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propia casa, en sus propios hijos. Informaron de niveles de radiación muy elevados.

[176] Los
productos lácteos eran uno de los componentes básicos de la dieta soviética. Los médicos de las
brigadas móviles descubrieron que una forma inmediata y bastante cruda de medir las
exposiciones era poner el contador de radiactividad directamente en la tiroides de la población.
[177] Comprobaron así que prácticamente todos los niños examinados registraban dosis muy
superiores a las habituales.[178] El equipo de Popovych recomendó la finalización inmediata del
curso escolar y que todos los niños fueran trasladados a lugares seguros, una medida drástica y
costosa en la que se verían implicados varios cientos de miles de personas.[179] El líder del partido
en Ucrania, Volodymyr Shcherbytsky, ordenó que la evacuación se llevara a cabo
«inmediatamente», pero dos expertos de Moscú, Leonid Ilyin y Yuri Izrael, a cargo del control de la
catástrofe, mostraron su desacuerdo. Era importante conservar la calma, aconsejaron.[180] Lo
cierto es que en Kiev había de todo menos calma que conservar. La gente se apresuraba a subir a
sus hijos en trenes y autobuses y los enviaba con parientes, lejos de la ciudad. Decenas de miles
habían partido ya: entre ellos, las familias de los altos cargos del partido. Los parques estaban
vacíos. Se hacía acopio de productos enlatados y se evitaban las verduras frescas del mercado.
[181] Por regla general, los expertos de la lejana Moscú desconfiaban de la información que les
enviaban los científicos ucranianos. Los rusos tienden a mirar ligeramente por encima del hombro
a los ucranianos, como «hermanos pequeños», un poco como los estadounidenses ven a sus
vecinos mexicanos y canadienses. A nadie puede sorprender que esa actitud no fuera bien recibida
en Ucrania. Tales rencillas seguían candentes cuando llegaron a Kiev los dos científicos de Moscú.
Izrael, ministro de Hidrometeorología, había comenzado su carrera estudiando el impacto
atmosférico de las pruebas nucleares de Asia Central.[182] Para él, la explosión de un reactor era
insignificante en comparación con el estallido de una bomba de hidrógeno en la estepa kazaja.
Izrael, el arquitecto del programa de siembra de nubes en Bielorrusia, parecía no tener prisa por
encontrar los lugares en que había caído el poso radiactivo y evitarle a la población mayores
exposiciones. Tampoco tenía demasiado interés en compartir con otros departamentos la
información que obtenían sus agentes.[183] Por su parte, Ilyin, uno de los más importantes
biofísicos soviéticos, había criticado antes del accidente a los científicos estadounidenses por
subestimar los problemas de salud que sufrirían los supervivientes de las bombas en Japón y las
islas Marshall a raíz de la irradiación. Tras el accidente de Chernóbil parecía haberse convertido en
una persona diferente y no dejaba de restarle importancia a la catástrofe. [184] Ilyin e Izrael
enmendaron el mapa de la contaminación elaborado por los científicos ucranianos. Estos
manejaban cifras, decían, demasiado elevadas. [185] Rechazaron los diagnósticos de los médicos
de Kiev que apuntaban a cientos de casos de envenenamiento por radiación, decenas de niños
entre ellos.[186] Los científicos moscovitas afirmaron sistemáticamente que los daños se
circunscribían al lugar del accidente y a los doscientos liquidadores que se trataban en el hospital
número 6. Y si admitieron públicamente esa cifra fue solo porque Robert Gale y sus colegas habían
trabajado en el hospital número 6.[187] Diseñaron este reducido escenario de daños y se lo
enseñaron a los medios internacionales.[188] La estrategia de los líderes en Moscú consistía en no
admitir más que lo que no podía negarse. Izrael e Ilyin convencieron a los líderes ucranianos: algún
conocido especialista se encargaría de comunicarle a la población que todos se encontraban a
salvo.[189] El oficial digno de tal confianza fue el dócil y complaciente ministro de Salud ucraniano,
Anatoly Romanenko. En el momento del accidente se encontraba disfrutando de su primera visita
al extranjero, en los Estados Unidos. Regresó a Kiev varios días después. Sus conocimientos sobre
radiación eran prácticamente nulos, pero se vio empujado a los micrófonos, obligado a contarle a
un público escéptico que el peligro había pasado. «Lo colocaron ahí como si lo arrojaran a la arena
de los leones», recordaba uno de sus colegas.[190] Durante los años que siguieron, Romanenko
continuaría pronunciando frases tranquilizadoras sobre Chernóbil. Al mismo tiempo, trabajaría sin
descanso entre bambalinas para proteger a la población expuesta. Romanenko era un actor, pero
tenía conciencia. En cuanto a Ilyin, minimizaría las estimaciones d