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Paz en Cristo  

    JULIO 23
Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción;
pero confiad, yo he vencido al mundo. Juan 16.33

La sinceridad de Cristo con sus discípulos presenta un marcado contraste con la


proclamación de una gran cantidad de «profetas» de nuestro tiempo. Ellos ofrecen una vida
llena de bendiciones, donde todo es victoria y alegría. Inclusive, uno de los famosos grupos
religiosos que han surgido en los últimos años tiene como lema: «¡Pare de sufrir!»
Cristo no anduvo con vueltas, ni trató de esconder la realidad a sus discípulos. Su
declaración es sencilla y directa: «¡En el mundo tendréis aflicción!»
No hacía falta que diera mayores explicaciones acerca del tema, pues los discípulos
mismos eran testigos del sufrido paso de Jesús por la tierra. Se había visto obligado a luchar
con el hambre, el cansancio y el frío. A diario debía manejar el acoso de las multitudes, con
su interminable procesión de curiosos, interesados y necesitados. Además de esto, debió
lidiar con los cuestionamientos, las sospechas y las agresiones por parte de los movimientos
religiosos del momento. Y, ¿qué podremos decir de las angustias particulares que el grupo
de hombres cercano a él le produjeron en más de una ocasión? Todo esto formaba parte de
la experiencia de transitar por este mundo.
En esta ocasión Cristo acompaña esta revelación con algunos principios importantes.
Gran parte del sufrimiento en tiempo de aflicción no procede de la circunstancia misma,
sino de la manera en que reaccionamos a ella. Nuestra reacción frecuentemente es negativa
porque nos sorprende lo que nos ha tocado vivir. La inocencia de nuestro pensar queda
admirablemente expuesta cuando exclamamos: «¿por qué a mí?» Jesús les dijo que lo que
les había compartido era para que tuvieran paz en él. Es decir, ninguno de ellos podía
aducir que nadie les había advertido lo que les esperaba como consecuencia de ser discípulo
del Mesías. Se reducía, de esta manera, un importante obstáculo en el manejo de conflictos.
Acompañó esta observación declarando que, como hijos de Dios, tenían acceso a la paz.
Esta es, de hecho, la característica más sobresaliente de aquellos que viven conforme al
Espíritu, y no a la carne. No es que están libres de las dificultades, los contratiempos, y los
sufrimientos, sino que en medio de las más feroces tormentas experimentan una quietud y
un sosiego interior que no tiene explicación. Son inamovibles en sus posturas, porque lo
que ocurre fuera de ellos no logra derribar la realidad interna.
Cristo les hizo notar, sin embargo, que esta paz la tenían en él. No era producto de la
disciplina, ni del cumplimiento de una serie de requisitos religiosos, ni de una decisión que
habían tomado en el pasado de seguir a Jesús. La paz estaba en la persona de Cristo y
solamente tendrían acceso a ella quienes estaban cerca de él. La paz es, en última instancia,
el resultado directo de Su victoria, no de la nuestra.
Para pensar:
Dios en su sabiduría no nos da la paz, sino acceso a la persona que tiene la paz. Esto nos
obliga a buscarlo siempre a él, fuente eterna de vida y plenitud.
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1Shaw, Christopher: Alza Tus Ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica : Desarrollo Cristiano
Internacional, 2005, S. 23 de julio
La bendición de sentir
hambre      JULIO 3
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Mateo 5.6

La sensación de tener hambre y sed, por más desagradable que sea, es algo que cumple
un rol indispensable en el buen funcionamiento del cuerpo. Nos alerta al hecho de que
nuestras reservas de energía están bajas y deben ser repuestas. Nos insta a procurar
alimentos y bebida para satisfacer las necesidades elementales de nuestro ser. De no sentir
hambre correríamos el peligro de ser negligentes y alimentar incorrectamente nuestro
cuerpo.
Podemos trasladar esta observación al mundo de las cosas espirituales. Es por medio de
las sensaciones de necesidad que nos sentimos impelidos a buscar de Dios aquellos
elementos que son necesarios para nutrir nuestra vida espiritual. Por esta razón, Cristo
podía decir que aquel que tenía hambre y sed de justicia era «bienaventurado», pues su
necesidad abría el camino para la provisión de Dios.
Un sencillo principio se desprende de esta observación: el camino que frecuentemente
recorre el Señor en su trato con nuestras vidas es el de producir la necesidad en nosotros
para que, luego, busquemos su rostro y pidamos su intervención en nuestras vidas. Con
frecuencia nos conduce a lugares donde tomamos conciencia de nuestra necesidad, y eso es
lo que activa nuestra búsqueda de él. Las experiencias que revelan nuestras flaquezas
pueden ser profundamente desagradables para nosotros. A menudo vienen por medio de
fracasos y amargas derrotas personales. Cuando procesamos correctamente lo que estamos
viviendo, reconocemos nuestra necesidad y levantamos nuestros ojos a Cristo Jesús para
que él supla lo que no podemos procurar por nuestros propios medios. Sin este sentido de
necesidad no habría búsqueda de nuestra parte.
El mismo principio se aplica a la evangelización. Nuestros esfuerzos por «salvar» a
otros no van a dar resultados si los otros no están enterados de que están «perdidos».
¡Queremos interesarles en algo que aún no se han enterado que necesitan! Es fundamental
que exista primeramente en ellos hambre y sed.
Al observar la escuela por la cual transitaron muchos de los grandes siervos de Dios,
podremos ver que muchos de ellos tuvieron que caminar por tiempos y experiencias de
profunda angustia personal. Esta angustia era producto de sus propios esfuerzos por
avanzar en los proyectos de Dios. Tal es el caso de Abraham, que tomó a Agar para
engendrar un hijo, de Moisés que intentó liberar al pueblo con la violencia, o de Pedro que
intentó dar su vida por Cristo. La frustración de sus proyectos personales abrió paso para
que Dios obrara en ellos de manera asombrosa. Mas era necesario primeramente que
experimentaran derrota, pues sobre sus derrotas el Señor construyó sus victorias.
Debemos, pues, regocijarnos grandemente en esas situaciones que revelan nuestra
necesidad, nuestra condición de hambrientos y sedientos. Estas sensaciones son las que
impulsan nuestra vida hacia la fuente de toda cosa buena, Dios mismo.
Para pensar:
«Venid y volvamos a Jehová, pues él nos destrozó, mas nos curará; nos hirió, mas nos
vendará» (Os 6.1).
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Contra la intolerancia      JULIO 1


Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera
demonios, pero él no nos sigue, y se lo prohibimos, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo:
No se lo prohibáis, porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda
hablar mal de mí. Marcos 9.38–39

Observe los detalles del testimonio de Juan. Los discípulos se habían encontrado con una
persona que también estaba ministrando a los endemoniados. Quizás sería una de las
incontables personas que habían sido tocadas por el ministerio de Cristo. Restaurado por la
gracia de Dios, estaba dedicando su tiempo a ministrar a los que vivían bajo opresión y
tormento. Al verlo, en seguida intervinieron para impedirle que siguiera haciendo ese
trabajo. ¿Cuál era el criterio que usaron para censurar el ministerio que realizaba? ¡Que no
era parte del grupo selecto de hombres que seguían a Cristo! No demostraron interés por
examinar los frutos de su ministerio, ni tampoco en determinar si genuinamente estaba
obrando en el poder y la gracia del Espíritu Santo. Descartaron lo que hacía porque no
estaba con ellos, y si no estaba con ellos ¡evidentemente no podía ser de Dios lo que estaba
haciendo!
Este pequeño incidente revela una de las más persistentes tendencias en nosotros, que es
la de creer que solamente hay una forma aceptable de hacer las cosas: ¡la nuestra! Esta
postura es la que da origen a la mayoría de los conflictos dentro de la iglesia. Revela cuán
propensos somos a creer que nuestra manera de hacer las cosas es la única válida; que el
ministerio en el cual estamos invirtiendo tiempo es el único ministerio que realmente
importa.
Precisamente por esta actitud hemos sido visitados con frecuencia, en nuestras
congregaciones, por personas enamoradas de sus propios proyectos. Unos tienen pasión por
misiones e intentan convencernos de que todos los que no estamos involucrados en esto no
estamos en el centro de la voluntad de Dios. Otros tienen carga por los judíos; buscan la
forma de demostrar que el ministerio a los israelitas es la prioridad del pueblo de Dios.
Otros tienen pasión por la evangelización; nos hacen sentir culpables porque no
compartimos las buenas nuevas con al menos una persona por día. Cada uno de ellos
promociona lo suyo y, sutilmente, desprecia lo que están haciendo los demás.
Cristo quiso enseñarles a los discípulos que el reino es mucho más grande de lo que
nosotros entendemos. Dios está trabajando de muchas maneras diferentes, por medio de
muchas personas diferentes, en muchos proyectos que son importantes para sus propósitos.
Desea que sus hijos cultiven una perspectiva más generosa hacia otros que también están
sirviendo, aunque lo hagan de forma completamente diferente a la nuestra. La validez de un
ministerio lo determina el Señor, no nuestra perspectiva de las cosas.
Para pensar:

2Shaw, Christopher: Alza Tus Ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica : Desarrollo Cristiano
Internacional, 2005, S. 3 de julio
¡Gracias a Dios que no todos trabajan en lo que nosotros trabajamos, ni tienen las mismas
convicciones! Esto es parte de la maravillosa experiencia de ser miembros del cuerpo de
Cristo, con sus multifacéticas expresiones y funciones. Cultive el hábito de orar y
promocionar el ministerio de otros que trabajan en proyectos diferentes al suyo.
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Vivir en abundancia y
escasez      JUNIO 25
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. Filipenses 4.13

No cabe duda que este versículo presenta un principio general de la vida espiritual, pero
resulta mucho más interesante pensar en el significado que tiene dentro del contexto que
estaba escribiendo el apóstol Pablo.
El tema que viene tratando este segmento del capítulo 4 es, precisamente, la respuesta
del cristiano frente a diferentes estados económicos. La iglesia de Filipos había enviado al
apóstol una ofrenda, acción que le produjo gran alegría. Mas Pablo aclara inmediatamente
que su alegría no era tanto por la ofrenda en sí, sino por la oportunidad de dar para aquellos
que andan en novedad de vida. En lo que a él se refería, señala que su gozo frente a la
ofrenda no es «…porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que
sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy
enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como
para padecer necesidad (Flp 4.11–12). Y luego agrega: «Todo lo puedo en Cristo que me
fortalece» (Flp 4.13).
Tomemos nota de este contexto. Hay muchos desafíos que enfrentan al discípulo de
Cristo, que requieren de un especial compromiso con Dios para ser sobrellevados
victoriosamente. De todos ellos, sin embargo, ninguno pone al cristiano frente a un peligro
tan grande como el tema del dinero. En otra carta, Pablo había declarado categóricamente:
«porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se
extraviaron de la fe, y fueron atormentados con muchos dolores» (1 Ti 6.10). En mi
experiencia pastoral no he encontrado, tampoco, algo que posea mayor capacidad para
robarse el corazón del hijo de Dios que los asuntos relacionados al dinero.
¿A qué peligros, puntualmente, se está refiriendo el apóstol en el pasaje de hoy? Al reto
de vivir en abundancia y en escasez. La abundancia trae consigo el particular desafío de no
ceder frente a la soberbia que producen las riquezas, confiando más en los tesoros de este
mundo que en el Señor. La pobreza, por otro lado, nos desafía a no creer que el dinero es la
solución a todos los problemas de la vida. El pobre es acosado por su necesidad a cada
momento y puede llegar, desde un lugar muy diferente al rico, a estar obsesionado también
por el dinero.
El apóstol Pablo les dice a los filipenses que él había aprendido a vivir con
contentamiento. Es decir, esa particular disposición a dar gracias siempre por lo que uno ha
recibido, sin fijarse en lo que a uno le falta. Es esa convicción profunda, de que todo lo que

3Shaw, Christopher: Alza Tus Ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica : Desarrollo Cristiano
Internacional, 2005, S. 1 de julio
tenemos, sea mucho o poco, viene de la mano de un Dios amoroso que no tiene obligación
de darnos nada. Todo, en última instancia, es un regalo. De allí la permanente felicidad del
apóstol.
Para pensar:
Señor mío,... No me des pobreza ni riquezas; sino susténtame con el pan necesario; no sea
que, una vez saciado, te niegue y diga: «¿Quién es Jehová?» o que siendo pobre, robe y
blasfeme el nombre de mi Dios. (Pr 30.8–9).
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4Shaw, Christopher: Alza Tus Ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica : Desarrollo Cristiano
Internacional, 2005, S. 25 de junio