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EL SISTEMA VALENTINIANO

Ireneo, Adversus haereses, Praef. El error, en efecto, no se muestra claramente, para evitar ser
denunciado por su propia desnudez; antes bien se recubre alevosamente de una vestimenta
verosímil y trata de aparecer –ridículo es decirlo– más verdadero que la misma verdad a los ojos
de los ignorantes, gracias a esa apariencia exterior.

Adversus haereses, III,15,2. Ellos [los valentinianos] para capturar a los que pertenecen a la
Iglesia (a los que llaman "comunes" o "eclesiásticos") presentan sus discursos con los que
alcanzan a los simples y los seducen, imitando nuestro discurso para que los oigan
frecuentemente. Y se quejan de nosostros porque, participando de los mismas sentimientos, sin
motivo nos abstenemos de la comunión con ellos; y porque, predicando lo mismo y profesando la
misma doctrina, los llamamos herejes.

Tertuliano, Adversus Valentinianos, IV: Conocemos muy bien el origen de ellos y sabemos por
qué los llamamos valentinianos, a pesar que no lo parecen (...). Valentín esperaba el episcopado,
puesto que era capaz tanto por su inteligencia como por su elocuencia (quia et ingenio poterat et
eloquio), pero una vez que otro fue establecido en la sede, por la ventaja [obtenida] del martirio,
indignado, rompió con la Iglesia auténtica, como suelen los espíritus exitados por la presidencia
ser inflamados ante la perspectiva de la venganza. Dado vuelta para combatir la verdad,
encontró gérmenes de una antigua opinión y marcó el camino a Colobaso. Luego Ptolomeo entró
en él, y distinguió los eones, por nombre y número, como realidades personales, pero situadas
fuera de Dios, los que Valentín había incluido en la misma divinidad suprema como sentimientos,
afectos y emociones (quas Valentinus in ipsa summa divinitatis ut sensus et affectus et motus
incluserat).

Eusebio, Historia Eclesiástica, IV,10. Cuenta Ireneo que Telesforo abrillantó su muerte con el
martirio, y en el mismo lugar declara que, en tiempos del mencionado obispo de Roma Higinio,
eran conocidísimos en Roma estos dos: Valentín, introductor de su propia herejía, y Cerdón,
causante del error de Marción. Escribe así: 11,1. «Valentín vino a Roma, efectivamente, en
tiempo de Higinio, pero floreció bajo Pío y permaneció hasta Aniceto. Y Cerdón, el antecesor de
Marción –también en tiempo de Higinio, que era el noveno obispo–, así que llegó a la Iglesia,
después de hacer confesión pública, pasaba su vida así: unas veces enseñaba a ocultas y otras
veía refutadas sus doctrinas, y se iba apartando de la compañía de los hermanos».
Historia Eclesiástica, VI,2,12. Cuando su padre murió mártir, él quedó sólo con su madre y seis
hermanos más pequeños, cuando aún no contaba más de diecisiete años. 13. La hacienda
paterna fue confiscada por el tesoro imperial, y él con los suyos se encontró en la indigencia de
las cosas necesarias para la vida. Pero fue considerado digno de la providencia divina y halló
protección a la vez que sosiego en una señora riquísima en medios de vida y muy distinguida en
lo demás, pero que rodeaba de atenciones a un hombre muy conocido, uno de los herejes que
entonces había en Alejandría. Era éste de origen antioqueno, y la mencionada señora lo tenía
consigo como hijo adoptivo y lo rodeaba de los máximos honores. 14. Pero Origenes, que, por
necesidad, estaba ordinariamente con él, ya desde aquella edad daba pruebas claras de su
ortodoxia en la fe, pues aunque una muchedumbre incontable, no sólo de herejes, sino también
de los nuestros, se reunía junto a Pablo (que así se llamaba aquel hombre), porque les parecía
elocuente, jamás se logró inducirle a que le acompañase en la oración, guardando ya desde niño
la regla de la Iglesia y abominando –como textualmente dice él mismo en alguna parte– las
enseñanzas de las herejías.

Historia Eclesiástica, VII,7,4. Luego, tras decir algunas cosas acerca de todas las herejías,
[Dionisio] añade: «Yo recibí esta regla y este modelo de nuestro bienaventurado papa Heraclas.
Efectivamente, a los que provenían de las herejías, aunque se habían separado de la Iglesia –y
con mayor razón a los que no se habían separado, pero que, siendo miembros de la
congregación sólo en apariencia, en realidad se les achacaba estar en relación con alguno de los
maestros herejes–, los expulsaba de la Iglesia y no los admitía, aunque se lo pidieran, hasta que
hubiesen expuesto públicamente todo cuanto habían escuchado entre los adversarios; entonces
los admitía a la asamblea, sin exigir para ellos un nuevo bautismo, puesto que ya hablan recibido
anteriormente de él el santo lavado».

Teódoto, Extracto 78:


Ahora bien, no es sólo la inmersión bautismal lo que salva, sino el conocimiento (gnw=si"):
quiénes éramos, qué hemos llegado a ser; dónde estábamos, dónde hemos sido arrojados;
hacia dónde vamos, de dónde somos redimidos; qué es la generación, qué es la regeneración.

Ireneo de Lyón, Adversus haereses I, 1-8 (La "Gran Noticia sobre los Valentinianos")
I,1,1. Había, según dicen [los Valentinianos], un Eón perfecto, supraexistente, que vivía en las
alturas invisibles e innominables. Llámanle Pre-Principio, Pre-Padre y Abismo (ProarchV kaiV
Propavthr kaiV Buvqo"), y es para ellos inabarcable en su manera de ser e invisible, sempiterno
e ingénito. Vivió infinitos siglos en magna paz y soledad. Con él vivía también Pensamiento
(*Ennoia), a quien denominan asimismo Gracia y Silencio (Cavri" kaiV Sighv). Una vez, pensó
este Abismo emitir de su interior un principio de todas las cosas, y esta emisión que pensaba
emitir la depositó a manera de simiente en Silencio, que vivía con él, como en una matriz.
Habiendo ella recibido la simiente y resultado grávida, parió un Intelecto (Nou="), semejante e
igual al emitente, y único capaz de abarcar la magnitud del Padre. A este Intelecto lo llaman
también Unigénito (Monogenhv), Padre y Principio de todas las cosas (Pathvr kaiV Archv tw=n
pavntwn). Junto con él fue emitida Verdad (*Alhvqeia). Y ésta es, según ellos, la primera y
principal Tétrada pitagórica, a la que llaman, asimismo, Raíz del universo. Hay, en efecto, Abismo
y Silencio, después Intelecto y Verdad. El Unigénito, comprendiendo el motivo por el que había
sido emitido, emitió a su vez a Logos y a Vida (Lovgo" kaiV Zwhv); él era el Padre de todos los
seres que iban a existir después de él, y era el principio y formación de todo el Pléroma. Por la
pareja (suzigiva) de Logos y Vida fueron emitidos Hombre e Iglesia (*AnqrwpoV" kaiV
*Ekklhsiva). Ésta es la Ogdóada primigenia, raíz y subsistencia de todas las cosas, a la que
designan con cuatro nombres: Abismo, Intelecto, Logos y Hombre. Ahora bien, cada uno de ellos
es andrógino, de la siguiente forma: primero el Padre Primordial estaba unido formando pareja
con su Pensamiento, a la que también llaman Gracia y Silencio; el Unigénito, es decir, Intelecto
con la Verdad; el Logos con la Vida, y el Hombre con la Iglesia. I,1,2. Estos eones, emitidos para
gloria del Padre, queriendo también a su propia manera glorificar al Padre, emitieron emisiones
en parejas. El Logos y la Vida, después de emitir al Hombre y a la Iglesia, emitieron a otros diez
eones, cuyos nombres son los siguientes: Profundo y Mezcla, Inmarcesible y Unión, Genuino y
Placer, Inmóvil y Comunión, Unigénito y Beata. Éstos son los diez eones que, según ellos, fueron
emanados por Logos y Vida. Por su parte, el Hombre , en unión con la Iglesia, emitió doce
eones, a los que otorgan los nombres siguientes: Paráclito y Fe, Paternal y Esperanza, Maternal
y Caridad, Intelecto Perdurable y Entendimiento, Eclesial y Beatitud, Deseado y Sabiduría
(Sofiva). I,1,3. Estos son los treinta eones de su error, mantenidos bajo silencio y no conocidos, y
éste es el Pléroma que se imaginan, invisible y espiritual, dividido en tres: Ogdóada, Década,
Dodécada [...]
I,2,1. Dicen que el Pre-Padre que ellos establecen es conocido únicamente por el Unigénito
engendrado por él, es decir, el Intelecto, mientras permanece invisible e incomprensible para
todos los demás, Sólo el Intelecto, según ellos, gozaba contemplando al Padre y se alegraba al
comprender su inconmensurable magnitud. Y discurrió comunicar al resto de los eones la
grandeza del Padre, así como su poder y manera de ser y cómo era sin principio, inabarcable e
incomprensible. Pero le retuvo Silencio por Voluntad del Padre, porque quería conducir a todos al
pensamiento y al ardiente deseo de buscar al mencionado Pre-Padre. Y los demás eones, de
modo parecido, concebían en su paz un cierto deseo de ver al que había emitido su simiente y
de saber acerca de la raíz sin principio. I,2,2. Pero avanzó precipitadamente el último y más
joven eón de la Dodécada emitido por el Hombre y por la Iglesia, es decir, Sabiduría, y
experimentó una pasión (pavqo") sin el abrazo de su pareja, Deseado. Lo que había tenido su
comienzo con los que estaban en torno al Intelecto y a la Verdad, se concretó en esta
descarriada, en apariencia por causa de amor, pero de hecho por audacia, porque no tenía
comunidad con el Padre perfecto, como la tenía el Intelecto. La pasión -dicen- era búsqueda del
Padre (toV deV pavqo" ei]nai zhvthsin tou= Patrov"), pues quería comprender (katalabei=n) su
grandeza. Puesto que no podía, por haberse lanzado a una empresa imposible, se debatía en
una lucha terrible a causa de la grandeza del Abismo y de la inescrutabilidad del Padre, y del
amor hacia él. Tendía a ir siempre más allá, bajo el influjo de la dulzura de aquél, y al fin habría
quedado absorbida y disuelta en la substancia universal de no haber topado con la fuerza que
consolida y conserva a los eones fuera de la inefable grandeza. A esta fuerza llaman también
Límite ($Oro"). Por ella fue retenida y consolidada y, apenas convertida a sí misma,
reconociendo que el Padre es incomprensible, abandonó su primera intención junto con la pasión
que le sobrevino por aquella desconcertante maravilla (Trad. J. Montserrat Torrents, I, pp. 91-99).
Ireneo, Adv. haer., I,4,1. Los sucesos que describen fuera del Pléroma son los siguentes: la
Intención de la Sabiduría superior (a la que también llaman Achamot), una vez apartada del
Pléroma, entró en ebullición por necesidad en las regiones de sombra y de vacío, porque salió
de la luz y del Pléroma, informe y sin figura, a manera de aborto, por no haber comprendido
nada. El Cristo de arriba se apiadó de ella, se extendió a través de la cruz y con su propia
potencia le dio forma, la que es según la substancia solamente, no la que es según el
conocimiento (thVn kat* oujsivan movnon ajll* ouj thVn kataV gnw=sin). Y una vez realizado esto,
se remontó de nuevo, sustrayendo su potencia, y la abandonó, a fin de que, tomando conciencia
ella de la pasión que la rodeaba a causa de su destierro del Pléroma, apeteciera las cosas de
arriba, gracias al aroma de incorrupción que dejaron el Cristo y el Espíritu Santo (...) Al no poder
rebasar el Límite, por estar entrelazada con la pasión, y al quedar abandonada sola en el
exterior, cayó en toda clase de pasión multiforme y variada (...) Mas le sobrevino también una
disposición distinta, la conversión al dador de la vida.
I,4,2. Tal fue, según enseñan, la constitución en su substancia de la materia, de la que provino
este mundo. En la conversión tiene su origen toda el alma del mundo y la del Demiurgo, las
demás cosas recibieron su principio del temor y de la tristeza. De las lágrimas de ella provino
toda la substancia húmeda, de su risa la substancia luminosa, de la tristeza y el estupor, los
elementos corporales del mundo (...)
I,5,1. Según ellos había estos tres substratos (uJpokeivmenon): el que procedía de la pasión,
que era material (uJlikovn); el que procedía de la conversión, que era lo psíquico (yucikovn); el
que fue parido, es decir, lo espiritual (pneumatikovn). Así pues, se interesó en darles forma. Pero
no pudo darla a lo espiritual, puesto que le era consubstancial (oJmoouvsion) (...) En primer
lugar, dicen, formó a partir de la substancia psíquica al que es Dios, Padre y rey de todos, tanto
de los que son consubstanciales, es decir de los psíquicos, a los que llaman de la derecha, como
de los procedentes de la pasión y de la materia, a los que llaman de la izquierda (...). I,5,2.
Siguen diciendo que el Demiurgo fue Padre y Dios de los seres exteriores al Pléroma, siendo
creador de todos los seres psíquicos e hílicos (yucikoiV kaiV uJlikoiv). (...) I,5,3. Enseñan que el
Demiurgo estaba convencido de haber creado por sí mismo todas estas cosas, pero que en
realidad las había hecho impulsado por Achamot. De este modo hizo el cielo, sin conocer Cielo
alguno, y formó el hombre sin saber del Hombre, e hizo aparecer la Tierra desconociendo la
Tierra. Y así en todo –dicen– ignoraba los modelos (ijdeva) de las cosas que hacía y aun la
existencia de la Madre misma, creyendo serlo él solo todo (...) I,5,4. Por esta razón, siendo
demasiado débil el Demiurgo para conocer las realidades espirituales, creyó ser él mismo el
único Dios, y dijo por medio de los profetas: «Yo soy Dios, y ninguno hay fuera de mí» (Is 45,5;
46,9). I,5,5. Enseñan que el Demiurgo, una vez creado el mundo, hizo al hombre terreno, no a
partir de esta tierra árida, sino tomando la substancia invisible, la confusión y la fluidez de la
materia. Y en éste, infundió al hombre psíquico. Y éste es el que fue hecho a imagen y
semejanza. «A imagen» se refiere al [hombre] material, que es parecido, pero no consubstancial
con Dios; «a semejanza» se refiere al [hombre] psíquico; de donde su substancia es denominada
también espíritu de vida, pues proviene de una emanación espiritual. Finalmente, vino revestido
de una túnica de piel que, según ellos, significa la carne sencible. I,5,6. Ahora bien, el retoño de
la Madre de ellos, Achamot (...) pasó también desapercibido al Demiurgo –dicen– y fue
ocultamente inserto en éste sin que se diera cuenta, a fin de que, sembrado a través de él en el
alma, que de él procede, y habiendo crecido en ellos, se halle dispuesto para la recepción del
perfecto Logos. Ignoró el Demiurgo –dicen– al hombre espiritual, sembrado junto con su soplo
por Sabiduría con indecible potencia y providencia (...) Y sostienen que éste (el espiritual) es el
hombre que habita en ellos. Así, ellos reciben el alma, del Demiurgo, el cuerpo, del barro, la
carne, de la materia, y el hombre espiritual, de la Madre Achamot.
I,6,1. Son, pues, tres: lo material, llamado también de izquerda, perece por necesidad (katav
ajnavgkhn ajpovllusqai), por cuanto no puede recibir ningún soplo de incoruptibilidad; lo psíquico,
denominado también de derecha, porque hallándose en medio de lo espiritual y lo material,
según por donde se inclina, por allí se desliza (...)
I,6,2. Aprendieron disciplinas psíquicas los hombres psíquicos, los confirmados en las obras y en
la mera fe, carentes del perfecto conocimiento. Éstos –afirman– somos nosotros, los de la
Iglesia. Sostienen que por esto nos es necesaria a nosotros la buena conducta ya que de otra
manera no nos podríamos salvar, mientras que ellos se salvarán absolutamente, no por la
conducta, sino por el hecho de ser espirituales por naturaleza. Del mismo modo que lo terreno no
puede participar en la salvación, porque no es capaz de recibirla, así también lo espiritual, es
decir ellos mismos, no puede recibir la corrupción, cualesquiera que sean las obras a las que se
entregue. El oro arrojado en el barro no pierde su belleza, sino que conserva su propia
naturaleza, puesto que el barro en nada puede perjudicar al oro; así afirman acerca de sí mismos
que, aunque se entreguen a cualquier tipo de obras materiales, no pueden recibir ningún daño ni
perder la substancia espiritual (...) Algunos, entregados a fondo a los placeres de la carne, dicen
que dan lo carnal a lo carnal y lo espiritual a lo espiritual.
I,7. Cuando toda la simiente haya alcanzado la perfección –dicen–, Achamot, su madre, dejará la
región de la Mediedad y entrará en el Pléroma y recibirá a su esposo el Salvador, el que nació de
todos los eones, de manera que surja el conyugio del Salvador y de Sabiduría Achamot. Tales
son el esposo y la esposa, siendo el entero Pléroma la cámara nupcial. Los espirituales se
despojarán de las almas y pasarán a ser espíritus inteligibles, y entrarán sin tropiezos e
invisiblemente en el Pléroma, destinados a ser esposas de los ángeles que están en el torno al
Salvador. También el Demiurgo se trasladará al lugar de la Madre Sabiduría, es decir, la
Mediedad. Asimismo, las almas de los justos hallarán reposo en la región de la Mediedad, pues
nada psíquico puede entrar en el Pléroma. Cuando todo esto haya sucedido, enseñan, el fuego
que está oculto en el mundo prorrumpirá y arderá; cuando haya consumido toda la materia, él
mismo quedará consumido con ella y será aniquilado.
I,21,5. [Ascenso de los espirituales] Llegada a los que están junto al Demiurgo, les dice: «Soy un
vaso de honor, más que la hembra que os hizo a vosotros. Si vuestra madre ignora su raíz, yo
me conozco a mí mismo y sé de donde soy...» (ejgwv oi=da ejmautoVn kaiV ginwvskw oJqen
eijmiv...).

Teódoto, Extractos:
51,1. Hay, pues, un hombre en el hombre, el psíquico en el terreno, no como una parte enotra
parte, sino existiendo juntos como un todo con un todo, por la inefable potencia de Dios.
56,2-3. Son muchos los materiales y no tantos los psíquicos; en cambio, los espirituales son
escasos. El elemento espiritual se salva por naturaleza; el psíquico, dotado de libre albedrío
(aujtexouvsion), tiene una aptitud para la fe y la incorruptibilidad, o bien para la incredulidad y la
corrupción, según su propia elección; el material se destruye por naturaleza.
63. El reposo de los espirituales tiene lugar en el día del Señor, en la Ogdóada –que es llamado
día del Señor–, junto a la Madre, mientras detentan todavía las almas –sus vestidos– hasta la
consumación. Las demás almas fieles están junto al Demiurgo, pero al tiempo de la
consumación se retiran también a la Ogdóada. Seguidamente tiene lugar el festín nupcial, común
a todos los salvados, hasta que se igualen y se conozcan mutuamente.
64. Los elementos espirituales deponen luego las almas, y desde aquí, al mismo tiempo que la
Madre acompaña al Esposo, acompañan también ellos a los suyos, los ángeles; entran en la
cámara nupcial dentro del Límite y llegan ante la vista del Padre convertidos en eones
intelectuales, hacia las intelectuales y eternas bodas del conyugio.
65. El maestresala del banquete, el acompañante de las bodas, «el amigo del esposo,
permanece delante de la cámara nupcial y, al oír la voz del esposo, se alegra intensamente». Tal
es, para él, la plenitud del gozo y del reposo.