritrocitos elípticos o eliptocitos. Es


una membranopatía menos frecuente que la esferocitosis y se hereda de acuerdo a un patrón autosómico dominante.
Los defectos más habituales son anomalías en la espectrina α, la espectrina β y la proteína banda 4.1. El resultado es
que no se pueden formar tetrámeros de espectrina. Los glóbulos rojos de estos pacientes pueden seguir deformándose
para pasar por los capilares. Sin embargo, pierden la elasticidad que les confiere el citoesqueleto y no pueden
recuperar su morfología normal, transformándose en eliptocitos. Es por eso por lo que hasta el 90% de los pacientes
carecen de manifestaciones clínicas (nótese la diferencia conceptual entre la fluidez de la membrana, su

153
deformabilidad y su elasticidad). En aquellos casos en los que aparece anemia hemolítica, la esplenectomía puede ser
parcialmente eficaz. Una variante asintomática de la eliptocitosis hereditaria es la ovalocitosis del sureste asiático
(mutación polimórfica de la banda 3), que está presente hasta en el 7% de determinadas poblaciones porque confiere
resistencia al paludismo.

Fluidez y asimetría del mosaico proteico


La fluidez y la asimetría son dos propiedades de la bicapa lipídica extensibles al mosaico proteico. En primer lugar,
las proteínas de membrana presentan cierto grado de movilidad.

Algunas proteínas de membrana pueden realizar movimientos de rotación en torno a un eje mayor y difundir
lateralmente a una velocidad muy inferior a la de los lípidos, dado su mayor peso molecular. En cambio, no
experimentan movimiento flip-flop. Además, muestran una orientación asimétrica. Las proteínas integrales
monotópicas y todas las extrínsecas y las ancladas a lípidos se encuentran solo en una de las dos hemimembranas:
aquella en la que ejercen su función. Las proteínas integrales transmembrana, por su parte, están embebidas en la
bicapa, pero dispuestas asimétricamente. Esto quiere decir que, dada una proteína determinada, sus dominios se
encuentran incluidos en la membrana siempre de la misma forma y sus extremos N-terminal y C-terminal están
dirigidos siempre hacia la misma cara celular.

Sin embargo, el asunto no queda ahí, ya que, además de la asimetría observada entre las dos monocapas, el mosaico
proteico ni siquiera se distribuye de manera uniformemente fluida y aleatoria dentro de una misma hoja. En parte,
esta afirmación se relaciona con las balsas lipídicas ya comentadas, pero la existencia de las mismas no es el único
indicio de una restricción de la movilidad proteica. El desplazamiento lateral de muchas proteínas se encuentra
limitado a una o varias áreas específicas de la membrana, donde realizan su función. A estas áreas se las llama
dominios de membrana y dan lugar a la polarización celular. Ejemplos de células polarizadas hay muchos. Suelen
ser tipos celulares altamente especializados, pero tal vez los más significativos sean: 1) las células epiteliales (con sus
superficies apical, basal y lateral); 2) las neuronas (separadas en soma y axón), y 3) el espermatozoide (dividido en tres
dominios correspondientes al acrosoma, la región posterior de la cabeza y la cola). Si los distintos mecanismos
encargados de mantener semejante polarización desaparecieran, la función de estas células se vería seriamente
comprometida.

Son varios los mecanismos responsables de la restricción de la movilidad de las proteínas de membrana. Uno de los
más simples consiste en la formación de agregados de proteínas en complejos grandes que se mueven lentamente
(como los conexones en las células animales). Otro, ya explicado en la membrana del eritrocito, consiste en limitar el
desplazamiento de aquellas proteínas integrales que actúen como puntos de fijación del citoesqueleto a la membrana
(como la banda 3 y la glucoforina).

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