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SEMINARIO

EL FRANQUISMO EN LOS LIBROS

Fundación Pablo Iglesias-Aula de Historia Social


Universidad Complutense de Madrid

La doma de Clío.
En torno a las políticas del pasado en la España franquista

Gustavo Alares López


Universidad de Zaragoza
gusalares@gmail.com

1
La doma de Clío.
En torno a las políticas del pasado en la España franquista1

1.
Referirse al pasado como país extraño, como país extranjero -tal y como tituló David
Lowenthal su conocida obra-, ha resultado una metáfora recurrente para sintetizar el cúmulo
de incertidumbres que asolan cualquier intento de comprender el ayer. A duras penas, y desde
los parapetos del presente, los historiadores creemos poder reconstruir alguna parte de ese
inmenso collage, de ese conjunto de escombros -utilizando la metáfora benjaminiana-,
procurando dotarlo de sentido y hacerlo inteligible. Una tarea ardua no exenta de riesgos.
Durante décadas, la prepotencia de los historiadores y la creencia en la infalibilidad del
método derivó en un empirismo complaciente que vendría a ser radicalmente cuestionado -
aunque no sólo- por Hayden White y sus epígonos. La penúltima “crisis de la historia” vino
a reducir la comprensión del pasado y su narración a un mero hecho literario, restringiendo
la historiografía a una dimensión retórica, narrativa. En definitiva, la historia como artefacto
literario -“acto poético”-, capaz de ser analizado únicamente desde la lingüística. En última
instancia, la aplicación radical de los postulados posmodernistas vendrían a imposibilitar el
conocimiento histórico. Claro que la propia disciplina histórica ha generado salidas ante los
efectos paralizantes de esta conceptualización del conocimiento histórico como mera
representación literaria. A este respecto, resulta particularmente útil el gran desfuerzo
conceptual llevado a cabo desde los años ochenta por teóricos de la disciplina como Jörn
Rüsen, y que ha permitido aludir a la existencia de un “paradigma White” y un “paradigma
Rüsen” a la hora de afrontar la historia de la historiografía. Como ha señalado Miquel Á.
Marín, principal introductor en España de los enfoques derivados del “paradigma Rüsen”2:

1
El autor es integrante del proyecto HAR2016-77292-P, «Política, historiografía y derecho internacional:
intercambios internacionales y superación del pasado en los siglos XIX y XX, España, Europa y América
Latina». Ministerio de Economía, Industria y Competitividad, bajo la dirección de Ignacio Peiró Martín, y del
proyecto HAR2016-75002-P «La nación en escena: símbolos, conmemoraciones y exposiciones, entre España
y América Latina (1890-2010)», Ministerio de Economía, Industria y Competitividad, Universidad
Complutense de Madrid, bajo la dirección de Javier Moreno Luzón y Marcela García Sebastiani.
2
Por ejemplo en, MARÍN, Miguel Á., «El aleteo del lepidóptero. La reincorporación de la historiografía
española al entorno de la profesión en Europa de los años cincuenta», Gerónimo de Uztáriz, 19, 2003, pp. 119-
160, MARÍN, Miguel Á., Los historiadores españoles en el franquismo, 1948-1975: la historia local al servicio
de la patria, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2005, y con mayor amplitud en, La historiografía
española de los años cincuenta. La institucionalización de las escuelas disciplinares, 1948-1956, Facultad de
Filosofía y Letras, Universidad de Zaragoza, 2008, 2 vols. Tesis doctoral inédita. Agradezco al autor las
facilidades para su consulta.
2
«La diferencia original entre los dos paradigmas reside en que mientras Rüsen y su
grupo conciben el objeto de la historia de la historiografía como la historia científica
-wissenschaftlich- de una disciplina científica -Geschichtswissenschaft-, para White, así
como para un importante grupo de analistas historiográficos, la historia de la historiografía
debe ser imaginada como una forma de literatura, de arte, en el sentido emanado de la
tradición teórica anglosajona. Esta diferencia inicial incide en las estrategias investigadoras
hasta el punto de determinar formas diferentes de concebir las ideas históricas de
objetividad y verdad».3

Así, el enfoque de Rüsen proporciona un marco conceptual que permite analizar los
elementos estructurales (tanto académicos como profesionales) de la historiografía, pero
también a los propios protagonistas y productores de los relatos históricos. Entendida la
historia como disciplina científica, Rüsen ofrece un marco teórico que favorece una
aproximación integral al análisis de la producción de conocimiento histórico, al incluir el
estudio de los marcos sociales e institucionales, los condicionamientos políticos y los
elementos discursivos.4 Lo cierto es que este paradigma no implica que se obvie el contenido
narrativo de los relatos históricos. Bajo la fórmula de “nation is narration”, Stefan Berger -y
ya antes el propio Rüsen-, ya llamó la atención sobre esta dimensión narrativa que articula
los relatos del pasado y, particularmente, las historias nacionales.5
En última instancia, y teniendo presente las orientaciones teóricas aludidas, nuestro
objetivo sería participar de la construcción de una historia de la historiografía que alcance la
totalidad de elementos vinculados al oficio de historiador. Una historia de la historiografía
que integre el análisis biográfico de los historiadores, pero que también contemple el estudio
de las condiciones estructurales de la producción de conocimiento histórico. Es decir, los
marcos institucionales (en el amplio sentido de la palabra), junto a los condicionantes
políticos, materiales, sociales... Un anclaje teórico que, como ya hemos aludido, responde
también a las insuficiencias de los análisis meramente discursivos que tienden a obviar los

3
MARÍN, Miguel Á., Los historiadores españoles en el franquismo, 1948-1975: la historia local al servicio
de la patria, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2005, p. 26.
4
Sus reflexiones, vertidas a la más accesible lengua inglesa en RÜSEN, Jörn, History: narration, interpretation,
orientation, Berghahn, Nueva York-Oxford, 2005.
5
BERGER, Stefan, «Narrating the Nation: Historiography and Other Genres», en BERGER, Stefan, et al.
(eds.), Narrating the Nation. Representations in History, Media and the Arts, Berghahn Books, New York-
Oxford, 2008; RÜSEN, Jörn, «Historical narration: Foundation, Types, Reason», History and Theory, Vol. 24,
Núm. 4, 1987, pp. 87-97. También Homi K. Bhabha prestó tempranamente la atención sobre esta dimensión
narrativa en BHABHA, Homi K., «Introduction: narrating the nation», BHABHA, Homi K., (ed.), Nation and
narration, Routledge, London, New York, 1990, pp. 1-7 y BHABHA, Homi K., «DissemiNation: Time,
Narrative and the Margins of the Modern Nation», en BHABHA, Homi K. (ed.), Nation and narration,
Routledge, London, New York, 1990, pp. 291-322.
3
contextos políticos e institucionales vinculados a la génesis y difusión del pensamiento
histórico. De manera complementaria, esta manera de historiar la profesión debería atender
a los fenómenos de autopercepción de la profesión, en línea con las recientes investigaciones
de Herman Paul sobre los valores y “virtudes” epistemológicas y éticas vinculadas a la
construcción profesional y social de la figura del historiador.6 Y como horizonte deseable,
cabría poner en práctica lo que Sylvia Paletschek ha denominado “expanded history of
historiography”. Una estrategia de trabajo que, junto a los elementos anteriormente citados,
incluyera a su vez a los públicos y a los consumidores de pasado en sus múltiples variantes.
Un enfoque, en última instancia, más complejo, más abarcante, más inclusivo, y que
permitiría afrontar nuevas temáticas y ofrecer puntos de vista más enriquecedores.7

2.
Lo cierto es que, particularmente en el ámbito español, la historia de la historiografía
como disciplina continúa siendo un espacio de investigación difuso y que no ha alcanzado
su consolidación institucional, pero tampoco un mínimo consenso teórico y metodológico.8
Entrado el nuevo siglo, la disciplina encargada de historiar el oficio de historiador se muestra
fragmentada, inmersa en un confusionismo conceptual evidente, y en gran medida sustituida
por la proliferación de lo que Miquel À. Marín denominó «historiografía retrospectiva».9
Es decir, un modo de entender la historia del oficio de historiador en el que el análisis de las
biografías y las obras señeras de los historiadores-bajo el recurrente recurso de el autor y sus
obras-, se complementa con la caracterización de las diferentes tendencias historiográficas.
Un modelo tradicional que dio sus resultados y que sigue aplicándose, pero que no deja de

6
PAUL, Herman, «What is a scholarly persona? Ten theses on virtues, skills, and desires», History and Theory,
53, 2014, pp. 348-371. Aunque la (auto)reflexión sobre las condiciones éticas de la profesión es antigua, se
reactivaría en los años noventa del pasado siglo. A este respecto sirvan los trabajos incluídos en BÉDÁRIDA,
Françoise (ed.), The social responsibility of historians, Providence, Berghahn, 1994. Una reflexión en el ámbito
español en PEIRÓ, Ignacio, «“Ausente” no quiere decir inexistente: La responsabilidad en el pasado y en el
presente de la historiografía española», Alcores, núm. 1, 2006, pp. 9-26.
7
Algo que intentamos en ALARES, Gustavo, «Experiencias de nación»: Christopher Columbus y la
movilización emocional del pasado en la España franquista», Historia Contemporánea, 58, 2018, pp. 699-732.
8
Al respecto, MARÍN, Miquel À., «La historia de la historiografía en España: recepción y crisis de una
disciplina, 1976-2007», en ORTEGA, Teresa (coord.), Por una historia global: el debate historiográfico en los
últimos tiempos, Granada, Universidad de Granada-Prensas de la Universidad de Zaragoza, pp. 391-437 y
SOLANAS, María José, ALARES, Gustavo, «La historiografía española entre 1939 y 1975. Pluralidad,
indefinición y estrategias divergentes: Acotaciones sobre una disciplina difusa» en, VV.AA., Ayer y hoy.
Debates, historiografía y didáctica de la historia, Valencia, Asociación de Historia Contemporánea-Universitat
de Valencia, 2015, pp. 7 - 12.
9
MARÍN, Miquel À., «La historia de la historiografía en España: recepción y crisis de una disciplina, 1976-
2007», en ORTEGA, Teresa (coord.), Por una historia global: el debate historiográfico en los últimos tiempos,
Granada, Universidad de Granada-Prensas de la Universidad de Zaragoza, pp. 391-437.
4
resultar reduccionista, teleológico y que deja en los márgenes los múltiples contextos que
rodean el trabajo de los historiadores e historiadoras.
Y al mismo tiempo, la escasa reflexión teórica en la historiografía española, la
prácticamente nula recepción de los debates internacionales y el desconocimiento de
experiencias próximas, supone que en no pocas ocasiones se adopten de manera errática (y
acrítica) referentes valiosos (podríamos hablar de Bourdieu o Dosse, Judt o White), ya
superados -o cuanto menos matizados- por investigaciones posteriores. Es más, esta
desorientación teórica -mezcla de pereza intelectual y desconocimiento- ha llevado incluso
a obviar la Historia de la historiografía como campo de conocimiento y sustituirla por otras
etiquetas como “historia cultural” o “historia intelectual”, más imprecisas desde el punto de
vista conceptual, pero quizás académicamente más atractivas. La renuncia a una
subdisciplina expresamente orientada a reflexionar de manera crítica sobre el quehacer de
los historiadores y la propia construcción de su comunidad profesional no deja de constituir
un dispendio de las valiosas experiencias y reflexiones -tanto a nivel nacional como
internacional-, aportadas desde décadas atrás.
Esta situación de indefinición resulta si cabe más evidente con relación al estudio de
los historiadores y la historiografía durante el franquismo. El estudio del papel y funciones
desempeñadas por los historiadores bajo regímenes dictatoriales se inició hace años en otros
ámbitos historiográficos, particularmente el alemán o el italiano. Pero el análisis del caso
español sigue siendo todavía retardatario. 10 Lo cierto es que junto a la dificultosa
institucionalización de la Historia de la historiografía, diversos factores vinculados a la
propia construcción de la profesión en España (el peso de las redes discipulares, las
solidaridades académicas, etc.), así como el asfixiante dominio de lo políticamente correcto
han limitado sobremanera los proyectos sistemáticos de análisis de los historiadores durante

10
Sobre el debate en torno a los historiadores en las dictaduras europeas, y entre una voluminosa bibliografía,
sirva como ejemplo, LORENZ, Chris, «Encrucijadas: reflexiones acerca del papel de los historiadores
alemanes en los debates públicos recientes sobre historia nazi», en CRUZ, Manuel, BRAUER, Daniel,
(coords.): La comprensión del pasado: escritos sobre filosofía de la historia, Barcelona, Herder, 2005, pp. 335-
381. Sobre el papel de los intelectuales en la Alemania nazi, HAUSMANN, F.R., (dir.): Die Rolle der
Geisteswissenschaften mi Dritten Reich, 1933-1945, München, Oldenbourg, 2002. Y sobre los intelectuales y
las conflictivas relecturas del pasado alemán, MOSES, Dirk, German Intellectuals and the Nazi Past,
Cambridge, Cambridge University Press, 2007. Respecto a la historiografía italiana, TURI, Gabriele, Lo Stato
educatore. Politica e intellectuali nell'Italia fascista, Roma-Bari, Laterza, 2002, y di RIENZO, Eugenio, Un
dopoguerra storiografico. Storici italiani tra guerra civile e Repubblica, Firenze, Le Lettere, 2004. Sirva este
interés por la trayectoria de los intelectuales e historiadores bajo regímenes dictatoriales los trabajos
internacionales recogidos en ZUNNINO, P.G., (ed.): Univesità e Accademie negli anni del fascismo e del
nazismo, Firenze, Leo S. Olschki Editore, 2005. Respecto a la creciente bibliografía relativa a los antiguos
países del Este citamos, a modo de ejemplo, KÔLAR, Pavel, REZNIK, Miloš (eds.), Historische
Nationsforschung im geteilten Europa 1945-1989, Köln, Kölner Beiträge zur Nationsforschung 10, SH-Verlag,
2012.
5
la dictadura. 11 En este punto, la alargada sombra del franquismo tiende a complicar un
panorama que se ve atravesado por la complaciente reescritura de las biografías personales,
las indulgentes semblanzas de compañeros y discípulos y, finalmente, por la recurrente
aparición de unas filiaciones liberales que, en última instancia, nos remitirían al absurdo de
un franquismo sin franquistas.12 No deja de resultar sorprendente -además de preocupante-
que en la actualidad a aquéllos que intentamos estudiar a los historiadores franquistas se nos
mire con recelo, como si fuéramos a desenterrar los demonios de una profesión que, en
ciertos ámbitos, no ha llevado a cabo de manera satisfactoria su propio proceso de
“superación del pasado”. Una circunstancia que habla de la actual configuración de la
Universidad -con sus procesos de endogamia, sus clientelas, pero también -y sobre todo- de
una democracia que mantiene ciertos traumas sin digerir. Porque en la nuevas batallas por el
pasado, la banalización del franquismo -y también de sus intelectuales e historiadores- se
empieza a perfilar como un nuevo vector del reciente revisionismo histórico.13

3.
Es en este marco vinculado a la Historia de la historiografía donde anclamos nuestra
investigación sobre las Políticas del pasado en la España franquista. Teniendo en cuenta
estas premisas, mi investigación se articuló en torno a través de dos conceptos
interrelacionados como cultura histórica y políticas del pasado. La noción cultura histórica
fue producto de una profunda reflexión producida desde los años ochenta, fundamentalmente
en Europa. De manera sumaria, el concepto alude al conjunto de imágenes, narrativas y

11
Respecto a la historiografía franquista, PASAMAR, Gonzalo, Historiografía e ideología en la postguerra
española: La ruptura de la tradición liberal, Zaragoza, Prensas Universitarias, 1991. En torno a las actuales
censuras de campo en el análisis de la historiografía en el franquismo, Ignacio PEIRÓ: «Ausente no quiere
decir inexistente...», op. cit.. Un repaso sintético del desarrollo de la historia de los intelectuales en el
franquismo en MORENTE, Francisco, «Más allá del páramo. La historia de los intelectuales durante el
franquismo» en, FRÍAS, Carmen, LEDESMA, José Luis, RODRIGO, Javier (eds.), Reevaluaciones, Zaragoza,
Institución Fernando el Católico, 2011, pp. 41- 76.
12
Sobre los giros “liberales”, PEIRÓ, Ignacio, «Días de ayer de la historiografía española. La Guerra de la
Independencia y la «conversión liberal» de los historiadores en el franquismo», en RÚJULA, Pedro, CANAL,
Jordi, Guerra de ideas. Política y cultura en la España de la Guerra de la Independencia, Madrid, Marcial
Pons-Institución Fernando el Católico, 2011, pp. 445-479.
13
Evitando resultar prolijo, tan sólo citaremos MARTÍN PUERTA, Antonio, El franquismo y los intelectuales.
La cultura en el nacionalcatolicismo, Madrid, Encuentro, 2013, como intento -algo naïf- de redimir a los
intelectuales franquistas; la idea del tardofranquismo como favorecedor de la transición, en línea a PAYNE,
Stanley, «¿Tardofranquismo o pretransición?», Documento de Trabajo Cuadernos de la España
Contemporánea, Número 2 / Abril 2007, Madrid, Instituto de Estudios de la Democracia, Universidad CEU-
San Pablo; y CUENCA, José Manuel, Marx en España. El marxismo en la cultura española del siglo XX,
Almuzara, 2016, en cuya página 232 y refiriéndose al franquismo, el autor se congratula de cómo «en un
esfuerzo todavía no ponderado ni analizado con la suficiente latitud (…) el Estado más viejo de Occidente no
renunció a su tradición» logrando así «el propósito de hacer de la dictadura un paréntesis que no interrumpiera
la vocación civilista de una de las naciones política y culturalmente más creadoras de la historia».
6
representaciones de la historia presentes en una comunidad o sociedad y que permiten
articular la relación de los individuos con el pasado.14 Por su parte, por políticas del pasado
nos referimos al repertorio de actividades y acciones orientadas a generar una determinada
percepción del pasado, es decir, una cultura histórica determinada. Son así dos conceptos
profundamente imbricados e interrelacionados que permiten analizar los procesos,
mecanismos y estrategias que en las sociedades conforman una determinada representación
del pasado: una determinada cultura histórica.
De esta manera, uno de mis objetivos ha sido el análisis de la cultura histórica de la
España franquista. Un análisis que nos remite al propio concepto de nación y su concepción
por parte de la dictadura. Este enfoque permite enfatizar este carácter narrativo de la nación
y la importancia de las imágenes del pasado, de la imaginación histórica, en la configuración
de una determinada identidad nacional. Lo cierto es que las imágenes del pasado y los relatos
trascendentes sobre la historia nacional tuvieron una importancia vital para las diferentes
dictaduras que asolaron el siglo XX. La ruptura que para la vida nacional representó la
victoria franquista se trasladó igualmente a la representación del pasado. El franquismo vino
a inaugurar un nuevo tiempo histórico, con la consiguiente reordenación de la historia
nacional y el establecimiento de un determinado horizonte de futuro, ya fuera teñido del azul
mahón de Falange o de los ecos westfalianos del nacionalcatolicismo. Los relatos del pasado
y las imágenes trascendentes referidas a la historia resultan fundamentales en la socialización
política y en los procesos de nacionalización, sobre todo cuando se producen en un contexto
coercitivo. No obstante, esta perspectiva ha sido en gran medida desatendida en los estudios
sobre los nacionalismos, y también sobre las dictaduras.
En Políticas del pasado en la España franquista, y como principal estrategia de
investigación, me propuse analizar las principales conmemoraciones históricas impulsadas
por el régimen. 15 El análisis de las conmemoraciones históricas resultaba especialmente

14
De acuerdo con Maria Grever, el análisis de una determinada cultura histórica implicaría el estudio de «the
production and reproduction of historical knowledge and understanding as well as the social infrastructure of
the field of history (such as museums, history curricula, national holidays and other memorial observances) -
all of which provide the conditions that are necessary for people to deal with the past-››, en GREVER, Maria,
«Fear of Plurality: Historical Culture and Historiographical Canonization in Western Europe», en EPPLE,
Angelika, SCILASER, Angelika (eds.), Gendering Historiography: Beyond National Canons,Frankfurt-Nueva
York, Campus Verlag, 2009, pp. 45-62. p. 54. Una definición canónica en RÜSEN, Jörn, “Was ist
Geschichtskultur? Überlegungen zu einer Art, über Geschichte nachzudenken” en, FÜSSMANN, Klaus, et al.,
Historische Faszination. Geschichtskultur heute, Böhlau Verlag, Köln, 1994. [Existe una versión española a
cargo de Fernando Sánchez Marcos, «¿Qué es la cultura histórica?: reflexiones sobre una nueva manera de
abordar la historia», en http://www.culturahistorica.es/templates/tema.html
15
Un tema no suficientemente tratado por la historiografía. Cabe señalar diversas excepciones como PEIRÓ,
Ignacio, La Guerra de la Independencia y sus conmemoraciones (1908, 1958 y 2008), Zaragoza, Institución
Fernando el Católico, 2008 y BARRACHINA, Marie-Aline, Propagande et culture dans l’Espagne franquiste,
Grenoble, ELLUG, 1998. Aunque no se refieran expresamente a las conmemoraciones históricas señalaremos
7
atractivo por varias cuestiones. Primero porque como instrumentos especialmente relevantes
dentro del conjunto de políticas del pasado, las conmemoraciones históricas condensan de
manera espectacular las narrativas sobre la historia. Y lo hacen explicitando tanto el
contenido literario (véase narrativo) inherente a las representaciones -esa ubicua
imaginación histórica-, como la interacción entre las instituciones políticas y los
historiadores. Desde esta perspectiva, contemplo las conmemoraciones como espacios
dinámicos y flexibles, como lugares de intersección entre la historia y la política; entre los
espacios corporativos (y semi-privados) de la Historia y los públicos; entre los ejercicios
eruditos y la propaganda y, finalmente, entre ese pasado inerme y sus gestores en el presente.
Un ecosistema transitorio dado el carácter efímero de las conmemoraciones, en el que
coinciden -para competir o para colaborar- innumerables agentes y agendas, y durante el que
se verificaron procesos tanto de negociación como de imposición del pasado.
En segundo lugar, las conmemoraciones albergan un carácter performativo capaz de
canonizar determinados hechos particulares y dotarlos de un carácter cuasi sagrado16. La
conmemoración se convierte así en un instrumento de naturalización de una determinada
cultura histórica, con todo el conjunto de valores asociados a ella.
En tercer lugar, las conmemoraciones históricas implican una importante
movilización de recursos culturales y materiales, y evidencian las sinergias establecidas entre
los poderes políticos del estado y la corporación profesional de los historiadores. En un
contexto dictatorial y coercitivo, los historiadores franquistas -como productores oficiales
de pasado- tuvieron un papel esencial. Es este sentido resulta oportuna la reflexión sobre la
responsabilidad de los historiadores durante el franquismo, las relaciones entre el mundo
académico y el político, y la incidencia de los contextos institucionales (académicos,
políticos) en la práctica historiográfica. A este respecto, resulta apropiado señalar cómo de
manera paralela a las demostraciones públicas, las conmemoraciones trajeron asociadas la
celebración de diversos congresos históricos y un importante despliegue editorial: en
definitiva, unos ingentes recursos puestos en disposición de la comunidad de historiadores.
Junto a su dimensión estrictamente historiográfica, los congresos se revelaron como espacios
de sociabilidad, evidenciando las diferentes concepciones del oficio, las filiaciones
intelectuales, así como las tensiones y acuerdos entre los profesionales de la historia. Pero a

los trabajos de VALVERDE, Beatriz, El orgullo de la nación: la creación de la identidad nacional en las
conmemoraciones culturales españolas (1875-1905), Madrid, CSIC, 2015 y CAMPOS, Lara, Celebrar la
nación. Conmemoraciones oficiales y festejos durante la Segunda República, Madrid, Marcial Pons, 2016.
16
BURKE, Peter, «Co-memorations. Performing the past», en TILMANS, Karin, VREE, Frank Van, WINTER,
Jay (eds.), Performing the Past. Memory, History, and Identity in Modern Europe, Amsterdam University Press,
2010, p. 105- 118.
8
su vez, y en un contexto dictatorial, los congresos históricos funcionaron como instrumentos
de disciplinamiento de la profesión, estableciendo jerarquías personales, pero también
conceptuales y temáticas.
Por último, las representaciones del pasado convocadas al calor de las
conmemoraciones permiten analizar los discursos historiográficos, las claves interpretativas
explicitadas por los historiadores, aunque no sólo por los historiadores. Unas narrativas sobre
el pasado que en gran medida se refirieron a la historia nacional. El análisis de las narrativas
históricas permite ahondar en el estudio de los procesos de nacionalización bajo el
franquismo. En este sentido, el análisis de las conmemoraciones históricas del franquismo
ha permitido evidenciar la importancia de los espacios locales y regionales -tanto desde un
punto de vista simbólico como estructural-, en la configuración de la cultura histórica del
régimen. Lo que hemos situado bajo la categoría regionalismo franquista -y que como
argumento secundario atraviesa toda la obra- pretende ofrecer nuevas pautas en el estudio
de la articulación de los nacionalismos franquistas, pero también incidir en el carácter capilar
de una dictadura que, lejos de resumirse en el dictado absoluto del Caudillo, se consolidó en
torno a una compleja trama de intereses de índole político y pragmático que encontró fuertes
raíces en los espacios locales y regionales.

4.
Políticas del pasado en la España franquista se articuló en torno al análisis de las
principales conmemoraciones históricas organizadas por el régimen. Es cierto que el carácter
historicista del franquismo se expresó en una casi inabarcable multitud de celebraciones del
pasado nacional: desde los fastos en honor a Hernán Cortés (1948) y el Gran Capitán (1953),
las fiestas cidianas de Burgos desde 1955 o los homenajes al tambor del Bruch. Del mismo
modo, el franquismo celebró diversas figuras intelectuales como Miguel de Cervantes (1947),
Francisco Goya (1946), Jaime Balmes (1948) o Marcelino Menéndez Pelayo (1956), y se
prodigó en la conmemoración de sucesos históricos de claro contenido patriótico como la
reconquista de Valencia por Jaime I (1943), la “liberación” de Sevilla por Fernando III
(1948), el VII Centenario de la fundación de la Marina Castellana (1948), el IV Centenario
del matrimonio de los Reyes Católicos (1969), o la batalla de Lepanto (1971).
No obstante, junto a esta serie de conmemoraciones -algunas de ellas de marcado
carácter local-, nuestra investigación se centró en el análisis de las más relevantes tanto por
su significación en la interpretación del pasado nacional, como por su volumen. En este

9
sentido analizamos el Milenario de Castilla (1943), las conmemoraciones en torno al
nacimiento de los Reyes Católicos (1951/1952), la celebración del V Centenario de la muerte
del Emperador Carlos V (1958), los fastos organizados para celebrar el CL Aniversario de
la Guerra de la Independencia (1958) y, finalmente y a modo de epílogo, la conmemoración
de los XXV Años de Paz (1964) y la emergencia de la historia contemporánea como
disciplina. Todas estas conmemoraciones implicaron una notable inflación de discursos
históricos y una movilización de recursos sin precedentes destinada a socializar una
determinada cultura histórica en la sociedad española. Pero junto a una evidente repercusión
interna, las conmemoraciones tuvieron también un destacado componente internacional. En
primer lugar, algunas de estas conmemoraciones -y los congresos históricos asociados-
fueron elementos en la internacionalización de la historiografía española, aunque esta
internacionalización fuera limitada y condicionada por el habitus del historiador franquista.
En segundo lugar, conmemoraciones como las de 1958 en torno a Carlos V supusieron un
primer intento de celebración de una identidad europea común, aunque fuera profundamente
mediatizada por el contexto de la Guerra Fría.

La Castilla milenaria de 1943


En medio del insoportable ruido de la Victoria, el franquismo se aprestó en 1943 a
conmemorar los supuestos mil años del nacimiento de Castilla. Celebrado en Burgos bajo la
indiscutible influencia de la Vicesecretaría de Educación Popular, el Milenario de Castilla
acogió una espectacular puesta en escena de los contenidos y retóricas del nacionalismo
falangista. Los modestos actos propuestos inicialmente por las autoridades locales se
transformaron en un fastuoso espectáculo histórico alimentado por la tecnología
escenográfica del fascismo español, ante el que se congregaron las principales autoridades
del Estado -con el dictador a la cabeza-, y casi diez mil espectadores. El espectáculo ofreció
una fidedigna representación del nacionalismo falangista y su concepto del pasado nacional
y de la propia historia. Al mismo tiempo, el Milenario de Castilla entroncó con el lenguaje
y las estéticas compartidas por un fenómeno de carácter transnacional como fueron los
fascismos europeos.

La celebración de la unidad: la conmemoración del nacimiento de los


Reyes Católico (1951-1952)

Impulsadas en gran medida por la élite nacionalcatólica vinculada al Ministerio de


Educación Nacional, las conmemoraciones del V Centenario del nacimiento de los Reyes
10
Católicos -celebradas entre 1951 y 1952-, retomaron un carácter más tradicional frente a la
exuberancia escenográfica de la cultura conmemorativa fascista. En cualquier caso, el
régimen se aprestó a conmemorar uno de los momentos históricos que de manera recurrente
había disfrutado de un lugar preferente en la narrativa nacional española, y particularmente
en la cultura histórica del franquismo.
El estudio de la conmemoración de los Reyes Católicos permitió a su vez combinar
distintos niveles de análisis y atender a los espacios subnacionales como productores de
discursos histórico-nacionales. En este sentido, llevamos a cabo el análisis de las políticas
del pasado desplegadas desde Zaragoza por la Institución Fernando el Católico, una
importante institución cultural que, entre otras importantes actividades, se implicó desde
1943 en la reivindicación de la figura del rey Fernando el Católico como medio de significar
la importancia histórica de Aragón en la forja de la nación española. El catálogo de
actividades de la Institución fue ambicioso y heterogéneo: rehabilitaciones arquitectónicas,
encuentros académicos -como el V Congreso de Historia de la Corona de Aragón en 1952-,
campañas de prensa, premios y becas, junto a una pléyade de eventos destinados a socializar
una concreta representación de Fernando el Católico y de la propia región aragonesa. Esta
capacidad autónoma de recrear el pasado regional -en íntima relación con el pasado de la
nación-, permite ahondar en la definición del concepto franquismo regionalizado, en alusión
a las formas en las que la dictadura se expresó en los espacios de las regiones.
Junto a estas interesantes iniciativas locales, el grueso de las celebraciones estuvieron
capitaneadas por el Ministerio de Educación Nacional. Tal y como hemos evidenciado, el
protagonismo de las celebraciones descansó sobre la élite intelectual nacional-católica,
aquéllos «hombres de Arbor» (los Florentino Pérez Embid, Rodríguez Casado, etc...)
encaramados a numerosos puestos de responsabilidad política y cultural en el seno del
régimen. Pero pese a esta hegemonía, las conmemoraciones se convirtieron también en
espacios para la negociación -o imposición- del pasado nacional, y para la concurrencia de
variadas agendas conmemorativas, no siempre coincidentes.
Entre los numerosos actos destacaron varias iniciativas de corte más académico. En
primer lugar, resulta necesario aludir a un proyecto de historia oficial de gran envergadura
como la Historia del Reinado de los Reyes Católicos. Un proyecto finalmente fracasado, y
que había pasado completamente desapercibida para la historiografía contemporánea. Esta
iniciativa oficial que vinculó a prominentes historiadores como Florentino Pérez Embid,
Antonio de la Torre, Jaume Vicens Vives, Antonio Rumeu de Armas, o Juan de Mata
Carriazo, entre otros, pretendió ofrecer una interpretación definitiva (y nacional-católica) de

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la España de finales del siglo XV. La génesis y fortuna de este ambicioso proyecto nos ha
permitido trazar los límites de la historiografía oficial y la distorsión de los contextos
conmemorativos en la práctica historiográfica. El otro gran evento académico que acompañó
a las conmemoraciones de 1952 fue la organización del V Congreso de la Corona de Aragón,
dedicado como no podía ser de otra manera a la figura de Fernando el Católico. El análisis
del congreso -que supuso la recuperación de una tradición congresual en peligro de
extinción-, evidenció las redes internacionales de la historiografía española y su progresiva
reincorporación al entorno europeo, pero también los límites de los procesos de
internacionalización y el peso de la coyuntura conmemorativa en la práctica de los
historiadores.

Bajo la sombra del emperador


En 1958, seis años después las conmemoraciones en torno a Isabel y Fernando, el
régimen impulsó la celebración del IV Centenario de la muerte del emperador Carlos V.
Como pórtico de entrada resulta ineludible referirse a esa ingente literatura de posguerra que
destilaba «ansias de imperio» y que, teniendo la figura del emperador Carlos como uno de
sus principales protagonistas, saturó la década de los cuarenta. Pero en el contexto de 1958
las imágenes del emperador y las interpretaciones del Imperio carolino habían mutado de
manera significativa.
Junto a numerosos actos de variada naturaleza, las conmemoraciones destacaron por
la celebración de diversas citas congresuales como el III Congreso de Cooperación
Intelectual y el Homenaje a Carlos V dispensado por la Universidad de Granada. El III
Congreso de Cooperación Intelectual fue organizado por el Instituto de Cultura Hispánica,
congregando a un gran número de historiadores extranjeros. A medio camino de la
diplomacia cultural y los ejercicios eruditos, el Congreso evidenció cómo en esa Europa
fracturada y amenazada por el irreconciliable enemigo soviético, la nostalgia por el Imperio
de Carlos V funcionó como una utopía retrospectiva, como elemento vehicular de un espíritu
europeísta enraizado en una concepción cristiana de Occidente que reservaba para España
una función tutelar. Una interpretación que, como reserva espiritual y católica, reivindicaba
para España un papel relevante en el concierto de democracias occidentales.
En cualquier caso, las conmemoraciones del Emperador albergaron una profunda
dimensión europea. De hecho, las celebraciones internacionales de 1958 bien pudieron
representar un primer intento -titubeante y parcial- de celebración europea. Especialmente
comprometida con el legado del Emperador fue Bélgica que, como «le plus illustre de ses

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fils», inauguró el ciclo conmemorativo carolino. Junto a exposiciones y actos académicos,
Bruselas acogió en 1958 la fastuosa celebración del Ommegang, que propuso una mirada
colectiva al pasado de una nación que encontraba en el esplendor del siglo XVI alguna de
las raíces de su compleja identidad. Del mismo modo, la comunidad historiográfica europea
también se congregó con ocasión del centenario del Emperador organizando diversas citas
académicas como el congreso Charles-Quint et son temps organizado en París y el coloquio
Karl V: Der Kaiser un seine Zeit celebrado en Colonia, que congregaron a lo más granado
del modernismo europeo y reflejaron los desiguales desarrollos historiográficos de franceses,
alemanes y españoles.

Héroes y mártires de la Guerra de la Independencia (1958)


De manera paralela a la celebración de los fastos internacionales en torno al nieto de
los Reyes Católicos, los años 1958 y 1959 asistieron a la más doméstica conmemoración del
CL Aniversario de la Guerra de la Independencia. Una conmemoración que tuvo un
desarrollo eminentemente periférico sustanciado en las celebraciones de Zaragoza y Gerona.
Desde el ensimismamiento de los mundos de provincias, las conmemoraciones de Gerona y
Zaragoza representaron la confluencia de las pequeñas Españas fundidas en el relato mítico
de la guerra de la Independencia. Una guerra contra el francés convenientemente
despolitizada, interpretada como lucha patriótica -en unidad de pueblo y ejército- contra el
enemigo francés, revolucionario y ateo. Junto a esta instrumentalización del pasado -que
encontraba forzados paralelismos con la reciente guerra civil- el carácter periférico de las
celebraciones permite nuevamente aludir a esa capacidad de los espacios locales a la hora
de generar identidades históricas y socializarlas, a ese regionalismo franquista que conformó
una parte destacada de los imaginarios históricos durante la dictadura.

Crisis y emergencia de la Historia Contemporánea


La década de los sesenta trajo aparejada una progresiva de-historización del discurso
nacional franquista, evidenciando la crisis del modelo conmemorativo del régimen. El
pasado reciente -fundamentalmente la guerra civil y la dictadura-, ocuparon el centro de los
debates de la historia. Y en este desplazamiento se sitúa la celebración en 1964 de los XXV
Años de Paz, conmemoración autista en la que el régimen procuró conmemorarse así mismo
a través de un dispositivo conmemorativo de carácter tecnocrático e inspirado en la estética
desplegada en las grandes ferias internacionales. Las celebraciones de los XXV Años de Paz
se planificaron como un instrumento para seducir voluntades y, ante los primeros síntomas

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evidentes de desafección, aglutinar a la sociedad española bajo el consenso de las supuestas
bondades de la «España de la Paz».
Al mismo tiempo, la irrupción de la historia reciente -que apelaba directamente a la
II República, a la guerra civil y al propio franquismo- se tradujo en ciertas implicaciones
para la historiografía oficial. En este sentido, la emergencia en los años sesenta del
denominado «hispanismo de sustitución» influyó en el cuestionamiento de algunos de los
mitos fundacionales del franquismo. Esta progresiva ruptura del monopolio historiográfico
del régimen acarreó diversas consecuencias como la creación del Gabinete de Estudios de
Historia -con Ricardo de la Cierva a la cabeza-, y las actividades de la cátedra de Historia
Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid regida por Vicente Palacio Atard.
Lo cierto es que el interés de la historiografía oficial por el pasado reciente no dejó de
constituir una atropellada reacción ante la progresiva pérdida del monopolio en la
interpretación del pasado nacional. Una circunstancia que resultó ser síntoma de una
dolencia más preocupante: la obsolescencia de un régimen en progresiva descomposición.

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