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BOOMERANG (un perro demasiado fiel)

Imprevistamente, un día, el señor Remo comenzó a odiar a su perro.

No era un hombre malo. Pero algo se había roto dentro de él cuando quedó viudo. Había perdido la
mujer y le había quedado el perro, un cuzco asalchichonado, gordo y negruzco, con orejas de
murciélago. Se llamaba Bum, o Boomerang, porque traía de vuelta, con rapidez y perseverancia,
cualquier cosa que le tirasen.

En un tiempo, el señor Remo y Bum habían hecho largos paseos juntos y conversado del mundo
humano y canino, de Cartesio y Rin Tin Tin. Había una gran afinidad entre ellos. Pero ahora no se
hablaban más. El señor estaba sentado en su sillón mirando el vacío y Bum se acurrucaba a sus pies,
mirándolo con desmedido afecto.

Era esa mirada de absoluta dedicación y total confianza lo que el señor Remo detestaba sobre todo.

El mundo no era más que pérdida, soledad y dolor. ¿Qué sentido tenía en este planeta aquella
criatura que movía la cola y aullaba de alegría, y llenaba de su peludo y sobreabundante amor su
casa desolada?

El patrón comenzó a no darle más de comer al perro. Lo dejaba hasta dos días sin comida. Pero Bum
continuaba siguiéndolo cariñosamente. Cuando el señor Remo se sentaba a la mesa por su comida,
el perro no pedía nada, ni se acercaba. Miraba con apacible curiosidad, en los ojos tenía escrito: si tu
comes, pues bien, yo también me sacio.

Y cuanto más el amo se atracaba, ostentosa y ruidosamente, más tierna se hacía la mirada de
Boomerang. Y cuando finalmente lo alimentó, no corrió frenético a su tazón, no …… Movía la cola
compuesto y reconocido como diciendo: tendrás tus buenas razones si me has hecho ayunar, te
agradezco hoy que te has acordado.

El amo, tal vez envenenado por la última gota de remordimiento, se enfermó. Le subió alta la fiebre
y Bum estuvo en vela por él. En la noche, casi delirante, el señor Remo se despertaba y veía los ojos
desmesuradamente abiertos y amorosos del perro, y las largas orejas erguidas como antenas.
Parecía decir: también morderé a la muerte, si se acerca a ti.

En el alma ya desmedrada del señor Remo, el odio por aquel perro creció. No lo sacó afuera por
cuatro días.

Bum abrió con las patas la puerta de la terraza y allí orino con discreción. Contrajo su metabolismo a
veinte gotas de orina y un garbanzo fecal cada dos días. Sin un ‘ay’, ni dio señales de nerviosismo,
solo cada tanto miraba afuera el jardín desde la ventana, emitiendo un pequeño soplido, como un
suspiro de nostalgia, pero nada más.

El amo se curó y, recién alzado en pie, sin ninguna razón le dio un puntapié al can.

Bum se escondió debajo de la cama y el señor Remo se avergonzó.

Lo llamo, el perro vino. El patrón le hizo una caricia falsa y forzada y le dijo:

-Bum, tengo que abandonarte.... Lo lamento. No puedo ocuparme más de ti. Pero aún ésto, tu no lo
puedes entender, te detesto.

El perro lo miró con infinito afecto y devoción.


¿Porque no lo confió a una perrera o a un conocido? Por pereza, en primer lugar. Pero también
porque recordaba la frase de la mujer. Le había dicho: ‘Remo, si yo muriese, te pido no dejar solo a
nuestro Bum’.

Entonces Remo se había enojado por aquella frase: ¿cómo se podía dudar de esto?

Y en vez, pobre Dora, ella conocía bien el pequeño escollo de maldad dentro del corazón del marido.

Ella lo había abandonado.

Y abandonado el perro, ahora él se tomaba una loca revancha sobre el destino.

Así el señor Remo tomó el auto y llevó a Boomerang fuera de la ciudad, a un gran prado donde a
menudo jugaban juntos.

El amo caminaba atrás y el perro adelante.

Remo notó el andar arrítmico característico de Bum. Cada doce pasos cojeaba uno, levantando la
pata posterior como si el terreno quemase.

A menudo él y su mujer habían encontrado irresistiblemente gracioso ese modo de caminar.

Ahora el amo miraba ondear la gorda sentadera de Bum con desagrado.

Po eso, cuando estuvieron lejos de ojos indiscretos, ató el perro a un árbol y sin darse vuelta se fue.

Volvió a su casa y cocinó con cuidado, como no lo hacía desde hace mucho tiempo. Pateo el plato de
Bum en una esquina.

Tomó la correa y el bozal, y los tiró en la basura. Pero esa noche, hacia las tres, sintió rasgar la
puerta. Era Boomerang.

Un poco sucio y empapado, le saltó encima contento, y dio la vuelta a la casa para manifestar su
alegría. No sospechaba nada. No había lugar para la traición en su corazón simple y cuadrúpedo.

El señor Remo casi no durmió de la rabia. Soñó masacre de focas y sombreros de piel.

La noche siguiente cargó a Bum en el auto, recorrió cientos de kilómetros de autopista y abandonó
el perro en el estacionamiento del auto servicio.

Retornó y fue al cine. Vio un film con un monstro prehistórico que escapaba de los hielos y
aterrorizaba toda América. Notó que, en una escena, el monstro sacudía la cola como Boomerang.
El monstro fue liquidado a golpes y tiros mortales de misil. El señor Remo durmió plácidamente. El
día después, en el supermercado, encontró una señora, la propietaria de la perrita Tomasina, amiga
de Boomerang.

-Dónde está Bum?

-Ay de mí! - dijo el señor Remo, y abrió los brazos. La señora se puso una mano sobre la boca
teatralmente. No preguntó nada, respeto aquel silencio. Rozó con la mano la mano del señor. –
Imagino que es un gran dolor para usted.

-No sabe cuánto- respondió el señor Remo.

Retornó a casa. Mientras subía las escaleras, escucho un ruido leve pero inconfundible, Uñas sobre
el mármol. Era Boomerang, en el rellano.
El señor se encerró en el baño, sentado sobre el inodoro toda la noche. A través del vidrio
esmerilado de la puerta, entreveía la silueta inconfundible de Bum en espera.

Hacia el amanecer el perro rascó el vidrio, preocupado. - Vete bastardo - gruñó el hombre.

El perro meneó la cola. Su amo estaba vivo, después de todo.

Dos días después el señor Remo tomo nuevamente el auto, condujo todo el día y con el perro llegó a
la costa del mar. Allí se ubicó sobre un trasbordador. Algunos chicos jugaban con Boomerang, y un
señor dijo:

- Bendito usted que puede llevarlo de vacaciones. El mío está demasiado gordo. Se ve que son muy
unidos.

-Es justo así – dijo el señor Remo.

Era el atardecer. El señor llevó a Boomerang a la playa, y le tiró un trozo de madera al mar.

Bum nadó, se internó, regresó a la orilla y naturalmente, el amo no estaba más.

El señor Remo, sobre el transbordador de regreso, tragó dos cognac y tuvo nauseas.

Pasó una semana, La señora, que había visto regresar a Boomerang la primera vez, pidió noticias de
la nueva desaparición.

- Ay de mí! – dijo el señor Remo - Se había recuperado, después tuvo una recaída.

La señora puso una cara de remordimiento, y también la perrita Tomasina derramó una lágrima, tal
vez de pena, a lo mejor de moquillo.

Fue una semana triste para el señor Remo, pero ciertamente no por la falta de Boomerang. Mejor
dicho, se dio cuenta que en la casa la alfombra y el diván apestaban a perro y los desodorizó.

El señor Remo estaba triste porque se había roto el televisor. El técnico finalmente vino.

Trabajó, habló del mas y del menos, y vio el plato de Boomerang.

-Ud. tiene un perro? – preguntó

- Ya no –

- En cambio yo, ahora tengo uno, y es todo un problema. Piense, estaba de vacaciones en el mar. De
vuelta, sobre el trasbordador, un perro gordote y feo salta dentro del auto. Mis hijos dicen: dale
papá! Es un perrito abandonado, tengámoslo, tengámoslo!. Sabe cómo son los chicos……

- Cierto – dijo el señor remo.

En suma, ahora lo tengo aquí abajo en el auto; busco alguien que lo cuide. Ud. no conoce a nadie?

- De que color es el perro? – preguntó el señor Remo con un escalofrío.

- Negro. Con dos orejas de murciélago.

El técnico salió. El televisor funcionaba. El señor Remo se sentó, pero no miraba la pantalla. Miraba
la puerta.

Después de un instante, sintió las uñas raspar.


Al señor Remo le vino en mente un viejo film de su infancia, con enterrados vivos y cadáveres que
salían de las tumbas. Pero no era nada comparado al terror de aquel momento.

Boomerang el dulce ‘zombie’ había regresado. Todavía más gordo, porque los chicos lo habían
embuchado de comida. Y lo miraba, con amor inalterado, fidelidad y confianza y otros nobles
sentimientos.

- Pero no podés entender que te he abandonado? – gritó el señor Remo.

- Habrá un por qué. Tu eres mi sabio amo, y te quiero mucho desde antes – respondió el perro con el
alfabeto de la cola.

Entonces el señor preparo un plan perfecto.

Cambiaria de país, incluso de continente, un largo viaje. Lo rumiaba desde hacía tiempo. Retiró los
ahorros, se compró una chaqueta blanca y un sombrero de playa. Una mañana cerro con llave a
Boomerang en la terraza y partió.

Tomó un avión y voló catorce horas.

Cuando descendió del avión, ya se sentía distinto y tropical. En el retiro de equipajes se puso al lado
de una chica bronceada y le sonrió.

Si, estaba lejos, lejos de todo. Olor a mar y sol, no a perro.

Fue entonces que se dio cuenta de una escena extraña.

Una señora lloraba entre dos policías. Mostraba una jaula para perros, recién desembarcada del
avión.

- Pero no es posible! – gritaba con voz estridente – donde está mi Rufus?

- Señora cálmese – decía un policía rascándose la cabeza.

- No puede haber sucedido eso que usted dice ….

Curioso, el señor Remo se acercó.

Escuchó al policía que hablaba con el empleado de equipajes perdidos. – Ocurrió algo muy extraño.
La señora ha enviado regularmente su perro, en una jaula en la bodega. Pero ahora dice que ese no
es su animal.

- Imposible …..

- Mi perro es un setter irlandés – dijo la señora llorando – este es un cuzco gordo y horrendo.
Recuerdo muy bien que, al partir, estaba paseando suelto por el aeropuerto.

- ¿Quiere decir, señora, que alguien lo ha sustituido?

- Pero sí – rio el empleado - …. O también el perro abrió la jaulita y se puso en lugar del suyo.

- No se haga el irónico - dijo la señora – usted no sabe que tan inteligente son los perros!

El señor Remo no espero que la abriesen la jaula. De carrera, arrastrando la valija con ruedas, escapó
por el corredor del aeropuerto, y sintió a sus espaldas el galope frenético de Boomerang que lo
seguía. Al vuelo subió al taxi y dijo:

-Al Hotel Tropicana, enseguida, rápido.


- No puedo señor – dijo el taxista. – Adelante del auto hay un feo perro echado que no me deja
pasar.

El señor Remo subió a su cuarto, en el último piso del hotel. Abrió el ventanal de la terraza.
Boomerang olía la alfombra, satisfecho.

El señor Remo se sacó la chaqueta blanca y el sombrero. Miró el mar y el horizonte lejano.

Tomó carrera y saltó.

La última cosa que vio fue Boomerang, gordo y compacto como un proyectil, que se precipitaba a su
lado, con una mirada de adoración.

- ¿Un juego nuevo, amo?

La prensa local dedicó también un título a la triste y conmovedora historia.

Los sepultaron juntos.