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El contenido de esta obra es ficción. Aunque contenga referencias a hechos históricos y lugares existentes, los nombres, personajes, y situaciones son ficticios. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, empresas existentes, eventos o locales, es coincidencia y fruto de la imaginación del autor. ©2010, Cuando muere un ruiseñor nº1 ©2010, Margarita Rodríguez “Nina R” ©2010, Portada e ilustraciones interiores: Margarita Rodríguez “Nina R” Colección Andarta nº1 Ediciones Babylon Calle Martínez Valls, 56 46870 Ontinyent (Valencia-España) e-mail: publicaciones@edicionesbabylon.es http://www.EdicionesBabylon.es/ ISBN: 978-84-938921-4-2 Todos los derechos reservados. No está permitida la reproducción total o parcial de cualquier parte de la obra, ni su transmisión de ninguna forma o medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopia u otro medio, sin el permiso de los titulares de los derechos.

Por la dignidad y el respeto hacia los animales Por todos los callejeritos de nuestras ciudades, esos felinos maravillosos a los que adoro

dner Nevothenien, rey de Lothir, sostenía en sus manos el escrito en el que sus principales enemigos se acreditaban como autores en el secuestro de la actual heredera al trono, la princesa Nerien, su sobrina. Tras varios días de su desaparición, ya esperaba el monarca recibir aquella misiva. Un verdadero mazazo para un hombre que vivía permanentemente atribulado por sus cargos, lastres que arrastraba como una pesada cadena y que, en numerosas ocasiones, lo llevaron al borde de la abdicación. Era Edner un monarca atípico, amigo de saltarse todas las normas y conductas propias de su rango. Y es que la idea de no poder hacer nada lo torturaba aún más, sabedor de que quedarse allí sumido en lamentaciones, de poco o nada le serviría. No había sabido proteger a su sobrina, faltando así a la promesa hecha a su hermano antes de morir. Era evidente que había fallado. Fue por ello que, en uno de sus arranques, se enfundó en una capa raída y salió de la seguridad del castillo, para internarse en las desiertas calles nocturnas de la peligrosa ciudad de la Corte. ef Mientras y por estas mismas calles, un insignificante y pequeño ser trataba de sortear a la guardia nocturna cuando iba de regreso a su casa. Había una orden expresa del rey de no transitar por la ciudad de noche, en un intento de evitar encuentros y reuniones clandestinas entre los rebeldes y sus adeptos. Pues justamente de una de estas reuniones venía nuestro personaje, al tratarse de un acérrimo colaborador del mismo grupo rebelde que había secuestrado a la princesa. Agotado y sabiendo la dura jornada que le esperaba al día siguiente, no deseaba otra cosa que llegar a su mísero hogar y descansar de tantas tensiones y desasosiegos. Eran tiempos duros, muy duros, y él haría lo imposible por ayudar a derrocar al tirano de Lothir, el mismo criminal que viniera esclavizando y subyugando a su pueblo desde el día de su coronación, al igual que sus viles predecesores, los Nevothenien. Sin duda, la lucha estaba más que justificada. Así pues, dos seres agotados hubieron de tropezarse aquella noche, mientras doblaban la esquina de una casa. Fue tal el encontronazo que uno de ellos casi se va al suelo, el más pequeño e insignificante, mientras que el más fuerte y recio apenas se inmutó. Pasó de largo, desoyendo las protestas del vapuleado joven. —¿Tan pronto y ya borracho? ¡Sí, huid! ¡No tenéis agallas para enfrentaros a mí! ¡Rata cobarde! ¡¡Gallina!! El individuo enfundado en la raída capa se detuvo. Casi al instante que la respiración del envalentonado muchacho, que había esperado que siguiera su camino, y más al tratarse de un sujeto verdaderamente gigantesco. Vio horrorizado cómo se giraba y procedía a observarlo en silencio, creyendo vislumbrar una especie de ojos oblicuos

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y demoníacos que parecían brillar en la sombra del interior de la capucha. No le hizo falta ni verlo acercarse para echar a correr despavorido, presa del pánico. Y el personaje encapuchado tampoco se molestó en perseguirlo para hacerle pagar su insolencia. Al considerar que tenía cosas más importantes que hacer, se perdió finalmente en la bruma de las callejuelas, con rumbo desconocido.

e Capitulo 1 f

a historia de los Nevothenien se remontaba a muchos siglos atrás. Venía esta estirpe rigiendo el país de Lothir desde tiempos inmemoriales; de hecho, ya nadie recordaba a anteriores dinastías, pese a que muchos guardaban la esperanza de que esta se extinguiera muy pronto. Y razón no les faltaba. Edner I, el actual monarca, contaba como única familia a su sobrina Nerien, ahora secuestrada, y a un primo insurrecto que ya le diera más de un quebradero de cabeza: Erieon Nevothenien, duque de Emril. Aunque el pueblo confiaba en no tener que esperar a la desaparición de los tres para ver al país liderado por nuevos mandatarios que trajeran un poco de luz a una oscuridad de siglos. A la muerte del padre de Edner, el rey Erthyon, le sucedió su hijo mayor, que reinó sólo dos años. Murió en una emboscada a manos del grupo rebelde que ahora tenía retenida a su hija, conocido por el nombre de Conspiradores. Por ello, verse convertido en rey a la edad de diecinueve años no fue grato para Edner, que tenía más vocación de monje ateo que de mandatario. Tampoco ayudó a la causa el tener que hacerse responsable de un primo poco juicioso y una sobrina imposible, pese a ser esta tan sólo una niña. La desatendió y malcrió aún más, nombrándola su heredera en espera de encontrarle un esposo que a él le conviniese. En el momento presente, doce años más tarde, Nerien había sido capturada debido a una grave imprudencia, por haber accedido a encontrarse con un apuesto joven que resultó ser uno de los Conspiradores. Y ahora, el rey se temía que el precio de la libertad de la princesa no fuera otro que su propia cabeza. ef Acostumbrado a preocuparse únicamente por asuntos del Reino, Edner se vio desbordado por tan incómoda situación. Desde que asumiera el trono, había luchado arduamente por mantener unificados los países bárbaros del Este, los mismos que invadiera su padre y que ahora sus originarios habitantes trataban de recuperar. La guerra estaba, pues, declarada en estos países, olvidándose el rey del suyo propio, incluido, cómo no, el misérrimo pueblo. El principal interés de Edner por Lothir eran sus minas de hierro, al Norte y al Este, estas últimas muy cerca de la Corte, cuyo mineral se exportaba a países aliados, aparte de servir para abastecer a sus propios ejércitos. Luego estaban los campesinos, que se consideraban útiles para aprovisionar a la nobleza, lo cual no era poco, y pagar los altos tributos por el cultivo y uso de las tierras. De su descontento surgían a diario insurrectos que eran apresados y esclavizados para trabajar en las minas de hierro. Así pues, el plan era perfecto para los intereses reales: la pobreza y la injusticia acarreaban disconformidad en la población. La disconformidad conllevaba a la rebeldía y la rebeldía, a la sublevación.

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Los rebeldes eran considerados criminales, por lo que el enojo del pueblo, lejos de ser un problema, suponía una incesante fuente de mano de obra para trabajar en las minas, en las que era necesario reponer continuamente a los esclavos por la alta mortandad. Por ello, no era de extrañar que el rey contara con tantos y tan feroces detractores. Todos los días se urdían planes para asesinarlo, siendo los Conspiradores los más implacables.

Edner llevaba más de un decenio tratando de dar con el paradero de este grupo rebelde, sin resultado. Estaban muy bien organizados, contaban con espías en el castillo y, más que ocultos, parecían literalmente desaparecidos del mapa. Por desgracia para el rey, cuando se hacían notar era siempre con consecuencias trágicas para él y los suyos, como en el caso de su malogrado hermano mayor. Y ahora, su sobrina, de la cual él era responsable, se hallaba en manos de aquellos carniceros. En principio, las intenciones de los Conspiradores no atentaban contra la vida de la princesa. Lógicamente, aprovecharían para negociar con el rey su liberación… El precio sería muy alto. ef Cuando Edner llegó aquella mañana al castillo tras su aventura nocturna por la ciudad, hubo de dirigirse de inmediato a la sala del Pleno, donde ya lo esperaban sus oficiales y consejeros para informarle de las novedades del secuestro. Se cuidó, eso sí, de cambiar su capa raída por otra más acorde a su condición; nadie debía de sospechar siquiera de su escapada, la cual, al parecer, no había obtenido los resultados esperados. En vistas de que la princesa llevaba ya tres días desaparecida y que el rey apenas había hallado descanso desde entonces, a nadie le sorprendió su rostro demacrado y ojeroso. Entró en la inmensa sala y allí fue informado de la segunda misiva que los rebeldes le hicieran llegar, esta vez con las condiciones del rescate. Enseguida sería puesto sobre aviso de que estas eran inaceptables. Los Conspiradores exigían la liberación de todos los esclavos de las minas del Norte, suponiendo esto un auténtico descalabro para la economía de las actuales gestiones del rey en el extranjero y para el comercio de hierro, principal fuente de ingresos para mantener a varios ejércitos en Lothir y otros tantos en las tierras ocupadas. Por ello, sus colaboradores lo instaron a no negociar con los rebeldes, aun a costa de la vida de la princesa. Edner se retiró a deliberar sobre una mejor solución que no diezmara todavía más su ya exigua familia. Quizás para ganar tiempo antes de tomar una decisión drástica, exigió a los insurrectos una prueba creíble de que tenían retenida a su sobrina. Les pidió que le enviaran el colgante que portaba Nerien en el momento de su secuestro, el mismo que él le había regalado ese fatídico día. En cuanto le llegara dicha prueba, decidiría qué hacer. Los rebeldes accedieron, pero dudaron entre incluir en el envío un pedazo de la desdichada princesa en una caja, dirigida al tirano de Lothir, o simplemente la alhaja que el rey les solicitaba. Por fortuna, eligieron la última opción.

e Capitulo 11f

l rey le esperaba más de una sorpresa en este turbio conflicto. Quizás la mayor de todas fuese que su propio primo, Erieon, duque de Emril, era el principal promotor del secuestro de Nerien. El traidor duque llevaba mucho tiempo confabulando contra su real primo, pese a que tampoco se trataba de un personaje del agrado de este. Pero era de su sangre, por lo que el soberano ya le había pasado por alto demasiados altercados. Lógicamente, lo de esta ocasión sobrepasaba los límites de lo perdonable. Oscuros y viejos intereses lo habían movido a ello, teniendo su origen cuando su propio padre abdicara hacía sesenta años a favor de su hermano menor, Erthyon, el cual sería más adelante padre de Edner, el actual monarca. Erieon jamás le perdonó esta debilidad a su progenitor y ahora estaba empecinado en recuperar lo que consideraba que era suyo por derecho, aparte de ciertas antipatías de juventud con su primo. Contaba con el apoyo de los Conspiradores y había accedido a facilitar el secuestro de la princesa a cambio de la liberación de los esclavos de las minas del Norte, para compensarlos por varias de las ofensivas contra la persona de su insigne primo, siendo el duque el principal beneficiario. Al duque le interesaba, obviamente, seguir contando con tan poderosos aliados y viceversa. ef Erieon se reunió aquella noche con los rebeldes en su refugio secreto, por cuyo paradero hubiera el rey casi dado la vida. Una vez allí, fue conducido ante el líder de los Conspiradores, el mismo al que el monarca debía la muerte de su hermano, entre otros muchos y graves atentados. Le hizo el jefe insurgente la señal de los rebeldes a modo de saludo, consistente en crear la letra «c» con su mano en perfil. Altivo y distante, el duque se apresuró a pedirle información sobre el desarrollo del secuestro, pareciendo importarle muy poco la vida de la princesa. Manifestó su claro deseo de ser el único Nevothenien vivo, legítimo poseedor de la Corona de Lothir para beneficio suyo... y de los insurgentes, claro está. Estas últimas palabras sonaron a hueco a todos los que se hallaban en el recinto acompañando a su líder. Como si acusara esta desconfianza, hacia ellos fue dirigida la atención del siniestro noble. Vio a unos diez hombres rudos y avezados en muchas batallas, con profundas huellas en sus rostros que manifestaban una vida demasiado dura que ni el propio duque deseaba para sí. Le chocó sobremanera ver entre aquellos fieros guerreros a dos muchachitos flacos y diminutos que desentonaban completamente en el grupo. ¿Qué diablos pintaban en aquella lucha? —¿Qué hacen esos dos aquí? —quiso saber—. ¿Son de fiar? —¿De fiar? —se rio el líder rebelde—. No temas, son nuestros Irfend y Oritzen, dos colaboradores provenientes de Corbin y Noried, respectivamente. El primero es un colaborador asiduo, ha participado en numerosos asaltos contra efectivos de tu real primo. Como alborotador, no hay igual. El otro es más pusilánime, hace honor a su apariencia apocada; lleva sólo medio año con nosotros, pero es el principal causante

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de la muerte de ese capitán tan estimado por el rey, hace dos meses. Entretuvo a la comitiva, permitiendo que esta fuera asaltada. Aún está enfadado porque se le aseguró que no habría sangre… y hubo de verla, y mucha. Aquello le hizo gracia a Erieon, cuya hosca expresión cambió radicalmente. Acabó por acercarse al mencionado Oritzen, al que miró entre divertido y sonriente. El joven quiso esconderse detrás de su compañero, limitándose a achicarse aún más ante la presencia del vil noble. Pero este acabó por darle unas palmaditas en el rostro, aparentemente cordial: —Muy bien, chico, muy bien. Aquel perro se lo tenía merecido… Sigue así. Dicho esto, se retiró de regreso junto al líder rebelde, dándose por fin orden de traer a la princesa a una sala adjunta. La dejaron sola, atada a una de las vigas de madera que apuntalaban la estancia de roca y tierra. Tres hombres portaban antorchas para que el trasluz le impidiera reconocer a sus captores, pudiendo así Erieon asomarse y recrearse con la escena que tenía por protagonista a la desdichada princesa. Vio en su cuello el colgante de oro con una reluciente piedra azul, justo lo que el rey solicitaba como prueba para empezar a negociar con los Conspiradores. Con un gesto, ordenó a uno de los rebeldes que se lo trajeran. El valioso colgante le fue así arrancado a su portadora y conducido hasta manos del duque, que dio orden inmediata de partida de un mensajero a la Corte para llevárselo al rey. Irfend y Oritzen presenciaban la escena con sumo interés, terminando por desviarse la atención de este último hacia otros lares... A la entrada del recinto donde se hallaba la real joven, nada menos. Aprovechando que todos estaban centrados en el duque y sus planes de relevo, el chico decidió acercarse a atisbar a la princesa. Se asomó con suma precaución, puesto que ya no había trasluz alguno que lo camuflara debido a que los portadores de antorchas se habían retirado. Pudo verla allí, con las manos atadas a la viga, abstraída, como si cavilara sobre una fuga imposible. Vestía un ropaje fastuoso aunque ya desgajado y sucio de barro. El hermoso rostro de Nerien tenía ahora los ojos hundidos por la fatiga y el llanto, una lástima, pensó el muchacho, aunque no pudo dejar de contemplarla con admiración, como buen amante del arte y la belleza que era. De pronto, ella alzó el rostro y sus miradas se cruzaron, retirándose él al instante. Fue sólo un momento, suficiente para dejarlo sin respiración allí, arrimado al soportal. Le hizo señas su compañero, para que se alejara y no hiciera tonterías. Luego, le dio instrucciones: —Marchémonos, Ori. Hemos de llegar a la ciudad de la Corte al amanecer, cuando abran las murallas. —¿Qué va a ser de ella, Irfend? —¿De quién? —De… la princesa. Irfend miró a su amigo con cierta incredulidad. —¿Eso qué nos importa? Tú preocúpate de ti y, como mucho, de los esclavos de las minas, que están muriendo a miles y pueden ser liberados gracias a esa miserable Nevothenien. —Sólo... es una joven indefensa.

—¡Calla, insensato! —Miró a todos lados—. ¡Reza para que no te oiga nuestro líder o, algo peor, el duque de Emril! —¡Sabes que apoyo a los Conspiradores en todo lo que se haga en contra del inmundo tirano, pero este secuestro no me gusta! El líder rebelde alcanzó a escuchar estas palabras. —¿Qué pasa, Irfend? —quiso saber. —¡N-Nada, señor! —Tu amigo parece no opinar lo mismo… —Y a él se dirigió—: Habla, di lo que tengas que decir, te escucho. Ante el mayor de los apuros de su compañero, Oritzen no dudó en manifestar su descontento al temible dirigente. —Se trata de la princesa, señor. No me gustaría que pudiera sufrir daño alguno, es muy joven y no tiene culpa en todo esto y, menos, en lo que haga el infame de su tío. El líder rebelde se rio ante lo que consideró un magistral despliegue de candidez. —Es cierto. Como siempre, has venido a tocarnos la conciencia con tus recatos y escrúpulos. Un consejo: no lo hagas delante del duque, él no lo entendería y podrías tener serios problemas. Y, con respecto a la salvaguardia de tu princesa… Veré qué puedo hacer, soy consciente de que es una jovencita muy hermosa y es lógico que sea de tu agrado. Ori se sonrojó. —Gracias, señor. Aunque… no confundáis mis propósitos, que no van en absoluto por... ahí. El pudor del muchacho volvió a hacer sonreír al líder rebelde, aunque no por mucho tiempo. En cuanto lo tuvo a unos metros, se dirigió a su compañero: —Vigílalo, Irfend —le instó, hosco—. Es demasiado aprensivo para esta guerra. Hasta ahora nos ha sido útil, pero a saber qué podría ocurrir en el futuro... Sería una pena vernos obligados a prescindir de él, ya sabes. Irfend tragó en seco y, tras asentir a su líder, se apresuró a sacar a Ori de allí. Él lo había metido en esta peligrosa contienda y ahora se sentía responsable de que pudiera ocurrirle, ciertamente, nada bueno.

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