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Nelly Richard

Colección Archivo Feminista

Feminismo, género
y diferencia(s)

Palinodia
Registro de Propiedad Intelectual Nº 169.038
ISBN: 978-956-8438-17-3

Primera edición 2014


© Nelly Richard
© Editorial Palinodia

Diseño editorial
cgm+elissetche | estudio

Segunda Edición
Santiago de Chile, marzo 2018
Índice

Presentación 07

¿Tiene sexo la escritura? 09

Experiencia, teoría y representación 27


en lo femenino-latinoamericano

Los desafíos crítico-políticos 41


del feminismo deconstructivo

El repliegue del feminismo en los años 57


de la transición y el escenario Bachelet

Arte, fugas de identidad 75


y disidencias de códigos

Índice de nombres 93

Bibliografía 105
Presentación

La palabra “feminismo” mezcla distintos planos de referen-


cia, acción y pensamiento. La palabra “feminismo” alude, primero,
a la práctica histórica de los movimientos de mujeres: a la fuerza
contestataria y reivindicativa de luchas sociales destinadas a corregir
los efectos de la discriminación sexual tanto en las estructuras públi-
cas como en los mundos privados. Además, la palabra “feminismo”
evoca la teoría que elaboraron las mujeres, desde la perspectiva de
una conciencia de género, para revisar las bases epistemológicas del
conocimiento y cuestionar el falso supuesto de la imparcialidad
del saber que encubre arbitrariedades, prejuicios y exclusiones tras
la máscara filosófica de lo neutro. También, la palabra “feminismo”
designa el trabajo crítico de desmontar los artefactos culturales y las
tecnologías de la representación, para construir significados alterna-
tivos a las definiciones hegemónicas que fabrican las imágenes y los
imaginarios sociales.
Los cinco textos reunidos en este libro se mueven entre el
feminismo como vector de acción política desplegado en lo social
(la fuerza de los movimientos de mujeres bajo dictadura y el re-
pliegue feminista durante la transición; el escenario Bachelet), el
feminismo como fuerza de intervención teórica que cuestiona la
organización simbólica del pensamiento dominante (los debates en
torno a la identidad y la diferencia activados por el postestructu-
ralismo y las filosofías de la deconstrucción) y el feminismo como

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potencia estética de descalce y alteración de las codificaciones socia-
les (el estallido de los signos del arte y de la literatura que perforan
la comunicación seriada).
Estos textos consideran que el feminismo hace bien en sos-
pechar de las clausuras monológicas que amarran los términos “mu-
jer”, “género”, “identidad”, “diferencia”, a un sentido finalizado y
totalizado, en base a los supuestos metafísicos del naturalismo se-
xual. Pero al mismo tiempo, y pese a la desestabilización crítica del
“yo” y del “nosotras”, que hoy dejaron de ser los referentes absolutos
de identidades homogéneas, estos textos plantean que el feminis-
mo debe seguir impulsando nuevas formas de subjetividad política
capaces de intervenir en las múltiples luchas de poderes que se dan
entre cuerpos, prácticas e instituciones.
La fuerza renovadora del feminismo como uno de los ins-
trumentos más poderosos de la crítica contemporánea surge de esta
tensión –nunca resuelta– entre, por un lado, la necesidad política de
configurar identidades prácticas (relacionales y situacionales) para
combatir las formas de subordinación y marginalización sociales
que agencia la desigualdad de género, y por otro, el juego plural de
las diferencias que se vale de lo ambiguo para fisurar internamente
las oposiciones binarias (por ejemplo, la oposición masculino/feme-
nino) y descentrar las pertenencias de identidad fijas y lineales. Ni lo
“femenino” ni lo “feminista” son concebidos aquí como contenidos
predeterminados, sino como estrategias de enunciación y puntos de
vista que usan la diferencia genérico-sexual para deconstruir valores
y reconstruir significados en torno a las constelaciones fluctuantes
de la identidad, la diferencia y la alteridad.

Nelly Richard

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¿Tiene sexo la escritura?*

En Agosto de 1987, un grupo de mujeres escritoras y de


críticas chilenas autogestionó la realización de un evento (el pri-
mer “Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoameri-
cana”1) que se convirtió en “el evento literario más importante bajo
dicta-dura”2, por su desbordada convocatoria pública y su capacidad
de suscitar un espacio inédito de preguntas en torno a “mujer” y
“escritura”. Sin ningún anclaje institucional, sin el resguardo aca-
démico de saberes legitimados, este Congreso se lanzó –audazmen-
te– a la reconquista de una palabra infractora que había sido do-
blemente confiscada tanto por la autoridad literaria de la tradición
oficial como por el enmarque represivo de la dictadura. El primer
“Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana”
funcionó como un conjunto de intensidades que, aunque todavía in-
seguro respecto de las energías que iba a disparar en el futuro y las

*
Este texto es una versión revisada del capítulo que lleva el mismo título en:
Nelly Richard, Masculino / femenino: prácticas de la diferencia y cultural democrática,
Santiago de Chile, Francisco Zegers, 1993.
1
Este congreso fue co-organizado por Carmen Berenguer (Chile), Diamela Eltit
(Chile), Lucía Guerra (Estados Unidos), Elinana Ortega (Estados Unidos) y Nelly
Richard (Chile). Las intervenciones presentadas en este Congreso fueron reunidas en
la publicación Escribir en los bordes, editoras: Carmen Berenguer y otras, Santiago de
Chile, Cuarto Propio, 1989.
2
Así lo califica Eugenia Brito en su Introducción a Escribir en los bordes, p. 7.

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máquinas de transformación cultural con las que esas energías irían
a conectarse, se arriesgó sin embargo a pensar desde el margen de la
diferencia sexual como una zona de desafío y cuestionamiento a las
hegemonías discursivas.
Las preguntas lanzadas por el Congreso se contextualizaron
bajo una doble marca de enunciación: la de la violencia y la cen-
sura políticas del Chile de la dictadura en cuyo dislocado paisaje se
realizó el evento; la de la marginalidad periférica de la escritura lati-
noamericana frente al discurso académico metropolitano. Si bien la
primera de estas dos marcas se vio luego transformada por la reaper-
tura democrática, la segunda de ellas sigue enfrentando la crítica
local a la necesidad de reajustar el saber importado de la teoría femi-
nista internacional en función de lo que provocan y demandan en
Chile la poética y la narrativa emergentes.
Uno de los primeros saldos favorables que nos dejó el
Congreso parece ser una toma de conciencia más extensivamente
compartida entre las escritoras chilenas de cuáles son las precariedades
y las ambigüedades de inscripción que afectan a la literatura de mu-
jeres cautiva de la institucionalidad literaria y del mercado editorial.
Gracias a la reflexión del Congreso, saltó a la vista cómo la tradición
canónica de la literatura nacional tiende a omitir la producción de
las mujeres o bien trata de recuperarla de su marginación bajo el
subterfugio paternalista del falso reconocimiento de lo “femenino”.
Y también cómo el mercado promueve insidiosamente la literatu-
ra de mujeres en tanto simulacro de una “diferencia” (de gusto y
sensibilidad) cuyo género entra a ser parte de la feria del consumo
que multiplica banalmente la “diferenciación” de sus productos.
Si bien se ha producido una mayor difusión sociocultural del tema
de la literatura de mujeres en los años posteriores al “Congreso Inter-
nacional de Literatura Femenina Latinoamericana” en Chile, queda
pendiente averiguar si la articulación feminista en torno a la relación
mujer/cultura que se había propuesto desplegar el Congreso ha te-
nido la real capacidad de alterar las suposiciones y las disposiciones
de lectura de la crítica literaria establecida y, además, de llevar las
articulaciones del signo “mujer” a hacerse parte –instigadoramente–

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del debate cultural sobre la redemocratización cultural en los años
de la Transición3.
Me propongo aquí retomar el hilo de algunas interrogantes
lanzadas en el Congreso en torno a la especificidad y la diferencia
de lo “femenino”4, como una ocasión para revisar y comentar algu-
nos planteamientos de la crítica literaria feminista en torno a sexo,
género y escritura.

Literatura de mujeres y escritura femenina: ¿cómo textualizar la


diferencia genérico‑sexual?

Es ya materia de relativo acuerdo decir que “en los últimos


diez años en Chile las mujeres han producido una notable cantidad
y calidad de textos literarios”5. Se cita como prueba de ello un signi-
ficativo conjunto de narradoras (Diamela Eltit, Mercedes Valdivieso,
Ana María del Río, Pía Barros, Guadalupe Santa Cruz, Sonia

3
Remito al texto de R. Olea que, lúcidamente, analiza la problemática de la inscrip-
ción de la crítica literaria feminista en el espacio cultural chileno: Raquel Olea, “Más
sobre mujer y escritura”, Suplemento Literatura y Libros núm. 152 (Marzo 1991) del
diario La Época.
A propósito de literatura de mujeres, crítica literaria y discurso feminista, corresponde
subrayar la inusual cabida que Mariano Aguirre, editor del Suplemento Libros del
diario La Época, le dio a la reflexión sobre cultura y género en las páginas del Suple-
mento. No sólo tal coyuntura no se ha vuelto a repetir sino que la crítica feminista ha
ido perdiendo cada vez más terreno público.
4
El espacio de la crítica literaria feminista (un espacio que comparten Raquel Olea,
Eugenia Brito, Kemy Oyarzún, Soledad Bianchi, Eliana Ortega y otras) se fue arman-
do, en Chile, sobre la base de algunos grupos de trabajo y reflexión, entre los cuales
corresponde mencionar el Taller de literatura y crítica feminista dirigido por Mercedes
Valdivieso en Noviembre de 1983 en el Circulo de Estudios de la Mujer; el taller que
se desarrolló simultáneamente a la preparación del Congreso de Literatura Femenina
Latinoamericana (1987) en la SECH; el taller Lecturas de Mujeres de la Casa de la
Mujer La Morada que convocó al “Encuentro con Gabriela Mistral” (Santiago de
Chile‑Arcos‑1989); al curso dictado por Kemy Oyarzún sobre “Teoría Literaria Femi-
nista Latinoamericana” en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad
de Chile (Enero 1992).
5
Raquel Olea, op. cit.

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Montecino, etc.) y de poetas (Carmen Berenguer, Soledad Fariña.
Eugenia Brito, Teresa Adriasola, Malú Urriola, Nadia Prado, Marina
Arrate, etc.), cuya lista testimonia de cómo las mujeres protagonizan
una toma colectiva de la palabra literaria.
A diferencia de lo transcurrido hasta ahora en la tradición
literaria nacional, “recién en los años 80 la mujer escritora chilena
trasciende su aislamiento individual. Pareciera que por primera vez
puede hablarse de escritura de mujeres, así, en plural”6. Y sin duda
que el Congreso de Literatura Femenina de 1987 le dio visibili-
dad pública al tramado poético y literario de una constelación de
voces signadas por la misma pertenencia de género de sus autoras.
Pero ¿es lo mismo hablar de “literatura de mujeres” que de “escritura
femenina”? ¿Basta suponer que la escritura femenina es, por defini-
ción, una escritura de la diferencia o bien debemos analizar cómo
“lo femenino” reconjuga sus marcas de diferenciación simbólico-
sexual en la materialidad escritural de una poética de la transgresión?
La “literatura de mujeres” designa un conjunto de obras lite-
rarias cuya firma tiene una valencia sexuada, aunque las autoras de es-
tas obras no se hagan necesariamente cargo de la pregunta –interna a
la obra– de cómo textualizar la diferencia genérico‑sexual. La catego-
ría “literatura de mujeres” delimita su corpus en base al previo recorte
de la identificación sexual de las autoras, y aísla este corpus para que la
crítica feminista aplique un sistema relativamente autónomo de refe-
rencias y valores que le confiera unidad de género a la suma empírica de
las obras que agrupa. Es decir, que la “literatura de mujeres” arma el
corpus sociocultural que contiene y sostiene, empíricamente, el valor
analítico de la pregunta que debe hacerse la crítica literaria feminista
en torno a las caracterizaciones de género de la “escritura femenina”.
Algunas críticas literarias feministas buscan responder esta
pregunta rastreando las caracterizaciones de la mujer a nivel expresi‑
vo (buscando un “estilo” de lo femenino), o bien a nivel temático (va-
lorando un argumento literario centrado en “imágenes de la mujer”

6
Soledad Bianchi, “Lectura de mujeres”, Ver desde la mujer, Olga Grau: editora,
Santiago, La Morada/Cuarto Propio, 1992, p. 126.

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que, por lo general, sugieren una identificación compartida entre
el personaje femenino y la narradora mujer7). Esa crítica literaria
que pretende descubrir las caracterizaciones expresivas y temáticas
de lo “femenino” en una prolongación lineal del “ser mujer” de la
autora, suele basarse en una concepción representacional de la lite-
ratura según la cual el texto es llamado a expresar realistamente el
contenido experiencial de las situaciones de vida que retratarían la
“autenticidad” de la condición‑mujer o bien, en clave más directa-
mente feminista, el valor positivo (afirmativo y reivindicativo) de la
toma de conciencia anti-patriarcal de su identificación de género8.
Me parece que ese tipo de crítica feminista, al desatender la
materialidad sígnica del complejo escritural y la energía significan-
te que despliega y reformula la maquinaria textual, se topa con se-
rios problemas y limitaciones teóricas: por una parte, su concepción
naturalista del texto –el texto concebido como simple vehículo ex-
presivo de contenidos vivenciales– defiende un tratamiento realista
de la literatura de mujeres que se ve desafiado por aquellas otras obras
donde la escritura protagoniza un trabajo de desestructuración-rees-
tructuración de los códigos narrativos que violenta la estabilidad del
universo referencial y que, por lo mismo, desfigura todo supuesto de
verosimilitud de los mecanismos literarios de personificación e iden-
tificación femeninas. Por otra parte, el tratamiento contenidista de
lo “femenino” como una categoría que debería expresar el referente
pleno de una identidad‑esencia supone que la relación entre “las mu-
jeres que escriben” y “escribir como mujer” es lineal y homogénea,

7
Es lo que ocurre cuando “existe un constante intento de transgredir los límites que
separan al personaje de su creadora (...) La voz tanto narrativa como la del perso-
naje se hace una y pretende asumir la palabra femenina en términos génericos (...).
La narradora no sólo inventa, también se involucra emocionalmente con su persona-
je”. Marcela Sabaj, “Texto, cuerpo, mujer (a propósito de “El tono menor del deseo”
de Pía Barros)” en el Suplemento Literatura y Libros núm. 189 (Noviembre 1991) del
diario La Época.
8
“El relato se hace cuerpo de mujer, se erotiza, se autodestruye en el abandono, se
hace fuerte en la libertad, se somete junto a la mujer en la condena de una sociedad
machista. Cada palabra intenta ir construyendo la imagen de una mujer autosufi-
ciente”. Ibid.

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sin tomar en consideración el modo en que identidad y representación
se hacen y se deshacen incesantemente en el transcurso del texto bajo
las presiones alteradoras del dispositivo de remodelación linguísti-
co‑simbólico de la escritura. Ambas dimensiones –la escritura como
productividad textual y la identidad como juego de representacio-
nes– son las que sí incorpora la nueva teoría literaria feminista, para
construir y deconstruir los signos de lo “femenino” que, lejos de na-
turalizarse como una referencia invariable, cambian de máscaras en
el interior del texto.
Si descartamos el análisis temático de las “imágenes de la
mujer” como único método para explicitar las supuestas correlacio-
nes de identidad entre la adscripción sexual de género (ser mujer)
y su representación literaria (lo femenino), deben replantearse las
siguientes preguntas: “¿Qué hace de una escritura una escritura fe-
menina? ¿Es posible que una escritura sea femenina? ¿Es la escritura
femenina una categorización válida? ¿Qué escritura femenina mere-
ce nuestra atención como tal escritura femenina? ¿Tenemos expecta-
tivas diferentes cuando leemos la escritura poética de una mujer?”9.
Frente a las preguntas de si hay alguna distinción –sexual-
mente postulable y literariamente verificable– entre texto femenino
y texto masculino, y al presentir la amenaza de verse rebajadas del
rango de lo general (lo masculino‑universal) al rango de lo particular
(lo femenino-concreto), muchas escritoras mujeres prefieren contes-
tar que sólo hay buena o mala literatura, o bien que el lenguaje no
tiene sexo. Partamos diciendo, retomando una cita de Jean-François
Lyotard, que “esta neutralización de la cuestión es ella misma muy
sospechosa” ya que “al igual que cuando alguien dice que no hace
política, que no es ni de derecha ni de izquierda: todo el mundo
sabe que es de derecha”10, afirmar que la escritura es in/diferente a la

9
Recojo estas preguntas de una reseña de Marta Contreras sobre “Este lujo de ser” de
Marina Arrate, publicada en Revista Lar núm. 11, Edición especial: Mujer y escritu-
ra, Concepción, Agosto 1987.
10
Es mía la traducción de esta cita de Jean-François Lyotard, sacada del capítulo
“Féminité dans la métalangue”, Rudiments paíens, Paris, Union Générale d´Editions,
1977, pp. 213-214.

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diferencia genérico‑sexual equivale a complicitarse con las maniobras
de generalización del poder establecido que consisten, precisamente,
en llevar la masculinidad hegemónica a valerse de lo neutro, de lo
im/personal, para ocultar sus exclusiones de género tras la metafísica
de lo humano-universal. Lo supuestamente neutro de la lengua, su
aparente indiferencia a las diferencias sexuales, camufla de hecho
el operativo que universalizó a la fuerza las marcas de lo masculino
para convertir así a la masculinidad en el representante absoluto del
género humano. La teoría feminista ha demostrado la arbitrarie-
dad filosófica de este operativo de fuerza ejecutado en nombre de
lo masculino-universal, al dejar muy en claro que la lengua no es
el vehículo neutral y trascendente que dice el idealismo metafísico,
sino un soporte modelado por diversos procesos de hegemonización
y contra-hegemonización simbólico-culturales. Una vez demostrada
la falsa universalidad del canon de la literatura, una primera crítica
literaria feminista se propuso: 1) evidenciar los abusos de la auto-
ridad simbólico-institucional que obligan a las escritoras mujeres a
dejarse regir por catalogaciones masculinas; 2) estimular modelos
afirmativos y valorativos del “ser mujer” como experiencia “propia”
del género; 3) crear un sistema de referencias autónomamente
femenino, para que las obras de las mujeres no sean leídas distorsio-
nadamente en el código ajeno -enajenante- de una cultura impuesta
desde fuera. Pero esta primera crítica feminista que buscaba fijar
un sistema de propiedad-identidad de lo femenino, parece suponer
que la cultura de las mujeres es una cultura independiente que se
trama en una dimensión paralela y alternativa a la cultura de los
hombres. Esta visión autorreferencial de la construcción femenina la
priva de una comunicación plural y dialógica con las múltiples redes
de la cultura en las que se inscriben los signos “hombre” y “mujer”,
y confina por lo tanto lo femenino al reducto separatista de una
identidad completamente aparte. Lo masculino y lo femenino son
fuerzas relacionales que interactúan entre sí como partes de un mis-
mo sistema de identidad y poder que las conjuga tensionalmente.
Si bien debemos cuestionar las asimetrías del poder simbólico que
confisca las señas de lo humano a favor de una masculinización de

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la cultura, no tenemos por qué pensar que la cultura de las mujeres
obedece a la única clave –monosexuada– de lo femenino. La escri-
tura designa una travesía simbólica de las categorías de la identidad
y la diferencia por vía de la alteridad. No podemos hablar, entonces,
tan separadamente, de escritura masculina y de escritura femenina,
ya que el lenguaje creativo y la textualidad poética son espacios de
desplazamiento y transferencia del “yo” que, contrariamente a lo
que supone el realismo biográfico-sexual del ser “hombre” o “mu-
jer”, remodelan incesantemente las fronteras simbólicas de la lengua
y la subjetividad cultural. Josefina Ludmer afirma, por ejemplo, que
“la escritura femenina no existe como categoría porque toda escritu-
ra es asexual, bisexual, omnisexual”11. Ella alude a una subjetividad
creativa que combina varias marcas de identidad en un proceso
fluctuante de significación que desordena las pertenencias de gé-
nero, ampliando y diversificando aquella zona fronteriza –la de la
escritura– en la que se modulan los trazados simbólico-sexuales
de subjetivación e identificación. Para J. Ludmer, volver a cifrar el
lenguaje en una clave monosexual, es decir, definir el texto como
unívocamente masculino o bien femenino, equivale a restringir el
potencial transimbólico (transgenérico) de la creación como flujo y
desbordamiento plurales de la identidad y del sentido. Esta afirma-
ción de Ludmer se relaciona con las teorías de Julia Kristeva12 quien
afirma que, más allá de los condicionamientos biológico‑sexuales y
psico‑sociales que influencian el comportamiento socio-literario de
una autora mujer, la escritura pone siempre en movimiento el cruce
interdialéctico de varias fuerzas de subjetivación. Serían dos las fuer-
zas principales que, según Kristeva, se oponen entre sí: por un lado,
la fuerza racionalizadora‑conceptualizante (masculina) que simboli-
za la institución del signo en garantía del pacto sociocomunicativo
de la cultura y, por otro, la fuerza semiótico‑pulsional (femenina) que

11
Josefina Ludmer, “El espejo universal y la perversión de la fórmula”, Escribir en los
bordes, op. cit., pp. 275-276.
12
Ver en especial: Julia Kristeva, La Révolution du Language poétique, Paris, Seuil,
1974 ; y Polyloque, Paris, Seuil, 1977.

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desborda la finitud de la palabra con su energía transverbal. Si bien
ambas fuerzas co-actúan en todo proceso de subjetivación creati-
va, es el predominio de una fuerza sobre la otra el que polariza la
escritura en términos sea masculinos (cuando se impone la norma
estabilizante) sea femeninos (cuando prevalece el vértigo desestruc-
turador). Más allá de la identificación del género sexual “mujer”,
ciertas experiencias‑limite de la escritura que se aventuran en los
bordes más explosivos de los códigos de sentido (tal como suce-
de –según la misma Kristeva– con las vanguardias literarias), son
capaces de desatar dentro del lenguaje la pulsión heterogénea de lo
semiótico‑femenino; una pulsión que revienta el signo y transgrede
la clausura paterna de las significaciones monológicas, abriendo la
palabra a una multiplicidad de ritmos y quiebres sintácticos.
Más que de escritura femenina, convendría, entonces, ha-
blar (cualquiera sea el género sexual del sujeto biográfico que firma
el texto) de una feminización de la escritura: una feminización que se
produce cada vez que una poética o una erótica del signo rebalsa el
marco de retención/contención de la significación masculina con sus
excedentes rebeldes (cuerpo, libido, goce, heterogeneidad, mul-
tiplicidad) para desregular así la tesis normativa y represiva de lo
dominante cultural. Cualquier literatura que se practique como
disidencia de identidad en contra del formato reglamentario de la
cultura masculino‑paterna; cualquier escritura que elija hacerse
cómplice de la ritmicidad transgresora de lo femenino‑pulsional,
desplegaría el coeficiente minoritario y subversivo (contradomi-
nante) de lo “feme-nino”. Dicho en palabras de Deleuze-Guattari,
cualquier escritura que busca descontrolar las pautas de la discursi-
vidad masculina/hegemónica estaría virtualmente compartiendo el
“devenir‑minoritario” de un femenino que opera como paradigma
de desterritorialización de los regímenes de poder y captura de la
identidad normada y centrada por la cultura oficial13.

13
Coincide con tal perspectiva, la siguiente opinión de D. Eltit: “Si lo femenino es
aquello oprimido por el poder central, tanto en los niveles de lo real como en los
planos simbólicos, es viable acudir a la materialidad de una metáfora y ampliar la
categoría de géneros para nombrar como lo femenino a todos aquellos grupos cuya

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La tesis de Kristeva plantea una experiencia del lenguaje di-
vidida entre los dos bordes que orillan el habla –el borde inferior
(femenino) de lo psicosomático y el borde superior (masculino) de
lo lógico‑conceptual– como bordes que no se excluyen rígidamente
uno a otro sino que se cruzan interdialécticamente. El interés de este
planteamiento consiste en potenciar una contradicción móvil entre
pulsión y concepto, entre flujo y segmentación, que diluye la oposición
rígida entre “masculino” y “femenino”. Al rechazar toda coinci-
dencia natural entre determinante biológica (ser mujer) e identidad
literaria (escribir como mujer), podemos explorar las brechas y los
descalces de representación que se producen entre la experiencia del
género y sus puestas en escena enunciativas. La elaboración crítica
de un intervalo de no-coincidencia en las escrituras y las identidades
permite convertir lo femenino en la metáfora activa de “una teoría
sobre la marginalidad, la subversión, la disidencia”14 que, escapando
a la determinante naturalista de la condición “hombre” o “mujer”,
se piensa como pacto a tejer entre subjetividad minoritaria (lo feme-
nino como aquel borde sexuado de la representación que desafía las
normas hegemónicas desde la otredad) y políticas del signo (lo fe-
menino como articulador y potenciador de varias formas de trans-
gresión simbólico-cultural). Desligar la construcción de las trazas
sexuales que operan en el texto del soporte originario del cuerpo
natural, permite darles movilidad a los signos de lo masculino y lo
femenino para que se desplacen y transformen según las dinámicas
de subjetividad formuladas en respuesta a diversas solicitaciones e
interpelaciones de identidad. La crítica feminista debe romper con
la creencia determinista en que la función anatómica (ser mujer/ ser

posición frente a lo dominante mantengan los signos de una crisis (...). Parece nece-
sario acudir al concepto de nombrar como lo femenino aquello que desde los bordes
del poder central busque producir una modificación en el tramado monolítico del
quehacer literario, más allá que sus cultores sean hombres o mujeres generando creati-
vamente sentidos transformadores del universo simbólico establecido”. Diamela Eltit,
“Cultura, poder y frontera”, en el Suplemento Literatura y Libros, núm. 113 diario
La Época (Junio 1990), Santiago de Chile.
14
Julia Kristeva citada por Toril Moil, Teoría literaria feminista, Madrid, Cátedra,
1988, p. 171.

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hombre) y el rol simbólico (lo femenino/ lo masculino) se correspon-
den naturalistamente bajo el mito de la Identidad-Una del cuerpo
de origen. Sólo así lograremos hacer extensiva la valencia contesta-
taria de lo femenino al conjunto de las prácticas antihegemónicas
que se complicitan, transversalmente, con sus marcas de alteridad.

Identidad y desidentidad; pulsión escritural


y descentramiento del sujeto

Es cierto que lo femenino en/de la mujer establece una re-


lación privilegiada con lo somático‑pulsional (con aquellos flujos
indisciplinados que no se ajustan al control normativo de la ley sim-
bólica) por encontrarse ella situada en aquellos bordes de mayor
discriminación del sistema masculino. Pero la relación entre mujer
y transgresión no está nunca garantizada a priori. Para transgredir
efectivamente la norma socio-masculina, hace falta que la dinámica
de los signos que moviliza lo femenino rompa, desde y en la tex-
tualidad misma, con las significaciones excluyentes y monológicas.
A su vez, el potencial crítico de esta dinámica de transgresión puede
ser compartido por autores masculinos, si es que su práctica del dis-
curso logra fisurar el molde rígido del concepto aliándose así con la
desobediencia femenina.
Tal como “ser mujer” no garantiza, por naturaleza, el ejercicio
crítico de una femineidad que sea necesariamente cuestionadora de
la masculinidad hegemónica, tampoco “ser hombre” condena al au-
tor a hacerse fatalmente cómplice del poder de la cultura oficial por
mucho que se beneficie de sus ventajas. De hecho, son varios y con-
vincentes los ejemplos de prácticas literarias firmadas por hombres
–tal como ocurre con los autores de la “revolución poética” analiza-
dos por la misma Kristeva– cuyas experimentaciones poético‑lite-
rarias lograron torsionar el lenguaje y la identidad, hasta descentrar
por completo la función‑de‑sujeto a la que le hace propaganda la
ideología cultural masculina dominante.

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Si nos ubicamos en el contexto chileno de la poesía escrita
bajo dictadura, fueron Juan Luis Martínez, Raúl Zurita, Gonzalo
Muñoz, Diego Maqueira, los primeros en arruinar el “yo” de la tra-
dición épica y lírica, y en disparar sus escombros contra la imagen
trascendental del hablante metafísico. Fueron esas obras de autores
hombres las que carnavalizaron el “yo” de la tradición con parodias
transexuales de roles masculinos y femeninos que se alternaban en
la voz montajista del poeta disfrazado de lumpen, de prostituta, de
travesti, de guerrillero o de santa. Recordar estas citas de la
neovanguardia poético‑literaria de los ochenta como una zona de
emergencia que compartieron voces masculinas y voces femeninas,
es una forma de atender el pedido de Soledad Bianchi: “Se hace
necesario quebrar el ‘ghetto’ del sexo y se trataría de situarlos (los
textos de mujeres) junto a los otros producidos por contemporáneos
hombres y mujeres considerando semejanzas y diferencias, recono-
ciendo logros y aportes, pero también limitaciones”15. El feminismo
requiere sumar el aporte de todas aquellas voces descanonizantes
–incluyendo las voces masculinas– que liberan interpretaciones
heterodoxas desde distintas posiciones de discurso marcadas por la
subalternidad, para reforzar la potencia de lo femenino en lo que
Jean Franco llama “la lucha por el poder interpretativo”.
Si no se atiende la necesidad de reconocer los modos distintos
y a veces contrarios que tienen los textos de mujeres de relacionarse
con la autoridad literaria (modos que van del desacato a la máxi-
ma obediencia), la crítica feminista corre el riesgo de sobreproteger
a lo femenino y de “amparar indiscriminadamente la producción
artística de las mujeres a partir de las irregularidades sociales que
gravitan en su contra como ciudadanas”16. La crítica feminista debe
necesariamente entrar en el detalle (discursivo e ideológico-litera-
rio) del comportamiento escritural de los textos, para no terminar
censurando, en nombre de la diferencia sexual que marca el grupo

Soledad Bianchi, op. cit., p. 128.


15

16
Diamela Eltit, “Cuestionario” en número Especial de la revista Lar, Concepción,
Agosto 1987.

20 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


social de las mujeres, aquellas diferencias textuales que, por ejemplo,
enfrentan ciertas producciones femeninas aún subordinadas a una
ideología literaria de la representación (expresiva-femenina o militan-
te-feminista) a aquellas otras escrituras antirrepresentacionales que
sospechan tanto de la categoría autoevidente de lo femenino como
del determinismo genérico-sexual de un vector homogéneo de uni-
ficación del texto. Marcar una diferencia entre los textos le sirve a la
crítica literaria feminista para separar “dos tendencias extremas en
la actividad cultural de oposición: una que tiende a dar por sentados
los procesos de significación” y que les encarga a los significados
“ya constituidos” la tarea de vehiculizar el mensaje de oposición, y
otra que “considera el carácter ideológico del proceso de significa-
ción como algo que hay que desafiar”, basándose en la idea “de que
los modos habituales de representación constituyen formas de la
subjetividad –el sujeto fijado por el carácter cerrado de la obra, por
ejemplo– características de una cultura patriarcal o masculina, y que
escribir ‘al modo femenino’ es en sí desafiar la constitución ideológi-
ca de los modos predominantes de representación”17.
Reincorporar la escritura de mujeres a las dinámicas de entre-
cruzamiento polémico de las múltiples series discursivas e ideológicas
que animan las tradiciones literarias del texto, obliga a la crítica feminista
a pensar lo femenino siempre en tensión con el marco de la inter-
textualidad cultural, y no como una dimensión pura y homogénea
que se mantendría aislada de los procesos de institucionalización de
la cultura. Reubicar el texto de las mujeres como una parte activa
de la tradición cultural con la que ésta dialoga y cuya autoridad
interpela, permite entender mejor la relación continuidad/ruptu-
ra que puede llevar a la “diferencia” a interrumpir los sistemas de
identidad y repetición oficiales. Ninguna tradición literaria está her-
méticamente sellada por la continuidad de una sola y única voz18.

17
Annette Khun, Cine de mujeres, Madrid, Cátedra, 1991, pp. 31-32.
18
Dice F. Schopf: “Habría que preguntarse si, en efecto, la lengua está semiológica-
mente monopolizada del todo por el punto de vista masculino o si, más allá de los
significados institucionales, en el plano de la norma lingüística, no existe la posibi-
lidad del cambio, como lo testimonia el desarrollo de la propia historia, o el arduo

Nel l y R ic ha rd | 21
Lengua, historia y tradición no son totalidades monolíticas, inque-
brantables, sino secuencias formadas por distintos –e irregulares–
planos de consistencia que entran en múltiples batallas de códigos.
Aunque las reglas del combate entre los signos estén precondicio-
nadas ideológicamente desde lo masculino, las mujeres no pueden
darse el lujo de renunciar a participar activamente en esos com-
bates de la cultura para generar en su interior entrelíneas rebeldes
por donde se filtran y diseminan los significados antipatriarcales.
Sabemos bien que muchos textos de mujeres –por mimetismo pa-
sivo; por subordinación filial a la autoridad paterna de la tradición
canónica– sólo obedecen el protocolo de la cultura dominante y
reproducen inconscientemente sus mismos formatos de subyuga-
ción masculina. Puede ser, efectivamente, que una mujer que toma
la palabra sólo lo haga para rendirle un tributo conformista a la
presuposición masculina de la cultura establecida. No basta con
la determinante sexual del “ser mujer” para que el texto se cargue
de la potencialidad transgresora de las escrituras minoritarias. Tam-
poco basta con desplegar temáticamente el tema de la mujer y de la
identidad femenina para que el trabajo con la lengua produzca –y no
simplemente re-produzca– la diferencia genérico‑sexual. La pregun-
ta no consiste, entonces, en saber qué sería lo “propio”, lo distinto,
de una escritura-“mujer” (como si el texto fuese el vehículo expre-
sivo de un conjunto de atributos predeterminados por las razones
del género que vienen de una realidad externa a la literatura misma)
sino, más bien, en cómo textualizar las marcas de lo femenino para
que la diferencia genérico-sexual logre romper desde la escritura con
las identidades homogéneas y preconstituidas.
La insistencia en el carácter semiótico-discursivo de la reali-
dad ha sido una de las conquistas teóricas del feminismo que pudo
subrayar así el valor “construido” (representacional) de las marcas
de la identidad “masculina” y “femenina” que la cultura sobreim-

trabajo de la mujer misma”. Federico Schopf, “Suplemento” a su “Advertencia preli-


minar” que prologa la antología Poesía chilena de hoy, Erwin Díaz, Santiago de Chile,
Documentas, 1991.

22 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


prime sobre los cuerpos “hombre” y “mujer”: una cultura que obliga
a dichas marcas de género al calce anatómico para justificar –sus-
tancialistamente– la fijeza de los rasgos que separan lo masculino
de lo femenino. La demostración de cómo la identidad y el género
sexuales son “efectos de significación” producidos por el discurso
cultural que la ideología patriarcal ha ido naturalizando a través de
su metafísica de las sustancias, es crucial para romper con el deter-
minismo de la relación “sexo” (“mujer”)/“género” (femenino) vivida
como una relación plena, unívoca y transparente. Al movilizar la
noción de género a través de toda una serie de desmontajes teóricos
que muestran cómo dicha noción ha sido modelizada por deter-
minadas convenciones ideológico-culturales, la crítica feminista nos
permite alterar estas convenciones reelaborando sus marcas en nue-
vas combinaciones de pensamiento y subjetividad.
Esta de-sustancialización de lo femenino es indispensable
para que la pregunta por la “literatura de mujeres”, en lugar de caer
en las trampas del esencialismo que amarra sexo e identidad a una
determinación originaria, vincule más complejamente entre sí la
condición sexual, la pertenencia de género y la experiencia del texto.
Mientras que un tipo de feminismo literario (esencialista) tiende a
suponer como naturales las asociaciones de identidad que términos
como “mujer”, “escritura” y “femenino” ponen en relación de conti-
güidad expresiva, otra línea crítica (la postestructuralista) considera
que estas asociaciones deben ser deconstruidas para problematizar
cada uno de los términos mediante los cuales la ideología natura-
lista quiere expresar una unidad de significado plena y transparente
como, por ejemplo, la “identidad femenina”.
El estallido del sujeto y los descentramientos del “yo” que la
teoría contemporánea radicalizó en su consigna antihumanista de
la “muerte del sujeto” (al menos, de la muerte del ego trascenden-
tal de la racionalidad metafísica), le exigen al feminismo repensar
la identidad sexual ya no como la autoexpresión coherente de un
yo unificado (por “femenino” que sea su modelo), sino como una
dinámica tensional cruzada por una multiplicidad de fuerzas hete-
rogéneas que la mantienen en constante desequilibrio. No podemos

Nel l y R ic ha rd | 23
seguir hablando de identidades masculina y femenina como si es-
tos términos designaran algo fijo e invariable y no constelaciones
fluctuantes. Si algo debió aprender el feminismo del psicoanálisis
es, primero, que el sujeto del inconsciente sexual jamás coincide
consigo mismo porque la diferencia masculina/femenina está siem-
pre atravesada por la contradicción interna de una subjetividad en
constante proceso y movimiento. Y, segundo, que “la femineidad
no se logra simplemente y jamás se alcanza por completo”19, no por-
que lo femenino sea puro vacío o carencia tal como lo sugiere la
axiomática castradora de la Falta (lacaniana), sino porque la relación
de la mujer con lo simbólico parte de una inadecuación básica que
la hace sentirse a ella extranjera al pacto de adhesión y cohesión
sociales que sella la autoidentidad a través del consenso socio‑mas-
culino. Esta inadecuación básica hace que lo femenino esté siempre
de menos (lo femenino como déficit simbólico) o de más (lo femenino
como excedente pulsional) en relación a las fronteras de pertenen-
cia-pertinencia que ordenan el mapa de las configuraciones de la
identidad social. Esta sensación de descalce lleva a las mujeres a
vivirse como margen; como orilla y frontera –como ubicación li-
mítrofe– respecto del sistema de categorización social y de simbo-
lización cultural. Si bien es cierto que el gestualismo contestatario
del querer disolver la autoridad paterna no es exclusivo ni privativo
de las prácticas de mujeres, no es menos cierto que las mujeres se
enfrentan a la alternativa norma/infracción bajo condiciones tales
de desequilibrio y asimetría que dichas condiciones las predisponen
especialmente a ubicarse en el límite de los bordes y las fronteras.
Algunas mujeres buscan conjurar el peligro de la des-integración,
exagerando –defen-sivamente– su conformismo a las ideologías
del orden (religioso, familiar, nacional). Otras, al revés, desatan la
“revuelta espasmódica” de la desidentidad (Kristeva) en el interior
del sistema para socavar sus edificaciones normativas y represivas.
Sin lugar a duda, la escritura es el lugar donde este espasmo de la

19
Jacqueline Rose, Sexuality in the field of vision, Londres, Verso, 1986, p. 103. La
traducción es mía.

24 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


revuelta opera más intensivamente, sobre todo cuando el juego en-
tre palabra, subjetividad y representación se propone desencajar los
registros ideológicos y culturales del texto y hacer reventar las cade-
nas lingüísticas que amarran el sentido a la economía discursiva de
la frase y del contrato para elaborar –con ese desencaje– sus poéticas
de la crisis20.

20
La explosiva narrativa de Eltit sería un ejemplo de cómo llevar al paroxismo
ese destramaje de los códigos de identidad y representación.Ver, Diamela Eltit,
Lumpérica, Santiago de Chile, Ornitorrinco, 1983; Por la Patria, Santiago de Chile,
Ornitorrinco, 1986; El cuarto mundo, Santiago de Chile, Planeta, 1988; Vaca sagrada,
Buenos Aires, Planeta, 1991.

Nel l y R ic ha rd | 25
Experiencia, teoría y representación
en lo femenino-latinoamericano*

Los grupos feministas han reaccionado diversamente a la


incorporación de la teoría como instrumento de formación y lucha
intelectuales para las mujeres. Los movimientos feministas más di-
rectamente vinculados al activismo social tienden a desconfiar de la
teoría por considerarla sospechosa de reproducir las condiciones de
desigualdad opresiva ligadas a una “división del trabajo” que opone
el pensar al hacer, la abstracción de los libros a la concreción de la
experiencia, la especulación mental al contacto físico con la realidad
diaria, la clase media intelectual al mundo popular. Muchas femi-
nistas todavía creen que la intelectualización del discurso hace caer a
las mujeres en la trampa falocrática que vincula el poder-de-la razón
a la razón-como-poder. La teoría sería, para esas feministas, un dis-
curso de autoridad culpable de repetir la censura mantenida durante
siglos por el dominio conceptual del Logos (masculino) sobre la cul-
tura del cuerpo y del deseo que asocia, naturalmente, lo femenino a
lo subjetivo y lo afectivo del “yo” vivencial.
Pero, al mismo tiempo, hay mujeres que han desarrollado en
la escena cultural del feminismo contemporáneo un trabajo inten-
samente teórico que entra en ardua competencia intelectual con la
producción de conocimiento que formulan las disciplinas. La verdad

*
Esta es una versión actualizada del texto publicado en Revista Iberoamericana, núm.
176-177, Julio-Diciembre 1996. Universidad de Pittsburgh.

Nel l y R ic ha rd | 27
es que ya no podemos abordar los signos “mujer” y “género” sin
entrar en diálogo con esta aguda producción teórica del feminismo
más reciente que cruza la filosofía, el psicoanálisis y la deconstruc-
ción, la crítica cultural. El problema es que, mirado desde los bordes
inferiores de una cierta jerarquía del poder cultural, esta producción
de corte postestructuralista que inspira al feminismo deconstructivo
lleva inscrita la marca subordinante del contexto académico-metro-
politano que la organiza a través de sus cadenas internacionales de
congresos y publicaciones. La relación de conflicto que se establece
entre quienes se ubican en la periferia latinoamericana y la teoría
internacional del centro, toma a menudo la forma de una oposición
entre experiencia (el mundo práctico de la vida cotidiana y de la
intervención directa en la vida social) y discurso (el mundo abstracto
de la reflexión especulativa y del academicismo).
Me propongo aquí averiguar de qué modo esta oposición
entre experiencia (la realidad latinoamericana) y discurso (el disposi-
tivo teórico del centro) refuerza la codificación de una “otredad” de
lo femenino y lo latinoamericano peligrosamente asociada a los mi-
tos, los sentimientos y las ideologías de lo natural como conciencia
espontánea y como narración primaria de un territorio y un cuerpo
de origen.

Cuerpo y experiencia

El modo en que cada sujeto concibe y practica las relaciones


de género está mediado por todo un sistema de representaciones que
articula los procesos de subjetividad a través de formas culturales
y convenciones ideológicas. Los signos “hombre” y “mujer” son
construcciones discursivas que el lenguaje de la cultura proyecta e
inscribe en la superficie anatómica de los cuerpos, disfrazando su
condición de signos (articulados y construidos) tras una falsa apa-
riencia de verdades naturales, ahistóricas1. Nada más urgente, en-

1
M. Wittig dice: “Hemos sido obligados, en nuestros cuerpos y en nuestras mentes,

28 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


tonces, para la conciencia feminista que rebatir la metafísica de
una identidad originaria –fija y permanente– que ata, determinis-
tamente, el signo “mujer” a la trampa naturalista de las esencias y
las sustancias. Y para cumplir dicha tarea, la crítica feminista debe
tomar prioritariamente en cuenta el lenguaje y el discurso, porque
éstos son los medios a través de los cuales se organiza la ideolo-
gía cultural que pretende convertir lo masculino y lo femenino en
signos de identidad fijos e invariables a través de una formación
discursiva que, deliberadamente, confunde naturaleza y significación
para hacernos creer que “la biología es el destino”.
La teoría es lo que forma conciencia acerca del carácter dis‑
cursivo de lo real-social, exhibiendo cómo la realidad se encuentra
siempre intervenida por organizaciones de significados. La teoría es,
también, lo que le permite al sujeto transformar esa realidad dada
como natural, al abrir los signos que la formulan a nuevas combi-
naciones interpretativas capaces de deshacer y rehacer los trayectos
conceptuales que ordenan su comprensión. Para el feminismo,
renunciar a la teoría sería privarse de las herramientas que le per-
miten comprender y, a la vez, transformar el sistema de imágenes,
representaciones y símbolos que componen la lógica discursiva del
pensamiento de la identidad social dominante y sería, además,
contribuir pasivamente a que permanezca incuestionada la manipu-
lación ideológico-discursiva de las categorías “hombre” y “mujer” de
la que se sirve ese pensamiento. Para muchas, entonces, el feminis-
mo es teoría, y “el feminismo es teoría del discurso... porque es una
toma de consciencia del carácter discursivo, es decir, histórico-po-
lítico de lo que llamamos realidad, de su carácter de construcción y
producto y, al mismo tiempo, un intento consciente de participar en
el juego político y en el debate epistemológico para determinar una
transformación en las estructuras sociales y culturales de la sociedad”2.

a corresponder rasgo por rasgo, a la idea de naturaleza que se nos ha establecido”.


Véase, Monique Wittig citada por Butler en: Judith Butler, “Variaciones sobre sexo y
género”, Teoría feminista y teoría crítica, editoras: Seyla Benhabib y Drucilla Cornella.
Valencia, Edicions Alfons el Magnánim. 1990, p. 202.
2
Giulia Colaizzi, “Feminismo y teoría del discurso: razones para un debate”, Debate

Nel l y R ic ha rd | 29
Este abordaje semiótico‑discursivo de lo social y lo cultural
–que deriva de las conquistas teóricas del feminismo postestructura-
lista–, debería resultarnos convincente y eficaz (también en América
Latina) para pensar sobre identidad, diferencia y alteridad. Pero el
hecho que la teoría feminista internacional circule a través de aquellas
lógicas de reproducción universitaria que globaliza la academia nor-
teamericana, ha suscitado enérgicas reacciones entre las feministas
latinoamericanas que, entre otros efectos, acusan al teoricismo
metropolitano de corte postestructuralista de borronear las cate-
gorías de “realidad” y de “experiencia” en las que se materializa
la dimensión político-social de la identidad en América Latina.
Las feministas latinoamericanas comprometidas con la movilización
social y política desconfían de la hipertextualización del cuerpo y
de la sociedad que profesa el deconstruccionismo académico; un
deconstruccionismo culpable, según ellas, de hacernos creer que lo
real es un puro artefacto discursivo y que el signo “mujer” no tiene
más existencia que la lingüística.
Para las feministas de las protestas sociales, sobre todo en
un escenario como el latinoamericano donde las condiciones his-
tóricas de explotación y opresión refuerzan la desigualdad en la que
se afirma el patriarcado, las sofisticaciones de la teoría metropoli-
tana resultan demasiado elusivas. Ellas opinan que se necesita aquí
más acción que discurso; más compromiso político que sospecha
filosófica; más denuncia testimonial que arabescos desconstructivos.
La hipertextualización del cuerpo y de la sociedad de la que se cul-
pa al postestructuralismo y a sus modas teóricas metropolitanas, ha
generado reactivamente, en ese feminismo latinoamericano, una
defensa del valor de la “experiencia” como garantía de una vincula-
ción directa con la realidad de las mujeres y su problemática social.
Se traza así una oposición entre práctica latinoamericana y teoría
metropolitana que engarza con la anterior división entre experiencia
(autenticidad de lo vivido, espontaneismo de la conciencia) y repre‑
sentación (abstracción conceptual e hipermediación discursiva).

feminista, núm. 5, México, marzo 1992, p. 113.

30 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


No podemos desconocer que la reivindicación crítica de la
categoría de “experiencia” ha sido especialmente valiosa para el fe-
minismo, a condición de no confundirla con el rescate naturalista
de un dato primario3. Tomado en su dimensión ya no ontológica
sino epistemológica, el concepto de experiencia tiene el saludable
valor crítico de postular formas de conocimiento parciales y situa-
das, relativas al aquí‑ahora de una construcción local de sujeto que
desmiente el falso universalismo del saber que defiende el sistema de
generalización masculina. En contra de la abstracción neutralizan-
te del saber, la revalorización feminista de la experiencia sirve para
afirmar la concreción material‑social de una determinada posición
de sujeto, específica a un contexto particular de relaciones sociales y
sexuales. El recurso a la “experiencia” (la persona-en-situación: sub-
jetividad y contexto) merece, efectivamente, ser defendido contra la
tesis de la cientificidad del saber objetivo y de la especulatividad del
saber filosófico como saberes puros, sin marcas de determinación
sexual (sin la huella de ninguno de los conflictos de género que se
desatan en torno a la legitimación y apropiación del sentido). En su
dimensión teórico-política, la “experiencia” subraya la localización
crítica de un sujeto que interpela los códigos dominantes desde un
lugar de enunciación siempre específico, materialmente situado, y
designa procesos de actuación que dotan a su sujeto de movilidad
operatoria para producir identidad y diferencia en respuesta a cier-
tas coyunturas de poder. Si trasladamos esta dimensión crítica de la
“experiencia” al campo del feminismo latinoamericano, debería en-
tonces servirnos para defender un contexto de operaciones a partir
del cual elaborar formas locales de producción teórica. Tanto teori‑
zar la experiencia (darle a ésta el rango analítico de una construcción
de significados) como dar cuenta de las particulares experiencias de
la teoría que realiza la crítica feminista latinoamericana en espacios
culturales no homologables a las codificaciones metropolitanas, pasa

3
Remito, por ejemplo, al ensayo titulado “Experiencia” de Joan Scott, publicado en
Hiparquia, núm. 1. Julio de 1999. Publicación de la Asociación Argentina de Mujeres
en Filosofía, Buenos Aires.

Nel l y R ic ha rd | 31
por afirmar el valor táctico de un conocimiento situado: un conoci-
miento que se reconoce marcado por una geografía internacional de
subordinaciones de poder y que, además, reivindica la afirmación
del contexto como un recurso útil para oponerse a un cierto noma-
dismo postmodernista que lo deslocaliza todo sin cesar, borrando
peligrosamente fronteras y antagonismos. “Contexto” y “experien-
cia” designan, en este caso, el modo contingente y situacional a través
del cual las feministas latinoamericanas producen teoría. Pero si bien
nos es útil rescatar esta defensa (teórico-política) de la “experiencia”,
debemos sospechar del uso precrítico que suelen hacer de dicha ca-
tegoría ciertas tendencias feministas latinoamericanas que dotan a la
experiencia de un valor pre‑discursivo o extra‑discursivo; un valor
que parecería ligado a una realidad concebida como anterior y ex-
terior a las mediaciones categoriales y discursivas, como fuente de
un conocimiento vivenciado desde la naturaleza (cuerpo) o desde la
biografía (vida): un conocimiento directo, in‑mediato.
La defensa de una anterioridad o exterioridad al concepto
mediante palabras como “experiencia” o “cuerpo” estaba ya presente
en un cierto modelo de “escritura femenina” que cultivó una pri-
mera crítica literaria feminista influida por Luce Irigaray, Hélène
Cixous y Monique Wittig. Lo que proponía ese modelo crítico era
dejar fluir la materia corporal tradicionalmente censurada por el
modelo logocéntrico de racionalización masculina para que, a tra-
vés de una estética de los flujos libidinales, se deslizara y circulara
eróticamente, más acá y más allá de la barrera sintáctica del Logos,
todo lo que produce ritmo, carne y deseo. La lengua primigenia del
cuerpo de la madre –del “cuerpo a cuerpo” con la madre (Irigaray)–
actuaría como un depósito sensorial y afectivo de vivencias femeni-
nas que son anteriores al corte producido por la estructura de vacíos,
de ausencias y pérdidas a la que, después, es condenado el sujeto
por el aprendizaje (paterno) de la lengua que opera una semiotiza-
ción masculina de lo real. Esta imagen de un cuerpo pre-simbólico
(un cuerpo anterior al corte lingüístico y la legislación paterna del
signo) ha llevado a muchas feministas a buscar el sello mítico de una
fusión originaria con la madre que les daría a las mujeres escritoras

32 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


la oportunidad de expresar una subjetividad primigenia y “auténti-
camente” femenina, con una voz no mediada por la representación
masculina: una voz supuestamente anterior a sus nominaciones y
sus ideologías. La “experiencia del cuerpo” sirve de matriz natural
(femenino-materna) de una feminidad originaria que la escritura de
las mujeres debería rememorar físicamente a través de una poética
de los afectos. Es cierto que lo pulsional‑semiótico conforma un
estrato de la subjetividad que tiende a reprimir o excluir el contrato
masculino de los procesos de formación cultural, y es cierto tam-
bién que dicho estrato corporal puede llegar a liberarse como una
fuerza desestructurante, subversivamente contraria a la hegemonía
totalizante del logos masculino. Pero sublimar la fantasía primigenia
de un cuerpo anterior al verbo y a la representación como ideal de
lo femenino, contribuye lamentablemente a desactivar la necesidad
teórico-política de que el sujeto-mujer enfrente la tarea crítica de re-
articularse discursivamente a través de las instituciones de la cultura.
La defensa de una corporalidad primaria como depósi-
to arcaico de lo femenino proyecta un imaginario femenino del
cuerpo‑naturaleza que se hace fácilmente cómplice de la concep-
ción metafísica del ser latinoamericano como pureza originaria
que emana de un continente virgen. Sabemos de toda una tradi-
ción del pensamiento cultural latinoamericano que plantea una
identidad-esencia basada en la oposición entre lo racional y lo irra-
cional, lo civilizado y lo bárbaro, lo artificial y lo natural, lo foráneo
y lo auténtico, es decir, entre la superficialidad de las apariencias
(la máscara europeizante) y lo autóctono del ser continental. Son
muchos los textos que cifran la verdad del ser latinoamericano en
todo lo que resiste y se opone a la síntesis racional de la modernidad
de Occidente, desde su pertenencia ancestral al núcleo primitivo de
un ethos cultural que se caracteriza por estar “más ligado al rito que
a la palabra” y “al mito que a la historia”4. Si el Logos de Occidente
(consciencia, espíritu, historia, técnicas e ideologías) es dueño de un

4
Sonia Montecino, siguiendo a Pedro Morandé en Madres y huachos; alegorías del
mestizaje chileno, Santiago de Chile, Cuarto Propio, 1991, p. 30.

Nel l y R ic ha rd | 33
proyecto civilizatorio que se ha dedicado a reprimir sistemáticamen-
te su otro lado más oscuro y salvaje (naturaleza, cuerpo, inconscien-
te, rito y mito), la “naturaleza” de lo femenino –para el feminismo
latinoamericano que adhiere a esta metafísica de lo primigenio–
debería encontrarse idealmente en el reverso del modelo colonial
como un modelo blanco, letrado y metropolitano, es decir, en la
oralidad popular. Es cierto que el paradigma de autoridad de la “ciu-
dad letrada” (Ángel Rama) –un paradigma trazado por la inteligen-
cia razonante del conquistador– se ha impuesto sobre la pluralidad
etnocultural de cuerpos y lenguas domesticadas a la fuerza por el ca-
non erudito de la palabra occidental; una pluralidad que simboliza
entonces la contramemoria reprimida de lo femenino que se opone
a lo masculino-occidental. Pero lo superior (orden, razón, signo y
ley) y lo inferior (des‑orden, cuerpo, rito y símbolo) no son sistemas
que se oponen uno a otro sin que medien zonas de contactos entre
ellos: son sistemas que se superponen y se intersectan pasando por
complejas traslaciones y combinaciones de registros heterogéneos.
Lo que precede y excede el Logos occidental como sustancia rebelde
a su hegemonía culturizadora, no permanece fijamente retenido y
consignado en la dimensión originariamente pura (inalterable) del
ser latinoamericano. Fijar para siempre lo femenino en la imagen
del cuerpo‑naturaleza de América Latina como territorio virgen
(símbolo premoderno de un espacio‑tiempo aún no contaminado
por la lógica discursiva de la cultura del signo) deshistoriza el signifi-
cado político de las prácticas subalternas cuyas operaciones de códi-
gos reinterpretan y critican –híbridamente– los signos de la cultura
dominante, desde el interior mismo de sus correlaciones y mezclas
de poder5.

5
Junto con señalar la alternativa que consiste en recuperar “los orígenes de la mujer
latinoamericana .. en la madre amancebada, en el despojo marginal que funciona
como paradigma de lo femenino” mediante una historia que tome como “punto car-
dinal de este relato mutilado a la madre indígena”, Lucía Guerra nos advierte que
“esta alternativa no está carente de los peligros arcaizantes de todo retorno a los orí-
genes” y que, más allá de “estos orígenes de una verbalidad dividida entre significante
(el cuerpo indígena) y significado (el cuerpo español)”, la alternativa de la teoría

34 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


Si bien la academia norteamericana busca traducir la pro-
ducción local del feminismo latinoamericano a su registro hegemó-
nico, es peligroso que la crítica feminista se proponga como tarea el
rescate mítico de una “otredad” latinoamericana como cuerpo vivo
y dotado de una energía natural que, a su vez, simbolizaría el acceso
directo a un conocimiento más verdadero –por auténtico– de lo
subalterno y de lo femenino. Dicha imagen ratifica, sin saberlo, un
esquema de “división global del trabajo” que ha siempre colocado
a “Latinoamérica en el lugar del cuerpo mientras el Norte es el lu-
gar de la cabeza que la piensa”, razón por la cual “los intelectuales
norteamericanos dialogan con otros intelectuales norteamericanos
sobre América Latina, pero sin tomar en serio los aportes teóricos de
los críticos latinoamericanos”6. Varios textos del feminismo latinoa-
mericano operan con este ideologema del cuerpo (realidad concreta,
vivencia práctica, conocimiento espontáneo, biografías cotidianas,
oralidad popular) que encarna la fantasía de una América Latina
animada por la energía salvadora del compromiso social y de la lu-
cha comunitaria, cuyo valor documental y testimonial sería juzgado
políticamente superior a cualquier elaboración teórico-discursiva.
Esta reubicación de la mujer por el lado de la “experiencia per-
sonal”, de la in-mediatez del hacer (vivencia, acción, experiencia,
compromiso) con sus emblemas domésticos y cotidiano-populares7,

feminista latinoamericana debe radicar en “la constante historización de lo femenino”


como heterogeneidad. Véase, Lucía Guerra, “Alternativas ideológicas del feminismo
latinoamericano”, Feminaria, núm. 8, Buenos Aires, 1992, p. 2.
6
Jean Franco, “Un retrato”, Revista de crítica cultural, núm. 11, Santiago de Chile,
1995, p. 20.
7
Aunque esta cita no es representativa de la sofisticación teórica con la que, en la pri-
mera parte de su libro (La mujer fragmentada; historia de un signo, Santiago de Chile,
Cuarto Propio, 1995) Lucía Guerra retraza la historia cultual del signo “mujer”, es
interesante notar que, cuando se trata de “insertar lo periférico” en “el pacto desde el
centro para el centro”, el tono de la autora se sentimentaliza: “Fuera de los ámbitos
oficiales de una cultura centrada en la escritura y la disquisición filosófica, en el retazo
de la arpillera se cuenta una experiencia personal (el énfasis es mío) con el hilo y la
aguja para inscribir la memoria e hilvanar a la mujer en su dolor” (p. 31). Para un
comentario al libro de Lucía Guerra, véase: Nelly Richard, “Feminismo, arpillera y
deconstrucción”, Revista de Crítica Cultural, núm. 12, Santiago de Chile, 1996.

Nel l y R ic ha rd | 35
hace juego con la simbolización de lo femenino-latinoamericano
como el “otro” salvaje (preconceptual) de la academia. Si bien es
cierto que las batallas descolonizadoras, las luchas populares y las
convulsiones dictatoriales en América Latina han gestado texto y
conocimiento fuera del canon libresco, en contacto con la exte-
rioridad social, emblematizar este cuerpo-de-experiencias como la
única verdad del feminismo latinoamericano (su verdad primaria y
radical; radical por extra-teórica) viene a confirmar el estereotipo
primitivista de una “otredad” que sólo cobra vida a través de los
afectos y sentimientos. Esta “otredad” es romantizada por la inte-
lectualidad metropolitana que concibe lo popular y lo subalterno,
lo femenino y lo latinoamericano, como un antes de la traducción,
dejando así intacta la jerarquía representacional del centro: un cen-
tro que sigue hegemonizando las mediaciones teórico-conceptuales
del pensar mientras relega la periferia a la empiria del dato para su
sociologización y antropologización a través de las historias de vida
y el testimonio8.

Crítica de la representación y multiplicación de sentidos

Toda configuración de sentido es heterogénea e incluye un


proceso intertextual que reúne una diversidad de acentos a menudo
contradictorios, aunque tal diversidad se encuentre generalmente
silenciada por el reduccionismo unificador de las metanarrativas que
obligan al sentido a ser Uno. Lo femenino es la voz reprimida por la
dominante de identidad que sobrecodifica lo social en clave patriar-
cal. Pero liberar esta voz largamente silenciada de lo femenino no
implica substraerla del campo de tensiones que la enfrenta polémi-
camente a lo masculino para aislarla en un sistema aparte que, esta
vez en nombre de lo femenino (un femenino re-absolutizado como

8
Para una lectura crítica del uso metropolitano del testimonio latinoamericano, ver:
Nelly Richard, “Bordes, diseminación, postmodernismo: una metáfora latinoameri-
cana de fin de siglo”, Las culturas de fin de siglo en América Latina, comp.: Josefina
Ludmer, Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 1994.

36 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


el reverso único de lo dominante), volvería a excluir lo diverso y lo
heterológico. El sueño de un cierto feminismo que idealiza un más
acá (originario) o un más allá (mítico) del patriarcado donde en-
contrar un lenguaje puramente femenino (un lenguaje depurado de
toda contaminación de poder masculino), convierte ese lenguaje en
una “a‑topía: una utopía, un refugio sin ley”9; un habla que se sue-
ña enteramente liberada de los controles de dominación, habitando
un mundo completamente translúcido: definitivamente libre de las
opacidades y resistencias de los antagonismos de poder. Si toda de-
marcación de identidad supone el afuera constitutivo de un “ellos”
que se opone al “nosotros”, no puede haber una cultura de muje-
res “completamente inclusiva donde el antagonismo, la división, el
conflicto”10 desaparezcan para siempre. De ser así, nos encontraría-
mos con un universo –por femenino que sea su modelo– en el que
nada interrumpe la lógica cerrada de lo idéntico a sí mismo. Como
todos los demás signos de identidad, lo femenino está incesantemen-
te envuelto en disputas y renegociaciones de fuerzas que rearticulan
su definición en planos no lisos de representación. Lo femenino no
es el dato expresado por una identidad ya resuelta (“ser mujer”), sino
un conjunto inestable de marcas disímiles a modelar y producir:
una elaboración múltiple que incluye el género en una combinación
variable de significantes heterogéneos que entrelaza diferentes modos
de subjetividad y contextos de actuación. Esta dimensión situacional
de la diferencia‑mujer es la que debería serle más útil a la reflexión
del feminismo latinoamericano ya que permite pluralizar el análisis
de las diversas gramáticas de la colonización y la dominación que
se intersectan en la experiencia de la subalternidad cultural. Aunque
la contradicción genérico‑sexual posee sus propias reglas que de-
ben ser desmontadas con instrumentos conceptuales específicos a la
denuncia del patriarcado (los de la teoría feminista), “en los países
neocolonizados, la subyugación de la mujer debe ser estudiada en

9
Julia Kristeva, “El tiempo de las mujeres”, Debate feminista, núm. 10, México 1995,
p. 357.
10
Chantal Mouffe, “Feminismo, ciudadanía y política democrática radical”, Revista
de Crítica Cultural, núm. 9, Santiago de Chile, 1994, p. 56.

Nel l y R ic ha rd | 37
términos de relaciones globales de poder” para dar cuenta de sus
estratificaciones múltiples ya que, aquí, “cohabitan diosas y dioses
precolombinos, vírgenes y brujas, oralidad, escritura y otras grafías;
voces indígenas, mestizas y europeas; retazos de máquinas sociales,
rituales, semifeudales o burguesas; pero también dioses del con-
sumismo, voces de la ciudad y de la calle, fragmentos de cultura
libresca”11. Para descifrar esta composición heteróclita de marcas de
identidad a menudo desencajadas entre sí, hace falta teorías que sean
flexibles en su capacidad de abrirse a la multiplicidad articulatoria de
las diferencias; teorías para las cuales lo femenino no sea un término
absoluto (totalizado o re-totalizador) sino una red de significados en
proceso y construcción que cruzan el género con otras marcas de iden-
tificación social y de acentuación cultural.
Tal como la academia del centro se vale de la teoría como
signo de distinción y privilegio metropolitanos para naturalizar lo
“otro” de lo femenino-latinoamericano, las redes transnacionales de
la industria literaria promueven hoy una representación de lo feme-
nino y lo latinoamericano que buscan sentimentalizar su diferencia
con el recurso facilista a una latinoamericanidad dedicada a abastecer
el menú de ofertas de la globalización cultural. Sin duda, “existe en
la actualidad una demanda sin precedentes de obras literarias escritas
por mujeres (latinoamericanas), particularmente de los textos que
parecen reflejar, de una manera u otra, la “experiencia” femenina”12.
La “experiencia” de lo femenino latinoamericano que le gusta culti-
var al mercado literario internacional, en su lógica del bestseller, va
destinada a un público mayoritario de mujeres que deben recono-
cerse en sus universos de referencia, sus patrones de representación
y sus tipologías de personajes, enlazando lo privado (dramas psico-
lógicos, conflictos biográficos) y lo público (imágenes de procesos
sociales que han sido filtrados por la intimidad de las vivencias co-
tidianas) en una alegoría doblemente romántica del género y de

11
Kemy Oyarzún, “Género y etnia; acerca del dialogismo en América Latina”, Revista
chilena de literatura, núm. 41, Universidad de Chile, Santiago de Chile, p. 36.
12
Jean Franco, “Invadir el espacio público, transformar el espacio privado”, Debate
Feminista, núm. 8, México, 1993, p. 273.

38 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


la periferia13. La mayoría de las obras de mujeres que festejan los
rankings del consumo literario son textos que proponen una identi-
ficación positiva de las lectoras con imágenes femeninas que retratan
significados de identidad previamente verbalizados por una sociolo-
gía común de la mujer (por ejemplo, la mujer emancipada), como
si existiera “una supuesta continuidad, lisa e ininterrumpida, entre
realidad y experiencia, concepto y expresión, sexo y escritura”14, es
decir, como si las obras sólo tuvieran por función revelar –temá-
ticamente– una experiencia del “ser mujer” que actúa como refe-
rencia ya definida y garantizada (estabilizada) antes que la articule
o la desarticule la práctica del texto. La mecánica distributiva del
mercado serializa los rasgos de lo femenino y lo latinoamericano
a través de patrones de identidad fácilmente manipulables, para
que los receptores de las obras de escritoras latinoamericanas se
ajusten redundantemente a la imagen de Lector(a) Modelo que fa-
brica para ellos la industria cultural “con sagacidad sociológica y con
un brillante sentido de la media estadística”15. Las obras promovidas
por el nuevo mercado transcultural de identidades segmentadas y
catalogables son obras que suelen reflejar una doble ilusión represen‑
tativa: 1) creen en una estética naturalista que le asigna a la escritura
la tarea de ilustrar temas y contenidos previamente articulados por
el discurso social haciéndolos literariamente reconocibles mediante
repeticiones y transposiciones mecánicas y, 2) pretenden a la vez
que estos temas y contenidos identifiquen una clase homogénea de
lectoras que revalidarán el sentido común de la pertenencia de gé-
nero en la ilustratividad del estereotipo “mujer latinoamericana”.
Reconocimiento e identificación son las claves tranquilizadoras que

13
En “La insoportable levedad de la historia; los relatos best-sellers de nuestro tiem-
po”, Masiello examina muy lúcidamente los funcionamientos de esta “representación
globalizada del género” que promueve el mercado literario transnacional, aplicada a
narrativas de autoras chilenas como las de Isabel Allende o Marcela Serrano. Véase,
Francine Masiello en Revista Iberoamericana, núm. 193, 2000, pp. 799-814.
14
Enrico Mario Santi, “El sexo de la escritura”, Debate Feminista, núm. 5, México,
1994, p. 196.
15
Umberto Eco, El lector en fábula, Barcelona, Lumen, 1981, p. 82.

Nel l y R ic ha rd | 39
comunican a la lectora con una matriz de significación donde lo
legible nace del calce predeterminado (invariable) entre significante
y significado. La no-problematicidad del lenguaje en la literatura
comercial ayuda a “las estrategias del marketing literario” de un fe-
menino cuya representación globalizada “convoca tanto a rescatar
lo esencialmente auténtico como, también, el encanto femenino
universal que produce una identificación ampliamente extendida
ordenando acontecimientos históricos a través de los cuerpos de
mujeres a fin de vincular la perspectiva política al universo ínti-
mo. De este modo la femineidad ocupa un rol central en establecer
puentes entre las disyunciones locales y globales, reconfigurando
mensajes en una promesa novedosa de unificación”16. En contra de
lo que dictan estas reglas del mercado literario globalizado, la crítica
feminista debería interesarse en proyectar lo femenino no como una
representación homogénea y homogeneizante, sino como un vec-
tor de descentramiento significante que interroga los mecanismos de
unificación del sentido y de la identidad que (también) operan en
la formación discursiva llamada “literatura de mujeres”. Acentuar
teóricamente esta función desestabilizadora de lo “femenino” que se
resiste a cualquier oposición binaria (masculino/femenino, iden-
tidad/diferencia, centro/periferia, etc.) sólo es posible desde un
feminismo de la(s) diferencia(s): un feminismo que postula múl-
tiples combinaciones de signos en “transiciones contingentes”
(Laclau‑Mouffe) entre registros heterogéneos, plurales y contradic-
torios de identificación sexual, de representación social y de signifi-
cación cultural. Nada más alejado de este feminismo teórico de la(s)
diferencia(s) que aborda el significante “mujer” en la discontinuidad
de sus planos de representación discursiva, que el rescate de lo vi-
vencial como conciencia primaria de un femenino latinoamericano
reducido fusionalmente a los mitos del cuerpo y la oralidad.

16
Francine Masiello, op. cit., p. 809.

40 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


Los desafíos crítico-políticos
del feminismo deconstructivo*

Los más recientes diálogos del feminismo con el psicoaná-


lisis y la deconstrucción llevaron las categorías “mujer”, “sexo”,
género” a experimentar múltiples disociaciones de significado según
las cuales ya no es posible concebir la identidad –ni femenina, ni
feminista– como algo que se cierra linealmente sobre un núcleo ga-
rantizado de atributos predeterminados.
El psicoanálisis ya le había enseñado a la crítica feminista la
fuerza descentradora, excentradora, del inconsciente que rompe el
equili-brio de la identidad-Una (sea masculina sea femenina) con la
negatividad heterogénea de energías contrarias a toda consolidación
del yo. El psicoanálisis le enseñó al feminismo que ya no podemos
confiar en un yo-“mujer”, unificado por alguna matriz homogénea
de femineidad, porque ningún sujeto –ni masculino ni femenino–
coincide plenamente consigo mismo.
Junto al psicoanálisis, las filosofías de la deconstrucción ponen
en duda la consistencia de un “ser mujer” que exprese naturalmente
una femineidad originaria; ellas rompen con el guión metafísico de las
oposiciones binarias entre términos absolutos (masculino/femeni-
no) e insisten en que las categorías de “identidad” y “diferencia”

*
Este es el texto de una conferencia leída en el Coloquio “Comunidad/contracomu-
nidad”, Duke University, Abril 2001.

Nel l y R ic ha rd | 41
deben permanecer incompletas, no suturadas, para que una subje-
tividad discontinua se abra a lo heterológico.
Tratándose de una crítica, la feminista, que afirmó sus políti‑
cas de la identidad sobre la base de la diferencia de género, el hecho de
que ni la “identidad” ni la “diferencia” ni el “género” puedan ser ya
tomadas como categorías plenas y seguras, unificadoras de un “no-
sotras”, plantea complejos desafíos que exacerban las tensiones, en
el interior del feminismo, entre las defensoras de la “identidad” y las
partidarias de la(s) “diferencia(s)”.
Para las primeras, el vector de la identidad –aunque ya no con
la carga sustancialista de antes– funciona como un (necesario) prin-
cipio de reunificación de los fragmentos demasiados sueltos en los
que nos dejó caer la dispersión relativista de los “post”. Para las segun-
das, hacen falta “diferencias que confunden, desorganizan y vuelvan
ambiguo el significado de cualquier oposición binaria”1, porque la
fragmentaciones de localidades discursivas estimulan el desplaza-
miento de las posiciones de enunciación que despliega la nueva
multiplicidad heterogénea del yo.
Dicho en otras palabras, se trata de un debate entre quienes,
por un lado, creen que la acción feminista no puede ni debe pre-
scindir de un relato de género mínimamente estable y cohesionador
(un relato que les sirva a las mujeres de base organizativa y de vector
representacional) y quienes, por otro lado, piensan que la desesta-
bilización crítica del referente “mujer” es saludable porque produce
fisuras de (la) representación que rompen la fijeza categorial de la
identidad y la diferencia, otorgándoles movilidad operatoria a sus
planos de articulación teórica y crítica.
Este nuevo debate feminista se genera a partir de la “crisis
del sujeto”, tal como la diagnostica la filosofía contemporánea en
su comentario al fracaso de las identidades centradas y su racio-
nalidad unificada. El feminismo contemporáneo adhiere a esta
constatación post-metafísica de la crisis del sujeto, pero lo hace sin

1
Nancy Fraser and Linda Nicholson, “Sexual criticism without philosophy”, Femi‑
nism/posmodernism, edited by Linda Nicholson, Nueva York, Routledge, 1990, p. 34.

42 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


dejarse arrastrar por el escepticismo postmoderno de la crisis de val-
or y fundamento que suele rodear dicha constatación. Lo llamativo
del feminismo es su deseo teórico-político de “combinar la incredu-
lidad postmoderna hacia las metanarrativas”2 con el impulso crítico
de nuevas y rebeldes articulaciones de identidad.
Creo que es en la teoría feminista donde hoy vibra con
mayor fuerza argumentativa la búsqueda de una cierta operaciona-
lidad estratégica que nos permita deslizarnos desde las coreografías
postmodernas de la indeterminación hacia el diseño de nuevas
políticas y poéticas del subjetividad: desde la torsión deconstructiva
contenida en la proble-matización de la identidad y la crítica de la
representación hacia las luchas emancipatorias por la significación.
¿A qué se debe el vitalismo teórico que hoy demuestra el
feminismo? Quizás al hecho de que el proyecto feminista se ha visto
muy fuertemente tironeado por el debate postmoderno en torno a
la identidad y la diferencia (por ser precisamente éstas las dos cate-
gorías que organizaban su narrativa de género) y que, por lo tanto,
ha debido perfeccionar sus habilidades para crear gestos dobles, des-
doblados, que luchen en múltiples frentes a la vez, hacia direcciones
a veces divergentes o contrarias.
Quisiera ilustrar la complejidad de algunos de estos gestos,
situándolos en dos escenarios de tensiones y desafíos a los que hoy
responden provocativamente la teoría feminista y su crítica cultural.

La alegorización postmoderna de lo femenino y el desalojo corpo‑


ral de las mujeres del emblema de lo no-Uno

Muchas feministas desconfían de cómo la desmovilizadora


tesis postmoderna de la “crisis del sujeto” –que pone en duda todo
rasgo fuerte de autonomía y emancipación– llega a triunfar justo
ahora cuando, por el lado de las mujeres, asistimos al creciente forta‑
lecimiento de la teoría feminista. Para estas feministas, es sospechosa

2
Fraser-Nicholson, op. cit., p. 34.

Nel l y R ic ha rd | 43
la coincidencia que lleva la postmodernidad a certificar la disolu-
ción de la identidad y del sujeto justo cuando las conquistas teóricas
y políticas del feminismo permiten garantizar ciertas condiciones
de autodefinición para las mujeres que las convierten, por fin, en
sujetos: en actoras de sí mismas3.
Por mucho que evitemos caer en lecturas conspirativas, no
podemos dejar de notar que las filosofías de la deconstrucción emiten
signos perversos. La postmodernidad de fin de siglo se confiesa tri-
zada por la crisis de las jerarquías universales (centralidad, totalidad,
finalidad) que gobernaban el pensamiento de lo Uno; la postmo-
dernidad acusa las fallas de aquel sujeto desde siempre dueño de la
metafísica occidental y, mediante un gesto bastante insidioso, deci-
de ahora reacentuar favorablemente –con una marca complicitaria-
mente femenina– toda la serie de trizaduras y descomposiciones de
la misma tradición falogocéntrica que había usado, durante siglos,
para excluir a lo no-masculino de su narración maestra.
Antes, el discurso de la filosofía occidental era lo que la crí-
tica feminista debía refutar en su condición de totalización opresiva
y de sistematización represiva. Hoy, una corriente de este mismo
discurso filosófico llamada “deconstrucción” se muestra arrepentida
de tanta prepotencia y toma la iniciativa de autocriticar sus presu-
posiciones masculinas de autoridad, robándole así al feminismo su
protagonismo crítico en el desmontaje del relato falogocéntrico.
La filosofía de fin de siglo reivindica para sí el privilegio –feminei-
zante– de la alteridad y del descentramiento. ¿De qué podrían que-

3
Así lo formula N. Hartsock: “Parece altamente sospechoso que sea justo en el mo-
mento en que tantos grupos... comprometen redefiniciones de los Otros marginali-
zados cuando emergen las dudas acerca de la naturaleza del “sujeto”, acerca de las po-
sibilidades de una teoría general que pueda describir el mundo, acerca del “progreso”
histórico. ¿Por qué el concepto de sujeto se torna problemático justo ahora cuando
tantos de nosotros que hemos sido silenciados comenzamos a reclamar el derecho
a nombrarnos a nosotros mismos, a actuar como sujetos y no como objetos de la
historia? Justo cuando estamos formando nuestras teorías sobre el mundo, aparece la
incertidumbre de si el mundo puede ser teorizado”.Véase, Nancy Hartsock, “Foucault
on power: a theory for women”, Feminism/posmodernism, op. cit., pp. 163-164. La
traducción es mía.

44 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


jarse ahora las feministas, se pregunta Françoise Collin, si “la filo-
sofía misma ha entablado su “hacerse mujer” en las temáticas de lo
no-uno, de la diferencia o de la différance, de la diseminación, de
la vulnerabilidad, del “no toda”, de lo indefinido, de la alteridad
radical?”4
La situación es compleja, y esta complejidad obliga el
feminismo de hoy a desplegar todas sus astucias. Por un lado, la
deconstrucción filosófica del Sujeto Trascendental de la metafísica
occidental le arma al feminismo un escenario propicio a la reva-
lorización de lo “otro” (y de la “otra”) que la modernidad había
marginado de su imperio de la razón y verdad dominantes. Y es
posible, entonces, entender “la crisis de la modernidad” como “la
destrucción de las bases masculinistas de la subjetividad clásica”5,
a partir de la cual reivindicar (femeninamente) el lugar de lo des-
centrado y lo intersticial y, también, batallar (feministamente) por
transformar las coordenadas del poder sexual de la masculinidad
hegemónica que esa modernidad ocupó como vector de universali-
zación. Pero, por otro lado, lo femenino de la deconstrucción queda
generalmente circunscrito al plano especulativo de la abstracción
filosófica por los autores masculinos que cultivan literariamente su
metáfora sin sentirse mínimamente obligados a establecer algún
compromiso práctico ni con las mujeres reales de la lucha política
ni con la acción teórica del feminismo6. Las mujeres del feminismo

4
Francoise Collin, “Praxis de la diferencia, notas sobre lo trágico del sujeto”, Revista
Mora, núm. 1, Universidad de Buenos Aires, Agosto 1995, p. 4.
5
Rosi Braidotti, Sujetos nómades, Buenos Aires, Paidós, 2000, p. 169.
6
Habría mucho que señalar respecto de la grosera desatención que siguen manifes-
tando, en su mayoría, los pensadores contemporáneos hacia la teoría feminista.
Ya Craig Owens nos había alertado sobre la ambigüedad del cruce aparente entre
“la crítica feminista del patriarcado y la crítica postmodernista de la representación”,
reparando en el hecho que, pese a lo favorable de este cruce que parecía invitar a
complicidades intelectuales, y pese a que “uno de los aspectos más sobresalientes
de nuestra cultura postmoderna es la presencia de una insistente voz feminista”,
“las teorías del postmodernismo han tendido ya sea a hacer caso omiso de esa voz, ya sea
a reprimirla. La ausencia de comentarios sobre la diferencia sexual en los escritos
acerca del postmodernismo” estaría hablando de “un notable descuido” disfrazado
de tramposa atención. Véase, Craig Owens, “El discurso de los otros: las feministas

Nel l y R ic ha rd | 45
se encuentran así corporalmente desalojadas por la filosofía de la de-
construcción de su propia metáfora de fin de siglo. No hay corre-
lación solidaria entre, por un lado, el refinamiento de los nuevos
juegos interpretativos que elabora la filosofía de la deconstrucción
en torno a lo femenino y, por otro, una voluntad manifiesta de
sus autores de hacerse partícipes de las luchas políticas encargadas
de transformar las relaciones de poder y género que construyen la
desigualdad sexual. Dicho con palabras de Teresa de Lauretis, al
“aplazar el tema del género sobre una ahistórica figura de la feminei-
dad puramente textual”, las filosofías de la deconstrucción “niegan
la historia de la opresión y la resistencia política de las mujeres reales
tanto como la contribución epistemológica del feminismo para la
redefinición de la subjetividad”7.
La filosofía postmetafísica suele ocupar lo femenino para
simbolizar el juego –fluido y multicentrado– de las diferencias.
Pero la diferencia sexual es, para dicha filosofía una diferencia entre
otras: una de las muchas variaciones del proceso de pluralización
de lo Uno que ha liberado la crítica antimetafísica al dogma de la
identidad-centralidad-totalidad. La filosofía de la deconstrucción
parece no acusar recibo de lo demostrado por la teoría feminista, a

y el postmodernismo”, La postmodernidad, ed. Hal Foster, Barcelona, Kairos, 1985,


pp. 93-95. Muchas teóricas feministas siguen acusando este “notable descuido”. Celia
Amoros habla de la condición disimétrica que ocupan las feministas en el diálogo
con la teoría contemporánea cuyas figuras “raras veces se dignan tomar a las teóri-
cas feministas por interlocutoras”, mientras nosotras sí “hemos debido adquirir esa
competencia para llegar a ser escuchadas por quienes definen qué competencias son
ineludibles para convertirse en interlocutora solvente en los debates intelectuales que
tienen vigencia. Ellos, en cambio, pueden ignorar olímpicamente lo más elemental
de la teoría feminista sin percibir que es una laguna”. Véase, Celia Amorós, “Feminis-
mo, ilustración y postmodernidad”, Retos de la postmodernidad, ed. Fernando García
Selgas y José Monleón, Madrid, Trotta, 1999, p. 60.
Teresa de Lauretis, a su vez, repara en “la omisión predominante, cuando no es des-
precio directo, que los intelectuales varones sienten por la teorización feminista, a pe-
sar de gestos ocasionales en la dirección de las luchas de las mujeres o la concesión de
stuatus político al movimiento de mujeres. Esto no impediría y de hecho no impide a
las teóricas feministas la lectura, relectura y reescritura de sus trabajos”. Véase, Teresa
de Lauretis, Revista Mora, op, cit., p. 32.
7
De Lauretis, op. cit., p. 11.

46 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


saber, que lejos de ser una diferencia entre otras, la diferencia mas-
culino/femenino es la que estructura toda la economía discursiva
de la simbólica de la representación. Al organizar el reparto catego-
rial de lo universal según connotaciones de valor (superior/inferior)
que lo dividen en “mente/cuerpo, cultura/naturaleza, civilizado/
primitivo, realidad/apariencia, todo/parte, agente/recurso, activo/
pasivo, etc.”8, la diferencia masculino/femenino agencia no sólo los
significados específicos de la diferencia sexual sino la generalidad del
conjunto de las figuraciones discursivas que derivan de su binarismo
del pensamiento y de la identidad. Al no querer admitir la función
estructurante de esta diferencia masculino/femenino cuyo valor re-
gula todo el universo de la representación (identidad y diferencia),
las filosofías de la deconstrucción niegan la fuerza de transversalidad
crítica que despliega el análisis feminista de los juegos de la diferen-
cia sexual en el campo del pensamiento contemporáneo.
La deconstrucción hizo bien en rebatir el naturalismo se-
xual, la esencialización del género, en los que cae el feminismo pri-
mario. Pero quizás se apuró demasiado en querer disolver la cuestión
de la diferencia sexual en la metáfora de lo femenino como un más
allá del género. El problema es que, al hacer proliferar las diferencias
en una multiplicidad de devenires que se suponen todos igualmente
cargados de alteridad y subversión, la deconstrucción subsume to-
das las diferencias a una única figura retórica –la de la Diferencia–
que borra la politización de lo sexual como campo de luchas de la
subjetividad. Si le quitamos estructuralidad a la diferencia sexual
(si indiferenciamos la diferencia de género como vector estructu-
rante del pensamiento de la identidad dominante), invisibilizamos
la razón de porqué es el feminismo –y ningún otro pensamiento
crítico– el que sigue empeñado en subvertir la dicotomía sexual.
Si no hubiese ninguna diferencia entre el “devenir minoritario” de
la filosofía y el proyecto feminista, es decir, si la tarea de subversión
de la dicotomía sexual tuviera la misma urgencia para la filosofía que

8
Dona Haraway, Ciencia, cyborgs y mujeres; la reinvención de la naturaleza, Valencia,
Cátedra, 1991, p. 303.

Nel l y R ic ha rd | 47
para las mujeres, costaría explicar por qué son casi exclusivamente
mujeres feministas (y no filósofos) las que luchan por desmontar
la economía simbólica de la representación de sexo y poder. Si el
feminismo es prioritario para las mujeres y si las mujeres son priori-
tarias para el feminismo (“prioritario” no quiere decir “exclusivo” ni
menos aún “excluyente”) es porque la tarea crítica de desorganizar y
reinventar los signos de la cultura desde un punto de vista no hege-
mónico es más vital y decisiva para quienes se insertan desfavorable-
mente en las estructuras simbólicas y sociales que para quienes, pese
a todo, se siguen beneficiando de los privilegios de autoridad de la
misma cultura que critican-parodian.
En todo caso, el proyecto feminista debe enfrentar hoy una
doble responsabilidad práctica y teórica: seguir luchando contra el
dispositivo socio-masculino que organiza la diferencia en desigual-
dad genérico-sexual y, además, desocultar las estratagemas mediante
las cuales la filosofía deconstructiva exhibe el ícono textual de lo
femenino como retoque suntuario y usa la metáfora de la diferencia
para opacar los avances de la lucha feminista.
Al trasladarnos al campo de la crítica literaria, comproba-
mos que el giro deconstructivo ha tenido el incuestionable valor de
llevar a revisión las tesis de una primera crítica feminista que, sus-
tentaba en la naturalización de la diferencia sexual, afirmaba que la
“escritura de las mujeres” debía expresar “lo femenino” como si
ese “femenino” fuese un contenido sexual prefijado en un cuerpo
anterior y exterior al texto mismo; como si el referente “mujer”
fuese una unidad ya constituida que el texto debía prolongar en
el soporte expresivo de la obra según una ligazón natural (trans-
parente) entre cuerpo, experiencia y significación sexual. La nueva
crítica feminista sabe bien que el cuerpo de origen, la pertenencia
identitaria a una determinada categoría genérico-sexual, es lo dado
(lo experienciado en el dato de “ser mujer”) que el texto recrea y
transforma generando sucesivos cortes e intervalos entre cuerpo,
trayecto biográfico-social, posiciones de género, marcas simbólicas y
figuraciones textuales.

48 | Fe m i n i sm o , g énero y di ferenci a(s )


Era indispensable que la nueva crítica feminista se distan-
ciara de aquel realismo sexual de la escritura que pretendía encerrar
lo femenino en la experiencia naturalizada del cuerpo, la biografía y
la condición de la mujer (sociologizable y psiciologizable), como si
el ciframiento de las posiciones que puede adoptar lo femenino en
las tramas de la escritura no dependiera sobre todo de la agencia tex-
tual que facciona y reestiliza sus “yo” como máscaras. Por un lado,
había que des-naturalizar los lazos entre determinación sexual y re-
presentación de identidad, para que la marcación de la diferencia
como alteridad recorriera el texto según un trayecto simbólico-fic-
cional y enunciativo que descalza toda propiedad sexual. Pero, por
otro lado, hipertextualizar lo femenino como un simple montaje
alegórico para empujar el trabajo de la diferencia sexual lo más lejos
posible de la localización “mujer”, amenaza con romper toda ligazón
material entre corporeidad social y fuerza de subjetividad, haciendo
como si las actuaciones del signo “mujer” no tuvieran ninguna rela-
ción material con la ubicación social del sujeto de la diferencia que
se ve inferiorizado en el campo de poder de la cultura.
Sin duda que el feminismo hizo bien en romper con la uni-
vocidad de la pertenencia de género, para abrir el yo sexuado a desli-
zamientos y fisuraciones capaces de volverlo internamente múltiple
y contradictorio y, también, para conectar transversalmente el yo-
mujer a los diversos procesos de subjetivación que realizan aquellos
“otros inadecuados” (Trinh T. Minh-ha) a los que el feminismo
invita a participar de su diferencia. Pero está el riesgo de que lo
singular-concreto de las mujeres y la materialidad contingente de
sus políticas de sujeto queden borrados por la generalización post-
moderna de la diferencia como sitio exclusivamente textual de una
nueva multiplicidad ahora desencarnada.
Para enfrentar este riesgo y burlar un deconstructivismo de-
masiado interesado en neutralizar las desigualdades de género bajo
la alegorización textual de lo femenino, ciertas posiciones feministas
vuelven hoy a subrayar la especificidad material (histórico-social,
político-sexual) de los cuerpos en los que se localiza la diferencia: esos
mismos cuerpos que habían sido abandonados por la filosofía de la

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deconstrucción debido a la carga esencializante del naturalismo
sexual que les confería el feminismo de antes. Este nuevo gesto de
rescatar la corporeidad social de la posición “mujer” como un gesto
destinado a oponer “una resistencia estratégica al desmantelamiento
del ‘regionalismo crítico’ del feminismo y de sus políticas locales”9
que favorece un postmodernismo blando, da cuenta de cómo la
crítica feminista debe elaborar incesantemente nuevos juegos tácti-
cos en la escena de la teoría contemporánea.

Políticas y poéticas del sujeto: organización y dispersión de los sig‑


nificados de identidad

La nueva crítica feminista comparte el argumento postmeta-


físico de que las mujeres ya no pueden confiar en la sustancialización
de un “nosotras” que re-unifique lo heterogéneo y lo discontinuo de
sus múltiples y contradictorias articulaciones de identidad. Pero al
mismo tiempo, el feminismo no puede renunciar completamente
a que un trazo de unión reagrupe a “las mujeres” bajo la referencia
colectiva de un “nosotras”, ya que sin la base operacional de ese “no-
sotras” no existe lucha política.
¿Cómo conciliar el nuevo yo desunificado (fragmentario,
descentrado, inestable) de la teoría postmetafísica, con la necesidad
política de seguir apostando a una dinámica de sujetos e identidad
que, para articularse colectivamente, no puede disolverse en la pura
fragmentación, el descentramiento y la inestabilidad?
En su versión postestructuralista, la crítica feminista quiere
desmontar la unidad categorial del signo “mujer” y favorecer un no-
madismo de la identidad que apueste a lo posicional y lo articulatorio
para crear una multiplicidad de vectores de identificación transitivos
y contingentes entre las diferencias. Este desmontaje crítico cues-
tiona la totalización homogénea de la categoría de Identidad que:

9
Rey Chow, “Autómatas postmodernos”, Feminismo y teoría del discurso, ed. Giulia
Colaizzi, Madrid, Cátedra, 1990, p. 70.

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1) borra las diferencias entre mujeres, y 2) oculta las fallas, las
rupturas e intervalos que disocian cada “ser mujer” en posiciones
no-sintetizables porque escindidas a lo largo de múltiples ejes de
diferenciación y contradicción internas.
¿Puede el feminismo seguir hablando en nombre de “las
mujeres”, sabiendo que el significado “mujer” –internamente con-
tradictorio y externamente plural– se dispersa fuera de una unidad
coherentemente programable? ¿Cómo armar políticas de identidad
basadas en una conciencia de género, si tanto la identidad como
el género son recorridos, en sus cadenas de signos, por múltiples
fracturas que interrumpen, desvían y bifurcan el trayecto represen-
tacional que debería unir el sujeto del feminismo a su objeto: las
mujeres?
Estas preguntas configuran un nudo de tensiones dilemáticas
entre política del sujeto y crítica de la representación: entre, por un lado,
el momento afirmativo de un gesto emancipatorio que desea movili-
zar fuerzas de cambio generando nuevas dinámicas de subjetivación
y, por otro lado, el momento suspensivo de la deconstrucción que
sospecha de cualquier cristalización del significado y de la identi-
dad. En una de sus caras, estas tensiones parecerían sugerir que el
feminismo se está dividiendo entre, por un lado, afirmarse (políti-
camente) como identidad y, por otro, deconstruirse (críticamente)
como representación-de-identidad. Sin embargo, el feminismo ya
sabe que no tiene que elegir entre estos dos momentos sino, más
bien, al más puro estilo deconstructivo, rechazar el binarismo de
una oposición entre el sí y el no, y mantener entre ambos una ten‑
sión activa (Derrida) que se resuelve –provisoriamente– en función
de cada articulación de contexto10.

10
Dice Derrida: “Ciertas reivindicaciones de emancipación... exigen la constitución y
el reconocimiento de una subjetividad crítica: una minoría milita para que su identi-
dad sea reconocida en un trabajo activo de lucha política. Creo que hay que sostener
esta reivindicación de emancipación y este combate de identificación social, pero sin
abandonar el otro gesto crítico de deconstruir la noción de identidad que lo mueve
para impedir que se institucionalice.. Es sólo cuestionando el concepto de subjetivi-
dad como identidad del sujeto presente a sí mismo, estable y segura, que podemos

Nel l y R ic ha rd | 51
Poner a trabajar esta tensión activa supone deslizamientos
y recomposiciones de planos entre “mujeres”, “género”, “política”,
“identidad” y “representación”, que le permitan al feminismo circu-
lar entre “la negatividad crítica de su teoría”, por un lado y, por otro,
“la positividad afirmativa de sus políticas”11. Estos deslizamientos
implican, a su vez, una estrategia de multilocalización del sujeto y
de la crítica, para “desdibujar fronteras sin quemar puentes”12 entre
los diferentes sitios de intervención feminista en los que se juega la
problematización de género.
Evocamos la necesidad, para el feminismo, de una movili-
dad de gestos coyunturalmente diseñados según prioridades tácticas.
Esto, por supuesto, tiene que ver con el famoso “esencialismo estra-
tégico” mencionado por Gayatri Spivak como un recurso que nos
autoriza a emplear el signo “mujeres” cada vez que un referente de
identidad necesita servir de enlace y conexión solidaria en las luchas
contra las desigualdades de género, aun sabiendo que dicho signo
carece de base ontológica. El feminismo diseña estas articulaciones
contingentes entre un “yo” y un “nosotras” que actúan diferentes
significados de identidad, según sus necesidades locales de alian-
za y coalición. Se trata de un “yo” y de un “nosotras” en proceso,
que mueven la identificación “mujer” hacia múltiples sitios de re-
definición contextual, en lugar de dejarla amarrada a una identidad
predefinida. Gracias a esas estrategias móviles, podemos argumentar
que el “sujeto” del feminismo (el “sujeto” como constructo, tal como

criticar activamente las identidades que se van estabilizando o dogmatizando. Al ha‑


blar de estos dos gestos, no estoy hablando de la alianza de dos teoremas sino de una tensión
activa en el campo no sólo del discurso sino del combate político. Esta dificultad nos obliga
a tomar responsabilidades. Si no nos vieramos enfrentados a esta doble tarea que compro‑
mete gestos contradictorios, no habría responsabilidad sino máquina programática. Cada
decisión supone una evaluación de la situación singular en que se toma la responsabili‑
dad de articular y negociar estos dos gestos contradictorios”. Véase, “Conversaciones con
Jacques Derrida”, Revista de Crítica Cultural, núm. 12, Santiago de Chile, 1996, p.
15. Las cursivas son mías.
11
Teresa de Lauretis, “La tecnología del género”, Revista Mora, núm. 2, Buenos Aires,
1996, p. 34.
12
Rosi Braidotti, op. cit.

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lo define Teresa de Lauretis) son “las mujeres” cuando nos hace falta
generar afinidades colectivas en torno a un vector genérico-sexual de
identificación social; o bien que el sujeto del feminismo es “el géne-
ro” cuando nos convenga insistir en el carácter relacional del sistema
de poder sexual; o bien que el sujeto del feminismo es “la opera-
ción crítica de lo femenino” cuando se trate de conjugar múltiples
fuerzas de disidencia de identidad que desborden el realismo sexual
de los cuerpos de mujeres; o bien que el sujeto del feminismo es
“la corporeidad-mujer” cuando, por el contrario, necesitamos po-
nerle un límite a la borradura filosófica del género que promueve la
infinita deslocalización de la diferencia sexual. Desplazándose tác-
ticamente de un planteamiento de un sujeto a otro, el feminismo
hace valer conexiones, afinidades, oposiciones, rechazos, negocia-
ciones, según los encadenamientos provisorios y contingentes de
respuestas siempre localizadas.
Esta movilidad de desplazamientos requiere de la fuerza de
intervención del feminismo pero también de su capacidad de inven‑
ción, a la hora de dibujar diferentes escenas de figuración del “yo”
que varían según los modos en que el “ser mujer” decide ponerse
en palabras o en imágenes. Son cada vez más los textos feministas
que buscan nuevas formas de escritura capaces de cruzar diferentes
registros discursivos hasta convertirse en “ficciones apasionadas” (así
las describe Ana Amado a propósito del trabajo de Donna Haraway)
que “no reconocen fronteras entre la reflexión especulativa, la esté-
tica y la política”13.
Este cruce de fronteras entre teoría, estética y política, que ca-
racteriza a la búsqueda feminista de hoy le permite entrar y salir de las
composiciones de identidad mediante un zigzag entre diversos “yo”
que, muchas veces, no coinciden entre sí como son, por ejemplo, el
yo político (el yo de la acción social y de la lucha institucional: el yo
de la decisión), el yo teórico (el yo del discurso metacrítico:
el yo de la sospecha) y el yo estético (el yo del arte y de la literatura:

13
Ana Amado, “Cuerpos intransitivos, los debates feministas sobre la identidad”,
Debate feminista, núm. 21, México, 2000, p. 225.

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de la pulsión creativa y del desborde metafórico). Intercalar estos
planos de identidad y desidentidad (con todos sus juegos de atrac-
ciones y refracciones) le da fuerza al “sujeto” del feminismo para ser
siempre otro para sí mismo: para no tener que comportarse siempre
del mismo modo ni narrarse en el mismo tono. Esta intercalación de
planos no-homólogos permite, por ejemplo, que el feminismo pueda
dejar momentáneamente de lado el tono denunciante y reivindicati-
vo de las luchas de identidad y de las políticas de la representación
–cuando ese discurso amenaza con caer en la redundancia y la pro-
gramaticidad–, para aventurarse más bien en aquellos márgenes
donde un carnaval de formas y estilos desobedientes busca fisurar la
ortodoxia del mundo de las protestas (“sociedad”) y de las respuestas
(“acción”, “conocimiento”). A estos márgenes, Donna Haraway los
llama márgenes de “heteroglosia” y “polivocalidad”. Son márgenes
de des-identificación que reúnen todo lo que se sale de las reglas
normativas de la univocidad: lo no-integrado, lo difuso, lo errante,
lo inconexo; lo que vaga fuera de las totalizaciones identitarias.
La fuerza descentradora de estas ambiguedades y paradojas
de sentido le permite al sujeto arrancarse de las identidades recono-
cibles y catalogables, para oscilar creativamente entre “la pertenencia
(o identificación) y el extrañamiento (o desorientación)”14. A esta
oscilación de necesidades y deseos le corresponde sacudir la tesis
militante e institucional de los proyectos identitarios crispados en
una “representación” de las mujeres que sólo persigue un contenido
político sin fisuras ni excedencias, sin locuras ni desperdicios, sin
vueltas ni rodeos. Romper el dogma identitario que busca hacernos
creer que las fuerzas de subjetivación se reducen linealmente a calcu-
lados esquemas de identificación, implica desocultar el plural hetero-
géneo que fluye en “el intervalo o la brecha” que separa la voz del
cuerpo, y que disocia la voz y el cuerpo de cualquier guión fijo de
enrolamiento de la identidad15.

14
Benjamin Arditi, “El reverso de la diferencia”, El reverso de la diferencia; identidad y
política, Caracas, Nueva Sociedad, 2000, p. 101.
15
Así lo dice Jacques Ranciére en “Política, identificación y subjetivación”: El reverso
de la diferencia, op. Cit., p. 150.

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Vale la pena subrayar el potencial de extrañamiento que
despliegan las simbolizaciones artísticas y culturales y sus juegos de
figuraciones del yo16. El arte y la literatura saben torcer los esquemas
identitarios, desviarlos hacia los bordes donde se alojan las materias
simbólicamente más complejas por turbias, convulsas y fracturadas.
El arte y la literatura impiden que se dogmatice lo femenino en el
yo sin quiebres ni residuos del lineal sociologismo de género que
trabajan, aburridamente, los informes académicos y las comisiones
públicas relativas a “la condición de la mujer” y a los “derechos de
las mujeres”.
Aunque siga siendo necesario para las mujeres un lenguaje
de denuncias y reclamos por la legítima obtención de “derechos”, no
basta con los lenguajes de la política militante, de la acción y las
luchas institucionales. Sabemos bien que no hay transformación
del sistema de relaciones sociales sin una alteración de las reglas del
discurso simbólico que ordenan y formulan el sentido. De esta al-
teración depende que nazcan nuevas figuraciones de pensamiento,
nuevos estilos de habla, nuevas constelaciones del imaginario para
ampliar la subjetividad a los registros figurativos de una otredad
que, muchas veces, choca contra el lenguaje militante de la protesta
política y, también, contra el lenguaje burocratizado de la academia.
Si bien el proyecto feminista debe seguir absolutamente
comprometido con un trazado de acciones y discursos reivindicati-
vos, no todo lo que dice y hace el feminismo necesita calzar ilustra-
tivamente con esta voluntad (pedagógica, militante o institucional)

16
Julia Kristeva decía lo siguiente: “¿Por qué la literatura? Es porqué frente a las
normas sociales, la literatura despliega un saber y a veces la verdad sobre un universo
reprimido, secreto, inconsciente? Porque duplica así el contrato social revelando su
no dicho, su inquietante extrañeza. Porque del orden abstracto y frustrante de los
signos sociales, de las palabras de la comunicación corriente, hace un juego, espacio
de fantasía y de placer. Junto al psicoanálisis, el papel de las experiencias estéticas
debería incrementarse no sólo para hacer de contrapeso al almacenamiento y la uni-
formidad de la información, sino para desmistificar la comunidad del lenguaje como
herramienta universal, totalizante, niveladora. Para hacer surgir, con la singularidad
de cada quién, la multiplicidad de nuestras identificaciones”. Véase, Julia Kristeva,
“El tiempo de las mujeres”, Debate Feminista, núm. 10, México, 1990.

Nel l y R ic ha rd | 55
de demostración-de-identidad; una voluntad que suprime o reprime
lo indefinible que se escapa del realismo categorial o del empirismo
sociológico. Le hace falta también al feminismo lenguajes capaces de
tejer ficciones utópicas; de jugar con un desorden terminológico que
se preste a las aventuras de lo inclasificable; de preservar las fisuras
e intersticios por donde hacer vacilar el sentido en el interior de las
definiciones programadas; de abrir huecos para que los meandros
conceptuales y las vagancias del nombre sin categoría fija se rebelen
contra la normatividad profesional del saber competente de las dis-
ciplinas aplicadas.
Quizás todo esto sea posible gracias al modo en que la crítica
feminista, junto con reinventar modos de subjetividad política en
torno a la diferencia sexual y la alteridad, ha aprendido a “manejar
fluidamente una variedad de estilos y ángulos disciplinarios, hablan-
do en muchos dialectos, jergas y lenguas diferentes”17, gracias a la
complejidad de los escenarios en los que le ha tocado moverse para
transitar entre academia y militancia; entre el mundo discursivo de
la teoría contemporánea y las máquinas de acción que diseminarán
sus significados de oposición en las redes públicas de lo ciudadano;
entre la crítica de la cultura (canonizaciones institucionales y arte-
factos de mercado) y la postulación de subjetividades alternativas
que sean capaces de resquebrajar los pactos hegemónicos de lo uni-
forme y lo conforme.
Esta misma complejidad de escenarios que lleva la crítica
feminista a desplazarse entre lo académico, lo teórico, lo político y
lo estético, le enseñó a no temer las confusiones que se producen en
la superficie de los cuerpos, los lenguajes, los saberes, las disciplinas
y las instituciones: estos desencajes en los modos de ser y en las formas
de decir que exhiben las diferentes voces del feminismo son lo que
garantiza la tensión –vigilante y batallante a la vez– entre políticas
de identidad y poéticas de la subjetividad.

17
Braidotti, op. cit., p. 79.

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