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JORGE ICAZA

Cuentos
Cachorros...........................................................................................................................3
Sed...................................................................................................................................15
Éxodo...............................................................................................................................28
Desorientación.................................................................................................................49
Interpretación...................................................................................................................61
Barranca Grande..............................................................................................................68
Mama Pacha....................................................................................................................79
CACHORROS
La india Nati, sentada al umbral de la puerta de la choza de su huasipungo 1 —cual
hijuelo en color y en forma que le hubiera salido a la rústica vivienda—, con el guagua 2
en la falda prendido a la teta, miraba y remiraba hacia el vértigo de la ladera y hacia los
confines del valle surcado por la cicatriz de un largo camino. Ese día no fue al trabajo
tras de su marido —taita José Callahuazo— como tenía por costumbre. Amaneció
enferma, y, además, era el último mes de su segundo embarazo.
La inquietud de la espera, la ternura maternal para dormir al cachorro, la indefinida
angustia de su habitual abandono, la cólera y el rubor de víctima por viejos atropellos de
los patrones, y todo lo que en la intimidad de la mujer bullía en forma indefinida y
viscosa, se dejaba arrullar por el murmullo del follaje de un pequeño bosque que se
extendía más allá del barranco. Del pequeño bosque de eucaliptos —avenidas de
pértigas invitando a soñar hacia lo alto y hacia lo largo, árboles quijotes a pie y lanza al
ciclo, espejismo de una raza que sueña y se le en-tierra— por donde apareció taita José
—figura de agobiada cabeza, de anchas espaldas que se escurren por las cuatro esquinas
del poncho, de piernas cortas, prietas, mal abrigadas por un viejo calzón de liencillo.
Al sonar en la desollada inconsciencia del pequeño los pasos de su padre —gigante
poderoso, malo, que vivía en su torno—, desapareció como por encanto la teta bajo la
pringosa camisa de la madre —su teta, única cosa grata y feliz en ese momento de la
vida—, y él —pequeño, indefenso— tuvo que llorar en tono de maldición y desafío.
¿Contra quién? ¿Contra qué? El llanto transformó entonces el cansancio de taita José en
desesperación silenciosa, reprimida, rumiante, después de arrojar las herramientas que
trajo del campo en un rincón y acurrucarse en el suelo. Y lo oscuro en la piel, y lo
bilioso en las pupilas, y lo alelado en el gesto del runa se tornaron más impenetrables.
¿Su hijo? ¡Oh! Cachetes rojos, pelo castaño de los patrones de la casa de la hacienda.
¿Por qué el guagua —su guagua— salió así? ¿Sabía? ¿No sabía? «Carajuuu!»,
exclamaba la sangre del runa confundido —grito y estigma humillantes a la vez de
miles de caras —tostadas al sol de los valles y de los páramos y del látigo del latifundio
— al topar con aquella verdad. Con aquella verdad que había que envolverla en dudas,
en preguntas, en silencios. Por decir algo, el indio ordenó a la mujer:
—Candelita prenderás, pes.
—Arí, taiticu —respondió Nati dejando en el jergón al crío, el cual volvió a chillar
con mayor resentimiento mientras ella encendía el fogón y ponía la olla de barro sobre
la lumbre. Al final el llanto se ahogó en el humo. En el humo que había tapizado de
hollín las paredes y el techo de paja y palos. Al quedarse dormido el rapaz, soñó:
«Tendido de bruces a la orilla del maíz puesto a secar en el patio del huasipungo, siente,
ve y palpa la teta de mama Nati llenándole la boca, toda la boca. Sí, es la teta, su teta
¡Mamiticaaa! Solos, felices... El, al devorar; ella, al dejarse devorar. Sabrosa, tibia,
mama Nati. La teta llena. Llenitaaa. Sabrositaaa... De pronto, sobre ellos, la cara hosca,
prieta, del hombre que vive en su torno, como una maldición junto a ellos. Siempre...
Los ojos encendidos, los labios voraces, los pelos empapados en sudor y pegados a la
frente. Acercándose, acercándose... ¡Oh! A quitarle su dulce, su único placer. Su mama
Nati... Y ella habla con el hombre feroz, con el hombre imposible, con el hombre que se
halla siempre en lo alto, y se acerca a él, y llora con él, y se abraza a él, y trabaja con él,
1
huasipungo: (quich. Huasi: casa; pungu: sitio) Pequeña superficie de terreno que el dueño de hacienda
da al indio trabajador donde planta su choza.
2
guagua: hijo, toda criatura.
y ríe con él, y duerme con él y se va con él... Conspiran; le abandonan, le dejan solo...
Solideo... Ha desaparecido su teta llena, color a barro cocido... Su mama Nati...
¡Soliticooo!»
***
La mañana se había despertado acatarrada y se arropaba bajo un cielo gris que
evocaba la carpa de los circos. Los indios y las indias —de la ladera, del valle, de la
montaña y del barranco—, tiritando de frío, vacío el estómago, llegaban a esas horas a
su trabajo —en las sementeras del alto, en los desmontes del bajío , en la limpia de las
quebradas, en el arreglo de la cerca, de los desagües de los pantanos—. Para buena
suerte, la imaginación en los hombres les abrigaba con grandes copas de aguardiente o
con pilche3 rebosando de guarapo4, en las mujeres, en cambio, les consolaba con la
esperanza de la lumbre del fogón a la noche.
Taita5 José Callahuazo y mama Nati —dos números en la tropa de peones que abren
una zanja interminable en el lodo—, agobiados por la barra que hunde él y por la pala
que usa ella, también pensaban en sus cosas. Taita José, a cada «carajuuu» de coraje que
sembraba en la tierra con su herramienta, aladeaba y desechaba por absurdos —como
quien escoge maíz podrido— sus proyectos para solicitar un adelanto a los patrones por
el parto de su mujer. «Ya mismitu caraju suelta el guagua. Esticu 6 sí, pes... Míu mismu...
Ojalá, pes... Comu quiera me he de separar unus rialitus para tomar un buen puritu.
Veinte sucres. ¿Dará veinte sucres al pobre runa? ¡Qué ha de dar, pes! Una copita
siquiera... El sábadu ha de gritar taita mayordomo desde el corredur de la casa de la
hacienda: «¡Taita José Callahuazo! Sólu un sucre en la semana. Sólu cincuenta cen-
tavitos. Faltas al trabaju, pes. Descontandu por fiesta a Mama Virgen, pes. Deudas de
taita vieju también!» Uuu... Perú yu he de decir, pes: «Taitiquitu, boniticu, pur vida
suya, pes. Un adelanticu para la guarmí7 que quiere parir numás...» «¡Caraju! ¿Nu dará
duru comu otras veces? Pur atrevidu, pur runa brutu, mañosu. Jodidu está hablar. Jodidu
está pedir. Yu soliticu. ¿Cómu, pes?», se decía una y otra vez el marido de la india
embarazada.
Por curiosa coincidencia todos los peones apuntaban con su imaginación al mismo
blanco —los pagos de la tarde del sábado en el corredor de la casa de la hacienda—.
Tomás Chiluisa, el cual nunca recibía nada por haber perdido dos reses cuando fue
cuentayo8 —a más de los descuentos generales: una vez en la vida prioste 9 y la deuda de
sus mayores como herencia—, había llegado al consuelo nebuloso y amargo de las
maldiciones. Y Manuel Cahueñas, el cual no entendía que en la ley del embudo, si a
diez se le quitan cinco no queda nada. Y Antonio Hachi que faltaba desde varios meses
atrás al reparto de los centavos, pensando sin duda en que el teniente político, el señor
cura o el patrón obstaculizarían su dulce amaño 10. Y Juan Toapanta, y Luis Perugachi, y
Ricardo Caiza, y todos...
También las mujeres —algo les daban por su ayuda— pensaban conmover con
lágrimas y con ruegos el corazón del «amo, patrón, su mercé» en los pagos de la
semana. Así mama Nati, quien para su entender tenía desquitado mucho más de los
3
pilche: calabaza utilizada como recipiente.
4
guarapo: bebida muy fermentada y fuerte de jugo de caña de azúcar.
5
taita: padre. Protector.
6
esticu: diminutivo de éste.
7
guarmi: hembra. Hábil en los quehaceres domésticos.
8
cuentayo: el que cuida el ganado
9
prioste: el que preside una fiesta religiosa costeando los gastos.
10
amaño: vivir maritalmente antes de la unión «civilizada».
cincuenta sucres que le hicieron cargo —objetos perdidos o rotos en el servicio
obligatorio y gratuito que como india más joven seleccionada aquel año tuvo que
cumplir en la cocina y en la alcoba del amo— cuando le casaron con taita José,
proyectaba mentalmente —con rubor respetuoso y resentido a la vez— hablar al patrón,
decirle... Imposible decirle lo que pensaba en presencia de los suyos, lo que le daba
vueltas en la cabeza: «Taiticu. Dé, pes al guagua. Una ayudita. Algu, pes... Uuu...
Igualiticu a su mercé. Cachete coloradu, pelitu también, ojitus también... Y ahura
preñada del natural, pes. ¿Dónde está lu que ofreciú, lu que diju, lu que hizu pensar a
una pobre?»
—¡Nati! Deja al guagua en el suelu. Hay que bajar a la quebrada —ordenó el
marido volviéndose hacia la india.
Con humilde diligencia —capaz de borrar toda sospecha— ella obedeció al indio.
Acomodó al crío junto a unas matas. Algo le dijo para que no se quede llorando. Y
siguió al runa viejo —resbalando unas veces, agarrándose con las uñas otras— ladera
abajo.
Como de costumbre, el pequeño chilló con llanto lastimero, y agotado, ronco, no
pudo dormirse. Se hallaba sin faja, libres los brazos y las piernas. Podía arrastrarse,
gatear. Fatigosamente llegó al filo del barranco. Allá, muy lejos —para él un abismo
imposible—, alcanzó a distinguir a mama Nati —apetito amoroso en los labios, en el
paladar, en la lengua—, a taita José —ansia de temor y de asco en el pecho—, y creció
su llanto en tono de profundo resentimiento. ¿Por qué le abandonaba ella? ¿Por qué se
iba siempre con él? ¿Por qué le dejaban solo? ¡Ambos! Con su primera cólera instintiva
adelantó las manos para seguir... Rodaron ladera abajo pequeñas piedras y terrones.
Alguien gritó entonces:
—¡Ave María! ¡El guaguaaa! ¡El guagua va a rodar comu zambu, pes! ¡Agárrenle,
taiticus!
Manos poderosas levantaron al cachorro del suelo para luego entregarle a su madre.
Una vez en la espalda querida, entre hipos de anhelante queja, el rapaz miró de reojo a
taita José —cara hosca, gesto de venganza insatisfecha, de desesperación sin palabras,
todo trunco, todo agobiado sobre la dura y gris tarea—, y, con aterciopelada sensación
de triunfo en la piel se quedó dormido, dulcemente narcotizado por ese olor a sudadero
de muía que despedía su mama Nati en el trabajo.
***
Aquella mañana mama Nati, tirada sobre el jergón, se revolcaba dando gritos. Algo
le atormentaba en la barriga. Algo que para el cachorro de los cachetes colorados y del
pelo castaño no era normal. Desde un rincón, sin atreverse a llorar —quizás él era el
culpable, él, taita José, a pesar de no estar en la choza—, el pequeño —los ojos muy
abiertos, helada la sangre, inmóvil la cólera, en silencio como para desaparecer—
observaba... Felizmente a medio día apareció en el tugurio de los Callahuazo una india,
la curandera —mandíbulas que saboreaban incansablemente una vejez sin dientes,
cabellera revuelta, ojos diminutos de mirar alelado, manos flacas de sucio pergamino—.
Encendió la candela en el fogón y puso la olla grande de barro con agua a hervir, la
vieja. Entre tanto, el primogénito, agorado por el susto y por la sorpresa, ovillado sobre
las pajas y las hierbas húmedas de los cuyes 11 se había quedado dormido. Al despertar el
pequeño, la vieja curandera algo murmuró a mama Nati, la cual permanecía tendida en
el jergón —sin gritos, sin dolores—. Cuando la anciana se despidió hizo una broma,
para él incomprensible, al rapaz de los cachetes colorados y del pelo castaño. Ella dijo:
—Vuy donde taiticu. Que venga a conocer al guagua tiernu, pes.
11
cuyes: conejillos de Indias.
«¿Guagua tiernu? ¿Qué guagua, pes?», se interrogó inconscientemente el pequeño
aludido moviendo nerviosamente la cabeza.
—Guagüiticu. Vení nu mas... Verás lu que tengu aquí... Aquicitu 12 —invitó
cínicamente mama Nati. Sin vacilar el cachorro de los cachetes colorados y del pelo
castaño se arrastró hasta el jergón. Ella levantó entonces los ponchos viejos y enseñó a
su hijo mayor el espectáculo de un ser viscoso, repugnante. Un ser que... ¡Oh! Al
impulso de extraño furor el primogénito quiso lanzarse contra el intruso, pero ella,
¡ella!, mama Nati, le detuvo con una mueca de reproche y de ternura a la vez. Minutos
más tarde, la india, sacó una de sus tetas y dio de mamar al repugnante ser recién
llegado. «¡Nooo!», protestó alguien instintivamente en la sangre y en los nervios del
muchacho de los cachetes colorados y del pelo castaño. Alguien que no era él. Alguien
que no era taita José. ¡Se mamaba lo suyo! ¡Lo suyo! Y ella consentía...
Como al celoso muchacho le era imposible interrogar —¿De dónde cayó? ¿Quién le
trajo? ¿Por qué le robaba su teta color de tierra cocida, su mama Nati?—, abrió la boca
y lanzó un alarido de mutiladas interrogaciones.
—Gritandu comu diablu, nu... ¿Pur qué, pes? Guagua de Taita Diositu. ¡Longu
brutu, animal! ¡Nañitu, pes! —advirtió con enojo maternal la india.
—Uuu... Uuu...
—Nañitu pes, brutu.
Con todo el coraje apretado en la barriga, en el pecho, en la garganta, el cachorro
celoso comprendió que debía disimular. ¡Disimular! Con taita José era diferente —
mandaba en la choza, estuvo desde siempre, su poder era inmenso, su figura...—. El
intruso en cambio: débil, feo, cerdoso, moreno... Ella le defendía. ¡Oh! Para salvar
aquella angustia que todo lo transformaba en el secreto turbio de las entrañas, el rapaz
corrió a ocultarse tras del montón de la leña y de las boñigas secas.
***
A medida que pasaban las semanas y los meses, crecían los celos y los
resentimientos profundos —actitudes taimadas, fantasía de crueldades, ganas de huir—
del cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño.
Aquella mañana mama Nati, cargada del guagua menor a las espaldas y tirando de
la mano al mayor —el cual, por ese entonces andaba perfectamente—, se dirigía al
trabajo del bosque. Al cruzar un arroyo, el muchacho que iba a pie pidió a la madre le dé
agua. Ella se quitó el sombrero —sucio recipiente de lana, olor a sebo y agrios sudores
—, le llenó en la corriente que lamía sus pies y le entregó al hijo, recomendándole:
—La sobrita darásle al guagua. Comu está cargadu pes nu puedu yu mismu. Breve,
longuitu. Taita José ha de estar esperandu.
Y se sentó en una piedra de la orilla del riachuelo para que el rapaz cumpla su
orden. Pero una broma que hábilmente disimulaba el rencor del primogénito —
rebelábase ante la idea de servir al hermano^ lo cambió todo. Inspirado echó la sobra
del agua al suelo y corrió chaquiñán13 arriba con el sombrero de la mujer en la mano.
—Ahura verás, longu bandidu, mañosu. Ahura verás lu que te hagu. Ahura te
aplastu comu a cuy. Ahura he de avisar a taideu —chilló derrotada mama Nati en pos
del pequeño.
Fatigada llegó la madre al claro del monte boscoso donde trabajaba el marido por
ese entonces. Pero... No pudo o no quiso acusar al travieso muchacho, el cual, taimado y
mirando con recelo, se había quedado tras de un tronco. Como de costumbre, la india
acomodó a sus hijos a la sombra —para ella más segura y fresca— del follaje de un
12
aquicitu: diminutivo de aquí.
13
chaquiñán: sendero en zigzag que trepa por los cerros.
chaparral14. Y, antes de alejarse en ayuda de taita José, con voz de amenaza y súplica a
la vez, ordenó al mayor de los rapaces: —Cuidarás al chiquitu. Verás bien, longu
mañosu. Donde le pase algu al guagua te he-mus de matar nu más. Si tiene hambre
darásle nu más la mazamorra que traje. Aquí deju. Vus también comerás...
A pesar de las recomendaciones y del temor, el cachorro de los cachetes colorados y
del pelo castaño nunca pudo permanecer sentado mucho tiempo. Se arrastraba por la
hojarasca como lagartija, jugaba con el lodo de cualquier zanja o vertiente próximas,
atrapaba diminutos insectos entre la hierba para arrancarles las alas y la cabeza, se
tendía cara al sol, deslizábase hasta muy cerca de los leñadores, y, oculto en cualquier
refugio, observaba cómo los árboles caían entre quejas y truenos al golpe del hacha,
cansado y hambriento devoraba la comida y entretenía el llanto del pequeño dándole a
mamar la cuchara de palo —negra por el uso— ligeramente embarrada en mazamorra.
Aquella ocasión, a la tarde, el viento se puso bravo, el cielo se tornó gris, desde los
cerros llegaron —con intervalo de segundos— los gritos cavernosos de los rayos y el
resplandor de los relámpagos. «Si cae el aguaceru meterás al guagua en cualquier huecú
hasta venir nosotrus, pes», recordó el cachorro de los cachetes colorados y el pelo
castaño con la voz de la madre al oído. Y diligente arrastró al hermano —fajado como
una momia diminuta— hacia una especie de cobertizo de ramas viejas y follaje seco.
Por desgracia no se desató la lluvia y en cambio crecieron los rumores roncos y
supersticiosos que arrastraba el huracán y las amenazas salvajes que rodaban desde el
cielo. Un extraño temor se apoderó entonces del muchacho —ellos, mama Nati y taita
José no llegarían pronto—. Se sintió solo, con soledad de angustiosos y resentidos
contornos. Se sintió cruel, con toda la crueldad para defenderse, para sobrevivir. El
hermano dormía con placidez e indiferencia que desesperaban. Pudo soportar, diez,
quince minutos aquella situación. Pero... ¡Imposible! Sin ningún escrúpulo, con ansia
morbosa por oír el chillido del niño tierno —torcida urgencia de amparo y compañía—,
le pellizcó en los párpados, una, dos veces.
—¡Ah!
—Bandidu. Mañosu.
—¡Ah!
Como reacción momentánea, los gritos, en vez de tranquilizar al verdugo, le
inquietaron obligándole a servir apresuradamente a la víctima unas cuantas cucharadas
de mazamorra fría. Calló la criatura, y, a pesar del cerco del refugio —envuelto por las
insistentes y dramáticas voces de la naturaleza—, el cachorro de los cachetes colorados
y del pelo castaño volvió a experimentar ese pavor angustioso de soledad, de abandono,
de injusticia, que había destapado su rencor, sus celos. Alguien... ¡No! No era sólo
alguien. Todos le robaban con solapado egoísmo el cariño de su mama Nati, la tibieza
de su teta color de barro cocido, el amparo... Ciego de diabólico y amargo coraje —al
parecer inmotivado—, el primogénito ejercitó de nuevo su crueldad en los ojos del
hermano. Le pellizcó en los párpados. Una, dos, tres... Diez veces... El viento y los
truenos ahogaban el llanto. ¡El llanto! Echó sobre las lágrimas tierra seca. Tierra que
debía penetrar...
—¡Aaah!
—Ji-Ji-Ji...
—¡Aaah!
Luego, cuando calmó la tormenta del viento y de los rayos, cuando el crepúsculo
anunciaba la vuelta de taita José y de mama Nati, el pequeño verdugo limpió con
gozoso cuidado las huellas de su venganza.

14
chaparral: sitio cubierto de arbustos y matas.
—¡Ave María, taiticu! ¿Qué pasú, pes? ¿Qué...? ¿Qué animal picaría en lus ojus del
guagua? ¿Nu viste? —interrogó la madre al mayor de sus cachorros al notar algo raro
—hinchada la cara, angustioso el llanto— en su hijo tierno. Y con nerviosa diligencia
sacó uno de sus senos y le hundió en la boca del rapaz inconsolable.
—Nu, mama...
—Caraju... Estu... Estu... —comentó taita José rascándose de mala manera la
cabeza. No dijo más. El cansancio y la indolencia eclipsaban a veces en él todas sus
pasiones.
—Nu, mama. Nu... —insistió el cachorro de los cachetes colorados y del pelo
castaño. Sus palabras, en realidad no respondían a lo que la madre interrogaba. Eran
más bien la protesta, el grito del alma celosa y resentida.
—Pur estar jugandu. Longu pícaru, bandidu.
—Nu, mama. Nu. Uuuy...
—Y vus primeru hechu el guagua ñagüi15, nu... ¿Pur qué, pes? Y vus primeru
soltandu el mocu y las lágrimas. ¿Pur qué, pes?
Llena de angustia mama Nati al comprobar que los ojos del menor de sus hijos —
tres días cerrados por la hinchazón y por el llanto— supuraban con abundancia, buscó a
la curandera.
—Ave María. ¿Cómu, pes? taitiquitu... Cun mal está el guagua. Cogidu del cuichi16
parece. Palpablitu. Del cuichi del mal de oju. Claritu, pes —opinó con voz y con gesto
de bruja la experta mujer mientras examinaba al diminuto enfermo en el suelo.
—¿Del cuichi? ¿Y ahura qué será pes de hacer mama bonitica, shunguitica 17? —
interrogó con voz empapada en temores supersticiosos la madre del pequeño.
«Ha sido el cuichi. Yu nu, pes. ¿Yu? Mentirosu. El cuichi. El cuichi mismu», se dijo
mentalmente el mayor de los hijos de mama Nati que observaba desde un rincón de la
choza la escena de las mujeres y del hermano. Y a fuerza de oír y repetir aquel nombre
—causa y genio maligno de la misteriosa gravedad del pequeño intruso—, desterró a la
hermética región del aparente olvido íntimo —como quien borra una huella— sus
pequeños remordimientos sobre el caso.
—Ha de ser buenu.
—¿Qué, pes?
—Estar segura —murmuró la india que examinaba.
—¿Cómu, bonitica?
—Frotandu al guagua, pes.
—¿Cun cuy negru?
—Sólu para dolur de barriga, para dolur de shungo , para dolur de rabadisha 18, para
dolur de espalda, es esu buenu. Para estu ca, hay que reventar sapitu en candela. Sapitu
tiernu.
Del interior de una bolsa mugrienta de cáñamo, con la cual llegó a la choza, la
curandera extrajo en silencio, trapos, yuyos secos casi en polvo y una diminuta rana.
Luego, mientras murmuraba extrañas oraciones en quichua, frotó con el animalillo
varias veces los párpados hinchados del enfermo que chillaba sin consuelo- De
inmediato se acercó hasta el fogón —fuego de leña de chaparro y de boñiga seca—,
quitó la olla donde hervía la mazamorra cuotidiana, y, después de hacer una serie de
gestos y movimientos cabalísticos, echó sorpresivamente el sapo en la lumbre. Con leve
queja de músculos que se contraen, se estiran y se achicharran reventó el batracio
15
ñagüi: tierno.
16
cuichi: genio del mal.
17
shungo: corazón.
18
rabadisha: cadera.
saturando el ambiente de un olor a carne asada. Rápida la vieja metió las narices en el
humo que despedían las candelas. Y como si despertase o volviera de un éxtasis,
confirmó su diagnóstico.
—El cuichi. Agarrado del cuichi. Claritu se huele, pes.
—El cuichi —repitió la madre.
«El cuichi», se dijo el cachorro de los cachetes colorados y del pelo castaño con
burla casi inconsciente.
—Ahura hay que esperar que pase la luna tierna, pes.
—Arí19, bonitica.
—Hay que conseguir también hojitas de shantén de monte, flur de mora machacada
y hierba de pozu que crece en cueva. De toditicu hay que hacer cocimientu para poner
empapandu pañus calientes en ojus. Dus, tres veces al día.
—Comu nu, mamitica.
—Manu de Taita Dius es.
—¿Y cuántu será de pagar, bonitica?
—Dus cuicitus nu más.
—Negrus ha de querer.
—Ojalá, pes.
A gatas mama Nati se metió por los rincones de su vivienda. Su habilidad y decisión
equivocaron una y otra vez en el color de los roedores que sorprendía.
—Cuuuy... Cuuuy... Cuuuy... —chillaban los animales enloquecidos huyendo de un
lado a otro. Pero cuando llegó taita José la cacería fue más fácil y la curandera se
marchó satisfecha.
Mientras maduraba la luna, mama Nati, con cierto misterioso sentido adivino
procuró no abandonar un sólo instante al enfermo —por fuerte que era el trabajo le
llevaba cargado a la espalda, en la choza le daba el seno, le arrullaba sin cesar y por las
noches dormía a su lado—. Sí. Saturada de nebuloso y de amargo temor creía haber
sorprendido más de una vez en las pupilas de su hijo mayor una especie de rabioso
encono, de taimada venganza. ¿Para ella? No. ¿Para taita José o para el hermano tierno?
Quizás...
Aquella ternura y cuidados maternales mejoraron a medias los ojos del pequeño,
pero no tardaron muchos días en agravar los celos —viscoso ardor en la sangre,
fermento de odio, impulso subconsciente de venganza— del cachorro de los cachetes
colorados y el pelo castaño, el cual al observar y oír —desde cualquier rincón de la
choza o del campo— las amorosas y tiernas escenas de mama Nati con el crío de piel
oscura, de labios gruesos, de idiota actitud, rumiaba insultos y proyectos de trágicos
perfiles: «Manavali20 es, pes. Runaaa21. Yu... Taita cura sonríe cuandu me ve. Patrún
grande también. Longas3 de huasipungo me agarran nu más donde quiera. Yu... Que nu
suy percudidu dicen. Que nu suy runa, pes. El... Uuu... Atatay, guagua longu 22.
¡Longuuuu! Perú he de pisar nu más comu a gusanu, comu a moscu de monte. He de
sacar los ojus, la lengua. Cierticu... El cuichi... Mi cuichi que nadie sabe cómu mismu...
Mi cuichi que... Ji... Ji... Ji...» Otras veces, hueca la cabeza, apretadas de angustia las
entrañas, con la visión maldita del hermano prendido en la teta de mama Nati —su teta
color de barro cocido, su mama Nati—, el cachorro de los cachetes colorados y del pelo
castaño gritaba inopinadamente o se tiraba al suelo llorando por algo que nadie sabía lo
que era, quizás ni él mismo —vago sentimiento de abandono y soledad, coraje
19
arí: sí. Afirmación.
20
manavali: ver vocabulario del final.
21
runa: indio.
22
longas: indias o cholas jóvenes.
insatisfecho por no poder entretenerse con el intruso pellizcándole los párpados,
echándole tierra en los ojos y en la boca, metiéndole palos de punta aguda en los huecos
de la nariz, de las orejas, de...
—¿Qué será, pes? Parece enfermu. Parece cun diablu mismu —opinaba la madre
sin poder intuir claramente la causa de los emperros cuotidianos del muchacho.
—Caraju. En una de estas le aplastu comu a cuy con el acial 23 —amenazaba taita
José.
***
Las cosechas de aquel año se caracterizaron en su mayor parte por lo duro, violento
e inquieto del trabajo de la peonada —lucha con inesperados fenómenos de la
naturaleza—. Por los huasipungos, por las aldeas y por el caserío de la hacienda grande
del valle se comentaba en tono y pena de velorio sobre el absurdo de los vientos y del
granizo que azotaban las tierras altas de la cordillera.
—¿Ahura qué haremus, pes?
—Mayordomus han de saber.
—Patrón ha de saber.
—De arrancar adelantadu sería.
—¿Adelantadu?
—El maicitu.
—La cebadita.
—El trigu del campu altu.
—Hechu una lástima toditicu en la ladera.
—En la ladera.
—Arí, taiticus.
—Arí, bonituras.
Ante semejante amenaza rubricada por pinceladas sospechosas de nubes como
motas de lana en el cielo de medio día, el patrón y los mayordomos resolvieron
adelantar las cosechas. Presurosa acudió la gente a los sembrados maduros —los
huasipungueros con toda la familia, por obligación; los campesinos pobres de los
añejos, en busca de trabajo y de chugchi24—. Volvieron a transitar por los senderos las
carretas desvencijadas y chirriantes hacia las trojes25 del amo. La codicia de latifundistas
y de acaparadores volvió a perderse y enredarse en cálculos millonarios, en utilidades y
en precios. Volvió la indiada a sudar copiosamente de seis a seis. Por desgracia —la
urgencia decapitó los únicos minutos de alegría y de recuerdos— no volvieron las
danzas y los cantos con los cuales los campesinos solían mitigar en parte la fatiga de la
dura tarea y bendecir devotamente el milagro fecundo de la tierra en aquella ocasión.
Hubo chicha26 aguardiente, picantes —tostado de manteca, chochos, treintayuno27, ají—,
pero faltó tiempo para saborear a gusto. El acial de los mayordomos —flagelo temible a
las espaldas de la indiada—, cruel, celoso y altanero, luchó en afán de adelantarse a los
truenos de la tormenta:
—¡Apuren, carajo!
—¡Longos vagos!
—¡Indias carishinas28!
23
acial: instrumento utilizado para hacer que las bestias estén quietas.
24
chugchi: recolección del fruto olvidado después de las cosechas en las sementeras de los latifundios.
25
troje: espacio limitado por tabiques, para guardar frutas o cereales.
26
chicha: bebida fermentada de maíz.
27
treintayuno: potaje de intestinos de res y ají.
28
carishina: cari en quichua quiere decir hombre. Mujer como hombre, de pocos escrúpulos sexuales.
—¿Respirando a gusto, no?
—¿Hechos los cansados, no?
—¿Desdoblándose como bisagras viejas, no?
—¡Apuren antes de que llegue el granizo!
—¡El granizo que acabará con las espigas!
—¡Apuren antes de que lleguen las aguas!
—¡Las aguas que humedecerán hasta podrir las cosechas!
—¡Apuren antes de que llegue el viento!
—¡El viento que se llevará todo!
—¡Apuren, carajo!
—¡Longos vagos!
—¡Indias carishinas!
—¡Apúrense, carajooo!
A taita José, a mama Nati —siempre cargada del pequeño a la espalda— y
lógicamente al cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño, les tocó en la
sementera grande —al indio al corte con un centenar de runas agobiados y sudorosos; a
la india hacer y deshacer las parvas29, llevarla de un lado a otro; al guagua mayor el
cuidado del cucayo30 al filo del barranco que limitaba el campo de la cosecha.
Los tres primeros días, a pesar de la urgencia por ganar tiempo —maldiciones del
patrón, gritos de los mayordomos, carreras de longos y de longas de toda edad y
tamaño, marcha bamboleante de viejas carretas, improvisado almacenar de cuanto
llegaba al caserío de la hacienda en los galpones, en el establo, en el cobertizo del
horno, en el corredor de la casa—, a pesar de esa locura por adelantar a la tormenta,
todo salió más o menos bien. Pero al cuarto día —más de las dos terceras partes
recogidas bajo techo—, un viento helado y juguetón se enredó con murmullo de sables
de lata entre las cañas de maíz que aún quedaban en pie, se acostó en el oleaje de los
dorados reflejos de los trigales y de los cebadales, se filtró con agudos lamentos y
roncas voces en el follaje de los árboles del bosque y de los chaparros de las quebradas
y de las cercas. Ante aquel aviso de la caprichosa naturaleza la gente buscó en el cielo,
en el horizonte de los cerros, en el olor del aire, una esperanza, una tregua. Cada cual
comentó a su modo:
—Ahura sí, pes. Ñus jodimus.
—Vientu de aguas.
—Vientu de granizu.
—Claritu se ve comu cortina de algodún en el monte de la rinconada.
—Ya vienen las aguas, pes.
—Ya viene el granizu, pes.
—Ya mismitu.
—¡Apúrense, carajooo!
—Apurandu mismu estamus, pes.
—Taita mayordumu, patroncitu.
La absurda porfía para no dejarse atrapar por la tormenta —codicia en peligro,
poder fraguado en el sacrificio ajeno— enloqueció de coraje, de exigencias y de
crueldades al amo y a los mayordomos, quienes, como verdugos a caballo o a muía,
corrían de un lado a otro, surgían por todos los rincones donde alguien fallaba en su
tarea, donde alguien respiraba a gusto, flagelaban por la espalda —con o sin motivo—,
daban gritos histéricos, maldecían al cielo por arrastrar color de ceniza prieta y por
bramar con truenos incesantes.
29
parvas: granos tendidos en la era para trillarla, o después de trillada, antes de separar el grano.
30
cucayo: comestibles que se lleva en los viajes.
—¡Apúrense, carajooo!
—¡Apúrense!
En medio de aquella caótica urgencia al parecer heroica —al recordar grotesca—, el
taimado rencor del cachorro de los cachetes colorados y del pelo castaño no cesaba de
acechar diminuto pulso de odio y de celos, perdido en aquella especie de batalla entre la
amenaza del viento, de la lluvia, del granizo, y el pavor de la indiada impotente en su
esfuerzo por mantener el orgullo del latifundista y el sádico esbirrismo 31 de los
mayordomos—. No cesaba de acechar a mama Nati —siempre cargando al hijo menor
—, con la esperanza de que en algún momento le entregaría al hermano para jugar con
él. «Un raricu nu más, mama... Mamitica... El longuito gateandu, pes... Yu caminando
nu más... Nu he de echar tierra en lus ojus... Nu, mama... ¿Por qué nu, pes? Aaah. El
huaira32 fue... Cierticu... Ñu... ¿Nu me...? Mala mama... Un raticu nu más quieru, pes...
Acasu... Uuu... Guagua renegridu... Hiju... Adefesio... Para jugar es... Jugar bonitu,
pes...», pensó el pequeño cuidador del cucayo en diálogo trunco con la madre que se
movía a cien metros de distancia poco más o menos. Con la madre que inopinadamente
cayó al suelo bajo un gran bulto de espigas cortadas. «¡Bien hechitu! Pur mala. Pur estar
cargadota del guagua renegridu. Un raticu nu más que me den. Para jugar quieru...
Mamaaa...» A los pocos minutos volvió a caer la india, sin duda se hallaba muy débil
por el trabajo. En ese mismo instante acudió en ayuda de ella el acial de uno de los
mayordomos:
—¡Carajo! ¿Qué ha de poder, pes? ¡Cargadota del guagua!
—Taiticu.
—¡Échale en el chaparro al longo!
—Así haremus, pes.
—¡Pronto!
La mujer dejó la carga que le agobiaba y corrió mecánicamente hacia el filo del
barranco donde se hallaba su otro hijo. El mayordomo fue tras ella. Al depositar en el
suelo al pequeño, recomendó una y otra vez —leve murmurar escurriéndose de
contrabando frente al hombre que le perseguía a caballo— al cachorro de los cachetes
colorados y del pelo castaño:
—Verás bien al guagüitu.
—Arí, mama.
—¡Carajo! ¡Pronto! —chilló el mayordomo, furioso sin duda por lo que él creía
inútil y taimada tardanza de la india.
Mama Nati, con impulso y resolución de quien se desprende de algo querido, se
encaminó diligente de nuevo al trabajo, pero segundos antes de llegar a las parvas se
dejó convencer por un temor angustioso, por una sospecha rara —indefinida, profunda
—. Quiso e intentó —sentimiento maternal que trataba de amparar a los cachorros
tendiéndoles una sonrisa, unas palabras de esperanza— correr hacia donde estaban
ellos. Ellos podían herirse... ¿Por qué? Ella era indispensable... ¿Para qué? Llegar a
tiempo de... ¿De qué? ¡Oh! Alcanzó a dar cinco, diez pasos. El largo acial del
mayordomo —abrazo doloroso, vértigo de una corriente que le arrastraba sin reclamo—
detuvo a la mujer obligándola a reintegrarse a su destino.
—¡A trabajar, carajo! ¡A trabajar!
—Taiticu.
—India vaga, mal amansada. ¿Corriendo como carishina en estos apuros, no?
—Taiticu.
—¡A trabajar, carajo!
31
esbirrismo: actitud de esbirro: secuaz a sueldo o movido por interés.
32
huaira: viento.
***
Con satánica felicidad —apariencia melosa y tierna— el cachorro de los cachetes
colorados y del pelo castaño miró a su víctima tendida en el suelo, a su víctima que
movía las piernas y los brazos con la torpeza de un escarabajo echado de espaldas. Era
la hora... Le había llegado la oportunidad que buscaba... No obstante. ¿Qué podía hacer
para poder librarse de esa piltrafa33 sucia, inútil, intrusa, asquerosa? ¡Qué! Darle la
mazamorra hasta que reviente, meterle la cuchara de palo en la garganta, romperle la
olla en la cabeza, abrirle la barriga...
—Toma, pes. Mama mismu diju. Una cuchara. Una cuchara de mazamorra. Toma
nu más.
Aquella invitación del cachorro de los cachetes colorados y del pelo castaño
estimuló el apetito del menor, el cual, con toda el hambre de cinco horas de ayuno y
dejando su nido de pringosas bayetas34, se arrastró por la hojarasca tras del alimento que
se le ofrecía.
—Toma —insistió el muchacho que llevaba la cuchara llena de viscosa y
amarillenta sopa, retrocediendo a medida que el otro avanzaba. La burla, entre risas,
ofertas, amenazas y carantoñas, se tornó cruel, estúpida, angustiosa. Ante lo imposible
—sin entender lo que pasaba—, el pequeño que iba a gatas se detuvo y con sonrisa que
parecía chapotear en súplica de dolorosos rasgos miró al hermano una y otra vez.
—Toma.
—Uuu...
—Toma longuitu.
—Uuu...
Saturado de íntimas protestas que no podía formularlas, llorando a ratos en amenaza
de no seguir el juego, el pequeño rapaz —ciego impulso instintivo— continuó
arrastrándose de mala manera. Arrastrándose hacia el filo del barranco donde el viento
—más próxima la tormenta— silbaba con ronquera cavernosa y el resplandor de los
relámpagos deprimían con eficacia de acial de mayordomo. «Taitiquitu... Rodandu
quebrada morir longu, pes. Rodando...», pensó el cachorro de los cachetes colorados y
del pelo castaño con sincero temor de que la torpe e inexperta criatura se... Pero de
pronto —ansia que estalla ante una perspectiva, odio que se libera—, desde lo más
profundo del egoísmo infantil, en tono de diabólico consejo, con atrevida luz de
venganza en los poros, cambió la sana inquietud por taimado coraje. «Ahura, pes. Comu
taita patrún cun el natural. Cun lus naturales, pes. Comu amu mayordomu. Yu patrón.
Yu su mercé. Yu mayordomu. El guagua runa es, pes. Uuu. Ahura, caraju. Robandu mi
teta nu... Robandu mi mama Nati, nu... Bandidu, mañosu35...»
Febrilmente —precisión de deseos olvidados, automatismo ingenuo, irreflexivo—
el cachorro de los cachetes colorados y del pelo castaño llenó la cuchara de palo con
mazamorra, le metió luego muy cerca de las narices de la víctima —olfatear de perro
hambriento, y, con fuerza diabólica le lanzó hacia el barranco mientras invitaba:
—Corre... Corre longuitu a coger, pes. Rica la comidita. Corre nu más.
Ante la vacilación llorosa y resentida del pequeño, el muchacho que dirigía el
juego, pensó: «Si nu quiere obedecer he de empujar comu piedra para abaju... Comu
palu vieju... Así mismu». Pero no fue necesario llegar a tal recurso. La víctima —
renovados bríos inconscientes, furiosos— se arrastró hasta el filo mismo del abismo en
donde cedió el terreno misteriosamente y desapareció el muchacho sin una queja, sin un

33
piltrafa: carne flaca que solo tiene pellejo.
34
bayeta: tela de lana.
35
mañosu: maloso: que usa malas artes.
grito. Leves golpes rodaron por el declive del muro de la enorme herida de la tierra.
Chilló entonces el cachorro de los cachetes colorados y del pelo castaño con llanto de
morbosa alegría que esquivaba hábilmente toda responsabilidad ante los demás. Por
desgracia, sus lágrimas de cocodrilo y sus gritos —mezcla paradójica de remordimiento,
de temor, de angustia y de placer a la vez— fueron arrebatados por la tormenta que
había envuelto a la tierra en furia de huracán y de granizo.
Cuando llegaron mama Nati, Taita José y los peones de la cosecha interrumpida —
indios e indias— en busca de refugio, el cachorro de los cachetes colorados y del pelo
castaño —tras una trinchera de ramas y de espinos cual rata asustada—, entre mocos,
llanto y medias palabras dio a entender lo que había sucedido con su hermano —
enternecedor cinismo criminal.
—¡Nuuu!
—Arí, taita.
—¡Nuuu!
—Arí, mama. Gateandu estaba, pes.
—¿Y nu viste cómu te dije?
—Arí, mama.
—¿Comu te recomendé?
—Arí, mama.
—¿Comu te supliqué pur Taita Diositu?
—Arí, mama.
—¿Pur qué?
—Acasu pude agarrarle. Casi caigu rodandu yu también, pes. Mama. Mamitica.
—Ahura verás, bandidu. Ahura te aplastu comu a cuy. Ahura... —amenazó al
muchacho taita José mientras se preparaba diligente y nervioso, con algunos indios
comedidos que lamentaban por la desgracia, para descender a la quebrada en busca del
cadáver del pequeño.
Abatida por duro cansancio y amarga desesperación —abundantes y silenciosas
lágrimas en los ojos, chirles36 y en sopor afiebrado los músculos de todo el cuerpo—,
mama Nati se sentó en el suelo, bajo la lluvia que le chorreaba por los negros y
desordenados cabellos, por la cara, por la bayeta sucia del rebozo 37. Un temblor
irrefrenable en los labios le cortaba las palabras. Una mueca de máscara trágica le
rasgaba hacia abajo las comisuras de los labios. Una súplica muda aflojábale las
mejillas. Un ansia gutural:
—Uuu... Uuu... Uuu...
Así miró el cachorro de los cachetes colorados y el pelo castaño a la madre cuando
taita José había desaparecido por la quebrada. Entonces fue cuando creyó —impulso de
amor heroico, coraje que amortigua el remordimiento, vehemencia que olvida el castigo
— que debía defenderla, que debía consolarla, que... Salió a gatas de su escondite y se
prendió a ella gritando:
—Mamita. ¡Mamiticaaa!
A pesar de que su intuición le hizo ver clara la verdad, la india perdonó en silencio
al rapaz. No sabía qué decirle. Se avergonzaba de acusarle. Acaso ella... Le abrazó
mecánicamente contra su pecho. El, entonces —ternura incontenible—, le acarició la
cara limpiándole las lágrimas y la lluvia, le acarició el cuello tibio, le acarició los senos.
¡Oh! Había vencido. De nuevo era suya.
¡Su mama Nati!
¡Sus tetas sucias, color de tierra cocida!
36
chirle: insípido, insustancial.
37
rebozo: mantilla.
SED
Los pasajeros del autobús —asmático motor, vieja carrocería de fabricación
nacional— manteníamos una modorra bamboleante —baches, huecos, jorobas y
desniveles del camino de tierra— que nos hermanaba a todos.
—Faltan veinte kilómetros —nos anunció el chófer, frenando a la máquina.
«Veinte kilómetros», repetí mentalmente agravando mi aburrimiento.
—Más allá de Churorrumi es seco. Empieza la sed. Tenemos aquí mismo que tomar
agua —advirtió un cholito adolescente —prieto, sucio, rechoncho, de gorra numerada
—, identificándose en el plural con el motor. Era el ayudante, el que cobraba y sabía la
señal convenida para parar o poner en marcha al vehículo. Saltó a tierra y se perdió por
el chaparro de un barranco.
—Hasta el fierro se calienta y tiene sed —comentó alguien.
—Hasta el fierro, pes —murmuró una chola arrepollada de follones y chalinas que
iba a mi lado.
A los pocos minutos volvió a estremecerse la carrocería, con queja de maderas
desarticuladas, y todos los viajeros —cuatro policías en comisión de servicio, dos
chagras de inconfundible olor a zapatos de becerro y sudadero de muía, cinco o seis
mujeres campesinas de diferente edad, un sinnúmero de indios, envueltos en sus
ponchos y en su indiferencia de pergamino, y yo—, nos hundimos de nuevo en ese
temblor cómico y monótono que nos tenía enfermos.
En mi silencio interior surgió entonces la visión clara y precisa del paisaje serrano a
donde me dirigía, tal cual lo conocí en mi infancia —era el lugar preferido por mi
familia para veranear—: chozas pardas humeando en el crepúsculo y esparcidas por el
valle y por las laderas de los cerros; casas cholas de teja y corredor abierto al camino,
agrupándose para formar el pequeño pueblo —torre de iglesia en alerta de signo de
admiración; plaza llena de soledad y de vagas esperanzas de feria; y, en la esquina, la
tienda de mama Concha, que solía quejarse: «No se vende nada... Los indios verdugos
siembran en el huasipungo... Si no fuera porque yo también tengo mi huerto, me moriría
no más de hambre»—; grandes y pequeñas parcelas unidas por la costura de cercas de
cabuyos38; río despeinándose en largas y cristalinas hebras de arroyos; baño de agua
termal junto a las rocas manchadas por líquenes milenarios; olor fresco de pastos, de
sementeras tiernas, de tierra húmeda.
De pronto se paró el autobús, imprimiendo en todos nosotros un movimiento de
náusea. En pedazos cayeron mis recuerdos sobre un panorama ahora adusto, seco, muy
diferente de aquel que yo conocí en otro tiempo. ¿Era el mismo? ¡El mismo! Pero se
había despojado de su verdor, de su perfume a musgo, de su transparencia azulada en
los cerros. Había envejecido con viejas arrugas de erosión, con aridez volcánica en las
cunetas, con esa especie de sudario de polvillo de ceniza —síntoma de larga temporada
sin lluvias— envolviendo a los muros, a las piedras, a los troncos, a los chaparros
sarmentosos, a las tunas, a las cabuyas, parecía agonizar, momificarse. Ante aquel
fracaso, quise volver. ¿Hacia dónde? ¿Hacia lo que fue? ¡Oh! Imposible. Interrogué
entonces a las gentes que en ese instante abandonaban el vehículo:
—¿Qué pasó con todo esto? ¿Por qué...?
Con amabilidad burlona y equivocado entender a mi pregunta, los viajeros me
informaron:
—Lejos queda el pueblo.
38
cabuyos: pencos.
—Ah...
—Doce cuadras para llegar a la plaza.
—¿Doce?
—Esta es la estación.
—Comprendo.
—Uuuy, señor. Tenemos que cargar las compras, los costales, las maletas, todo
mismo hasta la casa.
—Hasta la casa.
—La Toma dicen que es más importante, pes.
—¿La Toma? —interrogué sin saber de lo que hablaban.
—Así la llaman a la represa. Una obra de la cual el pueblo debe estar agradecido y
orgulloso. La de plata que puso el Gobierno en esa pendejada —comentó uno de los
policías, tratando de informarme.
—¿Agradecido y orgulloso, dice? ¡Adefesio! Ni agua nos dan para beber —
murmuró una vieja con voz solapada y resentida, mientras ponía a las espaldas de un
muchacho —su nieto, sin duda— un cajón lleno de paquetes y maletas.
—Ni agua —repitieron en coro hombres y mujeres.
—¿Y ustedes vienen a guardar esa maravilla? —insistí venenoso y desafiante
dirigiéndome a los policías.
—Las gentes de por aquí son tan brutas que quieren destruir toditico, pes.
—Comprendo. Les quitaron el río. El río que les daba de beber —opiné.
—A todo mismo, pes.
—A las plantas, a los árboles, a los animalitos, a la tierra de taita Dios.
—A nuestros guaguas y a nuestros viejos también.
Antes de que la queja del cholerío se volviera incontenible, los hombres armados
ordenaron:
—Bueno... ¡Retírense!
Se desbandó entonces, carretera abajo, el grupo de campesinos y chagras 39, al
comprender que su protesta era débil e inútil ante las órdenes que llegaban de la ciudad.
—Si quiere conocer la Toma, puede venir con nosotros. Vamos hacia allá —me
invitaron los policías, con marcado afán de borrar la mala impresión que yo pudiera
tener de las informaciones recibidas.
—Encantado.
En amena charla sobre las ventajas que aportaba a la agricultura la división de las
aguas —el dueño de las haciendas del bajío y el progreso de la agricultura del país eran
una sola cosa para ellos—, recorrimos un largo chaquiñán.
En la Toma, un gran receptáculo de piedra y cemento, las aguas tumultuosas del río
se amansaban en adusto lago. Por dos compuertas escapábase el líquido prisionero —la
una ancha y generosa, la otra pequeña y miserable—.
—Ésta es la que pertenece a la hacienda del señor de la comarca —explicó uno de
los policías, señalando el conducto de gran capacidad.
—¿Y este otro? —interrogó alguien.
—¡Sí! ¡Este! —insistí burlón, señalando y refiriéndome al pequeño arroyo que se
metía como débil lombriz de tierra por un potrero vecino.
—Sí, pes. Por este conducto va el agua que el buen corazón del señor regala al
pueblo para que no se muera de sed.
—Sólo para que no se muera de sed —subrayé, metiendo la mano en la pequeña
corriente turbia que iba hacia la aldea. Luego insistí:

39
chagra: la o el chagra: gente de aldea, de provincia.
—Todo esto para más de quinientas personas del pueblo y otras tantas de los
huasipungos, de las parcelas...
—La mayor parte son indios —aseguró uno de los gendarmes con escalofriante
tranquilidad.
—Indios no más —repitieron en coro todos. Y antes de que yo pudiera intervenir,
continuó el que hacía como de jefe:
—¡Ah! La cantidad que se les da está tan bien calculada que al momento en que los
roscas40 de los huasipungos o de las parcelas rieguen sus terrenos reventarían de sed los
chagras.
—De sed...
—Estas aguas han sido siempre del pueblo. Y aún cuando no lo fueran... —objeté.
—Pero el dueño de las haciendas del otro lado del cerro hizo el reclamo al
Gobierno. En ese entonces mandaba de Presidente un primo hermano del señor
latifundista de aquí, pes.
—¿Cuándo no? —comenté.
—Afirman que la vertiente queda en el cerro de los Juncales.
—No, cholito. La vertiente está en el Cayam-be, donde el señor de aquí tiene otras
haciendas. Por eso ganó el pleito, pes. Ahora, claro...
—Les da este poco de agua para mantenerlos vivos a los chagras y a los indios. ¡La
caridad cristiana! —afirmé en busca de razones.
—Produce maíz, papas, cebada, alfalfa, hortalizas.
—Necesita consumidores. Buenos consumidores para todo eso... Lo que en los
huasipungos y en las parcelas no se puede sembrar por la sequía. ¡Genial!
—Así parece.
—Así es. ¡Ladrón! —exclamé, sin poder refrenar mi cólera.
—¡Ave María! —murmuraron policías, santiguándose para ahuyentar mi blasfemia.
Luego enmudecieron. Fue una pausa larga —llena de gestos y sonrisas acholados— que
degeneró en confidencias contradictorias y que dejaban ver la expresión de una secreta
rebeldía.
—Ahora nosotros...
—Ya ve, pes. Somos subalternos. El sueldito...
—Tenemos que respetar las órdenes.
—Dar bala, si es necesario.
—Matar.
—Morir.
—Cuatro años que les tienen jodidos a los habitantes de esta región.
—Y a nosotros también mandándonos aquí.
—Lejos de la casa.
—De los guaguas.
—Y el paludismo que...
—¿Paludismo aquí? —interrogué.
—Sí, pes. Desde lo de la Toma. Venga, señor. Subamos a la casa del guardián.
Desde allí se ve clarito el pueblo y también las haciendas del bajío del otro lado. ¡Qué
diferencia! Parecen dos mundos distintos.
Como no pude resistir a la invitación, trepamos. Al fondo del valle —estampa
romántica pintada en abanico de montañas—, surgían cual manchas de verdura
exuberante —limón en los potreros, oleaje de mar en las sementeras de maíz, de alfalfa,
de trigo, de cebada, tumores de chucas41 y cabuyas en las cercas, piel salvaje en los
40
rosca: insulto que se profiere al indio.
41
chilca: vegetal que abunda en la Sierra.
bosques— las haciendas del señor latifundista. Y, en primer término, casi a los pies del
desvío del caudal de las aguas, la calva estéril, parda, de las tierras de la aldea y de las
chozas de los indios. En respiración instintiva ensanché mi pecho profundamente. Al
mezclarse en mi sangre el viento purísimo de las cumbres con el perfume húmedo de la
planicie, con el bostezo afiebrado que exhalaban casas cholas y huasipungos, sentí una
amarga angustia de vergüenza y de cólera. Bajé la cabeza como si fuera mía la culpa.
Como si fuera... Aquel polvillo de ceniza —que había descubierto al llegar cual sudario
del paisaje seco— cubría mis zapatos, mis pantalones, mi ropa toda, mis manos, mis
pestañas, mis cejas, mis labios. Era... Era la sed de las casas del pueblo. Era la sed de las
chozas. Era la sed de la tierra que antes de morir sacaba las lenguas sarmentosas de los
árboles sin hojas —lenguas de palo—. Era la sed de los caminos polvorientos al paso de
las carretas o de las recuas de muías. Era la sed de la iglesia, que estiraba el cuello de su
torre mugrosa olfateando a lo lejos el agua en tierras del amo latifundista. Era la sed del
sol; la sed del viento. Era la sed...
—¿Cómo puede vivir esa gente? —interrogué lleno de curiosidad sarcástica que
deseaba herir a alguien.
—Peor es el paludismo, pes —opinó uno de los policías.
***
Todo lo amable, lo romántico y lo burlón que había deseado desde muchacho como
material que exprese y exalte —en cuentos, en historias, en leyendas, en narraciones—
el sabor de mi tierra, cambió entonces, se derrumbó. Imposible identificar aquella
tremenda realidad con el recuerdo primero —sinceridad y amor infantiles— que dejé un
día y buscaba ahora —el campo fecundo y amigo, las cosas grandes y misteriosas en la
inmovilidad de su ser, las gentes paternales y unidas en un destino común
—.Acompañado por uno de los gendarmes que se ofreció a servirme de guía, descendí
al valle. En el recodo del chaquiñán tropecé con un indio cargado de alfalfa.
—¿Vienes de la hacienda?
—Arí, patrón.
—¿Comprando?
—Arí, patrón.
—¿Ya no siembras en el huasipungo?
—No, patrón.
—¿Por qué?
El interrogado alzó la cabeza y mostró su cara empapada en sudor con deseo de
responder. Por desgracia, mis ojos claros, mis cabellos castaños, mis vestidos de señor
de la ciudad, cortaron la posible confidencia. Con la esquina del poncho el indio se
limpió el sudor y un gesto amargo y hermético que le caracterizaba. Luego fingió no
entender sonriendo en forma idiota. Insistí con autoridad gamonal 42, ciudadana. Pero él,
indiferente y testarudo, dio poco valor a mis preguntas. Al final, huyó cerro arriba
dejándome una visión ardiente e imborrable: la de sus labios gruesos, secos,
despellejados, partidos de sed.
Más abajo, tropecé con el río que, sin encontrar declive para trepar a la Toma, ponía
en cuarentena sus aguas, extendiendo los bordes de su cauce sobre los potreros en
enorme pantano. Todo el roncar bravo y torrentoso de su fluir se transformaba allí en
zumbido de millones de zancudos que pululaban formando nubes de esquelética factura.
—Aquí... Aquí está... —murmuré en tono de quien descubre el cuerpo del delito.
—¿Qué, pes? —interrogó el policía que me acompañaba.
—El origen del paludismo que no existía antes en esta región.
42
gamonal: sujeto despótico y autoritario, en las áreas rurales.
—¿Cómo ha de creer semejante cosa, pes? Desde que la Santísima Virgen se puso
enojada aparecieron las calenturas.
—¿Qué Virgen, hombre?
—La que llaman de los Puentes. Los chagras y los indios no lucieron ese año la
fiesta como era debido.
—Comprendo... Entonces el cura en el pulpito...
—¡Ave Mana!
Huimos de aquel lugar. En busca de algo que apaciguara la sed dimos con una
choza —techo de paja reseca, puerta de oscuro y hediondo bostezo, paredes manchadas
y derruidas—al borde del camino, a la entrada del pueblo. Una queja angustiosa,
indefinida —pulso afiebrado de carne que se pudre, de alma desolada—, me obligó a
interrogar a mi acompañante:
—¿Ha oído usted?
—Claro, pes.
—¿Algún indio borracho que golpea a la mujer?
—No. Es el paludismo no más.
—¡Ah! ¿Entramos...?
—Bueno... Si usted quiere.
En el interior del tugurio, desde lo borroso de la oscuridad, alguien clamó:
—Agua, sha . Naranja, sha.
Lo primero que alcance a divisar fueron dos ojos negros, irritados como carbones
encendidos que se arrastraran por el suelo. Era un rapaz de color de tierra que no se
cansaba de repetir con monotonía de gota de agua y tono de sanjuanito de velorio:
—Agua, sha. Naranja, sha43.
—¿Qué dice?
—Pide agua. Pide naranja.
—¿Cómo?
—Y al mismo tiempo se queja de que el agua está allá, de que la naranja está allá.
Cosas lejanas, distantes, imposibles —me informó a su manera el policía.
Junto al muchacho, una indiecita menuda, acurrucada sobre un montón de cutules 44,
tiritaba de calofrío en actitud uterina. Para calmar al rapaz pregunté a la muchacha:
—¿Dónde tienen el agua?
—Nu hay, patroncitu.
—¿Y los taitas?
—En la hacienda grande, pes. Trabajandu.
—¡Ah! Comprendo.
—Agua, sha. Naranja, sha —pespunteaba incansable la queja del pequeño.
—¡No hay! —grité meriendo la mano en un pondo vacío.
—Se han de haber bebido toditico. Tienen que esperar a que vuelvan los viejos, con
el poco que roban cuando van al trabajo del bajío. O lo que alcanzan a recoger cuando
se abre por las mañanas la compuerta de la Toma.
—Pero...
—Es una lástima —concluyó el policía tratando de salir afuera.
Con astucia al parecer inconsciente —explotar la compasión que sin duda vio en
nuestros ojos— el muchacho exageró su queja epiléptica arrastrándose hasta mis pies:
—Agua, sha. Naranja, sha.
Quise explicarle, hacerle comprender lo inútil de su dramatismo, desgraciadamente
una angustia tan sombría como la penumbra de la choza estranguló mis palabras.
43
sha: (El agua, la naranja, etc.): allá, distante, lejano, imposible de alcanzar.
44
cutules: hojas que envuelven la mazorca del maíz.
Además... ¿Qué podía decirle? Tal vez él... Mi mutismo y mi duda —parálisis de
extraña humillación en los nervios— le alentaron a insistir tirándome de los pantalones:
—Agua, sha. Naranja, sha.
De pronto, al mirarle en lo más profundo de sus pupilas —negrura de súplicas sin
orillas— sentí algo acusándome en las entrañas. ¿Por qué? Yo soy.... Un forastero... Un
ciudadano indiferente, un hombre... ¡Por ser un hombre y no poder!
—Agua, sha. Naranja, sha.
«Todos somos culpables», me dije, mientras el pequeño, cubriéndose la cara con las
manos, echándose de bruces contra el suelo de tierra renegrida, insistía:
—Agua, sha. Naranja, sha.
Con esa cobarde indignación que busca justificar nuestra impotencia, exclamé:
—¡Basta, carajo! ¡No hay!
El calofrío de la indiecita había desembocado entre tanto en la fiebre. Ella también
inició su queja:
—Agua, sha. Naranja, sha.
Por rara desviación sádica de mi entender y de mi sentir, creí por breves segundos
entretenerme con aquel grito, pero el gendarme me aconsejó:
—Vamos. Es mejor.
—Sí, es mejor. Preferible sería matarles.
—Jesús! ¿Y el crimen quién carga?
—¿Y esto no es un crimen?
—Pero nadie tiene la culpa.
—¿Acaso usted no se siente cómplice?
—¿Yo? ¿Por qué, pes? No faltó más —protestó el policía abandonando la escena.
Una vez en el camino descargué mi despecho en explosión de maldiciones e
insultos.
—Me voy no más. Tengo que pasar la lista de la tarde —me anunció el policía.
—Está bien.
Comprendí que pesaba en él el temor y la duda de mi cordura. Huía hacia su
destino, hacia su garita de vigilante desde donde le sería fácil impedir a los chagras y a
los indios que roben el agua. Seguí el camino del pueblo —piedra menuda, arena, polvo
de cangahua—. Bajo la implacable realidad de la erosión, de la tierra seca, de los
árboles desnudos, de los chaparros sarmentosos, del sol de sinapismo 45, la insistencia de
mis recuerdos infantiles se transformó en algo que era una visión —escena tangible—,
muy querida e íntima que moría de sed ante mi impotencia.
***
En el corredor de una de las casas del pueblo, el teniente político administraba
justicia frente a una tropa de cholos e indios con sus animales —caballos, muías, burros
—. El problema debía ser grande para la autoridad porque se movía nerviosa de un lado
a otro.
—Dos, cuatro, seis, once —gritó el cholo después de contar un grupo de muías que
se abaniqueaban las moscas y el sol con la cola.
—Once —repitió en tono de perdón un hombrecito de alpargatas, vestido
remendado, poncho al hombro, sombrero capacho46. Debía ser el arriero.
—Diez sucres por el daño.

45
sinapismo: persona o cosa que molesta o exaspera.
46
capacho: sombrero viejo.
—¿Qué daño, pes? Cerro pelado. Ni que hubiera sido en las sementeras. Por la
quebrada seca han entrado hasta el río. Yo vi las huellas. ¿Qué han de saber los
animales?
—Diez sucres he dicho.
—Por vida suya
—Diez, chagra bruto.
—Chagras mismo somos.
—¿Qué?
—Nada, pes. Haga justicia a los pobres. ¿Qué han de saber las muías? Encontraron
sin cerca el camino y entraron no más.
—Deben cuidar mejor. Ya les he dicho. Por cada animal que entre en el daño de las
haciendas de los bajíos, un sucre de multa. Así exige el señor, el dueño.
—¿De dónde? Diez sucres enteriticos.
—Si no hay plata han de quedar no más dos o tres mulas.
Luego, desatendiendo al arriero, el teniente político interrogó.
—¿Y estos burros de quién son?
—Míus, patroncitu —respondió el indio poniéndose de pie y encargando diligente
un atado de costales al compañero con el cual había compartido espera de momia y
cucayo de maíz tostado y harina de cebada, acurrucado en un rincón.
—Otra vez tus sarnosos.
—Ahura47, su mercé... Animalitus oliendu humedad de hacienda rompen nu más las
sogas... Y comu patrún grande nu pone cerca en ningún ladu...
—¿Qué cerca ni qué pendejada? Tengo que hacer cumplir las leyes, Si no tienes
para pagar la multa te meto preso. ¡Preso, rosca bandido!
—Dius guarde. Dius favorezca. He de desquitarme nu más en el trabaju, pes. En
cualquier cosita...
—No sé si el señor necesita ahora peones. Pero en todo caso...
—Para la siembra de fin de año, pes.
—Bueno, voy a ver si el patrón... Pero si no cumples tu palabra, rosca bandido, te
hago arrastrar del cogote a la policía.
—Dius so lu pay, taiticu.
—¿Y este caballo de quién es? —gritó la autoridad, dejando al indio para ocuparse
de otro caso.
—Mío, pes —respondió un charga que hasta entonces había permanecido sentado
en una de las gradas del corredor de la casa.
—Un sucre de multa.
—Es que...
—¡Un sucre he dicho!
—El animalito no resiste mismo. La sed le ha vuelto mañoso. No puedo detenerle.
A la noche corre derechito al río de la hacienda grande. Corre como demonio. Castigo
de Dios será. ¿Qué también será?
—¡Un sucre!
—¿Cómo ha de ser justo todos los días un sucre por un pite de agua que toma el
animal, pes?
—¡Un sucreeee!
Ante aquel espectáculo —monótono y angustioso en el machacar de un mismo
argumento—, me dije: «Claro. Es... Es la sed incontenible de las bestias». Luego, en
rápida visión íntima, alcancé a comprender que también los animales —largos y
estirados pescuezos sobre las cercas, dilatados hocicos olfateando en el aire el olor a
47
ahuru: ahora.
pasto tierno que arrastrara la brisa del bajío, diabólico instinto que muerde y da coces
para desbaratar obstáculos y ataduras— participaban de la tragedia de la sed de la tierra
y de las gentes. Y al oír la risa del señor teniente político —amarga y babosa— me di
cuenta de que autoridad no me era simpática, de que aquella figura no me era extraña.
¿Dónde había visto yo esa cara? ¡Aaah! En la escuela. ¡Sí! De rodillas en el medio de la
clase... ¡El rey del palmetazo! Abelardo Guerrero, capitán de una tropa de vagos... ¿Y
los otros? ¿Los otros vagos como él? Abrazaron la carrera militar. Se encumbraron en
los cuartelazos y las revueltas... Suerte de cada cual... Comandantes, coroneles... ¡Oh!
«Yo le había creído a este fulano en el otro mundo. En el otro mundo... Cadáver de
teniente político... Se hace el que no me conoce...», me dije, acercándome a él
—¿Es usted Abelardo Guerrero?
Sorprendido, un poco desorientado, con la cara que poma cuando el profesor le
interrogaba «¿cuánto es uno por uno?, respondió:
—Sí. El mismo...
Noté que había cambiado físicamente. Sólo las vacilaciones y la mirada inexpresiva
eran las mismas. Luego de reconocerme y sin duda para esquivar posibles memorias
vergonzosas me invitó a tomar un trago donde una chola que llamaban la «Rositica».
Instalados en la trastienda de un negocio de miserable aspecto, el señor teniente político,
gritó:
—¡Rositicaaaa!
—Mandeee —respondió una voz desde el interior de la casa.
—Unas dos copitas dobles de puro.
—Ya voy.
El señor teniente político, en uso y abuso de la confianza de nuestras relaciones de
escuela y colegio, me habló largamente del señor cura —su aliado y opositor a la vez—.
Comprendí que aquel santo varón —poco santo y mucho varón—, a pesar de sus
hábitos y de sus principios religiosos en defensa de los pobres, era el amigo íntimo del
dueño de las haciendas del bajío. Pero como el buen párroco gustaba de los gallos, de la
baraja y del juego de pelota de guante, todo hombre que caía de la capital sin ningún
halago para matar las horas campesinas no lograba prescindir de aquella amistad olor a
sacristía, a follón de chola y a café con leche.
—Prueben este rico trago que me llegó de tierra arriba, pes —anunció una chola
apareciendo de pronto, la cual, al servirnos las copas toreó un pellizo libidinoso del
señor teniente político.
—¿Es el traguito especial para el señor cura?
—¿A cuenta de qué, pes? No empezará con sus bromas pesadas —recomendó la
chola desapareciendo por donde vino.
Confidencial me anunció entonces Abelardo Guerrero:
—Ya mismo viene el párroco. Dicen que vive con la Rositica...
—¡Ah!
—Pero... Es bueno conmigo. A veces me ayuda.
—Su sueldo no debe ser muy malo.
—Verá, cholito. El Gobierno me paga una miseria pero yo me busco mis chauchitas.
¿De dónde para mandar a mi familia y a mis guaguas?
A la tercera copa, el señor teniente político se abrió generosamente en turbias
confidencias. Con cinismo morboso expuso la forma solapada y legal para extraer el
dinero de la bolsa mugrienta de los indios y de los chagras.
—No soy tan bruto, cholito. Todos hacen lo mismo. ¡Qué carajo! El dueño del valle
es bueno... Ordena... Paga... —concluyó.
—Sí. Pero me parece que usted es empleado de Gobierno. ¿Qué tienen que ver la
autoridad y la ley con el dueño del valle?
En tono como de burla y compasión —inflándose de sabiduría campesina para
aplastarme— el teniente político, respondió:
—¿Y quién piensa usted que es aquí la autoridad, la ley, el Gobierno? Se ve que en
Quito no saben nada de lo que pasa en los pueblos.
—Eso no. También en la ciudad es considerado como figura política, como hombre
generoso e inteligente, como...
—¡Claro! ¿No está viendo que le mandan escolta para la Toma?
—Es verdad.
—Las haciendas le producen fuerte: maíz, papas, alfalfa, leña. Uuu... ¿Y las multas
de los daños? ¿Y...? Bueno...
—¿Es muy rico?
—Riquísimo.
En ese instante llegó el señor cura —prieto, gordo, mofletudo— seguido por un
indio. Antes de tomarse la primera copa y saludar conmigo se puso a sermonear a su
acompañante:
—No tengas cuidado. Sí... Hablé con tu patrón... Acepta adelantarte los doscientos
sucres. Pero debes entender... Entender bien... Siempre y cuando esa plata sea para la
fiesta.
—Arí, taiticu.
—Aquí, el señor teniente político te ha de hacer barato el documento del trato con el
patrón.
—Ojala, su mercé.
—Con doscientos sucres te sale una cosa buena... Digna del cielo... Es necesario
desagraviar a la Virgen. Que vuelva sus ojos llenos de misericordia a este pueblo
sumido en la sequía, en el polvo, en el paludismo.
El clérigo hablaba a gritos con afán de sustituir argumentos morales subrayando
retórica y ojos en blanco. Aturdido el indio por semejante espectáculo bajó desde el
primer momento la cabeza. Sólo al final, temblando de fervor y de miedo, murmuró:
—Taitiquitu... Boniticu...
—Es un santo el cura —me afirmó casi al oído el teniente político.
—También te he hecho un presupuesto módico —continuó el santo varón.
—Boniticu...
—Yo quiero que mis fieles no despilfarren el dinero. Por la santa misa, por el
sermón, por el alumbrado de las vísperas y el arreglo de la iglesia, sólo te voy a cobrar
ciento veinte sucres. Más barato no se puede hacer.
—Taitiquitu.
—El guarapo para los invitados has de comprar aquí donde la Rositica. Ya le advertí
que te dé bueno. A seis sucres el barril. (Ion cuatro barriles está suficiente. Para la banda
de música, los cohetes y voladores, treinta y cinco sucres. Unos quince sucres para
pagar a mis acólitos: el sacristán, el músico, los guambras ayudantes. Y... Nada más. Te
sobra plata, rosca bandido.
—Dios so lu pay.
—Te sale una fiesta que la Virgen quedará agradecida. Quién sabe si Dios Nuestro
Señor, te haya escogido de mediador de su cólera, de su santa cólera.
—Taiticu...
—El patrón grande me dijo que te ha de pagar dos reales diarios. Así que desquitas
en dos años no más.
—Para la comida falta pes, su mercé.
—¿Para la comida? Unas gallinas gordas he visto en tu huasipungo.
—Esu...
—Runa miserable.
—Taiticu.
—Así todo queda arreglado. Ni una palabra más. En nombre del Padre, y del Hijo, y
del Espíritu Santo.
***
Al tomar confianza el sotanudo, propuso:
—Juguemos una botella de puro.
—¡Una botella! —coreó el teniente político.
Por el tono de la propuesta y por las miradas que se cruzaron entre el fraile y
Abelardo Guerrero, comprendí que lo único que se proponían era hacerme pagar la
borrachera de todos.
La chola Rositica, a una orden del sacerdote, trajo una baraja grasienta, un puñado
de granos de maíz, un cabo de vela, tres copas y la botella de aguardiente que nos
disputaríamos.
—¿Quién va pes a pagar esto? —interrogó la chola al concluir su servicio.
—El que pierda, mi Rositica. ¿Hay agua caliente para los canelazos? —interrogó el
párroco acariciando sin pudor las ancas de la chola.
Una vez en el juego, las miradas de mis enemigos dialogaron sin escrúpulos: «Nos
emborracharemos gratis», «Pero éstos de la ciudad son de cuidado a veces», «A lo
mejor se hace el pendejo», «No creo», «Hay que joderlo rápido».
—¡Dos de caída! —gritó el cura, arrojando un siete de copas.
—Las copas le traen suerte a taita curita —embromó el teniente político.
—Salud.
—¡Salud!
A pocos minutos todos nos hallábamos contentos y bromistas porque yo perdía.
—¿Otro traguito?
—Claro.
—Salud.
—¡Salud!
—Tres y dos, cinco. ¡Dos de limpia!
«¿Uno por uno? Este cojudo aprendió a sumar, a multiplicar y a dividir en la
escuela de la vida. De la mala vida», me dije al notar la velocidad con la cual el teniente
político degollaba mis torpes jugadas.
—¿Vamos otra botellita?
—¿Quién dijo miedo? ¡Vamos, carajo! —murmuré creyéndome invencible a pesar
de la primera derrota.
—Salud.
—¡Salud!
De pronto, todo se puso a danzar en mi torno: cuatro reyes, cuatro caballos, cuatro
sotas. Una botella que se cuadruplicaba. Tres copas, copitas, copones. «Nos hemos
bebido el tres de copas varias veces. Cinco, diez, quince... Dos mesas, dos bujías... Todo
se duplica... ¡Tooodo!», pensé.
Uno de los dos frailes, cada vez que se acercaba a una de las dos Rositicas, le metía
una de las dos manos debajo de uno de los dos follones. Sin... Sin duda para buscarle
una de las dos pulgas. ¿Pulgas? Je... Je... Je...! «Uno de los dos nidos», me dije. Pasada
la media noche, los dos frailes en uno, con las dos Rositicas en una —tranquilamente,
sin ningún recato—, se retiraron a una de las dos camas.
—A descansar un ratico para la misa de las cuatro. Mucho... Mucho trabaja... —me
informó el teniente político, entre risas e hipos babosos que no alcancé a descifrar si
eran de burla o de respeto.
Sobre las dos camas en una —tendidos dos frailes y dos Rositicas— alcancé a
distinguir cuatro piernas en una. Sí. Cuatro movedizas, inquietas, estremecidas piernas.
No... No se duplicaban, se cuadruplicaban los objetos.
Al día siguiente —chuchaqui de borrachera de aguardiente puro de caña—, la luz y
los ruidos que se filtraban por las rendijas de una ventana me despertaron lleno de una
amargura seca, asfixiante. Era la sed... La sed abrasadora incorporándome de lleno en la
tragedia que vivían los árboles, las chozas, las piedras, los muros, las casas, la tierra, el
aire, los animales y las gentes de aquel lugar. Con diabólica y morbosa obsesión evoqué
detalles del paisaje de la víspera. Agua turbia de la acequia abierta a lo de la única calle
del pueblo, donde los rapaces, apartando el lodo podrido y los desperdicios, llenaban a
medias sus cántaros, donde las bestias —burros, muías, caballos, cerdos, perros, gallinas
— disputaban con chagras e indios el lugar para aplacar la sed. La sed que había
eclipsado la gracia, la bondad y la belleza —paisaje de propaganda de los patriotas para
justificar su opulencia particular— de los personajes y del ambiente que buscaba para
mis relatos y mi fantasía. La sed que gritaba en mi garganta, en mis sienes, en mis
articulaciones, en mis poros —gritos de guaguas palúdicos, de labios despellejados al
sol y al cansancio, de nubes esqueléticas de zancudos, de árboles sarmentosos, de polvo
de ceniza sobre las cosas—: «Agua, sha. Naranja, sha».
El ruido de un líquido, al llenar algún recipiente en la habitación contigua me dio
fuerzas para levantarme y para hurgar al disimulo en aquella esperanza.
La chola dueña de la casa, sofocada por la lumbre de un amplio fogón en el suelo,
mostrando hasta cerca de los hombros los brazos, cataba con exagerado ruido de la
lengua y de los labios una bebida amarillenta, sucia. Metía la mano en un pondo y se
chupaba los dedos chorreantes. «Guarapo para la sed de los campesinos», me dije. De
pronto Rositica ordenó a una chola que dormitaba junto a la lumbre —a pesar de la alta
hora de la mañana—:
—Ve, Carmela. La cuchara mama necesito.
—Dónde también estará, pes.
—Busca entre los runas.
—Uuuu.
Con pesadez de sueño y de cansancio, la chola recomendada se puso a separar —
asco y despecho a la vez— miembros inconscientes y flojos de una verdadera montaña
de indios que dormían su borrachera tendidos en el suelo. Brazos, piernas, manos,
cabezas. El encuentro de un pene chirle, prieto, excitó en color subido la broma de las
cholas.
—No hay la cuchara mama. Pero encontré este palito. ¿Quiere, señora Rositica?
—Adefesio. Pishco48 negro de indio.
—No está malo.
—Para usted, pes. No para mí que tengo cosa buena.
—Con corona.
—Busque breve la cuchara, que es mejor.
—Imposible con tanto borracho.
—Écheles no más a patadas.
—Están como piedras.
—Jesús! Que no me hagan tener iras.
—No hay mismo, pes.
48
pishco: pájaro.
—Esto es de toditicos los días —chilló la chola Rositica, dejando su trabajo, y
armada de un grueso leño limpió de indios borrachos su establecimiento. Unos
arrastrándose en cuatro, otros enderezándose con pesadez y peligrosa torpeza, los
intoxicados buscaron a tientas el carretero ante la furia del garrote de la mujer.
En medio de los pondos de guarapo, después de probar más de una vez el brebaje de
su especialidad, las cholas creyeron oportuno aconsejarse mutuamente con recetas para
una rápida fermentación:
—Hay que poner agua caliente en los pondos.
—¿Agua caliente? Pendejada. Se gasta mucha leña.
—Raspadura, entonces.
—Muy caro.
—El resto del tarro de las orinas.
—¡Ah! Eso...
—Claro, pes. Yo le dije: «Si no echamos toditico no ha de fermentar como es
debido».
—A la india Dolores le sale fuerte porque echa pedazos de mortecina.
—El nuestro es mejor. Déme el tarro.
—Tome.
Y los pondos recibieron buena dosis de orinas, Aquello, a pesar de la sed que ardía
en mi garganta y en mis labios, me obligó a huir.
—¡Vea, señor! ¡No corra, pes! ¡Tome un guarapo con copa de puro para el
chuchaqui! —me ofrecieron las mujeres al pasar junto a ellas. «¡No, carajo!», gritó mi
sangre con estrangulada indignación. Sólo pensé en volver a la ciudad. En el autobús
que me lleve. Que me lleve pronto... Pero el polvillo de ceniza que lo cubría todo, y los
indios, y los chagras, y las cholas, y los guaguas, y los animales que trataban de
conseguir disputándose un lugar junto al hilo de agua turbia de la calle, agravaron hasta
la desesperación mi sed. Sed de cansancio, sed de largos caminos, sed que deja en el
rostro esa mueca de idiotez, sed de fiebre, sed de intoxicación, sed que apergamina,
oscurece y requema la piel. Sed que parte los labios, las manos, los dedos, los talones.
Sed que despoja de fronda los árboles, los chaparros. Sed que pela la tierra, la ladera, el
cerro.
***
En el sueño reparador de la ciudad surgieron símbolos de pesadilla: «Recorría un
camino de polvo de ceniza. Las piedras tenían sombra como en los cuadros. Mis huellas
iban dejando una inútil perspectiva de hojas secas, de flores marchitas, de mariposas y
pájaros muertos que se perdían en el horizonte. De pronto se abrió a mis pies —a mis
pies que los veía enormes, omnipotentes— un pantano de cabezas vivas, humanas —
indios, chagras, cholos, muchachos—. Un pantano que alguien me obligaba a cruzarlo.
La corriente impetuosa de la muchedumbre pasaba indiferente sobre... ¡Oh! Tengo que
cruzarlo con mis pies deformes. Noto que el esqueleto zumbón de una nube de zancudos
cubría el cielo. ¡Zancudooos! Tres zancudos de cara conocida —zancudo <patrón
grande, su mercó, zancudo cura, zancudo teniente político— mueven con hilos
invisibles toda la farsa. ¿Qué farsa? Es la realidad. Alguien increpa mi estupidez, mis
vacilaciones, mis dudas, mis secretas rebeldías. Voz, impulso, vértigo que me urgen ir
en la muchedumbre que aplasta más y más a los caídos. Por mi imprudencia. ¿Que
imprudencia? Por mi cobardía. ¿Que cobardía? Por mi atrevimiento. ¿Qué atrevimiento?
Abandonando la farsa. Digo mal, la realidad. Los tres zancudos de cara conocida me
persiguen. Flaquean mis piernas débiles, inútiles, tentaculares. Me hundo en el miedo.
El miedooo... Ellos... Ellos que se acercan como disparos de punzones venenosos
succionarán mi sangre. ¡No! No soy indio... No soy chagra... No soy cholo pobre... ¡Soy
señor!... Señor de buena familia, de buen vestir, de buen comer, de... Así... Así no siento
las cabezas que gimen bajo mis plantas. Marcho, con todos y como todos, sobre el
pantano. ¡Ah!»
La felicidad de creerme salvado, seguro, me despierta. Conciencia clara, brillante,
de una mañana de sol. «He vivido un cuento que no buscaba», me digo. Un cuento que
mi cobardía —como la cobardía de todos aquellos que no se sienten indios, chagras,
cholos pobres— me obliga a olvidar. El cuento del paisaje y de las gentes que mueren
de sed.
ÉXODO
Había salido la luna y alumbraba un paisaje vertical de cerros, laderas y quebradas.
Un paisaje al parecer —perspectiva desde lo alto— de paz y de sosiego. Misteriosa
claridad azulada se extendía hacia lo largo, hacia lo ancho, hacia lo profundo de la
comarca. Hasta los espíritus malignos que solían reinar en las oscuras noches
campesinas se agazapaban a la sombra de los árboles, de los chaparros, de los huecos,
de las cuevas y de los recodos. Sólo el indio Segundo Antonio Quishpe —joven
huasipunguero de la hacienda grande del valle: ni alto ni bajo, tez bronceada, labios
gruesos, cabellera lacia, ojos pequeños encendidos y negros, sombrero rústico de lana,
poncho de olores desteñidos por el uso, calzón de liencillo, hoshotas49 de cabuya—
descendía por el chaquiñán que baja del pueblo y se desfleca en varios senderos que
conducen a las chozas ubicadas a grandes trechos por los páramos, por los barrancos,
por los despeñaderos. Había ingerido dos pilches 50 de guarapo que le brindó un
compadre en el pueblo y su embriaguez mediana —perfiles de fantasía y de temor en
torno— poblaba el camino de escalofriantes amenazas sobre una realidad que silbaba
como cuchillos de demonio en la fronda, que latía con pulso afiebrado de ranas y de
grillos en la piel de la tierra, que ladraba a lo lejos en eco de malos presagios. Cerca de
la choza, el indio pensó en su mujer: «Ave María, Taiticu. La longa esperandu ha de
estar. Yu maridu cun ley y cun Taita Dius, pes... Yu, carajuuu...» Sus íntimas
afirmaciones —un poco desafiantes y otro poco humedecidas por inexplicable angustia
— le obligaron a detenerse y a mirar hacia la ladera, hacia el barranco donde su refugio
se acurrucaba y dormía como perro sarnoso. Pero algo... Algo alcanzó a divisar... Algo
como una sombra escurridiza que se deslizaba entre las sombras quietas. ¿Será...? ¿No
será...?
—¿Para qué pes taita mayordomu a estas horas? ¿Para qué, pes? —murmuró a
media voz con la amarga y la torturante visión del hombre que había visto salir de su
choza. Todos los fantasmas y los temores que arrastraba desde niño se le agolparon en la
garganta. ¿Qué hacer? ¿Qué decir? Era... Por eso le obligaron a casarse antes del amaño.
Por eso le dieron buena tierra para el huasipungo. Por eso la indiada murmuraba mal de
él. Por eso...
—¡Carajuuu! —chilló lanzándose a la carrera, encendido por una furia criminal, por
un dolor asfixiante. Y al llegar —respirando como perro cansado, ciego como toro
bravo— abrió con violencia la puerta que el otro había dejado insegura, buscó a tientas
en la oscuridad. ¿Dónde? No estaba en el jergón, no estaba detrás de la leña y de las
boñigas secas, no estaba junto a las cenizas...
—¡Maríaaa!
***
—¡Longa, caraju! ¡Carishinaaa!
Un ruido leve junto al montón hediondo de la hierba de los cuyes dio al indio
enfurecido la pista de su víctima. Sí. Allí estaba ella —temblorosa, muda, tibia como
pecado fresco—. Le agarró por donde pudo y como pudo. Le golpeó contra la pared, le
dio de puñetazos, trató de morderle, de arrastrarle de los cabellos, de aplastarle, de
matarle.
—Ayayay, taiticuuu.
49
hoshotas: alpargatas de indio.
50
pilches: recipientes de media calabaza.
—¡Caraju!
—Ayayaaay.
Con habilidad instintiva de pánico la mujer se escurrió hacia el campo. Pensaba
pedir socorro en las chozas de la ladera. Pero los vecinos le odiaban, le despreciaban.
Ella sabía intuitivamente de aquel odio y de aquel desprecio. Quizás por... Era mejor
avanzar hacia abajo, hacia el valle, hacia la casa del patrón donde el mayordomo... Y la
longa cruzó la cerca del huasipungo, y, a pesar del dolor que le dejaron los golpes y un
hilillo de sangre que le fluía de la nariz, descendió por el barranco más próximo. Tras
ella, gritando y amenazando como un loco, se disparó Segundo Antonio Quishpe.
—¡Bandidaaa! ¡Carishinaaa! ¡Longa mal enseñadaaa! ¡Ahura he de aplastar comu a
cuy! ¡Torcer el pescuezuuu! ¡Mataaar!
Desgraciada o felizmente las voces llenas de furia del indio —eco de escándalo
extendiéndose en círculos concéntricos— se apagaron con sorpresa de naufragio en una
zanja. Restablecido el diáfano sosiego de la noche campesina, se detuvo la fugitiva
abrumada por el silencio, por la furia de trágicas perspectivas que se había extinguido
de pronto a sus espaldas. ¿Acaso era un engaño para sorprenderle? ¿Acaso...? ¡No! «Se
cayú comu guagra51... Comu guagra mismu... Derrumbando toditicu... Yu... sentí golpe
en shungo. Golpe duru para quedar comu mortecina era, pes... Comu mortecina
acabada... ¡Ave María! ¡Taitiquitu!», se dijo la longa deteniéndose junto a unas matas de
chuca para mirar hacia atrás. Y luego de una larga pausa —inquieta observación sin
indicios del perseguidor, con duda y con remordimiento de haber provocado la
desgracia del verdugo continuó su monólogo íntimo en mutación de increíble paradoja
sentimental —lo que fue furia y venganza se tornó ternura y culpa—: «Para esu es
maridu... ¡Mariduuu! Que pegue, que machuque, que mate nu más. Para esu... Yu
mismu, india carishina. ¡Indiaaa! ¿Perú cómu para decir a taita mayordomu? El
mismu... ¿Cómu para protestar del ricurishca52? ¿Cómu para...? ¡Matar! Dius guarde...
Uuu... El mismu hizu pes dar de taita amitu la tierra buena del huasipungo. Los otrus
naturales están jodidus cun la sequía, cun la erosiún que dicen, cun lu que patroncitu
grande ya nu quiere al natural, cun todu mismu... El mismu hizu matrimoniar y me diu
postura nueva... El mismu regala un cuicitu, una gashinita... El mismu todu, pes... Uuu...
¿Cómu para salir del pecadu? ¿Cómu...? Cun su mercé, patrún grande y cun amu
mayordomu nada dice taita cura... Uuu... Ay... Ay... Ay... Longu... Maridu... Rodandu
comu guagra... ¿Estará golpeadu sin poder mover? ¿Estará rotu la pata, rotu la cabeza?
¿Cómu estará, pes? ¡Estará muertu!» Sin darse cuenta, mecánicamente, la india
abandonó su refugio y trepó por donde minutos antes había descendido. Con precisión
instintiva dio con el marido, quien se hallaba inconsciente en el fondo de la quebrada. A
pesar del desorden de las ropas que llevaba puesto y de la extraña actitud en la cual
permanecía, el caído respiraba como animal enfermo. Como cuando le sorprendía a la
orilla de algún chaquiñán o de algún camino durmiendo tremenda borrachera, la mujer
se sentó junto a él y se puso a murmurar por lo bajo una letanía de reproches, de quejas,
de súplicas en tono de lamento de velorio. Cuando el indio volvió de su inconsciencia
—atontado por el golpe— miró en su torno con angustia y pereza de mal despertar —le
desorientaba el sitio, la luz difusa de la luna—, palpó a la longa que tenía sangre en la
cara, temblor de llanto silencioso en el cuerpo, quiso levantarse para pelear, para... huir
de todo aquello, pero al intentarlo un dolor a la espalda y a la cabeza le detuvo. Era...
—Ay... Aaay...
Ella se puso de pie entonces, abrazó diligente al runa que amenazaba derrumbarse
de nuevo, y metiéndosele tímida pero hábilmente bajó el sobaco como una muleta le
51
guagra: buey.
52
ricurishca: placer, cosa muy agradable.
ayudó a buscar el camino de la choza. Así volvieron al tugurio 53, en silencio, resentidos.
A la mañana —espiándose el uno al otro sin cruzar palabra—, Segundo Antonio
Quishpe salió al campo antes que el sol. Al pasar por una especie de gallinero armado
con carrizos y palos viejos a la culata de la vivienda —con aquel pequeño robo a su
propio huasipungo pensaba vengarse del deshonor, del despecho sin salida— tomó dos
gallinas de las pocas que aún dormían.
En la hacienda, el mayordomo al observar a la mujer del indio Segundo Antonio
Quishpe toda magullada —rastros de sangre seca en los huecos de la nariz, hinchazón
oscuro-verdosa en los labios, en una mejilla, en un párpado—, habló al patrón y
consiguió que su pobre y miserable amante se quede en la casa de la hacienda como
servicia. Dormiría en el galpón, sin testigos, hasta que al marido —«runa salvaje, mal
amansado»— le pase la furia criminal. Al cholo mayordomo le gustaba tener, a más de
la concubina de asiento en el pueblo, dos o tres longas generosas —había tantas para el
efecto: unas de buena voluntad, otras a la fuerza— que le alegren las monótonas noches
del trabajo en el vasto latifundio.
Por el mismo camino de la víspera, a pesar de haberse jurado íntimamente no
regresar jamás, con precauciones felinas que le obligaban a barajarse entre las sombras
de las tapias, de los matorrales, de las zanjas, de los árboles, lleno de heroicos planes y
duras maldiciones para sorprender y matar a su rival, cerca de la media noche, borracho
de guarapo con el dinero que vendió las gallinas, el indio Segundo Antonio Quishpe
retornó a su huasipungo. Cuando se halló muy cerca de la choza, la luna le traicionó
ocultándose entre las nubes. ¡No! No pudo ver lo que esperaba constatar, lo que hubiera
deseado... Pero todo era sosiego, tranquilidad, silencio en torno. Ni el viento se atrevía a
embromar fingiendo ruidos extraños entre los cabuyos de las cercas. ¿Estarán... Estarán
dormidos de tanto pecar o estarán esperándole para aplastarle como a cuy? Con temor
de cazador indeciso —ingenuo fracaso de todos los proyectos heroicos— el indio hizo
rodar una piedra hasta la puerta de su choza pensando asustar a los traidores, a las
sabandijas. Pero... Nadie respondió. Nadie se movió por lo menos. ¡Nadie! Luego...
—Caraju. ¿Qué pasu, pes? —interrogó en voz baja el runa rascándose la cabeza con
ese coraje que a veces esconde un miedo inconfesable.
Una sospecha para él más oscura y trágica que la traición y que los celos —sentirse
abandonado por la hembra, solo— empujó a Quishpe sin más vacilaciones hacia el
interior de su vivienda.
—¡Maríaaa! ¡Carishina!
El grito del runa —preso y aplastado por el puño de las cuatro paredes de adobón 54
y el techo de paja de la choza— no tuvo respuesta. Todo se hallaba vacío, abandonado.
—Maríaaa. Carishinaaa —concluyó el indio acurrucándose sobre el jergón después
de buscar desesperadamente por los rincones posibles e imposibles de su tugurio.
En la inmovilidad de su desconcierto, sin lógica que formule una frase definitiva
sobre la cual actuar, Segundo Antonio Quishpe sintió con luz y formas de evocación
visual que la culpa era de ese condenado mundo en que vivía, de ese mundo de
atropellos, de injusticias, de miserias y de abandono para los pobres indios. Surgieron
desde lo más recóndito de su alma escenas imborrables de su pasado, escenas que le
imposibilitaron siempre en la acción de su defensa, de su rebeldía, y que en ese instante
le impedían gritar y pedir que le devuelvan a su mujer. Se vio de muchacho, menudo,
tímido, humilde —lejano en el tiempo, vivo en el recuerdo—. Sí. A él y a su hermana
mayor —longuita de catorce años— los taitas les dejaron en la casa de la hacienda —

53
tugurio: residencia pobre.
54
adobón: adobe: masa de barro mezclada con paja, a la que se le da forma de ladrillo.
como pongo55 al uno, como servicia a la otra—. «Para que aprendan a trabajar, pes»,
advirtió el mayordomo de ese entonces. ¿Para que aprendan a trabajar? Ji... Ji... Ji...
Aquella mañana. ¡Oh! La longuita de catorce años, luego de desaparecer por la puerta
del dormitorio del patrón chiquito llevando una taza de café con leche, gritó como una
loca con gritos que enronquecieron y silenciaron al golpear en la indiferencia de las
servicias y de los huasicamas56—cada cual prendido por la costumbre y por el temor en
su tarea: encerrando a los animales en el corral, limpiando los chiqueros, desgranando el
maíz, abriendo más y más las zanjas hacia el río, llenando las trojes—. Y él, el hermano
de la víctima, abrumado por las miradas cobardes, silenciosas y taimadas de todos, no se
atrevió a nada. ¡Imposible! Sí. Le era imposible moverse, hablar. ¿Por qué? Luego,
cuando salió la muchacha —la cabellera en desorden, limpiándose con las manos los
mocos y las lágrimas, pálida, pesada de timidez y de desconcierto— y pasó con la
cabeza baja junto al patrón grande que había surgido en el corredor minutos antes, sólo
escuchó el omnipotente y burlón comentario en tono de consejo y advertencia:
—¿Qué? ¿Qué sacaste con chillar, longa muda?
«¿Qué...? ¿Qué pes, caraju?», repitió mentalmente Segundo Antonio Quishpe
aplicándose como un sinapismo la interrogación a su desconcierto. Y sus dedos
crispados en furia de garra dieron de inmediato caza a los piojos —quizás le picaban en
ese momento más duro que de ordinario—. «Arrarray 57... Arrarray, bandidus...
Arrarray...», se dijo mecánicamente mientras se rascaba por la barriga, por las costillas,
hacia la espalda. Hacia la espalda donde al tacto tropezó con la arruga de una cicatriz.
La cicatriz que le dejaron las patadas del capataz del desmonte de los chaparros del
bosque grande al reclamarle el machete que en realidad era suyo. El le escondió porque
—según sus cuentas— lo había pagado a buen precio con su trabajo cuotidiano —así le
dieron a entender más de una vez al hacerle las cuentas semanales— porque era su
herramienta más valiosa, porque además esa hoja de acero brillante le daba fuerza,
habilidad —sentíase decidido a todo—. ¡Oh! Pero se vio de nuevo en el suelo —claras
imágenes de sus amargos recuerdos— revolcándose como una lombriz pisada —asfixia
de golpes en las costillas, de nudo de coraje sin acción en el alma—, como un niño
emperrado, como una bestia empantanada. Dolor que desde entonces y a cada momento
propicio surgía en sus músculos, en su sangre, en sus nervios, impidiéndole protestar,
rebelarse ante el atropello y la injusticia que menudeaban a diario. Y de la angustiosa
vergüenza e intimidad de los sentimientos de aquel pobre runa vilmente traicionado
fluyeron una detrás de otra —durante la mayor parte de la noche— las escenas más
crueles de su oscura y apretada vida, donde él siempre era la víctima de todas las culpas,
la bestia de todos los trabajos físicos, el asco en la sangre del cholerío adinerado. Pero
cerca de' amanecer —antes de la más débil luz—, cuando la fatiga del desvelo
amenazaba hundirlo todo en la conformidad de la costumbre, una reacción diabólica
contra su propio temor y contra la crueldad ajena —contagio del ejemplo de todos los
que huyeron en los últimos meses por la sequía, por la deuda ancestral, por el desprecio
de los amos armados de tractores— se impuso la tarea de arrancarse de raíz de la choza
miserable, de la tierra querida, de la longa ingrata. Sin reflexionar —no era
pensamiento, era gana amarga e instintiva lo que le movía— abandonó su postración
para luego echar en una bolsa grande cuanto él estimaba de algún valor en su
huasipungo —el maíz tostado y el maíz crudo, el poncho del jergón, una cazuela de
barro, un pilche, un cuchillo de mango de palo, unos trapos, los cuyes, el gallo, las dos

55
pongo: indio al servicio de la casa del patrón.
56
huasicama: indio cuidador de la casa del amo.
57
arrarray: exclamación: expresa sensación dolorosa de haberse quemado.
gallinas que no se llevó la víspera y una polla—, y, con cautela de fugitivo que huye del
presidio, trepó el cerro olfateando el chaquiñán que conducía hacia la ciudad.
***
A la mañana siguiente, en el primer pueblo que le salió al paso, vendió los cuyes, el
gallo, las gallinas y la polla por lo que le dieron. Una vez, de muchacho, con los arrieros
de la hacienda, fue a la ciudad —bosque intrincado de casas y de gentes—. El vago
recuerdo que guardaba de la ruta que debía seguir lo aseguraba a trechos indagando en
el saber de los campesinos:
—Amumiyu58. ¿Pur donde se va pes a Quitu?
—Siguiendu rectu, pes.
—¿Rectu?
—Pasandu la loma grande y la chiquita también nu más.
—Dius su lu pay.
Aquello fue al principio. Después, instintivamente, se agregó a la cola de una fila
interminable de runas —uno tras otro, en silencio, la cabeza baja, mascando maíz
tostado, con porfía en el alma de diversas esperanzas que quizás en el fondo se
concretaban en una sola: cumplir la orden de un destino esclavo o vender el trabajo o el
fruto de él por lo que les den— que avanzaba incansable por chaquiñanes, desfiladeros
v lomas de la sierra cual caravana silenciosa que a ratos se hundía en la maleza de los
chaparros de las laderas y de los valles o se recortaba a ratos sobre la claridad del cielo
en oscura silueta al pasar por la cresta de los cerros. Más tarde, algunos indios viajeros,
también siguieron a las espaldas de Segundo Antonio Quishpe —alargando la sierpe
ondulante y sudorosa—. Y en el páramo les agarró la lluvia —fina, helada y penetrante
que cada cual la combatió como pudo para no quedar paralizado entre los frailejones 59,
con buenos tragos de aguardiente, con buenas raciones de raspadura, al trote, y, a veces,
con ortiga y látigo—, y la noche les sorprendió a lo largo de un camino interminable
orillado de chozas y de galpones donde todos consiguieron posada —junto a unos
chiqueros, sobre la paja sucia y hedionda del corral, abrigándose en montón para secar
las ropas húmedas, para evitar el viento paramero que amenazaba con su silbido de
cuchillo bronco cortar los huesos, para sentir abrigo al amparo un poco ingenuo de la
desgracia general— y al amanecer —larga fila de vértebras prietas, sueltas— volvieron
a perderse siguiendo el trazo de las cercas erizadas de cabuyos unas veces, bajo la
fronda de los bosques otras. Cola silenciosa y culebreante a lo largo de los potreros. Y
fue a la mañana del siguiente día al descender un cerro y divisar la ciudad codiciada que
una tropa de cholas revendedoras se lanzó en bandada histérica, con urgentes preguntas,
con atrevidos manoseos a las cargas que cada indio portaba, con exigencias y con
reclamos:
—Vendan no más pes lo que sea.
—¿Acaso no vamos a pagar?
—Veremos primero.
—Veremos bien.
—Descarguen.
—Abran los costales.
—Almuercito hemos de dar.
—Almuercito.
—Runas brutos. ¿Acaso nuestra plata no es plata?
58
amumiyu: apócope de amor mío. Generalmente el indio cambia en su pronunciación la o en u al
terminar la palabra.
59
frailejón: planta común en los páramos de la provincia del Carchi.
—¡Vendan pronto, carajo!
—¡Veremos!
—¡Ya mismo!
—Antes de que la sanidad que está más abajo les quite todo por meter a la ciudad
cosas puercas, pes.
—¡Pronto!
—¡Ayúdenme, comadre! ¡Nos hemos de dividir no más!
—¡Bueno, pes!
—¡Aquí!
—Este runa no quiere!
—¿No? ¡Arránquenle todo, carajo!
—¿Qué se ha figurado, pes? ¡Runa bruto, animal! Los otros va están vendiendo.
Y sin saber cómo —fuerza dominadora y narcotizante del altanero proceder del
cholerío femenino— los indios que pensaban negociar en el mercado, a buen precio, sus
cargas, entregaron a las revendedoras todo cuanto ellas necesitaban —maíz, morocho,
huevos, gallinas, cuyes—. Al convencerse las mujeres que en la bolsa de Segundo
Antonio Quishpe sólo había cosas viejas, trapos inútiles y cucayo de runa, le dejaron
pasar carretero abajo.
Por una calle estrecha —casas bajas, tiendas de medrosa catadura, miseria que se
desborda en hediondez y resentidas miradas— entró en la ciudad el indio Quishpe. Más
que vaga era de tipo mecánico e instintiva la esperanza que le alentaba. En realidad el
fugitivo no sabía qué preguntar a las gentes que pasaban a su lado —ajenas hasta el
desprecio unas, burlonas y crueles hasta el asco otras—, ni sabía tampoco a quién
seguir. Sin embargo —oprimido como un puño, inquieto como una rata— avanzó hacia
adelante. En algún sitio, en algún rincón, en alguna casa, en alguna puerta hallaría lo
que buscaba- ¿Qué? Que le permitan vivir. ¡Vivir! Que le den trabajo. Él no tenía otra
cosa que vender. Sus brazos... Sus piernas... Cansado, sudoroso, con hambre, se detuvo
en una plaza poco transitada, se sentó en una vereda arrimándose a la pared ventruda de
un vetusto edificio como lo había hecho siempre en las cunetas o bajo las cercas que
orillaban los caminos de los cerros. Abrió luego su bolsa, y, con lentitud y disimulo que
no turbaban en nada a la inmóvil acritud en la cual se sumergía por costumbre —
descanso, desconcierto, abandono y espera a la vez—, se puso a devorar el cucayo de
maíz tostado que aún le sobraba. Con angustiosa lucidez —nulas, inalcanzables
posibilidades de trabajo— se sintió desilusionado, perdido. Trágicos momentos en los
cuales alguien le interrogaba desde su misma sangre. ¿A qué...? ¿A qué había hecho ese
viaje inútil? ¿Quién le llamó? ¿Quiéeen? ¿Dónde estaba lo bueno y lo fantástico que
había oído en el campo sobre la ciudad? El la conoció cuando era muchacho, pero al
amparo y al cuidado de los arrieros de la hacienda. ¿Dónde la justicia para lo de la
carishina, dónde el trabajo fácil, dónde la libertad? ¿La libertad? ¡Sí! La libertad para
permanecer inactivo, arrinconado como una basura, torpe como un animal. ¿Dónde...?
Sorpresivamente, hacia el final de la plaza —cerro y barranco campesinos cual telón de
fondo—, Segundo Antonio Quishpe descubrió con absorto mirar a unos hombres que,
sudorosos y agobiados por el afán de cumplir su tarea, echaban tierra en una quebrada
—sin duda para rellenarla—, mientras otros —infernales por su aspecto miserable y
embarrados de pringosas y húmedas suciedades— trataban de limpiar un desagüe roto
—en la calle agua espesa y amarillenta, lodo hediondo y viscoso—. «Sun naturales,
pes... Naturales mismu... Comu en el campu aquí también están jodidus... Igualiticu...»,
se dijo el indio fugitivo saboreando una amargura como de quiebra, un rencor
inexplicable —todo revuelto en el subconsciente al morderse su propia cola—, que, sin
embargo, le dejaba una vaga esperanza de poder sobrevivir en el mismo destino de
siempre. En ese instante se le acercó un señor y con voz altanera le interrogó:
—¿Estás desocupado?
—Patroncitu.
—Pregunto si estás desocupado.
—Arí... Sí, pes.
—Ven. Ven para que cargues un bulto.
Agobiado por el peso de un cajón que portaba seguro a las espaldas con los ponchos
—el viejo de la bolsa y el que llevaba puesto— y tras del hombre que le contrató,
Segundo Antonio Quishpe llegó a una calle ancha que le llamaban «la avenida» y donde
había mucha gente —indios de toda edad y condición, cholerío comerciante y pregonero
—, gente pobre a juzgar por su fachada. Con el sucre que le dieron en pago de su primer
trabajo compró maíz tostado para alimentar la bolsa de su cucayo —se conformó con
cincuenta centavos a pesar de que le dieron poco y malo—. Luego, cerca de la noche,
buscó una guarapería —sórdido recinto muy parecido a las chicherías y cantinas del
pueblo— y entró en ella pensando sólo gastar lo que le sobraba de la moneda ciudadana,
mas, después de consumir el segundo mate del fermentado brebaje y quedarse sin
sueltos, el vértigo inicial de una amable embriaguez que borraba las penas y exaltaba las
esperanzas, le aconsejó seguir bebiendo, gastarse algo de lo que tenía guardado —fruto
de la venta de las aves y los cuyes—. Salió hacia la calle y, de cara a una pared medio
derruida, como si fuera a orinar —para que nadie descubra su tesoro—, se extrajo la
falda de la cotona60 —bajo el calzón de liencillo, entre la bragueta— donde guardaba en
un nudo apretado como una pelotita pringosa su dinero. Apartó un billete de a cinco
sucres, hizo de nuevo el amarrado —más seguro que antes—, orinó mirando a todos
lados, sacudió por costumbre una de las esquinas del poncho —como si se le hubiera
mojado— y volvió a la guarapería.
Aquella noche —torpeza de tóxico y peso de plomo en la conciencia y en la carne
— el indio fugitivo durmió entre el montón de borrachos que casi siempre amanecía
enredado, quejoso y hediondo a la puerta del tugurio de la venta del guarapo. Al
despertar —inquietud y amargura de chuchaqui infernal— Segundo Antonio Quishpe
revisó su tesoro: el dinero, las cosas y los trapos de la bolsa. Todo estaba conforme.
¡No! Algo había adquirido sin saber cómo. ¿Qué? La voz y la amistad de unos indios —
prófugos del agro como él— que le enseñaron mucho y variado para poder vivir en la
ciudad. Sí. Donde era más socorrido el trabajo de mozo de cuerda —para peón de
albañilería, para limpiador de alcantarillas y desagües, para recolector de basura, se
necesitaba mucha suerte con los señores del Municipio y saber algo de la materia—,
donde podía pasar las noches —ciertos galpones de los barrios más apartados, el umbral
de las puertas cerradas de las iglesias, bajo algún puente atestado de pordioseros, en un
portal, hasta poder complicarse con la india carishina, cargadora como él, que le arrastre
a un tugurio barato—, donde había buena y sobre todo abundante mazamorra por pocos
centavos —los comederos de cholos y runas en desgracia—, donde adquiriría una soga
—herramienta de su flamante oficio.
Poco a poco el indio Quishpe se adaptó a su nueva vida, a su nuevo medio, al ruido
y al desprecio de una circulación que se complacía —disimuladamente unas veces, con
franca preponderancia otras— en apartarle de la acera a codazos, a empellones, a
patadas; de una circulación que no le permitía usar ciertos vehículos —eran muy caros,
muy limpios—. Supo además —igual que en la hacienda— del atropello, del engaño y
de la burla que todas las gentes trataban de ejercer y ejercían sobre él. ¿Por qué? Ya no

60
cotona: especie de camisa que usa el indio.
era concierto61 de nadie, ya no era huasipunguero" de ningún latifundio. Pero era indio.
¡Indio cargador público! Aquella evidencia alimentaba más y más su afán de ahorro —
hambre siempre alerta sobre cáscaras de fruta y desperdicios de basurero, temblor de
animal acurrucado bajo el frío que solía arremolinarse por todos los rincones en los
amaneceres, inclemencia de lluvia sin techo y sin amparo tanto de día como de noche—,
su afán de reunir unos sucres —había engrosado el rollo de billetes que trajo del campo
— para comprarse algo que le defienda, algo que sea verdaderamente suyo, como fue su
guarmi, como fue su choza. No. La choza y la tierra del huasipungo fueron sólo
prestadas por el patrón. La guarmi... La guarmi también...
—Carajuuu. Maldita sea. Uuu... —murmuraba el indio fugitivo al recordar cómo le
quitaron, como le apartaron de su hembra. E instintivamente —rara sustitución—
acariciaba el pequeño bulto de su dinero en la falda de la cotona. Era un consuelo que
alimentaba venenosamente la codicia, la esperanza, la hombría. Sí. Aun cuando parezca
raro, también a la hombría... Muchas noches —entre ronquidos, rezos y quejas de
mendigos y vagabundos que dormían a su lado— tuvo que masturbarse.
***
Aquella obsesión por los centavos —impulsiva, afiebrada, silenciosa— logró cubrir
y recubrir todos los instantes de la nueva vida de Segundo Antonio Quishpe. Pero una
mañana —cerca de medio día—, después de descargarse de dos quintales de arroz que
los había transportado desde el mercado, esperó que le paguen. Una señora —altanera
pomposidad de cholerío adinerado en las formas— le entregó dos monedas.
—Cuatru reales. Cuatru pur semejante pesadu... ¿Qué pasú, mama señora? —objetó
Segundo Antonio Quishpe iniciando el reclamo con voz de humilde súplica.
—¿Entonces cuánto pes?
—Pesadu... Pesadu... En conciencia...
—¿Cuánto?
—Dus sucres.
—¿Dos sucres? ¿Qué te has figurado, pes? ¿Que la plata se encuentra en la calle?
—Dus sucres.
—A robar en Tiupusho, indio bandido. Agarra tu plata y fuera de aquí.
—¿Por qué, pes? Tiene que pagarme —insistió el cargador alzando la voz. La vida
ciudadana y el orgullo de sus ahorros le tenían un poco altanero.
—¿Cómo?
—Sí, pes. Nu he de dejar que me perjudiquen.
—¿Yo perjudicar a nadie? Indio bruto, indio ladrón, indio atrevido.
—¿Quién... Quién será más ladrún? ¡Caraju!
Al sentir que las palabras del indio podían mellar su dignidad —nunca creyó que un
runa miserable se atreviera a lanzarle un carajo— la mujer buscó apoyo en su
servidumbre:
—¡Zoilaaa! Corre a buscar un policía para que le saque de aquí a este atrevido, a
este criminal, a este bruto. ¿No sabrá quién soy?
—Adefesiu. De mejores he cargadu...
Una chola de follones se disparó hacia la calle mientras la exaltada mujer de
pomposas formas seguía gritando y gesticulando frente a la testaruda actitud del
cargador público. Al llegar el policía saludó con respeto diligente a la ofendida y
alharaquienta dama:
—Buenos días señora Matildita. ¿En qué puedo servirle?
61
concierto: trabajador agrícola de la sierra sometido al convenio del concertaje. " huasipunguero:
habitante del huasipungo.
—Este runa me ha faltado al respeto, me ha insultado abusando que no está aquí mi
marido. Me ha dicho horrores.
—¿Yu...? He pedidu que pague nu más, pes.
—¡En mi propia casa! ¡Llévele... Llévele...!
—Que pague primero, taiticu —suplicó el indio sintiéndose arrastrado por el
guardián, el cual, sin averiguar mucho —se trataba de un miserable runa— cumplió las
órdenes de la mujer. Era la esposa del señor comisario y había que tenerle de a buenas.
A la tarde, después de pasar varias horas entre rejas entre borrachos y entre rateros,
el señor comisario —esposo de la señora de pomposas formas— juzgó desde su
escritorio y desde su indiscutible omnipotencia a Segundo Antonio Quishpe:
—Veinte sucres de multa.
—Taiticu. ¿Pur qué, pes? Acasu...
—Por atrevido, por grosero con una dama respetable.
—Y...
—Además, el parte del policía dice claramente: «Por faltamiento a la autoridad».
—¿Autoridad?
—Insultos al señor policía.
—Mentirosu.
—¿Cómo?
—Nu pes su mercé, taiticu.
—¡Silencio!
—Uuu... —murmuró el indio con ruido de desaliento que expresaba claramente su
derrota, su vuelta a... Sí. Un maldito renacer del pánico, de aquel pánico de silencios
idiotas, de ojos turbios, de temblores íntimos, que experimentó siempre que se hallaba al
alcance del patrón, de los mayordomos, del teniente político, del señor cura del agro y
del pueblo que pudo abandonar, aplastó su posible rebeldía, oscureció su razón. ¿Qué
decir cuando alguien desde lo alto de su saber, de su disfraz de caballero adinerado, de
su autoridad legal, le ordenaba silencio? Nada. Era tan difícil...
—Veinte sucres.
«Esu un... Nuuu...», se dijo Quishpe con diabólica testarudez aferrándose a su viejo
recurso de la mentira:
—Acasu tengu. Yo pobre. Uuu...
—Veinte sucres de multa.
—Patroncitu. ¿De dónde, pes?
—De donde quiera, carajo. Que le registren. Y si en verdad no tiene, que desquite a
sucre diario en la obra del cuartel nuevo.
Con agilidad imprevista y con precisión sin defensa, un guardián v un portero —
ambos uniformados de policías— que se hallaban presentes se acercaron al indio
contraventor y le registraron entero.
—Nu, taiticu.
—Quieto, pendejo.
—Nuuu.
—Aquí... Aquí creo...
—¡Nu!
—Sí. Aquí está.
—En la bragueta, indio bandido, indio puerco —exclamó un guardián mientras
abría el amarrado de la falda de la cotona pringosa.
Ante la inacción de Segundo Antonio Quishpe, postrado por ese sentimiento
inexplicable —angustia, coraje y vacío a la vez de víctima atada de pies y manos,
enmudecida de voz, los dos hombres uniformados de policías descubrieron los ahorros
del cargador público.
—¡Púchica! ¡Cuánta plata! —dijo el uno.
—Setenta y cinco sucres enteriticos —concluyó el otro depositando el dinero sobre
el escritorio del señor comisario.
—¿De dónde? ¿De dónde tienes tantos billetes? —interrogó la autoridad.
En tono de velorio campesino, de desamparo y desesperanza —lamento de
imposible recaudación, de queja que no espera convencer— el indio hilvanó la escena
de las gentes que le juzgaban con frases sueltas, aisladas, a trechos inesperados:
—Vendiendu cuicitus, pes. Vendiendu todu mismu lo que pude traer de
huasipungo...
Despreocupándose del acusado y de los otros contraventores que esperaban turno en
una sala vecina, el jefe del despacho, el señor secretario, el amanuense, el portero y el
guardián, contaron y recontaron el dinero de Segundo Antonio Quishpe entre miradas de
asombro, de sospecha y de burla ratera.
—De centavitu en centavitu... Reuniendu, pes... ¿Acasu nu trabaju comu burru
mismu...?
Luego de asegurar los billetes bajo un pisapapeles de bronce, el señor comisario
concluyó con sabiduría salomónica:
—Esto... Esto debe ser robado. No hay la menor duda. Jamás he visto a un indio
cargador con tanta plata junta. De todas maneras guardo los veinte sucres de la multa...
—¿Pongo el recibo? —interrogó diligente el señor secretario mientras el jefe del
despacho aseguraba en uno de los cajones del escritorio la cantidad que había apartado.
—No hace falta. El resto... Bueno... El resto hay que mantener en depósito hasta
que podamos averiguar, hasta que podamos saber. Son cincuenta y cinco sucres.
—Cincuenta y cinco.
—Y como tengo un compromiso urgente, me retiro —anunció el señor comisario
preparándose para salir.
—¿Y los contraventores que faltan?
— Que esperen hasta la tarde.
—¿Y el indio?
—Que se vaya no más. Que se vaya... —concluyó en tono confidencial el jefe del
despacho —viejo truco de diferir resoluciones para escamotear legalmente algo y
abandonó su puesto.
—Espere pes, taiticu... Mi platica... Mi platica... ¿Cómu ha de ser justu?
Ante la súplica instintiva que alcanzó a formular Segundo Antonio Quishpe todos
entraron en un juego de disculpas y de órdenes:
—Espera.
—Un ratito.
—¿Qué pasa?
—Será cuestión de unos días.
—Dos o tres.
—Nada más.
—Perú patroncitus, boniticus. Mi platica es, pes. Mía propia ¿Cun qué he de
cainar62? ¿Cun qué he de comer? ¿Cun qué he de vestir? ¿Cun qué todu mismu?
Larga y tediosa fue la discusión. Terminó —habilidad burocrática— con una
propuesta taimada del señor secretario:
—Bueno... De mi cuenta y riesgo toma estos diez sucres para que no jodas más.
¡Toma!
62
cainar: pasar el día o las horas en algún lugar determinado.
—Perú patrún.
—Y sáquenle de aquí antes de que me caliente y ordene que vuelva al calabozo por
pendejo.
—Patrún. Mi platica es, pes.
—Debemos averiguar primero. A lo mejor es robada.
—¿Robada?
—¡Fuera! —chilló el burócrata defendiendo el reparto de la rebusca: cinco sucres
para el amanuense, diez sucres para él, treinta sucres para el señor comisario.
El indio fue expulsado a empellones por el portero y por el guardián. Cuando se
halló en medio de la calle sin rumbo —convicción de amargas experiencias y de
temores de abismo— su vieja intuición le advirtió que no volvería a ver su dinero, y un
deseo loco, vengativo, de gastarse lo que buenamente le dejaron se apoderó de él. Saciar
sus pequeños antojos. Todos... ¡Imposible! Corrió a los comederos del mercado y gastó
más de tres sucres en cariucho63, aguacates con ají y treintayuno. Luego, a la noche, se
emborrachó en una guarapería. Y desde el rincón donde acurrucó su embriaguez pudo
descargarse de su coraje y de su angustia mezclando indistintamente maldiciones,
amenazas y quejas lloriqueantes hasta el amanecer.
***
Las gentes —conocidas unas, extrañas la mayoría— de «la avenida» donde
Segundo Antonio Quishpe solía buscar trabajo, se encontraban aquella mañana
entregadas como de costumbre a sus múltiples quehaceres —con resignada parsimonia
unas, con prisa de desplazamiento, de regateo y de pregón, otras—. Quizás aparentaban
una conformidad de hallarse en paz con el mundo —su mundo—. No obstante —
amarga venganza en cárcel amurallada de imposibles—, para el indio cargador público
todo era distinto, hostil, estúpido —el sol de luz cegadora ardiéndole en los ojos; el
miedo asfixiante de volver a la policía por su dinero hundiéndole en el pánico del
calabozo hediondo, de la injusticia sin reclamo; la espera indefinida a que alguien le
llame para ocuparle como bestia de carga enervándole posibilidades y coraje—. Pensó
en huir de nuevo. ¿Hacia dónde? ¿Volver? ¡Oh! La choza abandonada en la ladera, cerca
del páramo solitario, imponente. La tierra —pegajosa de lodo y de pantano en invierno
seca de polvo en verano—, la tierra ajena. La longa carishina —con el mayordomo, con
el patrón, con el señor cura—. ¡No! Allá, no. Le quitaron lo único que tenía, lo único
que le quedaba en la intimidad de su deseo. «Aquí también, pes... Me quitarun cara a
cara mi platica... Mi platicaaa...», se dijo Quishpe rumiando una espesa desesperación
que agravaba minuto a minuto su deseo de fuga, de... Con el despertar imprevisto y
luminoso de una perspectiva posible recordó que hacia el final de «la avenida», un
cholo —alarde de ofertas babosas, de olores a sudor y muía, de adelantos con
cuentagotas y prenda de algún poncho más o menos nuevo— enganchaba peones para
las tierras cálidas de Santo Domingo de los Colorados. Iría. ¡Claro! Ya... Ya nada
podrían quitarle. ¿Qué? ¿La ropa? Uuu... Era de indio y además estaba vieja. ¿Quizás la
piel, los músculos, la carne? ¡Oh! Eso... Si le arrancaban del esqueleto toda su envoltura
no quedaría nada de él. Nada. Mejor. Así por lo menos... Con taimado recelo llegó
Quishpe hasta un grupo de indios —haraposos, arrugados, sucios, en chuchaqui de
despechos— que era observado cuidadosamente por el cholo contratista en afán de
hallar y seleccionar de aquella basura humana algo útil para su negocio. Todo sucedió
en pocos minutos, todo fue rápido, todo fue fatal y absurdo como en los sueños.

63
cariucho: plato popular compuesto de papas cocidas, carne
de chancho y ají.
—¿Quieres mismo trabajar o estás aquí sólo de curioso? —interrogó el cholo
contratista dirigiéndose al cargador público recién llegado en tono de mal disimulada
codicia.
—Sí, pes —respondió mecánicamente el indio.
—Toma cinco sucres entonces y dame el poncho en prenda. Así quedamos seguros
ambos hasta mañana.
—Perú... —alcanzó a murmurar Segundo Antonio Quishpe. El no necesitaba ningún
dinero adelantado, ninguna seguridad. Iría en cualquier forma.
—Ahora no se puede. El camión se fue hace rato. Mañana a las ocho. Sin faltita.
Jornal, comida, galpón para dormir. Todo mismo se les da allá en la montaña.
—Perú...
—Trato hecho. Con testigos.
Después de varias horas de sentirse rodando al filo de peligrosos remezones —las
nalgas contra las tablas del piso del camión, las espaldas contra los fierros o las maderas
de los travesaños, los vecinos golpeándole a cada rato y él golpeando a los vecinos—,
en hacinamiento como de carga de quintales de papas, aturdido, sudoroso y mareado por
la incomodidad del viaje, Segundo Antonio Quishpe pudo bajar —así le ordenaron— en
la plaza de un pueblo de sórdida apariencia. Luego de un breve descanso y de comprar
algo para el cucayo en una tienda —abacería, fonda y cantina a la vez—, el cholo
contratista que había llegado con la tropa de peones, gritó:
—Síganme.
Y, sin más comentarios, avanzó por una vía ancha, en plena construcción —mal
nivelada, floja la tierra, montones de piedra menuda por todas partes—. Tras de él
fueron los hombres contratados en fila silenciosa, obediente. A poco andar —media hora
más o menos— entraron por un camino estrecho, por un camino olor a follaje podrido
—humedad de muerte y de fecundación a la vez—, de pulso afiebrado, de aliento
primitivo en el aire —presencia indefinida de insectos, de reptiles, de batracios, de aves
—, de penumbra de alta vegetación que enredaba su fronda con porfía hacia lo largo y
hacia lo alto, de piso viscoso emboscado en hojarasca prieta, de envolvente
desconcierto. Después de más de dos horas de lucha —aquello no era andar—, cholo y
peones dieron con un claro en la maleza.
—Una casa. Unos chozones —anunció alguien señalando hacia el extremo opuesto.
—Sí. Allí podrán quedarse los primeros. Vamos. ¡Vamos pronto! —ordenó el cholo
contratista luego de una ligera pausa que la empleó para limpiarse con la mano el sudor
de la frente.
—Yu primeru, pes.
—Yu, taiticu.
—Yu también.
—¡Silencio! El que paga tiene derecho a seleccionar. Aquí no hay pendejadas como
en la ciudad —concluyó altanero el cholo enganchador.
Al llegar a la casa —zancuda y forrada en gran parte por tela de alambre— y a los
chozones —techo de hojas de palma, arquitectura como de cajón abierto a los cuatro
costados sobre altas estacas—, el cholo que capitaneaba la tropa de peones forasteros se
adelantó hasta el corredor de la casa zancuda donde había aparecido con paso
imponente un hombre —calzón de tela ligera, arrugado y sucio; camisa manchada de
sudor en las axilas y en las espaldas; barba y cabellera crecidas en descuido de viejo
chaparral; arrugas de ceño adusto entre las cejas y de inconsciente y dramático
temperamento encerrando las comisuras de los labios; de la diestra, con habitual dejadez
de látigo de «patrón grande su mercé» o de acial de mayordomo, colgándole un machete
de bruñida hoja—. Primero hablaron en voz baja los dos hombres en mímica cómplice
—intimidad de viejos conocidos—, luego el diálogo se hizo claro para todos.
—Me quedaré con unos cinco para la limpia. No necesito más por ahora. El tuerto
de la carretera me trajo hace un mes una buena remesa de montuvios y de negros.
—Ve, pes. Al saber... Caray». Como usted es tan bueno, tan generoso.
—Pero por ahora...
—No importa, pes. Donde quiera les he de colocar no más. Con la falta de brazos
que hay por aquí. Uuu... Usted me dijo... Me aseguró... Además... Usted trata bien a la
gente... Usted...
Sin más comentarios el señor de camisa manchada de sudor en las axilas y en las
espaldas, de barba y cabellera crecidas en descuido de viejo chaparral, escogió
señalando con el machete de su diestra a cinco peones —entre los que apuntó también al
indio Segundo Antonio Quishpe— del grupo de forasteros que esperaba en el patio, y,
luego de interrogar a cada uno de los interesados sobre los suplidos 64, hizo las cuentas
con el cholo enganchador, al cual, al final, pagó la comisión respectiva.
En el resto de la tarde —poco tiempo para ir y volver al desmonte— los nuevos
peones fueron instruidos en las costumbres de la hacienda —el cobertizo donde
saciarían el hambre cuotidiana, la bodega donde se guardaba las herramientas, el río de
donde se acarreaba el agua, un viejo trapiche, los chozones para dormir en comunidad,
los cerdos y las gallinas que había que cuidar, la casa del patrón—. Cerca de la noche,
bajo una garúa espesa que borraba el paisaje hasta en sus menores detalles, llegó en
desorden la peonada —negros, montuvios, indios y cholos de escasa y empapada ropa,
defendiéndose de la lluvia unos con un sucio impermeable a la cabeza, otros con un
sombrero de paja de anchas alas, todos forrados las piernas sobre los tobillos, a manera
de cortas polainas65 con retazos de pergamino de borrego para sortear el ataque de las
víboras—. Dejaron las herramientas junto a la bodega a la vista y control de un capataz,
y luego se refugiaron en el cobertizo que servía de cocina y comedor, donde, a la luz de
un gran fogón que ardía sobre un poyo66 rústico y de una lámpara de querosén sucia y
velada por mariposas, zancudos y mosquitos de todo tamaño, pudieron devorar la ración
de sopa de yuca y plátano verde y el agua caliente de panela con tortillas caseras —de
gran peso y de enorme valor fósil—. Unos —indios de la sierra— en silencio, otros —
negros en su mayoría— monologando como en éxtasis con sus angustiosos recuerdos, y,
los más —montuvios y cholos en desgracia—, platicando en voz baja sobre esperanzas
y proyectos libidinosos en el pueblo.
En el chozón dormitorio —tétrica la noche desde sus primeras horas—, el indio
Segundo Antonio Quishpe se tendió en el rincón de la tarima común que le señalaron.
Hacía calor, mucho calor para él. No obstante se cubrió con el poncho desde la cara para
evitar la amenaza y el ataque de los mosquitos que zumbaban en su torno. Por
desgracia, muy pronto, un latir sofocante en las sienes y un ardor sudoroso en todo el
cuerpo sin permitirle descansar en profunda inconsciencia como lo hacía en el tugurio
de su huasipungo, le obligaron a echar a un lado aquel abrigo. Los otros dormían. Sí.
Roncaban algunos. Con curiosidad infantil —aplacar el calor y el sobresalto que le
mantenían despierto— el indio recién llegado metió los ojos por una ancha rendija de
las tablas del medio forro de madera que envolvían al chozón. Y pudo distinguir en la
oscuridad impenetrable de la selva puntos fugaces de luciérnagas y de cocuyos 67 que se
encendían y se apagaban sin denunciar nada en su torno, subrayando en cambio algo
64
suplido: adelanto en bienes o dinero, que usualmente hacía el amo a su «indio propio» huasipunguero.
65
polainas: especie de medias de paño o cuero, que cubre las piernas hasta las rodillas.
66
poyo: banco de piedra, yeso u otro material construido junto a las puertas de las casas.
67
cocuyo: insecto que despide en las noches una luz azulada. 2 capacho: sombrero viejo.
como un abismo de amenazas y de torturas que se estremecía levemente al ritmo de un
pulso de murmullos caóticos, primitivos, envenenados. Espectáculo de aislamiento, de
soledad, de presidio, que prendió en el alma de Segundo Antonio Quishpe la imagen
obsesiva y deprimente del amo de camisa manchada de sudor en las axilas v en la
espalda, de barbas y cabellera crecidas en descuido de viejo chaparral. «Comu patrún
grande, su mercé de páramu, pes», se dijo el indio mentalmente al comparar a los dos
personajes y distinguir sus pequeñas diferencias. En vez del látigo, el machete. En vez
del pesado forro de ropas y atavíos, el ligero y transparente vestido como de cama. En
vez del sombrero de paño, el capacho68 alón de paja toquilla, en vez de... ¡Oh! El resto...
El resto igual. Los ojos de mirar penetrante que desprecian y humillan, la voz de tono
indiscutible, ese algo omnipotente en la presencia, en la actitud —historia de ayer, de
hoy, de mañana—. «Igualitu, pes», concluyó Quishpe acurrucándose en un rincón como
quien trata de desaparecer, de fundirse y confundirse en la taimada resignación de los
peones que roncaban como bestias. Pero no tan quietos y tan resignados. Alguien...
Alguien se movía y avanzaba arrastrándose entre las sombras de los dormidos. ¡Ah!
Eran como dos negras serpientes. Se deslizaban sin duda en busca del codiciado y
desconocido tesoro de los recién llegados —algún amuleto, algún recuerdo, algunos
centavos junto al cucayo de mashca69 con dulce o maíz tostado—. Así lo entendió el
indio desvelado y extrajo de su bolsa unas monedas —tres sucres en sueltos— que se
las metió a la boca para luego hacerse el que roncaba. A la mañana siguiente notó que
había desaparecido cuanto trajo como equipaje. No era mucho —trapos, pedazos de
piolín, un pingullo, una piedra imán y las sobras de lo que devoró en el viaje—.
Además, el desconcierto, el apuro y la angustia al iniciar su nuevo trabajo, aladearon la
posibilidad de todo reclamo. No había a quién recurrir, en quién confiar. El capataz —
un cholo serrano de postizo orgullo montuvio, pálido, hediondo, gesto de patrón para los
peones, de humildad babosa para los amos— que les entregó las herramientas —
machetes, hachas, pergaminos para las piernas— y les arreó hacia la fronda espesa de la
manigua70, no era bicho que inspiraba amistad, que brindaba amparo. Se parecía al
mayordomo del latifundio que dejó entre los cerros de la cordillera. Podía afirmarse que
era el mismo... Sí... El mismo cholo desgraciado —abusivo, chismoso, cruel, siempre
aliado del más fuerte— que le castigó más de una vez sin motivo, que le trató a patadas
y a latigazos por presumir de macho, de adulón y de hábil conocedor de la gente del
campo, que le obligó a romper el amaño —dulce unión sin liturgia de iglesia y sin
papeles en la tenencia política— para luego llevarse calladito a la hembra. «Maríaaa...
Carishina... Vus mismu... Caraju... Igual... Igualiticu...», se dijo el indio con temor y
coraje de íntima factura, bajó la cabeza y siguió en silencio a sus compañeros.
Desde el primer momento en el trabajo —tumbar árboles centenarios que había que
desnudarlos de ramas y de musgos, rozar la montaña hundiéndose en su fronda de
exuberantes hojas anudadas a ratos por gruesas y largas hebras de bejuco 71, cercenar a
machetazos tallos y troncos débiles, sembrar estacas en la tierra cubierta de fresca,
abundante y caótica maleza—, Segundo Antonio Quishpe comprobó viejos
conocimientos, tomó experiencia e inició su transformación superficial. El clima y el
esfuerzo —sudor copioso, fatiga en aire caliente y húmedo— le obligaron a dejar el
poncho, el sombrero de lana, las bayetas72. A la tarde de ese mismo día, al topar el
desmonte con un claro de selva, sucedió algo entre los peones que debía ser corriente en
68
capacho: sombrero viejo.
69
mashca: harina de cebada.
70
manigua: terreno cubierto de malezas.
71
bejuco: nombre de diversas plantas tropicales.
72
bayeta: tela de lana.
ese mundo primitivo y que por rara y turbia intuición el indio Quishpe lo esperaba. Un
cholo de los recién llegados —ingenua esperanza— al reconocer su cuchillo —sucia
hoja de zapatero remendón en cabo de palo— en manos de un negro, trató de quitarle
alegando a gritos que era suyo. El ladrón miró al forastero con desprecio, con burla, con
cinismo que parecía afirmar: «Quítame si puedes, pendejo. Aquí las cosas son de quien
las agarra y las puede retener como propios...». Ante la neutralidad del capataz —
babosa sonrisa al saborear el espectáculo— y de todos los peones que de inmediato
suspendieron el trabajo, los dos hombres de la peonada se trenzaron en una lucha
desigual. El negro, armado con el cuchillo, más ágil y más fuerte, dominó desde el
primer momento al cholo, quien, nervioso y carajeador, a duras penas podía defenderse
y atacar. En realidad fueron pocos minutos de pelea. Al final, el negro dominaba en el
suelo a su adversario —muy cerca el cuchillo de la cara, del cuello, del pecho, de...—
«Puede matarle, carajo. Y yo he de ser el responsable ante el patrón... Jodido sería...», se
dijo entonces el capataz y decidido y diligente sacó su revólver y disparó al aire
mientras gritaba avanzando hacia los luchadores:
—Basta, carajo. ¡Basta!
La sentencia favoreció al ladrón, al más fuerte, a quien podía mantener como propio
lo bien o mal adquirido, a quien era capaz de matar, a quien latía al ritmo del pulso
afiebrado de la selva. Al cesar la pelea v separarse los hombres, el capataz afirmó
dirigiéndose al negro:
—Guárdate bien el cuchillo. Que no te vea el cholo maricón. Han de volver a pelear
y no quiero chivos aquí.
—¡Es mío! —alcanzó a gritar el cholo.
—¿Mío? Quítale si puedes pes, entonces. Si no intervengo yo a tiempo a estas horas
estarías boqueando, pendejo. A trabajar todos. ¡A trabajar, carajo!
Cada cual reinició su tarea. Segundo Antonio Quishpe, empapado en sudor, fija la
mirada en la fronda que tenía que decapitar, ardiéndole la palma de las manos —los
callos del latifundio serrano se le habían ablandado en la ciudad—, se enredó en un
tropel de íntimas afirmaciones que daban la razón y felicitaban a su proceder taimado,
silencioso: «¿Para qué averiguar, pes? ¿Para qué decir nada? ¿Acasu el runa o el cholu
comu runa tienen derechu? Pur ser negru tal vez... ¿Perú acasu el pobre es fuerte? Sólu
lus que están arriba, pes. Uuu... Sólu lus patrunes, lus mayordomus, lus capataces, lus
taita curas, lus amus de autoridad. Solú... Uuu... Ellus nu más, pes... Lu mismitu que en
campu de páramu... Lu mismitu que en la ciudad... Igualiticu aquí también...»
Aquella primera jornada dejó a los peones nuevos exhaustos, jadeantes de fatiga y
de sed, con el temor en los huesos y en el alma de que les sería imposible resistir. El
indio Segundo Antonio Quishpe no fue una excepción de aquello. Cayó más de una vez
rendido sobre el trabajo —resecos los labios, doloridos los músculos, pesada en su
galopar asfixiante la sangre, oliendo la tierra húmeda y la podrida hojarasca con deleite
de abrazo maternal—. Y también a él le reanimaron a gritos, a maldiciones, a patadas
como a todos. No obstante se quedó. Sí. Se quedó. Por lo menos allí al fin de la semana
le dieron unos sucres, después de descontarle lo que había fiado en una especie de
almacén —cantina, bodega y tienda a la vez— que despachaba en un galpón cerrado
junto a la casa del amo de las barbas y de la cabellera crecidas en descuido de viejo
chaparral —un sombrero de paja, dos copas de aguardiente, cordones de cuero para las
alpargatas, pan, fósforos, chicha—. Lo difícil, sin llegar al escándalo o topar con la
desesperación del problema irresoluto, para él —exhuasipunguero y excargador público
acostumbrado a vivir a la defensiva, fue esconder y escamotear el dinero de la voracidad
criminal de los peones que le rodeaban. Sabía que a la noche —sueño profundo que
liquida a ratos conciencia y vigilancia— o en el encuentro casual —trochas solitarias en
la selva— le podían quitar si llevaba encima su tesoro. Sabía también que la vigilancia
del ladrón es más celosa y astuta que la del dueño. Por todo aquello y por algo más que
le dictaba su espíritu receloso, en cuanto le daban el resto de sus jornales se internaba en
la fronda de la manigua con cualquier pretexto —urgencias de mala digestión,
necesidad de algún yuyo para remedio, búsqueda de alguna pertenencia perdida a última
hora— y enterraba cuanto había recibido al pie de un árbol o junto a ciertas arrugas
como lacras imborrables de la tierra. Guiado por una extrema desconfianza —podían
seguirlo sin él darse cuenta— nunca escondió sus ahorros en el mismo lugar. La
costumbre que borra la sorpresa dolorosa del primer momento y parece ablandar lo duro
del trabajo, el placer narcotizante de una que otra borrachera al salir de cuando en
cuando al pueblo, la curiosa transformación paramental del indio en montuvio —en vez
del poncho, la cotona y la ligera ruana al hombro; en vez del sombrero de lana, el
capacho de paja toquilla; en vez de las anchas piernas de lienzo pringoso, los estrechos
calzones de casinete73, en vez de las hoshotas, las alpargatas de cuero— y los ahorros
esparcidos en diez o quince entierros diferentes, anclaron a Segundo Antonio Quishpe
con lejana y nebulosa esperanza de adquirir la parcela de tierra —trópico boscoso o
páramo de ladera serrana— que le libere de su condición de indio huasipunguero, de
miserable cargador público, de montuvio a jornal. Mas, a los pocos meses —cuatro o
cinco de aquel asfixiante y resignado batallar, fue presa del paludismo. Perdió los
jornales de muchos días —nadie ganaba sin ir a la lucha contra la selva— postrado por
largos calofríos y altas fiebres. Consumió los ahorros en remedios y curanderos. Tirado
en la tarima del chozón, cual quejoso y repugnante animal, deliró más de una vez en
tono de velorio destapando sus secretos —el amor a la longa carishina, al huasipungo
perdido, el odio inconfesable al mayordomo ladrón, al señor comisario, a taita curita, a...
—, rodeado por la burla de los peones que gustaban escucharle cuando se hallaban cerca
de él. También tuvo que endeudarse —el buen corazón del capataz algo consiguió del
amo—. Cuando se sintió mejor, no bien del todo —a cada semana o a cada mes le
sacudía la fiebre con la sorpresa y la fatalidad de un temblor de tierra—, pudo pensar en
él, y pudo comprender con angustia convaleciente que de nuevo le habían quitado el
dinero, y que además había perdido su fuerza, su coraje y su salud.
***
Segundo Antonio Quishpe no tuvo tiempo de sembrar una nueva esperanza sobre
aquel terreno. El amo de camisa manchada de sudor en las axilas y en las espaldas, de
barbas y cabellera crecidas en descuido de viejo chaparral, había perdido una demanda y
tenía que pagar algunos miles de sucres a don Cristino Toledo, un colono rico que
explotaba su propiedad hundida a dos horas de camino por una trocha espesa. Para
cobrar, Toledo había aceptado recibir parte en dinero —la menor—, parte en letras a
largos plazos —la mayor— y parte en peones —veinte seres encadenados a una deuda
de más de doscientos cincuenta sucres por cabeza en concepto de adelantos y
descuentos por pérdidas y deterioros de herramientas.
El señor —alto, flaco, renegrido— y los capataces —cuatro cholos que no perdían
oportunidad de exhibir con orgullo mañas e historias de presidio de la nueva propiedad
—mucho más encerrada en el cerco del tupido paisaje de manigua, más aplastada por un
cielo bajo y siempre nublado, más delirante en el murmullo caótico de la maraña vegetal
— se demostraron desde el primer momento crueles y altaneros con las gentes recién
llegadas. Y muchas cosas duras a las cuales se había acostumbrado Segundo Antonio
Quishpe en el fundo del amo de la camisa manchada de sudor en las axilas y en las
espaldas se agravaron en forma odiosa e inaguantable. A veces —no muy raras— el
73
casinete: tela de algodón usada para la confección de ropa barata masculina.
indio exhuasipunguero y excargador público era sorprendido y derrumbado por la fiebre
palúdica. Caía sobre el trabajo como un tronco podrido, como un trapo tembloroso —
pegada la cara y el pecho a la hojarasca húmeda, a la efervescencia casi imperceptible
de la vida de centenares de diminutos y diligentes bichos—. Y no era como había sido
hasta entonces —en el otro fundo— conducido por uno o dos compañeros hasta la
tarima del chozón, ni tampoco era reanimado a gritos, a maldiciones burlonas, a patadas
—todo aquello que afirmaba su existencia a pesar de lo cruel, todo aquello que encendía
su remordimiento balsámico por la falta no cometida y que, sin embargo, iba con él
desde siempre—. ¡No! Le dejaban que se pudra como un leño manavali, que tiemble
como una araña pisada, que arda en fiebre, que sude como un condenado. ¡Sí! Le
olvidaban junto a la amenaza de las víboras, de los insectos ponzoñosos, de los
alacranes, de las hormigas, de... Para sentirse alguien capaz de defenderse por sí mismo,
tenía que levantarse, andar rengueando como perro apaleado cuando era menester —
hasta la sombra de algún árbol frondoso, hasta algún hueco, hasta el distante chozón—.
En aquellos momentos de profundo despecho físico —entre el delirio de la fiebre y la
conciencia cercada de imposibles—, el indio Segundo Antonio pensaba en huir de
nuevo. Huir como la primera vez... Allá en el cerro, desde el huasipungo... Huir antes de
que le quiten... ¿Qué? La vida. Era lo único que le quedaba. Huir... ¿Hacia dónde?
Debía haber algún lugar, algún rincón, alguna tierra bajo el sol donde se le permita,
donde pueda, donde le sea posible... ¿Qué? ¡Oh! En realidad no atinaba a exigir algo
definitivo para el futuro —quizás esa ignorancia y esa oscuridad en la ambición eran su
peor tragedia—. No ver, no esperar nada. Ansiaba tan sólo liberarse del presente. Lo
más pronto posible. Huir... ¿Al pueblo donde a veces se emborrachó? Darían muy
pronto con él. Sí. Le perseguirían por ser la única trocha para la fuga. Además no tenía
dinero —su trabajo había vuelto a caer en las cuentas misteriosas del tiempo del
latifundio serrano: una deuda interminable y un sinnúmero de descuentos por pérdidas y
por días de enfermedad—. Huir... Hacia el río donde alguna vez vio... ¿Qué? A la orilla
dos o tres cabañas como de gente pobre.
Maduros los planes y el despecho, una mañana Segundo Antonio Quishpe fingió
hallarse enfermo —su queja era ronca, su postración de plomo fundido—. Luego,
cuando todos le olvidaron, sin testigos, con sigilo de quien cree hallar sospechas en el
menor ruido, en cualquier débil sombra, logró barajarse entre la maraña de la selva.
Después de mucho andar abriéndose paso a machetazos, olfateando en el follaje alto,
espeso —a veces tupido como la noche, a veces pálido, esquelético, difuso como el
crepúsculo—, guiado sin duda por ese agudo instinto que le salvó siempre de la niebla
de los páramos allá en la sierra, dio con el río y halló —luego de indagar e informarse
en más de dos ranchos de la ribera— a quien podía ayudarle en su fuga. Un cholo
montuvio de taimado mirar, arqueadas piernas, largos brazos, voz silbante y deshuesada
de dudosas perspectivas, el cual, al enterarse de la verdad —por lo que le dijo el
forastero y por lo que él pudo intuir—, sintetizó posibilidades de trabajo mas no de
fuga:
—¿Quién? ¿Quién pudiera llevarte al pueblo pues, hijo? Habría que pagar a
alguien... A alguien que esté desocupado y que conozca... Ahora, si estás resuelto a otra
cosa es distinto. ¡Ah! Eso sí. Bien resuelto. Que no vengan más tarde los reclamos...
Pudiera llevarte mañana al amanecer en la balsa río abajo... Algunitos tengo para
mañana... Cuatro que han de venir antes del amanecer y cinco que se esconden en el
chozón del monte... Así puedo conseguirte algo... Algo de provecho.... ¿Dices que has
sido peón?
—Sí, pes. Siempre... Perú hubiera deseado más bien...
—¿Que mejor que ganar dinero?
—Las calenturas...
—Conmigo no hay calenturas que resistan. Tengo remedio.
—¡Que buenu, pes!
—Puedo venderte.
—¿Y la plata?
—Te doy por cuenta del trabajo si te decides a ir conmigo.
—¿Suplidu? —murmuró Segundo Antonio Quishpe mientras pensaba con oprimida
angustia íntima, fruto de ese terror indescriptible del prisionero que palpa a ratos clara y
fríamente los barrotes de la cárcel donde se debate: «Uuu... Comu siempre, pes... Ave
María... Igualiticu, caraju... Nu tener donde ir el pobre natural... Igualiticuuu...»
—O quieres que te regale todo lo que me vas a costar hasta conseguirte algo
bueno... Comida, remedios, viaje en la balsa... Yo también soy pobre... Yo también
tengo que buscarme los centavos, pues... —opinó el cholo montuvio con fingido tono
fraternal, amistoso. Desde lo más recóndito de su alma acechaba la codicia de su oficio
ilegal. Aquel hombre había comprendido a tiempo que para no sucumbir en aquel
infierno era menester agarrarse sin escrúpulos a cualquier negocio que pueda salir a
flote, y el suyo en realidad era inocente: llevar peones desertores de un lado a otro de la
manigua. Se contentaba con tres o cuatro viajes al año. La presa que tenía en esos
momentos frente a él había caído sorpresivamente en sus manos y no era lógico dejarla
escapar.
—Perú...
—Nada de peros... Sólo así estarás seguro. Nadie te perseguirá. Nadie se atreverá.
—Ojalá, pes.
Ante la actitud declinante y resignada del peón, el montuvio contratista subrayó las
buenas ofertas —un rincón en el corredor para dormir aquella noche, café puro con
grandes dosis del misterioso remedio para el paludismo, amparo contra los posibles
perseguidores, cómodo viaje en la balsa, buen jornal— y ocultó las trágicas y reales
perspectivas —la comisión por conseguirle el trabajo, los altos descuentos por todo lo
que le daba, el mal clima del lugar de donde le sería difícil volver, el patrón y los
capataces cortados en el molde de la impiedad latifundista— saboreando poco a poco su
triunfo con babosas y forzadas sonrisas que al final encendieron sin reparos brillo de
franca codicia en sus pupilas.
Al amanecer del siguiente día, entre sombras de una noche de largo agonizar,
llegaron siete peones desertores —voz baja y entrecortada en su fatiga, recelo nervioso
en su actitud—. También el cholo montuvio, luego de saludar a los recién llegados y
hundirse por el chaparro del bosque, volvió acompañado de un número igual de
campesinos silenciosos. Todos desayunaron con agua y tortillas prietas de maíz que
sirvió una mujer flaca y diligente —cocinera y concubina del dueño del rancho—. A las
seis, poco más o menos, después de cargar cuanto era necesario para el viaje y agrupar a
los peones cubriéndoles con cáñamos y con grandes hojas como si fueran cabezas de
plátano verde —simulación para evitar el chisme y la denuncia de los colonos de las
riberas—, el cholo montuvio contratista de contrabandos, con duro esfuerzo de una
larga pértiga —remo y timón a la vez— que le hundió como puntal en el terreno
arenoso de la orilla, pudo desprender la balsa —siete troncos atados en plataforma sobre
gruesos travesaños— y meterla en la corriente del río. Las primeras horas se deslizaron
sin mayor contratiempo. Sudaban los peones amontonados bajo el disfraz de hojas y
cáñamos, monologaba consejos y ofertas el hombre de taimado mirar, arqueadas
piernas, largos brazos, silbante y deshuesada voz, desde su puesto de mando, siempre
alerta y hábil con su larga pértiga para mantener la balsa en buena forma. Con pereza
viscosa marchaban hacia atrás las riberas —lamía a ratos la fronda espesa de la selva el
agua, abríase en playa de guijarros y de lodo, exhibía a grandes trechos la estampa de
una casa zancuda en asfixia de náufrago, de un claro medroso, de un hombre perdido—,
desde donde, dos o tres veces, no más, alguien que estaba en el secreto de lo que iba en
la carga, gritaba al montuvio contratista:
—¡Compadreee!
—¡Eeeh!
—¡Cédame unitooo!
—No... ¡No se puedeee!
—¡Unito no más!
—¡Imposible aquí mismooo!
—¡No ha de saber nadieee!
—¡Uuu!
—¡Carajooo!
—¿Quéee?
—¡Que le aprovecheee!
—¡Oooh!
Cerca de media tarde, el cholo montuvio, con diestra maniobra v duras maldiciones,
llevó la balsa hasta la orilla. Debía esperar a las sombras del crepúsculo para que
alcahueteen su paso frente a la colonia mayor de la región de donde, más de una vez,
sonsacó gentes para su negocio. El administrador había jurado matarle y los
mayordomos y capataces también. Una ocasión le dispararon pero Dios se puso de su
parte y le defendió.
—Carajo... Casito me joden... —murmuraba al recordar.
Como era difícil sostener la plataforma antes de amarrarla, dos peones desertores, a
la orden del contratista, se metieron hasta la cintura en el agua. Con ellos como tranca
todo se realizó sin contratiempo. En aquella pausa del viaje —ardió la lumbre en el
fogón portátil de la balsa, se asó plátano pintón, se hizo hervir agua de dulce en un tarro
de lata, se calentó el estómago—, Segundo Antonio Quishpe pudo observar por primera
vez de reojo a sus compañeros. Nada pensó en realidad de ellos. ¿Qué podían sus
oscuras entendederas? No obstante una especie de sentimiento, de afán fraternal nacido
de las formas y de las actitudes iguales, le hizo comprender y le hizo ver en el
cansancio, en el despecho y en el abandono de cada uno, algo suyo, muy suyo, algo que
también vio de muchacho en los ojos de la yunta de bueyes uncida al yugo que araba las
laderas de la sierra. «Igualiticu...», se dijo con esa muda desesperación de quien se halla
y se siente mínimo, esclavo y miserable en todos los seres, en todas las latitudes de la
tierra.
Sortearon el peligro del administrador, de los mayordomos y de los capataces de la
colonia sin ninguna mala novedad. En las tinieblas de la noche madura tuvieron que
volver a buscar la orilla. Era peligroso seguir adelante. Durmieron sobre la balsa
húmeda como en la mejor de las hamacas, y a la mañana siguiente, muy temprano,
reiniciaron el viaje. Ante el monótono espectáculo de la corriente turbia que se rompía y
susurraba en los bordes desiguales de la plataforma, Segundo Antonio Quishpe iba
tomando el pulso a la distancia recorrida y sentía una angustia de borrosas y truncas
interrogaciones: ¿Cómo... Cómo se hallaba vivo en...? ¿Cuándo podría...? ¿Qué...?
¿Hacia dónde...? ¿Acaso...? Pero... ¡Sí! Algo había en él marcado por la experiencia con
claridad de fuerza instintiva y sentimiento profundo: la razón de su fuga. A sus
espaldas... A sus espaldas avanzaba arrollador y adverso lo que él creía su destino,
persiguiéndole siempre —acial de maldiciones, de atropellos y de desgracias en alto
para aplastarle—. Y cuando lograba parar, sembrarse en cualquier refugio por miserable
que fuera, por lejano y oculto que se hallara, sentía de inmediato —con pocos días o
meses de respiro esperanzado— el fuetazo ardiente de la mala fortuna que le obligaba a
huir de nuevo.
***
Cuando llegó en manada —como de costumbre— a donde tenía que trabajar,
Segundo Antonio Quishpe creyó sinceramente que había caído de nuevo en la propiedad
del amo de camisa manchada de sudor en las axilas y en las espaldas, de barbas y
cabellera crecidas en descuido de viejo chaparral. Cosas de la selva —uno vuelve al
punto de partida—. Pero... Desgraciada o felizmente no era así. El exhuasipunguero y el
excargador público notó la diferencia cuando le anunciaron lo que tenía que pagar, lo
que tenían que descontarle en el futuro: por las tres o cuatro tazas de café en aguas por
la comida, por el remedio para el paludismo, por el viaje en la balsa, por haberle
conseguido el trabajo, por... ¡Oh! Más de un mes. Más... ¡Mucho más! Y como era
natural, a los pocos días, se hincharon los suplidos, se enredaron las cuentas oscuras.
Volvió de nuevo a sentirse encadenado, preso. I-as dos o tres primeras semanas tuvo
suerte, no le atacó el paludismo. Quizás el remedio que le dio y le cobró a peso de oro el
cholo montuvio contratista le había curado. Quizás pudiera... ¡No! Una tarde cayó sobre
el trabajo, borracho y estremecido por la fiebre. Esperó cinco, diez minutos sobre el
húmedo y duro lecho del desmonte. Nadie acudió a socorrerle. Cuando pudo —el
calofrío convertido en sudor de alta temperatura— se arrastró hasta donde estaba el
capataz, el cual, dando al enfermo un fuerte empellón lleno de desprecio, dijo:
—Ya te jodiste, pues. No está ni el curandero, ni nadie para que te recete. Ojala el
patrón quiera darte a buena cuenta un poquito de quinina. Eso cuesta. Ahora... Ahora
espera no más hasta las cinco que nos levantemos del trabajo para ayudarte. Perdiste un
día, carajo. Esa es la orden. Échate... Échate sobre un tronco alto... Aquí la culebra no
está con pendejadas.
Desde entonces las cosas se agravaron. Al mes, poco más o menos, de continuas
sacudidas palúdicas, Segundo Antonio Quishpe había perdido ese resto de coraje, de
ansia conciente para vivir, para... En realidad, muchas y repetidas veces —vértigos
fugaces al principio, modorra de horas vacías más tarde— no atinaba a saber por dónde
iba, quién era, qué decía, si estaba en el trabajo o en el chozón. Derribábase sobre la
maleza al tropezar en cualquier rama del desmonte como si estuviera borracho, como si
estuviera enfermo de gravedad, como si estuviera rebelde y no quisiera cumplir su tarea.
A más del paludismo, algo imposible de expresar le obligaba a ese abandono, algo
terrible, algo superior a su instinto, algo... Muchos días no pudo trabajar ni dos horas
seguidas. ¿Para qué? No ganaba nada al no cumplir entera... ¡Oh! Debía mucho al
patrón. Debía todo. ¡Todo!
La última vez que se desplomó y quedó tumbado sobre los troncos y la hojarasca
fue en la limpia nueva, cerca del río. A quince o veinte metros se hallaban el capataz y
los compañeros. Siempre estuvieron cerca. Siempre vieron, y, sin embargo... ¡Oh! Pero
en aquella ocasión él tampoco quería moverse. Que nadie le arrastre, que nadie le
pregunte nada, que nadie le toque con el pie, que nadie... Era mucho mejor permanecer
así siempre —descargando sobre sí mismo la furia y el despecho del vencido—. Una
ansia de descansar, de morir, clavándole en el suelo, le llenó de morbosa satisfacción —
podía hermanarse al rumor de las cosas, de los bichos pequeños, de la vida vegetal al
descomponerse—. Todo... Todo a causa de la fiebre y de una extraña venganza suicida
que jamás había experimentado antes. Sí. Borró en parte la realidad que le abrumaba
para abismarse en la visión del pasado: el huasipungo perdido, la longa carishina, la
choza en la ladera, los animales que vendió en la fuga... De pronto —breve despertar
instintivo—, un ruido sinuoso, reptante, leve entre la hojarasca, le inquietó por cinco o
diez segundos —curiosa y repentina sensación de miedo—. Debía arrastrarse, correr.
Debía defenderse. Era el ruido del cual todos huían en la tierra caliente. Era el ruido que
en pocos meses aprendió a conocer como amenaza mortal. No obstante permaneció
inmóvil, detuvo la respiración, y, sintió la picadura en..., en la pierna que se le
amortiguaba. Luego, un raro desdoblamiento de su espíritu le puso en acecho. «Pobre
longu: tiradu comu perru, mordidu de culebra», dijo el ser que compadecía en ese
diálogo íntimo del vencido. «Bien hechitu, pes. Pur estar corriendu de un ladu a otru...
Pur dejar la tierra de sus taitas mayores, pur nu defender a la guarmi, pur pendeju
mismu... ¿y para qué, pes? Toditicu lu mismu: patrunes grandes, mayordomus,
capataces... Igualiticu... Guarmis ajenas, chozún ajeno, tierra ajena, agua ajena,
remedáis ajenus, platica en descuentas...», respondió el ser que protestaba y maldecía.
Un poco más tarde se puso a llover. Segundo Antonio Quishpe, perdido en la fiebre
—sin saber quién era ni dónde estaba—, recibió la lluvia con placer que alivió a medias
la fiebre y despertó en parte la conciencia.
Después de las cinco de la tarde, al levantarse la gente del trabajo, uno de los
capataces notó la falta del peón que siempre andaba enfermo, y, a poco de buscarle —
ayudado por tres montuvios— dio con él.
—Se ha quedado tendido como mortecina.
—Las calenturas —opinó uno de los tres hombres que acompañaba al capataz.
—Uuu...
—No parece. Se queja... ¡Carajo! Le ha picado la culebra. ¡Apostaría! —anunció
otro examinando misteriosamente al caído.
—Pero...
—¿Ven? Aquí... Aquí están las huellas de los dos colmillos.
—Se jodio.
—El patrón tiene buenos remedios. Puede salvarle.
—Claro... Puede...
Con cinismo no muy extraño en aquellas latitudes, el capataz concluyó:
—¡Oh! Eso... Cuando el hombre no sirve, el patrón no desperdicia remedios muy
caros... Remedios que son difíciles de conseguir y que pudieran faltar... Les deja no más
estirar la pata a estos pendejos...
—Carajo.
—Claro, pues. ¿Qué nos hacemos con un enfermo? Este nunca trabajaba un día
entero... Llevémosle al chozón...
Sobre un eco de turbias resonancias —voces que golpeaban a medias en la
conciencia— el enfermo volvió a dialogar en su desdoblamiento íntimo: «Pobre longu...
Arrastradu comu perru le llevan al rincún donde le dejarán morir...», confirmó el ser que
compadecía. «Bien hechitu... Pur creer que ya nu tenía nada que le puedan quitar...
Nada... Ni la guarmi, ni la tierra, ni lus animalitus, ni la plata, ni la ropa, ni el trabaju...
¿Nada? La vida pes, tonta... ¡La vida! La muerte también... Uuu... La vida sin dar lus
remedius... La muerte para echar comu basura en el huecú... Comu basura mismu...
¿Acasu nu he de poder pagar el remediu? Adefesiu... Miserable... Mala entraña...»,
repetía una y otra vez el ser rebelde y maldiciente.
De acuerdo al pronóstico del capataz, el amo se negó a usar los buenos remedios en
un peón casi anulado por el paludismo, en un peón que solicitaba a diario suplidos para
curarse y no alcanzaba a desquitar ni la décima parte de lo que había llevado. Segundo
Antonio Quishpe, ardiendo de sed y sudando sangre por todos los poros del cuerpo,
murió al tercer día de aquello.
DESORIENTACIÓN
Dar hijos a la Patria. —Patria con mayúscula y con letra gordita, como se le ha
presentado a la ignorancia de los callejones retorcidos, en cuesta, lodosos, suburbiales;
como se le escribe en los paredones, junto a la exhibición de gruesas blasfemias o
exaltaciones políticas; como le comprende el obrero imberbe que aún sueña con una
casita propia y una mujer idem; como le hicieron creer a Juan Taco, cargador público de
la estación Sur, de 18 años de edad y en plena luna de miel —si a cargar quintales de sal
y arroz desde las seis de la mañana hasta las seis de la noche y a copular con una mujer
hedionda, en vía de descanso, se le puede dar el nombre de luna de miel—.
La juventud de Juan era sincera, con esa sinceridad del que se deja meter gato por
liebre.
Consejo de patronos: «—Nuestros hijos deben mantener muy en alto el honor patrio
que nos legaron los mayores». «Nuestros hijos que serán... esto y aquello...» Nuestros
hijos que harán...: lo de aquí y lo de allá». «Nuestros hijos para arriba..., nuestros hijos
para abajo». Primera cuerda a la que se agarró el muchacho: el hijo como reivindicador
de esperanzas. En la escuela aprendió a volverse hiperestésico cuando le tocaban en esa
cuerda.
Los moralistas, los astutos defensores de la propiedad privada, los honrados
banqueros y los mansos ciudadanos, le anunciaron por medio del alto-parlante marca
fraile: «Dios bendice la casa de prole numerosa donde todos los corazones se elevan a él
y todos los brazos trabajan» —para los que se pasan rascándose la barriguita—.
Segunda cuerda a la que se agarró el adolescente: el hijo como escalera para trepar al
cielo.
Los altos Jefes del Ejercito afirman: «Se necesitan batallones de hijos robustos para
que defiendan tantas cosas bonitas que tiene la Patria: palacios donde viven gentes
adineradas que miran desde sus balcones, con indiferencia musulmana, el desfile de
voluntarios; teatros que brindan su mayor comodidad al que más paga; calles, parques,
avenidas, para los automóviles de los señores; casas mugrientas en donde al obrero se le
saca medio jornal por arriendo de un cuarto; campos, sierra agreste labrada por el indio
y utilizada por el blanco de los palacios... etc., etc.». Tercera cuerda a la que se aferró el
hombre: el hijo como posible plataforma de gloria.
***
Inesperadamente Juan recibió la noticia de que su mujer estaba dando a luz.
—¡Juan...!
—¿Qué...?
—La vecina ca, muriendo está.
—¿Cómo?
—Ya ero que va'soltar el guagua.
Se endereza el cargador para recibir la noticia en pleno rostro; los quintales pierden
las espaldas y caen al suelo provocando la furia del capataz.
—¡Ve! ¡Carajo!... Onde corrís... Aura le pongo falta al mierda éste...
Un cargador de cara arrugada y que se ríe de la precipitación del compañero,
comenta con la chola noticiera.
—Ve pes como deja... Ya perdió el día íntegro de trabajo.
—Es que está pariendo la vecina, pes.
—¿Y vos no querís parir? —embroma el obrero, echando mano al culo de la
hembra.
—Deje; vaya pes... —protesta la mujer esquivando la cadera y perdiéndose por el
callejón lodoso que lleva a la tienda del vecino Juan.
***
Son las seis de la mañana. Una fuerte ventisca apenas le deja andar. La sirena de la
fábrica ha pitado tres veces. La bodega debe estarse abriendo. Los pensamientos que
urde Juan Taco podrían llevar el título de: «Tristezas de un padre de seis hijos». «Su
Claudinita, su Bertita, su Josecito, su Piedadcita y sus dos mocosos, el uno con
sarampión. ¿Se morirá? Al vecino Timoteo se le murió uno la semana pasada. Pero al
pobre vecino todavía le sobran nueve... ¿Por qué serán tan fecundas las mujeres? La ña
Leonor amaba a los niños, tal vez porque no les soportaba, porque era estéril, estéril no,
nunca ha sido casada; ahora se acuerda que no era casada la ña Leonor, después de que
toda su infancia pasó con ella, después de que ella le enseñó a leer... —El niño sube y
baja... El perro huye—. Si tuviera tiempo le enseñaría a leer a su Claudinita. —El niño
sube y baja. El perro huye—. No ha tenido dinero para mandarla a la escuela: la
matrícula, comprarla zapatos, vestido nuevo y, sobre todo, se quedarían sin cocinera,
ella acarrea el agua, ella prende el fogón por las mañanas haciendo mecha con los
chorreados que han dejado las velas de sebo sobre el pilar cabecero del camastro; ella
limpia la mierda que dejan los guaguas tiernos —Carlitos uno de los menores es una
lata, ha cogido la costumbre de cagarse detrás del cajón donde se guarda la ropa sucia
—, ella saca las cobijas al sol y sabe matar pulgas; ella va a fiar a todas las tiendas; ella
le ayuda en las rebuscas de la bodega: arroz, azúcar, maíz, sal... Es ágil, lista, no se deja
ver del capataz. El, le pasa disimuladamente el artículo que ha logrado robar metiendo
la mano por la rotura de un costal podrido, ella corre cuando es de correr o se desliza
disimuladamente entre los vagones vacíos escamoteándose a la mirada de los
vigilantes... ja... ja... ja... ¡Cómo se les hace pendejos! Dos puñados de arroz, media
libra de azúcar, un poco de sal, unas diez papas de cuando en vez... ¡Pero eso es un
robo! Debe ser por eso que Dios no le ayuda, que le tiene sumido en la miseria, que sus
hijos no pueden ir a la escuela, que les tiene derramando trapos, que debe en todas
partes, que muchos días no tienen para comer, que la ropa se le acaba pronto. El temo
que lleva puesto compró hace seis meses y sin embargo la espalda está con tres
remiendos, los hombros deshilados, todo manchado de grasa, de aceite. ¿Cuando se
acabarán los quintales de sal, las barricas de mantequilla, los grandes cajones que pesan
ferozmente cuando se los saca del carro para llevarlos a bodega, y que desgarran y
ensucian la ropa? Ojalá en la carga que van a sacar haya venido algo para su almuerzo.
Es sábado y el jornal es tan pequeño que no llega a fin de semana, además ayer por la
tarde Claudina volvió llorando: Mama Dolores, la tendera, le había insultado porque fue
a fiarle un calé de sal... Tal vez en los carros que van a abrir hayan costales podridos en
donde poder meter la mano... Ya le dijo a su Claudina que venga a estar dándose las
vueltas por la bodega entre eso de las diez... Su Bertita no sirve para estas cosas, es muy
juguetona. Los muchachos del barrio no le dejan en paz... Tan pegada a la madre; ambas
conspiran contra él cuando se emborracha. Le sacan de las cantinas sin dejarle terminar
sus tragos: la madre acecha en la puerta y la hija se desliza sobre cualquier pretexto para
arrancarle del olvido de su embriaguez. A la muchacha le gusta esta tarca, no llevada de
un fin benéfico; de las trastiendas sale con buena provisión de corchos, tapas de cerveza,
colillas de cigarrillos... ¡No me sirve para nada! Ha salido a la madre... Su pobre
Miche... siempre enferma: los vómitos, los dolores de barriga, los desembarazos, las
menstruaciones. ¿Cómo puede ayudarle a ganarse el pan, un ser que la mitad de su vida
pasa trasudando dolencias? Engendrar. Parir. Criar. Debe castrarle como a la gallina que
trajeron los indios la semana pasada: no pone huevos, cuelga el ala cuando ve hembras y
hasta pelea con los gallos: así su Miche, podría cargar las más pesadas barricas de
cemento... Con dos jornales en la casa, entonces la prole iría a la escuela... Ya les ve
desfilar: todos ellos limpiecitos, con zapatos nuevos, con lazos y corbatones... El
remedio está en la mano... No obstante los muchachos ya son mayores y no van a la
escuela... Ja... ja... ja... ¿Esos pequeños mocosos serán hijos de su sangre? El ño Luchito
decía: «La sociedad está corrompida. ¡Se han olvidado de Dios! Un noventa por ciento
de las mujeres casadas adulteran el matrimonio, por eso no me caso». Claro, el 90 por
ciento de los hijos legítimos resultaban adulterinos... Tal vez los suyos son ajenos y por
eso le chupan como sanguijuelas. ¡No! ¡Imposible! Esposas de cargadores públicos no
son infieles... Es que esta gente no sabe disimular, son tan animales que tienen hijos del
macho que las mantiene. Sólo de él. ¡De él! Si no fueran tan sucias, tan hediondas, se
podría hacer cualquier sacrificio por ellas. Nunca se bañan. ¡Carajo! Hace tres meses
que no me voy a la quebrada a remojar el cuero. ¿El domingo...? ¿A qué hora? A las
doce llega el mixto y hay que despachar equipaje; por la tarde llueve, se juega a la
pelota, se toma unas copitas...? ¡Un duchazo tibio como los que se daba el ño Luchito!
Cuesta ochenta centavos, ¿y qué son ochenta centavos para él que gana cuarenta sucres
al mes... ¡Qué raro! Es la primera vez que se daba cuenta exacta de que cogía jornal.
Cuarenta sucres mensuales..., diez del arriendo... ¡treinta!... ¿Treinta sucres divididos
para treinta días del mes? A un sucre diario. ¿Un sucre para ocho miembros de familia?
A doce centavos por cabeza... ¡No!... Ja... ja... ja... ¡No puede ser! Un ser que come y se
viste no puede vivir con doce centavos... Se equivocaría en algún cero... Un cero... Un
cero... No... No hay el cero. Son doce centavos; él vive con doce centavos... ¿Pero es
posible?... Y ha pensado en gastarse ocho reales... Ahora comprende por qué mete las
manos en los costales rotos, por que las tenderas insultan a Claudinita, por qué roba la
Miche en las tiendas de las vecinas..., ahora sabe por qué Dios le castiga... ¡No!... No
son doce centavos... Es menos... Se ha olvidado de las deudas. Es divertido... ¿Quién
tendrá que pagar sus deudas? Sobre un camastro improvisado se retuerce Juan Taco sin
poder dormir. Pausa para pescar al sueño. El sueño debe estar dormido. No pensar en
nada..., cerrar los ojos... muy calladito... Mañana hay que levantarse a las seis. Una
bandada de pensamientos ahuyentan al pobrecito sueño. Le sorprende no poder
encarcelar a esas aves que se disparan en un vuelo más veloz que todos los vuelos; esas
aves cazadas durante el día —olvidadas, muertas en la mochila— aletean, vuelan
durante la noche y, en sus piruetas aviatorias, le trazan el boceto de planes futuros, le
escriben la solicitud taimada que clama la libertad de deseos esclavos, presos en la isla
de los refugios. ¿Por qué se acordará ahora del vecino Timoteo? El fue el único que se
compadeció de su tragedia; él le dijo: «No seas tonto. Si no quieres tener más hijos
tienes que dormir solo». Sí; ya está solo, pero ahora... ¡Sueño!... ¡Sueñoooo!
La Miche que ronca...
Los guaguas que roncan.
El señor Cura.
El médico.
Las ollas hediondas a comida guardada.
La obscuridad que le ha robado los ojos.
¡La hembra!
No volverá a tener más hijos. Para la Patria, para Dios, para los amos son pocos;
para él resultaban innumerables. Sería bueno que se queden gateando por el cuarto,
tapándose con retazos viejos y mamándose el último resto de juventud de la Miche...
¡Miche!... ¡Joven... graciosa!
Suspira y cambia de lado.
Sentir el calor de la hembra Miche.
¡No!
Los guaguas crecen y, con ellos, tiene que crecer la ropa, la comida..., ¡todo! Menos
el cuarto y el jornal que se achican. La única que le ha arrullado en la vida ha sido la
Miche —las madres deben acariciar como ella—. ¿Podrá un hijo abandonar a la madre?
¿Dejarla que duerma sola? ¿Sola como le está dejando a la Miche? Tuvo la convicción
de que no volvería a unirse nunca a su mujer y acurrucó su cuerpo sobre esa convicción
para aplastarla.
No puede más; volverá junto a la hembra sólo por esta noche... Le hará abortar, así
se verá libre del fantasma de un nuevo crío. Una cara redonda, unos ojos de gafas, una
boca de alto personaje protesta: «La Ley prohíbe el aborto. Mantener y educar a los
hijos es la ley suprema del ciudadano». ¡He pensado un crimen!
—Un crimen—murmura en voz alta.
La cara del alto personaje se puede comparar con la de ño Luchito. Siempre la Ley
se le ha presentado como un látigo infinitamente largo. Si él pudiera hacer desaparecer
el látigo, como hizo con aquel otro que servía para azotar sus nalgas de niño. ¡Oh!
Aquella primera paliza que le dieron los patrones; bueno, él no tuvo la culpa, fue la
curiosidad. Ja... ja... ja... Dejó de limpiar los muebles para espiar lo que pasaba en el
dormitorio de los hermanos. ¡Qué espectáculo tan imborrable! Dos pies de hombre se
acercan a dos pies de mujer... Los cuatro pies desaparecen y la cama empieza a crujir...
No pudo ver la cama, no tuvo de donde espiar. Cuando salieron el ño Luchito y la ña
Leonor se pusieren rojos de furia al ver que no había terminado de limpiar el polvo de
las mesas que podía servir de pizarra al dedo de un niño travieso. «Tráeme el látigo.
Mañana, cuando se acuerde de nosotros y de nuestras palizas, bendecirá nuestro
nombre». Es gracioso; ahora el recuerdo tiene un sedimento amargo, una excitación
desviada... ¡Sí! ¡Dios se lo pague! Es tan sabroso que la Miche le muerda hasta sacarle
sangre; es tan sabroso cogerle a la Miche por los cabellos y arrastrarle por el cuarto...,
después se le consuela dándole un nuevo hijo... se siente vengado. ¿De quién? Tal vez
de la Miche que llora echada en el suelo con los vestidos revueltos, hedionda a hembra,
a cebolla, a mierda de guagua. Todo es tibio en ella: las lágrimas, la boca, los senos, las
piernas... No quiero más hijos... ¿Y si me pusiera un preservativo de los que usaba ño
Luchito? Una cara adusta de un fraile se interpone al proyecto, gritándole: «No se puede
violar los deberes sagrados del matrimonio. No se puede adulterar con estorbos los
sagrados designios del Creador». ¿Entonces, qué hacer? Todo es inútil. Sueño...
¡Sueñoooo! En vez del sueño se le presenta la figura de la Miche que se alza los trajes y
se le sienta en la cara. Una cosa suave, tibia, babosa le adoba los sentidos. Una cosa
suave, tibia, babosa parece resbalarle por los ojos, por la nariz, por la boca, por la
garganta, por el vientre. Allá, en el camastro, la hembra ronca, ronca hasta la
desesperación que exprime lágrimas. Si pudiera hacerla callar taponándole la boca con
una gran estaca que atraviese el ruido y le deje clavado en la almohada como a una
mariposa... El símbolo de la mariposa y del clavo le produce risa. ¿Dónde está el
chiste?... ja... ja... ja...
Se da unos golpecitos en la barriga. Se nota empapado en sudor. Quisiera levantarse
a tomar un poco de agua. Ahora se da cuenta por qué no ha podido conciliar el sueño: es
el olor a cocina que viene de las ollas esparcidas por el suelo... ¡No!... Es el roncar
constante de la Miche.
Dar hijos a Dios, dar hijos a la Patria, dar hijos a todos los que necesitan sus brazos
jóvenes, sin que jamás les haya costado un céntimo, eso es ser hombre de bien. El es un
hombre que se siente fuerte para servir a alguien o a algo. ¿Por qué se ha vuelto egoísta?
Antes no era así. Ese resto de energía que le sobra tiene que dar a la vida; lo malo está
en que ella no aprovecha, son los vivísimos, son los...
¡Anda hombre, no seas egoísta, da a la vida lo que la vida te dio!
Imposible resistir más a la atracción de todo aquello, a la atracción de aquel roncar
perenne.
Se levanta, busca a tientas el ronquido que no le ha dejado pegar los ojos —ahora le
estrangulará—, cae con avidez sobre una cama que cruje, unos guaguas que protestan y
una mujer que rezonga-
***
Frente a la bodega han florecido tres grúas. Juan, como macho en celo, les clava los
ojos aceradamente. Se queda absorto mirándolas. Luego baja la cabeza y deja caer a sus
pies una evidencia que parece mentira: «Son tres».
Con la alegría que traen los trabajos extraños, en las agrupaciones donde la rutina
de una obligación que se puede hacer con los ojos vendados ha encallecido el alma,
todos los obreros trabajan alegres en acomodar las últimas tuercas que completarán la
grúa N° 3.
—Sustituyen a veinte hombres. Antes, para vaciar un carro, se necesitaban varias
horas, ahora con estos animalitos será cuestión de minutos —carraspea el gringo
director de la obra.
Los trenes que llegan, los trenes que se van, la antena de los pañuelos que escriben
en el aire un telegrama de despedida, nos hacen en las estaciones un poco viajeros.
Juan contempla desde el andén el entusiasmo de los obreros.
—¡Uno... dos... Arriba!
—¡Uno... dos... Arriba!
Con los brazos caídos se deja ametrallar en el pecho con los cien entusiasmos de los
compañeros.
A cada esfuerzo, a cada grito se le clavaba una idea: «huir... viajar...» Los trenes que
se van..., una despedida... ¿Pero quién se va en este caso? Siente desangrarse por una
herida que no la ve... Esas tres grúas que absorberán día y noche todos los quintales de
sal, arroz, maíz, vaciando los carros e hinchando las bodegas, tienen la culpa; han
venido a desvalorizar las espaldas cuadradas, a dejarlas convertidas en risibles
guiñapos74 arrinconables al canasto de basura de la miseria. Ya no podrá llevar el jornal
a la casa... ¿Y los hijos? Ahora son ocho... ¿Y la Claudina? Ahora ya tiene que
comprarle media vara más de tela para los vestidos. ¿Y la Miche? Como siempre,
parida. ;Y las deudas? ¡Qué se vayan al diablo las deudas! ¿Pero por qué todas estas
cavilaciones; acaso le han despedido ya, acaso piensan despedirle? Si, claro. Las grúas
han sido colocadas de adorno... Sólo le queda el consuelo de una maldición, de un
«estoy jodido», pero en voz baja, muy bajita, que no le oigan los moralistas ni la gente
distinguida, le tildarían de mal educado, de cholo.
Todos los compañeros se retiran para contemplar las grúas desde el andén. Se han
quedado callados; con ese gran silencio que a veces es un grito. Alicaídos, como ropas
colgadas de una percha que se va desclavando. Juan comprende que la angustia que se
le atora en la garganta se está atorando en todos estos hombrecitos de espaldas
cuadradas.
***
Todo consiste ahora en saber pescar el trabajo al vuelo, atropellando a los demás,
quitándoles las propinas de las manos, dándoles de bofetadas cuando es preciso,
74
guiñapo: andrajo o trapo roto.
olfateando la llegada y la salida de los trenes, tirándose sobre la portezuela de los carros
de carga con velocidad de perro de caza, escamoteando la vigilancia de la policía para
trepar a los expresos, subiéndose al vuelo a los estribos de los coches de primera,
aprendiendo a caer derecho cuando se es expulsado por el puntapié del conductor,
yendo a esperar los trenes más allá del cambio, armando combinaciones de verdadero
combate. El problema radica en conseguirse un pasajero que le confíe la maleta y le
pague diez o veinte centavos.
El reverso de este delirium-tremens es sosegado.
Sólo el pito de la locomotora excita a los cargadores diseminados por la parroquia.
El resto del día lo pasan esperando la llamada, el ladrido del galgo de acero que se
precipita por los bosques olfateando la estación próxima. Después, viene la espera que
la ocupan en quitarse los harapos y buscarse los parásitos bajo los sobacos, en beber —
cuando hay alguien quien invita o alguien quien fía—, en robar aprovechando el
descuido de los que trabajan, en saborear el desprecio que les ofrece la moral de los
adinerados. Mas que importa el barro, la humedad penetrante de las viviendas, lo
angustioso del silbido de las locomotoras, las deudas que crecen y los piojos que
devoran, ante el dolor que causa el llanto de los guaguas que piden pan.
Algunos días que pueden llamarse festivos, empiezan así:
—¡Ve! Mandarás no más, a los longos abajo a la estación; ha llegado carro de fruta
—sale ordenando Juan Taco.
Por veinticinco plátanos verdes se compromete en la ayuda del descargue del carro
al camión. Con las cabezas de plátano a cuestas, dejando caer unos cuantos maduros que
los rapaces atrapan al vuelo y corren a darle a mama Miche.
Cuando llega fruta podrida e interviene la sanidad, vaciando el carro en un rincón
de la plaza que sirve de basurero, todo va bien; las familias de los cargadores se ponen
de acuerdo y, a las doce de la noche, cuando la sanidad se ha encerrado en su alcoba
desinfectada y los policías cabecean en las esquinas, filas interminables de muchachos
se escurren entre la penumbra de los vagones y las locomotoras. Llegan, muy despacio y
sin pelearse, hasta el montón olor a fermento, le hacen los honores con la boca que se
les hace agua, apartan a los chanchos, hunden las manos en la masa melosa, se echan el
fardo a las espaldas y toman la vía menos frecuentada aplastados por las cabezas
aguadas de la fruta y por la obscuridad espesa de la noche.
El despertar del día siguiente es alegre.
¡Hay plátano para vender a los indios!
¡A seis por cinco centavos!
¡Los más podridos a diez! Los racimos, sentados sobre bancos de madera, en los
umbrales de las viviendas obreras, a todo lo largo de la cuesta de Alpahuasi, coquetean
con los indígenas que vuelven de la ciudad y que quieren llevar manjar capitalino a los
guaguas que esperan en la choza la vuelta de los taiticos.
***
Se es lo que se pone: sin zapatos se es huambra75, con zapatos se es joven o señorita.
Un deseo interminable de medias hay en las piernas de Claudina.
Pedestal vestido que hace murmurar a las vecinas: «La joven».
La incertidumbre de alcanzar hincha el deseo... ¡Medias color carne... Medias
largas... Medias de seda con zapatos de hule...!
A las siete de la noche la travesura infantil se arropa bajo la penumbra de los
rincones apartados.
Jugar a las escondidas.
75
huambra: niño, joven.
Jugar a las cogidas.
Jugar al pin-pín.
Jugar al Santo Mocarro.
Jugar a las escondidas. ¡A las escondidas!
¡Al que toque diez...!
—Uno... dos... tres... cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, ¡diez!
En la búsqueda de refugio se tropieza, a veces, con escondites ocupados. Siempre
resulta imprudente sorprender las escenas que se han hecho los otros.
Claudina olfatea el vagón más apartado.
¿Eh? La curiosidad se filtra por todas las rendijas: son, el hijo del Teófilo, «el
renacuajo», el longo tuerto, el ratero... y la Doloritas, la ñata de la cinta en la cabeza, la
que tiene para comprarse golosinas. Se están besando. ¡Ah! Por cada beso el tuerto le da
medio...
La cinta en la cabeza, los caramelos..., el Tuerto.
—Ja... ja... ja...!
—No vale... No vale... Ha estado espiando... —grita alguien.
—¡Entrego al publicooooo!
—¡Que se lo recibaaa...!
Otro que busca.
Los rapaces vuelven a desparramarse por la plaza dejando al buscador clavado en la
soledad de su mala suerte, clavado en el mejor escondite, como una estaca de donde ha
logrado zafarse la bandada de la bullanguería.
Claudina corre junto al Tuerto...: es indispensable alejarlo de la ñata, esconderse con
él, aprovecharle ahora que tiene monedas. Felizmente ella corre veloz, sabe atraparlo...
Ya se va con la otra... ¡Imposible! Pasará junto a él, le agarrará de la muñeca, le
arrastrará... ¡Así!... Meterle en el hueco de donde no le sacará el más experto buscador...
Aquí. Es el lugar más seguro —le murmura la muchacha al oído.
Una escena que empieza por una larga pausa tímida, incomprensible.
—Acércate más, pueden estarnos espiando...
El cuerpo del renacuajo brinda una tibieza viscosa. Largo silencio que excita la gana
de orinar. Una cosa que esperaba con ansia y que no obstante le asombra: la mano del
tuerto que le manosea el sexo.
—Déjame...
¿Ha sido capaz de rechazar la caricia? Puede llegar a saber taita Juan. La cara del
padre se presenta adusta, melosa de sudor, con la vista baja, abatido por el peso de los
quintales de sal.
—¡Deja...!
—¿Por qué pes...? Te doy un medio...
«Un medio»... ¿Y la cara de taita Juan? Si le sorprendiera en este instante la mataría
a palos. ¿Por qué no le sorprende? ¿Por qué no viene a darle duro? «No has de jugar con
los longos»... «Si te trinco jugando con algún cari, te mato»... Esta era la ocasión de
sorprenderla... ¿Y mama Miche? Una cosa que se esfuma en tercer plano.
—Dejaaa. Saca la mano —débil rechazo sin fuerza para llevarlo a la práctica.
En la cara de Juan brillan dos ojos, con ese brillo incomprensible y sagaz que tienen
en la realidad las pupilas del padre cuando alguna vez le abraza. Sobre su nariz hay un
ojo centellante; el ojo del tuerto. Claudina se afana en creer que son dos...
—Entrego al públicooooo.
—Que se lo recibaaaaa.
—Ja... ja... ja... —ríe la estación por las cien bocas inocentes de los niños. ¡Que bien
saben entretenerse las criaturas!
***
Las deudas pican como los piojos. La pulpería ha cerrado las puertas a los fíos.
Claudina ha perdido la sinvergüencería de los doce años, y ha adquirido la
sinvergüencería de los dieciséis que le produce dinero para llevar a la casa. Las
necesidades aumentan en proporción geométrica y el dinero no se gana en ninguna
proporción.
—¡Carajo! Son cinco meses que no me pagan el arriendo. ¡Cincuenta sucres!
Mañana embargo los muebles. Pasa gritando el dueño de casa por la puerta de la tienda,
como el que deja un volante de mano en todas las viviendas obreras.
Los críos que raspan el chapo se abrazan de la olla. Bertita se mete instintivamente
la muñeca de trapo bajo el vestido. Juan, sentado en uno de los cajones, hace esfuerzos
inusitados por hallar la fórmula que le proporcione los cincuenta sucres. Se siente en la
calle, rodeado de los trapos y de los hijos. Mama Miche que da de mamar al tierno,
murmura:
—De onde pes, cincuenta sucres.
—De onde —repite Juan.
—De onde —afirman los pequeños creyéndose mayores.
Zumba la interrogación en el alma de Juan Taco. Todo por mantener esta tira de
críos. Antes, cuando era solo todo el mundo le gritaba: «Fórmate tu hogar, así lo exigen
la moral, las leyes, la sociedad». Ahora tiene esposa legítima, hijos legítimos; mas nadie
se acuerda de darle comida legítima... ¡Carajo! ¿Dónde estarán esos mierdas? ¿Quiénes?
No hay nadie.
Ha maldecido sobre el vacío. Si por lo menos los hijos fueran una ayuda, Claudina
trae de vez en vez un sucre o dos que se gana en la calle, antes se ganaba más, mucho
más: si ella pudiera conseguirse los cincuenta sucres. Mirada que exige; la muchacha
comprende, se turba, enrojece, desvía la súplica.
El hombre insiste:
—Es que no podemos resistir más. Nadie quiere ayudarnos.
—Cincuenta sucres es mucho para mí. Se necesita ser...
Todas las pupilas se clavan en las piernas desnudas de la Bertita que, echada de
bruces en el suelo, limpia con babas la cara de su muñeca.
¡No! —piensa Claudina.
¡No! —piensa mama Miche.
¡No! —piensa Juan Taco.
¿Quizás el ño Luchito? Le dirá todo..., todo.
Cargado de peticiones llega a la puerta de la casa de donde huyó hace diecisiete
años.
—¡Oh! Si es Juan —exclama la ña Leonor, dirigiéndose al ño Luchito que, sentado
a la solana de la terraza se fuma un puro.
—¿Juan?
—Sí...
—Siéntate.
—Aquí no más.
—Supimos que te habías casado.
—Sí, niña.
—Bueno... Bueno. ¿Cuántos guaguas tienes?
—Ocho.
No Luchito desarruga su habitual adustez y habla como sólo él sabe hacerlo.
—Por supuesto ya les tendrás en la escuela, ya les habrás enseñado todos los buenos
hábitos que te inculcamos de pequeño: temor a Dios, respeto a los mayores, amor al
trabajo. Así serán honra de este pobre país que se está hundiendo en la miseria.
—¡Castigo de Dios! —concluye la solterona.
¿Qué respuesta darle? ¿Cómo decir que sus hijos no saben leer? ¿Que Claudina sale
por las noches y vuelve a la madrugada; que los menores se hurtan el pan de las tiendas;
que no llevan zapatos; que andan casi desnudos? Siente que la puerta por donde podían
salir las peticiones ha sido aldabada por las afirmaciones del ño Luchito.
—¿Verdad que tus hijos son así?
—Sí, niño.
—¡Honra de la casa donde se educó su padre!
—Si, niña.
Ha dicho «sí». Es muy gracioso. El no quería mentir. Muchas veces se hizo la
ilusión de encararse con aquellos que no alcanzan a conocer la razón de su conducta
abyecta; y, ahora que podía hacerlo, ahora que se le presentaba esa oportunidad, no tenía
valor, se encontraba desarmado. Inútil exigir atrevimiento de protesta; venía a mendigar,
y el mendigo debe estar a tono con el que da.
—Pero llevas el vestido de un pordiosero. «¿Acaso te gastas todo en beber? Sigues
con las manos sucias; el jabón y el agua no cuestan nada. Sin duda a tus hijos les criarás
así.
—Como ha de creer ño Luchito.
Una segunda mentira y un segundo retortijón en el alma. Los conflictos de toda su
vida resultaban pueriles, vulgares, infectos entre las razones cristalinas de ese hombre
barrigudo.
—Te voy a brindar una cosita —anunció la solterona, desapareciendo por la puerta
que conduce a la cocina.
—Por lo demás: eres un hombre fuerte, no eres tonto. Debes ganar bien y tener lo
suficiente para la vida.
—Sí, ño Luchito.
Tercer embuste. Se sentía apto para toda clase de mentiras.
Le trajeron un plato de morocho, el mismo de hace diecisiete años: blanquizco,
baboso; le produjo náusea, tuvo intención de arrojarlo al desagüe, pero el miedo de los
azotes infantiles le obligó a devorarlo a grandes bocados, precipitadamente, cerrando los
ojos, como el hombre que se ve en el caso de tragarse su vómito.
Se puso distante de la ciudad hermética; allá todas las puertas están cerradas para él.
Son sus enemigos. ¿Dónde está el motivo?
«No eres tonto». Sí, no es un cretino, por eso alcanza a divisar a todos sus
enemigos, por eso se siente con bríos para aplastarles.
«Eres un hombre fuerte». ¿Tan fuerte como para ir contra las grandes puertas
cerradas de las casonas burguesas? Se examina las manos callosas. Apuña la furia.
Retrocede ante el atrevimiento: es imposible. Se siente solo. Si todos los de su clase
cerraran los puños, entonces sería un bosque de manos cerradas, amenazantes. Se
apresura en tomar la vía que le reintegre de nuevo al fango del suburbio. Tiene que
asistir a la cacería de las maletas del mixto.
Las maletas, los camaradas haraposos, las mujeres hediondas a cebolla, los guaguas
que lloran, el hambre, el lodo podrido, el alcohol, las mismas urgencias, los mismos
vicios, los mismos trabajos, lograron llenarle de un nuevo sentimiento: unión, bosque de
puños cerrados... Sintió la urgencia de hacer algo con ellos y para ellos; como no supo
precisar ese algo, lanzó una blasfemia y un escupitajo sobre las aguas lodosas del
Machángara.
***
Pu... pu... pupuuuuu...
Por más que corrió le fue imposible pescar una maleta. Ja... ja... ja... Allá va el
vecino Timoteo venciendo la cojera ridícula de los 55 años, logrando desembarazarse de
los que le llevan la delantera con un tirón al poncho. ¡Es un mañoso! Ha conseguido
agarrarse a la baranda de un carro; va dando brinquitos, toma impulso para el salto, le
falla el pie, se enreda en el poncho. ¡Carajo! El último coche escupe un mojón de trapos
y carne que humea. Gente que se deja atraer por el vaho tibio de la tragedia pone una
corona de lamentaciones curiosas sobre el cadáver. En la punta de la nariz de la
muchedumbre se queda prendido, por mucho tiempo, un olor fuerte a intestinos y perro
mojado. Las ruedas de los vagones han borrado una vida que dio diez hijos o sean
veinte brazos, diez espaldas... Juan sólo ve veinte manos cerradas, amenazantes.
***
Las mujeres que van al velorio comentan la desgracia en voz baja. Llegan a la
vivienda y se acurrucan en el suelo alrededor de los restos del pobre Timoteo; lloran
hasta que los hombres les brindan la primera copa de puro que han traído bajo el
poncho.
El alcohol trae bromas, olvidos; trae al tuerto que toca el arpa.
El duelo tiene que doblar la cabeza. La lujuria se despereza entre las lágrimas.
El tuerto rasga el arpa.
Juan Taco se arremanga el poncho, saca una botella, hace un guacho.
—Tome no más, vecinita. Esto es güeno para matar el dolor de las viudas. Tiene que
conformarse. Tome pes.
—Arrarray..., fuerte está. Pasa quemando las tripas. Arrarray... Quema la lengua.
Arrarray... Quema el pecho, el estómago.
Arrarray... Quema los ojos.
Los ojos.
Los ojos se incendian.
Como candela, rojos.
Arrarray los ojos... ¡Carajo!
—No llore, vecina. Oirá este San Juan. Venga bailemos.
Tan... tan... tan... tararántantan.
La música y los bailarines apisonan el suelo con la monotonía igual y cansada del
indio que hace tapiales. La pareja parece tener la protesta zapateadora de dos niños
emperrados a los que han quitado el pan de media tarde.
Tan... tan... tan... tararántantan.
Cabizbajos. Buscando aplastar un fantasma que tiene la excentricidad de renacer a
cada nuevo pisón. Hay que aplastarle con la punta, con el talón, con toda la planta.
Tan... tan... tan... tararántantan.
Por lo bajo se coquetean los pañuelos moqueados.
Tan... tan... tan... tararántantan.
Con los tragos se hace fuerte la visión del fantasma persecutorio. El baile es una
lucha contra él, en donde el borracho se hace la ilusión de que le aplasta.
Juan Taco es el último gran borracho desprendido del velorio. Se siente holgado en
la callejuela lodosa; es tan alegre pisar en el barro con los pies afiebrados por el alcohol.
Un fuego fatuo cruza de improviso... ja... ja... ja... Quiere aproximarse a él, encogiendo
los hombros con indiferencia. Vacila con los pies; vacila con las manos y también vacila
con los ojos... Ja... ja... ja... Logra alzar la cabeza, encarándose con el erupto dorado que
exhala la ciudad en la cara mulata del cielo. Ansias de gritar blasfemias, de lanzar
rugidos inarticulados de fiera enjaulada, y, embutido de buenos propósitos, permanecer
mudo, boquiabierto, baboso, transido de frío, abandonado al calambre de la noche y del
barro.
Achachay los pies.
La espalda, las orejas, achachay...
El primer viento mañanero que azota, achachay.76
Adelante, hay que pescar el vislumbre... ¡Aya-yay!
Achachay importado de las cumbres nevadas, viene a paralizar la sangre roja de la
rebeldía. Modorra de minutos que tiene despertar de puños amenazantes, de garras que
chapotean en la penumbra por arañar la donosura de la ciudad ataviada de luces, de la
ciudad que dormita más allá del Machángara, sin preocuparse de la gente que le maldice
desde el lodo:
Apóstoles cristianos... ¡Achachay!
Vuestras intrigas de sacristía, vuestras liturgias pagadas, vuestras lujurias
reprimidas, vuestras hijas de confesión... ¡Atatay!77
La cara de un fraile —extraído de las bodegas de la infancia— acogota la verdad:
«Tendrás un cielo más allá de la muerte... Humildad. Resignación».
Charlatanes de izquierda... ¡Achachay!
Vuestras embajadas ante Europa... Vuestras cacerías de poder... ¡Atatay!
Jueces incorruptibles... ¡Achachay!
Centinelas del tabú. Criminales insaciables, expertos en hundir la espada de la
justicia en estómagos hambrientos y lujurias extraviadas. Defensores de la propiedad
privada... ¡Atatay!
Chasquidos de látigo, de aquel largo látigo de ño Luchito, le gritan en los oídos:
¡obediencia!
Burgueses dorados... ¡Achachay!
Vuestras esposas honradas, vuestros hijos honrados, vuestros negocios honrados...
¡Atatay!
El achachay que baja de las cumbres heladas paralizando la sangre roja del obrero...
¡Atatay!
Sólo nosotros podremos hacer la... ¡Ah! Esta embriaguez que no le deja ver claro.
La idea se diluye en la penumbra dejándole sólo el olor de una salvación. La mañana
empieza a guillotinar a las tinieblas. ¿Dónde está? Ja... ja... ja...! Vamos a dormir. Estoy
borracho. Por ella debemos escapar todos los obreros, abrirle con un grito del bosque de
manos cerradas. Como se escapa entre los dedos aguados, chorrea... ¿Dónde?
Juan Taco no puede dar un paso más, ha presentido la verdad, le hormiguea en su
yo, pero no puede plasmarla. Le busca con la gracia cómica del perro que quiere
morderse las pulgas que le pican en el culo.
Una vuelta.
Dos vueltas.
Diez vueltas.
Al suelo.
El sol le sorprende amontonado sobre el lodo, como un resto que han dejado las
aves de rapiña.

76
achachay: exclamación. Expresa sensación de frío.
77
atatay: exclamación. Expresa sensación de asco.
INTERPRETACIÓN
Color moreno.
Larga enfermedad al corazón.
Figura hinchada y terrosa que se puede hermanar con nubes cargadas de agua.
Don Enrique Carchi es uno de los cuatro lados de una familia en cuadro —lado
superior, padre de familia; lados laterales, madre e hija de familia; lado inferior, amigo
de familia.
Hay en don Enrique un no se qué de burlón que logra aparejar el gabán con el
poncho y el hongo con el sombrero indio. El dinero ha desvirtuado la raza propinándole
la partícula ex; la raza se ha diluido en las clases, y el ex-indio, tal vez para tapar su
origen, odia a todos aquellos que perdieron el ascensor en el edificio de los pisos
sociales.
Como buen indio con dinero, prefiere que se le llame ladrón y explotador antes de
hacerle la mala pasada de recordarle su indiez.
La esposa sólo necesitó pescar el defecto para aguijonear constantemente en él:
«indio estúpido, indio repugnante; indio...» en todas las formas que puede sazonar el
insulto.
Con placer de venganza, el ex-indio, escarba en la podredumbre de las almas,
robando sueños. Como todo robo nuevo, éste no está previsto en el Código de Policía,
olvido aprovechado por don Enrique para desvalijar a los ciudadanos de sus equipajes
oníricos y formar el museo de las hediondeces inconscientes.
Entre el dormitorio y la cocina se abre la sala de los sueños: cuatro paredes con el
traje retaceado de las exposiciones pictóricas; parches puestos de programas, volantes o
carteles de teatro, parches de papeles pescados en el fondo de los bolsillos con la
urgencia que requiere la fotografía rápida de un sueño hallado en la calle, le dan a la
sala un aspecto de calzoncillos proletario.
¡Pasen! ¡Pasen ustedes!
¡Mucho ojo a los apuntes!
Almas al desnudo sin calzonarios ni sostenes.
¡Atención!
¡Frailes sin hábitos conscientes!
¡Generales sin uniformes conscientes!
¡Políticos sin máscaras conscientes!
¡Poetas sin melenas conscientes!
¡Prostitutas sin lujurias conscientes!
¡Criminales sin puñales conscientes!
Sobre los esqueletos de almas la interpretación hace escalas. Esqueletos que dan
sonidos que ruborizan el atavío ritual.
Sonidos extraños de deseos puestos boca arriba.
Don Enrique da los campanillazos de la subasta; es el propietario de la colección, el
ladrón de sueños, el archivero de fotografías tomadas con la máquina marca
psicoanálisis.
La riqueza de la exposición progresa a pasos lentos; al otro día de una interpretación
todos los hombres procuran cerrar con llave el armario del inconsciente.
***
Son las siete de la mañana de un día cualquiera.
La exposición no está abierta para la gente de la calle.
La familia en cuadro entra en la sala con recogimiento cristiano, los pasos resuenan
como en templo vacío.
Los apuntes prendidos en las paredes tienen el hermetismo de las personas extrañas:
rasgos absurdos que no se atreven a decir nada, anotaciones al pie de monigotes que
parecen haber sido trazados por chiquillos vagabundos, líneas, caras, anotaciones.
Don Enrique hace la presentación.
—Este sueño pertenece a un gran criminal.
Desde el rincón junto a la puerta, agazapada a la esquina, se abre el absurdo de una
interpretación plagada de rayas como cara tatuada.
Los visitantes cobran confianza; se acercan a lo desconocido pidiendo informes al
cicerón, pretenden palpar poniéndose en los dedos el guante de la precaución que
imprime la timidez con la cual palpamos un reptil embalsamado en el museo.
—¿Cómo se llama? —interroga la esposa que ha formado grupo con el amigo de
familia.
—El nombre es cuestión secundaria.
—Explícate, papacito —exclama la hija única.
—Una paranoia que le llevó a la borrachera; con el alcohol surgen los fantasmas;
míralos en el sueño: este cabro con un solo cuerno en actitud de embestir a estos dos
lirios que forman boca. Alguna imprudencia sexual de los padres cuando este hombre
era niño.
—Y por eso...
—¿Puedes darme otra razón? Todos los deseos instintivos que nos desviaron en la
infancia, todo lo que queremos ver y sentir en la vigilia, y, por un juego de la represión
lo apartamos, sale en el sueño con careta de símbolo.
—¿Y éste de quién es, papá?
—De una santa religiosa.
—¿Tú hiciste el diseño?
—No; son ellos mismos los autores. Yo me reservo la crítica.
—¿Por qué dibujó unas puertas tan largas con ojivas78 puntiagudas?
—Sin duda quiso fabricarse hornacinas79 donde venerar al santo de su neurosis. No
ha sentido nunca a un macho y, la pobrecita, los ve en todos los sueños enfundados en
visiones célicas80.
—¿Pero dónde está el macho, papá?
—En las ojivas puntiagudas, alargadas.
—Pero, papacito... Yo no veo nada.
—Ja... ja... ja... Pasemos. Las almas más virtuosas de nuestra sociedad se
encuentran al desnudo en mis apuntes. ¡Miren esta psico-fotografía de un señor juez!
—¡Interesantísimo! Es un calco de la interpretación del criminal.
—¿Y tú crees que un hombre en plena normalidad de facultades sería capaz de
cometer las torturas sádicas de esos centinelas de la justicia? Todos nuestros grandes
valores no son sino... Mira un general: una vida consagrada a buscar la mejor forma de
justificación para matar premeditada y alevosamente a los semejantes, pero el sueño que
todo lo autopsia descubre en estos seres inferioridad sexual, despistada en la vigilia con
la fanfarronería de los fusiles y los cañones. ¡Ah! Y los grandes banqueros, los adiposos
millonarios del ahorro tienen algo de homosexual; son esos niños que se han quedado
78
ojiva: figura formada por dos arcos de círculos iguales que se curvan en uno de sus extremos,
volviéndose la concavidad del uno hacia la del otro.
79
hornacina: hueco en forma de arco en una pared, a fin de colocar en el una estatua o un jarrón.
80
célica: perteneciente al cielo.
con la mala costumbre infantil de ahorrarse el excremento en el ano, por eso fundan
bancos y cajas de ahorros.
El amigo de familia frunce el ceño al comprender lo mal que eran tratados sus
ídolos.
—No se asuste usted. Haga amistad con el doctor Freud . La psicoanálisis ha venido
a poner rubores en todas las gazmoñerías81.
—Pero dime, papá: ¿nuestros sueños y los tuyos no están aquí?
Aquella pregunta paraliza a la familia en cuadro con toda la fuerza hipnótica de las
interrogaciones que han metido la curva aguda de su ganzúa en la cerradura del baúl
donde se guardan nuestros pequeños hurtos a la moral y nuestras tragedias latentes...
¿Sueño o realidad? Realidad que se prende en la pared de los sueños, clavada con el
alfiler que atraganta la respiración en los momentos difíciles.
La criada, sin aviso previo, desclava el conflicto:
—Señora, el baño está listo.
—¿Bien limpio?
—Sólo hace una hora que se bañó el señor.
—Ya te he dicho que cuando el señor se bañe tienes que desinfectarme la tina.
—No tengas cuidado mujer. Mi enfermedad al corazón no es contagiosa.
—No... No es por eso...
—Ja... ja... ja... La piel tostada del ex-indio es muy sana —afirma bromeando don
Enrique, al mismo tiempo que alza la mano para pagar con un adulo la injuria; pero ella,
huye del recinto de los sueños dejándole con la caricia apuntada en el vacío. Con gesto
resignado se pasa los dedos por los cabellos.
Se durmió sobre la evidencia.
Se durmió de miedo.
Como sabía que en el sueño se regularizan nuestras tragedias se durmió demás.
***
Amanece el lunes con las carreteras sembradas de indios que duermen la borrachera
del domingo.
El canto del gallo abre una herida en el cielo produciendo una hemorragia del sol.
Al despertarse es tarde ya para volver al huasipungo; por hoy los campos pasarán
despeinados.
El chuchaqui se cura con el concho que quedó en el fondo del pondo chichero.
Todos los indios hacen domingo chiquito.
Al calzarse la partícula ex, el indio que cambió la raza por la clase, se trae las malas
costumbres para pulirlas con la civilización y dar la sorpresa en los salones; don Enrique
se trajo el domingo chiquito bajo el poncho.
Lunes, día invertebrado que tiene la modorra del bostezo que nos dejó el domingo,
día en el cual hay fiesta en la casa del ex-indio.
El flirt, el cigarrillo, la constelación de bombillas eléctricas y el vino han encerrado
al verano en el salón de la fiesta. Los dos lados opuestos del cuadrado —esposo y amigo
— hablan con orgullo, con vanidad, rezumando miradas de odio con antifaces de
sonrisas. La concurrencia admiraba el diálogo pespunteándolo de carcajadas y bromas
que se desbordan por las ventanas abiertas, baranda abajo, suicidándose en el abismo de
las doce de la noche.
A las doce, todos los domingos chiquitos pasan a la categoría de martes. Los
invitados van cayendo en el hueco de la mano abrigada del sueño.

81
gazmoñería: afectación de modestia.
El cuadro familiar se ha quedado solo en el salón. Don Enrique con grandes ojos
azorados prepara el diálogo de la derrota; es inútil vencer con un corazón que se ahoga.
DIÁLOGO CON FRENO DIÁLOGO SIN FRENO
Lo que se dicen Lo que quieren decirse sin conocer
el motivo y sin conocer el decir
DON ENRIQUE:
La noche estuvo encantadora... para algunos,
LA HIJA:
Has estado contento... pobrecito.
LA ESPOSA:
He visto que te reías mucho... como un idiota.
DON ENRIQUE:
Sí... con risa que me helaba la sangre.
¡Soy un animal!
EL AMIGO:
Así se pondrá usted mejor; de lo
cual nos alegramos todos... debe reventar de viejo.
LA ESPOSA:
Parece que tu enfermedad va
entrando en un período de franca
mejoría... desgraciadamente.
EL ESPOSO:
En efecto... ¿por qué te casaste conmigo?
LA ESPOSA:
El último remedio te ha sentado ¡El oro! Si no fuera por el no te
bien. Es caro. hubiera conocido.
LA HIJA:
Y que envase tan precioso. Es una
monada...
LA ESPOSA:
En efecto... como yo en manos de tu padre. Un
bibelot caro.
EL AMIGO:
Yo desconfío de los médicos..., son
adivinos... los esposos también.
DON ENRIQUE:
... eso quisieras tu.
LA ESPOSA:
Este es un prodigio. para mi mala suerte.
DON ENRIQUE:
... qué deseos de que sea un cretino;
¿verdad?
LA HIJA:
El te salvará, estoy segura...
DON ENRIQUE:
¡Quién sabe!... ¿tú también? No, tú no... ¡Me
compadeces! Todos me acosan
pidiéndome que desaparezca. Tú...
tú... ¡Tú...! No, tú, no...; eres mi
hija.
Arrellanado en el diván, don Enrique no encuentra la causa del malestar torturante
que le produce el diálogo; un diálogo tan sencillo, tan cortés y familiar: su hija, su
esposa, su amigo, están presentes haciéndole halagadora la vida con su charla insípida;
sí, insípida, pero al fin y al cabo charla familiar... Insípida... ¡Insípida! ¿Por qué
insultaba la charla de ellos...? Es un indio... Un pobre diablo-
Todos quieren que desaparezca.
Pero yo sabré aferrarme a la vida;
por ella, por ella que sólo sabe
despreciarme.
Indio estúpido, indio animal. ¿Por qué se acordaba ahora de todo el vocabulario de
su mujer? ¿Por qué quería levantarse del diván? ¿Por qué quería recluirse en el
dormitorio dejando a sus tres seres más queridos solos? Es un egoísta.
¡Ándate! Estás de más. Tal vez
callando, fingiéndote mártir
puedas interesar a la hembra.
Hembra madre, hembra esposa,
hembra hija. Todas han huido de
tus manos. Todas se han apartado
de ti
Seres así debemos recluimos. Se levanta. ¡Ah! Ya sé que vas a protestar, ¿pero qué
quieres mujer-cita mía? Cuando se es como yo un neurótico. Ya sé lo que piensas: «¿Te
vas estando yo de visita en tu casa?... No seas tonto».
—Siento un poco de mareo, les dejo... Voy a ver si puedo dormir. Buenas noches.
Quisiera gritar; descargar esta
energía odiosa sobre alguien.
¿Sobre quién? Sobre alguien que
le ha quitado algo.
Al besar a su esposa, el beso le interrogó: ¿por qué te vas si todos los que te
rodeamos sentimos placer al estar a tu lado? Eres un bribón. Me dejas fastidiada con la
visita. A una visita es imposible echarla; y, a un amigo que te quiere, que... Pero debes
agradecerme porque todo lo hago por ti; me robas el placer que siento cuando duermo a
tu lado... Tenme la cama abrigada... Iré pronto. Sí... El calor de la frente al quemarle en
los labios le dijo todo. Está seguro que sus pensamientos son los de su esposa; ella me
ha hablado en el calor de un beso. Cuánto saben decir las mujeres sin hablar.
—Hasta mañana, hijita.
—Hasta mañana, papá... ¿por qué no hablas? ¿Por qué eres
cobarde?
—Acuéstate temprano, ¿eh? no puedo. Tú me comprendes
mejor que ellos. Allá en mi
infancia me enseñaron a callar, me
enseñaron a bajar la cabeza en
curva de humillación; es lo único
que me dieron.
LA HIJA:
—Descuida. tú también dame gusto. ¡Despierta!
Aun cuando toda esa gente se
burle de ti, tendrán que ayudarte a
lavar tu honra que es la honra de
las leyes hechas por ellos. No
pueden desprestigiar su marca de
fábrica.
Mientras don Enrique desaparecía por la puerta que conduce a la alcoba, su
ausencia llenaba de satisfacción a la esposa y al amigo.
Todavía estuvo el ex-indio dando vueltas en la estancia antes de meterse en la cama.
Media hora larga en la cual el reloj va mascando segundos pescados en el aire.
De improviso, mira a la puerta divisoria con indecisión del que ha dejado algo en la
otra orilla. ¿Le llaman? Se acerca a la puerta y mete el oído en el hueco de la cerradura,
pretendiendo falsear la conversación extraña que blinda el salón.
No... No era para él esos murmullos.
Calado de vergüenza se refugió en el lecho, pió la vuelta al interruptor y en ese
movimiento de girar, también giró la estancia hacia el revés de su iluminación.
Bajo los cobertores abriga el sueño.
Bajo los cobertores se cosecha la resurrección de todos los fracasos.
Bajo los cobertores se simbolizan todas las tragedias.
Bajo los cobertores los dibujos animados de os símbolos nos dan el espectáculo del
astracán inalcanzable de la felicidad.
Bajo los cobertores:
«Un puente hecho de carrizos82, palos viejos y bogas podridas. Abajo, agua lodosa
que va dando tumbos. Al frente, paisaje poblado de matorrales: selva espesa que abre
ventosas enormes para tragarse el viento, para tragarse a la esposa que le llamaron un
gesto apagado de la mano. Empieza a cruzar el puente. Crece el agua humedeciéndole
los pies. No es posible avanzar sobre un puente hamaca y con unos pies calzados con
zapatos de hielo. El amigo, arropado en el poncho del taita, se pierde por el camino que
se abre en la selva. Grita a la mujer ausente; a la mujer que se criba en el paisaje. Ante el
amigo que se pierde por el camino surge el conflicto de no poder arrancarle de ese
sendero, por el puente de hamaca y por los pies calzados con zapatos de hielo».
Los primeros sobresaltos del despertar se estrellan contra un bloque helado que le
amarra los pies. Imposible moverse. Se agarra al consuelo de un rápido análisis:
Puente hecho de carrizo, palos viejos y sogas podridas.- Hace unos días recuerda
haber estado de visita en la construcción de un edificio; sobre la H de los andamios
cruza una india. Abajo corría la circulación de la ciudad.- Es lo que hubiera querido
decir a la corriente callejera: «¡Agua podrida!». El puente, los carrizos y las sogas, sin
duda, se le han escapado del arsenal de sus vivencias infantiles. Lo que es: su valía, su
único sostén para poder pasar, sin mancharse, sobre la corriente lodosa. Al frente,
paisaje poblado de matorrales: selva espesa que abre ventosas enormes para tragarse el
viento. El sexo sabe disfrazarse con estos ropajes; él conoce el truco y sonríe. Para
tragarse a la esposa que le llama con un gesto apagado de la mano; está muy claro:
deseo ferviente de ser solicitado por el paisaje frondoso, por ella. ¿Y el gesto apagado
de la mano? Una segunda persona se superpone: la madre. Ella le sabía engañar
llamándole con un gesto apagado de la mano cuando le dejaba solo en la choza y ella se
iba con el taita. Se han identificado los términos madre y esposa. Iba a seguir con una
comparación definitiva de: padre y amigo, pero la represión le gritó: es un paralelo sin
trascendencia. Mas el espíritu analítico que sabe aquilatar el valor de un detalle así da
un ligero rodeo hacia la verdad. Empieza a cruzar el puente. Crece el agua
humedeciéndole los pies. No es posible avanzar sobre un puente hamaca y con unos
pies calzados con zapatos de hielo. El deseo de llegar al paisaje frondoso se empieza a
realizar avanzando sobre su única valía, valía que se encuentra incapaz de afrontar al
tumulto murmurador de la corriente callejera, y que está a punto de abandonarle a la
impetuosidad de las aguas lodosas; quiebra de sostenes que afianza el alejamiento de
82
carrizo: planta cuyas hojas se emplean como forraje y sus tallos para construir cielos rasos.
algo que sembró la pesadilla. Y con unos pies calzados con zapatos de hielo. Yin efecto,
los tiene helados. Se angustia recordando los síntomas que le señaló el facultativo para
el momento de la muerte: «Frío que irá invadiendo la vida de los músculos con
narcótico helado». La cara de los médicos al dar consejos tiene algo de cara paternal. La
cara del taita. ¿Por qué se le interpone esa figura olvidada? El taita. ¡El taita! Vuelve el
peligro de la muerte, resignado, frío, angustioso, potente para decapitar a todas las
represiones psíquicas. ¡El taita! El amigo, arropado en el poncho del taita, se pierde por
el camino que se abre en la selva. ¡Ya! Todo claro:
Madre = esposa.
Padre = amigo.
Los términos madre y padre se destruyen en una tragedia infantil. El padre fue
siempre el ladrón de las caricias maternales. Esposa y amigo repetían la misma tragedia
frente a él. El sueño le había hecho ver el sexo de su esposa hollado por la figura del
amigo. Ahora comprendía lo incomprensible de tantas cosas. Y él, por temor del agua
lodosa no ha podido gritar antes. El avión de las conclusiones definitivas se destroza
dejando en el espacio pavesas' de celos y sospechas.
Es necesario ir hasta ella... Interrogarle... ¡Gritarle...! Darle de bofetadas.
La parálisis avanza inmovilizando toda tentativa. Escurre la mano entre las sábanas,
palpa el sitio donde ella duerme: está vacío. No hay nadie. ¡No está! Aletean los dedos
en inútiles pesquisas sobre un frío de ausencia. La mano muere como un pájaro que se
hiela. Sólo la respiración de la hija que duerme en la alcoba vecina viene a calentar el
hielo de la anestesia.
Su mujer está con otro. ¿Dónde? ¿Dónde estarán a estas horas? Tal vez a dos pasos
de sus narices, en el salón. ¿Haciendo...? ¡Oh! Cierra los ojos, se acurruca entre los
cobertores; cargando su parálisis entra en un sueño injerto de vigilia.
«Una cama. El está enfermo de frío. Llama a la mujer para que le ponga una bolsa
de agua caliente. Sólo la hija está sentada frente a su cabecera. El frío se riega por el
vientre, avanza hasta la garganta y le estrangula. No puede hablar a la hija que espera
órdenes. Todas las palabras son bloquecitos de hielo que se le quedan en la boca
hirviendo como gargarismos. Una cara de mujer que interroga y una de hombre que
gesticula. Miedo de que algún gesto repugnante sea sorprendido por el hielo que todo le
estereotipa. Se apresura en sacar un gesto amable para poder legarlo a la posteridad sin
miedo al ridículo. La sonrisa queda inacabable. Un esfuerzo por sobrepasar a la
superficie invernal, por librarse de hielo meloso que todo lo anquilosa, por ver a 1 hija,
por... Ahora los ojos, sólo son dos bolas del cristal sin luz. También se hunde el cerebro
salvando la última idea en la punta de los pelos. Madre esposa, hija, truncas, robadas...
La hija, ¡no!»
Ahogo final. Bajo la negra superficie de la estancia estallan los últimos ronquidos
con la gracia apacible de las burbujas que dejan los náufragos Círculos concéntricos que
escalofrían la obscuridad Nada. El reloj, sobre el velador, sigue mascando segundos
pescados en el aire.
A las seis de la mañana, cuando la esposa entró en la alcoba, el marido no roncaba
como de costumbre. Está muerto... ¡Muerto... Es gracioso: ¡por primera vez le ve
aceptable!
BARRANCA GRANDE
En el lindero del páramo más alto, en una choza enana como la vegetación
circundante —frailejones aterciopelados, duros espinos, paja raquítica—, vivían en
pecado de amaño, desde hacia algún tiempo, el indio José Simbaña y la longa Trinidad
Callahuazo. Como buenos huasipungueros trabajaban de lunes a sábado —desmontes,
siembras, cosechas, zanjas, limpias, mingas— en la hacienda del «patrón grande, su
mercé», propietario y señor de la ladera, del valle, del bosque y de la montaña.
Los domingos, al amanecer, la pareja amancebada —luciendo doble poncho de
bayeta de Castilla, él; anaco oscuro, collares de cuentas doradas, rebozo de encendido
color, ella—, entraba en la iglesia del pueblo. Desde el rincón de la nave más
penumbrosa, José y Trinidad, confundidos en el anonimato de una muchedumbre de
indios y cholos campesinos, gustaban de la misa. La mímica litúrgica del simbólico
sacrificio, el oropel deslumbrante de los atavíos del sacerdote, el olor de las nubes del
incienso al entrar en la corriente emotiva y fervorosa de los campesinos, se impregnaba
de un supersticioso sabor a brujería familiar. Pero cuando el señor cura, antes de U
bendición, hablaba contra la unión maldita del amaño, contra los violador» de las leyes
sagradas, contra los remisos a los sacramentos de la santa madre Iglesia, José y Trinidad
se encogían de terror, de un terror infantil que les obligaba a observarse de soslayo —en
defensa ansiosa, en mutua acusación—. Una humedad viscosa —la misma que sin duda
paralizó a sus antepasados más remotos a la vista de arcabuces, espadas, armaduras y
caballos— les hundía en la evidencia de su condenación eterna'.
El realismo del buen predicador para enumerar los castigos que Taita Diosito, en su
infinito poder, había creado para sus hijos descarriados, le llevaba a las comparaciones
más vulgares y exageradas: "El fuego indómito de los volcanes, la paila grande —la
más grande— de la vieja tamalera, el plomo fundido en la fragua de la herrería del
tuerto Melchor, las víboras del bosque, los alacranes, las arañas..." Al ubicar su cuadro
de pesadilla, el santo varón alzaba las manos al cielo, y, con voz cavernosa que se
ahuecaba en las naves del templo, concluía:
—¡Como la Barranca Grande con sus grietas de espanto en los muros! ¡Como la
Barranca Grande con sus hediondeces de azufre y mortecina! ¡Como la Barranca
Grande con su aliento de queja y sus dilatadas fauces rocosas! ¡Así...! ¡Así es el
infierno! ¡Así como la Barranca Grande!
Era suficiente mencionar aquel paraje para que el miedo cundiese entre los fieles.
Todos conocían el lugar tenebroso. Todos conocían la profundidad inaccesible hundida
trescientos metros entre aristas de roca e imprecisas formas donde humeaban perennes
fumarolas en memoria de antiguo esplendor volcánico —excitaban la fantasía popular
hasta la afirmación supersticiosa: «Taita Diablo colorado fuma azufre en pipa de
piedra»—. Hay que advertir que todos olieron alguna vez la atmósfera podrida que
exhalaban los pantanos de las innumerables cuevas y recodos del fondo de Barranca
Grande. Todos escucharon también alguna vez el aleteo fantasmal de murciélagos,
lechuzas y pajarracos que llegaba desde el seno de aquel abismo al anochecer.
Ante la evocación apocalíptica del sacerdote, la masa de indios y cholos campesinos
que llenaba las tres cuartas partes de la iglesia estremecíase en quejas, ruegos, temblores
irrefrenables —reedición de algún retablo de barro de ídolos en actitudes de
atormentado subconsciente—. Desde el pulpito el señor cura —manos crispadas en
santa cólera, ojo retador de aguilucho— dominaba en esos momentos su obra con
verdadera imponencia. ¡Su obra! Su obra empedrada de rostros tatuados por morbosos y
ancestrales arrepentimientos, de manos puestas en súplica humillante y envilecida ansia
de perdón, de ojos turbios por lágrimas inopinadas e histéricas, de párpados enrojecidos
prematuramente en humo de leña tierna, en guarapo podrido, en suciedad de vientos de
páramo. Un vagido como de animales acorralados por la tormenta, saturado de malos
olores, se elevaba entonces al ritmo de un impulso —oleaje de súplica inarticulada—
que sacudía una y otra vez a la muchedumbre de pecadores. Casi siempre, en esos
momentos, el buen sacerdote se llenaba de náusea. Náusea después de la comunión,
sacrilegio. No... No podía evitar la burla del demonio —hostia y vino sagrados en
inminencia de basura asquerosa—. Ante tal situación, el apurado y contrito fraile, con
voz jugosa de perdón, ofrecía absolver todos los crímenes de la indiada a cambio de
misas de a cien sucres, de rogativas de a treinta y responsos de a dos. Sí. Todos los
crímenes de aquella miserable muchedumbre —desobedecer al patrón, al mayordomo,
al teniente político, al sacristán, a cualquier bicho con zapatos; perder minutos en el
trabajo de seis a seis; emborrachar las penas con guarapo podrido los lunes por la
mañana; robar por hambre las mortecinas de la hacienda; mentir en defensa colectiva;
mezclar el fetichismo y la superstición de sus antepasados más remotos con las
imágenes de los santos cristianos y la fe revelada por taita curita; insistir en el amaño
antes de casarse por la Iglesia y por la ley—.
La oferta del so t anudo desinflaba de inmediato el rumor producido por los temores
a los castigos de ultratumba, se aquietaba entonces la angustia delirante de la masa
campesina; lodos volvían a confiar en la misericordia de Taita Diosito y de su ministro
en la tierra. Sólo el indio José Simbaña y la loriga Trinidad Callahuazo eran quizá los
únicos que no hallaban sosiego en las frases de perdón y de esperanza del sacerdote. Les
era tan duro comprobar su realidad. Su triste realidad. Para defender su amor
pecaminoso de las pesquisas del mayordomo, de las multas del teniente político, de los
anatemas del cura, tuvieron —é y ella— que levantar su choza y cercar su huasipungo a
pocos pasos del lugar maldito que el señor cura comparaba con el infierno. Sentían
además que su pasión —uniones interrumpidas y placeres empañados por los
misteriosos ruidos nocturnos de Barranca Grande— se consumía en el fuego del
remordimiento silencioso, pesado, duro, cual desagüe cotidiano de inarticulados y
mutuos reproches. ¿Qué decir? ¿Qué hacer? Toda la alegría de ¡as primeras uniones
carnales había desaparecido, y, en la longa sobre todo, aquella cosa espesa y rota que
dejan los malos presagios tomaba minuto a minuto contornos oscuros de culpa sin
perdón, de demonio enroscado en la garganta. Y era por eso que cuando la iglesia
quedaba sola, después de la misa y del sermón —en el aire la losa de una paz sin
esperanzas—, José y Trinidad —llorosa ella, pálido y en pétrea desconfianza él— se
arrastraban hasta el altar de San Vicente —lindo y milagroso según el decir del cholerío,
pero en realidad ridículamente ataviado con sombrero de paja, orlas de papel dorado en
las polleras de la sotana y corneta de latón en la diestra—. Una vez frente al Santo, la
india, entre mocos y suspiros, solicitaba alivio a su desventura:
—Taitiquitu. Amu, San Vicenticu. Ampárame, pes. Taita cura dice que tudíticu
infiernu para pobres naturales de amaño. Para... Para nosotros pes, taitiquitu. Soliticus
en paila grande, en candela de cerru, entre diablus de Barranca Grande. Nu es pur
maldad que nu casamus... Nu es por carishina... Nu es por pecado... Nuuu... ¿Pur qué
también será, pes? Longu... Mi longu José aquí presenticu... Uuu...
El aludido despertaba entonces de su amarga inconsciencia, y, sintiéndose personaje
importante en el reclamo de Ja hembra, movía afirmativamente la cabeza, mientras
pensaba: «Aquí... Aquí estuy pes, San Vicenticu. Lu que dice la guarní i así mismu es,
taitiquitu. El amaño cosa necesaria, cosa desde siempre en nosotrus lus naturales...
Naturales así mismu somus de brutus... Para saber cómu se acornada cada unu en el
ricurishca, pes... Para probar qué dicen... Para probar si es buenu u si es malu, pes...
Comu animalitus, para encariñar... De otra forma, ca; el pobre natural nu puede, pes...
Piensa vus mismu, taitiquitu... Así... Así han hechu toditicus naturales de antes...
Protégenus contra demonius de Barranca Grande, taitiquitu... Contra el huaira, que nu
deja en paz silbandu toditica la noche... Contra los murciélagus que anidan en techu...
Contra todu mismu de fantasmas y de ruidus que nu dejan tranquilu el placer del
ricurishca... ¿Acasu pur esu el shungu deja de sufrir? ¿Acasu pur esu hemus de ser
mejores lus pobres naturales? ¿Acasu...? Defiéndenus, taitiquitu. ¡Defiéndenuuus!»
En esos momentos también la atemorizada mujer retorcía sus manos como una
posesa agravando el desconcierto del amante —desconcierto de piel sudorosa, de ojos
empequeñecidos por la pena e inmovilizados por el temor, de gruesas mandíbulas
caídas, de labios temblorosos—, del amante que, por transferencia compasiva, tomaba
el lugar del santo para responder y consolar mentalmente —sólo mentalmente— a las
quejas y a las urgencias de la longa: «Claro que he de defender, pes... Claru que he de
amparar, pes... Para esu suy machu... Machu, caraju...»
—Arí, bonitícu... Arí, taítiquitu... Cuando tengamus huevitus, cuyeitus, he mus de
regalar, pes... Cuando la tierra del huasipungo produzca maicitu, también... —insistía la
longa.
—Así mismu es, pes, taítiquitu... Amu sacristán mishcadu guañugta ha de entrar en
el conventu —continuaba el indio.
Al salir de la iglesia la pareja —él adelante, ella atrás— y encarar la indiferencia de
las gentes —porvenir acorralado por un trabajo de esclavos, huellas íntimas de
arrepentimiento sin perdón—, ambos se sentían desconcertados, cayendo en un vacío
amargo, en un vacío que les obligaba a vagar por la feria y que al final —siempre de
apariencia sorpresiva— les empujaba por la calle donde se agazapaban las tres
guaraperías del pueblo. A la noche —noche de domingo o de fiesta grande—, perdidos
en la inconsciencia de la borrachera —bajo las tinieblas, o bajo las estrellas, o bajo la
luna, o bajo la garúa, o bajo la tempestad, les daba lo mismo—, se arrastraban por los
caminos fantasmales. A veces dormían en una zanja o entre el chaparro que orillaba
algún potrero. |Ah! Entonces eran felices, con la felicidad que experimentan las almas
pequeñas y turbias en su propia ausencia: lejos de la crueldad de los cholos
mayordomos, lejos de las órdenes inapelables del «patrón grande, su meré», lejos de los
anatemas y sermones de taita curita, lejos de la choza agobiada por los ruidos infernales,
lejos de la vecindad de Barranca Grande.
Mucho empeoraron las cosas con la preñez de la longa Trinidad. Los temores
crecieron en ella hasta la evidencia de la muerte próxima, de la muerte... Presa de una
languidez temblorosa se tendía en medio del trabajo del campo y se quedaba largo
tiempo acezando como de pena. Cuando el indio José —cómplice, amor y demonio a la
vez— se acercaba a consolarla, Trinidad miraba al cielo encendiendo en sus pupilas de
negro abismo la desesperación y la súplica. Luego, con voz empapada en lágrimas,
murmuraba:
—Quiera... Quiera, taiticu.
—¿Qué, pes?
—Cainar allá en lu altu de las nubes.
—¿En cielu de Taíta Dius?
—Aríii.
—¿Cómu para trepar, pes? Sólu pishco de volandu.
—Volandu con muerte, pes.
—Ave María. Acasu...
—Quieru... Quieru, taiticuuu...
Por toda respuesta el longo se fabricaba mentalmente soluciones de ingenua
esperanza para él y para ella: «Cuandu pague la deuda a patrón grande. ¿Este añu será?
¿El otru añu será? Cuándu también será... Para ese entonces hemus de dar plata a taíta
cunta y a taita teniente políticu para que amarren legalmente, pes... Matrimoniu de ley
Taíta Dius... Hemus de cambiar el huasipungo de Barranca Grande cun terrenu de la
ladera... Hemus de estar de buenas con Taíta Dius... Hasta esu aguanta mi más,
longuita... Aguanta nu más, guarmi de shungo.»
—Pur caridad, pur guagua doloridu de barriga, nu dejarás... Nu dejarás que vaya a
cainar en infiermí, pes. ¡Darasme sepultura de cristianu! —insistía en su angustia llena
de malos presagios la india preñada.
—¿Ir al infierau? ¿Pur qué gracia, pes?
—Taiticu...
«Brujeada creu que está cuando piensa en torcer el picu así nu más...», pensaba el
indio mirando con recelo supersticioso el cuerpo hinchado de la mujer. A veces
traicionaba a su prudencia, a su espesa y taimada prudencia, y en vez de contemplar en
silencio de engaño a la preñada, gritaba con coraje resentido:
—Aguanta, pes. ¡Aguanta, caraju!
Un domingo, como todos los últimos de la preñez. Trinidad compró en la pulpería
del pueblo una vela de las de a cinco en libra. Y una vez en la iglesia, después de la misa
y el sermón, junto a su amante, habló como de costumbre a San Vicente, enseñándole
con amenaza infantil la ofrenda que le traía:
—Ve... Ve pes, taitiquitu... Necesitu mismu que me hagas la caridad, ¿Nu estás
oyendu?
—Longa bruta. Comu si fuera natural San Vicenticu pide... —murmuró el indio
mientras la hembra, arrinconada junto al altar, cara al muro para esconder en parte su
impudor, se alzaba camisa y anaco hasta el ombligo, y, entre ayes y quejas, se frotaba
con la vela el vientre deforme por los altos meses de embarazo y el sexo pecador.
Luego, con femenina naturalidad, coloco en la gran bandeja de hojalata —donde se
consumían una veintena de cirios de diferentes tamaños— la ofrenda contaminada con
sus culpas olor a infierno. Ese día, al insistir en su ruego, frente al santo, la mujer se
contrajo de pronto oprimida por un dolor inaguantable. Un dolor en las entrañas —para
ella mordisco del demonio—. Con los ojos enloquecidos, agarrándose el vientre con
ambas manos, suplicó al indio José:
—Taitiquitu... Boniticu... Ya nu puedu más con dolur de pecadu. ¡Aquí! ¡Aquicitu
duele!
—Ave María. ¿Qué será, pes? ¿Qué nu será, pes?
—¡Taitiquitu! ¡Ya nu puedu! ¡Ya nu puedu mismu! ¡Ayúdame, pes! —insistió
Trinidad, pálida y temblorosa.
Temeroso de que el escándalo de las urgencias de su concubina se hagan públicas,
el indio agarró como pudo a la preñada y la arrastró hasta el pretil de la iglesia,
murmurando:
—Aguanta. Aguanta duro. Un raticu nu más... Hasta cargarte... Hasta llevarte...
En el chaquiñán de la loma la mujer se dio cuenta del camino que llevaban, y, en un
momento de oscura desesperación, gritó;
—Nu quiera, taíticu.
—¿Eh?
—Nu quieru huaira malu de Barranca Grande. Nu quieru murciélagu. Nu quieru
gashinazu. Nu quieru fantasma de páramu. ¡Nu! ¡Nu quieru cainar cun taita diabiu
coloradu!
—¡Aguanta nu más, caraju! —ordenó el indio José aligerando la marcha. Su acezar
era largo, profundo, enloquecido.
«Ave María... Muía de pecadu... Muía de taita diabiu parece el longu... Mi longu...
Mi diabiu...», pensó Trinidad presa en un vértigo de angustia.
Al siguiente día la parturienta amaneció en una sola queja. El hombre, en vez de ir
al trabajo, fue en busca de la curandera. La experta comadrona, una vieja sarmentosa de
manos sucias, de párpados enrojecidos, de mechones de cabellera entrecana, olor a
boñiga, al entrar en la choza de la enferma miró en su torno con marcado recelo —la
fatiga de la cuesta que había ascendido, el temor supersticioso de Barranca Grande—.
Se hizo unas cuantas cruces, salmodió oraciones de su gasto particular contra el
hechizo, y, luego, interrogó al indio —aturdido por el estado de su hembra—:
—¿Cómu viven, pes, junto a Barranca Grande?... ¿Juntu al huaira malu?... ¿Juntu al
cuichi...?
—Pur caridad, cúrele nu más a la pobre guarmi. La pobre...
—La pobre...
Cuando la vieja curandera se acostumbró a la penumbra del lugar y miró de reojo a
la india, que en ese instante se revolcaba en el jergón de sucios cueros de chivo y viejos
ponchos, no pudo ocultar el diagnóstico, su sabio diagnóstico:
—¡Ave María! ¡Brujeada parece!
—¿Brujeada? —comentó José con un extraño hielo de terror en la sangre.
Sin más comentarios, la vieja sarmentosa desató una bolsa de cáñamo que había
traído bajo el brazo como maletín de fino instrumental. Extrajo de ella una cuya
preñada, la cual, a pesar de sus convulsivos afanes por librarse, fue entregada al indio.
Luego la curandera desnudó completamente a la enferma y le ordenó tenderse boca
arriba. Cuando todo estuvo a punto, recaudó la vieja la cuya preñada de manos del indio
y con hábil sadismo frotó el cuerpo de la enferma una y otra vez: sobre las piernas
prietas y temblorosas, sobre el vientre deforme, sobre el sexo en conato de
alumbramiento, sobre el cuello de músculos y venas en tensión de quien trata de
soportar un dolor, sobre... La piel del animal, al principio suave y aterciopelada, fue
transformándose al calor de la insistencia de la sobadura en fastidio angustio y ardiente
de sinapismo. La operación duró —larga, quejosa, inútil— hasta el desmayo de la
parturienta y la muerte de la cuya. A la luz de la puerta de la choza, para observar mejor
y para que el indio José vea y compruebe en las vísceras del magullado animalito los
misteriosos y extraños perfiles del mal que sin duda alguna estaban matando a la pobre
Trinidad, la curandera abrió por el vientre a la cuya con un cuchillo de hoja enmohecida
y cabo de palo. Hurgó de inmediato las viscosas y sanguinolentas entrañas como si
buscara algo definitivo, y, a los pocos minutos de palpar y remover con cuidado extrajo
y exhibió un feto diminuto, muerto, mientras murmuraba, consternada:
—Jesús. Taitiquitu. Ave María. Se ve... Se ve nu más claritu... Muertu el guagua
dentru de barriga. Muertu está, pes.
—¿Muertu?
—¿Nu está viendu? Pobre guagua. Hechu una lástima.
—Cuy nu más es, pes.
—Así está el guagua en la barriga de la mama. Para saber froté con el animal.
—¿Ciertu?
—Cogidu del cuichi se ve... Cogidu del huaira de Barranca Grande también...
—Cure, pes, entonces, mama señora. ¡Cure, pes! —suplicó José Simbaña en el
colmo de su desconcierto. Mas la curandera, por toda respuesta, soltó las vísceras y el
animal muerto en el suelo, se limpió una y otra vez las manos en el anaco, ganó la
puerta, y, haciéndose cruces y murmurando oraciones para librarse del maleficio que
había descubierto, huyo chaquiñán abajo.
El indio, ante la actitud cobarde y esquiva de la única persona que podía curar a su
longa, se acurrucó como un perro apaleado junto al jergón. Le quemaba en la sangre
algo como un remordimiento ancestral, como una pena llena de oprimido coraje. No
creía, no podía creer en todo aquello. Algún espíritu malvado le aconsejó que debía huir
como la curandera. Correr cuesta abajo, rodar por la ladera, cruzar el valle, atravesar el
bosque, el pantano... No obstante, permaneció inmóvil. No podía abandonar a la longa
desnuda que se retorcía y temblaba entre las garras del miedo y de la muerte —para él
eran los azotes impalpables del huaira malo y del cuichi maldito—. Quizá debía esperar.
¿Esperar qué? Que... Que Taita Diosito se compadezca: Pero pasaron las horas, y, a
medida que pasaban, el espanto venenoso de la superstición crecía en los nervios y la
sangre del longo como un impulso loco y delirante, crecía al amparo del susurro del
viento que flagelaba de ordinario a la choza, del graznido de las aves de rapiña en el
cielo, del ladrido lejano de los perros, de la presencia de los murciélagos en constante
acecho.
A ratos —perdida hora de la desorientación—, Trinidad postrábase sobre los
ponchos viejos, postrábase en silencio de pulso afiebrado, postrábase de rodillas, en rara
imploración. Parecía dormida, ¡muerta! Entonces el runa, con amarga curiosidad,
inclinábase sobre ella, junto al rostro y a los senos, sobre el recuerdo de la primera
noche del amaño. ¡Sí! Se inclinaba para interrogarla, para... Por desgracia las palabras
se le quedaban presas y confundidas en la garganta, en la red de la desesperación y de la
ternura. Ellas lograban tan sólo exaltar en la sangre del indio el cariño hacia esa mujer
pequeña, miserable, hacia esa hembra que había logrado romper la soledad.
—Caraju. Maldita sea... —era lo único que José Simbaña podía articular en esos
momentos.
Más tarde, ella —tranquila, cubierta, sudorosa— abrió los ojos —lánguidos los
párpados, raro el aliento— y al hallar a su lado al longo —cómplice y refugio a la vez
en el placer, en el dolor, en el castigo y en el gran silencio que se avecinaba—, insistió
en su vieja súplica de perdón y de orden, de amparo y de reto:
—Júrame... Júrame, taitiquitu.
—¿Qué, pes?
—Que nu... Que nu carguen a la pobre Trinidad lus diablus comu dice taita cunta.
—Caraju.
—Defenderás me. ¡Defenderasme, taitiquitu!
—¿Cómo pes, longuita?
—Entarrandu cristianamente cuandu tuerza el picu, pes... Nu comu a perru
manavali...
—¿Cómu, pes, shunguitu?
—Cun misa de trapu negra en iglesia. Cun vela grande. Cun humu de incensariu.
Cun chagrishu de flur blanca. Cun cajún pintadu. Cun responsus de a tres por sucre.
Cun agua bendita. Cun...
—Esu será si quieres morir dejandu al longu solititu, abandonadu comu grano de
maíz en caminu de punblu, comu...
—Jura. ¡Jura, taiticu!
Desgarradoras las súplicas, enternecedoras 'las lágrimas de la moribunda,
arrancaron como de costumbre el juramento sincero y emocionado del indio:
—Buenu, pes, bonifica. Buenu, pes, comp a nerita. Cuandu sea necesariu hemus de
hacer nu más: así tenga arrancarme la sangre de las patas y de las manus en el trabaju,
así tenga que hundirme vivitu en el pantanu, así tenga que robar el ganadu de la
hacienda, así tenga que recibir látigo en el cuerpu shucho... Así todu mismu... Cuandu
Taita Dius ordene he de enterrar comu cristianu a longuita.
A la noche todo se agravó. En la luz del fogón que se arrastraba por el suelo la
enferma clavó sus ojos afiebrados para posarlos luego —sin control, enloquecidos— en
las rendijas de la puerta, donde silbaba el huaira malo; en los huecos de las paredes,
donde se acurrucaban los fantasmas, en las junturas de la paja del techo, donde
aleteaban los murciélagos. Y, aferrándose al cuerpo de su amante, el cual permanecía
junto al jergón, sin desvestirse, murmuró desesperada:
—¡Ya vienen a cargarme! ¡Ya, taitiquitu! ¡Ya!. . ¡Ya...!
—¿Quién, pes? —dijo el longo fingiendo inocencia no obstante saber a lo que ella
se refería.
—¡El huaira!
—Oh. ¡Caraju!
—¡El cuichi!
—¡Aquí... Aquí estuy yu para defenderte, pes!
—¡Lus diablus que dice taita cura!
—Aaah.
—¡Lus diablus de Barranca Grande!
—Lus diablus —repitió el en un eco de espanto. Se sentía débil e indefenso ante la
maldición del cielo.
Aí tercer día murió Trinidad. Los gritos, las súplicas habían caído en un remanso de
espesa fatiga. Después de una leve contracción el cuerpo de la mujer quedó inmóvil —
hundidos los ojos, entreabierta la boca, amoratado el rostro—. Quizá el longo la creyó
dormida. No obstante, la llamó en voz baja:
—¡Longuita! ¡Shunguitu!
Al no hallar respuesta, pensó en busca de estúpido consuelo: «Nu quiere
responder... Nu quiere hablar... Se hace nu más... Pícara... Perú... Igualitu a mortecina de
vaca, de perru... ¡Trinidaaad!» Y al cerciorarse de que en efecto su compañera había
muerto, el indio gritó hasta enronquecer, hasta que su corazón enloquecido, jadeante,
estranguló toda posibilidad de queja. Descansó largo rato acurrucado junto al cadáver.
Luego, como un autómata, salió de la choza. Desorientado, vacía la esperanza, se sentó
bajo los cabuyos de la cerca del huasipungo. De pronto alguien le advirtió —con el
saber intuitivo de la sangre— que tenía que cumplir su juramento, Y una ansia absurda,
un desprecio a sí mismo —a su impotencia—, le arrastraron a vagar por el campo. A las
pocas horas, al saciar su sed, al apaciguar su fatiga, metiendo la cara en un remanso del
arroyo del bajío —como las bestias—, notó que su imagen, negra y borrosa entre las
nubes del cielo, repetía la súplica que le hizo su longa: »Júrame... Júrame, taitiquitu...
Que nu carguen a la pobre Trinidad los diablus comu dice taita cura... ¡Defenderasme!
Cuandu tuerza el picu, pes...»
Sólo entonces él sintió y tuvo la certeza de que alguien muy metido en su corazón
había muerto, había desaparecido para siempre, no estaba en ningún lugar para
acompañarle.
—Nu, caraju —murmuró al levantarse. Y olfateando en el aire del atardecer la única
posibilidad de su destino, se metió por el camino que conducía a la casa de la hacienda.
Todo halló adusto e impenetrable, como el razonar y el capricho del «amo, su mercé,
patrón grande». Permaneció largo rato junto a los galpones sin atreverse a imponer su
presencia. Felizmente, la vieja servicia —la más vieja— sacó la cabeza por la puerta de
la cocina e interrogó, altanera:
—¡Veee! ¿A quién buscas, pes?
—A taita amitu, su mercé.
—Nu está aquí.
—¿Y patrún mayordomu?
—A la noche ha de venir.
—Entonces, bonitica... Aquí en el corredur vuy a cainar hasta que venga, pes.
Y cayó sobre él la noche. En una hora perdida y en medio de las tinieblas ladraron
los perros. La sombra de un jinete cruzó el patio, de un jinete que dejó el caballo en la
estaca del ordeno y se acercó al corredor arrastrando con pesadez zigzagueante las
espuelas. Un tufillo a chicha y aguardiente anunció al indio Simbaña la presencia del
mayordomo, la presencia de quien podía sacarle del apuro.
—Patroncitu —murmuró el longo acercándose a la sombra de aquel hombre que, al
sentirse perseguido, interrogó altanero:
—¿Quién eres, carajo?
—Yu, pes, taitiquitu. Jusé Simbaña.
—¿Simbaña?
—El de arriba... El de Barranca Grande...
—¡Ah! [Ya! El runa perdido, el runa ocioso. Por fin asomaste, carajo.
—Muriendu mujer, pes.
—¿Mujer? ¿Qué mujer? ¡ah! Ya sé, carajo. Estabas amañándote. ¡Indio corrompido!
—Ave María. Vengu a rugar pes, patroncitu. Por vida de su mercé. Que me haga la
caridad de adelantarme un algu para poder enterrar a la guarmi.
—Indio condenado, borracho, perro. Después de que debes un dineral de plata.
—Nu ha de ser tanto, patroncitu.
—¿No ha de ser tanto? Cerca de cien sucres... Para más de un año...
—Pur caridad, patroncitu. Pur vida de su mercé. Por Taita Dius...
Los carajos, los insultos y las amenazas del cholo mayordomo aplastaron las
insistentes súplicas del indio Simbaña. Al final, el chasquido de un acial sin
condescendencias cortó la voz suplicante. Satisfecho y libre —había huido como rata la
victima inoportuna—, el cholo mayordomo arrastró su embriaguez de exaltado
machismo hacia el interior de la casa.
A la mañana siguiente —después de pasar la noche en un galpón abandonado—,
José Simbaña tampoco tuvo buena acogida entre las comadres y los chagras del pueblo.
La fritadera Eulalia Chávez, al escuchar la pretenciosa solicitud de dinero adelantado
por un problemático negocio que proponía el runa, quedó mirando al solicitante como sí
dudara de su cordura. Luego concluyó altanera:
—¿Estás borracho o qué? ¡Mejores propuestas he tenido! ¿Dónde has visto fiar así
no más plata a los naturales, pes?
—Para enterrar a guarmi muerta.
—¿Guarmi muerta? ¿Qué guarmi tienes, indio mentiroso?
—Pur caridad, patronita, su mercé. Puerquitu he de entregar baratu cuando sea
grande.
—Para emborracharte has de querer la plata. No. ¡No tengo! ¡Busca a otra tonta!
—Pur caridad, patronita.
—¡Fuera de aquí, indio porfiado!
—Patronita...
—¡Jacintooo! ¡Ven a sacar a este runa, que se ha puesto atrevido, grosero!
—¡Fuera de aquí, carajo! Indio borracho, indio puerco...
José Simbaña golpeó todas las puertas conocidas, relató una y otra vez su tragedia,
ofreció enajenar en cualquier forma su trabajo, sus animales, sus... —no obstante estar
él y sus cosas enajenados para toda la vida en el latifundio—. Suplicó con manía
fastidiosa, pidió hasta el desconcierto de un ebrio. Todos, absolutamente todos, le
miraron con el mismo asombro de la fritadera, todos le echaron a patadas, a empellones.
Y cuando se puso muy pesado todos se libraron de él con los perros. Así le sorprendió la
noche y durmió en un corredor. A punto de desesperar, recordó el huasipungo de sus
padres: taíta Luis y mama Rosa. ¡Oh! Tendría que pedirles perdón, llorar de
arrepentimiento por haberles abandonado. Sin embargo, aquello no era un obstáculo.
Por el contrario, deseaba con vehemencia —instinto que busca amparo— hundir su
amargura en la cólera y en los reproches de los suyo?.
Los viejos —taíta y mama—, llenos de gratitud por la sorpresa largamente
esperada, recibieron al hijo con alegría. Al verle entrar por el corredor de la choza,
humilde, dispuesto a pedir perdón, pensaron: «Quien así viene estandu enojadu, debe
venir cun gran dolur.»
Mama Rosa le llamó con su habitual dulzura de sanjuanito de velorio:
—Mi guagua... Mi guagua brujeadu...
Y taita Luis, después de rascarse la cabeza y mirarle de arriba abajo, le dio unas
palmaditas en el hombro.
Todo encontró igual en la tierra de su infancia: el ashco impertinente y sarnoso, el
maíz enano, amarillento como de madurez prematura, el tendido de ocas al sol en el
patio, los cerdos y las gallinas junto a los hermanos pequeños, h. mazamorra en la
cazuela de barro, la cama en el suelo de trapos y de cutules secos donde pudo dormir
con pesadez animal.
Cuando taita Luis y mama Rosa se enteraron del motivo y de la razón de la vuelta
del «guagua brujeado», ofrecieron enterrar a la longa como buena cristiana.
—Aun cuandu tengamus que vender lus puerquitus y lus borreguitus del compadre
que dejú al partir —ofreció el viejo.
—Anda nu más, guagua. Ya seguimus nosotrus llevandu platica —concluyó mama
Rosa con esperanza balsámica.
Corrió el longo José Simbaña por los chaquiñanes. Una felicidad acezante le
golpeaba en los poros. No podía, le era difícil creer en la solución amable, caritativa que
dieron los viejos a su amargura.
Al entrar por el sendero de la ladera de Barranca Grande miró el indio con temor
agradecido al cielo, al cielo donde descubrió a una veintena de gallinazos que
revoloteaban en círculos cadenciosos. «Ave María... Taitiquitu... ¿Qué será, pes?», se
dijo por algo que mordía con indefinida angustia en su sospecha. ¿Sospecha de qué? De
nada.... De todo... Trató de dialogar entonces —frases truncas, sordos impulsos— con
cuanto le rodeaba, con cuanto iba surgiendo ante sus ojos en la carrera: las piedras de
los senderos, el barro de las cunetas, los yuyos verdes, las boñigas húmedas, las rocas
duras, la arena caliente. Al torcer el último recodo y aproximarse a la cerca de su choza
un olor a mortecina se le anudó en la garganta con violencia de grito y maldición. ¿Qué?
¿Quéee? Atento, un perder el aletear extraño, diabólico; el aletear que golpeaba en el
aire, que imitaba el pulso de] infierno, el longo olfateó como un perro hambriento en el
aire. Le aturdían los malos presagios, las absurdas interrogaciones.
—¿Quién será, pes? ¿Quién será que golpea así? Comu diablu mismu... Comu...
Y sacó la cabeza por detrás de unos cabuyos. ¡No! Había sorprendido algo que...
Algo que le aplastaba de horror, algo para enloquecer. Más... Más de una veintena de
gallinazos, pesados, retintos, hediondos, se movían y llenaban el patio del huasipungo,
frente a la choza. Entre sus patas, entre el aleteo de su disputa, había alguien.
¡Alguíeecn! Algunos —los hartos— reposaban plácidamente por los rincones. Otros, los
más voraces e insaciables, picoteaban en un ser —montón de vísceras humanas—.
Distinguió las piernas, los brazos, una cara sin ojos. Era... Era ella, que había sido
arrastrada por los demonios desde el jergón hasta la puerta, hasta el patio.
—¡Carne de cristiana! ¡Mi longuita Trinidad es, pes! —gritó José Simbaña sin saber
cómo debía actuar. Pero el eco de una voz intima, de un recuerdo amoroso le anunció:
«Lus diablus de Barranca Grande, pes... Esus mismitus sun... Esus mismitus... En forma
de gashinazus... Negrus, hediondus... Lus diablus que dice taita curita, pes...» Pero el
encuentro con lo que él creía los demonios infernales, en vez de acobardarle como de
costumbre, en vez de envolverle en la pesadilla de la fuga, le imprimió violencia y
coraje ciegos en sus músculos. Estaba el grito de ella de por medio. El grito que le
hervía como un huracán en la sangre. Miró... Miró como un toro al embestir el cuerpo
despedazado de su Trinidad. Saltó sobre la cerca gritando:
—¡Mí guanni! ¡Mi guarmi, carajuuu! ¡Mi ricurishcaaa! ¡Mi pecadu grande!
Aturdido por el vuelo de las aves, que huyeron ante aquella extraña presencia, el
indio se quedó inmóvil unos segundos, inmóvil como si le hubieran clavado para
siempre, hondo, entre los trapos, entre las bayetas, entre los huesos mal pelados, junto a
la cara sin ojos, junto al pecho despellejado, junto a los senos con profundos picotazos
de su Trinidad. Algo como una orden, como una urgencia hormigueante y desesperada,
como un grito de pánico, emanaba de aquel cuadro trágico. Emanaba y ascendía —tibio,
viscoso— por las piernas, por el vientre, por las espaldas, por la garganta del indio
desconcertado. Sí. Aquello era a la vez una maldición y una súplica: «Júrame... Júrame,
taitiquitu... Defenderasme para que nu carguen a la pobre Trinidad lus diablus corau
dice taita cura... Enterrarasme comu cristianu, nu corau animal... Defenderasme, pes,
taitiquitu... ¡Nu! ¡Nu dejarás que carguen lus diablus de Barranca Grande...! Comu
quiera mismu ayudarás a la pobre...»
Desconcertado y furioso miró José Simbaña en su torno. ¿Qué? ¿Qué podía hacer él
contra esas aves malditas que le rodeaban, que huían poderosas? ¿Cómo podía por lo
menos salvar los pedazos de su longa querida? ¿Cómo?
—¡Nu, caraju! ¡Maldita sea! —exclamó el indio lanzándose alocadamente por todas
partes contra los gallinazos —hacia la cerca erizada de espinos, hacia el techo de la
choza, hacia el pequeño chiquero vacío, hacia el cielo inalcanzable.
El fracaso del longo en su cacería absurda, escurridiza, violentó más y más la
ceguera del coraje. Corría, saltaba, iba de un lado a otro. ¿Pero cuál era su insensato
objetivo? Quizá rescatar del buche de los demonios 'los restos de su querida hembra, de
lo que fue para él la dulzura efímera del jergón, la compañía silenciosa en el trabajo, en
los largos caminos, en las turbias borracheras y en los angustiosos churhaquis. ¡Su
guarmi! Como un pelele desarticulado siguió en su intento, siguió en pos de los
demonios alados que se burlaban de él revoloteando en su torno para luego alejarse.
¡Alejarseee! Fue tras ellos a lo largo del campo pedregoso —gritando, maldiciendo,
saltando—.
Atraído siempre por las aves negras y escurridizas, hecho un nudo de coraje,
destilando odio de impotencia, en ansia sin alas, 'llegó al filo de la Barranca Grande.
Con los brazos y todas las maldiciones de su rebeldía en alto, hizo equilibrios
escalofriantes entre las rocas voladas al abismo por atraer a los demonios que se
llevaban su propia entraña. ¡Oh! Pero ellos eran más ágiles, saltaban más alto, y, al final,
alzaban el vuelo para luego hundirse definitivamente en la Barranca Grande.
«Van hacia el infiernu que dice taita cura, carajuuu... Cun mi guarmi en el buche...
¿Pur qué, pes? ¿Pur quéee?», se dijo el indio en lo más alto de su desesperación, sin
mirar hacia el fondo de la boca gigantesca de la tierra de muros de piedra calcinada,
mientras la voz íntima y querida de Trinidad insistía: «¡Júrame..., Júrame, taitiquku...
Defiéndeme, pes... ¿Dónde... Dónde estás...? ¡Ahura, longuitooo, shunguitooo!» Insistía
la voz al parecer —orden y súplica de la muerta— desde los buches hinchados y desde
el pico y las garras sangrantes de las aves.
—¡Nu, nu, caruju! ¡Mi guarmi! ¡Mi shunguiticuuu! —estalló en un alarido
epiléptico el indio. Y, desde el filo más alto de la roca donde se hallaba, un ciego
impulso por fundirse y obedecer al ruego ilusorio de su desgraciado amor le obligo a
extender el poncho en actitud de vuelo para dispararse entero hacia el abismo como una
piedra que traga la sima.
MAMA PACHA
Más arriba de los corrales de la hacienda del patrón, más arriba de los chaparros
erizados de pencas de cabuya, al trepar a gatas por un desfiladero, entre piedras
cubiertas de líquenes centenarios, bajo un árbol seco, sin sombra —esqueleto
sarmentoso de brazos renegridos— se daba con el huasipungo de Mama Pacha. Lo
sórdido del lugar contrastaba con lo amable que se expendía en el bajío. Desde la puerta
de la choza —paredes decrépitas y techumbre de paja sucia— se podía observar casi
todo el valle aprisionado por la cadena de cerros altos, bajos, redondos, agudos. Al
fondo, donde parecía que se barajaban las montañas, flotaba por costumbre una columna
de humo azul, presencia, aliento y señal del pueblo cercano. Desde aquel lugar la
imaginación jugaba con la realidad: seguía el curso del río como una cristalina cicatriz
del paisaje; rodaba, traviesa y alocada, por el declive de los páramos hasta hundirse en
los barrancos, saltando sobre las rocas, sobre las zanjas, sobre el ziz-zag de los
chaquiñanes; perseguía a los pájaros que revoloteaban por los sembrados y a la tarde
huían al bosque; contaba los ganados en los potreros, en el patio de la hacienda, en la
talanquera de la rinconada; cruzaba el viejo camino al trote de la mula del señor cura o
en la nube de polvo de una recua de bestias, o en el pesado rodar del autobús que iba
hacia los pueblos del norte, o en el bamboleo cansado de alguna carreta de bueyes;
revisaba, uno a uno, hacia lo alto y árido de la ladera, los huasipungos, como detalles
decorativos en el verdor inconmensurable.
Paisaje romántico en contraste con la presencia de los campesinos agobiados sobre
la tierra, contrapunto de manchas pardas, tristes, silenciosas, campesinos en fila a lo
largo de caminos y sendas.
Todos los dolores, las penas, los desconciertos, las hambres, las enfermedades y los
temores del vecindario de aquella comarca de indios, cholos y chagras, todo lo recogía y
guardaba Mama Pacha en una gran bolsa de cuero. Quizás por eso su corazón —esponja
que lo absorbía todo— conocía que el hambre los desesperaba, que los humillaba la
ignorancia, que el miedo los entorpecía hasta el pavor, que la injusticia los hacía
rebeldes, que en la enfermedad se abandonaban, que en el vicio olvidaban, que gritaban
su dolor en cada parto y que, en fin, muriendo descansaban.
Y aquel entendimiento, que ella no podía remediar, era su amor, su costumbre y su
destino.
Su cosecha de cada día se amontonaba por los rincones de la choza, junto a las
boñigas secas para el fogón, los cueros de chivo y los trapos —todos viejos—, junto al
pondo de chicha hundido a medias en el suelo, junto a los yuyos medicinales
almacenado en los nichos de las paredes. Y a veces, cuando esa carga desbordaba del
tugurio estrecho, la vieja, en las tinieblas más espesas, en lo más sordo de la noche,
echaba al fuego lo irreparable y se quedaba con lo nuevo, lo esperanzado y curable.
La figura de Mama Pacha, envejecida por el pergamino arrugado de su cara y por
los andrajos que vestía, se hacía maternal, heroica y bondadosa al resplandor de las
llamas del romero y palo santo, a medida que caían en las brasas los invisibles espíritus
de las calamidades de la indiada y del cholerío, junto con el polvo de ají seco, los
perdigones de pimienta y otras raras hierbas. Aquel oficiar de hechicera ahuyentaba
cada noche al Huaira Huañuy. El ramal de humo negro que exhalaba la fogata mágica, a
la vez que quemaba las penas, las injusticias, humillaciones, contrariedades y hambres
de los campesinos, se envolvía en el cuello del fantasma maldito, narcotizándolo,
apaciguándolo para que sólo murieran los que tenían que morir y lo hicieran en paz.
Al amanecer, antes de tomar forma y color el paisaje, antes de surgir la sinfonía de
murmullos campestres, Mama Pacha tenía por costumbre sentarse en la puerta de su
vivienda, en actitud hierática, como de ídolo de barro crudo, para otear en la penumbra
matutina la presencia y el rastro de las gentes del bajío. Muchas, muchas cosas se
preguntaba antes de la luz franca del día, muchas cosas que luego se afanaba por
comprobar. ¿Estarán todos? ¿Volverá la chiquillería semidesnuda a entretener su hambre
y su abandono fabricándose juguetes en el barro de las zanjas, en la hojarasca de las
cercas, en las chambas de los pantanos, en la basura de los chiqueros, en la amistad de
los rebaños y de los perros? ¿Y las longas...? ¿Se esforzarán, como de costumbre, tras el
trabajo de los hombres o seguirán ofrendando el tributo de su virginidad en la casa del
amo, patrón grande, su mercé? ¿Y los indios...? ¡Oh! ¿Hundidos en las ciénagas?
¿Perdidos en las cejas de las montañas? ¿Agobiados por cargas propias y ajenas? Taita
Diosito, ¿estarán todos? Un dulce cosquilleo recorría la piel de la vieja, como si fuera
acariciada por una mano fecunda.
Sí. Eran sus hijos. Tantos había dado su vientre cien veces atropellado por
capataces, mayordomos y patrones. Todos se fueron... Pero había que defenderlos,
ayudarlos sin restricciones. Y a media mañana, apoyada en su bastón, Mama Pacha se
arrastraba por el desfiladero hasta el valle. Entraba en los huasipungos, cruzaba
desmontes y sembrados, trepaba, se detenía en los recodos peligrosos de los caminos, se
hundía en las orillas del río y llegaba a dar remedios a las hembras en apuros —
carishinas o virtuosas—, aconsejar a longos con su sabiduría y experiencia —secretos
contra crecientes imprevistas, contra lluvias torrenciales, contra plagas malditas, contra
la luna tierna, contra el viento embrujado— repartía cucayo entre los rapaces y les
inspiraba juegos nuevos.
Era evidente, cierto, profundamente cierto, que con Mama Pacha las gentes de la
comarca se sentían protegidas, arrulladas por su presencia matriarcal, y a toda hora le
rezaban.
—Que algún día te pague taita Dios, Mama Pacha.
—Taita Dios te ampare, bonitica.
—Taita Dios te guarde, mama señora.
—Mama shungo.
—Mama para quemar la pena.
—Mama para curar el mal.
—Mama para aconsejar.
—Mama para detener al Huaira-Huañuy.
—Mama para consolar cuando todo parece jodido.
—Mama para todo mismo.
—Mamaaaa...
La obsesión y el ansia sin recompensa de gratitud arrastraba muchas veces a las
gentes a pensar en la desaparición de la vieja, en su muerte. ¡No! No podía. Ella
controlaba al Huaira-Huañuy. Era eterna. Nadie la vio nacer. Y hombres, mujeres y
niños acostumbraron a tatuarse en el alma una verdad fervorosa.
—Si muere Mama Pacha, moriremos, pes.
—Si desaparece Mama Pacha, desapareceremos, pes.
—La sangre de Mama Pacha.
—El shungo de Mama Pacha.
—Moriremos no más.
—Moriremos.
Y cuando llegaron los tiempos malos y las gentes se sintieron más débiles ante la
garra astuta y legal de los poderosos, Mama Pacha exageró sus desvelos y se dejó
arrastrar íntegramente —ídolo y profecía— por el coraje, por la angustia y por el
reclamo de los suyos. Una tarde, bajo ese signo de impaciencia y desesperación general,
envuelta en una corriente de olor a hoshota y a perro mojado, entre gritos, carajos,
revuelo de ponchos, alharaca de brazos, jadear de bestias en celo, al frente de los
huasipungueros la vieja llegó ante los muros de la casa gamonal, frente al flagelo de los
mayordomos y de los capataces a caballo, frente a la injusticia que apaleaba y mataba
sin remordimientos, y sintió, en su alma curtida por todas las inclemencias, el horror de
la refriega. Tendida bajo unas matas de espinos que la amparaban oyó rodar hacia el
valle la triste protesta de la indiada. Fue entonces cuando la posibilidad de la derrota
inquietó a Mama Pacha hasta enloquecer.
—No... No debo morir... Por ellos... Por...
A la par de su queja, revisaba temblorosa su carne magullada, su cuerpo cubierto de
dolores. No quiso averiguar de dónde le manaba la sangre; en cambio, se contrajo en un
gesto esquivo y buscó la hora en el cielo, en la luz marchita. Debía correr más ligera que
la noche que venía acercándose con grandes manchas turbias. Su bolsa de cuero estaba
llena, rebosando de penas: “Penas para quemar, pes... Quemarlas enseguidita, antes de
que crezcan...” Humo y fuego contra el Huaira-Huañuy. Y por la hojarasca —en
desesperación de conjurar la sorpresa que pudiera darle su herida, la traidora
paralización que acechaba desde todas las articulaciones— se arrastró hasta la cuneta.
Sus músculos acerados iniciaron la desobediencia, el abandono; pero ella insistió.
—No... No debo morir...
Entre caídas y desmayos, pisando a ratos en el pánico, llegó la vieja a la falda del
monte donde se abría el chaquiñán hacia su choza. “Penas para quemar... Humo y fuego
contra el Huaira-Huañuy... ¿Qué será de ellos? ¿Qué podía ser de ellos con las penas
sueltas? ¡Todas las penas!” —Se dijo, sintiendo en las sienes y en el pecho los latidos de
una consternación extraña. Trepando por la ladera, resbaló varias veces viendo, con
terror, crecer el negro de la noche que se adelantaba a su deseo. Cayó de pronto como
una rana muerta, con los brazos y las piernas quietos, a pocos metros de la choza.
Procuró arrastrarse más... Más... ¡Oh! Las tinieblas envolvían las rocas, enredaban las
ramas, aplastaban su choza como mano gigante y entraban por sus pupilas,
arrebatándole la conciencia.
Tras de las tinieblas, en la profundidad de la noche, despertó el Huaira-Huañuy
derramándose suelto por las abras sin fondo de los glaciares y, anudando sus tentáculos
en los soportes graníticos, lanzó su poder fantasmal desde la cavernas de los altos
cerros. Corrió por las grietas de la tierra mojando sus pies en la queja ronca de los
torrentes. Nutrió su audacia en la fuerzas del mal que ocultan para el hombre los
abismos: el Huaira-Soroche, el Huaira-Cuichi, el Huaira-Miu, el Huaira-
Mancharipanac... Lleno de fórmulas confusas, de ágiles rumores ondulantes, se lanzó
por la garganta del río para clavarse luego en el lago de la noche que dormía en el valle.
Vengativo, trepó por la ladera y, en remolino de diablo suelto, de tromba de tinieblas,
polvo y basura, danzó sobre el cadáver de Mama Pacha hasta abrirle su bolsa repleta de
penas y las esparció de nuevo, ahora con desbandada de huracán, de incendio en pajonal
de páramo seco. Astuto Huaira-Huañuy anidó bajo el alero de cada choza, sembró en los
huasipungos, metió por las rendijas de las puertas, soltó por los porotillos de las tapias
todas las penas que la magia caritativa de Mama Pacha escamoteaba diariamente a la
memoria de los campesinos. Cerca ya del amanecer, ebrio de triunfo y diluido en su
propia maldad, el Huaira-Huañuy huyó presuroso ante el ladrido de los perros, el canto
de los gallos y los pájaros, hacia el refugio de la montaña.
Y los indios y los cholos pobres, al abrir los ojos en aquella fatídica mañana y
encontrar amontonado a su alrededor, materializadas en el recuerdo, las penas, la
amargura y la sordidez de su miseria, notaron de inmediato que algo les faltaba para
olvidar, para no entender y para no sentir lo que siempre les resbaló por su bruñida y
dura resignación, algo que si dejaba de narcotizar por una horas la realidad que los
circundaba podía convertirse en un infierno.
Aquella mañana las pequeñas molestias amanecieron crecidas y los trabajos
cotidianos con sabor insufrible.
El olor del chiquero, del pasto para los cuyes junto al jergón saturado de orines de
guagua, de menstruaciones, fiebres y sudores desesperaba al más resignado con uña de
nausea en el estómago. Y las pulgas, las niguas y garrapatas, los piojos y las chinches
fueron —quizás por vez primera— en la vida de la indiada monstruos que chupaban la
sangre y enronchaban la piel.
También en los desfiladeros y chaquiñanes, rotos y anegados por los derrumbes, en
esa hora revivió el ardor de viejas llagas. Y el trabajo sobre la tierra se estrelló sin tino
con la cangagua transformada en roca, se asfixió en el polvo, se hundió en los pantanos
y se heló con mueca de soroche en los páramos. Y el hambre se agravó en el llanto de
los niños y se hizo torpeza y alharaca en las mujeres, sin la ayuda que repartía a diario
Mama Pacha. Hasta el paisaje, húmedo de garúa, cargado de nubes bajas que arrimaban
su hidropesía en los flancos de los cerros, exaltó en el corazón de los moradores de la
comarca la maldita sospecha mil veces rechazada y mil veces intuída.
“Ha desaparecido Mama Pacha.... Mama Pacha ha muerto.... Muerto...”
El pastor que solía trepar sus cabras por la ladera, un viejo seco, menudo y
silencioso, quien desde niño había seguido paso a paso las costumbres, las urgencias, los
sacrificios, los heroísmos y los amores de Mama Pacha, se asomó entre las breñas que
daban a la choza del árbol seco.
—¡Ave María! ¡Dios guarde al pobre natural! ¡Hecho una lástima, Mama Pacha!
¡Mamaaa!
Sólo la brisa, impulsando levemente las basuras que rodaban por el suelo, respondió
a las exclamaciones del hombre.
—¿Quién para que ayude al velorio de la pobre? ¿Quién para que ayude al entierro
de la bonitica?
Estirada en mitad del sendero, muy cerca de la choza, con los brazos y las piernas
abiertas cual mortecina de sapo, con el rostro más arrugado y duro, con la boca
semiabierta, con los ojos desorbitados, Mama Pacha parecía un espantajo caído, echado
al suelo por la diabólica maldición.
Compasivo y temeroso a la vez, el pastor se acercó hasta el cadáver, santiguándose.
No lo pudo tocar. Él estaba enterado de lo que la vieja oficiaba por las noches; las
llamas y el humo que la envolvían sin devorarla; y recordaba también, emocionado
hasta las lágrimas, el día que vio al diablo blanco atropellar, como un cerdo ansioso, a
Mama Pacha en la cuneta de la rinconada. Mama Pacha carishina. Diablo blanco de
rabo tieso, ricurishca. ¡Oh! Pero en ese entonces ella se levantó del suelo huyendo del
patrón grande su mercé y llorando su deshonor en tono de quien espera nuevos
atropellos para calmar inexplicables deseos. En cambio, en ese instante, no se movía; no
se movería jamás. “Nunca más, mamitica”, se dijo el viejo pastor sin acertar a dónde
orientar su angustia. Enloquecido, húmedos los ojos, con el daño de una manada de
bestias infernales en los sembríos de su intimidad, se puso a gritar hacia el valle cubierto
de nubes, se puso a gritar en demanda de socorro con lo único que sabía para congregar
a las gentes:
—¡Dañooo! ¡Daño en el shungooo! ¡Dañooo!
Su voz, larga y quejosa como aullido de lobo, filtrándose por la neblina que iniciaba
su ascenso, llegó al primer huasipungo y, en contagio con la alerta sobre la
inconformidad latente de aquel día, rodó cual relámpago por los rincones de la comarca
exaltando a los campesinos.
—¡Dañooo!
Todos entendieron lo que de antemano estuvo en sus entrañas y con agilidad
semejante a la del viento, fundida en coro atronador de cien voces, la desesperación de
la indiada y del cholerío trepó por la ladera:
—¿Dóndeee? ¿Dónde, taitico pastor? ¿Dóndeee?
—¡Daño en el shungooo!
Desde todos los lugares, levantándose del barro, saliendo del bosque, de la choza,
agrupándose en manchas pardas, palpitantes, en los costados de los cerros, con la cara al
cielo, la indiada y el cholerío insistieron:
—¿Dóndeee?
—¡Aquíii, pes!
—¿Cómooo?
—¡Mama Pacha!
—¿Quéee?
—¡Muertitaaa!
—¡Nooo!
—¡Agarrada del Huaira-Huañuuuy!
—¡Nooo!
—¡Cierticooo!
—¡Nooo!
—¡Tendida en el senderoooo! ¡Muertitaaa!
Ante lo aplastante de aquella verdad, en el sentimiento de la muchedumbre
campesina se abrió un abismo para enterrar a toda resignación, a toda cordura, a todo
coraje, a todo amor entrañable a la tierra. Cada cual se sentía como árbol sin raíz,
arrancado de súbito. Indias, viejos, guaguas, huasicamas, cuentayos, runas de arado, de
desmonte, de cosecha, vaqueros de páramo, longas servicias, comuneros, familias de
amaño o en matrimonio legal, con deuda hereditaria o con deuda adquirida, que se
habían criado desde siempre como una sola cosa con el paisaje —su paisaje—, con el
lodo, con la tempestad sin refugio, con la vegetación enana de los riscos, se hallaron de
pronto desligados, sueltos, en angustia de abandono y urgidos por un impulso de huída
—centenario deseo insatisfecho—. Enloquecidos hasta el vértigo de la amargura y del
despecho, lo abandonaron todo: los trapos y los cueros de chivo del jergón, las boñigas
secas para quemar, la olla de barro, la piedra de moler, el atado de yuyos medicinales.
Algunos, los más exaltados, quemaron la choza como chamizo de fiesta, arrasaron los
sembrados, pero al fin huyeron; unos, por los chaquiñanes que pierden su rumbo en los
barrancos; otros, por el horizonte de los humedales y por la emboscada del chaparro
caliente.
Al día siguiente, cansado de esperar para el velorio y sin atreverse a mover el
cadáver, el viejo pastor bajó al valle. Buscó en las chozas, en los corrales, en los
sembrados, en las zanjas. “Se han dejado jalar por la tentación de taita diablo colorado,
que también a mí me mordió en la sangre, en el shungo”, se dijo ante sus propias ansias
de huir, de correr, de dispararse hasta caer estrellado, muerto. Corrió en pos de los
últimos indios que desaparecían tras del cerro, gritando cuanto le dictaba su
desesperanza; pero la delantera era larga y sordo el apuro. Pensando en el único que
pudiera tomar a su cargo el entierro de Mama Pacha, entró en el pueblo. “Él puede. Él
sabe. Él debe saber. Yo también sé, pes. Pobre Pacha de barro renegrido, como el
natural. Caridad... Caridad del caballerito debe ser. ¡Jesús! ¡Ave María! Lo que son las
cosas... Patrón, su mercé, secretario del amo teniente político. ¿Querrá? ¿No querrá?
¿Qué también será, pes?...” Cruzó la plaza solitaria y se plantó a la puerta de la tenencia
política. Allí permaneció por más de media hora sin hallar la forma de explicarse, de
entenderse siquiera. Al fin se le encendió la luz de mendigo y, subrayando la voz
cansada y ronca, suplicó:
—Una caridad, patroncitos... ¡Por amor a taita Dios! ¡Una caridadcita!
En la penumbra del recinto —tibia en olores guardados en las paredes y en los
ladrillos del suelo, emanaciones de papel amarillo y de sudor de indios huasipungueros,
de pánico de injusticias múltiples— estaba el señor teniente político con mirar insolente
y bigotes de caricatura.
—¡Una caridadcita, por amor a taita Dios!
—¡No moleste, carajo! ¿No ve que estoy ocupado?
Con el automatismo de la costumbre, el señor secretario se acercó al inoportuno
pordiosero con el propósito firme y determinado de echarlo fuera.
—¡Fuera... Fuera de aquí!
Mas, al toparse con su actitud de suplicante resistencia, un guiño raro, un temor que
trataba de ahuyentar le hizo intuir el mensaje de una verdad denigrante, algo que sin
duda amenazaba su fama, su arquitectura de caballero.
—Está muerta... Está muerta Mama Pacha... Solitica... Sin tener quien la ampare,
pes... —fue lo único que alcanzó a entender el mozo en el anuncio del aparente
mendigo.
—Espéreme en la esquina. Espéreme no más, cholito....
Pero se tranquilizó de inmediato. “¿Qué me importa? ¿Qué me importa la muerte de
Mama Pacha? ¡India vieja! ¿Por qué yo...? Yo mismo... ¡Carajo! ¡India! ¡Nadie sabe...
Nadie!” Y se reintegró con prisa nerviosa a sus papeles, al libro de multas, a las
impertinencias del jefe bigotudo, que no dejó de mirarlo con cierta sospecha. Pero...
“¿Acaso el falso mendigo? ¿Acaso ella le declaró al morir...? ¿A los indios? ¿A los
cholos? ¡Muchos son...! ¡Muchos como yo! Mi origen... Eso... Bueno... Se haga
público... ¡Nunca! ¡Soy hijo de nadie! ¡De nadie, carajo!”. Confundido ante una
perspectiva de burlas y de sarcasmos para su prosapia de señor, para su saber de
autoridad, para su amor interesado a Rosa María —única heredera de Rogelio Tipán, el
prestamista de la comarca—, para su piel medio blanquita, para su porvenir, solicitó al
señor teniente político permiso para ausentarse.
—¿Ahora...? ¿Ahora que tengo que resolver el asunto de las multas del padre
Gumercindo? ¡Imposible!
—Es que...
—Mientras más pobreza más ají de cuy. Mientras más trabajo más vacaciones.
—Cinco minutos. ¡Necesito salir cinco minutos! —insistió con desusada altanería el
señor secretario.
—¡Ah, eso...! Si sólo son cinco minutos...
Después de hablar con el mendigo y enterarse tanto de la muerte de la vieja como
de sus consecuencias —el pánico y desbandada de los indios, el triunfo de Huaira-
Huañuy—, el mozo secretario cedió a las exigencias melosas del informante —sin pizca
de compasión y con secreto temor—. Mas objetó en tono de súplica, por su parte, y
amenaza a la vez:
—¿Y por qué no va usted solo? ¿Por qué he de ir yo? ¡Yo! ¡Precisamente yo!
¿Acaso otros también...?
—Es que yo no puedo pes, caballerito. Un fiero temor me hace en el shungo. Taita
Dios mismo ha querido así. ¿Qué también será? Por eso los naturales ni acercarse han
querido a la pobre.
—Pero yo, carajo...
—Es que ella...
—¿Qué?
—Su mama era, pes.
—¿Cómo? ¿Acaso los otros...? —se indignó el señor secretario por la insolente
verdad que había soltado el miserable viejo. Hirvieron en sangre sus raros rubores
criminales encendiéndole las mejillas y dilatándole el negro odio de las pupilas.
—Mama de todos digo, pes —rectificó el pastor que, en vez de negar, afirmaba.
—Bien. Sí. Espéreme en la loma...
—Pero... ¿Conoce el huasipungo de la difunta?
—Conozco.
—Guagüito le quitaron a la pobre.
—¡Basta! Nos veremos al pie del desfiladero... Pasando el primer puente.
—Cómo no, pes. Usted puede ir en auto. Yo por el chaquiñán no más he de avanzar.
Creyó salvarse con su oferta engañosa el señor secretario. Grandes resultados en la
prórrogas conseguía, en los trámites legales y en los reclamos de la indiada ante la
tenencia política. Sí, ella le podía esperar. Mas, al quedar solo, rumiando la vergüenza
de su origen, en vez de volver a la oficina, a sus papeles, un impulso de amarga
inquietud lo guió hacia el camino real. ¿Qué le importaba lo demás? Deseaba librarse de
aquel problema que el pastor le echara encima. Para ello era más recomendable enterrar
a la vieja, enterrarla muy hondo, para que desapareciera de él, que desapareciera de
todos. Alguien le gritó en ese instante.
—¡Mi señor Cañitas!
—¿Eh?
—Si se va, venga a mi lado.
—Ah...
—Salimos enseguida. Venga no más.
Era el chofer del autobús; un cholo gordo, que sabía de memoria vida y milagros de
todos los moradores de la comarca y no perdía oportunidad de hurgar en los chismes del
vecindario.
Con la certeza de que no era lo que creían o fingían creer las gentes, el joven
secretario se acomodó en el asiento que le había brindado el chófer. La presencia de
viajeros a sus espaldas le pesaba como un hierro candente. ¿Qué pensarían? ¿Qué
murmurarían? Formaba parte de ellos, de su sangre, de su pobreza, de su incapacidad,
de su mala fe, de sus olores y de sus falsos anhelos. Exacerbado de desprecio y
vergüenza se dejó acariciar por la tentación de un grito, de una denuncia: “¡Voy a
enterrar a Mama Pacha, carajo! ¿Por qué no van todos si todos son sus hijos? Si todos la
conocen y la llevan. ¡Todooos! Unos más que otros, pero todos. ¿No sabían? Debían
huir como habían huido los indios. Los indios... Se aguantan para no denunciarse. Los
conozco... Cuando declaran, cuando se les interroga, cuando juran... ¡Me dejan solo!”
Un repentino vértigo le obligó a pasarse la mano por las sienes, perladas ya de sudor.
Iba a caer inconsciente de un momento a otro. Ellos también puede que... ¡No! El
destino le había escogido a él. Hubiera podido ser otro, pero en esa circunstancia y en
ese instante era él. Aun cuando hizo un esfuerzo más por librarse de aquella postración,
por hablar, por gritar, sus músculos no le obedecieron. Permaneció inmóvil, sordo al
interrogatorio insistente del hombre que iba a su lado. De pronto, como si un detalle del
paisaje lo despertara, se incorporó hacia el parabrisas y espió el camino.
—¡Aquí me quedo! ¡Pare! —ordenó.
—¿Aquí? Parece mentira. En mitad del campo. A estas horas. Malo... Malo...
¿Impedida será pes, la carishina?
—¡Aquí! —confirmó, casi de un grito.
A través de la polvareda que dejó el autobús al reemprender la marcha, surgió la
figura poderosa del viejo pastor. Como si estuviera escrito, sin hablar entre sí, los dos
hombres treparon juntos por el desfiladero. Al dar con el cadáver de Mama Pacha, el
joven Cañas, fatigado y sudoroso por la violenta ascensión, advirtió que toda la amarga
contrariedad de unos minutos antes se le escapaba ahora sin dejar huellas. Y fue una
sensación de vacío —tan larga como para darle completa la síntesis del drama que había
quedado impreso en el cuerpo de la vieja con señales más profundas que la muerte—
obligó al mozo a buscar en los ojos del pastor la respuesta capaz de hacerle comprender
todo aquello. “No ha muerto... La han matado, vilmente, desgarrándola...”, pensó el
señor secretario.
—El Huaira-Huañuy, pes.
—¿Y las heridas? ¿Y la sangre? —insistió señalando con expresión casi compasiva.
—Así mismo es el mal del Huaira-Huañuy cuando se enfurece. El longo
Chaquiango arrojando los shungos por la boca. Y la pobre comadre Josefina... Y el indio
Timoteo...
—A garrote y a látigo parece que murió —interrumpió el joven Cañas.
—Cuando agarra fuerte, cómo no pes... Estas dos noches que ha pasado a la
intemperie, clavada como sapo en mitad del camino, ha hecho de las suyas el bandido
huaira, pes... El anaco, la tupushina, el rebozo, la bolsa de las penas... —Informó el
viejo con su queja de sanjuanito. Y acercándose al cadáver se enfrascó en una plática de
malas memorias, de revisión de cicatrices, de llagas, de torturas, mientras destapaba sin
pudor, ávidamente, el cuerpo y la historia de Mama Pacha, sin omitir los detalles del
origen del señor secretario y de la mayoría de los cholos del pueblo.
—¿Y sólo usted sabe que yo..., que ellos...? —interrogó el mozo saturado de rubor.
—¿A estas horas? Muerta Mama Pacha, muerta doña Domitila, su marquimama, los
naturales en desbandada, los patrones, como siempre, sin memoria, ¿quién más para
estar en el secreto, pes?
“Él sabe. Es el único que conoce a ciencia cierta. Es el testigo... Viejo imbécil”, se
reafirmaba convencido, sintiendo avaricia por eliminar cuanto pudiera sacar a la luz sus
oscuros y vergonzosos orígenes. Pero otro sentimiento de piedad por la muerta lo
detenía, tirando de él en sentido contrario.
—¿Y cómo enterrarla? ¿Cómo?
Durante su carrera de secretario en tenencia política, muchas veces había visto —
incluso palpado— a los muertos, sus despojos, sus velorios, sus entierros. Pero aquel
cuerpo deformado, con las manos crispadas sobre la tierra, con el rostro arrugado,
cenizo, con la boca desdentada seca, llena de moscas, con los ojos abiertos de par en
par, que parecían acusarlo desde el ópalo de una gélida mirada, le producía un mareo
denso, taciturno.
—Veamos si en la choza hay algo para cavar un hueco, pes —concluyó el viejo,
interpretando como una piedad la actitud vacilante del mozo.
Cuando, dentro de la choza, los ojos se acostumbraron a la penumbra y el olfato,
pudo soportar la atmósfera caldeada de olores recocidos. Dio con las herramientas y se
las echó al hombro. Esperó entonces, con su paciencia de años, que el caballerito
volviera de la inspección absorta por el pequeño universo cerrado donde había caído.
Universo envuelto en su manto de sarna, de hollín en las paredes, de suciedad que
empastaba el suelo, desde el camastro a la puerta, de suciedad calcinada en el fogón, de
mazamorra endurecida en la ollas secas, sarna rugosa en los leños, en los yuyos y en los
montones de basura que dejaron las penas allí consumidas. En medio de aquella
revelación de miseria, a Cañas le pareció que se hundía en la comezón y en el pus de
toda la sarna del mundo. Abriéndose paso entre el asco fermentado por la amenaza de
identificarse con aquella angustia, salió como pudo de la choza y buscó en torno suyo
un lugar para abrir la fosa.
—Aquí no más —propuso el pastor, entregando la pala al mozo y hundiendo el
zapico en la tierra junto al chaquiñán.
En el trabajo de los dos hombres —sospechas estimuladas por la angustia de un
final indefinido—, el esfuerzo bajo el sol que se transformaba en fuego y el agotamiento
físico, liquidaron momentáneamente la asechanza de los malos deseos que el joven
abrigaba contra el viejo. Pero cuando todo se hubo hecho y el cuerpo de Mama Pacha
desapareció bajo la tierra, se cruzaron de nuevo las miradas... Sin decirse nada, se
entendieron. Ambos habían escrito ya en sus ojos lo más expresivo de sus sentimientos.
¿Se odiaban? ¿Se amaban? ...¡Se estorbaban!
El mozo avanzó hacia el pastor, la pala en alto, pero tropezó estúpidamente en los
baches del terreno. Quería matarlo, librarse del único testigo, de la única revelación
viviente y dolorosa de su ancestro. No le costó al viejo escapar de él, con su inveterada
disposición escurridiza.
“Huye... Huye, carajo” —pensó Cañas—. “¿Perseguirlo? Imposible. No sabía saltar
como cabra por la pendiente...” Sintió que toda su fiebre de rencor se convertía en
inefable victoria a medida que la figura pordiosera y gris del pastor se perdía por el
paisaje. Un sentimiento nuevo, como de haber recuperado algo de sí mismo, algo sin
reemplazo, algo que canalizaba su coraje presente y su vergüenza antigua hacia el
acervo reivindicador se su ancestro, le estremeció en anhelo beatífico de perdón.
¿Perdonar a quién? Al viejo pastor por no haberse dejado matar. A los indios por haber
huido. A los cholos por esconder su secreto. A todos... A todos los que le ayudaban a
vivir...
—No... No me han dejado morir todavía...
La fuga y la desaparición de la indiada por la muerte de Mama Pacha cambió en
pocos días el aspecto del paisaje. Puntuales llegaron por todos los rincones de la
comarca los detalles del abandono: los sembríos se cubrieron de maleza; las aguas se
pudrieron en las zanjas, en los remansos del río, en los pantanos; por las noche, el
ladrido lastimero de los peros y el errar de los ganados sin guía poblaron chaquiñanes y
senderos con sombras y fantasmas; al amanecer, la pereza de la atmósfera, huérfana de
gritos, de voces, de humo de chozas, parecía adormecerse con el susurro de selva
virgen; y durante el día, bajo el sol o la lluvia, los matorrales despeinados y espinosos
—apoderados de las tapias, de los huasipungos— parecían saltar sobre las breñas y
llenar las quebradas.
En los caseríos de las haciendas, en las casas cholas y en el pueblo también, todo
andaba a la diabla. Los gañanes y mayordomos, después de recorrer las tierras altas, de
hurgar en los páramos y en las vertientes de los ríos, después de cruzar la cordillera,
después de ofrecer raya doble con huasipungo grande, con chugchi y con socorros, tuvo
que arrastrarse a los pies del amo lamentándose de la imposibilidad de reclutar brazos
para revivir la tierra.
—Han desaparecido los runas de todas partes, patrón. Ni para remedio ha quedado
unito, pues.
—Ustedes me responden del ganado, del riego, de las sementeras, del desmonte...
¡Carajo!
—¿Sin brazos, cómo pues, su mercé?
—¡También tienen que conseguirme indias...! Esto no puede durar.
—Todo por la muerte de Mama Pacha.
—Mama Pacha... Mama Pacha... ¡Esos son cuentos!
—No son cuentos, su mercé. Ya ve lo que pasa. Castigo será, brujería será. ¿Qué
también será?
Cuando los cholos y mayordomos gañanes comentaban sobre las leyendas y las
supersticiones de la indiada lo hacían con el temor de perder algo que sobrevivía en
ellos, algo que se desbordaba por la conciencia burlándose del disfraz y del disimulo
cotidianos. Quizás por eso, subrayaban, con respeto y con temor, los detalles increíbles
de la muerte de Mama Pacha.
—Estamos palpando, su mercé.
—Estamos agarrando con las manos la desgracia.
—¡Dios nos guarde!
—Habrá que descubrir al asesino de la vieja.
—Meterlo preso.
—¡Secarlo en la cárcel!
—¿Encerrar al Huaira-Huañuy? ¿Cómo, pes?
—Detrás de todas esas cosas debe haber algún pícaro.
—Algún pícaro.
—¿Pícaro?
—¿Habrá? ¿No habrá? Eso es cosa de taita Dios.
—Lo único cierto es que han desaparecido los runas, sus guarmis, sus guaguas.
—Con todo mismo.
—A lo mejor la vieja huyó con ellos.
—¡No! Estaba escrito así en el shungo de la indiada.
—Primero muriera Mama Pacha.
—Y muerta está. Bajo tierra.
—¿Cómo saben? ¿Cómo?
—Cholos incrédulos, mala entraña, subieron a la loma y han visto la choza...
—Han profanado el hueco...
—¡Han removido la tierra, patrón!
—¿Enterrada?
—Sí pues, su mercé. ¡La vieron!
—Con la furia de garra vencida en las manos, con sangre de malos golpes en el
cuerpo, con ojos abiertos de muerte de espanto...
—Así mismo, patrón...
—Lógico. ¡Está claro!
—¡Asesinada!
—Tenemos que encontrar al criminal.
—¿Y dónde, pues?
—¿Buscarlo? Uuu...
Los más decididos del coro de latifundistas trataron de resolver su problema
sustituyendo a los indios desaparecidos por cholos mayordomos, gañanes y
administradores. Por desgracia, eran pocos; por añadidura, el fracaso se inició con la
propuesta.
—Eso... Eso no es posible, su mercé.
—Imposible trabajar como indios.
—¡Imposible!
—¡Como indios no, pues! Una cosa es ser macho y otra joderse.
—Joderse como runa.
—Sí, pues.
—¡No es posible! Uuu..
Un cholo de catadura resuelta —temerario, diríase— fue el único atrevido a
explicar por qué nadie aceptaría la sustitución:
—El trabajo del indio es fácil pero es duro. ¿Para qué vamos a decir lo contrario?
Lo chúcaro está en que no nos daría para mantener a los guaguas, a... Bueno... Además,
no somos...
—¿El qué no son?
—¡Indios, pues...! ¡Dios nos guarde! Tendríamos que ser gentes de huasipungo;
tendríamos que llevar a la hembras y a los guaguas al trabajo; tendríamos que renunciar
a nuestras vaquitas, a nuestras mulas; tendríamos que ir a pie; tendríamos que vivir en el
páramo y morir en la choza... ¡Nos volveríamos indios a la fuerza! ... Y siendo indios
tendríamos que huir por la muerte de Mama Pacha...
—Aaah.
Al cabo de varias semanas de proyectos, gritos histéricos, discusiones, pesquisas,
amos y mayordomos comprendieron que nada, absolutamente nada daba resultado
cierto. Todo en realidad estaba deshecho. Sólo el fermento de un estado bilioso y
vengativo envenenaba los corazones. También en el pueblo, bajo un velo de aflicción y
duda, se abandonaba la gente y envejecían las cosas: despoblábase la feria de los
domingos, amontonándose la basura por los recodos, perros hambrientos velando
esqueléticos al umbral de todas las puertas, poco a poco cambió el olor habitual —a
musgo, a paja, a pelo de caballo sudado, a frondosidad de higuera— de los establos, de
los traspatios, de los huertos, de los galpones, en fetidez de estercolero. Y la iglesia, sin
limosnas y sin priostes, perdió sus luces y marchitó sus oropeles. Y llegaron desde el
valle verdaderas nubes de mosquitos zancudos. Y los piojos —prófugos de los harapos,
de los jergones, de las bayetas sucias que olvidaron los indios— se apoderaron de los
muchachos, de las mujeres y de los hombres del pueblo. Y faltó todo ese elemento
humano —güiñachishcas, pongos, indias servicias, huasicamas, jornaleros— donde el
cholerío estaba acostumbrado a ejercitar su codicia, su desprecio, su crueldad, su lujuria.
Y llegó el momento en el cual todos parecían haber perdido la cordura, la compasión y
el alma. Y en el colmo del desconcierto cada cual sentíase obligado a buscar al maldito
brujo —debía ser un brujo— que los sumió en la desgracia, “para beberse la sangre,
para colgarlo vivo, para sacarle el mal shungo”. Los cholos ricos sospecharon de los
cholos pobres y el espectáculo de un continuo atropello desquició la convivencia del
vecindario. Rodaron en público reclamos y acusaciones, como si todo el pueblo,
anudado en un nudo de víboras, tratara de morderse, de exterminarse.
Pero... ¿Contra quién tenían que irse?
—Contra el criminal, pes.
—Contra el asesino de Mama Pacha.
—¡Pronto!
—¿Quién? ¿Quién hubiera creído que la vieja, renegrida como el hollín, hedionda
como agua estancada, espantase así a los indios vagos?
—¿De pena sería?
—¿De coraje sería?
—¿De ansias sería?
—¿De amor sería?
—¿De miedo sería?
—¿De qué también sería, pues?
—¿Quién? ¿Quién pudo suponer tanto mal por la falta de semejantes longos sin
entrañas?
—¿Cosa de taita Dios será?
—¿Cosa del diablo será?
—¿Cosa del Huaira-Huañuy será?
—¿Cosa del hombre será?
—Sea de quien sea, estamos jodidos.
—¡Que nos devuelvan los runas!
—¡Los runas malditos!
—Nos hacen falta.
—Ahora que nosotros tenemos que reemplazarlos.
—¡Nooo!
—No podemos.
—No debemos.
—No queremos.
—¿Por qué, pues?
—¿Acaso somos malditos?
—¿Acaso tenemos culpa que purgar?
—¿Acaso somos esclavos?
—¿Acaso somos indios?
—¿Qué cuándo podríamos ser patrones un día, pues?
—¿Qué pues de nuestra piel blanquita?
—¿Qué orgullo gamonal pues?
—¿Qué cuidados pues de nuestras hembras?
—¿De nuestros guaguas?
—¿Qué de todo mismo, pues?
—¡Oooh!
—Pues es necesario buscar al criminal.
—Al que mató a la vieja.
—El teniente político sabrá.
—Tiene que saber.
—Él debe, pues...
—¡Él!
—Que sirva, pues.
—Que haga no más de juez.
—Que nos defienda.
—¡Pronto!
De que le hubo dado tierra a Mama Pacha y a su secreto, el joven Cañas movíase
por entre el desconcierto del vecindario como si hubiera perdido el contacto y el interés
para con lo que siempre fue su mundo. Espectador de cambios inexplicables en sí
mismo, arrastraba el presentimiento de una constante necesidad de fuga. Hasta su amor
por Rosa María se le esfumaba minuto a minuto. Y en igual o parecida forma las cosas y
las gentes se cubrían para él de un aire hosco e impenetrable. “Soy un extraño... Un
intruso... ¡No! Soy un heredero...”, se decía trasfiriéndose maniáticamente —reacción
expiatoria— todas las humillaciones, todas las miserias, todas las supersticiones y todos
los sufrimientos de Mama Pacha, su madre. Y creía, ingenuamente, en esos momentos,
que podía abandonar cuanto puso el cholerío encopetado en su realidad de niño, de
adolescente, de hombre. Sin la visión clara de sus posibilidades de futuro, se hundía en
negros remordimientos al comprobar que lo nebuloso y vago de su origen se aclaraba
con el encuentro definitivo de sus esencia maternal, mínima, trágica, por la cual tenía
que luchar.
En aquella tarde, casi todos los habitantes con cierta significación en la comarca
trataron de entrar en la tenencia política; pero ante la pequeñez del local, muchos de
ellos quedaron atorados en la puerta, con un murmullo asmático de protesta y súplica a
la vez.
—¡No puede ser! —gritó el señor teniente político ante la paradójica situación de
tan poderosos personajes en la puerta de su humilde despacho e inició el traslado de
muebles y papeles hacia el corredor que daba a la calle.
Los dueños de la tierra, los ministros de taita Dios, los más prósperos comerciantes,
las honorables madres de familia, los maestros de taller, los contratistas de caminos, el
director de la escuela, doña Blanca Salguero y el compadre Játiva —pareja enriquecida
en la usura—, los arrendatarios de las haciendas de la Beneficencia Pública, el partido
político conservador Dios y Patria, el partido liberal Progreso y Crímpola Roja, el
posadero, la tamalera, la sobrina del señor cura, el chófer-propietario de los autobuses;
todos, todos se hallaban presentes. A la sombra del murmullo ensordecedor de aquella
multitud, el señor teniente político, tras su mesa escritorio, se atrevió a insinuarles una
petición de orden. Pero un repentino silencio se anticipó como respuesta y también él se
vio enmudecido. Dirigió su mirada suplicante al señor secretario, confiado en la vieja e
incondicional costumbre de ser socorrido por él, y así se rompió el mutismo general:
—¿Qué quieren? ¡Hablen no más!
Había interrogado en el mismo tono grosero que empleara con los indios; pero era
inaudito que lo usara con los potentados. El silencio espesó: se oyeron los moscones; el
vaho de la muchedumbre tornose gélido aliento de pavor lanzado contra el ánimo del
secretario. Ahora él volvió la mirada a la autoridad de grandes bigotes, quien, arrastrado
por el influjo que el saber del secretario ejercía sobre su ignorancia, afirmó con
precipitación de autómata:
—¿Qué quieren? ¡Hablen no más!
El hielo se rompió como un témpano de gritos.
—¡Queremos al asesino!
—¿Qué asesino? —volvió a interrogar el joven Cañas, atragantándose la amarga
sospecha.
De inmediato, con lo grotesco e inoportuno de una insistencia en ese momento, el
señor teniente político rubricó tranquilamente la interrogación del mozo.
—¿Qué asesino?
—¡El que la mató! ¡El que mató a Mama Pacha! —respondieron cien voces a la
vez.
—¿Cómo? ¿Qué quién mató a Mama Pacha?
—¡Sí! La mataron y la enterraron. Tenemos pruebas —afirmó una voz más fuerte
que todas, llegada desde el grupo de los latifundistas del valle, salida de un hombre
grueso, de nariz colorada, manos en alharaca agresiva y ojos inquietos.
—¡Pruebaaas! —chilló el coro de gentes importantes de la comarca.
—¿Pruebas contra el asesino o contra el enterrador? —se atrevió de nuevo el señor
teniente político a devolver la pregunta a la respetable concurrencia.
Esto rebosó la osadía y colmó la paciencia de los señores que vieron despreciado su
honor intocable, sojuzgado por aquel mequetrefe metido a autoridad, por aquel servil
funcionario de aldea que nunca hubiera tenido permiso siquiera para preguntar a una
sola de aquellas gentes importantes. Pablo Cañas estuvo impasible ante el tumulto que
se desató; algo pesado se le agigantaba en las entrañas y se sintió con fuerza para
librarse de las argucias, de las usuales palabras comedidas y de las mentiras habituales;
creyó que para imponerse sólo tenía que gritar también. Y gritó.
—¡Silencio!
—Eso... ¡Silencio! —le secundó su autoridad.
Colándose en la pausa instantánea que se abrió, continuó el joven Cañas:
—Debo intervenir... Debo hablar... Debo declarar lo que yo he visto y lo que yo sé...
—Saber...
—¡Saber...!
—¿Saber qué?
—¿Qué puede saber?
—Eso... ¿Qué puede saber? —repitió el señor teniente político, cambiando
nuevamente de dueño.
—Conozco... —titubeó un momento Cañas— ...Conozco al asesino de Mama
Pacha.
—¿Síii?
Se fortaleció Cañas para confirmar su revelación.
—Conozco al asesino ... Al asesino de esa pobre vieja... De esa pobre mujer...
Alcanzó a insistir en la denuncia —ante su propia sorpresa— pero en el intento se le
quebró nuevamente la voz. Una excitación jamás experimentada había hecho presa de
él, surgida ante la imagen de su madre muerta. No era una bruja maligna, ni una rama
seca mellada por la infamia, ni mortecina hedionda cubierta de llagas y sangre, ni un
cadáver de harapos renegridos; era, en la esencia de las palabras por él mismo
pronunciadas, un ser pequeño y tierno, enraizado en su propia existencia, en su propio
ser. El estúpido rubor de este descubrimiento le hizo querer desaparecer, esfumarse a la
vista de todos; pero ellos habían estallado ya en exigencias o en acusaciones o en un
furor sádico por hundirlo en su extraño compromiso sentimental.
—Si sabe, que diga.
—Que diga pronto.
—...O es una calumnia.
—¡Calumniador!
—...O es una mentira.
—¡Mentiroso!.
—Decir por decir.
—¡Mala lengua!
—¡Que diga!
—¡Que declare!.
—¡Necesitamos saber!
—¡Descubrir al asesino!
—¡Ojalá recaudemos los runas!
—¡Ojalá vuelvan los indios!
—¡Ojalá sepamos dónde huyeron!
—¿A dónde?
—¡Que diga, pues!
—Eso... ¡Que diga! —puntualizó el teniente político.
Pablo Cañas, limpiándose con la mano la torpeza sentimental que le humedecía la
nariz, reaccionó otra vez empujado por su rebeldía de denuncias. Quizás era otro el que
hablaba por su boca.
—¡Sí! Bien... ¡Diré! El asesino... ¡El asesino está entre ustedes! ¡Entre ustedes!
Pero, ¿por qué había afirmado semejante cosa? ¿De dónde le nació aquello?
¿Quería vengarse? Y si ellos...
—¿Cómo?
—¿Qué es lo que insinúa usted?
—¿Qué?
—Lo que me oyen. Todos lo conocen. ¡Todos! —insistió el señor secretario,
deslizándose por una intuición que despuntaba clara por un horizonte lejano pero
limpio.
—¿Eh?
—Pero...
—¿Todos?
—Un momento. Me explicaré mejor. Quizás con las pruebas... Esas pruebas que
ustedes creen tener.
¿Qué pruebas les daría? ¿De dónde sacaba tanto cinismo? ¿De su sangre? ¿De su
vergüenza ancestral? ¿De la luz intuitiva que le guiaba sin saber a dónde?
La sospecha golpeaba en la intimidad de todos y cada uno. “Entre nosotros... Las
pruebas... ¿Y si...? ¡No!” Cada uno temía, pero negaba; se apresuraba a negar.
Sintió Cañas que el éxito de sus palabras hacían tambalear a un gigante de cien
cabezas que se agitaba ante él, presto a devorarlo, un monstruo afligido tan sólo por la
desaparición de sus víctimas. ¿Debía ser más ágil que el monstruo? ¿Más veloz? ¿Más
valiente? ¿O debía ser más cauto? ¿O debería entregarse? ¿O debería huir?
—Sobre el cuerpo de Mama Pacha hay sangre; sangre de heridas frescas. Yo... yo vi
las huellas. Yo conozco las huellas. Bañada en su propia sangre y en sus propios y
ajenos dolores murió esa pobre mujer. Y ahora deben responder los que desenterraron el
cadáver. ¿Es o no es verdad lo que digo?
La súbita respuesta colectiva estremeció de orgullo afirmativo a Cañas.
—¡Que declare el asesino! —gritó.
—Eso... Que declare el asesino —repitió como un eco acobardado el teniente
político.
—Los mayordomos. Los huasicamas. Los gañanes —iba acusando Cañas— ¡Ellos!
¿Pero cual es el que ordenó flagelar? ¿Cual es el que ordenó dar palo como a bestias?
¿Cual?
Era incapaz el teniente político de registrar en su inteligencia las complicadas
interrogaciones acusatorias de su subalterno; el gesto bufo de sus labios, de sus manos,
su cabeza, denotaban cómo cuanto oía, cuanto estaba ocurriendo ante sus ojos, en su
despacho, protagonizado por su sirviente, su ayudante servil, lo cohibía. A penas la
rapidez de acontecimientos le dejaban tiempo a sorprenderse, a comprender, menos aún
a reaccionar.
—¡Que declare el asesino! —reafirmó el coro de gentes respetables, como si
decidiera clavarse el puñal de su propio remordimiento.
En ese instante todos miraron al grupo de latifundistas del valle. Sólo uno de entre
ellos reaccionó: el hombre grueso, de nariz colorada, manos en alharaca agresiva y ojos
inquietos.
—¡Un momento! ¿Qué es esto?
Ahora lo miraron a él. Acorralado, se defendió. ¿Por él mismo? ¿Por todos los
latifundistas?
—¿Por qué me miran así? No entiendo. Yo no estaba. Les juro que no estaba.
—¡Ah!
—Yo no estaba ese día en mi hacienda.
—¿Quién? ¿Quién entonces? —irrumpieron todos en la misma acusación, con las
mismas preguntas.
—Bueno... Diré... El arrendatario...
Don Timoteo Játiva —aludido en la respuesta inhibitoria del señor latifundista—,
rústica figura tallada de viruelas, irguiéndose por encima de todos, respondió con
altanería.
—Sí. Es verdad. Estuve en la hacienda.
—Luego confiesa, ¿no?
—¿Confesar qué? Ver llegar a los indios en manada salvaje, a robar, a desbaratar la
propiedad de los señores, de los caballeros aquí hoy presentes... ¿Y no defenderme y
ampararlo todo?
—Defender, sí; pero asesinar, no —dijo una voz anónima entre la multitud.
—Además se trataba de los indios... Todos sabemos cómo son... ¡Como animales!.
—Mama Pacha estaba con ellos —se apresuró Cañas—. Iba a la cabeza de los
indios.
—Eso no sabía. Lo cierto es que los runas llegaron hasta las cercas, hasta los
galpones, hasta la misma casa. Luego... Yo, claro, dejé el asunto en manos de los
mayordomos.
—¡Sí! Los mayordomos... Pero alguien dirigiendo el ataque con acial y machete,
bien manejados, iba con ellos. Alguien que está ahora aquí. ¡Alguien que aplastó sin
piedad a la vieja! —afirmó con vehemencia ya victoriosa Pablo Cañas.
—¿Y cómo sabe? ¿Cómo puede asegurar que a la cabeza de gañanes, de
administradores y de huasicamas iba uno de nosotros? ¡Uno de nosotros! —objetó el
mismo hombre grueso de nariz colorada.
—¿Cómo? —corearon a un tiempo el señor teniente político y la distinguida
clientela de respetables.
—He visto en el cadáver las huellas de los cascos del caballo que mató a la buena
mujer.
—¡Eso no prueba nada!
—¿Nada? He dicho cascos de caballo... ¡Los cholos mayordomos y los pobres van
siempre en mula; luego... —iba a concluir Cañas.
—Así es. Lo reconozco. Pero falta saber de cual de nosotros era el caballo al que
usted se refiere.
—Usted lo sabe.
—¡Imposible saberlo! Ese día fueron muchos a la hacienda. Fue el señor curita a
interceder por los suplidos de un año para los priostes de la fiesta de la Virgen. Fueron
don Leo, don Juan y don Rosendo a comprar el aguardiente para los mingueros. Fue el
señor director de Dios y Patria; quería le prestáramos unos cuantos longos para llevarlos
a la capital a una manifestación en defensa de la democracia. Fue también con el mismo
pedido el director de Progreso y Grímpola Roja. Fueron los señores maestros con un
agradito para que matriculemos a nuestros hijos en la escuela del pueblo, donde decían,
aseguraban, no había longos ni runas. Fueron muchas señoras honorables de la comarca
en busca de güiñachishcas y huasicamas para su doméstico. Llegó pues, recuerde, el
señor teniente político, a reclamar indios de obligación pública para el aseo diario.
Llegó el sacristán a recoger la caridad para terminar la construcción de la iglesia...
Llegaron...
“Todos... Estaban todos”, se dijo Cañas para sí. Hallábase arrebatado ya por su
heroísmo.
Don Timoteo Játiva concluyó ahogándose en la fatiga por tanto recuerdo:
—Y, como ustedes saben, ese día los caballos estaban en el traspatio. Cada cual
salió como pudo. ¿Cual fue, pues? ¿Cual hizo el favor de dirigir a los gañanes y
mayordomos contra los indios?
—¿Cual entonces? ¿Acaso el señor cura? Él... Él no podía permitir un crimen de esa
clase... Un crimen de sus cómplices. Perdón, de sus amigos. Sería absurdo, ¿verdad?
—¿Eh? —respondió indignado el coro de gentes honorables de la comarca—
¿Cómo es posible?
La herejía cometida por el insignificante secretario era de grueso calibre. Hasta el
señor teniente político —no obstante hallarse facultado al uso y abuso de aquellas
opiniones— enmudeció otra vez. Las damas —alto copete de pueblo— heridas en lo
más íntimo de su pureza, de su virtud religiosa, se alzaron en ademán de huída, pero con
el mismo gesto de espanto obtuso —la cobarde desconfianza que embotaba el ambiente
— volvieron a acomodarse haciendo sentir su bufido de protesta.
En el vértigo de su afán destructor, Pablo Cañas perdió la mesura y destapó con
sarcasmo todo lo que sabía de la gente. Temblando, pero erguido como un héroe de
estampilla, creyéndose liberado de la arrogancia gamonal, de la superioridad de los
maestros de escuela, del patriotismo de los militantes de Dios y patria y Progreso y
Grímpola Roja, de la autoridad de su jefe, de la inviolabilidad de la virtud de la señoras,
del poder de los latifundistas, de la rumbosidad de los cholos mayordomos y de todo
cuanto ridículo y vil había descubierto hasta entonces, concluyó en un grito:
—¿Y ahora qué dice?
—¿Cómo?
—¿Nos acusa?
—¿Se atreve?
“¿Qué quiere decir, carajo?”, insistió mentalmente el mozo teniente político,
arrastrado por una emoción que sentía en su sangre, que derribaba su orgullo de creerse
limpio de la miseria de los demás. Pero fue otro, de entre el público, quien tomo la
palabra por él.
—Bueno... Hay muchas sospechas. Muchos son culpables en potencia. Eso es todo.
Pero en definitiva no sabemos cual es el verdadero culpable.
—¿El asesino? ¿No ha comprendido usted? ¡Son todos, todos ustedes! —le
respondió Cañas.
Era la acusación definitiva que Pablo Cañas lanzaba contra la bestia de cien
cabezas, creyendo doblegarla de una vez. Pero exaltó aún más los ánimos
contradictorios; las sospechas mutuas se liquidaron en favor de la defensa colectiva,
contra el atrevimiento, la grosería y la infamia del intruso personajillo de la oficina
política. Un rugido de alevosa reacción vibró en el recinto y el mismo viejo que había
tomado antes la palabra reintentó poner en jaque la inaudita osadía del secretario.
—Lo que quiere decir usted, mi querido secretario, es que todos pusimos las huellas
de los cascos en el cuerpo de Mama Pacha.
—Sí. Todos. Las he visto.
—Lo que usted habrá visto son marcas en forma de herradura.
—Así es.
—Está claro. No hay que olvidar que a muchas indias y a muchos indios, los más
rebeldes, los más ladrones, los que se han dejado siempre tentar por la fuga, se les
marca con el hierro al rojo utilizado para distinguir el ganado de cada fundo, de cada
región. Mama Pacha pertenecía a la propiedad de don Manuelito Londoño, donde, como
todos sabemos, la marca para animales y para runas tiene la forma de una herradura.
—Estaban frescas las pisadas.
—Siempre parecen frescas las cicatrices que supuran.
—Yo vi.
—Eso no quiere decir nada. Comprueba solamente una costumbre, una vieja
costumbre...
—Una costumbre —afirmó la autoridad de los grandes bigotes, reiniciando su
oficio de eco incondicional.
—¡Eso no quiere decir nada! —chilló el coro.
“Escudándose en el viejo orden de cosas, creen salvarse. Están equivocados.
¡Gritaré hasta morir, carajo! Hasta morir... ¿Y si no puedo?
—Yo he visto la sangre, la sarna, la miseria, la suciedad, la injusticia, la muerte...
—Correcto —rearguyó el viejo—. Pero eso, mi querido amigo, no puede ser
juzgado por un simple amanuense o por un secretario de tenencia política. Esas cosas...
Esas grandes cosas tenemos que ventilarlas entre nosotros. ¿Me entiende? ¡Son nuestras
cosas!
Con murmullos de aprobación los nobles iban liquidando sin remordimiento sus
temores individuales y sus sospechas mutuas se disipaban ya.
—Su actitud irrespetuosa para con los suyos, para quienes le estamos dando el
sustento y la confianza, esconde sin duda la verdad del suceso y oculta
premeditadamente al asesino —sentenció el mismo viejo, abogado del diablo.
—¡Que se calle el atrevido!
—¡Que calle ese miserable!
—¡Basta!
—¡Fuera!
—¡Merece un castigo ejemplar!
—Por mala lengua.
—Por traidor.
—Por mentiroso.
—Así paga nuestros desvelos.
—Así paga nuestro pan y nuestra agua.
—¡Fuera!
—¡Saquémoslo del pueblo!
—¡Desnudo!
—¡Como vino al mundo!
—¡Fuera! ...¡Fuera!
Pablo Cañas sintió que íntimas verdades sacaban peligrosamente la cabeza frente a
él. Poco podría hacer, a esas alturas, que no fuera dejarse hundir en lo áspero y sórdido
de los insultos.
El señor cura, obligado pastor de aquellas almas católicas e injustamente ofendidas,
intervino al punto, extendiendo sus brazos de súplica paternal y alzando la voz lo
suficiente para que todos le obedecieran.
—¡Silencio, por favor, hijos míos!
Se apaciguaron las gentes, como por encanto —como de costumbre—. El cura,
apuntando al mozo con su mirada de confesor y juez, le preguntó:
—Y usted, buen mozo, díganos por qué motivo, por qué razón vio todo lo que dice
que vio, ¿eh?
El marcado retintín inquisitorio del cura hizo entrever el cambio a una nueva
situación, a un emplazamiento distinto de la causa.
—Porque yo...
—Sí. ¿Por qué?
—Porque yo. Bueno... Yo la enterré.
Pero insistió más el sotanudo.
—¿Y por qué la enterró usted? ¡Conteste!
“¿Por qué? ¿Por qué la enterré?”, se preguntó el mozo, sin encontrar una respuesta
adecuada para los demás.
—¿Por qué? —chilló la respetable concurrencia.
Sintió Cañas la misma necesidad que había sentido ante el viejo pastor en el
chaquiñán, frente a Mama Pacha; la misma necesidad de que se callara; la misma
necesidad de matarlo.
—¿Por qué? —repitió el señor teniente político, enjugándose el rostro sudoroso.
Aturdido por la insistencia cruel de todos, sin haber podido eliminar su conflicto
interno en lo que él creía de desgracia y de vergüenza, y en espera del milagro que
fulminara a la bestia de cien cabezas —renacida como verdadero monstruo por la cólera
de haber saboreado la repugnancia de su desnudez— el joven Cañas alcanzó a
murmurar, tratando a toda costa de superar el miedo que lo envolvía.
—Porque yo...
—¡Qué! —gritó el fraile, intentando que Cañas confesara el secreto que él estaba
obligado a guardar.
—Yo...
Con la cara temblorosa, con el asco de toda la vileza del mundo en su garganta,
Pablo Cañas no pudo decir nada de lo que en realidad era su gran razón. Miró en torno
suyo, con la vana esperanza de encontrar alguien que hablara por él. Los posibles
aliados que divisó —Rosa María, los amigos de su juventud, ciertas gentes que en algo
le admiraban— en vez de alentarlo en su postura valiente lo abandonaron con miradas
que aconsejaban silencio. Era hijo de Mama Pacha, india vieja, miserable y bruja, figura
imposible de conseguir un sentimiento grato en los allí presentes. ¿Cómo decirles que él
no era Pablo Cañas? ¿Cómo?, si de tantos como eran, ninguno se creyó, ninguno se
reconoció hijo de india. Todos habían porfiado por olvidar aquello.
Aferrado a la muda protesta que agitaba todo su ser, el mozo se desplomó en su
asiento. Un murmullo de triunfo estremeció a la bestia de cien cabezas. La voz del señor
cura se elevó como una penitencia inapelable:
—Calla porque sus palabras lo traicionarían. Quiso echarnos su crimen a la cara,
pero Dios movió su corazón endurecido por el pecado...
Ya no dejaron que el fraile terminara su discurso. Se hincharon de gritos y
amenazas.
—¡Asesino!
—¡Él era el asesino!
—¡Castigo al asesino!
—¡Nos insultó!
—¡Nos amenazó!
—¡Nos calumnió!
—¡Manchó nuestro honor!
—¡Justicia!
—¡Asesino!
Era en realidad un alarido que tranquilizaba la conciencia colectiva. Movidos por
santa indignación trataron de abalanzarse contra la víctima, que negaba trágicamente
con la cabeza mientras mantenía fijos los ojos en el suelo. El señor teniente político,
impulsado por sus nobles sentimientos y por el interés de los buenos servicios del
secretario, se plantó entre la multitud amenazante y el derrotado subalterno.
—¡No! ¡Así no!
Aquella demostración de autoridad por parte del teniente político de grandes bigotes
aplacó las iras de la muchedumbre.
Pero el chófer del autobús dijo:
—Yo lo vi trepar por el desfiladero el día que murió la vieja. Y no me quiso decir a
dónde iba.
Y el dueño de la chichería del camino dijo:
—Yo lo vi correr por el carretero con las manos sucias de sangre.
Y una vieja añadió:
—Yo lo vi llegar como endemoniado a la plaza. ¡Sí! Con estos ojos que se han de
tragar la tierra.
—¡Asesino! —añadieron otros.
—¡Era el asesino!
—¡Era el criminal!
—¡Era el atrevido!
Mientras la gente gritaba y el señor teniente político intentaba poner orden, Pablo
Cañas, con dolorosa amargura, cargábase de culpas. Hundido en la sarna, en la miseria
pringosa, en la hediondez, en los piojos, en las llagas del recuerdo vivo, presente, de
Mama Pacha muerta, se sentía plenamente culpable. Culpable de no decir la verdad.
Culpable de no poder decirla. Culpable de que su verdad fuera al mismo tiempo la
verdad de todos. “Soy como ellos... Hábil para acusar, cobarde para descubrir mi
vergüenza, incapaz para defenderme... Ellos saben perfectamente... Ellos son y viven
ese estúpido bochorno...”, se decía a medida que iba envolviéndose en su silencio final.
Abismado en su derrota pudo escuchar aún las voces ajenas que transformaban la
nobleza y el valor de su actitud en crimen irrefutable, en culpa eterna, que iba en contra
de la opinión generalizada, del gusto refinado, de los sentimientos delicados, de las
creencias respetables del cholerío que trataba a toda costa lavar su origen indio. Él era
en aquel tribunal el único acusado, el único culpable y el único asesino de Mama Pacha.