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Capítulo II Historia ambiental: definiciones, intereses y discusiones teóricas

Este capítulo está basado principal, aunque no exclusivamente, en escritos que podrían reconocerse como

estados de la cuestión de la historia ambiental. No obstante, este capítulo no pretende únicame nte

sintetizar tales estudios, sino que, les presenta a los historiadores en general varios autores con el fin de

acercarse a la historia ambiental, e intenta complementar a los estados de la cuestión citados.

Comencemos pues, dando una definición inicial de historia ambiental. Worster sostiene que,

ampliamente concebida, la historia ambiental es “la historia del rol y el lugar de la naturaleza en la vida

humana”. Definición que plantea la principal meta de la historia ambiental: “profundizar o entender la

manera en que los humanos han sido afectados por su ambiente natural a través del tiempo” y, la forma

en la cual lo afectan y sus resultados.1

Tras esta definición general, en este capítulo se describen aspectos teóricos de la historia

ambiental que han sido destacados por diversos historiadores ambientales y complementados por las

aportaciones de expertos de otras disciplinas de lo ambiental. Es decir, es un capítulo que principalme nte

reproduce la teoría que los historiadores ambientales han generado para su campo de estudio,

especialmente categorías, métodos y escalas que utiliza la historia ambiental, apoyados también en otros

académicos que estudian la sociedad y/o el ambiente. Lo cual se realizará sin la concreción de un anális is

epistemológico de tal teoría, pues tal tarea se realiza en el cuarto capítulo. Si bien en este capítulo se

destacarán las diferencias de la historia ambiental para con otras formas de hacer historia, no se quiere

afirmar que no hay convergencias entre la historiografía en general y esta joven disciplina en

construcción.2

1 Donald Worster, “Appendix. Doing Environmental History”, en Donald Worster (ed.), The Ends of the Earth: Perspective
in modern Environmental History, Cambridge, Cambridge University Press, 1988, pp. 290, 291.
2 Para una perspectiva complementaria a este capítulo véase el siguiente artículo (Gerardo Morales Jasso, “Convergencias

entre subdisciplinas historiográficas y la historia ambiental. Una aproximación teórica”, Historia 2.0, año IV, no. 7,
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Primeramente será necesario deslindar algunos significantes que pueden ser confundidos con el

de ambiente que en la Ley General del Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente (LGEEPA) es

definido como “El conjunto de elementos naturales y artificiales o inducidos por el hombre que hacen

posible la existencia y desarrollo de los seres humanos y demás organismos vivos que interactúan en un

espacio y tiempo determinados.”3 Aún bajo este primer intento de definición habría que distinguirlo de

categorías como hábitat, paisaje, territorio, naturaleza y ecosistema. Hábitat es una categoría que expresa

el espacio físico en el cual una especie, incluido el hombre, vive y se reproduce. Paisaje proviene del

francés pays, que expresa una unidad geográfico- histórica reconocible que expresa relaciones de

semejanzas, como la climática y la ecológica; de vecindad, de costumbres, hablar y recuerdos semejantes,

es una escala que está por encima del pueblo (abarca lo visible desde un punto de él y por lo tanto es

convergente con la definición de matria), pero es menor que la región. Otra categoría que no significa lo

mismo que ambiente es territorio, que es una noción geográfico-política que expresa el espacio físico en

el cual una población, sea humana o animal ejerce control o dominio, por lo que el territorio es el lugar

donde se producen condiciones materiales y sociales de existencia mediante confrontaciones en las que

se involucra el poder y por lo tanto, la resistencia. Así, un territorio es un espacio que se construye

socialmente, el cual es producto de las relaciones de poder, y por lo tanto, las territorialidades son

construidas y destruidas a través de reordenamientos sociales. La categoría de naturaleza implica una

tensión importante, pues Julio Montané indica que la humanidad forma parte de la naturaleza y media

Bucaramanga, junio 2014, p. 22; Johnny Rojas Padilla y Mario Alejandro Pérez-Rincón, “Servicios ecosistémicos”, pp. 15-
36), el cual, al pretender responder “cuáles son las convergencias que desde otros enfoques historiográficos apuntan a la
necesidad de una historia ambiental”, está dirigido a historiadores en general, con el fin de introducirlos a la historia ambiental
desde formas de hacer historia que son más conocidas y apunta a la factibilidad de acercarse a ésta. Debo destacar que aunque
en tal artículo establezco vínculos entre la nueva historia y la historia ambiental, esta última no es parte de la primera porque
no se sujeta a las ciencias sociales, sus métodos y conceptos. En tal artículo ya esbozo lo que desarrollo más ampliamente en
esta tesis.
3 Artículo 2 de la “Ley General del Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente” reformada el 16 de enero del 2014,

disponible en http://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/pdf/148.pdf (consultada el 2 de diciembre de 2014).


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entre su ser biológico y la naturaleza que le es exterior a él. Sin embargo, la naturaleza generalmente se

concibe como el ambiente no humano, lo que implica un ambiente casi inexistente en nuestro mundo.4

“Uno de los esquemas de representación de la realidad con más arraigo en la sociedad

contemporánea (al menos en la tradición cultural de Occidente)” es la concepción antropocéntrica que

divide al mundo en dos grandes dominios: lo cultural y lo natural. Separación que sirve para fundame ntar

el individualismo de la lógica capitalista y la idea de que la economía puede funcionar de forma

independiente y aislada del funcionamiento de la biosfera.5 Así que, a través de este esquema, lo natural

se opone a lo social, a pesar de que lo social no es sobrenatural. Por lo tanto, por un lado lo natural es lo

no antrópico, por el otro, lo social es emergente de lo natural, por lo que tenemos dos significados

antitéticos de “natural”,6 a pesar de que “Desde una perspectiva temporal, no existe la dualidad

naturaleza-cultura”,7 que es una distinción arbitraria y difícil de realizar tajantemente, ya que “No puede

haber personas fuera de la naturaleza; solo puede haber personas que piensan que están fuera de la

naturaleza.”8 Incluso las poblaciones ecológicas que formamos, constituyen comunidades al tener

interacciones con microorganismos y animales de compañía. La abstracción de la oposición

4 Francisco Serrano Bernardo, Luigi Bruzzi y Enrique Toscano, “Introducción al estado del ambiente”, en Francisco Serrano
Bernardo y Luigi Bruzzi (eds.), Gestión sostenible del ambiente: principios, contexto y métodos, Granada, Universidad de
Granada, 2012, pp. 27, 28; D. Faucher, “De los ‘países’ a las regiones”, en Josefina Gómez Mendoza, Julio Muñoz Jimén ez
y Nicolás Ortega Cantero, El pensamiento geográfico. Madrid, Alianza Editorial, S. A., 2002, pp. 282, 283, 285, 288; P.
Claval, “The Development of Regional Studies”, An Introduction to Regional Geography, London, Blackwell Publishers,
1998, p. 15Esther Padilla Calderón, Agua, poder y escasez. La construcción social de un territorio en un ejido sonorense,
1938-1955, Hermosillo, El Colegio de Sonora, 2012, pp. 21, 23, 25-29, 121, 122 y Julio Montané, Marxismo y Arqueología,
México, Ediciones Cultura Popular, 1980, p. 17 y Bárbara Altschuler, “Territorio y desarrollo: aportes de la geografía y otras
disciplinas para repensarlos”, Theomai, no. 27-28, 2013, pp. 66-71.
5 Rafael Hernández del Águila y Francisco Toro Sánchez, “Gestión sostenible de los recursos naturales y socioambientales”,

en Francisco Serrano Bernardo y Luigi Bruzzi (eds.), Gestión sostenible del ambiente: principios, contexto y métodos,
Granada, Universidad de Granada, 2012, p. 92.
6 Juan Carlos Marín, Conversaciones sobre el poder (Una experiencia colectiva) , volumen 1, Buenos Aires, Ciclo Básico

Común/Instituto “Gino Germani”, s/f, p. 53.


7 Cita de Barbara Adam en Manuel González de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la utopía

metafísica de la modernidad”, Metabolismos, naturaleza e historia. Hacia una teoría de las transformaciones
socioecológicas, Barcelona: Icaria, p. 37.
8 William Cronon, “Modes of Prophecy and Production: Placing Nature in History”, The Journal of American History, no.

76, vol. 4, 1990, pp. 11-14.


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cultura/naturaleza es relevante para destacar las modificaciones antrópicas, que va desde lo que carece

de interacción con el hombre al hombre mismo, pasando por lo domesticado y lo contaminado. Así que

el concepto “naturaleza” conlleva distintas tensiones difíciles de resolver que implica una realidad

extremadamente compleja y diversa, por lo tanto, significados también diversos que dependerán del

marco subjetivo específico que guíe la percepción social. 9 Una forma de disminuir estas tensiones la usa

Ely Bergo de Carvalho y Arthur Soffiati, quienes en vez de referirse a la sociedad, se refieren a la

“antroposociedad”,10 que aunque parece redundante, indica implícitamente que la humanidad no es la

única que puede atribuirse el ser una sociedad, sino que también sistemas sociales naturales (enjambres,

manadas) y sistemas sociales artificiales (computacionales) tienen vidas sociales (asociaciones) a través

de sus poblaciones o comunidades. Así que al referirnos a la antroposociedad se presupone que hay otras

sociedades además de la humana.11

Por su parte, los ecosistemas están constituidos por las relaciones y procesos dinámicos que se

dan entre organismos que interactúan en comunidades y las entidades abióticas presentes en un cierto

espacio físico. Sus componentes inorgánicos y orgánicos son relacionados a través de cadenas tróficas

en las que se disipa energía: las plantas utilizan la radiación solar para producir sustancias orgánicas a

través de la fotosíntesis, la fauna se nutre de ellas y en cada eslabón se pierde entre 80 y 90% de energía

en la forma de calor.12

9 José Luis Lezama, La construcción social y política del medio ambiente, México, El Colegio de México, 2004, p. 28 y José
Augusto Pádua, “As bases teóricas da historia ambiental”, Estudos Avançados, no. 68, vol. 24, 2010, p. 86.
10 Ely Bergo de Carvalho, “História ambiental e o ensino de história: uma difícil aproximação ”, en José Edson de Arruda

Fanaia, Osvaldo Mariotto Cerezer y Renilson Rosa Ribeiro (org..), Escrita de história, Cavalhada, UNEMAT, 2010, p. 5; Ely
Bergo de Carvalho, “História ambiental: muitas dúvidas, poucas certezas e um desafio epistemológico”, Semana de Iniciação
Científica, no. 2, 2002, p. 167 y Arthur Soffiati, “Como concebo a história ambiental”, Rede Brasileira de História Ambiental,
24 de febrero de 2013, disponible en línea.
11 Carlos Eduardo Maldonado, “Complejidad de los sistemas sociales: un reto para las ciencias sociales”, Cinta de Moebio

no. 36, 2009, pp. 151-154; Eric Hobsbawm, “Todos los pueblos tienen historia”, Sobre la historia, Barcelona, Grijalbo, 1998,
p. 177 y Octavio Miramontes Vidal, “Los sistemas complejos como instrumentos de conocimiento y transformación del
mundo”, en Santiago Ramírez, Perspectivas en las teorías de sistemas, México, siglo xxi / UNAM, 1999, pp. 85, 91, 92.
12 Francisco Serrano Bernardo, Luigi Bruzzi y Enrique Toscano, “Introducción al estado del ambiente”, pp. 28, 29.
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La inclusión de este concepto permite solucionar la polisemia de lo natural porque requiere de separar

la naturaleza antrópica de la naturaleza no antrópica. De modo que se pueda decir que toda

antroposociedad produce su propia y selecta perspectiva de la naturaleza, ya se hable de la naturaleza en

general (que lo incluye a sí mismo) o específicamente de la naturaleza no antrópica.13 Como se verá a

continuación, aunque ambientes está vinculado a hábitat, paisaje, territorio, naturaleza o ecosistema; no

puede ser confundido con estos.

2.1 La categoría de ambiente.


En este subtítulo se abordarán los múltiples significados de “ambiente”, con lo que se pretende

sistematizarlos.

David Arnold asegura que tal y como lo usamos hoy, el término “ambiente” o “medio”, es

relativamente reciente.14 Al ser “un constructo histórico-social” es un concepto debatido y ambiguo que

está “codificado axiológicamente para el cambio”, por lo que es una categoría “inevitablemente” sujeta

“a interpretaciones diversas”. O sea, que no existe una visión homogénea sobre lo que el ambiente es.15

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, el concepto “ambiente” proviene del

latín ambiens, que hace referencia a lo que rodea o cerca. También tiene la acepción de atmósfera, que

implica las condiciones sociales, físicas, económicas de un lugar, es decir, las condiciones externas. 16

13 José Luis Lezama, La construcción social, p. 46.


14
David Arnold, La naturaleza como problema histórico. El medio, la cultura y la expansión de Europa, México, FCE, 2000,
p. 16.
15 Miguel Aguilar Robledo y María Gabriela Torres Montero, “Ambiente y cambio ambiental: ¿ejes para deconstruir y

(re)construir la historia ambiental?”, Vetas. Revista del Colegio de San Luis, México, El Colegio de San Luis, año VII, no.
19, enero-abril, 2005, pp. 12, 14 y José Luis Lezama, La construcción social, p. 23.
16 “ambiente” y “medio”, en Diccionario de la Real Academia de la Lengua, disponible en
http://buscon.rae.es/drae/srv/search?id=JayW2mOnzDXX2j5n6qh m y
http://buscon.rae.es/drae/srv/search?id=WYQBczua1DXX2FWZqDnj# med io_amb iente (consultado el 30 de julio del 2015).
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Como su uso corresponde al alemán Unwelt, al francés miliew y al inglés environment, su uso también

se refiere a fenómenos físicos y biológicos de la Tierra. 17

Bajo un análisis más profundo surgen tres grandes acepciones de ambiente. Ambiente1 18 comparte

parte de su campo semántico con medio, hábitat, derredor, arena, campo, escenario, contexto, atmósfera,

entorno, territorio y locus. Es un concepto que apunta a la otredad exterior que rodea a lo humano y que

se vincula al uso popular que tiene el término es decir, el sentido restringido de ambiente, mientras que

las siguientes concepciones permiten pensar el ambiente en un sentido más amplio. 19 Ambiente2 es

naturaleza modificada por la acción humana a través del tiempo. Una definición que se basa en la

distinción aristotélica entre los objetos naturales y los creados por el hombre. Bajo esta perspectiva,

ambiente se diferencia de la naturaleza en que el primero incluye “las transformaciones resultantes de las

actividades humanas”, siendo naturaleza artificial montada sobre la naturaleza original o “segunda

naturaleza” los significados vinculados a esta definición, al ser el ambiente2 el resultado de las

intervenciones de los humanos en la naturaleza. De manera que quienes así lo describen oponen la

naturaleza al ambiente.20 Ambiente3 es una categoría que nace de una ruptura epistemológica, pues trata

17 Clarence J. Glacken, Traces on the Rodhian Shore. Nature and Culture in Western Thought from Ancient Times to the End
of the Eighteenth Century, Los Angeles, California University Press, 1997 [1967], p. xiv.
18 A continuación se diferenciarán tres acepciones de ambiente con los subíndices 1, 2 y 3.
19 Miguel Aguilar Robledo y María Gabriela Torres Montero, “Ambiente y cambio ambiental”, p. 14; David Arnold, La

naturaleza como problema histórico, p. 11; Enrique Toscano y Luigi Bruzzi, “Terminología y glosario en material de
ambiente y sostenibilidad”, en Francisco Serrano Bernardo y Luigi Bruzzi (eds.), Gestión sostenible del ambiente: principios,
contexto y métodos, Granada, Universidad de Granada, 2012, p. 479; José Luis Lezama, La construcción social, p. 208 y .
20 Miguel Aguilar Robledo y María Gabriela Torres Montero, “Ambiente y cambio ambiental”, pp. 12, 14; Edmundo

O’Gorman, El arte o de la monstruosidad, México, Planeta/CONACULTA, 2002, pp. 30, 36 Mart A. Stewart, “Environmental
history: profile of a developing field”, en The History Teacher, no 31, vol. 3, 1998, p. 355; Clarence Glacken, “Ideas
cambiantes sobre el mundo natural”, Traducción de Guillermo Castro, en Thomas Williams (ed.), Man's Role in Changing
the Face of the Earth, The University of Chicago Press, 1967, p. 3; Donald Worster, “Transformaciones de la Tierra”, p. 45;
Carolyn Merchant, The Death of Nature. Women, Ecology and the Scientific Revolution, New York, HarperCollins, 1989, p.
11; Arthur Soffiati, “Fundamentos de eco-historia”, Rede Brasileira de História Ambiental, 10 de may del 2013, disponible
en línea y Guillermo Castro, “Testimonios sobre el trabajo en historia ambiental”, Socie dad Latinoamericana y Caribeña de
Historia Ambiental, disponible en línea
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del encuentro de lo humano con lo no humano, por lo que, a decir de Enrique Leff, quien es historiador

ambiental y ecólogo político, no es el medio que circunda a las especies. No es, pues, un factor

extracultural (con lo que niega el significado de ambiente 1 ). Sino que es una emergencia que se remite a

una racionalidad, es la articulación no dualista “entre sociedad y naturaleza, entre ciencias sociales y

ciencias naturales”. Si bien, habríamos de cambiar la definición anterior por la articulación no dualista

entre antroposociedad y naturaleza no antrópica y por lo tanto, entre las ciencias sociales y las naturales. 21

En síntesis, ambiente1 es la definición que opone una entidad a su entorno, ambiente 2 es la definición que

se vincula con lo artificial y ambiente3 es la definición interaccionista. Cada definición de ambiente tiene

distintas implicaciones: Si, por ejemplo, se sostiene, como algunos marxistas, que “la relación del ser

humano con su ambiente es dialéctica”, de modo que “no sólo transforma el medio, sino que, al hacerlo,

se transforma a sí mismo en sus propias relaciones interespecíficas”, se está acudiendo al concepto de

ambiente1 . Pero, a su vez, se genera una tensión que dirige a la categoría de ambiente 3.22

Para las tres definiciones se puede decir que “el cambio ambiental es controlado tanto por factores

biofísicos y sociales como por las sinergias entre ellos”. Sólo para ambiente2 y ambiente3 se puede indicar

que el ambiente incluye tanto a lo natural no antrópico como a lo “antroposocial”, por lo que el ambiente

es un “continuum socialnatural o naturalsocial que varía histórica y geográficamente”, 23 puesto que, tanto

en lo urbano como en lo rural, naturaleza y cultura “se hallan tan entremezcladas que sería tonto (e

21 Enrique Leff, aventuras de la epistemología ambiental: de la articulación de ciencias al diálogo de saberes , México, Siglo
XXI, 2006, p. 27; Enrique Leff, saber ambiental. sustentabilidad, racionalidad, complejidad, poder, México, PNUMA/Centro
de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades/siglo XXI, 2002, pp. 333, 336; Miguel Aguilar Robledo y
María Gabriela Torres Montero, “Ambiente y cambio ambiental”, pp. 12, 14; José Luis Lezama, La construcción social, p.
14; Donald Worster, “Appendix”, p. 293 y Donald Worster, “La historia como historia natural: un ensayo sobre teoría y
método”, en Las transformaciones de la tierra. Una antología mínima de Donald Worster, selección, traducción y
presentación de Guillermo Castro H., Panamá, 2000, p. 13.
22 Guillermo Foladori, “Una tipología del pensamiento ambientalista”, en Foladori, G. y Pierri, N., ¿Sustentabilidad?

Desacuerdos sobre el desarrollo sustentable, México, Miguel Ángel Porrúa, 2005, p. 123.
23 Miguel Aguilar Robledo y María Gabriela Torres Montero, “Ambiente y cambio ambiental”, pp. 15, 18.
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históricamente erróneo) tratar de separarlas”.24 Sólo ambiente3 trasciende a la definición de ambiente

como el telón de fondo del teatro humano e integra al fondo mismo como uno de los actores principales. 25

Razón por la cual, cuando se afirma que en la actualidad, “los procesos imperantes son la globalizac ió n

de los fenómenos sociales y ambientales”, los cuales, además, están interrelacionados,26 se está haciendo

referencia explícita al ambiente1 , aunque implícitamente se está construyendo una tensión entre

ambiente1 y ambiente3 .

También existen otras formas de referirse a lo ambiental que son un tanto problemáticas. Una

hace abstracciones del ambiente en “ambiente físico”, “ambiente natural” (se refieren respectivame nte,

a lo no vivo y a lo vivo), los cuales se acostumbran usar intercambiablemente, y el ambiente humano o

cultural. De modo que así planteados, son fracciones del ambiente 1 , pero debido a la inclusión del

ambiente humano, ya sea como modificado por el hombre o como barrio o vecindario, estas particiones

de ambiente también pueden involucrar a la definición ambiente 2 .27 Esta forma de partir el ambiente no

puede implicar al ambiente3 , pues éste considera que el ambiente físico es la base del ambiente natural

no antrópico y del ambiente humano que son particiones de un sistema interrelacionado que abarca seres

vivos, agua, suelo, aire y sus relaciones. En otras palabras, la antroposociedad y la naturaleza no antrópica

conforman el ambiente3 , algo que no puede afirmarse del ambiente 1 y no totalmente del ambiente2 , los

cuáles, sin embargo participan en la construcción de ambiente 3 mediante la interacción que tienen con

24 David Arnold, La naturaleza como problema histórico. El medio, la cultura y la expansión de Europa , México, FCE, 2000,
p. 171.
25 J. Donald Hughes, “Three Dimensions of Environmental History”, en Environment and History, no 14, p. 323.
26 José Lugo Hub, e Moshe Inbar, “Desastres naturales en América Latina”, en José Lugo Hubp y MOshe Inbar (comps.),

Desastres naturales en America Latina, México, FCE, pp. 18, 19.


27 Carolyn Merchant, The Death of Nature, p. 42; James R. Kahn, “Introduction”, The economic approach to environmental

& natural resources, Ohio, Thompson, 2005, p. 9; David Arnold, La naturaleza como problema histórico, p. 11; Clarence J.
Glacken, Traces on the Rodhian Shore, pp. viii, xi, xiv, 89 y José Augusto Pádua, “As bases teóricas da historia ambiental”,
pp. 85, 86.
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otros conceptos.28 Por ejemplo, el concepto “socioambiental”, que es un concepto problemático que tiene

sentido al pensar la antroposociedad como factor en la construcción del ambiente, es decir, bajo la

definición de ambiental1 , y, aunque toma redundancia, aún tiene sentido bajo la definición de ambienta l2 ;

pero que no tiene sentido si se concibe el ambiente como una síntesis de lo natural no antrópico y lo

antroposocial, es decir, como ambiente3 , concepto del que también forman parte lo económico y lo

político, por lo que hace innecesario el concepto de socioambiental y el énfasis que se intenta dar con

éste a la relación antroposociedad-naturaleza no antrópica.29

Actualmente aún algunos historiadores ambientales hablan de lo “socioambiental”, 30 pero

también (especialmente en español) de lo “medioambiental” término ambiguo que se liga al concepto de

hábitat natural.31 Por ejemplo, Grove habla de environmental history, pero en el capítulo que forma parte

28 Gezabel Guzmán Ramírez y Martha Bolio Márquez, “Poniendo en juego la h erramienta perspectiva de género: algunas
implicaciones psicosociales”, Construyendo la herramienta perspectiva de género: cómo portar lentes nuevos, México ,
Universidad Iberoamericana, 2010, pp. 52, 53.
29 Miguel Aguilar Robledo y María Gabriela Torres Montero, “Ambiente y cambio ambiental”, p. 13 y Stefania Gallin i,

“Problemas de métodos en la historia ambiental de América Latina” Penúltima versión entregada para publicación en el
Anuario IHES, no. 19, 2004, pp. 147-171”, academia.edu, 2004, p. 9 y Erik Swyngedouw, Maria Kaïka y Esteban Castro,
“Urban Water: A political-ecology perspective”, en Built Environment, vol. 28, no2, 2002.
30 Por ejemplo, Guillermo Castro Herrera, menciona que “la dimensión socioambiental de la crisis en América Latina resulta

tanto de las limitaciones que su inserción en el mercado mundial le impone para dar respuesta a sus problemas sociales, como
del ritmo y la escala que esa inserción ha llegado a imponer a la explotación de sus recursos naturales ” (Guillermo Castro
Herrera, “La crisis ambiental y las tareas de la historia en América Latina”, Papeles de Población, no 24, 2000, p. 46). Otros
ejemplos se encuentran en Enrique Leff, aventuras de la epistemología ambiental, p. 36; Stefania Gallini, “Problemas de
métodos en la historia ambiental”, p. 9; y Micheline Cariño, Lorella Castorena y Antonio Ortega, “Introducción:
Conocimiento, valoración y problemática del oasis de los comondú”, en Micheline Cariño, Aurora Breceda, Antonio Ortega
y Lorella Castorena, Evocando el Edén. Conocimiento, valoración y problemática del oasis de los comondú, Barcelona, Icaria,
2013, p. 24. Otros ejemplos descollantes serían la mesa “Disputas por el espacio en las relaciones socioambientales” del VII
Simposio de la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental (del nombre de la sociedad se podría derivar su
rechazo a la primera definición) y la de la página de la tercera edición del evento:
http://www.upo.es/simposiohistoriambiental/inicio.htm.
31 Por ejemplo, Stefania Gallini indica que “En muchos casos , el diagnóstico severo tiene fundamento y corresponde a lo que

el historiador alemán Joachim Radkau denuncia como el "camuflaje de etiquetado". La presentación (o la mercantilizació n )
de trabajos como investigaciones medioambientales que, sin embargo, no serían tan nuevos si los presentaran bajo otro
nombre.”
”Pero en los estantes de la producción historiográfica hay también obras que legítimamente se califican como
medioambientales, y su crecido número y calidad hace nque hoy ya no sea cuestionable la existencia de la historia ambiental
como campo del saber histórico, tal como lo hacía en 1988 el historiador italiano Alberto Caracciolo, quien, al preguntarse
"Qué es la historia ambiental", sentenciaba que o no existía o, si existía, tartamudeaba ” (Stefania Gallini, “Invitación a la
historia ambiental”, Cuadernos digitales: publicación electrónica en historia, archivística y estudios sociales, vol. 6, no. 18,
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del libro Formas de hacer historia, se le traduce por historia medioambiental.32 Incluso en la “Encuesta

internacional: El estado de la historia” (realizada por Carlos Barros de 1999 a 2001) en la que la mayoría

de los historiadores encuestados definieron su disciplina como “la ciencia de los hombres y de las mujeres

en el tiempo y en el medio ambiente” podemos notar que aunque al definir al hombre como andros son

incluyentes con las mujeres, por otro lado, explícitamente excluyen a los humanos del ambiente al

plantearlo como un afuera debido al “en” usado (como si la persona pudiera existir fuera de su entorno).

Además, por añadirle “medio”; que es un concepto que puede significar ambiente, mitad, promedio o

recurso; tiene cuatro posibles definiciones implícitas: una es redundante (ambiente) y enfatiza la

separación entre humanos y el resto del mundo, otra es una definición irónica (queda la mitad), otra es

inútil a menos que se precise un enfoque estadístico (promedio) y la última (recurso) es economicista,

pues plantea que el ambiente sirve para un fin. Es así que el uso de “medio ambiente” para significar

ambiente1 , ambiente2 y ambiente3 , cada vez es menos usado por los historiadores ambientales de habla

hispana.33

Pero, dejemos de lado estos y otros usos criticables de “ambiente” que se han usado en historia

ambiental para definir a la historia ambiental.

octubre 2002, pp. 1, 2). Otros ejemplos se encuentran en Pablo Camus Gayan, “Perspectivas de la “historia ambiental”:
orígenes, definiciones y problemáticas”, Pensamiento Crítico Revista Electrónica de Historia, no. 1, 2001, p. 1; Guillermo
Castro Herrera, “La crisis ambiental”, p. 55; Esther Padilla Calderón, “La construcción social de la escasez de agua. Una
perspectiva teórica anclada en la construcción territorial”, 2012, p. 100; Micheline Cariño, Lorella Castorena y Antonio
Ortega, “Introducción”, p. 24 y Rosa Elba Rodríguez, “Comondú en el imaginario y la cultura indígena”, en Micheline Cariño ,
Aurora Breceda, Antonio Ortega y Lorella Castorena, Evocando el Edén. Conocimiento, valoración y problemática del oasis
de los comondú, Barcelona, Icaria, 2013, pp. 167, 168.
32 Richard H. Grove, “Historia medioambiental”, en Peter Burke (ed.), Formas de hacer historia, Madrid, Alianza Editorial,

2003, pp. 301-323.


33 Manuel González de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la utopía”, p. 25 y Pablo Camus Gayan,

“Perspectivas de la “historia ambiental”: orígenes, definiciones y problemáticas”, Pensamiento Crítico Revista Electrónica
de Historia, no. 1, 2001, pp. 13, 14.
Sobre la encuesta véase la página 54 de esta tesis.
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2.2 ¿Qué es la historia ambiental y qué estudia?


A pesar de las diferencias para los historiadores ambientales respecto a la temática de la historia

ambiental, ésta “reclama que se reconozca que la naturaleza no sólo existe sino que cambia” de acuerdo

a sí misma y conforme a la modificación humana, por lo que tiene su propia historia.34 Por tal motivo, a

continuación, se plasman definiciones que dan algunos académicos sobre la misma, las cuales tienen

distintas implicaciones.

1) Menciona Marina Miraglia que en 1982, Kendall Bailes definió la historia ambiental como

todos los estudios de las relaciones entre las sociedades humanas y el ambiente natural a través del

tiempo. 35

2) Para David Arnold, la historia ambiental no sólo se ocupa del cambio ambiental, también de

las ideas sobre la naturaleza y su relación con lo humano pues es “la historia de la relación humana con

el mundo físico, con el ambiente como objeto, agente o influencia en la historia humana”.36

3) Según Donald Hughes, una historia que no incluye tanto lo natural no antrópico como lo

antroposocial “no puede llamarse historia ambiental” porque la modificación humana “en el ambiente

virtualmente siempre redunda y genera cambios en las condiciones culturales”. 37

4) Para Richard Grove, la historia ambiental es “la parte documentada de la historiografía de la

vida y la muerte no del ser humano sino de las sociedades y las especies, tanto las otras como la nuestra,

en función de sus relaciones con el entorno”. 38

34 John R. McNeill, John R. McNeill, “Observations on the Nature and Culture of Environmental History ”, en History and
Theory. Theme Issue, no. 42, 2003, pp. 6, 42 y José Augusto Pádua, “As bases teóricas da historia ambiental”, Estudos
Avançados, no. 68, vol. 24, 2010, p. 97.
35 Marina Miraglia, “Abordaje interdisciplinario para los estudios territoriales. La eco -geografía, los sistemas complejos y la

historia ambiental aplicados en el estudio de los procesos de transformación ambiental”, en Oficio. Revista de Historia e
Interdisciplina, vol. 3, no 1, enero-julio 2015, p. 72.
36 David Arnold, La naturaleza como problema histórico, p. 11.
37 J. Donald Hughes, “Three Dimensions”, pp. 322.
38 Richard H. Grove, “Historia medioambiental”, p. 301.
68

Por el uso que hacen de ambiente, en estas cuatro definiciones se hace uso de ambiente1 o entorno.

A pesar de lo cual, al situar lo humano en su escenario y destacar que la relación que tienen escenario y

protagonistas es de dos sentidos, estos historiadores ambientales elevan el papel del entorno a uno de los

protagonistas. Además, aunque la definición de Grove no usa el término antroposocial, es convergente

con la teoría que está detrás del término.

5) Donald Worster plantea que lo ecológico implica la “complejidad orgánica”, mientras que la

historia ambiental implica la complejidad ecológica al estudiar todas las interacciones que las sociedades,

“en su completa complejidad orgánica”, han tenido con el mundo no humano”. Así que la historia

ambiental encuentra sus temas esenciales donde se encuentran las esferas natural y cultural. Por lo que

“rechaza la presunción común de que la experiencia humana ha estado exenta de restricciones naturales,

de que la gente constituye una especie única y separada” de la naturaleza, y que “las consecuencias

ecológicas de nuestros hechos pasados pueden ser ignoradas”.39

6) Miguel Aguilar y Gabriela Torres muestran que la historia ambiental es la disciplina híbrida

en construcción que estudia el ambiente, en tanto que tal categoría “sintetiza las interrelaciones entre la

sociedad y la naturaleza”.40

7) José Augusto Pádua indica que la historia ambiental “como ciencia social, debe siempre incluir

las sociedades humanas”, pero también debe considerar a la naturaleza. 41

8) John McNeill indica que la historia ambiental es “la historia de las relaciones mutuas entre la

humanidad y el resto de la naturaleza”. 42

39 Donald Worster, “The Two Cultures Revis ited: Environmental History and the Environmental Sciences”, en Environment
and History 2, no. 1, febrero 1996, p. 7; Donald Worster, “Transformaciones de la Tierra”, pp. 45, 55 y Donald Worster,
“Appendix”, p. 290 y
40 Miguel Aguilar Robledo y María Gabriela Torres Montero, “Ambiente y cambio ambiental”, pp. 10, 11.
41 José Augusto Pádua, “As bases teóricas da historia ambiental”, Estudos Avançados, no. 68, vol. 24, 2010, p. 97.
42 John R. McNeill, “Observations on the Nature”, p. 6.
69

Estas últimas definiciones manejan una idea convergente con la definición de ambiente3 . La única

particularidad la muestra la definición de Pádua, que caracteriza a la historia ambiental como una ciencia

social, lo cual entra en conflicto con los tres niveles de la historia ambiental de Worster (se abordarán

más adelante), niveles que Pádua acepta. De hecho, la relación que tienen los tres niveles con las tres

ramas del conocimiento implica una tensión que imposibilita caracterizar sin conflictos epistemoló gicos

a la historia ambiental en las ciencias sociales o en las humanidades. Pero, dejemos por ahora esta

discusión para abordar otras definiciones de la historia ambiental.

9) Para Manuel González de Molina y Víctor Toledo, la historia ambiental, que no puede

explicarlo todo en clave ambiental pero sí puede ecologizar el discurso histórico general, se sustenta “en

el principio de coevolución social y ecológica”, planteando la relación entre naturaleza no antrópica y

antroposociedad como mundos que pueden ser explicados separadamente por las ciencias sociales y las

naturales, pero que deben ser entendidos de forma interrrelacionada por la historia ambiental. . Así que,

sin buscar narrar todo lo sucedido, sino construyendo un relato que haga comprensible lo sucedido, trata

“de estudiar la manera en que se han organizado a través de la historia los flujos de energía y materia les

que han atendido las necesidades cambiantes del metabolismo endosomático y exosomático de la

sociedad”, por lo que es “algo más que la historia de los daños ambientales”, es también “la historia de

la racionalidad ecológica en sentido amplio de cada sociedad humana”.43

10) Según Enrique Leff, la historia ambiental “será el encuentro de racionalidades diferenciadas,

para cuyo abordaje la definición genérica del ambiente como el campo de las relaciones sociedad-

naturaleza ofrece tan sólo una primera puerta de entrada al estudio de sus complejas interrelaciones ”,

43 Manuel González de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la utopía”, pp. 27, 29, 34, 36, 37, 38 y
Frederick J. Conway, “Desarticulación de la sociedad oasiana (1947-2010)”, en Micheline Cariño, Aurora Breceda, Antonio
Ortega y Lorella Castorena, Evocando el Edén. Conocimiento, valoración y problemática del oasis de los comondú,
Barcelona, Icaria, 2013, p. 318. Cursivas en el original.
70

pues “no sólo mira la sucesión de producción, estructuras sociales y racionalidades culturales que se

suceden en el tiempo, sino la dialéctica de estas estructuras con sus producciones”, es decir, la historia

ambiental es “una reinterpretación de la historia de las relaciones sociedad-naturaleza” que se refiere a

la complejidad ambiental “que problematiza las relaciones entre ecología y economía desde el campo del

poder y la cultura” . Lo que lleva a la historia ambiental a repensar el tiempo “para incorporar en su

campo una historia del ser”.44

Estas dos definiciones tienen mucho en común, pues Manuel González de Molina y Víctor Toledo

abrevaron de las investigaciones de Leff para redactar el texto en el que escriben tal definición, por lo

que aunque se vea menos evidente que en las cuatro definiciones previas, estas dos definiciones también

convergen con la de ambiente3 , ampliando el significado de esta categoría.

Por lo tanto, a la historia ambiental le interesan las ideas que el hombre ha tenido sobre la

naturaleza, pero si sólo fuera esta su tarea nada la diferenciaría de lo que hacen la historia cultural, la

historia de las ideas y la historia de las mentalidades. Pero tal interés es sólo un polo de su enfoque de

amplio espectro. También le interesa el comportamiento humano y su impacto en la naturaleza.45 Incluso,

existen varias propuestas de sistematización de intereses temáticos de la historia ambiental: John McNeill

divide la historia ambiental en tres variedades: la que se enfoca en lo material, la que se enfoca en lo

cultural/intelectual y la que se enfoca en lo político; de modo que cada una puede ser integrada a otras

tradiciones de la historia, la primera a la arqueología, la segunda a la historia cultural e intelectual y la

tercera a la historia política.46 David Arnold plantea que la historia ambiental tiene diversos enfoques,

uno es el imperialismo ecológico, que es el enfoque biológico que encuentra en las especies una carrera

44 Enrique Leff, saber ambiental, pp. 327-330, 337.


45 Donald Worster, “Appendix”, p. 302.
46 John R. McNeill, “Observations on the Nature”, pp. 6-8.
71

expansionista. Otra se enfoca en los imperativos económicos y la última en los valores y actitudes hacia

la naturaleza. Son pues, el biológico, el económico y el cultural; lo que implica que desarrolla grosso

modo el esquema de Arthur McEvoy que elaboró con mayor profundidad Worster,47 autor que plantea

que la historia ambiental tiene tres niveles. En síntesis, el primer nivel se vincula con las ciencias

naturales, el segundo con las ciencias sociales y el tercero con las humanidades, pues al primero le

interesan las dinámicas de los sistemas naturales, al segundo las políticas y economías que hacen las

personas dentro de los sistemas naturales, y al tercero le interesan los lentes cognitivos a través de los

cuales se relaciona naturaleza no antrópica y antroposociedad, las percepciones, la ideología, lo mental,

los mitos, y representaciones sobre la naturaleza. En cualquiera de los niveles, es necesario superar las

divisiones rígidas entre naturaleza no antrópica y sociedad.

Sin embargo, el que se hable de niveles no implica que estos estén jerarquizados en función de su

importancia: Según Pierre Densereau, las fuerzas psicosociales y la percepción sirven de palancas del

ecosistema, “puesto que corrientemente activan o inhiben un circuito determinado de recursos, tanto

acuáticos como vegetales, o de especies animales, materiales de construcción o normas de

comportamiento”. Lo cual lo hacen mediante relaciones de consumo, que es el juego de relaciones entre

los miembros humanos y no humanos de un ecosistema que permite lo que Worster –en cita de Cronon–

llama “La reorganización de la naturaleza”. La cual se da mediante el trabajo, que también modifica al

hombre al ser él mismo naturaleza. Por su parte, el nivel de la naturaleza tiene una importancia que

tampoco se puede evadir. El reto está en lograr que todos los niveles tengan una interacción dinámica y

la investigación de historia ambiental que se realice en uno de los niveles incida en la que se hace en los

47David Arnold, La naturaleza como problema histórico, pp. 13, 14; Donald Worster, “Appendix”, p. 293 y José Augusto
Pádua, “As bases teóricas da historia ambiental”, pp. 94, 95.
72

otros.48 De modo que a pesar de la tendencia que tiene la academia a la especialización, estos autores

pretenden no olvidar conectar las investigaciones que se enfocan en un nivel con las de otros niveles,

pues la historia ambiental no existe en ausencia de alguno de los niveles y su resultante hibridación. Tal

amplitud requiere que la historia ambiental se apoye en diversos campos de conocimiento, desde las

ciencias naturales a las humanidades, pasando por la historia económica, los indicadores de metabolis mo

social, la política. De allí que entre los historiadores ambientales se encuentren no sólo historiado res

(entre ellos historiadores de la ciencia), sino geógrafos, comunicólogos, sociólogos, antropólogos

biólogos, químicos; quienes como historiadores ambientales unen lo que los científicos han separado.

Tal amplitud de temáticas y de procedencias trae problemas teóricos que la historia ambienta l

continuamente tiene que solucionar. 49 Especialmente porque cualquier problema ambiental puede

abordarse desde los diversos niveles o variedades. Por ejemplo, la alimentación:

La alimentación es el aspecto central de la relación naturaleza no antrópica y antroposociedad.

Worster plantea que la historia ambiental debe empezar con el problema del alimento. La comida no es

sólo nutrientes y calorías que fluyen como energía trófica en un ecosistema. No se debe reducir la

alimentación a ese nivel. La comida está dada por sentada, pues normalmente, no percibimos el consumo

de alimentos como una celebración en sí, a menos que la ocasión sea una convención identificada. Pero

48 Pierre Densereau, Interioridad y medio ambiente, México, Nueva Imagen, 1981, p. 116; William Cronon, “Modes of
Prophecy”, p. 1123, 1124; Donald Worster, “Appendix”, pp. 297, 303; José Augusto Pádua, “As bases teóricas da historia
ambiental. Renovados horizontes de la historia: Entre lo natural, lo ecológico y lo ambiental”, p. 97 Gerardo Morales Jasso y
Joel Enrique Almanza Amaya, “Tras la cima de la civilización”, en Hortencia Camacho Cervantes, Mireya Sandoval Aspront,
Mario Treviño Villareal Elizondo (comp.), Memorias Primer Congreso Internacional de Historia, Tomo II, Monterrey,
Universidad Autónoma de Nuevo León, 2011pp. 493, 494 y Jorge Juanes, “Hombre, naturaleza”, pp. 13, 14.
49 Donald Worster, “Appendix”, pp. 297, 303; William Cronon, “Modes of Prop hecy”, p. 1123, 1124; Mart A. Stewart,

“Environmental history”, pp. 353-355; Manuel González de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la
utopía”, p. 48; Richard Hunter, “Positinality, Perception and possibility in Mexico’s Valle del Mezquital”, Journal of Latin
American Geography, vol. 8, no. 2, 2009, p. 54 y Juan Infante Amate, “El consumo de recursos en el siglo XX. Una revisión”,
Historia Ambiental Latinoamericana y Caribeña, vol. IV, no. 1, septiembre 2014-febrero 2015, pp. 6-12.
En el VII Simposio de la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental había académicos de todas las
profesiones mencionadas.
73

implica, parafraseando a Marcel Mauss, un hecho social total, además de ser la contribución energética

que garantiza la supervivencia misma.50

Aunque las amplias definiciones y teorías de historia ambiental hasta aquí apuntadas son variadas,

tienen puntos de convergencia. Entre las cuales está el reconocimiento de que lo común respecto de la

actividad antrópica en la biosfera es que se modifique la naturaleza, pero las modificaciones se vuelve n

alarmantes cuando llegan a modificar los ciclos de la naturaleza con una dimensión planetaria que marca

el final del holoceno de modo que nos encontramos ya en el antropoceno (entre otras de sus características

el consumo se ha multiplicado casi por 10, a un rito mayor que la población), sin que muchos de los

problemas ambientales sean reconocidos socialmente como tales y atendidos propiamente. El dominio

humano sobre la naturaleza que buscó el Iluminismo era sólo aparente, 51 pues generó problemas como

escasez y contaminación de agua, degradación de suelo, erosión y eutrofización, combustibles fósiles y

cambio climático global, peligro nuclear, cambio en la calidad del aire y aparición de enfermedades,

mutaciones, contaminación por mercurio, PCB, DDT y otras contaminantes acumulativos en los

ecosistemas y los organismos, sobreexplotación de la naturaleza abiótica, extinción de especies

amenazadas, sobrepesca y sobrecaza, desaparición de especies, esfuerzos públicos que han generado

políticas ambientales, reproducción de condiciones ambientales mediante la reproducción de la pobreza,

destrucción de la molécula de ozono a través de la emisión de clorofluorocarbonos, efecto invernadero,

50 Donald Worster, “La historia como historia natural”, pp. 25, 26; Pierre Densereau, Interioridad y medio, p. 1124 y Rosa
Elba Rodríguez, “Comondú en el imaginario”, p. 173.
51 Jean Chesneaux, “Hacer entrar la historia natural en la historia social”, ¿Hacemos tabla rasa del pasado? A propósito de

la historia y de los historiadores, México, siglo xxi, 1977, p. 143; Rafael Hernández del Águila y Francisco Toro Sánchez,
“Gestión sostenible de los recursos naturales”, p. 77; José Luis Lezama, La construcción social, p. 9; Johnny Rojas Padilla y
Mario Alejandro Pérez-Rincón, “Servicios ecosistémicos: ¿un enfoque promisorio para la conservación o un paso más hacia
la mercantilización de la naturaleza?”, en Mario Alejandro Pérez R., Johnny Rojas Padilla y Rodrigo Galvis, Sociedad y
servicios ecosistemicos perspectivas desde la minería, los megaproyectos y la educación ambiental , Cali, Editorial
Universidad del Valle, 2013, p. 3; Juan Infante Amate, “El consumo de recursos en el siglo XX”, p. 30 y Alfred W. Crosby,
“Gran Historia como historia ambiental”, Relaciones no. 136, otoño 2013, p. 37.
74

lluvia ácida, contaminación térmica, contaminación acústica, radiación ionizante y no ionizante, cambio

de paisajes y deterioro de ecosistemas.52

Esta crisis ambiental, con su respectivo escepticismo respecto a la meta lineal del progreso

expresa los problemas de la estructura económica global que considera a la humanidad como excluida

de las leyes de la naturaleza, y que, al mismo tiempo, considera al planeta como un stock inagotable de

recursos, lo que genera que las personas más pobres sean víctimas y agentes de la degradación ambienta l,

pues los problemas de la pobreza y la degradación ambiental van de la mano, requiriéndose una manera

responsable de relacionarse con la naturaleza en general que libere las fuerzas productivas de la tiranía

del provecho y del fetichismo del crecimiento como fin en sí mismo. Ahora bien, todos los problemas

ambientales mencionados tienen antecedentes que se remontan varias décadas o bien, a procesos que

conllevan cientos de años y se ven influidos por las condiciones iniciales de los problemas en cuestión;

por lo que los historiadores ambientales buscan lo universal en lo particular, develan la relación entre las

antroposociedades y los ecosistemas aumentando las posibilidades de que surjan aproximaciones y

respuestas a los problemas del presente. De hecho, los análisis científicos de vulnerabilidad se basan, no

sólo en el estudio del paisaje, también en la historia ambiental, pues la investigación y comprensión de

la historia de los problemas ambientales requiere modelar su dinámica: las perturbaciones que le

acaecieron al sistema, que convierte su historia en una memoria de la perturbación de modo que el sistema

no recupera su estado original. Es decir, la historia ambiental es imprescindible incluso para los

diagnósticos ambientales y evaluaciones de impacto ambiental necesarios para afrontar las problemáticas

52Johnny Rojas Padilla y Mario Alejandro Pérez-Rincón, “Servicios ecosistémicos”, p. 30; William P. Cunningham y Mary
Ann Cunningham, “Understanding Our Environment”, Principles of Environmental Science. Inquiry and Applications, New
York, McGraw Hill, 2006, p. 16-19; Francisco Serrano Bernardo, Luigi Bruzzi y Enrique Toscano, “Introducción al estado
del ambiente”, pp. 34, 35, 38-42 y Alfred W. Crosby, “Gran historia como historia ambiental”, p. 31.
75

ambientales presentes a las que se enfrentan las ciencias ambientales.53 La historia es, según Guiller mo

Castro, necesaria para dejar de realizar soluciones simples a problemas complejos. 54

Otra de las convergencias a la que apuntan las definiciones y teorías de la historia ambiental hasta

aquí mencionadas es la de que la historia ambiental brinda una nueva sensibilidad a la historiografía al

incluir en ella a poblaciones y comunidades bióticas por el hecho de reconocer que la historia humana

no pudo desarrollarse sin un soporte ecosistémico, pues al estar la humanidad en la Tierra, está en un

mundo de relaciones consigo mismo y con la naturaleza no antrópica de forma que separar la historia

natural de la historia social se vuelve extremadamente problemático. Lo que pone en crisis la ya

amplísima definición de Bloch de la historia como la ciencia del hombre en el tiempo.55 Una definic ió n

que había planteado reflexiones que significaron cambios metodológicos y teóricos en la historiogra f ía ,

pero que desde la historia ambiental se ve insuficiente para abordar la realidad histórica, pues la historia

ambiental ve los subsistemas natural y cultural en interacción dinámica, así que atraviesa las tensiones

del dualismo naturaleza/cultura (dualismo que implica ver la naturaleza como objeto y a sí mismo como

sujeto), porque acepta que la naturaleza no antrópica es tan histórica como la humanidad, por lo que sitúa

a la naturaleza en el interior del discurso histórico, de donde errónea y arbitrariamente la había sacado la

53 Guillermo Castro Herrera, “La crisis ambiental”, p. 47; William P. Cunningham y Mary Ann Cunningham, “Understanding
Our Environment”, p. 19; Jean Chesneaux, “Hacer entrar la historia natural en la historia social”, p. 145; Manuel González
de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la utopía metafísica”, p. 53; Pablo Camus Gayan,
“Perspectivas de la “historia ambiental”, pp. 15, 21; Rolando García, Sistemas complejos. Conceptos, método y
fundamentación epistemológica de la investigación interdisciplinaria , México, gedisa, 2013, pp. 102, 103; Stefania Gallin i,
“Invitación a la historia ambiental”, p. 8; José Antonio Ávalos, “Guía para la realización del trabajo integrador. PYGA 2014”,
Presentación Power Point, Clase de Problemática y Gestión Ambiental de la Maestría en Ciencias Ambientales , 2014;
Guillermo Bengoa, “Siete notas sobre historia ambiental”, s/f, disponible en línea y Ramón Enrique Morán Angulo, Jorge
Tellez-López, Juan Luis Cifuentes -Lemus, “La investigación pesquera: una reflexión epistemológica”, en Theomai, no. 21,
2010.
54 Guillermo Castro Herrera, “Hacia una historia ambiental de la salud. Elementos para un programa de trabajo”, Revista

Theomai, no. 6, 2002.


55 Gerardo Morales Jasso, “Convergencias entre subdisciplinas historiográficas y la historia ambiental.”, p. 22; Johnny Rojas

Padilla y Mario Alejandro Pérez-Rincón, “Servicios ecosistémicos”, p. 30 y Raymond Williams, “Ideas of Nature”, Problems
in materialism and Culture. Selected Essays, London, New Left Books, 1980, p. 76.
76

historiografía moderna, teniendo como resultado la general ignorancia de la dimensión natural en la

historia.56

Como la historia ambiental no puede ignorar la dimensión natural y las relaciones que establece

con lo social, la investigación de la historia ambiental conlleva implicaciones teórico-metodológicas,

algunas de las cuales se abordarán a continuación.

2.3 Algunos problemas teórico-metodológicos de la historia ambiental


Tanto en historiadores como en geógrafos existe una tendencia al particularismo y a estar en contra de la

generalización. Así que somos más descriptivos que analíticos57 (en el caso de la historia esto se da

porque las teorías tienden a ser ahistóricas en la mayoría de las disciplinas, algo que queda expuesto por

Thomas Kuhn al presentar a la historia y la filosofía como disciplinas contrarias y por tal característica

necesariamente complementarias. A lo anterior se ha de añadir la influencia antimetafísica de Annales

en la historiografía, quienes rechazaron la filosofía de la historia y sin embargo su empirismo es “una

particular concepción de la historia”). Geografía e historia heredaron del positivismo la renuncia a

realizar y explicitar teorías.58 Por eso no sorprende que John McNeill mencione que “muchos se

56 Julio Montané, Marxismo y Arqueología, p. 15; Cynthia Radding, “Conclusion. Of the “Lands in Between” and the
Environments of Modernity”, en Christopher Boyer, A Land Between Waters. Environmental Histories of Modern Mexico,
Arizona, The University of Arizona Press, 2012, p. 289; Carolyn Merchant, The Death of Nature, p. 42; Jean Chesneaux,
“Hacer entrar la historia natural en la historia social”, p. 139; David Arnold, La naturaleza como problema histórico. El medio,
la cultura y la expansión de Europa, México, FCE, 2000, p. 171; Manuel González de Molina y Víctor M. Toledo, “La
historia ambiental y el fin de la utopía”, p. 47 y Stefania Gallini, “Problemas de métodos en la historia ambiental”, p. 5 y
Guillermo Castro Herrera, “La crisis ambiental”, p. 59.
57 Donald Worster, “Appendix”, pp. 305, 306 y Guillermo Turner Rodríguez, “La historia frente a otras disciplinas”, Clío,

vol. 2, no. 30, julio/diciembre de 2003, p. 51.


58 François Dosse, “Los tiempos de Marc Bloch y Lucien Febvre”, La historia en migajas. De Annales a la nueva historia,

México: Universidad Iberoamericana, 2006, p. 62; John R. McNeill, “Observations on the Nature”, p. 37; Isa Torrealba,
“Sustentabilidad, historia ambiental y transdisciplinariedad”, en Repositorio Institucional de la Universidad de Costa Rica y
Gerardo Morales Jasso, “Convergencias entre subdisciplinas historiográficas y la historia ambiental”, p. 23 donde menciono
que “si Annales significó el avance de la ciencia de la historia respecto a la escuela metódica, también ató la historia a las
demás ciencias sociales; y a su vez, desató la historia de la filosofía y con ella minimizó la importancia que dieron a la teoría
de la historia aquellos historiadores en quienes influyeron”. Véase también Thomas S. Kuhn, “Las relaciones entre la historia
y la filosofía de la ciencia”, La tensión esencial. Estudios sobre la tradición y el cambio en el ámbito de las ciencias, Madrid,
77

convierten en historiadores como refugiados de la teoría rigurosa”, de modo que “Los historiadores en

general son débiles en teoría.”59 A pesar de que, para Donald Hughes, historiadores ambientales como

Carolyn Merchant, Madhav Gandil, Ramachandra Guha y James O'Connor se han mostrado teóricame nte

sólidos, en general, los historiadores ambientales no escapan a la crítica anterior. Por eso Hughes hace

un llamado a los historiadores ambientales para que investiguen “en mayor medida los aspectos teóricos

de su temática”.60

Sigo a estos autores en lo anterior y coincido en que con sus excepciones, los historiadores no se

caracterizan por teorizar. Por eso, Worster los instó a aprender de la antropología, pues para él “no existe

ninguna nueva teoría en particular que la historia ecológica pueda o deba agregar a los modelos

antropológicos. Pensar de otra manera es suponer que la historia es una disciplina autosuficiente, con sus

propios modelos de su sociedad y una epistemología particular. No es así.” Cada vez con más frecuenc ia

los antropólogos acuden a historiadores y los historiadores a antropólogos para mejorar sus

investigaciones. De hecho, cada vez es más frecuente ver que los historiadores no se ocupen únicame nte

de estudiar a quienes ya están muertos. 61

Pero, ni el historiador sólo debe vincularse con el antropólogo para darse cuenta de sus propias carencias ,

ni puede concentrarse sólo en los fenómenos sociales. La historia ambiental debe incluir la historia

cultural (entendida esta como incluyente de la política, económica, tecnológica, etc.) y la historia natural,

lo que implica una tarea más que titánica. De no ocuparse del espectro que implican la cultura y la

naturaleza no serán capaces de profundizar en lo ambiental, pues lo ambiental, ocupa un espectro que

Fondo de Cultura Económica, 1982, pp. 27-45.


59 Es una crítica justa de parte del hijo de William McNeill (John R. McNeill, “Observations on the Nature”, p. 36). Sobre una

perspectiva similar, pero no específica de la historia ambiental, véase James Cracraft, “History as philosophy”, History and
Theory, no 54, febrero 2015, p. 45.
60 J. Donald Hughes, “Three Dimensions”, pp. 319-321.
61 Donald Worster, “La historia como historia natural”, pp. 23 y 24.
78

abarca lo natural y lo cultural como una tercera cultura a la manera en que la propuso Charles Percy

Snow, es decir, una que puede comunicar a ciencias y a humanidades.62 Para lo que se vuelve

imprescindible que el historiador ambiental aprenda nuevos lenguajes, los cuales son indispensables para

hacer nuevas preguntas. Worster plantea lo “imprescindible” que es aprender de los científicos naturales,

especialmente de la ecología de las plantas.63 El vínculo con las ciencias de la salud también es

importante, debido a los efectos de virus, bacterias, vectores, químicos antropógenos y minerales en

animales y humanos; respecto a tal vinculación es necesario conocer teorías médicas contemporáneas y

de la época estudiada.64 Además de descubrir las ventajas de conocer sobre ciencias de la vida, los

historiadores ambientales se han beneficiado de vincularse a la física y la ecología.

De hecho, vincularse con la ecología es esencial, pues aunque tal acercamiento “no puede encarar

por sí solo todos los temas que interesan a los historiadores contemporáneos. Puede […] llamar su

atención sobre algunos aspectos que han olvidado, o de los que nunca han estado del todo conscientes.” 65

Por ejemplo, ya habían aprendido de los ecólogos que entre lo biótico y lo abiótico existen flujos de

energía y materiales, de modo que la naturaleza no está afuera, separada de nosotros. No obstante, hay

que tomar en cuenta que la ecología pasa por una etapa posnormal, pues el consenso que existía en la

disciplina desde finales de 1950 a la década de 1970 se ha ido. La ecología ya no sostiene

homogéneamente la idea del climax ecológico (este implica la Gestalt del orden y estabilidad en la

naturaleza, basado en que las sucesiones ecológicas tienden a ecosistemas en estados de equilibrio), así

62 J. Donald Hughes, “Three Dimensions”, pp. 322-324 y Donald Worster, “Transformaciones de la Tierra”, p. 46.
Respecto a la historia natural, hay quienes plantean que la historia ambiental debe hacerse más como aquella (William Cronon,
“The uses of Environmental”, pp. 2, 3) Compárese tal idea con Roberto Follari, “La interdisciplina en la docencia”, Polis.
Revista Latinoamericana, no. 16, 2007, pp. 5, 6.
63 Donald Worster, “Appendix”, p. 294.
64 Alfred W Crosby, “The Past and Present”, p. 1189; Guillermo Castro Herrera, “Hacia una historia ambiental de la salud”,

pp. 45-98.
65 Donald Worster, “La historia como historia natural”, p. 26.
79

que las nociones de ecosistema, comunidad y sucesión ecológica, equilibrio, perdieron su sentido

determinista a través de la descripción de más desorden, desequilibrio y disturbios en la naturaleza de lo

que se imaginaban anteriormente los ecólogos. Se comenzó a aceptar que los sistemas naturales se

autoorganizan debido a la constante interacción entre sus elementos, bióticos y abióticos. Así que la

naturaleza cambia errática, indeterminada y caóticamente ya sea con o sin la influencia humana, por lo

que empezaron a adoptar una visión histórica para probar hipótesis de cambio y a reconocer la

contingencia de los ecosistemas, aceptando que ni siquiera la ecología ha escapado de la historia. Una

enseñanza que comenzaron a aprender en mayor medida los ecólogos desde los 70 del siglo pasado, pues

antes de eso, en los 50 y 60, los ecólogos enfatizaron estudios sincrónicos en detrimento de los

diacrónicos. En la actualidad hay más coincidencias sobre lo fundamental que es la historia para entender

la naturaleza.

No obstante, la ecología aún realiza una distinción cortante entre naturaleza no antrópica y

antroposociedad que es poco realista, pues ya no queda mucha naturaleza libre de alguna clase de

influencia humana. Por su parte, la historia ambiental no puede excluir lo humano de lo natural como lo

hace la ecología; la historia ambiental se ha vuelto crítica respecto a lo que las ciencias naturales dicen

que es la naturaleza y de la ciencia misma; se enfrenta a un revisionismo sobre la oposición estabilidad -

desequilibrio en los ecosistemas y debe tomar con cautela las distintas propuestas de tal revisionis mo.

Como la historia ambiental no puede verse como una reducción de la historia a la ecología, como si la

ecología pudiera explicar lo social lo económico, lo cultural, sino como una ampliación del anális is

histórico. Así que el historiador ambiental no puede ser ingenuo y debe tener cuidado al recurrir tanto a

la historia como a la ecología para su análisis. Por eso, la historia de la ciencia y la observación de

observaciones aplicada al mismo investigador, son sumamente necesarias para la historia ambiental.
80

Tal reflexividad le permitirá mejores abordajes para afrontar la pregunta ¿cómo funcionan en

medio de perturbaciones los ecosistemas?, la cual es imprescindible para comprender las modificacio nes

antrópicas a los ecosistemas y genera un nuevo reto para los historiadores ambientales: si sufrimos una

carencia de unidad de medida para el cambio, ¿Cómo podemos medir el impacto humano en un sistema

abierto y cambiante? Y ¿cómo y cuándo empiezan las personas a producir cambios que son dañinos en

los ecosistemas, y cuándo se torna éste irreversible? Como afirmar que la naturaleza es la que determina

lo social o viceversa no lleva muy lejos, estas preguntas deben responderse lejos de determinis mos

climáticos, geográficos biológicos, prefiriéndose una postura posibilista de causación histórica. Para lo

cual, se requieren diversos estudios de caso, pero por ahora, podemos decir que en la historia y la ecología

hay una tensión continua entre la estabilidad y el cambio; de modo que para la historia ambiental el

cambio ambiental no es menos importante que las estructuras que los ecólogos encuentran en sus modelos

descriptivos sobre el funcionamiento de los ecosistemas.66

De su fuerte vinculación con disciplinas como las anteriores se entiende que alrededor de la

historia ambiental no existan cercados disciplinarios estrictos y en cambio se favorezca el establecimie nto

de puentes con disciplinas como la arqueología, la geografía histórica, la climatología, las ciencias

forestales, la paleontología, la toponimia, la geología, la historia de la ciencia y la agronomía,67 y el que,

con todo y vínculos como estos, se fomente “establecer más puentes hacia nuestros colegas en otros

66 Guillermo Foladori, “Una tipología del pensamiento ambientalista”, en Foladori, G. y Pierri, N., ¿Sustentabilidad?
Desacuerdos sobre el desarrollo sustentable, México, Miguel Ángel Porrúa, 2005, p. 102; Mart A. Stewart, “Environmental
history”, pp. 356, 357; José Augusto Pádua, “As bases teóricas da historia ambiental”, pp. 90, 94, 97; John R. McNeill,
“Observations on the Nature”, pp. 39, 40; William Cronon, “Modes of Prophecy”, p. 1122, 1127, 1128; David Arnold, La
naturaleza como problema histórico, pp. 11, 57; Donald Worster, “Transformaciones de la Tierra”, pp. 45, 48, 49; Stefania
Gallini, “Invitación a la historia ambiental”, pp. 6, 16; Donald Worster, “La historia como historia natural”, pp. 20-22; Donald
Worster, “Appendix”, pp. 289, 296; David Arnold, La naturaleza como problema histórico, p. 11 y William Cronon, “Modes
of Prophecy”, p. 1124 y Rosa Elba Rodríguez, “Comondú en el imaginario”, p. 168.
67 Mart A. Stewart, “Environmental history”, pp. 354-355; William Cronon, “Modes of Prophecy”, p. 1123; Donald Worster,

“Appendix”, pp. 304, 305, 306; John R. McNeill, “Observations on the Nature”, p. 11 y Miguel Aguilar Robledo; María
Gabriela Torres Montero, “Ambiente y cambio ambiental”, p. 21 y Stefania Gallini, “Invitación a la historia ambiental”, pp.
9-13..
81

campos de la historia, y hacia las disciplinas aliadas que comparten nuestra fascinación por investigar el

lugar humano en la naturaleza.”68 Paradójicamente, tales vinculaciones y los desarrollos teórico-

metodológicos resultantes generan hacia los historiadores ambientales estigmatizaciones por parte de

historiadores económicos, políticos, etc y un relativo aislamiento para con estos. 69 Aislamiento que se ve

más marcado al tomar en cuenta que los historiadores ambientales provienen tanto de las humanidades,

como de las ciencias sociales y de las ciencias naturales; y que independientemente de su procedencia,

todos requieren un “(re)entrenamiento complementario” que ponga el acento en los saberes que

desconocen.70 De no existir tal reentrenamiento se continuarán viendo textos de historiadores ambienta les

que, “por su formación técnica, se inclinan a darle precedencia a la naturaleza sobre la cultura, mientras

que otros […] subrayan la importancia de la experiencia y la respuesta humana”.71 Tal renovación

disciplinar, especialmente en cuanto a las nuevas generaciones de historiadores ambientales, implica r ía

el reto del reforzamiento de las escasas materias teórico-metodológicas.72

2.3.1 Evidencias, metodología, escala y usos públicos de la historia ambiental.

Philip Curtin indicó que “La disciplina de la historia se ha ensanchado enormemente en las décadas de

la postguerra, pero los historiadores no lo han hecho”. 73 Así que “necesitan prestar atención no sólo a

más cosas, sino a muy distintos tipos de cosas”. 74 Si James Harvey Robinson recomendó a los

historiadores de la Asociación de Estadounidense de Historia a que acudieran a nuevas fuentes para la

historia en 1929 y se refería a la literatura, en la actualidad la metodología que aplique la historia

68 William Cronon, “Modes of Prophecy”, p. 1131. Tarea a la que, por cierto, inspira el trabajo de Worster.
69 Micheline Cariño, “Aplicación de los postulados del manifiesto Historia a Debate a la investigación de la Historia
Ambiental”, Clío, vol. 2, no. 30, 2003, p. 45.
70 Miguel Aguilar Robledo y María Gabriela Torres Montero, “Ambiente y cambio ambiental”, p. 23.
71 David Arnold, La naturaleza como problema histórico, p. 61 y Donald Worster, “La historia como historia natural”, pp.

14, 15.
72 Micheline Cariño, “Aplicación de los postulados del manifiesto Historia a Debate”, p. 48.
73 Alfred W Crosby, “The Past and Present”, p. 1188.
74 John R. McNeill, “Observations on the Nature”, p. 9.
82

ambiental debe ir más allá de las fuentes orales y los documentos. ¿Nos sujetamos actualmente a la

dependencia de fuentes tradicionales? La historia cultural enseñó a hacer nuevas lecturas de fuentes

viejas y a recurrir a otras fuentes, enseñanza que ya existe en Annales.75 Stefania Gallini destaca tal

proceder al indicar que en Latinoamérica se han realizado nuevas preguntas a corpus tradicionales con

resultados positivos, también muestra las fuentes o evidencias que se han usado para la historia ambienta l

latinoamericana, a saber, prensa, archivos de administración central, archivos criminales y policia les,

archivos de multinacionales y fundaciones filantrópicas, fuentes diplomáticas, escritos de viajeros,

fuentes legislativas, material gráfico y fuentes visuales, memoria oral (de hecho Gallini propone un

archivo oral para la historia ambiental de América Latina) y literatura técnica y científica. Respecto a

esta última hay que considerar que no sólo la historia y la ecología tienen su propia historia, también la

geología, la biología, y las demás ciencias a las que requiere acudir el historiador ambiental y tal historia

“es intensamente social y política”, lo que implica que cuando se utilizan tales tipos de textos, los

historiadores ambientales “deberían ser concientes de referirse a unas fuentes cargadas de relaciones de

poder, de identidades de clase, género y etnia, de preferencias política y condiciones impares de acceso

a la investigación, entre otras variables”.

Aunque Gallini también destaca que al ser el oficio de historiador “típicamente sedentario y

enceldado en cubículos de bibliotecas, archivos por definición polvorientos, y estudios angostos” el

producto de tal tipo de investigación es una historia como la que denunció Worster: “desodorizada y

empacada al vacío para que tenga la relación más remota posible con la naturaleza”, así que el historiador

ambiental, lejos de reproducir tal tipo de historia, debe hacer indispensable la búsqueda de otras

evidencias en prácticas de campo (la cual también ya ha sido usada para la historia ambienta l

75 Justo Serna, Anaclet Pons., La Historia cultural: autores, obras, lugares, Madrid, Akal, 2005, p. 129.
83

latinoamericana), lo que implica un camino menos obvio que el de los vestigios documentales,76 pues en

la historia ambiental las prácticas de campo están en construcción teórica, el contenido o procedimie nto

de las mismas dependerán del tema de estudio, buscan herramientas para dar lectura a evidencias in situ

de modo que pueden retomar técnicas de las prácticas de campo antropológicas, geográficas,

arqueológicas o ecológicas.

Sin importar qué periodo o región se escoja para ser estudiada, al diluir su excesiva confianza en

los documentos, el historiador ambiental puede someter todo tipo de vestigios materiales a su capacidad

de indagación; los cuales, a pesar de ser fragmentarios, son –para el geógrafo histórico Karl Butzer– lo

suficientemente buenos como para ser un útil apoyo para las también fragmentarias investigacio nes

palinológicas y limnológicas hechas por neoecólogos y paleontólogos. Si eso se hace de las evidencias

materiales al archivo –complementan Aguilar y Torres–, también la investigación documental es

susceptible de ser complementada y validada con trabajo de campo, lo que implica no sólo leer resultados

de análisis hechos con metodologías enfocadas a leer los archivos químicos, físicos y biológicos de la

Tierra, sino la capacidad de elaborarlos utilizando tales técnicas y metodologías. La historia ambienta l

no sólo se encuentra en los archivos, sino que hay una multiplicación de evidencias que sirven para

investigarla. Algo que según Manuel González y Víctor Toledo, aleja a la historia ambiental de la

historiografía posmoderna que no hace referencias a lo material sino a través de textos. Para Worster, el

historiador ambiental debe cubrirse de tierra y saber consultar las evidencias de mareas, vientos,

corrientes oceánicas, patógenos, así como a fuerzas hidrológicas y geológicas . Es decir, la historia

ambiental no se escribe única ni principalmente a través de documentos de archivo.77 De hecho, existen

76 Stefania Gallini, “Problemas de métodos en la historia ambiental”, pp. 7-14, 16 y Donald Worster, “The Two Cultures
Revisited”, pp. 3, 4.
77 Alfred W Crosby, “The Past and Present”, p. 1181; Gerardo Morales Jasso, “Convergencias entre subdisciplinas

historiográficas y la historia ambiental”, pp. 18-21; J. Donald Hughes, “Three Dimensions”, pp. 324, 325; Butzer, Karl E. y
84

investigaciones de historia ambiental que prescinden de estos archivos “sin por ello carecer de seriedad

y profundidad”.78

Así que sería un error que los historiadores ambientales documentaran su trabajo sólo con

publicaciones exclusivas de historia, puesto que, además de lo dicho anteriormente en revistas de

geografía, filosofía, antropología, sociología, entre otras, también hay posibilidades de encontrar datos y

artículos útiles para y de historia ambiental. Pero no basta con ser fluidos en la terminología de otras

ciencias sociales y de las ciencias naturales, existen métodos experimentales y no experimentales a los

que los historiadores ambientales pueden acudir para complementar o corroborar sus hallazgos. Pues, los

geólogos y los ecólogos (como el arqueólogo y el historiador) no pueden experimentar y reproducir

experimentos como el físico o el químico, pero encuentra otro tipo de evidencias para su hipótesis .

¿Quiere decir esto que el historiador ambiental debe ser también paleoecólogo, geólogo, geógrafo,

cartógrafo, limnólogo, botánico, ecólogo, meterólogo, biólogo marino y terrestre? Las primeras

generaciones de Annales ya exhortaban hacia esta utopía y que para lograr la anhelada historia total, el

historiador se las ingeniara para intentar todo con el fin de llenar los vacíos de información sin resignarse

nunca. Por lo que, realmente no es tan novedosa la propuesta de que la historia ambiental se nutra de los

métodos de la paleontología ecológica, la microbiología, la genética, la palinología, los análisis de suelo,

al estudio de la sedimentación de los ríos, al estudio de los radios de estroncio y calcio en los dientes

E. Butzer, “The ‘Natural’ Vegetation of the Mexican Bajío: Archival Documentation of a 16th Century Savanna Environment”,
Quaternary International, no. 43/44, pp. 1, 3, 18; Miguel Aguilar Robledo y María Gabriela Torres Montero, “Ambiente y
cambio ambiental”, pp. 11, 12, 22, 23; Stefania Gallini, “Problemas de métodos en la historia ambiental”, p. 6; Manuel
González de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la utopía”, p. 20 y Donald Worster, “Appendix”,
pp. 292, 304 y Donald Worster, “La historia como historia natural”, p. 13.
Sobre los archivos que no son sólo documentales véase Joaquín Arroyo Cabrales, Ana Luisa Carreño, Socorro Lozano -García,
Marisol Montellano-Ballesteros y otros, “La diversidad del pasado”, La diversidad en el pasado, en Capital natural de
México, vol. I:Conocimiento actual de la biodiversidad , México, Conabio, 2008, p. 231 y John R. McNeill, “Observations on
the Nature”, p. 40
78 Micheline Cariño, “Aplicación de los postulados del manifiesto Historia a Debate”, p. 44.
85

humanos (método que permite reconstruir dietas según las edades, e indicar patrones de migración y

química de los suelos de los que se alimentaban) y la antropología de la memoria de los pueblos; los

cuales pueden proporcionar datos que no pueden brindar las evidencias documentales.79 Sin embargo,

“esto no significa que el historiador ambiental debe conocer la geología, la ecología y la biología como

un geólogo, un ecólogo o un biólogo. El historiador ambiental debe dominar nociones básicas de otras

disciplinas con el fin de dominar la suya”80 y poder utilizar diferentes herramientas según sus intereses

temáticos.81

Claramente, esto plantea no sólo el problema de 1) desarrollar nuevas habilidades para aumentar

el conocimiento sobre el pasado y el presente ambientales, también el de 2) la comunicación de un saber

tan diverso. En cuanto al primero, si bien, “La matriz y formación disciplinar del investigador parecen

dictar qué tipo de fuentes es seleccionada y cómo es utilizada”, como la evidencia disponible es mayor a

la que están preparados para indagar el historiador ambiental, se vuelve imprescindible el tema de su

formación, para la cual ha de existir una cooperación estrecha entre los practicantes de las diversas

disciplinas de las que abreva la historia ambiental. El historiador ambiental no puede aislarse del diálogo

con otras disciplinas.82 Pero como la historia ambiental obliga a plantearnos preguntas que exceden las

competencias formacionales, no resultaría aconsejable añadir a la dependencia que existe para con los

79 John R. McNeill, “Observations on the Nature”, pp. 39-41; J. Donald Hughes, “Three Dimensions”, p. 324; Gastón
Bachelard, Epistemología Textos escogidos por Dominique Lecourt, Barcelona, Anagrama, 1973, p. 161; Stefania Gallin i,
“Problemas de métodos en la historia ambiental”, p. 15; Enrique Leff, “Construindo a História Ambiental da América
Latina”, Esboços, Florianópolis, vol. 13, 2005, pp. 12, 13; William P. Cunningham; Mary Ann Cunningham, “Understanding
Our Environment”, p. 7 y Justo Serna, Anaclet Pons., La Historia cultural, p. 120 y Derek Turner, Making Prehistory.
Historical Science and the Scientific Realism Debate, New York, Cambridge University Press, 2007, p. 100.
80 Arthur Soffiati, “Fundamentos de eco-historia”, Rede Brasileira de História Ambiental, 10 de mayo del 2013, disponible

en línea
81 Carole L. Crumley, “Historical Ecology: Integrated Thinking at Multiple Temporal and Spatial Scales”, A lf. Hornborg y

Carole Crumley (eds) The world system and the earth systeam. Global Socioen rironmental Change since the Neolithic,
California, Left Coast Press, 2007, p. 16.
82 Stefania Gallini, “Problemas de métodos en la historia ambiental”, pp. 6, 7, 15. Si tal diálogo se debe dar multidisciplinaria,

interdisciplinaria o transdisciplinariamente es una discusión interesan te que aquí no se profundizará y que habría de quedar
pendiente.
86

vestigios una dependencia para con otras disciplinas. Tampoco se trata de buscar autonomía, sino que no

es suficiente depender de que, por ejemplo, un paleoecólogo realice una investigación concreta para

añadir sus resultados a la nuestra. Para hacer historia ambiental, no basta con tener conocimientos de

humanidades y ciencias sociales, es necesaria al menos cierta familiaridad con las ciencias naturales,

pues la historia ambiental requiere de trabajar en equipo con académicos de otras disciplinas, y por lo

mismo, la historia ambiental puede funcionar como puente entre las ciencias y las humanidades. Por eso,

respecto a lo segundo, la historia ambiental debe escribirse I) Para historiadores, de modo que se extienda

la matriz disciplinaria de la historia ambiental a las otras subdisciplinas hitoriográficas, es decir, que se

comparta con otros historiadores el reconocimiento de que la naturaleza es un problema pertinente para

la historia y que el pasado humano “es parte de una red de relaciones sistémicas”. II) Para académicos

de otras formaciones incluidos los que no son especialistas en lo ambiental, lo que, tras la asimilac ió n

crítica de un nuevo vocabulario, revelará historicidad donde otros sólo ven estructuras. III) Para

hacedores de políticas públicas, activistas ambientales y gestores ambientales, precisamente porque hay

conclusiones a las que llegan los historiadores ambientales que no disfrutarán oír o leer los ambientalis tas

(por ejemplo, la destrucción del mito prístino, que los conservacionistas estadounidenses fueron

motivados por un oportunismo político, y que si los paisajes y la ecología naturalmente cambian la lógica

de preservación es puesta en crisis, así que preferir un ecosistema en favor de otro se revela como un acto

simbólico y emocional). Además, de no compartir las investigaciones con estos grupos, habría poco

espacio para que la historia ambiental tenga un impacto real. IV) Por supuesto, la historia ambienta l

también debe dirigirse al público en general, de modo que les permita establecer puentes cognitivos entre

ecosistemas, economías, políticas y vida cotidiana.83

83William Cronon, “The uses of Environmental”, pp. 4-7; Mart A. Stewart, “Environmental history”, pp. 9, 39, 40; William
Cronon, “Modes of Prophecy”, p. 1130; Donald Worster, “The Two Cultures Revisited:”, pp. 3, 6, 13 y Stefania Gallin i,
87

Aunque para hacerlo hay que tomar en cuenta: Primero, que la realidad ambiental, en general es

desoladora para la antroposociedad, a quien le desesperanza escuchar sobre contaminac ió n,

calentamiento global, escasez de agua, deforestación, extinción de especies. Apoyada en la psicología

ambiental (a la que le preocupan, entre otras cosas, las reacciones ante la toma de consciencia sobre la

realidad ambiental) la historia ambiental debe también dar lecciones que no sean deprimentes, sino

esperanzadoras.84 Segundo, no deberíamos aducir que la importancia de la historia ambiental depende

de su novedad, pues si algo nos enseña toda historia es que lo nuevo, tarde o temprano se vuelve viejo.

La historia ambiental también se enfrenta a dos problemas prácticos ¿qué escala geográfica e

histórica usar?85 Para responder hay que explorar diferentes tipos y tasas de cambios pues el tiempo de

la historia ambiental no puede ser el mismo que el de la historia política, económica y social. Las

periodizaciones clásicas y las escalas políticas no pueden ser aceptadas automáticamente en la historia

ambiental, pues las escalas usadas han de partir de la relación del cambio natural con el humano: y

depende del problema concreto a investigar puede lidiar con escalas temporales como la de las epidemias,

de las irrupciones de ungulados, del ciclo hidrológico, de las prácticas productivas, de la reproducción

de mamíferos, de los ciclos económicos, de los cambios de gobierno, del crecimiento de los árboles, de

cambios de mentalidades y representaciones, de sucesiones ecológicas, de la longue durée; en suma, lidia

con el problema de la multitemporalidad.86 Con toda esa interacción, la historia ambiental muestra que

“las interacciones entre la economía, las instituciones políticas, las normas sociales, los valores

“Invitación a la historia ambiental”, p. 13.


84 William Cronon, “The uses of Environmental”, p. 2.
85 David Arnold, La naturaleza como problema histórico, pp. 14, 15. Quizá para un historiador sea fuera de lo común unir la

escala espacial y temporal en el mismo rubro. Una teoría del tiempo influida por la teoría de la relatividad general (se describirá
brevemente en el capítulo siguiente) es la base de la unión de las abstracciones espacio y tiempo en el espacio -tiempo.
86 Miguel Aguilar Robledo y María Gabriela Torres Montero, “Ambiente y cambio ambiental”, pp. 11, 20, 21; William

Cronon, “Modes of Prophecy”, p. 1128; Stefania Gallini, “Problemas de métodos en la historia ambiental” p. 5; Elinor K.
Melville, “Introducción”, Plaga de ovejas. Consecuencias ambientales de la conquista de México , México, FCE, p. 21 y
Manuel González de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la utopía”, pp. 19-57.
88

culturales, y los procesos naturales son ilimitadamente complejos”. 87 En medio de toda esa complejidad,

a la historia ambiental no sólo le atañe la modernidad, que ha tenido un mayor impacto en las especies y

en los paisajes; al abrir la historiografía a un pasado tan antiguo como las especies mismas, a la historia

ambiental le atañe toda época pasada, incluso la mal llamada “prehistoria”.

En cuanto al espacio de estudio hay dos tendencias teóricas no contrarias sino complementar ias :

Una se vincula con un abordaje inductivo que trata de hacer una historia planetaria desde múltip les

historias locales. En esta se busca superar la tendencia a asociar la biosfera al entorno y se postula que

es a través de “la interacción entre cultura y naturaleza” que se da en las regiones, los paisajes y las

localidades que se puede entender tal interacción con practicidad, porque son escalas asequibles. 88 La

otra plantea que la historia ambiental debe ir más allá de los límites nacionales porque aunque las leyes

y las culturas fomentan entre los estados distintos manejos ambientales, la naturaleza no tiene

nacionalidades y los mamíferos, las aves, los virus, las corrientes de viento y los pesticidas que son

llevados por ellas no respetan fronteras políticas ni aduanas. Tanto la que tiende a las microhistor ias

como la que tiende a hacer historias en dimensiones globales, también llamadas macrohistorias o Big

History se han fortalecido desafiando la escala del Estado-nación, tradicional en los estudios históricos

porque, al ser la naturaleza en la historia ambiental coprotagonista de la historia, las unidades de escala

pasan a ser agroecosistemas, regiones biogeográficas, cuencas hidrográficas, entre otras. De modo que

Worster incluso se aventura a decir que en el futuro cada vez menos historiadores ambientales detendrán

87 William Cronon, “The uses of Environmental”, p. 14. Sería útil seguir la reflexión de Collingwood sobre lo que haría un
historiador si no pudiera captar sucesos que duren más de una hora de forma que podría historiar la ejecución de una sinfonía
y no su composición. Collingwwod se pregunta ¿qué género de sucesos pueden ocurrir en la historia? Las posibles respuestas
variarían según el historiador piense en un suceso de una hora, uno de diez años o uno de mil años (Robin George
Collingwood, Idea de la naturaleza, pp. 45-47).
88 Mart A. Stewart, “Environmental history”, pp. 360, 361; Miguel Aguilar Robledo y María Gabriela Torres Montero,

“Ambiente y cambio ambiental”, pp. 12, 23; Donald Worster, “The Two Cultures Revisited”, p. 6; Richard Hunter,
“Positinality, Perception and possibility”, p. 54; Guillermo Castro Herrera, “La crisis ambiental”, p. 59 y José Augusto Pádua,
“As bases teóricas da historia ambiental”, pp. 87, 88.
89

sus investigaciones detrás de límites nacionales. Esta perspectiva se radicaliza en la propuesta de hacer

estudios globales de historia ambiental que dividan el mundo en mares y océanos debido a los flujos de

agua y aire que existen en el planeta.

Lo cierto es que la historia ambiental puede escribirse a la pequeña escala de la agencia y a la

grande escala de las antroposociedades siempre y cuando, tanto la escala temporal como la espacial sean

sólidamente justificadas en cada estudio de caso según el reconocimiento de los vínculos que existen

entre el sistema estudiado y uno más incluyente. En ambos casos, la selección dependerá de los objetivos

de la investigación y las preguntas formuladas. Así que la escala espaciotemporal elegida puede ser

sumamente reveladora para ciertos problemas, pero también puede ocultar otros. La elección de la escala

de estudio dependerá de las relaciones que se estudien, lo que dará forma al recorte de la realidad que se

ha de hacer.89

Otro de los problemas de la historia ambiental es su propuesta de entender el pasado para cambiar

el futuro,90 buscando solucionar los problemas a los que nos enfrentamos. Lo que implica la posibilidad

de generar gestión ambiental y políticas ambientales conscientes de la complejidad del ambiente y por lo

tanto no tecnocráticas.91 La base de la que habría de partir es que la reproducción humana no es una

fuerza de modificación ambiental desdeñable, sino la fuerza generadora de los seres que organizados

movilizan fuerzas naturales, domestican y extinguen animales, al tiempo que impactan en bosques,

89 John R. McNeill, “Observations on the Nature”, p. 31, 33, 35, 36; Alfred W. Crosby, “Gran historia como historia
ambiental”, pp. 21, 21; Donald Worster, “Appendix”, p. 290; J. Donald Hughes, “Three Dimensions”, pp. 326-328; Stefania
Gallini, “Problemas de métodos en la historia ambiental”, p. 1, 4, 6, 16 y Rolando García, Sistemas complejos, pp. 35, 150.
90 Micheline Cariño, “Aplicación de los postulados del manifiesto Historia a Debate”, p. 46.
91 William Cronon, “The uses of Environmental”, pp. 3, 17, 18, 20. Sobre este punto Cronon recomienda el texto Thinking

in Time: The Uses of history for Decision-Makers de Richard E. Neustadt y Ernest R. May que Cronon; pero también sería
útil acercarse a Manuel González de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la utopía metafísica de la
modernidad”, Metabolismos, naturaleza e historia. Hacia una teoría de las transformaciones socioecológicas , Barcelona:
Icaria, pp. 19-57, así como a la obra de Patricia Clare.
90

bancos genéticos animales y hasta océanos mediante sus diversos modos de producción.92 Por lo tanto,

teóricamente los seres causantes de ese grado de modificación ambiental, quienes han ejercido tal poder,

pueden organizarse bajo una directriz de corresponsabilidad ambiental.

Un texto que sortea una variedad de problemas metodológicos descritos anteriorme nte

(especialmente los relativos a la variedad de evidencias para la investigación histórica), es Evocando el

Edén. Conocimiento, valoración y problemática del oasis de los comondú que surgió como “una

investigación transdisciplinaria” de parte de la Red Interdisciplinaria para el Desarrollo Integral y

Sostenible de los Oasis Sudcalifornianos (RIDISOS), que se enfrentó al desafío histórico-ambiental de

caracterizar la ecología del territorio, así como realizar un diagnóstico sociodemográfico y económico

sobre el mismo. La Red logró resolver diversos problemas operativos y financieros, también logísticos,

conceptuales y metodológicos; pues los diversos especialistas que participaron lograron entenderse en

los diferentes lenguajes disciplinarios, a interpretar distintos tipos de evidencia y a escribir de forma

conjunta, integraron técnicas y metodologías procedentes de distintas disciplinas que enfocaron en un

estudio de amplia temporalidad en una población pequeña. Al prevalecer en el texto “el anális is

complejo”, integra diagnósticos, acciones de intervención y escenarios deseados que generen y sean

generados por una cultura sustentable.93 Es por eso que este texto, que, si bien no está exento de tensiones

epistemológicas que aún hay que resolver (como el uso indistinto de conceptos), se recomienda como un

92 Donald Worster, “Transformaciones de la Tierra”, p. 45 y Mário Roberto Ferraro, “Considerações sobre a industria de
ornamentos feitos com penas e plumas no Brasil (1890-1910)”, en Oficio. Revista de Historia e Interdisciplina, vol. 3, no 1,
enero-julio 2015, pp. 15-34.
93 La red fue formada por 35 investigadores que construyeron “una comunidad de aprendizaje en la que no hubo distingo de

grado académico, ni de orientación disciplinar” en la que se trabajó horizontalmente durante 4 años (Micheline Cariño, Aurora
Breceda, Antonio Ortega y Lorella Castorena, “Agradecimientos”, en Micheline Cariño, Aurora Breceda, Antonio Ortega y
Lorella Castorena, Evocando el Edén. Conocimiento, valoración y problemática del oasis de los comondú, Barcelona, Icaria,
2013, p. 17; Micheline Cariño, Lorella Castorena y Antonio Ortega, “Introducción”, pp. 28, 30; Antonio Ortega, Lorella
Castorena, Micheline Cariño, Aurora Breceda y Frederick J. Conway, “Corolario”, en Micheline Cariño, Aurora Breceda,
Antonio Ortega y Lorella Castorena, Evocando el Edén. Conocimiento, valoración y problemática del oasis de los comondú,
Barcelona, Icaria, 2013, pp. 517, 520, 521 y Rolando García, Sistemas complejos., pp. 35, 69).
91

texto paradigmático de la historia ambiental cuyos múltiples aciertos habría que emular para, así, superar

cada vez más tensiones en esta nueva disciplina de la historia ambiental (no con esto se presenta como

paradigmática la escala espaciotemporal que eligieron los autores, pero de escogerse, con más razón es

un texto que hay que considerar).

2.3.2 Áreas de oportunidad, tensiones por resolver y posicionamientos epistemológicos

Por su amplitud temática, la historia ambiental tiene un campo vasto y diversificado que puede investiga r,

lo cual ha generado tensiones que revelan posicionamientos epistemológicos, así como el surgimiento de

sugerencias a tomarse en cuenta en futuras investigaciones. Respecto a las últimas, se plasman algunas a

continuación: Como buena parte de la historia ambiental ha sido no urbana, las ciudades son un tema al

que hay que enfocar más atención, especialmente en su relación de dependencia con su hinterland, debido

a su metabolismo social, por lo que sería deseable dejar de considerarlas aparte y estudiarlas conectadas,

como lo están en realidad.94 Otra de las temáticas que se ha sugerido es la de estudiar la historia ambienta l

animal, no sólo en cuanto a su vida “salvaje” en los ecosistemas, también en la agricultura, la ganadería,

la caza, como animales de compañía y su vida en zoológicos, circos, festivales y fiestas bravas; que son

algunos de los contextos evidentes en los que los animales han sido participantes de lo ambienta l. 95

También se han enfatizado dos carencias en la historia ambiental. Una es su falta de matiz político. La

otra es el agujero azul de la historia ambiental, es decir, la poca atención que se le ha dado a la historia

94
José Augusto Pádua, “As bases teóricas da historia ambiental”, p. 96; Richard H. Grove, “Historia medioambiental”, p.
305; William Cronon, “Modes of Prophecy” p. 1130; Pierre Densereau, Interioridad y medio, p. 112 y John R. McNeill,
“Observations on the Nature”, p. 7.
95 Regina Horta Duarte, “Testimonios sobre el trabajo en historia ambiental”, Sociedad Latinoamericana y Caribeña de

Historia Ambiental, disponible en línea y Alejandro Bonada Chavarría, “Historia, medio ambiente y actividad económica.
Una revisión historiográfica”, en “Repercusiones ambientales en Tijuana durante el crecimiento industrial 1937-1980. Una
aproximación desde la historia ambiental” Tesis de Licenciatura en Historia, Tijuana, Universidad de Ba ja California, 2013,
pp. 43, 55.
92

ambiental de los mares y océanos.96 Otra de las sugerencias que se han realizado es hacer más

investigaciones sobre periodos políticos de descentralización y economía extensiva, pues los

historiadores se han fijado más en los periodos de centralización y economía intensiva. 97 En cuanto a las

tensiones, se mencionan cuatro a continuación.

1) Existen problemas con el uso de ambiente no como categoría de análisis, sino como concepto,

precisamente por su desliz semántico y por las influencias que los usos no académicos del término han

tenido en la academia.98 De modo que, se ha hecho referencia a la literatura que versa sobre “cambio

ambiental”, o las teorías ambientales, aunque Clarence Glacken apunta sobre estas teorías que ni siquiera

es correcto llamarles teorías del clima o el tiempo, porque buena parte del tiempo en que existieron tales

teorías aún no se desarrollaban teorías de la influencia del clima, sino que lo correcto es llamarles teorías

de aires, aguas y lugares, como en el corpus hipocrático. O sea, habría que usar con cuidado categorías

como ecología, ambiente, sostenibilidad (que es una categoría antropocéntrica) y sustentabilidad (que es

una categoría que surge del diálogo entre el ecocentrismo y el antropocentrismo), pues no pueden usarse

como si fueran conceptos propios de las épocas estudiadas.99

Esta es una de las razones que existen para criticar el uso que da David Arnold a “paradigma

ambiental” para nombrar “la idea de que el ambiente ha sido una fuerza poderosa en la historia humana

y, a la inversa, que la humanidad ha desempeñado uno de los papeles principales en la remodelación de

la naturaleza”, idea que –continúa Arnold– “se ha aplicado de diferentes modos en diferentes épocas”

96 John Gillis, “Filling the Blue Hole in Environmental History”, RCC Perspectives, no. 3, 2011, pp. 16-18, y Richard H.
Grove, “Historia medioambiental”, p. 305.
97 Christopher Boyer, “The Cycles of Mexican Environmental History”, en Christopher Boyer, A Land Between Waters.

Environmental Histories of Modern Mexico, Arizona, The University of Arizona Press, 2012, p. 15.
98 José Augusto Pádua, “As bases teóricas da historia ambiental”, p. 81.
99 Clarence J. Glacken, Traces on the Rodhian Shore. Nature and Culture in Western Thought from Ancient Times to the End

of the Eighteenth Century, Los Angeles, California University Press, 1997 [1967], pp. vii, xii, 109; José Augusto Pádua, “As
bases teóricas da historia ambiental”, p. 96 y Rafael Hernández del Águila y Francisco Toro Sánchez, “Gestión sostenible de
los recursos naturales”, p. 93.
93

compartiendo, cada uno de estos modos a la creencia antropocéntrica de “que la naturaleza y la cultura

se hallan ligadas dinámicamente y que la historia está, de modo fundamental, conectada con esta relación

íntima y perenne” en la que la naturaleza es un “reflejo o una causa de la condición humana, sea física,

social o moral”.100 La otra razón por la que es criticable el término de Arnold es que conlleva

susceptibilidades kuhnianas.101

2) Mientras unos historiadores ambientales instan a focalizar los estudios en la agroexplotac ió n,

el extractivismo y la economía de rapiña (iniciada desde el siglo XVI) de los siglos XIX y XX, otros

critican la historia ambiental decadentista, pues las relaciones entre antroposociedad y naturaleza no

antrópica implica otras relaciones destructivas (desastres ambientales, por ejemplo) y también implica

relaciones constructivas.102

3) Se ha hecho referencia a la historia ambiental como ecohistoria e historia ecológica, cuando

ambiente y ecología no son sinónimos. La historia ecológica no concibe “la complejidad ambiental como

un proceso enraizado en formas de racionalidad y de identidad”; podría ser considerada como la historia

de los ecosistemas, por lo que podríamos encontrar su sinónimo en la paleoecología, que representa un

componente de la historia ambiental, pero no su equivalente. 103

4) Algunos estudios de historia ambiental bien podrían ser también considerados como

geohistoria o geografía histórica (especial, pero no únicamente, los que tienen en cuenta la definición de

100 David Arnold, La naturaleza como problema histórico. El medio, la cultura y la expansión de Europa , México, FCE,
2000, p. 17, 172.
101 Stefania Gallini, “Invitación a la historia ambiental”, p. 16. No explica Gallini a qué se refiere con esas susceptibilidades

respecto a usar el concepto paradigma. Probablemente se refiere a la crítica sobre su polisemia inicial de la primera edición
de La estructura de las revoluciones científicas.
102 Alejandro Bonada Chavarría, “Historia, medio ambiente y actividad económica”, pp. 46, 47 y Guillermo Castro, “La crisis

ambiental”, p. 38.
103 Enrique Leff, saber ambiental, pp. 329, 330; Antonio Elio Brailovsky y Jésica Timm, Economía y medio ambiente. Una

relación difícil, Buenos Aires, KAICRON, 2014, pp. 51, 52; Stefania Gallini, “Problemas de métodos en la historia
ambiental”, p. 4; Gerardo Morales Jasso y Joel Enrique Almanza Amaya, “Tras la cima de la civilización. Reno vados
horizontes de la historia”, pp. 478-504 y Carole L. Crumley, “Historical Ecology””, p. 28 y Arthur Soffiati, “Como concebo
a história ambiental”.
94

ambiente1 ). Especialmente, los académicos que son geógrafos e historiadores tienden a lidiar con este

problema. Bernardo García Martínez indica que para los trabajos de historia ambiental no están de más

los conocimientos de ecología, química orgánica o corrientes marinas, sólo por citar tres ejemplos. Por

eso, ¿qué trabajos que se ocupan de la historia y el ambiente pueden ser llamados de historia ambienta l?

podríamos responder si se define la historia ambiental por su método o por su fundamento ambienta l.

García Martínez afirma que no hay que dejarse llevar por las etiquetas. Punto de vista que implicaría que

ya sea que se trate de un trabajo de historia y ambiente, de geografía histórica o de historia ambiental “lo

que tenemos en la mira es una historia en la que los personajes principales son el espacio, el medio físico

y las especies que lo habitan, siempre ubicados en el tiempo y siempre modificándose ”.104 Si bien, la idea

de García es convergente con la definición de ambiente 1 , debido a las implicaciones que tienen las

distintas definiciones que se han tratado, ya no parece tan válido hacer laxamente a un lado las etiquetas.

Si la metodología fuera lo que definiera a la historia ambiental, esta requeriría conllevar novedades

metodológicas. Pero no hay novedades metodológicas en la historia ambiental, pues las metodologías

que aplica ya existen en otras subdisciplinas, ya sean, de la historia, la geografía, la paleontología, la

ecología, etcétera.105 ¿Es el fundamento ambiental lo que define a la historia ambiental?, si es así aún

habría que definir ese fundamento ambiental y vincularlo a alguna de las definiciones de ambiente

planteadas en este capítulo. La respuesta afirmativa de esta pregunta implicaría que la diferenciac ió n

entre la historia ambiental y otras formas de hacer historia no se encontraría en la metodología, sino en

la epistemología (teniendo en cuenta que cualquier metodología es, a su vez, epistemología), de modo

104 Bernardo García Martínez, “Testimonios sobre el trabajo en historia ambiental”, Sociedad Latinoamericana y Caribeña
de Historia Ambiental, disponible en línea y Bernardo García Martínez, “En busca de la geografía histórica”, en Gisela von
Wobeser (Coord.), Cincuenta años de investigación histórica en México , México, UNAM/UG, 1998, p. 132.
105 Para más información sobre esta afirmación véase Gerardo Morales Jasso, “Convergencias entre subdisciplinas”, pp. 15-

36.
95

que, como plantea Gallini, la historia ambiental tendría una epistemología específica (Gallini no dice

cuál)106 que aspiraría a “transformar sustancialmente los paradigmas tradicionales basados en el

conocimiento parcelario de matriz mecanicista”107 que son tributarias de “la ilusión metafísica que

embargó la modernidad y que separó al ser humano de la naturaleza, generando una ficción

antropocéntrica que aún persiste” y que hoy está en seria crisis. La historia ambiental debe ser una ciencia

con consciencia (una ciencia que trascienda las especialidades, sin abolirlas) que trata de superar el

conocimiento de los mundos separados de la ciencia clásica y, por lo tanto, una que no debe ser tributar ia

de tal ilusión metafísica.108

Otro autor que indica la misma idea, aunque matizada es José Augusto Pádua, quien acepta que

la historia ambiental inició con características dualistas que se han venido desvaneciendo, puesto que los

académicos que adoptan este enfoque coinciden en la “necesidad de buscar formas menos dualistas de

estudiar las relaciones entre cultura y naturaleza ”, pero cómo ser menos dualistas, si el mismo expresa

que “el no dualismo es un tipo ideal de realización analítica casi utópica”. Pádua indica que las lecturas

menos dualistas son posibles a través de la ecología de la autoorganización, que asocia a autores como

Maturana y Varela a través de quienes acepta que tradicionalmente las ciencias sociales no reconocen la

pluralidad de las dimensiones naturales y culturales ni las distintas dimensiones de lo humano, hacerlo

implicaría reconocer que el hombre no está inmerso sólo en la cultura y en el lenguaje, también en la

ecósfera, por lo que pensar al humano en su totalidad implica pensarlo en sus dimensiones biológica y

sociocultural. Algo sobre lo que ya había llamado la atención Fernand Braudel a criticar que

106 Stefania Gallini, “Problemas de métodos en la historia ambiental”, p. 16 y Stefania Gallini, “Invitación a la historia
ambiental”, pp. 4, 5.
107 Alberto Sabio Alcutén, “La historia ambiental como parte puente entre áreas de conocimiento”, Historia Agraria, no.

26, abril 2002, p. 233.


108 Manuel González de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la utopía ”, pp. 20, 21, 55 y Alberto

Sabio Alcutén, “La historia ambiental como parte puente”, p. 233.


96

generalmente se abstrae al hombre de “su complejidad”, es decir, el hombre “en toda la espesura de su

historia, en toda su cohesión social”.109 Por su parte Donald Worster critica la “bifurcació n

contemporánea entre el estudio de la historia y el de la naturaleza ”,110 lo que no es otra cosa que una

crítica del dualismo que destaca Pádua.

Por su parte, Rosa Elba Rodríguez, vinculando la geografía, la antropología y la ecología, propone

que la historia ambiental contiene, en vez de una perspectiva dualista, una perspectiva monista para la

cual la dicotomía naturaleza-sociedad no tiene sentido.111 Las críticas de Worster, Pádua y Rodrígue z

contra esta ilusión dualista se vinculan con la afirmación de Leff de que la historia ambiental no puede

estar aislada de la complejidad.112

Pero Stefania Gallini destaca la distancia que existe entre los textos de teoría de la historia ambiental y

los estudios de historia ambiental.113 De hecho, algunos de los mejores trabajos han integrado, o incluso

ignorado, las categorías y tensiones que se abordaron a lo largo de este capítulo. 114 Así que también

podría haber distancia entre los estudios de historia ambiental y el deber ser destacado por estos autores.

Especialmente porque no es sencillo o usual que los académicos tomen consciencia de los cambios

epistemológicos que han implicado la ciencia en este siglo pasado. Pádua afirma que muchas veces los

científicos sociales no han recapacitado en los cambios epistemológicos que han implicado los nuevos

descubrimientos sobre la naturaleza. Él mismo es un autor que reconoce la irreversibilidad de la flecha

del tiempo.115 Worster es un ejemplo de los varios historiadores ambientales que por su acercamiento a

109 José Augusto Pádua, “As bases teóricas da historia ambiental”, Estudos Avançados, no. 68, vol. 24, 2010, p. 86, 91-94.
Allí mismo Pádua integra la cita de Braudel.
110 Donald Worster, “Appendix”, p. 293 y Donald Worster, “La historia como historia natural”, p. 13.
111 Rosa Elba Rodríguez, “Comondú en el imaginario”, pp. 165, 169.
112 Enrique Leff, saber ambiental, p. 331.
113 Stefania Gallini, “Invitación a la historia ambiental”, pp. 4, 5.
114 Mart A. Stewart, “Environmental history”, p. 355 y Alejandro Bonada Chavarría, “Historia, medio ambiente y actividad

económica”, p. 43.
115 José Augusto Pádua, “As bases teóricas da historia ambiental”, Estudos Avançados, no. 68, vol. 24, 2010, pp. 90, 92.
97

las ciencias naturales, ha reconocido algunos de estos cambios. Por ejemplo, que los científicos lidian

con la indeterminación; que los ecosistemas están conformados por sistemas, los cuales define como un

grupo de elementos que interactúan, están interrelacionados o son interdependientes y que forman

entidades colectivas; lo que implica una ecología sistémica que superó la imagen estática de Odum; que

James Hutton, fundador de la geología histórica destacó las similitudes de la Tierra con el cuerpo de un

animal por su habilidad homeostática y regenerativa. También se puede mencionar la toma de conciencia

de Worster sobre que la historia ambiental requiere una mirada compleja, y su definición de que la

complejidad contiene “ambigüedades irresolutas y contradicciones”.116 Toma de conciencia similar a la

de Arthur Soffiati, quien acoje la teoría de la complejidad.117 González de Molina y Toledo también

reconocen la influencia de los descubrimientos y teorías científicas en la historia ambiental. “Frente a la

idea de que lo real puede ser reducido a su dimensión última o unidades elementales que lo constituye n “,

hace hincapié en las interacciones y en las propiedades emergentes que hacen que el conjunto sea mayor

que la suma de las partes. Frente a la idea lineal de que toda consecuencia tiene una causa, acude a la

causalidad recursiva como reflejo de la complejidad, en la que “las consecuencias contribuyen a

conformar las causas”,118 interactúan entre sí y se potencian mutuamente. 119 De modo que en la historia

ambiental existe una lucha contra la simplificación de la realidad.

En síntesis, la historia ambiental es antiesencialista al plantear casos concretos que muestran que

toda la historia humana tiene un contexto natural, plantear evidencias de la inestabilidad y el cambio de

116 Donald Worster, “The Two Cultures Revisited, pp. 9, 10; Donald Worster, “Appendix”, pp. 296, 303 y Donald Worster,
“La historia como historia natural”, p. 21.
117 Arthur Soffiati, “Como concebo a história ambiental”, Rede Brasileira de História Ambiental, 24 de febrero de 2013,

disponible en línea.
118 Manuel González de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la utopía metafísica ”, p. 44.

119 Guillermo Castro Herrera, “Hacia una historia ambiental de la salud”.


98

la naturaleza y que los sistemas naturales interactúan con los sistemas humanos. 120 La característica

centralidad de la historia ambiental que destaca “lo relacional frente” a “la sustancia del mecanicis mo ”

y la oposición híbrida al “espíritu analítico” ejemplifican la ruptura que supone la historia ambiental para

con las formas del discurso historiográfico que han sido dominantes, haciendo de la historia ambienta l

“un giro copernicano en el relato historiográfico”.121 A pesar de que se diferencia de la geografía humana,

la historia agraria, la historia urbana, la historia social y la historia de la ciencia; éstas aún tienen un papel

importante en el desarrollo de la historia ambiental; y lo seguirán teniendo, pues no dejarán de traslaparse

con las porosas fronteras de la historia ambiental.122

Una más de las discusiones existentes en la historia ambiental se vincula a la controversia acerca

de cómo se puede conocer: por fe, especulación, razón, o experiencia y experimentación, y a las

convenciones que estas epistemologías generan; pues la historia ambiental responde a cambios

epistemológicos profundos en la ciencia, cambios que a su vez dependen de la complejidad que implica

estudiar el ambiente, de modo que los historiadores ambientales no pueden darse el lujo de caracterizar

sucesos como unicausales; en la historia ambiental la causalidad, la temporalidad, la simultaneidad e

interdependencia son diferentes a como se entienden en lo social; así que la historia ambiental requiere,

por lo tanto, una resemantización. Sea consciente o inconscientemente, los historiadores ambientales se

guían por un espectro de ética, ontología y epistemología. Tienen una filosofía en formación que, por lo

general, no es explicitada.123

120 Donald Worster, “Appendix”, pp. 292, 293 y Raymond Williams, “Ideas of Nature”, 1980, p. 83; Mart A. Stewart,
“Environmental history”, pp. 359, 360 y William Cronon, “The uses of Environmental”, pp. 11-14.
121 Manuel González de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la utopía”, pp. 28, 34.
122 Mart A. Stewart, “Environmental history”, p. 352 y Donald Worster, “Appendix”, p. 304 y Gerardo Morales Jasso,

“Convergencias entre subdisciplinas ”, p. 32. Sobre la dificultad de abordar la historia de la ciencia por parte de los
historiadores, véase Thomas S. Kuhn, “Las relaciones entre la historia y la historia de la ciencia”, La tensión esencial. Estudios
selectos sobre la tradición y el cambio en el ámbito de la ciencia , Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1993, pp. 151-185.
123 Raymond Williams, “Ideas of Nature”, p. 71; Donald Worster, “Transformaciones de la Tierra”, p. 45; Miguel Aguilar

Robledo y María Gabriela Torres Montero, “Ambiente y cambio ambiental”, pp. 11, 14, 19, 20, 21; Gerardo Morales Jasso,
99

Sin embargo, tal forma de pensar no es uniforme, ya que la coexistencia de distintas definicio nes

de ambiente en un solo autor o texto y la transición de una definición de ambiente a otra muestran

tensiones e inercias epistemológicas que bien pueden influir en los desacuerdos existentes entre los

historiadores ambientales. Por un lado Worster, indicó que la historia ambiental “se ocupa del papel y el

lugar de la naturaleza en la vida humana”, Hughes mencionó que la historia ambiental es una empresa,

cuyo foco sigue siendo el hombre, pero más consciente de la importancia de las relaciones humanas con

lo natural “y su costo para otras formas de vida y para el ambiente mismo” y para González de Molina y

Toledo, la historia ambiental “sigue teniendo a las sociedades humanas en el centro de su análisis, pero

no descontextualizadas de su medio ambiente”.124 Por una parte tienen razón, la historia ambiental inició

como una empresa antropocéntrica y expiatoria, 125 pero la historia ambiental “no puede, sin más, adoptar

o adaptar los fundamentos epistemológicos de la historia o de la ecología” lo que sería “una estrategia

inadecuada”. En su Historia del clima desde el año mil, Le Roy Ladurie protestó contra el

antropocentrismo de los primeros historiadores del clima, pues pretendían estudiar el clima en relación

con la vida humana, cuando, afirmaba, la historia del clima podría ser estudiada por sí misma. Desafío

que P. Bevilacqua plantea en Demetra e Clio: uomini e ambienti nella storia como “un cambio de punto

de vista: del antropocentrismo al concepto de ecosistema”, el cual permite la generación de “modelos de

explicación desarrollados por la teoría general de sistemas”. 126 Ya que “antropocentrismo” y

“ecosistema” son conceptos que no corresponden a un mismo nivel de análisis y no permiten

comparaciones homogéneas, Aguilar y Torres mejoran la afirmación anterior al plantear que la historia

“Convergencias entre subdisciplinas ”, pp. 16, 32 y Manuel González de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y
el fin de la utopía”, p. 47.
124 Donald Worster, “Transformaciones de la Tierra”, p. 45; J. Donald Hughes, “Three Dimensions”, pp. 323, 326 y Manuel

González de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la utopía”, p 53.
125 J. Donald Hughes, “Three Dimensions ”, pp. 323, 326.
126 Citado en Stefania Gallini, “Invitación a la historia ambiental”, pp. 3, 6.
100

ambiental requiere un “descentramiento epistemológico, teórico y metodológico” que no sustituya a la

historia por la ecología en el saber histórico, sino que construya un ““justo medio epistemológico” entre

una posición antropocéntrica y una ecocéntrica” (axioma que será central en el desarrollo de la tesis y

que convendrá al lector recordar).127

Cualquier posicionamiento implicaría una respuesta distinta a la pregunta “¿tiene el homo sapiens

alguna obligación moral con la tierra y su círculo de vida, o simplemente la vida existe para satisfacer

las necesidades infinitas de expansión de nuestra especie?”128 Pues el ecosistema es un concepto que

“obliga a un replanteamiento radical de la posición del hombre en la historia y en la Tierra”. De allí que

inspirara incluso movimientos políticos y éticos vinculados, sí a la ecología, pero específicamente al

ecologismo.129

Mientras que la ciencia moderna ha establecido “al hombre en el centro de la naturaleza, cuando

no en el pináculo” y ha racionalizado lo que lo hace diferente de plantas y animales,130 McNeill sugiere

que la historia ambiental “deben darnos una dosis de humildad: nosotros debemos aceptar que somos

solo una especie entre muchas, y debemos compartir la cima con el bisonte, las moscas tse-tse y El

Niño”.131 Tal humildad, implicaría principalmente dos cosas. Primero, que la historia ambiental fomenta

127 Miguel Aguilar Robledo y María Gabriela Torres Montero, “Ambiente y cambio ambiental”, pp. 8, 11, 19, 20, 21; Rafael
Hernández del Águila y Francisco Toro Sánchez, “Gestión sostenible de los recursos naturales”, p. 93; Manuel González de
Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la utopía”, p. 26, 27; Carolyn Merchant, The Death of Nature,
p. 252; José Augusto Pádua, “As bases teóricas da historia ambiental”, p. 97 y Gastón Bachelard, Epistemología, p. 111.
128 Alejandro Tortolero Villaseñor, “Presentación: La historia ambiental en América Latina. Por un intento de historizar la

ecología”, Signos históricos, no. 16, julio-diciembre, 2006, p. 11.


129 Stefania Gallini, “Invitación a la historia ambiental”, p. 6.
130 Pierre Densereau, Interioridad y medio, p. 19.
131 John R. McNeill, “Observations on the Nature”, p. 36. Sin embargo, McNeill indica que su libro Algo nuevo bajo el sol es

antropocéntrico, lo que Stefanía Gallini utilizó para reducir la perspectiva de McNeill a un antropocentrismo (Stefania Gallin i,
“Problemas de métodos en la historia ambiental”, pp. 4, 5). Así que McNeill me hizo favor de aclarar este punto al mencionar
vía correo electrónico: “In the book that Stefania Gallini mentioned, I did say that my approach was ‘anthropocentric’. I said
that because I wrote about environmental changes that matter to humans, rather than those that matter only to sea grass or
crows. But that is a selection bias I chose to employ for writing that book. For different purposes, and different occasions,
my position (anthropocentric, biocentric, etc.) changes. I do not regard one or another position as clearly correct, or else I
101

en el presente la responsabilidad del hombre frente a la naturaleza, y por lo tanto frente a él mismo, pues

se abandonarían las ideas dualistas de la independencia humana de la naturaleza no antrópica y de la

superioridad humana sobre ésta que derivaron en una carrera por el progreso. Segundo, que para los

historiadores ambientales la historia de los virus, de las praderas o la domesticación de animales no son

menos importante que la historia de una administración presidencial o una guerra.132

Así que, si la riqueza de la historia consiste en las relaciones que se entretejen entre los hechos y

al centrarse en las relaciones, la historia ambiental soluciona la tensión que existe entre lo exterior y lo

interior que existe en “medio” como “cosa que puede servir para un fin” y como lo exterior a un ser vivo.

Por eso se entiende que Cronon plantee que el punto de inicio de la historia ambiental deben ser las

relaciones, más que los sistemas y que Worster, a pesar de su última cita, plantee que a la historia

ambiental le interesa el rol de la naturaleza en la hechura de los sistemas de producción y el impacto de

estos en la naturaleza.133

Con esto quedan delineadas las posiciones de partida de la historia ambiental, disciplina que no

está acabado de definir aún, pero que colabora en la meta de llegar a “todas las historias posibles”.134 Sin

duda hay otras temáticas teóricas que los historiadores ambientales deben discutir además de las

anteriores, lo cual es importante porque la teoría, al fin y al cabo, hace que los análisis sean más agudos

y fortalece a la historia ambiental.135

would not shift it.” (John McNeill, “Historia ambiental: antropocéntrica o biocéntrica”, comu nicación personal vía e-mail, 30
de marzo 2015)
132 Jean Chesneaux, “Hacer entrar la historia natural en la historia social”, pp. 139, 144; Carolyn Merchant, The Death of

Nature, p. 95 y Donald Worster, “The Two Cultures Revisited”, pp. 3, 4.


133 Donald Worster, “Appendix”, p. 301. En cambio, González y Toledo plantean que la historia ambiental debe tener un

enfoque sistémico (Manuel González de Molina y Víctor M. Toledo, “La historia ambiental y el fin de la utopía”, pp. 19-57).
134 Fernand Braudel, La historia y las ciencias sociales, Madrid, Alianza Editorial, 1999, p. 7.
135 J. Donald Hughes, “Three Dimensions”, pp. 329, 330.