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INTRODUCCIÓN

La controversia que causó el Concilio Vaticano II fue sin duda alguna real. Aún por estos días,
la Iglesia sigue digiriendo todos los aspectos de tan extensa riqueza. Todavía la Iglesia necesita
desarrollar y profundizar en los aspectos centrales de la fe y los retos que está, y estará
afrontando la grey del Señor.

Nunca ha sido otro motivo de la dirección de la Santa Madre Iglesia, que llevar al hombre a la
vida eterna, en virtud del mandato del Jesucristo, el Hijo de Dios. Es por esto que a través de los
siglos se ha predicado una idea llamada santidad. Un lugar, un ideal a donde el fiel seguidor de
Cristo debe llegar imitándolo. Sin embargo, tras al avance del mundo y los desafíos que la Iglesia
atraviesa y que cada vez son más fuertes, la constitución dogmática Lumen Gentium esclarece el
concepto de santidad, a un estilo de vida que debe adquirirse en la sociedad actual desde ya.

La importancia de analizar este tema es imprescindible, o por lo menos, debiera serlo para
cada uno de los bautizados, para que siguiendo el ejemplo de Cristo, puedan ser testimonio de él
ante todas las naciones.

Este trabajo tiene como finalidad, mostrar un análisis del contenido en el capítulo V de este
documento magisterial, que lleva por título: “Universal Vocación A La Santidad En La Iglesia”.
Se realizó una síntesis y el comentario de una cita textual, para indagar más a profundidad la
invitación de la Iglesia a un compromiso radical, (y que es al mismo tiempo para todos los
hombres) a alcanzar el cielo.
PARÁFRASIS DEL CAPÍTULO V DE LA CONSTITUCION DOGMATICA
“LUMEN GENTIUM”
La cara del Concilio Vaticano II más constante, es el llamamiento a todos los hombres de la
tierra a vivir la santidad. Muy claramente esto se logra ver en el capítulo quinto de la constitución
dogmática sobre la Iglesia, “Lumen Gentium”. Los padres conciliares, no escatimaron en
palabras que pudieran manifestar de manera clara y concreta, lo que la Iglesia ha enseñado y
buscado desde tiempos antiguos, como lo es el tema fundamental de la santidad. Siempre, la
Iglesia ha sido consciente de éste llamado y obligación que Jesucristo le dejó. Lo primero que
esta constitución pone de manifiesto, es la cualidad que, aunque intransigente en la actualidad, es
y será siempre, una parte que defina a la Iglesia: la santidad.

La Iglesia es santa, porque Cristo, unido a la Trinidad, es un Dios Santo. Y es Cristo mismo,
quien hace de la Iglesia su cuerpo místico. En este sentido, todos los que la conformen, están
llamados a vivir esta misma santidad, y a su ejemplo, son los consejos evangélicos de pobreza,
castidad y obediencia, los recursos esenciales para lograrlo.

Quienes siguen a Cristo, en virtud del don recibido en el Bautismo, que los hace hijos de Dios,
deben cuidar y perfeccionar su participación en la naturaleza divina, a través de la gracia que el
mismo Jesucristo derrama en las almas, y que los hace santos. San Pedro en su carta, pregona una
nación santa como una nueva cualidad del pueblo de Dios, que fue consecuencia de la acción
redentora de Jesús. (cfr. 1 P 2, 9-10).

Para el Concilio, el concepto de santidad en la sociedad actual refiere al empeño que, con
todas sus fuerzas, el fiel cristiano vive para imitar a Cristo, y que lleva a cabo con la ayuda de los
dones recibidos de Él; siguiendo su ejemplo en actos y afectos, y obedeciendo plenamente al
Padre, se entrega a sí mismo libérrimamente en cuerpo y alma para glorificar a Dios, y en el
servicio del prójimo en la tierra.

Lumen Gentium, en un primer momento, incita a vivir este estilo de vida a los Pastores de la
Iglesia que, adquiriendo este compromiso, busquen crecer en el amor a Dios y al prójimo,
imitando diariamente lo que tienen en sus manos, durante el Santo Sacrificio de la Misa. Así
mismo, promueve la comunión entre el Santo Padre, los obispos y los presbíteros, siguiendo el
ejemplo de los grandes modelos de santidad sacerdotal. Y finalmente, a ofrecer las vicisitudes de
su ministerio por su propia santidad y la de la Iglesia universal.

Posteriormente para la vida conyugal, invita a la ayuda mutua por la santificación de cada uno
y de su familia; deben ser ejemplo para sus hijos, instruyéndolos en la doctrina y las virtudes
cristianas. Cuando se vivan situaciones difíciles, han de unir su dolor a los de Jesucristo en el
sacrificio de la cruz, que padeció por la salvación del género humano.

El principal medio de santificación es la caridad. Primero a Dios y luego al prójimo en Dios.


Los medios para hacerla crecer y perfeccionarla son, sin duda alguna, la Eucaristía, la oración, la
renuncia a sí mismo, el servicio a los demás por medio de buenas obras, y el ejercicio propio de
las virtudes. Cuando la caridad llega a su grado máximo, algunos fieles reciben y aceptan como
verdadero testimonio de Cristo, el don perfectísimo del martirio, asemejándose a Él de manera
plena. Del mismo modo, la constitución dogmática, ya para el final del capítulo, reafirma que el
celibato y la virginidad, tesoros invaluables en la Iglesia, tienen de un modo especial un estímulo
por la caridad y la fecundidad espiritual.

Sea cual sea el estado, los fieles cristianos no sólo están llamados a vivir desde esta vida
terrenal la santidad, sino que están obligados, en virtud de la gloriosa Pasión del Señor Jesús, y la
misión que Él le dejó a su Iglesia.

COMENTARIO

“…el primero y más imprescindible don es la caridad, con la que amamos a Dios sobre todas las
cosas y al prójimo por Él.”1

Esta afirmación es verdaderamente profunda y digna de meditar. El amor, concepto en muchas


bocas actualmente, es causa constante de escándalo. En ocasiones, que ya de por si su definición
no es la adecuada en la sociedad actual, es contrario a su esencia. Ahora es normal que el amor
por una mascota prevalezca muy por encima del amor que debería recibir el nuevo ser humano
que se está formando en el vientre de una mujer.

1
CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Lumen Gentium, 42.
Fuimos creados por amor y llamados a vivir en el amor. Pero, ¡el ser humano tiene la tarea de
reconocer la fuente de esta fuerza que nos une como especie, como familia, como parejas, como
uno mismo! ¿Acaso tiene sentido la vida de un ser humano sin el amor? ¿Se puede dar amor sin
recibir amor?

Hemos olvidado que fue primero el amor con que fue elaborada nuestra vida. Pertenecemos a
alguien no a algo. Cuando el hombre es capaz de identificar su origen en la fe, debe tener en
consecuencia, una actitud que establezca a Dios como su principal persona a amar.

Tener unión íntima con Dios y ver su paso en cada una de las cosas materiales y no materiales
que tenemos o que nos suceden, es indispensable para todo hombre. Cuando nos sabemos
creaturas  de Dios, amadas y con un fin, es necesario ver a Dios en lo cotidiano e incluso en el
dolor, que se une al de su cruz. Él nos llama al respeto de todo lo que ha creado y todo lo que
permite que suceda, pues sabemos que todo sucede porque él lo quiere o lo permite. 

Así nos sometemos a Dios y valoramos lo que tenemos y lo que nos rodea porque tenemos un
fin, que es llegar a Él. Cuando algo deja de ser indiferente, logramos tener un encuentro, pues
descubrimos lo bueno de eso y lo valoramos. Ese momento en el que vemos las cosas claras y
valoramos verdaderamente todo, nos acercamos a las cosas con respeto y objetivamente por lo
que son.

Es sano y muy bueno el acercarse a un animal, tocarlo, ver la belleza de la creación de Dios,
jugar con él y saber que es una criatura también, que es diferente a mí pero que me ayuda a
distraerme, a relajarme y a tener un momento de diversión. Es muy bueno tener una relación con
una persona, cualquiera que sea: amistad, amorío o parentesco. Una persona que, cuando se es
consciente, se sabe que tiene la misma dignidad que un mismo, que habla mi lenguaje, y me
comprende, que tiene inteligencia y que es parte de mi entorno. No es igual que un animal pero
tampoco debe ser mi prioridad.

El encuentro con Dios es verdaderamente superior. La relación con el Creador es la más


importante porque con ella se encuentra sentido a la propia existencia y se conoce cómo deben
ser las relaciones con las otras creaturas.

Los respetos humanos buscan ocultar las realidades que deben ser amadas y con el
relativismo, buscan destruir los valores cristianos y la esencia del amor. ¡El primero que tiene
derecho a ser amado es Dios! ¡Él es el Creador de todas las cosas! Sin embargo, esto no implica
olvidarse del mundo donde se vive y de las personas que nos rodean. San Juan afirma que de
amarnos mutuamente, Dios permanece en nosotros (cfr. 1 Jn, 4, 12).

"Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no
ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve."2

Es una respuesta. Dios me ha creado, me permite vivir, ha redimido mi naturaleza, y me


concede las gracias necesarias para salvarme. Mi vida debe ser entonces, una perenne acción de
gracias en donde amándolo totalmente a Él, y a mi prójimo en Él, pueda ser capaz de dar
testimonio de quién es Dios, estando dispuesto incluso a perder la vida por su nombre, pero al
final del día, ganar el cielo. Este debe ser el sueño de todo ser humano.

2
1 Jn 4, 20.
BIBLIOGRAFÍA

CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II. Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen


Gentium (21 Noviembre, 1964). En La Santa Sede.
http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-
ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html (Consulta el 16 de enero de 2021).

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