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Introducción a la Sociología para

Ciencias Sociales

JOSÉ ANTONIO DÍAZ MARTÍNEZ


ROSA M.ª RODRÍGUEZ RODRÍGUEZ
Editores

UNIVERSIDAD NACIONAL DE EDUCACIÓN A DISTANCIA


INTRODUCCIÓN A LA SOCIOLOGÍA PARA CIENCIAS SOCIALES

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© Universidad Nacional de Educación a Distancia,


Madrid 2018

www.uned.es/publicaciones

© José Antonio Díaz Martínez y Rosa M.ª Rodríguez Rodríguez

ISBN electrónico: 978-84-362-7480-6

Edición digital (epub): septiembre de 2018

Aquí podrá encontrar información adicional y actualizada de esta publicación


INTRODUCCIÓN

Este es un libro de introducción a la Sociología para estudiantes de grados


de Ciencias Sociales y Jurídicas. Desde el principio, comprobará el lector que
la perspectiva sociológica no se asemeja al conocimiento común, sino que,
por el contrario, trata de explicar con una metodología propia de las Ciencias
Sociales por qué las cosas son como son. Es decir, la Sociología no solo
describe la realidad social o cómo es un fenómeno social determinado, sino
que trata de encontrar una explicación a ese acontecimiento o fenómeno
social. Desde sus orígenes, la Sociología ha tenido esa pretensión científica
de estudiar objetivamente la realidad social, de descubrir las regularidades o
las leyes de la vida social. Ese es el enfoque que hemos dado a todos los
capítulos de esta obra, a través de los cuales se aborda el estudio de los
aspectos nucleares que caracterizan la compleja sociedad actual. En algunos
puntos pueden ser páginas un poco densas. Hemos intentado, sin embargo,
ser didácticos y sintéticos. No hemos olvidado que es una obra para
estudiantes de otras disciplinas que se inician en el estudio de la Sociología.
En última instancia, la realidad social no conoce de áreas de conocimiento;
sino que tiene múltiples aspectos que deben estudiarse de forma
interdisciplinar. En contra de la intención totalizadora de los primeros
sociólogos a la hora explicar los hechos sociales, en la actualidad, la
pretensión de la Sociología es aportar una visión propia complementaria a la
de otras ciencias para conocer y tratar de explicar la realidad social.
El libro está estructurado en once capítulos, aunque hay dos partes bien
diferenciadas: la primera incluye los 7 primeros capítulos, y se estudian los
fundamentos de la disciplina. En la segunda parte, del capítulo 8 al 11, se
aplican esos fundamentos, y en general, la perspectiva sociológica, para
analizar determinados procesos sociales.
Los tres primeros están dedicados al método e institucionalización de la
Sociología. La consideración de la perspectiva sociológica, que se trata en el
capítulo 1, pone de relieve la importancia de la Sociología para el análisis de
los problemas sociales y la visión peculiar de esta disciplina, relativamente
nueva. Se estudian, además, los orígenes de la Sociología, a través de un
esbozo histórico que considera las aportaciones seminales de Auguste Comte,
Émile Durkheim, Karl Marx y Max Weber; pero, sobre todo, tratamos de
demostrar la utilidad de nuestro enfoque científico y el modo en el que se
explican los fenómenos sociales, diferenciando esa perspectiva sociológica
respecto a la de otras Ciencias Sociales.
En este capítulo también se expone el proceso de institucionalización de la
Sociología. Analizamos el proceso histórico por el que se ha ido afianzando
como un conocimiento reconocido y valorado por su contribución a la
explicación de los problemas sociales. La institucionalización supone la
consolidación definitiva de una Ciencia Social, que nace con vocación de dar
respuesta a las cuestiones sociales surgidas de la primera revolución
industrial y cuya naturaleza se mueve con la transformación social, con el
cambio permanente, con el conflicto de intereses propio de la sociedad
moderna. Quizá, por ello, la disciplina vive uno de los mejores momentos,
pues las sociedades actuales, tanto española como internacional, atraviesan
situaciones de gran incertidumbre en las que el análisis sociológico puede
aportar distintas explicaciones y cursos alternativos de acción; un
conocimiento de especial utilidad, sobre todo, para orientar el diseño y
planificación de las políticas públicas.
Cuando hablamos del proceso histórico, hacemos referencia a los orígenes
y al desarrollo teórico y práctico de los años iniciales de la Sociología. Por
ello, en el capítulo 2, se profundiza en el conocimiento de la fundamentación
teórica de la Sociología. El estudio de estos primeros capítulos tiene como
objetivo conocer la naturaleza científica de la Sociología y, sobre todo, su
dimensión práctica. Los pioneros de la Sociología realizaron un gran esfuerzo
intelectual para construir la teoría sociológica y la metodología que impulsa
la Sociología positiva, que utiliza el método propio de las Ciencias Sociales
para objetivar los resultados de su investigación social. De hecho, en el
capítulo 3, se analizan las características del método de investigación de las
Ciencias Sociales y las fases del diseño y del proceso de investigación en
Sociología. Para los autores de este libro, la Sociología se ha ganado un lugar
en las áreas del conocimiento positivo gracias al rigor en la investigación de
los problemas sociales y de los procesos que definen las sociedades actuales.
Un segundo campo de interés sociológico es el relacionado con la
estructura y procesos sociales. Desde los primeros capítulos, el estudiante y
lector del libro comprobará la tensión permanente que existe en el sistema
social entre los procesos de cambio social y los elementos más permanentes
del mismo: Transformación vs. Permanencia; dos procesos perceptibles en la
sociedad, que requieren ser estudiados, ya que existen desde tiempos
ancestrales y que, en la sociedad actual, son más evidentes debido a la
rapidez de los cambios que genera la innovación tecnológica. En los capítulos
4 y 5 se considera el estudio de la relación entre el individuo, la cultura y la
sociedad. Son conceptos fundamentales para entender la importancia de lo
social, y responder a las siguientes preguntas: ¿cómo se construye la
sociedad?, ¿cuáles son sus elementos constituyentes? y ¿cuál es la dinámica
que permite su mantenimiento a lo largo del tiempo? Estas son cuestiones
esenciales para entender las bases de la sociedad. De ahí surge el estudio del
proceso de socialización, capítulo 6, que explica la interiorización de los
elementos socioculturales necesarios para la formación de la personalidad y
la adaptación del ser humano al entorno en cuyo seno está llamado a vivir.
La socialización es, sin duda, un concepto fundamental para nuestra
disciplina, pues lo social, en sentido lato, conlleva el aprendizaje de patrones
normalizados de conducta social y su correlato antitético es el proceso de
desviación social. Desde sus orígenes, la Sociología ha prestado una gran
atención a esos comportamientos que se desvían o rompen la normalidad
social, como consecuencia de lo cual, la sociedad puede responder con
procesos de control social. En unos casos se trata de desviaciones positivas en
cuanto suponen innovaciones sociales adaptativas que favorecen la evolución
de los sistemas sociales y, en otros, son desviaciones negativas, que provocan
el desorden y el conflicto social, como se verá en el capítulo 7.
Como decíamos, en la segunda parte se aplica la perspectiva sociológica en
el análisis de determinados procesos sociales, como la aparición de los
movimientos sociales. El estudio de los movimientos sociales, como se
expone en el capítulo 8, tiene una larga trayectoria en la teoría sociológica;
sin embargo, es necesario repensar su importancia política y social a raíz de
la aparición reciente de manifestaciones como los movimientos
altermundialistas e indignados, 15M, mareas ciudadanas, etc. Movimientos
generalistas, con pluralidad ideológica y diversidad de objetivos que, como
otros agentes de cambio social del siglo XXI, quieren ser globales.
Dedicamos el capítulo 9, por un lado, a definir qué es el cambio social, qué
lo diferencia de la evolución social y de la acción histórica, cuáles son los
principales agentes y factores de cambio social; y, por otro, a analizar
específicamente los procesos de cambio social provocados por la evolución
del sistema capitalista mundial. De especial relevancia, para establecer los
rasgos característicos de las sociedades de nuestro tiempo, será analizar el
nacimiento del capitalismo de consumo, la sociedad de servicios y de la
información. El capítulo también estudia la internacionalización de los
movimientos migratorios, uno de los fenómenos más significativos del
proceso de globalización y un exponente de las intensas transformaciones
acaecidas en los mercados de trabajo y en las formas de producción. Como
consecuencia del proceso de globalización, favorecido por las nuevas
tecnologías de la información y la comunicación (sobre todo Internet), surge
un nuevo modelo social, que enfatiza la importancia del conocimiento, con
características propias y muy diferentes a los anteriores modelos sociales. Por
ello, en el capítulo 10, se estudia la emergencia de la sociedad del
conocimiento, haciendo una prognosis de futuros procesos sociales. En este
capítulo se estudian los autores más importantes que han explicado la
transformación tecnológica y las tendencias que configuran el futuro de
nuestra sociedad: en unos casos, una sociedad polarizada y con graves
problemas sociales; en otros, una sociedad en la que se pueden resolver los
problemas de la sociedad humana.
Por último, en el capítulo 11, se estudian los problemas de desigualdad, las
situaciones de pobreza y exclusión social, que amenazan la cohesión y la
integración social. La posibilidad de construir una sociedad cohesionada
depende, en buena medida, del tratamiento de esos procesos sociales; por
ello, se hace referencia a los riesgos que provocan vulnerabilidad social en
determinados grupos de población y la necesidad de proteger y desarrollar los
derechos de ciudadanía.
Todos los capítulos tienen una estructura común: delimitación conceptual,
referencias teóricas e históricas básicas, relevancia de la cuestión analizada y
propuestas de ejercicios, prácticas o lecturas que motiven al estudiante (o
lector interesado en la perspectiva sociológica) a seguir profundizando en el
conocimiento reflexivo y dialéctico de los fenómenos sociales abordados.
Entre nuestros objetivos ha estado, siempre latente, el propósito de mostrar la
utilidad del enfoque sociológico para el análisis de los problemas sociales
actuales.
Confiamos en que el lector y el estudiante encuentren en los diversos
capítulos de este libro, un material que le ayude a comprender e interpretar
mejor la compleja sociedad en la que vivimos. Esa ha sido la intención de
todos los autores de este libro.

José Antonio Díaz Martínez


Rosa M.ª Rodríguez Rodríguez
Madrid, 1 de mayo de 2018
Capítulo 1
La perspectiva sociológica:
su naturaleza e institucionalización
José Antonio Díaz Martínez
Pilar Nova Melle

1.1 ¿Qué es la Sociología y cómo se explican los fenómenos


sociales?
1.2. Los orígenes de la Sociología: un esbozo histórico.
1.3. Lo social, la cuestión social, origen del estudio de los
problemas sociales.
1.4. Objeto y finalidad de la Sociología.
1.5. Institucionalización de la Sociología.
1.5.1. Precursores de los estudios sociológicos en España.
1.5.2. El pensamiento sociológico del siglo XX en España.
1.6. Para terminar el capítulo: ejercicios, prácticas o lecturas.
1.7. Referencias bibliográficas.
¿De qué trata este capítulo?
En este capítulo se estudia en qué consiste la perspectiva sociológica. La visión
peculiar de esta ciencia social no es obvia, sino que debe ser explicada en relación
con su objeto de estudio y la metodología propia de las Ciencias Sociales. Todas las
ciencias se explican por esos dos elementos, el objeto de estudio, en nuestro caso lo
social; y la metodología de análisis de ese objeto de estudio. Para la Sociología, se
trataría del método científico propio de las Ciencias Sociales. Un método que trata
de eliminar la subjetividad en el estudio de los fenómenos sociales.
Se abordan estas cuestiones considerando las aportaciones de los fundadores de
la Sociología; sobre todo Auguste Comte, Émile Durkheim, Karl Marx y Max
Weber. Así, se considera la naturaleza del trabajo científico, que aspira a una
neutralidad valorativa y a la objetividad en el estudio de la realidad social. Pero el
resultado de los estudios de los problemas sociales depende mucho de la
perspectiva teórica con la que se aborde. De ahí, la tensión permanente entre la
objetividad del sociólogo y la neutralidad de los estudios sociológicos. En este
capítulo, se reivindica una Sociología que analiza la sociedad y los problemas
sociales con rigor científico, que debe diferenciar, en la medida de lo posible, el
análisis de los fenómenos sociales y la valoración que hagamos de los hechos
sociales y los resultados de la investigación.
Prueba de ese rigor es el hecho de que la Sociología se haya ganado un lugar
destacado en el elenco de áreas de conocimiento de nuestro sistema científico. En el
último siglo, hemos asistido a la institucionalización de la Sociología en al ámbito
internacional. En España, desde finales de los años 70 y principios de los 80 del
siglo pasado, la Sociología se ha consolidado como una Ciencia Social con
importantes aportaciones al conocimiento y solución de los problemas sociales.
1.1. ¿QUÉ ES LA SOCIOLOGÍA Y CÓMO SE EXPLICAN
LOS FENÓMENOS SOCIALES?

La palabra Sociología es un neologismo que proviene etimológicamente


del término latino socius (socio o compañero) y del griego logos (tratado o
ciencia) por lo que lingüísticamente significa ciencia de lo social. La palabra
Sociología fue acuñada por Auguste Comte (1798-1857) en su Curso de
filosofía positiva en 1839. La Sociología se ocupa del estudio de los grupos y
agregados sociales, las organizaciones, las instituciones, los cambios y
conflictos sociales, los gobiernos, las relaciones sociales, los sistemas y
estructuras sociales, entre otros objetos de interés que se verán en capítulos
posteriores. La Sociología es el estudio científico de la sociedad. En una
definición más contemporánea se describe la Sociología como la ciencia que
estudia las relaciones humanas de manera sistematizada utilizando la
observación y la verificación empírica a partir de una teoría.
Los primeros sociólogos pretendían analizar los fenómenos sociales con la
misma perspectiva y método objetivo con el que se estudian los fenómenos
naturales. Se trataba de eliminar subjetividad en el estudio de la sociedad
humana e impulsar una nueva disciplina científica que analizara con rigor
científico los problemas sociales. Debe tenerse en cuenta el momento
histórico en el que aparece la Sociología, siglo XIX, caracterizado por las
profundas transformaciones sociales consecuencia de la emergencia de un
nuevo sistema socioeconómico, la era industrial. Ese nuevo sistema
socioeconómico plantea una reflexión fundamental para los científicos que se
ocupan de las cuestiones sociales, como pueden ser las razones de la propia
existencia de la comunidad humana ¿Por qué hay sociedad humana? ¿Qué la
mantiene unida? ¿Por qué se produce el conflicto? ¿Cómo se puede alcanzar
el orden en las relaciones sociales?
El nuevo sistema económico que emerge a mediados del siglo XVIII,
cambia la sociedad, y, como todo cambio, provoca conflicto y
desestructuración social, problemas de carácter económico, demográfico,
político y culturales. Ante el enorme reto que supone gestionar una sociedad
en esa situación de crisis, surge la necesidad de una nueva disciplina
científica que aborde el análisis de lo social sobre bases científicas. En el
capítulo relativo a la Sociología como disciplina científica se considerará los
problemas de ese gran reto, pero podemos anticipar que la intención de los
fundadores de la Sociología era desarrollar una ciencia de lo social. Cuando
consideremos qué tipo de ciencia es la ciencia social nos percataremos de que
la ciencia social tiene sus peculiaridades, sus problemas de índole
epistemológico y paradigmático. Así, la perspectiva epistemológica, pretende
determinar el alcance de la teoría del conocimiento sociológico y las
dificultades de alcanzar un conocimiento objetivo de los fenómenos sociales,
para concluir que no hay solamente una teoría que explique los fenómenos
sociales, sino varias teorías, construyendo un corpus de conocimientos sobre
el fenómeno social estudiado. La ciencia sociológica tiene determinadas
características en función de su propio objeto de investigación y una
metodología específica, como veremos más adelante.
El problema del paradigma de análisis sociológico tiene relación con el
consenso de los sociólogos sobre la forma de analizar determinados
fenómenos. No siempre hay consenso sobre la forma de enfocar el estudio de
lo social, y tampoco sobre la interpretación de los fenómenos sociales. De ahí
que sea necesario el debate, la reflexión, el análisis riguroso de los múltiples
aspectos que tiene cualquier cuestión social. La Sociología propone el
método adecuado para alcanzar un consenso sobre el estudio de los
problemas sociales: análisis de la realidad con una metodología propia de las
Ciencias Sociales, observación empírica de la realidad, rigor en la obtención
de los datos del problema estudiado e interpretación científica de la
explicación del fenómeno social. Por lo tanto, el sociólogo tiene una visión
específica de los hechos sociales, debe proceder de acuerdo con el método de
investigación propio de las Ciencias Sociales, adoptando una perspectiva, en
su intención, objetiva y despersonalizada.
El sociólogo Emilio Lamo de Espinosa, en su discurso titulado Elogio de
la Sociología, con motivo de recibir el Premio Nacional de Sociología y
Ciencias Política 2016, dijo:
La Sociología es, de una parte, el intento de explicar y comprender el cambio social, un cambio
social que se acelera a partir del siglo xvi. Pero la Sociología es también, y quizá sobre todo, un
proyecto político y moral de impulsar ese cambio, un proyecto de modernización (2017: 8).

En referencia a España, y también mencionando ese papel fundamental de


acompañamiento del proyecto de modernización, Jesús de Miguel indica que
«el desarrollo de la Sociología es un proceso que debe estudiarse paralelo a la
transformación de la estructura social de España, y a los procesos de cambio
social. La hipótesis es que el conocimiento refleja la propia sociedad y, al
mismo tiempo, trata de cambiarla» (1999: 179). En efecto, el desarrollo de la
Sociología siempre ha estado relacionado con el cambio social. Desde sus
orígenes, con Auguste Comte, la misión del sociólogo ha sido facilitar la
construcción positiva, es decir, con conocimiento científico, de la nueva
sociedad. Actualmente nos encontramos en una situación similar, que tiene
como causa una nueva revolución tecnológica, la digital, y con consecuencias
parecidas a aquella: desempleo, nuevos valores, fractura social, desigualdad,
exclusión social, etc. Por lo tanto, la Sociología está unida permanentemente
al estudio de los problemas sociales.
Las Ciencias Sociales tienen una naturaleza específica, no se puede
estudiar la sociedad como procesos propios de las Ciencias Naturales. La
pretensión de Comte de tratar los hechos sociales como se tratan los
fenómenos naturales no responde a las posibilidades reales de la Sociología.
Las leyes naturales tienen unas características que las diferencian
sustancialmente de las leyes sociales. Lo social es por naturaleza variable,
interpretable y relativo. Esa naturaleza variable no le resta un ápice de interés
científico, sino que, por el contrario, el método de análisis científico debe
tener en cuenta su naturaleza peculiar. Por ello, se puede afirmar que «la
Sociología nunca ha sido una disciplina con un corpus de ideas que todos
consideran válido, aunque en ocasiones ciertas teorías han tenido una
aceptación más generalizada que otras» (Giddens y Sutton, 2014: 33).
Cuando los sociólogos analizan un problema social deben hacerlo desde
planteamientos científicos, neutralizando sus preferencias personales; y así,
es necesario dejar de lado nuestros compromisos políticos y emocionales
(Giddens y Sutton, 2014: 33). Este debate se ha planteado en múltiples
ocasiones, por ejemplo, cuando Max Weber (1864-1920) analiza la
contradicción propia del quehacer del científico y del político, centrada en el
papel de los juicios de valor (Weber, 1975). En la introducción a la obra El
Político y el Científico, Raymond Aron (Weber, 1975: 28-30), a propósito de
la distinción entre hechos e interpretación, propone unas reglas para la
práctica de las Ciencias Sociales que conviene recordar:

1. Búsqueda y el establecimiento de los hechos mismos: presentación de


los hechos brutos, distinguiéndolos de las interpretaciones.

2. Discusión y crítica de los resultados parciales, de los fundamentos y de


los métodos, para establecer su validez.
3. Desencantar lo real: hay que distinguir claramente entre los ideales y la
realidad imperfecta.
Max Weber, cuando habla de la vocación científica, indica que:
Existen dos tipos de problemas perfectamente heterogéneos: de una parte, la constatación de los
hechos, la determinación de contenidos lógicos o matemáticos o de la estructura interna de
fenómenos culturales; de la otra, la respuesta a la pregunta por el valor de la cultura (1975: 212-
213).

Hechos y valor de los hechos, esa es la diferencia que hay que distinguir en
la ciencia sociológica. Abundando en la idea, Weber señala allí en donde un
hombre de ciencia permite que se introduzcan sus propios juicios de valor
deja de tener una plena comprensión del tema (1975: 214).
Para explicar los fenómenos sociales necesariamente hay que considerar el
debate científico, la reflexión y la crítica interna. Así, podremos alcanzar un
conocimiento de la realidad que transcienda la interpretación subjetiva, ya
que la perspectiva que el sociólogo tiene de la realidad responde a una
pluralidad de valores.

1.2. LOS ORÍGENES DE LA SOCIOLOGÍA: UN ESBOZO


HISTÓRICO

La Sociología es una ciencia relativamente joven, su origen se remonta a


los inicios del siglo XIX. Si bien el pensamiento sociológico se fundamentó ya
en la Antigua Grecia, donde encontramos escritos protosociológicos en
Heródoto de Halicarnaso (484-425 a. C.), padre de la historia occidental. Fue
el primero en describir sociedades y pueblos de su época (siglo V a. C.),
estableciendo semejanzas y diferencias entre la sociedad griega y otras que
visitó. En sus viajes, observó diferentes reglas de conducta, que
posteriormente se estudiarían como cultura.
Platón, en sus obras El Banquete, La República o Las Leyes, reflexiona
sobre la sociedad proponiendo modelos sociales. También lo hizo Aristóteles,
en su libro Política. Estos escritos tenían una perspectiva filosófica, de ahí
que su objetivo fuese la búsqueda del ideal; el deber ser, mientras que los
sociólogos pretenden analizar el ser de la sociedad.
Si en la etapa griega eran los filósofos los estudiosos de lo social, en la
Edad Media serán los teólogos. Destacan los textos de San Agustín, quien
reflexiona sobre el avance de la humanidad debido a una compleja trama de
relaciones humanas; Tomás de Aquino, quien interpreta los textos
aristotélicos, o Marsilio de Padua, que estudia las comunidades por orden
creciente hasta llegar a la más compleja del Estado, y establece la necesidad
de un orden que asegure la convivencia.
En el siglo XIV, Ibn Jaldún (1332-1406), de origen andalusí, se considera
un antecesor de las Ciencias Sociales. Escribió sobre Historia, Economía,
Demografía, Filosofía y Sociología. En su libro Prolegómenos, escribe sobre
la filosofía social con una interpretación de los conceptos «cohesión social» y
«conflicto social».
En el Renacimiento, Maquiavelo es considerado como uno de los teóricos
más influyentes en el pensamiento político y social. Define desde una
perspectiva moderna el concepto de reestructuración social. Estudia el
constante conflicto político con base social, por la contraposición entre el
pueblo y los que gobiernan.
A finales del siglo XVIII y principios del XIX surge un pensamiento
«sociológico» como consecuencia de los cambios acontecidos en el orden
social establecido. En esta época, comenzó a verse claramente que de la
sociedad civil surgía el orden político. Uno de los primeros en analizar este
cambio fue Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) con su obra El contrato
social, que después influiría en el pensamiento de Alexis de Tocqueville
(1805-1859).
La Revolución Francesa acabó con las estructuras jurídicas que
legitimaban un ordenamiento social estamental sostenedor del antiguo
régimen. Fue el germen de un pensamiento nuevo que se extendió por Europa
y América. Herencia del Siglo de las Luces, las nuevas ideas que propugnaba
esta Revolución eran la Igualdad de la condición humana; la Libertad
individual para actuar bajo la responsabilidad personal, y la Fraternidad,
como elemento que inspira las relaciones humanas. En este contexto de
profundos cambios, que traen consigo la emergencia de las sociedades
modernas, surge la cuestión social o la existencia de graves problemas
sociales, como el éxodo rural, las pobres condiciones de vida de los
trabajadores, el conflicto de clases, etc., y la necesidad de una nueva
disciplina que aborde su estudio, la Sociología.
1.3. LO SOCIAL, LA CUESTIÓN SOCIAL, ORIGEN DEL ESTUDIO
DE LOS PROBLEMAS SOCIALES

Entre los siglos XVIII y XIX se producen grandes cambios en el sistema de


producción agrícola que expulsaron del medio rural a la población excedente.
Por otro lado, las ciudades se nutren de esa migración que demanda trabajo
en las nuevas fábricas. Se comienza a consolidar el sistema capitalista y la
llamada «cuestión social» como problema a estudiar.
La industria requería inversión y el capital penetra en el proceso de
producción dando lugar a un nuevo sistema, el capitalismo. Entre las
consecuencias sociales que conlleva el nuevo sistema productivo se pueden
citar: aumento de la tasa de mortalidad infantil, jornadas de trabajo hasta de
18 horas, trabajo infantil, frecuente sustitución de la mano de obra, bajos
salarios, hacinamiento en las subviviendas obreras con falta de agua y de luz,
escasa ventilación, accidentes de trabajo y nuevas enfermedades laborales.
Las condiciones de trabajo en las fábricas eran penosas, es muy ilustrativa la
descripción de Giorgio Mori:
Las hilanderías de algodón son grandes edificios construidos para que puedan albergar el mayor
número posible de personas. No se puede sustraer ningún espacio a la producción y, de tal manera,
los techos son lo más bajos posibles al tiempo que todos los locales están llenos de máquinas que,
además, requieren grandes cantidades de aceite para realizar sus movimientos. Debido a la
naturaleza misma de la producción hay mucho polvo de algodón en el ambiente…los obreros
trabajan día y noche, hay que utilizar muchas velas y por tanto es difícil ventilar la estancia [1]
(1987: 115).

En estas condiciones se puede entender que tanto los incendios que se


producían como los accidentes de trabajo eran frecuentes. Así, ante esta
realidad social en el trabajo y la vida, los nuevos trabajadores urbanos
recurren con frecuencia a la huelga, dando lugar a un periodo de conflicto
social en el que surgen los primeros sindicatos.
La llamada cuestión social (la situación descrita: pobreza, hacinamiento,
enfermedades, accidentes, explotación de hombres, mujeres y niños)
comienza a ser vista con características propias, como objeto de preocupación
y de estudio. Las Ciencias Sociales existentes, Economía, Política, Filosofía e
Historia, no aportaban explicaciones a este fenómeno de tan gran relevancia,
que se iba extendido en diferentes países a medida que se industrializaban.
Así, surge la Sociología, como nueva ciencia, cuyo objeto de estudio es,
precisamente, la cuestión social.
La sensibilización por la situación de los obreros «se convirtió bien pronto
en uno de los puntos fundamentales de referencia para todo el pensamiento
social de esa época, desde los teóricos socialistas hasta Papas como León
XIII, que en su encíclica “Rerum Novarum” denunció las consecuencias
negativas del nuevo orden económico» (Tezanos, 2006: 344).
Se puede observar la existencia de contradicciones estructurales y la
emergencia del potencial conflicto social en el tránsito del modelo feudal al
modelo capitalista industrial (Watson, 1987: 79-80):

— La concentración de trabajadores en fábricas con sus propios objetivos e


intereses comunes que constituyen la base para el desarrollo del
sindicalismo y la acción política de clase.

— El logro de algún grado de movilidad laboral o la liberación de las


relaciones de trabajo feudales, y determinadas libertades influyen en la
demanda de participación democrática.

— La contradicción entre los empresarios que desean controlar la fuerza de


trabajo, y la existencia de una mano de obra cualificada con iniciativa
que demanda independencia y autonomía.

— La burocratización y rigidez de los métodos de trabajo que pueden


resultar ineficaces para lograr los objetivos planteados.

— La división del trabajo genera eficiencia, pero, al mismo tiempo,


alienación del trabajador.

— La reducción de los valores tradiciones y el énfasis en el individualismo


puede provocar relaciones de competitividad entre los trabajadores, y
anomia.

— El crecimiento económico tiene limitaciones, tanto desde el punto de


vista medioambiental, por sobreexplotación de los recursos naturales,
como límites sociales, como consecuencia de la polarización social.
Los fundadores de la Sociología se interesaron por el estudio de ese
conflicto, dando lugar a un nuevo enfoque en su abordaje, la perspectiva
sociológica. La Sociología como una ciencia que va a explicar la crisis social
existente. Las interpretaciones acerca de la nueva sociedad se expresan a
través de diferentes teorías en las que los autores definen su concepción de la
sociedad, de la política y de la economía.
Auguste Comte, desde una visión optimista, considera que la solución a la
desorganización social está en el consenso, y elabora una teoría justificativa
del nuevo orden social (la reorganización social). Émile Durkheim (1858-
1917), en sus principales obras, analizó la cuestión social (Rodríguez, 1974:
51-77). En la nueva sociedad, fruto de la división del trabajo, se impone la
solidaridad orgánica que es reflejo de un nuevo tipo de valores. También
acuña el concepto de «anomia» en referencia a la situación social incapaz de
integrar a los individuos que se han alejado de la dinámica imperante de la
sociedad. Karl Marx (1818-1883), desde una visión materialista y dialéctica,
denunciará las formas de explotación del nuevo modo de producción y la
necesidad del cambio mediante la revolución proletaria que conducirá a una
sociedad sin clases. Max Weber, en varias de sus obras, pero
fundamentalmente en La ética protestante y el espíritu del capitalismo
(1905), presenta la tesis de cómo las diferentes culturas a través de sus
creencias religiosas desarrollan, en mayor o menor medida, el capitalismo.
También, en su gran obra póstuma Economía y sociedad (1922), desarrolla
un trabajo sobre los roles duales del idealismo y el materialismo en la historia
del capitalismo, en contraposición con algunos aspectos del marxismo.
Así nace una nueva ciencia a raíz de la cuestión social, como una reflexión
ante el problema del cambio social y la crisis, producto de las nuevas
condiciones económicas y sociales. A partir del nacimiento de la Sociología,
fenómenos como el conflicto, la crisis, el cambio social, la acción social, las
instituciones, la solidaridad, la lucha de clases, etc. son analizados y
explicados desde una perspectiva especifica: la interpretación sociológica,
constituyéndose diferentes enfoques y por ende diferentes escuelas, que serán
analizadas más adelante.

1.4. OBJETO Y FINALIDAD DE LA SOCIOLOGÍA

La perspectiva sociológica ha evolucionado significativamente desde sus


orígenes. En la actualidad, podemos afirmar que el objeto de la Sociología es
la construcción de teorías que expliquen los fenómenos sociales, como los
que hemos visto en el punto anterior; así como la aplicación empírica de
dichas teorías que permitan contrastar o refutar el pensamiento sociológico en
relación con el hecho social estudiado.
La dimensión empírica de la Sociología significa el estudio concreto de los
procesos sociales y de las relaciones sociales. Dependiendo del enfoque y
ámbito de estudio, existen distintos niveles de análisis, desde los más
cercanos e íntimos que afectan a grupos pequeños, a los más grandes, que
tienen una dimensión más general. Podemos hablar de una línea continua que
va desde las relaciones personales con un impacto (en principio) más
limitado, a otros procesos que tienen gran transcendencia y de efectos
globales sobre la sociedad en su totalidad. Hablamos de línea continua,
considerando que determinados actos de pequeña escala sí pueden tener un
gran impacto global. A ello han contribuido las tecnologías de la información
y comunicación (TIC), y especialmente Internet, que amplifican cualquier
acontecimiento de forma inmediata. No obstante, en concreto, como tipos de
análisis sociológicos, debe distinguirse entre una perspectiva
macrosociológica y otra microsociológica.
La macrosociología es el estudio de los grandes sistemas sociales o de los
procesos de transformación social a largo plazo. En este nivel de análisis, la
Sociología analiza las grandes tendencias de cambio social, como pueden ser,
por ejemplo, la internacionalización o globalización de las relaciones
sociales, el impacto de internet sobre el ocio, los grandes cambios en los
modos de producción, los flujos migratorios, las tendencias demográficas.
Por el contrario, se entiende por microsociología el estudio de la vida
cotidiana, en la que se considera las relaciones cara a cara o de grupos
pequeños como son: familias, grupos sociales, comunidades y vecindarios
(Giddens y Sutton, 2014: 50).
Como señala Gino Germani, en el prólogo a la obra de Charles Wright
Mills (1916-1962) La Imaginación Sociológica, la emergencia de la
Sociología mundial se puede caracterizar por (Wright, 1985: 9):

1. Acentuación del carácter científico de la disciplina, de acuerdo con los


principios del método científico propio de las Ciencias Sociales. Las
controversias sobre el carácter más filosófico o más empírico se han
superado. Teoría y empirismo son partes del modo de hacer sociológico,
de la misma forma que hipótesis y verificación son momentos del
análisis científico.

2. Desarrollo de los procedimientos de investigación. En la época de


Durkheim, la Sociología debía servirse de datos secundarios
(preexistentes) para realizar sus análisis. Sin embargo, en la actualidad,
se dispone de técnicas de observación y experimentación para el análisis
de los fenómenos sociales:
Las estadísticas oficiales, las obras históricas, los documentos personales o
de otra índole, constituían antes las únicas fuentes para el investigador.
Incluso en Antropología los relatos de viajeros fueron todo el material sobre
el que trabajaban los antropólogos clásicos. La observación sobre el terreno
apoyada en el uso de una gran variedad de técnicas se ha transformado
ahora en una práctica habitual del investigador social (Wright, 1985: 10).

En este sentido se ha producido una tecnificación de la Sociología, que


no ha hecho sino incrementarse significativamente hasta nuestros días,
tomando en consideración los importantes avances en las técnicas de
recogida y tratamiento de los datos gracias a los cambios en las tecnologías
de la información y comunicación (TIC) y, especialmente, en las
posibilidades que ofrece la informática en el tratamiento de grandes
cantidades de datos (Big Data).

3. Institucionalización de la Sociología. El trabajo del sociólogo aislado en


la biblioteca ha sido sustituido por el Instituto de Investigación, la
organización compleja del trabajo y la gestión de importantes recursos
humanos y económicos: se ha pasado de una fase artesanal a una fase
industrial de la investigación (Wright, 1985: 10 y 11).

4. Diferenciación interna de la Sociología, en un importante proceso de


especialización temática. Hoy en día, los sociólogos deben
especializarse en una línea de investigación. Más adelante veremos los
campos de investigación más habituales de la Sociología en España.

5. Surgimiento de escuelas (Universidades) dedicadas a la enseñanza de la


Sociología. La complejidad creciente de los estudios sociológicos
requiere del desarrollo de distintas aptitudes y habilidades,
conformando un currículum completo de una formación reglada a
través de «instituciones especiales, multiplicidad de cursos y de
materias, títulos profesionales específicos, y el paralelo surgimiento de
los medios de control científico y académico destinados a asegurar un
nivel profesional adecuado» (Wright, 1985: 11).

6. Profesionalización de la Sociología en la intervención en diversos


campos de la sociedad. Así, la Sociología no es sólo una actividad de
investigación de los problemas sociales, sino también de intervención
social a través de instituciones públicas o privadas.

7. Cooperación interdisciplinar que se produce por el trabajo en equipo de


distintos especialistas de la Sociología y de otras Ciencias Sociales.

8. Los cambios anteriores han tenido también impacto en la consideración


del propio rol del sociólogo, que ha pasado a ser, por un lado, un
«erudito» sobre las cuestiones sociales; y por otro, un «hombre/mujer
organización», un profesional que cumple las demandas del tipo de
sociedad emergente, la industrial y postindustrial o del conocimiento.
El desarrollo académico experimentado por la Sociología en occidente en
el último siglo despeja el camino de la institucionalización y el ejercicio
público de la Sociología. El enfoque crítico de la Sociología fundacional se
transforma, sin llegar a extinguirse, en actividad científica. Como dice
Michael Burawoy:
La dialéctica del progreso gobierna nuestras carreras individuales, así como nuestra disciplina.
La pasión primigenia de la Sociología por la justicia social, la igualdad económica, los derechos
humanos, la sostenibilidad del entorno, la libertad política o, simplemente, por un mundo mejor se
torna en un esfuerzo por obtener credenciales académicas (2005: 199).

Este autor reivindica el conocimiento crítico, la regeneración de lo que


denomina «la fibra moral de la Sociología», como complemento del ejercicio
profesional de nuestra disciplina (2005: 200). Diferencia Michael Burawoy
distintos tipos de Sociología en la actualidad, en función de la respuesta que
demos a unas preguntas fundamentales: ¿conocimiento para quién y
conocimiento para qué? Y en función de la respuesta, se mencionan cuatro
dimensiones de la Sociología actual: pública, práctica, profesional y crítica.
a) Sociología pública

La Sociología pública puede ejercitarse de forma tradicional como la


actividad que pone a la Sociología en conversación con los públicos a la vez
que trata de investigar cómo se produce esa conversación (Burawoy, 2005:
202). Esta Sociología está en los medios de comunicación, en los debates de
análisis de los problemas cotidianos de la vida social. Aunque no constituye
una interacción directa con el público; y en este sentido son «públicos
invisibles».
Por el contrario, hay una Sociología pública orgánica «en la que el
sociólogo trabaja en estrecha conexión con un público visible, denso, activo,
local y a menudo contracorriente: movimientos sindicales, religiosos,
vecinales, de inmigrantes o de derechos humanos» (Burawoy, 2005: 202).
Una y otra Sociología pública, la tradicional y la orgánica, son
complementarias: los grandes debates sociales se pueden trasladar al trabajo
más cercano con los actores sociales afectados. Por ejemplo, los estudiantes
de Sociología de la Universidad de California-Berkeley analizaron la
situación laboral del personal de servicios de la propia universidad, haciendo
visible la situación de precariedad y exclusión de los trabajadores, lo que
inspiró un debate más amplio sobre el trabajo barato, los colectivos de
inmigrantes desfavorecidos y la responsabilidad social de instituciones como
la universitaria. Así, la Sociología pública tradicional puede incluir a la
Sociología pública orgánica, mientras que ésta fundamenta y dirige a la
tradicional (Burawoy, 2005: 203).
b) Sociología práctica

La Sociología práctica y la Sociología pública no son necesariamente


excluyentes o antagónicas, pero, ciertamente, trabajan con diferentes
presupuestos: para la Sociología práctica las metas y los valores de trabajo se
debaten y dialogan, tratando de ajustar la agenda de trabajo. Como señala
nuevamente Michael Burawoy:
La Sociología práctica es Sociología al servicio de una meta definida por el cliente. La raison
d’etre de la Sociología práctica es suministrar soluciones a problemas que se nos presentan o
legitimar soluciones tomadas de antemano (2005: 204).

c) Sociología profesional

Este enfoque sociológico provee a la Sociología práctica y pública de


legitimidad y conocimiento experto:
La Sociología profesional... suministra los métodos adecuados y ya experimentados, los cuerpos
de conocimiento acumulados, las orientaciones necesarias y los marcos conceptuales para el
ejercicio de la Sociología (Burawoy, 2005: 205).

d) Sociología crítica

Esta es una perspectiva fundamental. La Sociología crítica es determinante


para reconocer la naturaleza de los procesos sociales. Lejos de objetivos
legitimadores del status quo existente, esta disciplina despliega la prevención
de la sospecha, la presunción de los intereses existentes detrás de todos los
procesos sociales:
La Sociología crítica intenta hacer una Sociología profesional reconocedora de sus prejuicios, de
sus silencios, promoviendo nuevos programas de investigación erigidos sobre fundamentos
alternativos. La Sociología crítica es la conciencia de la Sociología profesional en tanto que la
Sociología pública es la conciencia de la Sociología práctica (Burawoy, 2005: 205 y 206).

1.5. INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA SOCIOLOGÍA

El nacimiento, desarrollo e institucionalización de la Sociología depende


de las condiciones sociales y políticas de cada país; así, alcanzará mayor
desarrollo en las democracias industriales y encontrará dificultades en los
regímenes totalitarios al ser considerada una ciencia «peligrosa».
Hay una relación entre la consideración de la Sociología como ciencia y la
creación de Cátedras Universitarias: hasta que un área de conocimiento no es
enseñada en la universidad no adquiere el rango de ciencia. Con la creación
de Cátedras Universitarias, la impartición de enseñanzas, la publicación de
libros y revistas especializadas se considera que la nueva ciencia se ha
institucionalizado. Posteriormente, se realizarán congresos como punto de
encuentro para intercambio de conocimientos de los estudiosos de la materia,
la creación de colegios profesionales y asociaciones nacionales e
internacionales.
Fue en Estados Unidos donde por primera vez se estableció la enseñanza
de la Sociología en las Universidades. En 1876, se impartió Sociología como
asignatura en Yale University. Entre 1889 y 1892 se instauró formalmente la
enseñanza de la Sociología en 18 Universidades de Estados Unidos, siendo la
Universidad de Chicago la primera en otorgar el Doctorado en Sociología.
En un principio, la Sociología formaba una disciplina mixta con la
Economía, pero ya en 1910, la mayoría de las Universidades de Estados
Unidos impartían la Sociología como enseñanza independiente.
En Europa, hasta la Segunda Guerra Mundial, el mayor desarrollo de la
Sociología lo conoció Alemania. En este país, desde sus orígenes, la
Sociología contó con un gran reconocimiento. En los siglos XIX y XX,
surgieron los sociólogos más destacados: Karl Marx (1818-1883), Max
Weber (1864-1920), Ferdinand Tönnies (1855-1936), Georg Simmel (1858-
1918), Karl Mannheim (1893-1947), entre otros. Aunque, las conexiones de
estos pensadores con las universidades no fueron intensas, Georg Simmel
ocupó una cátedra en la Universidad de Berlín, pero ya al final de su vida.
Karl Mannheim tuvo que huir del nazismo. Sólo Ferdinand Tönnies
desarrolló su ciencia en la Universidad alemana, aunque antes de 1933, años
en que la mayoría de las Universidades contaban con sociólogos. Casi todos
ellos se vieron obligados a abandonar el país con la llegada de los nazis al
poder, y no volvió a reinstaurarse su enseñanza hasta después de la Segunda
Guerra Mundial.
En Gran Bretaña, a pesar de que la obra de Herbert Spencer (1820-1903)
obtuvo un gran éxito, la Sociología académica tuvo un desarrollo lento. Los
propios sociólogos explican que la principal razón del por qué la Sociología
no conseguía arraigar en las Universidades inglesas al mismo ritmo que
sucedía en otros países en la primera mitad del siglo XX, era debido a la
oposición de la élite académica a debatir asuntos sobre la vida
contemporánea. Era la élite intelectual de Oxford y Cambridge la gran
opositora, círculos cerrados, para los que resultaba molesta una nueva ciencia
dedicada al análisis crítico de la sociedad.
En Francia, cuna de la Sociología con Claude-Henri de Rouvroy — conde
de Saint-Simon— (1760-1825), Auguste Comte (1798-1857) y Émile
Durkheim (1858-1917), fueron los enciclopedistas los que abrieron el
camino; mientras que en los círculos académicos miraron con desconfianza
esta nueva disciplina. Fue Émile Durkheim el primer sociólogo que obtuvo
una cátedra en la universidad de Burdeos en 1902.
Italia cuenta con una tradición sociológica universitaria desde principios
del siglo XX, aunque, al igual que Alemania, su desarrollo se vio perjudicado
por la llegada del fascismo al poder.

1.5.1. Precursores de los estudios sociológicos en España


La primera cátedra de Sociología se convoca en la Universidad Central de
Madrid en 1899, siendo ocupada por Manuel Sales y Ferré (1843-1910).
Coincide su nombramiento con un momento en la historia de España inmersa
en el debate de la modernización, la regeneración social y el futuro de la
sociedad. Ello explicaría que además del nacimiento de una nueva disciplina
académica, muchos intelectuales, desde la Filosofía, el Derecho, la
Psicología, la Economía o la Historia, vieran en la Sociología un ámbito de
conocimiento necesario y, sobre todo, un método para abordar los problemas
sociales o la cuestión social, como hemos dicho anteriormente. Así, el
«espíritu sociológico», en expresión de Adolfo González-Posada y Biesca
(1860-1944), animó muchos de los trabajos de los intelectuales del momento,
como por ejemplo, los de Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), que
desde su Cátedra de Filosofía del Derecho de la Universidad de Madrid
constituía un seminario jurídico y sociológico sobre los problemas de España,
de inspiración krausista y organicista, [2] plasmados en su obra Estudios y
fragmentos sobre la teoría de la persona social (1899).
Hay que mencionar, aunque sea sucintamente, otros muchos estudios
sociales de gran interés: a) los de la penalista Concepción Arenal Ponte
(1820-1893), sobre el régimen penitenciario; b) Joaquín Costa Martínez
(1846-1911), que utiliza la perspectiva sociológica en sus estudios históricos
y reformas agrarias; c) Eduardo Pérez Pujol (1830-1894) que preside el
Primer Congreso Sociológico Nacional, y realiza una importante contribución
al estudio de las instituciones sociales; d) Adolfo Álvarez-Buylla y González
Alegre (1850-1927), profesor de Economía Política y de Estadística, que
funda la Escuela Práctica de Estudios Jurídicos y Sociales, y estudió la
cuestión obrera y el movimiento cooperativo español; e) Pedro Dorado
Montero (1861-1919), que también desde la ciencia jurídica, escribe sobre
Sociología política y Sociología criminal; f) Vicente Santamaría de Paredes
(1853-1924), desde el ámbito del Derecho Político, estudia El organismo
social, y el movimiento obrero contemporáneo; g) Urbano González Serrano
(1848-1904), filósofo y psicólogo, que realiza una importante contribución al
desarrollo de la Sociología científica (Posada, 1990: 177-190). Así, el
desarrollo del pensamiento sociológico español experimentó un gran impulso
con las contribuciones teóricas de tres intelectuales, que podrían considerarse
los pioneros de la Sociología en España:

— El primero, Gumersindo de Azcárate y Menéndez (1840-1917),


Presidente del Instituto Internacional de Sociología, y fundador del
mismo, por su perspectiva de la Sociología como disciplina propia, a
pesar de que esta reflexión se hace desde el ámbito del Derecho.
Publicó, entre otras obras, Estudios económicos y sociales (1876). Para
Azcárate, la Sociología tenía un objeto propio de estudio, y parte del
reconocimiento «de que la sociedad, como un todo, es algo que se
puede y debe conocer; algo de cierta naturaleza, con vida y conforme a
leyes, resultado que la ciencia nueva abarca lo relativo a la esencia,
naturaleza, estructura de la sociedad» (Posada, 1990: 182).

— El segundo, Manuel Salés y Ferré (1843-1910), fue el primer


Catedrático de Sociología. Escribió un Tratado de Sociología. Discípulo
de Julián Sanz del Río (1814-1869), y formado en el pensamiento
krausista, con una perspectiva positivista del evolucionismo. Para él, la
Sociología estudia las leyes «de la humana sociedad», algo que analiza
en su Tratado considerando la evolución de las civilizaciones del
hombre. Como prueba de la calidad de la obra, el sociólogo francés,
Gastón Richard dijo sobre ella:
El autor del sabio y concienzudo libro de que voy a dar cuenta es español, y enseña historia
en Sevilla. Lo sentimos por él. ¿Por qué no es un alemán? ¿Por qué no enseña en Marburgo o en
Greifswald? Los tres volúmenes de su Tratado de Sociología no asustarían a ningún traductor;
pero necesario es que lo sepa y se resigne; entre nosotros, no quiere recibirse la luz sino de
Alemania (Posada, 1990: 183 y 184).

— El tercero, Adolfo González-Posada y Biesca (1860-1944), que hace


una importante labor de difusión de las obras clásicas de la Sociología
europea y norteamericana en nuestro país: Auguste Comte, Herbert
Spencer, Émile Durkheim, Albion W. Small, Lester F. Ward. Su obra
Principios de Sociología es una referencia fundamental del pensamiento
sociológico de la época, que tiene como precedente el positivismo y la
experimentalidad (Lamo, 1998: 741).

Las primeras obras sociológicas en España

— Eduardo Pérez Pujol: La Sociología y la fórmula del derecho (1875). Promovió el


estudio sociológico y junto con el derecho dedicándose a la recuperación de los
gremios como solución a la cuestión social.
— Gumersindo de Azcárate y Menéndez: Estudios económicos y sociales (1876),
Concepto de la Sociología (1891), Los deberes de la riqueza (1892).
— Concepción Arenal Ponte: La cuestión social. Cartas a un obrero y a un señor
(1880), El delito colectivo (1892), El pauperismo (1897), La igualdad social y política
y sus relaciones con la libertad, (1898). Su obra sociológica se ocupa de la mujer, la
delincuencia y la pobreza.
— Urbano González Serrano: Sociología científica (1884). Creador de la corriente
krausopositivismo.
— Manuel Sales y Ferré: Tratado de Sociología, 4 vols. (1889), Nuevos fundamentos
de la moral (1907), Problemas sociales (1910), Sociología General (1912). Fundó en
Madrid el Instituto de Sociología.
— Eduardo Sanz y Escartín: La cuestión económica (1890), El Estado y la reforma
social (1893) y El individuo y la reforma social (1896). Fue presidente del Instituto de
Reformas Sociales.
— Adolfo González-Posada y Biesca: Sociología contemporánea (1902), La
sensibilidad en las diversas clases sociales (1903), Socialismo y reforma social (1904),
Principios de Sociología (1908), La ciudad moderna (1915).

1.5.2. El pensamiento sociológico del siglo xx en España


El «espíritu sociológico» siguió animando la reflexión sobre la cuestión
social a principios del siglo XX. Entre otros muchos, deben citarse
intelectuales como José Ortega y Gasset (1883-1955) con España
invertebrada (1921), Salvador de Madariaga (1886-1978) con Spain (1930),
Miguel de Unamuno (1864-1936) con En torno al casticismo (1902),
Francisco Giner de los Ríos (1839-1915) y su estudio sobre la Universidad;
así como, las investigaciones que se realizaron en el Instituto de Reformas
sociales (IRS) sobre la situación de los trabajadores (De Miguel, 1999: 180-
181). También cabe mencionar que hay una importante tradición de estudios
de Criminología (Salillas, Bernaldo de Quirós, Dorado Montero, Azcárate),
estudios de Sociología de la sexualidad (Quintiliano Saldaña), estudios
antropológicos (Telesforo de Aranzadi, Luis de Hoyos, Antonio Machado
Álvarez, Miguel de Barandiarán), o de Sociología rural (Díez del Moral,
Fernando de los Ríos y Severino Aznar) (Lamo, 1998: 741).
Para resolver la Cuestión Social, se creó en 1903 el Instituto de Reformas
Sociales. Su objetivo era estudiar y proponer leyes para mejorar la vida y las
condiciones de trabajo de los obreros. Fue organizado en tres secciones: la de
legislación e información bibliográfica, dirigida por Adolfo González-Posada
y Biesca; la de Inspección General, dirigida por el general Marvá; y la de
Estadística, por Adolfo Álvarez-Buylla. Los trabajos realizados por el
Instituto de Reformas Sociales fueron las primeras investigaciones
sociológicas y se caracterizaron por su gran rigor estadístico y científico.
Estos trabajos sirvieron de apoyo técnico al Estado (ver cuadro de
publicaciones).
Publicaciones del Instituto de Reformas Sociales
1904. BUYLLA y ALEGRE: Miseria y conciencia del campesino castellano.
1904. SALILLAS, SAINZ Y ESCARTIN, PUYOL: Informe referente a las minas de Vizcaya.
1907. PUYOL: Informe acerca de la fábrica y los obreros de Mieres.
1910. MARVÁ: El trabajo en las minas.
1910. SANTAMARÍA y otros: Informe acerca del conflicto obrero-patronal de Gijón.
1910. GARCÍA CÁCERES: Condiciones sociales del cultivo del arroz en Valencia.
1914. GONZÁLEZ CASTRO: El trabajo de la mujer en la industria.
1915. ADOLFO POSADA: La ciudad moderna.
1917. GONZÁLEZ CASTRO: El trabajo de la infancia en España.
1919. BERNALDO DE QUIRÓS: Espartaquismo agrario.
1920. BERNALDO DE QUIRÓS: La emigración obrera en España después de la guerra.
1929. DÍAZ MORAL: Historia de las agitaciones campesinas andaluzas.
Fuente: Martín López, E. (2003). «El Instituto de Reformas Sociales y los orígenes de la Sociología en
España». Revista del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, Número extraordinario.

La Guerra Civil (1936-1939) expulsó a muchos sociólogos de España. Su


magisterio en distintos países, sobre todo Latinoamérica, contribuyó a la
difusión internacional de la Sociología. Por ejemplo, la importante labor de
José Medina Echavarría (1903-1977) en México y Chile, donde se le
reconoce como «uno de los institucionalizadores de los estudios
sociológicos» (Morales, 2012: 20); o la actividad docente de Luis Recasens
Siches (1903-1977) en la Universidad Nacional Autónoma de México,
Estados Unidos de América y Europa; y de Francisco Ayala (1906-2009) en
Argentina, que tanto ha influido no sólo en Sociología, sino en otros campos
como la literatura, el derecho y el pensamiento político. Todos ellos
representan, en expresión de Enrique Gómez Arboleya (1910-1959), los
«sociólogos sin sociedad», la Sociología del exilio.
Debido al paréntesis de la trágica guerra, y la diáspora intelectual que
expulsa a una parte importante de los intelectuales españoles, habrá que
esperar hasta la década de los años 50, para asistir a la reinstitucionalización
de la Sociología española. A ello contribuyeron los estudios sociológicos de
Enrique Gómez Arboleya, Catedrático de Sociología de la Universidad de
Madrid, con una obra que trata de crear un puente con la tradición
sociológica española: Sociology in Spain, en la obra colectiva The Recent
Trends in Sociology (1958), y, junto con Salustiano del Campo Urbano, la
publicación de la investigación Para una Sociología de la familia española
(1959). Otros sociólogos importantes de esa época fueron: Román Perpiñá
(Teoría estructural y estructurante de la población de España 1900-1950
(1954); Esteban Pinilla de las Heras Sobre ciertos problemas que plantea la
noción de estructura social (1956), o los estudios demográficos del Instituto
Balmes de Sociología (1959) (Lamo, 1998: 742).
En la década de los años 60, se amplía el foco de interés de la Sociología.
Como señala Sánchez Vera (2003), una Sociología crítica se va a desarrollar
en España gracias a la importante actividad que realizan un grupo de
intelectuales en el Centro de Enseñanza e Investigación Sociológica
(CEISA), germen, como diría José Luis López Aranguren, de una verdadera
Universidad libre. Este Centro fue, según Jesús Ibáñez Alonso, «el crisol
donde se fundó una Sociología española autóctona» (Ibáñez, 1992: 139). En
esta época, los principales intelectuales que protagonizaron el vigoroso
impulso de los estudios sociológicos fueron: Enrique Tierno Galván,
Sociología y Situación (1954); Elías Díaz, Sociología y filosofía del derecho
(1971); Ramón Tamames, Estructura económica de España (1960); José
Luis Sampedro, Estructura económica (1969); Francisco Murillo, Estudios
de Sociología política (1962); así como los sociólogos o politólogos Jiménez
Blanco, Enrique Martín López, José Cazorla, Juan Díez Nicolás, Amando de
Miguel, Carlos Moya, Juan Marsal, Francisco Javier Conde, Juan Linz,
Salvador Giner, José Castillo Castillo, José Vidal Beneyto, Alfonso Ortí,
entre otros. Las obras de estos intelectuales, nacidos en los años 20 y 30 del
pasado siglo, constituyen la base sobre la que se sustenta el edificio
intelectual de la Sociología actual en España.
Como indica Emilio Lamo de Espinosa:
La Sociología española a comienzos de los años noventa se encontraba ya plenamente
institucionalizada en un triple nivel: académicamente, como una actividad profesional y
corporativamente. Su producción está legitimada y aceptada públicamente y hay una notable
demanda de investigación aplicada. Al tiempo se ha diversificado de modo que hoy disponemos de
escuelas especializadas en casi todas las ramas conocidas: demografía, estratificación social,
Sociología rural y urbana, Sociología de las organizaciones, Sociología política, Sociología de la
educación, de la cultura, del conocimiento, de la salud, de la desviación social, del derecho, del
consumo, criminología, y un largo etcétera (1998: 744 y 745).

En 1977 se licenció la primera promoción de titulados en Ciencias


Políticas y Sociología en España. En aquellos años, los sociólogos egresados
tenían que explicar qué era la Sociología, ya que la sociedad en general no
tenía una idea clara de cuál era su finalidad; e incluso, el mundo empresarial
desconocía concretamente su cometido y su utilidad en la empresa. En la
actualidad, la Sociología tiene reconocimiento social. Hay más de 15
Universidades españolas con Facultad de Sociología, o Facultades con
Departamentos de Sociología. Cuando se pregunta sobre la labor de un
sociólogo la respuesta suele hacer referencia a encuestas, al estudio de los
problemas sociales y, en general, al análisis de la sociedad. Fueron las
instituciones públicas las que, inicialmente, vieron en el sociólogo al técnico
en estudios sociales, el asesor en programas de intervención social, o al
experto en el diseño, dirección y gestión de políticas públicas, ofertando
plazas de sociólogos en las distintas convocatorias de oposiciones a las
Administraciones Públicas.
Desde las últimas décadas del siglo pasado, la Sociología se ha ido
afianzando como una disciplina empírica, de análisis de la realidad concreta
de acuerdo con un método propio. Hoy la Sociología es reconocida como
materia científica y académica y cuenta con asociaciones nacionales e
internacionales. Las asociaciones más destacadas son: International
Sociological Association (ISA), de ámbito mundial. Con carácter regional
internacional pueden citarse, por ejemplo: European Sociological
Association (ESA), Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS) y
American Sociological Association (ASA). Descendiendo a nivel nacional
está la Federación Española de Sociología (FES), que agrupa a las
asociaciones de Sociología de las diferentes Comunidades Autónomas.
Hay que mencionar, por su importancia, determinadas instituciones
públicas, como el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), o el Instituto
de Estudios Sociales Avanzados (IESA), perteneciente al Consejo Superior de
Investigaciones Científicas (CSIC).
Por último, un reflejo del proceso de consolidación es la existencia de
publicaciones especializadas, que consideran las diferentes áreas de
especialización. A título de ejemplo se pueden citar: Revista Española de
Investigaciones Sociológicas; Revista Internacional de Sociología; Revista
Española de Sociología; Sistema. Revista de Ciencias Sociales; Sociología
del Trabajo; Cuadernos de Relaciones Laborales; Política y Sociedad;
Migraciones; Empiria; Revista de Metodología de Ciencias Sociales; Papers;
Revista Española del Tercer Sector, entre otras muchas. [3]

1.6. PARA TERMINAR EL CAPÍTULO: EJERCICIOS, PRÁCTICAS


O LECTURAS

Comentario del texto de Lamo de Espinosa, E. (2017). «Elogio de la


Sociología». Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 159: 7-12.
Se puede acceder online en la página web del CIS:
www.cis.es

1.7. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

BURAWOY, M. (2005). «Por una Sociología pública». Revista Política y Sociedad, 42 (1): 197-225.
DE MIGUEL, J. (1999). «Cien años de investigación sociológica sobre España». Revista Española de
Investigaciones Sociológicas, 87: 179-219.
DEL CAMPO, S. (2001). Historia de la Sociología española. Barcelona. Ariel.
— (coord.) (2000). La institucionalización de la Sociología (1870-1914). Madrid. Centro de
Investigaciones Sociológicas.
GIDDENS, A. y Sutton, Ph.W. (2014). Sociología. Madrid. Alianza.
GINER, S. y Moreno, L. (1990). Sociología en España. Madrid. CSIC.
IBÁÑEZ, J. (dir./coord.) (1992). «Sociología. Vol. 1», en Reyes, R. (ed.). Las Ciencias Sociales en
España. Historia inmediata, crítica y perspectivas. Madrid. Universidad Complutense de Madrid.
LAMO DE ESPINOSA, E. (1998). «Sociología en España» en Giner, S., Lamo, E. y Torres, C. (eds.).
Diccionario de Sociología. Madrid. Alianza: 741-745.
— (2017). «Elogio de la Sociología». Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 159: 7-12.
MARTÍN LÓPEZ, E. (2003). «El Instituto de Reformas Sociales y los orígenes de la Sociología en
España». Revista del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, Número extraordinario.
MORALES MARTÍN, J.J. (2012). José Medina Echavarría: «vida y Sociología». Tesis Doctoral.
Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Universidad Complutense de Madrid.
MORI, G. (1987). La Revolución Industrial. Barcelona. Crítica.
NÚÑEZ ENCABO, M. (2001). «Sales y Ferré y los orígenes de la Sociología española» en Del Campo,
S. (dir.). Historia de la Sociología Española. Madrid. Ariel.
POSADA, A. (1990). «La Sociología en España». Revista Española de Investigaciones Sociológicas,
52/90: 163-192 (Original publicado en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza en 1898).
RODRÍGUEZ ZUÑIGA, L.E. (1974). «Emile Durkheim: la Sociología y la “cuestión social”». Revista
Española de la Opinión Pública, 36: 51-77.
SÁNCHEZ VERA, P. (2003). «Antecedentes de la Sociología en la Universidad de Murcia». Anales de
Derecho, 21: 253-282.
TEZANOS, J.F. (2006). La explicación sociológica: una introducción a la Sociología. Madrid. UNED.
VV.AA. (2016). «La situación profesional y académica de la Sociología española: diagnóstico y
perspectivas». Revista Española de Sociología, 25, suplemento 3.
WATSON, T.J. (1987). Sociology, work and industry. London. Routlege & Kegan Paul.
WEBER, M. (1975). El político y el científico. Madrid. Alianza.
WRIGHT MILLS, C. (1985). La imaginación Sociológica. México. Fondo de Cultura Económica.
Capítulo 2
Teorías sociológicas
Rosa M.ª Rodríguez Rodríguez
José Antonio Díaz Martínez

2.1. Gestación teórica de la Sociología.


2.1.1. Positivismo (Auguste Comte).
2.1.2. Evolucionismo y organicismo (Herbert Spencer).
2.2. Consolidación de la Sociología.
2.2.1. Los inicios de la Sociología Analítica (Ferdinand
Tönnies, Georg Simmel y Émile Durkheim).
2.2.2. Sociología Comprensivo-explicativa (Max Weber).
2.2.3. Sociología Dialéctica (Karl Marx).
2.3. Principales perspectivas teóricas contemporáneas.
2.3.1. Estructural-funcionalista (Talcott Parsons).
2.3.2. Teoría crítica.
2.3.3. Interaccionismo o interaccionismo simbólico.
2.4. Para terminar el capítulo: ejercicios, prácticas o lecturas.
2.5. Referencias bibliográficas.
¿De qué trata este capítulo?

En este capítulo se realiza una visión panorámica de los rasgos definitorios


básicos de las principales corrientes de pensamiento sociológico existentes; es
decir, de las interpretaciones científicas que, históricamente, se han dado para
abordar el conocimiento empírico, teórico y racional de la sociedad. Este texto es
solo una aproximación a la diversidad de conceptualizaciones y paradigmas, en
muchas ocasiones contrapuestos, que caracterizan la constitución de la Sociología
como disciplina científica, generalmente, a partir del debate y delimitación de su
objeto de estudio y, respondiendo, a la pluralidad de posibles factores explicativos,
ideológicos y axiológicos con los que se puede analizar la realidad social.
2.1. GESTACIÓN TEÓRICA DE LA SOCIOLOGÍA

La irrupción de la Sociología en el pensamiento social se sitúa,


formalmente, en el siglo XIX, debido sobre todo a la nueva y más precisa
concepción de la «sociedad» como objeto de estudio, claramente
diferenciable del Estado y de lo político; así como de una vaga historia
universal de la humanidad y de las historias particulares de pueblos, Estados
o civilizaciones. La idea de «sociedad» fue elaborada en el análisis que de la
estructura social, los sistemas sociales y las instituciones sociales, se hacen
desde los mismos precursores de la Sociología, y que son parte del núcleo
central de la teoría sociológica (Bottomore y Nisbet, 1988: 10). Esta datación
histórica de los orígenes de la teoría sociológica no significa, lógicamente,
que no hubiera ya una larga historia de pensamiento social; sino que en el
siglo XVIII y precedentes no constaba la Sociología como tal, porque, por una
parte, la idea de una ciencia para el estudio de la sociedad no existía, hasta
que Auguste Comte la concibió en 1837; y, por otra, todavía no existía el
método propio de las Ciencias Sociales; es decir, faltaba el objeto de estudio
y el método adecuado para estudiarlo.
Aunque tenga remotos antecedentes, hay consenso respecto a que nace en
el momento en que algunos autores propusieron el estudio sistemático,
analítico y empírico de la realidad social; entre ellos, Montesquieu (1689-
1755), Claude-Henri de Saint-Simon (1760-1825), Pierre-Joseph Proudhon
(1809-1865), John Stuart Mill (1806-1873), Lorenz von Stein (1815-1890),
Auguste Comte (1798-1857), Max Weber (1864-1920) o Karl Marx (1818-
1883).
La Sociología no tiene un fundador concreto, sino que surgió en algunos
intelectuales como consecuencia de la extensión progresiva de la actitud
científica. La indagación científica, que había ya cubierto el mundo físico y el
biológico, alcanzó al terreno mismo de la mente, con la Psicología, y el de la
sociedad, con las diversas Ciencias Sociales. Esto ya había ocurrido cuando
Adam Smith (1723-1790), David Ricardo (1772-1823), Richard Cantillon
(1680-1734) y otros autores iniciaron el estudio científico de la dimensión
económica de la vida social (Giner, 1994: 580). Subrayamos este aspecto,
porque las primeras corrientes sociológicas, y muchas posteriores, no podrían
entenderse sin tener en cuenta la influencia que la concepción y el método
propio de las Ciencias Naturales ha tenido en el abordaje científico de lo
social. En concreto, las primeras teorías a las que nos referiremos a
continuación partían de que sólo era digno de estudiarse aquello que podía
ser tratado como cosa y, por lo tanto, susceptible de ser medible y
cuantificable. Y que la sociedad y sus componentes podían ser estudiados,
comparativamente, como si fueran un organismo vivo.
Podemos distinguir una primera fase, de gestación de la Sociología, que
corresponde con la aparición de las concepciones positivistas y organicistas
en las Ciencias Sociales.
El desarrollo hipertrófico de la Sociología
La concepción inicial —y durante mucho tiempo predominante— de la
Sociología como ciencia natural ha hipertrofiado la importancia de los aspectos
externos (materiales-estructurales) sobre los aspectos psíquicos (espirituales-
personales). Sin duda, tal hipertrofia tiene su origen en el hecho de que esa línea
sociológica está condicionada por el modelo de las ciencias de la naturaleza —
experiencia externa, datos físicos, regularidades de comportamiento observable,
etc.—, y esto da lugar, a su vez, a un desplazamiento de la atención hacia la
sociedad como estructura empíricamente perceptible —orgánica, mecánica, etc.—,
alejándose de la consideración del hombre como sujeto individual específico.
Ambos fenómenos producen como resultado, una cierta cosificación de la vida
social y política, que, cuando menos, se desnuda de su dimensión moral para
presentarse como una cuestión de técnica y de administración. Resulta
paradigmática, a este respecto, la idea de Saint-Simon, según la cual «la política
ha dejado de ser el gobierno de los hombres para convertirse en la administración
de las cosas».

Fuente: Martín López, E. (1998). «El desarrollo hipertrófico de la Sociología» en Martín López, E.
Sociología de la Comunicación Humana. Tomo I. Madrid. FUFAP: 13.

2.1.1. Positivismo (Auguste Comte)


Positivismo es un término asociado al pensamiento y filosofía social de
Auguste Comte (1798-1857), para muchos, el fundador de la Sociología.
Declaradamente empirista, Comte pensaba que existe un orden natural de las
cosas que puede ser descubierto mediante el método científico (habiendo
explicación científica cuando se consigue explicar las cosas en sus propios
términos y no en términos extramundanos, divinos o supersticiosos). Al
existir un orden natural de las cosas, es posible la empresa científica. Las
cosas, sin embargo, no están ordenadas en compartimentos estancos: existe
una continuidad en el orden natural de las cosas. De esa manera, las
regularidades que se observan en la Astronomía pueden servir para descubrir
las regularidades que existen en la Física, o las regularidades que se observan
en la Química pueden servir para entender lo que ocurre en el mundo de la
Biología, y así, sucesivamente, hasta encontrarse con las regularidades o
leyes que cabe descubrir en el ámbito de lo social, de lo que debe encargarse
una nueva ciencia: la Sociología.
La Sociología, para Auguste Comte, debe aplicar estrictamente el método
científico, tal como lo han depurado los científicos naturales (físicos,
químicos, astrónomos, etc.), para descubrir las leyes sociológicas, las
regularidades que acontecen en el ámbito de las sociedades (Garvía, 1998:
86-87). Desde esta premisa, hay que entender que Comte denominara
inicialmente a la Sociología física social y que una de sus aportaciones
teórico-conceptuales más importantes sea la Ley de los tres estados. En la
«Primera lección» del Curso de filosofía positiva subraya la existencia de una
«gran ley fundamental» del desarrollo humano, que recibe el nombre de «Ley
de los tres estados» y que es la base de la explicación comtiana de la Historia.
Así, establece en el enunciado de esa ley, un paralelismo entre el desarrollo
de la sociedad y el de la vida intelectual y emocional del ser humano
individual. Esta ley se basa en que cada una de nuestras concepciones
principales, cada rama de nuestro conocimiento, pasa sucesivamente por tres
estados teóricos diferentes: el estado teológico, o ficticio; el estado
metafísico, o abstracto, y el estado científico, o positivo.
La ley de los tres estados o estadios de Auguste Comte
En el estado teológico, el espíritu humano, al dirigir esencialmente su
investigación hacia la naturaleza íntima de los seres, hacia las causas primeras y
finales de todos los efectos que le sorprenden, se representa los fenómenos cual si
fueran producidos por la acción directa y continua de agentes sobrenaturales más o
menos numerosos, cuya intervención arbitraria explica todas las anomalías
aparentes del universo. En el estado metafísico, que en el fondo no es sino una
modificación general del primero, los agentes sobrenaturales son reemplazados por
fuerzas abstractas, verdaderas entidades (abstracciones personificadas) inherentes a
los diversos seres del mundo, y concebidas como capaces de engendrar por sí
mismas todos los fenómenos observados, cuya explicación consiste entonces en
asignar a cada uno una entidad correspondiente. En el estado positivo, en fin, el
espíritu humano, al reconocer la imposibilidad de obtener nociones absolutas,
renuncia a buscar el origen y el destino del universo, y a conocer las causas íntimas
de los fenómenos para limitarse solo a descubrir, mediante el uso del bien
combinado del razonamiento con la observación, sus leyes efectivas, es decir, sus
relaciones invariables de sucesión y similitud. La explicación de los hechos,
reducida así a sus términos reales, no es ya más que la ligazón establecida entre los
diversos fenómenos particulares y algunos hechos generales cuyo número
disminuye cada vez más a causa del progreso de la ciencia.

Fuente: Giner, S. (1994). Historia del pensamiento social. Barcelona. Ariel: 595-586.

La última etapa coincide en el tiempo con la Sociedad Industrial, en la que


la inteligencia humana se libera de mitos y ataduras, y entra en lo que Comte
calificaba como el estadio de la «positividad racional». El espíritu humano
renuncia a investigaciones absolutas, propias de su infancia, y centra sus
esfuerzos en el «dominio de la observación» y en el logro de conocimientos
útiles para las «necesidades reales».
La perspectiva comtiana estaba imbuida de un gran sentido práctico, se
trataba de llegar a un conocimiento de las leyes naturales que permitieran
anticipar el curso de los hechos: lo que hay que hacer es «estudiar lo que es, a
fin de concluir de ello lo que será», «ver para prever» y «prever para actuar»
(Tezanos, 2006: 117-118).

2.1.2. Evolucionismo y organicismo (Herbert Spencer)


Tomando como referencia e imitando también el método de las ciencias de
la naturaleza, coexiste con el positivismo la tendencia, muy extendida en la
segunda mitad del siglo XIX, a interpretar la sociedad por analogía con el
mundo animal. La teoría organicista tiene en Herbert Spencer (1820-1903)
uno de sus máximos exponentes e iniciador del darwinismo social. Spencer,
que estudió mecánica y ejerció de ingeniero en una compañía de ferrocarriles,
introduce la nueva ciencia social en el mundo anglosajón, combinando la
concepción organicista y el evolucionismo social, con el individualismo
liberal de la época victoriana.
Según Herbert Spencer, existe una estrecha analogía entre el organismo
biológico y la sociedad humana; por lo tanto, lo que es válido para los
fenómenos biológicos, también lo es para los fenómenos sociológicos. La
historia, tanto de la vida orgánica como de la superorgánica (social), es un
proceso de desarrollo, lo que implica un crecimiento en «cantidad» y en
«complejidad». La ley general de la evolución supone para Spencer que la
realidad pasa de una «homogeneidad incoherente» a una «heterogeneidad
coherente». Así, la sociedad, a través del devenir histórico, ha pasado de una
homogeneidad originaria (grupos y hordas simples y aislados) hasta el alto
grado de organización y complejidad típico de las sociedades modernas
(García y Salcedo, 1995: 29-30).
En su obra Principios de Sociología, plantea que la «Sociedad es como un
organismo» y establece las analogías y diferencias entre una y otro. Las
razones que aduce para mostrar este símil son las siguientes:
La sociedad presenta un crecimiento continuo, a consecuencia del cual se diversifican sus partes
y se complica su estructura; las partes desemejantes desempeñan funciones diferentes, las cuales
están de tal modo ligadas, que sólo existiendo unas pueden ser posibles las otras; esta mutua
dependencia de funciones lleva consigo la de las partes, y así se constituye un conjunto basado
sobre el mismo principio general que un organismo individual.
La analogía entre ambos resalta aún más cuando se considera que todo organismo de tamaño
apreciable es una sociedad, y que tanto en uno como en el otro la vida de las unidades continúa por
cierto tiempo, cuando se corta repentinamente la vida del conjunto, al paso que, en el estado
normal, éste vive mucho más que sus unidades. Bien que el organismo y la sociedad difieren en que
el primero existe en el estado concreto y la segunda en el estado discreto, y sean también diferentes
los fines que llenan la organización, no quiere esto decir que hay diferencia en sus leyes: las
influencias necesarias que las partes ejercen unas en otras no pueden transmitirse directa, sino
indirectamente (González, 1983: 61-62).

A pesar de la influencia que las teorías evolucionistas y organicistas han


tenido en la Sociología, no han conducido a resultados fructíferos porque,
como concluyera Luis González Seara, las analogías entre sociedad y
organismo no responden a los verdaderos caracteres de ambos, y son
semejanzas de tipo superficial (1983: 64). No obstante, Herbert Spencer
introducirá en la Sociología conceptos de gran valor analítico como los de
estructura y función, que serán utilizadas ampliamente por la Sociología
posterior.

2.2. CONSOLIDACIÓN DE LA SOCIOLOGÍA

2.2.1. Los inicios de la Sociología Analítica (Ferdinand Tönnies, Georg Simmel y Émile
Durkheim)
Mientras se desarrollaba el evolucionismo, apareció en el último cuarto del
siglo XIX un nuevo enfoque de la Sociología denominado, por el experto en
teoría sociológica clásica Nicholas S. Timasheff, Sociología Analítica. Entre
sus iniciadores destacan tres importantes teóricos, de cuyas más significativas
aportaciones nos haremos eco a continuación.
a) Ferdinand Tönnies (1855-1936)

Nacido en Schleswig (Alemania), realizó no sólo aportaciones nucleares a


la teoría sociológica, sino importantes trabajos e informes de investigación
empírica. Propuso el nombre de Sociografía para la Sociología descriptiva y
aunque ese término no tuvo aceptación general, se suele utilizar para
denominar un tipo especial de estudio práctico cuantitativo. Su primera y más
influyente obra fue Gemeinschaft und Gesellschaft (Comunidad y Sociedad).
La Comunidad está integrada por personas unidas por vínculos naturales o
espontáneos, como también por objetivos comunes que transcienden los
intereses particulares de cada individuo. El sentimiento de pertenencia a una
misma colectividad domina el pensamiento y las acciones de las personas, lo
que garantiza la cooperación de cada miembro y la unidad o unión del grupo.
La Comunidad constituye, pues, una totalidad orgánica, en cuyo seno la vida
y el interés de los miembros se identifican con la vida y el interés del
conjunto. Este tipo de organización social se concreta en tres formas
modalidades: la comunidad de sangre (la familia, el clan, etc.), que es la
comunidad más natural, de origen biológico y, consiguientemente, la más
primitiva también; la comunidad de lugar, que se forma por la vecindad y
que cabe encontrar en las aldeas o en los medios rurales; y, por último, la
comunidad de espíritu (establecida sobre la amistad, la concordia, una cierta
unanimidad de espíritu y de sentimientos). Estas comunidades se encuentran,
por un lado, en los pueblos pequeños en los que se conocen las personas; por
otro, en la comunidad nacional y, finalmente, en los grupos religiosos. Estos
tres tipos de comunidad corresponden a las tres formas de voluntad orgánica:
el primer tipo corresponde al placer, por tratarse del más biológicamente
natural y primitivo; el segundo al hábito, por cuanto se funda en la
proximidad física, en la cohabitación en un mismo territorio reducido; y, el
tercero, a la memoria, esencial en toda comunicación mental y espiritual
(Rocher, 1990: 223-224).
Formas de voluntad y tipos de relaciones sociales según Ferdinand Tönnies
La acción de los hombres, en las relaciones que les unen entre sí, viene guiada
por determinadas formas de voluntad, al igual que sus conductas. Dos tipos de
voluntades expone Tönnies, la orgánica y la reflexiva. La primera responde a
impulsos orgánicos y afectivos, la segunda es intelectual y abstracta. Las relaciones
sociales son relaciones de voluntades humanas. Las relaciones sociales que
obedecen a la voluntad orgánica son las que llama comunitarias. Las relaciones
sociales inspiradas por la voluntad reflexiva se denominan societarias.

Fuente: Rocher, G. (1990). Introducción a la Sociología General. Barcelona. Herder.

En la Sociedad, las relaciones entre las personas se establecen sobre la base


de los intereses individuales. Son, pues, relaciones de competencia, de
rivalidad o, por lo menos, relaciones sociales caracterizadas por la
indiferencia respecto de lo que concierne a los demás. La Comunidad está
hecha de relaciones «cálidas», fuertemente impregnadas de afectividad. La
Sociedad, en cambio, es la organización social de las relaciones «frías», en
las que privan la diversidad de intereses y el cálculo.
El sociólogo canadiense, Guy Rocher, del que tomamos la síntesis
explicativa de las diferencias entre Comunidad y Sociedad, por su claridad
expositiva, extrae de la obra de Ferdinand Tönnies, algunas experiencias o
exponentes de relación societaria. El intercambio comercial es el ejemplo
más típico. En él, cada sujeto procura sacar el máximo provecho posible, tal
es la regla del juego. El comercio, los negocios, el trabajo industrial son,
pues, formas de organización social de carácter societario. El Derecho,
nacido del Derecho romano, es en opinión de Tönnies, una institución de tipo
societario, por cuanto que se inspira en un concepto del hombre razonable,
reflexivo y, consiguientemente, responsable; es, por otro lado, la expresión de
una noción esencialmente contractual de las relaciones sociales. La Ciencia
es también un mundo societario exclusivamente racional, crítico, lógico y
universal (Rocher, 1990: 224-225).
Para Tönnies, los conceptos de Comunidad y Sociedad (Gemeinschaft und
Gesellschaft) se refieren no sólo a los tipos paradigmáticos de agrupación
humana y los fundamentos psíquicos de las relaciones sociales, sino también
a fases históricas de desarrollo de las sociedades.
b) Georg Simmel (1858-1918)

En 1908, Georg Simmel recopila en Sociología, su obra cumbre, una


colección de brillantes artículos que, desde 1890, fue publicando y le dieron
fama entre los sociólogos. Estudió Filosofía en la universidad de Berlín. Se
interesó de manera particular en responder a la pregunta ¿Qué es la sociedad?
Los análisis y reflexiones que realizó para responderla, revelaron su carácter
innovador, tanto en ideas conceptuales, como en su capacidad para establecer
nuevas orientaciones teóricas. Según Simmel, el concepto definidor central
de la Sociología es la forma de la sociedad. Entendía por forma el elemento
de la vida social que es relativamente estable, que está tipificado, a diferencia
del contenido, que es marcadamente variable.
El análisis abstracto de las formas sociales es una tarea legítima porque
requiere el estudio de la estructura real de la sociedad. Existen formas
análogas de organización con contenidos totalmente diferentes, orientados
hacia intereses distintos; mientras que en formas disímiles de organización
social se encuentran intereses (contenidos) sociales análogos. Formas tales
como las relaciones de superioridad-inferioridad de competencia, de división
del trabajo, y la formación de partidos, son análogas en todas partes, a pesar
de las infinitas variaciones de contenido. Así, pues, en relación con
cualquiera de estas formas sociales, pueden formularse las siguientes
preguntas: ¿qué significa en su estado más puro?, ¿en qué circunstancias
aparece?, ¿cómo se desarrolla?, ¿qué acelera o retarda su funcionamiento? Si
la Sociología se estructura según estos lineamientos, suministrará un nuevo
enfoque de hechos muy conocidos.
El estudio de los hechos sociales realizado por la Sociología desempeñará
una función análoga al análisis que la Geometría hace de los hechos de las
Ciencias Naturales, porque las formas geométricas, como las sociales,
pueden estar incorporadas en las configuraciones más diversas de contenido.
Anhelaba Simmel trazar límites precisos no sólo entre la Sociología y las
Ciencias Sociales concretas, sino también entre la Sociología, de un lado, y la
Psicología, la Filosofía Social y la Historia, del otro. Las situaciones sociales
estudiadas por la Sociología son —decía— consecuencia de contenidos
psicológicos específicos en los individuos comprendidos en situaciones
sociales (Timasheff, 1971: 132-134).
Georg Simmel debe ser considerado como el fundador del formalismo
sociológico. Recomienda Simmel que una investigación sociológica debe
iniciarse con el examen y análisis de un conjunto de formas relativamente
simples, de poca apariencia, pero de cuyo tejido se componen las estructuras
colectivas mayores. Dirá este teórico, según el análisis realizado de su obra
por José Sánchez Cano, que es precisamente en esos procesos microscópicos
donde se muestra la Sociología, pues estas acciones infinitamente pequeñas
se revelan como inmensas numéricamente, y son las que establecen las
continuidad y cohesión de la vida social.
Estos planteamientos se apoyan en la idea de que la esencia de los
fenómenos sociales se encuentra en una cadena, relativamente,
ininterrumpida de interacciones e interrelaciones. Por ello, el objeto propio de
la Sociología es el estudio de las «formas de interacción» o de las «relaciones
sociales», en contraste con su «contenido» que constituye el objeto de estudio
de otras ciencias. Entiende, pues, la Sociología como una ciencia específica y
sistemática, con un limitado pero bien definido campo de estudio, y cuyo
cometido es la descripción, clasificación, análisis y explicación de las formas
sociales (Sánchez, 2006: 13-14).
La Sociología, para Georg Simmel, sería una ciencia:
1. Analítica, frente a la Sociología enciclopédica de Comte y Spencer (que determinaba
leyes y valores, y que tenía por objeto el pasado humano, relacionando éste con la
Naturaleza). La Sociología analítica podía ser más exacta;
2. que, comparada con otras ciencias sociales, ocuparía una posición semejante a la de
la física mecánica en las ciencias naturales;
3. que estudiaría las formas de relaciones humanas, las formas de socialización y las
formas de organización social;
4. y que tendría como concepto básico el «proceso social» y sus elementos
constitutivos, pues la vida es una fuerza que se manifiesta en un continuo e ilimitado
fluir.
Fuente: Sánchez Cano, J. (2006). El formalismo sociólogico y Leopold von Wiese. Madrid. Editorial
Complutense: 14.

c) Émile Durkheim (1858-1917)

La mayor preocupación intelectual de Émile Durkheim fue la influencia de


las grandes estructuras de la sociedad y de la sociedad misma, sobre los
pensamientos y acciones de los individuos. Contribuyó enormemente a la
formación de la teoría estructural-funcional, que se centra en el análisis de la
estructura social y la cultura.
El desarrollo y uso del concepto de hecho social constituye el núcleo de la
sociología de Durkheim. Es más, afirmó que el objeto distintivo de la
Sociología debía ser el estudio de los hechos sociales. Para diferenciar esta
disciplina científica de otras disciplinas, como la Filosofía, los hechos
sociales debían ser tratados como cosas y, por lo tanto, estudiarse
empíricamente no filosóficamente (Ritzer, 1995: 207).
Émile Durkheim define el hecho social como «toda manera de hacer, fijada
o no, susceptible de ejercer sobre el individuo una coacción exterior; o bien
que es general en el conjunto de una sociedad, conservando una existencia
propia, independiente de sus manifestaciones individuales» (1964: 40). Son
«maneras de obrar, pensar y sentir exteriores al individuo, y están dotados de
un poder superior por el cual se imponen» (1964: 32). Por lo tanto, son parte
de la «supremacía material y moral que la sociedad tiene sobre sus
miembros». Vinculado a este concepto de hecho social plantea el de
Institución, definida como «todas las creencias y todas las formas de
conducta instituidas por la colectividad» (1964: 26).
Sus obras están imbuidas por el interés de Durkheim no sólo en establecer
el objeto de la Sociología (los hechos sociales y las instituciones); sino
también en delimitar las propias reglas del método sociológico. Todo su
planteamiento tiene una dimensión empírica importante: trato de demostrar,
con sus investigaciones concretas, el funcionamiento de su enfoque y la
utilidad práctica de su metodología.
Su papel como investigador social se muestra desde su primera gran obra.
En concreto, con su tesis doctoral, La división del trabajo social (1893),
perfila lo que será el tema central de su pensamiento: la relación entre los
individuos y la colectividad. El filósofo, sociólogo y politólogo francés
Raymond Aron (1928-1992) realiza una magnífica síntesis descriptiva de las
ideas fundamentales de esa obra, partiendo de dos preguntas, ¿de qué modo
una reunión de individuos puede formar una sociedad? y ¿cómo puede
realizar esa condición de la existencia social que es un consenso?
Émile Durkheim responde a esta pregunta clave distinguiendo dos formas
de solidaridad: mecánica y orgánica. La solidaridad mecánica es una
solidaridad por similitud. Cuando esta forma de solidaridad domina en una
sociedad, los individuos difieren poco entre sí. Los miembros de una misma
colectividad se asemejan porque experimentan los mismos sentimientos,
porque se adhieren a los mismos valores, porque reconocen las mismas cosas
sacras. La sociedad es coherente porque los individuos aún no se han
diferenciado. La forma contraria de solidaridad, llamada orgánica, es aquella
en la cual el consenso, es decir, la unidad coherente de la colectividad, resulta
de la diferenciación o se expresa en ella. Los individuos ya no son
semejantes, sino diferentes; y hasta cierto punto, precisamente, porque son
distintos se obtiene el consenso.
En el pensamiento de Durkheim, las dos formas de solidaridad
corresponden a dos formas de organización social. En las sociedades
primitivas o arcaicas, predomina la solidaridad mecánica: los individuos de
un clan son «intercambiables». La oposición de estas dos formas de
solidaridad se combina con la oposición entre las sociedades segmentarias y
las sociedades en que aparece la división moderna del trabajo (Aron, 1985:
23-24).
En su obra El Suicidio (1897), intenta demostrar hasta qué punto los
individuos están determinados por la realidad colectiva. Realizó análisis
estadísticos pioneros en su época, explicando cómo la tasa de suicidios
variaba entre individuos de distintas religiones, grupos sociales o condiciones
del hábitats, y mostrando cómo un acto personal e individual podía estar
influenciado por factores de tipo social.
Asimismo, en Las formas elementales de la vida religiosa (1912),
reflexiona sobre la naturaleza de la conciencia colectiva en las sociedades
simples. Sostuvo que las creencias y los ritos son representaciones colectivas
de la sociedad, que cumplen una función de reafirmación y transmisión de los
valores del grupo social, contribuyen al desarrollo del sentimiento de
pertenencia y son un medio para el fortalecimiento de la cohesión social.

2.2.2. Sociología Comprensivo-explicativa (Max Weber)


La consolidación de la Sociología tiene en Max Weber (1864-1920) un
hito inexcusable. Abordó, como Durkheim, la cuestión metodológica, pero
con el paradigma weberiano se produce una desvinculación clara de la
Sociología con el positivismo. Los fenómenos sociales no pueden ser
explicados de la misma forma que los fenómenos naturales, pues los seres
humanos poseen una «conciencia» y actúan con una «intencionalidad
subjetiva».
La Sociología weberiana coloca al hombre, como sujeto racional, en el
centro de la vida social; y considera que una parte fundamental de esa vida
social está constituida por las actitudes y acciones del propio hombre. De este
modo, el hombre se encuentra situado entre el mundo material —compuesto
por la realidad natural y por su propio sustrato biológico— y el mundo de la
historia y de los valores culturales. Por ello, la primera operación que debe
hacer el hombre, en cuanto ser social, es comprender la realidad externa,
mediante el hallazgo de su sentido. Dicha realidad social pertenece al mundo
material (externo); mientras que el sentido pertenece al ámbito de los valores.
La relación entre la realidad exterior y los valores se establece mediante la
razón humana. Así, si bien es cierto que la comprensión que los hombres
tienen de sus vidas cotidianas está teñida de contenidos irracionales y
empíricos; no es menos cierto que, según Weber, depurándola de tales
elementos, es posible constituir un método racional y riguroso sobre el que
basar el conocimiento científico de la sociedad y de la historia. De este modo,
al poner al hombre, como ser idealmente racional, en el centro de la vida
social, surge un nuevo método sociológico, que se fundamenta en la
comprensión de la propia acción social del hombre (Martín, 1969: 21-22).
Max Weber expone su definición de Sociología en la primera parte, Teoría
de las Categorías Sociológicas, de su magna obra Economía y Sociedad.
Esbozo de una sociología comprensiva. Para este autor, la Sociología es:
«una ciencia que pretende entender, interpretándola, la acción social para de
esta manera explicarla causalmente en su desarrollo y efectos» (1993: 5). Por
lo tanto, la acción social sería el objeto de estudio de la Sociología. Entender
la acción social, interpretándola, es un paso previo pero insuficiente: la meta
última que la Sociología se propone alcanzar es la explicación causal del
desarrollo y efectos de la acción social.
Weber define la acción social, como «una conducta humana (bien consista
en un hacer externo o interno, ya en un omitir o permitir) siempre que el
sujeto o los sujetos de la misma acción enlacen a ella un sentido subjetivo. La
acción social, por tanto, es «una acción en donde el sentido mentado por su
sujeto o sujetos está referido a la conducta de otros, orientándose por ésta en
su desarrollo» (1993: 5).
La alusión a la comprensión y a la explicación en el análisis de la acción
social, sitúa estos dos elementos como las dos fases del método de la
Sociología:

— la comprensión del sentido mediante su interpretación;

— y la explicación causal del desarrollo de la conducta.


Weber incorpora como métodos de la Sociología, de un lado, el Verstehen
(Comprensión), característico de la sociología de Whilhem Dilthey (1833-
1911), que consideraba que a diferencia de las ciencias naturales que explican
los fenómenos en términos de causa y efecto; en las ciencias humanas el
procedimiento fundamental no es el principio de causa y efecto, sino el
empleo de la comprensión (Dilthey, 1981). De otro, el Erklären (Explicación)
que, en una versión específica, procede de las ciencias de la naturaleza. Cada
uno de estos métodos, dirá Enrique Martín López, se justifica por su
correspondencia con un aspecto sustancial de la vida social humana: de un
lado, el carácter íntimo y personal de los motivos y sentidos de la acción; de
otro, el carácter externo de cualquier acción humana, en tanto que se
despliega en el mundo exterior y común. De ahí que exista una secuencia que
Weber se ocupa de dejar claramente establecida: primero, viene la
comprensión del sentido subjetivo, captado en la acción del otro —Verstehen
—; después, y a partir de esa comprensión, la explicación del desarrollo
causal y de los efectos de la acción —Erklären— (Martín, 1998: 62-63).
Con el método comprensivo-explicativo propuesto por Weber, se
transciende la concepción de la Sociología como una ciencia que imita a las
ciencias de la naturaleza (Weber es antipositivista) y, a su vez, se integran las
formas de conocer de las ciencias de la naturaleza y las del espíritu, en el
sentido de Dilthey.

2.2.3. Sociología Dialéctica (Karl Marx)


Karl Marx (1818-1883) es una de las grandes figuras intelectuales de la
historia del pensamiento social. La influencia que la producción intelectual de
Marx ha ejercido en la Filosofía, la Historia, la Economía, el pensamiento
político y, en general, en las ciencias sociales ha sido muy considerable,
aunque no tanto como la ejercida a través de los distintos movimientos
políticos que se han reclamado herederos o seguidores suyos en los cinco
continentes (Tezanos, 2006: 130).
La teoría de Marx es considerada como uno de los principales tipos de
análisis sociológico, aunque el propio Marx se refirió a su obra como
«ciencia de la historia» o «economía política». Es evidente, sin embargo, que
su teoría social general cubre el mismo campo de investigación que el de la
sociología moderna, y pronto fue considerada, tanto por los primeros
marxistas como por los críticos, como uno de los más importantes sistemas
sociológicos (Bottomore, 1989: 16).
Marx desarrolló su trabajo como investigador social en torno a dos grandes
temas relacionados, según analiza detenidamente José Félix Tezanos en el
epígrafe titulado «Carlos Marx y La Sociología Dialéctica» del libro La
explicación sociológica: una introducción a la Sociología. El primero, se
orientaba al descubrimiento de la «ley económica de la evolución moderna»;
es decir, la ley de la evolución del capitalismo, que expone en su obra culmen
El Capital. El segundo gran tema, fue el de los procesos específicos de
conflictos de clases que aborda, entre otras obras, en La lucha de clases en
Francia (1850) y El Manifiesto Comunista (1848).
En las obras mencionadas, Marx pretendía descubrir la estructura y el
funcionamiento de los sistemas de producción a través de la dinámica
histórica generada por los antagonismos y conflictos de clases que
engendraban. Sus distintos estudios históricos, filosóficos, políticos y
económicos se engarzaban mutuamente, proporcionando las diferentes piezas
y materiales que podían conducir a la explicación global que aspiraba a
construir.
Karl Marx sitúa sus estudios en dos planos interdependientes: el de los
hombres concretos y el de los procesos históricos. Pensaba que la sociedad no
debía considerarse como un sujeto abstracto al margen del individuo, pero
entendía a los individuos como seres sociales, que desarrollan su verdadera
naturaleza en sociedad. La sociedad era vista como el marco en el que se
producían las interrelaciones sociales, y las más importantes de éstas, para
Marx, eran las que tenían lugar en la esfera de la organización de la
producción material. De ahí, el carácter decisivo, como explica Tezanos, de
las formas en que se produce el proceso social de trabajo humano y el papel
disruptor de las situaciones que dan lugar a una alienación del verdadero
papel social del hombre como ser de praxis, es decir, con una capacidad libre
y creativa de producción (Tezanos, 2006: 134-136).
El sistema industrial-capitalista había reducido, según Marx, al hombre a
un animal laborans, «una bestia limitada a las más estrictas necesidades
corporales». Las «necesidades» de los obreros se hallaban, en la época que
escribe Marx, en el «nivel más precario y miserable de la subsistencia física».
Marx tenía una imagen de lo que podía y, por consiguiente, debía ser el
hombre, pero lo que él vio y describió no se correspondía con esa imagen.
Lejos de desarrollar sus facultades humanas esenciales, se rebajaba y se
deformaba al hombre, que se convertía así en algo menos que un animal. En
su obra Los Manuscritos económicos y filosóficos de 1944, contemplaba
Marx la deshumanización del hombre como consecuencia de la alienación
(Zeitlin, 1997: 98-99). La alienación se produce como consecuencia de la
consideración del trabajador no como persona, sino como mercancía que
produce un beneficio económico o plusvalía para el propietario de los medios
de producción.
«Hasta la necesidad de aire fresco cesa para el obrero. El hombre vuelve a vivir
en una caverna, pero contaminada ahora por el hálito mefítico de la peste que
exhala la civilización, y que continua ocupando solo precariamente, pues es para él
una vivienda extraña que le pueden quitar cualquier día, un lugar del cual, si no
paga, puede ser arrojado al momento. Debe pagar por ese antro mortuorio. Una
morada con luz, que el Prometeo de Esquilo señaló como una de las mayores dichas
y mediante la cual convirtió al salvaje en ser humano, deja de existir para el obrero.
La luz, el aire, etc. —el más simple aseo animal— ya no son una necesidad
humana. La suciedad, ese estancamiento y putrefacción del hombre —la cloaca de
la civilización— se convierte en el elemento de la vida para él. El más completo y
antinatural abandono, la naturaleza en descomposición, llega a constituir su
elemento vital. Ninguno de sus sentidos existe ya, no sólo en su forma humana,
sino tampoco en su forma inhumana y, por ende, ni siquiera en su forma animal».
Fuente: K. Marx, Los Manuscritos económicos y filosóficos de 1944, fragmento citado por Zeitlin,
1997: 99.

Marx analizó la dinámica de los procesos históricos a partir de la dialéctica


de antagonismos y alienaciones a que daban lugar las contradicciones de los
distintos sistemas de producción. Aplicó las categorías del análisis dialéctico
hegeliano, pero solamente como categorías-marco, que se situaban en la
esfera de procesos histórico-sociales determinados, conjugando las dos
dimensiones de un esfuerzo de conocimiento científico: la esfera teórico-
racional y la empírica-concreta. Marx calificó su enfoque como un
materialismo dialéctico o materialismo histórico, en contraste con el
idealismo dialéctico de Hegel (Tezanos, 2006: 136).
Para Marx, el principal factor que daba lugar a la génesis del cambio y la
dinámica social era el «conflicto de clases», verdadero motor de la historia,
en cuanto que reflejaba las contradicciones implícitas en los sistemas de
producción. Desde esta perspectiva, puede ser considerado como el
inspirador de la corriente del conflicto, que pone mayor énfasis en las ideas
de conflicto y antagonismo para explicar la dinámica social, en contraste con
los enfoques de otros padres de la Sociología, como Comte o Durkheim que
pusieron el acento en las facetas del orden y la armonía social (Tezanos,
2006: 136 y 132).

2.3. PRINCIPALES PERSPECTIVAS TEÓRICAS


CONTEMPORÁNEAS

2.3.1. Estructural-funcionalista (Talcott Parsons)


Este fue el enfoque teórico dominante en la Sociología hasta los años
sesenta del siglo XX. Entró en crisis por la influencia de otras perspectivas
teóricas, como el interaccionismo simbólico, las teorías del conflicto social de
orientación marxista o las teorías del intercambio social. No obstante, en los
años ochenta de este mismo siglo hubo un resurgir del interés por el
funcionalismo, por parte de sociólogos que trabajaban en el marco de la
teoría de sistemas que también tiene su origen en la obra del sociólogo
estadounidense Talcott Parsons (1902-1979). El funcionalismo propiamente
dicho procede de la Antropología, fundamentalmente, de los trabajos de
Bronislaw Kasper Malinowski (1884-1942) y Alfred Reginald Radcliffe-
Brown (1881-1955). Según el enfoque funcionalista, una sociedad puede
entenderse metafóricamente como un organismo vivo, lo que recuerda al
pensamiento de Spencer, visto anteriormente. Una sociedad, como un
organismo, se compone de distintos órganos, estructuras o pautas de
actividades que encajan o se complementan entre sí, cumpliendo cada una de
ellas una función beneficiosa para el conjunto de esa sociedad, con el
resultado de que todas ellas, en su conjunto, hacen que esa sociedad se
mantenga en equilibrio; es decir, sin graves conflictos internos y perdure a lo
largo del tiempo (Garvía, 1998: 45).
Una función es «un complejo de actividades dirigidas hacia la satisfacción
de una o varias necesidades del sistema». Según Parsons, padre del
funcionalismo estructural sociológico, para sobrevivir en el tiempo, las
sociedades deben satisfacer una serie de necesidades o prerrequisitos
funcionales característicos de todo sistema, que podemos recordar con el
acrónimo AGIL:

(A) Adaptación al entorno,

(G) Capacidad para alcanzar metas,

(I) Integración o cohesión social y

(L) Latencia o mantenimiento de las pautas de conducta.


A partir de las funciones AGIL, Parsons distinguía cuatro estructuras o
subsistemas de la sociedad (Ritzer, (b) 1995: 116 y 121-122):

— La economía, es el subsistema que cumple la función de la adaptación


de la sociedad al entorno mediante el trabajo, la producción y la
distribución.

— La política (o sistema político) que realiza la función del logro de metas


mediante la persecución de objetivos societales y la movilización de los
actores y recursos para ese fin.

— El sistema fiduciario (por ejemplo, escuela, familia) cumple la función


de la latencia al ocuparse de la transmisión de la cultura (normas y
valores) a los actores permitiendo que la internalicen.
— Finalmente, la función de la integración corresponde a la comunidad
societal (por ejemplo, el derecho), que se ocupa de coordinar los
diversos componentes de la sociedad.
Según Parsons, la socialización y el control social constituyen los
principales mecanismos que permiten al sistema social mantener el equilibrio.
El funcionalismo estructural parsoniano fue revisado por Robert King
Merton (1910-2003) que, entre otras críticas, consideraba un error afirmar
que todas las estructuras o actividades contribuyen al mantenimiento de una
sociedad; es decir, que son funcionales. Otras corrientes de pensamiento
sociológico posteriores pondrán en cuestión la capacidad explicativa del
funcionalismo y, también, despertará críticas políticas por su excesivo énfasis
en el consenso y el orden social, ignorando los diversos intereses y
motivaciones de los actores, las relaciones de poder, la capacidad de los
individuos de dotar de significado a sus conductas y actividades
(interaccionismo simbólico), así como la realidad de la existencia del
conflicto y el cambio en las sociedades.

2.3.2. Teoría crítica


La teoría crítica surge de un grupo de intelectuales neomarxistas alemanes
(Jürgen Habermas (1929-), Herbert Marcuse (1898-1979), Thomas
Bottomore (1920-1992), Max Horkheimer (1895-1973), Theodor Adorno
(1903-1969), entre otros) que trabajan en la Escuela de Frankfurt, fundada en
1923 y que se muestran insatisfechos con el estado de la teoría marxista y, en
particular, con su tendencia hacia el determinismo económico, que no tiene
en cuenta la importancia de la cultura en la sociedad moderna.
También realizaron un análisis crítico del positivismo, en cuanto que éste
defiende como único método verdaderamente científico el que adoptan las
ciencias físicas, y, por lo tanto, aplicable a otras disciplinas. Asimismo,
señalan su desacuerdo con la supuesta neutralidad del conocimiento, y la
capacidad de excluir los valores humanos de sus trabajos de investigación.
Por el contrario, los teóricos críticos se centran en la actividad humana y en
los modos en que esa actividad influye en las grandes estructuras sociales.
Mientras que el positivismo defiende la neutralidad del actor y del científico
social, desde el pensamiento crítico se vincula la teoría y la práctica.
La Sociología también fue objeto de crítica por parte de estos pensadores.
Acusaban a la Sociología de «cientifismo»; es decir, de considerar el método
científico como un fin en sí mismo y de aceptar el status quo. Afirman que la
Sociología no hace una crítica seria de la sociedad, ni tampoco intenta
transcender la estructura social. Además, criticaban la tendencia de los
sociólogos a reducir todo lo humano a variables sociales.
Un importante objetivo de los trabajos de estos intelectuales fue el análisis
crítico de la sociedad moderna. Mientras la teoría marxista inicial se centró,
específicamente, en la economía, la teoría crítica puso el foco en el nivel
cultural. Consideraban que la dominación en el mundo moderno está asociada
a elementos culturales más que económicos. De ahí que uno de sus objetivos
fuera analizar la represión cultural del individuo en la sociedad moderna.
Es fácil deducir la inspiración weberiana en algunas de las críticas de estos
pensadores al marxismo, sobre todo en lo relativo, por una parte, a la
importancia de la cultura en la sociedad actual, y, de otra, de la consideración
del proceso de racionalización en el desarrollo del mundo moderno. Entre los
análisis críticos, cabe mencionar los referidos a una de las manifestaciones de
la racionalidad formal: la tecnología moderna. Autores como Herbert
Marcuse verán en la tecnología un instrumento de dominación. Por otra parte,
a pesar de su aparente racionalidad, creen que en el mundo moderno abunda
la irracionalidad (Ritzer, (b) 1995: 162-167). Marcuse en la introducción de
su obra El hombre unidimensional. Ensayo sobre la ideología de la sociedad
industrial avanzada, afirmará expresamente que «la sociedad es irracional
como totalidad» (Marcuse, 1993: 19-20).
Estos teóricos también dirigieron sus críticas hacia lo que denominaban la
«industria de la cultura», por ser estructuras racionalizadoras y
burocratizadas, como por ejemplo, las corporaciones de televisión, que
controlan la cultura moderna; o la «industria del conocimiento»
(universidades, institutos de investigación), que han pasado de ser estructuras
autónomas de nuestra sociedad a convertirse en estructuras opresoras
interesadas en extender su influencia por toda la sociedad (Ritzer, (b)
1995: 167).
La aportación de estos intelectuales al avance del pensamiento sociológico
es crucial, pues cada cuestión que era sometida a sus análisis críticos era
estudiada con tal profundidad y sagacidad, que abrían nuevas perspectivas y
objetos de conocimiento de la sociedad contemporánea.

2.3.3. Interaccionismo o interaccionismo simbólico


Herbert Blumer (1900-1987) creó el término interaccionismo simbólico en
1969, aunque fue George Herbert Mead (1863-1931) quien, previamente,
estableció las bases de la perspectiva interaccionista clásica en el ámbito de la
Escuela de Chicago. Otras figuras importantes son Everett C. Hughes (1903-
1983), Robert Ezra Park (1864-1944) y William Isaac Thomas (1863-1947).
La tradición interaccionista tiene muchos puntos en común con tradiciones
más antiguas de la Sociología norteamericana y europea. Todas ellas fueron,
en diverso grado, producto del hondo interés en la reforma social y se
basaron en la teoría evolucionista del siglo XIX. Si la contribución de la
Escuela de Chicago (1910-1950) ha tenido una postura diferenciada, ha sido
por una combinación específica de la teoría social evolucionista con una
fuerte insistencia en las respuestas creadoras frente al cambio. Los estudios
de estos autores hay que entenderlos dentro de un contexto histórico que
describen, expresamente, Berenice M. Fisher y Anselm L. Strauss (1988:
526-527):
Los intelectuales de la Escuela de Chicago provenían de ambientes rurales. Vivieron en un
mundo caracterizado por la inmigración en masa y las migraciones internas. Era una época en la
que se experimentó un intenso proceso de urbanización e industrialización. Quizá el ejemplo más
claro del problema central de ese proceso de cambio es la obra de Thomas y Znaniecki, El
campesino polaco en Europa y en América, que analiza los problemas de adaptación de los
migrantes polacos, derivadas del desconocimiento de los códigos y valores sociales de los núcleos
urbanos industrializados. Estos investigadores fueron también pionero en la aplicación de la
metodología cualitativa al análisis de los problemas sociales.
En este periodo de la historia de Estados Unidos, caracterizado por la construcción de un
Estado-nación altamente industrializado sobre la base de una heterogénea inmigración masiva y un
sistema político democrático liberal, se apoyaba la idea de que los intelectuales y expertos debían
colaborar en dar forma a la política nacional. De ahí que las élites económicas industriales
contribuyeran al desarrollo de las universidades, aportando grandes sumas de dinero para
promover la educación superior: las universidades capacitarían a la clase dirigente nacional y
regional, y ofrecerían asesoramiento y soluciones a los problemas acuciantes.
La Universidad de Chicago recibió importantes fondos; ubicada en una ciudad en rápida
industrialización, parecía ser idealmente apta, según Fisher y Strauss, para estudiar la política
social e influir sobre ella. En suma, la Sociología hacía frente a un mundo en el cual el imperativo
de estudiar los problemas sociales ya estaba creado; ¿cuál era la naturaleza exacta de éstos? y
¿cómo deberían ser estudiados?, eran cuestiones de las que debería ocuparse la nueva disciplina
científica. (1988: 527)

Probablemente, uno de los elementos diferenciales que, para el estudio de


los problemas sociales, aportan las investigaciones de los sociólogos de la
Escuela de Chicago, es la utilización —en muchos de sus análisis— de la
perspectiva de la Psicología Social. Los teóricos del interaccionismo
simbólico se ocupan del estudio social de lo «micro», y la «unidad
sociológica» de análisis básica es la comunicación (interacción) entre dos
personas. De ahí la importancia concedida al lenguaje por el precursor de esta
teoría sociológica, George Herbert Mead (1863-1931). Este autor sostiene
que el lenguaje es lo que nos hace seres autoconscientes; es decir,
conocedores de nuestra propia individualidad, y el elemento clave en este
proceso es el símbolo. Para los interaccionistas simbólicos, prácticamente
toda interacción entre individuos conlleva un intercambio de símbolos.
Cuando interactuamos con los demás buscamos constantemente «claves» que
nos indiquen cuál es el tipo de comportamiento más apropiado en ese
contexto, así como sobre el modo de interpretar las intenciones de los demás.
El interaccionismo simbólico dirige la intención hacia los detalles de la
relación interpersonal y a cómo se utilizan para dar sentido a lo que dicen y
hacen los demás (Giddens, 1998: 711-712). Se presupone que el sentido y su
hermenéutica están determinados por el entorno sociocultural, y es ahí donde
la perspectiva sociológica interviene. En su obra más famosa, Espíritu,
Persona y Sociedad, Mead afirma que la psicología social tradicional partía
de la psicología del individuo para explicar la experiencia social; sin
embargo, Mead dio siempre prioridad al mundo social para comprender la
experiencia social. Para este autor, según George Ritzer, el todo social
precede a la mente individual lógica y temporalmente. En la teoría de Mead,
el individuo consciente y pensante es, lógicamente, imposible sin un grupo
social que le precede. El grupo social es anterior, y es el que da lugar al
desarrollo de estados mentales autoconscientes (Ritzer, (b) 1995: 219-220).
Los estudios de Mead han ejercido mucha influencia en sociólogos
posteriores que, como Erving Goffman (1922-1982), se han centrado en el
análisis de las relaciones sociales y la interacción cara a cara, en el contexto
de la vida cotidiana. A este enfoque teórico se le ha criticado que se ocupe de
fenómenos, excesivamente, «micro» y no aborde el análisis de otros procesos
y estructuras sociales de mayor alcance.
A modo de conclusión, hay que señalar que estas tres grandes perspectivas
teóricas contemporáneas (Teoría Crítica, Estructural-Funcionalista y el
Interaccionismo Simbólico) sientan las bases sobre las que se van a ir
construyendo propuestas de análisis posteriores. Es el caso de la Sociología
Fenomenológica del sociólogo austriaco Alfred Schütz (1899-1959) que, en
el marco de los principios de la Fenomenología, profundizará en la
perspectiva interaccionista, indagando en la intersubjetividad. Alfred Schütz,
por ejemplo, no le interesaba la interacción física de las personas, sino el
modo en que se comprenden recíprocamente sus conciencias, la manera en
que se relacionan intersubjetivamente unas con otras.
El siglo XX ha sido prolífico en análisis de gran interés, como los
realizados por la Etnometodología, la Teoría del Intercambio, la Sociología
Conductista, la Teoría de la Acción Social, la Teoría sociológica feminista,
etc. Sin duda, las profundas transformaciones sociales, los cambios en las
formas de relación social, en las pautas de consumo, en los procesos de
información y comunicación, etc., que han tenido lugar en estas primeras
décadas del siglo XXI, derivadas de la revolución científico tecnológica y un
estadio ulterior del sistema económico capitalista, han sido analizadas desde
una perspectiva sociológica y producido nuevos enfoques teórico-
conceptuales para explicar los modelos de sociedad actuales. Entre ellos, la
sociedad del riesgo (Ulrich Beck (1944-2015)), la sociedad líquida (Zygmunt
Bauman (1925-2017)), la sociedad red (Manuel Castells (1942-)), la sociedad
del conocimiento, aldea global, etc., y cuyos principales aspectos serán
abordados en distintos capítulos de este libro.

2.4. PARA TERMINAR EL CAPÍTULO: EJERCICIOS, PRÁCTICAS


O LECTURAS

Comentario de Texto

LAS TAREAS DE LA SOCIOLOGÍA


La sociología, en tanto que disciplina conocedora de las formas de acción de la
sociedad, de las condiciones en las que surge la agencia, de la naturaleza y
características de las fuerzas sociales, puede contribuir ampliamente, desde mi
punto de vista, a generar estos nuevos escenarios y estos nuevos actores, a corregir
viejos errores en la acción de los movimientos sociales, a detectar los escollos y a
señalar las vías posibles. Tal vez estas afirmaciones aparezcan como excesivamente
idealistas, demasiado optimistas. Y probablemente lo sean. Pero me parece que más
que enjuiciar el valor epistemológico o la filiación teórica de una posición, de lo
que se trata ahora es de contribuir a detener el deterioro de nuestra sociedad y a
imaginar soluciones que puedan restablecer los equilibrios sociales perdidos.
Para resumir lo que, a mi entender, deberían ser las direcciones en que trabajara
la sociología en España en este momento, os propongo seis aspectos básicos:
1. Mantener y reforzar el compromiso con la sociedad y con la necesidad de
superar la situación actual. La negativa a aceptar poderes totalitarios, aunque no se
presente así formalmente, sean políticos, económicos o ideológicos.
Contribuir a hacer más transparentes las características y consecuencias de la
actual crisis y, sobre todo, de los actores que la generan y los mecanismos que
emplean, frente a los mensajes estereotipados de tantos medios de comunicación.
3. Contribuir al surgimiento de los nuevos actores. Observar los nuevos
comportamientos y sus posibles consecuencias. Por el momento parece dibujarse
una tendencia a lo que se ha llamado el «comunitarismo defensivo», que suele ser
una tentación típica de los movimientos sociales anticapitalistas, que, sin embargo,
difícilmente puede convertirse en una alternativa global a la forma de organización
capitalista, dado el tipo de intercambios que existen hoy en el mundo. ¿Hasta dónde
el comunitarismo puede ser una solución? Desde la sociología es posible señalar,
aunque sea a grandes trazos, las ventajas y desventajas de las propuestas que
surgen, de las soluciones que se proponen.
¿Cuáles son las bases sociales de que parten estas propuestas? ¿Qué
consecuencias pueden entrañar? ¿Es suficiente la conciencia moral, la defensa de
los derechos, el recurso a la dignidad humana, como proponen algunos autores,
como Alain Touraine, para forjar nuevos actores sociales capaces de enfrentarse a
la clase corporativa y sus aliados? Estos recursos parecen frágiles y, sin embargo,
son los únicos que tenemos. ¿Hasta dónde el voluntarismo es suficiente para
cambiar las formas de organización de la sociedad? ¿En qué condiciones puede
conseguirlo?
4. La cuarta dimensión que habría que abordar es cómo unificar esfuerzos de los
nuevos actores, una de las mayores dificultades en este momento. Existe,
evidentemente, una amenaza de dispersión: recuerdo un par de ediciones del Foro
Social de Portoalegre a las que asistí hace unos diez años: 1.700 talleres
simultáneos, muchos de ellos sumamente interesantes: sobre el agua potable, la
liberación de las mujeres, la agricultura en África, la adulteración de los alimentos,
la energía, los movimientos sociales, etc.
La información, las denuncias, el espíritu crítico estaban presentes en todos.
Incluso las alternativas. Y, sin embargo, la capacidad de acción colectiva era
inexistente. No basta con confiar en el hecho de que hoy tenemos formas de
conexión, a través de Internet y las redes sociales, para generar una acción común.
Tal vez una acción política puntual, como se ha generado en algún momento, un
boicot, la convocatoria de una huelga o una consigna; pero hoy se necesita mucho
más que esto, se necesitan actores que actúen conjuntamente a nivel mundial, sobre
unas bases de acción comunes.
En este aspecto, la sociología puede contribuir a la conciencia de la necesidad de
acción global, de cambio de escenario, de formulación de soluciones concretas de
carácter parcial para ir construyendo nuevos actores sociales.
5. La quinta dimensión en que entiendo que habría que trabajar es en la
configuración de nuevos escenarios sociales. Sé hasta qué punto este tipo de tarea
divide a los profesionales de la sociología: hay quien prefiere hacer los
diagnósticos, y ello es muy característico de nuestro gremio, y hay quien prefiere
investigar sobre los remedios, por así decir y utilizando el símil del cuerpo social. Y
ello, en el caso de la sociología, presenta muchos riesgos y no es muy apreciado: la
propia debilidad teórica aún presente en la disciplina hace que tengamos mucha
reticencia a la hora de elaborar soluciones, y habitualmente preferimos dejar tal
tarea en manos de los políticos —para después criticar sus soluciones, por supuesto,
explicando qué es lo que habría que haber hecho.
Sin embargo, a mi modo de ver tenemos más elementos que otros profesionales
para indicar vías de transformación, posibles conflictos, posibles alianzas, etc. El
saber que hemos podido acumular no es un saber individual, para uso privado, sino
que tiene sentido en la medida en que lo ponemos a disposición de la propia
sociedad, no únicamente de las instituciones capaces de comprarlo. Es cierto que la
sociología tiene aún enormes debilidades teóricas, en gran parte debidas a las
manipulaciones que ha experimentado por parte de los totalitarismos y de los usos
partidarios a que se ha visto sometida. Pero del mismo modo que hoy nadie confía
en que una enfermedad se cure a partir de la intuición de la persona enferma, resulta
un tanto absurdo que a estas alturas esperemos que sea la propia población, o la
sociedad civil, por decirlo en los términos al uso, quien sea capaz de generar
soluciones a problemas muy graves. Desde la sociología debiera ser posible aportar
modelos sociales; otra cosa es quién debe implementarlas, y en este aspecto
evidentemente los profesionales de la sociología no somos más que ciudadanos y
ciudadanas como los demás.
6. Finalmente, existe una sexta dimensión que tampoco deberíamos despreciar, y
es el trabajo interno de la sociología, su construcción como disciplina científica más
articulada y potente de lo que es en la actualidad. Las debilidades teóricas y
metodológicas de la sociología, su dependencia de modas intelectuales a menudo
procedentes de otras disciplinas o de corrientes de pensamiento generadas en otros
ámbitos no han hecho sino retrasar esta construcción, que acusa también una forma
de trabajo un tanto dispersa de los investigadores en nuestro campo. Y, sin
embargo, todo nos indica que en el tipo de sociedades en el que vivimos y que
vamos viendo surgir en los últimos años, en el marco mismo de una globalización
en la que las interconexiones entre hechos muy diversos aumentan, la sociología es
una disciplina cada día más necesaria para entender el proceso mismo que siguen
estas sociedades, las consecuencias que generan, los errores y fracasos a los que
pueden verse abocadas. De modo que el trabajo teórico y metodológico, la crítica
constante sobre el sociologismo de salón o de medios de comunicación y sobre los
elementos ideológicos propios y ajenos que pesan sobre nuestra disciplina me
parecen extraordinariamente importantes para llegar a conseguir la construcción de
una ciencia que efectivamente pueda contribuir a la mejora de la sociedad,
especialmente en situaciones como la actual.
Subirats, M. (2014). «Crisis y cambio ¿es la hora de la sociología?». Conferencia
inaugural del XI Congreso Español de Sociología. Revista Española de Sociología,
21: 159-175.

2.5. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


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ZEITLIN, I. (1997). Ideología y Teoría Sociológica. Buenos Aires. Amorrortu.
Capítulo 3
La Sociología como disciplina científica
José Antonio Díaz Martínez
Rosa M.ª Rodríguez Rodríguez

3.1. El método de investigación de las Ciencias Sociales.


3.1.1. La objetividad en las Ciencias Sociales.
3.1.2. Las reglas del método sociológico de Émile Durkheim.
3.1.3. Otras reglas.
3.2. Fases del proceso de investigación.
3.2.1. Definición del problema.
3.2.2. Marco teórico: Revisión bibliográfica.
3.2.3. Formulación de las hipótesis de investigación.
3.2.4. Técnicas de investigación.
3.2.5. Trabajo de campo: recopilación y análisis de datos.
3.2.6. Conclusiones.
3.3. Retos actuales del análisis sociológico.
3.4. Para terminar el capítulo: ejercicios, prácticas o lecturas.
3.5. Referencias bibliográficas.
¿De qué trata este capítulo?

En este capítulo se aborda, en primer lugar, el debate existente en torno a las


características específicas de la Sociología como disciplina científica a partir del
análisis de las implicaciones que conlleva un objeto de estudio complicado como es
el ámbito de lo social y de las dificultades de construir un método científico propio,
que posibilite un conocimiento objetivo de la realidad social.
Estas cuestiones se tratan desde el planteamiento que Max Weber realiza, sobre
todo, de la acción social y de la objetividad que puede alcanzarse en las ciencias
sociales frente a la proporcionada por las Ciencias Naturales. La importancia que,
para la constitución de la Sociología como ciencia, reviste la existencia de un
método de conocimiento válido respecto de su objeto, explica que se dedique una
atención detenida a las reglas que, según autores como Émile Durkheim y Anthony
Giddens, debe cumplir el proceso de estudio de los hechos sociales y el
establecimiento de teorías explicativas generales sobre los mismos.
También se explican en este capítulo las distintas fases que debe seguir todo
proyecto de investigación social: definición del problema, marco teórico (revisión
bibliográfica), formulación de las hipótesis de investigación, técnicas de
investigación, trabajo de campo (recopilación y análisis de datos) y conclusiones.
Por último, se reflexiona sobre la necesaria interdisciplinariedad científica con la
que deben abordarse los análisis sociológicos actuales, no sólo como consecuencia
de la creciente complejización de los problemas sociales, sino también por el
desarrollo de nuevas herramientas analíticas que provienen, por ejemplo, de la
Sociología matemática.
3.1. EL MÉTODO DE INVESTIGACIÓN DE LAS CIENCIAS
SOCIALES

Como ya hemos dicho reiteradamente en los capítulos anteriores, la


Sociología, como ciencia social, analiza los fenómenos de la sociedad
utilizando el método científico, con el fin de alcanzar un conocimiento
objetivo de la realidad social. Con frecuencia se entiende mal la aplicación
del método científico a los fenómenos sociales, en la medida en que el objeto
de estudio de estas ciencias tiene características muy diferentes al de los
objetos de otras ciencias, como son, por ejemplo, las Ciencias Naturales. En
este sentido, hay que afirmar que el método científico que se aplica a los
fenómenos de la sociedad es el propio de las Ciencias Sociales: tanto el
objeto de estudio, como el método científico son los propios del ámbito de lo
social. Así, desde ese punto de vista, la Sociología es una ciencia social con
un objeto de estudio, lo social, en donde tanto el método científico utilizado
como el objeto de estudio tienen características singulares; y que,
naturalmente, habrá que tener en cuenta en el desarrollo de la actividad de
investigación sociológica.
Por ejemplo, a diferencia del estudio de los objetos de la naturaleza, en
donde se producen fenómenos observables objetivamente y cuyo
comportamiento responde a leyes deterministas, analizar la acción social
requiere de técnicas específicas para captar fenómenos que tienen un
componente subjetivo y de indeterminación, ya que se tratan de acciones
humanas cargadas de significado e intencionalidad personal. Esa fue una de
las grandes aportaciones teóricas de Max Weber (1864-1920), al proponer el
método comprensivo-explicativo de análisis sociológico, tal y como se ha
desarrollado en el capítulo 2 de este libro. En un fenómeno de la naturaleza
no hay intencionalidad, por el contrario, en los fenómenos sociales hay una
carga valorativa que transforma el significado que podamos darle en una
investigación. Giddens y Sutton dicen al respecto:
Ciencia es la utilización de métodos sistemáticos de investigación empírica, análisis de datos,
elaboración teórica y valoración lógica de argumentos para desarrollar un cuerpo de conocimiento
sobre una determinada materia. Según esta definición sencilla, la Sociología es una empresa
científica que conlleva la aplicación de métodos sistemáticos, de investigación empírica, el análisis
de datos y la valoración de teorías según las pruebas existentes y con un argumento lógico, para el
estudio de las sociedades humanas. Sin embargo, no es lo mismo estudiar a los seres humanos que
observar los fenómenos del mundo físico, lo que significa que las ciencias sociales y las naturales
no pueden ser «científicas» de la misma manera. A diferencia de los objetos de la naturaleza, las
personas son seres conscientes que confieren sentido y finalidad a lo que hacen. No podemos
siquiera describir la vida social con exactitud a menos que captemos primero el significado que las
personas conceden a su conducta (2014: 63).

Es importante, por lo tanto, considerar cuál es el objeto de estudio de la


Sociología. Las respuestas son múltiples. Por ejemplo, citando nuevamente a
Weber, la Sociología «designa la ciencia cuyo objeto es interpretar el
significado de la acción social, así como dar, en su virtud, una explicación del
modo en que procede esa acción y de los efectos que produce» (1984: 11). La
clave en esta definición es la interpretación del significado que el actor social
da a su acción, y los efectos que produce dicha acción. En esta definición, se
entiende por acción social la conducta realizada por un actor social respecto a
la conducta de otro actor subjetivamente significativa (1984: 11). En
consecuencia, para Weber, «no todo contacto humano es de carácter social:
es social sólo cuando la conducta de una persona se relaciona en su
significado al comportamiento de los demás» (1984: 39). Es precisamente el
significado lo que hace comprensible una acción determinada. A partir de la
comprensión de la acción social se obtienen regularidades o efectos
probables que en Sociología denominamos leyes. Para Weber, las leyes
sociológicas son «proposiciones verificadas por la observación sobre la
probabilidad con que se puede esperar cierto resultado de la acción social si
se dan ciertas condiciones, las cuales son comprensibles según los motivos
típicos y los significados intencionales típicos del agente en cuestión» (1984:
33). Un aspecto importante de esta definición es el concepto «probabilidad»
ya que explícitamente se hace referencia a la lógica matemática en el análisis
de la realidad social y por lo tanto, la posibilidad de analizar positivamente
los fenómenos sociales. Es esta lógica matemática la que confiere rango de
ciencia a la investigación sociológica.
A partir de esta lógica matemática, la fortaleza de la Sociología, en
comparación con otras Ciencias Sociales, es la formulación de conceptos
claros, que weber denomina tipos puros o ideales (Weber, 1984: 35). En
efecto, la actividad de investigación de la realidad social requiere de
conceptos claros y el conocimiento de las leyes (hipotéticas) de los
fenómenos sociales, en un proceso en el que, según Weber, deben establecer
cuatro tipos de tareas (1984: 144-145):

— Para el conocimiento de la realidad la primera tarea consiste en


establecer los factores (hipotéticos) que se agrupan formando
fenómenos sociales. Mediante la explicación causal de tales
agrupaciones obtendríamos leyes (hipotéticas). Nosotros podríamos
hablar de Variables, y de relación (hipotética) entre variables.

— La segunda tarea sería «el análisis y la exposición ordenada de la


agrupación individual e históricamente dada de tales factores y de su
importancia y concreta colaboración, dependiente de aquella. Pero, ante
todo, consistiría en hacer inteligible la causa y la naturaleza de dicha
importancia» (1984: 145).

— La tercera tarea es la explicación histórica de tales agrupaciones. Tiene


así, una perspectiva histórica, al considerar la necesidad de analizar
cómo se ha comportado la relación entre las variables en el pasado.

— Cuarta y última, evaluación de las posibles agrupaciones


(constelaciones) en el futuro.

3.1.1. La objetividad en las Ciencias Sociales


En las Ciencias Sociales la objetividad es una aspiración que debe
mantenerse mediante el uso de técnicas de investigación que permitan
recoger fielmente los datos sociales. Hablamos de aspiración porque
realmente es difícil si no imposible alcanzar la tan deseada objetividad
cuando se plantean problemas de índole social. La propia selección de los
temas de estudio, la preferencia por unas técnicas u otras, la valoración de los
fenómenos sociales nos lleva a un universo de subjetivismo y a que
prevalezcan determinadas opciones personales. Y sin embargo, ese es el reto:
acercarnos a un conocimiento lo más objetivo posible, algo que nos permita
explicar lógicamente los datos de la realidad social. Todo conocimiento de la
realidad es siempre un conocimiento bajo unos puntos de vista particulares.
Cuando en un programa de investigación, el sociólogo decide seleccionar
unas variables y no otras está introduciendo unas preferencias valorativas
personales que tienen significado para el propio investigador (Weber, 1984:
152). En la selección de determinados aspectos de una inmensidad absoluta
de los posibles aspectos, tiene un peso significativo una personalidad
concreta: «sin las ideas de valor del investigador no existiría ningún principio
de selección temática ni un conocimiento sensato de la realidad individual».
Por lo tanto, en la selección temática de la investigación hay que ser
consciente de las premisas «subjetivas» del propio sociólogo (Weber, 1984:
153).
El punto contrario a la objetividad sería el juicio de valor a partir de una
ideología determinada (Weber, 1984: 115); así, el objeto de estudio y la
profundidad de estudio en la infinidad de las conexiones causales lo
determinan las ideas de valor que dominan al investigador y a su época; pero
debe tender a la objetividad mediante la validez general, ya que «sólo es una
verdad científica aquello que pretende tener validez para todos quienes
quieren la verdad» (1984: 155). De alguna manera, Weber hace referencia a
la idea de consenso social. La objetividad o un tipo de objetividad sociológica
se consigue mediante la reflexión, debate y contrastación de las ideas, sobre
las que debe conseguirse un consenso social.
Pero, volvemos a la pregunta fundamental ¿Es posible el conocimiento
objetivo? Para Weber, el conocimiento objetivo en las Ciencias Naturales es
«un conocimiento desligado de todos los valores, y al mismo tiempo
absolutamente racional. Esto es un conocimiento monista de toda la realidad
y desprovisto de todas las causalidades individuales, bajo el aspecto de un
sistema conceptual de validez metafísica y de forma matemática» (1984:
157). Por lo tanto, para alcanzar un conocimiento objetivo en las Ciencias
Naturales se proponen varias condiciones: debe estar desligado de valores, no
individual, supone un sistema de conceptos válidos y tiene forma matemática.
Es evidente, que la premisa principal del conocimiento científico en las
Ciencias Naturales no es aplicable a las Ciencias Sociales. Son ciencias con
diferente epistemología: los fenómenos sociales están vinculados a las ideas
de valor, de tal forma que se debería cuestionar la posibilidad del
conocimiento objetivo en ciencias sociales. Deberíamos hablar de tendencia
hacia la objetividad, aspiración a que nuestra investigación se puede explicar
en relación con la explicación lógica y racional de los valores concretos del
acontecer social.
Como señala Weber (1984: 189):
La objetividad del conocimiento en el campo de las ciencias sociales depende, más bien, del
hecho de que lo empíricamente dado se halla alineado constantemente sobre ideas de valor, las
cuales son las únicas en conferirle un valor por el conocimiento. Y a pesar de que la significación
de esta objetividad sólo se comprende a partir de tales ideas de valor, nunca es convertido en
pedestal de una prueba empíricamente imposible de su validez. Y esta creencia —que todos nosotros
albergamos bajo una forma u otra— en la validez supraempírica de ideas de valor últimas y
supremas en las cuales fundamentamos el sentido de nuestra existencia no excluye la incesante
variabilidad de los puntos de vista concretos bajo los cuales la realidad empírica obtiene un
significado. La realidad irracional de la vida y su contenido de significados posibles resultan
inagotables, por lo que la configuración concreta de la relación de valores sigue fluctuante,
sometida a las variaciones del oscuro futuro de la cultura humana. La luz que brinda tales supremas
ideas de valor cae cada vez en una parte finita continuamente cambiada del caótico curso de
acontecimientos que fluye a través del tiempo.

¿Queda más claro así?, puede que no, pero la clave, en nuestra opinión,
está en la aspiración a la objetividad en relación con una referencia
valorativa, y aun así, puede cambiar en el transcurso del tiempo. En todo
caso, para realizar una investigación sociológica rigurosa es necesaria una
definición clara de los propios conceptos, o lo que es igual, según Weber, del
tipo ideal: «sólo mediante una construcción rigurosa de conceptos, esto es, de
tipo ideal, resulta posible exponer de forma unívoca lo que se piensa y puede
pensar bajo ese concepto teórico de valor» (1984: 169).
En definitiva, la Sociología aplica el método propio de las Ciencias
Sociales. La naturaleza del objeto de estudio determina las características del
método de estudio, y de las técnicas aplicables para la obtención de los datos.

3.1.2. Las reglas del método sociológico de Émile Durkheim


Uno de los primeros sociólogos en desarrollar el método sociológico de
análisis de la realidad social fue Émile Durkheim (1858-1917), para quien la
Sociología debe estudiar los hechos sociales como si fueran cosas, algo
diferente a lo que propuso Weber, que hemos explicado anteriormente. La
propuesta de analizar los fenómenos sociales como cosas, conlleva
desproveer a esos fenómenos sociales de entidad valorativa. Esta es una
cuestión importante:¿Qué es una cosa? En el prólogo a la segunda edición,
Durkheim contestó a los críticos de su metodología, defendiendo la necesidad
de tratar los hechos sociales como cosas materiales.
La proposición según la cual debemos tratar los hechos sociales como si fueran cosas —
proposición básica de nuestro método— es una de las que más contradicciones ha provocado.
Algunos encuentran paradójico y escandaloso que asimilemos a las realidades del mundo exterior
las del mundo social. Para ellos, hacerlo es equivocarse totalmente sobre el sentido y el alcance de
esta asimilación, cuyo objeto no es rebajar las formas superiores del ser a las formas inferiores,
sino, por el contrario, reivindicar para las primeras un grado de realidad igual, al menos al que
todo el mundo atribuye a las segundas. En pocas palabras, no decimos que los hechos sociales son
cosas materiales, sino que son cosas como las cosas materiales, aunque de otra manera (2001: 15).
Nuestra regla no implica, pues, ninguna concepción metafísica, ninguna especulación sobre el
fondo de los seres. Lo que pide es que el sociólogo se ponga en estado mental en que se encuentran
los físicos, los químicos, los fisiólogos cuando se adentran en una región todavía inexplorada de su
campo científico (2001: 18).
Para Durkheim, hay que tratar los hechos sociales como fenómenos
exteriores a los individuos, están fuera y preceden a la existencia del propio
individuo. En sus propias palabras, los hechos sociales «consisten en modos
de actuar, de pensar y de sentir, exteriores al individuo, y están dotados de un
poder de coacción en virtud del cual se imponen sobre él» (2001: 40 y 41).
Así, el hecho social «es general en la extensión de una sociedad determinada
teniendo al mismo tiempo una existencia propia, independiente de sus
manifestaciones individuales» (2001: 51 y 52).
Por lo tanto, una «cosa» social es: a) fenómenos exteriores a los
individuos; b) tienen características propias, con independencia del sujeto que
observa; c) son datos empíricos. Estas consideraciones las desarrolló Émile
Durkheim en la propuesta de reglas del método sociológico para el estudio
de los hechos sociales:

1. Considerar los hechos sociales como cosas: «los fenómenos sociales son
cosas y deben ser tratados como cosas. Para demostrar esta proposición,
no es necesario filosofar sobre su naturaleza ni discutir las analogías
que presentan con los fenómenos de los reinos inferiores. Basta
comprobar que son el único datum ofrecido al sociólogo. En efecto, es
cosa todo lo que está dado, todo lo que se ofrece o, más bien, se impone
a la observación. Tratar a los fenómenos como cosas, es tratarlos en
calidad de data que constituyen el punto de partida de la ciencia. Los
fenómenos sociales presentan indiscutiblemente ese carácter. Lo que se
nos da no es la idea que los hombres se hacen del valor, porque ésta es
inaccesible; se trata de los valores que se intercambian realmente en el
curso de las relaciones económicas. No es tal o cual concepción del
ideal moral; es el conjunto de las reglas que determinan efectivamente
el comportamiento. No es la idea de lo útil o de la riqueza, son todos los
pormenores de la organización económica» (2001: 68). Por lo tanto, los
hechos sociales, para Durkheim son cosas independientes del
observador, con posibilidades de investigación empírica por medio de
indicadores externos al individuo, lo cual supone que:

a) Hay que alejar de nuestro análisis todas las prenociones. Supone la


aplicación del método científico de Descartes que «se impone como
ley la puesta en duda de todas las ideas que ha recibido
anteriormente, es porque no quiere emplear más que conceptos
científicamente elaborados, es decir, construidos de acuerdo con el
método que instituye; todos los que ha recibido de otro origen deben
ser rechazados por lo menos provisionalmente» (2001: 73).

b) Cabe señalar también que, en lo relativo a cómo se deben agrupar los


hechos, la regla de Durkheim es «no tomar nunca como objeto de las
investigaciones más que un grupo de fenómenos previamente
definidos por ciertas características exteriores que les son comunes, e
incluir en la misma investigación todos los que responden a dicha
definición» (2001: 77). Por ejemplo:
Llamamos familia a todo conglomerado de ese género y convertimos a la familia así definida
en objeto de una investigación especial que no ha recibido aún denominación determinada en la
terminología sociológica. Cuando pasemos, más tarde, de la familia en general a los diferentes
tipos familiares se aplicará la misma regla. Cuando se aborde, por ejemplo, el estudio del clan o
de la familia matriarcal, o de la familia patriarcal, se empezará por definirla de acuerdo con el
mismo método (2001: 78).

c) Los caracteres exteriores en función de los cuales define el objeto de


sus investigaciones deben ser lo más objetivos posible: Debe haber
una clara diferenciación entre los hechos sociales y los hechos o
manifestaciones individuales; es decir, «cuando el sociólogo se
propone explorar un orden cualquiera de hechos sociales, debe
esforzarse por considerarlos bajo un aspecto en el que se presenten
aislados de sus manifestaciones individuales» (2001: 89).

2. Sobre la distinción entre lo normal y lo patológico en la investigación


sociológica (Durkheim, 2001: 111):

a) Un hecho social es normal para un tipo social determinado,


considerado en una fase determinada de su desarrollo, cuando se
produce en el promedio de las sociedades de esta especie,
consideradas en la fase correspondiente de su evolución.

b) Se pueden comprobar los resultados del método anterior mostrando


que la generalización del fenómeno depende de las condiciones
generales de la vida colectiva en el tipo social considerado.

c) Esta comprobación es necesaria cuando ese hecho se relaciona con


una especie social que no ha efectuado aún su evolución integral; ya
que las sociedades tienen su «evolución normal». En esa evolución se
pueden distinguir «sociedades más elevadas y más recientes» y
sociedades menos desarrolladas que permiten reconocer y valorar el
desarrollo de los fenómenos sociales como normales o, por el
contrario, como patológicos.
Aplicación del método sociológico de Émile Durkheim al estudio de un fenómeno social: el
crimen
El crimen no se observa sólo en la mayoría de las sociedades de tal o cual
especie, sino en todas las sociedades de todos los tipos. No hay ninguna donde no
exista criminalidad. Cambia de forma, los actos así calificados no son en todas
partes los mismos; pero siempre y en todos lados ha habido hombres que se
comportaban de forma que merecían represión penal. Si por lo menos, a medida
que las sociedades pasan de los tipos inferiores a los más elevados, la tasa de
criminalidad, es decir, la relación entre la cifra anual de delitos graves y la de la
población tendiera a bajar, se podría creer que aun siendo un fenómeno normal, el
crimen tiende a perder ese carácter. Pero no tenemos ningún motivo para creer en la
realidad de esta regresión. Al contrario, muchos hechos parecen demostrar la
existencia de un movimiento en sentido inverso. Desde principios de siglo, las
estadísticas nos proporcionan el medio de seguir la marcha de la criminalidad. Pues
bien, ha aumentado en todas partes. En Francia, el aumento es casi de 300%. No
hay, pues, ningún fenómeno que presente de manera más irrecusable todos los
síntomas de la normalidad, puesto que aparece estrechamente ligado a las
condiciones de toda vida colectiva. Convertir el crimen en una enfermedad social
sería admitir que la enfermedad no es algo accidental, sino que al contrario deriva
en ciertos casos de la constitución fundamental del ser vivo; esto sería borrar toda
distinción entre lo fisiológico y lo patológico. Sin duda, puede suceder que el
crimen mismo tenga formas anormales; esto es lo que ocurre cuando por ejemplo
llega a una tasa exagerada. No es dudoso, en efecto, que este exceso sea de
naturaleza mórbida. Lo normal es simplemente una criminalidad con tal de que
alcance y no supere, por cada tipo social, cierto nivel que tal vez no es imposible
fijar de acuerdo con las reglas anteriores.

Fuente: Durkheim, É. (2001). Las reglas del método sociológico. México. Fondo de Cultura
Económica: 113.

3. Reglas relativas a la constitución de los tipos sociales.

¿Cómo estudiar los tipos ideales? Durkheim indica al respecto que:


Sin entrar muy a fondo en el estudio de los hechos, no es difícil conjeturar de
qué lado hay que buscar las propiedades características de los tipos sociales.
En efecto, sabemos que las sociedades se componen de partes superpuestas
las unas a las otras. Como la naturaleza de toda resultante depende
necesariamente de la naturaleza y del número de los elementos componentes
y de la forma de su combinación, dichos caracteres son sin duda los que
debemos tomar como base, y se verá, en efecto, después, que de ellos
dependen los hechos generales de la vida social. Por otra parte, como son de
orden morfológico, podríamos llamar morfología social a la parte de la
Sociología que tiene como misión constituir y clasificar los tipos sociales
(2001: 130 y 131).

El principio de clasificación enunciado por Durkheim es:


Empezaremos por clasificar las sociedades de acuerdo con el grado de
composición que presentan, tomando por base la sociedad perfectamente
simple o de segmento único; en el interior de estas clases, se distinguirán
variedades diferentes según se produzca o no una coalescencia completa de
los segmentos iniciales (2001: 136).

Es decir, según Durkheim, deberemos tener en cuenta la capacidad de


unión o fusión de los diversos segmentos de la sociedad.

4. Reglas relativas a la explicación de los hechos sociales.

Según Durkheim, para explicar un hecho social es fundamental conocer


la causa y la función que cumplen los hechos sociales:
Cuando se trata, pues, de explicar un fenómeno social, es preciso buscar por separado la
causa eficiente que lo produce y la función que cumple. Utilizamos la palabra función de
preferencia a la de fin o meta, precisamente porque los fenómenos sociales no existen por lo
general en vista de los resultados útiles que producen (2001: 147).

Una de las premisas básicas de la Sociología, y de Durkheim en


concreto, es que el todo es algo diferente a la suma de las partes:
La sociedad no es una simple suma de individuos, sino que el sistema
formado por su asociación representa una realidad específica que tiene
caracteres propios… El grupo piensa, siente, actúa de forma distinta como lo
harían sus miembros si éstos estuvieran aislados (2001: 156 y 157).

Esta realidad que no se explica por la suma de las partes es un problema


para la Sociología, ya que la forma de proceder es poner nuestra atención
en una parte de la sociedad, en determinadas variables que consideramos
más o menos importantes; sin embargo, el sistema global tiene su propia
dinámica, y por lo tanto, la explicación sociológica debería aprehender esa
dinámica general del sistema global. Surge así la pregunta de ¿qué
característica del proceso global está representada en los procesos
particulares? La inducción es el razonamiento o procedimiento lógico para
establecerse una ley o conclusión general a partir de la observación de los
hechos particulares.

Es importante determinar las causas de los hechos sociales; así se dirá


que la causa determinante de un hecho social debe ser buscada entre los
hechos sociales antecedentes, y no entre los estados de la conciencia
individual (Durkheim, 2001: 164).

En cuanto a la función, Durkheim añade la función de un hecho social


debe buscarse siempre en la relación que sostiene con algún fin social
(2001: 164).

Lo importante en el estudio sociológico es el modo en el que se agrupan


las partes de la sociedad. Para Durkheim:
Si la condición determinante de los fenómenos sociales consiste, como hemos
demostrado, en el hecho mismo de la asociación, deben variar con las
formas de ésta, es decir, según las maneras en que estén agrupadas las
partes constituyentes de la sociedad. Puesto que, por otra parte, el conjunto
determinado que forman con su reunión los elementos de toda índole que
entran en la composición de una sociedad, constituyen su medio interno, lo
mismo que el conjunto de los elementos anatómicos con el modo en que están
dispuestos en el espacio, constituye el medio interno de los organismos,
podremos decir: el origen primero de todo proceso social de cierta
importancia debe ser buscado en la constitución del medio social interno
(2001: 166 y 167).

Los elementos que componen ese medio interno son de dos clases: las
personas y las cosas. Entre estas últimas los objetos materiales, el derecho,
los usos establecidos, la literatura, etc.

Para explicar determinados hechos sociales, por su complejidad, es


preciso ir al origen, cómo se forma, denominado por Durkheim como
método genético. Durkheim señala al respecto:
Por consiguiente, no se puede explicar un hecho social de cierta complejidad más que a
condición de seguir su desarrollo integral a través de todas las especies sociales. La Sociología
comparada no es una rama particular de esa ciencia; es la Sociología misma, puesto que deja de
ser puramente descriptiva y aspira a dar cuenta de los hechos (2001: 196 y 197).

Ese dar cuenta de los hechos debe entenderse como explicar los hechos.

El empeño de Durkheim en diferenciarse de la Psicología justifica el


énfasis en explicar los hechos sociales desde los hechos sociales, sin
consideración de la intencionalidad o significación subjetiva en la acción
social defendida por Weber. Para Durkheim, los fenómenos sociales son
realidades «sui generis» independientes de los rasgos individuales,
mientras que para Weber, como ya hemos visto, el conocimiento en
Sociología requiere de la comprensión del significado que el actor social
da a su acción.

5. Reglas relativas a la administración de la prueba.

¿Cómo se explica el principio de causalidad? Para Durkheim, un


fenómeno es causa de otro fenómeno cuando uno depende de otro y se
producen al mismo tiempo; es decir, que hay una coincidencia temporal.
Es ese principio de dependencia el que hay que considerar a la hora de
buscar explicaciones de los fenómenos sociales, y religar un fenómeno a su
causa, o una causa a sus efectos (2001: 181).

La Sociología «lo que pide es que se le conceda que el principio de


causalidad se aplique a los fenómenos sociales. Y aun plantea este
principio, no como una necesidad racional, sino únicamente como un
postulado empírico, producto de una inducción legítima» (2001: 199).

Esta inducción deriva del análisis de los hechos sociales, y de la


generalización de los fenómenos particulares, en un proceso ascendente
que nos llevaría desde el estudio de los hechos concretos a la
generalización teórica.

Los fenómenos sociales son, en última instancia, fenómenos morales,


para Durkheim. Las ideas morales tienen un componente intencional.
Como señala Anthony Giddens, «hay una triple conexión: social-moral-
intencional» (1993: 95). En este sentido, el mundo de lo social tiene un
carácter moral (normativo). La acción colectiva o la conducta de las
personas está orienta por «normas o convenciones» morales (Giddens,
1993: 96). Ahora bien, «la constitución de la interacción como orden moral
puede entenderse como la actualización de derechos y la imposición de
obligaciones» (Giddens, 1993: 109).

3.1.3. Otras reglas


Para Anthony Giddens, las escuelas de la Sociología interpretativa han
hecho aportaciones significativas al esclarecimiento de la lógica y del método
de las Ciencias Sociales, como es lo fundamental del lenguaje significativo;
es decir, el lenguaje con significado. En este sentido, la sociedad se construye
y reconstruye a través de una actividad práctica como es el lenguaje, que
tiene determinadas características: lenguaje significativo, explicable e
inteligible. La comprensión de esos significados depende de la tarea
hermenéutica por parte de los sociólogos de los marcos de significado de los
propios actores sociales, y la descripción de la conducta social (1993: 159).
Algunas ideas que pueden destacarse del planteamiento de estas escuelas
es la consideración de la sociedad como un universo que se construye por los
actores sociales. No obstante, hay que señalar que, para las escuelas de la
Sociología interpretativa, la acción realizada por los actores sociales tiene
lugar en un contexto histórico determinado, y por lo tanto no es una actividad
totalmente libre, sino condicionada por unas circunstancias dadas. Hay una
relación de la estructura con la acción y viceversa: la acción constituye las
estructuras sociales, al tiempo que la estructura social constituye la acción.

3.2. FASES DEL PROCESO DE INVESTIGACIÓN

Vamos a explicar a continuación brevemente las fases del método


científico en el proceso de investigación sociológica.

3.2.1. Definición del problema


Esta es una parte fundamental de cualquier proyecto de investigación. Hay
que preguntarse ¿realmente qué es lo que quiero investigar? ¿Cuál es el
problema? ¿A qué pregunta trato de responder? Parece obvio, pero es
frecuente que después de semanas trabajando sobre una cuestión determinada
nos demos cuenta de que todavía no hemos definido convenientemente el
objeto de nuestra investigación. Y además, debe ser un objeto lo más
concreto posible, un problema real, relevante y factible; es decir, que se
pueda investigar. También hay que ser práctico y deberemos tener en cuenta
si con los medios y nuestras condiciones (recursos, tiempo, aptitudes)
podemos realizar el estudio en cuestión.
Cuando planteamos el problema de la definición de una investigación
queremos hacer referencia a que no basta con decir, por ejemplo, que
queremos estudiar el problema del acceso al mercado laboral por parte de las
mujeres. Eso supone una primera aproximación a nuestro objeto de estudio.
Deberíamos seguir haciendo algunas otras preguntas para definir y concretar
el estudio. De la formulación «El problema del acceso al mercado laboral por
parte de las mujeres», habría que aclarar ¿A qué nos referimos con problema?
¿vamos a estudiar el mercado laboral en su conjunto? ¿estudiaremos a todas
las mujeres?
¿A qué nos referimos con problema de investigación?
En el ejemplo que estamos utilizando, puede haber muchos tipos de
problemas. Los más evidentes pueden ser de falta de cualificación,
inadaptación a las necesidades del mercado, ausencia de demanda de trabajo,
circunstancias que dificultan la conciliación de la vida familiar y laboral, etc.
La respuesta a esa cuestión condiciona totalmente la investigación posterior,
en partes fundamentales del trabajo: bibliografía o referencias documentales a
estudiar, técnicas a utilizar y trabajo de campo a realizar.
¿Vamos a estudiar el mercado laboral en su conjunto?
El mercado laboral es muy amplio, tanto sectorial, temporal como
territorialmente. Probablemente, tendríamos que concretar la investigación de
un sector económico determinado, teniendo en cuenta la estructura
económica de un territorio concreto: ¿una comunidad? ¿un municipio? y en
un período: ¿en la actualidad? ¿con más de un año de desempleo?
¿Estudiaremos a todas las mujeres? O ¿debe cumplir alguna condición
específica, como ser joven o persona en riesgo de vulnerabilidad?
Son preguntas que debemos hacernos para concretar nuestro proyecto de
investigación, y en función de las cuales la intención original de estudiar «El
problema del acceso al mercado laboral por parte de las mujeres» se ha
convertido al responder a algunas preguntas adicionales en otro estudio: «La
situación de las mujeres mayores de 45 años sin cualificación en situación de
paro de larga duración en la Comunidad de Valencia». Hemos concretado
colectivo, circunstancia, condiciones y ámbito territorial. De esa manera es
mucho más fácil iniciar el proceso de investigación. Plantear el objeto de
nuestra investigación supone la selección de parte de la realidad social, en
función de los valores y los deseos del propio investigador (Alaminos,
2005: 59).

3.2.2. Marco teórico: Revisión bibliográfica


Una vez elegido el objeto de nuestra investigación debemos buscar otros
estudios que se han realizado sobre la misma cuestión. Es difícil ser
totalmente original en el planteamiento de los estudios. Lo normal es que se
hayan realizado investigaciones semejantes en el ámbito nacional e
internacional. Por ello, deberemos iniciar la búsqueda de libros y artículos
publicados sobre el mismo tema. Hay que tener en cuenta que los datos más
recientes y de mayor interés se publican en artículos en las revistas con
mayores índices de impacto. Hay una clasificación de revistas científicas
nacionales e internacionales en las que se publican los resultados de la
investigación de mayor prestigio científico, y con mayor nivel de calidad,
como consecuencia del proceso de evaluación de los artículos publicados [4].
En el capítulo 1 de esta obra, se ha hecho referencia a las revistas científicas
del área de conocimiento de la Sociología.
El estudio de otras investigaciones nos permite conocer las aportaciones
más significativas al estudio de nuestro objeto de investigación. De
investigaciones previas podemos obtener: datos de referencia para comparar
y valorar nuestros propios datos, e incluso hipótesis para contrastar en
nuestro trabajo de campo.
El marco teórico, en buena medida, es analizar qué se ha descubierto en
investigaciones anteriores sobre nuestro objeto de estudio. El análisis de esos
resultados nos da una información muy valiosa para explicar el fenómeno
social que tratamos de investigar. La explicación de los fenómenos sociales
nos permite construir teorías sociológicas. En otras palabras, demostrar por
qué ocurren determinados hechos sociales, cuáles son las variables que
componen el fenómeno estudiado y su relación es la base de las teorías
sociológicas. Como señala Anthony Giddens:
El objeto de la Sociología es construir teorías sobre la conducta humana inductivamente, sobre la
base de observaciones previas acerca de tal conducta; estas observaciones, que se hacen sobre
características externas visibles de la conducta, son por necesidad pre-teorías, puesto que es de
ellas de donde nacen las teorías (1993: 135).

3.2.3. Formulación de las hipótesis de investigación


La sociedad no se estudia en su totalidad, sería una tarea que desborda las
posibilidades de un investigador, e incluso de un equipo de investigación, por
eso deben seleccionarse las variables significativas en relación con un
fenómeno social determinado y concreto. ¿Cuáles son esas variables
significativas?, es algo que a priori no conocemos. La decisión de qué
variables estudiar o qué variables pueden ser más importantes para explicar
un fenómeno social depende, por un lado, de la propia experiencia del
investigador o del grupo de investigadores; y también de la intuición. Pero, el
modo más riguroso de seleccionar las variables explicativas, en la
investigación sociológica, es estudiar otras investigaciones sobre el tema. Ya
lo hemos mencionado en el punto anterior, el relativo a la revisión
bibliográfica. Debemos estudiar los resultados de investigaciones anteriores,
y normalmente se destacará qué variables explican el hecho social
investigado. Esas variables significativas habrá que incluirlas en nuestra
investigación, y lo haremos en forma de hipótesis de trabajo que debemos
contrastar en el trabajo de campo. Una hipótesis, por lo tanto, es una
proposición de relación explicativa entre variables. Esa relación se puede
convertir en una regularidad social o ley social. El diseño de la investigación
irá encaminado a comprobar la certeza de la relación que proponemos,
utilizando las técnicas de investigación social pertinentes.

3.2.4. Técnicas de investigación


Las técnicas de investigación en Sociología son las herramientas que
utilizan los investigadores para recoger los datos de la realidad social. La
investigación social es un modo de tomar medidas de la sociedad. Como
señala Francisco Alvira:
Una vez especificados los objetivos, definidas las hipótesis y variables, el investigador necesita
elaborar un plan, proyecto o diseño que le guíe en el proceso de recoger, analizar e interpretar las
observaciones/datos que lleve a cabo. Precisamente, un diseño de investigación se define como el
plan global de investigación que integra de un modo coherente y adecuadamente correcto técnicas
de recogida de datos a utilizar, análisis previsto y objetivos. Dicho de otra manera, el diseño de una
investigación intenta dar de una manera clara y no ambigua repuestas a las preguntas planteadas
en la misma (1986: 67).

La entrevista es una técnica de investigación sociológica fundamental para


la recogida de datos de la realidad social. Atendiendo al grado de
estandarización, podemos distinguir diferentes tipos de entrevistas:

a) Entrevista no dirigida (cualitativas, no estructuradas),

b) Entrevista en profundidad y

c) Entrevista por medio de cuestionario estandarizado.


También se puede distinguir entre entrevista oral y entrevista por escrito o
autoadministrada.
Por último, hay que diferenciar entre las entrevistas individuales y las
entrevistas colectivas o discusión de grupo.
La entrevista no dirigida, que proporciona información cualitativa y no
estructurada suele utilizarse con fines exploratorios, cuando se trata de
obtener las primeras informaciones sobre un problema social determinado, y
antes de delimitar con precisión el objeto de la investigación. En este caso, el
sociólogo conversa sin un guion previo con la persona entrevistada.
Algo más cerrada es la entrevista en profundidad; es decir, el sociólogo
cuenta con un esquema fijo de cuestiones ordenadas y formuladas.
La entrevista estructurada por cuestionario permite al entrevistado menor
grado de espontaneidad, ya que tiene que responder a preguntas cerradas
formuladas en el cuestionario.
Las entrevistas también pueden ir dirigidas a una persona o a un grupo de
personas. En este último caso, las entrevistas a un grupo de personas se
convierten en discusión de grupo o focus group, en la que un conjunto de
personas (normalmente, entre 6 y 10 personas) discute sobre un tema
predeterminado, dirigido por un entrevistador, quien se limita a formular las
preguntas. La información obtenida en estas reuniones de grupo puede ser
una buena base para el diseño de cuestionarios estructurados y preguntas
cerradas.
Así, el cuestionario es un listado de preguntas con indicación de las
posibles respuestas. En ese sentido es una herramienta de recogida de
información cerrada y precodificada. En algunos casos puede haber preguntas
abiertas para obtener respuestas no previstas en el diseño original del
cuestionario o de nuestra investigación.
Cuanto más estructurado y cerrado es un instrumento de recogida de
información de un fenómeno social determinado más planificado debe estar
el plan de investigación: recogida, análisis e interpretación de datos. El
propósito es recoger con precisión las respuestas a las preguntas planteadas.

3.2.5. Trabajo de campo: recopilación y análisis de datos


El trabajo de campo supone la aplicación de las herramientas de recogida
de datos por alguno de los instrumentos indicados anteriormente. Los
resultados de nuestro propio trabajo de campo se denominan «datos
primarios». Cabe también la búsqueda y utilización de «datos segundarios»;
es decir, otros datos que se pueden considerar de otras fuentes de
información. En el caso de la Sociología, instituciones como el Instituto
Nacional de Estadística (INE) o del Centro de Investigaciones Sociológicas
(CIS) son fuentes básicas de información que permiten conocer valiosas
investigaciones sobre muchos fenómenos sociales, y que nos permiten
describir el marco de referencia de muchos de los estudios que podemos
realizar. Ese marco de referencia tiene varias funciones: información básica
sobre el fenómeno a estudiar y datos comparativos en relación con los datos
que obtenemos en nuestro trabajo de campo.
El método de análisis comparativo es importante en Sociología. El dato en
sí mismo tiene una importancia determinada, pero, con frecuencia la
valoración depende de la comparación que se pueda hacer bien
temporalmente (lo que acontecía en un período anterior), por ejemplo, la tasa
de paro en una comunidad determinada en la actualidad en comparación con
la tasa de paro en 2010; o bien territorialmente (lo que acontece en un
territorio más amplio o un territorio diferente); por ejemplo, la tasa de paro de
la Comunidad Valenciana respecto a la tasa de paro de España, o la tasa de
paro de España respecto a la de Dinamarca. Esa comparación nos sirve para
valorar la importancia de esos datos. Un aspecto importante, que se aborda
desde la estadística, es la representatividad de los datos. La investigación
sociológica cuantitativa (encuesta) se realiza sobre una muestra del universo
de estudio. No se estudia a todas las personas (universo), sino a una parte que
representa fielmente a ese universo (muestra representativa). El diseño de las
muestras representativas se realiza mediante métodos estadísticos.
Una vez obtenidos los datos es importante hacer una distinción entre la
organización de los datos, construyendo tablas, cuadros, gráficos, etc. y la
fase posterior de análisis o discusión de los mismos. Como hemos indicado
anteriormente, la Sociología trata de explicar los fenómenos sociales, no sólo
describirlos. En este sentido, los objetivos de un estudio pueden ser
descriptivos o explicativos: querer saber cuántas personas tienen intención de
votar a un partido político es un objetivo descriptivo; averiguar por qué se
vota o no a determinados partidos o por qué determinadas personas votan y
otras se abstienen es un objetivo explicativo.

3.2.6. Conclusiones
Después del análisis de los datos, se deben abordar las conclusiones de
nuestra investigación. Así, habrá que volver a las hipótesis de la investigación
para determinar si nuestro trabajo de campo ha permitido contrastarlas y si se
confirman o rechazan. Es una parte importante del estudio, en la que por
inducción procuramos generalizar las relaciones entre las variables
estudiadas. Inducir significa obtener una teoría a partir de los datos de nuestro
trabajo de campo. Esas teorías se pueden convertir en regularidades o leyes,
que posiblemente son hipótesis de trabajo para investigaciones futuras.
La cuestión de las regularidades en los fenómenos sociales nos plantea uno
de los grandes problemas en la investigación social: el establecimiento de las
relaciones causales; es decir, el hecho de que un acontecimiento determinado
es producto o está condicionado por otro. Los acontecimientos no se
producen de forma aleatoria, sino que ocurren por algo, tienen una causa
inicial. Por lo tanto, el problema que debemos plantear es el hallazgo de
regularidades en los fenómenos sociales. La Sociología debe buscar la
estructura de relaciones causales entre las variables significativas que
componen y explican determinados fenómenos sociales.

3.3. RETOS ACTUALES DEL ANÁLISIS SOCIOLÓGICO

Si bien en los primeros años de la Sociología el problema era definir y


delimitar el campo propio de esta disciplina; en la actualidad, el conocimiento
científico, se desarrolla y encuentra sus mejores logros a través de la
convergencia de múltiples disciplinas. La investigación social requiere, con
mucha frecuencia, tener en cuenta conocimientos interdisciplinares. Así,
conceptos como convergencia o fusión de disciplinas antes que provocar
rechazo debería ser la vía de reivindicación del papel de la Sociología en la
nueva Sociedad del Conocimiento. De ahí, por ejemplo, el esfuerzo que se
viene realizando por parte de la Sociología matemática para aprovechar las
tendencias actuales en el mundo de la computación y la gestión de datos. La
denominada minería de datos, el incremento de la capacidad de tratamiento y
gestión de grandes cantidades de datos (Big Data) ha revolucionado los
estudios sociológicos. El desarrollo de modelos predictivos ha transformado
radicalmente la capacidad de analizar los fenómenos sociales y predecir el
comportamiento social. La minería de datos explora y analiza una gran
cantidad de datos con el propósito de hallar patrones de comportamiento y
correlaciones significativas y causalidad entre variables en la sociedad.
Así, como indica Antonio Alaminos:
La Sociología matemática sitúa su actividad en la intersección de varios campos: la Sociología,
las matemáticas, la computación, la estadística y la lógica» (2005: 94). Naturalmente, los avances
en tratamiento de datos no invalida la importancia de la teoría, sino al contrario, el empleo de
métodos matemáticos para el modelado de las regularidades sociales no parte de pensar un
«mecanismo» ciego. Muy al contrario, la comprensión de los fenómenos sociales son el punto de
partida y de llegada de la explicación mediante modelado matemático (2005: 97 y 98).

La Sociología matemática busca regularidades que expliquen los


fenómenos sociales, mediante métodos matemáticos. Así, «el objeto de la
Sociología matemática es la aplicación a las regularidades sociológicas de
métodos matemáticos para generar modelos formales de carácter explicativo
y predictivo» (Alaminos, 2005: 143).
Por otra parte, las regularidades sociales, en términos de probabilidad es lo
que denominamos «Leyes sociales» (Alaminos, 2005: 145 y Lamo de
Espinosa, 1975: 95).
Sociología Matemática en España
En España, la primera referencia explícita sobre los métodos de modelado
matemático es la de J. Bugeda que publicaría en 1976 el Curso de Sociología
Matemática. En ese momento aparecerían artículos que recogían el estado de la
Sociología matemática, así como sus ventajas y desventajas. M. García Ferrando
publicaría por la misma época «la Sociología matemática hoy: usos y abusos» en la
Revista Española de la Opinión Pública y más tarde, ya en 1998, desarrollaría la
voz «Sociología matemática» en el Diccionario de Sociología de S. Giner, E. Lamo
y C. Torres. Una de las áreas de actividad próximas a la simulación, si bien
suponen una aproximación particular, es la Sociocibernética, desarrollada por F.
Parra Luna, que fundaría en 1980 un Grupo Temático en Sociocibernética en la
Asociación Internacional de Sociología. Su actividad ha sido muy intensa,
organizando las sesiones correspondientes a los Congresos Mundiales de México
en 1982, Nueva Delhi en 1986, Madrid 1990 y Bielefeld en 1994. Actualmente el
RC51 de la ISA. En 1981 R. Sierra Bravo publicaría el manual Ciencias Sociales.
Análisis estadístico y modelos matemáticos donde recoge varios métodos de
modelado matemático. J. de Miguel, introduciría en la colección Cuadernos
Metodológicos de Centro de Investigaciones Sociológicas, varias obras
relacionadas con la Sociología matemática como son los métodos probabilísticos de
elección, análisis estructural y de redes, modelos causales o introducción a formas
funcionales. Los métodos de modelado matemático han sido empleados por muchos
investigadores españoles en su actividad investigadora, como L. Cachón, F.
Requena, Josep Rodríguez y un largo etcétera, donde se incluyen las tentativas de
aplicación de modelos de elección racional.

Fuente: Alaminos, A. (2005). Introducción a la Sociología Matemática. Seminario Permanente de


Estudios Sociales. Universidad de Alicante: 91 y 92.

3.4. PARA TERMINAR EL CAPÍTULO: EJERCICIOS, PRÁCTICAS


O LECTURAS
Elaboración de un breve informe de investigación sobre un problema concreto,
utilizando la base de datos del Catálogo de encuestas, del Centro de Investigaciones
Sociológicas.
El equipo docente pretende que el estudiante se familiarice con la búsqueda de
datos, y la decisión de estudiar un objeto de estudio concreto, no tanto en la mejor o
peor realización de los comentarios.
http://www.cis.es/cis/opencms/ES/2_bancodatos/catalogoencuestas.html

3.5. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


ALAMINOS, A. (2005). Introducción a la Sociología Matemática. Seminario Permanente de Estudios
Sociales. Universidad de Alicante.
ALVIRA, F. (1986). «Diseños de investigación social: criterios operativos» en García Ferrando, M.,
Ibañez, J. y Alvira, F. El análisis de la realidad social. Madrid Alianza.
DURKHEIM, E. (2001). Las reglas del método sociológico. México. Fondo de Cultura Económica.
GIDDENS, A. y SUTTON, P.W. (2014). Sociología. Madrid. Alianza.
GIDDENS, A. (1993). Las nuevas reglas del método sociológico. Crítica positiva de las Sociologías
interpretativas. Buenos Aires. Amorrortu.
LAMO DE ESPINOSA, E. (1975). La sociedad reflexiva. Valencia. Fernando Torres.
WEBER, M. (1984). La acción social: Ensayos metodológicos. Barcelona. Península.
Capítulo 4
Individuo y sociedad
Juan José Villalón Ogáyar

4.1. La persona y el mundo.


4.2. Antecedentes del pensamiento dualista: el Estado, la polis y el
individuo.
4.3. El paradigma dualista.
4.4. El descubrimiento de los grupos sociales y el paradigma
sistémico.
4.5. Descubrimientos críticos con el paradigma sistémico.
4.6. Ideas críticas al pensamiento sistémico.
4.7. El paradigma constructivista.
4.8. Para terminar el capítulo: ejercicios, prácticas o lecturas.
4.9. Referencias bibliográficas.
¿De qué trata el capítulo?

En el capítulo, Individuo y Sociedad, se estudia un tema clásico del pensamiento


sociológico. Es necesario tener una idea concreta de qué es un individuo humano y
una sociedad, desde la perspectiva sociológica. Si lo que estudia la Sociología son
las «relaciones sociales» o el «vínculo social» o las «prácticas sociales», lo que se
percibe es a los individuos en relación con otros individuos en un entorno
determinado. Éste es el momento de preguntarse qué es un individuo y una
sociedad para la Sociología. Las respuestas a ambas preguntas están profundamente
conectadas, se han de producir una en relación a la otra. Así ha ocurrido en las
distintas escuelas de pensamiento sociológico desde el siglo XIX. Y no podemos
escapar de dicha lógica, pues así como vemos el mundo, vemos a la persona. A lo
largo del capítulo, iremos desgranando parte de las principales formas de pensar al
individuo y su entorno que se han dado en el pensamiento sociológico.
Enunciaremos los supuestos en que se basan. Veremos las ventajas que cada
perspectiva reporta e intentaremos comprender los principales límites que cada
mirada produce en la investigación de las relaciones sociales. Lo que se va a
estudiar son los paradigmas desde los que se mira la realidad. El problema está en
que el paradigma, enfrentado con los hechos, se encuentra limitado. Y, ante la
realidad, el científico ha de buscar un nuevo modo de mirar que le ayude a hacer
preguntas más correctas. La exposición seguirá una cierta lógica cronológica. Sin
embargo, no buscará que el lector aprenda cómo ha evolucionado la teoría
sociológica. Lo importante será que se enfrente a distintas y opuestas visiones, que
son muy influyentes en la Sociología. Y, así, pueda llegar a comprender dónde sitúa
un autor cuando lo lea y en qué marco conceptual se sitúa él cuando se planteé
estudiar un problema sociológico. Para todo ello, le serán útiles los conocimientos
adquiridos en los capítulos anteriores sobre la Sociología. Si bien, este tema
también está profundamente conectado con el resto de capítulos del libro al
introducir numerosos conceptos que el estudiante podrá comprender mejor más
adelante. No se trata aquí de aprenderse todos esos conceptos, sino de relacionarlos
por primera vez y situarlos, adecuadamente, en el contexto general del objeto de
estudio de la Sociología.
4.1. LA PERSONA Y EL MUNDO

Cuando Michel Wieviorka quiere pensar la Sociología para el siglo xxi,


entiende que estamos en una disciplina que no ha afrontado una crisis de
pensamiento en las últimas décadas, sino una mutación general de todas las
disciplinas del saber (2011: 13).
Dicho proceso de transformación se suele resumir con el término
Globalización. Este proceso histórico ha creado un mundo, una realidad
social que el autor describe como «un mundo globalizado e interdependiente
en el que la comunicación digital multimodal e interactiva constituye la más
importante estructura en la que se inscriben las prácticas sociales»
(Wieviorka, 2011: 11). Según esto, ya no hay una «sociedad nacional-estatal»
ante nuestros ojos. Ya no hay un «sistema social» limitado, e, igualmente, ya
no podemos reconocer solamente a individuos que son miembros de grupos
(nacionales o de una clase social) o actores. Ante nuestros ojos limitados de
sociólogos se abre un mundo realmente nuevo en el que aparece un individuo
reflexivo que también puede ser sujeto.
Este cambio ha afectado profundamente al conjunto de supuestos en que se
basada el trabajo de investigación de las relaciones y las prácticas sociales.
Han cambiado las preguntas que podemos hacer: la pregunta por la relación
entre el individuo y la sociedad, o el actor y el sistema, se transforma en la
cuestión de la relación entre la persona y el mundo. Todas van en el mismo
sentido. Intentan conceptualizar adecuadamente aquello que podemos
observar: ese extraño ser humano que existe sólo en relación con los demás
(individuo, actor y sujeto) y aquello con lo que se encuentra desde su
mismísimo nacimiento (sociedad, sistema y mundo).
Este capítulo, en lo que sigue, expone lo que podemos entender como los
tres paradigmas sociológicos básicos de la individualidad y la sociedad: el
paradigma dualista, el paradigma sistémico y el paradigma constructivista.
De una forma simplificada, podríamos decir que un paradigma es el marco
conceptual que reúne las ideas o creencias más asumidas como verdaderas,
casi incuestionables, así como los valores más profundamente arraigados que
orientan la visión de las cosas, que prácticamente determinan lo que se es
capaz de pensar, de preguntarse, de percibir. Por eso, dentro de un paradigma
podemos encontrar escuelas de pensamiento diferentes, hasta opuestas, que
coinciden en cómo ven al individuo y su entorno, aunque conciban de una
forma totalmente contraria la relación que se produce entre ellos.

4.2. ANTECEDENTES DEL PENSAMIENTO DUALISTA:


EL ESTADO, LA POLIS Y EL INDIVIDUO

El paradigma dualista ha sido el enfoque más duradero desde el que se ha


intentado comprender las relaciones sociales. Su origen nos lleva a la Grecia
clásica y al conocido postulado antropológico de Aristóteles (384 a. C.-322 a.
C.) de que el ser humano es un «animal político» en su libro La Política. Es
decir, en la naturaleza del ser humano está el vivir en una sociedad política y
socialmente estructurada y ordenada. Es importante anotar que el referente de
Aristóteles de lo que interpreta como «sociedad» es una polis griega, una
ciudad independiente o ciudad-estado.
Frente a dicha posición, han surgido muchos autores que han planteado la
necesidad de entender al individuo como un ser diferente de su sociedad.
Posiblemente, el más conocido históricamente es Thomas Hobbes (1588-
1679), que pensaba que los individuos se hallan en una condición de guerra
de todos contra todos. Cada individuo es profundamente diferente de los
demás y por ello está separado de todos. Cada uno tiende a apropiarse de todo
lo que le sirve para su propia supervivencia y conservación. Y, por eso, será
necesario la organización de una «sociedad» (esta vez entendida como un
Estado moderno). Es decir, la sociedad, para Hobbes, será una construcción
convencional fruto de la racionalización egoísta con el fin de satisfacer el
instinto primario de conservación de cada individuo.
El planteamiento hobbesiano encontrará varias veces su contrapunto en la
filosofía posterior. John Locke (1632-1704) y Jean-Jacques Rousseau (1712-
1778) serán los exponentes más bellos de esa otra visión en la que se mira al
individuo como un ser de naturaleza buena que viene a ser corrompido por
una sociedad en la que está obligado a vivir.
En esa discusión que pudiera llegar a ser infinita, la Sociología comienza
su andadura en el siglo XIX. Y, desde el principio, se plantea qué es el
individuo y qué es la sociedad, ya no tanto como una entidad política sino
como una realidad política, económica y cultural, que existe en un tiempo y
en un espacio físico preciso. Es una realidad histórica.
4.3. EL PARADIGMA DUALISTA

El paradigma dualista tiene una influencia significativa en la investigación


de lo social desde el siglo XIX. La visión ilustrada de la sociedad como una
realidad constrictiva pero necesaria para el ser humano individual se había
impuesto. Surgen, ante los problemas devenidos de la Era Industrial, la
necesidad de estudiar la realidad social y de construir un nuevo orden social
que sea liberador del individuo y no limitativo, entre los primeros
investigadores empiristas que defendían el uso de métodos positivistas, como
Auguste Comte (1798-1857), o material-dialéctico, como Karl Marx (1818-
1883).
Algunos de los primeros sociólogos dieron un salto más allá de aquella
discusión y valoraron la sociedad como una entidad específica y dinámica
diferente de las realidades individuales que las constituyen. Es el holismo
metodológico. La Sociología emergía como una ciencia que busca ocuparse
de entender lo social, las sociedades, y no a los individuos. Lo colectivo
prima sobre lo individual en la imaginación sociológica. La obra típica que
suele nombrarse para ejemplificar esta postura es Las reglas del método
sociológico de Emile Durkheim (1858-1917), que ya ha sido analizada en los
capítulos 2 y 3 de esta obra. Lo social, objeto de estudio propio de una nueva
ciencia denominada Sociología, será comprendida como una entidad
específica con características propias. No emerge de las individualidades sino
de su propia naturaleza. La sociedad será considerada como una realidad
conceptual que estará por encima de los individuos en el tiempo y en el
espacio; es decir, como realidad empírica, real y dinámica. Es más, de esta
posición epistemológica derivará el pensamiento de que la acción social del
individuo y las prácticas sociales, están determinadas por las estructuras
sociales y las instituciones como el Mercado, el Estado o la Familia, o, por la
Cultura (por los hábitos establecidos y las costumbres). O, al menos, será ese
tipo de acción la que se pueda estudiar y explicar en Sociología.
Frente a dicha postura, o en discusión con ella, se ha desarrollado otra línea
de pensamiento sociológico durante el siglo XX: el individualismo
metodológico. Esta posición, sin negar la influencia de las estructuras
sociales sobre la acción de los individuos, plantea que los individuos son los
átomos básicos del análisis de los procesos sociales. Mientras, lo colectivo, la
sociedad, es sólo un mero agregado que resulta de las actividades
individuales mediante efectos de agregación y composición. Por ello, el
centro de atención del investigador debe estar puesto en conocer la Acción
Social, es decir, la acción hecha en relación con otros sea ésta una acción
singular, en el sentido de extraordinaria o inhabitual, o una acción regular,
típica y estadísticamente reconocible. Y, desde aquí, se hace hincapié en que
no sólo es necesario para comprender una realidad social recoger cómo
actúan objetivamente los individuos, sino qué les motiva subjetivamente a
ello. Tal vez, el autor más conocido en esta línea de pensamiento entre los
primeros investigadores sociales fue Max Weber (1864-1920) al considerar
que la conducta social es aquella que está orientada significativamente por el
comportamiento esperado del otro. Aunque, dicho autor no adoptó una
postura extremista al respecto, pues Weber nunca negaría la influencia de la
Historia sobre la acción social.
Sobre el poder de la acción individual, quizá resulte más interesante la obra
de Georg Simmel (1858-1918), fundador del formalismo sociológico, que en
sus trabajos tendía a considerar al individuo como poseedor de una
«conciencia creativa» en la que se representaba y representaba su exterior,
capaz de desarrollar su propia cultura individual (subjetiva) frente o diferente
de la cultura objetiva de su entorno. Y que era capaz de trascenderse a él
mismo y de producir «cosas» que le llegaban a poder trascender hasta
coartarle.
Así pues, el paradigma dualista tiende a generar posturas contrarias que
niegan parcialmente un espacio común para el individuo y lo colectivo en la
investigación sociológica.
Para Philippe Corcuff, el problema principal de este tipo de posturas es que
implica una enorme dificultad para que el científico social pueda concebir la
posibilidad de que la realidad social que se le muestra sea el fruto de la co-
producción entre las partes y el todo, entre los «individuos» y la «sociedad».
Una, la perspectiva «holista», puede pasar por alto al individuo en el análisis.
La otra, es capaz de obviar la dimensión intersubjetiva e intrasubjetiva de la
realidad social (1998: 18).
El holismo sociológico tiende a considerar que la realidad social es
solamente el resultado de las fuerzas generales de ordenación social
determinadas por las estructuras sociales existentes en un tiempo y un espacio
determinado. De modo que, desaparece así la necesidad de encontrar a los
actores responsables de los hechos con sus acciones. Será entonces necesario
solamente establecer las «reglas de juego» para conducir a la sociedad hacia
un objetivo determinado. Cada individuo se adecuará a dicha norma sin más.
Y, se abandona al que se desvíe o se le reconduce de una forma programada.
El individualismo metodológico se tiende a refugiar en la percepción del
individuo como un ser racional y unidimensional (político o económico) que
actúa en función de sus intereses en un espacio concreto que es determinante
de cualquier otro espacio social. Entonces, el investigador olvida la
experiencia acumulada del individuo sobre su posición en relación a los
demás, la memoria de los encuentros pasados donde se forman las
pertenencias, las identidades, los gustos, las creencias y las ideologías con las
que los individuos se encuentran y en las que definen sus motivaciones para
actuar. Y, además, obvia que el individuo no ocupa una posición sólo en ese
espacio de relación social que observa, sino que es un ser que se mueve en
múltiples lugares de encuentro con otros. Desde este tipo de pensamiento, el
investigador solo podrá observar acciones sin historia. No entenderá, por
ejemplo, la necesidad de la regulación de la sociedad para que aquel que más
acumuló no aplaste al que menos ha llegado a tener. Es más, en su versión
casi más extrema podrá llegar el investigador al puro situacionismo. Esto es:
considerar que la estructura social se forma en la situación social. Entonces,
por ejemplo, no hay clases sociales sino que la posición de cada individuo se
constituye transitoriamente en el momento del encuentro con el otro, en la
propia interacción social (Collins, 2000). Las dos corrientes teoréticas más
próximas a esta forma de pensamiento son las Teorías de la Elección
Racional y el Interaccionismo Simbólico.

4.4. EL DESCUBRIMIENTO DE LOS GRUPOS SOCIALES


Y EL PARADIGMA SISTÉMICO

La idea central que posibilitó una nueva concepción de lo social fue que
los individuos se organizan en unidades grupales, en grupos. Entre una
sociedad y cada individuo hay grupos a los que éstos pertenecen. Como
expresó el eminente profesor Enrique Gómez Arboleya (1910-1959):
La relación entre un yo, un tú, un él, fuera de cuadros sociales concretos es tan ilusoria como el
mismo yo, tú, él químicamente puros. La única manera de que la sociedad sea algo es que sea un
conjunto concreto en donde se actualice la «potencia societatis» humana y se den unidas forma y
materia. Gnoseológicamente ninguna de las dos precede a la otra: el sociólogo se enfrenta con
formas reales en un conjunto real (1954: 24 y 25).
A lo largo del tiempo, se han creado, han crecido y han desaparecido
muchos grupos de muy diverso tipo: familias, empresas, sindicatos,
asociaciones profesionales, asociaciones patronales, partidos políticos, grupos
de amigos, clubes, asociaciones vecinales, asociaciones culturales, barrios,
pueblos, ciudades, clanes, tribus, naciones, redes sociales virtuales,
asociaciones cívicas, iglesias, sectas, movimientos ideológicos, movimientos
religiosos, organizaciones político-administrativas. Todos ellos son grupos
humanos y, desde la perspectiva sistémica, serán el centro de atención
principal de la Sociología.
Volviendo a Gómez Arboleya (1954: 30), este autor concluirá:
Estimo pues, que el objeto propio de la sociología son los grupos humanos como realidades
efectivas y concretas, esto es, configurados en cierta manera por la obra del hombre.

Desde la visión sistémica de la sociedad, el dualismo se supera integrando


al individuo como un elemento más de la sociedad. Éste no pasa a ser el
centro sino sólo un miembro de grupos sociales organizados, estructurados y
relacionados entre sí en unas condiciones históricas determinadas. Aunque,
habitualmente habrá una tensión importante ante la imperiosa necesidad de
reconocer la individualidad del ser humano. Como expondrá Ferrando Badia:
El hombre, por muy vinculado que aparezca a un medio social, hay siempre actitudes y sentidos
de su vida que revelan su insobornable individualidad. Pero, de otra parte, los grupos sociales en
que se encuentra inmerso superan la vida de los meros individuos que lo componen, y, determinan,
en buena medida, sus sistemas de creencias, valores, actitudes y comportamientos con una eficacia
que hace patente a nuestras propias vivencias la consistencia objetiva de tales grupos sociales.
Sentimos la subjetividad de nuestra propia existencia y, al mismo tiempo, la experimentamos
vinculada en los grupos de que participamos. (1975: 27)

El paradigma sistémico parte de la idea de la interdependencia. Se trata de


pensar lo social como el fruto de las interrelaciones de los actos individuales
y de los elementos que forman una colectividad. Así, considerar que un
conjunto determinado de elementos forman un sistema, implica que unos y
otros actúan sobre los demás de forma recíproca.
En esta perspectiva, lo central es explicar la reproducción de la sociedad;
es decir cómo ésta se mantiene en el tiempo organizada de un modo
determinado. Lo relevante es comprender el orden social, así como poder
prever sus límites, sus contradicciones y sus fortalezas. Esto se podrá hacer,
fundamentalmente, a través de metodologías que permitan extraer
conocimiento sobre las conexiones estructurales fundamentales de los grupos
históricos como grupos aislados y en conexión con otros grupos concretos
(Gómez Arboleya, 1954: 33).
La segunda idea fundamental que permitió el desarrollo de la perspectiva
sistémica fue que la estructura social no es unívoca sino plural. Los grupos e
individuos ocupan posiciones en redes jerarquizadas y ordenadas. Esas
posiciones de cada uno estarán relacionadas, pero pueden ser analíticamente
diferenciables en cada estructura, y ser estudiadas sus consecuencias, por
ejemplo, sobre la conciencia social, la identidad, la ideología, las prácticas de
consumo o de voto, de forma separada.
Uno de los primeros autores que defendió la idea de la pluralidad de
estructuras fue Max Weber. Consideraba que una sociedad está estratificada,
que no estructurada, sobre la base de la economía, el estatus y el poder. Hay
clases económicas, comunidades de status y partidos políticos. De modo que
la motivación del individuo a la acción no siempre deviene del mismo tipo de
grupo. En ciertos casos, puede venir de su posición de clase, pero también
por su religión o su ideología, entre otras.
Las expresiones teóricas más prominentes del paradigma sistémico son el
marxismo y el estructuralismo. En ambas perspectivas, lo que se puede
observar en la realidad es un orden social consensuado entre todos o que
implica un conflicto sustantivo entre actores sociales (clases) —que surge o
emerge de las condiciones de estructuración de la realidad social—. Cuando
lo que se observa es un consenso, el sistema tiende a la estabilidad y los
peligros para ello vienen del exterior o de la desviación. Cuando lo que se
deduce de los hechos sociales es un conflicto, éste significa que hay
contradicciones en el sistema y ello es la base del cambio necesario para
alcanzar un nuevo equilibrio.
En esta perspectiva, los individuos y los grupos sociales en los que éstos se
encuentran situados se consideran ordenados. Se podrá entonces decir que «la
sociedad no es una, sino plural y múltiple…, y el hombre se halla inserto en
esa pluralidad de grupos sociales; por eso es portador de múltiples estatus, y
ha de desplegar varios y diferentes roles» (Ferrando, 1975: 28).
Así, hipotéticamente, desde cada individuo se puede trazar círculos
concéntricos cada vez más grandes que sitúan al individuo en relación a los
demás. De forma muy simple, se podría decir que un individuo forma parte
de una familia, que forma parte de una clase social, que forma parte de una
nación, que forma parte de un Estado, que forma parte del Mundo (véase
figura 1).
Desde esta perspectiva, se abre la posibilidad de entender que hay un
Sistema Mundial. Es un sistema con múltiples actores colectivos económicos,
cívicos y políticos en relación constante, en competencia y cooperación.
Igualmente, se podrá pensar que hay sistemas estatales, nacionales o sistemas
urbanos que cumplen con esa misma condición. Y, también se podrá sugerir
la idea de una sociedad de flujos, el universo líquido, o una sociedad red, al
asumirse y visualizar la relatividad del espacio físico para la formación de un
sistema social.

Figura 1. Representación integrada del individuo y sus grupos ordenados según su tamaño.

Fuente: elaboración propia del autor.

Desde una perspectiva histórica, el modelo sistémico ha aportado unas


herramientas conceptuales extraordinarias. Como una forma de sintetizar ese
conocimiento, Göran Therborn (1995) trazaba un esquema conceptual de
cómo se llega a concebir el cambio social (Véase cuadro 1). Básicamente,
exponía que para llegar de un Sistema en un tiempo determinado a un
Sistema nuevo en un tiempo posterior, se produce una relación dialéctica sin
fin de Estructuración y Aculturación, determinada por el Tiempo y el
Espacio. Como consecuencia de esa relación, se generaban unas relaciones de
poder concretas; las cuales daban lugar a formas de conciencia e
identificación social que terminaban expresándose en acciones colectivas
capaces de crear un nuevo sistema social. Aunque ello se producía dentro de
unas limitaciones indirectas derivadas de las estructuras y valores culturales
propios del sistema originario; ya que ocurría en una población, en un lugar y
en un tiempo.
Dos ideas básicas de dicho pensamiento eran: primero, el futuro es
incierto, pero no impredecible, pues se mueve dentro de ciertas coordenadas
de posibilidad y causalidad que podemos pensar. Y, segundo, la sociedad no
va a la deriva, sino que puede «conducirse» y tiende a ser «conducida» hacia
una realidad determinada dentro de unas posibilidades históricas previsibles.

Cuadro 1. Modelo de cambio social sistémico

Fuente: elaboración propia del autor. Modelo de cambio social sistémico inspirado en Therborn, G.
(1999). Europa hacia la modernidad. Barcelona. Taurus: 19.

4.5. DESCUBRIMIENTOS CRÍTICOS CON EL PARADIGMA


SISTÉMICO

Hay varios procesos de cambio social que han puesto en cuestión el


paradigma sistémico. Su observación es lo que ha producido la necesidad de
desarrollar nuevas ideas y conceptos para poder comprender el objeto de
estudio de la Sociología. Han hecho que la mirada del observador inteligente
pase de mirar «la sociedad» o el «sistema» para preguntarse por el
«individuo» inserto en lo social. Algunos de estos procesos son:

1. El proceso de individualización institucional.

2. El proceso de desinstitucionalización.

3. La multiplicación de las desigualdades.

4. El aumento de los ámbitos de socialización.

5. La creciente singularización de las trayectorias individuales.


El proceso de individualización institucional es aquella tendencia histórica
por la que la relación del Estado, el Mercado, las Iglesias, las Escuelas, los
Medios de Comunicación y las demás instituciones tienden a tratar a las
personas como individuos, como átomos aislados. Abandonan la forma de
considerarlos como miembros de grupos sociales organizados como familias,
clanes, tribus, vecinos u otros modos de agrupación. El individuo pasa a ser
ciudadano, consumidor, trabajador, estudiante, oyente, creyente. La relación
de la organización social es directa, sin que se acepten instituciones
intermedias que puedan «negociar» la relación (Beck y Beck, 2003).
El proceso de desinstitucionalización se concibe como un cambio ocurrido
en la modernidad tardía que ha transformado las estructuras sociales. En
dicho proceso, las consideradas durante la modernidad como las instituciones
básicas —las familias, las escuelas, las empresas, las iglesias, los Estados y
los medios de comunicación de masas, entre otros— han perdido capacidad
para socializar a los individuos en un conjunto de valores y costumbres que
sean las bases de las normas que rijan las relaciones sociales, y las prácticas
cotidianas en cada uno de los ámbitos de vida en que se desarrolla las
actividades propias de esas organizaciones instituidas (Dubet, 2006).
La multiplicación de las desigualdades se refiere a un proceso
extremadamente complejo que se ha hecho visible al aumentar las
desigualdades sociales y económicas en la última ola de Globalización
moderna. Hablamos de diferencias como son: de participación política, de
empleo, de acceso a la vivienda, a educación, a un sistema sanitario, a unos
ingresos similares, a una capacidad de consumo parecida, y otras muchas que
forman parte del compendio de derechos y libertades propias de lo que en las
sociedades modernas se ha definido como la ciudadanía. Este proceso implica
el descubrimiento de que las desigualdades no se producen y crecen,
simplemente, entre clase sociales, sino entre grupos y categorías sociales
diferenciados por elementos externos al rol laboral que desarrollan sus
integrantes como son: el género sexual, la nacionalidad, la edad, la etnia o las
capacidades físicas y mentales. Cada una de ellas afectando de forma
autónoma sobre la experiencia social y el posicionamiento de cada individuo
(Tilly, 1993).
El aumento de los ámbitos de socialización hace alusión al incremento de
espacios autónomos en que se desarrolla la vida cotidiana de los individuos.
Podemos describir la vida cotidiana de una persona al comienzo de la Era
Industrial en referencia al lugar en que vivía, a su trabajo y a su familia, de
modo que de ahí podemos derivar, relativamente, sus ideas políticas, sus
creencias, sus hábitos, sus conocimientos, sus intereses y sus gustos. Sin
embargo, hoy, necesitamos conocer, la mayor parte de esos aspectos por
separado pues son más autónomos entre sí. Las relaciones políticas que
mantenemos, las prácticas religiosas, las relaciones laborales, las prácticas de
consumo, los conocimientos que adquirimos, los hábitos cotidianos que
desarrollamos, ya no emergen de unos pocos grupos sociales con los que
estamos conectados, sino de todo un conjunto de redes estructuradas en las
que se inserta nuestra vida cotidiana asociadas entre sí, casi únicamente por
cada uno de nosotros. Son los campos sociales en los que descubrimos
hábitos propios que predisponen a los individuos a actuar en función de
lógicas autónomas (Bourdieu, 2000).
La creciente singularización de las trayectorias individuales o la
individualización de las experiencias sociales es el proceso histórico de
creación de un entorno social en el que las biografías de los seres humanos
pasan por conjuntos de experiencias cada vez más particulares. Si hubo un
tiempo en que, nueve de cada diez niños en España eran bautizados, entraban
a un colegio católico para un sólo género antes de los seis años, vivían con
sus dos padres, algún hermano y algún abuelo, hacían la primera comunión a
los 9 o 10 años, iban a la «mili» entre los 18 y los 22 años, y empezaban a
trabajar antes de los 25; ahora, la diversidad de trayectorias con sólo estos
pocos aspectos, podemos pensarla casi tantas como niños hay. De la misma
forma, si hubo un tiempo donde un obrero sin cualificación podía entrar en
una fábrica de coches a los 16 años, formarse dentro de la fábrica y seguir
trabajando en ella hasta los 65 años; hoy, lo habitual es que la mayor parte de
los obreros, inicialmente, se preparen lo máximo posible, y después, cambien
de trabajo, jefes, compañeros, amigos, lugares de residencia varias veces, y
no sepan si conseguirán un contrato fijo algún día (Gil Calvo, 2001).
¿Cómo han ocurrido estos procesos? ¿Qué implicaciones tienen para la
vida social? ¿Se pueden explicar estos procesos desde una concepción de la
vida social como una realidad estructurada, de tal modo que la acción social
se ajuste a dicha estructura, como el producto de un ajuste «cuasi natural» del
sistema y la acción, de una estructura y una cultura? ¿Se pueden entender
estos procesos si el individuo es un fiel reflejo del sistema? Y, tras su
ocurrencia, ¿podemos pensar que la relación entre los seres humanos se
puede seguir planteando en los mismos términos que lo podía ser antes?
La respuesta es no. Como dice Enrique Gil Calvo (2001) al tratar de
comprender al individuo de hoy y cómo construye su identidad:
Si hace tan solo cien años, en la época de Weber y Freud, era posible (y resultaba preciso) erigir
identidades personales sólidas y rígidas como estatuas de una sola pieza (vertebrados por una sola
familia indisoluble y un solo empleo vitalicio), ahora esto ya no es posible, por lo que resulta
necesario aprender a construir identidades elásticas y flexibles, predispuesto a readaptarse a
vertiginosos cambios laborales y familiares y realizar experimentos a lo largo de la vida.

Las bases de la experiencia humana son inciertas. La incertidumbre y el


riesgo parece ser parte de la vida social, igual que lo puede ser en la
Naturaleza; y la persona humana necesita adaptarse para relacionarse y vivir
en dicho tipo de entorno.

4.6. IDEAS CRÍTICAS AL PENSAMIENTO SISTÉMICO

Algunos autores, críticos del modelo estructural y de la interacción, se


convirtieron en los antecedentes o primeros desarrolladores de un nuevo
paradigma denominado constructivista. Algunas de sus aportaciones son
fundamentales y deben ser meditadas por el investigador social actual;
aunque no forman una visión homogénea de lo social. Muchas de sus ideas
parten de supuestos teóricos diferentes; y llevan a que el investigador social
se haga diversas preguntas. Su agrupación sólo responde a que, en conjunto,
delimitan los errores de los modelos teoréticos anteriormente explicados, y,
permiten desarrollar un nuevo paradigma: el pensamiento constructivista.
Las ideas fundamentales del paradigma constructivista son:

A. Sobre el individuo. El individuo es un ser de naturaleza social múltiple


y diferente de la de cada grupo del que forma parte. Lo que hay que
interpretar como que:

1. En cada individuo no hay un yo, sino múltiples «yoes» o «egos» que


derivan de la experiencia social del individuo. De modo que en cada
individuo hay tantos yoes como grupos y estratos sociales con los que
se ha relacionado (Sorokin, 1969).

2. El individuo tiene un «yo» social que es distinto de un «nosotros» y se


forma en relación con dicho nosotros (Elías, 2014).
B. Sobre la relación con las Estructuras Sociales. Más que estructuras, el
individuo se posiciona en campos de relación social donde forma o
reforma agrupaciones en función de su experiencia, posibilidades y
capacidades históricas; lo que suponer que:

3. Las clases, al igual que cualquier otra forma de agrupación humana,


son formaciones histórico-sociales formadas en la experiencia
colectiva, donde se forma las tradiciones, los sistemas de valores y las
formas institucionales (Thompson, 1989).

4. La acción social es estructurante y estructurada. El actor es capaz de


modificar el entorno al tiempo que éste le constriñe y limita su acción
(Giddens, 1995).

5. No hay «una» estructura de la sociedad, sino que los individuos se


mueven en varios espacios o campos sociales. Cada uno con sus
propias lógicas de acción, con sus propias desigualdades, con sus
propios conflictos, pero siempre estructuradas (Bourdieu, 2000).

6. Los grupos se forman a través de procesos históricos de naturalización


u objetivación en los que se llegan a definir y delimitar (Boltanski,
1982).

7. El individuo se sitúa en un espacio fluido; es decir, un espacio físico y


social en permanente transformación, capaz de experimentarse y
definirse como rígido a veces, y otras como líquido y permeable. Lo
que permite la construcción de relaciones, posiciones y formas de
estar y ser nuevas y flexibles (García Selgas, 2007).

C. Sobre la Experiencia Social y las situaciones. La experiencia social es la


base que permite la formación del individuo que actúa y cambia el
orden fluido que encuentra. Y, por ello:

8. El Yo actúa dentro de un marco delimitado por la experiencia que


permite al actor definir la situación en relación a sí mismo (Goffman,
2006).

9. Los límites centrales a la competencia de los actores provienen de su


limitada conciencia de la realidad y de las consecuencias no
intencionales de la acción, capaces de extenderse en el tiempo y el
espacio sin control alguno por el actor (Giddens, 1995).

10. La experiencia es una actividad cognitiva que permite verificar y


experimentar la realidad, formada por lógicas de acción que sirven al
actor para situarse y actuar en cada una de las dimensiones de la
realidad en la que vive. De modo que el «Actor» o el «yo» está
dividido o disociado en tensiones constantes dentro de cada ámbito
de la vida, y entre los yoes parciales que se forman en los distintos
ámbitos (Dubet, 2006).

D. Sobre las sociedades. La realidad de las sociedades es plural,


subjetivada y compleja; y, por lo tanto:

11. Las sociedades son realidades objetivadas a través de procesos de


legitimación de formas que se llegan a instituir como soluciones a
problemas, al tiempo que son realidades subjetivadas al ser
interiorizadas en el proceso de socialización. Lo cual crea un
pluralismo de realidades e identidades (Berger y Luckmann, 1997).

4.7. EL PARADIGMA CONSTRUCTIVISTA

El paradigma constructivista considera que las realidades sociales se


conciben como construcciones históricas y cotidianas de actores individuales
y colectivos capaces de constituirse en Sujetos de la Acción. La complejidad
de dicha configuración es tal que la realidad escapa del control de los
diferentes actores presentes. No es que no haya voluntades o intereses, sino
que la capacidad de control de cada actor sobre el resultado es relativa.
Se habla de construcción porque la realidad social se compone de «cosas»
construidas y procesos de organización en los que se reconstruye lo existente.
Se asume una realidad dinámica como característica prevalente de lo social,
frente a la de orden establecido que siempre había impuesto una visión más
estática. Es una realidad histórica construida a partir de lo que ya existía, pero
que es transformada, reproducida, apropiada, desplazada al tiempo que sirve
para la invención de otras cosas nuevas en la vida cotidiana, en la interacción,
en la práctica. Y crea así unas posibilidades de futuro nuevas y en constante
evolución.
Las «cosas» y las relaciones, la realidad social, ya no puede ser concebida
sólo como algo puramente objetivo, sino algo que se objetiva e interioriza
históricamente en la relación y la acción. Lo que estaba antes en la
subjetividad del individuo, en sus emociones o su intelecto, puede llegar a
quedar constituido en el exterior para ser aprendido e interiorizado. Se
produce, pues, una relación dialéctica entre lo exterior y lo interior donde
surge la realidad, una realidad como pueda ser la nación, la tribu o la clase
social (Jenkins, 1996).
Al entender la realidad social como una realidad construida, se deja así de
pensar en la sociedad como una entelequia abstracta, y el individuo comienza
a ser observado reafirmando su historicidad. Entonces, el investigador social
revisa la idea de individuo o actor y sociedad o sistema, con la idea de
comprender las relaciones sociales. Y, se encuentra con que necesita
conceptos diferentes para nombrar lo observado.
Si observamos la Sociología actual, podemos encontrar algunos de esos
nuevos conceptos (relacionados con términos antiguos) que bullen en el
discurso sociológico, dando lugar a nuevas preguntas y respuestas. Aquí
destacamos dos de esas ideas fundamentales: la idea del espacio social y la
idea de sujeto.
El espacio social, un concepto del estructuralismo, se reconvierte. Pasa a
concebirse como el marco real de la acción social, frente a la idea pura de
estructura. Ya no se contempla una estructura, sino un espacio histórico. Este
espacio es una realidad plural en la que se producen las relaciones, los
encuentros de forma estructurada y con capacidad estructurante entre actores
sociales diversos. Porque el espacio no tiene una forma fija, sino que la
producen los actores dentro de unos límites socio-históricos. Y, el espacio no
es, por supuesto, unidimensional. Está compuesto de campos de acción
diferentes, interconectados, pero donde los individuos siguen y crean lógicas
de acción y hábitos propios. Un autor fundamental en el descubrimiento de lo
que es el espacio social y su multidimensionalidad es Pierre Bourdieu (1979),
y uno de los autores que mejor usan este concepto es David Garland (2001).
Durante un siglo, el sujeto de la acción social ha sido pensado
eminentemente como un colectivo y así sigue siendo en muchos estudios en
los que se habla de «las clases medias», «los jóvenes» o «las mujeres», como
los nuevos sujetos del cambio. Pero ahora, ante el descubrimiento de la
experiencia del individuo y su capacidad de acción reflexiva, surge la
posibilidad de otro tipo de sujeto individualizado.
No hay una definición de qué es a lo que se puede denominar el sujeto. Sin
embargo, en la reflexión y la investigación sobre él podemos señalar claves
importantes. Alain Touraine, uno de los más grandes expertos en la
investigación sobre el sujeto, escribe que «el sujeto es la coincidencia del
individuo consigo mismo, su conciencia de sí» (2007: 155). Es el fruto de un
yo que es reflexivo que se ve a él mismo en su entorno y se comprende a sí
mismo de un modo determinado, con lo que termina por dar una imagen de sí
a él mismo. Esa imagen puede ser la de «obrero», «ciudadano»,
«empresario», «nacional», «mujer», «joven», etc. En cada época y lugar, se
tienden a imponer unas imágenes sobre otras. Pero hoy, la subjetividad que
tiende a imponerse en muchos lugares del mundo es personal, propia de la
persona singular, irreductible a una vinculación estructural o cultural
cualquiera. Ello no hace que las otras desaparezcan, pero las modifica y las
relativiza. De ahí que se observe en las acciones colectivas de hoy, una gran
tendencia a que participen personas muy variadas que lo que quieren es poder
escoger su combate, su movilización, su identidad colectiva; y, poder
gestionar su participación en la acción, hacerla como ellos consideren, a su
manera cada uno, a su ritmo (Wieviorka, 2011: 109).
Cobra fuerza entonces una nueva sociología que podemos denominar
Sociología del Individuo, o Sociología de la Experiencia, o Sociología del
Sujeto para responder, básicamente, a tres retos gnoseológicos (Santiago,
2015):

1. El carácter multisociado y multideterminado del individuo como fruto


de la incorporación a una estructura social que es múltiple y compleja.
El individuo ya no es un «Yo» frente a un nosotros, ni un «yo»
integrado en un «nosotros». Es un «Yo» que se mueve en muchos
ambientes o campos sociales, en muchos grupos diferentes, regidos por
normas y valores diferentes, donde se aprenden y desarrollan hábitos o
lógicas de acción distintos, y el individuo genera prácticas cotidianas
tan diversas que a veces parecen opuestas, contradictorias, incoherentes
para un observador externo. Aunque, al aproximarnos a ellas, se
observa que lo que ocurre en un campo influye sobre el otro. ¿Cuáles
son esos campos? ¿Existen unos más relevantes que otros? ¿Cómo
influyen unos sobre otros?

2. El trabajo sobre sí mismo que la persona ha de llevar a cabo para


integrar de una forma coherente las diferentes lógicas de acción que el
entorno social genera estructuralmente. El individuo, transformado en
sujeto y actor, busca dar coherencia a todas esas lógicas que aprende
para poder adaptarse al ambiente complejo en el que desarrolla su
actividad. La incoherencia observada desde el exterior produce
conflictos entre los yoes del individuo. Y, éste ha de trabajar para
integrarlos de forma armónica tomando opciones, decidiendo
reflexivamente. ¿De qué manera los individuos consiguen desarrollar
narrativas coherentes de su historia? ¿Qué instrumentos utilizan?
¿Cómo deciden cómo actuar? ¿Todos pueden ser sujetos? ¿Qué
condiciones han de cumplirse para que un individuo llegue a ser sujeto?

3. El proceso estructural de fabricación de individuos crecientemente


singularizados que afrontan un sistema de pruebas estructuralmente
producido. La estructura social no solo posiciona a los individuos en
una jerarquía, sino que crea trayectorias vitales a través de las que el
individuo se ve obligado a pasar pruebas constantes de forma
individualizada que trazan su historia, su experiencia y su acción.
¿Quiénes dominan los procesos? ¿Desaparecen los grupos sociales? ¿Se
abandonan los vínculos? ¿Quiénes pasan las pruebas? ¿Cómo pasan las
pruebas? ¿Cuáles son las pruebas en cada ambiente social? ¿Se puede
observar desde aquí las desigualdades de otra manera?
La comprensión adecuada de estos procesos sobre la naturaleza social del
individuo ha de ser la base de la Sociología del siglo XXI. Las respuestas a
estas cuestiones dan lugar a las nuevas preguntas que tratarán de buscar
nuevas respuestas a problemas que acompañan a la Sociología desde sus
orígenes, sobre las desigualdades, la exclusión, la violencia, la guerra, el
poder, la marginación, el racismo, la comunicación, la tecnología, el trabajo,
el consumo, la religión, la ideología, la conciencia social, la acción colectiva,
el caos, las crisis, etc.
En resumen, lo que aporta la perspectiva constructivista es una nueva
visión de la relación entre el individuo y su entorno social, que posibilita
observar al individuo como miembro de grupos sociales, como actor y como
sujeto. Y, a la sociedad, como un espacio social multidimensional en que se
mueve un individuo reflexivo y capaz de decidir.
De modo que la Sociología puede comprender por qué la relación entre la
sociedad y el individuo o entre la estructura y la acción es incierta. Ya no
tanto por lo poco que conocemos y lo poco adecuado que es nuestro modelo
teórico, sino porque la realidad social no puede concebirse, pensarse o
analizarse en función de átomos interconectados por reglas fijas, sino como el
producto dinámico de las relaciones multidimensionales entre sujetos
asociados o que pueden asociarse en grupos.

4.8. PARA TERMINAR EL CAPÍTULO: EJERCICIOS, PRÁCTICAS


O LECTURAS
1. Hacer una tabla en la que consten cada uno de los paradigmas sobre el individuo y la
sociedad que aparecen en el texto indicando en las columnas: nombre, algún autor,
conceptos fundamentales.
2. Realiza una reflexión de 300 palabras sobre alguna de las 11 ideas críticas con el
pensamiento sistémico.
3. Elaborar una tabla con los paradigmas y los descubrimientos que posibilitaron su
desarrollo.

4.9. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


BECK, U. y Beck-Gernsheim, E. (2003). La individualización: el individualismo institucionalizado y
sus consecuencias sociales y políticas. Barcelona. Paidós.
BERGER, P.L. y Luckmann, T. (1997). Modernidad, pluralismo y crisis de sentido: la orientación del
hombre moderno. Barcelona. Paidós.
BOLTANSKI, L. (1982). Les cadres. La formation d’un groupe social. París. Éditions de Minuit.
BOURDIEU, P. (2000). Poder, derecho y clases sociales. Bilbao. Desclée de Brouwer.
COLLINS, R. (2000). «Situational Stratification: A Micro-Macro Theory of Inequality». Sociological
Theory Review, 18 (1): 17-43.
CORCUFF, P. (2005). Las nuevas sociologías. Madrid. Alianza.
DUBET, F. (2006). El declive de la institución: profesiones, sujetos e individuos en la Modernidad.
Barcelona. Gedisa.
ELÍAS, N. (2014). El proceso de la civilización. Madrid. Fondo de Cultura Económica.
FERRANDO Badía, J. (1975). «En torno a los grupos sociales, su jerarquía y la noción de estructura
social». Revista de Estudios Políticos, 199: 7-64.
GARCÍA Selgas, F.J. (2007). Sobre la fluidez social. Elementos para una cartografía. Madrid. Centro
de Investigaciones Sociológicas.
GARLAND, D. (2009). La cultura del control: crimen y orden social en la sociedad contemporánea.
Barcelona. Gedisa.
GIDDENS, A. (1995). La constitución de la sociedad: bases para la teoría de la estructuración.
Buenos Aires. Amorrortu.
GIL Calvo, E. (2001). Nacidos para cambiar: como construimos nuestras biografías. Madrid. Taurus.
GOFFMAN, E. (2006). Frame Analysis. Los marcos de la experiencia. Madrid. Centro de
Investigaciones Sociológicas.
GÓMEZ Arboleya, E. (1954). «Teoría del grupo social». Revista de Estudios Políticos, 76: 3-34.
JENKINS, R. (2014). Social Identity. London. Routledge.
SANTIAGO, J. (2015). «La estructura social a la luz de las nuevas sociologías del individuo». Revista
Española de Investigaciones Sociológicas, 149: 131-150.
SOROKIN, P.A. (1960). Sociedad, cultura y personalidad. Su estructura y dinámica. Madrid. Aguilar.
THERBORN, G. (1999). Europa hacia la modernidad. Barcelona. Taurus.
THOMPSON, E.P. (1989). La formación de la clase obrera en Inglaterra. Barcelona. Crítica.
TILLY, C. (2000). La desigualdad persistente. Buenos Aires. Manantial.
WIEVIORKA, M. (2011). Una sociología para el siglo xxi. Barcelona. UOC.
Capítulo 5
Cultura y sociedad
Juan José Villalón Ogáyar
Óscar Iglesias Fernández

5.1. El concepto de cultura.


5.2. La transformación cultural: aculturación.
5.3. El surgimiento de la Modernidad.
5.4. Los caminos de la Modernidad: la vía internalista europea.
5.5. Tardo-modernidad y Postmodernidad.
5.6. Para terminar el capítulo: ejercicios, prácticas o lecturas.
5.7. Referencias bibliográficas.
¿De qué trata el capítulo?

En este capítulo se desarrolla, en primer lugar, un concepto fundamental para la


Sociología como es el de cultura y, a continuación, se abordan los procesos
históricos de transformación cultural. Se explica que la Sociología, más que
estudiar la cultura como una realidad estática, observa una realidad dinámica
(aculturación) que está en relación dialéctica con la estructura social. Desde esa
perspectiva, se considera la Modernidad como fenómeno central de aculturación en
Europa durante los últimos siglos. Analizaremos también sus orígenes, su
evolución y su cambio hacia la Postmodernidad.
5.1. EL CONCEPTO DE CULTURA [5]

La cultura es el rasgo distintivo de lo humano. Los seres humanos nos


diferenciamos de otras especies animales por nuestra capacidad para crear
cultura. Así, mientras que la vida social de otros seres vivos está fundada
básicamente en el instinto, en los seres humanos está basada en el
aprendizaje.
Para comprender bien la constitución del ser humano, debemos hacer
referencia al proceso de socialización, que puede ser definido de diversas
formas. En sentido general, hace referencia a todos los factores y procesos
que hace que un humano se encuentre preparado para vivir en compañía de
otros (Kevin, 1969: 270). Y en un sentido más específico, la socialización
puede ser definida «como el proceso por cuyo medio la persona humana
aprende e interioriza, en el transcurso de su vida» los elementos socio-
culturales de un medio ambiente determinado, los integre en la estructura de
su personalidad bajo la influencia de experiencias y de agentes sociales
significativos, y se adapte así al entorno social en cuyo seno debe vivir
(Rocher, 1973: 133 y 134).
La cultura se aprende mediante un proceso de socialización por medio del
cual los individuos son enseñados a comportarse de acuerdo con los patrones
culturales que una determinada sociedad ha desarrollado a través de largos
procesos históricos de evolución. En este sentido, en la medida que en las
sociedades existen diferentes patrones sociales, pautas de conducta y formas
de presión social orientadas a buscar la conformidad individual, puede
afirmarse que las personalidades son moldeadas por los contextos culturales
en que se desarrollan. En toda sociedad, existen determinadas formas de
conducta institucionalizadas a las que se denomina roles sociales.
Estos roles sociales, por una parte, implican unas obligaciones y unas
pautas de comportamiento que la sociedad espera que sean cumplidas. Y por
otra, unos individuos que tienden a ajustarse a sus papeles y actuar conforme
a lo que de ellos se espera en cada situación, de acuerdo con el papel social
que desempeñan en unos u otros momentos de la vida diaria.
Los conceptos de cultura y sociedad son conceptos íntimamente
relacionados. Una de las peculiaridades del concepto sociológico de cultura
consiste en que este término es utilizado por los científicos sociales con un
significado específico diferente al que tiene en el lenguaje común. La mayor
parte de las personas identifican la expresión cultura con determinados
conocimientos o aficiones por el arte, la literatura y la música, entre otros.
Así, se considera que una persona es culta si practica o tiene amplios
conocimientos de alguna de estas expresiones artísticas o intelectuales. Sin
embargo, el concepto de cultura en las ciencias sociales es singular.
Entre las diversas aportaciones al estudio de la cultura, hay que destacar
que la primera definición moderna de cultura la dio Edward Burnett Tylor
(1832-1917) en 1871:
La cultura o civilización, en sentido etimológico amplio, es aquel todo complejo que incluye el
conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualquiera otros hábitos
y capacidades adquiridos por el hombre en cuanto miembro de la sociedad (1975: 29).

Tylor también considera el concepto de cultura, por un lado, en una


perspectiva evolutiva y comparativa; y, por otro lado, en una íntima conexión
con el concepto de sociedad.
Sin embargo, el concepto moderno de cultura, que está asociado a su
utilización por sociólogos y antropólogos, ha corrido también pareja a una
cierta diversificación sobre su sentido y alcance. Entre ellas, se puede
destacar el concepto de cultura que se encuentra en la obra de Bronislaw
Kasper Malinowski (1884-1942), que se refería a la cultura como:
El conjunto integral constituido por los utensilios y bienes de consumo, por el cuerpo de normas
que rigen los diversos grupos sociales, por las ideas y artesanías, creencias y costumbres. Ya
consideremos una muy simple y primitiva cultura o una extremadamente compleja y desarrollada,
estaremos en presencia de un vasto aparato, en parte material, en parte humano y en parte
espiritual, con el que el hombre es capaz de superar los concretos, específicos problemas que lo
enfrentan (1970: 40).

Para Malinowski, la capacidad del hombre para producir artefactos


posibilita la creación de un ambiente secundario, que permite la adaptación al
medio y mejorar las condiciones de vida. Por otra parte, tiene en cuenta otro
concepto esencial, como es el de «organización»; ya que «con el propósito de
lograr cualquier objetivo o alcanzar un fin, los hombres deben organizarse».
Así, la organización de los seres humanos en grupos permanentes es uno de
los rasgos esenciales de la cultura (Malinowski, 1970: 42 y 43).
Ralph Linton (1893-1953) propondrá definir la cultura de manera más
elemental y sintética como «la configuración de la conducta aprendida y los
resultados de la conducta, cuyos elementos comparten y transmiten los
miembros de una sociedad» (1967: 45).
Melville Herskovits (1895-1963) se refiere a la cultura como:
La parte del ambiente hecha por el hombre», y vincula los conceptos de cultura y sociedad: «Una
cultura es el modo de vida de un pueblo; en tanto que una sociedad es el agregado organizado de
individuos que siguen un mismo modo de vida…; una sociedad está compuesta por gente; el modo
de cómo se comportan es su cultura (1964: 42).

Por su parte, Clifford Geertz (1926-2006) plantea que el estudio de la cultura


no debe realizarse de una forma «dura», sino que el investigador debe tomar
en cuenta el contexto en el que se desarrollan los fenómenos sociales
observados. Por este motivo, considera que la cultura es siempre
significación de algo, es un todo que puede ser abordado desde una
perspectiva muy general o muy particular, según el caso, pero siempre es
«algo» representativo de otro «algo». Y, define la cultura como:
Un conjunto de símbolos que obra estableciendo vigorosos, penetrantes y duraderos estados
anímicos y motivaciones en los hombres, formulando concepciones de un orden general de
existencia, y revistiendo estas concepciones con una aureola de efectividad tal que los estados
anímicos y motivaciones parezcan de un realismo único (1997).

La cultura ha de ser analizada no como lo haría una ciencia experimental


en busca de leyes, sino como lo hace una ciencia interpretativa en busca de
significaciones. En palabras de Geertz:
El concepto de cultura que propugno, es esencialmente un concepto semiótico. Creyendo con
Max Weber que el hombre es un animal inserto en tramas de significación que el mismo ha tejido,
considero que la cultura es esa urdimbre y que el análisis de la misma ha de ser, por tanto, no una
ciencia experimental en busca de leyes, sino una ciencia interpretativa en busca de significaciones.
Lo que busco es la explicación, interpretando expresiones sociales que son enigmáticas en su
superficie (1997).

Y profundiza más cuando afirma que cuando se concibe la cultura como:


Una serie de dispositivos simbólicos para controlar la conducta, como una serie de fuentes
extrasomáticas de información, la cultura suministra el vínculo entre lo que los hombres son
intrínsecamente capaces de llegar a ser, y lo que realmente llegan a ser uno por uno. Llegar a ser
humano es llegar a ser un individuo, y llegamos a ser individuos guiados por esquemas culturales,
por sistemas de significación históricamente creados, en virtud de los cuales formamos, ordenamos,
sustentamos y dirigimos nuestras vidas (1997).

Por lo tanto, el hombre no puede ser definido únicamente por sus aptitudes
innatas, ni exclusivamente por sus modos de conducta efectivos, sino por el
vínculo entre ambas esferas. Esta centralidad en los significados no puede
llevar a la conclusión de que todos los significados pueden llamarse
culturales. Solo aquellos que son compartidos y tienen una determinada
duración en el tiempo (Strauss y Quin, 2001).
John Brookshine Thompson, desarrolla el concepto de cultura en tres grandes
concepciones: clásica, antropológica y estructural. Aunque, una de ellas, la
antropológica aparece dividida en antropológica descriptiva de la cultura y
antropológica simbólica de la cultura. Así para Thompson:

1. Concepción clásica de la cultura: el proceso de desarrollar y ennoblecer


las facultades humanas, proceso que se facilita por la asimilación de
obras eruditas y artísticas relacionadas con el carácter progresista de
la era moderna [...] Esta concepción privilegia ciertas obras y ciertos
valores sobre otros; considera tales obras y valores como los medios
por los cuales pueden cultivarse los individuos, es decir, ennoblecerse
en mente y espíritu (1993: 189).

2. Concepción antropológica descriptiva de la cultura: la cultura de un


grupo o sociedad es el conjunto de creencias, costumbres, objetos e
instrumentos materiales que adquieren los individuos como miembros
de ese grupo o esa sociedad (1993: 194). Esta concepción encuentra su
época de vigencia desde finales del siglo XIX y mediados del XX.

3. Concepción antropológica simbólica de la cultura: la cultura se empieza


a analizar, como si se tratara de textos literarios, en los cuales se busca
descifrar patrones de significado y matrices de sentido. Thompson lo
considera un avance, aunque cree que su plano metodológico queda
corto, porque no analiza las relaciones de poder, los contextos en los
cuales la cultura se usa, construye y re-construye.

4. Concepción estructural de la cultura. Thompson plantea solucionar la


falta del análisis contextual de la perspectiva antropológica simbólica de
la cultura, con la teoría de los campos de Pierre Bourdieu (1930-2002),
que define como:
El estudio de las formas simbólicas —es decir, las acciones, los objetos y las
expresiones significativos de diversos tipos— en relación con, contextos y,
procesos históricamente específicos y estructurados socialmente, en los
cuales, y por medio de los cuales, se producen, transmiten y reciben tales
formas simbólicas (1993: 203).
Tras estos diferentes análisis del concepto de cultura, destacaríamos que los
rasgos definidores de cultura son:

a) La cultura es básicamente una característica específica de los seres


humanos. Aunque actualmente se ha puesto mucho énfasis en las
protoculturas de algunos primates, y no puede excluirse la hipótesis de
que a lo largo de la evolución hayan existido formas intermedias entre
las protoculturas de los simios y las culturas humanas más primitivas
hoy conocidas, lo cierto es aun hoy, el ser humano es el único ser con
cultura como tal, el único ser viviente capaz de crear y transmitir una
cultura.

b) La cultura es el factor fundamental de la sociabilidad humana, y solo


puede desarrollarse en sociedad.

c) La cultura es una adquisición. Constituye algo que no es innato al ser


humano. Los rasgos culturales son asumidos por medio de procesos de
aprendizaje y socialización. Por lo tanto, la cultura precisa del
establecimiento social de sistemas de transmisión cultural adecuados,
así como de mecanismos eficaces de endoculturación; es decir, de
interiorización de rasgos culturales y procedimientos de coerción y
sanción social, para lograr una efectiva conformidad de los individuos a
los patrones de comportamiento social.

d) La cultura está articulada institucionalmente, de forma que en toda


sociedad existen determinados mecanismos institucionalizados de
comportamiento que tienden a conformar la personalidad de los
individuos de acuerdo con los papeles sociales que desempeñan y con
los estereotipos de comportamientos existentes.

e) La cultura hace posible una mejor adaptación del ser humano al medio
físico, con la utilización de medios materiales e instrumentos muy
diversos que, unidos al componente físico originario, permiten elevar al
ser humano por encima de las posibilidades originarias fijadas por la
lógica natural.
Finalmente, respecto a los componentes y contenidos de la cultura, estos
pueden ser bastante amplios y variados, dependiendo de los diferentes tipos
de cultura, de su complejidad y desarrollo. Sin embargo, por encima de estas
variaciones posibles, los componentes de una cultura pueden ser divididos en
varios tipos de elementos diferentes. Por ejemplo, Ralph Linton se ha referido
a los elementos materiales de la cultura (los productos de artesanía, de la
industria), a los elementos cinéticos (las conductas manifiestas) y a los
elementos psíquicos; es decir, los conocimientos, las actitudes y los valores
de que participan los miembros de una sociedad, lo que constituye el aspecto
inmaterial de la cultura, en oposición a otros elementos que constituyen los
aspectos materiales y tangibles.
Los inventarios y clasificaciones que pueden hacerse sobre los elementos
de una cultura son muy numerosos. Así por ejemplo, Harry M. Johnson
(1879-1945) refiriéndose solo a los elementos no materiales de la cultura, en
una clasificación más amplia, hace mención a: los elementos cognitivos
(todos los conocimientos teóricos y prácticos sobre el mundo físico y social,
así como los sistemas y métodos de conocimiento), las creencias (todo el
cuerpo de convicciones que no puede ser objeto de verificación), los valores
y normas (los modelos de conducta pautados y los principios que los orientan
entre los que se modelos de conducta pautados y los principios que los
orientan, entre los que se comprenden no sólo los valores predominantes;
sino también los secundarios), los signos (que incluyen las señales y símbolos
que orientan las conductas y los que permiten la comunicación entre ellos y
principalmente lenguaje) y, finalmente, las formas de conducta no formal, no
normativas (todas las formas de comportamiento que no son obligatorias y
que generalmente se relacionan de manera inconsciente, como los ademanes,
los gestos y las posturas…).

5.2. LA TRANSFORMACIÓN CULTURAL: ACULTURACIÓN

Como hemos dicho, la cultura de un grupo humano está en continua


evolución. Sus valores, creencias, normas y tecnologías son las herramientas
de los grupos y los individuos para adaptarse al ambiente, y mejorar su
situación más allá de la debilidad morfológica que acompaña al ser humano
en otros aspectos de su naturaleza.
La cultura se produce en un tiempo y un lugar. La aculturación sistémica
es un proceso histórico de transformación y evolución de las herramientas
(materiales e inmateriales) de un grupo humano que se produce en un tiempo
y un lugar, por medio de la intervención de unos actores organizados de un
modo determinado.
La historia de la humanidad se puede visualizar como un proceso de
cambio cultural en el que encontramos que a lo largo de milenios se han ido
desarrollando muy diversas culturas, en muy diversos pueblos. Las
migraciones y el intercambio han ido haciendo que esas culturas se mezclen y
produzcan otras nuevas. Algunas se han desdibujado por completo y otras
han parecido extenderse a todos los lugares.
Básicamente, la diversidad cultural actual puede hacerse comprensible,
según Göran Therborn (2011), como resultado de un largo proceso histórico
en el que se configuraron diferentes culturas y se produjeron distintas
experiencias históricas. Desde una perspectiva que ese autor denominó de
«Geología sociocultural», habría tres estratos que podríamos observar en
cada cultura: las civilizaciones, las globalizaciones y la modernidad. Cada
uno de ellos se asienta sobre los anteriores como si de estratos geológicos se
tratase, empezando por las civilizaciones.
En el mundo actual, se podrían identificar todavía, al menos, cinco grandes
grupos de civilizaciones entendidas como sistemas de creencias, hábitos y
costumbres: la sínica, índica, islámica, europea y subsahariana. Éstos dan
lugar a los sistemas de organización de la vida familiar, del sexo y de los
roles de género que serían las bases fundamentales y más estables de
organización social.
Sin embargo, no se puede olvidar que la evolución cultural sólo se hace
inteligible como parte de un proceso histórico general de cambio sistémico
reflejado, también, en el cambio de las estructuras sociales.
Desde una perspectiva sistémica, Therborn (1999) exponía como resumen
de lo que la investigación sociológica ha aportado al conocimiento del
cambio social que más que cultura, lo que descubre el sociólogo es la
aculturación. La cultura es una realidad dinámica en continuo cambio. Desde
esta perspectiva, la cultura se comprende como una dimensión sistémica
central que mantiene una relación dialéctica con las dinámicas de
estructuración de la sociedad; y, de cuya síntesis temporal emergen unas
relaciones de poder, así como acciones sociales capaces de transformar o
reproducir un sistema social (Figura 1).
Los procesos de estructuración social mantienen una relación dialéctica
con los procesos de aculturación. Es decir, la cultura y la estructura no
existen en la realidad como configuraciones estables, sino como realidades en
transformación, influidas por fuerzas, factores y actores relativamente
diferentes. Son distintas y muchas veces pueden parecer en ciertos aspectos
opuestas. Debido a ello, analíticamente, podemos considerar que una puede
ser, al menos parcialmente, la antítesis de la otra. Eso genera una tendencia
permanente al cambio y a la síntesis. Así, la síntesis sería el resultado final de
la acción social que la relación dialéctica entre estructura y cultura provoca o
promueve al dar forma a las relaciones de poder en el interior de un grupo
humano. Dicha síntesis, sin embargo, tiene sus propias contradicciones y es
el germen de un nuevo desequilibrio que provocará el nuevo cambio (Figura
2).

Figura 1. El cambio del sistema social según Göran Therborn [6].

Fuente: elaboración propia a partir del esquema de Therborn, G. (1999). Europa hacia el siglo XXI.
México. Siglo XXI: 39.

Figura 2. La dinámica histórica del cambio.

Fuente: elaboración propia.

Por ejemplo, en las sociedades industriales europeas del siglo XX, la forma
de estructuración social prevalente fue la estructura de clases sociales
derivada de la forma en que se organizó el trabajo. Al mismo tiempo, existía
una cultura (política) basada en tres principios fundamentales: igualdad,
libertad y fraternidad, entre los que destacaba el primero por encima del resto.
La contradicción sistémica entre una estructura social desequilibrada y una
cultura política fuerte igualitaria generó relaciones de poder moderada y, en
ciertas ocasiones, extremadamente conflictivas entre las clases sociales más
ricas y las más pobres. Así, el siglo XX europeo ha podido ser contemplado
como un tiempo histórico cuyo eje central de transformación fueron las
luchas por la ampliación de la ciudadanía (Wagner, 1999). En ese tiempo, se
produjeron una y otra vez intentos de reforma social para la ampliación de
derechos y la restricción de privilegios a los grupos más poderosos en todos
los países de Europa. Hubo grandes revoluciones que intentaron cambiar por
completo las bases de esos desequilibrios. Dichos conflictos dieron lugar a la
transformación de las formas de organización social. De aquellos conflictos
surge el Estado del Bienestar, las políticas sociales, la universalización de la
educación y la sanidad, la reducción de las horas de trabajo, los sistemas
públicos de pensiones, etc. Pero el sistema social del Estado de Bienestar
tampoco llegó a ser estable. Posteriormente, en plena crisis estructural —y
mientras comenzaba a emerger una nueva economía, la Economía de la
Información— agentes económicos y políticos actuaron en los años ochenta
del siglo XX para transformar el modelo estatal europeo y adaptarlo a sus
intereses. Fortalecieron ciertos valores como el de libertad, esfuerzo personal
y éxito individual y desprestigiaron otros como el de la igualdad económica,
hasta crear un modelo cultural nuevo que suele denominarse «neoliberal», al
tiempo que reforzaron organizaciones internacionales como la Organización
Mundial del Comercio o el Fondo Monetario Internacional para articular una
vía para la desregulación parcial del Sistema Económico Mundial. Todo ello
tendía, entre otras muchas cosas, a desarticular a las bases obreras en los
países europeos, cuyo marco de referencia habían sido hasta entonces los
mercados nacionales. Sin todavía haberse consolidado el marco de una Unión
Europea en ciernes, la capacidad de los agentes sindicales —fuerzas centrales
en la lucha por la ampliación de la ciudadanía en el siglo XX europeo—
vieron mermadas sus capacidades reivindicativas, y, el Estado comenzó a
replegarse en muchos países de sus obligaciones con la ciudadanía.
De este modo, las civilizaciones no es lo que hoy nos encontramos, sino
unos sistemas sociales formados en un proceso histórico que parte de aquel
momento de formación de las grandes civilizaciones y llega hasta hoy. Para
diferenciarlos, Göran Therborn propone que los sistemas sociales actuales se
distinguirían, a partir del estrato civilizatorio, por su posición en las
diferentes olas de globalización que ha habido en la historia humana: la
formadora de las religiones mundiales; el primer colonialismo europeo (s.
XVI-s.XVII); el enfrentamiento mundial franco-británico por la hegemonía
(1750-1815); el imperialismo decimonónico; la formación del sistema
político mundial (1917-1989); la Globalización Económica (1990- ). Y,
finalmente, cada cultura observable sería el producto de todo lo anterior más
cómo se enfrentó cada grupo humano a la Modernidad.
Las olas de globalización no llegan a todos, sino que expanden las
relaciones, las culturas y las conexiones más allá de los límites originarios de
cada civilización; ni tampoco tienen un ritmo determinado. Sin embargo,
tienden a abarcar, cada uno a su ritmo, el orbe completo superponiéndose y
complementándose en el tiempo histórico.

5.3. EL SURGIMIENTO DE LA MODERNIDAD

El surgimiento de la Modernidad es el resultado de una situación histórica


general y revolucionaria que producirá unas fuertes discontinuidades en la
historia de los órdenes sociales tradicionales y de sus instituciones sociales.
En la Modernidad, las civilizaciones aumentan su ritmo de cambio. El
ámbito del cambio trasciende toda frontera espacial y las bases que sustentan
las formas sociales son completamente nuevas. Ello sólo fue posible gracias a
la aparición del llamado Estado Moderno, que conseguirá un nivel nunca
antes alcanzado de coordinación administrativa, con el fin de ejercer el
control sobre determinadas áreas territoriales.
Según Anthony Giddens (1990), las cuatro dimensiones fundamentales de
la Modernidad son: el capitalismo, la vigilancia, el poder militar y el
industrialismo. El desarrollo del capitalismo permite la separación del orden
político y el económico para poder desarrollar mercados competitivos. La
capacidad de vigilancia del Estado moderno genera un modo indirecto de
supervisión de las actividades de la población mediante el control de la
información. El poder militar de estos nuevos Estados les fortalece de tal
modo que podrán ejercer el control casi total sobre la violencia dentro de su
territorio a largo plazo. Y, la implantación del modelo industrial o
industrialismo de producción implicará el desarrollo de un sistema de
organización social regularizada de la producción que coordina la actividad
humana, las máquinas y la materia física (que será transformada en
productos), afectando al modelo tecnológico, energético, de transportes,
comunicaciones y hasta doméstico (Figura 3).

Figura 3. Las cuatro dimensiones de la modernidad.

Fuente: elaboración propia a partir de Giddens, A. (1990). Consecuencias de la Modernidad. Madrid.


Alianza.

Cada una de estas dimensiones está asociada con las demás. Entre todas,
generan unas sinergias que producen ese ritmo y modo de cambio histórico
que hemos conocido durante el siglo XX. Será una dinámica de urbanización,
estratificación, sobre todo en clases sociales; democratización, educación,
guerra, bienestar y globalización. Juntas, cambiarán las instituciones
tradicionales por otras nuevas.
Las nuevas instituciones podrán asumir tres ideas fuente según Giddens
(1990), básicas para organizar las relaciones sociales en la nueva sociedad:
1. Objetivación del Tiempo y el Espacio: El espacio y el tiempo son
dimensiones diferentes que se pueden estandarizar. Esto permite la organización
«racional» de la actividad.
2. Deslocalización de las Relaciones Sociales: Las relaciones sociales no están
atadas a los contextos locales de interacción, sino que pueden ser ordenadas en
indefinidos intervalos espacio-temporales. El dinero (especialmente de naturaleza
virtual) sirve para eso, pues permite el intercambio fiable entre las partes, aunque
éstas no se encuentren en un tiempo y lugar concreto.
3. Reflexividad de las prácticas: Las prácticas sociales son examinadas
constantemente y reformadas a la luz de nueva información. De modo que todo
hábito puede ver alterado su carácter constituyente. Se niega la virtud de la
costumbre para justificar la acción. El conocimiento moderno es reflexivo. Con lo
cual, la institución moderna siempre actúa en la incertidumbre. Se abre así la
necesidad constante de la participación de todos en la toma de decisiones. No hay
forma de justificar el cierre a la democracia universal.

5.4. LOS CAMINOS DE LA MODERNIDAD: LA VÍA


INTERNALISTA EUROPEA

Según este planteamiento, las tres ideas básicas penetrarán en las


instituciones sociales de todo el planeta; adquiriendo formas diferentes, en la
conformación de la sociedad moderna. La modernidad seguirá distintas vías
en su expansión desde la Europa en que se origina hasta alcanzar el mundo en
su globalidad.
Göran Therborn (1999) propone la existencia de cuatro vías de la
Modernidad. Cada uno de los caminos puede ser diferenciado por la cultura
política generada, si las ideas modernas surgen desde dentro de la sociedad o
vienen impuestas desde fuera y cuáles fueron las fuerzas que animaron el
proceso. En respuesta a esas preguntas, surgen cuatro vías ideales:
La vía internalista europea que surge desde el conflicto interno, y se expande a
través de las luchas comenzadas en la Revolución francesa y que llevarán a las
guerras civiles del siglo XX en suelo europeo, así como a los «treinta años
gloriosos» posteriores a la guerra en Europa Occidental.
La vía del Nuevo Mundo que surge de la ruptura con Europa y del traslado de la
Ilustración a América por parte de los propios nuevos americanos.
La vía del trauma colonial formada en la rebelión contra el agresor. De modo
que la modernidad será impulsada desde las élites y frente a un agresor externo ya
moderno. Pero donde muchos aspectos serán puestos en tela de juicio como la
universalidad de derechos o la apertura de mercados, al verse apoyados por
instituciones exteriores vistas como colonialistas.
La modernización reactiva: También impulsada por la élite nacional como
modo de supervivencia. Y que buscará sobre todo el desarrollo tecnológico y
obviará los aspectos más democráticos.

La vía internalista europea es extremadamente compleja y su proceso de


desarrollo está muy vinculado a la forma de estructuración de la sociedad.
Las sociedades occidentales se han definido en la Modernidad por la
acumulación de recursos en manos de una élite dirigente y por la fuerza de
los conflictos sociales que eso ha producido. Los conflictos han impedido que
los dirigentes hayan transformado su poder en renta y privilegios.
Las sociedades occidentales han sido conquistadoras. Han empleado la
razón y la fuerza para dominar y conseguir sus objetivos. Orientadas hacia
afuera, colonizando, las élites han llegado a movilizar a la mayoría de la
población para realizar el trabajo necesario hasta alcanzar los objetivos de las
empresas y los dirigentes. A cambio, según exponen críticamente autores
como Alain Touraine (2005), han apartado la mirada de los individuos. Han
centrado su atención en el pensamiento y la ciencia, mientras abandonaban la
conciencia. Se ha buscado el conocimiento y la uniformidad. Con ello,
Occidente ha afirmado principalmente uno de los dos pilares de la
Modernidad ilustrada: la racionalidad científica y técnica que estaba asociada
a la dimensión del industrialismo. Y, ha obviado el de la afirmación de los
derechos individuales independientes de cualquier atributo o particularidad de
orden social, económico o político que estaba en el fundamento del
capitalismo.
Sin embargo, los conflictos sociales del siglo XX, desde el movimiento
obrero hasta el movimiento feminista, nos permiten observar la lucha
constante por la expansión también de los derechos de ciudadanía al conjunto
de la sociedad. Éstos, al fin y al cabo, lo que buscan es dar importancia al
individuo frente al grupo, crear las condiciones adecuadas para la existencia
de individuos que sean capaces de ser sujetos reflexivos, actores con su
propia subjetividad.

5.5. TARDO-MODERNIDAD Y POSTMODERNIDAD

Los principios de la Modernidad fueron puestos en duda en gran medida en


las últimas décadas del siglo XX; dando lugar a nuevas corrientes de
pensamiento que unos identificaron como la época tardomoderna y otros
como la Postmodernidad. En la Tardomodernidad, el elemento central
definitorio fue la constitución de un individuo «reflexivo» y sujeto autónomo
en pensamiento y actuación. En la Postmodernidad, se pone en cuestión la
existencia de la verdad en términos absolutos, y de que exista una única vía
de progreso social. Tanto uno como otro pensamiento plantean la emergencia
de la era de la incertidumbre y el riesgo.
La cultura de los europeos de hoy se forma a través de un conjunto de
procesos históricos que están institucionalizando nuevos modos de acción y
plantean nuevas contradicciones, como son: la individualización, el
desmantelamiento parcial del Estado del Bienestar, la globalización de las
economías locales, la desregulación del trabajo y la segregación urbana.
Todos estos procesos se estudian en los próximos capítulos, salvo el primero,
la individualización, que es, estrictamente, un proceso histórico de carácter
sociocultural.
En efecto, la individualización es una característica importante de la
Modernidad. Este proceso consiste en que la persona deja de ser
comprendida, entendida y conceptualizada como miembro de un grupo a
través del cual se adhiere a la «sociedad». Las reflexiones de autores como
Norbert Elías (1990) explicaban este proceso como que durante la era
moderna se transforma la idea de la sociedad del nosotros en la idea de la
sociedad de los individuos; porque se había pasado de pensarse el individuo
como parte de un «nosotros» a pensarse como un «yo» frente a ese
«nosotros». Entonces, la persona deja de ser aceptada sólo por cuál es su
grupo de pertenencia. Comienza a relacionarse con los demás en función de
sus propios intereses. Comienza a ser sujeto de derechos por ser un individuo.
El proceso de individuación institucional, tal y como lo nombra Ulrich
Beck y Elisabeth Beck (2003), ha supuesto el debilitamiento de las relaciones
de pertenencia a la familia, la escuela, el vecindario, los compañeros de
trabajo o el grupo de amigos. Con ello, se ha liberado el individuo para poder
desarrollar sus propios objetivos. Sin embargo, ello también ha implicado un
aumento del aislamiento, la soledad y la incertidumbre. Y, es más, ha puesto
en cuestión, en la conciencia social de las personas, la idea de que cada
individuo es miembro de una clase social. La clase social se ha convertido,
así, en un concepto zombie, un concepto vacío a la hora de definir quiénes
son sus iguales y quienes son diferentes.
El individualismo definido como rechazo de las pertenencias y los
determinismos sociales puede llegar a romper los vínculos del individuo con
la sociedad establecida y ordenada. Puede llevar a la anomia, el espacio sin
normas. En ese tránsito hacia el vacío, puede ocurrir que cada persona llegue
a unirse a otros en la marginalidad y el límite de lo correcto (la delincuencia).
También, el individualismo puede ser un principio desde el cual se pueda
actuar en defensa de los derechos del individuo en todos los aspectos de la
vida social y cultural. De este modo, en la acción social, el individualismo
supone un factor de incertidumbre; pues, sin un grupo definido, el ser
humano es libre de actuar, pero deja de tener necesariamente un objetivo
común a otros.
Al no existir pertenencias predefinidas, los vínculos sociales debilitados no
son sostenibles en función de una norma instituida y un poder ejercido en la
organización social. Pasan a depender de las decisiones individuales,
tomadas, por supuesto, en la interacción social y bajo el constreñimiento,
influencia y presión de los diferentes actores sociales.
Un ejemplo de esta situación es la que se experimenta al respecto de la
identificación social de los iguales y los diferentes. ¿Quiénes son como yo?
Esta pregunta es fácil de responder para mucha gente, pero, según vamos
profundizando, para las ciencias sociales es extremadamente difícil encontrar
patrones regulares de respuesta.
En la actualidad, son prevalentes determinadas visiones sobre los posibles
«nosotros» y «ellos» en el proceso de la propia identificación. Las más
utilizadas por los individuos y las organizaciones son: la familia, la edad, el
género, la nacionalidad, la etnia, la localidad, la región, la clase social, la
profesión o el trabajo, los estilos de vida, las ideas políticas y las ideas
religiosas. Son doce opciones que no abarcan todos los modos de
identificación pero sí los más utilizados en Europa. Algunas de ellas son de
carácter adscriptivo (no elegibles, ni alcanzables sino simplemente dadas
como el género o la edad), otras son adquiridas (como la profesión) y otras
son elegidas (como los estilos de vida). Las primeras son las más
tradicionales. Las segundas fueron centrales en la Modernidad. Y, las terceras
son las propias de la Postmodernidad.
Cuando se estudia la forma en que, simplemente, estas doce opciones son
ordenadas por la población según su importancia se observa tal variedad de
decisiones que queda patente la flexibilidad con que son utilizadas por los
individuos. Aunque se pueden llegar a observar tendencias a largo plazo
(Villalón, 2007).
En Europa, las más relevantes tienden a vincular los individuos a la familia
y el trabajo. Después le siguen las asociadas a la región, la nacionalidad, el
género y la edad (todas ellas de carácter adscriptivo). Si bien, en los estudios
internacionales, faltan referencias que midan la relevancia relativa de fuentes
de identificación asociadas a los estilos de vida (Villalón, 2009). Éstos, en
algunos estudios nacionales, como es el caso español, sí que han aparecido
como elementos de referencia importantes, especialmente entre los jóvenes,
una vez que descartamos o asumimos como fuente de identificación a la
familia desde el final de siglo XX (Villalón, 2007). Otros estudios reflejan la
importancia que el consumo ha ido adquiriendo como fuente de
identificación en la sociedad contemporánea (Bocock, 1995).
Sin embargo, la tendencia principal que se advierte en algunos estudios
sobre las formas de identificación social, es la del desarrollo de una fuerte
crisis expresiva (Tezanos, 2001; Villalón, 2006; Villalón, 2009). Esta crisis
significa: primero, que las representaciones que son fundamentales
institucionalmente en un modelo de sociedad dejan de ser exclusivas y
relevantes para la identificación social de la gente; segundo, que la pérdida de
relevancia simbólica de las identidades sociales básicas va acompañada de
una mayor dificultad para encontrar o utilizar otras fuentes de identidad
(Villalón, 2009). Y, ello, posiblemente, se debe a que, como indicaban Berger
y Luckmann (1977), el individuo no puede construir sus identidades de la
nada. Cuando unas instituciones dejan de poder ofrecer unas identidades
claras y firmes, otras nuevas deben sustituirlas, o, de lo contrario, el
individuo medio queda abocado a la experiencia de la incertidumbre y la
inseguridad. Aparecen las «comunidades de riesgo», núcleos de solidaridad
libremente elegidos (Beck y Beck, 2003), o instituciones intermedias que
regeneren los lazos sociales (Berger y Luckmann, 1977). Esto último parece
estar ocurriendo entre las generaciones más jóvenes, que tienden a desarrollar
nuevas formas de vinculación, que mezclan la identidad adscriptiva de la
edad con la de las aficiones, gustos y estilos de vida. Por ello, la crisis
expresiva no parece ser el futuro, sino sólo una situación temporal que tiende
a desaparecer conforme el cambio generacional se va produciendo, y se
implanta una cultura postradicional que desplaza a la familia y el trabajo,
para centrar la atención de la conciencia social en el consumo y el estilo de
vida.
La gran paradoja es que, estructuralmente, las sociedades europeas han
evolucionado en un sentido contrario al de esta transformación cultural. La
posición objetiva que ocupa cada individuo en la sociedad actual depende
más de la situación laboral que en las anteriores sociedades europeas del
bienestar. Y, esta situación se ha vuelto inestable y frágil para una gran
mayoría, especialmente aquellos que mantienen una relación salarial. En
dichas circunstancias, el refugio en el consumo y el estilo de vida no permite
al individuo sino adaptarse sin más. La cultura individualizada desplaza el eje
de atención hacia un conflicto diferente del que objetivamente divide
estructuralmente las sociedades. Estructuralmente, la posición social es
consecuencia de tener un buen trabajo; Sin embargo, la cultura postmoderna
pone el foco de atención en los estilos de vida en función de factores como la
etnia, el género, la generación, un gusto especial o una clase económica
determinada.
¿Qué escenarios de futuro surgen de esta situación? Es difícil responder a
esta pregunta aquí. El nuevo sistema social que tiende a formarse tras la crisis
económica del año 2007, no parece sino tender a seguir fortaleciendo una
cultura postradicional, donde el consumo y los estilos de vida se convierten
en el eje central de distinción e identidad a través de un mercado de bienes y
servicios diseñado para generar prácticas de diferenciación y fragmentación.
Explicaba Luis Enrique Alonso (2007):
Las identidades sociales se han vuelto más complejas y se han multiplicado las sensibilidades y
percepciones que desde diferentes grupos sociales se le da al hecho de consumir y a los efectos
sociales y culturales buscados en las prácticas mismas de consumo… El consumo nacional y su
compañero, el consumo de masas, ha tendido a sustituirse por el de la articulación de nuevos estilos
de vida y consumos distintivos compuestos a nivel mundial, representando un conjunto de normas
adquisitivas diferenciadas que han venido a crear un nuevo modelo de consumo global postfordista
a la vez unificado, individualizado y diferenciado.

Estamos ante una nueva economía, la «economía de la abundancia» que es


mucho más acorde a la cultura postmoderna. Con ello, el consumo se erige en
el centro de los estilos de vida. Y, se hace más patente lo que ya observó
Georg Simmel en 1904: en las nuevas formas de vida, la individualidad ya no
es algo que surge de las diferencias esenciales entre los individuos sino de las
diferencias construidas por los mercados. Esos mercados que ahora son
globales con empresas de distribución como Amazon, Alliexpress, Ebay,
Wallmart, Zara, etc.
Sin embargo, esto no resuelve el problema de fondo que surge de la
división del trabajo. Por ello, ¿Qué estabilidad tendrá este sistema? ¿A
cuántos dejará fuera? ¿Cómo se mantendrá el consumo de los que quedan
fuera? ¿Cómo éstos encontrarán una identidad y unas creencias que le
permitan orientarse? Son preguntas que deberán contestarse en el futuro.
5.6. PARA TERMINAR EL CAPÍTULO: EJERCICIOS, PRÁCTICAS
O LECTURAS

1. Visualización del video Diversidad cultural


urbana:
https://canal.uned.es/video/5a6f1647b1111f846a8b46b5
2. Preguntas reflexivas sobre el capítulo:
a) Diferencias entre las sociedades humanas y las
sociedades animales
b) ¿Es la cultura significación de algo?
c) ¿Cuántos conceptos de cultura existen?
d) ¿Los elementos de una cultura pueden ser divididos?
e) ¿Qué importancia tiene la socialización para la cultura?
f) Rasgos básicos de una cultura
g) ¿Qué es la Aculturación?

5.7. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


ALONSO, L.E. (2007). «Las nuevas culturas del consumo y la sociedad fragmentada». Revista Pensar
la Publicidad, I, (2): 13-32.
BECK, U. y Beck-Gernsheim, E. (2003). La individualización: El individualismo institucionalizado y
sus consecuencias sociales y políticas. Barcelona. Paidós.
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Capítulo 6
El proceso de socialización y la formación de la personalidad
M.ª Rosario Hildegard Sánchez Morales

6.1. El proceso de socialización.


6.2. Tipos de socialización.
6.3. Agentes de socialización.
6.4. Los mecanismos de socialización.
6.5. La formación de la personalidad.
6.6. Para terminar el capítulo: ejercicios, prácticas o lecturas.
6.7. Referencias bibliográficas.
¿De qué trata el capítulo?

Es un hecho fehaciente que el hombre vive en sociedad, pero ello lo alcanza tras
una preparación que posibilita su adaptación e identificación con el medio social
humano, y para ello debe adquirir habilidades y conocimientos que le permitan una
convivencia gratificante. Se trata de un proceso que abarcará toda su vida, pues la
adaptación y readaptación son permanentes, de ahí la complejidad del proceso. La
finalidad de este capítulo es ofrecer luz sobre este vital acontecer de la vida del
hombre.
6.1. EL PROCESO DE SOCIALIZACIÓN

Desde el mismo momento de su nacimiento, la fuerza vital hace que los


animales situados en los niveles inferiores se desenvuelvan autónomamente.
En su conducta y en su desarrollo, no se detecta la existencia de enseñanzas
por parte de las generaciones anteriores, puesto que las formas de
comportamiento de las crías y los «jóvenes» son, con pocas diferencias,
idénticas a las de sus «antecesores», lo que evidencia que los animales no
tienen historia, aunque sí son seres sociales que juegan, amenazan, se
comunican, y se organizan (por ejemplo, la organización de las abejas, o las
hormigas). Sin embargo, cuando avanzamos en la escala evolutiva, y
llegamos al animal hombre, este patrón biológico ya no responde, de tal
suerte que cuando el hombre nace, es un ser indefenso, que necesita, durante
años, los cuidados de sus mayores. De hecho, un recién nacido humano no
sobreviviría sin la custodia y atenciones de adultos que velen por él durante
los períodos evolutivos [7] que le llevan a alcanzar la autonomía.
Para Harry M. Johnson (1879-1945):
En el momento del nacimiento la criatura humana es incapaz de formar parte de ningún tipo de
sociedad… No tiene el sentimiento de un «yo» propio, con deseos que pueden o no ser opuestos a
los deseos de otra gente… Y sin embargo, los niños se convierten en miembros más o menos
adecuados en las sociedades humanas…, este desarrollo es en gran medida un proceso de
aprendizaje (1965: 137).

Esto es, Johnson explica que no se entiende al hombre sin un «proceso de


aprendizaje» que convierte al niño en miembro de una sociedad y en persona
independiente, con deseos propios, que pueden ser o no ser de naturaleza
diferente a los de otras personas.
En el mismo sentido, Edgar Morin afirma que «la evolución
verdaderamente humana significa el desarrollo conjunto de la autonomía
individual, de la participación comunitaria y del sentido de pertenencia a la
especie humana» (2011: 74).
En resumen, Morin lo entiende como un proceso evolutivo que conduce al
hombre a satisfacer su necesidad de sentirse miembro activo de una sociedad,
y, con ello, alcanzar «sentido de pertenencia a la especie humana».
Por otra parte, José Félix Tezanos indica que:
El hombre no solo hereda determinados rasgos biológicos, sino que hereda también un
importante componente social. En contraste con otras criaturas, los seres humanos no nacen con un
fuerte instinto social; sin embargo, nacen con una estructura psicomotora fuertemente dependiente,
desarrollando lentamente una capacidad de aprendizaje que les permite ir interiorizando el
componente social de su herencia cultural. Es decir, mientras que la vida social de otros seres vivos
está fundada básicamente en el instinto, la nuestra está basada en el aprendizaje (2009: 255).

En el enfoque de José Félix Tezanos la sociabilidad está fundamentada en


el aprendizaje de una herencia socio-cultural. Dicho con otras palabras, la
sociabilidad no es una cualidad innata, ni ningún impulso voluntario, sino
producto del aprendizaje del legado de la obra creada por generaciones
anteriores. La herencia socio-cultural que recibe el ser humano es de tales
dimensiones que precisa años para aprenderla, sin llegar nunca a poder
conocerla en su totalidad. Pero, además, Tezanos reconoce, explícitamente,
que el niño viene al mundo con un bagaje biológico, pero que es insuficiente.
Precisa que el niño debe «desarrollar su innata capacidad de aprendizaje»
para poder asimilar la herencia socio-cultural de su grupo social.
Esta problemática no es nueva. Para Sigmund Freud (1856-1939), la
naturaleza es un factor determinante en el desarrollo de la persona. Pero
Freud no lo plantea en términos de instintos, sino de lo que denomina
«pulsiones», término con el que alude a las necesidades básicas de encontrar
placer y afecto (eros) como antítesis de muerte (thanatos) Se trata de dos
fuerzas, las cuales actúan a nivel inconsciente generando grandes tensiones al
individuo. Razón por la cual, estas pulsiones deben ser controladas y de ello
debe ocuparse el proceso de socialización, proporcionando un equilibrio entre
las exigencias sociales y las pulsiones inconscientes. Así pues, la
socialización para Freud es un largo y complejo proceso en el que hay que
controlar necesidades e impulsos innatos. No se puede hablar de socialización
sin mencionar a George Herbert Mead (1863-1931). Su teoría recibe el
nombre de conductismo social. Su planteamiento gira en torno a la influencia
del ambiente sobre la sociabilidad humana. Para Mead, el principio del que
emergen la mente humana, la conciencia, el mundo de los otro, el mundo de
los objetos,… en definitiva, de donde emana el ser social, es del contacto con
los otros. Famosa es su teoría del «Self», con ella Mead explica que el
hombre se constituye a sí mismo como un objeto a través de los roles que
desempeña desde la infancia, lo cual le permite captar los distintos papeles
existentes en la sociedad y concebir no sólo el yo generalizado; sino,
también, autopercibirse. Como vemos, se trata de un proceso comunicativo
que empieza en la infancia. Este planteamiento permite incluir a Mead dentro
de la escuela del interaccionismo simbólico.
En orden a estos enfoques, la pregunta inmediata es:

— ¿qué es más importante en la formación del hombre: el componente


biológico o el socio-cultural?
O como se ha cuestionado desde hace siglos:

— ¿qué sería el ser humano arrancado de la sociedad?


Ya desde la antigüedad son famosos los experimentos realizados por
monarcas absolutos que llevaron a cabo ensayos para saber si el don de «la
palabra» es resultado de un aprendizaje o un atributo innato (Psamético I de
Egipto (664-6610) a. C., Jaime IV de Escocia (1438-1513), el emperador
mongol Akbar Khan). En todos los casos, los resultados fueron que el
lenguaje no es algo innato. La respuesta más sencilla a la pregunta anterior es
que el sustrato biológico del hombre lleva incorporadas potencialidades que
se pueden inhibir o reforzar por la acción socializadora, y así facultarlo como
ser socio-cultural.
El ser humano comparte con los animales vivir en sociedad (sociedad de
las hormigas, abejas, primates...); esto es, comparte el factor social. Pero, lo
que realmente le identifica frente al resto de los seres vivos, es el factor
cultural y para ver su importancia, basta recordar estas palabras: «… las
maneras de ser y de llegar a ser hombre son tan numerosas como las culturas
del hombre… En otras palabras, … Si bien es posible afirmar que el hombre
posee una naturaleza, es más significativo decir que el hombre construye su
propia naturaleza…» (Berger y Luckmann, 1978: 69). O como dice Edgar
Morin «… Puesto que los hombres son tan diferentes en el espacio y en el
tiempo y se transforman según las sociedades en las que se hallan inmersos,
debe admitirse que la naturaleza humana no es más que una materia prima
maleable a la que sólo pueden dar forma la cultura o la historia…» (2005:
11). De donde podemos deducir que, con la cultura, el hombre se construye
una segunda naturaleza. Pero no debemos interpretar la relación naturaleza-
cultura como incompatibles, sino como complementarias, ambas se
interrelacionan. La cultura tiene que servir para mejorar la naturaleza del
hombre y si la cultura destruyera la naturaleza no podría aprovechar las
cualidades humanas innatas de las que se sirve. Por eso decimos con Edgar
Morin que «… Es evidente que cada hombre es una totalidad bio-psico-
sociológica» (2005: 12).
Abundando más en la importancia de la cultura, recordaremos a los niños
no culturalizados, los llamados «niños ferinos» o «niños salvajes». Tal fue el
caso de Víctor de Aveyron [8], que apareció en el bosque al sur de Francia, en
enero de 1800. Estaba desnudo, aparentaba 12 años, buscaba comida por las
granjas, comía raíces, corría a cuatro pies, trepaba por los árboles, era
insensible al calor y al frío, se rasgaba la ropa que le ponían, no hablaba,
aullaba, mordía a quienes se le acercaban, no mostraba sentimientos, etc. En
definitiva, actuaba como un animal selvático. Jean-Marc Garpard Itard,
médico de 26 años, se hizo cargo del niño y logró que aprendiera algunas
habilidades higiénicas y un relativo desarrollo a nivel afectivo, pero nunca
logró que se valiera por sí mismo, no llegó a hablar. Había vivido en total
aislamiento humano. Otro caso, de circunstancias distintas a las de Víctor,
pero que nos permiten seguir evaluando la importancia de la socialización en
el desarrollo del potencial fisiológico y mental del hombre, es el llamado
huérfano de Europa (Kaspar Hauser) [9]. En 1824, apareció en el pueblo
alemán de Ansbach (a unos 35 km de Nüremberg). Su origen y muerte son un
misterio. No había crecido en libertad como Víctor, había vivido en
cautividad, en una cueva oscura. Aparentaba 16 o 17 años. Tras su
descubrimiento residió en la ciudad de Nüremberg. Aprendió a hablar, a leer,
a escribir y a caminar. Explicó que por la noche le llevaban alimento: pan y
agua, pero nunca había hablado con nadie, ni visto a nadie. Murió de forma
misteriosa en 1833.
Tampoco debemos dejar de mencionar los casos de las niñas lobo de la
India: Amala y Kamala [10], que sobrevivieron gracias a haber sido adoptadas
por una loba, la cual ejercía de madre, o los más recientes casos de Marcos
Rodríguez Pantoja [11] y Genie [12]. El resultado de la socialización de estos
niños ha sido desalentador. La mayoría murió a edad muy temprana, pues
pese a tantas críticas y controversias como recibe el modelo de aprendizaje y
la escolarización, la falta de socialización conduce al ser humano a estar más
cerca de la animalidad que de la humanidad.
¿Cómo aprende el niño? El aprendizaje socio-cultural se realiza a través de
la red de relaciones sociales en las que desde el nacimiento participa de modo
activo. Esto permite concretar que la socialización precisa agentes por medio
de los cuales el ser humano aprende e interioriza, en el transcurso de su vida,
la herencia socio-cultural que rige en el ámbito que le recibe, al extremo que
la interioriza e integra en la estructura de su personalidad, inhibiendo o
desarrollando gran parte de su componente biológico y adaptándolo a la
sociedad que le recibe. Así, la socialización encierra tres dimensiones:

1. La adquisición de una herencia cultural, que comporta la translación de


conocimientos, valores, formas de comportamiento, etc. que troquelan al
niño, no sólo para su supervivencia, sino también para su integración en el
grupo humano que le socializa, y para la vida del propio grupo. Este último
punto es capital para la sociedad, pues ésta precisa miembros sobre los que
«encarnarse», sin ellos no sobreviviría más de una generación. Se trata, pues,
de una empresa de gran envergadura y complejidad, porque el animal-hombre
debe interiorizar y hacer suyas las formas de «obrar, pensar y sentir» propias
de su colectividad social para poder asimilar y ejercer los roles sobre los que
gira la organización social.

2. La socialización conforma la personalidad de los individuos. De hecho,


los elementos de la sociedad y de la cultura pasan a formar parte integrante de
la estructura mental del sujeto y con ello definen su identidad. Tal hecho
acontece porque el hombre se involucra de tal forma con «lo aprendido» que
integra en su conciencia las normas, valores y conductas propias del grupo
social que constituye su ámbito vital, el cual llega a formar parte, como
decimos, de su «identidad personal».

3. La integración de la persona a su contexto social. Como estamos


expresando, el individuo socializado interioriza sentimientos, aspiraciones,
gustos, actividades… propias de su «ambiente social», al punto que pierde
gran parte de su equipamiento innato y deviene en miembro aunado con su
colectividad. Este vínculo emerge cuando interioriza al «otro generalizado»,
lo que conduce al sentimiento de fusión en un «nosotros» («nosotros los
universitarios», «nosotros los españoles», «nosotras las mujeres»...).
Podemos, pues, decir que «lo aprendido» se convierte en obligación moral,
en reglas de conciencia, que revierten en «el deber ser», en «lo natural», en
«lo normal». Además, la sociedad, para la adaptación, crea patrones y hábitos
de conducta que alcanzan el nivel neurofisiológico y al aparato sensorial y
motor (por ejemplo, las niñas lobo de la India, a causa de su ambiente vital,
habían desarrollado unos caninos que no eran humanos y sus ojos brillaban
en la oscuridad, como los de los lobos). Fernando Poyatos Fuster, en su
estudio de la comunicación no verbal, aplica lo que denomina la «triple
estructura básica», en el sentido de que «esa triple e inseparable realidad del
lenguaje vivo, hablado, que existe sólo como un continuo verbal-
paralingüístico-kinésico formado por sonidos y silencios y por movimientos y
posiciones estáticas» (1994: 130-140), explica, por ejemplo, que las
interacciones, los gestos, el repertorio no verbal, la intensidad tonal, etc.
identifican la personalidad, la nacionalidad, el nivel cultural particular y
standard de los actuantes (italianos, alemanes, ingleses, españoles, clase
social,…).
Recapitulando:

1. la socialización posibilita al hombre su supervivencia, la formación de


su personalidad y la participación activa en la sociedad, y

2. facilita la supervivencia de la propia sociedad.

6.2. TIPOS DE SOCIALIZACIÓN

La socialización es un continuo que se inicia ya antes del nacimiento (con


las formas de cuidado prenatales), prosigue con el nacimiento, la niñez, la
adolescencia, la edad adulta, continúa a lo largo de todo el ciclo vital y
finaliza con la muerte. A efectos operativos se divide en cuatro períodos:

1. Socialización primaria,

2. Socialización secundaria,

3. Socialización terciaria y

4. Resocialización.
Para Peter Ludwig Berger (1929-2017) y Thomas Luckmann (1927-2016),
todo el proceso lo cubre la socialización primaria y la socialización
secundaria. Dicen:
La socialización primaria es la primera por la que el individuo atraviesa en la niñez; por medio
de ella se convierte en miembro de la sociedad. La socialización secundaria es cualquier proceso
posterior que induce al individuo ya socializado a nuevos sectores del mundo objetivo de su
sociedad (2003: 164).
En realidad, lo plantean reduciendo a una síntesis todo el proceso, porque
el crecimiento del hombre se realiza superando etapas, en la que la edad y la
experiencia juegan un papel decisivo.
El aprendizaje, en la primera infancia, corresponde a la socialización
primaria. Responde a este nombre porque son los grupos primarios los que se
hacen cargo del nasciturus. Es la etapa en la que el niño aprende a hablar, no
es consciente del proceso al que está siendo sometido, y su comportamiento y
aprendizaje están favorecidos por factores emocionales. Es corriente señalar
que el parentesco y el resto de los grupos primarios han sido y son parte
fundamental de los más vigorosos elementos que mantienen la estructura
social: designan roles y estatus; y establecen los primeros derechos y deberes.
Por ejemplo, la prohibición universal del tabú del incesto obliga a establecer
relaciones con otros grupos sociales y a implantar lazos de dependencia.
Ahora bien, cuanto más compleja es la sociedad más tramada y larga es la
socialización primaria, particularmente si la comparamos con lo que sucede
en las sociedades primitivas y preindustriales, en las cuales tiene lugar uno de
los episodios más importantes de la vida del hombre: la integración en el
mundo de los adultos a edad muy temprana. En las sociedades complejas se
prolonga cada vez más la infancia, con lo cual esta etapa se hace larga, e
incluso conflictiva, pues el niño va creciendo física, cognoscitiva y
emocionalmente; y, poco a poco, a lo largo del proceso va creyendo que, sin
ayuda, puede resolver las necesidades y problemas que plantea una sociedad
tan espinosa y variada; de manera que emerge un foco de conflictos
derivados de la problemática que genera la existencia del nutrido número de
subgrupos de edad, de género, de creencias dispares, de niveles culturales, de
nacionalidades, etc. para los que el joven no está todavía en situación de
afrontar.
La socialización primaria puede ser de dos tipos:

1. Socialización represiva (valor pragmático de la obediencia) y

2. Socialización participativa (diálogo, recompensa).


En los dos casos está cargada de un fuerte contenido emocional.
Sintetizando, esta fase busca, ante todo, la humanización del niño; y
cuando éste asimila el concepto de «el otro generalizado» y empieza a
internalizar «submundos» descubre que el mundo de sus padres y cuidadores
no es el único mundo posible. Por último decir que desajustes, abusos y
errores en esta etapa pueden tener consecuencias irreparables, porque es la
edad en la que las disposiciones de aprendizaje están más desarrolladas.
Con la aparición del componente racional-formal comienza la socialización
secundaria. Se trata de un paso importante. Esta segunda etapa en la
socialización, descansa en la primera, reorganiza lo aprendido. No es distinta
de otros períodos de la vida, pues la socialización abarca toda la existencia
del hombre. Tanto el hombre como la sociedad están en permanente
desarrollo. Pero, a efectos prácticos de estudio, debemos diferenciarla de la
socialización primaria.
En esta etapa, el joven busca con persistencia emanciparse de los adultos.
Se une voluntariamente a grupos secundarios: instituciones políticas,
laborales, religiosas,… En ella, internalizan subculturas que difieren
grandemente de los ambientes vividos durante la socialización primaria,
donde la pertenencia al grupo (familia u otros grupos primarios) es
obligatoria. Ahora, el joven elige los grupos y patrones sociales a los que
vincularse. La carga afectiva es sustituida por intereses, afectos, nuevas
habilidades y conocimientos técnicos. Pueden aparecer conflictos por
diferencias entre las pautas inculcadas en la socialización anterior y los
nuevos roles a desempeñar. Incluso pueden darse conflictos de roles que
afecten a los grupos primarios. Por tener que integrarse en grupos
institucionalizados, debe aprender el valor de la jerarquía, la división del
trabajo,… Es un momento «difícil». En las sociedades modernas, significa el
tránsito de la niñez a la adolescencia y de ésta a la etapa adulta, lo que se
complejiza porque, además, deben orientar sus habilidades para su
incorporación en el mercado laboral. Ya en las sociedades primitivas ha
significado un momento muy importante, que se celebraba con rituales de
paso, unas veces severos y peligrosos, otras veces simplemente simbólicos.
Por ejemplo, en Kenia, los niños de la tribu Oglek eran abandonados en la
selva, pintados con arcilla blanca y carbón, y debían sobrevivir solos durante
cuatro semanas. En Roma, el ritual era meramente simbólico, tenía lugar un
cambio de toga, o recordemos que en la sociedad occidental, hasta hace unos
años y aún perdura para ciertas clases sociales, se celebra el baile de «la
puesta de largo» como ceremonial del paso de adolescente a mujer.
En las sociedades modernas, la escuela secundaria es un importante agente
socializador para cubrir el período de la pubertad. En el contexto de los
cambios actuales, la familia y los grupos primarios no bastan para socializar
al hombre. La escuela y los medios de comunicación, entre otros, tienen la
función de reafirmar lo aprendido en la etapa de la socialización primaria. Sin
desdeñar la función educacional y formativa de la escuela, la colaboración
entre ésta y los grupos primarios, fundamentalmente con la familia, es
imprescindible, al igual que no perder de vista la orientación que la dinámica
socio-tecnológica ejerce sobre la sociedad, pues la escuela sola o la familia
sola no pueden abarcar todas las necesidades de formación que son precisas.
Para optimizar la excelencia de la educación, ambas, la escuela y la familia,
deben asumir en conjunto responsabilidades con la «comunidad educativa»:
directores, profesores, y cualesquiera que comparta el objetivo común de
educar.
En la escuela, el niño tiene que aprender a trabajar en grupo; saber que
existen sanciones normativizadas, deberes… De hecho, tanto la educación
como la instrucción recibida en este período, fundamentalmente en las
sociedades tecnológicas avanzadas, constituyen una vía de cambio social y de
cambio de estatus, a lo que hay que añadir que todas las habilidades
adquiridas y experiencias vividas crean patrones cognitivos y emocionales,
que servirán de fundamento para posteriores comportamientos.
En esta etapa, el grupo de amigos cobra una importancia singular, mucho
mayor que en la que tenía en la socialización primaria. Las relaciones con los
amigos, fortalece la capacidad de adaptación a espacios sociales
diferenciados. Los amigos, particularmente en la adolescencia, poseen mayor
autoridad e influencia que la que puedan ejercer los grupos familiares.
Una vez pasado ese período se entra en la llamada socialización terciaria,
para algunos estudiosos se asocia también al proceso de reintegración social
aplicable a los individuos que se han desviado de las normas establecidas.
Si nos centramos en la primera acepción, esta etapa empieza con el cese de
la vida laboral y abarca hasta el final de la vida, pues cada nueva interacción
social se constituye en motor de crecimiento mental. Como dice José Vicente
Merino Fernández acerca de la socialización es:
Un proceso permanente de configuración, desarrollo y mejora del hombre como tal hombre
(condición humana), inherente a su propia naturaleza (educabilidad) que se genera y desarrolla a
lo largo de la vida a través de numerosos subprocesos relacionales, de interacción del hombre con
lo que le rodea (naturaleza, sociedad, cultura, valores, etc.), convirtiéndose, por lo tanto, en una
necesidad y aspiración individual y social, y, en consecuencia, en un proceso humano individual y
en una necesidad social (2011).
En este período, el individuo debe variar su comportamiento, abandonar a
algunos grupos (de trabajo, deportes, etc.), aprender a adaptarse a
nuevos grupos, circunstancias y exigencias. Es el último período del ciclo
vital. Pero su exclusión del mercado laboral no le impide aprender a realizar
nuevas actividades, por ejemplo, de voluntariado en instituciones sociales. El
final de esta etapa concluye con la muerte.
En su segunda acepción, como decíamos, la socialización terciaria puede
ser experimentada por las personas que transgreden las normas,
particularmente tiene lugar en el ámbito carcelario, utilizándose en estos
casos, de igual modo, el concepto de resocialización. Se trata de una segunda
oportunidad que con procedimientos reeducativos se llevan a cabo para
restituir en la sociedad a individuos no adaptados, modificando sus valores,
normas y comportamientos. La cuestión a plantear es ¿se puede en el clima
socio-cultural de la cárcel reunir requisitos favorables para resocializar? Las
tesis actuales se mueven en dos polos. Una realista o naturalista mantiene que
los intentos de resocialización han sido un fracaso, y hay que abandonar el
intento; otra postura idealista, defiende que no se debe dejar de acometer la
reintegración, pero, sobre otras bases. Los partidarios de ambas posturas
admiten que ninguna cárcel reúne las condiciones para resocializar; sin
embargo, las hay mejores y peores, y optan por seguir el criterio de mejorar
las cárceles.

6.3. AGENTES DE SOCIALIZACIÓN

Los agentes socializadores son aquellas personas, grupos o instituciones


que inculcan al recién nacido la cultura y las normas por las que ha de guiar
su conducta para su integración como miembro de la sociedad. Existen tantos
agentes socializadores como personas, grupos y espacios sociales en los que
se desenvuelve la vida del individuo. Esto es, todas las personas con las que
se interactúa se tornan consciente o inconscientemente en agentes
socializadores. Con un criterio pragmático-operativo, los principales agentes
se ordenan en: a) la familia, b) la escuela, c) los medios de comunicación y d)
el grupo de amigos.

a) El proceso natural de la socialización comienza con el grupo que recibe


al niño, que, en general, es la familia. En todas las culturas conocidas la
familia es el grupo primario [13] por excelencia; y, hay que tener en cuenta
que, en períodos de cambios sociales rápidos, tal como sucede en las
sociedades avanzadas de nuestros días, existe pluralidad familiar; dado que
han emergido nuevos tipos de familias, que coexisten con el modelo
tradicional (familia nuclear biparental).
Joan E. Grusec y Maayan Davidov (2010: 687-709) detallaron cinco áreas
de necesidades vitales de las que se ocupa el ambiente familiar: 1) protección;
2) reciprocidad mutua; 3) control; 4) aprendizaje guiado; y 5) participación
en el grupo. Cada una de estas necesidades se satisface dependiendo de la
cultura imperante en la sociedad, y, además, dentro del grupo familiar se
actúa con roles diferenciados, lo que conlleva, relaciones distintas entre los
miembros de los grupos familiares. Esta circunstancia, da lugar a resultados
variados en la socialización de los sujetos.
Nuevos enfoques teóricos sobre el proceso de socialización de los niños
plantean que el proceso puede ser contemplado como una relación
bidireccional (Grusec y Hastings, 2003), en donde los niños devienen en
agentes activos y, como tales, socializan a sus cuidadores, y pueden llegar a
modificar creencias y valores (Kuczynski y Parkin, 2003). A pesar de los
cambios, diversidades y novedades, la importancia de la familia sigue siendo
capital. La familia filtra toda la información que recibe el niño, supervisando
la televisión que visualiza, los amigos que escoge, la escuela a la que asiste,
los juegos, etc.
Recapitulando, los agentes socializadores en esta etapa son básicamente: la
familia y la escuela elemental o primaria, donde las enseñanzas tienen gran
peso institucional y personal, pero las sanciones tienen escaso peso formal.

b) En la socialización secundaria, la fase más larga de la socialización, hay


diversos agentes socializadores. Sigue influyendo la familia, pero ahora, el
grupo de amigos y la escuela cobran especial importancia. La fundamental
función de la escuela es formar ciudadanos. Hasta ahora, la transmisión
cultural había sido informal. En esta etapa, la socialización se sistematiza. La
escuela actúa sobre el individuo dotándole de instrucción y enseñándole a
convivir con sus semejantes a través de estructuras, tanto verticales (con los
profesores) como igualitarias (con los compañeros); y la carga afectiva de la
socialización primaria es sustituida por el aprendizaje de reglas controladas,
de roles específicos e interiorización de submundos. Ahora bien, la escuela
no es una institución al margen de la sociedad. La sociedad, es una realidad
en continuo cambio, razón por la que los adiestramientos escolares tienen que
adecuarse permanentemente a ella. En la sociedad existen desigualdades
sociales, y la escuela no puede eliminarlas, pero busca compensarlas con sus
enseñanzas. Quiere ser representante de la «igualdad de oportunidades», para
que, potenciando la inteligencia operativa y habilidades, se subsanen o palien
desigualdades.
Más ¿a qué edad se incorpora el niño a la escuela secundaria? Los límites
de la infancia a la adolescencia y, posteriormente, a la edad adulta no se
pueden generalizar. Es una cuestión donde participan factores sociales,
biológicos, culturales, psicológicos, históricos, etc.
Hay que tener en cuenta que la racionalidad y regulación de la escuela ha
sido y es objeto de controversias y debates. Un ejemplo de crítica radical lo
encontramos en el enfoque de Ivan Illich (1926-2002); para quien el
desarrollo de habilidades puede hacerse a través de otras personas, y no
necesariamente de la escuela. Este pensador propone la
desinstitucionalización de los procesos de socialización. Sus propuestas
fueron objeto de numerosas críticas y descalificaciones. Quizá, su crítico más
radical fue el periodista alemán Walter Dirks (1901-1991), editor de Renania,
el diario del pueblo y colaborador de T. Adorno, quien acusa a Illich de
ingenuo, al no pensar que la desaparición de la escuela significaría una vuelta
a la barbarie.
Otro importante agente de socialización son los grupos de iguales. El
primer conocimiento de la existencia de «iguales» se realiza en la interacción
entre niños de la misma edad. Esto es, con los grupos de amigos con edades
similares, y su convivencia escapa al control de los adultos (pero no al
control del grupo), en contraste con lo que ocurre en las instituciones
educativas, donde los adultos siguen vigilando.
Las teorías de George Herbert Mead (1863-1931) y Jean Piaget (1896-
1980) destacaron la importancia del grupo de iguales. Etimológicamente la
palabra pares proviene del latín par, paris y significa «igual o semejante
totalmente» (Rae, 2017). Piaget enfatizó el hecho de que las relaciones entre
pares son relativamente igualitarias, más democráticas y simétricas que las
existentes entre padres e hijos. Su criterio es que, en la relación familiar, el
estatus de los padres les otorga poder y autoridad ante sus hijos, por tanto, es
una relación asimétrica. En los grupos de pares, los niños se relacionan de
forma pareja, y pueden calibrar, explorar y aceptar o no las reglas de
conducta; es decir, ganan independencia personal. Pero, además de reconocer
a los otros como semejantes, desarrollan el sentido de sí mismos a través de
cómo perciben que les ven los otros. Las relaciones entre pares no se
circunscriben sólo a la infancia y adolescencia, sino que se establecen a lo
largo de la vida. De hecho, los grupos informales de personas, con edades
similares en el medio laboral y en otros espacios sociales, suelen ser
generadores de actitudes y comportamientos que muchas veces definen a los
individuos. La influencia de este agente comienza en la adolescencia,
momento en que los jóvenes empiezan a distanciarse de sus padres.
El trabajo en todas las culturas ocupa un lugar de primer orden en los
procesos de socialización. Lo mismo podemos decir de las iglesias, los
clubes, las asociaciones voluntarias, ONGs, las organizaciones de vecinos y,
más recientemente, de los nuevos movimientos sociales.

c) Los medios de comunicación de masas tradicionales (prensa escrita,


semanarios, revistas…) son agentes de socialización, que vieron la luz en
Occidente a finales del siglo XVIII, y estaban dirigidos a los sectores sociales
letrados. A la expansión de los medios de comunicación escritos hay que
sumar la invención de la radio, cuya primera emisión data de 1906. En cuanto
a la radio su influencia ha sido cuestionada, particularmente tras la
publicación de la obra de Paul F. Lazarsfeld, Bernard Berelson y Hazel
Gaudet de The People’s Choise (1948: 178), donde ponen en duda su
influencia y concluyen postulando la llamada «hipótesis del refuerzo», que
afirma que los medios de comunicación no cambian la opinión, sólo la
refuerzan. Teoría ésta que fue confirmada, años después, por Joseph T.
Klapper con su libro The Effects of Mass Communication (1974).
La emisión, en 1936, en Inglaterra, del primer programa de televisión [14]
marca un hito, pues, por utilizar seductoras imágenes con sonido y color,
posee gran capacidad de influencia sobre la población, favoreciendo cambios
sociales y culturales. El caso es singularmente importante para los niños. Les
ofrece unos personajes y un mundo irreal, lejano, que les puede generar
confusión, que quieren imitar y es inimitable. Pero, es un agente que bien
utilizado puede divulgar muchos conocimientos.
Debemos añadir que, a finales de los años 1990, con la llegada de Internet
y de las redes sociales, se agrega un nuevo medio de comunicación con
perfiles inéditos, cuyo alcance llega a un indeterminado número de personas,
a las que permite la comunicación a nivel mundial. Ahora bien, al hablar de
los modernos medios de comunicación y de su potencial capacidad
socializadora, hay que diferenciarlos de la influencia personal de los grupos
primarios, como la familia, la religión o la escuela, en donde el vínculo es
directo y personal, predominando los vínculos afectivos. El efecto y la
influencia de los medios de comunicación se realiza de un modo difuso, sin
conciencia del espectador o actuante. Sin embargo, en cualquier caso, hay
que reconocer que el papel que juegan estos nuevos medios es de muy
importante; en particular si nos fijamos en la televisión y en Internet, de los
que se puede decir que su fuerza y expansión crecen día a día.

6.4. LOS MECANISMOS DE SOCIALIZACIÓN

El proceso de socialización es efectivo porque las estructuras y el bagaje


biológico innato es variable; van cambiando a medida que se acumulan
conocimientos y experiencias. Durante la socialización primaria resulta fácil
inculcar cultura y sociabilidad ya que la personalidad no se ha desarrollado y
las enseñanzas, ayudadas con la emotividad, dejan huella muy profunda. Esto
nos lleva a la pregunta: ¿qué bagaje biológico operativo posee el neonato en
el momento de su llegada al mundo? O lo que es lo mismo «¿Para conocer y
desempeñar todo lo humano, qué capacidades motoras, mentales e
interactivas posee el humano en el momento de su llegada al mundo? Entre
ellas, debemos señalar cuatro:

1. Reflejos. Los reflejos son respuestas automáticas del organismo, que le


protegen ante un estímulo, tanto interno como externo (parpadeo, tos,
estornudo, bostezo, dilatación de la pupila,…). Los reflejos pueden ser
condicionados (aprendidos) e incondicionados (innatos), y conllevan
cuatro habilidades para la supervivencia: dormir, succionar, sonreír y
llorar (primera forma de comunicación de los bebés).

2. Instintos. Según J. Pardo Martínez:


Llamamos «instintos» (del verbo latino instinguere: aguijonear, estimular) a las tendencias e
inclinaciones que derivan inmediatamente de las necesidades fundamentales del animal. Estas
tendencias son también compartidas por el hombre por lo que se refiere a su pertenencia
genérica a la animalidad, aunque considerablemente modificadas y orientadas por su dimensión
específicamente racional y propiamente-humana (1991).

Se trata de unos mecanismos que capacitan para alcanzar el fin natural


de la especie, cualesquiera que sea. Entre ellos destacamos: el instinto de
conservación, de defensa, el nutricional y el sexual. Se diferencia del
reflejo en que el instinto no precisa ningún estímulo. El instinto, es
impulsivo, pero, igual que el reflejo, está determinado genéticamente.

3. Tendencias. Las tendencias constituyen fuerzas dinámicas innatas que


abandonan su estado latente y se manifiestan cuando aparecen
necesidades que el organismo quiere satisfacer y si no las satisface le
produce tensiones que busca aliviar. El hecho es fruto de que todos los
hombres, desde su niñez, tienen tendencias, que derivan en necesidades
básicas. Estas necesidades provocan preguntas que se constituyen en
patrones de comportamiento y son el punto de partida para el proceso de
socialización. Por ejemplo, la tendencia a explorar el entorno
percibido, buscando el porqué, el cómo, los para qué, etc. Se trata de
deseos de saber que constituyen el comienzo del progreso. Pero también
hay que decir que la sociedad tiene que inhibir o debilitar muchas
tendencias que pueden romper la convivencia e incluso el orden social.

4. Capacidades. La inteligencia es la capacidad de comprender


racionalmente, y ensamblada con la capacidad de aprender, son las
capacidades más relevantes del ser humano. Ellas han permitido al ser
humano hacer frente a problemas, compensar sus limitaciones físicas y
crear un equipo cultural que le compensa con creces de sus carencias y
debilidades. Por ejemplo, les posibilita adaptarse y vivir en todos los
medios físicos y sociales; así como mejorar sus condiciones de vida
(Malinowski, 1970).
Mecanismo de socialización utilizado en todos los momentos del proceso
de socialización es la existencia de premios y sanciones. Se recompensa o
castiga al individuo, puesta la mirada en que desarrolle unos determinados
hábitos de atención y conducta. En este sentido, Guy Rocher plantea:
La sanción y el proceso de socialización se refuerzan mutuamente… Las sanciones, en efecto,
forman parte el proceso de socialización: los agentes de socialización recurren a ellas para apoyar
la interiorización de las normas. Los efectos de la socialización, por su parte, se extienden y
prolongan gracias al apoyo prestado por las sanciones. La socialización, además, hace que los
modelos, los roles y las sanciones pasen a constituir parte integrante de la personalidad psíquica
del individuo, de modo que la correspondencia de la conducta a las normas es no solamente
aceptada, sino también deseada, querida, buscada por los actores mismos (1987: 56-57).

Así, la imitación, las recompensas, castigos, ensayos y errores son


procedimientos básicos a través de los cuáles se alcanza el aprendizaje y se
forma la personalidad.
Uno de los mecanismos más generales que utilizan los agentes
socializadores para lograr una socialización satisfactoria es impulsar al niño a
lograr las metas deseadas a través de la motivación. Se trata de un mecanismo
esencial. El concepto «motivación» deriva de los vocablos latinos motus
(movido) y motio (movimiento). Busca «promover» o crear una necesidad o
un deseo que sirva de estímulo para potenciar las energías infantiles en una
determinada dirección, y con miras a lograr una meta o satisfacer una
necesidad, de manera que aprenda para resolverla, voluntaria e
interesadamente, los recursos culturales facilitados por de su sociedad. Aquí,
la cuestión a resolver es ¿cómo una persona —un niño, pero también un
adulto— desarrolla la motivación, cuya satisfacción tiene que estar
instrumentalizada por los medios de la cultura en la que está inmerso? La
respuesta hay que buscarla en los mecanismos psíquicos de la socialización
humana. El objetivo a alcanzar debe ser claro, estimulado emocionalmente, y
ser capaz de generar energías suficientes para el empeño. En general, los
motivos se dividen en: primarios y secundarios. Quizá la más clásica teoría
de la jerarquía de motivaciones o necesidades, que se constituyen en
estímulos, es la elaborada por Abraham Maslow (1908-1970) y publicada en
1943 (1943: 370-396).
Las presenta jerárquicamente en el orden prioritario a la necesidad de
satisfacción sentida. Para Maslow provienen de deseos innatos. En la base de
su planteamiento se encuentran las necesidades primarias, que son las
biológicas, las más importantes de satisfacer, de ellas depende la
supervivencia (alimentación, comer, dormir…). Les siguen, en jerarquía las
secundarias, que están guiadas a mejorar la autorrealización y desarrollo
personal (amistad, poder, libertad,…) y son aprendidas. Los cinco niveles de
necesidades, que ampliará a ocho y que presenta son: 1.º biológicas, 2.º de
seguridad, 3.º de afiliación (amor, pertenencia,..), 4.º de reconocimiento
(autoestima,..), 5.º de autorrealización; a las que añadió: 6.º cognitiva, 7.º
estética y 8.º trascendencia. Pese a las críticas recibidas por encontrar
confusa, sobre todo, «la autorrealización», su teoría goza de gran aceptación
y es muy reconocida. Está integrada en el paradigma educativo y en el
empresarial (véase gráfico 1).
Para terminar con los mecanismos socializadores, queremos recordar al ya
referido otro generalizado. La imitación de estas conductas y su integración
mental es un importante factor en la socialización y formación de la
estructura de la personalidad.

Gráfico 1. Pirámide de Maslow o jerarquía de las necesidades humanas.

Fuente: Maslow, A. (1943). «A Theory of Motivation». Journal of Humanistic Psichology, 50.

6.5. LA FORMACIÓN DE LA PERSONALIDAD

No existe una definición universalmente aceptada de personalidad. En


general, cuando se habla de personalidad, nos referimos a aquello que nos
diferencia de «los otros». El concepto engloba las características físicas,
genéticas y sociales que hacen del hombre un individuo singular, pues no
existen dos personas exactamente iguales.
Son muy diversas las teorías que se han formulado acerca de cómo
evoluciona el niño hasta alcanzar su personalidad. Entre ellas, destacan las
aportaciones del ya mencionado fundador del psicoanálisis Sigmund Freud
(1856-1939), quien afirma que la personalidad se configura a la par que el
crecimiento y maduración del sujeto. Los mecanismos a utilizar para
encontrar tal equilibrio consisten en suministrarle normas y valores culturales
que tiene que interiorizar a nivel de conciencia (superego), con capacidad
para someter las pulsiones. Con frecuencia pueden aparecer conflictos y
discrepancias, en cuyo caso se solventan mediante la derivación hacia un
objetivo distinto, hecho que Freud denomina sublimación. Freud completa su
teoría de la socialización con su famoso «complejo de Edipo». En resumen,
como hemos indicado, su tesis descansa en la idea de que existen pulsiones y
motivaciones inconscientes que encauzan el comportamiento del hombre.
Divide la mente humana en tres niveles: consciente, preconsciente e
inconsciente:

1. El nivel consciente es la parte visible,

2. El preconsciente está oculto pero tan próximo al consciente que aflora


con facilidad, y

3. El inconsciente está oculto.


Subraya Freud que el niño, según se va desarrollando, descubre que debe
desechar la satisfacción de muchos deseos por no ser socialmente aceptables.
Este descubrimiento conlleva el conocimiento de que existe un mundo real al
que tiene que adaptar todos sus deseos. Por este motivo emerge el consciente,
pero los deseos frustrados permanecerán en el inconsciente. Sin embargo,
algunos deseos situados en el inconsciente se escapan a la conciencia, y ésta
busca satisfacerlos y al no lograrlo quedan en el preconsciente generando
pulsiones, que son efectos de los deseos insatisfechos. Las pulsiones existen
desde el nacimiento, a causa de que el niño posee una libido instintiva que
busca manifestarse.
A partir de estas manifestaciones, Freud elabora la hipótesis psíquica
estructural del hombre, la cual dirá que está formada por las mencionadas
tres instancias: el inconsciente, el preconsciente y el consciente, que albergan
al Ello, al Yo y al Súper Yo. El Ello está en conflicto permanente con el Súper
Yo. El Ello encarna el inconsciente y el Súper Yo la interiorización de las
normas morales. La personalidad se desarrolla partiendo del Yo. El proceso
socializador empieza en la infancia.
Consta de cinco etapas:

1. Oral (hasta los 18 meses),

2. Anal (hasta los tres años),


3. Fálica (de tres a seis años),

4. de Latencia (de los seis años a la adolescencia) y

5. Genital (a partir de la pubertad).


Consideraba que si, en alguna de estas fases, el niño vive alguna
frustración de tipo sexual y desarrolla una ansiedad tal que pasaría a la edad
adulta, se transformaría en una neurosis.
Freud prestó una atención particular a los niños entre los tres y cinco años,
etapa en la cual entendía que ya estaban preparados para dejar de estar en la
constante compañía de sus progenitores, e iniciarse en un mundo social de
mayor amplitud. En estos años, afirma Freud, los niños expresan rechazo
hacia el padre porque le ven competidor del cariño de la madre; lo denomina
complejo de Edipo. El complejo de Edipo lo supera el niño cuando reprime
los vínculos eróticos hacia su madre. Algunos teóricos extienden este
complejo a las niñas, afirmando que pasan por el mismo proceso psicosexual.
En el caso de las niñas, el rechazo sería hacia la madre y le da el nombre de
complejo de Electra.
Las ideas de Freud han sido muy criticadas, sobre todo por su visión
antropológica, dando mayor protagonismo al hombre en detrimento de la
mujer (de la que da una visión muy negativa), a pesar de lo cual, también
ofrece una imagen pesimista del hombre al haber identificado lo inconsciente
con lo indeseable, y haber generalizado sus diagnósticos de personas
neuróticas a personas sanas. Sin embargo, hay que reconocer la importante
huella que ha dejado para explicar comportamientos de la infancia, que se
sustentan, según su criterio, en los modos en los que nos enfrentamos a la
ansiedad en la infancia (Freud, 2015), (Freud, 2000), (Freud, 2016).
Por su parte Jean Piaget (1896-1980), en la formación de la personalidad,
no separa la herencia genética del aprendizaje social; esto es, para él, se trata
de un proceso activo entre lo biológico y el medio, pues su planteamiento es
empírico-genético. Subrayó que las condiciones genéticas del hombre, al
igual que en el resto de los seres vivos, se adaptan a su contexto y buscan el
equilibrio, de tal forma que determinan el aprendizaje e interiorización
mental de los conocimientos. Hace hincapié en que los seres humanos
atraviesan diversos estadios en su desarrollo físico; el cual va parejo con su
desarrollo cognitivo, y ello conduce a la adquisición de capacidades nuevas y
la superación del estadio originario (Piaget, 1998), (Piaget, 1984), (Piaget,
2000), (Piaget, 2007).
Establece cuatro etapas en el desarrollo:

a) La primera es la sensomotriz, que abarca desde el nacimiento hasta la


adquisición del lenguaje articulado. Las prácticas que aprende, en esta
etapa, son básicamente motoras y la información la percibe
sensorialmente. Pero, el principal logro del niño es comprender, a través
del juego, que su entorno tiene propiedades tanto distintas como
estables.

b) La segunda etapa, que denomina estadio pre-operativo, incluye desde


los dos años hasta los siete, período en el que el niño va dominando el
lenguaje. Comienza a utilizar palabras simbólicas para representar
objetos e imágenes. En ese estadio los niños siguen siendo egocéntricos,
que no significa que sean egoístas, sino que interpretan el mundo en
función de su propio escenario, pero dentro del entramado social.
Ahora, empiezan a ser capaces de ponerse en el lugar de los otros
desempeñando roles sociales y empleando el razonamiento primitivo.

c) La tercera fase es la operativa concreta, que incluye desde los siete años
hasta los once, época en la que ya se puede hablar de un ser social. Va
dominando nociones lógicas abstractas y llega a conclusiones.

d) La cuarta y última fase abarca entre los once y los quince años. Es el
período de las operaciones formales, en la que, el adolescente, analiza,
deduce y comprende ideas hipotéticas con un elevado nivel de
abstracción.
Pero, para Piaget, las fases no son lineales, no son acumulativas, no se van
añadiendo. Todo lo que se va aprendiendo se «reconfigura» posteriormente.
Las tres primeras fases son comunes en todos los niños; sin embargo, no
todos los adultos culminan el período operativo formal, por lo que pueden
aparecer casos de desarrollo anormal.
Fue el sociólogo norteamericano Charles Horton Cooley (1864-1929),
miembro de la escuela de Chicago, en 1902, quien desarrolló la teoría del «yo
espejo» (looking glass-self). En ella mantiene que nuestra identidad, y
nuestro comportamiento, se configura al construir una imagen de nosotros.
Imagen que está muy condicionada por la conducta de los otros, por la
opinión de nosotros que creemos percibir en «los otros». En este sentido,
Leopold von Wiese (1876-1969) afirma: «… El comportamiento de un
hombre depende considerablemente de su representación de lo que sabe de él
su compañero…» (Sánchez Cano, 2006: 120); aunque von Wiese advierte
que «… El hombre que se presenta ante «los otros» en calidad de
protagonista de un rol social, ofrece a los otros no su imagen personal, sino la
imagen de un determinado sistema social, organización social o institución
social. Ya no se trata de un yo singular…., sino de una parte de una pieza de
la «estructura social, donde está impresa la pieza en cuestión» (Sánchez
Cano, 2006: 121).
Este proceso es inevitable, es un asunto de supervivencia. El hombre
necesita comunicarse con los otros y expresarles sus pensamientos, lo cual le
sirve de puente para, conocer a «los otros», y vislumbrar como nos ven esos
«otros». De esta manera, el sentimiento de autoestima, el concepto de «sí
mismo» y la individualidad personal emanan en buena medida de la imagen
que «el otro» nos proyecta. En ocasiones, la imagen proyectada es
coincidente con nuestra propia autoimagen, otras veces es tan distinta que nos
puede generar un conflicto personal, y dar lugar a lo que se denomina
disonancia cognoscitiva [15].
En resumen, el sí mismo es fruto de la intuición de las percepciones que del
sí mismo se capta en el otro (simpatía) y de la propia autovaloración. Pero,
hay que añadir que la formación del sí-mismo lleva a objetivarse en el sentido
de «… verse a sí mismo, en la imaginación, como un objeto visto por algún
otro» (Johnson, 1965: 144). De forma que, para Cooley, el sí mismo y la
conciencia moral son sociales. De donde resulta que el sentimiento de «el
bien» y de «el deber ser» derivan de la síntesis de influencias recibidas,
guiadas por la sensibilidad simpática, por los juicios de los demás y por el
propio juicio.
George Herbert Mead (1863-1931), miembro, también, de la escuela de
Chicago, insistió en la idea de que el yo y la mente sólo pueden surgir del
orden y la experiencia sociales. Desarrolló la teoría del self, y afirma que el
nasciturus a la par que se asoma al mundo, aprende un simbolismo lingüístico
para comunicarse, y con ello, desarrollará su self. A su vez, el self consta de
dos partes: el yo y el mí. El yo es donde reside la individualidad, es la parte
que tiene opiniones personales. El mí nace de la adopción de patrones de
conducta estandarizados, de normas, etc… De manera que cuando interactúa
el sujeto, siguiendo las pautas normativas, está representando unos roles con
el significado que el otro espera, y con ello se está expresando el mí. El yo y
el mí son entidades independientes pero que unidas constituyen el todo de la
personalidad. Tenemos conciencia de nosotros cuando diferenciamos el mí
del yo.
George Herbert Mead, en un estudio sobre las funciones del lenguaje y del
juego, mantiene que el niño se desarrolla y socializa mentalmente jugando,
porque, durante el juego, imita el mundo de los adultos (padres, amigos…) e
interioriza sus actitudes (1973). De esa manera, el niño, al participar en el
juego, aprende a representarse a sí mismo como miembro del grupo y a
asimilar los diferentes roles interpretados por los otros. Para Mead, lo que
acontece en el juego es una representación de lo que tiene lugar en la vida
adulta diaria; de esta manera construye y afianza su mí. Además, la diferencia
de roles en el juego establece la distinción entre su persona y los otros. Otra
importante función cognoscitiva que adquiere el niño con la asunción de roles
es la interiorización mental de «el otro generalizado»; lo cual significa que el
niño asimila valores, creencias, normas, etc. de una realidad general, con una
cobertura válida para el conjunto de la sociedad. Esto es, interioriza los
valores y reglas de la cultura en la cual se desenvuelve su vida y los compara
con los roles particulares enseñados por «el otro concreto».
Así pues, Mead expone que el pensamiento tiene un carácter
eminentemente social. Se desarrolla por-y-en la comunicación con el otro, y
que su contenido también es social en virtud de los símbolos colectivos que
emplea para comunicarse. Mantiene que es en torno a los cinco años cuando
el niño adquiere capacidad de comprenderse a sí mismo, y de desenvolverse
más allá del contexto familiar. Posteriormente, con ocho o nueve años,
comienza a participar en juegos organizados, y a aprehender los valores y la
moralidad que rigen las relaciones sociales. En esta fase, el niño capta el ya
mencionado otro generalizado.
Del pensamiento de estos autores se infiere la importancia de los roles
sociales como mecanismos actuantes en el curso de la socialización. Los roles
están regulados por normas e investidos de significados personales y
colectivos; su carácter está condicionado por el lugar que ocupan entre los
otros roles, personas y cosas internalizadas. En definitiva, la socialización
habilita para ejercer roles sociales y, desde la perspectiva del sistema social,
es un proceso deseable y deseado.
Para terminar, decir que la socialización proporciona a nivel de conciencia:
categorías mentales, representaciones, imágenes, conocimientos, prejuicios,
estereotipos; en definitiva, unas maneras de pensar y ver el mundo, sin las
cuales la inteligencia y la imaginación no crecerían. Esto es, al incorporar la
cultura, las facultades intelectuales se desarrollan y emergen, en cada caso,
nuevos elementos que conforman la personalidad. Tanto la personalidad
individual, como la social, se configuran a través del proceso de socialización
en el que los otros son piezas insustituibles.
A lo anterior hay que añadir, sintetizando más, que la consecución de los
fines individuales y colectivos es posible merced al aprovechamiento de
aptitudes diferenciales de los individuos, por medio de la división del trabajo,
y la consiguiente distribución de roles.

6.6. PARA TERMINAR EL CAPÍTULO: EJERCICIOS, PRÁCTICAS


O LECTURAS

Lecturas para la reflexión:


El caso de Anna: la «niña salvaje»
«Ocurrió en el invierno de 1938 en Pensilvania. Era un día frío intenso. Una
asistente social que estaba investigando una denuncia de malos tratos de una niña,
decidió acercarse a la granja donde vivía aquella familia. Allí localizó a una niña de
cinco años, escondida en una habitación que servía de almacén en la segunda
planta. La niña, que se llamaba Anna, estaba inmovilizada en una silla, los brazos
atados por encima de la cabeza para evitar que se moviera lo más mínimo. Llevaba
ropas mugrientas y sus piernas y brazos, delgados como alambres, estaban tan
debilitados que apenas los podía mover. La situación de Anna sólo se puede
describir como trágica. Había nacido en 1932. Su madre ere una mujer soltera, de
26 años, con retraso mental y que vivía con sus padres. El abuelo, indignado por el
embarazo «ilegítimo» de su hija, no lo había aceptado a Anna. La madre la envió a
varias instituciones después de que naciera, pero como no podría costearlas tuvo
que llevársela a vivir a la granja. Allí comenzó la tragedia. Para evitar al abuelo, la
madre de Anna dejó a la niña en el ático, y sólo la visitaba para darle un poco de
leche. Y en esas condiciones vivió la niña durante cinco años; aislada y sin contacto
humano alguno. Al saber de la existencia de Anna, el sociólogo Kingsley Davis
(1940) se acercó inmediatamente a visitarla al centro de recogida donde la habían
internado las autoridades locales. Davis quedó horrorizado con lo que vio. Anna
estaba absolutamente demacrada. Era incapaz de sonreír, de hablar, de expresar
cualquier sentimiento. Era un ser completamente insensible, aislado en el vacío».

Fuente: Macionis, J. J y Plummer, K. (1999). Sociología. Madrid. Prentice Hall: 131.


Internet como agente en el proceso de socialización
«Las nuevas generaciones de jóvenes viven una socialización diferente de las
anteriores, relacionada a un especial uso de la técnica por medio de la cual se
enfrentan a nuevos mundos de experiencia que modifican cómo se construyen las
relaciones sociales y qué tipo de competencias sociales se incorporan. Tully afirma
que se vivencia una “informatización”, comprendida como la disolución de
vínculos clásicos, tales como los que se obtienen en agentes como la escuela o la
familia, y un “desanclaje”, siendo esto la postergación del aprendizaje de las
competencias sociales clásicas que se reproducen en dichos contextos. Como
resultado de éstas, los individuos aprenden a manejarse con “conexiones
distendidas”, que les permiten una mayor libertad de elección, es decir, en un
marco de socialización “amplia”… Por su parte, Buckingham sostiene que las
nuevas tecnologías han ido modificando las competencias sociales de los niños…
Dicho cambio ha habilitado la emergencia de un doble discurso que, por una parte,
percibe a los niños y jóvenes como agentes “vulnerables” en relación a un contexto
de riesgo —originado en la incapacidad de control de los adultos, con quienes
existiría una suerte de brecha generacional digital—, pero, por la otra, ve a los
mismos agentes como poseedores de nuevas habilidades. De hecho, una revisión
sobre el fenómeno de internet y la socialización de niños y jóvenes nos enfrenta con
posiciones encontradas: “pesimistas” y “optimistas”… Los “pesimistas” tienden a
resaltar ciertos cambios negativos en relación a la socialización, tal como el riesgo
al “aislamiento social”, un fenómeno definido como la falta de lazos sociales
suficientes para proveer soporte social a un individuo… Por su parte, los
“optimistas” consideran que la socialización y el desarrollo de la identidad se ven
potenciados por el uso de medios interactivos, especialmente al poner a disposición
nuevas esferas sociales de interacción que fomentan las oportunidades de auto-
expresión, o al posibilitar el desarrollo de nuevas comunidades de interacción en
torno a intereses que podrían resultar en mayores interacciones cara-a-cara».

Fuente: Simkin, H. y Becerra, G. (2013). «El proceso de socialización. Apuntes para su exploración en
el campo psicosocial». Ciencia, docencia y Tecnología: 47, http://www.scielo.org.ar/scielo.php?
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6.7. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


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TEZANOS, J.F. (2009). La explicación sociológica. Una introducción a la Sociología. Madrid. UNED.
Capítulo 7
Desviación social, delito y control social
M.ª Rosario Hildegard Sánchez Morales
José Antonio Díaz Martínez

7.1. ¿Qué es la desviación social?


7.2. Tipos de desviación social.
7.3. Teorías generales sobre la violencia basadas en la fisiología y
la frenología.
7.3.1. La Escuela Clásica.
7.3.2. La Escuela Positivista.
7.4. Teorías sociológicas sobre la desviación y la delincuencia.
7.4.1. Teoría de Ecología Humana.
7.4.2. Las teorías funcionalistas: la anomia.
7.4.3. El interaccionismo: Etiquetaje y teorías de la transmisión
cultural.
7.4.4. La nueva Criminología y las teorías del conflicto.
7.4.5. Teoría del control social.
7.5. Para terminar el capítulo: ejercicios, prácticas o lecturas.
7.6. Referencias bibliográficas.
¿De qué trata el capítulo?

Este capítulo estudia un concepto fundamental en la Sociología como es el de la


desviación social. En el capítulo anterior, sobre la socialización, se hacía hincapié
en el aprendizaje de patrones de conducta social. El problema surge cuando esa
conducta no se ajusta al patrón de comportamiento normal, y surge el
comportamiento desviado y un potencial conflicto social.
Desde los orígenes de la Sociología se ha prestado una gran atención a esos
procesos sociales que rompen la normalidad social, como consecuencia de lo cual,
la sociedad responda ante el desequilibrio social con procesos de control social.
Por lo tanto, la desviación y el control son procesos sociales que surgen ante el
cambio social, uno como causa de dicho cambio, la desviación; y otro, el control,
como respuesta ante los comportamientos sentidos como amenaza a la normalidad
social. Analizamos qué es específicamente la desviación social, los distintos tipos
de desviación, y cómo explican el comportamiento desviado las distintas escuelas
de pensamiento sociológico.
7.1. ¿QUÉ ES LA DESVIACIÓN SOCIAL?

La desviación social es una cuestión tan ligada a la vida humana que ha


sido abordada de una u otra manera por las más variadas disciplinas:
Filosofía, Psicología, Derecho, Criminología, Medicina. Cada una de estas
disciplinas, ha dado una explicación al comportamiento desviado. Durante
mucho tiempo, prevalecían explicaciones de índole biológico y personal,
considerando que el delincuente es una clase de persona desviada por
naturaleza. Desde estos enfoques, la persona que se comporta de forma
desviada tiene una inclinación personal a hacerlo, bien porque tiene una
personalidad que lo propicia, y en ese caso sería una característica
psicológica; bien por su constitución física, y en ese caso, la explicación sería
biológica-genética.
La Sociología hace un replanteamiento de la cuestión, y trata de
profundizar en el estudio de la conducta desviada, y explicar por qué aparece
la conducta desviada; preguntándose qué es la desviación, y eso lleva,
necesariamente, a poner en relación el comportamiento desviado con su
entorno social. Ya que, un comportamiento desviado en un entorno social o
colectividad concreta puede ser perfectamente aceptado, mientras que en otra
colectividad no. Por lo tanto, la desviación es una calificación social relativa,
depende del contexto social y cultural, y también depende del momento
histórico. Las sociedades humanas evolucionan, y determinadas actividades
que se salen de la «norma» pueden, con el tiempo, aceptarse perfectamente.
Este proceso evolutivo es muy importante en la civilización humana. Hace
que la sociedad progrese. En este sentido, se puede hablar de una desviación
necesaria o positiva que facilita la innovación social. Por ejemplo, conseguir,
en el siglo pasado, que la mujer pudiera votar en las elecciones políticas, fue
gracias a la lucha contra las «normas» sociales dominantes. Fue necesario
«romper» con la normalidad. Lo mismo se puede decir, por ejemplo, del
comportamiento de Rosa Parks cuando el 1 de diciembre de 1955, en Estados
Unidos, se negó a ceder el asiento a un hombre blanco y moverse a la parte
trasera del autobús, en defensa de los derechos civiles. Con su actitud al no
aceptar la norma social del momento, se facilitó un movimiento
reivindicativo que tuvo importantes consecuencias sociales. Por lo tanto, no
toda desviación es negativa, ni toda desviación es delito. Éste último, el
delito, es toda desviación sancionada por la ley (Giddens y Sutton, 2014:
1032). Hay que tener en cuenta que el concepto de desviación es más amplio
que el de delito. Precisamente, esa diferencia permite distinguir dos
aproximaciones a la desviación social: la Criminología, que estudia el delito,
su control y actitudes que lo provocan; y la Sociología, que trata de
comprender cómo, por qué y qué consecuencias tienen los comportamientos
desviados en una colectividad concreta (Giddens y Sutton, 2014: 1032).
Sociológicamente, se define la desviación social como la actividad de una
persona que no se ajusta a las normas sociales. Paradójicamente, esto es lo
más normal en la sociedad humana. En todas las sociedades hay
comportamientos desviados, lo que ha llevado a los primeros sociólogos que
analizaron el comportamiento desviado, como Émile Durkheim, a concluir
que la conducta desviada es un hecho social normal, explicable por factores
sociales. Desde la perspectiva sociológica, no debemos recurrir a
explicaciones de tipo psicológico o biológico, sino que son las condiciones
sociales las que explican la desviación y el hecho delictivo. Así, la Sociología
criminal, como parte de la Criminología, estudia el delito como fenómeno
sociológico y los factores sociales que lo producen.
La noción de la criminalidad de un acto depende del juicio que se haya
formado la mayoría de los miembros del grupo social, acerca del acto que se
ha reputado como criminal. La opinión de la mayoría es un término medio y
corresponde a las ideas y sentimientos aceptados por la mayor parte de los
ciudadanos. Podríamos denominarlo pensamiento hegemónico o cultura
dominante. Toda idea o acto contrario a esa opinión dominante son
considerados como punibles y, por consiguiente, criminales, o al menos,
rechazados socialmente. La concepción de la criminalidad es esencialmente
relativa, y su realidad está en relación con cada una de las sociedades
existentes y con el grado de evolución de sus normas sociales. Sin embargo,
importa recordar que las normas no son pautas rígidas, tienen unos márgenes
de actuación más o menos amplios. Son como el punto medio de un espacio
cuyos límites y extensión están fijados socialmente. Así, será la propia
sociedad la que implícitamente marque la dimensión y amplitud de los lindes
normativos necesarios para una buena convivencia social. Esto indica que
existe una cultura real y una cultura ideal.
Consecuente con lo anterior, la desviación social, las normas y las
sanciones son relativas a cada sociedad. Están determinadas por un espacio y
un tiempo, cambian, quedan obsoletas, se transforman, se modifican los
marcos tolerados y su cumplimiento adopta distintas modalidades,
valoraciones y niveles. Factores que, junto al paso del tiempo, influyen en su
variabilidad son: la dinámica social, los nuevos paradigmas, los desarrollos
técnico-científicos y las diferencias circunstanciales, personales y sociales
que todo ello conlleva. Como dice Émile Durkheim (1858-1917):
La conciencia pública reprime todo acto que la ofende, mediante la vigilancia que ejerce sobre la
conducta de los ciudadanos y las penas o castigos especiales de las que dispone. En otros casos, la
coacción es menos violenta, pero no deja de existir. Si yo no me someto a las convenciones del
mundo, si al vestirme no tengo en cuenta los usos vigentes dentro de mi país y de mi clase, la risa
que provoco, el alejamiento en que se me mantiene, produce, aunque en forma más atenuada, los
mismos efectos que un castigo propiamente dicho (2001: 40).

Sintetizando, el concepto de desviación social abarca desde un


comportamiento descortés (por ejemplo, una murmuración, una calumnia, un
insulto), hasta un robo o un asesinato; y es la propia organización social y la
opinión pública la que establece y controla los niveles y extensión de lo
correcto y lo incorrecto, de lo aceptable y lo inaceptable; así como, el grado
y tipo de correctivo que de su incumplimiento se deriva. En este sentido, la
definición de la desviación tiene la función de explicitar lo que la sociedad
determina como aceptable y normal.

7.2. TIPOS DE DESVIACIÓN SOCIAL

Dado que el sistema normativo encierra su propio control social, se puede


decir que existen tantos tipos de desviación social como de normas, pues la
verdadera medida de lo que es un delito y su dimensión depende del daño a
la sociedad (Beccaria, 1968: 20). Las normas sociales son un conjunto
informal de reglas, usos, costumbres, convencionalismos, modas, que guían
la conducta pública de los hombres y uniformizan sus actuaciones. No
siempre están formuladas expresamente. Se aprenden durante las diversas
etapas del proceso de socialización, que hemos visto en el capítulo 6. Operan
muy condicionadas circunstancial y culturalmente. En ocasiones, la sanción
que encierran es reducida. Se castiga con la desaprobación, el reproche, el
ridículo, la marginación, la hostilidad o la burla. Sin embargo, en otras
ocasiones, la desviación crece en intensidad a la par que el grado de la
sanción.
La desviación social se ha clasificado, en: positiva, negativa, primaria y
secundaria.
1. La desviación positiva es beneficiosa, sin ella no hubiera sido posible el
progreso. Busca superar el comportamiento ideal. Se trata de
innovadores a los que les mueve encontrar nuevos caminos que mejoren
la vida social. Los propósitos de estos desviados son de rango superior y
la sociedad puede promover, alentar y premiar sus creaciones, pues,
aunque cambien costumbres y modos de pensar, enriquecen la vida del
hombre.

2. La desviación negativa es la que altera, rompe o amenaza la convivencia


social. Esos desviados se constituyen en peligros sociales.

3. La desviación primaria existe en una gran variedad de formas, no tiene


repercusiones para la sociedad, ni para la estructura psíquica y la
personalidad del infractor; de tal forma que no origina una
reorganización simbólica, ni a nivel de autoestima individual, ni de los
roles sociales a desempeñar. Se la explica como resultado de impulsos
ocasionales. El transgresor puede admitir su desviación y arrepentirse,
de manera que no es visto como desviado, y la sanción, de darse, es
muy leve.

4. La desviación secundaria es un comportamiento asocial público y da


lugar a ser calificado abiertamente de indeseable, indigno, despreciable.
Tras la descalificación, las causas originales de la desviación pueden
quedar en un segundo plano, porque conlleva cambios capitales en su
planteamiento vital. Una persona catalogada de desviada tiene
problemas derivados de su nueva identidad que le conduzcan a perder
su ámbito social. La reacción del infractor ante la nueva situación se
bifurca en dos caminos: por un lado, de conformidad y, por el otro, de
refugio en un medio facineroso, que puede ser el inicio de una carrera
delictiva, donde se vigoriza la nueva identidad.
Por último, las desviaciones pueden ser individuales y grupales.

a) La desviación individual es la cometida por individuos singulares, tanto


a nivel de desobedecer o separarse bien de la cultura convencional
general, bien de una subcultura particular existente en una sociedad; por
ejemplo, «el lobo solitario», el «verso suelto».
b) La desviación grupal se da cuando un grupo se aparta de la cultura
estandarizada. Crea sus propias reglas, al margen de las generales, y
socializa a sus miembros en valores y normas desviados, adiestrándolos
en el desempeño de roles con objetivos y medios asociales; por ejemplo,
una pandilla de delincuentes.
Como hemos dicho, la desviación es un concepto importante para la
Sociología. Son muchas las escuelas de pensamiento que han abordado su
estudio. Tratamos a continuación los diversos enfoques teóricos, en general;
y los específicamente sociológicos, en particular.

7.3. TEORÍAS GENERALES SOBRE LA VIOLENCIA BASADAS EN


LA FISIOLOGÍA Y LA FRENOLOGÍA

7.3.1. La Escuela Clásica


Los teóricos de la Escuela Clásica reaccionaron a las condiciones del
sistema penal de su época (siglo XVIII), basado en la creencia de que los
reclusos eran personas malvadas por naturaleza, y por lo tanto debían ser
apartadas de la sociedad. Frente a esta concepción, los reformistas de la
Escuela Clásica concebían que «el delito se aprende», que «el hombre no es
biología» y que «todos los hombres somos iguales». En esta línea de
pensamiento, una de las aportaciones más significativas es la del filántropo
inglés John Howard (1726-1790), quien dedicó su vida a defender los
derechos humanos y a denunciar la situación de las cárceles y de los reclusos
en Inglaterra y Gales. Con sus trabajos, buscó humanizar la ley penal. En
1777 publicó su obra El estado de las prisiones en Inglaterra y Gales, en
donde se plantea un concepto fundamental en el sistema penitenciario como
es la rehabilitación de los reclusos (Howard, 2005).
Esta escuela recoge los enunciados racionalistas y humanistas de la
Ilustración y postula el principio de libre albedrío de los hombres. Desde este
planteamiento, con una concepción prevencionista, el mismo Beccaria
enfatiza que «es mejor evitar los delitos que castigarlos» (1968: 105). Postula
la necesidad de distinguir entre enfermo mental y delincuente, entre el
hombre y la mujer, niños y adultos. Reclama la creación de instituciones
específicas para cada grupo y proporcionalidad racional en el castigo. Merced
a sus aportaciones se realizaron importantes reformas que terminaron con
muchas barbaridades y crueldades.

7.3.2. La Escuela Positivista


A finales del siglo XIX, como contraste y complemento a la Escuela
Clásica, emerge la Escuela Positivista con una nueva metodología. Entre
otros autores, se debe mencionar las aportaciones de Cesare Lombroso (1835-
1909) y Enrico Ferri (1856-1909). Reconocieron la labor humanística de la
Escuela Clásica, buscaron integrarla y renovarla en-y-con su corriente.
Adoptaron el método empírico-experimental, huyendo de especulaciones
metafísicas. Por ello, sólo aceptaban con valor científico los hechos sociales
analizados de acuerdo con una metodología adecuada: observación,
experimentación y demostración empírica. El positivismo en todas sus
manifestaciones obtuvo una gran difusión, en el campo de la desviación
social y de la Criminología. Se bifurcaron en dos tendencias: biogenética y
sociológica.
En la primera tendencia, la biogenética, destaca Lombroso, quien afirma
que la desviación está determinada por factores biológicos (Lombroso, 1895).
Propuso la idea de que los delincuentes tenían unos rasgos físicos
característicos: estrechos de frente, pómulos prominentes, brazos largos como
los primates, ser atávico, instinto primitivo. El criminal era un sujeto
biológicamente regresado a estados inferiores de la especie humana. Es el
creador de la teoría del criminal nato, que expone en su Tratado
Antropológico del Hombre Delincuente (Lombroso, 1876). Observó cráneos
de criminales, buscó desigualdades físicas y propuso la teoría del atavismo o
regresión, que afirma que el criminal es una clase distinta de hombre; es un
hombre retornado a la barbarie, con conductas derivadas de instintos innatos
de raíz genética, con desarrollo orgánico y psíquico inferior, y todo ello se
manifiesta incluso en los rasgos físicos. Se trataría de una víctima de su
propio determinismo biológico. Con su teoría inició una polémica (sobre todo
en Europa) de la que se han ocupado especialistas en Medicina Legal,
sociólogos, criminalistas, juristas, al plantearse si el delincuente nace o se
hace, lo que en términos sociológicos equivaldría a preguntarse si el desviado
nace o se hace.
La teoría del criminal nato recibió severas críticas, fundamentalmente, por
establecer paralelismos entre los rasgos físicos y la delincuencia. Uno de sus
primeros críticos fue su discípulo, Enrico Ferri, quien proporciona una
perspectiva sociológica a la explicación causal, al distinguir entre el
delincuente habitual y el delincuente ocasional. De forma que es el propio
Ferri quien encabeza la orientación sociológica de la escuela, y postula la
llamada ley de la saturación. Con esta ley, mantiene que los delincuentes y su
número son creaciones de cada sociedad. Para explicar su teoría recurre a la
estadística social, estudia las variaciones que se reflejan en el campo de la
delincuencia, y sin desdeñar el peso que pudieran tener los factores
antropológicos, psíquicos y orgánicos, atribuye al factor social el mayor peso
en la emergencia del hecho desviado. Un argumento que utiliza para
mantener la supremacía de la influencia social sobre lo orgánico y la
diferenciación entre el desviado habitual y el desviado ocasional. El desviado
habitual es aquel individuo que vive en la desviación, y conoce los medios
para delinquir como un profesional. Frente a él, el desviado ocasional es
aquel que incurre en imprudencias, se arrepiente y no reincide.
Las teorías biosociales insisten en que la causa de la delincuencia es la
interacción entre características biológicas y el medio ambiente. En la
actualidad, los avances en Genética, Bioquímica y Neuropsicología han
renovado el interés por los factores biológicos de la conducta desviada. Es
significativo, por ejemplo, que una mayoría de los crímenes violentos y
homicidios son cometidos por los hombres; poniendo el acento en el
componente hormonal de la conducta violenta (testosterona).

7.4. TEORÍAS SOCIOLÓGICAS SOBRE LA DESVIACIÓN


Y LA DELINCUENCIA

Las teorías sociológicas sobre la desviación y la delincuencia son tan


antiguas como las fisiológicas, y, desde el principio, entraron en colisión con
ellas. Frente a las teorías Lombrosianas, se establecieron propuestas en el
sentido de que el comportamiento violento era el proceso de determinadas
condiciones sociales, tal y como señaló Ferri, anteriormente citado.
Desde la Sociología se contestó al atavismo biológico de Lombroso con la
teoría de que la violencia se aprendía a través de la imitación, con tres
premisas: las personas imitan a otras en proporción al grado de contacto que
tienen con ellas; los inferiores imitan a los superiores, y las nuevas modas
desplazan a las antiguas también en las costumbres y hábitos delictivos
(Tarde, 1903: 366-370).
7.4.1. Teoría de Ecología Humana
La Escuela Ecológica o Escuela de Chicago, tiene por objeto demostrar las
relaciones existentes entre la vida económica de una comunidad y la
distribución geográfica de las lacras sociales, entre las que se ubica la
delincuencia.
Los antecedentes del paradigma ecológico son: Georg Simmel (1893) con
los ajustes psicológicos que debían hacer los residentes en las grandes urbes,
o Thomas y Znaniecki (1920), que estudian la falta de referencias de valor de
los inmigrantes. En general, el desarrollo y el tipo de segmentación territorial
de la ciudad explicaría la relación entre la aparición de determinados
fenómenos violentos, la existencia de zonas deprimidas de la ciudad, y los
fenómenos de la marginación y la exclusión social.
Estas investigaciones relacionan el hecho delictivo no tanto con rasgos
personales, como con el lugar en dónde se vive, especialmente los barrios de
las grandes ciudades. Por ejemplo, Shaw y Mckay (1972) concluyen que:

1. Los distritos municipales con mayor tasa de delincuencia eran barrios


desorganizados socialmente.

2. Las tasas más altas de problemas juveniles estaban en zonas geográficas


con un estatus socioeconómico más bajo.

3. Las áreas de mayor delincuencia coincidían con asentamientos de


población inmigrante.

4. En la desviación había un alto componente de transmisión cultural y


aprendizaje de técnicas para delinquir.
En resumen, la desviación y la delincuencia se explican por la existencia
de un ecosistema específico que favorece la desviación. Así, Shaw plantea la
explicación del delito aprendido por tres razones: porque el delincuente vive
en una zona criminógena con débil control social, porque se ha socializado en
un medio ambiente con valores de una cultura criminal, o porque tiene
oportunidades de delinquir sistemáticas y de forma rentable (1972: 171).
Las investigaciones de la Escuela de Chicago partían del principio teórico
de que el orden social es diverso, motivo por lo que resaltaron la importancia
del factor ambiental (environmental factor), subcultural, institucional y su
correlación con los índices de desviación. Con este enfoque, sus
investigadores se adentraron en el interior del mundo de la desviación para
poder comprender mejor el hecho y a sus protagonistas; llegando a la
conclusión de que el origen de la desviación es la desorganización social.
El concepto de desorganización social había aparecido en la obra de
William I. Thomas (1863-1947) y Florian Znaniecki (1882-1958), quienes
publicaron, entre 1918 y 1920, El campesino polaco en Europa y América
(Thomas y Znaniecki, 2006). Esta obra representa un hito en el estudio de las
dificultades de integración de los emigrantes polacos en Estados Unidos. En
ella destacan que la causa primigenia de la desviación es la desorganización
social, porque no facilita la integración.
Las aportaciones más importantes de la escuela de Chicago se pueden
sistematizar en:

1. La influencia que ejerció su método en posteriores trabajos urbanísticos,


ecológicos, demográficos, etc., originando un cambio de hábitos en el
estudio de la desviación social.

2. El impulso dado al análisis subcultural de la desviación; ya que al


estudiarlo desde dentro, alcanzaron un mejor conocimiento.

3. Su empirismo y complementariedad, con la utilización del análisis


estadístico de datos policiales y judiciales.

4. Destacan los altos índices de desviación que acaecen en las áreas


marginales y maltrechas de la gran ciudad, y precisan que dichas tasas
son multifactoriales, que no son sólo las condiciones económicas las
generadoras.

5. Rompen con el positivismo que interpretaba la desviación como práctica


individual.

6. No estudian exclusivamente el fenómeno de la desviación, sino que se


ocupan también de problemáticas colaterales como: las pandillas, el
alcoholismo, la falta de viviendas, la pobreza, la inmigración

7.4.2. Las teorías funcionalistas: la anomia


La Escuela Funcionalista de Sociología de la desviación nace en Inglaterra
en 1930. Tiene una orientación empirista y utilitarista. Su postulado es que la
sociedad es una totalidad equilibrada, un sistema social y, como tal, posee
estructura externa e interna, las cuales deben funcionar como una estructura
orgánica, para poder mantener el equilibrio social. Este planteamiento le lleva
a estudiar las formas de organización social y las instituciones creadas para
conservar, evitar y corregir los conflictos sociales que puedan alterar el
orden.
Desde este paradigma, son fundamentales las aportaciones de Durkheim,
quien contempla el delito y la desviación como objeto medular de sus
trabajos sociológicos. Utiliza el concepto de anomia en La división del
trabajo social, y, posteriormente, lo aplica en El suicidio. Difundió esta idea
en el sentido de carencia de las normas, de estar al margen de las normas, y
defiende que a nivel social se trata de una desviación (en la conducta) de la
dirección natural de la propia sociedad. Durkheim analiza estadísticamente el
fenómeno delictivo. Estudia las tasas de causalidad anómica, las compara
con las de otros hechos sociales, y concluye que se trata de un fenómeno
normal, en la medida en que es un comportamiento socialmente
generalizado. En su teoría, compara la sociedad con un organismo vivo y
afirma que, al igual que en el organismo vivo existen patologías, no existe un
cuerpo social perfecto, y siempre habrá patologías sociales.
Esta analogía organicista le lleva a exponer que algunas partes del
organismo social siempre se sentirán disconformes con la uniformidad del
pensar, sentir y obrar común, con el rol asignado en la división social del
trabajo, o bien que se trate de partes que no tengan límites en sus apetencias.
Las disconformidades apuntadas indican la existencia de conciencias
individuales que no se someten a la presión de la conciencia colectiva.
El criterio de Durkheim es que la sociedad corrige las conductas desviadas
a través del control social, de manera que la vigilancia y la sanción se
constituyen en lo normal y añade que, desde el comienzo de los tiempos, la
desviación y el desviado existen en todas las sociedades, ya que las
desviaciones cumplen funciones sociales positivas; regulando los sistemas
sociales, fortaleciendo los vínculos sociales como reacción frente al delito. Es
decir, frente a la anomia se crea un ambiente social donde los sentimientos
individuales se funden configurando un sentimiento común de rechazo.
En definitiva, para Durkheim, la función de la desviación social es la
creación del orden social, y una forma de reafirmar la conciencia social. La
desviación delimita lo socialmente permitido, refuerza la cohesión social y
promueve la solidaridad en la colectividad. En este sentido, el delito es un
fenómeno social normal y funcional.
Estrechamente ligado a Durkheim encontramos a Robert King Merton
(1910-2003), quien recoge el concepto de anomia, y en 1938 le dedica uno de
sus principales ensayos, Estructura social y anomia (Merton, 1964). En él
estudia sistemáticamente la desviación social, afirmando que «es como la
quiebra de la estructura cultural, que tiene lugar, en particular, cuando hay
una disfunción aguda entre las normas y los objetivos culturales y las
capacidades socialmente estructuradas de los individuos del grupo para obrar
de acuerdo con aquellos» (1964: 180). En este sentido, la desviación es la
respuesta individual a los problemas de la estructura social. La desviación
surge cuando los medios proporcionados por la estructura social no permiten
alcanzar los objetivos deseados por la cultura individual. Por tanto, Merton
admite que la propia sociedad, en tanto que sistema estructurado, contiene los
objetivos y los medios necesarios para conseguirlos. Ante la reacción para
utilizar esos objetivos y esos medios, Merton formula cinco posibles
respuestas por parte de los sujetos que forman el sistema:

1. Aceptación de objetivos y medios.

2. Innovación: implica conformidad con objetivos, pero no con los medios.

3. Ritualismo: conformidad con los medios, pero no con los objetivos.

4. Retraimiento: disconformidad con objetivos y medios.

5. Rebelión: falta de conformidad con objetivos y medios, e intento de


crear nuevos objetivos y medios originando un cambio de hábitos.
La continuidad de la Teoría de la anomia la encontramos, también, en
Albert K. Cohen (1918-2014), y, específicamente, en sus investigaciones
sobre la delincuencia juvenil. Fue el primer sociólogo en utilizar los
conceptos de cultura y subcultura para explicar la desviación social. Para
Cohen, la respuesta es colectiva no individual, como dice Merton. Atribuye
los actos asociales o delictivos al desequilibrio existente entre la cultura
general, que en el proceso de socialización enseña unos valores, habilidades,
unas metas a alcanzar; pero sin pensar en la existencia de subculturas
ambientales que no pueden ofrecer útiles para competir y alcanzar las metas
convencionales. Ello origina que los individuos inmersos en esas subculturas
se rebelen agrupados, alteren los valores de la cultura convencional y se
acojan o fortalezcan una subcultura desviada. Se convierten así en grupos de
referencia para otros individuos con los mismos problemas (Cohen, 1955).

7.4.3. El interaccionismo: Etiquetaje y teorías de la transmisión cultural


Otra forma de entender la desviación la encontramos en la corriente de
pensamiento que recoge el planteamiento weberiano de la Verstehen
(comprensión). Con esta base, a partir de 1960, un grupo de sociólogos
adoptaron el postulado del Interaccionismo Simbólico, para el que la reacción
a las conductas públicas responde a la interpretación que de las mismas se
sigue tras el proceso de interacción social. En este campo, una de las
aportaciones más notables la realiza el sociólogo norteamericano Howard
Becker (1928) con su famosa Teoría del Etiquetado, también llamada Teoría
de la Reacción Social.
Becker, en su obra Hacia una Sociología de la Desviación, sostiene que
son los grupos sociales los que, al establecer las normas y los controles
sociales, crean la desviación. Ello significa que «la desviación no es una
cualidad intrínseca al comportamiento en sí, sino la interacción entre la
persona que actúa y aquellos que responden a su accionar» (Becker, 2009). El
comportamiento desviado es el que la gente etiqueta como desviado. La
definición anterior tiene un enfoque psicosociológico. Las primeras
consecuencias que se derivan de ella son que los desviados no son un tipo
homogéneo de individuos, que la desviación «no es una cualidad en sí», sino
que se da con la existencia de interacción entre una persona que actúa y otras
que reaccionan, y que al reaccionar califican de desviado al interlocutor. Para
Becker, «los grupos sociales crean la desviación al elaborar las leyes cuya
infracción constituye desviación y al aplicar estas leyes a personas
particulares, etiquetándolas como infractores» (2009).
La teoría de la transmisión cultural se basa también en el interaccionismo
simbólico (Mead, 1982; Blumer, 1969). Para esta teoría, la conducta social es
consecuencia de una cultura o subcultura determinada. Así, afirma que la
violencia se aprende en interacción con otras personas, mediante un proceso
de comunicación. También se transmiten las justificaciones necesarias para
cometer el delito. El aprendizaje se hace en los grupos personales más
íntimos. Una persona se hace violenta cuanto mayores son los contactos
diferenciales con los modelos criminales. Según la teoría de la etiquetación,
el problema no es el sujeto que actúa, sino los agentes sociales que controlan.
El control penal produce desviación. El interaccionismo simbólico indica
que:

1. Los seres humanos actúan sobre las cosas en base al significado que
dichas cosas tienen para ellos.

2. Esos significados son el producto de la interacción social en la sociedad


humana.

3. Esos significados son manejados mediante un proceso interpretativo


utilizado por cada individuo.
Por lo tanto, el delito no es un hecho que decida el individuo, sino una
construcción social. Lo que es desviado para un grupo puede no serlo para
otro. Las diferentes actitudes y comportamiento sociales hacia temas como la
droga, la homosexualidad, o la eutanasia son un ejemplo claro del relativismo
cultural que rodea la catalogación o etiqueta de la conducta normal y
desviada.
Existe una graduación en el proceso de desviación, debiendo distinguirse
entre una acción desviada inicial que no etiqueta a la persona como desviado,
y que ocupa un lugar marginal en la identidad de esa persona; y una
desviación consolidada, que forma parte de la identidad de una persona, que
es considerado y se considera a sí mismo como desviado. En el primer caso,
hablaríamos de la desviación primaria; en el segundo, de desviación
secundaria (Lemert, 1951). Asumir la identidad criminal abre la posibilidad
de integrarse en una subcultura desviada, lo que sirve de coartada y
justificación del comportamiento delictivo. En cierta medida, esta integración
en una subcultura desviada sirve para neutralizar los sentimientos de
autocensura.
Sykes y Matza (1957) señalan que el delincuente vive en la cultura de la
delincuencia por el aprendizaje de las técnicas de la neutralización, que
permite a la mayor parte de los delincuentes compaginar los valores
convencionales de la sociedad y la violación de las normas básicas de las
clases medias. Las técnicas de neutralización pueden ser:

1. Negación de la responsabilidad, justificando su comportamiento por


diversos motivos: educación, falta de oportunidades, mala suerte, etc.

2. Negación del daño o perjuicio que se le haya podido infligir a una


supuesta víctima. Por ejemplo, diciendo que un robo estará cubierto por
el seguro.

3. Negación de que el hecho sea erróneo y que la culpa la tiene la propia


víctima. Por ejemplo, robar a un ladrón.

4. Descalificación de quienes han de perseguir el delito. Por ejemplo,


acusando a la policía de corrupción.

5. Apelación a lealtades superiores, como la de su grupo de referencia. Por


ejemplo, la lealtad entre los miembros de una banda juvenil.

7.4.4. La nueva Criminología y las teorías del conflicto


En 1973, Taylor, Walton y Young publican La nueva Criminología, que
marca el tránsito de las teorías del etiquetado a una criminología crítica o
neomarxista. Los autores mencionados hacen una revisión crítica de la
Criminología clásica para poner el acento en la consideración del delito y el
control social en la obra de Marx, Engels y Bonger (Taylor et al., 1997: 226-
253); destacando, por una parte, que la desmoralización engendrada por el
capitalismo hace que surja el desorden y la violencia; y, por otra, que son los
sentimientos egoístas propios del sistema capitalista los que crean «un clima
favorable para la comisión de actos criminales» (1997: 227 y 243). Su
propósito es hallar una teoría que dé «cuenta de la desviación como expresión
del conflicto estructural en sociedades no igualitarias» (1997: 255).
Las críticas a la teoría del etiquetado se pueden sintetizar en:

a) No explican la desviación primaria, y la pregunta fundamental ¿Por qué


el individuo delinque en primer lugar?

b) Ignora que son los factores estructurales de la sociedad capitalista los


que propician el surgimiento de la delincuencia.
c) Presentan al desviado como un sujeto pasivo.

d) Cae en el determinismo, por el proceso social de etiquetado.

e) Desconoce la dimensión del poder.

f) Ignora de qué forma el proceso de etiquetado responde a las necesidades


del sistema.

g) Ignora la trayectoria histórica del proceso etiquetador.


En general, desde esta corriente de pensamiento, las críticas a las teorías de
la desviación tradicionales es que están sesgadas hacia el paradigma del
consenso. La Sociología clásica, especialmente Durkheim y Comte, ha
considerado la desviación como una ruptura de la normalidad social. Una
normalidad que habría que recuperar. La perspectiva del funcionalismo y el
estructuralismo consideraban que debía volverse al orden social vigente. En
este sentido, el delito es la quiebra del consenso social. Sin embargo, para la
Teoría Crítica, la realidad no refleja ese consenso social; sino que, por el
contrario, hay conflictos sociales que explican los comportamientos
desviados, como los analizados por Marx «bajo la forma de conflictos
derivados de la lucha del hombre por abolir las divisiones impuestas por los
ordenamientos de la producción material» (Taylor et al., 1997: 253).
Un intento de ampliar los supuestos fundamentales de la teoría del
consenso social, eludiendo el planteamiento marxista, es el llevado a cabo por
Ralf Dharendorf (1929-2009); quien se pregunta ¿por qué persiste el
conflicto en la sociedad en general, aunque disminuya el conflicto de clases?
Este autor considera la «teoría del conflicto grupal» de Georg Simmel para
explicar los actos delictivos que surgen como consecuencia de las
desigualdades políticas y sociales (Taylor et al., 1997: 253). En este caso, el
conflicto no tiene necesariamente una valoración negativa, sino que, por el
contrario, es algo normal en la sociedad y facilitador de la dinámica social.
De hecho, el conflicto social puede resultar sociológicamente productivo,
actuando como fuerza integradora y de socialización del grupo (Simmel,
1977). El conflicto social forma parte de una realidad social más amplia que
puede operar como mecanismo de reproducción de la sociedad, y, en ese
sentido, como forma de socialización (Tejerina, 1991: 61).
La Teoría Crítica plantea la necesidad, por una parte, de conocer los
factores estructurales que propician la desviación: «Los orígenes mediatos del
acto desviado solo pueden ser entendidos… en función de la situación
económica y política rápidamente cambiante de la sociedad industrial
avanzada (Taylor et al., 1997: 286); y, por otra, analizar la racionalidad del
acto delictivo en sí mismo como fruto de la elección:
La teoría debe explicar las diferentes formas en que las exigencias estructurales son objeto de
interpretación, reacción o uso por parte de hombres ubicados en diferentes niveles de la estructura
social, de tal modo que hagan una elección esencialmente desviada (…) los hombres pueden elegir
conscientemente el camino de la desviación, como la única solución a los problemas que les plantea
la existencia en una sociedad contradictoria (Taylor et al., 1997: 287).

La nueva Criminología trata de redefinir qué es delito, indicando que «la


desviación es normal, en el sentido de que en la actualidad los hombres se
esfuerzan conscientemente (en las cárceles que son las sociedades
contemporáneas y en las cárceles propiamente dichas) por afirmar su
diversidad humana…Lo imperioso es crear una sociedad en la que la realidad
de la diversidad humana, sea personal, orgánica o social, no esté sometida al
poder de criminalizar» (Taylor et al., 1997: 298).
La pretensión indicada de redefinir el delito en función de las condiciones
del sistema capitalista, no podía ocultar la realidad de una actividad que
perjudicaba a las clases trabajadoras, de ahí que, en la década de los años
ochenta del siglo XX, surgiera una nueva perspectiva teórica desde la
izquierda, con un planteamiento más realista. La Nueva Izquierda o realismo
de la izquierda se distancia de planteamientos teóricos e idealistas para
analizar los efectos dañinos de la delincuencia para las comunidades de clase
obrera; «para estos nuevos realistas de izquierda, la Criminología debía
implicarse más en cuestiones «reales» como el control de la delincuencia y
las políticas sociales, en vez de debatir de forma abstracta sobre ellas»
(Giddens y Sutton, 2014: 1043). Este enfoque se basa en la teoría de la
subcultura de Merton cuando indica que «dentro de las ciudades se
desarrollan subculturas delictivas que, en sí mismas, no surgen de la pobreza,
sino de la marginación política y la privación relativa, la sensación de carecer
de cosas a las que todo el mundo debería tener derecho» (Giddens y Sutton,
2014: 1044).

7.4.5. Teoría del control social


Se puede definir el control social como la vigilancia e intervención de la
sociedad para proteger y hacer cumplir el sistema normativo que estructura el
orden establecido, salvaguardar la vida del grupo y la convivencia colectiva.
Para tales propósitos, todas las sociedades utilizan un conjunto de
mecanismos e instituciones destinados a evitar o reprimir las conductas
antisociales, el comportamiento desviado. Este comportamiento surge cuando
se debilitan los lazos de control, que se han creado mediante el proceso de
socialización. En este sentido, el comportamiento desviado es un fallo en el
proceso de socialización, y los mecanismos de control social imponen
sanciones y castigos para reprimir esos comportamientos desviados.
Para los teóricos del control social como Hirschi (1969), es importante
considerar dos dimensiones: la fortaleza del vínculo social de los individuos;
y el conocimiento de las consecuencias de un comportamiento desviado.
Todos los individuos pueden tener de forma innata deseos egoístas, si no se
realizan es gracias al control social, que será más efectivo en función de
cuatro parámetros sociales:

1. Relaciones afectivas o vínculos sociales: el establecimiento de fuertes


vínculos sociales, por ejemplo, con familiares, compañeros de trabajo o
estudio, o con amigos, hace más efectivo el control sobre el
comportamiento.

2. Estructura de oportunidades: La posibilidad de alcanzar los objetivos


individuales por medios lícitos favorece el comportamiento normalizado
y el compromiso con la consecución de los objetivos por vías legales.

3. La fuerte implicación en actividades lícitas como trabajo, estudio, ocio


socialmente aceptado, etc. evita el comportamiento desviado.

4. Las creencias y la dimensión de los valores morales y éticos de los


individuos condicionan el comportamiento normalizado de los
individuos en su entorno social.
Las sociedades inician el control con la utilización de medios
interiorizados y persuasivos, que parte de la propia persona, y, por lo tanto, es
un proceso de autocontrol. En una segunda etapa, si la primera fracasa, la
sociedad recurre a instrumentos de coacción cada vez más severos: control
externo. Como afirma Talcott Parsons (1902-1979):
Los actores están continuamente haciendo y diciendo cosas que están más o menos «fuera de
lugar», como el atacar con insinuaciones las razones de alguien o jactándose en exceso. Una
observación detenida nos mostrará que el resto de los que asisten a tal situación y muchas veces sin
ser conscientes de ello, suelen reaccionar ante estas pequeñas desviaciones de manera que hagan
«entrar en vereda» al desviante, mostrando con tacto un cierto desacuerdo con él o mediante un
silencio que ponga de manifiesto el hecho de que lo que el otro dijo era algo inaceptable, o muchas
veces mediante un rasgo de humor que alivie la tensión, a resulta de lo cual llega a verse más como
la ven los demás. Puede decirse que estos pequeños mecanismos son el modo de ser integrados en la
conducta los valores institucionalizados. Son, en cierto modo, los mecanismos más fundamentales, y
sólo cuando éstos se quiebran se hace preciso que entren en juego mecanismos más acabados y
especializados (1951: 303).

La disquisición anterior lleva a distinguir dos tipos de controles: informal y


formal. El control informal está referido a poner en práctica medidas de
garantía ante las conductas antisociales. El control social informal se inicia en
el mismo momento del nacimiento y el primer agente de control es la familia,
que ya desde el inicio del proceso de socialización enseña y vigila pautas de
comportamiento a través del juego. Las influencias socializadoras del entorno
infantil, (familia, escuela, grupos primarios) desempeñan un papel muy
importante en la formación de la personalidad del niño, de ahí que este
período sea de suma importancia para alcanzar la convicción personal y el
acatamiento a las normas. Este proceso se analiza en profundidad en el
capítulo 6.
El control formal descansa en la organización social. Se ejerce cuando el
miembro cumple o incumple una norma de obligado cumplimiento
establecida en aplicación de un código, una ley, un reglamento, etc. Se trata
de regulaciones, estatutos y leyes respaldadas por el gobierno o por alguna
institución, y asistidas de cauces coercitivos para obedecerlas y premios para
reconocer su cumplimiento. Los agentes formales para ejercer el control
formal son: tribunales de justicia, policía (que también tiene función informal
al actuar como prevención), correccionales y prisiones.

7.5. PARA TERMINAR EL CAPÍTULO: EJERCICIOS, PRÁCTICAS


O LECTURAS
En relación con la cuestión de la desviación social, comentar el siguiente texto de
la película Jobs, dirigida por Joshua Michael Stern, y protagonizada por el actor
Ashton Kutcher, en 2013: En la película, que narra la vida del cofundador de
Apple, un entrevistador de radio pregunta al protagonista ¿Qué va a hacer en el
futuro? Y él responde: Vamos a dejar huella en el Universo... y, a continuación,
prosigue: «por los locos, los marginados, los rebeldes, los problemáticos, los
inadaptados, los que ven las cosas de una manera distinta, a los que no les gustan
las reglas, y a los que no respetan el status quo. Pueden citarlos, discrepar de ellos,
ensalzarlos o vilipendiarlos, pero lo que no puedes hacer es ignorarlos, porque
ellos cambian las cosas, empujan hacia delante a la raza humana, y aunque
algunos puedan considerarlos locos, nosotros vemos en ellos a genios, porque las
personas que están bastante locas como para creer que puedan cambiar el mundo,
son las que lo logran».

7.6. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


BECCARIA, C. (1968). De los delitos y las penas. Madrid. Alianza.
BECKER, H. (2009). Outsiders. Hacia una Sociología de la Desviación. Buenos Aires. Siglo XXI.
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partir de K. Marx y G. Simmel». Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 55: 44-63.
THOMAS, W.I. y ZNANIECKI, F.W. (2006). El campesino polaco en Europa y América. Madrid.
Centro de Investigaciones Sociológicas y Agencia Estatal Boletín Oficial del Estado.
Capítulo 8
Los movimientos sociales
Tomás Alberich
Verónica Díaz Moreno

8.1. Definiciones, conceptos y teorías sobre los movimientos


sociales.
8.1.1. El concepto de Movimiento Social.
8.1.2. Teorías sobre asociacionismo y movimientos sociales.
8.1.2.1. El Funcionalismo y la Escuela de Chicago: los
teóricos de la conducta colectiva.
8.1.2.2. Teorías del paradigma de la movilización de
recursos.
8.1.2.3. Teorías orientadas hacia el paradigma de la
identidad.
8.1.2.4. Neomarxismos y posmarxismos.
8.1.2.5. Manuel Castells.
8.1.2.6. Teorías neolibertarias y posmodernas (Jesús
Ibáñez y Michel Maffesoli).
8.1.2.7. Las contradicciones sociales (Johan Galtung).
8.2. Introducción histórica, las olas o grandes fases de los
movimientos sociales. Tipologías de movimientos sociales.
8.2.1. El movimiento obrero.
8.2.2. Los nuevos movimientos sociales. Mayo del 68,
pacifismo, ecologismo, feminismo.
8.2.3. Globalización y movimientos altermundialización.
8.3. Los movimientos ciudadanos en España.
8.4. Movimientos de indignados, 15M y mareas ciudadanas
(segunda década del s. XXI).
8.5. Para terminar el capítulo: ejercicios, prácticas o lecturas.
8.6. Referencias bibliográficas.
¿De qué trata este capítulo?

En la historia de los Movimientos Sociales podemos distinguir tres grandes olas


principales, tres grandes tipos y cambios: 1) Movimientos Obreros (s. XIX y xx).
Conviven desde finales del XVIII (revolución francesa) con otros movimientos
sociales, pro derechos cívicos básicos y por la democracia. Desde los abolicionistas
de la esclavitud hasta las mujeres sufragistas, por citar un par de ejemplos. 2) Los
denominados Nuevos Movimientos Sociales (desde los años 60 a 90 del s. XX):
ecologista, feminista, pacifista, revoluciones culturales antiautoritarias… a los que
sumaríamos, en el caso español, el Movimiento Ciudadano, que veremos
específicamente. 3) Movimientos Altermundialistas e Indignados (s. XXI). A la
diversidad de los sujetos anteriores le sumaríamos mayor pluralidad ideológica y
diversidad de objetivos, son movimientos generalistas que quieren ser globales, a
diferencia del sentido monotemático que caracteriza a los de las olas anteriores. Los
movimientos de indignados, de la segunda década del s. XXI, ¿son una nueva fase
de esta tercera ola o son una cuarta generación? Tal vez aún es pronto para saberlo.
En este capítulo, veremos primero las definiciones de los principales conceptos que
vamos a utilizar; en segundo lugar, algunos destacados autores, corrientes de
pensamiento o escuelas de investigación social que enmarcan el estudio sobre los
movimientos sociales y políticos, y, en tercer lugar, las características básicas de los
movimientos sociales correspondientes a cada una de estas olas o fases.
8.1. DEFINICIONES, CONCEPTOS Y TEORÍAS SOBRE
LOS MOVIMIENTOS SOCIALES [16]

8.1.1. El concepto de Movimiento Social


Las teorías sobre los movimientos sociales son tan antiguas como la propia
Sociología, ya que desde sus orígenes podemos encontrar análisis sobre el
comportamiento de la sociedad civil y de sus colectivos, organizaciones y
movimientos asociativos. Estos estudios se impulsan especialmente en el
siglo XIX: sobre los movimientos sociales liberales y revolucionarios, el
movimiento obrero, campesino, etc., que encontramos en Karl Marx y
Friedrich Engels, Max Weber, Émile Durkheim, etc. y, anteriormente y con
menos profundidad, en Claude Henri de Saint-Simon, Alexis de Tocqueville,
Jean-Jacques Rousseau, Auguste Comte, entre otros. Estas investigaciones
sociales nos podrían remontar al origen mismo de las reflexiones filosóficas
sobre la sociedad y los comportamientos colectivos, pero no son objeto de
este capítulo.
¿Dónde poner la frontera de las teorías a utilizar que nos sea útil para la
investigación social? El mismo término de «movimiento social» nos puede
dar una pista: no ha sido genéricamente utilizado hasta épocas recientes.
Jaime Pastor indica que la noción de movimiento social «pasa a ser de uso
corriente después de la Revolución Francesa y, sobre todo, tras las
revoluciones de 1848, cuando se aplica al nuevo movimiento obrero, el cual
emerge como fuerza social y política al margen de las instituciones del
Estado liberal» (Pastor, 1991). Es decir, podemos considerar que es después
de las revoluciones de mediados del siglo XIX cuando se empieza a
diferenciar entre movimientos estrictamente políticos (partidos u
organizaciones con el objetivo principal de la toma del poder político) y los
movimiento sociales, con el movimiento obrero como nuevo movimiento
pujante, que quieren cambiar la sociedad pero no preferentemente desde el
plano político-partidista (toma del poder), sino en otras esferas sociales y en
la vida cotidiana, y con el objetivo prioritario de conseguir mejoras
concretasen la situación de los trabajadores en cada centro de trabajo y en su
comunidad (barrio o municipio).
Charles Tilly (1929-2008) dedicó buena parte de su vida y de su extensa
obra a analizar los movimientos sociales y a realizar un recorrido histórico
sobre sus diferentes tipos y características, tratando de dar respuesta a una
pregunta de actualidad: «¿Por qué los movimientos sociales son tan parecidos
en todo el mundo y cómo y por qué se han convertido estos movimientos en
una de las principales plataformas de acción política en todo el planeta?»
(Tilly y Wood, 2010: 13), incluida en su obra póstuma denominada
precisamente Movimientos Sociales 1768-2008. En el que presentan las
características definitorias de cualquier Movimiento Social:
«A la vista de su desarrollo en Occidente desde 1750, el movimiento social fue el resultado de la
síntesis innovadora y trascendental de tres elementos:
1. Un esfuerzo público, organizado y sostenido por trasladar a las autoridades pertinentes las
reivindicaciones colectivas (campaña).
2. El uso combinado de algunas de las siguientes formas de acción política: creación de
coaliciones y asociaciones con un fin específico, reuniones públicas, procesiones, vigilias, mítines,
manifestaciones, peticiones, declaraciones a y en los medios de comunicación… (repertorio del
Movimiento Social).
3. Manifestaciones públicas y concertadas de WUNC (worthiness, unity, numbers and
commitment) de los participantes: valor, unidad, número y compromiso.» (Tilly y Wood, 2010: 22)

Esta es seguramente una de las definiciones de movimiento social más


completas y complejas. Tilly continúa indicando: «La expresión “WUNC”
resulta extraña, pero alude a algo con lo que estamos familiarizados. Las
demostraciones de WUNC pueden adoptar la forma de declaraciones,
eslóganes o etiquetas que impliquen las nociones de valor, unidad, número y
compromiso (...) por ejemplo:

— Valor: conducta sobria, atuendo cuidado, presencia del clero, de


dignatarios o madres con hijos.

— Unidad: insignias idénticas, cintas para el pelo, pancartas o vestuario;


desfiles, canciones e himnos.

— Número: recuento de asistentes, firma de peticiones, mensajes de las


circunscripciones, ocupación de las calles.

— Compromiso: desafiar al mal tiempo; participación visible de gente


mayor o discapacitada; resistencia ante la represión; hacer ostentación
del sacrificio, la adhesión o el mecenazgo» (Tilly y Wood, 2010: 23).
En el primer caso está hablando de «valor» en el sentido de darle valor
añadido a la movilización mediante la presencia de dignatarios, clero, madres
con hijos, etc. Mientras que el «compromiso» también incluye el valor en el
sentido de demostrar el valor, ser valientes (a pesar de la posible represión).
Para Charles Tilly, ¿cuál fue el primer movimiento social que cumplía con su
amplia definición? Con arreglo a la misma, el primero que cumple con todas
las características fue el movimiento antiesclavista que se desarrolla desde
finales del siglo XVIII, en Gran Bretaña y en su propio país (EE.UU.).
Resumiendo, las características señaladas por diferentes autores, podemos
decir que los movimientos sociales son corrientes de expresión y acción
colectiva que transcienden los márgenes del hecho asociativo y se
manifiestan de otras múltiples formas. Un movimiento social, básicamente,
es un colectivo de personas que realiza una acción colectiva estable y
transformadora frente al sistema social o institucional. Tenemos así una
definición sencilla y general (pero no tan completa como la anterior).
Podemos indicar por tanto que un Movimiento Social siempre tiene entre sus
características definitorias: (1) realizar una acción colectiva estable, (2)
querer de forma explícita una transformación social que incluye cambios
concretos (ya sean sociales, ideológicos, culturales, políticos, etc.), y (3) se
sitúa frente a o independiente del poder o el sistema institucional.
Decimos que quiere de «forma explícita» una transformación, porque todo
movimiento social, en algún momento de su proceso de creación, se reconoce
a sí mismo como sujeto transformador, se auto-reconoce como colectivo que
quiere conscientemente cambiar algo de la sociedad. Como veremos, esto es
lo que también se denomina «paradigma de la identidad», que queda
reflejado en su propio desarrollo; el que consiga sus objetivos o no dependerá
de otros factores, también de la denominada «estructura de oportunidad
política» en la que actúe el propio movimiento, y de su capacidad de
organización y de movilización de recursos.
Hemos incluido en la definición «una acción colectiva estable» para
diferenciar «movimiento social» de «movilización social». Una movilización
social puede surgir espontáneamente o no por cualquier motivo (protesta,
reivindicación, acción contra una medida gubernamental, etc.). Que esa
movilización nazca, crezca y desaparezca en poco tiempo lo diferenciará de
ser un movimiento social.
Por ejemplo, si en un barrio ocurre el atropello de una persona en una calle
sin señalización ni semáforos, puede surgir una protesta que denuncie el
hecho y reivindique la instalación de medidas de seguridad. A partir de ahí
puede ocurrir que se tomen las medidas adecuadas por parte del
Ayuntamiento y la movilización termine y desaparezca. O puede ocurrir que
las instituciones no realicen ninguna acción, pero la movilización vaya
perdiendo fuerza hasta también desaparecer. Pero también puede ocurrir que,
si no se atiende la demanda ciudadana, la movilización crezca y pase a
transformarse en un movimiento social urbano, con acciones reivindicativas
durante un tiempo o de forma permanente (recogida de firmas,
concentraciones, etc.) y, seguramente, también actúe reivindicando otros
aspectos para la mejora de la ciudad. Y, finalmente, también es fácil que
miembros de ese movimiento consideren la conveniencia de crear una
asociación vecinal en ese barrio. Pasando de la movilización al movimiento
social y, de la cristalización de este, la creación de una o varias asociaciones.

8.1.2. Teorías sobre asociacionismo y movimientos sociales


Cualquier clasificación de los autores que han escrito sobre las
organizaciones de la sociedad civil es necesariamente artificial y parcial. A
pesar de lo cual nos parece útil escoger y citar a algunos analistas que
consideramos significativos y agruparlos en grandes «escuelas», cuyos
límites o contornos son siempre borrosos, con el fin de comprender mejor sus
planteamientos y que nos sea útil para introducirnos en este tema.
En algunos casos, ellos mismos se autocalifican según «escuelas de
pensamiento», en otros, los propios pensadores han evolucionado a lo largo
de su bibliografía de unas posiciones a otras. Desde hace décadas parece
difícil hablar de «escuelas de pensamiento», predominando la no adscripción
a grandes ideologías. Se rechazan las ideologías cerradas o determinadas y
concretas, que se asimilan a las de partidos políticos, aunque sí se admite la
adscripción o cercanía a algunas corrientes o escuelas generales de
pensamiento. También se habla de «marcos ideológicos» o de corrientes de
pensamiento, más que de ideologías.
Sobre el porqué de tanta dispersión de definiciones, M.ª Luisa Ramos
explica que:
Los movimientos sociales se abordan desde disciplinas como la sociología, la ciencia política, la
antropología y la psicología social, sin que, sin embargo, se haga explícita esta ubicación. Aunque,
como es comúnmente aceptada, coincide en que habría que distinguir entre el paradigma de la
identidad o de los nuevos movimientos sociales y el paradigma de la movilización de recursos o
enfoque estratégico (1997: 249).

Dejamos a un lado las teorías y definiciones realizadas por el marxismo y


por algunos de los fundadores de la Sociología, como Max Weber, que ya
hemos visto en capítulos anteriores de esta obra.

8.1.2.1. El Funcionalismo y la Escuela de Chicago: los teóricos de la conducta colectiva


En la Sociología norteamericana, el análisis de los movimientos sociales ha
pasado a través de los estudios del «collective behavior» (conducta
colectiva). La conocida como Escuela de Chicago comienza desde los años
veinte a dar un giro a los análisis anteriores, veamos algunos de sus
pensadores. Talcott Parsons (1902-1979) «no distingue entre
comportamientos desviados, como la criminalidad, y acciones conflictivas,
como una protesta política (...) La desviación es el síntoma de una patología
en la institucionalización de las normas, la señal de que las normas no han
sido interiorizadas adecuadamente». Merton, el otro gran teórico
funcionalista, «está más atento a todos los procesos por los cuales una
sociedad no logra realizar una plena integración. Su análisis de la anomia es
un ejemplo típico de los procesos en que ha faltado la interiorización de las
normas» (Melucci, 1988: 101). Anomia es el proceso por el que no se da una
integración.
Con Neil Smelser (1930-2017), los fundamentos de la teoría funcionalista
encuentran una aplicación sistemática en el análisis del comportamiento
colectivo, que es el resultado de cinco determinantes que se suman, cada una
de las cuales «agrega» sus propias condiciones a aquellas fijadas por las
precedentes. Cada una es, por tanto, condición necesaria pero no suficiente,
para que se verifique un comportamiento colectivo: propensión estructural,
tensión, creencia generalizada, movilización y control social (factor contra-
determinante).
Las teorías sobre los movimientos sociales que se desarrollan después de la
Segunda Guerra Mundial han sido agrupadas en dos escuelas principales,
cada una con orígenes diferentes, aunque posteriormente sus autores
raramente se identifican con una o con la otra, ya que asumen parte de los
argumentos de la teoría contraria. En cualquier caso y por ser dos modelos
ya clásicos pasamos a su descripción:

a) Teorías de la Movilización de Recursos, desarrollada principalmente por


autores norteamericanos. Aquí consideramos a J. Craig Jenkins y al
italiano Alberto Melucci. Otros autores defensores de esta teoría han
sido J. McCarthy, M.N. Zald, C. Offe, K. Eder, etc.
b) Teorías Orientadas al Paradigma de la Identidad, con autores europeos,
como J. Cohen y A. Touraine. Otros autores han sido el citado Charles
Tilly, Jürgen Habermas, etc.
Mientras que los autores europeos parten desde concepciones
neomarxistas, los americanos más bien lo hacen desde el neofuncionalismo,
por lo que la ubicación de cada autor siempre es un tanto artificial. Ambas
teorías las hemos llamado de modelos o de «separación», ya que parten de
concepciones un tanto parciales, que segmentan y clasifican la realidad en
diferentes facetas, no realizando un análisis social más global u holístico de
las causas y motivaciones de los movimientos.

8.1.2.2. Teorías del paradigma de la movilización de recursos


Estas teorías nos plantean los conflictos colectivos como formas de lucha
por el control de recursos. Un análisis de la acción social colectiva como
creación, consumo, intercambio, transferencia o redistribución de recursos
entre grupos y sectores de la sociedad. J. Craig Jenkins sintetiza los
argumentos de los teóricos de la movilización de recursos al analizar las
causas de la formación de los movimientos sociales:
El sine qua non del estudio de los movimientos sociales ha sido tradicionalmente la pregunta de
por qué estos se forman. Las explicaciones tradicionales han enfatizado los repentinos aumentos de
agravios momentáneos, creados por las «tensiones estructurales» del cambio social rápido
(Gusfield, 1968). Por el contrario, los teóricos de movilización de recursos han argumentado que
los agravios son relativamente constantes y que provienen de conflictos estructurales de intereses
inherentes a las organizaciones sociales, y que los movimientos se forman debido a cambios a largo
plazo en los recursos grupales, organización y oportunidades de acción colectiva (Jenkins, en
Annual Review of Sociology, 1983, publicado por FLACSO, 1988: 47 y 48).

Incidiendo en el tema, más adelante Jenkins indica que:


Diversos estudios han confirmado también el argumento de que los cambios a largo plazo que se
dan en la organización, los recursos y las oportunidades de los grupos dan origen a la formación de
movimientos. Los conflictos industriales ocurren con más probabilidad entre trabajadores que se
hallan ecológicamente concentrados en grandes fábricas y en vecindarios urbanos densamente
poblados (1983: 49).

J. Graig Jenkins cita el análisis realizado por William A. Gamson (1975)


sobre el éxito y el fracaso de 53 organizaciones, escogidas al azar, activas
entre 1800 y 1945. En general, las organizaciones exitosas fueron:
burocráticas, persiguieron metas limitadas, emplearon incentivos selectivos,
disfrutaron de patronazgo, usaron métodos revoltosos (incluso la violencia) y
expresaron sus demandas durante períodos de crisis sociopolíticas.
Hay que considerar que estas percepciones del éxito se ligan a su
realización a corto plazo (ondas cortas), pero en ondas largas (movimientos
históricos) puede haber movimientos exitosos con fracasos a corto plazo. El
movimiento de mayo del 68 francés ¿tuvo éxito o fue un fracaso? A esta
pregunta no se puede responder simplemente con un sí o un no.
8.1.2.3. Teorías orientadas hacia el paradigma de la identidad
Jean Cohen nos describe algunas de las explicaciones de por qué se
comenzó a utilizar el término de nuevos movimientos sociales:
La presunción es que los movimientos contemporáneos son «nuevos» en algún aspecto
significativo. Lo que se intenta es sobre todo aportar un autoconocimiento que no incluya sueños
revolucionarios de una reforma estructural, pero sí una defensa de una sociedad civil que no trata
de abolir el funcionamiento autónomo de los sistemas políticos y económicos; en pocas palabras un
radicalismo autolimitante (1988: 4).

El concepto de «radicalismo autolimitante» es, efectivamente, un acierto


en su propia definición. Ha sido utilizado por los movimientos sociales
modernos de una forma sustancial: el pragmatismo en sus actuaciones ha
propiciado una radicalidad controlada. «Por supuesto no se puede desconocer
que la más notoria característica de la situación de los movimientos
contemporáneos (décadas de los setenta y ochenta) es la heterogeneidad»
(Cohen, 1988: 4).
A continuación, realiza Cohen una crítica general sobre las dos escuelas,
aunque él se queda en el desarrollo del paradigma de la identidad:
Para muchos ecologistas, pacifistas, feministas y autonomistas, un hecho patente de su
autoconciencia es que sus identidades, fines y modos de asociación, en comparación con la Vieja y
Nueva Izquierda, son históricamente nuevos. A diferencia de la Vieja Izquierda, los participantes de
los movimientos contemporáneos no se consideran miembros de una clase socioeconómica. Según la
mayoría de los observadores sin embargo, estos vienen principalmente de las «nuevas clases
medias», sin bien participan con ellos individuos marginales y miembros de la vieja burguesía […]
En vez de formar sindicatos o partidos políticos de tipo socialista, social demócrata o comunista, se
centran en políticas a nivel popular y crean asociaciones horizontales semiestructuradas de
democracia directa, que están flojamente federadas a niveles nacionales (1988: 5 y 6).

Los actores limitan sus propios valores. Intentan realizar una ética del ser y
de aprender de la experiencia pasada, con concepciones más pragmáticas
sobre el Estado y las posibilidades de cambio en el sistema capitalista
dominante:
Muchos activistas contemporáneos aceptan la existencia del Estado formal democrático y la
economía de mercado. Por supuesto, sus luchas incluyen un proyecto para reorganizar las
relaciones entre economía, Estado y sociedad, y para rehacer los límites entre lo público y lo
privado (Cohen, 1988: 7).

Jean Cohen nos está planteando cómo los movimientos sociales tratan de
superar la cerrada dialéctica público-privado con una transformación hacia
«escenarios sociales», análisis que le aproxima a las concepciones teóricas de
Marc Nerfin y Tomás Rodríguez Villasante, y que nos sirven para realizar la
«triangulación» de la sociedad y las concepciones sobre el Tercer Sector.
Alain Touraine señala:
Hablar de la clase obrera o de la clase campesina o del pueblo y de la nación sigue siendo muy
superficial: los movimientos populares tienden a estallar constantemente. Su dualismo no es una
debilidad, la consecuencia de luchas de influencia entre moderados y radicales; es tanto más
fundamental cuanto el movimiento mismo es más profundo. Un movimiento […] cuanto más
dividido está, es más un movimiento profundo que lesiona las relaciones de clases y la dependencia
nacional mediante su acción (1988: 87).

Touraine, a diferencia de los defensores del paradigma de los recursos, nos


explica cómo la diversidad y la falta de homogeneidad de los movimientos
sociales, lejos de ser una debilidad, es su principal virtud que los hace fuertes
y eficaces. Desde los años setenta del siglo pasado, Alain Touraine es,
seguramente, el autor que mejor representa a una corriente de pensamiento
socialdemócrata que apuesta por el fortalecimiento de la sociedad civil frente
al poder omnímodo del Estado y el creciente del Capital, frente a otras
posiciones más estatalistas o social-liberales. Incorpora a la idea de
democracia el papel que deben jugar los movimientos sociales, y rechaza, por
igual, tanto los análisis marxistas clásicos como los de defensores de la
economía liberal de mercado:
Hoy se habla de democracia por todas partes, pero se trata de una imagen debilitada de la
democracia, de una índole que sería bastante incapaz de luchar contra regímenes autoritarios. En
ningún caso puede haber una democracia sólida sin la combinación de libertades públicas y
participación conflictiva de movimientos sociales antagónicos, de actores que luchan por el control
social de las orientaciones culturales de la sociedad (1991: 5).

8.1.2.4. Neomarxismos y posmarxismos


Con el sociólogo brasileño Octavio Ianni (1926-2004), vemos algunos
aspectos característicos del análisis latinoamericano contemporáneo de línea
neomarxista, sobre el papel de los movimientos sociales y su relación con la
lucha de clases y con el movimiento obrero.
Los movimientos sociales no se explican por sí mismos, ocurren en un contexto. Para entenderlos
hay que entender el contexto de una ciudad, región, nación, e incluso el contexto internacional.
Todo Movimiento Social tiene que ver con procesos más complejos, como son la urbanización:
transformación de una ciudad. Uno que está luchando por el tema de la vivienda en una ciudad está
metido en un proceso histórico complejo de urbanización, emigración campo-ciudad,
industrialización: la lucha de un Movimiento Social por la vivienda, transporte... está dentro de esos
procesos estructurales. Para explicar el Movimiento Social habría que explicitar esos procesos...
Tratar de buscar qué procesos sociales pueden estar determinando u orientando este movimiento, y
si este movimiento no es parte de un proceso más amplio, del cual el que está en el movimiento no es
consciente. Puede estar luchando por la vivienda, pero forma parte de un proceso de
reestructuración, resocialización en la ciudad, de lo cual no es consciente [...]. Por tanto, en la
reflexión sobre los Movimientos Socialestenemos: 1) Cuáles son esos procesos, que importancia
tienen, y cuales más o menos. 2) La dimensión cultural: qué cultura hay, cuál es la cultura de las
gentes que participan en esos movimientos, de dónde vienen, que principios comunitarios subsisten
en ellos (Ianni, 1991).

Octavio Ianni plantea la necesidad de tener en cuenta un conjunto de


factores y de variables que influyen en cada movimiento, y cómo esto se
encuentra subsumido en procesos históricos y sociales que son más
complejos. La evolución de los movimientos no la podemos entender sin
tener en cuenta ese conjunto de aspectos. En definitiva, la necesidad de
utilizar un análisis que nos aproxime al conjunto del sistema. Análisis
«sistémico» de cada totalidad concreta, o análisis holístico según la
terminología utilizada por otros autores (Hugo Zemelman, Tomás Rodríguez
Villasante).
Para Alberto Melucci, en un movimiento social, la acción colectiva está
definida por la presencia de una solidaridad; es decir, por un sistema de
relaciones sociales que liga e identifica a aquellos que participan en él y,
además, por la presencia de un conflicto.
Una acción colectiva puede ser simplemente conflictiva (en el interior de
los límites del sistema) o ser un movimiento social (que tiende a superar esos
límites). A su vez, la acción conflictiva puede ser reivindicativa o política, y
el movimiento social puede ser de tres tipos diferentes: reivindicativo,
político o de clase. Un movimiento político actúa para transformar los canales
de la participación política o para desplazar las relaciones de fuerza en los
procesos decisionales. Alberto Melucci ve natural el proceso de evolución-
transformación de un movimiento en la dirección de lo reivindicativo a lo
político y hacia un movimiento de clase. El esquema sería: conflicto →
movimiento social → cambio-transformación social → nuevos movimientos
sociales → nuevos conflictos… (Melucci, 1988: 111-113).
El referido sociólogo italiano aporta así una concepción dinámica sobre la
definición de los Movimientos Sociales, en cuanto que los contempla en el
tiempo, en su evolución y, a la vez, es un concepto definido de forma
concreta y aplicable de forma general. Difícil de encasillar en una escuela
teórica: la del paradigma de la movilización de recursos, de la cual parte, se le
queda pequeña. Manuel Castells le dedica elogiosas palabras y resume su
pensamiento en unas líneas:
En su introducción a la mejor colección de ensayos transculturales de todas las escuelas de
pensamiento sobre los movimientos sociales, Alberto Melucci apunta claramente la necesidad de
mantener la autonomía entre el análisis de la estructura social, de los sistemas políticos y los
movimientos sociales […] Sólo tomando como base estas distinciones, podemos estudiar el impacto
recíproco de los sistemas políticos en las revueltas sociales, la transición de las revueltas a los
movimientos sociales, y la reforma del Estado, así como la transformación de la sociedad bajo el
efecto directo o indirecto de los movimientos sociales (1986: 395).

En cuanto a los tipos de movimientos y su evolución, lo interesante es,


utilizando la terminología de Melucci, analizar cómo los movimientos siguen
direcciones y sentidos contradictorios. Vemos cómo también siguen
evoluciones en sentido diferente e, incluso, opuesto. Por lo que no debemos
pensar que lo natural sea la evolución desde posiciones reformistas a
posiciones más radicales o revolucionarias. Los movimientos saltan de unos
contenidos a otros y realizan acciones que podríamos incluso clasificar, a la
vez, de dos o más tipos: reivindicativas y de clase, político-revolucionarias y
pragmático-reformistas, etc. y lo pueden hacer casi simultáneamente.
Recordando a Alain Touraine, lo que parecen divisiones y contradicciones
pueden ser su fuerza y utilidad.
Para Claus Offe, los nuevos movimientos sociales cuestionan los límites de
la política institucional. ¿Qué caracteriza a los nuevos movimientos? Su
diagnóstico se apoya en tres fenómenos distintos: el aumento de las
ideologías y actitudes «participativas»; el uso creciente de formas no
institucionales de participación política: manifestaciones, huelgas salvajes...
Y las exigencias y conflictos relacionados con temas que se solían considerar
morales (p.ej., el aborto) o económicos (p.ej., la humanización del trabajo).
Mientras que la teoría liberal parte de que puede categorizarse cualquier acción
como «privada» o «pública» (siendo, en este caso, propiamente, «política»), se
sitúan los nuevos movimientos en una tercera categoría intermedia» ya que
reivindican contenidos que no son ni privados ni públicos […] Cuatro son los
nuevos movimientos más característicos: los de protección del medio ambiente, los
de derechos humanos y feminista, los movimientos por la paz, y los de economía
alternativa o dual (formas comunitarias de producción y distribución).

Fuente: Offe, C. (1988). Partidos políticos y nuevos movimientos sociales. Madrid. Sistema.

8.1.2.5. Manuel Castells


Manuel Castells es seguramente el sociólogo español más reconocido
internacionalmente. Dado lo prolífico del autor, con decenas de obras
publicadas sobre movimientos sociales, redes, comunicación y poder, es
difícil concretar su análisis teórico si quisiéramos realizar una «foto fija» de
sus concepciones sobre los movimientos sociales y de su relación con el
territorio, ya que ha tenido una continua evolución teórica.

a) Castells en los años setenta. Ya en esta década del siglo pasado Castells
desarrolla conceptos básicos relacionados con los movimientos sociales.
En una conferencia impartida en el Club de Amigos de la UNESCO de
Madrid (1978, transcripción propia) define:
«La CRISIS URBANA se da como un conjunto de crisis en la ciudad de vivienda, transporte,
contaminación... Es un problema para todas las clases sociales. Se da la contradicción: los
problemas son producto de un cierto tipo de intereses sociales pero las consecuencias son
sufridas por todos. Aunque el problema es particularmente agudo para los trabajadores y
especialmente para los jóvenes y para las mujeres (...). En resumen, la crisis urbana es general:
afecta a todas las clases. Pero de forma diferente. Es importante lo que está pasando en muchos
barrios, que a través de la existencia de asociaciones de vecinos se crea un tejido asociativo que
va más allá de las reivindicaciones de obtener una mejor vivienda, que es fundamental, sino que
va incluso a cambiar las relaciones entre la gente, la solidaridad entre la gente, y a partir de ahí
simplemente la vida de cada uno de nosotros» (Castells, 1978).

b) Castells en los años ochenta, nos indica que el movimiento ciudadano


madrileño solamente consiguió la transformación que perseguía
cuando articuló las tres dimensiones fundamentales que lo
caracterizaban: la ciudad, la comunidad y el poder. No hay
movimiento social si el movimiento (las Asociaciones de Vecinos, en
este caso) no define de manera consciente su papel. Analiza en 23
asociaciones de diferentes barrios de Madrid, la relación habida con tres
operadores utilizados (medios de comunicación, equipos profesionales y
partidos políticos de izquierda) y las variables de ciudad, poder y
comunidad, y también la relación con la conciencia como movimiento
ciudadano, posición y conciencia de clase, solidaridad con otros
movimientos sociales y los efectos urbanos, políticos y culturales.
c) Años noventa. Aporta una nueva definición: «Los movimientos sociales
son acciones colectivas, emprendidas por sujetos de cambio social, que
pueden ser o no ser la expresión directa de la lucha de clases».
Definición más en concordancia con la tradición posmarxista de su
pensamiento:
Si la burocratización de las ciudades aumenta y si las políticas urbanas acaban siendo
dominadas por la obsesión tecnocrática de competir en la economía mundial, el tejido social que
hoy conocemos podría desintegrarse fácilmente bajo la presión de la tendencia estructural hacia
el surgimiento de la Ciudad Dual. La participación ciudadana y la democracia política sigue
siendo la vieja receta que puede servirnos para dominar a los demonios que surgen de lo más
profundo de nosotros mismos (1991: 102 y 103).

d) Castells en el siglo actual. Esquemáticamente podemos decir que


Manuel Castells parte de un análisis metodológico marxista (años 70),
poniendo grandes esperanzas en las posibilidades de los movimientos
ciudadanos como protagonistas de los avances sociales, con el objetivo
de alcanzar una sociedad socialista (años 70 y 80).Las crisis de estos
movimientos, las incapacidades de conseguir cambios profundos y el
avance internacional de la globalización neoliberal, le llevan a
abandonar estas posiciones, pasando a un análisis más pesimista y
socialdemócrata pragmático. Afincado en sus investigaciones
internacionales desde la Universidad norteamericana de Berkeley,
colaborando con el MIT y la Universidad de Oxford, se centra
posteriormente en el análisis social de redes, destacando entre sus obras
la trilogía de La Era de la Información. Como él mismo indica:
«nuestro tipo de sociedad, que conceptualizo como sociedad red, es a la
Era de la Información lo que la sociedad industrial fue a la Era
Industrial» (Castells, 2010: 27).
Las investigaciones de Castells de la última década son imprescindibles
para entender el funcionamiento de los sistemas sociales y de los mecanismos
del poder, estatales e internacionales, y de cómo en alguna medida los
movimientos sociales, antes y ahora, construyen nuevas redes y alternativas a
los sistemas de dominación y opresión social. [17]

8.1.2.6. Teorías neolibertarias y posmodernas (Jesús Ibáñez y Michel Maffesoli)


El Socioanálisis nace en París en los años sesenta y «cuaja» en el mayo
parisino del 68 según Jesús Ibáñez (1928-1992). El Socioanálisis pretende
desenmascarar el nivel institucional a partir de la hipótesis de que las
instituciones sociales están dominadas por lo instituido, que sería un nivel
«invisible» en primera instancia. Ver ese nivel se logra mediante técnicas de
provocación al grupo y mediante la acción colectiva en autogestión (por
ejemplo, la asamblea como técnica de análisis de la realidad). Las técnicas de
provocación hacen percibir al grupo lo instituido. Se introducen así
analizadores para ver cómo funciona la sociedad.
El Socioanálisis es una corriente de origen freudomarxista que parte del
Situacionismo y el Constructivismo, con elementos antiestructuralistas (Erich
Fromm, Herbert Marcuse, Jean-Paul Sartre, Georges Lapasade, etc.). Se
puede encuadrar dentro de las teorías orientadas al paradigma de la identidad.
Se introducen elementos freudianos para entender desde dentro a los
movimientos: cómo se interioriza el Estado y se reproducen las pautas del
poder en los propios movimientos sociales. La liberación hay que plantearla
desde dentro de la persona y el grupo, sólo así puede darse la liberación
social.
La posición constructivista sería la posmoderna: no hay historia
determinada por factores económicos, se trata de construir la nueva sociedad.
En la sociedad actual hay una diferenciación entre la Persona, como rol, y el
Individuo, que puede ser diferentes personas dependiendo de los roles
sociales que tenga que desempeñar. Las redes sociales le harán producir esos
roles diferentes. Por ejemplo, el mismo individuo puede ser obrero
sindicalista y combativo en la empresa, machista en la familia, sumiso ante el
padre, votante de partido de derechas...
Jesús Ibáñez utilizaba los postulados de la física cuántica en el análisis
social (existe A y No A a la vez).Así, los movimientos sociales, ante la
obligación de elegir entre el Capital (la derecha) y el Estado (la izquierda),
pueden elegir la no elección: no al poder, sea de derechas o de izquierdas.
Por ejemplo, el movimiento feminista antipatriarcal. Un movimiento puede
ser, a la vez (según situaciones y acciones), conservador, reformista y
revolucionario; igual que la luz es, a la vez, corpúsculo y onda. No hay sujeto
social transformador: lo que hay son relaciones y subjetividades
transformadoras.
Javier Noya, como continuador de la obra de Ibáñez, plantea una socio-
cibernética situacionista, en la que los «analizadores sociales» y la
metodología de operacionalización constructivista de los modelos de los
«nuevos movimientos sociales» son sistemas autopoiéticos, que se auto-
referencian. Se explican y se referencian sobre categorías y conceptos
elaborados por ellos mismos.
Jesús Ibáñez nos introduce al análisis de redes y a la obra de Michel
Maffesoli El tiempo de las tribus, al explicarnos precisamente lo que son las
tribus en la sociedad posmoderna:
A la lógica de la identidad —sexual, política, profesional— le ha sucedido un proceso de
identificación a un grupo, un sentimiento, una moda. Es en ese sentido que es preciso comprender la
emergencia de redes, de pequeños grupos, de confluencias efímeras y efervescentes en el seno de la
sociedad de masas. Paradójicamente son, a la vez, valores arcaicos como el localismo y la
religiosidad, y el desarrollo tecnológico de punta, los que son constitutivos de este neotribalismo
particularmente resaltable en las megalópolis modernas (Ibáñez, 1990: 16. Prólogo a El tiempo de
las tribus, de Maffesoli).

Para Michel Maffesoli no es la sociedad quien está en crisis, ya que rebosa


de «potencia irreprimible» con diversas manifestaciones de socialidad:
Astucia, actitud de reserva, escepticismo, ironía y jocosidades (...) en
realidad la crisis la tienen los poderes en lo que tienen de imposición
vertical, de abstracto (...) La evidente saturación de lo político, puede
permitir sobre todo la reaparición de un instinto vital, que, por su parte,
dista mucho de apagarse (1990: 72 y 73).
8.1.2.7. Las contradicciones sociales (Johan Galtung)
En todas las sociedades hay personas y grupos con intereses diferentes que
fácilmente se enfrentan, entran en confrontación. En numerosas ocasiones,
los movimientos sociales y políticos nacen como respuesta a las
contradicciones sociales, como reacción o por los choques entre colectivos
que tienen intereses antagónicos. Con el fin de conseguir la satisfacción de
intereses o demandas de una parte de la sociedad o para contrarrestar o frenar
los intereses de otros grupos. Siempre ha habido contradicciones y conflictos
sociales, y pensadores que analizaban cuál era la contradicción principal (o
contradicciones) en cada momento y situación, tratando de explicar los
conflictos sociales a partir de esa fractura determinante (económica, sexual,
ecológica, etc.).Veamos algunos ejemplos.
Según Karl Marx, la contradicción principal y determinante en la sociedad
humana es la económica, la derivada de la existencia de grupos y clases
sociales que luchan por sus propios intereses económicos, con arreglo a la
posición que ocupa cada una en el sistema y en su relación con la propiedad
de los medios de producción. Por su parte, Sigmund Freud (1856-1939)
planteaba que casi todo se podía explicar desde la sexualidad, estudiando la
evolución de las contradicciones de cada persona desde el punto de vista
sexual y de género, observando que los conflictos colectivos también pueden
derivar de pulsiones sexuales reprimidas desde la infancia, por ejemplo, por
el complejo de Edipo.
Por su parte, Johan Galtung (1992) plantea siete fracturas o
contradicciones sociales. Esquemáticamente: 1) La contradicción con la
naturaleza, 2) la de género, 3) por la edad, 4) contradicción racial y por el
color de la piel, 5) las contradicciones socioeconómicas, 6) las
contradicciones culturales (incluye la religión), y 7) las espaciales-
territoriales y espacio-nacionales que, sumadas a las anteriores, tantas guerras
han provocado. La política no se cita porque está presente en todas las demás,
por eso se habla de políticas de medio ambiente, de género, culturales,
nacionalistas, etc. A éstas habría que añadir, desde nuestro punto de vista,
una octava contradicción que hemos denominado «vital», entre la vida y la
muerte o entre la enfermedad y la salud o, desde la apreciación cultural de lo
que se considera «normal» y lo que se considera «diferente» funcionalmente,
relativa a la discapacidad o diversidad funcional. Podemos hablar de un total
de ocho fracturas, contradicciones que están presentes en las sociedades
humanas en diferente grado y nos explicarían, en última instancia, el porqué
del surgimiento de los diferentes movimientos sociales y políticos. Una
contradicción se produce cuando «dos fuerzas opuestas están
simultáneamente presentes en una situación» (Harvey, 2014: 17) Todos
vivimos contradicciones, tanto a nivel personal como a nivel colectivo y
social. Y constantemente tomamos decisiones que favorecen a una de las dos
partes en conflicto, en detrimento de la otra.

Cuadro 1. Las contradicciones sociales y los movimientos sociales


Fuente: elaboración propia. Se toman como referencia las siete contradicciones descritas por Galtung,
J. (1992). «Desafíos y horizontes de los movimientos sociales en el umbral del siglo XXI». Primer
Congreso Internacional de Movimientos Sociales. Cuadernos de la Red, 2: 39-40.

8.2. INTRODUCCIÓN HISTÓRICA, LAS OLAS O GRANDES FASES


DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES. TIPOLOGÍAS DE LOS
MOVIMIENTOS SOCIALES [18]

Los movimientos sociales actuales tienen un precedente histórico claro en


otro tipo de movimientos que se han distinguido por la defensa de
determinadas cuestiones fundamentales en la organización social, como son
las condiciones de trabajo, los procesos sociales cotidianos, la situación
social de la mujer, la paz o el medioambiente. Hacemos a continuación una
breve referencia a esos movimientos sociales históricos:

8.2.1. El movimiento obrero


El movimiento obrero es uno de los denominados viejos movimientos
sociales. Se inició en Inglaterra como consecuencia directa de la Revolución
Industrial y las malas condiciones de los trabajadores en las fábricas. El
proceso de industrialización es el elemento desencadenante fundamental en la
aparición del movimiento obrero. La revolución industrial, el establecimiento
de la fábrica y, en ella, el trabajo de grandes contingentes humanos, hace
surgir una nueva clase social: la clase trabajadora, el proletariado. A su vez,
la revolución industrial produce situaciones de extrema miseria y explotación.
Los salarios eran tan bajos que no permitían la supervivencia de los
trabajadores. Las mujeres y los niños trabajaban las mismas horas que los
hombres y cobraban la mitad, si caían enfermos o se accidentaban no existía
ningún tipo de subsidio, etc. Ante esta situación, intelectuales como Karl
Marx (1818-1884) defendieron la necesidad de la unidad de la clase
trabajadora, para eliminar las desigualdades y la explotación en el trabajo, y
alcanzar la sociedad sin clases (Marx, 1848). La alternativa al marxismo fue
el anarquismo que se desarrolla en la segunda mitad del Siglo XIX. El
movimiento anarquista estaba en contra de la existencia del propio Estado,
destacando intelectuales como Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), Mijaíl
Aleksándrovich Bakunin (1814-1876) o Piotr Alekséyevich Kropotkin (1842-
1921).
Con el fin de promover la organización de los trabajadores surgieron
diversas iniciativas supranacionales:

— La I Internacional fue la primera gran organización que trató de unir a


los trabajadores de los diferentes países. Fue fundada en Londres, en
1864, y agrupó inicialmente a los sindicatos ingleses, anarquistas y
socialistas franceses e italianos republicanos. En ella tuvieron un papel
muy destacado Marx y Engels. Las tensiones entre Marx y Bakunin
generadas en la Comuna de París en 1971, llevaron a la escisión entre
marxistas y anarquistas en torno a la cuestión de la toma de poder.

— En 1889, se establece la II Internacional de corte socialdemócrata, en la


que, debido a las discrepancias entre marxistas y anarquistas, se produce
la expulsión de los activistas anarquistas. En este periodo se establece el
1 de mayo como el día Internacional del trabajo.

— En 1920, Lenin (1870-1924) crea la III Internacional, continuando con


la línea de Marx. En esta se reúnen los partidos comunistas de todo el
mundo, con el fin de consolidar los vínculos entre los trabajadores de
diversos países.
— La última Internacional se crea en 1938, organizada por los partidos
comunistas seguidores de las ideas de León Trostky (1879-1940).
En cuanto a España se refiere, el Movimiento Obrero y las asociaciones
sindicales han tenido una fuerza predominante desde mediados del siglo XIX.
Entre 1839 y 1867 existieron en España 30 sociedades obreras, siendo la más
conocida la Sociedad de Tejedores de Barcelona, fundada en 1840. Como
consecuencia de la escisión entre marxistas y anarquistas surge en 1888 la
Unión General de Trabajadores (UGT), creada en Barcelona. Por su parte,
los núcleos obreros anarquistas, seguidores de Bakunin, se organizaron
alrededor de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), a finales de
1910.

8.2.2. Los nuevos movimientos sociales. Mayo del 68, pacifismo, ecologismo, feminismo
El enfoque que más ha desarrollado el concepto «nuevos movimientos
sociales» tiene su origen en Europa, y considera los cambios que se
produjeron en la estructura y funcionamiento de los movimientos sociales en
los países avanzados respecto de los movimientos clásicos de trabajadores
que surgieron a partir de la Revolución Industrial, como el movimiento
obrero.
Las características en los movimientos contemporáneos se plantean en
función de las diferencias con las anteriores formas de acción colectiva
(Laraña, 2001: 6-10):

1) Estos movimientos no tienen una relación clara con los roles


estructurales de sus seguidores. Hay una marcada tendencia a que la
base social de los nuevos movimientos sociales transcienda la estructura
de clase. El origen social de los que participan en ellos tiene sus raíces
más frecuentes en status sociales bastante difusos, como la edad, el
género, la orientación sexual o la pertenencia al sector de profesionales
cualificados.

2) Sus características ideológicas contrastan, notablemente, con las del


movimiento obrero y con la concepción marxista de la ideología, como
el elemento unificador y totalizante de la acción colectiva. Los
movimientos sociales clásicos solían identificarse con arreglo a las
ideologías tradicionales más difundidas: conservador o liberal, de
izquierdas o de derechas, capitalista o socialista. Los nuevos
movimientos sociales son más difíciles de clasificar siguiendo esas
categorías: se caracterizan por el pluralismo de ideas y valores. En este
sentido, los nuevos movimientos sociales tienen un importante
significado político en las sociedades occidentales: implican una
dinámica de democratización de la vida cotidiana y la expansión de las
dimensiones civiles de la sociedad frente al crecimiento de aquellas
vinculadas al Estado.

3) Con frecuencia, los nuevos movimientos sociales centran su acción en


reivindicaciones relacionadas con cuestiones de carácter cultural y
simbólico, con una dimensión identitaria; en lugar de las
reivindicaciones económicas que caracterizaron al movimiento obrero.
Estos movimientos suelen presentarse asociados a una serie de
creencias, símbolos, valores y significados colectivos que están
relacionados con sentimientos de pertenencia a un grupo diferenciado,
con la imagen que sus miembros tienen de sí mismos y con nuevos
significados que contribuyen a dar sentido a su vida cotidiana y se
construyen de forma colectiva.

4) Los nuevos movimientos con frecuencia implican aspectos íntimos de la


vida humana. Por ejemplo, el movimiento gay.

5) Otra característica es el uso de tácticas de movilización radicales, de


resistencia y perturbación en el funcionamiento de las instituciones, que
también se diferencian de las tradicionalmente practicadas por el
movimiento obrero. Los nuevos movimientos sociales suelen emplear
nuevas pautas de movilización caracterizadas, como por ejemplo,
acciones no violentas o de desobediencia civil.

6) Por otra parte, el surgimiento y la proliferación de nuevos movimientos


sociales está relacionado con la crisis de credibilidad de los cauces
convencionales para la participación en la vida pública en las
democracias occidentales.

7) Por último, en contraste con la estructura de cuadros y las centralizadas


burocracias de los partidos de masas tradicionales, la organización de
los nuevos movimientos sociales tiende a ser difusa y descentralizada.
Estos movimientos sociales surgieron en determinados momentos y países
con un gran impacto político, como, por ejemplo, las movilizaciones de Mayo
del 68 francés, que provocaron una reforma educativa que transformó las
rígidas estructuras del sistema educativo en Francia. Así, a comienzos de la
primavera del 68, los estudiantes de izquierdas se manifestaron en la
Sorbona, siendo reprimidos con una gran violencia policial. Esta represión
provocó la solidaridad de una parte de la clase media, y se extendió
rápidamente a otras universidades, mediante acciones de huelga y encierros.
Cuando las movilizaciones fueron apoyadas por la clase trabajadora, las
revueltas adquirieron una dimensión global. La coalición entre estudiantes,
trabajadores y otros grupos puso en cuestión al sistema político en su
conjunto (Tarrow, 2004: 22). Las concesiones del Primer Ministro George
Pompidou al Movimiento obrero acabaron con aquella alianza temporal entre
estudiantes y trabajadores, y un referéndum celebrado en junio se saldó con
una victoria del Presidente De Gaulle y el fracaso de los movimientos de
izquierda. Aun así, el movimiento había sacudido los cimientos del régimen
francés. Aunque los organizadores del Movimiento social de ese año no
alcanzaron los objetivos anunciados, 1968 marca una fecha emblemática de
las movilizaciones sociales en los países avanzados. El espíritu de mayo del
68 se contagió a otros países como EE.UU., donde hubo protestas contra la
Guerra de Vietnam o el Movimiento por los derechos civiles de más amplio
recorrido, pero que significativamente sufrió ese mismo año el asesinato de
dos líderes muy destacados como Martín Luther King y Robert Kennedy.
En el mismo sentido se puede hablar del movimiento ecologista. A finales
de los años sesenta el desarrollo económico industrial estaba generando un
conjunto de efectos negativos sobre el medio ambiente que ya empezaban a
resultar inadmisibles. El Movimiento ecologista surge para satisfacer las
necesidades sociales y de salud del ser humano como un movimiento político
global que defiende la protección del medio ambiente. Un hito importante de
dicho movimiento se produce en 1972, cuando El Club de Roma publica el
informe «Los límites del crecimiento», que advierte de los peligros de una
sobreexplotación de los recursos naturales y la previsión de su escasez a
medio plazo (Meadows et al., 1972). Este estudio ayudó a sensibilizar a la
sociedad sobre los problemas del medio ambiente. Hoy en día, vinculado
también al cambio climático, es una de las grandes cuestiones que
condicionan la política institucional en su conjunto, y que ha dado lugar a un
importante movimiento ecologista, con grandes organizaciones
internacionales, como World Wide Fund for Nature (WWF), creada en 1971,
de tendencia conservacionista y de formas de acción moderadas y
convencionales, o Greenpeace, creada en 1973.
El movimiento ecologista ha tenido también su reflejo en la
institucionalización de un ecologismo político, con la aparición de Die
Grünen (Los Verdes) en Alemania en 1980, o el Partido Verde europeo, en
2004. En los últimos treinta años han ocurrido desastres medioambientales
que han ayudado a la visibilización de la importancia de dicho movimiento,
como es el accidente de la Central nuclear de Chernóbil en 1986, la fuga de
pesticidas en Bhopal en 1984, el accidente nuclear de Fukushima en marzo de
2011, o el hundimiento del Prestige en España, en 2002.
Otro movimiento importante es el pacifista. Como su nombre indica, el
movimiento por la paz se opone a todo tipo de violencia. El mayor impulso
moderno se dio en el s. XX, con personalidades tan importantes como
Mahatma Gandhi (1869-1948), Martin Luther King (1929-1968) o Nelson
Mandela (1918-2013). A partir de este movimiento, y tras la Segunda Guerra
Mundial, se fundó la organización más importante en la defensa de la paz
como es la ONU (1945), creada para mantener la paz y la seguridad
internacional y en la que participan actualmente (año 2017) 193 Estados
miembros. Hay algunos acontecimientos que activan el movimiento pacifista
en el ámbito internacional, como la carrera armamentística nuclear entre
EE.UU. y la Unión Soviética, durante la denominada Guerra Fría (1945-
1989), o más recientemente, en el siglo XXI, el movimiento No a la Guerra
contra la guerra de Irak (2003).
Por último, es necesario mencionar al movimiento feminista, como un
conjunto heterogéneo de movimientos culturales, políticos y económicos que
trabajan por la igualdad de la mujer. A lo largo de los siglos XIX y XX, grupos
de mujeres se organizan y actúan en el espacio público en demanda de sus
reivindicaciones. La primera oleada del feminismo fue el denominado
Sufragista, que tuvo lugar a principios del siglo XIX en Inglaterra. Además del
derecho al voto luchaban por la igualdad efectiva entre hombres y mujeres,
apelando a la universalización de los derechos democráticos y la
transformación de leyes e instituciones. La progresiva obtención del voto en
la primera mitad del siglo XX desactiva el movimiento feminista; sin
embargo, la persistencia de importantes desigualdades de género en el mundo
del trabajo y en el ámbito doméstico, dio lugar a una segunda oleada de
movilizaciones centradas en reivindicaciones sociales y laborales, que
tuvieron su punto de referencia teórico en la obra de Simone de Beauvoir
(Valcárcel, 2008: 75). Más recientemente, es destacable la investigación de la
socióloga María Ángeles Durán sobre la contribución del trabajo no
remunerado realizado por las mujeres a la economía global (2012).
Actualmente, se está viviendo una revitalización del movimiento feminista
a partir de campañas tan significativas como «ME TOO» de EE.UU., contra
la agresión y el acoso sexual, o las importantes movilizaciones producidas el
día Internacional de la mujer en 2018, que han sido un punto de inflexión del
movimiento feminista, tanto por el volumen de personas que participaron,
como por el eco de las reivindicaciones.

8.2.3. Globalización y movimientos altermundialización


Este movimiento surge en Seattle, en 1999, aunque existen antecedentes
que se sitúan a comienzos de la década de los años noventa del pasado siglo,
como la revuelta neozapatista de Chiapas en 1994 y su estrategia de
internacionalización, que se traduce en el 1.er Encuentro Intercontinental por
la Humanidad y contra el Neoliberalismo. Seattle significó un punto de
inflexión en la dinámica de las resistencias a la globalización, y la apertura de
una nueva fase marcada por el crecimiento y el impulso de las mismas. El
año 2000 supuso la consolidación y expansión de la protesta, fue considerado
el «año de la protesta contra la globalización». En el 2001, el período que
transcurre desde Porto Alegre a Génova, se consiguió el arraigo social del
movimiento.
El Movimiento Altermundialización surgió como una reacción crítica
contra las consecuencias de la globalización económica, como efecto de la
revolución tecnológica y la sociedad de la información, protagonizada por las
grandes corporaciones empresariales, que ha conducido a un ciclo de grandes
desigualdades sociales entre los ciudadanos. La globalización, centrada en
criterios de rentabilidad y competitividad extrema, donde el peso de las
empresas multinacionales es creciente y superior —en muchas ocasiones—,
al poder político del Estado-Nación, acabó por suscitar la necesidad de
desarrollar nuevas estructuras organizativas y estrategias políticas que
permitieran recuperar los equilibrios entre los derechos de ciudadanía y el
sistema político y económico. Muchas de las características que se relacionan
habitualmente con el concepto de globalización no son nuevas en la historia
del capitalismo; sin embargo, la escala, el alcance y la complejidad que han
adquirido, lo hacen peculiar.
La definición del movimiento varió a lo largo de los años. Comenzó bajo
la denominación de Movimiento Antiglobalización, hasta la actualidad,
cuando se le denomina Movimiento Altermundialización. El prefijo «alter» se
consideraba más correcto puesto que promovía la idea de «otro mundo es
posible» (lema nacido en el II Foro Social Mundial) (Allait, 2007: 12). Otras
denominaciones han sido: Movimiento por la justicia global, Movimiento de
ciudadanos, Movimiento antimundialización, o Movimiento de movimientos.
El término antiglobalización fue muy denostado por sus integrantes desde el
principio, puesto que no se consideraban «anti» nada, sino internacionalistas,
comprometidos con el mundo en general y a favor de una globalización
diferente (George, 2004: 5). Empieza a formar parte de la realidad política a
partir de finales de los años noventa del siglo XX, momento en el que los
partidos políticos parecen descuidar la atención a un conjunto de nuevas
demandas sociales; en un periodo en el que las desigualdades, la pobreza y la
precariedad laboral se hacen cada vez más notables.
En este contexto, los déficits de representación de algunas de las Instituciones
clásicas, así como los partidos políticos o los sindicatos tradicionales, dejan el
camino libre a la presencia de otros actores sociales, en la escena política, con
un protagonismo especial de los jóvenes.
Desde el interior de los propios movimientos sociales, las nuevas formas de
acción colectiva suponían la emergencia de un Nuevo movimiento social
antisistema. Con el nacimiento del movimiento antiglobalización descrito
como Movimiento de movimientos, se puede considerar superada la
clasificación anterior entre viejos y nuevos movimientos sociales, pues en él
concurren sindicatos, partidos de izquierda, organizaciones ecologistas,
pacifistas y feministas, asociaciones indigenistas, antirracistas y grupos de
ciudadanos que ponen el acento en la defensa de los derechos humanos,
sociales y civiles. Por ello, se habla de los Novísimos Movimientos Sociales
(NMS) (Alonso, 2008: 703-730). Realmente, la acción de estos NVM
representa un cambio en la naturaleza de la implicación de los ciudadanos y
en la participación social de la juventud (Francés, 2009: 396) (ver cuadro 2).

Cuadro 2. Diferencias entre los antiguos y los nuevos paradigmas de la Acción Colectiva
Dimensiones Antiguos Paradigmas Nuevos Paradigmas
Basadas en parámetros
Identidades
socioeconómicos y político- Basada en parámetros ético-existenciales
Colectivas
ideológicos
La modificación de la estructura El cambio personal se orienta a modificar las
Cambio social
cambia al individuo condiciones de vida colectiva
Espacialidad Epicentro local Epicentro global
Temporalidad de
Se busca efectividad a largo plazo Se busca efectividad a corto plazo
las acciones
Estructura Piramidal institucional Horizontal, redes vinculados y flexibles.
Fuente: elaboración propia.

Una de las características que mejor definen al Movimiento


altermundialización es su heterogeneidad, tanto en sus formas de acción y de
movilización, como de organización. Dicha heterogeneidad está íntimamente
ligada a la multiplicidad de los objetivos perseguidos. Las formas de acción
tienen una característica singular: crear el sentido de identidad colectiva. Para
que las acciones tengan trascendencia social se utilizan los medios de
comunicación de masas y las redes sociales. Teniendo en cuenta esto, se
constata que el repertorio, el discurso y la simbología se ha adaptado a la
nueva realidad mediática. Para el Movimiento Altermundialización, Internet
permite expandir y difundir con celeridad las protestas y las convocatorias de
sus redes. Su bajo coste, su carácter abierto, horizontal y sin filtros de control,
apuntalan el sustrato de democracia radical que cimientan los nuevos
movimientos globales (Calle, 2005: 41).
Según Carlos Taibo (2005: 80) algunos de los rasgos organizativos
característicos del Movimiento Altermundialización serían los siguientes:

a) Conformación de redes extremadamente flexibles que se proponen


garantizar las oportunidades para la expresión de todos, facilitando una
genuina comunicación no jerarquizada, otorgando el peso que merecen
los individuos por encima de las proximidades ideológicas.

b) Su estructura descentralizada y la vocación de coordinar


horizontalmente las actividades. Dicha descentralización de los
movimientos hace que éstas sean muy difíciles de controlar.

c) Recelo a las estructuras jerárquicas.


d) Amplitud de formas de intervención:

— Acción directa no mediada por partidos políticos.

— Presión ante las instituciones.

— Creación de coaliciones.

— Desarrollo de campañas de sensibilización.

— Desobediencia civil.

e) Combinación entre lo local y lo global.

f) Uso de Internet como herramienta que ha facilitado densas


comunicaciones en el interior de los grupos y entre éstos; acrecentando
la posibilidad de articular rápidas respuestas, con bajos costes. Internet
es decisivo para el despliegue de campañas internacionales de recogida
de firmas. Ha hecho posible el bloqueo de las páginas web de empresas
y organismos y ha ofrecido perspectivas inéditas de comunicación para
quienes viven en países marcados por la impronta autoritaria.
Tras las contracumbres y su radicalización, se cambió de estrategia y
decidieron pasar de la protesta a la propuesta y crearon los Foros Sociales
Mundiales, convirtiéndose en un espacio de discusión, planteamiento y
formulación de grandes ideas, propuestas alternativas. Así, mientras que las
contracumbres empezaron con el objetivo de hacer frente en la calle y en los
medios de comunicación a las cumbres oficiales de organizaciones tan
importantes como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o la
Organización Mundial del Comercio; los Foros nacieron con un carácter
genuinamente propositivo.

8.3. LOS MOVIMIENTOS CIUDADANOS EN ESPAÑA [19]

Nos vamos a limitar en este capítulo a comentar, brevemente, las grandes


transformaciones, desde los años 60 del pasado siglo, en el asociacionismo y
los movimientos en España, que tiene sus propias características y tiempos.
Podemos diferenciar los grandes rasgos y fases en su evolución casi
identificándolas con cada década reciente, pero teniendo en cuenta que,
lógicamente, los cambios se van realizando paulatinamente y, por lo tanto, las
diferentes fases se van solapando. Las décadas estarían caracterizadas por:

1) Años 60-70: década de crecimiento y auge de los movimientos


ciudadanos.

2) Años 80: década de crisis. Fragmentación, dispersión. Minifundismo


asociativo.

3) Años 90: Reestructuración. Reconversión y nuevos horizontes. Cambios


de paradigmas. Nuevas ONG de voluntariado y cooperación, y nuevas
micro-asociaciones asumen el protagonismo social.

4) Años 2000: Dualización: profesionalización y asociacionismo de


servicios, por un lado y, por otro, movimientos alterglobalizadores y
foros sociales.

5) Años 2011 y siguientes: Indignados, 15M y Mareas Ciudadanas.


Estas décadas las podemos observar en el Cuadro 3, donde recogemos
brevemente algunas de las entidades y sus características.
Como es bien conocido, la historia de España ha estado marcada por las
cuatro décadas de régimen dictatorial fascista que, a diferencia de otros países
europeos, sólo triunfa tras una guerra civil de tres años. De aquí deriva una
sociedad con pautas diferentes en las esferas política, económica y social,
pero que inevitablemente caminó hacia la homologación europea,
especialmente en los últimos años del franquismo y después de la muerte del
dictador.
Como consecuencia de ello, al investigar sobre nuestros movimientos
sociales nos encontramos con que, como indica Luis Enrique Alonso:
No podemos aplicar, al caso español, los esquemas de estudio de las movilizaciones tradicionales
o campesinas de los países subdesarrollados, ni mucho menos aún los análisis de los sistemas de
acción de clase de los países democráticos avanzados (1991: 82).

Podemos concluir que, utilizando algunos términos de Luis Enrique


Alonso, sus rasgos principales en los años sesenta y setenta son:
a) El desarrollo de un movimiento obrero eficaz que une un radicalismo
reivindicativo en lo económico con las reivindicaciones de carácter
general (conseguir la democracia), muy relacionado con el desarrollo de
las que se autodenominaron «Comisiones Obreras», como nuevos
grupos activos en las empresas, antes de constituirse en un sindicato
formal.

b) A diferencia de Europa, al ser los partidos políticos clandestinos, éstos


forman un mismo bloque con los movimientos o están dispersos dentro
de ellos.

c) La lucha del movimiento ciudadano es en principio por reivindicaciones


concretas de los barrios populares y en la redistribución del excedente
económico (por ejemplo, en Madrid: diferencias entre el Norte rico y el
Sur y Este marginado), a la vez que se reivindica «otra forma de vivir»
en los barrios de trabajadores.

d) En ese contexto de dictadura, la lucha antioligárquica y global entra a


formar parte de las características definitorias de los movimientos
sociales españoles.

Cuadro 3. Asociacionismo y Políticas Locales. Evolución en España


Asociacionismo y Movimientos
Décadas Políticas de ámbito local
Sociales (más significativos)
Industrialización. Abandono creciente del
Asociaciones de Cabezas de Familia y
campo y crecimiento de las ciudades.
de Amas de Casa
Beneficencia y Asistencia Social
Años 60 (1964 Ley de Asociaciones).
(asistencialismo) Estado autoritario del
Incremento del Movimiento Obrero
bienestar (R. Cabrero)
………………………………..
Los Ayuntamientos se dedican al urbanismo y
……… Predominan las Asociaciones de
poco más.
Años 70 Vecinos. Se crean Padres de Alumnos
Confrontación con los movimientos sociales.
(periodo vivido (APAS), clubs parroquiales, Casas
Ideologías cerradas. Jerarquización política y
por la población Regionales, culturales, cine-clubs…
social.
mayor actual Acción unitaria en cada barrio.
1978 Constitución Española, garantiza la
como Relación directa, impuesta, entre
libertad de asociación y la autonomía de
protagonista) acción local (mejora de mi barrio) y
municipios.
acción política global (conseguir la
1979: primeras elecciones democráticas
democracia en España)
municipales.
Crisis de los MM. SS. y de las
ideologías tradicionales de las Política del «ladrillo»: construcción de nuevas
izquierdas. infraestructuras y equipamientos (centros
Fomento del minifundismo culturales, casas de juventud, Hogar/club de
asociativo, especializado por temas y mayores…).
corporativo. Gestión municipal de Cultura-Fiestas,
Creación de asoc. ecologistas, Servicios Sociales, deporte, etc. ->
Años 1980
feministas, culturales, deportivas, competencia desleal con los servicios prestados
3.ª edad… por asociaciones.
Aumento del número de socios y de Creación de los primeros Consejos de
los servicios prestados, lo que permite Participación.
mejor financiación. 1985 Ley Local LRBRL. Estatuto del Vecino.
Creación de federaciones y Desarrollo del Estado de Bienestar
confederaciones.
Continuación en la creación de nuevas
Asociaciones de Voluntariado, ONG
concejalías específicas de Juventud, Mujer, 3.ª
y «Tercer Sector»
edad, Empleo y Desarrollo Local…
Asociaciones de servicios y modelo
Descubrimiento del Voluntariado.
profesional asociación-empresa.
Globalización. Primeras privatizaciones,
Fundaciones, asociaciones
reducción del gasto público.
asistenciales, de ocio…
1990 Redacción de Planes Integrales sectoriales
Nuevos movimientos (0,7%,
(para contrarrestar la sectorialización) y de
ONGD…).
Planes Estratégicos en diversas ciudades.
Ideologías abiertas.
Pérdida de derechos sólidos (laborales,
Leyes de Voluntariado (1996) y
sociales…), derechos difusos en la sociedad de
regulación de las Fundaciones y del
la precariedad y de la modernidad líquida
Mecenazgo (1994)
(Bauman, 2005).
ONL «onegización» y redes
2002 Ley de Asociaciones
Privatizaciones y adjudicación de servicios al
Escándalos de corrupción y fraude en
Tercer Sector. Sociedad de la Información y
algunas ONG (Intervida, Anesvad…),
del Conocimiento. Redacción de Agendas 21.
falta de transparencia.
Conceptos nuevos (o redefiniciones):
Movimientos antiglobalización.
2000 Gobernanza, Ciudadanía (activa e inclusiva),
Redes de asociaciones y
Empoderamiento, Participación /
movimientos.
Corresponsabilidad social, capital social.
Propuestas de códigos éticos.
2003 Reforma de la LRBRL haciéndola más
Responsabilidad Social Corporativa
presidencialista. Regula la iniciativa popular
(RSC), grupos de interés y
stakeholders.
Endeudamiento de economías públicas y
Aumento de la pobreza y de las
privadas.
desigualdades socioeconómicas.
Precariado. Nueva reducción de derechos
2008 Internet 2.0. Nuevas redes sociales
sociales y económicos, pasamos de la
Crisis económica virtuales.
modernidad líquida a la gaseosa. Los derechos
2011: Movimientos de indignados,
se difuminan. Reducción de prestaciones
15M, PAH y Mareas Ciudadanas.
sociales
Fuente: elaboración propia.
8.4. MOVIMIENTOS DE INDIGNADOS, 15M Y MAREAS
CIUDADANAS (SEGUNDA DÉCADA DEL S. XXI)

Sobre el movimiento social 15M y los movimientos de indignados se


publicaron cientos de artículos en apenas unos meses de 2011 y, casi
inmediatamente, varias decenas de libros; siendo objeto de investigación de
nuevas tesis doctorales, ponencias y papers. En España, ha sido el
movimiento social que ha merecido la más rápida y masiva atención de
sociólogos e investigadores sociales.
El movimiento de protesta 15M nace por la suma de una serie de factores y
circunstancias. Según los manifiestos publicados por el propio movimiento,
los podemos resumir en (Cabal, 2011, periódico Madrid15M): llevar casi
cuatro años de crisis económica sin ver la «salida del túnel», indignación por
la percepción generalizada de que la crisis la estaban pagando los de siempre
(los de «abajo»), mientras que los causantes (entidades financieras,
especuladores...) no asumían responsabilidades; los principales partidos
políticos seguían protegiendo a los causantes de la crisis y tampoco asumían
responsabilidades y sí la política de recortes y austericidio dictada desde la
Unión Europea, que se suma al desprestigio del bipartidismo y a una
corrupción política en aumento; los sindicatos realizaron una tímida critica a
esta situación, diferenciándose de las huelgas generales y movilizaciones
convocadas en Francia y Grecia y de la primavera árabe.
El conocido como movimiento «15M» nace con esta denominación por las
manifestaciones convocadas en más de cincuenta ciudades españolas el 15 de
Mayo de 2011, bajo el lema «Democracia Real YA». Como tal movimiento,
se crea a partir de la movilización masiva de respuesta al desalojo policial de
una pequeña acampada, de apenas una treintena de jóvenes en la Puerta del
Sol de Madrid. El 17, con la concentración de miles de personas que deciden
quedarse y crear «Acampada Sol», se crea el 15M. Las acampadas de
respuesta a lo sucedido en Madrid se replican en la mayoría de las capitales
provinciales. La represión policial a un pequeño grupo hizo saltar la chispa
que provocó el «incendio», para que ardiera la indignación hasta ese
momento contenida. Acampada Sol crea una pequeña ciudad, paralela y
alternativa a la oficial, que se mantiene en el centro de la capital durante
cuatro semanas, desbordando los cauces institucionales.
El éxito del nuevo movimiento fue evidente y superador, también en las
movilizaciones, a cualquier otro anterior:
Observando los datos de las movilizaciones en el resto del estado en los últimos siete meses, sí
podríamos aventurar que entre 600.000 y 2.500.000 de personas se han movilizado en algún
momento con los indignados. Otros 5 millones habrían visto sus acampadas, asambleas o
manifestantes, llegando a participar en algún momento en sus actividades (Adell, 2011: 13).

Entre el 70% y el 80% de la población española simpatizó con sus


propuestas (encuestas del CIS, 2012), obteniendo una gran repercusión
internacional. Hasta 2014, tanto el conocimiento sobre el movimiento como
la simpatía y acuerdo con sus propuestas son mayoritarios entre la población
española (GETS, Encuestas sobre Tendencias Sociales, 2011-2014, en
Tezanos y Díaz, 2017: 123).
Desde sus inicios, se expresa con vocación internacional y a favor de
movilizaciones internacionales democratizadoras y contra la crisis. Este hilo
se multiplica en otros países occidentales rápidamente, naciendo al poco
tiempo Occupy Wall Street y la acampada de Londres. El 13 de julio, la
revista contracultural Adbursters de Vancouver, hacía un llamamiento a la
movilización: «levantad tiendas, cocinas, barricadas pacíficas y ocupad Wall
Street ...se está produciendo un cambio mundial en la táctica revolucionaria
... una fusión de Tahrir con las acampadas españolas» (Castells, 2012: 160).
El 15 de octubre de 2011 fue la fecha elegida por las nuevas redes
internacionales, que se habían ido tejiendo desde la primavera a partir de la
spanish revolution, para realizar una movilización contra la crisis, «United
for Global Change», Unid@s por un cambio global. Fue un éxito a nivel
mundial: se realizaron movilizaciones en unas 1.060 ciudades de más de 80
países. Prácticamente todas las redes concretaron las mismas denuncias y
reivindicaciones que el 15M: contra la gestión injusta y desigualitaria de la
crisis y a favor de la participación directa de la ciudadanía. El éxito mundial
del 15-O fue evidente pero no tuvo continuidad, no se crearon nuevas redes
estables o movimientos sociales internacionales significativos. Seguramente
marcó la cresta de la ola movilizadora internacional.
A pesar de su marginación mediática desde 2012, el 15M ha supuesto un
cambio de paradigma, cultural y político, y un «analizador histórico»: todo el
mundo se ha posicionado y opinado sobre el movimiento, la casi totalidad de
la población española tenía una opinión sobre el 15M en estos años (estudios
CIS y GETS citados). Ha sido una eclosión, una verdadera primavera, donde
han florecido nuevas ideas alternativas, creatividad y arte. Como se dijo en
2011 «en una sola tienda de campaña de Sol había más ideas y debates que en
toda la campaña electoral».
Con el 15M ocurre como con la revolución parisina de mayo del 68, de la
que se dijo que «no consiguió nada»: aparentemente no ha tenido ningún
éxito concreto, nada ha cambiado y sin embargo «todo es diferente desde su
aparición» (Adell, 2016).
A finales del mismo año 2011 se comenzaron a crear nuevos movimientos
sociales contra la crisis y contra los recortes en derechos sociales,
especialmente las nuevas «mareas ciudadanas»: blanca (contra los recortes y
privatizaciones en sanidad), verde (educación), naranja (servicio sociales y
bibliotecas), negra (funcionarios) etc. Y tomaron gran impulso otros
movimientos que ya existían, como la Plataforma de Afectados por la
Hipoteca (PAH). Son los descendientes y las cristalizaciones sociales que han
dado lugar a nuevos colectivos, asociaciones e iniciativas, hijos y
descendientes del 15M (Alberich, 2016).

8.5. PARA TERMINAR EL CAPÍTULO: EJERCICIOS, PRÁCTICAS


O LECTURAS
1) Realizar una investigación sobre movilizaciones que se hayan realizado en la
localidad o provincia donde se resida y sobre los movimientos sociales.
Recopilando información sobre qué entidades existen, cuáles son sus características
más sobresalientes, tipos de actividad, etc.
2) Verificar si los movimientos sociales analizados (u otros que conozcamos)
cumplen con las características de las definiciones que se han incluido en este
capítulo por diversos autores (Tilly y Wood, etc.) y con qué movimientos sociales
históricos tienen relación.

8.6. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


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VALCÁRCEL. A. (2008). Feminismo en un mundo global. Madrid. Cátedra.
Capítulo 9
Globalización y cambio social
Rosa M.ª Rodríguez Rodríguez
Tomás Alberich

9.1. Concepto de cambio social. Agentes y factores de cambio


social.
9.2. Fases del sistema capitalista. El nacimiento del capitalismo de
consumo.
9.3. La globalización. Sociedad de servicios y de la información en
el capitalismo financiero-especulativo.
9.3.1. Estado de Bienestar y crisis.
9.3.2. El capitalismo del siglo XXI.
9.4. Migraciones internacionales en la era de la globalización.
9.5. Para terminar el capítulo: ejercicios, prácticas o lecturas.
9.6. Referencias bibliográficas.
¿De qué trata este capítulo?

En este capítulo se aborda, en primer lugar, el concepto de cambio social, desde


la perspectiva de la Sociología, se exponen los principales agentes y factores de
cambio social y se analizan otros conceptos de importante valor interpretativo, para
el estudio de las transformaciones sociales, como son los de evolución social,
proceso social y acción histórica. A continuación, se describen los principales
cambios sociales en las fases del sistema socioeconómico capitalista, que se
expande mundialmente desde el siglo XVIII y se convierte en el predominante, en
su variante de capitalismo de consumo, en el siglo XX. Desde finales de este siglo,
muestra, también, otras características definitorias, en un sistema de creciente
globalización neoliberal que ha favorecido la economía financiera especulativa y
los nuevos movimientos migratorios internacionales.
9.1. CONCEPTO DE CAMBIO SOCIAL. AGENTES Y FACTORES DE
CAMBIO SOCIAL [20]

El cambio social ha sido un tema nuclear para la Sociología, desde sus


propios orígenes como ciencia, pues hemos visto en los primeros capítulos de
este libro que nace en el contexto de grandes transformaciones sociales,
políticas y económicas que requerían ser interpretadas y explicadas. Por
cambio social puede entenderse «toda transformación observable en el
tiempo que afecta, de una manera no efímera ni provisional, a la estructura o
al funcionamiento de la organización de una colectividad dada y modifica el
curso de su historia» (Rocher, 1990: 414 y 415).
Los rasgos que determinan qué es el cambio social son, según Guy Rocher,
en primer lugar, que el cambio social es necesariamente un fenómeno
colectivo, es decir, debe implicar a una colectividad o a un sector apreciable
de la misma; debe afectar también a las condiciones o modos de vida, o
también al universo mental de un importante número de individuos. En
segundo lugar, un cambio social debe ser un cambio estructural, es decir,
debe producirse una modificación de la organización social en su totalidad o
en algunos de sus componentes. Para hablar de cambio social es, pues,
esencial poder indicar los elementos estructurales o culturales de la
organización social que han conocido modificaciones y poder describir esas
modificaciones con suficiente precisión. En tercer lugar, un cambio de
estructura supone la posibilidad de identificarlo en el tiempo, pues es
imposible apreciar y medir el cambio social como no sea con respecto a un
punto o puntos de referencia en el pasado y, desde ahí poder plantear la
existencia de un cambio, indicar lo que ha cambiado y en qué medida ha
habido cambio. En cuarto lugar, para que se trate realmente de un cambio de
estructura, todo cambio social debe dar pruebas de una cierta permanencia, lo
que significa que las transformaciones observadas no deben ser superficiales
y efímeras. Por último, concluye el mencionado autor, el cambio social afecta
al curso de la historia de una sociedad; esto es, la historia de una sociedad
habría sido diferente de no mediar dicho cambio social (Rocher, 1990: 413 y
414).
Esta acepción de cambio social y, por ende, la problemática de la
historicidad de las sociedades contiene los elementos que permiten distinguir
el cambio social de otros términos asociados; entre ellos, la evolución social,
la acción histórica y el proceso social. Exponemos, a continuación, los
aspectos diferenciales que caracterizan estos tres importantes términos
interpretativos de la realidad social, a partir de las definiciones dadas,
también, por el sociólogo canadiense. Hay una cierta unanimidad en
considerar que la evolución social es el conjunto de las transformaciones que
conoce una sociedad durante un largo periodo de tiempo, es decir durante un
periodo de tiempo que rebase la vida de una sola generación e incluso de
varias generaciones. La evolución social se circunscribe a lo que conocemos
como tendencias sociales, esto es, tendencias imperceptibles a una escala
reducida, pero evidentes cuando se adopta una perspectiva a largo plazo. En
este nivel de análisis, los pequeños cambios se esfuman puesto que sólo
subsiste el efecto acumulativo de un gran número de cambios, a fin de
constituir una cierta línea o curva que describe el sentido o el movimiento de
una tendencia general.
Por otro lado, es importante no confundir acción histórica y cambio social.
La acción histórica es el conjunto de las actividades de los miembros de una
sociedad, de índole propia o destinadas a provocar, intensificar, frenar o
impedir transformaciones de la organización social en su totalidad o en
algunas de sus partes. Por regla general, sólo ciertas personas, grupos o
movimientos concretos influyen, en un momento dado, sobre la orientación
de una sociedad, sobre su destino, y contribuyen activamente a su historia.
Estas personas, grupos o asociaciones son denominados agentes de cambio
social y son los responsables de introducir el cambio, lo sostienen, lo
fomentan o se oponen a él. La acción de estos actores sociales está motivada
por objetivos, intereses, valores, ideologías, etc., que tienen un impacto sobre
el devenir de una sociedad. Otro concepto, muy vinculado al estudio
sociológico del cambio social, es el de proceso social, entendido como la
secuencia y el encadenamiento de los acontecimientos, de los fenómenos, de
las acciones cuya totalidad constituye el discurrir del cambio. El proceso
muestra cómo acontecen las cosas, en qué orden se presentan y cómo se
disponen (Rocher, 1990: 410-419).
Determinar cuáles son los factores que generan cambios sociales ha sido
una cuestión que ha suscitado gran interés en la historia del pensamiento
sociológico. Para Karl Marx los cambios en los modos de producción eran el
principal elemento de transformación social; Max Weber estudió la influencia
de los valores religiosos en el desarrollo del sistema económico capitalista;
sociólogos actuales abordan el impacto de las nuevas tecnologías de la
información y los avances científicos en la constitución de la Sociedad del
Conocimiento, etc. Además de los factores económicos, culturales y
tecnológicos, otros autores, también analizan la influencia del factor
medioambiental (necesidades sistémicas de adaptación), o la forma de
organización política y los instrumentos de poder, en relación a los cambios
sociales y los tipos de sociedad resultantes (Giddens, 1998: 658-662).
En el siglo XXI, podríamos señalar el proceso de globalización como uno
de los factores de cambio social que mayor efecto transformador ha tenido en
distintos ámbitos de la sociedad. Su análisis permite comprender la propia
evolución seguida por el sistema capitalista y algunos fenómenos derivados,
como son los nuevos movimientos migratorios. Procesos sociales de largo
alcance histórico, pero que adquieren nuevas dimensiones en la sociedad
global y de los que nos hacemos eco en este capítulo.

9.2. FASES DEL SISTEMA CAPITALISTA. EL NACIMIENTO


DEL CAPITALISMO DE CONSUMO [21]

El capitalismo es un sistema de relaciones económicas y sociales basado en


el predominio del mercado y la libertad en los intercambios económicos.
Como otros sistemas sociales evoluciona constantemente a lo largo del
tiempo. De tal forma que, sus contradicciones internas, han variado en las
diferentes fases del sistema capitalista, dando lugar a crisis cíclicas y
conformando una sucesión de sistemas sociales. Estos, esquemáticamente,
han sido principalmente tres: el capitalismo de producción, el de consumo y
el financiero-especulativo. Previamente, había existido una fase precapitalista
de crecimiento en los intercambios mercantiles, de incipiente capitalismo
comercial.
Las principales características de cada fase se sintetizan en el cuadro 1. Los
partidarios del capitalismo más liberal (sin control estatal) eran mayoritarios
en las políticas públicas europeas y norteamericanas del siglo XIX hasta que
estalló la Gran Depresión, crisis económica que comenzó en los años 1929-
30 en Estados Unidos y que se extendió a toda Europa a lo largo de la década
de 1930.
Cuadro 1. Evolución histórica de los sistemas sociales
ESTADO, sistemas Discurso
Época FASES DEL CAPITALISMO
político y social hegemónico
Capitalismo Comercial (Mercantil) y crecimiento
CRECIMIENTO
del Capitalismo de Producción impulsado por: Derechos Humanos
Lo importante es
1.ª Revolución industrial: impulsados por la crecer en
Siglo XVIIIIntroducción de la máquina de vapor y el carbón independencia magnitudes
hasta la en los procesos productivos. norteamericana (1769) cuantitativas.
crisis de 2.ª Revolución industrial y la revolución francesa
Ciencias
1929, Utilización de la energía eléctrica en el proceso (1789)
Sociales:
la Gran productivo, que posibilitó el desarrollo del Creación de la Predominio de
Depresión trabajo en cadena y el posterior taylorismo. Beneficencia Pública las Técnicas
Años 30 del S. XX Se actúa sobre la Cuantitativas y la
El capitalismo entra en crisis por la especulación pobreza absoluta
perspectiva
y la sobreproducción (no hay suficiente consumo
distributiva.
para lo que se produce).
Intervencionistas,
fordismo y Keynes:
Capitalismo de Consumo y Estado de Bienestar
El Estado debe
(Welfare State):
intervenir para asegurar
Regulación e intervención estatal, con políticas DESARROLLO
el mantenimiento de la
sociales públicas (sanidad, educación, Crecimiento con
economía y el empleo y
vivienda…), mejor
planificar el desarrollo
Al ser tarea del Estado la «Seguridad Social» (en distribución y
Desde los sentido amplio) se posibilita el incremento del económico. New Deal,
mayor bienestar
años 30 del consumo, que los trabajadores puedan gastar sus F. Roosevelt, años para la mayoría
siglo XX salarios en consumir y que el capitalismo pueda treinta. Plan (disminución de
Marshall…
producir más y no entre en crisis de las diferencias).
En España se desarrolla
sobreproducción. Se busca el
un limitado «Estado
.................................. crecimiento con
autoritario del
Consolidación del Estado de Bienestar a partir de cambio
bienestar» (Rguez.
la 2.ª Guerra Mundial. cualitativo.
Cabrero, 1989)
. . . . . . . . Antídoto a la revolución social-comunista (URSS Asistencia Social, con Ciencias
Segunda 1917, China 1949…). Insuficiencia de
Sociales: se
mitad del s. Posibilita que los trabajadores puedan vivir comienzan a
Recursos y derecho
XX mejor, asuman el modelo, consuman más y utilizar Técnicas
condicionado.
defiendan el «Estado social de mercado» y el Cualitativas,
Posteriormente:
«capitalismo social». Perspectiva
Servicios Sociales,
El capitalismo de consumo se basa en: marketing, Estructural y
como Derecho
obsolescencia programada y facilidad en el análisis de redes.
Universal reconocido.
crédito.
Se actúa sobre la
3.ª Revolución Industrial, la electrónica.
pobreza absoluta y la
relativa.
«DESARROLLO
SOSTENIBLE»,
«Calidad de
Vida» y
Servicios en Red/ «Participación»
Sociedad de la (también
Información y Sociedad respecto a la
Red (Castells). crisis: la culpa es
Disminución del Estado de todos…).
Globalización y disminución del Estado de y privatización parcial Agenda 21, Carta
Bienestar. del Estado de de Aalborg,
Capitalismo financiero-especulativo, capitalismo Bienestar. Planes de
de ficción, economía de casino… Se propugna una Inclusión
Disolución de la URSS y del bloque comunista redefinición del EB, Social…
(1989-91). El capitalismo no tiene competidores. pasar a «Sociedad de Utilización de
Bienestar», con más técnicas
Décadas Aumento de las desigualdades sociales y
económicas. Los Estados nacionales pierden protagonismo de participativas en
1970/80
asociaciones, ONG y investigación y
hasta 2007 poder frente al «Mercado» internacional.
La globalización neoliberal impone sus reglas de teleparticipación planificación.
mercado como únicas, es el pensamiento único y individual. Nuevos
el ‘fin de la historia’. La globalización se da en Derechos difusos y conceptos:
ámbitos de la cultura, la economía, la tecnología modernidad líquida, los Calidad Total,
(TIC), el crimen organizado y la globalización derechos sólidos Marco Lógico,
política y social que es la menos desarrollada desaparecen (Bauman). Gobernanza,
(derechos de los trabajadores y a su libre tránsito, Flexibilidad, Empoderamiento.
DD.HH. cambio climático…). desregulación o No a la
‘flexiseguridad’ planificación
Más que de pobreza se político-
habla de exclusión económica/sí a
social. Aparición de planes
trabajadores pobres estratégicos
(Robert Castel, 2014) y locales o
del precariado. sectoriales.
Modelo de
integración social
relacional.

Con la crisis los


derechos (líquidos)
también se esfuman,
4.ª Revolución Industrial: Internet-redes sociales pasan a ser «gaseosos».
Minoritariamente
y nuevas TIC, y desarrollo de la biotecnología, Crisis política de la
se propugna un
Crisis de la robótica y automatización. globalización, nuevos «crecimiento
Gran Crisis en cascada o crisis sistémica: especulativa, movimientos
débil» con más
Recesión socioeconómica, política, ecológica, migraciones, migratorios y nuevos impuestos
(desde aumento de la desigualdad, etc. nacionalismos (Brexit, (Piketty, 2014), o
2007) Crecimiento económico sin creación de empleo. Trump…).
el
Consumo individualizado y personalizado, Desarrollo de nuevas «decrecimiento»
consumidor activo e interconectado (Alonso). formas económicas: (Taibo, 2002)
Desintermediación. Economía Colaborativa
y Economía del Bien
Común.
Fuente: elaboración propia.

La primera revolución industrial, del vapor y ligada al consumo de carbón,


había continuado con la segunda revolución industrial (de la electricidad).
Ambas habían supuesto un aumento constante de la producción fabril y
global que, unida a la posterior producción en cadena y al taylorismo, con la
aplicación de técnicas científicas a la producción y a la organización del
trabajo, habían provocado un nuevo aumento de la productividad y un
incremento constante de la producción masiva de bienes de consumo. Pero la
demanda no tenía capacidad para absorber tanta oferta. No había un consumo
suficiente de todo lo producido, a causa principalmente de los bajos salarios
de la clase trabajadora y a la escasa seguridad social. Esta falta de consumo y
la espiral especulativa de las acciones en bolsa produjeron la primera gran
crisis internacional del capitalismo, que provocó el cierre de miles de
empresas y millones de parados. Esta crisis, la Gran Depresión, ha sido
considerada la más importante de la historia hasta que comienza, también en
Estados Unidos, la crisis de 2007, la Gran Recesión.
El capitalismo de producción había mostrado sus insuficiencias, su techo
de crecimiento dentro de una economía política liberal. La solución a la crisis
de los años 30 viene con la aplicación de un nuevo modelo económico-social
a partir de diversas propuestas, con objetivos a priori diferentes, pero
coincidentes en ser partidarias del intervencionismo estatal, resumidas en el
fordismo y el keynesianismo. Por un lado, y desde una perspectiva económica
desde dentro del mercado, el industrial Ford había puesto en marcha un modo
de producción en cadena taylorista, cuyos pilares básicos fueron la aplicación
de técnicas científicas a la organización de la producción y la especialización
del obrero, convirtiéndolo en trabajador cualificado, lo que provoca un
aumento de la producción y la reducción de costes.
Frederick Winslow Taylor (1856-1915), realizó su planteamiento en la
obra Principles of Scientific Management (1911), que luego fue conocido
como «taylorismo», consistente en un sistema de organización integral, con
la aplicación de métodos científicos de control de la producción y,
específicamente, de control sobre los obreros y su relación con las máquinas.
Esto exigía un control exhaustivo cronometrado de los tiempos necesarios
para cada acción concreta de trabajo, con el fin de maximizar la eficiencia de
la mano de obra, de las máquinas y herramientas, y de sus relaciones. En este
sistema el obrero está controlado minuto a minuto y es una pieza más de la
cadena productiva.
Por otro lado, John Maynard Keynes (1883-1946) plasma sus teorías desde
una perspectiva económica más ideológica, en las que, tras analizar la
fluctuación de los ciclos económicos y su influencia en los niveles de empleo
e ingresos, propone dotar a los Estados nacionales y a sus instituciones de
mayor poder para intervenir y controlar el mercado, con el objetivo último de
lograr una mayor estabilidad y prosperidad. La herramienta principal para
este control sería una política fiscal redistributiva que asegurase el
crecimiento económico y la protección social de las clases trabajadoras,
permitiendo así el aumento del consumo popular y su desarrollo como una
nueva «clase media». Ford se había dado cuenta de que poco servía producir
mucho, si los trabajadores no tenían capacidad adquisitiva para comprar, para
adquirir sus propios automóviles ford. La conclusión de ambas propuestas fue
que el sistema económico capitalista y su organización social requerían que el
Estado asegurara a toda la población la protección social (educación, sanidad,
vivienda) y la creación de seguros y pensiones (públicas y facilitar las
privadas), para que los trabajadores pudieran dedicar sus salarios
principalmente al consumo directo. Única manera de mantener el crecimiento
de la producción a lo largo del tiempo.
El debate entre los keynesianos, intervencionistas-planificadores, y los
nuevos liberales (neoliberales-conservadores, cada vez menos liberales y más
conservadores) se mantiene desde los años treinta del pasado siglo hasta la
actualidad. Tony Judt (2012) lo expresó acertadamente:
Los tres cuartos de siglo que siguieron al colapso de Austria de la década de 1930 pueden
considerarse como un duelo entre Keynes y Hayek. Keynes comienza con la observación de que bajo
unas condiciones económicas de incertidumbre sería imprudente suponer unos resultados estables,
y por tanto sería mejor diseñar formas de intervenir a fin de conseguirlos. Hayek, que escribe
conscientemente en contra de Keynes y desde la experiencia austriaca, argumenta en su Camino de
servidumbre (1945) que la intervención —la planificación, por benevolente o bienintencionada que
sea independientemente del contexto político— termina mal (Tony Judt citado por José María
Sánchez Ron, 2013).

Desde los años treinta se da así el paso paulatino del capitalismo de


producción al de consumo y el paralelo y necesario impulso del Estado de
Bienestar (Welfare State), con un nuevo pacto social (New Deal), entre las
clases trabajadoras y los «cuadros» del Estado y del empresariado. Pacto por
el que los trabajadores participarían tímidamente en el liderazgo político-
social, y los segundos se convierten en agentes de los intereses de la
ciudadanía, que se concretan en subidas de impuestos, más derechos a los
trabajadores y fuertes inversiones públicas para salir de la crisis.
El desarrollo del Estado de Bienestar en los países industriales occidentales
también fue posible por el colonialismo que, entre otros factores, permitió
obtener materias primas y energía barata, procedente de los países
colonizados. El capitalismo de consumo y el pacto social entre trabajadores y
empresarios tomó un nuevo impulso después de la Segunda Guerra Mundial,
llevando al mayor desarrollo del Estado de Bienestar. También fue, desde el
principio, una forma preventiva de diluir las aspiraciones revolucionarias de
una parte de la clase trabajadora, ya que en 1917 las organizaciones obreras
comunistas habían tomado el poder en Rusia y habían creado la URSS y, con
la Segunda Guerra Mundial, se había extendido su influencia al Este europeo
y a China. El aumento de los medios disponibles para las clases trabajadoras,
y la diversificación y especialización profesional y productiva, propiciaron el
desarrollo de una economía de servicios que favoreció el paulatino
crecimiento de la clase media, a cuya categoría social pasaría a
autoidentificarse la mayoría de la población (Alberich y Amezcua, 2017).
Cada fase del capitalismo asume e incluye a la anterior. El precapitalismo
comercial aumentó con la mejora de los sistemas fabriles productivos. La
economía productiva sigue siendo base sustancial del capitalismo, pero es el
consumo el que toma el relevo como principal factor económico para que
pueda seguir creciendo. El consumismo tira de la economía desde los años 30
del pasado siglo. Sin consumo no hay producción que valga.
El capitalismo de consumo se sustenta en una triple base, necesaria para
propiciar su desarrollo y que se va implantando paulatinamente:

a) endeudamiento fácil, favoreciendo el acceso generalizado al crédito, que


implica el endeudamiento permanente de empresas y familias;

b) el marketing, que asegura la constante creación de nuevas necesidades


sociales, «necesidades» que debemos satisfacer mediante la inmediata
compra de bienes y servicios,

c) y la obsolescencia programada de los productos, para asegurar que


ningún producto comprado dure demasiado, «más de lo justo» en el
sentido de lo que se considera muy rentable para el fabricante.
Está constatado que la obsolescencia programada comenzó hace ya casi un
siglo, con acuerdos fraudulentos entre los principales fabricantes de
bombillas eléctricas (para que no duraran mucho) y se ha extendido a la
fabricación de todo tipo de productos manufacturados. Ha llegado a ser tan
escandalosa en el siglo actual que hay países como Francia que la han
prohibido. El debate está muy presente en la Unión Europea con varias
propuestas para su reducción o prohibición.
El capitalismo de producción y el de consumo siguen vigentes y han
provocado un inevitable crecimiento del capitalismo de servicios, factor
causante y, a su vez, producto del consumismo. Así mismo, para que el
consumo y los intercambios internacionales pudieran seguir aumentando, se
incrementó la economía financiera, con endeudamiento y préstamos fáciles.
Esta economía cobró vida propia mediante su constante financiarización,
convirtiéndose en predominante en las últimas décadas del siglo xx y
arropando el desarrollo del capitalismo especulativo. En las décadas de 1950-
60 se produce la tercera revolución industrial, de la electrónica y las
telecomunicaciones, que facilitó su extensión a caballo con la creciente
globalización. El nuevo capitalismo postfordista cohabita con el anterior y
crea nuevas pautas de producción y de consumo. El sociólogo francés Pierre
Bourdieu (1930-2002) dedicó buena parte de su extensa obra al análisis de las
nuevas formas de producción y a su relación con el consumo cultural.
Considera que el capital puede ser básicamente de dos tipos: capital
económico y capital cultural (Bourdieu, 1988). El capital económico con los
bienes materiales que se pueden acumular (el tipo de capital al que
normalmente nos referimos al hablar de capital), mientras que el capital
cultural hace referencia a conocimientos y beneficios simbólicos adquiridos
por los sujetos, marcando pautas diferenciadoras en el consumo cultural.
En este análisis del postfordismo y sus pautas de consumo, es destacable
en España la obra de Luis Enrique Alonso (2007):
El consumo nacional, y su compañero natural, el de cultura de masas, ha tendido a sustituirse
por el de la articulación de nuevos estilos de vida y consumos distintivos, compuestos a nivel
mundial, representando un conjunto de normas adquisitivas diferenciadas que han venido a crear
un nuevo modelo de consumo global postfordista a la vez unificado, individualizado y diferenciado
[...]
La crisis del compromiso keynesiano, del Estado social y de la cultura de la seguridad nacional,
ha ido cristalizando en la percepción de una sociedad del riesgo que, como ha diagnosticado Ulrich
Beck (1992, 1999), impulsa hacia una autoconstrucción particularizada e individualizada de
biografías cada vez más diversificadas […] La gestión privada e individualizada del riesgo se hace
central en una cultura de consumo donde la autorresponsabilidad en temas como la formación, la
sanidad, el cuidado corporal, la cultura alimentaria, las pensiones, o la seguridad personal se
convierten en bienes adquiribles en mercados de servicios cada vez más presentes en la esfera de lo
directamente comprable [...]
Del consumidor receptor pasivo típico de la era del objeto mecánico y eléctrico (o incluso de la
primera electrónica) hemos pasado al consumidor autoproducido, activo e interconectado, donde el
aumento hasta el infinito de las posibilidades de elección, pasa por el aumento paralelo del poder
de los códigos comunicativos y las tecnologías de consumo (2007: 43 y ss).

9.3. LA GLOBALIZACIÓN. SOCIEDAD DE SERVICIOS Y DE LA


INFORMACIÓN EN EL CAPITALISMO FINANCIERO-
ESPECULATIVO

La tercera fase del capitalismo, a la que denominamos de capitalismo


financiero-especulativo, comienza en las décadas de 1970-80. Se ha
desarrollado conjuntamente con la expansión de la globalización neoliberal.
Entre sus características definitorias están el imparable desarrollo tecnológico
de la microelectrónica y de las nuevas TIC y el paralelo aumento de las
desigualdades.
La globalización se produce en todo el planeta y en todos los ámbitos, pero
no de manera simultánea. En cuanto a proceso de intercomunicación e
interconexión mundial, la globalización es un proceso histórico natural. En la
historia de la Humanidad siempre se han producido procesos de más
información, fusión y «contaminación» entre culturas, economías, etc. Es un
proceso de mundialización que se ha ido construyendo durante siglos entre
las diferentes civilizaciones, pero, desde finales del siglo pasado, es cuando
se habla de globalización moderna para referirse a la globalización
neoliberal, que comienza en la segunda mitad del siglo XX y especialmente a
partir de los años setenta. Sus defensores escogieron la palabra
«globalización» frente a otras como mundialización —más exacta para
referirse a procesos económicos y de homogeneización del sistema
productivo mundial, porque globalizar es un concepto de connotación
positiva, defendido desde posiciones progresistas, que apoyaban actuaciones
sociales integrales globales. Por ejemplo, el movimiento ecologista desde los
años 90 había hecho famosa su proclama de «actuación local con
pensamiento global». La contracumbre mundial de Río, en 1992, se
denominó precisamente «Foro Global». La palabra «globalización» evoca así
aspectos positivos y modernos: visión global como visión integral, holística,
comunicación mundial, nuevas tecnologías, etc., frente a los
«antiglobalizadores», palabra que sugiere reminiscencias contra el progreso,
de aislamiento, nacionalismo o localismo.
La globalización neoliberal moderna se da en, al menos, cinco aspectos
diferentes, pero interconectados:

1) En la Cultura. Es la globalización neoliberal más antigua, que comienza


con el proceso de exportación mundial del modelo de vida
norteamericano (american way of life) a través de su potente industria
cultural, especialmente de las películas de Hollywood, pero también con
la música, comida rápida, bebida-refrescos, la MacDonalización
mundial. Se plantea como la cultura abierta de la libertad. Potenciar o
proteger las culturas nacionales o locales se considera como algo
antiguo, retrógrado.

2) En la Economía. Desregulación y deslocalización, libertad para el


movimiento de capitales, principalmente del capital financiero
especulativo que se mueve gratis a nivel mundial, sin tasas y, en menor
medida, de la industria, la agricultura y servicios, que siguen teniendo
aranceles, pero paulatinamente disminuyen, arruinando a las economías
locales. Libertad para los movimientos económicos, pero no para su
base fundamental, los recursos humanos, no para las personas.

3) Tecnología y Conocimiento. Especialmente de las nuevas tecnologías de


la Información y la Comunicación (TIC), pero que se da en todos los
sectores: globalización en la investigación I+D+i, biomedicina,
automatización, etc. Los avances tecnológicos son la parte más visible e
inmediata de la globalización.

4) Globalización del crimen organizado, de las actividades económicas


ilegales y alegales: tráfico de drogas ilegales, de armamento, tráfico
ilegal de mercancías, etc. El de obras de arte y de falsificaciones es el
que más dinero mueve después de los dos anteriores (drogas y
armamento). Y tráfico ilegal de personas. Con la globalización, el
dinero en paraísos fiscales no ha dejado de aumentar hasta cifras
astronómicas. Igual que el porcentaje de la economía en manos del
crimen organizado y de las mafias internacionales, según múltiples
estudios (Vidal-Beneyto, 2010: 241 y ss.; Garzón, 2005; De la Corte y
Giménez-Salinas, 2010; Forgione, 2010).

5) Globalización política y social, de los derechos humanos y de la


democracia, que es la que menos se da o que menos se respeta.
Promovida por organismos y acuerdos internacionales, la ONU,
protocolos de protección ambiental (como el de Kioto y posteriores),
Corte Penal Internacional, etc., y la impulsada desde organizaciones y
movimientos sociales internacionales (Green Peace, Amnistía
Internacional, movimientos altermundialistas y foros sociales, OIT,
entre otros).
Los cinco aspectos en que la globalización se produce están
interconectados y, en ocasiones, superpuestos. La revolución tecnológica, a
partir de la tercera revolución industrial, ha facilitado el desarrollo de la
globalización y dado soporte a la globalización mediática. Ha puesto las vías
(más bien autopistas) por la que transita la información e intercomunicación,
facilitando todo lo demás. A su vez, el acrecentado poder de los mass media
ha impulsado la globalización e incluso ha impuesto sus modelos y sus
diversas visiones globalizadoras, resumidas en el «pensamiento único»
neoliberal.
Para Manuel Castells vivimos en la sociedad red, que es a la Era de la
Información lo que la sociedad industrial fue a la Era Industrial (Castells,
2010: 27). Los modelos político-económicos son diversos y, como también
indica Castells, a pesar de la globalización sigue existiendo la pluralidad y los
Estado-Nación, pero con unas reglas de juego diferentes. Se coincide en el
enorme poder de la comunicación:
Poder es algo más que comunicación, y comunicación es algo más que poder. Pero, el poder
depende del control de la comunicación, al igual que el contrapoder depende de romper dicho
control (2010: 23).

Bernard Cohen (1963) ya indicaba que puede que la prensa no tenga


mucho éxito en decir a la gente qué tiene que pensar, pero sí sobre qué temas
tiene que pensar. Así, la agenda informativa establece la agenda pública y
ciudadana, establece además el framing, el marco o encuadramiento sobre lo
que hay que pensar, sobre los temas que pensamos y debatimos.
La actual cuarta revolución industrial, con Internet y las nuevas redes
sociales, está creando nuevas formas diferentes de comunicación y de
consumo que aún no sabemos hasta qué punto cambiarán las reglas del juego
social (ver el siguiente capítulo).

9.3.1. Estado de Bienestar y crisis


A partir de 1971-1973 se producen una serie de crisis que van a tener
notables repercusiones en el modelo de Estado existente hasta entonces. Las
sucesivas crisis del petróleo supusieron incrementos constantes de los costes
de la energía ¿Cómo solventó el capitalismo estas crisis para mantener o
incluso incrementar las tasas de beneficio empresarial? A unos años de
ahorro energético y de reestructuración industrial continuaron cinco tipos de
respuestas en los años ochenta, que en buena parte habían sido impulsadas
por el tándem Ronald Reagan-Margaret Thatcher:

1. Disminución de costes fiscales a las empresas y a las grandes rentas,


mediante reducción de impuestos y disminución de controles, reducción
del papel fiscalizador de los Estados, en nombre de la «libertad» y de
las nuevas palabras-fetiche: «flexibilidad» y, más aún, «desregulación»
que es «la palabra de moda y el principio estratégico elogiado y
aplicado activamente por cualquiera que tenga poder. Hay demanda de
desregulación porque los poderosos no desean ser “regulados” tener
limitada su libertad de elección y constreñida su libertad de
movimientos» (Bauman, 2006: 35).

2. La reducción de impuestos implica una disminución de ingresos del


Estado y, como consecuencia, la paulatina disminución del Estado de
Bienestar, ya que comienza a no poder hacer frente a los servicios que
hasta entonces había prestado. Consecuencia: aumento de las
desigualdades sociales.

3. Abaratando costes de producción. Disminución de los salarios reales y


de los derechos laborales: menos seguridad en el empleo, descenso de la
indemnización por despido, aumento del empleo precario, más
eventualidad. Una sociedad en la que todo fluye, todo se disipa, todo
cambia y en la que los derechos y valores fundamentales no tienen una
base sólida, se nos escurren entre las manos. Es la «modernidad
líquida» gráficamente expresada por Zigmunt Bauman (2005).

4. Para que las reformas citadas se pudieran llevar a cabo se realiza el


mayor enfrentamiento desde la Segunda Guerra Mundial con sindicatos,
organizaciones obreras y movimientos sociales que se oponían a estas
medidas. Comenzando en el Reino Unido, el enfrentamiento se salda
con una disminución del poder de sindicatos y movimientos sociales y
con la paulatina asunción, desde las organizaciones socialdemócratas,
de parte del nuevo ideario neoliberal (a través de propuestas como la de
la tercera vía, socialdemocracia liberal).

5. Las grandes empresas comienzan la conquista de nuevos mercados. La


expansión de las multinacionales lleva a la creación de las grandes
corporaciones empresariales «transnacionales». Las economías
nacionales pierden poder y se producen los primeros procesos de
deslocalización de las empresas. Se acelera, en definitiva, el proceso de
mundialización socioeconómica conocido como globalización.
Saskia Sassen ha analizado detenidamente y explicado cómo, en una
primera fase, la financiarización facilitó el crecimiento de la economía y
permitió su expansión. Pero, el exceso de endeudamiento mediante la
financiarización constante y autoalimentada, nos llevó a una economía
especulativa e inestable. «La crisis se convierte en una característica de los
sectores económicos no financieros a través de su financiarización [...] El
resultado general es un potencial extremo de inestabilidad incluso en sectores
fuertes y sanos (capitalistas), en especial en países con unos sistemas de
financiación muy desarrollados» (2014: 64).
En palabras de Göran Therborn (2012): «las finanzas se han convertido en
el centro del capitalismo avanzado», en una vorágine de compraventa a gran
escala de valores intangibles a través de complejas operaciones bursátiles,
formando burbujas especulativas que finalmente estallan. Cuando explotan,
las pérdidas reales recaen en los más débiles del sistema (desempleados,
bajos salarios, etc.), provocando el aumento de la desigualdad, resultado de
los entresijos de una economía cada vez más virtual y menos real». Óscar
Iglesias (2012: 161) lo resume afirmando que «la globalización financiera sin
regulación ha ocasionado un crecimiento exponencial de las transacciones
financieras a corto plazo, que han favorecido la especulación financiera y han
provocado la crisis actual, aumentando las desigualdades en todo el planeta».
Durante décadas, las clases trabajadoras habían mantenido su poder
adquisitivo por el incremente del endeudamiento hasta que la crisis explota.
Paralelamente, la riqueza, de las mismas élites económicas que provocaron la
crisis, aumenta constantemente. Por ejemplo, en 2011, según datos del Banco
Mundial, las veintinueve personas más ricas tenían una fortuna equivalente a
la del total de los 95 países con menor PIB en 2009. Mientras, los gobiernos
de la Unión Europea recortaban los presupuestos públicos de gasto social
para corregir la deuda contraída, precisamente para rescatar a los bancos de
esas mismas élites, obstaculizando así el desarrollo económico.
¿Cómo se produjo el cambio del capitalismo de consumo al especulativo,
el paralelo declinar del Estado de Bienestar y la predominancia de la
globalización neoliberal? Sabemos que estos cambios sistémicos, como los
anteriores en la historia, son procesos que no se pueden concretar en una sola
fecha, pero sí hay consenso entre los analistas para señalar que el cambio se
produce en la época del tándem Thatcher-Reagan.
La denominada «revolución de los muy ricos» (Galbraith, 2011), había
empezado antes, pero es en los años 1970 cuando se visualiza y en los
ochenta cuando triunfa internacionalmente. De hecho, Göran Therborn ha
calculado que fue precisamente en 1980 el año concreto de la máxima
expansión del Estado de Bienestar y la fecha del cambio de ciclo (al menos
en los países anglosajones y en los más industrializados, en España fue
posterior). Como afirman Gérard Duménil y Dominique Lévy, si el citado
New Deal se trataba de un compromiso entre los cuadros y las clases
populares, en el neoliberalismo este pacto se establece entre los cuadros
(gerentes y ejecutivos) y la clase capitalista. El liderazgo de esta alianza es
asumido en esta fase por la clase capitalista, mientras que los cuadros están a
su servicio, recibiendo importantes remuneraciones dependiendo de su
posición respecto a los objetivos neoliberales.
A finales del siglo XX, la producción se socializa crecientemente, se
establece como un conjunto de interacciones entre diferentes agentes,
convirtiéndose en una cuestión social. Siguiendo a Duménil y Lévy (2014),
esta socialización de la producción tiene tres características:

1) Cada vez requiere utilizar más medios, tanto en capital como en


trabajadores, convirtiéndose en macroempresas con complejos sistemas
de organización.
2) Las redes empresariales se amplían, estableciéndose conexiones tanto
dentro de la empresa como con otras empresas, entre territorios y
países, hecho favorecido por la globalización.

3) La interdependencia empresarial se convierte en el sistema de


articulación principal de la propiedad de las instituciones privadas,
surgiendo grandes corporaciones en las que unas empresas poseen a
otras. Dentro del sistema capitalista se produce una nueva
contradicción, por la que el capital ya no es una propiedad privada de
uno o varios individuos, sino compartida por un gran grupo de ellos y
gerenciada por otros muchos.
El capitalismo actual es una maraña de redes superpuestas e
interconectadas, que cada vez es más difícil de comprender y de saber quien
ostenta el poder.

9.3.2. El capitalismo del siglo xxi


El actual modelo capitalista está en crisis. El capitalismo goza de buena salud y no tiene
alternativa. Estas dos afirmaciones que parecen antagónicas son perfectamente compatibles y
conviven en el momento actual. Si por algo se caracteriza el sistema económico que llamamos
capitalismo es por su inagotable capacidad de mutación (Carreño, 2017).

La desigualdad y las diferencias salariales no han parado de aumentar y,


paralelamente, la fragmentación social y económica también se ha
incrementado constantemente. Es un objetivo fundamental para el
mantenimiento del status quo que no se visualicen las clases sociales ni los
«bloques sociales» (burguesía frente a proletariado, trabajadores frente a
empresarios, sociedad de los dos tercios). Para conseguirlo el bloque
dominante ha seguido durante décadas la estrategia de crear diferencias en el
interior de las clases sociales trabajadoras, fragmentándolas. Así, dentro de
cada empresa cada vez hay más niveles salariales, categorías y subcategorías,
privilegios diferenciados para los fijos, complementos de antigüedad,
incentivos según la producción, etc. frente a los precarios, eventuales,
becarios, contratados por horas, falsos autónomos (que dependen de una sola
empresa), etc. Para facilitar este proceso de fragmentación económica
también ha sido fundamental los procesos de externalización (outsourcing),
impulsando la división de las grandes empresas en unidades menores, lo que
facilita el control empresarial sobre los trabajadores y dificulta la
organización sindical.
El nuevo capitalismo globalizado incluye la creación de nuevos conceptos
(Cuadro 1), como los de calidad total, círculos de calidad, gobernanza,
desarrollo sostenible, etc. En el sistema productivo, el trabajador ya no es
controlado y cronometrado al minuto en una cadena de producción taylorista:
ahora se trata de que cada empleado se sienta como parte activa de la
empresa, que forma parte de un objetivo colectivo.
Cada trabajador es un «emprendedor», un activista que promoverá la
calidad de la empresa y proyectará una imagen positiva siempre. Al obrero ya
no hay que controlarle los tiempos dentro de la empresa, porque el principal
controlador será el mismo: habrá asumido que su dedicación debe ser
permanente a la empresa y estar disponible las 24 h. del día. Los círculos de
calidad funcionan mediante la participación colectiva, para que el trabajador,
dentro de un equipo, participe activamente y promueva la competitividad,
sintiendo que es sujeto y parte imprescindible. Si uno trabaja menos estará
perjudicando a sus compañeros, no a la empresa. Se trata de superar al
trabajador cosificado y alienado del capitalismo de producción [22], sustituido
por el trabajador autoexplotado.
Las grandes empresas se disocian en múltiples empresas en red, que
realmente pertenecen a la misma corporación, pero en la que apenas existe el
gran centro, la gran fábrica. De la corporación empresarial dependerá una
multitud de empresas auxiliares y complementarias y de estas una infinita red
de microempresas y de trabajadores autónomos. Sin derechos. Ahora es la
autoexplotación una de las bases del sistema, ya se sea trabajador por cuenta
propia o ajena. Esto es en un proceso de cambio mundial y la tendencia
predominante, pero no debemos olvidar que en buen parte de Asia (China,
India… las fábricas del mundo), permanece la producción fabril en cadena
del fordismo o taylorista y aún lo hará durante bastante tiempo.
¿Cuál puede ser la alternativa? «Construir una globalización razonable
supone avanzar en un modelo de consumo mundial que combine la
diversidad con la equidad» (Alonso, 2007: 51), que cambiaría la situación
internacional. Pero, en la segunda década del siglo XXI, las acciones
internacionales para regular o «controlar» la globalización no pasan por estas
propuestas de combinación de la diversidad con la equidad. Más bien
responden mayoritariamente a otros fines.
La crítica tradicional progresista del proceso de globalización, neoliberal-
uniformador, se puede resumir en las demandas de los movimientos sociales
por una «justicia global» (Della Porta y Diani, 2011). Pero, desde hace años,
han aparecido las surgidas desde la ultraderecha nacionalista, reflejo de
enfrentamientos entre diferentes fracciones de la clase capitalista
internacional. Con frecuencia las luchas por el poder están representando el
enfrentamiento entre los diferentes intereses económicos grupales. Posiciones
neoliberales a nivel planetario, defendidas por las corporaciones
transnacionales, han entrado en contradicción con algunos intereses
empresariales nacionales.
EE.UU. ha abanderado las posicionas más liberales y desreguladoras, que
han propiciado la eliminación de tasas internacionales y de aranceles
fronterizos. Esto ha sido un factor fundamental en el aumento de las
desigualdades internas e internacionales, y en el estallido de la crisis de la
Gran Recesión (2007). Pero, desde hace años, defiende el proteccionismo de
su economía nacional, cuando ha analizado que difícilmente pueden sus
empresas competir con las instaladas en China y el resto de Asia. Este nuevo
proteccionismo, que políticamente se ha traducido en el triunfo electoral de
Donald Trump, entra en conflicto con las corporaciones globales
transnacionales que, aunque tengan sede norteamericana en origen, carecen
de sentido nacional o de «valores patrios». Estas contradicciones son también
la base de otros procesos políticos, como el triunfo del Brexit o el ascenso de
la ultraderecha en Europa.
Aquí debemos recordar la distinción entre empresa multinacional y
transnacional. La empresa o corporación multinacional es un conglomerado
empresarial que desde un determinado país se ha extendido a otros. Con
«transnacional» nos referimos a una corporación que actúa globalmente y que
puede cambiar su sede central en cualquier momento porque actúa en la
economía-mundo. Realmente, estará controlada por fondos de inversión o
especuladores internacionales que nada tienen que ver con su origen ni
ubicación geográfica.

9.4. MIGRACIONES INTERNACIONALES EN LA ERA


DE LA GLOBALIZACIÓN [23]

La inmigración ha sido siempre una fuerza de crecimiento económico y de


cambio social. A pesar de la importancia de los movimientos de población
provocados por la escasez de recursos naturales, los ocasionados por
conflictos bélicos u otros de carácter coactivo, como el tráfico ilegal de
personas para su explotación sexual, etc., podemos afirmar que la mayor
parte de los desplazamientos de población actuales revisten,
fundamentalmente, el carácter de migraciones laborales. Por lo tanto, su
análisis debe realizarse en el contexto expuesto de evolución del sistema
capitalista mundial.
La globalización ha tenido, sin duda, un gran impacto en los procesos
migratorios de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Por un lado, si bien
es cierto que la globalización económica comporta una intensificación de los
intercambios comerciales y las relaciones financieras, se sabe que se ha
realizado de una forma desigual. Mientras se afirma la soberanía de unos
Estados, disminuye la autonomía de otros. De tal manera que, las desiguales
relaciones de fuerza interestatales han hecho que las condiciones de
intercambio en el mercado internacional sean cada vez más desfavorables
para los países periféricos, condenando a muchos de ellos a permanecer en la
pobreza más absoluta. Entre otras cosas, porque uno de los principios rectores
que subyace al proceso de globalización es utilizar los recursos allí donde son
más productivos. De ahí, el desarrollo de la agricultura comercial, la
producción industrial dirigida a la exportación y la contratación de mano de
obra intensiva en sectores como el textil o el electrónico a muy bajo coste en
países en vías de desarrollo (Rodríguez, 2013).
La devaluación del factor trabajo es, como sabemos, una de las
características de este periodo y explica, en sí misma, muchos de los
desplazamientos de trabajadores. Tanto porque las situaciones de pobreza y
desigualdad, que afectan a gran parte de las poblaciones de los países
periféricos, les impulsa a migrar como porque, a su vez, favorecen la
externalización de los costes de mano de obra y también porque determinadas
condiciones de los mercados de trabajo y estructurales, originan la demanda
de mano de obra inmigrante en los países más desarrollados. Sin embargo, la
movilidad de la fuerza de trabajo no va paralela a la de los flujos de capital.
Mientras que se promueve la desregulación y liberalización de los mercados
financieros y las relaciones comerciales transnacionales, se restringe y
«supervisa» la libre circulación de trabajadores, lo que tendrá como
consecuencia directa el incremento de los desplazamientos anárquicos y
clandestinos (Rodríguez, 2011: 93-100).
La Nueva División Internacional del Trabajo, efectivamente, no sólo
supone la deslocalización del sector industrial hacia las regiones periféricas,
donde la fuerza de trabajo es más barata (movimientos de capital); sino que
también genera importantes movimientos del factor trabajo en el sentido
contrario (de la periferia hacia el centro), tanto de fuerza de trabajo
cualificada como no cualificada atraída por una fuerte demanda. Por un lado,
como consecuencia de la nueva economía del conocimiento y del proceso de
globalización, se incrementan los servicios altamente especializados y
cualificados, sobre todo financieros. En países como Estados Unidos,
Canadá, Suecia, Alemania o Japón se asiste a un aumento apreciable en la
proporción de profesionales, técnicos, directivos y empleados de cuello
blanco, en general, que va consolidando un segmento de la población con
rentas elevadas y pautas de consumo caras. Pero, por otro, esta rápida
proliferación de los servicios más cualificados genera una fuerte demanda
auxiliar de muchos puestos de trabajo con salarios bajos, condiciones
laborales inestables y con escasas oportunidades de promoción. Tal
incremento surge como respuesta a la demanda de una mano de obra que
permita asegurar el nivel de vida de los empleados y directivos de sueldos
elevados y satisfacer sus pautas de consumo y estilos de vida; sin olvidar los
efectos del envejecimiento de la población y las necesidades reproductivas
relacionadas con el nuevo estatus de las mujeres autóctonas que se incorporan
al mercado de trabajo. Se trata de actividades intensivas, en fuerza de trabajo,
que no pueden «deslocalizarse» y que deben realizarse in situ, en el mismo
lugar donde existe la demanda. Hablamos de ocupaciones poco cualificadas
como guardias jurados, camareros, empleados de limpieza, servicios
relacionados con la asistencia de ancianos y toda clase de servicios
reproductivos (cuidado de niños, tareas de la casa, etc.) (Sassen, 1999).
Es aquí, en esta gama de actividades del sector servicios, donde se crea un
espacio económico para el que los y las inmigrantes —sobre todo las mujeres
jóvenes— se convierten en oferta de mano de obra deseable y preferente
(Rodríguez, 2008). De ese modo, la internacionalización de la producción se
interrelaciona con los movimientos migratorios laborales, no sólo en el
sentido de determinar la dirección o el volumen de los flujos, sino también en
cuanto a su feminización. Muchos de estos productos y servicios se llevan a
cabo dentro de la economía informal o sumergida, dando cabida en ellos a
personas inmigrantes en situación de irregularidad documental que son
explotados y no tienen condiciones laborales mínimamente dignas. La
inmigración se erige como la principal proveedora de mano de obra en estas
actividades de servicios mal remuneradas, en tanto que la población
autóctona, con mejores expectativas y aspiraciones, las rechaza. La
feminización de los flujos migratorios es una tendencia que podríamos
denominar global, adquiriendo dimensiones significativas y creándose, en
continentes como Asia, procesos migratorios genuinos (Asís, 2004: 45-48).
La creciente segmentación y «etnificación» de los mercados de trabajo, la
ubicación de la gran mayoría de los trabajadores inmigrantes en empleos
precarizados y en los sectores más desregulados como pauta dominante en la
«lógica de aprovisionamiento de fuerza de trabajo» en el siglo XXI por parte
de las sociedades avanzadas, no puede hacernos olvidar otra tendencia,
también gestada al amparo de variables implícitas en los procesos de
globalización, que es la demanda de mano de obra con alta cualificación
(Abella, 2006: 185-186). Para este tipo de trabajadores, las políticas de
admisión lejos de restringir su movilidad la fomentan, pues el crecimiento
económico de determinados sectores productivos requiere personas con
conocimientos especializados y con perfiles muy heterogéneos, en su
mayoría, dirigidos a potenciar los objetivos (al menor coste posible y
maximizando beneficios) de las grandes corporaciones transnacionales
(ONU, 2006) o para suplir las carencias de trabajadores autóctonos, con las
cualificaciones necesarias, para competir en el mercado global o «sobrevivir»
en el nacional.
La contratación de «trabajadores inmigrantes virtuales» es, por ejemplo, un
exponente diferencial de los impactos de los nuevos sistemas productivos,
derivados de los avances en materia de tecnologías de la información, en las
formas de organización del trabajo (a escala planetaria). La posibilidad que
ahora tienen los informáticos de trabajar a distancia provoca cambios
significativos en los flujos internacionales de mano de obra, en particular
entre la India y EE.UU. Unos cambios que no pueden reducirse al esquema
organizativo de la subcontratación y la externalización. La «migración virtual
de mano de obra» que consiste en trabajar en el extranjero al tiempo que el
trabajador permanece en su país, lleva la problemática de los migrantes más
allá de sus fronteras habituales.
Las fuerzas de la globalización pueden ser analizadas también desde el
punto de vista de sus efectos «localizadores». El capitalismo contemporáneo
gana con ello una nueva flexibilidad en la contratación de mano de obra que,
además, permite a las empresas, por una parte, evitar toda tensión con el
Estado-nación con respecto a la inmigración extranjera y los costes derivados
de su integración física, social y cultural, y por otra, dado el carácter invisible
del trabajo virtual, no manifestar públicamente su preferencia por una mano
de obra extranjera altamente cualificada, más flexible y barata. Una
organización cualitativamente nueva del capital y de la mano de obra afecta a
las prácticas migratorias de una manera inimaginable hace una década. En
una economía global en constante crecimiento, las tecnologías de la
información generan una forma de migración que añade una nueva dimensión
a lo que se ha dado en llamar «división internacional del trabajo» (Aneesh,
2004: 54).
Puede afirmarse que los procesos asociados a la globalización económica
potencian las migraciones internacionales y generan la demanda de nuevos
perfiles de trabajadores inmigrantes —por ejemplo, el de las trabajadoras
jóvenes que se ubican, esencialmente, en el sector servicios y de cuidados y
el de los trabajadores de alta cualificación— que se suman al perfil de
inmigrantes «tradicional», que ocupa la gran mayoría de empleos dirigidos a
la mano de obra extranjera. El proceso de desregulación laboral y la
extensión de la economía informal han favorecido, pues, la creación de
muchos puestos de trabajo precarios y de bajos sueldos, que no quieren ser
cubiertos por la fuerza de trabajo autóctona. Éstas, y otras variables
estructurales de las economías de los países receptores de inmigración, se
entrelazan con las de los países de origen de los trabajadores inmigrantes y
que podríamos sintetizar, en las tres d’s explicativas de la emigración,
señaladas por la Comisión Mundial sobre las Migraciones: «desarrollo,
demografía y democracia» (Global Comission on Internacional Migration,
2005: 25). Ciertamente, las situaciones de empobrecimiento, la desigualdad
en aumento, un fuerte crecimiento demográfico y una oferta de trabajo
estancada o decreciente, los conflictos bélicos, la existencia de gobiernos
corruptos, dictaduras, la falta de respeto a los derechos humanos, la
destrucción del medioambiente o la carencia de recursos naturales básicos,
como el agua a causa de la desertización, el deterioro de las condiciones de
vida, la falta de alternativas para la supervivencia en muchas partes del
planeta son algunas de las causas que están detrás de las migraciones
actuales.
En la base de estos factores subyace, como principal, el desequilibrio
existente entre población y riqueza, que se ha visto agravado por el impacto
de la internacionalización económica y de los modelos de desarrollo
impuestos desde los países, económicamente, más poderosos.
Según José Félix Tezanos:
El modelo económico imperante da lugar a una concentración asimétrica de la riqueza en un
núcleo reducido de países —los de la OCDE—, donde reside poco más del 14% de la población (un
21% en 1965) y donde se concentran tres cuartas partes (un 75,63%) del PNB mundial. En nuestra
época, los desequilibrios entre población y riqueza se están sustanciando no en términos de lograr
que la riqueza tenga posibilidades de generarse allí donde está la población, sino en una dinámica
que tiende a llevar la población allí donde está la riqueza, y no al revés (2008: 14).

Por otro lado, el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación


acorta las «distancias físicas» entre países y presenta, diferencialmente, las
formas de vida existentes en el mundo. La confrontación visual de la
sociedad de la opulencia con las sociedades de la pobreza actúa como
impulso motivador de los desplazamientos, que sólo se ven frenados por los
enormes costes económicos (y personales) que supone un proyecto
migratorio, por los riesgos que en muchos casos tiene para la seguridad
personal —dadas las condiciones de algunos viajes— o por las políticas
restrictivas existentes en la gestión de determinados flujos migratorios.
En las migraciones internacionales actuales no hay fronteras para el
capital, pero sí para los trabajadores que incluso han llegado a ser percibidos
como una amenaza. Así, por ejemplo, ante la presión migratoria que tiene
lugar en Europa, desde finales de la década de 1980, se extiende una especie
de visión apocalíptica que se expresa en el temor a una inundación del viejo
continente, por las «nuevas invasiones» de inmigrantes del Este (sobre todo,
después de la apertura del telón de acero) y del Sur. Sin embargo, este temor,
según el historiador Klaus Bade, existía más en las visiones de los europeos
que en el fenómeno migratorio real «ya que tuvieron lugar enormes
movimientos migratorios, pero no hacia Europa sino en Oriente y en el
hemisferio Sur, donde fueron, precisamente, los países vecinos más pobres,
los que tuvieron que acoger auténticas «mareas» de personas, por no hablar
de la cantidad de «refugiados interiores» dentro de las fronteras nacionales y
de las enormes migraciones del campo a la ciudad» (Bade, 2003: 315). La
reacción de Europa, influenciada por estos temores y los peligros asociados a
unos flujos migratorios excesivos, ha sido concebir su política migratoria
como política de seguridad. De ahí los conceptos de «bastión europeo» o
«Europa fortaleza» que se han gestado al amparo de una normativa estricta,
que regula la circulación de personas y cuyo máximo exponente es, en esta
etapa, el Acuerdo de Schengen, firmado en junio de 1985 (entró en vigor en
1995). Su objetivo final: suprimir por completo las fronteras internas de un
grupo de Estados y desviar todos los controles hacia sus fronteras exteriores.
La gestión de los flujos migratorios, no sólo en Europa sino en todo el
mundo, pone de manifiesto la desigual valoración que existe entre la libertad
de circulación de los flujos del capital y la de los flujos del trabajo, que ha
llevado a la desregulación o a la regulación estricta de este último factor,
según intereses políticos y necesidades de los mercados de trabajo. Las
políticas migratorias puestas en marcha defienden estratégicamente esta
postura de los países demandantes de mano de obra inmigrante y también, de
alguna forma, extienden el temor al inmigrante; incidiendo, sobre todo, en la
idea de que ahora el volumen de personas que llegan puede ser insostenible.
En realidad, una visión panorámica de la extensa historia de las
migraciones internacionales, nos permiten pensar que el temor (o la
prevención) que las migraciones del siglo XXI despiertan en las sociedades de
los países receptores está dirigido a una forma de migrar, a un perfil de
inmigrantes y a sus repercusiones para las sociedades receptoras. Miedo a un
tipo de inmigración económica compuesta por personas de baja cualificación
que provienen de países pobres, que muchas veces llegan en condiciones de
irregularidad administrativa; pero que, no olvidemos, se encargan de realizar
el trabajo que los autóctonos no están dispuestos a desempeñar, porque se
trata de los conocidos como trabajos de las tres «D»: dirty, dangerous,
difficult; esto es, sucios, peligrosos y difíciles o, simplemente, mal pagados.
La llegada —ininterrumpida y, en ocasiones, incontrolada— de un
importante volumen de personas provenientes de países altamente poblados,
para asentarse en sociedades «del bienestar» buscando mejores condiciones
de vida, a cambio de insertarse en mercados de trabajo que los utilizan como
mano de obra rentable: es una ecuación frágilmente equilibrada, inestable y
generadora de tensiones para los Estados. La insolidaria respuesta que los
países occidentales han tenido con la crisis de los refugiados sirios es una
constatación de este hecho. Actualmente, hay 68,5 millones de personas
refugiadas, desplazadas internamente y pendientes de la resolución de su
solicitud de protección internacional (CEAR, 2017: 17).
Se produce, pues, un fenómeno característico de nuestro tiempo y que
Saskia Sassen perfila lúcidamente:
La globalización económica desnacionaliza la economía nacional, la inmigración renacionaliza
la política. Existe un consenso creciente en la comunidad de Estados para levantar los controles
fronterizos para el flujo de capitales, información y, en sentido más amplio, mayor globalización.
Pero cuando se trata de inmigrantes y de refugiados, el Estado reclama todo su antiguo esplendor
afirmando su derecho soberano a controlar sus fronteras… [por otra parte], más allá de los hechos
de la transnacionalización económica, cuando de inmigración se trata, el Estado se enfrenta al auge
internacional del régimen de derechos humanos. Los inmigrantes y los refugiados plantean la
tensión entre la protección de los derechos humanos y la protección de la soberanía del Estado.
Esta tensión es particularmente aguda en el caso de los inmigrantes indocumentados, porque su
mera existencia significa una erosión de la soberanía. Por lo menos en parte, la tensión se origina
en el propio Estado, en el conflicto entre su autoridad para controlar la entrada en el país y su
obligación de proteger a aquellos que se encuentran en su territorio (2001: 73).

Los efectos de estos procesos migratorios se perciben como inciertos para


las economías, para la seguridad, los servicios sociales y oportunidades que
dichas sociedades han alcanzado; sobre todo, cuando algunos de los términos
de esa ecuación se rompen por cambios en las necesidades de los mercados
de trabajo o por periodos económicos recesivos.
No consideramos que el importante protagonismo de las migraciones
actuales responda al difícilmente cuantificable volumen de personas
inmigrantes esparcidas por el mundo. Pero, lo que sí es un hecho
característico del siglo XXI es la mundialización y diversificación de los flujos
migratorios internacionales, que se manifiesta en la gran diversidad de países
implicados (tanto emisores como receptores de inmigración) y en la falta,
ante la variedad de perfiles migratorios existentes, de un «patrón» único en
los desplazamientos. Lo que impide que podamos hablar de modelo
migratorio, en singular. Hace cien años, por ejemplo, la mayoría de los
migrantes internacionales, nueve de cada diez, desembarcaba en cinco
grandes países: Estados Unidos, Argentina, Brasil, Canadá y Australia
(Arango, 2007: 9). Ahora, para dar cuenta de una proporción equivalente,
habría que sumar los recibidos por una cuarentena de países. Ello significa
que la nómina de países receptores de inmigración, entendiendo por tales los
que reciben flujos de forma sostenida y sistemática, se ha multiplicado. La
mayor parte de ellos se agrupan en cuatro grandes sistemas migratorios
internacionales —Norteamérica, Europa occidental, la región del Golfo
Pérsico y la cubeta occidental del Pacífico— que pueden calificarse de
mundiales por ser destinatarios de flujos de múltiples procedencias. A ellos
hay que añadir un grupo de países que no forman parte de ningún sistema
reconocible como Israel, Libia, Costa Rica o la República Sudafricana. Por el
lado de las áreas de origen, los principales proveedores de la emigración
internacional ya no están en Europa, sino en Asia, América Latina y
África [24]. Hace un siglo pues, nueve de cada diez emigrantes internacionales
eran europeos. En nuestros días, el número de países que nutren sistemática y
significativamente los flujos migratorios internacionales supera el centenar.
Algunos son «viejos» países receptores de inmigración, otros como España e
Italia países de nueva incorporación en la primera década del siglo XXI
(Rodríguez, 2013).
La conversión, en la primera década del siglo XXI, de España en un país
receptor de inmigración se debió a la confluencia de múltiples factores. De la
misma manera que para los demás países del denominado Modelo Migratorio
Sur-europeo, la integración de España en la Comunidad Europea contribuyó
a su «salto» económico a través de la inyección de capital extranjero, la
financiación de la Unión Europea con los fondos estructurales, las
imponentes obras de infraestructura, el apoyo a la agricultura a través de la
política agraria común, etc. A este impulso externo, se sumaron otros
importantes procesos de cambio social que tienen como antecedente previo el
final del régimen franquista y la institucionalización de un sistema político
democrático, punto de partida para posibilitar la participación de la población
en la vida social, política y económica. Este proceso se vio inicialmente
acompañado por una transferencia de rentas hacia los sectores de menos
ingresos de la sociedad, mediante un refuerzo de los servicios públicos y de
las prestaciones sociales. Y, por otro lado, se produce, según los
investigadores del Colectivo Ioé, un desarrollo de la pequeña y mediana
empresa, de unas clases medias dinámicas y de un sistema productivo con un
importante sector de economía sumergida. Otros cambios que explican la
conversión de España en país de inmigración son: descenso de la natalidad y
estancamiento del crecimiento demográfico; envejecimiento de la población;
universalización de la asistencia sanitaria pública; extensión de la edad de
enseñanza obligatoria; ampliación del sistema de pensiones y jubilaciones;
cambio en la estructura del empleo (disminución de los puestos de trabajo en
la agricultura y en la industria, oscilación cíclica en la construcción y
expansión en los servicios); importante incorporación de las mujeres al
mercado de trabajo, etc., son algunos de los cambios más significativos. La
reactivación de la estructura productiva española generó muchos puestos de
trabajo que no encontraron cobertura en la población española. Ciertamente,
se había producido una reducción del tamaño de las nuevas cohortes de
españoles que alcanzaban el mercado laboral, pero también se daba el hecho
de que, como consecuencia del aumento generalizado de la renta de las
familias y de sus niveles de bienestar, muchos españoles veían el empleo no
cualificado y mal pagado como una alternativa poco deseable. Esto se
explica, en parte, por el éxito de la importante expansión del sistema
educativo español que aumentó los años de escolarización medios de la
población en general y, a su vez, creaba unas expectativas laborales más
elevadas (Colectivo Ioé, 2002: 10-15). Esos puestos de trabajo sin cubrir por
los españoles encontrarán, rápidamente, candidatos en los países menos
desarrollados como hemos visto anteriormente.
Los efectos de la inmigración sobre la renta per cápita española han sido
positivos, sin embargo la valoración del papel de los inmigrantes no se
corresponde, en base a las condiciones de trabajo y de vida que la sociedad
española les ofrece, a todo lo que aportan. Como ocurre en, prácticamente,
todos los países receptores de inmigración del mundo, la desigualdad de
estatus jurídico del inmigrante frente al nacional y su impacto en las
condiciones de trabajo y de vida de estas personas, son un revival de antiguas
leyes de exclusión que no parecen dejarse atrás en los nuevos modelos
migratorios del siglo XXI (Rodríguez, 2013).
La marginación de los inmigrantes en el ejercicio de la ciudadanía plena es
una situación que se inicia, al menos, con dos procesos exclusógenos básicos.
Por un lado, con la exclusión legal-normativa, esto es, se les niegan los
derechos de ciudadanía y, en el caso de los indocumentados, también los
derechos sociolaborales —aunque se les permita la participación en el ámbito
de la economía sumergida— (Estébanez, 2003: 140). Por otro, con la
exclusión económico-social, a la que muchos inmigrantes se ven sometidos
por las peores condiciones laborales, de vida y de oportunidades sociales.
Si bien la exclusión social es el resultado de un proceso en el que
intervienen muchas variables y en el que pueden diferenciarse diversos
estadios en el continuo integración-exclusión social, en el caso de la
población inmigrante consideramos que su análisis debe seguir estos dos
principales vectores (Rodríguez, 2013). Además, a diferencia de otros
procesos concretos que están dando lugar, en las sociedades avanzadas, a la
exclusión social; en el caso de las personas inmigradas no es un proceso
social interno —el camino personal por el que se puede ir de la integración a
la exclusión—, sino que responde a su dimensión global, es decir, como
mutación general que da lugar a una nueva caracterización de la cuestión
social que implica el riesgo de fracturas sociales profundas (Tezanos,
2001: 147). Las contradicciones de las sociedades de nuestro tiempo exigen,
sin duda, un intenso debate analítico.

9.5. PARA TERMINAR EL CAPÍTULO: EJERCICIOS, PRÁCTICAS


O LECTURAS
1. Los procesos derivados de la globalización, como se ha explicado en el
capítulo, han sido complejos, responden a diversos factores causales e impactan en
muchos ámbitos de la sociedad.
Realice un análisis DAFO/SWOT (Strengths, Weaknesses, Opportunities y
Threats) o, de forma más simple, un cuadro con los efectos más positivos y
negativos que ha tenido o provocado la globalización mundial en España.

Modelo de Matriz de Análisis DAFO


Fortalezas Debilidades
Análisis Interno
OportunidadesAmenazas
Análisis Externo

Lectura recomendada:

Sassen, S. (2007). Una Sociología de la globalización. Madrid, Katz.


2. Para conocer la magnitud de los procesos migratorios en la denominada era de la globalización:
a) Elabore un gráfico en el que muestre y analice la evolución desde 1990 hasta la
actualidad, del número estimado de migrantes internacionales, según regiones del
mundo.
b) Establezca el ranking de los países con mayor número de migrantes internacionales
(último año de las estadísticas disponibles).
Para realizar estos dos ejercicios puede consultar las bases de datos de: United Nations, Departament
of Economic and Social Affairs, Population Division, http://esa.un.org/migration

9.6. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


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Capítulo 10
Tecnología y sociedad del conocimiento
José Antonio Díaz Martínez

10.1. El cambio sociotécnico.


10.2. Relación entre cambio tecnológico y sociedad.
10.3. Neutralidad y motores de la innovación tecnológica.
10.4. El futuro de la sociedad.
10.5. La brecha digital y la inclusión social.
10.6. Para terminar el capítulo: ejercicios, prácticas o lecturas.
10.7. Referencias bibliográficas.
¿De qué trata este capítulo?

En la primera parte del capítulo se explica cómo se produce el cambio social, se


consideran las teorías tradicionales de análisis del cambio social y las más actuales;
en concreto, las teorías estructural funcionalistas y las teorías que ponen el acento
en el conflicto social. Consideramos que uno de los factores fundamentales del
cambio social es la innovación tecnológica, sobre todo en las últimas décadas del
siglo pasado, cuando un tipo de cambio tecnológico como el de las Tecnologías de
la Información y Comunicación (TIC) tiene un efecto disruptivo sobre las
estructuras sociales. Se prefigura así un cambio de paradigma sociotecnológico que
favorece la emergencia de una nueva sociedad, denominada del Conocimiento.
Como consecuencia del análisis de la cuestión anterior, surgen diversos problemas,
como la neutralidad de la tecnología, o el tipo de sociedad que está emergiendo
como resultado de la implementación de las tecnologías inteligentes, o la brecha
digital. En ese sentido, se analizan los esfuerzos que están realizando las
instituciones nacionales y supranacionales para desarrollar una sociedad del futuro
inclusiva.
10.1. LA EXPLICACIÓN DEL CAMBIO SOCIOTÉCNICO

El cambio es un proceso natural en las sociedades humanas. La conocida


frase de Heráclito «no nos bañados dos veces en el mismo rio» sirve para
introducir esa evidencia de que la historia de la humanidad se caracteriza por
un proceso de transformación incesante. Hay múltiples causas de ese cambio,
pueden ser las propias relaciones humanas, los procesos tecnológicos, las
tendencias demográficas, el desarrollo económico, el cambio cultural, una
catástrofe medioambiental, etc. Todo tiene consecuencias y produce cambios.
A cualquier acción le sigue una reacción y de ahí algo nuevo, algo diferente,
que a su vez crea las condiciones para nuevos cambios. Bien es cierto que, en
algunos casos, hablamos de cambios que se podrían considerar superficiales o
que no tienen gran importancia en lo esencial de la vida en la comunidad
humana. Algunos planteamientos teóricos consideran que lo verdaderamente
importante es inmutable. Es un debate que normalmente hace referencia a lo
cuantitativo y a lo cualitativo en la vida social. Con frecuencia se habla de
pequeños cambios en la vida de las personas que realmente no cambia lo
esencial de la vida. Sin embargo, hay otros cambios que se consideran
«cambios cualitativos», cambios esenciales que sí pueden afectar a partes
importantes de nuestra vida individual o social. Esta argumentación hace
referencia al debate sobre la importancia de los procesos, es decir, los
cambios; y la permanencia de las estructuras sociales, que ya hemos visto en
otros capítulos de este libro. Lo cierto es que vivimos en constante cambio.
Es más, la transformación no solo es constante, sino que se hace muy
evidente en el mundo actual por el rápido ritmo de los cambios que
acontecen: emergencia de nuevos valores sociales, como el
medioambientalismo; transformación de instituciones tradicionales, como la
familia; nuevas estructuras económicas, como el trabajo colaborativo;
fortalecimiento de actores sociopolíticos, como los movimientos sociales;
nuevas herramientas de comunicación, como Internet, etc. Y todo ello, ante
nuestros ojos, en pocos años. Y las visiones del futuro anuncian cambios más
radicales, que parecen de sociología-ficción. Serán cambios producidos por la
innovación tecnológica, que tendrán consecuencias cualitativas en nuestra
forma de vivir.
La mayoría de las personas en el mundo occidental podemos tener plena
conciencia y recuerdo de la aparición de la telefonía móvil, y ser consciente
de las novedades que año tras año, y en ocasiones mes tras mes, aparecen en
las estanterías de las tiendas o en las páginas de compra online. ¿Cuándo se
produce un cambio sustancial de los llamados cualitativos? Ciertamente, no
somos conscientes de esos cambios en el día a día, pero cuando tenemos una
edad adulta y echamos la mirada atrás y pensamos que apenas una década
anterior no se disponían de esas nuevas herramientas de comunicación y
relación social, nos percatamos de que los pequeños cambios han producido
una profunda transformación en los hábitos de comunicación, en las pautas
de comportamiento social, tanto en la colectividad más cercana, como, sobre
todo, en la comunidad más alejada, en la medida en la que se ha creado una
comunidad virtual de relaciones sociales en la que el espacio y la distancia no
tienen tanta importancia.
En los últimos años ha tenido lugar, en los países más avanzados, un
cambio radical: procesos nuevos de interacción social, nuevas relaciones
sociales, novedosos medios de construcción de identidades sociales. Esos
cambios radicales pueden producir una sensación en el observador de
desorganización de la sociedad. La constatación del cambio social lleva
inherente la percepción y el sentimiento de desequilibrio, de descontrol, de la
falta de armonía social. Esos cambios han afectado a las estructuras sociales,
esa parte de la sociedad humana que se consideraba más sólida e inmutable.
Para un autor como Auguste Comte (1798-1857), que ya vimos al estudiar los
orígenes de la Sociología y las Teorías Sociológicas, hay dos fuerzas
fundamentales en la sociedad, una que tiende hacia la desorganización,
precisamente por los factores de cambio, y otra a la reorganización, para
lograr nuevamente el equilibrio. Es la dialéctica que se produce entre la
dinámica y la estática social, entre el cambio y el orden. Según Comte, desde
una perspectiva general, la evolución de la sociedad humana ha pasado por
tres estadios: teológico (sobrenatural), metafísico (lógica abstracta) y positivo
(leyes racionales de relación). Es en esta última etapa, en la que aparece la
posibilidad de organizar la sociedad sobre bases científicas. O, al menos, esa
era la pretensión de Auguste Comte. Este impulso de reorganización de la
sociedad surge de los profundos cambios que se habían producido como
consecuencia de la Revolución Industrial. Hasta ese momento, siglo XVII, la
sociedad se transforma lentamente y, por lo tanto, se vive en un entorno
relativamente estable. A partir de ese momento, la aplicación de nuevas
tecnologías introduce profundas transformaciones en los modos de
producción y de vida cotidiana. El ideal de la Sociología será reorganizar la
sociedad, conseguir el equilibrio, volver al orden. Este ejemplo histórico nos
sirve para analizar en detalle el proceso de transformación de la sociedad y
preguntarnos ¿qué produce el cambio social? ¿es la tecnología? ¿es la
reestructuración de las formas de producción? ¿son los cambios en los modos
de vida? ¿los valores de la gente? No existe una única causa, porque la
sociedad se comporta como un sistema interconectado, interdependiente y
cualquier cambio en una parte tiene efecto sobre otras partes; a veces,
produciendo desorden (entropía social), otras buscando el orden (equilibrio),
o bien tendiendo a la adaptación a las nuevas condiciones de vida. Hay dos
corrientes de pensamiento fundamentales para explicar el cambio social: el
funcionalismo y el marxismo.
Históricamente, el funcionalismo deriva del paradigma biológico
evolucionista de Charles Darwin (1809-1882). De la Biología derivan
términos como estructura y función, que los primeros sociólogos, como
Auguste Comte y Herbert Spencer (1820-1903), utilizaron para explicar la
dinámica o transformación social. El cambio social se explica por la
tendencia hacia la complejidad y la diferenciación de las estructuras de la
sociedad y como consecuencia de ello, se introducen nuevas condiciones
sociales y nuevas funciones. Por ejemplo, para Émile Durkheim (1858-1917)
los cambios demográficos explican la complejidad creciente de las
estructuras sociales, que obliga a la diferenciación de funciones en la
sociedad.
Los conceptos de dinámica social y estática social fueron utilizados por
Herbert Spencer para explicar el devenir de la sociedad, desde una
perspectiva normativa, es decir, del deber ser. El significado que Spencer da
a ambos conceptos es diferente al de Comte, que hemos visto anteriormente.
Para Comte la dinámica social y la estática social son realidades que
describen la sociedad, tienen, por lo tanto, un carácter descriptivo. Por el
contrario, Spencer considera la estática social como el equilibrio de la
sociedad perfecta y la dinámica social como las fuerzas motrices que hacen
que la sociedad avance hacia la perfección (Ritzer, 1993: 125), en el mismo
sentido que Max Weber (1864-1920) considera la racionalización creciente
de la organización humana como uno de los elementos centrales de la
sociedad moderna (Weber, 1977).
Para el marxismo, el cambio social es producto de la interacción de la
técnica o del modo de producción y la organización social. Tiene un sesgo
evidentemente economicista. Son los distintos modos de producción
(asiático, antiguo, feudal y burgués, ya estudiados en otro capítulo), los que
explican la historia de la humanidad. Para Karl Marx (1818-1883), el
desarrollo de las fuerzas productivas es el motor de la historia (Elster, 1990:
142). Así, la sociedad es el ámbito en el que se producen las interacciones
sociales, entre las cuales están las que configuran el modo de producción: lo
importante para explicar cada época (económica) por las que transcurre el
desarrollo de la sociedad no es lo que se fabrica, sino cómo se fabrica y con
qué instrumentos (Elster, 1990: 142). Marx estudió las leyes económicas de
la evolución de la sociedad humana y explica la dinámica social por el
conflicto social y no tanto por la búsqueda del equilibrio social. En concreto,
consideraba que el factor fundamental de cambio social es el conflicto de
clases.

10.2. RELACIÓN ENTRE CAMBIO TECNOLÓGICO


Y SOCIEDAD [25]

El cambio que se está produciendo en la actualidad tiene que ver con la


relación entre la tecnología y la sociedad. Las redes sociales son herramientas
que facilitan la creación o construcción del conocimiento social. Una de las
personas que tuvo esa visión del futuro fue Engelbart, quien en 1962 realizó
un informe para el Stanford Research Institute (SRI) imaginando el
incremento de la capacidad intelectual del ser humano como consecuencia del
uso del computador. El informe refleja el interés en la mejora de la eficacia
intelectual del ser humano individual utilizando el ordenador, una
herramienta que por entonces estaba dando los primeros pasos. La
investigación que realiza Engelbart trata de explorar la naturaleza del sistema
formado por el individuo y el ordenador, y aborda el análisis de tres
conceptos que todavía hoy siguen teniendo gran actualidad: incremento del
conocimiento o de la capacidad intelectual, el computador y la comunicación.
Por ampliar el intelecto humano se entendía el incremento de la capacidad de
una persona para gestionar una situación problemática compleja, aumentando
la comprensión de la situación para solucionar los problemas (Engelbart,
1962).
Hoy en día, esa visión de Engelbart en la década de los años 60 está muy
cerca, sobre todo por el incremento de la conectividad. Por conectividad se
entiende la interacción de los miembros de una red social, creando un espacio
virtual de relaciones. De ahí, la importancia de Internet: la red de redes.
Estamos asistiendo al advenimiento de la sociedad en red. Como señala
Castells, la sociedad red se basa en las redes de comunicación que
trascienden las fronteras, creando la sociedad global (Castells y Cardoso,
2005: 4). La sociedad red responde a un cambio de paradigma tecnológico de
profundas y drásticas transformaciones de carácter social y cultural, que está
en sus inicios. Hoy en día estamos, como indica Carlota Pérez (2005), en la
etapa de reacomodo de las tecnologías de la información y comunicación
(TIC). Cuando se inicie la etapa de despliegue, habrá un antes y después en la
organización social.
Dos autores destacan en el estudio de los orígenes de la Sociedad de la
Información y el Conocimiento: Daniel Bell (1919-2011) y Peter Drucker
(1909-2005). Bell, en el libro El advenimiento de la Sociedad Postindustrial
analizó la transformación de la estructura económica de EE.UU, la
emergencia de un modelo económico diferente al industrial y la importancia
creciente de las instituciones relacionadas con la generación del
conocimiento. Drucker, en 1969, en su obra La era de la discontinuidad
escribió un capítulo sobre «la sociedad del conocimiento», basándose en las
proyecciones de Fritz Machlup (1902-1983), anticipó el peso del sector del
conocimiento en la riqueza de los países avanzados. Tal y como indicaron
Daniel Bell y Peter Drucker, el conocimiento ya es el factor estratégico de
competitividad económica y del bienestar social, que está dando lugar a
nuevos o renovados actores sociales, de forma significativa las instituciones
educativas y de investigación, con nuevas ocupaciones y profesiones. Se está
produciendo, efectivamente, un cambio de paradigma tecnológico.
El concepto de paradigma científico está vinculado con los estudios de
Thomas Khun (1922-1996) sobre el modo en que se producen los cambios de
ideas en la comunidad científica: un paradigma científico está estrechamente
relacionado con «ciencia normal»; es decir, modelos de los que surgen
tradiciones particularmente coherentes de investigación científica (Khun,
1975: 34). Esas tradiciones se concretan en creencias (reglas y normas) de la
comunidad de científicos en una determinada área de conocimiento. Sirve por
lo tanto, para explicar una realidad dada, fenómenos naturales o sociales. El
problema surge de los fenómenos que no pueden ser explicados por la ciencia
normal, y son definidos como «anomalías». Kuhn explica las revoluciones
científicas del siguiente modo:
A veces, un problema normal, que debería resolverse por medio de reglas y procedimientos
conocidos, opone resistencia a los esfuerzos reiterados de los miembros más capaces del grupo
dentro de cuya competencia entra. Otras veces, una pieza de equipo, diseñada y construida para
fines de investigación normal, no da los resultados esperados, revelando una anomalía que, a pesar
de los esfuerzos repetidos, no responde a las esperanzas profesionales. En esas y en otras formas, la
ciencia normal se extravía repetidamente. Y cuando lo hace —o sea, cuando la profesión no puede
pasar por alto ya las anomalías que subvierten la tradición existente de prácticas científicas— se
inician las investigaciones extraordinarias que conducen por fin a la profesión a un nuevo conjunto
de compromisos, una base nueva para la práctica de la ciencia. Los episodios extraordinarios en
que tienen lugar esos cambios de compromisos profesionales son los que se denominan en este
ensayo revoluciones científicas. Son los complementos que rompen la tradición a la que está ligada
la actividad de la ciencia normal (1975: 27).

Estamos, en efecto, en ciernes del despliegue del nuevo paradigma social,


concretamente, utilizando los conceptos de Carlota Pérez, en el intervalo de
reacomodo (ver gráfico 1). La quinta oleada de cambio tecnológico, que se
basa en los avances en las TIC, se viene desarrollando desde los primeros
años 70 del siglo XX en la industria del ordenador y las telecomunicaciones
(Castilla y Díaz, 2008). Hay un cambio significativo vinculado al anterior y
sobre todo a Internet, en el despliegue del nuevo paradigma tecnológico, que
se produce con la irrupción de las redes sociales abiertas a principios del
siglo XXI (Díaz, 2015).

Gráfico 1

Fuente: Pérez, C. (2005). Revoluciones tecnológicas y capital financiero: La dinámica de las burbujas
financieras y las épocas de bonanza. México. Siglo XXI.
Gráfico 2

Fuente: Pérez, C. (2005). Revoluciones tecnológicas y capital financiero: La dinámica de las burbujas
financieras y las épocas de bonanza. México. Siglo XXI.

Cada uno de estos períodos de instalación y despliegue tiene dos fases (ver
gráfico 2): en el primero, pueden distinguirse la fase de irrupción de una
nueva tecnología, haciendo obsoleta otras tecnologías y la declinación de las
viejas industrias; y la fase de frenesí, tiempo de fuertes inversiones en las
nuevas tecnologías y de burbujas financieras. Con posterioridad, con un
tiempo de reacomodo, que provoca la recomposición institucional, viene el
período de despliegue del nuevo paradigma tecnológico, con una primera fase
caracterizada por la sinergia, que es una época de crecimiento, e incremento
de la productividad y el empleo; y una segunda fase de madurez tecnológica
que produce la saturación de los mercados. Con posterioridad, se reiniciaría
el ciclo con la emergencia de una nueva oleada de cambio tecnológico (Pérez,
2005: 79).
Según Carlota Pérez, la quinta gran revolución surge en Estados Unidos y
se va difundiendo en Europa y Asia, desde 1971. Surgen nuevas tecnologías,
como la microelectrónica barata, las computadoras, el software, la
biotecnología y los nuevos materiales; y emergen nuevas infraestructuras,
como la comunicación digital (cable, fibra óptica, radio y satélite) e Internet
(Pérez, 2009: 15).

10.3. NEUTRALIDAD Y MOTORES DE LA INNOVACIÓN


TECNOLÓGICA

La existencia de máquinas con conocimiento nos lleva al problema


tradicional del determinismo tecnológico. Se solía decir que la tecnología es
neutral, y que son los usos de la tecnología los que determinan sus efectos.
Pero lo cierto es que ese planteamiento responde a un estado de la tecnología
concreto, característico del pasado, y quizá no a la tecnología actual que
tiene, efectivamente, componentes que condicionan poderosamente su uso y
aplicación. En este sentido, se puede decir que integrado en cada herramienta
tecnológica hay un sesgo ideológico, una predisposición de usos, unas
posibilidades de construir unos futuros y no otros (Postman, 1993); lo que
nos lleva a la consideración de la dimensión ética de la investigación: ¿se
debe investigar sobre cualquier cuestión? ¿Se puede desarrollar
tecnológicamente todo lo que la ciencia posibilita? Son cuestiones
fundamentales que la sociedad actual y futura se tiene que plantear. Esas
cuestiones nos llevan a plantear la necesidad de impulsar proyectos de
Evaluación de Tecnologías (ET) (Technology Assessment), para favorecer el
control social y democrático de la innovación tecnológica.
Joseph Coates, consideraba que:
La Evaluación de Tecnologías es un tipo de estudios políticos que intenta observar el mayor
abanico posible de impactos en la sociedad, producidos por la introducción de una tecnología o por
la extensión, de forma nueva o diferente, de una tecnología establecida. Su objetivo es suministrar
información al proceso político, colocando ante el responsable de la toma de decisiones un conjunto
analizado de opciones, alternativas y consecuencias. Tiene un alcance extremamente amplio; no es
el proceso de decisión mismo, sino sólo un «input» en dicho proceso (1976).

De esta forma la Evaluación de Tecnologías se identifica, prácticamente,


con la evaluación de impactos. Es decir, la vía principal de intervención para
redirigir convenientemente el desarrollo tecnológico es anticipar las
consecuencias de la aplicación de la tecnología en la sociedad (Rip et al.,
1995).
El concepto tradicional de Evaluación de Tecnologías es reactivo; es decir,
una vez introducida la tecnología en la sociedad se analiza su impacto. Pero,
ciertamente, cuando ya se ha introducido en la sociedad una tecnología
determinada (innovación sociotecnológica) puede ser muy tarde por sus
efectos negativos. Pensemos, por ejemplo, en cambios genéticos en humanos,
cuyas consecuencias futuras, como en el caso de la hibridación hombre-
máquina y el transhumanismo, son imposibles de determinar. Por ello, en las
últimas décadas se habla con acierto de la Evaluación Constructiva de
Tecnologías (ECT), que pretende contribuir al diseño futuro de las
tecnologías: se pasaría así de una perspectiva reactiva a otra proactiva, de
analizar efectos, a construir la tecnología del futuro (Aibar y Díaz, 1994).
El nuevo paradigma en Evaluación Constructiva de Tecnologías destierra,
definitivamente, el mito de una evaluación de tecnologías objetiva y
puramente científica. La tajante separación entre cuestiones sociales
(políticas, éticas, etc.) y cuestiones técnicas, queda así en entredicho. La
perspectiva constructivista (Bijker et al., 1987 y Klein y Kleinman, 2002)
considera que la relación entre tecnología y sociedad debe analizarse como
un espacio continuo entre ambos ámbitos. Para el contructivismo, no hay una
trayectoria natural en el desarrollo de la tecnología, sino que es el resultado
de los intereses y estrategias de los actores relacionados con la tecnología y,
en última instancia, de la influencia de la sociedad en el desarrollo
tecnológico (Mackenzie y Wacjman, 1985). En el mismo sentido Hughes
propone el concepto de «tejido sin costuras» (seamless web) (1986) para
definir la actividad de los constructores de grandes sistemas tecnológicos
(inventores, ingenieros, empresarios, financieros, etc.). Para Hughes, la
innovación tecnológica es el resultado de la actividad heterogénea de
personas de muy diversa procedencia y formación y de organizaciones
diferentes, en donde no puede decirse dónde acaba la tecnología y dónde
empieza lo social. En el mismo sentido, pero rechazando la prevalencia del
factor humano en el impulso del cambio tecnológico situaríamos la teoría de
la «red de actores». Como dice Mackay, «el desarrollo de la tecnología es
visto en términos de la relación formada entre elementos humanos y no
humanos de las “redes de actores”» (2000). Se conforma, por ello, un sistema
en el que actúan todos los elementos que lo componen, sin dar más prioridad
a uno de ellos.

10.4. EL FUTURO DE LA SOCIEDAD

El principio de los años 70 del pasado siglo se toma normalmente como


fecha de aparición del concepto mismo de Sociedad de la Información [26], al
cual se han añadido con el transcurso de los años otras denominaciones y
conceptos, tales como Sociedad del Conocimiento, Nueva Economía,
Sociedad Red o Economía en la Red, o la más reciente, Economía Wiki.
Como hemos indicado anteriormente, la convergencia de diversas tecnologías
puede señalarse como causa principal de dicho fenómeno, ya que las
revoluciones tecnológicas profundas que llevan aparejadas la aparición de
una nueva economía y de una nueva sociedad, con sus múltiples
implicaciones, es siempre resultado de la combinación o simbiosis de
tecnologías, productos y servicios diversos. La tecnología digital constituye
el substrato sobre el que tiene lugar tal convergencia.
Como se aprecia en los esquemas de cambio social de Daniel Bell,
mientras en la era preindustrial, el sector económico fundamental es el
primario: agricultura, ganadería, minería y pesca, y supone el
aprovechamiento de los recursos naturales, mediante la extracción de las
materias primas; en la era industrial, la actividad económica más
representativa es la fabricación de mercancías, y la actividad ocupacional, el
obrero fabril.
Daniel Bell, en la década de los 60 supo ver las características de la
sociedad que estaba emergiendo y que caracteriza la actual sociedad de la
información y el conocimiento. La Sociedad Postindustrial tiene como
principal característica la gestión de la información y el conocimiento. La
actividad ocupacional fundamental es la de los profesionales altamente
cualificados y los científicos. El sector económico que tiene más importancia
es el terciario y los servicios públicos. Según Bell se potencian nuevos
sectores económicos (educación, investigación), nuevas ocupaciones
(profesionales y técnicos científicos) y nuevas instituciones (universidad,
instituciones académicas y corporaciones de investigación) (ver esquema 1).

Esquema 1: Etapas del Cambio tecnológico (Daniel Bell)


Preindustrial Industrial Postindustrial
Asia, África, América Europa Occidental, Unión Soviética,
Regiones Estados Unidos
Latina Japón
Terciarios:
Servicios Públicos
Cuaternario:
Primaria extractiva: Secundaria: productores de Comercio, finanzas,
Sector
agricultura, minería, mercancías: manufacturas, seguros y bienes raíces
Económico
pesca y madera elaboración de materias primas Quinario:
Salud, Educación,
investigación, Gobierno,
Ocio
Agricultor, minero,
Trabajador semiespecializado, Profesionales y técnicos
Ocupacionalpescador, trabajador no
ingeniero científicos
especializado
Tecnología Materias Primas Energía Información
Juego contra la
Proyectos Juego contra la naturaleza fabricada Juego entre personas
naturaleza
Teoría abstracta, modelos,
El sentido común, la
Metodología Empirismo, experimentación teoría de decisión, análisis
experiencia
de sistemas
Orientación hacia el
Perspectivas
pasado, respuestas Proyectos adaptativos ad hoc Orientación hacia el futuro.
temporales
ad hoc
Desarrollo económico, control Centralización y
Principio
Tradicionalismo estatal o privado de las decisiones de codificación del
axial
inversión conocimiento teórico.
Fuente: Bell, D. (1976). El advenimiento de la sociedad postindustrial. Madrid. Alianza.

El elemento clave en la sociedad emergente es la generación y tratamiento


de la información, convertida en conocimiento. Por lo tanto, las instituciones
más importantes son las que crean el conocimiento: Universidades e
instituciones académicas en general. El recurso fundamental es el capital
humano (talento de las personas) (ver esquema 2).

Esquema 2: Estructura y problemas de la Sociedad Postindustrial


Principio Axial La centralidad y codificación del conocimiento teórico
Universidad, instituciones académicas, corporaciones de
Instituciones primarias
investigación
Fomento económico Industrias basadas en la ciencia
Recursos primarios Capital humano
Problema político Política científica, política educativa
Problema estructural Equilibrio de los sectores privado y público
Estratificación (base y
La especialización y la educación
acceso)
Reacciones sociológicas La resistencia a la burocratización, la cultura enemiga
Fuente: Bell, D. (1976). El advenimiento de la sociedad postindustrial. Madrid. Alianza.

Joneji Masuda (1905-1995) se pregunta por las posibilidades de utilizar la


tecnología para crear un sistema social más justo y de bienestar para todos,
una especie de «computopía». El objetivo de esta sociedad debe ser, según
este sociólogo, el de «Diseñar una sociedad que aporte un estado general de
florecimiento de la creatividad intelectual humana, que procure la auto-
realización, en lugar del opulento consumo material» (1988):
Si los ordenadores se utilizaran exclusivamente con fines de automatización, la sociedad
controlada sería una realidad y sus consecuencias serían la alienación del género humano y la
decadencia social. Pero si se utilizaran plenamente para la creación del conocimiento, surgiría una
sociedad de creación de conocimiento para las masas, en la cual las personas vivirían mucho más
dignamente (Masuda, 1988).

Las características de este tipo de sociedad son:

1) La transformación social se basa en la innovación (también en la


innovación inmaterial). La frontera del conocimiento se convertirá en el
mercado potencial. La tecnología del ordenador será la innovación
tecnológica que constituya el núcleo de desarrollo, y su función más
importante será la de sustituir y amplificar la labor mental del hombre.

2) El símbolo social de la nueva era será la «unidad productora de


información»: sociedad de creación masiva de conocimientos.

3) La industria del conocimiento se constituirá en el sector cuaternario. El


hombre se emancipará crecientemente del trabajo de subsistencia. Gran
importancia social de la educación.

4) El sujeto más importante de la actividad social será la «comunidad


voluntaria», frente a la tradicional empresa.

5) Realización de la democracia participativa. Reforzamiento de los


movimientos ciudadanos.

6) Los problemas serán el schock del futuro, las invasiones de la intimidad


y la crisis de una sociedad controlada.

7) Surgirá el espíritu de globalismo (cosmopolitismo), y la simbiosis entre


el hombre y la naturaleza.
Yoneji Masuda (1905-1995)
El padre más probable de la denominación «Sociedad de la Información», es el
sociólogo japonés Yoneji Masuda, que trabajó en el desarrollo de un modelo de
sociedad tecnológica para Japón. Llenó de contenido la idea de ‘sociedad de la
información’ en diversos trabajos realizados para los ministerios de Trabajo y
Educación nipones destinados a mejorar y racionalizar las prácticas de
producción y formación de la población japonesa. Fue director del Instituto para el
Desarrollo de los Usos de los Computadores en Japón. Fundador y presidente del
Instituto para la Informatización de la Sociedad. Profesor de la Universidad de
Aomuri y director de la Sociedad Japonesa de Creatividad. A partir de un informe
del Ministerio de Industria y Comercio (MITI), Masuda elaboró para el Instituto
JACUDI un Plan para la ‘Sociedad de la Información. Un objetivo nacional para
el año 2000’, conocido como Plan JACUDI.

Autor de diversos libros sobre tecnología y sociedad, en 1968 publicó el libro


Una introducción a la Sociedad de la Información, precursor de su libro más
conocido, La Sociedad de la Información como sociedad post-industrial,
(publicado en España como: La sociedad informatizada como sociedad post-
industrial, Fundesco-Tecnos, Madrid, 1984)

En esta sociedad informatizada, que Castells llama «ciudad


informacional», es el procesamiento de la información, la actividad central y
fundamental para el condicionamiento de la efectividad y productividad,
distribución, consumo y gestión (ver esquema 3) (1995).

Esquema 3: Rasgos fundamentales del nuevo paradigma tecnológico de la Ciudad Informacional,


según Castells
1. Importancia de las nuevas tecnologías procesadoras de la información
a. Conocimiento = productividad, crecimiento económico, bienestar social
La actividad central en esta ciudad informacional es el procesamiento de la información, que
condiciona la efectividad y productividad de todos los procesos de producción, distribución, consumo y
gestión.
b. Cultura = producción simbólica y manipulación
2. El efecto de las nuevas tecnologías recae sobre los procesos más que sobre los productos
a. Nueva organización de la vida económica.
El desarrollo de la Ciudad Informacional tiene las siguientes características:
1. Las Nuevas Tecnologías (NT) incrementan los niveles de beneficios
a. Aumento de la productividad
b. Posibilidad de descentralizar la producción
c. Automatización de los procesos
d. Posición ventajosa del capital respecto al trabajo
2. Las Nuevas Tecnologías (NT) potencian las funciones de dominación y acumulación de la
intervención del Estado
a. Expansión del «Estado militarizado»
b. Papel estratégico del Estado en dotar las infraestructuras tecnológicas
3. La economía se internacionaliza
4. Infraestructura material para la economía mundial
a. Concentración de los procesos de generación de conocimiento y de toma de decisiones en
organizaciones de alto nivel (estructura funcional altamente jerarquizada)
b. Reducción del núcleo esencial de trabajadores: baja capacidad de negociación del resto
c. Ascenso de la tecnoestructura dentro del Estado
d. Fortalecimiento de los detentadores del conocimiento en los centros de las organizaciones
científicas y empresariales dominantes.
5. Flexibilización del sistema
a. Cambian las relaciones del capital–trabajo (por trabajadores eventuales)
b. Recapitalización (privatización) del Estado – flexibilidad organizativa de los Servicios
Públicos
c. Flexibilización para favorecer la adaptación de la empresa al mercado mundial
6. Redes descentralizadas de producción
a. Subcontratación
b. Modelo para el Estado militarizado y para las empresas multinacionales

Fuente: Castells, M. (1995). La ciudad informacional. Madrid. Alianza.

Manuel Castells establece una distinción entre el término «sociedad de la


información» y «sociedad informacional». Sostiene que la información ha
sido un elemento común a todas las sociedades estructuradas en torno al
escolasticismo, y, por lo tanto, no es algo específico de las sociedades
modernas avanzadas. Por ello, prefiere el término «informacional para
señalar el atributo de una forma específica de organización social en la que la
generación, el procesamiento y la transmisión de la información se convierten
en las fuentes fundamentales de la productividad y el poder, debido a las
nuevas condiciones tecnológicas» (1997: 47).
Esta terminología trata de establecer un paralelismo con la distinción entre
industria e industrial: «una sociedad industrial (noción habitual en la
tradición sociológica) no es sólo una sociedad en la que hay industria, sino
aquella en la que las formas sociales y tecnológicas de la organización
industrial impregnan todas las esferas de la actividad, comenzando con las
dominantes y alcanzando los objetos y hábitos de la vida cotidiana» (Castells,
1997: 47). De aquí se deduce que de la misma forma que la etapa industrial
caracteriza a un estadio de la evolución de la sociedad humana, la etapa
informacional supone el surgimiento de una realidad social: la sociedad
informacional.
La teoría de Manuel Castells, matiza las aportaciones de Peter Drucker,
Daniel Bell y Yoneji Masuda, cuando afirma que «lo que caracteriza a la
revolución tecnológica actual no es el carácter central de conocimiento y la
información, sino la aplicación de ese conocimiento e información a aparatos
de generación de conocimiento y procesamiento de la
información/comunicación, en un círculo de retroalimentación acumulativo
entre la innovación y sus usos» (1997: 58).
Cuando se dice que la información se ha convertido en un recurso
estratégico para lograr y mantener el bienestar de las sociedades más
avanzadas, se hace referencia a un tipo de información que, lejos de
representar un conocimiento especulativo de la realidad, representa un
conocimiento necesario para transformar la realidad en el sentido deseado por
los actores sociales. Por lo tanto, es la aplicación de la información,
convertida en conocimiento e innovación, lo destacable.
Desde principios del actual siglo, estamos en esa fase en la que las TIC
empiezan a desplegar sus grandes potencialidades, sobre todo a propósito de
las innovaciones que se están produciendo en la red de redes, Internet.
Aunque no será hasta el año 2003 cuando se empiezan a implementar las
redes abiertas interactivas de comunicación. Unos años antes, en 1999, Kevin
Ashton acuña el término Internet de las cosas (Internet of Things–IoT) para
describir la evolución que podía experimentar Internet, y que posibilitaba el
que los ordenadores pudieran recolectar información, en un proceso de
transformación digital de la sociedad y la economía (Vermesan y Friess,
2015: 1).
Muchas innovaciones se han producido desde los primeros pasos de
Internet como consecuencia de las innovaciones que se habían producido en
las últimas décadas del siglo pasado (Castilla y Díaz, 2008), pero hay datos
que parecen indicar que IoT representa el próximo paso hacia la construcción
del mundo digital, en el que todos los objetos y las personas estarán
interconectadas de forma permanente a través de redes de comunicación.
Como consecuencia del despliegue de IoT, se crea una nueva realidad digital,
que integra lo real y lo virtual, configurando entornos inteligentes
conectados, en cualquier momento y lugar.
IoT, según la definición de la Comisión Europea, es una infraestructura en
red global dinámica, con capacidades de auto-organización basada en
protocolos de comunicación estándar e interoperativa donde las «cosas»
físicas y virtuales tienen identidad, atributos físicos y personalidad virtual, y
usa interfaces inteligentes, y están integrados inalámbricamente en la red de
información (Vermesan et al. 2015: 25). Para el Grupo de Expertos de Alto
Nivel de la Comisión Europea en tecnologías clave facilitadoras (Key
Enabling Technologies-KET), determinados avances en ámbitos tecnológicos
clave deben facilitar el despliegue del IoT, como son la Nanotecnología,
Micro y Nano electrónica, Fotónica, Biotecnología, Materiales Avanzados y
Sistemas de Fabricación Avanzada (Vermesan et al., 2015: 26).
IoT abre una nueva etapa en el proceso de transformación de la sociedad
tecnológica: la sociedad hiperconectada de forma inteligente. Esta tecnología
redefine las estructuras económicas e industriales, que se concretarán en
nuevas tendencias sociotécnicas: transformación digital de la vida cotidiana,
Emergencia de estructuras virtuales colaborativas de trabajo y gestión del
conocimiento, Fusión humano-máquina, Construcción de ciudades
inteligentes o el incremento de la capacidad de control de las personas (Friess
y Riemenschneider, 2015 y Díaz, 2016).
Decenas de organizaciones están construyendo el futuro. No hay uso
neutral de la tecnología, como hemos indicado, sino una trayectoria bien
definida que diseña un futuro determinado, con perfiles concretos. Las
inversiones focalizan las prioridades de la próxima generación de
aplicaciones de Internet en los campos de la salud, la fabricación avanzada, la
seguridad pública, la educación y la fuerza de trabajo, la energía y el
transporte (Gusmeroli et al., 2015: 175). De hecho, las tecnologías que
empujan el cambio son la infraestructura de mejora de la conectividad, la
computación en cloud, la gestión del Big data, incremento del rol de los
aparatos inteligentes, y las plataformas horizontales (Gusmeroli et al., 2015:
179 y 180).
Anteriormente hablábamos de convergencia tecnológica como base de la
actual revolución científico-tecnológica. Pues bien, en la actualidad se
evidencia la convergencia de diversas ramas tecnológicas, una convergencia
conocida con el acrónimo «NBIC», procedente de la Nanotecnología,
Biotecnología, Informática y Cognotecnologia (Inteligencia Artificial). Se
trata de un cambio de un proceso tecnológico disruptivo que probablemente
conlleva al advenimiento de una nueva sociedad, e incluso a una
transformación del ser humano, mediante la hibridación hombre-máquina,
proceso que el Parlamento Europeo, entre otros, ha denominado Human
Enhancement (El perfeccionamiento humano) (STOA, 2009), y que abre un
debate sobre el futuro de la humanidad, con escenarios factibles de
transhumanismo. El fenómeno del transhumanismo prevé el
perfeccionamiento físico e intelectual del ser humano, mediante el desarrollo
de una hibridación hombre-máquina (Ferry, 2017: 35-75). Estos avances
constituyen una innovación disruptiva. La tecnología disruptiva en un campo
determinado es aquella que introduce un cambio tecnológico radical, que deja
obsoleta la tecnología anterior de ese campo (Bower y Christensen, 1995).

10.5. LA BRECHA DIGITAL Y LA INCLUSIÓN SOCIAL

Uno de los problemas a considerar en el advenimiento de la sociedad del


conocimiento es, por un lado, el gab entre la transformación tecnológica y el
cambio cultural; es decir, la adaptación de las personas al entorno
sociotecnológico. Por otra parte, se produce una brecha digital, consistente
en la falta de acceso y dificultades de uso de las tecnologías de la información
bien de un territorio determinado, de sectores socioeconómico, o bien por una
parte significativa de la población. La Unión Europea define Brecha Digital
como la diferencia entre los que pueden beneficiarse de la tecnología digital
y los que no pueden (Agencia Europea, 2013: 35).
El problema de la Brecha Digital tiene muchas dimensiones: edad, género,
residencia, clase social (Ver cuadro 1), que configuran una sociedad
desequilibrada e injusta; de ahí que desde la instituciones nacionales y
supranacionales se estén implementando políticas de formación de la
población e incentivación del uso de las TIC.

Cuadro 1. Una brecha digital multiforme


No hay una, sino varias brechas digitales multiformes que, lejos de excluirse
mutuamente, se combinan entre sí en función de las situaciones nacionales y
locales. En efecto, los factores que influyen en la brecha digital son múltiples:
— Los recursos económicos: El precio todavía muy elevado de un ordenador y de las
telecomunicaciones para los particulares en los países del Sur, así como el costo elevado de las
inversiones en infraestructuras, representan un poderoso factor de desigualdad.
— La geografía: La asimetría entre las ciudades y el campo crea situaciones de profunda
desigualdad. En los países del Sur, las dificultades para acceder a la tierra y al crédito, la libre
circulación de la mano de obra, las deslocalizaciones y el impacto de los media han provocado
un desarrollo sin precedentes de las zonas urbanas en detrimento de la anticipación de las
regiones rurales en la revolución de las nuevas tecnologías. En la India, el 80% de las
conexiones con Internet se efectúa en las 12 ciudades más importantes del país. Aunque las
tecnologías nómadas ofrecen una posibilidad sin precedentes para romper el aislamiento de las
zonas rurales, los operadores de telecomunicaciones en las regiones apartadas de los países del
Sur no las han difundido todavía suficientemente.
— La edad: Los jóvenes se sitúan a menudo en cabeza con respecto a la utilización de las
innovaciones tecnológicas y sus aplicaciones, pero constituyen un público especialmente
vulnerable a las dificultades económicas y sociales. Por otra parte, el trabajo de reciclaje que
necesitaría la puesta al día de las personas de cierta edad al ritmo actual de las innovaciones
tecnológicas puede ser un obstáculo insuperable, teniendo en cuenta la carencia de estructuras
de formación adecuadas. Una formación sistemática de los jóvenes en las nuevas tecnologías y
una mayor solidaridad entre las generaciones en beneficio de las personas de más edad
permitirían reducir las brechas existentes y contribuirían a reforzar los vínculos sociales y
familiares en las sociedades del conocimiento emergentes.
— El sexo: Las desigualdades entre hombres y mujeres en el ámbito de las nuevas tecnologías
es otra faceta de la brecha digital. En efecto, casi los dos tercios de los analfabetos del mundo
son mujeres. En los países en desarrollo, una mujer de cada dos por término medio no sabe
leer. Aunque en los países industrializados las mujeres representan una proporción bastante
considerable de los usuarios de Internet, en los países en desarrollo existe el riesgo de que
acumulen una serie de desventajas que les impidan acceder a las nuevas tecnologías.
— La lengua: Representa un obstáculo importante para la participación de todos en las
sociedades del conocimiento. El auge del inglés como vector de la mundialización restringe la
utilización de los demás idiomas en el ciberespacio.
— La educación y la procedencia sociológica o cultural: Desde mediados del siglo XIX la
escuela obligatoria permitió afrontar los desafíos planteados por la primera y segunda
revoluciones industriales. Cabe preguntarse si en el siglo XXI la iniciación a las nuevas
tecnologías no está destinada a convertirse en un elemento fundamental de la «educación para
todos». La evolución de la sociedad «postindustrial» necesitará inversiones considerables en
educación y formación. Aquí, una vez más, se da una íntima conexión entre la sociedad de la
información y las sociedades del conocimiento.
— El empleo: En muchos países, el acceso a Internet sólo se efectúa en los lugares de trabajo y
los «cibercafés», que distan mucho de estar al alcance de todos los bolsillos. La brecha
tecnológica va a menudo unida a la brecha en materia de empleo.
— La integridad física: En el año 2000, sólo un 23,9% de los discapacitados poseía un
ordenador personal en los Estados Unidos, mientras que esa proporción ascendía al 51,7% en
el resto de la población. Como la mayoría de los discapacitados suelen estar confinados en sus
domicilios, Internet representa para ellos una posibilidad única de reinserción social, por
ejemplo mediante el teletrabajo. Sin embargo, los discapacitados acumulan desventajas
económicas, culturales o psicológicas que contribuyen a ahondar la brecha digital. Además, las
discapacidades físicas en sí mismas representan un importante obstáculo para la utilización de
los ordenadores. En el año 2000, un 31,2% de los discapacitados mentales tenía acceso a
Internet en los Estados Unidos, pero esa proporción disminuía progresivamente entre los
sordos (21,3%), las personas con dificultades para utilizar sus manos (17,5%), los deficientes
visuales (16,3%) y los discapacitados motores (15%). No obstante, es preciso reconocer los
esfuerzos de los constructores para crear instrumentos que facilitan la utilización de los
ordenadores por los discapacitados, por ejemplo, la posibilidad de acceso a menús
contextuales utilizando el teclado con una sola mano.

Fuente: UNESCO (2005). Informe Mundial de la UNESCO. Hacia las sociedades del conocimiento.
París. UNESCO: 32.

En España, el ejemplo más notable de políticas de fomento de las TIC para


la inclusión social es el Plan Avanza, aprobado por el Gobierno español en
2005, en el marco de la Estrategia de Lisboa del año 2000. Tenía como
objetivo lograr la adecuada utilización de las TIC para conseguir un nuevo
modelo económico más competitivo, con el objetivo de lograr la igualdad
social, el bienestar y la calidad de vida de los ciudadanos. Así, la orden
ITC/2234/2006, de 5 de julio (Del Ministerio de Industria, Turismo y
Comercio), enmarcada en el Plan Avanza, tenía los siguientes objetivos:

1. El acceso y el uso de las TIC en los hogares y la inclusión de los


ciudadanos en la sociedad de la información.

2. Una educación orientada y cimentada en la Sociedad de la Información,


en la que se utilicen las TIC de forma intensiva, así como la
incorporación de las mismas en el proceso educativo.

3. El desarrollo y la utilización de servicios públicos digitales, que


permitan mejorar los servicios prestados por las Administraciones
Públicas.

4. La creación de un entorno favorable al desarrollo de la sociedad de la


información, mediante la extensión de infraestructuras de banda ancha,
la televisión digital, la generación de confianza en ciudadanos y
empresas en el uso de las nuevas tecnologías y la promoción de
contenidos y servicios.
En la actualidad, se utiliza el concepto de Ciudad Inteligente (Smart City),
para definir un entorno vivencial que procura el uso sostenible de las TIC. No
hay consenso sobre lo que se considera una Ciudad Inteligente, pero se
acepta ampliamente por parte de instituciones y actores sociales que es un
espacio en el que la implementación de las TIC debe mejorar la calidad de
vida de los ciudadanos y asegurar un desarrollo económico, social y del
medio ambiente (Ministerio de Industria, 2015) y se propone la siguiente
definición:
Ciudad inteligente (Smart City) es la visión holística de una ciudad que aplica las TIC para la
mejora de la calidad de vida y la accesibilidad de sus habitantes y asegura un desarrollo sostenible
económico, social y ambiental en mejora permanente. Una ciudad inteligente permite a los
ciudadanos interactuar con ella de forma multidisciplinar y se adapta en tiempo real a sus
necesidades, de forma eficiente en calidad y costes, ofreciendo datos abiertos, soluciones y servicios
orientados a los ciudadanos como personas, para resolver los efectos del crecimiento de las
ciudades, en ámbitos públicos y privados, a través de la integración innovadora de infraestructuras
con sistemas de gestión inteligente (Ministerio de Industria, 2015: 3).

Las políticas de inclusión en la actual sociedad del conocimiento deben


considerar las TIC como un derecho fundamental de la ciudadanía. En
determinadas instituciones supranacionales (ver cuadro 2), las TIC son
reconocidas como una parte importante en las vidas de los ciudadanos,
ponderando la importancia que tienen como herramienta para promover el
bienestar de la sociedad.

10.6. PARA TERMINAR EL CAPÍTULO: EJERCICIOS, PRÁCTICAS


O LECTURAS

Cuadro 2. Políticas para la inclusión educativa


Comentario y debate del siguiente texto sobre TIC e inclusión educativa:
En la actual sociedad del conocimiento, el acceso a unas TIC adecuadas debe
considerarse una cuestión de los derechos humanos. En diversos niveles (la UE, la
CMSI y organizaciones de la ONU) las TIC son reconocidas como una parte
integral en muchos aspectos de las vidas de los ciudadanos y la importancia que
tienen como herramienta para promover una inclusión social más amplia debe tener
más peso.

Cuando se usan de forma adecuada, las TIC pueden favorecer la educación


inclusiva en los centros educativos y apoyar el trabajo realizado como comunidades
de formación. Las TIC tienen el potencial de reforzar el respeto por la diversidad,
considerado un paso hacia el aprendizaje de toda una comunidad. El acceso a las
TIC que apoyan la inclusión requiere una tecnología disponible, asequible y
accesible a gran escala. Además, también es necesario que los materiales adecuados
y accesibles estén disponibles para ofrecer a todos los alumnos las mismas
oportunidades educativas.
La exclusión digital es un asunto complejo, que influye en las experiencias
educativas y sociales de más personas además de las personas con
discapacidad/alumnos con Necesidades Educativas Especiales. El acceso y el apoyo
en el uso de una tecnología asistida, especial y ordinaria, que reduzca la exclusión
digital, requiere un enfoque sistémico de las políticas y las prácticas que se
compromete con todos los participantes. Los descubrimientos generales del
proyecto indican que existen cuatro factores de apoyo que deberían ser
implementados con mayor profundidad para eliminar esta exclusión:
— La contratación pública a nivel nacional, regional e institucional que incorpore la
accesibilidad como un criterio de uso cuando se compre hardware, software y
materiales de aprendizaje digital,
— Un amplio programa de formación para todos los participantes en el entorno TIC,
incluyendo padres, docentes, directores, personal de apoyo TIC, administradores web y
profesionales tecnológicos,
— Las políticas y planes de acción a nivel escolar para las TIC para la inclusión son
coherentes con las políticas nacionales y seguidas de cerca para poder informar sobre la
implementación de las TIC para la inclusión,
— Apoyar a los directores para que entiendan y tengan una actitud y una visión
positiva de las TIC para la inclusión.
Estos cuatro factores necesitan una mayor atención, examen y estudio a corto y
largo plazo. A lo largo del proyecto se ha señalado varias veces que un uso correcto
de las TIC como apoyo de la inclusión educativa de los alumnos con
discapacidad/NEE tiene efectos muy positivos para todos los alumnos. Esto se
refleja en el informe de la UIT que establece que: «la inversión en la accesibilidad
también genera beneficios para grupos más amplios de la población». El uso
efectivo de las TIC como apoyo en la formación es un ejemplo de buena docencia
para todos los alumnos. Sin embargo, debe reconocerse que las TIC para la
inclusión necesitan una nueva pedagogía, basada en el uso de las TIC, para permitir
a los alumnos tomar decisiones sobre su aprendizaje y que después sean capaces de
implementar sus elecciones y decisiones. Implementar las TIC implica «un cambio
radical» para todos los participantes. Las TIC para la inclusión presentan un reto
para todos los responsables de la comunidad a la hora de adaptar su forma de
pensar y, después, su manera de trabajar para eliminar las barreras y permitir que
los alumnos se beneficien de las oportunidades educativas que las TIC pueden
ofrecer.

Fuente: Agencia Europea para el Desarrollo de la Educación del Alumnado con Necesidades
Educativas Especiales (2013). Tecnologías de la Información y la Comunicación para la Inclusión.
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10.7. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


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Capítulo 11
Desigualdad, pobreza y exclusión social
M.ª Rosario Hildegard Sánchez Morales

11.1 Introducción.
11.2. Teorías sociológicas sobre la pobreza.
11.3. La noción de exclusión social.
11.4. La perspectiva de la ciudadanía.
11.5. Formas de medición de la pobreza y la exclusión social.
11.6. Los procesos hacia la exclusión social.
11.7. La fisonomía de la exclusión social en España.
11.8. Las personas «sin hogar»: un caso extremo de exclusión
social.
11.9. Para terminar el capítulo: ejercicios, prácticas o lecturas.
11.10. Referencias bibliográficas.
¿De qué trata el capítulo?

En este capítulo nos adentramos en la problemática de la desigualdad como


marco en el que situar la pobreza y la exclusión social. Ofrecemos una panorámica
sobre las teorías sociológicas sobre la pobreza, nos adentramos en la noción del
concepto de exclusión social y en la perspectiva politológica de la idea de
ciudadanía. Exponemos cuatro de las formas de medición de la pobreza de mayor
prevalencia a nivel internacional. Detallamos los factores que intervienen en los
procesos que conducen hacia la exclusión social, para a continuación centrarnos en
los sectores sociales en los que se concentra la pobreza y la exclusión social en
nuestro país. Por último, focalizamos la atención en las personas «sin hogar»,
paradigma de la exclusión social más extrema.
11.1. INTRODUCCIÓN

En los países tecnológicamente avanzados se ha producido una


agudización de los procesos de exclusión social, que ha motivado que en la
bibliografía al uso se comience a contextualizar este fenómeno en términos
de una nueva «cuestión social». Para algunos estudiosos, nos encontramos en
un momento de transición que asimilan, atendiendo a la envergadura de los
cambios a los que estamos asistiendo en la esfera productiva, económica,
cultural y social, a lo que aconteció con el paso de la sociedad feudal a la
sociedad industrial.
Muy particularmente, las innovaciones científico-tecnológicas que están
teniendo lugar en el ámbito de las tecnologías de la comunicación y la
información (Internet, telefonía móvil, ordenadores, etc.), la genética humana
(genómica, proteómica, técnicas de reproducción asistida, etc.), así como en
materia de nuevos materiales y fuentes de energía, caracterizan el momento
histórico en el que vivimos, y han ejercido su impacto sobre la propia
organización social. Nuevos estilos y hábitos de vida, de trabajo, de ocio, de
usos sociales, de mentalidades, de comportamientos, de tratamiento de lo
patológico despuntan en las sociedades actuales (Tezanos, 2001: 49 y
siguientes).
Y junto a lo anterior, se aprecia un aumento de la desigualdad social,
conceptualizada como la distancia en la distribución de la renta entre los
integrantes de la sociedad, entre sociedades, grupos y personas. De forma que
cuanto más concentrada esté la distribución, mayor será el nivel de
desigualdad vigente. Una forma de medición de la desigualdad de ingresos es
a través del Índice de Gini. Es un número entre 0 y 1, donde 0 se corresponde
con la perfecta igualdad (todos tienen los mismos ingresos) y 1 con la
perfecta desigualdad (una persona tiene todos los ingresos y los demás
ninguno).
Para hacernos una idea de la situación en el mundo, los países en donde
hay una mayor desigualdad se localizan en África: Lesotho (0,63), Sudáfrica
(0,62) y las Repúblicas Centroafricanas (0,61). En América del Sur destacan
Colombia (0,53), Guatemala (0,53), Paraguay (0,51) y Panamá (0,50). En
Asia consignar a Micronesia (0,61), Hong Kong (0,53), Srilanka (0,49),
China (0,46) y Malasia (0,46). Entre los países en donde hay una mejor
distribución de la riqueza se encuentran Finlandia (0,21), Eslovaquia (0,23),
Eslovenia (0,24), Ucrania (0,24) y Suiza (0,24) (CIA, 2017).
En España, la tendencia seguida en la última década se puede observar en
el gráfico 1, con una evolución al alza desde el año 2007:

Gráfico 1. Evolución del coeficiente de Gini en España (2007-2016)

Fuente: elaboración propia. INE, varios años.

Un informe publicado por Oxfam en enero de 2017 (Oxfam, 2017) alertaba


sobre la problemática de la desigualdad en el mundo y su evolución
previsible en las próximas décadas. Así las cosas, destacaba que desde el año
2015, el 1% más rico de la población mundial poseía más riqueza que el resto
del planeta; que ocho varones disponían de la misma riqueza que 3.600
millones de personas; que durante los próximos 20 años, 500 personas
legarán 2,1 billones de dólares a sus herederos; que los ingresos del 10% más
pobre de la población mundial había aumentado menos de 3 dólares al año
entre 1988 y 2011, mientras que los del 1% más rico se había incrementado
en 182 veces más; que el director general de cualquier empresa incluida en el
índice bursátil FTSE 100 ganaba en un año lo mismo que 10.000 trabajadores
de las fábricas textiles de Bangladesh. En este mismo sentido, el Informe del
Wordl Economic Forum de enero de 2017 (WEF, 2017) planteaba que dos de
los principales riesgos para las próximas décadas eran el aumento de la
desigualdades de ingresos y la problemática del desempleo y los
infraempleos. De seguir esta tendencia, se planteaba que el incremento de la
desigualdad económica podría fracturar nuestras sociedades.
En España, según Oxfam, en 2016 el incremento de la desigualdad había
sido 20 veces superior a la del promedio europeo; si en 2007, el 10% más
rico en España tenía una renta 10 veces superior a la del 10% más pobre; en
2015, tal diferencia era de 15 veces; las 3 personas más ricas acumulaban la
misma riqueza (86.000 millones de euros) que el 30% más pobre del país
(14,2 millones de personas); en 2016, 7.000 personas engrosaron la lista de
millonarios en España; el ejecutivo que más cobraba tenía un sueldo 96 veces
superior al empleado medio y en promedio la ciudadanía vivía peor que en el
año 2007 (lejos de los 26.067 euros del PIB «per cápita» de aquel año que
marcó el punto máximo en la serie histórica) (Oxfam, 2017).
En este escenario, la desigualdad social, como problema sistémico y
estructural, es el marco en el cuál situar la pobreza y la exclusión social, de
las que nos ocuparemos a continuación.

11.2. TEORÍAS SOCIOLÓGICAS SOBRE LA POBREZA

Desde la Sociología, el tratamiento que se ha dado a la problemática de la


pobreza se inscrito básicamente dentro de la «Sociología de la Estratificación
Social» (Sorokin, 1961), (Barber, 1964), (Lenski, 1969), (Ossowski, 1971),
(Tezanos, 2001), (Tezanos, 2004) y la «Sociología de la Conducta Desviada»
(Becker, 1971), (Garland, 2005), (Taylor, Walton y Young, 2008), (Goffman,
1970), (García-Pablos, 2013); aunque visto desde la óptica actual, esta última
perspectiva conceptual sea cuestionable (Rubio Martin, 2015). Dentro de la
«Sociología de la Estratificación Social» mencionar, en las primeras etapas
de formalización de la Sociología como disciplina científica, las aportaciones
de Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) (Marx, 1985y
1998). Su visión dicotomizada de la sociedad les llevó a diferenciar entre la
clase obrera y la clase burguesa, como dos universos contrapuestos. Karl
Marx, en una primera fase de su pensamiento, presentaba a las personas más
desfavorecidas como los principales damnificados por el nuevo modelo
productivo surgido al hilo del capitalismo:
A los padres de la actual clase obrera se los castigó, en un principio, por su transformación
forzada en vagabundos e indigentes. La legislación los trataba como a delincuentes «voluntarios»:
suponía que de la buena voluntad de ellos dependía el que continuarán trabajando bajo las viejas
condiciones existentes (1998: 16).

Si bien con posterioridad matizó que:


El sedimento más bajo de la sobrepoblación relativa se aloja, finalmente en la esfera del
pauperismo. Se compone, prescindimos aquí de vagabundos, delincuentes, prostitutas, en suma del
lumpen proletariado propiamente dicho…. La primera la constituyen personas aptas para el
trabajo… La segunda: huérfanos e hijos de indigentes… La tercera: personas degradadas,
encanallecidas, incapacitadas de trabajar… (1998: 18).
Friedrich Engels, en su libro titulado Situación de la Clase Obrera en
Inglaterra del año 1845, describió las condiciones de miseria e inseguridad
en la que vivían los trabajadores de la época victoriana:
En cuanto a las grandes masas obreras, el estado de miseria e inseguridad en el que viven ahora
es tan malo como siempre e incluso peor… La ley que reduce el valor de la fuerza de trabajo al
precio de los medios de subsistencia necesarios, y la otra ley que, por regla general, reduce su
precio medio a la cantidad mínima de esos medios de subsistencia, actúan con el rigor inexorable
de una máquina automática cuyos engranajes van aplastando a los obreros (1979).

Con la emergencia de la sociedad industrial surge la llamada «cuestión


social», que José Félix Tezanos define como «la sensibilización por la
situación social de los sectores que vivían y trabajaban en peores
condiciones… (Y que)… se convirtió bien pronto en uno de los puntos
fundamentales de referencia para todo el pensamiento social de esta época»
(2009: 344).
En aquel momento, coexistían dos enfoques a la hora de abordar el tema
que nos ocupa: uno con un cariz individualista, que culpabilizaba a los
individuos de su situación, y otro que acudía a explicaciones
socioeconómicas o estructurales. Alexis de Tocqueville se instala en una
visión individualista, porque entiende que la condición humana es ociosa, al
tiempo que estimaba que la caridad cronificaba la pobreza.
Para Georg Simmel, la consideración de pobre pasa por un
«reconocimiento social», que se adquiere cuando se asume la función social
de pobre, de tal suerte que el sujeto entra en un proceso de alienación social:
El pobre, como categoría sociológica, no es el que sufre determinadas deficiencias y privaciones,
sino el que recibe socorros o debería recibirlos, según las normas sociales. … La función que
desempeña el pobre dentro de la sociedad no se produce por el solo hecho de ser pobre; solo
cuando la sociedad —la totalidad de los individuos particulares— reacciona frente a él con
socorros, sólo entonces representa un papel social específico... Sólo en el momento en que son
socorridos… entran en un círculo caracterizado por la pobreza. Este círculo no se mantiene unido
por una acción recíproca de sus miembros, sino por la actitud colectiva que la sociedad en conjunto
adopta frente a él (1977: 517-519).

Para Max Weber (1864-1920), las desigualdades sociales están


condicionadas tanto por la posición económica de los individuos, como por
cuestiones simbólicas y culturales. Y los pobres, según su interpretación, son
«clase propietaria negativamente privilegiada» (esclavos, endeudados,
proletarios…) y como «grupo de estatus» son juzgados como negativamente
privilegiados y, consecuentemente, apartados de la sociedad.
Émile Durkheim plantea en El Suicidio (1897) que las personas
marginadas lo son a consecuencia de la imposibilidad de adecuación entre su
voluntad e impulsos individuales y las exigencias entre la conciencia
individual y la conciencia colectiva, lo que produce —según dice—
comportamientos anómicos. Lo anterior da lugar a que estos sujetos se
queden fuera de la sociedad y no participen del contrato social.
Instalados en el siglo XX, se desarrollan estudios que se enmarcaron
fundamentalmente dentro de la «Sociología de la Pobreza» y la
«Antropología de la Pobreza». Estos enfoques tienen una dimensión
economicista con un marcado carácter descriptivo. Se centran en la
problemática derivada de la imposibilidad de desarrollar proyectos de vida
dignos si no se poseen los ingresos materiales mínimos, para una subsistencia
digna en la sociedad en la que se vive. En la actualidad, la mayor parte de la
bibliografía sobre el tema se orienta en esta dirección y ha dado lugar a la
formulación de los índices de pobreza (IPH) y de desarrollo humano (IDH),
que aparecen anualmente en los Informes sobre desarrollo humano (United
Nations Development Programme).
Destacan en la segunda mitad del siglo XX y hasta mediados de los años
setenta, los trabajos circunscritos dentro del ámbito de la «Sociología de la
Desviación Social» (Becker, 1971) y de la anomía, de la «Sociología
Urbana» (Bahr, 1968), (Blumberg, Shipley y Shandler, 1965), de la
asociación diferencial (Sutherland, Cressey, 1979: 93-99), de la «Teoría del
Etiquetaje» (Lemert, 1972), de la «La Reacción Social» (Goffman, 1970) y
de la cultura de la pobreza (Lewis, 1964).
Los planteamientos que se engloban dentro de la «Sociología de la
desviación», del estigma y del etiquetaje tienen su origen en los de la anomia
de Durkheim y Merton. Robert King Merton (1910-2003) y Talcott Parsons
(1902-1979), dentro de la escuela del estructural-funcionalismo, siguen el
concepto de anomía de Durkheim, que concretó en la ausencia de un cuerpo
de normas que dirigen las relaciones entre las diversas funciones sociales que
asumen los individuos a consecuencia de la división del trabajo y la
especialización, propias de la modernidad (Durkheim, 1989).
Merton, por su parte, identificará a la anomia como el desajuste entre los
fines que una sociedad establece como ideales y los medios que proporciona
a sus integrantes para alcanzarlos, explicando en este sentido la existencia de
fenómenos como la delincuencia o la situación de los vagabundos en los
siguientes términos:
Para la Sociología, estos son los verdaderos extraños. Como no comparten la tabla común de
valores, pueden contarse entre los miembros de la sociedad… solo en sentido ficticio. A esta
categoría pertenecen algunas categorías adaptativas de los psicóticos, los egoístas, los parias, los
proscritos, los vagabundos, los vagos, los borrachos crónicos y los drogadictos (1970: 162).

A partir de los años ochenta del siglo XX, prolongándose hasta nuestros
días, se van dejando de lado los análisis enmarcados dentro de la «Sociología
de la Conducta Desviada» y de corte más psicologicista, de forma que
actualmente se trabaja fundamentalmente con un enfoque multidimensional,
que entronca con explicaciones vinculadas a la teoría de la exclusión social

11.3. LA NOCIÓN DE EXCLUSIÓN SOCIAL

La noción de exclusión social se empieza a utilizar en Francia a mediados


de la década de los setenta del siglo XX. Pierre Massé (Massé, 1969) y de
Jean Klanfer (Klanfer, 1965) son considerados los primeros que utilizan este
término, no asociado en aquellas fechas a las condiciones adversas del
mercado laboral, ni a la fragilización de la esfera relacional, sino a un
subsector social que vivía ajeno al desarrollo social («cuarto mundo»)
(Paugam, 2007).
En aquellos años, René Lenoir escribió un libro divulgativo Les exclus: un
Français sur dix (Lenoir, 1974) en el que detalló que en torno al 10% de los
residentes en este país eran inadaptados sociales (personas con discapacidad,
ancianos, menores en riesgo social, jóvenes adictos a sustancias psicoactivas,
enfermos mentales, delincuentes, suicidas,…). Como vemos, el concepto
estaba alejado de la interpretación que se le dio a partir de los años ochenta.
En paralelo, en los Estados Unidos, se retomó el concepto de underclass de
Gunnar Myrdal, quien a principios de la década de los sesenta, al analizar la
pobreza de la sociedad americana de la época, detectó la emergencia de un
nuevo grupo social al que denominó underclass. Esta infraclase estaba
integrada por parados de larga duración, subempleados y personas que
resultaban inempleables (Myrdal, 1964). Si bien como apunta Tezanos:
La literatura sociológica disponible permite constatar que casi todos los sistemas de
estratificación social conocidos han llevado aparejados ciertas referencias y análisis de los grupos
sociales periféricos al sistema, desde la Grecia Clásica, en donde la polis era una «sociedad dual»
en la que los esclavos y los metecos (extranjeros) no eran miembros de pleno derecho, hasta el
sistema de castas hindú, en el que los intocables se sitúan en lo más bajo —y más «apartado»— de
la estructura social, hasta la noción más reciente de «lumpen-proletariado», acuñada por algunos
teóricos para referirse a los sectores más marginales de las sociedades industriales (2001: 202).

En el año 1982, Ken Auletta en su obra The underclass (Auletta, 1982)


hizo común el uso de esta expresión. Para Auletta, las infraclases estaban
integradas por pobres pasivos que durante años habían vivido de la asistencia
social (madres solteras, delincuentes, enfermos mentales, personas «sin
hogar», consumidores de sustancias psicoactivas, alcohólicos…).
Los trabajos actuales sobre las infraclases las contextualizan «… en la
perspectiva de los cambios sociales y las tendencias hacia una progresiva
dualización social… (posicionándose) a las infraclases en la base inferior de
la pirámide social, al tiempo que plantean la necesidad de profundizar en el
estudio de los cambios que están teniendo lugar en los sistemas de
desigualdad y las nuevas conformaciones en las pirámides de estratificación,
aunque sin dar los datos necesarios hacia una definición neta de un nuevo
paradigma analítico» (Tezanos, 2001: 210), en estrecha relación con los
profundos cambios que están teniendo lugar en los modelos productivos a
consecuencia de la actual revolución científico tecnológica en marcha.
Respecto a la teoría de la exclusión social, Robert Castel la enfoca hacia la
idea de «desafiliación», entreverada a los «desligamientos» sociales. Su
preocupación se centraba en «la presencia... de individuos ubicados como en
situación de flotación social, que pueblan sus intersticios sin encontrar allí un
lugar asignado… ¿Quiénes son, de dónde vienen, cómo han llegado a esto, en
qué se convertirán?» (1997: 15). Y propone un esquema explicativo de la
exclusión social en términos procesuales, y para ello diferencia cuatro zonas
dentro de un continuum integración-exclusión social: zona de integración,
zona de vulnerabilidad, zona de marginalidad o exclusión y zona de
asistencia, en relación a la división social del trabajo, la participación del
individuo en las redes de sociabilidad y en los sistemas de protección:
No encaro aquí el trabajo en tanto que relación técnica de producción, sino como soporte
privilegiado de inscripción en la estructura social. Existen en efecto, una fuerte correlación entre el
lugar que se ocupa en la división social del trabajo y la participación en las redes de solidaridad y
en los sistemas de protección que «cubren» a un individuo ante los riesgos de la existencia. De allí
la posibilidad de construir lo que yo llamaría metafóricamente «zonas» de cohesión social.
Entonces, la asociación «trabajo estable/inserción relacional sólida» caracteriza una zona de
integración. A la inversa, la ausencia de participación en alguna actividad productiva y el
aislamiento relacional conjugan sus efectos negativos para producir la exclusión, o más bien, como
trataré de demostrarlo, la desafiliación. La vulnerabilidad social es una zona intermedia, inestable,
que conjuga la precariedad del trabajo y la fragilidad de los soportes de proximidad (1997: 16).

Fue a finales de los años noventa, fundamentalmente de la mano de José


Félix Tezanos, cuando, en España, se inicia una línea sociológica que apuesta
por una explicación procesual y multicausal de la exclusión social. Para este
autor, existen una serie de factores laborales, económicos, culturales,
personales y sociales que configuran el equilibrio «exclusión-inclusión
social» (1997 y 2005), al tiempo que concluye que «el término “exclusión
social” es utilizado para referirse a todas aquellas personas que, de alguna
manera, se encuentran fuera de las oportunidades vitales que definen las
conquistas de una ciudadanía plena… la expresión “exclusión social”
implica, en su raíz, una cierta imagen dual de la sociedad, en la que existe un
sector “integrado” y otro “excluido”. En consecuencia, su estudio remite en
primer lugar a todo aquello que en un momento dado determina la ubicación
de los individuos y los grupos sociales a un lado u otro de la línea que
enmarca la inclusión y la exclusión social» (2001: 138).
De tal forma que, siguiendo a Tezanos, «hay tres bloques de conceptos
relacionados que permiten entender mejor las raíces de la noción de exclusión
social. Un primer bloque está integrado por aquellos que ponen en acento en
vivencias que implican un apartamiento de los estándares predominantes en
una sociedad o en una cultura o en un modo de obrar, sea este apartamiento
voluntario o involuntario…Un segundo bloque de conceptos conectados con
la problemática que nos ocupa se sitúa en un terreno directamente económico,
abarcando aquellas circunstancias que pueden ser englobadas en la idea de
pobreza o carencia de recursos…Un tercer bloque de conceptos al que
debemos prestar es el que se relaciona con la problemática de la
alienación…» (2001: 141-147).
El concepto de exclusión social, definido en estos términos, es estructural,
multidimensional y procesual, tanto en lo que se refiere a las causas como a
los factores que la desencadenan (laborales, económicos, personales,
culturales, personales, sociales, etc.).
Hay que destacar, también, las aportaciones de los últimos años de Serge
Paugam y las teorías del vínculo social (Paugam, 2007). Finalmente,
debemos consignar a autores como Ulrich Beck («sociedad del riesgo»)
(Beck, 2003), Zygmunt Bauman («sociedad líquida») (Bauman, 2005),
Anthony Giddens («modernidad reflexiva») (Giddens, 1993), Alain Touraine
(«tardomodernidad») (Touraine, 2009) o Richard Sennett (Sennett, 2002),
quienes desde finales del siglo XX han focalizado buena parte de sus
reflexiones a explicar el tránsito de la primera modernidad, fundamentada en
el Estado-Nación, la familia y el trabajo, a la segunda modernidad
caracterizada por la crisis de la sociedad laboral, la flexibilidad y el riesgo,
con un predominio del individualismo como valor social.
Zygmunt Bauman, por su parte, se centra en los efectos del individualismo
y de la progresiva desaparición de la solidaridad en las sociedades actuales;
así como, en los efectos de la globalización y del capitalismo de mercado y la
emergencia de lo que idea como «eliminación de los residuos humanos» que
según plantea:
Saturan todos los sectores más relevantes de la vida social y tienden a dominar las estrategias
vitales y alterar las más importantes actividades de la vida, alentándolas a generar sus propios
derechos sui generis: relaciones humanas malogradas, incapaces, inválidas o inviables, nacidas con
la marca del residuo permanente (2005 a: 19).

Dentro de un análisis asimilado al de Bauman, Robert Castel apuesta por


un aumento de la exclusión social que involucra, según su opinión, a nuevos
sectores sociales, a resultas de la crisis económica de la última década a nivel
planetario. De forma que el riesgo de pobreza extrema, en otros momentos,
propio de vagabundos, mendigos y gente de la calle se extiende —según este
autor— en el imaginario social hacia la sociedad en su conjunto (2009).

11.4. LA PERSPECTIVA DE LA CIUDADANÍA

Desde el ámbito de la Ciencia Política, un referente analítico de gran


relevancia para explicar la exclusión social de las sociedades más avanzadas
actuales, lo proporciona la noción de ciudadanía social. Con este concepto
hacemos referencia «a aquel conjunto de derechos de carácter político,
laboral, económico y social que han llegado a ser sancionados solemnemente
en las Constituciones y que se desarrollaron en buena parte de los países
occidentales en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial
conformando el modelo de Estado de Bienestar» (Marshall, 1997: 297-344).
Thomas Humphrey Marshall fue el primero que utiliza el término de
ciudadanía en el año 1949 y la define como «un estatus que se otorga a los
que son miembros de pleno derecho de una comunidad» (1997: 312-313).
Analiza la noción moderna de ciudadanía en tres etapas: la civil, la política
y la social, enfatizando la necesidad de conquistar la ciudadanía social.
Ciudadanía social que implica disfrutar de derechos civiles y políticos,
además de derechos sociales definidos como «todo el espectro desde el
derecho a un mínimo de bienestar económico y seguridad, al derecho a
participar del patrimonio social y a vivir la vida de un ser civilizado conforme
a los estándares corrientes en la sociedad» (Marshall, 1997: 302-313).
En la última década del siglo XX, este planteamiento fue retomado por Tom
Bottomore (Marshall y Bottomore, 1991), quien añade nuevas dimensiones a
la noción de ciudadanía social. Plantean que las medidas y articulaciones
promulgadas desde el Estado de Bienestar (esencialmente desde mediados de
los años ochenta) contra la pobreza no habían dado el resultado previsto y nos
encontrábamos ante un proceso de descomposición social y de ruptura del
contrato social.
José Félix Tezanos ha profundizado entre la conexión entre exclusión
social, ciudadanía y democracia (2001), planteando la existencia en nuestros
días de una «nueva cuestión social», que lleva en sí una «ciudadanía decaída
y/o precarizada» (2004 a: 790), que avanzada ya la segunda década del
siglo XXI, ha acarreado en el ámbito europeo un alto nivel de desigualdad
social y riesgos elevados de pobreza y exclusión social para buena parte de la
población (Tezanos, Sotomayor, Sánchez Morales y Díaz, 2013). De forma
que:
Los procesos de exclusión y de dualización social que tienen lugar en nuestras sociedades en el
plano económico y laboral tienen su correlación correspondiente en la exclusión política y en la
dualización ciudadana; sobre todo a medida que las riquezas y el poder tienen a concentrarse en
pocas manos, en una deriva que suscita indudables riesgos de declive democrático y de mermas en
la condición humana (Tezanos, 2004 a: 782).

Lo anterior, según Tezanos, hace necesaria la articulación de medidas que


permitan a todos los ciudadanos emplazarse en parámetros vitales de
dignidad:
La alternativa al problema de una «ciudadanía decaída» y/o «precarizada» no es —no debe ser
— una «ciudadanía subvencionada»…, sino una iniciativa política tendente a generar las
condiciones propicias para que todos los miembros de una sociedad tengan unas oportunidades
razonables de acceder al desempeño de una tarea en su sociedad, para que puedan prepararse con
suficiente motivación durante sus años de estudio y que proporcione niveles de ingresos en
concordancia con el nivel de riqueza y desarrollo alcanzado en su sociedad y con el esfuerzo
personal desplegado en su realización. Es decir, basada tanto en criterios de equidad como de
reciprocidad (2004 a: 782).
(Y continúa avanzando en el enfoque de una ciudanía económica, pues según
Tezanos):
Los aspectos centrales a considerar en la conquista de la «ciudadanía económica» son las
garantías y oportunidades que existen —que se proporcionen— para tener una actividad laboral,
bien en el sistema productivo (como asalariado o empleador), bien en el sector público (que hay que
potenciar y racionalizar y no destruir), bien en el ámbito de las nuevas actividades que va a
propiciar la revolución tecnológica y las enormes oportunidades de crear riqueza que genera
(nuevas actividades en los servicios, en salud, cultura, ocio, calidad de vida, seguridad, educación
permanente, etc.), así como nuevas actividades que se puedan generar en la esfera social y política
como consecuencia del desarrollo de la democracia postliberal…. La noción de ciudadanía
económica se deberá desarrollar también en base a la puesta en funcionamiento de servicios
sociales más amplios y universales (como cuarto pilar efectivo del Estado de Bienestar), de políticas
que hagan accesibles las viviendas (tanto en acceso como en alquiler, con créditos subvencionados,
con suelo público, etc.), de salarios sociales (o «rentas de inserción») para situaciones de extrema
necesidad, de medidas de lucha contra la exclusión social (tanto con medidas paliativas como de
inserción y motivación, etc.), así como mediante un conjunto de iniciativas que tiendan a extender la
democracia en el ámbito de las actividades económicas (democratización del trabajo, presupuestos
participativos, fiscalidad con bonos de participación, iniciativas comunitarias, etc.) (2004 a: 791-
792).

11.5. FORMAS DE MEDICIÓN DE LA POBREZA Y LA EXCLUSIÓN


SOCIAL

Es tarea compleja cuantificar la pobreza. En este texto, nos vamos a centrar


en las formas de medición de la pobreza de mayor prevalencia a nivel
internacional:

a) Pobreza absoluta, que se define en función de lo que una persona


necesita para afrontar los gastos básicos en condiciones de
supervivencia. El Banco Mundial establece el equivalente a 1,90 $
diarios (Banco Mundial, 2017). Sus inconvenientes son que limita la
pobreza a único factor asociado con la capacidad de ingreso o gasto de
los hogares y hace factible conocer la situación en la que se encuentran
las personas que no se incluyen dentro de los niveles de pobreza o los
que se desenvuelven en los límites de la pobreza.

b) Pobreza relativa o umbral de la pobreza es el nivel de ingreso mínimo


para adquirir un adecuado estándar de vida en un país concreto. Para
determinar la línea de pobreza se calcula el costo total de todos los
recursos esenciales que un ser humano adulto promedio que consume en
un año. Para calcular este índice la OCDE y la Unión Europea utilizan
el equivalente al 60% a la mediana nacional del ingreso de los hogares.
En nuestro país, según se incluye en la Encuesta de Condiciones de
Vida 2016 del Instituto Nacional de Estadística, con datos relativos al
año 2015 (últimos datos disponibles a nivel nacional y que se publica
anualmente): «el valor del umbral de pobreza se obtiene multiplicando
8.208,5 por el número de unidades de consumo del hogar. Por ejemplo,
para un hogar de un adulto, el umbral es de 8.208,5 euros, para un hogar
de dos adultos es de 12.312,8 euros o 6.156,4 euros por persona, para un
hogar de dos adultos y dos menores de 14 años es de 17.237,9 euros o
4.309,5 euros por persona» (INE, 2017).

c) Tasa AROPE. Según la Estrategia Europa 2020, se consideran personas


en riesgo de pobreza o exclusión social a la población cuando está en
uno de estos tres supuestos: cuando los ingresos no alcanzan el umbral
de la pobreza (el 60% de la mediana nacional del ingreso de los
hogares, después de transferencias sociales); cuando está «severamente
privada de medios materiales» (cuando no puede pagar el alquiler, la
hipoteca o las facturas, la calefacción, imprevistos, carne o pescado, no
tiene coche, lavadora, teléfono o no puede irse de vacaciones ni una
semana al año); o cuando vive en un hogar con muy baja intensidad
laboral (donde los mayores de 18 años no estudiantes hayan trabajado
menos del 20% de su potencial de trabajo en el último año, se calcula el
ratio y determina si es inferior al 20%). Como puede observarse en el
gráfico 2, España ostenta, desde hace más de una década, una tasa de
riesgo de pobreza y exclusión social por encima de la media de los
países de la Unión Europea 28.

Gráfico 2. Población en riesgo de pobreza y exclusión social en España y UE 28 (2005-2016)

Fuente: Elaboración propia. Eurostat, varios años.


d) Índice de Desarrollo Humano: mide los progresos de una comunidad o
en todo un país. Establece una media comparativa entre la esperanza de
vida, el analfabetismo, la educación y los niveles de vida (Producto
Interior Bruto). Se utiliza para determinar si un país está desarrollado,
en desarrollo o subdesarrollado, y también para medir las políticas
económicas sobre la calidad de vida. Fue desarrollado en 1990 por los
economistas Mabbub Ul Hag y el Premio Nobel Amartya Sen. Los
países entran en tres grandes categorías basadas en IDH: muy alto, alto,
medio y bajo (PNUD, 2017).

e) Índice de Pobreza Multidimensional, complementa a los índices basados


en medidas monetarias y considera las privaciones en las que viven las
personas pobres, así como el entorno en que éstas tienen lugar. Los
componentes del Índice de Pobreza Multidimensional son la salud
(nutrición y mortalidad infantil); la educación (años de instrucción,
matriculación escolar) y los niveles de vida (combustible para cocinar,
saneamiento, agua, electricidad, piso, bienes). Se agrupa por región,
grupo étnico, dimensión de la pobreza y otras categorías. Alrededor de
2.200 millones de personas en los países que abarca el índice viven bajo
parámetros de pobreza multidimensional (PNUD, 2017).

11.6. LOS PROCESOS HACIA LA EXCLUSIÓN SOCIAL

Los itinerarios vitales que conducen al túnel de la exclusión social se


vinculan, básicamente, a factores de orden estructural. Entre éstos, cobra
especial relieve la variable laboral (paro, inactividad laboral, subempleos y
empleos marginales, trabajos sin cualificación, precariedad laboral, etc.). La
conformación del mercado laboral, con harta frecuencia, deja en la cuneta a
personas plenamente capacitadas por su nivel formativo-educativo y por sus
condiciones físicas.
Dentro de este capítulo, hay que destacar también la política de vivienda, la
política educativa y formativa, la política fiscal, la política de distribución de
la renta, las pensiones u otro tipo de prestaciones sociales, la política de
inmigración, así como la legislación social y las políticas sociales para
sectores vulnerables y grupos de excluidos (Cuadro 1).
Cuadro 1. Factores estructurales, familiares/relacionales, individuales y culturales que
intervienen en los procesos de exclusión social
FACTORES FACTORES FACTORES FACTORES
ESTRUCTURALES FAMILIARES/RELACIONALESINDIVIDUALESCULTURALES

Personalidad
— Género
— Edad
— Estado
civil
— Estatus
— Raza
— Idioma

Nacionalidad
— Política laboral

— Política de
Alcoholismo
vivienda
(hacinamiento, —
condiciones de Drogadicción
habitabilidad, —
güetización) Ludopatías
— Política — Débiles y falta de
vínculos familiares — Salud
educativa/formativa
(física y
(segregación y — Conflictos y rupturas mental)
dificultades familiares (separaciones, —
formativas) divorcios) —
Individualismo
Discapacidad
— Política fiscal — Circunstancias —
familiares (viudedades, —
— Política de Insolidaridad
orfandad) Antecedentes
distribución de la —
penales
renta — Ausencia de redes de Competitividad
amigos y círculos de —
— Pensiones —
amigos Violencia
— Legislación social y malos Pluralismo
— Desarraigo social tratos
— Política de —
inmigración — Aislamiento — Libertad
— Vínculos con mafias Dificultades
— Políticas de
de
bienestar social — Papel asociaciones de aprendizaje
— Efectos de la crisis inmigrantes
— Falta de
y la reestructuración
habilidades
económica
sociales
— Políticas sociales
— Baja
para sectores
autoestima
vulnerables y grupos
de excluidos — Actitud
pasiva y de
acomodo a
la situación

Pesimismo,
fatalismo

Procesos
depresivos
— Débil
estructura
de
motivaciones

Fuente: elaboración propia a partir de Sánchez Morales, M.R. y Tezanos Vázquez, S (1999). La
población «sin techo» en España. Un caso extremo de exclusión social. Madrid. Sistema: 38.

Hay que señalar factores de orden familiar/relacional y factores de


naturaleza personal. Los factores familiares/relacionales se vinculan con
conflictos, desajustes y rupturas (separaciones, divorcios, viudedad, quiebra
de las relaciones con familiares directos y con la red de amistades). Entre los
elementos de carácter individual que inciden en estos procesos se encuentran
la personalidad, la edad, el género, la raza, la nacionalidad, la salud (física y
mental), problemáticas vinculadas a la violencia y malos tratos, baja
autoestima, pesimismo, fatalismo, procesos depresivos, etc. Hay que
considerar, también, el papel que, dentro de estos itinerarios vitales, juegan
determinados trastornos en los hábitos de conducta (alcoholismo,
drogadicción, ludopatía), que pueden estar en el origen de los propios
itinerarios vitales o ser una consecuencia de sus vivencias personales (Cuadro
1).
Por último, deben situarse también cuestiones que se vinculan con el
sistema de valores de nuestra sociedad, especialmente, con los cambios a los
que han asistido y, previsiblemente, asistirán las familias españolas (Cuadro
1). Los resultados obtenidos en las investigaciones que, desde el año 1995,
realiza el Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS) de la UNED,
plantean que la gente estará menos vinculada a sus familiares, al tiempo que
predominarán sentimientos de soledad y aislamiento, junto con altas cotas de
libertad, pluralismo, competitividad e insolidaridad social (GETS, 2017). En
la actualidad, para algunos analistas, el individualismo es el valor que por
antonomasia preside el discurrir familiar, que orienta en buena medida los
valores y pautas culturales dominantes en las sociedades avanzadas y que
dirigirá los cambios futuros. Se asocia con la tendencia a la desvinculación de
las personas respecto de sus grupos y comunidades más directas, en un
entorno en donde los individuos tienen opción a elegir qué desean hacer con
sus vidas. Al tiempo, se ha acrecentado su dependencia respecto del mercado
y del Estado. Los individuos son, por tanto, el centro de sus estilos de vida,
habiendo aparecido un tipo de familias que se negocian con plazos definidos
y que desarrollan tendencias de dependencia familiar respecto a agentes
externos no familiares, de forma que han surgido nuevas comunidades de
identidad (Beck, 1998).
En las sociedades tecnológicas avanzadas, cabe plantear que están
adquiriendo nuevos perfiles las relaciones entre individuo-familia-sociedad-
Estado. Nuevos perfiles, entre otros factores, por la progresiva incorporación
de las mujeres al ámbito laboral extradoméstico y las previsiones de futuro
apuntan hacia su mayor participación en la vida pública en general. Este
fenómeno conlleva una nueva «reestructuración de la división social del
bienestar» y se demandan servicios sociales a las instituciones públicas para
atender las nuevas necesidades familiares. En la medida en que no queden
satisfechas las demandas de las familias (atención a enfermos, ancianos,
niños, personas con discapacidad…), por lagunas o inexistencia de políticas
sociales adecuadas, es cuando la exclusión social puede hacer su aparición.
Así, vemos que el fenómeno de la exclusión social requiere un modelo
analítico pluridimensional que lo conecte directamente con la desigualdad
social, con elementos de tipo estructural, familiar/relacional y con
condicionamientos de corte individual y cultural.

11.7. LA FISONOMÍA DE LA EXCLUSIÓN SOCIAL EN ESPAÑA

¿En qué sectores sociales se concentra la pobreza y la exclusión social en


nuestro país? A lo largo de los últimos años se constata una tendencia según
la cual conciernen en mayor medida a los parados, a las mujeres, a los que
disponen de menores niveles educativo/formativos, a los jóvenes, a los
inmigrantes (muy particularmente a los de la Europa no comunitaria),
concentrándose, además, en determinadas regiones de nuestra geografía. En
concreto, la pobreza y la exclusión social afectan especialmente a los parados
(62,7%), seguidos de las personas inactivas (36,3%). En cuanto a los
jubilados (13,3%) son un sector social con déficits específicos, si bien sus
circunstancias se han ido modulando desde el año 2012, al menos en términos
de seguridad, a consecuencia del cobro de sus pensiones, coincidiendo con el
empobrecimiento de la sociedad española (INE, 2017) (Gráfico 3).
Por otro lado, la pobreza y la exclusión social es superior entre los varones
(28%) que entre las mujeres (27,9) (la tendencia cambia a partir del año
2012), y entre los menores de 16 años (31,7%) en 2016, aunque, en general,
se han visto afectados todos los grupos de edad a partir del año 2009, a
excepción de las personas mayores de 65 años y jubilados (ECV, 2016)
(Gráfico 4 y Gráfico 5).

Gráfico 3. Riesgo de pobreza o exclusión social por relación con la actividad (personas de 16 y más
años) (%)

Fuente: INE, varios años.

Gráfico 4. Tasa de riesgo de pobreza y exclusión social por sexo (2010-2016) (%)

Fuente: INE, varios años.


Gráfico 5. Tasa de riesgo de pobreza o exclusión social entre los menores de 16 años (2010-2016) (%)

Fuente: INE, varios años.

En cuanto a la relevancia que adquiere el nivel de formación alcanzado de


los ciudadanos frente a la pobreza y la exclusión social, cuando el nivel
educativo es de educación primaria o inferior, mayor es su prevalencia
(31,5%). Además, se confirma que a medida que los estudios son más
elevados, las tasas de pobreza bajan. A pesar de ello, la tasa de riesgo de
pobreza y exclusión entre los que disponen de estudios superiores ascendió,
en 2016, al 14,5% (INE, 2017) (Gráfico 6).

Gráfico 6. Tasa de riesgo de pobreza o exclusión social por nivel de formación alcanzado (personas de
16 y más años) (2010-2016) (%)

Fuente: INE, varios años.

De igual modo, de la Encuesta de Condiciones de Vida 2016 se infiere que


no es lo mismo residir en las zonas geográficas con las más altas tasas de
pobreza y exclusión social como Ceuta (36,0%), Andalucía (35,4%),
Canarias (35%), Extremadura (30,4%) o Castilla La Mancha (31,7%), que
hacerlo en Navarra (9%), País Vasco (9%) o La Rioja (11,9%) que se
posiciona por debajo del 12% (INE, 2017).
Por último, hay que destacar que según la nacionalidad, la tasa de riesgo de
pobreza o exclusión social, ascendió en 2016 al 24,7% para los españoles, al
47,3% para los extranjeros de la Unión Europea y al 60,1% para aquellos
cuya nacionalidad no era de un país de la Unión Europea (Gráfico 7).

Gráfico 7. Tasa de riesgo de pobreza o exclusión social por nacionalidad años (2010-2016) (%)

Fuente: INE, varios años.

11.8. LAS PERSONAS «SIN HOGAR»: UN CASO EXTREMO


DE EXCLUSIÓN SOCIAL

Las vidas de las personas «sin hogar» son el resultado de un complejo


enlazamiento de experiencias negativas, fracasos, pérdida de derechos y
problemas que les introduce en el túnel de la exclusión social más extrema.
Para entender esta problemática humana y social deben considerarse los
factores exclusógenos expuestos anteriormente: factores estructurales,
factores relacionales/relacionales, factores individuales y factores culturales.
De tal modo, que el sinhogarismo se conforma como una realidad
multidimensional vinculada a los procesos de exclusión social que afectan a
los grupos sociales más vulnerables y más involucrados por la pobreza y la
exclusión social, tal como hemos detallado en el epígrafe anterior.
Los únicos datos oficiales a nivel nacional disponibles sobre personas «sin
hogar», en España, se recogen en las Encuestas sobre personas sin hogar del
Instituto Nacional de Estadística, de los años 2005 (INE, 2005) y 2012 (INE,
2012). Nos vamos a centrar en algunos de los principales resultados de la del
año 2012, con la finalidad de plantear cuáles son sus perfiles sociológicos y
principales problemas:

1. El 80,3% son varones, con una tendencia a una progresiva incorporación


de mujeres. Es, por tanto, un fenómeno masculinizado, si bien el
porcentaje de mujeres va en aumento desde hace varias décadas.
2. La edad media asciende a los 42,7 años, observándose un 19,3% de
jóvenes entre los 18 y 29 años, siendo éstos en su mayor parte
extranjeros (32,4%), y las personas mayores de 64 años son una minoría
(3,9%).

3. El 60,3% ha alcanzado un nivel de educación secundaria, el 11,8% tiene


estudios superiores (universitarios o no), y el 5,7% no dispone de
ningún tipo de estudios.

4. El 55,5% de los entrevistados en aquel momento indicó que no


consumía alcohol, un 30,5% que lo hacía de forma moderada y alto y
excesivo un 4,1%.

5. El 62,7% manifestó que nunca había consumido ningún tipo de drogas.

6. El 29,1% padecía alguna enfermedad grave o crónica, entre los cuáles se


encuentran los enfermos mentales (fundamentalmente, esquizofrénicos
y psicóticos).

7. El 51% de las personas «sin hogar» han sido víctimas de algún delito o
agresión (insultos, amenazas, robos, agresiones, agresiones sexuales,
timos…). En particular, el 65,4% declaran haber sido objeto de insultos
o amenazas, y el 61,8% de robos.
Respecto al futuro del sinhogarismo se prevé una tendencia de
acentuación, debido a que la exclusión social se ha convertido en un
fenómeno permanente, que se agudiza en momentos de crisis económica
como los actuales, en los que se ha producido un ensanchamiento de la franja
de vulnerabilidad social, que ha dado lugar a la aparición de nuevos perfiles
sociológicos de excluidos, si bien hay una tipología muy concreta de
personas «sin hogar» que se va manteniendo, aún en los momentos más
favorables económicamente. Hay unanimidad en que habrá más personas
«sin hogar», habida cuenta de la evolución que previsiblemente adoptarán los
factores que hay detrás de sus dinámicas de vida, siendo piezas claves, en
este contexto, la orientación que adopten las políticas en materia social,
laboral, educativa, de vivienda y sobre la discapacidad. Asimismo, debe
valorarse el papel que jugará el tipo de familias que se forjen en los próximos
años. Es necesario poner sobre la mesa la realidad en la que viven instalados
los inmigrantes y sus familias y los servicios que se les preste a las personas
con trastornos mentales graves. Otro factor que está afectando negativamente
a esta realidad son los recortes en materia social.
Nos hallamos, pues, ante un hecho social que traspasa las fronteras
nacionales y que requiere articular medidas de alcance internacional que
vayan a las raíces del problema. En España, tal y como hemos visto, al perfil
tradicional del «sin hogar» se están uniendo nuevos sectores sociales, como
consecuencia de la extensión de los factores de vulnerabilidad y del sesgo
restrictivo de las políticas de integración y protección social.

11.9. PARA TERMINAR EL CAPÍTULO: EJERCICIOS, PRÁCTICAS


O LECTURAS

Lectura para la reflexión y el debate.


Visión de las personas «sin hogar» a finales del siglo XIX:
«El vagabundo no tiene vinculaciones sociales de ningún género y su existencia
importa un peligro para las leyes morales y para las positivas. Debemos, bajo este
último aspecto, preocuparnos de él y ver de combatirlo, para evitar no solo los
efectos perniciosos que produce su contacto, sino también los que ellos producen,
en contra de la estabilidad social. Bajo la denominación genérica de vagabundo,
comprendo al atorrante, al mendigo, al rufián y al ladrón, porque, como veremos
más adelante, todos parecen de una misma enfermedad moral, es decir todos han
sufrido un atrofiamiento en la facultad psicológica, que llamo sociabilidad. Entre sí,
como es natural, presentan diferencias psicológicas, que dan la división en especies,
y estas mismas tienen subdivisiones; pero forman un conjunto, y se caracterizan en
su aspecto general por el odio y la aversión, que sienten contra todo lo que es
organización social. Todos están en lucha abierta contra las autoridades, de
cualquier régimen político que sea, todos están dispuestos a cambiar de territorio en
el momento más propicio a su manera de actuar, todos desconocen la razón de los
derechos ajenos y la razón de las leyes y sobre todo, se alzan enérgicamente contra
la ley del trabajo en cualquier forma, para lanzarse al azar sin rumbos
determinados, libres de deberes que los opriman y de derechos que ellos mismos
desconocen».

Fuente: Gallegos, S.A (1899). «El vagabundo. Atorrantes, mendigos, rufianes y ladrones».
Criminología Moderna, 3, https://bibliotecadigital.csjn.gov.ar/revistas/c_2_3.pdf.

Ejercicio práctico.

Confeccionar una tabla en la que se incluyan los 10 países y su puesto, en orden


de prelación, dentro del Índice de Desarrollo Humano, diferenciando entre los
países de desarrollo humano muy alto, alto, medio y bajo. Para ello, debe trabajar el
último Informe de Desarrollo Humano publicado por el Programa de Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD), disponible en la página web de esta institución.

11.10. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


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http://www3.weforum.org/docs/GRR17_Report_web.pdf
[1] Descripción de unas hilanderías en Inglaterra en 1784.
[2] Krausismo: sistema filosófico propuesto por Friedrich Krause (filósofo alemán, 1781-1832), se
caracteriza por conciliar el racionalismo con la moral. Esta corriente tuvo una gran implantación
en la universidad defendiendo la tolerancia académica y la libertad de cátedra frente al
dogmatismo. En España un grupo de profesores universitarios lo aplicaron a la regeneración del
país a través de la educación de las masas, mediante una línea innovadora que había surgido con
el krausismo. Entre los principales difusores en la práctica está la Institución Libre de Enseñanza.
[3] Para mayor información sobre la relación completa de Revistas de Sociología y Ciencias Sociales
con índice de calidad se recomienda consultar el indicador de calidad más conocido y utilizado
que es el ofrecido por la herramienta Journal Citation Reports (JCR). IN-RECS (Índice de
impacto de las revistas españolas de Ciencias Sociales). También se puede obtener esta
información en: Biblioteca UNED: Servicio de Información Bibliográfica y Referencia.
[4] Se denomina evaluación por pares (peer review), y supone la valoración de los trabajos científicos
de forma anónima por parte de expertos en la materia.
[5] Este epígrafe está basado en el capítulo 6 del libro La Explicación Sociológica: Una introducción a
la Sociología, de José Félix Tezanos.
[6] Esta figura es una simplificación de la elaborada por Göran Therborn. La figura 2 quiere dar a
entender cómo se produce la dinámica histórica observando no sólo dos momentos sino tres
momentos.
[7] Los periodos que se suelen considerar son los siguientes: lactancia, edad temprana, edad preescolar,
edad escolar, adolescencia, juventud y edad adulta.
[8] El director de cine francés F. Trufautt, en 1970, realizó una película sobre la vida de este niño, a la
que tituló El pequeño salvaje.
[9] Su vida fue llevada al cine bajo el título El enigma de Gaspar Hauser por el director alemán Werner
Herzog, en 1974.
[10] Aparecidas en 1920, al oeste de Calcuta.
[11] El único niño salvaje encontrado en España fue abandonado en el monte con 7 años y vivió 12
años en Sierra Morena, con la compañía de lobos como familia, que siempre le respetaron y él se
comportaba como un lobo. La Guardia Civil le encontró en 1965. De su historia el director
Gerardo Olivares hizo una película titulada Entrelobos.
[12] Descubierta en California en 1970. Había nacido en 1957. Hasta la edad de 13 años la mantuvieron
aislada, con absoluta prohibición de hablarla, dormía en una jaula y no la enseñaron ni a comer.
Su madre la liberó, las autoridades se hicieron cargo y ocultaron su paradero por discreción.
[13] Para José Félix Tezanos, «… los grupos primarios se definen básicamente por cuatro rasgos: el
tamaño: tiene que ser los suficientemente pequeño como para que sean posibles las relaciones
«cara a cara» entre sus miembros. El tipo de relaciones: han de ser personales y caracterizadas
por cierto grado de proximidad, intimidad y conocimiento mutuo. El sentido de conciencia
grupal: que supone un grado de identidad grupal suficiente como para que las personas
desarrollen un sentimiento de pertenencia grupal… La importancia de sus miembros: no sólo en
cuanto que el grupo permite alcanzar ciertos fines u objetivos específicos…, sino también porque
el grupo proporciona a los que pertenecen a él un conjunto de gratificaciones personales,
psicológicas y emocionales…» Véase, Tezanos, 2009: 168-169.
[14] Las primeras emisiones públicas de televisión se realizaron en Inglaterra en el año 1936 en la BBC
One, en Francia en 1935 en la TF1 y en Estados Unidos en el año 1930 por parte de la CBS y
NBC.
[15] León Festinger publicó en 1957 la obra Teoría de la disonancia cognoscitiva, y mantuvo que los
seres humanos tienen una fuerte necesidad interior de asegurarse de que sus creencias están en
armonía con otras, cuando esto no se produce se entra en conflicto, al que denomina disonancia
cognoscitiva (Festinger, 1957).
[16] Este epígrafe ha sido escrito por Tomás Alberich.
[17] Sus últimas obras relacionadas con el tema son Comunicación y Poder (2010), la centrada en los
movimientos de la primavera árabe, los indignados y Occupy en: Redes de Indignación y
Esperanza (2012), y la dirigida en 2017: Otra economía es posible. Cultura y economía en
tiempos de crisis.
[18] Este epígrafe ha sido escrito por Verónica Díaz Moreno.
[19] Autor de este epígrafe y siguiente, Tomás Alberich.
[20] Este epígrafe ha sido escrito por Rosa M.ª Rodríguez Rodríguez.
[21] Este epígrafe y el siguiente han sido escritos por Tomás Alberich.
[22] «Alienación: Estado objetivo del individuo en el cual se encuentra enajenado de la vida humana
misma, sin capacidad para reconocerse en sus creaciones y productos a los que considera como
independientes de su actividad y a los cuales se somete y cuya dominación acepta como un hecho
natural. Tiene lugar como consecuencia de una falta de control sobre la propia actividad, sobre
los medios que se utilizan como instrumentos y sobre los significados del lenguaje» Sánchez-
Casas, 2017 (documento no publicado).
[23] Epígrafe escrito por Rosa M.ª Rodríguez Rodríguez.
[24] Para cifras concretas de migraciones internacionales por países, puede consultarse la obra de
Hatton, T.J. y Williamson, J.G. (2006). Global Migration and the World Economy. Two
Centuries of Policy and Perfomance. Massachusetts. The MIT Press Cambridge.
[25] Este punto está más desarrollado en Díaz Martínez, J.A. (2016). «Tendencias en tecnologías de la
información y comunicación en España y sus impactos sociales» en Tezanos Tortajada, J.F. (ed.).
Tendencias Científico-Tecnológicas. Retos, Potencialidades y Problemas Sociales. Madrid.
UNED-Sistema.
[26] Para tratar este tema se ha tomado en consideración algunas partes de las referencias Castilla y
Díaz, 2008, y Díaz, 2000.