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APULEYO Y “EL ASNO DE ORO”

EN LA LITERATURA ESPAÑOLA

.^ V p U LEYO es el más genuino representante de la literatura latino-


africana, en una época en que el cristianismo se prepara a dar el golpe
de muerte a la religión pagana. En el siglo iv de nuestra era, la ima­
ginación popular había metamorfoseado al brillante orador. Los paga­
nos de Africa le honraban como al más potente taumaturgo y como al
más grande defensor del paganismo, en nombre del cual los gentiles
le atribuían milagros, y los Padres de la Iglesia, con San Agustín a la
cabeza, le maldecían como a un Anticristo.
Nace Apuleyo en Madaura, bajo los rayos ardientes del sol afri­
cano. Muy pronto sufre su alma la fascinación de los bellos paisajes.
Su vista se abre a los reflejos vivos de la luz y a los tonos irisados del
cielo madaurense. No tardó en ser el niño querido del Africa romana,
el ídolo de la multitud. Con su trabajo, con su asiduidad, Apuleyo
almacenó en su talento extraordinario todo el saber de su tiempo. Sin
hablar de la retórica de Frontón, del misticismo de Manilio y de la
curiosidad de Aulo Gelio, elementos todos que se funden en la obra
de Apuleyo, él se ocupa de las ciencias naturales, compone tratados de
agronomía, tesis medicales y cantos a la belleza de la filosofía griega.
E l mismo nos dice (Flor. 9 ) : ‘Y o compongo poemas de todas clases,
versos que se acompañan sobre la cítara, sobre la lira, versos que con­
vienen al brodequín y al coturno, sátiras y logogrifos, historias diver­
sas, diálogos elogiados por los filósofos. Abarco todos los géneros y
los expreso en griego y en latín por mi doble vocación con el mismo
gusto y ardor”. Fue un verdadero polígrafo, un espíritu enciclopédico
entusiasta y ricamente dotado. Lo más característico en él es su insa­
ciable curiosidad. E l quiso ver todo, leer todo, para estar en condicio­
nes de hablar de todo. La generalidad de los títulos de retórico, ora­
dor, matemático, etc., le agrada; pero ninguno le encantaba tanto como
el de filósofo, porque la filosofía le enseñó a amar no solamente a los
bienhechores, sino hasta sus enemigos.
Dejemos a un lado lo que haya de metafísico y de simbólico en
sus obras, y no veamos más que la invención riente que las caracteriza.
246 HONORIO CORTÉS

Toda su ciencia respira juventud propia de un adolescente, a pesar de


haberla escrito en edad madura. En cuanto a su forma y a su fondo,
hizo una revolución en el estilo y en la lengua. Para fijar los aspectos
pictóricos de la vida social —su novela es el reflejo de un mundo cul­
tural desquiciado, y su ciencia entera es una recopilación del saber de
la época de los Antoninos— le fue preciso crear una nueva forma lite­
raria. En cuanto al lenguaje, se le ha considerado como bárbaro por
sus términos desconocidos, demasiado arcaicos o demasiado nuevos,
exóticos y vulgares. Bien es verdad que sus obras están llenas de estos
defectos; pero hemos de tener en cuenta que aprende con gran tra­
bajo el latín, llegando a ser —como dicen— un conscrito en cuanto al
estilo.
Hemos de situar a Apuleyo en su medio natural, Cartago, para ver
que es un artista, heredero de la tradición africana. Seguramente él
no ha inventado los procedimientos nuevos de expresión. Ya en Roma,
desde los tiempos en que el latín sabio (sermo nobilis) tocaba su apo­
geo con Cicerón, el historiador Salustio abre un nuevo camino por
donde habían de ir Séneca y Lucano. El historiador francés Boissier,
al hablarnos del lenguaje oscuro del “Manto” de Tertuliano, dice: “El
estilo no le pertenece en propiedad. Se hablaba así a su alrededor en
la sociedad de literatos. No es tampoco el creador, puesto que cono­
cemos sus orígenes. Se remonta a esta escuela brillante o abrillantada
de Séneca que quería poner ingenio en todo y no hablar más que en
figuras. A este refinamiento ha encontrado medio de dar incremento
un escritor de Africa, Apuleyo. En él se encuentran frases cortas, pi­
cadas, que se responden o se oponen una a una, dos a dos y tres a tres,
con rimas de asonancia. Tertuliano es su sucesor, su discípulo”.
Esta revolución literaria, precipitada en el siglo i de Cristo, la
recoge Apuleyo y la completa en sus obras.
Todos los autores africanos anteriores a Apuleyo aceptan, en
principio, los aires nuevos de revolución literaria y la plasman en
su espíritu, como sucede a Florus, Frontón, Apolinar y Aulo Gelio.
Apuleyo va más leios que todos ellos por su talento e imaginación
excesiva. Detesta, desde sus comienzos, las reglas del latín clásico al que
consideraba pobre en palabras y en colorido, para amar el latín bárbaro
de Cartago, mezcla de griego y de púnico, porque éste ofrecía infi­
nitos recursos a sus cuadros llenos de imaginación y forma moldeable
a las ondulaciones de su pensamiento.
Apuleyo describe y pinta más que razona. Lo que él quiere dar
no es el pensamiento en toda su amplitud, al estilo de Cicerón, sino
la impresión brusca producida por el objeto en su imaginación. Por
esta razón, a su lenguaje no convenía la regularidad de un desenvol­
vimiento lógico, ni bellas cadencias, ni conjunto armonioso, sino trazos
incisivos, palabras y giros nuevos llenos de vigor, construcciones ani­
mosas y audaces: todo lo cual constituye un vocabulario prodigiosa­
mente rico. Con este caudal, proveniente del púnico y del líbico, del
argot de los oficios y arrabales de Cartago, Apuleyo está seguro, en un
momento dado, de encontrar siempre la palabra precisa y oportuna.
APULEYO Y “EL ASNO DE ORO” EN LA LITERATURA ESPAÑOLA 247

PR EC ED EN TES LITERA RIO S

E l asno de oro tiene su más remoto origen en las fábulas milesia-


nas. En Oriente y, sobre todo, en Asia Menor, aparecen los primeros
ensayos de este género literario. Mileto y Sybaris, ciudades florecientes
de la voluptuosa Jonia, figuran como la cuna de los cuentos eróticos.
El nombre de Jonio nos recuerda al pueblo heleno en cuyo seno se
desarrollaron más pronto la poesía, la filosofía y las bellas artes. Pue­
blos dedicados al placer, estaban muy lejos de complicarse en las duras
guerras de Atenas. Y su alma, entregada al goce de la fantasía, produ­
cía cuentos licenciosos que no tardaron en tener acogida en el suelo
de Grecia. De nada bastó la destrucción de ambas ciudades, para que
los cuentos sibaríticos y las narraciones milesianas constituyesen el de­
leite de la Roma degenerada y del mundo de la Edad Media. En forma
de trovas, de Decameron, de Heptameron; en las obras de Rabelais y
en las pinturas de Rafael, de Ticiano y de Veronés, se usaron única­
mente para excitar las imaginaciones sensuales. No tuvieron, al prin­
cipio, estas narraciones pretensión literaria; pero, al pasar del cuento a
la novela, las encontramos formando largos romances. Arístides de
Mileto recopila estas narraciones, ricas en sortilegios, aventuras y via­
jes, que flotaban en la imaginación popular, y son llevadas luego a la
literatura griega, donde aparecen con la Odisea, con los bellos poemas
de la hermosa Helena y de la mágica Medea, fuente inagotable para
los escritores griegos, latinos y renacentistas. Pasan a Roma, en vida
de Sila, por el historiador Sisenna, quien traduio los milesianos de
Arístides. Petronio se sirvió de ellos para su “Satiricón”. Y llegó un
momento en que las gentes abandonaron la filosofía por la lectura
de dicho género.
¿Y qué no habríamos de decir del genio africano, tan propicio a
lo fabuloso e inclinado a todo lo oriental? Tertuliano (De anima, 23)
hace alusión a ellos. En Apuleyo hay un terreno muy cultivado para
el género del cuento.
Y estamos ahora en el punto oscuro de la obra. ;Es el Asno de
Luciano una imitación de Lucio de Patrás, o simplemente la imitó de
aquél aleún falsificador v dio al protagonista el nombre de Lucio? La
crítica, con los pocos datos que existen, respecto al asunto en cuestión,
no ha podido resolver nada. Al final de Lucio se encuentran estas pa­
labras que él mismo pronuncia al convertirse en humano: “Me llamo
Lucio y soy natal de Patrás de Acava”. Fotius menciona una colección
de metamorfosis de un cierto Lucio de Patrás. Los dos primeros libros
contenían la misma historia que el Asno de Luciano; pero Fotius no
podrá decir cuál de los dos escritores se habrá imitado uno a otro. Y
suponiendo, como dice Chassang (Histohe du román dans Fanfíguifé
grecque et latine) que el cuento de Luciano sea una repetición de
otras versiones más antiguas existentes en Grecia, podemos decir que
nuestro Apulevo hava imitado al Asno de Luciano? ; 0 ambos tuvie­
ron un modelo común? De todas maneras, sea cual fuere el mflesiano
que le sirvió de modelo, tanto el griego como el latino constituven
obras maestras. De ambos lados el armazón de la historia es idéntico;
los incidentes, los mismos; los personajes no se diferencian más que
248 HONORIO CORTÉS

en el nombre, hay lugares comunes; sin embargo, el poema latino está


muy por encima del griego. En éste el recitado es frío, corto, rápido,
lleno de medida; en aquel hay una gran riqueza de imágenes, de be­
llos episodios, como el cuento de Cupido, el de los amantes que mue­
ren de amor, el del hombre celoso y otros más. Todo él está matizado
de un tono violento y realista hasta la crudeza. El vigor con que Apu-
leyo describe en el cuarto libro la convivencia de los ladrones, la fuga
de la doncella y la vuelta del asno a hombre, son de incomparable
belleza. El asno del cuento griego está siempre en escena, mientras que
en Apuleyo lo esencial de la fábula se halla sacrificado a las pintorescas
narraciones que le han dado un tinte de inmortalidad.
Empieza el poema pintándonos, de manera admirable, la creencia
de las gentes de Tesalia en las artes mágicas que hacen suspender la
tierra, volver atrás los caudalosos ríos, arrancar las estrellas, así como
el gran temor que tenían a las hechiceras, mujeres astutas que podían
más que los diablos. (Ya Horacio en la maga Canidia nos dice: “Quae
sidera excantata voce Thesala lunamque cáelo diripit. (Epod. 5).
Va a parar Lucio a casa de Milon, tipo de una gran originalidad
y al que Apuleyo nos presenta, con toda la dureza de la verdad, sus
costumbres y sus gestos.
Nos describe escenas con tipos muy parecidos a los de Plauto y a
los de nuestra novela picaresca. Apuleyo es un gran maestro en pintar
paisajes, muebles, costumbres y fiestas populares. En cada página se
encuentran cuadros de un relieve extraordinario que en nada tienen
que envidiar a los cuadros de Quevedo y Cervantes: como el de Teli-
frón, la fiesta de la risa, el de los ladrones, etc. A nuestros ojos resaltan
la vida cortesana, magistrados, médicos, ediles, abogados; en fin, toda
la sociedad africana con sus vicios, sus creencias y hechicerías.

PSIQUIS Y CUPIDO.
URBASI Y PURURAVAS

Pero a todas estas escenas, a todos los cuadros descriptivos de ca­


racteres y costumbres, sobrepasa por su encanto la historia de Psiquis
y Cupido, resumen, a su vez, de los varios aspectos de los cuentos mi-
lesianos. Todo en ella es ingenioso y graciosísimo.
¿La idea fundamental del cuento es de Apuleyo? Algunos dicen
que sí, teniendo en cuenta que dicha narración no aparece en el autor
griego. Don Adolfo Bonilla piensa que se trata de un mito filosó­
fico al que tan acostumbrados eran los platónicos. A su vez, los neo-
platónicos, al idear la fábula, tuvieron presente alguna tradición muy
extendida por Alejandría, foco de civilización. Apuleyo, aficionado a
las doctrinas neoplatónic ’ 1' viajes por Oriente,
recoger el pensamiento cuento. Más aún;
como la narración no figura en los libros canónicos de la mitología
clásica greco-latina, le lleva a afirmar al señor Bonilla que el mito de
Psiquis tiene sus precedentes en la literatura sánscrita (en el “Vikra-
morvasi”, drama de Kalidasa); si bien Apuleyo introdujo algunas no­
vedades, como la de los personajes alegóricos: Costumbre, Tristeza y
Placer.
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Veamos una de las más bellas traducciones de dicha literatura,


donde se trata el mito del amor, y hagamos constar los puntos de con­
tacto que tiene con el cuento del autor latino.
Urvasi, doncella, es robada por Danava, enemigo de los dioses.
Acude a socorrerla el rey Pururavas, quien, ante la presencia de la en­
cantadora Ninfa de los cielos, es víctima de las flechas del dios del
amor. Pururavas (el Cupido del cuento latino) está prendado de la
Ninfa Urvasi (la Psiquis del cuento latino), la cual es castigada por
Baharata (o sea Venus en Apuleyo) a perder la ciencia divina; pero
el poderoso Indra (Júpiter) consiente que viva junto a él hasta tener
descendencia. Urvasi es transportada al palacio, donde reside el amado.
Bajo la influencia de la noche, espera el rey, a quien “ni el fresco lecho
de suavísimas flores, ni los tiernos rayos de la luna, ni la planta bal­
sámica del sándalo, ni las sartas de preciosas perlas” pueden apartar
del amor. Sólo Urvasi, la celeste criatura, puede suavizar y desvanecer
la pena que le oprime.
El acto cuarto empieza con los celos de Urvasi al rey, quien se
detiene a la orilla del río Mandakini a mirar a una encantadora ninfa
celeste, por nombre Udakavati. Huye Urvasi de palacio y se convierte
en liana. El rey acude en su busca aumentando su desgracia en poé­
ticas invocaciones. (Un caso análogo lo encontramos en la leyenda “La
Pasionaria”, de don }osé Zorrilla). En el cuento latino es Cupido quien
desaparece, y Psiquis la que se lamenta; sin embargo, en el fondo, re­
presenta la ausencia del placer por haber quebrantado los vínculos del
amor: los celos en el drama indo y la desobediencia en el cuento latino.
El rey Pururavas, en su demencia, invoca a las aves, a las plan­
tas, a los montes, selvas y ríos, y los interroga por su amada Urvasi.
Por fin, sobre una roca encuentra una piedra preciosa que Urvasi dejó
abandonada. En un momento recobra los sentidos y una dicha inefa­
ble inunda su ser. Urvasi acude a su presencia, y vuelven juntos al
palacio de Pratisthana. En el cuento latino, Psiquis, en su huida, se
arroja a un río, cuyas ondas la recogen sin hacerla ningún mal. Des­
pués visita los templos de las diosas Ceres, Juno y Venus. El drama
indo tiene el mismo fin que el cuento de Apuleyo. El rey y Urvasi
son conducidos entre nubes a la morada del palacio, donde perpetúan
su nombre por el natalicio de un niño, llamado Ayus. En el cuento
latino es Voluptas el fruto de la unión de Psiquis y Cupido.
Teniendo, pues, el mito de Psiquis su origen en la literatura india,
corresponde a Apuleyo la gloria de haberlo transportado a Europa en
sus “Metamorfosis”. En cuanto a España, los críticos Milá y Durán
nos dicen que existe en el folclor de Cataluña y Andalucía. El señor
Menéndez Pelayo recuerda haberlo oído contar, siendo niño, en las
montañas de Santander.
Los críticos han pretendido dar diversas significaciones al cuento
de Apuleyo. Los pensamientos capitales que se deducen a través de
la narración son los del amor y la curiosidad con su cortejo de des­
gracias.
El erudito alemán Thorlac, en una disertación latina acerca del
mito de Psiquis, afirma que Apuleyo se propuso describir los obstácu­
los que se oponen a la fidelidad conyugal. Alguien ha pretendido des­
250 HONORIO CORTÉS

cubrir en el cuento una profunda alegoría metafísica, apoyándose en


que en Apuleyo influyó la tradición bíblica. Según esto, las desdichas
de la joven Psiquis representan los sufrimientos del alma; el palacio
del amor, el paraíso terrenal; el oráculo de Apolo, la voz de Dios; y
las tres hermanas representarían las tres almas o tres clases de alma
admitidas por los antiguos: la irascible, la concupiscible y la inteligi­
ble. Venus representa los deseos de los sentidos. Quiere perder al alma
(Psiquis) por medio del amor (Cupido), pero éste se une a ella, unión
simbólica del alma con la virtud. Don Adolfo Bonilla insiste en que
el mito de Psiquis simboliza el problema eterno de la filosofía: el co­
nocimiento de la esencia. Ha sido tanta la influencia de este tema del
amor en la vida, siempre nuevo por su belleza, que, desde que lo intro­
dujo Apuleyo, no ha dejado de ser llevado a la literatura. Ha sido
también comentado en el lienzo por Veronés en “Venus y Adonis”, por
Ticiano en “Venus y el Amor”, por Rafael y Rubens, cuyos cuadros
se conservan en el Museo del Prado, de Madrid (España).

LAS ROSAS

El asno de oro termina con el libro X I, en el que Apuleyo, des­


pués de hacer recobrar a Lucio su forma humana, por milagro de la
diosa Isis, comienza a darnos una doctrina llena de unción mística,
y a manifestarnos sus propios sentimientos embriagados de fervor re­
ligioso, sólo comparables a las “Confesiones” de San Agustín. Es el
libro en que “nobis aperit non quantum Apuleius erga Isidem aut Pro-
serpinam reverens fuit, sed quot et quanta iam tum ethnicis mysteriis
et christianismo communia essent”. Apuleyo hace comer al asno las
rosas que el Sumo Pontífice llevaba en la procesión, porque conocía
muy bien que la rosa era la flor talismànica que le serviría para realizar
sus encantamientos. El sabe el sentido místico que la antigüedad daba
a esta flor, blanca en su origen, y a quien un accidente de procedencia
divina la había teñido de rojo púrpura. Ya era en una gota de néctar
escapada de la copa de Eros, ya era en la sangre de Adonis, donde los
antiguos hacían nacer a la rosa. Y bajo esta leyenda, Apuleyo empren­
de su libro divino que es entregado a la posteridad.
Tal es, en síntesis, El asno de oro, que, cargado de semejante me­
tal, no por eso deja de rebuznar. Es una obra extraña mezclada de
diversos episodios y de aventuras. Como en el libro de “Don Quijote”,
se encuentran allí historietas infantiles, cuentos populares, escenas lle­
nas de delicadezas y de violencias, de fantasías y de realidad, cuadros
de costumbres, recuerdos personales. Es una “satura lanx” ofrecida a
todos los gustos de la humanidad. Menéndez Pelayo (Orígenes de la
novela) nos dice, al referirse a la obra de Apuleyo, que es el tipo más
completo de la novela antigua, llegándonos a deleitar tanto como a
los lectores del siglo n.
a p u le y o y “e l a s n o d e o r o ” e n l a l i t e r a t u r a e s p a ñ o la 251

ALGUNAS REM IN ISCEN CIA S Y ANALOGÍAS D E APULEYO


EN LA LITERA TU RA ESPAÑOLA

Poco han interesado hasta el presente a nuestros hombres de le­


tras los estudios de literatura latina en su relación con la española.
Escasos trabajos encontraría sobre este aspecto el amante de ambas len­
guas. Unicamente las dos obras relevantes del gran humanista Menén-
dez Pelayo: “Horacio en España” y “Bibliografía hispano-latina clá­
sica”; más la “Historia de la literatura latina”, primer volumen, de los
profesores Alemany-Cortés, Madrid, 1933; una tesis de Anthony Giu-
liano: “Martial and the epigram in Spain in the sixteenth and seven-
teenth centuries”, Philadelphia, 1930, y algunos artículos en revistas,
es todo cuanto se ha producido en el estudio comparativo de las lite­
raturas hispana y latina.
En mi afán de contribuir a completar la incipiente Bibliografía
hispano-latina, he procurado, sin pretender agotar el tema, sacar de
nuevo a luz al autor africano, cuya influencia y analogía con nuestros
escritores españoles es evidente, ya que en algunos casos se trata de
francas imitaciones.

Los libros de caballería.—En “Las Metamorfosis” de Apuleyo se


encuentran rasgos que pueden ser germen de las obras de caballería.
Hay una escena en el libro IX en que un caballero, por el
juramento que había hecho a la Caballería, no se atreve a denunciar
a la justicia la injuria recibida de un hortelano por considerarla mez­
quina y además por haberse dejado arrebatar la espada. En el libro X , 1,
nos describe el Asno la carga que llevaba al servicio del tal caballero:
“Sarcinis propriis onustum et prorsum exomatum armatumque mi-
litariter producit ad viam. Nam et gerebam galeam nitore praemican-
tem et scutum aethra longius remlucens sed etiam lanceam longissimo
hastili conspicuam, quae scilicet non disciplinae tune quidem causa,
sed propter terrendos miseros viatores in summo atque edito sarcinarum
cumulo ad instar exercitus sedulo composuerat”.
En la novela latina vemos casos de encantamientos, uso de un­
güentos, casos de magia, transformaciones de hombres en bestias,
aventuras de ladrones ,leyendas de amor que más tarde se repetirán en
la literatura caballeresca.
En el libro de “Amadís de Gaula” encontramos casos de encan­
tamientos como el de la isla Firme, a la que no pasaba ningún hombre
que hubiera errado en cosas de amor. En dicha isla encantada existe
un palacio con fastuosas riquezas que nos recuerda el palacio de Cu­
pido, bellamente descrito por Apuleyo en su libro V de “Las Meta­
morfosis”.
En el capítulo X V I del libro II de Amadís se habla de unas bu­
jetas llenas de un ungüento que hace dormir. Algo semejante existe
en el viaje que Psiquis hace a los infiernos. Proserpina entrega a la
doncella unas bujetas cuyo contenido, al salir, sume en un profundo
sueño a la joven.
252 HONORIO CORTÉS

Casos de transformación hay en la leyenda del Cisne (“Conquista


de Ultramar”, cap. L V III, lib. I) mencionados por Bonilla San Mar­
tín en “Las leyendas”, de Wagner. Se refiere a seis niños que, al ser
quitados los collares que llevaban, se convirtieron en hermosos cisnes.
Los collares tenían una virtud, como las rosas de El asno de oro, cual
era que en el momento en que fuesen recobrados les volverían a su
forma primitiva. Pero aún otra semejanza: la leyenda cuenta las aven­
turas del caballero del Cisne, quien casa con Beatriz, hija de la duque­
sa Catalina, con la condición de que no le pregunte por su nombre
ni su patria. Mas la curiosidad de la esposa deshace la felicidad de los
amantes, y el caballero desconocido huyó para siempre de su lado.
En el cap. C X X V I se cuenta la desgracia ocurrida a Beatriz: “Mas
ésta hizo como Eva, que la metió Dios en el Paraíso y no supo guardar
el bien que le ficiera e perdiólo todo porque fizo lo que le vedara
cuando comió la manzana; así acaeció a la duquesa de Bullón . . . Una
noche acaeció así: que yaciendo ella en la cama con su marido, el ca­
ballero del Cisne, comenzó a pensar en su corazón de cuánto bien le
ficiera Dios en darle tan buen marido de todos los bienes en seso, en
armas o en apostura y en toda otra bondad, que ni en caballero ni en
alto hombre pudiese haber”. Pero una vez que el caballero oyó a su
esposa que le preguntaba por su patria y nombre, “hobo tan gran pe­
sar que perdió toda la color; así que de muy blanca que era la cara se
tomó negra”, y la dijo: “Dueña, agora fallece vuestra amistad para
siempre e viene vuestro apartamiento, e de manera que me partiré de
vos que no fincaría aquí más por todas las cosas que son en el mundo
ni me veredes jamás los ojos”.
El hecho, tal como se desprende de lo narrado, tiene reminiscen­
cias del cuento de Apuleyo.
Corrobora esta creencia mía la afirmación de Wartan, quien dice
que en las bellísimas concepciones de la mitología griega y en los
cuentos milesios, como en las ficciones de Diógenes, Heliodoro, Jam-
blico, Petronio y Apuleyo, se encuentran sobrados materiales para
construir el artificio de los libros de caballería.

Miguel de Cervantes.—Aparte de los rasgos analógicos encontra­


dos por Menéndez Pelayo entre los dos escritores, hay en “El celoso
extremeño” un asunto que en el fondo ha sido tratado por Apuleyo
en uno de sus episodios de El asno de oro. No quiere esto decir (lo
cual sería en mí un atrevimiento) que Cervantes naya imitado la his­
toria latina, porque él muy bien al final de su novela nos dice que
el episodio, ‘ aunque parece fingido y fabuloso, fue verdadero” y ade­
más porque Rodríguez Marín 1 ha estudiado los nombres y personajes
de la novela dando una realidad y una fecha al suceso narrado (1595-
1598).
El resumen de la fábula latina es el siguiente: un hombre celoso
en extremo tiene por esposa una mujer de gran hermosura. Pone para
custodiarla a un esclavo fiel y diligente. Este jura y perjura la guarda
de su dueña. Continuamente estaba sentado junto a ella, cumpliendo

1 El Loajna de E l celoso extrem eño, Sevilla, 1901.


APULEYO T “EL ASNO DE ORO” EN LA LITERATURA ESPAÑOLA 253

con mucha sagacidad lo que su amo le había mandado; pero no pudo


esconderse al joven mancebo Filesítero, tenorio de la aldea, la hermo­
sura y castidad de la gentil mujer, y desde un principio procuró burlar
la vigilancia del marido y expugnar la fortaleza del esclavo con el di­
nero, al que toda dificultad es llana. Logra, por fin, el mancebo pe­
netrar en la cámara de la casada y satisfacer de este modo sus propó­
sitos. El marido descubre el engaño por unas chinelas que el amante
adúltero había dejado olvidadas y calla su dolor y su congoja. En El
celoso extremeño tenemos a Leonora, joven doncella “que con su sim­
plicidad dio en hacer muñecas”; al viejo eunuco que custodia la en­
trada de la casa, y a un viejo esposo, Carrizales, lleno de rabiosos celos.
Loaysa es el joven tenorio que pretende con su astucia realizar sus
adúlteros amores.

Lope de Vega.—En dos obras de Lope he encontrado un parale­


lismo con los libros II y V de El asno de oro. Una de ellas es El amor
enamorado, en la cjue Dafne, joven hermosa de “cuantas ninfas viven
entre verdes selvas’ , se siente enojada de Venus, porque aborrece ca­
sarse. Esta manda a su hijo Cupido que la haga enloquecer de amo­
res, pero al realizarlo queda a su vez éste prendado ae Sirena, a la
que describe embelesado:

Dulce madre mía, jazmines tom ó


lucero mayor para hacer al rostro
que del cielo esmalta cándido color.
su azul pabellón; Si pintar quisiera
divino planeta, tanta perfección,
celeste esplendor, recibiera agravio
prólogo del día, su eterno pintor.
preludio del sol. Quien mira su brío
dice con razón
Hay una serrana, que la primavera
destos valles flor; por allí pasó.
gloria de su aldea, Y o la vi una fiesta
de su prado honor, que al valle salió,
basilisco en vista, no sé qué m e dijo,
humano y feroz, prestéla atención,
ángel d e belleza, que el oir al ver
fiera en condición. siempre fue veloz.
Nunca con tal risa M iróme al descuido,
las hojas abrió cuidado me dio,
la rosa al rocío que en viendo los ojos
del primer albor, ¡ay del corazón/
cuando abril la esmalta Reparando en ella
del rojo arrebol un helado ardor
que ocultaba el marzo discurrió mis venas
en verde botón. y al alma llegó.
Parece que el cielo (Ac. V I, 274 b.)

Sirena es trasportada al palacio de Cupido y servida por la Oca­


sión, la Esperanza y otras doncellas.
264 HONORIO CORTÉS

En pasajes bellamente descritos nos presenta a Cupido invisible y


consumido en su mismo fuego.
La otra obra de Lope es La viuda valenciana. En el acto primero
hay un pasaje imitación de la escena de los pellejos de vino del cuento
latino:
LISANDRO

Por esta dichosa calle, vi un bulto, a mis o/os negro,


desdichada en tanto extremo, con su capa y con su espada,
donde mil penantes viven mirando y hablando dentro.
velando prendas de un muerto, Lleguém e a él y m etím e
llevaban unos ladrones hasta la barba el sombrero,
una noche oscura, huyendo y díjele: “ ¡Ah, gentil hombre/”,
de la vecina justicia, terciando el corto herreruelo.
de vino un famoso cuero. C om o no m e respondía,
Al pasar los desdichados, saco la daga de presto
las puertas de mármol vieron y por el pecho a mi gusto
de esta viuda más dura, hasta la cruz se la m eto.
y pusiéronle en lo hueco; D ióm e la sangre en el mío,
los alguaciles y mozos, y vuelto a mi casa huyendo,
em bebecidos corriendo, miro a una luz la ropilla
no vieron dónde quedaba y olía com o un incienso.
el arrimado mancebo. T om o una linterna y parto,
Yo, que estaba en una esquina y cuando a mirarle vuelvo,
mirándolo desde lejos, hallo derramado el vino
apresuré luégo el paso y el cuero midiendo el suelo.
llevándome el aire en peso.
Llegando a la amada puerta (R iv.. X X IV , 71 c.)

En el acto segundo hay una referencia a Psiquis que tiene ana­


logía con el cuento de Cupido:

C a m il o : Que si Psiques vio al amor


a quien a oscuras gozaba,
perdió la gloria en que estaba,
y negoció su dolor.

Tirso de Molina.—La prudencia en la mu/er. En dicha obra hay


una escena de cierto parecido con otra de El asno de oro. El físico
Ismael, protomèdico del rey don Fernando, inducido por el infante
don Juan, pretende dar un veneno al niño rey. La regente madre des­
cubre las criminales intenciones del judío y obliga a éste a beber la
pócima:

R e in a : M édico habéis siempre sido


sabio, fiel y agradecido.
Asegurad la salud
del rey y vuestra inocencia
haciendo la salva agora
a esa purga.
APULEYO Y “EL ASNO DE ORO” EN LA LITERATURA ESPAÑOLA 255

Is m a e l: Gran señora,
no estoy, con vuestra licencia,
dispuesto a purgarme yo,
ni tengo la enfermedad
del rey Fernando y su edad.

R e in a : ¿Que no estáis e n fe rm o ?

Is m a e l: N o.

R e in a : No importa; vuestra virtud


d esm ien ta agora este agravio;
en salud se sangra a l sab io ;
purgaréisos en salud.

El hebreo bebe y cae muerto. En Apuleyo se trata de una mala


mujer que quiere dar muerte a su marido por medio de un veneno,
para lo cual entra en relaciones con un físico. Una vez dispuesta a
dárselo, obliga al mismo médico a beberlo, muriendo instantes después.

Romance del siglo X V II.—En el siguiente romance se encuentran


vestigios del cuento Psiquis y Cupido:

Una zagale;a le dió palma y cetro


a quien quiso el cielo por ser más hermosa
dar gracia y donaire que la diosa Venus,
en rostro y cabello, vistióse de pascua
a quien los jazmines día de año nuevo,
y claveles dieron porque cumple años
más color prestado y empieza tormentos,
que les quedó a ellos,
a quien el amor (Rlr.* X V I, 620 c .)

Dos temas hay, para terminar, en la entretenida narración de


Apuleyo que por su semejanza con otro de la literatura española me­
recen destacarse, por si pudiesen ser tenidos en cuenta para el estudio
de sus fuentes. Uno de ellos es el mencionado al tratar de Cervantes:
el sentimiento de los celos; el otro es el de los amantes que mueren
de amor junto al sepulcro.
Era un mancebo de hidalgo linaje, bastante rico, pero dado a los
vicios de la lujuria y de la taberna. Su nombre era Trasilo. Y tal fama
tenía entre los principales de la ciudad que, bien por sí, bien por in­
tercesión de sus parientes, requirió de amores a Carites, siendo repu­
diado por sus malas costumbres. Andando el tiempo, la joven donce­
lla caso con un noble varón: Tlepolemo. Sin embargo, el amor había
ido creciendo en el joven Trasilo, que ante la negativa de casamiento
acarició propósitos de muerte. Y un día logró, por medio de la astu­
cia, llevar al marido a una cacería, donde lo mató, satisfaciendo su
venganza. Cuando la triste nueva llegó a oídos de la amante esposa,
determinó morir de hambre y sed, para ir a acompañar a su marido.
266 HONORIO CORTÉS

Mas Trasilo se esforzaba porque ella correspondiese a sus amores. Ca­


rites le pidió un plazo para pensar su decisión, y un día le ordenó que
embozado en su capa entrase en la cámara donde dormía ella. Le dio
a beber un licor fuerte que le sumió en un profundo sueño. Aprove­
chó Carites la ocasión y le hirió en los ojos. Presurosa, marchó a la
sepultura de su marido, donde se mató con una espada. Los criados
enterraron el cuerpo exánime en el sepulcro de Tlepolemo. Trasilo,
conocedor de estas cosas y viendo que no había consuelo para su espí­
ritu, se hizo llevar a la sepultura de los amantes y encerrado en ella
murió de hambre.
Este tema, que aparece en la literatura española con la tragico­
media de Calixto y Melibea y luégo en Los amantes de Teruel, ha sido
muy discutido en cuanto a su origen verdadero. Es muy frecuente la
leyenda de los que mueren de amor. En cuanto a Los aman tes de Te­
ruel, del dramaturgo Hartzenbusch, don Emilio Cotarelo y Mori, en
un detenido estudio rebate las opiniones de Blasco de Lanuza y de don
Federico Andrés, y concluye diciendo que como el tema no proviene
de la leyenda ni de la tradición ni de la historia, hay que ir a buscarlo
a un cuento de Boccacio contenido en El Decameron con el título
de Giroíamo y Salvestra, cuya traducción sirvió a Bartolomé de Vi-
llalba y Estaña para El pelegrino curioso y Grandeza de España, año
1577, donde por primera vez aparece publicada la leyenda.
Sentado ya que la fuente directa de la leyenda española sea un
cuento de Boccaccio, ¿quién habría de dudar que siendo el aútor de
El Decameron un asiduo lector y admirador de El asno de oro no le
haya servido a su vez de punto de partida el episodio latino? Se dirá
que no coinciden punto por punto en el desarrollo de la acción; que
Carites no amaba a Trasilo; que no es Tlepolemo el que muere por
ella, sino al contrario. Ciertamente; sin embargo, hay rasgos coinci­
dentes, como el del plazo posesorio que Carites pide al joven amante,
la muerte de ella en el plazo concedido y la muerte de Trasilo ante el
sepulcro de la amada. Y estos rasgos nos sirven para estimar el cuento
de Apuleyo como precedente literario de los escritores españoles que
parten de Fernando de Rojas con la aparición de su tragicomedia
(1499) hasta los románticos del siglo xix.
“La picara Justina”.—Menéndez Pelayo, a pesar de la declaración
que hace el autor de la novela picaresca cuando dice en el prólogo que
“no hay enredo en Celestina, chistes en Momo, simplezas en Láza­
r o , cuentos en Asno de o ro . . . cuya quintaesencia no se halle con­
tenida en la obra”, no cree encontrar en ella ningún cuento de Apuleyo.
Sin embargo, leyendo las curiosidades de La picara Justina nota­
mos que en el libro III, cap. III, hay una coincidencia con El asno de
oro. Se refiere al viaje que Justina hizo a Rioseco, en donde se hos­
pedó en casa de una mujer morisca que era bruja, “porque ella hacía
unos ungüentos y unos ensalmos que no era posible ser otra cosa”.
Recordemos que Lucio, al llegar a Hipata, se hospeda en casa de
otra hechicera en cuya cámara se transforma en asno.
APULEYO Y “ EL ASNO DE ORO” EN LA LITERATURA ESPAÑOLA 257

En el libro IV, cap. IV, de La picara Justina, hay una alusión a


Cupido, dios del Amor, a quien se describe con dos saetas condenando
a los parleros a sacarles “la lengua por los ojos y el corazón por las
manos

Baltasar Gracián.—En el estudio que el autor de Los Heterodoxos


hace de El Criticón, por lo que se refiere a la influencia del escritor
africano, se omite una alusión o referencia que el crítico aragonés hace
de Apuleyo. En la Crisi X II de la primera parte, al hablar de los vi­
cios, a los que llama “Cortesanas Circes”, escribe: “Y dime, Egenio
amipo: cuando le hallásemos hecho un bruto, ¿cómo le podríamos res­
tituir a su primer ser de hombre?” “Ya que le topásemos —respon­
dió—, que eso no sería dificultoso. Muchos han vuelto en sí perfecta­
mente, aunque a otros siempre les queda algún resabio de lo que fue­
ron. Apuleyo estuvo peor que todos y con la rosa del silencio curó”.

“El Garañón”.—Siguiendo el procedimiento de Menéndez Pela-


yo de citar aquellas obras que por su título tengan alguna analogía con
El asno de oro, habremos de mencionar dos manuscritos conservados
en la Biblioteca Nacional de Madrid (España), titulados El Garañón,
de Francisco de Castro. Están escritos con distinta letra. El uno es de
fecha 1695; el otro tiene la fecha de 1708. El asunto versa sobre el
natalicio de un borrico garañón.

“La Asneyda”.—Es un manuscrito de Cosme de Aldana. No tie­


ne foliatura. El volumen está compuesto a imitación de la Eneida, de
Virgilio. Alrededor de esta obra se ha creado una gran curiosidad en
vano, pues no tiene ninguna importancia en sí ni comparada.

“El asno erudito”.—Es de Juan Pablo Forner. Se halla insertado


por Cotarelo y Mori en Iriarte y su época. No tiene semejanza alguna
con El asno, de Apuleyo, sino es la de ser un sabio burro con voz a
diferencia del latino.

“La burromaquia”.—Es de Alvarez de Toledo. El poema está cons­


tituido por dos cantos: rebuzno primero y segundo, de mal gusto.

“Apología de los asnos”.—Pertenece a don Manuel Lozano Pérez


Ramajo. El poema es un canto en honor del asno, “el mejor animal
que hay en el suelo”.

“Platero y yo”.—De Juan Ramón Jiménez. El nombre de Platero


responde a un lindo borriquillo, “peludo, suave; tan blando por fuera,
que se diría todo de algodon, que no lleva huesos”. Con este borriqui-
11o dialoga el poeta a través de sus cxxxvm cuadros en los que se
nos presenta la vida entera de Moguer, aldea natal de Juan Ramón.
Hoy la crítica considera esta obra, encuadrada dentro del simbolismo,
como el mejor poema escrito en prosa castellana. Se le compara al
poema del francés Francis Jammes, titulado Pensée des jardins, en el
que el poeta del sur de Francia hace un cálido elogio de los bonicos.
S T V D IV M -8
258 HONORIO CORTÉS

* * *

“El moro”.—Pertenece a la literatura colombiana. En esta narra­


ción, don José Manuel Marroquín nos presenta la autobiografía de un
caballo de la Sabana de Bogotá, quien pasó por todas las vicisitudes:
“Había sido adquirido por accesión, comprado, robado, recobrado,
dado a prueba, prestado, expropiado, ocupado como botín de guerra,
hurtado y depositado”, y, por último, “alquilado”.
Don José Manuel Marroquín, padre de Lorenzo Marroquín, autor
de la novela Pax, recibió una formación humanística, a juzgar por
reminiscencias virgilianas difundidas en El moro. No debió desconocer
el antecedente clásico de nuestro escritor africano, de donde inferi­
mos alguna analogía con El asno de oro. Ahora bien; mientras el asno
recupera su forma humana, el caballo E l moro es siempre caballo que
va perdiendo su lozanía para terminar tuerto y macilento. “Mi piel
—dice— es ya blanca, como la del armiño. . . tengo los ojos soñolien­
tos; lacio y pendiente el labio inferior; me falta casi toda la cerda del
tupé y de la raíz de la cola; el cuello se me ha atenuado y aparente­
mente alargado” (cap. X X V ). Un día se le encontró sin movimien­
to; “se suscitaron dudas sobre si estaba vivo o muerto. Juan Luis se
le acercó, lo punzó en varias partes del cuerpo y dijo: ‘Está muerto;
ya no colea’.”
H o n o rio C o rt és
APULEYO Y “ EL ASNO DE ORO” EN LA LITERATURA ESPAÑOLA 259

M ANUSCRITOS, ED ICIO N ES, OBRAS SO BRE APULEYO

M a n u s c r it o s :

F y dos manuscritos de la Biblioteca Laurentiana de Florencia (Italia).


F. (Florentinus mes. del siglo xi del que derivan todos los demás. Es el Me-
diceus 29-2. Ha debido de ser copiado sobre el F, cuando éste estaba en buen es­
tado, probablemente en el siglo xv.
Se conservan otros más: Güelferbytanus; Dresdensis; Palatinus, etc.

E d i c io n e s :

La primera edición Princeps que se conserva es la del año 1469, en Folio.


Roma.
Metamorphoseos sive de asino. Incunable. 1488. Se conserva en la Biblioteca
Nacional de Madrid, España.
Commentarii. 1504. Venetiic. Sign. P. X X V I.
Philipi Beroaldi. 1512. Parrhesiis. P. 18419.
Metamorph. 1522. Florentiae.
Opera quae. 1560. Basilea.
Apuleius. 1601. Parisior.
Philipi Beroaldi. 1604. Lugduni. Harsy.
Apuleii. 1650.
Floridus. 1688. Parisis.
Todas estas ediciones se conservan' en la Biblioteca Nacional de Madrid, Es­
paña, y Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central.

B ib l i o g r a f í a :

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gicien, histoire d’une légende africaine”. (Revue de Deux Mondes, febrero,
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260 HONORIO CORTÉS

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R e i n h a l d : Études de littérature comparée. Paris, 1906. (Estudia la semejanza del
cuento de Blanca Flor con el de Apuleyo).