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Mortalidad

dichosa
Miguel Ángel Martínez Barradas / El mundo iluminado
www.elmundoiluminado.com
Un síntoma de la sociedad global es su ansia por prolongarse en el placer. No importa la gran
ciudad de la que se trate, en todas se comparten las mismas formas de gozo. Los deportes, las
producciones fílmicas o en series, los alimentos industrializados, las redes sociales, las
fotografías de uno mismo en innumerables poses, los conciertos y festivales de música, las
librerías, la moda, los automóviles, los cigarrillos, las bebidas alcohólicas, la sexualización y aún
muchas categorías más persiguen, invariablemente, al placer, pero, como este placer es el del
cuerpo su caducidad es inmediata, generando al instante la necesidad de nuevamente buscarlo. El
placer de la sociedad global es huidizo y efímero, pero, también, doloroso.
Todo cuanto se hace hoy en día busca la promoción del disfrute a través de la supresión
del dolor. La sociedad contemporánea no quiere sufrir y por eso lo políticamente correcto es tan
difundido en la vida pública, aunque en la individual se le rechace. Son pocos los que hoy en día
se atreven a exponer sus ideas y su sentir con respecto al mundo, pues el riesgo de ser condenado
a la exclusión es alto. Se ha dicho muchas veces, pero es necesario repetirlo: en esta sociedad de
libertad de expresión la censura social es cada vez mayor, siendo lo lamentable que ésta no viene
de instituciones políticas ni ideológicas, sino de otros individuos como nosotros. Pero no
perdamos la idea, decíamos que la sociedad que vemos hoy tiene miedo al dolor y por eso ha
encumbrado al placer.
Placer y dolor son los extremos de la vida. Vamos entre uno y otro sin cesar. Hay quienes
ven placer en el dolor y otros, a la inversa, encuentran en el placer, dolor. Epicuro de Samos, en
el siglo III antes de la era cristiana, fue un filósofo del placer y del dolor. Generalmente, cuando
pensamos en los filósofos griegos recordamos a Platón y a Aristóteles, sin embargo, hubieron
más escuelas filosóficas en la antigüedad, el epicureísmo es una de ellas. Los filósofos epicúreos
consideraban que la vida del ser humano no tenía garantías de perfeccionarse en una dimensión
suprema ubicada más allá de la muerte, es decir, por ser ellos atomistas no se preocupaban por la
existencia de Dios. Por esta falta de consideración de la vida ultraterrena es que preferían
centrarse en vivir cada momento con placer y sin dolor.
Dicho lo anterior, ¿podríamos entonces adelantar que nosotros, nuestra sociedad, por
buscar el placer y evitar al dolor es epicúrea? La respuesta es no. Cierto, esencialmente nos
movemos por el mundo igual que los epicúreos, pero con la diferencia, considerable, de que ellos
no sólo no creían en la existencia de Dios, o al menos la percibían como algo más allá del
entendimiento humano, sino que, además, eran sabedores de su finitud y, por tanto, realizaban
constantes ejercicios de consciencia, pues si van a vivir para el placer y alejados del dolor,
pensaban ellos, debe de ser dentro de lo prudente.
A Epicuro se le recuerda no sólo por haberse entregado a lo placentero (hedonismo), sino
por haber alejado de sí todo miedo a la muerte; una de sus máximas es así: «Cuando vivimos la
muerte está ausente; y cuando llega, nosotros ya nos hemos ido». O, también: «Límite de la
grandeza de los placeres es la eliminación de todo dolor. Donde exista placer, por el tiempo que
dure, no hay ni dolor ni pena ni la mezcla de ambos. Ningún placer es por sí mismo un mal, pero
las causas de algunos placeres acarrean muchas más molestias que placeres. Quien es consciente
de los límites de la vida sabe cuán fácil de conseguir es lo que elimina el dolor por una carencia y
lo que hace lograda una vida entera.»
Epicuro fue un filósofo público. A diferencia de Platón y de Aristóteles, él no poseyó
ninguna escuela, sino que todos los días se le encontraba dando lecciones en un parque griego
asistido por prostitutas, limosneros y bandidos, pero también por uno que otro espíritu inquieto y
de alcurnia; por su presencia constante en los parques hoy se le conoce a su no-escuela como “El
Jardín”. ¿Qué era lo que motivaba a ricos y a pobres a juntarse por breve espacio de tiempo a
escuchar las palabras del filósofo hedonista? Precisamente el hecho de que todos vivimos en el
placer y en el dolor, pero nunca en medio, pues nuestra existencia transcurre entre innumerables
banalidades que damos por necesarias, sin percatarnos de que por un placer que nos regalan son
diversos los dolores que nos siembran.
Los epicúreos tenían una palabra para referirse a la tranquilidad: ataraxia. La ataraxia es
un estado del espíritu en el que mediante el disfrute prudente de los placeres, acompañados por la
reflexión, se ha llegado al punto medio entre lo hedonista y lo doloroso. Así, el epicúreo, al no
estar preocupado por si posee un alma capaz de alcanzar la dimensión eterna, se ajusta a vivir en
el momento con placer y de acuerdo a cuatro reglas: «No temas a los dioses. No temas a la
muerte. Lo bueno es fácil de conseguir. Lo malo es fácil de soportar».
De los muchos placeres a que podemos exponernos es el de la amistad el más grande. El
amigo de Epicuro fue Meneceo a quien aleccionó sobre cómo la muerte no era un mal terrible
como todavía hoy se piensa. Si gozamos y sufrimos es porque sentimos, y dado que la muerte no
se siente no sólo basta esto para dejar de temerle, sino para, viviendo en la plenitud de la
ataraxia, eliminar el ansia de eternidad y centrarnos en nuestra mortalidad dichosa.

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