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Alimentarse del fuego sagrado de la vida

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 12 de septiembre de 2016

Mira a los sabios y a los malvados, que se alimentan del fuego sagrado de la vida.
Estos son versos de la canción de Gordon Lightfoot titulada Don Quijote, y destacan una
importante verdad: tanto los sabios como los malvados, se alimentan de la misma energía. Y es
energía buena, energía sagrada, energía divina, independientemente de su uso. Los avaros y los
violentos se alimentan de la misma energía que los sabios y los santos. Hay una fuente de
energía; y aun cuando puede ser empleada irresponsable, egoísta y horriblemente, sigue siendo
siempre la energía de Dios.
No pensamos con frecuencia en cosas así. Recientemente, estaba escuchando a un hombre
muy desalentado que, fijándose en el egoísmo, la avaricia y la violencia de nuestro mundo, culpó
de todo ello al diablo. “Debe de ser el anti-Cristo”, dijo. “¿De qué manera explicáis todo esto,
tanta gente que quebranta con frecuencia los mandamientos?”
Tenía razón al afirmar que el egoísmo, la avaricia y la violencia que vemos en nuestro mundo
son el anti-Cristo (aunque quizás no el Anti-Cristo del que se habla en la escritura). Sin embargo,
estaba equivocado al indicar de dónde sacan su energía el egoísmo, la avaricia y la violencia. La
energía que éstas sacan viene de Dios, no del diablo. Lo que vemos en todas las cosas
negativas que cada día forman parte de las noticias de la noche, no es energía mala, sino más
bien el mal uso de la energía sagrada. Las obras malas no son el resultado de las energías
malas, sino el resultado del mal uso de la energía sagrada. Tanto si consideras al diablo una
persona, como si lo consideras una metáfora, de cualquier manera, su origen no es otro que
Dios. Dios creó al diablo. Su maldad resulta del mal uso de esa bondad.
Toda energía viene de Dios y es buena, pero puede ser empleada malvadamente. Además, es
irónico que, aquellos que parecen beber profundamente de los manantiales de la energía divina
son, invariablemente, los mejores y los peores, los sabios y los malvados, los santos y los
pecadores. Estos inyectan el fuego. El resto, que vivimos en el espacio existente entre los santos
y los pecadores, tendemos a luchar más para prender de verdad el fuego, para beber de los
manantiales de la energía divina. Nuestra lucha no consiste tanto en el mal uso de la energía
divina, sino en no sucumbir al crónico adormecimiento, la depresión, la fatiga, el abatimiento, la
amargura, la envidia y el desánimo que nos hacen ir por la vida careciendo de fuego y
protestando de que tenemos derecho a no ser creativos e infelices. Los grandes santos y los
grandes pecadores no viven vidas de “desesperación silenciosa”. Beben profundamente la
energía sagrada, están inflamados por ese fuego y hacen de eso la fuente, tanto para su
extraordinaria sabiduría, como para su salvaje maldad.
Esta visión, santos y pecadores alimentados de la misma fuente, no resulta sólo un icono
interesante. Es una verdad importante que nos puede ayudar a entender mejor nuestra relación
con Dios, con las cosas de este mundo y con nosotros mismos. Debemos ser claros en lo que es

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bueno y lo que es malo; de otro modo, acabamos no comprendiéndonos ni comprendiendo las
energías de nuestro mundo.
Una espiritualidad sana necesita ser predicada con una comprensión apropiada de Dios, de
nosotros mismos, del mundo y de las energías que lo conducen, y estos son los no-negociables
principios cristianos: Primero, Dios es bueno, Dios es la fuente de toda energía en cualquier
lugar, y esa energía es buena. Segundo, somos hechos por Dios, somos buenos y nuestra
naturaleza no es mala. Finalmente, todo lo que hay en nuestro mundo ha sido hecho por Dios y
también es bueno.
Así pues, ¿dónde entran el pecado y el mal? Entran cuando empleamos mal la buena energía
que Dios nos ha dado, y entran cuando nos relacionamos mal con las buenas cosas de la
creación. Simplemente expresado: Nosotros somos buenos y la creación que nos rodea es
buena, pero podemos relacionarnos con ella de manera equivocada, precisamente a través del
egoísmo, la avaricia o la violencia. De igual modo, nuestras energías son buenas, incluso todas
esas energías que nos hacen propensos al orgullo, la avaricia, la concupiscencia, la envidia, la
ira y la pereza; pero podemos abusar de esas energías y utilizar el fuego sagrado de la vida de
una manera muy interesada, lasciva, avara y malvada.
El pecado y el mal, por tanto, emanan de más allá del mal uso de nuestras energías, no de las
energías mismas. Así, el pecado y el mal emanan de cómo nos relacionamos con ciertas cosas
en el mundo, no del mal inherente que hay en nuestras personas o en las cosas mismas. Los
malvados, no son malas personas que aprovechan la energía que viene del diablo. Son buenas
personas que usan irresponsable y egoístamente la energía sagrada. La energía en sí es aún
buena, a pesar de su mal uso.

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Amor: una proyección y una realidad

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 18 de abril de 2016

El afamado escritor junguiano Robert Johnson, hace esta observación sobre el enamoramiento:
“Enamorarse es proyectar la parte más noble e infinitamente valiosa de uno en otro ser humano.
La divinidad que vemos en otros está verdaderamente ahí, pero no tenemos derecho a verla
hasta que no hayamos quitado nuestras propias proyecciones. Hacer esta sutil distinción, es la
más delicada y difícil tarea de la vida”.
Y verdaderamente lo es. Separar lo que es genuino en el amor y lo que es proyección, resulta
una de las tareas más delicadas y difíciles de la vida. Por ejemplo, cuando podemos
enamorarnos -y lo hacemos- de personas que son inconvenientes para nosotros y sabemos por
experiencia que, una vez que nuestro enamoramiento se ha acabado, nuestra pasión puede
volverse muy rápidamente en indiferencia e incluso en odio. Por esta razón, podríamos
preguntar: ¿A quién o qué estamos amando, de hecho, en esos mágicos momentos cuando
vemos tanta bondad y divinidad dentro de otra persona? ¿Estamos enamorados, de hecho, de
esa persona o, como sugiere Johnson, simplemente estamos proyectando algunas de nuestras
nobles cualidades sobre esa otra, de modo que, en realidad, es más un auto amor que un amor
verdadero?
La respuesta a eso, como destaca Johnson, es compleja. La bondad y la nobleza que vemos en
la otra persona están de hecho ahí; sin embargo, con una cierta proyección, y una idealización,
dentro de la cual envolvemos al otro.
Como ejemplo: Imaginaos a un hombre enamorándose de una mujer. En esa temprana etapa del
amor, sus sentimientos por ella son muy fuertes, incluso obsesivos, y sus ojos ven mayormente
sólo sus buenas cualidades y están ciegos a sus defectos. En esta etapa, sus defectos pueden
aparecer incluso atractivos más que problemáticos. Por supuesto, como la amarga experiencia
nos enseña, ése no será el caso una vez que el enamoramiento se desvanezca.
Y así, nos quedamos con una importante pregunta: ¿Están realmente ahí esas maravillosas
cualidades que tan naturalmente vemos en la otra persona, en las primeras etapas del amor? Sí,
absolutamente. Están ahí, pero puede ser que no resulten lo que de hecho vemos. Como
Johnson destaca -y como los escritores espirituales aseguran por doquier-, en esta etapa del
amor existe la siempre-presente posibilidad de que las bellas cualidades que vemos en alguien
sean más una proyección de nosotros mismos, que verdaderos dones en su interior. Aunque la
otra persona posea esos dones, lo que de verdad vemos es una proyección de nosotros mismos,
una idealización con la que hemos envuelto al otro, de modo que, en realidad, en esta etapa, no
estamos tan enamorados del otro como de ciertas buenas cualidades que hay en nosotros. Por
esto podemos enamorarnos de personas de muy diferentes temperamentos y cualidades; y, en
una temprana etapa de nuestro amor, siempre tenemos los mismos sentimientos.
Por eso enamorarse es una cosa tan ambigua que necesita el discernimiento ofrecido por el
tiempo y el consejo de los amigos sabios y la familia. Podemos enamorarnos de muchas
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personas, incluso algunas muy inconvenientes para nosotros. El corazón, como afirma Pascal,
tiene sus razones, algunas de las cuales no siempre son favorables para nuestra salud a largo
alcance.
¿Qué lección hay aquí? Simplemente ésta: En nuestras relaciones íntimas deberíamos ser
conscientes de nuestra propensión a proyectar nuestras cualidades más nobles sobre la otra
persona y ser conscientes de que no amamos verdaderamente y apreciamos a esa persona
hasta que hemos retirado esa proyección, para que estemos viendo la bondad de la otra
persona, no la nuestra. Lo mismo resulta válido en cuanto al odio. De igual manera como
tendemos a idealizar a otros, también tendemos a demonizarlos, proyectando nuestro lado
oscuro sobre ellos y vistiéndolos con nuestras peores cualidades. Así, en la lógica de Robert
Johnson, no tenemos derecho a odiar nadie hasta que hayamos retirado nuestra oscura
proyección. Sobre demonizamos de parecida manera a como sobre idealizamos.
En su novela Stoner, John Williams describe cómo su protagonista entiende el amor: “En su
extremada juventud, Stoner había pensado en el amor como un estado absoluto del ser, al cual,
si fuera afortunado, alguien podría encontrar acceso; en su madurez, había decidido que eso era
el cielo de una falsa religión, hacia el cual uno debería mirar con un cierto escepticismo, un
desdén delicadamente familiar y una desconcertada nostalgia. Ahora, en su media edad,
empezaba a saber que eso no era ni un estado de gracia, ni una ilusión; lo vio como un acto
humano de conveniencia, una condición que estaba inventada y modificada, momento a
momento y día a día, por la voluntad, la inteligencia y el corazón”.

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Ángeles con hoces y la cólera de Dios

Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) - Lunes, 25 de julio de 2016

Hay un impactante texto en el Libro del Apocalipsis en el que la imagen poética que se usa, a
pesar de su belleza, puede despistar peligrosamente. El autor escribe allí: Así que el ángel metió
su hoz sobre la tierra y la tierra quedó segada. Echó las uvas en el gran lagar de la cólera de
Dios”. ¡Un fiero ángel purificando el mundo! ¡Dios en ardiente ira! ¿Cómo se debe entender
esto?
Como tantas otras cosas en la Escritura, ésta se debe tomar en serio, pero no al pie de la letra.
Claramente, el texto, como otros en la Escritura que hablan de los celos, la ira y la venganza de
Dios, tiene algo destacable que enseñar, pero, como otros que muestran a Dios celoso y airado,
puede ser muy malentendido. Lo que no enseña es que Dios se enfade, que Dios se enfurece
con nosotros y que Dios castiga con la desolación el Planeta a causa del pecado. Lo que enseña
es que los hijos siempre vuelven a casa a descansar, que nuestras acciones tienen
consecuencias, que el pecado castiga con la desolación en el Planeta y en nuestras propias
almas, induciéndonos a la ira, a odiarnos a nosotros mismos y a la falta de auto perdón, y que
esto nos hace sentir como si Dios estuviera airado y nos está castigando.
Dios no se enfada; es puro y simple. Dios no es una criatura, otra más entre nosotros, un ser
como nosotros. Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Esto se afirma desde Isaías a lo
largo de 2000 años de tradición cristiana. No podemos proyectar en Dios nuestro modo de ser,
pensar y amar. Y en ningún lugar es esto más cierto que cuando imaginamos a Dios airado. La
misericordia, el amor y el perdón no son atributos de Dios, de la manera como son para
nosotros. Constituyen la naturaleza de Dios. Dios no se enfada, como nosotros nos enfadamos.
La Escritura y la tradición cristiana, por supuesto, hablan de que Dios se enfada; pero eso, como
la teología cristiana enseña, es antropomorfismo, esto es, una proyección del pensamiento y el
sentimiento humano en Dios. Diciendo cosas como que Dios está airado con nosotros o que
Dios nos castiga por nuestros pecados, no estamos diciendo, en esencia, cómo Dios se siente
con nosotros, sino más bien cómo nosotros, en ese momento, nos sentimos con Dios y cómo
nos sentimos con nosotros mismos y con nuestras acciones.
Por ejemplo, al decir san Pablo que cuando pecamos sentimos “la ira de Dios”, no nos está
diciendo que Dios se enfade con nosotros cuando pecamos. Más bien nosotros nos enfadamos
con nosotros mismos cuando pecamos. El concepto de la ira de Dios es una metáfora, ilustrada,
por ejemplo, por una resaca: Si uno es inmoderado con el alcohol, Dios no se incomoda y le
manda un dolor de cabeza. La rabia nace del acto mismo: El excesivo uso del alcohol deshidrata
el cerebro, causando el dolor de cabeza. El dolor no viene de Dios, aunque se viva como castigo
divino, como enfado de Dios por nuestra irresponsabilidad. Es una proyección por nuestra parte,
antropomorfismo.

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Nos adulamos y no hacemos ningún favor a Dios cuando decimos que ofendemos a Dios y que
Dios se enfada con nosotros. Dios no es sólo la razón de nuestro ser, nuestro Creador, el Motor
Inmóvil. Dios es también una persona que nos ama individual y apasionadamente, y así, es
natural imaginar que Dios, a veces se enfada, es natural proyectar nuestros límites en Dios. El
amor y la misericordia de Dios empequeñecen infinitamente nuestros propios pensamientos,
sentimientos y capacidades limitadas para actualizar el amor en nuestras vidas. Imaginad, por
ejemplo, a un encantador abuelo cogiendo a su nieto recién nacido: ¿Hay algo que ese bebé
pueda hacer para ofender al abuelo? La madurez, comprensión y amor de Dios empequeñecen
lo del abuelo. ¿Cómo se va a ofender Dios?
Y en cambio, ¿no es el lenguaje de la cólera de Dios una parte vital de nuestra tradición,
Escrituras, oraciones, salmos y liturgia? Todos ellos nos hablan como ofendiendo a Dios y como
enfadándose Dios. ¿Deben éstos ser suprimidos, sin más? No. Enseñan una importante verdad,
aun cuando deben ser interpretados por lo que son, antropomorfismos. Intentan desafiar al alma,
como la indigestión desafía al cuerpo. Dios no nos castiga por comer las cosas inapropiadas, ni
por comer en exceso. Nuestra biología lo hace y, haciéndolo, manda una señal de que hemos
hecho algo equivocado. Hablando metafóricamente, la indigestión viene como un ángel
vengativo y te arroja al gran lagar de la cólera biológica.
Dios no nos odia cuando hacemos algo erróneo, sino que somos nosotros; Dios no descarga su
ira en cuando pecamos, sino que nos herimos a nosotros mismos cuando lo hacemos; y Dios
nunca nos niega el perdón, a pesar de lo que hayamos hecho, sino que encontramos muy difícil
perdonarnos nuestras transgresiones. Verdaderamente hay una angélica navaja de afeitar y un
lagar de la cólera de Dios, pero esos son nombres para experimentar el descontento y autoodio
en nuestro interior siempre que dejamos de ser fieles; ellos no tienen nada que ver con la
naturaleza de Dios.

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Bregando con el sentimiento de superioridad

Ron Rolheiser, OMI (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 11 de julio de 2016

Vivimos en un mundo en el que casi todo alimenta nuestros sentimientos de superioridad, y más
aún, cada vez se nos dan menos herramientas para combatirlos.
Hace varios años, Robert L. Moore escribió un libro muy interesante titulado Frente al dragón. El
dragón que más nos amenaza es -según él- el de nuestros sentimientos de superioridad, esa
sensación interior que nos mantiene en la creencia de que somos especiales y destinados a ser
superiores a los demás. Esta condición nos bloquea. Dicho simplemente, todos nosotros, los
siete mil millones que estamos en este planeta, no podemos evitar sentir que somos el centro del
universo. Y, dado que es desconocido y que, generalmente, estamos mal preparados para tratar
de ello, contribuye a una situación espantosa. No es una receta para la paz y la armonía, sino
para la desconfianza y el conflicto.
Sin embargo, esta condición no es culpa nuestra, ni es, en sí misma, una lacra en nuestra
naturaleza. El sentimiento de superioridad viene por la manera como Dios nos hizo. Estamos
hechos a imagen y semejanza de Dios. Esta es la verdad más fundamental y dogmática en la
comprensión judeo-cristiana de la persona. Sin embargo, no se debe entender a la ligera, como
un bello icono estampado en nuestras almas. Más bien necesita ser visto de esta otra manera:
Dios es fuego, fuego infinito, una energía que busca abrazar y comunicar a toda la creación. Y
ese fuego está en nosotros, creando un sentimiento de piedad, una intuición de que también
nosotros disponemos de energías divinas, y una presión para ser especiales y obtener alguna
forma de superioridad.
Más aún, parece que ser hecho a imagen y semejanza de Dios nos implanta el microchip de la
divinidad. Esto constituye nuestra dignidad más grande, pero también nos crea los más grandes
problemas. Lo infinito no se asienta fácilmente en lo finito. Porque tenemos energía divina en
nosotros, no vivimos fácilmente la paz con este mundo; nuestros anhelos y deseos son
demasiado grandes. No sólo vivimos en esa perpetua inquietud que Agustín destacó en su
famosa frase: “¡Nos has hecho para ti, Señor, ¡y nuestros corazones están inquietos hasta que
descansen en ti!”, sino que este innato deseo de superioridad alimenta la creencia de que somos
especiales, destinados, de una manera única, nacidos para sobresalir y ser reconocidos y
señalados por nuestra especificidad.
Así, un gen divino nos impulsa a hacer una especie de declaración con nuestras vidas, para
crear una inmortalidad personal y algo en lo que seamos especiales y en lo que el mundo tenga
que tomar nota. Esto no es un concepto abstracto; es algo concreto. La evidencia de ello se
comprueba en cada noticiario, en cada bombardeo, en cada situación en la que alguien busca
sobresalir. Se ve también en la universal hambre de fama, en el anhelo por ser conocido y la
necesidad de ser reconocido como único y especial.
Este sentimiento de superioridad, per se, no es un fallo nuestro, ni necesariamente una falta
moral. Viene del modo como estamos hechos, irónicamente de lo que hay en nosotros más
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grande y mejor. El problema es que, hoy en día, no nos dan las herramientas con las que
manejarlo provechosamente. Cada vez más, vivimos en un mundo en el que, por incontables
razones, nuestros sentimientos de superioridad son sobrealimentados, aun cuando esto no sea
reconocido y aun cuando nos estén dando cada vez menos herramientas religiosas y
psicológicas con las que poder lidiar con ello. ¿Cuáles pueden ser estas herramientas?
Psicológicamente, necesitamos imágenes de la persona humana que nos permitan entendernos
saludablemente, pero de una manera que incluya la aceptación de nuestras limitaciones,
frustraciones, anonimia y del hecho de que nuestras vidas deban ser un espacio digno para
cualquier otro. Psicológicamente, nos tienen que dar herramientas para entender nuestra propia
vida, reconocida como única y especial, pero también como una vida entre millones de vidas
únicas y especiales. Psicológicamente, necesitamos mejores herramientas para manejar
nuestros sentimientos de superioridad.
Religiosamente, nuestra fe y la iglesia deben darnos una comprensión de la persona humana
que nos ofrezca perspectiva y la disciplina (discipulado) para permitirnos vivir la unicidad y
nuestro ser especial, al mismo tiempo que aceptamos pacíficamente, nuestra mortalidad,
limitaciones, frustraciones, anonimia, y creamos espacio para el reconocimiento del ser único y
especial de la vida de cualquier otra persona. En esencia, la religión tiene que darnos
herramientas para acceder sanamente al fuego divino que hay en nosotros y actuar
saludablemente con arreglo a los talentos y dones con los que Dios nos ha enriquecido, pero con
la capacidad para conocer humildemente, que estos dones no son propiamente nuestros, sino
que vienen de Dios, y que todo lo que somos y llevamos a cabo es por gracia de Dios. Sólo
entonces no seremos destruidos por el fracaso ni hinchados por el éxito. La tarea en la vida -
indica Robert Lax- no es tanto encontrar un camino en el bosque, como un ritmo para qué
caminar.

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Cómo madura el alma

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 14 de marzo de 2016

En un libro muy agudo, La gracia de morir, Kathleen Dowling Singh comparte impresiones que
ha reunido, como profesional de la salud, asistiendo a cientos de personas mientras morían.
Entre otras cosas, sugiere que el proceso de morir “está exquisitamente graduado para producir
automáticamente la unión con el Espíritu”. En esencia, lo que dice es que, lo experimentado por
alguien en las etapas finales y en la cercanía de la muerte, particularmente si ella no es
repentina, es una purgación que reduce naturalmente el intento de aferrarse a las cosas de este
mundo, como también a su propio ego, de modo que esté preparado para entrar en un reino de
vida y de significado que está más allá de nuestro ámbito de conocimiento. El proceso de morir -
expone ella- nos ayuda a nacer a una vida más extensa y más profunda.
Pero esto no viene sin el añadido de un alto precio. El proceso de morir no es agradable. La
mayoría de nosotros no muere pacíficamente durante el sueño, cómodos, dignos y serenos. La
norma es más bien una muerte que acontece por envejecimiento o por enfermedad terminal. Lo
que sucede entonces no es cómodo, digno, ni sereno. Hay un penoso decaimiento del cuerpo, a
veces extremadamente doloroso, casi siempre humillante. En ese proceso, perdemos todo lo
que nos es querido: la salud, la belleza natural del cuerpo, nuestra dignidad y a veces incluso
nuestra capacidad intelectual. Rara vez resulta bello morir.
Y así, ¿cómo es el proceso graduado para ayudar a aligerar nuestro intento de aferrarnos a este
mundo y dirigirnos más decorosamente al otro? Morir madura el alma. ¿Cómo sucede tal
fenómeno?
Escribiendo sobre el envejecimiento, James Hillman hace esta pregunta: ¿Por qué Dios y la
naturaleza han construido de tal manera las cosas que, mientras envejecemos, maduramos y
estamos con un mejor control de nuestras vidas, nuestros cuerpos empiezan a caerse a pedazos
y necesitamos un buen número de médicos y medicinas para mantener su funcionamiento?
¿Hay sentido común en el ADN del proceso de la vida que ordena el decaimiento de la salud
física en su fase final? Hillman dice: Sí. Hay un buen criterio innato en el proceso del
envejecimiento y muerte: Los mejores vinos tienen que ser envejecidos en viejas barricas de
calidad superior. El decaimiento de nuestros cuerpos profundiza, ablanda y madura el alma.
Jesús nos enseña esta lección, y es una verdad que él mismo tuvo que aceptar, con
considerable resistencia, en su propia vida. Afrontando su muerte, la noche antes de morir,
postrado rostro en tierra en Getsemaní, pide a su Padre: “Que este cáliz pase de mí. Pero no se
haga mi voluntad, sino la tuya”. En esencia, pregunta a Dios si hay un camino a la gloria y visión
del Domingo de Pascua sin pasar por el dolor y humillación del Viernes Santo. Parece que no lo
hay. La humillación y la muerte están íntimamente unidas. Después de su Resurrección,
conversando con sus discípulos camino de Emaús, les dice: “¿No era necesario que el Cristo
sufriera así?” Esto, es más una revelación de la verdad que una pregunta. La respuesta está
clara: El camino a la plenitud pasa necesariamente por el dolor y la humillación. Kathleen
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Dowling Singh y James Hillman dan forma a esto de manera positiva: El dolor y la humillación
están graduados naturalmente para movernos más allá de lo que es superficial a lo que es más
profundo. El dolor y la humillación -y hay un cierto morir en éstos- ayuda a abrirnos a un
conocimiento más profundo.
Lo sabemos por sentido común. Si reconocemos honradamente nuestra propia experiencia,
hemos de admitir que la mayor parte de las vivencias que nos han hecho profundos, son
vivencias sobre las que quizás nos avergonzaría hablar porque eran humillantes. La humillación
es lo que nos anonada y profundiza. Nuestros éxitos, por lo contrario, sobre los que nos gusta
hablar, producen generalmente engreimiento en nuestras vidas.
El afamado psicólogo/filósofo William James refiere que hay ámbitos de la realidad y el
conocimiento que descansan más allá de lo que experimentamos en el presente. Toda religión -
no menos el Cristianismo- nos dice lo mismo. Pero nuestro conocimiento y autoconciencia
montan fronteras que nos previenen de ir allá. Para nosotros, está este mundo, esta realidad; ¡y
eso es todo! El proceso de morir ayuda a forzar esa contradicción en nuestra percepción,
conciencia y conocimiento. Está graduado para abrirnos a explorar una realidad y un
conocimiento más allá de lo que consideramos el presente.
Pero hay también otros caminos para esto, fuera del proceso de morir. La oración y la
meditación intentan hacernos exactamente lo que hace ese proceso de morir. Están también
exquisitamente graduadas para soltar nuestro intento de aferrarnos a este mundo y abrir nuestra
conciencia a otro. Como Singh expresa: “El camino a los ámbitos transpersonales, que los
santos y sabios de todas las épocas han conocido a través de la práctica de la meditación y la
oración, resulta ser el mismo camino transformativo que cada uno de nosotros atraviesa en el
proceso de morir”.
Eso nos consuela: Dios nos va a acoger, de una manera u otra.

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Comprensión y compasión del Viernes Santo

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 28 de marzo de 2016

Mientras Jesús está siendo crucificado, dice estas palabras: “Perdónalos, porque no saben lo
que hacen”. No es fácil decir estas palabras, y es quizás aún más difícil entenderlas en
profundidad. ¿Qué significa, en realidad, comprender y perdonar una acción violenta contra ti?
Hay varias respuestas: por ejemplo, en una trágica nota, compartida incontables veces en los
medios sociales, un hombre que perdió a su esposa en los ataques terroristas de París el 2015,
escribió estas palabras, dirigidas a aquellos que la habían matado:
El viernes por la tarde, robasteis la vida de una persona excepcional, el amor de mi vida, la
madre de mi hijo, pero no tendréis mi odio. No sé quiénes sois, ni quiero saberlo: sois almas
muertas. Si este Dios por el que matáis ciegamente, nos hizo a su imagen, cada bala del cuerpo
de mi esposa es una herida en mi corazón. Así que no, no os daré la satisfacción de odiaros.
Vosotros lo queréis, pero responder al odio con ira, sería ceder a la misma ignorancia que os
hizo lo que sois…Somos solamente dos, mi hijo y yo, pero somos más poderosos que todos los
ejércitos del mundo… cada día de su vida este niño pequeño os insultará con su felicidad y
libertad”.
A la vez que esta respuesta es admirablemente heroica, no resulta -creo yo- lo bastante
profunda en su comprensión y compasión. Virtuosa como es, carga con una nota de separación
moral, de una cierta superioridad. Además, le falta el reconocimiento de ser, de alguna manera,
cómplice en las desafortunadas circunstancias de cultura e historia que ayudaron a provocar
este horrible acto, porque evita la pregunta: ¿Por qué me odias? Es una nota muy positiva y útil
en su rechazo del odio; pero -me temo- puede tener el efecto opuesto en aquellos a quienes se
acusa. Aún encenderá más su odio.
Contrastad esto con la carta que el abad trapense Christian de Cherge, escribió a su familia,
poco antes de que fuera ejecutado por terroristas islámicos. Escribe:
“Si sucediera un día -y puede ser hoy- que llegara a ser víctima del terrorismo que ahora parece
dispuesto a cercar a todos los extranjeros que vivimos en Argelia, me gustaría que mi
comunidad, mi Iglesia y mi familia recordaran que mi vida fue entregada a Dios y a este país. Les
pido que acepten que el Único Maestro de toda vida no fue extraño a esta brutal partida…Les
pido poder asociar tal muerte a otras muchas muertes que fueron tan violentas, pero olvidadas
por la indiferencia y el anonimato. …He vivido suficiente tiempo para saber que tengo parte en el
mal que, por desgracia, parece prevalecer en el mundo, incluso en el que me golpearía
ciegamente. Querría, cuando llegue el momento, tener la ocasión que me permita pedir perdón a
Dios y a todos mis compañeros seres humanos; y, al mismo tiempo, perdonar con todo mi
corazón a aquel que me matara. … No veo, de hecho, cómo podría gozar si esta gente a la que
quiero fuera acusada indiscriminadamente de mi asesinato. Sería pagar demasiado caro lo que,
quizás, será llamado “la gracia del martirio”, para deberlo a un argelino -cualquiera que sea-
especialmente si dice que está actuando con fidelidad a lo que él cree que es el Islam. Conozco
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el desdén con el que los argelinos en su conjunto pueden ser mirados. Conozco también la
caricatura del Islam que, un cierto género de Islamismo anima. Es demasiado fácil darse una
buena conciencia, identificando esta conducta religiosa con las ideologías fundamentalistas de
los extremistas. …Esto es lo que podré hacer, si Dios quiere: sumergir mi mirada en la del
Padre, contemplar con Él a sus hijos del Islam exactamente como Él los ve, todos brillando con
la gloria de Cristo, el fruto de su Pasión, lleno del Don del Espíritu, cuyo secreto gozo estará
siempre para establecer comunión y formar de nuevo la semejanza, deleitándose en las
diferencias. …Y tú también, amigo de mi momento final, (mi ejecutor), que no serías consciente
de lo que estabas haciendo. Sí, para ti también deseo este “gracias” -y este “adieu”- para
encomendarte al Dios cuyo rostro veo en el tuyo. Y que nos encontremos unos con otros, felices
“buenos ladrones”, en el Paraíso, si a Dios place, el Padre de nosotros dos. Amén.
¡Ah, tener la gracia y compasión de contar con echar un trago, un día, con nuestros enemigos en
el cielo, riéndonos juntos de nuestro antiguo y desviado odio, bajo la amorosa mirada del mismo
Dios!

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DANIEL BERRIGAN – RIP

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 9 de mayo de 2016

¡Antes de que te comprometas en serio con Jesús, considera primero en qué grado vas a dar
una buena imagen en el madero (de la cruz)! Daniel Berrigan escribió esas palabras, que
expresaron bien quién era él y en qué creía. Murió a la edad de 94 años.
No cualquier tributo puede hacer justicia a Dan Berrigan. Desafía la rápida definición y la fácil
descripción. Era, a la vez, un activista con un solo propósito, obsesionado, y también una de las
más complejas figuras espirituales de nuestra generación. Mostró tanto la fogosidad de Juan
Bautista como la amabilidad de Jesús. Defensor de la justicia social internacionalmente
conocido, sacerdote contrario a la guerra, poeta, escritor espiritual de primer rango, jesuita
disidente… él, junto con su gran amiga Dorothy Day, fue uno de los mayores defensores de la
no-violencia. Como Dorothy Day, pensaba que cualquier violencia, sin importar lo merecida que
pareciera en una determinada situación, siempre engendra más violencia. Para él, la violencia
nunca se puede justificar alegando superioridad moral sobre la otra que se está tratando de
parar. La no-violencia, que él defendió inflexiblemente, es el único camino a la paz. Como
Dorothy Day, nunca se pudo imaginar a Jesús con un fusil.
Berrigan vivió con el principio de la no-violencia y empleó su vida en convencer de su verdad a
otros. Esto le supuso muchos disgustos, en la sociedad en general y en la iglesia. Y le llevó a la
cárcel. En 1968, junto con su hermano, Philip, entró en un edificio federal de Catonsville
(Maryland), cogió algunos proyectos del archivo y los quemó en el cubo de la basura. Le
retuvieron tres años y medio en la cárcel. Ello lo marcó indeleblemente en la conciencia de una
generación entera. Fue conocido como miembro de los Nueve de Catonsville y apareció una vez
en la portada de Time Magazine.
Yo estaba en el seminario durante esos tumultuosos años de final de la década de los 1960,
cuando las protestas antiguerra en USA movilizaban a grandes muchedumbres y Daniel Berrigan
era uno de los fijadores de carteles. Estaba en un seminario donde, casi todo nos pedía
desconfiar de Berrigan y del movimiento antiguerra. En nuestra visión de aquel tiempo, esto no
era lo que se suponía que tenía que hacer un sacerdote católico. No era partidario suyo. Soy un
converso tardío.
Esa conversión comenzó cuando, como estudiante graduado, empecé a leer los libros de
Berrigan. Fui atrapado por tres cosas: primera, por el desafío del evangelio que estaba
descifrando tan claramente; después, por su profundidad espiritual; y finalmente -no menor-, por
la brillantez y poesía de su lenguaje. Fue, sin descanso, un escritor muy bueno y un cristiano
desafiante. Envidiaba su vocabulario, sus giros de frase, su inteligencia, su ingenio, su
profundidad y su radical compromiso. Empecé a leer todo lo que había escrito y comenzó a tener
una creciente influencia sobre mi vida y ministerio. No había percibido qué innegociable es el
desafío de Jesús de actuar no sólo con caridad sino también con justicia.

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El P. Larry Rosebaugh, compañero oblato que también fue a prisión por protestas antiguerra y
después murió a tiros en Guatemala, comparte en su autobiografía cómo, la noche antes de que
llevase a cabo su primer acto de desobediencia civil, que le llevó a prisión, pasó la noche en
oración con Daniel Berrigan. El aviso que le dio entonces Berrigan fue éste: ¡Si no puedes hacer
esto sin ponerte áspero y furioso con los que te arrestan, no lo hagas! La profecía consiste en
hacer un voto de amor, no de alienación. Hay aquí una delgada línea que es cruzada con
demasiada frecuencia cuando estamos tratando de ser proféticos.
Irónicamente, en atención a todo su consejo crítico sobre esto, Berrigan, aceptado por sí mismo,
se esforzó fuertemente en ello, a saber, situar por adelante la razón de su protesta desde un
centro de amor y no desde un centro de ira. A la edad de 62 años, escribió una autobiografía,
Habitar en paz, en la que expresó con gran sencillez que nunca había gozado de una relación
sana con su propio padre y que éste nunca le había bendecido ni a él ni a su hermano, Philip.
Más bien su padre se sentía más amenazado por las energías y talentos de sus hijos que
orgulloso de ellos. Con esta admisión, Berrigan continuaba preguntando si era extraño que él,
Daniel, hubiera sido siempre una espina al lado de las grandes autoridades con las que se había
encontrado: presidentes, papas, obispos, superiores religiosos, políticos, policías. Le costó 60
años quedar en paz con la falta de bendición por parte de su padre; pero Dios escribe recto con
renglones torcidos: la radicalidad que portaba le ayudó a desafiar a una generación.
En sus últimos años, Berrigan trabajó en un hospicio, encontrando entre los moribundos una
profundidad que lo cimentó contra lo que él tanto temía en nuestra cultura, la superficialidad.
Su propia generación le dará un juicio variado: amado por unos, odiado por otros. Pero la historia
hablará bien de él. Siempre estuvo al lado de Dios, de la paz y de los pobres.

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De armas y pacifismo

Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) - Lunes, 27 de junio de 2016

Los Evangelios nos cuentan que, después de la muerte del rey Herodes, un ángel se apareció
en sueños a José en Egipto y le dijo: “Levántate. Toma al Niño y a su Madre y vete a la tierra de
Israel, porque ya han muerto aquellos que atentaban contra la vida del Niño” (Mt. 2, 19-20). El
ángel, al parecer, habló prematuramente; el Niño Jesús estaba todavía en peligro, está aún en
peligro, está amenazado de muerte y todavía le siguen la pista, aún hoy en día.
Dios todavía es vulnerable e indefenso en nuestro mundo y está siempre amenazado. Todas las
formas de violencia, agresión, intimidación, acoso, desfile del ego, de obtención de ventajas, aún
están tratando de matar al Niño. Y el Niño es amenazado de formas menos evidentes, a saber:
siempre que hacemos la vista gorda sobre los que se hallan indefensos y expuestos a la guerra,
la pobreza y la injusticia económica, continuamos matando al Niño. Tal vez Herodes esté
muerto, pero tiene muchos amigos. El Niño está por siempre amenazado.
Muchos de nosotros estamos familiarizados con la historia de los monjes trapenses de Argelia
que fueron martirizados por terroristas en 1996. Algunos meses antes de ser apresados y
ejecutados, habían sido visitados por los terroristas; irónicamente la víspera de Navidad,
mientras se estaban preparando para celebrar la Eucaristía de Nochebuena. Los terroristas, bien
pertrechados, se marcharon después de un tenso tira y afloja en el que los monjes no
accedieron a darles los medicamentos que demandaban. Los monjes fueron zarandeados de
mala manera. ¿Cuál fue su respuesta? Marcharon inmediatamente a la capilla y cantaron la misa
de Navidad, poniendo especial énfasis en cómo Jesús entró vulnerable e indefenso en este
mundo, y estuvo bajo amenaza. Su calculada y eventual respuesta honró esa inmediata
reacción: viviendo bajo la amenaza de muerte, rehuyeron armarse o aceptar protección militar,
creyendo que había una infranqueable incongruencia entre lo que ellos habían votado y la
presencia de armas dentro del monasterio. Además, después de este encuentro con terroristas
armados, su abad, Christian de Cherge, introdujo un mantra en su oración diaria: ¡Desármame,
Señor, desármame! Viviendo bajo la amenaza de armas, él instó diariamente en permanecer
desarmados, físicamente indefensos contra el posible ataque, para ser como un Niño recién
nacido, como el recién nacido Jesús, ¡expuesto e indefenso ante la amenaza de la violencia!
Eso no es algo fácil de imitar, dado que actualmente casi todo nos señala hacia su contrario, a
saber, a armarnos, a responder a cualquier amenaza, a hacer frente con la resistencia armada.
Son los tiempos: Como Christian de Cherge y su comunidad de monjes, nosotros también
vivimos bajo la amenaza del terrorismo y la violencia generalizada. Y nuestra paranoia se
acrecienta mientras, diariamente, nuestras informaciones nos dan imágenes de disparos
terroristas, bombardeos, decapitaciones, tiroteos masivos, violencia callejera y doméstica.
Vivimos en tiempos de violencia. Comprensiblemente, hay una cierta comezón por armarnos.
¿Qué realista es renunciar a armarnos? ¿Qué realista es orar por estar desarmados? La
Cristiandad siempre ha defendido la justificada autodefensa y la justa guerra. Incluso más allá de
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esto, ninguna sociedad prudente elegiría nunca desarmar su fuerza policial y militar, y éstas,
llevan pistolas y otras armas. En verdad podría decirse que aquellos que arguyen a favor de un
pacifismo radical pueden hacerlo solamente porque están protegidos por la policía y soldados
con armas. No es demasiado difícil decir que, excepto por las armas que nos protegen, todos
nosotros estamos indefensos ante los criminales y psicópatas de este mundo.
El antiguo cardenal de Chicago, Francis George, arguyó de esta manera: necesitamos pacifistas
del mismo modo que necesitamos célibes religiosos con votos, esto es, necesitamos personas
inspiradas en el evangelio para dar un particular -a veces singular- testimonio de lo que el
Evangelio señala, a saber, un lugar más allá de nuestra imaginación corriente, un cielo en el que
nos relacionaremos unos con otros en una intimidad que aún no podemos ni imaginar y donde
no habrá armas. En el cielo, estaremos totalmente indefensos unos ante otros. No habrá armas
en el cielo.
Esta realidad está clara en el Cristo recién nacido, indefenso y vulnerable, y ya tan amenazado.
Está también figurada en los pacifistas de nuestros días; de Dorothy Day a Martin Luther King,
de Madre Teresa a Christian de Cherge, de Daniel Berrigan a Larry Rosebaugh. Hemos sido
agraciados por el testimonio de personas inspiradas en el Evangelio, las cuales, ante la
amenaza y la violencia físicas, eligieron arriesgar sus vidas antes que empuñar un arma. Los
tiempos están forzándonos también a escoger: ¿Nos armamos o no?
Porque esos que buscan la vida del Niño, aún están a nuestro alrededor, gente paranoica, como
el rey Herodes, que matan indiscriminadamente por miedo a que un Niño indefenso pudiera
amenazar su trono y su privilegio.

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De la paranoia a la metanoia

Ron Rolheiser - Lunes, 19 de septiembre de 2016

A veces somos un misterio para nosotros mismos, o quizás, más concretamente, algunas veces
no nos damos cuenta de la paranoia que cargamos en nosotros. ¡Tantas cosas pueden arruinar
nuestro día!
Recientemente acudí a un encuentro y durante la mayor parte del mismo sentí afecto, amistad
hacia mis colegas, y positividad hacia todo lo que estaba aconteciendo. Estaba de buen talante y
buscando la manera de colaborar en todo. Cuando faltaba poco para acabar el encuentro, uno
de mis colegas hizo un amargo comentario que me pareció ácido e injusto. Inmediatamente una
serie de puertas comenzaron a cerrarse dentro de mí. Mi afecto y empatía rápidamente se
convirtieron en dureza y enfado y luché para no obsesionarme con el incidente, pero los
sentimientos no pasaron rápidamente. Durante algunos días la frialdad y la paranoia persistieron
y evité cualquier clase de contacto con la persona que hizo los comentarios, mientras yo
cocinaba mi negatividad.
El tiempo y la oración propiciaron la sanación, y retornó una perspectiva más saludable. Las
puertas que se habían cerrado de golpe se abrieron de nuevo y la metanoia sustituyó a la
paranoia.
Es significativo que la primera palabra pronunciada por la boca de Jesús en los Evangelios
Sinópticos sea la palabra “metanoia”. Jesús comienza su ministerio con estas palabras:
“Arrepiéntete [metanoia] y cree en el Evangelio” y eso, en esencia, es el resumen de todo su
mensaje. Pero ¿cómo se arrepiente uno?
Nuestras traducciones de los Evangelios no hacen justicia a lo que Jesús dice aquí. Traducen
“metanoia” con la palabra “arrepentimiento”. Pero, para nosotros, la palabra tiene diferentes
connotaciones, desde la intención de Jesús. En inglés, arrepentirse (repentance) implica que
hemos hecho algo mal y sentidamente debemos repudiarnos a nosotros mismos por tal acción y
comenzar a vivir de una manera nueva. La palabra bíblica “metanoia” tiene una connotación más
amplia.
La palabra metanoia viene de las dos palabras griegas: Meta, que significa más allá; y Nous, que
significa mentalidad. La metanoia nos invita a ir más allá de nuestros instintos normales hacia
una mentalidad más amplia, que se levante por encima de la tendencia natural al propio interés,
a la autoprotección; lo cual con frecuencia se mezcla con sentimientos de amargura y
negatividad, y de falta de empatía en nuestro interior. La metanoia nos invita a enfrentar todas
las situaciones, sean lo injustas que parezcan, con comprensión y un corazón empático. Más
aún, la metanoia se sitúa en contraste con la paranoia. En esencia, la metanoia es la no-
paranoia, de manera que las primeras palabras de Jesús en los Evangelios Sinópticos debieran
ser entendidas mejor así: “No seas paranoico y cree en el Evangelio”. ¡Vive desde la confianza!”.
Henri Nouwen, en un pequeño, pero significativo libro titulado “Con manos abiertas” describe
maravillosamente la diferencia entre metanoia y paranoia. Sugiere que hay dos posturas
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fundamentales con las que podemos ir a lo largo de la vida. Podemos, dice, ir por la vida con la
postura paranoica. La postura de la paranoia se simboliza en un puño cerrado, con una postura
de protección, con la sospecha y desconfianza como actitudes habituales. La paranoia nos hace
sentir que necesitamos protegernos de la injusticia, que otros nos herirán, si mostramos
cualquier vulnerabilidad, y que necesitamos afirmar nuestra fuerza y talento para impresionar a
los demás. La paranoia rápidamente convierte lo afectivo en frialdad, la comprensión en
sospecha y la generosidad en autoprotección.
Por otro lado, la postura de la metanoia, se ve claramente en Jesús crucificado. Ahí, en la cruz,
aparece expuesto y vulnerable, sus brazos extendidos en un gesto de abrazar, y sus manos
abiertas y atravesadas por los clavos. Esta es la antítesis de la paranoia, en la que las puertas
interiores del afecto, la empatía, y la confianza espontanea se cierran de golpe cuando
percibimos una amenaza. La metanoia, la meta comprensión, el corazón grande, nunca cierra
esas puertas.
Para algunos de los primeros padres de la Iglesia, todos tenemos dos entendimientos y dos
corazones. Para ellos, cada uno de nosotros tiene una mente amplia y un gran corazón. Ese es
el santo que vive en mi interior, la imagen y la semejanza de Dios dentro, nuestra parte afectiva,
fértil, y empática. Todos abrigamos una verdadera grandeza en nosotros. Pero también tenemos
una mentalidad estrecha y un corazón mezquino. Así es la complejidad de nuestro interior.
Somos a la vez grandes corazones y mezquinos, mentes abiertas y fanáticas, confiados y
suspicaces, santos y narcisistas, generosos y acaparadores. Todo depende de a qué corazón y
a qué mente estemos conectados y cómo operan en cada momento. En un momento somos
capaces de morir por los otros y un minuto más tarde desearíamos verlos muertos, en un
momento queremos darnos totalmente por amor, un minuto más tarde decidimos usar los
talentos para mostrar nuestra superioridad sobre los demás. La metanoia y la paranoia se
disputan nuestro corazón.
Jesús en su mensaje y su persona, nos invita a la metanoia, a movernos hacia ella y permanecer
en una mente abierta y un corazón grande, de modo que ante un comentario punzante nuestras
puertas del afecto y la confianza no se cierren.

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Destacando un aniversario

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 2 de mayo de 2016

Lo que dejamos de celebrar pronto lo dejamos de amar. Este año, 2016, registra el 200º
aniversario de la fundación de la congregación religiosa a la que pertenezco, los Misioneros
Oblatos de María Inmaculada. Tenemos una historia magnífica -200 años ahora- de ministerio
dedicado a los pobres por todo el mundo. Esto merece celebrarse.
Como escritor, no suelo destacar el hecho de que soy religioso profeso, como tampoco destaco
por lo general que soy sacerdote católico romano, porque temo que etiquetas tales como
“sacerdote católico”, “padre” u “oblato de María Inmaculada” añadido al nombre de un autor,
sirven más para limitar su lectura que para incrementarla. Jesús, también, fue bastante opuesto
a etiquetas religiosas. En principio evito escribir bajo una etiqueta religiosa, porque prefiero
hablar a través del prisma amplio de mi humanidad y mi bautismo que a través del prisma más
específico del compromiso de mi sacerdocio y votos religiosos. Es una elección que he hecho,
respetando la elección de otros.
Dicho esto, quiero romper mis propias reglas y hablar específicamente a través del prisma de mi
identidad como religioso con votos. Así que escribo esta columna como padre Ronald Rolheiser
OMI, orgulloso de ser miembro de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada.
Dejadme empezar con un poco de historia. Nuestra Congregación fue fundada en el sur de
Francia en 1816 por Eugene de Mazenod, declarado santo por la iglesia en 1995. Eugene era un
sacerdote diocesano que inmediatamente después de empezar el ministerio vio que el Evangelio
no se acercaba con facilidad a las gentes pobres, y así empezó a enfocar su propio ministerio
hacia la atención a éstos. Hace falta todo un pueblo para educar a un niño; y muy pronto se dio
cuenta de que hace falta más de una persona para llevar a cabo un cambio efectivo. Se necesita
una comunidad para hacer efectiva la compasión. Lo que soñamos solos se queda en un sueño,
lo que soñamos con otros puede convertirse en realidad. Así que buscó por todas partes a otros
hombres de su misma mentalidad, sacerdotes diocesanos como él, y los llamó a asociarse a
esta misión, y al fin empezaron a vivir juntos y formaron una nueva congregación religiosa
dedicada a servir a los pobres. Eso fue hace 200 años, y los oblatos (como somos llamados
comúnmente) hemos tenido desde entonces una historia, si no siempre confortable, sí llena de
orgullo. Hoy en día estamos ejerciendo el ministerio en 68 países, en todos los continentes, y
nuestra misión aún es la misma. Servimos a los pobres. Esta es la razón por la que nos
encontraréis ejerciendo el ministerio principalmente en las periferias, donde la sociedad, en
general, prefiere no mirar, en las fronteras con los emigrantes, en los territorios reservados a los
indios nativos, en las áreas de inmigrantes de nuestras ciudades, en los lugares conflictivos del
interior de una ciudad, donde la policía es reacia a ir, y en los países en desarrollo en los que el
acceso a la comida, salud y educación son aún artículos poco comunes. Nuestra misión no es ir
a los privilegiados, aunque tratamos de atraerlos de acuerdo con las reglas de nuestra misión, y
nuestros miembros proceden frecuentemente de entre los pobres; nuestro mensaje a los jóvenes
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que se alistan en nuestras filas es: Si te juntas con nosotros, considera bien lo que en ello no es
para ti.
Y somos misioneros, lo que significa que entendemos nuestra tarea de establecer comunidades
e iglesias, ayudándolas a llegar a ser autosuficientes y luego seguir impulsando a repetir esto
más y más. Eso puede ser una tarea noble, pero es también un motivo de pesar. El corazón no
acepta fácilmente estar siempre edificando algo sólo para entregarlo a otro y marcharse. Nunca
logras tener una casa permanente; pero hay una compensación, como misionero: pasado cierto
tiempo, todo lugar es tu hogar.
No somos una congregación numerosa, solamente unos 4000 miembros, esparcidos por 68
países, modestos en comparación con los Jesuitas, Franciscanos y Dominicos. Por cierto, que,
en una primitiva versión del famoso diccionario francés Larousse, fuimos descritos como “una
especie de mini jesuitas que se encuentran mayormente en áreas rurales”. Nos halaga esta
descripción. Nuestra vocación no consiste en estar en el centro de atracción, sino estar en las
periferias. No es por casualidad que fue allí, en las periferias, en un área rural, donde me
encontré con los oblatos.
También tenemos el orgullo de ser fuertes, prácticos, sencillos y cercanos a aquellos que sirven,
y nuestro vestido con frecuencia revela esto. Nuestras familias y amigos cercanos están siempre
comprándonos ropa con el fin de mejorar la calidad de nuestro vestuario, no precisamente
estelar. No es que cultivemos deliberadamente una imagen de ser algún tanto descuidados; es
más el hecho de tender a atraer a nuestras filas a hombres que tienen otras prioridades.
¿Y nuestro fundador? No resultaba un hombre fácil, obsesionado como estaba -de igual manera
que a veces están los santos- por un solo propósito que no tolera fácilmente la debilidad entre
aquellos que lo rodean. A veces podía mostrar santo ardor. Estoy secretamente contento de no
haberme encontrado nunca con él en persona, temiendo su juicio sobre mi propia debilidad; pero
estoy maravillosamente contento de su carisma y de ese variopinto grupo de hombres, que
continúan su misión.

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El beso de Dios en el alma

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Lunes, 1 de febrero de 2016

¿Cuál es la verdadera raíz de la soledad humana? ¿Un defecto en nuestro modo de ser? ¿La
insuficiencia y el pecado? ¿O como dice la famosa frase de san Agustín: Nos has hecho para ti,
Señor, ¿y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti?
La afirmación de san Agustín, a pesar de todo su mérito, no es suficiente. Somos almas infinitas
en vidas finitas, y eso solo sería suficiente para explicar nuestra incesante e insaciable inquietud;
pero hay algo más, esto es, nuestras almas entran en el mundo llevando el sello de la eternidad,
y esto da a nuestra inquietud un colorido singular.
Hay varias explicaciones: por ejemplo, Bernard Lonergan, indica que el alma humana no entra
en el mundo como tabla rasa, una pura y limpia hoja de papel en la que cualquier cosa puede
ser escrita. Más bien -para él- nacemos con el sello de los primeros principios indeleblemente
estampados en nuestra alma. ¿Qué quiere decir?
La teología y la filosofía clásicas señalan cuatro cosas que llaman trascendentales, queriendo
decir que, de alguna manera, se aplican a todo lo que existe, a saber: unidad, verdad, bondad y
belleza. Todo lo que existe lleva, de alguna manera, estas cuatro cualidades. Con todo, estas
cualidades son perfectas sólo en Dios. Dios sólo es perfecta unidad, perfecta verdad, perfecta
bondad y perfecta belleza. Pero, para Lohergan, Dios sella estas cuatro potencias, en su
perfección, en el centro del alma humana.
Por consiguiente, entramos en el mundo conociendo, aunque oscuramente, la perfecta unidad, la
perfecta verdad, la perfecta bondad y la perfecta belleza, porque subyacen dentro de nosotros
como un imborrable sello. De esta suerte, podemos distinguir lo cierto de lo falso porque ya
conocemos la verdad y bondad en el centro de nuestras almas, como también reconocemos
instintivamente el amor y la belleza, porque ya las conocemos de un modo perfecto, aunque
oscuro, en nosotros mismos. En esta vida, no aprendemos la verdad, la reconocemos; no
aprendemos el amor, lo reconocemos; y no aprendemos lo que es bueno, lo reconocemos.
Reconocemos estas cosas porque ya las poseemos en nuestro interior.
Algunos místicos expresaron esto de una manera mítica: la enseñanza de que el alma humana
viene de Dios y que lo último que Dios hace antes de poner un alma en el cuerpo es besarla. El
alma entonces va a través de la vida recordando siempre oscuramente ese beso, un beso de
amor perfecto, y el alma mide todos los amores y besos de la vida en contraste con ese perfecto
beso inicial.
Los antiguos estoicos griegos enseñaron algo similar. Decían que las almas preexistían en Dios
y que Dios, antes de poner un alma en un cuerpo, borraría la memoria de su preexistencia. Pero
el alma estaría siempre inconscientemente atraída hacia Dios porque, habiendo procedido de
Dios, el alma recordaría oscuramente su verdadera casa, Dios, y dolería volver allí.
En una versión interesante de esta noción, enseñaron que Dios ponía el alma en el cuerpo sólo
cuando el bebé estaba ya plenamente formado en el vientre de su madre. Inmediatamente
21
después de poner el alma en el cuerpo, Dios sellaría la memoria de su preexistencia cerrando
físicamente los labios del bebé en contraste del hablar sin fin de su preexistencia. Por eso
tenemos una pequeña hendidura debajo de nuestras narices, justo encima del centro de
nuestros labios. Es donde el dedo de Dios selló nuestros labios. Esta es la razón por la que
siempre que nos esforzamos en recordar algo, nuestro dedo índice se levanta instintivamente a
esa hendidura que está debajo de nuestra nariz. Estamos tratando de recuperar una memoria
primitiva.
Quizás una metáfora podría ser útil aquí: nosotros hablamos comúnmente de las cosas como
“que suenan verdaderas” o “que suenan falsas”. Pero sólo suenan las campanas. ¿Hay una
campana dentro de nosotros que suena, de cierto modo cuando las cosas son verdaderas y de
otro modo cuando son falsas? En esencia, sí. Alimentamos una memoria inconsciente de haber
conocido de modo perfecto el amor, la bondad y la belleza. De ahí que las cosas sonarán
verdaderas o falsas, dependiendo de si están midiendo o no el amor, la bondad y la belleza que
ya residen en forma perfecta en el corazón de nuestras almas.
Y ese corazón, ese centro, ese lugar de nuestras almas donde hemos sido sellados con los
primeros principios y recordamos inconscientemente el beso de Dios antes de nacer, es el sitio
de ese dolor congénito que hay en nosotros y que, en esta vida, nunca puede ser calmado.
Llevamos la oscura memoria, como dice Henri Nouwen, de haber sido cuidados por manos
mucho más delicadas de lo que encontramos en esta vida.
Nuestras almas recuerdan veladamente haber conocido el amor perfecto y la belleza perfecta.
Pero, en esta vida, nunca encontramos esa perfección, aun cuando suframos para siempre por
alguien o algo con el fin de encontrarnos a esa profundidad. Esto crea en nosotros una soledad
mortal, una añoranza por lo que llamamos un compañero del alma, a saber, una añoranza por
alguien que pueda reconocer, compartir y respetar genuinamente lo que hay de más profundo en
nosotros.

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El fin del mundo

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Lunes, 5 de diciembre de 2016

La gente está siempre prediciendo el fin del mundo. En los círculos cristianos, esto está
generalmente unido a la especulación alrededor de la promesa de Jesús hecha en su ascensión,
a saber, que él volvería pronto, a llevar la historia a su culminación y establecería el reino eterno
de Dios.
Esto fue muy valorado entre los cristianos de la primera generación. Ellos vivían en una matriz
de intensa expectación, anhelando que Jesús retornara antes de que muchos de ellos murieran.
Sin duda, en el Evangelio de Juan, Jesús asegura a sus seguidores que algunos no probarán la
muerte hasta que hayan visto el reino de Dios. Inicialmente, fue interpretado para significar que
algunos de ellos no morirían antes del retorno de Jesús y del fin del mundo.
Y así vivieron con esta expectación, creyendo que el mundo, al menos como ellos lo entendían,
acabaría antes de sus muertes. No sorprende que condujera a toda clase de consideraciones
apocalípticas: ¿Qué signos señalarían el fin? ¿Habría alteraciones masivas en el sol y la luna?
¿Habría grandes terremotos y guerras por todo el mundo que ayudarían a precipitar el fin? Con
todo, los primeros cristianos acogieron el aviso de Jesús y creyeron que era inútil y
contraproducente especular sobre el fin del mundo y sobre los signos que lo acompañarían. Más
bien la lección era vivir en vigilancia, en constante alerta, preparados, de modo que el fin,
cuando ocurriera, no los pillara soñolientos, desprevenidos, parranderos o borrachos.
A pesar de todo, conforme los años iban pasando y Jesús no retornaba, su interpretación
empezó a evolucionar, de modo que, cuando Juan escribe su Evangelio -alrededor de setenta
años después de la muerte de Jesús- habían empezado a entender las cosas diferentemente:
Comprendieron la promesa de Jesús de que algunos de sus contemporáneos no gustarían la
muerte hasta que hubieran visto el reino de Dios en la venida del Espíritu Santo. Jesús ya había
vuelto de hecho y el mundo no había acabado. Y así, empezaron a creer que el fin del mundo no
era necesariamente inminente.
Sin embargo, eso no cambió su insistencia sobre la vigilancia, estando despiertos y preparados
para el fin. Entonces esa invitación a permanecer despiertos y vivir en vigilancia, fue relacionada
más con no saber la hora de la propia muerte. También, la invitación a vivir en vigilancia empezó
a ser entendida como clave para la invitación de Dios a entrar en la plenitud de vida ahora y no
caer adormecidos por las presiones de la vida ordinaria, afanados con el comer y beber, con
comprar y vender, con el matrimonio. Todas estas cosas ordinarias, buenas en sí mismas,
pueden hacernos caer en el sueño privándonos de estar verdaderamente atentos y agradecidos
a nuestras propias vidas.
Y ese es el desafío: Nuestra verdadera preocupación no debería ser que el mundo pudiera
acabar de improviso o que nosotros pudiéramos morir inesperadamente, sino que vivamos y
muramos dormidos, esto es, sin amar realmente, sin expresar nuestro amor y sin probar con

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coraje el verdadero gozo de vivir, porque estemos tan afanados por los negocios y
preocupaciones del día a día que no acertemos a vivir en plenitud.
De aquí que, estar alerta, despiertos y vigilantes, en sentido bíblico, no es cuestión de vivir
temiendo el fin del mundo o el fin de nuestras vidas. Más bien, es cuestión de tener el amor y la
reconciliación como nuestros principales asuntos, agradecer, apreciar, afirmar, perdonar, pedir
perdón y ser más conscientes de la comunidad humana y del seguro abrazo de Dios.
Buda previno contra algo que él llamó “relajación”. Nos relajamos físicamente cuando dejamos
que nuestra actitud decaiga y nos volvemos indolentes. Cualquier combinación de cansancio,
pereza, depresión, ansiedad, tensión, sobre dedicación o excesiva presión, pueden bajar nuestra
guardia y abonar que el cuerpo coja pereza. Pero eso puede ocurrirnos también psicológica y
moralmente. Podemos permitir que una combinación de negocios, presión, ansiedad, pereza,
depresión, tensión y fatiga venza nuestra actitud espiritual, de modo que, en términos bíblicos,
“caigamos dormidos”, dejemos de estar vigilantes, ya no estemos alerta por más tiempo.
Necesitamos estar despiertos espiritualmente, no relajados. Pero el fin del mundo no debería
importarnos, ni deberíamos preocuparnos en exceso sobre cuándo moriremos. Lo que nos
debería preocupar es en qué estado nos encontrará nuestra muerte. Como Kathleen Dowling
Singh escribe en su libro “La gracia de envejecer”: ¡Qué lástima sería entrar en el camino de la
muerte con los mismos viejos, cansados e insignificantes pensamientos y reacciones corriendo
por nuestra mente!” Pero, aun así, ¿qué hay sobre la cuestión de cuándo acabará el mundo?
Quizás, dada la infinitud de Dios, nunca acabará. Porque ¿cuándo alcanzarán su límite la
creatividad infinita y el amor? Cuando digan: “¡Basta! ¡Eso es todo! ¡Estos son los límites de
nuestra creatividad y amor!”

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El hastío. Un defecto en nosotros mismos

Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) - Lunes, 31 de octubre de 2016

En 2011, un libro de una joven escritora, Bieke Vandekerckhove, ganó el premio como Libro
Espiritual del Año en Bélgica. Titulado El sabor del silencio, el libro registra sus luchas después
de serle diagnosticada, a la edad de diecinueve años, esclerosis lateral amiotrófica (ALS),
comúnmente llamada enfermedad de Lou Gehrig, una dolencia neurológica degenerativa de la
que siempre se sigue un masivo debilitamiento del cuerpo y casi siempre acaba en la muerte.
Para la vibrante joven, diagnosis nada fácil de aceptar.
Pero, después de una profunda depresión inicial, encontró sentido en su vida a través de la
meditación, el silencio, la literatura, el arte, la poesía y, también, a través de una relación que la
condujo al matrimonio. Inesperadamente su enfermedad fue debilitándose, y ella vivió otros
veinte años. Entre los muchos aspectos que comparte con nosotros, ofrece una interesante
reflexión sobre el hastío.
Discutiendo el fenómeno generalizado del hastío actual, ella destaca una ironía, a saber, que el
aburrimiento está creciendo entre nosotros, aun cuando estamos produciendo diariamente toda
clase de artilugios para ayudar a evitarlo. Dado que llevamos en nuestras manos aparatos
tecnológicos que nos unen a todo, desde noticias diarias hasta fotos de nuestros seres queridos,
¿no deberíamos estar aislados contra el hastío?, parece que es verdad lo contrario. Todos esos
artilugios no están aliviando nuestro aburrimiento. ¿Por qué no? Aún luchamos contra el
aburrimiento porque la estimulación del mundo no contribuye necesariamente a darle sentido. El
sentido y la felicidad -sugiere ella- no consisten tanto en encontrarse con gente y exponerse a
cosas interesantes; más bien consisten en tener un interés más profundo en las personas y en
las cosas.
La palabra interés se deriva de dos palabras latinas: inter (dentro) y ese (ser), que, cuando se
combinan, significan estar dentro de algo. Las cosas nos captan cuando estamos lo
suficientemente interesados para entrar en ellas. Y nuestro interés no está vinculado en cómo
nos estimula algo, está en eso mismo, ocurre que ciertos eventos y experiencias puedan ser tan
poderosos que atraen especialmente nuestro interés. Eso es lo que explica nuestro gran interés
en los mayores acontecimientos mundiales, competiciones deportivas, celebraciones de
premios, como también nuestra insana obsesión por la vida privada de nuestras celebridades.
Ciertas personas, cosas y sucesos nos interesan naturalmente y queremos “penetrar” en esas
vidas y eventos.
Pero las mayores historias de noticias mundiales, acontecimientos deportivos, etc. Y es aquí
donde tendemos a sufrir el hastío, porque es aquí donde tendemos a no estar en la realidad de
la gente y de los acontecimientos, con los cuales estamos interactuando. Es aquí donde
frecuentemente sentimos la vida como insulsa, aburrida y rutinaria. Y, al final del día, luchamos
con el hastío, no porque nuestras familias, trabajos, compañeros, vecinos, iglesias y amigos no
sean interesantes. Estamos hastiados porque nos encontramos internamente empobrecidos,
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distraídos o auto centrados para tener verdadero interés en ellos. La experiencia no es lo que
nos sucede, es lo que hacemos con lo que nos sucede. Así se expresa Einstein.
Vandekerckhove destaca además otra ironía: “Es irónico que tendamos a luchar con el hastío y
cuando estamos en la flor de nuestras vidas, sanos y trabajando”; mientras que la gente como
ella, que ha perdido la salud y está reflejando la muerte en su rostro, encuentra con frecuencia
en las más ordinarias experiencias la alegría de la vida.
Sus puntos de vista tienen mucha semejanza con los de Rainer María Rilke en su libro Cartas a
un poeta joven. Como Vanderkerckhove, él también sugiere que el hastío resulta un defecto por
nuestra parte, una mirada desinteresada. En su correspondencia con un joven poeta, hace suya
la queja del joven de que él, el joven, no estuvo suficientemente expuesto a la clase de
experiencias que generan poesía, porque vivió en una pequeña ciudad donde nunca sucedía
nada interesante. Continuó confesando que él envidiaba a Rilke, que viajó a lo largo de Europa y
se encontró con toda clase de gente interesante.
La contestación a este joven ha sido una clásica respuesta a la cuestión del hastío: “Si tu vida
diaria parece pobre, no le eches la culpa; cúlpate a ti mismo, reconoce que no eres lo bastante
poeta como para hacer que salgan sus riquezas; pues para el creador no hay pobreza, ni un
pobre lugar indiferente”. Encontrar interesante la vida, no depende de dónde estás tú, ni con
quién te encuentras, sino más bien de tu capacidad para ver profundamente dentro de las cosas.
La vida en todas partes es lo suficientemente rica para ser interesante; pero nosotros, por
nuestra parte, debemos estar atentos y vigilantes.

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El martirio de la autoexpresión inadecuada

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 12 de diciembre de 2016

El arte también tiene sus mártires, y quizá nuestro mayor dolor es el de la autoexpresión
inadecuada. Esta es una opinión de Iris Murdoch, y creo que la mayoría la considera correcta.
En cada uno de nosotros hay una gran sinfonía, una gran novela, una gran danza, un gran
poema, una gran pintura, un gran libro de sabiduría, una profundidad que nunca podemos
expresar adecuadamente. Al margen de nuestro ingenio o talento, en realidad nunca podremos
escribir ese libro, realizar esa danza, crear esa música o pintar ese cuadro. Lo intentamos, pero
lo que expresamos, aun en nuestros mejores momentos, es una débil sombra de lo que hay
realmente en nuestro interior. Y así, sufrimos -en palabras de Murdoch- un martirio de
autoexpresión inadecuada. ¿En qué se basa esto? ¿Por qué esta inadecuación?
En su raíz, no es una lucha entre lo que hay de ruin o deficiente en nosotros: orgullo,
concupiscencia, arrogancia o ignorancia. No es la ignorancia, la arrogancia o el diablo lo que
crea esta lucha. Al contrario, luchamos con esta tensión porque llevamos la divinidad dentro.
Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Esto es fundamental para nuestra
autocomprensión cristiana. Pero debe ser bien entendido. Nos perjudicamos cuando lo
entendemos de un modo súper piadoso, esto es, cuando lo imaginamos como un icono santo de
Dios estampado en nuestras almas al que necesitamos honrar viviendo una vida casta y moral.
Esto es verdadero, pero hay más en juego aquí, en especial lo referido a nuestra
autocomprensión.
Con lo que siempre estamos tratando es con una inmensa grandiosidad dentro de nosotros. Hay
una energía divina que, precisamente porque es divina, nunca hace fácil la paz con el mundo.
Llevamos dentro energías divinas, apetitos divinos y profundidad divina. La tarea espiritual de
nuestras vidas es, en esencia, la de ordenar esas energías, disciplinarlas, encauzarlas y
dirigirlas, de modo que sean generativas, más que destructivas. Y esto nunca es una tarea
simple. Además, nuestra lucha por dirigir estas energías divinas dispara una sucesión de otras
pugnas.
Al llevar energía divina en nuestro modo de ser, deberíamos contar, a este lado de la eternidad,
con estar atentos en especial a cuatro aspectos. Primero, siempre lucharemos, a cierto nivel,
para mantener un equilibrio entre las presiones que empujan hacia la creatividad y otras voces
que nos dicen que mantengamos un firme control sobre nuestra salud mental. Lo observamos en
las vidas de muchos artistas, en su lucha con la normalidad, para conservar sus pies
sólidamente en lo que es ordinario y doméstico porque su necesidad de creatividad es también
un impulso hacia el oscuro y rico caos que descansa en el interior. También somos atraídos
hacia el rico caos que hay dentro, aun cuando tenemos miedo de lo que podría hacer a nuestra
salud mental.

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Segundo, lucharemos permanentemente con una estimulada grandiosidad. Los fuegos divinos
que hay dentro, como todos los fuegos, fácilmente arden fuera de control. En un mundo donde
todo nos es mostrado en una pantalla y donde los éxitos, la belleza, las hazañas y los talentos
de otros están siempre a la vista, nos hallamos muy estimulados en nuestra grandiosidad. Esto
se siente en la inquietud, en nuestra sensación de ser excluidos de la vida, en los celos, en
nuestro enfado por no ser reconocidos por los talentos y singularidad, y en nuestra constante
insatisfacción con nuestras vidas.
Tercero, porque hay una innata conexión entre la energía creativa y la sexualidad, lucharemos
con la sexualidad. El álgebra es clara: la creatividad está íntimamente unida a la generatividad, y
la generatividad está vinculada con la sexualidad. No es casualidad que los grandes artistas
luchen frecuentemente con el sexo, lo que no les supone una excusa para la irresponsabilidad,
pero ayuda a explicar su motivación. En agudo contraste, muchas personas religiosas están en
contradicción con esta conexión. Eso sólo sirve para dirigir la lucha clandestinamente y hacerla
más peligrosa.
Finalmente, todos luchamos para encontrar ese equilibrio entre la inflación y la depresión.
Estamos o demasiado llenos de nosotros mismos o demasiado vacíos de Dios, esto es, o
identificándonos con las energías divinas que hay en nosotros y volviéndonos pomposos o, por
falsa humildad, supersensibilidad y agravio, no dejando que la energía divina fluya a través
nuestro y consecuentemente viviendo en depresión porque hemos atrofiado nuestra creatividad.
James Hillman sugiere que un síntoma sufre mucho cuando no sabe dónde pertenece, y así, es
importante que nosotros tratemos de dar nombre a todo esto. La energía divina que vive en los
seres humanos falibles, es una fórmula para la tensión, inquietud y para el martirio; pero se
entiende que es una tensión creativa, un misterio para ser vivido, no un misterio para ser
resuelto. La denominación apropiada, no quita el dolor ni la frustración, pero al menos nos
proporciona un noble y poético dosel bajo el que vivir.

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El poder de la oración y del ritual en nuestra impotencia

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 11 de abril de 2016

En la película basada en la novela de Jane Austen Sentido y sensibilidad, hay una escena muy
conmovedora donde una de sus jóvenes heroínas, que sufría de neumonía aguda, yace en cama
debatiéndose entre la vida y la muerte. Un joven, muy enamorado de ella, está paseando,
altamente agitado, frustrado por su incapacidad de hacer algo útil y muy sobresaltado. Incapaz
de contener su agitación por más tiempo, se acerca a la madre de la chica y le pregunta en qué
podría ayudar. Ella responde que no hay nada que pueda hacer, la situación les desborda.
Incapaz de vivir con esa respuesta, le dice a ella: “Encárgame alguna tarea que hacer o me
volveré loco”.
Todos hemos tenido este sentimiento cuando, ante una situación extrema, necesitamos hacer
algo, pero no hay nada con que podamos ayudar, ninguna varita mágica que podamos agitar
para mejorar las cosas. Hay algo que podemos hacer.
Recuerdo un suceso de mi propia vida: estaba enseñando en una escuela de verano en Bélgica
cuando, a última hora de la noche, cuando estaba a punto de acostarme, recibí un email que me
comunicaba que dos amigos míos, que estaban punto de casarse, se habían visto envueltos en
un fatal accidente de coche. Él murió instantáneamente y ella estaba grave en el hospital. Yo
estaba en una habitación de universidad, a miles de millas de alguien con quien pudiera
compartir este dolor. Solo, agitado, lleno de pánico y necesitando hacer algo, pero incapaz de
hacerlo. Me hinqué literalmente de rodillas. Tomé el libro de oración que contiene el Oficio de la
Iglesia y recé la oración de Vísperas por los difuntos. Cuando hube concluido, mi dolor había
desaparecido, estando muerto mi amigo; y mi pánico se había apaciguado, mientras seguía con
la necesidad de hacer algo (cuando no había nada que pudiera hacer).
Aquella noche, mi oración me dio la sensación de que el joven que había muerto estaba bien, a
salvo en un lugar más allá de nosotros, y eso también me liberó de la agitación y el pánico.
Había hecho la única cosa que podía hacer, lo que se ha hecho ante la impotencia y muerte
desde el comienzo de los tiempos; me había entregado a la oración, a los rituales y a la fe de la
comunidad.
Son éstos, la oración y el ritual, los que tenemos a nuestra disposición en esos momentos
cuando, como aquel joven en Sentido y sensibilidad, necesitamos hacer algo o nos volveremos
locos. Eso no sólo es válido para tiempos difíciles y dolorosos, cuando los seres queridos están
enfermos o agonizantes o muertos en accidentes, y necesitamos hacer algo. El ritual también
nos ayuda a celebrar con propiedad los momentos felices.
¿Qué deberíamos hacer cuando nuestros hijos se casan? Entre otras cosas, necesitamos
celebrar el ritual del matrimonio, porque nadie puede hacer por nosotros lo que el ritual de la
boda -especialmente el ritual eclesiástico- hace. Las bodas, al igual que los funerales, son un
primer ejemplo de dónde necesitamos el ritual para manifestar lo que no podemos hacer por
nosotros mismos.
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Hoy, vivimos una cultura que, en su mayoría, es ritualmente dura de oído. No entendemos el
ritual y, por lo tanto, la mayoría no sabe qué hacer cuando necesitamos algo, pero no sabemos
qué. Eso es un fallo, una dolorosa pobreza, en nuestro conocimiento.
Los monjes trapenses martirizados en Argelia en 1996 fueron primero visitados por los
extremistas islámicos que más tarde los secuestrarían y matarían, la víspera de Navidad,
exactamente mientras estaban preparándose para celebrar la misa de Nochebuena. Después de
algunas amenazas iniciales, los que serían sus asesinos se marcharon. Los monjes quedaron
profundamente estremecidos. Se juntaron en grupo durante un rato para asimilar lo que había
sucedido.
No sabiendo qué más hacer ante esa amenaza y su temor, cantaron la misa de Navidad. En
palabras de su abad: “Era lo que teníamos que hacer. ¡Era todo lo que podíamos hacer! Era lo
correcto”. Compartió también, como hicieron otros monjes (en sus diarios), que encontraron esto
-la celebración del ritual de la misa a pesar de su miedo y pánico- como algo que les calmó y
devolvió entereza y regularidad a sus vidas.
Hay una lección que aprender aquí, lección que puede traer entereza y calma a nuestras vidas
en los momentos en que necesitamos hacer algo, pero no hay nada que hacer.
El ritual, es lo que tenemos que hacer. ¡Es todo lo que podemos hacer! Es lo correcto.

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El poder del miedo

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 21 de marzo de 2016

El miedo es el latido del impotente. Así escribe Cor de Jonghe. Nosotros podemos lidiar con casi
todo, excepto con el miedo.
La escritora espiritual belga Bieke Vandekerckhove, en un excelente libro, El sabor del silencio,
trató sobre los demonios que la acosaron mientras afrontaba una enfermedad terminal a la edad
de diecinueve años. Eligió tres demonios que la atormentaron mientras se enfrentaba a la
probabilidad de la muerte, tristeza, ira y miedo, e indicó que podemos luchar más fácilmente con
los dos primeros, la tristeza y la ira, de lo que podemos lidiar con el miedo. Aquí está su
pensamiento:
La tristeza puede ser suavizada por medio de las lágrimas, o la pena. La tristeza nos llena como
un vaso de agua, pero un vaso puede ser vaciado. Las lágrimas pueden disipar la tristeza de su
mordisco. Sin duda, nosotros hemos experimentado la liberación, la catarsis que puede venir por
medio de las lágrimas. Las lágrimas ablandan el corazón y quitan el amargor de la tristeza, aun
cuando permanezca su peso. La tristeza, sin importar lo pesada que sea, tiene una válvula de
escape. La ira también. La ira puede ser expresada, y su expresión ayuda a relajarla, de modo
que salga de nosotros. De esto, sin duda, hemos tenido experiencia. La precaución, por
supuesto, es que, expresando ira y dándole espacio, necesitamos tener cuidado de no herir a
otros, que es el peligro de siempre cuando tratamos con ella. Con la ira, tenemos muchos
escapes: podemos gritar con rabia, golpear una bolsa, decir palabrotas, hacer ejercicio físico
hasta quedarnos exhaustos, aplastar algún mueble, y bramar por incontables cosas. Esto no es
necesariamente racional, y no necesariamente moral, pero ofrece algún desahogo. Tenemos
medios para luchar con la ira.
El miedo, por su parte, no tiene tales válvulas de escape. Las más de las veces, no hay nada
que podamos hacer para aligerarlo o desprendernos de él. El miedo nos paraliza, y esta parálisis
es la que nos roba la fuerza que necesitaríamos para combatirlo. Podemos percutir un tambor,
gritar o llorar, pero el miedo permanece. Además, a diferencia de la ira, el miedo no puede ser
descargado en ningún otro, aun cuando lo intentemos, como víctima inocente. Pero, al fin, esto
no funciona. El objeto de nuestro miedo no se va simplemente porque queramos. El miedo sólo
puede ser sufrido. Tenemos que vivir con él hasta que se aleje por sí mismo. A veces, como el
Libro de las Lamentaciones señala, todo lo que podemos hacer es poner nuestra boca en el
polvo y esperar. Con el miedo, en ocasiones todo lo que podemos hacer es sobrellevarlo con
paciencia.
¿Qué lección hay en esto?
En sus memorias, la poetisa rusa Anna Akhmatova relata un encuentro con otra mujer, mientras
las dos esperaban fuera de una prisión rusa. Sus respectivos esposos habían sido encarcelados
por Stalin, y ambas estaban allí para llevar cartas y paquetes, de igual manera como otras. Pero
la escena venía a ser como sacada de la literatura existencial del absurdo. La situación era
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grotesca. Primero, las mujeres no sabían si sus esposos aún estaban vivos y también
desconocían si los guardas darían alguna vez a sus esposos las cartas y paquetes que dejaban.
Además, los guardas, sin ninguna razón, las hacían esperar durante horas en la nieve y el frío
antes de recoger sus cartas y paquetes, y a veces ni siquiera las recibían. No obstante, cada
semana, a pesar de lo absurdo de esto, volvían, esperaban en la nieve, aceptaban esta
injusticia, hacían vigilia y trataban de llevar los elementos a sus esposos presos. Una mañana,
mientras aguardaban, aparentemente sin ninguna finalidad, una de las mujeres reconoció a
Akhmatova y le dijo: “Eh, tú eres una poetisa. ¿Puedes decirme qué está pasando aquí?”
Akhmatova miró a la mujer y respondió: “Sí, puedo”. Y entonces se cruzó algo parecido a una
sonrisa entre ellas.
¿Por qué la sonrisa? Simplemente, para poder dar el nombre a algo, sin importar qué absurdo o
injusto es, sin importar la incapacidad de cambiarlo, para estar algo libre de ello, más aún,
trascendente de alguna manera. Llamar a algo correctamente es librarnos, en cierto modo, de su
dominación. Por eso los regímenes totalitarios temen a los artistas, escritores, críticos religiosos,
periodistas y profetas. Dan nombre a las cosas. Esa es finalmente la función de la profecía. Los
profetas no predicen el futuro, nombran correctamente el presente. A Richard Rohr le gusta
decir: No todo puede ser fijado o curado, pero todo debería ser llamado correctamente. James
Hillman tiene su propio modo de pensar esto. Sugiere que un síntoma sufre al límite cuando no
sabe dónde pertenece.
Esto puede resultar útil tratando del miedo en nuestras vidas. El miedo puede volvernos
impotentes. Pero, llamarlo correctamente, reconocer dónde pertenece ese síntoma y qué
impotentes nos deja, puede ayudarnos a vivir con él, sin tristeza ni ira.

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El triunfo de la bondad

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 4 de abril de 2016

La piedra que rodó de la tumba de Jesús continúa rodando de todo tipo de tumbas. La bondad
no puede ser retenida, capturada, ni expuesta a la muerte. Se evade de sus perseguidores,
esquiva la captura, se escapa, se mantiene escondida, incluso puede abandonar las iglesias,
pero se levanta siempre, una y otra vez, por todo el mundo. Tal es el significado de la
resurrección.
La bondad no puede ser capturada ni eliminada. Lo vemos ya en la vida terrena de Jesús. Hay
varios pasajes en los Evangelios que dan la impresión de que Jesús era, en cierto modo,
altamente evasivo y difícil de capturar. Parece que hasta que Jesús permite su propia captura,
nadie puede echarle mano. Vemos esto “en escena” varias veces: Al comienzo de su ministerio,
cuando sus paisanos quedan molestos con su mensaje y lo llevan hasta el precipicio de un
monte con la intención de despeñarlo, se nos dice que “se abrió paso entre la multitud y se
alejaba”. Más tarde, cuando las autoridades tratan de arrestarlo, simplemente “se escabulló”. Y,
en otro incidente, cuando está en el área del templo y tratan de arrestarlo, el texto dice que
abandonó el templo y “nadie le echó mano porque aún no había llegado su hora”. ¿Por qué esa
incapacidad para detenerlo? ¿Era Jesús tan físicamente hábil y evasivo que nadie podía
arrestarlo?
Las historias de sus escapadas son altamente simbólicas. La lección no es que Jesús fuera
físicamente hábil y evasivo, sino más bien que la palabra de Dios, la gracia de Dios, la bondad
de Dios y el poder de Dios nunca pueden ser capturados, detenidos ni finalmente ejecutados.
Son expertos. Nunca pueden ser detenidos, nunca pueden ser eliminados, e incluso, cuando
aparentemente son eliminados, la piedra que los sepulta vuelve a rodar y los suelta. La bondad
persiste en resucitar.
Y es esto -la constante resurrección y bondad, no la del vicio y el mal- lo que explica la profunda
verdad sobre nuestro mundo y nuestras vidas. El escritor judío-húngaro Imre Kertesz, que ganó
el Premio Nobel de literatura en 2002, da un agudo testimonio de esto. De joven, había estado
en un campo de muerte nazi, pero lo que más recordaba, pasada esta experiencia, no era la
injusticia, crueldad y muerte que vio allí, sino más bien algunos actos de bondad, benevolencia y
altruismo de los que fue testigo entre aquella depravación. Pasada la guerra, todo aquello lo dejó
con ganas de leer las vidas de santos, más bien que las biografías de guerra. La aparición de la
bondad le fascinaba. En su opinión, el mal es explicable, pero ¿la bondad? ¿Quién puede dar
explicación de ella? ¿Cuál es su fuente? ¿Por qué irrumpe una y otra vez sobre toda la tierra y
en toda situación?
Irrumpe en todas partes, porque la bondad y el poder de Dios subyacen en el origen de todo ser
y vida. Esto es lo que se revela en la resurrección de Jesús. Lo que la resurrección de Jesús
revela es que la base de todo lo que existe, de todo ser y vida, es gracioso, bueno y amoroso.
Además, revela también que la gracia, la bondad y el amor son el último poder que hay dentro
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de la realidad. Éstos tendrán la palabra final y nunca serán capturados, descarrilados, eliminados
ni finalmente ignorados. Se abrirán camino incesantemente, por siempre. A fin de cuentas,
también, como Imre Kertesz sugiere, son más fascinantes que el mal.
Y así, estamos en manos salvadoras. Por muy malas que sean las noticias en un día, por muy
amenazadas que sean nuestras vidas, por muy intimidatoria que sea la vecindad o la pelea
global, por más injusta y cruel que sea una situación, y por más omnipotentes que sean la ira y el
odio, el amor y la bondad aparecerán y finalmente triunfarán.
Jesús enseñó que el origen de toda vida y de todo ser es benigno y amoroso. Prometió también
que nuestro fin será benigno y amoroso. En la resurrección de Jesús, Dios mostró que el mismo
Dios tiene el poder de llevar a cabo esa promesa. ¡La bondad y el amor triunfarán! El final de
nuestra historia, el del mundo y el de nuestras vidas individuales, está ya escrito, ¡y es un final
feliz! Estamos salvados. La bondad está garantizada. La benevolencia nos encontrará. Sólo
necesitamos vivir ante esa maravillosa verdad.
No pudieron arrestar a Jesús, hasta que él mismo lo permitió. Su cuerpo lo colocaron en una
tumba y la sellaron con una piedra, pero la piedra rodó. Sus discípulos lo abandonaron en las
pruebas, pero al fin volvieron más comprometidos que nunca. Persiguieron y mataron a sus
primeros discípulos, pero eso sólo sirvió para extender su mensaje. Las iglesias han sido a
veces infieles, pero Dios se escapó de esos recintos del templo. Dios ha sido declarado muerto
incontables veces, pero, aun así, un millón de millones celebró la Pascua.
La bondad no puede ser eliminada. ¡Creedlo!

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Encarnación – Dios está con nosotros

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 26 de diciembre de 2016

A muchos de nosotros -sospecho yo- cada año nos resulta más difícil captar el espíritu de la
Navidad. Casi las únicas cosas que aún la caldean, son los corazones y los recuerdos,
recuerdos de cuando éramos más jóvenes, más ingenuos, días en que las luces y los villancicos,
los árboles de Navidad y los regalos, aún nos animaban. Ahora somos adultos, y así es nuestro
mundo. Anticipando la Navidad, nuestro gozo es atenuado por muchas cosas, no menos por el
mercantilismo que se manifiesta en exceso. Para finales de octubre ya vemos decoraciones
navideñas, Papá Noel está en noviembre, y diciembre nos saluda con invitaciones navideñas
que nos agotan mucho antes del día 25. Así, ¿cómo podemos recobrar algo del espíritu para el
día de Navidad?
No es fácil, el mundo comercial y el exceso no son nuestros únicos obstáculos. Más serios son
los tiempos. ¿Podemos, en medio de las crueldades de este año, caldear un tiempo de oropel y
alborozo? ¿Podemos seguir edulcorando el camino de una pareja pobre que buscaba cobijo
hace dos mil años, en medio del trance por el que pasan hoy millones de refugiados que están
viajando sin tener ni un establo como refugio? ¿Significa algo hablar de paz después de que este
año varias elecciones polarizaran nuestras naciones y dejaran a millones sin poder hablar
civilizadamente a sus vecinos? ¿Dónde están ahora la paz y la buena voluntad en nuestro
mundo?
En nuestra casa, se dan las propias tragedias personales: la muerte de seres queridos,
matrimonios rotos, familias deshechas, salud quebrada, empleos perdidos, tiempo gastado,
cansancio, frustración. ¿Cómo celebramos el nacimiento de un redentor en un mundo que
parece espantosamente irredento y con corazones que se sienten en parte pesados y fatigados?
La historia de Navidad no es fácilmente creíble. ¿Cómo mantenemos la creencia de que Dios
bajó del cielo, tomó nuestra carne humana, conquistó el sufrimiento y alteró el curso de la
historia humana?
Esto no es fácil de creer en medio de la evidencia que parece contradecirlo, pero su credibilidad
está supeditada a que se entienda bien. La Navidad no es un acontecimiento mágico, una
historia de Cinderella sin medianoche. Más bien su centro habla de humillación, dolor y huida
forzada, que no es diferente de la que hoy están experimentando millones de refugiados y
víctimas de la injusticia en nuestro planeta. La historia de Navidad refleja la lucha que se está
experimentando en nuestro mundo y en los corazones cansados.
La Encarnación no es aún la Resurrección. La carne en Jesús, como en nosotros, es humana,
vulnerable, débil, incompleta, indigente, dolorosamente limitada, sufriente. La Navidad celebra el
nacimiento de Cristo en estas cosas, no la ausencia de ellas. Cristo redime el límite, el mal, el
pecado y el dolor. Pero no son abolidos. Con esa verdad, podemos celebrar el nacimiento de

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Cristo sin negar, ni trivializar de ningún modo, el verdadero mal del mundo, ni el verdadero dolor
de nuestras vidas. La Navidad es un desafío para celebrar aun estando en el dolor.
El Dios encarnado es llamado Emmanuel, nombre que significa Dios-con-nosotros. Ese hecho
no significa gozo festivo inmediato. Nuestro mundo queda herido, y las guerras, el egoísmo y la
amargura permanecen. Nuestros corazones también continúan heridos. El dolor permanece.
Para un cristiano, como para cualquier otro, habrá incomprensión, enfermedad, muerte, daño sin
sentido, sueños rotos, días fríos, con hambre y soledad, de amargura y una vida de
incomunicación. La realidad puede ser desagradable y la Navidad no nos pide disimularla. La
encarnación no nos promete el cielo en la tierra. Promete el cielo en el cielo. Aquí, en la tierra,
nos promete algo más: la presencia de Dios en nuestras vidas. Esta presencia redime, porque
conocer que Dios está con nosotros es lo que nos capacita para abandonar la amargura, para
perdonar y para movernos más allá del cinismo. Cuando Dios está con nosotros, el dolor y la
felicidad no se excluyen mutuamente, y las agonías y enigmas de la vida no excluyen el hondo
significado del gozo profundo.
En palabras de Avery Dulles: “La encarnación no nos proporciona una escalera por la que
escapar de las ambigüedades de la vida y escalar las alturas del cielo. Más bien, nos habilita
para excavar profundamente en el corazón del planeta tierra y encontrarlo brillando con
dignidad”. George Orwell profetizó que nuestro mundo al fin sería tomado por la tiranía, la
tortura, el doble pensar y un espíritu humano roto. Hasta un punto, esto es cierto. Estamos lejos
de ser íntegros y felices, aun viviendo profundamente en el exilio.
Sin embargo, necesitamos celebrar la Navidad de corazón. Tal vez no sintamos la misma
animación que de niños, estimulados por los oropeles, las luces, los villancicos, los regalos
singulares y la comida especial. Algo de esa animación ya no está a nuestra disposición. Pero
algo más importante sí que queda, a saber, el sentimiento de que Dios está con nosotros en
nuestras vidas, en nuestros gozos, como también en nuestras deficiencias. La palabra se hizo
carne. Eso es algo increíble, algo que debería ser celebrado con oropeles, luces, y canciones
jubilosas. Si entendemos la Navidad, los villancicos aún aflorarán con naturalidad de nuestros
labios.

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Fe y miedo

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Lunes, 30 de mayo de 2016

Un soldado corriente no tiene miedo a la muerte, y en cambio Jesús sí que lo tuvo. Iris Murdoch
escribió esto, y esa verdad puede ser desconcertante. ¿Por qué? Si alguien muere con profunda
fe, ¿no debería morir con cierta calma y tener la confianza del premio de esa fe? ¿No parecería
lo contrario más lógico, esto es, si alguien muere sin fe, no debería morir con más miedo? Y
quizás lo más desconcertante: ¿Por qué Jesús, paradigma de fe, murió con miedo, gritando de
dolor, lo que puede parecer una pérdida de fe?
El problema radica en nuestra comprensión. A veces podemos ser muy ingenuos en cuestión de
fe y sus dinámicas, pensando que la fe en Dios es un billete para la paz y el gozo terrenos. Pero
la fe no es un camino a la tranquilidad, ni nos asegura que acabaremos esta vida en calma, y
eso puede ser bastante inquietante y confuso. He aquí un ejemplo:
El renombrado escritor espiritual Henri Nouwen, en un libro titulado In memoriam, nos cuenta
esta historia acerca de la muerte de su madre: Nouwen, natural de los Países Bajos, estaba
enseñando en USA cuando recibió la llamada de que su madre estaba muriendo. De vuelta a los
Países Bajos. En su vuelo de New York a Ámsterdam, Henri reflexionó sobre la fe y la virtud de
su madre, y concluyó que era la mujer más cristiana que había conocido nunca. Con eso como
pensamiento consolador, se imaginó cómo moriría ella, cómo sus últimas horas estarían llenas
de fe y paz, y cómo esa fe y calma serían para su familia un testimonio final y lleno de fe.
Pero ese no fue el modo como acabó su vida. Lejos de estar calmada y confiada, su madre, en
las horas finales antes de su muerte, estuvo en lucha en medio de una inexplicable oscuridad,
con profunda inquietud interior y con algo que parecía la antítesis de la fe. Para Nouwen fue muy
desconcertante. ¿Por qué? ¿Por qué estaría su madre sufriendo esta inquietud cuando había
sido durante toda su vida una mujer de fe tan recia?
En un principio, esto le turbó mucho, hasta que una comprensión más plena de la fe le abrió
camino: su madre había sido una mujer que, cada día de su vida adulta, había rezado a Jesús,
pidiéndole que le permitiera vivir como él vivió y morir como él murió. Su oración fue oída. Ella
murió como Jesús, el cual, aun teniendo una fe sólida como roca, sudó sangre mientras
contemplaba su propia muerte y luego clamó desde la cruz, angustiado por el sentimiento de que
Dios le había abandonado. En resumen, su oración había sido respondida. Ella había pedido a
Jesús que le permitiera morir como él, y, dada su disposición, su oración fue atendida, para
confusión de su familia y amigos, que habían esperado una escena muy diferente. Eso es válido
también para el modo como se produjo la muerte de Jesús y la reacción de su familia y
discípulos. Esta no es la manera como uno se imagina la muerte de una persona llena de fe.
Observando la muerte de la madre de Henri Nouwen, la pregunta no es ¿cómo le pudo pasar
esto? La pregunta es más bien: ¿Por qué no le iba a pasar esto? Es lo que ella pidió, y, siendo

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una atleta espiritual que pidió a Dios que le enviara la última prueba, ¿por qué Dios no le iba a
hacer ese favor?
Hay un cierto paralelo en las aparentes dudas sufridas por la Madre Teresa. Cuando sus diarios
fueron publicados y revelaron su noche oscura del alma, mucha gente quedó impactada y
preguntó: ¿Cómo pudo pasarle esto? ¿Por qué no iba a pasarle esto, dada su fe y su disposición
a entrar en la total experiencia de Jesús?
Esto todavía tiene una ulterior complicación: A veces, para la persona de profunda fe eso no
sucede de esta manera, y muere calmada y sin miedo, mantenida a flote por la fe como un
buque de salvamento en aguas tormentosas. ¿Por qué sucede esto a algunos y no a otros? No
tenemos respuesta. La fe no nos pone a todos en la misma condición y exigencia. A veces,
gente con profunda fe muere, como Jesús, en oscuridad y miedo; y a veces, gente con profunda
fe muere en calma y paz.
Elizabeth Kübler-Ross refiere que cada uno de nosotros atraviesa cinco etapas mientras muere,
a saber, denegación, ira, convenio, depresión y aceptación. Kathleen Dowling Singh sugiere que
lo que Kübler-Ross define como aceptación necesita un matiz nuevo. Según Singh, la parte más
resistente de esa aceptación es la rendición total, y antes de esa rendición, algunas personas,
aunque no todas, arrostrarán una profunda oscuridad interior que, puede parecer desesperación.
Sólo después de eso, experimentan gozo y éxtasis.
Todos necesitamos aprender la lección que Nouwen aprendió junto al lecho de muerte de su
madre: La fe, como el amor, admite varias modalidades y no puede ser juzgada con simplismo
desde el exterior.

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Inclinar y levantar nuestras cabezas

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 25 de enero de 2016

Al final de cada liturgia católica romana, se invita al pueblo a recibir una bendición. Esa invitación
es expresada con estas palabras: Inclinad vuestras cabezas e implorad la bendición de Dios. La
idea tras eso, obviamente, es que una bendición sólo puede ser recibida verdaderamente en
reverencia, en humildad, con la cabeza inclinada, y con el orgullo y la arrogancia subyugados y
silenciosos.
Una cabeza inclinada es un signo de humildad, y se entiende, casi universalmente, como
nuestra postura espiritual. Los escritores espirituales raramente han cuestionado o sentido la
necesidad de matizar la noción de que la salud espiritual da a entender una cabeza inclinada
humildemente. Pero, en la práctica, ¿es eso tan sencillo?
Sabemos que hay mucha sabiduría en eso. Una cabeza inclinada reverentemente es un signo
de humildad. Por otra parte, el orgullo encabeza la lista de pecados mortales. El orgullo humano
es congénito, profundo e imposible de erradicar. Puede ser redimido y puede ser aplastado, pero
permanece siempre en nosotros. No hay salud sin orgullo, pero el orgullo puede también
descarrilar la salud. Hay algo en nuestra naturaleza humana, inherente a nuestra verdadera
individualidad y libertad, a lo que no le gusta “doblar la rodilla” ante lo que es más elevado.
Guardamos nuestro orgullo fieramente, y no es casualidad que la imagen arquetípica de
resistencia a Dios se exprese en la inflexible y orgullosa declaración de Lucifer: ¡No serviré!
Por otra parte, no nos gusta admitir debilidad, limitación, dependencia e interdependencia. Así,
todos nosotros tenemos que crecer y madurar en un lugar donde no seamos lo suficientemente
ingenuos y arrogantes como para creer que no necesitamos la bendición de Dios. Cualquier
espiritualidad se afirma sobre la humildad. La madurez, humana y espiritual, se muestra mejor
en alguien al que vemos orando de rodillas.
Pero, aun cuando el orgullo puede ser malo, a veces él y la arrogancia no son el problema. Más
bien nuestra lucha es con un espíritu herido y roto que no sabe cómo levantarse. Una cosa es
ser joven, sano, fuerte, arrogante e inconsciente de lo frágiles y caducos que somos (y ese
espejismo puede sobrevivir y permanecer hasta una edad bien avanzada); y otra cosa diferente
es tener el corazón roto, el espíritu machacado y el orgullo apartado. Cuando pasa eso -y nos
sucede a todos si somos medio sensibles y vivimos bastantes años- el orgullo herido hace cosas
muy negativas en nosotros, nos deja tullidos, de modo que ya no podemos mover nuestras
rodillas, ponernos de pie, levantar las cabezas y recibir amor y bendición.
Mientras crecía de niño en una casa de campo, recuerdo haber visto “domar un caballo”. Los
hombres agarraban a un potro joven que, hasta entonces se había movido libremente y, por
medio de un proceso brutal, le forzaban a someterse al ramal, a la silla de montar y al dominio
humano. Cuando el proceso acababa, el potro era ya dócil al poder humano. Pero el proceso de
domar la libertad y el espíritu del animal estaba lejos de ser suave, y producía un resultado
mixto. El caballo ya era dócil, pero parte de su espíritu estaba roto.
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Esto es una imagen apta para el viaje, tanto humano como espiritual. La vida, con maneras que
distan de ser suaves, rompe nuestro espíritu, para bien y para mal, y acabamos sumisos, pero
también heridos e incapaces (metafóricamente) de levantarnos. La humildad forzada tiene un
doble efecto: Por una parte, doblamos la rodilla más naturalmente ante lo que es superior; pero,
por otra, a causa del dolor de la desigualdad, como es tan frecuente con el dolor, nos fijamos
más en nosotros mismos que en otros, y acabamos perjudicándonos. Golpeados y frágiles,
somos incapaces de dar y recibir convenientemente, y estamos titubeantes y reticentes
compartiendo la bondad y profundidad de nuestras personas.
La espiritualidad y la religión, en general, han sido demasiado unilaterales en esto. Han estado
vigilantes sobre el orgullo y la arrogancia (sabiendo que estos son verdaderos y eternos pecados
mortales). Pero la espiritualidad y la religión han sido demasiado lentas para levantar a los
caídos. Conocemos el dicho de que “la tarea de la espiritualidad es afligir a los confortados y
confortar a los afligidos”. Históricamente, la religión y la espiritualidad, aun cuando no siempre
han tenido mucho éxito con aquéllos, han sido demasiado negligentes con éstos (los afligidos).
Orgullo y arrogancia son lo peor de todos los vicios. Sin embargo, el orgullo herido y un espíritu
quebrantado, pueden descarrilarnos igualmente.
Así, quizás, cuando la iglesia bendice a la asamblea al final de una liturgia, en vez de
decir Inclinad vuestras cabezas e implorad la bendición de Dios, podría decir: Aquéllos de
vosotros que piensen que no necesitan esta bendición: Por favor, inclinad vuestras cabezas e
implorad la bendición de Dios. Mientras aquellos de vosotros que se sientan derrotados,
quebrantados e indignos de esta bendición: Levantad vuestras cabezas para recibir un amor y
regalo cuya esperanza de volver a recibir habéis perdido durante tanto tiempo.

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La bondad ordinaria y nuestro itinerario espiritual

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Lunes, 6 de junio de 2016

El escritor de espiritualidad Tom Stella, cuenta una historia de tres monjes en oración en la
capilla de su monasterio. El primer monje se imagina a sí mismo siendo llevado al cielo por los
ángeles. El segundo monje se imagina a sí mismo ya en el cielo, cantando las alabanzas de Dios
con los ángeles y santos. El tercer monje no puede concentrarse en pensamientos santos, sino
sólo puede pensar en la gran hamburguesa que se ha comido justo antes de ir a la capilla. Esa
noche, cuando el diablo estaba anotando su resumen del día, escribió: “Hoy traté de tentar a tres
monjes, pero sólo tuve éxito con dos de ellos”.
En esta historia hay más profundidad de la que salta a la vista. Ojalá, hace años, hubiera
comprendido cómo los ángeles y las grandes hamburguesas juegan un papel en nuestro
itinerario espiritual. Ya ves, durante demasiados años, identifiqué búsqueda espiritual con
explícitos pensamientos religiosos, oraciones y acciones. Si estaba en la iglesia, era espiritual;
mientras que, si estaba gozando de una buena comida con los amigos, era meramente humano.
Si estaba rezando y podía concentrar mis pensamientos y sentimientos en algo santo o
inspirador, sentía que estaba rezando y era, durante ese tiempo, espiritual y religioso; mientras
que, si estaba distraído, fatigado y demasiado somnoliento para concentrarme, sentía que había
rezado pobremente. Cuando estaba viviendo cosas religiosas o tomando decisiones morales
más obvias, me sentía religioso, y todo lo demás era, a mi juicio, mero humanismo.
Aun cuando no era particularmente maniqueo ni negativo acerca de las cosas de este mundo,
sin embargo, las cosas buenas de la creación (la vida, de la familia y la amistad, del cuerpo
humano, de la sexualidad, de la comida y bebida) nunca fueron entendidas como espirituales,
como religiosas. En mi mente, había una distinción bastante clara entre cielo y tierra, lo santo y
lo profano, lo divino y lo humano, lo espiritual y lo terreno. Esto era especialmente cierto para los
aspectos más terrenos de la vida, a saber, la comida, la bebida, el sexo y los placeres corporales
de cualquier clase. A lo más, éstas eran distracciones de lo espiritual; en el peor de los casos,
eran tentaciones negativas que me ponían una zancadilla, obstáculos a la espiritualidad.
Pero, tropezando con frecuencia, entendemos al fin: Traté de vivir como los dos primeros
monjes, con mi mente en las cosas espirituales, pero el tercer monje se quedó para ponerme la
zancadilla, irónicamente no poco cuando estaba en la iglesia o en oración. Aun cuando trataba
de encajar la mente y el corazón en el espíritu, me encontraba casi siempre asaltado por cosas
que, supuestamente, no tenían ningún lugar en la iglesia: recuerdos y planes sociales,
ansiedades por tareas inacabadas, pensamientos sobre mis equipos favoritos, pensamientos
sobre comidas con pasta y vino, o chuletas a la parrilla y hamburguesas de panceta; y, lo más
pagano, fantasías sexuales que parecían la antítesis de todo lo que es espiritual.

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Supuso algunos años y una mejor guía espiritual aprender que muchas de estas tensiones eran
verdaderas sobre la base de una deficiente comprensión de la espiritualidad cristiana y de la
verdadera dinámica de la oración.
La primera comprensión deficiente era en relación a la falsa interpretación del propósito y
designio de Dios al crearnos. Dios no diseñó nuestra naturaleza de una única manera, esto es,
para ser sensitiva y para estar enraizada en las cosas de esta tierra, y después demandarnos
que no fuéramos corpóreos y como si las cosas buenas de esta tierra fueran sólo ficción y
obstáculos para la salvación, opuestas a una parte integral de la salvación. Además, la
encarnación, el misterio de Dios que viene a ser corpóreo, sensitivo, presente en carne humana,
enseña inequívocamente que encontramos la salvación no escapando del cuerpo y de las cosas
de esta tierra, sino entrando en ellas más profunda y correctamente. Jesús afirmó la resurrección
de lo corpóreo, no la huida del alma.
El segundo malentendido tenía que ver con la dinámica de la oración. En sus etapas tempranas,
la oración se centra sobre el enfoque y concentración de lo sagrado, sobre la conversación con
Dios, tratando de dejar aparte, por un tiempo, las cosas de este mundo. Pero ésa es la primera
etapa de la oración. Al final, cuando la oración profundiza y madura -en palabras de Juan de la
Cruz- las cosas importantes empiezan a suceder bajo la superficie, y sentarse en la capilla con
Dios no es diferente que sentarse con alguien con quien te sientas regularmente. Si tú visitas a
alguien diariamente, no tendrás cada día conversaciones profundas e intensas; hablaréis sobre
las cosas cotidianas, asuntos familiares, el tiempo, deportes, política, los últimos programas de
TV, comida, etc.; y te encontrarás a ti mismo mirando el reloj ocasionalmente. Resulta parecido
en nuestra relación con Dios. Si rezas con regularidad, diariamente, no tienes que atormentarte
concentrando y manteniendo la conversación en cosas profundas y espirituales. Sólo tienes que
estar allí, tranquilo con un amigo. Las cosas profundas están sucediendo bajo la superficie.

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La inagotabilidad de Dios

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 22 de febrero de 2016

A muchos de nosotros -estoy seguro- nos ha impresionado la película De dioses y hombres.


Cuenta la historia de un grupo de monjes trapenses que, después de hacer la dolorosa decisión
de no huir de la violencia que había en Argelia en la década de 1990, son al fin martirizados por
extremistas islámicos en 1996. Me impresionó mucho leer los diarios de uno de esos monjes,
Christophe Lebreton. Publicados bajo el título Nacido de la contemplación de Dios: El diario
tibhirino de un monje mártir, sus diarios recogen los tres últimos años de su vida y nos dan una
visión sobre su decisión y de su comunidad de permanecer en Argel a pesar de la, casi segura,
muerte.
En una de las entradas del diario, Christophe cuenta cómo en esa situación de odio y amenaza,
mantenida entre los extremistas islámicos por un lado y un gobierno corrupto por otro, buscando
lugar para la esperanza, se detiene en un poema, El pozo, del poeta francés, Jean-Claude
Renard:
Pero ¿cómo podemos afirmar que ya es demasiado tarde para cumplir el deseo? Muy paciente
permanece el don; y siempre, quizá, algo o alguien dice, desde la profundidad del silencio y la
desnudez, que un inefable fuego continúa ardiendo dentro de nosotros, bajo las tierras baldías
pobladas de espinos, un pozo que nunca se agota. Un pozo que nada agota.
Quizá ésa sea la base real para la esperanza.
Para todos nosotros hay momentos de la vida en los que nos parece que perdemos la
esperanza, en que miramos al mundo o a nosotros mismos y, consciente o inconscientemente,
pensamos: “¡Es demasiado tarde! ¡Esto ha ido demasiado lejos! ¡Nada puede remediarlo! ¡Las
oportunidades de cambiar esto se han agotado! ¡No hay esperanza!”
Pero ¿es este sentimiento natural y depresivo, de hecho, una pérdida de esperanza? No
necesariamente. En verdad, cuando nos sentimos de esta manera, cuando hemos sucumbido al
sentimiento de que hemos agotado todas nuestras oportunidades, es entonces cuando la
esperanza puede llegar y sustituir sus sucedáneos, el pensamiento ansioso y el optimismo
natural. ¿Qué es la esperanza?
Generalmente confundimos esperanza con pensamiento ansioso y optimismo natural; ambos
tienen poco que ver con la esperanza. El pensamiento ansioso no tiene el menor fundamento.
Podemos desear ganar una lotería o tener el cuerpo de un atleta de élite, pero ese deseo no
tiene la menor oportunidad de sostenerse. Es pura fantasía. El optimismo, por su parte, está
basado en el temperamento e igualmente tiene poco que ver con la esperanza. Terry Eagleton,
en un reciente libro, Esperanza sin optimismo, sugiere, algo cínicamente, que el optimismo es de
una índole natural y un esclavizador: “El optimista está encadenado a la jovialidad”. Además -
afirma- ese barniz monocromático del optimista sobre el mundo difiere del pesimismo sólo en
que es rosado en vez de gris. La esperanza no es un deseo o un talante; es una perspectiva

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sobre la vida que necesita estar basada sobre una realidad suficiente. ¿Cuál es esa realidad
suficiente?
Jim Wallis, notable figura de la esperanza cristiana en nuestro tiempo, dice que nuestra
esperanza no debería estar fundada sobre lo que vemos en las noticias del mundo cada noche,
porque esas noticias cambian constantemente y, cualquier noche, pueden ser tan negativas
como para darnos poco fundamento para la esperanza. Está en lo cierto. Si el mundo parece
mejor o peor en una determinada noche, apenas nos resulta motivo suficiente para confiar en
que al fin todo estará bien. Las cosas podrían cambiar drásticamente la noche siguiente.
Pierre Teilhard de Chardin, que siempre declaró que era un hombre de esperanza, más que de
optimismo, sugirió una vez que hay dos razones suficientes para la esperanza. Preguntado
sobre qué pasaría si voláramos el mundo con una bomba atómica, respondió: Eso haría
retroceder las cosas algunos millones de años, pero el plan de Dios para la tierra aún se
cumpliría. ¿Por qué? Porque Cristo lo prometió y, en la resurrección, Dios muestra que Dios
tiene el poder para cumplir esa promesa. La esperanza está basada en la promesa de Dios y en
el poder de Dios.
Pero hay todavía otra razón para nuestra esperanza, algo más que apoya nuestra esperanza y
nos da razón suficiente para vivir en la confianza de que al fin todo resultará bien, a saber, la
inagotabilidad de Dios. En lo más profundo, en lo profundo de nosotros y lo profundo de nuestro
universo, hay un pozo que nada agota.
Y esto es lo que, con frecuencia, olvidamos o reducimos hasta el limitado tamaño de nuestros
corazones y fantasías: Dios es un Dios pródigo, casi inimaginable en la extensión de la creación
física, un Dios que ha creado y aún sigue creando millones y millones de universos. Por otra
parte, este pródigo Dios, tan lejos de nuestra imaginación en creatividad, es, como nos ha sido
revelado por Jesús, igualmente inimaginable en paciencia y misericordia. Nunca hay fin a
nuestras oportunidades. No hay ningún límite a la paciencia de Dios. No hay nada que pueda
agotar el pozo divino.
Nunca es demasiado tarde. La creatividad y la misericordia de Dios son inagotables.

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La lucha por amar a nuestro prójimo

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Lunes, 20 de junio de 2016

“La idolatría más perjudicial no es el becerro de oro, sino la enemistad contra el otro”. El
renombrado antropólogo René Girard escribió eso, y su verdad no se admite fácilmente. A casi
todos nos gusta creer que somos maduros y de gran corazón, y que amamos a nuestros
prójimos y estamos libres de la enemistad hacia el otro. Pero, ¿es esto así?
En momentos de sinceridad -más exactamente quizás- en nuestros momentos más humildes,
creo que todos admitimos que, en realidad, no amamos a los otros de la manera que Jesús
pidió. No ponemos la otra mejilla. No amamos a nuestros enemigos. No deseamos el bien a
aquellos que nos desean el mal. No bendecimos a los que nos maldicen. Y no perdonamos de
verdad a aquellos que matan a nuestros seres queridos. Somos decentes, personas de buen
corazón, pero personas cuyo cielo está demasiado sujeto a la necesidad de una vindicación
emocional ante alguien o algo que se opone a nosotros. Podemos ser honrados y justos, pero
aún no amamos como Jesús nos pidió que hiciéramos, esto es, de modo que nuestro amor se
extienda a aquellos que nos aman y a los que nos odian. Aún luchamos, en exceso y
generalmente en vano, para poder desear a nuestros enemigos el bien.
Pero para la mayoría de nosotros a quienes nos gusta creernos maduros, esa batalla permanece
escondida, principalmente de nosotros mismos. Sentimos que amamos y perdonamos porque,
esencialmente, somos bienintencionados, sinceros y capaces de creer y decir las cosas
correctas; pero hay otra parte de nosotros que no es tan noble. El jesuita irlandés Michael Paul
Gallagher expresa esto cuando escribe (En tiempo de descuento): “Probablemente, no odias a
nadie, pero puedes estar paralizado por negativas diarias. Los mini prejuicios y los juicios
viscerales pueden producir una actitud de guerra no declarada. A través de las vallas de pinchos
de alambre, vuelan balas invisibles”. “Amar al otro como a uno mismo -afirma- es para la
mayoría de nosotros una imposible ascensión cuesta arriba”.
Así, ¿dónde nos deja esto? ¿Vivimos una vida mediocre e hipócrita? ¿Afirmamos amar a
nuestros enemigos, pero no haciéndolo? ¿Cómo podemos profesar ser cristianos cuando, si
somos honrados, debemos admitir que no damos la medida de la prueba de fuego del
discipulado cristiano, a saber, amar y perdonar a nuestros enemigos?
Quizás no seamos tan malos como pensamos que somos. Si aún estamos luchando, aún
estamos sanos. Al hacernos -según parece- Dios nos descompuso en factores de complejidad
humana, debilidad humana, y crecer en amor profundo es un camino largo como la vida. Lo que
puede parecer hipocresía desde fuera, puede de hecho, ser una peregrinación, la ruta de un
Camino, cuando es visto con una luz más llena de paciencia y comprensión.
Tomás de Aquino, hablando sobre unión e intimidad, hace esta importante distinción. Distingue
entre estar en unión con algo o alguien de verdad y estar en unión con ese alguien o algo a
través del deseo. Esto tiene muchas aplicaciones, pero, en este caso; significa que a veces el
corazón solamente puede ir a algún lugar a través del deseo, más bien que en la realidad.
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Nosotros podemos creer en las cosas correctas y querer las cosas correctas, y aun así no ser
capaces de atraer nuestros corazones a las leyes del juego. Un ejemplo de esto es lo que el
viejo catecismo (en su único buen criterio) solía llamar “contrición imperfecta”, esto es, la noción
de que, si tú has hecho algo mal que sabes que es malo y de lo que sabes que deberías sentirte
arrepentido, pero de lo que, de hecho, no puedes sentir arrepentimiento, entonces si puedes
desear poder sentir ese arrepentimiento, eso es suficiente contrición, no perfecta, pero
suficiente. Es lo mejor que puedes hacer, y te pone en el lugar adecuado a nivel del deseo, no
un lugar perfecto, pero sí mejor que su alternativa.
Y ese lugar “imperfecto” hace por nosotros más que proporcionar un patrón mínimo de contrición
necesario para el perdón. Más importantemente, otorga justa dignidad a aquel o aquello que
hemos dañado.
Reflexionando sobre nuestra incapacidad para amar genuinamente a nuestro prójimo, Marilynne
Robinson expone que, aun en nuestros fallos, si estamos luchando honradamente, hay algo de
virtud. Arguye de este modo: Freud dijo que no podemos amar a nuestro prójimo como a
nosotros mimos, y sin duda esto es cierto. Pero cuando aceptamos la realidad que subyace
detrás del mandamiento, ese prójimo es tan digno de amor como nosotros mismos; entonces, en
nuestro intento de actuar con arreglo a la petición de Jesús, estamos reconociendo que nuestro
prójimo es digno de amor, aun cuando, en este punto de nuestras vidas, seamos demasiado
débiles para darlo.
Y ese es el punto crucial: continuando la lucha, a pesar de nuestros fallos, por cumplir el gran
mandamiento del amor que Jesús nos dio, reconocemos la dignidad inherente de nuestros
enemigos, sabemos que ellos son dignos de amor y aceptamos nuestra propia negligencia. Eso
es “imperfecto”, desde luego; pero -sospecho que- Tomás de Aquino diría que es ¡un punto de
partida!

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La naturaleza de Dios – ¿Gozo o cruz?

Ron Rolheiser - Lunes, 29 de agosto de 2016

Es sorprendente dónde puedes aprender una lección y captar una ráfaga de lo divino.
Recientemente, en una tienda de alimentación, fui testigo de este incidente: un joven, de unos 16
años, junto con otras dos chicas de su misma edad, entraron en la tienda. La joven cogió una
cesta y comenzó a pasearse por los pasillos sin darse cuenta que una segunda cesta se había
quedado encajada en la que ella llevaba. Sucedió lo inevitable, la cesta que llevaba encajada
resbaló y chocó contra el suelo con un fuerte sonido, alarmándola a ella y a todos los que
estábamos cerca. ¿Cuál fue su reacción? Se puso a reír, rezumando un cierto regusto alegre por
la sorpresa. Para ella, que la cesta cayera no fue causa de irritación sino un regalo, algo
gracioso que rompía la rutina.
Si esto me hubiera ocurrido a mí, con la prisa con la que ando habitualmente y que me irrito
fácilmente por cualquier cosa que perturbe mi agenda, quizás hubiera respondido con un silencio
denso, antes que con una risotada. Lo cual me hace pensar: aquí hay una chica que casi seguro
que no va a la Iglesia y a la que no le interesan mucho los asuntos de la fe, pero quien, en este
momento, está irradiando la energía de Dios, mientras que yo, un religioso consagrado, un
sacerdote hecho y derecho, un ministro de la Iglesia y escritor de espiritualidad, en ese
momento, con frecuencia irradio la antítesis de la energía de Dios, la irritación.
Pero ¿es verdad? ¿Realmente Dios se pone a reír por la caída de la cesta en la tienda de
alimentación? ¿Dios nunca se irrita? ¿Cuál es la verdadera naturaleza de Dios? Dios es el amor
y el perdón incondicional que revela Jesús, pero Dios es también la energía que fundamenta
todo lo que existe. Y esa energía, como es evidente en la creación y en la Escritura, en su raíz,
es creativa, pródiga, robusta, alegre, festiva y exuberante. Si quieres saber cómo es Dios, mira la
natural exuberancia de los niños, mira la exuberancia de un cachorro, mira la fuerte y festiva
energía de los jóvenes, y mira la risa espontanea de una quinceañera cuando se ve sorprendida
por la caída de una cesta. Y para ver esta naturaleza pródiga de Dios sólo debemos observar los
miles y miles de planetas que nos rodean. La energía de Dios es prodiga y exuberante.
Entonces ¿qué pasa con la cruz? ¿no es esta realidad la que revela la naturaleza de Dios más
que ninguna otra? ¿no es esto lo que Dios nos muestra? ¿No es el sufrimiento el innato y
necesario camino a la madurez y la santidad? ¿No hay una contradicción entre lo que Jesús
revela sobre la naturaleza de Dios en su crucifixión y lo que la escritura y la naturaleza revelan
de la exuberancia de Dios?
Aunque hay una clara paradoja, no hay contradicción. Primero, notamos que la tensión entre la
cruz y el gozo se ven en la persona y en las enseñanzas de Jesús. Jesús escandalizó a sus
contemporáneos de dos maneras opuestas: en su capacidad de renunciar, por propia voluntad a
su vida y a las cosas de este mundo, e igualmente en su capacidad para disfrutar de la vida y de
las cosas buenas dadas por Dios. Sus contemporáneos no fueron capaces de acompañarle

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cuando cargaba con la cruz y tampoco cuando comió y bebió sin sentir culpa y sintió el exclusivo
regalo y la gratitud cuando una mujer ungió sus pies con un caro perfume.
Más aún, la alegría y la exuberancia que constituye la raíz de la naturaleza de Dios no deben ser
confundidas con las baladronadas que hacemos en fiestas, carnavales, o en el Mardi Gras. Lo
que se experimenta aquí no es un gozo real, sino, el entumecimiento del cerebro y los sentidos
inducido por un exceso frenético. Este no es el gozo irradiado por Dios, ni tampoco la poderosa
exuberancia que se asienta en nuestro interior esperando salir progresivamente. El carnaval es
el intento de mantener a raya la depresión. Tal y como Charles Taylor señala agudamente,
inventamos el carnaval porque nuestro gozo natural no encuentra suficientes caminos de salida
en nuestras vidas ordinarias, de manera que ritualizamos ciertas ocasiones en los que podemos,
por un momento, encarcelar nuestra racionalidad y dejar salir nuestra exuberancia, tal y como se
liberaría un animal enjaulado. Pero eso, aunque sirve como una cierta válvula de escape, no es
el camino ideal para liberar nuestra exuberancia natural.
Cuando era un muchacho, mis padres a menudo me prevenían de la falsa alegría, la alegría de
la fiesta salvaje, la falsa risa y el jolgorio. Tenían este pequeño axioma: ¡Después de la risa
vienen las lágrimas! Estaban en lo cierto, pero sólo si se aplica a esa clase de alegría de las
fiestas para mantener a raya la depresión. La cruz, de cualquier manera, da la vuelta al axioma
de mis padres y dice: “¡Después de las lágrimas viene la risa!”. Sólo después de la cruz se da la
alegría genuina. Sólo después de la cruz, se expresará nuestra exuberancia, el genuino gozo
que una vez sentimos cuando éramos pequeños, y sólo entonces nuestra exuberancia irradiará
verdaderamente la energía de Dios.
Jesús nos promete que si cargamos su cruz, Dios nos recompensará con una alegría que nadie
nos podrá quitar.

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La presencia real

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 14 de noviembre de 2016

Cuando era estudiante universitario en Bélgica, un día tuve el privilegio de asistir a una
conferencia del cardenal Godfried Danneels, de Bruselas. Estaba tratando sobre la Eucaristía y
nuestra falta de comprensión de su riqueza, cuando destacó este contraste: si hoy os hallarais
fuera de una iglesia católica romana mientras la gente estuviera saliendo y preguntarais:
“¿Estuvo bien la Eucaristía” ?, la mayoría respondería refiriéndose a la homilía y la música. Si la
homilía había sido interesante y la música animada, casi toda la gente respondería que había
sido una buena Eucaristía. Después de esto, continuó: si os hubierais hallado a la salida de una
iglesia católica romana hace sesenta o setenta años y os hubieran preguntado: “¿Estuvo bien la
misa de hoy?”, nadie siquiera habría entendido la pregunta. Habrían respondido algo así: “¿No
son iguales todas?”.
Hoy, nuestra comprensión de la Eucaristía, en los círculos católicos romanos y también en la
mayoría de los círculos protestantes y anglicanos, está muy concentrada en tres cosas: la liturgia
de la Palabra, la música y la comunión. Por otra parte, en las iglesias católicas romanas,
hablamos de la presencia real sólo en referencia al último elemento, la presencia de Cristo en el
pan y el vino.
Si bien nada de esto es erróneo -la liturgia de la palabra, la música y la comunión son
importantes- algo se echa en falta en esta comprensión. Se echa en falta el hecho de que la
presencia real está, no sólo en el pan y el vino, sino también en la liturgia de la Palabra y en el
acontecimiento salvífico que es rememorado en la plegaria eucarística, a saber, la muerte y
resurrección de Jesús.
La mayoría de los que van a la iglesia reconocen que, cuando se celebran las escrituras en un
servicio litúrgico, la presencia de Dios se hace especial, más físicamente tangible que la de Dios
en cualquier parte o la de Dios en nuestra oración privada. La Palabra de Dios, cuando se
celebra en una iglesia, es, como la presencia de Cristo en el pan y vino consagrados, también la
presencia real.
Pero hay un elemento adicional que es menos entendido: La Eucaristía no sólo hace presente a
una persona; también hace presente un acontecimiento. Participamos en la Eucaristía no sólo
para recibir a Cristo en la comunión, sino también para participar en el mayor acontecimiento
salvífico de su vida: su muerte y resurrección.
¿De qué se trata aquí?
En la última Cena, Jesús invitó a sus seguidores a continuar reuniéndose y celebrando la
Eucaristía “en memoria mía”. Pero el uso de la palabra “memoria” y el nuestro de esa palabra,
son muy diferentes. Para nosotros, “memoria” es una palabra más débil. Significa simplemente
traer algo a la mente, recordar un acontecimiento, como el nacimiento de vuestro hijo, el día de
vuestra boda o el partido en el que vuestro equipo favorito ganó el campeonato. Eso es un
recuerdo, un recuerdo pasajero. Puede remover sentimientos profundos, pero no hace más.
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Mientras que en el concepto hebreo de Jesús “memoria” al hacer recuerdo ritual de algo,
significaba mucho más que rememorar. Recordar algo no era simplemente rememorarlo. Más
bien significaba rememorarlo y volver a representarlo ritualmente, de modo que lo hiciéramos
presente de nuevo de un modo real.
Por ejemplo, así es como la Cena de Pascua es entendida en el judaísmo. La comida de Pascua
rememora el Éxodo de Egipto y el milagroso paso a través del Mar Rojo hacia la libertad. La idea
es que una generación, guiada por Moisés, hizo esto históricamente, pero que volviendo a
representar ese acontecimiento ritualmente en la Comida Pascual, el acontecimiento se hace
presente de nuevo, de un modo real, para aquellos que lo experimentan estando a la mesa.
La Eucaristía es lo mismo, excepto que el acontecimiento salvífico que volvemos a actualizar,
hasta hacerlo presente a través del ritual, es la muerte y resurrección de Jesús, el nuevo Éxodo.
Nuestra creencia cristiana aquí es exactamente la misma que la de nuestros hermanos hebreos,
a saber, que no sólo estamos recordando un acontecimiento; estamos haciéndolo presente para
participar en él. La Eucaristía, celebración paralela a la comida de la Pascua Judía, vuelve a
hacer presente el acontecimiento salvífico central de la historia cristiana, a saber, el Paso
(Pascua) de Jesús, de la muerte a la vida, en el misterio Pascual. Y exactamente como el pan y
vino consagrados nos proporcionan la presencia real de Cristo, la Eucaristía nos proporciona
también la presencia real del acontecimiento salvífico central de nuestra historia, el paso de
Jesús de la muerte a la vida.
Así, en la Eucaristía hay, en efecto, tres presencias reales: Cristo está realmente presente en la
Palabra, a saber, en las escrituras, la predicación y la música. Cristo está realmente presente en
el pan y vino consagrados; son su cuerpo y sangre. Y Cristo está realmente presente en un
acontecimiento salvífico: el paso sacrificial de Jesús de la muerte a la vida.
Y así, nosotros vamos a la Eucaristía no sólo para ser introducidos en la comunidad por la
palabra de Jesús y recibir a Jesús en la comunión; vamos allí también para entrar en el
acontecimiento salvífico de su muerte y resurrección. La presencia real está en una persona y en
un acontecimiento.

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La Utopía, con límites

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Lunes, 5 de septiembre de 2016

Cuando era niño, había una canción popular cuyo estribillo repetía esta frase: Everyone is
searching for Utopia (Todos buscamos la Utopía). Sí, todos la buscamos. Todos ansiamos un
mundo sin límites, una vida en la que nada vaya mal, un lugar en el que no haya tensión, ni
frustración. Pero eso nunca se da. No existe tal lugar.
Anahid Nersessian escribió un libro titulado La Utopía, limitada: Romanticismo y ajuste, en el que
critica diversas ideologías por dar la impresión de que podemos tener un mundo sin límites.
Particularmente reprocha la ideología liberal, la cual, refiere ella, privilegia la ilimitación
oponiendo “a sí misma, al menos por negligencia, el regulador y la guía del deseo”. Pero, como
ella arguye en el libro, la limitación es lo que da vida.
Encontraremos la felicidad sólo cuando nos acomodemos al mundo, minimizando las demandas
que ponemos en él. Para Nersessian, si hay que tener Utopía, se tendrá sólo encontrando los
límites realistas de nuestras vidas y ajustándonos a ellos. La sobre expectación contribuye a la
decepción.
Está en lo cierto. Creer que hay un mundo sin límites, contribuye a expectativas no realistas y a
mucha frustración. Pensando que podemos encontrar la Utopía, establecemos lo perfecto como
enemigo de lo bueno: denigrando así nuestras relaciones, matrimonios, carreras y vidas porque
estas, a diferencia de nuestras fantasías, tienen límites perpetuamente y por tanto siempre
parecen la segunda mejor opción.
Nersessian tiende a reprochar a la ideología liberal por darnos esta impresión, pero el sueño
irrealista y la expectativa de la Utopía es lo más valorado en cualquier lugar del mundo. En
efecto, ya no tenemos más, ni en nuestras iglesias, ni en nuestro mundo, las herramientas
simbólicas para explicar o manejar la frustración. ¿Cómo es eso?
Cuando era niño, mi cabeza no sólo reflejaba la tonada Everyone is looking for Utopia; reflejaba
también algunas otras tonadas que había aprendido en la iglesia y en la cultura en general.
Nuestras iglesias entonces nos instruían sobre algo llamado “pecado original”, la creencia de que
una caída primigenia en los orígenes de vida humana había agrietado, hasta el final de los
tiempos, nuestra naturaleza humana y la naturaleza misma, de tal manera que aquello que
encontremos y experimentemos en esta vida siempre será imperfecto, limitado, algo doloroso y
algo frustrante.
A veces, esto se entendió demasiado simplistamente y a veces nos dejó preguntándonos sobre
la naturaleza de Dios, pero en cambio, nos dio una visión con la que entender la vida y manejar
la frustración. Al cabo del tiempo, eso nos enseñó que, a este lado de la eternidad, no hay nada
con un gozo claro y puro. Todo tiene sombra. La felicidad se basa en aceptar estos límites, no en
la resignación estoica, sino en una visión práctica y alegre que, porque ya dispone de un límite
incorporado y no tiene falsas expectativas, te permite recibir, honrar y gozar con propiedad las

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buenas cosas de la vida. Ya que lo perfecto no se puede tener en esta vida, date, por tanto,
permiso para apreciar lo imperfecto.
Esta visión religiosa fue reforzada por una cultura que también nos dijo que no había Utopía
aquí. En vez de eso, nos dijo que, mientras aspires a algo alto quizás consigas vivir mejor que
tus padres, no esperes tenerlo todo. La vida no puede facilitarte eso. Como contraparte en su
explicación del pecado original, esta sabiduría secular tuvo sus expresiones simplistas y
devaluadas. Pero ello ayudó a estampar en nosotros algunas herramientas con las que entender
la vida de una manera más realista. Nos dijo, en su forma devaluada, una verdad que he citado
con frecuencia de Karl Rahner: En la angustia de la insuficiencia de todo lo accesible,
entendemos por fin que, aquí en esta vida, no hay ninguna sinfonía acabada. ¡Qué sucinto y qué
preciso!
Es interesante notar cómo esta visión religiosa tiene su paralelo en la visión atea del
contemporáneo de Rahner, el escritor ganador del Premio Nobel Albert Camus. Camus, que no
creía en Dios, propuso una imagen con la que entender la vida humana y sus frustraciones:
Comparó este mundo a una cárcel medieval. Algunas cárceles medievales estaban construidas
con el fin de ser demasiado pequeñas para los prisioneros, con un techo tan bajo que el
prisionero nunca pudiera estar totalmente de pie y el sitio era demasiado pequeño para que el
prisionero pudiera estirarse del todo. La idea era que la frustración de no poder levantarse o
estirarse totalmente quebrara el espíritu del prisionero, como un domador que amansa un
caballo. Para Camus, esta es nuestra experiencia del mundo. Nunca podemos estar de pie
totalmente, ni estirarnos del todo. El mundo es demasiado pequeño para nosotros. Mientras esto
pueda parecer riguroso, estoico y ateo, al fin enseña la misma verdad que el Cristianismo: no
hay Utopía a este lado de la eternidad.
Y necesitamos, integrar esta verdad en la vida para equiparnos mejor, con el fin de manejar la
frustración y apreciar la vida, que de hecho estamos viviendo.

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Lealtad y patriotismo revisitados

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 25 de abril de 2016

En un reciente artículo publicado en la revista América, Grant Kapian, expresando su opinión


sobre el desafío de la resurrección, hace este comentario: “A diferencia de las anteriores
comunidades, en las que el vínculo entre los miembros se forja a través de aquellos a quienes
excluye y usa como chivos expiatorios, la gratuidad de la resurrección permite una comunidad
modelada por perdonados-perdonadores”.
Lo que está diciendo, entre otras cosas, es que formamos la comunidad por demonización y
exclusión, esto es, conectamos unos con otros más en base a aquello en lo que estamos en
contra y odiamos, que en base a aquello en lo que estamos a favor y juzgamos de gran valor. La
cruz y la resurrección -y el mensaje de Jesús en general- nos invitan a una madurez más
profunda invitados a formar comunidad unos con otros en base al amor y la inclusión más bien
que sobre el odio y la demonización.
¿Cómo usamos de chivo expiatorio, demonizamos y excluimos de manera que formemos
comunidad unos y otros? Algunos antropólogos, particularmente René Girard y Gil Baille, nos
han hecho algunas buenas observaciones sobre cómo el uso del chivo expiatorio y la
demonización funcionaron en tiempos antiguos y cómo funcionan ahora.
En resumen, aquí está cómo trabajan: hasta que no podemos conseguir un cierto nivel de
madurez, tanto personal como colectivo, formaremos siempre la comunidad por el chivo
expiatorio. Imaginaos esta situación: Algunos de nosotros (familia y colegas) vamos a comer.
Casi siempre habrá tensiones entre nosotros: choques de personalidad, celos, heridas del
pasado, y diferencias religiosas, ideológicas y políticas. Pero éstas pueden permanecer
soterradas y gozar juntos de una agradable comida. ¿De qué manera? Hablando sobre otra
gente con la que no congeniamos, despreciamos, tememos o encontramos rara o excéntrica.
Mientras los demonizamos, haciendo hincapié en lo terribles, malos, raros o excéntricos que son,
nuestras diferencias se escabullen admirablemente bajo la superficie y formamos lazos de
empatía y mutualidad entre nosotros. Demonizando a otros, encontramos sociedad entre
nosotros. Por supuesto, eres reacio a excusarte e ir al baño por miedo a que, en tu ausencia, tú
pudieras ser la nueva vianda del menú.
Además, hacemos que, también en nuestras vidas individuales, se mantenga la balanza. Si
somos honrados, todos tenemos que admitir la tendencia que tenemos a afirmarnos
reprochando a otro nuestras ansiedades y malos sentimientos. Por ejemplo: salimos de casa una
mañana y, por diversas razones, empezamos a sentirnos de mal humor, agitados y enfadados.
Muy probablemente, no tardaremos demasiado en fijar esa inquietud en otro, inculpándolo,
consciente o inconscientemente, de nuestro mal momento. ¡Nuestra sensación es que, si no
fuera por esa persona, nosotros no estaríamos sintiendo estas cosas! ¡Alguien tiene la culpa de
nuestra agitación! Una vez que hemos hecho esto, empezamos a sentirnos mejor porque
acabamos de hacer a otro responsable de nuestro dolor. Sobre esto, me gusta citar a un amigo
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que ofrece este axioma: Si las dos primeras personas con que te encuentras por la mañana son
irritantes y duras de trato, hay una gran probabilidad de que seas tú la que resulta irritante y dura
de trato.
Tristemente, vemos que esto tiene lugar en el mundo, en conjunto. Nuestras iglesias y nuestra
política prosperan en este clima. Tanto en las iglesias como en nuestras comunidades
municipales, tendemos a formar grupos a nuestro modo demonizando a otros. Nuestras
diferencias no tienen que ser tratadas, ni nosotros tenemos que observar las cosas que ayudan
a causar esas diferencias, porque podemos culpar de nuestros problemas a otro. No raramente,
grupos eclesiales se juntan haciendo esto, los políticos son elegidos haciendo esto, y las guerras
son justificadas y hechas sobre esta base; y los ricos y sanos conceptos de lealtad, patriotismo y
afiliación religiosa vienen a ser perjudiciales, porque ahora se arraigan viendo las diferencias
como una amenaza, más que viéndolas como origen de una más completa revelación de Dios
en nuestras vidas.
Por supuesto, a veces lo que es diferente plantea una verdadera amenaza, y esa amenaza tiene
que ser combatida. Pero, incluso entonces, debemos continuar mirando dentro de nosotros
mismos y examinando lo que en nosotros podría ser cómplice causando esa división, odio o
celos, que ahora están siendo proyectados sobre nosotros. La amenaza positiva debe ser
combatida, pero la mejor manera de hacerlo es como Jesús hizo frente a las amenazas, a saber,
con amor, empatía y perdón. Demonizar a otros para crear comunidad no es la manera de Jesús
ni el modo de la madurez humana.
La lealtad a uno mismo, la lealtad a la propia religión, la lealtad al país y la lealtad a los valores
morales deben estar basadas en lo que es bueno y preciado en la familia, comunidad, religión,
país y los propios principios morales de uno, y no en el miedo y los sentimientos negativos hacia
otros.
La lección que vibra en Jesús, especialmente en su muerte y resurrección, es que la genuina
religión, la genuina madurez, la genuina lealtad y el genuino patriotismo, se basan en abrirnos
con amplitud de miras por lo que no emana de nuestra propia condición.

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Leyendo pasajes difíciles de la Escritura

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 15 de febrero de 2016

Un compañero mío me cuenta esta historia: Hace poco, después de presidir la Eucaristía, una
mujer de la asamblea se le presentó con este comentario: “¡Qué horrible lectura de la Escritura
hemos tenido hoy! ¡Si esta es la clase de Dios al que rendimos culto, entonces yo no quiero ir al
cielo!”
La lectura para la liturgia de ese día estaba tomada del capítulo 24 del Segundo Libro de
Samuel, donde, aparentemente, Dios se enfada con David por contar el número de hombres que
tenía para el servicio militar y entonces le castiga enviando una peste que mata a setenta mil
personas.
¿Es esto, de hecho, palabra de Dios? ¿Se enfadó Dios, de verdad, con David por hacer un
censo, y mató a setenta mil personas para darle una lección? ¿Qué posible lógica podría
justificarlo? Tal como suena, literalmente, sí, este es un texto horrible.
¿Qué pensamos de pasajes como éste y de muchos otros donde Dios, aparentemente,
demanda violencia en su nombre? Por citar sólo un ejemplo: En sus instrucciones a Josué,
cuando entran en la tierra prometida, Dios le ordena matar todo que encuentren en Canaán: a
todos los hombres, a todas las mujeres, a todos los niños e incluso a todos los animales. ¿Por
qué? ¿Por qué Dios querría tan despiadadamente que esas personas fueran destruidas?
¿Podemos creer que Dios haría esto? Hay otros ejemplos similares, como, en el Libro de los
Jueces, donde Dios asiente a la petición de Jefté, el galaadita, con la condición de que sacrifique
a su propia hija sobre el altar del sacrificio. Textos como éste parecen ir contra la verdadera
esencia de la naturaleza de Dios, como lo revela el resto de la Escritura.
A Dios, en la Escritura, se le muestra a veces, como si fuera arbitrario, cruel, violento,
demandando violencia de los creyentes y completamente insensible a la vida de cualquiera que
no sea de sus escogidos.
Nada podría estar más lejos de la verdad, y nada podría estar más lejos del significado de estos
textos. Estos textos, como la erudición bíblica aclara, no son para ser tomados literalmente. Son
antropomórficos y arquetípicos. Cada vez que son leídos, podrían estar precedidos por un
negador de responsabilidad. Ahora lo vemos con frecuencia en las películas donde dicen: No
murieron realmente animales al hacer este film. Así, tampoco murieron realmente personas en
estos textos.
Ante todo, estos textos son antropomórficos, lo cual significa que en ellos atribuimos a Dios
nuestras propias emociones e intenciones. De aquí se sigue que estos textos reflejan nuestros
sentimientos, no los de Dios. Por ejemplo, cuando Pablo nos dice que al pecar experimentamos
la “ira de Dios”, no pensamos que Dios se enfada con nosotros cuando pecamos y envía un
castigo. Más bien, cuando pecamos, somos nosotros los que nos castigamos, empezamos a
odiarnos y sentimos como si Dios se hubiera enfadado con nosotros. Los escritores bíblicos

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escriben con frecuencia en este género. Dios nunca nos odia, sino que, cuando pecamos,
acabamos odiándonos a nosotros mismos.
Estos textos son también arquetípicos, lo cual significa que son eficaces, imágenes primitivas
que explican cómo funciona la vida. Recuerdo a un hombre que vino un domingo después de la
liturgia, cuando la lectura había proclamado la orden de Dios de que Josué matara a todos los
cananeos al entrar en la Tierra de Promisión. El hombre me dijo: “Vd. me tendría que haber
dejado predicar hoy. Sé que ese texto significa: Soy un alcohólico en recuperación, y ese texto
quiere decir `pavo frío´. Como alcohólico, uno tiene que dejar su mueble completamente vacío
de licor, toda botella, de modo que ni siquiera puedas tener la menor bebida. ¡Todo cananeo
debe ser matado! Jesús dijo lo mismo, aunque usó una metáfora más blanda: A vino nuevo,
odres nuevos.” En esencia, ese es el significado de este texto.
Pero, aun así, si estos textos no son literales, ¿no son, a pesar de todo, la palabra inspirada por
Dios? ¿Podemos justificarlos sólo porque los sentimos inconvenientes?
Dos cosas se podrían decir en respuesta: Primera, todos los textos de la Escritura deben ser
vistos en el contexto más amplio de la Escritura y de nuestra teología de Dios; y, como tal,
demandan una interpretación que sea coincidente con la naturaleza de Dios, revelado totalmente
en la Escritura. Y, en la Escritura como conjunto, vemos que Dios es todo-amoroso, todo-
misericordioso y todo-bondadoso, y que es imposible atribuir parcialidad, dureza, brutalidad,
favoritismo y violencia a Dios. Además, la Escritura es válida en la interpretación de su mensaje,
no en la literalidad de su expresión. Por ejemplo, no tomamos literalmente el mandato de Jesús
“no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra”, ni el mandato de Pablo “esclavos, estad
sometidos a vuestros amos.”
El contexto y la interpretación no son racionalizaciones, son deber sagrado. No podemos hacer
la Escritura indigna de Dios.

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Llorar nuestra esterilidad

Ron Rolheiser (Trad. Bejamín Elcano) - Lunes, 29 de febrero de 2016

Hace varios años, mientras dirigía un curso de verano en la Universidad de Seattle, tuve entre
mis estudiantes a una mujer que, aun estando felizmente casada, era incapaz de concebir un
hijo.
Estaba decepcionada por lo que significaba para ella. La molestaba mucho. Veía muy difícil
celebrar el Día de la Madre. Entre otras cosas, escribió una bien documentada tesis sobre el
concepto de esterilidad en la Escritura y dirigió un retiro sobre ese mismo tema, que ofreció en
varios centros de renovación.
Siendo un célibe cuyos votos exigen una cierta esterilidad biológica, seguí uno de sus retiros de
fin de semana; era el único varón que había allí. Fue una intensa experiencia de grupo, y eso
nos llevó la mayor parte del fin de semana. Al principio, casi todos los presentes en el retiro
estaban expectantes y reservados, no queriendo aceptar para sí mismos ni de otros el dolor que
el fracaso en la paternidad biológica estaba creando en sus vidas. Hubo un cambio la noche del
sábado, después que el grupo viera un video de una película británica de la década de 1990,
Secretos y mentiras, un drama sutil y fuerte sobre el dolor provocado al no tener hijos. Las
lágrimas de la película catalizaron las lágrimas de nuestro grupo, y las compuertas se abrieron.
Las lágrimas se derramaron libremente y, una por una, las mujeres empezaron a contar sus
historias. Después que las lágrimas y las historias se hubieran acabado, la atmósfera cambió,
como si una niebla se hubiera disipado y un peso hubiera sido removido. Se hizo la luz. Las
personas del grupo habían llorado su fracaso, y ahora sentían una claridad al reconocer que una
persona podía no tener un hijo y, aun así, ser una persona feliz, sin negar el dolor.
Esterilidad es no sólo una palabra que describe una incapacidad biológica de tener hijos, o una
elección de por vida de no tenerlos. Es algo más. La esterilidad describe la condición humana
por su incapacidad de ser generativa del modo que nos gustaría, y el vacío y frustración que deja
en las vidas. Karl Rahner resume eso en estas palabras: En el tormento de la insuficiencia de
todo lo alcanzable, aprendemos por fin que aquí, en esta vida, todas las sinfonías deben quedar
inacabadas. No importa si tenemos hijos biológicos o no; todos nosotros aún nos sentimos
estériles en eso porque ninguno de nosotros es una sinfonía acabada en la tierra. Siempre
queda algo de esterilidad en nuestras vidas, y la esterilidad biológica es simplemente una
analogía de eso, aunque es discutible que sea la principal. Ninguno de nosotros muere habiendo
dado a luz todo lo que hubiéramos querido alumbrar en este mundo.
¿Qué hacemos ante esto? ¿Hay respuesta? ¿Hay una respuesta que pueda llevar más allá de
un simple rechinar de dientes y seguir estoicamente con ello? Sí, la hay. La respuesta son las
lágrimas. A la mitad de nuestra vida y más allá, necesitamos -según sugiere Alice Miller como
norma en su clásico ensayo El drama del hijo dotado, llorar para que nuestros verdaderos
fundamentos sean sacudidos. Muchas de nuestras heridas son irreversibles, y muchos de
nuestros defectos, permanentes. Iremos a la muerte con esta carencia. Nuestro fracaso no
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puede ser revocado. Pero puede ser llorado, tanto lo que perdimos como lo que dejamos de
llevar a cabo. En ese llanto hay libertad.
Siempre me ha impactado la poderosa metáfora en la historia de la hija de Jefté, en el relato
bíblico del Libro de los Jueces, capítulo 11. Recoge en una imagen arquetípica la única
respuesta que hay sobre la esterilidad, a este lado de la eternidad. Condenada a muerte, al
comienzo de su juventud, por un disparatado voto hecho por su padre, ella dice a éste que se
encuentra deseosa de morir sobre el altar del sacrificio, pero con una condición. Morirá ahora sin
experimentar la consumación del matrimonio, ni el alumbramiento de hijos. Así que pide a su
padre que le conceda dos meses antes de su muerte para “llorar su virginidad”. Llorada, una vida
incompleta puede ser, a la vez, vivida en paz y dejada en paz.
Las lágrimas son la respuesta a la esterilidad, a todo fracaso e inadecuación. Marilyn Chandler
McEntyre, en su libro Una despedida fiel, dice esto sobre las lágrimas: “Las lágrimas me liberan
en íntimo dolor. Me liberan de la trabajosa tarea de encontrar palabras. Me introducen en un
lugar infantil donde necesito ser acogido y encontrar alivio en el abrazo: en los brazos de otros y
en los brazos de Dios. Las lágrimas me liberan del tráfago de pensamientos inquietantes e
incluso del temor. Me liberan de la tensión de retenerlos. Las lágrimas son aceptación a lo que
es. Ellas arrastran, al menos durante un tiempo, la negación y la resistencia. Me permiten
abandonar la auto engañosa idea de que tengo el control. Las lágrimas diluyen el resentimiento y
arrastran los objetos flotantes abandonados por las olas de la ira”.
No en vano, las lágrimas son agua salada. La vida humana se originó en los océanos. Las
lágrimas nos conectan con el origen de toda la vida que hay sobre esta tierra, en la cual la
pródiga fecundidad sobrepasa toda esterilidad.

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Los diez mandamientos de la misericordia

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Lunes, 16 de mayo de 2016

Entre los Diez Mandamientos, uno empieza con la palabra “acuérdate”: Acuérdate de mantener
santo el Sábado. Nos recuerda tener en cuenta algo que ya sabes. Hay mandamientos de
misericordia escritos en nuestro mismo ADN. Ya los conocemos, pero necesitamos recordarlos
más explícitamente. ¿Cuáles son?
Los diez Mandamientos de la Misericordia:
1.- Recuerda que la misericordia descansa profundamente en el corazón de Dios. Pocas
cosas acercan tanto a la esencia de Dios como lo hace la misericordia. La misericordia es la
esencia de Dios. La Escritura usa palabras tales como entrañable bondad y compasión para
tratar de definir lo que constituye la misericordia de Dios, pero el concepto bíblico central,
captado en el concepto hebreo de hesed, connota una relación que ama, abraza y perdona aun
cuando -y en especial cuando- no podemos llegar a medir o merecer lo que nos es dado.
2.- Recuerda que la misericordia es la esencia de toda religión verdadera. En toda religión y
espiritualidad, en todas las creencias, tres cosas tratan de recordar lo que es central: apropiada
práctica religiosa, apertura a los pobres y compasión. Al fin, no están en oposición, sino son
piezas complementarias de un todo religioso. Pero para que la práctica religiosa y la apertura a
los pobres sean una apertura del amor de Dios y no del ego humano, necesitan ser predicadas
con la compasión y la misericordia. El contenido más profundo de toda religión es esta invitación:
sed compasivos y misericordiosos, como Dios es compasivo.
3.-Recuerda que todos nosotros nos hallamos siempre necesitados de misericordia. Hay
mayor alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos.
¿Ama Dios más a los pecadores que a los justos? No hay personas justas. Resulta que sentimos
más el amor de Dios cuando admitimos que somos pecadores. Ninguno de nosotros llega a
comprenderlo nunca. Pero, como enseña san Pablo, la cuestión es que no tenemos que llegar a
comprenderlo. Esto es lo que significa misericordia. Es inmerecida, por definición.
4.-Recuerda que, habiendo recibido misericordia, debemos manifestar misericordia a
otros. Sólo recibimos y poseemos la misericordia de Dios y la misericordia de los demás cuando
extendemos esa misma misericordia a otros. La misericordia tiene que fluir a través nuestro. Si
no la extendemos a otros, somos autoindulgentes y demasiado severos para con los demás.
5.-Recuerda que sólo la práctica de la misericordia nos hace libres. Recibir y dar la
misericordia es la única cosa que nos libera de nuestra congénita propensión a auto buscarnos,
auto justificarnos y juzgar a otros. Nada nos libera más de la tiranía del ego que lo que nos libera
la práctica de la misericordia.
6.-Recuerda que la misericordia no es opuesta a la justicia, sino que es su culminación. La
misericordia, como expresa Walter Kasper, no es “una especie de suavizante de ropa que
socava los dogmas y mandamientos, y revoca el significado central y fundamental de la verdad”.

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Esa es la acusación que los fariseos hicieron contra Jesús. La misericordia está donde se
supone que termina la justicia.
7.-Recuerda que sólo la práctica de la misericordia hará que llegue el Reino de Dios. Jesús
nos prometió que algún día los mansos heredarán la tierra, los pobres comerán hasta saciarse -
rica comida- y todas las lágrimas serán enjugadas. Eso sólo puede suceder cuando la
misericordia reemplace al autointerés.
8.-Recuerda que la misericordia necesita también ser practicada colectivamente. No nos
basta con ser misericordiosos en nuestras propias vidas. La misericordia está marginada en una
sociedad que no atiende suficientemente a aquellos que son débiles o están necesitados, de
igual manera como está marginada en una iglesia que es juzgadora. Debemos crear una
sociedad que sea misericordiosa y una iglesia que sea también misericordiosa. La misericordia,
sola, permite la supervivencia de los más débiles.
9.-Recuerda que la misericordia nos llama a hacer obras espirituales y materiales. Nuestra
fe cristiana nos desafía a practicar la misericordia de doble manera, corporal y espiritualmente.
Las clásicas obras de misericordia corporales son: “Dar de comer al hambriento, dar de beber al
sediento, dar posada a los sin-techo, vestir al desnudo, visitar a los enfermos, visitar a los presos
y enterrar a los muertos”. Las clásicas obras de misericordia espirituales son: “Instruir al
ignorante, dar consejo al que duda, confortar al afligido, amonestar al pecador, perdonar las
injurias, soportar con paciencia las adversidades y rogar por los vivos y los difuntos”. Dios nos
ha dado diferentes dones, y todos somos mejores en algunos de éstos que en otros, pero la
misericordia está patente en todos ellos.
10.-Recuerda que nuestras vidas son un diálogo entre la misericordia de Dios y nuestra
debilidad. La única cosa a la que estamos conectados es a ser inadecuados. Siempre
quedamos cortos en algo, no obstante, la verdad de nuestra sinceridad, buena intención y fuerza
de voluntad. Sólo la misericordia, recibiéndola y dándola, nos puede apartar de las agitadas
aguas de nuestras propias ansiedades, inquietud y tristeza. Sólo conociendo la misericordia
conocemos la gratitud.
Este año, 2016, el papa Francisco nos ha pedido a todos vivir un año de misericordia,
contemplar el misterio de la misericordia “como un manantial de gozo, serenidad y paz”. La
misericordia -piensa él- es el secreto para poner un rostro creíble a Dios, para poner un rostro
creíble a nuestras iglesias y para caminar con seguridad en nuestras propias vidas.

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Los gritos de la finitud

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 7 de marzo de 2016

¿Qué es lo que más mueve tu corazón? Recientemente me hicieron esta pregunta en un taller.
Me pidieron que respondiera a la pregunta: ¿Cuándo sientes, de modo natural, más compasión
en tu corazón? Para mí, la respuesta resultó fácil: Me siento más movido cuando veo
desamparo, cuando veo a alguien o algo incapaz de atender sus propias necesidades y de
proteger su dignidad. Podría ser un bebé, hambriento y lloroso, demasiado pequeño para
alimentarse y para salvaguardarse. Podría ser una mujer en un hospital, enferma, dolorida,
moribunda, desahuciada, incapaz de atender su propia dignidad. Podría ser un desempleado,
con la suerte en contra, incapaz de encontrar trabajo, el extraño cuando parece que a los demás
las cosas les van bien. Podría ser una niña pequeña en el patio de recreo, indefensa mientras se
ríen de ella y es insultada. O podría ser un gatito, hambriento, abandonado, implorando auxilio
con sus ojos, incapaz de maullar, ni de atender su propia necesidad. El desamparo llama al
corazón. Siempre me conmueve, en el lugar más acogedor de mi interior, el desamparo, la
súplica de la finitud. Y sospecho que, a todos nosotros, nos ocurre algo parecido.
Estamos en buena compañía. Esto es lo que movió a María, la madre de Jesús, en la fiesta de la
boda de Caná, a acudir a Jesús y decir: “¡No tienen vino!”. Su respuesta tiene diferentes
significados. A un nivel, es una respuesta muy particular en una particular ocasión de la historia;
está tratando de salvar de un apuro y un sofoco a los anfitriones de una boda. Sin duda, la
escasez de vino se debió a alguna carencia por su parte, o a la escasez de dinero o a la falta de
buena planificación; pero, de cualquier modo, sufrieron ante sus huéspedes. Sin embargo, como
en la mayor parte de las cosas en los Evangelios, este incidente tiene un significado más
profundo. María no está hablando sólo de un anfitrión en una ocasión particular. Está hablando
también universalmente, como la madre de la humanidad, Eva, haciéndose eco para todos de lo
que John Sea acertadamente llama “los gritos de la finitud”.
¿Qué es la finitud? Lo finito, como podemos ver por la palabra, contrasta con lo infinito, con lo
que no es limitado, con Dios. Dios solo es no finito. Dios solo es autosuficiente. Dios solo no está
nunca desamparado; y Dios solo nunca está necesitado de la ayuda de algún otro. Dios solo
nunca está sujeto a enfermedad, hambre, cansancio, irritación, fatiga, decaimiento corporal o
mental, ni muerte. Dios solo nunca tiene que sufrir el oprobio de la necesidad, de quedarse corto
en algo, de autoexpresión inadecuada, de no medir bien, de estar avergonzado, de ser insultado,
de ser incapaz de ayudarse a Sí mismo y de tener que pedir con sus ojos que acuda alguien a
ayudarle.
Todo lo demás es finito. Así, como humanos, nosotros estamos expuestos al desamparo, la
enfermedad, la debilidad, la ceguera, el hambre, el cansancio, la irritación, la decrepitud y la
muerte. Además, en todas estas cosas, también estamos expuestos a la degradación. Cuantas
de nuestras palabras y acciones son, al fin, gritos de finitud, gritos de auxilio, los gritos de un
bebé por la comida, por el calor, por la protección y por la salvaguarda de la degradación.
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Aunque somos infinitamente más sofisticados en nuestra humanidad, aún somos, a cierto nivel,
como el gatito, suplicando con los ojos que alguien nos dé de comer; y todas las afirmaciones de
autosuficiencia de los ricos, los fuertes, los sanos, los arrogantes y esos que, aparentemente, no
necesitan ayuda, son, al fin, nada más que intentos de mantener acorralado el desamparo. Sin
importar lo fuertes y autosuficientes que podríamos creernos que somos, la finitud y la mortalidad
no admiten excepciones. El cansancio, la enfermedad, la decrepitud, la muerte y las penosas
hambres nos encontrarán, al fin, a todos. Nuestro vino también se agotará. Confiadamente,
alguien, como la madre de Jesús, hablará en favor nuestro: ¡No tienen vino!
¿Qué lección nos da esto?
Primera, reconocer nuestra finitud puede conducirnos a una autocomprensión más sana.
Conocer y aceptar nuestra finitud puede ayudar a calmar mucha frustración, inquietud y falsa
culpa en nuestra vida. Una vez, tuve un director espiritual, una monja mayor, que me desafió a
vivir con este axioma: No temas, tú eres inadecuado. Necesitamos perdonarnos nuestras propias
limitaciones, el hecho de ser humanos, finitos, y que somos incapaces de proporcionarnos, a
nosotros y a los que están a nuestro alrededor, todo lo que necesitamos. Pero la inadecuación
es una condición perdonable, no una falta moral.
Más allá de perdonarnos nuestro desamparo, reconocer y aceptar nuestra finitud, nos desafiaría
también a oír más claramente los gritos de la finitud que hay a nuestro rededor. Y así, si es el
grito de un bebé, la humillación en los ojos de alguien que busca trabajo, los marchitos ojos de
un enfermo terminal, o simplemente los suplicantes ojos de un gatito, necesitamos, como María,
hacer nuestra su causa y asegurarnos de que alguien los prive de la situación cambiando su
agua por vino al gritar: ¡No tienen vino!

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Los jóvenes, hoy - ¿Quiénes son en realidad?

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Lunes, 23 de mayo de 2016

Un seminarista a quien conozco fue un viernes por la tarde, a una fiesta en un local del campus
universitario. El grupo estaba compuesto por un gentío de estudiantes universitarios jóvenes, y
cuando fue presentado como seminarista, como alguien que trataba de llegar a ser sacerdote y
que había hecho un voto de celibato, la mención del celibato provocó ciertas risitas en el local,
alguna burla y chistes sobre lo que él debe prescindir en la vida. ¡Pobre, ingenuo muchacho!
Inicialmente, en este grupo de jóvenes, sus creencias religiosas y aquello a lo que le había
llevado a su elección fue estimado como algo entre divertido y lastimoso. Pero, para cuando se
acabó la fiesta, varias jóvenes habían acudido, llorado sobre sus hombros y expresado su
frustración por la incapacidad de sus novios para formalizar definitivamente su relación.
Este incidente podría servir de parábola para describir a los jóvenes de hoy en nuestro mundo
secularizado. Muestran lo que con razón podría ser llamado un carácter bipolar sobre la fe, la
iglesia, la familia, el código sexual de valores y otras muchas cosas que les son importantes.
Ellos presentan un cuadro inconsistente: Por una parte, no acuden a la iglesia, al menos con
cierta regularidad; no siguen los criterios cristianos sobre la sexualidad; parecen indiferentes e
incluso, a veces hostiles, a apreciadas tradiciones religiosas; y pueden parecer increíblemente
superficiales en su adicción y esclavitud a lo que está en voga en el entretenimiento, moda e
información tecnológica. Mirado desde una sola perspectiva, nuestros chicos pueden aparecer
irreligiosos, moralmente indiferentes y con una pesada dieta de superficialidad que caracteriza a
las “TV realities” y a los juegos de vídeo. Más seriamente todavía, también pueden parecer
miopes, avaros, mimados y excesivamente auto interesados. No es un bonito cuadro,
precisamente.
Pero éste no es exactamente el cuadro. Bajo esa apariencia, en la mayoría de los casos,
encontraremos a alguien que es muy amable, sincero, delicado, cordial, afable, moral, cálido,
generoso y deseoso de todo lo bueno (sin mucha ayuda de una cultura que carece de guía moral
clara y está cargada de sobre estímulos). La buena noticia es que la mayoría de los jóvenes, a
nivel de deseos reales, de ninguna manera están peleados con Dios, la fe, la iglesia y la familia.
Para la gran mayoría, la juventud de hoy es buena gente y quiere todas las cosas buenas.
Pero, eso no es siempre tan evidente. A veces la apariencia parece engañar el fondo, de modo
que lo que de hecho son y lo que de hecho quieren, no resulta tan evidente. Vemos lo externo, y
vista así, nuestra juventud puede parecer más auto interesada que generosa, más superficial
que profunda, más apática que sensible, y más indiferente que llena de fe. También pueden
manifestar presunción y autosuficiencia que sugiere poca vulnerabilidad y ninguna necesidad de
guía por parte de alguien más allá de ellos mismos.
De aquí su bipolaridad: mayormente quieren las cosas correctas, pero, demasiado
frecuentemente, a causa de la falta de genuina guía y su adicción a la cultura, no están haciendo

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el tipo de elecciones que les traerán lo que desean en su fuero interno. La sexualidad es un
magnífico ejemplo de esto: estudios hechos sobre jóvenes indican que la mayoría de ellos
quieren ser monógamos, matrimonio fiel. El problema es que también creen que primero pueden
permitirse diez o quince años de promiscuidad sexual, sin tener que aceptar que practicando
diez o quince años de infidelidad no sea una buena preparación para la clase de fidelidad
necesaria para sustentar un matrimonio y una familia. En esto, como en muchas otras cosas,
están atrapados entre su código cultural de valores y sus frágiles seguridades. La cultura
pregona una cierta ética, la liberación de las timideces del pasado, acabada con una presunción
que empequeñece cualquier cosa que cuestiona. Pero mucho de esa presunción es silbar en la
oscuridad. En el fondo, nuestros jóvenes son bastante inseguros y, felizmente, esto los mantiene
vulnerables y simpáticos.
Tal vez Louis Dupré, filósofo retirado que enseñó durante muchos años en Yale, lo capta de la
mejor manera cuando dice que los jóvenes de hoy no son malos, simplemente, no están
acabados. Eso es una simple mirada que capta mucho. Uno puede ser maravilloso y muy
simpático, pero aún inmaduro. Además, si eres bastante joven, incluso puedes ser atractivo, la
verdadera definición de agradable. Lo contrario es también, muchas veces, verdadero: algunos
de nosotros, adultos, sufrimos de nuestra propia bipolaridad: somos maduros, pero lejos de ser
maravillosos y simpáticos.
Así, ¿quién es el actual joven de hoy? ¿Es la persona que se envuelve en su propio mundo,
obsesiva de la apariencia física, adicta a los medios sociales, viviendo fuera del matrimonio con
su pareja, presumiendo de su propia visión moral y religiosa no-tradicional? Eso -creo yo- es la
apariencia superficial. El joven de hoy es cálido, de buen corazón, generoso y confiado, que
espera conscientemente el amor y la afirmación, y que espera inconscientemente el abrazo de
Dios.

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Los peligros de ser un profeta guerrero

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Lunes, 28 de noviembre de 2016

Un profeta hace voto de amor, no de alienación. Daniel Berrigan escribió esas palabras y
necesitan ser destacadas cuando gran cantidad de gente sincera, comprometida y religiosa, se
autodefine como guerrero cultural, como profetas en guerra contra la cultura secular.
Esta es la actitud de muchos seminaristas, clérigos, obispos y todo tipo de cristianos. Es un
mantra virtual en el “Derecho Religioso” y en muchos seminarios católicos romanos. En este
aspecto, la cultura secular es vista como una fuerza negativa que está amenazando nuestra fe,
conducta, libertades religiosas e iglesias. La cultura secular es vista, en su mayor parte, como
anticristiana, antieclesial y anticlerical, y su corrección política es entendida para proteger a
todos, menos a los cristianos. Más preocupante para estos guerreros culturales es lo que ellos
consideran la “pendiente resbaladiza”, en la que ven a nuestra cultura deslizándose siempre más
lejos de nuestras raíces judeo-cristianas. Ante esto, creen que las iglesias deben estar altamente
vigilantes, defensivas y en una postura beligerante.
En parte tienen razón. Hay voces y movimientos en la cultura secular que sí amenazan algunas
esencias en nuestra fe y vida moral, como se ve en el tema del aborto, y existe el peligro de la
“pendiente resbaladiza”. Pero el verdadero cuadro está mucho más caracterizado de lo que esta
defensa merece. La secularidad, a pesar de todo su narcisismo, falsas libertades y
superficialidad, añade muchos valores cristianos que nos desafían a vivir más profundamente
nuestros principios. Además, los temas en los que nos desafían no son menores. La cultura
secular, en sus mejores expresiones, desafía poderosamente a todos a ser más sensibles y más
morales ante la desigualdad económica, las violaciones de derechos humanos, la guerra, el
racismo, el sexismo y la destrucción de la Madre Naturaleza, por una ganancia a corto plazo. La
voz de Dios está también en la cultura secular.
La profecía cristiana debe apreciar esto. La cultura secular no es el anticristo. Al fin y al cabo,
sale de las raíces judeo-cristianas y ha plantado en su corazón muchos valores centrales del
Judeo-Cristianismo. Necesitamos por tanto tener cuidado, como guerreros culturales, para no
estar combatiendo a ciegas la verdad, la justicia, los pobres, la igualdad y la integridad de la
Creación. Con demasiada frecuencia, en un acercamiento enconado, acabamos por tener a Dios
combatiendo a Dios.
Un profeta se tiene que caracterizar ante todo por el amor, por la empatía con las personas por
las que está desafiando. Además -como Gustavo Gutiérrez enseña- nuestras palabras de
desafío deben salir más de nuestra gratitud, que de nuestra ansiedad, sin importar qué
justificada resulte ésta. Estar airado, estar enfrentado a los demás, romper con los que no están
de acuerdo con nosotros, con la retórica llena de odio y ganar discusiones amargas, podría ser
políticamente efectivo a veces. Pero todo esto es contraproducente a largo plazo, porque
endurece los corazones más que los ablanda. La verdadera conversión nunca puede venir por
coerción, física o intelectual. Los corazones sólo cambian cuando son tocados por el amor.
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Todos nosotros sabemos esto por experiencia. Sólo podemos aceptar un fuerte desafío para
purificar algo en nuestras vidas, si sabemos que este desafío nos viene porque alguien nos ama
y nos ama lo suficiente para cuidar de nosotros, de esta manera profunda. Sólo esto puede
ablandar nuestros corazones. Cualquier otra clase de desafío sólo hace endurecer los
corazones. Así, antes de que podamos hablar efectivamente de un desafío profético a nuestra
cultura, debemos primero permitir a las personas, que sepan que las amamos, y las amamos lo
suficiente para cuidar de ellas de esta manera profunda. Con demasiada frecuencia no es este el
caso. Nuestra cultura no siente, ni cree que la amamos, lo cual -creo yo- más que ningún otro
factor, vuelve inútil e incluso contraproducente gran parte de nuestro desafío profético.
Nuestra profecía debe reflejar eso de Jesús: mientras se acercaba a la ciudad de Jerusalén,
poco antes de su muerte, sabiendo que sus habitantes, con buena conciencia, iban a matarlo,
lloró sobre ella. Pero sus lágrimas no eran por sí mismo. Sus lágrimas eran por ellos, por los
mismos que se le oponían, los que lo matarían y luego se sentirían fracasados. No hubo alegría
porque ellos fracasaran; sólo empatía, tristeza, amor por ellos, no por él.
El P. Larry Rosebaugh OMI, uno de mis hermanos oblatos que empleó su sacerdocio luchando
por la paz y la justicia, y murió en Guatemala, cuenta en su autobiografía cómo, la noche antes
de su primer arresto por desobediencia civil, estuvo toda ella en oración; y, por la mañana,
mientras salía para realizar el acto de no-violencia que le llevaría a su arresto, fue advertido por
Daniel Berrigan: “Si no puedes hacer esto sin enojarte con la gente que se opone a ti, ¡no lo
hagas! Esto debe ser un acto de amor”.
La profecía tiene que ser un acto de amor; si no, es meramente alienación.

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No cultivar la impaciencia

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 24 de octubre de 2016

Hace treinta y cuatro años, cuando lancé esta columna, nunca habría dicho esto: la impaciencia
no es algo que deba ser cultivado, a pesar de lo romántico que podría parecer. No confundáis a
Jesús con Hamlet, la paz con la inquietud, la hondura con el desagrado, ni la paz genuina con la
ansiedad existencial del artista. La impaciencia en nosotros no necesita ser fomentada; produce
suficiente estrago por sí misma.
Pero yo soy un converso tardío de este modo de ver. Desde la más tierna infancia, hasta la
media edad, viví un romance con la impaciencia, con el estoicismo, con ser el forastero solitario,
con ser el único en la reunión que lo encontraba todo demasiado superficial para ser real. Tal
vez eso contribuyó a que optara por el seminario y el sacerdocio; ciertamente ayuda a explicar
por qué titulé esta columna En el exilio. Durante la mayor parte de mi vida, he equiparado
impaciencia con profundidad, como algo que debe ser cultivado.
Me vino naturalmente, y a o largo del camino he encontrado valerosos guías que me ayudaron a
cargar mi soledad. Durante mis años de bachillerato, estuve intrigado con Hamlet, de
Shakespeare. Lo memoricé. Hamlet representaba la profundidad, la intensidad y la aventura; no
era un bebedor de cerveza. Para mí, era el profeta solitario, radiante profundidad más allá de la
superficialidad.
En los años de seminario, me gradué en Platón (“Estamos impregnados en la vida con una
locura que viene de los dioses y nos hace creer que podemos alcanzar un gran abrazo,
hacernos inmortales y contemplar lo divino”); en Agustín (“Nos has hecho para ti, Señor, y
nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti”); en Juan de la Cruz (“Vamos por
la vida encendidos por urgentes anhelos de amor”); en Karl Rahner (“En la angustia de la
insuficiencia de todo lo accesible, aprendemos que aquí, en esta vida, no hay ninguna sinfonía
acabada”). Leer estos pensadores me ayudó a poner mi juvenil romanticismo bajo una alta valla
simbólica.
Además de estos escritores, estuve muy influido por algunos novelistas que me ayudaron a
infundir la idea de que la vida debe ser vivida con tal intensidad interior y alto romanticismo para
poder excluir cualquier simple satisfacción en la vida, los placeres y los gozos domésticos de
todos los días. Para mí, los personajes de Nikos Kazantzakis alumbraron una pasión que los
hizo virtualmente divinos e irresistiblemente envidiables, aun cuando lucharon por no
autodestruirse; Iris Murdoch describió amores que eran muy obsesivos, y aun así tan atractivos,
como para hacer que lo exterior, fuera irreal; y Doris Lessing y Albert Camus me sedujeron con
imágenes de una inquietud interior que hicieron que la vida ordinaria pareciera insulsa y no
digna. La idea añadió en mí que era mucho más noble morir en un anhelo no recompensado,
que vivir en cualquier otra cosa. Mejor muerto en la intensidad que vivo en la normalidad
doméstica. La impaciencia debía ser fomentada.

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Y muchas cosas en nuestra cultura, especialmente en las artes y en la industria del
entretenimiento, fomentan esa tentación, a saber, autodefinirse como inquieto e identificar esta
inquietud con la profundidad y con la ansiedad del artista. Una vez que nos definimos de este
modo, como románticos complejos e incurables, tenemos una excusa para ser difíciles y también
tenemos una excusa para la traición y la infidelidad. Por ahora, en palabras de una canción de
The Eagles, somos espíritus inquietos en una lucha sin fin. Entonces, volamos sobre las reglas
ordinarias por la vida y la felicidad, y nuestra complejidad es suficiente justificación para
cualquier manera de actuación. Como Amy Winehouse se autodefine: “Te dije que yo era un
problema, y sabes que no soy buena”. ¿Por qué debería alguien ser confundido por nuestro
rechazo de la vida y la felicidad ordinarias?
Hay algo dentro de nosotros, particularmente cuando somos jóvenes, que nos tienta hacia esa
especie de autodefinición. Y, para ese tiempo de nuestras vidas, creo yo, eso es saludable. Se
supone que los jóvenes son súper idealistas, incurablemente románticos. Mi deseo es que la
gente joven leyera a Platón, Agustín, Juan de la Cruz, Karl Rahner, Nikos Kazantzakis, Iris
Murdoch, Doris Lessing, Jane Austin y Albert Camus.
Pero, fuera de ellos que integran esa insaciable impaciencia y ansiedad existencial en una
narrativa más grande y significativa, deberíamos estar hartos de definirnos como inquietos y de
cultivarlo. El alto romanticismo sólo nos servirá bien si al fin lo situamos en una autocomprensión
que no haga de la impaciencia un fin en sí misma. Sólo tener sentimientos nobles no traerá
mucha paz a nuestras vidas y, mientras envejecemos y maduramos, la paz no viene a ser el
premio. Romeo, Julieta, Hamlet, Zorba el griego, el doctor Zhivago y las otras figuras románticas
de nuestras pantallas y de nuestras novelas, pueden encender nuestras imaginaciones
románticas, pero no son al fin imágenes del estilo de intimidad que favorece un permanente
encuentro de corazones dentro del cuerpo de Cristo.

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¡Nosotros primero!

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Lunes, 4 de julio de 2016

“Yo soy ciudadano, no de Atenas ni de Grecia, sino del mundo”. Sócrates escribió estas palabras
hace más de veinticuatro siglos. Hoy más que nunca éstas son palabras que necesitaríamos
apropiarnos porque, más y más, nuestro mundo y nosotros mismos estamos sumergiéndonos en
formas perjudiciales de tribalismo en las que nos importa, en primer lugar, tener cuidado de
nosotros mismos.
Hoy vemos esto por todas partes. Tendemos a pensar que se produce sólo en círculos
extremistas, pero está siendo defendido, con un fervor moral siempre intenso, en todos los
lugares del mundo. Suena así: ¡América primero! ¡Inglaterra primero! ¡Mi país primero! ¡Mi iglesia
primero! ¡Mi familia primero! ¡Yo primero! Cada vez más, estamos haciéndonos la prioridad y
definiéndonos de maneras que no sólo van contra el Evangelio, sino que nos están haciendo
inferiores en espíritu y más avaros de corazón.
Lo primero, va contra el Evangelio, contra casi todo lo que enseñó Jesús. Si los Evangelios son
claros en todo, hablan claro de que todas las personas de este mundo son iguales a los ojos de
Dios, que todas las personas de este mundo son hermanos nuestros, que se nos pide compartir
los bienes con todos, especialmente con los pobres, y, lo más importante, que no estamos para
ponernos los primeros, sino que siempre hemos de considerar las necesidades de los otros
antes que las nuestras. Todos los eslóganes que ponen primero “yo”, “nosotros”, “lo mío”, “mi
grupo”, “mi país”, niegan esto. Además, no se aplica sólo a pequeño nivel; se aplica a nosotros
como conjunto de naciones. Para nosotros, como naciones, hay una cierta inmoralidad e
inmadurez al pensar primero, y primariamente, en nuestros propios intereses, como contrapunto
a pensar como ciudadanos del mundo, comprometidos en el bien de todos.
Y la verdad de esto se encuentra no sólo en Jesús y los Evangelios, sino también en lo que hay
de más grande y mejor en nosotros.
La auténtica definición de un gran corazón se apoya alzándose sobre el auto interés y buscando
el bien del otro y de una comunidad más abierta. Somos amplios de miras en la mesura que nos
hacemos sensibles a una mirada más generosa y somos capaces de integrar las necesidades,
heridas e ideologías de los demás y no sólo las de nuestro entorno. Esto es lo que significa
entender, más que ser inteligente. Cuando somos mezquinos, nos incapacitamos para ver más
allá de nuestras propias necesidades, heridas e ideologías.
Esto lo sabemos también por experiencia. En nuestros mejores días, nuestros corazones y
mentes están más abiertos, más dispuestos a abrazar ampliamente, más dispuestos a aceptar
las diferencias y más dispuestos a sacrificar el autointerés por el bien de otros. En nuestros
mejores días, somos amables, de gran corazón y comprensión, y, en esos días, es impensable
para nosotros decir: ¡Yo primero! Sólo nos ponemos primeros y dejamos que nuestros intereses
aventajen a nuestra propia bondad de corazón, los días en que nuestras frustraciones, heridas,
cansancio y contagios ideológicos nos abruman. Y aun cuando volvamos a la mezquindad, parte
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de nosotros sabe que esto no es lo mejor, sino que somos más que nuestras acciones delatan
en ese momento. Bajo las heridas y dolencias ideológicas, permanecemos afianzados en la
verdad de que somos, primero, ciudadanos del mundo. Aún late un corazón sano bajo el herido
e infectado.
Por desgracia, hoy casi todo en nuestro mundo induce a esto. Somos hijos adultos de René
Descartes, que ayudó a modelar la mente moderna con su famoso dicho: ¡Pienso, luego existo!
Nuestros propios dolores de cabeza y pesares son lo que nos resulta más real, y ajustamos la
realidad y el valor de otros en relación a nuestra propia subjetividad. Por eso podemos decir tan
fácilmente: ¡Yo primero! ¡Mi país primero! ¡Mis pesares primero!
No puede haber paz, ni comunidad mundial, ni verdadera fraternidad, ni real comunidad eclesial
mientras no nos definamos como ciudadanos del mundo, y sólo en segundo lugar, como
miembros de nuestra propia tribu.
Se entiende que necesitemos tener cuidado de nuestras propias familias, de nuestros propios
países y de nosotros mismos. La justicia pide que también nos tratemos convenientemente.
Pero, al fin, la tensión aquí es falsa, esto es, las necesidades de otros y las nuestras no están en
competencia. Atenas y el mundo son de una misma pieza. Nos servimos de la mejor manera a
nosotros mismos cuando servimos a los otros. Somos amables para con nosotros cuando somos
amables con los otros. Sólo siendo buenos ciudadanos del mundo somos buenos ciudadanos en
nuestros propios países.
Ponernos a nosotros primero va contra el Evangelio. Es también una pobre estrategia: Jesús nos
dice que, al fin, los primeros serán los últimos.

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Nuestra inseguridad más honda

Ron Rolheiser - Lunes, 18 de julio de 2016

¿Por qué no somos más felices? ¿Por qué estamos atrapados por frustraciones, tensiones, iras
y resentimientos?
Las razones son demasiadas para nombrarlas. Cada día, como Jesús nos dice de sí mismo, trae
suficientes problemas. Somos infelices por infinitas razones como para contarlas. Aun así, puede
ser de ayuda preguntarnos ¿Por qué permanezco crónicamente sentado fuera de las puertas de
la felicidad?
Nuestra respuesta inicial no se centraría en las tensiones que hay en nuestras vidas vinculadas
a los cansancios, la salud, el stress en nuestras relaciones, stress en nuestro trabajo y ansiedad
por nuestra seguridad. ¡Siempre hay algo! Una segunda reflexión, sospecho, nos arrastraría a
razones más profundas: decepciones no reconocidas sobre nuestra vida, y sobre los muchos
sueños que teníamos y que se han frustrado.
Pero todavía, creo que hay una reflexión más profunda que podría iluminar algo así, algo que
descansa más allá del stress ordinario y es más hondo que las decepciones que hay en nuestras
vidas. Esto, presumo, podría manifestar una subyacente y no admitida inseguridad que confunde
volviendo lo positivo en negativo y que nos lleva a maldecir más que a bendecir, y nos mantiene
proyectando negatividad y amargura hacia Dios y la religión. ¿Qué es esta inseguridad?
Esta inseguridad es, en la raíz, el sentimiento de que no somos suficientemente bienvenidos a
este mundo, que Dios y el universo nos son hostiles, que no somos amados y perdonados
incondicionalmente. Y, a causa de esto, albergamos una cierta paranoia y aversión hacia los
otros. Su energía es una amenaza a la acogida que deseamos.
Así es como diagnostica todo esto Thomas Merton. Hablando sobre la negatividad en la política,
en las iglesias, en las comunidades de su tiempo, ofrece esta razón para la amargura y la
división: “En un ambiente que no es de vida y misericordia, sino de muerte y condenación, las
culpas personales y colectivas, las personas y los grupos guerrean unos con otros hasta la
muerte. Hombres, tribus, naciones, sectas, partidos se erigen a sí mismos en la acusación mutua
como forma de existencia. De esta manera sobreviven y se autoafirman viviendo
demoniacamente, porque el demonio es el “acusador de los hermanos”. Una existencia
demoniaca es aquella en la que insistentemente se diagnostica lo que no se puede curar, lo que
no se desea curar, que busca sólo alcanzar su máximo potencial para causar la muerte de su
víctima. Ésta es la tentación que acosa, en la situación existencial de pecado del ser humano,
para quien una existencia resentida implica la necesidad y decisión de acusar y condenar las
otras existencias”
Y, cuando esto es verdad, Merton dice, “Dios se convierte en un tótem tribal, una magnificación
de la existencia egoísta que se esfuerza por fundamentar su autonomía sobre su propio vacío.
¿Puede ser otra cosa este Dios que no sea la encarnación de resentimientos, odios y temores?
Es en la presencia de tales ídolos donde la venganza y las ortodoxias mortíferas florecen. Estos
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dioses del partido y la secta, la raza y la nación, son necesariamente dioses de guerra”, Y esto
solo tiene remedio “cuando la gente se da cuenta de todos ellos son deudores, y esa deuda es
impagable”.
¿Y hoy, es esto verdad? ¡Cuán viciados, demonizados, polarizados y paralizados están nuestros
procesos políticos, nuestras Iglesias y comunidades! ¡Qué resentidos estamos! ¡En qué medida
hemos convertido a nuestro Dios en la encarnación de nuestros resentimientos, odios y miedos!
¡Cómo estamos vendiendo ortodoxias mortíferas como si fueran religión! ¡En qué medida
nuestras comunidades e iglesias están creando sus propios dioses tribales! Lo vemos, por
supuesto, de una manera clara en los terroristas que ponen bombas y matan en nombre de Dios,
pero nadie está exento. Todos nos esforzamos en creer en un Dios que ama a todos, y que no
es nuestra exclusiva deidad tribal. En efecto, parte de la razón histórica para el terrorismo
religioso de hoy tiene que ver con nuestra antigua paranoia y cómo hemos proyectado nuestros
propios resentimientos, miedos y odios en el Dios en el que creemos y en la religión que
practicamos. Pero Merton comparte también el secreto de cómo ir más allá de todo esto, de
cómo dejar de proyectar nuestros propios resentimientos y miedos en Dios y en nuestras
iglesias. ¿Su respuesta? Las cosas cambiarán cuando, en la raíz de nuestro ser, aceptemos que
todos somos deudores y que la deuda es impagable. Con ello finalmente nos aceptaremos, no
tendremos resentimiento hacia los otros. Es sólo cuando experimentamos nuestra propia
acogida, que podemos dejar fluir, fuera de nuestras vidas, aceptación y no juicio. Y entonces, y
sólo entonces, podremos dejar que nuestro Dios sea también el Dios de otros.
En la raíz de nuestro resentimiento más profundo se asienta una gran inseguridad sobre nuestra
acogida en el mundo y con ella el fracaso de entender la naturaleza verdadera de Dios, que,
dado que nos sentimos amenazados, creamos invariablemente un Dios y una religión que nos
protege en contra de los otros.

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Nuestra resistencia al amor

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 7 de noviembre de 2016

No tiene nada de sencillo ser un humano. Somos un misterio para nosotros mismos, y, con
frecuencia, nuestros peores enemigos. Nuestra complejidad interior nos ofusca y, no raramente,
nos frustra. En nada es esto más cierto que en la lucha con el amor y la intimidad.
Más que otra cosa, tenemos hambre de intimidad, ser tocados en nuestro centro, donde somos
más nosotros, donde descansa todo lo que es lo más precioso, vulnerable y anhelante. Sin
embargo, ante la verdadera intimidad, la gente sensible está, con frecuencia, inquieta y
resistente.
En los Evangelios vemos dos poderosos ejemplos de esto: el primero, en una historia, referida
en los cuatro Evangelios, en la que una mujer entra en una estancia de la casa en la que Jesús
está comiendo y, con una serie de gestos muy generosos, rompe un costoso frasco de perfume,
lo derrama sobre los pies de Jesús, lava esos pies con sus lágrimas, los seca con sus cabellos y
luego empieza a besarlos. ¿Cuál es la reacción de los que están en la estancia, a excepción de
Jesús? Malestar y resistencia. ¡Esto no debería suceder! Se mueven incómodos en sus sillas a
la vista de esta sincera expresión de amor; y Jesús tiene que desafiarles a buscar la causa de su
malestar.
Entre otras cosas, señala que, irónicamente, con lo que están incómodos es con lo que subyace
en el centro mismo de la vida y de sus más profundos deseos, a saber, dar y recibir el amor y el
afecto. Es esto -afirma Jesús- por lo que estamos vivos, y es esta experiencia la que nos prepara
para la muerte. ¡Es también lo que más anhelamos! Entonces ¿por qué nuestro malestar y
resistencia cuando de hecho es la esencia de la vida?
El segundo ejemplo aparece en el Evangelio de Juan, en la Última Cena. Jesús trata de lavar los
pies de sus discípulos. Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una jofaina y una
toalla, y empezó a lavar los pies de sus discípulos. Encuentra malestar y resistencia, claramente
expresados por Pedro, que simplemente dice a Jesús: “¡Nunca! ¡Tú nunca me lavarás los pies!”
¿Por qué? ¿Por qué esa resistencia? ¿Por qué la resistencia ante el hecho de que, sin duda,
más que ninguna cosa, lo que más deseaba Pedro era que Jesús le lavara los pies, gozar esta
clase de intimidad con Jesús?
Responder a la cuestión de nuestra lucha con la intimidad proporciona una guía de por qué a
veces nos mostramos reacios ante lo que de hecho deseamos tan profundamente. Nuestros pies
son algo muy íntimo; son parte de nuestro cuerpo donde nos molesta la suciedad y el olor, no
una parte en la que nos caiga bien el toque de otros. Hay una innata vulnerabilidad, un malestar,
una vergüenza, añadidas a que nos toquen. La intimidad demanda una facilidad que nuestra
vulnerabilidad, a veces hace imposible. Y así, este texto alude a una resistencia a la intimidad, a
una particular incomodidad en ciertas circunstancias.
Pero la resistencia de Pedro habla también de algo más, algo más notable: si estamos sanos y
sensibles, todos nosotros experimentaremos un cierto malestar y resistencia ante el crudo
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regalo, antes de la intimidad, antes de la recompensa. Y, mientras esto es algo para ser
superado, no es una falta, un defecto moral o sicológico. Por el contrario, en su normal
expresión, es una señal de sensibilidad moral y psicológica. ¿Por qué digo esto?
¿Por qué a veces nos impedimos ir hacia la verdadera esencia de la vida, creyendo que hay algo
equivocado en nosotros?
Insinúo que no es un defecto sino más bien un sano mecanismo, porque la gente narcisista,
tosca e insensible, es frecuentemente inmune a este malestar y resistencia. Su narcisismo les
protege de la vergüenza, y su dureza les permite una fácil y salvaje desenvoltura en relación a la
intimidad, como alguien que está bastante cansado de sentirse cómodo con la pornografía, o
alguien que acoge la intimidad como algo que debe ser tenido por derecho, casual o incluso
agresivamente. En este caso, no existe la menor intimidad.
La gente sensible, lucha con la crudeza de la intimidad, porque la genuina intimidad, como el
cielo, no es algo que pueda ser vivido voluble o fácilmente. Es una lucha de toda la vida, un dar y
tomar con muchas contrariedades, una revelación y una ocultación, una rendición y una
resistencia, un éxtasis y un sentimiento de indignidad, una aceptación que lucha con la
verdadera rendición, un altruismo que aún contiene egoísmo, un calor que a veces se vuelve
frío, un compromiso que aún tiene algunas condiciones, y una esperanza que lucha por
sostenerse a sí misma.
La intimidad no es como el cielo. Es la salvación. Es el Reino. Así, como el Reino, tanto el
camino, como la puerta de acceso a él son angostos, no hallados con facilidad. Por tanto, sé
delicado, paciente y comprensivo hacia los otros y hacia ti mismo en esta lucha.

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Nuestras iglesias como refugios

Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) - Lunes, 19 de diciembre de 2016

Siempre que hemos tenido nuestros mejores momentos como cristianos, hemos abierto las
iglesias como refugios para los pobres y los que estaban en peligro. Tenemos una larga y
magnífica historia sobre refugiados, personas sin hogar, inmigrantes que afrontan la deportación,
y otros que están en peligro y se amparan en nuestras iglesias. Si creemos lo que Jesús nos dijo
sobre el Juicio Final en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo, esto nos irá bien cuando nos
presentemos ante Dios.
Desgraciadamente, nuestras iglesias no siempre han proporcionado esa misma clase de asilo
(seguridad y cobijo) a los refugiados, inmigrantes y sin hogar en su relación con Dios y las
iglesias. Hay millones de personas, hoy quizá la mayoría en nuestras naciones, que están
buscando un puerto seguro para ordenar su fe y su relación con la iglesia. Con demasiada
frecuencia, nuestros rígidos paradigmas de ortodoxia, eclesiología, ecumenismo, liturgia,
práctica sacramental y derecho canónico, aunque bienintencionados, han hecho de nuestras
iglesias lugares donde no se ofrece tal refugio, ni donde se refleja el amplio abrazo practicado
por Jesús. En vez de eso, nuestras iglesias son frecuentemente puertos sólo para personas que
ya están seguras, acomodadas, son practicantes, y son sólidos ciudadanos eclesiales.
Difícilmente era ésa la situación en el ministerio de Jesús. Él era un refugio seguro para todos,
tanto religiosos como no religiosos. Aun cuando no ignoró a las personas religiosas cercanas a
él -los escribas y los fariseos-, su ministerio siempre llegó e incluyó a aquellos cuya práctica
religiosa era débil o no existía. Además, llegó en especial a aquellos cuyas vidas morales no
estaban en armonía con las prácticas religiosas del tiempo, aquellos considerados como
pecadores. Él no pidió el arrepentimiento de los considerados pecadores antes de sentarse a la
mesa. No estableció ninguna condición moral ni eclesial como prerrequisito para juntarse o
comer con él. Muchos se arrepintieron después de encontrarse y comer con él, pero tal
arrepentimiento nunca fue una condición previa. En su persona y en su ministerio, Jesús no
discriminó. Ofreció un refugio seguro para todos.
Hoy necesitamos en nuestras iglesias desafiarnos sobre esto. Desde los pastores a los consejos
parroquiales, a los equipos de pastoral, a los guías diocesanos, a las conferencias episcopales,
a los responsables de aplicar el canon y la ley de la iglesia, a nuestras propias actitudes
personales, todos necesitamos preguntar: ¿Son nuestras iglesias lugares de acogida para los
que son refugiados, sin hogar y pobres eclesialmente? ¿Reflejan a Jesús nuestras prácticas
pastorales? ¿Es nuestro abrazo tan amplio como el de Jesús?
Estos no son ideales fantasiosos. Este es el evangelio, cuyo punto de vista podemos perder
fácilmente, por aparentes buenas razones. Recuerdo un Sínodo Diocesano en el que participé
hace unos veinte años. En una etapa del proceso, estábamos divididos en pequeños grupos y a

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cada grupo se le dio la pregunta: Antes que todo lo demás, ¿qué debería decir la iglesia hoy al
mundo?
Los grupos volvieron con sus respuestas, y cada uno, propuso, su primera prioridad a lo que la
iglesia debería decir al mundo, algún desafío moral o eclesial: ¡Necesitamos desafiar al mundo
en relación a la justicia! ¡Necesitamos desafiar a la gente a orar más! ¡Necesitamos hablar
nuevamente del pecado! ¡Necesitamos desafiar a la gente sobre la importancia de ir a la iglesia!
¡Necesitamos parar el mal del aborto! Todas estas sugerencias son buenas e importantes. Pero
ninguno de los grupos se atrevió a decir: ¡Necesitamos consolar a la gente!
El Mesías de Händel empieza con ese maravilloso verso de Isaías 40: “Consolad, consolad a mi
pueblo, dice el Señor.” Eso -creo yo- es la primera tarea de la religión. El desafío sigue después
de eso, pero no puede precederlo. Una madre, primero consuela a su hijo asegurándole su amor
y deteniendo su confusión. Sólo después, en la acogida segura producida por ese consuelo,
puede empezar a ofrecerle algún desafío para crecer más allá de sus propias luchas instintivas.
La gente está muy dominada por la percepción que tiene de las cosas. En nuestras iglesias
podemos protestar de que estamos siendo percibidos injustamente por nuestra cultura, esto es,
como intolerantes, críticos, hipócritas y odiosos. Sin duda, esto es injusto, pero debemos tener el
coraje de preguntarnos por qué abunda esta percepción, en los espacios académicos, en los
medios y en la cultura popular. ¿Por qué no somos percibidos como “un hospital de campaña”
para los heridos, como es la idea del papa Francisco?
¿Por qué no nos decidimos a abrir las puertas de nuestras iglesias mucho más ampliamente?
¿Qué hay en la raíz de nuestra reticencia? ¿Miedo de ser demasiado generosos con la gracia de
Dios? ¿Miedo de la contaminación? ¿Del escándalo?
Uno se pregunta si más gente, especialmente los jóvenes y los alejados, aceptarían nuestras
iglesias hoy si fuéramos percibidos en la mentalidad popular precisamente como refugios para
los que están en búsqueda, para los confusos, los heridos, los desgarrados y los no religiosos,
más bien que como lugares para los que ya están sólidos religiosamente y cuya búsqueda
religiosa ya está completa.

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Nuestro miedo al infierno

Ron Rolheiser - Lunes, 15 de agosto de 2016

El infierno no es la desagradable sorpresa que le espera a una persona básicamente feliz. El


infierno sólo puede ser el fruto maduro del orgullo y la autosuficiencia que, a lo largo del tiempo,
ha retorcido el corazón hasta el fondo para llegar a considerar la felicidad como infelicidad, y
mantiene un arrogante desdén por la gente feliz. Si eres esencialmente una persona de buen
corazón, a este lado de la eternidad, no debes tener miedo a que una desagradable sorpresa te
espere en el otro lado, porque en algún lugar a lo largo del camino, sin saberlo, perdiste el rumbo
y tu vida se volvió terriblemente equivocada.
Para muchos de nosotros, la predicación y la catequesis de nuestra juventud nos inculcó la idea
de que uno podría perderse trágicamente sin saberlo y sin posibilidad de retorno. Podrías vivir tu
vida sinceramente, con una esencial honestidad, relacionándote justamente con los demás,
intentando dar lo mejor en tu debilidad, teniendo algunas rachas de felicidad, y al final morir y
descubrir que algún pecado o error que hubieras cometido, quizás sin saberlo, te podría
condenar al infierno y sin ninguna posibilidad de arrepentimiento. El último segundo antes de tu
muerte era la última oportunidad para cambiar las cosas, sin segundas oportunidades después,
sin importar cuánto podrías querer el arrepentimiento. ¡Como un árbol cae así caerá! Fuimos
instruidos para temer la muerte y el después.
Pero, sea cual fuere la efectividad práctica, para hacerle vacilar ante la tentación por el miedo al
infierno, es algo esencialmente erróneo y no debería enseñarse en nombre del cristianismo.
¿Por qué? Porque esta idea desmiente a Dios y las profundas verdades que Jesús reveló. Jesús
enseñó que hay un infierno y que es una posibilidad. Pero el infierno del que Jesús habla no es
un lugar o estado por el que uno implora como oportunidad, un sólo minuto más de vida para
hacer un acto de contrición, y Dios lo rechaza. El Dios a quien Jesús encarna y revela está
siempre abierto al arrepentimiento, a la contrición, y esperando nuestro retorno de los pródigos
vagabundeos que tanto nos gustan.
Con Dios nunca gastamos nuestras oportunidades. ¿Podrías imaginar a Dios mirando a un
hombre o a una mujer arrepentidos y diciendo: “¡Lo siento, por ti, pero es demasiado tarde!
¡Tuviste tu oportunidad! ¡No vengas pidiendo otra! Éste no sería el Padre de Jesús.
E incluso, los evangelios pueden darnos esa impresión. Tenemos, por ejemplo, la famosa
parábola del hombre rico que ignora al mendigo en su puerta, muere y acaba en el infierno,
mientras que el mendigo, Lázaro, está ahora en el cielo, confortado en el seno de Abraham.
Desde su tormento en el infierno, el hombre rico pide a Abraham que le envíe a Lázaro con algo
de agua, pero Abraham responde que hay un abismo entre el cielo y el infierno y nadie puede
cruzar de un lado al otro. Este texto, junto con las advertencias de Jesús sobre las puertas del
banquete de bodas que se cierran de manera irrevocable, han dejado la equivocada idea de que
hay un punto de no retorno, que una vez en el infierno, es demasiado tarde para el
arrepentimiento.
77
Pero esto no es lo que ni el texto, ni Jesús enseña “al alertarnos sobre la urgencia del
arrepentimiento”. El “inalcanzable abismo” aquí se refiere, entre otras cosas, a un abismo que
permanece inalcanzable aquí, en este mundo, entre los ricos y los pobres. Y permanece
inalcanzable por nuestra intransigencia, nuestros fallos en cambiar el corazón, nuestra falta de
contrición, y no porque Dios pierda la paciencia y diga; “¡Suficiente! ¡No más oportunidades!”.
Permanece inalcanzable porque estamos tan estancados en nuestros caminos que somos
incapaces de un cambio y un genuino arrepentimiento.
En la parábola de Jesús del hombre rico y Lázaro se dibuja un antiguo cuento judío que ilustra
esta incapacidad: en paralelo a la parábola, Dios oye al rico pedir desde el infierno por una
segunda oportunidad y se la otorga. El rico, ahora lleno de nuevos propósitos, vuelve a la vida,
va inmediatamente al mercado, llena su carro de comida, y mientras va hacia su casa se
encuentra con Lázaro. Lázaro pide un poco de pan. El rico salta de su carro para dárselo, pero,
según saca una enorme hogaza de pan, su vieja manera de ser comienza a reafirmarse de
nuevo. Y comienza a pensar: “¡Este hombre no necesita toda la hogaza! ¿Por qué no le doy
simplemente una parte? ¿Y por qué habría darle pan tierno?, le daré algo de pan duro”
¡Inmediatamente se encuentra a si mismo de vuelta en el infierno! No puede aún llenar su vacío.
Kathleen Dowling Singh admite que, haciendo una serie de contracciones mentales, creamos
nuestro propio miedo a la muerte. Esto también es cierto en lo referente al más allá: haciendo
una serie de desafortunadas contracciones teológicas creamos nuestro propio miedo al infierno.

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Oración contemplativa

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 17 de octubre de 2016

Hoy, la oración contemplativa, como es definida y practicada popularmente, está sujeta a


considerable escepticismo en algunos círculos. Por ejemplo, el método de oración comúnmente
llamado Oración Centrante (Centering Prayer), popularizado por personas como Thomas
Keating, Basil Bennington, John Main y Laurence Freeman, es visto con recelo por mucha gente,
que lo identifica con algo parecido a la “New Age” o el Budismo, búsqueda de sí mismo, ateísmo.
Se reconoce que no todos sus partidarios y practicantes están libres de esas connotaciones,
pero ciertamente sus verdaderos practicantes lo están. Entendido y practicado correctamente
este método de oración, que permite algunas variaciones en su práctica, es, de hecho, la forma
de oración que los Padres del Desierto, Juan de la Cruz y el autor de La nube del no-saber
llaman contemplación.
¿Qué es la contemplación, cómo queda definida en esta tradición cristiana clásica? Con
disculpas a la tradición de Ignacio de Loyola, que plantea cosas diferentemente, pero está muy
de acuerdo con esta definición, la contemplación es la oración sin imágenes, ni imaginación, esto
es, la oración sin intento de centrar los pensamientos y sentimientos en Dios y las cosas santas.
Es una oración tan singular en su intención de estar presente a Dios solo, que rehúye todo,
incluso pensamientos piadosos y sentimientos santos, para simplemente sentarse en la
oscuridad, en un deliberado no-saber, en el cual todos los pensamientos, imaginaciones y
sentimientos sobre Dios no son fomentados, ni entretenidos, como es normal para los demás
pensamientos y sentimientos. En palabras de La nube del no-saber, es una simple tendencia
hacia Dios.
En la oración contemplativa, clásicamente entendida, después de un breve e inicial acto de
centrarse uno en oración, simplemente se sienta, pero se sienta con la intención de buscar
directamente a Dios, en un lugar más allá del sentimiento e imaginación, donde espera dejar a la
inimaginable realidad de Dios abrirse camino de un modo que los sentimientos, pensamientos e
imaginaciones subjetivas no pueden manipular.
Y es precisamente en este punto donde la oración contemplativa incomprendida y criticada. Las
preguntas son: ¿Por qué deberíamos tratar de fomentar y entretener pensamientos santos y
sentimientos piadosos durante la oración, no es eso lo que estamos tratando de hacer? ¿Cómo
podemos estar orando cuando no estamos haciendo nada, sólo estando sentados? ¿No es esta
cierta forma de agnosticismo? ¿Cómo nos encontramos con un Dios amante y personal? ¿No es
simplemente una cierta forma de meditación trascendental que puede ser usada como auto
búsqueda, un yoga mental? ¿Dónde está Jesús en esto?
Dejaré al autor de La nube del no-saber explicarse: “Sería muy inapropiado y un gran obstáculo
para un hombre que debe estar trabajando en esta oscuridad y nube del no-saber, con un
impulso afectivo de amor a Dios solo, permitir cualquier pensamiento o meditación de los
maravillosos dones de Dios, de su amabilidad o de su trabajo en cualquiera de las criaturas,
79
corporales o espirituales, elevarse en su mente como para estrecharse entre él y su Dios, aun
cuando fueran pensamientos muy santos, y darle felicidad y consuelo. … Porque mientras el
alma habita en este cuerpo mortal, la claridad de nuestra comprensión en la contemplación, y en
especial de Dios, está siempre mezclada con algún tipo de imaginación”. No podemos imaginar
a Dios, sólo podemos conocer a Dios.
En esencia, la idea es que, nunca podemos confundir el icono con la realidad. Dios es inefable;
y, consecuentemente, todo lo que pensamos o imaginamos sobre Dios es, en efecto, un icono;
incluso las palabras de la Escritura son palabras sobre Dios, no la realidad de Dios. Los iconos
pueden ser buenos, en el grado en que sean entendidos precisamente como iconos, señalando
una realidad más allá de ellos mismos; pero en cuanto los tomamos como realidad -nuestra
constante tentación- el icono se convierte en ídolo.
La diferencia entre meditación y contemplación está indicada en esto: en la meditación, nos
fijamos en los iconos, en Dios, como aparece en nuestros pensamientos, imaginación y
sentimientos. En la contemplación, los iconos son tratados como ídolos, y la disciplina es
sentarse en una aparente oscuridad, bajo una nube de no-saber, para tratar de estar cara a cara
con una realidad que es demasiado grande de atrapar en nuestra imaginación. La meditación,
como icono, es algo que resulta útil por un tiempo, pero al fin somos llamados a la
contemplación. Como La nube del no-saber dice: “Sin duda, aquél que busca tener a Dios
perfectamente, no logrará su descanso en la conciencia de ningún ángel ni santo que esté en el
cielo”.
Karl Rahner está de acuerdo: “¿Hemos intentado amar a Dios en esos espacios donde uno no
es mantenido en una ola de arrobamiento emocional, donde es imposible confundir la fuerza de
vida de uno y de alguien con Dios, donde uno acepta morir de un amor que parece como la
muerte y la negación absoluta, donde uno clama en aparente vaciedad y un total
desconocimiento?”.
Eso es, en resumen, la oración contemplativa, auténtica oración: centrarte, como disciplina.

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¿Por qué las noches oscuras del alma?

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Lunes, 21 de noviembre de 2016

El ateísmo es un parásito que se alimenta de la mala religión. Por esto, a fin de cuentas, los
críticos ateos son nuestros amigos. Ellos mantienen nuestros pies en el suelo.
Friedrich Nietzsche, Ludwig Feuerbach y Karl Marx, por ejemplo, defienden que toda experiencia
religiosa es una proyección psicológica. Para ellos, el Dios en el que creemos y que afinca
nuestras iglesias es, al fin y al cabo, una fantasía que hemos creado para que esté al servicio de
nuestras propias necesidades. Hemos creado a Dios como opio para la comodidad y para
darnos permiso divino con el fin de hacer lo que queramos.
Están en lo cierto, pero se equivocan en parte; y la verdadera religión echa sus raíces en aquello
donde se equivocan. Ciertamente, tienen razón en que muchas experiencias religiosas y la vida
de la iglesia están lejos de ser puras, como es evidente en nuestras vidas. Es duro negar que
estamos teniendo nuestras ambiciones y energías mezcladas con lo que llamamos experiencia
religiosa. Por eso, nosotros -tú y yo- gente religiosa sincera, de ninguna manera nos parecemos
a Jesús: somos arrogantes donde deberíamos ser humildes, críticos donde deberíamos ser
indulgentes, rencorosos donde deberíamos ser amables, interesados donde deberíamos ser
altruistas, e hirientes y ruines donde deberíamos ser comprensivos y misericordiosos. Nuestras
vidas y nuestras iglesias con frecuencia dejan de irradiar a Jesús. El ateísmo es un desafío
necesario porque, tenemos nuestra propia energía de vida confundida con Dios, y nuestras
propias ideologías confundidas con el Evangelio.
Afortunadamente, Dios no nos deja salir con la nuestra durante mucho tiempo. Más bien, como
los místicos enseñan, Dios nos corrige con una confusa y dolorosa gracia llamada noche oscura
del alma. Lo que sucede en una noche oscura del alma, es que nos quedamos sin gas
religiosamente, en lo que las experiencias religiosas, que una vez nos sustentaron y nos dieron
fervor, se desecan o mueren de un modo que nos deja sin sensación imaginativa, afectiva o
emocional del amor de Dios, o de la existencia de Dios. Ningún esfuerzo por nuestra parte puede
evocar los sentimientos e imágenes que tuvimos sobre Dios, ni la seguridad que sentimos en
nosotros sobre nuestra fe y creencias religiosas. Los cielos se vacían y dentro nos sentimos
agnósticos, como si Dios no existiera, y no podemos crear una imagen de Dios que se perciba
real para nosotros. Estamos desamparados para generar una sensación de Dios. Pero eso es
precisamente el comienzo de una auténtica fe. En esa oscuridad, cuando no nos queda nada,
cuando sentimos que no hay Dios, Dios puede empezar a hacer fluir un camino puro para
nosotros. Porque nuestras facultades religiosas interiores están paralizadas, ya no podemos
manipular por más tiempo la experiencia de Dios, amañarla, proyectarnos en ella o usarla para
racionalizar el permiso divino para nuestras acciones. La verdadera fe empieza en el punto
exacto donde nuestros críticos ateos piensan que acaba, en la oscuridad y vaciedad, en la
impotencia religiosa, en nuestra incapacidad para influir en cómo Dios actúa en nosotros.

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Vemos esto claramente en la vida de la Madre Teresa. Durante los primeros veintisiete años de
su vida, tuvo un profundo, sentido, imaginativo y afectivo sentimiento de Dios. Vivió con una
certeza de roca respecto a la existencia de Dios y al amor de Dios. Pero a la edad de veintisiete
años, orando en un tren, fue como si alguien cerrara algún interruptor que la conectaba a Dios.
En su imaginación y sus sentimientos, los cielos se vaciaron. Dios, tal como ella lo había
conocido, desapareció.
Sabemos el resto de la historia: Vivió los siguientes sesenta años de su vida en una fe sólida
como roca y con un entregado y generoso compromiso que desautorizaría aun a los más fuertes
críticos ateos de acusar que su experiencia religiosa fuera una proyección egoísta y que su
práctica de la religión no fuera esencialmente pura. En su oscuridad religiosa, Dios pudo fluir
dentro de ella en pureza esencial; es diferente para muchos de nosotros, en los que una vida de
fe que nos basta a nosotros mismos, aumenta la creencia de que estamos escuchando a Dios.
Incluso Jesús, en su humanidad, tuvo que experimentar esta oscuridad, como es evidente en
Getsemaní y su grito de abandono en la cruz. Después de su agonía en el Huerto de Getsemaní,
se nos dice que un ángel vino y lo confortó. ¿Por qué -podríamos preguntar- no vino el ángel
antes, cuando más necesitaba la ayuda? La ayuda de Dios no podía venir hasta que él
estuviera completamente exhausto; su humanidad no habría dejado al divino afluir puramente,
sino que lo habría insertado en la experiencia. Tenía que estar completamente exhausto de su
fuerza, antes de que el divino pudiera afluir verdadera y puramente. Así también es para
nosotros.
Las noches oscuras de la fe son necesarias para purgarnos, porque sólo entonces puede el
ángel venir a ayudarnos.

82
Programas informáticos, formato moral y vivir en pecado

Ron Rolheiser (Trad. Benjamin Elcano, cmf) - Lunes, 3 de octubre de 2016

Mientras estaba completando estudios de graduado en Bélgica, viví en el American College de


Lovaina. Por entonces había en la plantilla del departamento de limpieza y mantenimiento una
admirable mujer de color cuya energía trajo aire fresco al lugar. La historia de su matrimonio
discurría algo paralela a la de la mujer samaritana del evangelio de Juan. Ninguno de nosotros
sabía con seguridad cuántas veces había estado casada, y el hombre con el que vivía no era su
marido.
Un día, un arzobispo visitaba el Colegio y había la fila para la recepción formal de la que ella
formaba parte. El arzobispo fue estrechando la mano de todas las personas y se detenía en un
breve intercambio. Cuando llegó a ella, ésta le dijo su nombre y le explicó lo que hacía en el
colegio. Él le tomó la mano y, a modo de saludo y conversación, le preguntó: “¿Estás casada?”.
Ella de ninguna manera estaba preparada para esta pregunta. Balbuceó un poco y respondió:
“Sí, no, bueno, algo así”. Luego, rompiendo en una sonrisa, dijo: “De hecho, Excelencia, estoy
viviendo en pecado”. Con un gesto comprensivo, el arzobispo sonrió también. Y acogió lo que
ella decía, no sólo sus palabras, sino también el matiz que su sonrisa transmitió.
Vivir en pecado. Actos que son inherentemente desordenados. ¿Qué es lo que la teología moral
católica trata de decir con esta clase de concepto cuando tanta gente hoy, incluso muchos
católicos romanos, encuentran tales conceptos ininteligibles y ofensivos?
En defensa de la enseñanza moral católica romana clásica, estos conceptos tienen una
inteligibilidad y un sabor a cierto entramado moral en el que su propio significado y matiz se
apoya en el conjunto. En un lenguaje más simple, son razonables dentro de ese sistema. En el
lenguaje de hoy día, la teología moral católica romana clásica podría ser comparada a unos
programas informáticos altamente especializados; en verdad, uno que fue pulido, matizado y
elevado de nivel a lo largo de los siglos, de modo que, como sistema, tiene fácil coherencia
interna. El problema es que hoy mucho de nuestra cultura y muchas de nuestras iglesias ya no lo
usan, ni entienden cómo usarlo. Como consecuencia, su formato y lenguaje son incomprensibles
y pueden parecer ofensivos. No todos, como el arzobispo descrito antes, tienen sentido de
humor acerca de esto.
Así pues, ¿qué hay que hacer? ¿Cómo seguimos adelante? ¿Abandonamos, sin más, un buen
número de enseñanzas morales clásicas porque tanta gente se siente hoy ofendida por sus
conceptos y lenguaje?
Este es un gran problema, con mucha gente sincera que aporta argumentos de forma muy
diferente, como se ha visto en el reciente Sínodo de Roma sobre la Vida del Matrimonio y la
Familia. ¿Cómo mantenemos la base moral auténticamente cristiana y. al mismo tiempo,
tenemos en cuenta la realidad actual y existencial de millones y millones de personas, incluso
muchas de nuestras propias familias e hijos? ¿Cómo denominamos la realidad moral de
personas que están viviendo en situaciones que, a la vez que claramente contagian vida, no
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están en línea con los principios cristianos? ¿Cómo denominamos la realidad moral de tantos de
nuestros propios hijos y seres queridos que están viviendo con personas con las que no están
casados, pero están obteniendo vida de esa relación? ¿Cómo denominamos la situación moral
de una pareja gay cuya relación está claramente proporcionando vida? Y ¿cómo denominamos
la situación moral de la mujer samaritana y la mujer anteriormente mencionada, la cual, aun
llevando una vida irregular en términos de la enseñanza de la iglesia, aporta vida, gozo y aire
fresco a un lugar? ¿Están viviendo en pecado? ¿Incluye su situación un mal intrínseco?
Necesitamos unos programas nuevos en la teología moral para responder a esas preguntas o, al
menos, formatearlos en un lenguaje que nuestra cultura entienda y por los que puedan ser
desafiados. Y no será una tarea fácil, como las tensiones y polarizaciones que se desatan en
nuestras iglesias y nuestras sobremesas. La tarea es mantener nuestra base moral, desafiar una
cultura que ya no entiende ni acepta nuestra manera de entender las cosas, y, al mismo tiempo,
no doblegar la verdad a los tiempos, ni el Evangelio al mundo, aun cuando denominemos mejor
la situación moral en la que tantas gentes y tantos de nuestros seres queridos se encuentran.
La verdad nos hace libres, pero Dios escribe frecuentemente con renglones torcidos. Soy
estudioso de la teología moral clásica y creo verdaderamente en sus principios, incluso cuando
estoy anonadado y desafiado por el amor, la gracia, la fe y el maravilloso aire fresco que veo fluir
de personas cuyas situaciones son “irregulares”. ¿Cómo puede lo bueno ser malo? En este
periodo de tiempo, junto con muchos de vosotros -según sospecho- me veo forzado a quedarme
en la ambigüedad, a vivir la cuestión.
Necesitamos unos programas nuevos, una manera nueva de formatear las cosas moralmente,
una manera nueva de mantener la verdad en la empatía, una manera nueva de mantener lo
esencial en lo existencial.

84
Sensibilidad y sufrimiento

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf) - Lunes, 13 de junio de 2016

Daniel Berrigan, en una de sus famosas frases ingeniosas, escribió: ¡Antes de que te
comprometas en serio con Jesús, considera primero en qué grado vas a dar una buena imagen
en el madero (de la cruz)!
Al decir esto, estaba tratando de destacar algo que, con frecuencia, es malentendido desde casi
todos los ángulos, a saber, cómo y por qué la auténtica religión trae sufrimiento a nuestras vidas.
Por una parte, lo más común es la idea de que, si tú acoges a Dios en tu vida, tendrás un camino
más fácil a lo largo de ella; Dios te librará de muchas de las enfermedades y sufrimientos que
afligen a otros. A la inversa, muchos otros alimentan el sentimiento, si no la explícita creencia, de
que Dios supone para nosotros sufrir, que hay una intrínseca conexión entre sufrimiento y
profundidad, y que, cuanto más doloroso es algo, tanto mejor es para ti espiritualmente. Hay,
algo de profunda verdad en esto; la profundidad espiritual está intrincadamente conectada al
sufrimiento, como revela la Cruz de Jesús. Y la escritura asegura que Dios castiga a aquéllos
que se mueven junto a Él. Pero hay incontables maneras de malentenderlo.
Jesús dijo que debemos cargar nuestra cruz cada día y seguirlo, y que seguirlo quiere decir
precisamente aceptar un sufrimiento especial. Pero podríamos preguntar: ¿Por qué? ¿Por qué el
sufrimiento debería entrar en nuestras vidas más profundamente porque tomemos a Jesús en
serio? ¿No debería ser cierto lo contrario? ¿Se opone de alguna manera la verdadera religión a
nuestra natural vitalidad? ¿Es profundo el sufrimiento y superficial el gozo? ¿Y qué dice esto
sobre Dios? ¿Es Dios masoquista? ¿Quiere y exige nuestro sufrimiento? ¿Por qué una cierta
afluencia de dolor está conectada con el hecho de tomar en serio a Dios?
El dolor fluirá en nosotros más profundamente cuando tomemos en serio a Dios, no porque Dios
lo quiera o porque el dolor esté más bendecido que el gozo. Nada de eso. El sufrimiento y el
dolor no son lo que Dios quiere; son términos negativos, que serán eliminados en el cielo. Pero,
en la medida que tomemos seriamente a Dios, fluirán más profundamente en nuestras vidas,
porque, al abrirnos más profundamente a Dios, dejaremos de protegernos falsamente contra el
dolor y pasaremos a ser mucho más sensibles, de modo que la vida pueda fluir más libre y más
profundamente en nosotros. Con esa sensibilidad, dejaremos de manipular inconscientemente
para mantenernos seguros y libres de dolor. Dicho simplemente, experimentaremos un dolor
más profundo en nuestras vidas porque, siendo más sensibles, lo estaremos experimentando
todo más profundamente.
Lo contrario es también verdadero. Si alguien, dicho de manera burda, es tan insensible como
para ser tosco como un madero, su propia insensibilidad le inmunizará contra muchos
sufrimientos, y el dolor de otros raramente le estorbará su paz mental. Por supuesto, tampoco
experimentará el significado del gozo muy profundamente; ése es el precio por la insensibilidad.
Hace unos años, Michael Buckley, jesuita californiano, predicó en la primera misa de un neo-
sacerdote. En su homilía no preguntó al recién ordenado si era lo bastante fuerte para ser
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sacerdote, sino más bien si era lo bastante débil para ser sacerdote. Insistiendo en lo que se
contenía en esa paradoja, Buckley ayuda a responder la cuestión de por qué moverse más cerca
de Dios significa también moverse más cerca del sufrimiento: “¿Es este hombre lo bastante
deficiente, de modo que no puede evitar en su vida el dolor significativo, de modo que viva con
una cierta cantidad de fracaso, de modo que sienta lo que es ser un hombre ordinario? ¿Hay
alguna historia de confusión, de duda, de angustia interior? ¿Ha tenido que tratar con miedo,
cerrar un asunto con frustraciones, o aceptado expectativas vanas?”
Buchley pasa entonces a hacer una comparación entre Sócrates y Jesús, como un estudio de
excelencia humana; y destaca cómo Sócrates aparece, de muchas maneras, siendo persona
más fuerte. Como Jesús, él también fue injustamente condenado a muerte; pero, a diferencia de
Jesús, nunca cayó en temor y temblor, ni sudó sangre por su inminente muerte. Había bebido el
veneno con calma, y murió. Jesús, como sabemos, no sobrellevó su muerte con parecida calma.
Con un juicio superficial -sugiere Buckley- veremos sus reacciones ante la muerte a la luz de sus
diferentes muertes, la crucifixión mucho más horrible que tomar veneno. Pero eso -refiere
Buckley-, es secundario, no la verdadera razón ¿Por qué Jesús luchó más profundamente con
su muerte que Sócrates? Por su extraordinaria sensibilidad. Jesús, simplemente, era menos
capaz de protegerse contra el dolor. Sintió las cosas más profundamente; y, por consiguiente,
estaba más expuesto al dolor físico y a la fatiga, era más sensible al rechazo humano y al
desprecio, y le afectaba más el amor y el odio.
Sócrates fue un hombre grande y heroico, sin duda; pero, a diferencia de Jesús, que lloró sobre
Jerusalén, él nunca lloró sobre Atenas, nunca expresó pesar ni dolor por la traición de los
amigos. Fue fuerte, dueño de sí mismo, sosegado, nunca maltratado. Jesús, por su parte, fue
menos capaz de protegerse contra el dolor y la traición; y, por tanto, fue a veces ultrajado.

86
Siempre yendo delante de nuestras almas

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 18 de enero de 2016

A veces nada resulta tan útil como una buena metáfora.


En su libro El Dios Instinct, Tom Stella cuenta esta historia: Unos hombres que se ganaban la
vida como mozos de servicio fueron alquilados para portar un gran cargamento de materiales
para un grupo en un safari. Sus cargamentos eran inusitadamente pesados, y la incursión a
través de la jungla se realizaba por un escabroso sendero. Después de varios días de viaje, se
pararon, descargaron sus mercancías y se negaron a continuar. Ni ruegos, ni incentivos, ni
amenazas llevaron a persuadirles de seguir. Preguntados por qué no querían continuar,
respondieron: “No podemos seguir; tenemos que esperar a que nuestras almas se emparejen
con nosotros”.
Esto nos sucede en la vida, aunque en su mayor parte nunca esperamos a que nuestras almas
se emparejen. Continuamos sin ellas, a veces durante años. ¿Qué se quiere decir?
Principalmente, significa que luchamos por estar en el momento presente, estar dentro de
nuestra propia piel, ser conscientes de la riqueza de nuestra propia experiencia. Generalmente,
nuestras experiencias no son muy conmovedoras porque no estamos muy presentes en ellas.
Por ejemplo:
Los pasados veinte años, he llevado un diario, un diario que tal vez no merezca del todo ese
nombre. Mi deseo de llevar este diario es registrar las cosas más profundas de las que soy
consciente a lo largo del día; pero, mayormente, lo que de hecho acabo anotando es una simple
cronología de mi día, un libro diario, un recuento, simple y sin adornos, de lo que hice de hora en
hora. Mis diarios no tienen mucha semejanza con el diario de Anne Frank, Marcas de Dag
Hammarskjold, Una vida interrumpida de Etty Hillesum, o Mi diario en la abadía Genesse de
Henri Nouwen. Mis diarios se parecen más a lo que tú podrías lograr de un chico que describe
su día en la escuela, una simple cronología de lo sucedido. Aun así, cuando vuelvo a leer un
relato de lo que hice cada día, siempre me asombro de lo rico y lleno de vida que estaba,
aunque no era muy consciente de ello por entonces. Mientras iba viviendo esos días, luchaba
por tener mi trabajo realizado, mantenerme sano, satisfacer expectativas, lograr algunos
momentos de amistad y diversión en medio de las presiones del día y acostarme a una hora
razonable. No había mucha alma ahí, sólo rutina, trabajo y prisa.
Supongo que esto no es atípico. La mayoría de nosotros -sospecho- vivimos muchos de
nuestros días no muy conscientes de lo ricas que son nuestras vidas, dejando siempre las almas
detrás: por ejemplo, muchas mujeres dedican diez o quince años de sus vidas a dar a luz y
educar hijos, con todo lo que eso supone, atendiendo constantemente las necesidades de algún
otro, levantándose por la noche a estar al tanto de un hijo, empleando 24 horas al día en
constante alerta, sacrificando todo su tiempo de descanso y manteniendo una profesión y
creatividad personal. Y, sin embargo, frecuentemente, esas mismas mujeres, después, vuelven
su mirada a esos años y desean poder revivirlos; pero, ahora, con más alma, más conscientes
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de lo admirable y privilegiado que es hacer esas cosas que hicieron con tanto agobio y fatiga.
Años más tarde, mirando atrás, ven qué rica y preciosa fue su experiencia y, a causa de las
cargas y el estrés, qué poco estuvieron presentes sus almas entonces en lo que estaban
viviendo.
Esto puede multiplicarse con mil ejemplos: todos nosotros hemos leído informes en los que
alguien afirma que actuaría diferentemente si pudiera vivir la vida de nuevo. La mayoría de esas
historias vuelven a utilizar el mismo motivo: con otra oportunidad, trataría de gozarla más la
próxima vez, esto es, trataría de mantener mi alma más presente y consciente.
Para la mayoría de nosotros -me temo- nuestras almas sólo nos emparejarán cuando, estemos
en una casa de retiro, con la salud, la energía y la oportunidad de trabajar disminuidas. Parece
que necesitamos perder algo antes para apreciarlo. Tendemos a dar por supuestos la vida, la
salud, la energía y el trabajo, hasta que nos son arrebatados. Sólo tras este hecho, nos damos
cuenta de lo rica que ha sido nuestra vida y lo poco que hemos sido capaces de absorber de ella
en su momento.
Nuestras almas se emparejan eventualmente con nosotros, pero sería bueno que no
esperáramos hasta que estuviéramos en la casa de retiro. Como los mozos portadores que
dejaron caer sus mercancías y se pararon, nosotros necesitamos parar regularmente y esperar a
que nuestras almas se emparejen.
Desde el comienzo de su sacerdocio, cuando el papa Francisco estaba al cargo de un colegio,
cada día tenía conectado el sistema de megafonía e interrumpía el trabajo de la clase con este
anuncio: “Sé agradecido. Fija tu horizonte. Haz inventario de tu día”.
Todos nosotros necesitamos, regularmente, descargar nuestros equipajes durante un minuto
para que nuestras almas puedan emparejarse con nosotros.

88
Solo en el silencio

Rol Rolheiser - Martes, 12 de enero de 2016

La escritora espiritual belga, Bieke Vandekerckhove, adquirió su sabiduría con la vivencia. No


aprendió de un libro o del buen ejemplo de otros. Sino que aprendió a través del crisol de un
sufrimiento único, al ser golpeada, a la tierna edad de 19 años, por una enfermedad terminal que
vaticinaba no solo una muerte prematura, sino también la completa quiebra y humillación de su
cuerpo.
Intentó hacer frente a su situación en múltiples direcciones, inicialmente fueron la ira y la
desesperanza, pero al final le llevó al monasterio, a la sabiduría del monacato, y, en esta
dirección, en el pozo profundo del silencio, ese desierto que acecha tan amenazante dentro de
nosotros. Lejos de los ruidos del mundo, en el silencio de su propia alma, en medio del caos de
su furia e inquietud, dentro de sí, encontró la sabiduría y la fuerza, no sólo para lidiar con su
enfermedad, sino para encontrar un sentido profundo y alegría en su vida.
Hay, como John Updike señala poéticamente, secretos que se esconden a la salud, tal y como
Vandekerckhove muestra, y que sólo pueden ser descubiertos en el silencio. De cualquier
manera, descubrir los secretos que el silencio tiene que enseñarnos no es sencillo. El silencio,
antes que amigable, es el equivalente para el alma a cruzar un caluroso desierto. Nuestro interior
no se calma fácilmente, nuestra inquietud no se convierte así porque sí en soledad, y la
tentación de volverse hacia el mundo exterior en busca de consuelo, no te conduce a la calma.
Sin embargo, hay una paz y un sentido que sólo se pueden encontrar en el desierto de nuestro
caótico y furioso interior. El profundo pozo de la consolación descansa en definitiva en un camino
interior a través del calor, la sed y los callejones sin salida entre los cuales hay que avanzar con
una obstinada fidelidad. Y como si fuera un viaje épico, la tarea no es para corazones débiles.
Así es como Vandekerckhove describe un aspecto del viaje: “El silencio interior puede ser
bastante angustioso. Es por ello que probablemente muchos huyen de él seducidos por el ruido
exterior. Prefieren que el ruido les llene. Pero si quieres crecer espiritualmente, tienes que
permanecer en el interior de la habitación de tu fortaleza y perseverar. Tienes que continuar
sentado en silencio y sinceridad en la presencia de Dios, hasta que la furia se aplaque y tu
corazón gradualmente se limpie y tranquilice. El silencio nos fuerza a hacer inventario de nuestro
modo de ser humanos. Y entonces damos con un muro, un punto final. No importa lo que
hagamos, no importa lo que intentemos, algo en nuestro interior continúa haciéndonos sentir
perdidos y alejados, a pesar de los miles de caminos que nos ofrece nuestra sociedad para
satisfacer nuestras necesidades humanas. El silencio nos confronta con un insoportable “sin
fondo” y ahí parece que no hay salida.
Hay una verdad profunda: el silencio nos confronta con un “sin fondo” insoportable que no
hemos elegido, pero no tenemos otra opción para alinearnos con la profundidad religiosa de
nuestro ser. Por desgracia, la mayoría, aprenderemos esto únicamente porque se nos echa
encima en el momento en que afrontamos nuestra propia muerte. En el abandono a la muerte,
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eliminadas todas las posibilidades y salidas, tendremos que, en palabras de Karl Rahner,
“permitirnos a nosotros mismos sumergirnos en el misterio de Dios”. Mas aun, antes de
rendirnos, nuestras vidas siempre permanecerán en una especie de inestabilidad y confusión y
siempre habrá oscuridad, esquinas internas del alma que tememos iluminar.
Pero un viaje al silencio puede conducirnos más allá de estos oscuros miedos, e iluminar con luz
sanadora nuestros rincones oscuros. Así, como Vandekerckhove y otros escritores espirituales
señalan, la paz se encuentra normalmente después de haber alcanzado un callejón sin salida,
un punto final donde lo único que podemos hacer es traspasar la negatividad.
En su libro “El sabor del silencio”, Vandekerckhove cuenta cómo un amigo imaginario comparte
su sueño de adentrarse por sí mismo en un desierto para explorar la espiritualidad. Su reacción
primera no fue de su agrado; “Una persona está preparada para ir a este tipo de desierto. Desea
sentarse en cualquier lugar, con tal de que no sea su propio desierto”. ¡Qué verdad! Siempre
anhelamos desiertos idealizados y huimos del propio.
El viaje espiritual, la peregrinación, el Camino, que la mayoría de nosotros podemos hacer, es
una peregrinación interior en el desierto de nuestro silencio. Como seres humanos somos
constitutivamente sociales. Esto significa, como la Biblia señala con tanta franqueza, que no es
bueno para la persona humana estar sola. Estamos llamados a vivir en comunidad. El cielo será
una experiencia comunitaria, pero, por el camino, hay un trabajo interno que sólo puede hacerse
en soledad, en silencio, alejados del ruido del mundo.

90
Suicidio y salud mental

Ron Rolheiser - Lunes, 1 de agosto de 2016

Cuando era un muchacho soñaba con ser un atleta profesional, pero pronto tuve que aceptar
que no fui agraciado con el cuerpo de un atleta. Velocidad, fuerza, coordinación, instinto, visión,
eran las que tenía en la vida que se me había dado.
Me llevó algunos años estar en paz con esa realidad, pero me llevó más tiempo, hasta la
mediana edad, reconocer y dar gracias a la vez, por el hecho de que, aunque no hubiera sido
bendecido con un cuerpo de atleta, se me había dado una robusta salud mental, y esto fue
realmente una bendición inmerecida, más importante en mi vida que la de tener un cuerpo
atlético. A menudo me he preguntado cómo sería tener un cuerpo atlético, poseer esa velocidad,
fuerza y gracia, pero nunca me he preguntado cómo sería mi vida si no tuviera la fuerza, la
elasticidad mental, aquella que sabe cómo dar la vuelta a un globo, dividir una defensa, no tener
miedo al contacto, encajar un golpe y no dejar que los rigores del juego te rompan en pedazos.
Y este reconocimiento fue comprado y pagado con algunos de los más dolorosos momentos de
mi vida. Según fui envejeciendo, comencé a ver como algunos de mis antiguos compañeros de
clase, colegas, mentores, conocidos de todo tipo, y amigos queridos perdían la batalla con la
salud mental y se hundían, lenta o rápidamente, en varias formas de depresión clínica, parálisis
mental, angustia, demencia de varias clases, cambios oscuros de personalidad, suicidio, y, lo
peor de todo, incluso cayendo en el asesinato.
Lentamente, con vacilaciones, supe que no todos tenemos los circuitos internos que nos
capacitan para la estabilidad y permanecer a flote. Y también aprendí que la salud mental
camina paralela a una salud física, frágil, y no siempre bajo el propio control. Por otra parte, tanto
diabetes, artritis, cáncer, infarto, esclerosis lateral amiotrófica, y esclerosis múltiple pueden
debilitarnos y matarnos, pero por otra, las enfermedades mentales pueden sembrar un caos
mortal dentro de uno mismo, causando todo tipo de debilidad, y no infrecuentemente la muerte y
el suicidio.
¿Cómo podríamos definir una robusta salud mental? La salud mental robusta no se debe
confundir con la inteligencia o la brillantez. No es nada de eso. Realmente se trata de
estabilidad, una capacidad para estar siempre anclado, equilibrado, a flote y con elasticidad para
afrontar todo lo que la vida te lanza, bueno y malo. Puede que sea un bloqueo positivo de la
creatividad y la brillantez. Algunas personas, parece, ¡que están demasiado asentadas y sanas
como para ser realmente brillantes! Y la gente brillante como artistas, poetas, músicos con
frecuencia luchan para permanecer sólidamente firmes. Brillantez y firmeza son generalmente
dones muy diferentes. A través de los años escribiendo sobre el suicidio, he recibido muchas
cartas, correos, y llamadas telefónicas con angustiosas preocupaciones sobre la comprensión de
la salud mental. La carta de una mujer, brillante psicoanalista, un poco preocupada por su propia
estabilidad y que de su familia escribía: “Todos en mi familia son personas brillantes, ¡pero

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ninguno de nosotros es muy estable!” Por supuesto, todos conocemos familias donde ocurre lo
contrario.
Necesitamos una mejor comprensión de la salud mental: quizás no sea cosa de doctores,
psiquiatras y profesionales de la salud mental, donde ya existe un considerable conocimiento
sobre la salud mental y donde la investigación sigue adelante, sino dentro de la cultura en
general, particularmente en lo que se refiere al suicidio.
Cuando vemos a alguien sufriendo por una discapacidad física o de enfermedad física, es fácil
entender esa limitación y empatizar. Pero esto se basa en gran parte en el hecho de que
podemos ver, físicamente ver, la discapacidad o la enfermedad. ¡¡Lo captamos!! ¡La naturaleza
le ha dado a esta persona una mano de cartas difícil, nadie es culpable!
Pero esto no pasa con la salud mental. Aquí la discapacidad o la enfermedad no es tan
comprensible. Esto, es verdad, de manera particular, cuando la destrucción de la mente de una
persona concluye en el suicidio. Durante siglos, ha permanecido sin diagnóstico, no solo
moralmente sino incluso religiosamente. Se requiere una mirada más profunda e intuitiva.
Todavía no entendemos la fragilidad mental.
Nuestra salud física puede ser robusta o frágil, lo mismo que nuestra salud mental. En ambos
casos, ¿cuán fuerte es nuestra dependencia de la mano de cartas que nos ha tocado jugar, de
nuestra dotación genética o de las circunstancias que nos han dado forma? No elegimos
nuestros cuerpos y nuestras mentes de un catálogo, y la naturaleza y la vida no siempre dan las
cartas con justicia.
Necesitamos entender mejor la salud mental y el desajuste mental. Psicológica y
emocionalmente, no somos inmunes a toda clase de cánceres, infartos, diabetes, esclerosis
múltiples y esclerosis laterales amiotróficas. Y éstas también pueden ser terminales, como en el
caso del suicidio.

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Una buena muerte

Ron Rolheiser - Martes, 23 de agosto de 2016

En la cultura católica romana en la que crecí, se nos instruía para orar por una buena muerte.
Para muchos católicos de aquel tiempo, esta fue una petición estándar dentro de su oración
diaria: “Pido una buena muerte”.
Pero ¿Cómo se puede tener una buena muerte? ¿No es en sí mismo el proceso de morir una
verdadera locura? ¿Qué decir acerca del dolor por dejar marchar la vida, por decir nuestros
últimos adioses? ¿Puede alguien tener una buena muerte?
Pero la manera de ver esta realidad era, por supuesto, religiosa. Una buena muerte significaba
que uno moría en buenas circunstancias morales y religiosas. Significaba que no morías en una
situación moralmente comprometida, que no moriste fuera de la Iglesia, que no moriste con
amargura e ira contra tu familia, y finalmente, que no moriste a causa del suicidio, las drogas, el
alcohol, o implicado en alguna actividad criminal.
La imagen catequética de una buena muerte, muy a menudo, era una historia anecdótica de
alguna persona que creció en una buena familia cristiana, honesta, llena de fe, casta,
comprometida con la Iglesia, pero que en algún momento de su vida se había apartado del
camino de Dios, de la observancia de los mandamientos, de manera que, en ese momento, no
pensando demasiado en Dios, ni participando en la Iglesia, hacía una sincera confesión,
comulgaba y poco después fallecía a causa de una ataque al corazón o por un accidente. Pero
la Gracia hacía su trabajo: después de años de deriva moral y religiosa, había vuelto al redil y
moría de una buena muerte.
En efecto, todos nosotros conocemos historias que encajan con esta descripción; pero, también
conocemos historias en las que este no es el caso, donde ocurre lo opuesto, donde buena gente
muere en el infortunio, tristeza y situaciones trágicas. Todos hemos perdido seres queridos por
suicidio, alcoholismo, y otras maneras que distan mucho del ideal. También conocemos
personas, buena gente, que han muerto con situaciones moralmente comprometidas o quienes
mueren en la amargura, sin dejar sus corazones tranquilos por el perdón. ¿Tuvieron todos ellos
una mala muerte?
Admitamos que murieron de manera desafortunada, pero si fue una buena o mala muerte no se
juzga por dónde nos agarra, si era un momento bueno o malo. Hay personas que encajan en la
imagen de una buena muerte, tal y como las describíamos previamente, donde la muerte les
atrapa en un momento bueno, hay otros cuya vida ha estado marcada por la honestidad, la
bondad, y el amor, pero que tuvieron el infortunio de morir en un momento de ira, debilidad,
depresión, o quienes mueren a causa de una adicción o el suicidio. La muerte los agarró en un
mal momento. ¿Tuvieron una mala muerte? ¿Quién puede juzgarlo?
¿Qué es una buena muerte? Me gusta la descripción de Ruth Burrows: Burrows, una monja
carmelita, comparte la historia de una novicia con quien vivió. Esta hermana, nos dice Burrows,
tenía un buen corazón, pero era una mujer débil. Había entrado en un convento contemplativo
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para orar, pero nunca pudo reunir la disciplina necesaria para dicha tarea. Y así vivió durante
años en este estado: buen corazón, pero mediocre. Al final de su vida se le diagnosticó une
enfermedad terminal que la asustó hasta el punto de comenzar a hacer nuevos esfuerzos para
convertirse en lo que tendría que haber sido toda su vida, una mujer de oración. Después de
medio siglo de malos hábitos, éstos no se cambian con facilidad. A pesar de su buena voluntad,
la mujer nunca tuvo éxito en cambiar su vida. Murió en la debilidad. Pero Burrows afirma, que
murió de una buena muerte. Murió como una persona débil y pidiendo el perdón de Dios por una
vida de debilidad.
Morir de una buena muerte, es morir con honestidad, sin tener en cuenta si las particulares
circunstancias de nuestra muerte son propias de una buena religiosidad o no. Morir en las
circunstancias correctas es, por supuesto, una maravillosa consolación para nuestras familias y
seres queridos, lo mismo que morir en circunstancias tristes puede romper su corazón. Pero
incluso muriendo de manera que no parece buena, humana o religiosamente, no define
necesariamente si fue una mala muerte. Morimos de una buena muerte cuando morimos con
honestidad, sin considerar la circunstancia o la debilidad concreta en la que nos encontremos.
Y esta verdad ofrece una nueva oportunidad: la situación de la muerte de alguien, cuando esa
circunstancia, sea triste o trágica, no debería ser el prisma a través del cual vemos toda la vida
de dicha persona. Lo que significa que, si alguien muere en una situación moralmente
comprometida, en un momento o en una época de debilidad, lejos de su iglesia, en amargura,
por suicidio, o por una adicción, la bondad y esencia de dicha vida no deberían juzgarse por las
circunstancias de su muerte. La muerte agarra a esa persona en un mal momento, lo cual puede
hacer que el funeral sea más reservado, pero no sirve para emitir un juicio acertado sobre la
bondad de su corazón.

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Una camisa de fuego

Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano) - Lunes, 8 de febrero de 2016

Dicen que el libro que más necesitas leer te encuentra cuando más necesitas leerlo. He tenido
esta experiencia muchas veces, últimamente con el libro de Heather King Camisa de fuego: Un
año con santa Teresa de Lisieux.
El título del libro está tomado de Cuatro cuartetos, de T. S. Eliot, donde éste sugiere que el Amor
mismo, Dios, está detrás de la angustia que sentimos con frecuencia en nuestros deseos y que
el ardor que sentimos ahí es una “inaguantable camisa de fuego”.
King escribe este libro a partir de un apasionado contexto en su vida: ella es una periodista y
escritora independiente, soltera, divorciada, alcohólica en recuperación, reconciliando alguna
oscuridad de su pasado, que está inquieta en una paralizante obsesión, porque el hombre del
que está enamorada no quiere corresponderla, que arriesga la estabilidad financiera de una
carrera de derecho por la inseguridad de ser una escritora independiente y que lucha con la
sensación de ser una extraña para la familia, el matrimonio y la comunidad, una huérfana en
todos los aspectos de la vida. Entonces propone zambullirse durante un año en la vida de una de
las santas más intrigantes de todos los tiempos, Teresa de Lisieux, con la intención de
comprobar si Teresa podría ser una brújula moral y espiritual para orientar su vida. El resultado
es un libro intenso, profundamente perspicaz y maduro.
King reconoce en el alma de Teresa los mismos ardientes deseos que ella siente en la suya. Y
King reconoce también que esas llamas pueden purificar o destruir, redimir o atormentar,
transformarte en un gran santo o en un gran pecador. De este modo, deja que el fuego de
Teresa derrame luz sobre sus propias llamas. Y como, lo que es más personal y privado en
nosotros, si es revelado, es también lo más universal, al descubrir sus hondas luchas, su libro
derrama luz sobre la lucha humana universal. Con todo, el libro es auto revelador, pero nunca
exhibicionista, una fórmula nada fácil que ella maneja bien.
Por ejemplo, deteniéndose en un famoso suceso de la vida de Teresa en el que, de niña, le pidió
su hermana mayor -que le había regalado una cesta de costura aterciopelada llena de bolas de
colores- que cogiera una, Teresa respondió:” ¡Me las llevo todas!”, se llevó la cesta entera y se
marchó. King reflexiona sobre su propia lucha para, como dijo Kierkegaard, querer la única cosa.
Aquí está el paralelismo que ella obtiene para su propia vida: “` ¡Me las llevo todas! ´, dijo
Teresa, y cuanto más progresaba yo, tanto más veía que el dilema humano es quererlo todo.
Quería ser célibe, y quería entregarme locamente a un esposo. Quería oscuros secretos, ruido,
luces, locura y el estímulo de una ciudad, y quería plantar un jardín, cuidar animales y vivir en
una casa de campo. Quería vivir toda la vida en el mismo lugar, y quería recorrer palmo a palmo
todo el globo antes de morir. Quería permanecer tranquila, y también era impulsada a estar
constantemente de viaje. Quería estar escondida y anónima, y quería ser famosa. Quería ser
cercana a mi familia, y quería olvidar a mi familia. Quería dedicar mi vida al activismo, y quería

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dedicar mi vida a la contemplación. ¡Quería entregarlo todo a Dios, y no sabía cómo! ¡Suspiraba
por entregarme completamente, y no podía!”
Reflexionando sobre el voto de pobreza de Teresa, King escribe: “La pobreza nunca, nunca es
voluntaria. La pobreza consiste precisamente en todos los modos de ser pobre que tú no quieres
en absoluto”. Deteniéndose en la poetisa alemana Gertrud von le Fort -la cual escribió que,
cuando más estaba su alma en angustia, todas las cosas que había alrededor de ella decían en
realidad: “¡Pero tú no eres nada!”- King escribe: “Por fin alguien había contado mi historia.
Durante los últimos diez años había estado con angustia, y `ellos´ -mi esposo, la persona a quien
amaba, la profesión jurídica, la profesión médica cuando tuve cáncer, la industria editorial- me
habían dicho: `Pero tú no eres nada´. Dondequiera que me volvía: una pared blanca. Todo
aquello en lo que había esperado: cenizas. Todo aquello por lo que había trabajado: `Pero tú no
eres nada´. Una mañana estando en la ducha, me lamenté a Cristo: `Yo no te amo y tú tampoco
me amas´”. Todos nosotros hemos estado ahí.
Si estáis luchando con la fe, con la desesperación de vuestra vida, con una obsesión, con una
adicción, con una atormentada sensación de que vuestra vida no es lo que debería ser, con la
impresión de ser el extraño, un huérfano en todos los banquetes de la vida y, sobre todo, con la
sensación de que vosotros no amáis a Jesús y él tampoco os ama, que vosotros no sois nada,
entonces que este libro os encuentre. Es un libro para aquellos que piensan que podrían estar
demasiado enfermos como para ser ayudados por un médico.

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