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La Humanidad Sobrante: Una Indagación sobre el Desempleo

Book · May 2014

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LA HUMANIDAD SOBRANTE
Una Indagación sobre el Desempleo
José Cademartori Invernizzi
Felipe Correa Mautz
Jan José Cademartori Dujisin

LA HUMANIDAD SOBRANTE
Una Indagación sobre el Desempleo
© Editorial Universidad de Santiago de Chile
Av. Libertador Bernardo O'Higgins Nº 2229
Santiago de Chile
Tel.: 56-2-27180080
www.editorial.usach.cl
editor@usach.cl

© José Cademartori Invernizzi


© Felipe Correa Mautz
© Jan José Cademartori Dujisin

Inscripción Nº 231.801
I.S.B.N.: 978-956-303-196-6

Diagramación y diseño: Andrea Meza Vergara

Primera edición, mayo de 2014

Impreso en Gráfica LOM

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manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico o mecánico, óptico, de
grabación o de fotocopia, sin permiso previo de la Editorial.

Impreso en Chile.
Introducción

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN 13

CAPÍTULO I: TEORÍAS SOBRE EL DESEMPLEO 21


I. Siglos XVII-XIX 21
i. Las teorías tempranas 21
ii. Smith y Ricardo: Los clásicos 22
iii. Malthus: La población sobrante y
el consumo suntuario 24
iv. Postricardianos y los primeros socialistas 25
v. La ley de Say 27
vi. Engels: El Ejército de Reserva 27
vii. Marx: La acumulación del capital y
la población excedente 29
viii. Del valor trabajo a la teoría subjetiva 33
II. Los desarrollos del siglo XX 35
i. John Hobson: La reaparición y actualización
del subconsumo 35
ii. La Gran Depresión y los neoclásicos de la época 36
iii. Keynes: La crítica a los neoclásicos 37
iv. Kalecki: la dimensión política del desempleo 39
v. La Curva de Phillips: ¿Inflación y/o desempleo? 41
vi. Friedman: El triunfo de los neoliberales 44
vii. La tasa natural de desempleo 45
viii. La síntesis neoclásica y sus variantes 46
ix. Teorías sobre el empleo en los países subdesarrollados 49

CAPÍTULO II: EN EL CAPITALISMO MADURO 57


I. ¿Cuánto desempleo es peligroso? 57
i. Antecedentes históricos 57
ii. Las economías con mayores índices crónicos de cesantía 61

7
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

iii. Países “promedio” 68


iv. Las economías con menores índices crónicos de cesantía 74
II. Las víctimas favoritas 79
i. El desempleo de larga duración 79
ii. Empleo parcial y desocupación 81
iii. Jóvenes sin porvenir 84
iv. La mujer en busca de trabajo 87
v. Ausländer raus, Nègres dehors 88
III. Tendencias de largo plazo en el empleo 91
i. Cambios tecnológicos en la agricultura 91
ii. Restructuraciones en la industria 92
iii. Traslado de plantas al exterior y cierres en el interior 93
iv. Las multinacionales alientan la desindustrialización 93
v. Las nuevas tecnologías 94
vi. Los robots invaden las fábricas 96
vii. Los servicios crean y reducen empleos 97
viii. Crisis cíclicas y estructurales 98
IV. ¿Adiós al proletariado? 103
i. Los trabajadores se movilizan 103
ii. ¿Qué propone el movimiento sindical? 108
iii. La crisis del sindicalismo 112

CAPÍTULO III: EL DESEMPLEO EN LATINOAMÉRICA 117


I. El panorama en los años setenta 117
II. La década perdida de los años ochenta 122
III. La década de los noventa 128
IV. La década de la crisis financiera mundial: 2000-2011 135
V. La economía de los gobiernos progresistas latinoamericanos 139

CAPÍTULO IV: EL EMPLEO EN EL MUNDO SOCIALISTA 145


I. Europa Oriental, antes y después del derrumbe 145
i. El grupo de los más desarrollados 145
ii. Los menos desarrollados 153
iii. La desintegración de Yugoslavia 158
II. Los desintegrados de la Unión Soviética 161
i. La fragilidad de los “tigres” bálticos 161
ii. Ucrania, entre Oriente y Occidente 163

8
Introducción

iii. Bielorrusia, la excepción 164


III. Rusia de regreso al capitalismo 166
i. Estancamiento y Perestroika 167
ii. La discusión sobre la cesantía y el derecho al trabajo 169
iii. El fin del pleno empleo 171
IV. China desde Mao a Deng 174
i. Seis décadas de transición al socialismo 174
ii. Primeros pasos del socialismo mercantil planificado 176
iii. El desempleo y la regulación demográfica 180
V. Otras experiencias en Asia 184
i. Vietnam, el difícil despegue 185
VI. Cuba: El desafío socialista en América Latina 187
i. Comercio exterior y desempleo 188
ii. El “periodo especial” y los noventa 190

CAPÍTULO V: CHILE Y EL EXPERIMENTO NEOLIBERAL 195


I. Modelos económicos hasta 1973 195
i. El desempleo en el modelo hacia afuera 195
ii. Resultados del desarrollo hacia adentro 197
iii. Los mil días de Allende 200
II. Dictadura y neoliberalismo 202
i. Las crisis del Petróleo (1974-75) y
de la Deuda Externa (1982-85) 202
ii. La magnitud del desempleo abierto 204
iii. Los oficios de supervivencia 205
v. Los temporeros del campo 206
vi. Los jóvenes sobrantes 207
vii. De la casa... a la cesantía 208
viii. Trabajo infantil 209
ix. Migrantes políticos y económicos 210
x. La suerte de los ocupados 210
xi. La pobreza se expande, la riqueza se concentra 212
xii. Efectos sobre la salud mental 213
xiii. Las soluciones neoliberales al desempleo 214
xv. Luchas por las fuentes de trabajo 215

9
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

III. Retorno a la democracia y consolidación del modelo 217


i. Panorama general 217
ii. Divergencia en las mediciones 220
iii. Cambios legislativos 223
iv. El comportamiento de la fuerza de trabajo 225
v. La situación de la mujer 227
vi. La situación de los jóvenes 231
vii. La desigualdad como característica nacional 234
viii. El fenómeno del subempleo 237
IV. Aplicación de algunas teorías sobre el desempleo en Chile 241
i. Desempleo tecnológico 241
ii. El efecto del crecimiento y la acumulación de capital 245
iii. El gasto público como mecanismo estabilizador 248

CAPÍTULO VI: LAS POLÍTICAS CONTRA LA CESANTÍA 251


I. Las recetas neoliberales 251
i. Flexibilidad del mercado laboral 251
ii. Reducir los beneficios a los cesantes 252
iii. Mujeres y extranjeros, de vuelta a casa 253
iv. Empleos mínimos 253
v. Las Zonas Francas Industriales 254
vi. Autoempleo y micro empresas 254
II. Fórmulas de compromiso 257
i. Jubilaciones prematuras 257
ii. Capacitación y reciclaje 257
iii. Mejorar la información en el mercado del trabajo 258
iv. Abaratar cotizaciones previsionales 258
III. Las propuestas desde la izquierda 259
i. El seguro de cesantía 259
ii. Limitar los despidos 260
iii. Sobretiempo y normalización de la jornada de trabajo 260
iv. Apoyo a industrias en dificultades 262
v. Fomento a nuevas industrias 262
vi. Reducción de las desigualdades económicas y sociales 264
vii. La reforma agraria 265
viii. Inversión privada e inversión social 265

10
Introducción

IV. Una mirada al futuro 266


i. Auto empleo y emprendimiento 266
ii. Hacia la expansión del tiempo libre 267
iii. El empleo de por vida 269
iv. Ingreso Social Garantizado 270
v. Aprendizaje y empleo “a la carta” 273
ix. Prever y planificar el trabajo social 275
x. Economía en el Nuevo Orden Mundial 277
xi. Recursos públicos para la ocupación plena 280
xii. Nuevas perspectivas para el movimiento sindical 284

Bibliografía 287

11
Introducción

INTRODUCCIÓN

“Nosotros somos aquellos números estadísticos que estamos sin trabajo y sin bene-
ficios sociales. Somos los que estamos perdiendo nuestras viviendas, desahuciados
de nuestros departamentos, obligados a devolverlos. Nos están cortando la luz
eléctrica, nuestros niños se acuestan con hambre y a la escuela van en invierno
sin botas. Nos quedamos en la noche despiertos pensando qué sucederá si uno de
nuestros familiares se enferman o tienen un accidente”.
Frank Lumkin
Presidente del Comité “Salvemos Nuestros Trabajos” de Obreros
Siderúrgicos de Wisconsin
Estados Unidos, Julio 1983

¿Quiénes son los desempleados? ¿Cómo se determina su núme-


ro? ¿Son reales las cifras de los gobiernos o subestiman la magnitud del
problema?
Los estadísticos del trabajo, bajo el patrocinio de la Organiza-
ción Internacional del Trabajo (OIT), se reunieron en 1982 y en su
13a Conferencia Internacional adoptaron algunas definiciones que se
aplican en la mayor parte de los países que compilan estadísticas de des-
empleo. Según este acuerdo, los desempleados son personas que tienen
más de cierta edad especificada y que durante un período determinado
se hallan sin empleo, disponibles para trabajar y en busca de ocupación
(OIT, 1984). Tanto los desocupados como los ocupados forman parte
del término población económicamente activa, que deja afuera al sector
pasivo, el cual no está buscando empleo (gráfico 0.I.1).
Se desprende de esta definición, que no se consideran desocu-
pados aquellos que no pudieron buscar empleo en el período usado
como referencia, aunque sea por razones ajenas a su voluntad. Tampoco
a quienes debieron aceptar unas pocas horas mientras encuentran un

13
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

trabajo definitivo. Estos y otros problemas serán analizados a continua-


ción.
Primero, hay que determinar los límites de edad por debajo del
cual toda la población es considerada pasiva. Algunos países fijan este
límite en 10 y otros en 15 años. La edad adoptada es importante pues
tiene que ver con la existencia del trabajo infantil remunerado. Allí
donde el trabajo infantil sea significativo, un límite de edad alto, puede
oscurecer o no registrar adecuadamente el trabajo infantil y su correla-
to, el desempleo de los adolescentes.

gráfico 0.I.1.
Clasificación del Empleo y Desempleo

fuente: Elaboración propia.

14
Introducción

El segundo problema es el tiempo mínimo de trabajo que se con-


sidera necesario para incluir al individuo en la calidad de “ocupado”,
o para darle la categoría de desocupado. Muchos gobiernos adoptan el
criterio del mínimo de una hora en la semana de la encuesta. Este cri-
terio es muy discutible. Quienes lo defienden sostienen que el trabajo
reducido es una realidad creciente en muchos países. Quienes lo reba-
ten afirman que los trabajadores a tiempo parcial, obligados a laborar
en jornadas reducidas y con remuneraciones insuficientes para subsistir,
deben ser registrados como desempleados parciales. Así, el fenómeno
del subempleo, como se califica esta situación, es una variedad del des-
empleo. Una hora de trabajo a la semana, cuatro mensuales, pagadas a
nivel de ingresos bajos, es demasiado poco para considerar a una per-
sona en esta situación, como “empleada”.
¿Qué ocurre con las cifras del paro si se incluye a los trabajadores
con jornada reducida? Es lo que se intenta dilucidar, con un ejemplo hi-
potético en la tabla 0.I.1. Aquí se ha considerado en el caso A, un 10%
de desempleo “oficial”, cifra que no incluye a los trabajadores a jornada
parcial, los cuales representan un 20% del total de ocupados, de los cua-
les una mitad desea laborar de manera normal. Estos supuestos pueden
modificarse investigando la situación concreta de cada país, responden
en todo caso a lo que está ocurriendo en muchos países industrializa-
dos. En la columna B, estos porcentajes se ajustan a la situación chilena
como promedio para el 2011. Se llega a la conclusión que al incorporar
los parciales involuntarios, la tasa extraoficial sube de 10% al 19% (caso
A) y para Chile (caso B) como promedio de 2011, más del doble de la
cifra oficial. Detalles sobre el caso chileno se entregarán más adelante.
Dentro de la categoría de desempleo disfrazado, podría incluirse
también a quienes trabajando a tiempo completo, lo hacen en ocupa-
ciones para las cuales están sobre-calificados, teniendo en cuenta los es-
tudios que realizaron, la experiencia acumulada o los cargos de respon-
sabilidad anteriores. Este tipo de ocupados está a la espera de encontrar
un trabajo de mayor productividad.

15
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Tabla 0.I.1
Corrección Tasa de Desempleo con Trabajo Parcial
(porcentajes)

Clasificación A B
Población Activa 100 100
Ocupados 90 92.8
a) Jornada Completa 72 73.9
b) Jornada Parcial 18 18.9
i. Voluntarios 9 10.1
ii. Involuntarios 9 8.8
Desocupados 10 7.2
Tasa de desempleo “oficial” 10 7.2
Tasa de desempleo “extraoficial” 19 16
Fuente: Elaboración propia.

El tercer problema tiene que ver con la definición “disponible


para trabajar en busca de ocupación”. Aquí hay sin duda, elementos
subjetivos a tomar en cuenta. Los estadísticos llegaron a la conclusión
de que será necesario definir de modo objetivo las acciones en busca de
trabajo. En caso de no cumplirse estas gestiones, la persona debería ser
encuestada como “pasiva” o sea, fuera de la fuerza de trabajo. Este crite-
rio ha sido muy discutido. Se sabe que una masa elevada de trabajadores
dejan de buscar trabajo aunque lo necesitan y desean, porque por expe-
riencia propia saben que no lo encontrarán. Aunque no los consideran
desempleados, algunos países efectúan encuestas y así es posible cuanti-
ficar su número. Este es el fenómeno de los trabajadores “desalentados”.
Esto refleja frecuentemente largos periodos de desocupación. En
EE.UU., una vez que una persona cumple un año sin encontrar trabajo,
es excluido de las cifras de desempleo oficial. Según las estadísticas para
el 2011, y si la Oficina de Estadísticas Laborales (BSL) contabilizara el
paro como lo hacía antes de 1994, el desempleo real en el país del norte
ascendería a un 22,2 por ciento, en vez del 9 por ciento que informan
los medios de comunicación corporativos (Hunter, 2011).

16
Introducción

Muchos países calculan la cifra de desocupados sobre la base de


los inscritos en las bolsas de trabajo o en las instituciones que otorgan
subsidios de cesantía. Precisamente los desalentados son los que ya no
renuevan sus inscripciones en las bolsas y por eso ya no figuran en las
estadísticas. Por otra parte, no todos los desocupados están recibiendo
los subsidios. A comienzos de los noventa, en muchos países el período
máximo a que se tiene derecho a recibir el subsidio es de 26 semanas.
En los Estados Unidos en 1987, solo una minoría de las diversas cate-
gorías de cesantes los estaba recibiendo. En la R.F.A., por la misma épo-
ca, según la Federación Alemana de Sindicatos, un millón de cesantes
había agotado sus derechos. Para tener acceso al seguro de cesantía en
muchos países se exige haber tenido un primer empleo por un mínimo
de tiempo. Muchos jóvenes que no han conseguido su primer trabajo
quedan marginados y tampoco figurarán en las estadísticas oficiales de
los desempleados.
De la misma forma, en España al 2009, una considerable canti-
dad de parados no eran contabilizados en las cifras de desempleo debido
a que algunos demandaban un trabajo de jornada parcial y no comple-
ta, otros se encontraban realizando cursos de formación para encontrar
un empleo, o bien se encontraban en Expedientes de Regulación del
Empleo1 temporal.
Situación similar enfrentan quienes son presionados a renunciar
con la compensación de una jubilación anticipada. La experiencia les
dice que, aunque por su edad tienen capacidad para seguir en su profe-
sión u oficio, difícilmente los empleadores los preferirán en lugar de tra-
bajadores jóvenes. Mientras los anteriores grupos carecen en absoluto
de ingresos o agotaron sus posibilidades legales de acceder a subsidios,
los jubilados prematuros son considerados parte de la población pasiva,
aunque consigan empleos precarios. Sin embargo sería más propio asi-
milarlos a los desocupados, como semi-cesantes en la medida que, por
su capacidad laboral, sus bajas jubilaciones y su disposición a trabajar
constituyen también una reserva de fuerza de trabajo social no utilizada.

1
Procedimiento contemplado en la legislación española mediante la cual cierta em-
presa obtiene un permiso de parte de la autoridad para “suspender” o despedir traba-
jadores, manteniendo éstos algunos derechos como seguros o capacitación.

17
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Se ha calculado que en Holanda en 1978, los beneficiarios de la


ley sobre incapacidad profesional representaban un 3 por ciento de la
mano de obra (OIT, 1984). No pocos de ellos podrían trabajar, aun-
que en condiciones limitadas, si hubiera puestos disponibles. Si se los
computara como desocupados, éstos aumentarían en más de un tercio
las cifras oficiales.
Otra complicación es qué debe entenderse por actividad econó-
mica. La definición convencionalmente adoptada es actividad remune-
rada monetariamente y registrada en las estadísticas del ingreso nacio-
nal. ¿Qué hay con las actividades ilícitas, prostitución, juego, drogas?
En las encuestas, las personas involucradas no dirán obviamente que
trabajan en estas actividades. Contestarán que están ocupadas –hacien-
do referencia a actividades lícitas– o que son desocupados, o bien que
no son ni lo uno ni lo otro y quedan registrados como pasivos. Este
problema no es baladí, puesto que las actividades ilícitas, incluido el
trabajo de los indocumentados, cubre una gama amplia de actividades
que ha adquirido importancia en muchos países.
Otras tres categorías de personas presentan dificultades de cla-
sificación. Los jóvenes que están en el servicio militar, los que se en-
cuentran en las cárceles por delitos menores y los que siguen cursos de
capacitación subvencionados.
En el primer caso, algunos países los incluyen en la fuerza de
trabajo, otros los excluyen. Según se trate de uno u otro procedimiento,
cambiará el total de la población activa. El número de desempleados no
se modifica, pero sí el índice que resulta de compararlos con la pobla-
ción activa. Con el primer criterio, el índice será menor y con el segun-
do mayor. En el caso de los que siguen cursos de capacitación, algunos
gobiernos los consideran ocupados, otros desocupados.
En muchos países la población carcelaria es elevada y creciente.
Gran número por delitos menores, jóvenes pertenecientes a minorías
raciales. En EE.UU., en el año 2000 había más de 2 millones de presos,
cuatro veces más que en 1972 (Levitt & Dubner, 2006, págs. 128-
129). Si bien existen para los internos programas de trabajo remune-

18
Introducción

rado, aunque con características de forzado y abusivo, ellos alcanzan a


una proporción menor de los reclusos.
Como consecuencia de estas deficiencias en las estadísticas oficia-
les, expertos independientes y los sindicatos elaboran sus propios cál-
culos que difieren considerablemente de las cifras gubernamentales. Así
por ejemplo cuando Washington presentó la cifra oficial para abril de
1987 de 7,5 millones de desocupados, economistas independientes es-
timaron la cifra real en 14,5 millones. La AFL-CIO aseguró que los sin
trabajo llegaban a los 18 millones. La fuente principal de la diferencia
en este caso proviene de la estimación de los subempleados a jornada
parcial y de los desalentados.
Tal como vemos, el concepto de desempleo utilizado en los años
70 y 80 ya no es útil para analizar los problemas sociales que tienen los
países desarrollados. Es por esto que ha surgido un nuevo concepto en
las definiciones y mediciones de la OCDE. Es el “no empleo” (Gago,
2004). Esta idea hace referencia a los que no tienen un empleo, in-
dependientemente de si se encuentren dentro o fuera de la población
económicamente activa. En esta categoría se incluyen tanto los desocu-
pados, como las amas de casa y los jóvenes sin empleo, y es útil para
analizar los movimientos del desempleo sin algunos de los sesgos aquí
presentados.

19
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

CAPÍTULO I: TEORÍAS SOBRE EL DESEMPLEO

“Durante los últimos treinta años, la mayoría de las teorías macroeconómicas


han sido en el mejor de los casos espectacularmente inútiles, y en el peor de los
casos, posiblemente dañinas”.

Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, julio de 2009.

I. Siglos XVII-XIX
i. Las teorías tempranas
Las teorías sobre el desempleo fueron apareciendo, a medida que
el problema adquiría carácter recurrente y mayores dimensiones socia-
les. Ni en la Antigüedad ni en la Edad Media los pensadores se ocupa-
ron mayormente del tema porque en su forma involuntaria y masiva
solo aparecía en épocas de trastorno, como secuela de guerras o de ca-
lamidades naturales.
En el año 1692, en Inglaterra surge la primera Comisión Gu-
bernamental destinada a abordar el asunto. El Informe que produjo
atribuyó las paralizaciones del trabajo a diversos factores circunstancia-
les. Por primera vez se abordaban problemas propiamente económicos,
entre ellos el comercio exterior y el papel del dinero (Whittaker, 1948,
pág. 760).
Poco antes aparecieron los escritos de William Petty (1623-1687)
considerado uno de los fundadores de la ciencia económica. El autor
de La Aritmética Política valoraba en tan alto grado la capacidad labo-
ral humana que llegó a decir que “sería mejor quemar el producto del
trabajo de mil hombres que permitir que la desocupación haga perder
a ese millar de hombres sus facultades de trabajo” (Whittaker, 1948,
pág. 327).

21
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

En Francia, durante la Gran Revolución de 1789, fue creado el


Comité denominado “La Rochefoucauld”, destinado a proponer reme-
dios a la mendicidad que se había extendido enormemente a raíz de la
crisis del Antiguo Régimen. El Comité llegó a la conclusión que la po-
breza era el resultado de la desproporción entre el número de personas
en ocio forzado y la demanda de trabajadores. Sus autores estaban con-
vencidos que la Revolución Industrial crearía más puestos de trabajo,
aunque no serían estables, pues “ciudades enteras vivían en continuo
ciclo de gran actividad y total inercia”.
La Rochefoucauld seguía la doctrina de Rousseau, para quien
“cada uno tiene un derecho natural a lo que le es necesario” por lo cual
la sociedad debía proveer de subsistencia a los que carecían de empleo.
La Comisión proponía fomentar nuevas fuentes de trabajo. Una de las
medidas era la repartición entre los campesinos de las tierras de la Igle-
sia (Garraty, 1977, pág. 61).

ii. Smith y Ricardo: Los clásicos


En Inglaterra, mientras tanto, se vivían otras condiciones políti-
cas y económicas. Adam Smith (1723-1790) se adentró en el estudio
de las relaciones entre la demanda y la oferta de trabajadores, aunque
defendió el trabajo como fuente creadora de todo valor económico,
algo que los pensadores anteriores no aceptaban.
Para el autor de La Riqueza de las Naciones, igual que para otros
pensadores de mediados del siglo XVIII, la desocupación y la pobreza
eran una misma cosa. Lo que ellos trataban de explicar eran las causas
que determinaban la existencia de la población pobre y sus fluctuacio-
nes: “la demanda de trabajadores, así como la demanda de cualquier
artículo –escribía Adam Smith– regula la producción de trabajadores,
la cantidad de hombres engendrados; acelera esta producción si ella
marcha lentamente; la afloja si crece con demasiada rapidez” (Engels,
1976).
Esta concepción va ser más desarrollada por David Ricardo
(1772-1823), el siguiente gran economista clásico después de Adam

22
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

Smith. En sus primeras obras tampoco dejó espacio para el estudio del
desempleo; igual que su antecesor lo consideraba pasajero. En efecto,
aparte de los trastornos causados por las guerras, en tiempos de paz la
desocupación podía ser el resultado de cambios en los gustos de los
consumidores o de impuestos, todo lo cual afectaba transitoriamente la
producción y el empleo en ciertas actividades (Roll, 1976, pág. 189).
Ricardo aceptó la teoría de Say, que se explica más adelante, según la
cual no podía existir una sobreproducción general o un exceso masivo
de capital en la economía.
Pero Ricardo fue más lejos que Smith y Say. A pesar de que tam-
bién era un ardiente defensor del capitalismo industrial, reconoció que
la llamada “mano invisible” del mercado no repartía los frutos a todos
por igual. Las ganancias del capital podían aumentar aunque simultá-
neamente la producción social estuviera disminuyendo. El beneficio de
los capitalistas no coincidía, a menudo, con el de los trabajadores.
De esta manera, Ricardo definió que el objeto de estudio de la
economía era la distribución de la riqueza entre las clases sociales, lo
cual a su vez determinaba la producción. Proporcionó los primeros ar-
gumentos para estudiar las fluctuaciones de la producción en su con-
junto partiendo de la acumulación de la riqueza y de su repartición
entre las diversas clases sociales.
Al final de su vida, Ricardo se interesó además por las consecuen-
cias de la maquinización en la industria. Observó que el capital podía
crecer, pero que la demanda de trabajo no aumentaría en la misma
medida. “La misma causa que hace que aumente la renta neta de un
país, puede engendrar simultáneamente, de otra parte, un exceso de
población y empeorar la situación del obrero” (Marx K., 1975, pág.
534). Ricardo dio un argumento al movimiento obrero afirmando que
“el empleo de maquinarias redunda frecuentemente en detrimento de
sus intereses...” Tal conclusión –afirmaba– “está conforme con los prin-
cipios correctos de la Economía Política” (Roll, 1976, pág. 191).
La discusión sobre la mecanización apareció en el contexto de la
revolución industrial, como causa del desempleo involuntario. El pro-
blema consistía en el desplazamiento de trabajadores, producto de la

23
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

introducción de nueva tecnología. El capital invertido en la maquinaria


vendría de aquellos capitalistas que dejaban de proporcionar el salario
a los trabajadores, dejando sin trabajo a una parte de la mano de obra
anteriormente utilizada (Rodríguez J. C., pág. 100). John McCulloch
en su artículo The opinions of Messrs. Say, Sismondi, and Malthus, on the
effects of Machinery and Accumulation, publicado por esos años, le repli-
có que este desplazamiento de obreros tendría un carácter puramente
transitorio, pues la reabsorción de la mano de obra sobrante provendría
de la demanda generada por la mayor producción gracias a la utiliza-
ción de maquinarias.
En resumen, si bien los autores clásicos pensaban que las leyes del
mercado eliminarían el desempleo, Ricardo esboza las contradicciones
del sistema capitalista.

iii. Malthus: La población sobrante y el consumo suntuario


En la Inglaterra de la Revolución Industrial era notoria la pre-
sencia creciente de los pobres. Dentro de ellos no era fácil diferenciar
a los mendigos de los cesantes temporales o los ocupados en los oficios
más duros y mal pagados. A esta deprimente masa humana se la llamó
“población excedente”.
En este tema adquirió notoriedad R. T. Malthus (1766-1834)
por su aceptación de la miseria y su defensa de los privilegios de clase.
Sostuvo que la pobreza era un fenómeno natural, eterno y necesario.
Ningún progreso económico podría eliminarla. El número de pobres
podría extenderse a límites monstruosos, sobrepasando la disponibi-
lidad de alimentos, si no fuera porque la misma naturaleza limitaba la
población sobrante. Malthus describió el crecimiento de la población
como una serie de progresión geométrica acicateada por el deseo sexual,
mientras la producción de alimentos crecería a una razón aritmética
debido a la escasez creciente de tierras agrícolas, es decir a una tasa muy
inferior a aquélla.
Más tarde el propio Malthus abandonó esta formulación al reco-
nocer su inconsistencia científica. No obstante, continuó sosteniendo

24
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

la tesis de la sobrepoblación y el rol contrarrestante de las guerras, las


epidemias y las hambrunas, a lo cual agregó como recomendación la
abstinencia sexual y la reducción del número de los matrimonios.
El aumento de la pobreza era un candente problema político, el
cual se institucionalizó mediante las llamadas Leyes de Pobres2. El deba-
te de las primeras décadas del siglo desembocó en la reforma de 1834,
frente a la cual Malthus fue partidario de derogarla o al menos, reducir
los subsidios que otorgaba. Refiriéndose al cesante afirmaba: “Si la so-
ciedad no necesita de su trabajo entonces no tiene derecho ni siquiera
a la más pequeña porción de alimentos” (Whittaker, 1948, pág. 383).
En su larga controversia con Ricardo, Malthus sostuvo que el
desempleo se podía reducir gracias al consumo suntuario, el lujo y el
derroche de la aristocracia. Esto permitía dar trabajo a una multitud
de trabajadores. En cambio el ahorro y la frugalidad de los pequeños
capitalistas eran negativos, no fomentaban la riqueza. Al contrario de lo
sostenido por Smith y Ricardo quienes consideraban clases improduc-
tivas a la nobleza, el clero y los propietarios feudales.

iv. Postricardianos y los primeros socialistas


Al iniciarse el siglo XIX el sistema fabril estaba mostrando resul-
tados contradictorios. La industria engendraba riquezas para unos, pero
aumentaba la miseria para otros. Las crisis de la producción provocaban
despidos y el consiguiente aumento de los pobres.
Aparecieron los primeros economistas críticos del capitalismo.
Uno de ellos, Richard Jones observaba en 1833: “Pueden hacerse más
frecuentes las grandes oscilaciones en la cifra de obreros ocupados y
las grandes penurias, a medida que el capital se hace más abundante”
(Marx K., 1975, pág. 534). Por la misma época George Ramsay afir-
maba que “todo aumento del capital nacional...tendrá una influencia
cada vez menor sobre la situación del obrero” (Marx K., 1975, pág.
2
Estas leyes se habían dictado desde 1601 hasta 1795 con diversas justificaciones,
como “suprimir el vagabundeo”, castigar a los que no querían trabajar, o subsidiar a
los incapacitados.

25
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

534). Estos escritores no eran los únicos disidentes. Estaban también


W. Thompson., J. Gray, F. Bray y T. Hodgskin. A todos ellos se les de-
nominó socialistas ricardianos. En el continente aparecieron las obras
críticas de J. Sismondi, E. Brunet, Proudhon y Blanc que aportaron al
conocimiento de las fallas del capitalismo y presentaron propuestas de
cambios del sistema productivo.
Sismondi fue uno de los críticos más agudos de su época. Tuvo el
mérito de formular una teoría acerca de la tendencia innata del sistema
económico a las crisis. Sostuvo que el progreso industrial y la maquini-
zación conducían a la desocupación periódica. Las causas últimas eran
el carácter competitivo de la producción que hace imposible conocer
el mercado, el hecho que fuera el capital y no la satisfacción de nece-
sidades humanas lo que determinaba la producción y finalmente, la
separación entre el trabajo y la propiedad, lo cual limitaba el poder de
compra de la gran masa de los trabajadores. Respecto a esto último, la
demanda de los capitalistas no sería suficiente para compensar la caída
del consumo de los trabajadores. La concentración del capital agravaba
esta disparidad.
Junto a los anteriores autores críticos, corresponde situar a los lla-
mados “socialistas utópicos”, R. Owen, C. Saint-Simon y Ch. Fourier.
Todos ellos denunciaban el paro forzoso, entre otros males del sistema
capitalista. Sin limitarse a una mera condena moral formulaban críticas
fundadas a las teorías liberales sobre la supuesta armonía social del sis-
tema. Partiendo del principio expuesto por los clásicos sobre el trabajo
como fuente de valor veían en los ingresos de la propiedad privada o del
capital sustracciones a lo que producía el obrero y proponían nuevos
sistemas de organización, aunque al margen de la lucha de clases. Atri-
buían al capitalismo liberal una de las causas últimas de la desocupa-
ción, la miseria y las crisis. En particular, Fourier enfatizaba el derecho
al trabajo afirmando: “Nos hemos entregado durante los siglos pasados
a discutir sobre los derechos del hombre, sin soñar en reconocer el más
esencial de ellos, el derecho al trabajo, sin el cual los otros no son nada”.

26
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

v. La ley de Say
El economista francés Jean Baptiste Say (1767-1832) desarrolló
la doctrina de su maestro Adam Smith acerca de la armonía natural
de las distintas partes del sistema económico burgués. Sostenía que el
desempleo y el retroceso de la producción no podían mantenerse en el
largo plazo. Sus admiradores denominaron “ley de Say” a su discutida
tesis de que “toda oferta genera su propia demanda”3, es decir, que los
recursos productivos no se mantienen ociosos por falta de demanda
agregada. En Inglaterra James Mill adhirió al argumento de Say, agre-
gando que el valor de la producción debía igualarse en todo momento
al poder de compra de las personas. En cambio, John Stuart Mill, su
hijo, reconocía que demanda y oferta no tenían por qué ser iguales en
todo momento ya que existía la posibilidad de que el dinero quedara in-
utilizado durante cierto tiempo antes de efectuarse nuevas transacciones
(Rodríguez J. C., 2003).

vi. Engels: El Ejército de Reserva


Federico Engels (1820-1895), empresario por necesidad y revo-
lucionario por convicción, fue uno de los primeros autores en estudiar
a fondo el problema de la población sobrante, basándose en la observa-
ción directa de la realidad inglesa como en el análisis de las teorías. Po-
lemizando con Malthus, afirmó que la población sobrante no era con-
secuencia de aumentos insuficientes de la producción de los alimentos
frente a una reproducción excesiva de la población. Argumentó que este
desequilibrio, lejos de ser un fenómeno de la naturaleza, invariable y
eterno, es consecuencia de “la competencia industrial y las crisis comer-
ciales que surgen de ella”. Para Engels, “en un sistema no regulado en
el que la producción y la distribución no se rigen directamente por las
necesidades de la población, sino por la ganancia, las turbulencias sur-
gen inevitablemente a cada momento”. El autor explicaba que cuando
cae la demanda de trabajadores, un número de ellos no son vendibles,
quedan en depósito, a la espera. La industria necesita tener en todos los
3
La exposición de Say se encuentra en su obra Traité d’èconomie politique publicada
por primera vez en 1803, y como última versión en 1826.

27
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

tiempos un ejército de reserva de obreros desocupados (Engels, 1976,


págs. 111-123).
En su obra La Situación de la Clase Obrera en Inglaterra el amigo
de Marx traza un exhaustivo cuadro de las condiciones de trabajo y de
vida del proletariado en las primeras décadas del siglo XIX. Revela la
extensa jornada laboral, los efectos del trabajo nocturno, el abuso con
las mujeres y los niños, los accidentes en las fábricas, las enfermedades
contraídas por las condiciones de trabajo, la vejez prematura, la insalu-
bridad, el hacinamiento familiar, la desnutrición. Denuncia los efectos
de las condiciones de producción en el desarrollo físico e intelectual de
los trabajadores, la alteración en las relaciones de la pareja, la degrada-
ción de la familia y su relación con el alcoholismo y la delincuencia.
Engels sigue paso a paso cómo los obreros, por resultado del mismo
sistema fabril que surgía, adquieren la convicción de constituir parte de
una misma clase social, concluyen en la necesidad de unirse, de consti-
tuir sus propias organizaciones para superar el aislamiento individual y
su debilidad en el mercado del trabajo. Engels es testigo y estudioso del
movimiento cartista y de las ideas socialistas que comenzaron a adoptar
los obreros ingleses.
Engels observa de cerca la vida de los cesantes. Describe la in-
defensión en que se encuentra el desocupado forzoso y de sus esfuer-
zos, a menudo infructuosos, en busca de nuevo empleo. Observa cómo
muchos de ellos se ven obligados a pedir limosna, a robar o a padecer
de hambre, como últimas alternativas. Concluye que los desocupados
forman una “reserva de obreros” para cuando la industria los requiere
en épocas de mayor actividad: reserva que, en los tiempos de crisis cons-
tituye una inmensa multitud y en los tiempos intermedios, es bastante
numerosa; seres que viven de la mendicidad y de los hurtos o también
de trabajos ocasionales como la limpieza de calles, la recolección de
estiércol, la ejecución de servicios menores. El autor describe los barrios
obreros donde pululan los vendedores de cintas, bebidas caseras, fósfo-
ros, lacre y otras baratijas. Estas páginas parecen muy actuales.
La Situación de la Clase Obrera en Inglaterra adelanta algunos de
los análisis de El Capital. Expone la trayectoria de los ciclos comerciales
y la regularidad con que se presentan las crisis de sobreproducción; re-

28
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

vela la conexión entre las variaciones de la ocupación y las fluctuaciones


de los salarios. El concepto mismo de “ejército de reserva” era ya utili-
zado por Eugenio Buret, un discípulo de Sismondi: “…esa población
flotante en las grandes ciudades, masa de hombres que la industria co-
lecciona, pero que no puede ocupar, que mantiene siempre en reserva”.
Buret la comparó con un ejército cuyos soldados se afanan para escapar
del hambre y que son para sus jefes solo instrumentos de producción
que deben producir mucho y consumir poco, siendo llamados cuando
se les necesita y abandonados cuando se puede prescindir de ellos (Ga-
rraty, 1977, pág. 99).

vii. Marx: La acumulación del capital y la población excedente


Retomando los argumentos de Engels, Marx concluyó que la po-
blación excedente no era una presión de la población sobre los medios
de existencia, sino una presión sobre los medios de empleo, los medios
de producción. Por lo tanto, la población sobrante no era absoluta sino
relativa a las necesidades del capital. Dependía de la acumulación de
capital, de su ritmo “es la acumulación capitalista en sí misma la que
constantemente produce y en directa proporción, a su propia energía
y extensión, una población de trabajadores sobrantes, es decir, una po-
blación mayor que la que basta para las necesidades normales de la
auto-expansión del capital; de aquí, población excedente” (Marx K.,
pág. 533).
Aún más. La desocupación permanente no es solo un producto
necesario de la acumulación de riqueza para el propietario del capital:
es, además, condición de existencia del propio modo capitalista de pro-
ducción. Esta reserva de seres humanos sirve a las necesidades variables
del capital y se tiene que alimentar por su cuenta para ser reclutada en
épocas de auge.
Marx estudió los ciclos económicos, sus distintas fases y sus mo-
mentos de crisis. Entre éstas, las crisis financieras, el rol del dinero y
del crédito bancario. Contribuyó a demostrar su carácter endógeno, es
decir, propio del sistema capitalista, y no exógeno, derivado de causas

29
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

naturales o sociales fuera del campo de la economía. Sacó además otras


conclusiones.
La división de los trabajadores entre activos y en reserva, permitía
al capital intensificar el trabajo de los que han logrado emplearse, au-
mentar su explotación, so pena de ser despedidos. El exceso de trabajo
de unos es la condición de la carencia de trabajo de otros. Los cesantes
constituyen el basamento sobre el cual funciona la ley de la oferta y
demanda de trabajo. Es la magnitud de la población desocupada la que
determina las fluctuaciones del salario y no al revés como quieren hacer
creer los capitalistas y sus ideólogos, concluye Marx (1975, pág. 540).
Tampoco es el capitalista el que da trabajo al obrero, sino al revés, es
el obrero el que da su trabajo al capitalista, a cambio de un salario que
siempre será inferior al valor agregado por el trabajador, cuya diferencia,
la plusvalía, va a parar al capitalista.
El autor de El Capital encontró cuatro formas de manifestación
de la población excedente: 1) La población flotante que gira en los cen-
tros de la industria moderna, tan pronto despedidos, como contratados
de nuevo, pero, en este caso, en proporción decreciente a la nueva y ma-
yor escala de producción; 2) La población latente, consistente en una
parte de la población agraria que va sobrando a medida que mejora la
productividad de la tierra; 3) La población estancada que solo consigue
empleos irregulares con los más bajos niveles de vida y jornada de traba-
jo más larga y, 4) La población paupérrima, el sedimento más bajo de la
población excedente; aquí están los vagabundos, los huérfanos y niños
abandonados, prostitutas, delincuentes; aquí llegan los que sobrepasan
la edad normal de trabajo, las víctimas de accidentes y enfermedades
(Marx K., 1975, pág. 544).
En El Capital se encuentra un estudio a fondo de la maquinaria
y sus efectos sobre la población trabajadora. El autor demuestra la ten-
dencia histórica hacia la mecanización y vislumbra la automatización;
presta atención a la desvalorización de la fuerza de trabajo del padre de
familia, al distribuirse entre la mujer y los hijos el trabajo del padre;
muestra cómo la jornada de trabajo tiende a prolongarse, al quedar el
operario supeditado al funcionamiento y al ritmo de la máquina, lo
que a la vez intensifica el esfuerzo del obrero. Alerta cómo se afecta el

30
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

sistema nervioso, el desarrollo físico y espiritual del trabajador. Conclu-


ye que, por lo general, los obreros expulsados por la maquinaria solo
consiguen volver a ocuparse, pero en puestos peor remunerados, eso en
el mejor de los casos; otra parte de los expulsados cae en la población
estancada o en la población paupérrima. Tales serían los resultados del
empleo capitalista de las máquinas (Marx K., 1975, págs. 323, 363).
En síntesis, la investigación marxiana del desempleo llega a la
conclusión de que el régimen capitalista genera como un resultado ne-
cesario, una población obrera sobrante, la cual se expande o se contrae
periódicamente, según las fases por la que atraviesa el ciclo. En todo
caso, el término medio del número de desocupados iría en aumento,
pues la acumulación del capital se realiza en mayor proporción, a cuen-
ta del capital constante –maquinarias, materias primas, otros medios
auxiliares– y en desmedro del capital variable destinado al pago de los
trabajadores productivos. Así pues, el crecimiento de los desocupados,
como parte del total del proletariado es una consecuencia inevitable del
sistema capitalista de producción. La desocupación trae consigo el au-
mento de uno de sus componentes, “el pauperismo oficial”, es decir, el
número oficialmente reconocido de pobres, a los que hay que sostener
o dejar morir de hambre (Marx K., 1975, pág. 546).
Las conclusiones de Marx fueron en un comienzo ignoradas o
bien rechazadas de plano por sus contemporáneos. Unas décadas des-
pués de la primera publicación de El Capital y ante la difusión que
comenzó a adquirir en el movimiento obrero, fueron objeto de atención
y apasionado debate. Los ataques a Marx se centraron en su teoría del
valor, de la plusvalía y la tendencia a la polarización entre burguesía y
proletariado. Pero, conforme al criterio predominante en los círculos
oficiales, la teoría del ejército de reserva fue apenas mencionada: La
desocupación era solo un problema transitorio, del cual no valía la pena
preocuparse.
Los críticos de Marx interpretaron la ley general de la acumula-
ción como de aplicación inmediata a la práctica, en todo momento y
lugar. Como si Marx hubiera pronosticado una evolución lineal y no
dialéctica, de los acontecimientos económicos e históricos. Se le atri-
buyó que la miseria sería un proceso ininterrumpido y creciente. Ade-

31
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

lantándose a este tipo de objeciones, escribió, inmediatamente después


de formulada su discutida ley de la acumulación y de la pobreza: “Una
ley que, como todas las demás, se ve modificada en su aplicación por
una serie de circunstancias que no interesa analizar aquí”. En cambio,
aquella matización la hace detalladamente en relación con la ley de la
tendencia decreciente de la tasa de ganancia (Marx K., 1975, pág. 546).
El estudio de Marx no ha cesado de ser altamente polémico de-
bido a sus conclusiones revolucionarias. Sin embargo, prestigiosos estu-
diosos de su obra admiten su notable vigencia, a medida que se agravan
las contradicciones del capitalismo. Conocidos historiadores del pensa-
miento económico como E. Roll, J. Schumpeter y M. Blaug valoran sus
aciertos sobre el funcionamiento de los ciclos económicos, las crisis y el
creciente desempleo, la formación del mercado mundial, las tendencias
a la concentración y centralización del capital, las crisis financieras y
otros tópicos actuales. Un experto de la OIT reconoce que sus teorías
constituyen una crítica útil del capitalismo y que su contribución al
debate económico es relevante (Hopkins, 1981). Un investigador de
la Universidad de Sussex sostiene que la definiciones marxianas de la
desocupación y sus diferentes categorías no han sido refutadas, son úti-
les y de amplia aplicación actual (Godfrey, 1986, págs. 49-50). Guy
Standing (1984, pág. 159), entre los estudiosos del tema, reconoce la
contribución de Marx, “el autor que más se interesó por el desempleo
tecnológico”. Jeremy Rifkin, en su obra El Fin del Trabajo (1996, págs.
38-39) recuerda que Marx predijo la automatización de la producción
y la tendencia histórica hacia la reducción del empleo industrial en los
países desarrollados, en muchos casos acompañadas de baja o estanca-
miento de los salarios reales. Precisamente Rifkin documenta amplia-
mente este fenómeno que se ha acentuado en las últimas décadas del
siglo XX y comienzos del XXI y que se amplía también a los servicios.
Un historiador contemporáneo de la desocupación concluyó en forma
categórica: Marx estaba en lo correcto. La desocupación es inevitable en
el capitalismo, lo único que cabe es aliviarla (Garraty, 1977, pág. 110).
En resumen, los llamados socialistas pre-marxistas, Engels y sobre
todo Marx, asociaron desempleo, pobreza al sistema capitalista. Prime-
ro, por la apropiación y el robo de tierras a los campesinos que quedan

32
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

sin empleo. Segundo, debido a la tendencia a largo plazo a reemplazar


trabajadores por maquinaria. Tercero, por los ciclos depresivos. La Gran
Recesión iniciada en 2008 y que ha golpeado duramente al mundo
más industrializado en su sistema financiero, comercial y productivo,
ha vuelto a poner de actualidad los profundos análisis marxianos. Sus
obras se reeditan, sus reflexiones son citadas. En encuestas públicas se
le reconoce como uno de los más grandes pensadores de la humanidad.

viii. Del valor trabajo a la teoría subjetiva


Ya en los años treinta del siglo XIX aparecen en Gran Bretaña
economistas que rechazan la hasta entonces predominante teoría del
valor-trabajo sostenida por Smith y Ricardo. En palabras de Nassau Se-
nior: “una teoría que erige el trabajo en fuente única de la riqueza es tan
peligrosa como falsa, ya que ofrece un asidero a quienes sostienen que
toda la propiedad pertenece a la clase obrera y que las clases dirigentes
le roban una parte de ella” (Torres & Montero, 2005, pág. 7). Decenios
más tarde William Jevons en Inglaterra, Carl Menger en Austria y León
Walras en Suiza, fundan la teoría subjetiva del valor, naciendo de este
modo la llamada escuela neoclásica, dentro de la cual predominan los
defensores más dogmáticos del sistema capitalista. Este cambio de pa-
radigma trae consecuencias para el análisis del mercado del trabajo y en
particular en la forma en que se entiende el desempleo.
En el nuevo planteamiento, la anterior centralidad del trabajo
se desvanece, pasando a considerarse el mercado del trabajo como un
mercado más que debe ser analizado separadamente, solo mediante el
examen de las fuerzas de la oferta y la demanda, dejando de lado su re-
lación con el conjunto de la economía. Es así como el funcionamiento
de este mercado, en un ambiente de competencia tendría como conse-
cuencia, de por sí un resultado de pleno empleo (Torres & Montero,
2005, pág. 8). La desocupación es reflejo de situaciones de desequili-
brios en el mercado del trabajo, por lo que solo sería necesario identifi-
car los factores que podrían estar causando este desajuste.

33
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Del trabajo realizado por Jevons en 18714, se desprende el mo-


delo de ocio-consumo que hasta nuestros días utiliza la ortodoxia para
analizar los determinantes de la oferta de trabajo por parte de los obre-
ros. Se supone que el trabajador calcula subjetivamente cuantas horas
trabaja, comparando la utilidad del dinero que proporciona el salario,
como recompensa al “dolor” del trabajo, contra la utilidad que entrega
el tiempo dedicado al “ocio”. Se concluye de lo anterior que el trabaja-
dor desempleado es alguien que ha estimado libremente que el salario
de mercado no compensa su sacrificio.
Por el lado de la demanda de trabajo, ésta dependerá de forma
directa de la productividad marginal del trabajo, es decir, cuán pro-
ductivos son los trabajadores. Mayor productividad de los trabajadores,
mayor interés por contratarlos por parte del capitalista.
Una vez determinadas oferta y demanda de trabajo, habría un
salario que haría coincidir ambas, impidiendo el desempleo involun-
tario. Este podría ser solamente transitorio ya que el mismo mercado
corregiría el exceso o escasez de trabajadores. Por ejemplo, en caso que
la oferta de brazos llegase a superar su demanda, habrá mano de obra no
utilizada, los trabajadores que deseen laborar, aceptarían menores sala-
rios hasta absorber esta fuerza de trabajo desempleada. Por el contrario,
si hay mayor demanda por trabajadores que oferta, la escasez de mano
de obra obligaría a los empresarios a aumentar el salario hasta igualar
ambas.
De esta manera, en el enfoque subjetivo, la libre fluctuación del
salario garantiza el pleno empleo. Si para un trabajador el salario de
mercado no es suficiente, su decisión de no trabajar sería “voluntaria”,
los responsables, serían los mismos trabajadores que valoran subjetiva-
mente más el ocio que el salario de mercado.
En resumen esta teoría describe a la desocupación como un des-
acuerdo coyuntural entre oferta y demanda en un mercado específico, el
mercado del trabajo. Se le llama también teoría neo-clásica del trabajo
en cuanto recoge de los clásicos la idea de un mercado que permite
resolver el problema del desempleo sin intervención del Estado. Sin
4
Planteado en su obra “The theory of polítical economy”.

34
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

embargo, a diferencia del mundo clásico, especialmente de Ricardo, se


analiza separadamente este mercado del resto de la economía. Distinto
al análisis de nuestros siguientes autores.

II. Los desarrollos del siglo XX


i. John Hobson: La reaparición y actualización del subconsumo
A fines del siglo XIX la frecuencia e intensidad de las crisis cíclicas
obligó a los economistas a centrar su atención en el paro forzoso, tema
subestimado o ignorado en las décadas anteriores. Aparecieron artículos
y libros. La Enciclopedia Británica incorporó entre sus nuevos concep-
tos el término Unemployment, en su edición de 1911.
La corriente heterodoxa iniciada por los socialistas ricardianos y
otros reformadores sociales resurgió a fines del siglo XIX. Uno de sus
exponentes más destacados fue el británico John Hobson. Abordó di-
versas ramas de la economía y durante decenios se dedicó a rebatir el
pensamiento ortodoxo dominante. Fue un crítico constante e incisivo
de la teoría del salario basada en la productividad marginal.
En su libro The Problem of the Unemployed (1896) sostuvo que la
cesantía no era un expresión de ocio voluntario sino que un desperdicio
social de fuerza de trabajo colectiva. La desocupación masiva era un
resultado natural y necesario de la mala distribución del poder de com-
pra de la población. Hobson renovó la escuela del sub-consumo que
destaca la falta de poder de consumo de los trabajadores como causante
de la depresión económica y el desempleo, aunque también admitía las
crisis de sobreproducción. Proponía gravar con impuestos el ahorro ex-
cesivo de los ricos para destinarlo a finalidades sociales. Se manifestaba
partidario de salarios más altos y la reducción de la jornada de trabajo
(Garraty, 1977, pág. 127).
Hobson también hizo su aporte a la teoría del imperialismo que
Lenin reconoció como una de sus fuentes. Keynes lo valoró como uno
de sus antecesores en el examen del papel del ahorro, la demanda y el
consumo. Por sus críticas a los dogmas imperantes fue discriminado en

35
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

los círculos académicos, atacado por la prensa oficial, pero muy aprecia-
do en los círculos progresistas y en el movimiento obrero.

ii. La Gran Depresión y los neoclásicos de la época


Entretanto los neoclásicos continuaban adhiriendo a nuevas ver-
siones de la ley de Say o a los análisis marginalistas y subjetivistas del
mercado del trabajo. A fines del siglo XIX ya no se podía ignorar los
ciclos de auge y retroceso y las crisis consiguientes, pero se consideraban
casos particulares, atribuibles a diversos factores económicos fortuitos,
desajustes temporales de los mercados que éstos mismos se encargarían
de corregir.
Después de la Primera Guerra Mundial, las crisis periódicas con-
tinuaban haciendo estragos en numerosos países. En la década de los
veinte en EE.UU. se vivía un ambiente de auge y euforia, cuando sor-
presivamente la crisis y el pánico estallaron en 1929. La debacle de Wall
Street fue el inicio de la Gran Depresión que se mantuvo a lo largo de
los años treinta y que se propagó a la mayoría de los Estados en todos
los continentes. El desempleo masivo y prolongado y el aumento de
la miseria eran difíciles de explicar mediante las teorías liberales do-
minantes. Los economistas consagrados las utilizaron para criticar las
medidas paliativas que muchos gobiernos se vieron obligados a adoptar
para frenar el descontento social. Así el francés Roueff afirmó en 1931
que “el seguro de desempleo era la causa que provocaba la cesantía”. El
austríaco von Mises aseguró que el mal era “resultante de los esfuerzos
por mantener los salarios por encima del libre mercado”. El inglés Pigou
sentenció en 1933 que “todos los que restringen la libre competencia
–sindicatos, gobiernos, empleadores– e impiden que bajen los salarios,
son culpables del desempleo” (Garraty, 1977, págs. 196-198).
F. A. Hayek, decenios después de la Gran Depresión, reafirmaba
que el desempleo se debía a “desviaciones de los precios y salarios de
equilibrio que serían establecidos por ellos mismos con libre mercado
y una moneda estable” (Von Hayek, 1975), a pesar de que nunca se-
ríamos capaces de conocer la medida de esta desviación. En cuanto a
la llamada “objeción inflacionaria”, argumentaba que si un gobierno

36
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

se proponía una política monetaria de pleno empleo, los sindicatos no


tendrían razón para criticar el desempleo que “causarían” debido a los
aumentos salariales. En este caso, cualquier aumento de salarios que su-
pere la productividad, debería hacer aumentar la demanda efectiva. La
masa monetaria adicional para solventar este aumento en la demanda
causaría un continuo aumento del nivel de precios. Y el cambio en los
precios creado por la mayor demanda, determinaría que estos sectores
productivos dependieran de una creciente inflación, a riesgo de quebrar
si la inflación detuviera su curso.

iii. Keynes: La crítica a los neoclásicos


Desde la Universidad de Cambridge, surgió una nueva corriente
de pensamiento, crítica de las doctrinas y las políticas dominantes. John
Maynard Keynes fue la figura descollante, pero pronto se le unieron un
grupo de discípulos destacados (Joan Robinson, Nicholas Kaldor, Ha-
rrod, Meade, etc.). La obra cumbre de esta nueva escuela publicada en
medio de la Gran Depresión se tituló significativamente, Teoría General
de la Ocupación, el Interés y el Dinero.
Keynes en 1919 ya había advertido el efecto negativo para la pro-
ducción y el empleo en Alemania por las exorbitantes reparaciones de
guerra que exigían los vencedores de la Primera Guerra Mundial. Su
conjetura se cumplió. En 1933, entre otras causas, el descontento de la
población empobrecida y sin trabajo, llevó a Hitler al poder. Su política
industrial de rearme y la construcción de modernas infraestructuras le
permitieron superar en pocos años la grave desocupación del país.
En el otro extremo político, la joven Unión Soviética, gracias al
restablecimiento de la paz interior, la recuperación de la producción
agropecuaria y el comienzo de la industrialización planificada, había
acabado con el gigantesco desempleo, la anarquía y el hambre, heren-
cias de las guerras zaristas y la invasión de las grandes potencias.
En los años veinte, Keynes criticó a los gobiernos conservadores
por abordar las recesiones mediante recortes en los gastos públicos. Al
suprimir empleos y reducir salarios, disminuían aún más la alicaída de-

37
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

manda por lo cual las empresas se veían forzadas a despedir más traba-
jadores; Keynes por el contrario recomendaba planes de obras públicas
para generar puestos de trabajo. En su Teoría General de la Ocupación,
el Interés y el Dinero argumentó que, si bien los mercados tendían al
equilibrio entre la oferta y la demanda globales, éste podría quedar es-
tablecido a un nivel inferior a la plena ocupación de todos los recursos,
incluida la fuerza de trabajo. Consideró la rebaja de salarios como con-
traproducente y agravatoria de la cesantía.
El modelo keynesiano gradualmente conquistó la aprobación del
mundo académico. Fue la pieza central de la nueva rama de la ma-
croeconomía, que incorporó nuevos conceptos y métodos estadísticos
como el cálculo del Producto Interno Bruto, las mediciones del consu-
mo, del ahorro y la inversión, de la desocupación y el sistema de cuentas
nacionales.
En el enfoque keynesiano, la estimación del PIB parte de la de-
manda agregada. La demanda agregada, es la suma de la demanda por
bienes y servicios y determina la producción de las empresas en res-
puesta a ella. A su vez esta demanda agregada y la producción que la
satisface, genera el volumen de empleo contratado. De esta manera, a
diferencia del pensamiento neo-clásico, en Keynes, el desempleo y el
mercado del trabajo no pueden ser aislados del resto de la economía
nacional.
La teoría keynesiana después de la Segunda Guerra Mundial se
convirtió en doctrina incontrarrestable de la gran mayoría de los Esta-
dos. Los gobiernos norteamericanos demócratas de Roosevelt, Truman,
Kennedy y Johnson, los socialistas o socialdemócratas europeos y algu-
nos conservadores adoptaron sus tesis en sus programas. Nixon llegó a
admitir que “hoy todos somos keynesianos”. Se legitimó la intervención
del gobierno en la economía con el fin de detener las recesiones de la
producción y el empleo, particularmente a través del gasto y la inver-
sión pública, aunque fueran financiadas con empréstitos. Se aceptó el
déficit fiscal, como recurso transitorio, así como la utilización de polí-
ticas monetarias y crediticias expansivas y algunas formas de proteccio-
nismo. La “ocupación plena” llegó a ser uno de los objetivos oficiales
de la política económica en EE.UU., Gran Bretaña y estados europeos.

38
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

Según Keynes el equilibrio fiscal debía entenderse a plazo medio y no


necesariamente en períodos anuales. El mayor gasto público podía des-
tinarse a obras públicas o a compensaciones sociales como el seguro de
desempleo o los subsidios para la salud o la educación. De cualquier
modo ayudarían a reducir la cesantía, recuperar la demanda global efec-
tiva y aumentar la producción.
Keynes era reacio a reducir los salarios nominales, no por afinidad
política con los asalariados, sino porque prefería mantener a raya los
ingresos reales, mediante una inflación moderada. En sus reflexiones
de largo plazo condicionó el futuro del régimen capitalista, a que se
efectuaran reformas estructurales y regulaciones estatales para evitar las
crisis periódicas. Formuló duras críticas al capital financiero y a sus ten-
dencias especulativas. Sugirió la “eutanasia del rentista” y alguna forma
de coordinación tanto de la inversión pública como la privada, estiman-
do que era un asunto clave en la creación de fuentes de trabajo y en el
funcionamiento estable del capitalismo, del cual, de todos modos, era
su defensor.

iv. Kalecki: la dimensión política del desempleo


Lejos de Cambridge y de manera independiente, en Polonia, Mi-
chal Kalecki, inspirado en los esquemas de Marx y Rosa Luxemburgo,
elaboraba los conceptos y análisis claves, similares a los que constitu-
yeron el modelo keynesiano. Los publicó tres años antes que el econo-
mista británico. De esta manera, Kalecki se consagró como uno de los
fundadores de la macroeconomía. El conjunto de su obra es particular-
mente importante para entender el ciclo económico y su relación con
el cuadro político, el impacto de los mercados imperfectos, los mono-
polios y la distribución de los ingresos en el conjunto de la economía.
Hizo aportes teóricos para mejorar el funcionamiento de las economías
socialistas y acelerar el crecimiento de los países en desarrollo.
Al igual que Keynes, destacó la importancia de la demanda agre-
gada en el análisis de los ciclos, en las causas del desempleo y de las
depresiones en una economía capitalista. Para Kalecki, los modelos
neoclásicos eran incapaces de explicar estos problemas. Así por ejemplo,

39
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

considerar como mecanismo de ajuste la disminución de los salarios,


trae aparejado inevitablemente una baja del poder de consumo de los
trabajadores, lo que conduce a una caída en la demanda efectiva. Una
reducción de los salarios generaría, según Kalecki, dos principales con-
secuencias: por un lado, un aumento en la rentabilidad que perciben
los capitalistas (pues la mano de obra es un costo de la producción),
y por otro, un aumento en los inventarios generado por productos no
vendidos ante la disminución de la demanda provocada por la baja de
salarios. La situación de exceso de inventario llevaría a una disminución
general en los precios para que los bienes pudieran venderse, cayendo
de esta manera los beneficios que se ganaron con la reducción de los
salarios, haciendo resurgir una situación de depresión y elevado desem-
pleo, con capacidad instalada inutilizada. En una recesión, los capita-
listas acumularían más riqueza debido a las reducciones salariales, pero
estos beneficios adicionales se mantendrían solo como un aumento en
los saldos bancarios, no aplicándose inmediatamente a la inversión pri-
vada y manteniendo el consumo deprimido. La solución sería aumentar
la inversión pública.
Haciendo un balance de las políticas en Occidente durante la
Depresión, Kalecki observó que solo el gasto en armamentos había sido
aceptado por las clases gobernantes para superar la desocupación. En
cambio, la inversión pública o los subsidios al consumo eran resistidos.
Advirtió que “el “bloque de las grandes empresas y los rentistas” acepta-
ban el gasto público como medida transitoria, pero en ningún caso para
mantener la ocupación plena de forma permanente.
En su artículo “Aspectos Políticos del Pleno Empleo” (1943), Ka-
lecki responde a los críticos que sostenían que el pleno empleo conducía
necesariamente a la inflación: “si la intervención gubernamental trata
de lograr el pleno empleo pero no llega a aumentar la demanda efectiva
más allá de la marca del pleno empleo, no hay por qué temer la infla-
ción”. La razón de la oposición de los líderes patronales y sus asesores
económicos al pleno empleo, vendría dado por tres factores: i) resisten-
cia a la interferencia gubernamental, por temor a que ella se extienda
a otras esferas que limiten el poder del capital; ii) resistencia a la direc-
ción del gasto gubernamental, destinado a objetivos que compitan con

40
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

la empresa privada; y iii) resistencia a los cambios sociales y políticos


resultantes del mantenimiento del pleno empleo, pues el “despido “de-
jaría de desempeñar su papel esencial como medida disciplinaria. Los
dirigentes empresariales aprecian más la disciplina “en las fábricas” y la
“estabilidad política” que los beneficios. Su instinto de clase les dice que
el pleno empleo duradero es poco conveniente desde su punto de vista y
que el desempleo forma parte integral del sistema capitalista “normal”.
Por lo tanto la disyuntiva era: “Si el capitalismo puede ajustarse al pleno
empleo, habrá incorporado una reforma fundamental. De lo contrario
demostrará que es un sistema obsoleto que debe ser abandonado” (Ka-
lecki, 1943).

v. La Curva de Phillips: ¿Inflación y/o desempleo?


Cuando el neozelandés A. W Philips publicó en 1958 su famoso
estudio estadístico, probablemente no sospechó el revuelo que provoca-
ría en las dos décadas siguientes. Se trataba de una comparación entre
salarios y desocupación en el Reino Unido para el período 1861-1917.
Philips relacionó dos variables: la tasa de desocupados y la tasa de va-
riación de los salarios nominales, es decir de los salarios sin corregir
por la inflación. Encontró una relación inversa entre ellos; o sea a tasas
crecientes de desempleo correspondían incrementos inferiores de sala-
rios; y viceversa, menores coeficientes de desocupación venían apareja-
dos con tasas de salarios más altas. Simplificando: A mayor desempleo,
menor salario y a menor desempleo, mayor salario. Esto habría llenado
de satisfacción a los sindicalistas pues correspondía plenamente a su
experiencia en carne propia. Marx habría dicho que Phillips le daba la
razón: el desempleo era una forma de presionar a los trabajadores para
mantener salarios paupérrimos.

41
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

gráfico I.II.1
Gráfico original usado por A.W. Phillips en 1958.

fuente: Phillips (1958).


Nota: Los datos utilizados van de 1913 a 1948.

Las relaciones estadísticas de Phillips no agradaron a los neoclási-


cos. Era una herejía, puesto que contradecía su arraigada afirmación de
que la magnitud de la desocupación dependía exclusivamente del nivel
de los salarios en el sentido que la imposición de salarios altos y rígidos

42
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

a la baja, era causal de desempleo pues impedían el ajuste entre oferta


y demanda por trabajo. Algunos se lanzaron al asalto contra su autor,
otros prefirieron presentar distintas variantes (Blaug, 1997, pág. 676).
La tasa de variación de los salarios monetarios fue remplazada por
la tasa de inflación, como si ambas fueran la misma cosa. Este remplazo
servía también a quienes culpaban al aumento de los salarios nominales
de ser el causante de la inflación. Se pasó así a buscar una relación entre
el desempleo y la inflación, remplazo que el autor aceptó, pero que otros
economistas rechazaron. La curva original de Phillips se transformó en
una relación de incompatibilidad entre inflación y desempleo, o entre
estabilidad de precios y ocupación plena. Relación muy útil para notificar
a los sindicatos que no tenían otra alternativa que escoger entre dos males.
La relación entre desempleo e inflación desató una intensa con-
troversia. En los países anglosajones los neoclásicos pasaron a la ofen-
siva. Declararon que la inflación tenía prioridad sobre el desempleo
como problema económico y político. A mediados de los setenta nu-
merosos ministros de hacienda, adoptaron la nueva Curva de Phillips
para justificar políticas anti-inflacionistas, denominadas de austeridad
o de ajuste, fundadas en la promoción consciente de un mayor gra-
do de desempleo. Los neoclásicos más extremistas que se encontraban
arrinconados, después de medio siglo se tomaban la revancha. Siempre
criticaron a Keynes sosteniendo que su propuesta de mantener el pleno
empleo conducía infaliblemente a la inflación.
Los keynesianos contestaron que las estadísticas de ninguna ma-
nera confirmaban la existencia de una relación estable o permanente
entre ambas variables. Fue lo que argumentaban A. Rees y M. Hamil-
ton (1967), R. Gordon (1969) y los estudios publicados por la revista
del National Economic Institute de Gran Bretaña. Por su parte los eco-
nomistas de la OCDE de esos años tampoco aceptaron las primeras
conclusiones de los anti-keynesianos. Sobre la base de estadísticas de
siete países altamente industrializados sostuvieron que la suma cero de
la variación de los índices de costo de vida y desempleo no se comporta-
ba de acuerdo con la versión modificada de la Curva de Phillips. Según
ésta, si el primer índice sube el otro baja: la suma debería ser aproxima-
damente constante. Las cifras mostraban que en lugar de tal constancia

43
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

había una tendencia al crecimiento de ambas variables (OCDE, 1981).


Los economistas de la OCDE estaban apuntando a un nuevo proble-
ma: la estanflación. El aumento simultáneo de inflación y desempleo
que apareció en diversos países en los setenta fue considerado como un
fenómeno nuevo, extraño, inexplicable según las teorías keynesianas. El
modelo macroeconómico de Keynes sufrió duras críticas.
La Curva de Phillips se mostró bastante errática en las mediciones
estadísticas. En el mejor de los casos podría decirse que en el corto plazo
sí hay una relación, no así en el mediano y largo plazo. A la larga influ-
yen otros factores que pueden desplazarla hacia la derecha.

vi. Friedman: El triunfo de los neoliberales


El fenómeno inflacionista que afectó a las principales potencias
industriales desde la segunda mitad de los sesenta hasta mediados de los
ochenta tenía otras causas, entre ellas el alza de los combustibles, y en
EE.UU. los aumentos en los gastos militares causados por la guerra de
Vietnam, los déficits gubernamentales y la devaluación del dólar. De
todos modos las recetas keynesianas fueron consideradas inflacionistas.
Los neoliberales contemporáneos terminaron recomendando medidas
pro-cíclicas que aumentaban la desocupación.
Tal fue el punto de vista de Milton Friedman. El jefe de la Escuela
de Chicago puso en circulación el concepto de la tasa “natural” de des-
empleo. La definió como aquella en la que las expectativas inflaciona-
rias que se forjan los empresarios se cumplen en la realidad. En cambio,
cuando son mayores que lo que finalmente resulta, el desempleo será
menor porque los empresarios creerán que hay oportunidad para ven-
der y producir más productos, pero habrá presiones inflacionarias reales
pues la mano de obra se hará escasa y aumentaran salarios y precios. Si
el ritmo de la inflación se mantiene estable, el paro dejará de aumentar.
Uno de los primeros estudios de Friedman que lo destacaron en-
tre sus colegas fue un análisis de la actuación de la Reserva Federal
durante la Depresión. Concluyó que su política restrictiva había sido
una causa de la larga depresión y el elevado paro forzoso. Sentó la tesis

44
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

que la política monetaria y crediticia mediante la regulación del dine-


ro y de la tasa de interés era más eficaz y debía sustituir al gasto fiscal
para abordar las recesiones y la desocupación. De allí nació la corriente
monetarista, surgió la “independencia” del Banco Central del gobier-
no de turno para atender su principal o único objetivo, mantener la
estabilidad de los precios. Enemigo del gasto público y la intervención
gubernamental y crítico de los sindicatos, Friedman se convirtió en el
principal vocero del neoliberalismo. Fue postulado y obtuvo el Nobel
de Economía, aunque recibió fuertes críticas por elogiar a Pinochet que
se declaró su discípulo. Auspiciado por poderosas corporaciones trans-
nacionales pasó a ser estrella de la televisión y best-seller, especialmente
con su publicitado libro La Libertad de Elegir.
La libertad de Friedman era, en esencia el poder del capital,
sin restricciones gubernamentales o legales. Lograr la estabilidad en
los precios sería solo posible permitiendo un cierto y significativo
número de cesantes. Era indispensable que los empresarios tuvieran
plenas facultades para despedir a sus empleados. La “movilidad”, la
“flexibilidad” salarial pasaron a formar parte de las consignas de asesores
económicos, políticos y gobernantes de diferentes tendencias, que
repudiando a Keynes se convirtieron a la nueva ortodoxia.

vii. La tasa natural de desempleo


La tasa natural de desempleo (TND)5 fue definida como aquélla
que no acelera el ritmo de la inflación. Numerosos estudios han tratado
de medirla estadísticamente, pero no ha habido acuerdo en la metodo-
logía. Para un mismo país se dan cifras diferentes. Por ejemplo, en Gran
Bretaña se dan resultado que varían entre 4% y 7% de la población
activa; para otros, entre 5% y 7%. En todo caso cada experto utiliza
sus propios métodos para establecer la tasa mínima aceptable. Si en la
práctica la tasa de desocupación es inferior a la TND se proponen me-
didas de ajuste ant-inflacionario, aunque se sabe que la desocupación
aumentará. Solo si ésta supera a la TND, entonces se buscarán paliati-
vos al desempleo.
5
NAIRU según sus siglas en inglés (Non-Accelarating Inflation Rate of Unemployment).

45
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Diversos economistas han criticado la TND, basándose en que


podría pretender justificar la imposibilidad del pleno empleo. Entre
quienes la aceptan, se sostiene que la tasa natural de desempleo no es
invariable en el tiempo y se pueden implementar políticas económicas
estructurales para disminuirla. Otra crítica mayor apunta a la inexisten-
cia de la TND. Estudios desarrollados por Eisner (1995) indican que
no existe evidencia que apoye la idea de una tasa natural de desempleo.
Karanassou (2003) concluye en su estudio sobre Europa, que “la TND
debe ser removida del kit de herramientas de los hacedores de política
monetaria. Nuestras investigaciones empíricas indican que no existe la
TND (...) el desafío de la política monetaria no es mantener el desem-
pleo cercano a la TND a tasas de inflación moderadas, sino el mantener
la inflación bajo control en un mundo en que la política monetaria
tiene repercusiones de larga duración en la actividad macroeconómica
real”.
Por otro lado, el enfoque de la TND omite las causas estructura-
les de la inflación. En los países pobres, es consecuencia del mayor costo
de importar, asociado al alza del precio de la divisas, provocada por el
déficit crónico de divisas, debido a la vulnerabilidad de las exportacio-
nes que dependen de pocas materias primas, o aquella causada por su
dependencia financiera y tecnológica. Tampoco se considera que la in-
flación resulte de la concentración económica, por ejemplo, del poder
de monopolio de las grandes empresas para aumentar precios básicos.
También de la incapacidad para responder a la demanda con más ca-
pacidad productiva, debido al agotamiento de los recursos naturales, la
concentración de las tierras improductivas por las oligarquías agrarias,
etc.

viii. La síntesis neoclásica y sus variantes


“La síntesis neoclásica” había nacido en los años 50, corriente
que fue descalificada como “keynesianismo bastardo” por los seguido-
res ortodoxos de Keynes. A éstos se les denominó postkeynesianos (Joan
Robinson, Kaldor, Klein, Davidson y entre los posteriores, Okun, To-
bin, Minsky) mientras los partidarios de la síntesis fueron denominados

46
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

neokeynesianos. Economistas del Instituto Tecnológico de Massachusetts


(MIT por sus siglas en inglés) se propusieron reformular la teoría de
Keynes, incorporando a sus modelos una base microeconómica, rama
de la teoría económica desarrollada por la escuela neoclásica del valor
subjetivo. Algunos de sus primeros exponentes fueron John Hicks en
Inglaterra y Paul Samuelson, Modigliani y Solow en EE.UU.
La síntesis neoclásica sobre el desempleo abandona ciertas pre-
misas de la tradición keynesiana, según las cuales las variables nomina-
les como el nivel de precios, los salarios, la masa de dinero, no tenían
efectos en los determinantes del desempleo. La causa del desempleo
tiende a centrarse en las rigideces de los salarios reales y en el desajuste
entre oferta y demanda, fallas del mercado que según los postkeynesia-
nos deben ser afrontadas mediante la acción del Estado. En cambio los
neokeynesianos buscan una explicación de porqué los salarios no caen
hasta igualar la oferta con la demanda por empleo.
En particular, Solow (1980) propone los “salarios de eficiencia”,
salarios imposibles de reducir pues existe necesidad de motivar a los
obreros para que sean eficientes. Esta teoría se basa en que a mayor sala-
rio, los trabajadores se verán más comprometidos con su trabajo –o más
temerosos de perderlo–, lo que los hará aumentar su esfuerzo y ser más
productivos. Basado en lo anterior, Shapiro y Stiglitz (1984) exploran
un concepto de desempleo “de equilibrio” como un dispositivo que
disciplina a los trabajadores. Según este planteamiento los empleados
deciden cuánto esfuerzo aportar dependiendo de la probabilidad que
tengan de ser sorprendidos “holgazaneando”.
Una última visión de los partidarios de la síntesis keynesiana-
neoclásica es la desarrollada por Diamond, Mortensen y Pissarides, Pre-
mios Nobel de Economía 2010 por sus estudios enfocados en el mer-
cado laboral, particularmente en modelos de desempleo en mercados
de búsqueda con fricciones, es decir, falta de información laboral. Los
modelos matemáticos para analizar los mercados de búsqueda (donde
la oferta y la demanda no se encuentran inmediatamente) aparecen en
1971 cuando Diamond estudia la formación de precios y el rol de las
fricciones. Los tres galardonados aplican esta construcción teórica para
analizar el mercado del trabajo, donde el foco se centra en la creación

47
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

y destrucción de empleos y la rapidez con que estos procesos se llevan


a cabo. Estudian las “fricciones” institucionales y otras, lo que es una
parte menor del desempleo macroeconómico cíclico.
Los teóricos de los flujos de empleo se centran en la ineficiencia
causada por la poca flexibilidad del mercado laboral. De esta forma, se
aboga por el aumento en las tasas de rotación de empleo, mayores índi-
ces de creación y destrucción de empleo que den dinamismo al mercado
del trabajo. Esto aumentaría los niveles de productividad, pues la capa-
cidad de destruir puestos de trabajo facilita el proceso de destrucción
creadora, permitiendo a su vez una mayor creación de puestos de traba-
jo de mayor productividad, tanto entre diferentes sectores económicos
como entre empresas con distintos niveles de productividad.
Uno de los aspectos novedosos del estudio del empleo y el desem-
pleo desde esta perspectiva, es que las cifras agregadas de empleo impi-
den un acercamiento más detallado a la complejidad que implican los
movimientos dentro de la fuerza de trabajo. Es así como la mantención
de un mismo nivel de desocupación de un mes a otro puede esconder
una intensa rotación de puestos de trabajo, que implican consecuencias
tanto para la marcha de la economía como para el bienestar de los tra-
bajadores.
Los neo-keynesianos sostienen que el mercado no puede regular
por sí solo la economía para lograr mayores niveles estables de creci-
miento y equidad, hecho demostrado en las sucesivas crisis que el siste-
ma ha debido afrontar. No obstante su diferencia con el neoliberalismo
puro, su crítica deja intactas las formas de producción y distribución
capitalistas. No hay una refutación sistemática al neoliberalismo, legi-
timando en cierta forma sus bases fundamentales. Como aseveró John
K. Galbraith “la economía neoclásica o neokeynesiana tiene una falla
decisiva (...). No presenta soluciones útiles a los problemas económicos
que confronta la sociedad moderna” (Galbraith, 1973). Surgen a su vez,
posiciones más críticas, algunas desde sectores del mismo neokeyne-
sianismo, que abogan por reformas para regular el sistema económico
capitalista.

48
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

ix. Teorías sobre el empleo en los países subdesarrollados


a. La primera generación
Al término de la Segunda Guerra Mundial surge la preocupación
teórica y práctica por el vasto mundo de los países atrasados, muchos
de los cuales acababan de conseguir su independencia estatal. Toman
cuerpo las teorías sobre los factores determinantes del (sub) desarrollo
económico que afectan el desempleo y los bajos salarios. La Secreta-
ría General de las Naciones Unidas con su departamento de estudios
económicos, además de la OIT, FMI, Banco Mundial, las secretarías
regionales (América Latina, Europa, Asia, África) y otros organismos
internacionales contribuyen a la formación de economistas y estudios
especializados en el subdesarrollo y su relación con la desocupación.
Entre los primeros estudiosos cabe mencionar a Ragnar Nurkse
con su obra “Problemas de la Formación de Capital en los Países
Subdesarrollados”; H.W. Singer por su ensayo The Distribution of
Gains between Borrowing and Investing Countries; G. Myrdal por
Economic Theory and Undeveloped Regions; y W. A Lewis por Economic
Development with Unlimited Supplies of Labor. Estas obras escritas en
la década del cincuenta expresaron un genuino interés por explicar
aspectos comunes al mundo retrasado y diseñar políticas para sacarlos
del atraso. Singer reveló las contradicciones entre la inversión extranjera
directa y el desarrollo de los países pobres. Nurkse introdujo el concepto
de “desempleo disfrazado” para referirse a la condición de grandes masas
de trabajadores en las zonas agrarias. Lewis estudió los efectos de esta
masa de campesinos sobrantes para explicar los bajos salarios a pesar de
la industrialización; Rosentein-Rodan abordó las dificultades objetivas
y los métodos para la industrialización. Myrdal puso de relieve mostró
los obstáculos sociales y políticos estructurales que condicionaban el
atraso, definiendo los círculos viciosos de la pobreza.

b. Prebisch y el desarrollo “hacia adentro”


De los economistas nombrados, sólo Singer abordó las relaciones
desiguales entre las economías de los países desarrollados y los atra-

49
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

sados, al punto que sus teorías fueron consideradas como similares a


las propuestas por Raúl Prebish, por la misma época. Prebisch, quien
puede ser considerado como uno de los más destacados economistas del
Tercer Mundo, en su clásico Estudio Económico de América Latina de
1949, junto a sus primeros colaboradores (C. Furtado. J. Noyola y R.
Botti) expusieron sus tesis originales: Las relaciones desiguales entre el
centro y la periferia, la tendencia al deterioro de los términos de inter-
cambio en desmedro de la periferia, sus consecuencias sobre el atraso.
El economista argentino criticó la inconsistencia de la teoría or-
todoxa dominante de las ventajas comparativas, según la cual las nacio-
nes de la periferia debían limitarse a la producción de materias primas
de exportación. Sostuvo que aquello provocaba recurrentemente “una
relativa abundancia de mano de obra descalificada en las actividades
primarias que tiende a perpetuar los bajos salarios e impedía así a la
periferia compartir con los centros industriales el fruto del progreso
técnico logrado por éstos” (CEPAL, 1969, pág. 51). En el sobrante de
población, en la desocupación latente y en su efecto a la baja de los sa-
larios y de los precios de los productos primarios, veía Prebisch una de
las principales causas de la tendencia al retraso de los precios relativos de
las materias primas en comparación con los artículos manufacturados.
A la vez, consideró la tendencia a la disminución de la demanda de pro-
ductos primarios en los centros industrializados, sea por la competencia
de nuevos productos sintéticos o por el proteccionismo a la producción
propia.
La conclusión era un fuerte alegato en favor de la industrializa-
ción y del crecimiento del mercado interno a través de activas políticas
estatales que permitieran sacar a la periferia de su especialización inter-
nacional en la exportación de materias primas. Además para mejorar
los ingresos de los trabajadores y disminuir el desempleo, proponía la
redistribución de las tierras a favor de los campesinos desposeídos. Pre-
bisch esperaba por esta vía eliminar el sobrante de población trabaja-
dora en las zonas rurales. Se trataba de una estrategia de desarrollo para
estos países, distinta de la recomendada por los gobiernos de las grandes
potencias que propiciaban el desarrollo hacia “afuera”, basado en expor-
taciones de materias primas.

50
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

c. La corriente radical
Por otra parte, Paul Baran, uno de los fundadores junto con Paul
Sweezy, de la Escuela de la Monthly Review de EE.UU. sostenía que en
los países pobres había fuentes de financiamiento interno para su desa-
rrollo. Mediante su teoría del “excedente” (una variante de la plusvalía
marxista) acumulado y despilfarrado por las elites dominantes, Baran
puso de relieve las posibilidades ocultas de acumulación de capital en
los países dependientes, negando la supuesta necesidad absoluta del ca-
pital extranjero para superar el subdesarrollo. En su argumentación des-
tacó el alto crecimiento de la economía soviética entre los años treinta y
sesenta y los rápidos avances de la China maoísta en el primer decenio
desde su revolución.
Baran reconoció la existencia del desempleo “estructural” o “dis-
frazado”, para referirse a la situación en la agricultura de los países atra-
sados. Analizó también la desocupación en las ciudades, a la que con-
sideró como un fenómeno distinto de los “desempleados keynesianos”,
es decir, de los obreros despedidos en las crisis cíclicas. Se trata, escribió,
de “gente que ha llegado a las ciudades en busca de trabajo y, al no en-
contrarlo, se ha quedado en ellas como desempleados disfrazados que
vegetan al margen de la sociedad y sobreviven gracias a algunos ingresos
ocasionales” (Baran, 1959, pág. 219).
La década de los sesenta, marcada por la emergencia de la revolu-
ción cubana y el derrumbe del colonialismo en África y Asia, estimuló
un auge del pensamiento y las soluciones radicales en el Tercer Mundo,
entrelazadas con la búsqueda de nuevos modelos de socialismo. Apare-
cieron nuevos autores inspirados en Marx, Lenin, Trotsky, Rosa Luxem-
burgo, Bujarin, o el sistema yugoeslavo. En América Latina, la difusión
de los estudios económicos y sociales animó el debate público sobre
distintas vías del desarrollo, capitalista, no capitalista, socialista, etc.
En este ambiente surgió la Teoría de la Dependencia, de la cual
Baran había sido un precursor. Sus diversos contribuyentes retomaron
explícitamente la temática del imperialismo, pero su novedad radicaba
en que lo analizaban en una época de mayor industrialización a través
de la instalación de las empresas multinacionales en países de menor

51
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

desarrollo. Los autores de la dependencia, en general eran críticos del


modelo cepalino de Prebisch y de sus seguidores de la escuela estructu-
ralista, en cuanto señalaban que la industrialización estaba creando nue-
vas formas de dependencia hacia el capital extranjero que bloqueaban
el desarrollo de la periferia. Entre estas formas se cuenta la importación
de insumos industriales, el pago de onerosas patentes por tecnología
estadounidense, tasas de interés exageradas sobre los créditos interna-
cionales, préstamos amarrados a la compra de tecnología inadecuada y
lo que es más grave, dependencia intelectual, militar y política.
Expresaban desconfianza en “la burguesía latinoamericana”, más
proclive a aliarse con el capital extranjero que a defender un proyecto
nacionalista, de que fuera capaz de promover la industrialización, in-
cluso con apoyo del Estado. Veían en esta clase una fuerte tendencia al
consumo suntuario y a las ganancias a corto plazo.
Pronto quedó de manifiesto la existencia de diversas variantes
dentro de la teoría de la dependencia, entre cuyos autores se destacan
Theotonio dos Santos, Ruy Mauro Marini, y Enzo Faletto. Algunos
autores, como Gunder Frank pronosticaban que el subdesarrollo sería
cada vez mayor. Otros, como Henrique Cardoso, estimaban que la de-
pendencia generaría cierto tipo de crecimiento capitalista en la medida
que el capital extranjero instalado desarrolle las manufacturas y el Es-
tado juegue algún rol regulador y promotor de la inversión en infraes-
tructura.
De todas formas, la escuela de la dependencia sostiene que el
grueso de las ganancias de la exportación son remitidas al exterior por el
capital extranjero, a lo cual se añade la sangría de divisas que implica la
dependencia de insumos importados. Respecto a la parte del excedente
que se retiene en el país, se usa en exceso para sostener el consumo de
lujo de una burguesía rentista y para financiar el pesado aparato repre-
sivo del Estado. Esta utilización improductiva del excedente creado en
el sector moderno de la economía, determina la incapacidad de la pro-
ducción para crecer al ritmo de la población y disminuir el desempleo
creado en el sector tradicional de la economía, por la propia implanta-
ción capitalista en la agricultura, la tasa de crecimiento demográfico y
el agotamiento de los recursos naturales.

52
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

d. Los neoliberales sobre el subdesarrollo


A partir de los sesenta diversos economistas neoliberales consi-
deraron que las nuevas experiencias de crecimiento encarnadas en los
enclaves de Hong Kong y Singapur, y, con reservas, en las de Taiwán
y Corea del Sur les proporcionaban material para promover sus postu-
lados. De acuerdo a ellos, los países pobres podían superar sus niveles
de desarrollo en pocos años con ayuda del libre mercado y la inversión
extranjera. Sin embargo, la discusión continúa pues el modelo de desa-
rrollo de estos países parece haber seguido más las recomendaciones de
los estructuralistas latinoamericanos que las de los partidarios del libre
mercado. En efecto, el Estado tuvo una fuerte intervención protegiendo
durante los primeros años de la competencia externa a la naciente in-
dustria manufacturera y otorgándole cuantiosos créditos en base a una
planificación dirigida, de una importante reforma agraria que atacó la
distribución feudal de la tierra.
Crecimiento rápido basado en las exportaciones, rol principal del
capital extranjero, mercado del trabajo sin regulaciones, mínima inter-
vención del estado (al menos en algunos casos) y una firme vocación
pro capitalista. Friedman elogió a Hong Kong, como la economía ideal,
por carecer de un Estado, aunque todavía era una colonia del Reino
Unido. Se enfatizaba el libre comercio exterior y el rol de las exporta-
ciones que se contraponía a la sustitución de importaciones, atribuido
como parte principal del modelo de la CEPAL. En cuanto al desem-
pleo, el aumento rápido constante de la producción podía reducirlo
a un mínimo aunque las crisis y recesiones internacionales volvían a
aumentarlo. Ya no rechazaban la industrialización, impulsada por la
burguesía gobernante a través del estado, como en los casos Taiwán y
Corea del Sur, siempre que formara parte de la cadena creado por las
transnacionales en sus fases de utilización masiva de trabajadores sin
calificación y con bajos salarios.
Por otra parte, Paul Streeten, destacado exponente del Banco
Mundial en los años ochenta, se concentró en las áreas más pobres de
Asia y África. Sostuvo que la desocupación era un concepto occidental
que presupone un mercado de trabajadores asalariados. Ciertamente en
los países más atrasados este sector era secundario o irrelevante. Sería

53
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

una ilusión que estos trabajadores minoritarios y sus sindicatos recla-


maran el derecho al trabajo como en Occidente, pues “para un largo
período no hay perspectivas de lograr el pleno empleo en la mayoría de
los países en desarrollo” (Streeten, 1981, pág. 372). El autor condenó
“la antigua falacia de que la industrialización es el remedio para el sub-
desarrollo” (Streeten, 1981, pág. 120). Si bien aquélla crea más oportu-
nidades de empleo, no reduce la cesantía, por el contrario, la fomenta.
Ella estimula la presión migratoria a las ciudades y la formación de las
poblaciones marginales. En todo caso, la cesantía que se forma en las
ciudades de las áreas subdesarrolladas, se debería a “las excesivas aspi-
raciones de los que no aceptan los sucios trabajos manuales” (Streeten,
1981, pág. 327). Se apoya en el hecho que en África quienes acceden
a la educación primaria rechazan permanecer en el campo y prefieren
ocupaciones transitorias o permanecer desempleados en las ciudades.
Streeten establece una drástica diferencia entre desempleo y po-
breza. El primero es irrelevante. La segunda es la que interesa resolver.
La pobreza no proviene de la desocupación, sino del trabajo improduc-
tivo y no remunerativo en el que están entrampados tanto los pobres de
la ciudad como los campesinos, incluidas las mujeres. En definitiva hay
que atender las necesidades básicas de los pobres, entre ellas, la educa-
ción y la salud y proporcionarles herramientas y materias primas para
que produzcan con mayor rendimiento. Se trataba de formar pequeños
empresarios en gran escala como una vía para absorber el desempleo.
De aquí nacieron las propuestas del microcrédito para mujeres
campesinas, iniciadas por Muhammad Yunus y su Banco Grameen, en
Bangladesh y extendida a otros países, experiencia que después de unos
años aparentemente exitosos, ha sido objeto de fuertes críticas en razón
de sus pobres resultados (Chang, 2011).
Detrás de esos enfoques se ha tendido a subestimar el número y la
pobreza de los asalariados en el mundo en desarrollo, ante los cambios
que ha introducido la globalización. En realidad, en numerosos países
de América Latina, Asia y Medio Oriente, la proporción de los asala-
riados ha crecido desde uno hasta dos tercios de la población activa. La
evolución capitalista de los países más atrasados, haría imposible trans-
formar a todos los pobres, o a una mayoría, en pequeños empresarios

54
Capítulo I: Teorías sobre el desempleo

eficientes, sin contratar cada vez un mayor número de asalariados. Y, a


partir de allí, la misma competencia conduciría a la concentración del
capital, la formación de corporaciones transnacionales y la constitu-
ción de grandes conglomerados de obreros y empleados, subordinados
a ellas. Es, por lo demás lo que ha sucedido con los nuevos industriali-
zados de Asia, América Latina y el Medio Oriente. Esto ha dado origen
precisamente al mismo tipo de desempleo de Occidente, sin ver que era
propio del desarrollo capitalista.

55
Capítulo II: En el capitalismo maduro

CAPÍTULO II: EN EL CAPITALISMO MADURO

“También creo que el capitalismo o el sistema de libre empresa, que es como debe-
ríamos decir, demostrará ser incapaz de contener el desempleo el cual se hará más
y más crónico por causa del progreso tecnológico e incapaz de asegurar un equili-
brio sano entre la producción y el poder adquisitivo de la gente“.

Albert Einstein, 1948.

I. ¿Cuánto desempleo es peligroso?


i. Antecedentes históricos
El decenio de los treinta del siglo pasado pasó a la historia como
uno de los más turbulentos y conflictivos de Occidente. La economía
capitalista cayó en una profunda y violenta crisis, uno de cuyos efectos
principales fue el desempleo en masa. Así en Alemania, en vísperas del
nazismo, un trabajador de cada tres estaba cesante. En los EE.UU. en
el momento álgido, la cuarta parte de toda la fuerza de trabajo carecía
de empleo. Hasta en los países más ricos se hizo presente la miseria y
el hambre. Todavía en 1939 al momento de estallar la guerra mundial,
los desocupados sumaban decenas de millones en toda Europa y Nor-
teamérica.
La depresión económica y el paro forzoso masivo derivaron a
menudo, en crisis políticas. En Alemania cayó la República de Wei-
mar, Hitler llegó al poder prometiendo dar trabajo, lo que consiguió
transformando toda la economía en una máquina de guerra, bajo férrea
dirección del Estado. En varios países europeos se instalaron regíme-
nes dictatoriales. En Francia y España se establecieron los gobiernos
de Frentes Populares con programas reformistas, pero en España se de-
sató la guerra civil. En los EE.UU., Roosevelt implantó el New Deal,
en el cual recogió algunas de las reivindicaciones más sentidas de los

57
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

desempleados y los nuevos planteamientos keynesianos sobre el rol del


gobierno. Entretanto la crisis económica se extendió por todos los con-
tinentes y las contradicciones entre las potencias capitalistas volvieron a
agudizarse hasta transformarse en la Segunda Guerra Mundial.
Después del conflicto bélico, la adopción de un conjunto de me-
didas pro empleo y las fuertes inversiones del Plan Marshall para la
reconstrucción de Europa bajaron la magnitud del problema. A pesar
de que no pudo ser erradicado por completo, los bajos índices llevaron
a los economistas oficiales y a los gobernantes de Occidente a darlo
por resuelto. En muchos países la proporción de los desocupados en la
población activa llegó al mínimo del 3 por ciento, cifra bajo la cual se
consideraba la existencia inevitable de desempleo “friccional”, lo que
se estimó una virtual ocupación plena. Así transcurrieron treinta años.
En 1974 los economistas se encontraron con una nueva realidad.
Se había producido el primer shock del petróleo. El alza de los hidrocar-
buros afectó los precios de numerosas mercancías. Se desató una infla-
ción en muchos países. Se aplicó una política restrictiva y su consecuen-
cia fue un frenazo al crecimiento económico. El paro forzoso empezó
a subir rápidamente en muchos países, alcanzando niveles alarmantes.
En 1981 estalló el segundo shock y la economía mundial volvió a sufrir
una conmoción aún más severa y con múltiples repercusiones. Desde
entonces, la desocupación volvió a situarse en uno de los primeros pues-
tos entre los problemas crónicos y más sentidos según las encuestas de
opinión. Sin embargo el piso del 3 por ciento se consideró excesivo y
los neoliberales lograron remplazarlo por otro de 6 por ciento a 7 por
ciento límite, justificado por la teoría de la tasa “natural” del sistema.
La OCDE calculó que en el verano de 1983 el desempleo estaba
afectando a unos 35 millones de personas. Era la cifra cumbre. Aunque
al año siguiente comenzó la recuperación en Estados Unidos y en otros
países anglosajones, al terminar la década de los ochenta, el número
de afectados todavía superaba los 25 millones, con clara tendencia a
aumentar.
El decenio de los 90 introdujo cambios en la economía mundial
que contribuyeron a mantener el desempleo en altos niveles. Entre los

58
Capítulo II: En el capitalismo maduro

factores más importantes se consideran i) el paso hacia la sustitución de


la mano de obra por nuevos sistemas automatizados; ii) el crecimiento e
influencia de las transnacionales que modifica la división internacional
del trabajo y el comercio mundial trasladando operaciones productivas
desde los países industriales hacia el este asiático y otras regiones sub-
desarrolladas; iii) cambios en el comercio internacional con las nuevas
reglas de la OMC que favorecen el libre desplazamiento de las mercan-
cías, los capitales reales y financieros y iv) el derrumbe de las economías
de la URSS y Europa Oriental que generan desempleo masivo y emigra-
ción, entre otros efectos (Eatwell, 1996). A lo anterior hay que agregar
la privatización de empresas y servicios públicos, que al pasar al sector
privado eliminan a parte de los empleados, mientras que a los restantes
son sometidos a extensas jornadas de trabajo.
Estos procesos reflejan la ofensiva ideológica del neoliberalismo
que se despliega arrasante por todas partes, desde las universidades hasta
los medios de comunicación, partidos políticos, sindicatos, etc. y que
prepara a la opinión pública para aceptar los fuertes cambios institucio-
nales y de políticas públicas que a continuación se imponen.
Otro factor que influye sobre el desempleo en el período 1980-
2010, son los ciclos y crisis económicos del sistema capitalista que se
suceden con más amplitud y frecuencia. En algunos casos afectan grave-
mente a países determinados, como fueron los casos de México, Rusia,
Japón y Argentina. En otros abarcan a grupos de estados o regiones. Y
finalmente están las recesiones que se proyectan hacia todos los conti-
nentes, aunque en distinto grado. Esta última situación se manifestó
en las recesiones de comienzos de los 80, en los noventa y en la Gran
Recesión de 2008 que hasta el 2012 no tenía visos de recuperación.
Según un informe de la OIT, para el 2003 el desempleo mun-
dial ya había alcanzado un nivel excepcionalmente alto: 185,9 millones
de personas, cinco veces más que en 1983, representando un 6,2 por
ciento de la fuerza de trabajo mundial (OIT, 2004). Este aumento se
produce en un contexto de leve recuperación económica después de dos
años de bajo crecimiento.

59
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Hacia el 2010 el panorama se había deteriorado aún más. Ban


Ki-Moon, secretario general de la ONU, expresaba en una presentación
pública que “hoy, el desempleo en el mundo es el mayor registrado en la
historia”. En efecto, un reporte de la ONU develaba que el desempleo
en el mundo había alcanzado un máximo histórico, a la vez que la gene-
ración de nuevos puestos de trabajo se había estancado desde hacía más
de una década. El año 2011 comenzaba con 1.100 millones de personas
–1 de cada 3 de la fuerza de trabajo mundial– desempleadas pobres con
ingresos inferiores a los 3 dólares diarios.

Gráfico II.I.1
Tasa de desempleo promedio en países de la OCDE 1980-2010
(tasa de desempleo anual en población activa entre 15 y 64 años)

Fuente: Elaboración propia a partir de OCDE Stats.

Si la cifra total del gráfico II.I.1 se compara con 1973, último año
de todo un ciclo histórico con el que se cierra la postguerra, se verá que
la desocupación alcanzó en promedio de los treinta años considerados,
niveles que más que duplican las cifras precedentes.
El gráfico II.I.1 muestra también que del total de estos 24 países
integrantes de la OCDE, en 16 de ellos el índice supera el 6 por ciento
considerado un piso aceptable, por encima del cual se enciende la luz

60
Capítulo II: En el capitalismo maduro

roja, que demanda la formulación de políticas especiales para frenar su


aumento. La cifra es un consenso tácito entre quienes aceptan la exis-
tencia de la tasa “natural”. Está relacionado con la preocupación política
por el descontento social que puede conducir a crisis gubernamentales.
A continuación se describirán las experiencias de países seleccio-
nados, dentro de los más desarrollados, donde la situación del empleo
tiene particularidades útiles para entender el fenómeno dentro del ca-
pitalismo avanzado.

ii. Las economías con mayores índices crónicos de cesantía


a. El caso de España
España encabeza la lista de los que presentan la situación más
grave durante el largo período de treinta años (1980-2010). Este nivel
refleja extremas tasa de desocupación de más del 20 por ciento (24 por
ciento en 1994, 27 por ciento en 2013) que se han repetido durante
las crisis más agudas, evidenciando la incapacidad para mantenerse en
niveles de un dígito aun en los períodos de auge y crecimiento econó-
mico.
Las causas han sido una acumulando de factores que se arrastra
desde hace décadas. La integración a la Comunidad Europea bajo el
Tratado de Maastricht y luego al área del euro, dejó a España un escaso
margen para desarrollar y modernizar su estructura productiva e indus-
trial. La restructuración industrial y los programas de austeridad de la
década de los 80 significaron el cierre de plantas con sus consecuentes
despidos que en 1987 dieron pie a masivas huelgas.
Sucesivas reformas legales orientadas a la flexibilización laboral,
tanto en los gobiernos del Partido Socialista Obrero Español (PSOE)
como en los de la derecha representada en el Partido Popular (PP),
dejaron a los asalariados en una débil posición para poder defender sus
empleos y sus salarios previos (Marimón, 1997). La recesión de 1993,
considerada la peor en España hasta entonces contribuyó a destruir se-
tecientos mil puestos de trabajo netos entre 1991 y 1993.

61
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Los gobiernos del PP de Aznar (1996-2004) dieron impulso al


crecimiento del PIB y redujeron la tasa del paro forzoso. Para ello apro-
vecharon los cuantiosos subsidios de la UE y los ingresos transitorios
por las ventas de los activos públicos. Aun así, la tasa de desempleo no
bajó de un elevado 11 por ciento.
Las facilidades para la entrada de 2,5 millones de inmigrantes
contribuyeron a la baja de los salarios relativos, los cuales, como costo
laboral, aumentaron 3,7 por ciento entre 1999 y 2005, mientras las
ganancias del capital subieron en 73 por ciento en el mismo periodo
(Navarro, 2009). Se rebajaron los gastos sociales y los impuestos a los
altos ingresos. Se fijaron reducidas tasas de interés y se amplió la oferta
crediticia para impulsar el consumo y la construcción habitacional, sin
importar que se acrecentara peligrosamente el endeudamiento de las
familias y de los propios bancos.
Retornado al poder en 2004, el PSOE impulsó algunas mejoras
en las políticas de bienestar social, como las leyes de Dependencia e
Igualdad, aunque limitadas por falta de financiamiento, pero en lo fun-
damental mantuvo el carácter neoliberal del modelo económico y so-
cial. A pesar de aumentos en el ingreso promedio por habitante, España
continuó muy rezagada de sus pares europeos en indicadores como el
tamaño del sector público, en servicios sociales, en empleos públicos,
en impuestos pagados por los más ricos, en desigualdad de ingresos y en
niveles de sindicalización (Garzón, Torres, & Navarro, 2011).
La Gran Recesión invadió España, a pesar de que el gobierno
de Rodríguez Zapatero aseguraba que el país no sería alcanzado por la
crisis financiera iniciada en EE.UU. por la supuesta solidez de bancos
españoles. Su profundo error le costó la derrota electoral. El gobierno se
demostró impotente para impedir el estallido de la burbuja hipotecaria,
evitar la restricción del crédito y la oleada de despidos. El regreso del
Partido Popular significó un giro brutal hacia los recortes de la segu-
ridad social. Las perspectivas de los desempleados son sombrías para
varios años. Por primera vez desde el franquismo, muchos españoles
han emprendido el camino de la migración.

62
Capítulo II: En el capitalismo maduro

b. Otros casos críticos en la periferia europea


Algunas de las debilidades características de España se reprodu-
cen también en otros países mediterráneos como Grecia, Italia y Por-
tugal: períodos de largas dictaduras (Mussolini, Franco, Salazar, Los
Coroneles en Grecia) concentración del poder de grandes capitalistas
y banqueros, retraso industrial y arraigados prejuicios conservadores.
Desde la implantación de las políticas neoliberales, el ingreso a la Co-
munidad Europea y la adopción del euro, sus economías han quedado
muy vulnerables a las periódicas crisis cíclicas del capitalismo, suscepti-
bles de generar altos niveles de cesantía.
Entre los países con alto desempleo figura Grecia. Durante la
Gran Recesión, la “tragedia griega” se agravó por la reducción de los
ingresos y el consumo, la caída de la producción y el enorme endeu-
damiento del Estado, los bancos, las familias y empresas. Las cifras de
desocupación han traspasado el record del 25 por ciento de la población
activa. La crisis económica ha evolucionado hacia una crisis política,
con dos gobiernos caídos, ante la generalizada resistencia ciudadana a
las exigencias de la Troika de sacrificar aún más los bajos niveles de vida
de la población. En grado similar, Portugal también sufre conmociones
sociales y políticas.
Por otra parte, en la periferia norte europea, Islandia e Irlanda
también son golpeadas por el descalabro financiero; pero mientras la
primera es capaz de salir de la crisis “sacrificando” a banqueros y especu-
ladores, Irlanda cede a las exigencias de Bruselas y ofrenda sus ingresos
y derechos laborales. Sufriendo uno de los niveles europeos más altos
de desempleo crónico, pareció durante un período breve que “el tigre
irlandés” había superado definitivamente a los demás países. Apertura
privilegiada a las multinacionales norteamericanas que buscan el mer-
cado europeo y otras medidas del recetario neoliberal elevaron el ritmo
de acumulación y producción. En el 2008, la reducción de la demanda
externa, la súbita detención y caída de la producción y la crisis financie-
ra contagiaron a Irlanda, llevando al país a un marcado retroceso.
Italia se encuentra también en el poco envidiable grupo de los
países con el más alto desempleo. Hasta los años setenta, el país crecía a

63
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

buen ritmo, aunque persistía en el sur el retraso económico y social, el


desempleo crónico y las mafias. Los shocks petroleros afectaron al país y
crearon desequilibrios e inestabilidad. Se acentuaron las pugnas sociales
y regionales, y las crisis políticas. La derecha, apuntalada por movimien-
tos de extrema derecha separatistas, volvió al gobierno en 1994 con el
magnate Silvio Berlusconi, después de decenios de hegemonía de los
grandes partidos democristiano, comunista y socialista.
Berlusconi y sus aliados, con la complicidad del nuevo centro,
emprendió las reformas neoliberales ya conocidas. El país quedó debi-
litado ante las crisis europeas y mundiales, sometido a la fuerte com-
petencia exterior, mientras la modernización de su economía se hacía
igualmente a costa de los asalariados y sus conquistas, abusando de los
contratos temporales. El año 2007, el último antes de la Gran Recesión,
el desempleo había bajado a un promedio anual de 6,2 por ciento. Pero
volvió a subir con la gran crisis financiera, llegando a un promedio de
8,5 por ciento el 2010, año en el cual fueron convocadas huelgas contra
el desempleo. Mientras tanto, la Comunidad Europea exigía recortes
presupuestarios y reformas laborales para facilitar el despido de traba-
jadores. En los años siguientes, la crisis económica se transformó en
política.

c. Las potencias centroeuropeas


Por su parte, Francia enfrentó en los 80 un escenario donde per-
dió posiciones en la competencia internacional. En vez de modernizar
las industrias importantes, ellas fueron abandonadas. Disminuyeron las
inversiones en investigación científica y técnica y en educación profe-
sional. Se intentó abatir el desempleo con la expulsión de trabajadores
extranjeros particularmente de procedencia árabe, cediendo al racismo
y la xenofobia. Después de llegar a un desempleo máximo de 12,7 por
ciento en 1994, la cesantía empieza a descender a partir de 1997 para
situarse el 2008 en un promedio de 7,9 por ciento.
En 1998 y bajo el gobierno socialista de Lionel Jospin, se aprobó
la ley que disminuía la jornada de trabajo de 40 a 35 horas, sin reduc-
ción de salario. Sin embargo, a pesar de un aumento en la generación de

64
Capítulo II: En el capitalismo maduro

empleo (Askenazy, Bloch-London, & Roger, 2005), los resultados no


llegaron a ser los esperados (Gubian, Jugnot, Lerais, & Passeron, 2005),
y sucesivas flexibilizaciones a la ley tuvieron curso desde el cambio de
gobierno en 2002.
En 2005 durante el gobierno de Jacques Chirac, la jornada la-
boral de 35 horas se modificó permitiendo a los empleadores negociar
con sus empleados el trabajo de horas extra e incluso laborar en tiempo
de vacaciones. El 2008 y durante el gobierno de Sarkozy se aprueba la
denominada “Ley sobre la renovación de la democracia social”, con lo
que se le permitió al empleador negociar directamente la jornada labo-
ral con los trabajadores. De este modo, se pone fin en la práctica a la ley
de 35 horas. El retraso de la edad de jubilación causada por la reforma
de las pensiones contribuye a agravar la situación. Al estallar la crisis fi-
nanciera, y siguiendo el patrón de los países desarrollados, el desempleo
aumenta llegando a un promedio de 9,3 por ciento el 2010. A este de-
terioro también contribuye el progresivo desmantelamiento del sistema
de bienestar que utiliza progresivamente menos fuerza de trabajo para
entregar sus servicios. En marzo de 2013, la estadística oficial registró
5,7 millones de personas sin empleo, tanto parcial como completo. Esta
cifra superó el récord histórico anterior de enero de 1997. Según el
periódico Le Monde6, “el desempleo masivo que gangrena la sociedad
francesa desde hace más de 30 años demuestra cruelmente el fracaso de
las políticas de empleo, tanto de la izquierda [Partido Socialista] como
de la derecha”.
En el grupo con índices relativamente elevados en la década de
los 80, figuraba Alemania. El elevado desempleo en la R.F.A. ante-
rior a la reunificación contrastaba con su fuerte posición competitiva
en el mercado mundial. Más aún, esa posición se trataba de reforzar
impulsando la liquidación de una serie de sectores productivos, con la
promesa de que se crearían nuevos puestos con las industrias de punta.
Pero, quedaba de manifiesto que los despidos no se compensaban con
la creación de nuevos puestos.

6
Le Monde, “Chômage de masse, impuissance française”, editorial, 26 de abril de
2013.

65
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

El ritmo de crecimiento acelerado que en décadas anteriores tuvo


el país pasó a la historia y cedió su lugar a un movimiento lento, frenado
a menudo por las políticas anti-inflacionarias. Aunque la anexión de los
territorios de la ex-RDA despertó cierto entusiasmo entre los empresa-
rios, se tradujo a poco andar en una pesada carga fiscal que amenazó
con romper los equilibrios macroeconómicos. Previo a la crisis de 2008,
Alemania junto a los países nórdicos, se configuraba como un espacio
donde el mantenimiento de una importante actividad industrial se co-
rrespondía con la persistencia de un sistema de empleo dominado por
una fuerte implantación sindical, el predominio de la negociación co-
lectiva sectorial a escala nacional, sistemas muy desarrollados de forma-
ción y reconocimiento profesional, y estructuras salariales más igualita-
rias que el resto (Recio & Banyuls, 2011). Así, se presenta este modelo
como ejemplo a seguir en Europa. A esto ha ayudado un alto grado de
regulación institucional y políticas de mantenimiento del empleo.
La actividad industrial alemana se vio severamente afectada con la
llegada de la crisis. Sin embargo, esto no se vio reflejado en un aumento
de la tasa de desocupación, debido a los viejos mecanismos de protec-
ción del empleo, especialmente la reducción subsidiada de la jornada
laboral. De esta manera, las cifras sobre la tasa de desempleo ocultan el
estado de situación real del mercado laboral. Uno de estos mecanismos
son contratos temporales de salario reducido, conocidos como mini-
jobs, provenientes de la liberalización de los años 90, y principalmente
de las llamadas reformas “Hartz IV”7. Los sindicatos alemanes le han
atribuido a este sistema un papel clave dentro de la precariedad y el su-
bempleo. Para el 2011, una de cada cuatro relaciones laborales8 entran
en la categoría general de “trabajadores con bajos salarios”. Donde antes
trabajaba uno en condiciones dignas, ahora trabajan cuatro en condi-
ciones muchas veces precarias. De este modo, podríamos decir que en
Alemania prima la máxima “mejor precario que parado”.
7
Reforma laboral alemana del año 2003 que recibe el nombre de Peter Hartz, jefe de
personal de Volkswagen (empresa que propuso la reforma), y que recorta el alcance del
seguro de desempleo. Después de 12 meses de subsidio, el parado empieza a recibir
una suma equivalente a la ayuda social, y solo para quienes no posean ingresos de otras
fuentes, como familiares con empleo o ahorros previos.
8
Rafael Poch, “Alemania tiene 7,3 millones de trabajadores precarios”. La Vanguardia,
13 de diciembre de 2011.

66
Capítulo II: En el capitalismo maduro

d. La periferia en el Norte de África y en el Medio Oriente. El caso


de Turquía
Las regiones que la OIT identifica como Norte de África y Medio
Oriente exhibían en conjunto en 2012 una tasa de desempleo general
que excedía el 10%. Cerca de la mitad de los desocupados eran jóve-
nes. Este era el escenario que predominaba cuando tuvieron lugar los
levantamientos populares en Túnez, Marruecos, Libia y Egipto, deno-
minados La Primavera Árabe. Elevadas tasas de desocupación juvenil se
registraron en Jordania Territorios Palestinos Ocupados, Arabia Saudita
e Irán.
Un caso especial es el de Turquía. Siendo socio fundador de la
OCDE, Turquía ha tenido una historia de crecimiento destacable en
las últimas décadas, con difíciles periodos de conflictos derivados de las
luchas entre musulmanes y laicos. Tras el golpe de estado de 1980, la
economía turca se ha orientado fuertemente hacia el mercado, llevando
a cabo numerosas reformas y haciendo esfuerzos por fortalecer los lazos
económicos con Europa. El desempleo oscila en torno a un promedio
de 8 por ciento entre 1988 y 1999, alcanzando el año 2000 un pro-
medio de 6,7 por ciento, su cifra oficial más baja desde que se toma
registro de este indicador.
Pero la crisis financiera del 2001 –la peor de la historia desde
1945 según el ministro de economía turco9– hizo subir el desempleo
cuatro puntos en dos años. En este contexto de crisis social es elegi-
do para gobernar el partido conservador del islamismo moderado AKP
(Partido de la Justicia y el Desarrollo), teniendo en programa amplias
privatizaciones, desindustrialización, y fomento de los agro negocios
de la mano de la corporación Monsanto. Junto al crecimiento de las
flexibilizaciones laborales, el desempleo se mantuvo entre 10 y 11 por
ciento, entre 2002 y 2007, año en que arremete la crisis financiera.
Según el Banco Mundial, para 2009, el desempleo en Turquía
había crecido un 60 por ciento, alcanzando en este año un promedio de
14,3 por ciento. Al 2010, la empresa privada A&G aseguraba que las

9
BBC News, ‘Worst over’ for Turkey, 4 de febrero de 2002.

67
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

cifras reales de desempleo podían ser el doble de las oficiales10. Dentro


de esta cifra, el paro juvenil ocupa un lugar importante, contribuyendo
la estructura demográfica a mantener la situación. La Unión Europea,
en el informe para la adhesión de Turquía, señala que “la pequeña ca-
pacidad de creación de empleo está claramente vinculada con el desfase
existente entre las cualificaciones de la oferta y la demanda de mano
de obra” (Comisión Europea, 2010). Ya en 2011, los “indignados de
Estambul” protestan en las plazas con pancartas en las que se lee en
español “España, mira, Estambul también se anima”.

iii. Países “promedio”


a. La desocupación en el Reino Unido
De los países más industrializados, el Reino Unido es uno de los
que durante más tiempo ha conservado una elevada tasa de desempleo.
Se trata de uno de los ejemplos más relevantes de los resultados de las
políticas neoliberales aplicadas durante el mandato de Margaret That-
cher entre 1979 y 1990. No es una casualidad que desde 1960 hasta
1975 el desempleo en este país no haya superado nunca un promedio
de 4 por ciento anual, manteniéndose por debajo del umbral del 6 por
ciento hasta 1980.
Para las autoridades del periodo de Thatcher, el paro forzoso fue
considerado como un mal inevitable de la restructuración económi-
ca. El desmantelamiento de importantes ramas tradicionales significó
pérdidas apreciable de puestos de trabajo. El auge de las actividades
financieras, de nuevos servicios y de los negocios suntuarios de Londres
no compensó la pérdida de puestos industriales. A esto se sumó la priva-
tización o cierre de empresas públicas, y el retiro de subsidios. Todo esto
determinó que en 1984 se promediara un 11,9 por ciento de desocu-
pación anual, la tasa más alta desde que se tiene registro. Hacia 1990 el
desempleo había bajado a un promedio de 6,8 por ciento, para retomar
prontamente un nuevo máximo de 10,4 por ciento por ciento en 1993.

Terra (EFE), El desempleo en Turquía se elevó hasta el 14 por ciento en 2009, 2 de


10

marzo de 2010.

68
Capítulo II: En el capitalismo maduro

Las reformas de flexibilización del mercado laboral contribuyen


a que el ciclo económico determine el desempleo en cada periodo, de-
jando el destino de los puestos de trabajo en manos de las fluctuaciones
del mercado y, en particular, a la tendencia seguida por EE.UU. Las
reformas laborales relacionadas con el seguro de desempleo impulsadas
por el Partido Laborista contribuyen desde la década de los noventa a
hacer descender el paro forzoso, llegando en 2004 a un mínimo de 4,7
por ciento, no superando la barrera del 6 por ciento entre 1999 y 2008.
Como uno de los países más golpeado por la crisis sub-prime,
el Reino Unido pasó de un desempleo promedio de 5,4 por ciento el
2008, a uno de 7,8 por ciento el 2009. Según la Oficina Nacional de
Estadísticas, el 2009 se estaba oficialmente en recesión por primera vez
desde 1991. Vuelven entonces los brotes de xenofobia, y se escucha a
los obreros de la energía gritar “UK jobs for British workers” (empleos
británicos para trabajadores británicos). Con la llegada del conservador
David Cameron en 2009 regresan las políticas neoliberales de Thatcher.
A éstas se contraponen voces advirtiendo que reducciones del gasto pú-
blico amenazan con “resultados económicos catastróficos”11. Contraria-
mente a lo esperado, ésta visión es compartida por el FMI.
Ya el 2011 el desempleo juvenil es el más alto desde que se toma
registro (1992), avivando temores de una “generación perdida”. Las
protestas no se han dejado esperar, viéndose multitudes de jóvenes en
las calles. Este mismo año y a raíz de esta situación se empieza a im-
plementar para jóvenes la obligación de trabajar durante un máximo
de dos meses en diferentes empresas, sin retribución de salario, bajo la
amenaza de no recibir las ayudas sociales de desempleo si no se cumplen
las disposiciones del gobierno12.

11
Joseph Stiglitz, “Fiscal conservatism may be good for one nation, but threatens
collective disaster”. The Independent, 15 de junio de 2010.
12
Shiv Malik, “Young jobseekers told to work without pay or lose unemployment
benefits”. The Guardian, 16 de noviembre de 2011.

69
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

b. Dinamarca: La flexiseguridad
Siendo parte del llamado “modelo escandinavo”, Dinamarca se
ha caracterizado por ser un país que ofrece amplias prestaciones sociales
bajo un reconocido Estado de Bienestar. Tras la II Guerra Mundial, la
socialdemocracia consiguió implantar un sistema de seguridad social,
diferente a los establecidos por el modelo de bienestar “liberal” como
los de EE.UU. y Gran Bretaña, o como el de países centro-europeos
(Esping-Andersen, 1990). El modelo nórdico se articula alrededor del
principio de “universalismo”, que pretende ofrecer los mismos servicios
a todos los ciudadanos, estén empleados o desempleados, sean naciona-
les o extranjeros. La característica de este sistema es que solo una estruc-
tura social plenamente empleada puede proporcionar los recursos para
soportar el costo de los programas sociales (Pivotti, 2010).
Con respecto al desempleo, el periodo comprendido entre 1983
y 1993 se caracterizó por un una tasa que no descendió nunca bajo el
6 por ciento, siendo la centro-derecha la coalición gobernante en esta
época. Aunque sí hubo logros como el término de la inflación y del
déficit en la balanza de pagos. Pero un desempleo promedio superior al
10 por ciento amenazaba en 1993.
Es en 1994, con la vuelta de la socialdemocracia al gobierno, que
se implementa la llamada “flexiseguridad”. Este neologismo caracteri-
za un sistema que combina la flexibilidad en el mercado laboral, con
protección social y generosas prestaciones por cesantía. Esta política
logra hacer bajar el paro a un promedio de 4,2 por ciento anual para el
2001. Luego de subir hasta el año 2004, se vuelve a bajar para llegar a
un mínimo de 3,4 por ciento promedio el 2008, no alcanzando el 2 por
ciento en el verano de ese mismo año.
Algunas condiciones sociales y económicas como un bajo nivel de
desigualdad y una buena formación y capacitación inicial, han ayudado
a mantener este esquema, que además del seguro de desempleo incluye
jubilaciones “anticipadas”, subsidio a la contratación, ayudas en la for-
mación, entre otras políticas activas.
Es interesante la comparación en términos de gasto del Estado.
Por ejemplo, mientras Dinamarca gastaba entre un 3 y 4 por ciento del

70
Capítulo II: En el capitalismo maduro

PIB en estas políticas antes del 2008, EE.UU. dedicaba en promedio


apenas un 0,4 por ciento de su PIB. Esto se sustenta a su vez con una
presión fiscal –porcentaje de impuestos en relación al PIB– del 49 por
ciento para el año 2010, siendo el país con mayores niveles impositivos
dentro de la Unión Europea.
De todas maneras, como las exportaciones representan cerca de la
mitad de la economía danesa, la crisis tuvo fuertes efectos en los niveles
de cesantía, subiendo a un promedio de 7,6 por ciento anual para el
2010. En este caso, la alta flexibilidad es un factor que perjudica fuerte-
mente en tiempo de crisis. Es por esto que Holger Nielsen, presidente
del Socialistisk Folkparti (partido más a la izquierda que la socialde-
mocracia) argumentaba que una de las razones del éxito de la llamada
flexiseguridad había sido el desarrollarse en un periodo de expansión
(Séréni, 2009).

c. El desempleo en EE.UU.
Como la economía capitalista más representativa, EE.UU. sufrió
17 recesiones a lo largo del siglo XX. Esto es, una crisis cada seis años
(5,9), según el reconocido National Bureau of Economic Research. Al-
gunas, breves, como en 1990 y 2001, pero otras tan devastadoras, largas
y profundas como la de los años 30 y la última, 2007 …cuyo término,
en 2013 aún no se divisaba. El índice oficial de la desocupación parece
estancado, no se crean suficientes nuevos empleos en territorio norte-
americano. Las grandes compañías que integran el índice Standard and
Poors 500 han aumentado en el mismo período de crisis, (2007-2011)
el ingreso por trabajador ocupado, han reducido sus deudas y tienen en
caja más efectivo que antes de la crisis. Sin embargo prefieren jugar a la
especulación antes que contratar a nuevos empleados.
Bajo el marco de la política keynesiana, Estados Unidos mantu-
vo un bajo nivel de desempleo desde su entrada a la guerra contra las
potencias fascistas (1941) hasta fines de los años 60, pero con la crisis
petrolera de 1973-1974 y la inflación interna, la economía se frenó, el
paro forzoso se elevó y se mantuvo alto durante la mayor parte de los
años 70. La administración Reagan, mediante un fuerte programa de

71
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

rearme, sacó al país de la recesión de los primeros años ochenta. La des-


ocupación empezó a menguar con una economía en auge.
Un nuevo programa de capacitación laboral que se encargó de
dar ocupación a los desempleados, ayudó a “enmascarar” las cifras de
desocupación general. Según el economista Gordon Lafer de la Univer-
sidad de Oregon, estos programas de capacitación fueron “una estrate-
gia política muy útil para evadir la responsabilidad de lo que realmente
debe hacerse. Y eso es darle empleo a los desempleados” (Lafer, 2002).
En los años ochenta, los gastos militares sirvieron como estimu-
lantes de la economía y, a pesar de los recortes en el gasto social, el
crecimiento, financiado con el aumento de la deuda externa redujo la
inflación y el desempleo. Con todo, el número de cesantes seguía sien-
do superior en más de un 40 por ciento al existente antes de la primera
crisis del petróleo. La desocupación se alimentaba con los despidos a
causa de la intensa automatización de los procesos productivos, del des-
plazamiento de producción nacional por la importada, y el desvío de
inversiones hacia el exterior. Estas tendencias se intensifican en la déca-
da de los 80 y se mantienen hasta 30 años después lo que el economista
de Princeton Alan Blinder en 2005 definió como la Tercera Revolución
Industrial.
En 2011, un número considerable de consorcios estadounidenses
continuaban creando puestos de trabajo a través de filiales o contratistas
locales en países con mano de obra especializada y barata en Asia, par-
ticularmente en China. En cambio dentro del territorio las inversiones
se destinaban a sectores altamente apalancados, como el financiero o el
mercado inmobiliario con una deliberada política de expansión mone-
taria, particularmente mediante la ampliación del crédito hipotecario y
de consumo. Esta misma línea continuó durante la administración de
Clinton y Bush.
Una vez que la burbuja inmobiliaria estalló el 2008, Estados Uni-
dos se encontró falto de capacitación, de educación, y de maniobra para
detener la avalancha de despidos masivos. Las nuevas actividades de
servicios privados demandan escasa y más bien calificada fuerza de tra-
bajo, dejando poco espacio para el personal desplazado de las fábricas.

72
Capítulo II: En el capitalismo maduro

La reducción de los ítems sociales del presupuesto federal y el aumento


espectacular de los gastos militares tuvieron en balance neto un efecto
negativo en la ocupación. Para limitarlo se ofrecieron nuevos incentivos
económicos a los jóvenes reclutas para las FF.AA. destinados a servir
como tropas de ocupación en las guerras de Irak y Afganistán.
Desde los ochenta se pueden contar tres ciclos cortos de desem-
pleo, con sus máximos en los años 1992, 2003 y 2011. El primer máxi-
mo de 7,6 por ciento toma lugar después de la recesión de 1990, en
medio de la guerra de Kuwait. El segundo máximo de 6,1 por ciento
se produce dos años después del atentado al World Trade Center, en
medio de la crisis general de la llamada Nueva Economía13. El tercer
máximo escapa de los niveles históricos recientes y se da en un contexto
posterior al estallido de la crisis sub-prime. De un promedio de 4,7 por
ciento el 2007, saltó al doble el 2009, llegando a un promedio de 9,4
por ciento. Para el 2011, el desempleo superaba los dos dígitos.
Desde 1939 que no se perdían tantos puestos de trabajo en Es-
tados Unidos como los destruidos tras la crisis de 2008. Debido a un
incremento en el tiempo de duración de la cesantía, hubo de extenderse
a cuatro años el plazo máximo para clasificar como desempleado. Si se
considera además el subempleo, las tasas llegaron alrededor de 17 por
ciento, siendo los grupos más afectados los afroamericanos y los latinos.
En los años siguientes al momento álgido de la crisis, la desocupación
comenzó a descender lentamente. A pesar de los síntomas de recupera-
ción gradual, las esperanzas de recuperar los niveles de empleo anterior
a la crisis son escasas, según economistas norteamericanos, dado que en
las últimas décadas se ha estado alargando el plazo de recuperación des-
de 20 meses en los años ochenta, hasta más de cinco años en la recesión
iniciada en 2008.

13
Expresión acuñada por el economista estadounidense Brian Arthur a fines de los
90, relacionado al uso de las nuevas tecnologías, el internet, y las consecuencias en la
posición de mercado de las nuevas empresas dedicadas a este mercado. La Nueva Eco-
nomía tuvo un auge con el primario desarrollo de internet, pero decayó con la crisis
de las punto com, contradiciendo la tesis de un crecimiento infinito y permanente de
estos bienes de información.

73
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

iv. Las economías con menores índices crónicos de cesantía


a. Casos en Europa
Dentro de los más industrializados se puede formar un grupo de
países con muy bajo nivel de desempleo. Entre ellos destacan Suecia y
Noruega de un lado, y Austria y Suiza del otro. Japón es un caso aparte.
Suecia tenía una cierta tradición de décadas en políticas para evi-
tar el desempleo masivo. Durante los años treinta los gobernantes sue-
cos estuvieron entre los primeros que aplicaron medidas compensato-
rias que mantuvieron el nivel del empleo y la demanda de consumo. El
sistema de seguridad social estaba más desarrollado que en otros países.
Algunas formas de protección contra los despidos quedaron legalizadas.
El sector público tenía un amplio campo de maniobra financiero y pro-
ductivo. La neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial también
favoreció a Suecia. Bien administrados sus recursos, los gobernantes im-
pulsaron el desarrollo científico y tecnológico y lograron modernizar su
economía.
Se podría decir que a partir del asesinato en 1986 de Olaf Palme,
Primer Ministro y líder del Partido Socialdemócrata y de su ala izquier-
dista, que se comienza a desarmar el Estado de Bienestar sueco. Pero la
crisis fiscal de principios de los 90, que justificó las primeras privatiza-
ciones, más la reducción del gasto público y los beneficios sociales, mar-
caron un punto de inflexión en cuanto a los niveles de desocupación.
Desde 1980 a 1990, el promedio anual de la tasa de desempleo fue de
2,7 por ciento, contra un promedio de 1,9 por ciento entre el 1963 y
1980. Desde 1991 hasta el 2010, el promedio anual se sitúa en 7,3 por
ciento. La diferencia salta a la vista.
El viraje de la socialdemocracia en el gobierno desde los 90 y
la creciente presión de las fuerzas derechistas sustentaron las reformas
económicas que dieron paso a la incorporación de Suecia a la Unión
Europea. La integración económica y la necesidad de competir en el
mercado internacional, fue el argumento neoliberal para conseguir una
reducción en el gasto fiscal y en el tamaño del Estado de Bienestar. A
esto se agrega un aumento en las votaciones de la ultraderecha sueca,
seguido de un creciente ola de racismo dirigido contra los inmigrantes.

74
Capítulo II: En el capitalismo maduro

Sucesivas disminuciones en los recursos para el seguro de desempleo se


suman a este nuevo escenario.
En cuanto a Noruega, la explotación de petróleo del Mar del
Norte y sus altos precios le permitieron disponer de cuantiosos recursos
para una economía pequeña, cambiando diametralmente la situación en
la que se encontraba antes de los 80. La buena administración pública
de esta riqueza, su reinversión en nuevas industrias modernas y la for-
mación de fondos soberanos de ahorro, sumado al control de la cuenta
de capitales, permitió evitar la llamada “enfermedad holandesa”14. Todo
esto permitió que entre 1980 y 1988, la tasa de desempleo no pasara de
un promedio anual de 2,6 por ciento. Entre 1988 y 1992, azotó al país
nórdico una crisis bancaria de proporciones, incrementando el desem-
pleo a un promedio de 5,5 por ciento. Hacia el 2005 y por la abierta
acción de los sindicatos, se conformó por primera vez una alianza de
los laboristas con el partido de la izquierda socialista y con el partido
de centro, cesando la tendencia de la socialdemocracia para identificar-
se con políticas neoliberales, como los recortes sociales y fiscales o las
privatizaciones. Esta alianza comprometió un incremento moderado de
la presión fiscal y la creación de 10.000 nuevos empleos en cuidado de
ancianos15.
La tasa de desempleo bajó a 3,1 por ciento entre el 2006 y el
2010, contra un promedio de 4,6 por ciento entre 1989 y el 2005.
Una jornada laboral de 35 horas, una alta y permanente productivi-
dad, la propiedad estatal de la industria petrolera, una alta carga fiscal,
un banco público que garantiza el crédito, fuerte implantación sindical
y tradición de negociación colectiva, son algunas de las características
que hacen de este país el de menor tasa de desocupación en Europa,
aún después de la crisis financiera. Un fondo soberano creado en 1996
que reúne las ganancias obtenidas por la industria del petróleo, ha per-
14
Expresión acuñada por The Economist en los años 70. Se refiere a una brusca aprecia-
ción de la moneda vinculada a una entrada masiva de capitales, muchas veces asociado
al descubrimiento de yacimientos de recursos naturales como el gas, el petróleo o el
cobre. Esta apreciación resta competitividad internacional a la moneda local a través
de las exportaciones, y debilita el sector transable.
15
Odd Anders, “Noruega: de cómo el pueblo recobró la voz y la socialdemocracia
tuvo que virar a la izquierda”. Revista Sin Permiso, 8 de julio de 2007.

75
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

mitido disponer de recursos que se utilizan en épocas de crisis para la


creación de empleos.
Austria y Suiza mantienen bajos índices de desocupación. Son
países duros en materia de inmigración. Reciben mano de obra impor-
tada, pero en estricta medida de sus necesidades. Cuando ya no la re-
quieren por baja en la coyuntura, cierran sus puertas sin contemplacio-
nes. Durante los años álgidos, además, repatriaron, a un gran número
de trabajadores extranjeros.
Por su parte, Austria se ha caracterizado por mantener un nivel
de desocupación muy estable, oscilando hasta el 2012 entre un pro-
medio mínimo de 3,5 por ciento alcanzado el 2000, y un máximo de
5,2 por ciento el 2005. Una de sus fortalezas es el sistema de indem-
nización por despido, basado en la capitalización individual. Además,
según Eurostat, Austria es el país con el mayor gasto público como
porcentaje del PIB dentro de la Unión Europea para el año 2006. Con
la crisis, el trabajo a tiempo parcial y la reducción del promedio de ho-
ras trabajadas, ha compensado de alguna manera la desocupación real,
impidiendo que se eleve como consecuencia de las repercusiones de la
crisis sub prime.
Por su lado, Suiza presenta las menores tasas de desocupación
europeas en el promedio de los últimos 30 años. La economía suiza
se beneficia de su vecindad con el mercado alemán, se caracteriza por
una alta actividad financiera, reconocida como paraíso fiscal, pero a la
vez posee una industria tecnológicamente desarrollada; paralelamente
posee un amplio sistema de protección social, incluido un generoso
seguro de desempleo. Exhibe uno de los mayores niveles de ingreso por
persona, siendo también su Índice de Desarrollo Humano uno de los
más altos del mundo.

b. Japón: Del empleo vitalicio al trabajo precarizado


Japón exhibe índices que fluctúan alrededor del 3%, durante los
tres decenios considerados. La estadística oficial sugiere que la ocupa-
ción plena es un logro consolidado del capitalismo japonés. No obstan-

76
Capítulo II: En el capitalismo maduro

te, una serie de fenómenos negativos que ocurrieron a fines del siglo XX
y comienzos del XXI deterioraron la economía japonesa y afectaron la
estabilidad en el empleo y demás condiciones laborales y de vida.
El notable crecimiento de la economía japonesa en la postguerra
sufrió un duro impacto a partir del acuerdo del Hotel Plaza (1985),
impulsado por EE.UU. y las potencias europeas. Japón aceptó revalo-
rizar el yen, provocando una seria reducción de los márgenes de ganan-
cias de sus exportaciones y favoreciendo importaciones que afectaron
su producción interna, particularmente su agricultura y su mediana y
pequeña industria. En 1986, las autoridades japonesas admitieron la
existencia de un millón 660 mil desocupados. El índice era el doble del
prevaleciente a comienzos de los setenta. El alto crecimiento del PIB
de las décadas anteriores se transformó en estancamiento. Las medidas
para superarlo, con escasos resultados, se concentraron en una baja in-
édita a niveles de cero en la tasa de interés del Banco Central con una
amplia oferta de dinero a los bancos. Grandes capitales en búsqueda de
ganancias especulativas generaron una burbuja en los precios de los ac-
tivos, terrenos, inmuebles, acciones y otros, la que, al estallar, convirtió
a los años 90 en una década perdida.
Bajo la presión oficial norteamericana, los gobiernos japone-
ses emprendieron reformas neoliberales que tendieron a reducir el rol
orientador cumplido por el Estado, a eliminar regulaciones, disminuir
los beneficios sociales, elevar los impuestos al consumo popular y libe-
ralizar el mercado del trabajo.
En Japón prevalecen arraigados prejuicios racistas que mantienen
cerradas las puertas a la inmigración. Para reducir los salarios y otros
costos laborales y prevenir la eventual escasez de mano de obra por la
baja de la natalidad, Japón intensificó la automatización del trabajo, la
robotización, la reingeniería, la innovación continua en la organización
empresarial y la digitalización en todas las áreas. Cuando esto fue insu-
ficiente para afrontar la competencia de las transnacionales norteameri-
canas y europeas, sus grandes corporaciones trasladaron o construyeron
nuevas plantas operativas en países de Asia de bajos salarios. Con todo,
subsiste el problema de la disminución de la población y el déficit de
fuerza de trabajo.

77
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Una particularidad japonesa es el sistema del empleo vitalicio


(Morishima, 1984). Introducido a comienzos del siglo XX, fue la fór-
mula de los capitalistas para asegurarse una disponibilidad estable de
mano de obra. Usando a menudo el encierro y otros métodos forzados,
impedían que los obreros emigraran en busca de mejores salarios. Los
clanes familiares llamados Zaibatzu, controlaron multitud de empresas,
grandes y pequeñas. Cuando decidían reducir la producción, acorta-
ban las jornadas de trabajo y suspendían las nuevas contrataciones. Sin
embargo, la estabilidad en el empleo se ha deteriorado al paso de las
últimas crisis y al empeño de gobernantes y grandes empresas de aplicar
las recetas neoliberales, suprimiendo o rebajando los derechos laborales,
aumentando los impuestos que gravan a los trabajadores, rebajando los
subsidios de salud y ampliando la proporción de empleos inestables, a
costa de los permanentes. Los acogidos al empleo vitalicio disminuyen
y las nuevas contrataciones son, mayoritariamente temporales, a jor-
nada parcial, a subcontrato u otras formas precarias de trabajo. Este
cambio no se refleja en las cifras del desempleo absoluto.
La Gran Recesión redujo la economía japonesa en el 2009 en
5,3%, la mayor caída entre los países industrializados, según la OECD.
El desempleo absoluto aumentó en una cuarta parte entre 2006 y 2010.
Los salarios y sus beneficios suplementarios que años antes se situaban
por debajo de los patrones europeos occidentales (OIT, 1984, pág. 62)
en 2010 habían retrocedido a los niveles de 1992. Según la OECD,
Japón se encuentra entre los cuatro países miembros de la OECD que
tenían en el 2010 los peores índices de pobreza relativa. Además, las
jornadas laborales eran más extensas e intensas que en los demás indus-
trializados, con menores días de vacaciones anuales. Adquirió carácter
de epidemia, el karoshi, la muerte por agotamiento en el trabajo, de-
bido a las exigencias del ritmo fabril y a la extensión de la jornada. Los
suicidios por causas económicas se incrementaron.

78
Capítulo II: En el capitalismo maduro

II. Las víctimas favoritas


i. El desempleo de larga duración
Los desempleados de larga duración, definidos como aquéllos
que llevan más de un año como desocupados, estaban reduciendo sus
filas y convergiendo a niveles similares a lo largo de los treinta años
considerados. Sin embargo, una observación más atenta revela que la
tendencia empeoraba en los períodos de recesión (1980-87, 1992-97 y
2008-2010). El fenómeno se expresa más acentuado a partir de los co-
mienzos de la Gran Recesión (2008-2009). En España, en 1977 existía
solo un 15,6 por ciento de desempleo de larga duración, el que subió a
un 31,7 por ciento para 1984, en tanto en 1988 el porcentaje superaba
largamente el 40 por ciento de los desocupados. En Europa, en 1985
en doce países cerca del 46 por ciento estaban sin trabajo por un año o
más. Algunos como Bélgica, Holanda o España tenían registros peores.
Para fines del 2011, un 49,3 por ciento de los desempleados en España
eran de larga duración. De estos, un 25 por ciento llevaban dos años o
más sin trabajo siendo la mitad de ellos cabeza de familia.
La desocupación prolongada acarrea una serie de consecuencias
para los afectados. Trae consigo la pérdida del derecho al seguro de ce-
santía, dejando a las víctimas y sus familias en una situación crítica. En
los EE.UU., solo el 34 por ciento de los desempleados se encontraba
recibiendo subsidios en 1985, comparado con el 76 por ciento de diez
años antes. Según ciertas investigaciones (Banks, Ullah, & Warr, 1984)
el deterioro psicológico que provoca estar sin trabajo se transforma en
patológico, después del sexto mes de estar desempleado. El Dr. R. Liem,
psicólogo del Boston College observó que a los pocos meses de la pér-
dida del empleo, las esposas de los cesantes se hicieron más depresivas,
ansiosas, fóbicas y sensitivas que las de los trabajadores ocupados. Otros
autores (Brenner & Mooney, 1983) encontraron alta correlación entre
los índices de mortalidad y el desempleo de larga duración, observados
en EE.UU., Inglaterra, Gales y Escocia. El mismo Brenner demostró
años más tarde una asociación inversa entre el ciclo económico (tenden-
cia a la baja) y la tasa de mortalidad (tendencia al aumento). Mathers
y Schofield (1998) encontraron una mortalidad de 30 por ciento a 50
por ciento más alta entre los cesantes en comparación con los ocupados.

79
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Para el 2009, en EE.UU., la expectativa de vida de un alto ejecutivo su-


peraba en 15 años a la de un desempleado de larga duración (Moriche,
2010). Entre las personas que están cesantes por más de un año y los
suicidios efectivos o frustrados se han establecido relaciones estadísticas
muy estrechas (Platt & Kreitman, 1985). Los problemas de salud más
comunes entre los desempleados son los padecimientos cardiovascula-
res y psiquiátricos, mientras que los trabajadores precarizados padecen
de fatiga crónica y alto nivel de estrés. En Grecia los suicidios se incre-
mentaron un 17 por ciento entre 2007 y 2009 y un 40 por ciento entre
2010 y 2011, coincidiendo con las duras crisis vividas por este país en
estos años (Kentikelenis, y otros, 2011).
El fenómeno de los “desalentados” es una consecuencia del des-
empleo prolongado. En los Estados Unidos, según datos oficiales, en
los años setenta este grupo no superaba las 700 mil personas (Condon,
1986). En abril del 86, había crecido a un millón cien mil. Si se los
hubiera incluido entre los desempleados, el total subiría en un 13 por
ciento.
Es claro que los métodos estadísticos no atienden toda la gama
de situaciones. En agosto de 2010, se estima que 1,1 millones de nor-
teamericanos abandonaron la busca de trabajo, dejando así de ser parte
de las estadísticas de desocupación16. Dentro de este contingente había
dueñas de casa, jóvenes y viejos, matriculados en cursos de aprendizaje;
mujeres inscritas en las oficinas de Bienestar Social, porque aunque lo
desean y necesitan, no pueden encontrar un puesto adecuado que les
permita dejar a sus hijos a un cuidado pagado; personas con limita-
ciones físicas, mentales o sociales que requieren funciones adecuadas
a esas limitaciones; reclusos a los cuales se les niega el acceso a trabajo
remunerado; adultos mayores que se quedan en casa porque saben que
nadie los va a contratar; y otros que deseaban cambiar sus actividades
ilícitas o ilegales.
El desempleo de larga duración y el aumento de los desalentados
sugieren que la crisis de la ocupación es cada vez más un fenómeno
estructural del capitalismo contemporáneo y no un fenómeno pasajero.
Andy Kroll, “En la estacada: desempleados orillados por la crisis”. Revista Sin Per-
16

miso, 5 de octubre de 2010.

80
Capítulo II: En el capitalismo maduro

Antes de la Gran Depresión el desempleo seguía fielmente las curvas


de los ciclos económicos; aumentaba bruscamente en los años de crisis
pero se reducía a un mínimo en el auge o en la recuperación. En cambio
en los años de la Gran Depresión la marca fue rebasada 12 años ininte-
rrumpidamente. Desde 1970 hasta 1986, el índice se superó cada año
(Baran & Sweezy, 1968). En otras palabras, el alto nivel de cesantía de
fines del siglo XX se prolongó por más tiempo, desde los años treinta,
independientemente de los ciclos de auge y recesión.
Pero el desempleo de larga duración no solo afecta a los trabaja-
dores sin calificación. Según Jared Bernstein del Instituto de Política
Económica en Washington, un 44 por ciento de los parados de larga
duración son empleados “de cuello blanco”: gerentes y representantes
comerciales, publicistas, relacionadores públicos, programadores y se-
cretarias ejecutivas17.
Los programas de ayuda gubernamental en tiempos de crisis,
priorizan a los desempleados recientes, argumentando que los antiguos
“han tenido más tiempo para encontrar trabajo”18, consolidando de esta
forma un sector social totalmente excluido y condenado a una existen-
cia degradada. Según la OIT, “la categoría más expuesta a la exclusión
son los desempleados de larga duración”19.

ii. Empleo parcial y desocupación


Los puestos disponibles a jornada parcial o a plazo fijo han veni-
do aumentando en casi todos los países desarrollados, mientras se redu-
cen los contratos a tiempo indefinido. Con su acrecentada importancia
se intensifica la discusión acerca de si puede considerarse “empleo”, o
más bien debe conceptuarse como una forma de “desempleo”. Cabe

17
Andy Robinson, “La imposible búsqueda del sueño americano. Sobre el último
libro de Barbara Ehrenreich”. Sin Permiso, 9 de octubre de 2005.
18
Bernat García, “Entrevista a Javier Orduña, Director general del Servicio Público
Estatal de Empleo”. El País, 19 de agosto de 2009.
19
KOBE (Noticias de la OIT), “La OIT hace un llamamiento a luchar contra el des-
empleo de los jóvenes y otras formas de exclusión social”, Comunicado de prensa. 28
de noviembre de 1997.

81
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

hacerse la pregunta; ¿Alguien que trabaja dos días a la semana, pero


desea hacerlo cinco, debe ser considerado empleado o desempleado? Se-
gún hemos visto, las normas estadísticas generalmente consideran como
ocupados a toda persona que realice a lo menos un trabajo de una hora
a la semana.
Algunos economistas y sociólogos consideran la jornada parcial
como un signo positivo de la sociedad post-industrial. Aducen que las
grandes tiendas, compañías financieras y las fábricas necesitan adaptarse
a los vaivenes del mercado. Lo que no ven estos autores es que esta in-
clinación patronal no tiene que ver con cambios tecnológicos progresi-
vos, sino que son producto de la creciente inestabilidad del capitalismo.
Es consecuencia, ante todo, de la gran disponibilidad de desocupados
que están dispuestos a trabajar por unas horas antes que no tener nin-
gún empleo. Los que consiguen una segunda media jornada terminan
extenuados con diez o más horas al día, considerando los tiempos de
traslado.
No cabe duda que una parte de los trabajadores a tiempo parcial
están satisfechos con la jornada reducida. Puede tratarse de jubilados
prematuros o minusválidos que, con jornada parcial, pueden mejorar
sus ingresos; esposas cuyos maridos tienen empleos fijos e ingresos acep-
tables y que desean este tipo de jornada para compatibilizar las tareas
familiares con ingresos fuera del hogar; jóvenes que estudian y a quie-
nes la jornada parcial les proporciona ingresos para enfrentar los costos
de la educación. No es excepcional que haya desempleados que lo están
por que no encuentran trabajos de acuerdo con su profesión o reciben
ofertas con salarios equivalentes al subsidio o seguro de desempleo. O
bien no faltan los dispuestos a aceptar un “trabajo negro” en que se
arriesga la pérdida del subsidio o penas aún más duras.
Por otra parte, como hemos visto, algunos autores califican de
desempleados voluntarios a quienes rechazan empleos que no tienen nada
que ver con su vocación o con sus estudios; o bien con ofertas de sa-
larios tan bajos que no les compensa perder el subsidio. En verdad es
una situación forzada. En tal situación el subsidio se convierte en un
salario mínimo garantizado, aun cuando esté por debajo del mínimo
vital. El que estos desocupados busquen completar el subsidio del paro

82
Capítulo II: En el capitalismo maduro

con alguna jornada parcial para satisfacer sus necesidades normales no


les quita el verdadero carácter de desempleado.
Una buena parte de las jornadas parciales son directamente for-
zadas y no voluntarias. “La mayor parte del incremento de los trabaja-
dores a jornada reducida, ha ocurrido entre aquellos cuyas horas les han
sido cortadas”, declaraba Janet L. Norwood, encargada de estadísticas
laborales de la Secretaría del Trabajo de los Estados Unidos, en abril de
1986 (International Herald Tribune, 1986). Lo consideraba, por cierto,
como algo preocupante. Los sindicatos a menudo se ven obligados a
aceptar el empleo a jornada parcial para evitar males mayores como los
despidos colectivos o el cierre indefinido de la empresa.
La comparación internacional se hace difícil debido a las distin-
tas metodologías que utilizan los países para medir el subempleo por
deficiencia de horas. Por ejemplo, mientras Australia utiliza como cri-
terio el haber trabajado menos de 35 horas semanales, Canadá fija la
jornada en 30 horas, y República Checa en 40 horas semanales. Hay
países como Japón que consideran también las duraciones estándar de
distintos acuerdos colectivos de trabajo. Por otro lado Austria y Bélgica
utilizan preguntas directas que auto-clasifican a las personas en jornada
parcial o completa, que es el criterio más usual utilizado por los países
de la OCDE. Hay también países como España que mezclan ambos cri-
terios; sin embargo se cuestiona este razonamiento observando el caso
de Chile, en el que muchos ocupados que declaran trabajar “jornada
completa” en realidad trabajan mucho menos de 30 horas semanales.
Para los efectos de comparación internacional, se toma la proporción
de empleos involuntarios de tiempo parcial en el empleo total, en las
estadísticas recopiladas por la OCDE para sus países miembros. El grá-
fico II.II.1 ofrece una comparación entre las economías de la OCDE
(incluido Chile), verificando una alarmante evolución del problema en
varios de estos países.

83
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

gráfico II.II.1
Trabajo parcial involuntario en países OCDE
(porcentaje, empleados parciales involuntarios sobre empleados totales)

fuente: Elaboración propia a partir de OCDE. Stats y la Nueva Encuesta Nacional


de Empleo, INE.
Nota: Para Suiza se consideran cifras de 2010 en vez de 2011. Para Chile se calcula
sobre la base del auto-reporte de la pregunta de tipo de jornada (parcial o completa),
sin considerar las horas trabajadas, pero considerando la voluntad de querer trabajar
más horas (jornada parcial involuntaria).

iii. Jóvenes sin porvenir


“En todos los países occidentales el desempleo entre los jóvenes se
ha convertido en una preocupación mayor”, escribía Le Monde en oc-
tubre del 84. Dos años más tarde, los adolescentes franceses protagoni-
zaban las más masivas y violentas manifestaciones desde Mayo de 1968.
La intranquilidad se extendió a Bélgica, Italia, España, Noruega y otros
países. Aunque los problemas que agitaban a los estudiantes parecían
reducirse a los planes de estudios, costos de la enseñanza y presupues-
tos, nadie dudaba que las movilizaciones estuvieran relacionadas con las
sombrías perspectivas de trabajo al término de sus estudios.
En 1985, doce países de la OCDE registraban unos 10 millones
de jóvenes desempleados. Estos doce países incluían a EE.UU., Japón,
Australia, Canadá, la R.F.A., Francia, Gran Bretaña, Italia, España, Sue-

84
Capítulo II: En el capitalismo maduro

cia, Noruega y Finlandia Si se considera solamente a alemanes, france-


ses, británicos e italianos, la cifra alcanzó a 4 millones y medio. En estos
cuatro países, “desocupación” equivale en gran medida a “juventud”,
puesto que en ella se encontraba un gran número de los parados; el 42
por ciento del total. Sobre la juventud recaía desmedidamente el peso
del desempleo. Su proporción era muy superior al estrato juvenil en la
población total.
A partir de los años de la Gran Recesión, la situación laboral de la
juventud volvió a tornarse insostenible. Según la OIT a fines del 2009
había 81 millones de jóvenes desempleados. En el Reino Unido, a fines
del 2011, la tasa de desempleo juvenil era más del doble de la tasa ge-
neral (20 por ciento contra 8 por ciento). En la suma de España, Italia,
Grecia, Portugal e Irlanda, la población juvenil cesante subió al 30 por
ciento. En España, al 50 por ciento. En Italia, la tasa de desempleo juve-
nil llegó al 28 por ciento contra el 9 por ciento para toda la población.
Un caso dramático en EE.UU. es el de los veteranos más jóvenes
de las últimas guerras de Irak y Afganistán; se trata de unos 2,2 millones
de ex soldados. Entre ellos la desocupación es un 50 por ciento mayor
que en el caso general y uno de cada diez solo consiguió trabajo par-
cial, a pesar de que una tercera parte completó estudios universitarios.
100.000 de estos veteranos vivían en la calle.
Los millones de jóvenes europeos y norteamericanos que no en-
cuentran ocupación son en su casi totalidad egresados de las escuelas
medias o institutos técnicos, tienen cuando menos diez o doce años
de estudios. Mientras no consigan el primer empleo no tienen acce-
so a subsidios. A diferencia de la Gran Depresión del siglo pasado, a
comienzos del siglo XXI la cesantía golpea también a los graduados
universitarios, incluidos quienes alcanzaron un doctorado. Entre los
profesionales más afectados se encuentran pedagogos de todos los nive-
les, ingenieros, arquitectos, médicos, psicólogos, graduados en ciencias
sociales. Una gran decepción se difunde entre los jóvenes respecto al
valor de la educación superior. A las universidades las llaman “fábricas
de desempleados”. La falta de puestos de trabajo para la juventud aca-
rrea otras consecuencias personales y sociales, además de dificultar las

85
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

necesidades materiales. Se aplazan los proyectos matrimoniales, se frena


el deseo de tener hijos.
En la RFA, desde 1980 a 1985, si la desocupación general se elevó
2,6 veces, el número de cesantes con título universitario aumentó 2,9
veces (Marx J., 1987). La falta de puestos de trabajo para la juventud
acarrea otras consecuencias personales y sociales, además de dificultar
las necesidades materiales. Se aplazan los proyectos matrimoniales, se
frena el deseo de tener hijos. Las estadísticas registran una baja vertical
de los casamientos y de la natalidad. Durante la actual Gran Recesión,
luego de su tercer año, en España, Grecia y Portugal se registró la emi-
gración de miles de jóvenes científicos o altamente calificados.
El cierre de fábricas, la decadencia de las zonas industriales plan-
tea a las nuevas generaciones otra dramática alternativa: permanecer en
su medio ambiente natural sin porvenir o abandonarlo y emigrar hacia
la incertidumbre. Al reducirse drásticamente los puestos de trabajo en
las usinas, los hijos de los obreros tienen que emigrar.
El desempleo juvenil está asociado al incremento de la delincuen-
cia. Se sabe que hay un camino directo del desempleo al consumo y al
tráfico de drogas. Para obtenerlas o para venderlas, se recurre al robo
con violencia y al crimen. En Italia, en los ochenta los jóvenes droga-
dictos amenazaban con trasmitir el SIDA jeringa en mano, a los tran-
seúntes que no les entregaban dinero.
La prolongada falta de trabajo produce en el joven un profundo
sentimiento de frustración. Para explicar el caso de un joven desemplea-
do que se arrojó al río en la ciudad industrial de Johnstown, en USA,
un amigo suyo comentó a la prensa: “Uno está leyendo todo el tiempo
sobre los jóvenes que se suicidan. Es lo que pasa cuando no se tiene
futuro. Todo comienza cuando uno se va a la cama en la noche y sabe
que no tiene nada que hacer a la mañana siguiente”.
En los países desarrollados los jóvenes negros, latinos, árabes y
asiáticos son los que se llevan la peor parte en la crisis del empleo. En los
Estados Unidos, las estadísticas oficiales mostraban para 1983 que entre
16 y 19 años frente al 21 por ciento de cesantes entre los blancos, había
un 30 por ciento entre los de origen hispano y un 51 por ciento entre

86
Capítulo II: En el capitalismo maduro

los afroamericanos (Boorstein, 1984, pág. 202). Después de más de


dos decenios las proporciones no han cambiado. Resultados similares se
encuentran entre los jóvenes inmigrantes o entre la segunda generación,
nacidos en Europa Occidental.

iv. La mujer en busca de trabajo


Desde la crisis petrolera de 1974-75 se registró un intenso movi-
miento de las mujeres desde los hogares a los mercados de trabajo. “El
cambio que probablemente tenga el mayor impacto en nuestra sociedad
es el incremento explosivo en el número de mujeres trabajadoras”, decía
un informe especial de la Oficina de la Mujer del Departamento de
Trabajo de los Estados Unidos. Se calcula que dos tercios de los nuevos
puestos de trabajo creados entre 1973 y 1983 fueron ocupados por mu-
jeres, con menores salarios que los hombres. Para 1995 se preveía que el
80 por ciento de todas las mujeres norteamericanas mayores de 20 años
estarían trabajando por una remuneración.
Al ingresar al mercado del trabajo las mujeres se encuentran con
los mismos problemas de los hombres, pero agravados. En Italia, en
1985, mientras los hombres tenían un índice de desocupación de 10,4
por ciento, las mujeres tenían el 17,7 por ciento. Entre los quince países
del mundo con mayor IDH, según el PNUD 2006, nueve de ellos mos-
traban un desempleo más alto entre las mujeres que entre los hombres.
En el 2011, según el economista Vicenç Navarro (2012) esa cifra había
aumentado a 3 millones. Una razón importante: La falta de escuelas de
infancia y servicios domiciliarios, debido a la insuficiente prioridad que
los gobiernos fijan para estos servicios sociales.
Las ocupaciones disponibles para las mujeres a menudo son a jor-
nada reducida, por temporada o por suplencia. Cuando la mujer con-
sigue este tipo de trabajo, con su pareja en empleo estable y bien remu-
nerado, se puede decir que el trabajo parcial o temporal es una opción
voluntaria. En tanto esposa o madre puede, aunque no sin tensiones,
combinar sus tareas domésticas con una ocupación que le signifique un
aporte al ingreso familiar.

87
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

La situación es distinta cuando la pareja está cesante, o con baja


remuneración, o bien se trata de madres solteras, separadas o divorcia-
das que deben asumir como jefes de hogar. En tales casos la ocupación
a tiempo parcial o por temporada, es claramente insuficiente para sos-
tenerse a sí misma y a los hijos. Muchas madres deben recurrir forzosa-
mente a la ayuda social.
Las nuevas tecnologías, tal como se están imponiendo, amenazan
a las mujeres de quedar sin trabajo. Ellas tienen actualmente la parte
predominante de los puestos en los servicios. En las oficinas, la produc-
ción, procesamiento, almacenamiento y transmisión de datos son cada
vez más computarizados y automatizados.

v. Ausländer raus, Nègres dehors20


Las minorías raciales y nacionales y los trabajadores extranjeros
inmigrantes están entre los más afectados por la cesantía. Por ejemplo,
en España cuando la tasa general del paro en abril de 2009 era de 15
por ciento, entre los inmigrantes alcanzó al 28 por ciento. Además son
acusados de ser culpables del alto desempleo que afecta a los locales.
A comienzos de los años 80 no menos de 20 millones de trabajadores
laboraban en países distintos de su nacionalidad. Las cifras de migrantes
han continuado creciendo a un ritmo elevado. Según datos del PNUD
(2009), entre los países industriales receptores, los mayores incrementos
se registraron en Australia, EE.UU. y Canadá, seguidos por los de Euro-
pa Occidental. Entre las cinco ciudades del mundo con mayor número
de residentes extranjeros están: Miami, Los Ángeles, Nueva York y las
canadienses Vancouver y Toronto. Londres y París con el 28 por cien-
to y el 23 por ciento respectivamente figuran en el 9º y 10º lugar. En
Europa Occidental, ya en los años sesenta, Suiza y Austria, presionados
por una notoria falta de mano de obra no calificada, fueron pioneros en
aceptar considerables flujos de trabajadores extranjeros.
En los EE.UU. la desocupación ha sido mayor entre los afro-
americanos que en los blancos especialmente en las épocas de recesión.

20
“Extranjeros fuera” (expresión alemana), y “Negros fuera” (expresión francesa).

88
Capítulo II: En el capitalismo maduro

Dentro de los de más edad se encuentra una proporción elevada de


desalentados. Entre los jóvenes, el desempleo era más del doble que
entre los blancos (OIT, 1984). Entre los de origen hispano –mexica-
nos, puertorriqueños, cubanos, centroamericanos y otros– la tasa era
alrededor de un 50 por ciento mayor que el promedio general (US
Department of Labor, 1984). Las minorías viven en las zonas donde
la desocupación golpea más fuerte: industrias en declinación, ciuda-
des afectadas por cierre de plantas, trabajos menos calificados. Negros,
chicanos, puertorriqueños, dominicanos forman altos contingentes de
las familias de más bajos ingresos. Así el incremento del desempleo ha
aumentado el número de pobres. Entre los afectados por los despidos,
los negros y otras minorías fueron los primeros. Se argumenta que son
los que tienen menos antigüedad y calificación. Por otro lado a ellos
les cuesta más que a los blancos volver a conseguir trabajo, son los que
permanecen más tiempo en la cesantía o en mayor proporción pasan a
las filas de los desalentados.
En Europa Occidental, a comienzos de los 80 se encontraban
unos 6,3 millones de trabajadores extranjeros. La mayor parte provenía
del sur y este de Europa o del norte de África. Alrededor de un tercio ve-
nía de otros continentes. Los turcos radicados en la R.F.A. constituían
el principal contingente, le seguían yugoeslavos e italianos; en Francia
los argelinos; en Suiza, los italianos (OIT, 2004, pág. 106). En la déca-
da de los noventa se desencadenó una verdadera avalancha de polacos,
rusos, ucranianos, rumanos, búlgaros y de otras naciones de Europa
Oriental huyendo, no del comunismo sino del desempleo y el deterioro
del nivel de vida, originados por el restablecimiento del capitalismo. Se
calculaba en unos 500 mil estos trabajadores extranjeros, remunerados
con una fracción de los salarios vigentes, habitando en cuartos atestados
y trabajando largas horas extras sin ningún derecho legal.
La mano de obra extranjera ha llegado a ser insustituible para la
economía de diversos países industrializados. Según los datos PNUD
(2009) en Suiza, el 22 por ciento de toda la población es inmigrante; en
Austria alcanza al 14 por ciento; en EE.UU. el 13 por ciento; en Alema-
nia el 12,9 por ciento, en Suecia el 12,3 por ciento. Varios más superan
el 10 por ciento, entre ellos Francia, Holanda y España.

89
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Según el cuidadoso estudio presentado por el PNUD en 2009,


los inmigrantes contribuyen a aumentar el empleo, no a disminuirlo ni
a desplazar a los nacionales, puesto que son nuevos consumidores ma-
sivos que expanden el mercado interno. Esto explica que la publicidad
en EE.UU. dirigida al mercado latino haya tenido un gran crecimiento.
Los autores del Informe concluyeron que los inmigrantes afectan muy
poco a los niveles de salarios. Los poco calificados llenan puestos de
trabajo que los nacionales rechazan, como son el cuidado de niños o
ancianos, hoteles, restoranes, además de trabajos pesados y prolongados
en la construcción, minería e industria pesada. En EE.UU., incluso los
inmigrantes irregulares, aportan miles de millones de dólares al Tesoro,
por impuestos a sus consumos y a sus ingresos y otro tanto a los capita-
listas por la diferencia de salario respecto a un nacional.
Los demagogos y las corrientes ultranacionalistas, para desviar
la atención de los trabajadores de las causas estructurales de las crisis
económicas y el desempleo, culpan a los inmigrantes de todos los males
económicos además de la delincuencia y hasta de enfermedades conta-
giosas. Como resultado de las intensas campañas racistas, las encuestas
encargadas por el PNUD 2009 muestran que menos del 10 por ciento de
los consultados está dispuesto a permitir el ingreso de los inmigrantes
sin condiciones mayores; alrededor de un 45 por ciento se inclinan por
autorizar la entrada, a condición de que haya disponibilidades de traba-
jo; y otra proporción similar se pronuncia por restringir o prohibir lisa y
llanamente el ingreso de trabajadores extranjeros o devolverlos a su país
de origen. Y, esto a pesar de que, según lo prueban las estadísticas, son
los inmigrantes los primeros y los que más sufren el desempleo.
En una parte de la población arraiga la idea errónea de que la
solución al paro forzoso pasa por expulsar a los extranjeros o dificul-
tarles al máximo su permanencia. Del aumento de la desocupación y
la pobreza y de prejuicios racistas se alimentan los partidos europeos de
extrema derecha que han incrementado su peso político hasta alcanzar
fuertes posiciones gubernamentales o parlamentarias en unos ocho paí-
ses. Entre éstos llama la atención los casos de Austria, Suiza y Noruega,
donde el desempleo es bajo e imperan duras restricciones a la residencia
permanente de extranjeros, a pesar de lo cual la xenofobia atrae a parte

90
Capítulo II: En el capitalismo maduro

no menor del electorado. Las medidas policiales o restrictivas generales


se justifican como parte del combate al “terrorismo” o a los que profesan
otras religiones y practican costumbres diferentes a las nacionales. Lo
cierto es que a pesar de que en algunos países la inmigración de trabaja-
dores está suspendida y en otros se procede a repatriaciones masivas, los
índices de desempleo siguen siendo graves.

III. Tendencias de largo plazo en el empleo


i. Cambios tecnológicos en la agricultura
En lo tocante a la agricultura, la tendencia de largo plazo ha sido
la disminución de las fuentes de empleo. Cuando, en los años sesen-
ta, después de la Revolución Verde se creía agotadas las posibilidades,
nuevas revoluciones tecnológicas han seguido incrementando aún con
mayor intensidad la productividad del trabajo, de la tierra y de otros
recursos, aun cuando algunas de sus aplicaciones han causado graves
trastornos ecológicos. Solo en la década de los ochenta, la productivi-
dad del trabajo agrícola creció más de un 28 por ciento (Rifkin, 1996).
La mecanización de las faenas desde la preparación de las tierras,
la fumigación, el riego, la siembra, las nuevas variedades de semillas,
la cosecha, la guarda y el transporte, avanzó transformando incluso la
calidad y variedad de los frutos. A fines del siglo XX se inició una nueva
etapa con la utilización de métodos y equipos automáticos o semiau-
tomáticos que remplazan o reducen aún más el trabajo humano. La
aplicación de las nuevas tecnologías en desarrollo pretende desplazar no
solo recursos humanos sino también las tierras de labranza, fertilizantes
y la utilización de muchas materias primas agrícolas naturales, lo cual
ha de afectar a agricultores en todo el mundo, como ha sucedido ya en
el caso del azúcar natural remplazada por endulzantes o saborizantes
artificiales.
Las tecnologías contemporáneas orientadas por las grandes trans-
nacionales van asociadas al control de grandes extensiones de tierra, de
agua, de fuertes inversiones de capital, para lo cual se proponen desalo-
jar de sus tierras a campesinos y granjeros. Los pequeños agricultores se

91
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

ven cada vez más incapacitados para competir con los grandes terrate-
nientes o poderosos consorcios arrendatarios. Endeudados o arruinados
deben abandonar el campo, sin saber cómo vivir fuera de su hábitat.
Los precios a nivel de los predios de la producción agropecuaria
tienden a la baja ante el incremento de las cosechas y la reducción de los
costos que logran los grandes cultivadores, baja que no se traslada a los
precios que paga el consumidor final. El Tratado Internacional que creó
la Organización Mundial del Comercio (OMC) favoreció las exporta-
ciones de los grandes productores de alimentos hacia los países donde
los pequeños productores locales no podían competir con estas nuevas
importaciones, como lo ilustra el caso de los campesinos mexicanos
frente a la importación de maíz norteamericano. En resumen, como ya
lo había advertido Karl Marx, “la producción capitalista al desarrollar
la tecnología y al agrupar en un conjunto social la acción de procesos
diversos, agota las fuentes primigenias de cualquier riqueza: la tierra y
los trabajadores” (Marx K., 1975).

ii. Restructuraciones en la industria


En las diversas ramas industriales –las manufacturas, la minería,
la construcción–, también se ha registrado una tendencia decreciente en
la creación de empleos. En el total de estas actividades y para el conjun-
to de los países de la OCDE, el descenso de la ocupación, tanto abso-
luto como relativo, ha sido pronunciado. Tal ha sucedido, por ejemplo
en ramas como textiles, maquinaria eléctrica y astilleros. En los EE.UU.
desde 1979 a 1983, los puestos de trabajo disminuyeron en textiles,
astilleros y plantas automovilísticas en 419.000. En Gran Bretaña en
los mismos años la reducción alcanzó a 557.000 considerando las tres
ramas anteriores, más maquinaria eléctrica y carbón. Según los datos de
la OIT, la proporción de trabajadores industriales en la población activa
disminuyó entre los años 1973 y 1981 en 17 países desarrollados. Por
otra parte, las estadísticas de la OCDE revelan que entre 1970 y 1984
la proporción de empleos industriales en el total nacional bajó de 34 a
28 por ciento en Estados Unidos y Canadá, mientras en Europa Occi-
dental se redujo de 39 a 32 por ciento. Entre 1997 y 2010 el empleo

92
Capítulo II: En el capitalismo maduro

manufacturero en EE.UU. se redujo en 6 millones de puestos. Entre


1998 y 2010 el número de empleos cayó en 35 por ciento.

iii. Traslado de plantas al exterior y cierres en el interior


El argumento de que la competencia extranjera es la causa del
desempleo se utiliza a menudo con dos objetivos: culpar a los sindicatos
por su defensa de los “altos” salarios o bien culpar a China de expor-
tar a precios de dumping. Como solución se aboga por medidas pro-
teccionistas, pero a estas últimas se oponen las propias transnacionales
norteamericanas que son las principales importadoras y fabricantes por
medio de filiales o por encargo. Las filiales operan fábricas que fueron
virtualmente trasladadas al exterior. En 1977, el Congreso Norteameri-
cano sobre Latinoamérica (NACAL) identificó la transferencia de 680
fábricas electrónicas, de ellas 193 a México, 140 a Puerto Rico, 120
al sudoeste asiático (Hong Kong, Taiwán, Singapur) y el resto a otros
países de Asia, el Caribe y la periferia de Europa (Boorstein, 1984). Un
ejemplo típico: General Electric disminuyó su personal en los Estados
Unidos en un 18 por ciento mientras lo incrementaba en el exterior en
un 27 por ciento.

iv. Las multinacionales alientan la desindustrialización


El traspaso de fábricas al exterior no es la única causante de la
decadencia de la industria estadounidense como fuente de empleos en
los países desarrollados. Una razón importante es también el cierre de
plantas que se dejan morir porque las ganancias y los fondos de amor-
tización resultan ser más rentables colocados en otros negocios. Estos
pueden ser inversiones financieras, compra y venta de empresas com-
pletas, transacciones bursátiles, operaciones en moneda extranjera, se-
guros, bienes raíces. La adquisición de otras empresas o la fusión entre
ellas se convirtió en una verdadera fiebre que generó enormes beneficios
para los especuladores por concepto de diferencias en las cotizaciones
de acciones, comisiones, elevación de las tasas medias de ganancia o
simplemente para asegurarse las ventajas de la concentración de capi-

93
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

tal y del control de los mercados. Las fusiones y las compraventas de


grandes paquetes de acciones volvieron a experimentar un auge en la
crisis financiera y la gran recesión de fines del primer decenio del nuevo
siglo. Sus principales compradores son los multimillonarios árabes del
petróleo, los nuevos magnates de Asia y América Latina y los Fondos
Soberanos de China y de otros países.
Año tras año más compañías se transforman en “conglomerados”
multinacionales. Se trata de grandes consorcios que explotan negocios
de la más variada índole y no necesariamente relacionados productiva-
mente entre sí. Los conglomerados están estrechamente relacionados
con los bancos y compañías financieras. Su especialidad es comprar y
vender empresas, transferir capital de una rama a otra en busca de las
máximas y más rápidas ganancias.
Las multinacionales se encuentran en óptima posición para lidiar
con los sindicatos, pues cada uno de éstos cubre solo una parte pequeña
de los trabajadores que operan para un conglomerado y a menudo, se
encuentran totalmente ignorantes unos de otros aunque trabajen para
el mismo patrón. Cada sindicato puede estar en huelga mucho tiempo,
pero eso afectará una parte reducida de la actividad total y de las ganan-
cias de un conglomerado. El cierre de empresas y despidos de personal
se ve facilitado cuando se trata de conglomerados. Estos pueden tomar
decisiones que afectarán a miles de personas, ciudades y regiones, no
necesariamente porque estén perdiendo dinero, sino porque pueden ga-
nar más, colocando capital en otras empresas o efectuando inversiones
en acciones o bonos.

v. Las nuevas tecnologías


Las tecnologías asociadas a la electrónica, la informática, las tele-
comunicaciones o la ingeniería genética, a las que se agregan la nano-
tecnología y las nuevas energías, están en el centro del debate sobre la
automatización y el futuro del trabajo humano. Los nuevos métodos
productivos se refieren también al remplazo de materias primas tradi-
cionales por materiales artificiales o sintéticos, más baratos, eficientes y
mejor aprovechados. La ingeniería genética comenzó a provocar efectos

94
Capítulo II: En el capitalismo maduro

negativos no solo en los empleos de la agricultura y ganadería, sino


también en la industria alimenticia, la farmacéutica y la química. Como
consecuencia de la automatización, la computación y la tendencia a
crear procesos integrados, surgió la reingeniería de todos los procesos
productivos integrados con la administración, las finanzas y la venta.
Un resultado inesperado fue la brusca reducción del número de niveles
jerárquicos y el despido de gran número de mandos medios.
Una característica general de la automatización computarizada es
que además de reducir el costo total del trabajo humano, incrementa de
manera notable la capacidad instalada de producción. Esto es debido al
funcionamiento mucho más rápido de la cadena integrada que en los
viejos equipos. En algunos casos una máquina computarizada sustituye
a varias de las antiguas; en otros casos, una nueva unidad eleva la capaci-
dad anterior de la firma. Pero el principal objetivo de reducir los costos
laborales no va tanto en bajar los precios al consumidor, sino en incre-
mentar las ganancias por trabajador. En no pocos casos, una baja de 50
por ciento en esos costos, condujo a triplicar el nivel de las ganancias.
A menudo se afirmaba en los 80 que los sistemas computarizados
debían dar origen a abundantes puestos de trabajo en las industrias
productoras de nuevos equipos. “Las industrias de alta tecnología lo
están haciendo bien, pero ellas abarcan una parte pequeña de la deman-
da de trabajo”, afirmó en contrario, el Labor Department. Un cálculo
arrojó que si la producción de estas ramas llegara a aumentar en un 87
por ciento, el número de obreros a ocupar solo aumentaría en un 29
por ciento (Forester, 1989, pág. 393). Por otro lado, hay que tener en
cuenta que transnacionales de alta tecnología del hardware, como Intel,
Hewlett-Packard, Mitsubishi, Samsung y los más recientes gigantes del
software, como Microsoft, Apple, Google, también estaban trasladan-
do o creando plantas o laboratorios en países de bajos salarios. Pero
no se trata siempre de los bajos salarios, hay otras razones. El propio
Steve Jobs reconoció ante el Presidente Obama que Apple contaba con
700.000 trabajadores en fábricas chinas subcontratadas y que eso se
debía a que en China había disponibles los más de 30.000 ingenieros
necesarios para asistir a esos operarios, que en EE.UU. no existían en
cantidad suficiente (Isaacson, 2011, pág. 679).

95
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

vi. Los robots invaden las fábricas


“Un manipulador reprogramable, multifuncional, cuyo cometi-
do consiste en desplazar de un sitio a otro materiales o piezas sueltas,
herramientas o equipos especializados, mediante movimientos variables
programados a fin de efectuar diversos trabajos”. Así define a los robots
industriales el Instituto Estadounidense de Automática (OIT, 1984,
pág. 194).
Derivada de la palabra checa “robota” (esclavo), popularizada por
el escritor Karel Capek, las patentes más antiguas registradas de robots
en EE.UU. datan de 1954, pero el primer robot controlado por mini-
computador fue vendido en 1974 (Ayres & Miller, 1989, pág. 275).
Fueron los japoneses los primeros en utilizarlos masivamente en la in-
dustria; en 1977, la primera generación estaba operando en Japón, eran
muy primitivos, pues solo registraban tres movimientos, dos lineales y
uno circular.
Vienen luego los “inteligentes” que mediante sus órganos de per-
cepción pueden detectar cambios en el entorno de trabajo y actuar to-
mando decisiones, en un ámbito determinado (Hudson, 1989, pág.
267). En estos autómatas se encontrará la inteligencia de un niño de
tres años; podrán reconocer objetos, tomarlos y desplazarlos. La tercera
generación mejora notablemente sus órganos sensoriales de visión y re-
troalimentación, que les permite actuar según las variaciones del medio.
Los robots “inteligentes” pueden comunicarse entre sí por medio de la
voz, el lenguaje programado, tienen visión tridimensional, son sensibles
al color, procesan datos y resuelven problemas. Un robot inteligente
remplaza cuatro puestos humanos de trabajo, funciona las 24 horas del
día y su costo se amortiza en un año (Rifkin, 1996).
Amenazando con los robots, el presidente de la General Motors
afirmó: “Por cada aumento de un dólar en el costo de un hora de tra-
bajo, conviene introducir 1.000 nuevos robots” (Boorstein, 1984, pág.
105). Lo que ocultó el señor Smith es que aunque los obreros no recla-
men un centavo de aumento, igual amenaza se cierne sobre ellos con la
baja previsible de los precios de los robots. Tampoco dijo que los autó-

96
Capítulo II: En el capitalismo maduro

matas no se cansan, pueden trabajar las veinticuatro horas del día, no


reclaman, no hacen huelgas, ni pertenecen a sindicato alguno...
Para las diferentes operaciones y ramas industriales las estima-
ciones del desplazamiento del trabajo vivo varían considerablemente.
Algunos cálculos conservadores insisten en que la pérdida de empleos
será en promedio de 1 a 2 personas, por cada robot, y que esto se com-
pensaría con las plazas de supervisión, control y mantenimiento. Pero
según estudios realizados en el Reino Unido y Alemania por expertos
independientes, se estima un mínimo de 0.8 hasta 6.2 trabajadores des-
plazados por unidad de autómatas, frente a una relación de 0.25 hasta 1
por unidad, la creación de nuevos puestos. La fabricación y utilización
de robots se ha expandido en Alemania. Desde 1993 hasta 1996 se
calcula que el número de robots aumentó 60 por ciento en la industria.
Como consecuencia, un millón de obreros calificados y 60.000 ingenie-
ros fueron desplazados (Gortz, 1997).

vii. Los servicios crean y reducen empleos


Desde mediados del siglo XX, las ramas económicas definidas
como servicios se convirtieron en grandes receptoras de nuevos empleos
en la misma medida que se reducían los puestos de trabajo en la agricul-
tura y en la industria. Hay consenso de que el enorme crecimiento de
la productividad del trabajo en las ramas de la producción material ha
permitido a su vez satisfacer nuevas necesidades, deseos o nuevas cos-
tumbres de una masa creciente de consumidores en todo el mundo. Se
han expandido y diversificado las demandas de educación, salud, viajes,
comunicaciones, recreaciones, servicios comerciales, seguros, crédito,
etc. Desde el punto de vista del empleo, los servicios han llegado a con-
centrar hasta cuatro quintas partes de los puestos de trabajo existentes
en los países desarrollados. Es lo que se ha denominado la economía
postindustrial.
Sin embargo la misma inestabilidad cíclica en los puestos de tra-
bajo que sufren los trabajadores manuales del campo y de las fábricas
y el mismo impacto asociado a la mecanización, la automatización y

97
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

otras tecnologías, se han extendido a los asalariados no manuales de los


servicios, sin importar su grado de calificación, técnica o profesional.
En los países de la OCDE los puestos de trabajo en los servicios
comenzaron a expandirse en los años sesenta. Entre 1973 y 1984, la
parte de la población laboral que les correspondía pasó del 51,5 por
ciento al 59,9 por ciento (OCDE, 1986). Según los datos de esta mis-
ma fuente, dentro del sector terciario, al desglosarse las cifras de creci-
miento por grupos, se encontró que los servicios públicos –estatales o
locales– aumentaron más rápidamente que los privados.
En el sector de servicios de mercado, a medida que las tecnologías
electrónicas iban penetrando, el efecto de ahorro de personal era igual
o más fuerte que el efecto “expansión” de los servicios. Por ejemplo, se
calculó que cuando los bancos británicos introdujeran cajeros automá-
ticos el empleo total se reduciría en 12 por ciento del existente en 1983
(Ayres & Miller, 1989).
Los servicios públicos, durante los años setenta fueron grandes
receptores de fuerza de trabajo, pero la tendencia menguó en los ochen-
ta. En algunos países alrededor de la mitad de la fuerza de trabajo estaba
concentrada en la enseñanza, la salud y otros servicios sociales públicos.
Estos sectores han sido el blanco predilecto de las políticas de austeri-
dad de los gobiernos. Recortes presupuestarios debilitaron la cantidad y
calidad de los servicios, reduciendo el personal. En su remplazo se han
promovido servicios privados pagados. Las privatizaciones significaron
hacer el mismo trabajo con menos gente. El secreto no estuvo tanto en
las nuevas tecnologías o mejor organización, sino en la reducción de las
remuneraciones y la extensión de la jornada de trabajo, aprovechando
la abundante mano de obra sobrante.

viii. Crisis cíclicas y estructurales


Junto al proceso de restructuración industrial y al impacto de las
nuevas tecnologías, el ciclo económico, es un factor altamente influyen-
te en los niveles de desempleo de los países capitalistas desarrollados.

98
Capítulo II: En el capitalismo maduro

El crecimiento global de las economías desarrolladas ha tenido


fuertes altibajos cíclicos. En las dos primeras décadas de postguerra
(1948-68) estas oscilaciones se manifestaban en forma atenuada, gracias
al papel activo de los gobiernos con sus políticas anti-cíclicas. En las dos
siguientes se hicieron más pronunciadas. Se experimentaron dos graves
recesiones –1974-75 y 1980-83– hasta entonces, las más agudas desde
los años treinta. A continuación tuvo lugar la llamada Crisis Asiática
(1997-1999) que comenzó como colapso de crédito y endeudamiento
y se extendió a la esfera productiva. Pero la más grave de todas desde
la Gran Depresión de los años treinta, fue la llamada Gran Recesión
iniciada en 2007, como derrumbe financiero en EE.UU. y Europa la
que, tras breve respiro en 2010, continuaba en 2011 y 2012 con claras
señales de estancamiento en EE.UU. y un segundo retroceso más grave
en diez miembros de la Unión Europea (Navarro, 2012).
En todo el período de cuatro años desde el comienzo de la crisis
financiero en 2007, la economía norteamericana creció apenas un 9%,
mientras Latinoamérica lo hizo en 35% y China en 77%. Esta consi-
derable disminución de la tasa de expansión del PIB norteamericano
explica el alto desempleo que mantenía EE.UU. –12,5 millones de des-
ocupados en agosto 2012–, más de 8% de la población activa, mientras
la Europa del euro, afectada con una segunda recesión, contabilizaba 18
millones de desempleados en la misma fecha.
En 2012 continuaban los anuncios de despidos masivos: En el
Reino Unido, 25.000 nuevas desvinculaciones solo en el sector finan-
ciero de Londres; En EE.UU., Hewlett-Packard comunicó que 30.000
empleados serían dados de baja; el Servicio Postal notificó de despido
a 13.000 de sus trabajadores. En España, la Federación de Empresarios
de Instalaciones Deportivas advirtió que el alza del IVA causaría el cie-
rre de 800 gimnasios y la pérdida de 4.000 empleos21.
La Gran Recesión está confirmando otro fenómeno. La curva de
los ciclos tiende a modificarse: descensos más abruptos y profundos se
combinan con recuperaciones más lentas. Estos rasgos han dado origen
a la denominación de “economías reptantes”, que se aplica al capitalis-
21
Noticias del periódico El Mercurio, 10, 18, 19 de mayo de 2012 y 4 de septiembre
de 2012.

99
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

mo más antiguo, en notorio contraste con algunas naciones emergentes


de Asia, América Latina y África que están mostrando ritmos de creci-
miento muy superiores a las del capitalismo maduro.
La Gran Recesión está entonces modificando el ranking del PIB
de las naciones. Japón bajó del 2º al 3º lugar, y se calcula que el Reino
Unido bajará del 5º al 7º, Italia, del 7º al 10º, Canadá del 9º al 11º,
Corea del Sur del 13º al 14º; en cambio China ya pasó del 3º al 2º lu-
gar y se espera que Brasil suba del 10º al 5º, Rusia del 11º al 8º, India,
del 10º al 9º y Australia, del 15º al 12º lugar. Es lo que según el FMI
ocurrirá entre 2007 y 2017.
Durante las recesiones y depresiones, mientras millones de per-
sonas no cuentan con suficientes medios de vida para subsistir, para-
dojalmente se considera que la capacidad es excesiva. Hay complejos
fabriles, maquinarias y equipos paralizados, tierras sin cultivar, mientras
las bodegas están repletas de mercancías sin vender. El ocio forzado de
millones de trabajadores representa de por sí una inmensa fuerza pro-
ductiva desaprovechada.
Las multinacionales y los multimillonarios de todos los continen-
tes admiten que cuentan con enormes sobrantes de dinero efectivo que
no están disponibles para ampliar el empleo ni aportar con impuestos
para financiar la ayuda social. Sin embargo estos fondos frecuentemente
se destinan a distribuir dividendos entre sus accionistas, a otorgar pre-
mios entre sus ejecutivos, a apoderarse de compañías debilitadas o en
quiebra, a acrecentar sus cuotas de mercado o para apostar a ganancias
aún mayores mediante la especulación con títulos financieros.
La insuficiente demanda por bienes que deja recursos producti-
vos ociosos tiene entre sus causas últimas las desigualdades sociales que
se van arrastrando desde hace décadas. La distribución de los ingresos
entre los diferentes estratos de la población es otro factor estructural
En el gráfico siguiente se muestra cómo los trabajadores han venido
perdiendo en la repartición de los ingresos en Europa.

100
Capítulo II: En el capitalismo maduro

gráfico II.III.1.
Participación de los salarios en el valor agregado de la economía en UE-15
(porcentaje)

fuente: Cassiers (2009).

Ello se evidencia también en los EE.UU. donde los salarios reales


han mejorado poco a lo largo de los últimos decenios. En cambio, en
1936-39, la remuneración media anual de los presidentes ejecutivos de
las corporaciones que fue de 1,1 millón de dólares, se mantuvo estable
hasta 1970-79, pero en 2000-2005 había subido a 9,2 millones (Jen-
ter & Frydman, 2010). Por su parte Robert Reich, ex Secretario del
Trabajo anotó que en 1928 el 1% más rico de EE.UU. concentraba
el 23% de la riqueza nacional cifra que en la década del 70 estaba por
debajo del 10%, mientras que en 2007 volvió a superar el 23%. “No es
casualidad –comenta Reich– que los dos grandes crashes hayan ocurri-
do inmediatamente después de alcanzar la mayor cota de desigualdad”
(Reich, 2010).
La desigualdad, junto con ser una de las causas de fondo de la cri-
sis, se agrava con la misma. La actual crisis puso al descubierto las noto-
rias diferencias en la recuperación de las grandes compañías estadouni-
denses, en comparación con la gran mayoría del resto de la economía.

101
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Los ingresos por empleado, las ventas, ganancias y saldos en efectivo


de las compañías del índice Standard & Poor’s 500 aumentaron entre
el 2007 y el 2011 en 11,4%, 17,1%, 22,7% y 49,4% respectivamente.
En cambio, la contratación de empleados sólo aumentó en 5,1%. Una
parte del millón y cien mil nuevos empleos de que se jacta Obama, en
verdad se reclutaron en el exterior por las filiales y subsidiarias de las
500 grandes (Thurm, 2012).
A pesar de la interdependencia creciente entre las economías
nacionales, se acentúa la rivalidad competitiva, el proteccionismo, la
inestabilidad monetaria y financiera. El enorme gasto armamentista
del Pentágono distrae recursos para atender las necesidades colectivas
y preludia nuevas guerras de intervención –como en el caso de Libia–
por la posesión de las riquezas naturales. La acumulación de las deudas
exteriores y los enormes recursos públicos destinados a rescatar a los
bancos se financian a cuenta de los que sufren los recortes sociales, a los
cuales se les acusa de vivir por encima de sus posibilidades. Las políticas
impuestas por el gobierno Merkel de Alemania y sus aliados europeos,
en conjunto con el Banco Europeo y el FMI sobre Grecia, España y
otros países de la zona euro, han reducido los salarios, las pensiones y
los beneficios sociales, han aumentado los impuestos al consumo, sin
importarles la explosión de los niveles de desempleo a niveles records.
La incertidumbre posterga las decisiones de largo plazo que son deter-
minantes para las inversiones productivas, las innovaciones, las nuevas
tecnologías. Mientras tanto, los desequilibrios internacionales e inter-
nos incuban nuevas recesiones, convulsiones sociales e inestabilidad
política.
Las crisis cíclicas se agravan por otras contradicciones estructura-
les que también se arrastran hace décadas y en algún momento explo-
tan. Como se ha mencionado el déficit fiscal provocado por la carrera
armamentista es un ejemplo. Además, la OCDE en un informe sobre
EE.UU. considera que el desempleo de larga data, especialmente de los
jóvenes, es estructural, por lo cual su solución requiere una profunda
reforma educacional.
Otro problema estructural es el encarecimiento explosivo del pe-
tróleo y sus derivados, resultado de una crisis energética que anticipa el

102
Capítulo II: En el capitalismo maduro

agotamiento de otros recursos naturales no renovables. Ello se inscribe


dentro de un problema más amplio: los daños que ocasiona la irracio-
nal explotación capitalista de las fuentes de agua, los bosques, la tierra,
los yacimientos minerales y la atmósfera. A lo anterior se agregan los
efectos desastrosos que se proyectan por el calentamiento global, cau-
sado por la acción humana sobre el medio ambiente, la contaminación
tóxica, la desertificación creciente, la desaparición de especies, todo lo
cual nos enfrenta a una catástrofe ecológica que pone en peligro la vida
sobre el planeta. Además, ella presiona los costos de producción de las
empresas, causando una inflación general de precios que se atribuye
erróneamente a los salarios de los trabajadores.
El “pleno empleo” ya no figura más entre las prioridades de las
cúpulas gobernantes, a pesar de los llamados insistentes de la OIT, aca-
démicos y organismos de estudios. Un 6 por ciento de desocupación es
considerado como pleno empleo, en circunstancias que no pocas eco-
nomías muestran que es posible tasas muy inferiores. La prioridad es la
“flexibilidad laboral”, destinada a eliminar los resguardos que poseen
aún los asalariados, para conservar sus puestos. Se trata de reducir los
costos del trabajo, por todos los medios, para aumentar las ganancias
del capital. Los despidos masivos y rápidos, son parte de esta estrategia,
ayudan a mantener los salarios a raya y debilitan la resistencia de los
trabajadores, por el temor a los despidos.

IV. ¿Adiós al proletariado?


i. Los trabajadores se movilizan
“John no tiene calificación. Está demasiado viejo para reentrenarse en otro traba-
jo. Está deprimido. Pasa sentado la mayor parte del día sin saber qué hacer. Aún
no se decide si tendrá derecho a una pensión. En todo caso si la recibimos, eso
nos dará sólo para cubrir la mitad de nuestras necesidades. No tenemos tampoco
seguro médico. Si nos enfermamos o nos accidentamos no tendríamos para pagar
un hospital. Y eso cuando estamos en una edad en que el cuidado médico es vital
para nosotros.”
Testimonio de Nora Beight en el Congressional Subcommitte on Employment
Opportunities, Warren, Ohio, Estados Unidos, 3 de Marzo 1986.

103
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

La lucha por el derecho al trabajo ha sido una constante y ha


adoptado los más variados métodos. Principalmente se ha dirigido con-
tra los despidos y por la estabilidad en los puestos de trabajo; pero tam-
bién en demanda de más amplias compensaciones o indemnizaciones,
seguro y protección a los desempleados; contra la introducción de tec-
nologías que provocan pérdidas de empleos o, al menos, por reubicar
a los desplazados en otros puestos; por jubilaciones anticipadas, por la
creación de nuevas y duraderas fuentes de trabajo. Las campañas por la
reducción de la jornada laboral, por el aumento del descanso y las vaca-
ciones y por el acortamiento de la edad para jubilar, tienen además de
su valor en sí mismas, la proyección de crear nuevos puestos.
En los setenta y ochenta, la batalla contra la cesantía se llevó
a cabo en medio de una gran revolución tecnológica que debilitó al
movimiento obrero organizado en sus bases tradicionales, los grandes
centros fabriles. A fines de los setenta, los trabajadores comenzaron a
enfrentar las consecuencias de la introducción de la electrónica en sus
puestos de trabajo.
En mayo de 1984, el gobierno británico anunció el cierre de vein-
te minas de carbón y el despido de 20.000 trabajadores. Se inició así
uno de los conflictos más dramáticos de la historia sindical de Gran
Bretaña. La huelga duró un año y paralizó las tres cuartas partes de la
producción del país. El gobierno Thatcher se empleó a fondo para que-
brar la resistencia de los mineros. Hubo frecuentes y violentos choques
con la policía. Con todo, la huelga no logró impedir las exoneraciones.
El movimiento sindical se dividió frente al conflicto, igual que la opi-
nión pública. La derrota de los mineros del carbón fue un duro golpe a
todo el movimiento sindical británico, del cual le ha costado reponerse.
En las huelgas contra el cierre se movilizaban no sólo los obreros.
En el conflicto de los mineros británicos, las esposas y los hijos parti-
cipaban en las movilizaciones callejeras, en los choques con la policía y
la recolección de ayuda. En numerosas localidades, ciudades y regiones,
la solidaridad se extendió a otros sindicatos, partidos políticos, iglesias,
pequeños empresarios, jubilados, municipios y gobiernos regionales,
todos los cuales se sentían perjudicados por los cierres de industrias.

104
Capítulo II: En el capitalismo maduro

La solidaridad entre los obreros asumió nuevas formas. A pesar de


que en muchos países las leyes las prohíben, las huelgas de solidaridad
se llevaban a cabo con mayor frecuencia. Los mineros del carbón de
Gran Bretaña recibieron apoyo eficaz de los ferroviarios y portuarios,
quienes se negaron a transportar mineral procedente de ultramar. Otro
tanto sucedió con los metalúrgicos y gráficos de la R.F.A. que recibieron
ayuda inesperada de parte de otros sindicatos y organizaciones sociales.
Durante la ocupación de la fábrica de tractores Caterpillar de Escocia,
las colectas públicas en apoyo a los ocupantes se realizaron con éxito
incluso entre los espectadores de encuentros deportivos. Católicos y
protestantes, laboristas y conservadores solidarizaron con los obreros.
Numerosas expresiones de solidaridad internacional se manifes-
taron en varios casos. Durante la huelga de los gráficos británicos con-
tra el consorcio Times, en un momento los empresarios trataron de
quebrar el conflicto mediante la edición del periódico vía satélite en
Frankfurt (R.F.A.). La medida fue frustrada gracias a la intervención
de los sindicatos de la R.F.A. En el largo enfrentamiento de los mineros
británicos, los portuarios de Australia se negaron a cargar carbón para
Gran Bretaña. Los mineros soviéticos entregaron un día de trabajo para
sus colegas. Se hicieron colectas en las calles de Estocolmo. Los sindi-
catos franceses acogieron en sus campamentos de vacaciones a los hijos
de los mineros. La ocupación por los obreros de Caterpillar en Escocia
promovió expresiones de apoyo en otras plantas, como en Grenoble
(Francia); Charleroi (Bélgica) y Davenport (EE.UU.); los sindicatos
rehusaron producir los tractores que Caterpillar (Escocia) dejó de fabri-
car. Los obreros de Grenoble efectuaron un paro de dos horas (Bechtel,
1987).
Con todo, desde los años ochenta hasta la mayor parte de la pri-
mera década del nuevo siglo, la implantación del modelo neoliberal con
ayuda de las nuevas tecnologías, logró debilitar la lucha de los asalaria-
dos. En condiciones de inestabilidad en los puestos de trabajo, prácti-
cas antisindicales de los empresarios y alto número de desempleados,
la movilización de los asalariados se volvió más difícil. El número de
huelgas, la cantidad de participantes y los días no trabajados por es-
tas causas muestran cifras muy inferiores a las registradas en los años

105
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

sesenta y principios de los setenta. Un estudio del profesor Bordogna,


de la Universidad de Milán, dio cuenta de un declive de la actividad
huelguística en los noventa, con respecto a las décadas precedentes. Este
continuó durante la primera década del nuevo milenio (Bordogna &
Cella, 2002).
Sin embargo, dentro de este cuadro general hubo excepciones
significativas. Una de ellas fue la gran huelga en 1997 de los camioneros
(Teamsters) de la United Parcel Services; con sede en Atlanta, EE.UU., la
huelga tuvo lugar durante 15 días y su organización y dirección sindical
fue tan efectiva que obtuvo un triunfo notable en el logro de sus de-
mandas; entre ellas cabe mencionar el traspaso al empleo fijo de 10.000
trabajadores temporales. Fue una primera gran victoria contra la sub-
contratación y las discriminaciones que genera, también un triunfo de
los trabajadores contra la corrupción de los dirigentes sindicales apatro-
nados.
La valiosa experiencia de los teamster de la UPS contribuyó a un
viraje que se venía gestando en el accionar de la cúpula y las bases de
la Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizacio-
nes Industriales (AFL-CIO). Después de décadas de sometimiento a las
posiciones del gran capital norteamericano y a sus intereses mundiales,
los líderes de la AFL-CIO mostraron un cierto grado de independencia
frente a las posiciones de las transnacionales y de los gobiernos. La AFL-
CIO se opuso a los Tratados de Libre Comercio, tales como el NAFTA
(EE.UU., Canadá y México), el ALCA (EE.UU. con América del Sur).
Una prueba de este rechazo fue “la batalla de Seattle”, en noviembre
de 1999, donde destacó en las calles la participación organizada de los
siderúrgicos y de otros sindicatos nacionales y su rudo enfrentamiento
con la policía. Esa organizada y masiva presencia sindical junto a otros
grupos opositores significó una dura derrota para Clinton y los promo-
tores de la globalización neoliberal.
La disminución de las huelgas legales en el sector industrial en
comparación con épocas pasadas, contrastó con el aumento de las
movilizaciones de los trabajadores de los servicios, particularmente en
sectores estratégicos como el transporte –aéreo, subterráneo, ferrovia-
rio, camionero–, las telecomunicaciones y en ramas del sector públi-

106
Capítulo II: En el capitalismo maduro

co, como la enseñanza, la salud, correos, la administración municipal,


incluido servicios claves como el retiro de basura. Los conflictos han
desembocado en huelgas generales de servicios vitales, o huelgas “sal-
vajes” pasando por encima de leyes represivas y prohibiciones. Estas
paralizaciones y otras formas agudas de lucha que han generado fuertes
enfrentamientos con las fuerzas policiales, no dejan indiferentes a los
ciudadanos y constituyen un abierto desafío a los gobiernos y su orden
público. Por su masividad estas movilizaciones adquieren un carácter
político, de mayor proyección que las confrontaciones al interior de las
empresas o en ramas industriales determinadas.
A partir de la Gran Recesión de 2008 los trabajadores del sector
público, además de los sindicatos más conscientes del sector privado,
vieron que la solución neoliberal a la crisis del sistema se descargaba so-
bre ellos, en la forma de drásticas reducciones de sus puestos de trabajo,
recortes o congelaciones salariales, reducción de derechos y beneficios
sociales. En el Reino Unido, ante el anuncio del gobierno conservador
de eliminar 700.000 cargos públicos se realizó una de las mayores huel-
gas de su historia, la que protagonizaron dos millones de trabajadores.
En Francia, la huelga general de marzo del 2009 convocó a tres millo-
nes de adherentes. En Italia, la huelga general de 2011 contra Berlusco-
ni marcó el comienzo de su caída. Las masivas, reiteradas y combativas
paralizaciones generales en Grecia durante más de un año ocuparon las
primeras planas de los periódicos del mundo. En Francia, después de
la derrota de Sarkozy, las organizaciones populares criticaron las vacila-
ciones y el incumplimiento de las promesas del gobierno socialista de
Holland.
Durante la Gran Recesión de fines del primer decenio y comien-
zos del segundo, nuevos movimientos populares espontáneos e inorgá-
nicos surgieron en Europa y Norteamérica. Los “Indignados” de España
u “Ocupemos Wall Street”, expresiones de una directa protesta contra
los causantes de la crisis económica simbolizados en los directivos de los
bancos e instituciones financieras, rechazan las políticas de austeridad
que significa recortes de empleos y ayudas sociales o a la impunidad ante
los fraudes financieros. En la heterogénea composición de estos movi-
mientos es notoria la participación de jóvenes desempleados, profesio-

107
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

nales y técnicos que se entremezclan con obreros sindicalizados y otros


sectores. Aunque sin una clara orientación política y con indefiniciones
sobre su futuro, estos movimientos revelan una profunda insatisfacción
por la miseria y la desigualdad social, una creciente desconfianza en las
instituciones gubernativas y en el rumbo de la política económica.

ii. ¿Qué propone el movimiento sindical?


Desde fines del decenio de los 70, los sindicatos lograron algunos
éxitos en la lucha contra el desempleo. Uno de los puntos principales
colocados en los pliegos de peticiones fue la estabilidad en el puesto de
trabajo.
Es interesante el caso de los trabajadores postales de los EE.UU.
Ellos tenían una cláusula contraria a los despidos en su convenio co-
lectivo firmado en 1971. Durante las negociaciones para 1978-81,
los empleadores trataron de eliminarla, pero finalmente se allanaron a
mantenerla. La cláusula establecía los requisitos que debía cumplir la
gerencia antes de que el despido se materializara: reducción al mínimo
de la jornada de sobre-tiempo, derecho a jubilación para el afectado, si
tenía la edad, noventa días de aviso al sindicato y otras medidas (OIT,
1982, pág. 164).
En Estados Unidos, a finales de los ochenta, los sindicatos de
Ford y General Motors habían logrado en las negociaciones compromi-
sos para la seguridad en el empleo. Entre ellos la estabilidad en el traba-
jo en caso de nuevas tecnologías o traslado de inversiones al exterior, co-
misiones paritarias para administrar fondos de readaptación profesional
y la ubicación de trabajadores sobrantes a otros frentes de trabajo. En el
caso de la fábrica Saturno, la más automatizada de la General Motors,
los trabajadores obtuvieron garantías contra los despidos y el derecho
del sindicato a avalar tales casos, sólo en condiciones de fuerza mayor.
A medida que avanzaba el decenio de los ochenta la estabilidad
en el trabajo era lo que preocupaba a los sindicatos. En muchos casos
las cláusulas transitorias de no despidos se hizo a costa de concesiones
en materia de salarios y otras reivindicaciones. Los resultados de las ne-

108
Capítulo II: En el capitalismo maduro

gociaciones bilaterales entre patrones y empleados, en general, fueron


pobres. De allí que el movimiento sindical empezó a buscar soluciones
por la vía legislativa. Al finalizar los ochenta esas soluciones tampoco se
habían realizado.
Frente a las nuevas tecnologías ahorradoras de mano de obra, los
sindicatos demandaban que se les avisara con suficiente anticipación.
Querían tener derecho a intervenir en la toma de decisiones ya en la
etapa del diseño de las racionalizaciones y proponer soluciones alter-
nativas que minimizaran el efecto sobre los despidos. Como paliativos,
los trabajadores plantearon las jubilaciones anticipadas, sin pérdida de
ingresos, y el financiamiento por cuenta de los empleadores de los cur-
sos de reciclaje. A menudo se lograron indemnizaciones extraordinarias
para los desempleados.
Algunos progresos se obtuvieron en la reducción de la jornada
semanal. En diversas ramas y países se lograron reducciones a 38 y hasta
35 horas semanales. Se impuso la tendencia a la contratación por la jor-
nada anual, ganándose una ampliación de las vacaciones pagadas. En la
reducción de las jornadas, los trabajadores ven beneficios también para
los cesantes y los jóvenes que buscan su primer contrato. El Sindicato
Metalúrgico de la RFA aseguró que al haber logrado la reducción de la
jornada, permitió la creación de 100 mil nuevos puestos de trabajo en
la industria (Hull, 1987, pág. 3).
En general, los sindicatos de los distintos países desarrollados pro-
pugnan que se eleven las asignaciones para la educación general y profe-
sional, con vista al dominio de las nuevas tecnologías; construir o sub-
sidiar la adquisición de viviendas y la reparación de las viejas. Reclaman
el mejoramiento de los servicios públicos de salud; la reconstitución de
la infraestructura de los transportes públicos, carreteras, calles, puentes,
alcantarillado; favorecen también la inversión para el mejoramiento del
medio ambiente. Insisten en que se trata de necesidades urgentes, a la
vez que su realización crearía abundantes fuentes de trabajo.
En los años 80 el movimiento sindical europeo estuvo participan-
do en forma activa en las campañas contra los gastos militares. Con-
signas como “Empleo en lugar de Cohetes” y “Pan en vez de Bombas”

109
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

menudeaban en los desfiles obreros y pacifistas. Medidas efectivas para


reducir la carrera armamentista figuraban en los programas de las cen-
trales sindicales de muchos países.
Se perfilaba un movimiento hacia una mayor colaboración in-
ternacional entre sindicatos, se buscaban formas de coordinación en la
lucha por reivindicaciones comunes entre sindicatos de distintas sucur-
sales internacionales.
“Nuestro rol en la Federación Internacional de Trabajadores Me-
talúrgicos –puntualizó su presidente Hermán Rebhan– es reconciliar el
choque de intereses de los distintos sindicatos nacionales, porque, a lar-
go plazo, sólo hay una respuesta al poder internacional de las corpora-
ciones y éste es el poder internacional de los sindicatos”. A similar con-
clusión llegó un Congreso de los Siderúrgicos Norteamericanos: “Ha
llegado el momento de que el movimiento sindical forme un poderoso
frente mundial unido para tratar con las multinacionales. Para enfrentar
este desafío nuestro sindicato llama a una coordinación internacional
de la contratación colectiva”.
El estallido de la burbuja de la subprime en EE.UU., en 2007,
cogió de sorpresa a la clase trabajadora, tanto como a la mayoría de los
economistas, hombres de negocios y funcionarios de Washington. El
abrupto aumento de los despidos que vino a continuación en Nortea-
mérica como en Europa, obligó a los sindicalistas a revisar sus opiniones
sobre la economía y la desmedrada posición en que se encontraban los
trabajadores, particularmente en los países más ricos.
La Confederación Internacional de Sindicatos (Internacional Tra-
de Union Confederation, ITUC), creada un año antes, y que asegura
representar a 175 millones de asalariados en 153 países, emitió en 2009
la Global Union London Declaration en la cual denunció la supuesta
autorregulación de los mercados financieros como un fraude en contra
de la economía real. Esta organización global, ante el Encuentro Anual
de 2012 del FMI y el Banco Mundial acusó a los gobiernos de causar
el retroceso de 2012 debido “al giro prematuro hacia la contracción
fiscal y las políticas de austeridad que cortan la demanda global y el
crecimiento”. También culpó a los gobiernos y las instituciones interna-

110
Capítulo II: En el capitalismo maduro

cionales de fracasar en la reforma del sistema financiero, “disfuncional


e insuficientemente regulado”. Reconoció que las desregulaciones del
mercado laboral contribuían a prolongar las recesiones.
En relación con la desocupación, la ITUC propuso un paquete
de siete medidas: 1) Postergar los recortes fiscales, 2) Generar ingre-
sos en vez de reducir gastos, 3) Impuestos progresivos a las rentas, im-
puestos financieros y control de la evasión, 4) Restructurar las deudas
hipotecarias de los hogares y la deuda soberana para aliviar su carga,
5) Proteger y promover los servicios de salud y educación, 6) Incremen-
tar las inversiones públicas, especialmente en la “economía verde” para
contrarrestar el cambio climático y 7) Regular el sistema financiero glo-
bal, especialmente las remuneraciones excesivas de sus altos ejecutivos,
controlar las “áreas en la sombra” donde operan los hegde funds y la eva-
sión tributaria; controlar a las agencias de rating y los paraísos fiscales;
poner fin a los oligopolios, implantar el Impuesto a las Transacciones
Financieras y apoyar a la banca cooperativa y otros servicios públicos de
apoyo a la economía real.
La Confederación Europea de Sindicatos, por primera vez desde
su fundación, manifestó su rechazo a un nuevo tratado europeo. Se
refería al discutido intento de obligar a los gobiernos más débiles a so-
meterse a los funcionarios de la Unión, quienes tendrían capacidad de
revisión y veto en materias presupuestarias y fiscales internas.
La Federación Sindical Mundial que afirma contar con la adhe-
sión de 82 millones de trabajadores en 120 países presentó en 2009
un plan anticrisis consistente en los siguientes puntos: 1) detener los
programas de armamentos, reducir el gasto militar, poner fin a las in-
vasiones y a las guerras de agresión contra otros países, 2) Ejecutar in-
versiones públicas y abrir puestos de trabajo con plenos derechos labo-
rales, 3) Aumento de salarios y pensiones, aumento de recursos para
protección social, salud, educación y reducción de la jornada laboral,
sin pérdida de derechos 4) Prohibir los despidos y otorgar ayuda a los
desempleados, 5) Detener las privatizaciones de sectores estratégicos, 6)
Respetar los derechos laborales de los jóvenes, mujeres e inmigrantes y
7) Cancelar la Deuda Externa del Tercer Mundo.

111
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

iii. La crisis del sindicalismo


Los cambios ya expuestos en páginas anteriores han desemboca-
do en una reducción considerable del número de adherentes a los sindi-
catos, en relación al total de la fuerza de trabajo de los respectivos países.
Esta tendencia se ha generalizado a lo largo de las tres últimas décadas.
La creciente demanda de fuerza de trabajo administrativo e in-
telectual en desmedro del manual, la mayor participación en fábricas
y talleres de mujeres sin tradición sindical, la incorporación de nuevos
contingentes procedentes del campo, el aumento de los trabajadores
científicos, profesionales y técnicos, la expansión del ejército de desocu-
pados, la presencia de los inmigrantes, son todos factores que modifi-
caron profundamente el contexto en el que se desarrollaban las luchas
de los sindicatos de “cuello azul” durante la primera mitad del siglo
pasado.
Las nuevas tecnologías con su destructor impacto sobre los an-
tiguos centros fabriles y sus grandes concentraciones de trabajadores
manuales; las posibilidades que ofrecen de reducir y dispersar las ins-
talaciones manufactureras; la transformación de las grandes compañías
industriales en conglomerados, con su multiplicidad y aparente desco-
nexión entre los distintos centros de trabajo y el fortalecimiento de las
multinacionales son otros tantos desafíos vitales que enfrenta el sindica-
lismo en los países desarrollados, los cuales se presentan también en los
emergentes de forma creciente.
Los cambios de estructura de la fuerza de trabajo, las nuevas tec-
nologías y la ofensiva contra los trabajadores organizados, entre otras
causas, explican el descenso del número de afiliados a los sindicatos, en
ramas y países. Según datos de las oficinas gubernamentales, las orga-
nizaciones laborales norteamericanas perdieron 2,7 millones de miem-
bros entre 1980 y 1984, alrededor del 10% de sus efectivos.
El dirigente de la IGM, la poderosa sindical metalúrgica de Ale-
mania, Horst Schmitthenner ha sido uno de los propulsores de una
“refundación” del sindicalismo, adaptada a los nuevos tiempos22. Salvo

22
Le Monde Diplomatique, junio 1999.

112
Capítulo II: En el capitalismo maduro

en los países escandinavos donde la adhesión a los sindicatos se ha man-


tenido elevada, entre los años 1985 y 1995 tal adhesión bajó de 48% a
36% en Italia; de 51% a 41% en Austria; de 51% a 26% en Portugal;
de 46% a 33% en el Reino Unido; de 41% a 29% en Alemania y de
15% a 9% en Francia. Sus causas principales son el desempleo y las
prácticas anti sindicales de las patronales. Los gobiernos social-libera-
les y los partidos socialdemócratas tratan que sus dirigentes sindicales
adopten “moderación” en sus demandas salariales y de empleo. Tal es
el sentido de los nuevos pactos sociales. La socialdemocracia no busca
derrotar el liberalismo económico sino tan sólo amenguar sus negativos
efectos. Para contrarrestar la natural tendencia hacia la solidaridad in-
ternacional de los trabajadores, se les insta a que los sindicatos se sientan
responsables de la “competitividad nacional”, aceptando rebaja de sus
salarios en menoscabo de sus derechos.

Gráfico II.IV.1
Tasas de sindicalización promedio por años
(como porcentaje de trabajadores remunerados)

Fuente: Elaboración propia a partir de la Trade Union Membership Statistics 2011,


OIT.
Nota: Para Canadá y Nueva Zelanda se utilizan dos fuentes diferentes para ambos
periodos. Para Irlanda se utiliza como fuente la Quarterly National Household Survey y
para Reino Unido se utilizó sólo los datos de Labour Market Trends.

113
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Lo que hay es una nueva etapa del capitalismo que se inició con la
crisis energética y orientó para sus fines la revolución científico-técnica
de los sesenta. Al igual que en la Revolución Industrial de comienzos
del siglo XIX, la restructuración económica de este último fin de siglo
tiene sus víctimas.
También se está alterando cuantitativamente la composición del
proletariado industrial en el mundo, a medida que crecen los obreros de
los países en desarrollo. Pero, los asalariados, pese a la diversificación de
profesiones y oficios, de ingresos y modos de vida, tienen una esencia
común: forman parte de un polo, el trabajo, frente al otro, el capital. La
contradicción entre ambos puede atenuarse en determinados períodos,
pero no suprimirse en los marcos de un sistema en que el poder está ra-
dicado en el capital, mientras los asalariados son marginados de la toma
de decisiones fundamentales. Es el propio capital con su ofensiva de los
últimos decenios, el que estimula la lucha de clases. Una prueba de ello
es el resurgimiento de las huelgas generales, convocadas por las centrales
nacionales unidas a pesar de sus diferencias ideológicas, en los países
europeos como Francia, Portugal, Grecia Italia y España, entre otros.
El desempleo y la precariedad de los puestos de trabajo es un
ejemplo. Su carácter cada vez más crónico afecta la existencia de los
trabajadores, cuya calidad se deteriora, empeorando su salud física y
mental, aumentando los suicidios y disminuyendo la esperanza de vida.
Los que viven de su trabajo se ven compelidos a meditar sobre sus cau-
sas. Está claro que ellas trascienden el marco estrecho de la empresa o la
rama. Están ligadas a la política de los gobiernos, a la orientación de la
ciencia y las tecnologías, a los sistemas de enseñanza, al destino del gasto
público, al comercio internacional, al sistema monetario, a la relación
con los países del Tercer Mundo.
Los sindicatos y sus afiliados se ven presionados a pronunciar-
se sobre el rumbo de la economía y de la política. Terrorismo, medio
ambiente, inversiones extranjeras, sistema financiero, proteccionismo,
libertades políticas, derechos humanos, sea a nivel del sitio de trabajo,
la comuna, la nación o el ámbito mundial. Las centrales sindicales están
bajo campañas de sometimiento, desaliento, conformismo y despresti-
gio, cada vez que asumen posiciones independientes de la patronal o de

114
Capítulo II: En el capitalismo maduro

los gobiernos. Por cierto, no pocos errores han cometido y a veces han
caído en la defensa de intereses estrechos o inmediatistas. Por lo tanto,
necesitan ganar a la opinión pública, conquistar aliados, comprometer-
se con las necesidades de otros segmentos de la sociedad: estudiantes,
mujeres, pensionados, agricultores, ambientalistas, pacifistas. La alianza
y coordinación del movimiento sindical –el único capaz de agrupar el
más numeroso contingente de masas en cada país desarrollado (donde
los asalariados son la aplastante mayoría de la población)– con otros
movimientos democráticos de masas es una combinación poderosa.
Todo indica que la batalla contra el desempleo crónico, por el derecho
al trabajo, será larga y difícil para los trabajadores. Requerirá de ellos
mayor cultura política, compromisos internacionales, nuevas alianzas,
tácticas inéditas y sobretodo, una visión alternativa de nueva economía
y sociedad donde el derecho y la necesidad de trabajar estén garantiza-
dos.

115
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

CAPÍTULO III: EL DESEMPLEO EN LATINOAMÉRICA

I. El panorama en los años setenta


En los decenios previos, América Latina aplicó políticas de sus-
titución de importaciones, fomento industrial, expansión educacional,
nacionalizaciones y regulaciones a sus sectores exportadores estratégicos
e integración interna. También aprovechó en alguna medida el creci-
miento económico de Europa, Japón y Estados Unidos posterior a la
Segunda Guerra Mundial.
Como consecuencia de lo anterior, entre 1950 y 1980, América
Latina creció económicamente a una tasa media de 5,5 por ciento pro-
medio al año, cifra inferior a las economías del Sudeste asiático pero
superior a la de los países industrializados. Desde mediados de los años
sesenta la tasa de formación de capital inició un ascenso sostenido, que
se aceleró en el decenio de los setenta (Ffrench-Davis, 1999, págs. 22-
23).

117
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

gráfico III.I.1
Tasa de desempleo abierto a comienzos de los setenta
(porcentajes)

fuente: Elaboración propia a partir de PREALC.

No obstante lo anterior, la región no escapó a su herencia de atra-


so y dependencia respecto a los países del centro. Ello se refleja en sus
niveles de desempleo. A inicios del decenio del setenta, al sur de Estados
Unidos, se contaban aproximadamente 4,1 millones de desocupados
abiertos en busca de empleo, a lo cual, hay que agregar los desemplea-
dos disfrazados.
En esta cifra de 4,1 millones, Brasil aportaba casi la mitad debido
al tamaño de su población. Otro de los países grandes, México, presen-
taba significativo desarrollo industrial e importante cantidad de emigra-
dos hacia Estados Unidos, lo cual ayudaba a bajar su cifra de desempleo.
Argentina, a pesar de su lenta evolución económica, registraba bajo ín-
dice porcentual gracias a su también lento crecimiento poblacional.
En los países pequeños, la situación era bastante más grave, en
particular, América Central y el Caribe. Estos Estados encabezan el grá-
fico III.I.1. Por aquellos años estas naciones padecían de estancamiento
económico y rápido aumento demográfico, una combinación fatal. En
consecuencia, sus desempleados estaban frecuentemente emigrando a

118
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

Estados Unidos y a Inglaterra. Casi todas estas naciones mostraban tasas


de desempleo de dos dígitos, aunque había diferente metodología de
medición23.
Posteriormente, durante la década de los setenta, muchos países
sufrieron las consecuencias de la recesión de 1974-1975, la cual tuvo
entre sus causas el alza del costo del petróleo. El mayor precio mundial
de los combustibles, favoreció el ingreso de divisas hacia los países ex-
portadores de petróleo: Venezuela, México, Ecuador, Bolivia, Perú y
Colombia, los cuales pudieron crecer económicamente pero acumulan-
do otros problemas: baja inversión productiva, altos niveles de consu-
mo, endeudamiento, corrupción.
Este contradictorio atributo del petróleo, se ilustra con una frase
atribuida a Juan Pablo Pérez Alfonso, uno de los fundadores de la Orga-
nización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP): “Diez años más,
veinte años más, el petróleo nos llevará a la ruina” (Hannesson, 2001,
pág. 8).
Otros países, como Brasil y Argentina, prosiguieron su crecimien-
to pero recurriendo al endeudamiento. En el caso de Argentina, gran
parte de ese endeudamiento se escapó en fuga de capitales; en Chile, se
transformó en bienes de consumo importados. Otros más pequeños, no
tenían alternativas energéticas propias y sucumbieron, como en el caso
de toda Centroamérica y algunos caribeños. En el Cono Sur, los nue-
vos gobernantes de Chile y Uruguay obligaron a la economía a reducir
su actividad. La mayoría, dependientes del petróleo, tuvieron grandes
problemas que se manifestaron en endeudamiento, caída de su nivel de
actividad y desempleo.
A pesar de aquello, en la década del setenta (1973-1980), la in-
versión en maquinaria y equipo de América Latina y el Caribe fue más
elevada que en las décadas del cincuenta, sesenta y ochenta, como por-
centaje del PIB (Ffrench-Davis, 1999, pág. 24). Quedó en evidencia
que los más grandes, Brasil, México y Argentina, diversificaron y am-
pliaron sus exportaciones, trataron de fabricar sus propios bienes de
23
Por ejemplo, en el Caribe, se incluye como desempleado a quien no buscó empleo
en el momento de la encuesta por estar desmoralizado (Riveros, 1994, pág. 31).

119
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

capital y de sustituir importaciones. Por otro lado, gozaron de la prefe-


rencia de los bancos internacionales para recibir créditos, algo que no
ocurrió con los restantes.
Durante la década, América Latina se financió en gran medida,
con capitales y créditos externos provenientes de los países más ricos,
parte de los cuales se utilizó de manera improductiva. Solamente en
tres años, entre 1977 y 1980, la deuda externa de América Latina se
duplicó gracias a la oferta masiva y barata de financiamiento externo
(Ffrench-Davis, 1999, pág. 71). Estos problemas se fueron arrastrando
hasta explotar en la crisis de 1982-1984.
Otro problema persistente en América Latina ha sido el subem-
pleo (gráfico III.I.2). Entre 1950 y 1980, durante tres décadas, las
participaciones del empleo formal e informal, dentro de la Población
Económicamente Activa, permanecieron aproximadamente constantes
(Rosales, 1993). El subempleo ha sido una consecuencia de la incapa-
cidad estructural del sector moderno de dar puestos de trabajo para
todos, agravándose en las ciudades pero muy presente también en las
zonas rurales.

120
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

gráfico III.I.2
Subempleo en países de Latinoamérica 1980
(porcentaje de la fuerza de trabajo)

fuente: Elaboración propia a partir de García y Tokman (1984), en base a datos


elaborados por PREALC.
Nota: El subempleo no agrícola corresponde al empleo en el sector informal. El su-
bempleo agrícola corresponde al empleo en el sector tradicional.

En 1980, antes de la crisis de esa década, también se registraron


altas cifras de subempleo, sin importar ni el tamaño país ni la posesión
de petróleo. El país que registra la menor tasa de subempleo urbano
como porcentaje de la fuerza de trabajo, entre una muestra de 14 paí-
ses, es Costa Rica (15,3 por ciento) y la mayor es de Ecuador (28,6
por ciento). En total, este trabajo registra unos 17 millones de sub-
empleados urbanos y rurales. Comprende obreros y patrones pobres
de pequeñas empresas artesanales, trabajadores por cuenta propia no
profesionales y asalariados en servicios domésticos (García & Tokman,
1984, pág. 105).

121
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

II. La década perdida de los años ochenta


América Latina tuvo un pobre desempeño durante los años
ochenta; fue una de las peores décadas del siglo XX. En el decenio pre-
vio, comenzaron a instalarse los gobiernos neo-liberales que fomenta-
ron la apertura económica hacia el exterior, apertura que incrementó su
vulnerabilidad frente al ciclo de la economía capitalista mundial.
La crisis se desató entre 1982 y 1984, luego de la recesión que
afectó a los países de la OCDE a partir de 1981, que fueron afectados
por una nueva alza del petróleo. Aquello reflejó la dificultad energética
provocada por un modelo de desarrollo que trata a los recursos natura-
les como infinitos. Esta década también tuvo consecuencias sociales y
políticas; cayeron varios regímenes militares como consecuencia del re-
chazo provocado por su carácter anti-democrático y por su incapacidad
para resolver la crisis económica.
El producto real por habitante a finales de 1989, se retrotrajo a
lo registrado trece años atrás e incluso más en algunas economías. El
ingreso por habitante en América Latina y el Caribe declinó en 8,3 por
ciento entre 1981 y 1989 (CEPAL, 1990). Un total de 18 países no
pudieron recuperar en 1989 el PIB por habitante que habían alcanzado
en 1981; solamente cinco países habían mejorado (CEPAL, 1990, págs.
12-13). Si en 1980, había 5,8 millones de desempleados abiertos (6,4
por ciento) en 1990 había 7,6 millones (7 por ciento).
De acuerdo a Rosales (1993), el salario real cayó aún más que el
ingreso por habitante entre 1980 y 1987. En ese período, el factor tra-
bajo perdió un 7 por ciento en su participación en el ingreso nacional
bruto, con lo cual los ingresos totales del trabajo cayeron un 10 por
ciento, en beneficio de las ganancias empresariales. Además, esta fuente
informa que los indicadores de pobreza del año 1986 superaron a los
de 1970, en número de personas (170 contra 113 millones) y también
como porcentaje de la población (43 por ciento contra 40 por ciento).
La pérdida de poder adquisitivo del salario fue resultado de la
inflación de los precios básicos. La inflación alcanzó elevadas tasas, em-
pujada por el alza interna del precio del dólar debido a su escasez. Esta
penuria de divisas fue causada por la caída del precio de las exportacio-

122
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

nes en un contexto de sobre-endeudamiento previo con en el exterior,


gatillado por la apertura indiscriminada al mercado de capitales y abul-
tado por el alza de la tasa de interés internacional.
Para restablecer el equilibrio de divisas, la región frenó sus im-
portaciones con un menor nivel de actividad productiva y por tanto de
contratación de trabajadores, incluso generando excedentes destinados
a pagar sus intereses. Así se observa una transferencia de recursos nega-
tiva entre América Latina y su exterior entre 1980 y 1990. Pese al gran
costo social, la deuda bajó muy lentamente pues el grueso de los recur-
sos se consumía solo en pagar intereses sobre intereses.
La crisis de los años ochenta también agravó el sub empleo, usado
como estrategia de sobrevivencia de los cesantes. Como se indicó antes,
si bien, durante tres décadas, la participación del empleo formal e in-
formal se mantuvo como porcentajes de la Población Económicamente
Activa, para el período 1980-1987, el grueso del empleo se estuvo ge-
nerando en el sector informal y en empresas formales de menos de 10
trabajadores (Rosales, 1993, pág. 163).
América Central tuvo promisorios intentos por industrializarse y
por integrarse en los años sesenta pero fue afectada en los setenta por la
crisis petrolera y posteriormente por la crisis económica de los ochenta
que deprimió sus exportaciones, dependientes siempre de unas pocas
materias primas.
Los salarios de América Central fueron los más afectados del con-
tinente durante la crisis de los ochenta. Las tasas de desempleo abierto
urbano en 1986 llegaron a los dos dígitos para Guatemala (14,0 por
ciento), Honduras (12,1 por ciento) y Panamá (12,7 por ciento), en
circunstancias que en 1983 estaban cerca de un 10 por ciento en los dos
primeros y en un 11,7 por ciento en Panamá (CEPAL, 1991).
En este contexto, en América Central continuaron las convulsiones
sociales y políticas. La guerra de los “contra” en Nicaragua, apoyada desde
Estados Unidos, no dio respiro al gobierno que surgió del derrocamiento
de la dictadura de medio siglo de la familia Somoza en 1979. La guerra
civil en El Salvador dejó centenas de miles de muertos y heridos; opuso
a los campesinos, los estudiantes y otras fuerzas populares contra los go-

123
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

biernos cívico-militares apoyados por Estados Unidos en el marco de la


guerra fría. En Guatemala se expandieron la guerra civil y las violaciones
masivas de Derechos Humanos. En Grenada (1983) y Panamá (1989),
fuerzas de intervención estadounidenses derrocaron a sus gobiernos.
Como consecuencia de estas convulsiones de la década del ochen-
ta, unos dos millones de centroamericanos tuvieron que abandonar sus
hogares, víctimas de las guerras y falta de trabajo. De ellos, un millón
se fue a países vecinos y otro millón emigró a México, Estados Unidos
y Canadá.
En el Caribe, sus treinta millones de habitantes también sufrie-
ron las consecuencias de la crisis de 1982-1984 más el arrastre de la
década del setenta, con sus recursos naturales sobre-explotados y poco
variados. El promedio del ingreso por habitante descendió durante la
década, sufriendo dramáticas caídas: Guyana, Trinidad y Tobago, Haití,
Surinam y República Dominicana; en Jamaica el desempleo alcanzó, en
el primer quinquenio, hasta un 25 por ciento. Cuba fue una notable
excepción, incluso a nivel latinoamericano.

Gráfico III.II.1
Evolución del salario real en América Latina 1980-2011
(1980 = 100)

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de CEPAL Stats.

124
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

En México, la crisis económica mundial hizo descender el valor


de sus exportaciones de petróleo al punto que este país fue el primero
en declarar la moratoria de su deuda externa. No obstante lo anterior,
logró hacer caer su tasa de desempleo abierto desde 6,6 por ciento en
1983 a 3,0 por ciento en los dos últimos años de la década. Parte de este
descenso se explica por el impulso a la industria maquiladora fronteriza
que procesa materias primas de Estados Unidos y exporta el producto
de regreso aprovechando la proximidad geográfica, la mano de obra
barata y las exenciones tributarias colocadas por México. A pesar de
ello, esta industria maquiladora solo generó empleos de baja calidad,
especialmente mano de obra femenina de poca calificación y no sindi-
calizada.
Por otro lado, la economía mexicana se mostró incapaz de absor-
ber el crecimiento de la población mexicana en edad de trabajar, por lo
cual parte importante de esta población emigró a los Estados Unidos
y otra proporción continuó llegando a Ciudad de México, una de las
urbes más pobladas del mundo, con sus 21 millones de habitantes en
2010.
En Brasil, el crecimiento del PIB no pasó de un 2,4 por ciento al
año, como media en la década de los ochenta, frente al 4,9 por ciento
de crecimiento anual medio entre 1900 y 1973. En particular, por pri-
mera vez en la historia económica documentada en Brasil, se registró
un crecimiento negativo del PIB en 1981. Ello fue en gran medida
resultado de las políticas contractivas de los primeros años ochenta, re-
comendadas por el FMI. El porcentaje de habitantes pobres se duplicó
entre enero de 1981 (18 por ciento) y septiembre de 1984 (31 por cien-
to). Posteriormente, en los años restantes de la década de los ochenta,
la economía vivió una recuperación dentro de una inestabilidad de las
políticas económicas y los diferentes planes anti-inflacionarios (Cortes,
y otros, 1999, págs. 1-5).
En un país tan grande como Brasil, la magnitud del desempleo y
de la pobreza de millones de personas genera grandes tensiones sociales.
Hay que recordar que en las décadas anteriores, hubo un importante
crecimiento económico con desarrollo industrial, el cual no logró re-
solver ni la desigualdad ni la pobreza. Por ejemplo, el problema de los

125
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

niños en Sao Paulo, donde un 20 por ciento se veía obligado a trabajar


para subsistir, o el problema del 50 por ciento de los adolescentes entre
15 y 17 años que estaba forzado a emplearse. Los “niños de la calle”
de Brasil han sido motivo de estudios, de preocupación internacional;
empresarios inescrupulosos han llegado a financiar “escuadrones de la
muerte” para asesinarlos, creyendo así acabar con el problema (Reicher,
1986).
Al mismo tiempo, la década de los ochenta se caracteriza por un
ascenso en la organización y lucha de los trabajadores brasileros. En
1981, hubo grandes huelgas por los despidos en las plantas automo-
trices. En 1985, instalada la democracia parlamentaria, el movimiento
obrero se había transformado en un actor de gran importancia, con 15
millones de miembros y con la dirección del Partido de los Trabajadores
que más tarde llegaría al gobierno.
En Argentina, otros de los países más grandes de América Latina,
la crisis externa afectó a la producción, especialmente a partir de 1989,
cuando se comenzaron a aplicar medidas internas de corte neo-liberal.
En realidad, durante la década de los ochenta, a diferencia de sus veci-
nos, en Argentina no se incrementó tanto el desempleo abierto (entre el
6 por ciento y 7 por ciento) como el subempleo (CEPAL, 1991).
Sin embargo, en la década de los ochenta, el rasgo que marcaría
el futuro de Argentina, es el fuerte nivel de endeudamiento interno y
externo, consumido de manera improductiva, por ejemplo, financian-
do una masiva fuga de capitales al exterior. En lugar de responsabilizar
a los acreedores externos, el gobierno incluso otorgó el aval de Estado,
lo cual equivalió a una estatización de la deuda privada. Asimismo, la
represión militar (1976-1983) y la inflación, generaron un marco pro-
picio para que los trabajadores argentinos perdieran parte importante
de su participación en el PIB, desde un 43 por ciento en el período
1970-1975 a un 30 por ciento en 1981-1990 (Gambina, García, Bor-
zel, & Casparrino, 2002)
Por su parte, Colombia y Venezuela, mantuvieron tasas de des-
empleo de dos dígitos durante casi toda la década de los ochenta, aun-
que Colombia fue menos afectada, pudiendo recuperar sus niveles de

126
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

actividad pre-crisis en 1984. No obstante lo anterior, su crecimiento


demográfico ya generaba un excedente de mano de obra que emigraba
masivamente del país. Venezuela fue de los países que sufrió uno de los
peores retrocesos en su ingreso por habitante a pesar que al comenzar la
década registraba uno de los más elevados. Cuando en 1989 se aplica-
ron medidas severas de recortes sociales, las protestas sociales derivaron
en miles de muertos.
Bolivia y Uruguay fueron fuertemente afectados por la crisis in-
ternacional ya que dependían de unos pocos productos de exportación.
En Bolivia, el deterioro de los ingresos por el petróleo, el gas y el estaño,
golpearon al proletariado minero, de largas tradiciones de lucha, y afec-
tó sus conquistas sociales. La desocupación abierta se incrementó en
1981 y en 1988 se situaba en 11,6 por ciento (CEPAL, 1991).
Uruguay aplicó en los primeros años de la década las políticas
de ajuste, de modo que su tasa de desempleo alcanzó el 15 por ciento
en 1982, manteniéndose en dos dígitos hasta 1986; en 1990 todavía
bordeaba el 10 por ciento (CEPAL, 1991). A ello se añade la represión
política que obligó a miles de técnicos y profesionales uruguayos a dejar
su país, el cual era considerado uno de los de mejor calidad de vida del
continente.
La crisis afectó especialmente a los países petroleros y a aque-
llos más pequeños que dependían de unas pocas exportaciones. Entre
1981 y 1989, el PIB general de América Latina y el Caribe, cayó en un
8,3 por ciento, pero el de los países exportadores de petróleo (Bolivia,
Ecuador, México, Perú, Trinidad y Venezuela) disminuyó en un 14,2
por ciento, contra un 4,8 por ciento del resto (Yépez del Castillo, 1993,
pág. 118).
Los países andinos, Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, compen-
saron en parte su déficit de exportaciones con el cultivo de la coca,
alimentado por una fuerte demanda proveniente de Estados Unidos. La
cocaína legal o ilegal, se transformó en una de las principales fuentes de
ingreso y trabajo para la mano de obra; se estima que a comienzos de los
años noventa, entre 500 y 800 mil campesinos se dedicaban al cultivo
de la hoja de coca en los faldeos cordilleranos. A ello hay que agregar

127
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

un conjunto de empleos conexos de comercio, transporte y otros. En


Colombia se generaron imperios económicos ilegales, con modernas
refinerías y flota de aviones que operaban día y noche.

III. La década de los noventa


La década del noventa fue de recuperación económica de la crisis
de los años ochenta. No obstante lo anterior, hubo dos crisis importan-
tes; en el año 1995 y sobre todo en 1998-2002; en ambas el crecimiento
del PIB por habitante fue negativo o casi nulo (gráfico III.III.1).

gráfico III.III.1
Crecimiento del PIB y PIB per cápita en América Latina 1990-2011

fuente: Elaboración propia a partir de datos de CEPAL Stats.

Esta década importó varias crisis externas a la región. La depre-


sión de 1998-2002 se encuentra vinculada al ambiente negativo en In-
donesia, Corea y Tailandia (1997-1998), llamada crisis asiática, agra-
vada por la moratoria de Rusia (1998) y los problemas financieros de
Turquía (2000-01). También hubo crisis financieras en México (1995),
Brasil (1998-1999) y Argentina (2001-2002) las cuales contagiaron al

128
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

resto del continente. Estos eventos se trasmitieron a la región a través


de menor disponibilidad de capitales externos, tanto por la huida de los
capitales especulativos instalados, como por la disminución de nuevos
ingresos. La crisis asiática además afectó el precio de las exportaciones.
Esta década inestable estuvo marcada por la globalización del ca-
pital y la desregulación de los mercados, a través de las políticas neolibe-
rales del llamado “Consenso de Washington”. Ella fue en gran medida
impuesta por los organismos financieros internacionales como condi-
ción para reprogramar la abultada deuda externa morosa acumulada en
los años ochenta. Se tradujo en la apertura para el ingreso de capitales
extranjeros, la rebaja de los impuestos aduaneros, la privatización de
empresas estatales.
El caso de Argentina fue uno de los más extremos en la aplicación
de estas políticas neoliberales. Esto explica que el PIB de Argentina haya
disminuido 4 por ciento y 13 por ciento en los años 2002 y 2001 res-
pecto al año anterior (CEPAL, 2012, págs. 26-27). Bajo los gobiernos
del Presidente Menem (1989-2009) el crecimiento económico y el con-
trol de la hiperinflación, fueron conseguidos desmovilizando al otrora
poderoso movimiento obrero pero sobre todo atrayendo capitales del
exterior, parte de los cuales se apropiaron de empresas estatales a buen
precio. La relación peso dólar, fue mantenida durante mucho tiempo en
forma artificial (régimen de convertibilidad) a pesar que hubo un cróni-
co déficit en el comercio internacional de bienes y servicios (Gambina,
García, Borzel, & Casparrino, 2002).
Así, la fuerte deuda argentina, heredada de los años ochenta, en
lugar de disminuir, se incrementó, a pesar de la reestructuración llevada
a cabo al comienzo de los años noventa. Esto hizo crisis entre 1998
y 2002, cuando bajaron les exportaciones y aumentó la fuga de capi-
tales por temor a una devaluación de la moneda argentina. La crisis
económica fue tan profunda que el Estado impidió retirar los ahorros
depositados en los Bancos por la población en diciembre de 2001 (el
llamado “corralito”). La indignación popular movilizó a la población;
el Presidente De la Rúa debió renunciar en el año 2002, iniciándose un
período de inestabilidad política y cambio social.

129
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Venezuela vivió una situación social complicada similar, donde la


rebelión popular conocida como el “Caracazo”, del año 1989, se opuso
a las medidas de ajuste fiscal y alzas de precios del gobierno recién elec-
to, lo cual derivó en una masacre; posteriormente, fracasó una rebelión
militar (1992), el Presidente de la República fue depuesto por corrup-
ción (1993); finalmente, en 1999, asume el presidente Hugo Chávez
con un programa alternativo al neo-liberalismo del decenio anterior.
En Bolivia, el decenio de los noventa también fue escenario de
agudos conflictos económicos y sociales, hasta que en el año 2005, asu-
mió el actual Presidente Evo Morales, con un fuerte apoyo de las etnias
originarias de ese país. Entre los conflictos importantes que explican el
ascenso del actual gobierno, cabe citar la “guerra del agua” de la ciudad
de Cochabamba (2000), en la cual la población se sublevó contra la
privatización y el alza de tarifas, logrando la expulsión de la empresa
extranjera. Así, el decenio de los noventa se caracteriza por la oposición
de los movimientos sociales a las reformas neoliberales de la época.
Estos conflictos están vinculados a los procesos de apertura al
capital extranjero. Mientras en la década de los ochenta hubo una trans-
ferencia negativa de capitales desde América Latina para pagar intereses
de deuda externa, en la década siguiente hubo, en cambio, un ingreso
positivo y masivo de capitales extranjeros, los cuales ocuparon sectores
estratégicos, como la minería y el agua, afectando a los campesinos y
otros grupos sociales desfavorecidos que ya habían sido golpeados por
la crisis de los ochenta.
A comienzos de la década, estos capitales fueron inversiones fi-
nancieras, destinadas a comprar empresas estatales y controlar servicios
básicos. También inversiones financieras especulativas de corto plazo,
cuya característica es la facilidad con la cual abandonan las economías
en tiempos malos, lo que se verificó en la llamada “crisis asiática” de
1998. De esta forma, estas mismas inversiones financieras que habían
sido positivas, fueron negativas en 1998-2001. Así, la inestabilidad
mundial se propagó a las economías nacionales gracias al ingreso masi-
vo de capitales especulativos.

130
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

Posteriormente, ingresó masivamente inversión extranjera direc-


ta, cuyo propósito es participar en la producción de bienes y servicios,
pero no necesariamente creando nuevas empresas. Gran parte de esta
inversión extranjera directa se apropió, a buen precio, de empresas esta-
tales, las cuales eran vendidas para pagar deuda externa del sector públi-
co y de los holdings privados. Ello ocurrió en sectores estratégicos como
los servicios básicos para la población, el sector eléctrico, las telecomu-
nicaciones, el sector bancario y de recursos naturales.
Esta inyección de capitales externos, explica gran parte del creci-
miento económico observado en la década, aunque con vulnerabilidad.
La menor regulación del mercado de capitales y su híper-crecimiento,
dejó expuestos a la crisis financiera local (México y Argentina, Brasil), a
la crisis asiática y a la crisis mundial que acaeció en 2000-2001.
También hubo una recuperación gracias a las exportaciones lati-
noamericanas, las cuales crecieron entre 1991 y 1997 a un ritmo anual
cercano al 9 por ciento (contra el 4 por ciento de 1976-1981). Igual-
mente, ayudó a normalizar la producción, la caída significativa de la
inflación de precios entre 1995-2000, beneficiada por el menor precio
del dólar y el ajuste fiscal.
Otros aspectos favorables al crecimiento económico son típicos
de los ciclos de recuperación en las economías capitalistas, entre ellos,
la imposibilidad de seguir posponiendo el reemplazo de la maquinaria
desgastada, lo cual estimula la demanda dirigida a la rama productiva
encargada de fabricar estos bienes. Paradojalmente, también favorece
las recuperaciones, el “cementerio” de empresas que deja una recesión;
su bajo precio de remate facilita su compra por parte de los grandes
capitales menos afectados por la crisis. Además, para estos capitales,
la muerte de muchas empresas, reduce la competencia que enfrentan,
generándose buenas oportunidades de negocios. También les ayuda la
oferta de mano de obra barata y abundante en situación de desempleo.
Estos factores permiten elevar la tasa de ganancia del gran capital priva-
do y estimula su inversión en recuperación y ampliación de la capacidad
productiva.

131
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Gráfico III.III.2
Evolución de indicadores de empleo y desempleo en América Latina
1991-2011
(porcentajes)

Fuente: Elaboración propia a partir de la base de datos de CEPAL Stats.

A pesar de estos estímulos, en la década de los noventa, América


Latina y el Caribe registraron una tendencia al alza de la tasa de desem-
pleo (gráfico III.III.2). En efecto, si en 1991, la tasa de desempleo abier-
to era de un 8 por ciento, en el año 2000 era cercana a un 11 por ciento.
Incluso en el lapso 1990-1997, antes de la crisis asiática, la tasa de des-
empleo abierta aumentó del 7,9 por ciento al 9,3 por ciento (CEPAL,
2012, pág. 221). La situación comenzó a mejorar a partir del año 2003.
Una parte de la explicación de ese fenómeno es el débil creci-
miento económico, que no fue suficiente para absorber la necesidad
de empleos. Dicha leve expansión económica se encuentra vinculada a
la apertura indiscriminada a los capitales financieros especulativos, los
cuales trasmitieron y amplificaron las crisis financieras internacionales.
De este modo, en el 2002, el producto por habitante descendió cerca
de un 2 por ciento en relación con el nivel registrado en 1997. Desde la
primera mitad del decenio de 1980, no se registraba una situación tan
adversa. Además, de inestable, el crecimiento económico fue mediocre.
Entre 1990-2003, apenas 12 de 33 países de América Latina y el Caribe

132
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

tuvieron un aumento en su PIB por habitante superior al 2 por ciento


anual, con una población que representa menos del 15 por ciento del
total (Estay, 2007, pág. 207)
También influyeron otras reformas neoliberales. Por ejemplo, la
apertura indiscriminada a importaciones de bienes de consumo debilitó
a las industrias locales que no podían competir contra ellas, provocando
nuevos despidos de trabajadores. Dichas importaciones fueron favoreci-
das por un dólar barato y por la reducción de los controles e impuestos
aduaneros (Ffrench-Davis, 1999, pág. 12). De la misma forma, las im-
portaciones de bienes de capital, a la vez que modernizaban los procesos
productivos, sustituían mano de obra doméstica por bienes de capital
importados. Además, la apertura a la inversión extranjera, permitió a las
empresas multinacionales despedir trabajadores de empresas que fueron
del Estado para reemplazarlos por redes internacionales de subcontra-
tistas (CEPAL, 2012, pág. 222).
Por el lado de los trabajadores en cambio, se mantuvo la tenden-
cia al aumento de la oferta de personas interesadas y en edad de trabajar.
Ella se alimenta del crecimiento general de la población, también de
la integración de la mujer al trabajo, y de la migración campo-ciudad.
Estas últimas se pudieron ver afectadas por los procesos de privatiza-
ción de la tierra, del agua y de la masificación de la agro-exportación
en productos como los agro-combustibles. Así, en el gráfico III.III.2, se
observa que, parte de la tendencia al aumento de la tasa de desempleo,
refleja un incremento de la fuerza de trabajo, medida en porcentaje del
total de la población.
Por otro lado, en los años noventa persistió el problema del su-
bempleo. En efecto, dos tercios de los nuevos empleos urbanos se ge-
neraron en el sector informal, nombre que la CEPAL comienza a dar
al subempleo. El empleo informal urbano, que representaba el 41 por
ciento del empleo urbano total en 1990, aumentó al 46,3 por ciento
en 1999. En el sector formal, en igual período, la proporción de los
asalariados privados que no son profesionales ni técnicos se redujo del
35,9 por ciento al 29,1 por ciento, y la de los asalariados públicos bajó
del 16 por ciento al 12,9 por ciento. Las disparidades salariales entre los

133
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

sectores formal e informal se incrementaron en todos los países sobre


los que se tiene información (Bielschowsky, 2010, pág. 544)
Por otra parte, en la gran mayoría de los países del planeta, la
participación de los salarios dentro del ingreso nacional ha venido dis-
minuyendo desde los años ochenta, lo cual implica que la participación
de las ganancias de capital se ha fortalecido (International Institute for
Labour Studies, 2011, pág. 57). En Asia, la participación de los sala-
rios ha caído en cerca de un 20 por ciento (1994-2006); en África, en
15 por ciento (1990-2006); en los países capitalistas económicamente
avanzados, la declinación comenzó en 1975, antes que en Asia (1994)
y África (1990), aunque cayendo a un ritmo más lento ha decaído en 9
por ciento entre 1980 y 2009.
América Latina y Caribe no han sido la excepción; si asignamos
arbitrariamente valor 100 a la participación de sus asalariados en el año
2000; ésta había caído de 105 en el año 1999 a 96 en el año 2007. No
obstante lo anterior, en comparación al resto de los continentes, la dis-
minución ha sido menor en los últimos años; además con un cambio
positivo de tendencia en (1997-1999) y (2005-2007).
Como sea, este mayor crecimiento relativo de las ganancias pro-
bablemente explique parte de la mayor desigualdad. En la década del
noventa, según Weller y Roethlisberger (2011, pág. 542), en la mayoría
de los países de la región, se mantuvo o acrecentó la desigualdad carac-
terística del continente, con un 75 por ciento de los hogares percibien-
do ingresos inferiores al promedio del ingreso.
Desgraciadamente, en vez de estimular la inversión productiva,
y por este camino, generar empleos, gran parte de estas mayores ga-
nancias empresariales a nivel mundial, se orientaron a la especulación
financiera y a burbujas inmobiliarias, causantes de la crisis desatada en
2008. Esa nueva realidad se analizará a continuación.

134
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

IV. La década de la crisis financiera mundial: 2000-2011


El pánico se inició en el otoño de 2007, con el estallido de la
crisis hipotecaria estadounidense. De alguna forma ésta vino a reforzar
y a reflejar los desequilibrios acumulados en la economía de los países
capitalistas avanzados, Europa y especialmente en los Estados Unidos:
concentración y acumulación de la riqueza en pocas manos, crecimien-
to desmesurado del capital financiero en relación al capital productivo,
exceso de gastos militares, intervenciones en el exterior y sostenimiento
de dictaduras, rebajas de impuestos a las capas sociales de mayor in-
greso, plantas de producción completas trasladadas al extranjero, crisis
medioambiental, déficit de regulación. Actualmente, en el año 2112,
aún no se ve una salida.
La recesión se extendió a todo el mundo, aunque el crecimiento
chino haya podido limitarla. El desempleo abierto mundial aumentó a
partir del año 2007 y las más perjudicadas fueron las economías avan-
zadas (gráfico III.IV.1). En 2011, el desempleo mundial ya alcanzaba a
197 millones de personas (OIT, 2012, pág. 33).
En América Latina y el Caribe, no tardaron en reflejarse los efec-
tos de la crisis. En el período (2005-2008) su desempleo abierto se
había reducido, para después de la crisis, en el año 2009, retroceder a la
tasa del año 2006 (gráfico III.III.2). Así, aunque ha impactado negati-
vamente la crisis, el desempleo abierto ha sido un problema estructural
y no solo coyuntural. Esto también ocurre a nivel mundial, pues la tasa
del año 2000 era de 6,3 por ciento.

135
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

gráfico III.IV.1
Tasa de desempleo mundial y por regiones 2000-2011
(porcentajes, modelo de estimación de tendencias)

fuente: Elaboración propia a partir de Key Indicators of Labour Market, OIT.

Las miradas cambian cuando se analiza el desempleo de millones


de personas carentes de oportunidad, número que se incrementa como
consecuencia del ritmo de ampliación de la población. Desde esta ópti-
ca, a nivel mundial, el desempleo abierto pasó de 176 millones de per-
sonas a 197 millones entre los años 2000-2010, es decir, se incrementó
en 19 millones de personas. 15 millones de personas fue la contribución
del mayor número de desempleados de las economías desarrolladas y
europeas entre los años 2002 y 2010.
En América Latina y el Caribe, la cifra se mantuvo en cerca de
22 millones en esos mismos años 2000-2010 a pesar que entre los años
2002 y 2008, había caído en 2 millones (OIT, 2012, pág. 114). En
otras palabras, en dos años de crisis, se perdió lo conseguido en los seis
años previos.
Por otro lado, junto a los desempleados existen quienes aceptan
trabajos precarios para sobrevivir. OIT (2012, pág. 45) utiliza el indica-
dor del “empleo vulnerable” como la suma de trabajadores por cuenta
propia y trabajadores familiares no remunerados. Una elevada propor-
ción de este tipo de ocupaciones es trabajo informal. A su vez, la tasa o

136
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

proporción de empleo vulnerable se obtiene dividiendo el número de


vulnerables en el empleo total. No se incluye en este indicador desgra-
ciadamente a los trabajadores dependientes con baja protección social,
es decir sin contrato, sin acceso a seguros de salud o pensión de vejez o
con salarios miserables.
Aun así, a nivel mundial, esta fuente estima que el número de
trabajadores con empleo vulnerable se amplió en 136 millones entre
2000 y 2010 (OIT, 2012). La crisis de 2009-2011 implicó que en tan
solo dos años, los así definidos vulnerables por la OIT, crecieran en 29
millones. Estos incrementos se obtienen del hecho que las tasas mun-
diales han venido disminuyendo en el decenio pero a una velocidad
lenta en comparación al crecimiento de la necesidad del empleo; al no
haber suficientes puestos de calidad, las personas se emplean en trabajos
precarios.
En América Latina y el Caribe, en el lapso 2000-2010, el número
absoluto de vulnerables de la región se incrementó en cerca de 10 mi-
llones de personas, a pesar que el porcentaje de vulnerables descendió
entre los años 2000 y 2010 (OIT, 2012). De estos 10 millones, la crisis
2008-2010 aportó 4 millones. Por otro lado, si se hubiese mantenido
ese ritmo de disminución (4 por ciento cada diez años), se requerirían
al menos 65 años para, partiendo de la tasa del 32 por ciento, alcanzar
la tasa del año 2010 de las economías desarrolladas y la Unión Europea
(10 por ciento). Si bien, la crisis 2008-2012, no incrementó la tasa
del 32 por ciento, detuvo la tendencia de caída porcentual de los años
previos.

137
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Gráfico III.IV.2
Proporción de empleo vulnerable en empleo total por regiones
1991-2011

Fuente: Elaboración propia a partir de Key Indicators of Labour Market, OIT.

De igual forma, a pesar que la crisis mundial se originó en los paí-


ses económicamente desarrollados, ella perjudicó más la vulnerabilidad
en América Latina y Caribe que en los primeros. En efecto, en el año
2000, en América Latina y el Caribe había 1,6 empleos vulnerables por
cada empleo vulnerable de los económicamente desarrollados, mientras
que en el año 2010, esta relación había ascendido a 1,8.
Mejor situación presentó el número de personas percibiendo un
mínimo de dólares de los Estados Unidos. Tanto en porcentajes del
empleo como en números absolutos, estos indicadores mejoraron en
América Latina para el período 2000-2010. Por ejemplo, el número de
ocupados con ingreso inferior a dos dólares diarios, cayó de 33.3 a 21.3
millones (OIT, 2012, pág. 108). No obstante lo anterior este indicador
debe ser analizado con prudencia. Es difícil asegurar que sean suficien-
tes dos dólares para dejar de ser pobre, ello conlleva incluso frecuente
subestimación de los valores nacionales oficiales de pobreza absoluta
(Anker, 2006, pág. 314).

138
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

V. La economía de los gobiernos progresistas latinoamericanos


Buscando respuestas a estos graves problemas acumulados, a par-
tir de 1998, comenzaron a cambiar las políticas económicas en Amé-
rica Latina, alejándolas de la desregulación que había caracterizado las
décadas anteriores. Si bien, no se trata de economías centralmente pla-
nificadas, aparece una mayor intervención del Estado en la economía
y en el ámbito social. Curiosamente, esto ocurre en un momento en
que muchos analistas consideraban que no había otras alternativas al
neoliberalismo, especialmente después de presenciar la caída del sistema
socialista centralizado en Europa del Este.
Es el caso de Venezuela (1998-), Argentina (2003-), Bolivia
(2006-) y Ecuador (2007-). En menor medida, Brasil (2003-) Uruguay
(2005-) y Nicaragua (2007-) adoptaron también algunas políticas si-
milares. Abortaron en cambio estos procesos, los golpes de estado en
Paraguay (2008-2012) y Honduras (2005-2009), donde hay una larga
historia de dictaduras militares y poderosas oligarquías agrarias.
Estos procesos tienen en común un mayor gasto social dirigido
hacia las capas más pobres de la población, con recursos mejor aprove-
chados desde los ingresos por exportación. Para financiar los programas
sociales, se aprovechó el alza del precio de exportación de estos recursos,
se redujo los intereses de la deuda externa y en algunos casos se nacio-
naliza empresas o se impone un trato menos favorable al capital extran-
jero. Así por ejemplo Bolivia creó pensiones de vejez con los recursos
aportados por la mayor tributación y el control de las ventas de gas.
Estos gobiernos también comparten una mayor integración eco-
nómica y política de América Latina. Ello permitiría ampliar mercados
y compartir tecnología para industrializar sus materias primas, dismi-
nuir su dependencia de ellas y crear nuevas oportunidades de empleos
calificados en el sector formal. Por otro lado, se crea el Acuerdo Lati-
noamericano Bolivariano de Integración (ALBA) a través del cual Ve-
nezuela comparte proyectos energéticos y su renta petrolera mediante
precios subsidiados y créditos que también han servido para pagar deu-
da externa.

139
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

De igual forma, estos Estados han procurado una integración


más selectiva a la economía capitalista mundial, mediante un mayor
control sobre los flujos financieros especulativos, y de las empresas mul-
tinacionales, pagando en algunos casos por anticipado la deuda externa
para reducir su dependencia. En este sentido, se evitó una zona de libre
comercio con los Estados Unidos que habría brindado mayores faci-
lidades a las empresas multinacionales para integrar las economías a
Estados Unidos más que internamente. En su lugar, además del ALBA,
se formaron nuevas alianzas de integración económica y colaboración
política como la ampliación de Mercosur y la creación de la Unión de
Naciones Sudamericanas (UNASUR).
Para financiar sus programas sociales y desarrollar su base indus-
trial, algunos gobiernos han recuperado el control del sector de hidro-
carburos. En particular, Venezuela ayudó a reorganizar la OPEP para
estabilizar los precios del petróleo; posteriormente recupera pozos pe-
troleros en la franja del Orinoco (2008-2009) y nacionaliza otras em-
presas estratégicas ligadas al sector (2008). Bolivia (2006) y Ecuador
(2007,2010) también cambian la distribución de la renta de hidrocar-
buros entre empresas multinacionales y Estado. Más recientemente, Ar-
gentina (2012) nacionalizó la mayoría del capital de la petrolera Repsol.
Además, Venezuela y Argentina, recobraron empresas estratégicas
en otros sectores de la economía. Venezuela, nacionalizó empresas de
generación eléctrica (2007), teléfonos y cemento (2008), la filial del
banco de Santander (2009), industrias alimentarias. Argentina estatiza
la empresa de agua potable de Buenos Aires (2006), Aerolíneas Argen-
tinas (2008) y los fondos de pensiones (2011). Bolivia nacionalizó la
empresa de telecomunicaciones (2007) y anunció nacionalizaciones en
el sector eléctrico (2011).
Si bien hasta el año 2007, aparentemente no ha habido cambios
importantes en la legislación laboral con estos nuevos gobiernos en el
Cono Sur, al menos parecen haberse detenido los procesos de mayor fle-
xibilidad legal característicos de las décadas anteriores. Tal vez el mayor
cambio haya sido una jurisprudencia más favorable a los trabajadores
gracias a un ambiente distinto, así como las reformas argentina y ve-
nezolana en el año 2004, uruguaya en el 2005 y 2007 (Uriarte, 2007,

140
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

pág. 54); posteriormente, la mencionada estatización de los fondos de


pensiones que en Argentina estaban en manos de empresas privadas.
En páginas anteriores se ha referido al caso argentino tanto por
los abruptos cambios en su macroeconomía como por el gran tamaño
del país. Se indicó que Argentina fue uno de los países más afectados en
su crisis de 2001-2002, lo cual contrasta con su baja tasa de desempleo
(1,9 por ciento) de fines de los años setenta. ¿Qué sucedió en la última
década en la cual hubo un nuevo cambio en la estrategia de desarrollo
económica con una mayor regulación estatal?
Ya en el año 2007, las condiciones de trabajo habían mejorado
sostenidamente en Argentina (CENDA, 2008). Su tasa de desempleo
había disminuido desde el 20,4 por ciento del primer trimestre de 2004
al 8,5 por ciento del primer trimestre de 2007. También mejora osten-
siblemente su índice de calidad del empleo aunque es difícil asegurar lo
mismo con los salarios reales por la falta de confianza que existe respec-
to a las estadísticas oficiales del IPC.
También se aliviaron en Argentina, la pobreza absoluta y la des-
igualdad. En cuanto a la primera, ésta alcanzó su record histórico del
57% en el año 2002, para disminuir a cerca de la mitad (27 por ciento)
en el segundo semestre del 2006 (CENDA, 2008). Según algunos estu-
dios, la participación de los salarios en el ingreso nacional ha mejorado.
En el año 2000 ésta era de solo 35%, pero pasó a 45% por ciento en
el año 2007 (CEPAL, 2012, pág. 235). El índice Gini de desigualdad
de los ingresos de los hogares, igualmente cayó en la década de 2000,
como en la mayoría de los países de América Latina (CEPAL, 2012,
pág. 238).
Estas estadísticas están relacionadas con la mejora de los indica-
dores macroeconómicos de Argentina. Su tasa de crecimiento del PIB
fue de 7,5 por ciento por año en el promedio 2003-2010, contra un
4,0 por ciento de América Latina y el 4,2 por ciento de Chile en el mis-
mo período (CEPAL, 2012, pág. 24). El rol del Estado económico fue
importante para lograr este crecimiento. La inversión pública argentina
del período 2010-2004, como porcentaje del PIB, aumentó al doble
respecto a 1999-2003 y en cerca de 60 por ciento respecto a la época

141
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

de las reformas neoliberales de 1991-1998 mientras que la inversión


privada no fue muy distinta.
En ese período hubo un esfuerzo consciente por reducir la depen-
dencia externa, que como se indicó en el marco teórico, es un causante
estructural del desempleo en el continente. El pago de intereses de la
deuda externa, como porcentaje de sus exportaciones, cayó drástica-
mente en la década de 2000 (CEPAL, 2012, pág. 117). Lo mismo ocu-
rrió en Venezuela. La inversión total fue financiada principalmente con
ahorro nacional más que con capitales extranjeros. El ahorro nacional
de 2004-2010, como porcentaje del PIB, era un 50 por ciento superior
respecto a la década del noventa mientras que el ahorro externo fue
negativo (CEPAL, 2012, págs. 128-141).
Venezuela presenta similitudes con la mejora de Argentina. Vene-
zuela fue el país donde más disminuyó la desigualdad de los ingresos de
hogares de América Latina durante la década de 2000, medida siempre
por el Índice de Gini (CEPAL, 2012, pág. 238). La tasa de desempleo
venezolana, cayó desde un 17 por ciento a 9 por ciento entre 2002-
2006. Su tasa de pobreza urbana, cayó desde el 49 por ciento de los
años 1994, 1999 y 2002, a 30 por ciento en el año 2006 (CENDA,
2008, págs. 15-16).
También Venezuela presenta buenos indicadores macroeconómi-
cos. Su tasa de crecimiento del PIB, entre 2003-2007, se encuentra,
junto con la de Argentina, entre las mayores de América Latina, favore-
cida en su caso, por los precios del petróleo y su buen aprovechamiento.
Solo tuvo un crecimiento negativo en el año 2003, debido a las huelgas
de la oposición al proceso de cambios sociales. Asimismo, en Venezuela
la inversión y el crecimiento se han financiado con un esfuerzo interno
ya que la entrada de capitales ha sido negativa en todo el período 2002-
2010. Esto se explica por la menor dependencia externa respecto a las
empresas multinacionales.
En Venezuela, el crecimiento económico y la inflación han des-
mejorado después del año 2007, en gran parte resultado de la peor
evolución del valor de sus exportaciones (CEPAL, 2012). La inflación
venezolana ha disminuido respecto a 2003 (27 por ciento) pero aún se

142
Capítulo III: El desempleo en Latinoamérica

mantiene a niveles altos (20 por ciento-15 por ciento al año) en 2004-
2007; una situación parecida ocurre en Argentina. Ello ha incidido en
su tasa de desempleo que se incrementa del 7 por ciento al 9 por ciento
entre 2008 y 2010, aunque aún bastante bajo del 18 por ciento del año
2003. Luego, este país deberá hacer esfuerzos importantes para mante-
ner los logros alcanzados. En particular, para diversificar su economía
para que dependa menos de los hidrocarburos.

143
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

CAPÍTULO IV: EL EMPLEO EN EL MUNDO SOCIALISTA

“Tampoco hubo cesantía en nuestros países, durante dos generaciones. Podía ha-
ber faltado esto o lo otro, pero trabajo siempre hubo. Esto va a cambiar, obligada
y drásticamente...ni el estado en quiebra, ni la seguridad social, podrán ir en
ayuda de los cesantes, ni podrán éstos, esperar solidaridad de la sociedad atomi-
zada y empobrecida. ¿Podrá sobrellevarla gente esta angustiosa situación?”
Aleksander Smolar, catedrático polaco de la Ecole de Haute Etudes, París.

I. Europa Oriental, antes y después del derrumbe24


i. El grupo de los más desarrollados
El derrumbe de los regímenes socialistas tiene como consecuencia
un cambio drástico en la situación del empleo en Europa Oriental. Los
acontecimientos de 1989-91 se sucedieron con una similitud y simul-
taneidad tales que incitan a considerar a este grupo de países como un
solo todo. A pesar de ello, hay una historia distinta en cada uno de ellos.
Las diversas trayectorias resaltan al movernos hacia atrás. El pe-
ríodo 1945-1985 corresponde a un patrón similar en toda la región
(a excepción de Yugoslavia), pero que adoptó modalidades diferentes,
atendidas, entre otros factores, al diverso grado de desarrollo económi-
co inicial.
A grandes rasgos, al comenzar el rumbo al socialismo, Checos-
lovaquia, Hungría y Alemania del Este (la RDA) y en menor medida
Polonia, tenían un grado mayor de desarrollo capitalista que el gru-
po formado por Rumania, Bulgaria y la recién constituida Yugoslavia.
Luego de cuarenta años, la relación entre unos y otros cambió. El cre-
cimiento de los más atrasados fue más rápido, en comparación con los

24
Una fuente general para esta sección es Dale (2011).

145
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

primeros. Se acortaron las distancias, pero no se igualaron. Checoslo-


vaquia, Hungría y la RDA, sostuvieron un ritmo de progreso más que
suficiente para asegurar la ocupación plena de toda su fuerza de trabajo.
En los años setenta, debido a una notoria escasez, Checoeslovaquia y la
RDA tuvieron que “importar” mano de obra. La erradicación temprana
de la cesantía fue un éxito también en Bulgaria y Rumania, algo menos
en Polonia, no así en Yugoslavia. La población de aquéllos obtuvo la
garantía constitucional del derecho al trabajo. Después de la implosión
del sistema económico a comienzos de los noventa, la situación cambió
dramáticamente.

Tabla IV.I.1
Ritmo de crecimiento del Producto Material Neto
(% anual)

Países 1965-70 1970-75 1975-80 1980-85 1986-89


Checoslovaquia 6,9 5,7 3,6 1,8 2,2
Hungría 6,8 6,2 2,8 1,3 1,3
R. Democrática Alemana 5,2 5,4 4,1 4,5 3,7

Fuente: Elaboración propia en base a OIT (1988, pág. 74) y Naciones Unidas (1989,
pág. 441). Se advierte que las cifras de 1989 son las del Plan.

Como se deduce de la tabla IV.I.1 los ritmos de crecimiento en


la década 1965-75 fueron bastante elevados. La tabla también muestra
una notoria desaceleración en los dos quinquenios de los ochenta. En
Checoslovaquia y, sobre todo en Hungría se aprecia el estancamiento
anunciador de la crisis. En la RDA, en cambio, si bien hay una baja en
el último quinquenio, el dinamismo productivo se mantuvo aceptable
hasta la caída del muro de Berlín.

146
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

a. El socialismo de mercado, a la húngara25


Después del colapso del régimen estalinista de Rakosi, la sangrien-
ta sublevación anti-socialista y la intervención de las tropas soviéticas
en 1956, el nuevo gobierno del Partido Obrero Socialista Húngaro, di-
rigido por Janos Kadar, introdujo graduales, pero sustanciales reformas
económicas, orientadas hacia un inédito “socialismo de mercado”. En
la agricultura, se suprimió la obligatoriedad de la venta de las cosechas
al Estado. Las cooperativas recibieron la tierra en arriendo y decidían,
por sí solas, las siembras, según costos y precios convenidos con empre-
sas industriales y mayoristas. La producción se elevó a tal punto que el
país se transformó en exportador de alimentos. En la industria y otras
ramas se eliminaron las directrices obligatorias. Las empresas estatales
adquirieron cierta autonomía y los precios se fijaron por contrato entre
compradores y vendedores. Gradualmente, también fue permitido un
sector privado, pequeño y mediano, el cual podía contratar hasta 10
trabajadores. La economía húngara mostraba, hasta mediados de los
años setenta, logros reconocidos internacionalmente.
En el segundo quinquenio del setenta impactaron los efectos de
las alzas petroleras, el retraso tecnológico y el estancamiento en la pro-
ductividad. Durante el decenio de los ochenta, la economía se mantuvo
frenada. Su comercio exterior, abriéndose a la Europa capitalista, sufrió
los efectos de la recesión mundial: Precios más altos de los insumos y
equipos importados, contracción en las exportaciones. El déficit de la
balanza de pagos fue financiado mediante un fuerte endeudamiento
con los bancos occidentales. La deuda externa, la más alta por habitante
del bloque soviético, se hizo más pesada por el alza de los intereses. Se
desató la inflación. Sin embargo, el malestar social no se tradujo en
grandes convulsiones. La crisis política se desenvolvió principalmente al
interior del partido gobernante. Tras el retiro y la muerte de Janos Ka-
dar, apreciado por sus compatriotas, se precipitó la división. La mayoría
optó por transformarse en partido socialdemócrata el cual se embarcó
en rápidas reformas pro-capitalistas.
En los primeros años noventa se extendió el ámbito del capital
privado a costa de un amplio sector de empresas estatales y se otorgó
25
Una fuente general para este acápite es Fabry (2011).

147
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

la libertad de movimientos al capital extranjero. Este comenzó por ad-


quirir los principales medios de comunicación, invertir en casinos y
especializar a Hungría como productor y exportador de películas por-
nográficas. Sus partidos gobernantes se transformaron en adalides del
libre mercado, aunque con reservas.
Junto a los primeros millonarios, reaparecieron los desocupados
que no se veían desde los años treinta. Según datos de la OIT, ya en
1992 éstos alcanzaban un 9,9 por ciento de la población activa. En el
transcurso del decenio la restructuración capitalista provocó la destruc-
ción de 1,5 millones de puestos de trabajo. El retroceso de la produc-
ción fue de tal magnitud que la recuperación demoró diez años en volver
al nivel anterior. Mientras, el capital extranjero se adueñó de nueve de
las diez mayores empresas del país y se llevó un elevado 6 por ciento del
PIB, los salarios y las pensiones perdieron un 20 por ciento de su poder
adquisitivo.
Entretanto, crónicos problemas húngaros, como su elevada de-
pendencia del comercio exterior y alto endeudamiento en divisas es-
taban presentes cuando sobrevino la crisis financiera internacional. En
2009 Hungría sufrió uno de los peores retrocesos de Europa Oriental,
con una baja de cerca del 18 por ciento en la producción industrial y
otro tanto en las exportaciones. En 2009-2010, la desocupación perma-
neció en el nivel crítico de 10 por ciento, la tasa más alta desde el retorno al
capitalismo. Al mismo tiempo, mientras en los años de Kadar las dife-
rencias de ingresos entre el decil más rico y el más pobre de la población
eran de 4 a 5 veces, en 2003 se ampliaron hasta 8,4 veces.
Comprobando el efecto de estos resultados en el ánimo de la po-
blación, la Encuesta Pew de 2009 reveló que el 72 por ciento de los
húngaros consideraba que la situación de su país era ahora peor que la
existente en los años del comunismo. Solo el 8 por ciento la consideró
mejor. El apoyo a “la democracia” bajó del 76 por ciento (1991) al 52
por ciento (2009) y la aprobación a la economía de mercado disminuyó
de 80 por ciento al 46 por ciento en los mismos años (Pew Research
Center, 2009).

148
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

El descalabro económico fue aprovechado por una emergente ul-


tra derecha con un discurso de rasgos neofascistas, tal fue el Partido
Jobbik. Sus ataques mediante guardias armadas se dirigieron contra las
minorías –gitanos, judíos, gays, “comunistas”– mezclados con críticas
al modelo neoliberal, al capitalismo “anglo”, a los bancos y a las compa-
ñías extranjeras que se adueñaron de las principales empresas del país.
Por su parte, el Partido de Derecha, Fidesz, con su líder Orbán, después
de una contundente victoria electoral en 2005, debido a los fraudes del
gobierno social-liberal anterior, impuso fuertes recortes fiscales, esta-
bleció impuestos transitorios a los grandes capitales y al mismo tiempo
elevó el IVA sobre los consumos masivos, en medio de una retórica
contra la Unión Europea.

b. Checoeslovaquia, la otra variante26


En los años previos a la debacle del socialismo burocrático, los
problemas económicos no eran tan agudos como en Hungría, ni la
desestabilización política tan larga como en Polonia. Checoeslovaquia
seguía la variante centralizada del socialismo. En lugar de establecer
mecanismos de mercado, en los años setenta y ochenta sus gobernantes
se esforzaban por modernizar las empresas productivas estatales, impul-
sando nuevas ramas industriales de punta, la automatización y otras tec-
nologías. El comercio exterior se mantuvo relativamente equilibrado,
sin incurrir en un excesivo endeudamiento de divisas. Las regiones más
industrializadas de Bohemia y Moravia contribuían a subsidiar la eco-
nomía más atrasada de Eslovaquia. El nivel de vida era uno de los más
altos en la región, con una ocupación plena de la fuerza de trabajo y un
amplio sistema de seguridad social. Sin embargo, el país no pudo sus-
traerse a las crisis de los regímenes vecinos. El derrumbe denominado
La revolución de terciopelo, en base a pacíficas demostraciones masivas,
tuvo un origen más político que económico. Pesaban el burocratismo y
las restricciones a las libertades públicas. La participación de los trabaja-
dores y de la base social era escasa. La intelectualidad se sentía desalen-
tada y constreñida por la censura.

26
Una fuente general para este acápite es Švihlíková (2011).

149
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Dos años después del retorno al capitalismo, el 84 por ciento


de checos y eslovacos encuestados ya expresaban descontento por la
situación económica. La inflación se había disparado con un alza en
los precios de 35 por ciento en los dos primeros meses del año. Según
el Instituto de Comparaciones Internacionales de Viena, el poder ad-
quisitivo de los sueldos había disminuido en 28 por ciento27. El Primer
Ministro neoliberal Vaclav Klaus implantó “una terapia de choque”,
con el aval del FMI, e impuso su vasto plan de privatizaciones de las
empresas estatales el cual se llevó a cabo con un alto componente de
fraudes y corrupción. El “capitalismo popular”, en base al reparto de
cupones, desembocó en una gran concentración de la riqueza en pocas
manos, particularmente de multinacionales alemanas.
Entretanto, Eslovaquia fue privada del subsidio checo y su males-
tar por la terapia de choque de Klaus, la llevó a la separación y a la for-
mación de su propio Estado. El nuevo régimen promovió el ingreso del
capital extranjero en todos los sectores y particularmente en la banca.
La crisis del 2009 golpeó a una Eslovaquia muy expuesta a las fluctua-
ciones del libre mercado que le significó un fuerte retroceso de 15 por
ciento en su producción industrial y una elevación al 12 por ciento, de la
proporción de desempleados.
En 1998 se produjo un vuelco electoral. Los socialdemócratas
ganaron el gobierno, pero continuaron con las reformas capitalistas,
aunque con cierta moderación, tratando de preservar en parte, el siste-
ma de bienestar social. Sin resolver los nuevos problemas creados por el
cambio del modelo económico –los déficits de la balanza de pagos y de
las cuentas fiscales, las desigualdades y la inestabilidad en el trabajo–,
la socialdemocracia fue derrotada y la derecha volvió al poder en 2006.
El Primer Ministro Topolanek prosiguió con las reformas neoliberales;
bajó el impuesto a las empresas y elevó el IVA a los consumidores, pero
no pudo evitar las consecuencias de la Gran Recesión desatada en 2008.
Cayeron las exportaciones, la producción industrial se redujo en un 15
por ciento. El desempleo subió a 6,8 por ciento en 2009 y a 8,2 por ciento
en el 2010. Más allá del 10 por ciento de la población que cayó en la
pobreza, se calculó que otro 17 por ciento de estratos medio-bajos se
27
El Mercurio (EFE), 24 de diciembre de 1991.

150
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

encontraba al borde de la misma. Con todo, la coalición de derecha,


(ODS, TOP09 y VV), retuvo el poder, culpando a la seguridad social
(“reliquia del comunismo”) de ser la causa del déficit público y de per-
judicar a los jóvenes en beneficio de los viejos. El discurso derechista
no mencionó los enormes subsidios gubernamentales otorgados a los
bancos privados para rescatarlos de la bancarrota, ni las rebajas de tasas
a las corporaciones, acompañadas por la evasión de impuestos que prac-
tican en gran escala. En la izquierda se critica el carácter de “apéndice
de Alemania” en que se ha convertido la economía checa. Los sindica-
tos, incluso mediante una huelga general y manifestaciones callejeras
hicieron una activa oposición a las políticas de austeridad en defensa
de sus conquistas históricas, junto a emergentes movimientos sociales
progresistas, sectores socialdemócratas y un partido comunista que, a
diferencia de los otros países de la región, conserva una notoria, aunque
fluctuante, influencia política.

c. La RDA y la reunificación alemana


El territorio oriental de Alemania fue uno de los escenarios de
la Segunda Guerra Mundial más castigados por los bombardeos aéreos
y las batallas terrestres. Era, a su vez, uno de los más atrasados de Ale-
mania. Culminada la reconstrucción a fines de los años cincuenta, la
cesantía fue superada. Según la Agencia Federal de Empleo de Alemania
(Bundesagentur für Arbeit, 2011), en el conjunto de la población apta
para laboral, la participación de la fuerza de trabajo llegó a casi el 80 por
ciento, cifra que se ha mantenido hasta 2010, y siempre superior a la
existente en la RFA. La incorporación masiva de las mujeres al trabajo
remunerado ayudó a contrarrestar el gradual pero persistente éxodo ha-
cia la RFA durante las décadas siguientes. Aun así la escasez de mano de
obra se dejaba sentir por lo que la RDA abrió sus puertas, a miles de tra-
bajadores de Cuba y Vietnam, mediante convenios gubernamentales.
La economía de la RDA crecía a un ritmo más rápido que el de
la RFA. Las diferencias en el nivel de vida entre ambas poblaciones se
acortaban, pero muy lentamente. Según los cálculos de la Agencia Fe-
deral de Empleo y como muestra el gráfico IV.I.1, después de 20 años

151
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

(1991-2011) la diferencia en base al PIB per cápita se redujo aprox. del


60 por ciento al 30 por ciento (Bundesagentur für Arbeit, 2012). A
este ritmo, se necesitarían otros 20 años para igualar ambos per cápita.
Los trabajadores en el Este gozaban de educación y atención médica
gratuita, trabajo asegurado, vivienda con arriendos y servicios rebaja-
dos y vacaciones subsidiadas. El ingreso por habitante era similar al de
húngaros y checoeslovacos. El régimen gozaba de cierta aceptación por
sus logros económicos y sociales, incluidos la salud y los deportes, la
estabilidad y seguridad personal. La esperanza de vida había mejorado
entre 1952 y 1989, desde 65 hasta 72 años en promedio (Statistisches
Amt der DDR, 1990, pág. 428). En cambio había descontento por la
degradación del medio ambiente, por las dificultades para acceder a
automóviles, apartamentos nuevos, otros bienes durables y por las res-
tricciones para viajar a Occidente.

Gráfico IV.I.1
PIB per cápita en Alemania del Este y Oeste en comparación 1991 y 2011
(precios correspondientes en Euro)

Fuente: Elaboración propia a partir de Bundesagentur für Arbeit (2012).

Desde mediados de los ochenta y bajo la influencia de la peres-


troika, la demanda por reformas iba en aumento. Se reclamaba el fin de
la censura, la libre crítica y la autocrítica pública de las deficiencias, la
participación ciudadana en las decisiones sociales y políticas. Se protes-
taba por la falta de recambio generacional de los dirigentes. La jefatura

152
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

del partido gobernante, el PSUA, se negó a acoger los cambios, aunque


aceptaba avanzar en la reunificación con la RFA de modo gradual y
consensuado, coincidiendo con Thatcher y Reagan que desconfiaban de
una Alemania reunificada, más poderosa e influyente en Europa. Pero
Gorbachov, en un viraje personalista de la política exterior soviética,
retiró su apoyo militar a la RDA y llegó a acuerdos con Kohl que preci-
pitaron el derrumbe del Estado.
La población de la Alemania del Este aceptó la anexión creyendo
en las promesas de Kohl según las cuales en unos pocos años desapare-
cerían las diferencias económicas y sociales entre los alemanes del Este
y del Oeste. Entretanto el cierre de empresas y los despidos era la tónica
general. En los años siguientes más de 8.000 empresas estatales fueron
privatizadas.
Un año después de la reunificación, alrededor de un millón de
alemanes orientales carecían de trabajo, según fuentes oficiales. Esto
representaba el 12 por ciento de la población activa, el doble de la tasa
de cesantía en la RFA. Para el 2011, o sea 20 años después, las cifras se
mantenían idénticas, 12,6 por ciento y 6 por ciento respectivamente
(Bundesagentur für Arbeit, 2012). El 84 por ciento de los alemanes
consultados se sentían tratados por sus compatriotas del oeste, como
ciudadanos de segunda clase28. Muchos jóvenes desorientados fueron
atraídos por los movimientos neonazis, los cuales predicaban la xeno-
fobia y atacaban a los obreros extranjeros culpándolos de la falta de
trabajo. Reapareció el antisemitismo. Surgió un clima de hostilidad en-
tre “ossis” y “wessis”, culpándose mutuamente de las desgracias que la
reunificación estaba generando a unos y otros.

ii. Los menos desarrollados


En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Bulgaria, Rumania
y, en menor medida, Polonia, eran, economías agrarias, atrasadas, con
bajos niveles de vida. A partir de la reconstrucción experimentaron una
notable mudanza. Especialmente, los dos primeros lograron construir,

28
La Época (EFE-UPI), 4 de octubre de 1991.

153
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

prácticamente de la nada, una modesta industria nacional, asentada la


primera en la agroindustria y la segunda en la maquinaria. En los dece-
nios del cincuenta, los sesenta y parte de los setenta, la industrialización
logró absorber la desocupación y atrajo el excedente de población rural
que originó la modernización de la agricultura.

Tabla IV.I.2
Ritmo de crecimiento del Producto Material Neto
(% anual)

Países 1965-70 1970-75 1975-80 1980-85 1986-89


Bulgaria 8,7 6,8 5,3 3,4 5,7
Rumania 7,7 11,3 7,2 4,4 5,9
Polonia 6,0 9,3 0,7 -0,8 3,9

Fuente: Elaboración propia a partir de OIT (1988).

En Rumania, para enfrentar los efectos de la crisis energética,


Ceausescu estableció en el decenio de los ochenta, extremas medidas de
austeridad, entre otras, el racionamiento de la calefacción doméstica.
Así logró reducir el consumo de hidrocarburos, ahorrar divisas y pagar
íntegramente la deuda externa, un éxito internacionalmente inédito;
pero la población no había sido consultada para tan intensos sacrificios.
Se agregó así un nuevo y fuerte ingrediente a la soterrada resistencia a
la larga dictadura personal de Ceausescu. El descontento, inflamado
por la reducción del nivel de vida, se expresó en protestas públicas. La
violenta respuesta represiva del gobierno provocó indignación general y
culminó en rebelión sangrienta en 1989.
La Rumania post socialista se ha caracterizado por la inestabi-
lidad económica y política. En los primeros años noventa la inflación
causó estragos. El desempleo se acrecentó. Después de dos decenios, la
población disminuyó tanto por la emigración a Occidente como por el
empeoramiento de las condiciones de vida. Se calculaba que iniciada la
Gran Recesión, un 15 por ciento de los rumanos se encontraban en el

154
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

exterior. El país ha perdido población a razón de más de 250.000 habi-


tantes por año. Por otro lado, la privatización condujo al control de los
bancos por el capital extranjero. En el 2009, aunque la crisis europea
redujo las exportaciones rumanas en un moderado 3,3 por ciento, y la
producción industrial en un leve 0,3 por ciento, el PIB se contrajo en un
7,1 por ciento y el desempleo se elevó al 6,9 por ciento. En 2009 colapsó el
gobierno de turno al tratar de imponer un paquete de austeridad propi-
ciado por el FMI. Su sucesor recortó los sueldos de los funcionarios pú-
blicos y subió el IVA. Grandes manifestaciones callejeras se produjeron
a continuación, las mayores desde 1989. El año 2010, aunque la eco-
nomía tuvo una leve recuperación, la desocupación empeoró llegando
al 7,4 por ciento. En las elecciones parlamentarias de diciembre 2012,
triunfó abrumadoramente la oposición socialdemócrata-liberal sobre la
Alianza de las Derechas gobernante, en repudio a draconianas medidas
de austeridad impuestas por exigencia de la Troika (FMI, UE y Banco
Europeo) tales como la rebaja de los salarios de los empleados públicos
y el alza del IVA.
Bulgaria, era uno de los países más atrasados y pobres de Europa,
al final de la Segunda Guerra Mundial. Las transformaciones socioeco-
nómicas, a partir de las orientaciones de Dimitrov, le permitieron alcan-
zar indiscutibles avances económicos y sociales y el mejoramiento de las
condiciones de vida del pueblo. Importantes progresos en la agricultura
y la industria liviana modernizaron su economía y pudo exportar con
ventaja productos de la agro-industria. Pero los sucesores de Dimitrov
no estuvieron a su altura. Se fue incubando un sordo descontento con
la cúpula gobernante, sospechosa de fenómenos de corrupción. Depen-
diente de los mercados de la URSS, Bulgaria fue duramente golpeada
por la crisis de la economía soviética.
Los gobiernos de libre mercado abrieron las puertas al capital
privado. En 1991 decretada la libertad de precios, la inflación se desató.
La drástica reducción del poder adquisitivo redujo la demanda interna
y llevó a la disminución de la producción. Según datos de la OIT, el des-
empleo alcanzaba ya en 1993 el 21,4 por ciento.
En 2007 completadas las privatizaciones, el 85 por ciento de los
activos de la banca quedaron en manos de bancos extranjeros. Desde el

155
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

2000 Bulgaria recibió muchos préstamos y donaciones de Occidente,


pero el modelo de libre mercado fue incapaz de capitalizarlos y solo
alimentó una burbuja inmobiliaria interna. Según Dale (2011), la deu-
da externa se incrementó hasta el 100 por ciento del PIB, uno de los
endeudamientos más altos de Europa. En el 2009 el PIB se contrajo en
-4,9 por ciento, la producción industrial en -8 por ciento y el desempleo
se elevó al 6,8 por ciento. En el 2010, el PIB tuvo una leve recuperación,
pero la desocupación continuó empeorando hasta el 9,7 por ciento, un ín-
dice muy parecido al promedio de los 10 países de la región que ahora
pertenecen a la Unión Europea. En marzo de 2012, el desempleo marcó
un nuevo aumento, al 12,6 por ciento. La emigración ha reducido su po-
blación en 54.000 habitantes por año. Según la encuesta Pew de 2009,
el 62 por ciento de los búlgaros consultados afirmaba que el país estaba
peor que en la época comunista, mientras solo el 13 por ciento opinaba
que estaba mejor.
Polonia29, con sus 39 millones de habitantes posee un gran po-
tencial de desarrollo. Como lo demuestran las cifras de la tabla IV.I.2, el
crecimiento económico en el decenio 1965-75 fue exitoso. En cambio,
en el siguiente, 1975-85, a partir de la crisis energética y una sucesión
de errores, la economía cayó en el estancamiento y la recesión. Los go-
biernos de Gomulka y Gierek tuvieron que renunciar sucesivamente.
A diferencia del resto de Europa Oriental, la oposición polaca adquirió
carácter masivo, debido al descontento y la movilización de una gran
parte de la clase obrera industrial. Organizada por el heterogéneo mo-
vimiento Solidaridad, encabezado por el contradictorio Lech Walesa,
la oposición recibió el respaldo activo de Juan Pablo II y de una Iglesia
conservadora, sumado a la cruzada antisoviética de Reagan y Thatcher.
La crisis terminal del régimen polaco, con una larga gestación, era pre-
visible. El país, ya antes del desenlace, aceptó cuantiosos préstamos de
Occidente para financiar sus importaciones, incurriendo en fuertes dé-
ficits comerciales y fiscales. Entre 1985 y 1989, el gobierno de transi-
ción del general Yaruzselski logró cierta recuperación, pero quedó atra-
pado por su pesada deuda externa de 35.000 millones de dólares, la cual
sobrepasaba cuatro veces y media al total de sus exportaciones anuales.

29
Una fuente general para el caso de Polonia es Shields (2011).

156
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

El traspaso del poder a Solidaridad, pacífico y consensuado, no


logró superar la inflación, el déficit comercial y el estancamiento pro-
ductivo, pese a las considerables ayudas de Occidente, entre ellas, la
anulación de la mitad de su deuda externa. En la transición al capitalis-
mo, el gobierno del ex líder obrero Walesa decidió el cierre y paraliza-
ción de fábricas estatales y servicios públicos, con lo cual el desempleo
empezó a elevarse. Según datos de la OIT, ya en 1992 la cesantía, la más
alta de la región, estaba afectando al 13,3 por ciento de la población activa,
que agravó la situación de 1991 cuando la inflación se posicionó en un
71 por ciento.

Gráfico IV.I.2
Tasa de desempleo y crecimiento del PIB en Polonia 1992-2011
(porcentajes)

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Key Indicator of the Labour Market
(OIT) y del Banco Mundial.

Como lo revela el gráfico IV.I.2, en los años siguientes hasta 1997,


la tasa de crecimiento del PIB se reanimó, pero en el 2002 volvió a caer,
no superando el 2 por ciento; se registró otro ciclo de auge, aunque con
altibajos, hasta el 2007, pero en 2008 y 2009 vuelve a declinar. Hay que
hacer notar que el año crítico de 2009, nueve de los diez países de la re-
gión que se integraron a la Unión Europea tuvieron fuertes retrocesos en

157
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

el PIB, en tanto Polonia fue el único que logró un crecimiento, aunque


modesto, del 1,7 por ciento que se amplió en 2010 y 2011.
El gráfico IV.I.2 también muestra que la desocupación se ha con-
vertido en un problema crónico. Entre los años 1992 y 1998 fluctuó
entre 12 por ciento y 14 por ciento, pero a partir de esta fecha se agravó
alcanzando un nivel record, cercano al 20 por ciento en el 2002. Desde
entonces el desempleo amainó, pero en 2009 ya se encontraba en 8,2
por ciento y el 2010 y 2011, siguió aumentando hasta bordear el 10 por
ciento, una cifra preocupante para cualquier gobierno. Desde media-
dos de 2008 Polonia ha vivido continuas manifestaciones de protesta;
campesinas por la competencia de las importaciones agrícolas desde la
Unión Europea, y huelgas obreras por las alzas de precios y la desocu-
pación, contra la privatización de los astilleros y de los hospitales o el
cierre de las minas de carbón. Con todo, Polonia, desde la oposición de
centro y de izquierda hasta la derecha populista gobernante, ha resistido
las presiones de la Unión Europea y de Alemania para una mayor neoli-
beralización de su economía. Mantiene una moderada dependencia de
sus exportaciones y una marcada preferencia por su mercado interno;
ha conservado y devaluado su propia moneda para aventajar a sus com-
petidores y ha limitado a un bajo nivel la inversión extranjera, inferior
a la de sus vecinos.
Con todo, según la encuesta de BBC (GlobeScan/PIPA/BBC
World Service, 2009) el 47 por ciento de los polacos consultados opi-
nó que se encontraba mejor ahora que durante el régimen socialista,
mientras el 35 por ciento estimó que estaban peor.

iii. La desintegración de Yugoslavia


Después del rompimiento de Tito con Stalin, Yugoslavia empren-
dió una variante de desarrollo que despertó interés en todo el mundo: un
socialismo de empresas autogestionadas por los trabajadores, con planifi-
cación central solo indicativa, apertura al comercio con Occidente y un
ambiente de relativas libertades políticas. La nueva Yugoslavia socialista,
empoderada por la unión de sus repúblicas eslavas, consiguió, por varias
décadas, resistir las tensiones de la Guerra Fría, manteniéndose al filo de

158
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

la neutralidad. El país gozaba de respeto internacional como uno de los


líderes del Movimiento de los No Alineados, con cierto apoyo financiero
de Estados Unidos y vínculos comerciales con todo el mundo. Su capaci-
dad productiva y modernización industrial alcanzaron notorios progre-
sos. Así también las condiciones de vida de la población.
Tito había logrado la hazaña histórica de unificar a “los eslavos
del sur”, en una República Federal y con regiones autónomas. Su muer-
te significó el comienzo del fin. Las diferencias y disputas económicas y
culturales entre las repúblicas se exacerbaron. Sus sucesores no supieron
o no quisieron preservar su legado unitario. Por un lado, Eslovenia, la
más desarrollada por el norte, seguida de Croacia, con históricos lazos
con Roma e Italia; por otro lado, al sur, Serbia y Montenegro con sus
vínculos eslavos; Macedonia con su ascendencia griega; Kosovo de raíz
albanesa y finalmente Bosnia, de mayoría musulmana, todas, cual más
y cual menos, exacerbaron sus diferencias, hasta el extremo de enfren-
tarse en guerras civiles cruentas y dañinas para todos. Ya la economía
se había resentido seriamente con la crisis energética y las consiguientes
recesiones en Europa y el Tercer Mundo. Los trabajadores ocupados
en Occidente regresaban, disminuyeron las remesas de los emigrantes,
se frenó el turismo. Los acreedores occidentales redujeron los créditos
externos y elevaron las tasas de interés. El déficit de la balanza de pagos
creó condiciones para la inflación. Esta se desató, al quebrarse la disci-
plina financiera y monetaria.
Una particularidad de la economía yugoeslava fue que –a diferen-
cia de sus vecinos socialistas– nunca se propuso alcanzar y ni garantizar
la ocupación plena. Una válvula de salida para la desocupación fueron
los convenios con Alemania Federal y otros gobiernos europeos para
reglamentar el trabajo temporal de los emigrados. Hasta antes del pri-
mer shock petrolero, la tasa de cesantía se mantuvo moderada, con un
índice de 6,7 por ciento de la población activa (OIT, 1988, pág. 57).
En los años ochenta después del retorno masivo de los emigrantes y la
disminución del ritmo de crecimiento, el paro forzoso se elevó hasta el
13 por ciento.
Los programas anti-crisis de los gobernantes yugoeslavos no lo-
graban el consenso para el reparto de las cargas y los sacrificios entre las

159
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

repúblicas federadas. Las áreas más ricas se consideraban “explotadas”


por las más pobres. El sucesor de Tito, Milosevic y su Partido Socialista
optaron por la represión violenta de los rebeldes albaneses en Kosovo,
apoyados por Occidente. Las diferencias entre croatas, serbios y bosnios
se agudizaron hasta culminar en crueles e insensatas guerras civiles. A
fines de 1991 se había consumado la separación de Eslovenia (2 millo-
nes) y Croacia (4 millones), las dos repúblicas con mayor desarrollo.
En los años siguientes renunciaron a la Unión, Bosnia-Herzegovina (4
millones) Macedonia (2 millones), Montenegro (600.000) y Kosovo
(1,7 millones). La antigua Yugoslavia con sus 20 millones de habitan-
tes, se disolvió en un puñado de micro Estados, sin más esperanzas que
acogerse a la Unión Europea, aunque con menos soberanía que en la
Federación yugoeslava. Los ataques de la OTAN, con sus bombardeos
sobre la población civil de Serbia, coronaron su objetivo estratégico:
impedir a toda costa la reunificación de los eslavos del sur. A ninguno
de los mini Estados les ha ido mejor que antes de la separación, mien-
tras la recesión europea hacía estragos en sus endeudadas economías.
Serbia con sus 7 millones quedó aislada. A partir del año 2000,
debilitada tras los serios errores y abusos del derrotado Milosevic, final-
mente entró en la senda del capitalismo neoliberal30. Hasta el 2008, su
economía mostró un crecimiento continuo, sin embargo solo se trató
de una recuperación parcial desde lo más hondo del abismo. Según la
OCDE, el derrumbe económico que sufrió fue de tal magnitud que
habiendo tenido hasta 1990 un nivel productivo similar a los Países
Bálticos y Hungría, en 2008 se encontraba bastante por debajo de éstos
e incluso por detrás de Polonia, Bulgaria y Rumania. Para recibir cuan-
tiosos créditos de los organismos financieros internacionales, Serbia fue
obligada a ceder a los capitales transnacionales importantes empresas
estatales, privatizar otras cientos de ellas, aplicar fuertes recortes a las
subvenciones sociales e implantar duros sacrificios a la población. Con
todo, la recuperación fue frenada por la Gran Recesión. Hasta 2012
el estado continuaba fuertemente endeudado, En 2010, la estadística
oficial anotó un 19 por ciento de desempleo, uno de los mayores de
Europa, lo cual se sumaba a un alto número que ya no busca trabajo,
convirtiendo al país en uno de los de menor fuerza laboral relativa del
30
Una fuente general para el caso de Serbia es Upchurch & Marinkovic (2011).

160
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

mundo. Entretanto, unos 400.000 serbios se encuentran en el exterior y


sus envíos de dinero a sus familiares se han convertido en una importan-
te fuente de ingresos de divisas. No es de extrañar que los trabajadores
serbios hayan presentado resistencia a las privatizaciones, a los despidos
y los recortes sociales, aunque de forma descoordinada y discontinua.
Según la información disponible la situación de la desocupación
en toda la ex Yugoslavia era catastrófica: desde el nivel más bajo de 8,6
por ciento en Eslovenia; 13,2 por ciento en Montenegro; 15,9 por cien-
to en Croacia: 22,6 por ciento en Serbia; 27,6 por ciento en Bosnia y
Herzegovina (2011); 30,6 por ciento en Macedonia; hasta el increíble
40 por ciento en Kosovo (2010) (Central Intelligence Agency, 2012).

II. Los desintegrados de la Unión Soviética


i. La fragilidad de los “tigres” bálticos
Aunque de reducido tamaño, pero con una posición privilegiada
por su acceso a Europa y a Asia, los pueblos bálticos (unos 6 millones)
han luchado durante siglos por su independencia frente a sus poderosos
vecinos, la Rusia zarista, la Alemania imperial, los reinos de Polonia y de
Suecia. Incorporados, en 1941, en condiciones discutibles, a la URSS,
la crisis del bloque soviético hizo resurgir las demandas separatistas.
Estonia, (1 millón) Lituania (3 millones) y Letonia (Latvia) (2 millo-
nes) se reconstituyeron como estados independientes, aunque pronto
pasaron a depender de la Unión Europea y sometidos a la órbita militar
de la OTAN. Mientras formaron parte de la antigua URSS conservaron
su histórica posición de mayor desarrollo económico y cultural que el
resto de las repúblicas.
Al volver al capitalismo, los Estados bálticos experimentaron los
mismos efectos negativos que sus vecinos: Dentro de la Unión Europea
se ubicaron entre los de más bajos niveles de vida y con las jornadas de
trabajo más largas. El gasto en protección social per cápita quedó a un
cuarto por debajo del promedio europeo y la desigualdad de los ingre-
sos de sus poblaciones figuró entre las más polarizadas (Dale, 2011, pág.
15). Hasta antes que estallara la Gran Recesión, los “tigres bálticos” eran

161
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

elogiados por el FMI y los consorcios transnacionales, y considerados


entre los más “amistosos” para los negocios privados, particularmente
para el capital extranjero. El flujo de inversiones financieras y sus ganan-
cias fue de tal magnitud que muy pronto sus activos pasaron a manos
de bancos foráneos –en un 65 por ciento en Letonia, 90 por ciento en
Lituania y 98 por ciento en Estonia–. Los fáciles créditos extranjeros
elevaron la deuda oficial y contribuyeron a un auge y crecimiento eco-
nómico que duró hasta la explosión de la misma burbuja financiera que
desde Wall Street se propagó hacia numerosas economías europeas.
En 2009, los tres pequeños Estados sufrieron una reducción de
sus exportaciones entre un 11 por ciento y un 23 por ciento; la produc-
ción industrial se contrajo entre un 13 por ciento y un 21 por ciento: y
el PIB entre 14 por ciento y 18 por ciento. Estas cifras demostraron la
fragilidad del auge de los bálticos que resultaron los más golpeados por
la crisis internacional. Por su parte, los efectos en el desempleo fueron
aún más dramáticos: en Estonia en los años 2009 y 2010 se registraron
tasas de 13,8 por ciento y 19,1 por ciento; en Letonia, de 17,1 por cien-
to y 20 por ciento; y en Lituania de 13,7 por ciento y 17 por ciento. En
2012 todavía la tasa de desocupación alcanzaba al 15 por ciento, en el
conjunto de los tres países. Además de la recesión, las terapias de shock
aplicadas –que incluyeron fuertes rebajas de salarios, cierre de escuelas,
reducción de operaciones quirúrgicas y menores pensiones– intensifica-
ron el desastre. A pesar de la debilidad de los sindicatos y cierta resigna-
ción de la población, surgieron manifestaciones y protestas en Letonia
y Lituania. El éxodo, otra expresión de malestar, abarcó a un 10 por
ciento de la población; trabajadores jóvenes, técnicos y profesionales
emigraron hacia el Reino Unido y Suecia. La pobreza afectó al 20 por
ciento de sus habitantes31. Aunque en los años 2011 y 2012 se produjo
una cierta recuperación en el PIB y en los ingresos empresariales, se ne-
cesitarán varios años más antes de que estas economías vuelvan al nivel
anterior a la Gran Recesión.

31
El Mercurio, 23 de junio de 2012, ¿Qué están haciendo los países europeos que sí están
creciendo en medio de la crisis?

162
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

ii. Ucrania, entre Oriente y Occidente32


La disolución de la Unión Soviética dio lugar a la formación de la
República independiente de Ucrania. Con una población de 45 millo-
nes, es el más habitado de los territorios ex socialistas al oeste de Rusia,
superando a Polonia y Rumania que le siguen; en el Occidente europeo,
ocupa el sexto lugar después de Alemania, Francia, Reino Unido, Italia
y España. Los primeros siete años de reformas pro libre mercado no
lograron impedir una continua declinación económica y una impresio-
nante pérdida de dos tercios del PIB inicial. La población total dismi-
nuyó en varios millones, por emigración y empeoramiento de la salud.
Su tasa de crecimiento se hizo negativa, la fuerza de trabajo redujo su
productividad. En el período soviético se habían construido nuevas y
modernas industrias como la aeronáutica, aeroespacial, ingeniería pesa-
da, que fueron las más golpeadas por la ruptura de sus vínculos comer-
ciales con la URSS. Con el tiempo han ido adquiriendo preeminencia
la minería, el procesamiento de combustibles y materiales químicos, de
mayor interés para los mercados occidentales. Una particularidad de
Ucrania es que la resistencia popular a aceptar las reformas capitalistas,
especialmente en sus formas neoliberales, está en el fondo de su ines-
tabilidad política. El partido comunista ucraniano de la era soviética
no fue disuelto ni transformado en socialdemócrata y ha conservado,
aunque con altibajos, influencia política y significativa representación
en la Rada (parlamento) y en organizaciones sociales.
La evolución histórica de Ucrania está caracterizada por las mar-
cadas diferencias dentro de su territorio y población, acentuadas en
los períodos de crisis. La parte oriental es de ascendencia eslava e in-
fluencia rusa, mientras en los territorios occidentales, sus habitantes se
sienten más vinculados a la cultura del oeste europeo, como forma de
distinguirse de los rusos, aferrándose al pasado Habsburgo y al imperio
austro-húngaro. Aunque los nuevos gobernantes se orientaron hacia el
capitalismo, lo hicieron de manera distinta, según las fuerzas políticas
dominantes. Unos, proclives hacia el libre mercado y el capital europeo
occidental, los otros a favor de un capitalismo más nacional, incluso
con propiedad estatal de la tierra y de industrias importantes y en alian-
32
Una fuente general para este acápite es Bojcun (2011).

163
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

zas con Rusia y sus capitalistas. El régimen del Presidente Kuchma, con
esta estrategia, logró reanimar la economía desde 1998 y recuperar los
niveles de ingresos de la población. La desocupación se redujo por debajo
del 4 por ciento en el 2008, un logro notable. Pero en 2004, Kuchma fue
derrotado por impulso de la llamada Revolución Naranja, fundada en
las denuncias de corrupción y de los atropellos a los derechos democrá-
ticos. Las llamadas “revoluciones de colores”, que se extendieron por
Georgia, Ucrania, Bielorrusia y otros Estados de la región, propiciaban
gobiernos pro-occidentales y modelos neoliberales y tenían inocultable
apoyo euro-atlántico. El nuevo gobierno Yushenko-Timoshenko (Pre-
sidente y Primera Ministra) favoreció el ingreso de capital europeo y
entró en conflicto con Rusia; no pudo contrarrestar la crisis financiera
internacional y el país cayó en recesión. El PIB se contrajo, en 2009, en
un -14,8 por ciento, aunque tuvo cierta recuperación al año siguiente.
El desempleo se situaba en ese año en 8,8 por ciento. En el 2009 hubo
huelgas y manifestaciones de los sindicatos contra la congelación de
salarios y los despidos. El gobierno naranja fue derrotado en las urnas
ese mismo año y reemplazado por los azules, de Yanukovic y Azarov,
sindicados como “pro-rusos”. Estos, como sus antecesores, acudieron al
FMI en demanda de un segundo préstamo de gran envergadura.
En la Encuesta Pew realizada en 2009, de los ucranianos consul-
tados, un 62 por ciento respondió que el país se encontraba peor que
cuando formaban parte de la URSS, mientras que solo el 12 por ciento
opinó que se encontraba mejor. El apoyo que le daban en 1991, al
“cambio hacia la democracia” alcanzó al 72 por ciento de los encuesta-
dos, pero en 2009 había disminuido al 30 por ciento; el respaldo a favor
de la “economía de mercado” en esos mismos años se redujo desde el 52
por ciento al 36 por ciento.

iii. Bielorrusia, la excepción


Pasadas las turbulencias de los primeros años de su separación
de la URSS, Bielorrusia (9 millones de habitantes) inició en 1994 una
nueva etapa a partir de la presidencia de Alexsandr Lukashenko que
continuaba en el poder en 2012, a través de sucesivas reelecciones con

164
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

notables victorias en las urnas; en diciembre de 2010 recibió el 79 por


ciento de los sufragios, mientras de los nueve candidatos opositores, el
que obtuvo mayor caudal solo alcanzó al 6,47 por ciento. La absten-
ción fue del 10 por ciento de los 7 millones de inscritos. El régimen
político es presidencialista, la TV es propiedad pública y la prensa está
regulada. El “socialismo de mercado con planificación” que proclama
Lukashenko y la independencia internacional de su régimen son mal
vistas por las potencias occidentales que lo atacan por su cercanía a
Rusia, sus políticas contrarias a la ortodoxia neoliberal. Contrasta esta
campaña con el silencio ante las persecuciones y atropellos que otros
gobiernos de la región cometen contra minorías como los gitanos, otras
nacionalidades, judíos y comunistas.
Desde 2007 la Cámara de Representantes está integrada por 110
miembros, de los cuales 98 de ellos no están afiliados a partidos polí-
ticos, sino que pertenecen a sindicatos, asociaciones y organizaciones
civiles. De los 12 miembros restantes, 8 están afiliados al Partido Co-
munista de Bielorrusia que apoya al gobierno junto a un grupo de otros
partidos.
El 51 por ciento de la fuerza de trabajo labora en empresas estata-
les y el 47 por ciento en privadas. Hay capital extranjero, pero limitado.
La industria tiene un alto peso en el PIB, también la agricultura. La
mayor parte de las exportaciones está formada por maquinaria pesada
(camiones y tractores), energéticos procesados y productos agrícolas.
El comercio exterior se efectúa con Rusia, China –que está realizando
grandes inversiones en el país–, los países vecinos, las naciones árabes y
Venezuela. Los bancos pertenecen al estado en su gran mayoría.
Desde 1999 hasta el 2008, el crecimiento anual del PIB ha fluc-
tuado alrededor del 7,5 por ciento, uno de los más altos de zona. En
1993, el PIB per cápita de PPP (poder adquisitivo de paridad) llegaba a
4.300 dólares; en el 2007 se elevó a 7.300 y en el 2011, a 15.200 dóla-
res. Según estimaciones del FMI en el 2015 podría alcanzar los 20.000
dólares, cifra similar a la de Polonia y Estonia, en 2011. Ya en el 2005,
Bielorrusia había alcanzado la ocupación plena de su fuerza de trabajo con
un desempleo mínimo de 1,5 por ciento. En el 2009, el año más crítico de
la recesión internacional, la cifra había bajado al 1 por ciento, la más baja

165
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

del mundo en economías de igual o mayor tamaño (Central Intelligence


Agency, 2012). “En Bielorrusia, apenas si hay pobreza, su índice es casi
cero” afirmó Anton Broek, representante del PNUD, al presentar su in-
forme anual de 2009. Según el corresponsal de Pravda en Minsk, citado
por The Guardian, la popularidad de Lukashenko se explica porque los
ingresos de la población crecieron de manera estable, la distribución de
las rentas es la más igualitaria de la región y se encuentra entre las 10
primeras más equitativas del mundo, agregando que en Bielorrusia no
hay millonarios como en Rusia.

III. Rusia de regreso al capitalismo


La Revolución Socialista de 1917 dio origen a un nuevo e in-
menso Estado, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, siendo la
antigua Rusia, de lejos, la República más poderosa en población, terri-
torio, recursos naturales y desarrollo industrial. Sin embargo, pasó un
decenio antes que la economía de la URSS se recuperara de las destruc-
ciones que habían causado la Primera Guerra Mundial, la guerra civil
y la invasión de las potencias europeas. A pesar de la notable recupera-
ción alcanzada, el paro forzoso constituía uno de los graves problemas
no resueltos. En 1924, subsistían 1,2 millones de desocupados en las
ciudades (Academia de Ciencias de la URSS, 1979, pág. 157), lo que
equivalía aproximadamente a un 10 por ciento de la población activa
urbana. El bajo ritmo inicial de acumulación de las inversiones y la
gradual reconstrucción de la industria no permitían absorber a los sol-
dados desmovilizados y a la afluencia de los campesinos a las ciudades,
en busca de trabajo y alimentos. Aunque de nivel modesto, se estableció
por primera vez en la historia mundial, el seguro de cesantía y se limitó,
por ley, a ocho horas la jornada diaria de trabajo.
El primer Plan Quinquenal (1928-1932) inició una nueva etapa
de crecimiento acelerado. Los desocupados empezaron a disminuir más
rápidamente. Uno de ellos, Mijail Shkunov, fue el último inscrito en
las oficinas de colocaciones que logró su puesto de trabajo; era el 13
de marzo de 1930. Trece años después de la Revolución Bolchevique,
mientras en el resto del mundo había millones de cesantes, el primer

166
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

país socialista eliminaba el paro forzoso. Tal logro se mantuvo por espa-
cio de seis décadas.

i. Estancamiento y Perestroika
A pesar de las vacilaciones, retrocesos y rémoras del pasado, el ba-
lance de los veinte años transcurridos desde la muerte de Stalin, (1953-
73) todavía era positivo. A comienzos de la séptima década del siglo, la
URSS seguía mostrando una economía dinámica que, más lentamente,
continuaba acortando distancias con los estados capitalistas desarrolla-
dos, consolidándose como la segunda potencia mundial.
Todo cambió en el curso de los años setenta. Tuvieron lugar los
shocks petroleros; se inició el llamado “período del estancamiento”; en
desmedro de las inversiones civiles para la modernización de la econo-
mía aumentaron los gastos militares para alcanzar la paridad estraté-
gica con EE.UU.; se decidió la invasión a Afganistán con altos costos
materiales, humanos y políticos. La URSS subestimó el profundo al-
cance mundial de la crisis energética y su asociación con el deterioro
del medio ambiente. Sus dirigentes demoraron diez años decisivos en
asumir a plena conciencia la crisis ecológica mundial que avanzaba y el
viraje en los modos de producir y consumir que la humanidad estaba
necesitando. Entretanto el capitalismo se orientaba a drásticas reformas
económicas y políticas destinadas a reforzar su dominación y dejar atrás
a sus adversarios de la Guerra Fría.
El ritmo de crecimiento de la renta nacional venía disminuyendo
de un plan quinquenal al siguiente: Desde 41 por ciento en el quinque-
nio 1966-1970, al 28 por ciento en 1970-75, 21 por ciento en 1975-80
hasta 17 por ciento en 1981-1985 (Academia de Ciencias de la URSS,
1987, págs. 16, 38). Mientras la crisis petrolera obligaba a Occidente
a una vasta restructuración tecnológica destinada al ahorro de energía,
materias primas y trabajo manual, la URSS continuaba aumentando el
gasto de insumos por unidad de producto. Apareció la contradicción
que algunos creían imposible en el socialismo: las relaciones sociales de
producción estaban frenando el desarrollo de las fuerzas productivas,

167
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

especialmente la aplicación de la ciencia, la técnica avanzada y la de los


recursos naturales y el medio ambiente.
Recién a mediados de los años ochenta, después de la muerte de
Brezhnev y Cherchenko, la nueva generación de dirigentes reconoció
que los problemas eran más profundos que los diagnósticos anteriores.
La situación había llegado a un punto crítico. En 1982, se detuvo por
primera vez en decenios, el incremento de los ingresos reales de la po-
blación. El Plan Quinquenal 1981-85 quedó sin cumplirse. Se habían
agotado las posibilidades del crecimiento “extensivo”. Todo dependería,
en el futuro, del crecimiento “intensivo”, del incremento sustancial de
la productividad del trabajo y de la mayor eficiencia de cada uno de
los insumos productivos. Se requería una ordenada reestructuración del
sistema económico, la cual tenía que abarcar también el ámbito políti-
co, para asegurar la comprensión y participación activa de la población.
Cuando la Perestroika fue anunciada en 1985, recibió una aco-
gida favorable. Había consenso en utilizar las ventajas de los métodos
monetario-mercantiles, estimular variadas formas de propiedad social e
individual, reorganizar el sistema de precios de acuerdo con los costos
reales y las demandas de los consumidores, incentivar la innovación
productiva, remunerar adecuadamente a los profesionales y al rendi-
miento individual, elevar la calidad de la planificación global, simplifi-
car y descentralizar la gestión del Estado. Nadie expresaba públicamen-
te otra posición: La Perestroika estaba destinada a reforzar un socialismo
desarrollado y profundizar la democracia socialista; en ningún caso a
restablecer el capitalismo y sus estructuras políticas. Así lo reiteraba
Gorbachov, una y otra vez, hasta que sustituyó su discurso marxista por
el Nuevo Pensamiento, negando la existencia de la lucha de clases; ante
la sorpresa de sus asesores y por cuenta propia empezó a desmantelar las
bases del sistema soviético y sus alianzas en Europa Oriental (Ligachev,
1996; Dobrynin, 1998). Pero, el más audaz de los que renegaron del
socialismo fue Yeltsin quien se hizo con el poder, separó a Rusia de la
URSS, desconociendo la voluntad plebiscitaria de los soviéticos, inten-
tó colocar al PCUS fuera de la ley y ordenó el asalto sangriento contra
el Congreso, instaurando el predominio de la corrupta camarilla de los

168
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

“oligarcas”. Mientras, Gorbachov dimitía de sus cargos, renegaba de su


partido y se declaraba socialdemócrata.
Los dos primeros años de la Perestroika, 1985-87, arrojaron resul-
tados positivos, pero, desde 1987 hasta 1991, una serie de errores, fra-
casos, vacilaciones y agudas divergencias en la cúpula mostraron la for-
mación de una fracción de dirigentes que se encaminaba solapadamente
a liquidar todo el sistema soviético y abrirle paso al capitalismo. Con
este fin atacaron públicamente a los sinceros partidarios de las reformas
dentro del socialismo, calificándolos de “neoestalinistas” y “enemigos de
la Perestroika”. Bajo las dos presidencias de Yeltsin (1991-1999) se pri-
vatizaron acelerada y fraudulentamente las grandes empresas públicas
en favor de verdaderas mafias. Para esta campaña utilizaron los medios
de comunicación masivos, dirigidos por Yakolev, convertido en el prin-
cipal colaborador de Gorbachov. Los defensores de la Perestroika socia-
lista quedaron debilitados. Ante la ausencia de una dirección política
única y decidida, se reavivó el separatismo de algunas repúblicas, como
en Lituania, Georgia, Armenia. Las ciudades, las empresas se lanzaron,
cada una por su cuenta, a la promoción de sus intereses estrechos, loca-
listas o inmediatistas, en contraposición a los intereses de la sociedad en
su conjunto. La indisciplina, la anarquía, acentuaron los desequilibrios
financieros. La inflación se desató, las exportaciones declinaron y, jun-
to a urgentes importaciones de alimentos incrementaron el déficit del
comercio exterior. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), en
los años 1987-89, el producto per cápita se había estancado. En 1990-
91, la economía soviética tuvo un retroceso absoluto. El nivel general
de vida descendió fuertemente por primera vez en tiempos de paz y esa
catástrofe se prolongó por un decenio (Stiglitz, 2002).

ii. La discusión sobre la cesantía y el derecho al trabajo


A medida que se trataba de aplicar la Perestroika, la pugna entre
los que querían destruir el sistema socialista y los que esperaban fortale-
cerlo se fue agudizando. Uno de los temas más discutidos era la política
de empleo.

169
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Los expertos de la OIT afirmaban en 1984 que en la Unión So-


viética y países socialistas de Europa no había desocupación involun-
taria, sino, al contrario, escasez aguda y creciente de mano de obra.
Reconocían que allí regía realmente el derecho a trabajar y la garantía
del puesto de trabajo, consagrados en sus textos constitucionales (OIT,
1984). También estudiaron el desempleo friccional, formado por los
buscadores de trabajo, egresados de la enseñanza, renunciantes volun-
tarios o involuntarios, afectados por reducción de personal de empresas
en reestructuración. Desde los años sesenta, la URSS había restablecido
las oficinas de colocación para facilitar el encuentro entre demandantes
y ofertas de empleo. Según la OIT, el tiempo que estos trabajadores
demoraban en encontrar ubicación era incomparablemente menor que
el que requerían en Occidente (OIT, 1984). Según la ley, las empresas
en reestructuración tenían la obligación de buscar empleos a los despe-
didos. Las empresas o el Estado tenían a su cargo los costos de reciclaje
o mejoramiento profesional.
Los críticos más recalcitrantes del sistema soviético sostenían que
la ocupación plena era una ficción. Aducían no solo la existencia in-
evitable del desempleo friccional, sino también el exceso de personal
en muchas empresas y servicios, al que calificaban de “desempleo dis-
frazado”. Ciertamente el fenómeno existía, pero no se podía calificar-
lo de desocupación. Ésta se caracteriza por su carácter involuntario y
generalizado. Los cesantes carecen de ocupación remunerada cuando
la demanda del capital social es inferior a la disponibilidad de brazos y
cerebros. En el sistema soviético, a través de los planes quinquenales, la
demanda global de las empresas se ajustaba y a menudo era superior a
la disponibilidad de fuerza de trabajo.
En todo caso, existían marcados desequilibrios en las diferentes
repúblicas de la Unión. Desde luego, en las regiones más desarrolladas
predominaba la escasez, y a veces, ésta era aguda. También era difícil
conseguir voluntarios para las grandes obras de Siberia, para el Extremo
Oriente o el norte de la Unión. Al mismo tiempo, en las repúblicas
de Asia Central se dejaba sentir cierto desempleo que en los años del
estancamiento y crisis de la Perestroika adquirió magnitudes alarmantes
sobre todo en la juventud. Una causa de este desencuentro residía en

170
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

la marcada diferencia en el aumento demográfico; mientras en Rusia,


Ucrania y las Repúblicas Bálticas, éste no pasaba de 1 por ciento o
1,5 por ciento, en Asia Central sobrepasaba fácilmente el 2 por ciento.
También a veces se frenaba la movilidad de los trabajadores desde las
regiones excedentarias a las deficitarias, en parte por prejuicios étnicos.
Tampoco se promovía un desarrollo más acelerado en las repúblicas
más atrasadas con superávit, quizás, por las mismas razones.

iii. El fin del pleno empleo


Al final de los ochenta, la crisis del sistema elevó el déficit fis-
cal, aumentó la cantidad de dinero en circulación, mientras los pre-
cios, dejados en libertad total o parcial, se elevaban desordenadamente.
El caos en la producción dejaba vacíos los estantes de las tiendas. El
comercio exterior, otrora respaldado con cuantiosas reservas de oro y
divisas que daban al país solvencia como deudor, cayó violentamente
y en un agudo desequilibrio. La disolución del COMECON (el mer-
cado común de los países socialistas) provocó pérdida de exportaciones
y de fuentes de aprovisionamiento. Incluso la baja de los precios del
petróleo y del gas en los años ochenta le significó a la URSS fuertes
perjuicios. La desocupación involuntaria reapareció en las ciudades; a
poco surgieron sus acompañantes inevitables, la delincuencia y la men-
dicidad. Según Pravda, en el sureste de la Unión, en 1986, la tasa de
cesantía estaba fluctuando, entre el 18 por ciento en Armenia y 27 por
ciento en Azerbaiyán. Se dijo que muchos de los jóvenes detenidos en
los enfrentamientos étnicos armados en la región no tenían trabajo; las
reformas económicas y los despidos entre 1986 y 1989 habían afectado
ya, venían abogando en favor de despidos masivos, argumentando que
de ese modo se acelerarían las reformas, sin importarles si ellas reforza-
rían la cohesión de la sociedad socialista o favorecían la atomización de
los trabajadores. A ello se oponían, en aquel momento, Gorbachov y
sus asesores. En la discusión participaban economistas friedmanianos
occidentales que recomendaban, sin tapujos, el tratamiento de shock,
mientras otros, de orientación keynesiana, recomendaban prudencia y
gradualidad.

171
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

En 1990, según el Ministro del Trabajo, Vladimir Sherbakov, ha-


bía en la URSS, 2 millones de parados. Si la cifra era correcta, la tasa
de desempleo todavía era baja a escala de todo el país, menos del 2 por
ciento en una población activa de 136 millones33. Pero, para 1991, la
Comisión Económica de las Naciones Unidas para Europa anticipaba
unos 5,3 millones de desocupados, lo que ya representaba cerca de un
4 por ciento34. Los pronósticos, según las distintas fuentes, coincidían
en que la desocupación seguiría aumentando. El economista de la OIT,
Guy Standing, agregó que, a ese nivel de desempleo, una incontenible
emigración se desencadenaría sobre Occidente35. Entretanto, la ley la-
boral que entró en vigencia en julio de 1991 estableció que los despedi-
dos continuarían recibiendo su sueldo por tres meses y de permanecer
cesantes gozarían de un subsidio equivalente al 50 por ciento de su
anterior salario, hasta por otros seis meses.
En el decenio de los noventa, Rusia sufrió una depresión más
larga y profunda que cualquiera otra gran economía, en tiempos de
paz. Entre 1991 y 1998, el PIB cayó más de un 40 por ciento y aún
más la industria y la agricultura (Haynes, 2011). Al comienzo de este
período (1992) todavía la cesantía no era tal alta, 5,2 por ciento. La
inflación no solo redujo los salarios reales sino que evaporó los ahorros
familiares acumulados durante décadas. Según el Índice de Desarrollo
Humano por habitante (IDH), en 1987 todavía Rusia se ubicaba en
un favorable lugar 26, entre 130 países. En cambio en 1994 se había
hundido al puesto 72, entre 174 países. El índice de mortalidad que
hasta los años sesenta era uno de los más bajos del mundo, se elevó en
los años 80 y continuó subiendo en los años noventa en forma alarman-
te. Consecuentemente la sobrevivencia de los hombres bajó en 2008
a 61 años, por las malas condiciones de vida y enfermedades como el
alcoholismo. En el 2008 la pobreza oficialmente reconocida afectaba al
16 por ciento de los habitantes, pero una fracción adicional de 27 por
ciento de la población se encontraba en el umbral de ella. La mitad de
la población carecía de ahorros y el 68 por ciento de los pobres no tenía
acceso a tratamiento médico. En la primera oleada de la transición al
33
La Época. Según El País, Madrid, Santiago de Chile, 11 de mayo de 1990.
34
La Época. Según Reuter, Ginebra. Santiago de Chile, 6 de abril de 1991.
35
El Mercurio. Según The Economist, 30 de junio de 1991.

172
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

capitalismo quedaron fuera del mercado laboral una alta proporción de


mujeres, buena parte de la tercera edad, discapacitados, trabajadores de
baja calificación. Según la OIT, en 2008, al inicio de la Gran Recesión
el desempleo se encontraba en el 8,4 por ciento. Sin embargo, la econo-
mía rusa estaba recuperándose, gracias a la elevación de los precios de
los hidrocarburos y al fuerte plan de estímulos fiscales. Según la misma
fuente la tasa de desempleo bajó en el 2010 al 7,5 por ciento y en enero
de 2012 se había reducido al 6,4 por ciento.
La transición a un capitalismo salvaje, particularmente en el pe-
ríodo de Yeltsin, mediante el corrupto proceso de privatizaciones de las
grandes empresas industriales y financieras ha sido profusamente docu-
mentado. Es conocida la formación en esos años de una camarilla, no
exenta de miembros mafiosos, apodados los “nuevos rusos”, una parte
de los cuales ostenta sus lujos en Moscú como lo hacía antes la aristo-
cracia de los zares; otra parte pasa su existencia en las playas de Chipre,
Mónaco y diferentes paraísos fiscales o son protagonistas de la vida noc-
turna en Londres y otras capitales. Según el Informe Capgemini sobre
la riqueza en el mundo, los millonarios rusos sumaban unos 117.000
individuos –menos del 0,1 por ciento de los habitantes; de ellos, unos
62 eran billonarios (más de US. 1.000 millones de capital) y la suma de
todos sus haberes llegaba a 297 mil millones de dólares.. El coeficiente
de Gini calculado para 1992 y 2009 mostró cómo había aumentado la
desigualdad de los ingresos en la era postsoviética. En 1992, cuando el
desastre recién comenzaba era de 0,289, o sea, todavía era uno de los
países con menor inequidad en el mundo, mientras que en pleno capi-
talismo salvaje había aumentado a 0,442, es decir, colocaba a la nueva
Rusia entre los de mayores contrastes.
Rusia dejó de ser el país libre de las crisis y depresiones del capi-
talismo. Su economía quedó fuertemente sometida a los vaivenes del
precio del petróleo que llegó en un momento a 134 dólares el barril
en 2008, para derrumbarse a continuación a 34 dólares en Enero del
2009 y volver a subir hasta más de 100 dólares en los años siguientes. La
dependencia de los ingresos de la producción de gas y crudo y de otras
materias primas, va asimilando la economía rusa a la típica de los países
subdesarrollados. La industria y la construcción redujeron su importan-

173
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

cia como fuentes de empleo y en cambio se expandieron el comercio,


los servicios y la minería. Con todo, el auge de las materias primas y la
resistencia nacional a las políticas neoliberales de recortes sociales le dan
una otra oportunidad a un nuevo modelo ruso de economía regulada y
orientada por el estado.

IV. China desde Mao a Deng


i. Seis décadas de transición al socialismo
El fin del feudalismo en China comienza en 1911 con la revolu-
ción de Sun Yan Tsen que derrocó a la dinastía Manchú e instauró la
República, pero ésta tuvo que convivir con los enclaves coloniales de
británicos, franceses y japoneses, por otros treinta y cuatro años más.
Después de expulsar al invasor japonés, en 1945 estalló la guerra ci-
vil entre las fuerzas pro-norteamericanas del Kuomintang y las de los
comunistas apoyadas por la URSS, en medio de un caos económico
con hiperinflación y desempleo masivo en las ciudades y miseria en los
campos. La victoria militar de los maoístas condujo a la fundación de la
República Popular que completó 63 años de existencia en 2012.
La transición de China al socialismo puede dividirse en tres eta-
pas: a) el primer decenio, o período democrático popular; b) la ruptura
con la URSS y la “revolución cultural” y, c) la instauración de una in-
édita “economía de mercado socialista”.
El primer decenio fue el de la reconstrucción, la superación de los
daños de las guerras y la creación de una nueva estructura económica
y social. En este período, el país salió de la hiperinflación, aumentaron
los ingresos fiscales y se establecieron los equilibrios macroeconómi-
cos. La reforma agraria, realizada por etapas, puso fin al predominio
de los terratenientes y mediante inversiones de infraestructura, limi-
tó los estragos de sequías e inundaciones. Se inició la industrialización
planificada en todo el territorio. El analfabetismo, que afectaba a la
inmensa mayoría fue superado rápidamente. Mejoraron las condiciones
sanitarias y subió la expectativa de vida. La desocupación en las ciuda-
des que afectaba a unos cuatro millones, fue absorbida en los primeros

174
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

seis años. A fines de 1955 se empezó a observar escasez de obreros.


Entretanto, se había establecido agencias de colocaciones e instaurado
un seguro para los desempleados (Solomon, 1957). Para el décimo ani-
versario de la Revolución, los visitantes extranjeros se admiraban ante la
ausencia de mendigos, vagabundos o enjambres de jóvenes y niños en
trabajos precarios, típicos de las ciudades de Asia y África. En cambio,
la sub-utilización de la fuerzas laboral en la agricultura, a causa de su
baja productividad, era visible. En muchos trabajos del campo, por la
escasez de maquinarias o ganado de labor o carga, hombres y mujeres
los reemplazaban. Las grandes obras públicas, a falta de maquinarias,
ocupaban decenas de miles de obreros. En todo caso, toda la población
tenía acceso a un trabajo remunerado que, aunque mínimo, atendía las
necesidades más elementales.
En el segundo período, 1960-1978, la economía y la política ex-
perimentaron un rumbo fluctuante. Se produjo la disputa y la ruptura
con la Unión Soviética y sus aliados de Europa del Este, por múltiples
diferencias sobre la teoría, la práctica y la estrategia. Mao Tse Tung optó
por una variante neo-estalinista, centralizada, autárquica y agresiva
frente a Occidente. Se puso en práctica “el gran salto adelante” con el
cual se pretendió ilusoriamente encontrar un atajo para arribar al co-
munismo, antes que el país saliera de la pobreza y el atraso. En el agro
se implantó el sistema de las comunas populares, agrupaciones sociales
autónomas, consistente en el reparto de las cosechas sobre una base
estrechamente igualitaria, según las necesidades individuales y sin tener
en cuenta el aporte productivo de cada campesino. Esto condujo muy
pronto al desinterés por el trabajo y al estancamiento.
Las primeras críticas a varias de las concepciones y políticas de
Mao de esta etapa se manifestaron ya en 1958. En los sesenta y seten-
ta, el descontento se hizo más intenso y Mao era sostenido por una
campaña de culto a su persona en desmedro de la dirección colectiva,
campaña impulsada por Lin Piao y luego por “La Banda de los Cuatro”,
avaló una represión sistemática y masiva de sus críticos. Se la denominó
“Revolución Cultural” y fue una repetición, con métodos menos vio-
lentos, de la represión estalinista. Durante esta “Revolución Cultural”,
la economía tuvo retrocesos debido al caos que originó. Se informó de

175
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

caídas en la producción de alimentos y reaparecieron las hambrunas


masivas en algunos años de malas cosechas. Se expandió la cesantía en
las ciudades. Muchos desocupados fueron enviados a las zonas rurales.
Se hizo más dura la prohibición de abandonar el campo. Un balance
entre 1958 y 1978, reveló que el incremento del ingreso por familia
urbana fue magro, probablemente menos de un 10 por ciento. Los
campesinos resultaron favorecidos con un aumento mayor, alrededor
de un 30 por ciento (Van Ginneken, 1988, pág. 134). La industrializa-
ción estatal continuó a buen ritmo. En resumen, considerando los dos
períodos, uno bueno y otro malo, la economía creció a un promedio
anual de 5 por ciento.

ii. Primeros pasos del socialismo mercantil planificado


El tercer período comenzó en 1978, superó la grave crisis política
de Tianammen en 1989, pero continuaba vigente en 2013. Después de
las muertes de Mao TseTung y de Chou EnLai y bajo la dirección del
veterano revolucionario Deng TsiaoPing, en los tres decenios siguientes
nuevas generaciones de líderes se han sucedido, manteniendo los prin-
cipios políticos fundamentales definidos en 1978.
En lo económico, se efectuó un viraje desde los métodos buro-
cráticos y la dirección administrativa centralizada hacia una “economía
mercantil-planificada”. La primera serie de reformas se efectuó en la
agricultura. Se derogó la comuna popular, los campesinos individuales
pudieron arrendar por períodos de 14 años las tierras comunales, decidir
el uso de ellas y el destino de sus cosechas; una parte podía ser comer-
cializada libremente. En las aldeas y poblados rurales se estimuló una
mayor autonomía de las pequeñas empresas. Éstas, de propiedad comu-
nal, cooperativa y luego también privadas, se abrieron a la fabricación
de herramientas, fertilizantes, materiales de construcción y generación
eléctrica. Hacia estas fuentes de trabajo se canalizó parte importante del
excedente de población agrícola. En las ciudades, se otorgó a particu-
lares licencias para abrir comercios minoristas, peluquerías, talleres de
reparación de vestuario, calzado, bicicletas, o servicios de transporte.

176
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

En la gran industria, pocos cambios se habían introducido. Pero


luego se ampliaron a todas sus ramas, el comercio, la construcción y los
servicios. Al comienzo, las reformas se redujeron a que las empresas es-
tatales retuvieran parte de sus utilidades, es decir, el remanente después
del pago de impuestos. Se estableció la posibilidad de quiebra y cierre
de empresas y se otorgó mayores atribuciones a los directores genera-
les. Se autorizó la venta de empresas públicas, generalmente pequeñas
y medianas, a los trabajadores por autogestión, empresarios privados,
municipios y provincias, cooperativas y se permitió crear sociedades por
acciones. A mediados de los ochenta la reforma industrial contempló la
reestructuración de la propiedad y gestión de las empresas estatales, la
que se intensificó en los noventa. Se decidió traspasar empresas a muni-
cipios, gobiernos provinciales, cooperativas y empresas autogestionadas
y fomentar la creación de otras nuevas, incluso con participación de
universidades e institutos de investigación. A la vez se privatizó una
parte de ellas, de tamaño medio y pequeño que carecían de importancia
estratégica o porque eran incapaces de autofinanciarse. Se propició la
fusión de empresas y cambios en las líneas de producción.
Se implantó el seguro de desempleo para enfrentar las consecuen-
cias de la fuerte reducción de personal en las empresas reorganizadas.
La ley cubría los despidos, cierre de fábricas y renuncias voluntarias.
Establecía cursos de capacitación en nuevas profesiones y oficios. El
seguro financiaba entre el 60 por ciento y el 75 por ciento del salario
medio de los últimos dos años y duraba hasta un año; se podía extender
un segundo año, pero el subsidio se reducía hasta el 50 por ciento. Las
empresas debían contribuir al Fondo de Cesantía con el 1 por ciento
del fondo de remuneraciones. Se estableció también el contrato a plazo
fijo, pero con una duración no menor de cinco años (Van Ginneken,
1988, pág. 145).
Al mismo tiempo, se abrieron las puertas al capital extranjero, a
través de empresas mixtas y, en algunos casos, como filiales exclusivas.
Se estableció un gran número de zonas geográficas “especiales” donde
podían operar empresas extranjeras. Las provincias costeras asignadas a
este tratamiento recibieron un gran impulso. La inversión extranjera no
solo atrajo mano de obra inmigrante del interior, de baja calificación,

177
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

sino que permitió la creación de empresas nacionales de mayor nivel


tecnológico, destinadas a abastecer a las ensambladoras y más tarde a
ensamblar ellas mismas. Las autoridades provinciales y locales adquirie-
ron más autonomía y posibilidades de financiamiento para infraestruc-
turas urbanas modernas.
Las reformas económicas fueron acompañadas de cambios políti-
cos. Se levantaron las sanciones a los perseguidos, algunos de los cuales
volvieron a ocupar altas responsabilidades de gobierno. Los órganos par-
tidarios reforzaron la dirección colectiva e implantaron la permanencia
temporal en los cargos directivos. En años recientes se puso en práctica
un sistema electoral para los órganos locales de poder. Se redujeron las
restricciones en el campo cultural. China Popular negoció un nuevo
modus vivendi con EE.UU. y Japón, pasando a ocupar su puesto con
derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Reincorporó
pacíficamente a su soberanía los enclaves de Hong Kong y Macao.
Con todo, al final del primer decenio de las reformas de mercado
y en el clima de crisis del socialismo real de Europa Oriental, en Beijing
y otras ciudades se incubó un nuevo descontento por la corrupción,
las desigualdades, la inflación, el enriquecimiento ilícito y la pérdida
de ciertas conquistas sociales, todo mezclado con demandas de grupos
intelectuales partidarios de la democracia occidental y de un giro total
al dominio del mercado. Las manifestaciones masivas de Tiannammen
y su tratamiento dividieron a la dirección del PC chino, pero la ma-
yoría estuvo a favor de sostener el orden público, aunque con tácticas
flexibles. El Ejército se conservó unido en defensa del régimen, junto
a la gran masa de campesinos y obreros del resto del país. Deng Tsiao-
ping, el artífice de las reformas, fue decisivo en la preservación del poder
político y del rumbo al socialismo (los cuatro principios cardinales) y
condenó las propuestas de “liberalización burguesa”. Mientras la URSS
y sus aliados de Europa Oriental sucumbían, los comunistas chinos
resolvieron la trágica crisis de Tiananmen sin ceder en sus principios
fundacionales, corrigieron errores y reafirmaron el previsor viraje hacia
la “reforma y apertura”, reafirmando su objetivo de construir el “socia-
lismo con características chinas”.

178
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

En los años noventa la RPCH fue aceptada como miembro de la


Organización Mundial de Comercio, después de largas negociaciones
no sin antes efectuar concesiones; en todo caso, las ventajas que obtu-
vo de su ingreso le permitieron proseguir la expansión de su comercio
exterior, alcanzar el rango de primer exportador e importador mundial,
obtener constantes superávits en su balanza de pagos y acumular cuan-
tiosas reservas en divisas, como para competir con el FMI. Su Fondo
Soberano de 1 billón 500 mil millones de dólares es el más elevado del
mundo, (Mayo de 2013) convirtiéndose en un factor importante del
mercado mundial de inversiones de capital. Desde luego es el principal
acreedor de la deuda de EE.UU.
Los resultados económicos en el tercer período fueron notables.
En tres decenios (1978-2008) la economía creció a una tasa cercana al
10 por ciento, anual sin que ninguna recesión, internacional o interna
la detuviera. No afectó su marcha ascendente la crisis asiática y siguió
adelante después de la explosión de la subprime, aunque la recesión eu-
ropea y la norteamericana le significaron menores exportaciones. En la
década 2002-12 –la década de Hu Jintao y Wen Jiaobao– China más
que duplicó su PIB total. El FMI pronosticó que para 2016, China
desplazaría a EE.UU. y se convertiría en la primera potencia productiva
del planeta.
El progreso en la agricultura fue espectacular, manteniéndose el
carácter colectivo de la propiedad de la tierra, con diversas formas de
usufructo, familiar o privado, de cooperativas y servicios estatales. La
productividad agropecuaria se elevó con el uso masivo de maquinaria,
semillas mejoradas, riego tecnificado, control de suelos y aguas y otras
técnicas avanzadas. Cientos de millones de campesinos salieron de la
miseria. En 2007, en cada 100 hogares campesinos, había 46 lavadoras,
78 celulares, 94 televisores.
Por las dimensiones de su industria, en 2010 China superó a
EE.UU., pasando a ser el primer productor fabril del mundo. Que-
dó atrás la primera etapa de producción manufacturera liviana para
la exportación como juguetes, textiles o herramientas, para pasar a la
producción y/o exportación de automóviles y camiones, maquinarias y
equipos para la agricultura y la construcción, computadores, celulares

179
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

inteligentes, equipos electrónicos, servicios y aplicaciones de software,


de comunicación, etc. En la primera década del nuevo siglo la pro-
ducción comienza a reorientarse menos a las exportaciones y más al
consumo interno el cual crece, sin ser afectado por las recesiones de
los mercados externos. Grandes contingentes de trabajadores urbanos
adquirieron modernas y nuevas viviendas, equipamiento doméstico,
acceso a la educación superior y bienes culturales. Aunque con retraso
mejoró el acceso a la salud. La expectativa de vida subió a 71 años en
el 2005.
A pesar de su notable aumento a lo largo de décadas, el nivel de
vida de la gran mayoría de la nación china tiene todavía un largo cami-
no por recorrer para alcanzar su meta de una sociedad “medianamente
acomodada”. El producto bruto per cápita chino según el Banco Mun-
dial era de 8.400 dólares (PPP) en 2011, con el cual ocupaba el lugar 94
en el ranking del Banco Mundial, es decir, en la mitad de su lista de 180
economías consideradas; superaba a grandes países del mundo subde-
sarrollado, como Egipto, Indonesia, India y Pakistán, a la casi totalidad
de África y una parte de América Latina, pero todavía por debajo de
Argentina, Chile, México, Venezuela, Brasil, Perú y Colombia. En todo
caso, los habitantes bajo la línea de pobreza no alcanzan al 10 por ciento
de la población total. Por el IDH del PNUD, ocupa el lugar 101 entre
los 200 territorios analizados.

iii. El desempleo y la regulación demográfica


Un gráfico de Econosseur que cubre el período 1977-2007 mues-
tra, con datos oficiales, la evolución del desempleo en el período de la
economía socialista de mercado. La curva parte con una tasa de 5,3 por
ciento, en seguida desciende hasta el 2 por ciento, alrededor de 1985,
luego sube moderadamente hasta el 3 por ciento, en el 2000, para mar-
car el 3,4 por ciento, en el 2004. Por su parte, el Banco Mundial con
datos actualizados hasta el 2 de marzo de 2011, exhibe una curva que
parte en 1981 con el 3,8 por ciento, tiende a disminuir hasta 1985, con
el 1,8 por ciento, y luego asciende al 4,9 por ciento, el 2009, el año más
impactante de la Gran Recesión Mundial.

180
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

Las cifras oficiales incluyen solamente el desempleo urbano. Bei-


jing admitió que en 2010, los desocupados urbanos sumaban 24 millo-
nes de personas en todo el país, mientras que estimaba en 8 millones los
desocupados en las áreas rurales. Esto significa que en ese año al por-
centaje urbano habría que agregar un 1,4 por ciento más para incluir
el desempleo rural. Naturalmente no faltan los críticos de estas cifras.
Algunos informes de la CIA y una encuesta académica china hacen
subir la desocupación total al 8 por ciento. Según Indexmundi.com la
cifra de los urbanos no abarca a los trabajadores migrantes, por lo que,
al por ciento oficial para 2010 de 4,1 por ciento, habría que agregar dos
puntos porcentuales más. Aunque las comparaciones internacionales
dependen en parte de diferencias metodológicas, se observa que ningu-
na de las economías más desarrolladas y pobladas del mundo –EE.UU.,
Rusia, Japón, Alemania– ha logrado en largos períodos reducir las ta-
sas de desempleo a niveles tan bajos como China. Entre los países que
exhiben menores tasas de desocupación figuran India, 3,8 por ciento
(2008); Vietnam 2,9 por ciento (2009); Corea del Sur, 2,9 por ciento
(2012), y los europeos Noruega, Suiza y Austria (2012) (Central Intelli-
gence Agency, 2012); a la vez el grado de desempleo en China es menor
que en otros 190 países y territorios considerados.
En la China post-maoísta, se llevó a cabo por primera vez una
estrategia de regulación demográfica, para incidir en el desarrollo eco-
nómico y en la ocupación laboral. Se propició la campaña “una familia,
un hijo” que otorgó beneficios y subsidios al primer hijo, no así a los
siguientes. Por su parte, las mujeres chinas adoptaron los modernos
métodos anticonceptivos en un grado superior al de sus congéneres de
muchos países desarrollados. En los años cincuenta, la población china
se calculaba en 600 millones. Al comenzar los noventa la cifra se situaba
en 1.100 millones y se esperaba llegar a un techo de 1.500 millones a
mediados del siglo. La tasa de crecimiento demográfico era, a comien-
zos de los setenta de 2,7 por ciento anual, una de las más altas del
mundo. Al inicio de los noventa había bajado al 1,4 por ciento anual
(Banco Mundial, 1986, pág. 228) y se esperaba en los próximos años
bajar a menos del 1 por ciento. Numerosas medidas contribuyeron a
reducir el aumento demográfico y satisfacer mejor el hambre de pues-
tos de trabajo. Algunos especialistas, por el contrario, advierten sobre

181
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

el rápido envejecimiento de la población y la futura escasez de jóvenes


trabajadores (Banco Mundial, 1986, pág. 228).
A pesar de que en 2010 la población rural dejó de ser la mayoría
a favor de la urbana, el margen de aumento de la productividad agrope-
cuaria y rural deja aún espacio para la emigración campesina y la expan-
sión urbana en zonas no congestionadas. Para encausar esta tendencia,
los gobernantes chinos llevan adelante planes de desarrollo en las regio-
nes occidentales poco pobladas, rebajan impuestos y otorgan mejores
precios a los campesinos, instalan nuevos servicios e infraestructuras
que crean ocupaciones y mejores condiciones de vida en las aldeas y po-
blados. Por este cambio, a finales del primer decenio del nuevo siglo la
emigración a las ciudades costeras se redujo. Los empresarios se queja-
ron de cierta escasez de mano de obra, lo que las obligó a ceder aumen-
tos de salarios y otros beneficios que los trabajadores venían reclamando
por medio de movilizaciones y paros, con el acuerdo de autoridades.
En numerosos casos se trató de demandas contra grandes fábricas de
propiedad transnacional, las cuales, violando la ley, no permitían la for-
mación de sindicatos, la negociación colectiva e implantaban jornadas
excesivas o extenuantes.
Según las estadísticas oficiales, en el 2008 la estructura de la pro-
piedad de las empresas industriales era la siguiente: Número de empre-
sas estatales o controladas por el estado, 21.313; de propiedad colectiva
no estatal, 158.950 y, de propiedad privada, 245.850. En cuanto a la
producción industrial bruta, la distribución, en yuanes y en proporción
al valor total era así: empresas estatales o controladas por el estado, 28,5
por ciento: de propiedad colectiva no estatal, 42,78 por ciento y, de
propiedad privada, 28,88 por ciento (Xie, Li, & Li, 2013).
De estas cifras se desprende la decisiva magnitud e importancia
económica de las empresas estatales. A pesar de que constituyen apenas
el 5 por ciento del total de empresas industriales, producen el 29 por
ciento del valor de la producción y sumada al proveniente de las otras
formas de propiedad colectiva alcanza al 71 por ciento del total. En
cambio las empresas privadas, aunque constituyen el 51 por ciento de
las unidades productivas solo aportan el 29 por ciento. Otros indicado-
res como las ganancias, los activos, los impuestos que aportan y la pro-

182
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

ductividad por empleado, son igualmente reveladores de la mayor en-


vergadura de las empresas de propiedad estatal y, en conjunto con las de
propiedad colectiva cumplen un rol determinante en la economía chi-
na. La propiedad pública, además domina áreas tan importantes como
la tierra y los recursos naturales, la banca, la energía nuclear y eléctrica,
la industria petrolera, incluida la petroquímica, la fabricación de barcos
y aeronaves incluido el transporte, las telecomunicaciones, la informá-
tica, la espacial, los armamentos, los medios audiovisuales. Algunas de
estas compañías, por la magnitud de sus ventas, capitales, personal, etc.
figuran entre las más grandes del mundo. Existen también diversas aso-
ciaciones públicas-privadas, joint venture, especialmente con el capital
extranjero, como en el caso de la fabricación de automóviles, camiones,
motores y maquinarias.
Uno de los resultados indeseados del rápido ritmo de crecimiento
con la activa participación del capital privado es la excesiva desigualdad
que se ha generado en los ingresos entre ricos y pobres, entre el campo
y la ciudad, entre regiones de la costa y el interior. Es efectivo que estas
brechas aumentaron, pues el índice de Gini marcaba cifras alrededor
de 0,30 en la época de Mao, (aunque en el marco de una gran pobreza
generalizada) y fue subiendo por sobre el 0,40 a medida del crecimiento
económico, de la expansión del modelo de mercado y del número de
capitalistas privados. Se calculaba en unos 80 el número de billonarios
y en cientos de miles los poseedores de fortunas superiores al millón
de dólares. Una parte de ellos manifestaron sus deseos de radicarse en
el extranjero. En 2010, la OECD publicó un estudio comparativo de
18 países, 9 de ellos desarrollados y los otros 9 emergentes. Ordenados
según el índice de Gini, resultó que China figuraba entre los ocho con
peor desigualdad, mayor que todos los desarrollados, pero menor que
Brasil, Chile, Rusia y México entre otros emergentes. Según los datos
del Banco Mundial, a partir del 2002 la desigualdad en los ingresos se
había estabilizado, llegando a 0,425 para ese año. Ello fue corroborado,
según datos oficiales para 2012, pues el grado de desigualdad medido
por el coeficiente Gini cayó de 0,491 en 2008 a 0,474 en 201236.

36
El Mercurio, 7 de febrero de 2013.

183
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Un ambicioso plan de 35 reformas fue anunciado por el gobierno


saliente de Hu Jintao y Wen Jiaobao, a comienzos de 2013 para reducir
las desigualdades. Contempló, entre otras medidas, aumentar en cinco
puntos porcentuales el aporte de las empresas estatales al presupuesto
estatal, elevar los impuestos a los más ricos, a los productos de lujo, a
las transacciones financieras e inmobiliarias, aumentar el salario míni-
mo, ampliar la cobertura social en educación y vivienda pública. Otros
objetivos concretos del plan son sacar de la pobreza a 80 millones de
personas en los siguientes tres años y cubrir por el estado el 75 por cien-
to del gasto en salud.
En todo caso, la Encuesta Pew, de marzo-abril 2009, encontró
que de 24 naciones estudiadas, los chinos mostraron el nivel más alto
de apoyo para “la dirección en que estaban encaminados”: el 86 por
ciento de los 3.000 consultados en 8 ciudades; además, el 66 por ciento
afirmó que el gobierno estaba “haciendo una buena labor en lo que le
importaba”37.

V. Otras experiencias en Asia


Aparte de China, en otras regiones del Extremo Oriente se han
intentado modelos no-capitalistas de desarrollo. Es el caso de Mongolia
cuyo destino estuvo, desde los años treinta, vinculado a la Unión So-
viética; de Corea del Norte y Vietnam del Norte que surgieron como
consecuencia de la derrota militar de los ocupantes japoneses de ambos
países. En los años setenta, Kampuchea y Laos iniciaron también re-
formas con una perspectiva socialista. La característica general de todas
estas experiencias es que se realizaron en regiones muy atrasadas y po-
bres, con la sola excepción de Corea del Norte. Economías naturales,
sin intercambio, poblados aislados, nomadismo, relaciones patriarcales
y feudales, eran la tónica general. Todos estos pueblos necesitaban una
fuerte ayuda exterior para despegar, pero, solo la recibieron en modesta
escala de China y la URSS y de algunos países de Europa. A la vez,
tuvieron que soportar la hostilidad, el bloqueo, y hasta la intervención

37
The Times, citado por El Mercurio, 30 de septiembre de 2009.

184
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

armada de los potentes ejércitos de EE.UU. y sus aliados, como en las


guerras de Corea (1949-53) y de Vietnam (1958-1976).

i. Vietnam, el difícil despegue


Vietnam, considerada como una de las naciones más pobres de
Asia ha sido también una de las más martirizadas por las guerras del
siglo XX. Su capacidad de resistencia, liderada por el respetado Ho Chi
Min y sus compañeros durante medio siglo, es también excepcional.
Durante decenios los vietnamitas tuvieron que soportar la colonización
francesa y sus violentas represiones, y luego por 18 años la ocupación
militar y los bombardeos estadounidenses. La agresión norteamericana
dejó 2 millones de muertos, 4 y medio millones de heridos y mutilados
y 9 millones de emigrados y refugiados. La Fuerza Aérea de EE.UU. ha-
bía arrojado en la Segunda Guerra Mundial, en territorios más vastos,
la tercera parte de las bombas que lanzó en Vietnam38. Quedó destruida
gran parte de la red ferroviaria, los puertos y, debido al napalm y al
agente naranja, miles de hectáreas de bosques y sembrados agrícolas. En
1976, el retiro forzado de las tropas estadounidenses –la mayor derrota
militar y política de EE.UU.– permitió la unificación de Vietnam, la
creación de un Estado soberano e independiente y el comienzo de su
construcción económica pacífica. Hasta entonces, los vietnamitas no
conocían otra economía que la de guerra, la emergencia, la escasez y
el rígido racionamiento. El atrasado nivel de equipamiento productivo
mantenía al país muy vulnerable a los tifones, inundaciones y plagas.
A pesar de todo, el Banco Mundial constató que, en el período
de ocho años desde el fin de la guerra, la producción de alimentos por
habitante había crecido en 23 por ciento, aumento que estuvo entre los
diez más altos del mundo. La expectativa de vida promedio subió a 72
años en 2011, un resultado mejor que muchos países en desarrollo, con
iguales o superiores ingresos por habitante. La población en situación
de pobreza al 2010 no pasaba del 10 por ciento, menor que muchos
países latinoamericanos. El indicador de desigualdad de Gini era de
0,378 hacia el 2008, también comparativamente bajo (Central Intelli-
38
Panorama, 24 de mayo de 1987.

185
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

gence Agency, 2012). No obstante, el país tiene aún un largo camino


por recorrer. El IDH del PNUD en el año 2012 lo situaba en el lugar
127º del ranking mundial.
Diez años después del fin de la guerra, Vietnam afrontó una nue-
va desgracia: el fin de la ayuda soviética, a raíz de su colapso. En 1987,
se produjo un gran viraje en la estrategia política y económica. Tal fue
la llamada “Renovación” (Doi Moi), impulsada por el mismo Partido
Comunista de Vietnam que gobierna todo el territorio nacional unifi-
cado. Una nueva generación de dirigentes emprendió una vasta rees-
tructuración institucional con vistas a utilizar una economía de merca-
do regulada para construir en el largo plazo una sociedad socialista. La
Renovación abrió espacios a la empresa privada y a diversas formas de
propiedad colectiva, a la expansión del mercado interior y exterior y a
las inversiones extranjeras. Las 12.000 empresas estatales que había en
1989 se redujeron a 4.000. Muchas se fusionaron y otras se privatiza-
ron. En 10 años su proporción en la economía nacional bajó desde dos
tercios a un tercio. Se calcula que en conjunto producen el 40 por cien-
to del PIB. Mientras la mayoría de las empresas privadas son pequeñas y
medianas, aunque también hay grandes, las compañías estatales son de
mayor tamaño. Estas prevalecen en sectores estratégicos como la indus-
tria petrolera, minerales, construcción de barcos y otras áreas. De las 50
mayores empresas por ingresos, 36 eran estatales y 16 privadas. De las
diez más grandes 9 son públicas y solo una es privada. La similitud con
el modelo de desarrollo chino es evidente, aunque también la Do Moi
vietnamita se atiene a sus propias particularidades nacionales, políticas
y geográficas.
Según el Wall Street Journal, Vietnam es “una de las estrellas de
la nueva generación de mercados emergentes”39. Su población de 91
millones y su vigoroso crecimiento económico y demográfico otorgan
a su economía un potencial de gran mercado interno. Dada la existen-
cia de bajos salarios, limitados por su reducido producto per cápita de
3.300 dólares a paridad de poder de compra, el país es uno de los países
asiáticos que más atrae la inversión extranjera, incluso la que se despla-

Wall Street Journal, “Crisis de naviera expone los límites del modelo estatal de creci-
39

miento en Vietnam”, 22 de septiembre de 2010.

186
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

za desde China. Fabrica una diversidad de productos para el mercado


externo, desde textiles y vestuario hasta ensamblados de computadoras
y celulares, exporta petróleo, camarones y alimentos procesados. En el
decenio 2000 a 2010, la industria aumentó su participación en el pro-
ducto interno desde 36 por ciento al 41 por ciento. Después de tener
racionada por muchos años la disponibilidad de su alimento principal,
Vietnam se convirtió en el segundo exportador mundial de arroz. El
crecimiento medio anual del PIB en la década 2010 se mantuvo en el 7
por ciento con algunos altibajos. La Gran Recesión le produjo no pocas
dificultades y desequilibrios económicos. Con todo, según cifras del
FMI el desempleo se mantuvo en reducidos niveles: 4,4 por ciento en
2010; 4,1 por ciento en 2011; y 4,5 por ciento en 2012, o sea entre los
más bajos del mundo.

VI. Cuba: El desafío socialista en América Latina.


Al comenzar la década del 2010, Cuba se encontraba una vez más
en el centro del debate. La historia de sus últimos cuarenta años provoca
los más encontrados y apasionados juicios. En todo caso la pequeña isla
del Caribe y su experiencia socialista de más de cuatro décadas consti-
tuye un rico material de análisis, particularmente para todos los pue-
blos en vías de desarrollo. Los especialistas en los problemas del empleo
pueden hacer sugerentes comparaciones con la situación en otros países
similares.
La historia debe empezar recordando los años previos de la caída
de Batista –1956-57–, donde los desocupados totales sumaban unos
450.000, en los meses de baja de la industria azucarera, la principal
actividad económica en la isla. El índice de desempleo abierto descen-
día hasta el 8 por ciento en plena zafra, para ascender hasta el 16 por
ciento en los meses de inactividad. Pero, el problema afectaba también
a los que subsistían con trabajos precarios. En suma, tres de cada diez
personas en edad activa carecían de ingresos estables o permanentes. Tal
era la magnitud del problema socioeconómico más grave que padecían
los cubanos (Brundenius, 1984).

187
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

En los años sesenta, la erradicación del desempleo se planteó


como una tarea prioritaria. Para lograrlo, se intensificaron y diversifi-
caron las actividades agrícolas, se inició la industrialización sistemática
y se ampliaron los servicios sociales. Como en muchos otros países, la
reforma agraria cumplió aquí un rol importante. Expropiados los lati-
fundios, las haciendas cañeras se transformaron en cooperativas, mien-
tras una parte importante de otras tierras permanecieron en poder de
campesinos individuales. Los obreros temporales del azúcar se convir-
tieron en trabajadores de la industria a tiempo completo. En la indus-
tria azucarera tuvo lugar una intensa mecanización que permitió dejar
atrás la época de los braceros. El excedente de obreros poco a poco fue
absorbido en otras actividades. A fines de la década, cuando Cuba usó
de todas sus fuerzas para cumplir la zafra de los 10 millones, el índice de
la desocupación marcaba 1,3 por ciento; fue un momento excepcional
que no se volvería a repetir. En todo caso, se hacía sentir una cierta esca-
sez de fuerza de trabajo. Por tal razón se apeló a la reserva femenina que
permanecía en el hogar. Se operó entonces una fuerte incorporación de
la mujer al trabajo remunerado.

i. Comercio exterior y desempleo


Al final del decenio, la crisis económica externa golpeó los precios
del azúcar, llegándose a los niveles más bajos en todo el siglo. Aunque
la mayor parte de las exportaciones se colocaba en la URSS y Europa
Oriental a buenos precios, cerca de un tercio iba a los mercados capi-
talistas. Escasearon las divisas, se dificultó la importación de materias
primas y repuestos vitales procedentes de Occidente, provocándose
interrupciones en la producción. Para enfrentar la amenaza del paro
forzoso se estableció el sistema de los “disponibles”, según el cual los
obreros temporalmente sin trabajo recibían un subsidio equivalente al
70 por ciento de su último salario, sin menoscabo de sus derechos a la
atención médica y a la educación gratuitas. Cuando en 1981 se efectuó
el Censo de Población, el índice de desempleo indicaba un 3,4 por cien-
to de la fuerza de trabajo nacional, cifra muy inferior a los promedios
latinoamericanos y mundiales.

188
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

En los años ochenta, la economía interna sintió los impactos de


las conmociones internacionales. El azúcar de caña perdía mercados por
la competencia de la fructuosa y otros sustitutos y el dumping de la Co-
munidad Europea. Mientras la crisis en el mercado azucarero causaba
estragos en Filipinas, Santo Domingo y otros exportadores, provocando
serias repercusiones sociales, en Cuba se lograba mantener el empleo.
En todo caso, el potencial de desocupación se anticipaba como se-
rio: se detectaba un exceso de personal en las empresas, los servicios y en
el campo. En algunas zonas no había suficientes nuevos puestos de tra-
bajo. Los jóvenes graduados debían aceptar ocupaciones de inferior ca-
lificación. Entonces se utilizaron nuevas fórmulas para aliviar la tensión.
En la segunda mitad del decenio, más de 13.000 jóvenes cubanos
laboraban por convenios gubernamentales, en las fábricas de la RDA,
Checoslovaquia y Hungría. Otro número importante de trabajadores se
encontraba en el exterior en obras de construcción y servicios de salud
o educación en países del Tercer Mundo. En algunos casos se trataba de
contratos comerciales de empresas cubanas, en otros, ayuda al desarro-
llo. Desde luego, el propio servicio militar de dos años y la magnitud
de las FF.AA. cubanas absorbían también una proporción importante
de jóvenes.
Pese al bloqueo norteamericano, la hostilidad constante de mu-
chos gobiernos occidentales y las fuertes sacudidas que provenían de la
economía mundial, el balance del crecimiento económico cubano en
los ochenta resultó positivo. Según los índices comparativos presenta-
dos por el Banco Mundial, Cuba aparece a la cabeza de toda América
Latina y el Caribe. El crecimiento cubano por habitante habría sido
de 3,3 por ciento entre 1980 y 1989, muy por sobre los demás países
de América Latina y el Caribe. Los que siguen fueron Chile, a un pro-
medio de 2,7 por ciento y Puerto Rico, a una media de 2,3 por ciento
anual. En este periodo se observa que 18 países del continente no solo
no tuvieron crecimiento alguno, sino que registraron fuertes retrocesos.
El crecimiento económico cubano durante las dos décadas críticas de
los setenta y los ochenta, en medio de retrocesos de muchos países de
África y América Latina, explica en buena medida su éxito en el soste-
nimiento de niveles de empleo cercano a la plenitud.

189
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

ii. El “periodo especial” y los noventa


Al comenzar los noventa, Cuba recibió uno de los golpes más
fuertes de su historia: La desaparición de los estados socialistas europeos
y particularmente la disolución de la Unión Soviética. Se calcula que
esto equivalió a la reducción de las tres cuartas partes de los suministros
que recibía del exterior, entre ellos el petróleo, además de la liquidación
abrupta de créditos y mercados para sus productos tradicionales. A eso
se agrega la ofensiva norteamericana. Los pronósticos eran sombríos; se
dudaba de la capacidad del régimen para sobrevivir.
A fines de los ochenta, el régimen había emprendido sus propias
reformas: se buscaba rectificar los errores, suprimir las fuentes de espe-
culación en los mercados libres, reducir la burocracia. Cuba emprendió
un viraje económico. Se impulsaron todas las posibilidades de ahorro
de divisas y, especialmente, de fuentes de exportación. A ello tienden,
entre otras medidas, la masificación del uso de la bicicleta, la vuelta a los
animales de labor en el campo, el reciclaje y la utilización de desechos,
la supresión total de combustible para la elaboración de azúcar y su
remplazo por la caña de desecho, la intensificación de la exploración y la
extracción de petróleo, la disminución drástica del transporte urbano.
Se mejoró la producción de cítricos y otras frutas para la exportación, se
amplió los subproductos de la caña de azúcar, se expandió espectacular-
mente la infraestructura turística. Cuba sorprendió por el desarrollo de
una tecnología de ingeniería genética. Para sustituir los mercados per-
didos y constituir una capacidad exportadora, el régimen cubano buscó
la asociación con el capital privado extranjero, en los marcos de una
aguda competencia entre los países en desarrollo, por atraer inversiones
foráneas. Esto, acompañado del empeño por no rebajar las condiciones
de dignidad de sus trabajadores y de su Nación.

190
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

gráfico IV.VI.1
Tasa de Desempleo y crecimiento del PIB en Cuba 1990-2011
(dólares, constantes porcentaje)

fuente: Elaboración propia a partir de datos de CEPAL Stat.

A pesar de la fuerte crisis que tuvo lugar en el llamado “periodo


especial” (1990-1993), y que hizo retroceder el PIB por habitante a
los niveles de 1975, Cuba fue capaz de mantener niveles de desempleo
siempre bajo el 6 por ciento. Es en este periodo donde se operan cam-
bios importantes en la estructura económica cubana. Como lo señala
Doimeadiós (2008), el crecimiento en este periodo transitó desde uno
basado en acumulación de factores –capital y trabajo– vigente hasta
1990, a uno impulsado por mejoras en productividad. Los procesos
de descentralización de la toma de decisiones económicas, que ya no
recaían en el Gobierno central, sino en que gobiernos locales o geren-
cias propias de las empresas del Estado, ayudaron a salir de la crisis del
llamado periodo especial, aumentando las ganancias en eficiencia. A su
vez, estas reformas económicas levaron la tasa de desempleo en la isla a
máximos históricos (8,3 por ciento en 1995), evidenciando los duros
ajustes que tuvieron lugar en estos años.
Desde 1995 en adelante la situación fue mejorando, y la desocu-
pación cayó hasta llegar a un mínimo de 1,6 por ciento anual en 200840.

40
Mientras que la CEPAL utiliza las cifras oficiales de desempleo entregadas por la
Oficina Nacional de Estadísticas, la OIT y el Banco Mundial manejan tasas mayores
de desempleo que sin embargo, no se alejan en más de un decimal de las cifras oficiales.

191
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Según los datos del Banco Mundial, las exportaciones continuaron al


alza y ya en 2003 superaban los niveles históricos alcanzados previamen-
te en 1985, aun cuando la mayor parte de la producción industrial aun
no recupera los niveles previos a 1990. El turismo ha sido sin duda im-
portante en la obtención de divisas y la generación de encadenamientos
productivos. La gran disponibilidad de profesionales, que experimentó
un boom a partir del 2002, con una apertura masiva de matrículas en
educación superior, sumada al alto nivel de calidad demostrado en las
pruebas estándares que realiza la UNESCO, proporciona a Cuba un ele-
vado potencial de capital humano, que colocado al servicio de las estruc-
turas productivas adecuadas puede ayudar enormemente a incrementar
la productividad y los ingresos de la isla.
Uno de los males endémicos de la experiencia socialista cubana,
compartida en general con otros socialismos reales, es la baja producti-
vidad del trabajo y las abultadas planillas de trabajadores estatales, que
en parte garantizan el pleno empleo. Para trabajos donde se necesitan
solo 3 empleados, la planilla de contrataciones considera 5 personas o
más. Según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas, el empleo en-
tre los años 2001 y 2010 era en promedio, un 82 por ciento de empleos
estatales, mixtos y servicios comunales; aun así, esta situación parece
ser menos “estatista” que aquella de la década del 80, cuando el empleo
en este sector ocupaba alrededor de un 95 por ciento de la fuerza de
trabajo (Piñeiro, 2011). Sin embargo, las reformas propuestas por el
VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, realizado en 2011, con-
sideran cambios en las dinámicas y estructuras económicas dirigidas a
relajar esta situación. Despidos masivos del sector estatal tuvieron lugar,
en concordancia con los Lineamientos de la Política Económica y Social.
Todo indica que el empleo no estatal aumentará cada vez más, ya sea en
formas cooperativas o a través de cuentapropistas, que en la práctica em-
piezan a funcionar como pequeñas empresas mercantiles. La idea es do-
tar a la economía cubana de mayor capacidad de inversión productiva,
dotarla de adaptabilidad, y aumentar la eficiencia y la productividad.
El fin último es aumentar la capacidad productiva de la econo-
mía cubana, eliminar las restricciones activas al crecimiento, elevar la
eficiencia y la productividad y, de esta manera, el ingreso de los cu-

192
Capítulo IV: El empleo en el mundo socialista

banos. Todo esto combinado con una alta protección, característica


fundamental del modelo económico y social. A pesar de que, según el
PNUD, Cuba se posiciona como el cuarto país en Latinoamérica con
mayor Índice de Desarrollo Humano promedio entre 2005 y 2011, de-
trás de Chile, Argentina y Uruguay, los niveles de ingreso aún son bajos.
Niveles aceptables de ingreso, junto a empleos estables y de calidad son
determinantes fundamentales de un buen vivir, o de una buena sociedad.

193
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

CAPÍTULO V: CHILE Y EL EXPERIMENTO NEOLIBERAL

“Ayer, buscando trabajo,


llamé a una puerta de fierro.
Como si yo fuera un perro
me miran de arrib’ abajo.
Con promesas a destajo
me han hecho volver cien veces,
como si gusto les diese
al verme solicitar.
Muy caro me hacen pagar
el pan que me pertenece.
No demando caridá’,
ni menos pid’ un favor;
pido con mucho rigor
mi derecho a trabajar;
yo quiero ganar mi pan,
mi harina y mi ají picante.
Con su sonrisa farsante
me dicen por vez postrera,
que al llegar la primavera
puede ser que haiga vacante”.

Décima 62, Violeta Parra.

I. Modelos económicos hasta 1973


i. El desempleo en el modelo hacia afuera
La aparición del desempleo se remonta en Chile a los orígenes del
capitalismo. Ya a mediados del siglo XIX, masas de campesinos sin tie-
rra, los llamados “afuerinos” deambulaban por los caminos en busca de
trabajo. Tan pronto la producción de cobre, oro y plata pasó a depen-

195
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

der del mercado inglés, el país comenzó a sentir las bruscas sacudidas
del ciclo capitalista. Los historiadores chilenos advirtieron sus primeros
efectos a fines de la década de los cincuenta.
A comienzos del siglo XX, la industria salitrera se convirtió en la
principal fuente económica del país, sometida por completo a las fluc-
tuaciones del mercado mundial. Entre 1895 y 1920 se registran siete
caídas abruptas de la actividad extractiva, es decir, aproximadamente
una cada tres años. Los despidos de obreros en la región adquieren una
dimensión masiva (Ortiz, 2005).
Las características de las provincias del norte donde, fuera de la
explotación del nitrato, no había otras fuentes de trabajo ni tierras para
producir alimentos, aumentaba la gravedad de la cesantía. Miles de tra-
bajadores con sus familias abandonaban las “oficinas”, agotadas las exis-
tencias de víveres y se concentraban en los puertos en busca de trabajo,
comida, vivienda o de su traslado al sur del país. A los pampinos se les
despedía sin previo aviso, junto con cancelárseles el último salario. Pero
ellos no se resignaban a morirse de hambre. En los puertos se realizaban
asambleas, desfiles, menudeaban los motines y los choques con las fuer-
zas de orden. Los gobiernos de la época, temerosos de estallidos sociales,
adoptaron algunos paliativos. Pero, no se arbitraban medidas de fondo,
tales como estabilizar el empleo en las oficinas o crear nuevas fuentes
de producción.
Mientras tanto, en la plataforma de la recién creada Federación
Obrera de Chile (1909), así como en los programas de los partidos
Obrero Socialista (1915) y Radical (1919), se inscribía el seguro de
cesantía, como una de las principales reivindicaciones (Ortiz, 2005).
Al finalizar la Primera Guerra Mundial tuvo lugar una fuerte depresión
que afectó a Chile como a otros países. La extrema dependencia del sa-
litre y la aparición de un competidor, el “sintético”, hizo que las conse-
cuencias de esta caída fueran más prolongadas. Las principales víctimas
fueron los obreros y sus familias.
“La paralización o reducción de faenas lanzó a la desocupación a
decenas de miles de trabajadores de tal manera que en 1922 el número
de cesantes excedió de cien mil, los que con sus familias representaban a

196
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

lo menos cuatrocientas mil personas. En el aumento de la desocupación


–escribía El Mercurio de Santiago, el 21 de junio de 1927– ha contri-
buido grandemente la paralización de las oficinas salitreras de Tarapacá
y Antofagasta, las cuales han producido el éxodo de cincuenta mil per-
sonas” (Ramírez, 1965).
Entre 1919 y 1933, el paro forzoso constituyó uno de los más
graves problemas que enfrentó el país. Por lo mismo, fue un período de
grandes convulsiones sociales y políticas: Fin de los gobiernos aristocrá-
ticos, agitación de las clases medias, golpes de estado, dictadura militar.
El estallido de la crisis mundial de 1929 vino a agravar el cuadro
general. Mientras el comercio mundial caía en un 25 por ciento entre
1927-29 y 1932, las exportaciones chilenas se reducían en un 90 por
ciento. Considerando únicamente a los inscritos en las bolsas de traba-
jo, entre comienzos de 1931 y fines de 1932, los cesantes aumentaron
veinte veces (Muñoz G., 1977). Hernán Ramírez consigna que unas
300 mil personas, más de la sexta parte de la población activa de la
época, eran desempleados absolutos.
Numerosos conflictos laborales explotaron en este período. Entre
otras exigencias, se demandaba el término de los despidos colectivos y
los lockout de las empresas, la implantación de la jornada de 8 horas, el
derecho a la sindicalización, la protección de los cesantes. La Federación
Obrera de Chile exigía el salario mínimo y el seguro obrero obligatorio.
La dependencia pasiva de la economía chilena del mercado capitalista
mundial, la dominación inglesa que empezaba a ser sustituida por la
norteamericana, el monopolio del poder por parte de los representantes
de la banca y el latifundio, la ausencia de una producción orientada
hacia el mercado interno, y las doctrinas liberales y conservadoras que
justificaban este estado de cosas, era lo que había entrado en crisis.

ii. Resultados del desarrollo hacia adentro


Entre 1938 y 1970, la cesantía fue reducida considerablemente,
aunque no erradicada. El progreso material adquirió un mayor dina-
mismo. Se modificó la estructura de la producción. El mercado interno

197
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

en lugar del externo pasó a ser el determinante. Ante la pérdida de su


capacidad de exportación, Chile se vio obligado a crecer hacia adentro.
Se emprendió una política deliberada de industrialización, de creación
de fuentes de trabajo productivas. El Estado –a través de una nueva
y original institución, la Corporación de Fomento de la Producción
(CORFO)– cumplió un papel promotor en la instalación de nuevas
industrias y empresas privadas, mixtas y estatales. Se emprendió la ex-
plotación y elaboración del petróleo; se construyó una red eléctrica na-
cional basada en nuestros recursos hidráulicos; se desplegó la industria
siderúrgica y la metalmecánica. Se inició la elaboración del cobre.
La agricultura recibió nuevos impulsos. Se promovió la fertiliza-
ción química de las tierras, la mecanización de las faenas; se fomentó la
producción de cereales, se introdujeron nuevos cultivos como las olea-
ginosas y la betarraga azucarera.
La traumática experiencia de la Gran Depresión de los años trein-
ta obligó a adoptar medidas anticíclicas. Los gobiernos asumieron la
responsabilidad de mantener el empleo, evitando sus caídas bruscas y
masivas. El presupuesto fiscal se incrementó con nuevos impuestos que
afectaron al gran capital y a las compañías norteamericanas del cobre.
Se elevó el gasto social y las inversiones en obras públicas, viviendas po-
pulares e instalaciones industriales. Los pequeños y medianos mineros
y agricultores recibieron apoyo del Estado sobre todo en los períodos de
caída cíclica de los mercados externos.
Los avances fueron el fruto de la lucha infatigable, a trechos in-
fructuosa, de los sindicatos y de las fuerzas políticas de izquierda. Logros
concretos fueron las llamadas “leyes sociales”, tales como el contrato de
trabajo, el seguro obligatorio, el derecho a la sindicalización. Estas leyes
fueron puestas en vigor en 1924, pero comenzaron a aplicarse plena-
mente, a partir del Frente Popular. Un vacío notorio de esta legislación
fue que los campesinos quedaron al margen de ella.
Al estudiar la desocupación entre 1938 y 1970, es conveniente
separar el período en dos etapas: la primera desde 1938 hasta 1958, la
segunda, desde 1959 hasta 1970.

198
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

La primera está marcada por la presencia de momentos puntuales


en que la economía nacional retrocede abruptamente. Las bajas cíclicas
corresponden a efectos de la coyuntura internacional, asociada con caí-
das en los mercados del cobre y de las materias primas. Las recuperacio-
nes fueron rápidas; en los tres casos, en el plazo de un año, se superaron
los niveles de pre crisis. En esto tuvo su influencia, la política anticíclica,
de inspiración keynesiana aplicada por los gobiernos.
En la segunda, nos encontramos con la recesión de 1959-60. Para
esa época contamos por primera vez con cifras trimestrales de la des-
ocupación, elaboradas por el Departamento de Economía de la Uni-
versidad de Chile, sobre la base de encuestas, que se refieren al Gran
Santiago. De ellas se desprende que en marzo de 1959 el desempleo era
sumamente elevado (gráfico V.I.1).

gráfico V.I.1
Tasa de Desempleo en el Gran Santiago 1957-2013
(serie original, porcentajes)

fuente: Elaboración propia a partir de los datos de la Encuesta de Ocupación y Des-


ocupación de la Universidad de Chile.
Nota: Los promedios corresponden a los meses de junio de cada año, según método
Hot-Deck.

199
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

La recesión de 1959-60, a diferencia de las anteriores tuvo lu-


gar bajo un gobierno conservador. La presidencia de Jorge Alessandri
(1954-64) fue un paréntesis en la tónica general del período 1938-70.
Se puso en práctica la llamada “política de estabilización” ejecutada bajo
la presión del FMI. Con el fin de abatir la inflación, se aplicaron me-
didas abiertamente recesivas. Sus efectos sociales negativos se prolon-
garon por más de dos años. La cesantía tuvo un notorio agravamiento;
mientras el Censo de Población de 1952, mostró una tasa del 3,4 por
ciento, el de 1960 descubrió que se había duplicado al 6,7 por ciento
(Cademartori, 1972).
Desde mediados de la década, el desempleo se iba tornando en un
problema preocupante. La elevación de los índices a finales del decenio,
era un síntoma de que la economía se estancaba. En esta situación in-
fluía el agotamiento del modelo “desarrollista dependiente”. Al país le
era cada vez más difícil avanzar sin realizar reformas estructurales.

iii. Los mil días de Allende


“El 71 las máquinas no paraban día y noche. Cuando alguien tenía que
ir al baño, alguien lo remplazaba “al tiro” para no parar la producción. Nunca
me lo había imaginado cuando quería estudiar para enfermera que iba a estar
tan feliz y sacando tan buena utilidad como obrera textil”.
Benavente (1985).

El Gobierno de Salvador Allende –dos años y diez meses– fue


uno de los más breves en la historia de Chile, duró menos de la mitad
del mandato para el que fue elegido; derribado por un golpe de estado
fue seguido por una dictadura militar que eliminó el sistema democrá-
tico. Está documentada la participación de Washington en el apoyo a la
conspiración, de ella formó parte la virulenta oposición derechista a l a
que fueron arrastrada la Democracia Cristiana y gremios profesionales.
Para apreciar debidamente la performance de la Unidad Popu-
lar en materia económica y empleo es indispensable tener en cuenta

200
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

el contexto en que gobernó. Uno de los elementos del plan Nixon-


Kissinger fue la desestabilización de la economía. Para esto se impuso la
reducción abrupta de los créditos externos (BID, Banco Internacional y
Eximbank), y préstamos de la banca comercial y proveedores; se inten-
tó embargar las exportaciones del cobre; se ejerció el boicot a materias
primas y repuestos vitales; se entregó financiamiento y apoyo logístico
a grupos terroristas, empresariales, políticos, y medios de comunicación
para campañas de opinión pública, elecciones, huelgas, conflictos so-
ciales y operaciones de mercado negro. Con el fin de atarle las manos al
gobierno, la oposición logró hacerse fuerte en el Congreso Nacional, el
Poder Judicial, y parte del aparato burocrático. Fueron bloqueados nu-
merosos proyectos de leyes, entre los cuales los de financiamiento fiscal
y la de estructuración de las áreas de propiedad, indispensables para la
estabilidad financiera y productiva.
La recesión artificial provocada por el Plan Nixon fue supera-
da. La economía creció durante los primeros dos años. Y ello, en me-
dio de reformas estructurales –nacionalización del cobre, estatización
de la banca, aplicación a fondo de la reforma agraria, eliminación de
los monopolios industriales y comerciales– prometidas en el programa
presidencial. Los críticos posteriores a este período no pueden dejar de
reconocer los logros del gobierno de la UP. Sebastián Piñera y Patricio
Meller afirman que “en el corto plazo, la implantación de medidas re-
distributivas, unidas a otras medidas de carácter expansivo, se traduje-
ron en una utilización intensiva de la capacidad instalada, con un efecto
positivo notable sobre el empleo” (Meller & Piñera, 1978). Es lo que
queda confirmado en el gráfico V.I.1.
Los datos demuestran cómo fue bajando la desocupación. El pro-
medio existente durante la administración de Alessandri fue de 6,6 por
ciento y en el período de Frei fue de 6,0 por ciento, en cambio en el
gobierno de Allende fue solo de 2,8 por ciento. Desde que se aplica la
encuesta de Ocupación y Desocupación de la Universidad de Chile, o
sea por más de 50 años, nunca se había logrado reducir la desocupación
a un punto tan bajo, como se verá más adelante. Piñera y Meller desme-
recen este éxito al agregar que “fue acompañado de un igualmente no-
table impacto negativo sobre la productividad de la mano de obra”. Tal

201
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

afirmación es refutada por el Banco Mundial; según sus cálculos, la pro-


ductividad en la industria fue 6,5 por ciento mayor en 1971 y 3,7 por
ciento superior en 1972, a la existente en 1970 (Banco Mundial, 1973).
La reducción del paro forzoso y la creación de nuevos puestos de trabajo
fueron el fruto de la reforma agraria, la nacionalización de industrias
básicas, la ampliación de los servicios sociales, y el mejoramiento de los
sueldos y salarios. Hubo que aumentar los turnos en las industrias para
hacer frente a la expansión del mercado interno. Se aplicó estrictamente
la ley vigente de estabilidad en el empleo. Fueron prohibidos los des-
pidos masivos y las exoneraciones por motivos ideológicos o políticos.
Ciertamente hubo errores en la aplicación de esta política. Se descuida-
ron los equilibrios macroeconómicos. Las importaciones excedieron la
capacidad para importar la que se redujo por factores externos al país.
La emisión monetaria fue excesiva y el déficit fiscal creció desmesurada-
mente. Hubo reajustes de remuneraciones que superaban la capacidad
de las empresas. Pero la oposición política contribuyó al aumento de la
inflación, al negar los recursos tributarios para el financiamiento fiscal.
Su objetivo declarado era desestabilizar la economía, provocar el caos,
con el fin de ambientar el derrocamiento del gobierno constitucional.

II. Dictadura y neoliberalismo


i. Las crisis del Petróleo (1974-75) y de la Deuda Externa (1982-85)
El período que va desde el golpe militar de 1973 hasta el ple-
biscito presidencial de 1989 significó un cambio muy profundo con
respecto a los decenios anteriores. Desde el punto de vista político, se
pasó de un sistema democrático-constitucional a una dictadura ejercida
por una cúpula militar. Adquirieron gran influencia los grupos financie-
ros y los políticos de derecha; fueron reprimidos los partidos políticos
de izquierda, los sindicatos y las organizaciones sociales populares; su-
primido el parlamento; intervenidas las universidades; controlados los
medios de comunicación masiva. Ningún gobierno en el siglo XX tuvo
en Chile un poder más absoluto, para hacer y deshacer, para modelar
la economía y sociedad a su completo arbitrio. Y esto fue lo que se
intentó, sobre la base de una ideología sui-generis: la suma del neolibe-

202
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

ralismo económico más la doctrina de la Seguridad Nacional. Una, la


“mano invisible”, la otra “la mano militar”.
Esta etapa está marcada también por dos grandes crisis que tu-
vieran su punto de partida en colapsos de la economía mundial. La
recesión de 1974-1975 y la depresión de 1982-85. En la primera, el
detonante fue una baja apreciable del precio del cobre que se sumó a la
elevación violenta del precio del petróleo. Para enfrentarla el régimen
adoptó una “política de shock”. Los sueldos y salarios reales se redu-
jeron brutalmente en medio de una inflación desbocada. A la vez, el
personal de la Administración Pública –salvo las FF.AA.– fue violenta-
mente reducido. El desempleo alcanzó niveles cercanos a los de la Gran
Depresión de los años 30 (De Vylder, 1985).
En la segunda crisis, el punto de partida fue otra vez, la baja de los
precios del cobre, sumados a los de otras materias primas y semielabora-
dos que Chile exporta. Sobrevino la segunda alza petrolera. La situación
económica empeoró y se prolongó por más tiempo que en la recesión
anterior. Pero, al estallar la catástrofe, Chile se encontraba extremada-
mente endeudado, debido a las facilidades que la dictadura otorgó para
la contratación de créditos internacionales. La entrada anual de présta-
mos llegó a representar en 1981 una suma tan grande como el total de
las exportaciones de bienes, es decir, cuatro o cinco veces más que una
entrada normal (Glauser, 1985). La debacle se acentuó por la suspen-
sión de nuevos empréstitos privados ante la evidente incapacidad del
país de cancelar los anteriores.
Además de los factores adversos provenientes del exterior, la ban-
carrota de los ochenta se agravó debido a errores y contradicciones de la
política interna. Más que una mala aplicación de la estrategia diseñada,
las causas y la magnitud del desastre estaban en la estrategia misma.
La lógica del modelo llevó a un nuevo tratamiento de shock, de-
nominado “política de ajuste”. Mediante ella se provocó deliberada-
mente contracción de sueldos y salarios, reducción de la producción,
quiebras, bancarrotas, cierre de empresas y desempleo masivo. En com-
paración con el año previo a la crisis, el Producto Geográfico Bruto
disminuyó un 14,3 por ciento en 1982 y otro 2 por ciento en 1983

203
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

(Meller & Solimano, 1983), en conjunto, una de las caídas más vio-
lentas en la historia contemporánea de Chile y de América Latina. Las
consecuencias para la población fueron dolorosas. Entre 1983 y 1985,
el ingreso per cápita retrocedió al nivel de veinte años atrás. A pesar
de la recuperación de los últimos años de la década, recién en 1987 se
había igualado el producto por persona alcanzado ya en 1971. Según
estas cifras oficiales del Banco Central de Chile, resulta que para que
el chileno medio volviera e tener el mismo ingreso de los tiempos de
Allende, el modelo económico necesitó catorce años.

ii. La magnitud del desempleo abierto


En el futuro, los chilenos recordarán la era pinochetista como los
tiempos del desempleo crónico y masivo. Según lo muestran las cifras
del gráfico V.I.1, la cesantía abierta fue más de dos veces superior du-
rante los años 1974-88 que en el decenio 1960-70; comparada con el
período de Allende, más de cuatro veces mayor.
En el peor momento –el primer semestre de 1983– había unas
800 mil personas totalmente desocupadas, a nivel nacional. Si a esto se
agrega el número de adscritos a los programas de subsidios ocupaciona-
les –unos 530 mil personas– entonces se tiene que un millón trescientas
mil personas estaban sin un trabajo productivo ese año. La tasa de des-
empleo correspondiente a estas cifras era de 32 por ciento (Meller &
Solimano, 1983). Uno de cada tres chilenos activos se encontraba en la
cesantía, la peor situación en la historia del país.
El alto nivel promedio de la tasa de desempleo en el período
1974-88 no es el resultado solo de sus elevadas magnitudes en los años
malos, sino también de las cifras menores, pero altas en los años buenos.
No está demás advertir que las estadísticas chilenas siguen la línea de
considerar ocupada a toda persona que haya trabajado más de una hora
en la semana anterior a la encuesta. El PET realizó su propio escrutinio
en 34 comunas del Gran Santiago, dejando al criterio del encuestado la
calificación de “ocupado” o “desocupado”. El resultado arrojó el doble
de la cifra oficial (Schkolnik & Teitelboim, 1987). Las encuestas tam-
poco consideran desocupado a quien, deseando trabajar no ha hecho

204
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

“esfuerzos definidos” o no ha buscado trabajo “activamente”. Si se in-


cluyera a estas personas, el índice de desempleo subiría en tres o cuatro
puntos porcentuales (Jadresic, 1986). Dentro de América Latina, Chile
figuró permanentemente en el lapso 1974-86, entre los cinco países con
mayor problema de desempleo. Con razón ha escrito un economista
sueco, estudioso de la realidad chilena: “El modelo chileno se caracte-
rizó, incluso durante su época de auge y consolidación por un altísimo
desempleo. La asimetría que caracteriza el comportamiento coyuntural
del mercado de trabajo en Chile durante el experimento neoliberal se
refleja en dramáticos aumentos de la cesantía en períodos de crisis y
bajas muy paulatinas de la desocupación en tiempos de recuperación
económica” (De Vylder, 1985).

iii. Los oficios de supervivencia


Los años de crisis vieron aparecer o incrementarse ocupaciones
que en tiempos normales se habían desechado pos sus riesgos para la
vida o la salud, por humillantes o por sus esfuerzos excesivos y escasos
beneficios. Entre ellas se encuentra la recolección; en las ciudades apa-
recen los papeleros, cartoneros, vidrieros; un caso aparte son los que
rebuscan en los basurales, alimentos, a menudo descompuestos, para
consumirlos; en las zonas rurales aparecieron los chinchorreros que res-
catan los trozos de carbón que las minas botan al mar, metidos durante
horas en el agua; los recogedores de hojas de boldo y eucaliptus, los que
buscan los rastrojos de los campos recién cosechados, los cazadores de
animales silvestres, antes despreciados. La recolección se amplió a todo
desecho o sobrante, productos que se caen o se pierden en el transporte.
La oferta de mano de obra se incrementó con la incorporación a
estos trabajos de niños y ancianos, forzados por la cesantía de los adul-
tos. A consecuencia del aumento del número de estos trabajadores, bajó
la tarifa pagada a los recogedores...

205
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

v. Los temporeros del campo


Las estadísticas chilenas siguen la tendencia internacional de ig-
norar el subempleo, como forma de expresión del desempleo. Basta
haber trabajado una hora en el mes por una remuneración para ser
considerado “ocupado”.
El Programa de Economía para América Latina y el Caribe
(PREALC) consideraba que una persona estaba plenamente ocupada
cuando trabaja por una remuneración, un total de 264 jornadas en el
año. Sobre esta base es posible determinar los alcances del subempleo.
En Chile, al igual o en mayor medida que en otros países, disminuyó
drásticamente el número de trabajadores permanentes y aumentó
el número de temporales. El fenómeno dio origen a multitud de
nuevas aldeas, villorrios campesinos o poblaciones de emergencia o
“callampas”. Sus habitantes eran obreros agrícolas sin tierra, ni otros
medios de producción. Aquí el subempleo llegó a ser la forma típica de
vida y trabajo.
Un estudio efectuado mediante encuestas en varias zonas agrí-
colas típicas del país (Cruz & Rivera, 1984), llegó a las siguientes con-
clusiones: Los temporeros no alcanzaban a ocupar la mitad de todo
su tiempo disponible para el trabajo remunerado. Si bien el estudio se
efectuó en uno de los peores años de la recesión –1982– las conclusio-
nes no cambian sustancialmente si se consideraran también los años de
auge, 1986-88.
Por otro lado, el trabajo por contratistas ha contribuido a acen-
tuar el subempleo en las zonas rurales. Las grandes compañías forestales
utilizan esta modalidad en faenas como limpias, plantaciones, podas,
raleos, construcción de caminos, explotación del bosque y transporte.
Las faenas duran dos o tres meses. Los contratistas, por regla general,
ocupan menos gente que las empresas permanentes y obligan a jornadas
más extensas que las legales (Gana, 1983). A lo anterior se agregaba el
abuso y el fraude.

206
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

vi. Los jóvenes sobrantes


La participación de los jóvenes en la fuerza de trabajo se mantuvo
baja en las décadas anteriores al régimen militar. Ello se atribuía a la
expansión de la educación gratuita, en el nivel medio y superior, y al
mejoramiento de los ingresos de hogares modestos que permitían man-
tener a los jóvenes, gracias al trabajo estable de los padres.
En los ochenta, la situación cambió radicalmente. Por una parte
los estratos juveniles aumentaron como parte del fenómeno mundial
del “baby-boom” de los sesenta. Por otra, “la cesantía y el empobreci-
miento de las familias populares ha provocado una presión de los jóve-
nes por incorporarse al trabajo” (García-Huidobro, 1986). Esta afirma-
ción quedó corroborada en una investigación del PET, según la cual los
jóvenes de las comunas populares se incorporaban tempranamente al
trabajo, mientras los de las comunas ricas lo hacían más tarde (Schkol-
nik & Teitelboim, 1987).
En los barrios pobres, la cesantía juvenil era visible. Son los jó-
venes parados en las esquinas, los que “patean piedras”, los invitados
al “baile de los que sobran”, según el título de una canción. No cabía
duda que este dramático cuadro, componente esencial de una miseria
generalizada alimentó la rebelión juvenil desatada en enfrentamientos
con la policía y los militares por esa época.
La desocupación entre los jóvenes puso de relieve el contraste
entre el sistema educacional y la estructura productiva. Mientras aquél
arrojaba al mercado del trabajo más y más jóvenes con mayor nivel
educacional, la estructura productiva se mostraba incapaz de propor-
cionarles empleos apropiados a sus mayores conocimientos. Esta con-
tradicción, manifestada ya en la segunda mitad de los setenta no fue
resuelta mediante una intensificación del crecimiento económico y de
puestos de trabajo remunerativos, sino que se optó por limitar el acceso
a la educación superior; se dictaminó que las universidades preparaban
un “exceso” absoluto de profesionales, contrasentido sorprendente para
un país en vías de desarrollo. Entretanto se operó un brusco cambio
en la composición de los jóvenes cesantes: los desocupados con diez o

207
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

más años de estudios aumentaron más de quince veces en un decenio


(García-Huidobro, 1986).

vii. De la casa... a la cesantía


Paradojalmente la incorporación femenina al trabajo remunerado
tiene lugar con mayor intensidad en los períodos de crisis y depresión.
La entrada al mercado del trabajo se ha efectuado fundamental-
mente a cuenta de tres grandes grupos de oficios, a saber: 1) vendedo-
ras, comerciantes callejeras y dependientes de tiendas; 2) dactilógrafas
y empleadas de oficinas y 3) servicios domésticos y similares. Práctica-
mente sin variación quedaron las proporciones de mujeres profesionales
y técnicas, artesanas y obreras permanentes (Parada, 1988). La caracte-
rística del primer y tercer grupo de empleos es la baja remuneración y
la inestabilidad. Como más de la mitad de las mujeres se encontraban
en estos trabajos, he ahí un factor de discriminación, derivado del esca-
so acceso de las mujeres a la educación calificada. Pero, esta diferencia
subsiste en empleos calificados. La investigación ya citada encontró que
en la capital, las mujeres ganaban entre un 15 por ciento y un 45 por
ciento menos que los hombres a igual nivel de escolaridad (Schkolnik
& Teitelboim, 1987).
Aumentó la demanda de las empresas por personal femenino en
trabajos temporales en la fruticultura, ganadería, pesca y servicios. Aquí
proliferan las jornadas excesivas, malas condiciones de salubridad y se-
guridad de acuerdo a las necesidades femeninas, incumplimiento de
imposiciones previsionales, asignación familiar y otros derechos. En la
encuesta citada se registró que entre las mujeres de hasta 19 años, el
60 por ciento carecía de contrato de trabajo (Schkolnik & Teitelboim,
1987). La desocupación entre las mujeres se incrementó fuertemente en
los años ochenta. El estudio mencionado también señala que, al menos
en la capital, la tasa de desocupación era casi el doble más alta entre las
mujeres que entre los hombres. Las más afectadas eran las que buscaban
trabajo por primera vez: aquí la proporción con respecto a los varones
era cuatro veces mayor.

208
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

Las cifras oficiales sobre desocupación ignoran la situación de las


mujeres que no están buscando trabajo activamente. Es el caso de la
pobladora rural que dice: “Ahora quiero encontrar trabajo en cualquier
cosa; no he salido a buscar, pero es porque él no me ha dejado... porque
no hay quien se quede en la casa” (Cruz & Rivera, 1984). M. Schkolnik
y B. Teitelboim revelan en su encuesta que una de cada cuatro mujeres
inactivas deseaba trabajar. De ellas, la gran mayoría estaba dispuesta a
laborar por una jornada completa.

viii. Trabajo infantil


Una investigación realizada en Quinta Normal, comuna de San-
tiago, reveló que el 36,4 por ciento de niños estudiaban y trabajaban
al mismo tiempo (Cariola & Cerri, 1986). Proporción preocupante, si
se considera que el fenómeno no era relevante en los años sesenta. La
encuesta reveló que se trataba de familias numerosas (entre cuatro y
cinco hijos en promedio) en las que los ingresos totales percibidos eran
inferiores al mínimo necesario para la subsistencia. La pobreza arroja
a estos niños al mercado; el resultado, una sobrecarga física y psíquica
sobre seres humanos que todavía no están aptos para el trabajo. Tales
niños conocerán también la cesantía prematuramente.
En las áreas rurales, la ocupación infantil se ha generalizado. En la
zona carbonífera, los niños de los mineros cesantes eran sacados de las
escuelas por sus padres para que fueran a “perrear”, o sea, ir a los cerros
en busca del carbón de desecho que botan los vagones; o bien a “chin-
chorrear” al mar. Los niños van con sus padres y abuelos a la recolección
de la rosa mosqueta, hoja de eucaliptus y otros productos silvestres del
bosque; algas marinas en las playas; todos, trabajos de breves tempora-
das, pero de largas y agotadoras jornadas.
En definitiva el trabajo asalariado de los niños es consecuencia de
la cesantía de sus padres y a vez contribuye a consolidarla.

209
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

ix. Migrantes políticos y económicos


Hasta 1973, eran pocos los chilenos que abandonaban el terri-
torio en busca de mejores perspectivas. Existía una corriente temporal
o cíclica hacia Argentina, principalmente de las provincias al sur de
Concepción hasta Magallanes, para ocuparse en las cosechas de cereales,
la esquila de la lana, faenas carboníferas o de construcción. Pero, hasta
entonces, Chile era considerado un país de inmigrantes.
Desde el golpe militar, decenas de miles huyeron a causa de las
persecuciones políticas; unos con decretos de expulsión, o como alter-
nativa a la cárcel; otros, despedidos de sus empleos y por falta de fuentes
de trabajo. Si los emigrantes activos se agregaran a los desocupados de
1986 éstos habría aumentado al doble de la cantidad registrada. En
otras palabras, hay que imaginarse hasta qué punto habría llegado la
catástrofe económica y social si los que abandonaron el país se hubieran
quedado.
Según una fuente, a fines de 1986, más de 500 jóvenes estaban
iniciando todos los días los trámites para salir de Chile. El sacerdote
Miguel Ortega describe la situación así: “Sin horizontes, estímulos, ni
oportunidades tienen cerradas las puertas del futuro”. Un trabajador,
de 29 años, casado y con tres hijos explica: “No tengo futuro, en el
trabajo me contratan por diez meses y me vuelven a echar. Con esta
inseguridad, llevo tres años”. Un obrero calificado despedido, después
de fracasar como “pequeño empresario” fabricando bolsas de basura,
concluye: “En este momento, el único salvavidas que tengo es irme a
Canadá, olvidar todo lo que me ha tocado vivir aquí, para que mi hijo
tenga mayores posibilidades…” (Benavente, 1985).

x. La suerte de los ocupados


El explosivo incremento del desempleo plantea la interrogante de
si los que lograron salvarse de los despidos y permanecieron en sus pues-
tos obtuvieron mayores beneficios que antes, en términos de remune-
raciones, condiciones laborales o estabilidad en el trabajo. La respuesta
es negativa.

210
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

La evolución de los sueldos y salarios reales durante el período


1973-1988 exhibe fuertes fluctuaciones, ellas han seguido la misma
línea de otras variables macroeconómicas. Cuando ha disminuido la
ocupación, o inversamente, cuando la desocupación ha sido más alta,
los salarios y sueldos han sido más bajos (Cortázar, 1983). En otras
palabras, contrariamente a lo que postula la teoría liberal, desempleo y
malos salarios anduvieron juntos, así como van unidos la mejoría del
empleo y los salarios.
Los niveles salariales de 1970-71 no fueron recuperados a lo me-
nos hasta 1989. En otras palabras, después de veinte años, el fondo total
de salarios y sueldos era el mismo. Es fácil sacar una conclusión. Toda
la mayor producción alcanzada en los años de recuperación fueron, en-
tonces, a incrementar las ganancias.
Al considerar el ingreso por asalariado, la evolución tenía que ser
negativa, pues el número de trabajadores se incrementó. En efecto, la
remuneración promedio por asalariado, entre 1974 y 1985, disminuyó
en un 19 por ciento (Rosales, 1988). La situación se prolongó sin varia-
ciones hasta 1988 (PET, 1988).
La jornada laboral se hizo más larga. Esto se tradujo en que las
horas extraordinarias pasaron a ser, para muchos obreros y empleados,
“horas ordinarias”, de las cuales no se podía prescindir, tanto para suplir
los bajos jornales, como porque muchas empresas las exigieron como
condición para tener trabajo permanente.
La legislación diseñada según el modelo neoliberal contribuyó
al deterioro de las condiciones de trabajo y de vida de la gran masa de
los asalariados. El llamado Plan Laboral tendió a facilitar los despidos
arbitrarios, a debilitar el poder sindical en las negociaciones colectivas,
redujo el fuero de los dirigentes sindicales, fomentó el paralelismo y la
atomización de los sindicatos, redujo al mínimo la organización de los
obreros agrícolas, favoreció la subcontratación y el empleo temporal, li-
mitó drásticamente el derecho a huelga y colocó al asalariado en condi-
ción de indefensión frente al capital. Junto con ello hubo una disminu-
ción general de beneficios ganados en convenios colectivos anteriores.
A la vez se estimuló el incumplimiento de los derechos laborales debido

211
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

a la ineficacia de las inspecciones y la inoperancia de los tribunales del


trabajo.

xi. La pobreza se expande, la riqueza se concentra


Según estudios de CEPAL efectuados en 1970, un 10 por ciento
de la población se hallaba en condiciones de indigencia. Sus ingresos
no les alcanzaban para adquirir los alimentos necesarios, en calorías y
proteínas, para su normal desarrollo. En 1983, el Instituto Latinoame-
ricano de Doctrinas y Estudios Sociales (ILADES) realizó una encuesta
para todo el país. Sus resultados demostraron que la indigencia afectaba
al 32 por ciento de la población (Rodríguez J. , 1986).
Más allá de los indigentes está el estrato de los que no pueden
satisfacer normalmente sus otras necesidades elementales. En términos
monetarios, los ingresos inferiores al doble del mínimo para adquirir
la canasta alimenticia quedan catalogados como “ingresos de pobre-
za”. Los estudios de CEPAL e ILADES muestran que la proporción
total de pobres había aumentado desde un tercio a cerca de la mitad
de toda la población. Un estudio de PREALC sobre la población del
Gran Santiago llegó a conclusiones similares (Pollack & Uthoff, 1985).
La proporción de pobres era de 28,5 por ciento en 1969 y de 45,4 por
ciento en 1985.
Que la extensión de la pobreza se presenta simultáneamente con
el incremento de la riqueza es una importante comprobación que no
pocos autores pasan por alto; ella viene a desmentir la creencia de que
vincular ambas sería un enfoque anticuado, propio del siglo XIX. Las
investigaciones sobre distribución de los ingresos entre los distintos seg-
mentos de la población revelaron que la disminución de los ingresos en
los estratos más pobres de la sociedad corrió a parejas con el incremento
de los ingresos de los grupos más acomodados. El ya citado Arístides
Torche, al examinar los efectos de la recesión 1982/83, calculó el co-
eficiente de Gini y encontró que había un empeoramiento de la des-
igualdad. Lo mismo sucedía con otro indicador, el de Sen, que mide la
intensidad de la extrema pobreza (Torche, 1988). Similar conclusión se
obtiene al considerar el consumo de los distintos estratos sobre la base

212
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

de la encuesta ILADES. La comparación entre los años 1969 y 1978


arrojó una fuerte disminución del consumo de los grupos más pobres y
un aumento significativo del consumo en los grupos más ricos (Molina,
1985). El decil más rico de la población acrecentó su participación en
el ingreso nacional desde un 37 por ciento en el primer año hasta un 47
por ciento en el último. Las encuestas de gastos de los distintos estratos,
realizadas por el Instituto Nacional de Estadísticas reveló, además que,
de los diez deciles que componen la muestra, nueve de ellos había per-
dido participación, en beneficio del 10 por ciento más rico.
A mayor abundamiento, la evolución de los sueldos y salarios
dentro del ingreso nacional confirma que se amplió la distancia entre
capital y trabajo. En comparación con los años de la Unidad Popular
en que esa participación llegó al máximo, los años siguientes fueron
testigos de una baja espectacular. Incluso este descenso hizo retroceder
dicha participación a niveles inferiores a los ya alcanzados en la década
de los sesenta (Rosales, 1988). Es cierto que este descenso fue un reflejo
del shock a que fue sometida la población: la reducción relativa del tra-
bajo asalariado en favor del trabajo por cuenta propia. Pero también la
disminución de la participación de los asalariados fue un resultado del
menor ingreso real que debió soportar la gran mayoría de los que viven
de un sueldo o un salario, en aras de la rentabilidad del capital. En tér-
minos de Marx, se diría que la tasa de plusvalía histórica de la economía
chilena se elevó bruscamente, como consecuencia del conjunto de las
reestructuraciones políticas y económicas que soportó el país. En los
años finales de la década de los ochenta, el capital invertido en Chile
mostraba el rendimiento más alto del continente.

xii. Efectos sobre la salud mental


También en Chile se han efectuado investigaciones sobre los efec-
tos de la cesantía prolongada sobre la salud mental de los afectados y de
sus familiares. Entre ellos, los de Lira y Weinstein (1981) y el de Acuña
y Reyes (1982). En ellos se comprueba claramente la vinculación entre
la falta de trabajo y la drogadicción, la prostitución infantil y la de-
lincuencia, fenómenos que se han expandido en forma alarmante. Un

213
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

efecto extremo sobre la salud mental, al cual conduce la falta de trabajo


es la autodestrucción. Con alguna frecuencia la prensa registró suicidios
de personas que padecían una cesantía prolongada. El cesante pobre no
tiene dónde estar, no puede salir porque no tiene para el autobús, no
puede permanecer en casa, por la estrechez de las viviendas y el hacina-
miento con los otros familiares. Los conflictos domésticos se multipli-
can y culminan con el abandono del hogar por uno de los cónyuges. La
esposa presenta, en esta situación, el cuadro psíquico de la neurastenia;
durante esos años álgidos fue uno de los principales motivos de consulta
en los policlínicos de los barrios pobres de la capital. Los niños de los
hogares cesantes sufren desnutrición, los efectos de las tensiones nervio-
sas de los padres, la deserción obligada de la escuela, la vulnerabilidad
ante las enfermedades. Los jóvenes, a veces, cesantes ellos mismo, o
con trabajos ocasionales, ven limitados sus proyectos de vida, sin poder
pagarse los estudios, postergadas sus aspiraciones de independencia o,
de un hogar propio. Si forman pareja e hijos inesperados no tienen más
que vivir en casa de sus padres. Así es como se extendió un nuevo mo-
vimiento de “sin casa”, los allegados.

xiii. Las soluciones neoliberales al desempleo


Bajo la tutela del Ministro Cauas en 1975 se lleva a cabo la lla-
mada “política de shock”. Su autor, conforme a la doctrina, sabía que
iba a provocar un gran aumento de la cesantía, pero lo consideraba un
mal necesario. Esperaba que el desempleo no fuera demasiado grande y
que, sin intervención gubernamental fuera absorbido por las fuerzas na-
turales del mercado. La realidad fue diferente. A poco andar el régimen
se vio obligado a implementar un plan especial por temor a los efectos
sociales y políticos, el Programa del Empleo Mínimo (PEM) pensado
como una solución transitoria, hubo de mantenerse durante 13 años.
Vino a continuación el “Plan de Recuperación Económica”,
destinado a reducir la inflación y expandir las exportaciones. Si bien
el desempleo había disminuido, comparado con las cifras records de
1975-76, seguía siendo muy alto. Para abatirlo, se presentó el “Plan
Kelly”; puesto en práctica a partir de 1978, contempló la derogación

214
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

parcial del salario mínimo para los menores de 23 años y los mayores
de 65; la reducción de la indemnización por despidos, desde un mes,
hasta una semana de pago, por año trabajado; la puesta en práctica
de la reforma previsional para disminuir la cotización patronal y otras
medidas. Según la vieja doctrina, disminuyendo los costos de contratar
trabajadores, aumentaría el empleo. El Plan Kelly aseguraba que, con
todas estas medidas, el PEM sería innecesario. Sin embargo, no pudo
eliminarse. En el año 1981, uno de los de mayor éxito, había en el país
más de 400.000 desocupados. El PEM hubo de absorber otros 170.000
desempleados adicionales. La tasa de desocupación subía de 11,3 por
ciento a 16 por ciento si se agregaban los trabajadores del PEM (De
Vylder, 1985). A partir de 1982 la cesantía vuelve a alcanzar niveles
dramáticos. Los miembros del equipo económico hablaban de una pe-
queña recesión que se superaría en cuestión de meses. En vista de que
“la pequeña recesión” se estaba transformando en un gran derrumbe,
con serias repercusiones políticas, los economistas plantearon nueva-
mente la rebaja de los salarios como la solución más radical. Los hechos
demostraron que aunque los salarios cayeron, la cesantía aumentó. La
práctica, una vez más hizo trizas la teoría. Desde el punto de vista de
la doctrina, y de la política seguida, los años finales de la dictadura
se caracterizaron por el abandono de los más dogmáticos postulados
del neoliberalismo. Prevaleció cierto pragmatismo, aunque las bases del
modelo permanecieron intocadas. El desempleo se redujo apreciable-
mente hasta llegar a menos de 8 por ciento según las estadísticas oficia-
les. Según las encuestas de opinión pública, para 1988 la desocupación
dejó de ser el problema número uno, para ceder su paso al problema de
las bajas remuneraciones. Sin embargo, siguió como una de las preocu-
paciones mayores de los chilenos.

xv. Luchas por las fuentes de trabajo


Desde el primer momento, la Junta Militar se lanzó contra las
organizaciones de trabajadores, mientras sostenía deferentes relaciones
con el empresariado. Canceló la personalidad jurídica de la Central
Única de Trabajadores, con cerca de un millón de asalariados, ordenó su
disolución y la incautación de sus bienes. Sus dirigentes fueron al exilio,

215
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

otros ejecutados, encarcelados o desaparecidos. Del mismo modo fue-


ron reprimidos grandes contingentes de obreros y campesinos. A conti-
nuación, suspendió la presentación de pliegos de peticiones, la negocia-
ción colectiva y los convenios vigentes, limitó las reuniones sindicales
y prohibió las elecciones de dirigentes. Así lo denunció una Comisión
Especial de la OIT que visitó el país (OIT, 1975). Los despidos masi-
vos de los años 75 y 76, luego de un primer período de terror, fueron
provocando respuestas de los trabajadores. Las principales formas de
reacción fueron las apelaciones ante organismos gubernamentales; de-
mandas ante los tribunales de justicia; denuncias en la prensa; creación
de “ollas comunes” y bolsas de cesantes.
Puesto en marcha el Plan Laboral, las actividades sindicales fueron
permitidas dentro de estrechos límites. Los derechos de los trabajadores
quedaron enmarcados en una legislación que mereció el repudio de las
organizaciones laborales. Con todo, a partir de 1978 hubo cierta reani-
mación de la actividad sindical: elecciones, asambleas, presentación de
pliegos, convenios colectivos y huelgas; sin embargo, los resultados, en
términos de beneficios pecuniarios, fueron magros. La nueva depresión
de los ochenta y la pavorosa cesantía que provocó establecieron un con-
texto negativo para las negociaciones colectivas. Los sindicatos se vieron
obligados a refrenar sus demandas, a la vez que oponían resistencia a los
despidos. Los despedidos formaron comités de cesantes o se integraban
a “las bolsas”, “los talleres” y otras entidades surgidas en poblaciones
marginales. Las nuevas agrupaciones obtenían condonación de deudas
de agua y luz, entrega de alimentos y nuevas plazas de Empleo Mínimo.
Los talleres laborales –artesanías, manufacturas, servicios– se organiza-
ron como empresas autónomas y autogestionadas. Durante varios años
proporcionaron una fuente de trabajo e ingresos para varios miles de
mujeres de escasa calificación. En ellos, el ingreso promedio por hora
era superior al de programas oficiales de empleo o al de trabajos domés-
ticos (Hardy, 1989).
A partir de 1983, el movimiento sindical, con dirección demo-
crática única, se alza como el animador de las grandes jornadas nacio-
nales de oposición al régimen. A ellas se suman los partidos democrá-
ticos, gremios, colegios profesionales, los desocupados y subempleados

216
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

de las poblaciones pobres de las grandes ciudades. Entre las principales


demandas estaba la reducción de la cesantía, el fin de los despidos, la
estabilidad en el empleo. En este contexto, diversas huelgas sectoriales
obtuvieron algunos éxitos, como en el caso de los mineros del cobre
y del carbón. El paro de los trabajadores portuarios de fines de 1985
que alcanzó notoriedad internacional por la represión de que fue objeto
y la combatividad de los huelguistas, logró diversos beneficios, entre
ellos el pago de un subsidio de cesantía (Ruiz-Tagle, 1986). Las mujeres
comenzaron a participar organizadamente en todas estas luchas; en la
Segunda Conferencia Nacional de la Mujer Trabajadora, realizada en
1987, las delegadas denunciaron la cesantía como una forma de “obten-
ción de mano de obra barata” y al contrato temporal como atentatorio
a la estabilidad laboral y fuente de atropello a la legislación social. Exi-
gieron el respeto a la jornada de ocho horas, el fuero maternal, el fin de
los contratos de trabajo a plazo fijo y el término de los despidos masivos
(Coordinadora Nacional Sindical, 1987). Por su parte, la reconstituida
Central Unitaria de Trabajadores (CUT), en su Propuesta para la Tran-
sición a la Democracia, publicada en 1989, estableció, como una de las
exigencias fundamentales “el derecho al empleo”. Allí se consigna la ne-
cesidad de una política de inversiones que promueva la ocupación; pro-
gramas especiales de trabajo en actividades productivas y de beneficio
social, contratos permanentes y acceso a la seguridad social; el seguro
de desempleo; cumplimiento de la jornada máxima de ocho horas, sin
disminución de remuneraciones; normas de inamovilidad; fin a los des-
pidos sin causa justificada y derecho a indemnización, según el tiempo
trabajado; capacitación a los trabajadores para las nuevas calificaciones
(Central Unitaria de Trabajadores, 1989).

III. Retorno a la democracia y consolidación del modelo


i. Panorama general
El término del gobierno militar y el regreso a las elecciones de-
mocráticas hacían vislumbrar, a fines de los 80 y con fundada razón,
un mejor panorama en términos del empleo. La economía venía, desde
un par de años, remontando el paso, y la crisis del 82, con sus miles de

217
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

desempleados, había quedado atrás, abriendo las puertas al crecimiento


y el comercio internacional. Ya no existiría la muralla que impedía la
sindicalización libre de los trabajadores, los niveles de desempleo mejo-
raban al tiempo que la economía crecía, la pobreza presentaba una ten-
dencia decreciente según las estadísticas oficiales y el empleo presentaba
novedosas formas de trabajo y de contrato, acorde a las nuevas eras de
globalización.
El esperanzador panorama no demoró en diluirse. Las condicio-
nes de trabajo cambiaron bruscamente hacia la flexibilización laboral
que en el marco de un nulo sistema de seguridad social, representó una
creciente inestabilidad para los asalariados. Las reformas al Código del
Trabajo implementaron formas legales que hacían más fácil el despido,
el seguro de cesantía se mantuvo inexistente por muchos años y solo en
niveles precarios durante todo el decenio del 2000. Las tasas de desem-
pleo disminuían a un ritmo demasiado lento comparado al ritmo en
que se disparaba en épocas de crisis.

gráfico V.III.1
Tasa de Desempleo Nacional 1990-2010
(serie desestacionalizada, porcentajes)

fuente: Elaboración propia a partir del Banco Central de Chile, en base a datos del
INE.

218
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

Según las estadísticas del INE, la tasa de desempleo en todo el


periodo 1990-2009 promedió un 8,2 por ciento, lejos de los niveles de
pleno empleo alcanzados y mantenidos por otros países antes revisados.
Lejos también nos encontramos de los anteriores niveles históricos en
Chile, de 2 por ciento alcanzados en 1972 y 1973. En todo este periodo
la tasa de desempleo no ha descendido nunca por debajo del nivel de
5 por ciento. Más aún, un desempleo mínimo de 5 por ciento implica
que existe en Chile un desempleo “estructural”, más allá del llamado
friccional, que en otros países puede alcanzar niveles máximos de 3 por
ciento.
Entre 1990 y 1998, la situación presenta una tendencia a mejorar
(gráfico V.III.1), con algunos deterioros atribuibles a los “ajustes de cor-
to plazo” orientados, en 1990 y 1994 a reducir la inflación persistente.
Un informe de la OIT (1998) argumenta que, “en ausencia de empujes
de política antiinflacionaria, la economía chilena tiende a situarse en
una tasa de desempleo del orden del 6 por ciento”. Tuvieron que pasar
más de diez años para alcanzar nuevamente estos bajos niveles de des-
ocupación.
La llegada de la crisis asiática en 1998, con una cada vez mayor
integración al comercio internacional y a los flujos de capitales, sumado
a factores internos como el reajuste trianual del salario mínimo, se com-
binan para disparar el desempleo a un máximo de 11,9 por ciento en el
invierno de 1999, con un brusco aumento de casi un 5 por ciento en
tan solo un año. Los niveles se mantienen hasta el año 2005, aun cuan-
do la economía ya se venía recuperando. Esto ha llevado a los expertos
a intuir un desempleo estructural causado por cambios en el nivel de
empleos que las empresas demandan para producir, aun cuando la evi-
dencia parece apuntar en otra dirección (Cowan, Micco, Mizala, Pagés,
& Romaguera, 2004).
Después de una recuperación transitoria entre el 2005 y el 2007,
el desempleo vuelve a subir con el impacto de la crisis sub-prime en
Chile, llegando nuevamente a los dos dígitos durante el 2009, según la
Nueva Encuesta Nacional de Empleo (NENE), para bajar lentamente
situándose en alrededor del 6 por ciento a partir del 2012.

219
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

ii. Divergencia en las mediciones


Es interesante analizar además las divergencias entre las distintas
mediciones sobre el desempleo. En particular, las diferencias son im-
portantes si comparamos las mediciones oficiales del INE, con las que
realiza la Universidad de Chile a través de su Encuesta de Ocupación y
Desocupación, vigente desde 1957 hasta el día de hoy.

gráfico V.III.2
Tasa de Desempleo para la Región Metropolitana y el Gran Santiago
1990-2010
(serie original, porcentajes)

fuente: Elaboración propia con datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Uni-
versidad de Chile.
Nota: Serie empalmada del Instituto Nacional de Estadísticas para la Región Metro-
politana, con 2002 como referencia poblacional. Datos de la Universidad de Chile
para el Gran Santiago consideran solo personas de 15 años de edad en adelante.

El comportamiento de las diferencias en las mediciones del INE


para la Región Metropolitana, y de la Universidad de Chile para el Gran
Santiago, presentan dos patrones diferentes dependiendo de la época:

220
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

antes y después de 1998. Más allá de la volatilidad de cada medición41,


se comprueba que antes de la crisis asiática ambas mediciones seguían
un patrón relativamente similar. En este periodo las diferencias entre
ambas encuestas no superan el 3,1 por ciento (junio de 1994).
La segunda fase identificable es a partir de 1998, es decir, desde
que estalla la crisis asiática. En este periodo la cifra obtenida por el INE
es claramente inferior a la obtenida por la Universidad de Chile. La
diferencia máxima entre ambas se alcanza en junio de 2001. Mientras
la Universidad de Chile reportaba una tasa de desempleo de 16,1 por
ciento, el INE cifraba la desocupación en un 8,9 por ciento, teniendo
una discrepancia por tanto de un 7,3 por ciento. Esto no es dato menor,
ya que la diferencia es considerable y tiene efectos prácticos en el análi-
sis y el diseño de políticas. Por mucho, este periodo de crisis y post-crisis
es el de mayor discrepancia entre ambas encuestas.
Este fenómeno descrito sucede a pesar de una contra-tendencia
importante en la definición del desempleado y por tanto de la incor-
poración a la población económicamente activa. Mientras que la en-
cuesta de la Universidad de Chile utiliza una semana como periodo de
referencia para la búsqueda de empleo, el INE considera un tiempo de
dos meses. En palabras simples, si una persona buscó empleo en algún
momento durante los dos últimos meses pero no durante la última se-
mana, figuraría en la medición del INE como desempleada, mientras
que en la encuesta de la Universidad de Chile figuraría como inactiva, y
por lo tanto se clasificaría fuera de la población económicamente activa.
Esto determina por tanto que el INE considera como desempleadas a
algunas personas que la Universidad de Chile clasifica como inactiva,
haciendo elevar la tasa de desempleo del INE por sobre la de la Uni-
versidad de Chile. Paradójicamente, el efecto es por amplio margen
contrario, sobre todo en periodos de crisis económica.
41
La mayor volatilidad de las mediciones del INE puede deberse a que este levanta-
miento se hace en trimestres móviles (por ejemplo, la medición de marzo de 2000
corresponde a una medición del desempleo en el trimestre febrero-marzo-abril de
2000), mientras que el desempleo registrado por la Universidad de Chile correspon-
de a datos mensuales que se recogen 4 veces al año, y por lo tanto pueden presentar
menor variación por estar las muestras más distribuidas de forma más alejada en el
tiempo.

221
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Cabe destacar que tanto la metodología del INE como la de la


Universidad de Chile son utilizadas internacionalmente, teniendo am-
bas sus pro y sus contras. Bravo, Ramos y Urzúa (2003) evalúan esta
diferencia y tratan de dar explicaciones frente a la disparidad de resul-
tados entre ambas encuestas, tanto en la tasa de desempleo donde la
diferencia es de más de 4 puntos porcentuales, como en la evolución
misma de la desocupación. Además de las diferencias en la forma en que
es levantada la encuesta, Bravo y otros encuentran que la principal dife-
rencia está en el cuestionario utilizado. Mientras que el INE desarrolla
una encuesta más “objetiva” al incluir mayor número de preguntas, la
de la Universidad de Chile es más “subjetiva”, en cuanto deja más al
arbitrio del encuestado su clasificación ocupacional.
Un asunto que surge es la real medición del problema social que
es y genera el desempleo. Por ejemplo, alguien que lleva 4 meses bus-
cando trabajo podría considerarse a sí mismo como cesante, pese a que
la última semana en particular se encontró haciendo algo, aunque pasa-
jero. Esta persona contestaría que estuvo cesante buscando trabajo en la
encuesta de la Universidad de Chile, pero en el INE sería reclasificado
como ocupado. Como sostienen los autores, en periodos de turbulen-
cia, “gran cantidad de gente ha terminado trabajando en lo que se les
presente, con tal de sobrevivir, mientras encuentran un empleo (…) La
verdad es que están altamente subocupados”. De esta forma, el costo de
la mayor “objetividad” es que “tiende a minimizar el problema social
real (desempleo o subempleo grave) y de suavizar periodos de inflexión
económica, lo que resta utilidad para el análisis de los ciclos y de la
determinación de la política macroeconómica”. Cabe destacar que si se
hacen comparaciones con las encuestas CASEN y el Censo de pobla-
ción, las cercanías de la encuesta de la Universidad de Chile son mucho
mayores que las del INE, como lo muestra la tabla V.III.1.

222
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

Tabla V.III.1.
Tasa de desempleo en la Región Metropolitana
(Región Metropolitana)

Encuesta Tasa de Desempleo


U. de Chile, marzo 2002 13,3%
INE, febrero-abril 2002 9,0%
Censo, marzo 2002 12,4%
Fuente: Bravo, Ramos y Urzúa (2003).

Si a la Encuesta de la Universidad de Chile se le aplicara, en vez


de un periodo de referencia de una semana para la búsqueda de empleo,
un periodo de referencia de dos meses, como lo hace la metodología del
INE, lo más probable es que en la primera encuesta los inactivos dismi-
nuyan, y pasen a engrosar las filas de los cesantes en busca de empleo,
elevando de esta manera la tasa de desempleo reconocida. Por su parte,
la OIT no proporciona un criterio uniforme para la medición del des-
empleo, dejando a discreción de cada país la definición del periodo de
referencia para la búsqueda de empleo.

iii. Cambios legislativos


Con el término del régimen militar, hubo una serie de reformas
en materia de institucionalidad laboral. El ya mencionado Plan Laboral
había sido ampliamente cuestionado por diversos sectores sociales, en
razón de las inequidades que había producido en los distintos niveles de
las relaciones laborales. De esta manera, el Programa de Gobierno de la
Concertación de Partidos por la Democracia proponía en 1989 “intro-
ducir cambios profundos en la institucionalidad laboral, de modo que
esta cautele los derechos fundamentales de los trabajadores y permita el
fortalecimiento de las organizaciones sindicales (…)”
En esta línea, en 1990 se establece la presunción de duración
indefinida cuando un trabajador ha prestado servicios discontinuos en
virtud de 2 o más contratos a plazo, durante 12 meses o más en un pe-

223
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

ríodo de 15 contados de la primera contratación. Esta reforma procura


evitar que el trabajador sea despedido y re-contratado varias veces para
eludir las responsabilidades patronales del contrato a tiempo indefinido.
Además, en noviembre de 1990, se eliminó el desahucio como
causal en la que el trabajador desconoce los motivos del despido. Se res-
tablece sin embargo un amplio rango por “necesidades de la empresa”
tales como: la racionalización, modernización o bajas en la producti-
vidad de la empresa, cambios en las condiciones del mercado y de la
economía, y de falta de adecuación laboral o técnica del trabajador. Si
el empleador pone término a la relación laboral invocando la causal de
necesidades de la empresa, y el contrato hubiera sido indefinido, el em-
pleador deberá pagar una indemnización por cada año de servicio pero
con un límite de once meses Los juicios laborales van a ser asimismo
largos y costosos para los trabajadores vulnerados.
Los efectos económicos de las legislaciones laborales y las regula-
ciones es uno de los tópicos más discutidos en la literatura económica.
Uno de los temas recientemente más estudiados es la hipótesis de que
“la destrucción creativa de empleo es central para el crecimiento eco-
nómico”. Una de las implicancias principales de esta hipótesis es que
para incentivar el crecimiento económico, se requiere una reasignación
continua de trabajadores desde los sectores menos productivos a los más
productivos. Sin embargo, esta reasignación de trabajadores y empleos
tiene un costo significativamente alto en términos de bienestar para los
trabajadores (Cowan & Micco, 2005). En este sentido, como señala
Agacino (1995), “el marco institucional que sanciona la desregulación,
tanto del acto mismo de compra y venta de fuerza de trabajo como de
aquél que permite realizar su valor de uso, aparece como condición del
crecimiento en el contexto de apertura de la economía chilena”.
Así, estas reformas van a mantener la esencia del Código Laboral
dictado en dictadura, sin restablecer una serie de conquistas previas al
año 1973 tales como: afiliación obligatoria al sindicato, carácter obliga-
torio de las cuotas sindicales, extensión del contrato colectivo al nuevo
trabajador, prohibición de sustituir a los huelguistas durante la paraliza-
ción legal, extensión automática del reajuste del sector público al sector
privado, negociación por rama de actividad.

224
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

En este contexto, la sindicalización disminuye desde el 14,5 por


ciento en 1991, al 10,5 por ciento en el año 2001, contra un 40 por
ciento en la época de la Unidad Popular. El porcentaje de la fuerza de
trabajo sin contrato de trabajo pasó de un 18 por ciento en 1990 a un
23 por ciento en 2000 y la parte que puede negociar colectivamente sus
contratos cayó en un 5 por ciento (Pizarro, 2005).

iv. El comportamiento de la fuerza de trabajo


Entrando más a fondo en las estadísticas y las conclusiones que
se pueden extraer de ellas, debiéramos considerar que analizar solo la
tasa de desempleo pudiera constituir un error. Existen también cambios
importantes en la población económicamente activa que subyacen en
las fluctuaciones del empleo. Como muestran los datos de otros países,
puede suceder que al mismo tiempo que baja la tasa de desempleo, baje
el nivel de empleo en la economía, pues los que ofrecen su fuerza de
trabajo en el mercado son también menos.

Gráfico V.III.3
Tasa de Desempleo y Tasa de Participación
(serie original, porcentajes)

Fuente: Elaboración propia a partir de datos del Instituto Nacional de Estadísticas.

225
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Desde 1986 se evidencia un aumento sostenido en la tasa de par-


ticipación, llegando a un máximo de 56,5 por ciento en enero de 1994.
Según la OIT, esto debiera vincularse, en parte, a una reducción del
“desempleo oculto” generado en la década de los 80. El efecto de la
entrada de las mujeres al mercado del trabajo también es importante,
debido al proceso de ajuste estructural de la economía. Un ejemplo es la
aparición de los “packing” de frutas que emplean predominante mujeres
(OIT, 1998).
Como se ve en el gráfico V.III.3, la tasa de participación presenta
una correlación negativa con la tasa de desempleo, aunque esta relación
no sea estable en todos los periodos. Es decir, que cuando baja la tasa de
desempleo, la participación en la fuerza de trabajo tiende a aumentar.
Y cuando el ciclo repercute de forma negativa en el empleo, hay traba-
jadores que salen de la fuerza de trabajo, ya sea por el hecho de no en-
contrar trabajo (los llamados “desalentados”), como por la dedicación a
otras labores, como las domésticas, o la capacitación. Cuando la econo-
mía se recupera, y existen posibilidades reales de encontrar un empleo,
este “ejército de reserva” vuelve a formar parte de la fuerza de trabajo.
En la práctica, los movimientos en la tasa de participación con-
tribuyen a suavizar los incrementos y descensos en la tasa de desempleo.
Cowan y otros (2004) argumentan que el brusco incremento en la tasa
de desempleo a partir de 1998 se produce por una caída del empleo no
compensada por otra de similar magnitud en la tasa de crecimiento de
la fuerza de trabajo. Según los autores, es importante destacar que “la
caída en la tasa de empleo fue de gran magnitud pero su efecto en el
desempleo fue suavizado por los cambios en la participación. Si la tasa
de participación no hubiese caído entre 1998 y 2002, la tasa de desem-
pleo en 2002 habría sido casi cuatro puntos mayor” (Cowan, Micco,
Mizala, Pagés, & Romaguera, 2004).
En una comparación internacional, Chile sigue presentando una
proporción de población económicamente activa considerablemente
menor que los países pertenecientes a la OCDE. En efecto, la tasa pro-
medio de participación de la OCDE alcanzó el año 2006 un 70,5 por
ciento, mientras que a igual medición, Chile presentó una tasa de par-
ticipación de 62,6 por ciento (Jélvez & Alvarado, 2009).

226
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

v. La situación de la mujer
El entender el desempleo como un fenómeno estructural y agre-
gado dentro de cierto contexto no implica visualizarlo omitiendo las
importantes diferencias que se dan dentro de ciertos sub-grupos de la
sociedad. Es un hecho común en el mundo –ya presentado en el capí-
tulo II– que no da lo mismo el cómo analizar el fenómeno de la des-
ocupación, si se hace en términos agregados, o tomando en un caso la
dimensión de género. El problema del empleo en Chile desde el punto
de vista de la mujer tiene importantes particularidades que no se obser-
van al compararlo con la situación del hombre, y que se repiten en la
gran mayoría de los países antes analizados.

gráfico V.III.4
Tasa de desempleo por género
(serie original, porcentajes)

fuente: Elaboración propia a partir de datos del Instituto Nacional de Estadísticas

Como se observa en el gráfico V.III.4, las mujeres presentan siste-


máticamente una mayor tasa de desempleo dentro del total de mujeres
que componen la fuerza de trabajo, en comparación con los hombres.
El panorama era especialmente negativo durante toda la década del 90.

227
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

La mayor diferencia se produce en enero de 1994, donde mientras la


tasa de desempleo en los hombres era de un 5,4 por ciento, la de las
mujeres era de un 10,5 por ciento, es decir casi el doble. En el periodo
post-crisis la situación tiende a equilibrarse, inclinándose nuevamente
a la separación cuando el empleo comienza a reactivarse. Por otro lado,
además de tener una mayor tasa de desempleo, las mujeres presentan
periodos de búsqueda de empleo más largos (OIT, 1998). A esto se
suma la desigualdad de trato con hombres y mujeres. Es un hecho que
las mujeres necesitan “credenciales educativas” significativamente supe-
riores a las de los hombres para que se les abran las mismas oportunida-
des de empleo (Abramo, 2003).
Sin embargo, no nos podemos quedar solo con este panorama.
En el análisis de género ocurren otros fenómenos de igual o mayor rele-
vancia que la disparidad de situación en torno a la tasa de desempleo y
la igualdad de oportunidades.

gráfico V.III.5
Tasa de participación por género en Chile 1989-2010
(serie original, porcentajes)

fuente: Elaboración propia a partir de datos del Instituto Nacional de Estadísticas.

228
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

Las variaciones en empleo y desempleo pueden eventualmente


ser explicadas en alguna medida por los cambios en la composición de
la población económicamente activa, tanto de hombres como de mu-
jeres. El gráfico V.III.5 muestra la tasa de participación en hombres y
mujeres. En abril de 1991, la fuerza de trabajo femenina era equivalente
a un 41 por ciento de la fuerza de trabajo masculina, es decir, el núme-
ro de mujeres dentro de la PEA representaban menos de la mitad del
número de hombres en la PEA. Este escenario ha tenido una evolución
radical en los últimos decenios, llegando en diciembre de 2009 a repre-
sentar un 62,1 por ciento de la fuerza de trabajo masculina.
Esta tendencia es un proceso continuo y es de esperar que pro-
siga en el tiempo, hasta alcanzar la igualdad de situación con el género
masculino, equiparando a su vez la tasa de participación femenina a los
niveles de países desarrollados. La tasa de participación femenina sobre
el total de la población femenina en edad de trabajar se sitúa levemente
sobre el 40 por ciento desde el 2008 en adelante, mientras este mismo
indicador en países como Suiza o Dinamarca representa cerca de un 78
por ciento. Vemos que aún queda mucho por recorrer en esta dirección,
considerando el incentivo que formulan las políticas públicas para que
las mujeres ingresen a la fuerza de trabajo. Los programas destinados a
la habilitación de salas cuna y jardines infantiles son un ejemplo de ello.
La idea es entonces dejar atrás la producción de valores de uso
que implicaban las labores domésticas no remuneradas, ingresando de
lleno al flujo de valores que implica integrarse al mercado en el actual
modo de producción. Como señala Riesco (Riesco, 2012, pág. 48),
“el impacto económico de este fenómeno sólo es comparable al de la
migración campesina. Ambos constituyen las dos grandes canteras de la
acumulación originaria de la fuerza laboral, sobre cuya base han emer-
gido las modernas sociedades”. Una creación de valor en aumento, en
la economía clásica, puede provenir de tres fuentes: una mayor intensi-
dad del trabajo manteniendo constante la jornada laboral, una mayor
complejidad del trabajo (educación, capacitación, habilidades, etc.), o
mayor tiempo dedicado al trabajo. Un ingreso de la mujer al mercado
implica un aumento de las horas totales trabajadas en el total de la eco-
nomía, contribuyendo de este modo a la creación de valor nuevo.

229
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Otro aspecto relevante es la comparación en la variación del cre-


cimiento de la población económicamente activa, o en otras palabras,
la fluctuación en el proceso de ingreso y salida de la fuerza de trabajo.

gráfico V.III.6
Variación anual de la Fuerza de Trabajo por género
(serie original, variación anual respecto a mismo mes del año anterior)

fuente: Elaboración propia con datos del Instituto Nacional de Estadísticas.

El gráfico V.III.6 nos muestra cómo fluctúa el crecimiento tri-


mestral de la fuerza de trabajo, por género. En el caso de los hombres,
las desviaciones desde el promedio de crecimiento no son muy acentua-
das. En cambio, si vemos cómo se comporta la variación en la fuerza de
trabajo femenina, podemos ver que las fluctuaciones son mucho más
marcadas en todos los periodos, desviándose en un rango mucho mayor
de su promedio de crecimiento. La composición de la fuerza laboral
femenina responde de forma mucha más marcada al ciclo económico
(variación anual), presenta niveles de estacionalidad también mucho
más marcados (variaciones trimestrales). Es concluyente el hecho de
que los hombres disminuyeron su fuerza de trabajo trimestral en 59 de
estos 239 meses, mientras que en el mismo periodo las mujeres la dis-

230
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

minuyeron en 92 meses. A esto se suma que las variaciones negativas y


positivas son mucho mayores en magnitud en las mujeres.
Ante los ciclos económicos de ambas naturalezas, las mujeres res-
ponden entrando y saliendo de la fuerza de trabajo de forma mucho
más marcada que los hombres, constituyendo la parte principal de lo
que Agacino (1995) denomina un stock de fuerza de trabajo, o “ejército
de reserva”, listo para entrar o salir de la población económicamente
activa según lo requiera el mercado.

vi. La situación de los jóvenes


En una situación similar al de las mujeres, pero con rasgos y ca-
racterísticas distintivas, es la que presentan los jóvenes del país, siguien-
do en buena medida la situación de los jóvenes del resto del mundo. Si
bien las mujeres presentan una tasa de desempleo más alta que la de los
hombres, en el caso de una comparación del desempleo joven (15-24
años según la definición de Naciones Unidas) con el desempleo adulto
(25 años o más), la diferencia se va acrecentando a través del tiempo. Si
en 1990, la tasa de desempleo juvenil promediaba un 12 por ciento, en
agosto de 1999 alcanzaba un máximo de 26 por ciento, nivel que fue
cercano al 25 por ciento alcanzado en julio del 2009. Se observa que en
épocas de crisis, son los trabajadores jóvenes los que sufren un mayor
aumento en su tasa de desempleo. Por otro lado, se observa que el des-
empleo juvenil representa entre 3 y 4 veces la tasa de desempleo de los
adultos. El gráfico V.III.7 ilustra esta diferencia.

231
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Gráfico V.III.7
Tasa de desempleo de jóvenes y adultos
(porcentajes)

Fuente: Elaboración propia en base a los microdatos de la Encuesta Nacional de


Empleo, INE.

Varios han sido los intentos de explicación de este fenómeno. Por


un lado, un informe de la OIT (1998) plantea como posibilidad una
decisión de los más jóvenes de ser más exigentes con los empleos que
aceptan por los menores compromisos familiares relacionados al em-
pleo, o bien una decisión de los empleadores de no contratarlos por su
corta edad o la falta de experiencia. Acercamientos más rigurosos se han
esbozado en Cowan y otros (2004), donde las causas potenciales serían
una excesiva concentración de los ajustes de empleo en los jóvenes y
los trabajadores de baja experiencia, debido probablemente a los costos
de despido que crecen con los años de antigüedad. Como los jóvenes
cuentan con menor antigüedad, es razonable esperar que los despidos se
concentren en este grupo. Otra posible explicación ilustrada en la lite-
ratura económica internacional es que la experiencia ganada en el lugar
de trabajo contribuye a un aumento en la productividad, aumento que
no se ve reflejado totalmente en un incremento salarial, generando de
este modo una ganancia extra para el empleador.

232
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

Otro tema relevante en la situación de los jóvenes es el análisis


de los movimientos en la fuerza de trabajo joven, o en su participación
en el mercado laboral. En el periodo de la crisis asiática, Cowan y otros
(2004) encuentran que la mayor parte de los cambios en la participa-
ción laboral corresponden a los “trabajadores jóvenes que se retiran del
mercado del trabajo cuando las condiciones empeoran”, como lo mues-
tra el gráfico V.III.8. Encuentran también que existe una corresponden-
cia directa entre la caída en la tasa de participación y el aumento en la
escolaridad de los jóvenes. Esto podría explicarse, según los autores, por
la fluidez de la transición escuela-trabajo observada en Chile.

Gráfico V.III.8
Tasa de participación de jóvenes y adultos
(porcentajes)

Fuente: Elaboración propia en base a los microdatos de la Encuesta Nacional de


Empleo, INE.

La escuela, además de servir como alternativa para los trabajado-


res jóvenes en época de crisis o recesión, funcionando de esta manera
como mecanismo que aumenta la inactividad y atenuando un alza en el
desempleo joven, ha sido descrito en diversas investigaciones como un

233
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

condicionante importante en los resultados laborales a la hora de bus-


car un empleo. Se comprueba en general que los jóvenes desempleados
tienen un menor nivel educacional que los jóvenes empleados. Según
Marinakis (2002), las evaluaciones que ha hecho la OCDE de progra-
mas específicos orientados al segmento de jóvenes han mostrado que
las mejores iniciativas para jóvenes de sectores bajos y poca escolaridad
“son aquellas que intervienen en forma más temprana, no cuando ya
abandonaron el sistema educacional y buscan interesarse en el mercado
de trabajo con escasa calificación, sino antes, tratando de evitar que
deserten a temprana edad”.

vii. La desigualdad como característica nacional


Otro aspecto importante y determinante a la hora de pensar polí-
ticas para la pobreza, la desigual distribución del ingreso, el acceso a una
educación de calidad, entre otros, es el relacionado con las diferencias
en empleo y desempleo subyacente en los distintos grupos socioeconó-
micos de la población.

234
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

gráfico V.III.9
Tasa de desempleo por deciles 1990-2011
(porcentajes)

fuente: Elaboración propia en base a los microdatos de la Encuesta CASEN, varios


años.
Nota: Se utilizaron en este grafico los deciles de ingreso autónomo y la situación labo-
ral reportados en las bases de datos de la CASEN.

El gráfico V.III.9 ilustra las tasas de desempleo por deciles de in-


greso, para cada año donde se toma la encuesta CASEN. Cada decil de
ingreso representa a un 10% de la población. Se observa una marcada
diferencia en todos los años en cuanto a la incidencia del desempleo por
tramo de ingreso. Los más pobres (primer decil) tienen tasas de desem-
pleo que fluctúan entre 20 y 40 por ciento, mientras que los más ricos
(décimo decil) no superan nunca el 4 por ciento de desempleo.
Es evidente que a mayores ingresos, se tiene una menor proba-
bilidad de caer en la desocupación. Sin embargo, la causalidad puede
también ser inversa, es decir, que mientras mayor sea la probabilidad de
caer y permanecer desocupado, mayor es la probabilidad de acercarse a
los tramos más bajos de ingresos. Esta última causalidad tiene impor-
tantes implicancias en la generación de políticas contra la pobreza y la
vulnerabilidad: ciertos análisis apuntan a que la solución más efectiva

235
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

contra estos fenómenos es el fortalecimiento del empleo, en cantidad y


calidad.
Otra herramienta consiste en otorgar mayores ingresos a los que
sufren de mayor desempleo, de manera que puedan invertir en capital
humano y facilitar los procesos de búsqueda de empleo, contribuyendo
de esta forma a un ciclo virtuoso. Claramente ambos enfoques de polí-
ticas contribuyen a aliviar el problema.
Un tema anexo y no menos importante es el análisis de las tasas
de participación. Si se miran las cifras, se comprueba que mientras me-
nores son los ingresos, menos se participa del mercado del trabajo. Una
menor participación en el mercado laboral genera menores ingresos
para el hogar, ya que no se cuenta con los ingresos del trabajo.
Un segundo tipo de análisis es la perspectiva dinámica Los datos
sugieren que si comparamos los comienzos de los 90 y el año 2009
(inmediatamente después de una crisis), el panorama no es mejor. En
los 19 años de transcurso del actual modelo económico, 9 de 10 deciles
de ingreso, vieron empeorada su situación. Solo el cuarto decil terminó
con una tasa de desempleo levemente menor a la que tenía en 1990. En
términos absolutos, el primer decil fue el más perjudicado, pues si en
1990 tenía una tasa de desempleo de 31 por ciento, el 2009 esta era de
39,1. Además son los más pobres los que presentan la mayor volatilidad
en las variaciones de la desocupación.
Si se toma una medida relativa de variación de la tasa de desem-
pleo a través del tiempo en cada decil, curiosamente es el 10 por ciento
más rico el que sufre las mayores pérdidas, como se refleja en una inspec-
ción del gráfico V.III.9. En 1990, el decil más rico ostentaba una tasa de
desempleo de un 1,9 por ciento, pasando a un 2,3 por ciento en 2003,
al año 2009 se alcanzaba un máximo de 4,1 por ciento, representando
más del doble de la cifra inicial. Los perjudicados de este fenómeno, que
pudieran reproducirse en los deciles vecinos, pasan a engrosar lo que
algunos economistas han llamado los cesantes “de cuello y corbata”. Si
queremos explicaciones, podemos buscarlas en los procesos de restruc-
turación de la economía. La incorporación de tecnologías virtuales, de
procesamiento de papeles y datos ha afectado especialmente a niveles

236
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

medios, en conjunto con los llamados downsizing y reengeneering pro-


ducto de las reestructuraciones de empresas, a su vez estimuladas por la
competencia internacional y los procesos de globalización.
Finalmente, el análisis dinámico también se aplica para los cam-
bios en la participación de cada segmento de ingresos en el mercado
del trabajo. Desde 1990 y hasta el 2011, los datos presentan caídas en
la participación de los dos deciles más pobres. A su vez, a medida que
crece el decil de ingresos, la tasa de participación promedio de cada
decil aumenta, y también lo hace el crecimiento en la participación en
el periodo analizado. Si en 1990, un 39 por ciento del decil más pobre
participaba en el mercado del trabajo, el año 2011 solo lo hacía un 33
por ciento. Al contrario, si en 1990 un 62 por ciento del decil más rico
participaba en el mercado del trabajo, el año 2011 lo hacía en un 72
por ciento.

viii. El fenómeno del subempleo


En capítulos anteriores ya se ha tratado el fenómeno del subem-
pleo, como tópico instalado ya hace varias décadas en el mundo. En
Chile la caracterización del subempleo hace décadas era realizado de
forma pionera por la OIT a través de su oficina de PREALC, con la
particularidad de que el subempleo se medía utilizando el concepto de
informalidad. Es así como se consideraba que en las ocupaciones en
sectores económicos “atrasados” (la agricultura principalmente) la fuer-
za de trabajo se encontraba subempleada, pues estaba imposibilitada
de desarrollar su eventual capacidad laboral, en cuanto a la calidad del
empleo y a la cantidad de trabajo que quisieran realizar. En años recien-
tes se ha implementado una encuesta de empleo que por primera vez
permite medir de forma más acuciosa el comportamiento y la evolución
del subempleo. A continuación presentamos algunas mediciones y la
comprobación de un ejercicio hipotético realizado en la tabla 0.I.1, con
datos para Chile desde 2009 en adelante.
Según las definiciones de la OIT, el subempleo “refleja la subutili-
zación de la capacidad productiva de la población ocupada, incluyendo
el que es causado por un sistema económico nacional o local deficiente.

237
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Se relaciona con una situación alternativa de empleo que la persona de-


sea desempeñar y está disponible para hacerlo” (OIT, 1998). En térmi-
nos simples, las personas subempleadas son las que han tenido un tra-
bajo durante el periodo de referencia, pero que deseaban trabajar más
adecuadamente y estaban disponibles para hacerlo. A su vez, podemos
acercarnos al concepto desde dos perspectivas. Por un lado, el subem-
pleo por insuficiencia de horas corresponde a personas que deseaban
trabajar más horas que las efectivamente trabajadas, pero que no pudie-
ron hacerlo; por otro, el subempleo por situaciones de empleo inade-
cuado corresponde a personas que teniendo trabajo, hubieran querido
cambiar su situación laboral de ese momento por motivos que limita-
ban su capacidad y bienestar. En esta ocasión se hará referencia a ambas
modalidades, dándole un tratamiento más acabado al “subempleo por
deficiencia de horas” por las posibilidades que entrega la Nueva En-
cuesta Nacional de Empleo (NENE), ya que el “subempleo por empleo
inadecuado” incorpora elementos que hoy no se están considerando en
forma exhaustiva en las mediciones oficiales de empleo en Chile.
Según las directrices actuales de la OIT, para considerar a una
persona como subempleada por deficiencia de horas se deben cumplir
tres condiciones: la primera es “desear trabajar más horas”; la segunda
es “estar disponible para trabajar más horas” (poder efectivamente ha-
cerlo durante un periodo posterior especificado) y, la tercera y última
es “haber trabajado menos de un límite de horas determinado”. Es así
como utilizando una metodología propia somos capaces de establecer
medidas para el subempleo y la “tasa de desempleo extra-oficial”, que
suma a los desocupados y subocupados totales como proporción de la
población económicamente activa. En cuanto al subempleo por empleo
inadecuado, las directivas de la OIT consideran que una persona se
encuentra en esta condición cuando esta hubiera deseado cambiar su
situación laboral de ese momento por motivos que limitaban sus capa-
cidades y bienestar, y estaba disponible para hacerlo42.
42
La metodología para el cálculo del subempleo por deficiencia de horas es en primer
lugar recuperar todos los ocupados que trabajan efectivamente menos de 45 horas
semanales, lo que según el artículo 22 del Código del Trabajo corresponde desde el
2005 a la duración máxima de la jornada de trabajo ordinaria en Chile. Este nivel se
considera entonces como la cantidad de horas semanales de “pleno empleo” de una
persona. Con esto cumplimos la tercera condición explicada por la OIT, es decir el

238
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

gráfico V.III.10
Tasa de desempleo y subempleo 2009-2013
(porcentajes)

fuente: Elaboración propia a partir de los microdatos de la Nueva Encuesta Nacional


de Empleo, INE.

La medición del subempleo desde 2009 en adelante arroja resul-


tados asombrosos y comparables a los mayores niveles internacionales.

trabajar menos de un “límite de horas determinado”. En segundo lugar, se rescata de


este grupo que trabaja menos de 45 horas aquellos que responden afirmativamente
a la pregunta de “Si de usted dependiera, ¿trabajaría habitualmente más horas de las
que trabaja?” con lo que se cumple la primera condición de la OIT, es decir desear
trabajar más horas. Por último, se desechan aquellos que responden “no tener dispo-
nibilidad” en la pregunta de “si se diera la posibilidad, ¿estaría disponible para trabajar
más horas?” con lo que se cumple la segunda condición de la OIT, es decir “estar dis-
ponible para trabajar más horas”. Para agregar el subempleo por empleo inadecuado,
se incorporan todas las personas que al preguntarles “¿Cuál es el motivo principal por
el cual está buscando otro trabajo?” responde alguna de las seis primeras alternativas:
1) Porque desea un trabajo con mayores ingresos, 2) Para mejorar su calidad de vida
(cercanía de su hogar, mejor barrio en el que trabajar, etc.), 3) Para mejorar sus condi-
ciones de trabajo (horario, ambiente de trabajo, beneficios sociales), 4) Porque desea
un empleo más acorde a su formación, 5) Porque siente inseguridad en su empleo
actual, ó 6) Porque considera su actividad actual como provisional. Esta metodología
contiene el error de que la persona puede querer trabajar en mejores condiciones, pero
no está buscando otro trabajo activamente. De esta manera, esta medición subestima
el subempleo por empleo inadecuado.

239
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Si en el trimestre móvil junio-julio-agosto de 2009 la tasa de desempleo


era de un 11.6 por ciento, la tasa de subempleo total (por insuficiencia
de horas y por empleo inadecuado, subempleados sobre empleados to-
tales) era de un 25.5 por ciento. Esto significa en la práctica que uno de
cada cuatro ocupados quiere trabajar más horas o más adecuadamente,
pero no logra hacerlo. Entre 2009 y 2013 la tasa de subempleo varía
entre un mínimo de 20.9 por ciento (noviembre de 2013) y un máximo
de 28.4 por ciento (diciembre de 2009). El promedio en este periodo
es de un 24.7 por ciento. Esto arrojaría una tasa de desempleo más su-
bempleo de 30.4 por ciento promedio en este periodo, con un máximo
de 35.4 por ciento en noviembre de 2009, y un mínimo de 25.4 por
ciento en noviembre de 2013. Lo anterior significa que uno de cada tres
personas empleadas, en promedio, está desempleada o subempleada.
Al año 2011 Chile se encontraba en el primer lugar de los países
de la OCDE43 en la incidencia del trabajo parcial involuntario (gráfico
II.II.1), a pesar de que la crisis de fines de los 2000 había tomado más
fuerza en la periferia europea y en los países desarrollados que en la
economía nacional. La situación en Chile es por tanto preocupante.
Eventualmente si los ocupados declaran querer trabajar más horas, es
porque los ingresos actuales no son suficientes para poder desarrollar
una vida digna. Además, muchos de los que trabajan más de 45 horas
semanales, declaran querer trabajar aún más tiempo. El tiempo dedica-
do a las familias, a la recreación y el desarrollo de otras habilidades va
desapareciendo por la creciente necesidad de cubrir un costo de vida
que excede con creces los ingresos del trabajo.
Estas mediciones que incorporan el subempleo dejan fuera otro
tema: el de los llamados “desalentados”44 que conforman otro desem-
pleo oculto. Estas son personas que se clasifican como inactivas ya que
no trabajan ni buscan empleo activamente, pero que aceptaría trabajar
si se les presentara la oportunidad. Según Caputo (2000), un cálculo
que incorpora como desempleadas a las personas que declaran necesitar
y desear trabajar pero que permanecen inactivos, haría aumentar la tasa
43
La comparación se realiza tomando en Chile la proporción de empleos involunta-
rios de tiempo parcial en el empleo total, en base al auto-reporte sin considerar las
horas trabajadas.
44
También denominados “descorazonados” o “desmotivados” en la literatura económica.

240
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

de desempleo de un 15.4 por ciento –según la encuesta de la Universi-


dad de Chile– a más de un 25 por ciento para junio de 1999.

IV. Aplicación de algunas teorías sobre el desempleo en Chile


En esta sección hacemos un breve repaso de algunas de las teorías
expuestas en el primer capítulo, pero en su aplicación a Chile. La inten-
ción es enfocarnos en un solo país y verificar la pertinencia de cada una
de las teorías expuestas acerca de la desocupación. Por otro lado, el aná-
lisis para un solo país no permite explicar las diferencias en niveles entre
países, por qué algunos superan el 12 por ciento de desempleo, por qué
otros varían alrededor de un 8 por ciento, y por qué otros permanecen
constantemente por debajo del 6 por ciento, esto debiera ser inferido de
las exposiciones en capítulos anteriores, que serán revisitados para una
síntesis en la última parte de este trabajo. Por ahora, el caso de Chile
tiene algunas luces que mostrar acerca de la conveniencia y aplicabili-
dad de ciertas teorías.

i. Desempleo tecnológico
Una primera aplicación de las teorías sobre la desocupación ex-
puestas al comienzo de este trabajo, dice referencia con el llamado des-
empleo tecnológico.
Para Marx (1975), el autor que más se interesó por el desempleo
tecnológico según Guy Standing, existe una tendencia de largo plazo
en la acumulación de capital que lleva a un “aumento incesante” del
capital constante (valor de los medios de producción) a costa del capital
variable (valor de la fuerza de trabajo), es decir, a una creciente composi-
ción orgánica del capital45. La lógica es que a medida que crece el capital
constante, crece también el capital variable (y por lo tanto crece la fuerza
de trabajo que es absorbida por los medios de producción), pero a tasas

45
La composición del capital puede interpretarse en dos sentidos: atendiendo al valor
o atendiendo a la materia. Al igual que Karl Marx, en esta ocasión nos referimos a la
composición de valor con el nombre de composición orgánica del capital.

241
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

decrecientes. Es decir, aumentan los medios de producción y la fuerza de


trabajo, pero los primeros lo hacen en mayor proporción que la mano de
obra. Este descenso relativo del capital variable (como proporción del ca-
pital total) se revelaría como en términos invertidos como un crecimien-
to relativo de la población obrera. Crecimiento relativo porque genera
una “población excesiva para las necesidades medias de la explotación del
capital, es decir, una población remanente o sobrante”.

gráfico V.IV.1
Composición Orgánica del Capital y Tasa de Desempleo en Chile
1960-2009

fuente: Elaboración propia a partir de datos de cuentas nacionales reportadas por el


Banco Central y recopiladas en CEPAL Stat, y de la Encuesta de Ocupación y Des-
ocupación de la Universidad de Chile.
Nota: La metodología asimila capital constante a consumo de capital fijo, y capital va-
riable a las remuneraciones de los asalariados. Siguiendo la definición de Paul Sweezy,
la composición orgánica del capital la definimos como capital constante sobre capital
total (constante más variable).

Desde 1960 en adelante, para Chile la correlación entre la com-


posición orgánica del capital y la tasa de desempleo es estadísticamente
significativa, como se aprecia visualmente en el gráfico V.IV.1. Según

242
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

Marx, la crisis económica crearía una oportunidad para el surgimiento


de innovaciones tecnológicas, que se daría especialmente en periodos de
recesión, con el fin de abaratar costos y volver a los antiguos niveles de
ganancia (Standing, 1984).
Otro punto importante dentro de la discusión del desempleo tec-
nológico es el argumentado por los neoclásicos, derivado del análisis de
Say. Si las máquinas efectivamente desplazan mano de obra en algunos
sectores, los trabajadores despedidos aceptarán salarios más bajos, sus-
tituyendo capital por mano de obra en otros sectores de la economía.
Este movimiento de trabajadores entre sectores también puede ilustrar-
se para el caso chileno.

gráfico V.IV.2
Proporción del empleo total por sectores en Chile, 1990-2010
(promedios anuales, empleo total = 100)

fuente: Elaboración propia a partir de datos del INE.

El gráfico V.IV.2 muestra que han sido dos los principales sec-
tores económicos donde se ha economizado mano de obra. El primero
comprende la Agricultura, Pesca y Caza, donde se transita de un 19
por ciento a un 11 por ciento de la ocupación total; el segundo es la
Industria, pasando de un 16.5 por ciento a un 13 por ciento del empleo

243
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

total. Sin embargo, estos dos casos presentan ciertas particularidades


relevantes. Mientras que en el sector de Agricultura, Pesca y Caza46 la
producción como porcentaje del PIB total ha descendido fuertemente
a partir de fines de la dictadura –1988–, en el sector de la Industria
esta disminución comenzó recién con un descenso notorio a partir de
2005, aun cuando el empleo industrial empezó su disminución relativa
a partir de 1997.
Finalmente, hay ver qué ha pasado en los 5 sectores donde la pro-
porción del empleo aumenta. Tenemos 3 casos claramente distingui-
bles. El primer caso lo componen el Transporte y las Comunicaciones
y la Construcción; en ambos sectores la producción tiene una relación
directa con el empleo, tanto en términos del porcentaje de aporte al PIB
(sin considerar la minería que distorsiona el análisis por sus precios),
que es similar al porcentaje de aporte al empleo total, como en la rela-
ción de aumentos o disminuciones de la producción que son similares
en el aumento o disminución del empleo.
Un segundo caso lo componen los Servicios, tanto Comunitarios
(Sociales y Personales) como Financieros. En ambos sectores un au-
mento de la producción relativa viene acompañado de un aumento en
el empleo relativo.
Gran parte de este crecimiento se explica porque el sector de Ser-
vicios Financieros y a Empresas, en la parte Servicios a Empresas, cap-
tura la subcontratación de todas las otras las ramas de la producción.
Así por ejemplo, en la minería, más del 60% de los trabajadores son
subcontratados y no figuran en el sector minero aunque parte de ellos
efectúan labores típicas de operación de minas, de desarrollo minero,
o tareas auxiliares como mantención de maquinarias, aseo industrial,
casino, seguridad, informática etc. La facilidad legal para abaratar el
costo de la mano de obra contratando trabajadores propios a nombre de
terceros ha permitido una importante expansión de este sector.

46
Compuesto por 4 sub-sectores: i) Agricultura, Ganadería y Caza; ii) Silvicultura y
Extracción de Madera; iii) Pesca Extractiva y iv) Cultivo y Reproducción de Peces y
Productos del Mar (Acuicultura).

244
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

Por otro lado, los servicios comunitarios ocupan una mucha ma-
yor proporción del empleo de lo que aportan a la producción. Al con-
trario, los servicios financieros ocupan casi la mitad de empleo relativo,
de lo que aportan relativo a la producción del país. Podría pensarse
que los servicios comunitarios están transfiriendo valor a otros secto-
res, mientras que los servicios financieros están “recibiendo” valor pro-
cedente de otros sectores. Los mecanismos y causas concretas de esto
pueden buscarse en la Teoría de la Renta y el desarrollo de las hipótesis
neo-rentistas acerca del sistema financiero. Esto es relevante pues con-
diciona los ingresos de ambos sectores, en particular bajos ingresos en
un sector que ocupa mayor fuerza de trabajo (servicios comunitarios y
a empresas) y elevados ingresos en un sector que ocupa relativamente
poca fuerza de trabajo (servicios financieros puros), determinando así la
distribución social del valor y de la riqueza.
Un tercer y último grupo lo conforma el comercio. A diferencia
de los demás sectores, el comercio ha combinado un aumento de la par-
ticipación en el empleo total, con una disminución de la participación
en la producción total (la disminución se estancó a mediados de 2002
pero el aumento en el empleo continuó). Esto puede ser explicable por-
que este sector captura buena parte del mundo informal donde con ba-
jos niveles de capital y a veces en la vía pública, se desarrolla el pequeño
comercio minorista.

ii. El efecto del crecimiento y la acumulación de capital


Uno de los análisis menos desarrollados en Chile por la cien-
cia económica corresponde al rol que juega la llamada acumulación
de capital, junto al desarrollo que hacen los post-keynesianos de las
consecuencias de producir bajo la frontera máxima de producción que
imponen los niveles de acumulación de capital. Como lo señala tam-
bién el trabajo de Lara (2009), la visión de Marx sobre el asunto de
la población excedentaria, expuesta en El Capital y ya analizada en el
primer capítulo, tiene estrecha relación con la acumulación de capital.
Señala que la población sobrante no era absoluta sino relativa a las ne-

245
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

cesidades del capital, y que por tanto en última instancia dependía de la


acumulación de capital, de su ritmo.
Por su lado, los enfoques post-keynesianos ponen de relieve los
efectos perjudiciales que tiene para el empleo, una producción efectiva
por debajo de lo que podría ser, o sea por debajo de una producción po-
tencial, problema modelado por primera vez por el economista Arthur
Okun. La diferencia entre el producto potencial y el producto efectivo es
lo que se denomina Brecha Producto, causante del desempleo por no
utilización de la capacidad productiva.
El cambiante producto efectivo refleja las oscilaciones de la de-
manda por bienes y servicios, especialmente de sus componentes más
vulnerables: las exportaciones que dependen de pocas materias primas,
el efecto que sus variaciones implican sobre la capacidad de gastar por
el Estado (ver sección siguiente) y el sensible gasto en inversión. Por
otro lado, la determinación del producto potencial tiene que ver con
el grado de desarrollo de las fuerzas productivas, donde alcanza gran
importancia la acumulación de capital físico, aproximado en las Cuentas
Nacionales por los niveles de formación de capital fijo. El gráfico V.IV.3
muestra mediciones del PIB Efectivo y el PIB Potencial para Chile,
desde 1957 en adelante.

246
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

gráfico V.IV.3
Ley de Okun para Chile 1957-2008
(eje izquierdo: billones de pesos chilenos del 2003, eje derecho: porcentaje)

fuente: Elaboración propia a partir de los datos utilizados por Ffrench-Davis (2010)
y la Encuesta de Ocupación y Desocupación de la Universidad de Chile.
Nota: Los datos para el producto efectivo y el producto potencial corresponden a
una serie elaborada por Ffrench-Davis (2010), utilizando el método ICOR para el
cálculo del PIB potencial, y la serie del Ministerio de Hacienda desde el 2006 en
adelante. El cálculo de la Brecha Desempleo corresponde a la diferencia entre la tasa
de desempleo para los meses de junio de cada año para el Gran Santiago, y una tasa
natural de desempleo calculada como la tendencia que resulta de aplicar un filtro
Hodrick-Prescott con un λ =100.

Como se observa en el gráfico V.IV.3, un aumento de la brecha


producto coincide con las desviaciones de la tasa de desempleo de su
tendencia en Chile entre 1957 y 2008. La Ley de Okun pareciera en-
tonces cumplirse, ya que una producción inferior al potencial, acarrea
mayores tasas de desempleo. En los periodos de dictadura (1974-1989)
y de la Concertación (1990-2008), la relación se presenta, aunque de
modo más evidente en el primero de estos períodos. Sin embargo esta
correspondencia no se verifica con fuerza antes de 197347. Finalmente,
hay que mencionar que uno de los problemas del análisis estilo Okun

47
Aunque las estimaciones de los coeficientes tienen el signo correcto, no son estadís-
ticamente significativos. Esto ocurre porque en sucesivos años existe un aumento en la
brecha del producto en conjunto con una disminución del desempleo.

247
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

es que, a pesar de contribuir a explicar por qué un desempleo en cierto


periodo se aleja de su tendencia, no ofrece respuestas acerca de la deter-
minación de este nivel de tendencia.

iii. El gasto público como mecanismo estabilizador


Desde que Keynes destacara el rol de la intervención del gobier-
no en la economía como mecanismo estabilizador del ciclo, la política
económica se transformó en un activo campo de estudio y debate, pa-
sando muchos años antes que este modelo fuera puesto en cuestión por
los defensores de la teoría neoclásica. Sin embargo, estas políticas no
han demorado en volver al centro de la discusión ante las frecuentes y
profundas crisis que han tomado lugar en el capitalismo mundial en las
últimas décadas. Más aun, diversos han sido los análisis que han com-
parado los niveles de desocupación entre países y los niveles de gasto
público y social.

gráfico V.IV.4
Crecimiento anual del PIB y del Gasto Público en Chile, 1952-2010
(precios constantes de 2005, porcentajes)

fuente: Elaboración propia a partir de los datos de Heston, Summers y Aten (2012).
Nota: El cálculo del PIB se realiza a partir del método Laspeyres.

248
Capítulo V: Chile y el experimento neoliberal

La lógica keynesiana original fue que los equilibrios fiscales de-


bían entenderse a mediano plazo, y no solo de año en año. Es así como
en la parte alta del ciclo, una disminución del gasto público era necesa-
ria para no recalentar la economía, para cuando el ciclo fuera a la baja,
aumentar el gasto de gobierno a fin de paliar los efectos negativos en el
empleo y los ingresos. Esto implica poseer reservas para ocupar cuando
sea necesario, y guardar un excedente fiscal cuando la economía está en
la parte alta del ciclo.
En el caso de Chile, desde 1952 en adelante la evolución del gasto
público ha seguido en todo momento los vaivenes del ciclo económi-
co, reflejados en el crecimiento del PIB. Incluso si en vez de mirar el
crecimiento del gasto público, se observan los niveles de gasto público
por persona, o incluso la participación del gasto público en el PIB, la
conclusión sigue siendo la misma. Esto significa que el gasto público ha
servido de poca ayuda para estabilizar la demanda, la producción y el
empleo.
Por este motivo, una política a destacar es la denominada Regla
de Balance Estructural, implementada desde principios de la década del
2000. La idea original es guardar recursos fiscales en el Fondo de Estabi-
lización Económico y Social (FEES), derivados fundamentalmente de
los altos precios del cobre, para los tiempos en que el precio de esta ma-
teria prima baje, de manera de mantener estable el gasto fiscal. A esto
se le llamó una política a-cíclica, es decir, que es estable y no obedece a
los movimientos en el ciclo económico. Sin embargo, la idea original de
la política fiscal es servir de mecanismo estabilizador del ciclo, jugando
un rol no solo a-cíclico, sino que contra-cíclico. Uno de los desafíos, sin
embargo, sería primero lograr un nivel de gasto público y social que
permita ser aumentado y disminuido sin generar pérdida de derechos
sociales básicos, o problemas sociales mayores que los ya producidos
por el ciclo económico mismo.
Por otro lado, como se ha explicado con la teoría centro-periferia,
resulta poco probable que la economía chilena pueda estabilizarse si
continúa dependiendo de la exportación de unas pocas materias pri-
mas, y además controladas por agentes externos que remiten la parte
más importante de sus ganancias. En este sentido, parte de los montos

249
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

ahorrados en el Fondo de Estabilización deberían invertirse en recu-


perar para el país sus recursos naturales, crear valor agregado, generar
empleo de calidad y diversificar la economía.

250
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

CAPÍTULO VI: LAS POLÍTICAS CONTRA LA CESANTÍA

“Están parados
esperando a los manos
que decidan hacer andar.
La neblina las rodea y las oxida
y ya piensan petrificar
¡LAS INDUSTRIAS, MUEVAN LAS INDUSTRIAS!”

Los Prisioneros, grupo musical chileno. 1983.

A grandes rasgos, podemos clasificar las propuestas en tres grupos: las


recetas neoliberales, las fórmulas de compromiso y las propuestas desde
la izquierda.

I. Las recetas neoliberales


i. Flexibilidad del mercado laboral
Introducido a mediados de los años setenta, la flexibilidad es
uno de los conceptos claves de la estrategia neoliberal, ya utilizado por
los economistas liberales de la tercera década de este siglo; resucitado
principalmente por Milton Friedman, obtuvo carta de ciudadanía en
numerosos países occidentales, entre ellos el Reino Unido de la señora
Tatcher y los Estados Unidos de Reagan. Friedman y sus discípulos
elogiaron el régimen militar chileno que facilitó la libertad empresarial
para subir o bajar los salarios, sin sujeción a sindicatos, convenios co-
lectivos o leyes laborales, tal como ya antes la había visto funcionar en
algunos países asiáticos.

251
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Se trataba de liberar al mercado de las llamadas “rigideces” que


impedían a los empresarios adaptar la producción, implantar nuevas
tecnologías según las cambiantes pautas de los consumidores y clientes.
Los obstáculos eran el seguro contra el paro; los salarios mínimos; las
limitaciones a los despidos, la duración de la jornada de trabajo, las
excesivas contribuciones patronales a la seguridad social, los contratos
de duración indefinida y las consiguientes vacaciones pagadas y otras
obligaciones establecidas por las leyes sociales.
Guy Standing, un experto de la OIT que evaluó los resultados
de las políticas de flexibilidad en el Reino Unido, llegó a la conclusión
que ellas no redujeron mayormente la desocupación (Standing, 1988).
Si bien las cifras oficiales mostraron en algunos años baja de la cesantía,
ello fue, más bien, producto de cambios en los métodos y cálculos del
desempleo. En su opinión la flexibilidad significó inseguridad e inesta-
bilidad para un número creciente de trabajadores: que una proporción
mayor de ellos pasara por períodos de paro, en muchos casos, prolon-
gados, y que también muchos tuvieran que recurrir a los subsidios del
Estado para poder sobrevivir. Todo ello constituye una ineficiencia en el
rendimiento laboral, una pérdida neta para la sociedad. El autor estima
que la flexibilización, bien entendida como fuerza de trabajo adaptable
y con alto grado de capacitación, es deseable, Pero, para ello se necesita,
no el desmantelamiento de la seguridad social sino su transformación
en un nuevo sistema que minimice los riesgos que soportan los trabaja-
dores. El autor no cree que la inseguridad sea una ayuda a la eficiencia;
más bien, un obstáculo (Standing, 1988).

ii. Reducir los beneficios a los cesantes


En su perspectiva, según los economistas ortodoxos muchos ce-
santes que reciben subsidios gubernamentales no están en busca de tra-
bajo porque se conforman con el subsidio o, bien, tienen empleos “ne-
gros”, penados por la ley. Se habla así de desocupados “voluntarios” que
gozarían de una doble fuente de ingresos. Se ha alegado también que los
gastos del seguro de cesantía se han elevado en demasía afectando así los
costos de los sistemas de seguridad social.

252
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

Al eliminarse o reducirse los pagos por cesantía, los afectados se


verán obligados a incorporarse al mercado del trabajo, aunque sea por
menores salarios. Una parte de los cesantes habrá encontrado trabajo y
disminuirán los índices de desempleo.
Los adversarios de esta tesis replican que se hace un abuso del
concepto de desocupado “voluntario”, calificando así a todo aquél que
no esté dispuesto a aceptar empleos indignos o salarios miserables; que
si se reducen a cero los seguros de desempleo se acabaría con la cesantía
“oficial”, pero no con la real. En todo caso, los subsidios han sufrido
fuertes mermas en muchos países, con lo cual la situación de los ce-
santes se ha tornado más difícil, sin que por ello haya disminuido el
número de desocupados.
Algunos gobiernos que redujeron los beneficios del seguro de ce-
santía, muy pronto se vieron obligados a aumentar los pagos por asis-
tencia social, a fin de evitar el hambre, la mendicidad y otros males
mayores. Para estos efectos se redefinió la categoría de los desempleados
crónicos y desalentados: viejos, madres solteras y otros casos similares,
simplemente como ‘pobres o indigentes”, permitiendo que lo poco que
algunos de ellos puedan recibir en empleos mal pagados precarios sea
complementado por ayuda social. En Canadá, ya en 1982, 1.5 millones
de personas estaban recibiendo este tipo de ayuda; en Gran Bretaña,
4,5 millones en 1983; en Suecia, el 6,5 por ciento de toda la población
tenía acceso a este tipo de asistencia, según fuentes de la OIT. Visto del
otro lado de la medalla, este tipo de medidas son criticadas por la hu-
millación que significa para el afectado ser considerado como incapaz
de valerse por sí mismo, por admitir la pobreza como algo natural, la
cesantía como fatalidad, negando el derecho al trabajo remunerado.

253
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

iii. Mujeres y extranjeros, de vuelta a casa


En el caso de las mujeres, el retorno al hogar no solo persigue
reducir el número de los que buscan trabajo, también hay una nostalgia
de los tradicionalistas que quieren ver a la mujer dedicadas únicamente
a las tres K, como dicen los alemanes (Kinder, Kirche, Küche48). Sin
embargo el retorno al hogar sería parcial, dada la existencia de otras
motivaciones que tiene la mujer para trabajar fuera de casa. Depende,
más bien de mayores niveles generales de cesantía y/o mayores ingresos
de la otra pareja o de los hijos mayores.
Repatriaciones masivas y forzadas, nuevas leyes restrictivas para la
inmigración y los viajes, sobre todo hacia el Tercer Mundo, aumentan
incluso en países de tradición tolerante. Con todo, esta política es resis-
tida por sectores empresariales que explotan la mano de obra extranjera
porque permite pagar menores salarios y eludir leyes sociales, perjuicio
que el inmigrante ilegal se ve obligado a aceptar, so pena de ser denun-
ciado.

iv. Empleos mínimos


En América Latina surgieron el Plan de Empleo Mínimo, los Fren-
tes de Trabajo, el Plan de Emergencia. Tales programas en Brasil, Chile,
Panamá, Haití y República Dominicana registraron números elevados
de cesantes que carecían de otras alternativas para subsistir ellos y sus
familias. Es evidente que, de no haberse llevado a efecto estos planes, la
magnitud de la miseria extrema habría adquirido un carácter explosivo.
Estos programas fueron duramente criticados por el bajísimo
nivel de remuneraciones, generalmente menor al de subsistencia, sin
acceso a la atención médica gratuita, sin vacaciones pagadas ni previ-
sión social alguna. Fueron escasos también sus beneficios en materia de
elevación de la capacitación, productividad individual o social; además,
eran excesivos los costos de administración. En algunos casos los pro-
gramas se transformaron en privilegiados subsidios a los empresarios
privados que utilizaban esta mano de obra barata.
48
Niños, Iglesia, Cocina.

254
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

v. Las Zonas Francas Industriales


Creadas en los primeros años setenta, adquirieron una enorme
difusión. Desde Filipinas, Corea del Sur, Malasia e Indonesia se han
extendido a toda el Asia, y de allí a América Latina, el Caribe y, en me-
nor medida, al África. Según la UNIDO (Organización de las Naciones
Unidas para el Desarrollo Industrial), en 1983 había unas 120 “zonas
para procesar exportaciones” (EPZ) que ocupaban a unos 2 millones de
trabajadores, principalmente mujeres, abarcando unos 36 países en de-
sarrollo. Estas áreas son auténticos enclaves, con tratamiento aduanero
excepcional en comparación con las normas del país, donde las firmas,
principalmente manufactureras trasnacionales, gozan de tratamiento
preferente en impuestos, provisión de infraestructura, libertad en mate-
rias laborales y servicios públicos subvencionados”.
Según Feier Ward, un experto, consultor del Banco Mundial,
las Zonas contribuyen significativamente al empleo de trabajadores
semi-calificados, no así a los calificados o a los no calificados. Empero,
significan limitada contribución al crecimiento de las exportaciones:
inestabilidad debido a la elevada tasa de rotación de las firmas que se
trasladan de un país a otro en busca incesante de mayores ventajas; es-
casa utilización de materias primas locales; nula transferencia de tecno-
logía, ningún aporte a los ingresos fiscales, en fin, modesta contribución
a la solución del problema nacional del desempleo. Estas conclusiones
son reiteradas en estudios más recientes sobre las maquilas manufactu-
reras establecidas en México y Centroamérica, las cuales tuvieron un
gran impulso al amparo de Tratados de Libre Comercio firmados con
Estados Unidos.

vi. Autoempleo y micro empresas


El fomento y la estructuración de los trabajadores por cuenta pro-
pia, las microempresas y los pequeños negocios son otras tantas fórmu-
las propuestas para combatir el desempleo. A nivel regional se destaca el
caso exitoso de las pequeñas y medianas empresas textiles y metalúrgicas
del centro de Italia que lograron modernizarse con ayuda estatal y al-
canzar autonomía y acceso al mercado exterior.

255
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Incluso se hacen campañas publicitarias de fomento de la “acti-


tud emprendedora” para promover un cambio cultural en una pobla-
ción que estaría acostumbrada a esperar que el Estado le solucione sus
problemas. Sin embargo, estos esfuerzos ideológicos topan con límites
objetivos. La concentración del poder económico acarrea un desigual
poder de negociación entre firmas grandes y los nuevos empresarios
que son sus pequeños proveedores. Los primeros colocan a los segun-
dos condiciones de precio, plazo de pagos, contratos de corto plazo y
exigencias varias imposibles de cumplir.
En efecto, en el contexto actual de la mundialización del capital,
surgen multitud de medianas y pequeñas empresas que actúan como
satélites proveedoras de las transnacionales en bienes y servicios, llegan-
do algunas a estar encerradas en verdaderos “mercados cautivos”. Estos
pequeños y medianos empresarios juegan un papel similar a los llama-
dos contratistas que realizan determinadas faenas o servicios. Alquilan-
do trabajadores “de segunda mano”, peor pagados que en las empresas
matrices y carentes de los beneficios de los trabajadores de la planta fija.
También hay casos, de pequeñas o medianas empresas indepen-
dientes y hasta competidores de grandes consorcios que han crecido, se
han diversificado y creado así, nuevos puestos de trabajo Sin embargo,
la desregulación del comercio exterior significó la ruina de muchas de
estas empresas, particularmente por la importación de productos asiá-
ticos.
Ciertamente en países en desarrollo las pequeñas empresas ocu-
pan, elevados porcentajes de la mano de obra asalariada y podrían atraer
más trabajadores. No obstante, a falta de una política vigorosa y prio-
ritaria, muy pocas logran superar las barreras del acceso al crédito, las
exigencias de las compañías distribuidoras, el monopolio de la tecno-
logía y, además, ofrecer niveles salariales cercanos al de los trabajadores
sindicalizados de las grandes empresas. Además el control monopólico
de los mercados domésticos va desplazando a los pequeños negocios.
Finalmente ello se retroalimenta con el poder de los Bancos que colo-
can tasas de interés crediticias leoninas para las pequeñas empresas en
formación.

256
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

La mortandad periódica de las pequeñas empresas sigue siendo


muy elevada, especialmente en los períodos de recesión.

II. Fórmulas de compromiso


i. Jubilaciones prematuras
Se han difundido bastante, especialmente a raíz de las grandes
restructuraciones industriales de las últimas décadas. Es el caso de gran-
des compañías pertenecientes a ramas en declinación con un gran nú-
mero de obreros y que se proponen automatizar sus fábricas.. Las jubi-
laciones anticipadas constituyen un paliativo al desempleo en tanto los
trabajadores despedidos no quedan en la indefensión, no aumentan los
costos del seguro de desempleo ni ingresan forzosamente al mercado
de la mano de obra. Cuando los jubilados anticipados dejan vigente el
puesto de trabajo se abre también una posibilidad para los jóvenes. Se
supone que los jubilados no ingresan de nuevo al mercado del trabajo,
lo cual, a menudo, no ocurre.
Las jubilaciones prematuras resultan convenientes o perjudiciales
para los trabajadores a quienes se les propone según sean las condicio-
nes pactadas. Generalmente, se fijan pensiones inferiores, por lo menos
para el período que falta hasta la edad legal para el retiro. Cuan infe-
rior sea esa pensión en comparación con el salario actual, teniendo en
cuenta la edad del candidato, es lo decisivo; pues ese obrero, “jubilado
prematuro”, solo si su pensión es suficiente, no incrementará el número
de los buscadores de trabajo y quedará definitivamente fuera de la po-
blación activa.

ii. Capacitación y reciclaje


Esta política ha adquirido gran difusión en muchos países. En
algunos casos ha sido producto de convenios colectivos entre empresas
y sindicatos, en los que los costos han sido asumidos en cierta medida
por los empresarios. En otros casos, los gobiernos han concurrido a fi-
nanciar estos programas o a otorgar beneficios tributarios a las empresas

257
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

que los adoptan. Algunos de estos proyectos han servido para reducir
transitoriamente la cifra oficial de los desocupados como lo demostró el
ya citado estudio de Standing para Gran Bretaña. Sin embargo, la situa-
ción se revierte cuando la mayor parte de los desempleados han comple-
tado sus cursos de reciclaje y prácticas de aprendizaje y se encuentran de
nuevo en la calle buscando empleo para el cual se han preparado.

iii. Mejorar la información en el mercado del trabajo


En los últimos tiempos se ha hecho mucho hincapié en los sis-
temas de información y acercamiento entre trabajadores en busca de
empleos y puestos vacantes ofrecidos por las empresas.
La falta o inadecuación de estos sistemas es considerada como
un factor más que contribuye a la prolongación de la desocupación. En
numerosos países se han ampliado o creado servicios gubernamentales
que sirven de intermediarios entre obreros y patrones. Estos organismos
reducen la duración individual del paro forzoso.

iv. Abaratar cotizaciones previsionales


En muchos países de la Unión Europea existe una enorme dife-
rencia entre el costo laboral (salario bruto) y el ingreso laboral (salario
líquido) porque las cotizaciones para la seguridad social y otros des-
cuentos legales pueden alcanzar hasta un 45% del primero. Teniendo
en cuenta aquello, en Francia, durante la década del noventa y después
de ella, gobiernos de derecha y socialistas han rebajado la cotización
patronal con el objeto de abaratar el costo laboral sin rebajar el sala-
rio líquido que percibe el trabajador. Estas medidas habrían ayudado
a reducir el desempleo según estudios citados por Cahuc y Zylberberg
(2004, págs. 76-77).
El problema crucial es donde obtener financiamiento para cubrir
la parte del salario que deja de pagar el empleador. La medida resulta
atractiva si aumenta la tributación ya sea gravando la riqueza impro-
ductiva o con los mayores empleos resultantes de la misma. Este últi-

258
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

mo incremento puede provenir del impuesto que añaden los nuevos


contratados tanto a través de su renta como por medio de sus gastos de
consumo sujetos al IVA. Sin embargo resulta peligroso que el Estado se
exponga a un déficit fiscal bajo la promesa que más tarde se solucione.

III. Las propuestas desde la izquierda


i. El seguro de cesantía
A pesar de la difusión de los argumentos neoliberales, en los paí-
ses desarrollados existe una importante corriente de economistas, po-
líticos y líderes sindicales que consideran el seguro contra el paro una
medida indispensable para evitar que el desempleo traiga males peores,
pero enfrentan una cerrada resistencia patronal. Los sindicatos y los
partidos de izquierda se oponen a la reducción de sus beneficios.
El subsidio a los desempleados asimismo permite mantener la
demanda por bienes y servicios a las empresas, las cuales pueden así
encontrar mercado a su producción y contratar más trabajadores, re-
duciendo la tasa de desempleo. Esto favorece especialmente a las ventas
de las empresas que atienden el mercado doméstico, las cuales general-
mente pertenecen a pequeños capitalistas de origen nacional. Son jus-
tamente aquellas que contratan más trabajadores por unidad de capital
invertido. Perjudica en cambio a las grandes empresas exportadoras que
sólo ven en este subsidio una mayor carga tributaria.
El resultado es que son contados los países donde existen segu-
ros o subsidios para tal eventualidad. En Rusia y en otros territorios
de Europa Oriental se han establecido sistemas de subsidios, al surgir
el desempleo masivo, junto con la introducción de las reformas pro-
capitalistas. También en China y Cuba existían o se han desarrollado
diversas formas de subsidio.
En un vuelco frente a las tendencias dominantes, legisladores de-
mócratas en los EE.UU. propusieron, a comienzos de la década de los
noventa, alargar de 26 a 46 semanas el período de goce del seguro. El
gobierno neoliberal de Bush se opuso enérgicamente.

259
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

ii. Limitar los despidos


Una de las causas principales del incremento súbito del desem-
pleo es el aumento masivo y generalizado de los despidos individuales
y los licenciamientos masivos en una misma empresa o conglomerado
empresarial. Como se explicó antes, ellos tienen lugar en las recesiones,
pero también son frecuentes en las fusiones y adquisiciones de empre-
sas, en la automatización y la deslocalizaciones de plantas al extranjero.
Los gobiernos occidentales han eliminado buena parte de los resguar-
dos legales contra los despidos que habían conseguido los sindicatos
mediante los convenios colectivos y las leyes sociales.
Al evaluar los resultados de la mayor permisibilidad empresarial,
sus críticos argumentan la necesidad de poner límites a la facultad de
despedir. Proponen el aviso previo con suficiente antelación a la fecha
del despido; la prohibición del despido por causas políticas, ideológicas,
raciales o de sexo y por reclamación de abusos o derechos conculcados.
Los tratadistas aducen el concepto de “razón válida” como requisito
para proceder al despido tal como ha sido definida en la Convención
de la OIT de 1982; señalan también diversas legislaciones nacionales
que dan derecho a los sindicatos a intervenir o hasta vetar el despido, y
establecen el aviso previo a las autoridades y el derecho de éstas a negar
la autorización. En caso de despidos por causas tecnológicas se propone
la consulta previa con los sindicatos, la entrega a éstos de la informa-
ción pertinente a las nuevas tecnologías, el derecho a permanecer en
la empresa, aunque en diferentes puestos de trabajo, entrenamiento y,
finalmente, el derecho a la indemnización. Se sugiere también facultar
a tribunales competentes ordenar la reposición en sus puestos a los tra-
bajadores despedidos.

iii. Sobretiempo y normalización de la jornada de trabajo


Como ya lo habían observado Marx, Engels y otros escritores
de la época, el desempleo aumenta simultáneamente con las jornadas
de trabajo excesivas de los que están en funciones. Los sindicatos y los
partidos políticos afines promueven la reducción de la jornada laboral,

260
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

a medida que aumenta la productividad del trabajo, como parte de los


beneficios a que tienen derecho los trabajadores.
En los años ochenta, en muchas partes del mundo se produjo un
alargamiento, sin mediar cambios legislativos, de la jornada de trabajo;
en muchos países del Tercer Mundo el promedio sobrepasó el límite de
las 48 horas semanales, mediante la generalización de las horas extras de
trabajadores y pequeños empresarios afectados por la crisis.
Al mismo tiempo, en diversos países desarrollados, los sindicatos
obtuvieron por convenios colectivos, la reducción de la jornada laboral.
Así ocurrió en Alemania Occidental donde los trabajadores de la indus-
tria gráfica, metalurgia y otras ramas lograron romper barrera de las 40
horas semanales, bajándola a 38 o menos; en otros países, la reducción
se obtuvo en las empresas financieras y de telecomunicaciones.
La disminución del sobretiempo se logra a través de los convenios
colectivos o bien por reformas legales. El mecanismo más usado es el
establecimiento de fuertes recargos al pago por hora extraordinaria.
La mayor dificultad para hacer efectiva la disminución de la jor-
nada laboral reside en la debilidad de los sindicatos y en los bajos sala-
rios. Los mismos trabajadores en funciones presionan por horas extras
para compensar los salarios normales insuficientes. La reducción del
sobretiempo a escala general, para permitir nuevos empleos solo puede
lograrse como parte de un conjunto de medidas que contribuyan a la
elevación de los salarios de jornada normal y encarezcan el costo de la
hora extra. Dado el clima mundial de competitividad desenfrenada por
la conquista de los mercados externos, los acuerdos internacionales con
sus correspondientes sanciones a quienes los violen, constituyen una
premisa necesaria para evitar que algunos gobiernos coloquen a sus em-
presas en ventaja frente a sus competidores.
Forma parte también del mismo problema de la jornada excesiva,
la existencia del contrato a tiempo parcial y el doble empleo. Estos han
llevado a la eliminación de las vacaciones pagadas por las empresas, por
la vía de la proliferación de contratos de trabajo, de duración inferior al
plazo mínimo que da derecho a vacaciones. La necesidad de legislar y

261
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

fiscalizar el cumplimiento de las leyes que regula la jornada es una nece-


sidad y contribución efectiva a la disminución del desempleo.

iv. Apoyo a industrias en dificultades


Las medidas proteccionistas –aranceles, cuotas, prohibiciones,
subsidios– continúan siendo herramientas utilizada por los Estados,
con o sin sujeción a los convenios internacionales, para evitar quiebras
o bancarrotas de empresas con altos contingentes de trabajadores o de
toda una rama afectada por la competencia destructiva, sea del exterior
o del interior. Obviamente, tales medidas deben tener carácter tran-
sitorio y permitir el traslado gradual de los trabajadores amenazados
por despidos masivos. En el período durante la cual rigen las medidas
proteccionistas, se aplican programas de re-entrenamiento así como de
inversiones que permitan modernizar la vieja rama amenazada o crear
fuentes de trabajo alternativas.
Estas medidas frecuentemente chocan con los acuerdos interna-
cionales y los tratados de libre comercio. Otra alternativa son los subsi-
dios del Estado, las intervenciones del gobierno y los créditos especiales
para sectores y para empresas en dificultad. Al mismo tiempo en países
como Argentina, empresas en quiebra fueron tomadas y administradas
por sus propios trabajadores para evitar la destrucción de empleos.

v. Fomento a nuevas industrias


Está bien fundada en la literatura especializada la conveniencia
del apoyo gubernamental a las industrias nacientes. Virtualmente todos
los casos de industrialización de países atrasados se han efectuado con
fuerte apoyo e intervención estatal. Los casos de Corea del Sur y Taiwán
en el Siglo XX han vuelto a confirmarlo. Para una política que vele por
la creación de empleos suficientes, los gobiernos tienen que preocu-
parse, incluso contribuyendo a su financiamiento, de los proyectos de
inversión en curso y de las nuevas tendencias en las tecnologías y los
mercados.

262
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

Particularmente los países en desarrollo, constantemente amena-


zados de perder sus ventajas derivadas de sus recursos naturales, ne-
cesitan impulsar nuevas empresas, ramas o actividades. Especialmente
aquellas que permitan incorporar valor agregado a sus exportaciones de
materias primas poco elaboradas. Generalmente los capitalistas nacio-
nales no están en condiciones ni desean asumir los riegos de grandes in-
versiones de larga maduración. Por su parte, las transnacionales utilizan
capitalistas nacionales como socios subordinados o exigiendo condicio-
nes excepcionales a los gobiernos que a la larga resultan perjudiciales
para el interés nacional.
En esta perspectiva, el Estado tiene varias alternativas. Una de
ellas es tener sus propias empresas, situación aconsejable en sectores que
generan rentas naturales importantes que puedan contribuir al presu-
puesto fiscal. También en mercados que tienden a ser monopolios como
los servicios de luz, agua y otros. Otras alternativas son la promoción
de empresas de propiedad cooperativa de sus trabajadores o aquellas de
propiedad mixta. Las primeras han sido impulsadas por los gobiernos
progresistas en América Latina. Y desde luego se puede apoyar al sector
privado en áreas de interés económico, social y ecológico. Para alcanzar
un mínimo de competitividad las nuevas ramas necesitan apoyo aunque
sea transitorio del Estado. Naturalmente la misma condición de tempo-
ralidad debe regir para los subsidios a las industrias o ramas nuevas que
se desea instalar en el país.
El apoyo del Estado se ve más necesario considerando la evolu-
ción mundial. Actualmente la crisis ecológica genera la necesidad de
nuevas empresas “verdes”. Por ejemplo en áreas como el reciclaje de la
basura, la producción de energías renovables, la fabricación de vehícu-
los no contaminantes, el cultivo orgánico de alimentos, la recuperación
de las aguas, entre otras.
Además, el envejecimiento de la población exige mayores cui-
dados a las personas de avanzada edad y un aumento de la extensión
y calidad de los servicios de salud. También se necesitan más viviendas
básicas, jardines infantiles para que la mujer pueda trabajar, centros
educacionales, culturales y deportivos, áreas verdes para descontaminar.

263
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Como se ve, el desempleo resulta más absurdo habiendo enormes nece-


sidades aún por satisfacer.

vi. Reducción de las desigualdades económicas y sociales


Como lo expresa un documento maestro de la OIT, los desplaza-
mientos de la estructura de la demanda resultantes de una modificación
de la distribución de los ingresos pueden aumentar el volumen del em-
pleo, generar un círculo virtuoso y provocar un fenómeno de “bola de
nieve” (OIT, 1984, pág. 27). En los países en vías de desarrollo donde
se han aplicado, las medidas redistributivas han contribuido a incre-
mentar la demanda interna de bienes de consumo de los estratos pobres
y de medios de producción de bajo costo para las pequeñas y medianas
empresas. Tal es la experiencia reiterada en América Latina y confirma-
da en diversos países asiáticos.
Los críticos ortodoxos afirman que las medidas redistributivas
conducen fatalmente a la inflación, reducen el ahorro, la inversión y de
allí al estancamiento. El riesgo, sin duda, existe cuando se presiona sobre
una capacidad productiva agotada pero es mínimo cuando se ocupan
recursos ociosos, especialmente a los miles de desempleados. Y es tanto
mayor mientras más libre sea el mercado, las decisiones de inversión
queden absolutamente en manos privadas y la economía se encuentre
funcionando al máximo de su potencial. Para asegurarse que la redistri-
bución no tenga tales efectos negativos, se requiere que el estado tenga
las facultades para influir en las variables macroeconómicas y mantener
los equilibrios básicos, tanto internos como externos. La redistribución,
sin duda no puede ser indefinida, tiene límites objetivos, económicos y
políticos. Se necesita que el Estado y los trabajadores generen también
fondos de ahorro e inversión alternativos al sector privado. Es indispen-
sable que el consumo total se mantenga dentro de límites adecuados,
permitiendo una tasa de inversión que asegure un crecimiento posible.
Al mismo tiempo que se estimula el consumo popular, hay que desin-
centivar el consumo suntuario. Tales son los marcos objetivos de las
políticas de redistribución.

264
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

vii. La reforma agraria


Las reformas agrarias del siglo XXI ya no solo se limitan a satis-
facer las demandas de tierras de los campesinos carentes o con insu-
ficiencia de ellas, mientras los grandes propietarios las concentran en
sus manos. Para reducir o erradicar el desempleo rural que, a menudo
se convierte en ciertos periodos en escasez de mano de obra, es me-
nester dotar a esos campesinos pobres o semi-asalariados de medios
de producción como maquinarias, semillas mejoradas que no dañen
el medioambiente, acceso al regadío, electrificación, caminos y medios
de comunicación, etc. Reforestación, protección de bosques y turismo
rural generan también nuevos empleos, así como pequeñas y medianas
industrias procesadoras. El apoyo a cooperativas y otras formas de aso-
ciación permiten a los trabajadores del agro liberarse de los monopolios
compradores y mejorar sus ingresos. Se ha llegado a la conclusión de
que es necesario detener el éxodo rural, pues contribuye al desempleo,
al despoblamiento rural y la sobrepoblación en las ciudades

viii. Inversión privada e inversión social


Keynesianos y neodesarrollistas, sindicatos y partidos de izquier-
da no han cesado de recomendar las obras públicas y otras inversiones
públicas como medidas probadas y eficaces frente a situaciones de alto
desempleo. Como decía Keynes, cuando la inversión privada se retrae
la inversión pública debe ocupar su lugar, para sostener la ocupación.
Todos los gobiernos, incluso los más conservadores y enemigos
de la intervención del Estado recurren a ellas para reactivar la economía.
Reagan, cuya política económica se definiera como neoliberal, utilizó
el presupuesto federal para sacar al país de la recesión de 1981-82. Para
ello elevó fuertemente los gastos militares, sirviendo de acicate a la re-
cuperación. A los reaganistas no les importó que el aumento del gasto
no tuviera financiamiento normal por la vía tributaria, incrementándo
fuertemente el déficit presupuestario. Gastos militares y endeudamien-
to fue también la fórmula en el periodo de George W. Bush.

265
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

El efecto estimulante del gasto público sobre la actividad eco-


nómica, y por ende sobre la creación de nuevos empleos, está fuera
de discusión. Lo que sí se mantiene en el tapete es el financiamiento:
impuestos directos o indirectos, sobre qué ramas o productos o capas
sociales ha de recaer a nueva carga tributaria. El debate versa también
sobre cuáles son las prioridades de la inversión pública. Desde el punto
de vista del empleo, tampoco es indiferente el tipo de gastos. El efecto
sobre el empleo parece ser distinto, según sea el caso, si se trata de cohe-
tes o viviendas populares, si subsidios a las personas de bajos recursos o
a las empresas privadas, si inversiones en tecnología civil o militar.
Lo que también está fuera de duda es que las necesidades colec-
tivas tales como el ordenamiento de las ciudades, del tráfico y el trans-
porte, el cuidado y protección del medio ambiente, las condiciones sa-
nitarias generales, la cultura y la educación, están exigiendo mayores y
no menores presupuestos públicos. Son, a la vez las nuevas áreas que re-
quieren la fuerza de trabajo de toda la sociedad. En tales condiciones no
debiera haber lugar ni para el desempleo masivo ni para el ocio forzado.

IV. Una mirada al futuro


i. Auto empleo y emprendimiento
No pocos futurólogos prevén como una característica de la so-
ciedad post-industrial, el crecimiento del auto empleo. Utopistas de
izquierda como de derecha creen posible y necesario un regreso, mo-
dernizado, hacia la auto-producción y el auto-consumo. El rechazo a
los males de las grandes ciudades promueve el sueño de “lo pequeño
es hermoso”, pequeñas comunidades, cooperativas o nuevas formas
asociativas de grupos humanos reducidos que producirían todo o casi
todo lo que necesitan sus miembros, sin pasar por el mercado nacional,
continental o mundial. Alvin Toffler –el autor de La Tercera Ola– cree
que hay diversos síntomas y razones para este nuevo modelo de produc-
ción que denomina “el prosumo”. Entre ellos, menciona el moderno
trabajo en el domicilio, el despliegue del hogar electrónico, el alto costo
del transporte urbano y el tiempo que ocupa, el auge de la venta de
herramientas caseras, la posibilidad de producir en pequeñas parcelas

266
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

los propios alimentos no contaminados, el interés despertado por las


revistas que promueven el “hágalo usted mismo”.
Que tales síntomas y fenómenos son efectivos, no cabe duda. Pero
que conduzcan masivamente a resolver los problemas del desempleo es
más que dudoso. Las granjas ecológicas, la moderna producción en casa
y las pequeñas comunidades autosuficientes tienen un porvenir limita-
do, deben competir con los bajos costos de la producción masiva. Sus
miembros necesitan contar con ingresos monetarios para tener acceso al
mercado y satisfacer las otras múltiples necesidades de la vida moderna,
incluidos los medios e insumos para la producción casera. El prosumo
de Toffler es más bien un lujo que pueden darse jubilados o rentistas
que no necesitan puestos de trabajo y otras fuentes de ingreso, o comu-
nidades de vida austera financiadas por fundaciones o instituciones re-
ligiosas. En el vasto mundo de los subdesarrollados, la autoproducción
es un retroceso hacia formas primitivas, un paliativo de emergencia,
transitorio, frente al desempleo; es una “estrategia de supervivencia” que
significa un nivel de vida mínimo para no morirse de hambre.

ii. Hacia la expansión del tiempo libre


Los apologistas de la tecnología de fines de siglo, auguran la po-
sibilidad de una reducción considerable de la jornada de trabajo, tanto
diaria, semanal como anual. Se basan en la tendencia histórica de los
últimos doscientos años, desde los comienzos de la Revolución Indus-
trial. Ciertamente los robots, la automatización de la producción, pro-
cesamiento y consumo de datos han creado las condiciones para un
nuevo auge de la productividad del trabajo humano en todas las esferas.
Bajo el sistema de la empresa privada, la duración de la jornada de
trabajo no se regula social o automáticamente. En torno a ella existen
intereses contrapuestos entre el capital y el trabajo. Su reducción ha sido
resultado de la dura pugna de los trabajadores por conseguirla, contra
la posición de los empleadores. En la actualidad, solo los sindicatos más
grandes y poderosos en los países industrializados, tras largas y difíciles
negociaciones, logran reducirlas.

267
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Algunos importantes sindicatos internacionales se han planteado


el objetivo de la semana de 35 horas. Los empleados del sector finan-
ciero de algunos países han ido más lejos; por ejemplo, el Sindicato de
Trabajadores de la Banca, los Seguros y las Instituciones financieras del
Reino Unido ha propuesto una semana de trabajo de 24 horas, dividida
en 4 días. Los bancarios suecos demandan la semana de 30 horas. En
no pocas negociaciones colectivas de EE.UU. y Alemania se ha llegado
a regular la jornada anual y en algunos casos se ha pactado toda la vida
laboral dentro de la empresa. En los convenios colectivos entran a la
discusión, vacaciones anuales más prolongadas –de hecho en Europa
Occidental se generalizan las cuatro semanas–, licencias más frecuentes
por diferentes causales, entre ellas, tiempo libre para efectuar estudios,
años sabáticos, licencias para la crianza de los recién nacidos, para cual-
quiera de los miembros de la pareja y jubilaciones anticipadas. Tales
beneficios se estipulan sin pérdida de ingresos.
La generalización, a nivel nacional y, sobre todo, mundial, de
la jornada máxima de trabajo mediante leyes y tratados internaciona-
les podría contribuir en el futuro al incremento de puestos de trabajo.
Pero, la realidad ha demostrado que esto no se logra automáticamente.
El convenio internacional sobre la materia que reguló la jornada para
los varones a 8 horas diarias y 48 horas semanales, se adoptó en 1921,
setenta años después en muchos países esta norma no se cumple. El
convenio N° 47 de la OIT que fija la jornada semanal en 40 horas fue
adoptado en 1935, pero, hasta principios de 1980, solo había sido rati-
ficado por siete, de los más de 130 estados miembros de la OIT. Hasta
ahora, el único recurso eficaz que tienen los asalariados ha sido el conve-
nio colectivo entre sindicatos y empresas individuales o de ramas afines.
La reducción del tiempo de trabajo tropieza, a veces, con la ne-
gativa de los presuntos beneficiados. En 1977, el referéndum nacional
efectuado en Suiza, uno de los países más ricos del mundo, para im-
plantar la semana de 40 horas, fue rechazado por los votantes. En Asia,
por la persistencia de las largas jornadas –propias del campesino pobre
y recientemente incorporado a la actividad industrial– el tiempo de tra-
bajo es más extenso que en Occidente. En Japón, las empresas fomen-

268
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

tan una competencia de honor entre sus trabajadores por quién trabaja
más, con el señuelo de los ascensos u otros beneficios pecuniarios.
A la vez, el exceso de trabajo, tanto en cantidad como en in-
tensidad, está causando estragos en la salud mental, inclusive muertes
por colapsos cardíacos. Pero esto tiende a cambiar. Satisfechas sus rei-
vindicaciones más urgentes, los trabajadores otorgarán una valoración
mayor al tiempo libre, verdadera fuente de enriquecimiento personal.
Allí donde el movimiento sindical surge o renace con nuevos ímpetus,
se apoya en tradiciones y valores humanísticos, en resistencia contra
la sociedad de consumo, y logra conquistar a la opinión pública; cabe
esperar un cambio de actitud por parte de las empresas.
La reducción del tiempo de trabajo, en un futuro previsible, acor-
de con el notable aumento de la productividad del trabajo que resulta
de las nuevas tecnologías, depende de la toma de conciencia de los tra-
bajadores, no solo en éste o de aquél país, sino en todos o en la mayoría
de ellos; también requiere de las nuevas capacidades que adquiera el
movimiento sindical mundial para conquistar leyes y tratados, cuya efi-
cacia exigirá mecanismos de control y sanciones internacionales.

iii. El empleo de por vida


El empleo de por vida no es algo tan excepcional como parece.
Al menos, una alta proporción de los empleados en los servicios pú-
blicos, instituciones civiles y militares, empresas estatales y entidades
municipales o regionales de casi todos los países, gozan de cláusulas que
impiden los despidos a voluntad del gobierno con el objeto de proteger
a los funcionarios de los licenciamientos por causas político-partidistas
y de estimular una carrera profesional. Sin embargo para frenar estas ga-
rantías, frecuentemente el Estado congela las plantas introduciendo una
enorme masa de servidores públicos con contratos anuales y precarios.
En algunos países, la legislación ha ido lo suficientemente lejos
como para hablar de “inamovilidad” o hasta de “propiedad del empleo”.
También está el antecedente histórico de varios decenios en las econo-

269
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

mías socialistas, en las que el empleo estaba asegurado, sobre la base de


un desarrollo creciente y estable.
No puede descartarse que, bajo nuevas condiciones históricas, y
ante la gravedad del problema, vuelva a prevalecer como valor social y
económico la estabilidad del empleo, desplazando a la “flexibilidad”
que hoy impera y que ha conducido a la indefensión del trabajador,
pues como dijo Juan Pablo II en 1990, “no es jamás flexible la dignidad
del hombre trabajador con sus derechos”.
Claro está que se necesitarán muchas otras reformas. Si el capita-
lismo, como escribió Kalecki, no pudiera en definitiva, a pesar de estas
reformas, asegurar el pleno empleo, “se mostrará como un sistema anti-
cuado que deberá ser convertido en chatarra” (Godfrey, 1986).

iv. Ingreso Social Garantizado


Ya a principios de los 80, reformadores sociales con diferentes
creencias pusieron en el tapete una audaz reforma. Entre ellos cabe
mencionar a Alvin Toffler, Barry Jones, Guy Standing, André Gorz y
Rudolf Bahro; pretenden que con ella, el desempleo crónico perdería su
significado de estado de necesidad; el Ingreso Social Garantizado (ISG),
permitiría eliminar la extrema pobreza (Frankel, 1988, págs. 76-88).
La idea ha surgido como una extensión de las pensiones mínimas
y los salarios mínimos. En los países europeos, el costo global de los pa-
gos por jubilación o vejez y los subsidios a los minusválidos económicos
ha crecido, tanto por el creciente envejecimiento de la población como
por el aumento del número de pobres. El salario mínimo es percibido
principalmente por jóvenes que acceden a su primer empleo. En no
pocos países, parte del salario del aprendiz lo financia la empresa y el
resto proviene de un subsidio estatal. De otro lado, están los seguros a
los cesantes y diversas formas de ayuda monetaria a familias necesitadas,
desde pensiones alimenticias, hasta subsidios por alquiler, gastos de sa-
lud o educación, las llamadas ayudas para la inserción en Francia u otros
subsidios que se conceden de manera condicional.

270
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

El Ingreso Social Garantizado, Renta Básica o Ingreso Ciudadano


–entre otras denominaciones dependiendo del país– vendría a substi-
tuir todas estas formas variadas de pagos. Se argumenta que así se lo-
grarían considerables ahorros por concepto de gastos administrativos de
los múltiples programas y servicios públicos independientes. Los parti-
darios de esta reforma aseguran que el mayor costo para el Estado y la
sociedad no sería significativo, pues el número de los nuevos favoreci-
dos no sería tan grande: mujeres solteras con jornadas parciales, jóvenes
cesantes que no han conseguido su primer trabajo, dueñas de casa que
nunca o casi nunca trabajaron por una remuneración imponible y otras
categorías menores.
Para varios autores, el ISG es un reconocimiento de la sociedad
a los derechos humanos socioeconómicos que están contemplados en
convenciones internacionales o en las constituciones de diversos Esta-
dos. Se trata de cubrir necesidades básicas, como la alimentación, la
salud, la educación, o contingencias como la falta de trabajo, la crianza
de los recién nacidos por sus padres, el cuidado de los ancianos, etc. El
aumento en el presupuesto público, en términos del Producto Social,
no sería muy oneroso y se lo podría financiar con aumentos moderados
de los impuestos.
Se propone que todo habitante o residente, a partir de cierta edad,
tenga acceso al ISG. Así se aseguraría el derecho de todo ser humano a
un nivel mínimo de vida. El Ingreso Social Garantizado no se opondría
a que el beneficiario tuviera acceso a otras fuentes de ingreso laboral o
de otro tipo. Aseguraría la libertad del joven, el adulto o el adulto mayor
para dedicarse a actividades remuneradas o no, a adquirir bienes cultu-
rales, educacionales, al trabajo para el autoconsumo, a la libre creación
artística, técnica o científica. Naturalmente, todo dependerá del monto
del ingreso monetario, de su poder adquisitivo y su relación con el costo
de las necesidades a cubrir.
En un contexto de incertidumbre económica, donde las crisis se
repiten con una frecuencia periódica casi pronosticable, un ISG ayu-
daría a hacer frente de manera menos angustiosa a la gran inseguridad
económica y social que provoca la pérdida involuntaria del empleo. De
esta manera puede constituirse como un factor de protección de la salud.

271
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Su característica incondicional blinda a esta propuesta de aquellas


críticas que regularmente se le hacen a las transferencias condicionadas
–como el seguro de desempleo o los subsidios de pobreza– y que argu-
mentan que no favorecen la empleabilidad, que incentivan el no traba-
jo, merman el esfuerzo de búsqueda o fortalecen la economía informal.
Esto ocurre porque un ingreso garantizado funciona como un salario,
a diferencia de las transferencias condicionadas. Un estudio realizado el
2004 en Bélgica realiza un seguimiento a los ganadores de una lotería
que asignaba 1.000 euros mensuales de por vida. Los resultados rom-
pen los esquemas del tipo de que la gente deja de trabajar al recibir un
ingreso garantizado, en cuanto a la actitud que tendrían las personas
ante el trabajo asalariado (Peeters & Marx, 2004).
El Ingreso Social Garantizado, al materializar los propósitos
enunciados, significaría cambios profundos en el sistema económico.
Tropezaría con la enconada resistencia de los dogmáticos del indivi-
dualismo porque no solo implicaría la reducción de las tasas medias de
ganancia del capital o un aumento de la tributación a la riqueza perso-
nal, sino que también una cierta pérdida de la influencia de las capas
más ricas sobre los sectores más pobres de la sociedad. La beneficencia
privada perdería significación. Los pobres adquirirían una cierta inde-
pendencia, lo que mejoraría entre otras cosas su poder de negociación.
Un ISG que alcanzara por lo menos a ser igual al umbral de pobreza,
funcionaría como freno a los desmanes que provoca la desigualdad ma-
terial. Establecido el ISG, podría ser uno de los tantos nuevos puentes
hacia nuevas estructuras sociales solidarias. Incluso daría mayor acep-
tación social a las formas de trabajo flexible que reclama una economía
más dinámica y variable, pues el despido y el desempleo no tendrían el
carácter de calamidad social, injusta y vejatoria para millones de perso-
nas que necesitan una oportunidad para ser útiles.
Finalmente, un ingreso universal garantizado fortalece la visión
de una economía donde el mercado no sea el que regula por completo
las asignaciones, como pretenden los neoliberales. Y al mismo tiempo,
no supone un control mayor del Estado de las decisiones económicas,
como sugieren algunos marxistas. Como señala Philippe Van Parijs,
fundador de la Basic Income Earth Network (BIEN), “se trataba de

272
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

dar más poder no al Estado o al mercado, sino a cada individuo, ga-


rantizando a todos la supervivencia, y de favorecer, al mismo tiempo,
el crecimiento y el desarrollo de esferas de actividad más allá tanto del
propio Estado como del mercado” (Van Parijs, 2012).

v. Aprendizaje y empleo “a la carta”


La revolución tecnológica de las últimas décadas provocó una cri-
sis en la relación entre la enseñanza y el trabajo. La obsolescencia de los
sistemas educativos frente a las cambiantes necesidades de profesiones
y oficios, la desocupación crónica y la falta de empleos han llevado a la
juventud a una profunda desilusión respecto del valor de la educación.
Para muchos de ellos, la escuela y la universidad no son más que fábri-
cas de cesantes. Para acceder a trabajos bien calificados y remunerativos
ya no basta la enseñanza básica o la licencia secundaria, ni aún el diplo-
ma universitario. Este problema se agrava con la llamada “inflación de
diplomas”, la cual genera en los jóvenes egresados, expectativas frustra-
das en una economía incapaz de planificar sus necesidades de recursos
humanos en función de planes de desarrollo económico de largo plazo.
Solo en escasas economías capitalistas exitosas, una élite de ado-
lescentes puede iniciar su vida laboral con empleos seguros, después de
haber completado sus estudios. En la Europa del Este, el adolescente,
con su título bajo el brazo, tenía asegurada su colocación, aunque en
algunos casos su trabajo no siempre correspondía a sus expectativas pro-
fesionales. En las naciones más atrasadas del Tercer Mundo, donde los
nuevos estados hicieron un gran esfuerzo de alfabetización, educación
primaria, y enseñanza técnica, la deuda externa y los términos negativos
de su intercambio comercial echaron por tierra los modestos avances
logrados.
Los economistas limitados al enfoque puramente sectorial de
oferta-demanda en el mercado de trabajo, dictaminaron exceso de
oferta; esto es, por ejemplo, sobrante absoluto de profesores, médicos,
enfermeras, u otras profesiones. Había que reducir los subsidios a las
universidades públicas, limitar el acceso a las facultades, reducir las pro-
mociones de nuevos profesionales o técnicos para ajustarse a la deman-

273
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

da del mercado. Se insistió, además, en que los gobiernos debían ha-


cer economías, pagar la deuda externa, disminuir sus déficits o atender
otras prioridades. Los jóvenes debían reducir sus aspiraciones y aceptar
trabajo donde “las manos se ensucian”.
Otros investigadores con más realismo han explicado el desem-
pleo de los profesionales y personal calificado por la depresión econó-
mica frente a la rápida expansión del sistema escolar, a pesar de que ésta
es una exigencia de la modernidad, tanto más perentoria mientras más
atrasado el país. No se trata de reducir el tamaño del sistema escolar,
sino sacar al país del estancamiento para aumentar la demanda de tra-
bajo. Solo con un enfoque global y no sectorial, se puede abordar mejor
la reforma educacional en su relación con las necesidades de nuevas
profesiones u oficios que plantea una economía dinámica.
El costo de estos programas no debiera en ningún caso ser de
cargo de los trabajadores. Asimismo, se impone la necesidad de asegurar
los nuevos empleos, una vez finalizado el período del reciclaje. Empleos
que, a lo menos, no signifiquen remuneraciones inferiores o condicio-
nes de trabajo peores a las previas.
La capacitación alcanzará la magnitud de una rama especializada
de la economía y de la educación. Está llegando a ser no solo una exi-
gencia para abatir el desempleo tecnológico, sino una inversión directa-
mente productiva para mantener la capacidad de la fuerza de trabajo en
concordancia con los rápidos avances científicos. Los mismos métodos
y costos del entrenamiento –diferente de la educación profesional– se-
rán afectados y beneficiados por las tecnologías computacionales. Se
prevé que, incluso la enseñanza elemental de aritmética, lectura y escri-
tura, idiomas y otras disciplinas, se modificará con vistas a un mayor y
más rápido aprovechamiento del proceso de aprendizaje.
La educación continua, a lo largo de la vida del ser humano,
con alternancia entre el trabajo y el estudio, es otra tendencia que se
abre paso ante la rápida obsolescencia en los conocimientos científi-
cos básicos. La educación, como absorción de recursos económicos –y
probablemente como fuente de empleos– crecerá necesariamente en las
próximas décadas. Su ritmo de crecimiento será mayor que el creci-

274
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

miento del Producto Interno Bruto. A la vez ésta ya es una condición


para el desarrollo de los países del Tercer Mundo. Actualmente son ob-
jetivos nacionales la generalización de la educación pre-escolar (salas cu-
nas y jardines infantiles), la habilitación de los discapacitados, la expan-
sión universitaria de post grado, doctorados y altas especializaciones.
En los países pobres habrá que hacer un esfuerzo especial por superar
el ausentismo o el abandono prematuro de niños o jóvenes, mediante
las escuelas vespertinas y nocturnas, para completar conocimientos y
grados. Se reactualizan antiguos planteamientos como el de combinar
el trabajo con el estudio desde la misma infancia, la teoría con la prác-
tica, la enseñanza centrada en aptitudes del educando y la relación más
personalizada entre maestro y alumno.
El educador debe ser reeducado: fuerte inversión se hace necesaria
en el reentrenamiento, reciclaje, capacitación del personal docente. La
forma tradicional de la escuela –su fisonomía física y de funcionamien-
to– tenderá a cambiar, a hacerse más variada. Se reconoce también la
necesidad de combinar mejor la enseñanza general con la especializada,
la destinada a ganarse la vida con la formación moral y cívica.
Los problemas económicos, inseparables de la ideología y la polí-
tica, seguirán presentes y reclamarán definiciones. ¿Cómo financiar este
considerable despliegue de recursos? ¿Por el mercado y el pago indivi-
dual o por el consenso social, cambiando las prioridades y buscando la
equidad? Lo que es seguro es que, como parte de los derechos humanos,
el acceso de todos y cada uno a la educación, sin discriminaciones por
capacidad económica, se convierte de más en más en una exigencia de la
democracia. De no ser así, se acentuará la desigualdad social, veríamos
convertida en realidad la contra utopía de la selección de los más aptos,
con una élite que lo sabe y lo tiene todo, y una masa laboral convertida
en sub-raza esclava.

ix. Prever y planificar el trabajo social


Rescatada del contexto de la crisis del socialismo este-europeo la
“planificación” merece una nueva oportunidad. Desde luego hay que
preguntarse por qué las empresas multinacionales y los especialistas en

275
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

administración utilizan la llamada “planificación estratégica” o plani-


ficación “de objetivos” como métodos indispensables para una buena
gestión empresarial. Implícita está aquí la idea de metas y medios, de
corto y largo plazo. De hecho, las poderosas corporaciones internacio-
nales trabajan con todas las técnicas de la planeación, ampliamente di-
vulgadas y aceptadas. El crecimiento de los mercados, las nuevas tecno-
logías, los cambios sociales, las tendencias políticas, los descubrimientos
científicos son tomados en cuenta para la adopción de decisiones. Aun-
que sujetas a revisiones periódicas, como es obvio, las metas y objetivos
y sus cuantificaciones en las grandes variables como inversiones, nuevos
productos, puestos de trabajo, fuentes de financiamiento, etc., son ele-
mentos indispensables de la planificación de los gigantes conglomera-
dos privados.
Si la planificación es necesaria para el capital privado, con mucha
mayor razón lo es a escala social, pues los planes privados son, por su
propia índole, excluyentes entre sí, dado su carácter competitivo. Los
planes de unos tendrán éxito a costa del fracaso de otros. La sociedad, en
su conjunto, ganaría si no hubiera perdedores. De allí nace la necesidad
de la coordinación de los planes individuales, sectoriales o territoriales.
No es difícil para los gobiernos conocer los proyectos de inver-
sión de las grandes empresas; generalmente, requieren varios años para
su realización, y los gobiernos deben aprobar, en una u otra fase, las
decisiones involucradas. La inversión pública también es o puede ser
programada con anticipación. En cuanto al monto de la inversión que
efectúa el vasto número de pequeños y medianos empresarios, es posi-
ble también cuantificarlo, gracias a las técnicas de modelización mate-
mática, encuestas, muestreos y banco de datos. Del mismo modo, es
posible pronosticar el ahorro.
Las inversiones –el proceso de acumulación que Marx incorpo-
ró a sus modelos de reproducción ampliada– las mismas que Keynes
consideraba cruciales para el pleno empleo, constituyen un elemento
crucial para pronosticar con un margen razonable de error, los futuros
puestos de trabajo. Se requiere, naturalmente, cálculos complejos, que
permitan relacionar las nuevas inversiones con el empleo, en función de
las tecnologías, así como otros patrones variables, tales como jornadas

276
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

de trabajo, distribución de ingresos, leyes sociales, etc. A pesar de que


las inversiones y la consiguiente demanda de trabajo, son magnitudes
altamente variables, en comparación con la disponibilidad de trabaja-
dores, de ello no se desprende la imposibilidad de anticipar y atenuar la
magnitud del desempleo. Por el contrario, hace más necesario prever y
resolver dicho problema, con medidas activas y eficaces, por parte de la
sociedad y sus órganos dirigentes.
J. M. Keynes, que estaba muy lejos de las conclusiones revolu-
cionarias de Marx, reconoció las debilidades del mecanismo espontá-
neo del mercado y enfatizó la necesidad de un manejo consciente del
sistema económico. Insistía en que las decisiones privadas de inversión
eran inadecuadas para superar una depresión. Era responsabilidad gu-
bernamental compensar esta deficiencia. Como se sabe, llegó a abogar
por “la socialización de las inversiones”; esto es, el reconocimiento de
la responsabilidad de la sociedad y del Estado por el nivel global de la
inversión y el empleo.
Pero, la obtención de un nivel de pleno empleo, o al menos, de
desempleo mínimo, va más allá de “la socialización de las inversiones”.
La ocupación seguirá teniendo sus alzas y bajas, mientras el sistema
capitalista, con las exigencias que impone el capital privado, continúe
rigiéndose por ciclos periódicos de auge y depresión. La historia del
capitalismo hasta ahora, así lo confirma. Bajo el capitalismo es posible
prever y atenuar el desempleo cíclico, pero es incapaz de eliminarlo.
Bajo el socialismo europeo oriental se pudo erradicar, pero ése socialis-
mo sucumbió a causa de otros errores.

x. Economía en el Nuevo Orden Mundial


En un mundo cada vez más interdependiente, las perturbaciones
macroeconómicas tienden a propagarse con rapidez de un país a otro.
Una identificación y evaluación oportuna de esas perturbaciones, acerca
de su magnitud y duración, son más necesarias que nunca. Se ha logra-
do importantes avances en la obtención de modelos mundiales infor-
matizados; se intenta incluir en ellos la influencia de factores políticos,
económicos y sociales. Organismos como la FAO, la OMS, y otros

277
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

fuera del sistema de Naciones Unidas, así como universidades e insti-


tutos de investigación gubernamentales o privados utilizan modelos de
pronósticos sectoriales que han demostrado cierta eficacia. Sin duda,
queda aún mucho por hacer, para mejorar la precisión y rapidez de los
pronósticos, aunque no todos los acontecimientos pueden predecirse.
No faltan quienes, basados en los hallazgos de las nuevas teo-
rías matemáticas de la “complejidad”, el “desorden” y el “caos”, dedu-
cen que la economía –a escala nacional y, con mayor razón, global– es
impredecible. Citan el famoso “efecto mariposa”, según el cual hechos
individuales, insignificantes estadísticamente, pueden alterar el estado
de la coyuntura económica. Y si esto fuera así, ninguna política a nivel
nacional o global podría controlar, dirigir o regular los procesos econó-
micos; serían ineficaces.
Ni el “efecto mariposa” ni la teoría de la complejidad refutan la
posibilidad de conocer más y mejor los procesos económicos. Al con-
trario, ayudan a entender el encadenamiento de los procesos sociales. Y
conocer más, significa poder pronosticarlos y regularlos en beneficio de
la humanidad. Por lo demás, ningún poder gubernamental –sobre todo
en democracia– puede dejar de actuar, sea en un sentido o en otro, sea
por acción u omisión.
A escala planetaria, los esfuerzos para coordinar las políticas eco-
nómicas de las grandes potencias demostraron que respondían a una
tendencia objetiva y necesaria. El grupo de los países más ricos, G-7, la
Comunidad Europea, la OCDE, el FMI, el Banco Mundial y los órga-
nos de las Naciones Unidas, son también ejemplos de esta tendencia. Es
cierto que en muchos casos los resultados de estos intentos no han sido
exitosos. Los fracasos no desmienten su necesidad, exigen profundizar
más en las contradicciones reales y en los métodos para superarlas.
Cabe preguntarse si esta coordinación mundial se está realizando
en beneficio de toda la humanidad o si se trata de arreglos o concesiones
mutuas entre bloques en pugna. Si bien, el fin de la guerra fría y de la
confrontación entre las superpotencias benefician a todos los pueblos, el
derrumbe de los Estados socialistas en Europa del Este, planteó inquie-
tantes vacíos y desequilibrios. En vez del paso a un mundo multipolar

278
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

o una democracia de naciones con iguales derechos, se tiende a la hege-


monía unipolar. EE.UU. –a pesar de su debilidad económica– reclama
el papel de “líder” en tanto potencia mayor del planeta. No renuncia al
papel de gendarme internacional, ni a sus bases diseminadas alrededor
del mundo ni a sus arsenales nucleares, ni a sus fuerzas de reacción
rápida. A la vez acrecienta sus esfuerzos por monopolizar los avances
científicos y tecnológicos, y sobre esa base, mantener una supremacía
militar. La Unión Europea, aunque sometida a tensiones internas, y Ja-
pón, cuyos afanes expansionistas provocan desconfianza, no se someten
a las pretensiones norteamericanas. Las transnacionales continúan en su
carrera por posicionarse de los nuevos espacios mundiales.
Un “nuevo orden mundial” es necesario. Pero sería un paso atrás,
hacia el siglo XIX, si asumiera el contenido de un puñado de grupos
gobernantes de grandes potencias que toman todas las decisiones im-
portantes en los diversos escenarios, G-7, FMI, o Consejo de Seguri-
dad. En dicho “Nuevo Orden”, los más perjudicados serían los pueblos
de Asia, África y América Latina. No se puede ignorar que el retraso
y subdesarrollo, con su cortejo de hambre, insalubridad, ignorancia y
cesantía, es uno de los problemas claves de la actual situación mundial.
No será posible superarlos sin la participación activa de todos los go-
biernos y sus representantes en los órganos supranacionales.
Sin una ayuda multilateral, despojada de toda presión política,
no se podrá reducir la brecha entre los países ricos y pobres, acrecenta-
da en los años ochenta. Ello exige abordar conjuntamente problemas
estructurales como el intercambio desigual entre subdesarrollados e in-
dustrializados, el traspaso de los ahorros en gastos militares a un fondo
para el desarrollo, la cancelación de la deuda externa, la transferencia
de tecnología, la protección de la naturaleza y sus recursos, el código de
conducta de las trasnacionales. Un nuevo orden democrático y equitati-
vo es la alternativa por la cual se inclinará la humanidad progresista, sin
distinciones de raza, nacionalidad, clase social o religión.

279
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

xi. Recursos públicos para la ocupación plena


Al finalizar la Segunda Guerra Mundial surgió un compromiso
tácito: Nunca más se repetirían los dramáticos niveles de desempleo de
los años treinta. Ejemplo de este consenso fue la ley norteamericana de
1946, que estableció como un objetivo explícito del gobierno asegurar
la ocupación plena; se dispuso que esta finalidad estaría lograda si el ín-
dice de desempleo no sobrepasaba el 3 por ciento de la población activa.
Después de 20 años de infructuosos esfuerzos, los gobernantes
llegaron a la conclusión de que los EE.UU. no lograrían alcanzar tal
meta. Surgió así la enmienda Humphrey-Hawkins que elevó el tope del
desempleo aceptable al 4 por ciento. Transcurridas otras dos décadas, el
Presidente Reagan afirmó que tampoco podría cumplir la ley. Se com-
prometió a que para 1989 podría reducir la desocupación, pero no al 4
por ciento, sino hasta el 5,7 por ciento.
Si bien este objetivo más modesto estuvo cerca de cumplirse, los
Estados Unidos debían convivir con 6 millones de gente sin trabajo.
Poco tiempo después esa cifra comenzó a subir hasta 8,6 millones, en
octubre de 1991; meses antes EE.UU. había entrado en una nueva re-
cesión.
Al finalizar el siglo pasado ningún gobierno occidental estaba
dispuesto a restablecer la ocupación plena, como un objetivo de alta
prioridad. Este fue desplazado por “la lucha contra la inflación” y por
la competitividad internacional lo que significaba reducir costos, sobre
todo laborales.
En los años ochenta, los industrializados lograron contener la
inflación en un nivel aceptable, inferior a dos dígitos. En cuanto a la
lucha por los mercados, es claro que no todos pueden ser ganadores.
Los perdedores, la mayoría de las naciones son “castigados” con altas
tasas de desocupación, déficit en sus balanzas de pagos, tendencias in-
flacionarias. Así, el problema del desempleo sigue presente, sin que los
economistas académicos y gubernamentales le presten mayor atención.
La causa de esta indiferencia es que, durante la última década y media,
los políticos observaron, no sin cierta sorpresa, que el desempleo no se

280
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

transformaba como temían, en una causa de inestabilidad política o


social, salvo en unos pocos países.
Hasta el año 2012, la OIT informaba que se necesitaban crear al
menos 400 millones de puestos a lo largo de la década, a fin de evitar
un ulterior crecimiento del desempleo. Para llegar a un nivel cercano
a la ocupación plena, el mundo necesitaría 600 millones de puestos
de trabajo nuevos (OIT, 2012). En verdad es una difícil tarea, si no
imposible, en los marcos del liberalismo económico. Difícil, si no im-
posible porque el capital, de acuerdo con su propia lógica no necesita
crear esos puestos para su rápida acumulación. Por el contrario, reclama
la existencia de una población superflua y pauperizada que presione
internacional-mente hacia la baja de los salarios.
Para superar este marco hay que partir al revés. Subordinar al
capital y sus exigencias a las necesidades de la humanidad, al derecho a
la subsistencia de todos los seres humanos. El derecho al trabajo, el más
fundamental, al decir de Fourier, pasa a ser prioritario.
No queda más que volver la vista de nuevo al poder político. El
estado democrático puede y debe hacer mucho por resolver el problema
del desempleo. Las agrupaciones de estados, regionales o continentales
–tipo comunidad europea– y las agrupaciones mundiales –tipo Nacio-
nes Unidas– pueden jugar un rol muy importante en tanto organismos
legislativos, elaborando reglas del juego comunes para todos los actores
que supriman la competencia desenfrenada que se resuelve siempre en
contra de los más débiles, que son los más.
Solo el estado democrático y participativo puede abordar la orga-
nización y financiamiento a escala nacional, de los servicios sociales bá-
sicos. La salud y la educación privadas podrían operar en un segmento
de la sociedad, pero si estos servicios quedan sujetos a las exigencias des-
controladas del capital, resultan incompatibles con las necesidades de la
mayor parte de la población. Otro tanto puede decirse de la seguridad
social y de la demanda de viviendas y urbanizaciones humanizadas.
La construcción de autopistas, ferrocarriles, sistemas energéticos
a escala nacional e internacional, redes de agua, alcantarillado, comuni-
caciones demandan inversiones de largo plazo, para cuyo desembolso el

281
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

capital privado exige elevadas ganancias y posiciones monopólicas que


significan pesados costos sociales, altos precios y tarifas que, otra vez,
dejan al margen del mercado a vastos sectores de la población.
La expansión de la ciencia básica, las ciencias aplicadas y la tec-
nología experimental, con una proyección nacional, en conjunto, no
la puede llevar a cabo exclusivamente la empresa privada ni el conglo-
merado de ellas, por sus intereses contrapuestos. Es otro campo donde
el estado y las comunidades de Estados tendrán que cumplir un rol
insustituible.
El medio ambiente es un nuevo y acuciante demandante de in-
versiones de gran magnitud. Según el MITI de Japón, en su plan a cien
años (sic), el medio ambiente será la nueva rama impulsora de la econo-
mía y generadora de nuevas ventajas comparativas.
La inversión pública tendrá que volver a ocupar un lugar en el
proceso de desarrollo económico, el cual no merece el nombre de tal si
no cumple con uno de sus primeros objetivos, contribuir a la ocupación
plena.
En la mayoría de los países, los gobiernos aparecen con déficits
presupuestarios y fuertes deudas públicas. De tal situación sacan par-
tido los neoliberales para vender la ideología privatizadora y libre mer-
cadista. No obstante, no hay que engañarse. Desde luego se necesitan
fuertes reestructuraciones presupuestarias que incluyan revisiones de
gastos superfluos o no prioritarios, reformas tributarias, reorganización
de empresas y servicios públicos para que alcancen aceptables niveles
de eficiencia. Pero los déficits públicos nunca significan una pobreza
generalizada; a menudo ocultan la prosperidad de ciertos sectores de la
sociedad. Generalmente los recursos están allí, son posibles de recaudar.
Varias son las fuentes desde donde recuperar recursos. Una es
la reducción drástica de los ejércitos, infraestructura militar, arsenales
y programas armamentistas. Como dice Peter Drucker –uno de los
fundadores de la ciencia administrativa– “las armas han llegado a ser
contraproducentes. Se han convertido en una sangría para el desarrollo
económico; se han desprestigiado por el uso del terror, la tortura y la
corrupción; han demostrado ser ineficaces como medio de interven-

282
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

ción en los asuntos de otros Estados. Tampoco pueden ya defender a


sus propios países de ataques externos” (Drucker, 1989, págs. 73-91).
Los gastos militares –en las naciones industrializadas– superan más de
diez veces, el monto de recursos destinado a la asistencia financiera a los
países pobres. En muchos países, superan con creces lo que se invierte
en educación y salud.
Se necesitan acuerdos internacionales que limiten la fuga ilegal
de capitales, establezcan un control sobre “los paraísos fiscales”, elimi-
nen tabúes como el secreto bancario y los privilegios de las sociedades
anónimas cerradas; acuerdos que limiten las exenciones y privilegios y
permitan solo diferencias marginales en las tasas entre países.
Las empresas estatales, regionales o comunales no rinden benefi-
cios netos pero pueden y deben ser rentables. En caso de pérdidas, deben
ser sometidas a tratamiento, reestructurarlas, abrirles nuevos campos de
operación o cerrarlas. Sus trabajadores deben tener asegurado nuevos
empleos equivalentes. Son innumerables los casos de empresas públicas
exitosas en los más diferentes campos. En muchos países en desarrollo,
sus ingresos netos constituyen aportes imprescindibles al presupuesto
fiscal. Aún poco explorado es el ámbito regional o comunal. La tenden-
cia a la descentralización obligará a nuevas fuentes de ingresos y una de
ellas pueden ser estas empresas.
Mejorar la productividad de la administración pública es otra ta-
rea. Las tecnologías de la organización y la administración han mostra-
do grandes avances en el mejoramiento de la productividad. Así lo han
comprobado las transnacionales y grandes organizaciones públicas que
hoy las emplean. El ahorro de recursos humanos y materiales que per-
miten estas tecnologías puede ayudar a financiar las nuevas necesidades
ya señaladas en el ámbito público.
Créditos blandos y otras formas de transferencias financieras in-
ternacionales permitiría elevar la cuota de Ayuda al Desarrollo. Estas
sumas, para evitar su uso como arma política, discriminatoria, debieran
ser administradas por un Consejo de las Naciones Unidas, democrática
y periódicamente elegido. Por otro lado, el Banco Mundial y el Fondo
Monetario Internacional podrían y deberían subsidiar los tipos de in-

283
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

terés y los plazos a todos los países que presentaran proyectos concretos
para crear puestos de trabajo, que sean estables. Los gobiernos podrían
competir y los proyectos ganadores serían aquellos más intensivos en
trabajo y que aseguraran previamente su rentabilidad o autofinancia-
miento.
Se necesita en definitiva un nuevo enfoque como punto de par-
tida: Se trata de llevar a la práctica el Pacto Internacional de Derechos
Económicos, Sociales y Culturales, adoptado en 1966 por las Naciones
Unidas, en el cual se reconoce el derecho al trabajo y compromete a los
gobiernos a adoptar medidas adecuadas para garantizarlo. En el mismo
sentido, el Convenio y la Recomendación 122 de la OIT, de 1964,
ratificada por 70 países compromete a todos los estados firmantes a
“una política activa destinada a fomentar el pleno empleo productivo y
libremente elegido”.

xii. Nuevas perspectivas para el movimiento sindical


El movimiento laboral necesita en este contexto una profunda re-
estructuración, nuevas estrategias y tácticas, un verdadero renacimiento,
puesto que enfrenta desafíos inéditos en la historia de la clase trabaja-
dora. El capitalismo transnacional parece imponerse en todo el planeta,
con sus formas extremas, el liberalismo, la dominación en los países po-
bres y un orden férreo y sin alternativa. Pero el capital no puede reinar
sin tener sobre quien hacerlo. La clase de los trabajadores asalariados ha
crecido y lo sigue haciendo en formas vertiginosa. La incorporación de
los países del tercer mundo al sistema mundial transnacionalizado, la
aparición de los nuevos países industrializados y la intensificación del
comercio internacional seguirán aumentando las filas de los que tienen
que trabajar para otros, los que les son necesarios para poder subsistir.
La proletarización avanza a cuenta de profesionales, especialistas, cien-
tíficos, y operadores administrativos o de oficinas. Si bien una parte de
ellos, por sus elevados ingresos se identifica con la burguesía, la mayoría
queda reducida a condiciones de vida y de trabajo similares a las que
habían alcanzado los obreros fabriles. En los países subdesarrollados se
da la misma tendencia, más intensa en algunos, menos en otros.

284
Capítulo VI: Las políticas contra la cesantía

La composición geográfica e internacional del proletariado mun-


dial está cambiando drásticamente. Mientras que a mediados del siglo
XX predominaban los trabajadores de Occidente, al llegar al 2000, la
mayoría aplastante está en el mundo subdesarrollado. En el siglo XXI,
en ese sector del planeta ya hay asalariados de segunda o tercera genera-
ción, con mentalidad, necesidades, aspiraciones y exigencias superiores
a las de sus padres o abuelos, formados en la sociedad patriarcal o en el
autoritarismo de las primeras etapas de la sociedad industrial.
Pese al nacionalismo estrecho y la exacerbación de las diferencias
culturales, los intereses objetivos de los obreros de las transnacionales,
en sus diferentes plantas y sucursales a través del mundo, van a coincidir
cada vez más, sus aspiraciones se irán nivelando. A todos les conviene
que se aplique el principio de a igual trabajo, igual salario, nivelándolos
hacia arriba; similares y cada vez mejores condiciones en la fábrica u
oficina; estabilidad en los empleos; capacitación, ascensos y garantía de
mejoras por antigüedad; voz y voto en las decisiones que los afectan.
Las injustificadas diferencias salariales de un país a otro alientan
los desplazamientos del capital, aumentan el desempleo. La permisivi-
dad en las leyes laborales, unida a la complicidad de los gobiernos frente
a los abusos patronales, favorece la súper-explotación en unos países y
sirven de pretexto para rebajar los salarios en otros. La economía pla-
netaria parece justificar, más que antes, la vieja consigna del Manifiesto
Comunista: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.
Son los propios asalariados quienes deben asimilar estas leccio-
nes. Tan pronto como se den cuenta de que la competencia entablada
entre sus patrones y gobiernos les es perjudicial y que la desocupación
los afecta hoy a unos y mañana a otros, entonces los sindicatos crearán
nuevas formas de cooperación entre activos y parados, entre nacionales
de uno u otro país para anular o al menos atenuar los desastrosos efectos
del libre funcionamiento de las leyes capitalistas. Así pues, la lucha con-
junta entre los desocupados y los que trabajan, entre blancos, negros,
cobrizos y amarillos, entre calificados y no calificados, es uno de los re-
quisitos necesarios para conquistar un orden económico internacional
más justo para todos.

285
La humanidad sobrante. Una indagación sobre el desempleo

Finalmente, los trabajadores tendrán que ser más políticos, no


solo en el sentido de apoyar a los movimientos y partidos que respaldan
sus demandas y negárselo a quienes las rechazan. Más importante es en
el sentido de comprender que los problemas del empleo, el salario, la
jornada de trabajo, la inflación, la educación, la política tributaria, las
inversiones extranjeras, están todos relacionados entre sí. Se necesita
un criterio general, común, consistente y aplicable a cada uno de ellos,
pues todos forman parte de un sistema que incluye aspectos técnicos,
sociales, ideológicos.

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