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La abuela Teresa

Desde niña la abuela Teresa influenció mi vida. Mis padres me pusieron dos
nombres de pila. Bastó que mi abuela me viera y dijera “esta niña es una gloria” para
que me llamaran por el segundo nombre, Gloria. Eso fue hasta que en mi temprana
adolescencia comencé a presentarme por mi primer nombre. La gente que me había
llamado Gloria fue reticente al cambio, algunos se habituaron a llamarme por mi primer
nombre y para la gente nueva no había diferencia.
Para mí la diferencia fue mucha. No quería ser una gloria. No sé si lo era para
mi abuela. Tal vez era una expresión de deseo. Su mayor deseo era atender y hacer
sentir en casa a todos. Apenas llegabas destapaba uno a uno los platos que había en
la mesa de la cocina y te decía “comé, nena, comé” y a veces recurría a su idioma
nativo con un “mangia che ti fa bene”.
Entre tantos platos, aunque estuviera llena, siempre había algo que me
tentaba. Evidentemente mi abuela no se interesaba por los medios de refrigeración, ni
la bromatología. Los platos estaban tapados por las moscas pero afuera de la
heladera. En todos los años que mantuvo esta tradición jamás me cayó mal ninguno
de los manjares que me ofrecía.
Supongo que el secreto era el amor que ponía al cocinar. Había todo tipo de
bocadillos: de hojas verdes, de broccoli, de repollo y de todo lo que se podía convertir
en un círculo comestible. Hacía conserva de aceitunas de su propia cosecha, de
berenjenas y de ají morrones. Tortillas de papa o verdura. Milanesas. De la heladera
sacaba el queso y de una bolsa el pan. Todos estos eran entremeses o tentempiés
como se dice.
Los domingos toda la familia iba a comer a su casa. Había una mesa grande
en el patio y otra improvisada con caballetes y tablones. Nos sentábamos en sillas y
en banquetas. Había mantel, mantel de pobre, pero mantel al fin. La abuela cocinaba
para un batallón supongo que ayudada por sus nueras dado que cocinar no era cosa
de hombres. En mi temprana infancia había pastas caseras e incluso ravioles. Más
adelante la abuela se fue poniendo viejita entonces eran pastas compradas.
El estofado que hacía era inigualable. La carne se deshacía sola. Había días
que se cambiaba la pasta por pollo al horno con papas. Siempre dudaba si el pollo no
había salido de su gallinero. Lo evitaba y comía las papas. Mientras se hacían los
preparativos los hombres de la familia arreglaban el mundo en ardientes
conversaciones separados por sus afiliaciones del tipo Boca-River, Peronistas-
Radicales.
Entrada. Plato principal. Frutas de postre y en un ratito llegaba la hora del
mate con factura. Había que tener un sistema digestivo bien activo para soportar tal
ingesta de manjares con combinaciones explosivas, de las cuáles, la única que se
advertía era que había que evitar era la mezcla de vino con sandía.
Cuando todo esto terminaba, las mujeres lavaban, secaban la vajilla y
ordenaban, la abuela se sentaba calladita en su silla en un rinconcito del comedor y
miraba en la tele lo que su hijo soltero con quién vivía había elegido. No sé si veía
bien ni si escuchaba bien. A veces aprovechaba para pelar habas, otras, hacía girar
los pulgares mientras cruzaba los otros dedos sobre su regazo.
La abuela se enojaba cuando mi primo y yo nos metíamos en líos y hacíamos
diabluras y nos reboleaba una alpargata o una chancleta. Mi primo sabía eludirla pero
a mí muchas veces me la embocaba. Recuerdo su alegría cuando le dije que iba a
estudiar italiano. Aunque se acordaba poco y nada se le iluminó el rostro tal vez
porque la emocionó que su nieta honrara sus orígenes y hablara su idioma.
© Edith Fiamingo 2021

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