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El Carnaval como ejercicio de

la soberanía popular
[José María Pérez]
El carnaval es un tiempo de juego, con unas reglas muy diferentes a las
que marca el juego social cotidiano. El espacio del Carnaval es un espacio de
libertad. En el Carnaval se trazan fronteras que delimitan la vida ordinaria de
la acción festiva. Como en el juego, se suprimen las normas que rigen lo social
para instaurar otras muy distintas. Como en el juego, se comparte el sentido
alegre de la acción. Y, como en el juego, se vive la paradójica determinación
rigurosa de la fiesta y la auténtica libertad saturnal para hacer lo que a uno le
venga en gana.
El Carnaval elimina la diferencia entre el sujeto y el objeto. En la
democracia representativa los sujetos (los ciudadanos) son objetos para sus
representantes (los políticos), que se arrogan la exclusividad de ser sujetos.
Pero en la fiesta carnavalesca es la vida en común y la de cada persona la que
juega e interpreta, la que piensa y decide. En el juego del carnaval está
implícita una concepción del mundo que borra de un plumazo la alienación
que supone la separación del sujeto de su objeto y establece nuevas relaciones
humanas, experimentadas concretamente mediante el contacto vivo, material y
sensible. El ideal utópico se aproxima a la realidad en la visión carnavalesca.
El "rebajamiento" y la "degradación", tan propias del Carnaval, son
metáforas de la subversión (subvertere, darse una vuelta por debajo). El
lenguaje carnavalesco estaba muy relacionado con el nacimiento y las
necesidades naturales.
Pero quizás, la metáfora más poderosa del Carnaval sea la de la
inversión, "el mundo al revés". La representación invertida de la realidad está
presente en buena parte de la tradición popular, donde nos encontramos con
que el poderoso, el amo, el malvado suelen ocupar muy a menudo una posición
contraria a la que ostentan en el mundo ordinario. En la tradición oral y en
el rito popular todo se confunde, todo se subvierte: los roles sociales se ponen
patas abajo, las categorías se mezclan, los contrarios se asocian y el desorden
se enseñorea del orden convencional. El sujeto y el objeto ya no se distinguen.
El mundo invertido nace de la efervescencia social y tumultuosa de la fiesta.
En el Carnaval ese nuevo orden puesto del revés procede del desorden, que al
principio siempre es caos, el punto de partida de todos los mundos posibles e
imaginarios.
El tiempo carnavalesco se vive entonces como apropiación colectiva del
orden social, al que se conjura mediante el desorden y el juego. Es esta
permutación del orden la que nunca ha tolerado el poder legítimo; por eso
siempre ha intentado poner coto al desbordamiento social y a la sublevación
simbólica del Carnaval: históricamente, ha sido la represión la vía para meter
en vereda al populacho indisciplinado, pero el poder también ha utilizado otras
estrategias, la más moderna de las cuales consiste en institucionalizar el
Carnaval mediante subvenciones y patrocinios.