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CHINA

EN LA AMÉRICA
COLONIAL
BIENES, MERCADOS, COMERCIO Y CULTURA
DEL CONSUMO DESDE MÉXICO
HASTA BUENOS AIRES
MARIANO BONIALIAN

CHINA
EN LA AMÉRICA
COLONIAL
BIENES, MERCADOS, COMERCIO Y CULTURA
DEL CONSUMO DESDE MÉXICO
HASTA BUENOS AIRES

Editorial Biblos
Bonialian, Mariano
China en la América colonial: bienes, mercados, comercio y cultura
del consumo desde México hasta Buenos Aires / Mariano Bonialian;
con prólogo de Josep Fontana. – 1ª ed. - Ciudad Autónoma de Buenos
Aires: Biblos-Instituto Mora (México), 2014.
263 pp.; 23 x 16 cm. - (Filosofía)

ISBN 978-987-691-283-9

1. Historia Americana. 2. Comercio. I. Fontana, Josep, prolog.


II. Título
CDD 909

Diseño de tapa: Luciano Tirabassi U.


Imagen de tapa: Mapa en papel bambú de 1763, atribuido a Mo Yi Tong. Una contro-
vertida interpretación ubica su realización original en 1418, por el navegante Zheng He;
hipótesis rechazada por la comunidad académica de historiadores. Los contornos casi
perfectos de los continentes, en especial el perfil costero americano, obligan a dudar de su
autenticidad, aun para aquella primera fecha. Se incluye la imagen no sólo debido a su
belleza estética sino porque advierte la estrecha relación, tanto representativa y simbóli-
ca como geográfica, de un mundo integrado donde China y América eran piezas clave de
la temprana mundialización.
Armado: Ana Souza

Primera edición, 2014

D. R. © Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora


Calle Plaza Valentín Gómez Farías N° 12, San Juan Mixcoac, 03730, México, D. F.
www.mora.edu.mx

D. R. © Editorial Biblos
Pasaje José M. Giuffra 318, C1064ADD Buenos Aires
info@editorialbiblos.com / www.editorialbiblos.com
Hecho el depósito que dispone la Ley 11.723

ISBN 978-987-691-283-9 Editorial Biblos


ISBN 978-607-9294-40-3 Instituto Mora

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la trans-


misión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea
electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso
previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Impreso en México/Printed in Mexico


Agradecimientos

Debo nombrar a muchos maestros, colegas y amigos que me alentaron


a reunir en un libro varios de los trabajos que realicé en los últimos
años. Quiero reconocer al profesor Josep Fontana, que mostró un since-
ro interés por mis trabajos hasta el punto de aceptar mi ofrecimiento de
realizar el prólogo de esta obra. Mi agradecimiento se extiende también
a Carlos Marichal, Óscar Mazín, Guillermina del Valle Pavón, Johanna
Von Grafenstein, Alejandro Daniel Falco, Graciela Márquez, Nicolás
Kwiatkowski, Stefan Rinke, Carlos Martínez Shaw y Bernd Hausber-
ger. Todos ellos me regalaron parte de su tiempo realizando agudas
observaciones sobre algunas de las problemáticas que aparecen en los
textos. Una mención especial al maestro, colega y amigo José Emilio
Burucúa, quien me alentó en las primeras exploraciones de la investi-
gación y apostó por mí en momentos de gran incertidumbre. También
mi agradecimiento a Emelina Nava García por la confección del mapa.
Gran parte del acervo documental en el cual se apoyan los argu-
mentos de China en la América colonial se realizó gracias a una beca
posdoctoral otorgada por el Consejo Nacional de Investigaciones Cien-
tíficas y Técnicas (Conicet, Argentina). También mi agradecimiento a
esta institución. No puedo dejar de mencionar al Instituto Mora de la
ciudad de México, a su planta directiva y su personal editorial, quienes
mostraron plena disposición para la edición de esta obra. Agradezco a
los evaluadores anónimos que a través de agudas y exigentes observa-
ciones me ayudaron a mejorar el trabajo. Claro está que los eximo de
toda responsabilidad sobre los planteos e interpretaciones que apare-
cen aquí.
Quiero dedicar el libro a Paula Zagalsky; compañera que en momen-
tos delicados de la vida me apuntaló para no renunciar a este proyecto.
Índice

Prólogo
Josep Fontana ...................................................................................... 11

Introducción ...................................................................................... 17

I. Periferia centralizada: México y el modelo comercial


con China, España y el Perú .......................................................... 27
México: corazón mercantil del imperio ............................................... 27
1580-1640: México y el auge de la plata potosina .............................. 35
1680-1740: México y el colapso de las ferias de Portobello ................ 56
1779-1784: México y el modelo legal en el contexto de
“libre comercio” ..................................................................................... 74
Conclusiones ......................................................................................... 82

II. La ruta hispanoamericana de la seda china ......................... 87


La ruta de la seda: desde Filipinas hasta Santiago de Chile
o Buenos Aires ...................................................................................... 89
Razones del ingreso de seda china por Hispanoamérica ................. 106

III. Los objetos de China en la cultura material de Córdoba


y Buenos Aires durante el siglo xviii .......................................... 119
Horizontes planetarios para el estudio de realidades coloniales ..... 119
Las fuentes: los inventarios ............................................................... 123
La “feria de Pekín” en el Perú colonial: comercio y consumo
(1680-1740).......................................................................................... 128
Buenos Aires, Córdoba y los ejes geohistóricos del imperio ............. 135
El boom de las telas y los tejidos de China por Córdoba y
Buenos Aires ...................................................................................... 140
De Lima hacia Córdoba: el caso del capitán Buitrón y Mujica ........ 149
Vajilla, loza y cerámica china (1750-1800) ....................................... 157
Loza y seda chinas en manos de los jesuitas .................................... 168
Occidentalizando lo oriental, orientalizando lo occidental:
la metamorfosis de los bienes ............................................................ 172
Conclusiones ....................................................................................... 181

Conclusiones generales ................................................................. 185

Apéndice documental Nº 1 ................................................................. 187


Apéndice documental Nº 2 ................................................................. 191
Apéndice documental Nº 3 ................................................................. 196
Glosario de términos para el Apéndice documental Nº 3.................. 247

Archivos ............................................................................................ 249

Bibliografía ...................................................................................... 251


Prólogo

Josep Fontana

El eurocentrismo que ha dominado tradicionalmente la investigación


histórica ha llevado a buscar los orígenes de la civilización en el Medi-
terráneo y la modernidad en la expansión de Europa por el Atlántico,
ignorando un foco esencial del desarrollo de la cultura humana, que es
el área marítima que comprende los mares de China, el océano Índico
y el Pacífico occidental. El espacio del Índico que se extiende desde las
costas orientales de África hasta el sudeste asiático, que penetra hacia
el Mediterráneo por el mar Rojo y hacia el Próximo Oriente por el golfo
Pérsico, ha sido desde los orígenes de la civilización un lugar de navega-
ción frecuente, gracias a la regularidad de los monzones, que soplan de
sur a norte en verano, y de norte a sur en invierno, y que hacen posible
recorridos a larga distancia.
Hace dos mil años, por los inicios de la era cristiana, se produjo en
el Índico “un espectacular florecimiento de civilización y comercio a lar-
ga distancia… en que el tráfico marítimo evolucionó del transporte de
pequeñas cantidades de productos de lujo al movimiento anual de mi-
llares de pequeñas embarcaciones que llevaban tanto artículos de lujo
como productos de consumo cotidiano”, en una densa red de tráficos
que iban desde Madagascar hasta el sur de China.1 Estos intercambios
llegaron a adquirir tanta importancia que se ha dicho que entre 1250
y 1350 estaba en plena formación un mercado mundial, uno de cuyos
focos vitales era el que se extendía de las costas de África a Insulindia y
a las etapas de las caravanas del Asia Central, y que tenía como sus dos
motores esenciales la economía china y la cultura islámica.2

1. McPherson, The Indian Ocean, 1993.


2. Abu-Lughod, Before European Hegemony, 1989.

11
Josep Fontana

En un extremo de este circuito estaban las ciudades-estado del este


de África, como Kilwa, una población con mezquitas y palacios, habi-
tada por gentes de las más diversas procedencias, que debía su impor-
tancia al hecho de controlar la producción de oro del interior de África
(del reino de Monomatapa, del cual se conservan las grandes ruinas de
Zimbabue, la “gran casa de piedra”) y cuyos comerciantes llegaban has-
ta el sudeste asiático, donde intercambiaban sus productos por los de
China. En el otro extremo de esta ruta estaba precisamente China, la
que el viajero musulmán Ibn Batuta nos ha descripto como una ciudad
comercial que era “la mayor que mis ojos han visto en toda la tierra,
con una longitud que equivale a tres días de marcha”. Se componía de
seis recintos protegidos por una gran muralla exterior, en uno de los
cuales vivían judíos, cristianos y zoroastrianos, y en otro, los musul-
manes. Era una época en que China había roto su aislamiento y en que
grandes juncos que podían transportar hasta cuatrocientos pasajeros
frecuentaban los puertos del sur de la India. Más adelante, cuando el
comercio exterior chino se replegó, los contactos se realizaron en los
puertos de las ciudades comerciales de Malasia, como Melaka, que a
fines del siglo xv contaba con una población que se ha estimado de entre
cincuenta mil y doscientos mil habitantes, adonde acudían centenares
de comerciantes de Arabia, Persia, Indonesia, India y China: una ciu-
dad en la que se hablaban 84 lenguas y que era posiblemente el mayor
centro comercial del mundo en aquella época. Del siglo xiv al xvi estos
flujos, controlados esencialmente por navegantes y comerciantes mu-
sulmanes, llegaron a su momento de mayor florecimiento. Los tráficos
se extendían a mercancías de consumo como cobre, hierro, arroz o ca-
ballos, transportados en grandes embarcaciones que llevaban también
peregrinos: musulmanes que iban a la Meca, hindúes que se dirigían a
Benarés, budistas en viaje hacia Sri Lanka e incluso cristianos asiáti-
cos, nestorianos fundamentalmente, que iban a Etiopía, siguiendo las
huellas de Santo Tomás.
Cuando los españoles llegaron a contactar con este sistema, a partir
de su instalación en Filipinas, traían consigo la plata de las Indias, que
se insertó en la compleja circulación monetaria del Asia oriental, mo-
vida por la insaciable apetencia de plata de China, lo que era, a su vez,
una muestra de la capacidad de su economía para exportar mercan-
cías.3 El peso mexicano se convirtió así en una moneda de circulación

3. Hamashita, China, 2008.

12
Prólogo

mundial, como antecedente del dólar (no hay que olvidar que el signo
con el que representamos habitualmente el dólar no es más que una
simplificación del reverso de la moneda española, con las dos columnas
del estrecho de Gibraltar que figuran a ambos lados del escudo y la
cartela del “plus ultra”). De la amplitud de la circulación de estos pesos
dan buena prueba las monedas acuñadas en México a fines del siglo
xviii que llegaron posteriormente a España, a partir de la apertura de la
ruta comercial de Cádiz a Manila, y que circularon por el país llevando
impresas las marcas características de los banqueros chinos.
A este ejercicio de repensar la evolución de la economía mundial,
y el papel del imperio español en ella, ha contribuido Mariano Ardash
Bonialian con diversos trabajos, entre los que destaca su libro El Pa-
cífico hispanoamericano: política y comercio asiático en el imperio es-
pañol, 1680-1784. La centralidad de lo marginal, donde reivindica la
importancia que tuvo hasta la primera mitad del siglo xviii el tráfico
en el Pacífico, no sólo por cuanto se refiere al galeón de Manila, sino
por la redistribución posterior de las mercancías hacia los puertos
del sur.
Un mercado del Pacífico americano que ignoraban de hecho los go-
bernantes españoles, como puede verse por los planteamientos que
hacía Rodríguez Campomanes en sus “Apuntaciones” de 1788.4 En
aquellos momentos había cesado ya el viejo sistema de los galeones
a Portobelo, cuyas mercancías cruzaban el istmo y proveían el sur a
través de Lima. Desde la paz de Aquisgrán, que había dado fin a la
“guerra de la Oreja de Jenkins”, el comercio se efectuaba en registros
por el Cabo de Hornos, lo cual había estimulado el tráfico en “la Mar del
Sur”, aunque siguiese controlado por el Consulado de Lima, algo que
Rodríguez Campomanes aspiraba a transformar, con el fin de “aumen-
tar aquel tráfico interno, removiendo el monopolio del consulado”.5 Los
gobernantes españoles parecían ignorar el desarrollo que había alcan-
zado el comercio en esta área, sobre todo después de la legalización del

4. “Apuntaciones de lo que importa averiguar para resolver con acierto el gran problema
de si conviene a la España en el comercio de las Indias occidentales seguir el sistema
antiguo o una libertad indefinida”, en Rodríguez Campomanes, Inéditos políticos, 1996,
pp. 7-60.
5. Sobre las limitaciones a que el control de los comerciantes peruanos sometía las activi-
dades económicas de los de Chile, Ramírez Necochea, “Antecedentes”, 2007, ii, pp. 68-73
y 100-110.

13
Josep Fontana

tráfico entre Acapulco, Filipinas y Perú entre 1779 y 1783, con motivo
del bloqueo del Atlántico durante la guerra angloespañola en ocasión de
la independencia de los Estados Unidos. Hasta tal punto que Rodríguez
Campomanes, que era consciente del importante papel que tenía el con-
trabando para suplir las deficiencias del aprovisionamiento que llegaba
a las colonias desde la metrópoli, consideraba necesario diseñar una
política adecuada a las necesidades de expansión en este espacio, para
lo cual había que comenzar estudiando mejor los puertos del Pacífico,
“con los ríos navegables que hay a la banda del norte” (puesto que era
precisamente “la internación por los ríos” la que, en su opinión, había
facilitado la penetración del comercio de los extranjeros) e “indagar los
hechos y artículos que forman el comercio de la Mar del Sur”, puesto
que “serían muy aventuradas las providencias que estuviesen destitui-
das de estas luces”.6
Esta nueva contribución de Bonialian sobre China en la América
colonial. Bienes, mercados, comercio y cultura del consumo desde Méxi-
co hasta Buenos Aires profundiza en temas como el de la importancia
de México como “corazón mercantil del Imperio”, en un análisis a largo
plazo que muestra la forma en que la metrópoli fue perdiendo el control
del ámbito peruano, que pasaría a ser dominado desde la Nueva Espa-
ña. Su aporte más innovador es seguramente el que viene a rebatir la
imagen tradicional de un comercio asiático limitado a productos de lujo
para el consumo de las clases superiores, para sostener, por el contra-
rio, que “gran parte de los bienes chinos que se consumían en la Améri-
ca colonial se asocian a una cultura de consumo cotidiano en la que sus
elementos articuladores se centran en la baratura de los precios de los
objetos, su sencillez, su adaptación para responder a los hábitos locales
americanos y su mediana u ordinaria calidad”. Sólo así puede explicar-
se la amplitud de su difusión, que llevaba a un observador a decir en
la Lima de 1745 que “parece haberse abierto la feria de Pekín”. Una
difusión que corrobora muy especialmente su estudio sobre “Los objetos
de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires durante el
siglo xviii”, elaborado a partir de una base de datos en que ha recogido
toda una serie de informaciones, tomadas de inventarios y testamentos,
sobre la presencia de artículos chinos, en especial tejidos y cerámica, en
la gobernación de Tucumán y en Buenos Aires.

6. Una ignorancia que llega al extremo en lo que se refiere a Filipinas, donde reconoce que
“el tráfico interior de las Indias e islas Filipinas es casi del todo desconocido a la nación”.

14
Prólogo

Las consecuencias a que nos lleva este replanteamiento apuntan


a mucho más que a una simple revisión del papel y la importancia
del comercio con China. Hace tiempo que sabemos que la imagen del
comercio colonial que nos proporcionan las cifras oficiales registra-
das por la administración española no es fiable, como lo demuestra
el contraste que existe entre la caída del tráfico de metales preciosos
oficialmente registrados en el siglo xvii (a fines del cual había queda-
do reducido al 10% de las cifras de su inicio), y el hecho de que entre
estas mismas fechas de comienzo y fin del siglo hayan aumentado de
manera espectacular las exportaciones de Holanda e Inglaterra hacia
los mercados asiáticos de unos metales preciosos que habían de ser en
su mayor parte de origen americano, que pasaron de 3 millones de pe-
sos al año hacia 1600 a más de 6 millones hacia 1700. Si el grifo ame-
ricano se hubiese cerrado, como sugieren las cifras oficiales españolas,
este aumento sería imposible y Europa se hubiera encontrado en 1700
falta de circulación monetaria y con sus tráficos intercontinentales
colapsados, lo cual no sucedió.7
Más necesitada aún de revisión está la imagen que tenemos del fun-
cionamiento económico de las colonias, que no puede entenderse si no
enriquecemos los datos del tráfico con la metrópoli con los que han de
proporcionarnos un mejor conocimiento de los intercambios intercolo-
niales e intracoloniales. Es ésta la línea a que apuntan los plantea-
mientos de Bonialian al sostener que “la vía del comercio oriental [...]
constituyó un engranaje necesario y clave para poner en marcha un
gran tejido mercantil integrado por circuitos comerciales del Atlántico
y del Pacífico plenamente articulados”.
Los trabajos de investigación de Bonialian nos aportan así elemen-
tos muy valiosos para la necesaria revisión de la imagen global de la
economía colonial americana.

Barcelona, 2013

7. Attman, The Bullion, 1981; Bernal, La financiación, 1993; Morineau, Incroyables ga-
zettes, 1985; Everaert, De internationale, 1973; Álvarez Nogal, “Las remesas”, 1998, Nº
2, pp. 453-488.

15
Introducción

En mayo de 2012, al recorrer la ciudad de San Francisco (Estados


Unidos), tuve interés en visitar el famoso Chinatown, el barrio chino
más antiguo de América del Norte y donde se encuentra su comuni-
dad más numerosa fuera de Asia. Recorriendo sus tiendas y comer-
cios, me asombré de los variados objetos que estaban en venta. Había
finísimos muebles antiguos que sólo podían ser adquiridos por turistas
con importantes fondos en sus tarjetas bancarias y familiarizados con
un consumo refinado. En un humilde comercio vecino, a sólo diez pasos
de aquella lujosa tienda, otro comercio chino ofertaba en dos canastos
separados tejidos de seda y porcelana que cualquier trabajador de la
ciudad, a pesar de su reducido salario, podía llegar a comprar. Días des-
pués, a miles de kilómetros de San Francisco, en la pequeña ciudad de
La Falda, ubicada en la provincia de Córdoba, de la República Argen-
tina, dos mujeres pasaban caminando por su reducido centro comercial
conversando sobre los artículos disponibles en los negocios de ropa. Les
escuché decir algunas frases que en el día de hoy nos resultarían muy
familiares: “¡Todo por 2 pesos!... debe ser chino” o “qué barata es esta
camisa, estará hecha en China ¿será de buena calidad?...”. Estas situa-
ciones cotidianas nos sugieren reflexiones sobre el fenómeno histórico
de la mundialización. El mundo actual se globaliza cada vez con mayor
intensidad. Los ojos de políticos y líderes económicos del mundo capi-
talista posan con asombro la atención en el crecimiento exponencial de
la economía china y en su papel de liderazgo alcanzado en el concierto
mundial. Sin embargo, cuando desandamos el camino a través de la in-
vestigación histórica, se puede comprender que la “invasión” y el actual
consumo masivo de productos chinos por los mercados de todo el mundo
no son un fenómeno nuevo de estos tiempos. Aunque nos resulte asom-
broso, muchas de las características que hoy notamos como singulares,

17
China en la América colonial

como la de una supuesta e inédita penetración de la economía china en


América o la de un imperialismo asiático que devora mercados mundia-
les, superando la gravitación generada por la eurozona y por Norteamé-
rica, son más bien expresiones de disputas geopolíticas y estratégicas
internacionales que hunden sus raíces en el pasado.
La historiografía reciente comienza a reconocer la necesidad de
asociar los procesos históricos del Antiguo Régimen o de lo colonial al
escenario imperial o mundial. Para llegar a construir una historia de
larga duración con horizontes planetarios –que aquí nos compete pues
contemplamos casi tres siglos– resulta indispensable valorar los apor-
tes que desde varias décadas nos viene ofreciendo una historiografía
dedicada al universo de lo local y regional. La rígida oposición historia
mundial/historia local, con la que lamentablemente nos estamos fami-
liarizando en estos tiempos, nos obliga a pensar que ambos relatos his-
tóricos son dicotómicos, irreconciliables; premisa completamente falsa.
Al fin de cuentas, una forma de hacer historia se alimenta de la otra, se
necesitan mutuamente. Más que entidades antagónicas estaríamos en
presencia de dos formas complementarias de comprender el pasado. El
problema se presenta con los estudios históricos que parten de una mi-
rada contemporánea aplicando la noción errática de espacio nacional;
elemento analítico que se corresponde ciertamente a otra circunstancia
histórica.
Nuevas categorías historiográficas aportan renovada luz para com-
prender la naturaleza y la dinámica de los espacios hispanoamericanos.
Nos referimos a las nociones de eje geohistórico o nodo espacial que
parecen acomodarse bastante bien a las explicaciones de cada territorio
de las Indias en su “procesos de incorporación” a la monarquía hispá-
nica. Son términos que no sólo se desligan de la perspectiva nacional,
sino que dan cuenta de la cosmovisión de los contemporáneos y de la
complejidad histórica de la época. Complejidad que se percibe cuando
vemos que cada reino o espacio cuenta con poder, con una autonomía
política que no cumple necesariamente con las directrices que se vier-
ten desde lo que se entendería como “centro” político imperial.1 Habría
que considerar también el crecimiento de los trabajos rastreando redes
sociales, económicas y culturales que se expanden por el territorio del

1. Mazín y Ruiz Ibáñez, Las Indias Occidentales, 2012. Sobre el concepto de eje geohistó-
rico véase el ensayo de Carmagnani que aparece en esta misma compilación: “La organi-
zación”, 2012, pp. 331-356.

18
Introducción

imperio. Nos encontramos aquí con una noción analítica que, al igual
que la categoría de eje geohistórico, manifiesta la enorme cuota de po-
der e influencia de las elites locales en cada reino de las Indias al dis-
poner de mallas sociales centradas en las colonias y que superan la
frontera imperial y escapan al control de la ley o del poder central.2 La
noción de red parte de la historia local, pero nos ofrece pistas históricas
para el análisis de procesos más amplios y generales. Como se verá, el
presente libro comparte de algún modo estas formas de historiar; ese
interés desdoblado y contradictorio que asumimos por lo general y lo
individual, por lo grande y por lo pequeño al mismo tiempo.
China en la América colonial intenta acercar aspectos de la cultura
material asiática que llegan a plasmarse sobre la realidad hispanoame-
ricana. Viene a profundizar algunas de las problemáticas expuestas en
un libro anterior: El Pacífico.3 Allí tuvimos la oportunidad de explorar
el oculto universo de circuitos comerciales que unen Hispanoamérica
con el espacio asiático y el curso que va tomando entre 1680 y 1784 la
política económica española con el fin de contrarrestar sus efectos sobre
el Atlántico. Un tema tan amplio como el que trata El Pacífico necesa-
riamente abre un abanico de interrogantes. El libro que nos convoca en
esta oportunidad no sólo intenta responder varias de estas líneas que
quedaron abiertas, sino que también aspira a revisar críticamente al-
gunos de los postulados señalados en su momento en El Pacífico. Eso sí,
se insiste en colocar como punto de perspectiva ese entorno geopolítico
para llegar a reconocer que la cultura económica hispanoamericana se
nutre del mundo asiático oriental de una manera asombrosa, directa y
determinante.
Todavía no nos hemos percatado de la importante influencia econó-
mica que logra generar el imperio chino de las dinastías Ming o Ching
en las experiencias históricas del mundo hispanoamericano. A diferen-
cia del sistema europeo, donde la expansión territorial, la formación de
imperios comerciales y los intercambios de larga distancia constituyen
mecanismos de competencia interestatal, la vía de desarrollo de la Chi-
na se presenta como la antítesis. En los siglos que aquí nos ocupan,
China no muestra interés por la expansión oceánica y prioriza el co-

2. Ibarra y Valle Pavón (coords.), Redes sociales, 2007; Yun Casalilla (ed.), Las redes del
Imperio, 2008.
3. Bonialian, El Pacífico, 2012.

19
China en la América colonial

mercio local, doméstico, antes que el de larga distancia.4 Lo asombroso


de todo esto es que a pesar de esta vía egocéntrica de desarrollo político
y económico, su cultura material se “exporta” y llega a jugar un papel
destacado tanto en la realidad colonial americana como en la europea.
Aquí se estudiará el aspecto hispanoamericano de este gran fenómeno
mundial, profundizando en sus resultados más concretos vinculados a
la circulación y al consumo de productos procedentes de Asia. Se deja
de lado la indagación en torno a las condiciones de producción y de cir-
culación de esos bienes en la propia China y los agentes responsables
para su salida hacia América.5
China en la América colonial es una recopilación de tres trabajos.
Entre ellos se traza una temática común, un hilo conductor que da sen-
tido a su publicación colectiva. Se destaca la lógica de circulación de
una variada canasta de artículos chinos por diferentes mercados hispa-
noamericanos y la cultura económica gestada en torno a su consumo.
Se atienden los actores económicos y políticos responsables de su en-
trada al continente, los mercados por donde circulan, así como también
las razones que motivan su comercialización frente a una legislación
que intenta prohibirlo durante gran parte del período colonial. Es un
mundo poco revelado o al menos no tuvo gran reconocimiento por los
propios contemporáneos. Los trabajos se trazan por diferentes espacios
coloniales como la Nueva España, Panamá, el Perú, la Gobernación de
Tucumán y Buenos Aires (lo que será luego de 1776 el virreinato del
Río de la Plata). Aquel conjunto de problemáticas se aborda en el marco
de los juegos de intercambios que se desatan por el imperio, en una
relación de tensión-complementariedad entre las fuerzas económicas
trasatlánticas y transpacíficas.
El trabajo inicial se titula “Periferia centralizada: México y el mo-
delo comercial con China, España y Perú”. Lo ubicamos como texto in-
augural porque nos ayudará a comprender de manera más integral los
restantes trabajos del libro. En él se propone una forma de incorporar
el comercio chino en el armado de la estructura mercantil que se cons-
truye por toda la América hispana colonial. Se ocupa de desentrañar
el funcionamiento de un inédito modelo mercantil a escala continen-
tal con epicentro en la Nueva España, en el cual el comercio de China

4. Arrighi, “Estados”, 2005, pp. 339-352.


5. Parte de la problemática sobre la circulación marítima se aborda en Bonialian, El
Pacífico, 2012.

20
Introducción

practicado entre las islas Filipinas y el puerto de Acapulco cumple un


papel destacado y gravitante. Intentamos argumentar que el comercio
asiático –lejos de ser un elemento marginal o excepcional de las lógicas
mercantiles coloniales– constituye un engranaje necesario y clave para
poner en marcha no sólo los circuitos oficiales de comercio, sino también
los flujos ilegales que germinan por cada rincón del imperio. El comer-
cio asiático forma parte de un gran tejido mercantil hispanoamericano
plenamente integrado y articulado entre los circuitos del Atlántico y
del Pacífico. Pensamos que el comercio asiático ya no puede definirse
como un complemento auxiliar, como accesorio, del comercio ultramari-
no. Cumple en él un rol protagónico al ser una pieza crucial para dina-
mizar los circuitos trasatlánticos hacia la Nueva España y los que ésta
genera con el Perú. Notaremos que gracias a esta inédita estructura
comercial se logra generar una poderosa corriente de mercancías asiá-
ticas y europeas que van desde la propia Nueva España hacia el Perú
por la Mar del Sur. Una corriente mercantil con la fuerza y la capacidad
para reemplazar la vía de intercambios directos que enlazan España
con Portobelo en su función de abastecimiento de productos extranjeros
sobre el espacio colonial del Perú. Veremos que la razón de la existencia
y del desarrollo de la estructura comercial a escala imperial se explica-
ría porque compromete los intereses de las corporaciones consulares del
imperio, a pesar de que tal tejido no llega a tener, al menos hasta mitad
del siglo xviii, el reconocimiento oficial de la Corona española.
El segundo de los trabajos, “La ruta hispanoamericana de la seda
china”, expone el largo camino que se edifica en torno a la seda asiática
durante los tres siglos coloniales. Un trayecto que iba desde Filipinas,
pasando por México, Centroamérica, Ecuador, Perú hasta alcanzar di-
ferentes puntos de la América del Sur, como la ciudad de Santiago de
Chile y Buenos Aires. Es una pieza clave que daría identidad al mundo
colonial del Pacífico y que vendría a motorizar, por esa misma área de
las Indias, a la estructura de comercio que se expone en el primer traba-
jo del presente libro. El análisis nos presenta a la ruta de la seda como
una verdadera plataforma de movimiento de bienes que permite aceitar
las relaciones de intercambio entre puertos del Pacífico y los mercados
internos coloniales de Hispanoamérica. Ella no se manifiesta de ma-
nera explícita; es decir, no se reconoce institucionalmente. Funciona
de manera informal, encubierta, aprovechándose de las prácticas de
intercambio de corta y media distancia que se generan en torno a otros
objetos de producción local y mundial. Lo cierto es que la ruta de la seda
china alcanza una fuerza intrínseca tan poderosa que logra condicionar

21
China en la América colonial

los ritmos y las vías de los flujos trasatlánticos establecidos entre Espa-
ña y América. Las últimas páginas del texto se ocupan de identificar y
fundamentar las razones de su nacimiento y desarrollo. Una de aque-
llas razones estaría en el tipo de consumidor al cual responde; elemento
nodal para comprender su magnitud.
El último texto, “Los objetos de China en la cultura material de Cór-
doba y Buenos Aires durante el siglo xviii”, estudia la cultura económi-
ca que giraba en torno de los bienes chinos en espacios marginales del
imperio. Allí se propone que la cultura material de lo asiático no es un
fenómeno social reducido a los espacios de México y del Perú. Apoya-
do en un riguroso apéndice documental, se comprueba que la fuerza
económica de lo chino supera las fronteras de las economías regiona-
les, las administrativas y también las políticas, alcanzando rincones
que podríamos considerar “periféricos” del espacio continental, como
la gobernación de Tucumán y Buenos Aires. Hacia mitad del siglo xviii
Lima es considerada como una “feria de Pekín”. El calificativo no sólo
se explicaría por los bienes asiáticos que circulan y se consumen en la
propia ciudad, sino también en contar con un excedente de ellas que
la convierten en un punto redistribuidor hacia otros mercados regio-
nales, alcanzando incluso el puerto atlántico de Buenos Aires. Consi-
derando las transformaciones de la coyuntura mercantil que vive el
imperio español durante el siglo xviii, en el trabajo se identifican las
diferentes vías de ingreso que hicieron posible el consumo de telas y
cerámica asiática -tanto las edificadas por el espacio del Pacífico como
las del Atlántico- y los actores o grupos sociales que participan en su
tráfico y consumo. Un apartado particular merecerá el fenómeno de
la “metamorfosis” de los bienes orientales; esa suerte de juego que el
fenómeno de la mundialización provoca en los bienes, ya sea occiden-
talizando lo oriental u orientalizando lo occidental.
Ahora bien, China en la América colonial invita a un diálogo con
una valiosa historiografía de vertientes diferentes ¿Cómo lograr enu-
merar todos los trabajos históricos que aportan reflexiones sobre te-
mas tan variados? ¿De qué manera reseñar de la manera más sinté-
tica posible la rica y multifacética historiografía abocada a la historia
del comercio, a la historia del consumo, a la historia del Pacífico, de
China o aun, a la historia colonial de cada espacio hispanoamericano?
Nos resulta imposible tan sólo presentar aquí el aporte que nos brin-
da cada texto con diferente impronta. El lector encontrará al final de
este libro una extensa bibliografía que analiza los diferentes espacios
y problemáticas. No obstante, y con el inevitable riesgo de incurrir en

22
Introducción

algún olvido, nos tomamos el atrevimiento de citar algunas obras que


resultan pilares fundamentales al momento de pensar la problemá-
tica. Entre las grandes obras sobre la historia del comercio atlántico
mencionemos a Morineau, Incroyables, 1985; Bernal y Martínez Ruiz,
La financiación, 1993; Everaert, De internationale, 1973; García-Ba-
quero González, Cádiz y el Atlántico, 1976; los dos trabajos de García
Fuentes, El comercio, 1980 y Los peruleros, 1997; y Walker, Política
española, 1979. Los trabajos sobre la historia del Pacífico que conside-
ran no sólo el contacto de China con México, sino también con el Perú
están: Chaunu, Les Philippines, 1960; y el famoso escrito de Schurz,
The Manila Galleon, 1959; también citemos a Bernal, “La Carrera”,
2004; Spate, El lago español, 2006; Borah, Comercio y navegación,
1975; Yuste, Emporios, 2007; Iwasaki Cauti, Extremo Oriente, 1992;
Malamud Rikles, Cádiz y Saint Maló, 1986; y Navarro García, “El co-
mercio”, 1965. Sobre la historia económica novohispana: Borah, Silk
Raising, 1943; Hoberman, Mexico’s, 1991; Romano, Coyunturas, 1993;
y Carmagnani, “La organización”, 2012. En el caso de la historiografía
económica colonial sobre el Perú y Buenos Aires: Céspedes del Castillo,
Lima y Buenos Aires, 1947; Paz-Soldán, El Tribunal, 1956, y junto con
Céspedes del Castillo, Virreinato, 1955; Assadourian, El sistema, 1982;
Suárez, Desafíos, 2001; Lohman Villena, Historia marítima, 1973;
Moutoukias, Contrabando, 1988; y Tandeter, “El eje Potosí”, 1991. So-
bre la historia general de China: Hamashita, China, 2008; Feng y Shi,
Perfiles, 2001; Impey, Chinoiserie, 1977. Trabajos sobre historia de la
mundialización: Pomeranz y Topik, The World, 2006; Gruzinsky, Las
cuatro partes, 2010. Finalmente, para una aproximación general sobre
la historia de la cultura material y el consumo: Smith, Investigación,
1958; Bauer, Goods, 2001; McKendrick, Brewer y Plumb, The Birth,
1982, De Vries, La revolución, 2009; Torras y Yun, Consumo, 1999;
Carmagnani, Las islas, 2012; Curiel, “Consideraciones”, 1992; y Porro,
Astiz y Rospide, Aspectos, 1982. Claro está que los aportes historiográ-
ficos no se agotan en este breve listado.
Este conjunto de corrientes historiográficas son fundamentales en el
intento por demostrar la honda gravitación de los bienes chinos como
portadores de valor en la cultura material hispanoamericana. Una no-
table influencia que se plasma en la extensa geografía continental que
trasciende el virreinato de la Nueva España y no se ata a los límites
pautados por la legislación española. Ahora bien, el tema es identificar
las razones de esta expansión; los motivos que alientan a que sedas,
porcelana y otros objetos del Asia franqueen confines locales, regionales

23
China en la América colonial

y administrativos. Se abre así un abanico de interrogantes que vale la


pena instalar sobre la mesa de debate. Primero: ¿cómo explicar que
la ropa de la China y otros objetos del Oriente se movilicen y se con-
suman desde Cantón hasta rincones remotos de la región sudamerica-
na, haciendo caso omiso a la legislación peninsular? Segundo: se sabe
que por el lado atlántico también arriban de manera legal y frecuente
finos y distinguidos artículos europeo; entonces ¿es la sed de consu-
mir unos exquisitos y exóticos objetos orientales lo que explicaría la
puesta en marcha de una titánica circulación por todo el continente?
Tercero, ¿debemos tomar de manera acrítica esa enorme cantidad de
denuncias que sostienen la fuerte y exitosa competencia que generan
los bienes asiáticos sobre los artículos europeos llegados por el franco
atlántico hispanoamericano? O más bien ¿estaríamos en presencia de
dos enormes corrientes económicas oceánicas, la Atlántica y la Pacífica,
que vendrían a complementarse al responder a dos tipos diferentes de
mercados consumidores? Los textos aquí reunidos intentan responder
a este conjunto de interrogantes.
Es un hecho comúnmente aceptado por la historiografía que las im-
portaciones de bienes asiáticos realizadas por el puerto de Acapulco con-
sisten en objetos lujosos y suntuarios destinados a los círculos de elite
de la sociedad colonial. Las investigaciones de Curiel y Abby Sue Fisher
para el caso del espacio novohispano, Kuwayama atendiendo la eviden-
cia de cerámica china en el Perú y Porro Girardi, Astiz y Rospide sobre
los objetos de lujo para la región de Buenos Aires dan cuenta de este es-
cenario.6 Nadie podría negar el fenómeno. Los testamentos e inventarios
de grandes familias novohispanas y peruanas confirman el fenómeno.
Pero si nos conformamos con este dibujo histórico, estaríamos pintando
un cuadro incompleto y parcial que no alcanzaría a descifrar las pro-
fundas lógicas de conexión que se establecen entre los continentes. Si
conceptualizamos los productos chinos como bienes de elite y reduci-
dos a un marco geográfico particular de Hispanoamérica, estaríamos
haciendo una lectura aislada de una gran problemática. Porque sería
arriesgado sostener que tan sólo un consumo de elite de bienes chinos

6. Fisher, “Trade Textiles”, 2006, pp. 184-185; Curiel, “Consideraciones”, 1992, pp. 127-
160; Kuwayama, “Cerámica china”, 2000-2001, pp. 20-29; Porro Girardi, Astiz y Rospide,
Aspectos, 2 vols., 1982. El escenario de suntuosidad de los géneros asiáticos es una visión
general que también se encuentra en estudios sobre historia europea y mundial. Véase
por ejemplo: Gruzinsky, Las cuatro partes, 2010; Berg, “New commodities”, 1999, pp. 63-
87, y McKendrick, Brewer y Plumb, The Birth, 1982.

24
Introducción

fabrique una gigantesca red de circulación como la que develaremos en


el presente libro.
En efecto, nuestra hipótesis nodal va en una dirección opuesta a
aquella imagen. La relación económica que se desprende de China ha-
cia la América colonial no estaría asentada sobre unos pocos y aislados
mercados de elite. Los bienes chinos no estarían dirigidos sólo y exclu-
sivamente a mercados de lujo. Lo asiático tendría una fuerza mucho
más poderosa en las Indias Occidentales y un efecto de arrastre sobre
sus mercados que todavía no llegamos a valorar en su justa dimen-
sión. Gran parte de los bienes chinos que se consumen en la América
colonial se asocia a una cultura masiva del consumo, en la que sus ele-
mentos articuladores se centran en la baratura de los precios de los
objetos, su sencillez, su adaptación para responder a los hábitos locales
americanos y su mediana u ordinaria calidad. El consumo amplio, que
abrazaría a diferentes grupos sociales, desde los más privilegiados has-
ta medianos y bajos recursos, aparece como una de las razones funda-
mentales para explicar la perdurable conexión intercontinental entre
China y América. Este elemento no debería pasar inadvertido pues nos
permite repensar el papel que asumen diferentes sectores sociales en
las instancias de producción, circulación y consumo que hacen al fenó-
meno de la mundialización moderna y colonial. Si China en la América
colonial logra que el lector reflexione sobre estos temas, nos sentiremos
plenamente satisfechos.
Para finalizar, valdría presentar un párrafo particular sobre los
archivos consultados, el tipo de fuentes que se utilizan, su cuerpo
heurístico y la metodología de investigación propuesta. Se revela in-
formación de los siguientes centros archivísticos: Archivo General de
Indias de Sevilla (agi), el Histórico Nacional de Madrid (ahn), un pu-
ñado de expedientes rescatados del sitio web de la Biblioteca Nacio-
nal de Francia (bnf), Archivo General de la Nación de México (agnm),
Archivo Nacional de Lima (anl), Archivo Histórico de la Provincia de
Córdoba de la Argentina (ahpc) y el Archivo General de la Nación de
Buenos Aires también de la Argentina (agn). Se consideran fuentes
de naturaleza oficial y particular. Las fuentes sobre memorias de vi-
rreyes, correspondencia y cartas que circulan entre comerciantes y/o
funcionarios políticos de diferente rango, Diarios de viajes, Bienes
de Difuntos y comisos forman parte del cuerpo documental más im-
portante de los ensayos 1 y 2. El tercer capítulo, el más extenso del
libro, coloca al inventario como principal metodología para nuestra
exploración histórica. Los expedientes referidos a testamentos, cartas

25
China en la América colonial

dotales, inventarios patrimoniales y comerciales se rescatan de los


ramos Sucesiones, Escribanías y Protocolos ubicados en los archivos
de la Provincia de Córdoba y el de la Nación de la ciudad de Buenos
Aires. En las líneas iniciales del trabajo se ofrecen las razones de esta
elección para rastrear la influencia de los bienes asiáticos por la Go-
bernación de Tucumán y Buenos Aires.

26
I
Periferia centralizada: México y el modelo
comercial con China, España y el Perú

¿Quién podrá dar guarismos a tus riquezas,


número a tus famosos mercaderes,
de más verdad y fe que sutilezas?

¿Quién de tus ricas flotas de los haberes,


de que entran llenas y se van cargadas,
dirá, si tú la suma de ellas eres?

En ti se junta España con la China,


Italia con Japón y finalmente
un mundo entero en trato y disciplina

Bernardo de Balbuena, “Grandeza


mexicana”, Siglo de Oro en las Selvas de
Erífiles, Madrid, impreso Ibarra, 1821
[1608] cap. v, p. 55.

México: corazón mercantil del imperio

En 1604 Bernardo de Balbuena (1568-1627) escribe “Grandeza mexica-


na”, considerado uno de los poemas que inaugura la poesía hispanoa-
mericana. Fascinado por el esplendor de la actividad económica que se
respira en el suelo novohispano, el poeta no duda en colocar a México
como metrópoli del mundo y del imperio; el centro en donde se almace-
nan las riquezas del planeta gracias a su estratégica posición geográ-
fica que logra enlazar China por el Pacífico y Europa por el Atlántico.
Muchos historiadores de nuestro pasado reciente coinciden en valorizar
el principio de centralidad mexicana que Balbuena traza en sus líneas

27
China en la América colonial

en los años iniciales del siglo xvii. Tal el caso de Chaunu (1960), al re-
marcar el alcance que desde finales del siglo xvi llega a tener la ruta te-
rrestre que conecta Veracruz, ciudad de México y Acapulco en la movi-
lización de personas, objetos y metales preciosos.1 Chaunu nos dice que
desde aquellas tempranas décadas coloniales la edificación de la Nueva
España, la gran base para la vida de las relaciones, se hace posible por
la intersección de los denominados caminos “de Castilla” (Veracruz-ciu-
dad de México) y “de China” (Acapulco-ciudad de México); un verdadero
eje transversal este-oeste que acopla y ata definitivamente al espacio
virreinal con la economía mundial.2 Vale también rescatar el concep-
to de eje geohistórico que recientemente nos ofrece Carmagnani en su
comprensión sobre las dinámicas económicas, sociales y políticas que
se asientan en el recorrido Veracruz-Ciudad de México-Acapulco. El eje
se nos presenta como una realidad colonial escasamente institucionali-
zada, de tipo informal, producto de la negociación entre la Corona y el
poder local, detentado fundamentalmente por el tribunal del Consulado
de la ciudad de México.3 La hipótesis de eje geohistórico que presenta
Carmagnani es una importante herramienta conceptual para compren-
der el modelo comercial que en estas líneas vamos a desarrollar.
En efecto, apropiándonos de la fina prosa de Balbuena y rescatando
estas perspectivas analíticas contemporáneas, el siguiente ensayo expo-
ne lo que podríamos denominar un modelo comercial de alcance imperial
y mundial cuyo polo concéntrico, el corazón, se encuentra en la Nueva
España, particularmente en la ciudad de México. Para captar la natu-
raleza y el verdadero sentido del modelo nos resulta necesario despo-
jarnos de los rígidos marcos interpretativos que colocan al eje atlántico-
peninsular como punto nodal para comprender cualquier fenómeno que
sucede dentro de las fronteras de las Indias Occidentales. El complejo
mercantil que presentamos en estas páginas sitúa a México como “om-
bligo” del imperio. Su papel central se debe, en gran medida, al notable
dinamismo que presentan aquellos caminos “de Castilla” y “China”. El
modelo funciona durante gran parte del período colonial y, con efectos
de contracción o de complementariedad, se aprovecha y se desarrolla en
simultaneidad con el régimen oficial de la Carrera de Indias.

1. Chaunu, “Veracruz”, 1960, pp. 521-557.


2. Ibid., p. 521.
3. Carmagnani, “La organización”, 2012, pp. 331-356.

28
Periferia centralizada

Años atrás, tuvimos la oportunidad de exponer parte de las carac-


terísticas del tejido para un período preciso: 1680-1740.4 El aporte que
haremos en estas líneas será el de identificar nuevas particularidades,
profundizar otras mencionadas y, por sobre todo, reconocer que el fun-
cionamiento de la estructura es de larga duración al comprobar su exis-
tencia en otros períodos históricos: desde 1580 a 1640, el mencionado
1680-1740 y en los breves años que van de 1779 a 1784. Si bien el estu-
dio concentrará el análisis en estas tres precisas coyunturas, momen-
tos en que el tejido se encuentra activo, valdrá la pena realizar breves
consideraciones sobre las causas que llevan a que el sistema mercantil
con epicentro en México deje de funcionar en las restantes coyuntu-
ras: 1640-1680 y 1740-1779. Presentar estos períodos donde el tejido
se “adormece” nos ayudará a no perder la mirada sobre un proceso de
larga duración y estructural, articulada en torno a las continuidades/
discontinuidades entre cada coyuntura. Para que el lector tenga mayor
claridad de lo que aquí vamos a exponer, a continuación presentamos
la periodización o coyunturas de nuestro ensayo:

• 1580-1640: México y el auge de la plata potosina.


• 1640-1680: Estabilidad del sistema bipolar trasatlántico.
• 1680-1740: México y el colapso de las ferias de Portobelo.
• 1740-1779: Navíos de registro y el comercio oficial por el Cabo de
Hornos.
• 1779-1783: México y el modelo legal en el contexto de “libre co-
mercio”.

Mientras que en la primera, la tercera y la quinta coyuntura el mo-


delo funciona en su plenitud, en la segunda y en la cuarta decae o se
encuentra pasivo. Antes de detenernos a analizar la puesta en marcha
del modelo en cada una de esas coyunturas, sería útil responder dos
interrogantes fundamentales: ¿por qué definimos la estructura como un
modelo? ¿Cuáles son las variables históricas de análisis y los procesos
estructurales que permiten su existencia y su desarrollo? Definimos la
estructura como un modelo porque representa un sistema con un claro
perfil internacional y, por ende, imperial. Estamos en presencia de un
amplio tejido de relaciones económicas con alto grado de coherencia,
con sentido propio y, sobre todo, plenamente reconocido por los agen-

4. Bonialian, “México”, 2011, pp. 5-28.

29
China en la América colonial

tes económicos y políticos que le dan vida. Los circuitos comerciales


intercoloniales y aun transcontinentales que presenta la América es-
pañola pueden concebirse, en una primera instancia, como fenómenos
inconexos e independientes. Pero, en la realidad y adoptando una mira-
da más amplia, ellos llegan a conformar un “todo económico”; como un
entretejido comercial con gran sentido de articulación. Una articulación
donde, como mencionamos, la ciudad de México, con sus rutas que se
ramifican hacia los puertos de Acapulco y de Veracruz, es el centro del
modelo comercial. Lo caracterizamos como semiclandestino para los
dos primeros períodos porque en varias décadas que lo vemos funcionar
el complejo comercial se articula a través de flujos formales e ilícitos.
En la última coyuntura de “libre comercio”, el modelo se desarrolla por
el plano de la legalidad pues cuenta con la autorización y la promoción
de la Corona borbónica española.
Ahora bien, comencemos por identificar los circuitos comerciales ofi-
ciales del modelo. Por ambos puntos costeros mexicanos confluyen los
dos flujos interoceánicos que son, quizá, los que mayor repercusión ge-
neran en el escenario mercantil hispanoamericano. Nos referimos a la
flota de Veracruz que une Sevilla-Cádiz con Veracruz y el eje transpa-
cífico que por medio de las navegaciones del galeón de Manila conectan
Filipinas con el puerto de Acapulco. A pesar de las regulaciones legales
y los permisos estipulados, estos circuitos que promueven el ingreso
a México de mercadería extranjera –castellana, europea y asiática–
funcionan con notable dinámica y asiduidad, hasta el punto de lograr
comercializar mercadería “fuera de registro”, salteando las instancias
de control aduanero. En términos más precisos, si bien son conductos
autorizados por España, sus cargamentos superan los topes dictados
por los reglamentos comerciales.
¿México, como el mercado consumidor más trascendente de la Amé-
rica colonial, vive una relación de complementariedad o más bien esta-
mos en presencia de una competencia entre estos circuitos de importa-
ción interoceánicos? Existe una muy arraigada interpretación historio-
gráfica –la cual apoyamos en su momento–­que sostiene la permanente
rivalidad entre las rutas del Pacífico y del Atlántico por ver cuál de las
dos logra imponerse sobre las plazas consumidoras de la Nueva Es-
paña.5 Los informes del consulado de Sevilla y de Cádiz (1717) y las

5. Entre una abundante cantidad de trabajos mencionemos los de: Yuste, Emporios, 2007;
Bernal, “La carrera”, 2004, pp. 485-525; Bonialian, El Pacífico, 2012, pp. 175-198.

30
Periferia centralizada

políticas económicas impuestas por el Consejo de Indias regulando –o


cerrando en coyunturas particulares– el comercio transpacífico son las
pruebas documentales más utilizadas por los historiadores al momento
de justificar el fenómeno.6 Al margen de la parcialidad que pueda te-
ner la voz del flotista, existen otras señales documentales que insisten
sobre la exitosa circulación y consumo de la mercadería china en detri-
mento de los artículos europeos. Según estos relatos, la disputa mer-
cantil se daría principalmente alrededor de los bienes importados de
carácter suntuario, y habrían sido los artículos chinos los que lograron
imponerse en las plazas de consumo refinado.
Sin desacreditar el posible foco de conflicto y competencia que se
suscita en esta reducida esfera social consumidora, el caso parece ser
más complejo. En el transcurso del trabajo se ofrecerán pruebas que
señalan la vulgaridad, la breve duración y el bajo precio de uno de
los rubros dominantes de importación por la vía transpacífica: el tex-
til chino. Esos documentos –que, como enseguida veremos son de im-
pronta oficial, como informes de virreyes y funcionarios coloniales de
menor rango o de naturaleza privada, como correspondencia de mer-
caderes– señalan que los productos europeos son más exquisitos, de
mayor calidad y, por ende, más costosos, mientras que los procedentes
de China, más baratos y para “gente pobre”. A la ventaja de tener un
menor costo de producción y de comercialización con respecto a los
tejidos europeos se debe tener en cuenta que las telas y los tejidos
traídos de China y que ingresan a América son de primera, segunda y
tercera calidad. Podríamos aceptar el concepto de telas asiáticas para
el consumo de lujo, pero al tener calidades diferenciadas y brindar
una oferta variada en sus precios logra ser un producto accesible para
múltiples grupos sociales. La pregunta por responder ya no sería si los
bienes asiáticos son de elite o no, sino que, particularmente a partir de
la segunda mitad del siglo xvii, cuando la producción textil europea co-
mienza una crisis y se despenaliza el consumo de elite, un arco social
mucho más amplio se integra a una cultura del consumo que antes
se reservaba a círculos selectos.7 El consumo del tejido chino no tiene
esa forma de consumo jerárquica y estamental como sí presentan los
bienes europeos.

6. Álvarez de Abreu, Extracto, 1977.


7. Carmagnani, Las islas, 2012, pp. 122-138.

31
China en la América colonial

Todos aquellos atributos que mencionamos, que hacen a la oferta de


los bienes chinos, facilitan la expansión de su consumo por toda la Amé-
rica colonial, superando la barrera legal del mapa novohispano. Como
enseguida publicaremos, hay indicios importantes para sostener que
gran parte del cargamento de la nao de China va dirigido a un consu-
mo cotidiano, considerando diversas clases sociales; bien diferentes al
exclusivo mercado suntuario que se nutre de bienes occidentales, más
onerosos, traídos por la flota española de Veracruz. Y aquí comenza-
mos a dilucidar aquel interrogante mencionado en las primeras líneas.
Nuestra respuesta es que ambos flujos funcionarían simultáneamente
y con una dinámica aceptable porque son complementarios; es decir,
responden a dos tipos diferentes de mercados de consumo: lo asiático
para un consumo social ampliado y lo europeo para una reducida capa
social de españoles. Ésta será una problemática que intentaremos ar-
gumentar a lo largo del ensayo.
Retomemos, entonces, los principios medulares del modelo. El prin-
cipio de complementariedad, más punzante y gravitante que el de la
competencia, promueve por ambos flujos niveles de comercialización
que están por encima de los límites estipulados por la legislación, alen-
tando así el fraude, lo que se conoce como el tráfico “fuera de registro”.
Ello genera un escenario de saturación en la circulación de bienes que
excede la capacidad de consumo del mercado novohispano, que supera
los niveles de monetización de los agentes para realizar el intercambio.
En muchas situaciones, el sobreabasto de artículos resulta una práctica
voluntaria y estimulada tanto por los gachupines de las flotas como por
los grandes comerciantes mexicanos de la ciudad de México inscriptos
en el Consulado. Ya nos ocuparemos de conocer los reales intereses que
se esconden detrás esta práctica. Por el momento, lo importante es re-
conocer que la oferta desmedida de mercancías europeas y asiáticas
produce particulares situaciones: una oferta en demasía de artículos
importados por las tiendas callejeras para el consumo de elite y masivo,
el almacenamiento del sobrante, de los rezagos, en los depósitos de las
casas de los mercaderes, falta de circulante y la tendencia recurrente a
la caída de sus precios.
Ahora bien, cuando la oferta de productos extranjeros supera una
demanda poco monetizada, México logra desprender un tercer circuito
–en este caso intercolonial y luego de 1604 ilícito– que se dirige desde
su costa del Pacífico hacia los puertos del espacio peruano. Una parte
considerable de las importaciones mexicanas compuestas de merca-
derías castellanas, europeas y asiáticas se reexpide hacia diferentes

32
Periferia centralizada

puertos de Ecuador, Perú y Chile gracias a la navegación de embar-


caciones limeñas que se dirigen hacia el occidente novohispano por la
Mar del Sur, particularmente hacia el puerto de Acapulco. Con plata y
otras mercancías para el intercambio, los navíos del Perú se trasladan
hacia la Nueva España no sólo en busca de los géneros chinos que ante
el arribo de la nao de China se intercambian en la feria de Acapulco,
sino también para alcanzar aquellas mercaderías extranjeras –tanto
asiáticas como europeas– que se encuentran en los depósitos de los al-
maceneros mexicanos con precios realmente accesibles; esa canasta de
productos que les han sobrado luego de responder al consumo del mer-
cado interno novohispano. Las razones peruanas en desviar capitales
comerciales hacia México en perjuicio del centro oficial de Portobelo
son variadas y específicas de cada coyuntura. Pero hay motivos que se
repiten en el tiempo. Entre ellas se pueden mencionar las siguientes:
el desabastecimiento de artículos extranjeros para el consumo masivo
y de elite en los mercados del interior del Perú, los bajos costos de
comercialización y de flete en la ruta de la Mar del Sur frente a los ele-
vados gravámenes de la vía de Tierra Firme y la posibilidad de acceder
a artículos orientales que de otra manera no podrían llegar al Perú.
Vale a esta altura de la exposición hacer una breve mención a la
fluctuación de los precios de los productos asiáticos y europeos en suelo
novohispano. Es evidente que la introducción en demasía de los bienes
asiáticos y europeos –esto es: una importación superior a lo que pue-
den digerir sus mercados internos– provoca la baja de sus precios. Pero
también puede suceder que la disminución de los precios esté asociada
a la falta de plata o moneda para el intercambio, lo que nos lleva a
pensar que para que funcione el tejido, México pretende contar con un
nivel aceptable de monetización, sea de producción propia o externa.
Otra variable que contribuye aún más a la disminución de los valores es
la lentitud de las compras que hacen los comerciantes novohispanos de
los artículos traídos por la flota. Éstos especulan con las urgencias del
retorno de los flotistas que intentan disminuir los gastos con estancias
cortas.
Sea cual sea la razón, lo cierto es que ante la baja de los precios
de los artículos importados por los mercaderes de la ciudad de México
vemos aparecer al perulero en las costas del Pacífico novohispano para
adquirirlos. Como decíamos, ellos ofrecen al almacenero plata (amone-
dada, barra o en pasta), cacao de Guayaquil, azogue de Huancavelica,
vino y aceite. El despacho hacia el Perú de los géneros de Castilla, de
Europa y de China será rígidamente monitoreado por los comerciantes

33
China en la América colonial

y las autoridades novohispanas. Cuando la misma vía de reexportación


de esos artículos desde México hacia Perú sea tan intensa y desme-
dida generando un nuevo (y opuesto) escenario mercantil signado por
la escasez y el encarecimiento de los artículos por el espacio novohis-
pano, los almaceneros sacarán provecho con mejores y más rentables
ventas en su espacio y al mismo tiempo denunciarán, ya de manera
institucional, sobre la presencia ilegal de los peruanos en el virreinato.
Así, el perulero deberá esperar una futura abundancia de mercaderías
en México para volver a operar. En resumidas cuentas, el comercian-
te mexicano continuará poniendo en marcha el complejo comercial a
escala imperial siempre y cuando controle (y equilibre) la relación de
oferta-demanda de mercancías o ese juego de saturación-carestía que
condiciona la variable precios.
Hasta aquí hemos trazado un breve esquema del modelo desde el
nivel de las importaciones y el consumo. Nos estamos aproximando a
sólo una cara de la moneda. Para percibir en su integridad el funcio-
namiento del tejido hispanoamericano también debemos atender su
perfil exportador; esto es, los caminos de salida de la plata peruana y
mexicana hacia el exterior. El caso lo trataremos con mayor puntua-
lidad en las siguientes páginas, cuando se aborden cada una de las
coyunturas, pero anunciemos en estas líneas que luego de llegar al
virreinato novohispano por las aguas de la Mar del Sur, el metálico
del Perú ya sea en moneda, en pasta o en barra escala en las costas
occidentales novohispanas para saldar el pago de las mercaderías ex-
tranjeras. Así, la plata peruana pasa a manos del comerciante novo-
hispano y luego de internarse en ese suelo, inicia, junto con la plata
mexicana, dos posibles travesías: a) se reexpide hacia España por vía
de la flota de Veracruz, o b) se embarca en el galeón de Manila para
su viaje hacia Filipinas/China. Ya podemos suponer que el camino
oficial de la plata peruana por el eje geohistórico El Callao-Portobelo-
España que estará vigente hasta 1740 sufrirá consecuencias nefastas
con el escape del metálico andino por la Mar del Sur y el ingreso de
bienes europeos procedentes de México para responder al consumo de los
mercados del Perú.
El flujo de metálico peruano por el Pacífico y luego reexpedido hacia
España por Veracruz y hacia China por Acapulco resulta ser más in-
tenso en la primera coyuntura (1580-1620) que en los dos períodos pos-
teriores en que funciona el modelo. Ello se debe al notable crecimiento
de la producción de plata potosina y a la necesidad novohispana, escasa
en plata en esos tempranos tiempos de la colonia, de mercantilizar sus

34
Periferia centralizada

mercados. En el período siguiente (1680-1740) el panorama resulta di-


ferente. En un contexto de estancamiento de la producción minera del
Perú y cuando comience a repuntar en las primeras décadas del siglo
xviii la producción de plata mexicana, la exportación hacia la Nueva
España del excedente de cacao de Guayaquil y de azogue de Huan-
cavelica se convertirán en medios de cambio fundamentales para que
los peruanos logren adquirir los géneros extranjeros existentes en el
espacio novohispano. Esto no quiere decir que la plata peruana no siga
exportándose hacia las costas del Pacífico mexicano. Pero sí se hará
presente una canasta exportadora más diversificada desde el Perú. Por
lo tanto, el modelo que presentamos no siempre requiere plata; puede
haber intercambios de productos sin la necesidad de un proceso de mo-
netización previo en los espacios hispanoamericanos.
Considerando todas las referencias enunciadas, es momento de ana-
lizar los procesos específicos y los actores particulares que dan vida al
modelo mercantil en cada una de aquellas tres coyunturas históricas.

1580-1640: México y el auge de la plata potosina

La línea comercial regular entre México y Filipinas conocida como el


Galeón de Manila inicia su actividad formal a partir de 1573. La seduc-
ción por contar con una amplia puerta hacia los bienes de China y del
Oriente motiva a que, pocos años después, el 14 de abril de 1579, la Coro-
na española autorice el tráfico directo y libre entre el archipiélago orien-
tal y México, Guatemala, Tierra Firme y el Perú. Un mundo mercantil
con una notable riqueza de productos y metales comienza a encandilar
a los hombres de negocios de las Indias Occidentales. De inmediato, em-
piezan a sentirse los coletazos que el flamante triángulo comercial entre
Filipinas, México y Perú provoca sobre la “joven” arquitectura marítima
española del Atlántico. La Corona española y los comerciantes sevillanos
notan que la plena libertad mercantil por el área del Pacífico produce, al
menos, dos problemas fundamentales: que los desvíos de plata potosina
por el Pacífico ponen en peligro el foco oficial de intercambio por Portobe-
lo y que los artículos chinos van desplazando de los mercados americanos
a los europeos.
Reconociendo estos daños incipientes pero concretos, la política
comercial toma vertiginosamente un curso opuesto y restrictivo. En
1582, apenas cinco años después de esa sorprendente pero no menos
“anacrónica” medida de libre comercio decretada entre China y toda la

35
China en la América colonial

América española, Felipe ii dicta una real cédula en la que prohíbe no


sólo la navegación directa entre las Filipinas y el Perú, sino también la
reexportación hacia el espacio sudamericano de los artículos chinos que
llegan a Acapulco con la nao de China.8 Ante la falta de cumplimiento,
la medida vuelve a reiterarse en 1591, 1593 y 1604.9 En la disposición
de esta última fecha se pone como plazo dos años para el consumo de los
artículos chinos que siguen circulando y consumiéndose en el espacio
del Perú.10 En esos casi veinticinco años que van desde la autorización
para un libre tráfico entre América y China (1579) hasta la prohibición
definitiva para que el Perú se mantenga marginado de cualquier con-
tacto con el Extremo Oriente (1604), la elite mercantil limeña se dedica
a invertir de manera sistemática el abundante capital de metálico que
le ofrecen sus minas para la compra de bienes chinos. El extraordina-
rio auge que vive por estos tiempos la producción de plata en Potosí,
la moneda de cambio más estimada en el mundo asiático, convierte a
los peruanos en los principales impulsores para motorizar el comercio
intercontinental por el Pacífico, ya sea escalando en Acapulco o nave-
gando directamente hacia Cantón y Filipinas.
La movilidad peruana adquiere múltiples vías y se proyecta por
todos los rincones del imperio. Ante un escenario de escasez de mer-
cancías extranjeras para sus plazas de consumo y la suba vertiginosa
de la producción de plata en el complejo potosino por la introducción
del método de amalgama por mercurio, los peruleros, ricos en dinero,
se deciden por salir de su espacio y generar o al menos ser protagonis-
tas de múltiples vías mercantiles –tanto ilegales como legales– que se
hilvanan por el Atlántico y el Pacífico. Como lo ha demostrado García
Fuentes, desde 1580 hasta 1630 los peruanos, cargados de plata, se
embarcan en el galeón de Tierra Firme rumbo a España para adquirir
sin mediadores los productos manufacturados europeos que se encuen-
tran en el mercado hispalense. Saltean así la intermediación de los
cargadores sevillanos y ponen en duda el control absoluto que, hasta
entonces, los sevillanos gozan sobre la ruta que va hacia la plaza de
Portobelo.11 Por otro lado, como de manera excelente lo demuestran los

8. Álvarez, “E la nave va”, 2013, pp. 25-84; agi, Filipinas, 6, s/n fs.
9. agn, Reales Cédulas Duplicados, vol. 180, legajo 3, Nº 55 y Nº 17, fs. 6-6v.
10. agi, Filipinas, 1, Nº 66, fs. 4-23.
11. García Fuentes, Los peruleros, 1997.

36
Periferia centralizada

trabajos de Iwasaki Cauti, los mercaderes de Lima también abren por


estas décadas un camino directo hacia China, eludiendo el foco portua-
rio de Acapulco. Es un derrotero que si tomamos en cuenta el caso del
navío Nuestra Señora de la Cinta de 1583 podemos percibir del enorme
movimiento de riqueza en plata y bienes orientales que circulan por la
ruta.12
En su Descripción de 1620, el comerciante portugués Pedro León
de Portocarrero, que llega realizar un enorme registro de las situa-
ción económica del Perú, escribe que por la “calle más principal” de
Lima, la calle de los mercaderes, hay “por lo menos cuarenta tiendas
surtidas de mercaderías de cuantas riquezas tiene el mundo”. Los
puestos son de los grandes mercaderes de la ciudad que “envían su
dinero a emplear a España y a México y hay algunos que tienen trato
con la gran China”.13 En esta intensa movilidad, los peruanos y sus
barcos tejen esa segunda vía de apertura relatada por Portocarrero
y es la que aquí más nos interesa porque resulta una pieza clave del
tejido comercial que estamos presentando: la navegación hacia Aca-
pulco.
Reconocidos trabajos brindan pruebas de cómo los mercaderes y
consignatarios de Lima adquieren en Acapulco los artículos orienta-
les traídos por el galeón de Manila.14 Esto es evidente, y aquí vamos a
ofrecer datos adicionales que confirman el fenómeno. Pero concebir este
particular flujo sólo como una suerte de brazo extendido del comercio de
la China sería de una lectura parcial e incompleta. Si nuestra meta es
armar el rompecabezas del modelo comercial “alternativo” al oficial, es
necesario partir de la premisa de que las navegaciones peruanas hacia
México por la Mar del Sur tienen un doble propósito: adquirir los bienes
chinos que son baratos y para “gente pobre”, pero también alcanzar
gran parte de los productos castellanos y europeos reservados para un
mercado más distinguido. Pasemos a desarrollar el problema conside-
rando, en primer lugar, qué tipo de género chino se envía al Perú en

12. Iwasaki Cauti, Extremo Oriente, 1992.


13. “Descripción general del reino del Perú, en particular de Lima”, bnf, Manuscritos,
Espagnol 280, Nº 5057, fs. 80-81.
14. La lista es extensa. Entre los más reconocidos: Schurz, “Mexico, Peru”, 1918, pp. 389-
402. Borah, Comercio y navegación, 1975. Ramos, Minería y comercio, 1970. Jara, “Las
conexiones”, 2000, pp. 35-69. Suárez, Comercio y fraude, 1995. Valle Pavón, “Los merca-
deres”, 2005, pp. 213-240. Flores, “El secreto”, 1995, pp. 377-409.

37
China en la América colonial

esta primera coyuntura para luego entrever cómo los peruleros se inter-
nan y compran los artículos europeos en México.
No cabe duda de que uno de los grupos que mayor indiferencia sufre
en este giro mercantil son los oficiales reales de Panamá. Guardianes
del comercio oficial por Portobelo, estos funcionarios no ahorrarán nin-
gún detalle para denunciar el fenómeno mercantil que transcurre por
las aguas de la Mar del Sur. En 1591, informan:

Las mercaderías de China que vienen a estos reinos y al Perú


entendemos que causan mucho daño a los reales derechos porque
como de allí se traen especial cosas de seda a muy baratos precios
sin llevar otra cosa hacen perder la reputación a las mercaderías
de flota y vienen a valer menos […] bien es verdad que se visten
y remedian con ellos gente pobre porque es más barato con lo de
Castilla pero no tan buena ni con mucho.15

Casi veinte años después, en 1610, el propio virrey novohispano, el


“joven” Luis de Velasco, envía una carta al Consejo de Indias en la que
resalta similares características de la ropa china que incursiona a Mé-
xico y al Perú, y el fuerte efecto de arrastre que genera sobre el mercado
laboral novohispano:

La ropa que viene de la china, los lienzos, son convenientes


para la gente de servicio y pobre de ambos reinos por ser baratos
y de tanto provecho como los que de ahí se traen que cuestan tres
doblado. También viene cantidad de seda en mazo que aquí se
beneficia en que se ocupa y gana la comida gran suma de gente
de españoles, indios, mujeres y muchachos pobres que faltándole
este subsidio han de morir de hambre.16

Podríamos decir que la alta rentabilidad del comercio asiático recae en


el factor precio y en la posibilidad de abastecer un mercado amplio y “po-
pular” en el Perú. Valdría rescatar aquí una cita que nos brinda Woodrow
Borah. En 1594, el virrey del Perú, Hurtado de Mendoza, no se asombra
de la avalancha de tejidos chinos que llegan desde México y lo explica to-
mando como referencia en los costos diarios del vestir de la gente:

15. agi, Panamá, 33, Nº 146, f. 3.


16. agi, México, 27, Nº 66, f. 7.

38
Periferia centralizada

Un hombre puede vestir a su mujer con sedas chinas por dos-


cientos reales [25 pesos] mientras que no podría proporcionarle
vestidos con seda española por doscientos pesos.17

Desde la prohibición de 1604, los comisos de los artículos de China


en el Perú son un acto recurrente, multando a sus promotores y rema-
tando la mercadería para su distribución por el espacio, a pesar de que
la ley estipula su envío a la Casa de Contratación.18 La baja calidad de
los productos, su precio barato y su consumo entre los “pobres” es lo que
le permite percibir en 1610 al presidente de la audiencia de Panamá,
Francisco Valverde de Mercado, su distribución por cada puerto y rin-
cón del espacio peruano:

La ciudad de Lima como las demás partes están llenas de


mercaderías de China en tiendas públicas con harta publicidad
y unas naos que fueron pasando por el mes de febrero pasado
las fueron dejando por todos los valles de donde se distribuye al
distrito y ciudad de Quito, a la gobernación de Popayán, Yagual-
songo, Piura, Saña y Trujillo.19

Hasta aquí Valverde de Mercado notifica la “avalancha” hacia los


mercados del Perú de objetos chinos; lo que todos ya saben. Pero las
líneas siguientes dirigidas al Consejo de Indias dan cuenta de un dato
revelador:

Es verdad asentada y que no tiene razón de dudar ninguna


que los que van a emplear a México no podían sanear sus cau-
dales si no trajesen la mitad de su empleo en cosas de China con
lo cual viene a crecer de manera que ganan aventajadamente de
los que vienen a emplear en las flotas de las mercaderías de Es-
paña.20

No puede ser más clara la premisa de Valverde. Lo que sale de Aca-


pulco hacia el Perú no son sólo bienes chinos sino también artículos

17. Borah, Comercio y navegación, 1975, p. 122. Véase también agi, Lima, 33, f. 43.
18. agi, Panamá, 16, R. 8, Nº 91, fs. 9-11.
19. agi, Panamá, 16, R. 2, Nº 23, f. 11.
20. agi, Panamá, 16, R. 2, Nº 23, f. 14.

39
China en la América colonial

europeos llegados a México por Veracruz. Los cargamentos de los na-


víos que van hacia el Perú se dividen en partes prácticamente exactas
de géneros de China y de efectos de Castilla (o europeos). Más aún, si
interpretamos en profundidad el postulado de Valverde podemos su-
poner que el principal objetivo del intercambio perulero son los bienes
castellanos/europeos que se encuentran en México y que el empleo de
los géneros chinos sería para saldar los costos de comercialización. Así,
el tráfico desde México hacia el Perú por la Mar del Sur genera réditos
para quienes invierten en la compra de mercaderías europeas importa-
das por la flota de Veracruz. Tres años antes de esta importante carta,
en 1607, Francisco Valverde le recomienda al Consejo de Indias que
para cortar de tajo la contratación de Nueva España con el Perú:

México debe contentarse con las que puede gastar porque la


contratación reducida a una honesta limitación dará lugar a que
los vasallos que viven en Lima vuelvan a encaminar sus contrata-
ciones con seguras ganancias por el camino ordinario.21

Cuando Valverde se refiere a una “honesta limitación” en la contra-


tación de México está pensando en cumplir los límites de permiso de co-
mercio impuestos por la legislación sobre los dos flujos interoceánicos:
el transpacífico y el transatlántico. Y aquí nuevamente nos encontra-
mos con la raíz del modelo: la importación en exceso de los bienes chi-
nos, europeos y castellanos a suelo novohispano. Mientras se importe
más de lo que necesita, México se convertirá en punto de redistribución
continental y los peruanos no sólo irán a sus puertos occidentales, sino
que pretenderán internarse en el virreinato en busca de artículos con
precios convenientes.
Retrocedamos un poco en el tiempo. En 1589, el Cabildo de la ciudad
de México le dirige una carta al virrey Manrique de Zuñiga, primer mar-
qués de Villamanrique, donde se le informa la internación de un grupo de
mercaderes limeños para realizar grandes compras de partidas llegadas
en las flotas españolas. El hecho es un suceso que se viene repitiendo
desde años atrás, desde los tiempos en que el comercio estaba autorizado
(1579). Pero la denuncia de 1589 se torna oficial en México porque la
aparición de los peruanos en el territorio novohispano está provocando
un alza en la demanda de los artículos europeos antes que los propios

21. agi, Panamá, 15, R.8, Nº 87, f.1.

40
Periferia centralizada

almaceneros logren fijar los precios a su conveniencia.22 A pesar de la pro-


hibición impuesta desde 1582, los barcos del Perú continúan arribando
al puerto de Acapulco y a otros puertos menores del occidente novohis-
pano con la consecuente internación de los consignatarios y mercaderes
sudamericanos. Según una cita recuperada por Valle de Pavón, el virrey
del Perú, García Hurtado de Mendoza, informa que entre 1593 y los pri-
meros tres meses de 1594 “una docena de barcos habían zarpado rumbo
a México, dejando esta colonia limpia de plata”.23
Pero no debemos interpretar estos procesos como actos ilícitos que
provocan la protesta de todos los protagonistas. Las autoridades y los
comerciantes de México aceptan la presencia perulera siempre y cuan-
do haya sobra de bienes en el virreinato. No es raro que estos prota-
gonistas estuvieron casi siempre. Así, en 1606, el Consulado obtiene
el respaldo del Cabildo para pedir que se revocara de la normatividad
expedida en 1604 la prohibición de comerciar la plata andina. La cor-
poración mercantil sostiene que el metal blanco es el único producto
del que disponen los peruanos para pagar las mercaderías europeas
importadas, obteniendo España el beneficio de que la plata andina se
cargue en las flotas rumbo a Castilla.24 El Consulado le demuestra al
Consejo de Indias que si bien la plata andina transita por caminos que
no están permitidos, al fin de cuentas llega con las flotas mexicanas que
salen desde Veracruz. Ya nos ocuparemos del flujo metalífero. Por aho-
ra, retengamos la solicitud de la corporación sobre el ingreso de plata
peruana ya que existe mucha ropa de China que no tiene mercado en
México mientras en el virreinato andino se necesita de ella.
Uno de los pocos testimonios institucionales donde se explicita la pro-
blemática es en la Real cédula del 9 de marzo de 1607. En ella la Corona
española confirma que el proceso de cierre para los contactos mercantiles
entre ambos virreinatos de tres años atrás obedece a esa particular dua-
lidad del flujo, a impedir que el Perú construya una relación de depen-
dencia mercantil con México:

Por cuanto he sido informado que de las provincias de Nueva


España se navegan y llevan a las del Perú muchas mercaderías
de las que van a Nueva España en las flotas y a vueltas de las

22. Navarro García, “El comercio interamericano”, 1965, p. 19.


23. Valle Pavón, “Los mercaderes”, 2005, p. 227.
24. Hoberman, Mexico’s merchant, 1991, pp. 216-219.

41
China en la América colonial

otras de las de China con que se hinche la tierra de aquellos géne-


ros y no tienen salida las que se llevan en las flotas de la provincia
de Tierra Firme y con que se dificulta el despacho de las dichas
flotas.25

La legislación demuestra un pleno conocimiento de lo que sucede


en la realidad pero realmente es poco eficaz o no tiene la capacidad
para amedrentar a los responsables que ponen en movimiento los cir-
cuitos del tejido que aquí estudiamos. Más adelante veremos que mu-
chos de los que ponen en marcha el tejido son ricos mercaderes que
integran los consulados de comercio y que ostentan gran poder en el
imperio. Lo que ahora vale saber es que México se “hincha de géneros”
y logra reexpedirlos al Perú, cuestionando el esquema bipolar de la
Carrera de Indias española que intenta sostenerse en las escuadras
de Veracruz y en los galeones de Tierra Firme. Chaunu nos brinda
una cita de enorme importancia sobre este punto. En 1609, dos años
después de aquella Real cédula, cuando el mercado mexicano se en-
cuentra nuevamente saturado de mercancías extranjeras, los comer-
ciantes sevillanos que han invertido en las flotas destinadas a México
a cargo del general Gutiérrez Garibay se lamentan de que “estando
cerrada la puerta de Acapulco por el Perú por donde había mucho
consumo las ventas serían muy inferiores a lo común”.26
En el mismo año una similar interpretación la ofrece el virrey de
México, Velasco, para quien “con ser ya partida de flota está todo tan
quieto por no haber venido este año la del Perú ni los mercaderes de
allí”.27 La breve cita recuperada por Chaunu y el parecer del virrey son
notablemente útiles para comprender algunas piezas del tejido comer-
cial que nos ocupa porque dan cuenta del conocimiento que tienen los
cargadores sevillanos sobre el flujo reexportador al Perú vía México.
Más aún, nos brinda señales de una mayor apuesta a la inversión en las
flotas por los cargadores sevillanos y un menosprecio o desinterés a los
galeones de Portobelo. Efecto que la centralidad mexicana causa sobre
el mundo comercial transatlántico. Está el interrogante si los cargado-
res sevillanos se lamentan por no poder realizar el trato directo con los
peruleros, si es que éstos logran internarse en suelo novohispano, o por

25. agn, Reales Cédulas Duplicado, vol. 80, Nº 88, s/n fs.
26. Chaunu, Seville et Atlantique, 1955-1959, t. v, pp. 291-292.
27. agi, México, 27, N. 66, f. 6.

42
Periferia centralizada

el simple hecho de verse reducidas las operaciones con los almaceneros


mexicanos que son, sin duda, los que deciden cuándo hacer circular las
mercaderías por el interior del virreinato y en qué momento, si es que
sobran, reexpedirlas hacia el Perú.
Ahora bien, todo hace suponer que el flujo de mercaderías extranje-
ras desde México al Perú continúa hasta 1634; año en que una nueva
Real cédula suspende cualquier tipo de contacto mercantil entre ambos
espacios. Habíamos afirmado que la disposición de 1604 prohíbe el en-
vío de artículos chinos y europeos de Acapulco al Perú, pero permite
que tres naves hagan el viaje cada año para comercializar sólo produc-
tos de fabricación local. En 1609, el permiso se reduce a dos navíos de
200 toneladas cada uno, con la posibilidad de enviar a Acapulco 200.000
ducados en plata (unos 300.000 pesos). Once años después, en 1620, por
las presiones de los mercaderes sevillanos, el permiso es un hilo fino: un
solo navío de 200 toneladas que debe navegar de Acapulco a El Callao
sin escalas ni arribadas intermedias. La ley ordena idéntica navega-
ción de sur a norte y con sólo 200.000 ducados en forma de pago.28 Los
reducidos márgenes de flexibilidad que contiene la cascada legislativa
en treinta años (1604-1634) permiten, no obstante, el envío de manera
oculta de los artículos castellanos, europeos y chinos, o bien etiquetar-
los como de producción originaria ante cualquier mínima reelaboración
a los que son sometidos.29
A pesar de lo difícil que es hacer microhistoria en procesos ilega-
les ocultos y de estructura como el que aquí intentamos, contamos
con un caso singular que vale la pena presentar. Se trata del navío
peruano Santiago que entre 1617 y 1618 realiza la navegación de
ida y de retorno entre El Callao y Acapulco. El caso alcanza reco-
nocimiento oficial por la importante cantidad de plata peruana que
ingresa a México. Ya nos ocuparemos de la ruta de plata peruana
hacia México por la Mar del Sur. Rescatemos ahora los agentes eco-
nómicos, el cargamento y los valores de las “grandes porciones de
géneros de Castilla y de China” que salen de Acapulco hacia Lima el
10 de diciembre de 1618:

28. agn, Reales Cédulas, vol. 1, expediente 120, fs. 225-226. Escalona, Gazophilacium,
1775, pp. 178-179.
29. Grau y Monfalcón, Justificación, 1640, pp. 75-85.

43
China en la América colonial

Navío Santiago (10 de diciembre de 1618)


Maestre Jerónimo López Bacalar. De Acapulco a El Callao

Remitente Destinatario Mercaderías.


Valor
Registro de Juan Leal Palomino: 7 partidas:
71 cajas,
57 fardos y
un cajoncillo
72.200 pesos
Clemente Valdéz Juan de Urrutia, Nicolás de Cabala, 27 cajas
(vecino de México) Antonio del Campo, Antonio de Paz
(vecinos de Lima)
Juan Leal Palomino, Francisco del 4 fardos
Padrón, Juan Gallardo (vecinos y 6 cajas
de Lima)
Juan de Urrutia, Nicolás de Cabala, 34 cajas
Antonio del Campo, Antonio de Paz
(vecinos de Lima)
Juan Leal Palomino Francisco del Padrón, Francisco Núñez 53 fardos
Capitán Juan de Sotello (vecinos de Lima)
Pedro de Vega Sarmiento Doña Catalina Sarmiento Un cajoncillo
Juan Leal Palomino Jerónimo Gómez Baca, Juan de Sotello 2 cajas
Jerónimo Calar Francisco Flores
(vecino de México) (vecino de Lima) 2 cajas

Registro de Fernando Bravo Laguna 7 partidas:


94 cajas,
3 cajones y
3 fardos
66.430 pesos
Pedro de Labarrera Fernando Bravo Laguna, Antonio de 28 cajas
(vecino de México) Orena y Nicolás Francisco (vecinos
de Lima)
Blas Gerónimo Fernando Bravo Laguna, Juan de 10 cajas
(vecino de México) Lafuente, Luis de Labarrera
(vecinos de Lima)
García Pérez de Salas Fernando Bravo Laguna, Antonio de 15 cajas
(capitán y vecino de México) Orena y Nicolás Francisco (vecinos de
Lima)

44
Periferia centralizada

López de Soria Fernando Bravo Laguna y Antonio de 10 cajas


(vecino de México) Orena (vecinos de Lima)
De la Fuente Almonte y Luis de Cabrera 28 cajas
(vecinos de Lima) y 3 fardos
Fernando Bravo Laguna De la Fuente Almonte y Luis de Cabrera 3 cajas
(vecinos de Lima)
Juan de La Fuente Almonte y Luis de Cabrera
(vecinos de Lima) 3 cajas y
3 cajones

Registro de Juan Caro 1 partida


1.715 pesos
Juan Caro Fernando Bravo Laguna 3 cajas
(vecino de Lima)

Registro de Gaspar de Lituana (vecino de Acapulco) 2 partidas


7 cajas
7.843 pesos
Francisco de Medina Nicolás de Cabala y Francisco de
(vecino de México) los Olivos
(vecinos de Lima) 2 cajas
Baltazar de los Ríos Nicolás de Cabala, Francisco Ramírez 5 cajas
(vecino de México) de los Olivos y Antonio Correa
(vecinos de Lima)
Domingo de Campos y Nicolás Juan de La Fuente y Almonte 3 cajas,
de Torres (vecinos de Lima) 2 petacas
2.654 pesos
Nicolás Jacome (piloto del navío) Juan Bautista Barraza y Domingo 2.540 pesos
Martín de Linos (Sonsonate)
Juan de Sotello (capitán) Francisco Núñez, Palomino 19.062 pesos
y Juan Rodríguez del Padrón

Registro de Agustín de Fonseca (vecino de Acapulco) 2 partidas.


23 cajas
33.281 pesos
Tomás de Aguirre (vecino de Nicolás de Cabala y Urrutia 20 cajas
México) (vecinos de Lima)
Juan Deyuar (vecino de México) Nicolás de Cabala y Urrutia
(vecinos de Lima) 3 cajas

45
China en la América colonial

Registro de Pedro de Larreguera (vecino de Acapulco) 2 partidas:


44 cajas,
8 fardos
25.353 pesos
Francisco Velázquez Moreno Juan de Urrutia y Francisco Rodríguez 3 cajas,
(vecino de México) Padrón (vecinos de Lima) 3 fardos
García (vecino de México) Francisco Rodríguez de los Olmos 41 cajas
y Francisco Rodríguez Padrón (13 de ropa,
(vecinos de Lima) 28 de cera) y
8 fardos
Santorum de Olea Domingo de Olea (vecino de Lima) 3 fardos,
(vecino de Acapulco) y Antonio 1 cajón
Derrejil (vecino de México) 150 pesos

Fuente: agi, México, 29, N. 21, fs. 24-30.

El valor total del cargamento alcanza una suma crecida: 231.228 pe-
sos. Desafortunadamente, en el documento no se especifica el rubro ni el
tipo de mercancía traficado; sólo se menciona de manera genérica su pro-
cedencia como “efectos de Castilla y China”.30 Lo que sí merece una con-
sideración son los agentes involucrados en el comercio. Si nos tomamos
el trabajo de buscar los antecedentes de estos personajes, veremos que
estamos en presencia de una extraordinaria red mercantil entre recono-
cidos mercaderes novohispanos y peruanos que usan como escudo ins-
titucional sus respectivos consulados de comercio. En la mayoría de los
casos son los primeros los que remiten los bultos de mercaderías desde su
propio espacio y los segundos los que reciben la carga en Lima a través de
sus consignatarios o intermediarios ubicados en el puerto de Acapulco.
Citemos como casos emblemáticos al primer remitente que aparece en
la lista: Clemente de Valdez será en la primera mitad del siglo xvii prior
del consulado de México. También merece destacarse el registro de Fer-
nando Bravo Laguna, quien se convertirá, décadas más tarde, en el con-
tador del Tribunal de Cuentas de Lima.31 Enseguida veremos que Bravo
Laguna es el principal inversor de plata que el navío Santiago lleva a
Acapulco el año anterior. La red comercial se enriquece con la presencia
de autoridades políticas y religiosas de gran renombre, como es el caso de
Pedro de Vega Sarmiento, deán de México y obispo de Guatemala.

30. agi, México, 29, N. 21, fs. 22-23.


31. agi, Escribanía, 511A.

46
Periferia centralizada

Decíamos que el caso sale a la luz por la cantidad de plata peruana


llevada a México en el navío Santiago un año antes.

Navío Santiago (1617)


Maestre Jerónimo López Bacalar. De Lima al puerto de Acapulco
Plata y mercadería remitida al Lic. Pedro de Vergara, de la corte de México

Artículos y valor (en


Remite
pesos)
Barras de plata por
Domingo de García (comendador de Lima)
1.948
Licenciado Pedro de Vergara Gaviria con licencia del Rey Plata por 12 mil
Don Fernando Bravo Laguna Plata por 20 mil
Gregorio de Vergara Plata por 6 mil
Miguel de Senar (criado del licenciado) Plata por 4 mil
Andrés de Navarro (criado del licenciado) Plata por 4 mil
Francisco Gaitán (criado del licenciado) Plata por 4 mil
Juan Caro Plata por 6 mil
Antonio Foz Plata por 2 mil
Pedro de Vergara Gaviria Plata por 6 mil
Capitán Juan de Sotello por cuenta del obispo de Huamanga Plata por 20 mil
Nicolás Jacome (piloto) Plata por 6 mil
Total de plata: 98.948
Gonzalo de Ávila (vecino de Lima) 2 mil botijas de vino
Juan Leal Palomino 160 cargas de cacao
Juan Leal Palomino 500 cargas de cacao
Fuente: agi, México, 29, N. 21, fs. 30-32.

En 1617 el navío Santiago lleva clandestinamente casi 100.000 pesos


en monedas y barras para pagar los bultos de las mercaderías, las cuales
estarían sobrando en México. En 1604, el virrey novohispano marqués
de Montesclaros resume claramente la lógica de intercambio entre plata
potosina y mercancías extranjeras al informarle al Consejo de Indias:

Han llegado al puerto de Acapulco del Perú dos naos con plata
que traen desde el puerto de El Callao para este reino que ha sido
provechoso porque había sobras de mercaderías.32

32. agi, México, 26, Nº 11, fs. 4-5.

47
China en la América colonial

Vemos en el caso del navío Santiago que las botijas de vino y el cacao
de Guayaquil se anexan al metal como medio de cambio que se ofrece
a los mercaderes de México. Si bien el detalle documental le otorga
singularidad al caso del navío Santiago, el hecho del drenaje de plata
peruana hacia México no tiene nada de excepcional. Sin dudas, la clave
del funcionamiento del modelo en esta primera coyuntura está dada por
la plata del Perú; región que se convierte, hasta la primera mitad del
siglo xvii, en la principal productora de plata del mundo.33
Desde 1605 se prohíben los envíos de plata peruana hacia México que
superen esos 200.000 ducados para utilizar en el intercambio de los “efec-
tos de la tierra”.34 Pero los papeles poco freno pueden hacer cuando el
interés comercial es lo que activa la realidad. Es tan intenso e íntegro
el abastecimiento de lo asiático por todos los mercados regionales del Perú
que bajo la sombra de los 200.000 pesos en plata autorizados para enviar
a la Nueva España van “millón y medio según las cartas de todos los mer-
caderes, arruinándose así la contratación y flota de Portobelo”.35
Woodrow Borah sostiene que en los últimos años del siglo xvi la pla-
ta peruana que fluye hacia Acapulco ronda los 3 millones de pesos y
que en 1597 llegan a Acapulco 8 millones de pesos llegan para cargarse
en el galeón de Manila que sale con la notable suma de 12 millones.36
Lo ocurrido en 1597 es excepcional. Los estudios acuerdan que regu-
larmente se exportan desde El Callao hacia Acapulco entre 1,5 a 3 mi-
llones de pesos por año. Estos números se corresponden bastante bien
si consideramos que regularmente salen diez o quince barcos cada año
desde El Callao o Guayaquil hacia México con cargamentos de plata
que, como lo demuestra el caso del navío Santiago, rondan entre los
100.000 y 200.000 pesos.37 Esta situación bastante común podría con-
dimentarse con casos de mayor trascendencia, como el protagonizado
por el virrey del Perú marqués de Montesclaros, acusado en su juicio de

33. Tepaske, “New World”, 1983, pp. 425-445.


34. agnm, Indiferente virreinal, caja 6697, expediente 78, fs. 1-3.
35. agi, Panamá, 16, R. 2, Nº 23, f. 12.
36. Borah, Comercio y navegación, 1975, pp. 227-236.
37. En 1591, los oficiales reales de Panamá dicen que “va un navío para la China a título
de traer cobre para fundir artillería aunque no ha vuelto y principio de este año se des-
pachó en Lima otro que dicen lleva más de doscientos mil pesos en reales”, agi, Panamá,
33, Nº 146, f. 3. También: Valle Pavón, “Los mercaderes”, 2005, pp. 227; Vila Vilar, “Las
ferias”, 1982, pp. 294.

48
Periferia centralizada

residencia por autorizar la salida de El Callao de un navío con más de


un millón de pesos en plata rumbo a Acapulco.38
Habíamos anticipado en páginas previas que una gran porción de
la plata peruana que alcanza Acapulco se reembarca en el galeón de
Manila. El esplendor que por estas décadas registran las minas de Po-
tosí convierte la moneda de plata peruana en la mercancía dominante
en la Carrera Acapulco-Manila. En 1604, el Cabildo de la ciudad de
México denuncia que entre la plata potosina y la novohispana salen
unos 5 millones de pesos anuales;39 cifra que se mantiene para 1610-
1620.40 Es notorio el fraude por el corredor transpacífico cuyo límite de
exportación de numerario se fija desde 1593 en los 500.000 pesos.41 A
pesar de la ausencia de datos cuantificables y de la gran cuota de parcia-
lidad de la documentación, la fuga de plata peruana y mexicana hacia el
Oriente es muy reconocida por los estudios. Pero hay un problema his-
tórico que aún no se ha develado ni explorado y que, quizá, pueda tener
mayor gravitación para la agenda historiográfica. ¿A qué nos estamos
refiriendo? No toda la plata andina importada a México parte hacia
China. Una considerable porción de ella se interna en el virreinato para
reexportarse por el canal transatlántico de las flotas hacia la península
ibérica. Partiendo del problema de que existen escasísimas fuentes al
respecto, el testimonio de 1609 que brinda el virrey novohispano, Luis
de Velasco, resulta revelador.
En defensa de la reapertura al comercio México-Perú clausurado en
1604 y respaldando los intereses del Consulado, el virrey sostiene que
el flujo clandestino de plata peruana hacia Acapulco ronda los 500.000
pesos anuales; cifra que estaría muy lejos de la realidad por otras evi-
dencias que ya hemos mencionado y que busca defender los intereses
novohispanos al “desdramatizar” el drenaje de plata por el Pacífico.
Pero lo más interesante del relato de Velasco son dos aspectos. El pri-
mero se refiere a la internación de la plata peruana en México para su
intercambio; una problemática que ya venimos analizado en páginas
anteriores del trabajo.

38. Hanke, Los virreyes, 1979-1980, t. iii, p. 153.


39. Borah, Comercio y navegación, 1975, pp. 235-236.
40. Hoberman, Mexico’s merchant, 1991, pp. 216-219.
41. Álvarez de Abreu, Extracto, 1977, t. i, pp. 106-187.

49
China en la América colonial

Más estos 500 mil pesos vienen cada año en barras y monedas
con que esta plaza de México se hinche de plata y los emplean los
que los traen en los géneros que esta tierra lleva de cosecha y en
mercaderías de castilla si las hay de sobra como algunas veces
acaece y en ropa de china.42

El segundo aspecto que menciona el “joven” virrey Velasco –y es el


que más atención le otorgamos por su novedad– es el tipo de plata pe-
ruana que parte hacia China y la que se escapa hacia España.

Las barras de plata venden aquí los del Perú parte a los que
labran moneda en esta casa donde pagan sus derechos y parte a
mercaderes de esta ciudad que las envían por granjería a España
para sus empleos, que les es mejor que no enviar Reales […] por lo
que cesa lo que algunos han querido decir que muchas de ellas se
envían a las islas Filipinas que no es así que aquí hay barras de pla-
ta en la tierra que poder enviar si conviniese. Pero mejor se hallan y
se entienden con reales los chinos que no con plata en pasta.43

Interesante descubrimiento. Los barcos del Perú importan hacia


México distintos tipos de plata: en barra, en pasta sin labrar y amone-
dada. Esto lo corrobora muy especialmente el comerciante portugués
León Portocarrero en 1620.44 La barra y la pasta de metálico estarían
quedándose en México para ser labrada por los ensayadores y fundi-
dores de la Casa de la Moneda de dicha ciudad, pagando los derechos
correspondientes. Hay señales importantes donde se explicita el permi-
so para la Casa de la Moneda de la ciudad de México a labrar la plata
bruta procedente de Perú.45 Por su parte, la amonedada o los reales pe-
ruanos se envían hacia China; imperio que acepta muy especialmente
la moneda para que circule por sus mercados internos.

42. agi, México, 27, N.66, f. 5.


43. agi, México, 27, N.66, f. 6.
44. León Portocarrero señala la composición variada de plata transportada ya que “tres o
cuatro navíos de Lima por año” navegan al puerto de Acapulco llevando “muchas barras
de plata, tejos de oro y muchos cajones de reales”; en bnf, Manuscritos, Espagnol 280, Nº
5057, fs. 208-209.
45. “Carta sobre que forme el superintendente unas ordenanzas particulares para esta
Real Casa de Moneda de suerte que puedan servir también para las del Perú”, en agnm,
Real Hacienda, Casa de La Moneda, vol. 143, expediente 25, fs. 180-191.

50
Periferia centralizada

Los caminos de la plata por el modelo comercial

Moneda peruana y mexicana Moneda peruana y mexicana


exportada en la nao de China exportada en flotas

China Nueva España España

La Casa de la Moneda
de la ciudad de México
Salidas de plata labra y funde el metálico Flujo de metálico
peruana amonedada, bruto peruano peruano en crisis
en pasta y en barra

Perú

Fuente: elaboración propia.

Flores Ramiro publica la carga de plata que en el año 1602 el navío


peruano Ave María, al mando del maestre Tomás de Herrera, exporta
hacia México. Según sus cálculos, lleva la notable suma de 564.699 pe-
sos, de los cuales el 85% (482.579 pesos) son plata sin amonedar. Pen-
samos que el caso representa la norma: el predominio de los envíos de
la plata en barra sobre monedas o barretones.46 Claro está que mucha
plata peruana labrada en México recorre el corredor transpacífico. Lo
cierto es que habría dos razones totalmente comprensibles para expli-
car el silencio que muestran los documentos sobre este flujo de plata pe-
ruana hacia España por la vía de las flotas mexicanas. En primer lugar,
gran parte de la masa metálica peruana que llega a México se termina
de labrar o amonedar en la ciudad novohispana por lo que pasaría des-
apercibida en los enormes cargamentos de las flotas que arriban a Se-
villa. En segundo lugar, quizá más gravitante, es que España no tiene
por qué denunciar el cauce ilegal que toma el metálico peruano, puesto
que aun sin canalizarse por los galeones de Portobelo finaliza, mal que
bien, en la península ibérica.

46. Flores, “El secreto”, 2005, p. 403.

51
China en la América colonial

Valdría la pena finalizar el análisis de esta primera coyuntura del


funcionamiento del modelo con breves consideraciones acerca de su
gravitación negativa sobre el galeón de Tierra Firme y las ferias de
Portobelo. Vila Vilar ha demostrado que desde finales del siglo xvi has-
ta las primeras décadas de la centuria siguiente el comercio peruano
es menos dependiente de los galeones españoles. Entre los cauces co-
merciales alternativos que contrarrestan el flujo oficial, la historiadora
no duda en otorga un papel protagónico a la conexión triangular Perú-
México-Filipinas. El desvío de plata hacia China con la correspondiente
importación de tejidos asiáticos a precios muy baratos en comparación
con los de Castilla se habría convertido en las chispas explosivas para
iniciar la ruina en las celebraciones feriales de Portobelo.47 Entre los
numerosos testimonios sobre el problema, citemos las palabras del ca-
bildo de Panamá en 1610:

Dos navíos que salieron de la ciudad de los reyes para la de


Acapulco llevaron más plata que la que tuvo la Real Armada que
vino a este reino de que ha resultado no haber plata para el des-
pacho de la ropa que vino en esta flota y les ha obligado a los
mercaderes que traían haciendas fiadas de Castilla a pagar por la
feria de la ciudad de Portobello hacer las pagas a sus acreedores
en la misma especie y ropa perdiendo los costos y derechos, fletes
y créditos por la poca plata que bajó en la Real Armada […] y se
detuvo toda la feria de la ciudad de Puertobello [sic] y se perderá
toda si no es que V.M. mande se cierre toda la puerta para que no
vaya más plata al puerto de Acapulco.48

Nadie podría cuestionar esta interpretación ya señalada por la his-


toriografía la cual hemos venido reforzando con argumentaciones en el
trabajo. Pero vale algunas aclaraciones que permiten ampliar la pro-
blemática. Aquí sostenemos que es la gran eje geohistórico cuyo tronco
comercial se concentra en El Callao-Acapulco con su doble ramificación
Acapulco-Manila y Acapulco-Veracruz el responsable final de la crisis
de Portobelo. En términos más precisos, no es sólo el ingreso de bienes
chinos desde México lo que genera la indiferencia peruana hacia Por-
tobelo, sino el interés de los mercaderes limeños por adquirir los reza-

47. Vila Vilar, “Las ferias”, 1982, pp. 294-295.


48. agi, Panamá, 30, N. 48, fs. 2-3.

52
Periferia centralizada

gos castellanos almacenados en México. Considerar como responsable


al eje Veracruz-ciudad de México no es un dato menor para quienes
buscan ampliar la perspectiva de análisis sobre procesos imperiales.
La crisis de Portobelo no se debe exclusivamente al comercio asiático,
sino más bien a la centralidad mercantil novohispana como principal
almacén hispanoamericano de productos extranjeros.
Y en este punto vale la pena atender un problema que poca atención
ha merecido. Con sus prácticas y decisiones, los mercaderes españo-
les también son responsables de que el régimen comercial de Tierra
Firme entre en una crisis. Con toda la cuota de parcialidad que pueda
suponer, veamos el parecer que nos da en 1609 el virrey Velasco, un
acérrimo defensor de los intereses novohispanos, sobre la declinación
de Portobelo:

Los mercaderes del Perú envían ahora hombres propios a Se-


villa con sus haciendas a emplearlos que de ordinario llevan toda
la gruesa de aquel reino con que los de Sevilla ya no cargan para
Tierra Firme ni pueden hacer las gruesas ganancias que hacían
en años pasados siendo ellos los señores de cuanto se cargaba para
aquél reino y esto era lo que tenía rica de dinero y llena de gente a
Panamá y como todo esto ha faltado suspiran los unos y los otros por
el tiempo pasado con deseo de volverlo a entablar y es imposible.49

Velasco relata un proceso ampliamente documentado en el texto de


García Fuentes.50 La gran producción de las minas de Potosí da lugar
a que los peruanos, con notable movilidad para violar el monopolio es-
pacial de los mercaderes peninsulares, realicen empleos directos y de
“pura negociación” en el mercado hispalense. Por su parte, los cargado-
res de flotas, al ver disminuir su control en la relación transatlántica
con el Perú, deciden “no cargar para Tierra Firme”. Portobelo se en-
cuentra pobre y arruinado no sólo por los desvíos de capitales peruanos
hacia Acapulco, sino porque los mercaderes sevillanos abandonan el
galeón de Tierra Firme al no ofrecer sus ferias ninguna garantía para
las ventas al ser los peruleros los que toman un rol protagónico en el
propio galeón. Los gachupines concentran sus intereses en las flotas de
la Nueva España que da mayor seguridad para el despacho de bienes y

49. agi, México, 27, N. 66, f. 4.


50. García Fuentes, Los peruleros, 1997.

53
China en la América colonial

la succión de metálico novohispano y también, gracias a la vía de la Mar


del Sur, de la plata peruana. Entonces, parecería que todos los actores
y las corporaciones mercantiles, en diferentes grados y niveles, tienen
responsabilidad en el funcionamiento del modelo semiclandestino im-
perial y en la crisis de los galeones de Portobelo.
No cabe duda que otro de los motivos de peso que explican la preferen-
cia de los peruanos por comerciar por la vía de Acapulco antes que la de
Portobelo está en los menores costos de comercialización y en la ausencia
de “riesgo de mar”; atributos que la ruta Sevilla-Panamá carece por com-
pleto. Nuevamente, es el virrey Velasco el que destaca la cuestión:

Siguen los del Perú esta contratación con México no tanto por-
que sean muy gruesos los intereses que a lo mucho no pasan de
10 a 12 por ciento cuanto porque cada año van y vienen con sus
caudales sin riesgos de mar y de corsarios que les es de mucho
más provecho que el trato de Castilla, que en idas y vueltas cuen-
tas al fiado y cobranzas dilatadas se les pasan cuatro y cinco años
primero que vuelvan a su poder las haciendas y reguladas las
ganancias con dilación del tiempo fletes de mar y tierra averías
riesgos pérdidas y derechos afirman que no les rinde su dinero
un año con otro a siete por ciento, esta es la causa de continuarse
entre estos dos reinos el trato.51

Para los comerciantes de Lima los costos de comercialización por la


vía mexicana son menores y más accesibles que la ruta España-Por-
tobelo. Los trabajos de Suárez y Flores dieron cuenta de que mientras
la canasta de gastos que acarrea el flete, los impuestos y las comisiones
en el circuito México-Perú difícilmente supera el 50% del valor del pro-
ducto, los cargos por la vía monopólica del Atlántico El Callao-Sevilla
se encarecen en 90%.52 A eso habría que sumarle que las ganancias en
una inversión mercantil por la Mar del Sur se obtienen rápidamente.
Panorama opuesto sucede en Portobelo donde, sin garantías de rentabi-
lidad y seguridad contra los corsarios, hay que esperar varios años para
conocer los resultados de las operaciones comerciales emprendidas.
Ahora bien, decíamos en páginas anteriores que el funcionamiento
del modelo comercial se extiende hasta 1640. Existe evidencia documen-

51. agi, México, 27, N.66, fs. 6-7.


52. Flores, “El secreto”, 1995, pp. 393-397, y Suárez, Desafíos transatlánticos, 2000, pp.
239-241.

54
Periferia centralizada

tal que comprueba la actividad del flujo de bienes asiáticos y castellanos


desde Acapulco hacia el Perú hasta 1640, aun incluso con las prohibicio-
nes impuestas con la definitiva Real cédula de 1634. Una de las pruebas
es el testimonio del virrey del Perú, conde de Chinchón. Luego de dejar
el cargo de virrey en 1640, Chinchón le recomienda al Consejo de Indias
abrir las comunicaciones mercantiles entre el virreinato del Perú y la
Nueva España. El cierre del tráfico decretado unos años antes no va a
lograr, según el virrey, cortar el tráfico por la Mar del Sur. Por el contra-
rio, advierte que “en ningún tiempo ha habido tanta ropa de China que
en el de la prohibición”.53 Un caso de 1628 confirma el hecho: el navío
de permiso que comunica El Callao con Acapulco con un tope comercial
autorizado de 200.000 pesos retorna al Perú con 2 millones de pesos en
artículos asiáticos, los cuales se venden sin el menor recato, encubiertos
como si fuera ropa tejida localmente.54 Pero el conde de Chinchón sostie-
ne la opinión que la importación de los bienes orientales al Perú no gene-
ra ningún perjuicio a las “grandes flotas de Portobelo que últimamente se
han visto”, pues “lo de la China entra y lo de España se vende”, entonces
habría que “autorizar nuevamente el flujo con México, cobrando un con-
siderable arancel en beneficio de la hacienda real”.55
Chinchón destaca que los bienes asiáticos traídos desde México no
ocasionan un freno a la venta de los productos peninsulares que se
hacen en la feria de Portobelo. La visión del virrey nos sugiere nue-
vamente un escenario de complementariedad entre los bienes traídos
del Oriente y los europeos/españoles; complementariedad que se funda-
menta por la división del universo social consumidor al cual responden
cada uno de los conductos: los asiáticos para un mercado consumidor
masivo, mientras que los europeos para el círculo de elite. Lo que el
virrey Chinchón no menciona –sea por una posición en defensa de los
intereses comerciales del consulado de Lima– es lo que sería el nervio
principal del modelo: que el circuito entre el Perú y México por el Pací-
fico comprende (además de los bienes chinos) el movimiento de géneros
europeos; mercancía que circula en cantidades prácticamente equipa-
rables a aquéllas. Y es este preciso componente del circuito el que trae
serias complicaciones para el desarrollo de la feria de Portobelo.

53. Muzquiz de Miguel, El conde, 1945, p. 307.


54. Lohman Villena, Historia marítima, 1973, t. iv, p. 320.
55. Muzquiz de Miguel, El conde, 1945, p. 309.

55
China en la América colonial

1680-1740: México y el colapso de las ferias de Portobelo

No encontramos para el período 1640-1680 pruebas que nos indiquen


el funcionamiento del modelo comercial semiclandestino. Por el con-
trario, lo que sí se podría comprobar es el desarrollo de fenómenos que
contrarrestan el desenvolvimiento del tejido imperial que aquí estamos
atendiendo. En primer lugar, vemos por esas décadas estancado, como
en cierto adormecimiento, el tráfico comercial del galeón de Manila. La
nao de China no llega a intercambiar esos volúmenes de plata y bienes
chinos como lo hacía en aquella primera coyuntura histórica en la cual
el modelo funciona en su plenitud (1580-1640). No resulta casual, en-
tonces, que si el tráfico del galeón aminora notemos paralelamente una
disminución del flujo de bienes extranjeros desde México hacia el Perú
por la Mar del Sur, con el correspondiente descenso en el reflujo de plata
peruana hacia Acapulco. En este sentido, tampoco hemos encontrado en
los archivos expedientes de comisos, ni denuncias, que podrían caer sobre
embarcaciones al intentar incursionar bienes extranjeros a los puertos
del Perú. Quizá, la ausencia de este tipo de documentación es, a la vez, la
confirmación de un fenómeno: la notoria disminución del movimiento de
bienes extranjeros desde México hacia el Perú.
Pero la prueba más contundente de que el modelo “alternativo” se
encuentra adormecido en este período es cuando observamos el clima
de estabilidad del régimen transatlántico bipolar. Vale aquí rescatar
algunos datos que nos ofrece García Fuentes.

Viajes de ida hacia Nueva España y Tierra Firme

1650-1659 1660-1669 1670-1679 1680-1689 1690-1699


Nueva España 76 55,8% 74 49,3% 79 56,8% 93 60,3% 91 61,9%
Tierra Firme 60 44,2% 76 50,7% 60 43,2% 61 39,7% 56 38,1%

Viajes de vuelta desde Nueva España y Tierra Firme

1650-1659 1660-1669 1670-1679 1680-1689 1690-1699


Nueva España 57 48,7% 21 51,2% 73 46,2% 59 60,8% 48 64,8%
Tierra Firme 60 51,3% 20 48,8% 85 53,8% 38 39,2% 26 35,2%
Fuente: García Fuentes, El comercio, 1980, pp. 215-217.

56
Periferia centralizada

Considerando los viajes de ida y vuelta de las escuadras españolas


notamos que entre 1650 y 1680 no hay una primacía o un interés mayor
por parte de los cargadores peninsulares en canalizar todo el tráfico
ultramarino a través de la flota de Veracruz. El número de barcos que
fluyen hacia México y Tierra Firme se encuentra prácticamente equili-
brado, lo que nos permite sugerir un cumplimiento al sistema bipolar
transatlántico de todas las corporaciones mercantiles de la monarquía.
El escenario cambiará conforme transcurran las siguientes décadas,
particularmente desde 1680, cuando las navegaciones de las flotas de la
Nueva España se tornarán más frecuentes y los galeones de Portobelo
más espaciados, menos concurrentes.
Ahora bien, sería arriesgado hablar de crisis comercial en el Perú
porque los galeones no llegan. Existen signos económicos que muestran
no sólo al Perú sino a Hispanoamérica en su conjunto viviendo un pro-
ceso complejo de crecimiento a partir del último cuarto del siglo xvii. Sin
duda, el virreinato de la Nueva España es la expresión más fiel de la
situación. El aumento de la producción y la acuñación de plata, el creci-
miento de la producción agrícola y del comercio interamericano son sólo
algunas de las señales de la diversificación económica y de su progreso
sostenido.56 El caso peruano resulta más complejo. Lo podemos compro-
bar al revisar las cuentas de los ingresos públicos en el transcurso del
siglo que nos brinda el historiador Kenneth:

Ingresos públicos del virreinato del Perú (1631-1690)

Década Ingresos Ingresos retenidos % enviado a % retenido


totales en Perú Castilla en Perú
1631-1640 32.894.130 18.055.639 45 55
1641-1650 33.720.680 19.452.359 42 58
1651-1660 35.887.968 24.126.862 33 67
1661-1670 20.325.261 17.298.253 15 85
1671-1680 26.060.453 21.890.780 16 84
1681-1690 24.078.352 22.806.459 5 95

Fuente: Kenneth, Crisis and Decline, 1985, p. 34.

56. Romano, Coyunturas, 1993, pp. 125-138.

57
China en la América colonial

El cuadro expresa que desde la segunda mitad del siglo xvii las re-
mesas públicas peruanas enviadas hacia España disminuyen de forma
significativa. Si para la cuarta década del siglo el flujo de metálico pe-
ruano despachado hacia España ronda el 40% de los ingresos totales,
en la década de los 80 llegará a ser tan sólo del 5%. Es cierto que la
drástica disminución de los envíos de metálico nos expresa dos situacio-
nes íntimamente relacionadas: disminución de la producción de plata
de Potosí y una menor actividad en las ya poco celebradas ferias de Por-
tobelo, centro neurálgico de los intercambios. Pero esas dos variables no
pueden tomarse como indicadores determinantes para pensar en una
crisis general de la economía peruana.
La disminución de los ingresos públicos explicaría sólo en parte la
caída de las remesas enviadas a España. Si bien los ingresos públicos
del virreinato de la segunda mitad del siglo son inferiores a los de la
primera mitad, las cantidades retenidas en el Perú aumentan signifi-
cativamente. Una explicación al fenómeno sería que parte del metálico
es retenido por la elite local para responder a la creciente complejidad
que vive la estructura social, política y económica del virreinato. Hay que
financiar tareas de administración, de defensa, como también el de-
sarrollo del comercio local, interamericano y mundial. Es evidente la
resistencia peruana del envío de su plata hacia España; expresión no
menor de que en el último cuarto del siglo xvii se inicia un “distancia-
miento” del espacio peruano respecto a la península ibérica y una más
intensa conexión con México.
La retención de metálico en el Perú refleja, a la vez, el agitado estado
en el que se encuentra su comercio exterior. En términos mercantiles se-
ría arriesgado referirse a la crisis del comercio oficial por Portobelo como
decadencia generalizada del comercio peruano. A excepción del comercio
formal, Perú no estaría viviendo una crisis mercantil. Si el tráfico ofi-
cial languidece es porque, en buena medida, aumenta el contrabando y
se intensifican las relaciones comerciales interamericanas. A partir del
último cuarto del siglo xvii el régimen monopólico de comercio resulta
incapaz (o insuficiente) para responder a un notable crecimiento del con-
sumo por los mercados hispanoamericanos. Claro está que el “apetito”
por consumir alienta el contrabando extranjero. Pero también propicia
la creación de nuevos cauces comerciales a escala intercontinental e
intercolonial, y el desarrollo del fraude por los flujos ultramarinos ofi-
ciales. La propia elite mercantil del Perú, con un excedente mercantil
considerable a su disposición y con el control de los asientos de comer-
cio, tiene la oportunidad de responder a ese crecimiento del consumo

58
Periferia centralizada

promocionando sus vínculos con otras regiones hispanoamericanas,


particularmente con la Nueva España, esquivando las prohibiciones le-
gislativas españolas.57 Por lo tanto, el alto índice de retención de nume-
rario que se observa para las décadas finales resulta ser una condición
necesaria para el desarrollo de vías informales de importación de bienes.
El modelo de crecimiento económico del espacio peruano signado desde
fines del siglo xvi por el alto grado de autosuficiencia, integración y mo-
nopolio comercial llega a su techo.58 Ahora estamos presenciando su des-
integración regional con la correspondiente apertura hacia el exterior.
Desde entonces, el régimen de comercio oficial más que una realidad se
convierte en un principio monopólico abstracto.
Dicho esto, no debería resultar casual que en el último cuarto del
siglo xvii reaparezcan las variables y los procesos históricos que con-
figuran la estructura semiclandestina de comercio hispanoamericano
que aquí estamos estudiando.59 A partir de 1680 hay claros indicios de
un aumento del comercio transpacífico y transatlántico hacia y desde
México. Se reaviva el circuito del movimiento de bienes chinos y eu-
ropeos desde México hacia el Perú por la Mar del Sur y el drenaje de
metálico peruano en dirección inversa. Al mismo tiempo, toman nuevo
impulso mercantil las escuadras que llegan al puerto de Veracruz. La
reactivación de estos circuitos llevará a la declinación, hasta el defini-
tivo colapso en 1740, del eje geohistórico España-Portobelo. Es en este
contexto en que deberíamos comprender la razón por la cual el merca-
do novohispano reanuda un proceso de sobreabastecimiento de géneros
para sus mercados internos, a partir de su vía transpacífica y transat-
lántica; fenómeno que advierte García Fuentes.60
En 1711, el Consejo de Indias está convencido de que “los cargazones
de China son tan considerables que no las pudiendo consumir la Nueva

57. A partir de 1660, el Consulado de Lima logra tener en sus manos la administración de
la avería del Mar del Norte, la avería de la Mar del Sur, el asiento de los almojarifazgos,
alcabalas, comisos y Unión de Armas. Céspedes del Castillo, La avería, 1945, pp. 154-160.
Suárez, Desafíos, 2001, pp. 309-314.
58. Assadourian, “Integración”, 1994, pp. 141-164.
59. En un artículo de años atrás ya hemos analizado algunas de las características más
sobresalientes del modelo para este preciso período de 1680-1740. En las próximas líneas
intentamos complejizar aún más la problemática con nuevos datos e interpretaciones.
Véase al respecto: Bonialian, “México”, 2011, pp. 7-28.
60. García Fuentes, El comercio, 1980, pp. 65-77.

59
China en la América colonial

España es preciso la saca de transporte al Perú”.61 Ya nos ocuparemos


de la reexpedición de productos hacia Sudamérica por la Mar del Sur;
retengamos, por el momento, la idea de los enormes “cargazones de
China” que entran a Acapulco.

Número de piezas chinas ingresadas por Acapulco (1709-1736)

Año Piezas Año Piezas


1709 4.519 1725 s/d
1710 3.284 1726 s/d
1711 3.287 1727 s/d
1712 3.764 1728 s/d
1713 5.359 1729 s/d
1715 3.802 1730 3.996
1717 4.610 1731 3.996
1718 2.537 1732 3.600
1720 3.240 1733 3.973
1721 2.493 1734 4.000
1722 2.948 1735 s/d
1723 s/datos 1736 4.035
1724 6.135 1737 3.308

Fuente: Para el período 1709-1722: agi, Filipinas, 208, s/n de ex-


pediente; para 1722-1737: Yuste, Emporios, 2007, pp. 384-385.

Valdría otorgarle crédito a la advertencia del Consejo de Indias.


Como lo demuestra la serie anual, los galeones de Manila ingresan
enormes cargamentos de piezas orientales con una puntualidad anual
perfecta. Lamentablemente, no disponemos de datos similares para los
años anteriores a 1709, pero los documentos que enseguida expondre-
mos no dejan dudas de que el esplendor del comercio transpacífico viene
desde décadas atrás. En 1720 aparece una disposición real fijando el
permiso de comercio a cuatro mil piezas para intentar reducir las im-
portaciones asiáticas.62 Es muy curioso notar en la serie que a partir

61. agi, Lima, vol. 480, f. 7.


62. agnm, Reales Cédulas, vol. 41, s/n de fs.

60
Periferia centralizada

de la emisión del reglamento los cargamentos oficiales reconozcan el


máximo permitido, lo que hace suponer una manipulación en la lógica
aduanera para encubrir cargamentos voluminosos.
Los ingresos de mercadería castellana y europea por Veracruz tam-
bién son muy considerables. Recordemos aquí los datos brindados por
García Fuentes y que hemos publicado en páginas antecedentes donde
se revela el aumento sostenido de los viajes y el número de flotas del
comercio con Veracruz. Las flotas novohispanas comienzan a ser más
periódicas y numerosas que en los períodos anteriores. Entre 1680 y
1700 se envían nueve flotas a la Nueva España y tan sólo cuatro galeo-
nes a Portobelo.63 La tendencia del predominio de la flota novohispana
resulta ser aún más intensa en las décadas siguientes. Sin considerar
el contrabando ni los navíos de registro franceses, entre 1700 y 1715
Veracruz recibe convoyes españoles en ocho oportunidades; cinco en ex-
pedición de flotas y tres en azogues. Un total de 58 buques mercantes y
20 naves de guerra fondean en Veracruz con más de 23.700 toneladas
en mercaderías.64 Paralelamente, el virreinato peruano vive un esce-
nario de aislamiento en sus relaciones con España. Desde 1695 hasta
1721 arriba tan sólo a Portobelo una expedición de galeones, la de 1706,
que no puede retornar a Cádiz por ser interceptada por los ingleses.65
La inclinación se explica nuevamente porque está en marcha el mo-
delo con epicentro en México. La vía clandestina para la reexpedición
de bienes europeos desde Acapulco hacia el Perú trae mayores garan-
tías al cargador español; por lo que el comercio de las flotas con la Nue-
va España será más convocante para el gachupín que el circuito hacia
Tierra Firme. En una representación de 1706 la Junta de Comercio de
Lima no ahorrará detalles para explicar el fenómeno. Le comunicará al
Consejo de Indias que, mientras los galeones de ese año conducidos por
el conde de Casa Alegre “apenas eran nueve, que unos vienen a media

63. Fernández de Pinedo, “Comercio colonial”, 1986, pp. 121-131; García Fuentes, El co-
mercio, 1980, pp. 164-215.
64. Pérez-Mallaina, Política naval, 1982, p. 13.
65. Alcedo y Herrera, Piraterías, 1883, p. 8; Walker, Política española, 1979, p. 44. Aun-
que no se definen como galeones comerciales, habría que contemplar el envío de mer-
cancías en las expediciones de guerra de 1700 y 1713. Son diez buques mercantes y 19
buques de guerra los que realizan en esos años la Carrera de Portobelo, moviendo un
total de 14.700 toneladas de mercaderías. Véase este punto en: Pérez-Mallaina, Política
naval, 1982, p. 19.

61
China en la América colonial

carga y otros al tercio, siendo lo regular de las Armadas antecedentes


diez y seis o más de carga entera […] la flota de la Nueva España llegó
a Veracruz compuesta de 17 bajeles de carga entera”.66
¿Cuál es la razón de esta proporción si menos carga para abastecer a
México era suficiente? La Junta dirá que se “tiene por cierto que de las
“memorias que compraren los mercaderes de aquel reino y de las que no
vendieron los cargadores de España pasarán a éste [al Perú] la mayor
parte”.67 Ninguna persona deseará, continúa argumentando la Junta,
invertir en la feria de Portobelo, pues desde México se traían, junto a
los géneros asiáticos, “cargazón igual a la de Tierra Firme”.68
Estamos nuevamente en el “nervio principal” del modelo. Segura-
mente algo de cierto hay en los cuestionamientos de los cargadores se-
villanos y gaditanos acerca de lo difícil que es vender sus productos por
la competencia de lo chino.69 En el libro El Pacífico, nos ocupamos de
revalidar este tipo de argumentos que gran parte de la historiografía
sigue sosteniendo. Pero aquí deseamos relativizar este preciso fenó-
meno. En otros término, el conflicto, más discursivo que real, no debe
distraernos de lo que, en última instancia, ocurre en el espacio novohis-
pano: los convoyes españoles de Veracruz funcionan con una dinámica
sorprendente y sus productos son adquiridos, vendidos o almacenados
por los propios mercaderes de la ciudad de México porque, además del
virreinato novohispano, hay una segunda plaza consumidora que abas-
tece un amplio “mercado externo”: el peruano. Llegamos así al planteo
siguiente que nos parece de suma importancia. La corriente Veracruz-
Acapulco-El Callao no contrarresta la fuerza del galeón de Manila sino
que mirando el fenómeno en su larga duración y estructura aquel en-
tronque complementa y reimpulsa el comercio asiático.
Si bien no alcanza la regularidad anual del galeón de Manila, las
flotas llegan regularmente al Atlántico mexicano y ello se debe, en
gran medida, a que los cargadores españoles ven mayores posibilida-
des de vender sus mercancías. Rescatemos una cita ofrecida por Pé-

66. Paz-Soldán y Moreyra, El Tribunal, 1956, pp. 18-19.


67. Ibid., p. 19.
68. Ibid., p. 21.
69. En las primeras tres décadas del siglo xviii, se registra una catarata de representacio-
nes y denuncias entre los cargadores españoles, los comerciantes mexicanos y filipinos.
Véase al respecto: Álvarez de Abreu, Extracto, 1977.

62
Periferia centralizada

rez-Mallaina. En 1705, el consulado de Sevilla expone abiertamente


al Consejo de Indias que “el común del comercio tiende a interesarse
en el de la Nueva España que no en el de Tierra Firme”.70 Las propias
citas de los protagonistas van desnudando, poco a poco, este “oculto”
modelo de comercio imperial. En 1733, tiempos muy conflictivos entre
los grupos mercantiles del imperio a raíz de la entrada desmedida de
productos chinos a México, los mercaderes de las Filipinas no dudan
en denunciar a sus pares sevillanos de que, “como es notorio, no lo-
gran mejores ferias los comerciantes de Cádiz en el reino del Perú que
en el Nueva España, antes bien en éste son mayores las utilidades […]
y así quéjense los comerciantes de Cádiz de la copiosa introducción de
géneros que hacen aquéllos en estos reinos y que a México envían más
de lo que puede consumirse”.71
Estamos en presencia de una situación muy similar a la que vimos
para la primera coyuntura histórica del funcionamiento del modelo
(1580-1640). A pesar de la advertencia que realizan en 1712 los comer-
ciantes mexicanos para que las flotas sean bianuales y no anuales,72
las escuadras españolas arriban a Veracruz cada tres o cuatro años con
cargamentos tan elevados que superan el nivel de consumo del virrei-
nato. El sobreabasto de mercaderías provoca el descenso de los precios;
un escenario que beneficiará al novohispano y perjudicará al gachupín
que, ante la propuesta de precios tan bajos por parte de los comercian-
tes mexicanos, estará obligado a internarse en territorio virreinal para
obtener una mayor rentabilidad.
El problema viene arrastrándose desde 1672. Cuando en mayo de
ese año una nueva flota se prepara para partir rumbo a Veracruz, los
comerciantes de la Ciudad de México advierten a sus colegas sevillanos
de las lamentables consecuencias que sufrirán si continúan apostando
su capital mercantil a un continuado flujo de las flotas de Veracruz.
Quisiéramos rescatar aquí algunas citas ofrecidas por el historiador
Lamikiz donde se manifiesta la dificultad que tienen los comerciantes
novohispanos en vender las mercancías de la flota de años anteriores
y la decisión de los cargadores de flota de internarse en el virreinato:

70. Pérez-Mallaina, Política, 1982, p. 52.


71. Álvarez de Abreu, Extracto, 1977, t. i, p. 145.
72. agi, México, 2501, s/n de fs.

63
China en la América colonial

Aun con notable pérdida, con que para los comerciantes de


esta Nueva España ha sido grande ruina y lo mismo es para los
de España, que con la continuación de las flotas han bajado los gé-
neros a tan ínfimos precios que ninguno dejará de perder mucha
parte de su caudal.73

Veamos un caso concreto. En enero de 1700, y ya internado en la ciu-


dad de México, el flotista Pedro Chapore advierte a sus socios ubicados
en España el notorio descenso de los precios que se está viviendo en el
mercado de la ciudad:

En cuanto a el estado de la feria de esta ciudad vamos bien


a Dios gracias, menos los lienzos y hilos, picotes y lamparillas,
que los ruanes no quieren llegar a seis reales, bretañas buenas
menudeadas apenas llegan a treinta reales, holanes no pasan de
catorce pesos contrahechos, ni estopillas ni encajes trenzilla ni
agujero no ay quien los pida.74

Chapore se muestra resignado porque no queda “más que vender y


arrepentirse”. Semanas después se siente desilusionado porque la lle-
gada de la nao de China paraliza todo el intercambio, “de forma que no
ay hombre que entre por puerta de nadie”. La única esperanza a la que
se aferra el flotista es a la noticia del apresto de tres navíos peruanos
de gran porte que se preparan en el Perú rumbo a Acapulco interesados
en adquirir los bienes de flotas que no pueden ubicarse en el mercado
mexicano.75 El mercado del Perú viene a ser una gran posibilidad para
los cargadores españoles que están “tierra dentro” del virreinato novo-
hispano.
Los casos abundan. Pascual de Agesta, un consignatario del flotista
Munárriz, se encuentra por el año 1700 en la ciudad de México. Es uno
de los tantos flotistas que se internan en el virreinato para intentar
dar salida a sus bienes. Notando lo difícil que resulta cualquier opera-
ción mercantil, decide viajar hacia el norte. Llega a San Luis de Potosí,
donde encuentra un panorama decepcionante “por causa de haber en
la dicha ciudad muchos mercaderes con ropa y hallarse muy corto de

73. Lamikiz, “Flotistas”, 2011, p. 9.


74. Ibid., p. 23.
75. Ibid., p. 23.

64
Periferia centralizada

plata y no haber salida de cosa ninguna y por estar los géneros muy en
bajos precios”.76
Sin éxito, en febrero de 1701 Agesta, aún con las mercaderías de
Munárriz, se dirige al puerto de Acapulco para emplear el dinero conse-
guido por algunas ventas previas en mercancías de China. La entrada
de Agesta, como de tantos otros gachupines, al puerto de Acapulco no
es un fenómeno circunstancial; la práctica peninsular es denunciada,
al menos, desde 1725. En ese año, el Consulado de la ciudad de México
acusa a sus pares españoles de que “como si nunca se hubieran de irse
los gachupines quieren emplear en Acapulco en géneros de china y en
cacao y meterse en otras dependencias que por postre no pueden ser
sino dañosas […] en el tiempo de la dilación se valen de los productos
de las facturas de su cargo o para enviarlos a el puerto de Acapulco a
emplearlos en ropas de China o para suplirlos en los intereses a los
mercaderes de filipinas”.77
El sobreabastecimiento de mercancías con la consecuente caída de
sus precios hace que el cargador sevillano supere la frontera de la
feria atlántica para internarse por los mercados internos del espacio
colonial. La internación española es tan punzante que llega incluso a
una activa y directa participación en Acapulco, con la estrategia de
adquirir los tan rentables bienes chinos. La presencia de los comisio-
nistas o de los flotistas españoles por los circuitos internos provoca
una reiterada denuncia de los almaceneros al ver en jaque su monopo-
lio de circulación por el reino.
Ahora bien, en este gran contexto de saturación de mercancías im-
portadas, de descenso de sus precios y de internaciones peninsulares
aparecen los barcos de los peruleros por el Pacífico mexicano que logran
descomprimir la tensión mercantil que vive la Nueva España. Los ve-
cinos de la ciudad de México remiten hacia el Perú ropa de China y de
Castilla “sin limitación”.78 Hay tanta ropa europea y china en los depó-
sitos y almacenes de los comerciantes de la ciudad de México que ven
con buenos ojos los pedidos que realizan los peruanos por el Pacífico.
Éstos son bienvenidos siempre y cuando no cuestionen, como sí lo hacen
los flotistas, el monopolio que detentan sobre la circulación de bienes y

76. Ibid., p. 18.


77. agnm, Consulado, 269, expediente 2, fs. 9-10.
78. Ibid., p. 21.

65
China en la América colonial

monedas por el espacio interno virreinal. De hecho, en el preciso año de


1692 el perulero logra penetrar a suelo novohispano, pero el inmediato
freno impuesto por los mercaderes y los funcionarios hacen que el hecho
no trascienda ni que se reitere nuevamente.79
Ahora bien, otra de las corporaciones mercantiles que comparte el
parecer de Lima es la de Cádiz, que en 1714 le comunica al Consejo de
Indias que “el reino de Nueva España abunda de ropas de Castilla que
conducen las flotas, de ropa que les llevan los extranjeros y de todas
cuantas sedas llegan todo los años del Asia y las Filipinas y así es me-
nester tomar el juicio sobre la forma en que se hallará aquel reino por-
que consumirlo todo es imposible y no hay sustancia anualmente para
poder digerirlo y así perdiendo con la poca reputación de los precios
para deshacerse de tanta carga les es preciso introducir gran parte de
ella en todo el reino y las costas del Perú”.80
Durante las tres primeras décadas del siglo, el Consulado de Cádiz
instó a la permanente salida de la flota para Veracruz. El sobreabasto
de mercaderías europeas hacia la Nueva España no es una razón de
peso, como se manifiesta claramente en la cita, para disminuir las im-
portaciones atlánticas por Veracruz. Resulta curioso –pero no por eso
menos verdadero– que la corporación gaditana reconozca que en Méxi-
co “abunda ropa de Castilla”; un fenómeno que, en parte, ellos mismos
generan por ser indiferentes a la vía legal de Portobelo y concentrar sus
capitales en las flotas de Veracruz. A partir de los expedientes de comi-
so, en un estudio anterior logramos contabilizar un total de 25 navíos
peruanos procedentes de la costa novohispana que arriban a diferentes
puntos costeros del Ecuador y del Perú con enormes cargamentos de
efectos castellanos, europeos y chinos.81 A diferencia de lo que sucede
en gran parte de la primera coyuntura (1580-1640) –donde la mayoría
de los años se encuentra autorizado el movimiento de objetos extran-

79. agnm, Indiferente virreinal, caja 187, expediente 9, fs. 1-132. Por el contrario, la fuer-
za de los gachupines es tan potente que durante estas décadas el problema de sus inter-
naciones llega a manifestarse en un cúmulo de pleitos y representaciones que realizan
ambos tribunales de comercio ante la Corona y el Consejo de Indias en defensa de sus
argumentos.
80. agi, México, 2501, s/n de expediente.
81. Las embarcaciones peruanas llegan previamente a Acapulco y a otros puertos occi-
dentales novohispanos ofreciendo plata, cacao, azogue, vino y aceite. Para un detalle de
los barcos y cargamentos, véase Bonialian, El Pacífico, 2012, pp. 274-274 y 302-303.

66
Periferia centralizada

jeros por la Mar del Sur–, entre 1680 y 1740 el circuito México-Perú se
encuentra totalmente prohibido por la legislación española.
Son las coimas que reciben los agentes aduaneros y las autoridades
políticas las que permiten que el flujo sea sistemático. ¿Pero quiénes
son realmente los que alientan el flujo? Al revisar las representacio-
nes o las cartas que el Consulado de Lima envía al Consejo de Indias
y al rey se explicita su firme voluntad en sancionar y eliminar el flujo
asiático por el Pacífico. Según los informes, las responsabilidades se re-
parten entre varios grupos sociales ajenos a cualquier competencia del
Consulado. En 1710 la Junta de Comercio de Lima exige castigar a los
“corregidores, oficiales reales, ministros, dueños de bajeles, maestres y
pilotos, en especial, de los que salen del puerto de Guayaquil, con cacao
y plata, a los de la Nueva España que vuelven al dicho puerto, o a otros
de esta costa, cargados de mercaderías de ropa de China y Castilla”.82
Años antes, en 1704, el propio Tribunal de Comercio de Lima acusa
a los comerciantes de la ciudad de México por su participación en el con-
trabando asiático hacia el Perú, pues “sus intereses han sido sin ponde-
ración de las diez partes las nueve” en la carrera por la Mar del Sur.83
La responsabilidad del Consulado novohispano es cierta, pero no
encierra a todos los que están comprometidos. Las pruebas documen-
tales nos vienen a confirmar también que son los grandes mercaderes
de Lima, muchos de ellos con altos cargos consulares, los que promocio-
nan el circuito de mercaderías extranjeras y plata entre los virreinatos.
Vimos algunos protagonistas para la primera coyuntura (1580-1640).
Vale ahora presentar algunos casos para la segunda (1680-1740). En
los primeros años del siglo xviii la Audiencia de Lima acusa a la corpo-
ración diciendo que “desorden de los ilícitos comercios de México [lo rea-
lizan los] que se llaman de plaza […] los que componen y constituyen el
cuerpo de comercio [y] serán de esta clase los que se hubieran mezclado
en tan perniciosa granjería”.84
En 1682, durante el mandato del virrey duque de Palata, Pedro Las-
curain Zumaeta, quien será prior del Tribunal del Consulado en 1710,
y Francisco de Beloachaga, prior en 1700, obtienen permisos secretos
por parte de autoridades locales para traficar con México sin ningún

82. Paz-Soldán y Moreyra, El Tribunal, 1956, pp. 242-243.


83. Ibid., p. 14.
84. Paz-Soldán y Moreyra, El Tribunal, 1956, p. 27.

67
China en la América colonial

consentimiento del rey. Con el guiño del virrey, ambos mercaderes lo-
gran introducir clandestinamente géneros asiáticos por los puertos del
Perú.85 En 1715 se identifica a Jacobo Mansilla Osorio, reconocido mer-
cader que llegará al cargo de cónsul del Tribunal entre 1724 y 1726,
como el principal accionista de un cargamento de 432 piezas asiáticas,
castellanas y tabaco traído en la nave Nuestra Señora de Loreto proce-
dente de Acapulco. Mansilla Osorio integrada una red junto con Juan
de la Puente, maestre de Lima, y Pablo Sáenz Durón, por esos años
corregidor de Guayaquil. Juan de Berria, integrante del Consulado y
futuro diputado general del comercio de Lima en Cádiz, es delatado
en 1716 como el principal responsable de introducir ilegalmente por
El Callao a través del navío Santo Cristo de León géneros asiáticos y
rezagos de la flota novohispana. Su cómplice es Matías de Talledo, uno
de los más poderosos comerciantes de Lima y dueño de varias fragatas
que hacen el giro por la Mar del Sur.86 En 1739 se comisan en El Callao
dos embarcaciones procedentes de la Nueva España con un total de 58
baúles de ropa china, europea y de Castilla. Son los navíos Nuestra
Señora de Balvanera y Nuestra Señora de Concepción. La carga de la
primera nave pertenece a Juan Bautista Baquijano, un acaudalado
mercader limeño muy vinculado con el Consulado. En la segunda nave
vienen partidas a nombre de Gaspar de Velarde Quijano; mercader de
renombre que se casa en 1737 con la hija de los marqueses de Torre
Tagle. En 1747 Velarde toma el cargo de alcalde ordinario de Lima, y
alcanza en 1757 el máximo cargo de prior del Tribunal. Gracias a la
intervención del Consulado, Baquijano y Velarde quedan en libertad al
pagar multas insignificantes y en posesión de los bienes importados.87
En este escenario de complicidades, coimas e ilegalidades un anónimo
residente en el Perú escribe en 1742 que “todos los millones de ropa
que comercia México meten la mano los comerciantes autorizados […]
diez particulares que se llaman consulado y que están parcializados
con virreyes y oidores”.88

85. agi, Ramo Escribanía, “Pleitos Audiencia de Guatemala”, 1680-1684, legajo 337a, s/n
de fs.
86. Dilg, “The Collapse”, 1975, pp. 34-37.
87. anl, Ramo Superior Gobierno, Sección Real Acuerdo, Resolutivos, caja 21, doc. 21,
año 1740, f. 1.
88. “Estado Político del reino del Perú. Gobierno sin leyes, 1742”, en bprm, Miscelánea de
Ayala, legajo ii, expediente 2888, fs. 100-101.

68
Periferia centralizada

La participación de los miembros del Consulado en el tráfico con Mé-


xico adquirió modalidades diferentes. Si no logran colocarse como los
impulsores del intercambio, buscan extraer rédito participando en las
subastas y en los remates de los bienes comisados. En 1678, Francisco
de Oyagüe García, mercader que llega a tener una posición protagónica
en el Consulado al ocupar los cargos de prior y cónsul, adquirirá bajo
remate la carga del navío Nuestra Señora del Populo, procedente de
Acapulco.89 Isidro Gutiérrez de Cosío, quien se convertirá en prior del
Tribunal entre los años 1733 y 1735, no vacilará en comprar el carga-
mento del navío Los Reyes para su venta al menudeo en las tiendas del
interior. El valor del cargamento ronda un total de 69.000 pesos.90 Los
casos abundan. En 1743 el navío Nuestra Señora de la Merced inten-
ta descargar en Paita un cargamento de mercadería china y europea
estimada en un valor de 230.000 pesos. Cuando su capitán, Baltasar
de Ayesta, queda prisionero, se presentan en el pleito Antonio Tagle
Bracho, prior en 1742, José Olavide, contador del Tribunal en 1740, y
Tomás de Costa, cónsul entre 1742 y 1746. Este grupo de “notables” le
propone al rey la entrega de aquellos 230.000 pesos; 150.000 por la com-
pra de todo el cargamento y 80.000 por la liberación y el desembargo de
todos los bienes del capitán Ayesta.91 Este conjunto de testimonios, en
definitiva, dan cuenta de que el tejido mercantil semiclandestino logra
funcionar por unas prácticas trazadas por el plano de la ilegalidad de
los más reconocidos mercaderes de Lima.
Retomemos el eje analítico del modelo que funciona en esta segunda
coyuntura. Ya podemos suponer lo que pasa con la plata peruana: ella
realiza un recorrido idéntico al de la primera coyuntura en que funcio-
na el modelo. Considerables sumas de plata se envían hacia México
para comprar mercancía europea y castellana que desembarca la flota
por Veracruz y comprar los géneros asiáticos que llegan a Acapulco a
través del galeón de Manila. Uno de los pocos testimonios de la época
que reconoce la salida de plata peruana hacia España vía México es el
de Alcedo y Herrera. Identificando las consecuencias que genera las
reexpediciones de rezagos de flotas desde Acapulco hacia el Perú con

89. anl, Ramo Superior Gobierno, Sección Real Acuerdo, Resolutivos, Caja 2, doc. 7, año
1678: 320.
90. agi, Ramo Lima, legajo 411, expediente 1.
91. agi, Ramo Lima, legajo 1475, doc. Nº 2, fs. 1-36.

69
China en la América colonial

el consiguiente drenaje de metálico peruano hacia Nueva España, Al-


cedo sintetiza los problemas que afronta el capitán López Pintado en
Portobelo con los últimos galeones que llegan a Tierra Firme en 1731:

El año de 1730 fueron al cargo del mismo comandante y jefe de


escuadra, López Pintado, y tuvieron por distinto modo la misma
o mayor desgracia que los dos [galeones] antecedentes: porque
con la ocasión de no haber concurrido el comercio del Perú por la
banda del sur, con la gruesa de caudales que había ofrecido, por
haberse convertido en el largo intermedio de los segundos a éstos
una gran parte al trato de los puertos de Nueva España, Realejo,
Sonsonate y Acapulco, que llaman de la otra costa, faltó aquella
crecida porción para efecto de la feria. Así lo atestiguó judicial-
mente el general comandante de los galeones y lo comprobó en
Cádiz, con la diferencia en la copiosa cantidad de monedas del
Perú que condujo aquel mismo año la flota de Nueva España.92

Similar denuncia nace del autor anónimo Estado político del Reino
del Perú; manuscrito contemporáneo al de Alcedo y Herrera:

La tercera puerta es la del reino del México por donde con-


tinuamente entran a el Perú crecidas partidas de ropa de chi-
na y está computada esta saca por 3 millones con lo que el Perú
aumenta el crédito de riquezas a el reino mexicano, como se ha
examinado esta realidad de las mismas flotas que al manifestarse
sus registros en Cádiz se halla gran porción de moneda del peru-
lero, no obstante de el oro, que el que carga para el uso de esta
relajada puerta.93

Los mercaderes peruanos buscan obtener las mercaderías de Cas-


tilla y China que se encuentran en México por la insuficiencia de abas-
to de la plaza de Portobelo. Ya hemos advertido que Portobelo y el
galeón de Tierra Firme operan con bastante ineficiencia, no sólo por
la decisión de los limeños de canalizar sus capitales por la ruta mexi-
cana, sino por el desinterés propiamente del cargador peninsular que
concentra sus inversiones en la flota de Veracruz. No resulta casual
que el esplendor del tráfico entre México y Perú, y la decadencia defi-

92. Alcedo y Herrera, Piraterías, 1883, p. 515.


93. bprm, Miscelánea de Ayala, vol. ii, expediente 2888, fs. 154-155.

70
Periferia centralizada

nitiva del tradicional modo de comercio español sean procesos que se


generan en simultáneo.
De manera acertada, la literatura histórica reconoce un conjunto
de causas sobre el abandono y la desaparición de las ferias de Portobe-
lo. En primer lugar, habría que considerar la presencia del comercio
directo de los extranjeros. El contrabando holandés en las cercanías
de Portobelo y el Caribe coordinado desde Curazao cumple un impor-
tante papel para desestabilizar el funcionamiento del comercio legal.94
Los ingleses, desde su enclave puesto en Jamaica, también generan un
comercio directo muy rentable con diferentes puntos de Tierra Firme.
La participación inglesa se vuelve más intensa luego de 1713, cuando
la Corona española le concede el derecho exclusivo del tráfico de escla-
vos africanos y el permiso para enviar periódicamente a los mercados
hispanoamericanos un “navío de permiso” de 500 toneladas de merca-
derías.95
Por otro lado, varios estudios fundamentan el notable impacto que
generan las navegaciones francesas por el Pacífico en los años compren-
didos entre 1698 y 1720 sobre la decadencia de las ferias oficiales espa-
ñolas. El contrabando francés motiva la celebración de ferias informales
por los diferentes puertos de Chile, Perú y Ecuador. Las mercaderías
que se ofrecen en ellas, particularmente las telas francesas y chinas,
se venden a precios inferiores de las ofertadas en Portobelo.96 En 1716,
Arzans de Orsúa y Vela llega a decir que fue tanta la ropa “que entró
así de la China como de Francia, que llegó a valer más barato que en
España, pues el ruán ordinario se vendió en Arica por un real y lo más
por real y medio y en esta Villa [Potosí] por tres reales”.97
El aumento vertiginoso del comercio legal e ilegal por Buenos Aires
desde la segunda mitad del siglo xvii es considerado también como una
causa fundamental para comprender por qué disminuyen los intercam-

94. Arauz Montante, El contrabando, 1984; Pérez Mallaina, Política naval, 1982, pp.
53-54.
95. Walker, Política española, 1979, pp. 95-123; Studer, La trata, 1956.
96. Malamud Rikles, Cádiz, 1986; Tandeter y Watchel, “Precios”, 1992, pp. 221-302. Para
el caso del comercio directo entre Perú y Cantón en navíos franceses: Bonialian, El Pací-
fico, 2012, pp. 187-213.
97. Orsúa y Vela, Historia de la Villa, 1965, t. iii, p. 55.

71
China en la América colonial

bios en la feria de Portobelo.98 En los años finales del siglo xvii, la Junta
de Comercio de Lima asegura que el fracaso de la feria de 1696 fue el
“haber arribado al puerto de Buenos Aires tres navíos de permiso”. A
ellos se les sumaron otros “tres que llegaron en los años siguientes”.
Dicen que los navíos están llegando con “exceso”, con la capacidad para
“abastecer el Reino de Chile y las Provincias de arriba [sic]”. Los car-
gadores peninsulares y limeños que negocian en la feria de Portobelo
de 1696 se sienten obligados a la “rebaja de los precios en que perdie-
ron gran parte de sus caudales”.99 De todos modos, si consideramos los
trabajos de Céspedes del Castillo y Enrique Tandeter sabemos que la
orientación mercantil de gran parte de la economía del espacio peruano
hacia Buenos Aires se dará recién en el segundo cuarto del siglo xviii,
con la finalización de la gran actividad francesa por el Pacífico y con las
concesiones para comerciar a navíos de registros españoles. La siste-
mática presencia de navíos particulares en el puerto del Río de la Plata
genera un desvío permanente de capitales peruanos hacia Charcas en
su ruta terrestre hacia la puerta atlántica.100
Ahora bien, sin desacreditar todas estas variables retomemos el fac-
tor que aquí más nos interesa, la pieza clave del modelo comercial con
centro en México: el flujo por la Mar del Sur. Tenemos que tener en
cuenta que las ferias de Portobelo celebradas en 1678 y 1696 tampo-
co logran la estima de los mercaderes peruanos por la inclinación de
sus capitales hacia el comercio con México. La primera es un fracaso
porque, según Alcedo, el virrey peruano, conde de Castellar, concede
a naves del Perú permisos y “licencias para hacer viaje a los puertos
de Nueva España habiendo introducido tan crecidas cargas de ropa y
tejidos de la China y de Castilla que descaecieron [sic] con grandísima
pérdida de su estimación las mercaderías de Castilla de los empleos de
feria”.101
La feria celebrada en 1696 sufrió una gran penuria por fenómenos
similares. El viajero italiano Gemelli Carreri nota al año siguiente que
en Acapulco se encuentran comerciantes del Perú con 2 millones en

98. Moutoukias, Contrabando, 1988.


99. Paz-Soldán y Moreyra, El Tribunal, 1956, t. I, p. 13.
100. Tandeter, “El eje”, 1991, pp. 195-196; Céspedes del Castillo, Lima, 1947, pp. 34-35.
101. Alcedo y Herrera, Piraterías, 1883, pp. 65-66 y 152.

72
Periferia centralizada

pesos de plata para la compra de bienes chinos y europeos.102 De tal


manera que no nos tiene que sorprender el hecho de que la celebración
en Portobelo en aquel año tenga resultados negativos a las exporta-
ciones de plata peruana hacia México. Lo dirá el propio consulado de
Lima que el problema “consiste en la plata que de este Reino se extrae
y saca para el de Nueva España y ropa que se introduce en esta ciudad,
causando con cualquiera de esos dos hechos irreparables perjuicios a
este comercio”.103
Los coletazos del Pacífico continuarán generando problemas en lo
que serán las últimas ferias de Portobelo, en esas décadas iniciales del
siglo xviii. En 1710, el Tribunal del consulado de Lima le envía una
consulta al virrey Castelldosrius sobre tener “cierta noticia de un navío
francés que venía de la China con mercaderías de aquel Reino, estaba
próximo a arribar a uno de los puertos del Callao, como también haber
llegado a estas costas del Perú algunos bajeles de españoles cargados de
mercaderías de Castilla y China conducidas por los puertos de Nueva
España”.104
Nuevamente es Alcedo y Herrera el que nos vuelve a explicar el
fracaso de la feria de 1722. Denuncia que, por esos años, seguían sien-
do “imponderables” las conexiones desde el Perú hacia México, porque
es “imposible de embarazar la extracción de la plata y del oro, y la
introducción de ropas de China y rezagos de flotas que se cometen por
esta vía”.105 En 1724, cuando Castelfuerte llega al cargo de virrey, no
verá otra alternativa que reforzar el argumento de Alcedo. El virrey
acepta que los “cortos caudales” destinados a la feria de Portobelo en
1721-1722 son resultado de prácticas encubiertas, pero que hacen a
una “libre circulación” de géneros de Castilla y de China traídos desde
México.106 Diez años después, en 1731, la feria tendrá su golpe mortal.
Si bien el virrey Castelfuerte les promete a los cargadores españoles
unos 20 millones de pesos para el intercambio, sólo llega la mitad a
Portobelo. La mitad del capital prometido termina desviándose por
“la circunstancia de haber dado en aquel intermedio licencias y viajes

102. Gemelli Carreri, Viaje, 1976 (1701), p. 9.


103. Paz-Soldán y Moreyra y Céspedes del Castillo, Virreinato, 1955, p. 49.
104. Paz-Soldán y Moreyra, El Tribunal, 1956, p. 219.
105. agi, Ramo Lima, legajo 519, expediente 147, s/n de fs.
106. agi, Ramo Lima, legajo 411, expediente 34, s/n de fs.

73
China en la América colonial

a navíos de algunos particulares para pasar por la Mar del Sur a los
puertos de Nueva España; y convertidas aquellas porciones en el ex-
pediente de flota que también tenía adyacente de la nao de permiso La
Isabel en la Veracruz y faltaron en Tierra Firme para poder celebrar
la feria de Portobelo”.107
En adelante, la feria de Portobelo ya no podrá ser reactivada. Su co-
lapso obligará a que España emprenda nuevas medidas para reactivar
el comercio formal con el Perú. Desde 1740 el tráfico entre España y los
espacios sudamericanos viven transformaciones profundas, estructura-
les, que tendrán un impacto determinante en el modelo semiclandesti-
no imperial con centralidad en México que aquí presentamos. Éste sólo
podrá reaparecer en un contexto económico singular, con componentes
novedosos que no había presentado en coyunturas pasadas.

1779-1784: México y el modelo legal en el contexto


de “libre comercio”

Valdría ofrecer unos breves comentarios sobre el período 1740-1778;


segunda fase histórica en la que vemos que el tejido aquí estudiado ingre-
sa en una nueva etapa de estancamiento. Claro está que las causas que
llevan a su pasividad no son las mismas que las de aquel período com-
prendido entre 1640 y 1680. A partir de 1740 se abre un nuevo período
comercial en el imperio español. El cierre definitivo del galeón de Tierra
Firme con su correspondiente feria de Portobelo establece las condicio-
nes para la apertura oficial al tráfico de nuevos puertos por Sudamérica,
institucionalizando el navío de registro como medio de transporte domi-
nante para la gran región continental. La apertura del Cabo de Hornos
en el comercio directo entre España y los puertos del Pacífico chileno y
peruano –proceso que también llevará notables beneficios al puerto de
Buenos Aires– provoca un golpe de gracia al circuito clandestino de bie-
nes extranjeros entre Acapulco y El Callao. Al disponer de múltiples vías
de abastecimiento, el espacio sudamericano ya no se verá en la necesi-
dad de depender de México para su abastecimiento de bienes extranje-
ros. Asimismo, ya no se registrará una concentración de capitales, bienes
y plata por la vía exclusiva de la flota de Veracruz como sí se estaría
presentando en los períodos precedentes.

107. Alcedo y Herrera, Piraterías, 1883, p. 515.

74
Periferia centralizada

Todos los espacios regionales de Hispanoamérica tendrán un puerto


oficial para la importación de bienes extranjeros quebrando el monopolio
que antes detentaba el sistema de flotas y galeones. Espacios regionales
como Guadalajara, Veracruz y Buenos Aires, que hasta entonces se veían
sometidos a la dependencia mercantil de los Consulados de la ciudad de
México y de Lima, iniciarán un proceso de desarrollo mercantil más autó-
nomo que llevará a una suerte de pugna corporativa con aquella facultad
monopólica de distribución de mercancías por el interior de los respecti-
vos virreinatos que gozan, hasta entonces, los tradicionales consulados
de Lima y México.108 De tal modo, las políticas de “libre comercio” em-
prendidas desde España a partir de 1740 van despedazando el complejo
clandestino con centralidad en México y sólo podrá funcionar, de aquí en
más, con reconocimiento y promoción desde el poder peninsular. Es en este
contexto donde vemos desarrollarse la tercera coyuntura (1779-1783).
Como puede verse, se presenta mucho más breve que las dos primeras
y con un componente nuevo: si antes de la segunda mitad del siglo xviii
el modelo comercial imperial es semiclandestino y se desarrolla en un
contexto de rígido monopolio ultramarino, en esta tercera coyuntura el
modelo se desenvuelve en un contexto de “libre comercio”, de aperturas
portuarias y de nuevos derroteros comerciales.
Ante todo, habría que señalar un aspecto sumamente importante.
En este nuevo escenario de mayor “libertad de comercio” que se desata
a partir de 1740, el ingreso de bienes asiáticos a Hispanoamérica ya no
tendrá como condición necesaria el funcionamiento del modelo comer-
cial con epicentro en México o la vía exclusiva del galeón de Manila.
Al multiplicarse las vías de comercio intercontinental muchos navíos
españoles y europeos intentan realizar, en muchos casos con éxito, un
trato directo entre Asia y algún puerto americano, ya sea navegando
por el Pacífico o por el Atlántico.109
Reseñemos brevemente dos casos concretos, de los muchos que exis-
ten, sobre esta nueva modalidad para el ingreso de bienes chinos por
los puertos hispanoamericanos. En 1770 llega al puerto de El Callao el
navío francés San Juan Bautis­ta procedente de las costas de Benga-

108. Nos referimos al proceso que se materializará por las décadas finales del siglo xviii en
nuevos consulados y el reconocimiento formal de las Juntas de Comercio por cada una de
las regiones. Para el caso de Guadalajara véase Ibarra, “Redes de circulación”, 2007, pp.
279-293. Para el de Buenos Aires, Kraselsky, “Las Juntas”, 2007, pp. 249-277.
109. Álvarez, “El impacto”, 2007, pp. 187-214.

75
China en la América colonial

la. Los documentos señalan un cargamento por un valor cercano a los


tres o cuatro millones de pesos en objetos orientales.110 El segundo caso
resulta más novedoso. En el apéndice documental Nº 1, aparece repro-
ducido el cargamento completo de “géneros de la China” que en 1782
desembarca en el puerto de Buenos Aires, concretamente en la costa de
San Isidro, la fragata francesa llamada L’Osterley. Trae más de 22.000
pesos en géneros asiáticos que incursionan a través de “carretas” al
mercado de Buenos Aires. Son considerados bienes de contrabando, por
lo que se organiza una subasta al mejor postor. El Teniente de Drago-
nes, don Manuel de Cerrato, desconoce el procedimiento legal que debe-
ría emprenderse sobre cualquier nave que viaja de la “India a India”.111
Lo que queremos advertir con estos casos es que si el modelo que aquí
estudiamos no logra funcionar durante la segunda mitad del siglo xviii,
ello no quiere decir que se vea obstruida la importación de bienes asiá-
ticos hacia los mercados hispanoamericanos. Más bien sucede todo lo
contrario. Lo que ocurre a partir de ahora es que el contacto americano
con los objetos del Oriente ya no se dará exclusivamente con la ruta del
galeón de Manila. Aparecen en escena compañías de comercio españo-
las y europeas cuyos barcos comienzan a conectar, no siempre de mane-
ra legal, la India, China, Europa con los puertos americanos.
Dicho esto, pasemos a analizar el tercer período en que vemos fun-
cionar el modelo. Con motivo de un conflicto militar marítimo entre
España e Inglaterra el esquema comercial del tercer período es plena-
mente autorizado y estimulado por el poder peninsular para funcio-
nar en específicos años. El conflicto bélico que se genera entre Gran
Bretaña y España a partir de 1779, en el marco de la independencia
estadounidense, provoca serias contracciones en el flujo transatlánti-
co peninsular, particularmente en las relaciones con el Perú. Ante el
temor de ver bloqueadas sus relaciones con sus espacios coloniales, la
Corona española se decide por autorizar un esquema de intercambio
mercantil a escala imperial que logre garantizar el abastecimiento de
productos en los mercados consumidores de México y del Perú. En esos
años bélicos, Perú denota una escasez de mercaderías europeas que la
Corona intenta paliar con diferentes políticas comerciales.112

110. Amat y Junient, Memoria de gobierno, 1947, pp. 211-216.


111. agn, Contrabando y comisos, 11-1-8, expediente 3.
112. Parrón Salas, De las reformas borbónicas, 1995, p. 375.

76
Periferia centralizada

En este sentido, en 1779 Carlos iii emite una real cédula en la cual
autoriza la plena libertad para que navíos americanos puedan comer-
ciar entre “la América septentrional y meridional en derechura por la
Mar del Sur”.113 Se da vía libre al comercio del galeón de Manila y a
cualquier embarcación de compañía o particular española que quie-
ra abastecer a los mercados hispanoamericanos de “todas las ropas y
mercaderías de China que fuesen posible”.114 Se vuelve así al escena-
rio legislativo de finales del siglo xvi que hemos tenido oportunidad
de comunicar al analizar la primera coyuntura histórica del modelo;
cuando México, Perú y toda la región centroamericana gozan del per-
miso para traficar con las Filipinas, con total libertad y sin límites.
Al mismo tiempo, desde la península ibérica se promueve que el
volumen de las importaciones en artículos europeos y castellanos por
el puerto de Veracruz sea superior a la capacidad de consumo de los
mercados internos. La Corona estimula, ahora de manera oficial, que
los mercaderes de la ciudad de México compren más de lo que necesi-
tan las plazas del virreinato y así lograr almacenar en sus depósitos la
mercadería venida en la flota y en los navíos de registro para posibles
reexportaciones hacia Guatemala y el Perú. El tribunal de Consulado
novohispano lo sintetizará en 1782 con las siguientes palabras: “A este
comercio le tiene mucho en cuenta vender lo existente y darle salida por
todos los rumbos”.115 De tal manera que “lo que ahora se reexpide hacia
el Perú se reduce a lo que abunda y sobra en este reino y a lo que es de
difícil despacho. Las mercaderías y sus precios bajos son muy cómodos
para los peruanos a lo que debían valer en las circunstancias de la ac-
tual guerra”.116
Habría que aclarar que desde el año 1774, en momentos de políti-
cas de “libre comercio”, la ruta entre México y Perú por el Pacífico se
institucionaliza, pero sólo para el tráfico de efectos de la tierra. El flujo
de plata y de bienes extranjeros continúa cerrada para el área. Será
recién en 1779, a partir de este contexto bélico y de serios problemas
en el tráfico transatlántico de los navíos de registro que se dirigen hacia
el Perú por el Cabo de Hornos, que el poder español toma la decisión

113. agnm, Correspondencia de Virreyes, vol. 127, fs. 117 r-v.


114. agnm, Reales Cédulas, vol. 117, expediente 96, f. 1.
115. agnm, Archivo Histórico de Hacienda, caja 18, expediente 2, f. 31.
116. Ibid., fs. 30-31.

77
China en la América colonial

de permitir la reexpedición de los artículos europeos y orientales desde


México hacia el Perú.117
Naturalmente, con la autorización de 1779, con el escenario de
abundancia de géneros extranjeros en México, con sus precios bajos y
muy accesibles, la ruta de bienes desde los puertos occidentales de la
Nueva España hacia el Perú se reactiva notablemente. Al instituciona-
lizar el conducto, la Corona no duda en gravar los productos en 7%, 2%
de salida de Acapulco y 5% en la entrada por el puerto de El Callao.118
Pero ni el gravamen impositivo ayuda a regular el flujo. Los precios de
los artículos chinos y europeos se encuentran tan bajos en México y su
escasez es tan notoria en el Perú (particularmente los orientales) que la
ruta por la Mar del Sur alcanza niveles espectaculares.
Más aún, si bien existe la posibilidad de una conexión directa entre
Perú y las islas Filipinas –y de hecho algunos comerciantes de Lima
solicitan permiso para navegar directamente hacia el Oriente–,119 la
gran mayoría de ellos prefiere escalar en Acapulco por dos razones fun-
damentales: pueden conseguir, en una sola instancia, los productos que
vienen de Europa y de la propia China y, en segundo lugar, las cotiza-
ciones en el mercado novohispano son más tentadoras que los precios
estipulados en las islas Filipinas o Cantón. Lo reconoce el propio virrey
novohispano Martín de Mayorga en marzo de 1782 cuando afirma de
“lo imposible de conducir efectos desde Filipinas al Perú sin reconocer
Acapulco”.120
Entre 1779 y 1783 identificamos más de veinte barcos pertene-
cientes a compañías españolas y a mercaderes peruanos que navegan
hacia Acapulco con enormes cargas de cacao y plata. A muchos de
estos navíos los vemos retornar haciendo escala o arribando de forma
definitiva en los puntos costeros de El Callao, Paita, Valparaíso y Co-
quimbo. Desde allí comienza la distribución de los productos extranje-
ros en los mercados internos coloniales por la gran área sudamericana
occidental.

117. agnm, Tribunal de cuentas, vol. 12, expediente 35, f. 57.


118. agnm, Indiferente virreinal, caja 4972, expediente 9, fs. 7-11.
119. Parrón Salas, De las reformas borbónicas, 1995, p. 197.
120. agnm, Filipinas, vol. 17, expediente 7, f. 284.

78
Periferia centralizada

Tráfico de artículos asiáticos, europeos, de Castilla


y de la tierra desde Acapulco hacia Perú

Año Navío Ruta de viaje Valor


1779 La Sacra Familia Acapulco-Paita 8.697
1781 La Favorita San Blas-El Callao 4.443
1782 La Balandra Acapulco-Sonsonate-Guayaquil-Valparaíso 3.024
1782 San Juan Nepomuceno Acapulco-Guayaquil-Paita-Lima-Coquimbo 9.784
1782 Nuestra Señora de la Soledad Acapulco-Panamá-El Callao 37.160
1782 La Aurora Acapulco-El Callao 179.589
1782 El Hércules Acapulco-Guayaquil-El Callao 30.033
1782 San Pablo Acapulco-Paita-El Callao 315.272
1783 Nuestra Señora de Loreto Acapulco-Sonsonate-Paita-El Callao 118.292
1783 El Belencito Acapulco-Panamá-Guayaquil-Paita-El Callao 144.674
1783 Santa Ana Acapulco-Guayaquil-Paita-El Callao 59.289
1783 Nuestra Señora de Belén Acapulco-Guayaquil-Paita 313.801
1783 Nuestra Señora de Las Mercedes Acapulco-Guayaquil-Paita-El Callao 204.795
Total 1.428.853

Fuentes: Bonialian, El Pacífico, 2012, pp. 430-431.

El propio Tribunal del Consulado de México informa que desde el 27


de abril de 1782 hasta febrero de 1783 –sólo en diez meses– se expor-
tan hacia el Perú más de 3.000 piezas en artículos extranjeros;121 cifra
considerablemente superior a la que arrojaría la sumatoria de nuestro
cuadro. Al revisar minuciosamente algunos de estos cargamentos que
llegan al Perú podemos ver la típica composición que asumen los car-
gamentos del circuito por la Mar del Sur en tiempos de funcionamiento
del modelo ¿A qué nos estamos refiriendo? El embarque de bienes “eu-
ropeos”, “extranjeros”, “asiáticos” o de “China” y de la “tierra” o “mexi-
canos”. En el apéndice documental Nº 2 reproducimos un expediente
del ramo aduana que se encuentra en el Archivo Nacional de Lima.
Como en esta tercera coyuntura el modelo está autorizado, tenemos la
oportunidad de acudir a los registros contables para que nos brinden

121. agnm, Indiferente virreinal, caja 4972, expediente 8, f. 13.

79
China en la América colonial

detallada información.122 Según los documentos que contamos de los


navíos Nuestra Señora de Loreto, El Belencito y Santa Ana las mer-
caderías de las dos primeras procedencias mencionadas priman en la
carga, mientras que las venidas del Oriente superan la cantidad de
bienes elaborados en suelo novohispano. En el barco Nuestra Señora de
Loreto hay una factura con destino al puerto de Piura cuyo interesado
es el comerciante limeño Pedro Casimiro Silva donde figura 552 pesos
en valor de bienes chinos de un total de 1.993. La factura número 6 va
al interesado Juan Antonio García que debe recibirlas en el puerto de
Lambayeque. El valor de bienes asiáticos es de 918 de un total de 1.791
pesos en bienes extranjeros. En el navío Santa Ana la factura número
5 le corresponde al mercader limeño José Mauleón, en donde aparecen
bienes asiáticos por un valor de 1.072 pesos de un total de 1.338 pesos
en artículos castellanos y europeos.123
Sin intención de explorar un análisis rígidamente cuantitativo de la
fuente, vale hacer mención a dos fenómenos que se pueden comprobar
en el apéndice documental N° 2. En primer lugar, los interesados de
estos cargamentos enviados desde México son, en gran medida, de la
elite mercantil limeña. Quizá, el caso más representativo es el de los
hermanos Elizalde; una de las familias más adineradas de la ciudad y
que monitorea por esos años la corporación consular.124 Antonio y José
Elizalde prácticamente monopolizan el cargamento del navío Loreto
con 50.000 pesos en valor de géneros europeos, asiáticos y de la tierra.
Manuel Blanco, otra figura de alto nivel consular, adquiere productos
vía México por 57.000 pesos; de los cuales tan sólo 2.600 pesos son en
valor de bienes asiáticos. En el apéndice documental N° 2 se detallan
más casos particulares. Otro de los elementos que hemos destacado del
expediente es la composición del cargamento de bienes asiáticos que
se transporta desde México hacia los puertos del Perú. Y aquí llama la
atención la variedad de quimones, pañuelos, medias y seda de prime-
ra, segunda y tercera calidad intercambiados, lo que refuerza nuestra
hipótesis acerca de que las mercaderías chinas llegan a ser consumidas
por una trama social totalmente diversificada.125

122. Para justificar nuestras ideas en estas líneas véase el apéndice documental Nº 2.
123. Véase para mayor detalle de casos: anl, Aduana, Paita, C 16, 1193-92, s/n de fs.
124. Villa Esteves, “Liderazgo y poder”, 2000, pp. 133-174.
125. Véase el detalle en el apéndice documental Nº 2.

80
Periferia centralizada

Ahora bien, el movimiento de artículos orientales y europeos por


la Mar del Sur alcanza tal magnitud que pone en alarma a los propios
comerciantes de la ciudad de México. A principios de 1783 el Consulado
nota que las reexportaciones adquieren un nivel tan elevado que hace
difícil su control. Una verdadera “multitud de pretendientes” de Perú,
españoles, pero fundamentalmente de la ciudad de México, acude al
Tribunal para solicitar los permisos requeridos para reexpedir los ar-
tículos. En tan sólo cinco meses, de octubre de 1782 a febrero de 1783,
llegan al despacho del Tribunal 18 licencias de permisos.126
Y aquí comienza otras de las lógicas estructurales que se activan
cuando el modelo con epicentro en México llega a su cota máxima. El
drenaje en exceso de los productos extranjeros desde México hacia el
Perú provoca la escasez y el correspondiente aumento de los precios en
el propio suelo novohispano. A primera vista, el aumento de los precios
podría ser visto como beneficioso para el principal oferente: el almace-
nero. Pero no olvidemos que si la escasez y la carestía se transforman
en una situación regular en México, el propio flotista o comerciante
peninsular toma una posición más ventajosa para las negociaciones. El
comerciante de la ciudad de México siempre busca el equilibrio entre la
abundancia y la carestía; entre la desvalorización y la sobrevaloración
de los productos, y eso implica mantener marginados de su propio es-
pacio, de los mercados internos del virreinato, tanto al peninsular como
al perulero.
De tal manera, la vía libre por la Mar del Sur comienza a causarles
perjuicios a los novohispanos, porque la exportación sin control, des-
regulada, no hace más que generar el mismo escenario de escasez y
encarecimiento que se vive por el Perú. No resulta casual que ante este
panorama mercantil, el Consulado de la ciudad de México eleve un in-
forme a Carlos iii solicitando la suspensión definitiva del tráfico por el
Pacífico hispanoamericano. En septiembre de 1783 el Consejo de Indias
acepta la petición y revalida la legislación de 1774, por la cual la circu-
lación entre ambos espacios coloniales queda limitada exclusivamente
a los géneros de producción local.127
Tenemos serias dificultades para ofrecer un panorama claro sobre
las exportaciones de plata realizadas en estos breves años de funcio-

126. agnm, Indiferente virreinal, caja 4972, expediente 8, fs. 28-144.


127. agnm, Archivo Histórico de Hacienda, caja 18, expediente 2, fs. 117-129.

81
China en la América colonial

namiento del complejo mercantil imperial. Lo único que disponemos


son datos certeros sobre el metálico americano que fluye hacia el
Oriente en dos años precisos de esa coyuntura bélica. Evidentemente,
los cargamentos del galeón de Manila vienen llenos en estos años de
permisión, por lo que la plata americana que fluye hacia el Oriente
supera con creces el permiso del millón y medio de pesos dictado por
la reglamentación peninsular. Los documentos de los registros de ca-
pitales novohispanos ingresados a Acapulco para celebrar la feria son
bastante confiables. En tan sólo 30 días del mes de febrero de 1779
ingresan al puerto 2.071.118 pesos para invertir en géneros chinos.128
En 1784 la plata que sale de Acapulco es sorprendente. Desde el 25
de enero hasta el 16 marzo de ese año entraron al puerto occidental
4.207.918 pesos.129

Conclusiones

Estamos en presencia de una estructura mercantil que está presen-


te durante tres siglos y donde el comercio asiático, más que un elemento
auxiliar del mapa comercial ultramarino, representa una pieza crucial
en el entramado de circuitos ultramarinos, ya sea para reimpulsar al-
gunos flujos como para condicionarlos. Su plena actividad se dará en
tres coyunturas particulares: 1580-1640, 1680-1740 y 1779-1784. El
modelo se adormece entre 1640-1680 y 1740-1779. El tejido se nutre
de elementos de la esfera informal como de la institucional. Para su
funcionamiento, no depende de políticas o autorizaciones; es una fuerza
dotada por la capacidad creativa de los agentes económicos, que al tejer
redes, desafían conductas preestablecidas a las que obliga la legisla-
ción. En otros términos, muchos de los agentes que son responsables de
la actividad integral del tejido mercantil pertenecen a los consulados
de comercio, pero son sus prácticas informales tejiendo redes –no en el
marco corporativo– las que logran poner en marcha y en desarrollo la
interacción de los flujos.
Fenómenos, procesos y prácticas históricas que en un primer mo-
mento parecen inconexas o independientes logran tener sentido en un
modelo de desarrollo mercantil a escala hispanoamericana y mundial.

128. agnm, Indiferente virreinal, caja 4301, expediente 58, f. 3.


129. agnm, Indiferente virreinal, caja 5584, expediente 65, fs. 48 y 63.

82
Periferia centralizada

Los flujos comerciales del Atlántico y del Pacífico se encuentran interco-


nectados, promoviéndose o condicionándose unos a otros. El galeón de
Manila, la flota de Veracruz y el flujo entre México y Perú se interrela-
cionan y se fomentan en detrimento, hasta 1740, de la ruta del galeón
de Tierra Firme. Las interconexiones van articulando un esquema de
circulación de personas, bienes y metales con gran coherencia. Le da
sentido global a redes económicas y a prácticas de connivencia entre
novohispanos, peninsulares, peruanos y filipinos. Al mismo tiempo, he-
mos intentado demostrar que existe un complejo mercantil integrado,
un “todo económico” de circuitos mercantiles formales e ilegales ubica-
dos en geografías muy distantes del imperio, que opera aprovechándose
y condicionándola, de manera simultánea, a la propia Carrera de In-
dias. Podríamos estar en presencia de un factor central que explicaría
la persistencia por más de tres siglos de la Carrera de Indias ya que
el propio modelo de comercio con epicentro en México la promueve y
estimula, aun con significativos cambios que provoca en el comercio del
Perú hacia mitad del siglo xviii.
La articulación complementaria, más que competitiva, entre los flu-
jos comerciales transatlánticos y transpacíficos que confluyen en México
adquiere importancia al notar las divergencias en las pautas consumi-
doras. El modelo logra desarrollarse con notable magnitud porque los
canales de importación de mercaderías por ambos océanos responden,
en términos amplios, a dos tipos de consumidores: los bienes europeos
se destinan al círculo de elite de la sociedad novohispana, mientras que
la mayoría de los asiáticos satisface la demanda de sectores sociales
medios e inferiores. Resulta válida la crítica española al galeón de Ma-
nila como una vía expulsora de plata americana hacia el Oriente. Pero
los informes peninsulares silencian y omiten quizá la más importante
causa de esa enorme corriente de metálico que fluye hacia las islas Fi-
lipinas. El consumo de bienes chinos ordinarios para un amplio sector
social en Hispanoamérica podría ser una pieza causal que explicaría el
fenómeno. Es que creemos que hemos podido revelar un grado de pene-
tración de los productos asiáticos en la economía y la sociedad colonial
que nunca habíamos sospechado.
El modelo manifiesta que las áreas americanas no sólo crean estra-
tegias defensivas o pasivas en la Monarquía hispánica; también hay
una respuesta activa y ofensiva desde aquellos espacios para moldear
el monopolio español en su provecho. El poder peninsular borbónico re-
cién estará en condiciones de embestir contra el modelo en la segunda
mitad del siglo xviii, en pleno contexto de reformas comerciales, abrien-

83
China en la América colonial

do formalmente nuevos puertos para el tráfico oficial y limitando la


facultad monopólica que detentaban, hasta entonces, los consulados de
la ciudad de México y de Lima en la distribución de los artículos impor-
tados por cada virreinato. En este sentido, se puede comprender por
qué el modelo mercantil con epicentro en México será reconocido de ma-
nera formal en esos breves años de la tercera coyuntura (1779-1784),
donde el poder peninsular tendrá la fuerza suficiente para fiscalizarlo
y controlarlo.
Ahora bien, hemos comprobado también que todos los agentes eco-
nómicos del imperio reconocen el tejido. Valdría destacar el papel de los
cargadores peninsulares frente al modelo, particularmente su conducta
pasiva con los galeones de Portobelo. Ofrecimos argumentos para sos-
tener que los gachupines llegan a valorizar más a las flotas de Veracruz
que a los galeones de Tierra Firme; no sólo por el efecto de arrastre
que genera el mercado novohispano, sino también por la circulación
de bienes que se extiende desde allí por la Mar del Sur hacia el espacio de
Centroamérica y Perú. La indiferencia peninsular y la poca intensidad
de los galeones de Portobelo promueven que el fenómeno de contraban-
do por el bloque continental de Sudamérica alcance mayor regularidad
frente al que registra la Nueva España. En este marco interpretativo
es en el que también deberíamos repensar el crecimiento informal de la
intensidad comercial de Buenos Aires durante los siglos xvii y primera
mitad del xviii.
¿Qué consecuencias genera el funcionamiento del modelo en el esce-
nario geopolítico del imperio español? Cuando la estructura de comer-
cio está activa, las relaciones de poder y los posicionamientos geopolíti-
cos en el imperio español se ven profundamente transformados. México
logra posicionarse en un entorno geopolítico privilegiado, en el espacio
concéntrico del comercio ultramarino, arrastrando hacia sí e impulsan-
do un fuerte efecto de arrastre sobre las economías asiáticas y euro-
peas. Es notable el papel de México en este mundo comercial. Se erige
como el más importante centro importador de productos extranjeros
por la América española, lo que le permite, a su vez, ser el principal
almacén de bienes para su redistribución por Centroamérica y por el
Perú. Asimismo, las rutas que salen desde México son las vías principa-
les para abastecer de metálico al mundo; procesos económicos que son
tan necesarios para el desarrollo de las economías asiáticas y europeas.
México es la pieza que conecta ambas Carreras interoceánicas permi-
tiendo así una inédita red de intercambios verdaderamente planetaria
que interrelaciona las economías de tres continentes.

84
Periferia centralizada

México establece una relación de dominio mercantil con el espacio


peruano. La relación de dependencia que Perú tiene con México se con-
solida/profundiza gracias al proceso de crisis que se da en simultáneo
en la relación entre España y Portobelo enlazados de forma directa
hasta 1740 por los famosos galeones de Tierra Firme. Si en el primer
período de funcionamiento del modelo la relación de dominación co-
mercial de España con Perú se ve reducida, en el segundo período se
termina de romper con el colapso y la desaparición de los galeones de
Tierra Firme y las ferias de Portobelo. La península ibérica sólo man-
tiene una regular y estable vinculación con México a través de las flo-
tas de Veracruz, pero pierde el control mercantil con el espacio perua-
no. Por lo tanto, en tiempos en que esta estructura comercial funciona,
España sufre la pérdida de su “natural” papel de centralización polí-
tica y económica del imperio. Se convierte en una especie de “colonia”
o isla en tanto espacio marginal del esquema general de intercambios
ultramarinos. Tiene poco margen de maniobra para hacer cumplir las
disposiciones del comercio monopólico y sufre mayores dependencias
y condicionamientos por lo que deciden las relaciones de connivencia
sociales entre las corporaciones mercantiles de México y del Perú, y la
complicidad de las autoridades políticas coloniales.

85
ii
La ruta hispanoamericana de la seda china

¡Cuántos despiertos dormidos


cuántos duermen sin echarse,
cuántos sanos sin unciones,
cuántos galos sin curarse,
cuántos pobres visten de seda,
cuántos ricos cordellate,
cuántos ricos comen queso,
cuántos pobres cenan aves,
cuántos pobres se almidonan,
cuántos ricos sin lavarse,
cuántos pies sin escarpines y
cuántas manos con guantes!

Mateo Rosas de Oquendo, “Sátira de las


cosas que pasan en el Perú” [1598], en Poesía
colonial hispanoamericana, Brecco, Horacio
Jorge (prólogo y recopilación), Caracas, Bi-
blioteca Ayacucho, 1990, p. 87.

En los últimos años del siglo xix el geógrafo alemán Ferdinand Freihe-
rr von Richthofen nos informa de un notable descubrimiento: la exis-
tencia de una gigantesca red de rutas comerciales entre Asia y Europa
que perdura desde 110 a.C. hasta el siglo xv. En diferentes períodos
históricos, la red llega a extenderse desde Chang’an (China) pasando
por Constantinopla y Antioquía hasta alcanzar los reinos hispánicos
peninsulares. Este inmenso tejido de circuitos tiene una clara “colum-
na vertebral”: la seda china, pieza más codiciada en todos los merca-
dos por donde la red mercantil hace su recorrido. La seda china ejerce
tal gravitación en la naturaleza y desarrollo de la red, que Ferdinand

87
China en la América colonial

Freiherr no duda en llamar a este riquísimo mundo comercial y cultu-


ral como la “ruta de la seda” (Seidenstrasse).1 Sin dudas, la revelación
de la ruta de la seda es un suceso histórico maravilloso. Quizá, se
trate de una de las estructuras históricas de mayor larga duración
que se pueda encontrar en el pasado histórico, por cuanto sobrevivió
al apogeo y la caída de varios imperios. La ruta de la seda viene a
representar una “gran historia” que dentro de sus amplias fronteras
encierra, a la vez, múltiples historias, alcanzando en su unidad una
inigualable densidad cultural y económica.
Ahora bien, si tomamos la noción histórica de la ruta de la seda en
su más amplio sentido, veremos que lo que descubre el geógrafo ale-
mán no resulta ser un hecho excepcional e irrepetible que se produce
en un solo momento y en un espacio geográfico determinado. Así como
reconocemos una histórica y perdurable ruta de la seda china entre
Oriente y Occidente, la América española también llega a contar du-
rante doscientos años de su historia colonial con un amplísimo camino
estructurado en torno a la tela oriental; trayecto que prácticamente
contempla todo el espacio de la América española. Salvando las dis-
tancias en el tiempo, en el espacio y de los específicos componentes
históricos culturales y económicos, el texto que presentamos en esta
oportunidad se orienta a formular el esquema básico, medular, y las
características más sobresalientes de esta segunda ruta de la seda
china por la América colonial. Para su clara comprensión habría que
alertar al lector que desde finales del siglo xvi y los inicios del siglo xvii
se decretan reales cédulas en las que se implementan no sólo fuertes
regulaciones a la entrada de seda china por el puerto de Acapulco,
sino también prohibiciones absolutas para que Centroamérica y todo
el espacio del Perú no logre acceder de forma lícita al tejido.2 La ruta

1. Freiherr von Richthofen, Ferdinand, China. Ergebnisse Eigener Reisen, Berlín, 1877-
1905.
2. Desde 1593, la reglamentación peninsular estipula sólo dos galeones de Manila por año
de 300 toneladas cada uno harán la ruta transpacífica; queda abolido el comercio libre entre
las Indias Occidentales y China siendo Acapulco el único puerto autorizado para el comer-
cio con el Oriente y, Nueva España, no podrá negociar los tejidos orientales en las restantes
colonias de las Indias. En ese mismo año se informa de la prohibición para los contactos
directos entre China y Perú. Véase sobre este último punto: “Prohibición de ir navíos del
Perú a China”, 1593, agi, Patronato, 25, R. 56. Para una detallada exposición sobre el curso
legislativo del comercio de China en la América colonial, véase Escalona Agüero, Gazophi-
lacium, 1775, fs. 160-189; Yuste, “De la libre contratación”, 2013, pp. 85-106.

88
La ruta hispanoamericana de la seda china

de la seda china por Hispanoamérica no es un eje institucionalizado


y tampoco está reconocido por el poder de la monarquía hispánica. Es
una estructura de tipo informal, producto de la interacción de gran-
des y pequeños mercaderes, funcionarios y consumidores por el gran
espacio continental.
De tal manera que gran parte de los fenómenos históricos que se
exponen en las páginas siguientes se traza por una realidad informal.
Dividimos el trabajo en dos grandes partes. En la primera intentamos
reconstruir el mapa geográfico de la ruta y las funciones económicas
que asumen en ella puertos, mercados y ciudades. En la segunda parte
del trabajo ofrecemos las razones principales que permitieron, a nues-
tro entender, la configuración y el desarrollo en la larga duración de la
ruta de la seda china.

La ruta de la seda: desde Filipinas hasta


Santiago de Chile o Buenos Aires

Desde el momento en que el galeón de Manila realiza su primer


exitoso viaje de retorno hacia Acapulco al mando de Urdaneta (1573)
hasta 1750, momentos previos a la implementación de las políticas co-
merciales de “libre comercio” decretadas por Carlos iii, nace y se desa-
rrolla por gran parte del continente americano una amplísima ruta de
la seda china cuya estabilidad, persistencia y dinámica la ubica como
un elemento nodal, como uno de los motores impulsores, de las conexio-
nes entre los espacios del Orbe indiano. Con sorprendente fluidez, la
seda china se embarca en Filipinas, transita y se consume por México,
Guatemala, Panamá, Ecuador, Perú, y unas buenas cantidades logran
llegar a las ciudades más australes de Sudamérica colonial como San-
tiago de Chile, Córdoba y Buenos Aires.
La ruta hispanoamericana de la seda china es, en rigor, un derrote-
ro con un claro perfil internacional en el que participan dos continen-
tes: el asiático, con su región costera del Extremo Oriente en el que
sobresalen los puertos de Cantón y Cavite de las islas Filipinas, y casi
la totalidad del territorio hispanoamericano. Es una amplísima red de
caminos marítimos y terrestres que une puertos, ciudades, pueblos,
valles, llanuras, montañas y ríos. El movimiento de la seda se realiza
por diferentes medios de transporte, todos ellos perfectamente coor-
dinados. Va en los enormes galeones de Manila, en barcos de cabotaje
centroamericanos o peruanos por toda la costa del Pacífico americano.

89
China en la América colonial

Se adicionan al flujo marítimo pequeñas lanchas y canoas para poder


transitar por estrechos ríos. Si la vía es terrestre, se carga en mulas,
burros, carretas o directamente se transporta en bolsas y cajones por
esclavos e indios. La puesta en marcha de toda esta maquinaria de
medios de transporte y fuerza humana hace posible que la ruta supere
las divisiones administrativas virreinales y los espacios económicos
regionales.
Decíamos que la seda china viaja desde Filipinas hasta alcanzar
la ciudad de Santiago de Chile o, en dirección atlántica, el puerto de
Buenos Aires. Estamos en presencia de un largo camino continental
cuya homogeneidad y sentido histórico sólo pueden llegar a percibirse
al atender la circulación y el consumo de la seda china. Los documentos
históricos hacen referencia al tejido oriental con el generalizado tér-
mino de ropa de la China.3 Como veremos, los tejidos procedentes del
Oriente son variados en su tipología, pero valdría partir de la premisa
de que aquel término apunta especialmente a la seda en sus diferentes
“versiones”, como en rama, floja, en pieza o confeccionada. Porque hay
que tener en cuenta que de todos los rubros importados por la nao de
China la seda es el principal artículo demandado por la sociedad his-
panoamericana.4 ¿Qué tipos de sedas –elaboradas o no– se desplazan y
se consumen por la ruta? Son los rasos, pitiflores, damascos, pequines,
saya sayas, brocatos, terciopelos llanos y labrados, gorgoranes, tafe-
tanes, brocatos, tejidos de seda para cama, polleras lisas y labradas,
gafas de seda, batas, quimones, camisas, medias, cintas y pañuelos,
entre otros.5
La expansión de la seda china por los mercados hispanoamericanos
es un hecho histórico que manifiesta la mundialización de los espacios
coloniales durante la época moderna; unos espacios que al abrir el hori-
zonte de perspectiva vemos participarlos en redes mercantiles interna-
cionales. Pero para estos tiempos, los fenómenos planetarios sólo pue-
den ser posibles –y perceptibles para nosotros– si hay una estructura
local y regional que los sustenta. En otros términos, hay que reconocer

3. La mención puede verse, para el caso novohispano, en Álvarez de Abreu, Extracto,


1977. Para el caso peruano, Paz-Soldán y Moreyra, El Tribunal, 1956.
4. Un anónimo anota en su visita a Acapulco que el cargamento del galeón de 1702 es
prácticamente todo de sedería; en Villar, El contrabando, 1967, p. 29
5. agnm, Indiferente virreinal, caja 3552, expediente 26, fs. 2-3; agi, Quito, 170, expedien-
te 1, fs. 224-256.

90
La ruta hispanoamericana de la seda china

que sin el tráfico terrestre de media y corta distancia, o de una navega-


ción de cabotaje que toca puertos no muy considerados por el comercio
oficial ubicados en la Mar del Sur, le resultaría imposible a la seda
china realizar estos titánicos trayectos. De tal manera que para lograr
su circulación a gran escala, la tela oriental aprovecha los circuitos in-
tercoloniales, regionales o de pequeños trayectos por donde transitan
otro tipo de mercancías de producción local o de distinta procedencia
extranjera.
Están las telas y los tejidos propiamente de China y de la India que
no son sedas sino de algodón. Nos referimos a cambayas, lienzos, za-
razas, mantas, angaripola, muselina y elefantes. También se mueven
otros artículos orientales, como loza, clavo, pimienta, especias, perfu-
mes, una notable variedad de mobiliario, entre los que sobresalen los
pabellones, los escritorios, las camas, los biombos y, por último, los ob-
jetos litúrgicos. Estos artículos orientales no realizan la totalidad del
trazado de la ruta de la seda. Particularmente los objetos orientales
de mayor dimensión y de elevado valor –como escritorios, biombos y
camas– son consumidos en los centros urbanos de mayor densidad y
desarrollo económico, como serían la ciudad de México y Lima.
Como segundo tipo de artículos, vemos anexarse a la ruta de la seda
china un variopinto conjunto de tejidos, de loza y de mobiliario con pro-
cedencia europea. Son las piezas y mercancías que se introducen por los
puertos atlánticos de Veracruz y Portobelo gracias al régimen de comer-
cio de las flotas y galeones españoles.6 Luego de su desembarco en las
ferias atlánticas, los objetos europeos emprenden su desplazamiento
terrestre para alcanzar los circuitos de la seda china que se encuentran
en los centros de distribución e intercambio por la franja del Pacífico
indiano.7 Por último, aparecen los bienes de la tierra producidos en Mé-
xico y Centroamérica que acompañan a la famosa seda oriental en su
segundo tramo del trayecto a través de la Mar del Sur. Sobresalen las
telas y los tejidos novohispanos, el añil, el palo de Campeche, la brea, el
alquitrán, el tabaco y la madera. Como se verá más adelante, la movili-
zación hacia el sur de la seda oriental puede ser encubierta o etiquetada
como tejidos novohispanos.

6. El contrabando extranjero también permite la importación de estos productos.


7. Para el temprano período colonial de principios del siglo xvi: Spate, El lago, 2006, p.
288. Para tiempos posteriores: Bonialian, El Pacífico, 2012, pp. 305-340.

91
China en la América colonial

Todo este conjunto de bienes que fluyen en dirección norte-sur se


intercambia por una contracorriente de artículos de producción local
que es impulsada por navíos sudamericanos al llevar a México azogue
de Huancavelica, cacao de Guayaquil, vinos de Perú y Chile y, funda-
mentalmente, la plata peruana.8 El caso del metálico peruano resulta
un buen indicador para comprender la verdadera dimensión de la ruta
de la seda. Podemos percibir una “ruta de la plata” incorporada a la
ruta de la seda china. Es el flujo que va desde Potosí hacia Lima y desde
la ciudad de Los Reyes hacia México para finalmente embarcarse en
el galeón de Manila en sus preparativos de partida hacia Filipinas y
Cantón. Pero como veremos en las próximas páginas, la ruta de la seda
china comprende una dimensión geográfica hispanoamericana más
amplia que el camino transitado por el metálico; lo que sugiere que la
adquisición de seda china no siempre requiere plata para su consumo.
Muchas modalidades de intercambio se habrían activado en torno a la
ruta de la seda.
Por varios tramos del trayecto vemos moverse autoridades políti-
cas y religiosos. Muchos de los que son nombrados gobernadores de las
islas Filipinas viajan en la nao de China, así como los nuevos virreyes
peruanos se movilizan por la Mar del Sur, y es México escala o punto de
origen. La movilidad no sólo se reduce a las altas esferas sociales. Tam-
bién se trafican por la ruta de esclavos chinos, japoneses y de la India
que detienen su marcha en México o son reexpedidos hacia el Perú. Por
ejemplo, hacia 1613 viven en la ciudad de Lima 114 asiáticos esclavos,
dedicados al servicio doméstico o al trabajo de soleteros y abridores de
cuello. En muchos casos ellos parten desde la ciudad de Manila para
llegar a la Ciudad de Los Reyes.9 Decíamos también que por la ruta de
la seda se canaliza la esperanza de la conversión cristiana del Oriente
y la vía por donde se incorporan diferentes enseñanzas sobre el imperio
chino. De México hacia Filipinas, de Perú a México, de Buenos Aires o
de Santiago a Lima; por todas estos circuitos –que son parte de la gran
ruta de la seda china– se movilizan los religiosos y misioneros, en par-
ticular los jesuitas, canalizando en su ida hacia Oriente la esperanza
de la conversión cristiana del Oriente o, en su retorno, incorporando a

8. Azcárraga y Palmero, La libertad de comercio, 1782, pp. 74-75; Bonialian, El Pacífico,


2012, pp. 315-350.
9. Contreras, Padrón, 1614, fs. 237-246.

92
La ruta hispanoamericana de la seda china

suelo americano distintas enseñanzas culturales, religiosas y económi-


cas de Oriente.10
La gran ruta de la seda china pone en claro que la economía colonial
hispanoamericana no se limita a abrazar las fronteras atlánticas de
lo europeo. Es una muestra por demás significativa de la resonancia
que causa en tierras americanas el esplendor que vive por estos siglos
la economía del imperio asiático. La ruta de la seda china es, quizá, el
elemento más expresivo de una relación pilar y de larga duración que
se teje entre China y América; enlace que, por su densidad, constancia y
amplitud geográfica, llega a cuestionar, desde sus bases, la relación eco-
nómica comercial constituida entre España y los espacios de la Nueva
España y el Perú. Durante los doscientos años de su funcionamiento y a
pesar de los constantes intentos de la política española por eliminarla,
la ruta de la seda china alcanza una fuerza económica equiparable a la
potencia de las flotas y galeones españoles del Atlántico.11 Se podría
afirmar que el desarrollo de la ruta indiana de los tejidos orientales
surge como un fenómeno no deseado del rígido esquema de monopolio
comercial; una consecuencia no deseada por España, pero fomentada
por los agentes económicos americanos que aprovechan los vacíos del
sistema.
El deseo español por hacer desaparecer la ruta hispanoamericana
de la seda china recién podrá concretarse durante la segunda mitad del
siglo xviii, con el proceso de flexibilización comercial del comercio euro-
peo con América, la apertura legal de circuitos con espacios y puertos
que antes estaban cerrados al tráfico oficial y las profundas transfor-
maciones técnicas y productivas que se producen en los centros manu-
factureros europeos. A partir de este nuevo escenario, el algodón de
la India fabricado en los talleres europeos comienza a ser dominante
en los mercados consumidores de la América española, generando que
aquella ruta de la seda oriental comience a fragmentarse hasta su de-
finitiva desaparición.

10. Véanse por ejemplo los casos de los jesuitas Nyel y Taillandier a principios del siglo
xviii; en Zermeño, Cartas edificantes, 2006, pp. 61-108. También, el informe “Noticias de
los jesuitas sobre la religiosidad en China (1638-1649)”, ahn, Diversos-Colecciones, 27,
N.14, fs. 1-4.
11. Álvarez de Abreu, Extracto, 1977.

93
China en la América colonial

Maris Pacifici, que considera el Pacífico y la Mar del Sur


Elaborado por Abraham Ortelius, 1598

Fuente: Van den Broecke, Atlas Maps, 12.

El viaje. Invitamos a embarcarnos en la ruta hispanoamericana


de la seda china. Todo comienza en el poder de irradiación de la nao de
China o también llamado galeón de Manila. En el puerto de Cavite
de las islas Filipinas las sedas son embarcadas en el galeón de Manila
a partir del arribo de gran cantidad de barcos chinos (los champanes)
o navíos europeos que ofertan la preciada tela en el parián filipino, lo
que sería el mercado formal para los intercambios en el archipiélago
oriental.12 Notables cantidades de seda se almacenan en las bodegas
del galeón, para que luego de cuatro a seis meses –dependiendo de los
vientos, las corrientes marítimas o algún episodio de guerra– se des-
carguen en el puerto novohispano de Acapulco. El rubro de sedas es,
seguido por la canela, el artículo de mayor circulación entre Filipinas
y Acapulco. En la primera mitad del siglo xvii, el procurador general
de las islas, Grau Monfalcón, publica un inventario de la descarga del

12. Montero Vidal, Historia general, t. ii, 1887-95, p. 120.

94
La ruta hispanoamericana de la seda china

galeón de Manila por el puerto de Acapulco y concluye que, en sus di-


ferentes formas, la seda china conforma prácticamente toda la carga
del galeón oriental:

Los géneros que se comercian de las Islas se dividen en seis


suertes: La primera es la seda, en madeja, peso y trama. La se-
gunda los tejidos de seda. La tercera los tejidos de algodón. La
cuarta los frutos de las islas. La quinta las demás brujerías y
cosas que se traen.13

La seda como materia prima o ya confeccionada se ubica, según el


procurador, en la primera y segunda posición de los artículos carga-
dos en los pesados galeones orientales. Por la liviandad, comodidad,
ágil traslado, alta rentabilidad y su consumo cotidiano resulta una
verdadera tentación que la seda china se oculte en el galeón y se con-
trabandee. La práctica ilegal en la importación de la seda china por
México alcanza una sorprendente frecuencia durante todo el período
colonial.14 Aquí se encuentra gran parte del secreto de la existencia de
esta extensa ruta hispanoamericana de la seda china. Desconociendo
los principios legislativos dictados por la Corona española, el tejido
oriental que ingresa por el puerto de Acapulco es de tanta cantidad
que no sólo satisface con creces los pedidos del público consumidor
novohispano sino que, como una suerte de “cascada”, logra abastecer
lejanos y distantes mercados hispanoamericanos. Al momento de sa-
tisfacer los pedidos de Nueva España, la potencia de la corriente de
la seda es tan amplia que aún tiene la capacidad para ir surtiendo los
pedidos realizados por Centroamérica, Perú y espacios coloniales más
australes. Más adelante, nos detendremos a analizar algunas de las
razones relevantes que vendrían a explicar el nacimiento y el desarro-
llo de la ruta.
Al momento de llegar al puerto de Acapulco, la seda china se des-
carga de las amplias bodegas de la nao de China para celebrar la feria
comercial de Acapulco que desde principios del siglo xvii se erige como
el único punto e instancia autorizada para su importación en Hispa-
noamérica. En la feria participan los almaceneros de la ciudad de Méxi-

13. Grau y Monfalcón, “Memorial (sin fecha)” 1866, pp. 470.


14. Álvarez de Abreu, Extracto, 1977, p. 319; “Memorial del Consulado de Sevilla” (1714),
agi, México, 2501, s/n de fs.

95
China en la América colonial

co e importantes mercaderes de Puebla, Oaxaca y del Bajío.15 También


mercaderes filipinos y peruanos alcanzan a celebrar la feria o, en el
caso de los peruanos, logran carenar sus barcos en surgideros periféri-
cos y cercanos al centro ferial como el Marqués, Zihuatanejo o Huatulco
y poder adquirir, previo intercambio por cacao o plata, el preciado tejido
oriental.16
Finalizada la feria, la seda de China inicia su movimiento por dos
posibles rutas. La primera alternativa es que los arrieros, comisionistas
o corredores de lonja la lleven en recuas de mulas hacia la ciudad de
México no sólo para el consumo interno, sino también para que el propio
gran mercader de la ciudad la almacene y luego la distribuya por los
mercados regionales del virreinato. Es el llamado almacenero, el gran
comerciante de la ciudad de México, el más interesado en activar este
preciso tramo de la ruta para garantizar su uso en la ciudad y al mismo
tiempo monopolizar su redistribución por el espacio.17 La segunda po-
sibilidad es que la seda china transite desde Acapulco por puntos de la
región novohispana, centroamericana y sudamericana sin escalar en
la ciudad virreinal. En este caso, la seda china puede ser adquirida por
barcos peruleros ubicados en las cercanías de Acapulco o por los propios
comerciantes novohispanos que en su función de remitentes las envían
hacia los mercados del Sur. Pero vale decir que la conexión con la ciudad
de México resulta predominante y mucho más frecuente que la segunda
alternativa. La importancia se evidencia por el hecho de que la ruta que
une el puerto del Pacífico con la capital llega a caracterizarse como “el
camino de la China” o “el camino de Asia”.18
Lo cierto es que sea directamente o por intermedio de la ciudad de
México, la seda china parte de Acapulco y recorre un abanico importan-
te de centros urbanos novohispanos entre los que podríamos mencionar
a Guanajuato, Querétaro, Morelia, Puebla, San Luis Potosí, Oaxaca,
y Veracruz, entre muchos otros puntos. Valdría destacar del listado

15. Yuste, Emporios, pp. 277-290.


16. Gemelli Carreri, Viaje (1701), 1983, pp. 28-29; Robles, Diario de sucesos (1665-1703),
1946, t. ii, pp. 299-311. Para lograr su arribada, los peruanos negocian sobornos con las
autoridades de los puertos. Véase al respecto: “Cartas y expedientes de don Juan José
Veitia Linage”, agi, México, 825, s/n de fs. También agnm, Indiferente virreinal, caja 747,
expediente 40, f. 2.
17. Bernal, “La carrera”, 2004, pp. 485-525. Yuste, Emporios, 2007, p. 50.
18. Serrera, “El camino de Asia”, 2006, pp. 211-230.

96
La ruta hispanoamericana de la seda china

a Puebla, ciudad de México, Oaxaca y Veracruz.19 Las dos primeras


ciudades –a las que habría de sumar Antequera– se destacan por el
desarrollo de la manufactura en tejidos de seda. Mucha de la seda china
“bruta”, “madeja”, “pelo”, “trama” “floja”, “en rama” es transportada a
los obrajes de aquellos centros para su elaboración y su posterior con-
sumo en México o en Perú. Para confeccionar todo tipo de vestimenta
en Nueva España se prefiere la seda que viene del Oriente antes que la
“mística española por ser más pareja y limpia para tejidos delgados y
llanos”, lo que genera que el proceso de elaboración arrastrase a más de
catorce mil trabajadores con sus telares.20
En Oaxaca se consume seda china, pero los agentes locales intere-
sados en su ingreso tienen la intención de almacenarla para su reex-
pedición hacia Guatemala y el Perú. Su llegada a Veracruz presenta
características especiales: gran parte de las partidas que ingresan es
reexportada hacia La Habana a través del mar del Norte, a Caracas
para internarse por los mercados de Reino de Nueva Granada y, en me-
nor medida, hacia España.21 El débil flujo transatlántico que presenta
la seda china en su periplo Veracruz-península ibérica se explica, ante
todo, por el hecho de que España se inclina con mayor interés por la vía
de abastecimiento de las compañías europeas del Oriente.22
Ahora bien, luego de obtener la seda china desde algún puerto del
Pacífico novohispano o por intermediación de los almaceneros mexicanos,
los navíos guatemaltecos y peruanos inician su retorno hacia uno o va-
rios puertos ubicados en la Mar del Sur. Por lo común, aquellos primeros
barcos finalizan su recorrido en los surgideros de Sonsonate, Acajutla, El
Realejo o Panamá.23 Por su parte, los barcos del Perú continúan su via-

19. Véase una clara diseminación de las sedas y bienes chinos en 1779 por el virreinato
en agnm, Indiferente virreinal, vol. 1109, expediente 1.
20. Grau y Monfalcón, “Memorial (sin fecha)”, 1866, pp. 470-474.
21. Las sedas chinas ingresan como si fueran producción local al Reino de Nueva Grana-
da vía Cartagena, véase al respecto: “Cartas y expedientes: Tribunal de Cuentas de Santa
Fe (1612)”, agi, Santa Fe, 52, N. 84, fs. 1-32.
22. Para el caso venezolano: Arauz Monfante, El contrabando holandés, 1984, p. 178. Por
ejemplo, en 1718 un mercader novohispano solicita al gobernador de Filipinas la restitu-
ción de 18.000 pesos en concepto de un envío de sedas desde Veracruz hacia Europa que
“no logran venderse por no tener estimación, ni salida”. ahnm, Diversos-colecciones, 43,
Nº 19, fs. 1-3.
23. “Pleitos de la Audiencia de Santo Domingo (1607)”, agi, Escribanía, 3B, s/n fs.

97
China en la América colonial

je hacia Panamá, Guayaquil, Paita, El Callao, Coquimbo o Valparaíso.


Vale advertir que los derroteros de esta compleja red marítima no siem-
pre son realizados por una sola embarcación, sino que la seda china es
una especie de “estafeta” que pasa de barco en barco dentro del juego de
postas de muchos artículos y bienes de diferente procedencia.24
También podía ocurrir que la seda del Oriente realizara todo el pe-
riplo de México hacia la ciudad de Guatemala por la vía terrestre, a
través del sistema de redes que se tejen entre los comerciantes de la re-
gión, apoyados en la complicidad de los funcionarios locales. Los navíos
peruanos pueden incluso obtener la seda china en las costas de Centro-
américa, sin llegar a los puertos del occidente novohispano, cuando la
tela asiática circula previamente desde Nueva España hacia Guatema-
la por los caminos terrestres.25
La seda se mueve gracias a la capacidad de acción de los agentes
americanos que están diseminados en diferentes regiones; sean ellos
comerciantes de gran capital y con gran reconocimiento social por for-
mar parte de los consulados de México y Perú, o bien mercaderes me-
dios y pequeños que están ubicados en regiones secundarias del espacio
hispanoamericano. Juntos o en competencia con ellos, juegan en la red
mercantil los virreyes, corregidores, oficiales reales, inspectores por-
tuarios, eclesiásticos, capitanes, comisionistas, corredores de lonja, in-
dios y esclavos. Un completo y diverso universo social participa en la
ruta de la seda china, a veces bajo prácticas clandestinas y a escondidas
o, en períodos de permisión, en forma clara y reglamentaria.26
Pasemos a la segunda parte del derrotero: aquel tramo que va desde
Centroamérica hacia Sudamérica. Uno de los testimonios más expresi-
vos del recorrido de la seda china se encuentra en las Noticias secretas
de Jorge Juan y Antonio de Ulloa; marineros que por la década del
40 del siglo xviii se ubican como testigos oculares de su movimiento
y circulación. Recordemos que son tiempos en que no está permitida
la reexpedición de seda china desde México hacia el espacio del Perú.
Dilucidando las lógicas de corrupción y de contrabando, los marineros
informan sobre las articulaciones espaciales que posibilitan el ingreso
de la seda china al territorio sudamericano.

24. Schurz, “México, Peru”, 1918, pp. 394-397.


25. Rubio Sánchez, Historial, 1975, pp. 256-260.
26. Bonialian, El Pacífico, 2012, pp. 340-344.

98
99
La ruta hispanoamericana de la seda china

Fuente: elaboración propia. Versión electrónica: Emelina Nava García.


China en la América colonial

En primer lugar, Ulloa se detiene a describir la función de Panamá


dentro de la ruta de la seda china. Punto neurálgico del imperio, “puerta
por donde todo pasa”, a Panamá llegan las sedas chinas procedentes de
Nueva España, pero, según el parecer de Ulloa, ellas “no tienen cabi-
mento [sic] en Panamá porque abundando tanto el de las costa [sic], no
hay necesidad de él sino para algunas sedas”.27 Lo que nos expresa Ulloa
sobre la función de escala que goza Panamá en el traslado de seda chi-
na desde México al Perú se comprueba para los primeros años del siglo
anterior.28 En Panamá converge la ruta de la seda china procedente de
México con la vía de los tejidos y telas europeas que llegan con el galeón
de Portobelo desde España. La gran apertura portuaria hacia el Atlán-
tico, que permite obtener de primera mano las telas y los tejidos euro-
peos, hace de Panamá más una puerta de tránsito de las sedas chinas
entre México y Perú que un espacio propiamente consumidor. En varias
ocasiones ocurre que el embargo de la carga de seda china que arrojan
los comisos realizados en los puertos del Perú termina por enviarse a
Panamá para, como ordena la ley, ser remitido a la Casa de Contratación
de Sevilla. Sin embargo, el mercado panameño alcanza a digerir muchas
de estas partidas antes de su envío.29 Sin dudas, la unión de los tráficos
oceánicos convierte a Panamá en el escenario ideal para esconder o en-
tremezclar todo tipo de seda oriental y europea, legal o ilegal, logrando
así que la primera pase inadvertida o con el guiño del funcionario de
turno. Habría que darle crédito a la denuncia que aparece en las Noticias
secretas, pues es incesante el arribo de barcos peruanos y guayaquileños
de porte pequeño a Panamá con la misión de cargar la seda china que
los propios comerciantes panameños, comisionistas de los novohispanos,
políticos o eclesiásticos tienen acumulada en sus almacenes, depósitos
comerciales, casas o conventos para enviarla a las regiones costeras del

27. Juan y Ulloa, Noticias (1747), 1991, pp. 204-205.


28. Véase al respecto las cartas de quejas sobre la abundancia de sedas chinas por Pana-
má del presidente de la Audiencia, Francisco Valverde de Mercado, en los años iniciales
del siglo xvii (1606-1610); en agi, Panamá, leg. 15, R. 8, N. 87; leg. 15, R. 7, N. 58; leg. 16,
R. 2, N. 22; 45, N. 70.
29. “Real Cédula a los oficiales reales de Lima, para que hagan cargo al situado de Pana-
má de veintitrés mil setecientos sesenta y nueve pesos, que produjo la venta en Panamá
de veintisiete fardos de ropa de China que ellos habían dirigido para su remisión a la
Casa de la Contratación de Sevilla (1714)”, agi, Panamá, 232, L. 11, fs. 101-102.

100
La ruta hispanoamericana de la seda china

Pacífico sudamericano.30 La próxima escala es Guayaquil; puerto que,


en el parecer de Antonio de Ulloa, se erige como “uno de los principales
almacenes en aquellas costas […] entran con gran franqueza los géneros
de China que la mayor parte se reducen a sedas”.31 Lo que nos relata
Ulloa no es un escenario novedoso para mediados del siglo xviii. Desde
tempranas épocas coloniales, el puerto ecuatoriano registra numerosas
arribadas de navíos procedentes de Nueva España cargados de seda chi-
na. El propio jurista español Solórzano Pereira advierte de lo trascen-
dente que es el puerto de ecuatoriano para la entrada ilegal de la seda
china.32 A la vez, en 1608 la propia Audiencia de Quito le informa al rey
sobre “el gran consumo de seda china”.33 Si Guayaquil muestra contro-
les rígidos, los navíos que vienen con seda china desde Nueva España o
Centroamérica atracan, para “su disimulo”, en los puertos de “Atacames
[Esmeralda], Puerto Viejo, Manta o la punta de Santa Elena […] y de ahí
se conduce a Guayaquil”.34 Con mayor intensidad, Guayaquil presenta
la misma función de almacén, de depósito, como los otros puertos de ca-
botaje de la costa centroamericana del Pacífico. Luego de su desembarco
en Guayaquil, la seda china comienza a colocarse por centros urbanos y
mercados cercanos porque “una parte se consume en aquella jurisdicción,
otra entra en la provincia de Quito y repartida en todos los corregimien-
tos pertenecientes a la Audiencia, tiene en ellos su expendio, y otra parte
se interna al Perú, donde también se reparte y cuando la cantidad es
grande alcanza Lima”.35
Luego de cumplir con la demanda de su reducido mercado, Guaya-
quil reexpide la seda china hacia las tierras altas de Quito y sus alrede-
dores. Aun así dispone de un sobrante, de un excedente comercial que
se transporta hacia lugares más distantes como el puerto de Paita, su
centro urbano de Piura o a la misma ciudad de Lima. A Paita, puerto
ubicado al sur de Guayaquil y de muy poca consideración en el comercio
legal, también arriban navíos procedentes de Nueva España y de Pa-

30. Véase un caso representativo que ocurre en 1716 en Dilg, “The Collapse”, 1975, pp. 34-35.
31. Juan y Ulloa, Noticias (1747), 1991, pp. 205 y 227.
32. Véase al respecto Solórzano Pereira, Política [1647], t. i, p. 20.
33. “La Audiencia de Quito sobre diversos asuntos (1608)”, agi, Quito, 9, R. 11, N. 82 bis,
s/n de fs. También, agi, Quito, 9, R. 11, N. 80, s/n fs.
34. Juan y Ulloa, Noticias (1747), 1991, pp. 205-206.
35. Ibid., p. 208.

101
China en la América colonial

namá para desembarcar la seda china y así eludir la vigilancia de los


aduaneros de El Callao.36 Es un surgidero con notable actividad en lo
que se refiere al comercio informal e ilícito. Nuevamente es Ulloa quien
nos comunica casos concretos. Hacia 1740 nota el arribo de dos navíos
al puerto de Paita: Los Ángeles procedente de Panamá y La Rosalía, de
Nueva España. Ambos barcos desembarcan enormes partidas de seda
china que son trasladados hacia Lima y “se esperaba que fuesen lle-
gando recuas de mulas necesarias para irlos despachando a Lima”. Los
mercaderes responsables de la circulación “no llevan guías de Piura a
Lima […] y pasaron a ser depositadas en uno de los mismos guardas”.37
Pero, sin lugar a dudas, es el puerto peruano de El Callao el lugar
preferido para que los barcos realicen el desembarco de la seda china
enviada desde Acapulco o desde Centroamérica. Es que Lima se coloca
como el principal mercado consumidor del tejido oriental en el espacio
del Perú. En 1619, Diego Fernández de Córdoba marqués de Guadalcá-
zar, quien por esos años es virrey de Nueva España y será luego virrey
del Perú (1622-1629), le escribe al rey que, a pesar de las prohibiciones,
salen periódicamente navíos con plata desde El Callao hacia Acapulco
para retornar con seda china.38 Justamente en esos años iniciales del si-
glo, fray Martín de Murúa describe las calles de la ciudad de Los Reyes
como un verdadero “concurso que hay de gente y de negociantes, que
se hallarán allí mercaderías de todas las naciones de Europa y de las
Indias, de México y de la Gran China”.39
Sea en las décadas de la segunda mitad del siglo xvi, cuando está
permitida la importación de seda china al Perú, o en tiempos poste-
riores, donde rige la prohibición absoluta, El Callao presenta varios
motivos para posicionarse como el puerto ideal para su entrada. Como
destacamos anteriormente, es el punto costero más próximo para res-
ponder a los incesantes pedidos de seda del primer centro consumidor
de Sudamérica: Lima. En 1740, la ciudad de Los Reyes llega a ser cali-
ficada como “la feria de Pekín” por las ventas mayoristas, al menudeo

36. Para el temprano período colonial véase Macleod, “Aspectos de la economía”, en His-
toria, 1990, p. 182. Para las décadas que van de 1680 a 1740: Bonialian, El Pacífico, 2012,
pp. 315-331.
37. Juan y Ulloa, Noticias (1747), 1991, pp. 214-215.
38. “Carta del virrey marqués de Guadalcázar (1619)”, agi, México, 29, Nº 21, f. 5.
39. Murúa, Historia, 2001 [1606-1613], p. 292.

102
La ruta hispanoamericana de la seda china

y ambulatoria de tejidos de seda china que se realizan por sus calles.40


En segundo lugar, en Lima no sólo residen los comerciantes con el sufi-
ciente capital para importar la seda china, sino que también es el punto
fundamental para las negociaciones con las más influyentes autorida-
des políticas que muestran, incluso los virreyes, un grandísimo interés
por ser partícipes de la circulación y consumo de la seda china.41 En
tercer lugar, El Callao es el puerto con el más alto nivel de actividad
portuaria del Pacífico, superando incluso al surgidero novohispano de
Acapulco. Murúa nos dice que a principios del siglo xvii, el punto costero
limeño tiene “de ordinario de cuarenta a cincuenta navíos” que vienen
de todos los puertos del Pacífico y de China. Por estas razones, entre
muchas otras, Lima se alza como principal polo de atracción de la seda
china y, en consecuencia, como el punto central para que el tejido orien-
tal emprenda su redistribución por todo el territorio comprendido en la
Audiencia de Charcas atendiendo principalmente los puntos de Cuzco,
La Paz, Potosí hasta alcanzar las ciudades menores de la Gobernación
de Tucumán.
Si seguimos el curso marítimo notamos que de El Callao se extiende
un circuito que apunta a Pisco y, más al sur, Arica. Estos puertos se-
cundarios son utilizados para internar la seda china hacia la Audiencia
de la ciudad de La Plata y así entroncar con el circuito terrestre que
hace circular el tejido oriental desde Lima hacia Potosí y toda la región
de Charcas.42 En numerosas ocasiones los navíos procedentes de México
con cargamentos de seda china prefieren eludir el puerto de El Callao
para no ser sancionados y recalar en aquellos dos puertos menores del
Perú, los cuales presentan menores controles aduaneros para el ingreso
clandestino del tejido oriental. El raso de seda de China también llega
al puerto de Valparaíso desde El Callao para vestir a los españoles de
la ciudad de Santiago de Chile. Este preciso flujo, con variada intensi-

40. Marcoleta, “Nueva representación”, 1915, t. v, p. 153.


41. En 1626 el virrey príncipe de Esquilache es procesado y multado por dos cargos de
contrabando de seda china. En el primer juicio se le cobran 30.000 ducados por ingresar
“cantidad de cajones de seda de china”. En el segundo caso se lo acusa de fraude por haber
manipulado un comiso de una nave repleta de seda china. La multa alcanza los 200.000
pesos. agi, Escribanía, 1187, f. 123. Para un caso posterior de 1674, referente al virrey
conde de Castellar, véase Suárez, Desafíos, p. 376.
42. “Real Cédula a don Francisco Pimentel y Sotomayor, presidente de la Audiencia de
la ciudad de la Plata, en la provincia de los Charcas (1714)”, agi, Charcas, 417, L. 9, fs.
206-209.

103
China en la América colonial

dad, está activo durante los doscientos años en que la ruta de la seda
funciona. Así lo confirman los numerosos inventarios de los españoles
que viven en Santiago.43 El circuito de El Callao-Valparaíso termina en
el entronque terrestre de Santiago y la gobernación de Tucumán, por
donde los rasos de seda china viajan junto con los paños de Castilla, de
México y Quito para vestir a los españoles “del común”.44
Ahora bien, volvamos a situarnos en Lima y veamos la extensión del
camino terrestre hacia el sur. Hay una derivación meridional de la ruta
de la seda china muy importante y es la que parte desde Lima y pro-
sigue hacia Potosí, realizando escalas en La Paz y Oruro. Para Potosí
contamos con dos sólidas referencias, que contemplan los dos extremos
del arco temporal en que funciona la ruta de la seda china. La primera
referencia corresponde a la Relación de Capoche de 1585. Sin dudas,
por los tempranos tiempos que escribe Capoche, Potosí es, a raíz del no-
table arrastre económico que genera la producción de plata, uno de los
principales mercados consumidores de toda América. Los objetos ofre-
cidos de todo el mundo en sus mercados y tiendas ubican a Potosí como
un centro económico planetario. Nos dice Capoche que en los listados
de mercaderías siempre se encuentran los vestidos de tejidos y sedas de
China utilizados por los pobladores de la villa.45 A principios del siglo
xviii, el gran cronista potosino Arzans Orzúa relata la continuidad de
esta extraordinaria amplitud consumidora de la ciudad, a pesar de que
la producción de metálico está en crisis y muy distante de los tiempos
de esplendor que relata Capoche. Para esos tiempos, Potosí dispone de
un gran repertorio de mercancías extranjeras, como “granos, cristales,
marfil y piedras preciosas de la India; diamantes de Ceilán; perfumes
de Arabia; alfombras de Persia, el Cairo y Turquía; todo tipo de espe-
cias de la península de Malaya y Goa; porcelana blanca y vestidos de
seda de la China”.46
A este gran tronco sudamericano de la ruta de seda china se le anexa
un adicional “brazo” que va aún más hacia el Sur. Con mulas y arrie-

43. Para los primeros tiempos véase Márquez de la Plata, “Los trajes”, 1934, p. 31; para
el caso del siglo xvii: Amenábar, “Trajes y moda”, 1986, p. 11; en el caso de La Serena de
las primeras décadas del xviii: Sayago, Historia, 1973, p. 367.
44. Assadourian, El sistema, 1982, p. 71.
45. Capoche, Relación, 1959 [1585], p. 134.
46. Orsúa. Historia de la Villa, 1965, t. i, p. 8.

104
La ruta hispanoamericana de la seda china

ros se lleva la seda desde Potosí hacia Jujuy, Salta, Tucumán y Córdo-
ba para, desde ahí, bifurcarse en dos últimos trayectos hacia Santiago
de Chile, vía Mendoza, o al puerto atlántico de Buenos Aires. Valdría
mencionar dos casos representativos sobre Chile y Buenos Aires. En
abril de 1608, el virrey Montesclaros se encuentra en El Callao, gestio-
nando “apretadas diligencias añadiendo a las ordinarias acerca de la
prohibición de mercaderías que venían de Nueva España”.47 Informa
que su presencia tiene buen efecto, pues “queda cantidad de ropa conde-
nada que me dicen puede valer cuarenta mil pesos a los precios de aquí,
siendo estas ropas de la China”.48 Lamentablemente, el documento no
ofrece detalle sobre el textil comisado, pero Montesclaros hace mención
al tafetán, una suerte de seda ordinaria para el consumo cotidiano de
diferentes grupos sociales. A contrapelo de lo que ordena la legislación,
el virrey decide por su circulación y consumo.

Fue preciso gastar cantidad de tafetán de la China en forros


de sombreros que se enviaron a Chile […] había una partida de
mil seiscientos sombreros y para aforrarlos fueron menester dos-
cientos y treinta y una piezas de tafetán, de diez y once varas, que
montaron tres mil pesos de a ocho reales.49

Tres años antes, en 1605, el obispo de Buenos Aires, Martín Ig-


nacio de Loyola, le escribe una carta a Felipe iii en la que denuncia
una suerte de inundación de ropa de la China por la Gobernación de
Tucumán y Buenos Aires:

Ha entrado tanta ropa de la China en el Perú de contrabando


y contra toda razón que no hay provincia por acá de Buenos Aires
y Tucumán que no esté llena de ella, y tan buena y barata que las
cosas de España ya no valen nada, lo cual es en grandísimo daño
de los derechos reales pertenecientes a su majestad en España
y en los puertos donde las flotas se despachan […] la centésima
parte de la ropa de China que este año ha entrado en el Perú, es
más que cuanta ha entrado por este puerto en 50 años y estoy ad-
mirado de algunos ministros de su majestad que tanto procuran

47. “Carta del virrey Montesclaros a Felipe iii desde el puerto del Callao”, en “Expedien-
tes cartas de Virreyes Perú, 1604-1610”, agi, Lima, 35, f. 43.
48. Ibid.
49. “Expedientes cartas de Virreyes Perú, 1604-1610”, agi, Lima, 35, f. 43v.

105
China en la América colonial

cerrar este puerto siendo una minoría cuanto viene por él y se les
da tan poco de esa puerta tan grande [El Callao] donde van cada
año tantos millones.50

El pobre nivel de intercambio que presentan las ferias de Portobelo


no se explica, según Loyola, por el contrabando portugués que se hace
por el puerto de Buenos Aires, sino por la ropa de China que entra des-
de El Callao. En general, la seda oriental, como todo artículo extranje-
ro, se intercambia en Lima o Potosí por mulas, medio de transporte fun-
damental para la economía de la región. De tal manera que para lograr
su circulación y consumo, la seda china debe aprovecharse de las rutas
y de los centros de distribución que presenta el complejo circuito inte-
rregional de comercio en torno a Charcas y la gobernación de Tucumán.
Nuevamente son los inventarios patrimoniales los que nos permiten
confirmar la abundante presencia de seda china por la ciudad de Cór-
doba y su entorno hasta llegar, con mucha menor dimensión claro está,
al puerto de Buenos Aires; último trayecto de la ruta continental.51 Al
igual que Panamá, la evidente disminución de la llegada de seda china
a Buenos Aires se explica por su posición costera atlántica; ubicación
que le permite surtirse con tejidos europeos a partir de la llegada de los
navíos de permiso a sus playas procedentes de Europa.

Razones del ingreso de seda china por Hispanoamérica

Al margen de las altas y bajas en su intensidad: ¿cómo explicar el


funcionamiento constante durante prácticamente dos siglos de la ruta
hispanoamericana de la seda china? ¿Qué factores nos permitirían
entender la configuración de una “columna” mercantil de tela china
cuando España construye un gran dispositivo legislativo para eliminar
todo elemento asiático que perturbe su dominio económico en América?
Identificamos tres razones económicas que podemos clasificarlas como

50. “El obispo del Río de la Plata a su merced. Que se tripliquen los despachos tocantes a
la contratación con las Filipinas y la mercaderías y ropa de la China que se prohíben en
el Perú”, agi, Charcas, 135, f. 1.
51. Véase al respecto el último artículo del libro en donde se relata el caso del capitán
Juan de Buitrón. También puede consultarse: ahpc, Escribanía 1, 1719, legajo 241, expe-
diente 9, fs. 188-193.

106
La ruta hispanoamericana de la seda china

la razón productiva, la comercial impositiva y la referida a su cultura


consumidora.

1) La razón productiva. En la Nueva España, durante los cincuenta


años que van de 1530 a 1580 logra expandirse la cría de gusano y el
cultivo de la seda, lo que alienta la aparición de una industria manu-
facturera en la ciudad de México, Puebla y Antequera.52 Los artículos
elaborados en estos obrajes se dirigen al mercado local del virreinato
y los excedentes son reexportados por la Mar del Sur hacia el espacio
peruano. Pero en los años finales del siglo xvi la industria novohispana
de la seda muestra señales de contracción a raíz de un aumento notable
en las importaciones de seda china por el puerto de Acapulco. A partir
de entonces, el taller novohispano readapta sus métodos y técnicas para
elaborar la seda china bruta que llega con el galeón.53 En estos térmi-
nos, la seda china contribuye al desarrollo manufacturero novohispano
y a mantener un número considerable de tejedores por el espacio mexi-
cano.
Ahora bien, la crisis de una producción de seda local en Hispa-
noamérica, junto a las políticas peninsulares tendientes a trabar e im-
pedir cualquier intento manufacturero textil local es una invitación a
la entrada de la seda china. La fuerza de contracción que produce el
fenómeno de importación sobre el desarrollo local manufacturero es
determinante. Junto a la entrada de los tejidos de seda del Oriente
aparecen otras razones que desalientan la producción y agudizan el
proceso de recesión. Una de ellas es la disminución de la mano de obra
indígena y, la otra, la política metropolitana tendiente a destruir toda
industria que pueda competir por el mercado consumidor hispanoame-
ricano jaqueando el desarrollo manufacturero de España.54 El rígido
control peninsular sobre las plantaciones de cría de gusano de seda
en el virreinato se mantiene por varias décadas. De tal manera que
la producción indígena de seda se reduce a su uso doméstico o para su
comercialización local. Pero en 1679, ante las aspiraciones del gobierno
español de eliminar tentativas de desarrollo industrial en la América

52. “Carta del virrey de Nueva España Martín Enríquez sobre cultivo de lino y seda
(1572)”, ahn, Diversos-colecciones, 25, Nº 17, fs. 13-26.
53. De ahí la gran dificultad en los registros para distinguir en los controles de Perú la
seda de origen asiática o novohispana.
54. Borah, Silk Raising, 1943, pp. 32-38 y 85-102. Bazant, “Evolución”, 1988, pp. 473-516.

107
China en la América colonial

hispana, se decide prácticamente arrasar todas las plantaciones en el


espacio indiano. La medida, que busca alentar el consumo de la seda
peninsular de Granada y Valencia, no hace más que crear el efecto con-
trario de estimar aún más los tejidos de sedas chinos.55 No cabe duda
de que la desaparición de la producción local de seda en México viene
a redoblar la estima de la asiática, tanto en el virreinato novohispano
como en el de Perú, espacio este último que ya no puede contar ni con la
producida en Nueva España.
La falta de una producción de seda local que motiva el necesario in-
greso de seda asiática es aún más determinante en el Perú. Es sabido
que durante la segunda mitad del siglo xvi y en las primeras décadas
del siguiente, el virreinato del Perú se presenta como un espacio auto-
suficiente, integrado, sin depender de las importaciones extranjeras.56
Si bien algunos documentos nos revelan que en esas décadas finales del
siglo xvi existen pequeñas granjerías de seda indígena para cumplir con
el pago de diezmos,57 el fray Martín de Murúa señala que aunque “Perú
todo lo tiene”, hay dos materias primas que faltan: la seda y el lino.58
Hacia 1620, el comerciante portugués León Portocarrero no tiene repa-
ros en afirmar la necesidad de contar con seda china en el Perú. Realiza
una “Memoria de todos los géneros de mercaderías que son necesarios
para el Perú […] porque no se fabrican en la tierra”. Allí enlista, entre
otros productos, “sedas flojas carmesí, azul, verdes y sedas de matices
que vienen de China”, “tocas que hacen en Lima con sedas que vienen de
la China” y “todas las sedas de la China, tejidos y sedas torcidas que se
gastan bien en el Perú”.59 Perú nunca logra producir seda en cantidad su-
ficiente para abastecer sus mercados. Esta carencia llevará al virreinato
a depender, en una primera instancia, de los envíos de tejidos y telas de
seda mexicanas pero de inmediato, aquella crisis temprana que sufre la
producción de seda novohispana conducirá al Perú a redoblar el interés
por la seda china.

55. Pérez Herrero, “Actitudes del Consulado”, 1983, p. 109.


56. Assadourian, El sistema, 1982, pp. 131-221.
57. Por estos tiempos, algunos prelados de Lima exigen a comunidades indígenas pagar
su diezmo en seda. agi, Lima, 567, leg. 8, fs. 299-300.
58. “Solo le falta al Perú seda y lino”, Murúa, Historia, 2001 [1606-1613], p. 273.
59. “Descripción general del reino del Perú, en particular de Lima”, bnf, Manuscritos,
Espagnol 280, Nº 5057, fs. 237-262.

108
La ruta hispanoamericana de la seda china

Nos permitimos superar la frontera de la América española y ver los


efectos que provoca la oferta-demanda de la seda china en Europa. Si
en Hispanoamérica la entrada del tejido oriental provoca una rotunda
condena a los obrajes locales, en la Europa Occidental obliga a una pro-
funda remodelación de su industria textil. Hemos advertido que desde
finales del siglo xvi el tejido occidental, por ser menos competitivo, sufre
gravísimos problemas para su venta en los mercados americanos, po-
niendo en crisis la pañería inglesa y las sederías de Granada, Italia y
Levante. La presencia y el desarrollo de la ruta hispanoamericana de la
seda china hacen reorientar los tejidos de los centros productivos de Eu-
ropa hacia los mercados domésticos. Aun con la inmensa introducción
de tejidos de seda china que realiza España por la vía de las Compañías
orientales europeas, hay una respuesta del mercado doméstico para los
tejidos de seda originarios, gracias a una revolución consumidora que
vive la Europa durante el siglo xvii.60
Resulta evidente que los frenos al desarrollo de la producción y de
la manufactura de seda a gran escala en Hispanoamérica se deben
a la política peninsular de desalentar cualquier intento de industria
textil que pueda competir en el plano del consumo con la industria
textil española. Pero sí hay señales claras de una permisión peninsu-
lar a la fabricación de tejidos ordinarios y baratos para responder al
vestuario común de los indios, esclavos y población pobre de la Amé-
rica colonial. Lo que en el fondo está buscando España es restringir
cualquier producción textil original que rivalice especialmente con el
tejido de seda español; producto reservado para los sectores medios
y superiores de la sociedad. Esta sería la principal explicación para
comprender el porqué de la lucha española por impedir el ingreso de
seda china. Pero ¿por qué no se logra? Y aquí debemos abordar las
cualidades especiales de los tejidos de seda de China que desbaratan
el plan español.

2) La razón comercial-impositiva. Sea por la vía terrestre o por el derro-


tero marítimo, la ruta hispanoamericana de la seda china está práctica-
mente impune de derechos fiscales y aduaneros. Al ser un recorrido que
se traza por la clandestinidad, los tejidos orientales evitan cualquier
derecho al fisco real e ingresan a los mercados libre de impuestos y
con mínimos costos de transporte y de comercialización. De tal mane-

60. Bernal, España, 2005, pp. 262-263.

109
China en la América colonial

ra que, las sedas asiáticas llegan finalmente al público con un precio


notablemente bajo, que tira por la borda cualquier intento español de
competir con sus tejidos en el mercado. Enseguida nos ocupamos de su
precio. Veamos lo que ocurre en el plano impositivo. En 1612, el virrey
del Perú, el marqués de Montesclaros insiste sobre lo “intratable” que
resulta frenar el ingreso de sedas chinas a Perú que vienen de Acapulco
a pesar de las disposiciones prohibitivas. Le aconseja al rey anular la
prohibición y “cargar mucho de los derechos de Acapulco y la entrada
del Callao […] cobrando con vigor los derechos, con lo cual se haría me-
nos la granjería y menos codiciable y apetecerán y tendrán por mejor la
correspondencia de Tierra Firme donde pagarán menos”.61
Lo que Montesclaros está proponiendo es un reconocimiento oficial
a la existencia de la ruta hispanoamericana de la seda china; una
consideración que llevaría a su legalización y, en consecuencia, a la
aplicación de impuestos en beneficio de la Real Hacienda.62 A pesar de
saber de la existencia de la ruta de la seda y luego de unas décadas
iniciales de permisión, la Corona española nunca la transparenta y la
combate a través de una legislación prohibitiva y de sanciones. ¿Por
qué el poder peninsular no la legaliza? Podríamos pensar que nadie
podría garantizar que ante una hipotética oficialización de la ruta,
que llevaría a un incremento del costo general de las sedas, los actores
abandonarían el uso de la seda china y se inclinarían inevitablemen-
te al consumo de tejidos españoles y europeos. El problema resulta
ser más complejo que el dilema legal/ilegal, de un simple gravamen
sobre la mercancía. El problema crucial radica fundamentalmente en
las pautas de consumo de la seda china, del tipo de necesidades que
satisface y de quiénes son sus consumidores. Enseguida abordaremos
esta última cuestión.
Para concluir este asunto digamos que a pesar del inmenso reco-
rrido de la seda china para llegar al Perú, su costo impositivo es casi
nulo. Si algún gravamen sufre, esa instancia ocurre en el puerto de
Acapulco, con la feria oficial novohispana. Pero si tomamos en con-
sideración que el galeón de Manila importa mucha de estas piezas
“fuera de registro”, es posible concluir que la mayoría de ella termina

61. Montesclaros, “Carta”, 1866 [1612], p. 343.


62. Sería imposible reproducir aquí las infinitas propuestas similares que aparecen en
la mesa del Consejo de Indias. Para un período posterior véase la propuesta de 1712 del
virrey novohispano duque de Linares, agi, Lima, 480, s/n de expediente fs. 1-7.

110
La ruta hispanoamericana de la seda china

llegando al Perú sin pagar un solo real al fisco. Por lo tanto, uno de
los elementos que hacen codiciable a la seda china en el espacio del
Perú son todos los beneficios que redunda su entrada clandestina y,
por ende, su mínimo precio.

3) Cultura económica consumidora de la seda asiática. Sugerimos que


el motivo de fondo, el verdadero secreto de la demanda de la seda en el
espacio americano y su capacidad para incursionar en los mercados de
tierra adentro, se encuentra en las diferentes calidades de las sedas y
tejidos, que van de la más ordinaria calidad hasta las más finas, consig-
nadas a un amplio y variado público consumidor de Hispanoamérica.
Comencemos por fundamentar la hipótesis sobre el caso novohispano.
Íntimamente ligada a la razón productiva, valdría advertir que a
finales del siglo xvi, en momentos de tendencia inflacionista de los pre-
cios, el valor de la seda local mexicana se derrumba en el ochenta por
ciento porque la seda china le genera una exitosa competencia ya sea
por “su gran calidad” haciendo frente a los costes de transporte o por
su gran baratura “con la que vestían a los esclavos en las galeras de
Manila”.63 La afirmación da cuenta de un doble tipo de consumo de se-
das chinas. En primer lugar, el consumo reservado a los sectores pri-
vilegiados de la sociedad que disponen de un tejido de seda asiático de
fina composición, cuyo elevado valor se compensa por los reducidos cos-
tos de comercialización. En segundo lugar, la seda china ordinaria, que
apunta a vestir a los grupos más pobres y castigados. Este último perfil
consumidor es el que deseamos destacar, porque a nuestro entender es
esta precisa cultura consumidora amplia y cotidiana la que explica la
naturaleza y la potencialidad de la ruta de la seda.
En 1609, Pedro Martínez, capitán y alcalde mayor de la provincia
de Panuco, región cercana a Veracruz, describe en su Relación los artí-
culos que se proveen los españoles y los indios del lugar. Martínez dice
que “los precios pueden bajar o subir según la falta o abundancia de las
mercaderías”, pero “los más ordinarios”, en cuanto al rubro de tejidos
que aquí nos interesa, son estos:

La vara de paño ordinario de Puebla, siete pesos; la de gergue-


ta [sic], peso y medio; la de tafetán de la China, un peso; la de raso
de la China, un peso y medio; la onza de seda floja y torcida, peso

63. Spate, El lago, 2006, p. 250.

111
China en la América colonial

y medio; la vara de terciopelo de la china, cinco y seis pesos […]


la vara de holandilla china, quatro reales; las medias de seda de
la China, siete pesos; las de España, quince […] de estas cosas se
proveen los vecinos de estos pueblos cuando las traen a vender los
mercaderes de México y de la Puebla por tierra y los de Veracruz
y Campeche por mar.64

Contundente afirmación. La vara de un tipo de seda china presenta


un valor inferior al paño ordinario producido en Puebla. Las medias de
seda asiática salen menos de la mitad del precio que se ofrece por las
medias españolas. El caso es significativo porque manifiesta los alcan-
ces de la seda china en sectores bajos y en espacios totalmente alejados
de los centros de poder político y económico del virreinato. Considere-
mos un dato no menor: estamos hablando de una región muy cercana al
Atlántico y distante del Pacífico, y sin embargo la seda china presenta
una cotización inferior a la europea.
Continuemos analizando para un período posterior la calidad y el
tipo de consumidor que se siente atraído por la seda china. En los albo-
res del siglo xviii se genera una gran disyuntiva entre los comercios de
España y Filipinas que nos brinda importantes señales sobre esta pre-
cisa problemática. Cuando la Corona española ordena en 1718 prohibir
el ingreso a México de seda en rama y elaborada de China para prote-
ger su industria y el comercio transatlántico, comerciantes, virreyes e
incluso habitantes comunes replican que la medida es impracticable,
por cuanto “de ser regular vestuario la ropa de China, por lo acomo-
dado de su precio y no poderlo hacer los pobres (como quisieran) de la
de España, por ser más subido, sin que de faltarles aquella, se siga el
que gasten esta, porque si se los permitiese su necesidad y pobreza la
consumirían pues todos la estiman más por su mejor calidad y mayor
duración: lo que no sucede con la China que por su poca permanencia
se rompe y se destruye con facilidad”.65
Al momento de decretar la prohibición, Felipe v va resumiendo todas
las opiniones públicas que circulan por el imperio acerca de la singula-
ridad que presenta la seda china que entra desde Filipinas; caracterís-

64. Martínez, “Descripción”, 1969 [1609], pp. 153-154. En el breve ensayo de Álvarez se
ofrecen evidencias sobre el consumo de telas chinas por los indígenas de Filipinas en los
años finales del siglo xvi. Véase Álvarez, “E la nave va”, 2013, pp. 47-48.
65. agnm, Reales Cédulas Originales, caja 3552, expediente 26, (1724), fs. 3-4.

112
La ruta hispanoamericana de la seda china

ticas que dividen a México porque “el arribo de una flota [a Veracruz] es
celebrada por los mercaderes ricos que llaman de almacén y son los que
hacen empleos de su carga: pero que la mayor parte de este reino desea
con mayor eficacia la Nao de China y que se dilata su llegada ocasiona
muchos clamores”.66
El descontento social que puede generar la ausencia del galeón de
Manila en Acapulco se debe a las necesidades consumidoras de la ma-
yoría de la población. Un gran conocedor de la historia del galeón de
Manila, como lo es el historiador Schurz, sintetiza el fenómeno diciendo
“que todas las clases sociales, desde los indios de los pueblos de las
tierras bajas tórridas, a los cuales las convenciones y leyes españolas
compelían al usar vestuario, hasta los mimados criollos de la capital, se
vestían con las telas del Extremo Oriente y las sedas de China”.67
Durante todo el período colonial, ya sea desde México o desde el
Perú, las conclusiones tienen un pleno consenso y unanimidad: exis-
te la elegante seda asiática para “los selectos”, pero la mayoría de las
sedas chinas que se consumen por los mercados americanos y que, en
definitiva, configuran el esqueleto primario de lo que hemos llamado la
ruta de la seda, son baratas, de mediana a ordinaria calidad y de poca
duración. Hay de todos los gustos y calidades puesto que “el grueso de
las sedas chinas era consumida por peninsulares y criollos blancos pero
también abastecen a la gente pobre y constituye el vestido corriente
de los nativos de Nueva España”.68 Un viajero anónimo asentado en
Acapulco se asombra al ver en 1702 que el galeón de Manila alcanza
un tonelaje de 2.000, lejos de los 200 estipulados por la ley y ello se ex-
plica por los 11.000 fardos de seda china “barata y de baja calidad”.69Al
mismo tiempo, idénticas opiniones sobre el tipo de consumo de la seda
china circulan por el espacio peruano. En 1591, el contador de Tierra
Firme Miguel Ruiz de Duayen le escribe al rey español:

Las mercancías de China que vienen a Tierra Firme y Perú


causan gran daño a los reales derechos de almojarifazgo porque
como de allí se traen especialmente cosas de seda en cantidad
porque cuestan a muy baratos precios […] bien es verdad que se

66. Ibid., f. 4.
67. Schurz, The Manila Galleon, 1959, p. 362.
68. agnm, Reales Cédulas Originales, caja 3552, expediente 26, (1724), f. 4.
69. Villar, El contrabando, 1967, p. 29.

113
China en la América colonial

visten y remedian con ello gente pobre porque es más barato que
lo de Castilla, pero no de tanta dura, ni tan bueno.70

Uno de los testimonios más representativos es el que ofrece en 1594


el virrey del Perú, Hurtado de Mendoza, segundo marqués de Cañete.
Mendoza llega a ser una de las personalidades más interesadas en el
intercambio con China y hasta llega a promover viajes clandestinos por
la ruta de la seda vía Acapulco o en titánicos derroteros directos entre
Perú y el Extremo Oriente.71 En ese año, le advierte al Consejo de In-
dias:

Las mercancías chinas son tan baratas y las españolas tan ca-
ras que me parece imposible recortar ese comercio hasta el punto
que en este reino se deje de consumir productos chinos, ya que un
hombre puede vestir a su mujer con sedas chinas por doscientos
reales [25 pesos] mientras que no podría proporcionarle vestidos
con seda española por doscientos pesos.72

La cita permite la reflexión sobre varios puntos. El vestuario de


seda china se paga en el Perú al 10% del valor de lo que cuestan los te-
jidos españoles. Segundo, es tanta la cantidad que ingresa al espacio
peruano que pone en serios aprietos la industria, el comercio y el con-
sumo de la seda española; un problema que durante las primeras tres
décadas del siglo xvii la Corona intenta solucionar –sin éxito– a través
de un abanico de medidas legislativas que prohíben la circulación de
tejidos chinos hacia Perú.73 En 1602, en un contexto en que la Corona
española comienza a dar sus primeros pasos para prohibir el tráfico y
el consumo de sedas chinas hacia el Perú, los mercaderes de la ciudad
de Los Reyes le insisten a la Corona en dejar que al menos “se abra
el comercio de China” desde Acapulco y que eso no haría peligrar el
galeón de Portobelo, ya que “la causa de la decadencia del comercio
del Perú no es la entrada de aquel reino [México] de las mercancías
de China sino el mal orden que se tienen en las flotas […] que los del
Perú prefieren comerciar con México más que con España [y] que hay

70. agi, Panamá, 33, s/n de fs.


71. Iwasaki Cauti, Extremo Oriente, 2005, p. 228-233.
72. “Cartas y expedientes de virreyes del Perú (1593-1599)”, agi, Lima, 33, f. 43.
73. agi, Quito, s/n de expediente, fs. 1-11; Escalona, Gazophilacium, 1775, fs. 178-179.

114
La ruta hispanoamericana de la seda china

muchos españoles que visten de manera lujosa y costosa más que en


cualquier otra parte […] por lo que si entraren más flotas [galeones de
Portobelo] se vendería toda la ropa [española] que de sedas de China
se viste toda clase de gente, sobre todos los más pobres y se adornan
los templos”.74
En 1620, el comerciante portugués Pedro León de Portocarrero ano-
ta con mucho detalle el tipo de seda china que ingresa al Perú y cuáles
van dirigidas a las mujeres. Pero culmina su comentario sobre el asunto
señalando que la clave de su exitosa venta es que “viste a los pobres”
porque son baratas. Vale reproducir la extensa cita:

De las mercaderías que vienen de México cada dos años de la


china se llevan al Perú grandes partidas de tafetanes, gorgora-
nes enrollados y otros de librete. Damascos ordinarios y damas-
cos mandarines que los mandarines son los señores de vasallos
de la china y estos damascos le pagan sus vasallos de tributo y
otras sedas y todas las que se llaman mandarines son las mejo-
res que vienen de la china. Razos de mucha suerte en particu-
lar vienen muchos de lustre blancos de Lanquin [sic] picotes y
azabachados muy lindos terciopelos llanos y labrados negros y
colores mucha diversidad de colchas y sobrecamas labradas de
muy varios colores. Grandes partidas de cates de seda blancas
torcidas y muchos cates de seda floja y tocas de seda para mu-
jeres […] y toda es ropa en que todos ganan y se vende bien y se
visten de ellas los pobres porque son sedas baratas y se traen
muchas mantas de Lanquín, que son telas de lienzo feito de al-
godón, blancos y azules.75

Estas últimas dos citas resultan muy contundentes. La seda china


es para “toda clase de gente”. Particularmente “los pobres” del Perú
esperan lo que viene por el Pacífico mexicano, mientras que los círcu-
los sociales de elite buscan distinguir su prestigio consumiendo ropas
y textiles más finos y suntuosos que llegan desde Europa. Es cierto
que si se revisan los testamentos, los inventarios y otras fuentes re-
lacionadas con la posesión de bienes en familias hispanoamericanas
se pueden encontrar allí sólidas pruebas de que cortinas, sobrecamas,

74. agi, Filipinas, 34, s/n de expediente, fs. 36-48.


75. “Descripción”, bnf, Manuscritos, Espagnol 280, Nº 5057, fs. 211-212. El subrayado es
nuestro.

115
China en la América colonial

manteles y vestuario confeccionado con seda china llegan a parar a


manos de los sectores privilegiados. El perfil suntuario de los bienes
asiáticos nadie lo podría cuestionar. Pero aquí sostenemos que se ha
sobredimensionado este particular perfil, esta suerte de asociación
casi unilateral entre la seda china con el consumo de elite; como si los
bienes chinos fueran objetos exclusivamente exquisitos y refinados.
En otros términos, hay una canasta de tejidos orientales que se diri-
gen al consumo de los sectores humildes y de los habitantes “comunes”
del reino. Lo que nos cuentan del Perú también ocurre en Guatemala.
Al recorrer la ciudad en la mitad del siglo xvii, el viajero Thomas Gage
dice que “las indias iban a la iglesia o a una visita con un especie de
seda fina de china que cubre la cabeza y toca la tierra”.76
Los comerciantes de Lima señalan que no hay que temer a una
supuesta incompatibilidad entre los ejes comerciales transpacíficos y
transatlánticos porque la seda española se consume en los círculos de
elite, mientras que su par asiática termina en manos de los más po-
bres; término que estaría apuntando a indígenas, trabajadores, cam-
pesinos y aun esclavos. Como hemos comprobado en páginas anterio-
res, la petición no tiene efecto cuando la Corona anula la circulación
de la seda china desde Acapulco. A pesar de la distancia en tiempo,
si relacionamos el informe realizado en 1602 por parte de los merca-
deres peruanos con la representación novohispana de 1718 vemos el
escenario general del comercio ultramarino hispanoamericano: el eje
transatlántico abocado al consumo de elite y el transpacífico, donde la
ruta de la seda china se alza como su esqueleto o matriz, destinado
a un consumo social amplio. En definitiva, si la característica funda-
mental de la seda china es su baratura, habría que tomar en serio
aquella idea de la época acerca de su breve durabilidad.77 Cuando los
documentos reconocen su bajo precio enseguida lo asocian a su pobre
calidad y a que “duran poco”, provocando un escenario en que la gente
esté “casi desnuda”. Por lo tanto, si su consumo es veloz, es decir, un
tiempo breve entre los ciclos de intercambio-consumo, la actividad de
los circuitos de producción y circulación se intensifican, logrando que
la ruta hispanoamericana de la seda china esté en constante movi-
miento.

76. Gage, Viajes, 1980, p. 167.


77. Iwasaki Cauti, Extremo Oriente, p. 272.

116
La ruta hispanoamericana de la seda china

Los documentos reseñados en este trabajo nos permiten sostener que


el funcionamiento de la ruta hispanoamericana de la seda china se edi-
fica a partir de un consumo socialmente amplio. Es difícil pensar que la
notable dimensión geográfica y el funcionamiento persistente por casi
dos siglos que alcanza a tener sólo puedan explicarse por una fascinación
“exótica” y particular a los productos del Oriente de una reducida clase
elitista hispanoamericana. Así como sugerimos que la corta duración de
los tejidos ordinarios de seda china estimula la ruta, también podemos
suponer que los tejidos de la misma procedencia, pero de más alta estima
y duración, adquieren una circulación más lenta que aquéllos. La atrac-
ción de varios productos suntuarios del Oriente por los sectores de elite
tiene un gran reconocimiento en la historiografía. Aquí intentamos reva-
lorizar su consumo amplio. Españoles de toda condición, indígenas y aun
esclavos conforman un amplio sector social consumidor que, en última
instancia, es el responsable de que la ruta de la seda de China por Hispa-
noamérica sea posible; de que, en definitiva, la América colonial se enlace
con el Oriente en el marco de la mundialización de la época moderna.
Asimismo, lo que llamamos la ruta hispanoamericana de la seda chi-
na constituye una pieza central para poner en marcha aquel gran tejido
comercial que se organiza por el imperio y que coloca a México como su
corazón.78 Claro está que la ruta de la seda no es la única palanca que
motoriza el modelo; su actuación se concentra por los mercados del Pa-
cífico hispanoamericano. Ella se coloca como una suerte de plataforma
para que circulen otros productos procedentes del Atlántico novohis-
pano, logrando inyectar dinamismo al eje de las flotas españolas que
llegan a Veracruz; la otra pieza fundamental del modelo que actúa por
el Atlántico.

78. Véase el texto inicial del libro.

117
iii
Los objetos de China en la cultura material
de Córdoba y Buenos Aires durante el siglo xviii

Horizontes planetarios para el estudio


de realidades coloniales

En los últimos años, importantes estudios históricos comienzan a des-


entrañar la dimensión de horizontes planetarios que llegan a tener
las realidades coloniales. Empieza a reconocerse que la frontera de
lo local y lo regional, una perspectiva tan necesaria en la disciplina,
pero a la vez tan rígida y encapsulada, nos impide desplegar la mi-
rada proyectiva que genera el mundo hispanoamericano al momento
de generar su cultura material y sus prácticas cotidianas. El avance
historiográfico de la mundialización está en trance de modificar las
formas habituales de nuestro pensamiento sobre el pasado moderno y
colonial. Comienzan a cuestionarse los escenarios geográficos reduci-
dos o de los mapas administrativos impulsados desde la legislación y
las instituciones. Hay un descreimiento, en definitiva, de la supuesta
centralidad del Viejo Mundo y de sus concepciones para entender las
dinámicas históricas de las Indias.
Habría que partir de la idea de que ese mundo hispanoamericano
no sólo está permeable a las influencias emanadas desde el orbe occi-
dental, sino que también revela inéditas conexiones culturales y eco-
nómicas con China y con otros espacios del Oriente. Dichas conexiones
no son coyunturales ni mucho menos casuales; son lazos consistentes
hasta el punto de unir dos realidades aparentemente tan ajenas y dis-
tantes, que generan un “producto histórico” cultural, económico y po-
lítico que aún no hemos podido develar. Aunque nos parezca insólito,
un rincón tan “marginal” del imperio español como fue la Gobernación
de Tucumán y el puerto porteño de Buenos Aires alcanza a gozar de
los efectos de la cultura económica de China. Es esta última mirada la

119
China en la América colonial

que queremos explorar en este trabajo, concentrando la atención en esa


unidad geográfica precisa durante el siglo xviii.
La problemática puede resultar inédita, diríamos en estado “virgen”,
porque casi nada se sabe de la influencia de China en la cultura mate-
rial colonial de Buenos Aires y Córdoba.1 Pero la ruta analítica no nos
es ajena. Hace rato venimos percibiendo los alcances que tiene la co-
nexión entre China y el espacio hispanoamericano; una gravitación que
supera los límites impuestos por la legislación española, la cual sólo au-
toriza un delgado lazo entre la Nueva España con Filipinas a través del
galeón de Manila. El siglo xviii hereda una política económica española
rígidamente regulatoria en el movimiento mercantil del galeón de Ma-
nila. Ella estipula el ingreso y consumo de bienes asiáticos con marca-
do tinte elitista y exclusivamente limitado al espacio novohispano.2 Si
nuestro análisis hace caso omiso a los deseos legislativos peninsulares,
corremos el riesgo de un peligroso reduccionismo histórico y de analizar
tan sólo un imaginario que muy poco se acerca al acontecer histórico
concreto de Hispanoamérica.
En efecto, lo que procede de China, sean personas, piezas e ideas,
llega a plasmarse por una geografía más amplia y con una fuerza mu-
cho más potente que la que supone el hilo fino de intercambio por el
puerto de Acapulco. La inmigración asiática alcanza a contemplar una
trama social totalmente diversificada. Hacia 1620, el comerciante judío
portugués León Portocarrero se muestra asombrado de que “en Lima y
por todo el Perú viven y anda gente de todos los mejores lugares, ciu-
dades y villas de España y agentes de la nación portuguesa, gallegos,
asturianos, viscainos, navarreses, aragoneses, valencianos, de Murcia,
franceses e italianos, alemanes y flamencos, griegos y raguseses, cor-
sos, genoveses, mallorquines, canarios, ingleses, moriscos, gente de la
India y de la China y otras muchas mesclas y misturas”.3

1. Mariluz Urquijo es el primero y, por lo que sabemos, el único en reconocer la presencia


de lo “chino” en la cultura rioplatense del siglo que aquí atendemos. No nos convence el
término utopía que utiliza el autor para resumir esta relación. En el presente trabajo
mostraremos que más que una utopía, lo chino fue una realidad concreta en el espacio
porteño. Mariluz Urquijo, “La China”, 1984, pp. 7-31.
2. Ya hemos advertido en los artículos previos que desde 1634 se encuentra prohibido el
ingreso y consumo de sedas chinas en el Perú. Claro está que dicha disposición es válida
para todo el territorio español de Sudamérica.
3. Portocarrero, “Descripción general del Reino del Perú, en particular de Lima” (1620),
bnf, Espagnol 280, f. 113 (la bastardilla es nuestra).

120
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

Por Acapulco ingresan artistas, pero también trabajadores especiali-


zados y esclavos chinos que logran diseminarse por diferentes espacios
del continente.4 A pesar de que durante gran parte del siglo xviii por
toda Hispanoamérica (a excepción de México) se encuentran prohibidos
los productos asiáticos, ellos logran romper fronteras administrativas,
las manías legislativas y aun los horizontes regionales, extendiendo su
radio de influencia hacia la América del Sur hispana y aun portuguesa.5
En el transcurso de estas páginas ofrecemos pistas importantes para
comprender la razón de esta difusión de lo chino. Se ha subrayado de
manera insistente la suntuosidad y lo exoticum de las piezas chinas y
del Oriente que llegan a América y a Europa.6 No podría cuestionarse
este fenómeno, pero estas propiedades atribuidas a los bienes del Orien-
te no podrían explicar por sí solas la honda gravitación que alcanzan
a tener en la cultura colonial hispanoamericana. En varias líneas del
presente texto intentamos demostrar que hay razones más punzantes
y profundas para entender el “éxito” del que llegan a gozar las piezas
chinas en el público consumidor, a pesar de unas barreras oficiales que
buscan impedir su movilización y uso. La baratura, su razonable cali-
dad, sus bajos costos de comercialización y una cierta estandarización
de los productos chinos resultan causas importantes para entender por
qué llegan a familiarizarse con el público consumidor americano. Ya
nos ocuparemos de abordar en detalle cada una de estas características.
Con razón, uno podría suponer que la comunicación entre el Oriente
y el orbe indiano gira por las aguas del Pacífico. Resulta muy tentador
que los agentes hispanoamericanos quisieran crear una red de relacio-

4. Sobre el flujo de esclavos y trabajadores especializados chinos por la Nueva España se


puede consultar Slack, “Sinifying New Spain”, 2010, pp. 7-34. Para el Perú: Contreras,
“Padrón”, 1614, fs. 237-246. En cuanto al perfil artístico nombremos el caso del maestro
estatuario Esteban Sampzon, quien procedente de Filipinas llega a transitar por Córdoba
y a vivir en Buenos Aires durante finales del siglo xviii y las primeras décadas del xix;
Braccio, “Esteban Sampzon”, 2009, pp. 53-72.
5. Para el caso de la América hispana, véanse las notas al pie que aparecen a lo largo de
este trabajo. Sobre el caso de la América portuguesa: Teixeira Leite, A China no Brasil,
1999 y Do Amaral Lapa, A Bahia, 2000.
6. Entre los numerosos trabajos que pueden ser citados, nombremos los que muestran
esta visión en cada caso regional. Para el caso de la Nueva España: Curiel, “Consideracio-
nes”, 1992, pp. 127-160; para el Perú, Kuwayama, “Cerámica”, 2000-2001, pp. 20-29; para
el Río de la Plata: Porro Girardi, Astiz y Rospide, Aspectos, 2 vols., 1982; Porro Girardi y
Barbero, Lo suntuario, 1994, pp. 3-107; Mariluz Urquijo, “La China”, 1984, p. 15.

121
China en la América colonial

nes económicas entre China y América que logre escapar del control
peninsular concentrado en los ejes transatlánticos. Esto es verdad y, de
hecho, ocurrió; pero también veremos que en tiempos de la creación
del virreinato del Río de la Plata, la cultura china se presenta por el
Atlántico, a partir de la mediación del mundo occidental. Los vínculos
que unen a un consumidor porteño o cordobés con una tela o loza china
muestran, en efecto, que la cultura material de la época colonial no se
limita a Europa ni a su pasado indígena: hay un horizonte oriental to-
talmente dispuesto para su exploración que vendría a enriquecer aún
más los tesoros del pasado que abriga nuestro continente.
Pues bien, el propósito de nuestro trabajo es, en primera instancia,
identificar los bienes chinos presentes en la región de Córdoba y de
Buenos Aires durante todo el siglo xviii. Por su naturaleza y caracterís-
ticas, serán los inventarios el principal corpus documental seleccionado
para cumplir con este inicial objetivo. Luego de comprobar la existencia
de los artículos chinos, el segundo paso será el de establecer un nivel de
jerarquía entre ellos en función de la intensidad de su circulación y con-
sumo. Veremos que el papel adquirido por cada uno de los rubros no es
uniforme ni mucho menos estable durante todo el siglo, sino que varía
de acuerdo con cada coyuntura histórica y con el espacio geográfico que
se atienda. De ahí que serán considerados los fenómenos mundiales,
imperiales y regionales afines a nuestra problemática para comprender
los cambios en las pautas de consumo y en las rutas de ingreso de las
piezas.
Comenzaremos por comprender el papel de Lima como punto redis-
tribuidor de las mercancías chinas que llegan a Córdoba y a Buenos
Aires. La ciudad peruana llega a categorizarse como una “feria de
Pekín” hacia mediados del siglo xviii. Esta definición otorgada a la ciu-
dad se explicaría por ser una plaza de intercambio con excedentes de
esos bienes permitiendo que se deslicen, como una suerte de cascada,
hasta alcanzar las regiones más australes del espacio. Posteriormen-
te, indagamos lo que denominamos el boom de telas y tejidos chinos
que se vive en las primeras cuatro décadas del siglo por Córdoba y,
en menor medida, por Buenos Aires. A partir de la información que
brindan los inventarios sobre tasaciones, calidad y composición de los
productos se busca precisar las vías por donde circulan las telas y los te-
jidos, así como a qué público consumidor van dirigidos. Añadimos a
esta sección un caso de microhistoria referido al capitán y mercader
residente en Córdoba Juan de Buitrón para confirmar algunas de las
hipótesis sugeridas sobre el comercio y consumo de sedas chinas por

122
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

el espacio de la gobernación. Seguidamente, el trabajo se detiene a


explicar el notable incremento en la importación y el uso de loza y
cerámica china por Buenos Aires durante la segunda mitad de la cen-
turia. Aquí también se analizará el tipo de loza china importada, como
el perfil social de su público consumidor. Una breve mención haremos
sobre el caso de los jesuitas, quienes poseen sedas y loza china en sus
catedrales y misiones.
Si en los primeros apartados el análisis se concentra en el nivel de
la economía, en la última sección nos detenemos a reflexionar sobre
aspectos culturales de la circulación y consumo de bienes chinos. Aquí
el propósito es conocer el “cóctel”, el tipo de mezcla de tradiciones eu-
ropeas y orientales con que son presentados los objetos. Diseños, esti-
los y agregados culturales ejercen presión sobre los productos, sean de
procedencia oriental o europea. Se reconocen dos oleadas o corrientes
que alinean la cultura material por la región. La primera de ellas, muy
presente en la primera mitad del siglo, la caracterizamos con la frase
“occidentalizando lo oriental”. Como la categoría lo indica, estamos en
presencia de un proceso de “europeización” de artículos procedentes de
China que circulan y se consumen por la región americana. La segunda
corriente, identificada bajo el rótulo de lo chinesco, hace su presencia en
el transcurso de la segunda parte del siglo y da cuenta de cómo los pro-
ductos europeos se ven sometidos e intervenidos con vistas a su “orien-
talización”. La gran recepción que tienen las piezas chinas durante la
primera parte del siglo –y posiblemente mucho antes– en los mercados
de consumo lleva a su copia e imitación desde Europa. La dirección es
inversa a la primera corriente; en un contexto de libre comercio y de un
proceso de imitación de lo asiático por Europa, la tarea consistirá en
“orientalizar lo occidental”.

Las fuentes: los inventarios

Si nuestra problemática puede resultar original, la elección de los


inventarios como herramienta metodológica no es para nada novedosa.
Existen estudios de la época moderna y colonial que dan cuenta del va-
lor que tienen los inventarios para el estudio de la cultura material de
las sociedades. Por la rica información que contienen y el gran potencial
que ofrecen para el análisis, los inventarios se descubren como una no-
table caja de herramientas para conocer la vida cultural y cotidiana de
la sociabilidad colonial.

123
China en la América colonial

Citemos, tan sólo como ejemplo trascendental, la utilización de los


inventarios post mortem sobre los hogares ingleses de los siglos xvii y
xviii que emprende Jan de Vries, al proponer la provocadora hipótesis
de que la revolución industrial se asienta previamente en una “revo-
lución del consumo” generado por el trabajo doméstico y familiar.7 Los
inventarios post mortem también son eje de reflexión metodológica en
los estudios de la cultura material del consumo y en los modos de vida
de las sociedades de Castilla y Cataluña de los siglos xvii y xviii.8 No se
puede dejar de mencionar el trabajo realizado por Daniel Roche sobre
los inventarios de las familias francesas del siglo xviii que le permite
al autor proponer una revolución en el uso de la vestimenta, proceso
estimulado en gran parte por la cultura de la apariencia y que antecede
a la famosa Revolución Francesa de 1789.9
En los últimos años empezaron a aparecer los estudios referidos al
período colonial en donde el inventario, como herramienta documen-
tal, se aprovecha con gran potencialidad. Picaso Muntaner acaba de
publicar un muy breve ensayo en el que se intenta rastrear, a partir
del análisis de los expedientes de bienes de difuntos, la distribución
de bienes asiáticos por la América continental y ciudades portuarias
del Caribe durante el siglo xvii. Como se supone, el trabajo de Picaso
presenta un abordaje metodológico muy similar al que aquí se pro-
pone, pero al ser una investigación que recién se inicia, los aportes
que nos brinda son todavía escasos y poco representativos.10 Existen
trabajos muy sugerentes para el caso de la Nueva España del siglo
xviii en los cuales se adopta el inventario como una de las fuentes
documentales más importantes para estudiar el proceso de transición
que va de las prácticas tradicionales a los cambios reformadores en
el ámbito de la vida cotidiana novohispana.11 También contamos con
los trabajos de Gustavo Curiel que toman los inventarios para dar
cuenta del consumo de bienes de diferentes partes del planeta en las
familias novohispanas más acomodadas de los siglos xvi y xviii; esce-

7. De Vries, La revolución, 2009 [1ª ed. 2008].


8. Torras y Yun (eds.), Consumo, 1999.
9. Roche, La Culture, 1990; A History, 2003.
10. Picaso Muntaner, “Distribución”, 2013, pp. 87-109.
11. Gonzalbo Aizpuru (coord.), Vida cotidiana, 2005.

124
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

nario donde los objetos asiáticos cobran especial atención.12 Habría


que mencionar los estudios del historiador Carlos Duarte, quien se
tomó el gran trabajo de recolectar una cantidad importante de inven-
tarios de la Venezuela colonial para conocer su patrimonio histórico,
artístico y cultural.13
Un párrafo especial merece una investigación que aborda parte del
espacio geográfico y marco temporal que aquí se atiende. Nos referimos
a la muy sugerente obra realizada por Porro Girardi, Astiz y Rospide
que revaloriza los inventarios para reconstruir –como bien lo expresa
el título del libro– diferentes aspectos de la vida cotidiana en Buenos
Aires durante el virreinato. Considerando los diferentes tipos de inven-
tarios que aparecen en sucesiones, cartas dotales, testamentos, proto-
colos y embargos, esta investigación procura acercarnos al universo del
menaje y del vestuario que caracterizan a los hogares y a las personas
porteñas en donde la pieza china, particularmente la loza, cobra espe-
cial significación.14 Además de este reconocido estudio, contamos con
breves monografías que toman los inventarios y las sucesiones con la
intención de explorar el tipo de vivienda, mobiliario y vestimenta que
hacen a la vida material de Buenos Aires y Córdoba.15 Pero todavía
queda mucho por hacer con este tipo de fuentes.
Ahora bien, por una razón fundamental, los inventarios en sus di-
ferentes tipos representan el pilar documental del presente trabajo.
Desde un inicio nos preguntamos qué tipo de fuentes nos podían ayu-
dar a identificar los bienes asiáticos existentes por la gobernación de
Tucumán y Buenos Aires cuando hasta el último cuarto del siglo xviii
la legislación española prohíbe su intercambio y consumo. Evidente-
mente, por ser bienes no permitidos y con serias sanciones a quienes
se atrevieran a utilizarlos y consumirlos, la documentación oficial no
tiene ninguna intención de publicarlos. Para no dejar rastros, los res-
ponsables de la contabilidad aduanera los omite de los registros hasta
silenciar su presencia en cualquier instancia de control.

12. Curiel, “Consideraciones”, 1992, pp. 127-160.


13. Duarte, Patrimonio, 2002.
14. Porro Girardi, Astiz y Rospide, Aspectos, 2 vols., 1982.
15. Para Buenos Aires: Cabrejas, “Vida material”, 2000, pp. 41-70. Para el caso de Cór-
doba y con un claro perfil en la historia cultural: Moreyra, “Entre lo íntimo”, 2010, pp.
388-413.

125
China en la América colonial

Tuvimos la intuición de que, por su naturaleza y sentido, los inven-


tarios darían luz sobre el problema y nos permitirían superar el escollo.
Creemos que la decisión de transitar este camino metodológico y docu-
mental tuvo éxito, como lo manifiesta el apéndice documental N° 3 que
figura al final del trabajo. Al confeccionar el inventario, el notario y el
albacea, preocupados en no cometer errores, no tienen reserva ni disi-
mulo en registrar el capital total de bienes de una persona, sean ellos
objetos prohibidos o permitidos, de “moda” o viejos, nuevos o usados,
rotos e “inservibles”. La regla se cumple para los artículos chinos: en los
inventarios aparecen, sin condicionamientos, las piezas o los artículos
de China que una persona posee, concede y hereda. No sólo se regis-
tran, sino que también se ofrece información sobre sus características,
estado de conservación y valor.
A partir del descubrimiento metodológico nos vimos impulsados a
la tarea de consultar cada uno de los inventarios ubicados en el Archi-
vo Histórico de la Provincia de Córdoba y en el Archivo General de la
Nación Argentina de la ciudad de Buenos Aires. Fuimos percibiendo
que los inventarios son una expresión clara de la nula efectividad que
alcanza la legislación española prohibiendo el comercio y el consumo
de mercancías asiáticas por el espacio sudamericano. Los ramos parti-
culares que toman significativo relieve en nuestro trabajo son, por un
lado, Escribanía y Protocolos del Archivo Histórico de la Provincia de
Córdoba, y Sucesiones, del Archivo General de la Nación de Argentina.
A este gran tronco documental se le suman otros ramos, como Bienes
de Difuntos, Contrabando y Comisos del segundo archivo y una rica
información que logramos ubicar en otros archivos de Córdoba, como lo
son el Archivo del Arzobispado y el Archivo Municipal. Es evidente que
la tarea de recopilación que sustentará gran parte de nuestras hipóte-
sis y argumentos no agota la problemática, ni tenemos la intención de
ofrecer el cuadro completo de los bienes chinos presentes por la región;
estaremos muy satisfechos con haber alcanzado su representatividad.16
Vale advertir que el ejercicio metodológico que aquí emprendemos
no debería leerse como la simple tarea de recopilar datos de los inventa-
rios e identificar el tipo de mercaderías orientales presentes por Buenos
Aires y por la Gobernación de Tucumán. Su conteo en la larga duración

16. Es muy recurrente encontrar en los inventarios objetos de los que no figura su pro-
cedencia. Nuestro trabajo se dedicó a reproducir aquellos en los cuales se expresa de
manera explícita su origen chino o asiático.

126
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

nos permite rastrear las persistencias y los cambios en las modas y en


los hábitos de consumo, las preferencias de objetos en cada coyuntura,
así como el tipo de relación que se genera entre el consumo cotidiano y
el mercado. Otro de los atributos que presenta este tipo de fuentes es
que nos permite atender con especial particularidad los espacios locales
y establecer comparaciones entre ellos. Eso es lo que haremos entre la
Gobernación de Tucumán y Buenos Aires; regiones que durante el trans-
curso de la centuria asumen diferentes grados de intensidad en el co-
mercio y en el consumo de diferentes tipos de piezas chinas.
Ahora bien, a la hora de estudiar la cultura material de una socie-
dad histórica, los inventarios presentan importantes limitaciones. En
primer lugar, las tasaciones de los productos que figuran en ellos son un
importante instrumento para el análisis, aunque no deberían tomarse
como parámetros decisivos si se toma en cuenta su alta subjetividad
con la que fueron elaborados. Es el criterio del notario, frecuentemente
acompañado de algún tasador, quien estipula la cotización del bien por
fuera de los valores que se manejan en el mercado. Más aún, el bien
inventariado puede tener un uso considerable o ser viejo, con lo cual
no vendría a reflejar con fidelidad los valores de las piezas en la plaza
mercantil. En ese caso, a la hora de valorar la tasación de las piezas,
habrá que prestar mayor atención a los valores aplicados sobre bienes
“nuevos” o “de moda” que se acercarían más al valor real de plaza.
En segundo lugar, el inventario o la carta dotal se realizan habi-
tualmente cuando existe un patrimonio considerable a heredar. En el
caso de la Gobernación de Tucumán y Buenos Aires, los inventarios
post mortem se redactan cuando el difunto deja una buena cantidad
de bienes que justifica su elaboración. Son realmente escasos los que
hacen referencia a personas o familias con un modesto patrimonio y
en muy raras ocasiones llegan a contemplar los sectores de trabajado-
res rurales y urbanos. Los pocos casos que hemos logrado ubicar sobre
inventarios de personas comunes o humildes serán atendidos con es-
pecial énfasis en el presente trabajo, puesto que si uno de los objetivos
es comprobar la existencia de alguna relación de los objetos chinos con
pautas de consumo masivo, tendremos que tener cuidado al momento
de justificar nuestras ideas.
Por último, vale decir que los inventarios post mortem se revelan
como una fuente no precisamente ideal u óptima para el estudio de
la demanda de consumo. Vienen a describir la acumulación de objetos
y artículos en un momento determinado y no en el flujo procesual, es
decir, en la dinámica de compras e intercambio que constituye propia-

127
China en la América colonial

mente la demanda de consumo. Esta debilidad puede ser corregida si


logramos cumplir con uno de los atributos mencionados anteriormente:
la recopilación de inventarios en su larga duración poniendo la atención
en los cambios y en las permanencias en los hábitos de consumo.

La “feria de Pekín” en el Perú colonial:


comercio y consumo (1680-1740)

Para comprobar que los textiles de China llegan a las ciudades inte-
riores de la Audiencia de Charcas y aun al Río de la Plata, habría que
partir desde Lima y ver la razón por la cual una autoridad porteña llega
a calificar a esa ciudad como la “feria de Pekín”.17
Los funcionarios instalados en algún puerto del Atlántico no son in-
diferentes a la gravitación del eje Pacífico. En los años que cierran la
primera mitad del siglo xviii, el apoderado de la ciudad de Buenos Aires,
Domingo Marcoleta, notifica al Consejo de Indias que en Lima “parece
haberse abierto la feria de Pekín”. Muchos de los 18 millones de mercade-
rías que estarían circulando por el Perú en esos tiempos eran, según Mar-
coleta, asiáticos y no podían explicarse por las operaciones realizadas en
las antiguas ferias de Portobelo. El fenómeno tampoco podía declararse
por el nuevo método de los navíos de registro; transporte que abastece de
mercaderías a Buenos Aires y a las costas del Pacífico chileno y peruano
luego de cruzar el Cabo de Hornos. El ingreso de bienes asiáticos tiene
lugar porque, a pesar de las prohibiciones legislativas, “el comercio
de Lima es y ha sido siempre interesado en dejar las puertas abiertas de
Panamá y México”.18 Con estos términos, Marcoleta llega a responder al
Consulado de Lima, que responsabiliza al contrabando practicado por el
puerto del Río de la Plata de la crisis y el definitivo colapso en 1740 de los
galeones de Tierra Firme y las ferias oficiales de Portobelo.
Podría ser exagerado el planteo de Marcoleta, pero hay evidencia para
suponer la realización de ferias informales por todo el Perú ofertando bie-
nes asiáticos. Desde el último cuarto del siglo xvii hasta la primera mitad
del siglo siguiente los mercados del Pacífico sudamericano, desde Guaya-
quil hasta Santiago de Chile pasando por el interior de la Gobernación
de Tucumán, abundan de artículos asiáticos. Se podrían identificar tres

17. Marcoleta, “Nueva representación”, 1915, t. v, p. 153.


18. Ibid., pp. 153-156.

128
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

grandes vías ilícitas para su importación. Dos de ellas se desarrollan por


el espacio del Pacífico y la restante por el Atlántico Sur. La del Atlántico
es promovida por los portugueses a través de la vía del puerto de Buenos
Aires. A partir de la segunda mitad del siglo xvii, los navíos portugueses
que operan en Asia y África cuentan con el permiso oficial para realizar
viajes directos desde las costas africanas hacia los puertos de Brasil sin
la necesidad de escalar en Portugal. Estos navíos fondean en los puertos
de El Salvador y Bahía con cargas de esclavos y grandes volúmenes de
artículos del Oriente. Una buena porción de los productos orientales se
reexportan hacia el puerto de Buenos Aires y hacia Chile y el Alto Perú
por las tradicionales redes de comercio y consumo que giran en torno a
San Miguel de Tucumán, Córdoba y Mendoza.19
Una segunda vía de importación de bienes orientales es la que se
construye entre 1700 y 1720 con el tráfico directo de navíos franceses
entre Cantón y Perú. Atravesando el Estrecho de Magallanes, las em-
barcaciones galas llegan a los puertos del Pacífico sudamericano con
grandes cargas de géneros europeos. Luego de realizar ferias informales
en diferentes puntos costeros para adquirir moneda de plata, los merca-
deres franceses, junto con algunos peruanos, extienden un intercambio
directo con las islas Filipinas y Cantón. La moneda de plata peruana
es invertida en la compra de mercadería oriental con la firme intención
de que en su retorno hacia Saint Maló logren escalar nuevamente en el
Pacífico peruano para venderla. La actividad de este particular circuito
se concentra en el sur de la costa del Pacífico, en los puertos de Concep-
ción, Valparaíso y Pisco, mientras que del puerto de El Callao hacia el
norte predomina el flujo con la Nueva España. Además de la proceden-
cia de Lima, buena parte de los textiles chinos que vemos en los inven-
tarios de Córdoba –expresados en el apéndice documental N° 3– estaría
conduciéndose desde los puertos de la costa chilena. No es casual que el
comercio directo Cantón-Perú se desarrolle durante las décadas en don-
de ubicamos gran parte del período de auge en la presencia y consumo
de telas y tejidos asiáticos por Córdoba y Buenos Aires.20
El tercer camino, más poderoso y sistemático que los derroteros
mencionados, es la vía de la Nueva España, a través del puerto de Aca-
pulco. La puerta de contacto oficial y más importante entre América y

19. Do Amaral, A Bahia, 2000, pp. 278-279.


20. Malamud Rikles, Cádiz y Saint Maló, 1986; Bonialian, El Pacífico, 2012, pp. 228-245.

129
China en la América colonial

China es el famoso galeón de Manila.21 La nave une Filipinas con Mé-


xico y logra descargar por el puerto de Acapulco un volumen de bienes
chinos, japoneses y de otras regiones asiáticas superior a la demanda
consumidora del mercado novohispano. El sobrante de mercaderías es
reexpedido hacia los puertos del Perú. Desde Guayaquil, Paita, El Ca-
llao y Pisco los bienes se distribuyen por el espacio peruano, y en una
especie de “cascada” fluyen por el circuito terrestre que conecta Lima
con las ciudades de Salta, Tucumán y Córdoba. La columna vertebral
de este eje marítimo es lo que dimos en llamar “la ruta hispanoamerica-
na de la seda China”. Junto a ella, los artículos extranjeros procedentes
de México terminan circulando en compañía de los que provienen de
Portobelo, sean los despachados por los galeones españoles o por navíos
de bandera extranjera.
De acuerdo con la información que se vierte en los inventarios, por
la conexión Lima-Salta-Catamarca-Tucumán-Córdoba y Buenos Aires,
los objetos orientales van acompañados de una enorme y variada canas-
ta de productos europeos, novohispanos, centroamericanos y de fabrica-
ción local, ya sean del Perú o de zonas más cercanas a la Gobernación.
En el caso de artículos locales encontramos, entre otros, platería de
Potosí para uso de cocina y comedor, espadas “del Perú”, pailas de Co-
quimbo, mobiliario de Quito, Cuzco, Cajamarca y Tucumán, paños de
Quito, “ropa de la tierra”, lienzo o telas de Cuzco y bayetas de Córdoba,
de La Rioja y Tucumán. Entre los bienes extranjeros que se asocian a
los chinos priman las telas de diferente calidad y origen: los bramantes,
bretañas, estopillas, cambray, sedas, ruan, alemanisco y bayeta fabri-
cados en Castilla, Inglaterra, Segovia, Granada, Flandes, Nápoles, Gé-
nova, Alemania y algunos de Rusia o Prusia.22
La atracción por poseer bienes orientales no es un hecho coyuntural
que sólo ocurre ante la denuncia de Marcoleta. En los años iniciales
del siglo, Arzans de Orsúa y Vela describe Potosí como una villa que
goza de los efectos de la mundialización mercantil. Sus tiendas y merca-
dos se encuentran colmados de objetos de diferentes partes del mundo.
Como polo de atracción de su plata, el centro minero de Potosí dispone,
por entonces, de un gran repertorio de mercancías extranjeras entre las
que se destacan:

21. Schurz, The Manila Galleon, 1959.


22. Todos estos artículos salen a la luz cuando nos ocupamos de revisar los inventarios
buscando bienes asiáticos.

130
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

Granos, cristales, marfil y piedras preciosas de la India; dia-


mantes de Ceilán; perfumes de Arabia; alfombras de Persia, el
Cairo y Turquía; todo tipo de especias de la Península de Malaya
y Goa; porcelana blanca y vestidos de seda de la China.23

En la segunda década del siglo xviii, Woodes Rogers, el corsario in-


glés que recorre los puertos del Pacífico virreinal emprendiendo el pilla-
je y el saqueo, afirma que los peruanos tienen gran necesidad de demos-
trar su riqueza en el vestir, consumiendo exquisitas sedas y brocatos
de la China; artículos que poca envidia debiera causar a los productos
que se traen desde Europa.24 Entre febrero y octubre de 1725 se llega
a comisar por todos los puertos del Pacífico virreinal la increíble suma
de 1.414 piezas asiáticas. En ese particular comiso se encuentran 400
pequines negros y de colores, 750 piezas de pasúes, 67 de rasos, 90 gor-
goranes, 50 brocateles nácares y con flores de oro, 16 piezas de blanqui-
nes, 341 de saya sayas y 300 de libretes de algodón oriental. Si bien la
ley ordena que los artículos asiáticos comisados sean enviados inmedia-
tamente a España, el gran cargamento, como muchos otros, se remata
al mejor postor.25 Disponemos de casos detallados sobre las enormes
porciones de telas y tejidos chinos como rasos de seda, capicholas, saia
saia, damascos, pequines, gorgoranes, brocatos, muselinas y angaripo-
las que se confiscan en los barcos Los Reyes en 1724, El Rosario en ese
mismo año y Nuestra Señora de la Merced en 1742 para su posterior
remate y circulación en los mercados internos del espacio.26
Un aire de moda asiática se respira en la “alta sociedad” peruana.
La exposición de un abanico de lujosos bienes del Oriente, como escri-
torios, espaldares y colgaduras de camas, biombos, baúles y cajoneras
con finas ilustraciones de la flora y fauna asiática, detallada porcelana,
mantas, tejidos y vestimenta de exquisita seda, esculturas en marfil
refuerzan el prestigio social y fundamentan el refinado consumo de los
grupos de elite. Las familias más ricas atesoran en sus casas una multi-
tud de muebles y objetos decorativos del Oriente. Los artículos pueden
rastrearse en los inventarios patrimoniales de mercaderes y autorida-

23. Orsúa y Vela, Historia de la Villa, 1965, t. i, p. 8.


24. Schurz, “Mexico”, 1918, p. 395.
25. ahcm-cm, Cargo de comisos, Mayor de Contaduría, expediente 504, f. 102v.
26. agi, Lima, legajo 411, f. 128; agi, Quito, legajo 170, expediente 1, s/n de f.; agi, Lima,
legajo 1475, expediente 2, s/n de f.

131
China en la América colonial

des coloniales, en los cuales la frase “a la moda” con la cual se los asocia
resulta ser una expresión común. Veamos algunos de los numerosos
casos.
En 1727, Antonio de Querejazu, un reconocido comerciante de la
ciudad de Lima, posee en su patrimonio 3 espaldares y 3 antepuer-
tas de damasco carmesí de China. En el inventario de herencia del
marqués de Torre Tagle de 1761 se destaca un escritorio negro de
China y una mesa de estrato de azafate oriental. Juan de Valdivieso,
diputado del Tribunal del Consulado durante esos años, cuenta con 3
malagones [sic] de China.27 En el inventario post mortem de 1722 de
la marquesa de Piedra Blanca de Guana, una acaudalada propietaria
de La Serena del reino de Chile, se registra loza y vestidos de lino
y de seda de la China.28 Francisco Berroterán, marqués del valle de
Santiago y gobernador del reino de Nueva Granada, dispone en su
inventario de 1715 de una gama de artículos de China, como corti-
nas, ropajes de silletas de estrado de damasco, colgaduras de cama y
cojines en seda, 4 grandes escritorios de maqué de diferentes colores
y una rica variedad en platos y pocillos de porcelana.29 En 1704, José
de La Rañeta, teniente general de Portobelo y una de las máximas
figuras políticas que, en teoría, deben celar por el comercio oficial de
los galeones de Tierra Firme, sufre un embargo en bienes de sedas y
cerámica de China.30 El maestre de campo José de Cabrera y Velazco,
una de las personalidades más reconocidas de la Gobernación de Tu-
cumán, anota en sus inventarios de bienes de 1713 y 1715 la posesión
de exquisitos tejidos de la China como una ongarina de gurbión de 60
pesos, una chupa de brocato azul en 80 pesos, seis “cortinas de raso de
china del coche” y calzones aforrados.31
La tentación por adquirir mercadería oriental llega hasta las máxi-
mas autoridades políticas del virreinato. Ya fuera en complicidad o en
competencia con los mercaderes, funcionarios y virreyes participan ac-
tivamente en el comercio y consumo de géneros asiáticos traídos desde

27. Turiso, Comerciantes, 2002, pp. 58-62.


28. Sayago, Historia, 1973, p. 367.
29. Duarte, Mobiliario, 1996, pp. 26-161; del mismo autor, Patrimonio, 2002 pp. 102-167.
30. Castillero Calvo, Economía, 2006, p. 338.
31. ahpc, Ramo Escribanía 1, 1713, legajo 232, expediente 2, fs. 9 y 10; y 1730, legajo 264,
expediente 3, fs. 190-191.

132
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

la Nueva España. Para las autoridades políticas, cumplir con la legis-


lación prohibitiva negándose a participar en la cultura consumista de
bienes asiáticos los aparta de objetos que se perciben, por esos tiempos,
como símbolos de status y de prestigio social. Deben aceptar un fuer-
te indicador de vida lujosa, de “consumo ostensible”, al mismo nivel o
en proporciones superiores a la “carrera de consumo” que imponen los
grandes mercaderes limeños. En los últimos años de la mitad del siglo,
Dionisio Alcedo y Herrera acusa a José de Araujo y Río, presidente de
la Audiencia de Quito en 1736, de ingresar ilícitamente por el puerto
de Paita a través del navío real San Fermín más de 200.000 pesos “en
ropa de China y de Europa” desde Acapulco.32 José Llorente, fiscal de
la Real Audiencia de Panamá en 1714, sufre una multa de 2.000 pesos
por consensuar la comercialización y consumo de “ropa de la China que
bajó del Perú hacia esos reinos”.33
Prácticamente, no hay virrey que no sienta atracción por los finos
objetos del Oriente. En 1671, el virrey conde de Lemos envía hacia Aca-
pulco la fragata real San Juan de Dios con la excusa de entregar pape-
les administrativos a su par novohispano. Ocho meses después, el navío
regresa “con gran suma de ropa de China y otros muchos géneros”.34
En una representación anónima enviada a la Corona española en los
primeros años del siglo xviii, se denuncia al virrey conde de Monclova
de generar una red social clandestina con personalidades de renombre
para la introducción de artículos asiáticos al Perú. Entre el gobernador
de Huancavelica Joseph de Angulo, el secretario de Cámara Blas de
Ayessa y el propio Monclova se realizan “distintos extravíos de azogues
y les remitieron a México con la solapa de los azogues del rey y trajeron
distintos empleos de ropa de China”. La ganancia habría sido tan eleva-
da que “no tenía monarca tan poderoso vasallo”.35 Por su parte, Arzans
de Orsúa y Vela relata en su Historia de Potosí que la muerte del virrey
Castelldosruis hacia mayo de 1710 se acelera, “ayudado por el pesar
que le sobrevino de haberle quemado la ropa de la China el alcalde de
corte”. Con todo lo exagerado que puede resultar esta afirmación, lo
que se quiere subrayar aquí es que el valor de los tejidos asiáticos, en

32. agi, Ramo Quito, legajo 133, expediente 38, s/n de fs.
33. agi, Ramo Panamá, legajo 232, expediente 11, fs. 119-123.
34. Mugaburu, Diario (1640-1694), 1918, pp. 13-14.
35. Paz-Soldán y Moreyra y Céspedes del Castillo, Virreinato, 1955 t. iii, p. 319.

133
China en la América colonial

especial de sedas, pertenecientes al virrey alcanza los 22.000 pesos.36


A inicios del último cuarto del siglo xvii, el virrey conde de Castellar es
acusado por los propios mercaderes del consulado de Lima de ingresar
tejidos asiáticos de Acapulco para su propio consumo y comercializa-
ción. Habría sido una compensación por los 3 millones en pesos en azo-
gues destinados a México eludiendo cualquier derecho.37
Hasta aquí sólo un escenario parcial de la problemática. Si sólo
redujéramos la mirada al consumo de elite, al círculo social más dis-
tinguido de la sociedad, estaríamos ofreciendo una imagen incompleta
sobre la circulación y el consumo de los objetos asiáticos por el espacio
colonial peruano. En décadas finales del siglo, las mujeres más “libera-
les” del Perú, aquellas que no pertenecen a la esfera de elite, pero atre-
vidas a inmiscuirse en los círculos más distinguidos, se visten con seda
de China y perfumes del Oriente. Buscan apropiarse de ciertas pautas
de consumo de “los elegidos” para mezclarse en los círculos de eleva-
da sociabilidad. Incluso, para estar a tono con las modas sociales de
consumo, las monjas de los conventos peruanos, vestidas con capichola
china, prefieren cenar en sus habitaciones con porcelana del Oriente.38
A principios del siglo xviii, cuando el Consulado de Lima se atreve a
reconocer la intensidad de los intercambios de géneros orientales por el
Perú no duda en calificarlos como “ordinarios”, “vulgares” y “baratos”.39
Con estos términos, la elite mercantil limeña viene a expresar que la
moda oriental no es sólo un símbolo de consumo de los círculos selectos,
sino que sus mercaderías se adaptan a una “imitación” barata y serial
para el consumo de los sectores medios e inferiores.
El consumo de bienes asiáticos por el Perú, que en un principio se
nos aparece como una moda estática, selecta y reservada a los grupos
de elite, alcanzó tal dinamismo que se altera, se expande hacia un uso
masivo y se presta a su multiplicación y difusión. Estos sectores so-
ciales cuentan con una oferta de bienes asiáticos acorde con sus in-
gresos, que les permite ingresar al mundo comunicante del consumo.

36. Orsúa y Vela, Historia de la Villa, t. ii, p. 482.


37. Suárez, Desafíos, 2001, p. 376.
38. Martín, Las hijas, 2000, pp. 297-298 y 340.
39. Por ejemplo, en 1706 la Junta de Comercio de Lima decía que no se puede “ponderar
los millones de pesos que han salido de este Reino en retorno de tan vulgares géneros”, en
Paz-Soldán y Moreyra, El Tribunal, t. i, 1956, p. 14.

134
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

Sin dudas, la porcelana y los tejidos de seda china de variada calidad


ocupan un lugar destacado en los cargamentos de los bienes orientales
de consumo para “el común”. Muchos de los productos asiáticos impor-
tados por Paita, Guayaquil y El Callao procedentes de México tienen la
capacidad para responder a las necesidades básicas, particularmente
del vestir de diferentes sectores sociales. En las tiendas comerciales
de Guayaquil, en los inventarios de las compañías regionales de Lima
y de la Gobernación de Tucumán se alistan medias de seda, pequines
y quimones de segunda y tercera calidad, coletas de la India, cintas de
seda, peines de marfil, pañuelos de seda y un abanico de tejidos de tela
ordinaria compuestos de capichola, angaripola, muselina, damasquillo
o aceituni.40 Los sectores sociales medios e inferiores también podían
acceder a la mercadería asiática con las subastas públicas después del
fallecimiento de una persona sin sucesión.41 En los propios círculos ofi-
ciales el ingreso de loza y sedería china se justificaba por ser consumo
de los pobres, quienes por su ingreso reducido no tenían la posibilidad
de vestirse con ropa más cara, como lo era la de Castilla.
Nadie podría cuestionar que la baratura en los costos de comerciali-
zación junto con la rentabilidad que ofrece la venta de bienes asiáticos
son motivos importantes para entender su sistemática importación por
el espacio sudamericano. Pero no hay que menospreciar el amplio mer-
cado consumidor como un elemento que logra definir el comportamiento
de la oferta, como la “polea” que garantiza, aunque sea ilícito, el desa-
rrollo y florecimiento de su intercambio.

Buenos Aires, Córdoba y los ejes geohistóricos del imperio

La problemática de rastrear la red y el consumo de lo que es una


“inédita” presencia de bienes chinos por la Gobernación de Tucumán
y Buenos Aires requiere contextualizarse en los cambios que registran
durante el transcurso del siglo xviii los ejes mercantiles y geohistóricos
del imperio. Con todos los matices y debates que amerita el proble-

40. anl, Ramo Real Hacienda, Guayaquil, Legajo 500, cuaderno 41, 1748, f. 37; anl, Ramo
Real Tribunal del Consulado de Lima, Sección Judicial, caja 161, documento 159, año
1768-1769, f. 15.
41. Duarte, Mobiliario, 1996, p. 232; ahpc, Ramo Escribanía 1, 1724, legajo 250, expe-
diente 9, fs. 35-36.

135
China en la América colonial

ma, probablemente deba aceptarse la idea de que todavía en las prime-


ras décadas del siglo xviii la Gobernación de Tucumán y Buenos Aires
continúan manteniendo una fuerte relación de dependencia con el eje
Potosí-Lima. Ésta es la hipótesis sugerida por Céspedes del Castillo,
para quien, a pesar de la crisis oficial de comercio, siguen funcionando
en 1730 las ferias de Portobelo.42 Pero debemos complejizar el proble-
ma al atender la circulación de bienes chinos y orientales. A la par del
eje España-Portobelo-Lima-Charcas-Buenos Aires, está actuando des-
de tiempos coloniales tempranos y con toda su potencialidad el eje del
Pacífico, cuya pieza medular es lo que hemos denominado como “la ruta
hispanoamericana de la seda china”.43 Recordemos aquí la mención de
páginas anteriores sobre la tercera vía de importación de los bienes
asiáticos.
Ahora bien, a partir de 1740 el gran espacio sudamericano ve dismi-
nuir su orientación hacia el Pacífico y posa gran parte de su economía
hacia la ventana del puerto de Buenos Aires. La crisis de Lima como
punto distribuidor de mercancías responde, en gran medida, a la deca-
dencia de los dos ejes mercantiles mencionados: el oficial de Portobelo-
Lima y el ilegal del Pacífico que une al puerto de Acapulco con el puerto
de El Callao. Los mercados del interior del espacio redireccionan defi-
nitivamente sus relaciones comerciales hacia el flanco suratlántico del
imperio centrado en Buenos Aires, lo que genera que los “desvíos” de
plata potosina hacia el puerto sean cada vez más recurrentes y siste-
máticos. Hay que reconocer el crecimiento de la actividad mercantil
de Buenos Aires desde finales del siglo xvii o desde los inicios de la
centuria siguiente, tiempos en que la llegada de navíos de registro es
recurrente con la misión de abastecer de mercaderías europeas no sólo
el mercado local porteño, sino las plazas comerciales del interior del vi-
rreinato. Pero su rol dominante en el Atlántico como punto importador
y exportador del espacio, de almacén de mercaderías para proveer de
ellas a las economías del interior cuestionando seriamente la función
de Lima, recién llegará con una fuerza predominante en la segunda
mitad del siglo. En este cambio de eje geopolítico y mercantil que va del
Pacífico al Atlántico le cabe una gran responsabilidad a la política eco-
nómica emprendida por el gobierno Borbón de Carlos III, que logrará

42. Céspedes del Castillo, Lima y Buenos Aires, 1947, pp. 34-35.
43. Véase el segundo artículo del presente libro.

136
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

institucionalizar, tiempo después, esta gran transformación económica


con la fundación hacia 1776 del virreinato del Río de la Plata y con el
Reglamento de Libre Comercio de 1778.
¿Cómo se inscribe el caso de los bienes chinos en semejante proceso?
Ellos son protagonistas y participan de los cambios en la orientación
de rutas y en el tipo de producto que es requerido en cada coyuntura.
Veremos que ellos se mueven en simultáneo con todos los productos
europeos y de la tierra que dan vida a los ejes mencionados. En la pri-
mera mitad del siglo, son las telas y los tejidos de china los artículos
predominantes que ingresan por el Pacífico (Acapulco-El Callao) hacia
los mercados de Salta, Tucumán, Córdoba y aun a la plaza de Buenos
Aires. En la segunda mitad primará, en el rubro asiático, la loza china.
Su importación se hará por la vía atlántica de Buenos Aires; puerto
que, abandonado el sistema de galeones y ferias de Portobelo, se alza
como el punto preferido para la llegada de navíos particulares euro-
peos. Las páginas que siguen se ocupan de analizar en detalle todo este
fenómeno.
No puede dejar de sorprendernos cómo en un período considerado de
crisis por los estudios de historia económica como es la primera mitad
del siglo xviii, cuando la producción de plata del cerro de Potosí se ve es-
tancada provocando una desarticulación y desmonetización de los mer-
cados por el espacio peruano,44 los inventarios nos arrojan un escenario
más “optimista”, de una rica y diversa vida material que avanza hacia
la abundancia de objetos, particularmente de las telas y los tejidos ex-
tranjeros.45 Abundan las paradojas. Evidentemente, hay una crisis de
la producción minera por el espacio peruano jaqueando la circulación
de metálico, pero al mismo tiempo los intercambios desde el exterior e
interior no se paralizan. Reconocidos estudios plantean que desde los
tiempos finales del siglo xvii y entrado el siglo siguiente, a pesar de la
crisis de la producción minera, el comercio interno por el espacio pe-
ruano como el del Atlántico porteño crece o por lo menos no decae. Al
explorar la evolución comercial por Buenos Aires y por el interior del
espacio peruano de estos tiempos, Moutoukias plantea la hipótesis de
que la demanda de bienes por esos mercados consumidores no siguió

44. Assadourian, El sistema, 1982. Según Tandeter, la crisis de la producción de plata


en Potosí llega hasta 1730. A partir de ese año comienza una moderada y continua alza en
razón de la renta mitaya. Tandeter, Coacción, 1992, p. 190.
45. Véase apéndice documental.

137
China en la América colonial

la tendencia decreciente de la producción de plata potosina.46 Lo que


percibimos en el ingreso y consumo de bienes chinos se acomodaría muy
bien a esta segunda perspectiva.
En efecto, en la primera mitad del siglo xviii, las telas y los tejidos
de China son, sin lugar a dudas, las piezas orientales de mayor con-
sumo por la gobernación de Tucumán y Buenos Aires. Su presencia
es habitual no sólo en territorio americano, sino que son reconocidos
por todo el mundo. Precisamente en la centuria que nos ocupamos, las
compañías orientales europeas muestran un gran entusiasmo por la
importación de textiles de seda de la China, las cuales son, junto con el
té y el algodón de la India, uno de los principales bienes que ingresan
a los mercados del viejo continente.47 Cuando hagamos referencia a los
tejidos chinos en nuestro marco espacial considerado, debe quedar claro
que nos estamos refiriendo, en gran medida, a vestimenta y tejidos de
raso de seda que son las telas que predominan en el rubro textil.
Las condiciones naturales de China para producir seda son valo-
radas por muchos estudios de la época al ofrecer las razones de su su-
perior calidad con respecto a las de Europa. El imperio asiático es la
cuna de la industria de la seda. En su estudio sobre el Arte de la cría del
gusano de seda publicado en 1787, Juan Lanes y Duval destaca que la
superioridad de la seda china resulta de su adecuado clima y geografía
para reproducir el gusano de seda “sin que les cueste a los chinos el
sudor, aplicación y afán”.48 Por esos mismos años, Malo de Luque llega
a la conclusión de que “la diversidad de sedas que produce Europa aún
no han llegado a la perfección que en la China que por su blancura y
variedad es incomparable con cualquier otra”.49
La seda cruda de China es famosa por el mundo y hasta bien entrado
el siglo xviii es motivo de imitación en Europa, que no logra llegar a su
delicadeza y blancura.50

46. Moutoukias, Contrabando, 1988, p. 73. Véase también Tandeter, “El eje”, 1991, pp.
185-201.
47. Los textiles de seda china predominan en la primera parte del siglo por Europa mien-
tras que los tejidos de algodón de la India alcanzan gran preferencia en la segunda mitad.
Blanning, The Eighteenth, 2000, pp. 234-250. Carmagnani, Las islas, 2012, pp. 122-138.
48. Lanes y Duval, Arte de la cría, 1787, p. 245.
49. Malo de Luque, Historia política, Madrid, t. v, 1790, p. 25.
50. Derry y Williams, Historia, 1990, pp. 145-148.

138
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

Cría del gusano y recolección de seda bruta en China

Fuente: http://larutadelasedacat.wordpress.com/rutadelaseda/

Ubiquemos el problema en una dimensión más amplia.Ya adelan-


tamos algunas pistas sobre la manera en que el textil chino ingresa
a Hispanoamérica. Todo comienza desde México, particularmente des-
de su puerto de Acapulco, con el arribo del galeón de Manila. Iniciado
el siglo, los mercaderes peninsulares que depositan sus intereses en
las flotas y en los galeones de la Carrera de Indias sostienen que los
pobres negocios registrados en las ferias atlánticas se explican por el
éxito competitivo que tienen las telas chinas. La denuncia se apoya en
la idea de que el cargamento importado por el galeón de Manila supera
con creces el nivel de demanda y consumo del mercado novohispano,
único espacio en donde está permitido su consumo.51 La Corona españo-
la asume el problema e, intentando proteger los textiles de fabricación
nacional y europea, decide en 1718 prohibir el ingreso de seda oriental
por la Nueva España. La medida no tiene la efectividad esperada. El
virrey mexicano marqués de Valero desconoce de plano la normativa

51. Álvarez de Abreu, Extracto, 1977, t. i, pp. 130-234.

139
China en la América colonial

por considerar los tejidos chinos como de “regular vestuario”, con “pre-
cio muy acomodado” y porque la “mayor parte del reino deseaba la nao
de China con sus telas” que el arribo de la flota española, la cual oferta
sus vestidos a un precio “más subido”.52 Retengamos este argumento
que parece ser un denominador común y la clave para comprender la
extensión del uso y el consumo de telas y tejidos de China por toda
Hispanoamérica. En términos precisos, por ser el textil chino barato y
de uso habitual en las familias coloniales, logra superar incluso los pe-
didos de la sociedad novohispana. Hay que partir de la premisa de que
su ingreso en “exceso”, sin registro, por el puerto de Acapulco desde las
islas Filipinas no es una respuesta exclusiva a los pedidos realizados
desde mercado novohispano, sino que también contempla la demanda
de las plazas mercantiles ubicadas en el virreinato del Perú.
El fenómeno de engarce de flujos marítimos y terrestres por el eje
del Pacífico posibilitando que telas y tejidos para el hogar así como ves-
timenta procedente de China lleguen a lugares tan recónditos de hispa-
noamericana cobra luz en nuestro listado documental. Hay una mayor
recurrencia de textil chino en la región de Córdoba que en el mercado
portuario de Buenos Aires. El eje del Pacífico, que tiene como punto de
escala dominante la ciudad de Lima, es responsable para que se viva
por estas décadas (1700-1740) un boom en el consumo de ropa de China
por Córdoba y toda la Gobernación de Tucumán.

El boom de las telas y los tejidos de China por Córdoba


y Buenos Aires

Ahora bien, identifiquemos los diseños, las formas y las característi-


cas principales del textil chino que aparece en los documentos. Podemos
encontrar telas en varas,53 listas para su confección, o tejidos manufac-
turados, ya sea para el vestir o para el uso del hogar. Raso y tafetán
de seda, damasco, jerga, saia saia, gorgorán, gurbión, capichola, esta-
meña, angaripola, muselina, lienzo, holandilla, calamaco, damasquillo,
aceituni [sic] y el camellón son algunas de las telas chinas que se consu-
men por Córdoba, Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Buenos Aires.

52. agi, Filipinas, 206, núm. 1, fs. 823r-826v.


53. Según el diccionario de la Real Academia Española, la vara es la medida de longitud
utilizada en el imperio español que alcanza los 1.000 milímetros, unos tres pies de largo.

140
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

Asombra la notable variedad en la calidad de las telas y sedas. Las hay


para todos los gustos, de finísima calidad hasta la más ordinaria. Am-
bos tipos se expresan en los inventarios con los siguientes calificativos:
“fina elaboración”, “a la moda” o, por el contrario “de segunda calidad”.
Con esta variedad de telas se elaboran pequines, armadores, chupas,
hongarinas, capotes, calzones, polleras, capas o rebozos, sobretodos, de-
lantales, medias, batas, birretes o gorros, pañuelos, tapapiés, camisas o
casacas, ceñidores, sotanas y otros artículos de vestuario. Para decorar
o de uso práctico del hogar se confeccionan, ya sea en los obrajes asiáti-
cos o en los talleres locales, cortinas, colchas, sobrecamas, cielos de al-
tar, fundas, cojines, sábanas, manteles, mantas, doseles para iglesias,
bolsas, apretadores, alfombras, pabellones y colgaduras.
Por supuesto que nos sorprende toda esta diversidad de tejidos, pero
al mismo tiempo sería arriesgado afirmar que en la Gobernación de
Tucumán y Buenos Aires los tejidos y las telas de China reemplazan
o logran competir con la vestimenta y las telas europeas, como habría
sucedido por estos tiempos en el virreinato de la Nueva España.54 Nadie
podría negar que durante las primeras décadas del siglo, los textiles
europeos y españoles circulan con mayor frecuencia e intensidad por
Córdoba y Buenos Aires, y son de mayor consumo que los procedentes
del Oriente. Si bien la ruta oficial de Portobelo está en franca decaden-
cia, los tejidos occidentales cuentan con otras vías de ingreso. Ya nos
referimos a la vía mexicana, pero también habría que considerar los
navíos de registro españoles que tocan (con autorizaciones o sin ella)
varios puertos del Atlántico. Los tejidos europeos ingresan también por
el contrabando de los franceses e ingleses, quienes aprovechan la con-
cesión española del Asiento de esclavos que, para el caso inglés (1713),
logra contar con un adicional permiso para ingresar –sólo contando lo
legal– 500 toneladas en mercaderías.55 Así y todo, no debemos subes-
timar el consumo de los tejidos de procedencia oriental. La bancarrota
de la Carrera de Indias queda de manifiesto al recordar que durante
los primeros cuarenta años del siglo sólo llegan dos armadas (1707 y
1726) con resultados decepcionantes. El vacío dejado por el espacia-
miento y la crisis de las flotas es llenado por el contrabando, del cual
los mencionados por el Pacífico importando “ropa de la China” cobran

54. agi, México, legajo 2501, “Memorial del Consulado de Sevilla de 1714”, s/n de fs.; tam-
bién Álvarez de Abreu, Extracto, 1977, t. i, pp. 120-128.
55. Studer, La trata, 1958, pp. 237-249.

141
China en la América colonial

especial significancia. La pieza china esquiva así la tasa impositiva y


las instancias de control de la aduana, lo que hace posible un precio
razonable y accesible. Como podremos ver en las páginas siguientes, la
vara de algunas sedas y telas orientales llegan a tener un valor inferior
a la “ropa de la tierra”, que por las primeras décadas del siglo acusan
precios elevados.56 Sin duda, la baratura de la tela china es un elemento
de atracción para gran parte del público consumidor.
Es de público conocimiento que la vestimenta oriental o los tejidos
compuestos con su exquisita seda son un rasgo distintivo del consu-
mo de elite. En el apéndice documental N° 3 reproducido al final de
este ensayo se expresa claramente que son en las altas esferas, en la
sociabilidad misma de encomenderos, capitanes, maestres de campo,
eclesiásticos y doncellas, donde se hace gala de los tejidos chinos. Hay
tejidos muy costosos que incluso pueden llegar a superar con creces
el valor de similares piezas europeas. Disponemos del caso de Josefa
Savina Villamonte, doncella de rica familia de la ciudad de Córdoba,
que recibe en su dote de 1717 dos sobrecamas: una “grande de la china
bordada con hilo de oro y flecadura de lo mismo” y otra sobrecama de
Inglaterra. La primera se cotiza en la notable suma de 280 pesos, el va-
lor promedio que por entonces tiene la compra de un esclavo;57 mientras
que la segunda es valuada en 50 pesos, menos del cuarto del valor de la
primera.58 También atendamos el caso de Juan José Campero, el mar-
qués del Valle de Tojo en Jujuy, que en su extenso inventario cuenta
con una “camisa de brocato nácar de alta cuenta, nueva, forrada en fino
raso chino a flores de 230 pesos”.59
Por estos tiempos, según los términos que vemos utilizar en los in-
ventarios, la seda china se posiciona como un artículo de “moda”, un
modelo a seguir por parte de los sectores más prestigiosos de la socie-
dad. De manera muy recurrente vemos aparecer en los inventarios el
término “moda” para referirse a “vestidos de Pequín”, “casacas de Chi-
na” o incluso al “raso de seda de flores de China” usados por capitanes,
maestres y doncellas. A pesar de su ilegalidad, muchos vestidos con tela

56. Salas de Coloma, Estructura colonial, 1998, t. ii, pp. 380-382.


57. El precio de un esclavo varía según la edad, salud y género. De acuerdo con los inven-
tarios revisados, los precios oscilan desde 50 pesos hasta los 400 pesos.
58. ahpc, Protocolo, Registro 1, t. 100, f. 227.
59. Schenone, Gori, Barbieri, Patrimonio artístico, 1991, Apéndice, p. 426.

142
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

china ofrecen una identificación de clase, una regla general a seguir que
cohesiona a “los selectos”. La prohibición no impide en lo más mínimo
que los objetos orientales se expongan no sólo como decorados de los
hogares y en el vestuario, sino también en los espacios públicos de gran
sociabilidad. El glamour hacia la seda china alcanza a superar el hori-
zonte del vestuario: incluso muchos capitanes y eclesiásticos “aforran”
y cubren sus carruajes con cortinas y flocaduras de seda china para
pasearse por las calles de la urbe.60
No ponemos en duda el consumo de fina seda china en los círculos
sociales de elite; un mercado que vendría a compartir y a complemen-
tarse –no tanto a competir– con la manufactura europea. Pero nuestro
propósito es ver la problemática en su complejidad y superar la mirada
tradicional que lo “chino” o “asiático” sólo se reduce a lo suntuoso, a
lo “extravagante” o, más aún, a ser un signo de excepcionalidad en la
conformación de la cultura material colonial. Durante gran parte del
período, la legislación española prohíbe a los grupos de mediana y baja
condición el uso de plata, oro, prendas de seda y otros artículos de lujo
reservados al consumo exclusivo de los “principales vecinos” de la socie-
dad. No obstante, sabemos que en Córdoba se sanciona –hasta reprimir
de manera violenta– a mulatos y mestizos por usar atuendos suntuosos
en público.61 La imitación en el vestir de la moda de elite puede expli-
carse desde lo simbólico, como los intentos de algunos sectores sociales
por aparentar el ascenso social. La ley otorga una importancia clave
al vestuario como un claro indicador cultural de estatus socioétnico y
económico. Pero hay interrogantes previos que deberían responderse:
¿cómo acceden aquellos grupos a prendas supuestamente suntuarias?
¿Son sólo fuerzas simbólicas y culturales las que tientan a los grupos
de posición media e inferior a buscar la democratización del consumo
de telas y vestimentas que, en principio, se encuentran reservadas a la
elite?
Creemos que hay que considerar lo que ocurre por el lado del co-
mercio y la economía, particularmente desde el plano de la oferta. En
otros términos, la notable variedad y calidad de telas chinas que se
ofrecen al público resulta clave para advertir lo que sería un proceso

60. Véase en el apéndice documental Nº 3 los casos de Valentín Escobar Bezerra (1690) en
Córdoba, del Chantre de la Catedral de Córdoba Bazán de Pedrás Gil (1716) y del capitán
José Cabrera de Velasco (1713).
61. Concolorcorvo, El lazarillo, 1946, pp. 58-59.

143
China en la América colonial

incipiente de democratización en el consumo de telas extranjeras por


parte de gran parte de la sociedad colonial. El apéndice documental N°
3 que reproducimos al final del libro nos muestra algo novedoso: en las
primeras décadas del siglo xviii, la seda china no se reduce al círculo de
elite, sino que también la poseen y la consumen vecinos “comunes”, que
no pertenecen a los grupos de privilegio. Cuando en los años finales del
siglo xvii el padre jesuita Antonio María Fanelli viaja desde Buenos Ai-
res hacia Chile no deja de sorprenderse por el consumo de sedas chinas
y telas de algodón de Nanking en sectores de bajos recursos, que por su
baratura son más reclamadas que las telas europeas.62 En Córdoba y
Buenos Aires se vive un proceso idéntico. Como enseguida comproba-
remos, sectores de medianos y bajos ingresos –aun esclavos– logran ac-
ceder a alguna prenda asiática barata, de mediana u ordinaria calidad.
Notemos también un dato muy significativo que puede confirmarse al
revisar el apéndice documental N° 3. Este fenómeno de democratiza-
ción de la tela china se manifiesta también en el plano de la geografía;
su consumo traspasa la frontera “citadina” y se extiende hacia espacios
alejados de las urbes o literalmente rurales, como San Antonio de To-
toral (1708), el valle de Ischilín (1711), Río Seco (1721) y Domingo del
Corral (1724). Pero comencemos por el principio, antes de continuar con
otras evidencias.
Pongamos la atención sobre el renovado boom en la circulación y el
consumo de tejidos y sedas chinas que se da en la primera mitad del
siglo xviii por el espacio sudamericano con relación a la evolución de
la manufactura local y la europea. Debemos reconocer las perspecti-
vas historiográficas referidas a los ciclos de producción del textil local
y cómo se relaciona dicha evolución con el caso concreto del ingreso y
consumo –ahora ilegal– del textil chino. Una de las principales discu-
siones aún no resueltas es si en esos primeros cincuenta años del siglo
los obrajes locales del espacio peruano están en crisis o en auge. Según
Silva Santisteban, “la época de mayor auge de los obrajes corresponde
a las últimas décadas del siglo xvii y primeras del xviii”.63 Tomando en
consideración la hipótesis de Santisteban, el aumento en el comercio y
consumo de telas y tejidos chinos iría a la par de un crecimiento de los
obrajes lugareños. Si bien el autor no fundamenta las causas del auge,

62. Fitte, Viaje al Plata, p. 52.


63. Silva Santisteban, Los obrajes, 1964, p. 162.

144
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

la posición es recuperada con argumentos en el estudio de Salas de


Coloma, para quien la producción textil del Perú, particularmente los
centros ubicados en Huamanga, acusa un ciclo secular de crecimiento
desde los años 1660 hasta 1760 y que logra responder a la demanda que
arrastran varias plazas del espacio, como Potosí y Oruro. La reducción
en las importaciones de telas europeas dada la interrupción y la crisis
del comercio ultramarino habría generado, siempre según Coloma, un
desabastecimiento en el mercado consumidor minero; escasez que a la
vez elevó los precios de las telas locales. De tal manera que los tejidos
oriundos comienzan a ser más apreciados, exigiendo un mejor acabado
de las prendas para un nuevo público que hasta entonces habría consu-
mido tejidos europeos.64
Para llegar a esta interpretación, Salas de Coloma parte de la idea
de que la crisis minera de finales del siglo xvii y principios del siguiente
no se extiende ni se traduce en un estancamiento en la actividad de los
obrajes. La premisa viene a cuestionar uno de los postulados de Assa-
dourian, para quien los movimientos económicos de los obrajes están
subordinados a la crisis del capital minero. Si hay caída de la produc-
ción minera ello afecta, según el parecer del autor, a todos los sectores
económicos del espacio peruano, lo que provoca su desarticulación, la
pérdida del alto nivel de autosuficiente que había conseguido hasta en-
tonces el gran espacio y, por ende, una fuerte dependencia y atracción
por los tejidos que vienen desde el exterior.65
Las distancias interpretativas son notables. Salas de Coloma nos
habla de un crecimiento del sector textil local que no sólo cumpliría
con los pedidos del mercado local masivo, sino que también se hace
extensible con la demanda de tejidos de elevada confección destina-
dos a los sectores privilegiados. Por su parte, Assadourian propone la
complementariedad más que la competencia: la política de prohibición
española vigente durante prácticamente todo el período colonial para
el fomento de la producción textil en el espacio del Perú sólo estaría
apuntando a la producción de tejidos de alta calidad, un mercado que
en principio está garantizado para el textil español y europeo.66 Del

64. Salas de Coloma, Estructura colonial, 1998, t. ii, pp. 380-386.


65. Assadourian, El sistema, 1982, pp. 191-207.
66. Si tomamos esta visión parece comprenderse perfectamente la insistente lucha es-
pañola por regular y prohibir el comercio y consumo de géneros asiáticos por toda la
América hispana.

145
China en la América colonial

planteo de Assadourian se desprende que el obraje local, más en tiem-


pos de crisis, no tiene la capacidad suficiente para responder a la de-
manda social de tejidos comunes, mucho menos los pedidos de tejidos
de elevada confección que debían garantizarse con la importación de
sus pares extranjeros.
Las posiciones historiográficas llegan a un pleno acuerdo para inter-
pretar lo que ocurre en la segunda mitad del siglo. Assadourian, Salas
de Coloma como el estudio de Aníbal Arcondo referido al caso concreto de
Córdoba nos afirman que el inicio de la democratización del consumo
de telas extranjeras por la Gobernación de Tucumán se inicia hacia
1740, con las ventajas de un comercio exterior más libre y menos gravo-
so. La tradicional indumentaria de los mestizos compuesta de “ropa de
la tierra”, lienzos, cordellate y bayetas de fabricación local habría sido
sustituida, según Arcondo, por lienzos, bretañas, angaripolas y otros
textiles europeos y orientales que ingresan ahora con menores costos
de producción y comercialización. La apertura portuaria y las mejores
condiciones de vida de gran parte de la sociedad contribuyen, siempre
según Arcondo, a un cuestionamiento de los cánones rígidos impuestos
por la sociedad jerarquizada sobre el vestir y “a la popularización de
nuevas telas importadas desde Europa e incluso del Oriente”.67
Asimismo, según Assadourian, que aquí vendría a compartir la pre-
misa de Arcondo, el quiebre sucede en la segunda mitad del siglo xviii,
cuando los tejidos ingleses invaden los mercados masivos y populares
hasta entonces reservados a lo producido por los obrajes locales. En de-
finitiva, nadie podría discutir que es en la segunda mitad del siglo xviii,
en el marco de los prolegómenos de la revolución industrial inglesa y las
aperturas para un comercio más libre con América, cuando se consolida
el fenómeno de la expansión social del consumo. Son tiempos en que los
tejidos y las telas europeas son de uso común por la masiva producción
en serie de telas de algodón y mejoras sustanciales en los medios de
transporte generado por un comercio más flexible.
Todas estas interpretaciones son útiles para entender el notable
ingreso y consumo de tejidos chinos de principios del siglo xviii. Aquí
sostenemos que la incapacidad de la estructura del obraje local –ya sea
en crisis o no– de solventar el consumo de tejidos ordinarios y baratos
por las plazas consumidoras de la región y ante las dificultades de con-
tar con el textil europeo dada la crisis del sistema oficial de comercio,

67. Arcondo, El ocaso, 1992, pp. 103-227.

146
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

la seda junto con otros tejidos del Oriente se colocan como una de los
textiles más utilizados por el público consumidor. Lo notable del caso
del textil chino no sólo es que transita por el plano de la ilegalidad y la
prohibición, sino que aún más importante responde a diferentes niveles
sociales de consumo porque las variedades en su calidad y precio le
dieron interesantes armas para la conquista de este doble mercado: el
de elite y el masivo.
Retomemos con la explicación mercantil. La crisis del comercio legal
y la promoción de los variados circuitos de contrabando que antecedie-
ron a las políticas de Carlos iii de “libre comercio” provocan una dismi-
nución en los costes de las telas importadas, permitiendo que sectores
plebeyos y mestizos accedan a lo que en un principio era destinado al
consumo de elite. La variedad en calidades y precios permite que la
“moda” de lo chino goce una suerte de democratización en su consumo,
que sea apropiada por otros grupos sociales. Recordemos lo dicho en
páginas anteriores: por estas décadas de principios de siglo el textil
chino se moviliza desde México o directamente desde Cantón por rutas
ilegales que esquivan impuestos y logran ingresar bajo remates y su-
bastas a precios realmente bajos. Superando el caso de telas chinas, se
puede afirmar que el proceso de democratización de consumo de bienes
extranjeros alcanzó al espacio rioplatense. Fernando Jumar nota para
la misma época que el contrabando por el puerto atlántico de bretañas y
textil francés considerado de lujo logra abaratar sus precios y los torna
accesibles para la mayoría de la sociedad.68
Abordemos ahora variables más precisas, como son los precios y va-
lores. Los argumentos son más convincentes cuando cotejamos, por un
lado, los precios de las telas de fabricación local o también llamada
“ropa de la tierra” y los de procedencia europea con los de China, por el
otro. El ejercicio se apoya en los valores que nos brindan los diferentes
tipos de inventarios y comisos, complementándolo con la rica informa-
ción brindada por Arcondo. Antes de realizar la comparación, vale ad-
vertir que estamos lejos de establecer conclusiones absolutas: el precio
de un tejido o tela varía de acuerdo con su calidad o complejidad, sean
ellos de fabricación local, asiática o europea. Como venimos mencio-
nando en el texto, era tal la variedad de calidad y precio de la ropa de
China, que cada sector social podía contar con alguna prenda que esté
a la altura de sus posibilidades.

68. Jumar, Le commerce, 2002, t. i, p. 147-155.

147
China en la América colonial

En la carta dotal de 1705 de la doncella Ana Pacheco, hija del capi-


tán Juan de Pacheco, residente en la ciudad de Córdoba, se valúa una
pollera de raso de la China carmesí a 24 pesos, mientras que idéntica
prenda compuesta en seda de Granada alcanza el triple de valor: 90
pesos.69 Doña Catalina de Cabrera, esposa del capitán Francisco de Ca-
brera de la ciudad de Córdoba, cuenta en su patrimonio de 1704 “una
pollera de bayeta de la tierra”, de fabricación local, valuada en 5 pesos.
Por esos años, encontramos que una “negra libre” de la misma ciudad
llamada Micaela, cuyo patrimonio total no supera los 540 pesos, cuenta
entre sus escasas prendas con “una pollera de raso de la China forrada
en sarguilla” cuyo valor llega tan sólo a la mitad de aquella: 2 pesos. El
ejemplo es notable porque nos expresa que la ropa compuesta de tela
china llega incluso a los esclavos.70
Tomemos el caso de la tela en vara o en pieza, no confeccionada. En
los autos por fallecimiento de 1720 del vecino de Buenos Aires don Pe-
dro Constanza se cotiza la vara de “tafetán chino ordinario” a 4 reales,
cuando la bayeta y el lienzo, dos tipos de telas de fabricación local y de
consumo difundido entre indios, negros y mestizos que se producen en
los obrajes jesuíticos de Córdoba o en otros centros ubicados por La Rioja
y Catamarca rondan, según los datos de Arcondo, los 8 y 7,7 reales la
vara respectivamente.71 La vara de Cordellate, tela de gran consumo en
la región de Tucumán y Buenos Aires, y que también es fabricada en los
obrajes jesuíticos de Córdoba para la confección de ropa interior, alcanza
los 8 reales en 1732, el mismo valor que en esos años en Catamarca es-
taría costando la vara de raso chino de razonable calidad, no ordinario.72
Vale citar dos últimos casos, que si bien ocurren más tarde, en 1768 y
1769, dan cuenta de la utilización rutinaria de la seda china en amplios
sectores de la sociedad. El primer caso trata de los “parte de milicia” en
el que aparecen breves inventarios de capitanes, picadores y soldados de
la tropa española que viaja de Buenos Aires a Santiago del Estero. En
cada uno de los inventarios aparecen algunas monedas de plata y telas
sencillas, como varas de bayetas de la tierra o de Casilla y varas de bre-
tañas. Junto a estas prendas cada uno de ellos posee un “pañuelo chino

69. ahpc, Protocolo, Registro 1, t. 98, s/n de f.


70. ahpc, Protocolo, Registro 1, t. 98, f. 136v.
71. agn, Sucesiones, legajo 5335, s/n de expediente, f. 38; Arcondo, El ocaso, pp. 279-283.
72. agn, Sucesiones, legajo 3859, expediente 7, f. 22.

148
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

de seda”, accesorio fundamental para la higiene y la limpieza del sudor y


rostro.73 El caso es importante porque nos ilustra la ropa utilizada por un
sector social sin privilegios, que comúnmente no están representados en
los inventarios y que cuentan con alguna prenda china. El segundo ejem-
plo lo ofrece un prebendado (personas distinguidas del clero) a quien se le
pregunta en 1769 sobre lo que precisa una persona de su condición para
un “vivir digno”. Allí menciona que los manteles comunes rondan los 25
pesos, lejos de los 30 o 40 pesos que valen los más finos, reservados “para
aquellos días extraordinarios en que convida algún amigo”. Sin embargo,
sabemos que en esos años en la tienda de un tal Chávez se puede conse-
guir un mantel nuevo de China con 10 servilletas en 16 pesos; muy por
debajo de los precios que el prebendado considera “manteles comunes”
y prácticamente el tercio del valor de los manteles ricos.74 En definitiva,
todos los casos mencionados ilustran el abanico de telas chinas disponi-
bles para su consumo y que contemplan desde el capitán o la doncella
pasando por el vecino común y aun la “negra” libre.

De Lima hacia Córdoba:


el caso del capitán Buitrón y Mujica

El calificativo de “feria de Pekín” que otorga Marcoleta a la ciudad


de Lima puede comprenderse también por la existencia de un saldo
positivo, un sobrante de textiles y objetos chinos que son reexpedidos,
hacia los mercados de la Gobernación de Tucumán. De la información
que arroja el apéndice documental N° 3 se confirma la honda presencia
y el consumo del textil chino por Córdoba en las primeras décadas del
siglo. ¿A través de qué mecanismos de intercambio logra llegar a la re-
gión? En otros términos, ¿qué ofrece Córdoba a Lima y a otros centros
de Perú a cambio de los bienes chinos? La respuesta nos remite a las
lógicas de intercambio que la región del Tucumán establece con el cen-
tro del virreinato del Perú.
Hacia finales del siglo xvi, Córdoba logra un considerable desarrollo
textil pero rápidamente, hacia principios del siglo siguiente, el sector cae
en una crisis irreversible. Otras regiones como Asunción, Catamarca, La

73. agn, Sucesiones, legajo 6726, s/n de expediente, fs. 24-32.


74. Probst, “El costo”, 1941, p. 438; Porro Girardi, Astiz y Rospide, Aspectos, 1982, vol. i,
p. 438.

149
China en la América colonial

Rioja y la zona peruana adyacente a Lima comienzan a ofrecer al mer-


cado local de Córdoba y del Tucumán tejidos bastos. Desde entonces, la
actividad dominante en Córdoba es la cría, la producción y el comercio de
mulas, y llega a convertirse prácticamente en una región monoproducto-
ra estimulada por la demanda del centro Lima-Potosí.75 Es precisamente
a cambio de mulas que Córdoba tiene la posibilidad de importar una ca-
nasta de bienes extranjeros y peruanos para su mercado consumidor. La
provisión de mulas hacia el punto neurálgico peruano que está en pleno
contacto con otras culturas económicas del mundo le permite a Córdoba
participar en el engranaje de la globalización mercantil. El caso Buitrón
que relatamos en las líneas siguientes expresa este juego de intercam-
bios y el papel protagónico que alcanzan en ellos los textiles chinos.
Juan de Buitrón nace en Sevilla en el año 1649 y viaja a Chile en
plena adolescencia. Luego de una intensa experiencia militar por Chile,
Perú y la ciudad de Tucumán, en el año 1692 se instala en la ciudad
de Córdoba a raíz de su casamiento con doña Manuela de Liendo.76 Los
Liendo son un linaje muy reconocido de la Gobernación de Tucumán.
Hija del capitán y alférez real, Juan de Liendo, Manuela contrajo ma-
trimonio en tres oportunidades: primero con Miguel de Echevarría,
luego con el capitán Juan de Buitrón y, cuando éste se encuentra en
Cuzco, Manuela celebra antes de, o en, 1707 su tercer matrimonio con
el también capitán y vecino de Córdoba Bernardo Blanco de Guerra.77

La red del pleito en torno a Juan de Buitrón y Mujica

Francisco de Las Casas María de La Sierra


(albacea)

Juan de Buitrón y Mujica Manuela de Liendo y Argüello Bernardo Blanco

Ambrosio Zarco Josefa de Buitrón Antonia Blanco

75. Assadourian, “Potosí”, 1973, pp. 173-177.


76. Guarda, La sociedad, 1979, p. 116.
77. ahpc, Protocolo, Registro 1, Inventario 86, 1692, f. 375. ahpc, Protocolo, Registro 1,
Inventario 100, 1707, fs. 223-224. Lazcana, 1969, p. 76.

150
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

En 1695, Buitrón emprende una gran operación mercantil en torno


a los mercados de Lima, Cuzco, Salta y Córdoba. En ese año, junto
con su esposa Manuela firman un contrato con el Monasterio Santa
Catalina de Sena, ubicado en la ciudad de Córdoba, en el cual los di-
rectivos del convento le prestan al matrimonio 1.200 pesos para fletar
nada menos que 4.780 mulas desde la ciudad de Salta hacia Lima.
Para disponer del préstamo, al matrimonio se le exige registrar como
garantías su rico capital inmobiliario de casas y tierras ubicadas alre-
dedor del convento de la ciudad.78 Luego de obtener el permiso para el
traslado,79 las mulas de Buitrón salen a cargo y cuidado del sargento
mayor Pedro Arias Rangel con el propósito de invernarlas y venderlas
por todo el Cuzco, Potosí y Lima. El negocio tiene un rotundo éxito.
Con metálico a su disposición, Juan de Buitrón parte hacia Lima en
1698 y durante varios años se dedica a invertir el capital obtenido por
las ventas de las mulas en la compra de géneros europeos, “de la Chi-
na” y “de Cuzco”, para abastecer los mercados de Córdoba, Tucumán,
Santiago del Estero y Salta.
Ya sea en los momentos previos a su partida o durante la propia
estancia en el Perú, lo cierto es que Buitrón se separa de Manuela.
Juan de Buitrón y Mujica no alcanza a ver los frutos de su gran opera-
ción comercial. Por razones que desconocemos fallece en el Cuzco hacia
1713, en plena actividad de sus intercambios comerciales. Al momento
de llegarle la noticia de la muerte de su ex marido, Manuela de Liendo
no duda en iniciar el juicio sucesorio; poniendo especial atención sobre
el capital de mercaderías que el capitán logró almacenar en el Perú
para su futuro viaje a la Gobernación de Tucumán. Manuela reclama
que los bienes dejados por Buitrón deben pasar a manos de su legítima
heredera, es decir, la hija de ambos: Josefa de Buitrón Liendo.
En el juicio de sucesión Manuela demanda a Francisco de Las Casas,
albacea y tenedor de bienes del difunto, “por el crecido caudal que el capi-
tán tuvo al tiempo de su fallecimiento en que estaba ya acaudalado para
bajar a esta ciudad de Córdoba”.80 Manuela de Liendo le exige al juez de
la causa que Las Casas no salga de la ciudad de Córdoba “en sus pies, ni

78. ahpc, Escribanía 1, 1740, 288, expediente 8, f. 119.


79. “Juan Pablo Díaz de Cavallero se le ha otorgado fletamento de 3.500 mulares perte-
necientes al capitán Buitrón”, 22 de enero de 1695, en ahpc, Protocolo, Registro 1, t. 89,
1965, fs. 36-39. Las restantes mulas de las 4.870 se suman en Salta.
80. ahpc, Escribanía 1, 1719, 241, 9, f. 171.

151
China en la América colonial

en ajenos” hasta tanto las cuentas de Buitrón estén saldadas y que Josefa
logre adquirir en patrimonio los bienes de su padre. Al mismo tiempo en
que presenta su demanda, Manuela de Liendo otorga a su actual marido,
Bernardo Blanco, un poder absoluto para manejar no sólo sus bienes, sino
también el propio pleito que gira en torno a la sucesión del capital de Bui-
trón. Manuela lo señala claramente en un documento judicial:

Por fin y muerte del capitán Juan de Buitrón, mi marido ya


difunto le quedaron debiendo algunas personas en el reino del
Perú y hasta el día de hoy no se han recobrado enteramente todos
los bienes […] doy todo mi poder a Bernardo Blanco, mi actual
marido, para ejercer mi derecho.81

Con esta facultad, el capitán Blanco comienza a tomar un fuerte


protagonismo en el juicio, culpando al albacea Francisco de Las Casas
de haber ocultado muchos de los bienes que Buitrón compró en vida en
el Perú para venderlos por los mercados de Salta, Tucumán y Córdoba.
Según Blanco, el albacea tiene en su poder “plata acuñada de distintos
vales, conocimientos y escrituras de Buitrón con diferentes personas a
su favor, plata labrada y en pasta, vestidos de su uso, joyas de perlas,
esmeraldas y otras piedras de valor, ropa de Castilla, de la tierra y de
la China y muchos géneros que se fabrican en Cuzco”.82
La demanda de Manuela de Liendo y Bernardo Blanco surte efecto.
Luego del fallecimiento de Juan de Buitrón comienza la gestión para
que los bienes adquiridos por el difunto capitán se envíen a la ciudad
de Córdoba. El cargamento sale de Lima rumbo a Potosí para llegar a
manos de Francisco de Las Casas y, de ahí, su reexpedición vía Salta
hacia la ciudad de Córdoba. Contamos con dos registros prácticamen-
te idénticos: en el primero figuran en detalle 8 de las 84 petacas que
contienen artículos europeos, “de la China”, y de producción local en-
viadas desde Lima a Potosí. La mención a las 76 restantes se hace de
manera general con los términos “cordellate” (tejido basto de lana),
“seda de la China”, “bayeta”, cajas de conserva, paño de Quito, panes
de azúcar y tabaco.83 La segunda es la razón que detalla las merca-

81. ahpc, Protocolo, Registro 1, Inventario 105, t. i, 1714, fs. 297.


82. ahpc, Escribanía 1, 1719, 241, 9, f. 184.
83. “Encaje de todos los géneros que tiene retenidos el capitán Martín Álvarez dueño de
recua del capitán Juan de Buitrón y Mujica difunto para llevarlos a la villa de Potosí a

152
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

derías que envía, luego de abonar 1.035 pesos por cuenta de flete, el
albacea de Buitrón hacia Salta.84 Blas de Sevilla Zuasso se encarga de
recibir los artículos en Salta y por un documento posterior realizado
por la defensa de Las Casas, sabemos que las petacas llegan a manos
del maestre de campo José García Miranda y “que de su mano llega-
ron a la dicha Manuela de Liendo”.85

Cuadro 1
Bienes asiáticos Bienes europeos y de la tierra
2 calzones de felpa musgo de la China con 12 platillos, dos medianos, dos candele-
encaje de oro ros, 1 jarro de pico, un cucharón, un pero-
1 sobrecama de damasco carmesí de la chito [sic] que hacen todas 19 piezas
China forrada en saya saya 7 ½ en plata usada en seis piezas
12 libras de seda china 7 ½ en 2 pinonzillos [sic] y una planchita
51 libras de seda musga de la China 14 ½ en una palangana con relieve alre-
3 piezas de damascos carmesíes de la dedor
China 27 ½ en dos tachos de plata
2 piezas de otros damascos de la China Una cajetilla de plata con 1 piedra colora-
blanco da con su plata llave
9 piezas de rasos labrados de colores de Un mate guarnecido de plata y otro pe-
la China queño nuevo
12 libras de raso musgo labrados de la 2 tablas de manteles y servilletas hechas
China en el Cuzco
11 libras de brocato de la China 29 pares de medias de Inglaterra de se-
9 libras de raso labrado de la China gunda
2 libras de Jerga de la China 2 mazos de cuerdas
1 pieza de brocato carmesí azul y verde 11 armadores de gamuza blanca
con flores de oro de la China 23 libras de listonería de Nápoles y Génova
2 piezas de gorgoranes musgos de la China 18 libras de encajes de oro y plata del
5 atados de saya sayas de diferentes colo- Cuzco
res de la China que pesaron 35 libras 3 ½ 2 libras de senillanetas [sic] de oro del
Cuzco

entregarlos al maestre de campo don Miguel de Gambarte de la orden de Santiago al


capitán Francisco Gómez de Araujo para que uno u otro haga la remisión de los géneros
a falta de persona que le señalare el maestro don Francisco de Las Casas y Cevallos,
albacea y tenedor de los bienes de Juan de Buitrón”, ahpc, Escribanía 1, 1719, legajo 241,
expediente 9, f. 188.
84. “Razón y cuenta de los géneros que entregó en esta ciudad de Córdoba Blas de Sevilla
Zuasso que recibió en la de Salta del capitán Joseph de Pineda pertenecientes al difunto
Juan de Buitrón que remitió del Cuzco el maestre de campo Francisco de Las Casas como
su albacea, así de plata como de todo lo demás”, ahpc, Escribanía 1, 1719, legajo 241,
expediente 9, fs. 192-193.
85. ahpc, Escribanía 1, 1724, 251, expediente 3, f. 290v.

153
China en la América colonial

12 piezas de rasos llanos de la China 3 ce- 50 libras de oro batido


lestes 1 verde y 8 musgas 6 pares de medias de Nápoles
10 piezas de gorgoranes musgos de la 1 vara de bocasi
China de ¾ de ancho 3 pares de medias de capullo
9 piezas de gurbiones musgos de la China 1 par de medias de Nápoles y otras mus-
1 pieza de raso musgo de la China labrado gas
2 piezas de seda de la China 31 gruesas de botones de oro y plata y en-
102 docenas de peines ordinarios del Cuz- torchados de Turquía
co y de la China 9 gruesas de botones de oro y plata, las 3
1 pieza de telas ordinarias de la China de plata y seda
2 escritorios de Cajamarca aforrados con 7 gruesas de botones de cerda
musgo de la China con sus chapas, el uno 21 docenas de botones varios sueltos
con llave y el otro sin ella 1 juego de botones para capotes entor-
1 par de medias usadas de musgo de la chados
China 14 cortes de puntas negras ofeteadas
60 piezas de cintas de la China 71 libras de felpa negra corta en pedazos
10 piezas de pequines onestos [sic] de la 29 libras de estameña [sic] plateada
China
17 libras de estameña [sic] cabeceada
Dos pares de calzones y ongarina de la
China 4 libras de brocato verdes
51 libras de estameña de seda de musgo 7 libras de brocato Columbo [sic]
de la China 3 libras ¼ de paño negro de Londres
4 libras de brocato verde de la China 1 frazada fina del Cuzco
4 piezas de rasos a flores de la China 1 pabellón del Cuzco con sus camas y ro-
3 piezas de capicholas de la China dapiés
24 varas de capichola color ámbar de la 5 ladrillos de chocolate
China 2 piezas de calzetas nuevas de telar
2 piezas de dichas usadas
1 pañuelo de vicuña nuevo
1 cajeta grande de plata dorada
21 cax. [sic] de mala madera doradas por
dentro
1 papelito en que hay un poco de esmalte
3 pabellones de Cajamarca nuevos con
cama y rodapiés
5 piezas de tucuios [sic] blancos de 291
libras
1 pieza de dicha listado con 79 libras
14 libras de Crea [sic] de Grecia y 2 libras
de Bramonte [sic]

Fuente: ahpc, Escribanía 1, 1719, legajo 241, expediente. 9, fs. 188-193.

154
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

El valor total de los artículos inventariados alcanza los 35.000 pesos,


más 4.000 pesos en concepto de mulas. El notable monto en valor de
los objetos está contemplando las 84 petacas y no sólo las 8 que aquí se
detallan. De un breve repaso al listado se desprende que prácticamente
la mitad del cargamento de Buitrón movilizado desde Perú hacia las
ciudades de la Gobernación de Tucumán son artículos asiáticos, de los
cuales la gran mayoría son tejidos y telas chinas. El caso confirma algu-
nas de las hipótesis mencionadas. Primero, para alcanzar los mercados
de Tucumán, los textiles chinos acompañan a los bienes europeos y los
“de la tierra” por las tradicionales rutas comerciales. Segundo, el caso
Buitrón es un testimonio ilustrativo del boom en el consumo de las telas
y tejidos de China que existía por la región. Prácticamente el 90% del
cargamento de origen asiático enviado a Manuela de Liendo es textil.
Nos referimos a rasos, gurbiones, capichola, angaripola, muselina, fel-
pa, damasco, saya y al textil manufacturado, como los pequines y las
medias. Incluso, por lo que nos brinda la cuenta la detallada razón, esta
canasta de telas asiáticas habría superado la cantidad de telas euro-
peas despachadas por el albacea de Buitrón.
Ahora bien, es Bernardo Blanco, el esposo de Manuela de Liendo,
quien logra administrar todos los bienes, papeles, escrituras, vales y
obligaciones del capitán Juan de Buitrón. Luego de varios años y con
la muerte de Manuela de Liendo en 1720 se abre un nuevo capítulo en la
controversia. Benito Ambrosio Zarco, el esposo de Josefa de Buitrón,
decide involucrarse en el viejo pleito acusando a Bernardo Blanco de
haberse apropiado de todos los bienes del fallecido Juan de Buitrón,
cuando la legítima heredera debería ser la hija; es decir, su actual espo-
sa, Josefa de Buitrón. A la hora de la sucesión de los bienes de Manuela
de Liendo –en donde figura buena cantidad de bienes chinos–86, Ambro-
sio no duda en denunciar que el propio Bernardo Blanco no sólo fue el
que administró todo el capital de Juan de Buitrón, sino que “como es
público y notorio conocimiento comerció con ellos” por todos los merca-
dos del interior de la Gobernación de Tucumán. El caso se resuelve años
después. Hacia 1727 el capitán Bernardo Blanco sufre el embargo de su
capital fijo y móvil por la apropiación ilegal de los bienes de la familia
Buitrón. A esa altura y luego de tantos años transcurridos, el capitán
posee una minúscula porción de bienes asiáticos de aquella operación
realizada por Juan Buitrón:

86. Véase el apéndice documental Nº 3, año 1720-24.

155
China en la América colonial

4 libras de seda de la China de distintos colores


1 pieza de pequín negro
2 chupas, una de raso de la China y otra de terciopelo de la China con
botones de plata usada
capote de carro de oro con franja y vueltas de la China
2 pares de calzones de raso de la China

Fuente: ahpc, Escribanía 1, legajo 251, 1724, expediente 3, fs. 131-133.

En definitiva, el caso Buitrón nos permite confirmar gran parte de


las hipótesis mencionadas en las páginas precedentes. Nos referimos al
notable comercio y consumo de las telas y los tejidos chinos por Córdoba
y la Gobernación de Tucumán durante la primera mitad del siglo xviii y
su movilización acompañando productos de la tierra y bienes europeos
por los circuitos interregionales a cambio de las mulas demandadas en
los centros de Lima y Potosí. Pasemos ahora a explorar qué ocurre en la
segunda mitad del siglo xviii con relación a la presencia de piezas chinas.

Cuadro 2
Telas, tejidos y loza china registrados en la Gobernación de Tucumán y
Buenos Aires en el siglo xviii

Córdoba y jurisdicción del Tucumán Buenos Aires


Textiles Textiles
Loza Loza
Varas/ Varas/
elaborados Total elaborados
piezas piezas Total
1700-1709 54 105 159  - 13 60 73 13

1710-1719 81 294 375  - 18 21 39 2

1720-1729 42 85 127  - 3 10 13 17

1730-1739 15 5 20  - 8 172 180 20

1740-1749 16 16 32  - 4 1 5 -

1750-1759 7 - 7 - - 10 10 62

1760-1769 2 4 6 17 1 - 1 15

1770-1779 - 3 3 11 5 - 5 190

1780-1789 - 11 11 26 - - - 99

1790-1799 3 - 3 5 3 - 3 235
Fuente: apéndice documental N° 3.

156
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

Gráfico 1
Telas, tejidos y loza china registrados en la Gobernación de Tucumán y
Buenos Aires en el siglo xviii

Número de piezas
400

350

300

250

200

150

100

50

0
1700-1709
1710-1719
1720-1729
1730-1739 1740-1749 1750-1759
1760-1769 1770-1779
1780-1789
1790-1799

Telas y tejidos chinos en Córdoba Telas y tejidos chinos en Buenos Aires

Loza china en Buenos Aires Loza china en Córdoba

Vajilla, loza y cerámica china (1750-1800)

En las páginas iniciales del ensayo advertimos del proceso de “atlanti-


zación” del comercio por el espacio hispano sudamericano en la segunda
mitad del siglo; de la consolidación de Buenos Aires como puerto domi-
nante y de un proceso productivo autónomo de regiones locales respecto
de los mercados mineros del Perú. Caído el sistema de galeones y fe-
rias en Portobelo, los navíos de registro se convierten en el medio de
transporte primordial en el tráfico imperial, y Buenos Aires no sólo es el
puerto preferido de los navíos europeos, sino también el punto de escala
privilegiada para las naves destinadas a los puertos de Chile y Perú que
navegan atravesando el Cabo de Hornos. A una mayor dinámica y asi-
duidad que las lentas y pesadas travesías de los galeones, los navíos par-
ticulares logran mejorar no sólo las técnicas de navegación náutica, sino
también las condiciones de las bodegas para el traslado y la conservación
de las mercaderías despachadas hacia las Indias.87 Con ello España es-

87. Bernal y Martínez Ruiz, La financiación, 1992, pp. 345-600. También García Baquero
González, Cádiz y el Atlántico, 1976, pp. 163-175.

157
China en la América colonial

tablece una canasta más variada y rica de productos en su sistema de


intercambios comerciales con los espacios americanos. En este contexto,
hemos comprobado en su momento una intensidad sin precedentes en la
movilización y entrada de productos chinos por el Atlántico hacia todo el
espacio hispanoamericano.88
Miguel de Lastarria, formado en Perú y que reside los últimos años
del siglo en Buenos Aires como secretario del virrey, llega a decir que
los artículos de China “son muy apetecidos de los habitadores del vi-
rreinato de Buenos Aires”, quienes llaman “de la China” a todo objeto
procedente de Asia. La razón dada por el funcionario es que muchos de
los artículos chinos vienen desde la costa del Brasil por el contrabando
realizado por los portugueses en la zona.89 Seguramente, cuando Las-
tarria se refiere al gran consumo que gozan los productos chinos piensa
en particular en la “loza de China”; artículo que figura en una gran
cantidad de inventarios que aquí atendemos.90
Los cuadros 2 y 3 y los gráficos 1 y 2, construidos a partir de la in-
formación que brinda el apéndice documental Nº 3, muestran la débil
presencia de la loza asiática en Buenos Aires y en Córdoba durante la
primera mitad del siglo. Los pocos casos encontrados se refieren a la
región porteña que bien podrían explicarse por la llegada hacia sus costas
de navíos particulares. Curiosamente, para Córdoba no identificamos
ningún caso, cuando por estos tiempos los mercados de Lima, Guaya-
quil y zonas aledañas se ven abarrotados con importantes cantidades
de porcelana china.91 Precisamente, la cerámica china llega a estas pla-
zas comerciales por el comentado eje del Pacífico, que a su vez está
motorizado por el galeón de Manila. Pero el recorrido de la loza china
parece terminar en los centros peruanos. La no movilización de este
rubro desde Lima hacia la Gobernación de Tucumán se explicaría por
el peligro de exponer un bien tan frágil y muy vulnerable a los compli-
cados medios de transporte y trayectos terrestres. Recordemos que en
el cargamento de Buitrón relatado en páginas anteriores no aparece
loza de China. Habría sido muy difícil, sino tortuoso, el desplazamiento

88. Bonialian, El Pacífico, 2012, pp.389-392.


89. Lastarria, Portugueses (1816), 1977, p. 90.
90. Almanak mercantil, 1802, p. 192.
91. Crespo Rodríguez, Arquitectura, 2006, pp. 312, 314, 315, 316, 319, 320, 327, 355, 356,
364, 373.

158
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

por montañas y sierras de piezas tan delicadas a través del transporte


tradicional de las mulas.

Gráfico 2
Número de piezas totales de textiles y loza china registrados por
la Gobernación de Tucumán y Buenos Aires en el siglo xviii

400
400
300
300
200
200
100
100
0
0 1700-1709 1710-1719 1720-1729
1700-1709 1730-1739
1710-1719 1720-1729 1740-1749 1750-1759
1730-1739 1760-1769
1740-1749 1750-1759 1770-1779
1780-1789
1760-1769 1790-1799
1770-1779
1780-1789
1790-1799

Telas y tejidos Loza y cerámica


Telas y tejidos Loza y cerámica

El escenario se transforma en la segunda mitad del siglo. Justamente


en esos mismos cuadros y gráficos salta a la vista que apenas iniciada la
segunda parte de la centuria hay un quiebre, un punto de inflexión, en
lo que se refiere al comercio y consumo de bienes chinos por el espacio
porteño y del interior. El gráfico 2 manifiesta de forma clara que desde la
década del 40 comenzará a ser la loza de China el rubro dominante de las
piezas asiáticas que circulan por la región y son los navíos particulares,
con sus óptimas bodegas para su traslado y conservación, los que posibili-
tan su importación por el puerto atlántico de Buenos Aires. Desde luego,
veremos enseguida que además de razones referidas a los cambios mer-
cantiles y de rotación de ejes existen otras causas de dimensiones plane-
tarias y productivas que explicarían la presencia de vajilla de loza china
por la región. Valga ahora anticipar que al revisar los cargamentos de los
navíos particulares que tocan el puerto de Buenos Aires vemos, junto a
loza europea, el ingreso de considerables cantidades de cerámica china.92

92. agn, Registros de Navíos, véanse los varios legajos existentes en el ramo.

159
China en la América colonial

Cuadro 3
Cantidades totales del rubro textil y loza china registrados en
la Gobernación de Tucumán y Buenos Aires en el siglo xviii

Piezas Piezas
textiles Loza textiles Loza
1700-1709 232 13 1750-1759 17 62
1710-1719 414 2 1760-1769 7 32
1720-1729 140 17 1770-1779 8 201
1730-1739 200 20 1780-1789 11 135
1740-1749 37 1790-1799 6 240
Fuente: apéndice documental N° 3.

¿Qué ocurre con el tejido oriental, aquel rubro que durante las pri-
meras décadas del siglo aparecía con tanta frecuencia? El textil de
seda chino y de algodón de la India continuará ingresando, pero ya
no tendrá aquella intensidad registrada en la primera mitad de la
centuria. Los inventarios dan cuenta de la gran “invasión” de tejidos
europeos que con precios bastante módicos logran desplazar signifi-
cativamente del mercado consumidor a la tela china. Claro está que
ello es posible por el proceso de mecanización en las fábricas textiles
europeas.93
Pues bien, ¿qué tipo de loza china encontramos en los inventarios?
Priman los objetos de utilidad culinaria, de cocina y mesa, como: jícaras,
tasas para té, para café o para caldo, cafeteras, pocillos o pozuelos, te-
teras, vinajeras, platos o platillos para dulce, fuentes, soperas, floreros,
jarras, azucareras, tapaderas y poncheras. Importantes estudios ponen
de manifiesto que este tipo de piezas chinas circulan y se consumen du-
rante toda la época colonial y por todo el Orbe Indiano: desde la Nueva
España, pasando por Caracas, Cuenca, Quito, el Perú, Chile, hasta la
región costera atlántica de Brasil.94 Las regiones que ahora vendrían a

93. Recordemos aquí los planteamientos historiográficos mencionados en la primera par-


te del trabajo sobre la sistemática importación y consumo de tela europea por estas fina-
les décadas de la centuria.
94. Para el caso mexicano: Curiel, “Consideraciones”, 1992, p. 141. Para el Perú y zonas
del altiplano: Kuwayama, “Cerámica”, 2000-2001, pp. 20-29; Jamieson, De Tomebamba,
2003, p. 259. Para el caso de Brasil, el historiador Do Amaral sostiene que de todos los nu-
merosos productos originarios de China desembarcados en Brasil en el período colonial,

160
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

integrar el virreinato del Río de la Plata (1776) parecen participar de


este gran movimiento continental recién en la segunda mitad del siglo.
Para comprender la aparición de la loza china por Buenos Aires es
necesario ampliar nuestro horizonte de análisis, ubicarnos en una di-
mensión más planetaria y retrotraernos un poco en el tiempo. Entre
mediados del siglo xvii y finales del xviii la porcelana china alcanza el
más alto desarrollo técnico en su historia. Mucho tuvo que ver en eso
la decisión de China de iniciar la imitación barata de la porcelana japo-
nesa imari –alta calidad de porcelanas policromas– con el propósito de
destinarla más al mercado global extranjero que al consumo local.95 La
producción en serie de las cerámicas chinas imaris o también llamadas
old imaris logra tener una notable recepción en los mercados de Euro-
pa y más tarde en América en razón de su accesible valor y aceptable
calidad. La ciudad de Jingdezhen es el único y gran complejo industrial
para su producción y, con apoyo del gobierno de la dinastía Qing, dispo-
ne por estos tiempos hasta de cien mil alfareros. Hay hornos dirigidos
por el imperio, ocupados en realizar cerámica de muy alto costo que no
circula en el mercado, sino que va dirigida a personalidades selectas.
Pero en Jingdezhen también existen hornos de propiedad particular
cuya capacidad de producción es inmensa, ya sea fabricando finas pie-
zas de porcelana para las altas capas sociales como también cerámica
de tipo imari para el consumidor general.96
Este último tipo de cerámica imari alcanza un alto nivel de impor-
tación por los países europeos. A fines del siglo xvii, entre la Compa-
ñía Holandesa de las Indias Orientales (voc) y sus rivales europeas,
como la inglesa, francesa y dinamarquesa, exportan desde la propia
ciudad de Jingdezhen hacia el mercado europeo más de 70 millones de
piezas de porcelana china.97 A esta enorme cifra se le deberían anexar
los cargamentos que acumula en España la Real Compañía de Filipi-
nas que desde 1785 realiza sus viajes desde China hacia la península

es probable que haya sido la porcelana la que mayor impacto causó en la cultura material
brasileña. Do Amaral, A Bahia, 2000, pp. 209.
95. Kuwayama, “Cerámica”, 2000-2001, pp. 20-29.
96. Feng y Shi, Perfiles, 2001.
97. De Vries, La revolución, 2009, p. 163.

161
China en la América colonial

ibérica por el cabo africano de Buena Esperanza.98 Si consideramos


que en la propia Europa ya existían fábricas para la producción de
cerámicas con patrocinio real con la misión de desplazar a la porce-
lana china –piénsese en la holandesa Delft y las inglesas Shrepshire
o Creamweare–, podemos afirmar que una muy buena parte de aque-
llos 70 millones de loza china llegan a reexpedirse hacia el continente
americano a través de los navíos de registro españoles y europeos.
Buenos Aires y el interior del virreinato del Río de la Plata, confines
del imperio español, participan de las corrientes mundiales de comer-
cio donde se mueve la loza china y son una de las terminales finales.
Los trabajos de arqueología urbana dan muestra de la presencia de ce-
rámica imari china en el centro mismo de la ciudad de Buenos Aires.99
Los restos arqueológicos van de la mano con nuestro descubrimiento
en los inventarios.

Plato de porcelana china del siglo xviii. Con ramitos y flores, color azul y blanco. Dise-
ño muy presente en los inventarios de Córdoba y Buenos Aires. Fuente: http://www.
todocoleccion.net/

98. Si bien la Compañía recibe, a través de una real orden de 1793, un permiso para
realizar expediciones directas de Filipinas a cualquier puerto de América del Sur, su uti-
lización recién se da en 1802. Díaz Trechuelo, La Real Compañía, 1965, p. 199.
99. Norman Weissel, “Arqueología”, 2005-2006, pp. 129-157; También Schávelzon, “La
cerámica”, 2010, pp. 196-200.

162
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

A juzgar por la información de los inventarios, notamos que las


piezas del mundo del comedor de las familias porteñas y del interior
muestran gran variedad de materiales. Las hay de loza, como la de
China, pero también vemos artículos de cristal, peltre, hojalata, vi-
drio y plata. Muchas de ellas vienen desde el extranjero, como las
de España, Sajonia, Inglaterra, Holanda, Francia y Génova. También
notamos la entrada de vajilla de Chile y de producción local, denomi-
nada comúnmente “barro de la tierra”. En este variopinto y globaliza-
do mundo del comedor rioplatense, la vajilla de plata labrada aparece
como la favorita de los ricos, quienes ven en ella no sólo una utilidad
resistente y duradera, sino que al mismo tiempo la almacenan y la
exhiben en sus estantes como demostración de prestigio social.100 En
1769, un integrante del clero sostiene que “la vajilla de loza y de peltre
no la utilizan la gente de distinción […] que prefieren una mediana
vajilla de plata para el servicio de la mesa”.101 La afirmación parece
acertada. La vajilla de plata labrada supera, con creces, los valores
presentados por mucha de la vajilla que llega desde el exterior e inclu-
so las cotizaciones que presenta la loza de China. En la última década
del siglo una azucarera de loza de China podía costar, como mucho,
los 2 pesos frente a una de plata cotizada en 63 pesos. Un plato de loza
fina de China alcanza el valor de un peso mientras que los de plata
rondan los 8 y 28 pesos.102
Los inventarios consultados nos demuestran también que si nos con-
centramos en el ajuar de porcelana o loza extranjera, las procedentes de
Sajonia y de Inglaterra, que vendrían a despojar de la primacía alcan-
zada por la loza sevillana durante la primera mitad del siglo, también
llegan a las lujosas mesas de los hogares más acomodados del virreina-
to del Río de la Plata.103 La vajilla y cerámica fabricada en Occidente,
particularmente la inglesa, no parece buscar –o no puede– satisfacer el
interés del amplio mercado consumidor de la región. Por su costo y ca-
lidad, su consumo se circunscribe a las cocinas y viviendas más lujosas
de la sociedad.

100. Porro Girardi y Barbero, Lo suntuario, 1994, pp. 3-107.


101. Probst, “El costo”, 1941, p. 440.
102. Porro Girardi y Barbero, Lo suntuario, 1994, p. 46.
103. Además de la loza de peltre de producción local, los inventarios de la primera mitad
del siglo presentan mayor porcelana de España que de otras naciones europeas.

163
China en la América colonial

¿Qué lugar ocupa la loza de China en este escenario? La vajilla


oriental es, por estas décadas finales del siglo xviii, uno de los mena-
jes de procedencia extranjera más cotidiano de las casas coloniales.
Esta supremacía tiene una razón fundamental: ser una vajilla que,
en términos de precio y calidad, alcanza a los círculos de elite como
los pedidos de calidad ordinaria que hace el público consumidor en
general.104 El consumo de la loza de China en un extenso arco social
queda de manifiesto al comprobarse que un “juego de café” de loza chi-
na –integrado por la tetera, la cafetera, la azucarera, el jarrito para
servir, los pocillos y platillos– podía costar desde los 8 pesos hasta su-
perar los 200 pesos.105 En nuestro apéndice documental N° 3 aparece
porcelana lujosa de China adornando los hogares de las familias más
pudientes de Córdoba y Buenos Aires. El gran mercader de Buenos
Aires Pedro Cueli cuenta en su inventario de 1756 dos docenas de
platos chinos “de loza fina” cotizadas a 15 pesos, una tetera china a 3
pesos y 17 tacitas “de finísima loza” para té a 8 pesos. Estos valores
estarían cercanos a los elevados precios que tienen las mismas piezas
de la delicada vajilla inglesa.
Sin embargo, además de este tipo de loza china caracterizada como
“refinada” y “delgada”, encontramos otros hábitos de consumo, quizá
mucho más gravitante, en donde se utiliza y se consume loza china
ordinaria y barata. Si bien la vajilla de peltre o de “barro de la tierra”
circula muy tempranamente en las mesas de las familias comunes, la
entrada durante la segunda mitad del siglo xviii de vajilla china barata
y de mediana calidad permite que el menaje se popularice. El uso prác-
ticamente masivo de cerámica y loza china por Buenos Aires y Córdoba
durante la segunda mitad del siglo nos remite a una transformación
amplia y compleja de la cultura material que cubre toda Hispanoaméri-
ca y que habría sucedido en tiempos previos por Europa. Jean de Vries
define el fenómeno como el consumo de “la fragilidad”.106 El término
no apunta –como podría suponerse– al uso de productos delicados y de
elite. Por el contrario, da cuenta de un comportamiento del consumidor
más vasto, que contempla las pautas de consumo de las clases medias

104. Curiel nos ofrece un escenario similar de su consumo en la sociedad novohispana.


Curiel, “Consideraciones”, 1992, pp. 132-137.
105. Porro Girardi, Astiz y Rospide, Aspectos, 1982, vol. i, p. 185.
106. De Vries, La revolución, 2009, p. 161.

164
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

como de los estratos inferiores. Los inventarios recopilados expresan


que en este segundo período del siglo se produce la sustitución gra-
dual de productos caros y duraderos por bienes más baratos, menos
duraderos y más sensibles a las modas. Por su parte, Carmagnani nos
advierte que en esta segunda mitad del siglo Europa vive un proceso de
“despenalización del consumo”; esto es una libertad al consumo de todos
los bienes, incluidos los no europeos, poniéndose al alcance de todas las
clases sociales. La expansión del consumo da lugar a una revolución
comercial que cambia sustancialmente los modos de vida de la sociedad
europea.107 Podría suponerse que el caso de la loza de China en Buenos
Aires es un ejemplo expresivo de esta conversión de la noción del consu-
mo y de la revolución en el comercio.
Tomemos el caso de uno de los más destacados comerciantes y de
gran influencia política de la ciudad de Buenos Aires: Manuel Escalada
y Bustillo. Regidor en 1766, el negocio comercial, sea ilegal o lícito, es su
principal profesión. Los poderosos lazos comerciales con Cádiz le per-
miten contar con almacenes comerciales por el centro de Buenos Aires
y distribuir los bienes importados por el interior del espacio. Es un ver-
dadero “almacenero”, en el sentido de acumular los bienes importados
en sus depósitos particulares y luego distribuirlos, cuando el precio de
mercado lo favorezca, por las plazas del interior del virreinato. Si bien
el inventario de tienda de Manuel de Escalada nos habla de un capital
total de 100.000 pesos, el historiador Torre Revello descubrió un impor-
tante documento en el que se dice que Escalada es, en 1766, el comer-
ciante más poderoso de la ciudad con un capital superior a los 500.000
pesos.108 Por su prestigio y riqueza, no es casual verlo en excéntricas
fiestas junto al virrey del Río de la Plata, Cevallos. De hecho, Escalada
invita al virrey a una cena en su hogar y en el convite hay finísima por-
celana y loza de China, y delicados juegos de plata.109 Pero lo asombroso
es que la elegante vajilla asiática que ofrece el gran mercader en su
mesa no parece ser la que dispone en su inventario que reproducimos
a continuación:

107. Carmagnani, Las islas, 2012, pp. 110-115.


108. Torre Revello, “Noticias”, 1927-1928, pp. 498-499.
109. Lesser, La última, 2005, pp. 49 y 108.

165
China en la América colonial

cuatro tacitas para café de loza de la China


cajita con cuatro platos para dulce de loza de China
tres tasas para caldo de la China
tres cafeteras de la China
tres floreros de la China
siete platillos para dulce de la China
seis pocillos sin asas con sus platillos de la China
dieciséis pocillos de la China con asas
treinta y nueve tacitas para café de la China
treinta y nueve platillos de la China

Fuente: agn, Ramo Sucesiones, legajo 5563, s/n de exp., f. 104.

La enorme cantidad de cafeteras, platillos, platos, floreros y pocillos


que allí figuran son categorizados al final del inventario por el notario
como loza “vulgar” y “ordinaria”. Esta suerte de descalificación hacia los
artículos parece justificarse por la tasación total: “15 pesos por todo”.110
¿Es esta loza china la que Escalada expone en su cena con el virrey Ceba-
llos? ¿Es esta loza ordinaria y barata la vajilla adecuada para que Escala-
da impresione a la máxima autoridad virreinal? Creemos que no. La loza
que figura en el inventario de Escalada no debe ser la de uso personal ni
la que hace gala ante la máxima autoridad, sino la de su stock mercantil
de la tienda, preparada para la redistribución para el público consumidor
general de Buenos Aires y del interior. Un caso muy similar ocurre con
Eugenio Lerdo de Tejada, quien fue compañero de Escalada en el cargo de
regidor y en los emprendimientos mercantiles a gran escala con España.
Como puede visualizarse en el apéndice documental N° 3, la loza china
que aparece en el inventario de tienda de 1791 de Tejada es notable por
su variedad y abundancia: tiene casi 240 platos y platillos de diferentes
colores y diseños, y más de 6 docenas de tazas y tacillas. Al igual que su
colega Escalada, Tejada almacena en su tienda la loza de China para la
redistribución por las plazas interiores del virreinato del Río de la Plata.
La práctica de redistribución lo sugiere también la información que brin-
da el apéndice documental Nº 3 en el cual se confirma que las familias
y los vecinos “comunes” de Rosario, Córdoba o aun de remotas regiones
rurales como San Pedro, Río Cuarto y Los Nonos; zonas alejadas de la
ciudad de Córdoba, utilizan en su mesa diaria la cerámica china.
Una simple comparación nos puede ayudar a comprender la existen-
cia de un tipo de loza y porcelana china barata, popular, ordinaria y aun

110. agn, Sucesiones, legajo 5673, s/n de expediente, f, 376.

166
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

de consumo masivo. En 1772, dos años antes del inventario de Manuel


Escalada, aparece la partición de bienes por muerte de doña Catalina
Drolet, mujer perteneciente a los círculos aristocráticos de la sociedad
porteña. Catalina cuenta con una vasta canasta de loza de Sevilla cuyos
precios son muchos más elevados que el idéntico rubro procedente de
China. También figura allí que tan sólo un plato de loza de Inglaterra
“calado”, que exige mayor elaboración, cuesta un peso. La docena de
platos de loza de Inglaterra comunes de la doncella se cotiza en más
de 2 pesos, cuando en nuestro listado se puede ver claramente que, en
esos mismos años, la docena de platos de China de la misma calidad y
composición no llega al peso.111 En la colección de Catalina también se
distingue lo que es loza fina de la ordinaria. Aquel calificativo aparece
en una cafetera que no da cuenta de su origen pero que alcanza el valor
de los 12 pesos; mientras que cuando se refiere a una cafetera de loza
ordinaria su precio no alcanza el peso; idéntico valor a las tasaciones
que por estos años se hacen sobre el mismo producto venido de China.112
La relación también podría hacerse con los utensilios de fabricación
local. Nótese en el apéndice documental Nº 3 que en 1783, el vecino
de Buenos Aires Vicente Quinzy manifiesta en su inventario una loza de
China muy similar en precio y calidad a la que tenía diez años antes
Manuel de Escalada y se cotiza, por ejemplo, el plato de China a 1 real
y medio. Sin embargo, allí se expresa que los platos locales de peltre se
tasan cada uno a 2 reales, medio real más caro que el asiático.113
El ejercicio de cotejo entre la tasación del producto que ofrece el inven-
tario y el ingreso de un jornal diario o mensual nos puede ofrecer un mayor
convencimiento sobre el uso y consumo de loza china en capas medias y
aun populares de la sociedad. De acuerdo con los inventarios, en el último
cuarto del siglo xviii los valores de la loza china imari son los siguientes:

docena “de tacitas con ramitos”: 7 reales


docena de platos blancos con azul y dorado: desde los 7 reales a los 2 pesos
jarra de loza de China: 1 real
una escupidera de China: 6 reales
una fuente rosada de China: 4 reales

Fuente: apéndice documental N° 3

111. agn, Sucesiones, legajo 5560, expediente 6, fs. 4-8.


112. Véase apéndice documental Nº 3.
113. agn, Sucesiones, legajo 7773, expediente 3, f. 102.

167
China en la América colonial

Tengamos presente que estos valores dan cuenta de la loza de China


más ordinaria y barata. Los precios de la docena de tacitas van desde
los 7 reales –como los identificados aquí– hasta los 6 pesos, la docena
de platos desde los 7 reales hasta los 5 pesos y una jarra de China que
es cotizada a sólo 1 real –como vemos en el listado– podía alcanza los 17
pesos si es de loza de finísima calidad.114 Ahora bien, los módicos precios
que se enlistan más arriba resultan ser accesibles para los trabajadores
urbanos especializados de Buenos Aires si tomamos en cuenta su jornal
diario. En efecto, en esos años, el ingreso diario de un carpintero oscila
entre los 8 y los 10 reales, el de albañil desde los 4 a los 8 reales, el de un
herrero entre 6 y 8 reales y los calafates 18 reales diarios.115 Si aceptamos
los valores de la comparación llegamos a la hipótesis de que cualquiera
de estos trabajadores tiene la posibilidad de comprar la docena más ba-
rata de platos de loza china tan sólo con el jornal de un día. La cultura de
consumo de loza china puede ser más llamativa aún si llega al consumo
popular. La hipótesis no estaría muy alejada de la realidad si tenemos en
cuenta que un peón urbano no especializado logra obtener en esos años
un ingreso de 4 reales en el día, mientras que el salario mensual de un
trabajador rural no especializado está entre los 6 y los 7 pesos.116
En definitiva, la loza china se ubicaría como un rubro de consumo
cotidiano durante la segunda mitad del siglo. Expresa el comienzo de
una cultura material del abaratamiento: de un artículo cuyo “ciclo vi-
tal” es más efímero pero más cómodo y barato. La loza de China se
habría extendido por diferentes capas sociales hasta permitir que el
servicio de mesa, antes prácticamente ausente en estratos sociales me-
dios e inferiores, sea un acontecimiento más rutinario y común en la
segunda mitad del siglo xviii.

Loza y seda chinas en manos de los jesuitas

La orden de la Compañía de Jesús no puede quedar al margen de


todo este mundo. El amplio horizonte planetario de actuación misione-
ra que alcanza a China y la India, más la reconocida capacidad en el
trabajo económico y comercial los ubica entre los principales agentes

114. Porro Girardi, Astiz y Rospide, Aspectos, 1982, vol. i, pp. 182, 212 y 228.
115. Johnson, “Salarios”, 1990, pp. 133-157.
116. Ibid.; Mayo, Estancia, 2004, p. 129.

168
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

promotores de la globalización moderna.117 Las misiones ubicadas por


toda la región de la Sudamérica hispana participan de manera prota-
gónica en los circuitos comerciales que venimos mencionando. Desde
Córdoba, centro de la misión por el espacio, los jesuitas establecen in-
tercambios con Cuzco, Paraguay y Buenos Aires.118
Como es sabido, en 1767 el rey Carlos iii decreta la expulsión de la Com-
pañía. El gobernador de Buenos Aires, Francisco Bucarelli y Ursúa, nom-
bra a Fernando Fabro, teniente del rey, para la expropiación de los bienes
jesuitas en el obispado de Córdoba.119 Prácticamente todos los inventarios
confeccionados llegan hasta nosotros y en ellos se manifiesta la notable
variedad y riqueza de los bienes que poseían los jesuitas. Por eso no debe
asombrarnos que entre aquellas piezas inventariadas aparezca, en las mi-
siones de Cuyo y Córdoba, loza, seda y ornamentos religiosos de China.

Lugar Loza Sedas y otras piezas

Iglesia y Colegio Cocina del Colegio: Almacén:


Máximo de - 12 jícaras de China con sus - 11 pañuelos de seda de la China inferiores
Córdoba (1769) platos azules a 12 pesos, a 3 reales. Son 4 pesos
- 12 pocillos desiguales y una
cafetera de la misma China en Ornamentos y adornos de Iglesia:
8 pesos - 9 cenefas muy usadas de seda de raso liso
- 17 platillos desiguales de la de la China viejas en 1 peso. Son 9 pesos
misma China a dos reales c/u. - 1 cenefa de seda, dos varas de largo muy
Son 4,2 pesos usada de la China. 2 pesos
- Tres chiquitos de la misma loza - 8 cenefas de seda ondeadas de persiana
en 6 reales de China. 8 pesos
- 6 tacitas de café en dicha loza - 2 pañuelos de seda usados a 2 pesos
en 2,2 pesos - 2 cortinas de seda raso de China pintados
- 1 tetera de la misma China en a 3 pesos. Son 6 pesos
1 peso
Capilla del Noviciado:
- 2 cortinas viejas de raso liso de China
- Un crucifijo de marfil del Oriente y la cruz
de bronce
- Un Santo Cristo de marfil de China con su
cruz y pie de ébano. 2 pesos

117. El movimiento a escala planetaria de los jesuitas y sus encuentros con culturas tan
remotas, como las de China e India, puede advertirse en la correspondencia que dejaron.
Para el caso concreto del siglo xviii, véase Zermeño, Cartas, 2006.
118. Morner, Actividades, 1940.
119. Sobre la gestión de los inventarios véase Bisio de Orlando, “Las temporalidades”,
1999, pp. 59-98.

169
China en la América colonial

Catedral de - 2 jarros de loza de - 2 paños de raso de China


Córdoba China - 1 cortina de seda china con oro
(1776) - 6 cenefas de raso de seda de China

- 1 frontal de seda lisa de China con su


marco dorado
- 1 cortina del sagrario de seda con bordes
(1782) - 3 jarros de loza de China para de oro
poner flores - Varias cenefas antiguas de raso chino para
gradas del altar
- 1 capa de coro vieja de raso de seda de
China para enterrar a los angelitos
(1794)
- 3 jarros de loza de China - Manga de la cruz capitular vieja de raso de
quebrados seda china blanco
- Colchas viejas con sus cenefas de raso de
China
- 11 cenefas de raso de China
- Un Santo Cristo de marfil nuevo que fue
del noviciado de la Compañía con su cruz
de alto de más de dos tercias de madera de
ébano todo de la China

Cuyo. - 2 jarros de China con flores - 15 lienzos viejos de China


Colegio jesuita de - 1 colcha de la China vieja
Mendoza - 3 bultos medianos dorados de los 3
(1771-1776) mártires de Japón
- Crucifijo de Marfil de la China en su cruz
envestida en carey con sus cantoneras de
plata
- 1 capa de coro de damasco chino carmesí
- 1 frasquito pequeño de China con galón de plata
Colegio San Luis para poner flores de lo mismo de
de Loyola Nuestra Señora Madre. - 1 cortina de angaripola de la China con la
(1771-1776) puerta trasera con su cenefa de lo mismo
- 2 bolsas corporales de raso de la China en
buen uso y otra de damasco de lo mismo
- 1 efigie de un santo cristo de marfil de
China hecho pedazos
- 2 capas de coro de tela de la China vieja a
flores con su forro de tafetán

Fuentes: Iglesia y Colegio Máximo de Córdoba: ahpc, Ramo Temporalidades, 1769, fs. 23,
35, 70, 85 y 89; Catedral de Córdoba: aac, Cabildo, Libro de Cuentas (1761-1835), fs. 58-59,
67, 69, 263-264, 273, 276, 278 y 287; Colegio San Luis de Loyola: agn, Temporalidades, 21-
5-4, legajos 2 y 3, fs. 49-50, 59, 61, 93-95 y 98. Copia legalizada de la Biblioteca Nacional
de Chile.

170
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

Encontramos jícaras, pocillos, platillos, tazas de café y tetera en la


cocina del Colegio Máximo de Córdoba y floreros chinos en la Catedral
de Córdoba y en el Colegio de Mendoza, Cuyo. Usualmente, ya sea en
estos propios ámbitos religiosos o también en las casas particulares,
los floreros chinos se utilizan para flanquear los crucifijos o las imáge-
nes de vírgenes.120 Con la seda china se hacen las cenefas, cortinas y
pañuelos, que son utilizados para la decoración de los ornamentos en
las iglesias. Las capas de coro y las mangas capitulares de seda china
también son ornamentos litúrgicos de uso recurrente en la Catedral de
Córdoba y en el Colegio San Luis de Loyola de Cuyo.

Crucifijos de marfil, abanicos, cofres y mangas capitulares en Buenos Aires.


Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, Buenos Aires. Argentina.
Fotos del autor.

Es muy común encontrar en los inventarios de los bienes jesuitas el


adjetivo “viejas”, “usadas” o “antiguas” para referirse al estado en que se
encuentran las telas del Oriente. De ahí que podemos suponer que esas
cenefas, medias o capas de coro habrían llegado desde Lima en la pri-
mera mitad del siglo, momento de auge del textil asiático. Una última
mención merecen los crucifijos de marfil de China con madera de ébano
que se distribuyeron por todos los rincones de Hispanoamérica. A estas
piezas de culto las vemos expuestas en la Iglesia del Colegio Máximo,
en la Catedral de Córdoba, en el Colegio de Mendoza y en el Colegio
San Luis de Loyola de Cuyo. Recordemos que el marqués de Tojo de
1718, Juan José Campero y Herrera, y en 1747 doña Isabel Maldonado,

120. Porro Girardi y Barbero, Lo suntuario, 1994, p. 314.

171
China en la América colonial

esposa del capitán cordobés Joseph Fernández, también poseen en sus


inventarios crucifijos de marfil del Oriente.121

Occidentalizando lo oriental, orientalizando lo occidental:


la metamorfosis de los bienes

La periodización sugerida para el tipo de productos chinos que en-


tran por los diferentes ejes mercantiles y se consumen por el espacio
regional va de la mano con el tipo de modalidad e intervención a las que
ellos son sometidos. Si aceptamos la idea de que los bienes asiáticos
alcanzan un amplio arco social, superando las barreras de clase, habría
que preguntarse si ellos alteran los hábitos de consumo o, más bien,
deben “retocarse” al gusto local y ser aceptados por las pautas consu-
mistas de la sociedad. El interrogante resulta válido para todo tipo de
bienes, sean ellos objetos de elite o masivos. Todo parece indicar que
ambos fenómenos fueron una realidad. Como resultado de la compra,
uso y apropiación de muebles, tejidos, porcelana y otros objetos orien-
tales los artesanos hispanoamericanos reinterpretan en sus objetos las
formas y la decoración del Oriente. En el propio virreinato del Perú se
producen muebles y porcelana que siguen el estilo y los diseños decora-
tivos de los objetos asiáticos.122
Pero también los artículos asiáticos sufren cierta metamorfosis para
adaptarse al gusto y a las normas que exige el mercado consumidor
hispanoamericano. Deben pasar por cierto filtro de “occidentalización”
para garantizar su venta. Según José López Pintado, quien será dipu-
tado del comercio de Cádiz y capitán de galeones hacia Tierra Firme
en el primer cuarto del siglo xviii, un grupo de representantes de co-
merciantes mexicanos y peruanos viaja hacia China en 1692 con dis-
tintas muestras de los tejidos europeos que la flota española atlántica
introduce por Veracruz. Lo que buscan es que las fábricas del Oriente
copien los modelos de los tejidos europeos para que tengan una rápida
y segura aceptación en los mercados de las Indias.123 Posiblemente hay
razones de costos y ganancias en esta decisión, pero la iniciativa de

121. Véase apéndice documental Nº 3.


122. Kuwayama, “Cerámica”, 2000-2001, pp. 20-29.
123. Álvarez de Abreu, Extracto, 1977, t. ii, pp. 328-335.

172
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

los mercaderes nos permite deducir que los artículos del Oriente, aun
conservando su “originalidad” y sus rasgos “exóticos”, sólo alcanzan a
ser un producto de mercado cuando se hacen reconocibles, familiares
y con mayores ventajas económicas respecto de sus pares europeos y
castellanos.
La metamorfosis de los bienes asiáticos también se refleja en Córdo-
ba y en Buenos Aires; espacios que no son ajenos a este gran fenómeno.
Para la primera mitad del siglo, las telas chinas, particularmente las
que llegan en vara o en piezas, son “domesticadas”: les son incorporados
estilos y diseños occidentales. Lo que vemos aquí es un movimiento en
donde “lo oriental” es trabajado y transformado hasta lograr su formato
occidental. Por el contrario, en el transcurso de la segunda parte del
siglo un importante número de piezas fabricadas en Occidente serán
intervenidas para copiar e imitar modas y diseños chinos que tuvieron
éxito en décadas anteriores. Estamos ahora ante un proceso de fuer-
zas inversas, donde el producto occidental se ve sometido a una inter-
vención en vistas de su “orientalización”. Ambas corrientes forman el
“cóctel” de lo que genera la globalización de la época y que impactan
fuertemente en la cultura material colonial por la región. La naturaleza
y la composición de los tejidos que presentan algún elemento oriental
nos muestra lo complejo de las fuerzas que activa la mundialización y
las permanentes transformaciones a las que son sometidos. Cuando las
piezas chinas entran al mundo hispanoamericano, la gran mayoría de
ellas pasa por un filtro de cambio con vistas a familiarizarlos, a ade-
cuarlos al gusto del público consumidor. Comencemos por ver lo que
ocurre con el textil chino.
La intervención a la que son sometidas las telas chinas se emprende
desde el primer instante en el espacio americano, cuando vemos que la
mayoría de las que ingresan viene en varas o piezas para su confección.
El cuadro 2 expresa que en el período de mayor auge del textil chino
(1700-1739) el número de varas o piezas importadas es de 752 mientras
que los tejidos elaborados alcanzan los 234. De manera discriminada:
en Córdoba computamos la cantidad de 489 varas y 192 de artículos
confeccionados, mientras que en Buenos Aires 263 y 42 respectivamen-
te. Prácticamente, el 75% de la tela china importada por el espacio viene
en vara o en piezas, listas para trabajarlas y decorarlas al gusto local.
Esta predominante modalidad de importar tela china en vara o en
pieza, no elaborada, nos asoma a dos procesos de producción industrial:
por un lado, la elaboración integral del textil chino en los talleres loca-
les o la tela asiática como función de complemento, de añadido al tejido

173
China en la América colonial

occidental o local. Esta última versión aparece recurrentemente en el


apéndice documental N° 3. Resulta importante el consumo de tejidos
fabricados y diseñados en Europa, España o en el Perú, en los cuales el
elemento oriental o chino es sólo el “forro” de la vestimenta, sea para re-
vestirla o para protegerla. Por su valor, por su complejo proceso de ela-
boración que lleva rastros de varias partes del mundo llama la atención
el vestido que aparece en la carta dotal de 1733 de la doncella Gerónima
de Saracho, hija del capitán José Hurtado de Saracho, residente en Cór-
doba. Su vestido, tasado en la increíble suma de 385 pesos, se compone
de una tela rica de Sevilla forrado en Pequín colorado hasta su casaca y
su botón de oro del Perú”; una pieza que contiene ingredientes de todo
el orbe. En 1709, el capitán Antonio Guerrero residente en Buenos Ai-
res registra en su inventario “una chupa de raso de Sevilla abrocalada o
forrada en pequín musgo”. Estos casos nos manifiestan el trabajo hecho
sobre un tejido occidental anexándole tela oriental. La tela o seda ve-
nida del Oriente también puede retocarse e intervenirse en los talleres
locales de teñido como bien se refleja en el inventario sucesorio de 1713
del mercader de Córdoba, Juan Solano Lafuente. Allí se anota “24 varas
de raso liso negro bazeteado [sic] teñido en Lima de la China”; o la de
1724 perteneciente al vecino de Buenos Aires Cristóbal Rendón en la
cual se registran “20 varas y tercias de raso de la China teñido en esta
ciudad”. Ahora bien, decíamos que también están las piezas realiza-
das íntegramente en Oriente, como las que aparecen en los inventarios
con el término “vestidos de Pequín”, “mantos de Pequín”, “colchas de la
China” o simplemente las “medias de seda de China”. El tejido chino, a
la vez, puede estar acompañado de otras telas de origen asiático, como
el algodón de la India. En el patrimonio de 1748 de Domingo Carranza
encontramos “una sobrecama de angaripola de la China a flores con
forro de coleta de la India” tasada en 30 pesos. Por lo tanto, existe el
tejido “puro” de China, pero en su mayoría la tela oriental transita por
diferentes fases de transformación.
Una de las adaptaciones importantes que se aplican sobre las telas o
los tejidos orientales para acomodarlas al hábito o al gusto del mercado
consumidor es el de anexarles botones, cintas y otras decoraciones en
plata y oro del Perú. La intervención se revela en abundantes casos.
En la ciudad de Santiago del Estero, perteneciente a la Gobernación de
Tucumán, el maestre de campo y encomendero José Díaz de Cáceres
registra en su testamento de 1703 “una chupa de raso de la China a flo-
res con botonaduras y forrado en seda de la China más otra chupa con
magas de brocato de la China y guarnecida con encajes de plata”. En

174
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

el patrimonio de 1704-1705 perteneciente a Catalina de Cabrera, viu-


da del capitán de la ciudad de Córdoba Francisco Suárez de Cabrera,
figura “una pollera de gurbión de la China con tres vueltas de bandas
de oro y plata” tasada en 50 pesos. En la misma ciudad, el reconocido
capitán Antonio de Cabrera muestra en su inventario “una chupa de
raso de la China aforrada en tafetán nácar con mangos y botones y con
flecos de plata” en 24 pesos. En la carta dotal de 1724-1724 de Paula
Carnero Carvallo, hija del capitán Cristóbal Carnero, residente en la
ciudad de Córdoba, aparece “una pollera de damasco azul de la China
con tres vueltas de sevillaneta [sic] de plata del Cuzco con su pestañue-
la de cinta colorada”, cuyo valor alcanzaba los 53 pesos. En la ciudad
de Salta, el capitán Bernardo Blanco Guerra, quien como vimos es un
importante personaje del caso Juan de Buitrón, sufre en 1727 un em-
bargo de bienes donde encontramos dos chupas de china, una en raso
y la otra en terciopelo, con botones de plata peruana. Por último, el
capitán Bernardo de la Pascua, residente en la ciudad de Buenos Aires,
anota en su testamento de 1708 “una pollera de raso de la China musgo
con puntas de plata” que alcanza los 20 pesos. Los casos manifiestan
que la inyección de diferentes elementos de plata encarecía la prenda
asiática, logrando que el objeto tenga una marcada exclusividad para
los sectores privilegiados y de mayor adquisición.
Al igual que el tejido asiático, también la loza de China se la inter-
viene para acomodarla a las preferencias del mercado consumidor ame-
ricano. La jícara china, muy presente en los inventarios, es una especie
de pozuelo fabricado en China sin asa para el consumo de chocolate
que llega a estar de moda en el Perú y la Nueva España.124 Si bien con
menor intensidad, el virreinato del Río de la Plata participa de esta
transformación. Pedro Cueli, residente en Buenos Aires, registra en su
sucesión de 1756 una jícara de China para tomar chocolate. Las tacitas
de loza china elaboradas originalmente para tomar y servir el té llegan
a utilizarse para el consumo de chocolate o el café.125
El proceso de intervención, reinterpretación y agregado de valor
alcanza a otras piezas que vienen de China, no sólo a los textiles o a
la cerámica. Es el caso de los bastones orientales, muy presentes en la
ciudad de Córdoba y en Buenos Aires. Uno podría pensar que más allá

124. Curiel, “Consideraciones”, 1992, pp. 132-137; Jamieson, De Tomebamba, 2003,


p. 272.
125. Porro Girardi, Astiz y Rospide, Aspectos, 1982, vol. i, p. 22-24.

175
China en la América colonial

de las funciones tradicionales, como ser el báculo en la enfermedad o


la vejez, el bastón contiene un símbolo de elegancia, de diferenciación
social. Esto es cierto, pero también habría que decir que la notable
variedad de bastones de China permite que todos los sectores puedan
contar con uno de ellos. Los hay de plata, de oro, de caña o de cristal.
Los confeccionados en metálico son de exclusivo consumo de elite; los
hay desde los 24 pesos hasta los de la increíble suma de 61 pesos.126
Los bastones de China o también llamados “de la India” son funda-
mentalmente de caña. Los había “ordinarios” y “sin puños”, simples y
sencillos, que sólo cuentan con la caña oriental. Son los que, por ejem-
plo, aparecen en el inventario del residente en Buenos Aires José de
Esquivel, cotizado en 2 pesos o como el “bastón de la India sin puño”
a 6 reales de don Luis Cachemolle (1772) también de Buenos Aires.
Es evidente que este tipo de artículos está destinado a niveles sociales
de bajos o medianos recursos. Más aún, los bastones orientales que
contienen mayor elaboración no alcanzan la calidad ni mucho menos
el precio de aquellos bastones de oro y plata. Repasemos algunos casos
que se mencionan en el apéndice documental. Pedro Rodríguez Aréva-
lo, un acaudalado vecino de la ciudad de Buenos Aires cuyo patrimo-
nio asciende en 1780 a más de 35.000 pesos, cuenta con “un bastón de
caña de China con abrazaderas de plata” a 6 pesos. El reconocido mer-
cader porteño don Casimiro Aguirre, quien en su testamento de 1790
reconoce un capital de 266.760 pesos, utiliza un “bastón de la China”
con las mismas características y al mismo valor que el de Arévalo. En
Córdoba, el maestre de campo José Luis Echenique de Cabrera ano-
ta en su inventario “un bastón de caña de la China con su casquillo
y puño de metal amarillo” a 4 pesos.127 De tal manera que el bastón
oriental barato y bruto –sin agregado– no debe entenderse sólo como
un producto de distinción; su presencia y estima en el mercado se ex-
plica también por ser un objeto necesario y de utilidad social, aun en
las capas sociales medias y bajas.
El arte y la decoración doméstica de China aparecen en varias pie-
zas que vemos circular por la región. La gran mayoría de los tejidos
y vestuarios orientales cuenta con la decoración floral, una temática

126. Porro Girardi y Barbero, Lo suntuario, 1994, pp. 194-195.


127. Porro Girardi y Barbero descubrieron bastones de caña de la India con puño de plata
cuyos precios oscilan entre 35 y 50 pesos; notablemente más caros de lo que aquí mencio-
namos. Porro Girardi y Barbero, Lo suntuario, 1994, p. 196.

176
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

artística inspirada en China.128 Por toda la región que aquí atendemos


abundan los casos en donde las polleras, ongarinas, batas, sobrecamas,
colchas y pañuelos llevan impresas en su raso de seda flores de colores
azules, coloradas, anaranjadas, amarillas y verdes. Mencionemos algu-
nos de los tantos que existen. La viuda del capitán cordobés Francisco
Suárez de Cabrera registra en su inventario de 1704 “una pollera de
raso de la China amarilla en flores” a 25 pesos. En ese mismo año, la
ya mencionada doncella Ana Pacheco recibe en su carta dotal “una po-
llera de raso carmesí de la China con flores” a 24 pesos. En 1711, el
maestre de campo Francisco Álvarez de Toledo, también de la ciudad
de Córdoba, registra en su sucesión “una colcha de la China verde con
sus flores amarillas, azul y blanco”. El capitán José Alvarado de Buenos
Aires anota en su testamento de 1700 “una sobrecama pintada de la
China con una rosa en medio”. En tiempos posteriores, particularmente
en el año 1782, el residente en Paraguay don Mario Salinas registra en
su testamento 30 docenas de pañuelos “chinescos” azules y colorados
bordados con flores de “buena calidad”. Enseguida nos ocuparemos de
descifrar el significado del término “chinescos” que aparece por estos
años en muchas prendas.
Lo cierto es que en los inventarios no se especifica qué tipo de flores
son las estampadas en los tejidos. Es posible inferir que se trata de las
flores tradicionales de China, como el loto, el crisantemo, la orquídea
o simplemente las rosas, como el caso de 1700. Muchas telas de China
venidas en varas o piezas cuentan con la estampa floral, como bien se
expresa en el “pedazo de raso chino a flores con tres varas” que aparece
en el inventario del marqués de Tojo en 1718. Pero también podía agre-
garse la prenda que se elabora en los obrajes locales, en su versión de
oro o plata. En el inventario de 1715 sobre el maestre de campo José de
Cabrera de la Gobernación de Tucumán se cotiza “una chupa naranja
con mangas y forro todo de la china y flores de plata” en 80 pesos. Aquí
nuevamente notamos la intervención local sobre la tela china para au-
mentar su precio o su prestigio.
El adorno artístico de China referido a la naturaleza y a motivos
florales aparece en otras piezas del Oriente, no sólo en los tejidos. Las
ilustraciones de los paisajes de flora y fauna son características del
mobiliario y de los biombos chinos que circulan y decoran las casas de

128. Fisher, “Trade”, 2006, pp. 184-185.

177
China en la América colonial

las distinguidas familias novohispanas y peruanas.129 Pero, de acuer-


do con lo visto en los inventarios, son muy pocos los casos de familias
porteñas y cordobesas que logran poseer este tipo de piezas. Véase en
el listado de inventarios del apéndice documental Nº 3 que tan sólo
identificamos una escribanía “de estaño hecha en la China con sus tin-
teros” en el inventario de 1718 de Juan José Campero del marqués del
Valle de Tojo y algunas “cajas de madera” o “cofrecitos”; esta última
pieza en el inventario de 1702 del capitán porteño don Antonio Berois.
Tan sólo un pabellón chino (colgadura de cama) aparece en nuestro
relevamiento y que pertenece al capitán Felipe Herrera de Buenos
Aires por 1712. Los biombos también son pocos. La pieza, que ayuda a
mantener los espacios de intimidad de la casa, aparece solamente en
cinco inventarios durante todo el siglo y en varios de ellos se los define
como “viejos” o “muy usados”. El biombo que aparece en el inventario
de 1774 de Josepha Benítez y Carranza, residente en Córdoba, es de
madera y “con figuras chinescas”, como así también el de Rosa Ca-
rranza de 1791, también de Córdoba, que se lo conceptualiza como un
“biombo a la chinesca”.
Ahora bien, en los inventarios del último cuarto del siglo se men-
ciona de manera muy frecuente el término “chinescas” para descri-
bir el tipo de diseño y el prototipo oriental de medias, pañuelos o
pañoletas, cintas de raso y otras telas, abanicos, biombos, gorros y,
por supuesto, vajilla. Ya hemos advertido en algunos pasajes de este
apartado la caracterización de “chinesco” al biombo o a los pañuelos.
La mención de “chinesco” puede remitirse justamente a la temática
y motivos orientales de las prendas de seda (espolín, gasa, gorgorán,
griseta, pequín y tafetán) en donde se “extrema el realismo floral”.130
Sobresale el caso del citado gran comerciante porteño Manuel Esca-
lada y Bustillo, quien, como puede visualizarse en el apéndice docu-
mental, registra en su tienda de 1774 una importante cantidad de
este tipo de piezas:

129. Para un panorama general sobre la circulación de los biombos en Hispanoamérica,


véase Baena Zapatero, “Un ejemplo de mundialización”, 2012, pp. 31-62. Para el caso de
la Nueva España véase Curiel, “Consideraciones”, 1992, pp. 131-159. Para el Perú, Cres-
po Rodríguez, Arquitectura, 2005, p. 327.
130. Porro Girardi, Astiz y Rospide, Aspectos, 1982, vol. ii, p. 361.

178
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

noventa y ocho docenas de abanicos a la chinesca de antigua moda


china para niñas
once pañuelos a la chinesca pintados al canto
cuatro docenas de pañoletas de vecillo a la chinesca con ramitos
doce docenas pañuelos de seda dobles pintados a la chinesca

Fuente: agn, Ramo Sucesiones, legajo 5563, s/n de exp., f. 104.

Por varias zonas de Córdoba, el bien “chinesco” también aparece.


Narciso Bengolea, residente en Río Cuarto, presenta en su inventario
de 1780 “un par de medias encarnadas a la chinesca”. En el inventa-
rio de doña Teodora Luján, que vive en 1786 por la zona rural de las
“sierras de Córdoba”, aparece una “pollera de tafetán doble azul con
sus tres vueltas de cintas de plata falsa a la chinesca bastante usa-
da”. También de Córdoba, el vecino José del Busto cuenta en 1788 con
más de 150 varas y piezas de “cintas chinescas” con plata o sin ella. La
procedencia occidental de estas piezas se explicita en el inventario de
1790 del mercader porteño don Juan Antonio Lerdo, quien registra en
él “cuatro docenas de gorros dobles de seda a la chinesca fábrica de Na-
varro a 17 pesos 4 reales la docena” o en el inventario de doña Teresa
Ibar de Falcón, en donde sobresale una “saya de chinesca típicamente
española”.131 Lo chinesco se plasma tanto en pañuelos como en vestidos
y son de aceptación general en el mercado consumidor. Por su parte, no
podía quedar excluida la imitación de la loza china que, como adverti-
mos, por estos años de finales del siglo goza de gran fama en la sociedad
porteña. Los estudios de arqueología urbana dan cuenta del gran uso
de la cerámica mayólica de Triana, Sevilla a la que se le adjunta el con-
cepto de “chinesco”. En muchos de los bordes de los platos de este tipo
de cerámica española aparece una imitación burda de motivos florales
propios de la loza china.132
En suma, el término “chinesco” con el que se hace referencia nos
remite a piezas fabricadas en Europa que copian e imitan los diseños y
estilos de los objetos chinos que tanta estima tienen en el público con-
sumidor. La copia de lo oriental en los talleres europeos se vuelve una
moda incluso en los círculos de sociabilidad del Viejo Continente.133 Es

131. agn, Sucesiones, 6727, s/n de expediente, f. 67v.; para el caso de doña Teresa véase
Porro Girardi, Astiz y Rospide, Aspectos, 1982, vol. ii, p. 361.
132. Schávelzon, “La cerámica”, 1998, pp. 21-24.
133. Mariluz Urquijo, “La China”, pp. 7-9.

179
China en la América colonial

una iniciativa que se alimenta de una aguda percepción sobre el éxito


que había tenido el tejido chino en la primera parte del siglo. Desde el
Viejo Continente se estandarizan materiales, diseños y modelos de “lo
chino” con la expectativa e intención de captar al público consumidor
tentado por lo asiático. Subrayemos esas casi cien docenas de abanicos
que posee Manuel Escalada en las cuales se intenta copiar la moda que
tienen los abanicos originales de China para niñas. Los abanicos origi-
nales de China compuestos de marfil, tan necesarios para la coquetería
de las mujeres distinguidas, tienen una presencia continua en el siglo
pero en estas últimas décadas del siglo van acompañados de copias eu-
ropeas, como el “abanico de concha nácar nuevo estilo chinesco” que
posee en 1782 el vecino porteño José Antonio Díaz Pimienta.134
Buena parte de los bienes fabricados en una Europa que vive trans-
formaciones industriales profundas se “orientaliza”. Un proceso muy
similar se gesta en el nivel artístico europeo, cuyo movimiento es deno-
minado chinoiserie, el cual recoge la influencia y el diseño oriental para
plasmarlo en sus obras artísticas. La corriente de arte del chinoiserie ya
es conocida en Europa hacia finales del siglo xvii, pero su esplendor llega
hacia mediados del siglo xviii, cuando es apropiada por el rococó.135 No
es casual, entonces, encontrar en los inventarios productos “chinescos”
al mismo tiempo en que se encuentra en auge el movimiento artístico
del chinoiserie. Lo que aquí presenciamos es un movimiento que supera
lo artístico, que actúa de manera extendida y generalizada en la cultura
material del consumo.136 El modelo chino comienza a producirse en serie.
Si en la primera mitad del siglo notamos cómo el tejido y otros bienes
que vienen de China pasan por un filtro de “occidentalización”, ahora se
afronta un proceso inverso, donde lo europeo se viste de lo chino.
La presencia de piezas chinas tiene efectos paradójicos: a la vez que
expresan –aun en los lugares donde está prohibido su consumo– los
alcances de la mundialización comercial, por otro lado refuerzan la he-
gemonía de las fuerzas de la occidentalización.137 Cualquier intento de

134. Porro Girardi y Barbero han encontrado abanicos originales de China en las tiendas
y comercios. Porro Girardi y Barbero, Lo suntuario, 1994, p. 183.
135. Impey, Chinoiserie, 1977. Sobre la influencia del chinoiserie en la América española
véase Fisher, “Trade”, 206, p. 180.
136. Berg, “New Commodities”, 1999, pp. 63-87.
137. Sobre las fuerzas de la occidentalización en la globalización véase Gruzinsky, Las
cuatro, 2010.

180
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

diversidad que puedan tener las fuerzas de la mundialización, Europa


se ocupa de canalizarlo, occidentalizando lo chino u orientalizando lo
europeo. Lo primero pudimos verlo con las telas chinas de la primera
mitad del siglo xviii. El segundo fenómeno se inscribe en tiempos de la
Revolución Industrial europea, cuando la producción en serie permite
la inundación de telas, cerámica y bienes manufacturados de Europa
por los mercados americanos. En estas circunstancias un producto oc-
cidental puede ser “orientalizado”, adquirir diseños chinescos con la
misión de ofrecerlos en un mercado consumidor que décadas atrás ya
había conocido y aceptado lo chino.

Conclusiones

Sinteticemos las ideas de mayor relieve de este ya extenso texto; un


conjunto de conclusiones que no estarían cerradas ni serían absolutas
sino que vendrían, en algunos casos, a revisar postulados historiográfi-
cos. Primero. Merced a un trabajo de paciencia en archivos de Córdoba
y Buenos Aires, dibujamos las líneas y la red del flujo de los bienes
chinos, identificamos los hitos y los puntos de distribución, calculamos
las cantidades de las mercancías que circulan, aspirando a determinar
el impacto de ese comercio en los hábitos de consumo de los habitantes
de la región. Identificamos también a los intermediarios que lo hacen
posible, a los grandes mercaderes de Lima que lo llevan a cabo y asien-
tan sus fortunas sobre la compra masiva de las riquezas de China en
los mercados de los Andes, de la Presidencia de Quito a la Capitanía
General de Chile, también del Tucumán y del Río de la Plata. Hemos
podido comprobar que tanto era el bulto de lo ofrecido y tanta la varie-
dad de sus calidades que, ya para principios del siglo xviii, clases altas
y clases bajas de la América del Sur compran y se abastecen de bienes
de Oriente. Los funcionarios de la Corona, los grandes propietarios, el
alto clero compran rasos y porcelanas, mientras que la plebe urbana,
las comunidades rurales y el bajo clero se proveían de loza blanca or-
dinaria y de seda cruda para tejer sus propias piezas o bien de telas de
seda basta, ya fabricadas en China.
Si lo chino u oriental impacta notablemente en la cultura material
cotidiana de un rincón tan “escondido” o aun marginal del imperio es-
pañol como lo es la Gobernación de Tucumán y Buenos Aires tan sólo
imaginemos la gravitación que habrían tenido los bienes chinos en la
vida cotidiana de centros más neurálgicos y con mayor densidad cultu-

181
China en la América colonial

ral y económica como lo son la Nueva España o Perú. La concentración


de metálico, el más ancho abanico de rutas comerciales y las amplias
dimensiones de sus mercados consumidores posiblemente permitan
que, durante el período colonial, estos dos puntos dispongan de mayo-
res oportunidades para relacionarse con todo lo referente a la cultura
china. Al inicio y en el transcurso del trabajo mencionamos y citamos
algunos estudios que se ocupan de rastrear lo asiático en las realidades
coloniales novohispanas y peruanas, pero prácticamente no existen in-
vestigaciones que posicionen, como problema nodal, la representación
material y simbólica de lo chino en estas culturas espaciales. Es muy
posible que quedemos azorados de lo que encontremos si nos tomamos
el trabajo exhaustivo de revisar los inventarios patrimoniales de estos
dos espacios coloniales.
Por otro lado, ¿cuáles son los atributos de haber tomado los inven-
tarios para acercarnos a las realidades coloniales? Esta elección docu-
mental –que es también una invalorable herramienta metodológica–
nos permite superar el escollo de quedarnos atados a la realidad del
discurso y la formalidad; posible escenario si consideramos otro tipo de
fuentes históricas. En otros términos, resultaría imposible descubrir
e identificar bienes chinos o asiáticos atendiendo registros de adua-
na, correspondencia oficial entre funcionarios políticos y corporaciones
mercantiles. Los diferentes tipos de inventarios son no sólo la palanca
para acceder a ese universo oculto de la circulación y el consumo de
un bien prohibido, sino también para tomar en cuenta que una par-
ticular región “periférica” del imperio entra en las lógicas mundiales
del comercio y de la cultura. Llegamos a esta realidad colonial porque
logramos surcar espacios, vincular pedazos de historias continentales
y regionales y, por sobre todo, tomando consciencia de lo integrado que
está el mundo por esos tiempos.
La tercera observación está en relación con las consideraciones an-
teriores. Las visiones tradicionales sostienen una débil influencia de los
elementos asiáticos en la América colonial. La debilidad se explicaría
por dos fenómenos particulares: a) por un contacto unidireccional a las
constreñidas fronteras del virreinato de la Nueva España, y b) porque
los objetos chinos u orientales son exclusivamente de consumo de elite.
El presente trabajo brinda señales y pruebas no tanto para desacre-
ditar estas premisas, sino para ofrecer un escenario más complejo y
rico que logre esquivar una mirada reducida del fenómeno. Los objetos
chinos circulan por todo el espacio hispanoamericano. Transitan por
rutas legales e ilegales, se despachan en puertos oficiales o clandesti-

182
Los objetos de China en la cultura material de Córdoba y Buenos Aires

nos, viajan tanto por las aguas del Pacífico como por las del Atlántico,
se consumen en México, pero también alcanzan los mercados de Buenos
Aires o de Córdoba.
Asimismo, los objetos de China son valorados en espacios urbanos,
pero también figuran en los pobres patrimonios de familias rurales de
la región. Podríamos estar aquí ante un “proceso de imitación”, donde la
vida material citadina extiende su influencia hacia el mundo social
indígena y del campesino. El estudio clásico sobre cultura material
en la Hispanoamérica colonial de Arnold Bauer nos recuerda de revisar
la opinión muy difundida acerca de que la cultura rural y campesina
es muy conservadora y cambia poco de siglo en siglo. Rescatando la
gran obra de George Foster Culture and Conquest, Bauer insiste que
esta visión resulta completamente falsa porque atribuye la imagen de
una vida rural estática, en donde los procesos de cambio que se viven
en las urbes no las afectan. Por el contrario, según estos autores, las
influencias de moda y consumo de las ciudades van filtrando hasta
llegar a la sociabilidad rural aun con los retoques para adaptarlas
al gusto local.138 El consumo de telas y porcelana china sería un ele-
mento visible, una categoría cultural y económica que se incorpora al
proceso de imitación.
En efecto, no hay límites administrativos, ni políticos, ni instancias
legislativas que logren frenar la circulación y el consumo de estos ob-
jetos. ¿Motivos de este flujo generalizado? La respuesta estaría, ante
todo, en las pautas de consumo de los productos orientales. La variedad
en calidad y precio de los tejidos para el uso personal o del hogar así
como en las piezas de loza y cerámica para utilidad culinaria permite
que su público consumidor sea amplio y diverso. A la América española
llegan productos chinos de fina calidad y de elevados precios pero tam-
bién –y quizá en mucho mayor grado– artículos ordinarios, de mediana
calidad con cotizaciones realmente accesibles para grupos de mediano
y bajos recursos. Hemos puntualizado otras razones de índole comer-
cial y productiva que ocurren a escala imperial o mundial que refuerzan
aún más la estimación de los objetos chinos por el público consumidor
americano. Pero lo que aquí valdría señalar es que aquella simbiosis
insistentemente planteada en cuanto a que el objeto y el consumo chino
o asiático es igual a lo exoticum, extravagante, seleccionado o elitista
termina por representar un falso sincretismo.

138. Bauer, Goods, 201, p. 104.

183
China en la América colonial

Por otro lado, los cambios registrados en las pautas de consumo


en los productos chinos se corresponden con las transformaciones que
atraviesan durante el siglo xviii los ejes geohistórico del imperio espa-
ñol. En la primera etapa del siglo es el tejido asiático el principal rubro
de consumo por Córdoba y Buenos Aires; piezas livianas que se mueven
por aquel eje del Pacífico, con Lima como el punto de distribución domi-
nante. La atlantización de la revolución comercial de la segunda parte
del siglo, momento en que el navío de registro particular se alza como
medio de comunicación comercial dominante entre España y América,
se sitúa como una de las razones más importantes para comprender el
cambio de rubro en el consumo de objetos chinos, cuando la cerámica
china ocupa predominancia y ahora el puerto de Buenos Aires es el
nudo de tránsito portuario fundamental para la distribución del artícu-
lo por el interior de la región. Viendo la problemática en su larga dura-
ción, se percibe que son los dos océanos que envuelven a la América los
que hacen posible el aporte chino en la cultura material colonial.
Si ingresa tanto bien chino en la región sudamericana es porque los
propios actores americanos desempeñan un papel determinante en la
promoción y circulación de los productos. No son los agentes asiáticos
los que navegan hasta América y exploran territorios y mercados para
sus productos. Son los agentes americanos por el Pacífico y los europeos
por el Atlántico, particularmente en la segunda mitad del siglo xviii, los
que viajan hasta el espacio oriental para buscarlos. Y aquí nos introdu-
cimos a una problemática a la que ya hicimos referencia. China prioriza
la formación de una economía interna, endógena, antes que la forma-
ción de un imperio comercial o territorial. Por el contrario, durante los
siglos coloniales la construcción de un imperio comercial exterior cons-
tituyen las formas relevantes de competencia interestatal en el sistema
europeo. En este sentido, la revolución industrial inglesa y europea que
comienza en las décadas finales del siglo xviii establece las condiciones
ideales para que los mercados coloniales sean inundados de productos
textiles europeos, logrando desplazar de la escena el rubro de China
que tanta fama había alcanzado en la primera parte del siglo.

184
Conclusiones generales

Valdría la pena finalizar con una brevísima conclusión general que


logre demostrar el hilo problemático que da sentido a la compilación.
Ya hemos tenido la oportunidad de ofrecer extensas conclusiones para
cada uno de los textos, lo que nos evita reiterar aquí nuestras hipótesis.
China en la América colonial revela un grado de penetración de los
productos asiáticos en la economía y sociedad hispanoamericana insos-
pechado. Lo que se intentó presentar en “Periferia centralizada”, el pri-
mer trabajo de la obra, es el influjo de lo asiático desde el estudio de los
movimientos generales de la economía. Es que nos cuesta seguir asimi-
lando la visión exclusivamente peninsular que define los contactos en-
tre China y la América hispana como si fueran un componente auxiliar,
extraño y, por sobre todo, disruptivo en los ciclos del comercio imperial.
“Periferia centralizada” propone un enfoque distinto para estudiar esa
penetración asiática; una corriente mercantil que se acomoda, comple-
menta y que llega a colaborar con la dinámica misma de la economía
colonial, aunque trastoque o ponga en entredicho la centralidad política
peninsular. “La ruta hispanoamericana de la seda china”, segundo tra-
bajo que presentamos, es una pieza medular de la corriente mercantil
por el Pacífico y forma parte de ese gran tejido a escala imperial al que
México “bombea” como si fuera su corazón.
Ese notable grado de penetración de los productos chinos se explica,
en buena medida, por responder a diferentes hábitos sociales de con-
sumo; problemática que se traza en todos los trabajos aquí reunidos.
Si una considerable porción de ellos tiene destino plebeyo o amplio, la
fuerza consumista sería más poderosa y alcanzaría una dinámica mu-
cho mayor que el peso y la lentitud generada por un exclusivo consumo
suntuario. Sería al menos curioso suponer que sólo una ruta de objetos
lujosos pueda extenderse desde Acapulco hasta Buenos Aires por un

185
China en la América colonial

prolongado tiempo histórico. Las consecuencias que lleva este replan-


teamiento van más allá de una simple revisión de la composición del
tráfico asiático y adquieren una nueva magnitud en todos los ámbitos
de la vida social y económica de Hispanoamérica. En otros términos, la
corriente podría convertirse en uno de los “combustibles” centrales –no
el único– para motorizar los circuitos de producción y distribución que
se tejen por todo el espacio continental.
Llegamos así a un dilema fundamental: ¿es el consumo amplio de
telas asiáticas lo que activa la comercialización –y producción– para el
mercado o, más bien, este amplio mercado consumidor es el resultado,
la última fase, de un proceso alentado por bajos costos productivos y co-
merciales que comienza desde el propio espacio asiático? No es nuestra
intención en estas últimas líneas comenzar un análisis sobre la teo-
ría del consumo. Pero vale aquí recordar la definición de Adam Smith,
para quien el fin último de la producción y el comercio es satisfacer
las necesidades del consumidor.1 El tercer capítulo de este libro inten-
ta demostrar que el consumo no puede ser considerado sólo como una
variable analítica de la historia cultural; no debería circunscribirse ex-
clusivamente a la de una identidad posmoderna que desprende funcio-
nes comunicativas, expresivas y de representación. Hace tiempo que la
historiografía europea nos demuestra que las transformaciones vividas
en el plano del consumo durante el siglo xvii son una pieza significativa
para entender la sociedad industrial del xviii. Nos resulta muy arries-
gado sostener que el consumo llega a colocarse como una palanca de la
producción.2 Pero eso no nos debe llevar a desconocer que el consumo
se asocia de manera íntima con el mercado, con los ciclos de precios,
con la distribución de mercancías, con la producción, con la movilidad
social y con el hogar-familia. No puede leerse como una instancia inde-
pendiente, apartada del trabajo; el consumo parece posicionarse como
una variable macroeconómica, que debe ser analizada en relación con
la producción, la oferta, la demanda, la distribución y el intercambio.

1. Smith, Investigación, 1958, p. 358.


2. Mckendrick y Plumb, The Birth, 1982; De Vries, La revolución, 2009; Quiroz, El con-
sumo, 2006, p. 17.

186
Apéndice documental N° 1

“Sobre la venta de los efectos de la China procedentes de la Fragata Francesa


que fueron aprehendidos en el sitio de los Olivos de la Costa de San Isidro en la
noche del día 25 al 26 de este año de 1782”

De Montevideo se condujeron en la lancha del doctor García para introducir en


la ciudad de Buenos Aires “porción de géneros de la China” que se habían des-
embarcado en la fragata francesa llamada L’Osterley existente en aquel puerto.
Responsable de impedir su entrada, el teniente de Dragones don Manuel de
Cerrato, junto con sus soldados, por caminos de tierra y por mar se asentaron
en el Rincón de Fermín, cerca del puerto de las Conchas. El 26 de marzo se
identificaron tres carretas en la costa de Olivos cargadas con baúles, cajas y far-
dos que decían ser “sacos de trigo”. Los transportistas de la carga habrían huido
al monte. Se comisó la carga y se guardó en los reales almacenes de la ciudad
de Buenos Aires, para su posterior “subastación y pública venta”. Testigo: las
carretas pertenecen a un tal Juan José Ábalos, mulato.

Inventario

Veinticinco piezas de morselinas [sic] blancas o angaripolas en blanco


(pieza a diez reales vara)................................................................. 291 p. [pesos]
Diecisiete piezas de morselinas.................................................................... 448 p.
Nueve piezas de angaripolas listadas ordinarias tinto en hilo..................... 33 p.
Cuatro bultos de pañuelos de algodón ordinarios tinto en hilo.................... 53 p.
Media pieza de angaripola francesa................................................................ 2 p.
Seis piezas de quimones de China (a doce pesos cada una) ......................... 72 p.
Tres piezas listones de algodón tinto en hilo................................................. 32 p.
Ocho bultos de listadillo tinto en seda cruda............................................... 176 p.
Once bultos de saya sayas............................................................................ 166 p.
Diez piezas de pupujes [sic] llanos labrados espolinados y una gasa
pintada........................................................................................................... 700 p.
Un atado de seda blanca de ojalar................................................................. 17 p.
Noventa y ocho piezas de morcelinas clarines angostos........................... 5512 p.
Doscientas camisas de lienzo de algodón ordinarias................................... 175 p.
Un bulto de tafetán negro ancho sencilla...................................................... 16 p.
Diez y seis piezas de chitas fondo raso.......................................................... 50 p.
Trece piezas de ídem..................................................................................... 101 p.
Trece piezas de medias zarazas..................................................................... 45 p.
Doce piezas de ídem labradas de negro......................................................... 45 p.

187
China en la América colonial

Veinte y seis piezas de zarazas superfinas.................................................. 509 p.


Una chita labrada............................................................................................. 4 p.
Cuatro piezas tafetanes anchos listados...................................................... 102 p.
Cinco piezas morcelinas bordadas corrientes.............................................. 129 p.
Seis piezas dichas listadas............................................................................. 44 p.
Cinco bultos de pañuelos clarines
Cuatro dichos más ordinarios
Siete bultos de morcelinas clarines anchos superfinas
Ocho bultos de morcelinas bordadas anchas superfinas
Tres piezas angaripolas o mantas
Diez y seis piezas de morcelinas bordadas de color y metal
Doce bultos o piezas de morcelinas ordinarias anchas gomadas
Once piezas de ídem.............................................................................. todo 672 p.
Una arroba de pimienta.................................................................................. 37 p.
Sesenta y una camisas más lisas y otras con vuelos todas de gaza [sic]..... 60 p.
Seis piezas mantas o angaripolas blancas................................................... 243 p.
Trece piezas de morcelinas listadas............................................................. 526 p.
Un bulto más................................................................................................... 27 p.
Una pieza de ídem........................................................................................... 46 p.
Otra pieza de ídem.......................................................................................... 16 p.
Seis piezas o bultos de angaripolas ordinarias.............................................. 20 p.
Dos bultos cortes de chupa angaripola fina................................................... 80 p.
Tres quimones alabastrados [sic]
Un bulto de media zaraza................................................................................ 8 p.
Tres quimones pintados en blanco
Dos bultos pañuelos finos............................................................................... 54 p.
Un bulto de listado de algodón fino................................................................ 24 p.
Un bulto de filosenda medio raso en algodón................................................. 4 p.
Seis sombreros medios castores..................................................................... 15 p.
Un bulto de zaraza campo verde.................................................................... 15 p.
Sesenta y ocho piezas de angaripolas
Siete piezas de morcelinas ordinarias
Quince piezas de morcelinas baptistas...................................................... 1200 p.
Nueve piezas morcelinas ordinarias........................................................... 276 p.
Nueve piezas morcelinas clarines ordinarias.............................................. 165 p.
Cuatro piezas morcelinas clarines listadas corrientes................................. 88 p.
Ocho piezas morcelinas batistas finas........................................................ 300 p.
Nueve piezas clarines entrefinas................................................................. 217 p.
Dos piezas dichas más angostas..................................................................... 48 p.
Diez y siete piezas morcelinas batistas........................................................ 497 p.
Diez piezas morcelinas batistas finas
Veinte y tres piezas de tafetanes listados de garza negra
Diez piezas listados de algodón superfino
Doce piezas con sesenta pañuelos de algodón finos.................................... 774 p.

188
Apéndice documental

Cincuenta y tres piezas morselinas batistas............................................... 155 p.


Setenta y una piezas de pañuelos
Treinta y tres piezas puerto maones [sic]..................................................... 74 p.
Seis piezas de pañuelos de morselina...................................... 900 p. más 110 p.
Cuatro piezas de pañuelos de morselina superiores................................ 1496 p.
Ciento veinte cajetas de latón embarnizados de losa................................... 48 p.
Ciento diez y seis piezas puerto mahones................................................... 261 p.
Setenta y dos bultos de pañuelos................................................................. 672 p.
Diez piezas de pañuelos digo morselinas ordinarias................................... 303 p.
Veinte y cinco piezas cotonadas blancas ordinarias.................................... 950 p.
Noventa y una camisas ordinarias de gaza................................................. 113 p.
Veinte y tres piezas de cotonadas o angaripolas blancas angostas............ 357 p.
Veinte y cuatro piezas de cotonadas o angaripolas blancas....................... 285 p.
Treinta y cuatro piezas de cotonadas o angaripolas blancas...................... 396 p.
Veinte y tres piezas de cotonadas o angaripolas blancas............................ 280 p.
Veinte y dos piezas de cotonadas o angaripolas blancas............................ 220 p.
Veinte y cuatro piezas de angaripolas de China......................................... 234 p.
Veinte y cinco piezas de angaripolas finas de China.................................. 243 p.
Veinte y una piezas de pañuelos de algodón finos...................................... 600 p.
Dos piezas ídem blancos................................................................................. 36 p.
Cinco piezas ídem de seda............................................................................ 157 p.
Cincuenta y dos bultos de chamelotes de algodón..................................... 1045 p.
Dos piezas dobles de bramantes floretes..................................................... 121 p.
Dos baúles....................................................................................................... 12 p.
Seis cajas......................................................................................................... 19 p.
Tres carretas................................................................................................... 75 p.
Doce bueyes..................................................................................................... 42 p.
Valor total de los géneros: ................................................................ 31.022 pesos

“que sin embargo de las repetidas diligencias que se han hecho para su venta
no han podido verificarse porque aunque al tiempo de las reiteradas almone-
das que se han hecho se han presentado diferentes personas de crédito de este
comercio con ánimo de hacer postura luego que han visto las tasaciones se han
retraído de ello” f. 28r. “no ha habido postores por lo subido del precio […] nuevo
avalúo de los géneros de China […] si hay que considerar estos géneros de la
China venidos por la vía del comercio legítimo o por la del de India a India; pues
sobre el de India a India claro está que el valor que he considerado es bastante
resupercrecido [sic]”. Segunda tasación del valor total de los géneros: 22.361
pesos.

Fuente: agn, Contrabando y comisos, vol. 11-1-8, expediente 3 (1757-1782).

189
Apéndice documental

Apéndice documental N° 2

A. “Extracto de la carga que condujo de los puertos de Sonsonate y Tumaco el


barco Nuestra Señora de Loreto con el maestre Juan Bautista Torres, que llegó
al puerto de Paita el 9 de mayo de 1783”

Partidas: 1, 2 y 3. Facturas: 1, 2 y 3. Interesado: Don Pedro José Beltranena


Destino: a Lima con guía Nº 28
Valor bienes extranjeros: 18.665 pesos
Bienes asiáticos: “1 envoltorio con 100 pañuelos de China” a 8r. 100 pesos
“14 quimones de colores” a 10p. 140 pesos.

Partida: 2. Factura: 2. Interesado: don Pedro Casimiro Silva


Destino: a Piura con guía Nº 34
Valor de bienes extranjeros: 1.993 pesos
“Géneros de Asia”: “21 piezas de saya sayas”
“9 piezas de ninfas”
“3 tiras de peines de marfil”
“2 piezas de lienzos”
“9 piezas de seda torcida”
“1 pieza de seda floja”
“2 docenas de pañuelos”
“16 docenas de pañuelos chicos”
“9 libras de canela”
“16 piezas de loza”
“4 piezas de seda”
Total valor bienes asiáticos: 552.72 pesos

Partida: 8. Factura: 8. Interesado: don Manuel Batres


Destino: a Lima con guía Nº 24
Valor Bienes extranjeros: 4.076 pesos
Bienes asiáticos: “100 pares de medias” a 3p. 300 pesos
“24 piezas de saya sayas” a 7p. 178 pesos
“10 piezas de Buratos” a 24p. 240 pesos
“12 piezas de Ninphas [sic]” a 20p. 240 pesos
“3 piezas de alucines” a 66p. 198 pesos
“7 colchas de sarasas” a 10p. 70 pesos
“24 pañitos encarnados de musilipan [sic]” a 10r. 30 pesos
Total valor bienes asiáticos: 1.246 pesos
Derechos: 87 pesos.

191
China en la América colonial

Partida: 11. Factura: 10. Interesado: don José Valero Roma


Destino: al Callao con guía Nº 20
Valor Bienes extranjeros: 1.205 pesos
Bienes asiáticos: “82 pares de medias de segunda de China” a 1.5p. 123 pesos
“34 pares de medias de primera de China” a 2.2p. 76 pesos
“6 sobrecamas de China” a 10p. 60 pesos
Total valor bienes asiáticos: 259 pesos

Partida: 16. Factura: 15. Interesado: don Juan Fermín Aysisena para entregar
a don Antonio y José Matías Elizalde
Destino: a Lima guía Nº 20
Valor bienes extranjeros: 49.263 pesos
Bienes asiáticos: “72 sobrecamas de china” a 4 p. 288 pesos
“5 piezas de rasos de China” a 12 p. 60 pesos
“4 piezas de seda de China” a 22 p. 88 pesos
Total valor bienes asiáticos: 436 pesos

B. “Extracto de la carga que condujo de Acapulco el barco El Belencito su maes-


tre don Domingo Vázquez que llegó a este puerto de Paita el 16 de mayo de
1783”

Partida: 3. Factura: 3. Interesado: don Roque Rayada


Destino: a Piura guía Nº 34
Valor Bienes extranjeros: 1.099 pesos
“Géneros de Asia”: “10 piezas de pañuelos ordinarios de China” a 6p. 60 pesos
“2 piezas de dichas angostos” a 5p. 13 pesos
“40 piezas de coletas de china de 8 varas” a 4 p. 160 pesos
“25 piezas de sayasayas blancas de Cantón” a 8 p. 200 pesos
“4 piezas de Ninfas nácar” a 20 p. 80 pesos
“4 onzas de seda torcida” a 11 p. 44 pesos
“29 varas de liencecillo” a 3r. 12 pesos
“12 pozuelos ordinarios de china” a 10r. 15 pesos
Total valor bienes asiáticos: 584 pesos.

Partida: 10. Factura: 6. Interesado: don Juan Antonio García


Destino: a Lambayeque guía Nº 14
Valor bienes extranjeros: 1.791 pesos
“Géneros de Asia”: “1 cajón de cambaias [sic] con 80 piezas ordinarias” a 6p.
480 pesos
“1 baúl con 22 piezas de coletillas a 4p. 4r. 99 pesos
“10 piezas de liencecillo” a 3p. 123 pesos
“14 piezas de cambaias [sic] ordinarias” a 6p. 84 pesos
“6 libras de seda” a 11 p. 66 pesos

192
Apéndice documental

“6 piezas de saya sayas” a 8p. 48 pesos


“2 varas de raso” a 3p. 6 pesos
“1 colcha de zaraza” a 12p. 12 pesos
Total valor bienes asiáticos: 918 pesos

Partida: 24. Factura: 9. Interesado: don Manuel Blanco


Destino: a Piura guía Nº 58
Valor bienes extranjeros: 57.120 pesos
Géneros asiáticos: “6 colchas de algodón ordinarias de China” a12p. 72 pesos
“4 colchas ordinarias Ídem” a 10p. 40 pesos
“2 quimones ordinarios Ídem” a 10p. 20 pesos
“46 docenas de pañolitos chicos de hilo ordinarios Ídem” a
6p. 276 pesos
“5 bombasies [sic] de China” a 3 p. 15 pesos
“15 libras de liencecillo de China angosto” 145 pesos
“18 cintas labradas a la chinesca” a 6 p 108 pesos
“30 docenas de medias de China” a 30 p. 300 pesos
“15 piezas de burcetos [sic] de China” a 16 p. 240 pesos
“20 piezas de Ninphas blancas” a 15 p. 300 pesos
“2 piezas de tafetanes de China teñidos en México” a 10 p. 20
pesos
“50 saya sayas de China teñidas en México” a 8 p. 400 pesos
“10 docenas de medias de hombre de China” a 30 p. 300
pesos
“30 piezas de saya sayas de varios colores de China” a 8 p.
240 pesos
“4 piezas de Lausin de China” a 46 p. 184 pesos
Total valor géneros asiáticos: 2.660 pesos

Partida: 28. Factura: 11. Interesado: Don José Díaz


Destino: a Lima con guía Nº 13
Valores bienes extranjeros: 5.693 pesos
Géneros asiáticos: “8 piezas de Ninphas” a 20 p. 160 pesos
“4 piezas de saya sayas” a 8 p. 64 pesos
“Liencecillo blanco de la China” 187 pesos
“Coletas de la India” 76 pesos
“otras Coletas de la India” 42 pesos
“1 pieza de Lankin” 66 pesos
“1 de hilo de China” 6 pesos
“4 docenas de peines” a 7 p. 28 pesos
Total valor géneros asiáticos: 629 pesos

Partida: 27. Factura: 10. Interesado: remito don Isidro Antonio de Icaza, vecino
de México, a don Antonio y don José Matías Elizalde, vecino del Perú

193
China en la América colonial

Destino: a Paita, a Guayaquil y Lima. Varias guías Nº 18, Nº13 y Nº 76


Valor bienes extranjeros: 29.337 pesos
Géneros asiáticos: “50 pares de medias China de 1ª” a 3p. 4r. 174.8 pesos

C. “Extracto de la carga que canceló en este puerto el navío Santa Ana su maes-
tre don Joseph de Andrade que condujo de Acapulco”

Partida: 1. Factura: 1. Interesado: don Esteban Mestre


Destino: a Lima con guía Nº 34
Valor bienes extranjeros: 5.404 pesos
Géneros asiáticos: “15 quimones ordinarios” a 5p. 90 pesos
“5 piezas de Bombasies azules” a 2º r. 12.4 pesos

Partida: 2. Factura: 2. Interesado: don José Matías Elizalde


Destino: a Piura con guía Nº 67
Valor bienes extranjeros: 8.379 pesos
Géneros asiáticos: “10 libras de seda torcida de China” 8p. 80 pesos
“125 pares de medias de China” a 2p. 250 pesos
“20 piezas de saya sayas” a 5p. 100 pesos
“20 piezas de coletillas o bombacíes” 50 pesos
“7 quimones de primera” a 25 p. 175 pesos
“93 peines de marfil” a 5p. 465 pesos
“1 pieza de Lausín” 40 pesos
“2 piezas de raso listado de China” 80 pesos
Total valor bienes asiáticos: 1.240 pesos

Partida: 4. Factura: 3. Interesado: don Francisco Berrio


Destino: a Lima guía Nº 35
Valor bienes extranjeros: 9.224 pesos
Géneros asiáticos: “16 quimones de tercera” a 6p. 96 pesos
“17 pañuelos de China” a 8r 13 pesos
“160 pares de medias de China de segunda” a 18p. la
docena 240 pesos
“11 piezas de Lausin [sic]” a 40p. 440 pesos
“8 piezas de coletas de la India” a 13p. 104 pesos
Total valor bienes asiáticos: 1.016 pesos

Partida: 5. Factura: 4. Interesado: Señora Leonor Ugarte


Destino: a Lima guía Nº 36
Valor bienes extranjeros: 409 pesos
Géneros asiáticos: “21 varas de Lausin [sic]” 45 pesos
“8 piezas de saya sayas teñidas en México” 5p. 45 pesos

Partida: 6. Factura: 5. Interesado: don José Mauleón

194
Apéndice documental

Destino: a Lima guía Nº 39


Valor bienes extranjeros: 1.338 pesos
Géneros asiáticos: “172 piezas de pañuelitos azules ordinarios” a 3p. la pieza
512 pesos
“36 piezas ídem más anchas” a 6p. 216 pesos
“14 piezas ídem colorados” a 7p. 98 pesos
“30 pares de medias de China de 2da.” a 12p. 45 pesos
“5 piezas de Ninfas” a 12p. 60 pesos
“1 pieza ídem averiada” 7 pesos
“4 piezas de Buratos” a 10p. 40 pesos
“2 dichas averiadas” 12 pesos
“14 piezas averiadas de saia saia” a 5p. 70 pesos
“2 dichas averiadas” a 2p. 4 pesos
“32 varas de liencecillo” 8 pesos
Total valor géneros asiáticos: 1.072 pesos

Interesado: don Gabriel Pérez


Destino: Paita
Carga: “Cinco cajones de Canela de China” 4.615 pesos
“Ocho cajones de seda torcida” 8.400 pesos
Total valor géneros asiáticos: 13.015 pesos

Partida: 8. Factura: 7. Interesado: don José Álvarez


Destino: a Lima guía Nº 42
Valor bienes extranjeros: 3.453 pesos
Géneros asiáticos: “4 piezas de Lausín” a 40p. 160 pesos
“60 pares de medias de China de 2da.” a 18p. la docena 90
pesos
“8 quimones de tercera” a 6p. 48 pesos
“4 piezas de pañuelos coloridos” a 8p. 32 pesos
Total valor géneros asiáticos: 330 pesos

Partida: 9. Factura: 8. Interesado: don Joaquín Barandarain


Destino: a Lima guía Nº 38
Valor bienes extranjeros: 1.909 pesos
Géneros asiáticos: “60 pares de medias de la china de 2da” 90 pesos
“2 piezas de Lausín” a 40p. 80 pesos
“4 docenas de pañuelos de color” a 8p. 32 pesos
Total valor géneros asiáticos: 202 pesos

Fuente: anl, Aduana, Paita, C 16, 1193-92, s/n de fs.

195
Apéndice documental N° 3

Bienes de China registrados en la Gobernación de Tucumán y Buenos Aires en el siglo xviii

Gobernación del Tucumán Buenos Aires

Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.


Artículos Artículos
1692 Godoy Ponce de León Inventario 1690 Capitán Valentín Testamento
Córdoba - “ongarina de pequín Escobar Vezerra. - “coche aforrado con
con trencilla de plata Buenos Aires flocadura de seda chi-

196
mal tratada” na”
- “otra de gurbión de la - “bufete de Jacarandá
China con tres pares embutido en marfil de la
de calzones guarnecida China”
con encaje negro muy - “dos colchas una de
China en la América colonial

usada” 35 p. Italia de dos colores


de tafetán azul y colo-
rado y otra de la India
de Portugal bordada de
sedas de colores”
1695 Doña Antonia del Pozo y Inventario
Francisco de La - “azafate de madera
Palma. Buenos Aires dado con barniz guar-
necido con paja y con
un plato de madera de
la China”
- “alfombra turquezca [sic]
muy rota”

1696 Capitán Vicente Pérez de Testamento


Otalora y Doña - “una ongarina con dos
Luisa Barbosa pares de calzones de
carro de oro con boto-
nadura de oro aforrado
en damasco de la China
musgo nuevo del uso

197
del difunto”

1697 Sobrino de la Plaza. Bue- Testamento


Apéndice documental

nos Aires - “una chupa vieja de


raso de la China”
1702 Fernando Navarrete y Inventario 1700 Capitán Don Joseph Testamento
Velasco - “capote de camellón Alvarado. - “sobrecama pintada de
Córdoba con vueltas de raso de Buenos Aires la China con una rosa
la China” en medio”
- “un armador de raso de
la China roto y muy usa-
do”
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1702 Capitán Juan de Ávila Inventario 1700 Doña Luisa Barbosa. Testamento
Villavicencio - “15 varas y ¾ de Pequín Buenos Aires - “urupema [sic] de la
Córdoba de la China” Esposa del Capitán China”
- “16 varas de gurbión de Vicente Pérez - “tres platos pequeños
la China” de la China” 4 reales
cada uno
1702 Maestre de Campo Fran- Inventario - “ongarina de la China
cisco de Tejeda y Guz- - “colcha muy usada de de capichola” 20 p.
mán. Feudetario raso de la China colora- Capital total: 1.231 pesos
da flores”
- “cielo de altar de raso
carmesí de la China liso
forrado”

198
1703 Maestre de Campo y Testamento 1702 Capitán Don Antonio Inventario
encomendero José - 800 pesos en 21 libras Berois - “cofrecito de la China”
Díaz de Cáceres de encajes de oro y pla- Buenos Aires 2 p.
Santiago del Estero ta del Cuzco o Lima con - “seis platos y dos fuen-
China en la América colonial

más de dos piezas ente- tes de la China” 6 p.


ras de raso de la China
musgo y dos pedazos 1702 Juana de Pasos. Testamento
de gorgorán de la Chi- Buenos Aires - “un azafate de la India de
na” Esposa del capitán dos tercias de largo” 4 p
- “un ajustador a la moda Ferreira
con forro de raso de la
China de carro de oro
más otro pelo de came-
llo con forro de raso de
la China”
- “un capote de carro de
oro con vueltas de raso
de la China más otro
capote de pelo de ca-
mello doble musgo con
vueltas de raso de la
China”
- “una chupa de raso de
la China a flores con bo-
tonaduras y forrado en
seda de la China más
otra chupa con magas
de brocato de la China y
guarnecida con encajes
de plata”

199
1704 Jacinto Arrieta Inventario 1703 Capitán Alonso de Testamento
Córdoba - “una chupa de raso de Herrera y Guzmán. - “dos abanicos blancos
Apéndice documental

la China aforrada” 15 p. Buenos Aires de China a dos pesos


- “una ongarina y calzón cada uno”
de capichola de la Chi- - “dos Jícaras de la China
na” 26 p. a tres pesos cada una”
- “una chupa de raso de Capital total: 2.724 pesos
la China usada” 15 p.
- “8 varas de saia saia de
la China a peso” 8 p.
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1704-1705 Catalina de Cabrera. Patrimonio
Córdoba - “pollera de gurbión de
Viuda del capitán la China con tres vuel-
Francisco Suárez tas de bandas de oro y
de Cabrera plata”, 50 p.
- “pollera de raso de la
China amarilla en flo-
res”, 25 p.
Capital total: 15.861 pe-
sos

1704-1705 Isabel Arguello y Carta dotal 1704 Capitán Antonio Testamento


Toranzo. Córdoba - “un vestido de gurbión Andrade. Buenos Aires - “veintitrés varas de

200
Hija del sargento y de la China que se Viuda Doña María de los Gurbión de la China”
regidor Sebastián compone de pollera y Reyes - “trece varas de capi-
Arguello casaca y la pollera con chola de la China mus-
encaje de oro” 90 p. ga”
China en la América colonial

1704- - “una docena de peines


1705 Capitán Bernardo Blanco Patrimonio de marfil pequeños de
Guerra. - “una casaca y gorgorán la China”
Córdoba de la China con toda la - “treinta y uno peinecitos
trencilla de plata” 50 p. de Marfil de la China”
- “casaca de Noguete - “treinta y siete varas de
aforrada en seda de la listadillo de la China”
China” 35 p.
- “dos chupas de ámbar
aforrado en raso de la
China con trencilla de
plata” 50 p.
- “dos pares de calzones,
en brocato de la China”
34 p.
- “tres armadores de raso;
el uno de España y el
otro de la China y el otro
de la China” 16 p.
- “una funda de damasco
de la China” 8 p.

Carta dotal

201
1704- Doncella Ana Pacheco. - “una pollera de raso de 1704 Capitán Pedro del Inventario
1705 Córdoba. la China carmesí con Fierro - “par de medias de la
Hija del capitán Juan de flores usado” 24 p. Buenos Aires China”
Pacheco
Apéndice documental

Capital dotal: 2.556 pesos - “unas fundas de saia saia


moradas de la China con
encajes blancos nuevos”
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1705 Maestre de Campo Juan Inventario
Fernández de León. Cór- - “un almirez de Marfil de
doba la China” 3 p.
- “5 varas de angaripolas
de la China labradas” 2
p. c/u
- “1 vara y ¾ de gurbión
de la China” 2 pesos la
vara
- “Un vestido de felpa
negro de mujer con
ongarina aforrado de la
China” 80 p.

202
Capital total: 9.515 pesos

1705 Gaspar de Quevedo. Inventario 1707 Capitán Don Nicolás Inventario


Córdoba - “dos cajetas de caña de Bazán de Tejeda - “una ongarina y cuatro
China en la América colonial

China (colorada y ne- pares de calzones de


gra)” 6 p. géneros de la China usa-
dos” 16 p.
1706 Franca de Albarracín. Carta dotal
Córdoba. Hija - “una pollera de Pequín
del Capitán Cristóbal de con guarniciones de
Albarracín oro” 30p.
Dote total: 3.349 pesos
1705 Gaspar de Quevedo. Inventario
Córdoba - “dos cajetas de caña de
China (colorada y ne-
gra)” 6 p.
1707 Licenciado Pedro de Te- Testamento
jada. Compañía de Jesús - “dos pares de mangas de
de Córdoba. tafetán de la China”
1707 Miguel de Vilches y Mon- Inventario
toya - “raso cabellado de la
Capitán. Córdoba China con botonadura
y encaje”
- “Brocato de la China con
sus flores de oro y plata”
- “dos pares de calzones y
capa envueltas de raso

203
de la China todo de lo
mismo nuevo”
- “sobretodo nuevo de ca-
Apéndice documental

mellón forrado en raso


China”
- “12 varas ½ de raso liso
de la China de color de
caña”
- “9 varas y ¾ de capichola
musga de la China”
- “7 varas de gurbión
musgo de la China”
- “4 varas y ½ de raso liso
musgo de la China”
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1707 Francisco de La Inventario 1708 Capitán Bernardo de Testamento
Fuente. Córdoba - “vestido ongarina de la Pascua - “pollera de raso de la
Capitán gorgorán de seda afo- Buenos Aires China musgo con pun-
rrado con raso de la tas de plata” 20 p.
China con botones de - “pollera de raso negro
oro” 132 p. de la China con su ca-
- “chupa de brocato afo- saca de tafetán doble”
rrado en tafetán de la 25 p.
China” 51 p. Capital total: 4662 pesos
- “vestido de camellón,
capote y calzones
todo aforrado con gur-
bión de la China” 142

204
p.
1708 Antonio Márquez. San Inventario
Antonio de Totoral - “10 varas de raso de la
China de colores”
China en la América colonial

1708 Alférez Antonio Inventario


Amuchástegui. - “un armador de raso de
Córdoba Cantón colorado, bue-
no” 10 p.
- “una pollera de raso de
la china tasado a 50 pe-
sos
1708 Capitán Antonio de Inventario
Cabrera. Córdoba - “chupa en raso de la
China aforrada en tafe-
tán nácar con mangos
y botones y con flecos
de plata” 24 p.
- “armador de la China
sin mangas” 12 r.
- “calzones de Pequín
aforrados en lienzo
con encaje de oro y
botones de lo mismo”
13 p.
- “ongarina de lo mismo
con botones de oro tur-
cos” 34 p.

205
- “chupa de raso de la
China azul bordada”
16 p.
Apéndice documental

- “vara de raso de China”


3 p.
Capital total: 3.839 pe-
sos


Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1709 Maestre de José de Concurso de Acreedores 1709 Capitán Antonio - “una ongarina de raso o
Cabrera y Velazco. - “ongarina de chino” 40 Guerrero pequín aforrada en raso
Córdoba p. a flores muy usada”
- “chupa de brocato de la - “un par de calzones
China” 60 p. de Gurbión de pequín
- “par de calzones de musgos muy usados”
chino musgo” 4 p. - “se halló una chupa de
1707- Capitán y Alférez José Inventario raso de Sevilla abroca-
1709 Zevallos. Córdoba - “9 varas de damasco lada o forrada en pe-
de la China a flores de quín musgo”
seda y lana” 13 p. - “un biombo de la China
- “vestido de pelo de ca- con flores de lienzo muy
mello doble de ongarina usado”
Capital total: 22.602 pe-

206
y calzones con botones
de oro aforrado con sos
gurbión de la China
usado” 25 p
- “otro vestido de gurbión
China en la América colonial

de la China ongarina y
calzones todo de oro y
cabeza de turco aforrado
en tornasol de la China
nuevo” 80 p.
- “una chupa de brocatillo
de la China verde a flo-
res de oro y plata guar-
necido con encaje de
oro con botón aforrado
en tafetán nácar”
1710 Capitán Gabriel de Ca- Sucesión
brera y Mendoza. Cór- - “una pollera de Pequín
doba con encaje de plata
usada” 20 p.
- “no se tasan los calzo-
nes usados de Pequín
por haberlos roto el
niño del difunto”
- “armador de Pequín
musgo con encaje de
plata” 13 p.
1710 Juan de Adaro y Inventario
Arrazola. Córdoba - “unos calzones de fon-
do negro y una en ho-
landilla musga bien tra-

207
tados con su ongarina
forrada en seda de la
China”
Apéndice documental

- “un capote de camellón


doble negro y de raso
de China”
- “4 varas de cambray de
la China”
- “un birrete y sabanita
con sus encajes todo
de la China”
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
- “en un cofre con herra-
dura se hallaron: dos
polleras de China; la
una bien tratada y la
otra usada”
- “una pollera de raso
musgo de China”

1710 Capitán Diego Inventario


Santillán - “vestido de seda china
Córdoba de color” 100 p.
- “pollera de raso fino de
la China” 45 p.

208
1710-1711 María de Arrieta. Carta dotal 1712 Doncella Flores Testamento
Córdoba - “pollera de Pequín con Catalina. - “una escribanía de Ja-
Hija del Capitán guarnición de encaje de Buenos Aires carandá embutida en
Francisco Pizarro plata usada” 20 p. Hija legítima del marfil de la China” 20 p.
China en la América colonial

Dote total: 3.376 pesos capitán José Flores - “una colcha de seda de
la China” 16 p.
Capital total: 4.195 pesos

1710- Capitán Francisco de Patrimonio


1711 Tejeda y Guzmán. - “casaca de felpa uso
Córdoba aforrado en raso de la
China” 74 p.
- “chupa en raso de la
China guarnecida con
plata” 62 p.
- “calzones de raso de la
China” 16 p. Capital to-
tal: 12.202 pesos

1710- Teniente Julio Ferreira de Inventario


1711 Acevedo. Córdoba - “capote con vueltas de
tafetán negro de la Chi-
na” 10 p.
Capital total: 4.699 pesos

1710-1711 María Magdalena de Ca- Carta dotal 1712 Capitán Felipe Inventario
rranza. Córdoba. Hija del - “vestido de Pequín ne- Herrera. - “una sobrecama de la

209
Capitán gro, pollera y jubón con Buenos Aires China” 60 p.
Sebastián de Carranza botón de cerdas, aforrado esposo de Doña Isabel - “Un pabellón ítem” 60
el jubón en tafetán negro” Matías de Tapia p.
Apéndice documental

60 p. Capital total: 2000 pesos


Dote total: 2.502 pesos
1711 Maestre de Campo Fa- Sucesión
brique Álvarez de Toledo. - “ongarina negra de fon-
Córdoba do aforrada en Pequín
musgo con botones ne-
gros usada”
- “ongarina, chupa y dos
pares de calzones de
Pequín negro”
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
- “colcha de la China
verde con sus flores
amarillas, azul y blan-
co”
- “15 varas ½ de raso de
la China acanelado”
- “13 varas ½ de Pequín
musgo raso”
- “15 varas de Pequín ne-
gro”
- “11 varas ½ de gurbión
de la China”
- “5 varas de Pequín ne-

210
grisco”
- “15 varas ½ de musgo
chino”
- “16 varas de Pequín ne-
China en la América colonial

gro”
- “10 varas de saia saias
de China”
- “echuras de marfil de la
China”
1711 Francisco de Cornejo. Inventario
Córdoba, valle de - “camisa en raso de la
Ischilín China con encajes de
plata”
- “armador de raso de la
China labrado
1711-1712 Doncella María Rosa Carta dotal
de Pacheco. Hija del - “Dos cortes de cojines
capitán Antonio de felpilla de la China
Pacheco y Mendoza. con sus ocho borlas
Córdoba grandes de seda” 32 p.
- “colcha amarilla de la
China” 25 p.
Dote total: 3.370 pesos

211
1712 Miguel de Acosta. Inventario 1714 Cristóbal Rendón. Inventario
Córdoba - “6 varas ½ de raso liso Buenos Aires - “un par de calzones de
Apéndice documental

colorado de la China” raso de la China blan-


cos”
- “20 varas y tercias de
raso de la China teñido
en esta ciudad”
1713 Juan Solano Lafuente. Sucesión
Córdoba - “11 varas de raso de la
China” 24 p. 2 reales
- “24 de raso liso negro
teñido en Lima de Chi-
na” 78 p.
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
- “23 trazos 2/3 de seda
musgo de la China” 61
p.
- “73 varas y ¾ de tafe-
tán de la China amari-
llo”
- “2 guías pequines mus-
gos enteros”
- “guía de raso de la Chi-
na musgo entera”
- “14 varas de capichola
de la China” 36 p.
- “3 pares de medias de

212
mujer de la China”
- “ongarina de Pequín
ajustada aforrada en ra-
sillo de la China” 42 p.
China en la América colonial

Capital total: 9.042 pesos


Inventario
1713 José Cabrera de - “6 cortinas de raso de
Velasco. Córdoba China del coche”
- “un par de calzones chi-
nos acanelados”
- “ongarina de chino mus-
go almora con botón de
oro y hebillas forrado
con musgo de la China
bien tratada”
- “12 varas de gurbión
acanelado de la China”

1713-1714 Inés Terafán de Toledo. Testamento


Córdoba - “armador de raso de la
Esposa del capitán China a flores con afo-
Andrés de Burgos ros y botones de plata”
22 p
1714 Cornejo Moyano Gil y Sucesión

213
Antonia de Las Casas - “ongarina de escarlatilla
y Zevallos. Córdoba en rasos de flores de
la China con trencillas
de plata y botones a la
Apéndice documental

moda” 35 p.
- “una pollera de raso liso
de la China azul con en-
caje de oro” 72 p.

1715 Jacinta de Toledo y Moli- Carta dotal 1715 Sargento Mayor Inventario
na. Córdoba - “reboso de raso de la Manuel Fernández - “vestido de raso mus-
Esposa del capitán Anto- China ralladillo aforra- de Vellarde. go de la China con ca-
nio de Camino do en raso de la misma Buenos Aires saca y calzón” 20 p.
echura” 60 p. Dote total: Capital total: 10.829 p
2.151 pesos
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1715 Ángela Ferreira de la Carta dotal
Vega. Córdoba - “pollera de Pequín con
Esposa de Sebastián vueltas de encajes de
Goycochea oro” 20 p.

1715 Juan de Echenique y Inventario


María Rosa de Cabrera. - “armador de raso de la
Córdoba China aforrado en lien-
zo musgo con entretela
y botones de oro muy
usado” 6 p.
- “5 varas y ¾ de raso de
la China musgo” 14 p.

214
- “colcha de la China de
saplillo [sic]” 6 p.
Capital total: 67.156 pe-
sos
China en la América colonial

1715 Maestre de Campo Inventario 1716 Sargento mayor y Inventario


José de Cabrera y - “2 pares de calzones de jubilado del presidio Fran- - “vestido de felpa negro
Velasco. Córdoba China nuevo” 10 p. cisco de La calzón de tafetán doble
- “ongarina de Chino Fuente. Buenos con su chupa de pequín
musgo con botón de Aires todo usado y viejo”
oro grandes con forro
de China bien tratada”
40 p.
- “chupa de China con
brocato azul” 80 p.
- “ongarina de gurbión,
plateada, a la moda,
con forro musgo de
China botón de lo mis-
mo y dos pares de cal-
zones de dicho género
aforrados en olandilla”
60 p.
- “chupa naranja de bro-
cato con flores de plata
con mangas y forro de
China con botón de pla-
ta” 80 p.
- “ongarina de raso de la
China” 70 p.
- “docena de gurbión

215
acanelados de la Chi-
na” 30 p.
- “8 barras de dicho gur-
Apéndice documental

bión chino acanelado,


angosto”
- “par de calzones de
gurbión chino usado” 4
p.
Capital total: 33.888 pe-
sos
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1716 Bazán de Pedrás Gil Inventario 1716 Maestre de Campo Inventario
Chantre de las - “coche con todo su José de Azurduy. - “casaca de raso de la
Santa Iglesia Catedral de herraje con cortinas de La Plata China bien tratada”
Córdoba raso de la China” - “casaca de felpa musga
con ojales finos botona-
1716 Antonio Velazco Inventario
dura de hilo de oro afo-
Quijano. Córdoba - “2 colchas de la china
rrado en raso listado de
que le deja a su hija” 25
China usada”
cada una
- “casaca a la moda de pe-
- “capote de pelo de ca-
quín azul guarnecida”
mello envuelto en raso
- “casaca de paño de
liso de la China musgo
grana a la moda aforra-
manchado”
da en raso de la China

216
1716 Capitán Pedro Inventario bien tratada”
González Jaime. - “chupa de raso de la - “un par de calzones de
Córdoba China forrada en olan- pequín azul aforrados
dilla con 24 botones de en tafetán”
China en la América colonial

hilo de plata” 20 p. - “calzones de Pequín


1717 Capitán Diego Flores Inventario usados y rotos aforra-
de Estrada. Córdoba - “chupa de raso carmesí dos en coleta”
de la China encubierta
en raso amarillo de la
China usada”
- “pollera de gurbión de
la China con un fino de
oro bien tratada” 12 p.
- “pollera de raso de la
China usada” 4 p.
- “pollera y gurbión de ta-
fetán doble de la China”
15 p
1717-1718 María Cándida de la Sie- Carta dotal 1718 Don Antonio Balmori. Inventario
rra. Córdoba - “colcha de la China azul Buenos Aires - “un bastón de caña de
Hija del Capitán Juan con labores de seda la India” 2 p.
Antonio de la Sierra. amarilla su guarda nue-
va” 25 p.
Dote total: 2.611 pesos
1717-1718
María Ladrón de Carta dotal
Guevara. Córdoba - “reboso de la China fo-
Hija del Capitán Juan rro en tafetán de Grana-

217
Ladrón de Guevara da” 61p.
Dote total: 3.612 pesos

1717-1718 Josefa Savina Carta dotal 1719 Doña Rosa de Inventario


Apéndice documental

Villamonte. Córdoba - “sobrecama grande de Abendaño. - “una casaca anaranjada


Hija de Domingo la China bordada con Buenos Aires de la China, no se tasó
Villamonte y María hilo de oro y flecadura Esposa del capitán por decir doña Rosa ha-
Galingis aforrada en Lin Nácar” Gabriel Gutiérrez berla vendido”
280 p. de Paz
1718
Andrea de Vilches y Mon-
Carta dotal
toya. Córdoba. Hija del
- “vestido de raso de la
Capitán Miguel de Vilches
China a flores pollera
y Montoya
guarnecida con encaje
de oro y la casaca con
botón de oro” 80p.
Dote total: 6.317 pesos
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos

1718 Sebastián Goycochea. Inventario 1719 Don Tomás Leal Díaz Testamento
Córdoba - “armador de gurbión de Buenos Aires - “vestido de pequín
la China” musgo casaca y calzón
- “calzones de seda de la y chupa de tisú y plata
China” ya vieja” 30 p.
- “sobremesa olandilla de
la China en ocho reales”
1 p.
- “alfombra turquezca [sic]
bien tratada” 30 p.

1718 Micaela. Córdoba Inventario 1719 José Senaro. Buenos Testamento

218
“negra libre” - “pollera de raso de la Aires - “dos platos de losa de
China forrada con sar- Capitán esposo de Inés la China los dos en dos
guilla verde” 2p. Capital Esparsa y Ensina pesos”
total: 540 pesos
China en la América colonial

1718 Maestre de Campo Juan Inventario


José Campero y Herrera - “Santo Cristo de marfil
Marqués del Valle de Tojo. de China con indulgen-
Jujuy cias”
- “Caja de madera china
labrada con cantoneras
de cobres”
- “pepitas de la China
que llaman de San Ig-
nacio”
- “escribanía de estaño
hecha en China con sus
tinteros y salvadera”
- “un pedazo de raso chi-
no a flores con tres va-
ras”
- “otra caja de madera
china con cantoneras
de cobre con ropa de
vestir del difunto”
- “camisa de brocato
nácar de alta cuenta,
nueva, forrada en raso
chino a flores”

1719 Francisco Celis. Sucesión

219
Estancia Nuestra - “pollera de Pequín mus-
Señora de Guadalupe de go con tres guarnicio-
Córdoba nes de cinta bien trata-
Apéndice documental

da” 25 p. Capital total:


693 pesos

1721 José Machado. Río Seco Inventario 1720 Don Pedro Constanza Autos por fallecimiento
de Córdoba - “apretador de raso de la Buenos Aires - “cinco varas de brocati-
China nuevo, aforrado de llo rosado chino” 3 pe-
olandilla con sus botones sos la vara
de oro”, 14 p. - “cinco varas de tafetán
- “chupa de raso de la chino ordinario” de 4
China verde, aforrado reales c/u
de olandilla con botón
de plata”
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1721 Clemente de Soto. Sucesión
Córdoba - “casaca de Chino mus-
go con botones de pla-
ta usada”
- “escritorio de vara de
largo y media con sus
embutidos de marfil de
la China” 25 p.
1722 Eclesiástico Luis de Me- - “manto de Pequín negro 1723 Agustina Escanvieta. Testamento
dina Laso de la Vega. bien tratado” 16 p. Potosí-Buenos Aires - “dos tinajas, dos tasas
Córdoba - “manto de Pequín usa- Hija del Capitán Florián grandes, tres fuentes de
do” 6 p. De Escanvieta gapón, platos y pozue-

220
- “sotana de Pequín de los, tasas conserveras
manto negro aforrada” todo de China y vidrios
12 p. de Christal”, 400 p.
- “sotana de Pequín de Capital total: 16.000 pesos
tafetán doble” 12 p.
China en la América colonial

- “sotana de Pequín de
paño negro”
- “gabán de Pequín mus-
go con botones de oro”
35 p.
- “par de calzones de
raso de la China”
- “pares mangas de Pe-
quín”
Capital total: 1.721 pesos
1723 Maestre de Campo Fran- Inventario
cisco Marthí. - “ropa de levantar de
Córdoba damasco azul de la
China forrada en blan-
co de raso bien trata-
da” 25 p.
- “ropa de damasquillo
de la China maltratada”
8 p.
- “casaca de Pequín mus-
go rota” 2 p.
- “un docelcito [sic] de
raso de la China no se
tasó porque el señor
juez lo mandó llevar a
las monjas Theresas

221
para la hija del difun-
to”
Apéndice documental

1723-1724 María de Lafuente. Carta dotal


Córdoba - “tapapiés chino nácar
Esposa del capitán llanito usado” 24 p.
Clemente de Baigorri - “casaca de chino ná-
car” 12 p. Dote total:
2.799 pesos
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1720-1724 Manuela de Liendo Inventario 1726 Pedro Saavedra Inventario
- “vestido negro de da- Capitán - “tres camisas de algo-
masco de la China” dón de la China a dos
- “vestido de Pequín pesos cada una” 6 p.
negro y ongarina a la
moda, forrada la onga-
rina en tafetán con bo-
tón de seda de Cuzco
y el guardapolvo de la
pollera de coleta naran-
jada”
- “pollera de brocato
musgo en saia saia de la

222
China”
- “dos varas y cuarto de
tafetán doblete de la
China” 5 p.
China en la América colonial

- “una pollera de raso


a flores musgo de la
China ribeteada con
franja angosta usada”
26 p.
- “15 varas de tres cuar-
tas de fondo negro de la
China” 94 p.
Capital total: 16.585 pesos
1724 José Lobatón. Domingo Inventario de tienda
del Corral - “2 piezas de cintas de
Asia las dos averiadas”
- “21 ½ de angaripolas
de China”
- “21 ½ de muselinas de
China”
- “una docena de peines
de marfil de China”

1724 Juan Clemente de Bai- Inventario 1727 Capitán Pedro Inventario


gorri y Gabriela de Tejeda - “pollera de Pequín usada Gronardo - “Nueve docenas de bo-
Garay. Córdoba con su encaje” 14 p. Buenos Aires tones de la China a dos
reales la docena”
1724-1925 Paula Carnero Carta dotal
Carvallo. Córdoba - “pollera de damasco

223
Hija del capitán azul de la China con
Cristóbal Carnero tres vueltas de plata
del Cuzco con pesta-
Apéndice documental

ñuela de cinta color”


53 p.

1726 Miguel Moyano Sucesión 1729 Juana Barragán. Autos por fallecimiento
Cornejo. Córdoba - “ongarina de Pequín Buenos Aires - “abanico con varillas de
aforrada en listadillo de Hija del Capitán Pablo marfil todo de la China”
seda” Barragán
1726 Cura rector de la Sucesión
Iglesia Francisco - “una bolsa verde de da-
Vilchez y Montoya masco de la China”
Tejeda. Córdoba
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1726 Maestre de Campo Sucesión
Antonio de Arrascoeta. - “vestido pollera y casa-
Córdoba ca de meleque [sic] de
la China bien tratada
aforrado en saia saia
con su vuelta de enca-
jes de oro” 100 p.
- “7 varas de Pequín” 14
p.
Capital total: 9.076 pesos

1727 Capitán Bernardo Blanco Embargo de bienes 1730 El Duraznal Buenos Aires Comiso
Guerra. Salta - “4 libras de seda de la - “tres piezas de museli-

224
China de distintos colo- nas ordinaria de la Chi-
res” na” a 6 cada una, 18 p.
- “1 pieza de pequín ne- - “una chupa de paño
gro” musgo forrada en tafe-
China en la América colonial

- “2 chupas, una de raso tán de la China”, 8 p.


de la China y otra de
terciopelo de la China
con botones de plata
usada”
- “capote de carro de oro
con franja y vueltas de
la China”
- “2 pares de calzones de
raso de la China”
1727 Francisco Tejeda y Sucesión
Guzmán. Córdoba - “pollera y casaca de
raso de colores. La po-
llera de Pequín y la ca-
saca de dicho raso bien
tratada”
- “4 pares de medias de
seda de la China”

1731 María González. Inventario 1730 Doña María de Laris Sucesión


Córdoba - “una caja se halló una Viuda del maestre de - “coleta de brocato ver-
(viuda de Rodríguez Fran- chupita de raso de la campo y de quien fuera de de la China con en-
cisco) China aforada en lienzo gobernador de Buenos cajes” 30 p.
naranjada maltratada” 8 Aires Juan de Valdez - “4 jícaras de la China a
p. Inclan 1 peso” 4 p.
Total Capital: 5.658 pesos - “seis platos también de

225
la China” 6 p.
- “un biombo de la China
con 8 bastidores” 80 p.
Apéndice documental

- “tres cortinas de raso


chino y sus cenefas”
todo 9 p.
- “colgadura de raso
blanco de China” 50 p.
- “colcha azul de la Chi-
na” 60 p.
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1732 Doña Damiana de Aibar. Testamento 1730 Doña Isabel Ibarls. Bue- Sucesión
Valle de - “santo cristo de marfil nos Aires - “dos azafates de la Chi-
Catamarca, de un cuarto de alto de Mujer de Phelipe de As- na”
Mujer de Juan de la China” pillaga
Castro y del Hoyo - “cuatro varas y tres
cuartos de raso chino”
4 p.
- “vestido de pequín po-
llera con encaje de oro,
su casaca de lo mismo
botones de oro y sus
alamares” 42 p.

226
1733 Capitán Pedro Álvarez. Inventario 1731 Patricio Joseph Cuitiño Sucesión
Córdoba - “chupa de Cantón en Buenos Aires - “dos tacitas y dos pla-
tafetán carmesí con tillos de losa de China
plata” 35 p. para té” 4 reales
China en la América colonial

- “capote de carro de oro


blanco, sus vueltas de
fondo chino apolillado”
25 p.

1733 Gerónima de Saracho.Carta dotal


Córdoba - “vestido brocato nácar
Hija del Capitán José Hur- pollera y casaca que
tado de Saracho entraron 15 varas forra-
do en Pequín verde y la
pollera con
4 varas de plata de Mi-
lán de dos dedos de an-
cho y la casaca ojalada
con hilo de plata” 220p.
- “otro vestido de tela rica
de Sevilla forrado en
Pequín colorado la ca-
saca y su botón de oro”
385p.
Dote total: 1.962 pesos

1734 Mariana Arrascaeta. Cór- Carta dotal 1731 Francisco Pérez. Inventario
doba - “un pañuelo de género Buenos Aires - “una vara de raso de la
Hija del maestre de cam- Chino con su encaje de Ayudante de la China” 2 p.
po Antonio de Arrascaeta palmitos” 8p. Compañía de los

227
Dote total: 3.113 pesos inválidos

1734 Pedro de Cárdenas. Cór- Embargo de bienes 1731 Miguel de Jesús Embargo de bienes
Apéndice documental

doba -
“dos pañuelos de la Sastre - “cinco piezas empeza-
China” das y enteras de Chino
angosto”
- “pieza y 5 retazos de
pañuelos de seda de la
China”
- “otra pieza empezada
de lo mismo”
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1735 Juan Antonio Inventario 1733 Juan de Carreaga Inventario
Barandiaran. Córdoba - “dos bandejas de ma- Buenos Aires - “34 varas de damasco
deras betunadas a negro chino en tres reta-
modo de las Chinas” zos a catorce reales vara
importan 59 p.”
- “17 piezas de lienzo
chino con cinco pa-
ñuelos cada pieza que
hacen ochenta y tres
reales cada uno” 31 p.
- “92 varas de angaripola
chino a setenta reales”
80 p.

228
Capital total: 1446 pesos

1735 Martín de Arraiz. Remate de bienes 1734 Francisco Antonio Inventario


Córdoba - “casaca de paño de de Oreyro - “tres varas de tafetán
China en la América colonial

Castilla musgo forrada Buenos Aires de la China” 3 p.


en damasquillo chino Capital total: 1846 pesos
musgo nueva” 45 p.

1741 Capitán Sebastián Inventario 1739 María Balmaceda. Inventario


Maldonado. - “chupa de Pequín negro Buenos Aires - “una pila de agua ben-
Río Segundo vieja” 6 p. dita de un caracol de la
- “vestido que importó de India con una imagen de
Pequín en 14 p y otro de Nuestra Señora con su
segunda en 20 p.” hijo Santísimo en los bra-
zos […] a 8 pesos que
- “vestido de pollera y ca- se vende para pagar los
saca de China” 80 p. gastos del funeral”
Capital total: 7.499 p. - “una colcha de angaripola
de la China” a 6 p.
- “media docena de platos
de loza de China en 18
reales”
1745 Capitán Bernardo Blanco Inventario 1743 Don Diego de Sorarte. Petición de Bienes
Guerra. Salta - “bata de angaripola de Buenos Aires - “Una lámina de Chris-
la China forrada”, 10 p. Contador to crucificado de cinco
- “bata de raso de la Chi- cuartas de largo en ta-
na azul a flores anaran- bla con su marco negro
jada” 4 p. de madera y cortina de
- “cortina de damasco listadillo de la China”
carmesí de la China vie- 30 p.

229
ja y rota” - “Un lienzo de Nuestra
Valor de los bienes tota- Señora de la Concep-
les: 11.174 pesos ción de vara y media
Apéndice documental

de largo con su marco


dorado y cortina de
listadillo de China” 25
p.
- “una alfombra turquez-
ca [sic] con flecos de
seda” 25 p.
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1747 Doña Isabel Inventario 1744 José de Esquivel. Inventario
Maldonado. Córdoba - “crucifijo de marfil de la Buenos Aires - “una casaca de paño
Esposa del capitán Jose- China con sus platas, Natural de Córdoba musgo y chupa de raso
ph Fernández pequeño y usado” 3 p. de Tucumán blanco de la China todo
usado en 10 p.”
- “un bastón de caña
ordinario de la China”
2 p.
1748 Domingo Carranza. Cór- Patrimonio 1748 Francisco Criado y Factura
doba - “16 varas de angaripo- Escudero. Buenos Aires - “una pieza de pequín en
la fina de la China a 14 36 pesos”
reales la vara importan”

230
28 p.
- “sobrecama de angari-
pola de la China a flores
con forro de Coleta de
la India” 30 p.
China en la América colonial

1749 Capitán Pedro Inventario


Fernando de Garay. - “casaca negra de paño
Córdoba forrada en damasco
chino botonadura de
cerda, usada, bien tra-
tada” 40 p.
- “chupa de raso de China
forrada en coleta, bo-
tonadura de plata, bien
usada” 8 p.
- “pollera y casaca de 1749 Doña Josefa María Inventario
damasco negro chino Basurto. Buenos Aires - “un delantal de calama-
forrada la casaquilla en co de la China usado”
tafetán carmesí, ambas 12 reales
usadas” 38 p. Capital total: 1.178 pesos
- “cortinas de angaripo-
las de la China con su
sobrecama”
Capital total: 19.553 pe-
sos

1750 Maestre de Campo Inventario 1751 Pedro Bazán. Memoria de envío


Luis Fernández - “escribanía con embuti- De Buenos Aires al - “un bastón de caña de
Granado. Anisacate dos de marfil de la Chi- Paraguay la China” 6 p.
na” 40 p.

231
- “ongarina y calzones de
Pequín musgo viejo” 6
p.
Apéndice documental

1751 Don Francisco Pérez Remate 1751 Lorenzo de Soriaga. Memoria de difunto
de Saravia. Tucumán - “dos docenas de cami- Buenos Aires - “6 piezas y ¾ varas de
sas de lienzo de la Chi- pequín negro a 12 la
na con olanes [sic]” 32 pieza” 77 p.
p. la docena - “4 piezas de pequín
amarillo a 12 pesos”
48 p.
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1752 José Martínez. Sucesión 1756 Don Pedro Cueli. Inventario
Los Molinos Córdoba - “estuche de marfil de Buenos Aires - “dos docenas de plato
la China para guardar de loza de China” 15 p.
agujas” - “diecisiete tasitas de
- “pollera de damasco China para té” 8 p.
negro con su casaca de - “Nueve platillos para las
lo mismo forrada en pe- dichas tacitas”
quín” 30 p. - “Siete jícaras de Chi-
na para Chocolate” a 4
reales c/u
- “Una tetera de la China”
3 p.
- “Una vinajera de vidrio,

232
una tacita y un platillo
de losa de la China” 2
pesos todo
China en la América colonial

1752 José Martínez. Sucesión 1756 Don Pedro Cueli. Inventario


Los Molinos Córdoba - “estuche de marfil de Buenos Aires - “dos docenas de plato
la China para guardar de loza de China” 15 p.
agujas” - “diecisiete tasitas de
- “pollera de damasco China para té” 8 p.
negro con su casaca de - “Nueve platillos para las
lo mismo forrada en pe- dichas tacitas”
quín” 30 p. - “Siete jícaras de Chi-
na para Chocolate” a 4
1752 Francisco Melgarejo. Inventario
reales c/u
Córdoba - “45 birretes listados de
China”
-
“dos pañuelos de la - “Una tetera de la China”
China” 3 p.
- “Una vinajera de vidrio,
una tacita y un platillo
de losa de la China” dos
pesos todo

1752 Pedro Segura. Córdoba Sucesión 1759 Don Francisco Inventario


- “chupa de colonia bor- Esquivel. - “una jícara soldada de
dada con lana de colo- Buenos Aires la China” 1 real y medio
res de la China”
1757 Andrés Pereira. Inventario 1760 Don Carlos de Los Inventario
Córdoba - “pollera de damasco de Santos Balente. - “un vestido blanco bor-
la China negro vieja y Buenos Aires dado de China con oro”
maltratada” 6p.

233
Capital total: 4.777 pesos
1760 Maestre de Campo Inventario 1759- Fernando Escalada Inventario de tienda
Jerónimo Luis de - “un bastón de caña de 1763 Comerciante de - Una fuente de china
Apéndice documental

Echenique de Cabrera China, su puño y cas- Buenos Aires - 14 platillos de loza de


quillo de metal amarillo” China
4 p.
1770 Don Marcos Balente. Carta requisitoria
Costas del Litoral - “Doce pañuelos blan-
Vecino del Paraguay cos de China con pintu-
ras azules”
- “Cinco y media varas
de raso chino amarillo”
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1764 Deán de la Catedral Inventario para donación 1772 Don Luis Cachemolle. Inventario
de Córdoba Don Diego - “[Casulla] aforro de lis- Buenos Aires - “una caña de bastón de
Salguero de Cabrera tadillo de la China, usa- la India sin puño” 6 rea-
da” les
- “casulla con estola y - “una tasa de China con
manípulo de raso liso su tapa” 6 reales
de la China” - “otra de dicha losa ordi-
- “Cuatro platos de Chi- naria” 1 real
na y seis pequeños con Capital total: 372 pesos
sus jícaras y una tete-
ra grande de la China” 1774 Doña Lucía de Ferreira Inventario
todo en 14 p. Buenos Aires - “14 platillos finos de la
- “Dos soperos peque- China” 6 pesos

234
ños de China” 6 p.
- “par de tinteros con
sus salvaderas, el uno
de cristal y el otro de
China en la América colonial

la China con un nicos-


copio [sic] de ocho pe-
sos”
- “olla con su tapa de
China y tres tazas de
dicha”
1765 Manuel de Portillo. Inventario 1774 Mercader de Buenos Inventario
Córdoba - “14 pañuelos azules de Aires - “Once pañuelos a la
la China a 8 reales cada Don Manuel de chinesca pintados al
uno” Escalada Bustillo canto” 5 reales cada
- “5 pañuelos de hilo uno
blanco y morado de - “Noventa y ocho doce-
China a 6 reales cada nas de abanicos a la chi-
uno” nesca de antigua moda
- “22 docenas y 7 peines para niñas” a 10 reales
blancos de marfil de la la docena 122 p.
China” - “cuatro tacitas para
- “3 y media vara libra de café de losa de la Chi-
canela de la China” na”
Capital total: 9.763 pesos - “cajita con cuatro pla-
tos para dulce de losa
Inventario
de China”

235
- “un biombo de madera
- “tres tasas para caldo
1774 María Josepha Benítez y con figuras chinescas”
de la China”
Carranza. Córdoba 30 p.
- “tres cafeteras de la
Apéndice documental

Inventario China”
- “3 vasos de losa de - “tres floreros de la Chi-
1774 Joseph Maldonado. China” 4r. cada uno na”
Río Cuarto Capital total: 36.602 pe- - “siete platillos para dul-
sos ce de la China”
- “seis pocillos sin asas
con sus platillos de la
China”
- “dieciséis pocillos de la
China con asas”
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
- “treinta y nueve tacitas
para café de la China”
- “treinta y nueve platillos
de la China” todo a 15
p.
- “tres batas de China
para mujer” a 10 pesos
son 30 p.
- “cuatro docenas de pa-
ñoletas de vecillo a la
chinesca con ramitos”
siete y medio pesos la
docena 30 p.

236
- “doce docenas pañue-
los de seda dobles
pintados a la chines-
ca” 14 pesos la doce-
na 168 p.
China en la América colonial

- “dos colchas de raso


de China con flecos de
seda” 30 p.
Capital total: 101.357 pe-
sos
Virreinato del Río de la Plata

1777 José de Lenguina. Embargo de tienda 1777 Juan Manuel de Lavarden Inventario
Córdoba - “24 pañuelos de la Abogado de la Real Au- - “Cuatro fuentes de Chi-
China a 15 reales cada diencia de Buenos Aires. na. Una grande en 2 pe-
uno” 15p. Natural de La Plata sos y otra menor en 12
- “14 pañuelos azules de reales. Otra rosada en 4
algodón de China” reales” 5 p. toda
- “5 docenas y once pei- - “19 platos de China a 4
nes blancos de marfil reales c/u” 9, 14 p.
de la China” - “3 más”
- “una escupidera de la
1778 Petronita de Molina. Inventario
China” 6 reales
Los Cocos. Córdoba - “seis platillos de losa de
- “3 tazas de China para
China con dos jícaras”

237
caldo a 8 reales c/u” 2
6 p.
p. 4r.
Capital total: 16.659 pe-
- “17 jícaras de China. 12
sos
Apéndice documental

iguales con platillos” 14


1779 Bartolomé de Arteaga. Razón de bienes p.
Córdoba - “3 varas de raso de Chi- - “2 tazas grandes de
na” 3p. cada una China” 1p.
Capital total: 4.205 pesos
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1779 María Hurtado de Inventario 1780 Matías Grimau. Inventario
Mendoza. Córdoba - “los marcos de un Buenos Aires - “ 20 platillos de chi-
biombo de la China con na diferentes a 3 reales
algunos lienzos” 60 p. c/u” 7p. 4r.
- “12 tacitas de loza fina
de china para dulce a 2
r. c/u” 3p.
- “12 platos de loza de
china blanca con ramos
dorados a 5 r. c/u” 7p. 4r.
- “2 fuentes medianas de
loza de china a 12 reales”
- “12 platos de china or-

238
dinarios a 3 reales c/u”
- “12 platos de loza fina de
la china a 8 reales c/u”
- “1 taza de loza fina de
China en la América colonial

China a 1 p. 4r.”
- “2 fuentes medianas de
loza de China”
178 (¿?) Don Bernave Denis y Petición de bienes
Arce. Buenos Aires - “Cinco platillos de Chi-
na y dos frasquitos” 1p.
4r.
1780 Narciso Bengolea. Inventario 1780 Pedro Rodríguez Arévalo. Inventario
Río Cuarto - “un par de medias en- Buenos Aires - “un bastón de caña de
carnadas a la chinesca” la India con abrazade-
4 p. ras de plata” 6 pesos.
Capital total: 36.950 pe-
sos
1784 Sargento mayor Nicolás Inventario 1782 Don Matías Pacheco Inventario
Ascoeta. Córdoba - “47 varas de cintas a la Buenos Aires - “un San Bartolomé chi-
chinesca” 2 r. la vara quito de marfil de la Chi-
- “dos abanicos de marfil na en dos reales”
de la China”
Capital total: 23. 879 pe-
sos

1785 Juan Manuel Gervasio Inventario

239
Martiarena - “26 piezas de loza de
Marqués de Tojo. Jujuy China entre chicos y
más medianos que
unas y otras tasaron en
Apéndice documental

3 reales y montan 4 pe-


sos y dos reales”
1786 Doña Teodora Luján. Inventario 1782 José Antonio Diaz Inventario
Sierras de Córdoba - “pollera de tafetán do- Pimienta. - “abanico de concha
ble azul con sus tres Buenos Aires nácar nuevo estilo chi-
vueltas de cintas de nesco”
plata falsa a la chinesca - “bastón de caña corta
bastante usada” 16 p. con puño de plata de la
china usado” 2 p.
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1786 Mercader Pedro Campal. Inventario 1782 Don Mario Salinas Inventario
Córdoba - “10 pañuelos de China Asunción del Paraguay - “20 docenas de pañue-
a 12 reales cada uno” los azules chinescos
15p. con flores de buena ca-
- “tres varas y ¾ de Co- lidad y tamaño a 6 pe-
leta de la India tres rea- sos la docena”
les” 1p. 5 r. - “10 docenas de mismos
- “1 pieza de dicha Cole- pañuelos pero colora-
ta” 20p. dos a flores a 6 pesos la
- “6 piezas de angaripola docena”
de la China a 20 pesos - “otros cuatro finos pa-
la pieza” 120p. ñuelos a la chinesca
de color de marma [sic]

240
mayor a 13 pesos la do-
cena”
1788 José del Busto. Córdoba Inventario 1783 Don Vicente Quinzy Inventario
- “20 piezas de cintas Buenos Aires - “plato de losa China” a
China en la América colonial

chinescas con plata y un real y medio


sin ella” 6 p. cada una - “azucarera de losa de
son 120 p. Inglaterra con su tapa”
- “5 piezas ½ de dichas 3 reales
más angostas” a 4 p. - “dos jarras de losa de
son 20 p. la China a 1 real cada
- “6 piezas chinescas con una”
plata y sin ella” 36 p. - “cinco platillos de losa
- “134 ½ varas de cintas de la China a 1 real
de raso a la chinesca” cada uno”
1790 Regidor José de Allende. Inventario - “seis pocillos de losa de
Córdoba - “escribanía toda pinta- la China todo en 2 rea-
da en su betún carmesí les”
y sus pinturas sobresal- - “tacita de losa de China
tados a la China” a 1 real”
- “14 varas ½ melama a - “cafetera de losa de
la Chinesca” China quebrada sin va-
- “docena de medias lor”
blancas de la China” - “Tres tapaderas de losa
de China sin aplicación”
- “Tres platos de peltre a
6 reales”
1791 José Ignacio Amenábar. Razón de cuenta 1790 Don Casimiro de Aguirre Inventario
Córdoba - “1 pieza y 24 varas ¾ de Alférez Real. - “bastón de caña de
cintas Chinescas” 7p. Buenos Aires China con su casquillo

241
de plata” 6 p.
- “9 platos de losa de
China a 1 real” 1p. 1r.
Apéndice documental

- “6 tacitas de losa de
China a 1 real” 6 reales
Capital total: 266.760 pe-
sos
1791 Rosa Carranza. Córdoba Inventario 1790 Don Juan Antonio Lerdo. Inventario
- “biombo a la Chinesca Buenos Aires - “Cuatro docenas de go-
cuyo lienzo tiene me- rros dobles de seda a
diano uso” la Chinesca fábrica de
Navarro a 17 pesos 4
reales la docena” 70 p.
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
1794 José Albornoz. Córdoba Inventario 1791 Don Eugenio Lerdo de Inventario
- “3 polleras de angaripo- Tejada “Losa de China”
las usadas de la China” Alcalde de Buenos Aires - “docena de platos, fon-
do blanco con azul, y
1791- Berísimo Araujo. Subasta de tienda
ramitos encarnados a
1794 Córdoba - “10 ceñidores dobles
uno y medio real” 2p 2r
de China de colores”,
- “once platillos para dul-
20 r.
ce con ramitos dorados
- “18 ceñidores sencillos
a seis reales la docena”
de colores de la China”,
- “diez Tacitas par dulce a
8 r.
siete reales la docena”
- “10 gorros de seda do-
- “doce platillos con ra-
ble a la chinesca a 8
mitos y azul siete r. la
reales cada uno”

242
docena”
- “5 pañuelos de seda
- “once platillos con rami-
china de a 8 reales cada
tos dorados y otros co-
uno”
lores siete r. la docena”
- “once Tacitas con rami-
China en la América colonial

tos dorados a siete rea-


les la docena” 6 reales
- “seis platillos con rami-
tos de colores a siete
reales la docena” 3 pe-
sos
- “cinco Tacitas con rami-
tos a siete r. la docena”
3 reales
- “16 platillos de colores
a siete reales la doce-
na” 1, ¼ p
- “14 tacitas a siete rea-
les la docena” 1p.
- “24 platillos blancos
con azul y dorado a sie-
te reales la docena” 1, 6
reales
- “21 platillos blancos
con azul y dorado a sie-
te reales la docena” 1p.
4 reales
- “12 platillos a 7 reales”
- “11 platillos” 6 reales
más once platillos más

243
a 6 reales
- “seis platillos oscuros a
3 reales”
Apéndice documental

- “tres floreritos a dos y


medio reales” 7 reales
- “dos jarros medianos
a 2 pesos cada uno” 4
pesos
- “una teterita” 1peso
- “dos tazas grandes en
catorce r.” 1p. 6 reales
- “dos tazas con sus pla-
tillos de colores en siete
reales”
Año Nombre y lugar Documento. Año Nombre y lugar Documento.
Artículos Artículos
- “dos tazas grandes que
tienen dentro cuatro ta-
zas cada uno a tres pe-
sos” son 6 pesos
- “otro con una taza aden-
tro” 3 pesos
- “una fuente grande” 2
pesos
- “tres tazas grandes de
losa” a seis r. son 2 p 2
reales
- “seis tazas ordinarias y
chicas a real cada una” 6

244
reales
1795 Francisco Javier Sucesión 1792 Don Alonso Díaz. Inventario
Carranza. San Pedro, - “5 pocillos de losa de Las Vívoras - “cinco y media varas de
Córdoba China nuevas”, 3 r. c/ cintas a la Chinescas” a
China en la América colonial

u=1p. 7 r. 5 reales y medio


- “de su viuda una pollera
1793 Doña Josefa Ignacia nventario
negra de musulmana de
García. - “una colcha de la Chi-
guarda”
Buenos Aires na” 12 p.
1793 Don Juan de Echenique Inventario
Buenos Aires - “docena de pocillos or-
dinarios de la China” 2
p. con 4 r.
- “dos medianos de ídem”
- “una casaca y chupín
de pequín azul” 20 p.
- “un uniforme [sic] de
pequín” 10 p.
- “seis cortinas de Felipe
chino apolillado con 24
varas” a 10 r c/u. 30 p.
1795 Magdalena Pimienta Inventario
Buenos Aires - “una fuentecilla, dos pla-
tos y una ponchera raya-
da de losa de China”

Gobernación de Tucumán: ahpc, (1692), Año de tomo 1709, Escribanía 1, legajo 221, exp. 7, f. 33; (1702), 202, 9, f. 11; (1702), 1703, 206,
8, f. 10; (1702), 205, 1, f. 4; (1703), 206, 6, fs. 13-14; (1704), 1708, 219, 3, fs. 3-35; (1704-05), Protocolo, Registro 1, inventario 98, s/n
de fs.; (1704-05), 1, 98, s/n de fs.; (1704-05), 1, 98, fs. 233-234; (1704-05), 1, 98, s/n de fs.; (1705), Escribanía 1, legajo 209, exp. 4, fs.

245
56-58; (1705), 210, 3, f. 1; (1706), Protocolo, Registro 1, inventario 99, f. 67v., (1707), 100, f. 106; (1707), Escribanía 1, legajo 215, exp. 1,
fs. 5-6; (1708), 218, 4, f. 3; (1708), 1710, 226, 2, f. 286; (1708), 1709, 220, 5, f. 32; (1709), 1732, 268, 1, f. 65; (1707-09), 1709, 222, 2, fs.
1-2; (1710), 223, 1, f. 100; (1710), 225, 4, fs. 5-11; (1710-11), Protocolo, Registro 1, Inventario 103, f. 83; (1710-11), 1, 103, f. 98; (1710-
11), 1, 103, f. 152; (1710-11), 1, 103, f. 72; (1710), Escribanía 1, legajo 226, exp. 1, f. 100; (1711), Escribanía 2, 13, 1, fs. 40-43; (1711),
Apéndice documental

Escribanía 1, 227, 3, fs. 3-4; (1711-12), Protocolo, Registro 1, inventario 104, fs. 38-42; (1712), Escribanía 1, legajo 229, exp. 2, f. 6r.;
(1713), 231, 7, fs. 8-14; (1713), 232, 2, fs. 9-10; (1713-14), Ramo Protocolo, Registro 1, inventario 105, f. 73; (1714), 1, 105, f. 306; (1715),
Protocolo, Registro 1, inventario 107, año 1715-16, f. 28v.; (1715), 1, 107, 1715-16, f. 401; (1715), Escribanía 1, año de tomo 1730, legajo
264, exp. 3, fs. 188-230; (1716), 238, 1, f. 4; (1716), 238, 3, fs. 7-9; (1716), 238, 8, f. 15v.; (1717), 239, 4, s/n de f.; (1717-1718), Proto-
colo, Registro 1, inventario 108, f. 92; (1717-18), 108, f. 26; (1717-18), año 1723-26, 111, f. 227; (1718), 1717-18, 109, f. 196-97; (1718),
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6, f. 8; (1726), 1734, 276, 2, f. 42v.; (1726), 1737, 280, 2, f. 7: (1727), 1724, 251, 3, fs. 131-133; (1727), 258, 2, s/n de f.; (1731), 267, 3, f.
4; (1732) agn, Ramo Sucesiones 3859, leg. 7, f. 22; (1733), ahpc, Escribanía 1, legajo 272, exp. 1, f. 24 v.; (1733), Protocolo, Registro 1,
inventario 119, f. 23; (1734), 120, f. 235; (1734), Escribanía 1, legajo 275, exp. 2, f. 31 v.; (1735), 1740, 288, 8, f. 16; (1735), 1737, 282, 4,
f. 5; (1743), Protocolo, Registro 1, inventario 126, f. 69; (1745), Escribanía 1, año 1761, legajo 343, exp. 1, fs. 10-12; (1747), 1748, 302,
3, f. 2; (1748), Protocolo, Registro 1, inventario 131, f. 278; (1749), Escribanía 1, legajo 307, exp. 1, fs. 2-3; (1750), 310, 15, f. 12; (1751),
1756, 324, 1, f. 48; (1752), 315, 8, fs. 267-292; (1752), 512, 2, f. 25; (1752), 512, 4, f. 25; (1757), 1758, 334, 1, f. 5; (1760), 1762, 346, 1, f.
171; (1764), amc, Actas Capitulares, rollo 16, tomo xxxii, fs. 100-106; Año (1765), 1769, Ramo Escribanía 1, legajo 365, 4, fs. 4-5; (1774),
380, 8, f. 30; (1774), 379, 2, f. 44; (1777), 387, 1, fs. 3 y 10; (1778), 1784-85, 402, 7, f. 270; (1779), 391, 5, s/ de fs.; (1779), 1796, 426, 8,
f. 4; (1780), 1789, 408, 5, f. 89; (1784), 1784-85, 402, 6, fs. 20 y 31; (1785), Solá Miguel Angel, “La Hacienda de San Francisco de Xavi,
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10; (1790), 411, 6, fs. 6-8r.; (1791), 413, 8, s/n de fs.; (1791), 415, 5, f. 18; (1794), 424, 2, f. 3; (1791-4), 1793, 418, 11, f. 304 y 1794, 423,
2, fs. 10-135; (1795), 1798-99, 428, 10, f. 10v.

Buenos Aires: agn, Año 1668, Ramo Sucesiones, legajo 5671, exp. 18, f. 3v; 1690, 5671, 12, f. 151; 1695, 7700, s/n de exp., fs. 22-25;
1696, 7700, exp. 31, f. 19v; 1697, 7369, exp. 1, f. 12; 1700, 3909, s/n de exp., f. 87v.; 1700, 4309, s/n de exp., fs. 87-89; 1702, 4299, s/n
de exp., f. 29v; 1702, 7700, s/n de exp., f. 1v; 1703, 6369, s/n de exp., f. 21v.; 1704, 3857, s/n de exp., fs. 14v-17; 1704, 5868, exp. 11,
f. 15; 1707, 4300, s/n de exp., f. 3v-10; 1708, 7701, s/n de exp., fs. 17-18; 1709, 6246, exp. 3, fs. 40-42; 1712, 5868, f. 2; (1714), ahpc,
Escribanía 1, legajo 234, exp. 15, f. 4 y Protocolo, Registro 1, inventario 106, f. 306; 1715, 5868, s/n de exp., f. 18; (1716), ahpc, Escribanía

246
1, 1723, 248, 1, f. 6; 1716, 5868, s/n de exp., f. 18v.; 1718, 4300, exp. 23, fs. 2-8; 1719, 6263, s/n de exp., f. 28; 1719, 5558, s/n de exp.,
fs. 100-102; 1719, 8409, s/n de exp., f. 351; 1720, 5335, s/n de exp., f. 38v.; 1723, 5671, s/n de exp., f. 5r; 1726, 8409, s/n de exp., f.
37v; 1727, 6250, s/n de exp., f. 56v; 1729, 4301, exp. 1, f. 4; 1730, Contrabando y comisos, exp. 5, f. 2; 1730, Sucesiones, 6720, s/n de
exp., f. 87; 1730, 6369, s/n de exp., f. 7v.; 1731, 5336, exp. 6, f. 20; 1731, 7701, s/n de exp., f. 52v.; 1731, 6367, s/n de exp., f. 2; 1733,
5336, f. 13; 1734, 7369, s/n de exp., f. 4; 1739, 4301, s/n de exp., fs. 16-18; 1739, 8121, s/n de exp., fs. 150r-v; 1743, 8410, s/n de exp.,
China en la América colonial

fs. 4-38; 1744, 5671, s/n de exp., f. 44; 1748, 5346, s/n de exp., f. 1v; 1749, 4302, exp. 5, f. 15v.; 1751, 4302, s/n de exp., f. 36v.; 1751,
8410, exp. 19, fs. 9-10; 1756, Bienes de Difuntos, 15-04-07, exp. 4, fs. 8v-52; 1759, Sucesiones, 5672, s/n de exp., f. 20; 1760, 4303, s/n
de exp., f. 9; 1759-63, ahnm, Consejos, 20379, exp. 1, f. 54r.; 1770, agn, Sucesiones, 4309, exp. 7, fs. 3-4; 1772, 5339, s/n de exp., s/n
de fs.; 1774, 5563, s/n de exp., f. 104; 1774, 5673, s/n de exp., fs. 13-234; 1777, 6725, s/n de exp., f. 32; 1780, Porro, Aspectos, vol 1.,
pp. 32-33; 178(¿?), 5560, exp. 3, f. 175; 1780, 3866, s/n de exp., f. 4; 1782, 5561, s/n de exp., f. 8r.; 1782, 5561, s/n de exp., f. 48; 1782,
7773, 1, f. 84; 1783, 7773, 3, f. 102; 1790, 3866, exp. 10, fs. 38-57; 1790, 6727, s/n de exp., f. 67v.; 1791, 6727, s/n de exp., fs. 4-8; 1792,
5561, s/n de exp., f. 38; 1793, 5562, exp. 4, f. 95; 1793, 5674, s/n de exp. fs. 81-82; 1795, 7707, s/n de exp., f. 16.
Glosario de términos para el apéndice documental N° 3

Almirez: mortero para moler o machacar las especies.


Angaripola: lienzo ordinario de varios colores utilizado generalmente por mu-
jeres pobres.
Apretador: sábana de lienzo grueso con que se recogían y apretaban los colcho-
nes y sobre el cual se ponían las sábanas más delgadas.
Armador: jubón. Vestidura que cubría desde los hombros hasta la cintura, ce-
ñida y ajustada al cuerpo.
Azafate: canastillo, bandeja o fuente con borde de poca altura, tejidos de mim-
bres o hechos de pajas, oro, plata, latón, loza u otros materiales.
Bayeta, léase “vaieta”: manta de algodón o de lana floja poco tupida.
Birrete: gorro armado en forma prismática y coronado por una borla, usado
usualmente por los eclesiásticos.
Brocato: tela entretejida con oro o plata.
Calamaco: tela de lana delgada y angosta que tiene un torcidillo como jerga y
se parece al droguete.
Calzones: prenda de vestir del hombre en forma de pantalón, con pernera
usualmente corto que cubre desde la cintura hasta la altura de los muslos.
Camellón: pelo de camello.
Camisa: prenda de vestir particularmente de hombre con cuello, mangas y abo-
tonada por delante que cubre el torso.
Capichola: tejido de seda que forma cordoncillo o manera de burato.
Capote: capa de abrigo hecha con tela doble, con mangas y con menor vuelo que
una capa común.
Cenefa, léase “zenefa”: lista sobrepuesta o tejida en los bordes de las cortinas,
doseles, pañuelos de la misma tela y a veces de otra distinta.
Ceñidor: faja, cinta, correa o cordel con que se ciñe el cuerpo por la cintura.
Chupa: 1. vestidura ajustada al cuerpo, larga hasta cerca de las rodillas y con
mangas ajustadas.
Cordellate: tejido basto de lana.
Damasco: tela fuerte de seda o lana.
Estameña: tejido de lana sencillo y ordinario.

247
China en la América colonial

Felpa: tejidos de seda que tienen pelo.


Gorgorán: tela de seda con cordoncillo, común, listado o realzado.
Gurbión: tela de seda de torcidillo o cordoncillo.
Holandilla, léase “olandilla”: lienzo teñido y prensado para forros de vestidos.
Hongarina, léase “ongarina”: abrigo de paño burdo. Gabán rústico.
Jerga: tela gruesa y tosca de seda.
Jícara: Vasija pequeña, generalmente de loza, que solía emplearse para tomar
chocolate.
Muselina: tela de algodón, seda o lana fina y poco tupida.
Pabellón: colgadura plegadiza que cobija y adorna una cama, un trono o un
altar.
Pequín: tela de seda, parecida a la sarga, generalmente pintada de varios colo-
res traída de la China.
Ponchera: recipiente en el que se prepara el ponche.
Raso: tela de seda lustrosa (de más cuerpo que el tafetán y menos que el ter-
ciopelo).
Saya saya, léase “saia saia”: tela, manto. Especie de túnica. Saya. Nombre co-
múnmente referido a la falda.
Sotana: vestidura de los eclesiásticos.
Vestido: nombre que se daba a un conjunto de prendas como camisa, saya y
jubón.

Fuente: Diccionario de autoridades españolas, Madrid, Real Academia Española, Imprenta


Nacional, diferentes versiones del siglo xviii. Página web: http://ntlle.rae.es

248
Archivos

Siglas
agi Archivo General de Indias, Sevilla, España
ahn Archivo Histórico Nacional de Madrid
bnf Biblioteca Nacional de Francia
bprm Biblioteca del Palacio Real de Madrid
agnm Archivo General de la Nación de México
ahcm-cm Archivo Histórico de El Colegio de México Colección Muro
anl Archivo Nacional de Lima
ahpc Archivo Histórico de la Provincia de Córdoba (Argentina)
amc Archivo Municipal de Córdoba (Argentina)
aac Archivo del Arzobispado de Córdoba (Argentina)
agn Archivo General de la Nación (Buenos Aires, Argentina)

249
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Esta obra se terminó de imprimir el 12 de diciembre de 2014,
en los talleres de Impresora y Encuadernadora Progreso,
S. A. de C. V. (iepsa), San Lorenzo Tezonco 244, Paraje San
Juan, Delegación Iztapalapa, 09830, México, D. F.

Tiraje de 500 ejemplares.

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